VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.

viernes, 31 de octubre de 2014

Carta A Un Fénix (Fredric Brown)


Hay mucho que contarles, tanto que es difícil saber por dónde empezar. Afortunadamente, he olvidado la mayor parte de las cosas que me han sucedido. Afortunadamente, la mente tiene una capacidad limitada para recordar. Sería horrible si recordara los detalles de ciento ochenta mil años, los detalles de las cuatro mil vidas enteras que he vivido desde la primera guerra atómica.

Encuentro Final (Harry Harrison)


Lejos en el futuro, descubrieron una nueva ley natural: lo que va hacia arriba debe volverse circular. Incluso Hautamaki llegó en circulo a la idea.

Diabológica (Eric Frank Russell)


Hizo una circunnavegación para que no quedase duda alguna. Era una técnica habitual en la exploración del espacio; comprobar una vez al aproximarse, volver a comprobar alrededor. Ocurría a menudo que las segundas impresiones, más de cerca, contradecían las primeras y más lejanas. Algún factor perverso en la secuencia de probabilidad solía interferir para que los follones aparecieran al otro lado de una superficie planetaria.

Los Intrusos (Roger Dee)


¿Cuál es nuestro lugar en la galaxia? Roger Dee presenta una especulación sobre el tema. En la historia de Dee un terráqueo dice: “Cien mil razas de borde a borde de la galaxia —la mayoría de ellas, por lo que Clowdis había visto, más viejas y sabias e infinitamente más fuertes que su propia cultura advenediza— callaban cuando hablaban los T'sai.” Los T'sai son los señores de la galaxia. Al menos indirectamente, Los intrusos trata de lo que podemos ser en el futuro.

Vuelta A Empezar (Michael Shaara)


Ésta es una narración de ciencia ficción típica en el sentido de que supone enormes saltos de tiempo y espacio una libertad que es la razón por la que muchos de nosotros leemos relatos de ciencia ficción. Inevitablemente las perspectivas cambian durante el proceso. Y, a propósito, ésta fue la primera o la segunda historia de Shaara en ser publicada. Él fue uno de los muchos nuevos autores que aparecieron a principios de los años cincuenta. Recientemente, ha ganado un premio Pulitzer por su novela sobre la guerra civil norteamericana Los ángeles asesinos.

Existen circunstancias en las que resulta extremadamente difícil establecer comunicación con otro individuo... o raza. Un nuevo autor considera un punto que podría convertir en bastante fútiles las comunicaciones técnicamente adecuadas...


Grandes fueron los Antha, así dice el Primer Libro de la historia, quizá más grandes que cualquiera de los Pueblos Galácticos, y fueron brillantes y justos, y su reino fue largo y en todo eran grandes y orgullosos, incluso en la manera de su muerte...
Prefacio a Loab: Historia de la Raza Maestra

La Visión Del Edén (Howard Fast)


1
Estaban en órbita; el viaje había terminado. Cruzaron el vacío, salvaron todos los abismos del tiempo y de la imaginación, sondearon lo insondable, y pasaron por los siete círculos del infierno. Estaban cuerdos, aunque conocieron las simas de la aflicción y las tentaciones del suicidio; y estaban vivos, aunque enfrentaron las distintas muertes que aguardan en el espacio sin límites.
Experimentaron un miedo y un terror indescriptibles y ahora podían hablar de ese miedo y de ese terror. Eran siete, tres mujeres y cuatro hombres, y vivieron cinco años encerrados dentro de aquella nave estelar. Estaban a muchos años luz de la Tierra; la nave había atravesado las extrañas curvas del espacio, alterando y deformando los cálculos y la geometría conocidos por el hombre, llegando hasta el otro borde del espacio. Y ahora permanecían en una órbita silenciosa y ondulante, sobre un planeta tan azul, tan verde y tan hermoso como el que dejaron atrás.

Poderoso Antepasado (F. L. Wallace)

so antepasado mira hacia el principio, a lo que fuimos, y al hacerlo se refleja en el rol futuro en términos galácticos.

El árbol familiar del Hombre era lo suficientemente imponente como para darle a cada raza galáctica un complejo de inferioridad, ¡Pero luego intentó trepar por el.

El Saqueador De Estrellas (Poul Anderson)


Los imperios comienzan de una manera extraña..., uno de ellos surgió de un motín que se produjo en una nave de esclavos gorzunis.

Esta Estrella Será Libre (Murray Leinster)


Los orígenes del Hombre y su rápida ascensión hasta dominar a todos los seres vivientes de la Tierra, excepto a sí mismo, son temas que han atraído siempre a los escritores de imaginación. En ausencia de conocimiento bien definido sobre lo que algunos millones de años pueden significar en términos del actual cambio evolutivo a través de las mutaciones genéticas y la selección natural, muchos hombres de letras contemplativos han creído conveniente imaginar una Ayuda Exterior (no teológica) que activó la acción de los mecanismos darwinianos-mendelianos que acabaron finalmente produciéndonos a... nosotros.

El Canto Del Crepúsculo (Lester del Rey)


Cuando alcanzó la superficie del pequeño planeta, incluso las heces de su poder se habían agotado. Ahora descansaba, extrayendo reluctantemente y con lentitud un poco de fuerza del amarillo sol que brillaba en los verdes prados a su alrededor. Sus sentidos estaban debilitados por un cansancio definitivo, pero el miedo que había aprendido de los Usurpadores lo empujaba en busca de algún nuevo atisbo de refugio.

Razón Vital (Howard Fast)


Lógicamente, el mensaje redactado en obscuros términos modernos, fue difundido en los Estados Unidos por los tres grandes canales de radio y televisión, en Inglaterra por la BBC, y en todos los demás países por los canales con mayor alcance. Los millones de millones de personas que corrieron a consultar la Biblia encontraron una copia exacta bastante razonable en Éxodo 32, versículos 9 y 10:
«Y dijo el Señor a Moisés: Veo que este pueblo es de dura cerviz. Déjame solo, que se encarnice mi saña contra ellos y que los deshaga.»
El anuncio emitido por radio y televisión decía, simplemente:
«Es necesario manifestar una razón que impida la destrucción de los habitantes de la Tierra.»
La firma era igualmente simple y directa:
«Soy vuestro Dios y Señor.»

En Caso De Emergencia (RandalI Garrett)


En su oficina, situada en el último piso del edificio de la embajada de Terra en Occeq City, Bertrand Malloy hojeaba distraídamente los expedientes de los cuatro nuevos hombres que acababan de asignarle. Eran típicos ejemplares de la clase de hombres que le enviaban, pensó. Lo cual significaba, como siempre, que eran atípicos. Todo hombre del cuerpo diplomático que exteriorizaba algún temblor o alguna mueca era embarcado hacia Saarkkad IV a fin de que trabajara para Bertrand Malloy, embajador permanente de Terra ante Su Gran Munificencia, El Occeq de Saarkkad.
Como ejemplo, cabía considerar al primero de ellos. Malloy deslizó los dedos a lo largo de las columnas de complejos símbolos que mostraban el análisis psicológico completo del hombre. Paranoia psicopática. El hombre no era propiamente un loco; la mayor parte del tiempo podía ser tan lúcido como cualquiera. Pero sospechaba patológicamente que todo el mundo estaba en su contra. No confiaba en nadie, y estaba continuamente en guardia contra imaginarias conspiraciones y persecuciones.

Todas Las Cosas Que Sois (Robert Sheckley)


Hay normas para el gobierno de las naves espaciales Primer Contacto, normas extraídas de la desesperación y seguidas con desesperación, pues ¿qué norma puede predecir el efecto de una acción cualquiera sobre la mentalidad de un pueblo alienígena?
Jan Maarten cavilaba melancólicamente sobre esto mientras penetraba en la atmósfera de Durell IV. Era un hombre corpulento, de mediana edad, pelo rubio ceniza y lacio y rostro redondeado y preocupado. Tiempo atrás, había concluido que era mejor tener cualquier norma que no tener ninguna. En consecuencia, seguía la suya meticulosamente, pero con una permanente sensación de incertidumbre y de debilidad humana.

El Especialista (Robert Sheckley)


La tormenta de fotones surgió tras un banco de gigantescas estrellas rojas y se abatió sobre la Nave sin previo aviso. Ojo tuvo apenas el tiempo de lanzar una advertencia a través de Locutor; un segundo después la tenían encima.
Aquél era el tercer viaje de Locutor por el espacio profundo; por primera vez se veía frente a una tormenta de baja presión. La nave guiñó violentamente, captando toda la fuerza del frente y carenó de punta a punta. Locutor sintió una súbita punzada de pánico, que en seguida cedió su sitio a una fuerte excitación. ¿Por qué había de tener miedo? ¿Acaso no estaba entrenado para esa clase de emergencia?
La tormenta había interrumpido bruscamente su conversación con Alimentador. Era de esperar que el joven estuviera bien; aquélla era la primera vez que viajaba por el espacio profundo.

Trasplante Del Cerebro (André Carneiro)


En el cuadro luminoso estaban señalados el día y el año, 20 de agosto de 2425. El profesor dio un salto, tiró del calcetín, apretó el botón de gravedad y descendió lentamente, casi en un paso de danza.
-Sí, eso es, pueden grabar. La revolución del sexo, siglo veinte. La revolución de la gravedad, comienzos del siglo veintiuno. Y, la más importante de todas, la Revolución del Cerebro, comienzos del siglo veintitrés.
Una de las alumnas, en el fondo del aula, apretó un botón, dio un impulso y fue planeando por encima de sus colegas hasta poner una mano en el hombro del profesor. Su cuerpo fue descendiendo lentamente, mientras tocaba la frente del profesor con la punta de la lengua rosada. El profesor dijo que "sí" con la cabeza y la alumna fue al baño totalmente transparente que había al lado. Naturalmente toda la clase se puso de pie para observarla.

Visita A Un Planeta Extraño (Philip K. Dick)


Partes de este relato fueron adaptadas para la novela Deus Irae

El sol de última hora de la tarde brillaba cegador y caliente, un gran orbe tembloroso en el cielo. Trent se detuvo un momento para recuperar la respiración. En el interior de su casco forrado de plomo, su rostro estaba goteando sudor, gota tras gota de pegajosa humedad que le empañaba el visor y le atragantaba.
Se cambió de hombro la bolsa de emergencia y se subió el cinto de la pistola. Sacó un par de tubos agotados de su tanque de oxígeno y los descartó tirándolos entre las hierbas. Los tubos rodaron y desaparecieron, perdidos en los interminables montones de hojas y matorrales verde rojizos.
Trent comprobó el contador, vio que la lectura era lo bastante baja, y se echó hacia atrás el casco durante un precioso momento.

El Monumento Atómico (Theodore Sturgeon y Alden Lorraine)


Antonio Vázquez, el físico-filósofo, abrigaba la noble pretensión de que si creaba, por medio de una bomba atómica, un gigantesco cráter radioactivo, en un territorio desierto de México, tal cráter habría de servir como advertencia para el mundo, en las centurias por venir. Suponía que semejante recordatorio viviente del tremendo poder de la bomba atómica, habría de servir como freno a los hombres-bestias que anhelabann desatar en la Tierra sus instrumentos diabólicos de destrucción y conquista.
Hizo explotar en secreto su formidable super-bomba.

La Batalla Final (Harry Harrison)


Por la noche, después de recoger los restos de la cena, no había nada que nos gustase más a los niños que sentarnos alrededor del fuego mientras Padre nos contaba una historia.
Dirás que suena ridículo, o anticuado, con todos los medios de entretenimiento modernos que existen, pero ¿te olvidas de ello si yo sonrío indulgentemente?
Tengo dieciocho años y, de muchas variadas formas, he dejado algunas niñadas detrás mío. Pero Padre es un orador y su voz despide un mágico aliento que aún me engancha, y, para ser sincero, eso me fascina. Incluso si pensamos que ganamos la Guerra, perdimos bastante en el proceso, y allá afuera hay un mundo cruel e ingrato. Seguiré siendo joven todo lo más que pueda.

El Fin De La Evolución (Robert Arthur)


Aydem empujaba el aspirador por los corredores interminables del enorme sótano del Depósito de Historia Natural, cuando Ayve, tras él, le puso las manos sobre los ojos.
Giró en redondo, y vio el alegre rostro de Ayve, que sonreía pícaramente.
-¡Ayve! -exclamó complacido-. ¿Qué haces aquí? Está prohibido que una mujer...
-Lo sé.
Ayve echó atrás la cabeza. Su larga y dorada cabellera caída sobre los hombros, en contraste con el color verde manzana de la túnica que vestía, idéntica a la de Aydem, el atuendo universal de los esclavos humanos de los Amos sobrehumanos que gobernaban el mundo. El suyo era un mundo subterráneo. Hacía varias generaciones que los Amos, con su desmesurado cráneo de huesos delgados y poderosos cerebros, excesivamente vulnerables a los ordinarios rayos del sol, se habían retirado al subsuelo.

El hombre Que Evolucionó (Edmond Hamilton)


Mientras releía El hombre que evolucionó, intenté recordar cuándo oí hablar por primera vez de los rayos cósmicos y de la evolución.
No lo conseguí. Es como si hubiera conocido ambos fenómenos de toda la vida, aunque desde luego no nací sabiéndolo.
Sinceramente, creo que me familiaricé con ambos fenómenos a través de los cuentos de ciencia-ficción. Hasta es posible que los encontrase por primera vez en este relato.
En efecto, recuerdo que algunos conocimientos los he hallado por primera vez leyendo relatos de ciencia-ficción.

Involución (Edmond Hamilton)


Hacia fines de 1936 un relato aparecido en el número de diciembre de “Amazing Stories” me impresionó. Se titulaba Involución y su autor era Edmond Hamilton. Es el tercer relato de este autor que no he podido olvidar desde mi adolescencia. Los tres, de algún modo, tenían que ver con el origen o desarrollo de la vida, y todos mostraban una visión crítica de la humanidad.
En general soy un escritor optimista; mis personajes suelen ganar al final y el mundo se salva. Pero durante años noté que los relatos con un final desdichado, irónico o paradójico me chocaban con más fuerza que los de final convencionalmente feliz, y me dejaban una impresión más duradera.
Alguna vez se me ocurría que el tono pesimista era mejor, y que hacía falta a mis relatos demasiado optimistas. El recuerdo de cuentos como Involución me animó a intentar este tipo de finales.
Por ejemplo, mi relato The ugly little boy (publicado en las revistas bajo el título de The lastborn), concluía con una tragedia tan terrible, que muchos lectores me escribieron para contarme que habían llorado al final (lo mismo me ocurrió a mí mientras lo escribía). Pero luego, pensándolo bien, no me pareció en absoluto un final trágico. Concluía con el triunfo del amor, y no existe mayor triunfo que ése.
Isaac Asimov

Máxima Adaptabilidad (Stanley G. Weinbaum)


El doctor Daniel Scott, con sus obscuros y brillantes ojos encen­didos por el fuego del entusiasmo, hizo una pausa. Desde donde se hallaba, el despacho del doctor Herman Bach, director del Hospital de la Misericordia, dominaba gran parte de la ciudad. Se entretuvo contemplando sus calles, mientras, en el silencio, su mente seguía discurriendo. El anciano director sonrió con gesto indulgente no exento de una cierta melancolía mientras observaba la expresión concentrada del joven bioquímico.

jueves, 30 de octubre de 2014

El Doble (G. C. Edmonson)


La creencia de que todo el mundo tiene su doble es muy antigua en el folklore germánico y aun en otros. Recientemente, se adaptó a la era espacial cuando una linda morena, que se hacía llamar Vivenus, se presentó en un congreso de especialistas en OVNIS de Nueva York Vivenus afirmaba ser el doble de una terrícola, asegurando que la habían enviado desde Venus para sustituir a su sosias, al suicidarse ésta. Da la coincidencia (?) de que el mismo año en que Vivenus afirmaba haber llegado a la Tierra, se publicó el relato de G. C. Edmonson ... e incluso la misión asignada parece ser la misma.

El Miedo Es Un Buen Negocio (Theodore Sturgeon)


Las Fuerzas Aéreas americanas aseguran que si continúa vivo el fenómeno de los OVNIS es a causa de los autores de ciencia-ficción, que lo han convertido en un buen medio de éxito y dinero. Se comprende la acusación puesto que 1) la mayoría de la gente tiene un concepto muy superficial de ese género literario, como de revista infantil ilustrada y 2) la, mayoría do los libros baratos acerca de los platos voladores parecen ciencia-ficción barata. Sin embargo, la realidad es que, excepto un libro en contra de los OVNIS, cuyo coautor era relativamente conocido en el mencionado campo, ninguna de las obras que de ellos tratan se debe a alguien que tenga cierto prestigio en la ciencia-ficción. Pero, no obstante, la oportunidad existe y el "héroe" de Theodore Sturgeon se basa no desacertadamente en varios de los especialistas en OVNIS que con ese tema han conseguido buenos ingresos durante los últimos quince años.

Ministros Sin Cartera (Mildred Clingerman)


En los años que han transcurrido desde que Arnold vio el primer plato volador, un buen número de personas, en distintos países, afirman haber tenido encuentros con alienígenas é incluso viajado en sus naves. Hasta ese momento, ninguno de ellos ha presentado prueba alguna de sus afirmaciones, pero existe siempre la posibilidad de que se establezca contacto tal como aseguran. Al fin y al cabo, nosotros carecemos de medios para señalar el lugar y el momento que nuestros visitantes elijan. Nuestro comportamiento, durante uno de estos posibles encuentros, podía tener consecuencias muy amplias.

Los Documentos De Venus (Richard Wilson)


Hace poco, un grupo de aficionados a los OVNIS, reunidos en una convención en Nueva York, escribieron a las Naciones Unidas pidiendo que se "iniciara una investigación formal y concienzuda acerca de los Platillos Volantes y que los resultados obtenidos se dieran a conocer al público". Aún es pronto para saber cuál será la decisión de la ONU, pero, como informes oficiosos quizás haya actualmente en sus archivos, les ofrecemos...

La Corbata Que Une (George Whitley)


Según tantas veces se ha dicho, al turista norteamericano se le identifica fácilmente por su vos chillona, sus ropas llamativas y la inevitable cámara fotográfica. El sociólogo experimentado prefiere que lo confundan con los nativos, en todo lo posible. Sí, como muchos suponen, los OVNIS traen a la Tierra a quienes nos estudian, parece razonable que, para lograrlo, se mezclen con los indígenas, adoptando sus ropas y costumbres. Pero la cantidad de informes acerca de la aparición de los OVNIS, así como sus distintos tipos, indica la presencia de numerosos agentes, lo que plantea al alienígena el problema de poder distinguir entre un terrícola y otro alienígena disfrazado de terrícola.

La Visita De Grantha (Avram Davidson)


Si bien son muchos los que se han beneficiado al comercializar sus supuestos encuentros con alienígenas, quienes estudian el campo de los OVNIS señalan que hay también gente, de aire sincero, que no ha intentado obtener ninguna ventaja. ¿Por qué, entonces, van repitiendo sus increíbles relatos? Avram Davidson no sólo nos brinda una razón de por qué los explican, sino, asimismo, una razón acerca de la naturaleza de dichos relatos.

Los Otros Chicos (Robert F. Young)


A excepción de quienes creen en los "instintos naturales", se acepta generalmente que el miedo, la desconfianza y muchas de nuestras peores actitudes con respecto a los demás, las vamos adquiriendo, consciente o inconscientemente, conforme crecemos. La xenofobia (que el diccionario Webster define como "miedo y odio a los extranjeros y forasteros") se oculta bajo el ligero barniz de civilización que la mayor parte de nosotros tiene. Y cuando el extranjero es no sólo completamente distinto, sino, además, pequeño y está en minoría, ese barniz de civilización puede desaparecer muy de prisa, con las más trágicas consecuencias.

Albatros (Marck Reynolds)


El 12 de julio de 1957, en una carta del Departamento de Seguridad de la base aérea de Wrigth-Paterson, la aviación confirmó que varios pilotos militares habían disparado sobre los OVNIS en diferentes ocasiones. Un párrafo de dicha carta decía: En algunos casos, miembros de las fuerzas aéreas han comunicado oficialmente que abrieron fuego sobre objetos volantes que no podían identificar, peto que luego se reconocieron como convencionales. Las órdenes al personal de vuelos son que disparen sobre cualquier objeto no identificado sólo cuando comete un acto hostil que amenace o ponga en peligro la seguridad de Estados Unidos. El punto delicado lo constituye definir las palabras "hostil, que amenace o ponga en peligro la seguridad de Estados Unidos". Un objeto que dispara el primero es netamente hostil, un objeto que se identifica como perteneciente a una nación enemiga, infiltrado en nuestra zona aérea, se podría considerar como una amenaza para la USA, pero ¿qué ocurre con un objeto, extraterrestre sin lugar a dudas, que se limita a ignorarnos?

Algo En El Cielo (Lee Correy)


Un artículo que apareció en la revista True, en enero de 1965, aseguraba que al Gemini 1, que iba sin tripulantes, lanzado el 18 de abril de 1964, lo siguieron durante toda una órbita cuatro OVNIS, que giraban en torno suyo. Las Fuerzas Aéreas respondieron: "Los objetos señalados, que también registró la pantalla de radar, se han identificado como las piezas menores que se desprenden al separarse la nave y el cohete. Esta explicación oficial quedó en entredicho cuando un portavoz de la NASA confirmó lo que todos sabían en la industria astronáutica: "En el Gemini 1 no hubo separación entre la nave y el cohete; una y otra entraron en la atmósfera como simple unidad". ¿Se trataba de unos OVNIS curiosos? Quizás. El presente relato es pura ficción; según creo. ¿Se han preguntado qué podría ocurrir si un antimisil del tipo Sprint o Nike-Zeus encontrara a su paso algo que no fuese el blanco lanzado desde la base de Vandenberg, en California?

El Huésped No Invitado (Christopher Anvil)


Pese a la opinión de muchos expertos en OVNIS, puedo asegurar por experiencia personal que no todos los miembros de las Fuerzas Aéreas son "aburridos, sin imaginación y propensos a la violencia" cuando se enfrentan con un problema difícil. Y lo mismo ocurre con los ingenieros y científicos civiles que trabajan para ellos. Con unos cuantos hombres de esta clase, al plantearse la situación ideada por Christopher Anvil, los resultados podrían ser muy aleccionadores. Quisiera añadir que la idea del autor acerca del origen y naturaleza de su platillo volante la consideran algunos investigadores de este campo, en contra de la oposición de la mayoría, digna de tenerse en cuenta.

La Cueva De La Historia (Theodore Sturgeon)


Vamos a especular un poco acerca de los visitantes que vio Ezequiel. Si eran extraterrestres, parece lógico que quisieran saber los adelantos que, a lo largo de los años, hacían los habitantes de Sol III. Ciertos aparatos de observación, diseñados para reunir una gran variedad de informes, construidos para durar siglos sin llamar la atención y dispuestos para comunicar cuando los datos recibidos confrontasen con las instrucciones programadas, podían encontrarse ya en nuestra órbita. Theodore Sturgeon nos sugiere aquí que tales aparatos no tienen necesariamente que encontrarse en órbita y sus objetivos quizá no sean los que imaginaba el doctor Bracewell.

Los Visitantes Con Cuatro Caras De Ezequiel (Arthur W. Orton)


A diferencia de los demás relatos de la presente antología, el primer título no puede clasificarse como ficción, sino más bien como ensayo. Se trata de especulaciones acerca de un suceso mencionado en una de las más antiguas crónicas de la humanidad. La era moderna comienza, según sabemos, con el encuentro de Arnold, el 24 de junio de 1947; las investigaciones realizadas tanto en América como en otras partes, ha llevado a muchos a la conclusión de que la Tierra se encuentra bajo vigilancia desde hace doscientos años. Algunas personas han señalado diferentes relatos de extraños objetos voladores en antiguos escritos y en las leyendas de muchos países* El doctor Cari Sagan, astrónomo de Harvard, llega a suponer que la leyenda de Oannes de la antigua Sumer (sobre el año 4000 a. J. C), puede ser un informe cierto sobre la visita de seres extraterrestres en el área del valle del Eufrates y el Tigris. De ser cierta la leyenda de Oannes, en vez de un mito, quizá también haya alguna realidad en este relato bíblico.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Galeote (Isaac Asimov)


U.S. Robots & Mechanical Men Inc., como demandados en el pleito, tuvieron la suficiente influencia para forzar un juicio a puerta cerrada y sin jurado.
Tampoco la Universidad del Nordeste intentó impedirlo con demasiada intensidad. Los fideicomisarios sabían perfectamente bien cómo reaccionaría la gente ante cualquier asunto que implicase una mala conducta por parte de un robot, pese a lo rara que esa conducta pudiese ser. También tenían una noción claramente visualizada de cómo un alboroto anti-robot podía convertirse, sin la menor advertencia, en una algarada contra la ciencia.

Paté De Hígado (Isaac Asimov)


No les podría decir mi verdadero nombre aunque quisiera, y dadas las circunstancias, no lo deseo.
No soy buen escritor, así que he hecho que Isaac Asimov escriba esto en mi lugar. Le he elegido a él por varias razones. Primero, porque es un bioquímico y puede comprender lo que digo; en parte al menos. Segundo, porque sabe escribir; al menos ha publicado bastantes relatos, lo cual puede que no signifique lo mismo, naturalmente.
No fui yo la primera persona en tener el honor de conocer a la Oca. Ese honor le corresponde a un cosechero de algodón de Texas, llamado Jan Angus MacGregor, que era su dueño antes de que pasara a ser propiedad del Gobierno.

Reunámonos (Isaac Asimov)


Había habido una especie de paz durante un siglo, y la gente había olvidado cómo era la guerra. A duras penas hubieran sabido cómo reaccionar de saber que finalmente había llegado alguna especie de guerra.
Ciertamente, Elias Lynn, jefe de la Oficina de Robótica, no estaba seguro de cómo debía reaccionar cuando finalmente lo supo. La Oficina de Robótica tenía su cuartel general en Cheyenne, de acuerdo con la tendencia descentralizadora de hacía más de un siglo, y Lynn miró dubitativo al joven oficial de Seguridad procedente de Washington que había traído la noticia.
Elias Lynn era un hombre corpulento, casi encantadoramente feo, con unos pálidos ojos azules ligeramente protuberantes. La gente se sentía normalmente cómoda bajo la mirada de aquellos ojos, pero el oficial de Seguridad permanecía imperturbable.

Exploradores (Isaac Asimov)


Herman Chouns era hombre de corazonadas. A veces acertaba; a veces se equivocaba: en la proporción de un cincuenta por ciento, aproximadamente. No obstante, si consideramos que uno tiene un universo entero de posibilidades del que sacar una respuesta correcta, el cincuenta por ciento de aciertos empieza a parecer un porcentaje muy aceptable.

La Piedra Parlante (Isaac Asimov)


Grande es el cinturón de asteroides y pequeña la parte ocupada por el hombre. Larry Vernadsky había sido asignado a la Estación Cinco por un período de un año; se hallaba ya en el séptimo mes, pero cada vez se preguntaba con más frecuencia si su salario podría compensarle de su casi solitario confinamiento, a setenta millones de millas de la Tierra. Era un joven delgado que no tenía  pinta de ingeniero espacio-náutico ni de hombre de los asteroides. Tenía los ojos azules, el pelo color mantequilla, un invencible aire de inocencia que ocultaba su despierta mentalidad, y un espíritu curioso agudizado por el aislamiento.
Tanto su cara de inocencia como su curiosidad le fueron útiles a bordo de la Robert Q.
Cuando la Robert Q aterrizó en la plataforma exterior de la Estación Cinco, Vernadsky subió a bordo casi inmediatamente. Manifestaba ese desbordante regocijo que, de ser perro, habría acompañado de un menear de cola y un alegre concierto de ladridos.

El Dedo Del Mono (Isaac Asimov)


—Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí —dijo Marmie Tallinn con dieciséis inflexiones y en dieciséis tonos distintos, mientras la manzana de Adán de su largo cuello subía y bajaba convulsivamente. Era un escritor de ciencia ficción.
—No —replicó Lemuel Hoskins, con una mirada pétrea a través de las gafas con montura de acero. Era un editor de ciencia ficción.
—Entonces usted no quiere aceptar una prueba científica. No quiere escucharme. No quiere que dé mi voto, ¿no? —Marmie se levantó sobre las puntas de los pies. Volvió a bajar, repitió el movimiento varias veces e inspiró profundamente. Tenía el negro cabello apelotonado en mechones formados bajo la presión de los dedos.

Al Estilo Marciano (Isaac Asimov)


1

Desde la puerta que daba al corto pasillo situado entre las dos únicas habitaciones del departamento de viajeros de la nave espacial, Mario Esteban Rioz miraba con acritud cómo Ted Long ajustaba con dificultad los diales del vídeo. Long buscaba primero en la dirección de las agujas del reloj, después por el centro. La imagen era borrosa.
Rioz sabía que permanecería borrosa. Estaban demasiado lejos de la Tierra y en mala posición respecto al sol. Pero, claro, no podía esperar que Long lo supiera. Rioz siguió de pie un rato más, con la cabeza inclinada para cruzar el umbral y el cuerpo ladeado para encajar en la estrecha abertura. De pronto entró en la cocina como un corcho salido de una botella.

En Las Profundidades (Isaac Asimov)


1

Al final, todos los planetas tienen que perecer. Su muerte puede ser rápida, si el Sol estalla. Y puede ser lenta cuando el Sol se apaga y los océanos se convierten en hielo. En este último caso, la vida inteligente tiene posibilidad de sobrevivir.
Esta subsistencia puede dirigirse hacia fuera, en dirección al planeta más próximo al sol moribundo o a otro planeta que gire en tomo a otro sol. Este camino de salvación le estará vedado si por desgracia no hubiese otro planeta de importancia que gravitase en torno a su sol, o si no hubiese otra estrella a menos de quinientos mil años luz.
La supervivencia puede dirigirse hacia el interior, al núcleo del planeta. Siempre es una solución. Una nueva morada se edificará en las profundidades subterráneas, y el calor del centro del planeta proporcionará la energía necesaria. Esa tarea puede requerir miles de años, pero un sol moribundo se enfría con gran lentitud.

El Día De Los Cazadores (Isaac Asimov)


Empezó la misma noche que terminó. No fue gran cosa. Sólo que me fastidió; y sigue fastidiándome.
Joe Bloch, Ray Manning, y yo estábamos agazapados alrededor de nuestra mesa favorita del bar de la esquina, con una velada entera en las manos y una barahúnda de charlas con que tirarla por la borda. He ahí el comienzo.
Joe Bloch puso el asunto en marcha al hablar de la bomba atómica y de lo que consideraba que se podía hacer con ella, y exclamando que quién lo habría pensado cinco años atrás. Yo repliqué que infinidad de personas lo habían pensado cinco años atrás y escribieron narraciones sobre el tema y que ahora tendrían un trabajo ímprobo tratando de llevarles la delantera a los periódicos. Lo cual nos condujo a una discusión general acerca de cómo un montón de cosas dementes podían resultar verdaderas, sazonada con un montón de «por ejemplo»

La Carrera De La Reina Roja (Isaac Asimov)


Ahí tienen un rompecabezas. ¿Es un delito traducir al griego un libro de texto de química?
O digámoslo de otro modo: si una de las mayores centrales atómicas del país queda completamente destruida en un experimento no autorizado, ¿ha de haber forzosamente un delincuente cómplice del hecho?
Estos problemas sólo se presentaron con el tiempo, por supuesto. Empezamos con la central atómica... agotada. Quiero decir auténticamente agotada. No sé exactamente la magnitud de la potencia fisionadora... pero en dos relampagueantes microsegundos, lo tuvo todo fisionado.

Pruebas Circunstanciales (Isaac Asimov)


Francis Quinn era un político de nueva escuela. Ésa, por supuesto, es una expresión carente de significado, como son todas las expresiones de este tipo. La mayoría de las «nuevas escuelas» de que disponemos se hallan duplicadas en la vida social de la antigua Grecia, y quizá, si supiéramos algo más al respecto, en la vida social de la antigua Sumeria y también en las moradas lacustres de la Suiza prehistórica.
Pero, para salirnos de lo que promete ser un insípido y complicado principio, será mejor afirmar rápidamente que Quinn nunca aspiró a ningún cargo, ni persiguió votos, ni lanzó discursos ni llenó urnas. Del mismo modo que Napoleón no apretó un gatillo en Austerlitz.
Y puesto que la política crea extraños compañeros de cama, Alfred Lanning se sentó al otro lado del escritorio con sus densas cejas blancas muy ceñudas encima de sus ojos cuya agudeza había afilado su impaciencia crónica. No se sentía complacido.

Callejón Sin Salida (Isaac Asimov)


“Una sola vez en toda la historia galáctica se descubrió una raza de seres inteligentes.”
Ligurn Vier, Ensayos de historia
I
De: Oficina de Provincias Exteriores.
A: Loodun Antyok, Administrador Público Jefe, A-8.
Tema: Supervisor Civil de Cefeo 18, Situación Administrativa como:
Referencias:
(a) Decreto del Concejo 2.515, del año 971 del Imperio Galáctico, titulado «Nombramiento de Funcionarios del Servicie Administrativo, Métodos para el, Revisión de».
(b) Ordenanza Imperial, Ja 2374, fechada 243/ 975 G. E.
1. En virtud de la referencia (a) queda usted nombrado por la presente para el cargo aludido en el tema. La jurisdicción del citado cargo de supervisor civil de Cefeo 18 se extenderá sobre los vasallos no-humanos del emperador que vivan en el planeta bajo las cláusulas de autonomía expresadas en la referencia (b).

Sentencia De Muerte (Isaac Asimov)


Brand Gorla sonrió incómodo.
—Estos bichos exageran, ya sabe.
— ¡No, no, no! —Los ojos albino rosados del hombrecillo se abrieron súbitamente—. Dorlis era grande cuando todavía no había entrado en el Sistema Vegano ningún hombre. Era la capital de una Confederación Galáctica mayor que la nuestra.
—Bien, entonces digamos que era una capital antigua. Lo admitiré y dejaré el resto para un arqueólogo.
—Los arqueólogos no sirven. Lo que yo he descubierto requiere un especialista en su propio campo. Y usted forma parte de la Junta.

La Novatada (Isaac Asimov)


El campus de la Universidad de Arturo, en el segundo planeta de Arturo, Eron, resulta un lugar aburrido y demasiado caluroso durante las vacaciones de mediados de año, de modo que Myron Tubal, estudiante de segundo año, encontraba la vida aburrida e incómoda. Por quinta vez en aquel día, entró a mirar en la Sala de Estudiantes en un desesperado intento de localizar a algún conocido, y al final se vio recompensado al encontrar a Bill Sefan, un jovencito de piel verde, procedente del quinto planeta de Vega.
A Sefan, lo mismo que a Tubal, le habían suspendido en biosociología y se quedaba durante las vacaciones preparándose para un examen de recuperación. Casos así tejen fortísimos lazos entre dos estudiantes.

¡No Tan Definitivo! (Isaac Asimov)


Nicholas Orloff se insertó el monóculo en el ojo izquierdo con todo el espíritu británico incorruptible de un ruso educado en Oxford y dijo en tono de reproche:
— ¡Pero, mi querido señor secretario! ¡Cincuenta mil millones de dólares!
Leo Birnam levantó los hombros con aire cansado y dejó que el flaco cuerpo se envarase todavía más contra el respaldo del asiento.
—La incautación ha de llevarse a cabo, comisario. El Gobierno del Dominio, aquí en Ganímedes, empieza a perder la cabeza. Hasta el momento, los he retenido, pero como secretario de asuntos científicos tengo escaso poder.

martes, 28 de octubre de 2014

El Corazón Delator (Edgar Allan Poe)


Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

El Retrato Oval (Edgar Allan Poe)


El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de Mrs. Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente.

La Verdad Sobre El Caso Del Señor Valdemar (Edgar Allan Poe)


De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público —al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación—, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

El Gato Negro (Edgar Allan Poe)


No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Manuscrito Hallado En Una Botella (Edgar Allan Poe)


Qui n’a plus qu’un moment à vivre
N’a plus rien à dissimuler.
(QUINAULT, Atys)
De mi país y mi familia poco tengo que decir. Un trato injusto y el andar de los años me arrancaron del uno y me alejaron de la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación esmerada, y la tendencia contemplativa de mi espíritu me facultó para ordenar metódicamente las nociones que mis tempranos estudios habían acumulado. Las obras de los moralistas alemanes me proporcionaban un placer superior a cualquier otro; no porque admirara equivocadamente su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rígidos hábitos mentales me permitían descubrir sus falsedades.

El Pozo Y El Péndulo (Edgar Allan Poe)


Impia tortorum longas hic turba furores
Sanguina innocui, nao satiata, aluit.
Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,
Mors ubi dira fuit vita salusque patent.
(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que ha de ser erigido en el emplazamiento del Club de los Jacobinos en París.)
Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y, cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la atroz sentencia de muerte, fue el último sonido reconocible que registraron mis oídos. Después, el murmullo de las voces de los inquisidores pareció fundirse en un soñoliento zumbido indeterminado, que trajo a mi mente la idea de revolución, tal vez porque imaginativamente lo confundía con el ronroneo de una rueda de molino. Esto duró muy poco, pues de pronto cesé de oír.

William Wilson (Edgar Allan Poe)


«¿Qué decir de ella?
¿Qué decir de la torva CONCIENCIA,
de ese espectro en mi camino?»
(CHAMBERLAYNE, Pharronida)
Permitidme que, por el momento, me llame a mí mismo William Wilson. Esta blanca página no debe ser manchada con mi verdadero nombre. Demasiado ha sido ya objeto del escarnio, del horror, del odio de mi estirpe. Los vientos, indignados, ¿no han esparcido en las regiones más lejanas del globo su incomparable infamia? ¡Oh proscrito, oh tú, el más abandonado de los proscritos! ¿No estás muerto para la tierra? ¿No estás muerto para sus honras, sus flores, sus doradas ambiciones? Entre tus esperanzas y el cielo, ¿no aparece suspendida para siempre una densa, lúgubre, ilimitada nube?
No quisiera, aunque me fuese posible, registrar hoy la crónica de estos últimos años de inexpresable desdicha e imperdonable crimen. Esa época —estos años recientes— ha llegado bruscamente al colmo de la depravación, pero ahora sólo me interesa señalar el origen de esta última.

La Cencerrada (Vicente Blasco Ibañez)


I
Todos los vecinos de Benimuslim acogieron con extrañeza la noticia.
Se casaba el tío Sento, uno de los prohombres del pueblo, el primer contribuyente del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija de un carretero, que no aportaba al matrimonio otros bienes que aquella cara morena, con su sonrisa de graciosos hoyuelos y los ojazos negros que parecían adormecerse tras las largas pestañas, entre los dos roquetes de apretado y brillante cabello que, adornados con pobres horquillas, cubrían sus sienes.

La Caperuza (Vicente Blasco Ibañez)


Vivía yo entonces en el piso segundo, y tenía por vecino, en el primero, a don Andrés García, fiscal de profesión, figura arrogante, con muchas canas en la barba, el más buen mozo de cuantos vestían toga con vuelillos en la Audiencia: un hombre, en fin, que realizaba en su aspecto fisico ese ideal de la justicia serena, majestuosa e imponente.

lunes, 27 de octubre de 2014

Ludwig (Gerald Durrell)

Los británicos siempre han dicho que los alemanes no tienen sentido del humor. Yo siempre he sospechado que esa generalización es exagerada y, como casi todas las generalizaciones, probablemente falsa. Mi limitadísima experiencia con la raza alemana no me había llevado a la idea de que tuviera un sentido excesivo del humor, pero, como en general se ha tratado de conversaciones con un director de zoo alemán sobre las muelas del juicio de los chimpancés o las uñas incrustadas de las patas de un elefante, se echa de ver por qué el humor no se ha deslizado en esas conversaciones. Sin embargo, pensaba que en alguna parte debía de esconderse un alemán con sentido del humor, igual que uno siempre sospecha que en alguna parte debe de esconderse un hotel inglés en el que se pueda comer bien. Pensaba que debía haber llegado a sus oídos que se los consideraba carentes de humor y que esto habría aumentado sus múltiples complejos, pero también que los alemanes más jóvenes, horrorizados ante esa calumnia, podrían haber manufacturado ya, con sus sorprendentes aptitudes técnicas, un sentido del humor. De forma que estaba perfectamente preparado, en caso de que se cruzaran nuestros caminos, para encontrarme con ese joven alemán (o, preferiblemente, con esa joven alemana) y tratarlo con la mayor amabilidad y asegurarle a él o a ella que no creía tamaña calumnia. Como siempre ocurre cuando uno hace una promesa altruista de ese tipo, la oportunidad llega antes de lo que uno piensa.

Un Novio Para Mamá (Gerald Durrell)


Aquel verano en Corfú fue especialmente bueno. Por la noche el cielo era de un azul aterciopelado y denso, y parecía tener más estrellas que nunca, como una multitud de diminutas setas que brillaran y resplandecieran en un inmenso prado azul. La luna parecía ser el doble de grande de lo normal y, cuando volvíamos la mirada hacia ella y se elevaba en el cielo nocturno, empezaba teniendo un color tan anaranjado como una mandarina para ir pasando por sucesivos cambios del albaricoque al amarillo asfódelo antes de convertirse en un blanco maravilloso, como el de un vestido de novia, cuya luz arrojaba charcos de plata brillante en medio de los olivos agazapados y retorcidos.

Jubilación (Gerald Durrell)

A lo largo de mis viajes he tropezado con muchas cosas que me han inspirado tristeza y desazón. Pero, entre esa multitud de sucesos, hay uno que tengo grabado y que me llena de pena siempre que lo recuerdo.
Era un hombre muy bajito, de estatura no superior a la de un muchacho de catorce años no muy alto. Parecía tener unos huesos tan frágiles y delicados como las boquillas de las antiguas pipas de arcilla. Tenía una cabeza rara colocada sobre un cuello esbelto, como un ánfora griega del revés. En ella estaban enmarcados unos gigantescos ojos líquidos, del tamaño y la forma de los de una cierva, una nariz tan finamente tallada como el ala de un pájaro y una boca muy bien formada, generosa y compasiva. Sus orejas, finas como el pergamino, eran grandes y puntiagudas, como dicen que las tienen los duendes. Se trataba del capitán escandinavo del buque mercante en el que viajábamos de Australia a Europa.

Fred, O Un Toque Del Cálido Sur (Gerald Durrell)

En dos ocasiones me he aventurado (grave imprudencia mía) a hacer giras de conferencias por los Estados Unidos de América. En esas ocasiones me enamoré totalmente de Charleston y San Francisco, detesté Los Angeles —nombre mal aplicado donde los haya—, me sentí estimulado por Nueva York y aborrecí Chicago y Saint Louis. Durante mis peregrinaciones me ocurrieron muchas cosas extrañas, pero la experiencia más extraña de todas no la tuve hasta que me aventuré al sur de la divisoria Mason-Dixon. La Liga Literaria de Memphis, Tennessee, me había pedido que les diera una charla sobre la conservación de la naturaleza. La Liga me comunicó, con una cierta autocomplacencia, que debía alojarme nada menos que en casa de la tesorera adjunta, una tal Magnolia Dwite-Henderson. Ahora bien, cuando estoy dando conferencias me fastidia alojarme en casas de desconocidos. Muchas veces me dicen: «Bueno, ya lleva usted tres semanas de viaje y sabemos que tiene que estar sencillamente agotado, exhausto, debilitado. Con nosotros va a descansar de verdad. Esta tarde no van a venir más que cuarenta de nuestros amigos más íntimos a cenar y seguro que a usted le van a encantar. Tan sólo una reunión tranquila y relajada de amigos nuestros, pero que están sencillamente locos por conocerlo a usted. Uno de ellos incluso ha leído sus libros.»

Esmeralda (Gerald Durrell)

De todas las regiones de La Belle France, que son muchas, existe una cuyo mero nombre hace que a los gastrónomos les brillen los ojos, se les enciendan las mejillas ante lo que sugiere y se le empapen las papilas de saliva ante lo que promete, y es la que lleva el eufónico nombre de Périgord, allí las castañas y las nueces tienen un tamaño prodigioso, allí las fresas silvestres tienen un aroma tan penetrante como el tocador de un cortesana. Allí las manzanas, las peras y las ciruelas encierran en sus pieles jugos sublimes, allí la carne del pollo, del pato y de la paloma es firme y blanca, allí la mantequilla es tan amarilla como un rayo de sol y la nata de las batidoras es tan espesa que se le puede colocar sobre ella un vaso lleno de vino. Además de todas esas riquezas, Périgord oculta bajo el suelo terroso de sus robledales una recompensa suprema, la trufa, el hongo troglodita que vive bajo la superficie del bosque, negro como el gato de una bruja, exquisito cual todos los perfumes de Arabia.

Il Conde (Joseph Conrad)

Vedi Napoli e poi morí.
La primera vez que mantuvimos una conversación fue en el Museo Nacional de Nápoles, en las salas del piso bajo que guardan la famosa colección de bronces de Herculano y Pompeya, aquel maravilloso legado del arte antiguo, cuya delicada perfección nos ha sido preservada de la catastrófica furia de un volcán.
Fue él quien primero me dirigió la palabra, a propósito del célebre Hermes Paciente, que habíamos estado viendo juntos. Decía las cosas acostumbradas sobre aquella pieza tan admirable. Nada profundo. Su gusto era más bien natural que cultivado. Era obvio que había visto muchas cosas delicadas en su vida y las apreciaba: pero no usaba la jerga del dilettante o del connoisseur. Una tribu odiosa. Hablaba como un hombre de mundo bastante inteligente, el perfecto caballero a quien nada afecta.

El Confidente (Joseph Conrad)

El Confidente (Joseph Conrad)


Mister X, precedido por una carta de presentación de un buen amigo mío de París, vino expresamente a ver mi colección de bronces y porcelanas chinos.
Mi amigo de París es también coleccionista. No colecciona porcelanas, ni bronces, ni pinturas, ni medallas, ni sellos, ni nada que pueda ser dividido en lotes y provechosamente vendido en pública subasta. Rechazaría incluso, con auténtica sorpresa, el nombre de coleccionista; y, sin embargo, lo es por temperamento. Colecciona amistades. Es una labor delicada y él la lleva a cabo con la paciencia, la pasión y la determinación de un verdadero coleccionista de curiosidades. Su colección no incluye personajes reales. No creo que los considere suficientemente raros e interesantes; pero, con esta sola excepción, ha tratado y conversado con todas las figuras dignas de ser conocidas en todos los campos ima-ginables. Los observa, los escucha, los cala, los mide y guarda el recuerdo en su galería mental. Ha intrigado, conspirado y viajado por toda Europa con el fin de añadir nuevos ejemplares a su colección de amistades personales distinguidas.

El Anarquista (Joseph Conrad)

Aquel año pasé dos meses de la estación seca en una de las haciendas –en realidad, la principal hacienda ganadera– de una famosa compañía fabricante de extracto de carne.

domingo, 26 de octubre de 2014

La Ley De La Vida (Jack London)


            El viejo Koshkoosh escuchaba con avidez. Aun­que hacía tiempo que se le había debilitado la vista, su oído seguía siendo agudo, y el menor sonido pene­traba en la parpadeante inteligencia que aún moraba detrás de la arrugada frente, pero que ya no exami­naba las cosas del mundo. ¡Ah! Era Sit-cum-to-ha, que anatematizaba, chillona, a los perros, mientras los golpeaba y empujaba para que se dejaran poner los arreos. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija, pe­ro se hallaba demasiado ocupada para derrochar un pensamiento en su quebrantado abuelo, sentado, so­lo, allí, en la nieve, abandonado e indefenso. Era preciso levantar campamento. La larga senda espe­raba, en tanto que el breve día se negaba a demo­rarse. La vida la llamaba, y también los deberes de la vida, si no la muerte. Y él se encontraba ya muy cerca de la muerte.     

Un Millar De Muertes (Jack London)


         Había estado en el agua aproximadamente una hora, y el frío y el cansancio, aunados al terrible calambre en el muslo derecho, me hacían pensar que había llegado mi fin. Luchando vanamente contra la poderosa marea descendente, había con­templado la enloquecedora procesión de las luces costeras, pero ya había dejado de luchar con la corriente y me contentaba con los. amargos recuer­dos de mi vida malgastada, ahora cercana a su fin.

Novela En Nueve Cartas (Fedor Dostoievski)

 

(De Pyotr Ivanych a Ivan Petrovich)

Muy señor mío y apreciadísimo amigo Ivan Petro­vich:
Puede decirse, apreciadísimo amigo, que desde ante­ayer corro tras usted para hablarle de un asunto muy urgente y no le encuentro en ninguna parte. Ayer, y re­firiéndose cabalmente a usted en casa de Semyon Alek­seich, decía mi mujer en broma que usted y Tatyana Petrovna están hechos un buen par de zascandiles. Aún no hace tres meses que están casados y ya ni se cuidan siquiera de sus penates domésticos. Todos nos reímos mucho ‑claro que por el sincero afecto que les tene­mos‑, pero, bromas aparte, amigo mío, me trae usted de cabeza. Semyon Alekseich dijo que quizá estuviera usted en el club, en el baile de la Unión Social. No sé si era cosa de reír o llorar. Figúrese usted mi situación: yo en el baile, solo, sin mi mujer... Al verme solo, Ivan Ándreich, que tropezó conmigo en la conserjería, con­jeturó sin más (¡el muy bribón!) que soy un apasiona­do ardiente de los bailes de sociedad y, cogiéndome del brazo, trató de llevarme a la fuerza a una clase de baile, diciendo que en la Unión Social había muchas apreturas, que la sangre moza no tenía donde revolver­se, y que el pachuli y la reseda le daban dolor de cabeza. No encontré a usted ni a Tatyana Petrovna. Ivan Andreich dijo que estarían ustedes sin duda viendo la obra de Griboyedov que ponen en el Teatro Aleksandrinski.

El Gran Inquisidor (Fedor Dostoievski)

Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la  Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince  siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.

El Pobrecito En Casa De Cristo El Día De Navidad (Fedor Dostoievski)


Soy novelista y es preciso que escriba siempre "historias". He aquí una que he compuesto en todas sus partes; pero siempre me figuro que realmente ha debido suceder en algún sitio la víspera de Navidad, en alguna gran ciudad y con un frío horrible.
Mi héroe es un niño de corta edad, un mocito de seis años o de menos. Demasiado joven aún, por lo tanto, para ir a mendigar. De aquí a dos años, de todas maneras, es muy probable que le enviarán a tender la mano.

El Sueño De Un Hombre Extraño (Fedor Dostoievski)

I

 Soy un hombre extraño. Ahora me tratan de loco; pero esto sería para mí una especie de ascenso, si no continuase siendo el mismo hombre "extraño" de antes.

El Tritón (Sátira) (Fedor Dostoievski)


Ayer, 27 de julio, a la puesta del sol en la isla Yelagin y cuando el tiempo estaba por demás tranquilo y encantador, pasmó a las damas y a los caballeros que daban un paseo en torno al estanque el más divertido suceso. Un tritón –un “duende del agua” en ruso– apareció súbitamente en la superficie del agua, el verde cabello y las verdes barbas goteando humedad, y, manteniéndose a flote sobre las ondas, empezó a juguetear y a hacer toda clase de travesuras. Se sumergía, gritaba, se reía, chapoteaba, chocaba sus fuertes y largos dientes verdes, haciéndolos restallar y rechinándoselos a los paseantes. Su aparición produjo la forma de excitación usual en tales ocasiones.

Un Ladrón Honrado (Fedor Dostoievski)

I
 Una mañana, justo en el momento en que me disponía a salir de casa para dirigirme a mi trabajo, Agrafena, que es a un mismo tiempo mi cocinera, mi lavandera y mi ama de llaves, entró en mi habitación y, con gran sorpresa por mi parte, comenzó a hablas animadamente conmigo.
 Agrafena era una buena mujer que se distinguía por su sencillez y escasa locuacidad, pues aparte de las preguntas cotidianas de rigor sobre lo que desearía para comer o alguna que otra cosa por el estilo, apenas me había hablado una palabra de más en seis años. En lo que se refiere a mí, por lo menos yo nunca te había oído emitir nada que se pareciera a una opinión personal.

El Niño Mendigo (Fedor Dostoievski)

Este año, en la época de Navidad, pasaba frecuentemente en la calle ante un niño de apenas siete años, que estaba siempre acurrucado en el mismo rincón.

sábado, 25 de octubre de 2014

Aurelio (Dezso Kostolanyi)


 POR LA MAÑANA TEMPRANO UN ANCIANO SEÑOR subió de prisa las escalinatas del palacio imperial. Calzaba zapatos rojos, con cuatro correas de cuero y una hebilla de marfil en forma de media luna. Llevaba en su toga una ancha cinta púrpura. En el dedo un anillo de oro.
 Los escoltas del emperador vieron que era senador. Lo dejaron entrar sin palabras.
 Aurelius ya hacía rato que se había levantado. Desde el amanecer estaba escribiendo, con la barba hirsuta y sin bañarse. Sólo llevaba puesta una túnica sin mangas, como cualquier artesano.

Paulina (Dezso Kostolanyi)


 EN EL AVENTINO HABÍA UNA PEQUEÑA TABERNA. ALLÁ iban todas las noches los marineros para pasársela bebiendo vino rojo.
 Paulina, la muchacha mugrienta que ayudaba en los quehaceres de la cocina, llevaba y traía los platos. Era pelirroja de ojos azules.
 Una de las veces que pasó junto a una mesa con el guiso de pescado, un carpintero de barco, de Capadocia, se llevó de repente la mano a la túnica levantándose de un salto.
 —¿Dónde está mi dinero? Me han robado. Ladrón —gritó con todas sus fuerzas—. Ladrón.
 Enseguida se formó un gran revuelo. Mientras tanto el ladrón, un marinero, puso pies en polvorosa.

El Jarrón Chino (Dezso Kostolanyi)


 ¿NO CONOCES EL CASO DE NUESTRO JARRÓN? PUES, querida, te lo puedo narrar. Bastante gracioso que es. ¿Realmente no lo has escuchado aún? La cosa es que yo ya lo he contado varias veces, en distintas reuniones de amigos. Temo que quizás esta vez ya no pueda narrarlo.
 La última vez que se lo conté a alguien, me di cuenta que lo repetía como una lección. Uno después de cierto tiempo, desgasta hasta sus propias palabras. Ya no siente lo que hay detrás de ellas. Entonces busca palabras nuevas, otras, sólo para no emplear las anteriores, pero en las nuevas muchas veces no hay vida ni contenido, son falsas.

La Visita (Dezso Kostolanyi)


 DE REPENTE SE APARECIÓ EN LA HABITACIÓN DE ESTI.
 No se podía ver qué era o quién era. Tampoco se podía ver si era alto o bajo.
 La habitación estaba bastante oscura.
 Se sentó en la butaca frente a Esti. Le hizo un guiño descaradamente. De sopetón le preguntó:
 —Dime, ¿quisieras comenzar de nuevo a vivir?
 —No entiendo dijo Esti.
 —Te pregunté —expresó recalcando cada palabra— si quisieras de alguna forma venir al mundo otra vez.

Felicidad (Dezso Kostolanyi)


 —MIRA —ME ADVIRTIÓ KORNEL ESTI , TODOS TENEMOS la ilusión de que algún día seremos felices. ¿Y qué es lo que nos imaginamos entonces? En la mayoría de los casos algo constante, firme, duradero. Por ejemplo, un castillo a la orilla del mar en medio de un jardín y rodeado del silencio; una mujer, hijos, familia, si acaso dinero o gloria. Ésas son boberías. Imágenes como ésas se nos aparecen cuando somos pequeños. Cierto que hoy en día también se nos aparecen cuando nos imaginamos la felicidad, porque en nuestros sueños verdaderos y despiertos siempre seremos niños. Ése es el cuento, el cuento eterno y vacío. Este castillo, al igual que los castillos de los cuentos de hadas, no tiene plano de construcción, ni gastos de transcripción, ni formulario de impuestos. La mujer que nos hemos pintado no tiene cuerpo ni alma, no tenemos con ella ningún tipo de relación. Los niños que soñamos nunca se enferman de sarampión y nunca traen malas notas. En cuanto a la gloria, no nos atrevemos a verificar que "layormente consiste en las discusiones con las editoriales, que nos dejan tan nerviosos, que luego no podemos ni almorzar.

Fin Del Mundo (Dezso Kostolanyi)

 ¿SUELES SOÑAR CON EL FIN DEL MUNDO? —ME PREGUINTÓ Kornél Esti—. Así es que tú también. Yo en un promedio de unas cinco o seis veces al año, acabo con el mundo en sueños, destruyo el globo terráqueo, como aquellos montones de arena y de fango que de pequeño amasaba en la orilla del lago y luego cruelmente los partía en dos con una regla. Parece que necesitamos de esto. Y entonces logramos una destrucción maravillosa, feliz. Todo y todos desaparecen al mismo tiempo y, con todos, nosotros también, pero no sólo nosotros dos, sino medio billón de personas abrazadas, ancianos y lactantes, leones y pulgas, grúas, termómetros, cañones y bigoteras. Créemelo, en esto hay algo reconfortante. La variedad menos dolorosa de la muerte es cuando nada ni nadie que pudiéramos envidiar queda después de nosotros, es más, hasta la posteridad para la que hubiéramos podido quedar, también se derrumba con nosotros, e incluso con nuestro amigo el periodista, que podría habernos escrito artículos plañideros, y con cierta afectuosa malicia hubiera palmeado los hombros de nuestros pobres cadáveres.

Bandi Cseregdi En Paris, En 1910 (Dezso Kostolanyi)


 CUANDO BANDI CSEREGDI EN MAYO DE 1910 RINDIÓ su primer examen de derecho en la universidad de Pest y viajó a su pueblo, a Sárszeg, su tío, que ya desde hacía mucho tiempo que lo quería mandar a París por un año, lo mandó a llamar y le dijo así:
 —A ver, hijo, aquí tienes setecientas coronas. Con esto, tú por allá, siendo estudiante, podrás vivir como un rey por seis meses. Si estudias y eres juicioso, en noviembre te mandaré la misma cantidad. Sal, vete y recorre mundo, conoce a la gente. Aprende el francés. En un año podrás ser "perfecto en francés".

Omelette Á Woburn (Dezso Kostolanyi)


 KORNÉL ESTI SE DIRIGÍA A CASA, DESDE PARÍS, LUEGO de terminar su año lectivo. Sin embargo, en cuanto subió a su compartimiento de tercera clase en el tren, el "coche húngaro", y le golpeó la nariz el conocido tufo viciado y la miseria de su pobre patria, se sintió en su casa.
 Ya para la noche, piernas y cabezas descansaban por doquier en el suelo sucio, como si este fuera un campo de batalla. Al salir dando tumbos para el retrete, trató de evadir cautelosamente las piernas desparramadas y las cabezas desmadejadas, cuyos propietarios roncaban, anonadados de cansancio. Debía tener cuidado para no pisar una boca, una nariz.

Mi Tío Géza (Dezso Kostolanyi)


 GRANDE FUE NUESTRA FAMILIA. EL ANCESTRAL tronco generaba nuevas y nuevas ramas, su follaje brotaba cada vez más frondoso, y abajo se apegaba tenazmente a la tierra, para lanzar sus gruesas y finas raíces a extenderse por todo el país, al norte, al sur, al este y al oeste.
 Por eso era que había todo tipo de gente entre nosotros. Los había saludables y enfermizos, gordos y flacos, inteligentes y locos, derrochadores y avaros, frívolos mujeriegos y ejemplares padres de familia; también de todo tipo de ocupaciones, muchos pequeños hacendados, soldados y sacerdotes, más boticarios todavía, pero había también maestros, funcionarios provinciales, médicos, jueces, hasta peritos tasadores de daños de heladas. Era natural que hubiese entre ellos hasta un inventor.
 Y el inventor fue mi tío Géza.

Bote De Motor (Dezso Kostolanyi)


 NO HAY EN LA TIERRA PERSONA QUE SEA COMPLETAMENTE feliz. No hay y no puede haberla.
 Pues sí que hay, y que la puede haber. Por ejemplo, yo mismo conozco a alguien —cierto que es la única persona— que es completamente feliz, quizás la persona más feliz de la tierra.
 Es Berci, Berci Weigl.
 Berci Weigl es el único hijo de nuestra lavandera.
 Puede decirse que fue creciendo ante mis ojos. Desde pequeñito venía a la casa todas las tardes, cuando su madre nos lavaba la ropa. Era un muchachito pálido e insignificante, siempre silencioso, como el que guarda algún secreto y no lo revela ni por todo el oro del mundo.

La Llave (Dezso Kostolanyi)


 UN NIÑO DE DIEZ AÑOS ABORDO AL PORTERO.
 —¿Por favor, dónde está el departamento de tributos?
 —Tercer piso, 578.
 —Muchas gracias —dijo el niño.
 Se adentró en el inmenso edificio, cuyos pasillos retumbantes, bóvedas sombrías y enmohecidas se extendían en torno a él como un mundo desconocido. Avanzó por diferentes escaleras, subiendo de tres en tres los escalones. Llegó al tercer piso.
 Allá deambuló de un lugar a otro. No encontraba la puerta 578. La numeración avanzaba hasta el 411, luego se detenía y en vano recorrió varias veces los pasillos, de la puerta 578 no quedaba ni el rastro.

Balatón (Dezso Kostolanyi)


 EL SOL BRILLABA BLANCO.
 Como cuando por la noche sacan fotografías y encienden el polvo de magnesio, así ardía el balneario del lago Balaton bajo el resplandor de la luz solar. En las playas, las cabanas pintadas de un color lechoso, los hórreos de maíz, todo parecía blanco. Hasta el cielo. Y el follaje empolvado de las acacias era tan blanco como el papel de escribir.
 Eran cerca de las dos y media.
 Aquel día Suhajda había almorzado temprano. Bajó por la escalera del pórtico hacia el jardín campesino que había en el patio de la casa de veraneo.

La Gran Familia (Dezso Kostolanyi)


 ERA UNA FAMOSA Y ANTIGUA FAMILIA, DE ALGUNA línea de sangre excepcional, con el misterioso sabor de la Edad Media, y allá vivía, en su casa de dos plantas, en el centro de la pequeña ciudad.
 Antaño pudieron ser armenios o españoles, pero con el paso del tiempo acogieron todo tipo de sangre fuerte y salerosa, se enriquecieron, se hicieron respetar y se vanagloriaban con sus numerosos e ilustres apellidos y sus oxidados blasones.
 Los hombres se parecían a los leopardos, las mujeres a los gatos monteses. Jamás había visto gente tan magnífica. Los pequeñitos no padecían de enfermedades infantiles y los viejos, aún después de los setenta, andaban erguidos, sin bastones ni espejuelos.

La Maravillosa Visita De Krisztina Hrussz (Dezso Kostolanyi)

 I

 Krisztina Hrussz, la cantante de cabaret, fue enterrada el 7 de enero de 1902. El entierro fue a las tres de la tarde. Todo estaba congelado y oscuro cuando sacaron el féretro al patio y levantaron el catafalco hecho por los carpinteros para santificarlo y colocarlo después en la carroza fúnebre tirada por caballos. El cura tenía la nariz roja como una cereza de tanto frío que había. Aún le quedaba en la boca el gusto del almuerzo, el aroma un poquitín amargo del vino de Badacsony.

El Revisor Búlgaro (Dezso Kostolanyi)


  ESTO TENGO QUE CONTÁRSELO A USTEDES—DIJO KORNEL Esti—. El otro día, entre amigos, alguien dijo que jamás se le ocurriría viajar a un país cuyo idioma no hablara. Y le di la razón. A mí también, cuando viajo, lo que más me interesan son las personas. Muchísimo más que los objetos de los museos. Si les oigo hablar y no les entiendo, me entra una sensación como si estuviera intelectualmente sordo, como si me estuvieran proyectando una película muda, sin música ni letreros. Algo enervante y aburrido.

Gallus, El Traductor (Dezso Kostolanyi)



 ESTÁBAMOS HABLANDO DE POETAS Y ESCRITORES, de nuestros viejos amigos que un día emprendieran con nosotros este camino, luego se fueron retrasando y al final desaparecieron. De vez en cuando lanzábamos un nombre al aire. ¿Quién se acuerda aún de él? Asentíamos y una pálida sonrisa afloraba a los labios. En el espejo de nuestros ojos se develaba un rostro que creíamos perdido en el olvido, un historial y una vida extraviada. ¿Quién sabe algo de él? ¿Vive todavía? El silencio fue la respuesta a la pregunta. En este silencio la corona seca de su gloria rechinaba como la hojarasca en el cementerio. Todos callamos.
 Así estuvimos callados por minutos cuando alguien evocó el nombre de Gallus.

viernes, 24 de octubre de 2014

Un Lugar Limpio Y Bien Iluminado (Ernest Hemingway)


Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.

Un Canario Como Regalo (Ernest Hemingway)


El tren pasó rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.
-Lo compré en Palermo -dijo la dama norteamericana-. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era un domingo por la mañana. El hombre quería que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente.

La Capital Del Mundo (Ernest Hemingway)


Hay en Madrid infinidad de muchachos llamados Paco, diminutivo de Francisco. A propósito, un chiste de sabor madrileño dice que cierto padre fue a la capital y publicó el siguiente anuncio en las columnas personales de El Liberal: PACO, VEN A VERME AL HOTEL MONTAÑA EL MARTES A MEDIODÍA, ESTÁS PERDONADO, PAPÁ; después de lo cual fue menester llamar a un escuadrón de la Guardia Civil para dispersar a los ochocientos jóvenes que se habían creído aludidos. Pero este Paco, que trabajaba de mozo en la Pensión Luarca, no tenía padre que le perdonase ni ningún motivo para ser perdonado por él. Sus dos hermanas mayores eran camareras en la misma casa. Habían conseguido ese empleo simplemente por haber nacido en la misma aldea que otra ex camarera de la pensión, que con su asiduidad y honradez llenó de prestigio a su tierra natal y preparó buena acogida para la gente que de allí llegase. Dichas hermanas le habían costeado el viaje en ómnibus hasta Madrid y obtenido su actual ocupación de aprendiz de mozo. En la aldea de donde provenía, situada en alguna parte de Extremadura, imperaban condiciones de vida increíblemente primitivas, los alimentos escaseaban y las comodidades eran desconocidas, y tuvo que trabajar mucho desde muy pequeño.

Los Asesinos (Ernest Hemingway)



La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿De qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

jueves, 23 de octubre de 2014

El Narrador De Cuentos (Hector Hugh Munro ''Saki'')


Era una tarde calurosa y el coche del tren estaba sofocante como correspondía; la próxima parada era Templecombe, a una hora de viaje.  Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una más pequeña y un niño pequeño.  Una tía de los niños ocupaba el asiento de una esquina, y en el rincón más alejado del otro lado, iba un señor solo que era extraño al grupo, pero las niñas pequeña y el niño se habían adueñado del compartimiento.  Tanto la tía como los niños practicaban la conversación de un modo limitado y persistente, que recordaba las atenciones de una mosca casera cuando se niega a desanimarse.  La mayoría de las frases de la tía parecían comenzar por “no habas” y casi todo lo que decían los niños empezaba con un “¿por qué?”.  El hombre solo no decía nada en voz alta.

Gabriel - Ernesto (Hector Hugh Munro ''Saki'')


Hay un animal salvaje en sus bosques – dijo el artista Cunningham, mientras lo llevaban a la estación.  Era la única observación que había hecho durante el trayecto, pero como Van Cheele había hablado sin parar, el silencio de su compañero no había sido notorio.
- Un zorro extraviado o dos y unas cuantas comadrejas de la región.  Nada más formidable que eso – dijo Van Cheele.  El artista no dijo nada.
- ¿Qué quería decir con animal salvaje? – le dijo Van Cheele más tarde, cuando estaban en el andén.
- Nada.  Mi imaginación.  Aquí está el tren – dijo Cunningham.

La Loba (Hector Hugh Munro ''Saki'')


Leonard Bilsiter era una de esas personas que no han podido encontrar este mundo atractivo o interesante,  y que han buscado una compensación en un mundo nunca visto de su propia experiencia o imaginación, o invención.  Los niños tienen éxito en esa clase de cosas, pero se contentan con convencerse ellos mismos sin vulgarizar sus creencias tratando de convencer a los demás.  Las creencias de Leonard Bilster eran para “unos pocos”, lo que quería decir cualquiera que le pusiera atención.