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lunes, 30 de junio de 2014

El Duende-Beso (Juan Valera)


I
Notabilísimo huésped había llegado al convento de Capuchinos de la villa, allá por los años de 1672.
Famoso era el huésped en todas partes por la agudeza de su ingenio, por el profundo saber que había adquirido y por las obras científicas en que le divulgaba. Baste decir, y está todo dicho, que el huésped era el reverendísimo padre fray Antonio de Fuente la Peña, ex-provincial de la Orden.
Después de comer con excelente apetito y de dormir una buena siesta, para reposar de las fatigas del viaje, fray Antonio recibió en su celda al padre guardián, fray Domingo, y habló a solas con él sobre el importante asunto que le había impulsado a ir a aquella santa casa.
-Sé por fama -le dijo- el extraño caso de mi señora doña Eulalia, hija única del ilustre caballero D. César del Robledal. Y considerado bien y ponderado todo, me atrevo a sostener que la joven no está posesa ni obsesa.
-Vuestra reverencia me ha de perdonar si le contradigo. No veo prueba en contra de la posesión o de la obsesión de la joven. Aunque me esté mal el decirlo, sabido es que, a Dios gracias, ejerzo bastante imperio sobre los espíritus malignos, y que he expulsado a no pocos de los cuerpos que atormentaban. Si los que atormentan a la joven doña Eulalia no me obedecen, no es porque no estén en ella o en torno de ella, sino porque son muy ladinos y marrajos. Si están en ella, se esconden, se recatan y se parapetan de tal suerte, que se hacen sordos a mis conjuros; y si la cercan, para atormentarla, andan sobrado listos para escapar cuando yo llego, y no volver a las andadas sino después que me voy. Los síntomas del mal son, sin embargo, evidentes. Sobre lo único que estoy indeciso y no disputo, es sobre si el mal es posesión u obsesión.

Los Cordobeses En Creta (Juan Valera)


Novela histórica a galope
Sr. D. Miguel Moya.
Mi distinguido amigo: Para El Liberal del domingo próximo me pide usted amablemente que escriba yo algo sobre las cosas que en las antiguas edades pasaron en la isla de Creta. Grande es mi deseo de complacer a usted, pero tropiezo con dos dificultades. En breves palabras y ciñéndome a lo consignado por mitólogos e historiadores, ¿qué podré yo decir que tenga alguna novedad, que no sea un extracto de lo que ellos dijeron, y que no esté mejor dicho en cualquier Diccionario enciclopédico? Y si acudo a mi imaginación y añado con ella algo a lo ya sabido, no tendrá consistencia ni se entenderá lo que yo añada, si lo ya sabido no se pone por base, lo cual no es posible que quepa en una o dos columnas del apreciable periódico que usted dirige.

El Doble Sacrificio (Juan Valera)


El padre Gutiérrez a don Pepito
Málaga, 4 de Abril de 1842.
Mi querido discípulo: Mi hermana, que ha vivido más de veinte años en ese lugar, vive hace dos en mi casa, desde que quedó viuda y sin hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ahí y está al corriente de todo. Por ella sé cosas que me inquietan y apesadumbran en extremo. ¿Cómo es posible, me digo, que un joven tan honrado y tan temeroso de Dios, y a quien enseñé yo tan bien la metafísica y la moral, cuando él acudía a oír mis lecciones en el Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso?
Me horrorizo de pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los más espantosos pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando sus canas, y de ser ocasión, si no causa, de irremediables infortunios. Sé que frenéticamente enamorado de Doña Juana, legítima esposa del rico labrador D. Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste. Fingiéndote ingeniero o perito agrícola, estás ahí enseñando a preparar los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueño; pero lo que tú enjertas es tu viciosa travesura, y lo que tú preparas es la desolación vergonzosa de un varón excelente, cuya sola culpa es la de haberse casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. ¡Ah, no, hijo mío! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal empresa y vuélvete a Málaga. Si en algo estimas mi cariño y el buen concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas mis amonestaciones.

El Caballero Del Azor (Juan Valera)


I
Hará ya mucho más de mil años, había en lo más esquivo y fragoso de los Pirineos una espléndida abadía de benedictinos. El abad Eulogio pasaba por un prodigio de virtud y de ciencia.
Las cosas del mundo andaban muy mal en aquella edad. Tremenda barbarie había invadido casi todas las regiones de Europa. Por donde quiera luchas feroces, robos y matanzas. Casi toda España estaba sujeta a la ley de Mahoma, salvo dos o tres estadillos nacientes, donde entre breñas y riscos se guarecían los cristianos.
En medio de aquel diluvio de males, pudiera compararse la abadía de que hablamos al arca santa en que se custodiaban el saber y las buenas costumbres y en que la humana cultura podía salvarse del universal estrago. Gran fe tenían los monjes en sus rezos y en la misericordia de Dios, pero no desdeñaban la mundana prudencia. Y a fin de poder defenderse de las invasiones de bandidos, de barones poderosos y desalmados o de infieles muslimes, habían fortificado la abadía como casi inexpugnable castillo roquero, y mantenían a su servicio centenares de hombres de armas de los más vigorosos, probados y hábiles para la guerra.

domingo, 29 de junio de 2014

Leyenda de la Niña y el Tesoro (Irving Washington)


Entre los habitantes de la Alhambra se contaba, hace muchísimos
años, a un pequeño hombrecillo llamado Lope Sánchez, de carácter tan
alegre y gracioso, que se había convertido en el animador de todas las
diversiones que se realizaban en la fortaleza. Cuando finalizaba su trabajo
en los jardines, solía sentarse en un banco de la explanada entonando
sentidas canciones que recordaban hechos de famosos guerreros, como el
Cid Campeador; Bernardo del Carpío; Hernando del Pulgar y otros, con gran
aplauso de los veteranos, para continuar luego con otras más alegres, que
permitían a los mozos y doncellas del lugar lucirse bailando fandangos y
boleros.
Como la generalidad de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez
habíase casado con una mujer alta y robusta cuyo matrimonio le había dado
una hija, que a los doce años prometía ser tan bajita como el padre, pero de
rostro muy agraciado y hermosos ojos negros. Sanchica, como se llamaba la
niña, había heredado el alegre carácter paterno; siempre andaba cantando,
bailando o saltando por los jardines, alamedas o desiertos salones de la
Alhambra.

Leyenda del Gobernador y del Soldado (Irving Washington)


Irritado el "gobernador manco" por las continuas quejas y acusaciones
de que la fortaleza se había convertido en un refugio de malhechores y
contrabandistas, se decidió un día a limpiar sus dominios de tan peligrosa
vecindad. Desalojó, sin contemplación, de las cuevas que rodeaban al
palacio, a una numerosa población de vagos y gitanos.
Para que estas medidas se cumpliesen y los truhanes no volvieran a
sus antiguas guaridas, ordenó que destacamentos de soldados patrullaran
continuamente las alamedas y caminos, arrestando a toda persona
sospechosa.
Una luminosa mañana de verano, uno de esos destacamentos
mandado por el cabo que tanto dio que hacer al escribano, se encontraba
descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, y cerca del
camino que sube al Cerro del Sol, cuando repentinamente oyeron el trotar
de un caballo juntamente con una voz que entonaba, con buen acento, una
antigua canción guerrera.

Las Cruzadas y los Primeros Reyes de Granada (Irving Washington)


No pueden leerse las maravillosas y graciosas leyendas de la Alhambra sin recordar a los reyes que tuvieron la virtud de fundar y construir esta joya arquitectónica, sublime demostración del genio de los artífices árabes, monumento imperecedero de la gloria de España.
Para conocer tan interesantes hechos, debió el autor estudiar las numerosas crónicas que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Granada.
Según la historia, el primero de estos reyes, llamado Mohamed Abu - Alhamar, nació en Arjona en el año 1195 de la Era Cristiana. Descendiente de la noble rama de los Beni-Nasar, sus padres no escatimaron medios para educarlo de acuerdo con el elevado rango que ocupaba la familia.
La civilización árabe había alcanzado en aquel entonces gran adelanto. En las principales ciudades existían escuelas y sabios maestros de artes y ciencias, donde los más ricos y distinguidos personajes educaban a sus hijos.
Al llegar Abu-Alhamar a la mayoría de edad, demostraba gran inteligencia y perspicacia, tanto en las ciencias como en los negocios públicos, por lo que fue nombrado alcaide de las ciudades de Arjona y Jaén. Pronto se distinguió por su bondad y justicia, lo que le proporcionó enorme popularidad y merecido respeto.

Leyenda del Gobernador y el Notario (Irving Washington)


Entre las autoridades que gobernaron la Alhambra, se destacó, hace
muchísimos años, un viejo y valiente militar que, habiendo perdido un brazo
en una célebre batalla, era conocido por el nombre de "El gobernador
manco".
Ufano de su gloria y coraje, irritable y severo en sus actos, resultaba
imponente con los largos y erguidos mostachos que casi le llegaban a los
ojos, altas botas y larguísima espada.
Aplicaba con toda exactitud los reglamentos y ordenanzas que
establecían a la Alham Ira como fortaleza real. No se podía entrar con
ninguna clase de armas, a no ser algún noble caballero, y los jinetes debían
desmontar al llegar a la puerta y conducir por la brida a su cabalgadura.
Como el gobernador no hacía excepciones y mantenía con estricto
rigor su autoridad, muy pronto se indispuso con el capitán general que
mandaba en la provincia y que no toleraba que en su jurisdicción existiera
otro Estado que resistiese a su poder.

Leyenda De La Rosa De La Alhambra (Irving Washington)


La hermosa ciudad de Granada fue durante mucho tiempo la
residencia predilecta de los reyes de España. Pero una serie de terremotos
que asoló la región y sacudió por entero el antiguo palacio morisco,
atemorizó en tal forma a los reales personajes, que abandonaron
precipitadamente tan peligroso lugar.
La Alhambra permaneció durante largos años en completo abandono.
Los aposentos perdieron su brillo y los jardines su esplendor.
La Torre de las Infantas, morada de las tres famosas princesas Zayda,
Zorayda y Zorahayda, no escapaba al general descuido y se había convertido
en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas.
Contribuía en mucho el hacerla inhabitable la antigua creencia de que
la sombra de la bella Zorahayda, que había muerto en aquella Torre, solía
verse, a la luz de la luna, reclinada en la fuente del saloncito o derramando
amargas lágrimas junto a uno de los ventanales, mientras se oían dulces
notas de un laúd.

Leyenda del Aguador y la Herencia del Moro (Irving Washington)


Frente al palacio de la Alhambra, en un declive que parte del camino
hacia la campiña, se habían excavado, en lejanos tiempos, grandes
depósitos de agua que daban a ese lugar el nombre de "Plaza de los Aljibes".
Al final de esa explanada se hallaba uno de los más famosos pozos
árabes, cuya profundidad permitía extraer el agua más pura y fresca de
Granada.
Junto a esas cisternas, y siguiendo una antigua costumbre, se
reunían alrededor de los bancos de piedra todas las comadres, sirvientas,
vagabundos y ociosos con que contaba la ciudad. Su único pasatiempo lo
constituía el comentario e intercambio de noticias, chismes y cuentos que
les traían los aguadores.
Estos personajes, encargados de vender a los habitantes de Granada
el preciado líquido que llevaban en grandes vasijas de barro o cobre ya
cargadas a las espaldas, ya en pacientes burros, recorrían la ciudad de un
extremo a otro sin que nada pudiera escapar a sus vigilantes ojos o atentos
oídos.

Leyenda Del Príncipe Ahmed Al Kamel (Irving Washington)


Había una vez en Granada, un rey moro que no tenía más que un hijo
llamado Ahmed. La servidumbre del palacio no tardó en llamar al pequeño
príncipe Al Kamel o El Perfecto, a causa de las excepcionales cualidades morales
y físicas que revelaban sus pocos años.
Los astrólogos, hombres que se dedicaban a observar el estado del
cielo, pronosticando de acuerdo con la hora del nacimiento los sucesos que
ocurrirían en su vida, no señalaban más que hechos favorables.
Pero estos horóscopos o estudios sobre su destino admitían una
sombra, sin decir por ello que le fuera perjudicial. Ésta lo representaba
como "un gran amor que lo arrastraría a grandes peligros. La única forma de
salvarlo era evitar que se enamorara hasta llegar a la mayoría de edad.

Leyenda Del Mago Y La Princesa Hechicera (Irving Washington)


Hace muchos años, ocupaba el trono de Granada el famoso rey moro Aben-Habuz. Sus hazañas, tal como las relatan las viejas crónicas, no se inspiraban, por cierto, en nobles y honrados propósitos. Amargas lágrimas costaban a sus débiles vecinos los atropellos a que lo impulsaba su rapacidad.
De acuerdo con el viejo refrán "el que siembra vientos recoge tempestades", el avaro rey, al llegar a una edad en que las energías abandonan el cuerpo y el espíritu pide paz y tranquilidad, sólo cosechó continuos sobresaltos y angustiosos temores.
Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo.
La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica. Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia.

Leyenda Del Albañil Y El Tesoro Escondido (Irving Washington)


Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades señalados por la religión cristiana.
Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.
Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo arrancaron del camastro.
Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror.
Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.
-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite demora.

sábado, 28 de junio de 2014

Día De Mudanza (Hans Christian Andersen)


¿Te acuerdas del torrero Ole, verdad? Ya te conté que le hice dos visitas. Pues ahora te contaré una tercera, y no es la última.
Por lo regular voy a verlo a su torre el día de Año Nuevo, pero esta vez fue el día de mudanza general, en que no se está a gusto en las calles de la ciudad, pues están llenas de montones de basura, cascos rotos y trastos viejos, y no hablemos ya de la paja vieja de los jergones, por la cual hay que pasar casi a vado. Siguiendo por entre aquellas pilas de desperdicios, vi a unos niños que estaban jugando con la paja. Jugaban a acostarse, encontrando que todo allí convidaba a este juego. Se metían en la paja viva, y se echaban encima, a guisa de cubrecama, una vieja cortina rota. - ¡Se está muy cómodo! - decían. Aquello ya era demasiado y me alejé, en dirección a la morada de Ole. - ¡Es día de mudanza! - dijo -. Calles y callejones están convertidos en cubos de basura; unos cubos de basura grandiosos. A mí me basta con un carro lleno. Siempre puedo sacar algo de él, y así lo hice, poco después de Navidad. Bajé a la calle; el tiempo era rudo, húmedo, sucio, muy a propósito para enfriarse.

El Gallo De Corral Y La Veleta (Hans Christian Andersen)


Éranse una vez dos gallos: uno, en el corral, y el otro, en la cima del tejado; los dos, muy arrogantes y orgullosos. Ahora bien, ¿cuál era el más útil? Dinos tu opinión; de todos modos, nosotros nos quedaremos con la nuestra. El corral estaba separado de otro por una valla. En el segundo había un estercolero, y en éste crecía un gran pepino, consciente de su condición de hijo del estiércol. «Cada uno tiene su sino - decíase para sus adentros -. No a todo el mundo le es concedido nacer pepino, forzoso es que haya otros seres vivos. Los pollos, los gansos y todo el ganado del corral vecino son también criaturas. Levanto ahora la mirada al gallo que se ha posado sobre el borde de la valla, y veo que tiene una significación muy distinta del de la veleta, tan encumbrado, pero que, en cambio, no puede gritar, y no digamos ya cantar. No tiene gallinas ni polluelos, sólo piensa en sí y cría herrumbre. El gallo del corral, ¡ése sí que es un gallo! Miradlo cuando anda, ¡qué garbo! Escuchadlo cuando canta, ¡deliciosa música! Dondequiera que esté se oye, ¡vaya corneta! ¡Si saltase aquí y se me comiese troncho y todo, qué muerte tan gloriosa!», suspiró el pepino.

viernes, 27 de junio de 2014

El Cometa (Hans Christian Andersen)


Y vino el cometa: brilló con su núcleo de fuego, y amenazó con la cola. Lo vieron desde el rico palacio y desde la pobre buhardilla; lo vio el gentío que hormiguea en la calle, y el viajero que cruza llanos desiertos y solitarios; y a cada uno inspiraba pensamientos distintos. - ¡Salid a ver el signo del cielo! ¡Salid a contemplar este bellísimo espectáculo! - exclamaba la gente; y todo el mundo se apresuraba, afanoso de verlo. Pero en un cuartucho, una mujer trabajaba junto a su hijito. La vela de sebo ardía mal, chisporroteando, y la mujer creyó ver una viruta en la bujía; el sebo formaba una punta y se curvaba, y aquello, creía la mujer, significaba que su hijito no tardaría en morir, pues la punta se volvía contra él. Era una vieja superstición, pero la mujer la creía. Y justamente aquel niño estaba destinado a vivir muchos años sobre la Tierra, y a ver aquel mismo cometa cuando, sesenta años más tarde, volviera a aparecer.

El Bisabuelo (Hans Christian Andersen)


¡Era tan cariñoso, listo y bueno, el bisabuelo! Nosotros sólo veíamos por sus ojos. En realidad, por lo que puedo recordar, lo llamábamos abuelo; pero cuando entró a formar parte de la familia el hijito de mi hermano Federico, él ascendió a la categoría de bisabuelo; más alto no podía llegar. Nos quería mucho a todos, aunque no parecía estar muy de acuerdo con nuestra época.
- ¡Los viejos tiempos eran los buenos! - decía -; sensatos y sólidos. Hoy todo va al galope, todo está revuelto. La juventud lleva la voz cantante, y hasta habla de los reyes como si fuesen sus iguales. El primero que llega puede mojar sus trapos en agua sucia y escurrirlos sobre la cabeza de un hombre honorable. Cuando soltaba uno de estos discursos, el bisabuelo se ponía rojo como un pavo; pero al cabo de un momento reaparecía su afable sonrisa, y entonces decía: - ¡Bueno, tal vez me equivoque! Soy de los tiempos antiguos y no consigo acomodarme a los nuevos. ¡Dios quiera encauzarlos y guiarlos! Cuando el bisabuelo hablaba de los tiempos pasados, yo creía encontrarme en ellos.

Dos Hermanos (Hans Christian Andersen)


En una de las islas danesas, cubierta de sembrados entre los que se elevan antiguos anfiteatros, y de hayedos con corpulentos árboles, hay una pequeña ciudad de bajas casas techadas de tejas rojas. En el hogar de una de aquellas casas se elaboran cosas maravillosas; hierbas diversas y raras eran hervidas en vasos, mezcladas y destiladas, y trituradas en morteros. Un hombre de avanzada edad cuidaba de todo ello. - Hay que atender siempre a lo justo - decía -; sí, a lo justo, lo debido; atenerse a la verdad en todas las partes, y no salirse de ella. En el cuarto de estar, junto al ama de casa, estaban dos de los hijos, pequeños todavía, pero con grandes pensamientos. La madre les había hablado siempre del derecho y la justicia y de la necesidad de no apartarse nunca de la verdad, que era el rostro de Dios en este mundo. El mayor de los muchachos tenía una expresión resuelta y alegre. Su lectura referida eran libros sobre fenómenos de la Naturaleza, del sol y las estrellas; eran para él los cuentos más bellos. ¡Qué dicha poder salir en viajes de descubrimiento, o inventar el modo de imitar a las aves y lanzarse a volar! Sí, resolver este problema, ahí estaba la cosa. Tenían razón los padres: la verdad es lo que sostiene el mundo. El hermano menor era más sosegado, siempre absorto en sus libros.

El Duendecillo Y La Mujer (Hans Christian Andersen)


Al duende lo conoces, pero, ¿y a la mujer del jardinero? Era muy leída, se sabía versos de memoria, incluso era capaz de escribir algunos sin gran dificultad; sólo las rimas, el «remache», como ella decía, le costaba un regular esfuerzo. Tenía dotes de escritora y de oradora; habría sido un buen señor rector o, cuando menos, una buena señora rectora. - Es hermosa la Tierra en su ropaje dominguero - había dicho, expresando luego este pensamiento revestido de bellas palabras y «remachándolas», es decir, componiendo una canción edificante, bella y larga. El señor seminarista Kisserup - aunque el nombre no hace al caso - era primo suyo, y acertó a encontrarse de visita en casa de la familia del jardinero. Escuchó su poesía y la encontró buena, excelente incluso, según dijo.

El Chelín De Plata (Hans Christian Andersen)



Érase una vez un chelín. Cuando salió de la ceca, pegó un salto y gritó, con su sonido metálico «¡Hurra! ¡Me voy a correr mundo!». Y, efectivamente, éste era su destino. El niño lo sujetaba con mano cálida, el avaro con mano fría y húmeda; el viejo le daba mil vueltas, mientras el joven lo dejaba rodar. El chelín era de plata, con muy poco cobre, y llevaba ya todo un año corriendo por el mundo, es decir, por el país donde lo habían acuñado. Pero un día salió de viaje al extranjero. Era la última moneda nacional del monedero de su dueño, el cual no sabía ni siquiera que lo tenía, hasta que se lo encontró entre los dedos. - ¡Toma! ¡Aún me queda un chelín de mi tierra! - exclamó - ¡Hará el viaje conmigo! -. Y la pieza saltó y cantó de alegría cuando la metieron de nuevo en el bolso. Y allí estuvo junto a otros compañeros extranjeros, que iban y venían, dejándose sitio unos a otros mientras el chelín continuaba en su lugar. Era una distinción que se le hacía. Llevaban ya varias semanas de viaje, y el chelín recorría el vasto mundo sin saber fijamente dónde estaba. Oía decir a las otras monedas que eran francesas o italianas. Una explicaba que se encontraban en tal ciudad, pero el chelín no podía formarse idea. Nada se ve del mundo cuando se permanece siempre metido en el bolso, y esto le ocurría a él. Pero un buen día se dio cuenta de que el monedero no estaba cerrado, por lo que se asomó a la abertura, para echar una mirada al exterior. Era una imprudencia, pero pudo más la curiosidad, y esto se paga. Resbaló y cayó al bolsillo del pantalón, y cuando, a la noche, fue sacado de él el monedero, nuestro chelín se quedó donde estaba y fue a parar al vestíbulo con las prendas de vestir; allí se cayó al suelo, sin que nadie lo oyera ni lo viese.

jueves, 26 de junio de 2014

Claus El Grande Y Claus El Pequeño (Hans Christian Andersen)


En cierta aldea vivían una vez dos paisanos del mismo nombre. Ambos se llamaban Claus, pero
uno de ellos tenía cuatro caballos y el otro solamente uno. Y para distinguirlos, la gente llamaba al dueño de los cuatro caballos “Claus el Grande” y al que sólo poseía uno “Claus el Pequeño”. Ahora os contaré lo qué les ocurrió a esos dos hombres, pues ésta es una historia verídica.
Durante toda la semana, el pobre Claus el Pequeño tenía que arar la tierra para Claus el Grande y prestarle su único caballo, pero una vez cada siete días -el domingo- Claus el Grande le prestaba a él sus cuatro caballos. ¡Y con qué orgullo Claus el Pequeño hacía restallar el látigo, cada domingo, sobre aquellos cinco animales! Porque ese día era como si fueran realmente de su propiedad.
El sol brillaba esplendorosamente, las campanas de la iglesia tañían alegres, y la gente pasaba, vestida con sus mejores galas y llevando bajo el brazo su libro de oraciones. Y todos miraban a Claus el Pequeño que araba con sus cinco caballos. Y él se sentía tan orgulloso que restallaba el látigo y decía:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-¡No has de decir así -rezongó Claus el Grande-, porque sólo uno de ellos es tuyo!
Pero Claus el Pequeño olvidó pronto lo que no tenía que decir, y cada vez que veía pasar a alguien
gritaba con toda su fuerza:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-Tengo que insistir en que no lo digas otra vez -repitió Claus el Grande-. Si lo haces, le pegaré, a tu
caballo en la cabeza, de tal modo que caerá muerto en el sitio. Y ya no podrás decir que tienes ninguno.

Blancanieves



Había una vez, en pleno invierno, una reina que se dedicaba a la costura sentada cerca de una ventana con marco de ébano negro. Los copos de nieve caían del cielo como plumones. Mirando nevar se pinchó un dedo con su aguja y tres gotas de sangre cayeron en la nieve. Como el efecto que hacía el rojo sobre la blanca nieve era tan bello, la reina se dijo.
—¡Ojalá tuviera una niña tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como la madera de ébano!
Poco después tuvo una niñita que era tan blanca como la nieve, tan encarnada como la sangre y cuyos cabellos eran tan negros como el ébano.
Por todo eso fue llamada Blancanieves. Y al nacer la niña, la reina murió.
Un año más tarde el rey tomó otra esposa. Era una mujer bella pero orgullosa y arrogante, y no podía soportar que nadie la superara en belleza. Tenía un espejo maravilloso y cuando se ponía frente a él, mirándose le preguntaba:
—¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces el espejo respondía:
—La Reina es la más hermosa de esta región.
Ella quedaba satisfecha pues sabía que su espejo siempre decía la verdad.

Las Habichuelas Mágicas (Hans Christian Andersen)

Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque.
Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían.
El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan,te las daré a cambio de la vaca.
Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.
Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.
Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba.

La Doncella Sabia (Cuentos De Hadas Rusos)



Érase un pobre huérfano que se quedó sin padres a los pocos años y carecía de bienes de fortuna y de talento. Su tío se lo llevó a casa, lo sostuvo y cuando lo vio un poco crecido lo puso a guardar un rebaño de ovejas. Y un día, queriendo probar su talento, le dijo:
- Lleva el rebaño a la feria y mira de sacar todo el provecho posible, de modo que con las ganancias tú y el rebaño podáis vivir; pero has de volver a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja.
- ¿Cómo me las arreglaré para eso? -pensaba el huérfano, sentado al lado del camino mientras el rebaño pacía por el campo.
Una hermosa doncella acertó a pasar por allí y viendo al muchacho tan pensativo, le preguntó:
- ¿En qué piensas, buen mozo?
- ¿No he de pensar? Mi tío me ha armado un lazo para perderme. Me ha encargado una cosa que, por más que me devano los sesos, no sé cómo voy a cumplirla.

miércoles, 25 de junio de 2014

El Sueño Profético (Cuentos De Hadas Rusos)



Vivía en cierto tiempo un comerciante que tenía dos hijos: Dimitri e Iván. Una vez les dio los buenos noches y los mandó a dormir diciendo:
- Hijos, mañana me diréis lo que hayáis soñado, y el que me oculte su sueño no espere nada bueno.
Al día siguiente, el hijo mayor fue a ver a su padre y le dijo:
- He soñado, padre, que mi hermano Iván subía al cielo arrebatado por veinte águilas.
- Está bien -contestó el padre,- y, tú, Iván, ¿qué has soñado?
- Una cosa tan insensata, padre, que es imposible explicarla.
- ¿Qué quieres decir? ¡Habla!
- No, no quiero hablar.
El padre se indignó y resolvió castigar a su hijo por desobediente. Llamó a los criados y les ordenó que se llevasen a Iván, lo desnudasen y atasen a un poste en la encrucijada. Dicho y hecho. Los criados cogieron a Iván y se lo llevaron muy lejos, a un lugar donde se cruzaban siete caminos, lo ataron de pies y manos al poste y lo abandonaron a su suerte. El pobre muchacho lo pasó muy mal. El sol lo achicharraba, los mosquitos y las moscas le chupaban la sangre, el hambre y la sed lo atormentaban.

La Pluma De Fenist, El Halcón Radiante (Cuentos de Hadas Rusos)



Había una vez un viudo que tenía tres hijas. Las dos mayores eran muy dadas a divertirse y a lucir, pero la menor sólo se preocupaba de los quehaceres domésticos, aunque era incomparablemente hermosa. Un día, el padre tenía que ir a la feria de la ciudad y les dijo:
- Queridas hijas, ¿qué queréis que os compre en la feria?
La mayor de las hijas contestó:
- ¡Cómprame un vestido nuevo!
La mediana contestó:
- ¡Cómprame un pañuelo de seda!
La menor contestó:
- ¡Cómprame un clavel rojo!
El viudo fue a la feria y compró un vestido nuevo para la hija mayor y un pañuelo de seda para la mediana; mas, por mucho que buscó, no pudo encontrar un clavel rojo. Ya estaba de regreso cuando se cruzó en el camino con un viejecito a quien no conocía, y el viejecito llevaba un clavel rojo en la mano. El viudo se alegró mucho al verlo y preguntó al viejecito:
- ¿Quieres venderme ese clavel rojo, viejecito? Y el otro le contestó:
- Mi clavel rojo no se vende, no tiene precio porque es inapreciable; pero te lo regalaré si quieres casar a tu hija menor con mi hijo.

La Sortija Encantada (Cuentos De Hadas Rusos)



Había una vez un viejo matrimonio que tenía un hijo llamado Martín. El marido enfermó y murió y, aunque se había pasado toda la vida trabajando no dejó más herencia que doscientos rublos. La viuda no quería gastar este dinero. ¿Mas, qué remedio le quedaba? Como no tenían qué comer hubo de recurrir a la vasija en que guardaba el patrimonio. Contó cien rublos y mandó a su hijo a comprar pan para todo el año. Martín, el hijo de la viuda, fue a la ciudad. Al llegar al mercado le sorprendió un tumulto del que salían gritos que asordaban y, al inquirir la causa, se enteró de que los carniceros habían atado un perro a un poste y le pegaban sin misericordia. Martín se compadeció del perro y dijo a los carniceros:
- Hermanos míos, ¿por qué pegáis al perro tan desalmadamente?
- ¿Por qué no hemos de pegarle, si ha echado a perder todo un cuarto de ternera?
- ¡Pero no le peguéis más, hermanos! Mas os valdría vendérmelo.
- Cómpralo, si quieres -le replicaron los carniceros burlándose de él.- Pero no te daremos por menos de cien rublos semejante alhaja.
- Y bien, cien rublos no son más que cien rublos, después de todo.

El Valiente Jornalero (Cuentos De Hadas Rusos)



Un joven entró al servicio de un molinero. El molinero lo mandó echar grano en la tolva, pero el operario, que no entendía de molinos, echó el trigo sobre la muela y cuando ésta empezó a girar, todo el grano quedó esparcido por tierra. Cuando el amo llegó al molino y vio aquello, despidió al jornalero. El pobre joven se volvió a casa, pensando por el camino: "Poco tiempo he trabajado para el molinero". Tan preocupado estaba, que tomó un camino por otro y se perdió entre unas malezas, hasta que un río le privó el paso. Y junto al río había un molino abandonado, donde resolvió pasar la noche.
Ya eran cerca de las doce y aun no había podido conciliar el sueño. Le asustaban todos los ruidos que llegaban a su oído, pero mucho más hubo de asustarle un ruido de pasos que se acercaban al abandonado molino. El pobre trabajador se levantó más muerto que vivo y se escondió en la tolva. Tres hombres entraron al molino y, a juzgar por su aspecto, no eran gente honrada sino ladrones. Encendieron fuego y procedieron a repartirse el botín. Y uno de los ladrones dijo a los otros:
- Esconderé mi parte bajo el molino.
Y el segundo dijo:
- Esconderé la mía bajo la muela.
Y el tercero dijo:
- Yo esconderé mi parte en la tolva.
Pero el jornalero estaba acurrucado en la tolva y pensó: "Nadie puede morir dos veces, pero todos hemos de morir una vez. No sé si podré asustarlos. Lo probaré". Y se puso a gritar con toda la fuerza de sus pulmones:
- ¡Dionisio, ven aquí; y tú, Focas, vigila la ventana, y tú, pequeño, no te muevas de ahí! ¡Cogedlos, que nadie se escape; nada de piedad con ellos!

Los ladrones, presa del pánico, abandonaron el botín y huyeron como alma que lleva el diablo. El jornalero salió de la tolva, cogió todo el botín y se volvió a casa mas que rico.

La Alforja Encantada (Cuentos De Hadas Rusos)



Había una vez un hombre casado con una mujer extraordinariamente pendenciera. El pobre hombre no tenía un momento de tranquilidad, pues por cualquier nadería lo abrumaba a denuestos su mujer, y si él se atrevía alguna vez a replicar, lo echaba a escobazos de la cocina. Al desgraciado no le quedaba otro consuelo que ir al campo a cazar conejos con lazo y pájaros con trampas que colgaba de los árboles, porque cuando llevaba buena caza, su mujer se calmaba y dejaba de atormentarlo durante uno o dos días y él gustaba unas horas de paz.
Un día salió al campo, preparó sus armadijos cogió una grulla.
- ¡Qué suerte la mía! -pensó el buen hombre.­ Cuando vuelva a casa con esta grulla y mi mujer la mate y la ase, dejará de molestarme por algún tiempo.
Pero la grulla adivinó su pensamiento y le dijo con voz humana:
- No me lleves a tu casa ni me mates; déjame vivir en libertad, y serás para mí como un padre querido y yo seré tan buena para ti como una hija.
El hombre se quedó atónito y soltó a la grulla, pero al volver a casa con las manos vacías, lo abroncó su mujer de tal manera, que el infeliz hubo de pasar la noche en el patio, bajo la escalera. Al día siguiente, muy temprano, se marchó al campo y estaba preparando sus armadijos, cuando vio a la grulla del día antes que se le acercaba con una alforja en el pico.

martes, 24 de junio de 2014

El Campesino Demyan (Cuentos De Hadas Rusos)



En cierta aldea, ignoro si hace poco o mucho tiempo, vivía un campesino testarudo y violento, llamado Demyan. Era duro, bronco y colérico y siempre buscaba la ocasión de disgustarse con cualquiera. Imponía su voluntad a puñetazos cuando no bastaban las palabras. Invitaba a un vecino a su casa, y le obligaba a comer, y si el vecino rehusaba un bocado por vergüenza o cortesía, el campesino se disgustaba y le gritaba: "¡En casa ajena obedece al dueño!"
Y un día sucedió que un mocetón entró como convidado a casa de Demyan, y el campesino le puso una mesa llena de exquisitos manjares y de los mejores vinos. El joven comía a dos carrillos y despachaba plato tras plato. El campesino estaba admirado y cuando vio la mesa limpia y las botellas vacías, se quitó la levita y le dijo:
- ¡Quítate la blusa y ponte mi levita! -porque pensaba: "Rehusará y entonces sabrá para qué tengo los puños".
Pero el joven se puso la levita, se la ciñó bien y haciendo una reverencia, dijo:
- ¡Y bien, padrecito! Gracias por el regalo. No me niego a aceptarlo, porque en casa ajena hay que obedecer al dueño.
El campesino estaba furioso. Deseaba provocar una pendencia a toda costa y con tal objeto condujo al mozo al establo y le dijo:
- Nada es poco para ti. ¡Ea, monta en mi caballo y llévaselo como si fuera tuyo! -porque pensaba: "Rehusará y habrá llegado el momento de darle una lección".
Pero el joven volvió a decir:
- ¡En casa ajena hay que obedecer siempre al dueño!
Y cuando estuvo bien montado, se volvió al campesino Demyan y gritó:
- ¡Hasta la vista, amigo! ¡Nadie te ha obligado, pero has caído en tu misma trampa! -Y dicho esto, salió galopando.
El campesino se quedó moviendo la cabeza y dijo: "La guadaña ha dado contra una piedra", con lo que quería decir que había hallado por fin la horma de su zapato.



La Rana Zarevna (Cuentos De Hadas Rusos)



En cierto reino de cierto Imperio vivían un Zar y una Zarina que tenían tres hijos, los tres jóvenes, valerosos y solteros, el menor de los cuales se llamaba Iván. Un día el Zar les habló y les dijo:
- Queridos hijos, coged cada uno una flecha y un arco, salid en diferentes direcciones y disparadla con toda vuestra fuerza y dondequiera que caiga la flecha, elegid allí vuestra esposa.
El mayor disparó y la flecha fue a parar precisamente al aposento de la hija de un boyardo. La flecha del segundo hermano fue a parar a la casa de un rico comerciante y se quedó clavado en una galería donde se paseaba en aquel momento una hermosa doncella, que era la hija de¡ comerciante. El hermano menor disparó su flecha, que fue a caer a una charca y la cogió una rana que todo el día estaba croando.
El Zarevitz Iván dijo a su padre:
- ¿Cómo quieres qué acepte por esposa a semejante charlatana? ¿Yo casarme con una rana?
- ¡Cásate con ella - replicó su padre,- ese es tu destino!

Los Dos Hijos De Iván El Soldado (Cuentos De Hadas Rusos)



Una vez vivía en cierto país un campesino. Cuando le llegó el tiempo de ir al servicio militar se despidió de su joven esposa con estas palabras:
- ¡Óyeme, esposa mía! Vive honestamente, no te mofes de la buena gente, no dejes que nuestra cabaña se caiga, cuida de todo con esmero y espera mi regreso. Si Dios quiere, volveré y dejaré el servicio. Aquí tienes cincuenta rublos. Si nos nace un niño o una niña es igual; guarda el dinero hasta que nuestro hijo sea mayor. Si es una niña cásala con el pretendiente que le salga, pero si Dios te da un hijo, cuando llegue a la edad de la razón, este dinero te ayudará un poco.
Luego se despidió de la mujer y se marchó a guerrear donde le mandaron. Transcurridos tres meses, le nacieron dos gemelos a quienes llamó los hijos de Iván el soldado. Los pequeños crecieron como dos plantas bien cultivadas. Al llegar a los diez años, su madre cuidó de instruirlos y tanto progresaron en las letras, que los hijos de los boyardos y los hijos de los comerciantes no les aventajaban en saber. Ningún muchacho sabía leer en voz alta, escribir y contestar a las preguntas tan bien como ellos. Los hijos de Iván el soldado fueron creciendo y un día preguntaron a su madre:
- Madre querida, ¿no nos dejó nuestro padre algún dinero? En tal caso dánoslo y nos lo llevaremos a la ciudad para comprarnos un caballo cada uno.

Juanito El Tonto (Cuentos De Hadas Rusos)



Hace mucho tiempo, en cierto reino de cierto imperio había una ciudad donde reinaban el Zar Gorokh, que quiere decir guisante y la Zarina Morkovya, que quiere decir zanahoria. Tenían sabios boyardos, ricos príncipes y robustos y poderosos campeones, y en cuanto a guerreros no bajaban de cien mil. En la ciudad vivía toda clase de gente, comerciantes de barbas respetables, hábiles artesanos, alemanes mecánicos, bellezas suecas, borrachos rusos; y en los suburbios vivían campesinos que labraban la tierra, cosechaban trigo, lo llevaban al molino, lo vendían en el mercado y se bebían las ganancias.
En uno de los suburbios había una casita habitada por un anciano con tres hijos que se llamaban Pacomio, Tomás y Juan. El anciano no sólo era listo sino astuto y cuando se encontraba al diablo entablaba conversación con él, lo convidaba a beber y le arrancaba muchos secretos que luego aprovechaba obrando tales prodigios, que sus vecinos lo tenían por hechicero y mago, mientras otros lo respetaban como a un hombre ladino enterado de alguna que otra cosa. El viejo hacía realmente cosas prodigiosas. Si alguien se sentía consumido por la llama de un amor desesperado, no tenía más que ir a visitar al hechicero y éste le recetaba unas raíces que ablandaban enseguida el corazón de la ingrata. Si algo se perdía, él se las arreglaba para encontrarlo por más escondido que lo tuviese el ladrón, con agua encantada y una red.

El Pato Blanco (Cuentos De Hadas Rusos)



Un Príncipe muy rico y poderoso casó con una Princesa de sin igual hermosura y, sin tiempo para contemplarla, sin tiempo para hablarle, sin tiempo para escucharla, se vio obligado a separarse de ella dejándola bajo la custodia de personas extrañas. Mucho lloró la Princesa y muchos fueron los consuelos que procuró darle el Príncipe. Le aconsejó que no abandonara sus habitaciones, que no tuviera tratos con gente mala, que no prestara oídos a malas lenguas y no hiciese caso de mujeres desconocidas. La Princesa prometió hacerlo así y cuando el Príncipe se alejó de ella se encerró en sus habitaciones. Allí vivía y nunca salía.
Transcurrió un tiempo más o menos largo, cuando un día, que estaba sentada junto a la ventana, bañada en llanto, acertó a pasar por allí una mujer. Era una mujer de sencillo y bondadoso aspecto que se detuvo ante la ventana y, encorvada sobre su báculo y apoyando su barba en las manos, dijo a la Princesa con voz dulce y cariñosa:
- Querida Princesita, ¿por qué estás siempre triste y afligida? Sal de tus habitaciones a contemplar un poco el hermoso mundo de Dios, o baja a tu jardín, y entre los verdes follajes se disiparán tus penas.

lunes, 23 de junio de 2014

Tomás Berennikov (Cuento De Hadas Ruso)



Una vez vivía en una aldea un pobre campesino llamado Tomás Berennikov, muy suelto de lengua y fanfarrón como nadie; a feo no todos le ganaban y en cuanto a trabajador, nadie tenía que envidiarle. Un día fue al campo a labrar, pero el trabajo era duro y su yegua, floja y escuálida, apenas podía con el arado. El labrador se desanimó y fue a sentarse a una piedra para dar rienda suelta a sus tristes pesares. Inmediatamente acudieron verdaderos enjambres de tábanos y mosquitos que volaron como una nube sobre su infeliz jamelgo acribillándolo a picaduras. Tomás cogió un haz de ramas secas y lo sacudió contra su pobre bestia para librarla de aquellos insectos que se la comían viva. Los tábanos y los mosquitos cayeron en gran número. Tomás quiso saber a cuántos había matado y contó ocho tábanos, pero no pudo contar los mosquitos. Puso una cara de satisfacción y se dijo:
"¡Acabo de hacer algo grande! ¡He matado ocho tábanos de un solo golpe y los mosquitos son incontables! ¿Quién dirá que no soy un gran guerrero? ¿Que no soy un héroe? No aro más en el campo. Lucharé. ¡Soy un héroe y como tal buscaré fortuna!"

La Zarevna Belleza Inextinguible (Cuentos De Hadas Rusos)



Hace mucho tiempo, en cierto país de cierto Imperio, vivía el famoso Zar Afron Afronovich. Tenía tres hijos: el mayor era el Zarevitz Dimitri, el segundo, el Zarevitz Vasili, y el tercero, el Zarevitz Iván. Todos eran buenos mozos. El menor tenía diecisiete años cuando el Zar Afron frisaba en los sesenta. Y un día, mientras el Zar estaba reflexionando y contemplando a sus hijos, se le ensanchó el corazón y pensó: "Verdaderamente, la vida es deliciosa para estos jóvenes, que pueden disfrutar de este mundo de maravillas que Dios creó; pero yo resbalo por la pendiente de la vejez, empiezan a afligirme los achaques y poca alegría me ofrece ya este mundo. ¿Qué será de mí en adelante? ¿Cómo podría librarme de la senectud?"
Y así pensando, se quedó dormido y tuvo un sueño. En una tierra desconocida, más allá del país Tres Veces Nueve, en el Imperio Tres Veces Diez, habitaba la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos, y bajo la almohada de esta Zarevna se guardaba un frasco de agua de la vida, y todos los que bebían de esta agua rejuvenecían treinta años.

Marco El Rico Y Basilio El Infortunado (Cuento De Hadas Ruso)



Hace mucho tiempo vivía en un país un opulento comerciante llamado Marco y de sobrenombre "el Rico". Duro y cruel de carácter, era ambicioso y despiadado con el pobre. Siempre que un pordiosero o un indigente se acercaba a pedir a su puerta, él mandaba a sus criados que lo alejasen y le soltaran los perros. Sólo amaba una cosa de este mundo, y era su hija, la hermosísima Anastasia. Sólo con ella no se mostraba duro, y aunque sólo contaba la muchacha cinco años, jamás desatendía sus deseos y le daba cuanto ella quería.
Y un día helado de invierno se acercaron a la puerta tres ancianos de blancos cabellos a pedir limosna. Marco los vio y ordenó que les soltasen los perros. La bellísima Anastasia oyó esta orden e imploró a su padre diciendo:
- Mi querido padre, si me quieres, no los eches; permite que pasen la noche en el establo.
El padre accedió, permitiendo que los tres mendigos pasaran la noche en el establo. Cuando todos dormían en la casa, se levantó Anastasia y se dirigió de puntillas al establo, se encaramó al tejadillo y desde allí pudo ver a los tres hombres. Los mendigos estaban agrupados en el centro del establo, apoyando en sus báculos sus trémulas manos, y sobre éstas se derramaban sus luengas barbas, y pudo oír lo que hablaban entre sí en voz baja. El más viejo de todos miraba a los otros dos y les preguntaba:
- ¿Qué ocurre por este mundo?.

La Acusadora (Cuento De Hadas Ruso)



Una vez vivía un matrimonio anciano. Ella, sin que fuera una mala mujer, tenía el defecto de no sujetar su lengua, y todo el pueblo se enteraba por ella de lo que su marido le contaba y de lo que en casa sucedía, y no satisfecha con esto, exageraba todo de tal modo, que decía cosas que nunca ocurrieron. De vez en cuando, el marido tenía que castigarla y las costillas de la mujer pagaban las culpas de su lengua.
Un día, el marido fue al bosque por leña. Apenas había penetrado en él, notó que se le hundía un pie en la tierra, y el buen viejo pensó:
- ¿Qué será esto? Voy a remover la tierra y tal vez tenga la suerte de encontrar algo.
Se puso a hurgar y al poco rato descubrió una caldera llena de oro y plata.
- ¡Que suerte he tenido! ¿Pero qué haré con esto? No puedo ocultarlo a mi buena mujer, aunque estoy seguro que todo el mundo se enterará por ella de mi feliz hallazgo y yo habré de arrepentirme hasta de haberlo visto.
Después de largas reflexiones llegó a una determinación. Volvió a enterrar el tesoro, echó encima unas cuantas ramas y regresó al pueblo. Enseguida fue al mercado y compró una liebre y un besugo vivos, volvió al bosque y colgó el besugo en lo más alto de un árbol y metió la liebre en una nasa que dejó en un puesto poco profundo del río.

Kuzma Skorobogati (Cuento De Hadas Ruso)



Una vez vivía un matrimonio campesino que tenía un hijo, y éste, aunque buen chico, era tonto de capirote e inútil para los trabajos del campo.
- Marido mío -dijo un día la mujer,- no haremos nada bueno con este hijo y se nos comerá casa y hacienda; mándalo a paseo, que se gane la vida y se abra camino en el mundo.
Lo sacaron, pues, de casa, y le dieron un rocín, una cabaña destartalada del bosque y un gallo con cinco gallinas. Y el pequeño Kuzma vivía solo, completamente solo en medio del bosque.
La raposa olió las aves de corral que le ponían casi bajo las narices en el bosque y resolvió hacer una visita a la cabaña de Kuzma. Un día el pequeño Kuzma salió a cazar y apenas se había alejado de la cabaña, la raposa que estaba vigilando la ocasión, entró, mató una de las gallinas, la asó y se la comió. Al volver el pequeño Kuzma quedó desagradablemente sorprendido al ver que faltaba una gallina, y pensó: "Se la habrá llevado un buitre". Al día siguiente volvió a salir de caza, encontró por el camino a la raposa y ésta le preguntó:
- ¿Adónde se va, pequeño Kuzma?.
- ¡Voy a ver que cazo, raposita!
- ¡Buena suerte!

El Genio De La Estepa (Cuentos De Hadas Rusos)



En aquellos remotos tiempos vivían un rey y una reina. El rey era anciano y la reina, joven.
Aunque se querían mucho eran muy desgraciados porque Dios no les había dado descendencia. Tan apenada estaba la reina, que cayó enferma de melancolía y los médicos le aconsejaron viajar para disipar su mal. Como al rey lo retenían sus asuntos en su reino, ella emprendió el viaje sin su real consorte y acompañada por doce damas de honor, todas doncellas, jóvenes y hermosas como flores de mayo. Al cabo de unos días de viaje llegaron a una desierta llanura que se extendía tan lejos, tan lejos, que parecía tocar el cielo. Después de mucho andar sin dirección fija de una parte a otra, el cochero se desorientó por completo y se detuvo ante una gran columna de piedra, a cuyo pie había un guerrero, jinete en un caballo y armado de punta en blanco.

domingo, 22 de junio de 2014

Verlioka (Cuentos De Hadas Rusos)



Una vez vivía un matrimonio anciano con dos nietos huérfanos, tan hermosos, tan dóciles y buenos, que el matrimonio los quería sin medida. Un buen día se le ocurrió al abuelo llevar a los nietos al campo para enseñarles un plantío de guisante, y vieron que los guisantes crecían espléndidos. El abuelo se regocijó al ver aquella bendición y dijo:
- No hallaréis guisantes mejores en todo el mundo. Cuando estén bien granados, haremos de vez en cuando sopa y tortilla de guisantes.
Al día siguiente, el abuelo mandó a su nieta, diciendo:
- ¡Anda y ahuyenta a los gorriones de los guisantes! La nieta se sentó junto al plantío, agitando una rama seca y diciendo:
- ¡Fuera, fuera, gorriones que picoteáis los guisantes del abuelo hasta que os hartáis!
De pronto oyó un retumbar de pasos en el bosque y se le presentó Verlioka, un gigante de enorme estatura, con un ojo, nariz ganchuda, barbas como zarzas, bigotes de una cana de largo, pelos como cerdas, cojeando de un pie, apoyándose en una muleta, enseñando los dientes y sonriendo. Se acercó a la preciosa niña, la cogió y se la llevó detrás del lago.

Anda No Sé Adónde, Busca No Sé Qué (Cuentos De Hadas Rusos)



En un imperio que se extendía desde el litoral de un mar azul, vivía una vez un rey soltero que tenía una compañía de arqueros que salían de caza, tirando a cuantos pájaros se les ponían al alcance para proveer de carne la mesa de su señor. En esta compañía servía un joven arquero llamado Fedot, un tirador notable que siempre daba en el blanco, por lo que el rey lo quería más que a los otros. Un día salió el joven de caza muy temprano, al romper el alba. Penetró en un bosque muy espeso y lóbrego y en la rama de un árbol vio una paloma. Fedot tendió el arco, apuntó y disparó. Herida en un ala, la paloma cayó a la húmeda tierra. El tirador la cogió y estaba a punto de retorcerle el cuello y ponerla en su zurrón, cuando oyó que la paloma le hablaba de esta manera:
- Por piedad, joven cazador, no me retuerzas el cuellecito ni me prives de la luz de este mundo. Será mejor que me dejes con vida, que me lleves a casa y me dejes en tu ventanita, y te diré lo que has de hacer. En el momento en que se apodere de mí el sueño, pero fíjate que te digo en el mismo momento, me arrancas con tu mano derecha el ala herida y desde entonces podrás darte por hombre afortunado.

Gore-Gorinskoe (Cuentos De Hadas Rusos)



Una vez vivían en un pueblo dos hermanos, uno rico y otro pobre. Al rico todo le salía a pedir de boca y la suerte le acompañaba en todos los negocios que emprendía, pero al pobre parecía huirle la fortuna por más que se esforzase en trabajar como un esclavo.
En pocos años, se vio el rico tan acaudalado y en un estado de prosperidad tan abundante, que se trasladó a la ciudad, se hizo construir la casa más grande y se estableció como comerciante, mientras el pobre pasaba tales apuros, que a veces no tenía en casa ni un pedazo de pan que dar a un racimo de hijos, todos pequeños, que lloraban a un tiempo pidiendo algo que comer o beber. El pobre hombre empezó a desanimarse, maldiciendo su suerte y su desgraciada cabeza empezó a hundírsele entre los hombros.
Fue a visitar a su hermano de la ciudad y le dijo: -¡Socórreme! ¡Estoy completamente aniquilado!
- ¿Por qué no? -contestó el rico.- Medios no me faltan, pero has de trabajar conmigo toda esta semana.

El Arpa Mágica (Cuentos De Hadas Rusos)



Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina. Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio). En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.

sábado, 21 de junio de 2014

El Gnomo Bigotudo Y El Caballo Blanco (Cuento De Hadas Ruso)



En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna. Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países, prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes, boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:
- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.

La Nave Voladora (Cuento De Hadas Ruso)



Vivía una vez un matrimonio anciano que tenía tres hijos: dos de ellos eran listos, pero el otro era tonto. La madre quería a los dos primeros y casi los viciaba, pero al otro lo trataba siempre con dureza. Supieron que el Zar había hecho publicar un bando que decía: "Quien construya una nave que pueda volar se casará con mi hija, la Zarevna". Los dos mayores decidieron ir en busca de fortuna y pidieron la bendición de sus padres. La madre les preparó las cosas para el viaje y comida para el camino y una botella de vino. El tonto quería también acompañarlos, pero su madre le negó el permiso.
- ¿Adónde irías tú, necio? -le dijo- ¿No sabes que los lobos te devorarían?
Pero el tonto no cesaba de repetir:
- ¡Quiero ir, quiero ir!
Viendo la madre que no sacaría nada de él, le dio un pedazo de pan seco y una botella de agua y le puso de patatas en la calle.

Morozko (Cuento De Hadas Ruso)



Una vez vivía una madrastra que, además de su hijastra, tenía una hija propia. Todo lo que hacía su hija lo daba por bien hecho, y la llamaba "niña juiciosa"; pero su hijastra, por más que se esforzaba en complacerla, todo se lo hacía mal y del revés. Y no obstante, la hijastra era una verdadera alhaja y en buenos manos se hubiera amoldado como la cera; pero, con la madrastra, no hacía más que llorar. ¿Qué podía hacer la pobrecita? Las tempestades se calman, pero los escándalos de una vieja regañona no tienen fin. Encuentra para gritar los pretextos más desatinados y es capaz de empeñarse en que se peine uno los dientes. A la madrastra se le metió en la cabeza echar a la hijastra de casa.
- Llévatela -le decía al marido,- llévatela adonde quieras; pero que no la vean mis ojos, que mis oídos no la oigan. No quiero que esté un momento más en el tibio dormitorio de mi propia hija; abandónala en mitad del campo, entre la nieve.
El hombre se quejó llorando, pero obedeció y puso a su hija en el trineo sin atreverse siquiera a taparla con la manta del caballo. Se llevó a la desventurada a los desiertos campos, la dejó sobre un montón de nieve, y después de santiguarse, volvió corriendo a casa paro no presenciar la muerte de su hija.

La Montaña De Oro (Cuento De Hadas Ruso)



Hace tiempo vivía un hijo de comerciante qué disipó toda su fortuna, llegando al extremo de no poder comer. No tuvo otro recurso que coger una azada e ir al mercado a esperar que alguien lo ajustase como jornalero. Y he aquí que un comerciante que era único entre setecientos, por ser setecientas veces más rico que ningún otro, acertó a pasar por allí en su coche dorado, y apenas lo vieron los jornaleros que en el mercado estaban, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.
- ¿Quieres trabajar, mozo? -preguntó el comerciante que era único entre setecientos. - Yo te daré trabajo.
- Con mucho gusto, para eso he venido al mercado.
- ¿Qué sueldo quieres ganar?
- Si me das cien rubios diarios, trato hecho.
- ¡Es una suma excesiva!
- Si te parece mucho, búscate un género más barato. La plaza estaba llena de gente y en cuanto has llegado, todos han desaparecido.
- Bueno, convenido; mañana te espero en el puerto.

Presa De Pájaro (Grimm)


Érase una vez un guardabosques que fue a cazar al bosque y cuando llegó a él oyó un grito como de un niño pequeño. Siguió la dirección que le marcaban los gritos y se encontró, por fin, ante un alto árbol en cuya copa estaba sentado un niño pequeño. La madre se había dormido con el niño bajo el árbol y un ave de rapiña que lo vio en su regazo voló hasta ellos, se lo quitó con el pico y lo colocó en lo alto del árbol.
El guardabosques trepó al árbol, bajó al niño y pensó: «Llévate el niño a casa y lo criarás con tu pequeña Lenchen *.»
Lo llevó a casa y los dos niños crecieron juntos. Pero como había sido encontrado en un árbol y lo había llevado un pájaro, le puso el nombre de Presa de pájaro. Presa de pájaro y Lenchen se querían tanto que cuando uno no veía al otro se ponía triste.
El guardabosques tenía una vieja cocinera, que una tarde cogió dos cubos y comenzó a acarrear agua, y no fue sólo una vez sino muchas a la fuente. Lenchen vio todo esto y dijo:
Oye, vieja Sanne, ¿para qué traes tanta agua?
Si no se lo dices a nadie, te lo contaré.

viernes, 20 de junio de 2014

La Bella Durmiente (Grimm)


Hace mucho tiempo había un rey y una reina que exclamaban todos los días:
—¡Ay, si tuviéramos un hijo! —y no conseguían tener nunca uno.
Entonces sucedió que, estando la reina una vez en el baño, saltó un sapo del agua al suelo y le dijo:
—Tu deseo será cumplido. Antes de que pase un año traerás un hijo al mundo.
Lo que e! sapo había dicho se cumplió y la reina dio a luz una niña tan hermosa, que el rey no cabía en sí de gozo y organizó una gran fiesta. No sólo invitó a sus parientes, amigos y conocidos, sino también a las hadas para que le fueran propicias y le mostraran su afecto. En su reino eran trece, pero como solamente tenían doce platos de oro para que comieran ellas, tuvieron que dejar a una en casa. La fiesta se organizó con todo lujo, y cuando estaba llegando al final, las hadas obsequiaron a la niña con sus dones maravillosos. La una con virtud, la otra con belleza, la tercera con riquezas, y así con todo lo que se pueda desear en este mundo. Cuando once habían expresado ya sus deseos, entró de pronto la decimotercera y, como quería vengarse de no haber sido
invitada, sin saludar ni mirar a nadie, dijo en voz alta:
—¡La hija de! rey se pinchará a los quince años con un huso, y morirá!
Y sin decir ni una palabra más, se dio la vuelta y abandonó la sala.

Los Seis Cisnes (Grimm)


Un rey cazaba una vez en un enorme bosque, y persiguió con tanto ahínco a un jabalí, que ninguno de sus sirvientes pudieron seguirle. Cuando llegó la noche, se detuvo y miró atentamente a su alrededor; entonces se dio cuenta de que se había perdido. Buscó una salida, pero no pudo encontrar ninguna. Vio, entonces, a una anciana que, cabeceando, se dirigía hacia él. Era una bruja.
—Querida señora —le dijo—, ¿podríais enseñarme el camino a través del bosque?
—¡Oh, claro que sí, señor rey! —contestó ella—. ¡Claro que puedo! Pero hay una condición para ello; si no la cumplís, no saldréis jamás del bosque y moriréis de hambre.
—¿Qué condición es ésa? —preguntó el rey.
Tengo una hija —dijo la vieja— que es lo más hermoso que podéis encontrar en el mundo y que merece que la hagáis vuestra esposa. Si queréis convertirla en señora reina, os enseñaré el camino a través del bosque.
El rey, lleno de miedo, aceptó, y la vieja le llevó a una casita donde su hija estaba sentada al fuego. Recibió al rey como si lo hubiera estado esperando y él comprobó que, en verdad, era muy hermosa, pero no le gustó, y no la podía mirar sin sentir un secreto estremecimiento. Después de haber montado a la muchacha en su caballo, la vieja le enseñó el camino y el rey llegó a su palacio real, donde se celebró la boda.

El Viejo «Sultán» (Grimm)


Un campesino tenía un perro fiel, que se llamaba Sultán y que se había hecho viejo, había perdido todos los dientes y no podía morder ya nada con fuerza. Cierto día estaba el campesino con su mujer ante la puerta de su casa y dijo:
Al viejo Sultán lo mataré mañana de un tiro; ya no sirve para nada.
La mujer, que sintió compasión por el fiel animal, añadió:
Ya que nos ha servido durante tantos años y ha sido fiel podíamos darle el pan ahora como caridad.
--¿Qué? —dijo el hombre . Tú no estás en tus cabales; ya no tiene dientes y ningún ladrón siente miedo ante él: debe morir. Es cierto que nos ha servido bien, pero en compensación ha tenido su buena comida.
El pobre perro, que estaba tumbado al sol no lejos de allí, había oído todo esto y estaba triste de que al día siguiente tuviera que ser el último de su vida. Tenía un buen amigo, el lobo, y se lamentó de la triste suerte que le habían asignado.

El Enebro (Grimm)


Hace ya mucho tiempo, hace unos dos mil años, vivía un hombre rico que tenía una mujer bella y piadosa, y ambos se querían muchísimo, pero no tenían hijos y deseaban ardientemente tenerlos; la mujer rezaba día y noche para conseguirlo, más no llegaban y no llegaban.
Delante de su casa había un enebro. Una vez, en invierno, estaba la mujer bajo el árbol y pelaba una manzana, cuando se cortó un dedo y la sangre cayó en la nieve.
—¡Ay, Dios mío! —dijo la mujer suspirando profundamente, y al ver la
sangre ante sí, se puso melancólica—: Ojalá tuviese un hijo, tan rojo como la sangre y tan blanco como la nieve!
Apenas lo hubo dicho, se sintió muy contenta porque le daba la sensación de que aquello iba a suceder. Entonces se fue a su casa. Y pasó un mes, y la nieve se derritió. Y dos meses y todo se puso verde.
Y tres meses y salieron las flores de la tierra. Y cuatro meses y todos los árboles se apretujaban en el bosque y las ramas verdes se entrelazaban entre sí y cantaban los pajarillos y su canto resonaba por todo el bosque y las flores caían de los árboles. Pasado el quinto mes, se puso la mujer debajo del enebro, que olía tan bien que a ella le saltó el corazón de alegría; se dejó entonces caer de rodillas y no cupo en sí de gozo. Y cuando hubo pasado el sexto mes, las bayas del árbol iban creciendo y engrosando y ella se puso muy pensativa. Y en el séptimo mes alargó su mano hasta una baya y se la comió con mucha ansia; entonces se puso muy triste y enfermó. Y cuando
transcurrió el octavo mes, ella llamó a su marido y llorando le dijo:
—Cuando me muera, entiérrame debajo del enebro.

El Pájaro Emplumado (Grimm)


Érase una vez un maestro de brujos que tomó la figura de un pobre hombre e iba ante las puertas de las casas pidiendo, y apresaba a las jóvenes hermosas. Nadie sabía dónde las llevaba, pues ellas no volvían a aparecer más en público. Una vez se presentó ante la puerta de un hombre que tenía tres hermosas hijas. Iba con el aspecto de un pobre y débil pordiosero y llevaba en la espalda un capacho como si lo quisiera para guardar allí las limosnas. Pidió un poco de comida y, al salir la mayor y querer darle un trozo de pan, no hizo más que rozarla cuando ella se vio obligada a saltar dentro del capacho. Después de esto se alejó de allí a grandes pasos y la llevó a su casa. que estaba en medio de un bosque oscuro. En la casa todo era lujoso, le dio todo lo que ella quería y dijo:
—Tesoro mío, estarás a gusto aquí en mi casa, tienes todo lo que tu corazón pueda desear.
Esto duró unos cuantos días, y luego dijo el brujo:
—Tengo que salir de viaje y dejarte por algún tiempo sola; Puedes andar por todos los sitios de la casa y ver todo. excepto la habitación que abre esta pequeña llave: te lo prohíbo a vida o muerte.

jueves, 19 de junio de 2014

El Viaje De Pulgarcito (Grimm)


Un sastre tenía un hijo, que había nacido tan pequeño, que no era mayor que un pulgar. Por eso se llamaba Pulgarcito. El era valiente y dijo a su padre:
Padre, debo y quiero salir por el mundo.
Bien, hijo mío, coge una aguja de zurcir y haz en el ojo un nudo con lacre; así tendrás una espada también para el camino.
Luego quiso el sastrecillo comer todavía una vez más en familia y saltando fue a la cocina para ver qué cosa rica había hecho su señora madre por última vez . La habían acabado de preparar y la fuente estaba en el fogón.
Entonces dijo él:
Señora madre, ¿qué hay hoy de comida?
Míralo tú mismo —dijo la madre.
Pulgarcito saltó al fogón y miró dentro de la fuente, pero como estiró tanto el cuello, le alcanzó el vapor de la comida y le lanzó fuera de la chimenea. Durante un rato cabalgó sobre el vapor por los aires hasta que finalmente cayó en tierra. ¡Por fin estaba el sastrecillo fuera, en el ancho mundo!
Vagabundeó y entró en casa de una maestra a trabajar, pero la comida no le hacía demasiado feliz.

El Ahijado De La Muerte (Grimm)


Un pobre hombre tenía doce hijos y necesitaba trabajar día y noche para poder darles pan. Cuando el decimotercero vino al mundo, no supo encontrar solución a su necesidad, corrió a la carretera y quiso pedirle al primero que encontrase que fuera su compadre. El primero al que encontró fue a Dios. El sabía ya lo que angustiaba al hombre y dijo:
Pobre hombre, me das pena. Yo seré el padrino, cuidaré de él y lo haré feliz en la tierra.
El hombre dijo:
¿Quién eres tú?
Yo soy Dios.
—Pues no te quiero por compadre —dijo el hombre—. Tú das a los ricos y dejas que los pobres pasen hambre.
Esto lo dijo el hombre porque no sabía lo sabiamente que Dios reparte la pobreza y la riqueza. Por tanto, se alejó del Señor y prosiguió su camino. Entonces se le acercó el diablo y dijo:
¿Qué buscas? Si me quieres de padrino de tu hijo, le daré oro en abundancia y todos los placeres del mundo.
El hombre preguntó:
¿Quién eres tú?
Yo soy el demonio.

La Señora Trude (Grimm)


Érase una vez una niña pequeña que era terca e impertinente y, cuando sus padres le decían algo, no obedecía.
¿Cómo le podía ir bien así? Un día les dijo a sus padres:
He oído hablar tanto de la señora Trude, que voy a ir a su casa. La gente dice que su casa es tan maravillosa y cuentan que pasan cosas tan extrañas en ella, que me ha hecho sentir una gran curiosidad.
Los padres se lo prohibieron tajantemente y dijeron:
La señora Trude es una mala mujer, que realiza cosas impías, y si vas a su casa dejarás de ser nuestra hija.
Pero la muchacha no hizo caso de la prohibición de sus padres y se fue a casa de la señora Trude. Y cuando llegó a su casa, preguntó la señora Trude.
¿Por qué estás tan pálida?
¡Ay! —contestó, mientras temblaba por todo el cuerpo—. Me he asustado mucho de lo que he visto.
¿Qué has visto?
He visto en vuestra escalera a un hombre negro.
Era un carbonero.
—Luego vi a un hombre verde.
Era un cazador.
Después vi a un hombre rojo como la sangre.
Era un carnicero.
—Ay, señora Trude, tengo miedo, he mirado por la ventana y no os vi a vos, pero sí al diablo con una cabeza de fuego.
¡Oh! —dijo ella—. Entonces has visto a la bruja en todo su esplendor; te he esperado durante mucho tiempo y he suspirado por ti; ahora tienes que alumbrarme.
A esto, transformó a la muchacha en un tronco de madera y la echó al fuego. Y cuando estaba al rojo vivo, se sentó al lado, calentándose y dijo:
¡Esto alumbra por una vez con claridad!