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domingo, 31 de mayo de 2015

The Rainbow - 1/2 (English (D. H. Lawrence)


The Rainbow - 2/2 (English (D. H. Lawrence)


Sons And Lovers - Part One (English) (D. H. Lawrence)


Sons And Lovers - Part Two (English) (D. H. Lawrence)


The Trespasser - 2/2 (English) (D. H. Lawrence)


The Trespasser - 1/2 (English) (D. H. Lawrence)


The White Peacock - Parte Three (English) (D. H. Lawrence)

The White Peacock - Parte Two (English) (D. H. Lawrence)


The White Peacock - Parte One (English) (D. H. Lawrence)


Mujeres Enamoradas 2/2 (D. H. Lawrence)


Mujeres Enamoradas 1/2 (D. H. Lawrence)

sábado, 30 de mayo de 2015

Una Vez (D. H. Lawrence)


Once, 1930

Era una mañana hermosísima. Sobre el río se cernían blancos paquetes de neblina, como si un enorme tren hubiera partido dejando una estela de ocioso vapor que bajaba por el valle. Las montañas eran de un azul grisáceo apenas esbozado con un pálido brillo de nieve en lo alto, bajo el sol. Parecían muy distantes, como si me vigilaran, perplejas. Mientras me bañaba bajo las saetas de luz solar que penetraban por la ventana abierta de par en par, dejando que el agua se deslizara raudamente por mis flancos, mi pensamiento se perdía en la brumosa mañana, tan dulce, lejana y quieta, y apenas si atiné a secarme. Y en cuanto me hube puesto una bata, de nuevo me estiré ociosamente sobre el lecho, contemplando la mañana que todavía conservaba el verdor de la madrugada, y pensando en Anita.
Yo la había amado cuando era apenas un muchacho. Era hija de un aristócrata, pero carecía de riquezas. Yo pertenecía a la simple clase media. Era demasiado novato y falto de pretensiones como para pensar en cortejarla. Y en cuanto volvió a su casa al concluir la escuela, se casó con un oficial. Un hombre bastante buen mozo, un poco a la manera del Kaiser, pero zopenco como un burro. Y Anita tenía solo dieciocho años. Cuando por fin me aceptó como amante, me lo contó todo.
—La noche que me casé —dijo—, desde la cama me pasé contando las flores del empapelado, cuántas había en cada hilera: tanto me aburría él.
Era de buena familia, y muy buena reputación en el ejército, por su aplicación. Poseía la tenacidad de un bulldog, y cabalgaba como un centauro. Parecen buenas cualidades a la distancia, pero tener que convivir con ellas resulta mortalmente aburrido, dice Anita.
Tuvo su primer hijo justo antes de cumplir los veinte años; el segundo, dos años después. No hubo más hijos. El marido era bastante bruto. La descuidaba, aunque no en forma que causara indignación: se contentaba con tratarla cual si fuese un animalito delicado. Para completar las cosas, se arruinó totalmente por deudas de juego y otras varias, y finalmente cayó en la deshonra total cuando usó dinero del Gobierno y fue descubierto.
—Encontraste un cabello en tu sopa —le dije a Anita en una carta.
—Más que un cabello, una trenza entera –fue la respuesta.
A partir de entonces, comenzó a tener amantes. Era una criatura joven y espléndida, y no iba a quedarse sentada en su elegante piso de Berlín, juntando moho. Su marido era oficial en un regimiento de primera. Anita tenía un aspecto soberbio, y él se enorgullecía de presentársela a sus amigos. Por añadidura, ella tenía sus propios parientes en Berlín, aristocráticos amén de ricos, que se movían en los más elevados círculos sociales. Así que ella comenzó a tener amantes.
Anita muestra bien su crianza: erguida, bastante altanera con aire de desdén no exento de buen humor. Es alta y fuerte, la arrogancia asoma en sus ojos pardos, y su tez aterciopelada tiene un color cálido, moreno, que hace juego con su cabello negro.
Por fin llegó a quererme un poquito. Su alma es inmaculada casi como el alma de una virgen. Creo que lo que la corroe, tal vez, es el hecho de que nunca amó realmente a nadie, nunca sintió verdadero respeto —Ehrfurcht— por un hombre. Y ha estado aquí conmigo, en el Tirol, durante estos últimos diez días. Yo la amo, y me siento descontento conmigo mismo. Quizá yo tampoco puedo satisfacer sus expectativas.
—¿Nunca amaste a los hombres que has tenido? — le pregunté.
—Los amé; pero me los puse a todos en el bolsillo –declaró como ligeramente decepcionada dentro de su buen humor. Ante mi mirada seria se encogió de hombros.
Me quedé recostado preguntándome si a mí también me pondría en el bolsillo, junto con su monedero, su perfume y los caramelitos que tanto amaba. Casi habría sido delicioso. Una suerte de voluptuosidad me instaba a dejar que me tuviera, que me pusiera en su bolsillo. Habría sido tan agradable... Pero yo la amaba; no habría sido justo para ella. Yo quería hacer algo más que brindarle placer.
En medio de mis cavilaciones, la puerta se abrió de pronto y Anita entró en mi dormitorio. Alarmado, reí en mi fuero más íntimo, y sentí que la adoraba. ¡Era tan natural! Vestía una chemise de encaje transparente que se le deslizaba por un hombro, y botas altas, sobre una de las cuales le caía la media color bramante. Y llevaba un enorme sombrero negro, festoneado de blanco, con una tremenda pluma de un tono marrón cremoso que caía como una estela de espuma pardusca, sacudiéndose ligeramente. Era un sombrero inmenso para cubrir su desvergüenza, y la pluma grande y suave pareció derramarse y caer en un borbotón repentino cuando ella echó hacia atrás la cabeza.
Me miró, y luego fue directamente al espejo.
—¿Te gusta mi sombrero? —preguntó.
Se paró frente al panel del espejo, consciente tan solo de su sombrero, cuyos grandes filamentos plumíferos parecían agitarse con la marea. Su hombro desnudo relucía, y a través de la fina urdimbre de su chemise pude ver todo su cuerpo en cálida silueta, con reflejos dorados sobre los senos y brazos. La luz recorría plateada sus brazos levantados, y la dorada sombra se movió al arreglarse el sombrero.
—¿Te gusta mi sombrero? –repitió.
Entonces, como no respondí, se dio vuelta para mirarme. Yo yacía aún en el lecho. Debe haber visto que la miraba a ella, y no al sombrero, porque sus ojos se nublaron fugazmente, aunque su ceño desapareció al instante, cuando me preguntó en tono ligeramente duro:
—¿No te gusta?
—Es bastante majestuoso –respondí—. ¿De dónde viene?
—De Berlín, esta mañana... o anoche –replicó.
—¿No es un poco grande? —aventuré.
Se irguió.
—¡Por cierto que no! –dijo, volviéndose hacia el espejo.
Me levanté, dejé caer mi bata de noche, me puse una galera muy correctamente en la cabeza y, todo desnudo salvo por el sombrero y un par de guantes, me acerqué a ella.
—¿Te gusta mi sombrero? —le pregunté.
Ella me miró y tuvo un ataque de risa. Dejó caer su sombrero en una silla y se hundió en el lecho, sacudida por las carcajadas. De tanto en tanto levantaba la cabeza, me lanzaba una mirada con sus ojos oscuros, y volvía a enterrar su rostro entre las almohadas. Me quedé parado frente a ella con el sombrero puesto sintiéndome algo tonto. Ella volvió a espiarme,
—¡Estás encantador, estás encantador! —exclamó.
Con un movimiento grave y digno me apresté a quitarme el sombrero, diciendo:
—Y aun así, me faltan botas acordonadas hasta arriba y una media.
Pero ella se lanzó sobre mí, mantuvo el sombrero en mi cabeza y me besó.
—No te lo saques —imploró—. Así te amo.
Me senté en el lecho con aire grave y sin ninguna turbación.
—¿Pero no te gusta mi sombrero? –dije en tono ofendido—. Lo compré en Londres el mes pasado.
Ella me miró muy risueña, y volvieron a repiquetear sus carcajadas.
—¿Piensas qué pasaría –exclamó— si todos los ingleses de Piccadilly anduvieran así?
Hasta a mí me causó gracia la idea.
Finalmente le aseguré que su sombrero era adorable, y, para mi gran alivio, pude sacarme la galera y ponerme la bata.
—¡Qué ganas de cubrirte! —dijo en tono de reproche—. Pensar que te ves tan bien sin nada encima... como no sea un sombrero.
—Es la vieja Manzana que no puedo digerir —repliqué—.
Se la veía muy feliz con su camisola y sus botas altas. Recostado, me quedé contemplando sus hermosas piernas.
—¿A cuántos hombres les has hecho esto? —pregunté.
—¿Qué cosa? –inquirió.
—Entrar a sus dormitorios envuelta en un jirón de bruma, probándote un sombrero nuevo...
Ella se inclinó a besarme.
—No muchos —repuso—. Con anterioridad nunca traté a nadie tan familiarmente, creo.
—Supongo que te habrás olvidado —dije—. Bueno, no importa.
Tal vez el dejo de amargura que había en mi voz la tocó. Casi indignada, dijo:
—¿Crees que quiero halagarte haciéndote creer que eres el primero que yo realmente... realmente...?
—No lo sé —repuse—. Ni tú ni yo nos engañamos tan fácilmente.
Me miró fijamente, con expresión rara.
—Tengo perfecta conciencia de que soy algo temporario –declaré—, y de que ni siquiera he de durar tanto como la mayoría de ellos.
—¿Tienes lástima de ti mismo? –se burló.
Me encogí de hombros, mirándola a los ojos. Me causaba una gran agonía, pero no cedí.
—No voy a suicidarme —repliqué.
On est mort pour si longtemps –dijo, e imprevistamente se puso a bailar sobre el lecho. Yo la adoraba. Tenía el coraje de vivir, casi gozosamente.
—Cuando recuerdas tus aventuras —dije—, que son numerosas, aunque solo tienes treinta y un años...
—Numerosas, no: solo algunas; y cómo remarcas lo de treinta y uno... –dijo riendo.
—Pero ¿cómo te sientes, cuando piensas en todos ellos? —pregunté.
Frunció el entrecejo en forma extraña, y una sombra cruzó por su rostro, más de desconcierto que de otra cosa.
—En todos ellos hay algo de bueno –respondió—. En realidad los hombres son fantásticos —agregó suspirando.
—Lástima que sean todos ediciones de bolsillo... –me mofé.
Ella rió, y comenzó a tirar del lazo de seda de su camisón de encaje, pensativamente. Sus hombros redondeados brillaban como marfil antiguo, a la altura de la axila noté una leve mancha pardusca.
—No –dijo levantando la cabeza de improviso y mirándome tranquilamente a los ojos—, no tengo nada de qué avergonzarme... es decir... –vaciló—, ¡no tengo nada de qué avergonzarme!
—Te creo –dije. Y pienso que no habrás hecho nada que ni siquiera yo podría aceptar... ¿No es cierto?
Yo mismo advertí el tono lastimero de mi pregunta. Ella me miró, encogiéndose de hombros.
—Sé que no lo hiciste –la sermoneé—. Todas tus aventuras han sido, en realidad, bastante decentes. Significaron más para los hombres que para ti misma.
La sombra de sus senos, firmemente redondeados, resplandeció cálidamente a través del lienzo que los velaba. Se había puesto a pensar.
—¿Te cuento... algo que hice? –preguntó.
—Si quieres —contesté—. Pero deja que te alcance algo con qué cubrirte.
La besé en el hombro. Tenía la suave y deliciosa frialdad del mármol.
—No... bueno, sí —replicó.
Le traje una prenda china de seda negra con magníficos dragones bordados, que se retorcían sobre la tela con verdes llamaradas.
—Qué blanca es tu piel contra el negro de la seda –dije, besando el semicírculo de su pecho a través de la tela.
—Échate ahí –me ordenó. Se sentó en el medio de la cama, y yo permanecí mirándola. Tomó entre sus dedos la borla de seda negra de mi bata y se puso a aplastarla como si fuera una margarita.
—¡Gretchen! –dije.
—“Margarita con un solo pétalo” –contestó en francés, riendo—. Siento vergüenza de lo que voy a contarte, así que debes ser gentil conmigo...
—Toma un cigarrillo –le convidé—
Ella exhaló humo pensativamente durante unos instantes.
—Tienes que oírlo –dijo.
—¡Empieza ya!
—Yo paraba en Dresden, en un hotel de lujo, lo cual me gusta bastante: me la paso tocando timbres, cambiándome de ropa tres veces al día, sintiéndome mitad gran dama, mitad cocotte. No te enojes por lo que te digo: ¡mírame! Él estaba en una guarnición no muy lejos. De haber podido, me habría casado con él...
Se encogió de hombros –esos hombros hermosos, morenos—, y lanzó un penacho de volutas de humo.
—A los tres días de estar sola en el hotel comencé a aburrirme. Andaba sin compañía, visitando tiendas sola, yendo sola a la ópera... donde los muy cretinos hombres me lanzaban miradas a espaldas de sus mujeres. Finalmente me sentí irritada con mi pobre marido, aunque por supuesto no era culpa suya si no podía venir.
Lanzó una risita al volver a dar una pitada al cigarrillo.
—La mañana del cuarto día bajé las escaleras... me sentía terriblemente atractiva y orgullosa de mi misma. Vestía una chaqueta con falda color café con leche, muy claro... ¡me sentaba de maravilla!
Tras una pausa, prosiguió: —Y llevaba un gran sombrero negro con una nube de plumas de águila blanca. Me asusté cuando un hombre casi me lleva por delante. ¡Oh, si! Era un joven oficial desbordante de vida, un animal espléndido: el aristócrata alemán en mejor expresión. No parecía muy alto, con su uniforme azul oscuro, pero estaba lleno de vitalidad. Cuando lo miré a los ojos sentí un choque eléctrico, que me recorrió como un fuego. ¡Oh, si! Esos ojos se encendieron al volverse conscientes de mi presencia... y eran del mismo color azul claro que los ribetes de su uniforme. Me miró... ¡ah! Y entonces hizo una reverencia, el tipo de reverencia que una mujer goza como una caricia.
—“¡Verzeihung, gnädiges Fraülein”
—Me limité a hacer una inclinación de cabeza –prosiguió la relatora—, y cada uno siguió por su camino. No parecíamos movidos por nuestra propia voluntad, sino por algo mecánico que nos impulsaba.
“Ese día me sentí intranquila, no me podía quedar quieta en ningún lado. Algo se agitaba dentro de mis venas. Estaba tomando el té en la Brühler Terasse, y mirando pasar a la gente en una suerte de procesión mecánica contra el marco del ancho Elba inmóvil, cuando de pronto él se detuvo frente a mí, saludó y tomó asiento, en actitud a medias de disculpa, a medias temeraria. No me sorprendía tanto él, como la mecánica procesión de transeúntes. Y me di cuenta de que me creía una cocotte...
Contempló pensativamente la habitación, y en sus ojos oscuros el pasado volvió a asomar peligrosamente.
—Pero el juego me divertía y excitaba —continuó—. Me dijo que esa noche tenía que ir a un baile de la Corte... y luego agregó en tono apasionado, entre indiferente y suplicante:
—“¿Y después...?”
—“¿Y después...?” –repetí yo.
—“¿Puedo...? –preguntó.
“Le di entonces el número de mi habitación —prosiguió mi interlocutora—. Volví caminando despacio al hotel, me vestí para la cena, y charlé con alguien sentado a mi lado; pero tenía una o dos horas por delante, antes de que él llegara. Ordené mis objetos de plata, cepillos y otras cosas en el tocador, y mandé pedir un gran ramo de lirios del valle, fueron colocados en un bol negro. Las cortinas eran de un delicado tono rosa, y la alfombra de un color frío, casi blanco, con un borde rosa leonado y turquesa; artesanía persa, imagino. Recuerdo que me gustaba. ¡Y la habitación se sentía fresca y expectante, como yo misma!
“La última media hora de espera, ¡qué curioso!, yo ya no parecía sentir nada, ni tener conciencia de nada. Yacía recostada en la oscuridad, apretando contra el cuerpo mi hermoso vestido celeste de Crêpe de Chine para reconfortarme. ¡Oí que alguien trataba de abrir la puerta, y contuve la respiración! Entró rápidamente, echó llave a la cerradura, y encendió todas las luces. Allí quedó parado, el centro de todo, con la luz refulgiendo en su brillante cabello castaño. Sostenía algo bajo su capa. Entonces se me acercó, y extrajo un enorme ramo de rosas rojas y rosadas que me arrojó. ¡Fue delicioso! Algunas estaban frías cuando me cayeron encima. Se quitó la capa. Me encantó su figura, en su uniforme azul; y luego, ¡Oh, sí!, me levantó de la cama, con rosas y todo, y me besó... ¡cómo me besó!
Hizo una pausa al recordarlo.
—Sentí su boca a través de la fina tela de mis ropas. Por un instante se quedó inmóvil, lleno de pasión. Entonces me arrancó el salto de cama, y se puso a mirarme, manteniéndose a cierta distancia. Tenía los labios entreabiertos, con expresión de maravilla, pero aun así parecía que los dioses mismos debían envidiarlo: ¡maravilla, adoración y orgullo! La veneración de que me hacía objeto terminó por ganarme. Me depositó nuevamente sobre el lecho, me cubrió con gran dulzura, y dejó las rosas del otro lado, amontonadas cerca de mi pelo, sobre la almohada.
“Sin sentir la menor vergüenza ni timidez, se quitó la ropa. Era adorable: tan joven, algo enjuto pero fuerte, con un cuerpo que sencillamente irradiaba su amor por mí. Se quedó mirándome, lleno de humildad; y yo extendí las manos hacia él.
“Nos amamos la noche entera. Cuando se sentó en el lecho había sobre su cuerpo pétalos de rosa aplastados, deshechos, que semejaban gotas de sangre carmesí. ¡Oh, cuánta fiereza había en él, y a la vez cuánta ternura!”
Los labios de Anita temblaron ligeramente e hizo una pausa. Luego, muy despacio, prosiguió:
—Cuando me levanté por la mañana se había ido, y en su tarjeta de baile con una corona dorada que dejó en la mesita de luz había escrito unas pocas palabras apasionadas, implorándome que volviera a verlo en la Brühler Terasse esa tarde. Pero yo tomé el expreso de la mañana a Berlín...
Ambos permanecimos muy quietos. Creí sentir el rumor del río que se arrastraba en la distancia, perdiéndose en la mañana.
—¿Y...? —dije.
—Y nunca volví a verlo.
Seguíamos inmóviles. Entonces ella rodeó con los brazos su rodilla brillante, y la acarició con su boca, amorosamente, como condoliéndose. Los fulgurantes dragones verdes de su bata parecían gruñirme.
—¿Y sientes remordimiento? –dije por fin.
—No –contestó, casi sin prestarme atención—. Recuerdo cómo se desprendió el cinto con la espada de la cadera, cómo arrojó todo sobre el otro lecho, con un ruido tintineante...
Yo hervía de furia contra Anita. ¡Por qué habría de amar a un hombre solamente por el modo en que se quitó el cinto!
—Con él –murmuró—, todo parecía inevitable.
—Hasta el hecho de que no volvieras a verlo –repliqué con sequedad.
—¡Sí! –dijo tranquilamente.
Meditabunda y soñadora, siguió acariciándose las rodillas.
—Él me dijo: “Somos como las dos mitades de una nuez”, —rió ligeramente—. Me dijo frases hermosas: “Esta noche, tú eras una Respuesta”. Y luego: “Cualquier punto de tu cuerpo que toque me hace revivir de placer”. Y también dijo que nunca olvidaría el contacto aterciopelado de mi piel. Sí, me dijo montones de cosas hermosas.
Anita las repasó mentalmente en forma patética. Yo permanecía sentado, mordiéndome el dedo por la furia.
—E hice que me dejara ponerle rosas en el pelo –continuó ella—. Se quedó todo quieto y buenito mientras yo lo adornaba, lleno de timidez. Su figura era casi como la tuya...
Ese cumplido fue para mí un último insulto.
—Y tenía una larga cadena de oro, con pequeñas esmeraldas enhebradas, y la dio vuelta una y otra vez alrededor de mis rodillas, dejándome prisionera casi sin pensarlo.
—Y tú desearías que te hubiese retenido prisionera... –dije.
—No –repuso—, ¡no habría podido!
—¡Ya veo! Simplemente, lo mantienes como modelo, como patrón para medir la dosis de satisfacción que obtienes del resto de nosotros.
—Sí –asintió muy calma.
Me di cuenta de que le gustaba ponerme furioso.
—Pero... ¿creía que estabas algo avergonzada de esa aventura? —dije.
—No –respondió, llena de malicia.
Comenzó a cansarme. Uno nunca puede pisar terreno seguro con ella: era siempre resbaladizo, propenso a las caídas. Me quedé quieto, contemplando la luz del sol que manaba muy blanca en el exterior.
—¿En qué piensas? —preguntó.
En el camarero que sonreirá cuando bajemos a tomar el café.
—No... ¡dime!
—Son las nueve y media.
Ella manoseó el lazo de su bata.
—¿En qué pensabas? –volvió a preguntar, muy despacio.
—Pensaba en que obtienes cuanto quieres.
—¿En qué sentido?
—En el amor.
—¿Y qué es lo que quiero?
—Sensaciones.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Se quedó sentada con la cabeza gacha.
—Toma un cigarrillo –dije—. ¿Vas a ese sitio donde se anda en trineo, hoy?
—¿Por qué dices que solo busco sensaciones? –preguntó quedamente.
—Porque es cuanto tomas de un hombre. ¿No quieres un cigarrillo? –insistí.
—No, gracias... Y... ¿qué otra cosa podría tomar?
Me encogí de hombros.
—Nada, supongo —repliqué.
Ella siguió tironeando pensativamente del lazo de su bata.
—Hasta ahora, no te has perdido nada... no has sentido la falta de nada... en el amor –dije.
Ella tardó un rato en responder
—Oh, sí que la he sentido —dijo con gravedad.

Oyéndola, se me paralizó el corazón.

Cosas (D. H. Lawrence)


Things, 1928

Eran unos auténticos idealistas de Nueva Inglaterra. Pero de eso hacía mucho tiempo: antes de la guerra. Algunos años antes de la guerra, se conocieron y se casaron; él era un joven alto y de ojos intensos que procedía de Connecticut, y ella una muchacha de estatura mediana, recatada y con aspecto de puritana que había nacido en Massachusetts. Los dos tenían algo de dinero. No demasiado, sin embargo. Incluso juntando ambas cantidades no llegaba a tres mil dólares al año. Así y todo, eran libres. ¡Libres!
¡Ah! ¡La libertad! ¡Ser libre para vivir la propia vida! ¡Tener veinticinco y veintisiete años, un par de auténticos idealistas con un amor compartido por la belleza y una cierta inclinación hacia la «filosofía hindú» —lo que significaba, por desgracia, hacia la Sra. Besant— y unas rentas de algo menos de tres mil dólares al año! Pero, ¿qué es el dinero? Todo lo que uno desea es vivir una vida plena y hermosa. En Europa, por supuesto, en la fuente y origen de la tradición. Probablemente podría hacerse en Estados Unidos: en Nueva Inglaterra, por ejemplo. Pero renunciando a una cierta dosis de «belleza». La auténtica belleza requiere mucho tiempo para madurar. Lo barroco sólo es bello a medias, maduro a medias. No, el verdadero apogeo plateado, el auténtico ramo dorado y dulce de la belleza tenía sus raíces en el Renacimiento, no en ningún otro período más reciente y más vacuo.
Por lo tanto los dos idealistas, que se casaron en New Haven, partieron de inmediato en dirección a París: el París de antaño. Tenían un estudio en el bulevar Montparnasse, y se convirtieron en auténticos parisinos, en el sentido más antiguo y encantador, no en el más moderno y vulgar. Era la iridiscencia de los impresionistas puros, de Monet y sus seguidores; el mundo visto en términos de pura luz, luz rota, luz intacta. ¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla las noches, el río, las mañanas en las antiguas calles junto a los puestos de flores y de libros, las tardes en Montmartre o en las Tullerías, los anocheceres en los bulevares!
Los dos pintaban, pero no desesperadamente. El arte no los había cogido por el cuello, y ellos no habían cogido al arte por el cuello. Pintaban; simplemente. Conocían gente: gente agradable, dentro de lo posible, aunque había de todo, y era necesario aceptarlo. Y eran felices.
Así y todo, parece como si los seres humanos tuvieran que aferrarse a algo. Para ser «libre», para «vivir una vida plena y hermosa», es necesario, desgraciadamente, apegarse a algo. Una vida «plena y hermosa» significa un apego fuerte a algo —al menos, es así para ciertos idealistas— o, si no, sobreviene un cierto aburrimiento; hay una cierta agitación de cabos sueltos en el aire, como los temblorosos, ansiosos brotes de las viñas que se extienden y rotan buscando algo a lo que aferrarse, algo por lo que trepar hacia el sol necesario. Al no encontrar nada, la viña sólo puede arrastrarse, a medias satisfecha, por el suelo. ¡Ésa es la libertad! Un aferrarse al vástago adecuado. Y los seres humanos son todos viñas. Pero especialmente los idealistas. Los idealistas son como viñas, y necesitan aferrarse y trepar. Y desprecian a los hombres que son como simples patatas, o nabos, o trozos de madera.
Nuestros idealistas eran extraordinariamente felices, pero siempre estaban buscando algo a lo que adherirse. Al principio, París les bastaba. Exploraron París de punta a cabo. Y aprendieron francés hasta que con siguieron hablarlo con tanta soltura que se sentían como auténticos franceses.
Y sin embargo, jamás se llega a hablar el francés con el alma. No es posible. Y aunque al principio hablar en francés con franceses inteligentes resulta muy excitante —porque parecen mucho más inteligentes que uno a la larga se vuelve frustrante. El infinitamente astuto materialismo de los franceses acaba por dejarlo a uno frío; le inspira una sensación de esterilidad, de incompatibilidad con la innata enjundia de Nueva Inglaterra. Así lo sentían nuestros idealistas.
Abandonaron Francia, pero sin violencia. Francia los había decepcionado.
—Nos ha encantado, y nos ha dado muchas cosas. Pero después de un tiempo, de un tiempo considerable, en realidad de varios años, París lo deja a uno hasta cierto punto desencantado. No tiene exactamente lo que uno busca.
—Pero París no es Francia.
—No, tal vez no. Francia es muy distinta de París. Y Francia es preciosa, realmente preciosa. Pero a nosotros, aunque nos encanta, no nos dice demasiado.
De modo que, cuando llegó la guerra, los idealistas se trasladaron a Italia. E Italia les encantó. La encontraron bellísima, y más conmovedora que Francia. Les parecía mucho más cercana al concepto que en Nueva Inglaterra se tenía de la belleza: había en ella algo puro y lleno de simpatía, sin el materialismo y el cinismo de los franceses. A los dos idealistas les pareció que en Italia respiraban el aire de su propia tierra.
Y en Italia, mucho más que en París, sintieron que podían extasiarse ante las enseñanzas de Buda. Ingresaron en la creciente marea de moderna emoción budista, y leyeron libros, y practicaron la meditación, y se dedicaron deliberadamente a eliminar de sus almas la avaricia, el dolor y la aflicción. No se habían dado cuenta, todavía, de que la ansiedad misma de Buda por librarse del dolor y la aflicción es en sí una forma de avaricia. No: soñaban con un mundo perfecto, del que toda avaricia, y casi todo el dolor, y una gran parte de la aflicción, hubieran sido eliminados.
Pero Norteamérica entró en guerra, y ambos idealistas tuvieron que colaborar. Trabajaban en los hospitales. Y a pesar de que sus experiencias les hicieron darse cuenta, más que nunca, de que la avaricia, el dolor y la aflicción deberían ser eliminados del mundo, ni el budismo ni la teosofía emergían demasiado triunfantes de la larga crisis. De alguna manera, en algún lugar, en alguna parte de sí mismos, sentían que la avaricia, el dolor y la aflicción jamás serían eliminados, porque a la mayor parte de la gente no le importa eliminarlos o no, y jamás le importará. Nuestros idealistas eran demasiado occidentales para dejar al mundo librado a su condena mientras ellos dos se salvaban por su cuenta. Eran demasiado generosos como para sentarse debajo de un árbol y alcanzar el Nirvana por sí solos.
Y sin embargo había algo más que eso. Sencillamente, no poseían el suficiente Seitzfleish como para sentarse debajo de un árbol y alcanzar el Nirvana contemplando lo que fuese, y menos aún su propio ombligo. Si no podía salvarse el mundo entero, ellos, personalmente, no estaban demasiado interesados en salvarse por su cuenta. No, se habrían sentido demasiado solos. Eran de Nueva Inglaterra, así que tenía que ser o todo o nada. O la avaricia, el dolor y la aflicción se eliminaban del mundo en su totalidad, o, de lo contrario, ¿de qué servía eliminarlos de uno mismo? ¡De nada! Uno no sería más que una víctima.
De modo que, para volver a nuestra metáfora, aunque les seguía encantando la «filosofía hindú», y sentían una gran ternura hacia ella, el vástago por el cual las verdes y ansiosas viñas habían trepado hasta ahora había demostrado estar seco. Se quebró, y las viñas volvieron a descender lentamente al suelo. No es que se estrellaran después de un gran crujido. Su propio follaje las sostuvo durante un tiempo. Pero cedieron. El tallo de la «filosofía hindú» había cedido antes de que Jack y Jill hubieran llegado a su cima para ingresar en un mundo nuevo.
Los dos descendieron con un lento susurro nuevamente a la tierra. Pero no dijeron nada. Una vez más se sintieron «desencantados», pero jamás lo admitieron. La «filosofía hindú» los había decepcionado. Pero jamás se quejaron. No dijeron una sola palabra, ni siquiera el uno al otro. Estaban decepcionados, ligera pero profundamente desilusionados, y ambos lo sabían. Pero esta conciencia era tácita.
Y aún tenían muchas cosas en su vida. Seguían teniendo a Italia... la querida Italia. Seguían disfrutando de su libertad, ese tesoro invaluable. Y aún poseían mucha «belleza». En cuanto a la plenitud de sus vidas, no estaban tan seguros. Tenían un hijo pequeño, a quien querían como los padres deben querer a sus hijos, pero al que sabiamente se abstenían de aferrarse, evitando construir la vida a su alrededor. ¡No, no, ellos debían vivir sus propias vidas! Aún seguían empeñados en conservar este propósito.
Pero ya no eran tan jóvenes. Sus veinticinco y veintisiete años se habían convertido en treinta y cinco y treinta y siete. Y aunque en Europa lo habían pasado maravillosamente bien, y a pesar de que aún les encantaba Italia —¡la querida Italia!—, así y todo, estaban defraudados. Habían sacado mucho provecho de ello, ¡muchísimo! Sin embargo, no les había dado exactamente, no exactamente, aquello que esperaban. Europa era preciosa, pero estaba muerta. Viviendo en Europa se vivía del pasado. Y los europeos, con todo su encanto superficial, no eran realmente en cantadores. Eran materialistas, no tenían un alma auténtica. Sencillamente no entendían el impulso interior del espíritu, porque el impulso interior estaba muerto en ellos; todos eran sobrevivientes. Ésa, ésa era la verdad acerca de los europeos: eran sobrevivientes, y nada les urgía a ir hacia adelante.
Otro vástago, otra férula se derrumbaba bajo la verde vida de la viña. Y esta vez se les hizo muy duro. Porque la verde viña había estado trepando en silencio por el viejo árbol de Europa durante más de diez años, diez años tremendamente importantes, años en los que vivieron de verdad. Los dos idealistas habían vivido en Europa, habían vivido de Europa y de la vida y las cosas europeas como viñas en un viñedo eterno.
Allí habían construido su hogar: un hogar como jamás habrían podido tener en Norteamérica. Su contraseña había sido la «belleza». Habían alquilado, los últimos cuatro años, el segundo piso de un antiguo palazzo sobre el Arno, y allí tenían todas sus «cosas». Y obtenían una profunda, profunda satisfacción de su apartamento: las habitaciones de altos techos, antiguas y silenciosas, con sus ventanas que daban sobre el río, sus puertas lacadas de rojo oscuro y los hermosos muebles que los idealistas habían «comprado por nada».
Sí: sin que ellos se dieran cuenta, la vida de los idealistas había estado siempre fluyendo en sentido horizontal con una tremenda rapidez. Se habían convertido en tensos, terribles cazadores de «cosas» para su casa. Mientras sus almas trepaban hacia el sol de la antigua cultura europea o la filosofía hindú, sus pasiones fluían horizontalmente, aferrándose a las «cosas». Evidentemente, no compraban esas cosas sólo por comprarlas, sino en nombre de la «belleza». Consideraban su casa como un lugar enteramente amueblado por la hermosura, y en absoluto por «cosas». Valerie tenía unas preciosas cortinas en las ventanas del largo salotto que daba al río: cortinas de un raro y antiguo tejido que parecía una seda muy fina, bellamente desteñidas del bermellón y el naranja, el oro y el negro, hasta alcanzar un tono de mero y suave fulgor. Rara era la vez en que Valerie entraba en el salotto sin caer mentalmente de rodillas ante aquellas cortinas. «¡Chartres!», decía. «Para mí son Chartres.» Y Melville jamás se volvía a contemplar su librería veneciana del siglo XVI, con sus dos o tres docenas de libros escogidos, sin sentir que el tuétano se le removía en los huesos. ¡El santo de los santos!
El niño, silenciosamente, de un modo casi siniestro, evitaba cualquier brusco contacto con los antiguos monumentos que eran aquellos muebles, como si fueran nidos de cobras durmientes, o aquella «cosa» cuyo mero contacto era mortal, el Arca de la Alianza. Su respeto infantil era silencioso y frío, pero total.
Así y todo, dos idealistas de Nueva Inglaterra no pueden vivir solamente de las pasadas glorias de su mobiliario. Al menos, estos dos no podían. Se acostumbraron al maravilloso armario de Bolonia, a la magnífica librería veneciana, a los libros, a las cortinas de Siena, a los bronces, a los hermosos sillones, sofás y mesillas que habían «comprado por nada» en París. Porque habían estado comprando cosas por nada desde el primer día que llegaron a Europa. Y aún seguían haciéndolo. Es el último interés que Europa puede ofrecerle a un extranjero. Y también a un nativo.
Cuando tenían invitados, y éstos se extasiaban ante la decoración de los Melville, Valerie y Erasmus sentían que no habían vivido en vano: que aún seguían vivos. Pero en las largas mañanas, cuando Erasmus repasaba indolentemente la literatura florentina del Renacimiento, y Valerie se ocupaba del apartamento, y en las largas horas después del almuerzo, y en las tardes interminables, generalmente frías y opresivas, en el antiguo palazzo, el halo que circundaba los muebles parecía desfallecer, y las cosas se convertían en cosas, fragmentos de materia que se posaban aquí, o colgaban allá, ad infinitum, y que no decían nada. Y Valerie y Erasmus casi las odiaban. El brillo de la belleza, como todos los brillos, muere a menos que se lo alimente. Los idealistas seguían amando sus cosas. Pero ya las tenían. Y el triste hecho es que las cosas que brillan vívidamente cuando se las adquiere se enfrían al cabo de uno o dos años. A menos, claro, que los demás las envidien sobremanera, o que los museos estén deseando adquirirlas. Y las «cosas» de los Melville, aunque eran muy buenas, no eran tan buenas como para eso.
De modo que el brillo se fue evaporando gradualmente de todo: de Europa, de Italia —«los italianos son adorables»—, incluso del maravilloso apartamento sobre el Arno.
«¡Cómo, si yo tuviera este apartamento jamás, jamás querría poner un pie en la calle! Es demasiado hermoso; es perfecto.» Y oír frases como ésta ya era algo.
No obstante, Valerie y Erasmus salían a la calle: incluso lo hacían para huir del pétreo, pesado silencio y la muerta dignidad de su antiguo apartamento, con aquellos suelos helados.
—Estamos viviendo en el pasado, ¿sabes, Dick? —le decía Valerie a su marido. Lo llamaba Dick.
Seguían aferrándose, penosamente. Se resistían a renunciar. No querían admitir que estaban acabados. Durante doce años habían sido personas «libres» que vivían una vida «plena y hermosa». Y durante doce años Norteamérica había sido su anatema, la Sodoma y Gomorra del materialismo industrial.
No es fácil reconocer que uno está «acabado». Detestaban tener que admitir que querían regresar. Pero al fin, de mala gana, decidieron partir, «por el niño».
—Nos horroriza tener que dejar Europa. Pero Peter es norteamericano, y será mejor que vea su país mientras aún es joven. —Los Melville tenían un acento y unos modales totalmente ingleses, o casi, con algunos modismos franceses o italianos.
Dejaron atrás Europa, pero se llevaron de ella todo lo que pudieron. Varios camiones, de hecho. Todas aquellas «cosas» tan bellas e irreemplazables. Y todo ello llegó a Nueva York: los idealistas, el niño, y el enorme trozo de Europa que se habían traído consigo.
Valerie había soñado con un agradable apartamento, tal vez en Riverside Drive, donde los alquileres no eran tan caros como al este de la Quinta Avenida, y donde todas sus hermosas pertenencias encontraran un marco adecuado. Ella y Erasmus buscaron donde vivir. Pero, desgraciadamente, sus rentas estaban bastante por debajo de los tres mil dólares al año. Encontraron... bueno, todo el mundo sabe lo que encontraron. Dos habitaciones pequeñas y una cocina americana, ¡y que no se nos ocurra desembalar ni un alfiler!
El trozo de Europa que se habían llevado consigo fue a parar a un guardamuebles, que les costaba cincuenta dólares al mes. Y tuvieron que conformarse con dos habitaciones pequeñas y una cocina americana, preguntándose por qué lo habían hecho.
Estaba claro que Erasmus tendría que conseguir un empleo. Estaba escrito en la pared, por así decirlo, pero ambos fingían no verlo. Porque ésta era la extraña, vaga amenaza que la estatua de la Libertad siempre había esgrimido ante ellos: «¡Tendrás que trabajar!» Erasmus cumplía los requisitos, como suele decirse. Una actividad docente siempre le resultaría posible. Había pasado sus exámenes en Yale con notas brillantes, y había seguido con sus «investigaciones» durante su estancia en Europa.
Pero esto, a él y a Valerie, les producía escalofríos. ¡Una actividad docente! ¡El mundo de la docencia! ¡El mundo de la docencia norteamericana! ¡Un escalofrío tras otro! ¿Renunciar a su libertad, a su vida plena y hermosa? ¡Jamás! ¡Jamás! Erasmus estaba a punto de cumplir cuarenta años.
Las «cosas» siguieron en el guardamuebles. Valerie iba a mirarlas. Le costaba un dólar la hora, y terribles remordimientos. A las «cosas», pobrecitas, se las veía ligeramente gastadas, desgraciadas en el guardamuebles.
De todas maneras, Nueva York no era Norteamérica. Estaba el Oeste, grande e incontaminado. De modo que los Melville se fueron al Oeste, con Peter, pero sin las cosas. Intentaron vivir una vida sencilla, en las montañas. Pero encargarse de las tareas cotidianas se convirtió casi en una pesadilla.
Las «cosas» están muy bien siempre que sólo haya que mirarlas, pero manejarlas es terrible, incluso cuando son bellas. ¡Y ser esclavos de cosas horribles, mantener una cocina de carbón encendida, preparar comidas, fregar platos, transportar agua y barrer suelos: el puro horror de la pura antivida!
En su cabaña de las montañas Valerie soñaba con Florencia, con el apartamento perdido, con su armario de Bolonia y sus sillas Luis XV; soñaba, sobre todo, con sus cortinas «de Chartres», almacenado todo en Nueva York por cincuenta dólares al mes.
Un amigo millonario acudió en su rescate ofreciéndoles una casita en la costa de California. ¡California! ¡Donde el alma nueva ha de nacer en el hombre! Ilusionados, los idealistas se trasladaron un poco más hacia el Oeste, aferrándose a los nuevos vástagos de la esperanza.
Pero encontraron que éstos eran briznas de paja. La casita del millonario estaba perfectamente equipada. Ahorraba a sus habitantes tanto trabajo como era posible: los fogones y la calefacción eran eléctricos, la cocina estaba toda esmaltada de un blanco perlado: no había nada que produjera suciedad salvo los seres humanos mismos. En algo más de una hora los idealistas habían terminado con sus tareas domésticas. Eran «libres»... libres para escuchar el gran océano Pacífico estrellándose contra la costa, y sentir cómo un alma nueva iba llenando sus cuerpos.
Pero, desgraciadamente, el Pacífico se estrellaba contra la costa con una brutalidad terrible, ¡la fuerza bruta misma! Y la nueva alma, en vez de introducirse dulcemente en sus cuerpos, sencillamente parecía estar royéndoles la antigua alma hasta hacerla trizas. Sentir que estás bajo el puño de la más ciega y aniquiladora de las fuerzas brutas; sentir que te están royendo el alma, tu propia y querida alma de idealista, para dejarte en su lugar sólo una tremenda irritación... pues bien, esto acaba por resultar intolerable.
Después de unos nueve meses, los idealistas abandonaron el Oeste californiano. Había sido una magnífica experiencia, y se alegraban de haberla tenido. Pero, a la larga, el Oeste no era lugar para ellos, y lo sabían. No; que los que quisieran almas nuevas las obtuviesen. A ellos, a Valerie y Erasmus, les gustaría desarrollar un poco más sus almas de siempre. De todas maneras, no habían experimentado influjo alguno de un alma nueva en la costa californiana. Todo lo contrario.
De modo que, con su capital ligeramente reducido, regresaron a Massachusetts para visitar a los padres de Valerie, llevando consigo al niño. Los abuelos recibieron al pequeño con alegría —¡pobre criatura expatriada!— pero estuvieron algo fríos con Valerie, y muy fríos con Erasmus. Un día, la madre de Valerie le dijo rotundamente a su hija que Erasmus debía buscar un empleo para que ésta pudiese vivir con dignidad. Valerie, con arrogancia, le recordó a su madre el hermoso apartamento sobre el Arno, las magníficas «cosas» almacenadas en Nueva York y la vida «plena y maravillosa» que ella y Erasmus habían vivido. La madre de Valerie dijo que a ella no le parecía que la vida de su hija fuese tan plena y maravillosa en la actualidad: sin hogar, con un marido desempleado a los cuarenta años, un hijo por educar y unos fondos cada vez más escasos; en su opinión, le dijo a Valerie su madre, la vida de su hija era todo lo contrario de maravillosa. Que Erasmus se buscara un puesto en alguna universidad.
—¿Qué puesto? ¿En qué universidad? —la interrumpió Valerie.
—Eso podríamos encontrarlo, teniendo en cuenta las amistades de tu padre y las calificaciones de Erasmus —replicó la madre de Valerie—. Y podrías retirar todos tus valiosos objetos del guardamuebles y tener una casa bonita de verdad, que cualquiera estaría orgulloso de visitar. Tal como están ahora las cosas, esos muebles están consumiendo vuestras rentas y vivís como ratas en un agujero, sin ningún sitio adonde ir.
Esto era muy cierto. Valerie estaba empezando a soñar con una casa propia, en la que sus «cosas» tuviesen cabida. Es verdad que habría podido vender sus muebles por una suma sustanciosa. Pero jamás se le habría ocurrido hacerlo. Aunque todo lo demás pasara —la religión, la cultura, los continentes, las esperanzas—, Valerie jamás se separaría de sus «cosas», las que ella y Erasmus habían ido reuniendo con tanta pasión. A ellas había sido clavada.
Pero ella y Erasmus aún se resistían a renunciar a su libertad, a esa vida plena y hermosa en la que tanto habían creído. Erasmus maldecía Norteamérica. Él no quería ganarse la vida. Añoraba Europa.
Dejando al niño al cuidado de sus abuelos, los dos idealistas partieron una vez más hacia el Viejo Continente. En Nueva York abonaron dos dólares y contemplaron sus «cosas» durante una hora breve y amarga. Viajaron con «tarifa de estudiantes»... es decir, en tercera. Sus rentas anuales, en vez de ser de más de tres mil dólares, eran ahora de menos de dos mil. Y se encaminaron directamente a París, porque era barato.
Esta vez Europa les resultó un auténtico fracaso.
—Hemos vuelto como perros a su propio vómito —decía Erasmus—, sólo que entretanto el vómito se ha puesto rancio.
Descubrió que no podía soportar Europa. Le irritaba indeciblemente. Y también aborrecía Norteamérica. Pero al menos Norteamérica era mejor que este miserable y envilecido continente, que, por otra parte, había dejado de ser barato.
Valerie, con el corazón puesto en sus «cosas» —estaba deseando retirarlas de aquel guardamuebles, donde ya llevaban tres años, habiendo consumido dos mil dólares—, le escribió a su madre diciéndole que creía que Erasmus regresaría si pudiera obtener un empleo adecuado en Norteamérica. Erasmus, en un estado de frustración que rozaba la furia o la locura, se limitaba a recorrer Italia como alguien que está en la indigencia, con los puños de la chaqueta raídos y odiándolo todo intensamente. Y cuando se le encontró un puesto en la Universidad de Cleveland para enseñar literatura francesa, italiana y española, sus ojos se entrecerraron aún más y su largo y extraño rostro se volvió más agudo y ratonil a causa de la ira reprimida. Tenía cuarenta años, y el empleo se le venía encima.
—Creo que será mejor que aceptes, querido. Europa ya no te gusta. Como tú dices, está acabada para siempre. Nos ofrecen una casa en el campus de la universidad y mi madre dice que en ella caben todas nuestras cosas. Opino que deberíamos enviar un telegrama diciendo que aceptamos.
Él la miró fijamente, como una rata acorralada. Uno casi esperaba ver los bigotes de rata temblando a ambos lados de su afilada nariz.
—¿Envío el telegrama? —le preguntó ella.
—¡Envíalo! —profirió él.
Y ella salió a enviarlo.
Él se volvió un hombre distinto, más callado, mucho menos irritable. Le habían quitado un peso de encima. Estaba dentro de la jaula.
Pero cuando vio los altos hornos de Cleveland, inmensos como los árboles de la Selva Negra, con sus cascadas rojas e incandescentes de metal en ebullición, y los diminutos gnomos que eran los obreros, y cuando oyó los ruidos terribles, gigantescos, le dijo a Valerie:
—Di lo que quieras, Valerie, pero esto es lo más grande que puede mostrarnos el mundo moderno.
Y cuando estuvieron en su moderna casita del campus de la Universidad de Cleveland, y aquellos tristes restos de Europa —el armario de Bolonia, las estanterías venecianas, la silla obispal de Rávena, las mesillas Luis XV, las cortinas «de Chartres», las lámparas de bronce de Siena— fueron puestos en su sitio, y todo parecía completamente fuera de lugar, y por ello impresionaba a los visitantes, y cuando los idealistas habían recibido a un montón de gente que se había quedado admirada, y Erasmus había hecho gala de sus mejores modales europeos, aunque así y todo conservando su cordial talante de norteamericano, y Valerie se había comportado como una buena anfitriona —porque después de todo, «preferimos Norteamérica»—, entonces Erasmus dijo, mirando a su mujer con sus peculiares y agudos ojos de rata:
—Europa es la mayonesa, sí, pero es Norteamérica la que pone la langosta. ¿O no?
—¡Sin duda! —dijo ella con satisfacción.

Y él la miró fijamente. Estaba en la jaula, pero dentro se sentía a salvo. Y resultaba evidente que Valerie era, por fin, ella misma. Se había hecho con el botín. Y sin embargo Erasmus, alrededor de la nariz, tenía un aire extraño, malévolo, escolástico, de puro escepticismo. Pero le gustaba la langosta.

La Frontera (D.H. Lawrence)


The Border Line, 1924

Katherine Farquhar era una guapa mujer de cuarenta años, ahora robusta, pero atractiva en su suave y plena feminidad. Los porteadores franceses corrían a su alrededor, disfrutando de un voluptuoso placer sólo por cargar con su equipaje. Y ella les daba unas propinas ridículamente altas, porque, en primer lugar, siempre había ignorado el auténtico valor del dinero y, además, porque tenía un miedo morboso de darle a nadie menos propina de la merecida, y especialmente a un hombre que estaba ansioso por servirla.
En realidad a ella le resultaba cómico ver cómo estos franceses —todos los franceses— corrían ansiosamente a su alrededor, llamándola madame. Su voluptuosa obsequiosidad. Porque, después de todo, ella era alemana. Quince años de matrimonio con un inglés —o, mejor dicho, con dos ingleses— no la habían alterado racialmente. Era hija de un barón alemán, y seguía siéndolo mental y físicamente, a pesar de que Inglaterra se había convertido en su hogar. Y sin duda parecía alemana, con su fresca complexión y su fuerte y robusta figura. Pero, como la mayoría de las personas, era el resultado de una mezcla: llevaba en las venas sangre rusa, y también francesa. Y había vivido en un país y otro, de modo que ahora su entorno le resultaba algo indiferente. Así que tal vez a los parisinos podría excusárselos por correr tan ansiosamente a su alrededor, y por obtener un placer tan voluptuoso de llamarle un taxi, o cederle el asiento en el autobús, o cargar con sus maletas o sostener la carta de un restaurante ante sus ojos. Así y todo, le divertía. Y tenía que confesar que estos parisinos le gustaban. Tenían su propia y especial virilidad, aun cuando no fuese la misma que la inglesa, y si una mujer les resultaba agradable, mullida de carnes y con aspecto indefenso, eran ardientes y generosos. Katherine comprendía muy bien que los franceses fueran groseros con las mujeres inglesas o norteamericanas, que parecían duras, secas, autosuficientes. Ella simpatizaba con el punto de vista de los franceses: una capacidad demasiado evidente de bastarse a sí misma es un rasgo desagradable en una mujer.
En la Gare de l'Est, por supuesto, se esperaba que todo el mundo fuese alemán, y entre los porteadores era casi una convención asumir una cierta superioridad infantil. Así y todo, se creó la misma voluptuosa agitación por acompañar a Katherine Farquhar hasta su asiento en el coche de primera clase. Madame viajaba sola.
Iba a Alemania pasando por Estrasburgo, y se encontraría con su hermana en Baden-Baden. Philip, su marido, estaba en Alemania, recogiendo para su periódico unos datos que servirían como evidencia para cierto asunto. A Katherine la atemorizaban un poco los periódicos, y la clase de «evidencia» que se extrae de cualquier parte para alimentarlos. No obstante, Philip era un hombre inteligente; un hombre de cierta importancia en el mundo.
Katherine se había percatado de que su propio mundo consistía casi enteramente de personas de cierta importancia. Se hallaba fuera de la esfera de aquellos que no eran nadie, y siempre había sido así. Y los que eran Alguien con A mayúscula, gracias a Dios, estaban muertos. Ella sabía bastante acerca del mundo actual para darse cuenta de que éste no estaba dispuesto a aguantar a personas que fueran Alguien, sino sólo a muchas que no fueran nadie y a un número suficiente de las que fueran alguien, pero de no demasiada importancia. Y, después de todo, pensaba ella, era así como tenía que ser.
A veces le entraban unos vagos temores.
París, por ejemplo, con su museo del Louvre y sus jardines de Luxemburgo y su catedral, parecía haber sido construido para Alguien. De un modo fantasmal, parecía invocar a un Alguien supremo. Pero todos sus pequeños hombrecitos, los que no eran nadie y los que eran alguien, eran como gorriones piando por migas de pan, y dejando caer sus deyecciones sobre las cornisas de los palacios.
A Katherine, París le recordaba a su primer marido, Alan Anstruther, aquel celta pelirrojo y combativo, padre de sus dos hijos ya crecidos. Alan había tenido la extraña e innata convicción de que estaba más allá de ser juzgado por el común de los mortales. Katherine nunca había llegado a comprender de dónde la sacaba. A ella, ser el hijo de un barón escocés y capitán de un regimiento de las Highlands no le parecía tan estupendo. En cuanto a Alan en persona, era un hombre apuesto vestido de uniforme, con su kilt ondulante y sus brillantes ojos azules. Incluso completamente desnudo y sin adornos tenía una virilidad angulosa, osada, imponente, que le era propia. Lo único que Katherine no podía aceptar del todo era su tácita e indomable asunción de que él pertenecía realmente a los elegidos, que era uno de los amos. Y además era un hombre inteligente, dispuesto a aceptar que el general Mengano o el coronel Zutano podían de hecho ser sus superiores. Hasta que entraba en contacto con el general Mengano o el coronel Zutano. Con lo que alzaba sus arrogantes ojos azules y en su rostro anguloso se difundía un ligero matiz de desprecio en homenaje a su propia persona.
Señorial o no, no había tenido mucho éxito en el sentido mundano. Katherine lo había amado, y él la había amado a ella: eso era indiscutible. Pero cuando se trataba de aquella innata convicción de su propio señorío, no se sabía quién de los dos era peor. Porque Katherine, con su amable personalidad de abeja reina, pensaba que en última instancia el derecho al homenaje final le correspondía a ella.
Alan había sido demasiado inflexible y altanero como para pronunciarse demasiado. Pero a veces se detenía y la miraba con ira contenida, asombro e indignación. La indignación asombrada había sido casi demasiado para ella. ¿Por quién se había tomado aquel hombre?
Alan era uno de esos escoceses duros y sagaces con tendencia a filosofar, pero carecía de sentimiento. Su desprecio por Nietzsche, a quien ella adoraba, era intolerable. Alan se limitaba a afirmarse como un pilar de roca esperando que las mareas del mundo moderno retrocedieran a su alrededor. Pero éstas se negaban a hacerlo.
De modo que él se interesó por la astronomía, observando a través de un telescopio los mundos más allá de los mundos. Lo que parecía proporcionarle cierto alivio.
Después de diez años habían dejado de vivir juntos, a pesar de que ambos eran apasionados. Pero eran también demasiado orgullosos y despiadados como para ceder el uno con el otro, y demasiado altaneros como para ceder ante un extraño.
Alan tenía un amigo, Philip, también escocés, y compañero de universidad. Philip, tras su carrera de Derecho, se había dedicado al periodismo, y se había hecho un nombre en la profesión. Era un hombrecillo moreno procedente de las Highlands, insidioso, astuto y conocedor. Esta mirada de conocimiento en sus ojos oscuros, y la sensación de secreto que acompañaba a su cuerpo menudo y sombrío lo hacían interesante para las mujeres. Otra de las cosas que podía hacer era comunicar una gran sensación de calidez, de ofrenda, como un perro cuando quiere a alguien. Philip parecía capaz de hacer esto a voluntad. Y Katherine, después de experimentar hacia él cierta frialdad e incluso casi despreciarlo durante años, cayó al fin bajo el hechizo del hombrecillo oscuro e insidioso.
—¡Tú! —le dijo a Alan, cuya arrogante superioridad la irritaba en extremo—. Ni siquiera sabes que una mujer existe. Y en eso Philip Farquhar es más que tú. El sí que sabe lo que es una mujer.
—¡Bah! Ese pequeño... —dijo Alan, utilizando una obscena palabra de desprecio.
Así y todo, la amistad perduró, mantenida por Philip, que sentía por él un amor casi incomprensible. A Alan, casi siempre, Philip le era indiferente. Pero estaba acostumbrado a Philip, y los hábitos eran muy importantes para él.
—¡La verdad es que Alan es un hombre asombroso! —le decía Philip a Katherine—. Es un verdadero hombre, lo que yo llamo un verdadero hombre; el único que he conocido en mi vida.
—¿Pero por qué es el único que has conocido en tu vida? —le preguntó ella—. ¿Tú no te crees un verdadero hombre?
—No, yo... yo soy diferente. Mi fuerza reside en ceder... y en recuperarme a mí mismo después. Me dejo arrastrar. Pero, hasta ahora, siempre me las he arreglado para recuperarme a mí mismo. Alan... —y Philip pronunció su nombre de un modo casi reverencial, envidiosamente— Alan jamás se deja arrastrar por nada. Y es el único hombre que conozco que no lo hace.
—¡Ya! —dijo ella—. Se deja engañar por un montón de cosas. Se le puede engañar a través de su vanidad.
—No —dijo Philip—. Nunca del todo. Es imposible engañarlo del todo. Cuando algo conmueve a Alan, queda probado de una vez y para siempre. Uno sabe si es falso o no. Es el único hombre que conozco que no puede evitar ser auténtico.
—¡Ja! Sobrestimas su realidad —dijo Katherine con cierto desdén.
Y más tarde, cuando Alan, al oírla mencionar a Philip, se encogió de hombros con aquella mera tolerancia indiferente, Katherine se enfadó.
—Eres un mal amigo —le dijo.
—¡Amigo! —repuso él—. ¡Yo nunca fui amigo de Farquhar! Si él asevera que lo es mío, es asunto suyo. A mí jamás me importó demasiado. Está al otro lado de la frontera equivocada; demasiado, por lo que a mí respecta.
—Entonces —contestó ella— no está bien que le permitas considerarse amigo tuyo. No tienes derecho a dejar que tenga tan buena opinión de ti. Deberías decirle que no te gusta.
—Se lo he dicho una docena de veces. Y parece disfrutar con ello. Es como si fuera parte de su juego.
Y se dirigió hacia su telescopio.
Llegó la guerra, y el regimiento de Alan partió a Francia.
—¿Lo ves? —dijo él—. Eso te pasa por haberte casado con un soldado. Te encuentras con que ha de luchar contra los tuyos. Así son las cosas.
A Katherine esto la conmocionó tanto que ni siquiera fue capaz de llorar.
—¡Adiós! —le dijo él, besándola suave, largamente. Después de todo, había sido un marido para ella.
Y cuando se volvió para mirarla, en sus ojos azules la dulce y protectora mirada de un marido, y al mismo tiempo esa otra tácita asunción del destino, la conciencia de Katherine vaciló hasta la incoherencia. Ella sólo quería alterarlo todo; alterar el pasado, el curso de la historia... el terrible curso de la historia. Secretamente, en alguna parte de sí misma, sentía que con su amor de abeja reina, con su voluntad de abeja reina, podía desviar el curso de la historia... No; sentía que podía incluso revertirlo.
Pero en la mirada sabia y remota que veía en el fondo de los ojos de Alan, detrás de su inconmovible amor de marido, ella vio que jamás podría hacerlo. Que toda su femenina y maternal concentración de mujer jamás podría detener el poderoso curso del destino humano. Que, como Alan había dicho, sólo la fría fuerza de un hombre, aceptando el destino de la destrucción, podría ocuparse del curso de la humanidad a través del caos y más allá, hacia una salida nueva. Pero antes el caos, y la larga ira de la destrucción.
Por un instante su fuerza de voluntad cedió. Incluso su alma pareció romperse. Y entonces él se fue. Y en cuanto se hubo ido ella recuperó el núcleo de su fortaleza.
Philip fue un gran consuelo para ella. Éste aseveraba que la guerra era algo monstruoso, que jamás debió haber sido declarada y que los hombres deberían negarse a considerarla otra cosa salvo un colosal y desgraciado accidente.
Ella, en su alma alemana, sabía que no era un accidente. Que era inevitable, e incluso necesaria. Pero la actitud de Philip la calmó inmensamente, la devolvió a sí misma.
Alan no regresó. En la primavera de 1915 se le dio por desaparecido. Ella nunca había guardado luto por él. De hecho, jamás le había dado por muerto. En cierto sentido, Katherine había triunfado. La abeja reina había recuperado su influjo, como reina del mundo; la mujer, la madre, la hembra con la mazorca de maíz en la mano, a diferencia del hombre, que blandía la espada.
Philip había pasado la guerra como periodista, poniéndose siempre del lado de la humanidad, de la verdad y de la paz humanas. Para ella, él había sido un consuelo inexpresable. Y en 1921 se casó con él.
El hilo del destino podía ser hilado, incluso podía ser medido, pero la mano de Lachesis había sido incapaz de cortarlo en dos.
Al principio, estar casada con Philip le resultó extremadamente agradable, voluptuoso, tranquilizador, especialmente ahora que tenía treinta y ocho años. Katherine sentía que él acariciaba sus sentidos, y la calmaba, y le daba lo que quería.
Pero luego, gradualmente, un curioso sentido de degradación se apoderó de su espíritu. Se sentía insegura, incierta. Era casi como tener una enfermedad. La vida, para ella, se tornó opaca e irreal, como nunca lo había sido hasta entonces. No luchaba, ni siquiera sufría. En la insensibilidad de su carne no sentía reacción alguna. Todo se volvía barro.
Pero no obstante se recuperaba, y disfrutaba inmensamente. Y después de un tiempo, le sobrevenía de nuevo esa sofocante sensación de nulidad y degradación. ¿Por qué, por qué se sentía degradada, en su alma secreta? Jamás, por supuesto, en el exterior.
El recuerdo de Alan volvió a apoderarse de ella. Seguía pensando en él y en su insistencia con el corazón en vilo, pero sin la airada hostilidad que antaño sentía. Cierta admiración por él, por su recuerdo, se adueñó de su espíritu. Se resistió a ella. No estaba acostumbrada a sentir admiración.
Se percató, sin embargo, de la diferencia entre estar casada con un soldado, un luchador nato, perenne, una espada que no debía ser enfundada, y este otro hombre, este astuto civil, este sutil enredador, este ajustador de la balanza de la verdad.
Philip era más inteligente que ella. La enredó; enredó a la abeja reina, a la madre, a la mujer, al juicio femenino, y la sirvió con un sutil y sagaz homenaje. Puso la balanza, el equilibrio, en sus manos. Pero también, astutamente, le vendó los ojos, y manipuló la balanza mientras ella no podía verle.
Vagamente, ella se daba cuenta de esto. Pero sólo vaga, confusamente, porque sus ojos estaban vendados. Philip tenía la sutil y encantadora habilidad de mantener sus ojos siempre vendados.
A veces ella jadeaba, jadeaba, a causa de sus pulmones oprimidos. Y a veces el rostro anguloso, duro, autoritario pero honesto de Alan volvía a su memoria, y de pronto le parecía que volvía a encontrarse bien, que la extraña, voluptuosa sofocación, que le dejaba el alma convertida en barro, desaparecía, y que una vez más podía respirar el aire de los cielos abiertos. Incluso luchar contra él.
Eso le ocurrió en el barco mientras cruzaba el Canal. Súbitamente le pareció que Alan volvía a estar a su lado, como si Philip no hubiera existido jamás. Como si Philip no hubiera significado para ella más que un empleado de tienda de confección que le tomase las medidas. Y escapando, por así decirlo, sola a través del frío y ventoso Canal, de pronto se convenció a sí misma de que Philip no había existido nunca; de que sólo Alan había sido su marido. De que aún seguía siéndolo. Y de que iba a encontrarse con él.
Esto contribuyó a la seguridad en sí misma que sintió en París, y fue lo que hizo que los franceses la tratasen tan bien. Puesto que a los latinos les encanta sentir que una mujer está realmente envuelta en el hechizo de un hombre. Más allá de los nacionalismos subsiste el problema entre hombre y mujer.
Ahora Katherine estaba sentada, vagamente excitada y casi feliz, en la penumbra del vagón del tren del Este. Era como en los días de antaño, cuando volvía a su casa de Alemania. O, más aún, como cuando regresaba de vuelta a Alan. Porque, en el pasado, cuando él era su marido, sintiera por él lo que sintiese, jamás conseguía sobreponerse a la sensación de que las ruedas del vagón tenían alas cuando la devolvían a él. Incluso cuando sabía que se portaría mal con ella, que sería con ella duro, inclemente y destructivo, el movimiento de' las ruedas era alado.
Mientras que, en dirección a Philip, se movía con una extraña, agotadora resistencia. Decidió no pensar en él.
Mientras miraba sin ver por la ventanilla del vagón, el paisaje de invierno se resolvió repentinamente, sobresaltándola, en su conciencia. El gris y chato paisaje invernal; campos arados de tierra grisácea que parecían estar compuestos por los arcillosos residuos de cadáveres. Delgados árboles, pálidos y desnudos, se erguían como alambres junto a los caminos rectos, abstractos. Una granja en ruinas entre otro montón de árboles. Y un pueblo sórdido desfiló ante ella, con casas destruidas como dientes podridos entre las rectas filas de las calles vecinales.
Con súbito horror se percató de que debía de estar en la zona del Marne, la terrible zona del Marne, siglo tras siglo enterrando los cuerpos de sus hombres frustrados en la tierra. El país fronterizo, donde las razas latina y germana se neutralizan mutuamente hasta convertirse en horrendas cenizas.
Tal vez incluso el cadáver de su hombre entre aquellos lodos grises.
Era demasiado para ella. Permaneció allí sentada, su rostro mismo de color ceniciento, queriendo escapar.
«Si lo hubiera sabido»; se dijo, «si lo hubiera sabido habría ido por Basilea».
El tren se detuvo en Soissons, un nombre que le horrorizaba. Se limitó a procurar no acusar nada de lo que veía y sentía. Y, afortunadamente, sirvieron el almuerzo. Acudió al coche restaurante y se sentó frente a un diminuto oficial francés vestido con un uniforme azul horizonte que sugería cualquier cosa menos la guerra.
Parecía tan ingenuo, casi infantil, simpático, con aquella inocencia que tantos franceses preservan debajo de lo que algunos llaman malignidad, que Katherine se sintió realmente aliviada. El oficial la saludó con la cabeza en un gesto tímido, peculiar, cuando ella le devolvió su media botella de vino, que se había trasladado poco a poco a su lado de la mesa debido al movimiento del tren. ¡Qué amable era! ¡Y cómo se entregaría a una mujer, si ésta encontrase auténtico placer en el hombre que él era!
De todos modos, ella se sentía muy lejos de todo ese asunto del intercambio entre hombres y mujeres.
Después del almuerzo, con el calor del tren y el efecto de la media botella de vino blanco, Katherine volvió a dormirse, sus pies rozando incómodamente la plancha metálica del suelo del vagón. Y mientras dormía, la vida tal como ella la conocía pareció que se volvía artificial, el sol del mundo se le antojó una luz artificial, cubierta de humo como la luz de las antorchas, las cosas creciendo artificialmente a lo largo de una noche artificialmente iluminada con tal intensidad que la hacía semejante al día. Su vida, la vida de cada día, había sido una ilusión, como lo es una noche de baile. Su amor y sus emociones, el pánico mismo que sentía por el amor, habían sido una ilusión. Se dio cuenta de cómo, durante la guerra, el amor que sentía había sucumbido al pánico.
Y ahora incluso este pánico al amor era una ilusión. Había corrido a los brazos de Philip para ser salvada. Y, ahora, su pánico al amor, y la salvación de Philip, eran una ilusión.
¿Qué quedaba entonces? Incluso el amor preso del pánico, tal vez lo más intenso que había sentido nunca, era sólo una ilusión. ¿ Qué quedaba? ¿Las grises sombras de la muerte?
Cuando volvió a mirar por la ventanilla estaba oscureciendo, y se hallaban en las afueras de Nancy. De niña, ella había conocido esa región. A las siete y media estaban en Estrasburgo, donde debía pasar la noche, ya ningún tren cruzaría el Rin hasta el día siguiente.
El porteador, un vigoroso muchacho rubio, inmediatamente se dirigió a ella en alsaciano. Insistió en acompañarla hasta el hotel —un hotel alemán— vigilándola como un centinela personal, fiel y competente, completamente distinto de los franceses.
Era una noche de invierno fría y ventosa, pero Katherine quiso salir después de cenar a ver la catedral. ¡La recordaba tan bien, de su otra vida!
El viento helado arreciaba en las calles. La ciudad parecía vacía, como si su espíritu la hubiese abandonado. Los pocos viandantes, robustos y de baja estatura, hablaban el crudo idioma alsaciano. Los carteles de las tiendas estaban escritos en francés, a menudo con una pequeña concesión al alemán escrita debajo. Y las tiendas estaban llenas de productos, rebosantes de los productos que llegaban de las fábricas de Mulhausen y otras ciudades, antaño alemanas.
Cruzó el río que la noche oscurecía, donde los cobertizos de las lavanderas se erguían junto a su cauce, y en los que algunas se arrodillaban todavía al borde del agua, en la tenue luz eléctrica, aclarando la ropa en el agua turbia y fría. El viento soplaba en la gran plaza, y el lugar parecía desierto. Una ciudad de nuevo conquistada.
No pudo recordar el camino de la catedral. Vio a un policía francés con su capa azul y su gorra puntiaguda, un espécimen solitario, tierno y vulnerable en aquella cruda ciudad alsaciana. Acercándose a él, le preguntó en francés dónde estaba la catedral.
Él le señaló el camino; la primera calle a la izquierda. No parecía hostil; realmente, nadie lo parecía. La hostilidad procedía sólo de la gran fatiga helada del invierno en una ciudad conquistada, una perenne y fatigada frontera.
Y los franceses parecían mucho más fatigados, y también más sensibles, que los burdos alsacianos.
Katherine recordó la callejuela, las antiguas casas colgadas con sus negras vigas y sus altos aleros. Y como un inmenso fantasma, como un fulgor rojizo en la oscuridad, la misteriosa catedral que abordaba al recién llegado, gigantesca, contemplando, de la oscuridad a la oscuridad, la minúscula humanidad de la villa. Estaba construida con piedra rojiza, que brillaba en la noche como carne oscura. Y, vasta, incomprensiblemente alta y extraña, miraba hacia abajo desde la noche. La gran ventana de roseta, allá en lo alto, parecía un seno de la gran mole, y prismas y agujas de piedra se disparaban hacia arriba, como plumaje, oscuramente, a medias visibles en el cielo.
Allí estaba, en la alta oscuridad de la pesada noche invernal, como una amenaza. Katherine recordó que en el pasado su espíritu solía ascender junto con ella. Pero ahora, cerniéndose con un leve enmohecimiento color de sangre desde los altos cielos oscuros, la mole se erguía suspendida, mirando hacia abajo como una vasta y demoníaca amenaza, calma e implacable.
El misterio y un miedo confuso, antiguo, se apoderaron del alma de la mujer. La catedral se le antojaba extraña, demoníaca, herética. Y en ella parecía bullir una sangre antigua e indomable. Se erguía allí como un inmenso animal silencioso de dientes de piedra, esperando, y preguntándose cuándo debía inclinarse sobre aquella pálida humanidad.
Y vagamente ella se dio cuenta de que detrás de la cenicienta palidez y el sulfuro de nuestra civilización se oculta la gran criatura de sangre, esperando, implacable y eterna, dispuesta a aplastar nuestra blanca fragilidad dejando que la sombría sangre fluya erecta una vez más, con fuerza y orgullo nuevos e implacables. Incluso desde los cielos más próximos se cierne la gran mole de sangre crepuscular, difuminando la Cruz que supuestamente debe exaltar.
Los cielos nocturnos parecieron abrirse, mostrando una inmensa presencia de sangrienta oscuridad que se cernía imponente, inclinada, mirando hacia abajo, esperando su momento.
Cuando Katherine se volvió para irse, para alejarse de las plegadas alas de la iglesia, vio a un hombre de pie en el pavimento, cerca de la oficina de correos que funciona oscuramente en la plaza de la Catedral. Inmediatamente supo que aquel hombre, allí de pie, sombrío, silencioso, era Alan. Estaba solo, inmóvil y remoto.
Él no se le acercó. Ella vaciló, y luego se dirigió hacia él, como si se encaminase a la oficina de correos. Él permaneció totalmente inmóvil, y el corazón de Katherine murió a medida que se le acercaba. Entonces, cuando ella pasaba junto a él, él se volvió súbitamente y la miró.
Era Alan, aunque tal era la oscuridad que ella apenas podía verle la cara, un rojizo resplandor en la sombra.
—¡Alan! —dijo.
Él no habló, pero puso en su brazo una de sus manos, deteniéndola, como solía hacerlo antaño, con una extraña y silenciosa autoridad. Y obligándola a volverse con una ligera presión sobre .su brazo, caminó junto a ella, lentamente, a lo largo de la calle principal de la ciudad, bajo los arcos donde las tiendas continuaban iluminadas.
Katherine miró su rostro: parecía mucho más oscuro, más atezado de lo que ella recordaba. Era un extraño y, sin embargo, era él y ningún otro. Él no dijo nada en absoluto. Pero eso también era de esperar. Su boca estaba cerrada, sus ojos atentos eran los mismos, y había a su alrededor una sombra de silencio, impenetrable, aunque no fría. Más bien lejana y dócil, como el silencio que rodea a un animal salvaje.
Ella sabía que estaba caminando con su fantasma. Pero ni siquiera eso la inquietaba. Le parecía natural. Y el sentimiento que había olvidado volvió a apoderarse de ella; el sereno e inconsciente placer de una mujer que se mueve dentro del aura del hombre al que pertenece. De joven, cuando estaba con su marido, había experimentado aquel intrascendente y no obstante precioso sentimiento. Había sido de una plena satisfacción, y tal vez su plenitud misma había hecho que no fuese consciente de él. Más tarde, le pareció que casi lo había destruido deliberadamente, aquel tenue flujo de satisfacción que ella, como mujer, recibía de él como hombre.
Ahora, mucho después, se daba cuenta de ello. Y mientras caminaba a su lado a través de la ciudad conquistada, se percató de que aquello era lo único perdurable que puede poseer una mujer: la suave e intangible corriente de satisfacción que la transporta junto al hombre con el que se ha casado. Es su perfección y su logro más alto.
Ahora, años más tarde, lo sabía. El conflicto había desaparecido. Y vagamente se preguntó por qué, por qué había luchado contra ello. No importa lo que el hombre haga o diga como persona: si una mujer puede moverse a su lado en esa tenue, plena corriente de satisfacción, tiene lo mejor de él que pueda obtenerse, y sus denodados esfuerzos para conseguir algo más que eso son sus ignominiosos esfuerzos en pos de la nulidad de sí.
Ahora ella lo sabía, y lo aceptaba. Ahora que caminaba junto a un hombre que llegaba desde las profundidades de la muerte; que acudía a su lado, para salvarla. La fuerte y callada bondad que le demostraba, incluso ahora, lograba eliminar de su cuerpo el nervioso, ceniciento horror del mundo. Katherine iba junto a él, tranquila y liberada, como alguien a quien acaban de soltarle unas ligaduras, caminando en la penumbra de su propia plenitud.
Al llegar al puente él se detuvo y retiró la mano de su brazo. Ella supo que iba a abandonarla. Pero bajo su gorra ceñida él la miró, oscura pero bondadosamente, y agitó su mano en un leve y amable gesto de adiós, y de promesa, como si en aquel adiós le prometiese no dejarla nunca, no dejar nunca que la bondad se apagase en su corazón; como si le prometiese que allí permanecería para siempre.
Katherine corrió a través del puente en dirección a su hotel con las mejillas bañadas en lágrimas. Apresuradamente subió a su habitación. Y, mientras se desvestía, evitó mirarse la cara en el espejo. No debía romper el hechizo de la presencia de Alan.
Ahora, más tarde, se daba cuenta del cuidado que debía poner en no violar el misterio que la rodeaba. Ahora que sabía que él había vuelto a ella de entre los muertos se daba cuenta de lo precioso y frágil que había sido aquel regreso. Él había regresado con su corazón oscuro y bondadoso, amándola aun en el después. Y de ninguna manera debía ella ir contra él. El fantasma silencioso, cálido y poderoso había vuelto con ella. Era él. Y ella no debía intentar siquiera pensar en él definitivamente, ni hacerlo real, ni comprenderlo. Sólo podía pensar en él silenciosa, oscuramente, en el interior de su alma femenina, y saberlo presente en ella, sin mirarlo siquiera, sin intentar buscarlo. Una vez que ella intentase tocarlo, tenerlo, hacerlo real, desaparecería para siempre, y con él este último y precioso influjo de su paz como mujer.
«¡Ah, no!», se dijo a sí misma. «Si él me deja con su paz, yo no debo hacer ninguna pregunta.»
Y se arrepintió en silencio del modo en que, en el pasado, lo había cuestionado esperando respuestas. ¿Qué habían sido las respuestas, cuando las había obtenido? Repugnantes cenizas en su boca.
Ahora ella conocía el supremo terror moderno de un mundo ceniciento, enervado. Si un hombre podía regresar de la muerte para salvarla de aquello, ella no le haría preguntas: sería humilde, y agradecida más allá de las lágrimas.
Por la mañana, bajo el cielo gris, salió a la calle azotada por un viento helado para ver si volvía a encontrarlo. No porque lo necesitase: su presencia aún seguía rodeándola. Pero él podría estar esperándola.
La ciudad era pétrea y fría. Los viandantes estaban pálidos, helados, y parecían de algún modo condenados. Estaban muy lejos de ella. Katherine sintió por ellos una especie de piedad, aunque sabía que no podía ayudarlos, ni en el tiempo ni en la eternidad. Y ellos la miraban, y apresuradamente apartaban la vista, como si se sintieran incómodos.
La catedral alzaba su alta fachada gris rojizo en la desnuda luz, pero no parecía cernirse sobre la ciudad como la noche anterior. La plaza de la catedral era dura y fría. Dentro, la iglesia era fría y repelente, a pesar de la luminosidad de los vitrales. Y Alan no apareció por ninguna parte.
De modo que Katherine se apresuró a volver al hotel y de allí se dirigió a la estación para coger el tren de las 10.30 que la llevaría a Alemania.
Era un tren sórdido, sombrío, en el que unas pocas almas en pena esperaban para cruzar el Rin. Su porteador alsaciano cuidó de ella con el mismo devoto empeño que el día anterior. Katherine entró en el vagón de primera clase que seguiría hasta Praga: era la única pasajera que viajaba en primera. Un porteador francés auténtico, con bigotes, que vestía una blusa y se contoneaba al caminar, intentó decirle una lindeza en las pocas palabras de alemán que conocía. Pero ella se limitó a mirarlo fijamente y él bajó la cabeza. En realidad no era su intención ser grosero. Hasta en aquello había una suerte de desesperanza.
Despaciosa, desalentadamente, el tren salió de la ciudad. Katherine vio en la distancia la extraña figura encorvada de la catedral, apuntando su único dedo por encima de la ciudad. ¿Por qué, por qué la habían puesto allí las antiguas razas germánicas?
Lentamente el paisaje se desintegró en las llanuras y los pantanos del Rin, los canales, los sauces, las rieras, las zonas húmedas heladas aunque no inundadas. Todo parecía cansado. Y el viejo Padre Rin fluyendo en verdosas dimensiones, implacable, separando las razas ahora cansadas de la lucha racial, pero aprisionadas en sus batallas como en los anillos de una enorme serpiente, incapaces de escapar. Frío, caudaloso, verde y absolutamente descorazonador, el río transcurría bajo el cielo invernal pasando por debajo del puente de hierro.
Hubo una larga espera en Kehl, donde los oficiales franceses y alemanes observaban una estólida y deprimente neutralidad. Los trámites de aduana y pasaportes pasaron rápido. Pero el tren esperó y esperó, como si fuera incapaz de abandonar aquel punto de pura negación, en el que las dos razas se neutralizaban mutuamente, y no se percibía ninguna polaridad, ninguna vida; en el que ningún principio dominaba.
Katherine Farquhar permaneció quieta en el silencio suspendido del regreso de su esposo. No hacía caso ni del francés ni del alemán, hablaba un idioma u otro según se le requiriese, apenas consciente. Esperó mientras el caluroso tren despedía siseantes nubes de vapor, detenido en el perfecto punto neutral de la nueva frontera, al otro lado del Rin.
Y por fin salió un sol aguado y el tren partió nerviosa y silenciosamente, dejando atrás la neutralidad.
En la gran planicie de la llanura del Rin las someras aguas estaban heladas, los surcos corrían en línea recta en dirección a ninguna parte, y el aire también parecía congelado. Pero se sentía que la tierra era fuerte, indómita, y parecía vibrar, con sus rectos surcos, en un contrapunto hondo y salvaje. Y en el aire había también un estremecimiento bárbaro y helado, bravío y montaraz, prerromano.
Aquella parte del valle del Rin, incluso en su orilla derecha, en Alemania, estaba ocupada por los franceses. De ahí la curiosa desocupación, el suspenso, como si allí no viviera nadie, como si algún espíritu estuviese vigilando, vigilando los campos vastos y vacíos con sus rectos surcos y sus prados acuáticos. Silencio, vacío, suspenso, y un sentido de algo que aún queda pendiente.
Una larga espera en la estación de Appenweier, en la línea férrea principal de la orilla derecha. La estación estaba desierta. Katherine recordó su ajetreo excitado, exultante, en los días de antes de la guerra.
—Sí —le dijo el guarda al jefe de estación—, ¿por qué nos obligan a salir de Estrasburgo con tanta puntualidad si van a retenernos aquí durante tanto tiempo?
¡El pesado alemán del Badisch! ¡La sensación de resentida impotencia de los alemanes! Katherine sonrió para sus adentros. Se percató de que allí el tren abandonaba el territorio ocupado.
Por fin arrancaron en dirección norte, libres por el momento, ya en Alemania. Eran las tierras más allá del Rin, la Alemania de los bosques de pinos. La tierra misma parecía fuerte e insumisa, erizada de juncos y matorrales como una cabellera salvaje. Bajo la civilización que iba desapareciendo existía el mismo silencio, la misma espera, y el mismo bárbaro contrapunto de la piel blanca septentrional. El tono audible de la civilización que moría parecía ir apagándose, y el antiguo y grave susurro de los bosques del norte antiguo resonaba por todas partes. Al menos en los oídos de Katherine.
Y allí estaban las imponentes colinas de la Selva Negra, amontonadas, hoscas, esperando, como si custodiaran la Alemania más íntima. Negras colinas redondas, ennegrecidas por los bosques salvo allí donde habían sido talados campos de labranza dejando blancos retazos de nieve. Blanco y negro, esperando allí en la distancia próxima, en hosca vigilancia.
Katherine conocía muy bien el país. Pero no en el estado en que se hallaba ahora; aquella hosquedad, aquel vacío, aquella tensa y pesada espera.
¡Steinbach! ¡Entonces, casi habían llegado! Tendría que cambiar en Oos para Baden-Baden, su estación de destino. Seguramente Philip estaría esperándola allí, en Oos; habría llegado desde Heidelberg.
¡Sí, allí estaba! E inmediatamente ella pensó que parecía pálido, enfermo, su silueta frágil y derrotada.
—¿No estás bien? —le preguntó, cuando hubo bajado del tren a la estación vacía.
—Tengo un frío terrible —dijo él—. No consigo calentarme.
—Y en el tren hacía tanto calor... —dijo ella.
Por fin llegó un porteador que transportó sus maletas hasta el pequeño tren de enlace.
—¿Cómo estás? —le preguntó él, mirándola con una cierta expresión enfermiza, y miedo en los ojos.
—¡Muy bien! Todo parece muy extraño —dijo ella.
—No sé a qué se debe —dijo él—, pero Alemania me congela las entrañas, y afecta mis pulmones.
—No tenemos por qué quedarnos mucho tiempo —dijo ella sin darle importancia.
Él observaba su expresión alegre. Y ella lo extraño y preguntó que le parecía él. ¡Extraordinario! Mientras lo miraba sintió por primera vez, con una curiosa claridad, que estar casada con él era humillante; incluso llevar su nombre. Se sintió humillada por el mero hecho de que su nombre fuese Katherine Farquhar. Y, sin embargo, hasta entonces le había parecido un bonito nombre.
«¡Y pensar que estoy casada con este hombrecillo! », se dijo. «¡Y pensar que llevo su nombre!»
No cuadraba. Pensó en su propio nombre, Katherine von Todtnau, o en su nombre de casada, Katherine Anstruther. El primero le parecía el más adecuado. Pero el segundo era como una segunda piel. El tercero, Katherine Farquhar, no le cuadraba en absoluto.
—¿Has visto a Marianne? —le preguntó a Philip.
—Sí.
La respuesta había sido escueta. ¿Qué le ocurriría?
—Tendrás que cuidarte ese resfriado —le dijo Katherine amablemente.
—¡Ya me lo cuido! —respondió él con petulancia.
Marianne, la hermana de Katherine, estaba en la estación, y al cabo de dos minutos las dos se habían enzarzado en una conversación en alemán, riendo y llorando y estallando una vez más en carcajadas. Philip había quedado al margen. En aquellos días de economía congelada no había taxis. Un porteador transportaba el equipaje en un carrito y los recién llegados caminaban hasta su hotel atravesando la ciudad semivacía.
—Pero si el hombrecito es encantador... —dijo Marianne en tono despreciativo.
—¿Verdad que sí? —exclamó Katherine en el mismo tono.
Y las dos hermanas se detuvieron en mitad de la calle y rompieron a reír. «El hombrecito» era Philip.
—El otro era más hombre —dijo Marianne—, pero estoy segura de que éste es más fácil. ¡El hombrecito! Sí, debería ser más fácil. —Y rió a su manera, burlonamente.
—¡El tentetieso! —dijo Katherine, refiriéndose a aquellos hombrecillos de juguete con una base de plomo que siempre vuelven a quedar de pie.
Philip era muy desgraciado en esta atmósfera. Su fuerza residía en su debilidad, en su encanto, en su dependencia. Sagazmente, casi siempre conseguía salirse con la suya, pero siempre pareciendo que cedía. En las emergencias agachaba la cabeza todo lo que le era posible y dejaba que la tormenta le pasara por encima. Luego se erguía de nuevo, el mismo de siempre, sentimental, del lado de los ángeles, sin desafiar a nadie. Los desafiantes habían muerto en la guerra. Él lo había visto, y había sonreído en secreto. Cuando el león muere de un disparo los perros se comen sus despojos. De modo que él se había quedado con Katherine: la leona de Alan. Un perro vivo es mejor que un león muerto. Y así, el pequeño periodista semiangelical exultaba en el triunfo de su debilidad.
Pero en Alemania, en la extraña Alemania posbélica, Philip parecía haber vuelto a apagarse. El aire estaba helado y vacío, y toda sensación parecía haber desaparecido del país. La emoción, incluso el sentimiento, estaban adormecidos, muertos, como en un miembro congelado. Y si a él se le adormecía el sentimiento se moriría.
—¡Estoy tan contento de que hayas venido, Kathy! —dijo—. No sé si hubiera podido soportar otro día más aquí sin ti. Siento que eres la única cosa en el mundo que sigue siendo real.
—Pues tú a mí no me pareces muy real —dijo ella.
—Y no lo soy. ¡No lo soy! No cuando estoy solo. Pero cuando estoy contigo soy el hombre más real del mundo. ¡Lo sé!
Esto era lo que a ella la había atraído de él en el pasado, lo que la había conmovido hasta la médula de su vanidad femenina; incluso lo que había hecho que se enamorase de aquella pequeña criatura que era capaz de admitir verdades tan pertinentes con tamaña generosidad. ¡Tan diferente del soberbio Alan, que esperaba que la mujer se inclinase ante él!
Ahora, sin embargo, parte de la frialdad de la entumecida Alemania parecía haberse apoderado de ella. Sentía un desprecio cruel por el quejumbroso animalillo que invocaba su propia realidad sólo a través de una mujer. No le contestó; se quedó observando la nieve que caía entre ella y los oscuros árboles. ¡Otro mundo! Cuando la nieve cesó, los fríos abetos se le antojaron fantasmales, erizados; altas criaturas cónicas apretujándose oscuramente, blanqueadas por la nieve. ¡Tan altos, tan lupinos!
Philip se estremeció y pareció empalidecer. Había escasez de combustible, de comida; todo escaseaba. Philip quería que Katherine se fuese con él a París. Pero ella deseaba quedarse al menos dos semanas con su familia. La escasez no le importaba. Por las tardes, veía las colas de vecinos esperando en la oscuridad —la ciudad estaba iluminada sólo a medias— para llenar sus bolsas de agua caliente en las termas de las afueras de Kurthaus, silenciosos, espectrales, incapaces de permitirse siquiera un fuego para calentarse el agua. Y los escalofríos de Philip la dejaban bastante indiferente. Que temblase.
La nieve estaba dura y seca. Katherine salió al bosque, subiendo las empinadas colinas. El mundo estaba curiosamente vacío, retornado a su estado salvaje. Se dio cuenta de que, si las catástrofes se sucedieran, el mundo tardaría muy poco tiempo en volverse salvaje. Philip, pálido y demacrado, caminaba a su lado con dificultad, tambaleándose y dando traspiés: grotesco. Era un hombre que jamás caminaría con firmeza. Ahora se limitaba a arrastrarse. Katherine podía sentir a Alan entre los árboles; su estremecimiento; su vibración. Y de vez en cuando, con el corazón en vilo, miraba en dirección a algún tronco de abeto, gigantesco, vivo y potente, intensamente físico, derramando todo su fecundo verdor sobre la nieve. Podía sentir a Alan en la potente presencia del árbol. Deseaba acercarse a él y abrazar su tronco. Pero Philip se sentaba en la nieve, diciendo:
—Oye, Kathy, yo no puedo seguir. Sencillamente no me quedan fuerzas.
Ella permanecía en el sendero, orgullosa, despreciativa, pero callada, mirando hacia donde se erguían las rocas opacas, rojizas. Y estaba segura de que allí, entre las rocas, Alan la esperaba. Se sentía fuerte y poderosa. No obstante se llevaba a Philip a casa, agotado.
Estaba realmente enfermo. Lo acostó, y él permaneció en la cama. Vino el médico. Pero Philip estaba en un estado de pánico: todo le daba miedo. Katherine salía a pasear por el bosque, sola. Esperaba a Alan, y estaba deseando encontrarse con él. Philip yacía en su lecho, semiinconsciente, y cuando ella regresaba le decía, con sus grandes ojos brillantes:
—¡Debes de haber ido muy lejos! —Y en estas últimas palabras enseñaba sus dos largos dientes delanteros en una especie de gruñido.
—No muy lejos —decía ella.
Un día Alan vino hacia ella desde las opacas piedras rojizas del bosque. Llevaba un kilt que le sentaba muy bien, pero vestía chaqueta de soldado. Y no llevaba gorra. Se le acercó caminando, sus rodillas apartando el kilt de la manera que ella conocía tan bien. Llegaba triunfalmente, espléndido, y ella lo esperó temblando. Seguía manteniendo un silencio absoluto. Pero la rodeó con un brazo y la llevó consigo, y ella cedió con una entrega como no había conocido nunca hasta entonces. Y, entre las rocas, le hizo el amor, la tomó con la pasión silenciosa de un marido, tomó posesión de ella por completo.
Más tarde Katherine regresó a casa, abstraída, para encontrarse con que Philip estaba muy grave. Se dio cuenta de que podría morir. Y no le importó en lo más mínimo. Pero cuidó de él, y permaneció a su lado, y él pareció mejorar.
No obstante, al día siguiente ella quiso volver a salir. ¡Debía hacerlo! Sentía que su marido la estaba esperando, y la llamada era imperativa. Tenía que ir. Pero Philip se puso casi histérico cuando ella quiso dejarle.
—¡Te juro que me moriré mientras estés fuera! ¡Te juro que si me dejas ahora me moriré! —Puso los ojos en blanco, fuera de sí, y su aspecto era tan extraño que ella supo que era verdad. De modo que permaneció junto a él, hosca y llena de resentimiento, con sus pensamientos lejos de allí, en las rocas.
La tarde se fue volviendo cada vez más fría. Philip tiritaba debajo del grueso edredón.
—¡Éste es un frío asesino! ¡Me está matando! —dijo.
A ella no le importaba. Permaneció allí sentada, abstraída, lejos de él, con el espíritu fuera de allí, en el helado anochecer. Un flujo poderoso parecía envolverla en otra realidad distinta de aquélla. Era Alan que la llamaba, la abrazaba. Y ese abrazo parecía hacerse más fuerte a medida que pasaba el tiempo.
Permaneció con Philip en la habitación. Pero había decidido no acostarse. Él estaba muy débil. Ella se sentaría a su lado. Hacia la medianoche él se incorporó y dijo con voz desmayada:
—¡Katherine, no puedo soportarlo! —Y volvió a poner los ojos en blanco.
—¿Qué? ¿Qué es lo que no puedes soportar? —dijo ella, inclinándose sobre él.
—¡No puedo soportarlo! ¡No puedo soportarlo! Cógeme en tus brazos. ¡Abrázame! ¡Abrázame! —murmuró él, en el puro terror de la muerte.
Curiosamente adversa, ella empezó a cogerlo por debajo de los hombros, para levantarlo. Mientras lo hacía, la puerta se abrió y entró Alan, con la cabeza descubierta y el ceño fruncido. Philip alzó sus frágiles manos y rodeó con ellas el cuello de Katherine, gimiendo suavemente. Silencioso, con la cabeza desnuda, Alan se acercó a la cama, soltó las manos de Philip del cuello de su mujer y las colocó sobre su pecho.
Philip abrió los labios y mostró sus largos dientes en la terrible mueca de la muerte. Katherine sintió que bajo su mano el cuerpo de Philip se convulsionaba en un extraño paroxismo y después se quedaba inerte. Estaba muerto. Y su rostro mostraba la enfermiza mueca de un ladrón cogido in fraganti.

Pero Alan la apartó de allí y la condujo a la otra cama, en la pasión silenciosa de un marido que ha vuelto después de un largo viaje.