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jueves, 31 de julio de 2014

LA BRUJA LADRONA Asteasu, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)


Muchas, muchísimas, son las leyendas de Euskal Herria en las que aparecen las brujas como parte esencial de las creencias y temores de nuestros antepasados. Los nombres relacionados con las brujas son abundantes: sorginetxe, sorginkoba, sorginiturri, sorginzulo, sorginleze, sorginerreka...
Se les atribuyen males como la pérdida de las cosechas, averías en los molinos, enfermedades, muertes misteriosas o naufragios. Hay varias cosas que asustan a las brujas y las ahuyentan, como la cruz, el apio, el carbón y los amuletos.

En la obra anteriormente mencionada «El mundo en la mente popular vasca», de J. M. de Barandiaran, encontramos el cuento siguiente, uno de los más bonitos de la tradición oral.
Cerca de Asteasu, en Gipuzkoa, vivían en un caserío un padre y sus tres hijos. Tenían un hermoso manzanal, pero desde hacía días notaban que por la noche les robaban las manzanas.
Decidido a pillar al ladrón, el hermano mayor se quedó una noche haciendo guardia, pero se durmió y, al despertar, se dio cuenta de que les habían vuelto a robar.

LA LAMIA GOLOSA Zuberoa (Leyendas De Euskal Herria)


De nuevo nos encontramos con una leyenda de lamias, a las que tan aficionados son los habitantes de Iparralde. Esta vez es una lamia pequeña y peluda. A pesar de que, según la tradición, las lamias son inmensamente ricas, tienen peines de oro y tesoros fabulosos, guardan los secretos de las construcciones de piedra y sus poderes son extraordinarios, necesitan la ayuda de los humanos para dar a luz o morir, y son capaces de arriesgarse por los restos de una pobre cena de campesinos.

La siguiente leyenda fue recogida, aunque en diferentes versiones, por J. M. de Barandiaran y Jean Barbier, y presenta ciertas similitudes con la leyenda «El hombre y el gato», aunque únicamente en la primera parte de la narración.
En un caserío de Lakarri, en Zuberoa, vivía un matrimonio de cierta edad. El marido se iba a la cama temprano, mientras que la mujer se quedaba hasta más tarde hilando firu-firu. Pero, desde hacía algún tiempo, todas las noches, a la misma hora, una mujer pequeña y peluda bajaba por la chimenea y no se iba hasta que hubiera terminado los restos de la cena. En cuanto aparecía, la extraña mujer decía:

GASTÓN DE BELZUNTZE Belzuntze, Lapurdi (Leyendas De Euskal Herria)


Esta leyenda trata de la lucha a muerte entre un joven y un dragón que asolaba la región de Lapurdi en el siglo XIV.

En los relatos de Iparralde abundan las leyendas de dragones. La historia de Gastón de Belzuntze es muy popular, y de ella existen varias versiones. La presentada en aquí fue recogida por Agustín Chaho, periodista, historiador y filólogo nacido en 1810 en Tardets (Zuberoa) y amigo personal del vizconde Charles de Belzuntze, quien fue sequramente su informador.
Hace unos cuantos siglos, un gallo puso un huevo y lo escondió en un estercolero cerca de Hirubi, en Lapurdi. Al cabo de siete años, de ese mismo huevo nació una serpiente. Siete años después, la serpiente había crecido cien veces cien su tamaño; tenía tres cabezas, a cual más espantosa, y por sus tres bocas lanzaba sin cesar chorros de fuego. De su lomo salían dos alas que le permitían sobrevolar toda la región, sembrando el terror entre los habitantes de las orillas del río Errobi, también conocido como río Nive, y con las uñas de sus enormes patas podía destrozar cualquier animal en pocos segundos.

ZIRIPOT Lantz, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


El carnaval de Lantz es muy famoso por su originalidad, por su colorido y por todo lo que de misterioso y ancestral encierran sus personajes, representados por los mozos de este pueblo navarro.
Miel-Otxin es un muñeco de paja provisto de una máscara y un gorro alto en punta, que está cubierto de papeles de colores. Es llevado en hombros por uno de los mozos.
Zaldiko es representado por un mozo con un armazón sujeto a la cintura en el que se representan una cola y una cabeza de caballo. Lleva una gorra de paja y la cara tiznada.
Los txatxoak son mozos vestidos con trajes y telas de colores vistosos y gorros de paja o acabados en punta. Llevan la cara tapada y escobas o palos en las manos.
Los perratzaileak van totalmente cubiertos con tela de saco y llevan un caldero con brasas para herrara Zaldiko.
Ziripot es un mozo vestido con un saco grande relleno de paja. Lleva la cara tapada con un pañuelo y apenas puede andar.

La siguiente narración se basa en la interpretación de los personajes del carnaval.

LA TORRE MISTERIOSA Aramaiona, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Por razones históricas y religiosas que ahora no vienen a cuento, los judíos han sido siempre muy perseguidos y, en ciertas épocas, tenidos por magos capaces de malas artes. Aunque en Euskal Herria los casos de discriminación no han sido muy notorios, también hasta aquí llegó la ola de antisemitismo que se respiró en las regiones vecinas y que condujo a su aislamiento y, finalmente, a su expulsión.

El siguiente relato se basa en una leyenda del valle de Aramaiona.
En el hermoso valle alavés de Aramaiona se encuentra el pueblo de Ibarra, que antes se llamaba Zalgo, limitado en su zona norte por la peña de Anboto, conocida por ser una de las moradas de Mari, la diosa de los antiguos vascos.
En el año 1122 se extendió una gran preocupación en el valle. Hacía ya un año que un misterioso hebreo llamado Samuel, que vivía en Adurzaba, al pie del cerro de Gasteiz, se había presentado en Zalgo. Tenía una barba larga y blanca que le cubría el pecho; llevaba en la cabeza un birrete negro y en los pies unos escarpines de terciopelo rojo. Pero lo que más llamaba la atención a los habitantes del valle era que la túnica que vestía el misterioso personaje, desde el cuello a los pies, estaba bordada con hilo de oro y brillaba más que el sol.

LA TORRE DE ALOS Deba, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)



Esta leyenda está basada en unos versos que se cantaban en la zona de Deba y que datan de principios del siglo XV. Los versos, recogidos por Araquistain en 1865, cuentan la historia de la torre de Alos.
La torre de Alos era una importante casa solariega de Deba. Su dueño, Beltrán Pérez de Alos, se casó dos veces. De su primera mujer tuvo a una hija, hermosa y buena, a quien llamaron Uxue.
Al quedar viudo, el señor de Alos volvió a casarse y, tal como a veces sucede en los cuentos de hadas, la nueva señora no quería a Uxue, pero nada dejaba traslucir en presencia de su marido. El padre adoraba a su hija, y era correspondido por ésta.
Un día, Beltrán de Alos tuvo que partir a la guerra, y estuvo siete largos años lejos de su casa. A punto de regresar a sus tierras, recibió una carta de su mujer diciéndole que Uxue, la dulce paloma, había tenido un hijo ilegítimo, un hijo sin padre, y había llevado la deshonra a la torre de Alos.
Con el corazón triste, Beltrán regresó a su hogar. Ya se divisaba la torre a lo lejos cuando el señor de Alos decidió hacer un alto en una posada. Estando allí, entraron dos hombres comentando las últimas noticias.

LAS BRUJAS Y LOS JOROBADOS Urdax, Lapurdi (Leyendas De Eukal Herria)


En Iparralde existía una gran creencia en la brujería, las brujas y los hechiceros. En el siglo XVII, el inquisidor Pierre de Lancre persiguió incansablemente a los sospechosos de brujería, y fueron muchos los que murieron en prisiones y en hogueras. Según cuenta J. M. de Barandiaran, en Sara, las brujas se reúnen de noche fuera del pueblo y bailan al son del ttunttun o tamboril, sin txistu ni xirula, mientras gritan: “Etxean zahar, kanpoan gazte” (En casa, viejo; en la calle, joven).

Los habitantes del barrio de Alkerdi, en Urdax, eran tenidos por brujos, y también los de Arrankoitz, así como los habitantes de Eihalarre, en el valle de Carazi, a los que se llamaba akelartarrak, según cuenta R. Mª de Azkue. Lugares famosos de aquelarres en Iparralde son: Artegaña en Alzai, Arlegiko Kurutzi y el prado de Sohuta, cerca de Maule.
En tiempos pasados, vivía en Urdax de Lapurdi una vieja bruja que asistía, como era su obligación, a los aquelarres los viernes por la noche.
Esta bruja tenía como vecinos a dos hermanos, solterones y además jorobados, que sospechaban de ella y la vigilaban con mucha atención. Un día, uno de los dos hermanos llamó a la puerta de la vieja y le dijo:
—Me gustaría acompañarte un día a la reunión.
La vieja se hizo la sorprendida.

ANXO Zuia, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Bajo diversos nombres y apariencias, los gigantes son personajes habituales en la mitología vasca. En muchos lugares se encuentran marcas que son tenidas por huellas de los gigantes que en otras épocas vivían allí.
Algunos son en general bondadosos, como los gentiles; otros protegen los bosques y los rebaños, como los basajaun, y otros son temibles, como Torto o Ttarttalo.

Aunque las leyendas y cuentos sobre gigantes se dan más en la zona de Cipuzkoa y Nafarroa, existe un gigante en Iparralde, a quien llaman Tártaro, y otro en Araba, Anxo, según asevera J. M. Barandiaran en su obra «Diccionario de Mitología Vasca».
Hace mucho, mucho tiempo, vivía en una cueva de Domaikia, en Zuia de Araba, un genio terrible que tenía un solo ojo en medio de la frente. Era un gigante enorme con gran fuerza, pues era capaz de arrancar un árbol con una mano.
Los habitantes de la zona estaban aterrorizados porque Anxo que así se llamaba el gigante, robaba todo tipo de alimentos, en especial vacas y ovejas. El temor era aún mayor porque también había raptado a muchos caminantes que habían pasado cerca de la cueva y nunca más se les había vuelto a ver vivos.

EL BRUJO NOVATO Kortezubi, Bizkaia (Leyendas De Euskal Herria)


Casi siempre son las mujeres brujas las protagonistas de las leyendas vascas. Aunque también existen hombres brujos, apenas se les menciona y, cuando esto sucede, también se les denomina con el nombre de sorgin, aunque en algunos casos se les llama intxixuak. En los aquelarres, eran los brujos quienes se encargaban de tocar el tamboril y el txistu para que las brujas bailaran.
Para saber si una persona es o no bruja basta con comprobar si tienen lunares en el cuerpo o en el blanco del ojo (lunar conocido como la “marca del sapo”) o si puede doblar el pulgar hacia atrás hasta tocar la muñeca de la misma mano. Sobre la base de pruebas como éstas y otras parecidas muchos vascos fueron perseguidos, encarcelados y ajusticiados por los inquisidores españoles y franceses bajo la acusación de brujería.

El siguiente relato ha sido recogido por J. M. de Barandiaran en su «El mundo en la mente popular vasca».
En Kortezubi, en Bizkaia, vivían una mujer y su hija con un criado que les ayudaba en las tareas del caserío.
Todos los viernes por la noche, las dos mujeres se ponían sus mejores vestidos, se peinaban cuidadosamente y salían de la casa, a la que no volvían hasta bien entrada la madrugada.

EL CARBONERO Y LA MUERTE Elbetea, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


La muerte suele ser protagonista de algunas leyendas, en las que suele adoptar el aspecto de un personaje o de un genio con el que se habla normalmente, como si fuera un ser humano.
En un tiempo en el que la media de vida era más corta que la actual y en la que no había preocupación más importante que la muerte, era lógico que las gentes sencillas explicaran ciertos fenómenos luminosos o atmosféricos como señales del Más Allá. De ahí los relatos sobre aparecidos, almas errantes, animales que de hecho eran espíritus que no habían encontrado el descanso, voces, luces, etc.

R. Mª de Azkue recoge en su «Euskalerriaren Yakintza» numerosos ejemplos de prácticas relacionadas con la muerte, de las cuales más de una subsiste aún en nuestros tiempos.
Hace mucho, mucho tiempo vivía en Elbatea, en el valle del Baztan, un carbonero tan mísero que apenas si tenía un mendrugo de pan negro que llevarse a la boca. Vivía en el monte, en una chabola que él mismo había construido con ramas y pajas, y pasaba los días soñando con una vida mejor y renegando por su mala fortuna.

martes, 29 de julio de 2014

EL UNGÜENTO DE LA BRUJA Zaitegi, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Al igual que sucede en Hafarroa, en las zonas del sur de Araba no se conservan tantas leyendas como en el norte. Tal vez esto se deba también a que están menos pobladas y a que la influencia de otras culturas ha sido más fuerte en esta zona.

Sin embargo, existen algunas leyendas de “moros y cristianos”, cuyas raíces se encuentran seguramente en la larga convivencia y las luchas que mantuvieron unos y otros.
Hace muchos siglos, cuando los alaveses sostenían duras batallas contra los musulmanes que habían atacado sus tierras, tuvo un hecho singular en la zona de Zaitegi (Cigoitia).
En una ocasión en la que los alaveses habían causado muchas bajas al ejército enemigo y esperaban que éste se rindiese o se retirase, se encontraron con la sorpresa de que, al día siguiente, el ejército musulmán era igual de numeroso que la víspera. De nuevo volvieron a luchar y a vencer, dejando el campo lleno de cadáveres, pero al amanecer el enemigo volvió a presentar batalla con el mismo número de soldados que los dos días anteriores.

LA LUNA Antzuola, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)


Ilargi o Ilazki, la Luna, es, según se lee en el «Diccionario ilustrado de mitología vasca» de J. M. de Barandiaran, de género femenino, al igual que el Sol.
En fórmulas y plegarias se le llama “Ilargiko-amandre”, madre Luna, y cuando aparece encima de los montes orientales, le dicen: “Ilargi amandrea, zeruan ze berri?” (madre Luna, ¿qué noticias hay en el cielo?).
Antiguamente, un día a la semana (el viernes) estaba dedicado a la Luna. El viernes es también el día en el que se reúnen los brujos. El mismo día, a la luz de la Luna y en las encrucijadas de los caminos, deben quemarse los objetos mágicos que hayan pertenecido a personas embrujadas.

La Luna es la protagonista de las dos siguientes narraciones.

LA CUEVA DE LA MORA Fitero, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


La zona sur de Nafarroa no es tan rica en leyendas como la zona norte. Esto puede que se deba a dos motivos principalmente: que es una región poco poblada y que, a lo largo de la historia, ha existido un mayor contacto que en el resto de Euskal Herría con otras poblaciones no vascas: romanos, godos, musulmanes...

En todo caso, en las leyendas de esta zona los protagonistas suelen ser musulmanes y cristianos, como consecuencia de la larga convivencia entre los dos pueblos.
Cerca de la localidad de Fitero, en lo alto de una escarpada roca, dominando el valle por donde cruza el río Alhama, se encuentran las ruinas de un antiguo castillo. A orillas del río hay una cueva profunda llamada “Cueva de la Mora”, la cual, según creencia popular, se comunica con el castillo por medio de un pasadizo subterráneo.
En tiempos de la dominación árabe, el castillo estaba ocupado por soldados musulmanes. Las luchas entre ellos y los navarros eran muy frecuentes.

MARI DE TXINDOKI Amezketa, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)


Mari es el personaje más importante de la mitología vasca. Es la jefa de todos los demás genios, brujas, númenes, espíritus, etc., que pueblan la tradición oral de Euskal Herria. La creencia en la Dama Mari está extendida por toda la tierra vasca y las leyendas le atribuyen sexo femenino: en algunas se muestra bajo el aspecto de una hermosa dama, en otras es una mujer envuelta en llamas que se transforma en media luna, novillo, cuervo o caballo, pero su aspecto más frecuente es el de una hoz de fuego que surca el cielo. Tiene varias moradas, siempre en el interior de cuevas y simas, en varios lugares de Euskal Herria. Sus poderes son extraordinarios y puede premiar o castigar a los mortales que osan llegar hasta ella, y tanto ayuda a una persona que se haya perdido en el monte como lanza vientos y tormentas contras las cosechas.

Mari es la única reminiscencia de diosa-madre prehistórica que queda en Europa. 

BARATXURI Andoain, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)


Baratxuri, Ukabiltxo, Kukubiltxo, Barbantxo..., son diferentes personajes cuyas historias coinciden, y que adoptan alguno de estos nombres según la zona de Euskal Herria en la que se cuenten dichos relatos.
Son niños muy pequeñitos, del tamaño de un puño, pero no son enanos. Sus padres son normales y ellos hacen las labores que hacía cualquier niño en el campo.

J. M. de Barandiaran menciona a todo estos pequeños personajes, y nosotros hemos elegido a Baratxuri por ser la única chica entre todos ellos.
Hace ya mucho tiempo, en Andoain, en Gipuzkoa, vivían un padre, una madre y una hija. La hija era tan pequeñita que le habían puesto de nombre Baratxuri. Pero era una chica lista y tenía mucha fuerza, por lo que ayudaba a su madre en la casa y a su padre en el trabajo del campo.
Un día, la madre le rogó que llevase la comida al padre, que estaba en una huerta lejana. Como el camino era largo, Baratxuri sacó al asno del establo y se instaló en su oreja. El asno conocía el camino porque lo había recorrido muchas veces, y pronto llegaron a donde estaba el padre.

lunes, 28 de julio de 2014

EL CULEBRO DE BALZOLA Dima, Bizkaia (Leyendas De Euskal Herria)


Sugoi, Maju o Sugaar es el nombre del culebro de la cueva de Balzola, en Olma, Bizkaia. Es el señor del mundo subterráneo, y uno de los genios más unidos a Mari, de quien es compañero. Cuando los dos se juntan, provocan una gran tormenta de viento y granizo.
Según la «Crónica de las siete casas de Bizkaia y Castilla», obra del siglo XV escrita por Lope García de Salazar, Sugoi y una princesa escocesa que había arribado a Mundaka huyendo de su país tuvieron un hijo de piel tan blanca y de cabellos tan rubios que lo llamaron Jaun Zuria (señor blanco), que fue el primer señor de Bizkaia.

La siguiente leyenda está recogida por J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de mitología vasca» y en su obra «El mundo en la mente popular vasca».
Erase una vez dos hermanos que vivían en Bargondia, en Dima, Bizkaia. El mayor, Joxe, era un hombre serio y reposado al que le gustaba pensar antes de tomar una decisión. El más joven, Santi, era todo lo contrario, alocado y de reacciones rápidas.

EL REGALO DE LAS LAMIAS Ultzama, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


Las lamias son personajes muy populares en la mitología vasca. Son una mezcla de hadas y brujas; no son malignas, pero tampoco se debe confiar demasiado en ellas.
Aunque el nombre más común es el de lamias, también se les llama laminak, elelamiak, amilamiak, laminakuak...

Estos genios tienen forma humana y adoptan, la mayor parte de las veces, el aspecto de hermosas jóvenes de largos cabellos rubios, aunque sus pies son iguales a los de los patos, las gallinas o las cabras, y por eso se sabe que son lamias.
Las lamias solían pedir, de vez en cuando, algunos favores a los seres humanos, y éstos eran recompensados con generosidad por ellas.
Una vez, cerca del pueblecito de Yabar, en la zona de Ultzama, en Nafarroa, una lamia se encontraba a punto de dar a luz, y sus compañeras fueron en busca de la comadrona de la localidad para que la ayudara en el parto. La comadrona se trasladó a la morada de las lamias e hizo su trabajo limpiamente y a satisfacción de las mismas.

EL CANDELABRO DE SALBATORE Mendibe, Behenafarroa


Los protagonistas de esta leyenda son Basajaun y Basandere. A ambos se les conoce como “los señores del bosque” o “los señores salvajes”. Son genios que habitan en lo más profundo de los bosques. Son tan altos como los árboles, tienen el cuerpo cubierto de pelos y el cabello les llega hasta el suelo. Basajaun es el protector de los rebaños. Cuando está cerca, las ovejas hacen sonar sus cencerros y los pastores pueden descansar tranquilos, pues él cuidará de que nada malo le ocurra al rebaño. Según el tipo de relato, unas veces son seres diabólicos con una fuerza extraordinaria, y otras veces Basajaun representa al primer agricultor, herrero o molinero de quien aprendieron los hombres.

La leyenda «El candelabro de Salbatore» ha sido recogida por Azkue, Barandiaran, Iraburu, Cerquand, Barbier y otros.
Hace mil años, en Mendibe, Behenafarroa, sólo había dos casas, Lohibarria y Garseaberroa. Un día, el pastor de Lohibarria se fue con el rebaño a la zona de Galharbeko-potxa, cerca de Irati, y, al acercarse a una de las cuevas, vio a la Basandere, que se estaba peinando el cabello. A su lado brillaba como el sol un candelabro que ella misma acababa de limpiar. El joven se quedó admirando de tal modo el candelabro que no acertaba a decir palabra.

EL BECERRO DE ORO Birgala, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Las cuevas y simas profundas casi siempre son motivo de relatos fantásticos, porque es creencia popular que en su interior existen tesoros inmensos, tal y como señala J. M. de Barandiaran en su obra «El mundo en la mente popular vasca».

Así, por ejemplo, existen pieles de buey llenas de oro. Otras veces son pellejos de cabra también repletos de oro, o “kutxak”, cofres. En algunos lugares hay enterradas campanas de oro o, como ocurre en el relato siguiente, figuras de animales, igualmente de oro.
Cerca del pueblo alavés de Birgara, en el monte Kapildui, existe una sima de la cual se habla en varias leyendas diferentes. Es la morada de unos genios que aparecen bajo figura de toro, carnero u oveja, y cuentan los pastores que en su interior hay un becerro de oro guardado por brujas y otros seres temibles.

GUIOMAR Y EL UNICORNIO Betelu, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


Son muchos los países en los que el unicornio es protagonista de leyendas, pero en toda la Península Ibérica sólo se conoce un unicornio, el que vagaba por el bosque de Betelu, en Nafarroa.
El unicornio es un animal mitológico que tiene forma de caballo, es blanco, símbolo de la pureza, y sus ojos son azules. De su frente sale un cuerno largo y afilado que posee un valor incalculable y que puede contrarrestar todo tipo de venenos.

Sólo se puede cazar un unicornio mediante una virgen, porque es la única persona que el animal permite que se le acerque. De todos modos, el mágico animal muere si se le arranca el cuerno, aunque no esté herido de muerte.
Gobernaba en Nafarroa el rey Sancho el Magnánimo, quien había con seguido llevar la paz a sus tierras, tras muchos años de peleas con los musulmanes que amenazaban las fronteras del reino.
El rey Sancho y su esposa doña Aldonza tenían dos hijas Violante y Guiomar. Las dos eran hermosas, virtuosas y discretas siendo la primera morena y la segunda, rubia. Todos los que las conocían las querían y respetaban, y ellas llenaban de alegría la vejez de sus padres.

domingo, 27 de julio de 2014

JUAN SIN MIEDO Etxarri Aranatz, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


Según las leyendas, existen muchos lugares en los que hay oro enterrado o escondido. También es de oro el peine de las lamias, la rueca de Mari, el tesoro que guarda el Behigorri o el candelabro del Basajaun.
Los tesoros siempre han tenido mucho atractivo para los seres humanos, que ven en ellos la posibilidad de mejorar sus vidas. Durante siglos, han buscado oro afanosamente, y es lógico que ello haya quedado reflejado en la mente popular.

La siguiente leyenda es una de las muchas recogidas por J. M. de Barandiaran, y en ella encontramos la búsqueda del tesoro unida al toque misterioso de un espíritu errante, que da cuerpo a la narración.
Un antiguo dicho vasco dice que “todo lo que tiene nombre existe” o, dicho de otra forma, “sólo existe lo que tiene nombre”.

EL DRAGÓN DE MONDARRAIN Itsasu, Lapurdi (Leyendas De Eudkal Herria)


A los vascos de Iparralde les gustan las leyendas de herensuges, o dragones de siete cabezas.
Cuentan que, cuando se formó la séptima cabeza, al despuntar el día, el dragón, despidiendo luz por sus siete pares de ojos, se levantó y fue a introducirse en los mares bermejos, itxasgorrieta, y por eso los amaneceres son rojos en el horizonte marítimo.
En Sara dicen que la morada del herensuge es el bosque de Zualbehere, Tonba y la peña de Eahardiko-harri. El dragón ha sido visto en forma de arco iris encendido que se esconde luego en el mar.
El Herensuge produce un ruido espantoso cuando cruza los aires, y cuentan en Alzai que el hijo del castillo de Zaro lo envenenó. El monstruo comenzó a arder y, envuelto en llamas, voló al océano, segando con su cola las puntas de las hayas del bosque de Itze al atravesarlo.

LA LECHUZA Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Según cuenta R. Mª. de Azkue, cuando la lechuza canta temprano significa que pronto morirá alguna persona de la zona o que, por lo menos, tendrá lugar alguna desgracia. Aunque, como compensación, también se dice que, cuando una lechuza canta de noche alrededor de una casa, anuncia un nacimiento.

La lechuza es un ave rapaz que siempre ha sido tenida en Euskal Herria por un genio nocturno o por un siervo de los genios que pueblan las noches vascas, según cuenta Juan Mugarza en su libro «Tradiciones, mitos y leyendas en el País Vasco», en el que relata la siguiente leyenda, cuyo origen, según señala el autor, podría datar de los primeros tiempos del cristianismo en nuestra tierra.
En un pueblo de Araba, cuyo nombre se ha olvidado, vivían dos hermanos muy diferentes en su manera de ser. Mientras uno era bueno y caritativo, el otro era avaro y estaba lleno de maldad. Mientras uno creía en Dios y en el bien, el otro no creía ni siquiera en el diablo, sólo creía en sí mismo y en las riquezas que día a día iba acumulando.

LA LAMIA ENAMORADA Orozko, Bizkaia (Leyendas De Euskal Herria)


Estos hermosos genios que son las lamias peinan sus largos cabellos rubios con un peine de oro a las orillas de los ríos o fuentes de las montañas y enamoran a los pastores que tienen la fortuna, o la desgracia, de contemplarlas. Son siempre amores desgraciados e imposibles. En Euskal Herria existen numerosos vestigios del paso de las lamias, cuya existencia estaba muy arraigada en la creencia popular; de ahí que se dijese: “direnik ez da sinistu behar; ez direnik ez da esan behar” (no hay que creer que existan; no hay que decir que no existen). J. M. de Barandiaran recoge los siguientes topónimos (casi todos en Bizkaia): Laminategi (Mutriku), Lamikiz (Markina), Lamindau (Dima), Laminerreka (Zeberio), Laminapotzu (Zeanuri), Laminarrieta (Bedia), Laminazulo (Anboto), Laminaran (Mundaka), Lamiako (Leioa).

La siguiente leyenda fue recogida tanto por J. M. de Barandiaran como por R. Mª de Azkue, y es una de las más hermosas que existen.

EL PUENTE DE LIGI Ligi, Zuberoa (Leyendas de Euskal Herria)


En Euskal Herria existen muchas construcciones como puentes, casas, iglesias, castillos..., que, según la leyenda, fueron construidas por brujas, lamias, gentiles, demonios, etc., a petición de personas que las querían o las necesitaban con urgencia y que ofrecían a cambio su alma.

La siguiente leyenda trata de este tema, y fue recogida por Barandiaran, Azkue y otros investigadores. Sus protagonistas son los lamiñaku, seres asexuados, pequeños y feos.
Hace mucho, mucho tiempo, el señor de Ligi, en Zuberoa, ordenó construir un puente sobre un pequeño río que atraviesa la localidad. Los canteros vascos tenían fama en el mundo entero por lo bien que trabajaban la piedra, pero esta vez la construcción no fue ninguna maravilla y, antes incluso de estar concluido, el puente se había derrumbado.
De nuevo el señor lo ordenó construir, y una vez más se cayó.

sábado, 26 de julio de 2014

LA MORA DE ZALDIARAN Zaldiaran, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Los peines de oro tienen una gran importancia en las leyendas vascas. Mari se peina con un peine de oro y también las lamias lo utilizan para peinar sus largos cabellos dorados al borde de las fuentes y los arroyos. Es menos corriente que el peine de oro lo utilicen las brujas y las humanas, aunque también se dan estos casos.

La siguiente leyenda nos habla de una mora misteriosa que es, seguramente, resultado de la larga convivencia entre vascos y musulmanes en las zonas del sur de Euskal Herria. La mención de esta mora la recoge J. M. de Barandiaran en su libro «El mundo en la mente popular vasca».
Hace muchos siglos había en Zaldiaran, en Araba, una hermosa torre, de la que hoy, desgraciadamente, sólo quedan las ruinas.

EL DRAGÓN DE ARRASATE Arrasate, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)


Son muchos los dragones que pueblan las simas de los montes de Euskal Herria. Todos ellos son terribles y peligrosos. Los hay de una, tres y siete cabezas; con alas y sin alas; casi todos echan fuego por la boca —o las bocas, cuando tienen varias—; algunos tienen forma de dragón, otros de enorme lagarto y otros son como serpientes gigantes. Su nombre en euskera es “herensuge”.
Según cuenta J. M. de Barandiaran, cuando el herensuge vivía en la sierra de Ahuski, atraía el ganado para alimentarse; cuando vivía en Aralar, en Muragain o en la Peña de Orduña, se alimentaba de carne humana.

Varios autores recogen la siguiente leyenda en distintos lugares, aunque la más famosa es la de Arrasate-Mondragón.

MATEO TXISTU Tolosa, Gipuzkoa (leyendas De Euskal Herria)


En las leyendas vascas encontramos a menudo referencias de los espíritus. Algunas veces se muestran en forma de almas errantes que no han encontrado el descanso, otras en forma de animales, otras bajo el aspecto de un haz luminoso o de una nube.
Una de las leyendas más conocidas es la de Mateo Txistu, o Juanito Txistularia, o Prixki-Juan, según la zona en la que se narre esta historia.

Ésta es “la leyenda del cazador que, en castigo a su afición desordenada, corre sin tregua ni reposo por todo el mundo, acompañado de sus perros, formando parte del inmenso ciclo de cazas aéreas y nocturnas que figuran en los relatos míticos”, dice J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de mitología vasca».

MAMARRUAK Añes, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


Los pequeños genios que en algunos lugares dicen que tienen aspecto de insectos y en otros que son pequeños hombrecillos vestido de rojo, reciben los nombres más diversos: prakagorriak, mamarruak, galtzagorriak, gaizkiñak, mozorroak, bestemutilak, etxejaunak, ximeigorriak o aidetikakoak, todos ellos recogidos por J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de mitología vasca», así como el extraño nombre de patu, del cual dicen que, cuando una persona no tiene suerte en sus negocios, se comenta de ella que “ez du horrek patu onik”, es decir: “ése no tiene buena suerte”.

Estos personajillos son capaces de los mayores portentos y ayudan a aquél que los posee. Lo mismo pueden hacer que una yunta de bueyes gane una apuesta de arrastre que pueden arar un campo en un abrir y cerrar de ojos o, incluso, trasladar a su dueño a largas distancias, como la historia que cuentan del brujo de Bargota, en Nafarroa, que se trasladaba a Madrid para ver una corrida de toros y estaba de vuelta nada más terminada.

TEODOSIO DE GOÑI Aralar, Nafarroa (Leyendas De Euskal Herria)


Teodosio de Goñi es un personaje a caballo entre la historia y la leyenda. Fue un guerrero vascón, hijo de Miguel de Goñi, señor del Valle de Goñi, hoy de Gesalaz, perteneciente a la merindad de Estella, y propietario de una casa fuerte en lo alto de una colina. Miguel de Goñi era uno de los miembros del Consejo de los Doce que gobernaba el territorio navarro.

La siguiente leyenda se ha transmitido con muy pocos cambios a lo largo de generaciones
Según la leyenda, volvía Teodosio de Goñi a su casa después de guerrear contra los godos que intentaban dominar Nafarroa, cuando se le apareció un hombre extraño en Erretabidea, camino del valle de Ollo, y le dijo que su mujer, Constanza de Butrón, le traicionaba con un amante. Loco de rabia, Teodosio espoleó su caballo, llegando a su casa ya de noche y subiendo rápidamente al dormitorio. Un rayo de luna entraba por la ventana iluminando la habitación, y el caballero observó que había dos personas en la cama. Creyendo que eran Constanza y su amante, sacó la espada y la clavó en los dos cuerpos de los durmientes, matándolos en el acto.

viernes, 25 de julio de 2014

LA LAMIA Y EL CANTERO Zuraide, Zuberoa (Leyendas De Euskal Herria)


En las leyendas de Iparralde, las o los lamias —puesto que su sexo no está claramente definido— no son, como en Hegoalde, hermosas doncellas de largos y sedosos cabellos rubios que peinan con un peine de oro cerca de las fuentes y tienen los pies de pato... Las lamias de Iparralde son más bien gnomos o geniecillos de pequeño tamaño a los que hay que temer, aunque no son especialmente malévolos. Les llaman lamiñak o lamiñakuak.
La siguiente narración fue recogida por Jean Barbier en su libro «Legèndes basques». 
Hace mucho tiempo vivía un cantero en un pueblecito de Zuberoa llamado Zuraide, cerca de Ezpeleta. A pesar de que su trabajo era muy apreciado y necesario, el cantero no estaba satisfecho porque, según él, tenía un oficio muy duro y fatigoso.
En aquella época había muchos lamiñaku en Euskal Herria, y uno de ellos escuchó las quejas del hombre y se presentó ante él.

EL BASILISCO DEL POZO Mendoza, Araba (Leyendas De Euskal Herria)


En su «Diccionario de mitología vasca», J. M. de Barandiaran comenta, hablando de la palabra “osin”, pozo o lago, que es creencia popular que en aquellos pozos en donde el agua tira hacia abajo viven ciertos genios. A algunos de estos pozos se les atribuye un origen extraordinario como, por ejemplo, en Bikuña de Araba y otros pueblos de la comarca se recuerda que en un lugar del monte Basabea se hundieron dos yuntas de bueyes con sus carros y sus boyeros, apareciendo después un pozo que aún existe.
En el pueblo alavés de Caicedo se cuenta que, en el mismo sitio donde se encuentra el lago, había hace tiempo un rico caserío que se hundió en la tierra porque sus habitantes no quisieron socorrer a una pobre mendiga. 
En Mendoza de Araba existe un barrio llamado Urrialdo que hace muchos años estaba muy poblado, tenía numerosas casas y era un lugar próspero y rico. Un día, sin embargo, ocurrió algo que angustió y acabó con la alegría de los habitantes de Urrialdo. Una serpiente robó un huevo de gallina y lo empolló. Llegado el momento, el huevo se rompió, y de él salió un basilisco. Tenía el tamaño de un gato, su cabeza parecía la de un gallo con dientes, su cuerpo era de serpiente, tenía unas alas llenas de espinas y su cola era larga y puntiaguda como una lanza.

TTARTTALO Zegama, Gipuzkoa (Leyendas De Euskal Herria)


Entre los muchos personajes mitológicos vascos, hay uno especialmente aterrador: Ttarttalo o Torto, el cíclope antropófago de un solo ojo en medio de la frente.
Se le representa como pastor de ovejas y constructor de dólmenes, de donde procede el nombre de “Ttarttaloetxe” que se le da a un dolmen situado en lo alto del monte Saadar, en Zegama.
El siguiente relato, recogido por J. M. de Barandiaran en su «El mundo en la mente popular vasca», es parecido al del cíclope de Homero, aunque con la variante del anillo parlante. Entre las hipótesis que se barajan sobre esta leyenda, hay una que señala que los marinos vascos pudieran haber tenido relaciones con los marinos griegos y haberla traído así a nuestra tierra. 
Dos hermanos que regresaban a Zegama, en Gipuzkoa, después de un largo viaje, se perdieron y, tras mucho caminar, encontraron una cueva en la que se refugiaron para pasar la noche.
Poco tiempo después apareció Ttarttalo con sus ovejas y, entrando en la cueva, cerró la entrada con una enorme piedra. Al darse cuenta de la presencia de los dos hermanos, fijó en ellos su único y terrible ojo y dijo al mayor:
—Tú, para hoy.
Y al otro:
—Tú, para mañana.

La Bella Durmiente Del Bosque (Charles Perrault)

Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.
Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.
Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.

MARI Anboto, Bizkaia (Leyendas De Euskal Herria)


Mari es la diosa suprema de la mitología vasca. Posee varias moradas, pero una de las más conocidas es la que tiene en el monte Anboto, por lo que también es conocida como Anbotoko Dama o Damla. Mari tiene un compañero, Maju o Sugoi, que la visita todos los viernes por la tarde y le peina el cabello con su peine de oro. Tiene también dos hijos, Atarrabi y Mikelats, representantes el primero del bien y el segundo del mal. Algunas veces Mari se casa con mortales, con los cuales tiene hijos e hijas.
Aunque se la representa de muy diversas maneras, hay una particularmente atractiva: una hermosa mujer, con largos cabellos, un castillo de oro en su mano derecha y un dragón a sus pies.
La siguiente leyenda se encuentra recogida en el «Libro dos Linhagens», escrito por el conde Pedro de Barcellos en el siglo XVI.
Era don Diego López de Haro, señor de Bizkaia en el siglo XIV, un gran cazador, y siempre que podía salía en busca de algún jabalí o de algún otro animal salvaje de los que, en aquel entonces, abundaban en nuestros bosques y montes.

EGUZKILOREA (Leyendas De Euskal Herria)


Según cuenta J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de la mitología vasca», los vascos antiguos creían que la Tierra era la madre del Sol y de la Luna y, por lo tanto, la que daba la vida al mundo vegetal y animal, incluido el ser humano. De ella se partía y a ella se volvía. Por eso, nuestros antepasados le hacían ofrendas, implorando su ayuda.
También creían que el Sol y la Luna eran hermanas, las dos de sexo femenino, y que en las entrañas de la Tierra vivían los genios que poblaban la mente popular vasca.
Hace miles y miles de años, cuando los seres humanos comenzaron a poblar la Tierra, no existían ni el Sol ni la Luna. Hombres y mujeres vivían en constante oscuridad, asustados por los numerosos genios que salían de las entrañas de la tierra en forma de toros de fuego, caballos voladores o enormes dragones.
Los seres humanos, desesperados, decidieron pedir ayuda a la Tierra.

jueves, 24 de julio de 2014

Las Hadas (Charles Perrault)

Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.
Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.
Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.
—Como no, mi buena señora, dijo la hermosa niña.
Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:
—Eres tan bella, tan buena y, tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don (pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta donde llegaría la gentileza de la joven). Te concedo el don, prosiguió el hada, de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.
Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.
—Perdón, madre mía, dijo la pobre muchacha, por haberme demorado; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.
—¡Qué estoy viendo!, dijo su madre, llena de asombro; ¡parece que de la boca le salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?
Era la primera vez que le decía hija.
La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.
—Verdaderamente, dijo la madre, tengo que mandar a mi hija; mirad, Fanchon, mirad lo que sale de la boca de vuestra hermana cuando habla; ¿no os gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayáis a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer os pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.
—¡No faltaba más! respondió groseramente la joven, ¡ir a la fuente!
—Deseo que vayáis, repuso la madre, ¡y de inmediato!
Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.
—¿Habré venido acaso, le dijo esta grosera mal criada, para daros de beber? ¡justamente, he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebed directamente, si queréis.
—No sois nada amable, repuso el hada, sin irritarse; ¡está bien! ya que sois tan poco atenta, os otorgo el don de que a cada palabra que pronunciéis, os salga de la boca una serpiente o un sapo.
La madre no hizo más que divisarla y le gritó:
—¡Y bien, hija mía!
—¡Y bien, madre mía! respondió la malvada echando dos víboras y dos sapos.
—¡Cielos!, exclamó la madre, ¿qué estoy viendo? ¡Su hermana tiene la culpa, me las pagará! y corrió a pegarle.
La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.
—¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.
El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.
El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.
En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.



MORALEJA

Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.


OTRA MORALEJA

La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.

El Gato Con Botas (Charles Perrault)

Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y  lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.
—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.
El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.
—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.
El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.


MORALEJA

En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.


OTRA  MORALEJA

Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento

no son ajenos a la seducción.

Cenicienta (Charles Perrault)


Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer que era la más altanera y soberbia que nunca se hubiera visto. Tenía esta  mujer dos hijas de su mismo carácter y que se le parecían en todo. El marido también tenía una  hija, por su parte, pero de una dulzura y una bondad sin par, heredadas de su madre, que había sido  la persona más buena del mundo.
En cuanto se celebraron las bodas, la madrastra dio libre curso a su mal humor. No pudo soportar
las buenas cualidades de la muchacha, que hacían aún más odiosas a sus hijas. Le encargó las más  viles ocupaciones de la casa: era ella quien limpiaba la vajilla y las escaleras, la habitación de
la señora y las de sus señoritas hijas; dormía en un desván en lo alto de la casa, sobre un  miserable jergón, mientras que sus hermanas vivían en habitaciones de pisos entablados, tenían  lechos muy a la moda y espejos en los que se veían de pies a cabeza. La pobre muchacha sufría todo pacientemente y no se atrevía a quejarse a su padre, pues éste, que se hallaba enteramente sometido  a su esposa, la regañaría.
Cuando terminaba sus trabajos iba a sentarse sobre las cenizas en un rincón de la chimenea. por lo
que en la casa se la llamaba comúnmente Culigrís. La menor de sus hermanas, que no era tan grosera como la mayor, la  llamaba Cenicienta. Sin embargo, a pesar de sus pobres vestidos, no dejaba por eso de ser cien  veces más linda que sus hermanas, aunque éstas vistieran espléndidamente.
Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas de calidad y también a
nuestras dos señoritas, ya que eran grandes figuras del lugar. Helas allí pues muy contentas y
ocupadas, eligiendo los vestidos y peinados que mejor les sientan: un nuevo pesar para Cenicienta,
por- que era ella quien planchaba la lencería de sus hermanas y la que daba forma a sus mangas.
Ellas sólo hablaban de la manera cómo se vestirían.
-Yo -decía la mayor- me pondré mi traje de terciopelo rojo y mis encajes de Inglaterra.
-Yo -decía la menor- me pondré la pollera de siempre, pero en cambio llevaré mi tapado con flores
de oro y mi collar de diamantes, que no es de los menos bonitos.
Enviaron por  una buena  peinadora para  arreglar  sus peinados y compraron lunares de los mejores.
Luego llama- ron a Cenicienta para pedirle su opinión, porque tenía buen gusto. Cenicienta les
aconsejó a la perfección y aun se ofreció para peinarlas, cosa que ellas aceptaron.
Y mientras las peinaba, ellas le decían:
-Cenicienta, ¿te gustarla ir al baile?
-¡Ah, señoritas!, ustedes se ríen de mí; no me corresponde . . .
-Tienes razón; la gente se reiría de ver a una Culigrís ir al baile.
Otra en lugar de Cenicienta las habría peinado mal, pero ella era muy buena y las peinó
perfectamente bien. Se pasa- ron casi dos días sin comer, pues se sentían transportadas de alegría.
Rompieron más de doce cordones a fuerza de apretarse para afinar su cintura y estaban siempre
frente al espejo.
Por fin, llegó el feliz día y ellas salieron para el baile mientras Cenicienta las seguía con la
mirada hasta donde alcanzaba a verlas. Se echó a llorar. Su madrina, al verla bañada en lágrimas,
le preguntó qué tenía.
-Querría . . . querría . . .
Lloraba tan fuerte que no podía continuar. Su madrina, que era hada, le dijo:
-Querrías ir al baile ¿no es cierto?
-¡Ay, sí! -dijo Cenicienta suspirando.
-Y bien, si eres una buena chica -dijo su madrina- haré que vayas.
La llevó a su habitación y le dijo:
-Ve al jardín y tráeme una calabaza.
Cenicienta fue de inmediato a buscar la mejor calabaza que pudo encontrar y se la trajo a su
madrina, sin poder adivinar de qué manera esta calabaza podría hacerla ir al baile. Su madrina la
vació y cuando no quedó más que la cáscara la tocó con su varita y la calabaza se transformó de
inmediato en una hermosa carroza dorada.
Enseguida fue a mirar su ratonera, donde encontró seis ratones vivos; dijo a Cenicienta que
levantara un poco la trampa y a cada ratón que salía lo tocaba con su varita: uno a uno se fueron
transformando en hermosos caballos, de lo
que resultó un magnífico tiro da seis caballos de un lindo color gris arratonado.
Y como su madrina estaba pensando de qué manera ha- ría un cochero, Cenicienta le dijo:
-Voy a ver si hay alguna rata en la trampa para ratas.
Con ella haremos un cochero.
-Tienes razón -le dijo la madrina-, ve a ver.
Cenicienta le trajo la trampa, en la que había tres gran- des ratas. El hada eligió una, por su
señora barba. Y, al to- carla, la transformó en un gran cochero, con los más hermosos bigotes que
jamás se hayan visto.
Y luego le dijo:
-Ve al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera. Tráemelos.
En cuanto se los trajo, la madrina los convirtió en seis lacayos que prestamente subieron a la
parte trasera de la carroza con sus trajes galoneados y allí se mantuvieron firmes, como si no
hubieran hecho otra cosa en toda su vida.
El hada dijo entonces a Cenicienta:
-Bueno, ya tienes con qué ir al baile. ¿Estás contenta?
-Sí, pero no puedo ir con estas ropas miserables . . .
Su madrina no hizo más que tocarla con la varita, y sus ropas se transformaron en vestidos de paño
de oro y plata, recamados de pedrería Luego le dio un par de zapatos de cristal, los más lindos del
mundo.
Así vestida subió a la carroza, pero su madrina le recomendó especialmente que no se quedara en
el baile más allá de medianoche, pues si permanecía un instante más, la carroza volvería a ser calabaza, sus caballos ratones, sus lacayos lagartos y sus viejas ropas  retomarían su forma primitiva.
Cenicienta prometió a su madrina que no olvidaría salir del baile antes de medianoche y partió loca
de alegría. El hijo del rey, a quien habían anunciado la llegada de una gran princesa desconocida,
corrió a recibirla. Le tendió la mano para que descendiera de la carroza y la condujo a la gran
sala, donde estaban todos ¡os invitados: se hizo entonces un gran silencio, la danza cesó o los
violines dejaron de tocar, a tal punto todos prestaron atención a la gran belleza de la desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:
-¡Ah, qué hermosa es!
El propio rey, viejo como era, no dejaba de mirarla, diciéndole a ta reina en voz baja, que hacía
mucho tiempo que no veía a una mujer tan bella y encantadora. Todas las damas observaban
atentamente su peinado y sus ropas, para tratar de imitarlos al día siguiente, siempre que hallaran
artesanos tan hábiles y telas tan hermosas como serían necesarios.
El hijo del rey la ubicó en el lugar más distinguido y luego la tomó de la mano para bailar con  ella, Y ella bailó con tanta gracia que todos la admiraron aún más. Sirvieron entonces una  magnifica cena, de la cual el ¡oven príncipe no probó bocado, tan ocupado estaba contemplando a la  bella.
Cenicienta fue a sentarse junto a sus hermanas y las agasajó de mil maneras, compartiendo con
ellas las naranjas y limones que el príncipe le había dado, todo lo cual les asombró mucho, pues
no la conocían.
Mientras charlaban, Cenicienta oyó tocar las doce me- nos cuarto. Hizo entonces una gran reverencia  y se fue lo más rápido que pudo.
Cuando llegó a su casa fue a vera su madrina y, después de agradecerle, le dijo que tenía muchos
deseos de ir el baile también la noche siguiente, pues el hijo del rey se lo había rogado.
Mientras contaba a su madrina todo lo que había acontecido en el baile, llegaron las dos hermanas
y Cenicienta fue a abrirles.
-¡Cuánto tardaron en volver! -les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirando los brazos,
como si acabara de despertarse, aunque no había sentido ninguna gana de dormir desde que se
habían separado.
-Si hubieras venido al baile -le dijo una de sus hermanas- no te habrías aburrido: vino la princesa
más bonita que pueda verse. Fue amabilísima con nosotras y nos dio naranjas y limones.
Cenicienta no cabía en sí de alegría; les preguntó el nombre de la princesa, pero ellas le dijeron
que no lo sabían, que el hijo del rey estaba muy intrigado y que daría cualquier cosa por saber
quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:
-¿Era tan bonita? ¡Dios mío, qué felices son ustedes!
¿No podría verla? ¡Ay!, señorita Javotte, présteme su vestido amarillo, ese que lleva todos los
días.
-Pero, ¡por favor! -dijo la señorita Javotte-. ¿Cómo voy a prestarle mi vestido a una miserable
Culigrís? ¡Ni que estuviera loca!
Cenicienta esperaba esta negativa y se alegró de ella, porque se habría visto en un buen apuro si
su hermana le hubiera prestado el vestido.
Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y Cenicienta también, pero aún mejor vestida
que la primera vez. El hijo del rey estaba siempre junto a ella y no dejaba de decirle  amabilidades; la joven no se aburría para nada y olvidó lo que su madrina le había recomendado,  de manera que cuando oyó la primera campanada de las doce pensó que eran las once. Pero enseguida  se levantó y desapareció tan rápidamente como lo habría hecho una gacela.
El príncipe la siguió, pero no la alcanzó; sólo pudo re- coger cuidadosamente uno de sus zapatos de  cristal que se le había caldo en la huida. Cenicienta llegó a su casa muy sofo- cada, sin carroza,
sin lacayos y con sus pobres vestidos. nada le habla quedado de toda su magnificencia, salvo uno de  sus zapatos, el que formaba par con el que habla perdido. En el palacio preguntaron a los guardias  de la puerta si no hablan insto salir a una princesa, pero ellos solo habían visto salir a una
joven muy mal vestida, que más parecía una campesina que una señorita.
Cuando sus hermanas volvieron del baile, Cenicienta les preguntó si se habían divertido tanto como  la víspera y si la bella dama habla estado allí. Ellas le dijeron que sí, pero que había huido  cuando sonó la medianoche, y lo había hecho tan velozmente que había dejado caer uno de sus  zapatitos de cristal, el más lindo del mundo; que el hijo del rey lo había recogido, que durante el  resto del baile no había hecho otra cosa que mirarlo y que seguramente estaba muy enamorado de la bella persona a quien pertenecía.
Habían dicho la verdad: pocos días después, el hijo del rey hizo proclamar, al son de las trompas,
que se casaría con aquella que pudiera calzar ese zapato.
Primero se lo probaron las princesas, luego las duquesas y toda la corte, pero inútilmente.
También llevaron el zapato para que se lo probaran las hermanas de Cenicienta, quienes trataron de  meter en él sus pies, pero sin lograrlo. Cenicienta, que las miraba y recono- ció su zapato, dijo
riendo:
-¡Voy a probar, a ver si me va bien!
Sus hermanas se echaron a reír y se burlaron de ella. El gentilhombre encargado de probar el
zapato, que había observado atentamente a Cenicienta encontrándola muy hermosa, dijo que era
justicia que probara ella también, pues tenía orden de que se lo probara a todas las muchachas. Hizo sentar a Cenicienta y acercando el zapato a su pie vio que éste calzaba a la perfección. Grande  fue el asombro de las dos hermanas y más grande aún cuando Cenicienta sacó de un bolsillo el
segundo zapato, que se calzó en el otro pie. Entonces llegó la madrina, quien, con un toque de
varita, hizo que las ropas de Cenicienta recobraran su esplendor.
Entonces las dos hermanas reconocieron en ella a la hermosa joven que habían visto en el baile. Se
echaron a sus pies para pedirle perdón por los malos tratos a que la habían sometido.
Cenicienta hizo que se levantaran y les dijo, besándolas, que las perdonaba de todo corazón y que
les rogaba que la quisieran mucho en el futuro. La llevaron a casa del príncipe, vestida como estaba. El la encontró más bella que nunca y pocos días después se casaron.
Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo que sus dos hermanas fueran a vivir al palacio y  las casó ese mismo día con grandes señores de la corte

Barba Azul (Charles Perrault)

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamas se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la resfregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.


MORALEJA

La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.



OTRA MORALEJA

Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,

cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.

miércoles, 23 de julio de 2014

Primavera Sagrada (Rainer Maria Rilke)



"¡Nuestro Señor recibe extraños huéspedes!" Tal era la exclamación favorita del estudiante Vicente Víctor Karsky, y la profería en toda ocasión, oportuna o no, con cierto aire de superioridad, que provenía quizá de que se encontraba a sí mismo en el número de esos "extraños huéspedes". Desde hacía largo tiempo sus compañeros le tenían, en efecto, por un original. Lo estimaban por su cordialidad, bien que ella frisara a menudo en el sentimentalismo, compartían su humor alegre, y lo dejaban sólo cuando estaba triste. Por lo demás, soportaban y perdonaban gustosamente su "superioridad".
Esta superioridad de Vicente Víctor Karsky consistía en que hallaba para todas sus empresas logradas o abandonadas, denominaciones soberbias. Y sin vanagloria, con la seguridad de hombre maduro, agregaba sus actos uno al otro, como se construye un muro de piedra sin defecto, capaz de desafiar los siglos.
Después de una buena comida, hablaba gustosamente de literatura, sin pronunciar jamás una palabra de blasfemia o de crítica, pero limitándose, por el contrario, a honrar con una adhesión más o menos íntima, las obras que aceptaba. Profería así sanciones definitivas. En cuanto a los libros que le parecían malos, no tenía costumbre de leerlos hasta el fin, y sencillamente no hablaba de ellos, aunque gozaran del favor general.
Por otra parte, no afectaba ninguna reserva hacia sus amigos, relataba con una amable franqueza todo lo que le acontecía, hasta los hechos más íntimos, y aguantaba buenamente que lo interrogaran sobre sus tentativas de "elevar hasta él" a pequeños proletarios. Era, en efecto un rumor que corría acerca de Vicente Víctor Karsky. Sus ojos azules profundos y su voz acariciadora debían contribuir a sus éxitos. Parecía, en todo caso, decidido a aumentar sin cesar el número de aquéllos, y convertía con un celo de fundador de religión, innumerables muchachitas a su teoría de la felicidad. Ocurría, ciertas noches, que uno de sus camaradas lo encontrase, en el ejercicio de su sacerdocio, conduciendo ligeramente por el brazo una compañera morena o rubia. De ordinario, la pequeña reía con todo el rostro, en tanto Karsky hacía un gesto de los más serios, que parecía significar: "¡Infatigable al servicio de la humanidad!" Pero cuando se contaba que tal o cual miembro de la gentil pandilla era "atrapado" y se veía constreñido a casarse, nuestro profesor ambulante y aureolado de éxito encogía sus anchos hombros eslavos y dejaba caer con desdén: "¡Sí, sí-Nuestro Señor tiene extraños huéspedes!"-. Pero lo más extraño, en Vicente Victor Karsky, es que había algo en su vida de que ninguno de sus amigos más íntimos sabía nada. Se lo callaba a sí mismo; porque no había hallado nombre para eso; y sin embargo, pensaba en ello, en estío, cuando iba a la puesta del sol, solitario, por un camino blanco; o en invierno, cuando el viento giraba en la chimenea de su piecita, y densos montones de copos de nieve asaltaban sus ventanas, remendadas con papel pegado; o también en la pequeña sala crepuscular del albergue, en el seno del círculo de amigos. Entonces su vaso permanecía intacto. Contemplaba fijamente delante suyo, como deslumbrado, o como se mira un fuego lejano, y sus manos blancas se juntaban involuntariamente. Se hubiera dicho que le había llegado alguna plegaria, por azar, así como llegan la risa o el bostezo.
Cuando la primavera hace su entrada en una pequeña ciudad, ¡qué fiesta se organiza! Semejantes a los brotes en su reprimida premura, los niños de cabezas de oro se empujan afuera de las habitaciones de aire pesado, y se van remolineando por la campiña, como llevados por el alocado viento tibio que tironea sus cabellos y sus delantales y arroja sobre ellos las primeras florescencias de los cerezos. Gozosos como si volvieran a encontrar, después de una larga enfermedad, un viejo juguete del cual hubieran estado mucho tiempo privados, reconocen todas las cosas, saludan a cada árbol, a cada breña, y se hacen contar por los arroyos jubilosos lo acaecido durante todo ese tiempo. Qué enajenamiento correr a través de la primera pradera verde, que cosquillea tímida y tiernamente los pequeños pies desnudos, brincar en persecución de las primeras mariposas
que huyen en grandes zig-zags enloquecidos por encima de las magras breñas de saúco y se pierden en el infinito azul pálido. Doquiera la vida se agita. Bajo el sobradillo, sobre los hilos telegráficos que rojean, y hasta sobre el campanario, muy cerca de la vieja campana gruñona, las golondrinas realizan sus citas. Los niños miran con sus grandes ojos asombrados los pájaros migradores que vuelven a hallar su amado viejo nido; y el padre retira de los rosales sus mantos de paja, y la madre, de pequeñas impaciencias, sus calientes franelas.
Los viejos también trasponen su umbral con paso temeroso, se frotan las manos arrugadas, parpadean en la luz chorreante. Se llaman el uno al otro: "¡pequeño viejo!", y no quieren dejar de ver que están conmovidos y dichosos. Pero sus ojos los traicionan, y ambos agradecen en su corazón: ¡todavía una primavera !
En un día semejante, pasearse sin una flor en la mano es un pecado, pensaba el estudiante Karsky. Por eso blandía una rama perfumada, como si le hubieran encargado hacer propaganda a la primavera. Con paso liviano y rápido, como para huir lo más pronto del aire frío del ancho pórtico obscuro, iba a lo largo de la vieja calle gris de casas con tejado, saludando al posadero sonriente y obeso que se hacía el importante delante de la ancha entrada de su establecimiento, y a los niños que, sobre el mediodía, se lanzaban fuera de la estrecha sala de la escuela. Iban primero juiciosamente, de a dos, pero a veinte pasos de la salida el enjambre reventaba en innúmeras parcelas, y el estudiante pensaba en esos cohetes que, muy alto en el cielo, se resuelven en estrellas y en bolas de luces. Con una sonrisa en los labios y un canto en el alma, se apresuraba hacia ese barrio exterior de la pequeña ciudad donde se avecinaban casas de apariencia campesina y confortable, y villas nuevas rodeadas de jardincillos. Delante de una de las últimas casas admiró una olmeda sobre cuyos ramajes corría ya un estremecimiento de verdor, como un presentimiento del esplendor próximo. Dos cerezos florecidos hacían de la entrada un arco de triunfo, en honor de la primavera, y las flores rosa pálido inscribían allí una luminosa bienvenida.
De pronto Karsky se detuvo, como herido de estupor: en medio de la floración, veía dos ojos azules profundos, que soñaban, perdidos en la lejanía, con una beatitud tranquila y voluptuosa. Al principio sólo advirtió esos dos ojos, y fue como si el cielo mismo lo mirara a través de los arboles en flor. Se acercó, maravillado. Una pálida muchacha rubia estaba acurrucada en un sillón; sus blancas manos que parecían asir algo invisible se levantaban claras y transparentes por encima de una manta de verde obscuro, que envolvía sus rodillas y sus pies. Sus labios eran de un rojo tierno de flor apenas despuntada, y una leve sonrisa los asoleaba. Así sonríe el niño dormido, la noche de Navidad, con su nuevo juguete apretado entre los brazos. El rostro pálido y transfigurado era tan bello que el estudiante recordó de pronto viejos cuentos en los cuales desde hacía mucho, mucho tiempo. no había pensado más. Y se detuvo, involuntariamente, como se hubiera detenido ante una madona al borde del camino, invadido por ese sentimiento de gran reconocimiento solar y de íntima fidelidad que sumerge a veces a aquél que
ha olvidado la plegaria. Entonces su mirada encontró la de la muchacha. Se contemplaron, los ojos en los ojos, con una comprensión dichosa. Y con un gesto semi-inconsciente, el estudiante arrojó por encima de la cerca la joven rama florida que tenía en la mano, y que vino a posarse con un dulce estremecimiento en el regazo de la pálida niña. Las blancas y delgadas manos asieron con tierna prisa la flecha fragante, y Karsky recibió el luminoso agredicimiento de los ojos mágicos, no sin una medrosa voluptuosidad. Luego se fue a través de los campos. Solamente volvió a encontrarse en espacio libre, bajo el alto cielo solemne y silencioso, advirtió que cantaba. Era una canción antigua, feliz.
A menudo he deseado-pensaba el estudiante Vicente Víctor Karsky-haber estado enfermo durante todo un largo invierno, y regresar lentamente, poco a poco, a la vida, con la primavera. Estar sentado ante mi puerta, llenos de asombro los ojos, conmovido por un agradecimiento infantil hacia el sol y la existencia. Y todo el mundo, entonces, se muestra muy gentil y amistoso, la madre viene a cada momento para besar la frente del convaleciente, y sus hermanas juegan alrededor de él y cantan hasta el crepúsculo. Pensaba en esas cosas porque la imagen de la rubia y enfermiza Elena volvía sin cesar a su recuerdo, tendida bajo los pesados cerezos en flor y soñando extraños sueños. A menudo abandonaba bruscamente su trabajo y corría hacia la silenciosa y pálida muchacha.
Dos seres que viven la misma dicha se encuentran rápidamente. La joven enferma y Víctor se embriagaban de aire fresco y perfumes primaverales, y sus almas resonaban con igual júbilo. Él se sentaba al lado de la rubia niña y le relataba mil historias, con su voz suave y acariciadora. Lo que decía entonces le parecía extraño y nuevo, y espiaba con arrobado asombro sus propias palabras puras y perfectas, como una revelación. Debía ser algo verdaderamente grande lo que anunciaba; porque la madre de Elena misma,-mujer de cabellos blancos y que debió oír muchas cosas en el mundo-lo escuchaba con frecuencia, discreta y pensativa, y había dicho cierta vez con una sonrisa imperceptible: "Deberíais ser poeta, señor Karsky".
Sin embargo, los compañeros meneaban la cabeza con aire cuidoso. Vicente Víctor Karsky sólo rara vez iba a su círculo; y cuando iba, callaba, no escuchaba sus chanzas ni sus preguntas, y se contentaba con sonreír misteriosamente, al resplandor de la lámpara, como si espiara un canto lejano y amado. No hablaba ni aún de literatura, no leía nada ya, y cuando se intentaba malhadadamente arrancarlo a su ensoñación, rezongaba con brusquedad: "¡Os lo ruego! ¡El Señor tiene verdaderamente huéspedes extraños!"
Todos los estudiantes estaban de acuerdo para estimar que el buen Karsky pertenecía ahora a la especie más extraña de esos "huéspedes". Ya no hacía sentir ni su virtuosa superioridad, y privaba a las muchachas de su humanitaria enseñanza. Era para todos un enigma. Cuando, de noche, se lo encontraba
por las calles, estaba solo, no miraba a derecha ni a izquierda, y parecía preocupado por disminuir el resplandor extrañamente dichoso de sus ojos, e ir a ocultarlo con la mayor prisa a su pequeña habitación solitaria, lejos del mundo.
-¡Qué hermoso nombre llevas, Elena!-susurraba Karsky, con voz circunspecta, como si confiara un misterio a la muchacha.
Elena sonreía:
-Mi tío me lo reprocha siempre. Piensa que sólo princesas o reinas debieran llamarse así.
-¡Pero tú también eres una reina! ¿No ves que llevas una corona de oro puro? Tus manos son como lirios, y creo que Dios debió decidirse a romper un poco de su cielo para hacer tus ojos.
-¡Sentimental!-decía la muchacha, con una mirada agradecida.
-¡Así es como quisiera poder pintarte!-suspiraba el estudiante. Luego callaban. Sus manos se juntaban involuntariamente, y tenían la sensación de que una forma descendía sobre ellos, llegada desde el jardín atento, dios o hada. Una espera dichosa colmaba sus almas. Sus ávidas miradas se encontraban como dos mariposas enamoradas, y se abrazaban.
Luego Karsky hablaba, y su voz era semejante al rumor lejano de los álamos:
-Todo esto es como un ensueño. Tú me has encantado. Con esa rama florida, yo mismo me he dado a ti. Todo está cambiado. Hay tanta luz en mí. Ya no sé lo que era antes. No siento más ningún dolor, ninguna inquietud, no, ni aún un deseo en mí. Así imagino siempre la beatitud, lo que está más allá de la tumba...
-¿Tienes miedo de morir?
-¿De morir? ¡Sí! Pero no a la muerte.
Elena llevó dulcemente su mano pálida a su frente. La sintió muy fría.
-Ven, entremos,-aconsejó él con ternura.
-No siento mucho frío, y la primavera es tan bella.
Elena pronunció estas palabras con una íntima nostalgia. Su voz tenía la resonancia de un canto.
Los cerezos ya no estaban en flor, y Elena se encontraba sentada un poco más lejos, en la sombra más densa y más fresca de la alameda. Vicente Víctor Karsky había ido a despedirse. Iba a pasar las vacaciones de estío al borde de un lago lejano, en el Salzkammergut, junto a sus viejos padres. Hablaban como siempre de cosas diversas, de ensueños y de recuerdos. Pero no pensaban en el porvenir. El rostro menudo de Elena estaba más pálido que de costumbre, sus ojos eran más grandes y más profundos, y sus manos temblaban a veces, débilmente, bajo la manta verde obscuro. Y cuando el estudiante se levantó y tomó esas dos manos entre las suyas, con precaución, como se toma un objeto frágil, Elena murmuró:
-¡ Bésame !
El joven se inclinó y rozó con sus labios fríos y sin deseo la frente y la boca de la enferma. Como una bendición, bebió el cálido perfume de esa casta
boca, y en ese instante le volvió un recuerdo de su lejana infancia: su madre levantándolo hacia una madona milagrosa. Se fue entonces, fortificado, sin dolor, por la olmeda crepuscular. Se dio vuelta una vez aún, hizo una señal a la niña que lo contemplaba con una sonrisa lasa; luego le arrojó una tierna rosa por encima de la cerca. Elena tendió la mano para asirla, con una pasión dichosa. Pero la flor roja cayó a sus pies. La joven enferma se inclinó con esfuerzo, tomó la rosa entre sus manos unidas y apretón sus labios sobre sus tiernos pétalos sedos.
Karsky no había visto nada.
Con las manos juntas, marchaba entre el resplandor del estío.
Cuando estuvo en su habitación silenciosa, se echó en su viejo sillón y contempló, afuera, el sol. Las moscas bordoneaban detrás de las cortinas de tul, una tierna yema había brotado en el alféizar de la ventana. Y de súbito sobrevino en el espíritu del estudiante la idea de que ella no le había dicho hasta luego.
Quemado por el sol, Vicente Víctor Karsky había regresado de sus vacaciones. Marchaba con paso maquinal por las calles de viejas casas de tejado, sin ver los frontispicios que la luz otoñal volvía violáceos. Era la primera vez que tomaba ese camino desde su retorno, y sin embargo se hubiera dicho que era su trayecto cotidiano. Traspuso la alta verja del apacible cementerio y, aún allí, prosiguió su camino entre los montículos de tierra y las bóvedas como si estuviera seguro de su propósito. Se detuvo delante de una tumba cubierta de césped, y leyó sobre la sencilla cruz: Elena. Había sentido que allí era adonde debía ir para encontrarla nuevamente. Una sonrisa de dolor tembló en la comisura de sus labios.
Repentinamente, pensó:-¡Qué avara ha sido su madre! Sobre la tumba de la muchacha, entre marchitas rosas, no había más que una corona de alambre y de flores de mal gusto. El estudiante fue a buscar algunas rosas, se arrodilló, y recubrió el mezquino alambre con frescos pétalos, hasta que no se vio ya el metal. Luego, se fue, con el corazón claro como ese anochecer rojo de precoz otoño, solemnemente expandido sobre los techos.
Una hora más tarde, Karski estaba sentado a la mesa del círculo. Sus viejos compañeros se apretaban alrededor de él, y para responder a su bullanguero deseo, relató su viaje de estío. Hablando de sus correrías por los Alpes, volvía a encontrar su antigua superioridad. Bebían sus palabras.
-Dinos, pues, -expresó uno de los amigos- ¿qué tenías antes de las vacaciones? Estabas... cómo decirlo... Vamos, anda, ¡sácanos de esto!
Vicente Víctor Karsky replicó, con una sonrisa distraída:
-¡Ah! ¡Nuestro Señor! . . .
-¡Tiene extraños huéspedes!...-completaron a coro los amigos-. ¡Lo sabíamos ya !
Después de algunos momentos, como nadie esperaba respuesta, agregó, con mucha seriedad:
-Creedme, todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros.
Todos estaban tendidos hacia él, como si esperaran algo más. Pero Karsky calló, brillándole los ojos.
Nadie lo había comprendido, y sin embargo sobre todos ellos flotaba como un encanto misterioso. Hasta que el más joven vació su vaso de un trago, dejándolo ruidosamente sobre la mesa y exclamando:
-¡Creo que os ponéis sentimentales, niños! ¡De pie! Os invito a todos a mi casa. Es más confortable que esta sala de albergue, y además tal vez lleguen algunas muchachas. ¿Vienes tú también?-dijo, vuelto hacia Karsky.
-¡Naturalmente! dijo gayamente Vicente Víctor, y vació con lentitud su vaso.