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jueves, 30 de abril de 2015

Sons - Part II (English) (Pearl S. Buck)


Sons - Part I (English) (Pearl S. Buck)


Peony: A Novel of China (English) (Buck, Pearl S.)


Pavilion of Women (English) (Pearl S. Buck)


Imperial Woman - The Story of the Last Empress of China (English) (Pearl S. Buck)


East Wind: West Wind (English) (Pearl S. Buck)


A House Divided (English) (Pearl S. Buck)


Viento Del Este, Viento Del Oeste (Pearl S. Buck)


Un Hogar Dividido (Pearl S. Buck)


Otros Dioses (Pearl S. Buck)


Las Tres Hijas De Madame Liang (Pearl S. Buck)


La Madre (Pearl S. Buck)


La Gran Dama (Pearl S. Buck)


La Estirpe Del Dragón (Pearl S. Buck)


La Buena Tierra (Pearl S. Buck)


Hijos - Cap. 21 al Fin (Pearl S. Buck)


Hijos - Cap. 01 al 20 (Pearl S. Buck)


El Último Gran Amor (Pearl S. Buck)


Con Cierto Aire Delicado (Pearl S. Buck)


Brillante Desfile (Pearl S. Buck)


Bambú - Tercera Parte Y Epílogo (Pearl S. Buck)


Bambú - Segunda Parte (Pearl S. Buck)


Bambú - Primera Parte (Pearl S. Buck)


Pearl S. Buck

Las Prepersonas (Philip K. Dick)

Laberinto De Muerte (Philip K. Dick)


La Viejecita De Las Galletas (Philip K. Dick)

Los Clanes De La Luna Alfana (Philip K. Dick)


La Transmigración De Timothy Archer (Philip K. Dick)


La Puerta De Salida Lleva Adentro (Philip K. Dick)

La Penúltima Verdad (Philip K. Dick)


La Pequeña Caja Negra (Philip K. Dick)

La Pagas Del Duplicador (Philip K. Dick)

La Mente Alien (Philip K. Dick)

miércoles, 29 de abril de 2015

La Maqueta (Philip K. Dick)

La M No Reconstruida (Phillip K. Dick)

La Jugada (Philip K. Dick)

La Invasión Divina (Philip K. Dick)


La Guerra Contra Los Fnuls (Philip K. Dick)

La Fe De Nuestros Padres (Philip K. Dick)


La Estratagema (Philip K. Dick)

La Barrera De Cromo (Philip K. Dick)

La Araña Acuática (Philip K. Dick)

James P. Crow (Philip K. Dick)

Humano Es (Título Original: Human Is)

HUMANO ES
Philip K. Dick

Título Original: Human Is  

Los ojos azules de Jill Herrick se llenaron de lágrimas. Miró a su marido con indecible horror.
—Eres... ¡Eres horrible! —aulló.
Lester Herrick continuó trabajando, disponiendo notas y gráficas en montones precisos.
—Horrible es un juicio de valor —afirmó—. No contiene informa­ción objetiva. —Envió un informe grabado sobre la vida parasitaria de Centauro mediante la computadora de su escritorio—. Una simple opinión. La expresión de una emoción, nada más.
Jill se dirigió con pasos vacilantes hacia la cocina. Movió la mano para poner en marcha la cocina. Las cintas transportadoras de la pared cobraron vida con un zumbido y expidieron alimentos pa­ra la cena desde los congeladores subterráneos.
—¿Ni siquiera por un tiempo breve? —suplicó a su marido por úl­tima vez—. ¿Ni siquiera...?
—Ni siquiera por un mes. Díselo cuando venga. Si no te atreves, yo lo haré. No quiero tener a un niño dando vueltas por aquí. Tengo demasiado trabajo. Este informe sobre Betelgeuse XI ha de estar listo dentro de diez días. —Lester introdujo una cinta sobre utensi­lios fosilizados de Fomalhaut en el ordenador—. ¿Qué le pasa a tu hermano? ¿Es incapaz de cuidar a su propio hijo?
Jill se frotó sus ojos hinchados.
—¿Es que no lo entiendes? ¡Quiero que Gus venga! Le pedí a Frank que le diera permiso. Y ahora, tú...
—Me sentiré muy feliz cuando cumpla la edad de ser entregado al gobierno. —Lester hizo una mueca de desagrado—. Maldita sea, Jill, ¿aún no está preparada la cena? ¡Han pasado diez minutos! ¿Qué le pasa a esa cocina?
—Está casi a punto.
En la cocina se encendió una luz roja. El robocamarero había surgido de la pared y esperaba para recoger la comida.
Jill se sentó y se sonó con furia. Lester seguía trabajando en la sala de estar, imperturbable. Su trabajo. Sus investigaciones. Día tras día. Lester se estaba labrando un brillante futuro; no existía duda. Su cuerpo flaco se hallaba inclinado como un resorte espiral sobre la computadora; sus fríos ojos grises asimilaban febrilmente la informa­ción, analizaban, calculaban. Sus facultades conceptuales funciona­ban como una maquinaria bien engrasada.
Los labios de Jill temblaban de rencor y desdicha. Gus... El pe­queño Gus. ¿Cómo iba a decírselo? Nuevas lágrimas anegaron sus ojos. Nunca vería de nuevo a la rechoncha criatura. Nunca podría volver..., porque sus risas y juegos infantiles molestaban a Lester. Interferían en sus investigaciones.
La luz de la cocina pasó a verde. La comida salió expedida a los brazos del robocriado. La cena fue anunciada por leves tintineos.
—Ya lo oigo —rezongó Lester. Desconectó la computadora y se puso en pie—. Supongo que llegará mientras estemos cenando.
—Puedo videofonar a Frank y pedirle...
—No. Lo mejor será darlo por concluido cuanto antes. —Lester movió la cabeza con impaciencia en dirección al robot—. Muy bien. Sírvenos. —Sus labios finos se fruncieron de cólera—. ¡No pierdas el tiempo, maldita sea! ¡Quiero volver a mi trabajo!
Jill reprimió sus lágrimas.

El pequeño Gus entró arrastrando los pies cuando terminaban de cenar.
Jill lanzó un grito de alegría.
—¡Gussie! —Se precipitó a estrecharle entre sus brazos—. ¡Estoy tan contenta de verte!
—Cuidado con mi tigre —murmuró Gus. Dejó caer sobre la alfom­bra su pequeño gato gris, que corrió a refugiarse bajo el sofá—. Se ha es­condido.
Lester echó chispas por los ojos mientras contemplaba al niño y el extremo de la cola gris que sobresalía del sofá.
—¿Por qué le llamas tigre? No es más que un vulgar gato calle­jero.
Gus se revolvió, ofendido.
—Es un tigre. Tiene rayas.
—Los tigres son amarillos y mucho más grandes. Ya es hora que aprendas a llamar a las cosas por su nombre.
—Por favor, Lester... —suplicó Jill.
—Cállate —le espetó su marido—. Gus es lo bastante mayor para desechar ilusiones infantiles y desarrollar una orientación realista. ¿En qué fallarán los analistas psíquicos? ¿Acaso no eliminan estas tonterías?
Gus corrió a tomar su gato.
—¡Déjale en paz!
Lester contempló el gato. Una extraña y fría sonrisa se dibujó en sus labios.
—Baja al laboratorio alguna vez, Gus. Te enseñaremos montones de gatos. Los utilizamos en nuestras investigaciones. Gatos, coba­yas, conejos...
—¡Lester! —chilló Jill—. ¡Eres un maldito!
Lester lanzó una breve carcajada. Se levantó de repente y volvió a su escritorio.
—Desaparezcan. Debo acabar estos informes. Y no te olvides de decírselo a Gus.
—¿Decirme qué? —preguntó Gus, excitado. Sus mejillas enro­jecieron y sus ojos brillaron—. ¿Qué es? ¿Algo para mí? ¿Un secreto?
Un peso enorme oprimió el corazón de Jill. Apoyó la mano con fuerza en el hombro del niño.
—Ven, Gus. Nos sentaremos en el jardín y te lo diré. Trae... Trae a tu tigre.
Un chasquido. El videotransmisor de emergencia se iluminó. Lester se puso en pie al instante.
—¡Cállense! —Corrió hacia el aparato, respirando con agitación—. ¡Que nadie hable!
Jill y Gus se detuvieron en la puerta. Un mensaje confidencial surgió de la ranura y cayó en la bandeja. Lester lo tomó y rompió el precinto. Lo examinó con suma concentración.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jill—. ¿Malas noticias?
—¿Malas? —Un brillo interior iluminaba el rostro de Lester—. No, ni mucho menos. —Consultó su reloj—. Justo a tiempo. Veamos, ne­cesitaré...
—¿Qué pasa?
—Me voy de viaje. Estaré ausente dos o tres semanas. Rexor IV se halla dentro de la zona cartografiada.
—¿Te vas a Rexor IV? —Jill aplaudió de alegría—. ¡Oh, siempre he querido ver un sistema viejo, ciudades y ruinas antiguas! Lester, ¿puedo acompañarte? ¿Puedo ir contigo? Nunca hemos hecho va­caciones, y siempre me prometiste...
Lester Herrick contempló a su mujer, patidifuso.
—¿Tú? ¿, acompañarme? —Lanzó una desagradable carcajada—. Date prisa y hazme el equipaje. He esperado esta oportunidad durante mucho tiempo. —Se frotó las manos, satisfecho—. El niño puede quedarse aquí hasta que yo vuelva, pero ni un segundo más. ¡Rexor IV! ¡Estoy impaciente!

—Debes hacer algunas concesiones —dijo Frank—. Al fin y al cabo, es un científico.
—No me importa —dijo Jill—. Voy a dejarle, en cuanto regrese de Rexor IV. Ya me he decidido.
Su hermano calló, absorto en sus pensamientos. Estiró los pies sobre el césped del pequeño jardín.
—Bueno, si le dejas podrás casarte de nuevo. Todavía estás cla­sificada como sexualmente adecuada, ¿verdad?
—Ya puedes apostar por ello —afirmó Jill—. No tendría ningún problema. Quizá encuentre a alguien que quiera tener hijos.
—Piensas demasiado en los niños —observó Frank—. A Gus le en­canta venir a verte, pero no le gusta Lester. Les le mortifica.
—Lo sé. Con él ausente, esta semana pasada ha sido una delicia. —Jill acarició su liso cabello rubio, sonrojándose—. Me he divertido. Me he sentido viva otra vez.
—¿Cuándo volverá?
—En cualquier momento. —Jill cerró los puños—. Llevamos casa­dos cinco años y cada año ha sido peor que el anterior. Es tan..., tan inhumano. Frío e insensible. Él y su trabajo. Día y noche.
—Les es ambicioso. Quiere llegar a la cumbre de su especialidad. —Frank encendió un cigarrillo con movimientos perezosos—. Un tre­pador. Bien, tal vez lo consiga. ¿En qué trabaja?
—Toxicología. Fabrica nuevos venenos para los militares. Inven­tó el sulfato de cobre despellejador que utilizaron contra Calisto.
—Es un campo muy restringido. Fíjate en mí. —Frank se apoyó contra la pared de la casa, satisfecho—. Hay miles de abogados de Seguridad. Podría trabajar cinco años sin llamar la atención. Con eso me contento. Hago mi trabajo. Lo disfruto.
—Ojalá Lester pensara como tú.
—Quizá cambie.
Nunca cambiará —dijo Jill con amargura—. Ahora lo sé. Por eso he tomado la decisión de dejarle. Siempre será igual.
Lester Herrick volvió de Rexor IV convertido en un hombre di­ferente. Exhibió una sonrisa radiante y depositó la maleta antigravitatoria en brazos del robocriado.
—Gracias.
Jill se quedó sin habla.
—¡Les! ¿Qué...?
Lester la saludó con una leve inclinación del sombrero.
—Buenos días, querida. Estás guapísima. Tus ojos son claros y azules. Brillan como un lago virginal, alimentado por ríos proce­dentes de las montañas. —Olió el aire—. ¿Olfateo acaso un delicioso plato, calentándose en el horno?
—Oh, Lester. —Jill parpadeó, indecisa. Una débil esperanza creció en su pecho—. Lester, ¿qué te ha pasado? Estás... muy diferente.
—¿De veras, querida? —Lester paseó por la casa, tocando los ob­jetos y exhalando suspiros—. Mi querida casa, tan dulce y entraña­ble. No sabes lo maravilloso que es estar aquí. Créeme.
—Tengo miedo de creerlo —respondió Jill.
—¿De creer qué?
—Que hablas en serio. Que ya no eres como antes, como siempre has sido.
—¿Cómo era?
—Mezquino. Mezquino y cruel.
—¿Yo? —Lester frunció el ceño y se frotó los labios—. Ummm. In­teresante. —Sonrió—. Bueno, eso pertenece al pasado. ¿Qué hay para cenar? Me muero de hambre.
Jill no dejó de mirarle con incertidumbre mientras se dirigía a la cocina.
—Lo que te apetezca, Lester. Ya sabes que nuestra cocina cubre toda la lista de platos selectos.
—Por supuesto. —Lester carraspeó—. Bien, ¿qué te parece solomi­llo en su punto, cubierto de cebollas? Con salsa de champiñones, panecillos y café caliente. Y de postre, sugiero helado y pastel de manzana.
—Nunca te importó demasiado la comida —dijo Jill, con aire pen­sativo.
—¿No?
—Siempre decías que ojalá se pudieran administrar tomas de alimentación por vía intravenosa. —Examinó a su marido con suma cu­riosidad—. Lester, ¿qué ha pasado?
—Nada. Nada en absoluto.
Lester sacó su pipa y la encendió con rapidez y cierta torpeza. Cayeron algunas hebras de tabaco sobre la alfombra. Se agachó nerviosamente y trató de recogerlas.
—Dedícate a tus cosas y no te preocupes por mí, te lo ruego. Tal vez pueda ayudarte a preparar... Quiero de­cir, ¿puedo ayudarte en algo?
—No. Ya me encargo yo. Sigue con tu trabajo, si quieres.
—¿Trabajo?
—Tus investigaciones sobre las toxinas.
—¡Toxinas! —Lester se mostró confuso—. ¡Por el amor de Dios! Toxinas. ¡Al diablo con ellas!
—¿Cómo dices, querido?
—Es que, en este momento, me siento muy cansado. Trabajaré más tarde. —Lester vagó sin rumbo por la habitación—. Creo que me sentaré y disfrutaré de estar en casa de nuevo. Lejos de ese horrible Rexor IV.
—¿Era horrible?
—Espantoso. —Lester hizo una mueca de desagrado—. Seco y muerto. Viejo. Reducido a pulpa por el viento y el sol. Un lugar te­mible, querida mía.
—Lo siento. Siempre quise visitarlo.
—¡Dios no lo quiera! —exclamó Lester de todo corazón—. Tú te quedarás aquí, querida. Conmigo. Juntos..., los dos. —Paseó la mirada por la habitación—. Sí, los dos. La Tierra es un planeta maravi­lloso. Húmedo y lleno de vida. —Una sonrisa de felicidad iluminó su cara—. Perfecto.

—No lo entiendo —dijo Jill.
—Repite todo lo que recuerdes —dijo Frank. Su lápiz robot se pre­paró—. Siento curiosidad por los cambios que has observado en él.
—¿Por qué?
—Por nada. Sigue. ¿Dices que advertiste en seguida que estaba distinto?
—Me di cuenta al instante, por la expresión de su rostro. No era dura ni práctica, sino plácida, relajada, tolerante, serena.
—Entiendo —dijo Frank—. ¿Qué más?
Jill miró con nerviosismo al interior de la casa.
—No nos puede oír, ¿verdad?
Estaban en el patio posterior.
—No. Está jugando con Gus en la sala de estar. Hoy son hombres-nutria venusinos. Tu marido ha construido un tobogán para nu­trias en el laboratorio. Le vi desempaquetándolo.
—Su conversación.
—¿Su qué?
—La forma en que habla. Las palabras que elige, palabras que nunca había empleado. Frases nuevas, metáforas. Nunca le oí utili­zar una metáfora en los cinco años que vivimos juntos. Decía que la metáforas eran inexactas, engañosas y...
—¿Y qué?
El lápiz escribía sin cesar.
—Son palabras extrañas. Palabras antiguas. Palabras que ya no se oyen.
—¿Fraseología arcaica? —preguntó Frank, tenso.
—Sí. —Jill paseaba arriba y abajo del jardín, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones de plástico—. Palabras pomposas, como...
—¿Como extraídas de un libro?
—¡Exacto! ¿Te has dado cuenta?
—Sí —respondió Frank, con expresión sombría—. Sigue.
Jill dejó de caminar.
—¿Qué piensas? ¿Tienes una teoría?
—Quiero más datos concretos.
Jill reflexionó.
—Juega con Gus. Juega y bromea. Y..., come.
—¿Es que no comía antes?
—No como ahora. Ahora, le encanta comer. Va a la cocina y prue­ba combinaciones incesantemente. Él y la cocina se alían para prepa­rar toda clase de platos exóticos.
—Me pareció que había engordado.
—Ha engordado cinco kilos. Come, sonríe y ríe. Se muestra muy atento en todo momento. —Jill desvió la vista con timidez—. Hasta es..., ¡romántico! Siempre dijo que eso era irracional. Y ya no le in­teresa su trabajo, sus investigaciones sobre las toxinas.
—Entiendo. —Frank se mordió el labio—. ¿Algo más?
—Hay algo que me sorprende mucho. Lo he observado en infini­dad de ocasiones.
—¿Qué es?
—Parece tener extraños lapsos de...
Sonó un estallido de carcajadas. Lester Herrick, con los ojos bri­llantes de alegría, salió corriendo de la casa, seguido del pequeño Gus.
—¡Les vamos a dar una noticia! —exclamó Lester.
—Una notisia —repitió Gus.
Frank dobló sus notas y las guardó en el bolsillo de la chaqueta. El lápiz se precipitó detrás de ellas.
—¿Cuál es? —preguntó Frank, levantándose.
—Dila tú.
Lester tomó a Gus de la mano y le hizo avanzar.
La cara regordeta de Gus mostró una mueca de concentración.
—¡Voy a vivir con ustedes! —anunció. Escrutó ansiosamente la expresión de Jill—. Lester me da permiso. ¿Puedo, tía Jill?
Una inmensa alegría henchió el corazón de Jill. Su mirada se desvió de Gus a Lester.
—¿Lo dices..., lo dices en serio?
Su voz era casi inaudible. Lester la rodeó con el brazo y la es­trechó contra él.
—¡Pues claro que lo digo en serio! —Su mirada era cálida, llena de comprensión—. Nosotros somos incapaces de tomarte el pelo, querida.
—¡No te tomamos el pelo! —gritó Gus, excitado—. ¡Se acabaron las tomaduras de pelo! —Lester, Jill y el niño se abrazaron—. ¡Nunca más!
Frank se mantenía algo apartado, con el semblante hosco. Jill lo advirtió y avanzó hacia él.
—¿Qué pasa? —tartamudeó—. ¿Algo va...?
—Cuando hayas terminado —dijo Frank a Lester Herrick—, me gustaría que me acompañaras.
Un escalofrío atenazó el corazón de Jill.
—¿Qué sucede? ¿Puedo venir yo también?
Frank denegó con la cabeza. Avanzó hacia Lester de forma ame­nazadora.
Vamos, Herrick. Tú y yo vamos a hacer un pequeño viaje.

Los tres agentes de la Seguridad Federal tomaron posiciones a pocos pasos de Lester Herrick, con los vibrotubos preparados.
El director de Seguridad, Douglas, examinó a Herrick durante largo rato.
—¿Está seguro? —dijo por fin.
—Absolutamente —afirmó Frank.
—¿Cuándo regresó de Rexor IV?
—Hace una semana.
—¿Y el cambio fue perceptible al instante?
—Su esposa lo notó en cuanto le vio. No cabe duda que se produjo en Rexor. —Frank hizo una significativa pausa—. Y usted ya sabe lo que eso quiere decir.
—Lo sé.
Douglas caminó lentamente alrededor del hombre sentado, y le examinó desde todos los ángulos.
Lester Herrick se hallaba sentado en silencio, con la chaqueta pulcramente doblada sobre la rodilla. Descansaba las manos sobre su bastón de puño de marfil; tenía el rostro sereno e inexpresivo. Vestía un traje gris claro, corbata de tonos apagados, puños dobles y lustrosos zapatos negros. No decía nada.
—Sus métodos son sencillos y precisos —dijo Douglas—. Extraen y almacenan, en alguna especie de suspensión, los contenidos psí­quicos originales. La introducción de los contenidos substitutivos es instantánea. Es muy probable que Lester Herrick se encontrara va­gando por las ruinas de alguna ciudad de Rexor, haciendo caso omi­so de las precauciones de seguridad, escudo o pantalla manual, y le atraparon.
El hombre sentado se movió.
—Me gustaría mucho comunicarme con Jill —murmuró—. Se esta­rá poniendo nerviosa.
Frank se volvió, con una mueca de repulsión.
—Santo Dios, continúa fingiendo.
El director Douglas se contuvo con un enorme esfuerzo.
—Desde luego, es algo asombroso. No se producen cambios físi­cos. Lo miras y no adviertes nada. —Avanzó hacia el hombre senta­do, con expresión dura—. Escúchame, sea cual sea tu nombre. ¿En­tiendes lo que digo?
—Por supuesto —contestó Lester Herrick.
—¿De veras crees que te vas a salir con la tuya? Atrapamos a los otros..., los que te precedieron. A todos. Incluso antes que llegaran. —Douglas sonrió con frialdad—. Los vibrodesintegramos uno tras otro.
Lester Herrick palideció. El sudor perló su frente. Lo secó con un pañuelo de seda que sacó del bolsillo superior de la chaqueta.
—¿Sí? —murmuró.
—Usted no nos engaña. Toda la Tierra está en alerta contra los rexorianos. Me sorprende que consiguiera abandonar Rexor. Herrick debió haberse comportado con extrema imprudencia. Neutraliza­mos a los demás a bordo de la nave. Los devolvimos al espacio.
—Herrick tenía una nave particular —murmuró el hombre senta­do—. Burló la estación de control. No existen registros de su llega­da. No fue detectado.
—¡Fríanlo! —graznó Douglas.
Los tres agentes de Seguridad levantaron sus tubos y dieron un paso adelante.
—No. —Frank sacudió la cabeza—. No podemos. La situación es muy complicada.
—¿Qué quiere decir? ¿Por qué no podemos? Freímos a los demás...
—Fueron apresados en el espacio. Estamos en la Tierra. No se aplican las leyes militares, sino las leyes de la Tierra. —Frank indicó al hombre sentado con un ademán—. Y ocupa un cuerpo humano. Se halla bajo las leyes civiles normales. Debemos demostrar que no es Lester Herrick..., que es un rexoriano infiltrado. Es difícil, pero posible.
—¿Cómo?
—Su mujer. La mujer de Herrick. Su testimonio. Jill Herrick pue­de dar cuenta de las diferencias entre Lester Herrick y esta cosa. Ella lo sabe..., y creo que podremos clarificarlo en el juicio.

Caía la tarde. Frank mantenía el crucero de superficie a escasa velocidad. Ni él ni Jill hablaban.
—Eso lo explica todo —dijo por fin Jill, pálida. Sus ojos secos y brillantes no delataban la menor emoción—. Sabía que era dema­siado estupendo para ser cierto. —Intentó sonreír—. Parecía maravilloso.
—Lo sé —asintió Frank—. Es una situación terrible. Si al menos...
—¿Por qué? —preguntó Jill—. ¿Por qué ese hombre..., esa cosa lo hizo? ¿Por qué se adueñó del cuerpo de Lester?
—Rexor IV es viejo. Muerto. Un planeta agonizante. La vida se está extinguiendo.
—Ahora lo recuerdo. Él... dijo algo parecido. Algo acerca de Re­xor. Que estaba contento de haberse marchado.
—Los rexorianos son una raza antigua. Los pocos que quedan son débiles. Han intentado emigrar durante siglos, pero sus cuerpos son demasiado frágiles. Algunos trataron de emigrar a Venus..., y murieron en el acto. Inventaron este sistema hace más o menos un siglo.
—Pero sabe mucho sobre nosotros. Habla nuestro idioma.
—Pero sin dominarlo. Los cambios que mencionaste, la extraña dicción. Los rexorianos sólo poseen un vago conocimiento de los seres humanos. Una especie de abstracción ideal, extraída de los ob­jetos terrícolas que han llegado a Rexor, libros en especial; datos secundarios de este tipo. La idea rexoriana de la Tierra se basa en clásicos literarios de la Tierra, novelas románticas del pasado. Idio­ma, costumbres y modales de los viejos libros terrícolas.
»Eso explica el extraño arcaísmo de esa cosa. Había estudiado la Tierra, de acuerdo, pero de una manera indirecta y engañosa. —Frank sonrió con ironía—. Los rexorianos llevan un atraso de doscientos años..., y eso nos da una ventaja. Así podemos detec­tarlos.
—¿Esto... suele suceder? ¿Es frecuente? Parece increíble. —Jill se frotó la frente, cansada—. Es como un sueño. Cuesta comprender que haya ocurrido de veras. Estoy empezando a entender lo que significa.
—La galaxia está llena de formas de vida alienígenas. Seres pa­rasitarios y destructivos. La ética terrícola no les es aplicable. Debe­mos mantenernos en constante vigilancia. Lester deambuló por Rexor sin sospechar nada..., y esta cosa le expulsó de su cuerpo y lo ocupó.
Frank miró a su hermana. El rostro de Jill no expresaba la menor emoción. Un rostro severo, de grandes ojos, pero sosegado. Estaba sentada muy erguida, con la vista clavada en el frente y sus peque­ñas manos enlazadas sobre el regazo.
—Lo haremos de tal forma que no te sea preciso acudir al juicio en persona —prosiguió Frank—. Grabas en vídeo la declaración y la presentaremos como prueba. Estoy seguro que tu declaración bastará. El tribunal federal nos ayudará en todo lo que pueda, pero debe tener alguna prueba para seguir adelante.
Jill no dijo nada.
—¿Qué opinas? —preguntó Frank.
—¿Qué ocurrirá después que el tribunal tome una decisión?
—Le administraremos un vibrorrayo. Destruiremos la mente rexoriana. Un patrullero terrícola de Rexor IV enviará una expedición para localizar los..., hum..., contenidos originales.
Jill tragó saliva. Se volvió hacia su hermano, asombrada.
—¿Quieres decir...?
—Oh, sí. Lester está vivo. En suspensión, en alguna parte de Re­xor. En una de las ciudades derruidas. Tendremos que obligarles a que nos lo entreguen. No querrán, pero lo harán. Ya lo han hecho otras veces. Después, volverá contigo, sano y salvo. Igual que an­tes. Y esta horrible pesadilla que estás viviendo pasará a formar parte del pasado.
—Entiendo.
—Ya hemos llegado.
El crucero se detuvo ante el imponente edificio de la Seguridad Federal. Frank salió en seguida y abrió la puerta a su hermana. Jill bajó lentamente.
—¿De acuerdo? —preguntó Frank.
—De acuerdo.
Cuando ambos entraron en el edificio, agentes de seguridad les guiaron entre las pantallas de comprobación. Recorrieron largos pasillos. Los tacones altos de Jill resonaban en el siniestro silencio.
—Menudo lugar —comentó Frank.
—Es tenebroso.
—Considéralo una comisaría de policía con pretensiones. —Frank se detuvo ante una puerta custodiada—. Es aquí.
—Espera. —Jill retrocedió, con una mueca de pánico—. Yo...
—Esperaremos a que te sientas preparada. —Frank indicó al agen­te de seguridad que se marchara—. Lo comprendo. Es un mal asunto.
Jill se quedó quieta un momento, con la cabeza gacha. Respiró profundamente y cerró los puños. Alzó la barbilla con firmeza.
—Adelante.
—¿Estás dispuesta?
—Sí.
Frank abrió la puerta.
—Vamos a ello.
El director Douglas y los tres agentes de seguridad se volvieron expectantes cuando Jill y Frank entraron.
—Bien —murmuró Douglas, aliviado—. Empezaba a preocuparme.
El hombre sentado se levantó poco a poco y tomó su chaqueta. Apretó con dedos tensos el bastón con pomo de marfil. No dijo nada. Contempló en silencio a la mujer que entraba en la habita­ción, seguida de Frank.
—Ésta es la señora Herrick —dijo Frank—. Jill, te presento al di­rector de seguridad Douglas.
—He oído hablar de usted —dijo Jill en voz baja.
—Entonces, ya sabrá cuál es nuestro trabajo.
—Sí, sé cuál es su trabajo.
—Este asunto es muy desagradable. Ya ha ocurrido en anteriores ocasiones. No sé lo que Frank le habrá dicho...
—Me ha explicado la situación.
—Bien —suspiró Douglas—, me alegro. No resulta fácil de expli­car. Ya comprenderá, pues, lo que queremos. Los casos anteriores fueron neutralizados en el espacio. Les administramos una dosis de vibrotubos y recuperamos los contenidos originales. Esta vez, sin embargo, debemos proceder siguiendo los conductos legales. —Douglas tomó una grabadora de vídeo—. Necesitamos su declaración, señora Herrick. Como no se han producido alteraciones físicas, ca­recemos de pruebas directas para apoyar nuestro caso. Sólo pode­mos presentar ante el tribunal su testimonio acerca de la alteración del carácter.
Extendió la grabadora. Jill la tomó, despacio.
—No cabe duda que su testimonio será aceptado por el tribu­nal. Éste nos dejará las manos libres y procederemos en consecuen­cia. Si todo va bien, confiamos en que todo vuelva a ser exactamen­te como antes.
Jill contempló en silencio al hombre que se hallaba de pie en un rincón, con la chaqueta y el bastón en la mano.
—¿Como antes? —dijo—. ¿Qué quiere decir?
—Como antes del cambio.
Jill se volvió hacia el director Douglas. Dejó la grabadora sobre la mesa con absoluta calma.
—¿A qué cambio se refiere?
Douglas palideció y se humedeció los labios. Todos los ojos es­taban clavados en Jill.
—El cambio producido en él. —Señaló al hombre.
—¡Jill! —gritó Frank—. ¿Qué te pasa? —Avanzó rápidamente hacia ella—. ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Sabes muy bien a qué cambio nos referimos!
—Pues me extraña —dijo Jill, con aire pensativo—. Yo no he nota­do ningún cambio.
Frank y el director Douglas intercambiaron una mirada.
—No lo entiendo —murmuró Frank, desconcertado.
—Señora Herrick... —empezó Douglas.
Jill se acercó al hombre que esperaba en silencio en el rincón.
—¿Nos vamos, querido? —preguntó, tocándole el brazo—. ¿Existe algún motivo que impida a mi marido salir de aquí?

El hombre y la mujer caminaban en silencio por la calle oscura.
—Bien, vamos a casa —dijo Jill.
—Hace una tarde espléndida —comentó el hombre, mirándola. Res­piró profundamente y se llenó los pulmones de aire—. La primavera se acerca..., me parece. ¿No es cierto?
Jill asintió con la cabeza.
—¿Vamos a pie? ¿Está lejos?
—No mucho.
El hombre la miró con una expresión seria en el rostro.
—Estoy en deuda contigo, querida —dijo.
Jill asintió con la cabeza.
—Me gustaría darte las gracias. Debo admitir que no esperaba este...
Jill se volvió bruscamente.
—¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu nombre auténtico?
Los ojos grises del hombre destellaron. Una leve, tierna y hermosa sonrisa se dibujó en sus labios.
—Me temo que no serías capaz de pronunciarlo. Los sonidos no pueden formarse...
Jill guardó silencio mientras continuaban caminando, absorta en sus pensamientos. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse, como brillantes puntos amarillos en la oscuridad.
—¿Qué piensas? —preguntó el hombre.
—Estaba pensando que te seguiré llamando Lester —respondió Jill—. Si no te importa.
—No me importa —dijo el hombre.
La rodeó con el brazo y la atrajo hacia él. La miró con ternura mientras se adentraban en la oscuridad, entre las luces amarillas que señalaban el camino.
—Lo que tú desees. Todo cuanto te haga feliz.


FIN