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sábado, 31 de mayo de 2014

¡Qué hermosa! (Hans Christian Andersen)

 

El escultor Alfredo - seguramente lo conoces, pues todos lo conocemos - ganó la medalla de oro, hizo un viaje a Italia y regresó luego a su patria. Entonces era joven, y, aunque lo es todavía, siempre tiene unos años más que en aquella época.
A su regreso fue a visitar una pequeña ciudad de Zelanda. Toda la población sabía quién era el forastero. Una familia acaudalada dio una fiesta en su honor, a la que fueron invitadas todas las personas que representaban o poseían algo en la localidad. Fue un acontecimiento, que no hubo necesidad de pregonar con bombo y platillos. Oficiales artesanos e hijos de familias humildes, algunos con sus padres, contemplaron desde la calle las iluminadas cortinas; el vigilante pudo imaginar que había allí tertulia, a juzgar por el gentío congregado en la calle. El aire olía a fiesta, y en el interior de la casa reinaba el regocijo, pues en ella estaba don Alfredo, el escultor.

¡Baila, baila, muñequita! (Hans Christian Andersen)



- Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas -aseguró tía Malle -. Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este «¡Baila, baila, muñequita mía!» -. Pero la pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle.
Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella.

¡Baila, baila, muñequita,
qué fina es la señorita!
Y también el caballero
con sus guantes y sombrero,
calzón blanco y frac planchado
y muy brillante calzado.
Son bien finos, a fe mía.
Baila, muñequita mía.

Ahí está Lisa, que es muy vieja,
aunque ahora no semeja,
con la cera que le han dado,
que sea del año pasado.
Como nueva está y entera.
Baila con tu compañera,
seréis tres para bailar.
¡Bien nos vamos a alegrar!
Baila, baila, muñequita,
pie hacia fuera, tan bonita.
Da el primer paso, garbosa,
siempre esbelta y tan graciosa.
Gira y salta sin parar,
que muy sano es el saltar.
¡Vaya baile delicioso!
¡Sois un grupo primoroso!

Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle no la entendía; no estaba ya para niñerías.
- ¡Es una bobada! - decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la sabemos.


El Flautista (Ray Bradbury)


- ¡Ahí está!, ¡Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! - cloqueó el viejo, señalando con un calloso
dedo -. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!
El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el
suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil
el flautista.
- ¿Y por qué hace esto? - preguntó.
- ¿Qué? - el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas -.
Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el
anochecer hasta el alba.
El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en
las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego
aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una
voz aguda.
El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las
lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el
tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista... una silueta...
un símbolo... una melodía.
- ¿De dónde viene el flautista? - preguntó el muchacho.
- De Venus - dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó -. ¡Oh!, hace más de
veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la
misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.
- ¿Cómo se llama? - la voz del muchacho era infantil, curiosa.
- No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.
Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar
ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte
tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se
arrastraban, se arrastraban.
- Marte es un mundo que se muere - dijo el viejo -. Ya no ocurre nada importante
aquí. Creo que el flautista es un exiliado.
Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la
música.
- Un exiliado - prosiguió el viejo -. Un poco como un leproso. Le llamaban el
Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusiana hasta que llegaron los
terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo
declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.
- Marte es un mundo que se muere - repitió el chiquillo -. Un mundo que se muere.
¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?
El viejo dejó oír una risita.
- Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida,
muchacho. Pero hay muchos millones más.
- ¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.
- Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.
- ¿Dónde viven?
- Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares
muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza
notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin
inteligencia, bestias crueles.
- ¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? - Los ojos del muchacho estaban
clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.
- Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las
cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí,
siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja.
Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas,
encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes
máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra
vida de las venas minerales.
- ¿Y eso es todo?
- Eso es todo - el viejo agitó tristemente la cabeza -. Ni cultura, ni arte, sólo los
terrestres ávidos y desesperados.
- Y las otras dos ciudades... dónde están?
- Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está
mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.
- Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos - la cabeza del muchacho
estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo -. No me gustan los hombres de
la Tierra. Son unos expoliadores.
- Siempre lo han sido - dijo el viejo -. Pero algún día hallarán su castigo. Han
blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo
hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y
lentos. Un día... - su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.
Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música
estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que
llamaba a realizar el destino del hombre.
Flautista de loca mirada, desde tu colina,
tú que cantas y te lamentas:
¡Llama a los seres salvajes a su venganza,
bajo las lunas de Marte agonizante!
- ¿Qué es esto? - preguntó el muchacho.
- Un poema - dijo el viejo -. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que
muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más
insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año,
pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las
noches del otoño.
- «Llama a los seres salvajes...» - el muchacho se envaró. - ¿Qué salvajes?
- ¡Ahí! ¡mira!
A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo
de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.
¡Flautista, vuelve a tocar!
Entonces el flautista tocó,
y las lágrimas acudieron a mis ojos.
- ¿Es también el mismo poema? - preguntó el muchacho.
- No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en
la escuela.
- La música es extraña - los ojos del muchacho brillaban -. Despierta algo dentro de
mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?
- Porque es una música que tiene una finalidad.
- ¿Cuál?
- Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas...
inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios
conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de
odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos
años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un
murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las
criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera
vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las
carreteras, hasta las ciudades de los hombres.
La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque
macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus
inmutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos
metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta
envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los
tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.
- Ve al interior - dijo el viejo -. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del
nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta
es la muerte para los hombres de la Tierra. - Y luego, más alto, cada vez más alto -: ¡La
muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar
sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres... ¡en ruta hacia la Tierra!
¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los
hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! - Y más agudo, más rápido,
más alto, con un ritmo demencial -: El flautista... el Cerebro... el que ha sabido esperar
noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización
en toda su glorias ¡El regreso del arte entre los seres vivos!
- Pero se trata de salvajes - protestó el muchacho -, de marcianos impuros.
- Los hombres son salvajes - dijo el viejo, temblorosamente -. Siento vergüenza de
ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La
música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el
odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es
inmortal!
Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se
apretujaba murmurando en la carretera.
El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina,
avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.
- ¡Flautista, vuelve a tocar! - gritó el viejo -. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo!
¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! - Y luego -:
¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes de que lleguen!
- ¡Apresúrate!
Y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y
permaneció oculto allí toda la noche.
Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva humanidad avanzaba al asalto
de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. El canto del flautista. Las
estrellas se estremecían. Los vientos sé detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban.
Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo
una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrón de ébano, se sintió
llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles
surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de
terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los
hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!
¡Cohetes zigzagueando en el cielo!
Armas. Muerte.
Y finalmente, en el pálido grisor del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el
muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.
La voz del viejo le llegó como un eco:
- Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis
ojos!
Era el amanecer de un nuevo día.
FIN

El Dragón (Ray bradbury)


La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no
volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos
convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les
latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y
en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban
en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la
respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó
el fuego con la espada.
¡No, idiota, nos delatarás!
¡Qué importa! dijo el otro hombre. El dragón puede olernos a kilómetros de
distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los
caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de
plata de los estribos, suavemente, suavemente.
Ah... el segundo hombre suspiró. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios,
escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas
blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las
mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que
los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros,
pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como
fracasaremos también nosotros?
¡Suficiente, te digo!
¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año
estamos.
Novecientos años después de Navidad.
No, no murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el
pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían
cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún
en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí
estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece
en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos
ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón
mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que
usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles
negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del
horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.
El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en
una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni
hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas,
tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos
hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
Mira... murmuró el primer hombre. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un
monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se
acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de
pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los
caballos.
¡Señor!
Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en
los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos.
Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió
su carrera.
¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El
dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro
jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo,
gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un
sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
¿Viste? gritó una voz. ¿No te lo había dicho?
¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
¿Vas a detenerte?
Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.
Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de
fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos
sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un
humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire
quieto.

Cuento De Navidad (Ray Bradbury)


El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de
naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo
que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que
fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el
regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito
con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante
para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando
estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-- )Qué haremos?
-- Nada, )qué podemos hacer?
-- (Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el
padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos. pálido y silencioso.
-- Ya se me ocurrirá algo --dijo el padre.
-- )Qué...? --preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de
fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar
donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros
durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea
según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
-- Quiero mirar por el ojo de buey.
-- Todavía no --dijo el padre--. Más tarde.
-- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-- Espera un poco --dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la
fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había
tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba
resultado, haría que el viaje sería feliz y maravilloso.
-- Hijo mío --dijo--, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo
olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-- Sí, ya lo sé. )Tendré un regalo? )tendré un árbol? Me lo prometisteis.
-- Sí, sí. todo eso y mucho más --dijo el padre.
-- Pero... --empezó a decir la madre.
-- Sí --dijo el padre--. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un
momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-- Ya es casi la hora.
-- )Puedo tener un reloj? --preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo
arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-- (Navidad! (Ya es Navidad! )Dónde está mi regalo?
-- Ven, vamos a verlo --dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los
seguía.
-- No entiendo.
-- Ya lo entenderás --dijo el padre--. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó
tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde
la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-- Entra, hijo.
-- Está oscuro.
-- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro.
Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro
y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. el niño se
quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el
espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a
cantar.
-- Feliz Navidad, hijo --dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzo lentamente y aplastó
la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente
mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil
millones de maravillosas velas blancas.

viernes, 30 de mayo de 2014

La Infantita Que Fue Convertida En Almendro



Éranse un rey y una reina que, después de solicitarlo mucho al cielo, tuvieron una hija, a la que decidieron poner de nombre Margalida. Al bautizo fueron invitadas todas las hadas del país, menos una, llamada Isaura, de la que no tenían la menor noticia.
Todas las hadas invitadas colmaron a la infantita de preciosos dones: una le deseó belleza, otra salud, otra bondad, otra sabiduría, otra alegría.
Pero, Isaura, furiosa por no haber sido invitada al bautizo, entró en la alcoba de la princesita y pronunció un voto funesto:
Dijo con voz ronca:
- Cuando llegues a la edad de casarte, Margalida, te convertirás en almendro.
El hada madrina, la bondadosa Mafalda, se acercó a la cuna en que dormía inocentemente su ahijada la infantita. Y como no podía destruir por completo el maleficio de la despechada Isaura, quiso neutralizarlo con un voto supremo y dijo:
- Sí, te convertirás en árbol al llegar a la edad de casarte, ahijada mía pero recuperarás la forma en cuanto encuentres novio...
Pasaron quince años.
La infantita salió una tarde a cazar mariposas al jardín y... no volvió a palacio.
Se había convertido en almendro.
Sus padres, aunque consternados no se desesperaron. Habíase cumplido el vaticinio de Isaura, el hada mala. También se realizaría el de Mafalda, el hada buena.
Una mañana de primavera pasaba un pastor por debajo de un almendro en flor y oyó decir al árbol:
- Pastorcito, pastorcito... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó el pastorcillo la vista y vio surgir, entre las rosadas flores del almendro, la rubia cabecita de la infantita. Asustado, echó a correr.
A mediodía pasó por el mismo lugar un escudero y oyó que el almendro le decía:
- Escudero, escudero... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó la cabeza el escudero y vio el hermoso rostro y las doradas trenzas de la infantita.
- Sí, quiero, mi princesa; pero antes he de obtener la venia de mis padres.
Por la tarde pasó un caballero bajo el almendro en flor.
El almendro le dijo:
- Caballero, caballero... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó la mirada el caballero y, descubriendo la cabecita de la infantita entre las rosadas flores del árbol, respondió:
- Sí, quiero; pero antes he de verte en forma humana... No permito a nadie que me engañe...
Y se alejó lentamente, volviendo de vez en cuando la cabeza.
Por la noche pasó por debajo del almendro un príncipe azul y oyó decir al árbol:
- Príncipe, príncipe... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó el príncipe los ojos hacia el árbol y no bien hubo descubierto la cabecita angelical de la infantita, cayó rodillas y exclamó:
- Sí, quiero.
La infantita salió entonces del tronco del árbol, vestida con una túnica blanca cubierta de estrellas y la cabeza coronada de flores de almendro.
Cuando se dirigía a palacio, acompañada de su novio, el príncipe azul, encontró en su camino al pastorcito, al escudero y al caballero.
Los tres volvían a buscarla.
Al pastorcito le dijo, sonriendo:
- Ya es tarde, mi buen pastorcito.
Al escudero, muy seria:
- No has llegado a tiempo; vuélvete.

Y al caballero no le dijo nada, sino que volvió la cabeza al otro lado, como si hubiese visto un basilisco.

La Dama Del Lago



Había una vez una viuda que, habiendo perdido a su esposo en la guerra, vivía en unión de su único hijo. Ambos eran tan trabajadores que, en pocos años, se habían asegurado una existencia holgada, sin que nada les faltase.
Tenían una casita con un huerto, y el establo lleno de animales. La madre cuidaba la casa, y el hijo tenía a su cargo el cuidado de los animales, los que llevaba a pastar al prado que se hallaba en las cercanías de un lago.
Un día, el joven, sentado junto a la orilla, contemplaba las transparentes aguas del lago, cuando descubrió de repente una muchacha que se paseaba sobre la superficie de las aguas.
Era más bella que un rayo de sol; una espléndida cascada de dorados cabellos caía sobre su espalda de alabastro y sus ojos de turquesa contemplaban la superficie del lago, donde se reflejaba, como en un espejo, su extraordinaria belleza.
El joven, que estaba comiendo un trozo de pan y queso, quedó como en éxtasis, creyendo que soñaba.
De pronto, la hermosa muchacha pareció verle, y se aproximó lentamente a la orilla.

La Gaita Maravillosa



Érase que se era un padre con tres hijos.
Los dos mayores eran inteligentes y aplicados, pero el tercero era algo simplote y le gustaba más jugar que estudiar.
El muchachito creía que ni sus padres ni sus hermanitos le querían, pues siempre le estaban regañando o burlándose de él por su ignorancia.
Cuando ya fue mayor, su padre le buscó una colocación de pastor en casa del labrador más rico del pueblo.
Ya llevaba bastante tiempo cuidando las ovejas y cumplía muy bien como pastor, por lo que era muy apreciado, de sus amos.
Un día apacentaba el ganado, sentado en una piedra, sin hacer nada, como de costumbre, cuando se le acercó una anjana, que entabló conversación con él.
- ¿Por qué estás aquí de pastor, muchacho? - preguntó la anjana.
- Porque mis hermanos y mi padre no me quieren... Siempre estaban burlándose de mí.
- Algún día te burlarás tú de ellos... ¿Cómo te va de pastor?
- Muy bien, señora.
- ¿Qué tal es tu amo?
- Muy bueno.
- ¿Te da bien de comer?
- Sí, señora.
- ¿Y tú no te cansas de estar hora tras hora sin hacer nada?
- Sí, señora; me aburro extraordinariamente, pero como no sirvo para trabajar ni para estudiar, ¿qué quiere que haga? He pensado comprarme una gaita cuando el amo me pague.
- No tienes necesidad de ello. Te voy a regalar yo una que tiene la virtud de hacer bailar a todo el mundo cuando la tocan... Aquí la tienes.
Y la anjana, después de entregarle el instrumento, se despidió de él y se marchó.
Cuando el muchacho quedó solo, probó a tocar la gaita e inmediatamente se pusieron a bailar las ovejas. Estuvo tocando hasta que se cansó y las ovejas, reventadas de tanto bailar, se tumbaron en el suelo a descansar.
Todos los días, a media mañana y a media tarde, hacía bailar a las ovejas; luego las dejaba descansar. Con el ejercicio se les abría el apetito y comían mucho y como luego reposaban, se pusieron muy gordas y lustrosas.
El pastor no decía a nadie la virtud de su gaita, pero se enteraron otros pastores y, por envidia, dijeron al amo que el muchacho estaba loco o era brujo, porque estaba enseñando a bailar a las ovejas.
El amo no quería creer tal cosa, pero los otros insistieron tanto, que decidió comprobarlo al día siguiente por sus propios ojos.
Llegó, pues, al día siguiente a ver al rebaño y observó, que todas las ovejas estaban acostadas.
- ¿Que les pasa a las ovejas que no comen? - preguntó al pastor.
- Es que están descansando, señor.
- Me han dicho que las haces bailar... ¿Es verdad?
- Sí, señor... Bailan cuando yo les toco la gaita, luego descansan y comen más a gusto; por eso están tan gordas y lustrosas.
- ¿Las podrías hacer bailar delante de mí?
- Claro que sí. Cuando usted quiera.
- Ahora mismo.
Empezó a tocar el pastor la gaita. En el acto comenzaron a levantarse las ovejas y corderillos y se pusieron a bailar. El amo, riendo a carcajadas, bailó también sin darse cuenta.
Cuando el pastor cesó de tocar, se acostaron de nuevo las ovejas y el amo tuvo que tumbarse también de cansado que estaba.
Volvió el amo algo más tarde a casa y contó a su mujer lo sucedido.
- ¿Dices que al tocar la gaita el pastor has estado bailando tú y las ovejas? - preguntó la esposa, incrédula. - ¿Cómo quieres hacerme tragar esas paparruchas? ¿Has bebido?
- No he bebido y lo que te estoy diciendo es la verdad... Ve mañana a verlo y te convencerás.
Al día siguiente, el ama se dirigió al lugar en que el pastor de la gaita apacentaba el ganado.
- ¿Es verdad que haces bailar a las ovejas, simplote? - preguntó bruscamente.
- Sí, señora.
- Pues hazlas bailar que yo lo vea.
El muchacho empezó a tocar la gaita y las ovejas, levantándose, iniciaron una danza desenfrenada.
El ama también estuvo dando saltos y cabriolas, con tal viveza que no tardó en fatigarse, por lo que cuando el pastor, compadecido, cesó de tocar, se dejó caer al suelo, sin poder hablar.
Cuando descansó un poco, se levantó y gritó al pastor:
- No puedo consentirte esta burla, mostrenco... A la noche vas a casa para que te dé la cuenta... Quedas despedido.
Volvió el ama a su casa. El marido la vio sofocada y comprendió que había estado bailando como él.
- ¿Te has convencido ya? - preguntó
Ella contestó furiosa:
- Sí... He visto bailar a las ovejas y he bailado yo hasta que al animal de tu pastor le ha dado la gana. Por eso lo he despedido... No puedo aguantar que se haya burlado de mí.
Entregaron la cuenta al pastor aquella misma noche y el muchacho se marchó a su casa muy cariacontecido. Cuando llegó dijo a sus hermanos y a su padre que había sido despedido, pero sin explicarles el motivo, para no tener que hablar de su gaita.
El padre dijo que, aunque era un inútil, procuraría encontrarle otra colocación y que comprendiera que sus hermanos iban a tener que trabajar para él.
Entonces respondió el muchacho:
- A mí me gusta mucho ser pastor, papá; pero el ama se ha enfadado conmigo porque la he hecho bailar...
Los hermanos empezaron a reírse de él y el muchacho se calló.
Al día siguiente, el hermano mayor salió, por encargo de su padre, a vender un cesto de manzanas.
A pocos metros de la puerta de su casa le salió al encuentro una viejecita que le preguntó:
- ¿Qué llevas ahí, muchacho?
- Ratas - contestó.
- Ratas serán - repuso la vieja.
Siguió andando, con la gran cesta al brazo, entró en una casa y preguntó si querían manzanas. Le dijeron que las enseñara y al abrir la cesta empezaron a salir ratas...
Los habitantes de la casa salieron despavoridos, llamaron a todos los vecinos y le dieron al muchacho una paliza fenomenal por aquella broma de mal gusto.
El pobrecillo, cuando volvió a casa, tuvo que meterse en la cama.
Al día siguiente se fue el segundo hermano a vender manzanas con la misma cesta.
Salióle al encuentro la misma viejecita y le preguntó:
- ¿Qué llevas en el cesto, muchacho?
- Pájaros - contestó.
- Pájaros serán - repuso la anciana.
Entró en una casa a vender manzanas y cuando abrió la cesta salieron los pájaros volando. Los de la casa rieron hasta desternillarse de lo que creían una broma y el muchacho volvió a la suya muy desconsolado.
El hermano menor dijo a su padre:
- Quiero ir yo a vender manzanas, papá.
Los otros hermanos empezaron a gritar:
- No lo dejes, papá... ¿A dónde va a ir esa calamidad?
Pero el padre le dejó llenar la cesta y salir.
Encontróse el pequeño con la anciana, que le preguntó:
- ¿Qué llevas en ese cesto, muchacho?
- Manzanas, abuela. Y que son hermosas y sanas... Tome una y pruébela...
- No, hijo mío. Muchas gracias. Vete a venderlas y no te entretengas.
Llegó a una casa ofreciendo las manzanas. Le pidieron que se las enseñara y al ver lo buenas que eran le compraron media cesta. Echó entonces el dinero en un taleguillo y se fue a otra casa.
Ofreció las manzanas, le dijeron que las mostrara y, al abrir la cesta, observó que estaba llena. Compráronle media cesta, guardó el dinero en el taleguillo y siguió su camino.
Cada vez que entraba en una casa y abría la cesta se la encontraba llena. Así fue vendiendo manzanas y manzanas, llenó de dinero el taleguillo, todos los bolsillos y un pañuelo, que ató por las cuatro puntas.
Ya se volvía a casa, decidido a no vender más manzanas, y había sacado la gaita para entretenerse por el camino, cuando le salió la anjana que se la había regalado, y que le dijo:
- No toques la gaita hasta que llegues a tu casa.
Guardóse, pues, la gaita, y se encaminó a su casa, donde vio que solamente estaban sus hermanos. Abriéronle la cesta y al verla llena de manzanas empezaron a burlarse de él, pero el muchacho sacó entonces la gaita y empezó a tocar, haciendo bailar a sus hermanos, hasta que éstos cayeron al suelo rendidos de cansancio.
Poco más tarde llegó el padre; acompañado de la bruja buena.
- Hijos míos - dijo a los dos mayores - no volváis a burlaros de vuestro hermano menor, porque es el mejor de los tres.
La anjana añadió:
- Yo fui quien os convirtió las manzanas en ratas y en pájaros, para castigaros por vuestras mentiras... En cuanto a ti, agregó, volviéndose al pequeño, devuélveme la gaita, pues ya no la volverás a necesitar.
Y como los mayores no molestaron más al pequeño y éste empezó desde aquel día a trabajar con celo, vivieron muy felices y comieron perdices.

Los Zapatos De Hierro



Pues señor, érase una vez un joven cordobés, llamado Luis, que se encontró una noche en una posada con un caballero desconocido que se hacía llamar el Marqués del Sol.
Pusiéronse a jugar a cartas y el forastero ganó sin cesar, mientras que Luis, ansioso de tomar el desquite, perdía onza a onza toda su fortuna.
Empezó perdiendo el dinero, luego se jugó el caballo y lo perdió; a continuación su espada y la perdió.
Finalmente, desesperado, dijo:
- ¡Ya no me queda más que mi alma! ¡Me la juego!
Y la perdió también.
Levantóse el forastero para marcharse y el joven, recobrando el buen sentido y dándose cuenta de su locura, exclamó:
- Caballero, me ha ganado usted mi espada, mi caballo y mi fortuna... Son suyas las tres cosas; consérvelas y que le duren mucho, pero devuélvame mi alma.
- Se la devolveré, - replicó el otro ­ cuando haya gastado usted este par de zapatos.

El Príncipe Desmemoriado



Cuéntase que había una vez un príncipe, llamado Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña, que tenía el gravísimo defecto de carecer de memoria. Todo cuanto oía, veía, hacía o decía lo olvidaba en el acto.
Los reyes, muy preocupados, llamaron en consulta a los mejores médicos del reino y éstos, después de largas y profundas deliberaciones, llegaron al acuerdo de que ninguno de ellos conocía remedio alguno para el mal que aquejaba al joven príncipe, presentando al rey un extenso, dictamen, en el que le aconsejaban que enviara a Andana a recorrer el mundo, asegurándole que de este modo, cuando volviera, recordaría, si no todo, algo de lo que viera.
Tanto el rey Perico como su esposa, la reina Mari-Castaña, acogieron con alborozo el consejo de los sabios doctores, concediéndoles cruces y distinciones en premio a su fenomenal talento y sapiencia.
Inmediatamente decidieron poner en práctica la atinadísima sugerencia de los sesudos varones y la reina Mari-Castaña preparó con sus reales manos una suculenta merienda al infante desmemoriado, diósela, junto con su bendición y algunos consejos, y le despidió llorando a lágrima viva.
El príncipe emprendió la marcha. Al poco rato no se acordaba ni de las lágrimas de su madre, ni de los consejos, ni de que llevaba merienda.
Continuó andando, hasta que sintió un hambre atroz y, viendo una posada, entró en ella. Pidió de comer; le sirvieron una suculenta comida, pues le habían reconocido, y cuando hubo terminado se marchó sin acordarse de pagar la cuenta al posadero.
Andando, andando, llegó nuestro héroe, a orillas del mar. Sentía sed, y al ver una riquísima viña, entró a coger uvas, pero el guarda le confundió con un ladronzuelo vulgar y para escarmentarlo lo arrojó de cabeza al mar.
El pobre Andana no recordó' si sabía nadar o no, pero cuando salió a la superficie empezó a mover brazos y pies y comprobó; con gran satisfacción que se sostenía a flote. Sin embargo, había olvidado dónde estaba la playa y empezó a nadar mar adentro, hasta que, cuando estaba ya casi desfallecido por el tremendo esfuerzo realizado, fue recogido por un barco que navegaba hacia Turquía.
En aquellos tiempos era soberano de aquella nación el Gran Turco, déspota sanguinario y cruel, a quien todo el pueblo odiaba y temía. Ya tenía más de sesenta años y estaba completamente ciego, pues se le habían formado cataratas en los ojos.
Por los días en que sucedía lo que contamos, el feroz sultán había llamado a los médicos de la corte, y les había dicho, con un acento que hubiera hecho estremecerse a una estatua de mármol:
- O me devolvéis la vista u os corto la cabeza.
Los galenos otomanos no sabían operar las cataratas, pero como les peligraba el relleno del turbante, se decidieron a buscar un colega que fuese capaz de curar la ceguera del Gran Turco.
Llegó a su conocimiento que en una de las ciudades turcas habla un médico cristiano que realizaba curas sorprendentes e inmediatamente transmitieron la noticia al Gran Turco.
- ¡Que salgan cien jinetes a buscarlo! - ordenó el déspota.
Dos días más tarde, el médico cristiano se hallaba en presencia del sultán.
- Te he hecho venir, cristiano - díjole con voz atronadora - para que me devuelvas la vista, cosa que estos imbéciles no son capaces de conseguir... Si lo haces, te llenaré todos los bolsillos de oro, pero si fracasas...
- ¿Si fracaso, señor... ?
- Si fracasas, puedes despedirte de tu cabeza.
Lleno de temor, el médico cristiano entretuvo durante unos cuantos días al tirano con cocimientos de flor de saúco y con lavados de agua de San Antonio; pero como el Gran Turco no mejoraba y el pobre galeno temía por su vida, se le ocurrió decirle:
- El remedio más eficaz para curarte, señor, no se encuentra aquí, en Turquía...
- ¿Qué remedio es ése?
- Una especie de ungüento hecho con manteca de cristiano y unas hierbas milagrosas que sólo yo conozco... Pero, desgraciadamente, aquí es muy difícil encontrar un cristiano...
- ¿Y las hierbas?
- Las hierbas, sí, señor...
- Prepara entonces las hierbas y mis médicos te sacarán la manteca a ti mismo...
El desgraciado galeno estuvo a pique de morir del susto.
- Es que..., señor - dijo tartamudeando, - mi manteca no sirve... Ha de ser la de un cristiano joven...
En aquel preciso instante entraron unos edecanes a decir al Gran Turco que unos marineros habían recogido a un náufrago cristiano, que aseguraba ser el príncipe Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña.
- ¡Ya tenemos el ungüento! - exclamó el sultán, con gran estupefacción de los recién llegados.
Luego, volviéndose al médico, añadió: - ¡Sácale la manteca y prepárate para devolverme la vista!
Tambaleándose de espanto, el médico cristiano salió, cubierto de frío sudor.
Fuése en busca del príncipe Andana, pero con el decidido propósito de no sacrificarlo y de salvarle la vida. Cuando lo vio, después de saludarlo, concibió una idea maravillosa y, encaminándose seguidamente a las habitaciones del Gran Turco pidióle audiencia y le dijo:
- Señor, el esclavo cristiano está tan delgado que no tiene, manteca ninguna. Si quieres curarte, tienes que alimentarlo bien, darle una buena habitación y proporcionarle toda clase de distracciones.
La proposición pareció de perlas al sultán, que ordenó que se alojara al príncipe Andana en la mejor habitación de su palacio, vecina a la de una esclava circasiana, recién llegada, que era de peregrina hermosura.
Cuando el príncipe hubo tomado posesión de su nueva morada, el médico fue a visitarle y le refirió lo que ocurría.
- Aunque paséis hambre - añadió ­ no comáis más que lo estrictamente necesario. Yo me encargaré de preparar nuestra fuga.
Pero al poco entraron los criados negros llevando enormes bandejas cargadas de faisanes trufados, gallinas en pepitoria, huevos hilados, frutas en inmensa variedad, helados, licores... Y el príncipe, sin acordarse de la recomendación del médico, se atracó de lo lindo.
Para reposar del pantagruélico banquete sacó una butaca al balcón y vio a la circasiana.
Toda la tarde se la pasó hablando con su vecina y se enamoró de ella enajenadamente.
Las comidas abundantísimas y las conversaciones con la circasiana se repitieron durante algunas semanas, con lo que el príncipe engordó extraordinariamente.
Un día entró el médico a visitarle y le dijo que había dado palabra al Gran Turco de hacerle el ungüento al día siguiente, pero que no tuviese miedo, pues aquella misma tarde, al anochecer, se fugarían en un barco que tenía preparado.
El príncipe respondió que habían de llevarse también a la circasiana, pues estaba dispuesto a casarse con ella, cosa a la que accedió el doctor.
Despidióse el buen galeno, diciendo que pasaría la tarde con el sultán, para que no sospechara nada, contándole el modo de confeccionar y aplicar la milagrosa untura.
Llegó la tarde y cuando el sol empezó a ocultarse hacia Poniente, el médico se dirigió apresuradamente al puerto, encontrándose con la desagradable sorpresa de que el barco no era más que un puntito insignificante en el horizonte.
El príncipe, tan pronto como había puesto los pies en el barco se había olvidado de su amigo.
El médico empezó a dar gritos, llamando al príncipe y a la circasiana, pero sólo consiguió enronquecer. El barco no tardó en desaparecer de su vista.
Ya estaba bien entrada la noche cuando un edecán entró en la suntuosa alcoba del sultán, para dar a su señor la noticia de la fuga del médico, del príncipe y de la esclava circasiana.
- ¡Maldito! - exclamó el feroz monarca. - ¿Cómo los has dejado escapar?
- Pero, señor, si yo no los he visto huir...
- ¿Cómo sabes, entonces, que se han escapado? - clamó el sultán.
- Porque un marinero los vio, y vino a traerme la noticia, pero yo estaba acostado y mientras me vestía...
- ¡Oh, oh, oh! ¡Te costará la cabeza haberte acostado tan a destiempo! ¡Guardias! ¡Guardias!
El edecán, al verse en peligro, desenvainó su alfanje y de un solo tajo rebanó la cabeza del tirano.
Cuando entraron los guardias vieron el cadáver del sultán y en vez de abalanzarse sobre su asesino prorrumpieron en gritos de júbilo, saliendo enseguida a dar la gratísima noticia al gran visir, que hizo salir por toda Constantinopla la banda de trompetas, con un heraldo al frente, para hacer pública la muerte del Gran Turco.
El pueblo, al enterarse de que la causa de la muerte de su tirano había sido indirectamente el médico cristiano, formó una gran manifestación de alegría, dando vivas al médico y al príncipe.
Un marinero llevó a palacio la noticia de que el barco en que se habían fugado Andana y la circasiana había embarrancado cerca de la costa.
Inmediatamente dio el heraldo la noticia al pueblo, formándose otra manifestación, con dos carros triunfales para recoger a los náufragos y pasearlos por las calles y plazas de la ciudad.
Cuando llegaron al barco se enteraron de que el médico no había huido con ellos, en vista de lo cual fueron a su casa y derribaron las puertas de la habitación.
El pobre médico, oyendo el tumulto, se hincó de rodillas y encomendó su alma a Dios, suplicándole que le concediera una muerte rápida y sin sufrimientos. Cuál no sería su alegría cuando vio entrar al príncipe y a la circasiana, seguidos de los más altos dignatarios de la corte, que daban vivas y más vivas al médico y al príncipe.
En triunfal procesión fueron conducidos todos a palacio, donde el nuevo gobierno les obsequió con un suculento banquete y luego les regaló un barco cargado de oro.
Embarcaron acto seguido nuestros héroes, llegando al cabo de pocas semanas al país del príncipe.
El rey Perico y la reina Mari-Castaña organizaron grandes fiestas para presentar la nueva princesa a la corte y poco más tarde se casaron Andana y la hermosa circasiana. Esta ayudó en lo sucesivo a su desmemoriado esposo a recordar todo lo que olvidaba.
En cuanto al médico, recibió un magnífico empleo en palacio y todos vivieron felices hasta que se murieron.

Y colorín colorado...