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domingo, 30 de noviembre de 2014

El Maestro Del Juicio Universal (Dino Buzzati)

A Santiago Matías
En vista de que siempre me ha interesado mucho el pintor Hieronymus Bosch, en un viaje que hice por Holanda fui a visitar su ciudad natal, me refiero a Hertogenbosch, llamada también Bois-le-Duc, que nosotros conocemos como Boscoducale. Y allí el hostelero, persona

El Perro Que Vio A Dios (Dino Buzzati)

Il cane che ha visto a Dio

1

Por pura malignidad, el viejo Spirito, rico panadero del pueblo de Tis, dejó su patrimonio en herencia a su sobrino Defendente Sapori, bajo una condición: durante cinco años, todas las mañanas debía distribuir a los pobres, en un lugar público, cincuenta kilos de pan fresco. Al pensar que su robusto sobrino, uno de los más ateos y blasfemos habitantes de ese pueblo de excomulgados, se dedicaría a la vista de la gente a una obra considerada de bien; ante esa idea, aún antes de morir, el tío habrá lanzado abundantes carcajadas clandestinas.

La Mujer Con Alas (Dino Buzzati)

Una noche, el conde Giorgio Venanzi, aristócrata de provincias, de 38 años, agricultor, acariciando a oscuras la espalda de su mujer Lucina, casi veinte años más joven que él, se dio cuenta de que a la altura de la paletilla izquierda tenía como una minúscula costra.

El Asalto Al Gran Convoy (Dino Buzzati)

L’assalto al grande convoglio
Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando –porque tuvo la suerte de no ser reconocido– Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión.
Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso "capo brigante", el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo.

La Niña Olvidada (Dino Buzzati)

La señora Ada Tormenti, viuda de Lulli, fue a pasar unos días al campo, invitada por sus primos los Premoli. Por el pueblo iba y venía mucha gente. Como era verano, la sobremesa de la noche se hacía en el jardín, charlando hasta la una o las dos. Una noche la conversación se refirió a las casas de la ciudad. Había allí un tal Imbastaro, tipo inteligente, pero antipático. Decía:
–Siempre que dejo mi casa de Nápoles, sucede algo, ¡je, je! –continuaba, riendo así, sin motivo; ¿o el motivo era, en cambio, hacer daño al prójimo?–. Salgo, por decirlo así, ni siquiera recorro dos kilómetros, y se sale el agua del lavadero o se incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida, o se meten ratas de los barcos y devoran hasta las piedras. ¡Je, je!, o en la portería, la única persona que soporta allí el verano, recibe un golpe seco y por la mañana se la encuentra preparadita para el entierro, con cirios, el sacerdote y el ataúd. ¿No es así la vida?
–No siempre –dijo con gravedad Tormenti–, por fortuna.

Extraños Nuevos Amigos (Dino Buzzati)

Cuando murió Stefano Martella, director de una sociedad de seguros y que había pasado una temporada en la superficie de la tierra pecando, trabajando y viviendo su partitura por casi cincuenta años, se encontró en una ciudad maravillosa hecha de palacios suntuosos, calles amplias y regulares, jardines, prósperos negocios, lujosos automóviles, cines y teatros, gente bien alimentada y elegante, sol brillante, todo bellísimo. Caminaba plácidamente por una avenida al lado de un señor muy cortés que le daba explicaciones mostrándole la ciudad.

¿Y Si? (Dino Buzzati)

Él era el Dictador y, pocos minutos antes había finalizado en la Sala del Supremo Konzern, el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual, la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría; por lo cual, Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas; Esto Por El Tributo De Honor.

Jarage Erebus (Dino Buzzati)

Autorimesa Erebus
Ustedes se habrán preguntado cómo es posible que ciertos jovencitos, sin razón aparente, puedan salir de paseo en automóviles de millonario que parecen aeronaves para la luna. No son de familia adinerada, su profesión es nula o incierta, tampoco tienen aspecto de aventureros o malhechores, son individuos mediocres, que no saben decir dos palabras. Uno los ve pasar por las calles elegantes o por el centro de las autopistas, rígidos e inexpresivos, con las manos distraídamente abandonadas sobre el volante, semejantes a los ídolos de los Incas. Tal vez fueron nuestros compañeros de escuela, y en esa época no les habríamos dado media lira. Ahora triunfan. ¿Por qué? ¿Cómo se han enriquecido? ¿Dónde han encontrado su fortuna? Desaparecen en la lejanía, con un suave rumor, y uno piensa en otra cosa.

Los Bultos Del Jardín (Dino Buzzati)

Le gobbe nel giardino
Cuando la noche ha caído me gusta dar un paseo por mi jardín. No penséis que es que soy rico. Un jardín como el mío lo tenéis todos. Y más tarde comprenderéis por qué.
En la oscuridad, aunque realmente no está oscuro por entero porque de las ventanas iluminadas de la casa viene un difuso resplandor, camino por el prado, los zapatos hundiéndose un poco en la hierba, y mientras tanto pienso, y, pensando, alzo los ojos para ver si el cielo está sereno, y si lucen las estrellas las observo preguntándome un montón de cosas. No obstante, hay noches en que no me hago preguntas; las estrellas se están ahí, encima de mí, completamente estúpidas, y no me dicen nada.

Muchacha Que Cae (Dino Buzzati)

Ragazza che precipita
A los diecinueve años, Marta se asomó a lo alto del rascacielos y, viendo abajo la ciudad que resplandecía en la noche, fue presa del vértigo.
El rascacielos era de plata, supremo y feliz en aquella noche bellísima y pura, mientras que el viento desgarraba aquí y allá sutiles filamentos de las nubes contra un fondo de un azul absolutamente increíble. De hecho, era aquella hora en que a las ciudades les viene la inspiración y todo aquel que no está ciego se queda arrebatado. Desde la aérea cima la muchacha veía retorcerse las calles y las masas de los palacios en el largo espasmo del crepúsculo, y allí donde acababa el blanco de las casas comenzaba el azul del mar, que visto desde lo alto parecía hacer pendiente. Y según avanzaba desde el oriente el telón de la noche, la ciudad se fue volviendo un dulce abismo titilante de luces; que palpitaba. Dentro había hombres poderosos y mujeres que lo eran todavía más, los abrigos de pieles y los violines, los coches esmaltados de ónice, los rótulos fosforescentes de los cabarets, los atrios de las mansiones a oscuras, las fuentes, los diamantes, los antiguos jardines taciturnos, las fiestas, los deseos, los amores y, sobre todo, ese irresistible encanto de la noche que hace soñar en la grandeza y la gloria.

El Ascensor (Dino Buzzati)

L’ascensore
Cuando, en el trigésimo primer piso de la torre en que vivo, cogí el ascensor para bajar, en el indicador estaban encendidas las luces del vigésimo séptimo y del vigésimo cuarto pisos, señal de que habría de detenerse para recoger a alguien.
Las dos hojas de la puerta se cerraron y el ascensor comenzó a bajar. Era un ascensor velocísimo.

La Chaqueta Embrujada (Dino Buzzati)

La giacca stregata
Aunque aprecio la elegancia en el vestir, no me preocupa, por lo general, la perfección o imperfección con la que están cortados los trajes de mis semejantes.

El Colombre (Dino Buzzati)

Il Colombre
Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
–Cuando sea mayor –dijo–, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
–Dios te bendiga, hijo mío –respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban todo.

Una Carta De Amor (Dino Buzzati)

Una lattera d’amore
Enrico Rocco, treinta y un años, gerente de una empresa comercial, enamorado, se encerró en su despacho; en su mente, la presencia de ella se había hecho tan fuerte y tormentosa que halló fuerzas para hacerlo. Le escribiría, prescindiendo de cualquier orgullo y cualquier pudor.
«Mi muy estimada señorita», empezó, y con sólo pensar que ella vería aquellas letras que la pluma había dejado en la carta, su corazón comenzó a palpitar, enloquecido. «Dulce Ornella, Amada mía, Alma querida, Luz, Fuego que me abrasa, Obsesión de mis noches, Sonrisa, Florecita, Amor... »

El Derrumbamiento (Dino Buzzati)

La frana
Lo despertó el timbrazo del teléfono. Era el director del periódico. «Coja el coche inmediatamente», le dijo. «Ha habido un gran derrumbamiento en Valle Ortica... Sí, en Valle Ortica, al lado del pueblo de Goro... Ha pillado debajo una aldea, debe de haber muertos... Usted mismo verá lo que hay por allí. No pierda tiempo. ¡Y vaya con cuidado!»
Era la primera vez que le confiaban un trabajo importante y la responsabilidad lo preocupaba. Sin embargo, cuando calculó el tiempo de que disponía, se tranquilizó un tanto. Debía de haber unos doscientos kilómetros de carretera; en tres horas estaría allí. Tendría aún toda la tarde para hacer preguntas y para escribir el artículo. Un reportaje cómodo, pensó; podría lucirse sin mucho esfuerzo.

Algo Había Sucedido (Dino Buzzati)

Qualcosa era successo
El tren había recorrido tan solo unos pocos kilómetros (y el camino era largo antes de llegar a la estación de destino tras un viaje de casi diez horas) cuando por la ventanilla vi, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada recayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo –para aquella gente inculta– de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.

El Hundimiento de La Baliverna (Dino Buzzati)

El hundimiento de la Baliverna

Il crollo della Baliverna
Dentro de una semana comienza el juicio por el hundimiento de la Baliverna. ¿Qué será de mí? ¿Vendrán a detenerme?
Tengo miedo. En vano me repito que nadie se presentará a declarar porque me tenga inquina, que el juez instructor no ha tenido siquiera la más mínima sospecha de mi responsabilidad; que, aunque me viera incriminado, sin duda me absolverían; que mi silencio no puede hacer daño a nadie; que, aun cuando me presentara espontáneamente para confesar, el acusado no se beneficiaría de ningún descargo. Nada de esto me consuela. Por lo demás, fallecido hace tres meses a causa de una enfermedad el comisario de cuentas Dogliotti, sobre quien pesaba la principal acusación, ahora sólo estará en el banquillo de los acusados el entonces asesor municipal de Asistencia. Pero se trata de una incriminación pro forma; ¿cómo se le podría condenar, en realidad, si había tomado posesión de su cargo apenas cinco días antes? Si acaso, podría considerarse responsable al asesor precedente, pero éste había fallecido el mes anterior. Y la venganza de la ley no penetra en la oscuridad de las tumbas.

Invitaciones Superfluas (Dino Buzzati)

Inviti superflui
Querría que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mientras miramos la soledad de las calles vacías y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Por los mismos senderos encantados pasamos de hecho tú y yo con pasos tímidos, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, e idénticos genios nos espiaban desde las matas de musgo suspendidas de las torres, entre el revoloteo de los cuervos.

El Pasillo Del Gran Hotel (Dino Buzzati)

II corridoio del grande albergo
Después de volver a mi habitación ya muy tarde, estaba a medio desnudarme cuando sentí necesidad de ir al servicio.
Mi habitación estaba casi al final de un pasillo interminable y escasamente iluminado; aproximadamente cada veinte metros, tenues lámparas violáceas proyectaban haces de luz sobre la alfombra roja. Justo a la mitad, delante de una de estas lamparillas, se hallaban, de una parte, la escalera y, de otra, la puerta acristalada de dos hojas del baño.

Una Gota (Dino Buzzati)

Una goccia
Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes? Tendido en el lecho, en la oscuridad, escucha su misterioso recorrido. ¿Cómo hace? ¿Salta? Tic tic, se escucha con intermitencias. Después se detiene. Ojalá no reviva más por el resto de la noche. Aún sube.
Sube de escalón en escalón, a diferencia de las otras gotas que caen perpendicularmente, de acuerdo a las leyes de la gravedad, haciendo un pequeño ruido que todo el mundo reconoce. Ésta no: se eleva lentamente por el hueco de la escalera, en el desmesurado caserón.
No fuimos nosotros, los adultos, refinados, sensibilísimos, quienes la descubrimos. Fue una joven criadita, escuálida, pequeña e ignorante criatura. La descubrió una noche, tarde, cuando ya todos nos habíamos ido a dormir. Después de un rato, viendo que no se detenía, bajó del lecho y fue a despertar a la patrona.

Miedo En La Scala (Dino Buzzati)

Miedo en la Scala

Paura alla Scala
Para la primera representación de La matanza de los inocentes, de Pierre Grossgemüth (novedad absoluta en Italia), el viejo maestro Claudio Cottes no dudó en ponerse el frac. Ciertamente, el mes de mayo estaba ya avanzado, época en que, a juicio de los más intransigentes, la temporada de la Scala comienza a decaer y es buena norma ofrecer al público, compuesto en gran parte por turistas, espectáculos de éxito garantizado, no excesivamente ambiciosos, seleccionados del repertorio tradicional menos conflictivo; y no importa que los directores no sean primeras figuras, que los cantantes, en su mayoría elementos de vieja routine escalígera, no despierten curiosidad.

Noticias Falsas (Dino Buzzati)

Notizie false
De vuelta de la batalla, el regimiento llegó una tarde a las afueras de Antioco. En aquellos días la guerra languidecía y el enemigo invasor aún estaba lejos. Se podía hacer un alto: la tropa, agotada, acampó a las puertas de la ciudad, en los prados, y los heridos fueron llevados al hospital.
A poca distancia del camino, al pie de dos grandes robles, se plantó la gran tienda blanca del comandante, el conde Sergio-Giovanni.
–¿Izo el pendón? –preguntó, inseguro, su ayudante.
–¿Y por qué no habrías de izarlo? –respondió el comandante leyendo su pensamiento–. ¿Acaso no tenemos...? –Pero no quiso terminar la frase.

La Matanza Del Dragón (Dino Buzzati)

L’uccisione del drago
En mayo de 1902 un campesino del conde Gerol, un tal Giosué Longo, que solía salir de caza por las montañas, relató haber visto en el valle Seco un gran bicho que parecía un dragón. En Palissano, el último pueblo del valle, existía desde hacía siglos la leyenda de que entre determinadas gargantas áridas vivía aún uno de aquellos monstruos. Nadie, sin embargo, lo había tomado nunca en serio. Esta vez, no obstante, el buen sentido de Longo, la precisión de su relato, los detalles de la aventura repetidos una y otra vez sin la más mínima variación, convencieron de que algo debía haber de cierto y el conde Martino Gerol decidió ir a ver. Él, por supuesto, no pensaba en ningún dragón; podía darse, sin embargo, que alguna serpiente grande de una especie rara viviese entre aquellas gargantas deshabitadas.

La Capa (Dino Buzzati)

Il mantello
Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas.
Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad.

Tormenta En El Río (Dino Buzzati)

Temporale sul fiume
Los juncos, las hierbas de la orilla, las pequeñas matas de los sauces y los árboles grandes vieron llegar también aquel domingo de septiembre al señor mayor vestido de blanco.
Muchos años antes –sólo los troncos más viejos lo recuerdan vagamente– un desconocido había empezado a pescar en aquel remanso solitario de aguas quietas y profundas. Cuando hacía buen tiempo, todas las fiestas regresaba puntualmente.

Siete Plantas (Dino Buzzati)

Sette piani
Después de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de fiebre, pero aun así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando su pequeña maleta de viaje.
Si bien no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le habían aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional en los médicos y  la más racional sistematización de las instalaciones.

Los Siete Mensajeros (Dino Buzzati)

I sette messaggeri
Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas.
Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, creía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos.

El Desierto De Los Tártaros (Dino Buzzati)

Dino Buzzati
El desierto
de los tártaros
Título original: II deserto dei Tartarí

Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino.
Mandó que le despertaran cuando todavía era de noche y vistió por primera vez el uniforme de teniente. Cuando acabó, se miró en el espejo a la luz de una lámpara de petróleo, aunque sin encontrar la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio, se oían sólo pequeños ruidos en una habitación vecina: su madre estaba levantándose para despedirlo.
Era el día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida. Pensaba en los días sórdidos de la Academia Militar, recordó las amargas tardes de estudio cuando oía pasar fuera, por las calles, la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los dormitorios helados, donde se estancaba la pesadilla de los castigos. Se acordó de la angustia de contar uno por uno los días, que parecían interminables.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Un Dinosaurio En Bicicleta (Tim Sullivan)

Un dinosaurio en bicicleta

Tim Sullivan

Harry Quince-Pierpont Fotheringay montó en la enorme bicicleta y empezó a pedalear. Sus garras de tres dedos encajaban cómodamente en los pedales, y de su hocico salió vapor por el frío de la mañana. Sus guantes de cabritilla no impedían que el frío metálico de los manillares le penetrara en las manos como zarpas. Tampoco ayudaban mucho el gabán, los pantalones de montar y la boina escocesa. Debería haber elegido un día más cálido para viajar en el tiempo.

Dinosaurios (Geoffrey A. Landis)

Dinosaurios

Geoffrey A. Landis 

Cuando llegó la llamada a las dos de la madrugada, no me sorprendí. Timmy me había advertido que se acercaba.
—Hoy o mañana, señor Sanderson —había dicho—. Hoy o mañana seguro.
Su voz era seria, demasiado seria para su edad. He aprendido a aceptar sus pronósticos, al menos cuando está seguro, así que hice preparar a mi gente. Cuando el coronel llamó, yo ya estaba repasando lo que podríamos hacer.

Dinosaurio (Steve Rasnic Tem)

Dinosaurio

Steve Rasnic Tem

Pero ¿qué ocurre cuando ese momento se encuentra en el pasado?

«¿Adonde fueron los dinosaurios?» Los niños bajaron la vista a los pupitres. Un cambio de clima, la era glacial, las orugas se comieron su comida, la enfermedad, los mamíferos se comieron sus huevos... Freddy Barnhil pensaba estas respuestas pero era demasiado tímido para alzar la mano. El profesor esperó. Pero nadie está realmente seguro, pensó Freddy. Nadie lo sabe.

El Saurio Que Surgió En La Noche (James Tiptree, Jr.)

El saurio que surgió en la noche

James Tiptree, Jr.

Ah, ahora podemos relajarnos. Nada de ensalada, jamás la tomo. Y llévate también esa fruta, deja sólo el queso. Sí, Pier, demasiado tiempo. Los baches de uno se hacen más profundos. Son las malditas cositas sin importancia lo que te hace perder el tiempo. Como el tipo de los coprolitos esta tarde; al museo en realidad no le resultan útiles estas cosas, aunque sean auténticas. Y confieso que a mí me producen horror.

Un Cambio De Tiempo (Jack Dann y Gardner Dozois)

Un cambio de tiempo

Jack Dann y Gardner Dozois

Pensándolo bien, quizá deberíamos alegrarnos de que los dinosaurios se extinguieran...

La Flecha Del Tiempo (Arthur C. Clarke)

La flecha del tiempo

Arthur C. Clarke
 

El río estaba muerto y el lago ya agonizaba cuando el monstruo bajó al curso de agua seco y volvió a las desoladas llanuras de barro. No existían muchos lugares donde se pudiera caminar sin peligro, e incluso donde el terreno era más duro, sus grandes patas se hundían treinta centímetros por el peso que soportaban. A veces se paraba, vigilando el paisaje con rápidos movimientos de la cabeza. Luego se hundió aún más en el terreno que cedía, de manera que, cincuenta millones de años más tarde, los hombres pudieron juzgar con cierta exactitud el intervalo de sus paradas.

Estratos (Edward Bryant)

Estratos

Edward Bryant

millones de años en cincuenta y un kilómetros. Seiscientos millones de años en cincuenta y un minutos. Steve Mavrakis viajaba en el tiempo, cortesía del Departamento de Autopistas de Wyoming. Las épocas se enredaban entre Thermopolis y Shoshoni. El Wind River serpenteaba por su cañón con las sendas Burlington Northern 121 cortadas en las paredes occidentales, y la carretera de dos carriles, U. S. 20, cortada en el este.

El Último Caballo Del Trueno Al Oeste Del Misisipí (Sharon N. Farber)

El último caballo del trueno al oeste del Misisipí

Sharon N. Farber

Los hombres, con traje de etiqueta, pasaron al salón.
—No he visto ninguna publicación reciente suya acerca de los fósiles, profesor Leidy —dijo una voz con acento alemán—. ¿Realizará otro viaje al Oeste este año?
—¡Ah! —exclamó otro hombre—. Leidy ha abandonado la paleontología y ha regresado a los estudios microscópicos; son más seguros.
—¿Más seguros? Por supuesto. Se refiere usted a los hostiles salvajes...
—No, no a los indios. Me refiero a nuestros paleontólogos batalladores.
El alemán miró perplejo a la sonriente compañía.

Los Corredores (Bob Buckley)

Los corredores

Bob Buckley

He descubierto que no me gustan mucho los dinosaurios. Los grandes huelen mal y no tienen el ingenio de un insecto, mientras que las bestias más pequeñas, aunque más brillantes, se te comerían un brazo mientras te sonríen. Y no he visto sonreír a ninguno. Todavía.
Pero allí estábamos, entre ellos... de regreso al infierno. Así es cómo Rogers llama a ese lugar.

Escapar (Steven Utley)

Escapar

Steven Utley

Había criaturas de cuerpo blando de infinita variedad y profusión en el fondo, y crustáceos con tentáculos, extraños escorpiones naranja, trilobites, grotescos animales serpenteantes que parecían ciempiés blindados, un pez ocasional, todo boca inflexible y ojos apagados. Había grupos de pálidas plantas con tallos segmentados, que se elevaban como columnas en el barro para soportar el techo translúcido de la laguna. Más allá del techo había un sol de contorno borroso.

Época De Incubación (Harry Turtledove)

Época de incubación

Harry Turtledove

Las Rocosas de Montana se alzan contra el horizonte occidental, un montón de piedra color púrpura-negro. Había brisa del este. Transportaba un olor fuerte de conífera, resinoso, y, más débil, olor del mar.
Desde su escondite en el centro de un grupo de cícadas, Paula Shaffer observaba a los hadrosaurios que buscaban comida junto al río. No mucha gente, pensó con un poco de resentimiento, recordaba a los grandes y desgarbados ornitorrincos cuando oía la palabra «dinosaurio». Los ceratopsianos con extraños cuernos y los salvajes tiranosaurios eran los que acudían a la mente, igual que «mamífero» evoca más probablemente la imagen de un tigre o una jirafa que la de una vaca.

Hermano Verde (Howard Waldrop)

Hermano verde

Howard Waldrop

Estoy hablando ahora de la época en que Nube Roja peleaba con los Piernas Amarillas por el camino de tierra que construían cruzando nuestras tierras.
Eso comenzó el último invierno que los Piernas Amarillas estaban luchando contra los Hombres Blancos Grises hacia el este. Nosotros no entendíamos por qué querían matarse unos a otros, pero no nos importaba mientras nos dejaran tranquilos.

Pobre Pequeño Guerrero (Brian W. Aldiss)

Pobre pequeño guerrero

Brian W. Aldiss

Claude Ford sabía exactamente cómo se cazaba un brontosaurio. Se arrastraba sin hacer caso por el barro entre los sauces, a través de las pequeñas flores primitivas con pétalos verdes y marrones como en un campo de fútbol, por el barro como si fuera loción de belleza. Atisbaba a la criatura tumbada entre los juncos, su cuerpo airoso como un calcetín lleno de arena. Allí estaba, dejando que la gravedad lo abrazara al pantano húmedo, con sus grandes ventanas de la nariz a treinta centímetros de la hierba en un semicírculo, buscando con ronquidos más juncos. Era hermoso: aquí el horror había llegado a sus límites, se había cerrado el círculo y finalmente había desaparecido por su propio esfínter. Sus ojos relucían con la viveza del dedo gordo de un cadáver de una semana, y su aliento fétido y la piel en sus cavidades auditivas eran particularmente para ser recomendados a alguien que de otro modo se habría sentido inclinado a hablar amorosamente del trabajo de la madre Naturaleza.

Un Arma Para Un Dinosaurio (L. Sprague de Camp)

Un arma para un dinosaurio

L. Sprague de Camp

No, lo siento, señor Seligman, pero no puedo llevarle a cazar un dinosaurio de finales del mesozoico.
Sí, sé lo que dice el anuncio.
¿Por qué no? ¿Cuánto pesa usted? ¿Ciento treinta? A ver, eso está por debajo de mi límite inferior.
Podría llevarle a otros períodos. Le llevaré a cualquier período del cenozoico. Podrá cazar un entelodonte o un uintatero. Tienen una bonita cabeza.
Le llevaré al triásico, donde puede cazar alguno de los dinosaurios ancestrales más pequeños. Pero no le llevaré al jurásico o al cretáceo. Es usted demasiado pequeño.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La Infra del Dragón (Georgij Gurevic)

La Infra del Dragón

Georgij Gurevic

El círculo negro se cierne sobre las estrellas, plato opaco de bordes turbios. Las estrellas se apagan en una extremidad para reaparecer media hora después por la otra. En la constelación del Pez Volador hay una estrella de más, la más luminosa, la más bella del cielo, nuestro Sol. Pero nosotros no miramos al Sol, no es el encaje de las estrellas lo que nos atrae. Nuestras miradas están fijas en el círculo negro, aunque nada se pueda distinguir en la profunda oscuridad, ni a simple vista ni con el telescopio.

Las Botas Mágicas (Víctor Saparin)

Las Botas Mágicas

Víctor Saparin

Todo empezó con una nadería. Al ponerse Petja una bota, su madre notó que la suela tenía un agujero del tamaño de una monedita, tapado sólo por la plantilla. Otra «monedita», un poco más grande, aparecía también en la suela del otro pie. Petja había observado que, quién sabe por qué, la bota derecha se desgastaba más de prisa que la izquierda, por lo que el descubrimiento no le sorprendió en absoluto.

El Blanco Cono de Alaid (Arcadij y Boris Strugackij)

El Blanco Cono de Alaid

Arcadij y Boris Strugackij

La embriomecánica es la ciencia que estudia la formación de los procesos de desarrollo biológico y la teoría de la construcción de mecanismos que se autodesarrollan.
Nota de los Autores.

Vachlakov dijo a Asmarin:
—Irá usted, a la isla de Sumsu.
—¿Dónde está? —preguntó ceñudo Asmarin.
—En las Kuriles septentrionales. Partirá en avión hoy a las doce treinta. Con el mixto Novositairsk-Port Providence.

La Esfera de Fuego (Vladimir Nemcov)

La Esfera de Fuego

Vladimir Nemcov

Nunca estuve en el frente —comenzó Petrov—. Era demasiado joven. Durante la guerra estudiaba y trabajaba en un laboratorio radiotécnico.
Lejos, en los campos de batalla, los cazas brillaban en el cielo, los aviones de reconocimiento indicaban por radio los objetivos. Los pilotos de los bombarderos intercambiaban mensajes entre el silbido de los proyectiles y el pitido de las señales telegráficas.
Yo escuchaba todo esto a través de un receptor ultrasensible del laboratorio. Luego, aquellas voces se apagaron, el frente se alejó cada vez más, y con él, mi esperanza de poder llegar a ser un día radiotelegrafista del ejército.

Mister Risus (Aleksandr Beljaev)

Mister Risus

Aleksandr Beljaev

Spalding recordaba la felicidad, así se lo pareció entonces, que experimentó al acatar sus estudios en la politécnica, cuando guardó en un cajón el diploma de licenciatura.
Era ingeniero mecánico, y ante él se abría el mundo entero. Para él brillaba el sol, para él sonreían las chicas, para él las tiendas ostentaban suntuosas vitrinas, para él sonaba una música alegre en los salones elegantes, para él rodaban sobre el asfalto los brillantes automóviles.
Todo aquello no se hallaba aún a su alcance. Pero tal vez el día de mañana tomaría del brazo a una muchachita de ojos cerúleos y boca de púrpura, la haría sentar junto a él en un lujoso automóvil y la llevaría al mejor restaurante de la ciudad. Ese mañana, por supuesto, no debía ser interpretado al pie de la letra. Antes tenía que encontrar un empleo, trabajar como ingeniero para algún industrial, ahorrar dinero y luego montar un negocio propio. Entonces todo iría sobre ruedas.

Las Seis Cerillas (Arcadij y Boris Strugackij)

Las Seis Cerillas

Arcadij y Boris Strugackij

El inspector dejó la agenda a un lado y dijo:
—Es un asunto complicado, tovarich Leman. Un asunto muy extraño.
—No lo creo así —dijo el director del instituto.
— ¿No?
—No. Para mí todo está claro.
El director hablaba con sequedad, observando atentamente la plaza vacía, cubierta de asfalto e inundada de sol que se extendía hasta la ventana. Sentía ya desde hacía mucho tiempo un dolor en el cuello. En la plaza no sucedía nada interesante, pero seguía obstinadamente sentado hacia ella. Expresaba así su desaprobación. El director era joven y muy susceptible. Comprendía perfectamente a qué se refería el inspector, pero opinaba que éste no tenía derecho a inmiscuirse en aquel asunto. La tranquila insistencia del inspector le irritaba.

Naves de Estrellas (Ivan Efremov)

Naves de Estrellas

Ivan Efremov

I
— ¡Aleksej Petrovic! ¿Cuándo ha llegado? Muchas personas han preguntado por usted.
—Hoy. Pero aún no estoy para todos. Por favor, cierre la ventana de la antecámara.
El recién llegado se quitó un viejo impermeable de tipo militar, se secó la cara con un pañuelo, alisó sus finos y claros cabellos, ya fuertemente disminuidos en la cima de su cráneo. Tomó asiento en una butaca, encendió un cigarrillo, luego se levantó, caminando arriba y abajo por la habitación, llena de armarios y de mesas.

El despertar del profesor Bern (Vladimir Savcenko)

El despertar del profesor Bern

Vladimir Savcenko

En 1952, cuando  el mundo estaba oprimido por la mayor estupidez del siglo XX, la llamada «guerra fría», el profesor Bern citó ante un numeroso público esta frase poco alegre del gran Einstein:
—Si en la tercera guerra mundial se le ocurre a alguien utilizar bombas atómicas, en la cuarta sólo se podrán emplear piedras...
En los labios de Bern, considerado como «el científico universal del siglo XX», aquellas palabras adquirieron un significado más profundo. Por este motivo le enviaron muchísimas cartas, pero Bern ya no estaba en condiciones de contestar. En efecto, en otoño de aquel mismo año pereció en el curso de su segunda expedición geofísica al Asia central.

El Capitán de la Astronave “Polus” (Valentina Zuravleva)

El Capitán de la Astronave “Polus”

Valentina Zuravleva

Soy un médico de a bordo y he participado en tres expediciones al cosmos. Mi especialidad médica es la psiquiatría: la astro psiquiatría, como se llama hoy. El problema del que me ocupo tuvo su origen hace mucho tiempo, en el decenio comprendido entre 1970 y 1980. Entonces el vuelo desde la Tierra a Marte duraba más de un año, y para llegar a Mercurio eran necesarios cerca de dos. Los motores trabajaban sólo en las fases de la partida y de la llegada. Las observaciones astronómicas no se hacían desde los cohetes, sino desde observatorios especiales instalados sobre satélites artificiales. ¿De qué se ocupaba entonces la tripulación durante los largos meses del viaje? Casi de nada. La forzada inacción causaba agotamientos nerviosos, estados de postración, enfermedades. La lectura y la radio no podían suplir enteramente todas las cosas de que carecían los primeros astronautas. Echaban de menos el trabajo creador al que estaban acostumbrados. Fue entonces cuando se pensó en formar las tripulaciones con individuos que tuviesen alguna afición, no importaba cuál mientras les mantuviese ocupados durante el vuelo. Así surgieron pilotos apasionados por las matemáticas, navegantes que estudiaban antiguos papiros, ingenieros que dedicaban todo su tiempo a la poesía. En los formularios que los astronautas debían rellenar fue añadido el famoso punto 12: « ¿Cuál es su hobby?»

El Experimento Olvidado (Arcadij y Boris Strugackij)

El Experimento Olvidado

Arcadij y Boris Strugackij

«Tortuga» se había parado delante del paso a nivel. La barrera estaba bajada y sobre ésta vacilaba la llama rojiza del fanal. A los costados se perdían en la oscuridad las verjas del recinto.
—Estación de biología —dijo Berkut—. Descendamos.
Poliessov apagó el motor. En cuanto hubieron descendido, el fanal sobre el paso a nivel se apagó. De pronto, la sirena lanzó un aullido desgarrador. Iván Ivanovic dijo, intentando desentumecer las piernas:
—Ahora vendrá alguien y querrá persuadirnos de que no arriesguemos la vida y la salud. ¿Por qué nos hemos detenido aquí?

Los Cangrejos Caminan Sobre la Isla (A. Dneprov)

Los Cangrejos Caminan Sobre la Isla

A. Dneprov

— ¡Eh, vosotros! ¡Estad atentos! —gritó Kukling.
Los marineros, con el agua hasta la cintura, tras haber izado a bordo de la chalupa una pequeña caja, intentaban hacerla resbalar a lo largo de la borda,
Se trataba de la última de las diez cajas que el ingeniero había llevado a la isla.
— ¡Qué calor! ¡Un verdadero infierno! —gimió Kukling, secándose el cuello grueso y corto con un pañuelo multicolor. Se quitó la camisa, empapada de sudor, y la tiró sobre la arena—. Desnúdese, Bud, aquí no hay «civilización»...
Yo miraba con tristeza el esbelto velero que se balanceaba lentamente sobre las olas a unos dos kilómetros de la orilla. Volvería a recogernos dentro de veinte días.

El Gulu Celeste (Víctor Saparin)

El Gulu Celeste

Víctor Saparin

Loo se cayó a gatas, de miedo.
Sabía muy bien que, si le hubiesen visto, le expulsarían del rebaño por esto. Pero al aparecer en el cielo aquel rayo cegador, venido desde las nubes, para posarse en la cima de la colina, Loo olvidó las prohibiciones, sintió que las piernas no le aguantaban y cayó sobre las manos.
Resonó un bramido, más fuerte que todos los truenos que había oído. Luchando contra un tremendo pánico, Loo levantó la cabeza, y vio la luz llameante que se detenía sobre la árida cumbre de la colina.

La Máquina CE, Modelo NR-1 (A. Dneprov)

La Máquina CE, Modelo NR-1

A. Dneprov

La discusión versaba sobre las ilimitadas posibilidades de la técnica moderna. Habíamos empezado por las neveras y los automóviles, para pasar gradualmente a los televisores, los aviones a reacción y los cohetes dirigidos. Cada uno de los presentes hablaba como si fuera un eminente especialista en la materia, a pesar de que el nivel del diálogo no superaba los suplementos ilustrados de los periódicos dominicales.

Cuento de Año Nuevo (Vladimir Dudincev)

Cuento de Año Nuevo

Vladimir Dudincev

Yo vivo en un mundo fantástico, en un país de fábula, en una ciudad creada por mi imaginación. En ella suceden aventuras asombrosas, y yo también he tomado parte en ellas. Les contaré algo aprovechando el hecho de que en Año Nuevo los hombres se muestran propicios a escuchar, confiados, cualquier fábula. Les hablaré de algunas jugarretas que nos juega el tiempo. El tiempo no conoce límites, es ubicuo. Pero en mi mundo imaginario es posible, si se quiere, regular los relojes con la señal horaria de Moscú. Es por eso por lo que me he decidido a contar mí historia. Puede suceder que para algún lector ciertos pasos de mi fábula crucen su vida verdadera y no imaginaria.
Llegó volando a nuestra ciudad un pájaro misterioso, una lechuza, y visitó a algún afortunado. El primero fue mi jefe superior, director del Laboratorio de Investigaciones Solares donde trabajo. El segundo, un médico, especialista en neuropatología, compañero mío de colegio. Para tercero, la lechuza me eligió a mí. Es un pájaro singular. No estaría de más que se estudiasen sus costumbres y que su imagen se reprodujese en las enciclopedias.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El País De Los Ciegos (Herbert George Wells)

Herbert George Wells

EL PAIS DE LOS CIEGOS


(The Country of the Blind, 1899)

 H. G. Wells (1866–1946) es el más extraordinario inventor de historias de esa extraordinaria época de la literatura mundial que está a caballo entre dos siglos. La inventiva y la exactitud de su imaginación (que le convierten en uno de los padres de la «ciencia fantástica») se acompañaban de una escritura transparente y fluida y eran alimentadas por una moral aguda, firme y clara. Muchos de sus cuentos ocuparían un lugar destacado en una antología dedicada a lo fantástico invisible, mental, que tiene su raíz en las imágenes de la vida cotidiana. Pero no me ha parecido justo renunciar a un cuento que pertenece a su producción más «espectacular» y que es, sin duda, una de sus obras maestras.
 El país de los ciegos es un gran apólogo moral y político, digno de figurar junto a Swift, una meditación sobre la diversidad cultural y sobre la relatividad de toda pretensión de considerarse superior.
 En los Andes ecuatoriales, un poblado de indios ha permanecido aislado del resto del mundo durante algunas generaciones. Todos sus habitantes son ciegos. Los niños nacen ciegos; los últimos viejos que habían gozado de la vista han muerto: todos han perdido ya la memoria de lo que significa ver; las casas no tienen ventanas, ni luz, ni colores. Del mundo exterior llega un hombre; creen que es un disminuido incapaz de hacer lo que ellos hacen, y piensan que dice cosas sin sentido. El hombre imagina
llegar a ser su rey, como dice el proverbio del tuerto en el país de los ciegos... Pero el proverbio yerra: en el país de los ciegos quien no ve es más fuerte que quien ve...

Los Constructores De Puentes (Rudyard Kipling)

Rudyard Kipling

LOS CONSTRUCTORES DE PUENTES


(The Bridge Builders, 1898)

 Lo fantástico, en los cuentos de Rudyard Kipling (1865–1936), nace del contraste entre dos mundos: las culturas de la India, con toda la riqueza de sus tradiciones religiosas y filosóficas y de su modo de vida, y la moral del inglés, convencido de estar construyendo en la India una nueva civilización y que siente la responsabilidad de tal deber y la angustia por la incomprensión de los hindúes y de muchos compatriotas. Ambos mundos son objeto en Kipling de un profundo conocimiento y de una profunda pasión.
 Emblemático entre los demás es este cuento que parte de la crónica de una empresa tecnológica, la construcción de un puente sobre el Ganges (el volumen en el que está incluido se titula The Day's Work, El trabajo diario), que choca con las fuerzas de la naturaleza y con la religión que en esas fuerzas se inspira –hay una evocación visionaria de los dioses de la India–. El diálogo entre los dioses a que asistimos es un debate ideológico sobre una posible integración de ambas civilizaciones, en el sentido de que la hindú, mucho más antigua, podría englobar perfectamente a la inglesa.

Los Amigos De Los Amigos (Henry James)

Henry James

LOS AMIGOS DE LOS AMIGOS


(The Friends of the Friends, 1896)

 En las ghost stories de Henry James (1843– 1916), lo sobrenatural es invisible (presencia del mal más allá de toda imaginación, como en la famosa La vuelta de tuerca), o casi (inaprehensible desdoblamiento de sí mismo en The Jolly Corner). De cualquier modo, no es la imagen visible del fantasma lo que cuenta, sino el nudo de las relaciones humanas por las que el fantasma es evocado o que el fantasma contribuye a establecer. Una historia de relaciones mundanas impalpables, como en Los amigos de los amigos (o, quizá mejor, Amigos de amigos), se carga de vibraciones: todo ser vivo proyecta fantasmas, la frontera entre las personas de carne y hueso y las emanaciones psíquicas es lábil; el punto de partida «parapsicológico» se duplica y multiplica. Como sucede a menudo en James, el personaje en apariencia neutral que se encuentra detrás de la «voz del narrador» tiene un papel decisivo precisamente por lo que no dice: aquí, como en La vuelta de tuerca, es una voz de mujer, que esta vez no esconde su pasión dominante, los celos, y su tendencia a la intriga.

El Diablo De La Botella (Robert Louis Stevenson)

Robert Louis Stevenson

EL DIABLO DE LA BOTELLA


(The Bottle Imp, 1893)

 La famosa historia de la botella que tiene en su interior un diablo capaz de hacer realidad todo deseo, fue contada por Stevenson a los indígenas de Samoa y como tal figura en el volumen Los entretenimientos de las noches de la isla. Pero Stevenson no había hecho más que ambientar en los Mares del Sur una vieja leyenda escocesa. Esto en lo que se refiere a la fuente temática; en cuanto al resultado literario, The Bottle Imp es una obra maestra del arte narrativo. La trama se desarrolla con una exactitud matemática, abstracta. Aquí lo sobrenatural también se ha reducido al mínimo: la angustia está por completo en la conciencia y se materializa en una simple botella en cuyo interior apenas se percibe una forma blanquecina.
 Sobre el valor auténtiro de Robert Louis Stevenson (1850–1894) no todos los juicios están de acuerdo. Hay quien lo considera un escritor menor y quien reconoce en él a uno de los grandes. Mi parecer coincide con lo segundo: por la nitidez limpia y ligera de su estilo, pero también por el núcleo moral de todas sus narrarriones. En este cuento es la moral del límite humano la que tiene una rica y modulada representación fantástica.

Los Agujeros De La Mascara (Jean Lorrain)

Jean Lorrain

LOS AGUJEROS DE LA MASCARA


(Les trous du masque)

 De Jean Lorrain (1855–1906), escritor maldito del París fin–de–siècle (homosexual y drogadicto –consumía éter– en una época en la que la ostentación de estas costumbres resultaba bastante más escandalosa que hoy), este cuento sobre las máscaras y la nada tiene una fuerza de pesadilla poco común, sobre todo porque el narrador llega a contemplar su propia desaparición.

Chickamauga (Ambrose Bierce)

Ambrose Bierce

CHICKAMAUGA


(1891)

 Los efectos macabros son la especialidad del americano Ambrose Bierce (1842–1913) a la hora de representar los horrores de la Guerra de Secesión (Historias de soldados). Éste quizá no es un cuento fantástico: es la descripción documental de un campo de batalla después de un combate sangriento, pero el distanciamiento de la mirada que lo contempla confiere a las imágenes una transfiguración visionaria. La atmósfera fantástica nace del silencio que circunda todo lo que el cuento nos hace ver, aunque también por el silencio haya una explicación de ello.

Amour Dure (Vernon Lee)

Vernon Lee

AMOUR DURE


(1890)

 De Vernon Lee, cuyo verdadero nombre era Violetta Paget (1856–1935), escritora inglesa establecida en Florencia, estudiosa de historia y de arte, nos ha dejado un buen retrato Mario Praz (Il patto col serpente, Mondadori; 1972, y Voce dietro la scena, Adelphi, 1980). Este cuento, en el que un estudioso polaco se enamora de una terrible dama del «Cinquecento marchigiano», hace germinar la evocación de una época despiadada (a la manera de Stendhal en las Crónicas italianas) en el escenario cotidiano de la insignifcante vida provinciana de una de nuestras «ciudades del silencio» en el siglo XIX. La magia de los objetos antiguos desencadena la alucinación visionaria. Hace un siglo los extranjeros todavía podían ver a Italia como el país donde retorna eternamente el pasado, donde se le custodia inmóvil, como el ídolo de plata dentro de la estatua ecuestre del duque Roberto.