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sábado, 28 de febrero de 2015

Mirkheim (Poul Anderson)


El Mundo De Satán (Poul Anderson)


Sir Gawain Y El Caballero Verde (Anónimo)


La Cámara Sangrienta (Angela Carter)


En Compañía De Lobos (Ángela Carter)


Varias Percepciones (Angela Carter)


Héroes Y Villanos (Angela Carter)

El Doctor Hoffman Y Las Infernales Máquinas Del Deseo (Angela Carter)


 EL DOCTOR HOFFMAN Y LAS INFERNALES MÁQUINAS DEL DESEO

ANGELA CARTER


Título original: The Infernal Desire Machines of Doctor Hoffman



* * *

Sinopsis:

“Angela Cárter es una de mis drogas favoritas.”
Tom Robbins

El diabólico doctor Hoffman se ha propuesto librar una guerra sin cuartel contra las estructuras de la ra­zón, y liberar así definitivamente a los seres humanos de las cadenas del principio de realidad. El campo de batalla de esta guerra será las mentes y corazones de hombres y mujeres. En las ciudades pobladas de espe­jismos nada es lo que parece, y la vida cotidiana se ha convertido en un complejo laberinto donde caben to­das las posibilidades. Sólo Desiderio, que vive en la ciudad desde los comienzos de la guerra, puede dete­ner al doctor Hoffman.


* * *


índice

Introducción
1.    La ciudad sitiada
2.    La mansión de medianoche
3.    El pueblo del río
4.    Los acróbatas del deseo
5.    El viajero erótico
6.    La costa de África
7.    Perdidos en el Tiempo Nebuloso
8.    El castillo

* * *




Introducción

Recuerdo todo.
Sí.
Recuerdo todo perfectamente.
Durante la guerra, la ciudad estaba llena de espejismos y yo era joven. Pero ahora todo está muy tranquilo. Las sombras sólo caen como y cuando se las espera. Como soy tan viejo y famoso, me han dicho que tengo que escribir mis memorias de la Gran Guerra puesto que, al fin y al cabo, lo recuerdo todo. De manera que he de reunir todo ese fárrago de experiencias y ponerlo en orden, tal como ocurrió, comenzando por el principio. Deshacer mi vida como si fuera una labor de punto, y elegir de esa manera la única, original hebra de mi ser, el ser que fue un joven que se convirtió en un héroe y más tarde envejeció. Primero, permitid que me presente.
Mi nombre es Desiderio.
Yo vivía en la ciudad cuando nuestro adversario, el diabólico doctor Hoffman, la cubrió de espejismos para que todos enloqueciéramos. Nada en la ciudad era lo que parecía, ¡nada! Porque el doctor Hoffman, ¿sabéis?, libraba una guerra total contra la misma razón humana. Nada menos. Oh, era mucho lo que se jugaba en esa guerra, más de lo que yo podía pensar, porque era un joven sarcástico y de todos modos la idea de la humanidad no me convencía mucho. Aunque luego, cuando me convertí en un héroe, me dijeron que había salvado a la humanidad.
Pero yo, de joven, no quería ser un héroe. Y cuando vivía cu aquella asombrosa ciudad, durante los primeros días de la guerra, la vida era un complejo laberinto: todo lo que podía existir, existía. Y semejante complejidad, una complejidad tan rica que apenas se puede expresar con palabras..., llegaba a aburrirme.
En aquel tiempo tumultuoso y dinámico, el tiempo de los deseos realizados, yo mismo tenía un único deseo. Y era que todo se detuviera.
Me convertí en un héroe sólo porque sobreviví. Sobreviví porque no podía rendirme al torrente de espejismos. No podía mezclarme y confundirme con ellos; no podía olvidar mi realidad y perderme para siempre como hacían otros, reducidos definitivamente al no ser por la feroz artillería de la sinrazón. Yo era demasiado sarcástico. Demasiado indiferente.
Cuando era joven, admiraba muchísimo a los antiguos egipcios porque buscaron, consiguieron y perfeccionaron una postura estética totalmente satisfactoria. Una vez que cada uno de ellos alcanzó a perfeccionar la actitud que había sido universalmente aprobada, el perfil en un sentido, el torso en otro, el ombligo mirando a los ojos del observador y los pies alejándose, la mantuvieron durante dos mil años. Yo era el secretario confidencial del ministro de Determinación, quien deseaba congelar en una actitud de perfecta corrección el circo de monstruosidades en que se había convertido la ciudad, y yo compartía con él la admiración por la stasis. Sin embargo, a diferencia del ministro, yo no creía que la stasis fuera posible. Pensaba que la perfección era, per se, inalcanzable; y por eso los fantasmas más seductores no conseguían conmoverme, porque sabía que no eran reales. Aunque, por supuesto, ya nada de lo que yo veía era idéntico a sí mismo. Sólo veía reflejos en espejos rotos. Lo cual era natural, porque todos los espejos estaban rotos.
El ministro le ordenó a la Policía de Determinación que rompiera todos los espejos, a causa de las absurdas imágenes que reflejaban. Como los espejos ofrecen alternativas, se habían convertido en fisuras o grietas en el mundo, hasta ese momento compacto, del aquí y el ahora; y por esas grietas se deslizaban furtivamente toda clase de monstruos amorfos: los guerrilleros del doctor Hoffman, soldados disfrazados, completamente irreales aunque existieran.
Hicimos lo posible para mantener fuera lo que era exterior y dentro lo interior; construimos una enorme muralla de alambre de púas alrededor de la ciudad para poner en cuarentena a la irrealidad, pero pronto aparecieron colgados a lo largo de toda la muralla los cadáveres en descomposición de quienes —al serles negado el permiso de salida por parte de la escrupulosa Policía de Determinación— demostraban hasta qué punto eran reales muriendo sobre las púas. Pero aunque la ciudad estaba en estado de sitio, el enemigo acechaba dentro de las empalizadas, y vivía en la mente de cada uno de nosotros.

Yo sobreviví a todo eso porque sabía que algunas cosas eran necesariamente imposibles. No creí cuando vi el fantasma de mi madre muerta aferrando el rosario y gimiendo entre los pliegues de la sábana mortuoria que le había dado el convento donde fue a morir pretendiendo que le perdonaran sus pecados. No creí cuando los agentes del doctor Hoffman reemplazaron burlonamente mi nombre, Desiderio, en la placa de la puerta, por Wolfgang Amadeus Mozart o Andrew Marvell, porque siempre elegían los nombres de mis héroes, personas de prístino y exquisito genio. Y yo sabía que tenían que estar bromeando, puesto que, como cualquiera podía comprobar, yo era un hombre tan sencillo como una cama sin hacer. En cuanto a mi ministro, él era Milton, Lenin, Beethoven o Miguel Ángel: no un hombre sino un teorema claro, duro, integrado y armonioso. Yo lo admiraba. Me recordaba la estructura interna los cuartetos de cuerdas. Al igual que yo, también él era bastante inmune a la lluvia radiactiva de oropel del efecto Hoffman, aunque por razones muy distintas de las mías.
Y yo, ¿por qué era inmune? Porque, a causa de mi descontento, había elaborado mis propias definiciones, y esas definiciones correspondían casualmente a la verdad. Por eso hice un viaje a través del tiempo y del espacio, a través de una montaña, por el mar, y por un bosque. Hasta que llegué a cierto castillo. Y...
Pero no he de adelantarme a mí mismo. Describiré la guerra exactamente como ocurrió. Empezaré por el principio e iré hasta el final. Tengo que escribir todos mis recuerdos, a pesar del dolor casi insoportable que sufro cuando pienso en ella, la heroína de mi relato, la hija del mago, la enigmática mujer a cuya memoria dedico estas páginas..., la milagrosa Albertina.
Si yo creyera que en este pellejo cubierto de costras hay algo trascendente capaz de sobrevivir a la muerte que, lo sé, vendrá a buscarme dentro de poco, sería feliz, porque entonces podría engañarme con la ilusión de que me reuniré con mi amada. Y si Albertina, ahora, se ha convertido para mí en una de esas mujeres que sólo la memoria y la imaginación pueden evocar, pues bien: eso es lo que ocurre siempre, al menos en parte, con los seres amados. La veo como una serie de formas maravillosas generadas al azar en el caleidoscopio del deseo. ¡Oh, era digna hija de su padre, de esto no hay la menor duda! Por eso dedicaré a la memoria de la hija este informe de la guerra contra el padre.
Hoy hace exactamente cincuenta años que ella cerró esos ojos que eran para mí un inagotable manantial de pasión. Como siempre pensé que haría, tomo la pluma en el dorado aniversario de su muerte. Después de todos estos años, las vestiduras de mi espíritu están hechas jirones, y la mitad ha sido arrancada por los vientos de la fortuna, que han hecho de mí un político. A veces, cuando pienso en mi viaje, no sólo me parece que todo ocurrió al mismo tiempo, como una especie de fuga de la experiencia, exactamente igual a la manera en que lo hubiera imaginado, sino también que todo en mi vida parece haber tenido el mismo valor, de modo que la rosa que sacudía sus pétalos como si se estremeciera de éxtasis al oír la voz de Albertina, arroja una sombra de significación tan profunda como las extraordinarias palabras que ella pronunciaba.
Esto no quiere decir que mi memoria se haya disuelto por completo en el entorno de Albertina. En realidad, su padre ha obtenido desde la tumba una victoria táctica sobre mí, imponiéndome, al menos, la aprehensión de un inundo alternativo en el cual todos los objetos son emanaciones de un solo deseo. Y mi deseo es ver nuevamente a Albertina antes de morir.
Pero en la partida de ajedrez metafísico que jugábamos, me apoderé de la reina de su padre y el jaque mate nos derrotó a los dos, porque aunque me consume por completo, ese deseo es tan impotente como desesperado. Mi deseo jamás puede encontrar su objeto, ¿y quién podrá saberlo mejor que yo?
Porque he sido yo quien la mató.
Pero no esperéis una historia de amor o de crimen. Esperad un relato de aventuras picarescas o incluso de aventuras heroicas, ya que he sido un gran héroe en mi tiempo a pesar de que ahora sea un anciano, no el «yo» de mi propio relato, y a pesar de que mi tiempo ya haya transcurrido, aunque podáis leer acerca de mí en los libros de historia, cosa que rara vez ocurre en vida. Eso convierte a un hombre en la prostituta de la posteridad. Cuando haya completado mi autobiografía, mi degradación será completa. Estaré para siempre plantado en el ayer, como una estatua conmemorativa de mí mismo en un sitio público, serena, ecuestre, sobre un pedestal. Ahora estoy viejo y triste, condenado a vivir sin ella en un mundo descolorido y gris, como un desvaído daguerrotipo. Por lo tanto,
yo, Desiderio, dedico todas mis memorias
a
Albertina Hoffman
con mis insaciables lágrimas.


* * *


I. La ciudad sitiada

No puedo recordar exactamente cómo empezó. Nadie, ni siquiera el ministro, lo recuerda. Pero sé que empezó bastante después de que mi lejana infancia hubiera concluido piadosamente. Las monjas que enterraron a mi madre me proporcionaron un destino seguro como empleado subalterno en una oficina del gobierno. Alquilaba una habitación con cama y una mesa, una silla y un hornillo de gas, un armario y una cafetera. La propietaria era aún bastante joven y extremadamente servicial. Yo siempre estaba un poco aburrido pero, sin embargo, perfectamente contento. De todas maneras pienso que puedo haber sido uno de los primeros habitantes de la ciudad que advirtieron cómo las sombras empezaban a caer de una manera sutilmente oblicua y cómo una curiosa sensación de rareza lo invadía todo. En verdad, yo tenía tiempo de mirar. El doctor empezó con cosas muy pequeñas. El azúcar tenía a veces un ligero sabor salado. Una puerta que uno había visto siempre azul iba cambiando de un modo apenas perceptible y de pronto era una puerta verde.
Cuando aparecieron entre las manzanas y las naranjas del mercado frutas extraordinarias, como pinas con el color y la textura de las fresas, o nueces que sabían a caramelo, todo el mundo lo atribuyó al crecimiento de nuestras importaciones, pues los negocios habían progresado desde el momento en que el hombre que más tarde sería ministro de Determinación ocupó el puesto de ministro de Comercio. Siempre fue un modelo de eficiencia. Yo ordenaba los archivos de la Junta de Comercio. Más tarde, empecé a ayudar al ministro con sus problemas de palabras cruzadas, y ese pasatiempo engendró una espuria intimidad que hizo que nuestros ascensos fueran paralelos. Él admiraba la rapidez con la cual yo lo conducía de arriba abajo por el engañoso damero blanco y negro; creo que él nunca comprendió que esa rapidez procedía sólo de la indiferencia.
¿Cómo era la ciudad antes de cambiar? Parecía que nunca cambiaría.
Era una ciudad sólida, opaca y, sin embargo, no del todo inamistosa. Una ciudad dedicada a los negocios, próspera, burda, y estúpidamente masculina. Algunas ciudades son mujeres y deben ser amadas; otras son hombres y sólo admiten la admiración y la negociación, y mi ciudad había acomodado vulgarmente las posaderas en un sillón de cuero. Tenía los bolsillos repletos de dinero, y el vientre, de buenas comidas. Históricamente, había dado un rodeo para llegar a esa impenetrable, satisfecha opulencia burguesa; en un principio había sido un pistolero, un proxeneta, un explotador de esclavos, un asesino y un pirata, un villano libertino, la escoria exiliada de Europa... Y miradla luego, enseñoreada de Europa. La ciudad había sido construida sobre un río con mareas, y en los barrios bajos y en la zona que rodeaba los muelles todavía pululaban negros, orientales e indios que vivían en una pintoresca sordidez que los padres de la ciudad, en sus galerías de los suburbios, trataban de ignorar. La ciudad era fea, pero rica y, además, estaba un poco nerviosa. Casi nunca se atrevía a espiar por encima del hombro lujosamente tapizado para no ver las montañas amarillas que se extendían muy lejos hacia el norte, atávicos recordatorios del interior de un continente que inspiraba un miedo sin palabras en aquellos que habían llegado tardíamente. La palabra «indígena» no podía mencionarse. Sin embargo, algunos de los edificios del período colonial eran magníficos: la catedral, la ópera, monumentos de piedra que evocaban un pasado al que pocos de nosotros —si había alguno— habíamos contribuido, aunque, por ser de origen indio, yo sabía que mis antepasados habían construido los cimientos del Estado con una buena cantidad de su sangre.
Yo era de origen indio. Sí. Mi madre procedía de pobres inmigrantes centroeuropeos, y su profesión, que era la prostitución más ruin, la arrastró con frecuencia a los barrios bajos. No sé quién fue mi padre, pero llevo en el rostro su huella genética, aunque mis colegas siempre trataron cortésmente de ignorarla ya que las piadosas monjas blancas respondían por mí. Y yo era un joven bastante despreocupado, pues no dejaba de darme cuenta de que había perdido mi herencia.
Cuando tenía dinero iba al Teatro de la Ópera, porque la inhumana estilización de la ópera naturalmente me agradaba mucho. Me gustaba sobre todo La flauta mágica. Durante cierta representación de la obra, una noche del mes de mayo, mientras gozaba en la última fila de la divina ilusión de perfección que Mozart me imponía, y que yo interpretaba a mi manera porque no podía olvidar que era falsa, alcancé a ver un curioso destello verdoso en los palcos de más abajo. Me incliné hacia adelante. Papageno sacudió sus campanillas, y en ese mismo momento, como si las campanillas fueran una señal, vi que el teatro estaba lleno de pavos reales con la cola desplegada que en seguida empezaron a chillar con voces intolerablemente roncas, ahogando la música. Me sentí aburrido e irritado. El aburrimiento fue mi primera reacción al incipiente delirio. (Cuando miré en torno vi que todo el mundo, en las últimas filas, tenía una cresta verde de pavo real y que detrás de cada espectador se agitaba un abanico de plumas incandescentes. Todavía no recuerdo con exactitud por qué no me llevé en seguida la mano al culo para averiguar si también yo estaba adornado así; quizá sabía ya que las limitaciones de mi sensibilidad impedían concretamente que esa cosa pudiese ocurrirme, puesto que yo admiraba de veras la belleza formal de los pavos reales. A mi alrededor se inició un considerable pánico: los pavos reales chillaban y aleteaban como arcos iris angustiados, y pronto cayó el telón de seguridad, porque en esas condiciones la representación no podía seguir. Fue el primer golpe disolvente del doctor Hoffman. De modo que me fui a casa, descontento, privado de mi Mozart, y la mañana siguiente empezó el verdadero asedio.
Hasta mucho más tarde no comprendimos los medios con los que el doctor modificaba la naturaleza de la realidad. Habíamos sido tomados por sorpresa y el caos sobrevino inmediatamente. Las alucinaciones se sucedían a velocidad mágica en todos los cerebros. Se declaró el Estado de Emergencia. El gabinete se reunió especialmente en una pequeña barca, con una mar tan tormentosa que la mayoría de los ministros vomitaron a lo largo de toda la sesión, y el de Finanzas fue barrido por encima de la borda. Mi ministro se atrevió a caminar sobre las aguas y encontró a su colega totalmente seco ya que allí no había, en realidad, una sola gota de agua; posteriormente, el gabinete le otorgó plenos poderes para hacer frente a la situación y muy pronto gobernó por sí solo la ciudad.
Ahora bien: lo que había hecho el doctor Hoffman, en primer lugar, era esto. Considerad las características de una ciudad. Es un vasto depósito de tiempo, los tiempos olvidados de todos los hombres y mujeres que han vivido, trabajado, soñado y muerto en las calles que crecen como una obstinada materia orgánica, se despliegan como los pétalos de una rosa plantada en el fango, aunque no se esfuman sino que preservan el pasado en capas dispuestas al azar, de modo que esta callejuela es vieja mientras la avenida que corre a su lado está recién construida, pero de todos modos ha sido construida sobre la reliquia muerta de la antigua, y quizás original, maraña de callejuelas que fue el fundamento de todo el barrio. Los gigantescos transmisores del doctor Hoffman emitían una serie de vibraciones sísmicas que abrían grandes grietas en la superficie, hasta entonces inmutable, de la ecuación espacio-tiempo que habíamos postulado informalmente para comprender nuestra ciudad, y nadie sabía qué podía aparecer a través de esas grietas.
Una especie de pánico orgiástico se apoderó de la ciudad. Esas engañosas, complacientes avenidas y plazas eran súbitamente tan fértiles en metamorfosis como un bosque mágico. Esas apariciones, ya fueran sombras de lo muerto, reconstrucciones sintéticas de lo vivo, o bien réplicas de algo desconocido, habitaban la misma dimensión que lo viviente, pues el doctor Hoffman había ampliado enormemente los límites de esta dimensión. Las piedras mismas eran bocas que hablaban. Llegué a la conclusión de que los espectros eran objetos —quizá ideas personificadas— capaces de pensar, pero no tenían existencia. Esta parecía la única hipótesis que podía explicar mi propio caso, porque yo las reconocía, las veía: chillaban y se mofaban de mí. Sin embargo yo no creía en ellas.
Esta fantasmagórica redefinición de la ciudad fluctuaba constantemente, porque prevalecía el reino de lo instantáneo.
Palacios de nubes que se habían construido a sí mismos se derrumbaban en silencio revelando por un instante los familiares almacenes que había debajo, hasta que eran reemplazados por una nueva audacia. Un grupo de pilares salmodiantes explotaba en mitad de un mantra, y de pronto eran los faroles callejeros de siempre, hasta que por la noche se convertían en flores silenciosas. Gigantescas cabezas en los yelmos de los conquistadores se alzaban como tristes cometas pintadas sobre las chimeneas que reían tontamente. Rara vez alguna cosa perduraba más de un segundo, y la ciudad no era ya un producto consciente de la humanidad: se había convertido en el reino arbitrario de los sueños.
En los bulevares había un susurro de mendicantes que llevaban largos abrigos sueltos hechos de retazos, collares de cuentas, andrajosos turbantes y báculos decorados con marañas de cintas abigarradas. Se decían refugiados de las montañas y lo único que sabían hacer para ganarse la vida era vender a las personas crédulas hechizos y talismanes contra los espectros domésticos que agriaban la leche o devoraban las llamas escondidos en el hogar, para que el fuego no prendiera. Pero esos mendigos poseían sólo la más dudosa condición de realidad y en cualquier momento podían ser alcanzados por las descargas de radar que emanaban del Ministerio de Determinación, y entonces se desvanecían con un leve gemido y dejaban a algún ciudadano con las monedas en la mano extendida y mirando el aire vacío. A veces los talismanes que vendían se desvanecían con ellos aunque estuvieran guardados en los altares domésticos de los compradores; otras veces no.
El tema de la naturaleza de los talismanes provocaba a la vez conjeturas serias y profanas, porque en algunos casos los espectrales vendedores tenían que haber tallado sus vulgares iconos en madera sólida, que no tenía la facultad de desvanecerse; pero en ese caso, ¿cómo podía un cuchillo de sombra cortar la carne verdadera de un árbol vivo? Evidentemente, los fantasmas eran capaces de imponer una forma a las sustancias naturales. El temor supersticioso de los ciudadanos creció hasta un delirio febril, y con frecuencia abucheaban c insultaban a cualquier infortunado cuyo aspecto tuviese algún aire de transparencia o contra cualquiera que pareciese demasiado real. Los sospechosos eran frecuentemente despedazados. Recuerdo el tumulto que se desencadenó cuando un hombre arrebató a un niño de su coche cuna y lo arrojó al suelo, quejándose de que la sonrisa del niño era «demasiado verosímil».
Al final del primer año ya no hubo manera de adivinar qué vería uno al abrir los ojos por la mañana, pues los sueños de otras personas invadían insidiosamente el dormitorio cuando uno dormía, aunque el sueño parecía ser la última intimidad posible porque, al menos, mientras dormíamos sabíamos que estábamos soñando, en tanto que la tela de nuestras horas de vigilia, tan golpeadas por los fantasmas, se había vuelto tenue, insustancial, como una mera apariencia o el frágil margen de nuestros sueños. Recuerdos dolorosos envueltos en sábanas al pie de la cama aguardaban a que despertáramos; con frecuencia eran recuerdos de un pasado ajeno, aunque nos desearan «buenos días» con dcsoladora familiaridad cuando abríamos nuestros ojos hechizados. Niños muertos nos visitaban en camisón, frotándose los ojos para quitarse el sueño y el polvo de la tumba. No sólo regresaban los muertos, sino también los vivos que andaban perdidos. Amantes abandonados eran atraídos con frecuencia al falso abrazo de mujeres infieles, y esto preocupaba gravemente al ministro: temía que algún día un hombre dejara embarazada a una ilusión, y que una generación de fantasmas mestizos infectara aún más la ciudad. Sin embargo, aunque yo sentía a menudo que yo mismo era un fantasma mestizo, ¡eso no me preocupaba! Era evidente que la gran mayoría de las cosas que aparecían a nuestro alrededor nada tenían de familiares, a pesar de que muchas veces recordaban aspectos de alguna experiencia pasada, como si fueran recuerdos de recuerdos olvidados.
El sentido del espacio estaba violentamente afectado, de modo que ciertos edificios y paisajes urbanos alcanzaban de pronto enormes, ominosas proporciones o se repetían una y otra vez en una ondulante infinitud. Con frecuencia, bajo los abovedados arquitrabes de las estaciones ferroviarias, se podía ver pascar con sus sombrillas a unas mujeres en estado de perlada, heroica desnudez, los cabellos elaboradamente recogidos en apretados rodetes fin de siecle, tan serenas como si estuvieran en el Bois de Boulogne, deteniéndose de vez en cuando para acariciar, con el tacto juicioso y apreciativo de los propietarios de caballos de carrera, los costados de las humeantes locomotoras que ya no volverían a moverse. Las mismas aves del aire parecían poseídas por demonios. Algunas crecían hasta alcanzar el tamaño y el temperamento de jaguares alados. Golondrinas con garras arrancaban los ojos de los niños pequeños. Bandadas de estorninos caían gruñendo sobre algún hambriento miserable que hurgaba en una alcantarilla entre la confusión de sueños y basuras, y le arrancaban la poca carne que le quedaba. Las palomas se dejaban caer desde ilusorios pedestales hasta los antepechos de las ventanas como locos, emplumados volátiles, canturreando coplas obscenas, riendo con voces ásperas y guturales, o se posaban en las chimeneas y allí vociferaban citas de Hegel. Y muchas veces, en mitad del vuelo, las aves olvidaban la técnica y la mecánica del acto mismo de volar, y caían a plomo de modo que cada mañana había en el pavimento montones de pájaros muertos, como hojas otoñales o como nieve sucia arrastrada por el viento. A veces el río corría hacia • atrás y unos peces enloquecidos saltaban a la orilla y se retorcían sobre el vientre hasta que morían asfixiados. Era también el momento culminante del trompe-l'oeil, porque las formas pintadas se aprovechaban de la vida que trataban de imitar. Los caballos de los cuadros de Stubbs de la Galería Municipal de Arte relinchaban, sacudían las crines y salían delicadamente de los marcos para mordisquear la hierba de los parques públicos. Un rollizo Baco, vestido sólo con unas pocas uvas, huyó de un Tiziano a un bar y allí organizó una fiesta dionisíaca.
Pero sólo unas pocas transmutaciones eran líricas. Con frecuencia, masacres imaginarias llenaban las alcantarillas de sangre, y el desorden psicológico causado por todas estas distorsiones, sumado a la alteración de la vida cotidiana y a las privaciones y dificultades que empezábamos a sufrir, desembocó en una ansiedad permanente y en una profunda melancolía. Parecía que todos estuviéramos atrapados en una espiral descendente de irrealidad, de la que no se podía escapar. Muchos se suicidaron.
El comercio había desaparecido. Todas las fábricas cerraron y el desempleo era total. Siempre había olor a corrupción en el aire; los servicios públicos estaban completamente desorganizados. La tifoidea cobró un pesado tributo y había sombríos rumores de cólera o algo peor. El único medio de transporte que el ministro permitía en la ciudad era la bicicleta, puesto que sólo un esfuerzo constante de voluntad, que descarta la imaginación, permite impulsarla. La Policía de Determinación impuso un estricto sistema de racionamiento, para que las decrecientes reservas de alimentos duraran todo lo posible, pero los ciudadanos mentían deliberadamente acerca de lo que necesitaban, robaban en las tiendas y presentaban con regocijo a las autoridades las tarjetas falsas para comprar pan con las que el doctor Hoffman había inundado las calles. Después de que el ministro cerró la ciudad, nuestras únicas noticias acerca del campo provenían de los lacónicos informes de la Policía de Determinación y de los chismes de los escasos campesinos provistos de credenciales que podían pasar por los puestos de guardia con una o dos cestas de hortalizas o algunas jaulas de gallinas.
El doctor Hoffman había destruido el tiempo y se entretenía jugando con los objetos que lo medían. Muchas veces consulté mi reloj sólo para descubrir que las manecillas habían sido reemplazadas por el vigoroso desarrollo de una hiedra o madreselva que mientras yo miraba se extendía desvergonzadamente y ocultaba toda la esfera del reloj. Los trucos con relojes eran sus juegos favoritos, porque así nos demostraba que ya no había una estructura temporal común. Excepto los períodos de luz y oscuridad no había otras divisiones, porque los escasos relojes daban todos una hora diferente, y además nadie confiaba en ellos. El tiempo pasado ocultaba la ciudad durante días enteros, de modo que a veces las calles de cien años atrás se superponían a las de hoy, y yo iba a la oficina por calles que nunca había visto antes, que parecían tan indestructibles como el mundo mismo, y que sin duda se desvanecerían cuando algún empleado del doctor Hoffman se aburriera y apretara un botón.
Las estadísticas de robo, incendio, asalto con violencia y violación se elevaron a cifras astronómicas, y ya no era seguro, física ni metafísicamente, salir por la noche, aunque nadie estaba tampoco particularmente seguro si se quedaba en su casa. Hubo dos casos sospechosos de peste negra. A principios del segundo año dejamos de recibir noticias del mundo exterior pues el doctor Hoffman había bloqueado las ondas radiales. Lentamente todo cobró una soledad majestuosa. Una cierta belleza creció en la ciudad —o la ciudad creció hasta alcanzar esa belleza, la belleza de lo desesperado, una belleza que apretaba el corazón y cubría los ojos de lágrimas. Nadie habría creído posible que esta ciudad fuera bella.
En ciertos momentos, especialmente por las tardes, cuando las sombras se alargaban, la madura luz solar del fin del día caía con un peso peculiar y sugestivo, envolviendo los desmayados edificios en una dulce, sólida calma, como si los conservara en miel. Dorado por los rayos de Midas del poniente, el ciclo parecía una finísima hoja de oro batido, como el fondo de ciertas pinturas antiguas, de modo que las formas sin profundidad, monolíticamente malogradas, tenían la exaltada atracción de lo que es completamente artificial. Entonces, nosotros —aquellos que conservábamos alguna noción de lo que era y no era real— sentíamos el vértigo de quienes vacilan al borde de un precipicio mágico. Nos sorprendíamos conteniendo la respiración, casi expectantes, como si estuviéramos en el umbral de un gran acontecimiento, paralizados en el portentoso instante de la espera, aunque interiormente estuviéramos perturbados, porque esa nueva y espantosa orquestación del tiempo y del espacio bien podía ser sólo el principio de algo más, de un asalto aún más audaz a las cosas cotidianas. El ministro era la única persona a quien yo conocía que aseguraba no haber experimentado ni siquiera una vez esa sensación de inmanencia.
El ministro no había sentido en toda su vida el menor escalofrío de incertidumbre empírica. Era la cosa más dura que haya existido nunca; jamás el destello de un espejismo le deformó por un fugaz instante la austera c intransigente objetividad del rostro, aunque, para mí, lo que él nacía esencialmente era poner límites al pensamiento, puesto que el doctor Hoffman, a mi juicio, estaba multiplicando el bombardeo de imágenes sobre la oscura y controvertible frontera que separa lo pensable de lo impensable.
—Muy bien —dijo el ministro—. El doctor ha inventado un virus que produce un cáncer en la mente, de modo que las células de la imaginación proliferan sin control. Nosotros tenemos que descubrir el antídoto, ¡y lo haremos!
Pero aún no sabía cómo operaba el doctor, aunque era evidente que se superaba día a día. De modo que el ministro, quien no tenía nada de supersticioso, tuvo que convertirse en un exorcista, tratando de asustar a los duendes de las calles endemoniadas; y aunque disponía de una buena cantidad de medios tecnológicos, al fin tuvo que recurrir a los métodos de los cazadores medievales de brujas. Yo evitaba pasar ante el Laboratorio C de Prueba de la Realidad porque el olor a cerdo asado me daba náuseas, y me preguntaba si el ministro, por pura desesperación, se propondría redefinir el cogito cartesiano como «sufro, luego existo», y fundar en él sus pruebas; porque en casos de obstinada y extrema confusión procedían a la prueba del fuego. Si la cosa salía viva del incinerador, era evidentemente irreal; si se había convertido en un puñado de cenizas, había sido auténtica. Al final del segundo año, todos los demás métodos —el radar y otros— se habían demostrado falibles. La Policía de Determinación afirmaba que el incinerador había carbonizado a varios agentes de Hoffman, pero yo tenía mis sospechas acerca de la Policía de Determinación. Aquellos abrigos de piel hasta los tobillos, los cinturones truculentos, las gorras pequeñas de ala ancha y las botas demasiado lustradas despertaban en mí una incómoda serie de asociaciones. Me parecían reclutados al por mayor en una pesadilla judía.
En los primeros días de la guerra creamos una primera arma, el Sistema Determinante de Radar, que era a la vez defensiva y ofensiva, pues incorporaba un láser. El Sistema Determinante de Radar se fundaba en la teoría de que una sustancia no sólida, pero que los sentidos podían reconocer, posee una estructura molecular erizada de proyecciones. El modelo del átomo de irrealidad que había en el despacho del ministro consistía en un tetrahidrón improvisado con cierta cantidad de cepillos para el pelo.
Los rayos de radar, se suponía, debían lastimarse en ese lecho de púas y dejar escapar un quejido inaudible pero inmediatamente visible en las pantallas del cuartel general. Este quejido desencadenaba automáticamente el láser, que aniquilaba en el acto a la no-sustancia agresora. Durante un tiempo, en la última mitad del primer año, el ministro conservó una débil sonrisa, pues diariamente desintegrábamos batallones enteros de esa guerrilla fantasmal; pero los laboratorios de investigación del doctor reestructuraron a toda prisa su propia molécula prototipo y, hacia la Navidad, las pantallas del cuartel general empezaron a quedar silenciosas, dejando escapar apenas algún quejido ocasional cuando un rayo rozaba accidentalmente los dientes de lo que era ya sin duda una ilusión obsoleta y probablemente usada sólo como un señuelo —por ejemplo, un hombre cuyo sombrero se convertía en su cabeza—, mientras los espectáculos que se bailaban y se gritaban en una ciudad sólo intermitentemente reconocible eran cada vez más osados. La sonrisa del ministro desapareció. Nuestros físicos —todos ellos tenían grado de tres estrellas en realismo, y la paciencia de Job— elaboraron un nuevo modelo hipotético de esa modificación del átomo de irrealidad. Era una esfera de espejo, como una lágrima reflectora, y el jefe del equipo, el doctor Drosselmeier, nos explicó al ministro y a mí que las moléculas tenían que ajustarse entre sí como gotas de lluvia.
En ese momento, el doctor Drosselmeier se volvió loco. Lo hizo sin aviso previo pero de modo muy melodramático. Se voló a sí mismo junto con todo el laboratorio de física, los registros que contenían la suma de sus investigaciones y a cuatro de sus asistentes. No creo que la causa de este colapso fuera alguna oscura maquinación del doctor Hoffman, aunque yo ya empezaba a pensar que el doctor era quizá omnipotente; sospecho que Drosselmeier se había expuesto sin darse cuenta a una dosis excesiva de realidad, y que ésta le había hecho perder la razón. Ese desastre nos dejó totalmente indefensos y el ministro se vio obligado a confiar cada vez más en los métodos primitivos y cada vez más brutales de la Policía de Determinación, al tiempo que supervisaba personalmente un proyecto que según él nos salvaría del doctor Hoffman. Cuando hablaba de ese proyecto, un brillo contenido pero mesiánico le animaba los ojos habitualmente fríos y escépticos.
Estaba empeñado en la tarea de construir un inmenso centro de computación que encontraría un procedimiento sistemático para calcular la coherencia intrínseca de cualquier objeto. El ministro pensaba que el criterio de realidad consistía en creer que una cosa era un objeto determinado, y que la identidad de una cosa dependía de que se pareciese o no a sí misma. Era el más asceta de los lógicos; pero había en él un error fatal: un cierto toque de escolasticismo. Creía que la ciudad, a la que interpretaba como un microcosmos del universo, contenía un conjunto finito de objetos y una serie finita de combinaciones, y que por lo tanto se podía hacer una lista de todas las formas lógicamente posibles. Según él, no era tampoco difícil contar y organizar estas formas dentro de un marco de referencia conceptual, componiendo así una especie de inventario para la verificación de todo fenómeno, instantáneamente disponible por medio de un sistema de búsqueda de información. El ministro se dedicaba así a la tarea casi sobrehumana de programar computadoras con datos fácticos referentes a todas las cosas que —hasta donde era posible saber— habían existido alguna vez, aun cuando fuera sólo una vez y momentáneamente. De este modo se podía verificar, a lo largo de toda la historia del mundo, la existencia de cualquier objeto, por extraño que pareciera a primera vista, al que se le asignaba luego un índice de posibilidad. Sin embargo, una vez que una cosa quedaba registrada como «posible», faltaba todavía un procedimiento infinitamente más complejo para descubrir si era probable.
A veces me hablaba de política. La filosofía política del ministro tenía la magnificencia inerte de la música contrapuntística anterior al clasicismo. Me describió un conjunto de instituciones interconectadas y gobernadas por la idea de un gran decoro. La llamaba «mi teoría de los nombres y las funciones». Todos los ciudadanos tenían sin duda cierto nombre que les confería a la vez cierta posición en una sociedad considerada como una serie de anillos entrelazados que a pesar de moverse continuamente no estaban sujetos a cambio alguno, porque jamás había ningún trastorno ni usurpación de nombres, rangos o roles. Y la ciudad giraba de esa manera profundamente armoniosa con la radiante serenidad de un sitio donde todo era inevitable, porque en cuanto la muerte de un gobernante completaba un movimiento de este concierto celeste, la proclamación de otro gobernante señalaba el inicio de otro movimiento exactamente similar. El ministro tenía una rara pasión por Bach. Pensaba que Mozart era frívolo. Era tan sombrío y sosegado como un mandarín.
Pero aunque era el hombre más racional del mundo, en semejantes condiciones no pasaba de ser un hechicero, aun cuando los fantasmas que se había comprometido a eliminar no fueran verdaderamente fantasmas sino fenómenos producidos por un hombre que era quizás el físico más grande de todos los tiempos. Sin embargo, en esencia, se trataba de una batalla entre un enciclopedista y un poeta, porque Hoffman, aunque era un científico, sólo empleaba sus formidables conocimientos para hacer visible lo invisible, aunque a nosotros, por cierto, nos parecía que su proyecto final era gobernar el mundo.
El ministro pasaba noche tras noche entre sus computadoras. Tenía el rostro tenso y gris por exceso de trabajo y las elegantes manos le temblaban de fatiga y, sin embargo, continuaba infatigablemente. Me parecía que intentaba arrojar su red, de malla arbitrariamente fina, a lo que era sólo un océano de espejismos porque se negaba a reconocer lo palpables que eran los fantasmas, hasta qué punto podían ser vistos y tocados, besados y comidos, penetrados y reunidos en ramos para colocar en un jarrón. El abigarrado espectáculo de rarezas que nos rodeaba era tan complejo como un hombre real y caminando, pero el ministro sólo veía una superficie arrugada de diversos tonos de gris: su propio cadáver incoloro. Esa limitación de su imaginación c permitía ver la ciudad como un problema existencial de palabras cruzadas que quizás pudiera resolverse algún día. Yo pasaba los días a su lado, preparando innumerables tazas de té negro, que él bebía sin limón ni azúcar, vaciando los ceniceros repletos y cambiando los discos de Bach y de litros músicos preclásicos que ponía todo el tiempo a bajo volumen para concentrarse mejor. Yo estaba en el corazón de las cosas, pero aun así era indiferente. Mi madre venía a verme; mi nombre oscilaba en la placa; mis sueños eran tan sorprendentes que, a pesar de mí mismo, tenía miedo de dormirme. Sin embargo, no conseguía experimentar el menor interés por todo esto.
Me sentía como si viese una película en la cual el ministro fuera el héroe y el doctor invisible el indudable villano; pero era una película interminable y la encontraba aburrida porque, aunque los admiraba, no simpatizaba con ninguno de los personajes, y todas las situaciones parecían las construcciones falaces de un mago ineficaz. Pero tenía una alucinación curiosa y recurrente que me turbaba de un modo oscuro, porque nada en ella era familiar y porque jamás cambiaba. Todas las noches, cuando estaba en el limbo de un sueño que se había vuelto estéticamente tan agotador como Wagner, me visitaba una joven con un négligé de una tela con el color y la textura de los pétalos de amapola, que la cubría pero no ocultaba su carne extraordinariamente transparente, de modo que la exquisita filigrana del esqueleto se le veía con toda claridad. Allí donde tenía que haber estado el corazón, revoloteaba un manojo de llamas como cintas; y toda ella se estremecía un poco, como el aire de un día muy caluroso de verano. No hablaba; no sonreía; no se movía, aparte del leve temblor de su inimaginable sustancia. Nunca dejó de visitarme. Ahora sé que las manifestaciones de aquellos días eran —como tal vez ya sospechaba entonces aunque me negaba a admitirlo— un lenguaje de signos que me confundía por completo porque no podía descifrarlo. Cada fantasma era un símbolo palpitante de tremenda significación y, sin embargo, sólo ella, mi visitante de carne de cristal, me hizo una tímida sugerencia acerca de la naturaleza de los misterios que nos rodeaban y aterrorizaban a muchos de nosotros.
Permanecía conmigo hasta que me dormía, balanceándose, brillando, cubierta con esa roja tela diáfana, y ocasionalmente dejaba un imperativo escrito con lápiz de labios sobre el polvoriento cristal de mi ventana. SÉ AMOROSO, me exhortó una noche; otra, SÉ MISTERIOSO. Más tarde escribió: NO PIENSES, MIRA. Y poco después me advirtió: CUANDO EMPIEZAS A PENSAR, PIERDES EL OBJETIVO. Esos mensajes me irritaban, y me fascinaban. Escocían todo el día dentro de mi cabeza, como una mota de polvo debajo del párpado. Ella era cualitativamente distinta de la cómica aparición que pretendía ser mi madre, quien se encaramaba sobre el hogar de la chimenea como un búho blanco vociferando plegarias y pidiéndome perdón. Ese esqueleto visible, ese milagroso haz de huesos, elementos formales de lo físico, pertenecían al tercer orden de las formas que en ese momento podían invadirnos: el orden de los ángeles, los caballos alados y los leones que hablaban; los milagrosos visitantes que la ciudad parecía esperar a veces en silencio y que sólo podían ser los asombrosos heraldos del Emperador de lo Maravilloso; cuando él llegara, todos seríamos sus criaturas.
Conocíamos el nombre de nuestro adversario. Sabíamos la fecha en que se había graduado en física, con honores, en la universidad nacional. Sabíamos que su padre había sido un banquero que practicaba ocasionalmente el ocultismo, y su madre, una señora a quien le gustaba organizar ollas populares en los barrios pobres y escuelas de costura para las prostitutas arrepentidas. Descubrimos incluso, para la discreta confusión del ministro, que mi propia madre, durante uno de sus accesos de expiación, había cosido para mí, en una de las escuelas de la señora Hoffman, unas prendas interiores de franela que se desintegraban patéticamente y que usé durante un día antes de que las costuras se abrieran por completo, un apropiado símbolo del arrepentimiento de mi madre. Supongo que esta coincidencia me daba una extraña sensación de vínculo con la familia Hoffman, como si una tarde lluviosa hubiera hablado brevemente con una tía suya acerca del tiempo en un tren rural que se detenía a cada rato. Sabíamos hasta la fecha —18 de septiembre de 1867— en que el bisabuelo del doctor Hoffman había llegado a este país: un aristócrata menor, de escasos medios, que huía de los inenarrables disturbios de cierto principado montañoso de Eslavonia, asolado por los lobos, que se vio relegado al no-ser legislativo durante la guerra franco-prusiana o alguna otra guerra semejante. Sabíamos que, cuando nació su hijo, el padre del doctor Hoffman trazó su horóscopo y luego le dio a la partera una propina de varios miles de dólares. Sabíamos que el joven Hoffman había estado envuelto en un escándalo homosexual en sus años de escuela secundaria, y también cuánto había costado acallar el escándalo. El ministro dedicó un programa completo de computación a analizar los datos del doctor Hoffman. Tabulamos incluso sus enfermedades infantiles, y el ministro halló especialmente significativos un ataque de fiebre cerebral a sus siete años y una crise de nerfs a los dieciséis.
 Sin embargo, un día, unos veinte años atrás el doctor Hoffman, un muy distinguido profesor de física de la universidad de P., despidió con unas pocas palabras amables y un espléndido regalo al valet que lo atendía, hizo una hoguera con sus cuadernos de anotaciones, guardó en una muleta un cepillo de dientes, una muda de ropa interior, una camisa y una selección de libros cabalísticos de la biblioteca de su padre, fue en taxi a la estación central del ferrocarril, adquirió un pasaje de ida al refugio montañoso de L., y se dirigió al andén correcto, donde compró en un quiosco un paquete de cigarrillos importados y una bolsa de mandarinas; un mozo de cuerda lo vio pelar y comer una; otro lo vio entrar en el lavabo de caballeros, y luego se desvaneció. Desapareció con tal eficacia que hasta hubo notas necrológicas en la prensa.
Durante los años que precedieron a la Guerra de la Realidad, un itinerante empresario teatral que decía llamarse Mendoza se ganaba modestamente la vida participando en las ferias rurales con un pequeño teatro. Su teatro no tenía actores: era un cosmorama combinado con cine, pero que ofrecía imágenes en tres dimensiones, y quienes lo vieron quedaron impresionados por el realismo de lo que veían. Mendoza prosperó. En cierto momento, concurrió con su teatro a la Feria de Whitsun, en la capital; su arte había progresado y ofrecía entonces un viaje en una máquina del tiempo. Se invitaba a los asistentes a quitarse sus ropas y a vestirse con los trajes de época que el empresario proporcionaba. Cuando estaban adecuadamente disfrazados, las luces se apagaban y Mendoza proyectaba en la pantalla antiguos noticieros y ocasionalmente alguna comedia de cine mudo. Esas películas tenían, por así decirlo, hendeduras a través de las cuales podían incorporarse los espectadores, quienes de ese modo se convertían en participantes del espectáculo de sombras que contemplaban. Yo hablé con un hombre que, en su infancia, había sido testigo, de esa manera, del crimen de Sarajevo. Afirmaba que en ese momento llovía con fuerza y que todo el mundo se movía con los movimientos espasmódicos de las figuras animadas por un mecanismo de relojería. Ese empresario, Mendoza, debía de ser uno de los primeros discípulos del doctor Hoffman, o quizás incluso uno de sus primeros misioneros. Entre los alumnos de Hoffman, en la escuela, había un estudiante llamado Mendoza, de quien se decía que era psicológicamente inestable y que no completó sus cursos. Pero un día una muchedumbre ebria incendió el local, y Mendoza sufrió quemaduras tan graves que murió pocos días más tarde en un anónimo hospital de caridad, atendido por las Hermanas de la Misericordia. Una frase reiteradamente murmurada lo vinculaba sin la menor ambigüedad con Hoffman: «¡Cuidado con el efecto Hoffman!». En su lecho de muerte, duro como una tabla, cubierto de hilachas de lino, pasó a mejor vida sin dejar de murmurar, como recordaba una anciana monja. Pero ahora Mendoza estaba irrecuperablemente muerto y el ministro se preguntaba si no había sido un mito.
El ministro había construido un modelo hipotético del invisible doctor Hoffman, de la misma manera en que el doctor Drosselmeier había construido un modelo del átomo de irrealidad. Por los informes académicos del científico sabíamos que casi no existía una rama del conocimiento humano con la cual no estuviese familiarizado. Conocíamos su predilección por el ocultismo; su estatura, la medida de sus sombreros, sus guantes y sus zapatos; sus marcas favoritas de cigarros, su agua de colonia y el té que le gustaba. El modelo construido por el ministro era el de un genio enloquecido, un megalómano que deseaba el poder absoluto y llegaría a extremos increíbles para alcanzarlo. Pensaba que Hoffman era satánico; sin embargo, yo conocía demasiado bien a mi superior para no dejar de advertir que sentía una pizca de envidia por ese poder del mal el doctor abusaba con toda indiferencia, el poder de subvertir el mundo. Eso no disminuía mi admiración por el ministro. Por el contrario: yo carecía a tal punto de ambición personal que el espectáculo de la suya — devoradora— me impresionaba enormemente. Era como un Fausto que no pudiese encontrar a un demonio amistoso. Y que si lo encontrara no fuera capaz de creer en él.
El ministro tenía todos los deseos de Fausto, pero como había rechazado lo trascendente, había cortado sus propias alas. En mis días de reflexión yo solía pensar que la leyenda de Fausto era una versión deformada del mito de Prometeo, que desafió la ira de Dios para conquistar el premio del fuego y por eso fue castigado. Yo no entendía qué podía tener de malo el conocimiento en sí, cualquiera que fuese su precio. A pesar de mi cargo, no había tomado partido en la lucha entre el doctor Hoffman y el ministro. Incluso a veces pensaba que Hoffman era el mismo Prometeo, no Fausto, puesto que Fausto se había contentado con algunos conjuros, mientras que las manifestaciones que nos rodeaban parecían formadas, en algunas ocasiones, de auténticas llamas. De todos modos, reservaba para mí estos pensamientos. Debéis comprender, asimismo, que los adversarios tenían igual estatura. El ministro poseía sin duda una energía mental sobrenatural para resistir tanto tiempo, y sólo su gigantesca intransigencia sostenía la ciudad.
En realidad, el ministro se había convertido en la ciudad. Él era la muralla invisible de la ciudad; representaba la resistencia de la ciudad. Sus movimientos empezaron a adoptar una grandeza megalítica. Decía continuamente: «No nos rendiremos», y yo no podía negar su dignidad. Incluso la reverenciaba. Pero, personalmente, no tenía nada en juego.
El sitio comenzó su tercer año. Las provisiones de alimentos estaban casi agotadas. Una epidemia de cólera diezmaba los suburbios del este y esa semana se habían denunciado treinta casos de tifus. Incluso la disciplina de la Policía de Determinación flaqueaba, y de vez en cuando alguno de sus miembros se deslizaba en el despacho del ministro con habladurías acerca de un colega. La propietaria de mi casa desapareció. De algún modo, sin que nadie lo supiera, había muerto en alguna parte, de manera que ahora estaba solo en la casa. Todos los días, la policía utilizaba gases lacrimógenos y fuego de ametralladoras para contener los tumultos. El verano era fétido, húmedo, cegador, olía a mierda, a sangre y a rosas. Crecían en todas partes y goteaban un fuerte y embriagador perfume, que parecía emborrachar los mismos muros. Los sentidos se fundían: a veces las rosas emitían leves pero intolerablemente penetrantes melodías pentatónicas, el sonido de su rojo profundo que oíamos en las ventanas de la nariz. El limón del pálido sol matutino resplandecía como una multitud de violines y yo sentía un sabor de manzanas inmaduras en la extraña lluvia verde de medianoche.
La víspera de mi vigésimo cuarto aniversario, por la (arde, la catedral expiró en un incendio de melodiosos fuegos artificiales.
Era nuestro mayor monumento nacional, enorme y de una arquitectura admirablemente casta. Hasta ese momento su severa fachada del renacimiento clasicista había ignorado dignamente los caprichosos intentos del doctor Hoffman de transformarla en una feria de diversiones, un mausoleo de mascarones de proa o un matadero, de modo que finalmente la hizo volar con recursos pirotécnicos. El ministro y yo miramos los efectos luminosos desde nuestra ventana. La cúpula se elevó y se disolvió sobre el claro cielo azul, en mitad de la tarde, como un parasol inflamado; pero mientras yo lamentaba discretamente que el espectáculo no se hubiera celebrado de noche, para gozar mejor de él, el ministro lloraba. Berlioz atronaba alrededor de nosotros; estábamos en el corazón de la Sinfonía fantástica, esperando el clímax —la muerte— que llegaría en la forma de un circo fatal.
En la cena comí una ensalada de dientes de león que recogí de la pared de mi casa, y que habían empezado a florecer. Preparé una taza de sustituto de café, de mi ración semanal de cien gramos, y recuerdo que leí un poco. Leí algunas páginas de The Rape of the Lock. A la hora de dormir, vino ella. Por primera vez, le sonreí; no respondió. Me dormí y a la mañana siguiente, muy temprano, desperté, aunque sabía que aún estaba durmiendo porque mi lecho era, en realidad, una isla en mitad de un inmenso lago.
Se acercaba la noche aunque yo sabía que era casi la madrugada porque afuera —es decir, afuera del sueño— un gallo cantaba. Dentro del sueño, las sombras de la noche tomaban los colores de las aguas turbulentas y una suave brisa agitaba las agujas de los pinos, porque mi isla estaba cubierta de pinos. Nada se movía excepto esa pequeña brisa solitaria. Aguardé, porque el sueño exigía imperiosamente que aguardara, y creí esperar infinitamente. No recuerdo haberme sentido nunca tan solo, como si yo fuera la última cosa viva que había quedado en el mundo y esa isla y ese lago lo único que había quedado del mundo.
Entonces vi al objeto de mi desvelo. Una criatura se acercaba sobre el agua; no alivió mi soledad porque si bien podía ver que estaba viva, no parecía estar viva de la misma manera que yo, y me estremecí de terror. Sé que yo debía de estar en la actitud de quien escucha con espanto, como anticipando el arañazo de las garras de lo desconocido en la corteza exterior del mundo. La más fuerte y antigua emoción de la humanidad es el miedo, y la clase más fuerte y antigua de miedo es el miedo a lo desconocido; yo estaba atemorizado. Había tenido miedo cuando, en la infancia, velaba de noche y oía a mi madre jadear y gruñir como un tigre en la oscuridad, detrás de la cortina, y creía que se había convertido en un animal. Ahora tenía aún más miedo que entonces.
Cuando se acercó, vi que era un cisne. Un cisne negro. No puedo deciros hasta qué punto era feo, y maravilloso. Sus ojos inexpresivos estaban demasiado juntos y reflejaban una especie de maldad involuntaria y desprovista de encanto, aunque la maldad, siempre desafiante, es usualmente atractiva. Su largo cuello carecía de la gracia que se atribuye tradicionalmente a los cuellos de los cisnes, y se mecía tontamente, ya hacia un lado, ya hacia el otro, como un trozo de manguera. El pico, rosa pálido como el de las rosas sin aroma, con una sola franja blanca, era chato, ancho y en forma de espátula, apto únicamente para extraer gusanos del fango. Nadaba terrible y despiadadamente hacia mí, pero cuando sólo había entre nosotros unos pocos metros de aguas turbulentas se detuvo para desplegar sus enormes alas como si abriera un paraguas heráldico.
Yo no he visto negrura comparable; un negro tan suave, alado, absoluto, tan intenso como la negación de la luz, como el color de la extinción de la consciencia. El cisne movió el cuello como una serpiente a punto de atacar, abrió el pico y empezó a cantar, entonces supe que estaba a punto de morir, que era un cisne y además una mujer, porque de su garganta brotó una erótica y conmovedora voz de contralto. Su canción era un salvaje lamento sin palabras con la cadencia dramática del flamenco y en una escala cuyas notas no me eran familiares, aunque parecían las de una tonalidad platónica esencial, una música elemental. Las sombras se hicieron más profundas, pero el último rayo del sol invisible arrancó un destello del collar de oro que llevaba en su cuello palpitante. En el collar había grabada una sola palabra: ALBERTINA. El sueño se desvaneció como una tormenta, y me desperté.
La habitación estaba llena de mortecina luz solar. El gallo había dejado de cantar. Pero no me desperté completamente aunque mis ojos estaban abiertos: el sueño había cubierto de telarañas mi mente y apenas advertí la mañana, a pesar de haber ido, como de costumbre, a la oficina. Encontré al ministro leyendo su correspondencia. Estudiaba una carta cuyo sobre estaba sellado en uno de los suburbios del norte de la ciudad. Se echó a reír suavemente.
—El agente especial del doctor Hoffman desearía que ' lo invitara a comer hoy mismo —dijo, tendiéndome la carta—. Ponga esto inmediatamente a prueba.
La carta pasó por innumerables computadoras. Estuvo en los laboratorios A y B de Prueba de la Realidad, y la fotocopiamos antes de enviarla al laboratorio C. Eso fue afortunado, porque era auténtica.
Yo debía acudir a la cita junto con el ministro. Mi tarea era sencilla. Debía registrar cada palabra intercambiada entre el ministro y el agente en un diminuto magnetófono escondido en un bolsillo. El ministro me envió a casa para que me cambiara de traje y me pusiera una corbata. Debo reconocer que yo esperaba, ante todo, una buena comida, porque esas cosas no eran frecuentes; no obstante, podía ver lo que el ministro no veía: que el doctor Hoffman no habría enviado la invitación si no hubiera creído que estábamos de rodillas.
El restaurante era lujosamente sobrio. Todo el personal tenía un indiscutible índice de realidad, incluso los lavacopas. Esperamos a nuestro contacto en un bar oscuro y confidencial, demasiado impregnado de dinero para padecer la tempestad de fantasía del exterior, que no podíamos ver porque las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas. Mientras sorbía su gin tonic el ministro alternativamente consultaba su reloj y repiqueteaba con el pie; me llamó la atención comprobar que era incapaz de realizar simultáneamente estas acciones, quizá porque en su mente sólo cabía una idea por vez. Irradiaba tensión. Un músculo de su mejilla se contraía de manera espasmódica. Encendió un cigarrillo con la colilla del que había terminado. Supimos apenas entró que era nuestro contacto, porque las luces se apagaron de inmediato.
Una docena de pequeñas luciérnagas brotaron de una docena de encendedores, pero sólo pude distinguir el vago perfil del emisario del doctor Hoffman cuando los camareros trajeron varios candelabros de muchos brazos y quedó iluminado como el icono al cual se parecía. Una brisa que agitaba las pequeñas llamas parecía revolotear a su alrededor; mantenía en constante movimiento los innumerables volados de su camisa de encaje, y arrojaba multitud de sombras sobre su rostro. Probablemente fuera de origen mongólico o contara entre sus antepasados, como yo mismo, a algunos de esos indios olvidados que aún habitan miserablemente en las montañas más inaccesibles o se deslizan furtivamente por los canales, porque su piel era como el bronce pulido, a la vez verdosa y amarillenta, sus párpados, sólo vestigios, y sus pómulos inusitadamente altos. El pelo, brillante, tan negro que parecía morado, hacía de su cabeza un yelmo demasiado pesado para que lo sostuviera la fina columna de su cuello; y su boca, de labios bien dibujados, sensuales, también era de color púrpura, como si acabara de comer moras. Alrededor de sus ojos, hieráticamente castaños e inexpresivos como los de los antiguos egipcios pintados en los sarcófagos, había un grueso anillo cosmético de oro puro, y las uñas de sus largas manos estaban esmaltadas de rojo oscuro, como las de sus pies, igualmente elegantes y completamente expuestos por unas sandalias que sólo consistían en unas tiras de oro. Usaba pantalones acampanados de ante morado y llevaba a modo de cinturón muchas hileras de perlas. Animaba todos sus gestos una fluidez de reptil, refinada pero extraordinaria; cuando nos levantamos para ir a comer, observe que parecía desenroscarse suavemente. Creo que era el ser humano más hermoso que he visto nunca, es decir, considerado solamente como un objeto, una estructura de carne, huesos, piel y tela; sin embargo, a pesar de su ambigua sofisticación, y quizás incluso por su misma naturaleza, sugería un salvajismo hábilmente hecho a la medida de ese comedor, aunque de ningún modo deslucido. Era un leopardo con las uñas pulidas, un evidente cómplice del caos. Seguro, amparado en su ambigüedad, usaba con nosotros un tono condescendiente. Sus maneras expresaban una reserva irónica y superior. No era un agente común. Se conducía como el embajador de un principado muy poderoso que visita un Estado pequeño, aunque de ningún modo insignificante en términos diplomáticos. Nos trataba con la deferencia regia de una primera dama; y el ministro y yo nos sorprendimos actuando como aburridos provincianos que dejan caer el tenedor, hacen ruido al tomar la sopa, vuelcan las copas de vino y se manchan la corbata con mayonesa, mientras él nos miraba con discreta ironía y un desdén apenas manifiesto.
Con el amable propósito de hacernos sentir cómodos, habló despreocupadamente de música barroca en una voz grave y sombría, aterciopelada. Pero el ministro rehusó una conversación intrascendente. Tomó con disgusto su consomé, gruñendo de vez en cuando, sus fríos ojos clavados con suspicacia en la engañosa sirena que comía con una serie de gestos poco familiares, aunque graciosos como los de una bailarina javanesa. Yo tomaba mi sopa y los miraba. Parecía un diálogo entre una flor con tentáculos y una piedra. Un camarero retiró los platos y sirvió el solé véronique. Nadie hubiese podido creer que estuviéramos en guerra. El joven atravesó una uva con su tenedor. Abandonó a Vivaldi y a sus contemporáneos menos conocidos y los hizo a un lado. Mientras desmenuzábamos el pescado, se sostuvo la siguiente conversación. Encontré la grabación en un cofre de plomo, en las ruinas de la Oficina de Determinación, muchos años más tarde, y por eso puedo transcribirla verbatim.

EMBAJADOR.—El doctor Hoffman viene a asaltar el castillo ideológico cuyo rey actualmente es usted, mi querido ministro.
(Era una pequeña salida preliminar. Agitó sus pestañas ennegrecidas y emitió una risa diminuta.)
MINISTRO.—Ha logrado que sus intenciones en ese sentido sean suficientemente claras. Podemos decir que ha abierto las hostilidades hace quizás tres años y ahora ya no quedan direcciones en la ciudad, en tanto que los relojes no responden al tiempo.
EMBAJADOR.—¡Así es, en verdad! El doctor ha liberado a las calles de la tiranía de la dirección y ahora pueden ir adonde quieran. También ha puesto en libertad a los relojes, que ahora son auténticos trozos de tiempo y pueden decir a todo el mundo la hora que se les antoja. Yo me siento especialmente feliz por los relojes. Sus rostros eran tan inocentes... Tenían la cara de los esclavos de ojos opacos, comedores de sandías, y el doctor ya se ha demostrado un Abraham Lincoln horológico. Ahora liberará a todos, ministro.
MINISTRO.—¿Acaso las calles deben gobernar a la ciudad?
EMBAJADOR.—¿No cree usted que debemos darles una oportunidad de vez en cuando? Pobres cosas, eternamente orientadas por los pies insensibles de quienes las pisotean. El tiempo y el espacio tienen sus propiedades, ministro; y quizás éstas poseen un valor superior al que se les concede habitualmente. El tiempo y el espacio son las verdaderas tripas de la naturaleza y por eso, lógicamente, ondulan a la manera de los intestinos.
MINISTRO.—Veo que tiene usted el hábito de las analogías.
EMBAJADOR.—Una analogía es una señal indicadora.
MINISTRO.—Se han llevado ustedes todas las señales indicadoras.
EMBAJADOR.—Pero hemos poblado la ciudad de analogías.
MINISTRO.—Querría, sinceramente, saber la razón, el porqué.
EMBAJADOR.—Por amor a la libertad, ministro.
MINISTRO.—¡Qué idea tan bonita!
EMBAJADOR.—Por supuesto, no esperaba que esa respuesta le agradara. ¿Y si le dijera que nos dedicamos a descubrir la infinita potencialidad de los fenómenos?
MINISTRO.—Sugeriría que trasladaran a algún otro sitio esas investigaciones.
(El embajador sonrió y cortó una tajada translúcida de lenguado.)
MINISTRO.—Hace poco empecé a percibir que el doctor se proponía suprimir por completo todo vestigio del tejido social de mí país, un país del cual él ha sido, en otro tiempo, uno de los más bellos adornos intelectuales.
EMBAJADOR.—¡Habla usted de él como si fuera una pieza de famille rose!
(El ministro ignoró esta amable reprimenda.)
MINISTRO.—Sólo puedo pensar que su única motivación es la malicia.
EMBAJADOR.—¡Ah!, ¿el científico loco que cultiva vengativas plagas en sus tubos de ensayo? Si sus motivos fueran tan simples, le aseguro que en este momento ya habría destruido todo.
(El ministro empujó su plato. Me di cuenta de que se proponía hablar directamente con el corazón.)
MINISTRO.—Ayer la catedral se disolvió en una exhibición de fuegos artificiales. Creo que nada me afectó más que la infantil alegría que muchos demostraron al ver los cohetes, las ruedas de fuegos artificiales, las estrellas y los meteoritos de muchos colores, porque la catedral era una obra maestra de la sobriedad. Se hizo con ella la pira funeraria más vulgar que podría haberse imaginado. Sin embargo, había custodiado la ciudad durante doscientos años como el más conventual de los ángeles de piedra. El tiempo, ese tiempo esclavo que usted desprecia, había tenido suficiente libertad para colaborar en partes iguales con el arquitecto; los albañiles tardaron treinta años en construir la catedral y, cada año, el invisible trabajo del tiempo profundizaba la conmovedora belleza de esa líneas que ascendían al cielo. El tiempo formaba parte de su estructura. Yo no soy un hombre religioso; sin embargo, la catedral era para mí una especie de símbolo del espíritu de la ciudad. Era un artificio...
EMBAJADOR.—. .. y por eso la incendiamos con feux d'artífice...
(El ministro lo ignoró.)
MINISTRO.—...Y su magnificencia, que aumentaba año tras año a medida que crecía dentro del tiempo mismo, había sido programada en ella por el ingenio de los arquitectos. Era una ilusión de lo sublime, y su simetría expresaba la simetría de la sociedad que la había producido. La ciudad, y, por extensión, el Estado, es un artificio de naturaleza similar. La estructura de una sociedad...
(El embajador alzó sus hermosas cejas ante estas palabras, y se golpeó los dientes con una uña pintada como si reprobara, divertido, esa jerga.)
MINISTRO. (Intransigente.)—La. estructura de una sociedad es la mayor obra de arte que puede lograr el hombre. Como el arte más grande, es perfectamente simétrica. Tiene la estructura arquitectónica de la música, una simetría que se le impone para resolver un juego de tensiones que podría trastornar el orden pero sin el cual el orden carecería de vida. En esa armonía abstracta y serena, todo se mueve con la solemnidad de lo absolutamente previsible y...
(Aquí el joven interrumpió con impaciencia.)
EMBAJADOR.—¡Debería temer usted a las abstracciones! (Consumió con petulancia las últimas migajas de pescado y estuvo en silencio hasta que los camareros reemplazaron los platos, para mi asombro y deleite, con tournedos Rossini. El embajador rechazó con brusquedad las pommes allumetes que le ofrecieron. Cuando volvió a hablar, su voz tenía un tono más sentencioso.)
EMBAJADOR.—Nuestra diferencia primaria es filosófica, ministro. Para nosotros, el mundo sólo existe como un medio en el que practicamos nuestros deseos. Físicamente, el mundo mismo, el mundo real si usted quiere, está hecho de arcilla maleable; su estructura metafísica es igualmente maleable.
MINISTRO.—La metafísica no es asunto mío.
(El pelo del embajador emitió de pronto un surtidor de luces azules; una instantánea Charlotte Corday amenazó al ministro con una daga.)
EMBAJADOR.—¡El doctor Hoffman hará que la metafísica sea asunto suyo!
(El ministro cortó flemáticamente la carne.)
MINISTRO.—No lo creo.
(Las palabras cayeron de su boca pesadamente y me asombró que no atravesaran la mesa. Yo estaba muy impresionado por la gravedad del ministro. Apagó incluso el entusiasmo que yo había experimentado mientras excavaba en mi paté la gema negra de una trufa: jamás había sentido, como en ese momento, el poder de una negativa absoluta. El embajador respondió de forma visible a este cambio de tono. En el acto dejó de parecer un ángel vengador: instantáneamente se volvió menos epiceno.)
EMBAJADOR.—Por favor, dígame su precio. Al doctor le agradaría comprarlo.
MINISTRO.—No.
EMBAJADOR.—Permítame que le proponga una cifra estimativa... Cinco provincias; cuatro sistemas de transporte público; tres puertos; dos metrópolis y una administración civil completa.
MINISTRO.—No.
EMBAJADOR.—El doctor irá incluso más lejos, usted sabe.
MINISTRO.—¡No!
(El embajador se encogió de hombros y todos seguimos comiendo nuestra deliciosa carne hasta que llegó la ensalada. Bebíamos vino tinto. La piel de la garganta del embajador era tan delicada que podíamos ver la sombra brillante del borgoña mientras descendía después de un sorbo.)
EMBAJADOR.—La campaña del doctor sólo está en sus etapas preliminares y, sin embargo, ya ha hecho de esta ciudad un sitio sin tiempo fuera del mundo de la razón.
MINISTRO.—Todo lo que ha hecho es encontrar algunos medios para hechizar a la inteligencia. Sólo ha provocado una desaparición de la incredulidad. Como en los primeros días del cine, los ciudadanos saltan a la pantalla para tocar con sus manos a la señora desnuda en su bañera.
EMBAJADOR.—Y en realidad sus dedos tocan la carne.
MINISTRO.—Eso creen. Pero lo único que tocan es una sombra sustancial.
EMBAJADOR.—¡Qué hermosa definición de la carne! Usted sabe que yo soy sólo una sombra sustancial, ministro; pero si me hiere, sangro. Tóqueme: palpito.
(Por cierto, yo nunca había visto un fantasma tan manifiestamente irreal como el embajador, ni uno en que pareciera latir tal promesa de erotismo. El ministro sonrió.)
MINISTRO.—Sea usted real o no, sé con seguridad que yo no lo estoy inventando.
EMBAJADOR.—¿Por qué?
MINISTRO.—Porque no tengo bastante imaginación.
(Al embajador le tocó entonces el turno de reír, y luego se detuvo y escuchó atentamente, como si oyera una voz invisible. Una treta infantil, pero muy eficaz.)
EMBAJADOR.—La oferta del doctor acaba de elevarse en cuatro teatros de ópera y las ciudades de Roma, Florencia y también Dresde antes del incendio. Y le cederemos a Johann Sebastian Bach como Kapellmeister para cerrar el trato.
MINISTRO. (Con aire displicente.)—Nada de eso. Estamos trabajando activamente en nuestras contramedidas.
EMBAJADOR.—Es verdad. Hemos observado con interés considerable los progresos de su harén electrónico.
(Yo no había pensado nunca en el centro de computadoras del ministro como un harén electrónico. La comparación me pareció admirable. Pero el ministro se mordió el labio.)
MINISTRO.—¿Cómo?
(El embajador ignoró la pregunta.)
EMBAJADOR.—Usted se ha dedicado a tabular todas las cosas sobre las cuales puede poner sus manos. En el sagrado nombre de la simetría, las mete en una serie de chalecos de fuerza y las rotula con, ¡oh, Dios mío, qué rótulos tan increíblemente aburridos! Sus prostitutas mecánicas reciben a sus clientes con un balbuceo extraño totalmente distinto del lenguaje humano mientras usted, su madame, se ocupa de los abortos. Usted, ministro, asesina la imaginación en el útero.
MINISTRO.—Alguien debe imponer límites. Si yo me ocupo de abortos, su amo es un falsificador. Nos ha cubierto con una emisión íntegra de fenómenos falsificados.
EMBAJADOR.—¿Considera usted que los objetos iconográficos —o, podríamos decir, las proposiciones de funcionamiento simbólico— que transmitimos son un arsenal maligno, enemigo de la raza humana, cuyo microcosmos es para usted esta ciudad?
(El Ministro puso simétricamente el tenedor y el cuchillo en el plato vacío y habló con gran concisión.)
MINISTRO.—Sí.
(El embajador se echó atrás en su silla y sonrió con la más seductora de las sonrisas.)
EMBAJADOR.—Entonces, se equivoca usted. Son sólo manifestaciones de lo asimétrico, ministro; lo asimétrico que usted niega. El doctor sabe cómo atravesar las apariencias para permitir que las formas reales emerjan a la sustancialidad desde su transparencia inmanente. No puede usted destruir nuestra imaginería: puede aniquilar las apariencias, pero la esencia asimétrica no se puede crear ni destruir. Sólo se puede cambiar. Y si desintegra usted las imágenes con sus rayos láser o infrarrojos, ellas mismas volverán a sus partes constitutivas y pronto retornarán en otra forma, que usted habrá vuelto aún más arbitraria con su interferencia. El doctor está a punto de revelar la verdad completa de su cosmogonía. Por favor, espere usted con paciencia. No llevará mucho tiempo. (Trajeron fruta y queso. El embajador cortó para él una tajada de brie.)
EMBAJADOR.—Comprenderá usted, ministro, que muy pronto la muerte recorrerá estas populosas calles con sus innumerables disfraces.
MINISTRO.—Ya lo hace.
(El embajador se encogió de hombros, como diciendo: «Todavía no ha visto usted nada». Cortó un pequeño racimo de uvas.)
EMBAJADOR.—¿Está dispuesto a capitular?
MINISTRO.—¿Cuáles son los términos de su amo?
EMBAJADOR.—La autoridad absoluta de establecer un régimen de liberación total.
(El ministro aplastó su cigarrillo y cortó un trozo de Stilton. De la fuente de fruta escogió una manzana Cox's Orange Pippin.)
MINISTRO.—No capitulo.
EMBAJADOR.—Muy bien. Prepárese para un largo, profundo y deliberado trastorno de los sentidos. Creo que ha roto usted todos los espejos.
MINISTRO.—Ha sido para impedir que engendren imágenes.
(El embajador sacó del bolsillo un espejito que puso delante del ministro, de modo que viera su propio rostro. El ministro se cubrió los ojos y gritó pero casi instantáneamente recobró la compostura y continuó mondando la piel de su manzana. Las paredes del mundo no cedieron, y no vaciló la sonrisa felina del embajador. La comida concluyó. El embajador no aceptó el café pero retornó a sus maneras condescendientes del principio y se puso de pie para despedirse. Mientras salía del restaurante, todas las flores de todos los jarrones dejaron caer hasta el último de sus pétalos. Apagué el magnetófono; a partir de aquí debo confiar en mi memoria.)

Yo pedí café y el ministro tomó su habitual té, aunque esa tarde volcó en su taza el contenido de una copa de coñac. Me hizo repetir la grabación del diálogo y luego permaneció un rato enfrascado en su pensamiento, perdido en la nube del humo del cigarrillo.
—Si yo fuera un hombre religioso, Desiderio —dijo finalmente—, diría que acabamos de sobrevivir a un encuentro con Mefistófeles.
El ministro me había parecido siempre un hombre profundamente religioso.
—Le contaré una parábola —prosiguió—. Un hombre hizo un pacto con el diablo. La condición era ésta: el hombre entregaba su alma apenas Satanás asesinara a Dios. «Nada más sencillo», dijo Satán, mientras acercaba un revólver a su propia sien.
—¿Quién es el doctor Hoffman en su reparto? ¿Dios o Satanás?
El ministro sonrió.
—Como sugiere mi parábola, los papeles son intercambiables —respondió—. Vámonos.
Por mi parte, estaba asombrado, porque cierto timbre en la voz del joven había evocado íntegramente mi sueño de noches anteriores y, como si su voz alcanzara esa nota misteriosa que se supone capaz de quebrar el cristal, un lino dibujo de grietas había aparecido instantáneamente en la superficie de mi indiferencia. El joven me fascinaba. Mientras el ministro firmaba un cheque, vi que el extraño embajador había olvidado en su silla un pañuelo del mismo exquisito encaje que su camisa. Lo recogí. En el orillo, bordado con una seda tan blanca que era virtualmente invisible, aparecía ese nombre que sólo había visto en mi sueño: ALBERTINA. El canto hierático del cisne negro volvió a sonar en mis oídos; vacilé como si estuviera a punto de desvanecerme.
El ministro entregó al camarero principal una importante propina y encendió otro cigarrillo al tiempo que me llevaba del brazo hacia la equívoca tarde donde la luz solar se hacía más densa.
—Desiderio —dijo—. ¿Le agradaría hacer un pequeño viaje?


* * *

2. La mansión de medianoche

El ministro se aferraba a unas briznas de paja, pero se aferraba ferozmente.
Esa misma mañana, mientras yo ponía a prueba la carta del embajador en otra sección de la Oficina de Determinación, las computadoras sorprendieron al ministro con el registro de una analogía significativa. Descubrieron algunos datos interesantes en las actividades del propietario de un cosmorama instalado en el muelle de la zona turística de S. durante el verano, que ahora parecía a punto de establecer allí su cuartel de invierno. Me parecía una pista muy pequeña, insuficiente para justificar la importancia que le atribuía el ministro y ni siquiera mi nuevo ascenso. De todos modos fui ascendido; entre la comida y la hora del té me convertí en el agente especial del ministro, y la misión consistía en asesinar al doctor Hoffman tan discretamente como fuera posible, si lograba encontrarlo.
Fui elegido para esa misión por las siguientes razones: a) estaba en mis cabales; b) era una persona prescindible, y c) las computadoras del ministro habían decidido que mi habilidad para resolver palabras cruzadas sugería facilidad para los razonamientos analógicos que podían llevarme hasta el doctor, lo que nadie había logrado. Creo que el ministro mismo me consideraba una especie de computadora ambulante. Aun así, y a pesar de la voz alentadora con la cual me despidió, supuse que aquella meta era sólo una pálida esperanza.
Las computadoras me construyeron una identidad suficientemente sólida como para atravesar los puestos de control de la Policía de Determinación, porque yo era el más secreto de los agentes. Debía representar a un Inspector de Veracidad de primera clase. En la ciudad de S., a unos cien kilómetros por la costa, debía elaborar un informe especial sobre el misterioso enigma del alcalde, que había desaparecido algún tiempo antes. La indescifrable actividad de la burocracia proseguía con guerra o sin ella, y mis credenciales burocráticas eran impecables. Me entregaron un coche pequeño, una gran cantidad de tarjetas de gasolina y un arsenal de revólveres de bolsillo, etcétera. Puse en un bolso un par de cuadernos y una camisa. No llevaba conmigo souvenirs u objetos de valor sentimental porque no los tenía. Aunque no sabía cuándo volvería a verla, ni siquiera si tal cosa ocurriría, no me molesté en decir adiós a mi fría habitación.
Abandoné la ciudad la mañana siguiente: al pasar frente a la Oficina de Determinación descubrí una leyenda pintada en la pared. Decía: EL DOCTOR HOFFMAN MEA RAYOS. Conduje a través de una gran tormenta. Partí antes de la hora del desayuno, pero el cielo estaba tan negro que una oscuridad anormal inundaba las calles, que ese día, como si se propusieran apresurar mi partida, habían recuperado las formas que yo había conocido siempre: calles sin magia ni sorpresa, calles tan aburridas como sólo pueden ser las del hogar.
No tenía muchas esperanzas de regresar a ellas, y tampoco creía que la ciudad sobreviviera mucho tiempo después de mi partida, no sólo porque siempre había sentido oscuramente que yo era uno de los invisibles soportes racionales que habían ayudado a mantenerla tanto tiempo en pie, sino porque parecía inevitable su colapso a breve plazo. Sin embargo no sentía nostalgia cuando, después de acelerar las interminables negociaciones con la policía mediante el regalo de varios cartones de cigarrillos del ministro, tomé la ruta hacia el norte. Yo esperaba, supongo, que si la ciudad se derrumbaba, por lo menos se llevaría a la tumba el entorno que había engendrado mi inagotable aburrimiento. No había en ese gran montón de piedra, ladrillo y estuco que dejaba atrás nada por lo que sintiera el menor apego, excepto el recuerdo de cierto sueño, recuerdo que llevaba conmigo. Si sentí alguna excitación mientras los kilómetros se desenrollaban detrás de mí, era a causa de ese sueño y de ese nombre que parecía contener tres entidades mágicas: la mujer de cristal, el cisne negro y el embajador. El nombre era un indicio que señalaba a un ser viviente debajo de ciertos trucos mágicos, porque esos trucos implicaban la presencia de un mago. Yo abrigaba una esperanza: desgarrar esa camisa con volados y averiguar si se expandían debajo de ella los pechos de una verdadera mujer, si alrededor de su cuello había un collar de oro con el nombre ALBERTINA grabado.
¿Y entonces? Entonces caería de rodillas con adoración.
A pesar de mi escepticismo yo era un joven romántico, pero hasta ese momento las circunstancias jamás me habían ofrecido una oportunidad suficientemente importante para ejercitar mi exaltada pasión. Sólo por pura necesidad había optado por las heladas restricciones del formalismo. Y por eso, ¿comprendéis?, me aburría.
El paisaje del campo no se había alterado. Los cultivos de hortalizas de los alrededores de la capital se extendían, como siempre, hasta el horizonte, y aparentemente seguían produciendo las raíces y los tubérculos más vulgares. Los pueblos habían cerrado los postigos para no dejar entrar la lluvia, pero en todo lo demás parecían tan vindicativamente campesinos como siempre. Incluso los espantapájaros parecían sólo espantapájaros. El camino era la única víctima, o la primera, porque el volumen del tránsito de vehículos se había reducido prácticamente a nada, y ya vigorosas matas de cizaña y de flores brotaban en las grietas del asfalto; y como no se habían reparado los pozos, oscuros canales de agua se abrían en todas partes. El viaje duró varias horas más de lo debido; llegué a mi destino a mitad de la tarde, con un magnífico arco iris desplegado sobre la ciudad; junto con el resplandor brillante del cielo sobre el mar, anunciaba el final del chaparrón. Mientras entraba en los suburbios, la lluvia empezó a caer oblicuamente, y luego cesó por completo. Salió el sol y el pavimento empezó a despedir vapor.
S. era una ciudad alegre, agradable, de color pastel, que olía a peces muertos y a toallas mojadas, limpia como si el abrasivo mar la frotara dos veces por día. Antes de la guerra, las familias venían de la capital a pasar una quincena, en el verano, en casas de huéspedes donde el felpudo estaba siempre lleno de arena, y los pasillos, de pequeños cubos y palas de lata. Había un muelle de hierro entrelazado como un encaje, que parecía el esqueleto de una enorme ave o un dibujo de él mismo hecho con pluma fina y tinta china sobre el papel azul claro de ese mar de buenos modales. Los pescadores residían en el otro extremo de la playa, en alegres cottages enjalbegados y cubiertos de las abundantes rosas de ese verano, y ponían a secar sus redes, con bolas de vidrio verde oscuro en los ángulos, colgadas de pintorescos y antiguos postes. Llegué a fines de agosto, y las tiendas ofrecían piedras rosadas, coloridas tarjetas postales, copos de caramelo hilado, sombreros de paja y otros objetos para los veraneantes, pero, aunque tenían las puertas abiertas, no vi vendedores detrás de los mostradores, y la ciudad íntegra estaba desierta de presencia humana.
A lo largo del paseo marítimo, parasoles a rayas arrojaban sombras sobre mesas abandonadas, encima de las cuales sólo se veían platos con restos de helados y vasos con bebidas verdes, rosas y anaranjadas, en los cuales el hielo aún no se había derretido y las cañas de papel conservaban en la punta la huella de los labios. La pálida extensión de arena estaba desierta excepto por unas pocas aves marinas que se contoneaban, y vi un cadáver que yacía donde la arena lo había dejado, atendido únicamente por una nube de moscas. En el molinete del muelle no había nadie para recibir mi moneda. Algunos puestos estaban cerrados, pero media docena de pelotas de ping-pong saltaban sobre un chorro de agua y había varios rifles que no invitaban a ningún tirador. Aunque la cama estaba hecha, lista para derribar a la dama, la señora había desaparecido. Sin embargo los altavoces aullaban una música vivaz y nada parecía abandonado. Era como si toda la población de la ciudad se hubiera dirigido a otro lugar, para contemplar algún acontecimiento al que sólo yo no había sido invitado, y todos retornarían a su sitio dentro de cinco minutos. La brisa del mar agitaba hacia uno y otro lado brillantes banderas. Pasé junto a la tienda de una adivinadora de la fortuna, y de otra que olía a salchichas cociéndose solas en una gran olla de agua caliente. Y luego, con sospechosa facilidad, encontré mi primera presa, el cosmorama.
Era una réplica exacta, en colores, de la tienda de lona que había visto en blanco y negro en los archivos de la Oficina; en colores desvaídos por su exposición a las lluvias de años. Una caja combada de lona a rayas rosadas con una solapa levantada que hacía las veces de puerta, sostenida por una cuerda deshilachada. Un cartel amarillento de tipografía antigua anunciaba que LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO EN TRES VÍVIDAS DIMENSIONES aguardaban en el interior; agaché la cabeza y entré en la cálida y oscura cueva. Sólo estaba iluminada por los rayos del sol de la tarde que se filtraban por los agujeros de la lona. Cuando entré, una gaviota asustada, posada sobre una rueda de hierro, se echó a volar aleteando frenéticamente y revoloteó en el interior hasta que encontró la salida. Al oír el ruido, un anciano cuya fisonomía dormida había estado oculta entre las densas sombras despertó entre gritos y maldiciones. Se oyó caer y rodar una botella y el aire se llenó de vahos de licor.
—¿Es que no hay paz? —preguntó el anciano, retrocediendo como una foca sobre un crujiente montón de paja y cayendo en seguida con un gemido. Era el primer ser vivo que yo veía desde mi llegada a la ciudad, y sólo era un desecho agusanado con una mata blanca sobre la cabeza. No tenía un solo diente y una barba sucia y desgreñada se extendía sobre la parte inferior de su cara, mientras la superior estaba oculta por unas gafas con aro de metal y cristales verdes, el izquierdo quebrado de lado a lado. Usaba los restos de unos pantalones a rayas y un smoking, quizá reliquias de días más prósperos, y no tenía camisa; sólo un chaleco desgarrado y sucio. Estaba descalzo y las negras uñas de sus pies habían crecido como garras. Tanteó a su alrededor y finalmente encontró apoyo en una de las extrañas máquinas que llenaban la tienda y, aferrándose a ella, volvió a incorporarse. Miró en mi dirección, pero no me encontró; recorrió la tienda como si tratara de localizarme y luego movió fatigadamente su desgreñada cabeza.
—Aunque esto no es Gaza, igualmente estoy ciego —dijo, y supe que era verdad—. Si es usted un cliente —agregó- ponga, por favor, veinticinco céntimos en el platillo que ; hallará colocado en la mesilla junto a la puerta, y sírvase a su voluntad las maravillas del mundo. Pero si no lo es —dijo, y su voz empezó a perderse—, entonces no... Pero sea quien sea, por favor, devuélvame la botella.
Al rodar hasta el centro del local, se había derramado todo el contenido.
—No queda una gota —advertí, mientras se la alcanzaba. La sacudió para averiguar si algo sonaba en su interior, olió voluptuosamente su aroma y luego, dándose vuelta, abrió las paredes de lona y la arrojó al mar, donde gorgoteó y se hundió.
—De todos modos, he bebido suficiente humillación —dijo—. Por favor, deposite su moneda, haga lo que tenga que hacer y márchese.
Volvió a caer sobre su jergón y no emitió otro sonido que el de su ruidosa respiración. En un platillo había dos botones de pantalón, una conchilla y una moneda que identifiqué como una pieza japonesa de un sen, fuera de curso desde hacía largo tiempo, pero de todos modos puse allí mis veinticinco céntimos. Las máquinas eran de viejo y herrumbrado hierro fundido, decorado con impresiones de águilas, cupidos y cintas enlazadas. Todas tenían la forma y el tamaño de un horno anticuado, y en la parte delantera sobresalían un par de oculares en el extremo de unos largos tubos huecos. Examiné todas las piezas en exhibición. En el interior de cada una, debajo del objeto representado, había un cartel torpemente escrito a mano con su título.

Pieza número uno: HE ESTADO ANTES AQUÍ.
Las piernas de una mujer, levantadas y abiertas, como preparadas para recibir a un amante, formaban un arco triunfal curvilíneo. Adornaban los pies unos zapatos de cuero negro con tacos en punta. Ese corte anatómico, compuesto de cera rosa ahuecada a la altura de las rodillas, no admitía la posibilidad de la existencia de un torso. El erizado vello del pubis formaba una especie de escudo de armas sobre un proscenio circular; pero aunque los pelos habían sido insertados uno por uno para obtener el máximo grado de verosimilitud, el efecto general era de asombrosa artificialidad. Las almenas de color morado y rojo oscuro que rodeaban la vagina eran el marco de un agujero perfectamente redondo a través del cual el espectador vislumbraba el húmedo y lujurioso paisaje interior.
Allí se extendía sin fin ante sus ojos la imagen en miniatura pero irresistible de un bosque semitropical donde frutos sorprendentes colgaban de los árboles, mientras que los moteados y abigarrados cálices de flores inmensas, del tamaño de piedras de molino, exhalaban aromas tan pótenles que se hacían visibles como un rocío suave y brillante. Pequeñas aves brillantes trinaban silenciosamente en las i a mas; animales de exquisitas formas y colores, unicornios, jirafas y leones herbívoros, entre otros, mordisqueaban margaritas y campanillas entre la hierba imposiblemente verde; mariposas, libélulas e innumerables insectos enjoyados aleteaban, volaban o se escurrían entre las plantas, de manera que todo estaba en constante movimiento, inclusive la vegetación misma se transformaba constantemente. Mientras yo miraba, la presión del dulce zumo que contenía reventó una ciruela y de su piel hendida surgió una bandada de aves cantoras, anaranjadas. Un capullo alargado a punto de abrirse cambió de idea y se convirtió en una fresa y no en un nenúfar. Un pez brotó del río, se transformó en un conejo blanco y se alejó saltando.
Parecía que el invierno y los vientos fuertes nunca podrían tocar esas luminosas regiones del olvido ni agitar la superficie del río reluciente que seguía su sosegado curso en el centro del valle. El ojo del espectador siguió el curso del río hasta la fuente y así vio, por primera vez, después de algunos instantes de feliz contemplación, las nebulosas murallas de un castillo. Cuanto más se miraban sus borrosos contornos, más siniestro se tornaba, como si sus vísceras de granito alojaran tantas cámaras de tortura como el Cháteau de Silling.
El resto de las máquinas contenía los siguientes espectáculos.

Pieza número dos: LAS VISIONES ETERNAS DEL AMOR. Cuando miré por las ventanillas de la máquina, lo único que vi fueron dos ojos que a su vez me miraban. Cada uno tenía un metro de diámetro, su párpado y su conducto lacrimal, y estaba suspendido en el aire sin soportes visibles. Igual que el vello del pubis del modelo anterior, las pestañas habían sido implantadas una por una, escrupulosamente, en los estrechos bordes de cera rosa; pero esta vez el artesano había alcanzado un grado perturbador de realismo que se sumaba a la cualidad sintética de la imagen. El blanco de los ojos tenía delicadas venas rojas que producían un efecto similar al provocado por el costoso mármol que se usaba en Italia a fines del período barroco para construir los altares de las capillas de los potentados; los iris eran simples anillos de vidrio de botella castaño oscuro, en tanto que en las pupilas podía ver, reflejados en dos espejos circulares, mis propios ojos, enormemente ampliados por las lentes de la máquina. Como mis propias pupilas reflejaban los falsos ojos que tenían delante, y esos reflejos a su vez se reflejaban, pronto comprendí que contemplaba un modelo del eterno retorno.

Pieza número tres: EL PUNTO DE ENCUENTRO ENTRE EL AMOR Y EL HAMBRE.
Sobre un plato de cristal tallado de los que se usan para servir postres, había dos porciones perfectamente esféricas de helado de vainilla, cada una coronada por una cereza, de modo que la semejanza con dos pechos femeninos era casi perfecta.

Pieza número cuatro: TODO EL MUNDO SABE PARA QUÉ SIRVE LA NOCHE.
Aquí, la figura de cera del cuerpo sin cabeza de una mujer mutilada yacía en un charco de sangre pintada. Sólo llevaba los restos de unas medias de malla negra y de un liguero rasgado de brillante goma negra. Sus brazos sobresalían rígidamente a los costados y una vez más reparé en el amoroso cuidado con que el artesano había simulado el vello de las axilas. El seno derecho estaba parcialmente cortado y abierto, revelando dos superficies de carne tan falsa y brillante como los solomillos de yeso que cuelgan en las carnicerías de juguete; su vientre estaba cubierto por una pintura que parecía eternamente húmeda y, de la pintura, emergía el mango negro de un enorme cuchillo que vibraba incesantemente por la acción (probable) de un resorte.

Pieza número cinco: TROFEO DE UN CAZADOR EN LAS SELVAS DE LA NOCHE.
Una cabeza —presumiblemente tomada de la víctima de la pieza anterior— estaba suspendida en el aire, nuevamente sin cuerdas o ganchos que revelaran cómo se sostenía. Desde el borde seccionado chorreaban gotas de sangre artificial, plop, plop, plop, pero el recipiente donde caían estaba fuera del campo visual del espectador. Una abundante peluca negra caía sobre los pálidos rasgos de la mujer, que mostraban una repulsiva expresión de resignación. Sus ojos estaban cerrados.

Pieza número seis: LA LLAVE DE LA CIUDAD. Una vela en forma de pene de enorme tamaño, con su escroto, en estado de pronunciada tumescencia. El arrugado prepucio estaba suficientemente echado hacia atrás como para descubrir en toda su insolente integridad la punta ostensiblemente hinchada, del color del poniente, y una parte del miembro mismo; en la diminuta hendedura central, donde debería haber estado el pábilo, ardía una pequeña y limpia llama. Mientras el espectador miraba, la vela se inclinaba hacia delante sobre esas bolas y lo señalaba de modo acusador.
De pronto se me ocurrió que esto pretendía representar el pene del ministro.

Pieza número siete: MOVIMIENTO PERPETUO. Como era de esperar, aquí un hombre y una mujer practicaban el acto sexual sobre un diván de crin negra. Las figuras, también exquisitamente hechas de cera, parecían modeladas en una sola pieza; y a causa de un mecanismo de relojería oculto en el diván, se mecían continuamente hacia atrás y hacia adelante. Ese acoplamiento poseía una cualidad fatal, inevitable. No era posible imaginar un cataclismo suficientemente violento como para separar esas formas entrelazadas, ni concebir un principio en el pasado, porque estaban tan firmemente unidas que parecían haberse formado así en el inicio de los tiempos y que, paralelamente encerradas, seguirían así hasta el infinito. No eran tan eróticos como patéticos, pobres romeros del deseo que jamás se apartaban un centímetro en su incesante peregrinaje. El rostro del hombre se amoldaba al cuello de la mujer y no se podía ver; pero la cabeza de ella estaba construida de tal modo que podía oscilar sobre el cuello, y como se movía de un lado a otro, sus rasgos eran intermitentemente visibles.
Reconocí de inmediato aquel rostro, aunque estaba inmovilizado en el atormentado gruñido del orgasmo. Lo miré detenidamente. Era el hermoso rostro del embajador del doctor Hoffman. El anciano interrumpió mi fantasía. Su voz era tan ronca como la de un gallo.
—¿Hay bastante dinero en el plato para una botella? —preguntó.
—Lo invitaré a una copa con todo placer.
—Gracias, muchas gracias —respondió, y se puso de pie, con dificultad. Buscó algo en un rincón hasta que por fin encontró una gorra con visera como las que usaban Lenin y los bolcheviques. Una vez que se la encasquetó cuidadosamente inició una nueva búsqueda, pero yo descubrí en seguida su bastón blanco.
Ahora el muelle estaba poblado. Un joven desharrapado, con mocos endurecidos en las ventanas de la nariz, estaba junto al stand de tiro, investigando ociosamente con una ramita el interior de una de sus orejas; y una mujer desaliñada, con una enagua de rayón y el pelo teñido de color albaricoque, bostezaba y se rascaba las nalgas frente a la tienda del adivinador. Tres chicos, con los pies apoyados en la barandilla, sostenían, con una mano, sendas cañas de pescar y, con la otra, botes de mermelada llenos de agua, atados con una cuerda. La playa presentaba el habitual panorama veraniego de perros retozando, niños construyendo castillos de arena y gran cantidad de piel expuesta al sol. Pero todos estos recién llegados tenían el aire ausente de los que acaban de despertarse de un profundo sueño; caminaban con inseguridad, a veces sin dirección, echándose a correr y deteniéndose con igual brusquedad para mirar a su alrededor con ojos vacíos y asombrados, o bien se volvían a hablar con un amigo y de pronto se quedaban con la boca abierta como si ya no lo reconocieran. Además, hacían demasiado poco ruido para ser tanta gente, como si supieran que no tenían el derecho existencial de estar allí.
El propietario del cosmorama era ciego y cojo, pero sabía cómo moverse en la ciudad, y me llevó sin titubear a un pequeño bar enclavado en el barrio de los pescadores, donde las calles ya no se preocupaban por mantener las apariencias y se dejaban caer agradecidas en la sordidez. Nos sentamos frente a una mesa de mármol, y sin esperar nuestro pedido, un negro nos trajo dos vasos y una botella del burdo licor que pasa por coñac entre los pobres. Dejó la botella en la mesa. El propietario del cosmorama apuró su vaso de un trago.
—La finalidad de mi exposición —observó— es aclarar la diferencia entre decir y mostrar. Los signos hablan. Las imágenes muestran.
Llené otra vez su vaso y el lo agradeció inclinándose sobre la mesa y tocando cuidadosamente mi cara con las puntas de sus dedos rugosos, como si estudiara mis rasgos para esculpirlos.
—¿Quién lo envía? —preguntó bruscamente.
—He venido a investigar la desaparición del alcalde —respondí con cautela.
—Ah, sí —dijo—. Está como Mariana en la granja rodeada por el foso, pobre chiquilla. Mary Anne, la bella sonámbula.
Volvió a beber, con menos prisa, y observó:
—Mi vida no es otra cosa que un trapo al viento.
Luego calló. Yo aún ignoraba que sólo hablaba mediante series de afirmaciones inconexas, muchas veces gnómicas y teñidas de melancolía, amargura, autocompasión o las tres cosas juntas. Yo bebí tranquilamente mi aguardiente y esperé que hablara de nuevo. Lo hizo después del tercer vaso.
—Yo no era Mendoza. Nunca tuve ese honor.
—¿Quién era usted, entonces?
Se tornó tímido y confidencial.
—En un tiempo fui un hombre importante. Incluso se podría decir que un gran hombre. La gente se quitaba el sombrero cuando yo pasaba por la calle, me hablaba en voz respetuosa y los camareros se enorgullecían de que fuera su cliente, sí, señor. Se sentían orgullosos y felices. En lugar de limitarse a tolerarme de mala gana.
El barman, quien seguramente había oído esto muchas veces, me sonrió mostrando los dientes, como estableciendo cierta complicidad. Yo serví más coñac en el vaso del anciano.
—Solían decir: «Es un honor que nos honre con su presencia, profesor...». —Se interrumpió, como si supiera que había dicho demasiado, lo cual era cierto: me había dado las letras principales de la clave y ahora yo sólo tenía que llenar los blancos. Hice una suposición inicial.
—El mayor éxito que puede tener un maestro es que un alumno lo sobrepase.
—Entonces, ¿por qué me ha humillado así? —gimió el anciano, y yo confirmé que le había enseñado física elemental al doctor Hoffman en la universidad, muchos años antes. Cuando terminó su quinto vaso, los últimos vestigios de su discreción desaparecieron—. Ni siquiera me permite trabajar en sus laboratorios. Me dio un conjunto de muestras y me despidió, para que yo vagabundeara de arriba abajo, por aquí y por allá, llevando mi carretilla..., tropezando con las piedras y arruinándome las tripas con este licor inmundo...
—¿Un conjunto de muestras?
—Hay muchas más en mi saco —dijo—. Montones y montones. Decenas y veintenas y centenares y millares de muestras. Uno diría que se reproducen allí; yo simplemente las pongo en las máquinas, verdad, les pongo un título y a veces la gente paga y a veces no paga, a veces gritan y a veces se ríen y, otras, la policía me expulsa de la ciudad y vuelvo al camino empujando mi carretilla. Todo marcha peor desde que él ha empezado a poner las cosas en acción. Ya no queda dinero para gastar en las demostraciones desagradables pero didácticas de un anciano; se puede obtener lo mismo en casa. Pronto tendré que cobrar sólo un alfiler, un bote de mermelada, o una tarjeta para cigarrillos. ¿Y quién querrá cambiar semejantes cosas por licor entonces? ¡Cuando llegue ese día, el pobre petirrojo tendrá que meter la cabeza debajo del ala, pobrecillo, y fingir que no tiene frío!
»Pero —agregó, mientras servía su séptima copa—jamás se me concedió el singular privilegio de convertirme en Mendoza. Me permitían hacer mis propias transformaciones, pero ya ve usted el éxito que he tenido.
Detrás de sus gafas cayó una lágrima; me di cuenta, entonces, que tenía ojos aunque estuviera ciego, y creí recordar parte de mi informe del archivo donde se sostenía que el antiguo profesor del doctor Hoffman había sufrido lesiones en un accidente de laboratorio muchos, muchos años antes. Estimé que el anciano estaba suficientemente ebrio y le devolví la botella al camarero.
—Me gustaría matarlo —dijo el propietario del cosmorama—. Si fuera diez años más joven, iría al castillo y lo mataría.
—¿Sabe el camino al castillo?
—Seguiría mi olfato —respondió.
Pero entonces cantó un gallo y ese sonido afectó de manera curiosa al anciano. Se irguió y escuchó atentamente; el gallo cantó una segunda vez y luego una tercera.
—¡Atrás, Satanás! —chilló el profesor.
Al mismo tiempo me golpeó de lleno en la cara con su bastón, y la sangre del tajo que me produjo en la frente me cayó sobre los ojos; cuando volví a ver, había desaparecido. Corrí inmediatamente al muelle pero, aunque el anciano sólo podía cojear, no lo encontré en el camino; cuando llegué al lugar donde estaba su tienda, también, por supuesto, había desaparecido. Me dirigí entonces al Ayuntamiento, a cumplir con mi misión oficial.
Las volutas y guirnaldas de yeso del pomposo exterior del Ayuntamiento se estaban resquebrajando como bizcochuelo seco y, aunque todas las ventanas estaban cubiertas con cortinas verdes, las pesadas puertas de caoba se abrieron con bastante rapidez; brotaron nubes de polvo cuando pisé la suntuosa moqueta marrón, y la mayoría de los despachos estaban ocupados únicamente por las telarañas tejidas desde los tinteros hasta los portaplumas sobre la borrosa superficie de los escritorios, pero finalmente un funcionario salió bostezando de la antesala del despacho del alcalde para saludarme. Unos brazaletes metálicos sostenían las mangas de su camisa para dejar sus muñecas al descubierto y facilitar su tarea; había quedado a cargo de todo.
El despacho del alcalde era un mausoleo. Había sido ordenado después de su partida, de modo que no había papeles ni archivos a la vista, y su pomposa silla labrada se encontraba tan cerca de su escritorio escrupulosamente limpio que parecía prohibir la admisión a cualquier cuerpo futuro. El secante rosa del alcalde estaba cubierto de musgo, y su botella de agua, con un vaso invertido encima, había desarrollado jorobas de polvo. Las infatigables arañas habían tejido un dosel sobre la foto del último presidente que colgaba de una pared. El funcionario abrió un armario y descubrió media botella de jerez, ahora viscoso como la melaza; luego me mostró el abrigo con cuello de piel que el alcalde había abandonado la nevada mañana en que se había desvanecido. Los bolsillos sólo guardaban un único guante apelotonado y un pañuelo sucio: nada significativo.
Después de un brevísimo registro de los otros despachos, encontré la prueba de que cierto propietario de un cosmorama había solicitado oficialmente una autorización para presentar su espectáculo en el muelle en el mes de abril pasado; el documento, firmado con una cruz vacilante, esperaba la aprobación oficial, de modo que mi arruinado amigo había seguido adelante por su cuenta, abriendo su tienda sin la autorización oficial. Por lo menos era un dato. Guardé el documento para llevárselo al ministro, anoté el nombre del funcionario y rápidamente comparé con mi información su índice de realidad. Parecía satisfactorio. Entonces le pedí que llamara por teléfono a casa del alcalde, donde aún vivía su hija con una criada. El funcionario sólo demoró siete u ocho minutos y advertí que los servicios aún estaban en condiciones satisfactorias, aunque me dijo que la central telefónica no podía hacer llamadas de larga distancia, ni recibirlas, y que incluso las comunicaciones locales eran interrumpidas constantemente por voces que hablaban en lenguas desconocidas. Después de un rato de charla pueblerina con la casa del alcalde, me aseguró que podría alojarme allí algunos días, en el origen probable de mi enigma burocrático.
—Todo está muy decaído desde que el alcalde se fue —dijo el funcionario dubitativamente—. Sólo viven allí la mujer y la, hum, muchacha...
Su tono de voz indicaba que en la chica había algo extraño. Erguí las orejas de mi mente, anoté rápidamente la dirección que me dio y fui hasta mi coche. Atardecía, y como me detuve para cenar pastel de carne en un bar lleno de moscas y demasiado sórdido para ser irreal, llegué a la casa cuando casi era de noche. Se encontraba a cierta distancia de la ciudad, en el extremo de un antiguo camino con surcos profundos, en el cual no había otra construcción que un establo abandonado. El cielo tenía el azul pálido y transparente de las noches del final del verano, y la luna se insinuaba sobre un bosquecillo de pinos, aunque las azucenas del poniente aún protestaban en el oeste. Dejé el coche en el camino; cuando el motor dejó de palpitar no se oyó otro sonido que la leve fluctuación del canto de las aves y el rumor de las agujas de los pinos.
Aunque sabía que la casa estaba habitada, al principio pensé que no era posible, porque el extenso jardín que la rodeaba sugería una desidia de años. La persona que había creado ese jardín, fuera quien fuese, debía de amar las rosas; ahora las rosas se habían apoderado del jardín formando cercos impenetrables, y emitían tales andanadas de perfume que muy pronto me sentí mareado. Los rosales amenazaban con sus látigos florecidos desde cúpulas que casi se desmoronaban por su propio peso, formaban bosquecillos de troncos del tamaño de jóvenes encinas e invadían con zarcillos finos como los de la vid las sombrías ramas de los tejos, de los decorativos fresnos, de los cerezos y de los manzanos ya sofocados a medias por el muérdago, de modo que ese verano, que tan bien había sentado a los rosales, parecía conspirar con el jardinero para producir una jungla orgiástica de toda clase de rosas; y aunque yo no podía distinguir sus formas y colores por separado, sus aromas individuales se fundían en una esencia única e intolerablemente dulce que causaba ardor y dolor en cada nervio de mi cuerpo.
Las rosas habían trepado por los muros ya abundantemente cubiertos de hiedra y se arracimaban en los techos, junto a las hierbas que florecían entre las tejas verdes de musgo; un gran olmo con su cabellera infestada de cuervos se inclinaba sobre la casa como si estuviera a punto de dejar caer sobre ella sus enormes miembros y demolerla, mientras sus raíces le daban a los cimientos un feroz abrazo debajo de la tierra. El jardín reclamaba la casa y la destruía a su talante arborescente; sus moradores estaban ya a la caprichosa merced de la naturaleza.
Enormes masas de artemisa habían roto el portal y cerraban el paso por completo, de modo que me vi obligado a trepar a la desmoronada pared, derribando unas cuantas piedras más. Cuando miré los ásperos contornos de la casa, advertí en la planta baja el resplandor verdoso de la luz que se filtraba a través de las hojas que cubrían las ventanas y me orienté por él para salir de la hostil maraña vegetal que me pinchaba y azotaba mientras me movía, dejándome sangrante y mareado con su fragancia abrumadora. Cuando me acerqué a la casa oí, por encima del golpeteo de la sangre en mis oídos, notas de música que caían, plop, como peces dorados en un sereno estanque. Sin aliento, me detuve un instante para saber si ese sonido era verdad. Continuó triunfalmente. Alguien en esa casa en ruinas tocaba Debussy en el piano.
Por fin llegué a la ventana iluminada y, apartando el follaje que la cubría, espié el interior. Vi un salón con gastadas alfombras persas y las paredes cubiertas con un papel floreado antaño rojo y ahora descolorido, manchado por la humedad y el moho. Había un hogar de alabastro con un ramo de flores de nácar debajo de una campana de cristal opaco y un abanico de papel plateado en la rejilla. Aquí y allá colgaban, desalineados, cuadros al óleo tan barnizados que no se distinguían los dibujos, con pomposos marcos dorados deslucidos, y en una araña de cristal tallado, apagada, suspendida del cielo raso, centelleaba la luz de las velas de un candelabro de dos brazos, puesto sobre el piano, que derramaban suave luz sobre la muchacha que lo tocaba.
Estaba de espaldas a mí, pero cuando incliné el cuello pude ver sus dedos blancos, finos, nerviosos, sobre el teclado, y vislumbré el pálido perfil de su mejilla. Su pelo, del castaño desvaído de un bosque en invierno, caía sobre su vestido negro. Tocaba con extraordinaria sensibilidad. La habitación estaba llena de una angustia punzante y nostálgica que parecía emanar de la delgada figura cuyo rostro no podía ver.
Me pareció mejor no molestarla y seguí rodeando la casa hasta la parte trasera, donde encontré un gato negro lamiéndose sobre un cubo dado vuelta y, detrás de una puerta abierta, a una mujer vieja y gorda en una cocina a oscuras, para ahorrar, según dijo, electricidad; ésa era la razón por la cual obligaba a la dueña de casa a tocar el piano a la luz de las velas. La criada supo quién era yo apenas vio mi borrosa figura entre las sombras. Me saludó efusivamente y encendió las luces en mi honor, revelando una bendita cocina tradicional, con una cocina de gas, una nevera y un platillo de leche para el gato. Me invitó a sentarme frente a una mesa bien fregada, con una taza de té y un plato de bizcochos, me preguntó cómo había viajado y expresó, con excesiva solicitud, su esperanza de que el alojamiento me pareciera adecuado.
—Aunque, cómo podríamos, señor, ofrecerle algo más lujoso..., quiero decir, en estas circunstancias...
Tenía una astuta manera de congraciarse, destinada a desarmarme, pero que por algún motivo me ofendía; se lanzó a parlotear de naderías mientras la muchacha del salón seguía tocando exquisitamente y la música resonaba en el pasillo. La mujer hablaba del alcalde desaparecido sin embarazo ni curiosidad. Al parecer había incorporado tan bien esa desaparición a su propio mundo que, si un día él regresaba, se sentiría sutilmente agraviada. Sugirió la sospecha de que hubiera una mujer de por medio, porque, dijo, «pocas mujeres querrían una hijastra como Mary Anne. Oh, no. Oh, no». Movió significativamente sus ojos y continuó su charla, ahora sobre la dificultad de encontrar revistas femeninas y lana para tejer. De pronto se interrumpió la música y Mary Anne apareció en la cocina, para buscar algo que olvidó apenas me vio, ya que la criada no se había molestado en decirle que un huésped inesperado vendría a su casa. Permaneció en el vano de la puerta, llena de aprensión y sorpresa; en su rostro, sólo unos ojos del color de un día lluvioso se movían de un lado a otro, como si buscaran una manera de huir.
Tenía la delicadeza artificial de una planta criada en un armario. No parecía que por sus venas corriera sangre, sino algún otro líquido menos importante e infinitamente menos rojo. Su boca era del rosa más pálido, aunque respondía exactamente al modelo de las tres cerezas que los maestros de arte disponen en forma de triángulo invertido para ilustrar la boca clásica, y no había ningún rubor en sus mejillas. De pie, como estaba ahora, quedaba casi oculta por su vestido, y su carita, de forma de medallón, parecía aún más pequeña por la desordenada abundancia de su pelo, tan lacio como si acabaran de pescarla en el río. El pelo y el vestido estaban cubiertos de ramitas y pétalos del jardín. Parecía Ofelia ahogada; lo pensé desde el primer instante, sin saber cuan pronto se ahogaría verdaderamente, porque estaba abandonada y desesperada. Una glacial y reprimida pasividad hacía que su desesperación fuera aún más patética. La criada cloqueó al ver descalzos los pies de duende de la muchacha:
—Póngase en seguida sus chinelas, señorita. Con los pies descalzos sobre las losas de piedra. Yo no lo he hecho jamás. Se puede morir.
Mary Anne se apoyó sobre un pie y luego sobre el otro, como si las probabilidades de morir por pisar el suelo de piedra de la cocina se redujeran a la mitad si sólo un pie entraba en contacto con él. Tenía alrededor de diecisiete años. Su mirada distante vagó al azar por la mesa y susurró en tono implorante:
—Quizás un poco de té...
—No hasta que pise el tapiz —dijo la criada, tal vez demasiado autoritaria para el caso.
La chica avanzó hasta la franja brillante del tapiz y dejó que sus ojos volvieran a posarse en mí cuando la criada le dio una taza e incluso un bizcocho, aunque murmurando para sus adentros.
—Yo soy Mary Anne, la hija del alcalde. ¿Quién es usted?
—Un funcionario del gobierno; me llamo Desiderio.
Ella repitió suavemente el nombre pero con un curioso estremecimiento en la voz que podría haber sido placer, y luego dijo:
—Desiderio, el deseado, ¿sabe que tiene los ojos de los indios?
La criada dijo «tch, tch», porque se supone que nosotros los blancos no debemos reconocer a los indios.
—A mi madre siempre le pareció embarazoso —respondí, y la muchacha, aparentemente complacida, extendió su mano con un gesto tan brusco e inesperado de cordialidad que parecía un golpe. Pero tomé su mano, y la sentí helada. Ella retuvo mi mano largamente.
—El señor Desiderio se quedará por algún tiempo en la habitación de huéspedes —dijo la criada de mala gana, como si no quisiera compartir la información con su ama—. Lo envía el gobierno.
A Mary Anne esto le pareció muy misterioso; sus ojos se agrandaron.
—No encontrará a mi padre —me informó.
—¿Por qué no? —pregunté. Mis dedos estaban aún en la trampa de nieve de los suyos.
—Si no volvió a tiempo para podar los rosales, no volverá nunca —dijo, y se estremeció con una risa silenciosa pero tan fuerte que el té se volcó de la taza a su vestido, ya manchado de toda clase de alimentos y bebidas.
—¿Qué cree que le ha ocurrido, Mary Anne? —pregunte con delicadeza, porque aunque sabía, por los registros y por mi propia intuición, que era perfectamente real, jamás había visto a una mujer que pareciera tan familiarizada como ella con las sombras.
—Por supuesto que se desintegró —respondió—. Se disolvió en sus elementos... Un tubo de ensayo de aminoácidos, uno o dos mechones de pelo.
Movió la taza para pedir más té. No me había dado ninguna de las respuestas que yo esperaba y, cuando traté de interrogarla nuevamente, sólo volvió a reír y sacudió la cabeza de tal manera que una trenza de hojas de manzano cayó al suelo y el pelo se desbordó sobre sus ojos. Luego depositó su taza en la mesa con el excesivo cuidado de los que han nacido torpes y se alejó por el oscuro pasillo. Sin duda dejó abierta la puerta del salón porque ahora el piano sonaba con más fuerza, y por algún motivo incomprensible cambió de melodía: ahora tocaba un lúcido disparate de Erik Satie. Con un suspiro, la criada recogió las tazas.
—Un tornillo flojo —dijo—. Una pieza que le falta.
En seguida me condujo a una habitación sencilla pero agradable en la parte posterior de la casa, con una cama cubierta por una colcha de retazos. Era una noche tranquila y cálida y la muchacha del piano bordó un adorno angular de encaje audible en la superficie de mi primer sueño. Creo que desperté porque la música se interrumpió. Quizá sus velas se habían consumido.
Ahora la luna se había elevado completamente y brillaba en mi habitación a través de la cortina de hiedra y de rosas, y las sombras caían con escrupulosa nitidez sobre la cama, las paredes y el suelo. El interior parecía el negativo de una foto del exterior, donde la luna ya había tomado una foto en blanco y negro del jardín. Me desperté repentina y completamente, sin vestigios de sueño en mi mente, como si aquella fuera la hora de levantarse, aunque sólo podía ser algo más de medianoche. No podía quedarme en la cama y me levanté para mirar por la ventana. El terreno era mucho más extenso de lo que me había parecido inicialmente; y el jardín posterior de la casa se hallaba mucho más cerca de las zonas deshabitadas que los terrenos que había recorrido durante el viaje. La luna brillaba con tal intensidad que no había un solo rincón oscuro, y pude ver el lecho seco de un gran estanque o de un pequeño lago que era ahora un óvalo de lirios de pétalos lisos donde las rosas habían envuelto por completo en su abrazo a una ondina de mármol reclinada sobre un costado en una conmovedora actitud de gracia provinciana. Delineada con la precisión de un grabado en madera por la luz de la luna, una familia de jóvenes zorros rodaba y jugaba en un claro que había sido un parque. No había viento. La noche suspiraba bajo el lánguido peso de su propio romanticismo.
No creo que ella hiciera el menor ruido que pudiera sorprenderme, pero de pronto advertí su presencia en la habitación y un sudor frío me erizó la nuca. Me aparté despacio de la ventana. Ella vivía en el umbral crepuscular de la vida y por eso siempre la recuerdo de pie, en el vano de una puerta, vacilante, como alguien que no ha sido invitado y no sabe si será bien recibido. Tenía los ojos abiertos, aunque no miraba, y sostenía una rosa sobre los dedos extendidos. Se había quitado el vestido negro liso y llevaba un camisón blanco de algodón, como los que usan las pupilas de las escuelas religiosas. Nos acercamos uno al otro, y tomé la rosa porque aparentemente me la ofrecía. Una espina me lastimó el pulgar, y sentí que la rosa roja palpitaba como un corazón y dejaba caer una gota de sangre, como si fuera una devoradora de pecados y hubiese asumido por mí el dolor de la herida. Mary Anne me rodeó con sus frágiles brazos y apoyó su boca en la mía. Su beso fue como un sorbo de agua fría y sin embargo excitó mi deseo, porque estaba henchido de angustioso anhelo.
La llevé a la cama y, entre el dibujo de las sombras, penetré su carne suspirante, tan helada como la de una sirena o la ondina de mármol de su propio jardín. Su respuesta era curiosamente atenuada, como si recibiera mis caricias a través de un velo; debéis comprender que yo tenía perfecta consciencia, todo el tiempo, de que estaba dormida; además de la evidencia de mis sentidos, recordaba que el propietario del cosmorama había hablado de una hermosa sonámbula. Sin embargo, si estaba dormida, Mary Anne soñaba con una pasión, y más tarde me dormí sin sueños porque había experimentado un sueño en la realidad. Cuando desperté aquella mañana trivial, sólo quedaban de ella, en la cama, algunas hojas muertas; y no había otra señal de su presencia en la habitación que una rosa marchita en mitad del suelo.
Mary Anne no apareció a la hora del desayuno, aunque la criada me obsequió con panqueques, huevos, tocino, salchichas, fruta y café, y pensé que, por alguna razón, estaba satisfecha de su huésped. A la brillante luz de la mañana, la cara lúgubre y rolliza de la vieja parecía indefiniblemente siniestra e incluso malvada. Insistió en que regresara a la casa del alcalde para la cena y, finalmente, para tranquilizarla, acepté y le dije que regresaría a las siete, aunque no sabía si estaría aún en la ciudad a esa hora. Cuando fui a mi habitación a buscar la maleta, pasé por delante de una puerta abierta: mi visitante nocturna estaba sentada ante el espejo de una mesa de tocador, en una habitación desordenada y llena de partituras. Aún vestía su austero camisón y se peinaba el pelo enmarañado, probablemente por única vez en el día.
—¿Mary Anne?
Me dirigió una sonrisa remota a través del espejo y comprendí que estaba despierta.
—Buenos días, Desiderio —dijo—. Espero que haya dormido bien.
Me sentí desconcertado.
—Sí —dije balbuceando—. Oh, sí.
—A veces la gente se asusta de los ruiseñores, que son tan ruidosos.
—Mary Anne, ¿has soñado anoche?
Su peine se enredó en un nudo y tironeó con impaciencia.
—Soñé con un suicidio por amor —dijo—. Pero siempre sueño lo mismo. ¿No cree que sería maravilloso morir de amor?
Es perturbador hablar con una persona a través de un espejo. Además, ese espejo era contrabando. Su voz era alta y clara y, aunque siempre hablaba suavemente, tan penetrante como la imagen de la luna en invierno.
—No estoy del todo seguro de que sea maravilloso morir por ningún motivo —dije.
—Una sólo vuelve a sus elementos —añadió con un dejo de pedantería precoz. Entré en la habitación, dejando en su alfombra blanca las toscas huellas de mis pasos pesados y, levantándole el pelo, me incliné para besar su cuello. Vi entonces mi propia imagen en el espejo, por primera vez desde el principio de la guerra. Comprobé que había envejecido un poco y que ahora era tan cínico como los sátiros de las pinturas renacentistas. Y tan inescrutable, pobre madre, como los indios. Me saludé como a un amigo. Mary Anne me dejó que la besara, pero no creo que lo advirtiera.
—¿Qué harás hoy, Mary Anne?
—Tocaré el piano, por supuesto. A menos que se me ocurra algo mejor, claro.
No sé si por un instante vi a otra persona mirando a través de sus ojos porque no la miraba a ella; sólo a mí mismo.
Cuando salí, la casa se había convertido en una caja de música: Mary Anne ya estaba tocando. Ahora practicaba los estudios de Chopin. A la luz del día vi que la casa era muy grande, una de esas casas rurales que se extienden en todas direcciones, mitad mansión y mitad granja, aunque ya debía de estar derrumbada en sus tres cuartas partes cuando el alcalde vivía allí, porque sectores enteros del techo se habían hundido bajo el monstruoso peso de la vegetación. Y los antiguos establos y construcciones auxiliares estaban ahora a la intemperie, y el denso manto verde que cubría todo no podía ser obra de unos pocos meses. A la clara luz de la mañana, los ladrillos caídos, las vigas expuestas, las rosas y los árboles parecían dormir, murmurando y agitándose como si un vago sueño imposible de recordar turbara un reposo tan profundo como el de su dueña, la bella del bosque durmiente, a quien nada tan suave como un beso podía despertar.
Fui al Ayuntamiento y examiné distraídamente una vez más los archivos del alcalde, pero no encontré nada que pudiera arrojar más luz sobre una desaparición que yo ahora me inclinaba a considerar totalmente desvinculada del doctor Hoffman, un simple suicidio que podía haber ocurrido en cualquier lugar, en cualquier momento, en un rapto de desesperación, porque por algún motivo yo suponía que el alcalde había sido un hombre angustiado. Después de cumplir las exigencias de mi cargo de Inspector de Veracidad volví a dejar el Ayuntamiento en manos del funcionario que bostezaba y fui al bar adonde me había llevado el propietario del cosmorama. Pero ni siquiera estaba allí el negro corpulento. Sólo una chica de tez dorada, mucho más india que yo, con un corto y colorido vestido de algodón a rayas, lavaba los vasos y miraba vagamente la luz del sol en la calle, donde los moscardones zumbaban en los desagües obstruidos; describí al propietario del cosmorama, pero ella no recordaba haberlo visto nunca.
Entonces bebí un solo coñac y luego me eché a andar por el paseo marítimo, entregado ahora exclusivamente a las alegrías del verano, aunque se gozara de ellas con una singular y silenciosa languidez. Apoyado sobre la barandilla de hierro, miraba el ondulado y tranquilo mar cuando oí un golpeteo a mis espaldas. Tan disimuladamente como pude, me di vuelta. Él pasó a mi lado, acompañado por el stacatto de su bastón, murmurando para sus adentros; lo seguí a una distancia prudente.
No puedo describir su andar agachado, desordenado, bamboleante; golpeaba primero con su bastón, luego lo apoyaba firmemente y se impulsaba hacia adelante con un asmático suspiro de triunfo, como si a cada paso desafiara y derrotara las leyes ordinarias del movimiento. Practicaba esta acrobacia senil con una velocidad increíble, como si tuviese resortes en el bastón y en los gastados tacones de sus botas. Además estaba indescriptiblemente sucio. Podía haber pasado la noche en una cloaca.
Había trasladado su tienda a un deprimente barrio de almacenes donde, a juzgar por el olor, se guardaba pescado seco. Al final de un callejón embanderado de ropa lavada había un pequeño altar en homenaje a la Virgen de los pescadores, con unas pocas flores muertas metidas en una astillada botella de Coca Cola y, más atrás, un pequeño terreno baldío que ocupaba casi por completo la familiar tienda a rayas rosadas. Y ahí lo perdí. En un momento, estaba allí, saltando entre las barreras de ropa húmeda, y en el momento siguiente había desaparecido, quizás en alguna de las cabañas que había en el camino. Decidí esperarlo un rato en su propia tienda.
Esa vez el cartel decía: VEA CON LOS COLORES DE LA REALIDAD LA EXPERIENCIA MÁS SIGNIFICATIVA DE UNA MUCHACHA. Para matar el tiempo, fui de máquina en máquina, inexplicablemente perturbado por las cosas que veía, aunque ninguna contenía elementos grotescos, como las siete maravillas del mundo que había visto la víspera. Todas eran tan fascinantes como las cartas del Tarot, y el título mismo de cada objeto era como un medallón que se integraba en un elegante diseño. No eran, como los del día anterior, modelos, sino verdaderos cuadros pintados al óleo con vividos colores sobre láminas rectangulares, de modo que los oculares gemelos creaban un efecto estereoscópico. Las láminas estaban dispuestas en varias capas que se desplazaban unas sobre otras mediante un sistema programado de relojería que se anunciaba con un clic, y daba la impresión de que las figuras se movían a sacudidas. También permitían bruscas transformaciones. Cada cuadro estaba iluminado desde atrás y poseía un brillo que no era natural, de modo que la luz de la luna que inundaba la primera escena era mucho más clara que la verdadera, y parecía su imagen platónica. Esa radiación trascendente bañaba unas ruinas cubiertas de hiedra; las diapositivas cambiaban para permitir el rígido revoloteo de los murciélagos a su alrededor. Un lúgubre búho estaba posado en una deteriorada chimenea y movía lentamente las alas en el aire oscuro donde colgaban en caracteres iridiscentes las palabras: LA MANSIÓN DE MEDIANOCHE.

En la segunda máquina, la mansión se dividía por el medio para revelar una habitación roja y una advertencia: ¡SILENCIO! ¡ELLA DUERME! Era tan blanca como mi anémica amante de la víspera y al igual que ella vestía de negro; pero ésta llevaba un vestido medieval de terciopelo con mangas que se estrechaban hacia el dorso de la mano, y su pelo ondulante poseía varios matices de oscuridad. Estaba echada con el voluptuoso abandono del sueño en un sillón labrado; las arañas subían y bajaban sobre los hilos que ellas mismas habían tejido entre los tapices.
Cuando miré por la tercera máquina vi un feroz cerco de espinos, pero luego, ante mis ojos, apareció sobreimpreso un joven príncipe con jugosos racimos de rulos dorados sobre los hombros de su jubón acolchado, en una actitud implorante de ballet, y de su boca brotó un rollo de papel donde decía: ¡HE LLEGADO! El cerco se abrió y reveló, en una serie de ingeniosas perspectivas, a la mujer dormida dentro de la casa encantada de la primera máquina, con su búho encima, etcétera.
UN BESO PUEDE DESPERTARLA. En la habitación roja, el bello príncipe de piel rosa como azúcar cande y labios color helado de fresas se inclinaba sobre la muchacha dormida; otra diapositiva se superponía a la anterior y los mostraba tan próximos, los rulos de él mezclados con el pelo de ella y las caras tan juntas, que la palidez de ella tomaba el rosa del príncipe y se ruborizaba. Un clic del mecanismo interno. El color de la carne viva regresaba bruscamente al rostro de la muchacha. Sus ojos se abrían. Sus labios, ahora rojos, se separaban.
Con esto, el encanto se desvanecía. En la quinta máquina, la maldad triunfaba. De las flores deformes surgían monstruosos colmillos y trompetas terminadas en dientes fulgurantes que desgarraban las paredes rojas; el voraz jardín se lanzaba sobre su presa y se veía cada ladrillo en el instante de caer. En medio de la violencia de esta transformación continuaba el abandono del abrazo. La muchacha despierta, llena de joven encanto, aferraba aún entre sus brazos a un amante de cuyo cuerpo había desaparecido toda la carne. Era un esqueleto sonriente. Con las falanges de una mano sostenía una guadaña y con la otra apretaba uno de los maduros senos de ella, mientras le separaba los muslos con la rodilla huesuda. El texto decía: LA MUERTE Y LA DONCELLA.
Las otras dos máquinas estaban vacías.
Era mediodía, y el calor dentro de la tienda era sofocante. Salí y me senté en el umbral; prendí un cigarrillo mientras esperaba, pero el propietario del cosmorama no apareció. Una niña de pelo rizado recogido en las innumerables trenzas que usan los pobres y los supersticiosos, según creo siguiendo prácticas vudú, se acercó y me miró. Sus trenzas eran tan apretadas que dejaban ver parte de la piel castaña y brillante que cubría su cráneo; aunque le hice preguntas, me respondió algo incomprensible en la jerga multilingüe de los barrios pobres y empezó a remover con un palo un desagüe tapado. Tenía el rostro cubierto por las erupciones espiraladas de alguna enfermedad de la piel. Las buenas monjas me habían alejado de esos pasatiempos y penurias, pero de todos modos, como ya habréis advertido, había en mí cierto grado de ambivalencia acerca de la visión arquitectónica que tenía el ministro acerca del Estado perfecto. Esto se debía a que yo no ignoraba cuál habría sido mi posición en ese esquema cerrado.
El somnoliento mediodía no proyectaba sombras. Pregunté en varias casas pero incluso aquellos que hablaban el lenguaje corriente sólo sabían del propietario que su tienda había llegado súbitamente a la plazoleta del altar la noche anterior. Mi camisa estaba empapada de sudor y por fin me dirigí hacia el mar con la esperanza de encontrar alguna brisa.
Me pregunté si los veraneantes eran sólo fantasmas. De todos modos, la gran mayoría se había ido a comer, y las playas estaban casi desiertas. Caminé por la orilla del agua, entre los restos de las sandalias y los potes de plástico de los bronceadores que el mar no podía digerir, viendo bailar el blanco encaje de las enaguas del océano, y entonces, mientras pensaba solamente en la luz del sol, las olas la trajeron hasta mis pies.
Mary Anne, por cierto, había encontrado ese día algo mejor que tocar el piano. Ya había sufrido un cambio marino. Estaba envuelta en guirnaldas de algas y las conchillas se adherían a su blanco camisón. Cuando la levanté, brotó agua de su boca. Su piel no era más blanca que en vida. Estaba muerta. Pero igual intenté revivirla.
Me quedé perplejo y horrorizado. Sentía que de algún modo había sido un instrumento de su muerte. Me agaché sobre la muñeca perdida en el mar en una actitud que, lo sabía, era una cruel parodia de la noche anterior, con mis labios apretados contra su boca, y pensé que apenas había diferencia entre lo que hacía ahora y lo que había hecho la víspera, porque su sueño era también una muerte. Esa idea me abrumó de remordimiento y espanto. No sé durante cuánto tiempo estuve tratando de devolverle la vida a su cuerpo inerte; pero cuando por fin un clamor de voces interrumpió mi pesadilla, el sol estaba muy al oeste y sus largos rayos caían sobre la arena con una peculiar intensidad. Mary Anne y yo estábamos totalmente cubiertos de arena mojada y parecíamos esos shamanes indios que se pintan con barro coloreado para evocar los espíritus de los que se han ido. Yo no intentaba hacer otra cosa. Levanté la vista.
En el paseo marítimo vi una figura oscura y jorobada que me señalaba con su bastón blanco. Por los escalones de hierro que bajaban a la playa avanzaba ruidosamente un destacamento de la Policía de Determinación, con sus largos abrigos de cuero, encabezado por el funcionario del Ayuntamiento, con los rasgos deformados por una inusitada excitación, y por la corpulenta criada de la casa del alcalde, todavía con su delantal blanco, que corría a trompicones, roja y sin aliento pero irradiando una horrible satisfacción. Eran la imagen perfecta de la felicidad perversa, y tuve la convicción de que ambos, en complicidad, habían asesinado al alcalde por algún propósito común, probablemente relacionado con dinero o propiedades, y con la esperanza de que la confusión de la época ocultara su culpabilidad. Creían que yo podía descubrirlos. Quizás incluso habían asesinado a la pobre Mary Anne, arrojándola al mar para inculparme, porque si yo mismo era acusado, ¿cómo podría acusarlos a ellos?
Se acercaban cada vez más, y comprendí que debía escapar sin demora.
No sé por qué levanté el cadáver mojado de la muchacha e intenté escapar con ella. Creo que deseaba salvarla de la criada porque, con brusca clarividencia, supe que la vieja la odiaba, viva o muerta. Cargado con Mary Anne, corrí tal vez unos cien metros por la playa, mientras su cuerpo, doblemente pesado por el agua absorbida, se me escurría entre los brazos como si llevara un gran pez. Entonces un miembro de la Policía de Determinación sacó su pistola y disparó. Sentí un dolor desgarrador en el hombro y caí. La segunda bala silbó junto a mi oído y destrozó los exquisitos rasgos de la muchacha muerta, de modo que su sangre y sus sesos me salpicaron la cara. Me desvanecí.
Fui acusado de cuatro delitos.
1. cometer estupro con una menor (en realidad, Mary Anne era aún más joven de lo que parecía: sólo tenía quince años);
2. provocar la muerte por inmersión de la menor mencionada;
3. practicar la necrofilia sobre el cadáver de la menor, acto que la policía pudo ver con sus propios ojos, y
4. simular que era un Inspector de Veracidad de tercera clase, cuando en realidad era el hijo sin padre de una conocida prostituta de origen indio, lo que infringía el Reglamento de Determinación, página 4, parágrafo 1 c: «Toda cosa o persona que se aparte significativamente de sí misma o de su propia identidad conocida comete un delito y puede ser capturada y sometida a pruebas».
Por la actitud de la Policía de Determinación, parecía muy probable que yo no sobreviviera a la prueba para llegar al juicio.
Me aterrorizó comprobar hasta qué punto había crecido el poder autónomo de la policía. Aunque pedí que me dejaran llamar al número telefónico privado del ministro, se echaron a reír y me golpearon la cabeza con las culatas de sus pistolas. Por supuesto, los papeles de mi maleta habían sido alterados y ahora eran completamente increíbles, lo que sin duda fue obra del funcionario, mientras yo examinaba los archivos. Mis armas habían desaparecido. No podía determinar el papel del propietario del cosmorama con exactitud, salvo que deseaba librarse de mí y había espiado ciegamente todo lo que yo hacía.
Las celdas del cuartel policial estaban repletas de infractores a la realidad, de modo que me llevaron al Ayuntamiento, al despacho del alcalde. Me habían vendado el hombro burdamente, después de lavar la herida con un poco de ácido fénico diluido, pero fueron suficientemente sensibles como para permitir que me quitara la sangre de Mary Anne. Le entregaron al funcionario una ametralladora enorme y lo apostaron detrás de la puerta para asegurarse de que no escapara. Oí girar la llave en la cerradura, y el fuerte ruido de sus botas que se alejaban. Después de un rato, oí el cacareo de una risa femenina, y luego nada más.
Era de noche y la habitación estaba en completa oscuridad. Yo sentía mucho dolor, pero una furia inconmensurable me impedía caer en la desesperación. Sabía que debía dormir un poco para aclarar mi cerebro desorientado antes de enfrentar la ordalía que, sin duda, traería el día siguiente; pero era imposible dormir. Además, tenía hambre voraz y una sed terrible. A tientas busqué el frasco de jerez del alcalde y descubrí también allí una lata cerrada de bizcochos, que devoré a pesar de su sabor a tierra. Quité con los dientes el corcho de la botella. El jerez se había convertido en jarabe, pero me lo bebí; eso y el alimento me dieron suficientes fuerzas para sentarme ante el escritorio del alcalde y examinar fríamente la situación. Cuando lo hice, me di cuenta de que era tan desesperada que parecía risible.
Salió la luna, redonda, llena, y su luz me permitió ver bastante bien mi improvisada prisión. Escuché atentamente y no oí ningún ruido del otro lado de la puerta. Me puse de pie, fui hasta la ventana, y abrí un poco la persiana. La habitación estaba en la parte delantera del edificio, en el segundo piso, y un par de diosas de piedra flanqueaban la ventana. Cualquiera podría haber descendido por la fachada, porque los senos, nalgas, pilares y pedestales que la formaban ofrecían múltiples apoyos; pero ya en el antepecho de la ventana hubiera sido tan visible para cualquier persona que estuviese en la plaza como si fuera de día; apenas cerré la persiana con un leve ruido, éste provocó una lluvia de golpes en la puerta, lo cual quería decir que mi guardián estaba atento. Busqué una salida mejor y mis ojos encontraron el hogar.
También él estaba flanqueado por dos cariátides que sostenían sobre sus frentes serenas una sólida repisa de mármol. La reja tenía, labrado, el escudo de armas de la ciudad. Aunque sentía el hombro inflamado y apenas podía usar la mano derecha, logré mover la pesada reja sin el menor ruido, y luego metí la cabeza en la chimenea. Al mirar hacia arriba vi un disco de límpido cielo azul en el cual brillaban unas pocas estrellas. Una leve lluvia de hollín me cayó sobre la cabeza y me aparté, pero cuando volví a observar el interior de la chimenea, descubrí, recubiertas por el hollín de años, una serie de hendiduras practicadas en los costados para facilitar el trabajo del deshollinador, que constituían una escalera apta para mi propósito. Casi no pude creer mi buena suerte.
Esperé hasta que, por la posición de la luna, calculé que habían pasado algunas horas después de la medianoche. En ese momento mi brazo derecho estaba apretado por una tenaza de dolor y completamente inutilizado. Además, la fiebre subía, me torturaba, no quedaba nada para beber, y debía luchar contra un mareo que bordeaba el delirio. Pero estaba decidido a huir. Me acerqué a la puerta y escuché. Creí oír un suave ronquido y, a pesar de mi fiebre, eso bastó para alentarme. Me habían quitado la ropa excepto los pantalones y la venda; estaba perfectamente vestido para escalar una chimenea. Me acerqué al hogar.
Un hollín fino y húmedo me cubrió la boca y las ventanas de la nariz y, antes de que ascendiera con esfuerzo tres o cuatro metros, mi mano izquierda estaba tan negra como el muro en que se apoyaba y la sangre brotaba de mi vendaje goteando sobre el brazo derecho. El cielo me miraba desde arriba con un solo ojo azul que parecía tan alegremente indiferente a mi situación que unas lágrimas de autocompasión abrieron profundos surcos en mis sucias mejillas. El deshollinador debía de utilizar a un niño para que le ayudara a subir y bajar con los cepillos, pero yo era un adulto y el reducido espacio de la chimenea parecía una cámara de tortura que se hacía cada vez más insoportable a medida que mis movimientos eran más torpes, y el temor de provocar el menor ruido me prohibía incluso aclararme la garganta. Además, mis agotados sentidos me convencieron de que el recinto era cada vez más angosto y que las paredes se estrechaban para aplastarme. El edificio tenía unos seis pisos de alto. En cada oscura boca que anunciaba el hogar de alguna habitación me estremecía el temor de que la caída del hollín denunciara mi ascensión a alguien que estuviera allí; y cada vez que, con una sola mano, no lograba asirme de una hendedura, casi moría de miedo al oír cómo mis propios esfuerzos me traicionaban.
Pero subí y subí, como una rata ambiciosa que atraviesa un agujero demasiado pequeño, y poco a poco llegué a la conclusión de que en los pisos superiores no había nadie, excepto yo y mi dura lucha. Sin embargo, eso no disminuía mi temor porque el recuerdo del rostro deshecho de la muchacha muerta me acechaba constantemente y por momentos creía llevar todavía su peso en mi palpitante brazo derecho o veía brillar sus dientes en aquella masa de carne cuando miraba hacia abajo. A veces el cielo parecía a un kilómetro de distancia; otras, creía que podía tocarlo si estiraba la mano, por lo cual cuando mi cabeza asomó al aire libre me sorprendí tanto como un niño que emerge bruscamente de la matriz. Al principio, sólo pude aspirar aire puro a bocanadas sedientas, aún aprisionado por la chimenea; pero apenas recobré el aliento logré salir peligrosamente y rodar por el techo hasta la canaleta, donde permanecí largo rato, porque estaba casi al borde de mis fuerzas.
Las canaletas eran piadosamente anchas, y un reborde de piedra labrada de casi un metro de altura escondía de la calle el techo, de modo que yo quedaba perfectamente oculto. En cuanto recobré el aliento, vi que la luna empezaba a desaparecer y que tendría una o dos horas de completa oscuridad antes de las primeras señales del alba. Esperé esa oscuridad como a una amiga. Las vendas de mi herida estaban tan desgarradas y sucias que me las arranqué y las tiré. Un sordo y permanente latido de dolor me recordó que no me habían extraído la bala y que si no veía pronto a un médico quizá no sobreviviera mucho tiempo. Pero todavía me quedaban suficientes fuerzas para escapar.
El edificio más próximo era el banco de la ciudad. Estaba del otro lado de una callejuela, a dos metros de distancia y, por milagro, tenía un techo plano; era un edificio de tres pisos y se encontraba unos seis metros más abajo. No obstante, una escalera de incendio me invitaba en la parte más oscura del edificio: si lograba alcanzarla, era un camino abierto hacia la libertad. Creo que no me habría atrevido a dar ese terrible salto si la fiebre no hubiese afectado mi entendimiento. Cuando estuvo suficientemente oscuro, salté: caí al abismo y la caída me dejó sin respiración, pero llegué al otro lado, vivo.
En aquel techo había un depósito de agua y, aunque sólo contenía una charca sucia, recogí un poco en mis dedos cubiertos de hollín y me refresqué en proporción a la calidad del líquido, es decir, no mucho. Vi la bandeja de plata del océano y la pálida sombra del alba en la orilla, aunque la noche era profunda porque las luces de la ciudad no funcionaban. Bajé por la escalera de incendio con los pies descalzos y lastimados después de armarme de valor, y caminé por las calles tratando de mantener los ojos bien abiertos para que no me sorprendiera el destello de la linterna de algún policía de patrulla ni los perros guardianes, a pesar de tener los ojos afiebrados y sentir involuntarios temblores antes de dejar la ciudad a mis espaldas.
En el camino robé unos pantalones y una camisa de una cuerda de ropa tendida y me apoderé de las sandalias de un campesino borracho dormido en un umbral; pero no me detuve a lavarme en las goteantes bombas de agua. Cuando llegué a un arroyo, más allá de los últimos suburbios, me lavé con agua helada. Grité al contacto del agua con la herida. Oculté mis antiguos harapos debajo de una piedra y me vestí con las ropas nuevas. No quedaba nada del joven y vivaz funcionario del gobierno que poco antes había salido de la capital. Parecía un auténtico vástago de los antepasados que mi madre había negado con tanta firmeza, y quizás a eso deba mi vida.
Llegué al camino principal y encontré una cabina telefónica desde donde intenté llamar al ministro; pero la línea estaba descompuesta o cortada porque el aparato no produjo el menor sonido. Salí del camino y seguí un verde sendero entre setos cubiertos de rocío donde pronto empezaron a cantar dulces aves. El día había comenzado y la niebla de la madrugada era cada vez más brillante. Hubiera deseado no ver permanentemente el rostro de Mary Anne entre los espinosos arbustos cuyos frutos ya estaban rojos. Pasé frente a una taberna, lejos de todas partes; apoyada en un rústico banco, al lado de la puerta, había una bicicleta. Monté en ella y me alejé, guiando con una sola mano; sólo se puede andar en bicicleta mediante un esfuerzo continuo de voluntad, y la voluntad de vivir era lo único que me quedaba.
No conservo un recuerdo muy claro de esa parte de mi fuga. Estaba agotado por la fiebre y me sentía débil por el hambre: sólo había comido los pobres bizcochos del alcalde desde el traicionero desayuno servido por la criada veinticuatro horas antes. Sé que llegué a un río muy ancho al final de la mañana y seguí a lo largo de la ribera mientras el sol castigaba mi cabeza descubierta. Mis ruedas dibujaban extravagantes curvas a mis espaldas. En ese momento, creí que estaba muy cerca del fin.
Vi un caballo tobiano que pastaba junto al sendero y, apoyado contra un poste, a un hombre alto, moreno, delgado, con ropas holgadas, que fumaba una meditativa pipa. Me miró con curiosidad mientras yo avanzaba tambaleándome hacia él, y extendió los brazos para sostenerme antes de que me cayera. Recuerdo su cara morena y fina, muy parecida a la que poco antes había visto en el espejo de Mary Anne, y recuerdo la sensación de ser transportado en vilo por dos brazos robustos, luego el crujido de unas tablas y la sensación de que el suelo se mecía, por lo cual deduje que estaba en alguna clase de barca en el río. Recuerdo el roce de una fresca tela de lino contra mi mejilla y la voz de una mujer que hablaba en un lenguaje fluido y melodioso que me transportó a mi primera infancia, anterior a la época de las monjas.
Después, por mucho tiempo, nada más.


* * *

3. El pueblo del río

Los portugueses nos hicieron el honor de descubrirnos hacia mediados del siglo XVI, pero se marcharon demasiado tarde, cuando ya había pasado su esplendor imperialista y por eso nuestra nación se inició como un pensamiento posterior, o una nota al pie, de otras conquistas de mayor celebridad. Los portugueses encontraron un estrecho litoral pantanoso infectado por las fiebres; y cuando de mala gana penetraron en el interior descubrieron que había terreno firme y extensas y soleadas praderas. A su paso distribuyeron generosamente la sífilis y la palabra de Dios, llegaron hasta las hostiles laderas de las montañas y regresaron porque allí no había oro ni plata de los cuales apoderarse: sólo paludismo y fiebre amarilla. Permitieron entonces que, un siglo más tarde, los industriosos holandeses desecaran los pantanos y trazaran un intrincado sistema de canales, que luego completaron y extendieron en una breve visita los ingleses, a quienes el país debería gran parte de su ulterior riqueza.
Los caprichos de algún tratado de paz europeo le robaron a los holandeses el fruto de su trabajo, aunque algunos se quedaron para añadir aún mayor confusión a nuestra incomprensibilidad étnica y al bárbaro lenguaje que se desarrolló lentamente a partir de tal multiplicidad de elementos. Pero fueron sobre todo los ucranianos, los escoceses y los irlandeses quienes convirtieron las tierras, ahora fértiles, en opulentas plantaciones, mientras una fuerza de trabajo compuesta por esclavos y convictos despejaba el interior y un arquitecto barroco, importado con ese propósito, se dedicaba a construir la capital, que se fundó a principios del siglo XVIII en el lugar donde el río principal formaba una laguna. Allí construyeron una casa para Jesús, un banco, una prisión, una bolsa, un manicomio, un suburbio y un barrio bajo. Estaba terminada. Prosperó.
Durante los doscientos años siguientes, una mezcla de centroeuropeos, alemanes y escandinavos acudió a cultivar las llanuras; y aunque una breve pero sangrienta rebelión puso fin a la esclavitud en la época de la Revolución Francesa, muchos esclavos negros huyeron de las plantaciones del norte para proporcionar mano de obra barata a las fábricas, astilleros y minas a cielo abierto que produjeron la prosperidad del país hasta el siglo veinte. No se podía decir que fuéramos una nación subdesarrollada aunque, si no hubiéramos existido, el doctor Hoffman no podría haber inventado un país mejor para desarrollar sus experimentos y, si él puso en su trabajo la ambivalencia del expatriado, ¿acaso no éramos casi todos nosotros —excepto yo mismo— expatriados?
Incluso aquellos remotos antepasados que habían atravesado el océano en barcos de madera sentían, ante la presencia salvaje de las montañas, que eran poco más que extranjeros residentes. Los expatriados habían impuesto una fachada totalmente europea al inhospitalario paisaje en el que vivían con angustia, cubriéndose con un abrigado chal de recuerdos familiares aunque, con los años, esa antigua prenda se había deshilachado y por sus agujeros soplaban ráfagas que les daban escalofríos. El aire mismo estaba lleno de fantasmas, de modo que los recién llegados llevaban la inquietud a sus pulmones cada vez que respiraban. Hasta la introducción del DDT, la región situada entre la capital y el mar era un criadero de mosquitos; hasta que no se empezó a filtrar el agua para beber, transmitía el cólera. Todo, en el país, era sutilmente hostil.
La burguesía, muy poderosa, y la inmensa mayoría del campesinado de los alrededores de la capital, desde los granjeros acomodados hasta los más empobrecidos, provenían de diferentes lugares de Europa y sólo estaban unidos por el frágil vínculo de un lenguaje común aunque con frecuencia imperfectamente comprendido; en cambio, los habitantes de los barrios pobres, incluso con grandes diferencias raciales entre ellos, se distinguían por su color de piel, ya que casi todos eran en cierta medida negros. Si los conquistadores no habían encontrado riquezas, los jesuitas que los acompañaban habían logrado una rica cosecha de almas; a los informes acerca de los intentos de conversión y a los diarios de esas infatigables tropas de asalto del Señor debemos la mayor parte de nuestro conocimiento de los aborígenes. Muchas costumbres y características que los jesuitas les atribuyen son claramente falsas; ni siquiera es necesario desmentir las famosas versiones acerca de indígenas montañeses que tenían una tiesa espina musculosa en la base de la columna vertebral, de modo que todos sus bancos estaban perforados. Pero ninguna de las tribus podía escribir el lenguaje que hablaba, domesticar caballos ni construir con piedras. No eran aztecas ni incas sino hombres y mujeres ingenuos, morenos, que pescaban, cazaban, atrapaban aves y luego morían en grandes cantidades: quienes no se convirtieron en blancos vivos para las ballestas de los portugueses, sobrevivieron para ser presa de los falsos ingleses, quienes les dirigían alegres gritos de caza y los perseguían como a zorros, con sus rojas chaquetas importadas. La mayor parte de los sobrevivientes sucumbieron a la sífilis, la viruela, la tuberculosis, o las enfermedades de las nurseries europeas, como el sarampión o la tos convulsa, que suelen demostrarse mortales cuando se exportan a otro continente.
Aquellos difuntos amerindios poseían un singular encanto. Cerca de la costa, una tribu que había vivido en cabaña de paja en las islas del litoral sabía unir plumas para hacer vestidos y mantos, y corrían en zancos sobre el agua quieta como brillantes aves de largas patas. Podían hacer tapices sin figuras, sólo con gradaciones de color, tejidos de tal modo que los colores parecían en movimiento. He visto los restos de uno de esos mantos de plumas en el poco frecuentado Museo de Arte Popular; estaba hecho jirones, pero los rojos, los morados y los rosas, no desteñidos por el tiempo, todavía bailaban. Otra tribu que vivía junto al mar, de seres hoscos y respetuosos que se alimentaban de pescado crudo, poseía un dialecto en el cual no había palabras para «sí» o «no»: sólo una para «quizá». En el interior, la gente residía en colmenas de barro sin puertas ni ventanas, a las que se entraba por un agujero en el techo. Cuando las lluvias de primavera arrasaban sus hogares, como ocurría inevitablemente todos los años, se retiraban con estoicismo a unas cavernas, donde labraban en la piedra elocuentes ojos por razones que los jesuitas jamás comprendieron. Aquí y allá, en la tundra seca e incluso al pie de las montañas, los jesuitas indujeron a los indios, por naturaleza amables y deseosos de agradar, a construir enormes iglesias con floridas fachadas de estuco rosado. Pero los indios, una vez levantadas esas iglesias, después de contemplarlas con asombro y complacencia, se alejaban para sentarse al sol y tocar tritónicas melodías en sus primitivos instrumentos musicales. Los jesuitas decidieron finalmente que entre todos los indios no había una sola alma, y eso puso un finis irrevocable a la historia de su regeneración.
Pero los indios no murieron. Los europeos preñaron a las mujeres y los hijos de esas uniones preñaron a las blancas pobres. Los negros preñaron al resultado de la cruza y finalmente la sangre india original, aunque filtrada y difusa, se distribuyó con ecuanimidad entre el proletariado urbano y las personas que se ocupaban de tareas que tanto los blancos como los negros consideraban viles, como recoger desechos humanos para usarlos como abono. Sin embargo era perfectamente posible —y así le ocurría en efecto a la mayor parte de la población— vivir toda la vida en la capital o en las ciudades de la llanura y saber muy poco o nada de los indios. Eran los hombres malos con los cuales se asusta a los niños traviesos, recolectores de trapos y basuras, buhoneros, vaciadores de pozos sépticos: realizaban todas las tareas para las cuales no se necesita una cara.
Algunos de ellos se dirigieron al río, como si desconfiasen incluso de la tierra seca. Era la más pura estirpe india sobreviviente; vivían vidas secretas y esotéricas, olvidados, inadvertidos. Se decía que muchos miembros del pueblo del río no habían puesto el pie en la costa en toda su vida, y yo sabía que era tabú para las jóvenes solteras y las mujeres embarazadas abandonar las barcas donde vivían. Eran orgullosos, reservados, tímidos y rígidamente selectivos en sus tratos con el mundo exterior. Se prohibía a quienes se casaban fuera de los clanes del río regresar junto a sus familias e incluso hablar con cualquier miembro de la tribu mientras viviera; pero el tabú de cualquier forma de exogamia con los robustos caucasianos que se instalaban en las costas del río era muy estricto, y no creo que más de media docena de mujeres —y entre los hombres, sólo los patrones de las barcas, o mejor barcazas— hubiesen cambiado más de una veintena de frases con personas que no pertenecieran a su pueblo. Además, conservaban una versión de uno de los dialectos indios; y creo realmente que eran los remotos descendientes, a pesar de las mutaciones, de los hombres-pájaros de los pantanos, porque el significado de las palabras no dependía tanto de la pronunciación como de la entonación. Hablan con una especie de canto; cuando, por la mañana, un grupo de mujeres charla en las barcas mientras preparan el desayuno y arrojan los desperdicios por las bordas, parece el canto del alba. La única forma en que podría transcribirse su lenguaje es mediante la escritura musical. Y he encontrado muy pocas de sus costumbres en los escritos de los jesuitas.
A lo largo de los años, su sociedad aislada y autoabastecida había desarrollado una lógica absolutamente coherente que debía poco o nada al mundo exterior; navegaban entre puertos y ciudades con tanta despreocupación como si ríos y canales fueran un tapiz mágico de indiferencia. Pronto comprendí que eran totalmente inmunes a las visiones. Si los feroces ancianos de nariz de halcón que gobernaban con su sabiduría tradicional decían que algo era así, era así, y se habría necesitado algo más que los trucos de un terráqueo astuto para debilitar sus convicciones. Y como, en definitiva, no sentían la menor buena voluntad hacia los blancos y muy poca hacia los negros, contemplaban con frío placer, desde la seguridad de sus ojos de buey, el ocasional desastre de las ciudades por donde pasaban.
Las gotas de sangre india que mi madre había maldecido toda su vida me habían dado el pelo suficientemente negro y los pómulos suficientemente altos como para ser considerado, entre el pueblo del río, uno de ellos, en el momento en que eran los únicos que podían ayudarme. El barquero que me recogió sabía perfectamente que yo venía de la ciudad; hablaba bastante bien la lengua corriente y me dijo que sentían buena disposición hacia los fugitivos de la justicia, siempre que fueran de origen indio. Me contó que, durante mi desvanecimiento, me había extraído la bala del hombro con un cuchillo mientras su madre sostenía bajo mi nariz una infusión de hierbas narcóticas cada vez que daba señales de recuperar la conciencia. Luego me puso sobre la herida una hirviente cataplasma de hierbas, la vendó y me dejó al cuidado de la anciana.
Al principio creí, cuando ella me sonreía, que no tenía un solo diente en su boca, porque la fiebre aún nublaba mis ojos; pero pronto supe que las mujeres solían pintarse los dientes de negro. Cada vez que ella entraba en la cabina, cerraba la puerta rápidamente, pero no antes de que yo vislumbrara una muchedumbre de niños curiosos que trataban de verme desde la cubierta. No obstante, no conocí a la familia hasta que Nao-Kurai me enseñó a cantar algo de su lenguaje.
El lenguaje del pueblo del río planteaba problemas lingüísticos y también filosóficos. Por ejemplo, como no tenían una regla para los plurales sino un elaborado sistema de números alterados para denotar cantidades específicas de un objeto dado, no existía el problema de la oposición entre lo particular y lo universal, y la palabra «hombre» significaba todos los hombres. Eso determinaba profundas consecuencias en su socialización. No había un equivalente preciso para el verbo ser, por lo cual se despojaba de su esencia al sistema cartesiano y sólo quedaba el hecho desnudo e indiscutible de la existencia, porque el estado de ser era indicado por una terminación verbal que podía traducirse como «alguien se encuentra en la situación o el desempeño de cierta cosa o acción», y el aria exigía mucho virtuosismo para una ejecución demasiado frecuente, de modo que se reemplazaba por el acuerdo tácito. Los tiempos verbales dividían el tiempo en dos grandes trozos: un pasado simple y un presente continuo. Ninguno de los dos contenía ulteriores matices temporales. Se creaba un futuro agregando diversos sufijos que indicaban la esperanza, la intención y diversos grados de probabilidad o posibilidad. Había también una marcada ausencia de nombres abstractos, que eran muy poco útiles para ellos. Vivían en una compleja, vacilante pero absoluta inmediatez.
Además de pintarse de negro los dientes, la madre de Nao-Kurai, a quien pronto me invitaron a llamar «Mamá», usaba una buena cantidad de pintura en la cara, a pesar de su edad. La pintura se disponía de modo peculiar y estilizado. Una capa de blanco mate cubría la nariz, la frente y las mejillas, dejando las orejas y el cuello tal como la naturaleza los había hecho. Sobre esa capa blanca había un punto rojo en mitad de cada mejilla y un corazón cuidadosamente delineado sobre la boca, que ignoraba por completo el contorno real de los labios, perceptibles como un vago reborde, como de paredes enterradas en la nieve. Gruesas líneas negras rodeaban sus ojos, y de ellas irradiaban una serie de cortos rayos regulares. Las cejas estaban pintadas, pero encima de ellas otras cejas paralelas le otorgaban al rostro una expresión de gran sorpresa. A veces, Mamá se pintaba, con color negro, una medialuna, una estrella o una mariposa en el ángulo de la boca, en las sienes o en alguna otra parte absurda. Vi que las chicas que venían a espiarme estaban pintadas de la misma manera, aunque menos sofisticadamente. Ese maquillaje tradicional quizá estuvo destinado originalmente a rechazar a los hombres de tierra firme; lo cierto es que provocaba rechazo.
Mamá escondía sus rizos de pelo negro en un colorido pañuelo anudado en la nuca. Siempre llevaba pantalones amplios ceñidos en los tobillos con cordones rojos o verdes; calcetines de algodón negro con el dedo grande separado y sandalias con tiras de cuero; una blusa de algodón a cuadros o floreada y, encima, un delantal blanco, almidonado e inmaculado, sin mangas, atado en el cuello y la cintura, que cubría casi por completo la parte superior del cuerpo. Los delantales, así como las sábanas de las camas y las cortinas de los ojos de buey estaban bordadas con un encaje blanco y áspero que las mujeres hacían por las noches, reunidas en grupos de tres o cuatro alrededor de una sola vela. Era, creo, un arte que les habían enseñado las monjas en el siglo XVII, antes de que el pueblo del río se apartara del mundo, porque los diseños eran muy antiguos.
El traje de Mamá era igual al que usaban todas las mujeres. Les daba un aspecto inconmovible; parecía que si uno las empujara no se caerían, simplemente se mecerían de un lado a otro. Pensé que, si bien había visto algunas veces las barcas que se movían lentamente por el río, jamás había advertido esa figura peculiar de las mujeres en la cubierta; más tarde supe que las mujeres debían permanecer en el interior cuando llegaban a algún pueblo de cierta importancia.
Mamá olía siempre levemente a pescado, pero también las sábanas y las mantas; su olor impregnaba la madera misma del casco, porque el pescado era su fuente principal de proteínas. Cuando me traía la comida, Mamá nunca me daba un cuchillo, un tenedor o una cuchara: sólo traía una fuente honda con una masa firme de maíz cocido, cubierta con pescado y una salsa aromática; más tarde descubriría que la familia solía comer alrededor de una mesa redonda en la cabina principal. Cada uno recogía un puñado de maíz de una fuente común, lo arrollaba entre las palmas de las manos hasta que se endurecía, y luego lo hundía en otro bol común de salsa.
Siempre que me traía la comida, vendaba mi herida, me lavaba, tendía la cama o cumplía las tareas más íntimas sin disgusto ni embarazo, Mamá utilizaba un pequeño repertorio de gestos rígidos y exactos, como si esos gestos fuesen el único acompañamiento posible para sus acciones y también las únicas expresiones físicas posibles de hospitalidad, solicitud o cuidado maternal. Luego descubriría que todas las mujeres se movían de esa misma manera estereotipada, como autómatas benévolas; por eso, y por su lenguaje de caja de música, era factible sentir que no eran completamente humanas y comprender hasta cierto punto el motivo de los prejuicios de los jesuitas.
El aspecto y las costumbres de los hombres no eran de ningún modo tan extraños, quizá porque, aunque de mala gana, estaban obligados a mezclarse con la gente de la costa y por eso habían adoptado algunas características y la vestimenta de los campesinos. Usaban camisas blancas sueltas sobre unos amplios pantalones, y un chaleco igualmente amplio, sin mangas, en general de pequeños cuadrados multicolores que se ponían cuando hacía frío. En invierno, los hombres y las mujeres usaban chaquetas acolchadas de algodón. Mamá ya estaba remendando y reacondicionando un baúl de esas chaquetas para el próximo invierno.
A veces los hombres llevaban pendientes y varios talismanes colgados del cuello, pero sólo adornaban sus rostros con grandes bigotes cuyas líneas caídas acentuaban el aspecto meditativo de la nariz y el mentón indios. También yo lucía un bigote así antes de levantarme; y una vez que creció, no me molesté en afeitarlo porque me gustaba mucho más mi cara de entonces que la anterior. Las semanas de dolor y malestar pasaron con el resto del verano; por mi ojo de buey, vi los rastrojos de la llanura y los colores del otoño, que brillaban y luego caían de los árboles. Mi mejor compañero era el gato de a bordo, un animal obeso y furtivo, blanco, con manchas negras irregulares en la grupa, la pata delantera izquierda y la oreja derecha, que me dedicó gran atención por algún desconocido motivo, quizá porque yo estaba muy quieto y él podía dormir tranquilamente sobre el cálido cojín de mi estómago durante horas, meciéndome con las vibraciones de su ronroneo. Me gustaba porque tenía los mismos colores que Mamá.
Cuando Nao-Kurai me dijo que ya estaba lo suficientemente bien como para salir a la cubierta, vi que todo el barco estaba adornado con guirnaldas hechas con centenares de aves de papel plegado, cosa que no sólo servía para anunciar a los demás habitantes del río que había un enfermo a bordo, sino que era además una ofrenda a los espíritus que habían causado mi mal. Esas aves acrecentaron mi convicción de que la tribu de Nao-Kurai descendía de los pintores de plumas. Cuando conocí un poco mejor su medicina, me pregunté cómo había sobrevivido a sus cuidados, porque Mamá había esterilizado el cuchillo usado por Nao-Kurai para su cirugía con orina fresca de una virgen muy sana mientras recitaba cierta cantidad de antiguos mantras.
Nao-Kurai ocupaba una posición importante en la tribu y yo había tenido mucha suerte al estar bajo su protección. Su trabajo consistía en el transporte de mercaderías de una parte a otra de la llanura central a través de los ríos y los canales; como el doctor Hoffman había inutilizado los ferrocarriles, el negocio estaba en plena expansión. Remolcábamos una hilera de barcas que transportaban madera de importación a una ciudad del norte donde la vida proseguía como de costumbre. En el país escaseaban los bosques y estábamos obligados a importar madera para la construcción e incluso para la fabricación de muebles. Nao-Kurai poseía la más completa flota de barcas de todo el pueblo del río, y su facilidad para entender el lenguaje de la ciudad, como un notable olfato para la aritmética mental, lo habían convertido en el vocero y administrador de toda la comunidad. La tribu compartía en gran medida sus bienes, y tendía a considerarse una familia dispersa pero unida. Cuando yo vivía con ellos, había quinientas o seiscientas personas que viajaban en convoyes de cinco o seis barcas, pero supongo que su número debe de haber disminuido mucho desde entonces, y quizá ya han abandonado el río, las mujeres han lavado definitivamente sus rostros y se han convertido en pequeños comerciantes establecidos en tierra.
Nao-Kurai era un hombre imponente, de ojos hundidos y de carácter más bien amargo; era inteligente y tenía una considerable capacidad intelectual, aun cuando era extremadamente cínico, pero, al igual que toda la tribu, era completamente analfabeto. Cuando estuve en condiciones de levantarme todos los días, ya había aprendido varias frases para cantar el saludo matutino a la familia y pude participar en la comida común sin derramar el alimento. Nao-Kurai empezó a tratarme con creciente confianza y por fin me pidió que le enseñara a leer y a escribir, porque estaba seguro de que la gente de la costa lo estafaba en sus tratos comerciales. Cuando nos detuvimos en un pueblo, envió a uno de sus hijos a comprar papel, lápices y algún libro, que fue una traducción de Los viajes de Gulliver. Así fue como, todas las noches, después de que las barcas quedaran amarradas, el caballo descansando y despejada la mesa de la cena, nos sentábamos bajo una oscilante linterna, a fumar y a estudiar el alfabeto mientras los niños, con estrictas órdenes de portarse bien, permanecían en un rincón o en cubierta, demasiado intimidados incluso para jugar en silencio, mientras Mamá y dos de las niñas hacían encaje, y la hija menor eructaba y gorgoteaba como un grifo defectuoso, porque era subnormal.
Me habían cedido la cabina de Nao-Kurai; y él no quiso que me trasladara cuando ya me encontraba bien aunque eso representaba un problema a la hora de dormir, porque toda la familia debía acomodarse como pudiera en la cabina principal con hamacas suspendidas de ganchos y colchones extendidos sobre las tablas del suelo. La otra habitación de la barca era una cocina donde Mamá preparaba nuestras comidas en dos pequeñas hornallas de carbón, valiéndose de utensilios extremadamente simples y basta primitivos.
Había seis niños. La esposa de Nao-Kurai había muerto en el último alumbramiento, el de un niño que ahora tenía tres años. El mayor también era varón, y tenía labio leporino; dos siglos de endogamia habían producido generaciones de manos malformadas, pestañas encarnadas, orejas sin lóbulos, otras deformidades leves y, también, me dijo Nao-Kurai, un alto índice de subnormalidad. La hija menor tenía cinco años y apenas podía gatear. Pero los demás eran fuertes y sanos. Todavía recuerdo a los dos mayores, altos, hermosos, cuando por la mañana se zambullían en el río para lavarse. No sé cómo eran las niñas a causa de la gruesa capa de pintura blanca que cubría sus rostros. Hasta la de cinco años estaba pintada, aunque babeaba tanto que las pinturas roja y blanca corrían cómicamente juntas. La siguiente tenía siete y la mayor nueve. Aunque ésta, Aoi, era una niña robusta que trabajaba duramente en las faenas domésticas bajo la supervisión de su abuela, todavía jugaba con muñecas. La vi acunar muchas veces a una muñeca vestida como los niños pequeños del río, con un gorro tejido en la cabeza para ahuyentar a los demonios que agarraban del pelo a los niñitos y se los llevaban por los ojos de buey, y el cuerpo metido en un saco para refrenar a otros demonios que chupaban las entrañas de los niños por sus culitos. El saco era además de un rojo brillante, porque el rojo mantenía a distancia a los demonios que provocaban el crup, los cólicos y la neumonía. Cierta vez me ofreció la muñeca para que yo jugara: no era una muñeca sino un gran pescado vestido con ropas infantiles. Cuando el pescado empezaba a pudrirse, Mamá lo reemplazaba por otro igual, de modo que la muñeca, aunque cambiaba, era siempre la misma.
El hecho de que me prestara la muñeca demostraba que estábamos en buenos términos, porque las niñas exhibían incluso ante sus familiares una timidez coreográfica; se reían si alguien se dirigía a ellas y se tapaban las bocas ep,n la mano en una bonita pantomima, demasiado intimidadas para responder. A medida que pasaban las semanas, yo me adaptaba cada vez más al ritmo lento y a la vida amniótica del río; aprendí a cantar su lenguaje tan bien como los demás y me convertí, supongo, en una especie de hermano mayor de los niños, aunque Nao-Kurai había trazado ciertos planes que harían de mí algo más íntimo que un hermano. No reparé en ello porque pensé que Aoi era evidentemente demasiado joven para casarse.
En cuanto a mí mismo, sabía que había encontrado un sitio perfecto para ocultarme de la Policía de Determinación; y además, cierta avidez atávica de mi corazón, jamás reconocida anteriormente, estaba satisfecha. Yo no sólo me ocultaba de la policía, sino también de mi ministro y de mi propia búsqueda. Había abandonado la búsqueda.
Yo tenía una vigorosa sensación de retorno al hogar.
En poco tiempo mi nuevo lenguaje reemplazó al otro. Ya no me regocijaba la idea de otro alimento que el maíz y el pescado con abundante salsa. Incluso ahora llevo en mi corazón el cálido recuerdo de esa barca y esa familia adoptiva. Recuerdo especialmente una noche. Debía de ser a fines de noviembre, pues la noche era bastante fría y Mamá había encendido la estufa. Era de leña y su larga chimenea dejaba escapar un humo que creaba un cálido ambiente hogareño; nos daba calor con su gran vientre redondo y metálico que emitía un rojo fulgor. Mamá puso en la mesa una fuente de maíz y Aoi otra de pescado guisado. Nao-Kurai pronunció una breve oración pagana y empezamos a arrollar la masa de maíz hasta que su consistencia permitió sostener el peso del pescado. Comimos tranquilamente; siempre comíamos así. Durante la cena intercambiamos algunas trivialidades domésticas acerca del tiempo y de la distancia que habíamos recorrido ese día. Aoi le daba de comer a la niña menor, que no podía alimentarse sola. La lámpara se mecía con el movimiento de la barca, al antojo de la corriente, iluminando y ensombreciendo alternativamente los rostros que rodeaban la mesa.
Yo no advertía nada extraño en las caras blanqueadas de las niñas. Ninguna me parecía ya un Pierrot en una mascarada, porque conocía cada uno de sus rasgos debajo del el maquillaje: el hoyuelo de la mejilla de la de siete años, el quien había perdido su último diente de leche la semana V anterior, el pequeño arañazo del gato en la nariz de Aoi. Y Mamá se parecía a cualquier madre del mundo. Ya no me oprimía la limitada gama de ideas y sentimientos que expresaba con su escaso repertorio de gestos; por el contrario, representaba el leve sentimiento de cálida claustrofobia , que había aprendido a identificar con la idea de hogar. Metí la mano en el guiso picante y, por primera vez en mi ' vida, supe exactamente qué significaba ser feliz.
Al día siguiente llegamos a la ciudad de T. y las mujeres desaparecieron mientras amarrábamos al muelle. Nao-Kurai me pidió que lo acompañara a ver al vendedor de madera, y así fue como abandoné la barca por vez primera desde que había entrado en ella. Descubrí que me tambaleaba al caminar. Logré convencerlo de que el mercader de maderas, al menos, era uno de los hombres honestos de la costa; pero cuando fuimos al mercado a comprar reservas de maíz para el largo viaje río abajo, pude hacer al pueblo del río un favor que Nao-Kurai estimó en más de lo que valía.
T. era una ciudad pequeña, de costumbres tradicionales, situada tan al norte que del otro lado del río se veían las estribaciones de arenisca de las montañas. La vida parecía poco afectada por la guerra, y la gente realizaba sus tareas cotidianas como si la capital no hubiese quedado segregada tres años y medio antes. La sensación de tiempo suspendido me reconfortó. Me hizo sentir que la capital, la guerra y el ministro nunca habían existido. Había olvidado casi completamente a mi cisne negro y al ambiguo embajador, porque había regresado al lado de mi pueblo. Desiderio mismo desapareció, ya que el pueblo del río me había dado un nuevo nombre. Tenían la costumbre de cambiar los nombres de aquellos que habían sufrido algún infortunio como suponían que me había ocurrido, de modo que yo me llamaba Kiku. Las dos sílabas estaban separadas por el intervalo de una tercera menor. El nombre significaba «ave huérfana», nombre que me parecía perfectamente apropiado.
En el mercado, los campesinos y granjeros ofrecían cestos de brillantes berenjenas, retorcidos pimientos, jugosos nísperos demasiados maduros y mandarinas esplendorosas: todos los frutos del final del otoño. Había cestas con gallinas vivas, toneles de mantequilla y quesos como ruedas de carro; tenderetes de ropas y juguetes, telas por metro, dulces y alhajas. Un cantante de baladas se subió a una piedra para ofrecernos una demostración de sus orígenes irlandeses, y un oso con un afeminado sombrero adornado de margaritas artificiales parodiaba un vals acompañado por una gitana con cintas rojas en el pelo. En el mercado había un bullicio permanente y había tantas caras indias entre la multitud que nos sentíamos más cómodos que de costumbre en tierra, porque esa ciudad, por motivos que conocería más tarde, era una especie de cuartel general del pueblo del río.
En primer lugar fuimos a comprar maíz y pedimos que nos enviaran a la barca doscientas libras de maíz descascarado; luego vagamos por el mercado mientras nos ocupábamos de la lista de compras de Mamá. Mientras metían en bolsas de papel tres gallinas que chillaban, un hombre cuyos rasgos y ropas demostraban que pertenecía al clan se acercó corriendo, sin aliento, y derramó sus quejas tan dramáticamente como Verdi.
Salvo algunos detalles histriónicos, era una historia común. Le había traído una partida de granos a un vendedor de cereales. Había hecho una marca en un contrato que no había podido leer, y ahora el vendedor afirmaba que, según su contrato, debería haber transportado dos toneladas más de las que había entregado en sus silos, y nuestro hermano, Iinoui, debía pagar de su bolsillo la diferencia. Era la ruina. Las lágrimas le corrían por sus mejillas morenas. Era gordo, viejo, pobre, y estaba derrotado.
—Eso se puede arreglar fácilmente —dijo Nao-Kurai—. Kiku sabe leer y escribir.
Los ojos de Iinoui se llenaron de admiración. Se inclinó reverentemente c hizo uno o dos cumplimientos en el elaborado lenguaje que usaban cuando deseaban honrar la capacidad o la belleza de alguien, porque les complacía reconocer la superioridad de otros. De modo que fuimos los tres a casa del vendedor de cereales. Durante el camino, en el escaparate de una tienda, vi el reflejo de tres hombres de piel oscura con amplias ropas blancas, rotosos sombreros de paja caídos sobre los ojos oblicuos, un hirsuto bigote negro sobre el labio superior, debajo de una austera nariz que expresaba el desdén por las personas diferentes a ellos mismos. Yo podía ser el hijo mayor o el hermano menor de Nao-Kurai. Esa idea me causó gran placer.
El vendedor de granos era un hombre pálido, fofo, ladino. Cuando lancé un torrente de invectivas en el lenguaje ciudadano, empezó a echarse atrás; y cuando le exigí ver los contratos, sus ruidosas protestas eran la evidente prueba de que había mentido desfachatadamente. Amenacé con buscar un abogado y reclamar diez mil dólares por difamación de Iinoui. El sudor perlaba su frente, de aspecto poco saludable. Yo sentía ya marcado disgusto por el color insípido y los cuerpos fofos de la gente de la costa; parecían las figuras cómicas que Mamá modelaba a veces en maíz para hacer reír a la hija idiota. El hombre le ofreció a Iinoui quinientos dólares en compensación por «el error de su empleado», y cuando se lo dije a Iinoui, tanto él como Nao-Kurai me miraron como si yo fuera un hechicero. Con su instintiva bondad, Iinoui aceptó el dinero al contado. Mientras el vendedor contaba los billetes, los dos patrones de las barcas intercambiaron algunas palabras entre ellos y luego conmigo; cuando Iinoui guardó el dinero en el bolso que colgaba de su cinturón interior, yo tuve el placer de informarle al comerciante que a partir de entonces ningún hombre del pueblo del río transportaría mercancías para él. Como las barcas eran la única forma de transporte interno, era él, y no su anterior víctima, quien ahora enfrentaba la ruina. Lo dejamos temblando de rabia impotente.
Iinoui insistió en que aceptara la mitad de su dinero, pero yo no lo hubiera aceptado si Nao-Kurai no me hubiese dicho que en caso contrario heriría los sentimientos de Iinoui. Luego fuimos a un bar que admitía a los indios, y bebimos una buena cantidad de coñac; como me halagaban exageradamente me sentía casi avergonzado. Debéis comprender que, a pesar de su ingenio y de su inteligencia natural, Nao-Kurai no hacía grandes progresos en sus lecciones. En primer lugar, era demasiado viejo para empezar a aprender. Después de tantos años de amarrar y desamarrar barcos y de cargar sacos de trigo, sus dedos eran demasiado torpes para manejar con sensibilidad un lápiz. En segundo lugar, su mente, que retenía el dibujo de las corrientes en todos los ríos del país y recordaba la ubicación y los defectos de todas las esclusas de medio millar de canales; esa mente que era un repertorio fabuloso de la ciencia del agua, de viejas tradiciones y mitos del pasado, esa mente que podía calcular como un rayo cuánta carga de carbón podía llevar una barca, esa mente que funcionaba magníficamente, no tenía ya un solo rincón libre para guardar el alfabeto romano. Además, no pensaba en línea recta, sino en sutiles e intrincados círculos entrelazados.
Concebía ciertas polaridades —la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte— que, si bien eran inmutables, mantenían estrechos vínculos. Podía comprender oralmente los conceptos más sofisticados en un segundo, pero no podía coordinar la mano y el ojo para formar una secuencia lineal tan elemental como «el gato está en el cojín». «Pero Kiku —decía—. El gato está en tu rodilla, y aunque no es la única gata del mundo, es para mí la esencia de un gato.» Las formas mismas de las letras lo desconcertaban.
Se entretenía con sus ángulos, que trazaba una y otra vez, riendo de placer, hasta que se convertían en letras abstractas, hermosas en sí pero totalmente carentes de significado. Nuestras noches de estudio se habían convertido en una tortura compartida. Yo sabía que jamás aprendería a leer ni a escribir. Su fracaso sólo lo impulsaba a respetarme más. Mi acierto con el vendedor de granos terminó de definir una decisión que sin duda crecía en su mente desde hacía algún tiempo.
Por fin nos separamos de Iinoui y fuimos a terminar nuestras compras exhalando amigablemente vapores de coñac a través de nuestros bigotes. Me detuve para gastar un poco de mi nueva riqueza en un ramo de dalias jaspeadas para Mamá y en un alegre pañuelo de seda con violetas pintadas.
—¿Es un regalo para alguien? —preguntó Nao-Kurai con el bello y cuidadoso tacto de mi pueblo.
—Para Aoi —respondí.
Llevaba las gallinas en un brazo y una gran naturaleza muerta de hortalizas en la otra, mientras yo cargaba con un queso, un montón de mantequilla envuelta en paja y un cesto con cuatro docenas de huevos. Pero aun así logró apretar mi mano.
—¿Te gusta mi Aoi?
Estábamos en el mercado, a mitad de la tarde. La niña gitana bailaba todavía con su oso, y la caja de monedas brillaba como un cajón de arenques por el dinero que les habían dejado. El irlandés acababa de embarcarse en un largo lamento por la muerte de Napoleón, y en su gorra extendida había algunos peniques. Recordé la ciudad, la ópera, la música de Mozart. Las voces de Mamá y de Aoi eran ahora para mí la música de Mozart, y mientras recordaba la ciudad le dije alegremente adiós. El coñac que había bebido, el regalo de Iinoui y las palabras amables me ponían sentimental. Y, a juzgar por las apariencias, Nao-Kurai podía ser mi padre; ya lo amaba.
El pueblo del río había heredado o desarrollado un intrincado sistema familiar que era teóricamente matriarcal aunque en la práctica todas las decisiones recaían en el padre. El padre —o nominalmente la madre— adoptaba como hijo al hombre con quien se casaba su hija mayor. Cuando moría, el yerno heredaba la barca y todo lo que contenía. Por lo tanto, Nao-Kurai me ofrecía mucho más que una novia: un hogar, una familia y un futuro. Si yo mataba a Desiderio y me convertía definitivamente en Kiku, no debería temer a nada, nunca más. No debería temer la soledad ni el aburrimiento ni la falta de amor. Mi vida fluiría como el río en que vivía. Me convertiría oficialmente en un proscrito; pero si firmaba una alianza con los proscritos dejaría de ser un fugitivo con una delicada sonrisa en el rostro, deseoso de morir o de ser el capitán Marvel. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Apenas logré hablar.
—Sí —balbuceé—. Me gusta.
—Entonces, es tuya —dijo con sencillez árabe; y de mutuo acuerdo, dejamos caer todos nuestros paquetes y nos abrazamos.
En ese instante la gitana echó atrás la cabeza al terminar el fandango y pude ver su rostro por encima del hombro de Nao-Kurai. Durante un segundo fugaz ese rostro fue el del bello embajador del doctor Hoffman, y toda mi resolución tambaleó, porque habría seguido a aquel rostro hasta el fin del mundo. Pero cuando levantó la mano para limpiarse la transpiración, la cara del embajador desapareció: era nuevamente una muchacha gitana común y corriente, incluso tea, con una nariz ancha y chata, ojos pequeños y con monedas de oro colgando de sus orejas perforadas. Mis ojos me habían engañado, pero de todos modos parte de mi gloria se evaporó y volví más sereno a la barca, aunque Nao-Kurai reía sin parar de pura alegría.
Como Aoi sólo tenía nueve años, pensé que habría un largo período de noviazgo, pero todos me aseguraron que ya había llegado a la pubertad y me ofrecieron una demostración visual si no les creía. Abandoné los últimos vestigios de mi mojigatería ciudadana y Nao-Kurai fijó la fecha de mi boda para el solsticio de invierno —pocas semanas más adelante—, en que volveríamos a la ciudad de T. después de un viaje destinado a transportar una carga de objetos manufacturados de papel por el sistema de los canales; más abajo de T. el río se ensanchaba y formaba un lago natural donde el pueblo del río se reunía tradicionalmente para celebrar las bodas, que entre ellos eran ocasión de grandes fiestas.
Mamá me besó y me dijo que era muy feliz. Aoi saltó a mis brazos como si hubiese sido impulsada por la energía de su propia risa; la hermana del medio tironeó con timidez de los faldones de mi camisa y me preguntó si también me casaría con ella; la menor parecía babear con inusitado entusiasmo, y todos los varones apretaron mi mano y murmuraron felicitaciones más reticentes. Empavesaron todas las barcas con flores de papel dorado para anunciar al río que habría una boda, y los hombres de todas las barcas que encontrábamos subían a bordo a abrazarme. Era el principio del rito de la adopción. Mamá y las niñas empezaron a coser un elaborado ajuar para la novia y para mí, y a hacer listas de la comida necesaria para la fiesta. Pero cuando pregunté qué platos servirían, rieron convulsivamente y dijeron que eso debía ser una sorpresa.
Aoi empezó a tratarme con gran familiaridad. Venía a sentarse en mis rodillas cuando tenía un rato libre, retorcía los extremos de mi bigote, me daba besos húmedos e infantiles en la boca y las mejillas, se apoderaba firmemente de mis manos, las metía debajo de su delantal y de su blusa y me preguntaba si sus pechos habían crecido desde la vez anterior, y cuánto. Tres noches después de nuestro compromiso, hubo una cena especial: sopa de ostras con huevos batidos, además del maíz y el pescado habituales. Tomamos esa sopa en tazones especiales, de vidrio rosa y morado. Nunca había visto esos tazones; al parecer se reservaban especialmente para los casamientos. Aoi se arrodilló delante de mí para ofrecerme el tazón y acompañó el ofrecimiento con ciertas fórmulas verbales demasiado complejas y arcaicas como para que yo pudiera comprenderlas; pero Nao-Kurai, que reía sugestivamente, se negó a traducirlas. Por primera vez sentí, aunque levemente, que mi ignorancia de sus costumbres era para ellos objeto de bromas privadas.
En realidad, y aunque pareciera extraño, me sentía menos seguro de mí mismo entre el pueblo del río desde la curiosa ilusión óptica que me había revelado el rostro del embajador superpuesto al de la niña gitana, a pesar de que ahora tenía un papel importante en la ópera. Empecé a percibir, o a creer que percibía, cierta ambivalencia, en especial en la conducta de Nao-Kurai. En primer lugar, arrojó por la borda Los viajes de Gulliver y anunció, con alegría más bien infantil, que nuestras lecciones habían terminado. Eso, para mí, representaba un gran alivio; pero de ningún modo podía interpretar en ese momento lo que sólo puedo considerar ahora incipiente triunfo en la insondable profundidad de sus ojos castaños, que tenían forma de comas y que, como ya sabía, no revelaban su alma. Pero la fuente principal de mi inquietud era ésta: el compromiso y la subsiguiente boda me envolvían desde un comienzo en una intrincada maraña de rituales en que yo debía desempeñarme sin error; mi padre adoptivo parecía sentir un extraño placer negándose a darme indicios que me orientaran. Yo ya había comprendido que una de mis obligaciones era masajear con entusiasmo los pechos de mi prometida cada vez que ella me los ofreciera, aunque lucra delante de todos. Como suponía que la sopa de ostras de aquella noche era afrodisíaca, tomé los tres tazones que ella me dio, chasqueando ostentosamente los labios, y luego creí que debía pedir más. La cabina entera se sacudió de júbilo, lo cual confirmó mi suposición. Poco después de medianoche, tal como esperaba, oí un débil golpecito en mi puerta.
—¿Quién es? —pregunté en voz baja.
—Una pobre muchacha que tiembla de frío en la noche —respondió ella con la voz de una niña que recita un poema aprendido de memoria. Las palabras eran tan anticuadas como las de su invitación a la sopa, pero esta vez comprendí perfectamente y me levanté para abrir.
Se había quitado la pintura; tenía trenzas atadas con cintas amarillas y un camisón blanco sencillo que me recordó a la pobre Mary Anne, a quien hubiera preferido olvidar. Me conmovió que trajera su muñeca-pez aferrada por la cola de su camisón rojo; debía de ser por la fuerza de la costumbre, para tener compañía. Se dirigió de inmediato a mi cama, se metió de un salto entre las sábanas y puso cuidadosamente las branquias de su muñeca sobre la almohada de blancos volados. Se conducía mucho más solemnemente que de costumbre, pero parecía haber estudiado cada palabra y cada movimiento en un libro de buenas maneras. Mamá debía de haberle enseñado todo. Cuando me acosté a su lado, ella se acomodó con gracia entre mis brazos, buscó directamente mi pene y empezó a acariciarlo con singular destreza.
Las costumbres sexuales del pueblo del río eran para mí un libro cerrado; yo me sentía capaz de aprender con rapidez, pero en esa situación particular sencillamente no sabía si lo que se esperaba de mí era el coito concreto o no. La sopa afrodisíaca así lo indicaba; pero de algún modo entendí que Aoi no habría sido tan ostensiblemente directa en ese caso. Mi excitación creciente bajo sus deditos diabólicamente sagaces tornaba mucho más difícil la decisión, pero cuando la acosté significativamente sobre su espalda dejó escapar un graznido de escandalizada sorpresa y yo interrumpí de inmediato lo que me proponía hacer y me quedé totalmente inmóvil, contentándome con oprimir sus pezones adolescentes, hasta que ella sola con sus manos me provocó un orgasmo irresistible; mientras gemía me pregunté si eso era incorrecto y si todo el ejercicio no estaría destinado a poner a prueba mi estoicismo, ya que ellos valoraban mucho ese don y jamás lloraban en los funerales.
Pero Aoi parecía satisfecha y se acurrucó para dormir hasta que Mamá nos trajo el desayuno a la cama la mañana siguiente, con muchas expresiones de aprobación y besos para ambos. Cuando encontré a Nao-Kurai en la cubierta gritó efusivamente y me palmeó la espalda. Como esperaba encontrarlo abatido porque yo había aprobado otro examen, me sentí más desconcertado que nunca.
La noche siguiente no hubo sopa, pero Aoi me visitó a la misma hora. Esa vez llevaba cintas verdes en las trenzas. Supuse que Mamá, Nao-Kurai y probablemente toda la familia tenía las orejas pegadas al tabique para no perderse ningún detalle; como sospechaba que mi deber era tener el orgasmo más ruidoso posible, cumplí con él. Esa noche Aoi me permitió que acariciara su diminuta hendidura y descubrí, para mi sorpresa, que su clítoris era tan largo como mi dedo meñique, cosa que me desconcertó. Jamás había visto nada parecido; aunque estaba seguro de que no era habitual, decidí interrogar a Mamá al día siguiente. Me pareció mejor que fuera ella, y no su hijo, quien míe explicara el fenómeno, ya que Mamá no demostraba ante el inminente casamiento otra cosa que honesto placer.
La encontré sola, por milagro, mientras preparaba sabrosos platos para nuestra comida, y se embarcó en un gorjeante discurso cargado de arcaísmos y de referencias a antiguas tradiciones, cuyo resumen fue el siguiente: era costumbre que las madres masajearan a sus hijas durante una hora por día desde la niñez en adelante, para estirarles el pequeño y sensitivo órgano hasta que alcanzara una longitud que el pueblo del río consideraba deseable estética y sexualmente. La técnica de dichos masajes maternales se transmitía de madre a hija; pero a la muerte de la madre de Aoi, Mamá había tomado a su cargo esa indispensable tarea y sentía justificado orgullo por los excelentes cuidados que les había dispensado a sus nietas. ¿Acaso no había logrado maravillas? Respondí con toda sinceridad que sí. El origen de esa práctica de estiramiento se perdía entre la bruma de mitos y rituales; en cierto momento usó la frase pentatónica que significaba «serpiente», y en su mitología había serpientes extraordinarias. Quizás esa práctica equivalía a las ceremonias de circuncisión de los varones. Nao-Kurai me había dicho que la inevitable circuncisión se realizaba siempre sin excepción en una ceremonia quirúrgica colectiva cuando los muchachos llegaban a los doce años. Durante tres semanas, las barcas donde vivían los chicos circuncidados remontaban desde los mástiles cierta cantidad de cometas de papel rojo brillante. Afortunadamente, las monjas se habían ocupado de hacerme operar cuando yo era demasiado pequeño para enterarme, y me ahorre el temor de que un tardío cuchillo descendiera sobre mi prepucio antes de que pudiera casarme.
Quizá, cuando advirtió mi curiosidad acerca de estas costumbres, se preguntó si yo no creía que ella deseaba ocultar alguna malformación natural de su nieta, porque cerró la puerta de la cocina y me pidió que me diera vuelta. Oí deslizarse las ropas y luego me invitó, con esos gestos refinados que siempre me conmovían, a inspeccionar su propio clítoris, una espléndida protuberancia palpitante en lo alto de los labios interiores rojo oscuro. La piel de sus muslos era suave, y comprendí que a causa de la pintura blanca del rostro jamás había podido estimar su edad y ni siquiera si era atractiva. Como todas las mujeres del río se casaban en la pubertad, no debía de tener mucho más de cuarenta y cinco años; cuando la acaricié experimentalmente, ya estaba empapada. Mamá gorjeó unas palabras admonitorias pero, al mismo tiempo, aseguró el cerrojo de madera de la puerta y me apretó contra el casco de la barca en medio de muchos suspiros, mientras una sartén con gambas bailaba y chisporroteaba sobre la cocinilla de carbón.
Sentí un profundo arrepentimiento cuando terminó el acto: no podía imaginar una sociedad que no considerara un grosero abuso de hospitalidad el acceso carnal a la dueña de casa y abuela adoptiva; pero Mamá, sonriente (me parecía), mientras suspiraba y esparcía besos de mariposa por mi cara culpable, me dijo que no gozaba del sexo desde el último festival de la circuncisión en la ciudad de T. en el pasado mes de abril, es decir hacía mucho, mucho tiempo; que mi desempeño, aunque improvisado, le había procurado gran placer, y que ella estaba siempre disponible en la cocina por las mañanas, después del desayuno y antes de la comida. Luego nos secó a ambos con una toalla de mano, se puso nuevamente los pantalones y volvió a ocuparse de las gambas, que se habían chamuscado un poquito.
Fui a echarme un rato en la cama, para examinar la situación. Una vez más, había creído que resbalaba a lo largo de una serpiente cuando, en realidad, estaba trepando por una escalera. Acababa de adquirir una aliada muy poderosa. La amabilidad de Mamá aumentó considerablemente. En el desayuno que nos traía a Aoi y a mí aparecieron toda clase de manjares especiales, como anguilas a la brasa. A veces la oía susurrar elogios de mí a su hijo, cuando estaban solos. La promiscuidad que había heredado de mi madre, y que tantas veces había sido causa de confusión, me ponía ahora en el buen camino. En realidad yo estaba a punto de reconciliarme con todas las madres.
Pensé que esa noche mi novia-niña y yo llegaríamos a la verdad, porque ella traía cintas moradas; pero se dedicó a la fellatio y eso fue todo. Mamá confirmó mi sospecha de que el coito completo estaba prohibido hasta la misma noche de la boda, para que el novio tuviera aún una primicia que cosechar, y pasé esas noches de otoño entregado a elaborados entretenimientos amorosos con mi sonriente juguete erótico, adornado cada vez con moños de distinto color, mientras follaba por las mañanas a la abuela del juguete apretada contra las tablas de la barca. Empecé a sentirme como un esclavo erótico. Me daban excelente comida y nadie me pedía que hiciera tareas a bordo, excepto el control ocasional de listas de carga o cuentas de compras porque, apenas entregamos nuestra mercadería y recibimos por ella una paga adecuada, iniciamos el regreso a la ciudad de T. Nao-Kurai empezó a acumular suntuosos bienes para la boda. Compró cinco docenas de jarros de vino dulce que hacen en esta parte del país con miel y cerezas; un tonel de cuarenta litros de áspero coñac; una lata de quince libras de albaricoques secos, y muchas otras cosas, entre ellas un cordero vivo que se mataría para la fiesta. Todo se guardó abajo, en la bodega, excepto el cordero, que fue atado en la cubierta de la barca que nos seguía y alimentado con avena y cebada cocida. Engordaba mientras uno lo miraba; engordó tanto que casi dejó de balar. Pero cuando pregunté si sería el plato principal, asado como una piéce de résistance, dijeron que no: habría algo mejor. No querían decirme de qué se trataba porque deseaban darme una sorpresa. Y luego se rieron suavemente.
Así fuimos navegando por el melancólico paisaje de principios del invierno, por terrenos llanos donde la luz caía de un cielo desmesurado con una intensidad peculiar y quimérica. Eran los últimos días en que podía elegir libremente: todavía podía abandonarlos, pero después de mi boda la barca y el río serían mi único mundo; a pesar de estar suficientemente ocupado con mis dos amantes, a veces sentía una perturbadora nostalgia al recordar aquellas feas calles donde nadie se preocupaba de mí ni yo me preocupaba por nada, nostalgia que sólo se desvanecía cuando pensaba que era un fuego fatuo de la mente. No había ninguna noticia de la capital en los pueblos de los canales y aunque por la noche extraordinarias luces brotaban de las montañas a las que volvíamos a acercarnos, no había otras señales de la guerra en ese país bucólico que parecía tan encerrado en sí mismo bajo el peso opresivo del cielo que nada tenía significado fuera de él. Ése era el cielo que cubría el mundo del pueblo del río. Yo me sentía intolerablemente expuesto a ese paraíso abrumador. En defensa propia me volví introspectivo, pero cuanto más meditaba, más me convencía de que esa tortuosa formalización de la vida que ellos me ofrecían compensaba el peligroso ritual de iniciación.
Los canales estaban llenos de barcas y cuando llegamos al río principal encabezamos un gran convoy adornado con gallardetes de papel. Por la noche otros patrones de barcas se reunían con nosotros en la cabina mientras se relegaba a las mujeres a la cocina o a mi pequeña habitación, y los hombres bebíamos coñac y fumábamos pipas de mazorca de maíz: oí muchas discusiones políticas o que versaban especialmente sobre el mantenimiento de las barcas y los arreglos para las bodas-adopciones que los vinculaban entre sí. Más que nunca comprendía que su vida era un complejo subuniverso con sus propias reglas, inaccesible para un extraño, ya que pasaba desapercibido para él. Había frialdad en esos hombres. Hasta el método de servir una copa estaba santificado por la tradición y jamás se alteraba. Uno levantaba la copa ante el jarro que se le ofrecía; cuando estaba llena, tomaba el jarro y le servía al vecino, de modo que nadie llenaba nunca su propia copa. Hasta ese extremo imperaba el espíritu comunitario. Esa falta de identidad empezó a provocarme una singular falta de conciencia de mí mismo, aquella triste autoimpuesta limitación de la experiencia que reconocía en mí mismo y que debía de ser, como mis pómulos, mi herencia india. Sin embargo, yo sabía que anidaba en mí, y aunque me sentía coercionado, estaba aprendiendo a amar ese encierro. Nao-Kurai me trataba con visible orgullo; sin embargo yo sentía, más que nunca, una corriente profunda de velada hostilidad, y me pregunté si no era simplemente su temor de que, a último momento, lo abandonara.
Entramos nuevamente en la ciudad de T. e hicimos nuestras últimas compras para la boda en un mercado lleno de oropeles, árboles de Navidad y otras reminiscencias de una celebración que nosotros éramos demasiado paganos para comprender. En todas partes había carteles que anunciaban una feria que se instalaría en la ciudad la víspera de Navidad, y la iglesia proclamaba que celebraría una misa de medianoche; pero nosotros sólo encenderíamos nuestros cirios ante los espíritus primordiales del solsticio, cuyas raíces se hundían en el cambio de las estaciones y en el principio de la fertilidad. Era, decía Nao-Kurai, la época más adecuada para una boda. Esta vez no recibimos encargos sino que remontamos el río hasta el lago, donde parecía que todas las barcas del mundo nos aguardaban, adornadas con emblemas y linternas de papel decoradas en mi honor con símbolos fálicos, porque al día siguiente era la boda.
Por inescrutables, hieráticas razones, Aoi no acudió esa noche a mi lecho y la luna de invierno brillaba con tal intensidad a través de las cortinas blancas de mi ojo de buey que hería mis ojos y me impedía dormir. Finalmente salí a cubierta y encontré a Nao-Kurai, también desvelado, sentado sobre un rollo de cuerdas, bajo una gran nube de humo de pipa, bebiendo un jarro de coñac, recogido de su gran tonel. Parecía contento de verme, aunque no me saludó por mi nombre. Buscó una copa y la llenó. Advertí, por la forma en que caminó hasta la cocina, que ya había estado bebiendo a solas cierto tiempo.
Miramos juntos un buen rato la luz de la luna reflejada en el agua, en silencio. Luego él empezó a hablar y enseguida comprendí que estaba muy ebrio, porque las palabras parecían surgir al azar de una mente que se había convertido en un estanque de memorias, donde de vez en cuando las ideas afloraban a la superficie como algas ociosas. Mientras hablaba, yo dudaba cada vez más de que supiese quién era yo; cuando terminó estaba seguro de que lo ignoraba. Quizá me confundió con su hijo mayor o con alguno de los barqueros que habían subido a bordo a felicitarlo. Usaba el dialecto más arcaico del río y empleaba muchas expresiones que habían desaparecido hacía mucho tiempo del lenguaje común, pero yo podía seguir bastante bien el hilo de la narración.
—Era hace mucho tiempo, oh, mucho tiempo, antes de que viniéramos a vivir sobre el agua. Vivíamos en cabañas hechas de trozos de plumas y para conseguir una tela fuerte que pudiera resguardarnos de la intemperie los pegábamos con saliva; así decía la madre de Mamá, y ella nunca dijo una mentira. Además, era bastante vieja para recordar todo y había nacido de un huevo de loro cuando era muy pequeña, así fue. Era bastante vieja para recordar lodo y tan vieja, cuando murió de tos, que estaba doblada como una serpiente comiéndose la cola, y ella había comido serpientes, ¿sabes? Ya hablaré de eso más adelante.
»Estaba tan enroscada cuando murió que nos costó muchísimo trabajo enderezarla y meterla en un ataúd normal, oh sí, cuánto trabajo. Pero todo eso ocurrió hace mucho tiempo; cuando ocurrió lo que recuerdo esta noche era hace tanto tiempo que apenas había oscuridad de noche y, en general, era una buena época porque no había gente en la costa, pero también era una mala época porque no sabíamos cómo hacer fuego, ¿verdad? Así que siempre hacía un poquito de frío y no podíamos cocinar nada, por supuesto, ya que no teníamos fuego.
»Es mentira decir que no sabíamos hacer fuego hasta que llegaron los barcos negros. ¡Qué mentira! Aun así, en aquellos días, los días de los cuales hablo, no comíamos más que caracoles y serpientes y cosas que se arrastraban y vivían en el agua porque si bien no vivíamos sobre el agua, pasábamos el tiempo, por así decirlo, en ella. O mejor dicho, en aquellos tiempos no había tantas diferencias, ninguna de esas divisiones tan marcadas. Ni día ni noche, pero bastante luz; ni sólido ni líquido, pero bueno para agarrarse; ni duro ni blando, pero todo se podía masticar... Todo a la vez, como debería ser. O así decía mi abuelita. Excepto que hacía un poquito de frío.
La mayor parte de la última secuencia brotó de su boca con el extraño canturreo de quien narra detalles de un pasado legendario, y me alegró hallar más pruebas de que mi familia procedía del hermoso pueblo de los pájaros de la antigüedad. El aire de la noche me congelaba, de modo que tomé uno o dos sorbos de coñac. A nuestro alrededor las barcas dormidas se mecían suavemente, ancladas, decoradas con jardines de papel para celebrar mi boda, y mi novia dormía en la cabina probablemente acunando en sus brazos inocentes a su extraña muñeca. Nao-Kurai continuó con voz soñolienta, pronunciando mal involuntariamente algunas palabras, con lo cual alteraba sutilmente el significado, y yo escuchaba porque esas pintorescas supersticiones eran la historia oral de mi pueblo, ¿verdad?
—Pues bien, en esos días las mujeres no debían tocar las serpientes, es decir, con sus manos. Pero una muchacha recogió del suelo la cabeza de una serpiente que había capturado su padre, y la serpiente escupió su veneno entre las piernas de la muchacha, que inmediatamente concibió. De modo que ella tenía una serpiente en el vientre: se movía, cascabeleaba, se retorcía. Ella se sentía muy incómoda y dijo: «Señor Serpiente, ¿no quiere salir, por favor?». Serpiente le respondió: «Lo haré cuando me convenga». Ella continuó haciendo sus quehaceres y lo más maravilloso era que nunca sentía frío, aunque soplara el viento. Serpiente dijo: «Eso se debe a que he encendido un pequeño fuego. ¿Ño sabes lo que es el fuego?». Y la muchacha respondió: «Pues no. No exactamente». Entonces la serpiente salió de su vientre con un poco de fuego en la boca y ella se frotó las manos al sentir el calor, saltó de alegría y dijo: «Es bueno». Serpiente le enseñó la palabra que significaba «caliente», que la muchacha desconocía porque nunca se había sentido así antes.
«Bien, ella estaba a punto de comer su cena, un trocito de lagarto, lo único que tenía para comer, y Serpiente le dijo: "¿Por qué no calientas tu trozo de lagarto sobre mi fuego? Lo encontrarás mucho más sabroso". Fue lo más delicioso que había comido nunca, mucho más que esos caracoles y cosas crudas. Entonces oyeron que alguien se acercaba y Serpiente se metió dentro de ella rápido como un rayo y todo continuó como siempre. Salvo que desde entonces, cada vez que estaba sola, Serpiente salía de su vientre, ella asaba su cena y, de esa manera, se mantuvo caliente y hermosa durante todo el invierno.
»Pero su padre y sus hermanos empezaron a levantar la nariz y a relamerse la boca cuando olían el delicioso aroma de la cabaña y un día encontraron algunos huesos que ella no había limpiado bien, mordieron la carne y les pareció deliciosa, aunque no sabían por qué. La muchacha estaba redonda como una bola, sin embargo no daba señales de parir, así es que decidieron apoyarse contra su vientre, pero como no sabían qué era un horno no pensaron que estaba caliente como un horno.
»Otro día el hermano menor se escondió en el armario de la cabina y vio que Serpiente salía de su hermana y una gran llama recorría la cabaña y asaba su cena. "¿Qué es esto?", pensó, pegó un salto, se apoderó de Serpiente y dijo: "Enséñame ese truco o te mato". Pero Serpiente se deslizó de sus manos y se hundió en su hermana antes de que se pueda decir "Jack Robinson". Ella gritó e imploró, pero no se podía hacer nada porque ella no sabía cómo hacer el fuego, ¿verdad?
Nao-Kurai hablaba cada vez más lentamente y empezaba a dejar grandes huecos entre las frases, que llenaba el triste roce del agua contra los costados de la barca, mientras su cabeza caía sobre su pecho. En alguna parte un perro atado aullaba.
—Cuando Padre y los demás Hermanos regresaron, Hermano Menor les dijo lo que había visto, de modo que tomaron sus grandes cuchillos y abrieron a Hermana de la misma manera en que se limpia un pescado. Pero Serpiente estaba de mal humor y no quería enseñarles. Lo amenazaron y sacudieron la cabeza de Hermana delante de sus ojos, hasta que finalmente consintió en enseñarles cómo hacer fuego. Todos los días, por la noche, después de la cena, frotaba dos palitos, hacía una llama y decía: «¿Veis? Es fácil». Pero ellos no podían aprender por más que lo intentaban. Torturaban sus pobres cerebros y se llenaban los dedos de tinta pero no podían aprender el A, B, C ni cómo se deletrea «gato», ¿verdad? Entonces comprendieron que era magia, mataron a Serpiente y lo cortaron en trozos. Luego cada uno comió su trozo y... después de eso... todos pudieron hacer fuego...
»Cada uno de ellos podía garabatear con fuego en un abrir y cerrar de ojos, con toda facilidad...
Con eso, sus ojos se cerraron y no habló más, excepto para murmurar con intensa satisfacción: «Hacían cualquier cosa con toda facilidad». Luego cayó en un profundo sueño. Yo tomé el jarro y bebí un gran trago de coñac porque estaba temblando, y esa vez, no de frío: temblaba de terror y desesperación. Recordé una historia que había leído alguna vez en un viejo libro, acerca de una tribu de Asia Central que «infaliblemente mataba y comía, en su territorio, a cualquier extranjero bastante imprudente para hacer un milagro o mostrar cualquier signo particular de santidad, porque así absorbía su mágica virtud». El nombre de la tribu —Hazara— me había ayudado a resolver un difícil problema de palabras cruzadas; ahora el recuerdo de aquella historia me ayudaba a resolver otro problema. Si el pueblo de los pájaros hubiese querido apoderarse de la magia de los jesuitas, se habría comido a los sacerdotes. Como me comería a mí.
Enseguida llené todos los huecos sospechosos que mi solitario sentimentalismo se había negado a reconocer. El aire de sigiloso triunfo de Nao-Kurai cuando acepté a su hija; la excesiva cordialidad de Mamá; su ansiedad por adoptarme aunque sabían, a pesar de todas las apariencias, que sólo era un temido y misterioso habitante de la costa, alguien que no siempre había sentido debajo de sus pies el movimiento del río insustancial y que, sin embargo, poseía un conocimiento precioso y secreto que ellos sólo podían adquirir con medidas desesperadas. Admití, tan claramente como si Nao-Kurai lo hubiese cantado, que se proponían matarme y comerme, como habían hecho con Serpiente, el portador del fuego de su fábula, para que todos aprendieran a leer y a escribir después de un festín en el cual yo sería el plato principal del menú de mi propia comida de bodas. Me debatía entre la risa y el horror. Por fin me puse de pie, cubrí con mi chaqueta a mi suegro para que no tomara frío y bajé en silencio, buscando más pruebas.
En la cabina principal mis hermanos y hermanas dormían dulcemente y la luna se mezclaba con la festiva luz de las linternas, entraba oblicuamente por los ojos de buey y brillaba sobre sus amados rostros. Porque así era, no me avergüenza decirlo: los amaba a todos, incluso a la niñita que no podía decir su nombre y ventoseaba cuando la ponía en mis rodillas. Mamá y mi novia infantil compartían el mismo colchón y cuando vi, abrazadas, las dos carnes, la vieja y la joven, que eran en cierto sentido intercambiables y cuya doble textura era ya parte de la mía, caí de rodillas ante ellas, dispuesto a comprometerme íntegramente e incluso a darles mi propia carne, en la forma que quisieran, si creían que podía servirles de algo. Estaba casi abrumado de confianza y buena fe. Creo que lloré, joven necio como era. Aoi tenía la muñeca a su lado: sus manos aterraban su vestido rojo. Era un detalle indescifrablemente conmovedor.
Entonces la niña cambió de posición en medio del sueño y murmuró algo. Al moverse, descubrió lo que debería haber sido la escamosa cabeza de su niñito, con su gorro blanco. Pero debajo del encaje no había una cabeza de pescado sino la punta de uno de los cuchillos más grandes que usaba Mamá en la cocina. La barca se meció en la corriente y Aoi, a medias despierta, apretó el cuchillo contra su pecho. Con mucha claridad dijo:
—Mañana. Debes hacerlo mañana.
Luego se volvió sobre la espalda y empezó a roncar.
Quizás el cuchillo era parte de algún extraño ritual de desfloración. Quizá no. Me senté sobre los talones y me sequé el sudor de la frente; luego comprendí que no deseaba correr el menor riesgo de equivocación pensando que no deseaban hacerme mal. Pero de todos modos besé sus frescas mejillas antes de partir, primero la de la pobre Aoi, que me hubiera matado porque se lo pedían, una muñeca programada de rostro de harina que no era dueña de sus propias manos, y luego la de Mamá, cuya piel jamás había saboreado libre del olor a la grasa de carnero que era la base de sus cosméticos. Creo que mi corazón esa noche estuvo a punto de romperse, es decir romperse como era posible antes de decirle adiós a Albertina, cuando finalmente se rompió para siempre.
No tenía que llevarme nada de la barca excepto mis recuerdos. Salí y murmuré un silencioso adiós a la figura adormecida de mi suegro, que se había caído de su silla y estaba despatarrado junto al jarro de coñac que lo había traicionado. Mientras me dejaba caer por la borda al agua fría, sin hacer ruido, las velas de las linternas de papel empezaron a vacilar, y cuando llegué a la costa se apagaron una a una.
El viento atravesaba mis ropas empapadas y el frío despertó al viejo Desiderio. En cuanto volví las espaldas a las barcas y miré las lejanas luces de la ciudad, me di la bienvenida al viejo hogar de mi ser anterior con aburrido disgusto. Desiderio había salvado a Kiku de los queridos padres que se lo querían comer; pero Kiku todavía no encontraba en su corazón un motivo para agradecerle a Desiderio, porque todas sus esperanzas de paz y sosiego se alejaban velozmente de él como el agua del río que goteaba de sus ropas a cada paso.
El reloj de la plaza del mercado me dijo que eran las cuatro menos cuarto de la mañana; la plaza estaba ocupada por las tiendas de la feria de Navidad, cerradas y desiertas a aquella hora. Pensé que podía encontrar algún abrigo para lo que restaba de la noche en alguna de ellas, de modo que recorrí las calles de tiendas hasta que encontré la entrada de una, abierta y sostenida por una cuerda, como si alguien, en el interior, me esperara. Reconocí de inmediato la tienda. Esta vez, el cartel decía: UN REGALO ESPECIAL DE NAVIDAD PARA TODOS. Entré. Él se agitó sobre la paja.
—Vela y cerillas en la caja —dijo—. Y ahora que estás adentro, cierra la solapa. Un tiempo de perros, maldito sea.
Tal como esperaba, vi en la máquina, que giraba sobre un eje, la cabeza de una mujer echada hacia atrás como si estuviera en éxtasis, su pelo negro desplegado a su alrededor como una bandera grandilocuente. La cabeza del embajador del doctor Hoffman giraba como el mundo y una mano cortada apretaba el índice contra sus labios y parecía decirme que guardaba un delicioso secreto, la otra estaba extendida y parecía celebrar jubilosamente que yo hubiera regresado a su lado.
Se titulaba: TENUE CENTELLEO; UNA CABEZA SUSPENDIDA DEL INFINITO.


* * *

4. Los acróbatas del deseo

—Si ya has visto lo que deseas, no gastes la vela —dijo, y yo la apagué.
  La única luz que nos iluminaba era el dentado disco brillante que proyectaba en el techo una pequeña estufa de petróleo. Me arrodillé con agradecimiento junto a la estufa porque estaba temblando, mientras él murmuraba y buscaba algo para ofrecerme de comer. Me sorprendieron y me conmovieron sus torpes preparativos. Abrió una caja de cartón, su despensa, y puso medio pan y un trozo de queso para ratoneras en un plato de metal; luego vertió café frío de una botella en una olla esmaltada y desconchada y la colocó sobre la estufa.
  —He recibido órdenes diferentes —explicó—. Tengo que cuidarte. Debo ocuparme de que llegues allí sano y salvo. Ella vino personalmente a decírmelo.
-¿Ella?
—La más ella de todas las ellas. Su hija.
—¿Albertina?
Yo jamás había pronunciado ese nombre en voz alta.
  —Eres inteligente —aplaudió—. Oh, comprendes todo enseguida.
—Puedo —dije— sumar dos y dos.
  —¿Dónde has estado desde que terminaste con la pobre Mary Anne? —Mientras hablaba, hacía muecas y ladeaba la cabeza, por lo cual comprendí que sabía que yo sabía que él sabía que yo no había matado a esa desventurada niña pero que, por algún motivo, debía dar por sentado que lo había hecho. De cualquier manera yo estaba demasiado cansado para esas perplejidades bizantinas.
—Escondido —respondí brevemente.
—Ellos pensaron que probablemente tratarías de encontrarme tarde o temprano, es decir, si estabas vivo.
Comprobó con el pulgar la temperatura del café.
  —Ya que soy tu única pista —agregó con cierta complacencia.
  De esa forma me devolvió a mi búsqueda, pero yo no estaba en condiciones todavía de pensar en ella. Comí y dejé que me envolviera en una manta porque tenía escalofríos y por más que me acercara a la estufa mis dientes no dejaban de castañetear.
  —No debes enfermarte —dijo—. Tenemos un largo viaje por delante.
—¿Debo ir con usted, de verdad?
  —Oh, sí. Te contrataré como mi asistente y también te daré una identidad: serás mi sobrino. Conducirás mi nuevo camión viejo, levantarás la tienda y aceitarás las maquinas y demás, porque estoy envejeciendo y ya no soy tan activo como antes.
—¿Cuánto tardaremos en llegar allá?
  —Oh, habrá suficiente tiempo —dijo—. Él ha resuelto muy bien lo del tiempo, ¿verdad? ¿Estás preocupado por tu ciudad?
—No particularmente —confesé.
  —Probablemente él podría usar a un joven inteligente como tú en su organización.
  Me dio un jarro de café caliente y yo calenté en él mis manos.
—Pero tengo mis propias órdenes, ¿sabe?
  Mi lengua tropezaba con el lenguaje urbano y como, por vez primera en mi vida, había adquirido conciencia de una positiva felicidad entre el pueblo del río, ahora conocía por fin el sabor de la verdadera miseria porque ya nunca volvería a hablar su lengua musical. El anciano ladeó inquisitivamente la cabeza y esperé que me preguntara dónde me había escondido, pero sólo escuchaba lo que yo decía; no la forma en que lo decía.
—¿Tienes licencia para matar? —preguntó.
—¿Cuál es exactamente su relación con el doctor Hoffman?— paré el golpe.
  Me hizo un gesto para que le pasara el jarro y tomó algunos amargos sorbos de café antes de responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido parte de su quejumbrosa senilidad, y me pregunté en qué medida representaría un papel auténtico en el drama del doctor siendo un viejo borracho.
  —No estoy necesariamente relacionado con él —dijo—. No existen cosas como las relaciones necesarias. Las relaciones necesarias son bestias fabulosas. Como el unicornio. De todos modos, desde que las cosas ocasionalmente se reúnen en varias combinaciones cambiantes, se podría decir que el doctor y yo hemos llegado a una intersección casual. Él se acordó de mí cuando estaba ciego. Yo estaba ciego y viejo y casi muerto a fuerza de emborracharme. Se acordó de mí y me salvó. Incluso me ha nombrado curador de su museo.
  Había en su voz un dejo de sereno orgullo que no concordaba con la destartalada tienda donde estábamos ni con el jergón de paja donde dormía; confirmé así que él poseía más importancia de lo que parecía, y que las computadoras del ministro sabían lo que hacían cuando me pusieron sobre su rastro.
—¿Su museo? —pregunté a tientas.
—El saco..., detrás de ti. Mira.
  El saco era pesadísimo y contenía innumerables cajitas que llevaban en la tapa una marca dentada, para que el anciano, a pesar de su ceguera, pudiera reconocer su contenido al tacto. Cada una de las cajas contenía, como yo esperaba, los modelos, diapositivas y cuadros que las máquinas aumentaban con sus lentes hasta que adquirían su tamaño real. Esas cajas encerraban un universo de figuras de hombres, mujeres, animales, habitaciones, autos de fe y escenas de toda clase, pero ninguna era más grande que mi dedo pulgar. Dejé caer en mi regazo un puñado de esos objetos diversos, algunos de complejidad apenas creíble y, todos, maravillas de la miniaturización.
  —Estoy orgulloso de que haya sido mi discípulo —dijo el propietario del cosmorama—. Si de vez en cuando tengo algún resentimiento, cuando me duelen los huesos de viajar... Bueno, es lo que se puede esperar. Yo no he sido ni siquiera su Juan Bautista, ¿sabes? Puse en tela de juicio su tesis de doctorado. Me burlé de su amigo Mendoza. Sin embargo, él me ha confiado sus muestras.
Se inclinó y recogió un puñado de figuras.
—Míralas. ¿No parecen juguetes?
—Sí. Juguetes.
  —Son elementos simbólicos de las representaciones de elementos básicos del universo. Si se ordenan adecuadamente pueden representar todas las situaciones posibles del mundo, y cada mutación posible de esas situaciones.
—¿Como el centro de computación del ministro?
  —De ningún modo —replicó—. Mediante el uso correcto de estas muestras, sería posible negar la realidad del ministro de Determinación. Paradójicamente, el ministro busca el mismo análisis final que mi antiguo discípulo logró hace largo tiempo. Pero el doctor fue más allá.
  Extendió hacia mí un grupo de feroces imágenes de deseo.
Parecían saltar de su mano, tal era su energía artificial.
  —Los símbolos sirven como modelos a partir de los cuales se pueden generar objetos físicos y acontecimientos reales por un proceso que él llama «desenvolvimiento efectivo». Yo voy por el mundo con mi saco como Santa Claus, y nadie sabe que está lleno de transmutaciones.
  Me serví más café porque necesitaba toda mi inteligencia. Después de todo, alguna vez había sido un racionalista, aunque ahora fuera un charlatán.
  —No comprendo —dije—. Déme al menos alguna idea de su metodología.
  —Primera teoría de la Dinámica de los Fenómenos —respondió—. El universo no tiene un sustrato estable de sustancias estables y su única realidad está en sus fenómenos.
—Sí —dije—. Eso lo comprendo.
  —Segunda teoría de la Dinámica de los Fenómenos: sólo el cambio es invariable.
  Eso me parecía más bien un aforismo que una hipótesis, pero mantuve la calma.
  —Tercera teoría de la Dinámica de los Fenómenos: la diferencia entre un símbolo y un objeto es cuantitativa y no cualitativa.
  Luego suspiró y guardó silencio. Vi por una rendija de la tienda que, si bien adentro todavía era de noche, afuera amanecía con un cielo color violeta; luego me dormí.
  A partir de ese momento me escondí tanto de la policía —mi foto con la palabra BUSCADO estaba expuesta en las paredes exteriores del cuartel de policía— como del pueblo del río. Me convertí en el sobrino del renegado del cosmorama. Mi nueva identidad era perfecta en todos sus detalles. Me corté el pelo y el bigote y me despojé de las ropas indias, para vestir en cambio unas ropas oscuras y sobrias que recibí con mi nueva identidad. Supuse que en los registros del ministro yo aparecería como muerto, entre las víctimas de la guerra, y por eso el doctor Hoffman se tomaba tantas molestias conmigo; todo lo que debía hacer era ocultarme entre las sombras de la tienda, limpiar las lentes de las máquinas, ver cómo mi jefe montaba cada día un nuevo e inquietante espectáculo y escuchar las variadas versiones de las actividades de su antiguo discípulo que me daba por las noches cuando, terminada la tarea del día, nos sentábamos junto a la estufa.
  Yo no estaba capacitado entonces para juzgar las informaciones que recibía, y tampoco lo estoy ahora, aunque he visto los laboratorios, los generadores y hasta al mismo inescrutable doctor trabajando entre ellos con la terrible convicción de un demiurgo. Pero de las notas que tomé en ese momento he extraído las siguientes e improbables aproximaciones a los principios intelectuales que sustentaban las demostraciones del doctor.
  Sus principios básicos eran los siguientes: todo lo que es posible imaginar puede existir. Una vasta enciclopedia de referencias mitológicas sostenía esta hipótesis inicial: los chamanes de Oceanía, que dan forma de barco a toscos bloques de madera cantando, sin emplear un hacha; los poetas de Irlanda medieval cuyas terribles odas causaban llagas a los enemigos de su rey, y otros por el estilo. Muy al comienzo de sus estudios Hoffman se había alejado francamente del reino de la ciencia pura, resucitando toda clase de seudociencias antiguas, como la alquimia, la geomancia y la investigación empírica de aquellas esencias que, según sostenían los chinos, creaban fenómenos mediante la interacción de los aspectos elementales de la masculinidad y la feminidad. Y además estaba la idea de la pasión.
  En un bolsillo de mi traje oscuro hallé un trozo de papel con la siguiente cita de Sade, escrita con la más exquisita caligrafía femenina; aunque el mensaje no tenía destinatario ni firma, yo sabía que era para mí y que procedía de Albertina.

  «Mis pasiones, concentradas en un solo punto, se parecen a los rayos del sol reunidos por una lente de aumento: inmediatamente encienden cualquier objeto que encuentran en su camino.»

Como no pude descubrir un mensaje personal en esas palabras, decidí que debían referirse a la maquinaria del cosmorama, porque había comenzado a creer que la manipulación de esas milagrosas muestras podía realmente reestructurar los acontecimientos ya que, de un modo significativo y poético, habían ayudado a organizar la desastrosa noche que había pasado en la casa del alcalde.
  Pero me llenó de ilusión la grandilocuencia de Sade y de la muchacha que lo citaba para mí, porque sabía que yo era, aunque romántico, un hombre sin grandes pasiones. Si nuevamente existía sólo por la vaga esperanza de ver a Albertina algún día, no podía imaginar que ese deseo pudiera hacerme suficientemente incandescente para percibir su presencia a mi propia luz, y menos aún utilizar lo que mi maestro de hiperfísica describía como la «energía radiante» del deseo para abrir un sendero de fuego hacia ella. Un anciano ciego con sus juguetes a cuestas en una feria, perdido en una enmarañada red de recuerdos de cosas que no había visto... Era el caso del ciego que conduce a otro ciego, porque tampoco él podía haber sido nunca un hombre enardecido por la pasión. De modo que, cuando hablaba de Albertina como si fuera una llamarada hecha carne, sus palabras sonaban falsas, aunque yo recordaba mi sueño del inextinguible esqueleto y me preguntaba si ella también lo había visitado en un sueño, puesto que sólo podía ver cuando estaba dormido.
  Había establecido un laxo vínculo con la gente de la feria, así es que el anciano, la feria y yo viajábamos juntos. Descubrí que el propietario del cosmorama, anticipando mi llegada, le había alquilado un destartalado camión al armenio que se ocupaba de la rueda de la fortuna. Ése era su nuevo camión viejo, y yo lo conducía cuando nos trasladábamos de un sitio a otro con nuestros nuevos compañeros, parte del tumultuoso desfile que siempre se dirigía a otras ciudades por los caminos invernales. Durante los viajes estaba tan a salvo de los indios como lo había estado de la policía cuando vivía en el río. Estaba tan seguro como en la ópera escuchando Las bodas de Fígaro, porque el camino era otra especie de río coherente consigo mismo.
  La feria ambulante era un mundo cerrado que no reconocía situaciones geográficas o temporales, porque el lugar donde nos deteníamos, una vez que se armaban las tiendas y las barracas, era exactamente igual al anterior. Comediantes mexicanos; intrépidas amazonas de Nebraska, Kansas, Ohio, en cuyas caras lavadas y piernas interminables se leía «Made in USA»; enanos japoneses que luchaban en el barro; motociclistas noruegos que rugían verticalmente en sus muros portátiles de muerte; un grupo de bailarines albinos cuyas descoloridas gavotas evocaban luminosos fantasmas; la mujer barbuda y el hombre lagarto: éstos eran mis nuevos vecinos, unidos sólo por el sombrío atractivo de sus diferencias con la gente común y asociados para defender y perpetuar esas diferencias. Nativos de la feria, no reconocían otra nacionalidad ni podían imaginar otro hogar. Una babel políglota poblaba las tiendas de atracciones, el tiro al blanco y el tiro con cocos a la cabeza esquiva, el hombre bala, el túnel de la confusión, y los tiovivos donde los caballos pintados, hieráticos como los de ajedrez, describían círculos perpetuos, tan inmunes como las órbitas de los planetas al opaco mundo del aquí y ahora donde habitaban quienes venían a mirarnos con la boca abierta. Así como íbamos más allá de lo corriente, íbamos más allá del lenguaje. Como teníamos pocas lenguas en común, utilizábamos un idioma de gruñidos, ladridos y gestos que es, tal vez, la matriz universal de todos los lenguajes. Y como habitualmente no necesitábamos comunicarnos más que el estado en que se encontraban los caminos, todos nos llevábamos bastante bien.
  Mis compañeros no tenían la menor conciencia de que eran extraordinarios porque se ganaban la vida con lo grotesco. Su pan era la deformidad. Sus biografías, por raras y trágicas que fueran, se parecían por su singularidad, y muchos de ellos —como yo mismo— se escondían permanentemente de un mundo real que conocían mal hasta el punto de ignorar cuánto había cambiado desde el principio de la guerra. A veces pensaba que todo ese grupo salvaje y disoluto no era otra cosa que la tropa de asalto del doctor; pero no sabían nada del doctor. Ninguno había oído su nombre. Apenas sabían algo sobre sí mismos, y ese conocimiento, de hecho, era suficiente para crear un microcosmos con una estructura tan llamativa, circunscrita, rotativa y absurda como la de un tiovivo.
  Muchas veces veía girar los tiovivos en sus estáticos viajes.
  —Nada se completa nunca —decía el propietario del cosmorama—, sólo cambia. —Combinaba a su antojo los espectáculos que jamás había visto, y murmuraba:— No hay unidad encubierta.
  Los niños de la feria pegaban sus caritas sucias de mocos y tierra a los oculares y se reían de las imágenes que veían. Nada asombraba a esos chicos cuyos padres corrían por el muro de la muerte tres veces por día y cuyas madres definían elegantemente la gravedad sobre una sola y tensa pierna encima del lomo blanco de un caballo en plena pirueta. Veían tan poco a sus padres que podrían haber nacido por generación espontánea en la fugaz parafernalia de la feria que, apenas instalada, era desmantelada, embalada por partes en erráticos camiones y trasladada a algún otro sitio. La feria era una juguetería ambulante, una exposición de rarezas que sólo vivía por movimientos espasmódicos cuando la procesión se detenía, y que sólo estaba regida por la conciencia tácita de carecer de normas.
  —Primero vendrá el Tiempo Nebuloso, un período de mutabilidad absoluta, en el cual únicamente los reflejos de los rayos de una fuente absolutamente hipotética de luz y sus trayectorias irregulares revelarán adecuadamente una superficie que cambia de modo continuo, como la superficie del agua, pero un agua que es sólo una piel reflectora y que no tiene profundidad ni volumen. Nunca debes olvidar, sin embargo, que la filosofía del doctor no es tanto trascendente como incidental. Utiliza todos los incidentes que agitan las superficies sin fondo del mundo sensual. Cuando el mundo sensual se rinda incondicionalmente a la intermitencia de la mutabilidad, el hombre quedará definitivamente libre de la tiranía de un solo presente. Y viviremos en tantos niveles de conciencia como podamos, y al mismo tiempo. Cuando el doctor nos libere, por supuesto. Sólo después de eso.
  Del queso que tostábamos cayeron unas gotas de grasa sobre la llama de la estufa, y ardieron con mal olor. Llené el vaso que me extendía, mirando el reflejo de la llama que chisporroteaba en sus partidas gafas oscuras. A veces parecía un predicador viejo y ciego. A medida que se acostumbraba a tener oyentes otra vez, ordenaba sus frases con más concisión y daba más resonancia a sus pequeñas clases. No me impresionaba tanto la calidad de su discurso como el respetuoso asombro que transmitía. A veces combinaba el fervor profético con una vaguedad sibilina. Como yo siempre me levantaba antes que él por las mañanas, con frecuencia veía su despertar. Era conmovedor ver cómo abría sus ojos muertos y parpadeaba un poco, como si esta vez pudiera deshacerse de la oscuridad para siempre.
  Obligado a tal intimidad con el propietario del cosmorama, empecé a sentir, sin poder evitarlo, cierto afecto por él, y así me encontré atendiendo las necesidades de un anciano ocasionalmente incontinente y siempre desagradable con una generosidad que no hubiera imaginado, aunque él pedía poco de mí, sobre todo en relación a mis cuidados.
  Mis tareas eran sencillas y domésticas, ya que él no me permitía manipular el conjunto de las muestras. Yo preparaba las comidas, barría la tienda, sacudía la paja en que dormíamos, limpiaba las máquinas y, detrás de un par de discretas gafas de sol, atendía la taquilla durante sus frecuentes escapadas a los bares, porque su alcoholismo era absolutamente real. Yo anotaba entonces todo lo que me decía y trataba de extraer alguna idea acerca de los medios prácticos con los que su antiguo discípulo hacía sus trucos mágicos, aunque era una tarea muy difícil porque la esencia de la teoría de Hoffman era la fluidez de su estructura y, además, porque me interrumpía constantemente la visita de manadas errantes de niños y también de mayores.
  Un rumor de escamas me anunciaba la llegada del homo reptilis en busca de una charla distraída y de varios de mis cigarrillos; una vaharada de olor a perfume importado y a pólvora, la de Mamie Buckskin, la experta tiradora, en tanto que un frágil y discreto carraspear me decía que había llegado Madame la Barbe. El bigote castaño de Madame la Barbe, que estaba moderadamente recortado a la manera de Vermeer, ocultaba un temperamento excepcionalmente maternal. Me traía brioches recién salidos del horno que había instalado en su caravana, decorada como una casa francesa de provincias, llena de tiestos de plantas, gatos, sillones cubiertos con fundas y fotos enmarcadas de sus familiares, los muertos con moños de cinta negra.
  Debo admitir que todos mis huéspedes me encantaban y yo, a mi vez, también los fascinaba porque poseía el don único de la normalidad. Era exótico precisamente en la medida en que era mundano. El sobrino del propietario del cosmorama era un pequeño comerciante en bancarrota a raíz de la catástrofe de la capital, y aquellos seres monstruosos nunca se cansaban de oír mis relatos del mundo de los teléfonos y las máquinas de escribir, los inodoros con cisterna, los cuartos de baño con azulejos, la luz eléctrica y los electrodomésticos. Ante esa obra maestra de esterilidad que yo recordaba para ellos, se extasiaban como si se tratase de un paraíso terrestre del cual habían sido expulsados para siempre. Mientras yo les daba una imitación de otra realidad, el propietario del cosmorama me ofrecía alimentos mucho más sustanciosos.
Proposición: El tiempo es una composición consecutiva de instantes aparentemente indivisibles.
  Desde el principio del estado de conciencia que llamamos «el mundo», el hombre siempre ha imaginado el tiempo como un movimiento hacia adelante, una corriente que avanza dejando atrás sólo unos pocos desechos. La transitoriedad es la esencia del tiempo. Dado que la temporalidad es el medio en el cual se ha expresado este modo de conciencia; como el tiempo es, por así decirlo, la tela en que estamos pintados, la investigación empírica de la estructura del tiempo plantea agudos problemas metodológicos. ¿Acaso podría Mona Lisa darse vuelta, arañar el fondo del cuadro y hacer analizar en un laboratorio la sustancia que tiene en las uñas?
¡Por supuesto que no!
  Ahora bien, esta analogía, por cierto sorprendente, implica que todos los fenómenos son de naturaleza necesariamente temporal y que marchan en masa, sobre ruedas colocadas en los cuatro ángulos del bloque cuadrado que ocupan, hombro contra hombro y llevando siempre a la espalda el muro contra el cual todos ellos deben enfrentar ese pelotón de fusilamiento que es la mortalidad. Sin embargo, este modelo del mundo ni siquiera reconoce formalmente el aspecto sintetizable del tiempo como hacía, en relación con el espacio, la introducción de la perspectiva en la pintura. En otras palabras: sabemos tan poco acerca de la geometría del tiempo —para no hablar de sus propiedades físicas— que ni siquiera podríamos simular adecuadamente la forma física de un solo instante.
  La introducción de la cinematografía nos permitió confinar el tiempo pasado, reteniéndolo no sólo en la memoria —en el mejor de los casos, un receptáculo falsificador- sino en un medio conservador objetivo, una cinta de película. Pero si el pasado, el presente y el futuro son las dimensiones del tiempo, son notoriamente versátiles. Los tiempos verbales no transcurren y sin embargo siempre están a punto de coagularse. El presente es una jalea que se aquieta en una masa temblorosa y pasiva, el pasado, tan pronto como tenemos conciencia de él como presente, e incluso antes. Sin embargo esa masa era intangible y sólo existía conceptualmente hasta que apareció el medio a través del cual empezó a conservarse, el cine.
  El cine normalmente está considerado sólo como una especie de representación de sombras, y pocos se preocupan por investigar las paradojas ontológicas que plantea. Porque nos ofrece en tiempo presente nada menos que la experiencia de un tiempo irrefutablemente pasado. La película enlaza, por así decirlo, fenómenos inertes de los cuales el presente se ha alejado y a los que la proyección en la pantalla otorga una momentánea resurrección.
  Mi discípulo Mendoza me mostró algunas investigaciones hechas al respecto para justificar las muchas horas que pasaba por día en los cines de la vecindad mirando el panorama de los fenómenos revividos con ojos visionarios. Una vez me dijo:
  —No ha sido Lumiére el padre del cine, sino el sargento Bertrand, el violador de tumbas.
  Sin embargo, las imágenes del cine carecen de toda autonomía. Encerradas en una trama programada, simplemente trasladan el pasado al presente; y no pueden, por su naturaleza, responder a los impulsos magnéticos del futuro, porque el inalcanzable futuro no existe en ninguna dimensión, pero de todos modos organiza los fenómenos y los conduce a sus conclusiones potenciales. El modelo cinematográfico consiste sólo en repeticiones cíclicas, aunque sean voluntariamente activadas, por ejemplo por la mano del proyeccionista, y no por la mano del destino. Sin embargo, en otro sentido, la acción del tiempo es realmente visible en las rasgaduras, las manchas y las huellas digitales sobre la cinta misma de la película, productos del roce solapado y corrosivo de la mortalidad; como la copia puede renovarse a voluntad, esas manchas de vejez, cuando se conservan, sólo acrecientan la presencia del pasado en la forma de una falsificación, como cuando un hombre reproduce en la madera los agujeros que hacen los gusanos en ella o ahuma con una vela una pintura fresca para producir un efecto de vejez.
  Mendoza afirmaba que si algo era suficientemente artificial, equivalía a lo auténtico. Su mente lanzaba ideas al aire como las semillas de diente de león a los que tanto se parecía su pelo, pero nosotros no tomábamos en serio sus ideas; ninguno de nosotros, y tampoco ninguno de ellos. Con todo, Hoffman pulió las hipótesis de Mendoza, inicialmente toscas, acerca del tiempo discontinuo y la autenticidad sintética, y las organizó para construir un modo de conciencia totalmente distinto. Pero no lo sabíamos. Nos contentábamos con reírnos de Mendoza. Reíamos a carcajadas.
  Él soñaba con la discontinuidad del tiempo, con destruir la escala diatónica con sus dos notas, pasado y presente, en una fanfarria cromática con todos los tiempos concebibles y muchos por ahora inconcebibles puesto que no hay lenguaje que los describa. Producía folios y folios de cálculos con su caligrafía neurótica para demostrar que el tiempo se podía someter al rigor del análisis científico como cualquier otra noción; y en realidad acabó por convencerme de que el tiempo era elástico, ¡porque siempre parecía estirarse hasta la eternidad cuando yo leía sus trabajos! [1]
  Su actitud a propósito de las abstracciones era la siguiente: las abstracciones sólo son verdaderas porque, como no existen, pueden probarse o desaprobarse al antojo del investigador. ¡Cómo brillaban sus ojos salvajes cuando hablaba!
  A fines del segundo año de la universidad, Mendoza era el payaso de la sala de profesores. Esperábamos sus ensayos como los miembros de los clubes londinenses esperan el Punch cada semana. ¡Cómo nos reíamos mientras bebíamos nuestro oporto cuando yo leía en voz alta los fragmentos más selectos! También sus compañeros se burlaban de él. Sólo Hoffman, con esa teutónica falta de humor, escuchaba al absurdo Mendoza sin pestañear. Más tarde, él y Mendoza se hicieron casi inseparables, aunque no hacían buena pareja y daban la impresión de trabajar en un teatro de variedades más que en un laboratorio, porque Mendoza llevaba el pelo largo y suelto, corbatas abundantes, camisas de colores y trajes de pana negra, y su mirada ardiente y apasionada aconsejaba dar tres vueltas a su alrededor antes de acercársele. En cuanto a Hoffman, era un modelo de corrección, siempre bien vestido y almidonado, con uno de sus fríos ojos azules agrandado por un monóculo. Su apretón de manos era húmedo y glacial; su sonrisa tenía una austeridad alpina y siempre olía a jabón antiséptico. Ya era brillante y sus profesores le temían. Mendoza era su único amigo.
  Trabajaban juntos y untos se divertían. Pronto empezamos a oír historias muy poco edificantes de sus hazañas en el barrio de las luces rojas. Mendoza tenía unas gotas de sangre mora y leía el árabe sin dificultad. Siguió ciertas indicaciones de libros oscuros y se volvió cada vez más obsesionado por la naturaleza del tiempo en relación con el acto sexual. Al final concibió una cómica tesis sobre la naturaleza fisible/flexible del orgasmo. Sostenía que el orgasmo no sucedía en el pasado, el presente o el futuro, sino que precipitaba una fusión policroma exponencial de los tres, especialmente si provocaba la concepción. Me entregó una tesis final titulada, recuerdo, «El potencial risible de la aniquilación voluntaria del instante orgásmico». Describía un experimento que empleaba el talento de siete de las prostitutas más notorias de la ciudad y, aunque no probara otra cosa, demostraba que Mendoza era un verdadero atleta, en tanto que su asistente técnico, nada menos que nuestro decoroso Hoffman, poseía, contra todas las apariencias, una notable versatilidad sexual.
  Mendoza resumía sus resultados como «la perpetración de un estado sin duración que posiblemente sintetiza el infinito». Aseguraba que su entusiasmo había provocado vibraciones tan intensas que todos los relojes del lugar habían estallado. Presentó también a la universidad las cuentas por los servicios de las prostitutas y los del relojero. Por supuesto que lo expulsamos. Cuando se enteró, irrumpió en el laboratorio y manchó los pizarrones con heces. Después de eso, no volvimos a oír hablar de él. Pero Hoffman, por supuesto, no dejó de verlo. En realidad, ése fue el comienzo del primer gran período de sus investigaciones...
Y así sucesivamente.
  El anciano se acostumbró a mi presencia permanente, y me obsequiaba con estas embriagadoras mezclas de teoría y biografía tres o cuatro veces por semana; había recuperado varios olvidados artificios de catedrático. Con frecuencia buscaba una tiza para dibujar diagramas en un pizarrón que sólo existía en su recuerdo de la universidad, o apretaba con los dedos una invisible toga académica. Esos gestos me parecían conmovedores. Le llenaba la copa y escuchaba.
  Sin embargo, esos fragmentos y migajas surgidos de una mente entorpecida por la edad y el infortunio no tenían gran sentido para mí. A veces una hora entera de discurso caía como la lluvia y yo sólo anotaba una frase que me había interesado: «Las cosas no se pueden agotar», o «En la imaginación, nada es pasado, nada puede olvidarse». O bien: «El cambio es la única respuesta válida a los fenómenos». Advertí que la Dinámica de los Fenómenos de Hoffman implicaba una dialéctica hipotética entre mutualidad y transformación; el descubrimiento de cierta fórmula aceleraba los procesos de mutabilidad y muchas veces le había hablado a su profesor de «una continua improvisación de correlativos». Pero en general, yo estaba completamente desorientado. Mientras tostaba un poco de queso en la estufa, para comer con el pan y la cerveza de la cena, murmuraba sonidos vagos e indeterminados con la esperanza de que el anciano los interpretara como expresiones de vivo interés, y meditara en los cambios que yo había sufrido personalmente.
  —Combinaciones permutables —decía él. Bebía cerveza y eructaba. Luego recogía un puñado de muestras mágicas y las arrojaba al aire como en el juego de las cinco piedrecillas; las dejaba caer con solemnidad y yo sentía casi la tentación de creer, como él, que los conjuntos así formados al azar determinaban ecos reales en la ciudad sitiada que, como me informó con irritación, aún lograba sostenerse.
  De vez en cuando le hacía algunas preguntas, aunque éstas se referían principalmente a la vida de Hoffman y no a sus concepciones.
—¿Por qué se peleó con Mendoza?
  —Por una mujer —dijo—. Eso me dijo una vez Hoffman, con la voz sofocada por las lágrimas o la furia. No podría decir cuál, porque en ese momento, por supuesto, yo ya era ciego y me había reducido a poco más que una mera cifra en sus fórmulas.
  Pasó mucho tiempo antes de que me dijera que esa mujer había sido la madre de Albertina.
—¿Y qué fue de Mendoza?
  —Finalmente se desvaneció a lo largo del infinito en una curva cromática, como el arco iris.
  Entonces, nadie conocería ya la causa del fuego que destruyó su máquina itinerante del tiempo.
Y yo tenía otras distracciones.
  Madame la Barbe era tan reservada como una muchacha. Alzaba la solapa de la tienda, depositaba sus dones en nuestra taquilla —pasteles, jarros humeantes de exquisito café, de vez en cuando un sabroso cassoulet— y se desvanecía con la más fugaz de las sonrisas. Sin su barba, habría sido una gorda campesina francesa, de boca apretada, cara severa y delantal, que jamás se alejaría a más de medio kilómetro de su pueblo natal. Con su barba, era extraordinariamente hermosa, la mujer más viajera y más solitaria del mundo. En su caravana arrancaba melodías sentimentales al armonio, y cantaba tristes letras de amor y ausencia en una voz atiplada y demasiado impostada. Poco a poco, cuando vio que yo no la consideraba ridícula ni desagradable, empezó a confiar en mí.
  Sólo tenía un sueño: despertar un día en la ciudad donde había nacido, en la cama de su infancia, con el geranio en la ventana, la jarra y la jofaina en el lavatorio. Y luego morir. A mí me parecía simpática. Ella exhibía eso que la diferenciaba para ganarse la vida, y lo había hecho durante treinta años; pero cada vez que los campesinos iban a su tienda y ella posaba en raso blanco y flores artificiales anaranjadas, la Novia Barbuda sentía todas las angustias de la desfloración porque, naturalmente, era virgen.
  —Cada vez —decía con su bonita voz entrecortada— una nueva violación. Me siento penetrada por sus ojos.
  La barba le había crecido al mismo tiempo que los pechos; tenía trece años. Nunca había sido guapa; gorda y tosca, sólo quería pasar inadvertida. Quizás algún vecino comerciante de esa ciudad gris y aburrida del valle del Loire, donde todas las sillas tenían una funda y hasta las sombras caían con pulcritud, se habría casado con ella por su dote. Su padre era notario. Había tomado la primera comunión con un velo que no ocultaba la sombra azul de la barba de las cinco de la tarde. La madre murió de cáncer y el padre empezó a usar dinero ajeno en beneficio propio. Al ser descubierto, se cortó la garganta con una navaja. Una tragedia vulgar. Ella tenía quince años. Vivía sola en la casa pequeña y llena de ecos, escondida detrás de las cortinas. Pronto no quedó nada por vender, y la caridad de los vecinos se agotó. Un circo llegó a la ciudad. Temblando, vestida de luto, escondida tras los crespones, visitó al director y al día siguiente era una mujer con una profesión. Celebró sus dieciséis años en Río, durante el carnaval, y luego visitó, en el curso de su carrera, todas las ciudades fabulosas del mundo, desde Shangai a Valparaíso y desde Tánger a Tashkent.
  No sólo su barba la hacía única; también el hecho de que jamás en su vida había conocido un momento de felicidad.
  —Ésta —decía, tocando las hojas onduladas de una de sus plantas— es mi monstra deliciosa, mi delicioso monstruo.
  Sus ojos siempre se desviaban involuntariamente al pequeño espejo de la pared. Había puesto en su marco dorado uno de sus negros moños de luto. Yo visitaba su caravana con mucha circunspección y nunca sin un pequeño regalo: un ramo de violetas, caramelos, una novela francesa comprada en una librería de ocasión. Ella me ofrecía chocolate caliente, tocaba y cantaba para mí.
—Plaisirs d'amour ne durentplus qu'un moment...
  Pero ella no había conocido ningún placer. Y era una perfecta dama. Tenía el nostálgico encanto de una flor apretada entre las hojas de un libro. Siempre me llamaba «Désiré». Era refrescantemente tedioso visitarla, como visitar a una tía a quien se ha amado mucho en la infancia.
  En el limbo oracular, entre el sueño y la vigilia, mi jefe gritó una vez:
—Todo depende de la persistencia de la visión.
  ¿Se refería al cosmorama o a los fantasmas de la ciudad? Yo aprovechaba su ceguera y las horas en que dormía para examinar su colección de muestras, e hice, en la medida de lo posible, un catálogo de ellas, aunque era muy difícil establecer cuántas eran, ya que la cantidad variaba constantemente y era casi imposible clasificarlas porque si uno las miraba dos veces, jamás eran las mismas.
  Perdí los cuadernos donde había anotado esa lista aproximada e incompleta en el terremoto que, según la teoría de Mendoza, estaba ya organizando los acontecimientos que lo precedieron con la retórica formal de la tragedia. Por cierto, no sé si recordaría a Madame la Barbe con tanta pena, a Mamie Buckskin como a una mujer tan feroz o a mi jefe con tanto afecto si no supiera, al mirar hacia atrás, qué pronto iban a morir. Sin embargo, recuerdo que, a pesar de las alteraciones del contenido simbólico de las muestras, todas poseían una de las tres formas siguientes:

a) modelos de cera, dotados frecuentemente de mecanismos de relojería, como ya he descrito;
b) diapositivas de cristal, y
c) series de fotos estáticas, cuyo aparente movimiento era producido con la misma técnica de aquellos libros de nuestra infancia que se hojeaban velozmente.

Estas series consistían normalmente en seis o siete imágenes diferentes de la misma escena, una niñera descuartizando a un bebé, por ejemplo, cociéndolo en el hogar de la nursery y devorándolo con aire de satisfacción. Cuando uno pasaba de una máquina a otra, los diversos cuadros de la narración desplegaban otras facetas de la misma acción, de modo que se recibía la impresión de observar un hecho con lo que se podría llamar profundidad temporal. Las fotos mismas parecían totalmente reales. Me impresionó en particular una serie en la cual una muchacha era pisoteada hasta la muerte por caballos desbocados, porque la actriz se parecía a la hija del doctor Hoffman. También había imágenes de catástrofes naturales como el terremoto de San Francisco, pero yo no tuve ningún presentimiento mientras las manipulaba; incluso coloqué en una máquina una serie de variaciones sobre el tema del terremoto cuando mi jefe estaba afuera, bebiendo. Tal vez hubiera sido mejor que no tocara las máquinas, como él me había advertido, ahora que lo recuerdo... Aunque Albertina me dijo que su padre siempre retrocedía ante las fronteras de la naturaleza, no creo que yo haya sido realmente culpable de aquel seísmo.
  Mis investigaciones acerca de las muestras me convencieron de que los modelos representaban verdaderamente todo lo que era posible imaginar, por medio de la simulación directa o, incluso, del simbolismo freudiano. Había también, según el propietario del cosmorama, objetos excesivamente milagrosos. Jamás permitía que yo mismo los colocara en las máquinas, e incluso me había prohibido tocar el saco donde los guardaba.
  —Si te encuentro revisando mi saco —dijo—, te cortaré las manos.
Pero yo era demasiado astuto para que me sorprendiera.
  Mamie Buckskin vivía sola en la caseta de tiro al blanco. Todas las mañanas colocaba una hilera de botellas de whisky sobre un muro cercano y les rompía el cuello a balazos. Así practicaba su arte. Afirmaba que le podía arrancar las plumas de la cola a un faisán en vuelo; o atravesar el corazón central de un cinco de corazones a veinte metros, o una determinada manzana de un árbol determinado a cuarenta, y muchas veces me encendía el cigarrillo con una sola bala de través. Sus rifles eran la prolongación de sus brazos, incluso su lengua escupía fuego. Se vestía siempre con las ropas de cuero con flecos de los pioneros del Oeste, pero llevaba el abundante pelo amarillo rizado y peinado alto al estilo monumental de las beldades del saloon, y un relicario muy femenino con una foto de su difunta madre alcohólica bailoteaba siempre sobre sus generosos pechos. Era contradictoria: una mujer decididamente fálica, con los senos de una madre que cría y un revólver eréctil y letal sobre el muslo. Se jactaba de su colección de más de cincuenta rifles, pistolas y revólveres antiguos, algunos de los cuales habían pertenecido a Billy the Kid, Doc Holliday y John Wesley Hardin. Dedicaba tres horas diarias a pulirlos, aceitarlos y acariciarlos amorosamente. Estaba enamorada de las armas. Tenía veintiocho años y era tan impermeable como si estuviera laqueada.
  Había sido detenida en el lejano Oeste por matar al acreedor de la hipoteca cuando trató de tomar posesión de la granja familiar mientras su padre agonizaba; sedujo sin dificultad al carcelero, se escapó y se deshizo de los perseguidores del sheriff matándolos uno por uno. Pero pronto se aburrió de esa vida criminal porque, en realidad, era una artista: matar sólo era una consecuencia de su virtuosismo. Un Winchester de repetición era para ella un Stradivarius, y su mundo se componía exclusivamente de dianas. Sexualmente prefería a las mujeres. En un tiempo había actuado en un teatro de variedades americano, donde, vestida como el héroe de un film de vaqueros, le arrancaba a balazos hasta el último jirón de ropa a su adorada amante, una rubia delicada y exuberante de origen vienes a quien había raptado de un convento. Pero la flamante actriz huyó con un mago y emprendió una nueva carrera, en la que era aserrada en dos todas las noches. Después de ese desencuentro amoroso, Mamie, aún más cínica, siguió disparando a solas.
  Amaba viajar, y se unió a la feria sólo para recorrer el mundo. Además, si trabajaba sola, podía retener toda la ganancia en sus manos; después de las armas de fuego y de un camino abierto, nada le gustaba más que el dinero. Mamie llegó a sentir gran afecto por mí, porque admiraba la serenidad más que ninguna otra cualidad en un hombre, y me ofreció empleo como asistente, para preparar las dianas y dejarle arrancar de mi cabeza sombreros y naranjas en el escenario. Pero mi tío no podía prescindir de mí. La estridente energía de Mamie era a la vez estimulante y agotadora. De vez en cuando, si no lograba atraer a alguna amazona a su saco de dormir forrado de piel, se resignaba a quedarse conmigo y esas noches eran como tripular un bote diminuto en un mar embravecido por la tormenta. Su caravana no contenía otra cosa que blancos, rifles y una casi invisible cocinilla, instalada precariamente, donde a veces preparaba picantes chiles y unos bizcochos de plomo que con un poco de melaza y un cañonazo de whisky constituían su desayuno. Sin embargo, mientras dormía, sorprendía sus rasgos de bronce relajados, y volvía a parecer la ansiosa y varonil chiquilla que había robado el Colt 45 de su padre para asustar a las serpientes de cascabel y había llorado al herir por error en la pata al ovejero alemán de la familia. A veces la veía mirar con cierta envidia la barba de Madame la Barbe. Mamie era también una mujer trágica.
  A todos ellos los veo ahora con el halo crepuscular de la tragedia consumada, avanzando inexorablemente hacia la muerte violenta como los condenados.
  En la feria era evidente que las cosas no eran lo que parecían. Mamie me llevó en una ocasión a espiar a las bellas amazonas que atendían a sus caballos en la intimidad del improvisado establo. Nos escondimos entre el heno mientras ellas conjugaban el último verbo debajo de nosotros. Los relinchos que escuchábamos podían surgir de la garganta de los padrillos o de sus écuyéres; y la violencia de sus movimientos agitaba tan tempestuosamente las paredes que corríamos el riesgo de caer de nuestro precario escondite. Las bamboleantes lámparas de petróleo que colgaban del techo daban a esa escena espectral un claroscuro dramáticamente expresionista y tan intermitente que empecé a dudar de algunas cosas que veía, y recordé que el propietario del cosmorama había murmurado en sueños: «Todo depende de la persistencia de la visión». Entretanto, mi viril amante, excitada por la lujuria ambiente, me aferró entre sus garras de tal manera que nuestra posición se hizo aún menos segura; y debo reconocer que, en aquel establo resonante de pasión, experimenté realmente el infinito sin duración al que se refería Mendoza. Comprobé su existencia porque no tengo idea del tiempo que duró la orgía cuando caímos dando tumbos al tremedal de miembros de satén y cascos restallantes; si hubiera habido allí un reloj, no dudo de que habría explotado. El hecho de que la escena tuviese cierto parecido con la secuencia de fotos de la muchacha pisoteada por los caballos me perturbó, aunque ésta fuera dolorosamente distinta. Me pregunté hasta qué punto podía haberla provocado yo mismo. Aunque la feria íntegra parecía muchas veces sólo un nuevo surtido de muestras.
  La patada de un caballo le rompió una costilla a Mamie, quien anduvo un tiempo con un precario corsé de vendas. Sus ojos, grises como el cañón de un rifle, adoptaron desde entonces una curiosa expresión de interés, como si aquella noche yo hubiese revelado insospechados talentos; finalmente me sorprendí por completo cuando se ofreció para enseñarme a tirar mejor.
  Un día descubrí que el propietario del cosmorama tenía la costumbre de practicar la adivinación utilizando las muestras, aunque nunca supe qué era exactamente lo que adivinaba o predecía, cómo lo realizaba, ni por qué. Por cierto, no previo el terremoto, porque de lo contrario habría escapado. A veces manoteaba a ciegas el saco y extraía las primeras cajitas que tocaba. Leía las inscripciones en Braille, con el ceño fruncido o agudos chillidos de júbilo.
  —Expresar auténticamente un deseo —me decía— es satisfacerlo categóricamente.
  Medité largamente en esa expresión gnómica. ¿Quería realmente decir eso que era un evidente disparate? ¿O se refería a la otra teoría de Mendoza, que si algo era suficientemente artificial se volvía genuino?
  Toqué suavemente su hombro para despertarlo con el té de la mañana, y en sueños exclamó:
—¡Objetiva tus deseos!
  Parecía algo muy importante, aunque yo no estaba muy seguro de por qué.
  El tercero de mis amigos, el Hombre Lagarto, me ofrecía placeres más sencillos. Era creóle, y a veces tocaba la armónica o cantaba toscas y oscuras melodías en un francés de sabor incomparable. Nacido en una ciénaga de Louisiana, su aflicción era genética: se debía a la infortunada combinación de los genes de su extraña y pintoresca madre, que se mecía el día entero en la galería con un camisón blanco mientras la casa se hundía en la ruina, con los de su loco y pintoresco padre, que se dedicaba a construir un arca en la ensenada del río porque estaba convencido de la inminencia del segundo diluvio. El Hombre Lagarto había pasado la infancia sumergido hasta el cuello en otra parte de la ciénaga porque se encontraba mejor solo que con su familia; entre la hierba, bajo los fantasmas flotantes del musgo de Florida, tocaba la armónica sin hacer daño a nadie. A los doce años, el padre lo vendió al director de un teatro ambulante a cambio de siete kilos de clavos, y ésa fue la última vez que vio a sus padres, quienes no se molestaron siquiera en despedirlo. Pasó el resto de su vida sumergido hasta el cuello en un tanque de cristal lleno de agua, donde permanecía soñoliento como un tronco, mirando a quienes venían a contemplarlo con una malicia despiadada.
  Tenía, para ser un hombre que había pasado la mayor parte de la vida debajo del agua, un notable conocimiento del mundo; y de toda la gente de la feria, era el único que poseía cierta información acerca de la guerra o de su evolución. Él y su tanque habían pasado tres meses en una galería de monstruos en los barrios pobres de la capital al principio de las hostilidades, y había comprendido de manera sorprendente qué ocurría, aunque le hastiaban los cambios, como seguramente le hastiaban a cualquier piedra inmutable. En su tanque había adquirido paciencia, astucia y duplicidad. Había cultivado una actitud de apatía absoluta.
—La monstruosidad —decía— es la norma.
  Le gustaba el cosmorama y a veces salía de su tanque, dejando una huella húmeda, para visitarnos: pasaba de una máquina a otra, chapoteando sonoramente en el suelo con sus pies chatos como si aplaudiera con desgana. Las escamas cubrían todo su cuerpo y su rostro, excepto una pequeña zona de suavidad infantil, clara, de color melocotón, encima de sus genitales, que eran perfectamente normales. No podía soportar la luz del sol y tenía escalofríos si estaba fuera del agua más de dos o tres horas. No padecía ningún sentimiento humano; pero a mí me agradaba mucho porque había refinado su subjetividad a tal punto que no creía en nada. Me enseñó a tocar la armónica y finalmente me regaló la que tenía de reserva. Creo que fue el primer regalo que hizo en su vida. Aunque me alegró recibirla, lamenté que la inflexible misantropía del Hombre Lagarto se resquebrajara.
  Entre unas cosas y otras, la vida transcurría agradablemente y yo jamás me aburría. La feria ambulante se movía de un lado a otro sobre la meseta, a veces se trasladaba al pie de la montaña y luego se retiraba hasta la llanura. Pero, en sueños, el propietario del cosmorama musitaba:
—Se llega al sur por el camino del norte.
  Y yo sabía que debía ponerme en sus manos, y no osaba apresurar las cosas, aun cuando los tímidos anuncios de la primavera ya se hacían sentir.
  Mientras conducía nuestro destartalado camión por los caminos llenos de surcos, vi cómo la hierba joven perturbaba las hojas amontonadas del año pasado, y Madame la Barbe nos obsequiaba tímidamente ramitos de frágiles campanillas blancas que recogía con disimulo durante el ocaso. Habían pasado seis meses desde que salí de la capital, y aún no hallaba forma de comunicarme con el ministro. De vez en cuando intentaba llamar a su número telefónico privado, pero todas las líneas estaban muertas. A pesar de todo sentí una vaga agitación de mi sangre que era casi el escozor de la acción incipiente, como si yo también despertara con la primavera y ahora la caravana se lanzaba incontrovertiblemente hacia la cima de las montañas, y el camino ascendía todo el tiempo. Debíamos participar en la feria de Pascua de la ciudad más alta del país, donde se decía que las águilas anidaban en los campanarios. Nuestras ruedas consumían el asfalto picado de viruela.
  —Al Tiempo Nebuloso —dijo el propietario del cosmorama con cierta excitación anticipadora— le seguirá el tiempo sintético.
  Pero no amplió esa afirmación.
  En nuestra última parada, antes del destino definitivo de todos mis compañeros, aunque ellos lo ignoraban, se unió a nosotros un grupo de acróbatas marroquíes. Eran nueve y un músico, y sin embargo lograban convivir empaquetados en una fea caravana motorizada a la última moda americana, pintada del vivido rosa de las orquídeas de plástico y adornada con varios talismanes islámicos, entre ellos algunas manos impresas con tinta negra para alejar el mal de ojo. Rara vez hablaban con los demás, y lo hacían en un francés incluso más desarticulado que el del Hombre Lagarto; pero mi francés se había hecho más fluido durante mis conversaciones con Madame la Barbe, y logré ganarme su confianza para que me permitieran asistir a los ensayos de su extraordinaria representación, aunque hablar con ellos era como charlar con hienas, porque sus maneras eran viciosamente escurridizas. Me inspiraban un poco de miedo, aunque pensaba que era maravilloso.
  Los nueve tenían la misma altura, una sinuosidad casi femenina y marcado desarrollo pectoral. Durante el día usaban elegantes pantalones acampanados y alegres camisas estampadas con flores y palmeras, más apropiadas para Las Vegas o las playas de Florida que para los áridos picos amarillentos adonde nos conducía el camino; para sus asombrosas pruebas vestían unas ropas que podrían haber sido diseñadas por Cocteau o por Calígula: cortas túnicas hechas con una red de medias lunas doradas con una prominencia entre los cuernos, de modo que sus pieles color ámbar quedaban cubiertas como de pecas entrelazadas, y no parecía que estuviesen vestidos, sino extravagantemente desnudos. De la oreja izquierda de cada uno pendía una media luna más grande; sombreaban sus ojos con abundante kohl y rizaban tanto su pelo que sus cabezas parecían racimos de uvas negras. Llevaban doradas las uñas de las manos y los pies, y pintaban sus labios de rojo oscuro. Así vestidos negaban la realidad: parecían totalmente artificiales.
  Entrar en su escenario circular era pisar directamente el reino de lo maravilloso. Al compás de la rara música de la flauta que tocaba un niño cubierto de velos, creaban todas las imágenes que el cuerpo humano puede producir, una disección abstracta y geométrica de la carne que me dejaba sin aliento.
  Cuando le hablé de ellos al propietario del cosmorama, maldijo su ceguera.
  —¡Han llegado los acróbatas del deseo! —exclamó—. ¡El Tiempo Nebuloso está casi sobre nosotros!
  Pero ellos jamás habían oído el nombre de Hoffman, aunque cuatro veces por día trascendían de sus cuerpos y se convertían en anagramas plásticos de ellos mismos. Yo sospechaba un sistema de espejos. Examiné su escenario y sólo encontré aserrín donde brillaban aquí y allá doradas medias lunas caídas. Su representación era aproximadamente como sigue.
  Un precario proyector alumbraba su minúsculo círculo de aserrín. La flauta gemía una frase. El leve tintineo de sus túnicas metálicas anunciaba su llegada. Entraban uno a uno. Primero formaban una pirámide sencilla: tres, tres, dos y uno; luego cambiaban de posición y formaban la pirámide invertida: uno apoyado sobre sus manos sostenía a dos con los pies, y así sucesivamente. Sus figuras se movían tan coreográficamente unas tras otras que era imposible ver cómo se liberaban y se reunían. No escapaba de ellos el menor olor a transpiración, ni un gruñido de esfuerzo. Durante quizá treinta minutos agotaban el repertorio habitual de los acróbatas de cualquier parte, aunque con incomparable gracia y pericia. Luego, Mohammed, su líder, se quitaba la cabeza del cuello y todos jugaban con ella y también entraban gradualmente en el juego las cabezas de los demás, de modo que una fuente de cabezas subía y bajaba sobre el escenario. Eso era sólo el principio.
  Después, miembro por miembro, se desmembraban. Manos, pies, antebrazos, muslos y finalmente torsos integraban un diagramático multihombre cuyos elementos eran los de todos ellos. Por momentos, esos fragmentos volantes componían una imagen semejante al Kuan-Yin de los Cuatro Puntos Cardinales y de los Mil Brazos, cuya multiplicidad de miembros y atributos significaba para los antiguos chinos el vigor infinito y la velocidad del rayo; pero esta imagen árabe estaba en continuo movimiento, síntesis visual de las curvas y superficies por las cuales cualquier cuerpo aislado se movía siempre repentinamente y donde todo sucedía al mismo tiempo.
  Luego, la piece de résistance: los juegos malabares con sus propios ojos. Las cabezas, brazos, pies y ombligos cortados jugaban con dieciocho ojos sombreados que no parpadeaban.
  Mientras los miraba, me repetía la máxima del propietario del cosmorama: «Todo depende de la persistencia de la visión». Porque naturalmente no podía vencer mi incredulidad, sino apenas hacerla a un lado por un momento. Pero cuando al final todos aquellos ojos se reunían y me miraban, yo no podía creer en lo que veía. ¡Qué armoniosa concatenación de fragmentos de hombre adornados con lunas incompletas y pupilas castañas!
  Al final esa demostración de yuxtaposición y transposición concluía. Cada torso recogía del montón sus correspondientes fragmentos y los nueve marroquíes otra vez completos se inclinaban ante la concurrencia.
  Yo iba a verlos siempre que podía y visitaba con frecuencia su tienda. Pero nunca logré descubrir su secreto.
El glacial resplandor del comienzo de la primavera
   arrancaba destellos de mica de los desfiladeros de arenisca de las montañas. Eran terriblemente áridas, porque el pobre suelo apenas podía nutrir esas plantas que aman los sitios secos y estériles, cactos espinosos y unas florecillas bajas y contrahechas, semejantes a margaritas, cuyos tallos eran suficientemente afilados para cortar los dedos. Ese siniestro camino nos llevó a un lugar siniestro, porque la ciudad, que era apenas un centro comercial, era tan aterradora como las perspectivas perpendiculares que la circundaban. Atravesamos un largo puente sobre un río cauda loso en el más desapacible de los valles y descubrimos la ciudad posada como un águila en una saliente rocosa sobre el torrente. La ciudad estaba llena de santos malévolos. El, cerrados en sí mismos por su aislamiento, eran una mezcla endogámica de polacos de los Cárpatos y franceses de la montañas; sus antepasados habían huido de Europa a fin del siglo XVII y principios del XVIII debido a la persecución de las escrupulosas sectas reformistas a que pertenecían Entre ellos se contaban calvinistas y jansenistas, y como la ciudad había terminado por desarrollar una combinación tan severa de los aspectos más mortificantes de ambas, me asombró que toleraran una feria como la nuestra, ya que su único entretenimiento habitual eran las reuniones para cantar himnos de la más elemental estructura melódica. Pero el enrarecido aire de la montaña había determinado singulares mutaciones en sus prácticas. Después del ayuno de la Cuaresma, durante el cual sólo bebían agua y comían frijoles, pasaban todo el Viernes Santo sin moverse de sus casas con las cortinas corridas, meditando en la maldad innata de la raza humana, y luego dedicaban la Pascua a exponerse a las tentaciones de la carne, que la feria, según entendían, representaba con acierto. Mi cínico amigo, el Hombre Lagarto, descubrió halagadísimo que lo consideraban una sirena y no cesaba de alisarse lascivamente las escamas en su tanque. Todos, hasta cierto punto, nos volvimos más voluptuosos para autojustificarnos.
   La gente de la ciudad era muy amable con nosotros y nos
traía pequeños regalos de vino y pasteles. Pronto comprendí que esa caridad procedía de la compasión. Creían que estábamos irremediablemente condenados.
  El propietario del cosmorama cambiaba diariamente sus muestras. Éstas eran los más desaforados cuadros de blasfemia y erotismo; Cristo practicaba innumerables obscenidades con María Magdalena, san Juan y Nuestra Señora; y en esa ciudad santa yo fui follado por el ano contra mi voluntad (es decir, en la medida en que tenía conciencia de mis propios deseos) por los nueve acróbatas marroquíes, uno tras otro.
  Los que poseían caravanas las colocaron en un terreno vecino a la plaza del mercado, que se usaba habitualmente para apacentar las cabras y tender la ropa; las tiendas fueron erigidas en la plaza misma. Cuando cerramos por la noche, el anciano, que había bebido con la cena el vino de diente de león que le habían regalado, se durmió junto a la cotufa, y yo salí a ver la última representación de los árabes. Desde el anochecer se avecinaba una tormenta, y en ese momento un fuerte viento azotaba la plaza, empujando los carteles y los banderines en todas direcciones. Hacía tanto frío que sólo el arraigado puritanismo de los habitantes de la ciudad les permitía salir a divertirse. En la tienda de los acróbatas, las sobrias ropas del público rodeaban de sólida sombra a los centelleantes malabaristas; la convicción general de que contemplaban la obra del demonio cargaba el aire de desaprobación. Los rostros blancos, dispuestos en la oscuridad en círculos concéntricos alrededor del escenario, eran tan inexpresivos como los dientes de una quijada de animal, aunque los árabes lanzaban contra ellos sus dedos y sus uñas doradas como una pedrea de confeti, cuando los actores recuperaron hasta el último átomo de carne y lo pusieron en su sitio, el auditorio dejó escapar un gran suspiro convulsivo que agitó la lona, un suspiro de gratificación porque ninguno de ellos había sucumbido al regocijo.
Salieron en silencio.
  Mohammed y sus tintineantes hermanos se frotaron con sus toallas y me invitaron a tomar café en su casa ambulante, un inesperado gesto de hospitalidad que atribuí al reconocimiento del entusiasmo que yo siempre había expresado por su trabajo. La tormenta se había convertido en tempestad y corrimos a través de una cortina de lluvia. Relampagueaba, y los nueve, con su atuendo digno de Heliogábalo, centelleaban fugazmente como el magnesio, con un brillo tan brusco y violento que hería la retina, y luego desaparecían en medio de la lluvia.
  Una estufa de carbón llenaba la caravana de un calor sofocante. El interior era agradable y acogedor como la cama de una prostituta, porque dormían de a tres en tres divanes cubiertos de cojines de satén de colores de lencería, que ocupaban la mayor parte de la habitación. El olor a sudor, linimento y semen era abrumador. No había ventanas ni era posible ver las paredes, cubiertas de espejos y fotos de cada uno de los pasos de su segmentación; despojados de sus túnicas, con sus tangas de tela elástica iridiscente, extendidos en sus lechos, ellos y sus partes reflejadas o fotografiadas —aquí una cabeza, allí un hombro, más lejos una rodilla— parecían continuar, de modo sutilmente enervante, el apogeo de su actuación.
  ¿Acaso no había sabido siempre que todo se hacía con espejos? No había visto demasiados desde el principio de la guerra.
Mohammed preparó café a la turca en una olla de bronce colocada sobre la estufa, y me invitaron a sentarme en un cojín rosa adornado con un desnudo color malva. El músico se quitó su velo y se instaló en una tira de piel de oso blanca extendida en lo que quedaba de suelo. Era un niño de seis o siete años, muy negro, quizás etíope; era eunuco. Parecía sentir un todopoderoso temor hacia sus amos. Yacía en una actitud de sumisión total. Los marroquíes sugirieron que yo estaría más cómodo sin mi camisa, incluso desnudo, pero yo insistí en conservar mis pantalones. Después charlaron un rato en árabe mientras yo hojeaba algunas revistas de culturismo desparramadas sobre las camas. Mohammed nos sirvió a cada uno una ración de su espesa infusión.
  Bebimos lentamente. Hubo un silencio y de pronto sentí cierta inquietud. Comprendí que estaba allí por algún motivo, y mi primera reacción fue de incredulidad. Me puse nervioso y volví a felicitarlos por su virtuosismo.
Mohammed dijo con una sombra de amenaza:
—Somos capaces casi de cualquier cosa.
  No puedo decir, por lo tanto, que no fui advertido. El viento azotaba las paredes y el carbón ardía en la estufa. Con un suave movimiento, el niño negro castrado recogió su flauta de la pila de velos que se había quitado. Se sentó con las piernas cruzadas en una cama y empezó a dibujar en el aire una melodía aguda, tritónica, que se repetía una y otra vez como un conjuro sin palabras.
  Los espejos no sólo reflejaban diversas partes del cuerpo de los árabes; también reflejaban sus reflejos, de modo que los hombres se repetían infinitamente y que de pronto dieciocho oj os, a veces veintisiete y en cierto momento treinta y seis, se clavaban en mí con una intensidad que variaba de acuerdo con la distancia que separaba las imágenes de dichos ojos y sus originales. Estaba rodeado de ojos. Yo era san Sebastián traspasado por los punzantes rayos visibles de unos ojos castaños y translúcidos que tejían en el aire una red de finas hebras brillantes, como de caramelo. Una vez más repitieron sus juegos malabares con los ojos hipnóticos y utilizaron sus miradas palpables para atarme con ligaduras invisibles. Estaba atrapado. No podía moverme. Estaba lleno de furia impotente cuando esa ola de ojos rompió contra mí.
  El dolor fue terrible. No sé cuántas veces fui ultrajado en lo más íntimo. Gemí, susurré, supliqué, sangré, pero nada podía calmar una avidez tan despiadada e indiferente como la de la tormenta que bramaba afuera como un huracán de pesadilla. Me tiraron boca abajo sobre una colcha de seda artificial de color anaranjado claro y se turnaron
para sujetar mis brazos y mis piernas. Dejé de contar las penetraciones; pero creo que cada uno me sodomizó al menos dos veces. Parecían fuentes inagotables de deseo y pronto perdí conciencia de mi cuerpo, aunque no dejé de sentir que un arsenal de espadas horadaban la más privada e innombrable de las aberturas. Yo estaba tan fuera de mí mismo que también podrían haberme cortado en pedazos para jugar con ellos, y por lo que sé así lo hicieron. Me proporcionaron la más completa lección de anatomía que haya sufrido alguna vez un hombre, y aprendí todas las modulaciones posibles de los órganos masculinos, incluso algunas que hubiera creído imposibles.
  De pronto, como si obedecieran a un silbato inaudible, se detuvieron. El viento y la lluvia no habían cesado, pero los acróbatas habían terminado su representación, aunque no daban muestras de hartazgo o cansancio; simplemente habían concluido. Era como si hubiesen realizado un mero ejercicio gimnástico; volvieron a secarse con sus toallas, buscaron las pequeñas prendas que se habían quitado y cubrieron los pistones de sus cuerpos con la indiferencia más ofensiva. Yo, un gemebundo despojo humano, seguía sobre la colcha, creo que llamando a mi madre aunque probablemente se tratara de Albertina. Un poco más tarde, Mohammed se acercó; traía más café y un poco de arak, me dio un abrazo lleno de calidez y consuelo y murmuró en su lamentable francés que yo había sido iniciado, aunque ignoro en qué. El licor ardió en mi garganta y gradualmente recuperé mis sentidos.
  Mohammed me vistió y, después de consultar con sus colegas, buscó algo en un cajón oculto debajo de una cama. Por fin las imágenes brillantes y los reflejos de los hombres se habían aquietado. Estaban apoyados sobre sus codos, con una alegría infantil en los rostros, como si hubieran recuperado la inocencia. Me sentía perturbado. Quería marcharme, pero no osaba moverme mientras no me lo ordenaran por temor a desencadenar un nuevo asalto. Mohammed se volvió hacia mí; traía algo escondido detrás de la espalda. Su taparrabos latía como una red llena de peces vivos.
C'estpour toi —dijo—. Unpetít cadeau.
  Puso en mis manos un pequeño bolso de cuero pintado y adornado como los que les venden a los turistas en Port Said. Tenía dibujada la figura de un rey egipcio escuchando a sus músicos, y la imagen del antiguo Egipto preservada durante dos mil años por el frío ámbar de la época casi me hizo llorar. Entonces Mohammed me levantó suavemente de la cama y me envolvió en uno de esos grandes mantos árabes del desierto, con caperuza, para protegerme del mal tiempo, según me dijo. Luego me llevó a la puerta y me dejó entre las fauces del vendaval. Sentía un terrible dolor al caminar.
  El aire estaba lleno de tejas y chimeneas arrancadas, de papeleros y de sogas con ropa tendida. El viento había aferrado a la ciudad por el cuello y atormentaba especialmente a las débiles tiendas de la feria, que sacudía con violencia. La lluvia caía como una cortina negra movida por el viento, y el río parecía un torrente de aguas furiosas. Seguí un camino ascendente, alejándome de los lugares habitados, tan rápido como me lo permitían el dolor y la tormenta. Necesitaba dejar atrás a la humanidad por un tiempo.
  Atravesé trastabillando un páramo y descubrí un estrecho sendero que me llevó hasta un acantilado que dominaba el río. Caminaba agazapado, por el temor de que el viento me arrojara a la hondonada. El sendero luego descendía y vi de pronto, en el frente del acantilado, la boca de una pequeña caverna. Entré en ella sin vacilar, me arrebujé en mi manto beduino y traté de serenarme, aunque empezaba a sentir un shock terrible. Recordé que aún aferraba el bolso que me había dado Mohammed, y lo abrí. Contenía veintisiete ojos, del color de la cerveza, como esferas achatadas. Pensé que debía de haberlos arrancado de los espejos. Yo estaba algo confundido y, por lo que recuerdo, pasé la mayor parte de aquel día tempestuoso jugando a un solitario pero complicado juego de canicas con esos objetos, que hacía rodar sobre el suelo arenoso de la caverna, riendo con placer infantil cuando chocaban unos con otros. Alrededor del mediodía, recuerdo, oí un tremendo rugido y parte del techo se derrumbó, sepultando media docena de mis juguetes, lo cual me irritó. Pero no presté más atención al mundo exterior hasta que de un modo u otro, perdidas en las grietas, en los pozos o en las secas matas que había en la entrada de la caverna, todas las canicas desaparecieron; yo no tenía paciencia para buscarlas.
  Cuando desapareció la última, me sentí recuperado. Estaba mareado y lastimado, pero tenía hambre y pensé que probablemente el propietario del cosmorama, si estaba sobrio, me necesitara. Además, la furia de la tormenta se había consumido y la lluvia había cesado casi totalmente. Salí entonces de la caverna y descubrí que el sendero que me había llevado a ella se había esfumado. Trepé con las manos el acantilado, mientras el río mostraba, muy abajo, dientes de espuma, y flotaban a la deriva toda clase de objetos.
  Durante mi desvarío el paisaje se había reorganizado por completo. Todo parecía afectado por una explosión, y el viento aún me mordía y azotaba mientras yo descendía ansiosamente a la ciudad, como si me castigara por haber sobrevivido. Y descubrí que la ciudad ya no estaba allí.
  Se había esfumado de la faz de la tierra, dejando atrás sólo su cadáver de piedra a manera de lápida. El promontorio donde se levantaba estaba ahora tan pelado como un huevo y, en mitad del río turbulento, humeando, había un gran montón de escombros amarillentos de donde emergían aquí y allá un campanario o el gallo de una veleta. El puente comenzaba en el extremo opuesto y se detenía en mitad del río. Un trozo de albañilería, truncado, se proyectaba sobre el valle, a punto de caer, y de este lado había desaparecido toda huella del viejo puente porque la ciudad había sido arrancada de sus cimientos y arrojada descuidadamente a las aguas devoradoras. Bañadas por la luz gris y agonizante del atardecer, las ruinas casi no se distinguían de las demás rocas de ese valle infernal atravesado por las ávidas aguas. Al acercarme al río descubrí que estaba lleno de cadáveres insignificantes como troncos a la deriva. Santos y réprobos habían muerto juntos y sólo unos pocos cuervos sobrevolaban sin rumbo fijo, lanzando gritos desconsolados. Nada humano se movía.
  La catástrofe era demasiado grande como para que yo pudiera comprenderla en el acto. Me dejé caer en una piedra y oculté mi cabeza entre las manos.


* * *


5. El viajero erótico

Al principio pensé que el terremoto era obra del doctor, pero ninguna lógica, por bizantina que fuera, podía justificar ese desastre. No podría haber obtenido ninguna ventaja táctica destruyendo esa ciudad olvidada. Además, su conjunto de muestras había desaparecido por completo, y el cosmorama era el arma más importante de su arsenal; jamás lo habría destruido. De modo que el terremoto sólo podía ser una demostración de poder de la naturaleza que, únicamente al servicio de la arbitrariedad, había reintegrado la ciudad al caos, abandonándola desdeñosamente una vez cumplida su obra. Era un acontecimiento demasiado arbitrario como para que yo pudiera comprenderlo; pero mientras la luz lavada por la lluvia caía más tristemente sobre la gigantesca saliente rocosa que había matado a mi mujer barbuda, a mi amigo reptil, a mi campeona de tiro y a mi filósofo ciego, tomé conciencia del problema de la mortalidad. Ni siquiera los acróbatas del deseo habían podido rehacerse después de esa disolución. Ningún fantasma se atrevía a flotar sobre el aire desolado, aunque el agua rugía con una exhibición de energía tan violenta como jamás había visto. Un extranjero no habría podido imaginar que la tarde anterior, a la misma hora, el pico estaba coronado de bien trazadas calles atestadas de puritanos y de monstruos. La luz moría sobre las rocas. Volví la espalda a todo ese subuniverso que había sido borrado como por una inmensa goma y al cadáver de otra de mis personalidades, la del sobrino del propietario del cosmorama. Me alejé trastabillando por el áspero terreno, nuevamente vencido, y esta vez más allá de las lágrimas.
Estaba en una región que desconocía por completo.

Poco después descubrí una granja construida con grandes bloques de piedra y sin ventanas, pero soltaron una jauría de flacos perros amenazantes, de modo que ni siquiera pude pedir allí un mendrugo de pan. Luego se elevó una gran luna blanca y erré por un abrupto sendero con mi desvaída sombra como única compañía, dos pálidos fantasmas contra un fondo de montañas tan afiladas y poco naturales como si las hubiera dibujado el torpe lápiz de un niño. Pensé que si iba suficientemente lejos, llegaría al castillo de Hoffman. Sólo sabía que debía poner un pie delante del otro, infatigablemente en la dirección incorrecta, como me había dicho el anciano, y mi instinto me guiaría hasta allí, aunque no sabía qué haría entonces, aparte de buscar a Albertina. Así continué fatigosamente hasta que llegué a un desfiladero por donde pasaba un angosto camino.
  A su vera había un árbol seco y un ave nocturna, posada en una rama desnuda, emitía un áspero castañeteo, la antítesis del canto. Miré el camino en ambas direcciones, y de pronto la esperanza me abandonó, porque no sabía dónde estaban el norte ni el sur. De pronto me sentí muy, muy agotado. Oí, a lo lejos, el rugido de un león de la montaña, y me pregunté con indiferencia si no sería devorado durante la noche. La idea no me afectó en ningún sentido. Me senté bajo el árbol y me cubrí la cabeza con la caperuza porque el aire alto y enrarecido cantaba amargamente en mis oídos y hacía latir mis sienes. Miré cómo la luna se movía por el cielo sin nubes y vi muchas estrellas desconocidas. Caí en una inconsciente fantasía, con la mente en blanco.
  Oí entonces el eco de ruedas y cascos entre las rocas. Un coche ligero, de dos ruedas, del siglo dieciocho, apareció en el camino; dos personas compartían el angosto asiento: un hombre alto, vestido de negro, con notable aire de autoridad, y un joven delgado que sostenía las riendas. Los cascos de los caballos negros arrancaban chispas del pedernal del camino. Las ruedas giraron más lentamente. Los viajeros se detuvieron.
  —Si usted es un árabe, ¿por qué no duerme? —preguntó el hombre mayor, en el lenguaje corriente, que hablaba sin dificultad, aunque con leve acento extranjero y tono de gran formalidad.
  —Temo a mis sueños —respondí, y al levantar la cabeza encontré unos ojos terribles, como brasas quemadas en un rostro tan flaco que los huesos hendían la piel.
  —Entonces venga con nosotros —invitó. Yo estaba dispuesto a ir a cualquier parte, de modo que trepé por la rueda hasta el espacio que abrieron para mí, y continuamos el camino en silencio baj o la luz de la luna. El perfil del hombre era tan escarpado y arrogante como el de las montañas. Debía de tener entre cuarenta y cincuenta años. Su cara estaba erosionada por la amargura y el orgullo.
  Llevaba un manto negro con muchos volados en los hombros y un sombrero de copa con negros crespones en la parte posterior. Parecía vestido para un funeral, y tenía un bastón coronado por una bola de plata capaz de matar. Su diabólica elegancia no habría sido la misma sin su terrible delgadez: la llevaba en los huesos, como un color que rezumara de su esqueleto esencial y riñera sus ropas; no hacía un movimiento que no fuera una sombría pero cautivadora obra de arte.
  El camino que seguíamos nos llevaba a la ciudad devastada, porque pronto encontramos el río, tan crecido que pensé que no podríamos pasar. Los asustados caballos alzaban sus patas, pero el conductor los maldijo y los azotó hasta que los obligó a continuar, a pesar de que el agua se arremolinaba alrededor de sus corvejones. Cuando comprendí que volvería a ver la tumba de la ciudad, gemí involuntariamente.
—¡Música! —murmuró el hombre mayor—. ¡Música!
  No supe nunca si se refería a la expresión de mi dolor o al ruido del agua, sonoro como un carillón. Cuando el camino desapareció debajo del agua, el conductor obligó a los animales a entrar en la corriente. El coche flotó fácilmente y los caballos nadaron. Seguimos río abajo a la luz de la luna y navegamos sobre el corazón mismo de las ruinas, que desaparecían rápidamente entre las olas tempestuosas.
El conductor exclamó:
—¡Oh, qué terrible tragedia!
Pero el hombre mayor lo abofeteó y dijo secamente:
  —Lafleur, ¿debo reprocharte otra vez por tu tierno corazón? Haz como yo: saluda a la naturaleza cuando nos ofrece un nuevo coup de théátre.
  Luego sacó una petaca de su bolsillo y me ofreció un trago de coñac.
—¿Lo ha visto usted? ¿Murieron muchos?
  —Toda la población de la ciudad y también los miembros de una feria ambulante.
Suspiró con gratificación.
  —¡Cómo me hubiera gustado verlo! ¡Y sentir el júbilo de ese clamor wagneriano! Los gritos, el estruendo de las rocas partidas. Los niños hechos trizas por los peñascos rodantes. ¡Qué espectáculo! Debe saber, joven, que soy un connoisseur de catástrofes. He visto la erupción del Vesubio, durante la cual miles de personas quedaron atrapadas por la lava hirviente. He visto reventar ojos, chorrear grasa en la crepitante carne asada de Nagasaki, Hiroshima y Dresde. He hundido mis dedos en la sangre al pie de la guillotina durante el Terror. Soy un demonio de los cataclismos.
  Arrojaba sus palabras como un guante, pero yo estaba demasiado fascinado por su misantropía para recogerlo. Finalmente vimos vestigios del camino en la costa y pronto los caballos volvieron a galopar por tierra seca, bajo la luz de una luna indiferente.
  —¿Adonde va usted? —pregunté. Más que responder a mi pregunta, expuso los secretos de alguna fantasía imposible de conocer.
  —Sólo el viaje es real, no el terremoto. No tengo una brújula que me guíe. Trazo mi rumbo según las veleidades de la fortuna y sólo percibo las fortuitas señales de la inextinguible llama de mi lujuria.
Eso me redujo al silencio. Las ruedas del coche seguían el hilo de un ovillo invisible y yo empecé a sentir los efectos de la extraña presión que se ejercía sobre mí, la fascinación perversa y negativa del inflexible aristócrata que tenía a mi lado; pero tuve un escalofrío al ver sus dientes curiosamente afilados, porque parecían los colmillos que la tradición atribuye a los vampiros. De todos modos, atraía. Su personalidad era más densa que la de cualquier otro hombre que hubiera conocido, con excepción del ministro, por supuesto. Sin embargo, además de su aplastante inteligencia, creo que me atraía sobre todo su ironía, que marchitaba todas sus palabras antes de que las pronunciara. En él todo era excesivo, pero moderaba su vulgaridad —era vulgar en todo sentido— con un humor trágico y negro del que sólo ocasionalmente era consciente.
  Era extraordinario por esto: tenía la apasionada convicción de ser el único personaje significativo del mundo. Era el emperador de los megalómanos, pero había sometido su personalidad a una rigurosísima disciplina de estilización de modo que, cuando asumía posturas tan chocantes como las de un mal actor, por ridículas que fueran, despertaba admiración por la fuerza abstracta de su artificialidad. Sólo poseía algún vestigio de realismo y no obstante era muy real. No podía decir nada que no fuera grandioso. Sostenía que sólo vivía para negar el mundo.
  —No es de ningún modo insólito afirmar que quien niega una proposición al mismo tiempo la afirma secretamente, o, al menos, afirma algo. Pero, en lo que a mí respecta, niego hasta el último jirón de mi memorable ser que mi magnífica negación signifique algo más que un simple «no». A veces me parece que mis finos y burlones labios han sido conformados por la naturaleza sólo para escupir la palabra «no», como si ésta fuera la blasfemia final. Querría pronunciar esa blasfemia final y luego adormecerme con la seguridad de la condenación eterna pero, como no hay Dios, tampoco hay, desafortunadamente, condena. Por lo tanto, ay, tampoco existe una negación final. Soy una horrible antítesis personificada, y juro ante todo aquel que acepte la palabra de un conde heredero de Lituania que no hay en mí la menor secreta ni benigna afirmación de ninguna clase.
  Se interrumpió para acariciar a su valet, que, con la sumisión de la víctima, volvió hacia él un rostro tan pálido como la putrefacción. Después del primer shock de horror, comprendí que no se trataba de un rostro real, sino cubierto de vendas blancas. Aquel complaciente valet estaba casi consumido por su servilismo. Su mismo andar era una especie de genuflexión ambulante. Se inclinaba obsequiosamente en todo momento. Era sólo una herramienta de la voluntad del conde.
  —¿Hay en el mundo alguna cosa que no condene usted en cierta medida? —pregunté al conde.
  Guardó silencio por tanto tiempo que pensé que no había oído y repetí la pregunta; aún no me había acostumbrado al carácter egocéntrico de su discurso. Sólo respondía a una pregunta cuando creía que él mismo se la había planteado. Pero cuando finalmente habló, lo hizo sin su acostumbrado desdén.
—El desafío definitivo del doble salto mortal del amor.
  El valet emitió alguna clase de exclamación reprimida, probablemente de aplauso, y el conde apoyó el mentón en el puño de su bastón, clavando los ojos en el camino que teníamos delante. Cuando empecé a hablar de la guerra me encontré con el mutismo más absoluto y comprendí que el conde no sabía nada de ella. El viaje continuó en un silencio de morgue hasta que, mientras descendíamos a la llanura, el conde habló nuevamente.
  —Yo cabalgo el torbellino de mis deseos, y atribuiría a ese torbellino, que me ha conducido a los cuatro redondeados ángulos del globo, la forma emblemática del tigre, la más feroz de las bestias, cuya piel todavía muestra las marcas de una flagelación que debe de haber ocurrido antes de la alborada del tiempo.
  Era imposible conversar con él; no tenía interés más que en él mismo, y sólo ofrecía a su acompañante una serie de monólogos que con frecuencia parecían contradecirse pero siempre, como una espiral, se mantenían fieles a su infernal egoísmo. No recuerdo a otro hombre que usara la palabra «yo» con tanta frecuencia. Pero percibía una cualidad ejemplar en su desesperado ensimismamiento. Desde que dejara al ministro no había conocido a nadie que viviera con tan férrea determinación. Me recordaba al ministro.
  —Sin embargo siempre estoy acosado por un dolor que no puedo sentir. Aislado en mi invulnerabilidad, siento nostalgia por la familiar sensación del dolor...
  La espuma sangrienta de la boca de los extenuados caballos caía sobre nuestras caras, pero galopamos sin piedad hasta que llegamos a un extraño lugar, una de esas capillas flamígeras construidas por los jesuitas con la falaz expectativa de una conversión masiva de indios, y abandonadas hace tiempo. La luna agonizaba pero aún iluminaba adecuadamente la desmoronada fachada y los arbustos que crecían en el interior, sin techo, donde una rana asustada saltó de la charca que la lluvia había formado en la pila bautismal cuando entramos con el cesto de la comida, porque el conde quería desayunar. Como por hábito, orinó en el altar mientras el valet preparaba el desayuno; el conde era siempre un iconoclasta, aun cuando los iconos estuvieran ya derribados.
  Del cesto brotó un festín como yo no había probado desde aquella memorable comida con el ministro y Albertina: una lata de paté de ganso trufado; aspic de caza; una bandada de faisanes asados fríos; queso importado cuyo sabroso hedor picaba en la nariz; un salmón ahumado del que el valet cortaba láminas enroscadas; una exótica granizada de varios tipos de caviar; una caja hermética de ensalada y otra de uvas y melocotones, y media docena de botellas de Veuve-Clicquot en una nevera. Había porcelana y copas de cristal de la mejor calidad. Los cubiertos eran de plata maciza. El valet dispuso esa incomparable Fete champetre y todos nos lanzamos sobre ella de buena gana. El conde comía con placer; en realidad, con tan ciega voracidad que el valet y yo nos vimos en dificultades para satisfacer el hambre, a pesar de la abundancia. Cuando no quedaron más que huesos pelados, platos sucios, huesos de melocotón y botellas vacías, el conde suspiró, eructó y aferró al valet. Su sombrero cayó al suelo.
  —¡Míreme! ¡Míreme! —gritó, como si para medir el efecto de sus propias acciones necesitara que lo miraran. Pero la iglesia estaba demasiado oscura para ver algo. Oí los suspiros entrecortados del valet y los extraños rugidos que acompañaban la prolongada ascensión del conde hacia el orgasmo. La bóveda del cielo se oscureció, y terribles gritos y atroces blasfemias brotaron de la garganta del conde. Relinchaba como un padrillo; maldecía el vientre que lo había concebido; finalmente el orgasmo se apoderó de él como un acceso de epilepsia. El éxtasis aparentemente aniquiló al libertino y hubo un silencio que sólo interrumpían los quejidos patéticos del valet hasta que, en la aterciopelada y luminosa oscuridad, el conde habló con voz débil.
  —He dedicado mi vida a la humillación y a la exaltación de la carne. Soy un artista; mi material es la carne; mi instrumento es la destrucción, y mi inspiración, la naturaleza.
  El valet recogió los platos con dificultad. Poco después hubo suficiente luz para distinguir la figura del conde apoyada en el profanado altar, con la cabeza descubierta. Su pelo, de un gris áspero y uniforme, caía hasta sus hombros.
  —Soy invencible porque estoy siempre en un estado de espantosa tensión. Mis crisis me convierten en un ser bestial y, en ese estado, soy infinitamente superior al hombre, y me parezco al tigre que, si no es tonto, ataca al hombre. Mi angustia es el precio de mi exaltación.
  Empecé a preguntarme si el conde no podía ser uno de los agentes del doctor y luego pensé «no». ¡Ese hombre podía ser el doctor mismo, con una falsa identidad! La sospecha me estremeció.
  Apenas puedo describir la abrumadora lucidez del conde. Parecía un cadáver animado únicamente por una diabólica voluntad intelectual. Apenas descansó un momento, trepamos nuevamente al coche y cruzamos el campo verde y espacioso bajo un vertiginoso arco de cielo que empezaba a aclararse y animarse. Las montañas quedaron detrás de nosotros. El rocío centelleaba en los setos florecientes. Una alondra levantó vuelo cantando. Era una hermosa mañana de principios de primavera.
  —El universo mismo es un escenario estrecho para montar la gran ópera de mis pasiones. Desde la cuna he sido un blasfemo libertino, un corrupto sediento de sangre. Recorro el mundo sólo para descubrir nuevos métodos de castigar la carne. Cuando abandoné por vez primera mi Lituania nativa, fui a China, donde me ofrecí como asistente del verdugo imperial y aprendí de memoria una escala de torturas de doce tonos tan pintorescas como viles. Cuando terminé mis estudios, até a mi maestro al tronco de un albaricoque en flor, cuyos rosados pétalos llovían sobre sus crecientes mutilaciones mientras yo, con increíble delicadeza y un cuchillo muy afilado, arrancaba finas lonjas de su carne viva: la tortura del «rebanado», el temido ling ch'ih. Era una escena terrible. El albaricoque lloraba lágrimas de flores perfumadas sobre él; así se manifestaba la piedad de la naturaleza, sublime pero ineficaz.
  «Después visité el resto de Asia, donde, entre otras infamias, amputé los pechos apenas perceptibles de todas las ocupantes de una casa de geishas de Kyoto, ciudad exquisitamente animada por las campanas. Luego estampé mi sello con lacre en los dilatados anos de los reales eunucos de la corte de Siam. Posteriormente fui a Europa, donde, en recompensa por mis villanías, fui condenado a arder en la hoguera, en España; a ser colgado del cuello en Inglaterra y a ser destrozado en la rueda en una Francia poco hospitalaria; allí, sentenciado a muerte in absentia por los jueces de Provenza, fui ejecutado en efigie en la plaza central de Aix.
  »Fui a Norteamérica, donde sabía que mis barbaridades pasarían inadvertidas, y en Quebec contraté a mi valet, Lafleur, cuya interesante nariz se ha hundido bajo el peso de una sífilis hereditaria. Joven como es, su rostro ha sido casi totalmente arrasado por el horrible efecto de placeres pretéritos que él no ha probado personalmente. Juntos recorrimos los diversos estados. Aporté ciertas pruebas en los juicios de Salem, Massachusetts, que condenaron a dieciocho personas absolutamente inocentes a morir en las prensas. Instigué una rebelión de esclavos en una plantación de Alabama, que condujo a una sangrienta retribución al por mayor: atados a fardos de algodón, fueron quemados por ululantes miembros de Klan. Luego, en un perfumado burdel de Nueva Orleans, estrangulé con las piernas a una prostituta mulata mientras me extraía el incienso del miembro con una boca cuya forma, color y textura parecían una cereza demasiado madura.
  »Pero luego me convertí en el objeto de la venganza de su airado chulo, un negro de la más sobrehumana inhumanidad, en quien creí encontrar un mellizo. Por eso debo evitar que me alcance: sé demasiado bien lo que me haría si me encontrara. Lafleur y yo huimos por el desfiladero del continente, atravesando desiertos que me embelesaron porque eran demasiado estériles para soportar la vida; junglas envenenadas de odio a las larvas humanas que se atreven a vivir en semejante carne verde y podrida, y finalmente las altas montañas que ahora están detrás de nosotros: no he visto nada más árido ni hostil que ellas, ni siquiera en las estepas del Asia Central. Reanimados, viajamos ahora hacia la costa, porque siento brotar en mí el extraño deseo de regresar a los picos donde nací, y quizás intente morir allí. Es decir, a menos que ese vengativo proxeneta me atrape primero. Horror que ni siquiera puedo considerar.
  A mediodía me invitó a comer pan, queso y cerveza en una posada. No me había hecho una sola pregunta sobre mí ni parecía preguntarse qué hacía ese extraño a su lado, pero comprendí que ahora me consideraba parte de su séquito. Hice algunas suposiciones acerca de mi posible papel. ¿Era yo su observador, cuyos ojos miraban y verificaban sus acciones? ¿Exigía su narcisismo un testigo permanente? ¿O tenía otros planes para mí, y me contaba quizás entre sus futuras diversiones? El valet, callado y enmascarado, y yo éramos su pequeño mundo. Si uno era por contrato su víctima, ¿para qué fin había sido contratado el otro? Me pregunté si su sirviente no gozaba de mayor autonomía de la que el conde creía. Algo en la presencia del valet sugería cierta afectación de su esclavitud. A veces, cuando gimoteaba, su degradación parecía exagerada. Quizá no estaba totalmente acostumbrado a su situación. ¿En qué me convertiría yo cuando, a mi vez, supiera cuál era mi situación?
  Aunque el conde me había proporcionado una detallada autobiografía, aún sospechaba que pudiera ser realmente el doctor; y por lo tanto yo debía viajar con él, de todos modos. ¡Además, era extraordinario! Parecía arrojar una sombra tan sólida como el plomo. Continuamos el viaje toda la tarde, y llegamos por fin a un solitario cruce de caminos donde el conde anunció bruscamente:
—¡Lo sé, lo sé! ¡Debemos girar a la derecha!
  El cartel, que señalaba el norte, sólo llevaba en desteñida pintura azul la leyenda: A LA CASA DEL ANONIMATO, y un desolado sendero cubierto de hierba y de prímulas se extendía a lo lejos entre las praderas donde se insinuaba débilmente la primavera. No había huellas de edificios a los costados. El sol se había puesto y el cielo era ahora de un gris plomizo. Como todo era llano, el cielo parecía hinchado; ocupaba tanto más espacio que la tierra que parecía sofocarnos con una almohada transparente. El día no había cumplido la brillante promesa de la mañana: el tiempo parecía cargado de presagios. Lafleur condujo los caballos hacia el norte, ahora tan fatigados que el sudor corría por sus costados y sus ojos parecían darse vuelta. El conde estaba excitado. Gritaba y murmuraba para sus adentros mientras avanzábamos por el desolado sendero; las nubes se amontonaban pesadamente en el cielo y unas gruesas gotas de lluvia estallaban en nuestras caras.
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
  Los caballos endurecieron sus grupas negras como el carbón y relincharon bajo el látigo de Lafleur. A un costado del camino vimos entonces un espantapájaros; aunque no había nada que proteger en el campo desnudo, llevaba un arco y una flecha. No tenía cabeza dentro de su sombrero; sólo un cráneo humano, y el viento, cargado de lluvia, azotaba la andrajosa chaqueta que cubría miserablemente sus huesos de palo de escoba. De su cuello colgaba una tira desgarrada de papel que decía: ESTOY COMPLETAMENTE VACÍO. HE OLVIDADO MI NOMBRE. SOY PERFECTO, PERO TÚ ESTÁS EN EL BUEN CAMINO. CONTINÚA.
  El conde rió estruendosamente y seguimos hasta encontrar una puerta en una pared blanca. Allí terminaba el sendero. Lafleur descendió y golpeó a la puerta. Se abrió una ventanilla enrejada y vimos unos ojos.
—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.
  —El conde heredero de Lituania —presentó Lafleur a su amo.
  —Muéstranos el color de tu dinero —dijo la voz, y el conde dio a Lafleur un grueso rollo de billetes de banco. Su exhibición resultó satisfactoria para la mujer; asintió con aprobación y dijo—: Se le entregará la cuenta cuando se marche, señor.
  Después de algunos minutos más de espera, mientras caía la triste lluvia, la puerta se abrió hacia adentro, con gran estrépito de barras y cadenas, y entramos en el patio. La puerta se cerró detrás de nosotros y la portera, una mujer corpulenta de rostro pálido e hinchado y boca severa, nos ayudó a descender. Llevaba un vestido negro y un delantal blanco. No sabía sonreír. Pero no tenía máscara. Ninguno de los criados estaba enmascarado: su papel los hacía suficientemente anónimos.
  El conde despidió de inmediato a su valet, quien llevó el coche al establo. Seguí a Lafleur con la vista y vi que, apenas dejaba a su amo, se erguía como una rama atada que se libera. Su figura delicada adoptó una firme y elástica actitud decidida; luego desapareció. El conde y yo estábamos ante la puerta de la Casa del Anonimato, siempre abierta para cualquier persona que tuviese dinero suficiente.
  Era un edificio grande y alargado del estilo gótico de finales del siglo diecinueve, con innumerables torrecillas que se erguían como tentáculos hacia el cielo sombrío y nublado, y estaba íntegramente construido con ladrillo rojo. Todas las ventanas tenían las persianas cerradas. La portera tocó perentoriamente la campanilla y apareció una mujer que podría haber sido su hermana y que nos condujo por una serie de oscuros corredores, en los cuales resonaban nuestros pasos, hasta que llegamos a unas habitaciones más formales y alfombradas y subimos por una escalera de caracol hasta un pequeño cuarto de vestir forrado de terciopelo rojo, como el interior de una matriz. Ella nos invitó a desnudarnos y mientras lo hacíamos sacó de un armario dos pares de ceñidos pantalones que dejaban enteramente expuestos nuestros genitales, incluidos los testículos. Luego nos dio unos cortos chalecos de una sustancia suave, parecida al ante, y nos aseguró que era la piel curtida de una joven virgen negra. El conde empezó a murmurar suavemente, lleno de expectativa, y su miembro, que era de tamaño monstruoso, se irguió tan resueltamente como la ilustración de la satiriasis de un diccionario médico. Entonces la mujer nos ofreció unas máscaras a modo de caperuzas que se unían con botones a los ojales de nuestros chalecos, de modo que nuestras cabezas se convirtieron en torres redondas, alargadas, rosadas, sin rasgos. La única interrupción de esa superficie convexa de cartón tostado eran dos hendiduras para poder mirar. Esas máscaras o caperuzas completaban nuestro atuendo, que era antiestético, priápico y suprimía por completo nuestros rostros y nuestra autoestima; la indumentaria destacaba nuestra virilidad al tiempo que negaba nuestra humanidad. Y no pertenecía a ningún tiempo ni lugar. Estábamos preparados. Con nuestras expresiones ocultas y las partes menos diferenciadas de nuestras anatomías expuestas, ella nos condujo por otra escalera a un salón de recepción donde se inclinó, sonrió formalmente y abrió la puerta.
—Bienvenidos al Salón Bestial —dijo.
Y allí nos abandonó.
  El interior de las ventanas estaba pintado de negro, de modo que aun abriendo las cortinas de terciopelo negro, nada podía perturbar la noche artificial de la habitación. Los muros estaban recubiertos de brocado con figuras, de un púrpura tan intenso que el conde murmuró:
—El mismo color de la sangre de suicidio por amor.
  En todas partes, aferrados a las cortinas, encaramados en los pesados marcos dorados de los innumerables e inmensos espejos, agazapados entre las guirnaldas del hogar de mármol, había docenas de vocingleros monos vestidos como criados con chaquetas de pana carmesí con galones. Eran candelabros vivos: tenían velas negras en las patas, en las colas enroscadas, o metidas en los soportes de los aros metálicos que todos llevaban en la cabeza. Cuando la cera caliente goteaba sobre su piel o sus ojos, chillaban lastimeramente.
También el mobiliario estaba vivo.
  Habían empleado a un taxidermista y no a un tapicero, y le habían enviado un grupo de leones con la instrucción de hacer un sofá con cada pareja. En los extremos de los brazos góticos de cada sofá, había una melenuda cabeza de león. Sus congestionados ojos dorados rezumaban humedad, y sus cavernosas fauces rojas permanecían entreabiertas dispuestas a abrirse del todo en un soñoliento bostezo o para emitir un gruñido grave y prolongado. Los cómodos sillones eran osos negros sentados sobre sus grupas con la melancolía de todas las Rusias en sus ojos líquidos. Cuando una muchacha se sentaba en su hirsuto regazo, el oso gruñía, le abría bien las piernas con sus romas patas delanteras y se echaba hacia atrás. Las ocasionales mesas corrían de un lado a otro, con obsequiosos gañidos; eran serviles hienas que traían atadas a sus lomos moteados bandejas de plata con botellas, copas y platillos de nueces saladas y olivas rellenas. Otras hienas, agazapadas en los rincones, con sus larguísimas lenguas como franelas rojas empapadas colgando, balanceaban entre sus erguidas orejas un tiesto de flores carnívoras o un jarrón de porcelana japonesa con manos sin cuerpos, elegantemente dispuestas. Había, esparcidas en el suelo de oscura madera lustrada, vividas pieles de jaguar que se movían bajo los pies: su cálido aliento quemaba los tobillos cuando alguien las pisaba. Lo único que no parecía vivo en el salón eran las prostitutas, los maniquíes de cera del amor, inmóviles como estatuas. Pero eran los únicos seres encerrados enjaulas.
  Aunque los barrotes eran muy sólidos y esmaltados de negro, su forma y la caprichosa sofisticación de su intrincada herrería recordaban las jaulas de los salones victorianos, a pesar de que los primeros tenían algo más de dos metros para poder alojar a sus ocupantes, quienes parecían más altas que un ser humano normal, porque todas las jaulas estaban montadas sobre pedestales de mármol cubiertos de hiedras de un metro de altura. Grandes candados aseguraban las puertas y todas las llaves colgaban de una cinta que rodeaba el cuello de la Madame, quien se mantenía tan quieta que no se oía ningún tintineo. La luz de las velas bailaba sobre los pechos enjaulados, tan blancos como los de las inmortales, únicas flores que se abrían en ese jardín zoológico impregnado por el tufo, y el terrible eco de las voces de las bestias salvajes que lo amueblaban.
  Los espejos reflejaban las cortinas, los sillones, las mesas, los candelabros y las jaulas de escultura venérea, pero no devolvían el vacío rostro del conde ni el mío porque allí no teníamos nombre.
  La Madame estaba al lado de la puerta, ante una elaborada caja registradora de hierro forjado de estilo fin de siecle como las que aún se encuentran en las cervecerías de París; sonaba una campanilla cada vez que registraba el precio de cada artículo que compraban sus clientes. Todavía era joven, y estaba completamente desnuda, vestida sólo por su collar de llaves, un cache-sexe hecho de ojos amonedados, unas medias de malla negra muy abierta y una máscara de fúnebre cuero negro flexible, como las que usaban los verdugos de otrora. Esa máscara cubría todo su rostro excepto la peonía marchita de su boca y la zona que la rodeaba. Estaba desnuda porque era humana, y tampoco a ella la reflejaban los espejos. Su piel tenía el vago brillo de un metal amarillo que ha sido atacado por el verdín y exhalaba un olor a almizcle apenas tolerable.
  Al final habló. Me avergüenza decir que no reconocí su voz, aunque me emocionó.
  —Mi casa es el refugio de quienes no pueden encontrar el equilibrio entre el interior y el exterior, la mente y el cuerpo o el cuerpo y el alma, o viceversa y etcétera, etcétera, etcétera.
  Una hiena saltó, deseosa de servir y de recibir la recompensa, y la Madame nos sirvió a cada uno una copa de curaçao. La Madame hizo sonar la campanilla de la caja y ambos, copa en mano, fuimos a inspeccionar la mercadería.
  —Un vigor meridional surge dentro de mí —dijo el conde. (¿Había de ser yo, entonces, su confidente?)
  Las ropas que imponía la Casa quizás ocultaban el aspecto del conde pero también lo transfiguraban. Acechaba, erecto, ese jardín de delicias artificiales con una grandeza loca y apocalíptica. Era tan magnífico y absurdamente obsceno que cada sofá inclinaba sus cabezas cuando pasaba y todas las mesas corrían a rodearlo y a lamer sus manos. Cada vez que nos aproximábamos a una muchacha, los monos se lanzaban a su jaula y se colgaban de los barrotes en peludos racimos, extendiendo sus velas para que los encantos sutilmente espurios de la prisionera fueran claramente visibles, mientras ella tendía sus brazos y abría y cerraba los ojos en una amanerada imitación de las vampiresas.
  Había, quizás, una docena de muchachas en las jaulas en la sala de recepción. Se erguían sobre nosotros en su interior como diosas de alguna olvidada teogonía, encerradas porque eran demasiado sagradas para que nadie pudiera tocarlas. Parecían tan circunscriptas como figuras retóricas, y no era posible imaginar sus nombres, porque la rigurosa disciplina de su vocación las había reducido a la esencia indiferenciada de la idea de hembra. Esa femineidad ideal adoptaba formas sorprendentemente distintas, aunque su naturaleza no era la de la Mujer; cuando las examiné desde más cerca, vi que ninguna de ellas era ya, o quizá jamás había sido, una mujer. Todas, sin excepción, estaban más allá del reino de la simple humanidad, o ni siquiera habían entrado en él. Eran mutaciones siniestras, abominables, en parte máquinas, en parte vegetales, en parte bestias.
  Sus pieles eran rayadas, manchadas o veteadas, y algunas se estremecían hasta el punto de regresar por completo a la bestia. Si las bestias de rapiña se habían convertido en muebles, algunas de las máquinas sexuales del establecimiento estaban a punto de convertirse en sus víctimas. Quizá por eso las tenían enjauladas. Los ojos suaves y asombrados de una jirafa se movían sobre sesenta centímetros de cuello moteado por encima de los vellosos hombros dorados de una muchacha, y otra tenía el rostro rayado de una cebra y una rígida crin negra a lo largo de su columna vertebral. Si algunas tenían la cornamenta de los ciervos, otras, con ramas de árbol que brotaban de sus frentes, mostraban las rosas que crecían en sus axilas cuando nos tendían sus brazos. Una chica frondosa estaba cubierta de muérdago, y en una parte del torso en que la corteza estaba desprendida, se veían girar las ruedas internas que la articulaban. Otra tenía muchas caras superpuestas y su cabeza se abría como un libro, página por página, y en cada página había una expresión seductora diferente. Todas presentaban una fusión onírica de diversos estados de existencia, seres ciegos y sin habla de un bosque nocturno donde los árboles tenían ojos y los dragones andaban sobre ruedas. Y una chica debía de haber venido directamente del cuarto del látigo, porque su espalda era un desgarrado palimpsesto de marcas; no era animal, vegetal ni objeto tecnológico: esa mujer maltratada y sangrante era la revelación más dramática de la naturaleza de la carne que he visto jamás.
  Un calor sofocante y oloroso llenaba el salón. Los muslos de las mujeres eran opulentos, pero yo temblaba como si exhalaran ráfagas de aire glacial, aunque no creo que ninguna de ellas respirara. Esas imágenes libidinosas desnudaban sus partes sexuales con una desafiante ausencia de provocación que no era fruto de la inocencia; las doce exponían escandalosamente con primitiva sencillez los doce orificios, las feas, innegables, insaciables bocas inferiores de la arcaica y desvergonzada Afrodita anónima, la indiferenciada compañera del acto ciego que tiene muchas bocas, aunque ninguna pregunta nunca por un hombre. Yo había ido allí con órdenes de adorar; yo, Desiderio, el deseado, debía arrodillarme ante los doce velludos altares de esa iglesia universal de la lujuria, con un uniforme que me convertía en un simple tótem de la carnalidad.
  El conde empezó a aumentar su estatura con tal esfuerzo de voluntad que las venas hinchadas de su frente parecían a punto de estallar. Su pecho se agitaba como el trueno. Parecía contemplar el cielo raso con la punta redondeada de esa caperuza concupiscente, suave como un melocotón, que convertía su misma cabeza en un símbolo monumental de la sexualidad. Su paso era majestuoso y eclesiástico, como si usara una especie de mitra, él, el papa de lo profano, oficiando un último sacramento, el hombre-falo consagrado, omnipotente, autoordenado; y cuando arrebató una vela de la pata de un mono y la usó para encender el plumaje rosado de una muchacha alada, me di cuenta de que estaba a punto de pronunciar un sermón y que ella sería su texto.
  Sus ojos giraban con delirante agitación, como si pudieran salir rodando por los agujeros de su máscara. Adoptando la actitud del poseído, echó atrás la cabeza y de su boca atronadora brotó el siguiente salmo agónico con la cadencia y los intervalos del canto llano, mientras las mujeres abrían y cerraban silenciosamente los brazos detrás de los negros barrotes, con la reacción inevitable y automática de las anémonas marinas; los muebles resoplaban, gruñían y aullaban, y el ángel ardía instantáneamente con una llama tan humeante que comprendí que sólo era una construcción de papier maché sobre una armazón de mimbre.

Soy el hombre salamandra zodiacal
porque la carne es una constelación de llamas
y yo soy carne universal,
soy el lápiz de oxiacetileno
que garabatea sobre el rostro del cielo
con furia incendiaria
segmentadas constelaciones carnosas novas.

Soy la aniquilación voluntaria del momento orgiástico en persona, señoras.

Levanté mis orejas. ¿Podía ser el conde, no el doctor, sino ese otro hombre misterioso, Mendoza, quien había escrito acerca de ese mismo tema antes de aniquilarse de modo desconocido? ¿Mendoza no podía haberse reconstituido a partir del infinito, quizá pasando al revés la película de su propia explosión, naciendo así del huevo de una implosión sin una mancha sobre él? Pero el conde no me permitió reflexionar sobre esto, y se lanzó a un despiadado torrente de metáforas.

Cabalgo el tigre pirotécnico que sólo se alimenta de fuego.

Ardo inexorablemente
hasta que sólo queda el hueso desnudo y retórico
que arde y arde y jamás se consume.

¡Al rojo blanco arde mi carne eterna de amianto!

Pensé inmediatamente en Albertina, pero el conde hizo girar toda la imaginería del deseo en su cabeza e invirtió diabólicamente su sentido, como un brujo que recitara el padrenuestro al revés. Me confundió totalmente. Y continuó como el terremoto que había devorado el conjunto de muestras.

Yo, el veneno del hueso.
Yo, el cometa esqueleto desnudo.
Yo, enigma volcánico, aspiración fálica, ícaro no caído.

Llegué entonces a la conclusión de que lamentaba solamente su propia frigidez. Su voz descendió una octava, como si estuviera a punto de cantar una bendición.

Soy mi propia antítesis.
Mi virilidad se exalta. Desencadeno la negación.
Las flechas ardientes de la negación.
¡Ven!
¡Incinérate conmigo!

El ángel de papel vaciló y se apagó. Sus cenizas formaron un montón sorprendentemente pequeño. La Madame anotó en la caja el precio del ángel de repuesto.
  —Sí —dijo con la voz de una institutriz que felicita a un niño por lo bien que ha recitado—. No hay asunto más serio que el placer.
  El conde rasgó los barrotes de la jaula de la muchacha flagelada.
  —¡Dame mi rayada mujer tigre! Azotada hasta más allá del hueso, es fuego sangrante, un festín caníbal.
  La Madame abrió la puerta de buena gana y el conde se apoderó vorazmente de la carne. Mientras la llevaba hacia la puerta, cargada a la espalda, como un mozo de cuerda, me dijo:
  —¡Elige a tu cortesana de inmediato! ¡Necesito un estímulo!
  Yo estaba en un aprieto. Ninguno de esos objetos metamorfoseados que me rodeaban despertaba en mí el menor deseo. Aunque revestían todas las formas de cada perverso deseo imaginable, sólo parecían sátiras maliciosas del erotismo, y yo sentía la misma mezcla de burla y revulsión que me había inspirado la oda del conde. Pero le pertenecía y debía hacer lo que él deseara. La Madame me salvó. Después de hacer sonar la campanilla para registrar la compra del conde, bajó de su sitio y me rodeó firmemente la muñeca con su mano amarillenta.
  —Yo misma iré contigo —dijo, y sus dedos se cerraron tan autoritariamente que no tuve otra opción que seguirla. Como no la había tocado nunca, nadie podía esperar que la reconociera al tacto, aunque era conmovedor. Además, estábamos en la casa del Anonimato, y todos nos habíamos desnudado de nosotros mismos al colocarnos las máscaras.
  Toda la casa tenía la íntima humedad de una ingle; y el humo azul del incienso que ardía por todas partes en quemadores de cerámica le otorgaba el olor de la tienda de un embalsamados La Madame nos guió por una ceremoniosa escalera alfombrada con piel de pantera negra pero, ahora que nos encontrábamos fuera del Salón Bestial, las pieles estaban saludablemente muertas. La luz procedía de los ojos ardientes de unas aves de bronce con las alas desplegadas, que colgaban de la bóveda de basalto sobre nuestras cabezas; tanto esos ojos como los del taparrabos de la Madame nos guiñaban lascivamente de vez en cuando. Ella olía como un leopardo en celo. Tenía la piel casi verde.
  La pesada puerta de caoba de nuestra alcoba común estaba defendida por dos colosos de jaspe, monstruos babilonios con picos curvos y brazos emplumados que rozaban el rostro de quienes entraban con una amenazante caricia voluptuosa.
  —A esta habitación la llamamos la Esfera de las Esferas —dijo ella.
  Nos condujo a una cámara circular de misceláneos colores fluctuantes proyectados por una lámpara con una pantalla de colores que giraba lentamente, en el centro del cielo raso. El conde llevó a su víctima a la cama tan ceremoniosamente como si fuera el altar del sacrificio; pero no me molesté en observarlo, ni siquiera en mirar mejor ese recinto de placeres consumados porque la Madame se volvió hacia mí y puso un dedo en sus admirables labios. Yo recordaba perfectamente esa boca y ese gesto. Deslumbrado, creo que sollocé. Me quitó la máscara y me besó suavemente en los labios. Vi sus ojos por las hendiduras de su máscara de cuero negro; las lágrimas empañaban su hondura incalculable.
—Soy Albertina —dijo.
  Se quitó la máscara y el pelo negro se derramó alrededor de su bien recordado rostro.
  No sé por qué ella me amó a primera vista, como la amaba yo desde la primera vez que la vi en un sueño. Sin embargo, ambos nos habíamos perseguido a través de las barreras del tiempo y del espacio; desafiábamos todas las vicisitudes de la fortuna por un solo beso antes de la separación, y veíamos sólo a la luz de nuestros rostros los acontecimientos de una guerra en la cual militábamos en bandos opuestos.
  La tomé en mis brazos. Teníamos exactamente la misma estatura y los arcos de nuestros pechos chocaron con ruido. El terrible alarido de la prostituta del conde no interrumpió nuestro primer abrazo. El mundo giraba sobre el pivote de su boca. El sentido de inmanencia seráfica que yo había experimentado en la ciudad se justificaba ahora. Me rodeó el cuello con los brazos y apretó su vientre contra mi desnudez, como si se esforzara por trascender el defecto mortal que nos separaba y quisiera lograr una unión visceral, completa, eterna, para que la misma sangre fluyera en los dos cuerpos, nuestros nervios se entretejieran y nuestras pieles se derritieran y fundieran por acción de la electricidad que generábamos.
  Nos movimos hacia el lecho redondo que giraba como el mundo alrededor de su eje en el centro de la habitación. El conde estaba encorvado sobre las ruinas de la infortunada prostituta, que sólo era un sangrante gemido. Los miramos con la indiferencia natural de los amantes y yo eché atrás el cobertor de piel oscura para depositar a mi Albertina sobre unas sábanas cuyas manchas eran tan trágicas y misteriosas como las que se ven en el pavimento cuando han arrojado un desnudo desde un balcón. Me arrodillé sobre ella y besé sus pechos. Sorbí grandes bocanadas del agua fría de sus pechos, como si mi sed fuera imposible de saciar. Los ojos de la única prenda que llevaba se cerraron uno tras otro.
  En ese instante una ráfaga de ametralladora atravesó las ventanas y las cortinas de terciopelo, y las balas se incrustaron en el colchón, debajo de nosotros.
  El conde se lanzó a la ventana destrozada, gritando una invitación a ulteriores violencias. Una racha violenta estampó un tatuaje de fragmentos de cristal en la caperuza que aún llevaba. Nuevas balas cayeron sobre la mujer flagelada, que bailó y se abrió. Albertina estaba silenciosa e inmóvil. Dejó que yo la arrastrara de la cama y la pusiera al amparo de las balas; inerte como una muñeca, ahora lloraba amargamente.
  —Te buscan a ti —dijo—. No puedo evitarlo. Desde que se perdió el conjunto de muestras, el infierno se ha desencadenado.
Me abrazó con fuerza, llorando como una niña.
  Fuera de la habitación se oyeron pasos a la carrera y golpes en la puerta.
  —¡La policía! —gritó la portera—. ¡La policía busca a dos asesinos! ¡Hay dos asesinos con usted en la cama!
Albertina me apartó y abrió la puerta.
  —Ella te llevará por la puerta trasera —dijo a través de las lágrimas—. Ahora vete.
  —¿Lágrimas? —dijo el conde, acercándose a ella—. ¿Lágrimas de puta?
  Se quitó la máscara para lamerle golosamente su rostro, pero ella lloraba demasiado para advertirlo.
  —No te dejaré —dije, y la tomé nuevamente en mis brazos.
—¡No! —dijo ella—. Eso es totalmente imposible.
Yo me sentía más fuerte que nadie en el mundo.
  —¿Cómo puede la hija de tu padre decir que algo es imposible?
  La alcé y la llevé en brazos por el pasillo, pero empezó a disolverse como una mujer de nieve. Mientras la sostenía era cada vez menos. Se disolvía. Todavía llorando, se disipó en el aire. Yo la veía. La sentía. Sentía disminuir su peso. Primero tembló un poquito, luego vibró continuamente y se volvió más y más indistinta, como si ella misma estuviese borrando su propio contorno en el aire. Los ojos fueron lo último que se fue y las lágrimas finales quedaron suspendidas en el aire como pendientes de diamante olvidados. Todo lo que quedó de ese frágil legado de lágrimas fue una evanescente huella de humedad en mi hombro. En medio de mi asombro y mi dolor, las balas que venían de la casa repiqueteaban a mi alrededor, y oí las crueles voces de la Policía de Determinación; oí sus voces que resonaban y rechinaban como sables.
De pronto hizo mucho frío.
  Las luces de las linternas brillaban en los abrigos de cuero de los policías, porque todas las luces se apagaron cuando los monos, aterrorizados y con el pelaje encendido, huyeron como meteoros. Las velas que habían dejado caer rodaban por el suelo y los cortinados empezaban a arder aquí y allá. El conde recogió una vela caída e incendió todas las cortinas que encontrábamos, con tal destreza que el fuego parecía brotar de sus dedos y no de la llama. La portera nos guió ya en una, ya en otra dirección y luego se deslizó como una aguja habilidosa por angostos corredores en desuso e inesperadas escaleras en espiral, y a través de galerías llenas de ecos, de instrumentos de tortura, de la parafernalia del fetichismo. Podíamos oír el profundo rugido de los leones, porque el mobiliario huía a la desbandada. En determinado momento, empujamos un sillón que avanzaba pesadamente; una manada de mesas escapó aullando hacia un salón de oscuros espejos, que nosotros también cruzamos a la carrera justo a tiempo, pues mientras atravesábamos la cortina de cuentas que colgaba sobre la puerta, las balas convirtieron los espejos en astillas de cristal. Albertina debía de haber liberado a las prostitutas de las jaulas, que una vez exentas de la petrificación de su profesión, también intentaban eludir a la policía, enemiga declarada de seres tan cándidamente irreales. De vez en cuando vislumbrábamos una figura recubierta de hojas o de plumas clavada en el rayo de luz de una linterna; dejaba escapar un grito estremecedor antes de que el impacto de una bala auténtica la desintegrara, o se desmoronaba en un crujido como el del papel estrujado cuando las balas partían su caparazón y todos los resortes y ruedecillas saltaban silbando.
  Mientras la portera luchaba con un cerrojo herrumbrado en una oscura galería, el conde, que contemplaba el holocausto desde la balaustrada con vivo pero distante interés, se inclinó hacia mí, estremecido.
  —Está allí —dijo con cierta ironía, como si saboreara una desconocida sensación, que quizá fuese el miedo.
  Una figura se había materializado en la sombra, debajo de nosotros: un negro de casi dos metros, con los hombros de un bisonte y una cabeza plutoniana, armado con un cuchillo, que aguardaba en el pozo de la escalera. Vestía el abrigo de cuero de los policías, pero yo comprendí que no era otro que el perseguidor del conde, por la ominosa magnitud de su presencia y la increíble presión que ejercía y hacía vibrar mis tímpanos, como si estuviese sumergido a gran profundidad. Sólo parecía esperar que el conde apareciera. Su vigilancia no era agresiva; sabía que a su debido tiempo, el conde acudiría a él, que rodaría hacia él como una gota de mercurio rueda hacia otra en un platillo. Parecía un hombre hecho de piedra imán.
  —Ese hombre, si es quien es, es mi castigo —dijo el conde—. Es mi hermano gemelo. Es mi sombra. Una terrible inversión: yo, el cazador, me he convertido en mi propia presa. Sosténgame, o correré a sus brazos.
  Por fortuna, la portera tironeó impaciente de su hombro, porque había abierto la puerta de una nueva escalera que nos condujo al techo, al viento y a la lluvia, de modo que el conde se salvó de sí mismo por el momento. Descendimos por la hiedra, la portera en último lugar. Luego ella nos guió diestramente por un jardín excepcional, donde no podíamos ver nada, excepto las llamaradas de los cañones de las ametralladoras allí emplazadas. Cuando miré hacia atrás, vi que casi toda la casa ardía, pero no tuve tiempo de quedarme a contemplarla. La portera nos llevó a una pequeña puerta, y allí estaba Lafleur, con caballos y mantos de viaje. Me alegró verlo. Eran alrededor de las nueve. Detrás de nosotros, el burdel incendiado teñía ya el cielo de rojo. La portera buscó algo en su bolsillo, y nos presentó la cuenta. El conde, con gran ironía, saltó a su cabalgadura e, inclinándose, puso en las manos de la mujer un fajo de billetes de banco.
—Es preciso pagar por los placeres —dijo.
  Huimos al galope a campo traviesa despreciando los caminos, el conde y yo aún llevábamos nuestros fálicos disfraces y cabalgamos salvajemente, como enloquecidos. Llegamos a un bosque de álamos y nos detuvimos un momento para ver qué habíamos dejado detrás. Todo, en la Casa del Anonimato, se había convertido en aire y fuego en una terrible transmutación elemental, y se elevaba sobre sus altos muros; la bola de fuego parecía tironear con impaciencia de sus amarras en tierra firme, mientras las torres lanzaban chorros de fuego al corazón de las nubes. Incluso a una milla de distancia, podíamos escuchar una sinfonía de agonía y ladrillos que se quebrantaban, orquestada al modo de Berlioz. La satánica risa del conde prevalecía sobre el tumulto de la destrucción.
  —¡Yo, el señor del fuego! —dijo en voz baja pero penetrante, pensando, creo, que su cazador habría muerto. Yo estaba demasiado acongojado por mi propio infortunio para compartir su alegría, puesto que él nada significaba para mí.
  ¡Haber tenido a Albertina tan inesperadamente en mis brazos, y verla desaparecer un momento después! Como si sus besos hubieran brotado de un simple fantasma nacido únicamente de mi anhelo, el primer fantasma que me había engañado en tantos años de visitas fantasmagóricas... Sentí que sólo era una paja arrastrada al azar por los vientos de la desgracia, y que la única luz que me guiaba era la engañosa iridiscencia del rostro de mi amada. Los japoneses creen que los zorros encienden hogueras entre las ciénagas para atraer a los viajeros. El zorro japonés es una mujer hermosa, una maravillosa prestidigitadora con una caja llena de engañosos deleites; apenas te tiene en sus brazos seductores, lanza un chorro de rancias secreciones, te muestra el verdadero color de su pelaje y se desvanece riendo burlonamente. El rostro de Albertina era la máscara traidora de los más raros y preciosos zorros negros; sin embargo sus lágrimas eran lo último de ella que desaparecía. ¿No podían ser las lágrimas una señal de engaño? ¿Debía yo confiar en el auténtico dolor de sus lágrimas?
  Vimos luego los faros de los coches policiales que se acercaban a nosotros y, entre sus rectos rayos, la gran figura del chulo negro que iba al frente en su motocicleta. El conde blasfemó horriblemente y gimió. Nosotros espoleamos nuestros caballos.
  Mucho más tarde, nos detuvimos junto a un arroyo para que nuestros animales abrevaran, y Lafleur se acercó mientras yo miraba abstraído el agua negra. Se arrodilló a mi lado. La curva sumisa de su espalda tenía una gracia exquisita. Me habló con suavidad. El vendaje ahogaba su voz.
—No la has perdido —dijo—. Está a salvo.
  Aunque ignoraba por qué hablaba con tal seguridad, me alivió. Luego volvimos a cabalgar. El campo pasaba velozmente a la luz cambiante de la noche y el día. Continuábamos en silencio, y sólo nos deteníamos a comprar un pan o un trozo de salchicha que nos metíamos de prisa en la boca en la misma tienda. Yo le temía a la Policía de Determinación; pero mucho menos que el conde al chulo negro, cuya persecución era el impulso de nuestra desesperada carrera. El terror del conde se manifestaba en accesos de risa histérica o estallidos de locas blasfemias. Su miedo tenía una intensidad dramática que no desentonaba con el carácter de un demiurgo que se hubiera creado a sí mismo, que era como yo veía al conde. Tuve la cortesía de verlo como él quería que se lo viera, como la viva imagen de la ferocidad, aunque a veces lo encontraba risible. Su miedo nos infectaba a todos con una fiebre tan estremecedora que me pregunté nuevamente si no sería el doctor disfrazado, pues podía comunicarnos con absoluta fidelidad sus propias fantasías. Cada vez que tropezábamos con una ramita temblábamos.
  Pero si era el doctor, ¿por qué no lo había reconocido su hija en el burdel? ¿Sólo por delicadeza y discreción?
  En la primera oportunidad que tuve, me quité el uniforme de los clientes de la Casa del Anonimato, y pedí al conde que me comprara ropas nuevas. Eligió el traje más sobrio y elegante que pudo encontrar en una pequeña sastrería rural, porque me había ofrecido que fuera su secretario y deseaba verme bien vestido. Yo no sabía cuáles eran las tareas que ese cargo exigía, aparte de admirar al conde todo el tiempo, pero lo acepté; no tenía muchas opciones, aunque sabía que el conde pensaba embarcarse apenas llegáramos a un puerto de mar, y que yo debería acompañarlo a Europa, a otro continente, a otro hemisferio, donde todo sería nuevo porque era muy viejo y no había guerra, doctor Hoffman, ministro, búsqueda ni Albertina; nada familiar excepto yo mismo. No puedo decir que la decisión de abandonar todo para irme con el conde fuera consciente. Aunque él no me agradara, bajo la influencia de su sombra, sólo era posible hacer lo que él deseaba. Yo le pertenecía ya tan completamente como el miserable Lafleur.
  El conde se negó a quitarse sus ceñidos pantalones y su chaleco, aunque el traje era aún más ridículo sin la máscara.
  —La librea de la hipersexualidad me sienta bien —dijo, aunque era suficientemente hipócrita para envolverse en su manto cuando llegaba el momento de visitar una tienda.
  Los días se fundían con las noches de tal manera que, a causa de la fatiga, no podía casi distinguir unos de otras. Al final, una mañana vimos la franja gris del océano en el horizonte y, antes del ocaso, entramos en el puerto, mientras nuestros llagados y exhaustos caballos se desmoronaban debajo de nosotros. Inmediatamente fuimos al muelle en busca de un barco y, después de hablar con varios capitanes, encontramos un buque de carga de bandera liberiana que partía a La Haya con la marea de ese misma noche y cuyo capitán aceptó llevarnos por una suma sustancial. Subimos a bordo de inmediato, abandonando nuestros caballos en el establo de una taberna.
  Nos dieron a los tres un solo camarote angosto, con dos duras literas una sobre la otra, y una hamaca para Lafleur. Nos extendimos en ellas y caímos agotados en un sueño profundo. Cuando nos despertamos, al día siguiente, muy tarde, estábamos en las manos grises, húmedas y móviles del agua, y no había señales de tierra por ninguna parte.
  Me pareció estar navegando involuntariamente contra la corriente más poderosa del mundo, una corriente de lágrimas, porque pensaba que ese barco me alejaba de Albertina. No comprendí entonces que el movimiento de nuestros corazones, como la oscilación de las olas, era una fuerza eterna y natural y que tratar de separarnos era como intentar separar con un gran peine las aguas del océano. Tampoco sabía que viajaba conmigo, porque ella estaba inextricablemente unida a su imagen en mi mente y porque su materia era tan flexible que habría podido usar el guante izquierdo en la mano derecha, es decir, si lo hubiera deseado.
 

* * *

6. La costa de África

Ahora el mundo se reducía al barco y a su tripulación de hoscos lascares, suecos severos y escoceses de granito, que cantaban roncamente canciones obscenas mientras se balanceaban colgados de gruesos cabos entre los palos y realizaban todas las tareas que, sumadas, mantenían esa frágil cáscara de lona y madera en su derrotero a través de un mar que se confundía con el cielo en la bruma de la mañana y que, por la noche, contenía en su seno tantas estrellas como las que brillaban encima de nosotros; estábamos totalmente expuestos al tiempo y al cielo. Al principio, afligido por el mareo, no pude salir de mi litera, pero pronto recobré mis piernas de marino, y a partir de ese momento fui presa del terrible aburrimiento de quien viaja por mar.
 No había nada que hacer en todo el día, salvo no entorpecer el trabajo de la tripulación, contemplar el ciclorama del cielo, aplaudir las danzas de las aves marinas y los peces voladores, escuchar el viento en las velas y esperar el espeso guiso de patatas y pescado salado, único menú a bordo. El conde sobrellevaba su tedio con un estoicismo que yo no habría esperado encontrar en él. Quizá restauraba su energía con un período de silencio, ya que nunca o rara vez hablaba; se pasaba el día entero echado en nuestro camarote, tan quieto como un cadáver, y sólo emergía por la noche, cuando los marineros, después de limpiar la cubierta, se sentaban a beber jarros de ron con agua sobre las jaulas de las gallinas que proveían los huevos del desayuno del capitán, fumaban sus pipas o bailaban al son asmático de un acordeón. A veces yo participaba en esas diversiones, ejercitando las habilidades que me había enseñado el Hombre Lagarto con una armónica prestada, y les ofrecía alguna danza popular de la ribera; también Lafleur acudía y agregaba al coro una voz grave, insegura, adolescente, una voz que a veces me parecía disfrazada y despertaba en mí extraños y vibrantes ecos, tan misteriosos como si el mismo mar cantara para mí.
 El conde desdeñaba esos simples placeres. Caminaba directamente hasta la proa, entre los pliegues ondulantes de su manto, y allí se quedaba en aquilina soledad, contemplando la noche hacia la que avanzábamos, dejando atrás el sol que plegaba en el oeste sus banderas rojas. A veces permanecía allí toda la noche, como el mascarón de proa de un barco que hubiera podido llamarse El judío errante o El buque fantasma; se había retirado a una impenetrable impasibilidad, y sin embargo por momentos parecía haberse convertido en el principio que movía el barco, como si no fuese el viento lo que nos llevaba hacia Europa sino el poder de esa bárbara y sombría voluntad. La convicción del conde de que era una fuerza de la naturaleza siempre lograba vencer mi incredulidad, aunque no por mucho tiempo.
 Hambrientos de mujeres y soñando con sirenas, los marineros, que solían satisfacerse recíprocamente, nos dirigían a Lafleur y a mí encubiertas pero indudables miradas de deseo; yo había aprendido ya a mantenerlos a distancia. ¡Extraños, azules días en el mar! Un día se parecía tanto al otro que con frecuencia iba a mirar nuestra cremosa estela para hallar una prueba visible de que habíamos avanzado unos centímetros. Pero en aquella aparente inmovilidad, las millas marinas se enhebraban como cuentas en el hilo de la travesía, de modo que desaparecieron todas las plantas que se veían en el mar y muy pronto estuvimos demasiado lejos de la tierra y sólo veíamos a las más intrépidas aves marinas. Yo dormía pero no soñaba. Toda mi vida parecía un sueño del que había pasado al tedio del viaje. Sufrimos una tormenta; sufrimos una tórrida calma. Me reconcilié con el anhelo devorador de ver a una muchacha a quien no volvería a ver a menos que su padre estrujara el mundo y lo convirtiera en un planisferio. No tenía idea del tiempo o el lugar a donde el conde me conducía, aunque como sus medios de transporte eran los caballos, las calesas y los barcos de altos mástiles, calculé que debía de ser a principios del siglo diecinueve.
 Una especie de silenciosa camaradería había nacido entre Lafleur y yo. Con frecuencia se sentaba a mi lado, una pequeña sombra oscura con el rostro oculto en que sólo se veían los ojos, que parecían tiernos, tan inmensos y de un castaño tan transparente que me recordaban los de algún melancólico animal de los bosques. Nos engañamos cuando decimos que el ojo es un órgano expresivo; son las líneas que rodean los ojos las que cuentan una historia, y en Lafleur esas líneas estaban ocultas. Yo presentía que el pequeño y vapuleado valet escondía una gran ternura, aunque rara vez hablaba y parecía comunicarse solamente por medio de suspiros. Sin embargo, me señaló uno o dos curiosos anacronismos a bordo.
 El cocinero, un agrio marsellés dispéptico, tenía un gramófono de cuerda con una gran corneta, y las noches estrelladas hacía sonar discos de antiguas cantantes parisienses cuyas voces traía la brisa y que, al confundirse con el ruido de las olas, me provocaban una extraña e ilusoria nostalgia de lugares que jamás había visto. El desagradable finlandés, el primer oficial, conocido por su mal genio y sus juramentos obscenos, tenía su arcón de marinero lleno de revistas con fotografías de muchachas regordetas en corsé y botas hasta los muslos; una vez me las mostró, durante un arranque de amabilidad. El camarero le habló una vez a Lafleur de una motocicleta que tenía en Liverpool, en casa de su padre, pero cuando le pregunté por su juguete con curiosidad, sacudió la cabeza y, negando todo conocimiento de él, se alejó de prisa fingiendo que debía alimentar de inmediato al cerdo maloliente que llevábamos en la cubierta por si llegara a escasear el pescado.
 En algunas ocasiones, los marineros se interrumpían en mitad de una saloma, con las bocas abiertas, como actores que de pronto olvidan su texto, y movían los labios, ausentes durante algunos segundos, con las manos colgando como si ya no supieran sostener los cabos. Pero estas interrupciones sólo duraban un instante. Luego todo volvía a ser salado y náutico, al modo de los grabados antiguos. A veces tenía la impresión de que el barco que nos transportaba estaba de algún modo superpuesto a otro de carácter muy distinto, y empecé a sentir cierto malestar, que se agravaba cuando oía los sonidos que el capitán extraía del aire con su radio mientras descansaba, al final de la tarde, en su camarote. Lafleur parecía restar importancia a estos datos, pero el conde ni siquiera los advertía. No advertía nada. Incluso ignoraba a sus criados.
 Yo decidí que él no podía ser el doctor, a menos que fuera alguna de sus extrañas emanaciones. Llegué a la conclusión de que podía ser un aficionado a la ontología, capaz de determinar el período en que navegaba el barco, lo cual incentivaba mi imaginación. Yo no hubiera creído posible una cosa semejante antes de partir de viaje. Su mutismo era absoluto, y su imagen se me desmoronó por completo de tal forma que nunca más pude volver a admirarlo. Porque fuimos traicionados.
 Nos traicionó la pequeña radio del capitán.
 Una brillante mañana azul el capitán escuchaba la onda corta mientras comía huevos en su cama y, aunque su lengua era el holandés, comprendió en el idioma de mi país que el conde y yo éramos buscados por asesinato. Y que mi cabeza tenía precio, porque era un criminal de guerra.
 Vinieron a buscarnos, armados, cuando dormíamos. El capitán y el primer oficial nos maniataron y nos metieron en una fétida sentina donde nos encadenaron a unas anillas, y allí nos abandonaron al infortunio y las privaciones mientras el capitán cambiaba de rumbo en mitad del océano y se dirigía hacia el punto de partida, pues tanto el Estado de Louisiana como la Policía de Determinación ofrecían recompensa a quienes entregaran al conde a esta última y a mí a los agentes del primero.
 Yo esperaba que el conde soportara este cambio con irónica circunspección, pero no. Durante las primeras veinticuatro horas de nuestra prisión, chilló sin cesar y cuando el primer oficial vino a traer nuestra magra ración de comida, se echó atrás como si esperara un puntapié del finlandés, un temor perfectamente justificado. Esa exhibición de pusilanimidad me fascinó. Yo esperaba con ansiedad que el conde hablara. Tuve que esperar sólo dos días.
 ¿En qué consistía nuestra ración? Era la tradicional. El primer oficial ponía en el suelo dos veces por día un plato de metal con tres trozos de galleta marinera llenos de gorgojos que a duras penas podíamos agarrar, maniatados por nuestros grillos. Nos traía también un jarro de agua estancada y era suficientemente humano como para desencadenarnos de modo que pudiéramos hacer nuestras necesidades en un cubo. Jamás soñé que podía llegar a extrañar aquellos guisos de pescado; de todos modos podía tolerar bastante bien el cautiverio, quizá porque regresábamos al país de mi amada, aunque lo único que me esperaba allí era una cámara de tortura. Lafleur, misteriosamente, parecía contento. Tal vez sentía que el sombrío período de sumisión al conde había terminado. A veces, en la oscuridad de la celda, con los pies mojados por el agua que se filtraba a través del casco, le oía reír para sus adentros.
 Al tercer día, el conde habló. Debía de ser al atardecer, porque se oía el acordeón y los pasos de los marineros que bailaban en la cubierta. En la oscuridad no había otra forma de saber la hora. Los gritos del conde se habían convertido en un gemido grave y monótono que terminó transformándose en una queja con palabras.
 —¡Estos hombres no son mis iguales! ¡No tienen derecho a privarme de mi libertad! Son adversarios que no están a mi altura. ¡Esto es injusto!
 —La justicia no existe —observó el valet con inusitada vivacidad, pero el conde lo ignoró. En ese momento preparaba otra oración y no estaba dispuesto a que lo interrumpieran.
 —Según todas las leyes de la justicia natural, mi preeminencia se debía a que yo, viajero estelar y explosión erótica, trascendía todas las leyes. En un tiempo, antes de encontrar a mi otro, podía haber convertido una montaña en un volcán. Podría haber encendido estos podridos maderos que nos rodean con un solo estornudo, elevándome de la pira como el Fénix.
 »¡El terror del incendio en el mar! ¡Cómo los marineros se pisotean brutalmente unos a otros! Apuñalan a muerte a sus compañeros en la loca pelea por el bote salvavidas; pero el bote salvavidas es lo que ha ardido primero. Mis tumultuosas vísceras vomitan nuevas llamas. Y no he olvidado invitar a la cena a los tiburones, oh, no. Forman un círculo alrededor del barco, su mesa; esperan que su comida esté a punto. Esperan el involuntario tributo de los fuertes miembros de los hombres de mar.
 »Pero cuando abrí la boca para ordenar este plat dujour, la gramática se modificaba en mi boca. Ya no era activa; era pasiva.
 »Él ha puesto ligaduras a mi lengua. La ha amordazado.
 »Yo siempre he eludido el lecho de Procusto de la circunstancia, hasta que él logró atarme.
 (Lafleur sufrió un acceso de tos que sólo duró unos segundos.)
 —Si realmente soy el Prometeo Negro, debo invitar ahora a cenar a otros comensales. Venid a este suntuoso festín, águilas todas del mundo: mi hígado.
 (Sus cadenas resonaron como si quisiera echarse atrás con absoluto abandono, pero no había suficiente espacio para tales ejercicios. Nuevamente su quejido se convirtió en un grito hasta perderse en otro gemido.)
 —Me han devorado hasta reducirme a un núcleo inmóvil, a mí, que era puro movimiento. Mi yo es más débil de lo que era antes su sombra. Yo soy ahora mi sombra. Sufro el convulsivo pánico de un viajero sin mapas en un vacío virgen. Debo explorar ahora la otra cara de mi luna, mi oscura zona de esclavitud.
 »Yo era el amo del fuego y ahora soy el esclavo de la tierra. ¿Dónde está mi antiguo, mi invencible yo? Él lo ha robado. Lo ha arrebatado de la percha donde yo lo colgaba junto a la cama de la mulata. Ahora sólo estoy seguro de mi esclavitud.
 »No sé cómo ser un esclavo. Ahora soy un enigma para mí mismo. Me he vuelto discontinuo.
 »Temo a mi sombra perdida que acecha en todas las sombras. Yo, que he perpetrado atrocidades para devolver al mundo la prueba incontrovertible de que mi gloriosa misantropía lo superaba, yo... Yo existo ahora solamente como una atrocidad que alguien está a punto de infligirme.
 »El permite que sus esclavos me esclavicen.
 Durante el largo recitado de estremecedores quejidos sin palabras que siguió, Lafleur dijo inesperadamente, con el tono de un erudito:
 —No es una mala imitación de Lautréamont.
 Pero el conde, sin escuchar, entonó feliz y arrebatado:
 —¡Sufro las más agudas punzadas de la angustia!
 Con esto concluyó su aria. Sólo interrumpían el renovado silencio el ruido de las olas y los pasos de los bailarines sobre nuestras cabezas, hasta que Lafleur, con más insolencia que solicitud, preguntó:
 —¿Siente algún dolor?
 El mar estaba transformando al valet.
 El conde suspiró.
 —No siento dolor. Sólo angustia. A menos que la angustia sea el nombre de mi dolor. Quisiera aprender a darle un nombre a mi dolor.
 Fue la primera vez que le oí responder a una pregunta, por indirectamente que fuera; pero era difícil saber si, al responder, reconocía la presencia de la persona que le había hecho la pregunta, o si creía que ésta era una exteriorización fortuita del ensimismamiento que había duplicado o triplicado sus cadenas, hasta el punto de que ya no podía respirar sin que oyéramos cómo resonaban. Pero, para mi sorpresa, Lafleur volvió a toser para aclararse la garganta y, con un toque de pedantería, con voz curiosamente grave y afectada, afirmó lo siguiente:
 —Amo y esclavo existen por la tensión necesaria de una misma realidad que sólo se trasmuta por el proceso del devenir. Un sabio de la antigua China, el erudito Chuang Tzu, soñó que era una mariposa. Cuando despertó, no supo si era un hombre que había soñado que era una mariposa, o si era una mariposa soñando que era un hombre. Si considera objetivamente su situación, querido conde, quizá descubra que la causa principal de su actual malestar es una versión del dilema de Chuang Tzu. Si lo intentara usted, podría realmente convertirse en una persona a partir de esta deplorable situación.
 Pero el conde era incapaz de la humildad de la objetividad, y sólo recogió de las palabras de Lafleur algunas sugerencias para continuar su soliloquio.
 —¿Soy el esclavo o el amo de mis aspiraciones? Sólo sé con seguridad que he aspirado a una exaltación continua y que mis anhelos han ahondado el abismo al cual he caído. En sus profundidades encuentro al proxeneta negro.
 Lafleur continuó desarrollando su exposición.
 —Usted era un hombre enjaulado con un monstruo. Y no sabía si el monstruo era parte de su propio sueño, o si era usted el sueño del monstruo.
 El conde sacudió sus cadenas con furia.
 -¡No! ¡No! ¡No!
 Pero esta triple negación se dirigía a las sombras, y no a Lafleur, quien comentó con cierta aspereza:
 —Ahora cree ser, supongo, el sueño del chulo negro. Eso es lo contrario de la verdad.
 Pero el conde no lo oyó.
 —He caído de mi tigre pirotécnico y mientras me precipito al abismo infinitamente, como Lucifer, me pregunto: «¿Cuál es el hecho más milagroso del mundo?». Y me respondo: «Voy a caer en mis propios brazos. Se extienden hacia mí desde el fondo del pozo».
 »Estoy completamente solo. Mi sombra y yo llenamos el universo.
 Lafleur quedó boquiabierto y también yo, que me sentí instantáneamente negado. Para mi horror, descubrí que me volvía más tenue, menos sólido. Sentí, cómo decirlo, que la oscuridad circundante se trepaba por mis poros para aniquilarme. Vi el resplandor blanco del rostro de Lafleur y le tendí mis manos implorantes rogándole que me acompañara a ese olvido al que nos arrojaba el conde, para tener alguna compañía en esa fría noche del no ser. Pero antes de perder el sentido, oí un brusco y aterrador clamor en la cubierta.
 El acordeón chisporroteó un acorde final desesperado, asustado. Hubo golpes, gritos y un horrible gemido, interrumpido de repente, que emitió sin duda el cerdo cuando los piratas le cortaron la garganta y cien lenguas anunciaron la llegada del caos. De pronto salí del círculo mágico del ensueño del conde; mi proceso de disolución se interrumpió. El fin de nuestra prisión había llegado. El barco había sido atacado por piratas.
 Eran hombres recios, amarillentos, de baja estatura, dotados de inmensas espadas y bigotes. Hablaban un idioma impersonal de ladridos y repiqueteos y no sonreían, aunque cuando decapitaron a la tripulación en un largo ritual a la luz de las teas de la cubierta echaron a reír al ver rodar y rebotar las cabezas. Apenas supieron que éramos asesinos, nos trataron con respeto y cortaron nuestras cadenas con rápidos golpes de sus espadas, increíblemente filosas, y nos permitieron subir a la cubierta a contemplar la masacre.
 Sólo nosotros nos salvamos. Una vez degollada toda la tripulación, los piratas arrojaron los torsos al mar mientras improvisaban pequeñas hogueras para curar las cabezas, que se proponían guardar como souvenirs. El conde recuperó su antiguo vigor con el olor de la sangre. Observó el horrible ballet de la ejecución con la satisfacción de un cliente en un cabaret. Cuando arrojó lejos el manto y los piratas vieron que aún vestía el uniforme de la Casa del Anonimato con todo su arrogante exotismo, dejaron escapar exclamaciones admirativas y se inclinaron ante él en actitud servil. Este nuevo cambio restablecía la continuidad del conde. Estaba nuevamente en ascenso.
 Lafleur, en cambio, perdió toda la dureza que había exhibido en nuestra prisión. Parecía inquieto y preocupado y se mantenía a mi lado, muy cerca. Más tarde supe que había tenido miedo y que había estado a punto de revelar quién era para que no muriéramos sin reconocernos, porque los piratas eran los mercenarios de la misma Muerte.
 Navegaban por esas aguas furiosas, lejos de la tierra que los había engendrado, en una nave negra con ojos pintados en la proa y la popa diseñada como la cola de un pez negro. Las velas triangulares eran negras y negra su bandera. Eran miembros de alguna tribu mixta de kurdos, mongoles y malayos, pero sus rostros saturninos sugerían un origen diabólico y adoraban a una espada.
 En cuanto acabaron con los tripulantes, empezaron a desmantelar el barco y a trasladar su contenido a su propia nave. Cuando hallaron en el puente toneles de ron, los saludaron con terribles gruñidos de placer, pero no los abrieron en ese momento. Los apilaron como una ofrenda alrededor del altar de la espada que había en la popa de la nave negra. Lafleur y yo nos aferrábamos al conde como niños asustados porque los piratas lo trataban con instintiva reverencia. Cuando vieron nuestras muñecas lastimadas por los grillos, nos vendaron con trapos empapados en aceite y especias; nos dieron un camarote mucho más espacioso que el cedido al conde por el capitán —una amplia habitación—, con alfombras de paja en el suelo, colchones y una bonita acuarela que representaba a un gallo negro, algo manchada por la humedad del mar. Nos trajeron una deliciosa cena de arroz, pescado con curry y encurtidos. La nave era de construcción ligera. Yo me sentía mucho más cerca del mar y por lo tanto de la muerte, porque una brisa podía volcarla y arrojarnos al mar. Pero eran marinos muy avezados.
Durante sus aventuras en Oriente, el conde había aprendido fragmentos de muchas lenguas y descubrió que podía compartir algunas palabras y frases con el jefe de los piratas, de modo que pasaba la mayor parte del tiempo con ese asesino meditabundo y diminuto cuyo rostro era tan severo como el objeto de su adoración, decidido a aprender algo de su arte de la espada. También averiguó nuestro destino. Atravesaríamos el Atlántico en esa lamentable conchilla, abordando todas las naves que encontráramos, para bordear luego el cabo de Buena Esperanza, cruzar el océano Indico y cualquier otro océano que hubiera en el camino para fondear finalmente en una isla cerca de China, donde se encontraban su botín, sus templos, sus herrerías y sus mujeres. Nos aguardaba un viaje largo y fatigoso, lleno de peligro, y luego un puerto que, yo no lo dudaba, estaría repleto de horrores. Ahora que éramos libres, me sentía mucho más asustado que cuando estábamos encadenados.
 El altar de la cubierta consistía en una espada depositada entre dos pilares de ébano. De un travesaño colocado encima pendían varias guirnaldas de cabezas ahumadas, negras, reducidas al tamaño de cabezas de mono por el proceso de curación. Todas las mañanas, después de una plegaria, el jefe de los piratas se quitaba el taparrabos negro que era su única vestimenta y se inclinaba ante el altar, mientras sus hombres desfilaban detrás de él en devoto silencio, le besaban las nalgas desnudas, emitían un agudo ladrido de adulación y le daban un rápido azote de plano con sus espadas. La fidelidad a su jefe era tal que cada pirata parecía sólo uno de sus aspectos, de modo que esos muchos eran uno. Eran como esas figuras idénticas que los niños recortan en hojas de papel. Era imposible identificarlos. Después de esa exhibición o renovación de fidelidad, practicaban con sus espadas.
 Eran pesadas armas de acero de doble filo, tan largas que llegaban a la cintura de los piratas, con la empuñadura hecha de tal manera que era preciso aferraría con las dos manos. Su manejo exigía gran habilidad, pero no delicadeza, porque el golpe más característico era un hachazo asesino que podía cortar fácilmente a un hombre por la mitad. Con un arma semejante era imposible la esgrima. Igualmente imposible era defenderse, excepto atacando primero. Eran armas que impedían la reflexión, meros impulsos destructivos hechos de acero. Y los piratas mismos, tan veloces, tan silenciosos, tan crueles, tan bidimensionales, parecían haber integrado sus seres a sus espadas, como si éstas fueran sus almas o el medio a través del cual se manifestaban sus espíritus, porque el centelleo de las armas parecía un lenguaje mucho más expresivo que el stacatto monosilábico que tan de mala gana brotaba de sus labios. Sus ejercicios duraban seis horas por día. Transformaban la cubierta en una galería de destellos, pues las hojas dejaban tras de sí huellas brillantes que persistían largo tiempo en el aire. Al terminar, pulían sus armas durante otra hora y, cuando el sol caía, se unían para cantar un himno monocorde que podría haber sido un réquiem por el día que habían matado con sus espadas. Después, una noche de perfecto silencio.
 Los piratas nos daban de comer y nos dejaban en paz, cosa que yo agradecía con todo mi corazón. La nave era una negra ave marina, un cuervo de mar. Flotaba en lugar de cortar las olas; sólo una finísima piel de tablas nos separaba de la muerte, pero el virtuosismo de los marineros nos mantenía en el rumbo correcto, como si navegáramos sobre una cuerda tensa. Eran tan eximios marinos como espadachines y, a juzgar por los riesgos que asumían, íntimos cómplices de la muerte. Lafleur y yo, solos en nuestro camarote, pasábamos los días en silencio, meditando. Descubrí que sus ojos intensos y luminosos me miraban con afecto e incluso con devoción, y empecé a sentir que lo conocía de toda la vida y que era mi único amigo; pero nadie habría podido decir que esa nueva calidez floreciera, porque Lafleur adoptó un silencio casi trapense, y apenas me decía algo más que «buenos días» o «buenas noches». Yo comencé a sospechar que pronto perdería el uso de la lengua. Contaba los días con marcas de la uña en la pared de nuestro camarote. Después de doce monótonos días hubo luna llena, y cuando abrieron los toneles de ron comprendí que se disponían a liberar sus pasiones reprimidas.
 Iniciaron el proceso de embriagarse con la misma sombría diligencia que caracterizaba todas sus acciones. Era una noche de calma opresiva y amenazante. La luna encendía la fosforescencia de las aguas, y el barco negro se mecía sobre un lecho de frías llamas centelleantes; aparejaron las velas para que el barco continuara navegando por sí solo toda la noche y la mayor parte del día siguiente, si era preciso, porque todos ellos estaban decididos a beber hasta la insensibilidad total. Luego se dispusieron en hileras sobre la cubierta, con las piernas cruzadas sobre las alfombras redondas de paja, como hacían habitualmente, mirando hacia la popa; allí estaba su jefe, debajo del altar, con su huésped, el conde, y un tonel de ron delante. Cada hombre tenía su jarro; y el jefe, después de ladrar una plegaria, sacó del tonel un cucharón de ron y llenó primero el jarro del conde y luego el suyo propio. Los piratas acudieron a buscar su ración uno por uno. Sus nítidas siluetas recordaban las marionetas indonesias. Todos llevaban sus taparrabos negros, las espadas en sus vainas, y negros turbantes anudados a sus cabezas. Ninguno superaba el metro cuarenta de estatura: unos extraños duendes de la muerte. Cuando recibía su jarro desbordante, cada pirata se quitaba la espada y la depositaba junto al jefe en una pila cada vez más alta, como gesto de confianza o en prevención de los estragos que podrían provocar una vez borrachos.
 Mientras los tripulantes alzaban los jarros para recibir más ron, Lafleur, que miraba por la ventana, a mi lado, me tironeó del brazo.
 —Mira —dijo—. Hay tierra contra el cielo.
 A través de la ondulante llanura de aguas brillantes, lejos, muy lejos, una selva tropical alzaba sus frondosos brazos al cielo blanco. Ya habíamos recorrido muchos cientos de millas hacia el sur; ese distante paisaje era para mí tan poco familiar como el de otro planeta, sin embargo era tierra, y me alegró el corazón, aunque me vería finalmente privado de su consuelo.
 —Aquí las corrientes son engañosas y los tornados suelen aparecer sin aviso, veloces y traicioneros —dijo Lafleur—. Han elegido mal el momento para su borrachera.
 —Las exigencias del ritual siempre son más fuertes que las de la razón —respondí—. Cuando llega la luna llena, se emborracharían en medio de un huracán.
 —Preferiría que no adoraran el acero —dijo—. El acero es tan inflexible...
 Era un placer hablar nuevamente con alguien, sentir su buena voluntad, aunque una vez más su disfraz era demasiado astuto y completo para que yo pudiera descubrirlo.
 —No podemos persuadir a un huracán a que destruya el barco y nos permita sobrevivir —dije.
 —No, desde luego —respondió Lafleur—. Pero sólo el azar gobierna al huracán, y el azar, por lo menos, es neutral. Se puede confiar en la neutralidad del azar. Ahora que miro el cielo, creo ver una tormenta.
 Yo también miré al cielo, pero sólo vi la luz de la luna y las cambiantes figuras de las nubes. Los piratas ya formaban fila para una segunda ronda, gruñendo con salvaje alegría y empujándose unos a otros; tenían una idea muy primitiva de la diversión. Su comportamiento oscilaba entre los polos del melodrama y la farsa. En cuanto se quitaron su frívola armadura, dejaron sus espadas, y tuvieron en sus cuerpos uno o dos tragos de ron, empezaron a jugar con la inconsciencia, pero no con la inocencia de los niños. Desde el camarote podía ver que el conde se desilusionaba progresivamente. Había admirado su tendencia a la muerte, y ahora veía que, después de la tercera ronda, se quitaban los taparrabos y celebraban un concurso de pedos. Una batería de ventosidades resonó bajo la radiante bóveda del cielo. Exponiendo a la luna los hemisferios gemelos de sus mejillas posteriores color de limón, cada uno producía la explosión más sonora que podía, entre risotadas, y pronto empezaron a encender con cerillas los gases que expelían, de modo que una llama azul flotaba brevemente sobre cada trasero.
 —Las nubes se amontonan —dijo Lafleur, sin aliento; el cielo se había vuelto amenazador y la luna se ocultaba con un triste brillo que los piratas, demasiado ebrios, no podían ver.
 Empezaron a bromear y a luchar, empujándose unos a otros mientras desfilaban para recibir el ron aparentemente inagotable; el jefe, que bebía dos o tres jarros por cada uno que recibían sus hombres, con frecuencia no acertaba y vertía el contenido del cucharón sobre la cabeza de alguno de ellos. Eso provocaba convulsiones de risa. Uno desató los trofeos del altar y empezaron a jugar a la pelota a trompicones. El conde permanecía en silencio, meditando en esa mascarada breugheliana, con un aristocrático disgusto grabado en el rostro.
 —La luna tiene un halo —dijo Lafleur con excitación.
 Cuando levanté la vista, la luna iracunda estaba rodeada por un aura sulfurosa y su boca blanca eructaba ahora viles ráfagas calientes. Los piratas estaban más allá de la conciencia y la preocupación. Algunos se caían donde estaban y empezaban a roncar de inmediato. Otros vomitaban débilmente y se tambaleaban antes de echarse en la cubierta. O simplemente se desmoronaban y dormían el profundo sueño de los recién purificados. Los gritos, las risas y los estallidos de canciones ebrias se desvanecieron lentamente. El jefe, aunque había bebido más que nadie, resistió hasta el final. Resbaló despacio de su posición erguida, abrazó el tonel de ron para evitar la caída y luego él y el tonel rodaron hasta detenerse en una charca de bebida derramada. El conde se puso en pie y tomó la espada sagrada del altar, dando a entender con un gesto que ese dios era demasiado bueno para ellos. Era tan alto como una cigüeña y tan salvaje como el espíritu de la tormenta que ahora descargaba sobre nosotros un chubasco repentino. El relámpago bailaba sobre la hoja y la lluvia golpeaba a los embotados marineros con furia tropical mientras el conde susurraba «¡Escoria!» y escupía sobre el jefe de los piratas. Caminó con fastidio entre los cuerpos y las charcas de vómitos y excrementos, se dirigió hacia el puente del barco y nos llevó inexorablemente hacia el ojo del ciclón.
 Salimos corriendo de la cabina y nos agazapamos a su lado como perros en busca de protección, pues había recuperado todo su vigor. El vendaval parecía su herramienta: la usaba para destruir a los piratas y a su nave negra.
 El aire mismo se convirtió en fuego. El palo mayor, incandescente, se quebró y cayó; la luminiscencia nacida de la tormenta bailaba sobre todas las superficies, y la lluvia y las olas nos azotaron y empaparon casi hasta ahogarnos antes del naufragio. Lafleur y yo nos abrazamos mientras el barco escoraba hacia uno y otro lado arrojando de banda a banda su cargamento de marranos dormidos, lanzándolos inconscientes al mar hirviente o aplastándolos bajo la arboladura desintegrada. Las negras velas se desplegaron y volaron; el conde esgrimía la espada como si fuera una vara mágica o una batuta; conducía la tempestad como si fuera una orquesta sinfónica y oímos nuevamente su risa descabellada, más alta que el estruendo del viento y del oleaje. El viento y la corriente nos acercaban cada vez más a la tierra bajo la azarosa luz de los relámpagos. Veíamos gigantescas palmeras azotando el aire e inclinándose como en homenaje al conde. No podíamos ver nada con claridad porque el movimiento era demasiado violento; la nave se destrozó con una serie de sacudidas y todos sus tripulantes fuimos arrojados al mar.
 Ninguno de los piratas embriagados movió siquiera un párpado mientras el mar los devoraba; nosotros, los supervivientes, fuimos arrastrados a una blanca playa donde el viento modelaba sin cesar nuevas dunas entre muchos maderos negros y cadáveres amarillos.
 Sí, nos salvamos, Lafleur, el conde y yo, aunque no éramos más que pellejos hinchados por el agua salada y en nuestros oídos aún resonaba el huracán como si apretáramos conchas contra ellos, tapando cualquier otro sonido. Pero el bisabuelo de todas las olas me arrojó con negligencia sobre uno de los mástiles de la nave, al que me aferré casi hasta el límite del bosque y Lafleur me siguió, en otra ola menor, cogido del timón. Trastabillando por la playa, lo arrastré a la arena, fuera de peligro, y luego un relámpago iluminó al conde, que salía del agua como si hubiera estado bañándose, con una extraña expresión de satisfacción en sus ojos y, en la mano, la poderosa espada.
 Lo seguimos hacia el bosque y allí Lafleur y yo hicimos una especie de nido entre la maleza y nos dormimos apenas nuestras castigadas cabezas tocaron el cojín de hierba, pero el conde permaneció en vela toda la noche como si montara guardia con su espada. Cuando nos despertamos seguía arrodillado en los matorrales. Monos juguetones nos apedreaban con hojas, ramitas y cocos. El sol estaba alto. El susurro misterioso del bosque tropical estremecía dulcemente mis oídos después del clamor del océano. El aire era suave y perfumado.
 La tormenta había terminado y una paz milagrosa llenaba las bóvedas imperiales de las palmeras. Una telaraña de lianas filtraba una traslúcida luz verde sobre nosotros tres, un desparejo grupo de niños en el bosque, y ya hacía tanto calor que brotaba vapor de nuestras empapadas ropas y del vendaje, ahora inmundo, que Lafleur se negaba obstinadamente a quitarse. Era maravilloso sentir nuevamente tierra firme debajo de los pies, aunque ignoraba a qué continente pertenecía esa tierra. Pensé que podía ser mi propio y lejano Sur de Norteamérica, pero el conde optaba por el África salvaje, en tanto que Lafleur observaba desinteresadamente que no teníamos la menor idea de nuestra situación y que probablemente habíamos sido arrastrados a la costa de alguna isla distante. Cuando bajamos a la playa para lavarnos descubrimos que los pobladores eran negros y tuvimos la certeza de que estábamos en África.
La marea, al retroceder, había dejado a lo largo de la infinita playa blanca cadáveres cubiertos de conchillas, y la brillante pureza de la arena destacaba el color ébano de los nativos que, vestidos con largas túnicas de algodón de vivos colores y collares de guisantes secos, buscaban entre los restos un botín de espadas. Eran hombres y mujeres de gran estatura y dignidad, acompañados por niños extraordinariamente encantadores que reían; al vernos cuchichearon entre ellos, como una congregación de ganado discreto. Nuestras ropas humeaban. Inmóviles, permitimos que se acercaran. Lo hicieron con lentitud; algunos arrastraban las espadas de los piratas. En sus rostros y en sus pechos tenían cicatrices espiraladas de marcas tribales, incisiones desteñidas porque las habían frotado con arcilla blanca. Mientras esperábamos, emergieron de la jungla cientos de nativos, caminando con tanta gracia como si trajeran enormes cántaros en la cabeza, rodeados de niños desnudos que bailaban como marionetas esculpidas en carbón. Cuando vio su color, el conde tembló como si tuviera un ataque de fiebre, pero yo sabía que era de miedo. En cambio, aquellas figuras robustas se movían sin miedo y pronto formaron un gran círculo alrededor de nosotros y comprendimos que nos habían capturado.
 Oímos entonces una música marcial y un airoso destacamento de amazonas brotó de la selva. Eran mujeres mayores y esteatopigias. Parecían peras maduras henchidas de zumo y sus senos arrugados colgaban, sueltos, dentro y fuera de las corazas de plata que usaban, pero, igualmente, eran una visión maravillosa, algunas vestidas con mantos rojos y amplios pantalones blancos recogidos entre las piernas, otras con mantos de color chocolate y pantalones azul oscuro, todas con yelmos de metal coronados con adornos de crin negra. Sus oficiales, aparentemente elegidas por el tamaño de sus traseros, marchaban a su lado tocando largas trompetas de bronce y pequeños tambores; estos soldados femeninos estaban agresivamente armados con trabucos, mosquetas y dagas afiladas como navajas, un museo de armas antiguas. Sin dificultad nos comunicaron por señas que estábamos arrestados y nos llevaron bajo su custodia celosa y extraña por un verde sendero hasta el claro donde estaba el pueblo, mientras la población negra se quedaba atrás con la misma circunspección que caracterizaba todas sus acciones.
 Era un bonito pueblo de amplias cabañas de adobe; nos condujeron a una casa limpia y nos ofrecieron un desayuno de cereal molido Con trozos de cerdo, servido en hojas de palmera. Lafleur y yo comimos de buena gana pero el conde, otra vez acobardado, un tembloroso esqueleto, no probó bocado. Se arrebujó entre las mantas que nos habían dado para descansar, repitiendo constantemente: NÉMESIS SE APROXIMA. Ellos eran tan corteses que ni siquiera levantaban las cejas cuando lo miraban. En realidad, la única nota discordante entre tanta armonía eran los taburetes donde nos invitaron a sentarnos y las mesas bajas donde comíamos, ingeniosamente construidos con huesos que, por su forma, sólo podían ser humanos. Estaban tan bien decorados que al principio costaba comprender que eran huesos porque estaban pintados de rojo oscuro y adornados con mosaicos de plumas y conchillas.
 Nos despojaron de nuestras inmundas, harapientas ropas con exclamaciones corteses de disgusto, y Lafleur se ocultó en un rincón con virginal, conmovedora modestia hasta que nos trajeron algunas de sus telas de algodón estampadas en negro, índigo y rojo para que pudiéramos cubrirnos. Nos las pusimos al modo de las togas romanas y luego Lafleur y yo nos sentamos en la puerta de nuestra cabaña, al sol, tratando de conversar sin palabras con los niños, que nos miraban con ojos grandes y solemnes. Los niños tocaban el vendaje de Lafleur con curiosidad, pensando que era una especie de máscara, y él reía con ellos de modo tan maternal que yo debería haber sospechado... pero no lo hice. Para mí cambiar de forma era pura magia. La mañana transcurrió pacíficamente, sin la menor insinuación de temor, hasta que vimos que las mujeres preparaban afanosamente vastos calderos suspendidos sobre el fuego al aire libre y, cuando el sol estuvo sobre nuestras cabezas, la capitana de las tropas femeninas se acercó y nos informó que debíamos acudir a saludar al jefe del pueblo, cuya gran cabaña de ceremonias se encontraba a cierta distancia. Alisamos nuestras togas y nos pasamos los dedos por el pelo. El conde no quiso venir por su propia voluntad y la capitana tuvo que golpearlo con la culata de su mosquete hasta que, de mala gana, nos siguió.
 ¡Qué demiurgo tan desaliñado! Sus calzas negras estaban rotas y andrajosas, con los pies al aire, y su pene colgaba por la abertura fláccido y triste como un globo desinflado. Cojeaba como un águila con un ala rota. ¡Pobre tigre cobarde! Sin embargo, había montado triunfalmente sobre la tempestad la noche anterior; e incluso ahora, mientras caminábamos a través del pueblo, se recobró como si convocara todo su vacilante coraje, algunos jirones de su enigmático carisma, los suficientes para echar atrás orgullosamente la cabeza, quizá reconfortado por la voz estridente de las trompetas que nos acompañaban.
 El sendero trepaba entre los abovedados arquitrabes de las palmeras erguidas como prodigiosas columnas gris azulado hacia los parasoles de plumas esmeralda que formaban los capiteles de esta frondosa catedral. Un silencio solemne acompañaba el paso de nuestras centinelas. La música se hizo más triste hasta convertirse en un lamento y, cuando llegamos a una cascada, todo el mundo se arrodilló. Detrás de la cascada, en un paredón rocoso había una caverna con la entrada cubierta por el mismo algodón estampado que nos cubría. Las mujeres soldado volvieron a arrodillarse y así nos enteramos de que allí residía su jefe, y que sus súbditos sentían por él una veneración religiosa. El conde palideció como si su cuerpo hubiese perdido toda su sangre, aunque conservaba en parte su antiguo espíritu desafiante. Las trompetas y los tambores callaron, pero podíamos oír la música líquida de la cascada y el crepitar del fuego que ardía debajo de un gran caldero.
Cuando miré hacia atrás vi que todo el pueblo nos había seguido y que en medio de ese silencio silvestre éramos los únicos hombres de pie, pues todos los demás estaban acostados sobre el suelo o agachados, con el rostro hundido en la hierba. La presencia de cien personas silenciosas llenaba el verde crepúsculo de un sagrado sosiego que me inquietaba. Entonces surgió de la caverna la sensual procesión de esposas y concubinas del jefe; como no levantaron las cortinas, no pudimos ver qué había en su interior. Intensamente negras y perfectamente desnudas, esas mujeres llevaban en el pelo plumas de avestruz; se dispusieron alrededor de la entrada de la caverna en actitud de sumisa adoración. Muchas llevaban sangrientas marcas de gigantescas mordeduras en los pechos y en las nalgas. A algunas les faltaba un pezón; a la mayoría, uno o varios dedos de las manos y los pies. Una jovencita tenía un rubí en lugar de un ojo perdido y otras llevaban dientes postizos de colmillos de elefante, labrados en extrañas formas. Sin embargo, todas habían sido hermosas y sus diversas deformidades las hacían conmovedoras. Atrás de ellas aparecieron varios eunucos, el barbero, el castrador real y otros crueles funcionarios, hasta que toda la corte quedó reunida frente a la caverna como si posara para una fotografía.
 Los tambores volvieron a sonar, con un ritmo lúgubre parecido al de los latidos de un corazón agonizante. La tribu continuaba boca abajo, pero dos de las esposas reales se arrastraron hacia adelante y finalmente corrieron las cortinas mientras las trompetas acompañaban el redoble de los tambores. Al final apareció. El jefe.
 Estaba sentado en un trono de huesos sobre una plataforma que, mientras mirábamos, rodó pesadamente hacia adelante sobre cuatro ruedas hechas con cráneos, que aplastaron las manos de media docena de concubinas antes de detenerse. Sentado, tenía un metro noventa y cinco de alto. Era mucho más negro que la noche más negra. Era un ídolo muy sagrado y muy monstruoso.
 Llevaba en la cabeza una peluca ritual, compuesta por tres gruesos rizos concéntricos. El que se apoyaba sobre la cabeza era castaño oscuro, el del medio, rojo, y el último, oro brillante, como una diadema. De la peluca pendía una cadena de rubíes, y alrededor de su cuello, vistiendo virtualmente la parte superior del cuerpo, muchas cadenas de oro con dijes, talismanes y cráneos de niños. Tenía cuatro discos pintados en cada mejilla, amarillo, verde, azul y rojo brillante, rodeados de un círculo blanco. En la frente tenía pintado un ojo castaño. Llevaba, a modo de cetro, el fémur de un gigante, pintado de rojo y decorado con plumas e incrustaciones. Estaba envuelto en la piel de un tigre y los dedos gruesos como raíces que emergían de sus sandalias llevaban anillos con gemas de sorprendente tamaño y aguas purísimas. Sus manos estaban recargadas de anillos. Su desafiante rostro auguraba algo peor que los horrores aztecas, y al abrirse la cortina vi que el interior de la caverna era una galería de esqueletos humanos.
 —Bienvenidos a las regiones de los nobles hijos del sol —dijo en voz cavernosa, mientras los tambores redoblaban. Pero no se dirigía a Lafleur ni a mí sino solamente al conde.
 —Tú eres mi único destino —respondió el conde—. Has alterado mi brújula para que señale solamente hacia ti, oh sombra hipócrita, mi doble, mi hermano.
 Advertí entonces que aquel terrible caudillo era el chulo negro, quien ahora se disponía a vengar la muerte de su amada, porque eso era lo que el conde esperaba que hiciera. El jefe se puso de pie, bajó de la plataforma a un escabel de serviles concubinas, y le dio al conde un abrazo cálido y apasionado. Pero lo terminó con tal golpe que el conde resbaló de sus brazos negros y cayó al suelo. El jefe apoyó un pie sobre el pecho del conde, como si fuera un cazador victorioso y habló, dirigiéndose al cielo, que mostraba jirones de electricidad azul a través del vivido follaje de las palmeras.
 —Las costumbres de mi país son tan bárbaras como la precisión con que se ejecutan. Por ejemplo, ni uno solo de estos niños encantadores que parecen salidos de la pluma de Jean-Jacques Rousseau, ha dejado de comer un solo día, desde que les brotaron los dientes de leche, una nalga asada, una chuleta, un guiso, una fricassée o una albóndiga de carne humana. A este alimento, tan aborrecido, deben el brillo de sus ojos, el vigor de sus miembros, su cutis maravillosamente saludable, la longevidad y una virilidad notable mientras sea discretamente practicada, porque esta dieta triplica la energía libidinal, como atestiguarán de buena gana mis esposas y concubinas. Pero hemos aprendido a permitir que la circunspección agudice nuestros placeres y llevamos a cabo el más repugnante desenfreno sin la menor indecencia y sin ostentación.
 »¿Cómo gobierno mi pequeño reino? Con absoluta severidad. Un rey sólo conserva su poder si es absolutamente despiadado, si endurece su corazón hasta darle el temple del metal más inflexible. Yo soy un jefe a la vez secular y divino. Defiendo mis caprichos, a los que denomino «leyes», con temores supersticiosos. El menor pensamiento rebelde que brota como una mala hierba en el corazón de cualquiera de mis súbditos, llega inmediatamente a mí, transmitido por mi sistema de espías telepáticos cuyas mentes son mágicos espejos que no sólo reflejan los rostros sino también los pensamientos. Esos potenciales rebeldes y sus familias son condenados mucho antes de que puedan actuar, por el menor atisbo de rebeldía. Se envían directamente a las cocinas del ejército, donde los convierten en sopas nutritivas que contribuyen al excelente estado físico de mi ejército. Mis castigos se extienden incluso a sus almas, esa entidad insustancial, cuya creencia yo aliento para aterrorizarlos mejor. El menor impulso rebelde condena al culpable y a su descendencia por tres generaciones. Por eso les conviene atender bien su jardín y permitir que sólo crezcan en él los lirios de la obediencia.
 El conde se puso penosamente de pie, pero el caudillo negro lo devolvió instantáneamente a la posición anterior con un puntapié, y el conde permaneció de rodillas a sus pies durante el resto de la entrevista.
 —¿Por qué, preguntaréis, mi ejército está formado por mujeres cuando se suele afirmar que son el sexo débil? Señores, si libráis vuestros corazones del prejuicio y examináis las bases de la idea tradicional acerca de la figura femenina, encontraréis que todas se fundan en la remota imagen que habéis creído vislumbrar en vuestra primera infancia, inclinada sobre vosotros, ofreciendo leche cálida y azucarada, canturreando una suave canción de cuna y alejando, con el halo de su presencia, la serpiente que acecha. Arrancad de vuestros corazones esta idea de madre. Vengativa como la naturaleza misma, la mujer sólo ama a sus hijos para devorarlos mejor; la madre, si se quita sus propios velos de autoengaño, percibe en sí misma ocultos abismos de crueldad tan sutil como refinada. Cada miembro de mis tropas calipigias ha ganado su rango devorando vivo a su primer hijo, masticando sus miembros y chupando la médula de sus huesos. Así ha obtenido sus galones. Con el resto de las mujeres son absolutamente despiadadas. Han ido más allá de todo sentimiento humano.
 El ejército, como una sola mujer, alzó la cabeza y sonrió al oír este elogio; pensé que aún eran capaces de responder al halago.
 —Y, como mis investigaciones iniciales me demostraron muy pronto que la intensidad de los sentimientos de la mujer estaba directamente vinculada con la capacidad de gozar durante el acto sexual, mis cirujanos y yo tomamos la precaución de extirpar brutalmente el clítoris de todas las niñas de la tribu apenas llegan a la pubertad. Y también el de todas mis mujeres y concubinas que provienen de otras tribus donde esta práctica no se observa. Por lo tanto, me enorgullece afirmar que ni una sola mujer de mi harén, ni una sola de estas madres más que romanas que veis, ha experimentado jamás el éxtasis más pasajero y ni siquiera el menor placer en mis brazos o en los brazos de cualquiera de mis súbditos. Por esta razón todas nuestras mujeres son frígidas y responden sólo a la crueldad y al abuso.
 Hubo entonces un sonoro murmullo de aprobación por parte de los hombres; muchos prorrumpieron en aplausos espontáneos. Las mujeres soldado recorrieron de inmediato las filas de los hombres, golpeándolos de plano con sus espadas hasta tranquilizarlos.
 —En estas regiones podéis observar al Hombre en su forma constitucionalmente viciosa, instintivamente perversa y calculadamente feroz, es decir, en una palabra, en la más íntima armonía posible con el mundo natural. Yo, con mi estilo duro de corazón, amo apasionadamente la armonía. Adoptaría, como un emblema de esa armonía, la tormenta que destruyó anoche vuestro barco, disolviendo ese conmovedor artificio humano en sus elementos constitutivos, que están en armonía con este mundo siempre que el hombre no intervenga, es decir, naturalmente. Tomaría como emblema al león que despedaza a la oveja. En una palabra, a todas las imágenes de la destrucción aparente; y observad cómo uso la palabra «aparente», porque, en esencia, nada se crea ni se destruye. Por lo tanto, mi idea de armonía es una inmovilidad perpetua y convulsiva.
 »Sólo soy feliz en la medida en que soy un monstruo.
 Ahora bien: cuando lo pensé, comprendí que ese hierofante comedor de hombres que nos hablaba de sus preferencias con tan pomposa arrogancia no podía ser, realmente, el proxeneta negro de Nueva Orleans; sólo su imagen viviente. Pero el conde lo había identificado con exactitud, porque ese príncipe de los antropófagos era otro demiurgo, y algo hermanaba al salvaje y al aristócrata lituano: ambos formaban parte de las tropas de asalto del mundo mismo. Es decir, del mundo del terremoto y el cataclismo, el ciclón y la devastación; la matriz violenta, el mundo real de tensiones físicas indómitas c indomables que son absolutamente hostiles al hombre a causa de su indiferencia. El océano, el bosque, la montaña, el tiempo: éstas son la inflexibles instituciones de ese mundo de incuestionable realidad, tan alejadas de las instituciones sociales que rigen nuestro mundo, que debemos conspirar para ignorarlas, a pesar de nuestras diferencias. Porque de otro modo estaríamos obligados a reconocer nuestra incomparable insignificancia y la insignificancia de aquellos deseos que podrían ser los tigres pirotécnicos de nuestro mundo, pero que sólo son, bajo la luna glacial y la frígida danza circular de los planteas indeciblemente ajenos, simples animales de juguete recortados en papel de color.
 Todo esto atravesó mi mente mientras el monstruo arengaba al conde y la pequeña mano de Lafleur buscaba la mía y la aferraba solicitando consuelo.
 —Nada, en nuestras tradiciones, evoca la historia. He suprimido la historia cuidadosamente porque mis súbditos podrían aprender de las muertes de los reyes. He quemado todos sus ídolos anteriores apenas llegué al poder, y he instituido un amplio monoteísmo cuyo objeto soy yo. He permitido que el pasado subsista como una serie de rituales vinculados con la naturaleza de mi omnipotente deidad. Soy una lección, un modelo, un tipo perfecto de rey y de gobierno. Soy mucho más que la suma de mis partes.
 En ese momento, le dirigió al conde una sonrisa amable. Para mi sorpresa vi que reflejaba perfectamente el rostro del conde, como si su propio rostro fuera un lago de agua negra y los adornos pintados, flores flotando sobre la superficie.
 —Una vez, en cierto burdel de la ciudad de Nueva Orleans, vi, querido conde, cómo estrangulabas a una prostituta solamente para aumentar tu éxtasis erótico. Desde ese momento te he perseguido con diligencia a través del tiempo y el espacio. Has excitado mi curiosidad. Y me ha parecido que yo podía coronar mis propias atrocidades convirtiendo a mi hermano de atrocidades en mi víctima. Que yo podía, en cierto modo, inmolarme para saber cómo puedo soportarlo.
 »Desearía saber cómo puedo sufrir.
 »Poseo gran curiosidad empírica. En una oportunidad un jesuita de sotana negra vino aquí y vivió un año con mi tribu. Cuando conoció mis obras, me censuró tan duramente en nombre de la piedad, que para comenzar, lo hice crucificar —él profesaba gran admiración hacia esta forma de tortura— y, mientras aún se estremecía en la cruz, le arranqué luego el corazón con mis propias manos para ver si un órgano tan profundamente compasivo tenía una estructura diferente a la de los corazones comunes. Pero no. No era así.
 »Ahora querría ver si nosotros, querido conde, tenemos corazón. ¿A tal punto somos esclavos físicos de la naturaleza?
 »Y deseo saber si puedo sufrir como cualquier otro hombre. También quiero conocer el sabor de mi carne. Deseo probar mi propia carne. Porque soy un gran gourmet.
 «Atadlo.
 Dos oficiales derribaron al conde y le ataron con cuerdas las muñecas. Un ser humano sonriente y regordete emergió de la comitiva del jefe, vestido únicamente con un gorro blanco de chef y un cinturón del que colgaban cucharones, trayendo en una mano un cuenco de sal y en la otra, un manojo de hierbas aromáticas. Condimentó generosamente el agua que ahora burbujeaba en el caldero, mientras el conde echaba a reír suavemente.
 —¿No crees que soy demasiado viejo, flaco y correoso para que se pueda preparar conmigo un plato sabroso?
 —Ya lo había pensado —dijo el caníbal—. Por eso haré contigo una sopa.
 Las mujeres soldado abrieron los pantalones del conde con la punta de sus espadas, y cayeron de sus piernas blancas y escuálidas como pétalos. Le cortaron el chaleco, que también cayó. Desnuda, su alta figura esquelética con su gran melena gris de hierro parecía aún revestida por ese extraño manto intangible de exaltada soledad. Era un rey, y su orgullo se acrecentaba precisamente porque no poseía un país. El chef arrojó al caldero una ristra de cebollas, agregó pensativamente un poco de sal, revolvió y probó el caldo con un cucharón. Asintió. Dos mujeres soldado llevaron al conde hacia el fuego, se apoderaron cada una de uno de sus codos, lo levantaron en vilo y lo metieron de pie dentro del agua, de modo que su cabeza sobresalía. Su rostro no cambió de expresión mientras enrojecía. Soportó en perfecto silencio mucho más tiempo del que yo hubiera creído posible. Cuando estaba rojo como una langosta, empezó a reír con alegría, pura alegría.
 —¡Lafleur! —dijo desde el caldero—. ¡Lafleur! ¡Sufro! ¡He aprendido a darle nombre a mi dolor! Lafleur...
 Valiéndose del último resto de sus fuerzas, se elevó en el caldero con un salto, como un hombre totalmente liberado.
 Pero en el punto culminante del salto su corazón seguramente estalló, porque cerró la boca, sus ojos quedaron fijos, brotó sangre de su nariz y cayó hacia atrás, salpicando de caldo hirviente a media corte. Esta vez, su cabeza desapareció totalmente, y muy pronto un delicioso aroma brotó del caldero, y toda la concurrencia chasqueó los labios al unísono. El chef cubrió al conde con la tapa.
 Me emocionó ver que las vendas de Lafleur se empapaban de lágrimas; y en seguida comprendí que él y yo seríamos también entremets del inminente festín. El chef ordenó a un grupo de aprendices que prepararan largos lechos de brasas ardientes, y empezó a aceitar una parrilla.
 —Desollad primero al conejo más pequeño —ordenó el jefe descuidadamente, y no se molestó en adobarnos con palabras, pues para él sólo éramos comida.
 Dos mujeres soldado aferraron por los hombros a Lafleur y se lo llevaron a la rastra. Le arrancaron la ropa, aunque él se resistía, y vi entonces, no el torso liso de un joven, sino la magnificencia curvilínea de una mujer dorada cuya carne parecía hecha del sol que la tocaba de un modo infinitamente más delicado que las negras manos de esa diabólica infantería. La reconocí incluso antes de que le arrancaran los vendajes y apareciera, no un rostro ulcerado, desfigurado, sin nariz, sino la cara de Albertina.
Yo no había realizado nunca, en toda mi vida, una acción heroica.
Actué instantáneamente, sin pensar. Cogí el cuchillo de una de mis guardias y el mosquete de la otra. Las herí en el vientre y luego acuchillé a las mujeres que preparaban a Albertina para la parrilla. Arrojé lejos el cuchillo y la abracé al mismo tiempo que, con el otro brazo, apuntaba con el mosquete a la cabeza del jefe y apretaba el gatillo.
 La antigua bala, más grande que una uva, atravesó el ojo pintado en su frente.
 Brotó un gran chorro de sangre, como de un grifo roto, describiendo un arco tan extenso que nos empapó. Debe de haber muerto instantáneamente, pero algún espasmo muscular lo puso en pie. El juggernaut se alzó en su plataforma y allí permaneció vacilante, una fuente de sangre, mientras la muchedumbre gemía y se estremecía como si estuviera frente a un eclipse. Sus movimientos espasmódicos liberaron las ruedas de la plataforma, que, lentamente al principio, empezó a moverse porque el suelo tenía cierto declive. El cadáver seguía erguido, como si el rigor mortis se hubiese producido de inmediato. Sin embargo continuaba manando sangre, como si sus arterias fueran inagotables. Luego la plataforma avanzó a la carrera, aplastando a esposas, eunucos y miembros de la tribu que, enloquecidos por esa visión, sintiendo desesperación o histeria ante la brusca extinción de su cometa autocrático, se arrojaban bajo las ruedas con alaridos de ménade.
 Sobre un camino de carne, rebotando y arrastrando una torre vacilante de cuerpos, la loca marcha de esa carroza la llevó hacia la orilla del río y la arrojó al espumoso torrente, y éste, a su vez, al borde de la cascada. Allí el vehículo se separó del pasajero; el agua los lanzó al aire y luego ambos cayeron en la garganta de la cascada y se hicieron añicos en las rocas.
 Albertina y yo nos besamos.
 Las mujeres soldado hubieran debido matarnos en ese momento, porque éramos absolutamente felices. Pero entre ellas reinaba la más total confusión; el sentido de su mundo había desaparecido. Las esposas, las concubinas y los eunucos se arrancaban el pelo y gemían, porque lo único en que podían pensar era en comenzar de inmediato el elaborado ritual del duelo. Los nigromantes trazaron un círculo y, dentro de él, intentaban conjurar el espíritu de su caudillo. La generala dispuso un ejercicio de orden cerrado, mientras el populacho corría sollozando de un lugar a otro; las mujeres soldado formaron ceremoniosamente de a cuatro en fondo y pasaron sus trabucos de un hombro a otro con una disciplina que, en otras circunstancias, habría sido un espectáculo casi sublime, porque demostraba una devoción al deber llevada mucho más allá del absurdo. Pero yo besaba a Albertina y no miraba, aunque hubiera podido asegurar que el conde estaba casi a punto por el aroma que exhalaba. Albertina se agitó entre mis brazos.
 —Debo darle mi último adiós —dijo—. Hemos recorrido juntos un largo camino. Y, después de todo, yo lo admiraba.
 Desnuda como un sueño, alzó la tapa del caldero y revolvió la espuma que había aflorado junto con algunas hojas de laurel.
 —No puedo negar que era un digno adversario. El menor de sus gestos creaba el vacío que él había previsto.
 Dejó caer ruidosamente la tapa y con precisos gestos empezó a desvestir el cadáver de una mujer soldado. Una vez cubierta con un delantal azul oscuro y un manto color chocolate, recogió una brazada de armas y me dijo decididamente:
 -Ven.
 Nadie intentó detenernos. Pronto incluso los ruidos del convulsivo duelo desaparecieron tras la inmensa puerta verde de la selva que se cerró a nuestras espaldas.


* * *


7. Perdidos en el Tiempo Nebuloso

Hubo una vez un joven llamado Desiderio que salió de viaje y muy pronto se extravió por completo. Cuando creyó que había llegado a su destino, comprobó que sólo era el comienzo de otro viaje infinitamente más azaroso que el primero, porque ahora ella sonreía un poco y me decía que estábamos muy lejos de las leyes formales del tiempo y del espacio, y que, en realidad, era así desde que yo la había encontrado disfrazada. Nos movimos a través del paisaje del Tiempo Nebuloso que su padre había creado y que ahora no podía controlar porque el conjunto de muestras estaba enterrado debajo de una montaña. Parecía lejana y abstraída.
 Al principio ese paisaje era como cualquier selva tropical, lo cual era en sí mismo maravilloso para mí. Nada de lo que había visto en las tierras bajas, templadas y escasamente arboladas, me había preparado para la tremenda energía de las columnatas de palmeras coronadas por un techo de ramas y hojas entrelazadas a gran altura encima de nuestras cabezas. Yo habría experimentado un gran pánico allí, entre esas formas gigantescas mucho más antiguas incluso que mi vieja raza, si Albertina no hubiese estado a mi lado, eligiendo el camino seguro con la delicadeza de un gato en la espesura, donde extrañas flores carnívoras se retorcían como si alguien hubiera perturbado su sueño, porque esa selva era también caníbal y estaba llena de peligros.
 Todas las plantas destilaban venenos. Esa hostilidad esencial no se dirigía contra nosotros o contra cualquier otro visitante; la selva era maligna inevitable y gratuitamente. Las flores de las enredaderas cerraban sus dientes alrededor de algo o de nada, libélula, serpiente o brisa silenciosa, con una espontaneidad objetiva. No podían contener su hostilidad. Las hojas sólo dejaban pasar un resplandor verdoso y un solitario silencio oprimía nuestros oídos como un gorro de piel, porque los árboles crecían demasiado próximos para permitir el vuelo o el canto de las aves. Albertina, armada hasta los dientes, avanzaba con el orgulloso desafío de una Emperadora de lo Exótico.
—Albertina, ¿cómo podías ser al mismo tiempo Lafleur y la Madame?
—Nada más simple —respondió ella. Tenía un ligero acento extranjero, y elegía sus palabras y organizaba sus frases con la pedantería de quien habla a la perfección una segunda lengua, aunque jamás descubrí cuál era la primera. Sin embargo, su lengua materna, o la lengua de su madre, era el chino.
»Me proyecté en la carne disponible de la Madame. Después de todo, ¿no estaba en venta? Lafleur, desde el establo, entre los caballos que coceaban, se proyectó, o yo me proyecté en la vestidura corporal de la Madame, en el Salón Bestial. La Madame era una representación real, pero efímera. Bajo la influencia de un intenso anhelo, el espíritu —incluso podríamos decir el alma— de quien sufre puede crear un doble que se une al amado ausente, mientras la plantilla original cumple sus tareas cotidianas. ¡Oh, Desiderio! ¡Nunca subestimes el poder del deseo cuyo nombre llevas! Una noche, Yang Yu-chi disparó contra lo que creyó un toro salvaje, y su flecha se hundió en una roca hasta las plumas a causa de su apasionada convicción de que esa roca estaba viva.
No me importaba que me diera lecciones porque era hermosa. Le dije, en ese momento, que la deseaba con la mayor intensidad posible, pero ella sólo respondió que tenía órdenes precisas, y que, según temía, debíamos esperar.
—Seamos amorosos y también misteriosos —dijo, citando a una de sus personalidades con una gracia irónica que me encantó, y encogiéndome de hombros dejé de lado mi decepción y me resigné a caminar a su lado por el bosque. Disparó contra un pequeño animal parecido a un conejo, que se lavaba la cara con una pata, y cuando llegamos a un claro y las sombras se confundían con la noche, lo desollé y ella encendió un fuego con el yesquero que había encontrado entre las ropas de la mujer soldado. Después de comer nos quedamos contemplando las brasas hasta que se extinguieron, y hablamos.
»Sí, el conde era peligroso. Yo lo tenía bajo vigilancia. Ésa ha sido mi misión más importante en toda la guerra. Si hubiera podido, lo habría llevado al castillo de mi padre, para incorporarlo a nuestras filas; era un hombre que poseía un gran poder, aunque a veces pareciera grotesco; el mundo real era más pobre que sus deseos. Hacía lo posible por transformarlo a la medida de sus propios deseos, pero su voluntad era superior a su sabiduría. Por eso inventó aquellos macabros payasos, los Piratas de la Muerte.
»Lo que era asombroso, y aterrador, en la rapacidad del conde, era su carácter puramente cerebral. Era el más metafísico de los libertinos. Sus pasiones eran tan lúcidas e intelectuales como las de un matemático. Se acercaba a los cuerpos como alguien que quiere demostrar un teorema; y aunque sus pasiones le parecían exiguas, jamás eran impremeditadas. Era un tirano respecto de sus pasiones. Por convulsivo que fuera el desenfreno al que se entregaba, lo había planeado de antemano y lo había ensayado tantas veces que parecía completamente natural. Su deseo era auténtico porque era totalmente sintético.
»Sin embargo, siempre era una simulación. Quizás haya lanzado verdaderos torrentes de esperma, pero nunca liberó energía. Liberaba, en cambio, una fuerza que era lo contrario de la energía, una fuerza desvitalizadora muy distinta —aunque igualmente poderosa— de la electricidad que fluye naturalmente entre un hombre y una mujer durante el acto sexual.
(Ella retiró mi mano de su pecho con suavidad, y murmuró entre paréntesis: «Todavía no».)
—Sin embargo, su desempeño era notable. En la cama cualquiera hubiera creído que una dínamo externa impulsaba al conde. Ese impulso galvánico era su voluntad. Y precisamente, su error fatal era confundir su voluntad con su deseo...
La interrumpí con cierta irritación.
—Pero, ¿cómo se puede distinguir entre la voluntad y el deseo?
—No es posible contener el deseo —dijo Albertina con la precisión de una pedagoga, aunque en ese mismo instante estaba refrenando el mío.
ȃl determinaba con su voluntad sus propios deseos.
La interrumpí otra vez.
—¿Cómo no descubrió que eras mujer?
—Porque siempre me poseía por detrás, es decir, in anum —explicó pacientemente Albertina—. Y además, porque la lujuria del conde lo cegaba por completo a todo lo que no fuera sus propias sensaciones.
Después retomó su discurso.
—Su yo, orientado hacia sí mismo, imponía su voluntad de ser un monstruo. Ese yo distante, externo y a la vez interno, era su dramaturgo y su público. Primero decidió creer que estaba poseído por demonios. Luego prefirió creer que se había convertido en un demonio. Incluso se diseñó un traje para ese papel... ¡Esos pantalones abiertos adelante! ¡Ese chaleco de piel! Cuando alcanzó la reconciliación final con su otro yo, ese icono de su propia fuerza destructiva, el negro abominable, sólo había perfeccionado la arrogante perversidad que aplastaba el mundo a su paso, como una versión existencial de la carroza del jefe caníbal. Pero su insistente creencia en su propia autonomía lo convertía tanto en un tirano como en su víctima porque dependía de la idea de que la materia estaba sometida a él.
»Por esa razón, cuando sintió dolor por vez primera, murió de un shock. Sin embargo murió feliz, porque quienes infligen sufrimiento sienten curiosidad acerca de la naturaleza del sufrimiento.
»Apenas me puse bajo sus órdenes, comprendí que debía abandonar mi plan de reclutarlo, porque era evidente que jamás serviría a otro amo que a sí mismo. No obstante, si él lo hubiese deseado, o se lo hubiese propuesto voluntariamente, podría haber aplastado el castillo de mi padre simplemente con su aliento, y destrozado todos los tubos de ensayo sólo riéndose de ellos. De todos modos, continué viajando con él para mantenerlo en una especie de cuarentena.
—Al principio, pensé que era tu padre, el doctor.
—¿Mi padre? —exclamó asombrada, y sonrió—. ¡Nosotros, al comienzo, creíamos que era el ministro! Incluso después de conocer al ministro, me parecía posible. Los dos tenían una manera de caminar que hacía temblar la tierra.
—¿Cuándo dejaste de considerarme un agente enemigo?
—Apenas mi padre verificó que estabas enamorado de mí —dijo, como si eso fuera obvio.
La noche había caído completamente, y luces tenues, ojos de serpiente y efluvios de luciérnagas salpicaban la superficie de terciopelo negro que nos circundaba, pero los ojos de Albertina brillaban como soles inextinguibles. Eran de un inexpresable color castaño radiante, y parecían dos lágrimas. Pero la forma y el color no eran la principal cualidad de esos ojos sin precedentes, sino el escandaloso grito de pasión que surgía clamorosamente de sus profundidades. Sus ojos eran la voz del cisne negro; sus ojos confundían los sentidos; el sueño y la muerte no podían acallarlos ni extinguirlos. Estaban ligeramente velados por un polvo incandescente.
Durante la primera parte de la noche, ella durmió mientras yo montaba guardia, por temor a los animales salvajes. Ella vigiló durante la segunda parte de la noche, y así organizamos nuestro reposo durante el resto del viaje, aunque pronto los días se confundieron con las noches y perdimos la noción del tiempo, a tal punto que ni siquiera sabíamos si esa nebulosa materia se había disipado antes de que la selva perdiera densidad. Luego llegamos a una región más acogedora y femenina de aves enjoyadas con rostros de muchacha y árboles ovíparos, donde no había nada que no fuera maravilloso.
—Como todo este territorio existe solamente en el Tiempo Nebuloso, no tengo la menor idea de lo que puede ocurrir —dijo—. Ahora que el profesor y su conjunto de muestras han desaparecido, mi padre no puede estructurar nada hasta que construya nuevos modelos. Mientras tanto, los deseos tomarán la forma que les plazca. ¿Quién puede saber lo que encontraremos aquí?
»Si su proyecto fracasa, no encontraremos nada.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque el deseo masivo indiferenciado no sería bastante fuerte para perpetuar sus propias formas. —Cuando advirtió que yo no comprendía, añadió de mala gana:— Eso significaría que el castillo todavía no genera suficiente erotoenergía.
Tampoco entendí, pero asentí para salvar la cara.
—De todos modos, debemos contemplar el cielo de día, y mantener un fuego encendido por la noche; quizás así podamos establecer contacto con alguna de las patrullas aéreas de mi padre.
—¿Ha extendido tanto los límites de la guerra?
—Oh, no —respondió ella—. Pero mantiene constante vigilancia aérea sobre las regiones más apartadas para descubrir qué puebla el vacío, si es que algo lo puebla.
Todo esto me sonaba a folie de granáeur, pero me alegraba poner mi destino en sus manos, ahora que la había encontrado, y proseguimos la marcha por ese peligroso país de las maravillas.
Pronto aprendimos a identificar los arbustos gris verdoso que llamábamos «árboles de dolor» por las invisibles zonas de sus hojas y de su corteza que nos pinchaban al rozarlos y dejaban en nuestra piel grandes ronchas que ardían durante mucho tiempo. Los árboles cuyos troncos tenían escamas como los de los peces no hacían daño, aunque apestaban cuando el sol estaba alto, al contrario de las gardenias blancas, de exquisita fragancia, que lloraban sólidas lágrimas de resina perfumada, con las cuales hice un collar de ámbar para Albertina. Con frecuencia caminábamos entre el aroma embriagador de los árboles de incienso, o por bosques de extrañas y altas plantas que debían de ser una variedad de cactos porque su carne, suave y blanca como la nieve, formaba copos redondos que terminaban en una especie de borlas rojas. Cuando acercábamos nuestras bocas a esos pezones, bebíamos una dulce leche que nos refrescaba. Esos maravillosos cactos crecían de a cientos; si el país hubiese mostrado alguna señal de estar habitado, podríamos haber pensado que se cultivaban a propósito. Pero no vimos señales humanas, aunque sí algunas huellas de cascos de caballos salvajes.
A ras del suelo y entre las ramas encontramos enredaderas que tenían espigas moradas, y a menudo oíamos cantar a unas flores que no podíamos ver. Cierto arbusto de plumaje moteado ponía seis o siete huevos pequeños de color castaño y del mismo tamaño que los de gallina, en arenosos huecos debajo de sus raíces. Cuando los ponía, el arbusto temblaba y cloqueaba; luego suspiraba. Aparentemente, en ese bosque, la naturaleza había eximido a sus criaturas de respetar las divisiones formales, de modo que la zoología y la botánica se hallaban entremezcladas y los únicos animales que vimos, reptantes, de carne verde, marsupiales, con un solo ojo, parecían más bien vegetales ambulantes que otra cosa. Asados, tenían el sabor del apio a las brasas.
Por lo que puedo recordar, habíamos estado unos tres días en la tena nebulosa cuando encontramos el más extraño de los árboles. Crecía aislado en la parte superior de una sierra baja; tenía cuatro patas trémulas y un tronco macizo coronado de ramas semejantes a las de una encina europea, y debajo del tronco y encima de las patas aparecía el esqueleto de un caballo, con las entrañas a la vista. Una verde savia latía en sus entrañas con un zumbido comparable al de una colmena de abejas felices. La primera prueba de la presencia del hombre que habíamos visto desde que entramos en el bosque estaba clavada en las ramas de ese árbol equino. Estaba decorado con ornamentos de hierro forjado que el viento hacía entrechocar; talismanes en forma de herradura y, en una rama prominente, un arco muy grande partido en dos. Todo el tronco estaba cubierto de tablas votivas e inscripciones cuneiformes y clavos votivos hundidos en la corteza; de todas las ramas bajas colgaban mechones de crin de caballo en ordenados lazos. La esponjosa hierba que rodeaba el árbol estaba cubierta de estiércol y marcas de herraduras.
Estábamos en la colina, junto a esa cosa biforme, mitad árbol, mitad caballo, mirando los líricos contornos de un valle de Teócrito repleto de opulentos trigales que un viento suave agitaba, cuando Albertina los señaló. Cuatro magníficas siluetas salieron de los trigales y se acercaron con un andar tan silencioso como el de los caballos de los sueños; pero no eran caballos sino centauros.
Uno era bayo, otro negro, otro rucio y el cuarto completamente blanco; de lejos sus torsos de bronce resplandeciente parecían cubiertos de telarañas a la altura de los l hombros porque estaban cargados de enmarañados adornos, a la manera de chales de encaje. El pelo, lacio, caía por sus espaldas. Sus rasgos se ajustaban al molde más estricto y autocrático del clasicismo puro. Sus largas narices eran tan rectas que se podrían haber dejado caer por ellas bolitas de mercurio; los labios mostraban austeros pliegues magistrales. Estaban perfectamente afeitados. Los genitales se encontraban en la parte inferior del vientre, igual que en el hombre; por ser animales, no sentían vergüenza pero, como también eran hombres, aunque no lo supieran, eran orgullosos. Mientras trotaban hacia nosotros, con los brazos cruzados sobre el pecho, la luz del sol poniente brillaba sobre sus cuerpos, que parecían obras maestras griegas nacidas cuando los dioses todavía caminaban entre nosotros. Sin embargo, no se creían dioses, creían que marchaban por una cuerda tensa por encima de la condenación.
Cuando se acercaron vi que estaban completamente desnudos; lo que me había parecido ropa era el tatuaje más complicado que yo había visto nunca. Diseñado como un todo, cubría la espalda y los brazos hasta el codo, dejando libre, en los machos, el centro del pecho, la parte superior del abdomen, el cuello y la cara. El tatuaje de las mujeres cubría todo el cuerpo, incluso el rostro, para causarles mayor sufrimiento, pues creían que las mujeres sólo nacían para sufrir. Los colores, sutilmente combinados, tenían la ventaja estética de limitarse al negro azulado, el celeste claro y el rojo ardiente. Los dibujos eran curvilíneos, imágenes arabescas de dioses y demonios equinos entretejidas con flores y espigas y representaciones estilizadas de los cactos mamiformes, grabados en la piel de un modo que recordaba los bordados.
Cuando llegaron a la colina, volvieron sus rostros hacia el árbol y emitieron tres veces consecutivas, al unísono, un peculiar relincho mientras cagaban. Luego el bayo, con la más asombrosa voz de barítono que he oído jamás, inició una canción sacerdotal, o un himno hierático, al estilo de los cánticos judíos ortodoxos, aunque con el agregado de una vivaz pantomima dramática. Era la hora en que el Padrillo Sagrado, en su forma más vigorosa, el Caballo del Sol, entraba al Establo del Cielo y cerraba las puertas durante la noche; el bayo daba las gracias por el final del día, porque en su teología, cada acontecimiento del mundo físico dependía sólo de la eterna piedad del Padrillo Sagrado y de la eterna expiación de sus adeptos por el inmencionable pecado cometido en los albores del tiempo, que retorna inexorablemente cada año. Yo, en ese momento, ignoraba sus costumbres. El bayo utilizaba su voz como un instrumento musical, pero como no comprendía su lenguaje, pensé que se trataba de una canción sin palabras. Los demás centauros lo acompañaban en un espléndido contrapunto polifónico, al tiempo que golpeaban el suelo con los cascos para marcar el ritmo. El resultado era conmovedor.
Cuando el bayo terminó, inclinó la cabeza para indicar que la plegaria había concluido. Su crin y su cola, negras, tenían mechones grises, y en su rostro se veían las huellas de la edad, que acrecentaban su heroica belleza. Luego nos habló, a Albertina y a mí, con una estruendosa secuencia de sonidos profundos.
No pudimos comprender una sola palabra porque su lenguaje carecía de gramática y vocabulario. Era sólo un juego de sonidos. Se requerían, para comprenderlo, oído fino y aguda intuición; parecía haberse desarrollado naturalmente a partir del canto de sus escrituras, que ellos consideraban vitales para la supervivencia de su especie.
Cuando advirtió nuestra perplejidad, el bayo se encogió de hombros e indicó mediante un gesto que arrojáramos nuestras armas. Luego sugirió que montáramos en el negro y en el rucio. Yo objeté, con una pantomima, que no éramos dignos de cabalgar en ellos, y él sonrió y nos respondió sin palabras que aunque no lo fuéramos debíamos montar. Sólo mucho después, cuando supe que habíamos cabalgado en dos príncipes de su Iglesia, comprendí el privilegio concedido, porque el negro era el Herrero, y el gris rucio el Escribano, cargos equivalentes al de cardenal. Los centauros nos alzaron con sus fuertes brazos y nos colocaron sobre su lomo, tan fácilmente como si fuéramos niños. Aunque yo no podía creer que hubieran llevado nunca a un jinete, trotaban majestuosamente; no era en consideración a nuestro precario equilibrio sino porque jamás se movían de otra manera. Atravesamos el trigal hasta el conjunto de establos ubicados entre los viñedos y los campos de flores más allá del valle. Y allí nos depositaron en una especie de plaza o lugar de reunión, donde había un enorme escenario de madera de cuya barandilla colgaba una trompeta de bronce. El bayo tocó la trompeta.
Los centauros vivían en grandes establos de troncos, con techos de paja a dos aguas pronunciadas, un estilo arquitectónico de virgiliana rusticidad, que combinaba el carácter severo y pensativo del clasicismo con la simpleza de la paja y la madera. Las grandes dimensiones se debían al tamaño de nuestros huéspedes; un centauro adolescente me llevaba una cabeza. Todas las puertas eran arcos de madera de cuatro metros de altura y tres de ancho, por lo menos. Llegamos a la hora de la cena, y el humo de la leña ascendía al cielo desde varios agujeros ubicados en los techos pero, cuando el bayo tocó la trompeta, todos los pobladores vinieron trotando desde sus casas hasta que nos vimos rodeados por una multitud de criaturas fabulosas, que olisqueaban sin cesar el aire a nuestro alrededor, arqueando el cuello y aspirando reflexivamente; aunque eran hombres, tenían todos los movimientos propios de los caballos.
Pensaban que, como nos habían encontrado en la Colina Sagrada, éramos sagrados a pesar de nuestro humilde aspecto.
Si no hubiesen creído que éramos sagrados, nos habrían pisoteado hasta la muerte.
Eran hombres, pero no sabían qué era un hombre; creían ser una variedad degenerada del caballo, al que adoraban.
Cuadrillas de caballos salvajes llegaban con frecuencia a pisotear sus plantaciones de cereales y sus granjas de cactos, a atravesar los poblados como un río de cascos fuera de cauce y a montar a las hembras de los centauros si las hallaban. Los centauros creían que el Padrillo Sagrado alojaba las almas de los muertos en los caballos salvajes, y llamaban a sus depredaciones Visitas de los Espíritus. Después de éstas, practicaban durante semanas el ayuno y la flagelación a los cuales eran adictos, y estudiaban la parte de la escritura equina que celebraba la creación del principio primero, la esencia mística del caballo, el Padrillo Sagrado, a partir de la fusión del aire y el fuego en la alta atmósfera. Aun antes de comprender su lenguaje, me sentí profundamente conmovido al oír la apasionada declamación de su mítico pasado, que sólo podían realizar los machos de cierta casta. Aunque todos cantaban permanentemente y sus cantos eran himnos o salmos, la poesía narrativa sagrada era privilegio exclusivo de un solo cantor; para conquistarlo, éste debía pasar con los caballos salvajes toda una estación, prueba que superaban pocos candidatos. Luego, al alcanzar los treinta años, debía estudiar los clásicos arcanos bajo la guía del único anciano que los conocía. A los cuarenta y cinco había aprendido el canon completo y los gestos y pasos correspondientes, ya que era una poseía cantada y bailada, y entonces presentaba por vez primera en público, en la plaza, la canción del caballo que había penetrado en las sombras a buscar a su amigo muerto.
Apreciaban la fidelidad por encima de cualquier otra virtud. Una mujer infiel era desollada viva; la piel se le entregaba a su marido como cobertor para el siguiente lecho matrimonial —advertencia muda a la nueva mujer, para que no se descarriara— y el amante era castrado y obligado a comerse su propio pene, crudo. Como todos ellos sentían profundo horror por la carne, llamaban a este método de ejecución «Muerte por la náusea». Sin embargo, este riguroso puritanismo no impidió que la misma noche de nuestra llegada todos los machos del pueblo violaran a Albertina; sus órganos eran tan prodigiosos, su virilidad tan inconmensurable, que ella estuvo a punto de morir. A mí me impusieron las caricias de todas las hembras, porque no tenían noción de la humanidad a pesar de su extraordinaria nobleza espiritual. Como eran mucho más gloriosos que el hombre, ignoraban qué era un hombre. No tenían una palabra para la vergüenza, y nada humano les era ajeno porque eran ajenos a todo lo humano.
Estos amantes de la equinidad creían que su dios se revelaba en el estiércol eliminado por su parte equina, que manifestaba la esencia más pura de su naturaleza; era sin duda un ídolo tan lógico como el pan o el vino, aunque los centauros tenían demasiado buen sentido para descender a la coprofagia. Gobernaba la comunidad una junta espiritual integrada por el Cantante, depositario e intérprete del evangelio; el Escribano; el Herrero, y el Maestro del Tatuaje. Cuatro, como era natural.
Los centauros no se llamaban unos a otros con nombres personales, porque se consideraban aspectos indiferenciados de la voluntad universal de ser caballo. Por ese motivo, en la conversación cotidiana se aludía a los cuatro cardenales por los símbolos de cada una de sus artes, aunque no en su presencia. Se llamaba Canto al Cantor; Punzón, Gubia o Tintura al Maestro del Tatuaje; Clavo al Rojo al Herrero, y al Escribano, Pincel de Crin. No se necesitaba esta terminología porque los individuos requirieran un nombre, sino porque las tareas que cumplían los distinguían de los demás. No era precisamente el bayo quien era conocido como Canto, sino la idea del cantor que representaba. No tenían mucho intercambio social cotidiano. Las mujeres no hablaban en horas de trabajo, aunque siempre estaban cantando. La vida cotidiana no tenía sentido para ellos, porque cumplían todas sus actividades a la sombra de la continua pasión del Padrillo Sagrado; sólo este drama cósmico era real para ellos. No tenían una palabra que expresara la duda. Y no eran capaces de expresar la idea de la muerte. Cuando era preciso identificar dicho estado, utilizaban los sonidos que significaban también «nacimiento», porque la muerte era la suprema piedad. Al darles la muerte, el Padrillo Sagrado les concedía la reconciliación final. Más tarde, renacerían en la forma de caballos salvajes.
La música era la voz del Padrillo Sagrado. El estiércol expresaba su presencia entre ellos. La Colina Sagrada era una montaña de estiércol. El mover sus vientres dos veces por día era a la vez plegaria y divina comunión. Un profundo sentimiento religioso impregnaba todos los aspectos de sus vidas; incluso el potrillo que aún carecía de dientes de leche era una especie de sacerdote o de mediador espiritual. Pero sólo los machos poseían el secreto de los misterios. Las mujeres eran la tropa rasa: se afanaban tanto en labrar los campos, dar a luz, ordeñar los cactos, hacer queso, moler el grano y construir las casas, que apenas si les quedaba tiempo para rezar, marcando un staccato con sus cascos y lanzando el agudo relincho que significaba «¡Aleluya!». Las hembras eran ritualmente envilecidas y degradadas. Debían soportar una proporción mayor de doloroso tatuaje. Arrastraban grandes troncos de árboles para construir los establos mientras los machos rezaban. Sin embargo, las mujeres eran aún más hermosas que los hombres: cada una, Godiva y su caballo al mismo tiempo. Se movían como ríos de distintos colores, ostentando orgullosamente sus rojas aberturas debajo de la cola semejante a un arco iris. El acoplamiento de una pareja de centauros era una visión heráldica.
En esa primera noche, el sol poniente doraba de modo mágico sus hombros, cascos y perfiles de ánfora griega, y yo sentí la extraña veneración que había experimentado entre las catedrales de la jungla, porque una vez más estábamos rodeados de gigantescas formas indiferentes. Sentí que me empequeñecía. Pronto fui sólo un muñeco que hacía equilibrio torpemente sobre dos palitos rígidos, tan mal diseñado y tan débil que un soplo de aire podía derribarme, tan desgarbado al caminar que mis herrumbrados engranajes internos rechinaban, tan lento que nuestros huéspedes me alcanzarían de inmediato, porque hasta podía ser suficientemente estúpido como para intentar la fuga. Cuando miré a Albertina, vi que aún era hermosa, pero se había convertido también en una muñeca, una muñeca de cera medio fundida en la parte inferior.
El bayo me habló y le respondí en mi propia lengua; luego en francés, en el lenguaje semiolvidado del pueblo del río, en mi defectuoso inglés y en mi aún más pobre alemán. Emitió un relincho profundo, gutural, posiblemente admirando mi facilidad para hacer ruidos; luego, Albertina pronunció algunas frases en chino y árabe, y también en lenguas que yo ni siquiera podía identificar. Pero el bayo se encogió de hombros, provocando una confluencia caleidoscópica de los colores tatuados; me aferró con su poderosa mano y empezó a estudiarme en silencio, mientras el rucio inspeccionaba a Albertina.
Pronto descubrieron que nuestras ropas se desprendían, la imagen de esos tegumentos descartables que se agitaban al viento provocó un dulce trueno de risa entre esa especie acostumbrada a ropas bordadas con dolor y tan íntimamente ceñidas que sólo se podían quitar mondando la piel como una manzana. Arrodillándose al modo de los caballos, el bayo y el rucio tocaron, examinaron y manosearon todas las partes de nuestros cuerpos y en especial nuestra bifurcada e insustancial mitad inferior, porque no sabían con qué compararla. Nuestros pies fueron objeto de la mayor atención, y a juzgar por sus sonoras exclamaciones, de abundantes conjeturas. Cuando un joven de un año se acercó con un hacha, pensé que el bayo se proponía cortar uno de nuestros pies para tomarlo en sus manos y examinarlo de cerca. Interpretó mi grito involuntario como una escandalizada protesta, lo que me pareció interesante, y rechazó el hacha. Una expresión de intensa curiosidad atravesó su cara y me sometió a una nueva andanada de preguntas incomprensibles. Yo no sabía cómo responder salvo con murmullos sin palabras, porque aún no había comprendido la naturaleza esencialmente no verbal de su lenguaje, y él pronto abandonó toda tentativa de hablarme y se inclinó a contar los dedos de mis pies, lanzando exclamaciones al ver las uñas, que evidentemente le fascinaban. Como empezaba a oscurecer, trajeron teas ardientes con soportes de hierro para iluminar la plaza y nos dejaron tendidos de espaldas en el escenario mientras el bayo iniciaba la oración vespertina. El servicio consistía en un recital de escrituras y plegarias. La exposición completa de sus escrituras ocupaba el año entero, que concluía con la muerte y la resurrección del Padrillo Sagrado en mitad del invierno. Había entonces cuarenta días de duelo, a los que seguía un festival de tres días, y el ciclo recomenzaba. Ahora bien, por una de las metástasis temporales que ocurrían constantemente en el Tiempo Nebuloso, habíamos caído en sus manos en el momento en que el Padrillo Sagrado, desde las profundidades de su compasión, les enseñaba el arte del tatuaje, de modo que, aunque el pecado de su padre les había vedado la forma verdadera del caballo, al menos podían llevar imágenes de caballos en sus pieles transfiguradas. La lección de aquel día tenía el siguiente texto:

TRANSMISIÓN DEL ARTE DIVINO, NÚMERO UNO.

Aunque esta frase no era más ni menos significativa que cualquier otra de su dramaturgia teológica, provocó ciertas repercusiones en el tipo de hospitalidad que nos ofrecieron. Su ritual no era en modo alguno inflexible; se podía alterar y ampliar para incluir cualquier nuevo elemento que surgiera. Así como había incorporado las incursiones de los caballos salvajes, más tarde los centauros lo modificaron para incluirnos a nosotros. Pero esto llegó después.
Por su naturaleza, la TRANSMISIÓN DEL ARTE DIVINO, NÚMERO UNO era uno de los oficios menos coreográficos, aunque la representación era imponente. Inspiraba respeto.
Para comenzar, las mujeres reunidas empezaron a marcar un ritmo moderado con sus cascos, y un joven alazán acólito llevó ceremoniosamente al escenario una bandeja de madera donde había un látigo, un pincel, un tazón lleno de un líquido negro y una especie de instrumento metálico que no logré identificar. Se arrodilló ante el bayo, que al principio parecía hosco e impasible, y adoptó una actitud estatuaria, con los brazos cruzados. Cuando el ritmo se hizo más rápido empezó a cantar en la más gloriosa voz de barítono, y en respuesta llegó el nasal coro de aleluya que constituye mi recuerdo más vivido de nuestra vida entre los centauros, porque cada día saludaba el alba y el anochecer, inevitablemente, y en mi mente es inseparable del olor a estiércol fresco de caballo.
Mientras la música que él y su congregación hacían se volvía más fuerte y veloz, la excitación del bayo crecía. Buscando la expiación, se purificó. Gemía, se postraba y luchaba consigo mismo; por fin tomó el látigo y se azotó los flancos hasta que sangró. Al ver la sangre, algunas mujeres se entregaron a un extraño éxtasis solitario. Azules llamaradas brotaron de sus aberturas naturales; retrocedieron relinchando convulsivamente. Cuando el Cantor dejó caer el látigo y se arrodilló, cubriéndose el rostro, en una actitud de abnegación completa, todo el mundo calló estremecido y pude ver que hasta los machos adultos lloraban.
Entró entonces en el espectáculo un segundo actor, que inició un dúo con el bayo. El centauro blanco se adelantó. El ritmo se convirtió casi en el de un vals. El blanco era tenor y, aunque yo apenas comprendía el sentido por las variaciones del sonido, supe que su canto se refería al perdón, mientras que el barítono pedía que se le permitiera sufrir más. La piedad del tenor era inexorable. Éste recogió luego de la bandeja el pincel y el objeto metálico, que era una especie de punzón, y, apartando el pelaje del bayo para revelar su piel, hundió el pincel en el tazón de tinta y realizó una serie de pases evidentemente estilizados sobre la carne expuesta del bayo arrodillado, que respondió con un éxtasis tan contagioso que arrastró a la mayor parte de la congregación; entre un clamor de lágrimas, risas de abandono y una general y delirante alegría, el servicio terminó con la explosiva expulsión del estiércol de todos los vientres presentes, con la excepción del mío y el de Albertina.
Después de esta visita de dios, las mujeres fueron a buscar cubos de madera y escobas a los establos y barrieron el estiércol formando montículos, para usarlo posteriormente como fertilizante en sus campos, ya que no desperdiciaban nada. Mientras las mujeres hacían la limpieza a la luz de las teas, el Cantor y el Maestro del Tatuaje volvieron a dedicarnos su atención. Ahora concentraban su exploración en nuestras partes naturales, que aparentemente encontraban familiares aunque estaban entre unas piernas tan poco familiares. El centauro blanco se ocupaba de Albertina; con gesto reflexivo, le metió tres dedos en la vagina. Ella gritó y él evaluó juiciosamente el grito, con la cabeza ladeada. Bajó el morro y empezó a olería. Olfateó cada centímetro de su piel y la lamió para que su paladar controlara las pruebas reunidas por su nariz. El cálido aliento y la áspera lengua del bayo le hacían cosquillas; Albertina se echó a reír; y cuando el bayo empezó a olisquearme, también yo me reí, aunque era una risa próxima a la histeria.
Los dos sacerdotes alzaron las cabezas e iniciaron un coloquio de relinchos que terminó de la siguiente manera. Ambos fuimos transportados en vilo hasta el establo del bayo y depositados en la mesa; su esposa se apresuró a retirar los platos de la cena. El resto del pueblo nos siguió, de modo que en la enorme habitación estaban reunidos todos los machos, las hembras y los niños. Cuando intenté incorporarme para proteger a Albertina, el bayo me retuvo con una sola mano. Tenía una fuerza irresistible. Entonces, el blanco le abrió a ella las piernas y examinó la abertura que involuntariamente se le ofrecía; era obvio que la comparaba con el tamaño de su órgano erecto, el de un caballo y no el de un hombre. Pero de todos modos atrajo a Albertina hasta el borde de la mesa y el miembro penetró después de un horrible forcejeo.
El público, maravillado, relinchaba suavemente y de vez en cuando batía el suelo con los cascos y luego, uno tras otro, todos los machos la poseyeron. Muy pronto estuvo cubierta de sangre pero, después de la primera exclamación, no volvió a gritar. Yo luché y mordí al bayo que me sujetaba; murmuró algo, como si le sorprendiera que existiera algún vínculo entre dos miembros de una especie que, sin duda, le parecía inferior. La luz rojiza bañaba a los centauros, y sus tatuajes florecían como danses macabres sobre sus lomos. Ninguno de los machos parecía experimentar el menor placer; realizaban el acto gravemente, como si fuera una obligación.
Lo único que yo podía hacer era mirar y sufrir con ella; conocía por mi propia experiencia el dolor y el ultraje de una violación. Los centauros me mantenían apartado, quizá porque mi única ofrenda era demasiado angosta, o porque desconocían esa forma de acoplamiento. En el fondo de mi mente revoloteaba la imagen torturante de una muchacha pisoteada por caballos. No recordaba cuándo ni dónde había visto esa terrible escena; pero era el más gráfico y obsesivo de mis recuerdos; luego una voz, la voz quebrada, áspera, ebria, del propietario del cosmorama me dijo que de algún modo, sin saberlo, era el instigador de esta horrible situación. Mi dolor y mi agitación crecieron desmesuradamente.
Mientras los machos practicaban aquel horrible y prolongado asalto a Albertina, el bayo organizó en fila a las hembras, y comprendí que no quedaría excluido de ese juego salvaje. Pero me trataron con mucha menos severidad, porque respetaban el principio viril y despreciaban al femenino, y el objetivo de mi tormento sólo era humillar a sus propias mujeres, que me acariciaron por turno, como se les había ordenado, pero con gran suavidad. Fui víctima de las caricias de veinte o treinta de las más tiernas aunque perversas madres, y algunas se inclinaron para besarme con sus bocas de terciopelo empapado y sus rostros cubiertos de permanentes máscaras de encaje, de modo que no pude contener el placer mientras el bayo me sostenía con tanta fuerza que apenas podía gemir. Ésa fue la más sutil de las torturas: yo gocé de exquisitas sensaciones en la misma mesa en que los machos abusaban cruelmente de la carne de mi bienamada. Varios olores llenaban mi nariz: a caballo, al humo de sus teas de pino, al aceite perfumado que las mujeres usaban en el pelo, a sangre, a semen y a dolor; el aire mismo parecía condensarse y enrojecer. Aunque Albertina era objeto de una violación, los machos evidentemente lo ignoraban. No demostraban entusiasmo ni gratificación. Sólo era una nueva forma de ritual, una nueva invocación al Padrillo Sagrado.
Había en ellos una clara actitud masoquista. No se limitaban a usar el látigo con fines religiosos, lo empleaban continuamente contra sí mismos y contra los demás, haciendo de la más leve falta real o imaginaria el pretexto para una flagelación. Se enorgullecían cuando más delgado era el lecho de paja que podían soportar para dormir.
Les gustaba sentir el hierro al rojo en sus cascos cuando el sacerdote los herraba, pues el Padrillo Sagrado les había enseñado el arte del herrero; y si les hubiese ordenado llevar bridas con púas, las habrían ostentado orgullosamente. Los centauros tenían todas las virtudes y defectos del estilo heroico.
El bayo fue el último que sirvió a Albertina, mientras el blanco Maestro del Tatuaje, me sujetaba. De todos los violadores, el bayo fue el más impasible. Después, en silencio, todos se marcharon a sus hogares y sólo quedaron en el establo el bayo y su familia.
La pareja del bayo, una yegua ruana con el rostro de Juno, puso sobre el fuego un caldero colgado de un gancho, y me pregunté si se proponían acabar la noche cociéndonos vivos. Pero el bayo resopló, secó su entrepierna con un poco de heno, tomó un libro encuadernado en cuero de un alto estante y se sentó junto al fuego. Los tres hijos —un varón de doce años, todavía sin herrar; una hembra de quince, mitad ninfa de los bosques, mitad alazana, y un potrillo que apenas podía mantenerse en pie— se alinearon frente a él y se pusieron de rodillas, para recitar el catecismo mientras él los interrogaba.
La muchacha estaba completamente cubierta de una réplica de caballos y racimos que le daban el aspecto de estar espiando desde atrás de un viñedo, pero el artista apenas había comenzado su tarea con el chico, que sólo tenía en su piel el esbozo de la figura central de un dibujo completo: un padrillo rampante. Iba a visitar al Maestro del Tatuaje todas las mañanas, después de las oraciones, y el dibujo se iba completando progresivamente de modo que, delante de nuestros ojos, esa figura viva se hacía cada vez más clara a lo largo de nuestra estada y podíamos medir el paso del tiempo por los delicados progresos de la tarea. El padre hacía las preguntas, y los niños daban las respuestas rituales; parecía que nos habían olvidado y yo me arrastré por la mesa hasta Albertina. Había perdido el conocimiento. La abracé y hundí mi cara en su pelo desordenado.
Las dimensiones del establo y de los seres que allí vivían eran apenas superiores a las de los seres e instalaciones humanos; eso, sumado a la fuerza sobrehumana y a la inconmovible gravedad de nuestros huéspedes o captores me hacía sentir como un niño a merced de adultos incomprensivos, y no de ogros. Incluso, la violación parecía uno de esos castigos de los que suele decirse que causan más daño a quien los inflige que a quien los sufre, aunque no sé por qué había sido castigada Albertina, como no fuera por ser hembra en una medida desconocida para ellos. Cuando la yegua ruana levantó la vista del fuego y me vio afligido junto a mi amada desvanecida, se despertó su carácter esencialmente maternal. Se acercó, miró a Albertina, respetuosamente desaprobó la conducta de su amo y acarició el rostro de Albertina con mano compasiva. Creí que con el agua que estaba calentando se proponía lavar la mesa porque estaba muy sucia y la casa era muy limpia; pero retiró la olla del gancho y me la ofreció para que me lavara, mientras ella con un puñado de heno humedecido limpiaba cuidadosamente la sangre y las secreciones del cuerpo de Albertina. La olla de los centauros era una tina que me llegaba a la cintura; cuando terminé, me indicó que me secara delante del fuego; ella acostó a Albertina en un lecho de paja y cuando advertí que los párpados de mi amada se movían, corrí a su lado.
La yegua volvió a hablar con su marido y luego se dirigió a mí, en tono interrogativo. Creí que me preguntaba si Albertina era mi mujer, y repetí el sonido que ella había emitido en tono decididamente afirmativo. Pareció sorprenderse, sonrió con ternura, permitió que nos echáramos juntos y nos cubrió de paja, mientras la lección de catecismo continuaba en voz baja.
Durante la noche debió de haber hablado con su marido, porque cuando él se acercó a nuestro lecho a la mañana siguiente, me pidió excusas por haber abusado de mi mujer, y por lo tanto de mi propiedad, y me besó los pies. Lloró. Se azotó con el látigo. Después salió a oficiar el servicio de la mañana y más tarde tomé el desayuno con toda la familia, sentado en un tronco que su esposa me ofreció mientras los hombres, sentados sobre sus patas traseras, comían con las manos de unos platos de madera. Las mujeres debían esperar que los hombres terminaran antes de ocupar su lugar. Albertina no podía moverse de su lecho, y con gran esfuerzo logró beber algunos sorbos de la leche que le ofrecí.
La dieta de los centauros era sencilla. Las mujeres molían el grano con utensilios de piedra y hacían unos panes chatos, delgados y redondos que comían con miel silvestre, que a veces utilizaban para conservar deliciosas frutas. Por la mañana y por la tarde ordeñaban los cactos y recogían la leche en cubos de madera; fermentada, se convertía en una bebida agria pero reconstituyente. Hacían quesos blancos, de sabor delicado, que se desmigajaban con facilidad. Cultivaban huertos de frutas, raíces y tubérculos; recogían setas y verduras en el bosque, y las comían crudas, aliñadas con aceite y vinagre. Hacían jarabe de bayas, pero el Padrillo Sagrado no les había revelado el misterio del alcohol, de modo que su religión era una variante abstemia y espartana del culto de Dionisos, y sólo usaban las uvas en las ensaladas y para hacer dulces. Esa dieta vegetariana les daba músculos de hierro. Sus dientes eran blancos y perfectos. Morían únicamente de accidentes y de vejez, pero ésta sólo llegaba al cabo de muchos años.
Sin embargo, sus vidas eran tranquilas sólo en apariencia. Cada día de la semana y cada semana del año estaban impregnadas del continuo drama divino que se revelaba en la voz de los cantantes y en el transcurso de las estaciones, de modo que todo lo vivían en términos dramáticos, lo cual les otorgaba a las mujeres cierta dignidad que de otro modo no se les hubiera concedido, porque cada una de las más insignificantes tareas domésticas, buscar agua en la fuente, hacer la limpieza, quitarse unos a otros los piojos de las crines y las colas, se cumplían como en un teatro divino, como si, por ejemplo, cada hembra fuera la encarnación de la arquetípica Yegua Nupcial en el momento de limpiar el Establo del Cielo; aunque la Yegua Nupcial fuera sólo una pecadora penitente, era un elemento esencial en la pasión del Padrillo Sagrado.
Por lo tanto, tanto hombres como mujeres ocupaban cada minuto del día en tejer y bordar la maravillosa tela del mundo en que vivían; como Penélope, nunca acababan su labor. Y esto era esencial: que fuese interminable, porque la deshacían al concluir el año y, cuando reaparecía el sol después del día más breve, la reiniciaban. El árbol caballo de la Colina Sagrada era el centro de su universo, porque era el esqueleto viviente del Padrillo Sagrado, puesto allí para ellos, como una advertencia autoritaria, por la deidad misma. Su conducta estaba reglamentada por las respuestas del árbol a las estaciones, y el Padrillo Sagrado moría cuando caían las hojas. Sin embargo, a pesar de su santidad, el árbol no era en realidad más que una especie de reloj vegetal antropoide, que les marcaba el momento adecuado para entonar ciertas cantatas en coro. Como he dicho, su liturgia era suficientemente amplia y flexible; si una noche un rayo hubiera caído sobre el árbol, la Iglesia del caballo habría absorbido el acontecimiento con una nueva mutación del mito central, tras un período de reorientación espiritual.
No eran bestias fabulosas: eran enteramente míticas. A veces creía que no eran centauros sino hombres con una convicción tan arraigada de que el universo era un caballo que les resultaba imposible admitir ninguna prueba que sugiriera otra cosa.
Su lenguaje era mucho más sencillo de lo que yo había creído inicialmente. Consistía, sobre todo, en grupos de sonidos y en intuiciones, y aunque era muy distinto de cualquier lenguaje humano, no era difícil comprenderlo; antes de que transcurrieran tres semanas, Albertina y yo poseíamos ya los rudimentos necesarios para sencillas conversaciones con los centauros, que nos revelaron la consternación en que los había sumido nuestra llegada.
Habíamos perturbado su ciclo, y aún estaban atravesando un penoso período de reajuste. Habían examinado sus libros sagrados, sin encontrar fórmulas de hospitalidad. Éramos los primeros visitantes que recibían en toda su historia legendaria y cuando aprendimos a decir el equivalente de «buenos días» su consternación alcanzó la cumbre del vértigo, porque no había un solo sonido en su lenguaje para denominar a un ser sensato y capaz de comunicarse que no fuera, en su mayor parte, caballo.
Pero como nos habían encontrado en la Colina Sagrada sabían que éramos una señal del cielo, aunque no habían desentrañado su significado. Mientras debatían el problema, tomaron ciertas precauciones higiénicas. No nos permitían participar de sus maitines ni de su oración vespertina; tampoco nos dejaban completamente solos, temiendo que pudiéramos propagar otras maravillas indigeribles antes de que ellos nos digirieran a nosotros. De todos modos, nos trataban con amabilidad, y cuando obtuve el permiso del bayo para leer sus libros, empecé a llenar los días aplicando mi vieja habilidad con las palabras cruzadas para resolver el enigma de sus runas.
La pobre Albertina necesitó mucho tiempo para reponerse de su ordalía. La yegua ruana y yo la cuidábamos y la alimentábamos con leche caliente endulzada con miel y una cremosa papilla de cereal; aunque la manteníamos abrigada su fiebre sólo cedió al tercer día, y durante más de dos semanas siguió cojeando. Valientemente, muy pronto dejó de asustarse al ver al bayo; los niños le traían fresas silvestres sobre hojas frescas o ramos de amapolas y margaritas que crecían en los campos, porque la consideraban un ser sagrado. Yo me instalaba junto a Albertina, con mis libros, mientras la yegua ruana hacía los quehaceres domésticos. Albertina me hablaba, como suelen hacer quienes están enfermos y lejos del hogar, de su infancia en el castillo de Hoffman, de su padre, a quien rara vez veía pero admiraba profundamente, de su frágil madre de ojos almendrados que había muerto muy joven, de sus pájaros, sus conejos y sus juguetes. No hablaba de las investigaciones de su padre ni de la guerra; parecía contentarse con descansar y recuperar las fuerzas. Me pidió que estuviera alerta a las patrullas aéreas, de modo que todas las mañanas subía a examinar el cielo desde la Colina Sagrada; aunque sólo veía nubes y aves, ella no abandonaba la esperanza y decía: «Quizá mañana...». Mis visitas a la Colina Sagrada sirvieron para confirmar la teoría de los centauros, que nos atribuía la naturaleza de los númenes.
Cuanto más tiempo pasaba al lado de Albertina, más la amaba.
Finalmente conseguí entrever algunos aspectos de la cosmogonía de los centauros.
Los libros del Padrillo Sagrado habían sido escritos con los pinceles que usaban para el tatuaje, sobre una especie de pergamino hecho con la corteza de ciertos árboles cuyas hojas semejaban colas de caballo, porque creían en un elaborado sistema de correspondencias. La escritura cuneiforme se basaba en las marcas de sus propias herraduras; aunque todos los hombres sabían leer, sólo el Escribano tenía derecho a escribir. Era un conocimiento hermético que se transmitía de hijo mayor a hijo mayor. Si la mujer del Escribano no le daba hijos, se le permitía que la abandonara y tomara una nueva esposa. La descendencia era tan importante que sólo en este caso permitían el divorcio. La escritura era la sencillez misma: el tamaño de las marcas guardaba correspondencia exacta con los sonidos; y después de unas pocas lecciones del bayo, pude descifrarla bastante bien, para su asombro.
Se llamaban a sí mismos Simiente Deformada del Arquero Oscuro, aunque ese nombre era tan terrible que no se debía pronunciar en alta voz, y sólo se lo podía susurrar el Cantor a su sucesor durante las tres semanas de iniciación. La conciencia de la condena inminente los obligaba a rezar con fervor y a imprimir en sus lomos la marca de Caín. Ostentaban orgullosamente sus mutilaciones. Ésta era la contrapartida, secreta pero reconocida, que explicaba la pasión con la que cumplían su culto.
Separé del contenido la gruesa corteza retórica, ignoré las historias de los héroes menores y obtuve el siguiente esquema: la Yegua Nupcial se casa con el Padrillo Sagrado, que la preña enseguida, pero ella lo engaña con un pretendiente anterior, el Arquero Oscuro. Espoleado por los celos, el Arquero Oscuro hiere en el ojo al Padrillo Sagrado con una flecha. Al morir, el Padrillo Sagrado condena al Arquero Oscuro a tener hijos deformes. El Arquero Oscuro y la Yegua Nupcial se comen al Padrillo Sagrado para ocultar su crimen, pero la desolación cae de inmediato sobre el país. Arrepentidos, se azotan feroz y mutuamente durante treinta y nueve días. (Este período corresponde al ayuno invernal y sin duda hubiera sido asombroso contemplarlo, pero no nos quedamos entre los centauros el tiempo suficiente.) Al cabo de cuarenta días, la yegua, en un parto urobórico, da a luz, con mucho sufrimiento, nada menos que al Padrillo Sagrado mismo, que asciende al Establo del Cielo en la forma de un potrillo. El resto del año litúrgico se ocupa del supremo y prolongado perdón del dios, y de sus enseñanzas: el arte de cantar, la técnica de la herrería, el cultivo del cereal, el cultivo de cactos, la elaboración del queso y la escritura así como también las incontables normas que deben cumplir para expiar sus pecados. Cuando ha crecido, el Padrillo Sagrado desciende del cielo y vuelve a casarse con la Yegua Nupcial.
¡Por eso menospreciaban a las mujeres! ¡Por eso no probaban la carne! ¡Por eso colgaban un arco roto del árbol caballo! Así comprendí que no se limitaban a tejer una tela ritual que los cubriera, sino que usaban las herramientas rituales para revestir los mismos muros del mundo.
Albertina estaba tan interesada como yo en la vida de los centauros, pero no con una curiosidad tan simple y pueril como la mía. Le preocupaba el problema del grado de realidad de los centauros, y cuanto más hablaba de esto, más admiraba yo su despiadado empirismo, porque estaba convencida de que, aunque todos los machos del pueblo la habían poseído, esas bestias sólo eran emanaciones de sus propios deseos, surgidos de los oscuros abismos del inconsciente y objetivamente realizados. Y me dijo que, según la teoría de su padre, todos los objetos y personas que habíamos encontrado entre la desquiciada gramática del Tiempo Nebuloso derivaban de fuentes similares: mis deseos, los de ella, los del conde. Al principio, especialmente los deseos del conde, porque él vivía más próximo a su inconsciente que nosotros. Pero ahora, quizá, nuestros deseos habían alcanzado el día de su independencia.
Recordé las palabras de otro sabio alemán y las cité: «En el inconsciente, nada se puede crear ni destruir»[2]. Sin embargo, vimos al conde destruido; y yo mismo maté al jefe caníbal.
—La destrucción es sólo otro aspecto del ser —respondió Albertina categóricamente, y tuve que conformarme con eso.
No obstante, comíamos el pan de los centauros y nos nutría. Comprendí entonces que, si lo que ella creía era verdad, esos fantasmas no eran en modo alguno insignificantes, porque la existencia de la metódica realidad en cuyos lechos de paja dormíamos, cuyo lenguaje estábamos obligados a aprender, esa compleja realidad, con sus fuegos, sus quesos, su complicada teología y su magnífica escritura; ese mundo concreto, auténtico, coherente, sólo había sido engendrado por la dinámica de los fenómenos, sólo era el producto de un devenir al azar, la primera de las maravillosas flores que se abrirían en la tierra que Hoffman había abonado para ellas por medios de los que Albertina, hasta ahora, no había dicho una palabra, aunque reconocía su relación con el deseo, la energía radiante y la persistencia de la visión. Por lo tanto, vivíamos según las leyes autónomas de un grupo de fenómenos sintéticamente auténticos.
Como no poseían una palabra para «huésped», ni siquiera para «invitado», comenzaron a tratarnos finalmente con una exasperada compasión; pero mientras no nos incorporaran a su liturgia, sólo éramos, en el mejor de los casos, irrelevancias irritantes que los distraían de la majestuosa pompa de su vida ritual. Ni siquiera podíamos enseñarles algo. Sabían todo lo que necesitaban saber; una vez intenté explicarle al bayo que la gran mayoría de las instituciones sociales del mundo habían sido creadas por seres bípedos, débiles y de piel delgada, muy parecidos a Albertina y a mí, pero me contestó que mentía. Porque, precisamente por ser hombres, tenían muchas palabras para describir la mentira: no eran Houyhnhnms.
Cuando pudimos hablar con fluidez su lenguaje y Albertina se recuperó, la pusieron a trabajar en el campo con las mujeres durante la época de la cosecha. Debían segar las mieses y traer los haces cargados a la espalda. Una vez completada la cosecha trillaban el grano en un terreno comunal, mientras se cantaban himnos semiseculares. Albertina pronto adquirió el tono trigueño de una india, ya que la pigmentación amarillenta de su piel oriental recibía el sol tan amistosamente como mi propia piel. Volvía a casa al dorado atardecer con collares de espigas, como las deidades paganas de las pastorales, y desnuda como una piedra, porque jamás nos devolvieron nuestras ropas y tampoco necesitábamos cubrirnos, pues el clima era siempre cálido. Aun cuando todas sus heridas estaban curadas, Albertina no me permitía que la tocara ni me decía por qué, excepto que todavía no había llegado el momento. Vivíamos como hermanos que se aman y ella a veces me inspiraba leve temor porque en sus ojos fulguraban oscuros relámpagos o surcaban su cara las profundas arrugas del busto de un filósofo. Saber que era distinta me angustiaba, porque Albertina era la única heredera del reino de su padre, y ese reino era el mundo entero. Y yo no poseía nada. La familiaridad no disminuía el magnetismo que Albertina tenía para mí. Cada día la encontraba más maravillosa y la miraba durante horas, como si me alimentara de sus ojos. Por lo que recuerdo, ella también me miraba.
Éramos prisioneros de los centauros y no sabíamos si algún día seríamos libres, a menos que las patrullas aéreas de su padre nos localizaran.
A mí, por ser hombre, no me permitían trabajar y parecían satisfechos de verme errar por el pueblo, aprendiendo lo que podía. Quizás al verme inclinado sobre sus libros, pensaban que podrían utilizarme en sus ceremonias, como portador de la tinta o fustigador asistente. No lo sé. Pero sé que trazaban planes para nosotros. Cuando el Cantor, el Maestro del Tatuaje, el Herrero y el Escribano se reunían, siempre hablaban en susurros. Luego empezaron a reunirse con mayor frecuencia. El Escribano, rodeado por un coro, se sentaba por las noches ante la mesa de su establo y escribía en un gran libro nuevo.
Cuando supe cómo se hacía el tatuaje, descubrí que era un arte tan notable como atroz. En primer lugar, elegían un dibujo entre los antiguos volúmenes de modelos, y lo copiaban sobre la piel. En seguida empezaba el dolor porque el artista no usaba agujas, más humanas: en un cofre sagrado guardaba su arsenal de punzones de punta triangular y sus gubias. Él mismo mezclaba y molía sus pigmentos. Con sus hijos —sus aprendices— salía al bosque a buscar los ingredientes; los colores, provenientes de minerales o de plantas secas y pulverizadas, en general eran suficientemente tóxicos como para provocar un efecto comparable a una quemadura y un terrible escozor, aunque la piel de la parte hombre de los centauros era mucho más gruesa que la humana. Por la mañana, era común ver jóvenes que se rascaban febrilmente la espalda a medio tatuar contra los troncos de los árboles, después de visitar al Maestro. Cuando trabajaba, el establo del Maestro del Tatuaje se convertía en una mezcla de quirófano y capilla.
La mujer del Maestro fregaba la mesa y ponía una almohada de paja: allí la joven víctima apoyaba la cabeza mientras se echaba boca abajo y los tres hijos del artista, en fila, ofrecían, uno los punzones, otro la pintura y el tercero agua y una esponja. El Cantor, en la cabecera de la mesa, empezaba a celebrar la magia simpática del emblema: el que llevaba el caballo impreso en la piel asumía las virtudes equinas. Entonces el Maestro sumergía el pincel en la pintura con su mano izquierda y, con la derecha, tomaba un punzón o una gubia, según la profundidad de la línea deseada, frotaba contra el pincel el instrumento e introducía el colorante debajo de la piel; luego el tercer hijo limpiaba la sangre con una esponja. Cada sesión duraba una hora. El Maestro del Tatuaje trabajaba todo el día. Los dibujos más complicados —reservados a los hijos de los dignatarios eclesiásticos— le demandaban un año de trabajo; las mujeres sufrían terriblemente con los tatuajes que rodeaban los pezones. El canto que acompañaba al trabajo del Maestro era el único analgésico.
El tatuaje del hijo del bayo estaba casi terminado. En pocas horas más sería una obra de arte religioso tan magnífica como absurda. Pero no llegamos a ver su ridículo esplendor final porque un día el bayo me dijo, durante el desayuno:
—Ella no debe ir hoy a los campos. Vendré a buscaros a ambos después de las plegarias, y vendréis a la Colina Sagrada.
Sonrió torvamente aunque con cierto afecto o, más bien, cierta condescendencia, dado que yo ni siquiera podía sentarme decentemente sobre mis cuatro patas, mientras Albertina esperaba con su esposa y su hija su turno para el desayuno.
No teníamos la menor idea de lo que nos ocurriría en la Colina Sagrada, porque estábamos en el Tiempo Nebuloso. Todo lo que pudimos hacer fue ayudar a la yegua ruana a limpiar los platos de madera y esperar a que el bayo regresara. Yo sabía por mis estudios que ese día no estaba previsto ningún rito especial. Estábamos en la época de la TRANSMISIÓN DEL CONOCIMIENTO DIVINO, NÚMERO DOS, que se refería al arte del herrero. Sin embargo, neciamente, no sospeché nada. Apenas ellos comprendieron el daño que la violación le había causado a Albertina, concluyeron que nuestra constitución era más débil que la suya y empezaron a tratarnos con el mayor respeto. De todas maneras no creo que hayan imaginado nunca hasta qué punto éramos más débiles. No les era posible. Y, como todos los adultos, estaban absolutamente seguros de que siempre sabían qué era lo mejor.
A pesar de todo, tuve los primeros presentimientos cuando vi una solemne procesión alineada ante el establo del bayo; el Cantor inició un himno que yo jamás había oído.
Evidentemente, era un día especial, porque ninguna de las mujeres había salido al campo. Hasta el Maestro del Tatuaje había abandonado su mesa para ocupar un lugar destacado en la procesión junto a sus hijos; el Herrero, cubierto de hollín, había abandonado su forja, mientras el Escribano encabezaba la marcha. Su hijo sostenía ceremoniosamente el libro nuevo en que había estado trabajando. Quizás era un día de fiesta, porque todas las mujeres traían cestas de picnic; pero los centauros no tenían una palabra para «fiesta». Entonces, el bayo nos tomó de la mano, a Albertina y a mí, y todos salimos del pueblo mientras él cantaba un nuevo himno llamado CONSAGRACIÓN DE UN LIBRO DE ESCRITURAS RECIENTEMENTE DESCUBIERTO.
Una débil niebla cubría los campos esa mañana, y no podíamos ver más allá de las doradas espigas que rozábamos al pasar, ni oír otra cosa que la voz de barítono color de caoba del bayo y el rumor regular de los cascos en el fangoso sendero. Como era el Tiempo Nebuloso, cualquiera podía imaginar que se trataba de la primera madrugada, el instante anterior a todos los tiempos, ya que el Tiempo Nebuloso era el útero del tiempo. Por primera vez, conducido como un niño por el gran bayo cuya forma era tanto más noble que la mía, y cuyo sentido de la coherencia del universo era tan inflexible, empezó a vacilar mi propia convicción de que yo era un hombre llamado Desiderio, nacido de cierta madre en cierta ciudad, amante de cierta mujer. Si yo era un hombre, ¿qué era un hombre? El bayo me ofrecía una definición lógica: un caballo en un estado de decadencia definitiva; bípedo, sin crin, sin cola. Era un enano deforme, maltrecho, desnudo, que un día olvidaría para qué fin servía su propio nombre. Y la cosa morena y con senos que el bayo llevaba con su otra mano era mi mujer. De la cintura para arriba era tolerable aunque fea, pues no era equina; de cintura para abajo era vil. Además estaba incompleta, porque su piel carecía de las cicatrices indispensables. ¡Qué desnudos estábamos! Yo había empezado a considerar que los centauros eran nuestros amos, aunque Albertina me lo había advertido: «Sólo las presiones del Tiempo Nebuloso nos obligan a vivir con semejante convicción». Tal vez yo buscaba realmente un amo; quizá toda la historia de mis aventuras podría titularse «Desiderio en busca de un amo». Pero yo sólo quería encontrar un amo —el ministro, el conde, el bayo— para apoyarme en él un momento y reír burlonamente después.
Si Albertina hubiese sabido hasta qué punto yo era despreciable, no habría pensado en mí dos veces.
Cuando llegamos a la Colina Sagrada, todos relincharon «¡Aleluya!» y evacuaron. Luego esparcieron la paja que traían para que Albertina y yo no tuviéramos que descansar sobre el estiércol al acostarnos. El Escribano clavó el nuevo libro en el árbol. Las plegarias fueron interminables. El Maestro del Tatuaje y el Cantor entonaron una larguísima cantata para tenor y barítono mientras los tres niños que traían los instrumentos de tortura aguardaban con la ciega indiferencia de los árboles.
Al final descubrí cuáles eran sus propósitos.
Seríamos tatuados en la Colina Sagrada, allí donde el Padrillo Sagrado nos había puesto inicialmente. Nos había enviado al mundo para que su rebaño supiera qué horribles formas podría tener si no obedecía aún más estrictamente a sus dogmas. Pero en su infinita piedad, el Padrillo había decidido integrarnos a la caballada celestial. Imprimirían en nosotros su imagen y, para que fuésemos aún más parecidos, clavarían a nuestros pies, con clavos al rojo, herraduras. Luego nos llevarían a la selva y nos entregarían a los Espíritus. Es decir, a los caballos salvajes, que seguramente nos pisotearían hasta la muerte.
Clavo Ardiente en persona relinchó y echó atrás su crin. Oímos todas las palabras. Miré a Albertina y vi que lloraba. Extendí mi mano y apreté la suya. Cualquiera que fuese la realidad de los centauros, ciertamente poseían la capacidad de privarnos de toda realidad, porque era seguro que moriríamos juntos, si no a causa del primer sacramento, a causa del segundo; y si lográbamos sobrevivir el tercero acabaría sin duda con nosotros. Recobré la calma porque la situación estaba totalmente fuera de nuestro control: si éramos víctimas de deseos desconocidos y desenfrenados debíamos morir, porque mientras esos deseos subsistieran, terminaríamos matándonos mutuamente.
Sí. Ya entonces lo pensé.
El Maestro del Tatuaje se arrodilló y cogió el pincel. Ella tembló cuando sintió la helada y húmeda lengua de crin que lamía su columna vertebral, y apreté aún más su mano. La congregación marcaba el ritmo con sus cascos. El Cantor entonó y representó, creo, la DANZA DEL PINCEL DE CRIN. No sé cuánto tiempo transcurrió antes de que su espalda estuviera completamente tatuada; no sé cuánto tiempo fue necesario para que me tatuaran pero, cuando terminaron, detuvieron la ceremonia para comer y nos dieron leche y panes, aunque no permitieron que nos levantáramos porque la pintura aún estaba fresca. Albertina temblaba, y yo recordé su expresión cuando era Lafleur. Sabía que ella era infinitamente más valiente que yo.
Al final de la mañana, el sol brillaba con fuerza. La niebla del alba se había desvanecido y el cielo estaba sorprendentemente azul y claro. Ella se incorporó sobre los codos y, protegiendo sus ojos con la mano, miró a los lejos. Recordé a Lafleur cuando presentía una tormenta; ella buscaba las patrullas aéreas de su padre. Yo no creía en las patrullas. Aunque Albertina seguía temblando, no era de miedo sino de esperanza, o quizá de cansancio. Apretó mi mano con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en mi palma. Me acordé del papel en el bolsillo del sobrino del propietario del cosmorama. «Mis deseos, concentrados en un solo punto...»
Estoy seguro de que lo que ocurrió después fue una casualidad. No lo dudo. Apostaría mi vida a que lo fue.
—¡Mira! —susurró, respirando triunfalmente.
A lo lejos, el sol resplandecía en las alas de un pájaro metálico.
No era eso lo más sorprendente; no era ésa la coincidencia más extraordinaria. La letanía se reanudó, y el Cantor derramó casi encima de nosotros un éxtasis tan maravilloso que ya no pude ver nada, salvo sus cascos y su grupa sudorosa girando a nuestro alrededor. Su consumación lo derribó: extendido en el suelo, sacudió espasmódicamente los cascos. En ese momento oí el zumbido de un motor; ellos estaban demasiado excitados para escucharlo, o lo confundieron con el zumbido de un insecto en el trigal. La savia del árbol caballo siguió zumbando. Llegó el momento culminante. El Maestro levantó el pincel y el punzón. Y ésa fue la coincidencia: en el mismo instante en que se inclinaba para hacer la primera incisión, el árbol caballo se incendió.
«... encenderán todo lo que encuentren a su paso.»
Quizás el Escribano había terminado un nuevo libro, pero no había tiempo para tales improvisaciones. El libro ardía. El estiércol seco, al pie del árbol, crepitó instantáneamente, y un lazo de llamas capturó la cola del bayo. Sacudió en todas direcciones su tea ardiente, aullando, y expelió estiércol, aterrorizado. El Maestro del Tatuaje se convirtió en un caballo de marfil y de fuego y súbitamente todos ardieron, todos los sacerdotes que nos rodeaban y también nuestro lecho de paja. Albertina y yo nos pusimos de pie de un salto y atravesamos la muralla de fuego, corriendo tan velozmente como podíamos, entre la barahúnda de relinchos, hacia el helicóptero que acababa de posarse en el trigal.


* * *


8. El castillo

Mientras el copiloto registraba la escena con una cámara de televisión, el helicóptero se elevó entre un torbellino de estruendo intermitente. Cuando miré hacia abajo, vi abrirse el amplio valle de los centauros como un abanico francés neoclásico del siglo dieciocho pintado por un discípulo de Poussin, y cerrarse progresivamente mientras volábamos a tan baja altura que las ramas rozaban el aparato. Los últimos meses de nuestras vidas se desvanecieron sin dejar rastros; oí que el piloto llamaba a Albertina «Señora» y luego «Generalísimo Hoffman». Cuando me aparté de la ventanilla, ella se había puesto ya un traje de combate, de tela fuerte de sobrio color oliva, y en ese momento se peinaba el pelo negro que había crecido casi hasta su cintura durante nuestro cautiverio. El copiloto dejó su cámara y buscó ropas para mí. Ahora que ella estaba vestida me avergonzaba mi desnudez y me cubrí de prisa aunque con torpeza.
   —¿Soy un explorador de avanzada del general? —pregunté, pero ella se limitó a sonreír, ausente, y examinó el mapa que el copiloto le había dado. Tanto él como el piloto eran jóvenes robustos y silenciosos de birrete negro, y fumaban largos cigarros negros. Hablaban un lacónico francés y yo pensé que muchas veces había visto hombres parecidos, pero sólo en los noticieros cinematográficos. Me dieron café de un termo y me hicieron sitio para que pudiera sentarme. Hacía tanto tiempo que no estaba en el siglo veinte que me sentí atolondrado. La radio empezó a graznar mensajes en el lenguaje de mi país. No lo había escuchado durante mucho tiempo; mientras vivíamos con los centauros, Albertina y yo lo usábamos como una lengua privada, como las que inventan los niños para sus secretos, y me asombró recordar que era una propiedad común. El café era fuerte y estaba caliente; abrieron un paquete de sándwiches de jamón. Albertina alisó displicentemente su pelo y, al hacerlo, dejó a un lado todo su romanticismo. Su rostro era duro, moreno e impersonal. Bebí el café. Ella habló por la radio pero no pude entender qué decía, por el ruido del motor.
  Cuando dejó de hablar le devolvió el micrófono al piloto, suspiró, sonrió, y se acurrucó a mi lado.
  —No eres mi explorador —dijo—. El doctor te dará una misión. Me lo acaba de decir.
—¿Aunque pertenezca al bando contrario?
  —Irás adonde yo vaya —me contestó, con tal convicción que guardé silencio, porque acababa de comprobar que sus pasiones podían incendiar un árbol y ahora que nos encontrábamos en el mundo real no estaba convencido de querer arder con ella, por lo menos todavía. Sentía una inexplicable indiferencia hacia ella. Quizá porque era una nueva mujer, la antítesis de mi cisne negro y de mi ramo de huesos ardientes: era un soldado recio y antiséptico ante quien se inclinaban los subordinados. Yo empezaba a sentirme pérfido, porque no tenía el menor respeto por la jerarquía ni por la subordinación.
  —¿Y mi ciudad? —pregunté, chupando el cigarro que me había dado el piloto.
Ella frunció el ceño, sobre su vaso plástico de café.
  —El curso de la guerra ha sido dramáticamente alterado por la destrucción del conjunto de muestras. Mientras mi padre modificaba los transmisores, el ministro completó su equipo de computadoras c inauguró un programa denominado Rectificación de Nombres. A pesar suyo, se vio obligado a utilizar armas filosóficas o, como él probablemente preferiría llamarlas, armas ideológicas. Decidió que sólo podía mantener un estricto control de cada objeto real si hacía que su nombre concordara con él perfectamente. De ese modo, ¿comprendes?, no habría ninguna sombra entre la palabra y la cosa descrita. El ministro supone que mi padre actúa en la zona de sombras que se extiende entre lo pensable y la cosa pensada, y que si logra destruir esa diferencia, destruirá también a mi padre. ¿Me sigues?
—Más o menos.
  —El ministro ha creado un nuevo slogan: «El nombre exacto hace la luz». Es un hombre de poderoso intelecto pero escasa imaginación. Y por eso puede oponerse a mi padre, naturalmente. Piensa que cuando los nombres sean exactos, la consecuencia automática será el orden perfecto y, por lo tanto, el gobierno perfecto en términos confucianos. Por eso ha despedido a todos sus físicos y ha organizado un equipo de positivistas lógicos de la Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional, a quienes ha impuesto la tarea de fijar todos los fenómenos compilados en sus computadoras en el sólido cemento armado de un conjunto de nombres que se corresponden con ellos. Irónicamente, su tarea se ha visto facilitada por la flexibilidad de la identidad producida durante la etapa del Tiempo Nebuloso.
  Hizo una pausa. Un resplandor amarillento inundaba la cabina.
  —Mira. Estamos cruzando el desierto, la madre de los espejismos —dijo.
  No había más selva; sólo arena que se movía en secas espirales del color de la esterilidad y, encima, un cielo tan inerte como la tierra.
  —Éste es el mundo de tu ministro —continuó ella—. No tiene bastante imaginación para comprender que las más monstruosas aberraciones florecerán una vez que el suelo haya sido desinfectado de la imaginación.
  Aunque yo la amaba más que a nada en el mundo, recordé la música de Mozart y le susurré a la Reina de la Noche:
—No pienso lo mismo.
  Pero ella no me oyó a causa del ruido de los motores y las hélices.
  —Cuando los transmisores volvieron a funcionar, las imágenes que enviábamos rebotaron en las murallas intelectuales que el ministro había construido. Mi pobre padre. .. se desconcertó, porque yo me había extraviado en el Tiempo Nebuloso cuando más me necesitaba.
  El helicóptero seguía a su propia sombra sobre el reino de la muerte espiritual.
  —Pero ahora, por fin me he comunicado con él: sólo espera nuestro regreso para abrir el Segundo Frente.
—¿Nuestro regreso? ¿Te espera... y me espera?
  —Sí —dijo Albertina, y volvió hacia mí sus ojos hechiceros de modo que el deseo me dejó sin aliento y la cabina se disolvió en nuestro beso. No obstante, en el centro de mi corazón persistía la duplicidad. Yo estaba identificado desde el principio como el hombre del ministro, a pesar de mi apatía e incluso de mi frialdad, porque también yo habría rendido culto a la razón si alguna vez hubiera descubierto su altar. La razón estaba impresa en mí como un cromosoma, aunque amaba a la suprema sacerdotisa de la pasión. Sin embargo nos besamos, y los pilotos se cubrieron los ojos como si no pudieran aguantar nuestro resplandor.
  Luego el piloto divisó un fuerte amurallado y, a su lado, un campo de aterrizaje donde había dos austeros aviones militares. Tocamos tierra en un helipuerto dentro del fuerte, como había visto en una película sobre la Legión Extranjera. Había un destacamento de soldados. Eran tan morenos y reales como los pilotos del helicóptero; también ellos llamaban a Albertina «Generalísimo». Fuimos a tomar un baño y me cortaron el pelo al estilo militar, porque me había crecido tanto como el de Albertina. Luego cenamos frugalmente raciones del ejército porque, a pesar de su rango, ella no recibía trato preferencial. Nos acostamos en dos duras camas de hierro con delgadas almohadas y ásperas mantas grises, donde no habría podido hacerle el amor aunque ella me lo hubiera permitido, porque allí dormían otros veinte hombres. Yo había olvidado qué cómodo era el mundo real; cómo, por ejemplo, del grifo que llevaba una «C» brotaba un chorro de agua caliente; qué agradable era dormir entre sábanas; cómo, aunque no había relojes en el fuerte, los soldados habían llegado a un acuerdo formal acerca del tiempo, para que nuestro desayuno, repleto de sabores nostálgicos —té, tostadas, tocino, mermelada—, se sirviera a la hora en que todos coincidimos en despertarnos. Luego, cuando todo estuvo preparado, el comandante del fuerte besó a Albertina en ambas mejillas; subimos a un avión militar y volamos en línea recta hacia el castillo de Hoffman; fue más sencillo pero mucho más largo que en los sueños. Nada perturbaba la serena y reconfortante superficie de los acontecimientos, excepto la presencia constante de los ojos de Albertina.
  Océano y jungla, y finalmente unos picos que se recortaban contra el cielo del atardecer. Yo esperaba con expectativa el regreso al hogar, pero no sentí nada. Con un leve dolor en el corazón, cuando el avión descendía pensé que quizás ahora sería un extranjero en todas partes.
  El descenso era peligroso, porque el campo de aterrizaje de Hoffman estaba escondido entre las montañas, tanto que mientras bajábamos no logré ver el castillo, sino los picos que giraban. Un jeep nos esperaba; nos llevó por un sendero desparejo entre las largas sombras oscuras de la noche inminente; entre los paredones rocosos vi cuatro lunas que brillaban sobre las cumbres secretas. Eran cuatro inmensos platillos cóncavos de metal muy pulido que giraban como molinos de viento, vueltos hacia la ciudad que estaba, como yo sabía, hacia el sur. Evidentemente eran parte del sistema de transmisión: un verdadero alarde tecnológico. Estaba tan absorto en su contemplación que no vi el castillo, delante de nosotros, hasta que el jeep se detuvo, y Albertina, con voz conmovida, exclamó:
—Casi hemos llegado.
  Casi pero no del todo, porque aún debíamos cruzar un profundo precipicio por un puente de madera tan frágil que sólo permitía el paso a pie, y tan angosto que debíamos ir uno tras otro. El conductor del jeep hablaba una extraña mezcla de francés y español, y llevaba un gastado uniforme de tela verde; besó a Albertina en ambas mejillas y se alejó ruidosamente, dejándonos a solas. Fuimos hasta el puente. El abismo tenía unos veinte metros de ancho, y sus paredes caían a pico hasta una profundidad de trescientos metros o más, tanto que era imposible ver el fondo. Más allá del puente había un bosquecillo de unas dos hectáreas, rodeado por los acantilados en cuyas cumbres estaban instalados los transmisores. Era un dulce refugio femenino en medio de las viriles montañas. Los árboles estaban cargados de frutas; los cálices moteados y abigarrados de enormes flores parecían exhalar todo el perfume atesorado durante el día. Aves brillantes cantaban sobre las ramas; bulliciosas ardillas colgaban de ellas, por la hierba tupida se deslizaban los conejos, y bellos ciervos se movían entre los árboles, llevando orgullosamente la cabeza en alto, como príncipes, bajo el peso de sus coronas de astas. No parecía que ese sitio hubiese conocido jamás un invierno; cuando nos acercamos, con pasos que sonaban a hueco sobre el puente de tablones, recordé que había visto una imagen del parque de Hoffman, un cuadro mágicamente transformado en el que todos los detalles estaban realzados, pero donde se reconocía la visión soñada de este mismo parque. Lo había visto en el cosmorama. Era el parque enmarcado por el orificio femenino en la primera de las máquinas; cuando miré más allá de los árboles, vi el mismo castillo que había visto entonces.
  El castillo se apoyaba contra la montaña. Sus murallas evocaban el origen teutónico de Hoffman: había construido un castillo wagneriano como un monumento romántico de piedra. A medida que la luz se desvanecía, el castillo abría sus múltiples ojos de colores, porque todas las ventanas eran vidrieras. Sabía que no era un sueño: mis pies dejaban huellas en la hierba y Albertina arrancó una manzana, me la ofreció, la froté para sacarle brillo, la mordí y mis dientes produjeron un «crac», mientras los transmisores centelleaban y un rugido en el cielo anunciaba que el avión había partido, ése u otro, ya que había un hangar atestado de máquinas en la base militar del campo de aterrizaje.
  —Ha sido un año maravilloso para los manzanos —dijo Albertina—. Mira qué cargados están; las ramas casi tocan el suelo. Cuando salí a poner al conde en cuarentena, estaban en flor. No sabes qué hermosos son los manzanos en flor, Desiderio.
  Terminé mi manzana y arrojé a lo lejos las pepitas. La princesa daba por sentado que a mí me interesaban sus patrimoniales manzanos en flor. ¡Cuánta presunción! Quizá no hubiera debido decirme tan claramente, en tono de propietaria, que todo esto era suyo, el castillo, el parque, el huerto, las montañas, la tierra, el cielo y todo lo que contenía. No lo sé. Sólo sé que yo no podía ir más allá de mí mismo, tanto como para heredar el universo. Aunque era real, sabía que la perfección que me rodeaba era imposible. Quizá tenía razón. Ahora soy demasiado viejo para saberlo, o para preocuparme por ello. Ya no sé la diferencia entre la memoria y el sueño. Comparten el mismo tipo de ilusión. En aquel momento, creía ser un terrorista de la razón, aunque probablemente intenté justificarme más tarde con esa idea. Sin embargo, cuando cierro los ojos, aún la veo caminar por el huerto hacia la casa de su padre, con un uniforme militar y sus gruesas trenzas negras a la espalda, como una niña.
  Nadie salió a recibirnos pero la puerta de entrada estaba abierta, una puerta en lo alto de una escalinata nada grandilocuente, sino resquebrajada y cubierta de musgo, porque no se trataba en realidad de un castillo sino de una casa de campo construida al estilo de un castillo. Entramos primero a un salón sombrío, de cielo raso bajo, perfumado con potpurrí y amueblado con sillones labrados, jarrones chinos y alfombras orientales. No sé qué esperaba, pero ciertamente no esa tranquilidad, esa paz doméstica. ¿Acaso no estábamos en la casa del mago? Los transmisores enviaban sus ondas más allá de las montañas, pero no afectaban al refugio del enemigo. Aquí todo era seguro. Todo estaba en orden.
  Lo único que me desconcertaba eran los cuadros de las paredes. Eran óleos barnizados del estilo y las dimensiones de la pintura académica del siglo diecinueve, y en todos ellos había rostros o escenas que yo reconocí por haberlos visto en viejas fotografías y en las reproducciones verdes o sepias de obras de arte olvidadas que las monjas nos mostraban en nuestra infancia cuando nos portábamos bien. La placa metálica del primer cuadro al que me acerqué decía: León Trotsky componiendo la Sinfonía Heroica; las gafas con aros de metal, los ojos ardientes, el pelo eran absolutamente familiares. En sus ojos la luz de la inspiración; de su pluma brotaban corcheas que caían sobre las hojas que volaban encima del paño rojo de la mesa de caoba, impulsadas por el maravilloso frenesí del genio. Van Gogh escribía Cumbres borrascosas en el presbiterio de Haworth con la oreja vendada. Me impresionó una tela gigantesca: Mil ton pintaba a ciegas frescos divinos en la Capilla Sixtina. Al ver mi asombro, Albertina dijo sonriendo:
  —Éstas son algunas de las cosas que todo el mundo reconocerá como verdaderas cuando mi padre reescriba la historia.
  Aunque en todas partes había signos evidentes del escrupuloso trabajo de los criados, la casa parecía completamente desierta. Sólo acudió a nuestro encuentro un perro viejo que se levantó pesada y penosamente de una alfombra, delante de un hogar donde ardían unos pocos leños, no porque hiciera falta calentar la habitación sino por el aroma que desprendía la madera de manzano y por el espectáculo de las llamas.
  —Cuando yo era niña, me llevaba sobre su lomo —dijo ella—. ¡Qué blanco se le está poniendo el hocico!
  El gran danés nos siguió por la escalera y por una galería, jadeando, hasta otra habitación cuyas vidrieras teñían el parque de rojo y morado, y donde un sofisticado equipo emitía música de Ravel. En un diván, con el rostro dado vuelta, yacía una mujer muy pequeña, de pelo negro y con un vestido largo, también negro. El doctor, sentado en un taburete bajo, acolchado, le sostenía la mano. Lo reconocí de inmediato, aunque, por supuesto, era mucho más viejo que en las fotos que yo había visto; todavía llevaba monóculo, como me había dicho su antiguo profesor. En la habitación había fuerte olor a incienso, que no ocultaba por completo el hedor de la incipiente putrefacción. Cuando abandonó la mano que sostenía, ésta cayó inerte. La única nota discordante en la suntuosa residencia de ese hombre rico era el cadáver embalsamado de su esposa, extendido en una bergére, en aquella habitación de paredes blancas. El doctor tenía el pelo gris, ojos grises, la cara gris. Vestía un traje oscuro de muy buen corte y tenía las manos exquisitamente cuidadas. Ahora su principal cualidad era la serenidad. No existía el menor parecido entre el anciano y su hija.
  Ambos hablaban en el lenguaje corriente. Las primeras palabras del doctor fueron:
—Iré mañana a la ciudad, y llegaré ayer.
  —Por supuesto —respondió Albertina—. Porque la sombra del ave que vuela jamás se mueve.
Ambos sonrieron. Parecían entenderse a la perfección.
  Él la besó en las mejillas, con el beso correspondiente a un Generalísimo.
  Rieron suavemente y yo sentí que se me erizaba el pelo. En esa habitación, que flotaba en el castillo como una burbuja de silencio, experimenté un miedo espantoso. Quizá porque estaba en presencia del poder disciplinado de lo irracional. Él parecía muy gris y sereno, y acababa de decir algo absolutamente insensato en un tono perfectamente razonable. De inmediato comprendí qué solos estábamos allí, muy lejos, en las montañas, con la única compañía del viento, en la casa del hombre que convertía los sueños en realidad.
Acarició el cabello nocturno del cadáver y susurró:
  —Ya ves, querida; ha vuelto a casa, como te dije que haría. Ahora deberíais dormir mientras cenamos.
  Pero sonó una campanilla; aparentemente antes debíamos vestirnos. Albertina me guió a una casta habitación masculina en la parte delantera de la casa, que tenía un sillón de cuero negro y una cama angosta, muchos ceniceros y un revistero donde había ejemplares de Playboy, The New Yorker, Time y Newsweek. En un tocador había cepillos con mango de plata. Abrí la puerta de un armario y encontré un cuarto de baño donde tomé una ducha caliente, usando gran cantidad de jabón de limón. Cuando salí, envuelto en el toallón blanco que me habían preparado, hallé un smoking, con todos los accesorios, extendido sobre la cama. Hasta había calcetines de seda y un pañuelo blanco de hilo. Cuando terminé de vestirme, metí la mano en el bolsillo y encontré un encendedor de oro y una cigarrera que hacía juego con él, llena de cigarrillos negros rusos Sobranie. Me miré en el espejo oval enmarcado en caoba. Nuevamente me había transformado. El tiempo y el viaje me habían cambiado a tal punto que me costaba reconocerme. Parecía una versión varonil de Albertina. Por eso sé que fui bello en mi juventud. Sé que me parecía a Albertina.
  Desde mi ventana podía ver el huerto de manzanos, el precipicio y el camino que llevaba a través de las montañas peladas hasta la base militar. Todo perfectamente ordenado e impregnado del aroma a vino y a hongos del otoño. Sonó la campanilla y bajé por la escalera alfombrada hasta la galería de cuadros donde Albertina y su padre bebían jerez seco. La cena estaba servida en una mesa inglesa del siglo dieciocho en otra de aquellas habitaciones castas, reservadas, de paredes blancas, con un arreglo floral de estilo japonés sobre el aparador; la porcelana, Tos vasos y los cubiertos eran de tan buen gusto que apenas se advertía su presencia. La comida era sencilla y acorde con la estación: sopa; trucha; media liebre asada; setas; ensalada; fruta; queso. Los vinos eran los que correspondían. Acompañaron al café, muy negro y fuerte, una selección de rebuscados licores, y todos fumamos unos puros que probablemente no tenían precio. No apareció ningún criado. Todos los platos habían subido desde las cocinas subterráneas en un pequeño montacargas de donde la misma Albertina los había tomado para servirnos. No se habló durante la cena, pero de otro equipo de música escondido detrás de una reja esmaltada de blanco surgía un ciclo de canciones de Schubert, El viaje de invierno.
  —¿No cree usted —dijo el doctor con voz suave y penetrante— que las presencias invisibles son más reales que las visibles? Ejercen mayor influencia sobre nosotros. Nos hacen llorar con mayor facilidad.
  Ésa fue la única expresión de sentimiento que él reveló mientras estuve a su lado. Durante la cena empecé a percibir en su serenidad, su casi inmovilidad, su silencio, sus suaves movimientos, una poderosa concentración mental que, bien aprovechada, podía gobernar el mundo. Su presencia me angustiaba. Era la serenidad misma. Se había refinado casi hasta desaparecer. Era un fantasma gris con una chaqueta a rayas, sentado frente a una mesa muy elegante, y sin embargo era también Próspero; aunque, irónicamente, no era posible juzgar el poder de Próspero en su propio castillo porque no podía alterar los elementos constituyentes del aromático café que saboreábamos. Esa era la fuente de mi amarga decepción. Yo hubiese querido que su casa fuese un palacio enteramente dedicado a las maravillas.
  Incluso en un nivel más mundano me sentía decepcionado, porque él era muy rico y yo muy, muy pobre. Y yo sentía, como los pobres, que los ricos sólo pueden justificar su riqueza cuando la exhiben generosa y conspicuamente. La comida me había irritado; su buen gusto me inspiraba desdén. Si yo fuera tan rico como él, serviría pavos reales todas las noches. Además, el buen gusto siempre me había aburrido un poco y, en el cuartel general del enemigo, estaba un poco aburrido. En ese momento, para reavivar mi decaído interés por lo que me rodeaba, recordé que yo era un agente secreto del bando opuesto. No eran ellos el enemigo, sino yo.
  El blanco vestido de noche de una heroína romántica victoriana susurraba alrededor de los tobillos de Albertina y se adhería como escarcha a sus senos de ámbar. Sin embargo yo hubiera preferido la ropa de travestí del embajador de su padre, o que hubiera venido desnuda a la mesa, con amapolas en el pelo, como lo hacía en el país de los centauros. Mi desilusión era profunda. No me sentía en el reino de lo maravilloso. Yo había ido más lejos y había llegado a la central de lo maravilloso, donde estaba la tonta y estrepitosa maquinaria teatral. Incluso si es un sueño encarnado, lo real, una vez que se hace real, sólo puede ser lo real. Cuando no la conocía, ella me parecía sublime. Cuando la conocí, la amé. Pero mientras mondaba un níspero con un cuchillo de plata, me pregunté si la posesión carnal de Albertina no sería la peor de las desilusiones.
  El hábito de la contemplación sardónica es el más difícil de romper.
  Cuando terminamos el café, el doctor se excusó, diciendo que debía atender sus obligaciones en su estudio, alojado en una torre, pero antes de retirarse me ofreció otro de sus magníficos puros. Albertina me invitó a disfrutar de él mientras caminábamos por el parque. He olvidado qué mes era, pero, por la fragancia, supongo que debía de ser octubre.
—Por aquí —dijo.
  La pared del precipicio se abrió ante ella, pero yo sabía que se había abierto sólo porque había oprimido un nada mágico interruptor. Con sus abundantes faldas revoloteando delante de mí, me condujo hacia una profunda grieta excavada en la roca, un pasaje secreto hasta la cumbre de la montaña, entre los grandes peñascos amontonados donde uno de los transmisores giraba como un molino de viento transfigurado. Pero siguió de largo y me llevó más allá, entre las rocas, debajo de la media tajada de limón de la luna; ambos estábamos tan elegantes con nuestros vestidos de noche que parecíamos un vivo anacronismo proyectado hacia atrás en el tiempo, a un desierto primigenio. Llegamos a una especie de anfiteatro circular cavado en la roca amarillenta y poblado por una silenciosa multitud de formas inmóviles dispuestas en hileras y columnas, como guardianes.
  —Era un cementerio —dijo Albertina—. Lo hicieron los indios antes de que llegaran los europeos. Pero éstos no vinieron aquí. Y los indios murieron, casi todos. Esto es todo lo que de ellos ha quedado.
  En el centro del anfiteatro había un túmulo cuadrangular que contenía, presumiblemente, los huesos de mis antepasados muertos; los mudos espectadores que lo rodeaban eran los encargados de ahuyentar a los ladrones de tumbas, a los leones de la montaña, a los perros o a cualquier cosa que pudiera molestar a los durmientes. Los indios habían representado en su cerámica sin vidriar hombres a caballo armados con espadas, mujeres con arcos, perros que mostraban los dientes, urnas, casas pequeñas e implementos de cocina: una ciudad para los regimientos de tierra cocida, las toscas figuras morenas deterioradas por el tiempo y la intemperie, cuyos ojos eran agujeros por donde se podía ver que el interior era hueco. Descendimos por el empinado costado del anfiteatro; las faldas de Albertina ondulaban y su pelo caía sobre sus desnudos hombros atezados, tan libremente como el pelo de una sacerdotisa druida. Ella, hecha del color de la roca y de las estatuas, de la oscuridad y la luz de la luna.
  El amor es la síntesis del sueño y la realidad; el amor es la única matriz de lo que no tiene precedentes; el amor es un árbol donde florecen como rosas los amantes. Con su blanca majestad vestal ella me hablaba de amor entre los ornamentos funerarios de la montaña pelada, y entonces yo, como un nadador intrépido, me arrojé a las furiosas rompientes de sus enaguas y puse mi boca en el velloso centro del amor. Eso fue lo más cerca que estuve de la consumación. Sucedió en el cementerio de mis antepasados.
  Albertina se sentó en una roca, quizá un viejo altar, y me indicó que me sentara a su lado. Éramos el centro de la mirada de los ojos ciegos de un innumerable público de alfarería.
  —El estado del amor es como el sur en la paradoja de Hui Shih: «El sur, a la vez, tiene y no tiene límites». Lu Te-ming hizo el siguiente comentario de esta paradoja: «Él hablaba del sur, pero sólo como un ejemplo. Existe el espejo y existe la imagen, y también la imagen de la imagen; dos espejos se reflejan mutuamente y sus imágenes pueden multiplicarse sin fin». El nuestro es un encuentro supremo, Desiderio. Somos dos espejos como aquéllos.
  En el espejo de sus ojos, vi cómo mi ser giraba, se fragmentaba y se recomponía infinitamente.
  —El amor es un viaje perpetuo que no atraviesa el espacio, un permanente movimiento pendular que se mantiene inmóvil. El amor posee ciertos elementos en común con el eterno retorno, porque este intercambio de reflejos no se agota ni se destruye, aunque no es un retorno. Es un progreso sin lugar ni duración hacia un estado final de aniquilación extática.
  Con hermosa gravedad, ella disertaba frente a mí y a los ornamentos de las tumbas y, si mi atención decaía, era sólo por el frío aire de la noche y por la fastidiosa presencia, en mi bolsillo, del puro que el doctor me había dado y que me parecía descortés encender en ese momento. Además, en las ventanas de mi nariz persistía la fragancia almizclada de su piel. Me puso la mano en la muñeca; el roce me electrificó.
  —Mi padre ha descubierto que el campo magnético establecido por nuestro recíproco deseo —sí, Desiderio, nuestro deseo— posee una intensidad incomparable. Ese deseo puede constituir la fuerza más poderosa del mundo y, si logra cristalizarse, se convertirá en el residuo definitivo de las asociaciones más poderosas. ¡El deseo es también el origen de la mayor fuente de energía radiante de todo el universo!
  Su capacidad intelectual me impresionaba, pero yo hubiera deseado que fuera un poco menos seria. Había heredado toda la falta de humor de su padre. El propietario del cosmorama me había hablado de ello. Sin embargo, cuando Albertina estaba seria, yo la encontraba encantadora. En el momento en que pensaba que era encantadora, la vi idéntica al ángel que las monjas ponían en la punta del árbol de Navidad del convento. Era elocuente, y su elocuencia me conmovía, como me habían conmovido con frecuencia la música de Mozart y las pinturas murales de los antiguos egipcios.
  —En teoría, todo se reduce a una serie de elementos últimos. Cuando mi padre perfeccione esta teoría, lo que hará quizás en tres o cuatro años más, la llamará Principio Hoffman de la Sencillez no Condicionada; cuando deduzca sus leyes, reducirá el mundo a los elementos naturales de los cuales se compone. Destruirá el mundo y construirá otro nuevo.
  ¿Cómo? ¿Ese hombre gris con monóculo, que odiaba a la humanidad, que no soportaba ver a un criado y reservaba su afecto a una esposa muerta? Sí. Ese hombre gris. La negra melena de Albertina rozó mi mejilla; toqué sus hombros. Su piel era suave como el ante.
  —El mundo está compuesto de estos elementos. Todo lo demás es accesorio e irrelevante. Esos elementos poseen un tipo de realidad que no pertenece a ninguna otra cosa. El elemento último, Desiderio, es el amor. Es decir, el deseo, Desiderio. Que es generado por cuatro piernas en una cama.
  Excitado como estaba fui suficientemente ingenuo para tomar esto por una invitación; la eché hacia atrás sobre el túmulo sepulcral y me hundí entre sus espumosas faldas. Aunque logré besar su elemento último, ella me rechazó tan hábilmente que no pude hacer nada. Luego se echó a reír.
  —¿No ves que en este momento está fuera de la cuestión? —dijo—. Todavía no me has hecho el amor porque, desde que me conoces, sólo la fuerza de tu deseo ha sustentado mis diferentes apariencias.
  Me desconcertó ver mi deseo físico refutado por la metafísica. Le golpeé el rostro con el duro dorso de mi mano. En uno de sus labios apareció una gota de sangre, pero ella no parpadeó ni me recriminó.
  —Oh, Desiderio, pronto, muy pronto. Cuando vayamos juntos al laboratorio, me verás como realmente soy.
  No la comprendí. La media luna dejaba caer una leve luz fea, sepia, que daba formas degeneradas a todo lo que nos rodeaba. Mi mente estaba turbada e inquieta, porque el castillo del mago no era el hogar de la sinrazón sino la escuela de cierta especie de lógica, incomprensible para mí, y ahora ella me decía que debíamos volver allá, ya que su padre me esperaba para llevarme a visitar el laboratorio.
  Me guió hasta su estudio, en lo alto de una de las torres, en un ascensor que se deslizaba suavemente, y me dejó ante una puerta. Me besó en la mejilla y prometió:
—Esta noche. Más tarde.
  Se desvaneció detrás de las puertas del ascensor, como un ave blanca devorada; la vi desaparecer no sé con qué presentimiento infortunado. ¿Cómo podía saber entonces que, cuando volviera a verla, no tendría otra opción que matarla?
  Llamé a la puerta. El doctor abrió. Se había puesto una bata blanca, porque era un científico; pero su aspecto seguía siendo tan impersonal como al principio. Era gris, frío, silencioso e insondable; no un hombre sino el mar. Comprendí que le temía.
  Su estudio, su taller privado, su sanctasanctórum, su cubil, su observatorio, tenía ventanas desde donde podía controlar el movimiento de los transmisores. También debía de contemplar las estrellas, porque en una pared había colgado un viejo mapa del cielo. Sin duda, yo había imaginado antes, por lo menos parcialmente, el decorado de esa habitación, porque satisfizo por completo mi imaginación. Lo contemplé con aprensión, aunque recordaba que el propietario del cosmorama me había dicho que su antiguo discípulo había escarbado profundamente en la pseudociencia árabe, china y medieval. Era a medias el laboratorio de Rottwang en la Metrópolis de Lang, el gabinete del doctor Caligari e, incluso, tal como lo evoca mi memoria probablemente falaz, el laboratorio de un aristócrata de fines del siglo diecisiete, aficionado a la filosofía natural y a veces a la necromancia, porque allí se veían, conservadas en frascos, las formas martirizadas de las mandrágoras, y un olor combinado de ámbar y azufre impregnaba el aire.
  La habitación estaba atestada de curiosidades, dientes de ballena, colmillos de narval, esqueletos de criaturas extinguidas, tal como los habían depositado, cubiertos de polvo y telarañas; y a la derecha del gran armario negro, cerrado, que dominaba la habitación, había alambiques, hornallas, mecheros de Bunsen y diversos instrumentos de química, frascos de monstruos y pilas de fósiles que no hubiera podido imaginar cuando conocía menos el mundo. En una biblioteca, a la izquierda del armario, los estantes se torcían bajo el peso de los libros. En su mayoría eran muy antiguos; algunos estaban en árabe y muchos en chino. Esa biblioteca parecía dedicada a extraños tratados sobre distintas formas de adivinación, aunque no había una rama del conocimiento humano que no estuviera representada. En un banco de carpintero había una curiosa colección de juguetes ópticos, un taumatropio, una linterna china con un caballo que avanzaba; todos operaban según el principio de la persistencia de la visión. Estaban limpios y parecían el objeto de sus estudios más recientes. Recordé que estaba tratando de recomponer el conjunto de muestras.
El doctor puso la mano sobre el banco.
  —En este mismo banco de carpintero, ayudado únicamente por mi hija y por mi antiguo profesor, cuyos dedos aún no se movían a ciegas, yo personalmente recogí, seleccioné y clasifiqué todos los complejos fenómenos del universo antes de que pudiera comenzar a cambiarlos.
Murmuré mi admiración con un sonido gutural. Él sacó del bolsillo un llavero y abrió el armario. La puerta negra se abrió y reveló tres largos estantes repletos de gruesos archivos.
—Aquí está el registro tabulado de mis investigaciones.
  Pero a mí me interesaban mucho más los seis estantes destinados a las materias primas que usaba para fabricar las imágenes del cosmorama: dos estantes de bandejas de diapositivas de cristal, dos de sobres rotulados «negs» que debían de contener los negativos de las secuencias fotográficas, y otros dos de moldes para hacer pequeños objetos de cera, ordenadamente dispuestos bajo inescrutables títulos consistentes en diversas combinaciones de conjuntos de tres líneas enteras o quebradas, como —|——|-, ——|—|—, —|—|——, y así sucesivamente.
Hoffman dijo:
  —Una vez que las muestras han sido elegidas, interpretadas, pintadas, moldeadas y articuladas, puedo exhibir el dolor tan concretamente como el color rojo. Muestro el amor como una línea recta. Y el miedo como algo torcido. Y el éxtasis, y un árbol, y la desesperación y una piedra, todo de la misma manera. Puedo hacer que usted perciba ideas con sus sentidos, porque no reconozco diferencias esenciales entre las bases fenomenológicas de las dos formas del pensamiento. Todas las cosas coexisten en parejas, pero el mío no es un mundo «o/o bien».
»Mi mundo es un mundo "y + y".
»Sólo yo he descubierto la clave del "más" inagotable.
  Su voz era siempre monótona, jamás expresaba entusiasmo ni invitaba al asombro. En él, la pedantería que había legado a su hija no estaba modificada por el encanto ni encendida por la pasión intelectual.
—¿Cuál es la naturaleza de esa clave, doctor?
  —La erotoenergía —respondió sin énfasis—. Aquí tengo algo que te interesará.
  Tomó un magnetófono de las entrañas del armario y lo encendió. Después de algunos ruidos, oí la voz del ministro. Al cabo de mucho tiempo, de tantos cambios, volví a oír su voz. Debía de ser la grabación de una emisión de propaganda en la ciudad sitiada.
  «... y aunque nos han asolado verdaderas plagas, y en la mayor parte de nuestros edificios ya no hay piedra sobre piedra, y los sobrevivientes nos ocultamos como ratas en las ruinas; aunque durante cierto tiempo nuestros espíritus han sido atormentados sin cesar por engañosas imágenes procedentes de esa parte oscura de nosotros mismos que la humanidad debe ignorar para que todos podamos vivir en paz; aunque la irracionalidad ha corrido triunfante por nuestras calles, a pesar de todo, la razón puede —¡debe!— restaurar el orden. La única luz que puede guiarnos es la razón. Noche y día, día y noche, trabajamos infatigablemente para resolver el problema inmediato. Nuestra única arma en la lucha es el racionalismo inflexible; como la batalla ha sido guiada por la razón, ya los relojes nos dan la misma hora al mismo tiempo, y ya...»
  La grabación registraba un tremendo estallido y luego se quedaba muda. La cinta corrió silbando hasta que el doctor apagó la máquina.
  —La razón no puede producir la poesía que produce el desorden —dijo sin entusiasmo—. Y si él cree que yo sólo puedo actuar sobre el intervalo que hay entre las cosas y sus definiciones..., me tiene muy poco respeto.
  Yo callé, porque el decidido y tranquilo discurso del ministro me había devuelto las viejas certidumbres y la armonía que tantas veces me había conmovido.
  Descubrí que la parafernalia de la ciencia del doctor me disgustaba cuando la veía de cerca. Sus ojos fríos me perturbaban. Sabía que nunca llegaría a ser mi amo. Quizá yo no quería el mundo del ministro, pero tampoco el del doctor. Me sentí atrapado en un dilema; tenía dos alternativas, y llegué a la conclusión de que el doctor debía de estar equivocado porque ninguna de ellas podía coexistir con la otra. Quizá conociera la naturaleza de lo infinito; pero de todos modos era un hombre totalitario. Yo estaba en esa infortunada posición: a mí, entre todos los hombres, se me ofrecía el voto de desempate entre dos opciones, una tranquilidad estéril pero armoniosa, y una tempestad fértil, pero cacofónica.
  Pues bien, ya sabéis qué elegí. Nada, en esta ciudad, lucha contra su nombre. Todos los relojes están en hora. El tiempo avanza hacia adelante sobre las cuatro ruedas de las dimensiones, como avanzaba antes de la época del doctor. Cuando concluya este capítulo, me traerán una taza de leche caliente y un plato de bizcochos ligeros, con mantequilla; cuando concluya mi vida, me envolverán en un sudario y me llevarán a una bóveda en la catedral. Han reconstruido tan bien la catedral que nadie podría creer que alguna vez fue demolida. Nunca más veré a Albertina. Las sombras caen de manera inmutable. En la plaza, el castaño dejará caer sus hojas de otoño sobre los hombros de mi estatua. En esta ciudad no se ha roto la copa de oro. Es tan redonda como un pastel, y todos pueden coger su porción, según sus necesidades. La necesidad no se parece al deseo.
  El viejo Desiderio le pregunta al joven Desiderio: «Cuando él te ofreció una noche de éxtasis perfecto a cambio de toda una vida de satisfacción; ¿cómo pudiste elegir la última?».
  El joven Desiderio responde: «Soy demasiado joven para conocer el arrepentimiento».
  Pero no es tan sencillo, por supuesto. Ni siquiera he sentido tal satisfacción. Otros sí la han sentido. Nada extraordinario, sólo una serena satisfacción. Gracias a mi opción, todo el mundo está relativamente satisfecho: como no pueden dar nombre a sus deseos, éstos no existen, de acuerdo con la teoría del ministro. Supongo, por lo tanto, que mi obra ha servido al bien común. Por eso hicieron de mí un héroe, aunque yo no sabía, en ese momento, que servía al bien común. Quizás actué impulsivamente. Quizás él no me ofreció una recompensa suficientemente elevada; sólo me ofreció lo que deseaba mi corazón.
Además, él era un hipócrita.
  Había encerrado al deseo en una jaula y decía: «¡Mirad! ¡He liberado el deseo!». Era un hipócrita. Por eso, yo, un hipócrita de carácter menos dramático, lo maté hipócritamente.
  Pero me estoy adelantando otra vez. Ahora he echado a perder el suspenso. Casi he estropeado el clímax. A fin de cuentas, ¿merecéis un clímax? Sólo estoy tratando de narrar, lo más fielmente que puedo, lo que realmente ocurrió. Ya sabéis perfectamente que fui quien mató al doctor Hoffman; lo habéis leído en los libros de historia y recordaréis la fecha mejor que yo. Debía de ser en octubre, porque el aire olía a setas.
  Lo habría odiado menos si él hubiese estado menos aburrido de sus invenciones.
  —Por supuesto, la fuente de la erotoenergía es inagotable, como proponía mi antiguo colega e investigador asociado, Mendoza.
  Señaló por la ventana el transmisor que giraba sin cesar en la cumbre del acantilado, junto a la casa.
  —Durante estos últimos cinco años, esos transmisores, impulsados por una simple energía radiante, es decir, la erotoenergía, han enviado a la ciudad la infraestructura elemental de:
»a) fenómenos sintéticamente auténticos;
»b) combinaciones variables de fenómenos sintéticamente auténticos, y
»c) suficiente radiación para reforzar un símbolo hasta convertirlo en un objeto, según la ley de evolución efectiva o, si prefiere usted una expresión más clara, la ley del múltiple devenir.
  «Mediante la liberación del inconsciente, liberamos, naturalmente, al hombre. Y el hombre desnudo podrá entrar y salir de los sentidos de todo el mundo.
  El doctor Hoffman era una de esas personas a quienes no es posible imaginar desnudo. Sufrió un acceso de tos que ahogó con un pañuelo blanco inmaculado.
—Lo positivo es el correlato implícito de lo negativo; una vez que se dota al deseo de forma sintética, se deduce inevitablemente que el pensamiento y el objeto operan en el mismo nivel. Esto es básico para...
  Este era el hombre cuya hija había recomendado al ministro que temiera las abstracciones... Lo interrumpí. Quería hacerle una pregunta.
—¿Qué le ocurrió realmente a Mendoza?
—¿Mendoza?
  Tomó un frasco de un estante. Contenía un cerebro humano flotando en formaldehído.
  —Esto es todo lo que logramos salvar. Se había quemado horriblemente. Algo ocurrió en su máquina del tiempo; sea lo que fuere, lo quemó hasta el hueso y además trastornó por completo su mente. Agonizó delirando cinco días antes de morir en una sala del hospital de beneficencia. Mendoza y yo no nos hablábamos desde hacía cinco años, por supuesto. Logré obtener su cerebro porque me inspiraba gran curiosidad. Sin embargo, todo lo que contenía murió cinco días antes que el resto de su cuerpo, y la estructura en nada se diferenciaba de la estructura de cualquier otro cerebro.
  Por algún motivo, ese relato me pareció deprimente. El doctor puso el frasco en su lugar y sonrió.
  —Ahora, permítame que lo lleve a visitar la planta destiladora y las máquinas que modifican la realidad. Estoy seguro de que las encontrará fascinantes; verdaderamente cumplen la etapa preliminar en la síntesis de los fenómenos.
  Hubiera podido invitarme a hacer una visita guiada a una fábrica de chocolates. Me pregunté por qué su hija lo amaba. El conde se adaptaba a mi idea de Prometeo mucho mejor que el verdadero Prometeo; sin embargo, de vez en cuando, el menosprecio burlón que sentía por ese pulcro ladrón del fuego se combinaba con un terrible estremecimiento, sobre todo cuando recordaba que era la Mente más lúcida en persona, y que para él la materia era sólo un juguete óptico. Pero no podía comprender por qué un hombre como él sentía tal deseo de liberar al hombre. No podía imaginar cómo se había metido en su cabeza esa idea de liberación. Yo estaba seguro de que sólo buscaba el poder.
Quizá lo maté por incomprensión.
  Descendimos hasta los niveles subterráneos del castillo en un funcional ascensor eléctrico. Allí, donde deberían haber estado los calabozos, había pasillos de cerámica blanca con silenciosos suelos de goma negra, iluminados por tubos de neón, mucho más brillantes que la luz del día. Todo era blancura y silencio. Entramos en un febril laboratorio, desierto, lleno de equipos de destilación. En las cubas y tuberías de cristal burbujeaba una sustancia blanquecina, lechosa, vagamente luminosa.
  —No es necesario que nos demoremos aquí, aunque pensé que le agradaría echar un vistazo. Esta es simplemente la planta de destilación. Aquí se procesan las secreciones del deseo satisfecho para obtener una esencia que aún no ha alcanzado su forma germinal. Ni siquiera con un microscopio electrónico sería posible detectar la más mínima huella de raíz, semilla o fundamento en esta metasopa biológica, por así llamarla; pero podemos afirmar que hemos cocido, en nuestras ollas de cristal, la esencia pura del ser.
  »Ahora bien, ¿qué hacemos con nuestra metasopa? Pues la precipitamos. Venga por aquí.
  El muro de la destilería se abrió para permitirnos el paso y se cerró detrás.
  —Permítame que le presente —dijo Hoffman con una pálida sonrisa— mis máquinas de modificar la realidad.
  Las máquinas funcionaban con un murmullo musical, interno, discontinuo; podrían haber estado creando música electrónica. Eran seis cilindros de acero inoxidable que giraban sobre ejes invisibles con la misma aterrorizadora, incesante serenidad de los transmisores que giraban ahora, quizás, a más de un kilómetro por encima de nuestras cabezas. Los cilindros tenían la altura de un hombre y un metro de circunferencia, con una ventanilla cerrada en la base. Un tubo flexible de plástico salía de la parte superior de cada cilindro y desaparecía en la pared de mayólica blanca; y unos cables que salían de los cilindros alimentaban una confusión de formas ectoplásmicas que crecían y menguaban incesantemente alrededor de un haz central de luces centelleantes en seis brillantes pantallas. Esas pantallas, parecidas a las de TV, estaban agrupadas en la pared, encima de los complicados tableros de interruptores del extremo opuesto del laboratorio.
  Aunque el laboratorio estaba muy iluminado y, obviamente, en pleno funcionamiento, las únicas huellas de la existencia de personal técnico eran un refrigerador, varias sillas de tubos de acero y una mesa donde había varios anotadores. Era un lugar antiséptico.
  —Estas máquinas están diseñadas conforme al modelo de la probabilidad objetiva, entendiendo por «probabilidad objetiva» la definición de la suma total de todas las alternativas que controlan un destino individual. Funcionan igual que los transmisores, con erotoenergía, de modo que su acción es modificada, además, por el efecto Mendoza, es decir, el efecto temporal secundario de la erotoenergía.
  »Dentro de las máquinas modificadoras de la realidad precipitamos la esencia del ser.
  Abrió una de las ventanillas, y yo logré ver una oscuridad en movimiento salpicada de chispas brillantes, como el cielo una noche de viento. La cerró inmediatamente.
  —Durante el proceso de precipitación, la esencia del ser genera espontáneamente la molécula germinal de una alternativa no creada. Es decir, la molécula germinal del deseo objetivado.
  Se interrumpió para darme tiempo a digerir aquella información. Otro hombre hubiera exhibido cierto modesto orgullo al mostrar aparatos que podían trastornar completamente la conciencia humana, pero el doctor Hoffman sólo demostraba cierta fatiga y un deprimente hastío. Bebió un poco de agua, estrujó desanimado el vaso de papel y suspiró.
  —Dentro de las máquinas modificadoras de la realidad, en un medio de indiferenciación esencial, esas moléculas germinales se agitan hasta que, siguiendo ciertas tendencias innatas, se unen en secuencias divergentes que actúan como lo que yo llamo «grupos de transformación». Eventualmente, nace un cuerpo multidimensional que actúa solamente en función del principio de la indeterminación. Estos cuerpos aparecen en la pantalla..., allí..., como una compleja notación de puntos y rayas. Se requiere una gran persistencia de la visión para comprender el código en esta etapa. Sin embargo, estos grumos informes son, por así decirlo, los embriones de apariencias palpables. Una vez que estas ideas indiferenciadas, pero ya comprensibles, de deseo objetivado encuentran su objeto correspondiente, su apariencia es reestructurada orgánicamente por los deseos latentes del objeto. Por supuesto, esos deseos deben subsistir, puesto que desear es ser.
  ¡Esta era, entonces, la versión Hoffman del cogito cartesiano! DESEO, LUEGO EXISTO. No obstante, a mí me parecía un hombre sin deseos.
  —De este modo, un fenómeno sintéticamente auténtico adquiere finalmente forma. He utilizado la capital de este país como terreno de pruebas de mis primeros experimentos, porque la estructura existencial inestable de sus instituciones no podía suprimir la conciencia latente tan efectivamente como una estructura con una organización social más firme. Yo hubiera tenido mucho menos éxito en Pekín, por ejemplo, a pesar de la influencia que ha tenido la China sobre mis investigaciones.
  »Mi esposa —explicó casualmente— es una mujer muy brillante.
Pensé en el cadáver, arriba, y me estremecí.
  —Sólo elegí la capital porque se adaptaba perfectamente a mis experimentos. Casi estuve a punto de claudicar cuando la época creó al ministro y el ministro creó sus defensas. Yo pensaba que no había defensas contra el inconsciente liberado. No perseguía la guerra cuando inicié las transmisiones. No me veía como un guerrero, aunque he llegado a serlo.
  Por su significativa pausa, comprendí que había hecho un chiste y me reí por cortesía.
  —De inmediato contraté mercenarios y, por necesidad, tuve que intervenir personalmente cuando desplegué mi imaginería, porque era el único que podía controlar en cierta medida la evolución de los fantasmas mediante el conjunto de muestras; mi viejo profesor ciego, que aprendió de mi esposa algo de adivinación, podía sugerir ciertas mutaciones de los acontecimientos que, por lo general, sucedían. Sin embargo, yo siempre había intentado mantenerme fuera de las operaciones, dado que poseía claras pruebas de la autonomía de los deseos concretados. Pero cuando el conjunto de muestras quedó accidentalmente destruido, mis cálculos fracasaron. El Tiempo Nebuloso llegó instantáneamente, no en el curso de la disolución programada del tiempo mismo, y yo no sabía si sus manifestaciones podían mantenerse, por así decirlo, sobre sus dos pies, o sobre la cantidad de pies que decidieran usar.
  »Pero día tras día las patrullas aéreas descubrían nuevos desarrollos de una flora hasta entonces inimaginable, y rebaños de una fauna biológicamente dudosa que habitaban un terreno aún no explorado. Por supuesto, los detallados informes de Albertina acerca de una tribu en una costa africana absolutamente fantástica y las actividades verificables y fotografiables de bestias sin el menor rasgo de realidad indicaban que las muestras funcionaban de un modo perfectamente adecuado. Incluso se habían reificado a tal punto que se creían firmemente arraigadas en el sustrato imaginario del tiempo mismo.
  Parecía que disertar lo fatigaba. Se sirvió otro vaso de agua y disolvió dos pastillas antes de beberlo. Ése era el hombre que deseaba establecer una dictadura del deseo.
—El jefe caníbal era bastante real —objeté.
  —El jefe caníbal era una creación triunfal del Tiempo Nebuloso. Sólo nació a causa del deseo de autodestrucción del conde. —Ocultó un bostezo detrás de una mano desecada.
—Sé que era real porque yo lo maté.
  —¿Qué prueba eso? —preguntó Hoffman con una sonrisa glacial, y yo sentí de inmediato la punzada de la duda, porque matar al jefe era la única acción heroica que había realizado en toda mi vida y era consciente de que no concordaba con mi naturaleza—. La existencia de las cosas es como un caballo al galope —prosiguió con su sonrisa paternal, condescendiente—. No hay un movimiento que no las modifique ni un tiempo en que no cambien. Lo que he logrado se ha realizado gracias a ciertos agujeros de la metafísica; sólo he logrado fundar una metatecnología, por así decirlo, sobre la metafísica, mediante la más escrupulosa adhesión a las leyes de la investigación empírica. Y apenas he comenzado. Comparado con la que vendrá, hasta ahora mi trabajo sólo ha sido un período de inactividad, como el que los antiguos chinos llamaban «el comienzo de la anterioridad al principio».
  Yo sabía que él había examinado el mundo a la sola luz del intelecto, y que había visto una construcción totalmente distinta de la que ven los sentidos a la luz de la razón. Se movía con la fatiga de un hombre que está cerca de la muerte.
  —Creo que ya ha visto lo suficiente aquí —dijo—. Pasaremos a los generadores de deseo.
  Abandonamos los vibrantes cilindros y el ballet de formas incipientes, y una vez más recorrimos esos infinitos pasillos blancos que eran las vísceras del sueño. En ese momento, yo estaba casi en posesión del secreto, y no me parecía que valiera gran cosa. ¿Estaba condenado a la perpetua desilusión? ¿Todos los potenciales maestros que el mundo me ofrecía debían ser embaucadores, charlatanes o monstruos? Mi experiencia afirmaba claramente que esos deseos que él parecía desvalorizar cuando hablaba de ellos eran, una vez liberados, mucho más grandes que su liberador y más luminosos que mil soles; yo no creía que él supiese lo que era el deseo. Al final del pasillo había dos puertas corredizas con inscripciones en chino.
  —Obra de mi esposa —dijo Hoffman—. Es la poetisa de la familia. La traducción aproximada de nuestro lema es: «Entre el hombre y la mujer hay una intercomunicación de simientes, y de ella proceden todas las cosas». Es perfectamente apropiado.
  Yo no estaba preparado para lo que vi detrás de esas puertas.
  La electricidad del deseo iluminaba todo con un fuego helado y engañoso; techos y paredes eran de espejos sin costuras. Ante un escritorio de acero, con la cabeza inclinada, mirando varios libros de historietas, estaba el primer técnico que veía en el laboratorio. Era un bello hermafrodita con un vestido de noche de gasa morada, y monedas de plata alrededor de los ojos.
  —Soy una armoniosa concatenación de macho y hembra, y por eso el doctor ha confiado a mi cargo exclusivo los generadores —dijo en una voz que era como un violoncelo sexual—. Yo era el travestí más hermoso de todo Greenwich Village cuando el doctor me ofreció el puesto de intermediario. Represento la simetría inherente en la simetría divergente.
  El doctor le acarició afectuosamente el hombro. El intermediario era inválido, y tenía que impulsar su silla de ruedas para mostrarnos las celdillas del amor.
  Estaban instaladas en ese recinto abandonado y angosto de varios centenares de metros de largo, un ondulante tentáculo que se insinuaba en el corazón mismo de la montaña.
  A lo largo de las paredes de espejo había literas metálicas de tres pisos. En el cielo raso, sobre cada una de las literas, había unos extractores de cobre en forma de embudo, que conducían a una nave superior donde máquinas invisibles bramaban con el estruendo de un torrente, ruido que casi ahogaban los gemidos, los gritos, los suspiros y los gruñidos de Tos ocupantes de esos ataúdes abiertos; las mejores cien parejas de amantes del mundo se fundían en los más fervientes abrazos que la pasión podía imaginar.
  Todos estaban completamente desnudos y eran muy jóvenes. Procedían de todas las razas del mundo; había negros, cobrizos, blancos y amarillos, y formaban un diccionario visual de todas las cosas que podían hacer un hombre y una mujer dentro de los límites de una cama de malla metálica de dos metros por uno. Había tal cantidad de configuraciones de vientres y nalgas, muslos y senos, pezones y ombligos, todas en constante movimiento, que recordé la lección de anatomía de los acróbatas del deseo, y también al conde cuando hablaba, con insólito respeto, del «peligroso doble salto mortal del amor».
Yo sentía repugnancia y fascinación.
  —Se aparean en estos cubículos de malla metálica para que todos puedan verse mutuamente, es decir, si les interesa verse y oírse; de esa manera, si es necesario, reciben constante estímulo audiovisual —comentó el doctor, con tono eficiente.
  Las ruedas de goma de la silla del hermafrodita chillaban un poco en el suelo de espejo mientras pasábamos lentamente delante de las celdillas. Los muros pulidos reflejaban y multiplicaban la visible propagación de erotoenergía, como aquella noche de tormenta en la caravana de color orquídea, cuando los equilibristas árabes y yo habíamos invocado involuntariamente un terremoto. Nuestros pasos resonaban. El doctor tironeó de las trencillas castañas de un pimpollo británico, una chica regordeta, blanca y rosada, pecosa, que se debatía debajo de un pequeño mongol con un miembro muy grande; ella ni siquiera volvió la cabeza porque estaba justamente al borde del alarido, mientras su amante de piel color de albaricoque la penetraba.
  —¡Mire! ¡Están tan absortos en su vital actividad que ni siquiera reparan en nosotros!
  El hermafrodita rió obsecuentemente. A pesar del cuidado de su disfraz, yo ya la había reconocido. La había visto disfrazada en demasiadas oportunidades para no reconocerla.
  —Les damos hormonas por vía intravenosa —informó el doctor—. Sus abundantes secreciones caen a través de la malla metálica a las bandejas que hay debajo de cada litera, es decir, de cada conjunto dinámico de amantes; se recogen varias veces por día mediante grandes esponjas, de modo que nada se pierde. Y la energía que liberan, la erotoenergía, la forma de energía radiante más simple y más poderosa del universo, asciende por los extractores a las cámaras generadoras del piso superior.
  Éstos eran los verdaderos acróbatas del deseo; los marroquíes eran un mero ejemplo.
  El doctor suspiró y tragó dos aspirinas sin agua, ya que no había refrigerador en ese laboratorio. Los ojos del hermafrodita parecían dos lágrimas y tenían la tonalidad del tremendo clamor que brotaba de aquellos amantes aprisionados eternamente en la trampa de sus brazos, pues no había grillos ni barrotes: podían marcharse cuando quisieran. Sin embargo, peregrinos petrificados, entrelazados iconos del movimiento perpetuo, sólo se preocupaban por el progreso de su viaje estático hacia la voluntaria aniquilación mutua.
  —Estos amantes no mueren —dijo Albertina—. Han trascendido la mortalidad.
  —Después de un período indefinido de tiempo sin dimensión —agregó cansadamente el doctor— se reducen a dos elementos básicos: puro sexo y pura energía. Es decir, fuego y aire. Es una gran explosión. Y —dijo luego, creo que con leve asombro— cada uno de ellos se ha ofrecido voluntariamente.
  Debajo del escote de su vestido de baile, vi el corazón de Albertina: un ramo en llamas. Atravesamos las filas de literas, nosotros y nuestros reflejos; ella, él y yo. Y llegamos al final. Nos había llevado un cuarto de hora, a buen paso. Allí había una litera vacía. La más alta de las tres.
Apenas la vi, supe que era mi lecho nupcial.
  Era el momento preciso. Mi novia aguardaba. Teníamos la bendición de su padre.
  —Iré mañana a la ciudad —dijo el doctor— y, como el tiempo será completamente negado...
—... llegarás ayer —concluyó Albertina.
  Ambos rieron tiernamente. Yo comprendí por fin ese intercambio gnómico. Nuestra unión, demorada y tan profundamente anhelada, liberaría tal carga de energía que nuestra eternidad invadiría el mundo; y en ese vacío empírico, el doctor descendería a la ciudad para iniciar la liberación.
  Albertina se quitó las monedas de plata y el vestido morado cayó a los pies de la diosa de los trigales, más triunfal y salvajemente hermosa que cualquier fantasía, mi otro platónico, mi extinción necesaria, mi sueño hecho carne.
—¡No! —grité—. ¡No, Generalísimo, no!
  Mi grito fue tan fuerte que atravesó incluso el voluntario abandono de los esclavos del amor, quienes mientras yo corría hacia la puerta se menearon con menos entusiasmo y uno o dos de ellos, sin mover la cabeza, me miraron con aquellos ojos vacíos que languidecían al tiempo que se secaba el sudor de su piel. La luz vaciló un poco, anticipando un fallo eléctrico.
  Sonó una alarma. El doctor tenía una pistola y disparó varios balazos; pero los espejos lo engañaron y las balas rebotaron en las paredes causando gran derramamiento de sangre entre los practicantes del deseo, peligrosamente expuestos. Me lancé contra las puertas de acero, pero debían de haberse cerrado automáticamente cuando sonó la alarma. Desesperado, desarmado, medio cegado por las lágrimas, me volví para enfrentarme a mis adversarios.
  El doctor había saltado a la silla de ruedas para moverse con mayor rapidez por el laboratorio, dado que caminaba con lentitud. Por fin demostraba alguna emoción. Su rostro estaba agitado y hacía muecas de furia mientras blandía el inútil revólver descargado. Ella... Ella era como un ángel vengador, me amaba de verdad y tenía en la mano un cuchillo que centelleaba bajo la luz blanca, temblorosa y artificial. Todos los amantes desnudos habían abandonado su comunión para llorar a los muertos y a los agonizantes en cuya hermosa carne había florecido la sangre.
  Yo no había visto en el cosmorama nada que pudiera advertirme el grotesco desenlace de mi gran pasión.
  Él se lanzó contra mí en su silla de ruedas e intentó derribarme, pero yo aferré los brazos de la silla y la volqué. El doctor pesaba menos que un muñeco. Cayó inerte, con los brazos y las piernas abiertas, y el revólver huyó de su mano girando sobre el espejo hasta que encontró la pared, mientras su cabeza daba contra el suelo en un ángulo tan agudo que el cuello debe de haberse quebrado instantáneamente. Un poco de sangre corrió desde su nariz hasta el reguero que subía desde la nariz del espejo. Luego luché con Albertina sobre el cuerpo de su padre.
  Nos debatimos sobre el cuerpo inanimado del doctor por la posesión del cuchillo, tan apasionadamente como si fuera por la posesión de nuestros propios cuerpos.
  Resbalamos como peces mojados sobre los espejos, pero ella no soltaba el cuchillo aunque yo le apretaba tan fuertemente la muñeca que no hubiera podido herirme con él. Me mordía y me desgarraba la ropa; yo también la mordí y la golpeé con los puños. Golpeé sus pechos hasta que estuvieron tan azules como sus párpados, pero no soltaba el cuchillo y le mordí el cuello como si yo fuera un tigre y ella el trofeo elegido en las selvas de la noche. Resistió hasta que sus fuerzas se agotaron. En ese momento la maté.
  Es muy difícil para mí escribir esto. Ya os he contado cómo maté al doctor: sin proponérmelo. ¿No os dais cuenta de que no merezco ser un héroe? ¿Por qué debo contaros cómo maté a Albertina? Creo que la maté para evitar que ella me matara a mí. Estoy casi seguro de que fue por eso. Casi seguro.
  Cuando sus dedos se aflojaron, le quité inmediatamente el cuchillo y la herí debajo del pecho izquierdo. O quizás en el vientre. No, fue debajo del pecho izquierdo, porque el fuego se desvaneció cuando el acero entró hasta las llamas, pero me habló antes de morir. Dijo:
—Siempre he sabido que sólo se puede morir de amor.
  Luego cayó hacia atrás. Debía de tener escondido el cuchillo en su vestido morado, aunque, por supuesto, jamás sabré por qué. Era un cuchillo de cocina común, como los que se usan para cortar la carne, por ejemplo para hacer albóndigas o cosas así. Su carne se abrió para dejar salir la hoja y sus ojos, todavía de forma de lágrimas horizontales, callaron para siempre.
  Si el doctor hubiera sido un verdadero mago, el laboratorio subterráneo, el castillo, todo el edificio de piedra, vidrio, nubes y niebla habrían desaparecido. Se habría oído un trueno y un vendaval habría arrastrado las maquinarias, los libros, los alambiques, las mandrágoras embalsamadas y los esqueletos de lagarto, y yo me habría encontrado solo en la montaña, bajo la luna menguante, con los jirones de un sueño en mis manos. Pero no. La alarma seguía sonando, y algunos de los amantes supervivientes de las balas empezaban a caminar por el insomne dormitorio sobre sus piernas vacilantes, como si obedecieran a una oscura obligación de acercarse al espectáculo de la muerte, aunque ninguno de ellos, medio ciegos, parecía advertirlo. La única puerta se mantenía firmemente cerrada, y yo estaba a un kilómetro debajo de la superficie de la tierra, encerrado en un salón de espejos. Mientras limpiaba el cuchillo con el pañuelo que me habían dado para usar con el traje sentí, cómo decirlo, la perturbadora sensación de la libertad absoluta. Libertad, sí. Sentí que estaba libre de ella, ¿comprendéis?
  Pero no había forma de salir del laboratorio, excepto por la puerta cerrada. ¿Cómo podía estar libre de ella mientras yo mismo viviera?
  Sabía que la alarma provocaría algún efecto, y mi primer pensamiento fue «huye»; el segundo, que la huida era imposible.
Los amantes que no lloraban a sus muertos o lamentaban sus heridas se agrupaban tan desconcertados e inseguros como potrillos recién nacidos. Sólo sabían que habían sido interrumpidos en mitad de la tarea más importante del mundo, pero ignoraban cómo y por qué, incluso aquellos que con el rostro cubierto de sangre se aferraban a los brazos o a las piernas de sus compañeros y les pedían que se acostaran nuevamente, o de pie, vacilantes, engañados por los espejos, besaban el reflejo de esos labios tan seductores. Muy pocos o quizá ninguno de ellos reparó en mi cuchillo, o vio con cuánta crueldad yo había traicionado al amor mismo. Me escondí entre las literas hasta que se abrieron las puertas de metal. La alarma dejó de sonar.
  No apareció un batallón de soldados; sólo un representante del hasta entonces invisible personal técnico, armado con una jeringa. Y ni siquiera se molestó en cerrar la puerta a sus espaldas. Obviamente, la alarma siempre había indicado alguna leve indisposición de los amantes, que se podía resolver con una o dos inyecciones de hormonas; quizás interpretaban la fluctuación de las luces como una señal de deficiencia hormonal. ¿Cómo podía saber nadie la verdadera naturaleza del trastorno? ¿Qué tumulto podían ocasionar los amantes? ¿Acaso era preciso llamar a la guardia para solucionar un descenso de vitalidad entre los esclavos del amor? Yo estaba dispuesto a hacer frente a cincuenta rifles mercenarios. Quería una lucha heroica. Quería una lucha heroica para justificar ante mí mismo mi crimen. Y todo lo que hice, finalmente, fue apuñalar al inofensivo técnico en la parte posterior del cuello con toda facilidad, mientras él miraba boquiabierto la silla de ruedas rota, al sabio encogido, a la muchacha muerta. Dejé a mis tres muertos a mis espaldas, salí al pasillo y apreté el botón que cerraba la puerta.
  Si vosotros tenéis cierta sensación de anticlímax, ¿cómo creéis que me sentía yo?
  Aún llevaba el cuchillo. Advertí que inconscientemente había guardado en el bolsillo delantero el pañuelo manchado con la sangre de Albertina: parecía una rosa roja.
  Todas las luces se apagaron y comprendí que el resto del personal, fuera quien fuese, pronto despertaría. Sabía que, en primer lugar, debía destruir las máquinas modificadoras de la realidad; era mi obsesión, pues creía que de esa manera podría reivindicarme ante la historia, como efectivamente sucedió. Corrí por el helado laberinto de blancos pasillos, encontré el laboratorio, entré, rompí las pantallas, arranqué del muro cables y tuberías y quemé los archivos con mi encendedor de oro. Fue tarea de un momento. Para completarla, fui a la planta de destilación y destrocé todo lo que encontré allí, aunque antes sorprendí a otro técnico a quien también tuve que matar. Estas depredaciones no pusieron en marcha ninguna alarma, porque, dada la estructura del sistema del doctor, los trastornos eran imposibles. Las luces vacilaban cada vez más, y comprendí que no estaría libre mucho más tiempo en el castillo, y que no tendría tiempo de destruir el estudio de la torre. Sospeché que el doctor le permitía sólo a su hija el acceso a sus secretos más arcanos, cosa que luego comprobé ya que todo se detuvo en cuanto él murió. Los esclavos del amor se desbandaron, porque los deseos objetivados no podían sobrevivir sin la erotoenergía... Lo comprobé más tarde. Son los tristes cabos sueltos de la historia. ¿Debo atarlos o dejarlos como están? Los libros de historia los atan mucho mejor que yo, pues yo estaba en las entrañas de la tierra con cuatro marcas en mi cuchillo. Salí sin dificultad, aunque el ascensor ya no funcionaba. Encontré la salida de emergencia: estaba junto al ascensor. Subí en espiral, atolondrado, hasta el salón de entrada del castillo, donde el viejo perro dormitaba todavía ante las cenizas grises de los troncos de manzano.
  Cuando olfateó la sangre de Albertina, saltó contra mí con las últimas reservas de su fuerza senil, y dejé clavado en su garganta el cuchillo de cocina. Fue mi última víctima en el castillo del doctor.
  En ese parque sagrado, las aves dormían con sus cabecitas debajo de las alas y los ciervos, como estatuas. El castillo cerró sus ojos de colores, uno por uno, como un pavo real que recoge lentamente la cola. Las cuatro lunas giraban cada vez más despacio, y ya eran perceptiblemente menos luminosas en los bordes, como una luna real al final de la noche. Yo todavía llevaba mi smoking, mi corbata negra, mi flor sangrienta en la solapa, y huía por la hierba cubierta de rocío como una persona no invitada que ha sido rechazada en la puerta una noche de fiesta.
  Eché a correr. El puente de madera resonó como una ametralladora debajo de mis pies. Arranqué un arbusto seco al borde del precipicio; con ayuda de mi encendedor de oro quemé el puente para no poder volver al castillo aunque lo deseara. Sólo quemé el puente para no poder regresar al lado de ella. Se partió y cayó ardiendo al abismo: la tierra lo tragó.
  El cielo se llenó entonces de un enjambre de helicópteros que descendieron en la terraza del castillo agonizante, y pensé que los militares por fin se habían puesto en movimiento; luego comprendí que debían de haber acudido en cumplimiento de un plan preestablecido, seguramente para llevar al doctor a la ciudad.
  Bajo las estrellas, yo era el único hombre viviente que conocía la muerte del doctor.
  El único hombre viviente que sabía que el tiempo había recomenzado.
  El camino llevaba al campo de aterrizaje y a la base, de modo que no lo seguí. Una vez más me interné en las montañas. Vagué entre ellas durante quizá tres días, escondiéndome entre las rocas cuando veía un helicóptero, porque zumbaban por todas partes como irritadas moscas. Me pregunté si el ejército heredaría el reino que el doctor había creado para sí. Al tercer día, por accidente, encontré una granja india. Hablé en la lengua del pueblo del río, me dieron avena cocida y me permitieron dormir en el jergón de paja colectivo. A cambio de mi encendedor de oro me dieron una flaca y hambreada yegua blanca en la que me alejé, y el hijo menor, con sus amplios pantalones blancos y las piernas cubiertas de llagas, me acompañó hasta un sendero que conducía al valle, entre crueles acantilados amarillos que lastimaban con su infinita monotonía mi fatigado cerebro. Los helicópteros patrullaban cada vez menos el cielo abandonado; a fin de cuentas, los soldados del doctor eran sólo mercenarios y, si no recibían su paga, tratarían en vano de descifrar los libros, los paneles de instrumentos y los generadores, saquearían el castillo y se marcharían en busca de otra guerra. ¿Acaso no hay siempre una nueva guerra? Los técnicos eran sólo técnicos... Pero de esa fase de la guerra, de la agonía final, no sabía nada. Sólo sabía entonces que los helicópteros eran cada vez menos frecuentes y que finalmente desaparecieron.
  Ya no hubo más transformaciones porque los ojos de Albertina se habían extinguido.
  Continué la marcha, a través de la inerte vegetación del invierno, y me sentí libre de todo lazo, como un viajero que ha negado su propio destino. No veía colores a mi alrededor, por ninguna parte. La comida que mendigaba no tenía sabor, no era dulce ni agria. Sabía que estaba condenado a la desilusión eterna. Mi castigo había sido mi crimen.
  Regresé lentamente a la capital. No tenía motivo ni deseo. Sólo por mi propia inercia, tanto tiempo dormida, que ahora se afirmaba nuevamente y me arrastraba por su propia fuerza miserable, pasiva, apática. En esta ciudad soy, o he sido, como sabéis, un héroe. Fui uno de los impulsores de la nueva constitución, sobre todo por el impulso negativo de mi propia inercia; cuando me pusieron honrosamente sobre el plinto no fui capaz de gritar «Os habéis equivocado», porque sentía que si lo que había hecho había servido al bien común, podía igualmente disfrutar de los beneficios. Mi expresión es la burla; mi gesto, encogerme de hombros. Si ella era aire y fuego, yo soy agua y tierra, ese residuo de la materia inerte, inmóvil, que por su propia naturaleza no puede ser irradiado, no puede ascender aunque lo quiera. Soy el control, el impulso de la restricción. Me convertí en un político. Yo, un antiguo héroe, una estatua que se desmorona en una plaza abandonada.
  Regresé lentamente entre las nieblas del invierno. El tiempo era más denso a mi alrededor que la niebla. Estaba tan desacostumbrado a moverme a través del tiempo que me sentía como si caminara debajo del agua. El tiempo ejercía una enorme presión sobre mis venas y sobre mis tímpanos, sufría terribles dolores de cabeza, náuseas y debilidad. El tiempo endureció los cascos de mi yegua hasta que se dejó caer al suelo y murió. El Tiempo Nebuloso era ahora el tiempo pasado; yo me arrastraba como un gusano sobre el pegajoso barro del tiempo común y los árboles desnudos mostraban las formas tristes de un infinito noviembre del corazón, porque a partir de ese momento, todos los cambios serían, como habían sido antes, absolutamente predecibles. Así pude identificar por fin el sabor de mi pan cotidiano: era y sería siempre el de la pena. No el arrepentimiento. Sólo la pena, esa pena insaciable con la que reconocemos que lo imposible es, per se, imposible.
  Pues bien. Gasté mis calcetines de seda, las suelas de mis zapatos de charol, me echaba para dormir y me levantaba para volver a andar hasta que ese inmundo espantapájaros vestido de andrajos, el pelo enmarañado hasta el hombro y la barba descuidada, con una oscura rosa de sangre endurecida sobre el pecho, vio una madrugada, a la luz de la luna, las ruinas humeantes de la ciudad familiar.
  Apenas me acerqué, descubrí que las ruinas estaban habitadas.
  El viejo Desiderio deja la pluma. Pronto me traerán una bebida caliente, antes de que me acueste. Me agradan estas pequeñas atenciones porque son el consuelo de la vejez, aunque no tengan ningún sentido.
  Me duele la cabeza de escribir. ¡Qué libro tan grueso forman mis memorias! Qué libro tan grueso es el ataúd del joven Desiderio, que era tan delgado y flexible. Me duele la cabeza. Cierro los ojos.
Sin que la llame, ella viene.



[1] Un chiste dudoso, destinado a producir discretas risas entre los estudiantes más jóvenes. (Nota de Desiderio.)

[2] Sigmund Freud, La interpretación de los sueños. (Nota de Desiderio.)