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martes, 30 de septiembre de 2014

Libro 2º Fábula III · El Asno Sesudo (Félix M. Samaniego)

Libro 2º Fábula II · La Lechera (Félix M. Samaniego)

Libro 2º Fábula I · El León Con Su Ejercito (Félix M. Samaniego)

Fábula XX · La Águila, La Gata Y La Jabalina (Félix M. Samaniego)

Fábula XVIII · El Calvo Y La Mosca (Félix M. Samaniego)



Picaba impertinente
En la espaciosa calva de un Anciano
Una Mosca insolente.
Quiso matarla, levantó la mano,
Tiró un cachete, pero fuese salva,
Hiriendo el golpe la redonda calva.
Con risa desmedida
La Mosca prorrumpió: «Calvo maldito,
Si quitarme la vida
Intentaste por un leve delito,
¿A qué pena condenas a tu brazo,
Bárbaro ejecutor de tal porrazo?»
«Al que obra con malicia,
Le respondió el varón prudentemente,
Rigurosa justicia
Debe dar el castigo conveniente,
Y es bien ejercitarse la clemencia
En el que peca por inadvertencia.
Sabe, Mosca villana,
Que coteja el agravio recibido
La condición humana,
Según la mano de donde ha venido»;

Que el grado de la ofensa tanto asciende

Cuanto sea más vil aquel que ofende.

Fábula XIX · Los Dos Amigos Y El Oso (Félix M. Samaniego)



A dos Amigos se aparece un Oso:
El uno, muy medroso,
En las ramas de un árbol se asegura;
El otro, abandonado a la ventura,
Se finge muerto repentinamente.
El Oso se le acerca lentamente;
Mas como este animal, según se cuenta,
De cadáveres nunca se alimenta,
Sin ofenderlo lo registra y toca,
Huélele las narices y la boca;
No le siente el aliento,
Ni el menor movimiento;
Y así, se fue diciendo sin recelo:
«Este tan muerto está como mi abuelo.»
Entonces el cobarde,
De su grande amistad haciendo alarde,
Del árbol se desprende muy ligero,
Corre, llega y abraza al compañero,
Pondera la fortuna
De haberle hallado sin lesión alguna,
Y al fin le dice: «Sepas que he notado
Que el Oso te decía algún recado.
¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido;
Estas dos palabritas al oído:
Aparta tu amistad de la persona

Que si te ve en el riesgo, te abandona.»

Fábula XVII · La Serpiente Y La Lima (Félix M. Samaniego)



En casa de un cerrajero
Entró la Serpiente un día,
Y la insensata mordía
En una Lima de acero.
Díjole la Lima: «El mal,
Necia, será para ti;
¿Cómo has de hacer mella en mí,
Que hago polvos el metal?»

Quien pretende sin razón
Al más fuerte derribar
No consigue sino dar

Coces contra el aguijón.

Fábula XVI · El Labrador Y La Cigüeña (Félix M. Samaniego)



Un Labrador miraba
Con duelo su sembrado,
Porque gansos y grullas
De su trigo solían hacer pasto.
Armó sin más tardanza
Diestramente sus lazos,
Y cayeron en ellos
La Cigüeña, las grullas y los gansos.
«Señor rústico, dijo
La Cigüeña temblando,
Quíteme las prisiones,
Pues no merezco pena de culpados;
La diosa Ceres sabe
Que, lejos de hacer daño,
Limpio de sabandijas,
De culebras y víboras los campos.»
«Nada me satisface,
Respondió el hombre airado:
Te hallé con delincuentes,
Con ellos morirás entre mis manos.»

La inocente Cigüeña
Tuvo el fin desgraciado,
Que pueden prometerse

Los buenos que se juntan con los malos.

Fábula XV · La Cierva Y El Cervato (Félix M. Samaniego)



A una Cierva decía
Su tierno Cervatillo: «Madre mía,
¡Es posible que un perro solamente
Al bosque te haga huir cobardemente,
Siendo él mucho menor, menos pujante!
¿Por qué no has de ser tú más arrogante?»
«Todo es cierto, hijo mío;
Y cuando así lo pienso, desafío
A mis solas a veinte perros juntos.
Figúrome luchando, y que difuntos
Dejo a los unos; que otros, falleciendo,
Pisándose las tripas, van huyendo
En vano de la muerte,
Y a todos venzo de gallarda suerte;
Mas si embebida en este pensamiento,
A un perro ladrar siento,
Escapo más ligera que un venablo,
Y mi victoria se la lleva el diablo.»

A quien no sea de ánimo esforzado
No armarlo de soldado,
Pues por más que, al mirarse la armadura,
Piense, en tiempo de paz, que su bravura Herirá, matará cuanto acometa,
En oyendo en campaña la trompeta,
Hará lo que la Corza de la historia,
Mas que el diablo se lleve la victoria.


Fábula XIV · El León Y La Zorra (Félix M. Samaniego)

Fábula XIII · El Ciervo En La Fuente (Félix M. Samaniego)

Fábula XII · El Leopardo Y Las Monas (Félix M. Samaniego)

Fábula XI · Las Moscas (Félix M. Samaniego)



A un panal de rica miel
Dos mil Moscas acudieron,
Que por golosas murieron,
Presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
Enterró su golosina.
Así si bien se examina
Los humanos corazones
Perecen en las prisiones

Del vicio que los domina.

Fábula X · La Zorra Y La Cigüeña (Félix M. Samaniego)

Fábula IX · El Herrero Y El Perro (Félix M. Samaniego)

Fábula VIII · El Ratón De La Corte Y El Del Campo (Félix M. Samaniego)

Fábula VII · La Zorra Y El Busto (Félix M. Samaniego)



Dijo la Zorra al Busto,
Después de olerlo:
«Tu cabeza es hermosa,
Pero sin seso»

Como éste hay muchos,
Que aunque parecen hombres,

Sólo son bustos.

Fábulas VI · El León Vencido Por El Hombre (Félix M. Samaniego)


Cierto artífice pintó
Una lucha, en que valiente
Un Hombre tan solamente
A un horrible León venció.
Otro león, que el cuadro vio,
Sin preguntar por su autor,
En tono despreciador
Dijo: «Bien se deja ver
Que es pintar como querer,
                          Y no fue león el pintor.»

Fábulas V · El Águila Y El Escarabajo (Félix M. Samaniego)

Fábula IV · La Codorniz (Félix M. Samaniego)



Presa en estrecho lazo
La Codorniz sencilla,
Daba quejas al aire,
Ya tarde arrepentida.
«¡Ay de mí miserable
Infeliz avecilla,
Que antes cantaba libre,
Y ya lloro cautiva!
Perdí mi nido amado,
Perdí en él mis delicias,
Al fin perdilo todo,
Pues que perdí la vida.
¿Por qué desgracia tanta?
¿Por qué tanta desdicha?
¡Por un grano de trigo!
¡Oh cara golosina!»»
El apetito ciego
¡A cuántos precipita,
Que por lograr un nada,

Un todo sacrifican!

Fábula III · El Muchacho Y La Fortuna (Félix M. Samaniego)



A la orilla de un pozo,
Sobre la fresca yerba,
Un incauto Mancebo
Dormía a pierna suelta.
Gritóle la Fortuna:
«Insensato, despierta;
¿No ves que ahogarte puedes,
A poco que te muevas?
Por ti y otros canallas
A veces me motejan,
Los unos de inconstante,
Y los otros de adversa.
Reveses de Fortuna
Llamáis a las miserias;
¿Por qué, si son reveses

De la conducta necia?»

Fábula II · La Cigarra Y La Hormiga (Félix M. Samaniego)


Fábula Primera · El Asno Y El Cochino (Félix M. Samaniego)


lunes, 29 de septiembre de 2014

La Herencia (Carlos Montenegro)

Como surgido de la cornetada que rompió el silencio reglamentario, el mar de voces saltó, quebrándose, por entre las rejas múltiples. En su inusitada fuerza se precisaba el obstáculo acabado de vencer. Cayó en cascada por los claustros desiertos; empujándose, se extendió por los patios, llegó a los muros, los escaló lamiéndolos y, venciendo las cornisas y azoteas, se vació por las aspilleras en los fosos. De ellos, alentado por los vientos propicios, salió, pero ya agónico, jadeante, incapaz de llegar a las casas limítrofes, de sobrepasar las garitas donde argos mínimos -a soldada- no dejaban fugar ni un postrer adiós, ni una última mirada.

El Renuevo (Carlos Montenegro)

Hasta que el niño, epilépticamente aterrorizado, hundió su exiguo cuerpecito de cinco años en la pared de la yagua, cas- perforada por la agudeza de los codos infantiles, la madre no cesó de mostrarle la calavera del chivo, el ruido de cuyas quijadas, sonoro y hueco, llenaba de espanto a la criatura.

La Ráfaga (Carlos Montenegro)

La claridad del alba se abrió en un lado detrás de los montes y se extendió, hacia lo alto y hacia los lados, echando capas doradas sobre las sombras del valle hasta hacer perceptibles, aún sin contornos, la hilera de casas, los árboles mayores y las lomas cercanas.

Doce Corales (Carlos Montenegro)

Plácido se adormilaba. El caballo era lo bastante viejo y manso para echar un sueño sobre él y acortar así el camino hasta la encrucijada del pueblo. A partir de allí, mientras durase el peligro, se haría el dormido. Lo había aprendido de los perros.

Los Imponderables De Pedro Barba (Carlos Montenegro)

El jefe de la brigada se irguió sobre los estribos y miró, lo más lejos que pudo, hacia donde había partido la cabeza de la columna, cuyos primeros hombres apenas se distinguían ya en la claridad naciente del día. Después echó una mirada grave a la escolta que lo rodeaba y dijo sencillamente:
-Vamos.

Un Insurrecto (Carlos Montenegro)

El capitán se alzó sobre los estribos, y llevándose una mano a los ojos a modo de pantalla, oteó el horizonte. Delante de él se extendía la sabana sin fin y, hacia su derecha, el pueblo lejano donde ya comenzaba a encenderse alguna que otra luz apenas visible en las claridades demoradas del crepúsculo. A sus espaldas, separadas de él por maniguazos, yuraguanos y campos de ortigas, se echaba, como una mole cansada, la loma La Vigía, de la que acababa de escapar gracias a la fortaleza de su caballo.

Los Héroes (Carlos Montenegro)

-¡Cuatrero y cobarde! ¡Comedor de huevos fritos! ¡Ladrón!
Allí estaba la avalancha, la furia peligrosa y terrible de aquel hombre un tanto esmirriado, de aquel vejete de rostro curtido y fosco, que hubiera parecido próximo a la tumba si no irradiase de él tanta fuerza salvaje, tanta agresividad. La voz ronca se le cascaba al gritar, y el cuerpo, lanzado de un lado a otro de la tienda de campaña, le temblaba; pero de los ojos brillantes, protegidos por unos cristales mal acabalgados sobre la corva de su nariz de águila, se escapaban rayos de energía como s- el sol hubiera cogido al sesgo la hoja pulida de un machete.

Un Sospechoso (Carlos Montenegro)

El viejo dijo cuentos muy lindos del cupey y del corojo y de la jutía. ¿Se habrán olvidado?
-Asina somos, como decía mi padre Prudencio, que en paz descanse... A veces los cuentos recurvan como rabo de nube y ya son diferentes a como se fueron, mayormente s- vienen retrasados; los cambia el enemigo, los cambia el amigo y el tiempo. A los olvidados, cuando se fue arriero como lo he sido yo, le vienen a unos las ganas de arribiatarlos como a bestias pa que echen palante y se nos aparejen.

Anazabel (Carlos Montenegro)

Altamón es un pueblecito escalonado en la ladera de una montaña a cuyos pies está la ciudad de Schenectady; a un rato de tren se encuentra Albany, y a quince días, caminando a pie por la línea del ferrocarril, en invierno, Siracusa.

Dos Viejos Amigos (Carlos Montenegro)

Tom estaba tan absorto al penetrar en la caballeriza, que pasó por encima del estiércol apilado a un lado de la puerta, sin preocuparse de sus botas recién lustradas. Se detuvo delante del pesebre de Dan, el cual fijó sus redondos ojos húmedos, extrañado de verlo de vuelta tan pronto.

El Caso De William Smith (Carlos Montenegro)

¿Quién no recuerda el asesinato de William Smith, el oficial maquinista del «Monte» de la Panamá Pacific Line? Fue uno de los casos más inflados por las cadenas de periódicos americanos, y mientras no llegó el de Lindberg podía discutir con cualquier otro el primer puesto en la gran crónica roja del Norte.

La Hermana (Carlos Montenegro)

El «Julia» iba a ser reparado en los astilleros de la Havana Marine, de Casablanca. Iba a entrar en una larga carena, no sólo para quitarse de la cintura sumergida los brazos pegajosos de las algas, sino también para curar las cavernas del pecho: las once planchas carcomidas de proa, bajo la línea de flotación.

El Discípulo (Carlos Montenegro)

No fue el «San Martín» el barco de mi iniciación; tenía escasamente trece años de edad cuando por vez primera consté en un rol marítimo.
De esto no tuvo la culpa ni María Luisa, mi novia, ni el Sandokan de Salgari; claro está que influyeron, influyeron...
Pero, si a influencias vamos, yo debía ser un santo, pues mucho me agradaban las Vidas de éstos, cuando en el colegio, a la hora del almuerzo, nos las leía aquel hermano de San Vicente de Paúl, huesudo y alto, que tan buena pronunciación tenía. Y no fue así, ya que a los ocho meses me expulsaron del colegio en el que cumplí los doce años y en el cual me había internado para corregirme.

La Bruja (Carlos Montenegro)

El mastín dio un último salto y hundio las poderosas patas delanteras en la arena húmeda, sentándose y mirando a su ama con los ojos severos, en el fondo de los cuales se precisaba la característica fidelidad de los de su especie.

El Cordero (Carlos Montenegro)

A pesar de los años transcurridos y de los múltiples sucesos que me han ocurrido en estos años, no he logrado olvidar el fin de aquel cordero que, siendo yo niño aún, me regaló mi padre.
No lo he olvidado ni lo podré olvidar jamás.

La Huella Del Cacique (Carlos Montenegro)

No voy a hablar de aquí ni de allá, sino de un sitio de donde no es nadie de los que viven por aquí, entre nosotros; de un sitio que nadie conoce, aunque a mí me han hablado mucho de él y de la gente que lo habitaba, dueños de corazones que no sabían asustarse y con ojos que no conocían horizontes limitados a no ser por los bosques y el mar.

Perico Paciencia (Manuel A. Alonso)

  
Tratábase de celebrar la fiesta del santo patrón de un pueblo de esta Isla, y siguiendo la costumbre establecida en casos semejantes, comenzó el Alcalde por abrir una suscripción en la que pronto figuraron los nombres de las principales personas de dicho pueblo. Vivía en el mismo un vecino joven que el señor Cura recogió cuando niño porque tuvo la desgracia de perder a sus padres, y lo había criado, dándole la educación que pudo, pues el buen señor hasta de lo necesario solía privarse para socorrer a los desgraciados y esto quiere decir que su bolsa estaba tan limpia de dinero como su alma de pecados.

Fallo Critico (Jose Antonio Suarez)

La bodega de carga del transbordador espacial Utopía se abrió con un bostezo ahogado. Oze Cloverdale comprobó la presión de su traje y respiró hondo. Estaba amaneciendo. Un destello de luz asomó tímidamente por el globo terrestre en penumbras, derramando un arco blanquecino sobre el continente africano. Oze polarizó la visera de su casco para evitar el deslumbramiento y pulsó el control de su mochila. El cohete vector lo levantó suavemente del suelo de la bodega, dirigiéndolo hacia su objetivo.

La Mujer India (Bram Stoker)

En aquella época, Nuremberg no era tan visitada como desde entonces lo ha sido. Irving no había estado representando el Fausto, y el nombre de la antigua ciudad era apenas conocido por la gran masa de los turistas. Mi esposa y yo nos encontrábamos en la segunda semana de nuestra luna de miel, y, naturalmente, estábamos deseando que alguien se nos uniera; de modo que cuando el jovial extranjero, Elías P. Hutcheson, procedente de Isthmain City, Bleeding Gulch, Maple Tree Country,
Nebraska, coincidió con nosotros en la estación de Francfort y comentó casualmente que iba a visitar la más matusalénica de las ciudades de Europa, y que opinaba que viajar tanto tiempo solo era algo capaz de enviar a un inteligente y activo ciudadano a la melancólica tutela de una casa de orates, nos apresuramos a recoger la sugerencia y, por nuestra parte, le propusimos unir nuestras fuerzas.

La Salvaje (Marcel Schowb)

El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles.  Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrase sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cuando el árbol se inclinaba produciendo un crujido que parecía subterráneo. Ella sentía cierta tristeza por el monstruo extendido en el claro del bosque, con sus ramas magulladas y sus ramitas heridas.  Por la noche, un círculo rojizo de pilas de carbón se encendía en medio de la sombra.  Búchette sabía a qué hora había que abrir la cesta de juncos para ofrecer a su padre el cántaro de gres y el trozo de pan moreno.  El se tendía entre las ramitas despedidas y masticaba con lentitud.  Después, Búchette sorbía su sopa. Corría en torno a los árboles marcados y, si su padre no la miraba, se escondía para gritar: « ¡Uuu! ».

El Hombre Que Parecía Un Caballo (Rafael Arévalo Martinez)

En el momento en que nos presentaron, estaba en un extremo de la habitación, con la cabeza ladeada, como acostumbraban a estar los caballos, y con aire de no fijarse en lo que pasaba a su alrededor. Tenía los miembros duros, largos y enjutos, extrañamente recogidos, tal como los de uno de los protagonistas en una ilustración inglesa del libro de Gulliver. Pero mi impresión de que aquel hombre se asemejaba por misterioso modo a un caballo no fue obtenida entonces sino de una manera subconsciente, que acaso nunca surgiese a la vida plena del conocimiento, si mi anormal contacto con el héroe de esta historia no se hubiese prolongado.

Así Fue Como Se Le Arrugo La Piel Al Rinoceronte (Rudyard Kipling)

Así Fue Como Le Salió La Joroba Al Camello (Rudyard Kipling)



Pues he aquí el cuento siguien­te que refiere cómo le salió la gran joroba al camello.
Al principio de los tiempos cuando el mundo era tan nue­vo-y-flamante y los animales empezaban a trabajar para el hombre, había un camello que vivía en un desierto espantoso porque no quería traba­jar, y, además, él mismo era un espanto. Por eso comía tallos, espinos, tamariscos, algodoncillos y pinchos, holgazaneando de la forma más horrible, y cuando al­guien le hablaba, decía: ¡Joroba!, sólo: ¡Joroba!, y nada más.

Así Fue Como La Ballena Se Hizo Con Su Garganta (Rudyard Kipling)



Había una vez, mi niño querido, una ballena que vivía en el mar y co­mía peces. Comía lubinas y sardi­nas, salmones y camarones, cangre­jos y abadejos, a los meros y a sus compañeros, comía jureles y verde­les y hasta a la en verdad retorcida y escurridiza anguila se comía. A to­dos los peces que en el mar podía encontrar se los comía con la boca -¡así! Hasta que al fin sólo quedó en el mar un pececillo, y era un pececi­llo astuto que nadaba un poco por detrás de la oreja derecha de la ba­llena para no correr peligro. Entonces la ballena se ir­guió sobre su cola y dijo:

Los Arqueros (Arthur Machen)


Pasó durante la Retirada de los 80 mil, y la autoridad de la censura es suficiente excusa para no ser más explícito. Pero pasó durante el más terrible día de aquella terrible época, el día en que la ruina y el desastre llegó tan cerca que su sombra cayó sobre Londres; y, sin ninguna noticia certera, los corazones de los hombres se angustiaron; como si la agonía de los ejércitos en el campo de batalla hubiera ingresado en sus almas.

Los Niños Felices (Arthur Machen)


Un día después de la Navidad de 1915, mis deberes profesionales me llevaron al Norte; o, para ser más preciso, como nuestros convencionalismos, al "Distrito Nordeste". Había habido ciertas charlas singulares; varios chismorreos respecto a que los alemanes tenían un «escondrijo» por parte de Malton Head. Nadie parecía saber exactamente qué hacían allí o que esperaban lograr. Mas la información corría como un incendio de una boca a otra, y se creyó conveniente que tal habladuría fuese seguida hasta sus orígenes, y expuesta al público o negada de una vez por todas.

Un Nuevo Cuento de Navidad (Arthur Machen)


Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido.
Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruín y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.

El Regreso (Josep Conrad)


El regreso
El tren de la ciudad, que surgía impetuosamente de un negro agujero, irrumpió en la tiznada luz crepuscular de aquélla estación del oeste. Se abrió una lila de puertas y una multitud de hombres se precipitó de cabeza hacia afuera. Llevaban sombreros de copa, abrigos oscuros, botas brillantes, y lucían distinguidos rostros pálidos; sostenían en las manos enguantadas finos paraguas, y doblaban con premura diarios vespertinos, semejantes a tiesos harapos sucios, de un color verdusco, rosáceo o blancuzco.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La Laguna (Joseph Conrad)


La laguna
El blanco, reclinado con ambos brazos sobre el techo de la caseta a la popa del bote, dijo al timonel:
–Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Ya es tarde.
El malayo se limitó a gruñir y siguió mirando con fijeza río adelante. El blanco, apoyando el mentón sobre los brazos cruzados, lanzó una mirada a la quilla de la embarcación.

Una Avanzada Del Progreso (Joseph Conrad)


Una avanzada del progreso
1
Dos blancos eran los encargados de la factoría: Kayerts, el jefe, bajo y gordo; Carlier, el ayudante, alto, cabezudo y con el corpachón encaramado en un par de piernas largas y delgadas. El tercer empleado era un negro de Sierra Leona que se empeñaba en que le llamasen Henry Price. Sin embargo, los naturales de río abajo, no sabemos por qué razón, le habían puesto el nombre de Makola, del que no podía desprenderse en todas sus andanzas por el país. Hablaba inglés y francés con acentos cantarines, escribía con buena letra, sabía llevar los libros y abrigaba en lo más profundo del corazón el culto de los espíritus malos. Su mujer era una negra de Loanda muy gordinflona y parlanchina; tres chiquillos correteaban al sol ante la puerta de su vivienda, baja y con aspecto de choza. Makola, taciturno e impenetrable, despreciaba a los dos blancos.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Los Idiotas (Joseph Conrad)


Los idiotas
Corríamos a lo largo del camino que va de Treguier a Kervande. Pasamos a trote ligero entre las enredaderas que cubren las tapias que flanquean la carretera; luego, al pie de la pronunciada pendiente que se encuentra antes de Floumar, el caballo aminoró la carrera y el conductor saltó pesadamente del asiento. Hizo chasquear el látigo y trepó la pendiente, marchando torpemente, colina arriba, al lado del vehículo, con una mano en el estribo y los ojos en el suelo. A poco levantando la cabeza, señaló a lo alto del camino con el extremo de su látigo y exclamó:
–¡El idiota!

Karain: Un Recuerdo (Joseph Conrad)

Karain: un recuerdo
1
Lo conocimos en aquellos días inciertos en que nos conformábamos con poder conservar nuestra vida y  nuestra hacienda. Ninguno de nosotros, creo,  disfruta ahora de hacienda alguna, y tengo entendido  que muchos, por temerarios, perdieron la vida; mas estoy seguro de que los escasos sobrevivientes no son tan miopes que no acierten a discernir, en la dudosa exactitud de los periódicos, las  noticias de las diversas rebeliones de indígenas ocurridas en el Archipiélago Oriental. Entre  las líneas de aquellos breves párrafos brilla el sol y se percibe el destello del mar. Un nombre  extraño aviva nuestros recuerdos; las frases impresas perfuman ligeramente la humosa atmósfera de  la época con la fragancia penetrante y sutil de una brisa costera que alentase bajo las estrellas de pretéritas noches; un fuego de señales brilla como una joya sobre la frente erguida de una  sombría colina; enormes árboles, centinelas avanzados de bosques inmensos, levántanse, vigilantes e inmóviles, sobre dormidos estuarios; una línea  de blanca resaca retumba contra una playa desolada, mientras las aguas, poco profundas, espuman en  los arrecifes; y sobre la superficie de un mar luminoso, salpicados en la calma del mediodía, se  extienden verdes islotes, como un puñado de esmeraldas en el acero de un escudo.

Arrepentimiento (Guy De Maupassant)


Arrepentimiento
Regret
I
El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; las hojas caen. Caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no está satisfecho. Va de la chimenea a la ventana y de la ventana a la chimenea. La vida tiene días tristes, y para el señor Saval en adelante sólo tendrá días tristes, porque ha cumplido sesenta y dos años. Está solo, soltero, sin familia, sin nadie que se interese por él. ¡Es muy triste morir aislado sin dejar un afecto profundo!
Piensa en su vida sin encantos y sin atractivos. Y recuerda en el pasado, en su niñez lejana, la casa paterna, el colegio, las vacaciones, la Universidad. Luego, la muerte de su padre.
Vive con su madre; viven los dos, el joven y la vieja, tranquilamente, sin desear nada. Pero  la madre  muere  también.  Qué  triste vida!

viernes, 26 de septiembre de 2014

El Armario (Guy De Maupassant)


El armario
L’armoire
Hablábamos   de   mujeres   galantes,   la eterna conversación de los hombres.
Uno dijo:
—Voy a referir un suceso extraño. Y era como sigue:
Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas tristezas lánguidas que pueden conducirnos al suicidio.

Un Ardid (Guy De Maupassant)


Un ardid
Une ruse
El médico y la enferma charlaban junto al fuego de la chimenea.
La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes.

Aparición (Guy De Maupassant)


Aparición
Apparition
Se hablaba de  secuestros a raíz de  un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era verdadera.

Antón (Guy De Maupassant)


Antón
Toine
I
Se le conocía en diez leguas redonda. Triple Antón, Antón a secas o Antón Pepino, que de tantas maneras llamaban las gentes al señor Antonio Machablé, posadero en Tournevent, famoso aquel pobre lugarejo, perdido en un repliegue del valle que se prolonga hasta el mar. Las diez casuchas que lo forman se han guarecido en la hondonada como se guarecen las alondras en un surco para librarse del huracán y eran una especie de feudo para el señor Antón, apodado también Triple Antón, aludiendo a su excesiva gordura y a este dicharacho que no se le caía de la boca:
—Mi triple anís, es el primero de Francia.

Amorosa (Guy De Maupassant)


Amorosa
Etrennes
Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia.
Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo; recordaba cuanto le había ocurrido en doce meses, todo lo acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo. Se sentó, abrió un cajón y sacando una fotografía, después de mirarla y darle un beso, la dejó encima de la mesa y empezó una carta:

Amor (Guy De Maupassant)


Amor
Amour
Páginas del «Diario de un cazador»
...En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer un drama pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno que amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor me importa; y no porque me enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva ni me haga soñar, sino porque evoca en mí un recuerdo de la mocedad, recuerdo extraño de una cacería en que se me apareció el Amor como se aparecían a los primeros cristianos cruces misteriosas en la serenidad de los cielos.

El Amigo Patience (Guy De Maupassant)


El amigo Patience
L’ami Patience
—¿Qué se hizo Leremy?
—Es capitán en el sexto de Dragones.
—¿Y Puisón?
—Subprefecto.
—¿Y Racollet?
—Murió.
Buscábamos en los rincones de la memoria nombres de los compañeros de nuestra juventud, los cuales no hablamos visto en muchos años.

El Amigo Joseph (Guy De Maupassant)

El amigo Joseph
L’ami Joseph
Todo el Invierno se habían tratado íntimamente en Paris. Después de dejar de verse, como siempre ocurre, al salir del colegio, los dos amigos se habían encontrado nuevamente una tarde en sociedad, ya viejos y canosos, soltero el uno y el otro casado ya.

Allouma (Guy De Maupassant)


Allouma
Allouma
I
Si en tu viaje a Argel —me había dicho mi amigo— te acercases por casualidad a Bordj Ebbaba, no dejes de hacer una visita a mi antiguo camarada el colono Auballe.
Había olvidado el nombre de Ebbaba y el del colono Auballe, cuando, por pura casualidad, llegué a su casa.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Algo Sobre Los Gatos (Guy De Maupassant)

Algo sobre los
gatos
Sur le chats
I
Estaba yo días pasados sentado en un banco fuera de la puerta de mi casa, en pleno sol, delante de un encañado de anémonas fondas, leyendo un libro publicado últimamente, un libro honrado, cosa rara  y también encantadora: El tonelero, de Jorge Duval. Un gran gato blanco que tiene el jardinero saltó a mis rodillas y con su impulso cerró el libro, que yo coloqué a mi lado para acariciar al animal.
Hacía calor; un aroma de flores nuevas, tímido aún, intermitente, ligero, cruzaba la atmósfera,  que se estremecía  también  de cuando en cuando con escalofríos que llegaban de las altas cumbres nevadas que yo distinguía a lo lejos.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los Alfileres (Guy De Maupassant)


Alexandre (Guy De Maupassant)


Alexandre
Alexandre
Igual que todos los días, a las cuatro de la tarde, Alexandre llevó frente a la puerta de la casita  del matrimonio Marambaile el coche de paralítico, de tres ruedas, en el cual paseaba hasta las  seis, por prescripción del médico, a su anciana y lisiada señora.

El Albergue (Guy De Maupassant)


El albergue
L’auberge
Semejante a todas las hospederías de madera construidas en los altos Alpes, al pie de los  glaciares, en esos pasadizos rocosos y pelados que cortan las cimas blancas de las montañas, el  albergue de Schwarenbach sirve de refugio a los viajeros que siguen el paso de la Gemmi.
Durante seis meses permanece abierto, habitado por la familia de Jean Hauser; después, en cuanto las nieves se amontonan, llenando el valle y haciendo impracticable la bajada a Loéche, las  mujeres, el padre y los tres hijos se marchan, y dejan al cuidado de la casa al viejo guía Gaspard  Han con el joven guía Ulrich Kunsi, y Sam, un gran perro de montaña.

Ahogado (Guy De Maupassant)


Ahogado
Le noyé
I
Todos conocían en Fècamp la historia de la tía Patin. Era una mujer que no había sido feliz, ni
mucho menos, con su marido; porque su marido la apaleaba lo mismo que se apalea el trigo en las granjas.
Era patrón de una lancha de pesca, y se casó con ella, de esto hacía tiempo, porque era bonita, aunque pobre.

A Las Aguas (Guy De Maupassant)


A las aguas
Aux eaux
DIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE
12 DE JUNIO 1880.— ¡A Loëche! ¡Quieren que   vaya   a   pasar   un   mes   a   Loëche!
¡Misericordia!¡Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una ciudad!
¡Es un agujero, no una ciudad! ¡Me condenan a un mes de baño..., en fin!

El Afeminado (Guy De Maupassant)

El afeminado
L’homme fille

Cuántas veces oímos decir: "Es encantador este hombre, pero es una mujer, una mujer auténtica".
Vamos a hablar del afeminado, la peste de nuestro país.
Ya que nosotros, en Francia, somos todos afeminados, es decir, cambiantes, antojadizos, inocentemente pérfidos, sin orden en las convicciones o la voluntad, violentos y débiles como las mujeres.

¡Adios! (Guy De Maupassant)


¡Adios!
Adieu
Los dos amigos acababan de comer. Desde la ventana del café veían el bulevar muy animado.
Acariciábanles el rostro esas ráfagas tibias que circulan por las calles de Paris en las apacibles noches de verano y obligan a los transeúntes a erguir la cabeza, incitándo1os a salir, a irse lejos, a cualquier parte en donde haya frondosidad, quietud, verdor... y hacen soñar en riveras inundadas por la luna, en gusanos de luz y en ruiseñores.

La Abuela Sauvage (Guy De Maupassant)


La abuela Sauvage
La mére Sauvage
A Georges Poucher
I
Hacía quince años que no volvía por Virelogne. Regresé a cazar, en otoño, a casa de mi amigó
Serval, que por fin había reconstruido su palacio, destruido por los prusianos.
Me gustaba extraordinariamente aquella tierra. Hay en el mundo deliciosos rincones que tienen para los ojos un encantó sensual.