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martes, 30 de diciembre de 2014

Las Aventuras de Huckleberry Finn - Capitulos 1 al 10 (Mark Twain)


Capítulo I

No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada. Nunca he visto a nadie que no mintiese alguna vez, menos la tía Polly, o la viuda, o quizá Mary. De la tía Polly ––es la tía Polly de Tom–– y de Mary y de la viuda Douglas se cuenta todo en ese libro, que es verdad en casi todo, con algunas exageraciones, como he dicho antes.

Cartas Desde La Tierra (Mark Twain)

 Mark Twain

              El Creador estaba sentado sobre el trono, pensando. Detrás de El, se extendía el continente ilimitable, del cielo impregnado de un  resplandor de luz y colores, ante el se elevaba la noche del Espacio, como un muro. Su poderoso volumen se erguía, tosco y semejante a una montaña en el cenit y su cabeza divina refulgía allí como un sol distante. A sus pies había tres figuras colosales, disminuidas casi hasta desaparecer, por el contraste los arcángeles con la cabeza al nivel de sus tobillos.

lunes, 29 de diciembre de 2014

La Tempestad Y El Matrimonio Mc Williams (Mark Twain)

LA TEMPESTAD Y EL
MATRIMONIO MC WILLIAMS


   -Sí, señor Twain – dijo el señor Mc Williams -, no hay enfermedad comparable con el pánico que causa el rayo. Pero esta enfermedad, como otras muchas de las que afligen a la desdichada especie humana de que formamos parte, hace sus estragos principalmente entre las filas del sexo femenino. No es difícil ver a un perro atacado por el miedo a la electricidad atmosférica, y hasta los hombres se sienten, no pocas veces, terriblemente azotados por la funesta enfermedad a que  me refiero; pero las mujeres son presa habitual. ¡Y de qué manera! Yo he visto mujeres, la mía, por ejemplo, capaces de luchar ventajosamente contra el mismo diablo – mujeres a quienes no intimida el encuentro de un ratón-, que caen, sin embargo, atontadas cuando oyen el estruendo de una nube tempestuosa. No las censuremos y dejémoslas que ejerciten su terror. Compadezcámoslas, señor Twain.

La Difteria Y El Matrimonio Mc Williams (Mark Twain)

LA DIFTERIA Y EL MATRIMONIO
MC WILLIAMS

los hechos que siguen
me fueron relatados
por el señor Mc. Williams,
caballero muy fino de
Nueva Cork, a quien conocí
casualmente durante un viaje.

   -Ahora – me dijo – volvamos al punto inicial de mi relato, que tuvo por objeto explicar el terror de las madres al ver la ciudad asolada por aquella enfermedad terrible e incurable llamada crup membranoso. Yo le dije a mi esposa que era necesario tener bastantes precauciones en lo relativo a la salud de la pequeña Penélope. Hablé así:
   - Querida mía, ¿no sería mejor que la niña no chupe ese trozo de pino? Yo en tu lugar, lo prohibiría.
   - Pero, amor mío, ¿qué mal hay en ello? – contestó mi esposa.

El Arca de Noe - El arca de Noé inspeccionada En un puerto alemán (Mark Twain)

El Arca de Noe

 El arca de Noé inspeccionada
En un puerto alemán

   Nadie puede negar que son muy notables los progresos realizados en el arte de la construcción naval desde los tiempos en que Noé puso a flote su modesta arca. Las leyes de la navegación acaso no existían o no eran aplicadas en todo su rigor. Pero actualmente las tenemos tan sabiamente combinadas que a la vista parecen pentagramas musicales. El pobre patriarca, Noé, no podría hacer hoy lo que tan fácil le fue hacer entonces, pues la experiencia, maestra de la vida, nos ha enseñado que es necesario preocuparse por la seguridad de las personas dispuestas a cruzar los mares y para eso están las leyes. Si Noé quisiera salir del puerto de Bremen, las autoridades le negarían el permiso correspondiente. Los inspectores pondrían toda clase de reparos a su embarcación. Ya sabe el lector lo que es Alemania. Pero ¿pueden imaginar en todos sus pormenores el diálogo establecido entre el patriarca naval y las autoridades? Llega el inspector, vestido irreprochablemente con su prolijo y vistoso uniforme militar, y todos se sienten sobrecogidos de respeto a la vista de la majestad que brilla en su persona. Es un perfecto caballero, de una finura exquisita, pero tan inmutable, tan inconmovible como la propia estrella polar, siempre que se trata del cumplimiento de sus deberes oficiales.

Galverston - 23 El Río (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


El Río

Tan pronto como Kyle Lanier volvió a Ashton Villa para liberar a Sloane de su arresto domiciliario, la mujer corrió hasta Playa Stewart en busca de Scarlet. Una vez allí, descubrió que el muro de madera que separaba la ciudad del parque de atracciones había desaparecido, destrozado por la tormenta. La cabina de las entradas también había desaparecido. Más allá del Espigón, donde Momus había establecido su corte entre mercachifles y juerguistas, apenas quedaban siquiera escombros. El huracán había dejado la playa limpia, sin otra cosa que la arena y el ronco murmullo de las olas. El Auténtico Laberinto Humano se había desvanecido, y los puestecillos se habían evaporado. Cada caseta de los vendedores ambulantes y cada luz parpadeante, cada tablero y cada barra de maquillaje, había salido volando y se había dispersado a lo largo y ancho de la isla, o había sido engullida por el mar.

Galverston - 22 La Comparsa de los Descastados (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


La Comparsa de los Descastados

Joshua estaba de nuevo en la habitación de la infancia de Randall, sentado entre los velos de las mosquiteras con su padre acurrucado entre sus brazos, tratando de conseguir que bebiera una taza de té frío de diente de león.

Galverston - 21 Ofrendas (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Ofrendas

Mientras Joshua Cane cuidaba a su padre en el piso superior, Sloane se dedicaba a lavar sábanas y mantas. Por una vez, había conseguido que Scarlet la ayudara. La niña, malhumorada y con el ceño fruncido, arrastraba las sábanas húmedas por el suelo según las llevaba al exterior, donde Sloane la esperaba con una bolsa de pinzas para colgarlas en el tendedero.

Galverston - 20 Tratamiento (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Tratamiento

Una vez que la señora Mather acompañó a Josh y a Ham al Palacio del Obispo, se retiró con discreción con la excusa de que tenía que ayudar a la cocinera de Randall a servir el almuerzo. Dejó a los muchachos en el recibidor mientras la doncella corría escaleras arriba para anunciar su llegada. La muchacha llevaba una mascarilla empapada en vinagre. Hacía mucho tiempo que Josh había decidido no luchar contra ese tipo de artilugios, que muchos de los isleños utilizaban para evitar el contagio de las enfermedades. Suponía que no tenía derecho a mostrarse condescendiente; no cuando un buen placebo resultaba más eficaz que muchos de sus remedios.

Galverston - 19 Hundimiento (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Hundimiento

La séptima mañana tras el huracán, Sloane se despertó con el olor del cebo. Estaba tumbada sobre un canapé en la biblioteca de Randall Denton. Se esforzó por abrir los ojos. Aún no había amanecido; no obstante, la oscuridad era menos densa que cuando finalmente se echó a dormir, justo después de las tres de la mañana. Algo largo, húmedo y fibroso rozó su mejilla y se retiró al instante. Sloane jadeó y abrió los ojos de par en par. Un rostro triste con bigote se vislumbraba entre la penumbra, trayendo consigo un fuerte hedor a gambas y a cangrejos de río. Jamás había oído que un Hombre Langostino se hubiera acercado tanto a alguien con anterioridad. Esperó a que la criatura hablara o hiciera algún movimiento. No hizo ninguna de las dos cosas. Se limitó a observarla, a mirarla con una profunda y apacible melancolía, con su rígido rostro inclinado hacia un lado y sus ojos negros brillantes como perlas. Los ojos de Sloane se esforzaron por soportar el peso de la noche. Se cerraron de golpe, se abrieron de nuevo; el olor del barro y de la carnaza eran como un narcótico en el oscuro ambiente, hasta que, al final, volvió a quedarse dormida. Los sueños se cernieron sobre su cabeza, moviéndose de forma lenta y extraña, como las corrientes de un mar tenebroso.

Galverston - 18 Bautismo (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Bautismo

A pesar de todas las educadas excusas de Joshua, Rachel y Ben le devolvieron su cama y se prepararon un catre en el suelo de la cocina. De alguna forma, en el momento en que Josh despertó en la pequeña y oscura habitación, supo que tanto ellos como el resto de los Mather estaban profundamente dormidos. Alguien sacudía su hombro. El gélido contacto aguijoneó su piel y consiguió que se le pusiera de punta el vello de la espalda.
Se apartó de aquella mano helada y se levantó de un salto. Una mujer rica con un vestido blanco estaba junto a su cama.

Galverston - 17 Ley Marcial (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Ley marcial

—Me voy a casa —anunció Ham, en cuanto se hubieron frotado lo bastante como para recuperar la sensibilidad en las piernas y los brazos.
—¿Estás loco? —replicó Josh—. No podemos volver a Galveston. Sobre nuestras cabezas pende una pena de muerte, ¿es que no lo recuerdas?
—Josh, me importa una puta mierda lo que tú hagas. —Ham encontró un segundo encendedor, junto con la navaja de Josh, en el fardo que Martha había dejado olvidado—. Después de semejante huracán, ¿crees que van a echarse encima de un boticario y de un instalador de gas? —argumentó Ham—. Claro que los isleños son famosos por su estupidez...

Galverston - 16 Caníbales (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Caníbales

Josh distinguió otra figura delante de la oscura masa del cuerpo de Ham.
—Esta paletilla de ternera no está muerta todavía —dijo el hombre llamado George con la metódica pronunciación del este de Texas—. ¿El pequeñín puede caminar?
La mujer que sujetaba el cuchillo contra la garganta de Joshua tosió; tenía una tos seca.
—¿Puedes andar?
Él supuso, por su forma de hablar, que era negra.
—Vamos a darle un incentivo —dijo George—. Si no puedes andar, te rebanaremos el pescuezo y te dejaremos en la playa.

Galverston - 15 Gusanos (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Gusanos

El temporal no soplaba de sur a norte, como Josh habría esperado; la torrencial lluvia llegaba desde el este-sureste. El viento parecía soplar de un lugar muy, muy lejano, cargado de masa y aceleración, como un inmenso río que aplastara la llanura bajo su peso. Una gota de lluvia le cayó con fuerza sobre la espalda, asombrosamente fría sobre su piel caliente. Otra le golpeó en el hombro. La luz del día se desvaneció como una lámpara que se apagara y, a continuación, la lluvia comenzó a caer a raudales; una ruidosa cascada que dejó a Josh calado entre un jadeo rasgado y el siguiente. El viento tiró de su improvisado turbante, haciendo que se sacudiera como un látigo alrededor. El mundo se había convertido de repente en un lugar mucho más pequeño, un hueco inestable dentro de la tormenta. Los relámpagos restallaban sobre su cabeza y los truenos retumbaban a su alrededor con la fuerza de una bomba. Ham lo agarró de la mano izquierda y juntos comenzaron a avanzar con enormes dificultades.

Galverston - 14 Veneno (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Veneno

El inicio del exilio de Josh y Ham comenzó veinticuatro horas después de ser sentenciados. En la oscuridad que precede al amanecer, los sacaron de sus celdas aisladas y los llevaron hacia el Muelle 23 a punta de pistola. Fueron obligados a entrar en la bodega del Martes de Carnaval, una embarcación dedicada a la pesca de la gamba cuyo capitán era primo segundo de los Gardner.

Galverston - 13 Huracán (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Huracán

El ayudante Kyle acercó la oreja al pecho del sheriff Denton.
—Aún respira bastante bien. Supongo que habrá sido la conmoción. Joder, lo ha dejado apañado —dijo y alzó la vista para mirar a Sloane.
—Se lo merecía.
Kyle se encogió de hombros.
—Dígaselo al juez.

Galverston - 12 Scarlet (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Scarlet

De repente, As ya no estaba allí y Sloane iba camino de caer al suelo de una casa destartalada de Galveston; el Galveston real donde había dejado que su madre muriera.
Ya no era Malicia. La máscara había desaparecido. As la tenía; en el Mardi Gras.
Cayó al suelo y se quedó allí tendida, jadeando. Esta casa era muy distinta de su doble en el Mardi Gras. Allí olía a moho y las paredes estaban inclinadas y cubiertas de manchas de humedad, pero seguía siendo una casa. Aquí, la casa de Samuel Cane se había derrumbado a causa de una explosión de gas dos semanas después de que Travis Denton la ganara en una partida de cartas. La luz grisácea del día se filtraba a través de las ventanas rotas y de una gigantesca grieta en el techo ennegrecido por el humo. Las vigas de madera, hechas astillas, se alzaban hacia el cielo como costillas destrozadas. Entre las grietas del suelo crecían unas cuantas briznas marchitas de tanaceto y de verdolaga roja.

Galverston - 11 Asilo (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Asilo

Un gélido relámpago atravesó a Sloane en el instante en que Josh le dijo lo de la muerte de su madre. En el momento en que él se volvió para prepararle un té, agarró la máscara con dedos temblorosos y se la puso, desesperada por sentir la enorme sensación de vacío que le proporcionaba.
El cuero se asentó sobre su rostro y, de pronto, estuvo de vuelta en el Mardi Gras. Estaba oscuro, y la energía del Carnaval ronroneaba y chasqueaba en sus venas, manteniéndola en pie de la misma forma que una brisa fuerte haría con una cometa. Se encaminó hacia Broadway. La enorme avenida estaba llena de carnavaleros: malabaristas y payasos, tragasables y un hombre que escupía fuego. Zancudos de rígidas piernas caminaban hacia delante a grandes pasos, tan cautelosos como grullas. Una mujer con las zarpas y las ancas de un gato brincaba por allí a cuatro patas con un pájaro muerto en la boca.

Galverston - 10 El Juicio (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


El juicio

Josh hubiera jurado que no había dormido en absoluto si no se hubiera despertado tan dolorido. Escuchó un ruido de llaves y voces aproximándose. Para cuando la puerta de la celda se abrió hacia dentro, había conseguido forzarse a abrir los ojos. Los sentía rígidos e hinchados, como el resto de su cuerpo.
Dos guardias estaban de pie junto a la puerta, uno más viejo blanco con barba de dos días y un hispano de rasgos atractivos con la cara picada por la viruela. Los dos guardias llevaban los uniformes gris oscuro de la milicia de Galveston. Teñidos con corteza de pacana y... ¿sulfato de hierro? Josh no podía recordarlo.

Galverston - 9 Sheriff Denton (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Sheriff Denton

—Qué coñ...
Josh se calló cuando alguien le puso el cañón de un arma en la cara. El olor a frío acero le hizo un nudo en el estómago. Bueno, pensó, ahora ya sé de lo que mamá me estaba intentando advertir. Se preguntó si estaba a punto de morir.
—No nos vamos a mover —dijo Ham—. ¿Verdad, Josh? Dos estatuas, esos somos nosotros.
La lámpara Coleman siseaba despidiendo su círculo de fuerte luz blanca. Josh pudo ver a cuatro hombres: dos detrás de su mostrador, otro detrás de la mesa de examen, y otro más de pie tras la puerta. Tres de ellos tenían pistolas; el que estaba detrás de la mesa de examen tenía una escopeta de repetición. La escopeta hizo un sonoro clic cuando el hombre la armó.

Galverston - 8 Insulina (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston

Insulina

Josh cogió un bote de té de damiana de un estante de su pequeño dispensario. Cuando volvió a la cocina para mostrárselo a Sloane, ella ya había desaparecido. Salió al porche esperando verla corriendo hacia Ashton Villa, pero las calles estaban vacías. Sloane se había desvanecido sin ruido alguno. Bajó precipitadamente los escalones del porche, mirando por los parterres del jardín e incluso por las esquinas de su pequeña casa, temiendo que hubiera entrado en shock o que la borrachera le hubiera jugado una mala pasada, pero no había ni rastro de ella. Si no fuera por el olor a cigarrillos y alcohol que flotaba en su puerta, todo le hubiera podido parecer un espejismo.

Galveston - 7 Calle Tercera (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston



Calle Tercera

En el momento en el que Sloane se puso la máscara, se sintió mucho, mucho mejor.
Escaleras abajo, el piano tintineaba y se iba animando. Los vasos chocaban entre el estruendo sordo de las conversaciones. Ráfagas de risas venían flotando desde el jardín en el exterior. Sloane abrió las puertas francesas y salió a su balcón. Este Galveston estaba ardiendo de luces: altas farolas, luces encendidas en las ventanas de las casas y en edificios de oficinas, faros de coches circulando, y sobre todo ello la mirada blanca de una luna llena. Había una multitud arremolinada en torno a Ashton Villa. Alguien apagó una vela romana, enviando pequeñas oleadas de fuego dorado al cielo nocturno. Abajo en el suelo, un hombre enfundado en un abrigo de gángster y una máscara de dominó atrapó su mirada y le silbó. Ella le saludó con la mano.

Galveston - 6 La Máscara (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston



La máscara

Mientras Sloane terminaba su trabajo, aquel sentimiento vacío y elevado continuaba cantando en su interior. Canturreando para sí misma, aplicó siete capas de laca al interior de la máscara y luego la alisó hasta conseguir un brillo de seda con una tira de cuatrocientos granos de papel de lija extra-fino. Tiñó el cuero de un color rojizo trabajando el color con una brocha de afeitar, añadiendo más en algunos sitios que en otros, de tal forma que toda la cara tomó el aspecto de la piel de un animal abigarrado. Con un pellizco de producto de belleza de un viejo bote de Comet difuminó un poco el tinte, dejando resaltes pálidos en los salientes de la máscara, de tal forma que el cejo y las mejillas destacaron mucho. Después cortó vendas faciales y las fijó con remaches.

Galveston - 5 La Reclusa (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Galveston - 4 El Boticario (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Galveston - 3 Momus (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Galveston - 2 Sloane (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston


Galverston - 1 Suerte (Sean Stewart)

Sean Stewart

 

Galveston

Suerte

—El póquer es un juego de hombres —solía comentar el padre de Josh— porque no es justo.
Acostumbraba a jugar cada sábado en el jardín trasero de la mansión de los Ford. Cada sábado, cuando la luz del sol se hundía en el Golfo de México, Joshua Cane se encargaba de llevarse a su padre para la cena en casa. A él le gustaba ir a casa de los Ford. A veces Sloane Gardner estaba fuera, jugando con los gemelos Ford. La señora Ford le dijo a Josh que fuera amable con ella, pero lo que realmente sucedía es que la señora era muy curiosa y quería darle a Josh la oportunidad de dejar las cosas en claro con ella. Todos estaban de acuerdo en que Josh era un chico espabilado.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Los Que Se Alejan De Omelas (Ursula K. Le Guin)

Los que se alejan de Omelas.
(Variaciones sobre un tema de Willian James).

The Ones who walk away from Omelas.

Ursula K. Le Guin.

* * *

Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud. Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris; graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas.

Los Viajes De Gulliver - Un viaje al país de los Houyhnhnms (Jonathan Swift)

Jonathan Swift

LOS VIAJES DE GULLIVER


Un viaje al país de los Houyhnhnms

Capítulo primero
El autor parte como capitán de un navío. -Sus hombres se conjuran contra él y le encierran largo tiempo en su camarote. -Le desembarcan en un país desconocido. Se interna en el país. -Descripción de los «yahoos», extraña clase de animales. -El autor se encuentra con dos «houyhnhnms».
     Permanecí en casa, con mi mujer y mis hijos, por espacio de cinco meses, en muy feliz estado, sin duda, con sólo que yo hubiese aprendido a saber cuándo estaba bien. Dejé a mi pobre esposa embarazada y acepté un ventajoso ofrecimiento que se me hizo para ser capitán del Adventure, sólido barco mercante de trescientas cincuenta toneladas. Conocía bien el arte de navegar, y, hallándome cansado del cargo de médico de a bordo -que de todos modos podía ejercer llegada la ocasión-, tomé en mi barco a un inteligente joven de mi mismo oficio, de nombre Robert Purefoy. Nos hicimos a la vela en Portsmouth el día 2 de agosto de 1710; el 14 nos encontramos en Tenerife con el capitán Pocock, de Brístol, que iba a la bahía de Campeche a cortar palo de tinte. El 16 le separó de nosotros una tempestad; a mi regreso supe que el barco se fue a pique y sólo se salvó un paje. El capitán Pocock era un hombre honrado y un buen marino, pero terco con exceso en sus opiniones, y ésta fue la causa de su fin, como ha sido la del de tantos otros. Si hubiese seguido mi consejo, a estas horas estaría sano y salvo con su familia, en su casa, igual como lo estoy yo.

Los Viajes De Gulliver - Un viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y el Japón. (Jonathan Swift)

Jonathan Swift

LOS VIAJES DE GULLIVER

Un viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y el Japón.

Capítulo I

El autor sale en su tercer viaje y es cautivado por piratas. -La maldad de un holandés. -El autor llega a una isla. -Es recibido en Laputa.
     No llevaba en casa arriba de diez días, cuando el capitán William Robinson, de Cornwall, comandante del Hope Well, sólido barco de trescientas toneladas, se presentó a verme. Yo había sido ya médico en otro barco que él patroneaba, y navegado a la parte, con un cuarto del negocio, durante una travesía a Levante. Me había tratado siempre más como a hermano que como a subordinado, y, enterado de mi llegada, quiso hacerme una visita, puramente de amistad por lo que pensé, ya que en ella sólo ocurrió lo que es natural después de largas ausencias. Pero repetía sus visitas, expresando su satisfacción por encontrarme con buena salud, preguntando si me había establecido ya por toda la vida y añadiendo que proyectaba una travesía a las Indias orientales para dentro de dos meses; viniendo, por último, a invitarme francamente, aunque con algunas disculpas, a que fuese yo el médico del barco. Díjome que tendría otro médico a mis órdenes, aparte de nuestros dos ayudantes; que mi salario sería doble de la paga corriente, y que, como sabía que mis conocimientos, en cuestiones de mar por lo menos, igualaban los suyos, se avendría a cualquier compromiso de seguir mi consejo en iguales términos que si compartiésemos el mando.

Los Viajes De Gulliver - Un Viaje A Brobdingnag (Jonathan Swift)

Jonathan Swift

LOS VIAJES DE GULLIVER

Un viaje a Brobdingnag

Capítulo primero

Descripción de una gran tempestad. -Envían la lancha en busca de agua: el autor va en ella a hacer descubrimientos en el país. -Le dejan en la playa; es apresado por uno de los naturales y llevado a casa de un labrador. -Su recibimiento allí, con varios incidentes que le acontecieron. -Descripción de los habitantes.
     Condenado por mi naturaleza y por mi suerte a una vida activa y sin reposo, dos meses después de mi regreso volví a dejar mi país natal y me embarqué en las Dunas el 20 de junio de 1702, a bordo del Adventure, navío mandado por el capitán John Nicholas, de Liverpool, y destinado para Surat. Tuvimos muy buen viento hasta que llegamos al Cabo de Buena Esperanza, donde tomamos tierra para hacer aguada; pero habiéndose abierto una vía de agua en el navío, desembarcamos nuestras mercancías e invernamos allí, pues atacado el capitán de una fiebre intermitente, no pudimos dejar el Cabo hasta fines de marzo. Entonces nos dimos a la vela, y tuvimos buena travesía hasta pasar los estrechos de Madagascar; pero ya hacia el Norte de esta isla, y a cosa de cinco grados Sur de latitud, los vientos, que se ha observado que en aquellos mares soplan constantes del Noroeste desde principios de diciembre hasta principios de mayo, comenzaron el 9 de abril a soplar con violencia mucho mayor y más en dirección Oeste que de costumbre. Siguieron así por espacio de veinte días, durante los cuales fuimos algo arrastrados al Este de las islas Molucas y unos tres grados hacia el Norte de la línea, según comprobó nuestro capitán por observaciones hechas el 2 de mayo, tiempo en que el viento cesó y vino una calma absoluta, de la que yo me regocijé no poco. Pero el patrón, hombre experimentado en la navegación por aquellos mares, nos previno para que nos dispusiéramos a guardarnos de la tempestad, que, en efecto, se desencadenó al día siguiente, pues empezó a formalizarse el viento llamado monzón del Sur.

Los Viajes De Gulliver - Un Viaje A Liliput (Jonathan Swift)

Jonathan Swift

LOS VIAJES DE GULLIVER


Un viaje a Liliput

Capítulo primero
El autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras inclinaciones a viajar. Naufraga, se salva a nado y toma tierra en el país de Liliput, donde es hecho prisionero e internado...
     Mi padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De cinco hijos, yo era el tercero. Me mandó al Colegio Emanuel, de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí residí tres, seriamente aplicado a mis estudios; pero como mi sostenimiento, aun siendo mi pensión muy corta, representaba una carga demasiado grande para una tan reducida fortuna, entré de aprendiz con míster James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien estuve cuatro años, y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando fuí aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas, útiles a quien ha de viajar, pues siempre creí que, más tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a míster Bates, volví al lado de mi padre; allí, con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro pariente, conseguí cuarenta libras y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en Leida. En este último punto estudié Física dos años y siete meses, seguro de que me sería útil en largas travesías.

La Cima (George Sumner Albee)

LA CIMA
GEORGE SUMNER ALBEE

«09:07 h. A Jonathan Gerber de L. Lester Leath —decía el memorándum color verde pálido—. Resérveme el día, por favor, le adjunto un pase de ascensor permanente. Le sugiero una visita al piso 13 esta mañana, pero no vaya más arriba. -LLL.»
«Después de todos estos años...», se dijo Jonathan mientras extraía el pase, el primero que había tocado realmente de su envoltura plastificada. Era, por supuesto, una pirámide en miniatura. Una de sus caras metálicas llevaba el nombre de la firma, Unida; otra un fotograbado del propio Jonathan.
No tenía la menor idea de cuándo o dónde fue fotografiado. Debió ser recientemente, pues lucía una corbata que acababa de comprar; resultaba evidente que la policía de la firma lo había sorprendido con un teleobjetivo al entrar o salir del edificio.

El Hijo de Butch Cassidy (Osvaldo Soriano)

Osvaldo Soriano

El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de des­aciertos históricos y de insanias ahora irremediables por falta de mejores testigos.

El Mensajero de la Muerte (John Stagg)

John Stagg

El Mensajero de la Muerte


"Levántate de tu lecho, bella Lady Jane, y remueve de tus ojos el sueño, levántate de tu lecho, bella Lady Jane, pues tengo noticias que traigo para ti." Pero raramente duerme Lady Jane, casi nunca el sueño visita sus ojos; desvelada y rendida por su aflicción, aún así pregunta: ¿Qué noticias traes para mí?
Alto y fanfarrón chilla el invernal vendaval, ¡Escucha cómo corren los cercanos torrentes!
Temo sea la caprichosa noche que se ríe de mí a esta hora de medianoche.

El Ojo De Tandyla (L. Sprague De Camp)


L. Sprague De Camp


Un día... tan lejano que desde entonces se han formado las montañas, con ciudades en sus laderas...
Derezong Taash, el hechicero del rey Vuar el caprichoso, estaba sentado en su biblioteca leyendo los "Fragmentos Selectos de Lontang", y bebiendo el verde vino de Zhysk. Se hallaba en paz consigo mismo y con el mundo, ya que hacía más de diez días que nadie había intentado asesinarlo, ni por medios naturales o de otra clase. Cuando se cansó de descifrar los grifos crípticos, Derezong llevó su vista por encima del borde de su copa hacia su biombo demoniaco, en el que el gran Shuazid (antes de que el rey Vuar tuviese el capricho de enojarse con él) había pintado toda la gama de demonios de Derezong; desde el temible Fernazot hasta el más elemental de los espíritus sometido a sus mandatos.
Al ver a Derezong cabía preguntarse por qué tendría que molestarse ningún espíritu por él. Puesto que Derezong Taash era un hombrecillo rechoncho, muy bajo para ser un Lorska, con una cabellera blanquecina enmarcando su rostro juvenil y redondo. Cuando le aplicaron el tratamiento "zompur" se olvidó de mencionar su cabellera, entre las demás cosas con las que deseaba adquirir la eterna juventud, omisión que proporcionó a los brujos rivales la ocasión de cubrirlo de ridículo por aquel olvido.

Cazar Un Dinosaurio (L. Sprague De Camp)


L. Sprague De Camp

Título original: TO HUNT A DINOSAUR

* * *
No, señor Seligman. No pienso llevarle a cazar dinosaurios a finales de la era mesozoica.
-¿Que por qué no? Veamos... ¿cuánto pesa usted? ¿Sesenta kilos? No, no... el límite más bajo es setenta kilos.
Pero no se preocupe. Lo llevaré a cualquier período que quiera de la era cenozoica. Si lo desea, le conseguiré un entelodonte, un titanoterio o un uintaterio. Todos ellos poseen hermosas cabezas. O podemos acercarnos un poco más e ir al pleistoceno, para que pruebe su 'suerte con los mamuts y los mastodontes.

Si lo desea, lo llevaré mucho más lejos: al triásico, donde podrá matar cualquier pequeño antecesor del dinosaurio que se le antoje.

sábado, 27 de diciembre de 2014

A La Otra Orilla Del Río, A Través Del Bosque (Clifford D. Simak)

A La Otra Orilla Del Río, A Través Del Bosque
Clifford D. Simak

Aquellos dos chiquillos decían que ella era su abuela, pero era imposible Y sin embargo...
Los dos chiquillos vinieron caminando afanosamente por el sendero. Era la época de hacer conserva de manzanas, cuando florecían las primeras varas de San José y se desplegaban las margaritas silvestres. Cuando Mrs. Forbes reparó en ellos desde la ventana de la cocina, parecían unos niños que vinieran de la escuela, pues ambos llevaban un saco en el cual podían estar sus libros. Como Carlos y Santiago, como Micia y Margarita... pero ya se hallaban en un lejano pasado la época en que estos cuatro hablan atravesado el sendero en sus diarios recorridos a la escuela. Ahora tenían hijos propios que iban a ella.

El Sospechoso (Georges Simenon)

Georges Simenon
El sospechoso


El conserje tenía que estar muy irritado para que Chave, a pesar de la distancia que los separaba —una puerta, una escalera y un pasillo— lo oyera gritar al teléfono:
—¡Le estoy diciendo que está en el escenario!
¡Si se tratara tan sólo del conserje y de ese teléfono obstinado desde el principio del primer acto en llamar a Dios sabe quién!... Y ¿por qué el conserje, en lugar de desgañitarse, no dejaba el teléfono descolgado?
Chave retrocedió unos centímetros, pues su presencia fascinaba a un espectador de la primera fila, que se inclinaba para descubrirlo por entero. Maquinalmente seguía en el folleto el texto que se recitaba en escena y, al mismo tiempo, se ocupaba de un montón de cosas más, como si tuviera media docena de cerebros.

El Pasajero Del Polarlys (Georges Simenon)

Georges Simenon
El pasajero del Polarlys


I.
El «aojo»

Es una plaga que se ceba en los barcos, en todos los mares del globo, y cuyas causas pertenecen a ese gran terreno de lo desconocido que se llama el azar.
Si bien los inicios son a veces benignos, no pueden, sin embargo, escaparse a un marino. De pronto, sin razón, se rompe un obenque al igual que una cuerda de violín y arranca el brazo a un gaviero. O el grumete se abre el pulgar pelando patatas y al día siguiente el panadizo le hace aullar.
A no ser que se trate de una maniobra mal ejecutada, de que un bote venga a chocar estúpidamente contra la estrave.
No es todavía el aojo. Para el aojo es necesario que las calamidades se vayan repitiendo. Pero es poco frecuente que no suceda de este modo, que a la noche o al día siguiente no pueda constatarse una nueva calamidad.

El Pasajero Clandestino (Georges Simenon)

El pasajero clandestino

I

Un barco italiano que venía de San Francisco estaba atracado en el embarcadero, delante de los edificios de la aduana. Allí habían encendido todas las lámparas, enormes bombillas eléctricas de luz blanca y cruda que colgaban de hilos por todas partes, de manera que desde lejos daba la impresión de un plató de cine, con sombras que se agitaban en todos los sentidos, los toques de silbato que gobernaban el estruendo metálico de las grúas y de los aparejos, y los colores, amortiguados por el resplandor de los faros, por ejemplo, el rojo y el verde de la bandera, muy pálidos, casi sin destacar sobre el blanco.

El Hombre En La Calle (Georges Simenon)



Georges Simenon

Los cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo.
El más delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía un cigarrillo pegado al labio inferior e iba esposado. El más importante, de mandíbula fuerte, envuelto en un recio abrigo y con un sombrero hongo en la cabeza, fumaba en pipa viendo desfilar ante sus ojos la verja del Bois de Boulogne.

El Efecto De La Luna (Georges Simenon)

Georges Simenon
El efecto de la Luna


1

¿Tenía algún motivo grave para preocuparse? No. No había ocurrido nada fuera de lo normal. Ninguna amenaza se cernía sobre él. Sabía que no tenía sentido perder la calma, sí, tanto que, una vez más, en medio de la fiesta, intentaba reaccionar.
Por otro lado, no era exactamente preocupación, y hubiera sido incapaz de decir en qué momento le había asaltado aquella angustia, aquel malestar fruto de un desequilibrio imperceptible.
En cualquier caso, no fue en el momento en que abandonó Europa. Por el contrario, Joseph Timar se había ido animosamente, lleno de entusiasmo.

El Burgomaestre de Turnes (Georges Simenon)

Georges Simenon
El burgomaestre
de Turnes


Primera Parte

Las cinco menos dos. Joris Terlinck, que había alzado la cabeza para mirar la hora en su reloj que colocaba siempre sobre la mesa, tenía tan sólo el tiempo justo para su plan.
Lo primero, el tiempo necesario de subrayar con lápiz rojo una última cifra y de cerrar una carpeta de papel grueso, amarillento, en que figuraba esta mención: «Proyecto de presupuesto para el abastecimiento de agua y, eh general, para todos los trabajos de fontanería del nuevo hospital de Saint-Eloi».

El Blanco Con Gafas (Georges Simenon)

Georges Simenon
El blanco con gafas



—¿Lo oyes, Georges?
El marido, con un vaso de cerveza en la mano, daba un respingo.
—¿Qué pasa?
—Ferdinand asegura que la única manera de apagar la sed es tomar té muy caliente...
—¡Ya lo sabía!
—Entonces, ¿por qué bebes cerveza?
—¡Pues porque no me gusta el té!
—¡Es que es ya la cuarta botella que te tomas hoy!...
—¿Acaso te he preguntado yo cuántos cigarrillos te has fumado hasta ahora?
Ferdinand Graux, desviando discretamente la vista, trataba de contener una sonrisa, sorprendía la mirada divertida del viejo inglés de Nairobi y se percataba de que éste comprendía el francés.

Maigret 03 - El Ahorcado De «Saint-Pholien» (Georges Simenon)

Maigret 03 - El Ahorcado De «Saint-Pholien»
Georges Simenon

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