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miércoles, 30 de septiembre de 2015

sábado, 19 de septiembre de 2015

Centennial - 5/5 (James A. Michener)

Centennial - 4/5 (James A. Michener)

Centennial - 3/5 (James A. Michener)

Centennial - 2/5 (James A. Michener)

Centennial - 1/5 (James A. Michener)

Bahía de Chesapeake - 5/5 (James A. Michener)

Bahía de Chesapeake - 3/5 (James A. Michener)

Bahía de Chesapeake - 4/5 (James A. Michener)

Bahía de Chesapeake - 2/5 (James A. Michener)

Bahía de Chesapeake - 1/5 (James A. Michener)

Bahía de Chesapeake
James A. Michener

AGRADECIMIENTOS
La primera vez que estuve en la bahía de Chesapeake fue en 1927, y con posterioridad viajé allí con frecuencia. Desde mis primeros días en la bahía pensé en escribir sobre ella, pero siempre lo aplazaba hasta el momento en que pudiera vivir en sus orillas durante un prolongado período de tiempo. Esta oportunidad se me presentó en 1975, cuando viví durante dos años en las proximidades de un pequeño, pero histórico pueblecito pesquero. En ese tiempo conocí y trabajé con muchas personas cuyos conocimientos e ideas inspiraron esta novela, y quisiera expresarles aquí la gratitud que tan abundantemente se ganaron.
La Bahía de Chesapeake: Walter Robinson, de Swarthmore, fue el primero que me llevó a pasear en una embarcación y me contagió su amor a la región. El juez William O'Donnell, de Phoenixville, me permitió tripular su Prince of Donegal docenas de veces, y Larry Therien me ayudó a explorar. Pearce Coady me llevó en su Cleopatra's Barge a distintas partes de-.la bahía.
El río Choptank: Lawrence McCormick y Richard Springs me llevaron varias veces en bote hasta las fuentes del río. Edward J. Piszek organizó exploraciones en helicóptero a baja altura. El juez O'Donnell me llevó a todas partes del río, lo mismo que Joseph A. Robinson.
Pesca: Tres capitanes me fueron de gran ayuda. G. S. Pope, actualmente retirado, me habló de los viejos tiempos. Josef Liener me instruía mientras navegábamos a bordo del Rosie Park, y Eddie Farley me llevó durante largas horas a coger ostras en su Stanley Norman. También se me permitió inspeccionar varias viejas embarcaciones apartadas en diques secos.
Ostras: George Krantz, de la Universidad del Centro de Estudios sobre el Estuario de Maryland, compartió conmigo los resultados de sus investigaciones, y Robert Inglis me mantuvo informado de sus progresos en la cría de ostras en el estero que forma su patio trasero. Levin Harrison me habló ocasionalmente de los duros viejos tiempos.
Gansos: Ron Vavra, hermano gemelo del hombre que me proporcionó las fotografías para mi libro Iberia, me introdujo en la investigación fundamental del ganso del Canadá, y docenas de cazadores me ayudaron a conocer sus hábitos.
William H. Kuliaa, director del Refugio Nacional de Vida Silvestre de Blackwater, me enseñó sus sesenta mil gansos y se mostró sumamente servicial.
Garzas y pandiones: Tras haber estudiado abundantemente sobre el terreno estas fascinantes aves acuáticas, tuve la buena suerte de conocer a Jan Reese, destacado experto en ambas especies, quien me instruyó sobre aspectos en los que yo no había reparado.
Grandes cañones: El doctor Harry Walsh, la principal autoridad en la materia, me enseñó su colección, habló de los viejos tiempos y me ayudó a comprender el funcionamiento y la mística de estos cañones manejados por un solo hombre.
Árboles: Stark McLaughlin, guardamontes del Estado de Maryland, me dio muchos y muy útiles consejos acerca de los diversos aspectos del cultivo y crecimiento de los árboles.
Vida del Choptank: El capitán Bill Benson, de la línea de transbordador más antigua de la nación, me contó valiosas reminiscencias. El embajador Philip Crowe fue en extremo útil para informarme de acontecimientos recientes. Y Alyce Stocklin, viejo amigo mío, fue alegre y constante comentador. H. Robins Hollyday derrochó generosidad, tanto con su tiempo como con su colección de viejas fotografías, y Peter Black se mostró útil en diversos aspectos.
Historia negra: Dickson Preston compartió generosamente conmigo sus extraordinarios descubrimientos relativos a Frederick Douglass; esto confiere autoridad al tratamiento que doy al tema de la esclavitud en la región. También leyó todo el manuscrito y me hizo valiosas sugerencias sobre detalles históricos. Mi amiga Dorothy Pittman llamó a varios de sus vecinos negros para que hablasen conmigo, en particular a James Thomas y LeRoy Nichols. El juez William B. Yates formuló juiciosas y ecuménicas reflexiones sobre los tiempos de agitación.
Aunque, por razones literarias, la acción de esta novela se desarrolla en la orilla septentrional del Choptank, gran parte de mi más efectiva investigación fue realizada en la orilla meridional, por la que siento especial afecto, y manifiesto aquí mi profundo agradecimiento a los expertos de esa región. Bayly Orem, de una distinguida familia de Dorchester, trabó conocimiento conmigo y se impuso la tarea de presentarme a vecinos suyos que podrían resultar útiles:
Construcción de barcos: James Richardson, famoso por sus reconstrucciones de buques históricos, se mostró constantemente instructivo, así como sus yernos Tom Howell y James D. Brighton.
Caza de tortugas: El senador del Estado Frederick C. Malkus, primer cazador de tortugas de la región, me instruyó en los múltiples aspectos de este deporte.
Pesca de ranas: Richard Drescher, uno de los principales atletas de Maryland, me llevó a la pesca nocturna de ranas en las marismas del sur de Dorchester.
Pequeño Choptank: Dale Price me permitió inspeccionar su finca a orillas del Pequeño Choptank, el lugar que ocupó la granja de esclavos de Herman Cline antes de la Guerra Civil.
Indios: El juez William B. Yates me habló de los indios choptank y otros asuntos.
Marismas: Elmer Mowbray me permitió acompañarle en varias exploraciones en su marisma particular. Es un experto en las cuestiones relacionadas con la fauna del estuario, y le estoy muy reconocido.
Pesca: David Orem y Jay Alban me instruyeron sobre pesca y sobre las peculiaridades de la Naturaleza en la región de la bahía.
Investigación: Todos los miembros del Museo Marítimo de la Bahía de Chesapeake, en St. Michaels, se mostraron sumamente serviciales, en particular, el director, R. J. Holt. La biblioteca de Easton, Maryland, posee una prestigiosa colección de material para la investigación; su directora, Elizabeth Carroll, se ocupó de que me fuera facilitada toda la ayuda precisa, y Mary Starin, encargada de la Sala de Maryland, se mostró infatigable en la búsqueda de libros, como se muestra siempre con todos los que trabajan en la biblioteca. Robert H. Burgess, del Museo de los Marineros, de,Norfolk, me ayudó con sus libros y sus consejos.
Estudios: Para documentarme en detalles de la actividad en tiempos pasados consulté Tobacco Coast. A Maritime History of the Chesapeake Bay in the Colonial Period, de Arthur Pierce Middleton. Por lo que se refiere a la naturaleza de la vida comercial en una plantación de la costa Este durante la guerra revolucionaria, me serví de varias fuentes, siendo la más reveladora de ellas In Pursuit of Profit, de Edward C. Papenfuse, que trata sobre un grupo de familias comerciales en la costa occidental. La importancia de la batalla naval librada en la boca de la bahía de Chesapeake en setiembre de 1781 no es suficientemente apreciada. Mi relato se basa en recientes trabajos de investigación, especialmente Decision at the Chesapeake, de Harold A. Larrabee, merecedora de atención por parte de quienes se hallen interesados en ese período.
Pero mis constantes colaboradores fueron los ciudadanos de la región del Choptank. Decenas de ellos hablaron conmigo en reuniones sociales o en el curso de investigaciones llevadas a cabo durante uno de los inviernos más fríos y uno de los veranos más calurosos que se han dado jamás en la costa oriental. Se mostraron estimulantes, perceptivos, divertidos… y esperanzados a menudo en la la posibilidad de que yo abandonase mi proyecto y me fuese a otra parte, no fuera que mi obra atrajese el interés del resto del mundo hacia el apartado paraíso que ellos estaban disfrutando en la costa oriental.
A Mari Michener,
que se interesaba por los gansos,
las garzas, las águilas blancas
y los cardenales
Este libro es una novela, y seria un error interpretarlo de otra manera. Los personajes son imaginarios; los Steed, Turlock, Paxmore, Caler y Caveney han sido inventados por el autor y no están basados en personas reales. Los lugares principales -isla Devon, Peace Cliff, las marismas de Turlock y la ciudad de Patamokeson- son tan completamente imaginarios, que han sido situados en tierras que ni siquiera existen. El Refugio está en un estero inexistente, y en el sur del África Central no hay ningún río Xanga ni comunidad alguna de personas con ese nombre.
Sin embargo, los detalles del río Choptank son exactos en la medida de lo posible, y no ha habido ahí ninguna invención. La colonia inglesa del Choptank se fundó algo más tarde de lo que se presenta en el libro, pero tuvo lugar en un punto situado a sólo veintitrés millas al Norte.
PRIMER VIAJE: 1583
Llevaban ya algún tiempo sospechando de él. Sus movimientos habían sido observados por espías que informaban luego de ellos a los sacerdotes, y en los consejos tribales había sido desdeñado su voto contrario a emprender la guerra con los que moraban al otro lado del recodo. Más revelador aún, la familia de la muchacha que había elegido para remplazar a su fallecida esposa había rehusado aceptar las tres medidas de roanoke que había ofrecido como precio de compra.
Aun a su pesar, había llegado a la conclusión de que debía abandonar aquella tribu que había hecho todo menos proscribirle públicamente. Siendo niño, había visto lo que les pasaba a los hombres declarados proscritos, y no deseaba experimentar lo que ellos habían sufrido: el aislamiento, el desprecio, la amarga soledad.
Por eso ahora, mientras pescaba a orillas del gran río, o cazaba en los prados, o, simplemente, permanecía meditabundo, sentía que debía irse. Pero, ¿cómo? Y ¿adónde?
Las dificultades comenzaron el día en que expresó sus dudas respecto a una incursión propuesta por el gran jefe. Durante más de un año, las relaciones con las tribus que habitaban más allá del recodo septentrional habían sido amistosas, y en ese intervalo el río había conocido apreciable prosperidad, con un tráfico comercial superior al normal entre el Norte y el Sur. Pero los susquehannocks de la zona media nunca se habían encontrado a gusto en tiempos de paz en todo el tiempo que Pentaquod podía recordar; sentían intuitivamente que debían caminar por el sendero de la guerra para demostrar así su virilidad. Era, pues, tradicional que el gran jefe idease justificaciones para enviar a la lucha a sus guerreros; si triunfaban, su victoria redundaría en favor de él; y si perdían, afirmaría que estaba, simplemente, protegiendo las fronteras de la tribu.
Pentaquod había argumentado:
–Los del recodo Norte han respetado sus promesas. No han robado nuestros castores ni violado nuestros huertos. Luchar contra ellos ahora, sin ningún motivo, sería infame, y nuestros guerreros entrarían en combate sabiendo que los dioses no podían estar con ellos.
Su lógica fue rechazada, no sólo por el consejo de jefes, sino también por los guerreros comunes, que sentían que sería deshonroso para un susquehannock permanecer en paz durante más de un año. Si su gran río había resultado ser un lugar excelente en el que vivir, tenía que ser porque su tribu siempre había luchado para protegerlo, y un viejo guerrero había vaticinado:
–Pentaquod, cuando llegue el día en que temamos pelear, perderemos el río.
Él insistió en pronunciarse contra una guerra carente de sentido, y, como todo el que hablaba en favor de la paz en las tierras que se extendían a lo largo de aquel río era siempre acusado de traición, sus adversarios iniciaron el rumor de que había sido corrompido por el enemigo y le servía de portavoz. Se recordó que su esposa había muerto joven, lo cual aumentaba la probabilidad de que los dioses rechazasen sus argumentos.
Acusarle de cobardía resultaba desorientador, pues era uno de los susquehannocks más altos en toda una generación, y aquélla era un tribu de gigantes. Con su estatura que descollaba entre los jóvenes de su edad, miraba fija y serenamente desde su grande y ancho rostro de color más oscuro que lo normal, signo infalible del guerrero. Esta contradicción desconcertaba a los niños que escuchaban las acusaciones contra él, y empezaron a remedar sus inseguros pasos cuando caminaba por los alrededores del poblado; no tardaron en burlarse abiertamente de él.
Fue uno de esos niños quien le impulsó a tomar su decisión. El chiquillo le había estado imitando a sus espaldas, causando gran regocijo entre los que miraban, cuando Pentaquod se volvió de pronto y, agarrándole, le preguntó por qué se comportaba así. El niño respondió:
–Mi padre dice que el consejo se ha reunido para castigarte.
Y cuando Pentaquod volvió la vista hacia el poblado y se dio cuenta de que no se veía por allí a los ancianos, comprendió que el niño decía la verdad.
Tardó sólo unos momentos en tomar la decisión. El consejo no actuaría apresuradamente: nunca lo hacía. Tendría que haber largos discursos condenándole, pero, si el padre de aquel chico había empleado realmente la palabra castigar, podría estarse preparando una sanción mucho más grave que la proscripción. Sus enemigos se habían vuelto tan osados, que algunos podrían incluso pedir su muerte; si se convencían a sí mismos de que era un espía de las tribus del Norte, sería lo lógico.
Así, pues, sin regresar a su wigwam, donde sus padres estarían sentados al sol, y sin hacer ningún intento por recuperar sus armas, ya que eso excitaría a los que habían sido designados para vigilarle, comenzó a andar sosegadamente en dirección al río, alejándose del alargado edificio en que se celebraba la reunión del consejo. Pero no se acercó a las canoas, pues sabía que eso suscitaría la alarma. En lugar de ello, se mantuvo de espaldas al río, como si contemplara el poblado, pero de cuando en cuando volvía la cabeza para seguir el vuelo de algún pájaro y, de ese modo, poder apreciar la situación del río.
La canoa de guerra tenía todo dispuesto para salir inmediatamente en ella, pero estaba hecha de madera de roble y era demasiado pesada para que la manejara un solo hombre. El plan que había concebido sólo podía resultar bien si utilizaba una canoa lo bastante ligera como para poder acarrearla, y, en efecto, había allí una de esas características; parecía bien equilibrada y manejable, pero él había ayudado a construirla y conocía sus limitaciones: nunca había ganado una carrera. Otras resultaban también tentadoras, pero las rechazó, o por demasiado lentas o por demasiado pesadas.
Sin embargo, había una canoa pequeña y rápida que él había ayudado a construir para uno de los jefes de caza; estaba hecha de excelente madera de pino blanco del Norte, y una vez, durante su construcción, en que las llamas que torneaban su interior adquirieron demasiada intensidad, él había levantado la canoa sin ayuda de nadie y la había arrojado al río, donde quedó extinguido el fuego. El jefe a quien pertenecía, la había pintado de amarillo; sus costados eran sólidos y había sido equipada con puntales de roble. Su proa era afilada y había hecho buen papel en las carreras. Y, lo mejor de todo, estaba siempre equipada para cazar y pescar, y tan arrimada a la orilla, que podía botarla un solo hombre de un fuerte empujón.
–La amarilla -murmuró para sus adentros, y, abandonando la zona del río, regresó hacia el centro del poblado, caminando con aire despreocupado en dirección a la sala del consejo, donde observó con satisfacción que los espías encargados de vigilarle se retiraban para hacerlo con más disimulo. Esto era esencial para su plan, pues no podía vencerles en lucha; eran cuatro, y los cuatro valientes, pero podía aventajarles corriendo, pues era muy veloz.
Así, pues, cuando se hubieron alejado del río lo suficiente para llevar a cabo su plan, se volvió de pronto y echó a correr como un ciervo en dirección al río. Al llegar a la orilla, no se precipitó inmediatamente hacia la canoa elegida, sino que se dirigió primero a la canoa de guerra y cogió todos los remos. Luego fue saltando a todas las demás canoas que tenían remos y los cogió también. Sólo entonces se volvió hacia su objetivo.
Con un grito que reverberó por todo el poblado, echó la brazada de remos en la canoa amarilla, le dio un vigoroso empujón en la popa, la impulsó sobre las fangosas aguas del río, subió a bordo y empezó a remar briosamente río abajo. Pese a que su vida dependía de la rapidez de su huida, no pudo por menos de volver la vista hacia el poblado. Allí estaban los wigwams, de achatada estructura; allí estaba el hogar en que sus padres se hallarían en aquellos momentos dándose cuenta de su descabellada acción; y allí estaba el alargado wigwam del que los jefes salían ya para tripular la canoa de guerra en que debían apoderarse del criminal. No podía apartar los ojos de los ancianos cuando llegaban al río y se veían impotentes para perseguirle. Lo último que vio de su comunidad mostraba un poblado lleno de agitación, con majestuosos jefes corriendo de un lado a otro, agitando los brazos y -sospechaba- gritando a sus subordinados. Soltó una carcajada.
Pero ahora se encontraba solo en el río, y para sobrevivir debía poner en práctica toda la destreza y habilidad que había adquirido en sus veinticinco años. Tendría que pasar ante dos poblados susquehannock situados al Sur, y, como éstos se hallaban subordinados al suyo, debía suponer que le interceptarían y le retendrían para interrogarle. Además, los hombres de su tribu no tardarían en encontrar otros remos con los que impulsar sus canoas, y la persecución sería inevitable. De hecho, sospechaba que ya habían sido enviados mensajeros con la misión de dirigirse por tierra a alertar a sus aliados meridionales, por lo que eran escasas sus probabilidades de conseguir escapar.
Pero él no carecía de recursos y, cuando sus vigorosas paladas le llevaron a las proximidades del primer poblado, decidió recurrir a una audaz estratagema. «Los mensajeros no pueden haber llegado aún aquí -razonó-, así que tengo una posibilidad.» Remó resueltamente hacia la orilla, gritando, con voz fuerte y agitada:
–¡Amigos! ¿Habéis visto pasar a un hombre y una mujer en una canoa? Se acercaron a la orilla occidental para responder: -No hemos visto a nadie.
–¡Mi mujer! – grito Pentaquod, y los otros se echaron a reír, porque nada hay tan divertido en todo el mundo como un marido burlado tratando de recuperar a su fugitiva esposa.
–¿Por dónde han ido? – vociferó.
–A los maizales -se burlaron, y hasta que se perdió de vista, remando desesperadamente río abajo, permanecieron en la orilla, riéndose de la grotesca figura que componía, un marido remando para alcanzar a su mujer y su amante.
Anochecía ya cuando llegó a las cercanías del segundo poblado, en la orilla oriental esta vez, y dudó que pudiera utilizar de nuevo la misma estratagema, pues los mensajeros habrían ofrecido recompensas por su captura. Esta vez se deslizó entre los árboles de la orilla occidental y esperó a que hubiera cerrado la noche. Sabía que la media luna no iluminaría el río hasta pasada la medianoche, pero sabía también que una vez que la luna se elevara en el firmamento, sería imposible cruzar el río.
Así, pues, cuando disminuyó el fulgor de las hogueras del poblado y los centinelas se hubieron situado en sus puestos, dejó que su canoa se deslizara a impulsos de la corriente a lo largo de la orilla occidental, lenta y silenciosamente, moviéndose bajo la protección de los árboles que flanqueaban la ribera. Cuando la canoa llegó al punto en que más peligro corría de ser detectada, justo enfrente del dormido poblado, contuvo la respiración, y, con gran alivio por su parte, su paso no produjo ningún ruido ni alertó a ningún centinela. Al amanecer, estaba remando furiosamente por el centro del río, aprovechando cuantas corrientes favorables encontraba.
Cuando el sol estival se elevó sobre el horizonte y empezó a sentir su opresivo calor, enfiló hacia la salida de un afluente que desembocaba en el Oeste, y allí, bajo la protección de los árboles que alargaban sus ramas sobre las aguas, se pasó dormido la mayor parte del día. Al anochecer, estaba de nuevo en el río, hambriento y con los músculos doloridos, pero remaba incesantemente, con profundas y rítmicas paladas, que mantenían el firme avance de la canoa.
Hacia la madrugada de la tercera noche, después de haber comido solamente dos pececillos en tres días, llegó a las cataratas que su pueblo conocía con el nombre de Conowingo, y fue allí donde se enfrentó a la prueba que determinaría el éxito de su huida. Al acercarse a las turbulentas y espumosas aguas, pensó llevar su canoa a la orilla y acarrearla durante un largo trecho por tierra, pero cuando remaba para alejarse del centro del río en dirección a la seguridad de la tierra firme, divisó una corriente de agua que se movía rápidamente, retorciéndose y curvándose sobre las rocas, y en cuestión de instantes decidió probar fortuna en el río, antes que hacerlo en tierra.
Tenía para ello una buena razón: «Si transporto por tierra mi canoa, los otros pueden alcanzarme. Pero si sigo este curso de agua, nadie se atreverá a perseguirme, y les sacaré varios días de ventaja.»
Como si realizara un ritual, tiró por la borda todos los remos que llevaba, menos dos, dejándolos caer uno a uno en las rápidas aguas, para seguir su trayectoria por la catarata.
–¡Van por la corriente más tranquila! – gritó.
Ató a los puntales todo el material de caza y uno de los remos que le quedaban, en previsión de que perdiera el que estaba usando, y, con la tranquilizadora certeza de que continuando hacia delante no arriesgaba más que si se volvía, impulsó su canoa a las turbulentas aguas.
–¡Ji-ya! ¡Ji-ya! – gritó al sentir que las aguas tomaban el mando de la canoa y la empujaban con aterradora velocidad.
Fue una travesía procelosa, con rocas visibles a ambos lados y penetrando en la embarcación la espumeante agua. Su remo, aun cuando lo manejaba con desacostumbrada fuerza, apenas si conseguía más que mantenerle ocupado. En varias ocasiones tuvo la seguridad de perder la canoa, y quizá también la vida, pero, al final, la sólida embarcación se abrió paso por entre las peligrosas rocas y las rugientes aguas.
Cuando terminó de pasar estaba exhausto, y aquel día durmió profundamente bajo los árboles. Corría cerca un arroyuelo de agua fresca, y bebió copiosamente al despertar. Encontró también un campo de fresas, de las que comió hasta hartarse, y con el equipo que había conservado pescó otros dos pececillos. Recuperadas las fuerzas reanudó su navegación nocturna por el gran río, y a la mañana siguiente decidió no dormir durante el día, pues tenía ya delante la gran extensión de agua de la que había oído hablar siendo niño y que ahora constituía su objetivo.
–Está hacia el Sur -había dicho el viejo hechicero de su tribu-, el río de ríos en que abunda el pez de peces. Hasta el propio dios de los ríos necesitaría varios días para recorrerlo a remo, y sus riberas tienen cien sitios en los que ocultarse. En este río de ríos una tormenta dura nueve días, y los peces son tan grandes, que uno solo basta para alimentar a todo un poblado. Pero es hermoso. Es tan hermoso que, si eres bueno y haces rectas las flechas y cuidas los ñames, acaso lo veas algún día. Yo no lo he visto nunca, pero está allí, y quizá tú seas el afortunado.
¡Y allí estaba el Chesapeake! En el lenguaje de Pentaquod, el nombre significaba el gran río en que abunda el pez de duras conchas, y cada pueblo de los que se extendían a lo largo del Susquehanna poseía preciosas piezas de roanoke hechas con esas conchas blancas cogidas en el Chesapeake. Con suficiente roanoke, un hombre podía comprar incluso a la hija de un caudillo.
¡El Chesapeake! El nombre les era familiar a todos los niños, pues en aquellas extensas aguas ocurrían cosas extrañas. Aquél era el mágico lugar en que las aguas se tornaban más anchurosas aún que las del Susquehanna; en el que tormentas de enorme magnitud levantaban olas de aterradora potencia. Aquél era el río de ríos, donde los peces tenían preciosas conchas.
Pentaquod se inclinó hacia delante, con el remo sobre las rodillas, dejando que su amarilla canoa derivase lentamente por la bahía, y a cada momento veía una nueva revelación: la inmensidad del agua; la forma en que los peces saltaban como si quisieran ser capturados y saboreados; el constante movimiento de aves que volaban de un lado a otro; los majestuosos árboles que flanqueaban la orilla y, sobre todo, el abovedado firmamento, más azul que ninguno que hubiese visto jamás.
Durante todo el día fue dejándose llevar hacia el Sur por la corriente, extasiado, ora acercándose a una orilla, ora aventurándose en el impresionante pero tranquilizador centro. Era más grande aún de lo que el viejo hechicero había podido dar a entender; era más hermoso de lo que permitía imaginar una vida pasada a orillas de un río del interior. Desde el momento en que vio aquella espléndida extensión de agua, dejó de experimentar el más mínimo arrepentimiento de haber abandonado su poblado, pues había cambiado aquella colección de wigwams hechos de palos y ramas por algo de mayor majestad.
Pasó dos días en la bahía, extasiado a cada hora que pasaba con un nuevo esplendor: adoraba el movimiento de los peces y el alimentarse de los pájaros, la forma en que el sol se alzaba de las aguas, rojo y enorme, o se ponía entre llamaradas de oro.
–¡Oh, qué Universo! – exclamó en el colmo de su alborozo.
Para expresar este pensamiento utilizó una palabra susquehannock que significaba: todo lo que se ve en la Tierra y no se ve en los cielos, y nunca dudó que aquella palabra había sido inventada para que un hombre como él pudiera describir aquel nuevo mundo en que le había sido dado entrar.
Desde el primer momento en que huyó de su poblado, había tenido la intención de encontrar aquella legendaria bahía y refugiarse en alguna ensenada adecuada de su ribera occidental, pues en su juventud las conchas que su pueblo atesoraba eran traídas por una tribu de fornidos individuos llamados los potomacs, y recordaba que vivían a orillas de algún río del Oeste. Eran una tribu guerrera, y los años que no llegaban en son de paz para comerciar, llegaban en canoas de guerra para dedicarse al pillaje. Se proponía unirse a aquellos potomacs, razonando que, como era más alto y más ancho de hombros que la mayoría de los hombres, sería bien recibido.
Pero ahora, mientras navegaba por aquella plácida extensión de agua, tan diferente del angosto río que él había conocido, tan infinitamente más grandioso, comprendió que no tenía ningún deseo de unirse a los potomacs, entre los que se vería obligado a servir como guerrero. Estaba harto de luchas y de los ancianos que las incitaban. Quería refugiarse en alguna tribu más plácida que las que había conocido a lo largo del Susquehanna, más pacífica que los potomacs vendedores de conchas. Así, pues, se abstuvo de remar hacia la ribera occidental.
Siendo niño, le habían dicho que en la orilla oriental de la bahía vivían otras tribus de menos casta, que nunca recurrían a las armas; no tenían ni siquiera el valor de aventurarse hacia el Norte para practicar el comercio. En ocasiones, bandas de susquehannocks habían penetrado hacia el Sur para luchar contra ellas y las habían encontrado ridículamente fáciles de someter.
–No se les puede llamar enemigos -había informado al poblado de Pentaquod un guerrero procedente de más allá del recodo-. Tienen pocas flechas, y sus canoas son pequeñas. No tienen muchos excedentes de conchas para hacer roanoke, y tampoco ninguna mujer deseable. Creedme, no son potomacs. Los potomacs saben pelear.
Cada menosprecio de las tribus orientales que Pentaquod podía ahora recordar, se las hacía más atractivas. Si eran diferentes de los susquehannocks, magnífico; si no se parecían a los potomacs, mejor aún. Y ahora, como para poner de manifiesto este criterio, vio en la ribera oriental la boca de un ancho y atractivo río protegido por una isla de baja altura y cubierta de majestuosos árboles. El río era espacioso, invitador, pacífico, y volaban sobre él grandes bandadas de pájaros.
Y así, en medio de la bahía de Chesapeake, Pentaquod, el susquehannock que estaba harto de guerras, volvió su canoa, no hacia la turbulenta ribera occidental, como había pensado, sino a la más tranquila ribera oriental, y esa simple elección fue la que estableció toda la diferencia.

EL RÍO
Cuando Pentaquod enfiló hacia el río oriental, se encontró frente a la isla cubierta de árboles que había visto desde lejos, pues dominaba la entrada. Situada entre dos puntas de tierra, una que se extendía desde el Norte y la otra desde el Sur, servía de acogedor centinela y parecía proclamar: Todo el que entra en este río encuentra alegría.
La isla era baja, pero sus majestuosos árboles se alzaban a tal altura y tan desigualmente, que creaban una impresión de elevación. Robles, arces, ocozoles, castaños, abedules, altos pinos e iridiscentes acebos crecían tan tupidamente, que apenas si se veía la tierra, y fueron estos árboles los que protegieron a Pentaquod una vez que hubo llevado su canoa a tierra y se desplomara a consecuencia del hambre y el sueño.
Al despertar percibió una de las sensaciones más agradables de la Tierra: se hallaba tendido en un lecho de agujas de pino, suaves y aromáticas, y, al levantar la vista, pudo ver el cielo, pues los pinos crecían tan rectos y altos, que sus ramas formaba» un dosel que la luz del sol no podía atravesar. La protección que ella le dispensaba le dio confianza, y, antes de reanudar su sueño, murmuró:
–Es buen sitio este lugar de árboles.
Le despertó un sonido que, al principio, no pudo identificar. Era de resonancias bélicas y aterradoras, y le llegaba desde un punto situado directamente encima de él. Retumbaba ominosamente:
–¡Kraannk, kraannk, kraannk!
Atemorizado, se puso en pie de un salto, pero, mientras permanecía allí, bajo los altos árboles, dispuesto a defenderse, se echó a reír de su estupidez, pues, al escuchar de nuevo el grito, recordó dónde lo había oído. ¡Kraannk, kraannk!
Era Pescador Patilargo, uno de los pájaros más sociables de los ríos y marismas.
Se hallaba metido en el agua hasta la rodilla, alto, delgado, torpe de movimientos, de muchos palmos de altura, piernas extremadamente largas y arrugada cabeza blanca. Su rasgo más destacado era un largo y amarillento pico, que mantenía dirigido hacia el agua. En ocasiones, cuando Pentaquod era joven, este voraz pescador había visitado el Susquehanna para alimentarse, anadeando de puntillas entre los cañaverales, y Pentaquod había intentado muchas veces, mientras jugaba, imitar sus movimientos.
Ahora, Pentaquod permanecía en silencio, observando con afecto al ave, que caminaba lenta y torpemente por la fangosa orilla y se introducía en el agua hasta que sus huesudas rodillas quedaron sumergidas. Luego, con veloz movimiento de su cuello, tan rápido que Pentaquod no pudo seguirlo, hundió su agudo pico en el agua y cogió un pez. Levantando la cabeza, lanzó el pez al aire, cogiéndolo mientras caía. Lo engulló de golpe, y pentaquod pudo ver el recorrido del pez al pasar lentamente por el extendido gaznate. Permaneció un rato entre las sombras, observando cómo el ave cogía un pez tras otro. Debió de producir algún ruido, pues el ave se volvió súbitamente hacia él, dio unos cuantos desgarbados pasos por la orilla y, luego, se elevó en lento y grácil vuelo.
–¡Kraannk, kraannk! -gritó, al pasar sobre él.
Sabiendo que tendría allí comida de sobra, con sólo que pudiera cogerla, Pentaquod llevó tierra adentro su canoa, ocultándola entre los robles y los arces que se alineaban a lo largo de la costa, pues sabía que debía explorar rápidamente aquella isla. Y, al avanzar entre los árboles y llegar a un prado, oyó el reconfortante grito que tan familiar le resultaba de sus tiempos a orillas del gran río: ¡Bo-juit! ¡Bo-juit! Unas veces le llegaba desde la izquierda, otras desde un matorral situado a su derecha, y otras más desde un punto localizado casi bajo sus pies, pero siempre era tan claro y nítido como si tuviera al lado alguien que supiera silbar. ¡Bo-juit! Era la llamada de la codorniz, esa tímida ave de cabeza parda y blanca. De todas las aves, aquélla era la más sabrosa, y, si la isla contenía una multitud de ellas, Pentaquod no sólo podría sobrevivir alimentándose de pescado, sino también comer como un gran jefe con su codorniz.
Con suma precaución, echó a andar tierra adentro, observándolo todo, consciente de que su vida podría depender de lo cuidadosa que fuese su observación. A cada paso que daba, no encontraba sino motivos de tranquilidad y ni una sola señal de peligro: nogales cargados de frutos todavía no maduros; excrementos de conejos y señales de que allí vivían zorros, y el emplazamiento de espinosos matorrales de bayas, y los leñosos nidos de águilas, y la madreselva enroscándose entre las ramas más bajas de los cedros.
Era una isla rica en señales y promesas. En una isla como aquélla, un hombre con inteligencia podía vivir bien, si trabajaba muchas horas al día; pero, pese a sus favorables presagios, Pentaquod no estaba decidido aún a quedarse, pues aún no sabía si estaba poblada ni cuál sería su comportamiento en una tormenta.
Siguió explorando y comprobó que era más extensa de Este a Oeste que de Norte a Sur. Una profunda bahía que se abría por el Este llegaba casi a unirse con un río del Sur, con lo cual faltaba poco para que la isla quedara cortada en dos; la parte oriental de esta división era acusadamente más rica que la occidental. Caminó bajo majestuosos robles hasta llegar a la punta oriental, y allí se detuvo, atónito, pues doquiera que mirase, y en todo lo qué su vista podía abarcar, veía una gran extensión de agua cuyos contornos se quebraban en bahías, esteros, calas e, incluso, pequeños ríos. Y, a lo largo de las orillas de estas diversas aguas, se alzaban tierras de la más seductora naturaleza: unas veces, amplios prados; otras, suaves altozanos cubiertos de árboles más altos aún que los de la isla; y, por doquier, una impresión de abundancia, sosiego y placidez.
Era el lugar más agradable que había visto jamás. Consideraba que en una tormenta aquella dormida extensión de agua podría ser capaz de gran turbulencia, y tenía la certeza de que, antes de lograr poseer ninguna parte de aquella tierra de maravillas, tendría que luchar con sus actuales propietarios, que podrían ser tan pendencieros como los susquehannocks, pero de una cosa estaba absolutamente seguro: deseaba pasar el resto de su vida a orillas de aquel espléndido río.
No bien hubo llegado a esta decisión, cuando una especie de resoplido atrajo su atención, y se volvió para mirar tras de sí, entre los árboles, y vio allí una cierva de grandes ojos y dos cervatillos de moteada piel. Los tres animales se detuvieron, súbitamente rígidos, mirando a aquel intruso. Luego, la inquisitiva cierva irguió la cabeza, y este casi imperceptible movimiento liberó a los cervatillos, que empezaron a moverse cautelosamente en dirección a Pentaquod, débiles criaturas de inseguras patas explorando su nuevo mundo.
Cuando estaban ya bastante cerca de Pentaquod, su recelosa madre emitió una seca tos, y los pequeños saltaron de lado, corrieron en aturdidos círculos y, luego, se detuvieron. Viendo que no había ocurrido nada malo, volvieron a dirigirse hacia Pentaquod, levantando con deliciosa torpeza sus finas patas, escrutando con sus grandes ojos.
–¡Eh! – susurró Pentaquod.
Los cervatillos le miraron fijamente, y uno de ellos se acercó más.
–¡Eh!
El cervatillo que marchaba delante irguió la cabeza, esperó y, luego, reanudó su avance. Cuando llegó tan cerca que Pentaquod hubiera podido tocarle con la mano, la cierva, lanzó un resoplido de alarma, saltó a un lado, levantó su blanca cola y desapareció entre los árboles. Los cervatillos la imitaron, a excepción del que se encontraba más próximo a Pentaquod, que, bien por aturdimiento, bien por obstinación, no siguió a los demás. Simplemente, permaneció allí, mirando a aquel desconocido, y a los pocos momentos la madre regresó con una serie de estilizados saltos, pasó ante el inquisitivo cervatillo y le hizo seguir entre los árboles. ¡Peces, codornices y ciervos!, pensó Pentaquod. Y, si encuentro semillas, maíz, y probablemente, calabazas. Pavos también, si no me equivoco. Y, por lo visto hasta ahora, no mucha gente. Éste es el lugar indicado.
Regresó a su canoa, cogió varios peces para cenar, hizo una pequeña hoguera y, con un gran puñado de moras para aderezar el pescado ahumado, comió hasta hartarse. Durmió profundamente, pero poco antes de amanecer, oyó en lo alto el grito que asociaría siempre con su primera exploración del río:
–¡Kraannk! ¡Kraannk!
Era Pescador Patilargo que volvía para patrullar la orilla.
En los días siguientes, Pentaquod exploró todos los rincones de la isla y llegó a la conclusión de que, aunque tal vez otros la conocieran, ciertamente no la consideraban lo bastante buena como para instalar allí sus hogares, pues no pudo encontrar el menor indicio de que estuviera habitada. Y, por lo que pudo averiguar, ni siquiera los prados que aparecían a curiosos intervalos entre los árboles habían dado jamás maíz ni calabazas, y en ninguna de las puntas de tierra que se veían frente a la isla pudo advertir el menor indicio de casas ni de campos cultivados.
Esto no le inquietaba. Si existían río arriba tierras tan agradables como ésta, no habría razón para que la gente se estableciera cerca de la desembocadura; se estaría mucho más seguro tierra adentro. Las tormentas procedentes de la bahía llegarían con intensidad disminuida y se acortarían las distancias a través del agua. Quizá la tierra fuese más rica también, y podría haber otras ventajas que a él no se le ocurrían. Pero en un punto estaba satisfecho: la vida allí sería buena.
Abandonó por el momento sus especulaciones, aceptando el regalo que le había sido concedido. Se construyó un pequeño y bien oculto wigwam a cierta distancia de la costa Norte, utilizando ramas encorvadas para la estructura y abundantes hierbas para el techo. Le resultaba tan fácil coger peces, que no necesitaba ir tras ellos en su canoa; los grandes, moteados y de chatos hocicos, nadaban hacia él decididos a ser capturados, y, mientras que le había sido todavía imposible atrapar ninguna de las numerosas codornices, había matado un ciervo, que le proporcionaría alimento durante algún tiempo. Una tarde pasó un zorro cerca de él, y una mofeta tornó una noche olorosas todas las cosas.
A él le resultaba más bien agradable el olor de la mofeta, si no se acercaba demasiado. Le recordaba los bosques que había explorado de niño, las frescas noches de otoño y el calor del hogar en los días de invierno. Era el olor de la Naturaleza, intenso y penetrante; le daba constancia de que continuaba floreciendo la vida en toda su complejidad. Raras veces había visto una mofeta, y no vio ninguna ahora, pero le agradaba que compartieran la isla con él.
Fue su amigo Pescador Patilargo quien le introdujo a una de las más extrañas experiencias de la orilla oriental. El ave de azuladas plumas había llegado una tarde con su acostumbrado graznido y estaba ahora explorando las poco profundas aguas de la costa, indiferente al hombre a quien había acabado acostumbrándose. De pronto, hundió profundamente su pico en el agua y volvió a sacarlo con una cosa forcejeante que Pentaquod no había visto jamás.
Era más grande que la mano de un hombre, parecía tener numerosas patas que se retorcían a la débil luz del sol poniente, y su color era pardo verdoso. El ave se hallaba evidentemente complacida con su captura, pues la lanzó al aire, la partió en dos de un picotazo y engulló una mitad, dejando que la otra cayese al agua. La parte tragada era tan grande y con tantas patas salientes, que el ave necesitó tiempo y esfuerzo para hacerla pasar por el largo gaznate, pero, una vez conseguido, recuperó y comió la otra mitad. Después de semejante festín, no se molestó en coger más peces. Tras una corta carrera, se elevó en el aire, lanzó su plañidero graznido y desapareció.
Pentaquod se dirigió al lugar en que el ave se había dado su banquete, en busca de restos. No había ninguno. El ave se lo había comido todo. Al día siguiente fue allí con su caña de pescar, pero no cogió nada. Sin embargo, unos días después vio cómo Pescador Patilargo cogía otro de aquellos bocados, disfrutando más aún que la otra vez, y Pentaquod se aproximó cautelosamente para ver si lograba determinar qué era lo que el ave estaba comiendo, No descubrió nada que no hubiese visto antes: mayor que la mano de un hombre, muchas patas, color pardo verdoso, tan suave que podía ser partido fácilmente en dos.
Estaba decidido a resolver aquel misterio, y la primera pista se le presentó mientras caminaba un día a lo largo del litoral meridional de su isla: arrojada sobre la playa y evidentemente muerta, yacía una criatura muy semejante a las que había cogido el ave. Tenía el mismo tamaño y muchas patas, o lo que parecían patas; y era pardoverdosa, con tonalidades azules por debajo. Pero ahí cesaba la similitud, pues este animal muerto se hallaba encerrado en un caparazón tan duro, que ningún ave podría comerlo. Además, sus dos patas delanteras tenían unas formidables mandíbulas, con fuertes y mellados dientes que, si el animal estuviese vivo, podrían causar mucho daño.
¿Cómo podía el ave partir por la mitad aquel caparazón?, se preguntó Pentaquod, y, luego, se hizo una pregunta aún más desconcertante: ¿Y cómo podría tragarlo si lo hiciese? Dio unos golpecitos sobre la dura sustancia y comprendió que era imposible que el ave tragara aquello.
Durante diez días trató de pescar con su caña una de aquellas extrañas criaturas, sin conseguirlo, y, sin embargo, en dos ocasiones a lo largo de ese período vio a Pescador Patilargo coger una, cortarla, por la mitad y engullirla por su largo cuello. Lleno de frustración, comprendió que era aquél un misterio que no podía resolver.
Sin embargo, descubrió dos circunstancias acerca de la isla, que le inquietaron. Cuando más exploraba las profundas hendiduras que casi dividían la isla en dos, más comprendía que los dos brazos tenían que encontrarse algún día, cortando la isla por la mitad, y, si esto podía ocurrir, ¿por qué no podían surgir otras hendiduras que la fragmentasen más?
Su segundo descubrimiento fue consecuencia de una súbita y devastadora tormenta. Comenzaba ya a declinar el verano, y la vida en la isla había sido cada vez más feliz; realmente, aquél era un lugar casi ideal en el que vivir, y suponía que más tarde, cuando hubiera viajado río arriba para establecer contacto con las tribus que ocupasen la zona, pasaría a convertirse en miembro de su unidad. Pero, por el momento, se hallaba contento con su paraíso solitario.
Había sido un día caluroso, con aire pesado y húmedo, y, al caer la tarde, se formó una masa de densas nubes hacia el Sudoeste, en el lado opuesto de la bahía. Con una rapidez que nunca había visto en el Norte, esta masa de negrura empezó a precipitarse hacia el Este, y, aunque el sol continuaba brillando sobre la cabeza de Pentaquod, era evidente que no tardaría en estallar una tormenta.
El sol brillaba todavía; aún permanecía despejado el cielo. Los ciervos se adentraron en el bosque, y los pájaros de la costa se retiraron a sus nidos, aunque la única señal de peligro era el galopante banco de nubes que se aproximaba a la bahía.
Pentaquod contempló su llegada. Cayó con enorme furia sobre la distante costa occidental, convirtiendo lo que habían sido plácidas aguas en turbulentas y encrespadas olas que lanzaban al aire su blanca espuma. Las nubes se movían con tanta rapidez, que sólo necesitaron unos momentos para cruzar la bahía, en un avance marcado por las violentas olas.
Con la tormenta llegó un enorme aguacero, que caía en oblicuas sábanas con dirección Este. Bastaron unos instantes para que cubriera la última parte de la bahía, y entonces, la tormenta cayó sobre Pentaquod, con una furia que nunca había conocido. Zigzagueantes relámpagos surcaban el cielo, seguidos casi al instante por retumbantes truenos; no había eco, pues el mundo estaba ahogado en lluvia. Vientos de extraordinaria fuerza barrían la superficie de la bahía, levantando violentas e impresionantes olas.
Pero Pentaquod no tenía miedo a la tormenta, y a la mañana siguiente, cuando hubo pasado y contempló su isla, no le parecieron excesivos los daños causados. Ya antes había visto tormentas bastante violentas que se desplomaban sobre el valle en que estaba su hogar, y, aunque ésta había sido más rápida y más estruendosa, se trataba, simplemente, de una exageración de lo ya conocido. Los árboles derribados eran mayores que ninguno de los que había visto caer en el Norte, y eso era todo. Si las tormentas de la isla no eran peores que aquélla, podría resistirlas. ¿Qué fue entonces lo que le inquietó, haciéndole dudar de la conveniencia de quedarse allí? Después de su rápida inspección de la isla, y después de haber comprobado que su canoa amarilla había sobrevivido, se comportó como cualquier prudente padre de familia y empezó a pasar revista a la situación general, deseando ver si algún animal había resultado muerto, o se habían desviado los cursos de los arroyos, y, al llegar a un punto situado en la extremidad noroccidental de la isla, advirtió que la tormenta, y, más especialmente, las violentas olas, se habían llevado una sustancial parte de la costa. Altos pinos y robles que habían señalado aquel punto, habían sido arrancados y yacían ahora sobre las aguas, unos junto a otros, como los cadáveres de los guerreros después de unabatalla.
Adondequiera que iba a lo largo de la costa occidental, veía esta misma pérdida de tierra. La tragedia de la tormenta no era que hubiese derribado unos cuantos árboles, pues volverían a crecer más; ni que hubiera matado a varios peces, pues otros nacerían más tarde, sino el que se había llevado una parte importante de la isla, y esto era una pérdida permanente. Contemplando la destrucción, Pentaquod decidió abandonar aquella isla, no obstante su atractivo, e internarse tierra adentro.
En consecuencia, cruzó el ahora tranquilo río, remando hasta llegar hasta la base de un alto acantilado que le había atraído desde el primer día que vio el río. Se hallaba situado al este de la isla y formaba un promontorio rodeado de profundas aguas al Oeste y al Norte. Protegía la entrada a un pequeño riachuelo, pero era la escarpada cara meridional lo que le daba su dignidad al acantilado; más alto que cinco hombres y coronado de robles y algarrobos, su arenosa composición era tan luminosa que brillaba a gran distancia, formando un faro al borde del río. Al verlo, Pentaquod sospechó que también podría desplomarse por la acción de las olas; pero cuando acercó la canoa hasta su base, se sintió complacido al ver que no había sido afectado por la reciente tormenta; juzgó que no se hallaba nunca en peligro debido a que su situación le mantenía al margen de las erosivas corrientes.
No había forma de desembarcar en la base del acantilado: ¿adónde iba uno a amarrar una canoa o a ocultarla? ¿Cómo iba uno a subir a la plataforma superior? Junto al extremo oriental del acantilado había tierra baja, y parecía sumamente acogedora, pero estaba descubierta, sin protección, y Pentaquod la rehuyó. Remando por el pequeño estero, inspeccionó la impresionante ladera de la cara Norte y la rechazó también, pero a cierta distancia estero arriba encontró tierra baja, segura y boscosa, con una docena de buenos fondeaderos. Eligiendo uno, empujó la canoa tierra adentro, la ocultó en un bosquecillo de arces y empezó la difícil ascensión a la cumbre del promontorio.
Descubrió un lugar memorable: una pequeña extensión de tierra lisa despejada junto al borde del acantilado, que rodeaban altos y majestuosos robles y pinos. La vista se tendía anchurosamente en todas direcciones, salvo hacia el Este, y sus ojos saltaban de una espectacular panorámica a otra: al Norte, un desconcertante laberinto de promontorios y bahías, cada uno de los cuales constituía su propia ejemplificarían de la belleza; al Sur, una nueva definición de vasta soledad, pues allí se encontraban las marismas, refugio de innumerables aves y peces y pequeños animales terrestres; la vista más majestuosa se extendía hacía el Oeste, donde la isla relumbraba al sol sobre el fondo de las azules aguas de la bahía. Desde aquel promontorio, Pentaquod podía divisar al otro lado de la bahía las misteriosas tierras en que gobernaban los potomacs, pero si miraba hacia abajo veía por todos lados su río, pacífico y tranquilizador.
En aquel promontorio, reflexionando sobre qué pasos le aconsejaba dar la prudencia, pasó Pentaquod algunas de las semanas más tranquilas de su vida. Había desaparecido la soledad de los primeros días de su huida, y se sentía satisfecho de su decisión de separarse de los susquehannocks. La amplitud de los espacios que le rodeaban acabó contagiándole, y empezó a pensar más despacio, menos frenéticamente. Se desvaneció el temor natural a no poder sobrevivir en un mundo extraño, y descubrió en sí mismo un valor mucho más profundo que el que se necesitaba para huir río abajo y pasando ante poblados desconocidos; éste era un valor maduro, capaz de sostenerle en una confrontación con el mundo entero. A veces se sentaba al pie del roble bajo cuya protección había construido su pequeño wigwam, y contemplaba su universo: los fascinantes brazos de agua al Norte, las vastas marismas al Sur, la costa occidental de la bahía, por donde se paseaban las tribus guerreras, y pensaba: Ésta es la tierra favorecida. Esto es la riqueza.
Una mañana, mientras trabajaba en su canoa junto al estero, oyó un sonido que le hizo contener el aliento de pura alegría.
–¡Kraannk, kraannk!
Era uno de los sonidos más feos de la Naturaleza, tan torpe y desmañado como la criatura que lo profería, mas para Pentaquod significaba el regreso de un amigo, y se precipitó hacia el borde del agua para dar la bienvenida a Pescador Patilargo, mientras el desgalichado pájaro se posaba ruidosamente en tierra, levantando un surtidor de barro y agua al hincar las patas para detenerse.
–¡Pájaro! ¡Pájaro! – llamó alegremente cuando el pescador tomó tierra.
Su grito sobresaltó al ave, que corrió unos pasos más y remontó de nuevo el vuelo, batiendo sus enormes alas azules y elevándose lenta y majestuosamente en el cielo.
–¡Vuelve! – rogó Pentaquod, pero ya se había ido.
Permaneció junto al estero todo el día, irritado consigo mismo por haber asustado al pájaro, y, al anochecer, se vio recompensado por una nueva emisión de aquel agradable y ronco grito.
–¡Kraannk, kraannk! -gritaba la patilarga criatura al descender nuevamente sobre su coto de pesca.
Esta vez, Pentaquod no habló, y se mantuvo completamente inmóvil para que el ave no reparase en su presencia. Al cabo de un rato, el pájaro llegó, explorando, hasta las proximidades de donde él se encontraba.
De pronto, el ave levantó la vista, le vio y, al mismo tiempo, vio en las aguas el bocado más exquisito de la bahía. Con rápido movimiento de su piso, zambulló la cabeza, la lanzó al aire y, luego, la partió en dos.
–¿Qué está comiendo el pájaro? – exclamó malhumoradamente Pentaquod, mientras veía desaparecer por su gaznate una de las mitades, con sus múltiples patas.
Sin hacer caso del hombre, el ave hundió la cabeza en el agua para recuperar la segunda mitad y se la echó también por la larga garganta. Pentaquod pudo ver el avance de la misteriosa comida, engullida con tal fruición, y decidió coger también él uno de aquellos peces.
Desgraciadamente, no tenía ni idea de lo que intentaba capturar, así que no consiguió nada. Sin embargo, encontró, decenas de árboles con nueces maduras y nuevas clases de bayas, y distintos suculentos peces, y guaridas de ciervos, que parecían abundar tanto que ningún hombre pasaría jamás hambre.
Pero ahora, a medida que se aproximaba el otoño y surgía de vez en cuando un día fresco en presagio de lo que sería el invierno, empezó a considerar seriamente la cuestión de establecer contacto con las tribus que habitasen aquella región. Lo único que sabía de ellas eran las leyendas de su juventud: Más abajo, al final de nuestro río, hay un río más grande, mucho más grande. Al Oeste están los potomacs, poderosos en la batalla, pero al Este no hay nadie importante.
Si viven en ríos como éste, pensó Pentaquod, son importantes. Luego reflexionó sobre lo que esto significaba; ciertamente, no tenían ninguna importancia para los susquehannocks, pues no poseían ni objetos que codiciar ni canoas de guerra que temer. Sin duda, los potomacs, que poseían ambas cosas, abrigaban la misma opinión sobre los habitantes de la parte oriental. Pero, ¿qué pensaban éstos de sí mismos? ¿Qué pensaba de sí mismo Pentaquod, viviendo plácidamente como uno de ellos? «Se está mucho mejor aquí.»
Tenía ya la convicción de que otras tribus vivían en algún lugar a lo largo de aquel pródigo río, y parecía obligado encontrarlas antes de que llegase el invierno, así que, no de muy buena gana, decidió abandonar su satisfactorio hogar del acantilado y dirigirse hacia el lugar en que debían de ocultarse sus futuros compañeros. En consecuencia, remendó los desperfectos que presentaba su canoa, la arrastró hasta el estero, subió a ella y empezó a remar hacia el Este, hasta llegar a una gran marisma, cuyas altas hierbas se elevaban uniformemente unos quince palmos por encima del agua.
Al ruido de su remo, elevaron el vuelo centenares de pájaros y estimó que también los peces debían de ser abundantes. Mientras avanzaba por ella, vio que la marisma era un lugar cálido, húmedo, suavemente oscilante, que se extendía ilimitadamente y en el que bullían nuevas formas de vida. Cuando hubo atravesado una larga sección, descubrió, para su satisfacción, que un pequeño y bien escondido estero conducía al centro de los cañaverales: un excelente lugar para encontrar protección. Y, cuando hubo penetrado en la errática ensenada, invisible desde el cuerpo principal del río, descubrió que su orilla Norte se componía de tierra firme de excelente calidad cubierta de bosque.
Un wigwam estaría allí protegido por la marisma, y cuando lo construyó experimentó una sensación de seguridad que no había conocido antes: «Aunque no encuentre ningún otro, puedo vivir aquí.»
Pero la tercera noche, cuando se estaba felicitando por su buena suerte mientras la hoguera ardía ante él con pequeñas llamas, oyó un zumbido, y, recordando su niñez, comprendió que los mosquitos se habían instalado sobre él. Pero jamás había experimentado nada parecido: llegaban en prietas falanges y atacaban con el vigor de perros de caza. Uno de ellos solamente podría causar más estragos que veinte de los que frecuentaban el Susquehanna, y le hacían casi enloquecer con sus incesantes embestidas. De hecho, picaban tan furiosamente que tuvo que sumergirse en el estero para ahogarlos; pero cuando salió, sus hermanos le estaban esperando.
Al amanecer, cuando contempló sus acribillados brazos y sintió las picaduras en la cara, se preguntó si podría quedarse en semejante sitio; pero, en noches posteriores, descubrió que, sí mantenía encendida una humeante hoguera y cerraba todas las aberturas de su wigwam, y se untaba la cara con grasa rancia de pez, y ocultaba cada centímetro de su cuerpo bajo tela o hierbas, podía sobrevivir. No era agradable, y sudaba como un animal, pero sobrevivía, y se le ocurrió que, cuando el Gran Poder, Manitú, terminó de disponer aquel río, perfecto en todos sus detalles, había añadido el mosquito para recordar al hombre que ningún paraíso es gratuito: están siempre los mosquitos. Y mayores que aquéllos no podían existir.
Pescaba y cazaba durante el día, fijándose en dónde estaban el castor y el oso; exploró también algún trecho tierra adentro, buscando alguna señal de ocupación humana, pero no encontró ninguna. Pescadores Patilargos venían a visitarle casi diariamente, y pequeñas garzas verdes, y brillantes cardenales, y martines pescadores desde sus fangosos nidos, y centenares de codornices que hacían resonar las tardes otoñales con sus silbantes gritos. Éste era un mundo mucho más compacto que el de la isla o el del acantilado; su horizonte se limitaba a la distancia de un tiro de piedra, pero era acogedor y seguro, y una tarde Pentaquod decidió: «Si debo vivir solo, esto no será tan malo…, especialmente cuando el frío ahuyente a los mosquitos.»
Y una mañana, mientras se hallaba todavía tendido en su lecho de agujas de pino, oyó una alborotada cacofonía, un sordo rumor que parecía sacudir la tierra, aunque procedía del cielo, y se precipitó afuera para ver, descendiendo hacia su marisma, una verdadera nube de enormes pájaros, todos ellos gritando con sonoras voces: ¡Onk-or, onk-or! Y, en el mismo instante en que vio a los gansos, los abarcó en su totalidad: cabeza y cuello negrísimos, sotabarba blanca, bello cuerpo amarillento con la parte superior parda, cola negra, roncos, amables, gordos y gritándose constantemente unos a otros: ¡Onk-or!
Había esperado que aquellos poderosos pájaros se posaran en sus aguas, pero pasaron de largo, discutiendo ruidosamente, luego llegaron más, y más; eran tantos, que no tenía ningún sistema numérico para contarlos. Pero, al fin, un grupo especialmente ruidoso de unos setenta describió un círculo en el aire, voló a baja altura sobre su cabeza y aterrizó con estruendoso chapoteo en su marisma o con rechinantes patas en su tierra. De cerca parecían demasiado grandes para llamarlos pájaros; semejaban más bien oseznos voladores cargados de carne comestible.
La llegada de aquel abundante alimento era tan misteriosa que le daba miedo. De niño había visto cómo los patos se detenían junto al Susquehannock; permanecían sólo unos días antes de reanudar el vuelo, y él suponía que aquellas enormes criaturas harían lo mismo. Cada mañana esperaba que se marchasen, y cada noche permanecían allí, forrajeando en los campos y marismas a lo largo del río, gritando siempre: ¡Onk-or! Cada ocho o nueve días atrapaba uno y se atiborraba de la sabrosa carne, temiendo que aquél fuera su último festín, pero los grandes pájaros siempre se quedaban.
Estuvieron con él durante todo el otoño; algunos días, cuando emprendían el vuelo al amanecer para alimentarse en nuevos campos, sus alas oscurecían el cielo y sus graznidos resultaban ensordecedores. Una vez, al borde de la marisma, Pentaquod trató de calcular el espesor de la nube cuando los pájaros volaban sobre él, y supuso que en cada punto volaban hasta trescientos de ellos juntos…, uno sobre otro hasta ocultar el Sol.
Y por la tarde, a su regreso, los pájaros se congregaban en la orilla Norte del río, para que el Sol, moviéndose por el cielo meridional, pudiera calentarles, y las fangosas orillas se tornaban negras de pájaros desde la costa hasta el lugar en que comenzaban los árboles. Pentaquod trató otra vez de contar cuántas filas de pájaros se alineaban en la playa en un punto dado: empezando en el borde del agua, habría más de cincuenta, uno tras otro, hasta los primeros árboles.
Era una riqueza que no podía comprender. Aquellos grandes y ruidosos pájaros eran infinitos. Al principio pensó que debía matar varios, ahumar su carne y alimentarse con ellos durante el invierno. Pero, ¿y si los pájaros permanecían allí, en la playa, en filas interminables, esperando ser capturados? No habría necesidad de conservar su carne. Bastaría simplemente capturarlos uno a uno, según los fuera necesitando.
Y los pájaros se quedaban, constituyendo uno de los excelentes recursos alimenticios que la gran bahía proporcionaba, pues, juntamente con los pájaros mayores, llegaba una desconcertante variedad de patos más pequeños, de la clase que Pentaquod había visto una o dos veces, en pequeñas cantidades, a orillas de su río natal. Aquí llegaban en oleadas, tímidas y pequeñas criaturas increíblemente sabrosas cuando eran capturadas y guisadas.
Una vez, cuando muchos pájaros grandes y pequeños se posaron en los bordes de su marisma, Pentaquod se sentó cubriéndose la cara con las manos en oración. Los pájaros, disponiéndose a dormir, parloteaban ruidosamente, y él escuchaba los sonidos como si fueran una dulce música: «Gran Poder, gracias por enviarlos para alimentarnos durante el invierno…»
Y no bien hubo pronunciado el plural alimentarnos comprendió lo solo y desposeído que se encontraba. Y a la mañana siguiente decidió abandonar aquel refugio entre las marismas y encontrar a las gentes que tenían que vivir en algún lugar a lo largo de aquel afortunado río.
Había recorrido sólo una pequeña distancia hacia el Este, cuando divisó una pequeña bahía que se abría en la playa septentrional. Parecía como si pudiera ocultar un poblado, aunque resultaba desconcertante pensar cómo podría haber existido uno tan cerca sin que él se diera cuenta; cuando exploró la bahía, vio que se abría en varios brazos más pequeños, y al fondo de uno de ellos encontró lo que había estado buscando: los restos de un poblado.
Había varias estacas clavadas verticalmente en la playa, a las que en otro tiempo se habían amarrado canoas; se veían también plataformas que habían sustentado en otro tiempo wigwams de bastante tamaño. La parte próxima al agua había sido explanada, así como dos campos del fondo, y mientras exploraba cautelosamente la zona, sin salir de la canoa, vio que a lo largo de los bordes de la bahía se veían otras señales de ocupación. Volviendo al primer lugar, embarrancó la canoa, la ató a una de las estacas y saltó a tierra.
Permaneció allí muchos días, contento de ver que los grandes y ruidosos gansos acudían por la noche a la bahía, y en ese tiempo pudo explorar una parte suficiente de la comarca que se extendía al este del abandonado poblado como para comprender que, por fin, había llegado a la porción habitada del río. Ignoraba dónde se encontraba ahora la gente, pero según todos los indicios debían de haber estado allí hacía muy poco y haberse marchado por su propia voluntad. No había señales de batalla, y, habida cuenta de las posibilidades alimenticias que la región ofrecía, no era imaginable que se hubieran ido impulsados por el hambre. En realidad, no podía saber, mientras permanecía en el abandonado poblado, que aunque ya había descubierto el ciervo y la abundante pesca, y ahora las grandes aves, aún no había encontrado las dos fuentes de abastecimiento por las que aquella región se haría famosa.
El aparente abandono resultaba tanto más desconcertante cuanto que, al inspeccionar atentamente el lugar, Pentaquod quedó convencido de su habitabilidad. Tenía agua dulce, protección, una adecuada relación con el río, abundancia de altos árboles y unas tierras circundantes apropiadas para la práctica de la caza o el cultivo de maíz. Sin embargo, había un algo ominoso que no sabía explicar, y al final razonó que quizás aquello representara la siniestra fuerza que había causado la evacuación.
Pero, ¿qué era? Un montón, grande en su base y casi tan alto como un hombre, de una clase de conchas que no había visto nunca: algo más pequeñas que una mano y mucho más delgadas, compuestas de una dura sustancia gris por fuera y deslumbrantemente blancas por dentro. Carecían de olor y poseían una solidez que le desconcertaba y un afilado borde. Esto le indujo a pensar que quizás el montón estaba destinado a ser utilizado en la guerra; las conchas podrían tirarse contra el enemigo; pero cuando intentó tirarlas contra un árbol, los bordes resultaron tan afilados, que se cortó el dedo índice, y concluyó que aquel montón de conchas era un misterio más del nuevo río.
Y entonces, una tarde, mientras permanecía sentado ociosamente en el abandonado poblado, oyó un apagado pero persistente ruido procedente del Este, y pensó al principio que se trataría de algún animal; pero era tan variado y decidido, que comprendió que debía de estar relacionado con personas: un grupo de guerreros victoriosos y negligentes.
Pero luego el ruido aumentó en intensidad, con sonidos que sólo podían ser producidos por niños, y murmuró con incredulidad:
–No puede ser un poblado entero… haciendo semejante ruido mientras se acerca a un sitio peligroso.
Una banda de susquehannocks cruzando el bosque habría producido tan poco ruido que ni los más atentos vigías enemigos les habrían oído. Era inimaginable un comportamiento tan ruidoso como aquél.
Estaba tan desconcertado, que se adelantó para interceptar a los desconocidos, corriendo de un árbol a otro, como se le había enseñado a hacer. Cuando llegó a un lugar desde el que podía vigilar sin peligro y a un mismo tiempo el bosque y el río, se detuvo a esperar, mientras aumentaban los ruidos.
Y entonces vio algo que era más extraño aún que el sonido. Por el sendero, indiferentes al posible peligro, llegaban los despreocupados y alegres habitantes del desierto poblado. Las mujeres caminaban rezagadas, los niños gritaban roncamente, y todos eran conducidos por un anciano de blancos cabellos que llevaba sobre el pecho un disco de cobre bruñido que significaba que él era el werowance. Nunca había visto Pentaquod una tribu tan mezquinamente dirigida, tan patéticamente disciplinada. Ni tampoco había visto nunca personas tan pequeñas.
–¡Son todos niños! – murmuró-. ¡No pueden ser personas mayores!
Pero lo eran, y este descubrimiento determinó lo que iba a hacer, si bien la audacia de su propia decisión le alarmó. Cuando la retozona tribu estuvo casi encima de él, saltó atrevidamente al sendero, levantando la mano derecha. El viejo werowance se detuvo; los que venían detrás continuaron avanzando; varios niños gritaron; y los guerreros no sabían qué hacer. En la confusión, Pentaquod exclamó con voz fuerte:
–¡Soy Pentaquod, el susquehannock!
El werowance no oía bien, y lo poco que llegó hasta él no lo entendió. Volviéndose hacia los que iban tras él, preguntó qué había dicho el impresionante desconocido, pero tampoco ellos le habían entendido.
–¿Dónde está Barbacortada? – preguntó el tembloroso werowance.
Cuando fue localizado el demacrado guerrero, cuya barbilla había sido hendida años antes por el tomahawk de un susquehannock, los demás le empujaron hacia delante, y preguntó, en la lengua que había usado Pentaquod:
–¿Eres un susquehannock?
Pentaquod asintió, y el intérprete se lo comunicó al werowance, quien dijo:
–Pregúntale si viene en son de guerra.
–¿Vienes buscando guerra?
–No.
Un audible suspiro de alivio brotó de todo el grupo, pero el werowance frunció el ceño y dijo:
–Dile que no tenemos nada que vender.
Cuando le fueron traducidas estas palabras, Pentaquod respondió:
–Yo tampoco.
Brotó de nuevo el suspiro de alivio, tras lo cual el werowance preguntó, con cierta perplejidad:
–Entonces, ¿por qué está aquí?
Y cuando esto fue traducido a la lengua susquehannock, Pentaquod respondió, simplemente:
–Soy un fugitivo. Vengo buscando refugio.
Cuando esta sorprendente información fue hecha circular entre los presentes, todos prorrumpieron en murmullos de compasión y dijeron que quizá quisiera quedarse con ellos, pues necesitaban hombres, y él era más corpulento que ninguno que hubieran conocido. Explicaron volublemente que una o dos veces en cada generación bandas de susquehannocks, altos como él, se habían dirigido hacia aquel río, siempre para saquear o tomar esclavos. Barbacortada había sido capturado durante una de esas incursiones y había permanecido siete años viviendo con las tribus del Norte, aventura de la que continuamente estaba hablando, y ahora se le encomendó la misión de acompañar al recién llegado, mientras la tribu regresaba a su poblado a orillas del río para pasar el invierno.
–Sí, es nuestro -afirmó-. Lo llamamos Patamoke. Estoy seguro de que el nombre significa algo, pero he olvidado de qué se trata. Sí, todos los veranos nos vamos a vivir en los bosques, junto a la gran agua.
–La gran agua está por allí -corrigió Pentaquod, señalando hacia la bahía.
–Allí hay otra más grande -explicó Barbacortada, señalando hacia el Este.
Pentaquod no dio crédito a tal información, pero juzgó preferible no discutir con el excitable hombrecillo.
Pentaquod les llevó hasta el tosco wigwam que había construido, y los niños del grupo corrieron hacia él, utilizándolo como parte de un juego y riéndose de la inadecuada forma en que los costados encajaban en el techo. Varias de las mujeres se congregaron también allí, burlándose de la forma en que estaba construido, sin darse cuenta de la grosería de su comportamiento, y cuando Pentaquod se acercó para proteger sus pertenencias de los posibles desmanes de los niños, las mujeres se pusieron de su parte y ordenaron a los chiquillos que dejaran en paz las cosas del extranjero. Luego dirigieron una sonrisa al hombre mientras les brillaban los ojos.
Los pobladores se entretuvieron brevemente, pues el werowance les habló ahora con tono suave, y a continuación cambió bruscamente el talante de la abigarrada muchedumbre y se dirigieron todos a su poblado. Los guerreros fueron a los bosques y empezaron a cortar árboles, mientras las mujeres y los niños se dedicaban a alisar las plataformas de piedra en que serían construidos los alojamientos de invierno. Cuando esto quedó ultimado, la tribu entera se acercó a la orilla del agua y empezó a recoger las hierbas con que se tejerían los costados de los wigwams. Pentaquod se sintió impresionado por la metódica forma de trabajar que tenía la tribu; parecían mucho mejores constructores que los susquehannocks.
Una vez concluidas las tareas preliminares y depositados en lugares estratégicos los distintos materiales, a fin de que pudiera proseguir la construcción al día siguiente, se dispusieron a descansar, y ello deparó a Pentaquod la oportunidad de charlar más detalladamente con Barbacortada, quien le habló de su larga cautividad entre los susquehannocks, y lo mucho que admiraba a aquella tribu guerrera, y cómo se habían burlado de él las mujeres susquehannocks por ser tan bajo y delgado.
–¿Cómo se llama tu tribu? – preguntó Pentaquod.
–Somos una pequeña parte de los nanticokes. Los grandes werowances viven al Sur. Nosotros sólo tenemos un werowance de segunda fila, como has visto.
–¿Tienes tú un nombre?
Barbacortada se encogió de hombros, como si el misterio de los nombres estuviese reservado a los chamanes o a los que pronunciaban ensalmos. Sin embargo, ofreció la información de que, con frecuencia, los poderosos nanticokes del Sur invadían el poblado para robar lo que sus habitantes hubiesen adquirido.
–¿Son tan valientes?
–La mayoría de ellos no.
–¿Les hacéis frente? ¿En batalla?
Barbacortada se echó a reír.
–Nosotros no somos susquehannocks. Cuando los nanticokes vienen, huimos a los bosques. Dejamos en el poblado lo suficiente para que no quieran perseguirnos, y cuando se han Llevado lo que quieren, se marchan y nosotros volvemos.
Semejante comportamiento era tan extraordinario, que Pentaquod no supo qué decir. Empezó a tamborilear con los dedos de una mano en los de la otra y, mientras lo hacía, divisó el montón de blancas conchas.
–¿No usáis eso contra los nanticokes?
–¿Qué?
–Esas…, bueno, esas conchas.
–¡Eso!
Barbacortada miró las conchas y, luego, soltó la carcajada. Llamó a un grupo de compañeros y compartió con ellos el regocijo.
–¡Cree que se las tiramos a los nanticokes!
Los que le escuchaban se echaron a reír, y varios de los niños empezaron a lanzar las blancas conchas de modo que rebotaran sobre el agua.
Pentaquod, sin mostrarse ofendido, preguntó:
–¿Qué son?
–¿No lo sabes? – preguntó Barbacortada, estupefacto.
Cogió una concha de manos de uno de los niños, se la llevó a la altura del pecho e imitó los gestos de un hombre comiéndola; luego, una de las mujeres corrió a la orilla, se zambulló en las frías aguas y reapareció al cabo de unos momentos sosteniendo en una mano un goteante objeto formado por dos de aquellas conchas unidas.
Corrió hacia Pentaquod, con el pelo chorreándole sobre los hombros y extendió las dos manos, ofreciéndole el objeto extraído del río. Él lo cogió y quedó impresionado por su aspereza y su peso.
–¿Qué es? – preguntó a Barbacortada.
–¡No sabe lo que es! – exclamó el intérprete, complacido con su recién adquirida importancia al ser el único del poblado que podía hablar con el susquehannock.
–¡No sabe lo que es! – repitieron alegremente los niños, y todos se quedaron mirando cómo forcejeaba el hombre alto del Norte con las unidas conchas.
Finalmente, la joven que le había llevado el presente se lo volvió a coger, tomó un palo afilado y separó hábilmente las conchas. Tiró una de ellas y entregó gravemente la otra a Pentaquod, indicándole que debía comer.
Acostumbrado al venado, el conejo y el pescado, Pentaquod miró el extraño objeto que tenía en la mano. Le era imposible relacionarlo en absoluto con la comida, tal como él la conocía: era acuoso y resbaladizo, no tenía huesos y no había forma de hincarle el diente.
La muchacha resolvió su problema. Cogiendo la concha de su nerviosa mano, la llevó hasta los labios de Pentaquod y, con un delicado movimiento de los dedos, le echó en la boca el contenido de la concha. Pentaquod percibió por un instante un exquisito sabor salado y una agradable sensación. Luego, el alimento, cualquier cosa que fuese, desapareció, dejando en su rostro una expresión de extremo aturdimiento. Con desenfadado gesto, la muchacha arrojó la vacía concha al montón.
–Lo llamamos kawshek -explicó Barbacortada-. Hay en el río más de las que podrías contar. Durante todo el invierno nos alimentamos de kawshek.
Pentaquod reflexionó en lo que acababa de oír: además de la abundancia de alimentos que había descubierto por sí mismo, existía aquella provisión adicional, oculta en el río. Era inconcebible, y, mientras permanecía perplejo, tratando de descifrar el misterio de las ostras, pensó en su amigo Pescador Patilargo, y preguntó a Barbacortada:
–¿Qué es lo que coge en el fondo, parte en dos y traga con tanta dificultad?
–Un pez.
–Yo conozco los peces. Eso no es ningún pez. Tiene la forma de una mano, y muchas patas.
Tan pronto como Pentaquod pronunció estas palabras, una benévola sonrisa se extendió por el rostro de su intérprete, que no dijo nada. Evidentemente, estaba recordando momentos de pasada felicidad, después de lo cual llamó a la muchacha que había cogido las ostras.
–Tampoco conoce los cangrejos -murmuró.
La muchacha sonrió y, con la mano derecha, imitó los movimientos de un cangrejo retorciendo sus numerosas patas. Luego se dibujó en su semblante una expresión de compasión; no conocer las ostras resultaba divertido, pero ignorat la existencia de los cangrejos era patético.
–¿Qué son cangrejos? – preguntó Pentaquod.
Y Barbacortada respondió:
–Cuando Manitú, el Gran Poder, terminó de poblar el río con todo lo que nuestro poblado necesitaba, pinos para hacer canoas, ciervos para alimentarnos en verano, gansos y ostras para el invierno, vio que nos sentíamos agradecidos y bien dispuestos. Así, pues, en Su gracia, creó una cosa más como prueba de su interés hacia nosotros. Hizo el cangrejo y lo ocultó en nuestras saladas aguas.
Las mujeres del grupo preguntaron qué había dicho y luego le urgieron a que añadiera detalles que les interesaban:
–Un cangrejo proporciona poco alimento, ya que no es fácil de comer. Pero lo poco que ofrece es el mejor alimento que hay bajo la capa del cielo. Para comer cangrejo hay que trabajar, y eso hace apreciarlo más. Es la bendición, la conmemoración. Y ningún hombre ni mujer ha comido jamás suficiente.
Pentaquod escuchaba con creciente respeto mientras Barbacortada le informaba acerca de aquel manjar, y, cuando la disertación hubo terminado, preguntó con tono indeciso:
–¿Podría probar uno?
–Sólo vienen en verano.
–¿No guardáis algunos en conserva?
La pregunta, una vez traducida, provocó risas, que finalizaron cuando la muchacha se adelantó para indicar que la carne del cangrejo era tan delicada que había que comerla inmediatamente; sus finos dedos danzaban al representarlo mímicamente.
Pentaquod se sumió de nuevo en sus reflexiones, confuso por aquel bombardeo de extraña información.
–Pero si el cangrejo tiene el caparazón duro que encontré en la isla…
Vaciló, mientras la muchacha asentía con la cabe2a y se golpeaba los nudillos para demostrar lo duro que era.
–¡Aja! – exclamó Pentaquod, agarrándola por la muñeca-. Si el caparazón es tan duro, ¿por qué Pescador Patilargo puede partirlo por la mitad con su pico?
Cuando Barbacortada explicó que el susquehannock utilizaba ese nombre para designar a la gran garza azul y que se refería a la manera en que la garza cogía cangrejos, los arrojaba al aire y los partía por la mitad, la expresión de la muchacha se tornó más compasiva aún.
–Es el cangrejo blando -explicó.
–¿Qué?
–En verano atrapamos cangrejos que no tienen caparazón…
Esto era totalmente incomprensible, y Pentaquod meneó la cabeza, pero la muchacha continuó:
–No tienen caparazón, los asamos sobre el fuego, y son los mejores.
Pentaquod no entendía absolutamente nada, y se disponía a dejar de lado el asunto, cuando un niño de unos nueve veranos se situó junto a la muchacha y, llevándose repetidamente la mano a la boca en una serie de rápidos gestos, indicó que él mismo podía comerse cuatro o cinco de los cangrejos sin caparazón. Esto parecía absurdo, y Pentaquod se dio la vuelta, pero el audaz chiquillo le estiró del brazo y repitió la pantomima: podía realmente comerse cinco cangrejos blandos.
Cuando el grupo se dispersó para preparar desvencijados aposentos en que pasar la noche, Pentaquod se apartó de la playa para dirigirse a su propio wigwam; pero, antes de quedarse dormido, vio a Barbacortada de pie en el tosco umbral.
–Quédate con nosotros -dijo el hombrecillo.
Pentaquod no respondió.
–El werowance es ya viejo, y triste.
Ningún comentario.
–La muchacha que te ha dado las ostras es su nieta, y él se pone triste siempre que la ve.
Eso era inescrutable, pero el hombrecillo continuó:
–Su padre, el hijo del werowance, que debería estar ahora al frente de la tribu, murió de fiebre, y la muchacha le recuerda esa pérdida.
Pentaquod no veía razón alguna para responder a todo aquello, y el menudo intérprete permaneció en la oscuridad del umbral, satisfecho de observar la figura del alto susquehannock que había hecho aquel día tan memorable. Finalmente, cuando la noche cayó sobre el poblado, el antiguo esclavo de los susquehannocks se marchó.
En las semanas siguientes, los habitantes del poblado reconstruyeron sus wigwans e instruyeron a Pentaquod en su idioma, mucho más sencillo que el suyo. Aquella tribu vivía, en todos los sentidos, con mucha menos complicación que los susquehannocks; su werowance tenía menos poder, y sus posesiones eran mas escasas. Su brujo no era tan formidable como los misteriosos chamanes del Norte, y habría resultado ridículo que intentara imponer decisiones de vida y muerte; era un echador de buenaventura y nada más.
El viejo werowance se llamaba Orapak; tenía más de sesenta años y no tardaría en morir, pero se le permitía conservar su puesto porque no había nadie que se lo disputara. Era un anciano sabio y ecuánime, y durante muchos años había librado de graves apuros a su tribu.
–Cuando los nanticokes vienen al Norte para luchar contra nosotros -explicó-, nosotros huimos más al Norte. Y cuando los susquehannocks vienen al Sur para luchar contra nosotros, huimos hacia el Sur.
–¿No os lleva eso a la comarca de los nanticokes?
–No, porque cuando huimos hacia el Sur entramos en las marismas, y los nanticokes no se atreverían a seguirnos… -vaciló-. Mosquitos, ya sabes.
–Sí. He estado viviendo en la marisma este verano.
–Hombre valiente -dijo el werowance, y, luego, preguntó-: ¿Por qué creías que nos íbamos de nuestro poblado todos los veranos?
–¿Para qué sirven los mosquitos? – preguntó Pentaquod.
El anciano levantó los ojos hacia el cielo v respondió:
–El primer día, Barbacortada te contó cómo Manitú dio a este río todo, y, luego, una cosa más, el cangrejo. Bien, pues después de haberlo hecho, dijo: «Y ahora impediré que los hombres se vuelvan arrogantes», y agregó el mosquito.
–¿Por qué?
–Para recordarnos que puede hacer todo cuanto desee, y que nosotros debemos aceptarlo.
Pentaquod decidió que aquél era el momento de plantear la cuestión de su integración en la tribu.
–El río es excelente. He disfrutado de él cuando he vivido aquí solo.
El werowance estudió esta declaración y, luego, infló las mejillas, significando que apreciaba la importancia de las palabras pronunciadas. El susquehannock estaba señalando que había adquirido la posesión del lugar una vez que sus habitantes lo hubieran abandonado. Estaba insinuando un derecho de propiedad, aunque había allí muchos guerreros para impugnarlo. Orapak comprendía lo poderoso que era aquel extranjero; muy probablemente, podría derrotar a cualquiera de los guerreros, que hasta entonces no habían derrotado a nadie. Cautelosamente, dijo:
–Sería bueno que te quedases con nosotros -apresurándose a añadir- en el wigwam, que ya es tuyo.
–Me gustaría -respondió Pentaquod, y no se habló más del asunto.
Continuó ocupando su wigwam, que las mujeres le enseñaron a terminar debidamente, y empezó a cortejar a Navitan, la nieta del werowance. A sus diecisiete años, ésta había observado a los jóvenes guerreros durante el campamento de verano, pero nada había sucedido, y ahora se mostraba receptiva a las insinuaciones del alto susquehannock.
Se casaron antes de la primera nieve. Las ancianas estaban encantadas de que Navitan se hubiera enamorado de un hombre tan audaz, y el chamán que ofició la ceremonia expresó su opinión de que el propio Manitú había enviado a Pentaquod para proteger aquel poblado.
En la división del trabajo común entre las tribus de orillas de la bahía de Chesapeake, Pentaquod se especializó en cortar grandes árboles, moldeándolos y quemando su interior para poder construir canoas. Se hizo también un auténtico experto en la caza de gansos, esas notables aves que él había conocido, simplemente, como pájaros grandes: talló dieciocho toscas imágenes de gansos en madera de roble y pino, las coloreó con pinturas de tierra descubiertas por la tribu y las situó en lugares estratégicos teniendo en cuenta la dirección de los vientos y el emplazamiento de la costa; estas figuras constituían un poderoso señuelo para los pájaros, que se acercaban tanto, que rara vez fallaba con su fuerte arco. Pero se sentía turbado siempre que mataba un ganso; pues, aunque le agradaba el sabor de la carne asada, no le gustaba ver destruidos los majestuosos pájaros.
Fue a finales del invierno cuando llegó la noche triste, Navitan había estado buscando ostras en el arrecife, cuando vio comportarse de modo extraño a una bandada de gansos que se encontraban en un maizal. Los machos corrían unos tras otros, y los más pequeños se mostraban agitados, recogiendo ramitas como para construir nidos que sabían que no necesitaban. Un inquieto parloteo recorrió la bandada entera, cuando, de pronto, un viejo ganso, mucho más pesado que los demás, corrió torpemente unos cuantos pasos, batió sus grandes alas y se elevó en el aire.
Al instante, la totalidad de la bandada remontó el vuelo, describió varios círculos y, luego, emprendió resueltamente la marcha en dirección Norte. De otros campos que Navitan no podía ver, otras bandadas se elevaron también en el aire, y en cuestión de momentos el cielo quedó oscurecido por los grandes gansos, negros y grises, que volaban hacia el Norte.
–¡Oh! – exclamó Navitan, alertando al poblado-. ¡Se marchan!
Nadie necesitaba que le dijesen quién se marchaba. Los gansos, aquellos notables pájaros con los que la tribu se había alimentado durante generaciones, estaban abandonando el río. Dentro de nueve días no se divisaría un solo ganso por ninguna parte, y verles volar hacia el Norte, oírles graznar mientras se dirigían a los lejanos campos de hielo en que criarían a sus pequeños, constituía un momento de tristeza tal, que muchos de los hombres y mujeres ancianos se echaron a llorar, pues los grandes gansos habían sido sus calendarios y el medio para contar sus años.
Apareció entonces el werowance, pálido y con las piernas rígidas, vuelto el rostro hacia el firmamento, y, después de que hubiera pronunciado su bendición de los gansos, el chamán recitó la inmemorial oración:
«Gran Poder: Tú que velas por nosotros y dispones las estaciones, protege a los gansos que se separan de nosotros. Vela por ellos mientras vuelan a regiones lejanas. Encuéntrales grano para su largo vuelo y líbrales de las tormentas. Ellos son vitales para nosotros, son nuestra protección del hambre, nuestros centinelas durante la noche, nuestros compañeros a lo largo del invierno, nuestra fuente de alimento y de calor, nuestros inquilinos en la tierra, nuestros vigías en el cielo, los guardianes de nuestros arroyos, los anunciadores de cuanto llega y cuanto se va. Gran Poder, protégelos mientras están lejos de nosotros, y, a su debido tiempo, tráelos de nuevo a este río, que es su hogar y el nuestro.»
Ningún niño produjo el más leve ruido, pues aquél era el momento más sagrado del año. Si los ritos no se efectuaban adecuadamente, los gansos podrían no volver, y el invierno en que tal cosa sucediese sería realmente terrible.
Pocas lunas después de haberse ido los gansos, llegaron los cangrejos para ocupar su puesto como fuente principal de alimento, y entonces descubrió Pentaquod qué querían decir los habitantes del poblado cuando afirmaban que Manitú, el Gran Poder, velaba especialmente sobre ellos. Fue un día de finales de primavera cuando Navitan le condujo a su canoa, dándole un cesto lleno de cabezas de pescado y ternillas de oso para que se lo llevase hasta allí. Aquella mezcla olía a demonios, pero Navitan le aseguró que aquello era lo que los cangrejos preferían, y él se preguntó cómo se podría sujetar aquel mejunje casi podrido a los curvados ganchos utilizados para pescar.
Para su sorpresa, su mujer no tenía ningún gancho.
–¿Qué clase de pesca es ésa? – preguntó, y ella sonrió, sin darle ninguna explicación.
Pero, una vez que Pentaquod hubo llevado la canoa hasta el lugar elegido por ella, la mujer sacó largas tiras de fibra retorcida e intestinos de ciervo, y ató a ellas cabezas de pescado y pedazos de cartilaginosa carne de oso, tras lo cual echó las cuerdas al agua por la popa de la canoa.
Pentaquod acechó los signos reveladores de que un pez había mordido el cebo, pero no se veía ningún movimiento, y llegó a la conclusión de que Navitan no cogería ningún cangrejo, pero, al cabo de un rato, sin aparente motivo para ello, la mujer empezó a recoger con la mano izquierda una de la cuerdas, al tiempo que sostenía en la derecha una larga pértiga a la que iba atado un cesto de mimbre. A medida que la cuerda iba saliendo del agua, Pentaquod vio que iba a aparecer la primera cabeza de pescado, pero lo que no vio fue que, unido a ella, había un cangrejo que cortaba la carne con sus poderosas garras sin reparar en que estaba siendo casi sacado del agua.
Cuando el cangrejo estuvo visible para Navitan, ésta introdujo diestramente el cesto en el agua bajo el sobresaltado cangrejo y, levantándolo al intentar éste escabullirse, lo dejó caer en la canoa.
Pentaquod quedó estupefacto, y, cuando su mujer continuó tirando de la cuerda y cogiendo un cangrejo tras otro, comprendió que era aquélla una forma de pesca totalmente distinta de cualquiera que él hubiera practicado.
–¿Por qué no se alejan del cebo? – preguntó-. ¿No se dan cuenta de que vas a cogerlos?
–Les gusta que nos los comamos -respondió Navitan-. Manitú nos los envía con ese fin.
Pentaquod tocó cautelosamente uno de ellos y halló sumamente duro el caparazón, pero no pudo examinarlo con más detenimiento, pues las feroces garras saltaron al instante sobre él. Quedó más perplejo aún cuando Navitan llevó sus dos docenas de cangrejos al campamento y las echó en un puchero de agua hirviendo, pues a los pocos momentos adquirieron un vivo color rojo. Ella le enseñó luego cómo debía sacar la carne de los caparazones, y cuando hubo llenado un cuenco de barro, le dijo que lo dejase, pues sabía que era un trabajo fatigoso y aburrido: una docena de cangrejos solamente proporcionaban un puñado de carne.
Pero cuando cogió esta carne, como le había enseñado su madre, y la mezcló con hierbas, verduras y harina de maíz, y amasó pequeños pastelillos y los frió en chisporroteante grasa de oso, obtuvo uno de los platos más exquisitos que aquel río conocería jamás. «Pasteles de cangrejo», los llamó ella, y Pentaquod los encontró deliciosos.
–Hay algo mejor -le aseguró Navitan, y, como él lo dudara, le dijo que esperase a que llegara la época de la muda para los cangrejos, y un día le llevó cuatro que acababan de despojarse de sus caparazones y los frió directamente en grasa de oso, sin hervirlos ni picarlos primero.
–¿Cómo también las patas? – preguntó Pentaquod.
Y ella le instó a que las probara; cuando hubo acabado los cuatro, Pentaquod declaró que eran más suculentos de lo que hubiera podido imaginar.
–Ahora eres uno más de nosotros -dijo Navitan.
Mientras se iniciaba en tan agradables costumbres, Pentaquod hizo un descubrimiento que le turbó: lo que Barbacortada le había dicho era cierto. Aquella tribu nunca se defendía de sus enemigos, y cuando llegaban los susquehannocks desde el Norte, o los nanticokes desde el Sur, no se hacía el menor intento de proteger el poblado. A sus moradores no parecía importarles lo que ocurriese; no montaban centinelas, no enviaban patrullas a custodiar las fronteras, no se dedicaban a maniobras de autodefensa. Por tanto, no sintió ninguna sorpresa cuando, una mañana, los niños acudieron corriendo para informar:
–¡Ya vienen otra vez los nanticokes!
Nadie mostró el menor pánico. Todos metieron las cosas esenciales en bolsas de piel de ciervo, ocultaron en el bosque cercano provisiones de víveres y huyeron. El werowance marchaba al frente de su pueblo, tan gallardamente como si fueran a la lucha, y lo condujo al interior de la zona que se extendía al noroeste de su poblado. Habían aprendido por frecuente experiencia que los nanticokes eran reacios a seguirles hasta aquella irregular zona, por lo que marchaban con la seguridad de que, al cabo de un cierto tiempo, durante el cual los invasores robarían todo lo que habían dejado allí y, luego, se retirarían entonando cantos de victoria, podrían regresar a sus hogares y reanudar su vida normal.
Pentaquod se sentía desconcertado ante esta actitud. Cuando los niños informaron que había comenzado la invasión, sintió deseos de enfrentarse al enemigo, darle una lección y hacerle retroceder a las regiones meridionales, pero el viejo werowance se habría opuesto, y tampoco ninguno de los habitantes del poblado habría querido combatir con los robustos hombres del Sur.
–¿Qué perdemos obrando así? – preguntó a Pentaquod una de las mujeres, mientras huían a la tierra surcada por abundantes brazos de ríos.
–Perdemos mi wigwam -replicó él, con tono airado.
–Un wigwam se puede construir en un día. ¿El pescado seco? ¿A quién le importa? El pato salado no lo encontrarán. Lo hemos escondido entre los robles.
Cuando la tribu llevaba ya escondida siete días, se consideró probable que los nanticokes hubieran causado ya sus estragos y se hubiesen retirado, mas era preciso enviar exploradores que confirmasen que se habían ido realmente. Nadie se ofreció voluntario para ello, por lo que Pentaquod, hablando también en nombre de Barbacortada, dijo:
–Iremos nosotros.
El intérprete, que había sido capturado una vez, no quería meterse en tal aventura, pero Pentaquod insistió, y, puesto que ir en compañía de aquel valiente susquehannock le conferiría un gran honor, el hombrecillo acabó accediendo a regañadientes.
Ningún espía en la larga historia de la región se movió jamás con tanta prudencia como lo hizo Barbacortada cuando entró en el territorio ocupado por los invasores. De hecho, era tal el cuidado que ponía en no hacer crujir tan siquiera una ramita, que Pentaquod comprendió el astuto plan del hombrecillo: avanzaría tan lentamente, que los nanticokes dispondrían de dos días más para marcharse. Cuando él y Pentaquod llegaran finalmente al poblado, el enemigo estaría ya prácticamente de regreso en el suyo.
Pero Pentaquod tenía planes distintos y estaba decidido a ver qué clase de gente eran los nanticokes. No obstante, le resultaba imposible aguijonear a su compañero; fueron en vano sus burlas y sus apelaciones a la virilidad de Barbacortada. El hombrecillo se negaba a rebasar el prudente programa que se había trazado, y al final se agarró a un algarrobo, del que fue ya imposible separarle, por lo que Pentaquod continuó solo a lo largo del río.
Desde una eminencia, observó cómo la retaguardia de los nanticokes merodeaba por última vez en el capturado poblado, reuniendo los recuerdos finales de su incursión. Mientras el grueso de la tropa caminaba hacia el Este, entonando un canto de victoria en el que se narraba la feroz lucha con que habían sometido a los encarnizados defensores del poblado, cuatro guerreros se quedaron rezagados, forcejeando con algún objeto capturado que resultaba demasiado grande para ellos. Mientras los miraba, regocijado, Pentaquod no pudo resistir la tentación de realizar un gesto arrogante, aunque sabía que era disparatado y peligroso.
Saltando desde detrás de un árbol, lanzó su más feroz grito de guerra, blandió su lanza y se precipitó contra los cuatro sorprendidos nanticokes. Estos quedaron aterrorizados ante aquella aparición, aquel hombre cinco palmos mayor que ellos y mucho más ancho de espalda, y huyeron. Pero uno conservó la serenidad suficiente para gritar a los que caminaban delante:
–¡Los susquehannocks!
Al oír estas palabras, los saqueadores quedaron dominados por el pánico, abandonaron todo cuanto habían robado y se apresuraron con gran estruendo a una retirada desprovista por completo de dignidad. Tan definitivos eran los sonidos de derrota, que hasta Barbacortada acabó saliendo de su escondrijo a tiempo para ver a su amigo Pentaquod blandiendo su lanza persiguiendo entre los árboles a un ejército entero de nanticokes. Nunca había imaginado Barbacortada que un solo hombre decidido pudiera igualar a cuatro sorprendidos nanticokes o a cuarenta aterrorizados, pero al ver las plumas en retirada de los bravos meridionales comprendió que había presenciado un milagro y empezó a componer la balada que inmortalizaría la victoria de Pentaquod:
Se lanzó, intrépido, entre los ladrones,
se enfrentó, poderoso, al innumerable enemigo.
Luchó ferozmente, indiferente al peligro,
arrojando los cadáveres por doquier,
aplastando las cabezas y retorciendo las piernas,
hasta que el exhausto enemigo chilló y tembló,
suplicando piedad, besándole, atemorizado, las manos…
Era un poema épico ajustado a la más exaltada tradición de la selva, y, mientras Pentaquod contemplaba los insignificantes daños causados al poblado y a su wigwam, escuchó con regocijo el canto. Le recordaba los cánticos de guerra que había oído de niño, cuando los susquehannocks regresaban de sus correrías contra las tribus del Sur; aquellos cantos habían descrito sucesos de increíble heroísmo, y él los había creído;
Y entonces los más bravos de los bravos susquehannocks,
Cherodah, y Mataloak, y Wissikan, y Nantiquod,
se arrastraron por la selva, avistaron la fortaleza
y, con violento coraje, saltaron sobre el enemigo…
Ahora se daba cuenta Pentaquod de que aquél era el poblado que sus antepasados habían atacado con tan indomable valor; los enemigos que habían sojuzgado eran los que nunca se habían enfrentado a ellos, pues se hallaban escondidos en las lejanas marismas. No había habido batallas, salvo en la imaginación de los antiguos poetas, que sabían que, cuando los guerreros marchan a la batalla, es obligatorio que haya cantos de victoria.
Y, sin embargo, aunque él conocía el fraude que tal conducta implicaba, cuando los habitantes del poblado regresaron tímidamente y vieron con satisfacción que esta vez no les habían sido arrebatados sus bienes, empezaron a cantar la composición de Barbacortada y a creerla. Pentaquod permanecía en silencio, con extraordinaria modestia, dejando que Barbacortada dirigiera las aclamaciones. Si el poblado se ha salvado, razonaba Pentaquod, ha sido gracias a mí, y aceptaré las consecuencias de mi acto. Fue aquella noche cuando los ancianos empezaron a pensar en él como un posible werowance.
Pero cuando llegó a la tribu la noticia de que los susquehannocks se estaban moviendo hacia el Sur, aunque Pentaquod aseguró a los habitantes del poblado que conocía ciertos trucos que podrían protegerlos -siempre que encontrase nueve hombres valientes que no huyeran-, el viejo werowance se opuso tajantemente a su propuesta.
–Lo único sensato es marcharse a las marismas. Llevamos muchos años haciéndolo, y durante todo ese tiempo hemos disfrutado de una buena vida, con abundancia de alimentos y hierbas de marisma suficientes con las que tejer de nuevo las paredes de nuestros incendiados wigwams. Que el enemigo tenga su triunfo si lo necesita. Nuestra seguridad está en las marismas.
Lo extraño de esta política era que no aminoraba en absoluto la propia estima de los habitantes del poblado ni, ciertamente, debilitaba el prestigio de Pentaquod; éste había demostrado su valor contra los nanticokes, y Barbacortada había compuesto el canto épico. Pentaquod era un verdadero héroe, y no necesitaba repetir continuamente sus heroicidades para mantener su reputación. Mientras huía en compañía de los demás hacia la seguridad de las marismas meridionales, todos los hombres estaban convencidos de que, si hubiera querido enfrentarse a los susquehannocks, Pentaquod habría podido hacerlo. En lugar de ello, prefería proteger a su esposa embarazada, y eso les parecía mucho más juicioso a los demás pobladores.
Mientras cruzaban el río, ocultaban sus canoas y se dispersaban por entre los cañaverales que saqueaban la orilla meridional, Pentaquod oyó dos relatos tribales que le fascinaron, y empezó a acosar a preguntas a los ancianos: «¿Decís que al Este, adonde vais en verano, hay un río mucho más grande que los que yo conozco?» «¿El agua es mucho más salada?» «¿Los pájaros son diferentes y ningún hombre ha visto jamás la otra orilla?» «¿Y está allí, continuamente, y una canoa no puede cruzarlo?» «¿Qué queréis decir con eso de que llegan a la orilla olas tan altas que derriban a un hombre?»
Se sentía tan excitado por sus descripciones y tan dispuesto a creer en ellas, puesto que todos coincidían, que manifestó su deseo de ir inmediatamente a ver aquella cosa maravillosa, pero el werowance dijo:
–Iremos allí en verano, para escapar de los mosquitos.
Así, pues, esperó.
La otra historia era increíble y mucho más importante que la descripción del gran río, pues contenía turbadoras implicaciones. La primera noticia le llegó de labios de Barbacortada, que dijo, con tono casual:
–Quizá, cuando la Gran Canoa vuelva castigue a los susquehannocks,
–¿Qué Gran Canoa?
–La que vino hace muchos inviernos,
–¿Adonde vino?
–Cerca de la isla.
–¿Cómo de grande era?
–Yo no la vi, pero Orapak sí la vio, y también Ponasque.
Se dirigió inmediatamente a Ponasque, hombre muy viejo ya, y le preguntó sin rodeos:
–¿Viste tú la Gran Canoa?
–Sí -respondió el anciano, mientras avanzaban por la marisma.
–¿Cómo de grande era?
–Como veinte canoas, cuarenta, una encima de otra. Se elevaba muy alto en el aire.
–¿Cuántos remeros?
–Ninguno.
Aquélla era la más ominosa declaración que Pentaquod había oído jamás, una Gran Canoa moviéndose sin remos. Reflexionó sobre ello durante unos momentos y, luego, preguntó ai anciano:
–¿Lo viste tú personalmente? ¿No es una de esas historias que se cuentan por las noches?
–La vi, al otro lado de la isla.
–¿Qué pensaste?
Los ojos del anciano se velaron al recordar aquel prodigioso día en que cambió su mundo.
–Sentimos todos mucho miedo. Todos, incluso Orapak. No podíamos explicar lo que habíamos visto, pero lo habíamos visto. El miedo nunca nos ha abandonado, pero, con el paso de los años hemos conseguido olvidar.
Indicó que no le agradaba que un extraño a la tribu reviviera aquellos lejanos temores y que no diría nada más.
Mediante prudentes interrogatorios, Pentaquod averiguó que todos los miembros de la tribu creían que la Gran Canoa había llegado realmente a la desembocadura del río; que su tamaño era enorme; que se movía sin remos. Una anciana añadió un detalle:
–Era blanca por arriba y de color oscuro en el fondo.
Pentaquod fue rumiando la inquietante noticia mientras se adentraban en el pantano, y, cuando llegaron a tierra relativamente firme en la que podía acampar, se acercó al werowance y le preguntó de sopetón:
–Orapak, ¿qué pensaste cuando viste la Gran Canoa?
El anciano contuvo el aliento y, luego, se sentó bajo un roble. Reflexionó sobre lo que debía responder a aquella pregunta, consciente de que era algo que penetraba en el corazón mismo de la existencia de su tribu, y, al cabo, dijo lentamente:
–Yo no puedo entrar de nuevo en las marismas. Me resulta demasiado fatigoso y sé que está próxima la hora de mi muerte. Tú debes ser el próximo werowance.
–No te he preguntado eso, Orapak.
–Pero ésta es la verdadera respuesta a lo que has preguntado.
Pentaquod no lo entendió, pero el viejo jefe continuó:
–Cuando nos congregamos aquel día en la orilla para ver la Gran Canoa mientras avanzaba lentamente hacia el Norte, todos vimos lo mismo. Probablemente, lo sabes ya por las preguntas que has estado haciendo.
Pentaquod asintió con la cabeza. Estaba convencido de que aquel recuerdo tribal no era un simple canto compuesto por algún antepasado imaginativo como Barbacortada. Satisfecho sobre aquel punto, el anciano prosiguió:
–Cuando los otros vieron la Canoa y se aseguraron de que era real, regresaron al poblado, pero mi abuelo, que era entonces el werowance, nos llevé a mí padre y a mí a la costa, y nos escondimos en la selva cuando la Canoa se acercó, y vimos que contenía hombres muy parecidos a nosotros y, sin embargo, muy diferentes.
–¿En qué?
–Su piel era blanca. Sus cuerpos eran de alguna sustancia distinta, pues relucían al recibir los rayos del sol.
Eso era todo lo que el anciano sabía, y, puesto que ninguno de los otros le había hablado de aquellos sorprendentes hechos, comprendió que se trataba de un conocimiento privilegiado, sólo poseído por la sucesión de werowances. Al compartir con él aquel conocimiento sagrado de los cuerpos relucientes, Orapak estaba transmitiendo a Pentaquod la carga de la jefatura. No necesitaba advertirle que no debía hacer ninguna mención de lo que la Gran Canoa contenía realmente, pues estaba claro que volvería algún día, trayendo consigo el enigma de los hombres de piel blanca y cuerpos que reflejaban la luz del sol,
–Volverán, ¿verdad? – preguntó Pentaquod.
–Sí.
–¿Cuándo?
–Todos los días de mi vida me he levantado al amanecer con una pregunta en mi mente: ¿Es hoy el día en que volverán? Esa carga es ahora para ti. No te acostarás nunca por la noche sin preguntarte: ¿Vendrán mañana?
Enterraron en las marismas, lejos del río que había amado, al viejo y prudente werowance, un cobarde que había perdido decenas de veces su poblado, pero nunca un solo hombre en combate. De su agotado y consumido cuerpo retiraron el disco de cobre que simbolizaba su jerarquía y se lo ofrecieron a Pentaquod, pero éste rehusó tomarlo, pues tales discos de autoridad no formaban parte del ritual de los susquehannocks. En lugar de ello, se colocó sobre la cabeza tres largas plumas de pavo, de modo que destacaba más ostensiblemente aún sobre sus menudos subordinados, y Barbacortada recitó su poema épico de cómo el nuevo werowance había derrotado una vez a los nanticokes, solo y sin ayuda de nadie. Y, así, la tribu se convirtió en una más de la extraña procesión de naciones que eligen como jefe a alguien que ni siquiera pertenece a la tribu.
La primera prueba a que se vio sometida la jefatura de Pentaquod tuvo lugar cuando los nanticokes emprendieron la marcha hacia el Norte en su incursión tradicional. Las mujeres dieron por supuesto que la tribu huiría hacia el Norte del modo acostumbrado, pero algunos de los guerreros más jóvenes, contagiados por la épica de Barbacortada, consideraban que debían quedarse y pelear.
–Con Pentaquod para dirigir la batalla -argumentaban-, podríamos rechazar a los invasores y poner fin a nuestra vergüenza anual.
La idea le resultaba tentadora a Pentaquod como hombre, pero en su calidad de werowance, de quien dependía la seguridad de la tribu, tenía que pensar con más cautela. No podía sacrificar despreocupadamente a ningún hombre, pues el suyo era un grupo pequeño, aterrorizado y trivial. Una dura derrota podría desmoralizarlos, privándoles de la base necesaria para una existencia continuada. Además, su memorable victoria sobre los cuatro guerreros nanticokes la había obtenido por sorpresa, y no estaba nada seguro de que aquello pudiera repetirse. Dijo a los jóvenes guerreros:
–Adelantémonos a observar cómo se acercan esta vez los nanticokes.
Así, pues, él y dos de los más excitables jóvenes guerreros, se internaron sigilosamente en los bosques, corriente arriba y cruzaron a nado el río hasta la otra orilla. Allí, se ocultaron hasta que aparecieron los ruidosos nanticokes, y, como Pentaquod había sospechado, esta vez no se movían sin centinelas y sin exploradores. No habría sorpresas en aquella expedición, pues estaban preparados.
El entusiasmo de los jóvenes guerreros se desvaneció. Consternados, regresaron para informar a los demás.
–Avanzan como un ejército bien preparado. Será mejor que nos vayamos a los ríos.
Y, con un bien dispuesto Pentaquod al frente, huyeron.
Cuando regresaron al poblado, fue Pentaquod quien pasó revista a los daños causados; no eran grandes, pero sí humillantes, y juró: «No lo volverán a hacer.»
Aquel verano no permitió que su gente abandonara el lugar por causa de los mosquitos.
–Nos quedaremos aquí y lo fortificaremos. Tenderemos astutas trampas por los accesos, y todos los hombres se adiestrarán en el manejo de las armas. El que se queje de los mosquitos no comerá cangrejos.
Fue un duro verano. Los mosquitos eran terribles; al anochecer, centenares de ellos se lanzaban sobre cualquier brazo o rostro que permaneciera descubierto, y los habitantes del poblado se mantenían cerca de humeantes calderos cuando se ponía el sol. Se embadurnaban con grasa de oso, dormían con mantas en torno a la cabeza y se levantaban exhaustos por el pegajoso calor que les había estado haciendo sudar en la oscuridad. Pero les alentaba la perspectiva que su joven y alto werowance ponía ante sus ojos:
–¡Menuda sorpresa se van a llevar los nanticokes cuando vengan este año!
Poniendo repetidamente a prueba a sus jóvenes, adquirió la seguridad de que se mantendrían firmes y sabrían ejecutar su acción por sorpresa.
Utilizó todas las ideas militares desarrolladas por los susquehannocks e inventó otras apropiadas a la situación, y cuando los mosquitos desaparecieron a principios del otoño dejaron tras de sí un poblado preparado para defenderse.
Los jóvenes ardían en deseos de que llegaran los nanticokes, pero algún suceso inesperado acontecido en el Sur retrasó la acostumbrada expedición, y los emplumados guerreros comenzaron a irritarse. Pentaquod, sabiendo que debía mantener el entusiasmo de sus hombres, dividió la tribu en bando, situando uno contra otro, y así perfeccionaron su estrategia. Y un frío día de comienzos del invierno, cuando los gansos se alineaban ya a lo largo del río, los exploradores trajeron la noticia:
–¡Vienen los nanticokes!
Los meridionales llegaban con su aplomo y su estrépito habituales, con sólo unos pocos e indolentes batidores en vanguardia; después del ataque por sorpresa de que habían sido objeto por parte de Pentaquod, se habían mostrado un poco más atentos a los detalles, pero ahora, como había predicho a los suyos, volvían a comportarse con negligencia. Cruzaron el bosque como si se estuvieran corriendo una juerga, vadearon el río como si hubiesen ido allí a bañarse y divertirse y se desparramaron por la orilla del río como si concurriesen a una fiesta.
Y llegaron al lugar en que se encontraban las cuidadosamente formadas tropas de Pentaquod. Brotaron flechas desde detrás de los árboles y aparecieron hombres armados de lanzas, mientras el suelo cedía bajo el peso de los invasores, haciéndoles caer a los disimulados hoyos, y resonaban extraños sonidos por la selva, e incluso aparecían mujeres enarbolando palos. El desconcierto y el dolor hicieron presa en los nanticokes, que, al final, no pudieron hacer más que huir, dejando tras ellos más de veinte prisioneros. Jamás habían conocido un desastre semejante.
Los habitantes del poblado, al encontrarse con una victoria tal, sin precedentes en su pueblo, y con una veintena de cautivos, no sabían qué hacer. Desconocedores por completo de la guerra, a excepción de las retiradas que causaba, no tenían ni idea de lo que debían hacer con los prisioneros, y cuando Pentaquod explicó que en el Norte los susquehannocks hacían tres cosas, escucharon atentamente.
–A los heridos los matamos. A los fuertes los hacemos esclavos. A los rápidos los devolvemos a su pueblo con mensajes insultantes.
Todos mostraron su aprobación a estas sugerencias, sin darse cuenta de sus implicaciones, pero su werowance continuó:
–Pero nosotros no hemos herido a nadie, así que no hay nadie a quien matar.
La mayoría comprendieron el sentido común de estas palabras e incluso aplaudieron, porque no les agradaba matar.
–Nosotros no necesitamos esclavos, porque no hay trabajo para ellos, y si el trabajo lo hacemos nosotros, también tendríamos que prepararles comidas.
Esto era igualmente irrefutable.
–Y no creo que debamos enviar mensajes insultantes a los nanticokes. Queremos que sean nuestros amigos, no nuestros enemigos.
Para algunos, ésta era una decisión sorprendente. Muchos, especialmente los que no habían participado en la batalla, deseaban humillar a su enemigo y habían ideado hábiles formas de hacerlo; les disgustaba que Pentaquod predicase la conciliación, pero éste encontró apoyo en un sector inesperado.
Los jóvenes guerreros que habían permanecido detrás del primer árbol, donde habían funcionado las trampas, confesaron haberse sentido aterrorizados y que, si algo hubiera salido mal, habrían sido rodeados y muertos.
–Es mucho mejor que los nanticokes vengan como amigos -razonaron-. Agasajemos a los prisioneros, hablemos con ellos y enviémoslos al Sur con nuestro respeto.
Tan pronto como fueron pronunciadas estas palabras, Pentaquod exclamó:
–¡Hagamos eso exactamente!
Prevaleció su consejo, y se celebró el banquete, con ganso, y venado, y ñames, y pescado cocido, y calabaza endulzada con zumo de tallos de maíz, y se fumó tabaco en largas pipas, que pasaban de mano en mano. Uno de los nanticokes de buena familia dijo al terminar:
–Informaremos a nuestro pueblo de que ya no somos enemigos.
Y el Sol se levantó antes de que los nuevos amigos se separasen.
Este dramático cambio de situación produjo en el poblado un sentimiento de profunda excitación, y las conversaciones se tornaron audaces e incluso temerarias.
–Nunca más abandonaremos nuestro poblado a los nanticokes. Hemos demostrado que podemos luchar mejor que esos necios. Un día de éstos marcharemos hacia el Sur sobre sus poblados, y verán el cambio que se ha producido.
Pentaquod no hizo caso de estas fanfarronadas; se daba cuenta de que era la misma jactancia que practicaban los guerreros susquehannocks cuando él era niño; pero cuando oyó a sus hombres decirse mutuamente que todo el sistema del mundo quedaba alterado con su victoria, se sintió preocupado. Y cuando alardearon de que la próxima vez los susquehannocks bajasen del Norte habría guerra, les hizo callar.
–Los susquehannocks no son nanticokes -advirtió-. Ninguna de nuestras estratagemas les engañaría, porque son estratagemas susquehannocks, y ellos las utilizan contra sus enemigos.
Les habló durante largo tiempo, y, luego, se le ocurrió una afortunada metáfora. Bajando la voz e inclinándose hacia sus entusiastas guerreros, dijo:
–Entre los susquehannocks, yo era un hombre pequeño.
Su estatura era tan grande al decir esto, su torso tan ostensiblemente más ancho que el de ellos, que se quedaron sin aliento.
–¿Qué haremos cuando vengan otra vez? – preguntaron subyugados.
–Cruzaremos el río, esconderemos las canoas y nos adentraremos en las marismas -dijo, y les dirigió hacia las marismas.
En la década que siguió (1586-1595 por el calendario occidental), Pentaquod se convirtió en el mejor werowance que jamás había conocido su pueblo. Era un hombre alto, valeroso y afable, puesto al frente de un pueblo pequeño y asustado. Cuando su tribu emprendía la marcha hacia el Este, en dirección a las Grandes Aguas, él abría el paso y llevaba su parte de la carga, y en las raras ocasiones en que tuvieron que huir a las marismas meridionales, les servía de aliento su capacidad de absorber tal ignominia sin perder el buen humor.
Ya no tenían que ocultarse en los ríos septentrionales, porque había concertado una paz duradera con los nanticokes, y las dos tribus comerciaban ahora, en lugar de pelear: carne seca de venado para los nanticokes, brillantes conchas de roanoke para ellos. Había incluso intercambios de visitas, que eran beneficiosas, pues los que regresaban se jactaban con perverso orgullo:
–Nuestros mosquitos son el doble de feroces que los suyos.
Pentaquod y Navitan tuvieron un hijo que heredaría el título, y luego otro, y todas las cosas prosperaron. Él condujo a su pueblo hacia el Este, hasta el supremo río, y vio allí sus saladas olas elevarse a mayor altura que su cabeza y estrellarse fragorosamente y con enorme fuerza contra la costa. Un día, mientras permanecía allí extasiado, fulguró en su mente una idea: Sí la Gran Canoa es capaz de surcar las aguas de este río de tan enorme poder, tiene que ser de tamaño tremendo, y los hombres que lo tripulan habrán de ser más grandes aún que los susquehannocks. Y contempló el océano con espanto y admiración.
Había otros misterios. En alguna noche sin estrellas, un niño gritaba a distanciados intervalos: «¡Allí está la luz!», y en la selva, al otro lado del río, brillaba un destello, y se movía como si estuviese dirigido por demonios, y se detenía, brillando ominosamente en la oscura noche. En el poblado, los padres hacían callar a sus hijos, y nadie hablaba de ello. Durante toda la larga oscuridad, la gente permanecía al borde del agua, mirando obsesiva y fijamente, preguntándose quién o qué podía estar moviéndose por la orilla meridional, pero nunca había una explicación satisfactoria, solamente aquella parpadeante luz que emanaba de alguna fuente desconocida. Hacia el amanecer, se desvanecía y no volvía a aparecer en varios años.
Un misterio mayor se refería a la bahía. Se hallaba a poca distancia al Oeste, pero rara vez la veía ningún habitante del poblado, y nunca se aventuraban hasta ella. En todas sus generaciones de vivir a orillas del agua, no habían descubierto la vela, ni el hecho de que los hombres podían moverse sin remos a través de ríos y bahías; para ellos, la bahía era algo ajeno. Su abundancia de peces, cangrejos y ostras estaba vedada, y todo lo que sabían de aquel gran río de ríos era que se trataba de la ruta por la que atacaban los feroces potomacs. Estaban contentos con dejar aquella espléndida masa de agua a sus enemigos, y nunca conocieron la grandeza de la puesta de sol en las anchurosas aguas ni el nacimiento de una súbita tormenta.
Creían que en las noches en que se aproximaban acontecimientos portentosos, Pescador Patilargo llegaba al río cuando las estrellas comenzaban a palidecer, lanzando fúnebres kraannks para advertir de inminentes prodigios. Entonces se agazapaban todos en la oscuridad, escuchando, aterrorizados, los sonidos que retumbaban desde los árboles inclinados sobre el agua.
En una de aquellas noches de 1596, cuando lejanas naciones se preparaban para invadir la bahía, grandes bandadas de garzas azules remontaron el vuelo desde los pantanos y se dispersaron por el paisaje antes del amanecer, dirigiéndose a los estuarios en busca de los peces de rápidos movimientos. Sus gritos llenaron la noche, pero, si bien turbaron a los hombres y mujeres que no tenían tranquila la conciencia y sí algo que temer, no causaron ninguna aprensión en Pentaquod, porque sabía que se habían congregado para señalar el nacimiento de su tercer hijo, y antes de que saliera el Sol oyó el tranquilizador llanto.
–¡Una niña! – informó la comadrona, mientras salía corriendo de la choza en que había tenido lugar el parto.
–Estoy contento -respondió gravemente Pentaquod, pero su alegría era mucho mayor de lo que su escueto comentario daba a entender.
Siempre había deseado una hija que le sirviera de consuelo cuando se retirase de la guerra, y al fin tenía una. Tan pronto como fue decoroso que visitase la choza del parto, se agachó y pasó bajo las ramas de pino y las ristras de bellotas para coger las manos de su mujer.
–Estoy contento -dijo, y se le permitió ver a la recién nacida, tan pequeña que costaba creer que fuese descendiente suya.
Con los dedos índices separados, indicó a su feliz esposa lo diminuta que era aquella niña, por completo diferente de sus dos hermanos al nacer. Se echó a reír y, luego, levantó la criatura y se la acercó a la mejilla.
–Se llamará Tciblento -dijo, y la niña se convirtió en la cosa más preciosa de su vida, la alegría de sus últimos años.
Le enseñó la ciencia del río: dónde se agrupaban los gansos y cómo observar a los castores en su trabajo, y las tiras de brezo que debían cortarse para un wigwam, y cómo quemar la médula de un árbol para hacer una canoa. La muchacha aprendió a bucear en busca de ostras y a pescar cangrejos, y, a instancias de él, se convirtió en una excelente cocinera.
Pero era la gracia de sus movimientos lo que más le complacía: era tan diestra como un cervatillo para escabullirse entre dos árboles. El suave color de su piel era también como el de un ciervo, y nunca era mayor su hermosura que cuando aparecía de pronto desde detrás de un árbol mientras trabajaban en la selva…, inesperada, de ojos radiantes y gestos rápidos.
Una vez, mientras él trabajaba entre los árboles, buscando pinos con los que se pudieran hacer canoas, la encontró dormida en un lecho de agujas de pino, con los cabellos negligentemente desparramados sobre el pecho. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y murmuró:
–Tciblento, Tciblento, ¿por qué naciste en los días de cambio?
Barruntaba que durante la vida de su hija volvería la Gran Canoa y crearía terribles dificultades mientras ella tratase de acomodarse al nuevo mundo que aquélla traería. Mientras la miraba, se posó en tierra una garza azul que lanzó su melancólico kraannk, y, sin despertarse, la muchacha se retorció un extremo de su mata de pelo.
Las garzas no gritaban al azar; mandaban avisos. Y él recordó que la noche en que su hija nació habían sido avisados los choptanks.
Debe advertirse que esta pequeña tribu no se denominaba a sí misma los choptanks; ese nombre vendría mucho más tarde y sería puesto por extranjeros. Ningún grupo tan poco importante tendría la presunción de apropiarse un nombre. Eso quedaba reservado a otros, como los poderosos susquehannocks (procedentes del no de aguas tranquilas), o los astutos nanticokes (los que surcan las mareas) o los brutales potomacs que imperaban al otro lado de la bahía (los que viven donde nacen los dioses). Pero los componentes del pequeño grupo de ineptos pescadores de Pentaquod se llamaban a sí mismos Nosotros, o Nos, o, a veces, La Gente. El mundo los recordaría como los choptanks.
Tampoco llamaban con ese nombre a su río; en realidad, no lo concebían como una entidad, con un distante comienzo y una terminación en la bahía. Se conformaban con conocer su pequeño trecho de río, y les habría asombrado saber que dominaban sobre todo un sistema acuático que algún día sería conocido por su nombre.
Pueblo anónimo que vivía a orillas de un río anónimo, estaban destinados a dotar a su amodorrada región de uno de los títulos más obsesionantes del mundo: Choptank. La palabra debió tener un significado en algún momento; si es así, se ha olvidado. Una mujer muy vieja dijo una vez que significaba donde el agua fluye con fuerza hacia atrás, pero no pudo explicar nada.
Los dos hijos varones de Pentaquod se estaban convirtiendo ya en jóvenes y responsables adultos, y Tciblento era una maravilla de ocho años, no tan alta como sus hermanos, pero mucho más rápida en asimilar las lecciones que su padre le daba. Había empezado a peinarse en trenzas sus negros cabellos y solía ladear picarescamente la cabeza cuando escuchaba a los ancianos. Su padre se deleitaba en sus hijos, y fue en parte por su deseo de estar más tiempo con ellos por lo que convocó a su tribu para su discurso de despedida:
«Nunca han estado más seguras vuestras provisiones de alimentos, y vuestro poblado no es asolado ya por los nanticokes. Nunca conoció tiempos más felices vuestro río, con cangrejos durante todo el verano y pieles de castor para manteneros calientes en invierno. Ya he estado bastante tiempo con vosotros. Ha llegado el momento en que debéis elegir como werowance a uno de los vuestros.»
Este anuncio produjo gran desasosiego, pues todos comprendieron que, sin su dirección, podrían volver a los viejos tiempos de miedo y luchas. Los nanticokes sabrían que ya no se hallaba al frente de la tribu y podrían llegar a la conclusión de que ya no les interesaba continuar la paz, pero el alto susquehannock se mantuvo firme. Luego, expuso sus razones:
«En los viejos tiempos, siempre que huíamos a los ríos septentrionales, yo me fijaba en un punto en el que se unen dos aguas, y siempre he deseado vivir allí con Navitan y los niños. Cuando llegué por primera vez a vuestro río, viví en la isla en que Pescador Patilargo me enseñó mucho de lo que sé, y luego en el acantilado, donde vi lo hermosa que puede ser esta tierra, y en la marisma, donde Onk-or el ganso venía a verme, y luego en este misterioso poblado en el que no vivía nadie. Soy un hombre que gusta de vivir separado, y siento un profundo impulso de construir mi wigwam entre las dos aguas.»
–¿Quién será nuestro werowance? -preguntaron.
Él les dijo que debían elegir un joven que pudiera servirles durante dos generaciones, y cuando protestaron que ellos nunca habían elegido a sus jefes, Pentaquod paseó los ojos por la asustada multitud y vino a posarlos en Matapank, que había estado junto a él en la batalla, y cuando los demás comprendieron que Pentaquod había hecho su elección, gritaron:
–¡Matapank! – y quedaron satisfechos.
Pentaquod pensaba que, una vez anunciada su decisión de marcharse, debía hacerlo inmediatamente, pues si se demoraba restaría importancia al nuevo werowance En consecuencia, dio a Matapank una serie intensiva de instrucciones hasta el sombrío día en que se subió con él a una canoa y remó río abajo, más allá de la isla hasta la margen de la bahía. Allí, mientras la canoa se mecía perezosamente a impulsos de la corriente, hizo entrega de la pesada carga del caudillaje.
–Has oído hablar de la época en que la Gran Canoa llegó a estas aguas.
El nuevo werowance asintió con la cabeza.
–De lo que no has oído hablar es de que cuando avanzaba a lo largo de la costa, Orapak, que era un niño entonces, y su abuelo, que era el werowance, se deslizaron por entre los árboles y espiaron a la gente que estaba en la canoa.
Matapank frunció los labios; conocía las tradiciones de su tribu, pero no estaba enterado de aquella aventura.
–¿Qué vieron?
–Las personas que se encontraban a bordo de la canoa tenían la piel blanca, no como nosotros, y sus cuerpos eran distintos.
–¿En qué sentido?
–Brillaban. Cuando el sol daba sobre sus cuerpos, éstos brillaban.
Pentaquod dejó que esta información se abriera paso en la mente de su interlocutor y, luego, añadió:
–Y la Gran Canoa se movía sin remeros.
Esto resultaba aterrador. Se hallaban implicados valores que escapaban a toda comprensión, y el joven jefe se sentía desorientado. Y entonces Pentaquod añadió su última información:
–Esa canoa volverá algún día, y trataremos con personas completamente diferentes…, pieles blancas… cuerpos relucientes…
Matapank había estado ansioso de asumir las responsabilidades de la jefatura, pero estos nuevos factores suscitaban su aprensión.
–Cuando vengan, ¿me ayudarás?
–Puede que cuando vuelvan yo ya no viva -dijo Pentaquod.
–Yo creo que sí -replicó el joven.
–¿Por qué?
–Hace mucho tiempo, soñé que yo sería el werowance. El sueño se ha cumplido. Y, al mismo tiempo, soñé que llegaban al río otros que no eran nanticokes ni susquehannocks. Y llegarán.
A Pentaquod le agradó la respuesta. El jefe de una tribu debe ser alguien que tenga visiones del futuro, que sepa acomodar su modo de pensar a acontecimientos que sabe inevitables. En su caso, había sabido desde el principio que la paz con los nanticokes era posible, y todos sus actos como werowance habían apuntado en esa dirección. También había sabido que su débil y pequeña tribu nunca podría vencer a los susquehannocks, y les había protegido de realizar ese fatal esfuerzo.
–Estás en condiciones de asumir el mando -dijo a Matapank, mientras la corriente impulsaba con suavidad a la canoa, y cuando llegaron a la orilla entregó al nuevo jefe un apreciado talismán, que había conservado para aquel momento: el disco de cobre llevado por los werowances de aquella tribu.
Luego, prometió:
–Si los extranjeros vuelven mientras yo estoy aún con vida, te ayudaré.
Ese día, salieron del poblado él y su familia. Quitándose sus tres plumas de pavo, condujo a los suyos hasta un par de sólidas canoas, una hecha de roble y la otra de pino, y remaron hacia el Oeste, más allá de las marismas y en torno a los blancos acantilados, hasta penetrar en un hermoso y pequeño río. Tras haber avanzado por él un trecho, llegaron a un arroyo secundario que se internaba adentro y que, al poco rato, se bifurcaba, rodeando entre sus brazos a la pequeña península en que se había fijado hacía tiempo.
Cubierta de árboles, estaba orientada al Sur, desde donde el Sol la calentaría en invierno. No había marismas en las que pudieran criarse mosquitos, pero sí suficiente y profundas aguas saladas en las que encontrar ostras y cangrejos. En la selva había ciervos; y en todas las aguas, gansos. Era uno de los mejores lugares que deparaba el Choptank, un refugio de visible seguridad y extraordinaria belleza. Desde el punto en que Pentaquod y sus hijos erigieron sus tres wigwams, la familia dominaba una amplia perspectiva del arroyo hasta el río y los lejanos pinos que bordeaban el invisible Choptank.
Pentaquod pasó allí los dos años más felices de su vida: 1605 y 1606 en el calendario occidental. Era ya más viejo y estaba ligeramente encorvado. Su ancho rostro mostraba las profundas huellas de los años de caudillaje, y sus cabellos eran blancos. Pero se sentía joven, pues su hijo mayor había abandonado el refugio un día de verano para regresar remando al poblado, y cuando volvió lo hizo trayendo consigo a la hermana de Matapank, el werowance, y no tardó Pentaquod en tener un nieto, más largo y robusto de lo que solían ser los bebés entre los choptanks.
–¡Será un magnífico cazador! – predijo Pentaquod, y, antes de que el niño empezara siquiera a gatear, el abuelo estaba ya haciendo flechas para él.
Pero al año siguiente apareció una canoa que avanzaba rápidamente por el estero, y antes incluso de llegar a la orilla, los jadeantes remeros gritaron, con una mezcla de confusión y temor:
–¡Pentaquod! ¡Ha venido la Gran Canoa!
Tenía cuarenta y nueve años en aquel año de 1607, y era un hombre que se había ganado sobradamente el descanso; pero cuando reverberó a través de la selva esta información largo tiempo esperada, hizo lo que siempre había sabido que debía acabar haciendo: se puso sus plumas de pavo, dijo a su mujer y sus hijos que recogieran todas las cosas y les ordenó que le siguieran lo antes posible. Casi ávidamente, como un joven gamo irrumpiendo en nuevo prado, con las astas dispuestas, saltó a la canoa de los mensajeros y emprendió el regreso al poblado. Era como si deliberadamente se hubiera retirado del caudillaje hacía dos años para economizar sus fuerzas y purificar su mente, a fin de enfrentarse a las pruebas que le esperaban; estaba preparado.
Pero mientras la canoa abandonaba el pequeño arroyo para entrar en el río que le llevaría a sus nuevas responsabilidades, volvió la vista con tristeza y anhelo hacia la península que él había transformado. No la volvería a ver más, y él lo sabía, pues con la llegada de la Gran Canoa no sólo se perdería su paraíso, sino también el de todos los choptanks.
SEGUNDO VIAJE: 1608
Un frío y ventoso día de mediados de diciembre de 1606, el capitán John Smith, hombre colérico y obstinado, de menuda estatura, rostro barbudo y fogoso temperamento, reunió a siete audaces caballeros en un muelle del barrio de Blackwall, en Londres, y les dirigió la palabra con voz seca y tajante:
–Les he traído aquí para que inspeccionen los barcos en los que conquistaremos Virginia.
Y les mostró los tres pequeños navíos que les llevarían al Nuevo Mundo, designándolos por sus nombres:
–Susan Constant, cien toneladas. Godspeed, cuarenta toneladas. La pequeña pinaza Discovery, veinte toneladas. Y aquí abajo, en fin, el objeto de nuestra reunión de hoy.
Y les mostró, flotando en el Támesis al pie del muelle, una pequeña chalupa de un solo mástil y extremos iguales, de siete metros de longitud y provista de ocho ominosos remos.
–Usted, Edmund Steed, suba -ordenó Smith, y un joven rubio, de veinticinco años, vestido con ropas de estudiante, obedeció.
Al poco rato, los siete se encontraban a bordo, empuñando sus remos, mientras el capitán Smith, con su poco más de metro y medio de estatura, permanecía aprobadoramente en el muelle, observando cómo la pequeña embarcación se acomodaba al peso.
–¡Buena lancha! – exclamó con voz cortante, como si diera una orden.
Luego, irguiéndose al máximo que su estatura le permitía, saludó a la embarcación.
Tenía veintiséis años aquel invierno y era un hombre difícil, arrogante, insoportablemente ambicioso. Según él mismo contaba, había sobrevivido ya a peligros que habrían destruido a un hombre corriente: mercenario en los años más brutales de las guerras germánicas, heroico defensor de la Cristiandad cuando los mahometanos invadieron Hungría, capturado como esclavo y encerrado en una mazmorra turca, viajero a pie hasta Moscú y Madrid. Y ahora pasaba revista a su flota en vísperas de su más extraordinaria aventura: la fundación de una nueva colonia, el sometimiento de un nuevo mundo.
–¡Zarpamos!-gritó, mientras saltaba a la chalupa.
Cogiendo el octavo remo, empezó a manejarlo con una energía que avergonzó a los otros, y pronto estuvieron avanzando rápidamente Támesis abajo. Cuando pasaron ante los tres navíos, Smith gritó:
–Mr. Steed, ¿sabe manejar una vela?
–No lo he hecho nunca, señor -respondió el estudiante.
–Entonces, apártese mientras la iza Mr. Momford -bramó Smith.
Y un caballero que poseía conocimientos de navegación manipuló la lona, de tal modo que una vela ascendió por el mástil, tendida longitudinalmente de proa a popa. Una vez izada, la chalupa comenzó a moverse con tal rapidez, que ya no fue preciso remar.
–¡Embarquen los remos! – ordenó Smith; pero como los caballeros no estaban familiarizados con la orden, se produjo cierta confusión-. ¡Suban los remos! – rugió Smith, y fueron embarcados, como él quería.
Cuando hubo finalizado la breve excursión, con la chalupa de nuevo en el muelle, Smith sorprendió a su tripulación ordenando que la lancha fuese izada a tierra, después de lo cual entregó a Steed y Momford cubos de pintura y brochas, indicándoles que numerasen cada una de las tablas utilizadas en la construcción de la chalupa.
–Cada una debe tener su número, en cuatro puntos distintos, señalando su relación con todas las demás que estén en contacto con ella.
Finalizada esta curiosa tarea, llamó a los carpinteros, que desmantelaron la lancha, sacando tornillos y cuñas de madera hasta que sólo quedó un montón de tablas sobre el muelle. Entonces, ordenó que éstas fuesen atadas por grupos y llevadas a bordo del Susan Constant, donde fueron almacenadas bajo cubierta, y, luego, Smith llevó a Steed hasta el borde de la bodega en que podían verse las atadas tablas.
–Una idea mía -dijo-. Concebida mientras me hallaba prisionero en un harén turco.
Y, una vez más, saludó a la embarcación que tan importante papel desempeñaría en la fundación de la colonia de Virginia.
Debido a su arrogancia y a su endiablado temperamento, al capitán Smith le había ido muy mal en Jamestown. Encarcelado por intento de amotinamiento, capturado por los indios, puesto a un paso de la muerte a manos de Powhatan y llevado realmente al patíbulo para ser ahorcado por insubordinación, fue salvado por una revelación en el último momento. Seguro de sí mismo y presciente, sobrevivió al trabajo, dio a la colonia la férrea dirección que necesitaba y encontró tiempo para dedicarse a su mayor preocupación: la exploración de la bahía de Chesapeake.
–Éste es un mar noble -dijo una noche a sus hombres, tras haber terminado el trabajo del día-. Sereno y hospitalario, majestuoso en sus dimensiones. Sus posibilidades superan todo lo imaginable.
Había montado ya dos exploraciones preliminares, y le alentaba lo que había encontrado: anchos ríos, innumerables puertos, gran abundancia de peces y cangrejos y campos que pedían a gritos ser cultivados. Pero sus dos objetivos principales se habían mostrado esquivos: no habían encontrado un paso a la India y no había descubierto el oro y la plata que se sabía existían en algún lugar a lo largo de las orillas de la bahía de Chesapeake.
–Irritante -gruñó un día de julio de 1608-. Hace tres años que oí hablar personalmente de los hechos. Los jefes de la expedición estaban en Londres, dedicados a la tarea de gestionar los permisos necesarios, por lo que un noble y yo nos fuimos al teatro. Se trataba de una obra insustancial, y yo me dispuse a marcharme, pues no me gusta perder el tiempo ociosamente. Pero el destino me estiró de la manga y me hizo quedarme… con una finalidad. Uno de los actores de la obra se adelantó al proscenio y declamó directamente para mí, para nadie más. Habló de Virginia y me dijo lo que yo debía encontrar allí. Plata más abundante que el cobre. Sartenes y orinales hechos de oro puro. Rubíes y diamantes por las calles. Chiquillos recogiendo perlas a orillas de los ríos. Las riquezas están aquí, con sólo que sepamos encontrarlas.
El sábado, 9 de agosto, esbozó su plan:
–El oro se encuentra, estoy convencido, en ciudades escondidas a lo largo de la costa oriental de la bahía, y allí es donde exploraremos más detenidamente. El paso a la India arranca, probablemente, de la punta septentrional, por lo que, después de haber hallado nuestro oro, exploraremos en dirección Norte para identificar el paso y, luego, regresaremos a Jamestown con nuestro botín.
Los hombres convinieron en que aquélla era la estrategia más prudente, y el domingo, los dieciséis -siete caballeros, ocho marineros y el capitán Smith- fueron a la iglesia, donde se rezaron largas oraciones, y en la mañana del 11 de agosto condujo a su tripulación a las orillas del James, donde les habló con voz solemne:
–Estaremos fuera treinta días, y al final desearán ustedes que hubieran sido noventa.
A continuación, ordenó a sus quince hombres que subieran a la recompuesta chalupa, les mandó coger los remos y, como Alejandro Magno, se instaló en la proa de la embarcación, atalayando nuevos horizontes.
Entre los caballeros remeros, Edmund Steed, que no había participado en las dos exploraciones anteriores de Smith, había sido seleccionado con una finalidad especial. Smith no se había sentido muy complacido con los relatos de sus primeros viajes; eran geográficamente exactos, pero prestaban insuficiente atención a sus cualidades morales y heroicas. Esta vez estaba decidido a que sus logros fuesen presentados con adecuados adornos.
Steed procedía de una antigua familia de Devon y era graduado por Oxford. Escribía bien, estaba familiarizado con las alusiones clásicas y manifestaba un adecuado respeto hacia el capitán. Tanto en el Susan Constant como en tierra, en Jamestown, llamaba la atención, y Smith le aseguró ahora:
–Sólo quiero un relato exacto de cuanto ocurra durante nuestra exploración. Estricta atención a los lugares por los que naveguemos y detalles especiales cuando desembarquemos.
Hizo una pausa, mientras Mr. Momford se disponía a largar la vela, y, luego, añadió confidencialmente:
–Y sería prudente que prestara atención a las palabras y los actos heroicos del comandante.
Steed comprendió. Siempre se había mostrado adecuadamente atento cuando Smith entretenía a sus compañeros con relatos de sus aventuras en Hungría…, los terribles meses pasados sufriendo las torturas turcas…, sus románticas escapadas en Rusia…, su audacia en España. Steed se maravillaba a veces de que un hombre sólo un año mayor que él hubiera pasado por tantas y tan variadas experiencias y se hubiera sentido tentado de tildar de mentiroso al pequeño guerrero de no ser por el hecho de que Smith hablaba siempre con intrínseca veracidad. Sus historias sonaban a verídicas, y no tardaba en convencer al oyente imparcial de que realmente había estado en los lugares cuyos nombres salían de su boca, pues indicaba la temperatura y explicaba la situación de la ciudad con respecto a su río y lo que sus capturadores vestían y qué armas concretas llevaban los enemigos que él había matado en combate cuerpo a cuerpo.
La fe de Steed en su capitán derivaba de un incidente ocurrido durante el largo viaje desde Inglaterra, cuando, en una sola tarde, Smíth contó turbulentas aventuras en cuatro países distintos, terminando con España, y Steed había pensado: «Me jugaría el cuello a que nunca ha puesto los pies en España el muy fanfarrón.» Pero entonces el capitán, como si hubiera notado que había un incrédulo entre sus oyentes, finalizó con una extraordinaria evocación:
«Y de todas las ciudades que he visto en mis viajes, la que con más afecto recuerdo es la polvorienta ciudad que se halla situada en la desembocadura del gran río que lleva a Sevilla, en España, Sanlúcar de Barrameda es su nombre y se encuentra en la orilla izquierda de Uady-al-Quivir. como lo llaman. Es una ciudad pequeña y calcinada por el sol, con abundantes pastos en sus alrededores y vastas marismas llenas de pájaros. Es muy apreciada por Jos marineros a causa del delicioso vino clarete que elaboran sus vinateros, pues hay una plaza, cerca del centro de Sanlúcar, en la que éstos venden su mercancía, acompañada de unos pececillos salados que ellos llaman boquerones. Yo probé el pescado, pero no el vino.»
Las palabras sonaban como una campana al atardecer, y Steed abandonó cualquier duda que hubiera podido tener. Smith tal vez no hubiese permanecido prisionero en un harén turco, y probablemente no mató a tres adversarios durante un torneo a caballo con sus lanzadas, pero nadie podía negar que había visitado una polvorienta ciudad española emplazada en la desembocadura de un río.
Cuando Jamestown desapareció tras un recodo, Steed tomó cuidadosa nota de las características de la chalupa para no omitir ningún detalle importante: ausencia de cubierta, sin refugio frente a las tempestades, barriles de pan que ya se estaba agriando, una tanda de trozos de carne seca, algunos de ellos con gusanos, y una gran provisión de cañas de pescar. «Habrá peces en abundancia», aseguró Smith a los remeros, y, cuando Mr. Momford izó la raída vela, Steed tomó nota de que había sido remendada dos veces. Se proponía dejar constancia de tales deficiencias, pues su existencia haría más impresionante aún el descubrimiento del oro y del paso hacia el Oeste por parte del capitán.
Si los caballeros y los marineros experimentaban un cierto recelo ante una exploración llevada a cabo con tan inadecuado equipo, su capitán carecía por completo de él. Estaba de un buen humor extraordinario, y, cuando la chalupa respondió airosamente al viento, exclamó:
–¡Estupendamente botada! ¡Va a ser un viaje memorable!
Steed apuntó estas frases y otras en pliegos doblados que llevaba en una bolsa de lona, y aquella noche las copió en un Diario propiamente dicho, que el capitán Smith cogió en cuanto estuvo terminado.
No le gustó lo que vio. No le gustó en absoluto. Los datos geográficos eran exactos, pero le irritó haberse equivocado de aquella manera al juzgar el talento de Steed y, con la sinceridad que le caracterizaba, abordó el tema:
–Mr… Steed, al principio de nuestro histórico viaje, pone usted en mi boca las siguientes palabras: «Estaremos fuera treinta días, y al final desearán ustedes que hubieran sido noventa.» Es un discurso muy pobre para el comienzo de una gran aventura.
–Es lo que usted dijo, señor.
–Lo sé. Pero disponíamos de poco tiempo. Debe tener eso en cuenta.
Y, cogiendo la pluma de manos de su secretario, se sentó bajo la oscilante linterna y compuso una alocución más apropiada:
Avanzando ya el día, el capitán Smith reunió a sus hombre junto a la chalupa y les dijo: «Señores, emprendemos hoy un viaje de exploración que deslumbrará a las Cortes de Europa. En Virginia encontraremos oro y plata. Tal vez descubramos el escondido paso que conduce a los tesoros de la India y la China. Recogeremos y almacenaremos las especias aromáticas de las islas. Penetraremos hasta donde ningún inglés ha llegado jamás, y regresaremos con joyas y preciosas telas capaces de alegrar el corazón de cualquier monarca. Hacemos este viaje para mayor gloria de Dios, para llevar Su Palabra a tierras que no la conocen y para imperecedera grandeza de nuestro amado rey Jacobo, antes de Escocia, pero ahora de toda Bretaña.
Con arrogante ademán, el capitán Smith empujó el papel hacia su secretario, quien lo acercó a la linterna, y en sus pálidas facciones se dibujó un intenso asombro, mientras leía las correcciones del capitán.
–Usted nunca dijo esas cosas, capitán.
–Las pensaba -replicó secamente Smith-. De haber tenido tiempo, las habría dicho.
Se disponía Steed a protestar, cuando miró a las sombras y vio el barbudo rostro de su comandante. Era como hierro bordeado de roble, y comprendió que Smith habría pronunciado ese discurso si la ocasión se lo hubiese permitido, y sintió que no era lo que un soldado decía, sino lo que se proponía, lo que proporcionaba la motivación. John Smith vivía íntimamente con posibilidades que otros hombres no podían ni siquiera imaginar, y en sus sueños las forzaba a convertirse en realidad. Edmund Steed y Thomas Momford podrían estar en una destartalada chalupa, con alimentos deficientes y sin protección, explorando una bahía cercada de tierra; Smith se encontraba ya al otro lado del paso del Noroeste y en pleno Pacífico, capitaneando una carabela.
El séptimo día del viaje, Steed tuvo un atisbo del auténtico John Smith y de la isla que centraría su atención durante el resto de su vida. Habían estado recorriendo infructuosamente la costa oriental, introduciéndose en un río tras otro, siempre con resultados decepcionantes, estableciendo superficiales contactos con indios que nunca habían visto hierro, y mucho menos oro o plata, y Steed había escrito:
Wicomico y Nanticoke, exploramos estos ríos durante millas y millas, confiando encontrar alguna ciudad de opulencia en la que los orinales estuviesen hechos de oro, pero, en lugar de ello, encontramos solamente los más sórdidos poblados indios, habitados por salvajes desprovistos de los conocimientos más elementales. Nuestro heroico capitán no perdió jamás el ánimo y supo traficar astutamente adquiriendo patatas y roanoke para su utilización contra las tribus próximas a Jamestown. Fue durante la práctica de estas actividades cuando averiguó hábilmente la existencia de un río hacia el Norte llamado el Choptank, cuya principal ciudad, llamada Patamoke, se sabe que tiene mucho oro.
Así, pues, la chalupa zarpó en dirección Norte con su grupo de excitados exploradores, y, cuando avistaron un ancho río, Smith gritó:
–¡Éste es nuestro Choptank! ¡Aquí está Patamoke, ciudad de oro!
Pero cuando la pequeña embarcación enfiló hacia el promontorio meridional que protegía al río, Edmund Steed vio su isla: de perfil delicado, resguardada dentro del río, coronada por una diadema de árboles.
–Capitán Smith -llamó-, ¿ha visto alguna vez una isla más hermosa?
El pequeño guerrero examinó la tierra desde varios ángulos y respondió:
–Demasiado baja para un fuerte.
La lenta chalupa necesitó unas cuatro horas para acercarse a la isla y rebasarla, y durante todo ese tiempo Steed permaneció apoyado en una de las finas hiladas, mirando Vio numerosas ensenadas en las que hubieran podido atracar, e incluso un pequeño río que conducía al corazón de la isla. Cuando divisó un amplio prado que parecía pedir a gritos ganado, pensó: «Esto es lo mejor de Inglaterra transportado al otro lado del mar. La llamaré Devon.»
Aquella noche, la chalupa fondeó aguas arriba del Choptank, bajo la protección de un blanco acantilado, y, mientras parte de los hombres trataba de coger peces para la cena, apareció un grupo de indios en dos canoas, anunciando con señas que su werowance deseaba que el jefe de los extranjeros les acompañase hasta la capital, donde serían bien recibidos. Cerró la noche mientras los ingleses discutían si su capitán debía arriesgarse o no a semejante viaje, y se expusieron muchas opiniones, ya que la invitación planteaba difíciles problemas, como informó Steed:
En la oscuridad, no podíamos ver a los indios que esperaban, ni tener el menor indicio de sus intenciones, pero ellos podían vernos, pues nuestro mástil se recortaba contra el cielo. Thomas Momford señaló que el capitán Smith había sido atraído dos veces a trampas como aquélla y, de hecho, había permanecido cautivo de Powhatan, destacado jefe de la costa occidental. Este recuerdo animó al capitán Smith a relatar aquel suceso. «Powhatan ordenó traer dos bloques de piedra, y fui tendido sobre ellos, y un guerrero se alzó sobre mí con su maza levantada, pronto para aplastarme la cabeza, cuando se produjo un milagro y fui salvado.»
Steed había oído ya cinco veces aquella historia; estaba convencido de que Smith creía que la cosa había sucedido así, pero él distaba mucho de tener seguridad de ello. Y luego, hacia el amanecer, Smith tomó su decisión:
Nos dijo, simplemente: «Debo ir a la ciudad de Patamoke, pues allí es donde encontraremos el oro.» Ningún argumento pudo disuadirle y, al despuntar el alba, designó a Chirurgeon Ragnall y Edmund Steed para que le acompañasen. Cuando subíamos a la canoa que nos esperaba, Thomas Momford exclamó: «¡Tenga cuidado, capitán!» A lo que Smith replicó: «Un capitán nunca debe temer entrevistarse con otro capitán.»
El corto viaje desde el acantilado hasta la ciudad fue de intensa excitación, pues el capitán Smith olía ya el oro y, en su expectación, comentó a Steed:
–Si nos reciben con un gran cortejo, yo iré delante, y usted marchará detrás Ragnal en forma adecuada para impresionarles con nuestra prestancia militar. Steed tomó nota de lo que sucedió:
Después de atravesar una marisma llena de pájaros y ondulantes matorrales, nos acercamos a nuestro largo tiempo ansiado objetivo: la ciudad de Patamoke, cuartel general de los poderosos choptanks que dominan este río, y nuestros corazones comenzaron a latir aceleradamente. El capitán Smith, protegiéndose siempre de un ataque inesperado, se inclinó hacia delante en la canoa para echar un primer vistazo a la colonia, y, al ver sólo un círculo de wigwams, un montón de conchas de ostra y nada más, miró desconcertado a sus compañeros.
En tierra, nos encontramos con una nueva confusión. Identificamos inmediatamente al werowance por el disco de cobre que llevaba en el pecho. Se llamaba Matapank, y no nos causó gran impresión, pues, como carecía de dignidad y autoridad, se mostraba reacio a tomar decisiones. Sin embargo, estaba acompañado por un gigantesco indio de pelo blanco y con tres plumas de pavo en la cabeza, y este hombre, cuyo nombre era Pintakood, parecía ser el verdadero werowance.
Ni oro, ni plata, ni perlas, ni rubíes, ni esmeraldas. Hasta el cobre del disco había sido comprado. Los indios eran de pequeña estatura y carentes de majestuosidad, a excepción del llamado Pintakood, cuya hija, de unos doce años, estaba a su lado, tan distinguida como él.
El capitán Smith, amargamente decepcionado con aquel lastimoso poblado, sintió que debía, al menos, cumplir el ritual de una exploración, y sacó de su bolsa de lona una colección de atractivos objetos: cuentas de cristal de Venecia, un hacha de hierro, dieciocho piezas de tela de vivos colores y, para el werowance, un último regalo que cautivó a todos los indios.
Se trataba de un pequeño objeto de marfil, articulado en un costado con una tapa metálica que, al levantarse, dejaba al descubierto un pulido cristal bajo el que había algo increíble: una aguja, fina y delicada, que descansaba sobre un soporte de tal modo que, cualquiera que fuese la dirección en que se moviese la caja de marfil, la aguja volvía siempre a una posición constante.
¿Qué podía ser aquello? El joven werowance lo tomó en sus manos, lo movió en círculos y vio cómo la aguja regresaba a su primitiva posición. Estaba desconcertado.
Los que se encontraban a su alrededor se sentían más impresionados por el hecho de que podían ver la aguja -podían verla con toda claridad-, pero el invisible cristal les impedía tocarla, y también eso era un milagro. Los otros choptanks querían que el regalo pasase de mano en mano, pero el werowance se negó a entregarlo.
Entonces habló Smith. No conociendo ni una sola palabra de su idioma, utilizó un mínimo de gestos para indicar el cielo, la oscuridad de la noche y las estrellas que formaban la constelación de la Osa Mayor. Sus gestos eran incomprensibles para el joven werowance, pero el gigante de las plumas de pavo le observó con atención y, de pronto, cogió un palo y dibujó en el polvo las siete estrellas de la Osa Mayor.
–¡Sí! – exclamó Smith, señalando al firmamento.
Y, con el dedo índice, mostró cómo la constelación apuntaba a la Estrella Polar, pero esto era innecesario, pues el gigante ya lo sabía. Con sus propios gestos, indicó que la aguja buscaba el Norte, y Smith asintió.
A mediodía se celebró un banquete, con carne de oso y pasteles de cangrejo, tras lo cual el capitán Smith envió a Chirurgeon Ragnall de regreso a la chalupa con la noticia de que todo iba bien; él y Steed pasarían la noche con el werowance. Ragnall protestó que el capitán podría caer en otra trampa, pero Smith no le hizo caso, y aquella noche, mientras aparecían las estrellas del verano, Steed se sentó con la hija del hombre alto de las plumas de pavo. Su nombre -dedujo tras habérselo pronunciado numerosas veces-, era algo así como Tsiblinti, y ella le dio de comer una excitante mezcla de maíz y habas que llamaba succotasb, si había entendido bien la palabra.
Al regresar a la chalupa, se enfrentó a la difícil tarea de describir aquella aventura. Quería ser exacto e informar de la placidez de aquel poblado indio, pero sabía que debía también presentar al capitán Smith en una postura heroica, y no resultaba fácil combinar ambas cosas. Cuando el capitán leyó el relato, no pudo ocultar su desagrado.
–¿Quiere llamar Devon a la isla? Así será; pero, ¿no sería más adecuado dejar constancia de que ha sido decisión mía, no suya?
–Yo lo he propuesto, simplemente, señor. La confirmación le corresponde a usted.
–Confirmado, pero preferiría que el relato indicara que la sugerencia partió también de mí.
–Así lo haré constar.
Luego, Smith frunció el ceño y pasó a lo que realmente le preocupaba.
–Ha utilizado excesivamente pocas palabras para describir nuestra marcha. Debe recordar, pues ha participado en ella, la peligrosa empresa que emprendimos. No es tarea insignificante que tres hombres penetren desarmados en el corazón de un hostil territorio indio.
Steed iba a decir que nunca había visto gentes menos hostiles, indias o no, pero juzgó más prudente guardar silencio. Entregando las páginas al capitán, sostuvo la linterna para que Smith pudiera escribir en ellas, y al cabo de un rato, recibió lo siguiente:
Estábamos entrando ya en el río más importante de la costa oriental, el río de los choptanks, en cuya desembocadura se alza una hermosa isla de serenos prados y majestuosos árboles. Vimos arroyos de agua dulce corriendo entre los bosques, y todos los hombres quedaron extasiados ante el paisaje que se nos ofrecía. Nos recordó las bellas tierras de Devon, y el capitán Smith lo bautizó con ese nombre en su honor. Tras haber rebasado la isla y avanzado bastante distancia aguas arriba del Choptank, nos vimos acosados por un grupo de feroces y hostiles indios, y el capitán comprendió al instante que nuestra seguridad dependía de cómo tratáramos a aquellos salvajes, que hubieran podido dar muerte a todos los componentes de nuestra pequeña expedición si así lo hubiesen deseado. Por consiguiente, adoptó la audaz estratagema de pedirles que le condujeran a presencia de su werowance, que se indicó estaba a cierta distancia, en la capital del territorio, Patamoke. Varios hombres protestaron por el peligro que suponía semejante viaje por su parte, señalando que los salvajes nos superarían en número en la proporción de varios centenares a uno y podrían matarnos a todos sin riesgo. Pero el capitán Smith estaba resuelto a entrevistarse con el werowance y concluir con él un tratado para el suministro de los alimentos que necesitábamos, por lo que reunió a sus hombres y les dijo: «El sabio Maquiavelo ha dicho con razón, en su enseñanza a los príncipes, que hombres, hierro, dinero y pan son elementos necesarios para la guerra, pero, de los cuatro, los dos primeros son de la máxima importancia, porque hombres y hierro pueden encontrar dinero y pan, pero pan y dinero nunca encuentran hombres y hierro.»
A continuación se adelantó intrépidamente con Chirurgeon Ragnall y Mr. Steed por compañeros, y gritó a los indios: «¡Llevadme a Patamoke!» Subimos a la canoa del enemigo y fuimos a nuestro encuentro con el werowance de los choptanks. Era un hombre atolondrado, de escasa categoría, pero tras él se ocultaba el verdadero jefe, un tal Pintakood, no más brillante que él. Se les veía a los dos dispuestos a causarnos daño, pero el capitán Smith les habló por señas y les dio una brújula con caja de marfil que les causó gran admiración, especialmente por el hecho de que podían ver la aguja a través del cristal, pero no tocarla. Eran incapaces de comprender para qué servía aquel extraño ingenio, pero nuestro capitán les explicó lo que eran los cielos y la redondez de la Tierra, y cómo danzaban los planetas y el Sol perseguía continuamente a la noche alrededor del mundo.
Cuando Steed leyó este pasmoso relato no supo por dónde empezar. Todo era cierto y, al mismo tiempo, completamente falso. Pasó por alto la parte referente al bautizo de la isla Devon; el capitán Smith mandaba, y hasta que él no confirmaba un nombre, éste no se consideraba impuesto. Estaba dispuesto también a ignorar las afirmaciones de Smith de que los indios se habían mostrado hostiles; a quien con tanta frecuencia había sido víctima de la falacia india, podría haberle parecido así. Y admitía, incluso, que el gigantesco guerrero de las tres plumas de pavo apareciera como un estúpido porque los otros lo eran. Pensó, con cierta exactitud: Smith odiaba al inteligente choptank porque el indio era tan alto y él tan bajo. Quería que fuese estúpido.
Pero al estudiante de Oxford le irritaba la versión de Smith citando a Maquiavelo para estimular a sus hombres.
–No he oído nada sobre Maquiavelo -observó, cautelosamente.
–Los indios apremiaban, y no tenía tiempo.
Steed no replicó, y Smith continuó:
–Si un capitán lleva a sus hombres a aguas desconocidas contra un enemigo desconocido, lo prudente es que piense en Maquiavelo.
Al oír esto, Steed clavó la vista en las tablas del fondo, apenas discernibles en la oscuridad, pero Smith no se conformaba con la aquiescencia; necesitaba una aceptación positiva. Con el pulgar levantó firmemente el rostro del joven hasta que las estrellas brillaron sobre él y los ojos de ambos estuvieron frente a frente.
–Dígame, Mr. Steed, ¿por qué había de subir a la canoa casi solo y aventurarme en el campo enemigo? Hombres y hierro obtienen alimento, nunca al revés.
En la oscura noche, los dos hombres se miraron fijamente, decidido Steed a resistir los halagos de su capitán. Smith, notándolo, levantó más la cabeza del joven y dijo:
–Insisto en que introduzca un cambio más en la parte que no he corregido aún.
–¿Es una orden?
–Lo es. En su relato de nuestra marcha con los indios quiero que escriba que, valerosamente, se ofreció usted voluntario a acompañarme.
–Pero usted me mandó que fuera.
–Si no se lo hubiese mandado, se habría ofrecido voluntariamente a ir, porque, al igual que yo, es usted un hombre de hierro.
Steed no respondió, y Smith avanzó unos pasos en la chalupa, pero pronto volvió con otra corrección.
–Mr. Steed, en el momento de mi encuentro con el indio de las plumas de pavo, ¿es necesario poner de relieve que él es muy alto y yo muy bajo?
Esta vez, Steed dijo:
–Mi descripción es, en efecto, poco cortés, y la modificaré con mucho gusto.
Pero Smith no había terminado aún. Bastante después, despertó a Steed con esta sugerencia:
–Creo que debe añadir que el capitán Smith se sintió tan sorprendido por la gigantesca estatura del general indio, que tuvo la seguridad de que el hombre no podía ser un choptank, sino que, probablemente, era un susquehannock.
Steed no pudo conciliar de nuevo el sueño y, mientras la chalupa se deslizaba suavemente sobre las aguas del río Choptank, se dedicó a contemplar alternativamente la silueta de la isla que él había bautizado -plácida y silenciosa en la noche- y la dormida figura de su capitán. Smith era un enigma, dispuesto a introducir cualquier alteración en el relato personal del viaje, pero obsesivamente decidido a mantener una escrupulosa exactitud en el aspecto geográfico. A la entrada de cada río, tomaba constantes mediciones para concretar su situación. Consultaba constantemente su brújula y pedía a los demás que revisaran sus cálculos. Nunca anotaba en el Diario la altura de un árbol o la distancia a tierra sin hallar previamente confirmación en las estimaciones de los otros, y manifestaba una extraordinaria meticulosidad en la confección de mapas. Si describía la ropa de un choptank, lo hacía con toda exactitud.
Su sueño era agitado, y al amanecer se acercó de nuevo a Steed y le dijo:
–Creo que puede escribir que no encontraremos oro ni plata. Ese sueño era infundado.
Pronunció estas palabras con tan evidente tristeza, que Steed compartió su aflicción; pero al despuntar el sol, el pequeño capitán era todo energía cuando gritó a sus hombres:
–Bien, hacia el paso al Oeste.
Y enfiló su chalupa al Norte, hacia su siguiente decepción.
Era un jefe severo. Una noche congregó a su tripulación ante la desembocadura del Susquehanna y murmuró a Steed:
–Quiero que anote con especial cuidado lo que haga y diga esta noche.
Luego ordenó que los caballeros formasen en un grupo y los marineros en otro, y de este último mandó que se adelantara Robert Small. Cuando el hombre lo hubo hecho, dijo ásperamente:
–Levante el brazo derecho.
Y cuando el brazo estuvo levantado, Smith se subió al caído tronco de un árbol y con una vasija echó sobre el brazo un chorro de agua fría.
–Vuelva a llenarlo -dijo a Steed.
Una vez llena de nuevo la vasija, ordenó al marinero levantar el brazo izquierdo y vació sobre él toda el agua.
–Diga a todos qué ha hecho para merecer este castigo -exclamó Smith.
–Lancé un juramento, señor.
–¿Pronunció airadamente el nombre de Dios?
–Sí, señor. Había pescado un gran pez, y se me escapó.
–Vuelva a su puesto, Small.
El capitán se dirigió entonces a toda la tripulación:
–Si les pido que se comporten decentemente, es porque yo siempre lo he hecho. Nunca he bebido licores, ni jugado a dados o cartas, ni fumado, ni lanzado un juramento, ni perdido el tiempo con mujeres, ni me he degradado de manera alguna. Soy un soldado y me propongo serlo siempre. Los que navegan conmigo no juegan a los dados, ni beben, ni lanzan juramentos.
Aquella noche, cuando el relato hubo quedado redactado a satisfacción de Smtih, éste preguntó a Steed:
–¿Se propone convertirse usted también en un soldado?
–No tengo especial interés en ello, señor.
–Otros tampoco. ¿Qué planes tiene?
–No dejo de pensar en la isla Devon. Mi intención es establecerme allí cuando termine este viaje.
–No tiene usted licencia. Ni autorización.
–Estaría bien, capitán, que los hombres de Jamestown pensaran menos en licencias y autorizaciones.
Para un militar, aquélla era una doctrina desagradable e inadmisible. Un soldado se identificaba con su rey o su general y los servía; licencias, órdenes adecuadas y autorizaciones constituían el nervio de la profesión. Pero no podía esperar que Steed comprendiese; había en aquel joven algo tortuoso, algo oculto que Smith no había explorado aún, y no se sorprendió cuando le comunicó sus planes.
No encontraron ningún paso hacia la India. El extremo superior de la bahía descendía en una sucesión de bajíos y marismas en las que la chalupa encallaba repetidamente, y la quinta vez que los marineros se echaron a nado con el ancla para poder sujetar la embarcación, el capitán Smith exclamó:
–Mr. Steed, esta noche puede escribir que el paso no existe…, al menos para nosotros.
No volvió a hablar más de ese sueño perdido.
La exploración finalizó curiosamente. Mientras la chalupa se deslizaba de regreso a lo largo de la costa occidental, Steed se situó a popa con una caña de pescar, y, de pronto, picó un pez tan grande, que le resultaba imposible izarlo a bordo, y, mientras forcejeaba con el animal, el capitán Smith introdujo la mano en el agua para ayudarle y fue golpeado violentamente en la muñeca por el aguijón de la cola de una enorme raya.
Ahuyentando al pez, se miró el brazo y vio cómo empezaba a hinchársele. Al cabo de unos momentos había adquirido proporciones tremendas -más grueso que su muslo-, y los dedos comenzaban a tomar tonalidades purpúreas. El dolor era tan intenso, que tuvo que morder un trozo de madera para no gritar, y, al cabo de noventa minutos, cuando el color del brazo se tornó más oscuro y el dolor se hizo insoportable, el capitán dijo a Steed y al médico:
–Voy a morir. Cávenme una tumba desde la que pueda ver la bahía.
Y un grupo de marineros cavó una tumba, y Smith fue hasta ella y se sentó a un extremo, con los pies colgando dentro.
Mientras permanecía allí en silencio, contemplando el fin de sus aventura, el dolor empezó a remitir y desapareció de su brazo el horrible color púrpura, y, cuando quedó claro que no iba a morir ni a perder el brazo, recobró el ánimo y preguntó:
–¿Hemos sacado el pez?
–Sí, señor -respondió Steed.
–Estupendo. Lo tomaré para cenar.
Lo frieron, y lo comió.
En las últimas horas de este decepcionante viaje, Steed se vio obligado a reconocer que había surgido en él un indudable afecto hacia su capitán. Smith era más de diez centímetros más bajo que él y pesaba ocho kilos menos, pero era pura energía, pura dedicación al oficio militar, y, si adornaba los hechos para presentarse como más valiente de lo que había sido, ello no constituía una falsificación, ya que, si los acontecimientos hubieran exigido heroísmo, él lo habría proporcionado. Steed pensó: «Lo malo de Smith está en las palabras. Exige que expresen lo que podría haber sido.»
El ultimo río que visitaron fue el York, y, aunque se hallaba ya próximo el final de la expedición, los cansados marineros se quejaban amargamente de la comida, de la lluvia, frente a la que carecían de protección, y de los insectos.
–¡Rayos y truenos! – explotó Smith-. Podría construir una nueva Jerusalén en esta bahía si encontrara diecisiete hombres que no temiesen a los mosquitos.
Caminó desconsoladamente con Steed a lo largo de la orilla, hasta que se sintieron fatigados y sudorosos. Entonces se dejó caer sobre un montón de hojas secas y confesó el fracaso de sus grandiosos designios.
–Buscaba sedas y brocados, y he encontrado indios vestidos con andrajosos taparrabos. Buscaba oro y no he hallado sino hierbajos de marisma. Esta bahía tiene riquezas, pero yo no estaba destinado a encontrarlas.
Mientras hablaba, su mano acariciaba agitadamente las hojas sobre las que estaba sentado…, tabaco llevado aguas abajo del York por los indios para su transporte a Londres. En años futuros, fardos, balas y barcos enteros cargados de aquella hierba bajarían por los ríos de Virginia y Maryland, produciendo más oro y brocados de lo que jamás soñó el capitán Smith.

LA ISLA

Para comprender cómo fue que Edmund Steed, caballero, acompañó al capitán John Smith en su exploración de la bahía de Chesapeake de 1608, es necesario retroceder más de cien años.
A fines del siglo xv, todo el mundo era católico en Inglaterra, lo cual era comprensible, ya que no existían en aquel tiempo otras religiones cristianas y se discutía si los pocos judíos que había en el reino tenían alma. El rey Enrique VII, habiendo arrebatado el trono al infame Ricardo III, gobernaba con la bendición del Papa, a quien gustosamente prestaba fidelidad espiritual y temporal. Tras muchos años de disturbios, el país estaba en paz, los grandes monasterios albergaban poderosos clérigos y los buenos ingleses estaban contentos de ser buenos católicos. Martín Lutero, que se alzaría más tarde contra esta feliz somnolencia, tenía entonces quince años y estudiaba con entusiasmo para ser sacerdote católico.
Los ingleses quedaron encantados, pues, cuando, en 1489, el rey Enrique anunció el compromiso formal de su hijo de tres años, Arturo, con Catalina de España, de cuatro años, hija de Fernando e Isabel, los más católicos de los monarcas. Esta prometida unión de la insignificante Inglaterra con la poderosa España constituía una jubilosa ocasión que presagiaba muchos beneficios para el reino de la pequeña isla.
Doce años más tarde, cuando Catalina desembarcó en Inglaterra, se vio en ella una princesa afable, discreta y bien educada, que prometía llevar amor y lealtad al trono. El joven Arturo se sintió fascinado al verla y se casó de buen grado con ella, mientras los representantes del Papa daban su aprobación oficial a esta feliz unión de dos reinos católicos. El nuevo siglo comenzaba con buenos auspicios.
Desgraciadamente, Arturo, heredero del trono de Inglaterra, era débil y enfermizo y, en marzo de 1502 murió. Su viuda, para decepción general, no estaba embarazada.
Esto le deparaba al rey Enrique VII un difícil problema dinástico: si permitía que la princesa Catalina huyera de Inglaterra y regresase a España, perdería las ventajas que hubieran podido derivarse de una boda española; pero no había ninguna excusa práctica para retenerla en Londres como una especie de rehén que garantizase el buen comportamiento de los monarcas españoles.
Astutos consejeros, de los que Inglaterra pareció siempre tener abundante provisión, indicaron que el rey tenía una forma justificable de impedir que Catalina regresase a España: «Casadla con el hermano del difunto Arturo.» Era una idea excelente, salvo que Enrique, el hermano, tenía solamente once años, seis menos que su propuesta novia.
Y, además, no bien se hubo sugerido este matrimonio diplomático, cuando reflexivos clérigos lo rechazaron, pues era contrario a la ley de la Iglesia. Un teólogo tronó:
–El Levítico, capítulo 20, versículo 21, deja zanjada la cuestión.
Y citó el admonitorio versículo en su propia y tosca traducción al inglés:
«Ningún hombre se casará con la viuda de su hermano. Está prohibido. Hacerlo deshonra el buen nombre de su hermano, y la pareja no tendrá hijos.»
Por triste experiencia, las naciones habían descubierto que la vida familiar no podía gozar de seguridad si los hermanos se sentían en libertad de robarse mutuamente las mujeres. La realeza, en especial, había aprendido que los hermanos menores debían comprender desde el principio que no obtendrían ningún beneficio de la muerte de sus hermanos mayores. Para la viuda Catalina, casarse con el hermano de su difunto marido sería inmoral, ilegal y contrario a la costumbre de la Iglesia.
Pero las presiones dinásticas continuaban. El rey Enrique era ya un hombre viejo, cuarenta y cinco años, y no gozaba de buena salud. Debía adoptar las medidas necesarias para asegurar el futuro de su duramente ganada corona, y la mejor forma de lograrlo sería preservar y reforzar la alianza con España. Catalina debía permanecer en Inglaterra.
Así, pues, buscó teólogos que no se hubieran comprometido apresuradamente cuando se sugirió aquel matrimonio, y, naturalmente, cuando estos eruditos escudriñaron la Biblia encontraron el afortunado pasaje del Deuteronomio, 25:5, que contradecía al Levítico y no sólo permitía que un hombre se casara con la viuda de su hermano, sino que ordenaba realmente hacerlo.
«Cuando dos hermanos habitan uno junto al otro y uno de los dos muere sin dejar hijos, la mujer del muerto no se casará fuera con un extraño; su cuñado irá a ella y la tomará por mujer, y cumplirá todas las obligaciones de un marido.»
Difícilmente podía haber una instrucción más concisa que ésa, ni que mejor incluyera el problema dinástico de Inglaterra, y cuando el rey Enrique oyó leer en voz alta este mandato, batió palmas jubilosamente y ordenó que se concertaran unos esponsales para su hijo de once años.
El rey no vivió lo suficiente para ver felizmente casado a su heredero; murió el 21 de abril de 1509, y por respeto a su memoria pues había sido un rey de gran firmeza-, el joven Enrique, aun contra su voluntad, asintió a su matrimonio con una mujer seis años mayor que él. La boda se celebró pocas semanas después del entierro del viejo rey y tuvo felices consecuencias, salvo en lo referente a dar un heredero al trono. Catalina era suficientemente fértil y parecía estar constantemente embarazada: daba a luz un hijo tras otro -chicos entre ellos-, pero todos morían. Sobrevivió una hija enfermiza, María, pero no era una hija lo que Enrique buscaba.
En 1533, el rey Enrique se convenció tardíamente de que su matrimonio con aquel prototipo español había sido ilegal e inmoral desde el principio. Al final, volvió al Levítico, abandonando el Deuteronomio. Con creciente furor irrumpió entre el clero católico, exigiendo se encontraran eruditos que apoyasen su postura de que Catalina nunca había estado debidamente casada con él y que, por tanto, estaba técnicamente divorciada. Encontró tales eruditos, naturalmente, pero no de una elevada posición, y el Papa de Roma rehusó ratificar sus conclusiones basándose en varias y juiciosas razones: que, si bien el matrimonio podría haber sido inicialmente sospechoso, había sido celebrado; había sido consumado, como lo demostraba la niña María; y había durado casi un cuarto de siglo. El divorcio fue denegado.
Ahora bien, el rey Enrique era tan fiel católico como solían serlo los reyes de Europa; once años antes había escrito personalmente y hecho circular ampliamente un folleto en el que refutaba al renegado Martín Lutero y reafirmaba la autoridad del Papa. En agradecimiento a esta defensa, el Papa había proclamado oficialmente a Enrique «Defensor de la Fe», apreciado título que ostentarían todos los futuros soberanos de Inglaterra. Como Enrique había demostrado ser un firme puntal del Papa, no podía rechazar fácilmente al Pontífice por causa de una decisión que le molestaba; además, Enrique aceptaba sinceramente las doctrinas de la Iglesia y le habría horrorizado que alguien le acusara de falta de entusiasmo por el catolicismo. La consecuencia era que Enrique no podía divorciarse de Catalina, lo cual significaba que no podía casarse con la apetitosa y joven doncella de la Corte de quien se había enamorado: Ana Bolena.
¿Qué hacer? Un cínico de Londres susurró: «La bula del Papa le ha atado las bolas al rey», y más tarde, cuando se resolvió el asunto, se recordaría esta agudeza. La acusación contra el gracioso sería primero de lesa majestad, después de blasfemia y, finalmente, de traición, por lo que sería estrangulado en la Torre. Murió por una frase ingeniosa.
Empezó a circular entonces el rumor de que Ana Bolena estaba embarazada de lo que todo el mundo esperaba que fuese un hijo, por lo que se hacía precisa una rápida resolución del conflicto con el Papa para que el futuro rey no naciera como bastardo. El punto muerto a que se había llegado fue resuelto de forma inteligente: el rey Enrique declaró que, si bien Inglaterra y todos los ingleses continuaban siendo tan católicos como siempre, reconociendo como antes la supremacía espiritual del Papa, rechazaban su jefatura temporal. En lo sucesivo habría una Iglesia católica en diversas partes de Europa, presidida por el Papa, y habría otra en Inglaterra, igualmente católica, pero gobernada en todos los asuntos administrativos por el rey Enrique.
En un acceso de fervor religioso, se divorció de Catalina de España y se casó con Ana, la lozana muchacha inglesa. Esto provocó tal agitación en toda Europa, que se vio obligado a demostrar que era realmente el jefe de la Iglesia local, y lo hizo mediante una eficaz maniobra. Una noche, estando acostado con Ana Bolena, se le ocurrió que el Papa controlaba más de la tercera parte de la tierra de Inglaterra: catedrales, monasterios, iglesias, conventos, todos poseían extensas fincas y a los campesinos que trabajaban en ellas. Con un simple edicto, Enrique expropió todas aquellas posesiones, cerró los monasterios, despojó de sus tierras a las catedrales y, como él dijo: «Mandé a la calle a los monjes, frailes y monjas, obligándoles a ganarse honradamente la vida.» Luego, con su característica astucia, ideó la estratagema más brillante de todas: no se quedó con las nuevas posesiones, ni las entregó a poderosos duques y condes que más tarde podrían aliarse contra él, sino que las dio a los leales hombres de la clase media que le habían apoyado en su lucha contra el Papa. De esta manera, convirtió a la tercera parte de Inglaterra en obligatoria defensora suya, y fue durante esta transferencia cuando entraron en escena los antepasados de Edmund Steed.
En el condado de Devon, al sudeste de Londres, la pequeña ciudad de Bishop Nympton, a mitad de distancia entre Dartmoor y Exmoor, vivía desde.hacía varios siglos una distinguida y tenaz familia local llamada Steed. Habían sido granjeros acomodados; los padres habían servido como justicias de paz, y los hijos habían asistido a Oxford. Tanto los hijos como las hijas habían contraído matrimonios conservadores, y ningún escándalo había afectado jamás a la familia, que, si no había producido barones ni condes, sí producía una constante provisión de hombres en quienes los reyes podían confiar.
Uno de esos hombres era Devon Steed, de cuarenta y nueve años cuando su rey, Enrique, trataba de divorciarse de la reina española. Cuando más ásperos eran los debates, el rey buscó apoyo en los caballeros rurales de buena reputación, y el propio cardenal Wolsey, el que constantemente conspiraba para llegar a ser Papa, pidió a Steed que reuniera ayuda en su distrito.
Tal petición planteaba un grave problema moral a Steed: era devoto católico, amaba al Papa, pagaba los diezmos, todos los miércoles y domingos llevaba a su familia a la capilla local, y subvenía personalmente a las necesidades materiales del sacerdote. Ponerse de parte de un rey contra el Papa en una discusión sobre los dos contrapuestos versículos de la Biblia constituía una tremenda responsabilidad, y durante algunas semanas se abstuvo, enfrentado con su conciencia a aquel pasaje del Levítico que prohibía específicamente la clase de matrimonio a que Enrique había sido obligado a contraer con Catalina.
¿Era posible que el Papa ignorase la Biblia? Devon Steed nunca admitiría tal cosa. Pero, ¿no era posible que el rey Enrique tuviese razón al afirmar que no había tenido ningún hijo legítimo varón porque había caído sobre él la maldición de Dios a causa de su incestuoso matrimonio? ¿No advertía el Levítico que semejante matrimonio no tendría hijos?
Permaneció durante varios días en esta precaria situación, inclinándose ora hacia el Papa, ora hacia Enrique. El dilema fue resuelto ingeniosamente: el cardenal Wolsey envió a Bishop Nympton un emisario personal, el joven Hugh Latimer, emparentado con los Steed y padrino del hijo de Devon, Latimer, con un argumento que no podía ser refutado:
–Primo Steed, no te das cuenta de que nuestro rey ha engendrado ya no menos de seis hijos, ilegítimamente, por supuesto, pero hijos no obstante. La esterilidad no puede ser culpa suya. Conoces a Henry Fitzroy, el que fue nombrado duque de Richmond a la edad de seis años. Es hijo de Enrique y también lo son otros cinco de menos importancia. Si puede librarse del petoste español y casarse con la joven Ana, tendremos un futuro rey, e Inglaterra se hallará protegida.
Latimer, hombre austero, guiñó un ojo y añadió:
–Supongo que sabrás que Ana está ya embarazada, un varón, según aseguran las comadronas, por lo que debemos actuar rápidamente.
Convencido en cuanto a los hechos, Devon Steed encabezó el apoyo de los condados occidentales al divorcio; apoyó al rey contra el Papa. No solicitaba ni esperaba nada a cambio de haber obedecido a su conciencia, pero cuando tuvo lugar la disolución de los monasterios y fueron distribuidas grandes fincas entre los defensores del rey, especialmente los de la clase media como los de Steed, Hugh Latimer se encargó de que su primor Devon figurara en la lista de elegibles.
Cuando llegaron los agentes a preguntar cuál de los ochocientos monasterios prefería, respondió con cierta inocencia:
–Glastonbury. Está cerca, y siempre he admirado las edificaciones que Richard Bere erigió allí cuando era abad.
El agente carraspeó y dijo:
–Glastonbury es tan grande que ha sido reservado.
–Lo siento -se excusó Steed-. ¿Qué es lo que el rey piensa para mí?
–Prefiere que los nuevos beneficiarios salgan de sus localidades. Lealtades en conflicto, ya saben. Hay un monasterio espléndido en Queen's Wenlock, en Berks.
–¡Lo conozco! – exclamó Steed, con entusiasmo.
Había pasado por allí una vez, camino de Oxford, y recordaba con afecto el lugar: torres bajas, un claustro modesto, innumerables chimeneas y cuatro nobles arcos góticos rodeando las puertas ante las que se congregaban los pobres para recibir limosnas.
–Las edificaciones del monasterio van acompañadas de mil quinientos acres -dijo el agente-, y dos aldeas pobladas por robustos labradores. Usted poseerá la totalidad en calidad de Sir Devon Steed.
Adquirió en 1537 el título de caballero como Sir Devon; tenía cinco nombres de pila, y ninguno de ellos era Devon. Ése era un apodo que le habían puesto en Oxford, y le había quedado; ahora se trasladó como Sir Devon a su nueva finca en compañía de su familia. Lo primero que hizo al llegar al viejo monasterio, construido en 1387 por la reina Ana de Bohemia, esposa de Ricardo II, fue orar en la antigua capilla, y, mientras permanecía arrodillado en aquellas viejas y sagradas piedras, reafirmó su permanente fe en el catolicismo y en la supremacía espiritual del Papa.
Nada cambió mucho, en realidad. Inglaterra continuó siendo católica. El rey Enrique, terriblemente decepcionado cuando Ana Bolena le dio otra hija y ningún hijo, mandó cortarle la cabeza al poco tiempo, y de nuevo Sir Devon le apoyó, lo mismo que sus colegas de los otros setecientos noventa y nueve monasterios expropiados: llamaban a Bolena la Ramera de los Howard, y se alegraron de su eliminación.
Circularon desagradables habladurías cuando ciertos círculos cortesanos, planeando siempre proteger la línea de sucesión al trono, propusieron que la pequeña princesa María, hija de la primera esposa de Enrique, Catalina, se casara con el duque de Richmond, su propio medio hermano. Los que expusieron la cuestión a Steed argumentaban:
–¿No comprendes? Esto uniría todas las ramas que pudieran tener una pretensión justa al trono. La posición de la pareja sería inexpugnable, y, cuando engendraran un hijo, sería rey en todos los sentidos de la palabra.
–Si engendrasen un hijo -exclamó Steed-, tendría dos cabezas.
Afortunadamente, el rey Enrique, siempre virtuoso, se rebeló ante la idea de que su hija se casara con su medio hermano ilegítimo, y la rechazó. Cuando supo que Sir Devon Steed, en Queen's Wenlock, había rechazado la propuesta por los mismos motivos, sintió crecer su afecto hacia el nuevo caballero y aumentó la extensión de sus tierras.
Mientras vivió el rey Enrique, Devon no experimentó remordimientos religiosos. Tanto él como el rey continuaron siendo católicos devotos, y, cuando este último ordenó que dos luteranos herejes ardiesen en la pira, Sir Devon aplaudió.
–No queremos cismáticos aquí -dijo a su hijo Latimer.
Murió tres meses después que su rey escapando así al caos en que cayó Inglaterra cuando reinó brevemente Eduardo VI. Sir Latimer Steed, que heredó el título y la considerable hacienda que lo acompañaba, estaba más devotamente unido al catolicismo y al Papa de lo que lo había estado su padre, y quedó aterrado por la torpe forma en que los asesores del joven rey trataban de convertir a Inglaterra en un país protestante. Sir Latimer lo condenó enérgicamente, y manifestó a todos los que visitaban el antiguo monasterio que «los hombres honrados de Inglaterra nunca abrazarán las herejías de Ginebra». Experimentó gran alivio cuando Eduardo, siempre enfermizo, como si Dios hubiese maldecido a su padre por haber tenido seis esposas y haber decapitado a dos de ellas, murió.
Entonces, María, de treinta y siete años de edad y forjada en el horno de la resistencia Tudor, asesinato y piedad, subió al trono, resuelta a poner todo en orden. Fue un día glorioso para los buenos católicos como Sir Latimer cuando aceptó la corona, y no pasó mucho tiempo antes de que los dirigentes heréticos que habían tratado de alejar a Inglaterra de Roma pagaran el castigo por su traición. Uno tras otro, fueron a la hoguera, y Sir Latimer, rezando en la capilla que su padre había robado a la Iglesia, daba su bendición a las llamas… «Es la única forma de mantener pura a Inglaterra.»
La primera señal de que las cosas marchaban de modo extraño se produjo el 19 de octubre de 1555, cuando su hijo Fairleigh llegó precipitadamente de Londres con sorprendentes noticias:
–Hugh Latimer ha sido quemado en la hoguera.
Era increíble. Los Steed conocían a los Latimer desde hacía más de cien años, y habían contemplado con compartido orgullo cómo el joven Hugh ascendía los diversos peldaños de la Iglesia. Cuando el cardenal Wolsey no logró ser elegido Papa, no había sido demasiado esperar que lo consiguiera Latimer, y ahora había perecido en la hoguera. ¿Qué terrible error había provocado semejante injusticia?
No podía decirse del joven Fairleigh que fuese un católico devoto, era mucho más. Amaba a la Iglesia; de niño, mientras jugaba en las amplias habitaciones del antiguo monasterio, ahora discretamente llamado la Quinta, obtuvo una visión de lo que debía ser una Iglesia soberana, y en Oxford había encabezado al grupo de jóvenes que encendieron hogueras para celebrar la subida al trono de la reina María, pues en su purificadora llegada veían la salvación de la Iglesia. Comprendía que era necesario adoptar duras medidas antes de que Inglaterra pudiera ser llevada nuevamente a sus debidos cauces, y aplaudía su fuerza de carácter.
–Tenía que destruirle, padre -explicó-. Hugh Latimer predicaba la doctrina más perniciosa, y, de no habérsele atajado, habría atraído a Inglaterra al protestantismo. No era mejor que Calvino.
Y, así, el hijo condujo al padre a través de los agitados pero gloriosos días del reinado de la reina María. Cuando María tomó por marido al rey Felipe de España, el joven Fairleigh lo explicó todo y acalló los temores de su padre de que eso pudiera significar una influencia española.
–¡Jamás! España e Inglaterra se unirán bajo la autoridad del Papa. Finalizarán las luchas fratricidas, y España e Inglaterra juntas terminarán con la herejía en Alemania y los Países Bajos.
Eran días excitantes aquellos días de reconstrucción, y Queen's Wenlock se llenaba a menudo de estudiantes de Oxford que discutían sobre las características de la Inglaterra futura. Algunos fanáticos habían propuesto que los monasterios robados fuesen devueltos a la Iglesia, pero la reina María, que dependía de las sólidas familias que ahora los ocupaban, se negó en redondo. Sir Latimer aplaudió su decisión, al igual que los estudiantes de Oxford, muchos de los cuales procedían de familias que se habían beneficiado de las expropiaciones.
Y entonces murió María. El trono pasó a su media hermana, Isabel la Protestante, la hija bastarda de Ana Bolena, aquella ramera de los Howard. Sir Latimer, reflexionando sobre el desastre, dijo a Fairleigh:
–Esa línea es completamente perversa. No es casualidad que las dos reinas que Enrique tuvo que decapitar fuesen Howard. Primas carnales, y rameras las dos.
Hizo una pausa para mirar las viejas vigas de su noble salón y dijo:
–Así que ahora tenemos como reina a la hija ilegítima de una ramera. Vienen malos tiempos, Fairleigh, y todos tendremos que decidir nuestra postura.
Para los buenos católicos, los tiempos fueron peores de lo que él había previsto: el santo Papa Pío V promulgó una bula que excomulgaba a Isabel como hereje y advertía a los católicos de Inglaterra que ya no le debía fidelidad. Ella reaccionó condenando a muerte a todo el que hiciera circular la bula en territorio inglés.
La batalla estaba empeñada; paso a paso, se fueron dictando duras medidas contra las personas devotas que, como el joven Fairleigh Steed, amaban a la Iglesia de Roma y, al mismo tiempo, a la tierra de Inglaterra. Todo católico sorprendido asistiendo a misa: multa de setenta libras esterlinas, suma enorme en aquellos tiempos. Todo católico que rehusara asistir a la iglesia protestante, multa de veinte libras al año por cada miembro de la familia, joven o viejo. Todo inglés, hombre o mujer, que tratara de convertir a buenos protestantes al catolicismo: muerte en la horca. Y todo creyente, como los Steed, que intentara mantenerse fiel a la religión que siempre había practicado, acoso continuo, persecución y riesgo de muerte si daba albergue a un sacerdote clandestino.
La reina Isabel nunca pudo comprender el obstinado comportamiento de gentes como los Steed. Su nueva religión conservaba casi todas las características de la antigua: la misa, la transustanciación, el altar mayor, bautismo, rigurosa atención a la confesión, prohibición de comer otra cosa que no fuera pescado los miércoles y un clero célibe ataviado con las vestiduras tradicionales. Isabel estaba convencida de que cualquier persona podía asistir a los cultos del nuevo ritual sin darse cuenta nunca de que no era católico. Además, prohibió con extrema severidad todas las manifestaciones de protestantismo calvinista y ejecutó jubilosamente a los luteranos que intentaban divulgar las perniciosas enseñanzas de Ginebra.
Todo lo que Isabel pedía a sus súbditos era que abjurasen de Roma y le reconocieran a ella como jefe de la Iglesia que funcionaba en Inglaterra. La severa ley de 1581 lo explicaba todo en su título: Para mantener en debida conciencia a los súbditos de Su Majestad la reina. Los Steed se negaron a prestar obediencia a una soberana humana. Se convirtieron en católicos clandestinos, seguidores secretos de la antigua fe, audaces protectores de sacerdotes itinerantes que ejercían la peligrosa labor de mantener viva esa fe.
Queen's Wenlock, en otro tiempo uno de los notables monasterios menores de Inglaterra, se convirtió, en la década de 1570, en un centro del espíritu misionero católico. El viejo Sir Latimer dijo que se dejaría matar antes que permitir que una ramera de los Howard le aconsejara en asuntos espirituales. Lady Steed le previno que refrenara su lengua para no ser ahorcado, y le recordó que no era una de las rameras de los Howard quien le estaba haciendo aquello a Inglaterra, sino la hija ilegítima de una de las rameras.
Era el joven Fairleigh, a la sazón de veinticinco años y graduado en Oxford, quien sentía con más intensidad la presión de la época. Él respetaba las antiguas costumbres y creía poder seguirlas sin ser traidor a la nueva reina, aunque la despreciaba. Era católico e inglés a la vez, y debería ser posible mantenerse ciudadano fiel y leal de ambos mundos. En cuanto a la absurda acusación de los protestantes de que ser católico significaba automáticamente que uno ardía en deseos de tomar las armas en favor del Papa y en contra de Inglaterra, nunca había oído estupidez mayor. Había en Inglaterra más de 160.000 católicos practicantes, y sólo un puñado de traidores entre ellos.
Pero seguían sucediendo cosas que debilitaban su posición. Fanáticos que desconocían por completo las realidades de Inglaterra fueron capturados cuando trataban de montar una invasión española para instalar de nuevo el rey Felipe en el trono que en otro tiempo compartiera con María. Otros necios que intentaban promover un levantamiento en favor de la otra María, la católica reina de los escoceses, fueron sorprendidos portando cartas en que se especificaban todos los detalles. Individuos enloquecidos, desgarrados por conflictos religiosos que no podían comprender, intentaron asesinar a la reina, como los locos que en todos los países tratan de dar muerte a sus dirigentes.
Todo esto conducía a la sospecha y al odio; buenos ingleses que hubieran debido tener un mejor criterio llegaron a creer como algo evidente que el Papa se proponía invadir su país con la ayuda de España para convertirlos de nuevo al catolicismo del viejo estilo. Era contra este prejuicio contra el que los Steed tenían ahora que actuar.
Todos los miembros de la familia daban firme testimonio de que ser católico no entrañaba herejía. No sólo rechazaban la más mínima invitación que pudiera parecer sospecha, sino que se expresaban abiertamente en contra. La única cosa prohibida a la que no renunciaban era a relacionarse con los valerosos sacerdotes.
–Estos sacerdotes, ordenados por Dios, son nuestros guías espirituales -proclamaba Sir Latimer a todo el que quería oírle.
El antiguo muñidor se estaba convirtiendo en un hombre poderoso; en el orden normal de las cosas que había prevalecido en Inglaterra durante siglos, habría sido el juez de paz del pueblo, administrando una aproximativa especie de justicia, rehusando condenar a muerte ni aun al peor criminal y administrando sus fincas de modo que cada generación tuviera unos acres más que la anterior. Se debía al azar del divorcio del rey Enrique el que hubiese heredado un título de caballero, y, aunque le agradaban los edificios y las tierras que le acompañaban, no se encontraba realmente a gusto en su pequeño castillo. Se habría sentido mucho mejor cuidando los cerdos allá en Devon. Ciertamente, no estaba en manera alguna dispuesto a entrar en un debate religioso. Lo único que sabía era que los Steed siempre habían obedecido al Papa y se proponían seguir haciéndolo.
Por tanto, era comprensible que, cuando devotos sacerdotes ingleses, ordenados en el seminario inglés establecido en Douai, en los Países Bajos españoles, al otro lado del Canal, se introdujeron subrepticiamente en Inglaterra para proteger la fe, llevaran consigo instrucciones no escritas de ponerse en contacto con los Steed, en Queen's Wenlock, y así lo hicieron. Por definición de Isabel, tales sacerdotes eran traidores -no buscaban la salvación de las almas, sino promover la revolución-, y quien les diera cobijo lo hacía con riesgo de su vida. Los Steed asumieron ese riesgo.
Hacia el anochecer, los sacerdotes convergían en algún punto convenido de la comarca del oeste de Londres. Actuaban con sigilo para evitar que les detectasen los espías pagados de Walsingham y Burleigh que merodeaban por la región. Al caer la noche se dirigían presurosamente a las cuatro abovedadas puertas del viejo monasterio y llamaban rápidamente. Se encendía una luz. Una puerta crujiente se entreabría unos centímetros. Los sacerdotes se daban a conocer, pronunciaban la contraseña que les habían dado los católicos de Londres y entraban, mientras la puerta volvía a cerrarse tras ellos.
Dentro, Sir Latimer servía las bebidas y preguntaba qué sucedía en Douai. Iba progresando la traducción de la Biblia al inglés de modo que fuera aceptable para los católicos. Nuevos sacerdotes eran ordenados con regularidad, y los de más fortaleza de ánimo eran enviados a Inglaterra. Cuatro de los más recientemente llegados habían sido ahorcados, pero otros mártires en potencia se hallaban ya en camino.
¿Y el nuevo Papa? Los jóvenes sacerdotes dijeron que se disponía a dar un paso que les ayudaría mucho en su trabajo. Anunciaría que la bula de su predecesor ordenando a todos los buenos católicos oponerse a la reina Isabel debía quedar en suspenso, a fin de que los católicos pudiesen obedecer a la reina en todas las cosas temporales.
–¡Muy inteligente por parte del Papa! – exclamó Sir Latimer-. Eso nos absuelve de la acusación de herejía.
–En efecto -asintieron los sacerdotes.
Pero los tribunales dependientes de la reina consideraron el gesto papal como un subterfugio, y continuó el ahorcamiento de sacerdotes.
En el verano de 1580 llegó a la hacienda un sacerdote fugitivo tan luminoso que parecía llevar consigo la prueba visible de su santidad y de su futuro martirio. Era Edmund Campion, de cuarenta años a la sazón, uno de los estudiantes más brillantes que había tenido Oxford, alumno distinguido del seminario católico de Douai y uno de los más hábiles polemistas entre los jesuitas de Roma. Era filósofo, historiador, autor de folletos y excelente teólogo. Entre sus amigos, protestantes y católicos por igual, era conocido como la maravilla de su tiempo, y catorce años antes la propia reina Isabel, fascinada por el discurso que pronunció ante ella durante su visita a Oxford, había dicho: «Este joven tiene ante sí posibilidades ilimitadas.»
Pero había elegido el espinoso camino del sacerdote misionero, y el día en que desembarcó en Dover comprendió que su fama era tal que sería descubierto por los espías de Walsingham y quemado como mártir. Seguro de ello, y conforme con su destino, avanzó valerosamente por la comarca, celebrando reuniones de oración y haciendo caso omiso de la probabilidad de que informadores protestantes le estuviesen siguiendo los pasos.
Llegó a Queen's Wenlock un viernes y dijo a Sir Latimer -de cuyo valeroso comportamiento tenía muchas referencias- que deseaba celebrar misa para los católicos de la región, y éstos fueron apresuradamente congregados, conscientes cada hombre y cada mujer de que la muerte sería la consecuencia de la traición. Cuando llegaron a la hacienda, encontraron esperándoles al viejo Sir Latimer, hosco el gesto bajo las pobladas cejas, y el sereno rostro de Edmund Campion. Éste eligió como texto un pasaje de los viajes de san Pablo y comparó la obra que Pablo había realizado con la que estaban haciendo los sacerdotes fugitivos.
–La Roma pagana no buscó a Pablo menos ávidamente de lo que el protestante Walsingham me busca a mí. Al final, Pablo triunfó, y nosotros también triunfaremos.
Su predicación se limitó a una serie de sencillos, pero convincentes, ejemplos de lo que los furtivos graduados de Douai habían logrado en la tarea de mantener vivas en Inglaterra las llamas sagradas del catolicismo.
–La gloria de nuestra Iglesia está en sus mártires. Las llamas de sus abrasados cuerpos inflaman nuestro santo espíritu.
Hablaba como un poseso, pero no desvariaba, ni tampoco se puso a sí mismo como ejemplo. Simplemente, informó de lo que los católicos estaban consiguiendo en aquellos decisivos tiempos. Cuando terminó, ofició la ceremonia de la misa, bendiciendo el vino y consagrando las hostias que habían sido preparadas para el sagrado festín. Al depositar en cada lengua el cuerpo de Cristo, decía: «La paz sea con vosotros.»
Quizá fueron los trágicos acontecimientos que sobrevinieron más tarde lo que indujo a las personas que asistieron a aquella misa a declarar en años posteriores que se había tratado de una ocasión sagrada, pero todos testificaron:
–Quedó revelado el futuro, y en torno a la santa cabeza de Edmund Campion vimos el hilo del martirio.
En cualquier caso, el padre Campion abandonó Queen's Wenlock en un estado de exaltación, como si sus días de prueba se hallaran ya próximos.
Sir Latimer y su hijo Fairleigh acompañaron a Campion hasta su siguiente predicación, en una quinta próxima a Faringdon, en Bucks, y desde allí hasta el mismo Oxford, donde el joven Steed presentó al arriesgado sacerdote a numerosos estudiantes entregados al catolicismo. Discutió con ellos el futuro de la Iglesia en Inglaterra y la naturaleza de la vocación individual. Después de su última misa se proponía dirigirse a Norfolk, donde el gran número de católicos le haría estar relativamente seguro, pero en el último momento se le convenció de que regresara a Faringdon para predicar de nuevo a los muchos fieles que no habían tenido el privilegio de oírle en su anterior visita a Queen's Wenlock.
Accediendo a las súplicas que tan insistentemente se le hacían en ese sentido, volvió sobte sus pasos y se dirigió a la casa de Latimer, donde le esperaban espías protestantes. Eran ellos quienes habían organizado la invitación, y fueron ellos quienes le llevaron prisionero a Londres y le encerraron en una celda de la Torre.
Fue introducido en Little Ease, la famosa celda demasiado baja para estar de pie, demasiado angosta para dormir, y allí fue mantenido en absoluto aislamiento, sin alimentación adecuada, durante cuatro días. Luego fue torturado tres veces distintas en el potro, hasta que se le descoyuntaron las articulaciones, y acabó confirmando lo que Burleigh y Walsingham ya sabían, que había sido protegido por Sir Latimer Steed, de la finca de Queen's Wenlock.
El viejo caballero fue inmediatamente detenido y arrojado, como su sacerdote, en Little Ease, de donde salió convertido en un hombre destrozado que mascullaba frases incoherentes. Pero, al deteriorarse su cuerpo, aumentó su fuerza espiritual, y, pese a cuanto le hicieron los monstruosos carceleros y manipuladores del potro, su testimonio fue siempre el mismo: que era leal a Inglaterra y fiel a su Iglesia. Los interrogadores le gritaban, le acusaban de ingratitud, le recordaban que debía cuanto era al rey o reina que en cada momento poseyera el trono y que, por consiguiente, se hallaba obligado a jurar fidelidad a cualquier forma de religión que profesase el monarca.
Semejante idea resultaba repugnante, y la rechazó con desprecio, por lo que a finales de noviembre de 1581 él y el padre Campion fueron conducidos a Westminster Hall, en cuyos elegantes y majestuosos salones se reunían las figuras del foro y el clero para juzgar a los heréticos traidores. A Fairleigh Steed le fue permitido asistir al juicio, juntamente con muchos protestantes que aplaudían las acusaciones formuladas contra los encartados.
El juicio fue una farsa. No se encontró ningún testigo que demostrase que el padre Campion hubiese predicado jamás la traición, mientras que fueron once los testigos que comparecieron para declarar que expresamente había manifestado que era obligación cívica respetar a Isabel y a sus leyes. En cuanto a Sir Latimer, todo el testimonio de su vida era de lealtad a la corona. Fairleigh, que escuchaba cuanto se decía con toda la atención que le era posible, no podía imaginar otro veredicto que el de inocencia, y quedó paralizado de horror cuando los jueces, hombres responsables y honrados del reino, leyeron su sentencia:
«Debéis ir al lugar de donde habéis venido, para permanecer allí hasta que seáis llevados sobre parrillas a través de la ciudad de Londres hasta el lugar de ejecución para ser allí ahorcados. Pero se os descenderá mientras estéis aún con vida, y se os cortarán vuestras partes privadas, y se os arrancarán las entrañas, que serán quemadas ante vuestros ojos, y luego vuestros cuerpos serán divididos en cuatro partes, de las que se dispondrá como ordene Su Graciosa Majestad. Y Dios tenga piedad de vuestras almas.»
Diez días después, la sentencia fue ejecutada con meticuloso detalle, y Fairleigh Steed se obligó a sí mismo a mirar mientras su padre y aquel santo sacerdote eran sacudidos horriblemente, cortados, rajados y obligados a contemplar cómo eran descuartizados sus cuerpos. Ni el viejo ni el joven lanzaron un solo grito, y Fairleigh quedó convencido de que, al abandonar su envoltura carnal, sus espíritus entraron en el cielo para ocupar su puesto en el seno de Abrahán.
Una semana después, la esposa de Sir Fairleigh dio a luz un hijo, al que un nuevo sacerdote de Douai bautizó con el nombre de Edmund.
La cabeza de Sir Latimer Steed fue clavada en una lanza y exhibida en Tyburn a lo largo de nueve semanas, tiempo durante el cual su familia trató en Queen's Wenlock de formular un plan para continuar viviendo. Curiosamente, habida cuenta de la cruel muerte infligida al viejo caballero, las tierras de la familia no fueron confiscadas; los descendientes de Sir Latimer no fueron sometidos a muerte civil, porque los monarcas de Inglaterra permitían generalmente que la traición de un padre terminase allí, con la esperanza de que los hijos aprendieran de los errores de sus mayores y se reformasen.
Los Steed tomaron dos decisiones: serían leales a Inglaterra en todas las cosas, y continuarían oyendo misa. El joven Edmund pasó los seis primeros años de su vida siendo adoctrinado en estos dos principios; cuando pensaba en su padre, imaginaba un sosegado caballero que atendía los asuntos de sus grandes posesiones y, luego, oraba decididamente con cualquier sacerdote que acertara a pasar por allí, pues estaba resuelto a mantenerse fiel a su herencia católica. Edmund siguió las huellas de su padre, y este tipo de juiciosa tregua prevaleció por toda Inglaterra durante aquellos tranquilos años de 1581 a 1587.
Pero en 1588 el rey Felipe de España, tratando de recuperar el trono inglés que en otro tiempo ocupara como marido de María, destruyó todas las razonables esperanzas albergadas por familias como los Steed. Envió su victoriosa Armada para invadir Inglaterra, destruir el protestantismo y obligar al capturado país a retornar a Roma. Estúpidos ingleses, especialmente los que habían vivido en el exilio, hicieron estúpidas declaraciones sobre la restauración del Papa, y dentro de la isla otros descarriados idiotas creyeron que, tan pronto como las tropas españolas pusieran pie en suelo inglés, los católicos del reino se alzarían para recibirlos y contribuir al sometimiento de su patria.
Desde aquel día de verano en que Drake, Hawkins y Howard pusieron en fuga a los galeones españoles ante las costas de Plymouth y los enviaron a sus tumbas en las tormentas desatadas ante las Hébridas, quedó sellado el destino de católicos corrientes como los Steed. El populacho los consideraba traidores a todos, a todos ellos, y se creía además que sólo un milagro había permitido a los ingleses defenderse contra la invasión papal y la restauración de las hogueras que la reina María había patrocinado durante su breve y sangriento reinado.
El ostracismo cayó pesadamente sobre el joven Edmund. En la escuela era un niño al que había que mantener apartado, y en Oxford todos se alejaban de él. Nunca pudo ostentar un cargo público, ni, al igual que sus antepasados, actuar como juez de paz, ni prestar testimonio en ciertas clases de juicios, ni ingresar, mediante matrimonio, en las buenas familias, ni servir como oficial en la Marina o en el Ejército. Tenía que pagar impuestos especiales y, lo peor de todo, era generalmente despreciado en la comarca. Se hizo más difícil oír misa, pues, tras el frustrado ataque de la Armada, los sacerdotes eran perseguidos con mayor severidad. Al finalizar el siglo XVI, un joven católico podía existir en Inglaterra, pero eso era todo.
Mas en 1602, al alcanzar Edmund su mayoría de edad, la reina Isabel enfermó, y en 1603 murió…, calva, con peluca y más fea que un pecado. Mientras se rezaban oraciones por la salvación de su augusta y asesina alma, Sir Fairleigh Steed reunió a su familia en el gran salón de Queen's Wenlock, donde un sacerdote fugitivo oficiaba una misa en sufragio de la fallecida reina, pidiendo a la familia Steed que le perdonara todos los males que le había causado. Cuando todos los presentes hubieron prometido fidelidad a su nuevo rey, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, Sir Fairleigh elevó una fervorosa oración pidiendo que Dios hiciera al nuevo monarca más inteligente que el antiguo.
Nada cambió. Los católicos continuaron siendo excluidos del Gobierno, y uno de los profesores de Edmund le dijo:
–De no haber sido católico, serías ya profesor en Oxford.
Fue en esta confusión cuando Edmund regresó de la Universidad con una inmoral propuesta que horrorizó a su padre.
–Voy a abrazar la nueva fe.
Sir Fairleigh contuvo una exclamación, y Edmund añadió:
–Públicamente. Puesto que esta nación continúa poniendo obstáculos a los católicos, considero permisible engañar a la nación. Cuando vuelva a Oxford, prestaré el Juramento de Conformidad. A partir de ese día, seré públicamente protestante.
–¿E interiormente?
–Tan buen católico como siempre. Cuando celebres misa, yo asistiré.
–Edmund, emprendes una penosa tarea.
–No tengo el menor deseo de que me arranquen las entrañas.
–Ningún hombre lo tiene, pero a veces ocurre.
–A mí no me ocurrirá. Jugaré su sucio juego.
–Los jóvenes -dijo Sir Fairleigh- suelen pensar que pueden jugar cualquier juego, con sólo mantener puros sus corazones.
–Me propongo intentarlo -respondió Edmund.
Y en el primer aniversario de la subida al trono del rey Jacobo, se dirigió a Oxford y, en ceremonia pública, anunció que abjuraba del catolicismo, afirmando que ya no debía fidelidad espiritual alguna ni al Papa ni a los sacerdotes. Permitió que un capellán administrase el Juramento de Conformidad, y a partir de aquel momento se convirtió en un ostensible protestante, para satisfacción de amigos que siempre le habían querido bien. De hecho, esta conversión satisfizo tanto que se le ofrecieron ascensos y prebendas como medio de inducir a otros católicos a seguir su ejemplo, y sus profesores volvieron a plantear la cuestión de un puesto en la Universidad.
De este modo, Edmund Steed fue de nuevo atraído a la corriente de la vida inglesa. Trabajó para el Gobierno en Londres y fue invitado por sus compañeros a sus casas de campo, donde conoció a viejos caballeros que, en su juventud, habían conocido a Sir Devon, y, en Bucks, uno de estos hombres dijo a Edmund con toda franqueza que esperaba llegase el momento en que Steed ingresase en su familia, ya que tenía una excesiva abundancia de hijas.
Pero cuando regresaba a la elegante finca de Queen's Wenlock, se cerraban las puertas, caía la noche y se materializaban los sacerdotes fugitivos de Douai, reanudaba su identidad católica, temblando cuando el sagrado huésped tocaba su lengua. Fue durante una de estas visitas, en la que la misa había sido especialmente expresiva, cuando llevó a su padre a los antiguos huertos que habían sido plantados personalmente por la buena reina Ana en 1387, y allí, bajo los nudosos árboles le dijo:
–Padre, la carga es demasiado pesada. No puedo fingir. Se me está destrozando el alma.
–Suponía que ocurriría -respondió el anciano-. ¿Qué piensas hacer?
–Se está formando una sociedad pata crear una nueva colonia en América. Me apuntaré.
–Comprendo -dijo Sir Fairleigh.
No le planteó la cuestión de cómo sobreviviría en una tierra lejana sin la consoladora tranquilidad de aquella finca y de aquellos recuerdos, pues estaba seguro de que Edmund había sopesado todos los inconvenientes. Lo importante era que su hijo adquiriese una posición sólida, de la clase que siempre habían preferido los Steed.
–Supongo que abandonarás la mascarada protestante.
–Lo antes posible.
–¿Por qué no ahora?
–Porque primero debo llegar a América. La sociedad no admite católicos.
–No lo retrases demasiado, Edmund. El fingir corroe.
–Me propongo situarme en una posición en la que ya no sea necesario.
El anciano caballero no quería ver a su hijo menor abandonar Inglaterra, y, especialmente, no quería verle poner fin a su relación con la finca, pues la fuerza de los Steed había reposado siempre en su unión con la tierra: los surcos, la caza y la cría de corderos. Sabía lo desesperadamente que añoraría Edmund aquellos pastos y huertos cuando languideciera en una tierra inculta, pero si el marcharse ayudaba a clarificar su espíritu, debía hacerlo.
–No te veré más, padre.
–¿Zarpas tan pronto?
–Dentro de este mes, dicen.
No se abrazaron ni se dieron la mano; los Steed no eran dados a excesivas muestras de afecto, pero, al despedirse en al abovedado zaguán construido hacía tantos años, el anciano se estremeció.
–Estos no han sido buenos años para los católicos -dijo-. Últimamente estoy viendo la cabeza de Sir Latimer en la punta de aquella lanza. Me temo que ése es el final que nos espeta a todos.
Se miraron y se separaron.
Pocas de las memorables aventuras de la Humanidad comenzaron más desdichadamente que la colonia inglesa de Virginia. Durante los últimos días de diciembre de 1606, la sociedad en que Edmund Steed se había apuntado reunió 105 valerosos emigrantes en los tres pequeños navíos, que zarparon rumbo al Nuevo Mundo, esperando tocar tierra al cabo de cinco semanas.
En alta mar, pero a la vista todavía de las costas de Inglaterra, sobrevino una calma chicha, que se mantuvo durante seis desesperantes semanas. No soplaba viento, y no había nada que el furioso capitán pudiese hacer; ominosamente, los dirigentes de la expedición veían a los futuros colonos consumir gran parte de los alimentos destinados a su subsistencia durante los primeros meses del experimento. Hasta el 14 de mayo no tuvo lugar la arribada de los navíos a una pantanosa isla del río James, grandilocuentemente llamada Jamestown, como si fuese una ciudad en funcionamiento.
La falta de alimentos, los miasmáticos terrenos, la confusión en el mando, la hostilidad de los indios y las violentas epidemias causaron estragos entre los recién llegados, de tal modo que, cuando finalizó aquel horrible verano, solamente continuaban con vida 38 de los componentes del grupo original. Parecía dudoso que éstos pudieran sobrevivir al invierno.
El comportamiento de los indios que poblaban la orilla occidental de la bahía de Chesapeake desconcertaba a los colonos: durante seis semanas, los pieles rojas se mostraron amistosos, llevando a la empalizada alimentos que salvaron las vidas de los colonos supervivientes; durante las seis semanas siguientes, mataban a todo colono que se aventurase en el exterior. A los ingleses les resultaba difícil aceptar tan irracional conducta, y la mayoría llegaron a temer y odiar al indio.
Edmund Steed no hizo ninguna de ambas cosas. Su contacto con los pieles rojas le inducía a creer que eran muy semejantes a los demás seres humanos, susceptibles de confianza y deseables como vecinos. Se sentía a sus anchas viajando entre ellos, por lo que, cuando el capitán Smith organizó su exploración de la bahía, buscando el oro y la plata que se sabía existían allí, era natural que Steed participase en ella, y sus contactos con los pacíficos indios de la orilla oriental confirmaron su actitud.
Pero en noviembre de 1608 acompañó a Smith en una expedición aguas arriba del río River, que tuvo resultados horripilantes. Se trataba de una exploración para averiguar qué clase de terreno se extendía más allá de la confluencia del Chickahominy, y, después de que el pequeño grupo dejara sus canoas, Steed se situó al final de la expedición en compañía del carpintero George Landon, y sus plácidas experiencias con los choptanks le hicieron abandonar toda precaución. Poco a poco, se fueron rezagando respecto a los otros, y, cuando estaban totalmente separados, cayó sobre ellos una banda de aullantes salvajes. Siguió una horrible orgía, en la que los guerreros blandían contra sus rostros aguzados palos que detenían a sólo unos centímetros de sus ojos. Luego, como más tarde informaría Steed:
Las mujeres de la tribu cayeron sobre nosotros, alejaron a sus hermanos y nos atacaron a estacas clavadas en el suelo. Con gran abundancia de danzas y cantos, se ocuparon primero de Landon, utilizando afiladas conchas de ostra para cortarle todos los dedos de las manos, un nudillo cada vez. Mientras gritaba con tal fuerza que ahogaba los exultantes gritos de las mujeres, éstas se arrodillaron y le serraron los dedos de los pies con el mismo detenimiento. Hecho esto, se aplicaron a su cuero cabelludo y, estirando lentamente hacia abajo, se lo arrancaron. Mientras estaba aún con vida, apilaron hojas secas y ramas entorno a su estaca y le prendieron fuego Cuando sus danzas finalizaron, se dirigieron hacia mí con sus conchas, pero el capitán Smith y sus hombres habían retrocedido para encontrarnos y llegaron a tiempo para salvarme.
Más tarde, llegó de Londres un grupo de barcos cargados de provisiones bajo el mando del capitán John Ratcliffe, que había actuado como capitán a bordo de la pequeña pinaza Discovery durante el primitivo viaje de 1607 y pasado, después, a ocupar la presidencia del consejo. Como estaba bien informado sobre los asuntos de Virginia, fue enviado con un grupo de soldados a negociar con el jefe Powhatan para que les fueran concedidas más tierras, pero el insidioso indio atrajo a los ingleses con promesas, los atacó perversamente y dio muerte a la mayoría. Conservaron vivos a Ratcliffe, Steed y otro para someterlos a torturas especiales, y una vez más fue rescatado el estudiante de Oxford, que informó así del horrible incidente:
Esparcidos a nuestro alrededor los cadáveres de nuestros compañeros, fuimos atados desnudos a unas estacas, ante las que se encendieron grandes hogueras, y, cuando estábamos a punto de perecer abrasados por el terrible calor, las mujeres atacaron al pobre Ratcliffe y, con unas conchas, le fueron arrancando toda la carne del brazo izquierdo hasta el hombro, tirando al fuego los pedazos. Hicieron lo mismo con su brazo derecho y luego con su pierna derecha, tras lo cual murió.
Al repetirse este tipo de sucesos, Edmund Steed perdió toda confianza en los indios. Acabó viéndolos como seres astutos, crueles, perezosos e incivilizados, y comprendió que la prudencia aconsejaba anticiparse a su perfidia. Ahora, cuando se organizaban expediciones que remontaban el James para comerciar con Powhatan, Steed se mantenía aparte, entre dos soldados, pronto a disparar su mosquete contra el corazón de cualquier salvaje que amagara cualquier leve movimiento.
Al disminuir su fe en los indios, fue aumentando su confianza en el capitán Smith. Le consideraba el único salvador de la colonia, hombre de pequeñas flaquezas y extraordinaria rectitud. Cuando el pequeño capitán anunció que debía salir de la colonia para asegurar un más puntual suministro de provisiones desde Londres, jurando clamorosamente que no abandonaría a los colonos, sino que volvería, Steed previo que, una vez en Inglaterra, quedaría prendido en un centenar de fascinantes proyectos relacionados con duques y princesas extranjeras y guerras en Moscovia.
–Ya no volveré a verle, capitán -dijo tristemente Steed mientras Smith permanecía en el muelle, rodeado de paquetes de flechas que se llevaba a Inglaterra para exhibirlas.
–Sobrevivirá. Recuerde que es usted uno de los hombres de hierro.
–Quería decir…, que usted no regresará.
–¡Yo! Esta bahía es sangre para mí. Corre a través de mis venas.
Dijo muchas más cosas y, al final, se irguió hasta el máximo que su altura le permitía, saludó a la colonia que él había mantenido viva, y no fue visto nunca más en Virginia.
El día en que zarpó río abajo comenzaron los tiempos de prueba, aquellas semanas y meses de hambre del otoño de 1609 y el invierno de 1610. Cuando Smith se marchó, la colonia contenía 507 miembros; seis terribles meses después, sólo quedaban 61. De aquella catástrofe, producida por la falta de alimentos y de calor, Steed informó a Londres:
Todos los que podrían ejercer el mando han muerto. El médico y los carpinteros y todos los que trabajaban para mantener en funcionamiento la ciudad están muertos. Incluso mientras escribo esto, la habitación está abarrotada de cadáveres, pues ya no tenemos a nadie para enterrarlos. No tenemos ni una habichuela ni una galleta, y me estremezco al informar que algunos, doblado ya el cabo de la más extrema desesperación, han empezado a exhumar los cuerpos de los ya fallecidos con el fin de comérselos, y por causa de ello son varios los que han enloquecido y se han arrojado al río y perecido en sus aguas. Y si los que podemos movernos intentamos salir del fuerte para buscar alimento, los indios que acechan en el exterior nos dan muerte.
Fue una época de horror tal, que los pocos que sobrevivieron a ella procuraron siempre borrarla después de su memoria, y, sin embargo, constituyó el auténtico cimiento sobre el que fue erigida la gran colonia de Virginia.
El 23 de mayo de 1610, cuando la brisa primaveral hacía más monstruosa aún el hambre, un hombre que se había arrastrado hasta el río para morir lanzó un aullido, y, al acercarse, Steed vio que el hombre estaba señalando río abajo hacia el lugar en que aparecían dos barcos de rescate, y cuando se aproximaron a tierra, Steed vio que sus nombres eran Patience y Deliverance.
Durante la primavera siguiente, en 1611, cuando la colonia quedó estabilizada, Steed decidió abandonar Jamestown y comenzar una nueva vida en la hospitalaria isla que había explorado con el capitán Smith tres veranos antes. Durante todas las pruebas a que se había visto sometido en Virginia, había mantenido intacta su visión de aquella isla de altos árboles y pescado abundante, y, aun cuando parecía que las mujeres indias le iban a descuartizar o que moriría de inanición antes de que finalizara el día, podía representarse mentalmente aquella isla e imaginarse a sí mismo viviendo sosegadamente allí.
Se acordaba incluso de los indios que el capitán Smith y él habían encontrado a lo largo del río, especialmente del gigantesco jefe, y deseaba desesperadamente creer que eran diferentes de las mercuriales y falaces tribus mandadas por Powhatan. Carecía de pruebas, que apoyasen esta esperanza, pero había visto a aquellos pacíficos indios choptank, y no era irrazonable esperar que fuesen diferentes.
Sus antepasados habrían comprendido el impulso que le empujaba a abandonar Jamestown: Sir Devon, con su simplista concepción del bien y el mal; Sir Latimer, dispuesto a ser descuartizado por su fe; el vacilante Sir Fairleigh, tratando de ser a la vez un buen católico y un inglés leal…, ellos le habrían comprendido cuando dijo:
–Me es insoportable la constante simulación. Debo vivir allá donde pueda manifestarme como católico sincero.
Jamestown estaba mucho más preocupada por la simple supervivencia como para interesarse mucho por las formas de religión; no era ostensiblemente anticatólica, pero eso se debía a que los dirigentes de la colonia no podían imaginar que un miembro de su congregación fuese católico. Ellos siempre hablaban de «la buena reina Bess, cuyo nombre lleva Virginia», y «el fiel rey Jacobo, hombre de honor, aunque su madre fuera aquella ramera católica, María de Escocia».
Se sabía, naturalmente, que el abuelo de Steed, Sir Latimer, había sido arrestado y descuartizado por su traidora fidelidad a Roma, pero se sabía también que el joven Steed había abjurado de aquella ponzoñosa fe; además, había demostrado su valor en varias ocasiones, y eso contaba.
Edmund Steed hubiera podido continuar su mascarada de falso protestante, y sus descendientes, cuando los hubiese tenido, habrían podido figurar entre las primeras familias de Virginia, pero la doblez de su situación -protestante de día, católico de noche- era más de lo que podía soportar. Estaba ya harto de fingir y resuelto a poner fin a aquello. No había futuro para un católico en la colonia de Virginia, así que debía irse.
No reveló las razones que le impulsaban a trasladarse a la orilla oriental.
–Quiero ir adonde se puedan coger más ostras -dijo-. El comercio con los indios que viven al otro lado de la bahía podría ser beneficioso para Virginia.
Una tras otra, expuso sus falsas razones, y, al final, los gobernadores de la colonia le concedieron su permiso.
–Será beneficioso para nosotros tener una avanzadilla firmemente instalada en la costa oriental.
Así, pues, en mayo de 1611 se levantaba todos los días antes de amanecer con objeto de cortar las planchas de madera necesarias para la embarcación que había imaginado. Samuel Dwight, carpintero naval, que había llegado en uno de los barcos de rescate, dio a Steed varios consejos prácticos.
–Para estas aguas poco profundas, hazlo de fondo liso. Además, es más fácil cuando no se sabe construir una quilla. Un mástil es todo lo que un hombre solo puede manejar, y debe ser bajo. Proa afilada para la exploración, popa recta para mayor estabilidad. Y orzas de deriva para mntenerlo en el viento.
–¿Qué son orzas de deriva? – preguntó Steed.
–Cuando hayas acabado de construirlo, te lo diré.
Steed tardó cuatro semanas, con la esporádica ayuda del señor Dwight, en construir su pequeña embarcación. Tenía solamente cinco metros de largo, pero era sólida y, aunque el irregular acabado de las planchas dejaba entrar agua en una cantidad tal que no tardaría en hundirla, un buen calafateado lo arreglaría. Fue botada el último día de junio, y, mientras se mecía en las plácidas aguas del James, Steed preguntó a su carpintero:
–¿Qué tipo de embarcación es?
Y el recién llegado respondió:
–Bateau -y mostró cómo debían atarse las orzas.
Se trataba de dos planchas ovaladas de madera, sujetas mediante pivotes en la parte central y exterior de la embarcación, una a estribor y la otra a babor. Mediante unas cuerdas convenientemente colocadas podían ser descendidas al agua o levantadas, y su finalidad era contrarrestar la normal desviación lateral de un velero. Constituían, en resumen, un inteligente y práctico sucedáneo de una quilla fija, y funcionaban. Dominaban el aspecto de la embarcación, semejantes a dos aletas de un pez, pero el carpintero Dwight dijo de ellas, aprobadoramente:
–Te resultarán muy valiosas en la bahía. Recuerda: cuando el viento sople por la amura de estribor, baja la orza de babor. Y cuando sople de babor, baja la de estribor.
Steed dijo que creía poder manejar la embarcación.
Acumuló en ella los objetos que había recogido de los infortunados que habían muerto durante la época de hambre, con especial atención a las hachas, cuchillos, pólvora y clavos. Salió de Jamestown con un barril de alimentos secos, un par de fuertes pantalones de repuesto y tres camisas de lana. No tenía medicinas, herramientas pequeñas, ni agujas para coser, y sólo dos cuchillos, tres tenedores, cuatro cucharas y un par de pistolas. Pero no albergaba la más mínima duda de que podía ocupar su isla, y dominarla, y convertirla en una industriosa parte del imperio. El 12 de junio de 1611, emprendió la marcha, y, como no había viento, remó todo el día a lo largo del James.
Sus flamantes orzas no le servían de nada, pero las manos no tardaron en cubrírsele de ampollas.
Sin embargo, el 13 de junio, comenzó a soplar una leve brisa aguas abajo del James, e izó su vela. Como el viento soplaba directamente desde popa, seguía sin necesitar hacer uso de las orzas, pero el tercer día, cuando se aproximaba ya a la bahía propiamente dicha, se levantó desde el Noroeste un fuerte viento que desvió su embarcación hacia babor, por lo que dejó caer la orza de estribor y notó cómo la embarcación rectificaba el rumbo.
–¡El carpintero Dwight sabía lo que hacía! – exclamó jubiloso, mientras el viento le impulsaba hacia delante, y permaneció todo el día admirando la lancha que había construido.
Las aguas de la bahía comenzaron ahora a hacérsele familiares, y pudo identificar los ríos de la orilla occidental -York, Rappahannock, Potomac-, y cuando alcanzó el Patuxent, comprendió que había llegado el momento de empezar a virar hacia el Este para enfilar la entrada del Choptank y dirigirse a la isla que buscaba.
El día en que se aproximó al extremo occidental era el más largo del año, y decidió no atracar aquella noche, porque le resultaba imposible predecir la reacción de los en otro tiempo pacíficos indios choptank. De una cosa estaba seguro: prefería estar allí antes que en ningún otro lugar del mundo. Aquél sería su imperio; allí viviría conforme a los principios de sus padres. Cuando llegó la largamente esperada noche, y los contornos de la isla fueron difuminándose hasta no existir más que en su mente, pronunció una oración:
–Divino Guía que me has traído aquí, permíteme entrar a salvo en mi isla y vivir en ella conforme a tu ley.
No podía dormir. Permaneció toda la noche sentado en su lancha, mirando en dirección a tierra, y, a eso de las cuatro, cuando empezó a clarear el alba y su isla se alzó entre la neblina como un resguardado santuario, lanzó un grito de júbilo y dirigió su lancha en torno a la costa Norte y entró en el río cuya presencia había advertido tres años antes. Mientras navegaba por sus claras y profundas aguas y veía los imponentes árboles alineados a lo largo de las orillas como cortesanos que dieran la bienvenida a un rey, movió gravemente la cabeza y anunció:
–Ésta es la isla de Devon, propiedad de los Steed, y lo seguirá siendo siempre.
Fondeó en el riachuelo y saltó a tierra. Después de explorar la zona, encontró un altozano en el que había sólo unos pocos árboles y que disponía de espacio cubierto suficiente en el que construir una choza desde la que podría vigilar el río y su embarcación. Con la buena suerte que acompaña a quienes aman la tierra, había hallado el lugar mejor para edificar su casa, y, con el paso de los días, tras haber limpiado la maleza, tuvo la seguridad de haber elegido bien.
Trabajaba desde el alba hasta el crepúsculo, día tras día, cogiendo peces y cangrejos para comer y observando las bayas y nogales para su posterior uso. Divisó varios venados. Había mapaches en abundancia, y tres garzas azules patrullaban la costa, cogiendo tantos peces, que pensó que él podría hacer lo mismo.
Con todos aquellos alimentos, reflexionó, ¿por qué padecíamos hambre en Tatnestown? Pero, nada más formular la pregunta, encontró la respuesta: porque los indios de Virginia eran hostiles y no nos permitían cazar ni pescar. Y se preguntó durante cuánto tiempo le defenderían sus mosquetes y sus balas si los indios choptank se tornaban hostiles.
Con tanto trabajo que hacer, no podía reflexionar en esa posibilidad, pero se abstuvo de desperdiciar munición. Se dirigió con su hacha a los bosques y empezó a derribar los pequeños árboles que necesitaría para su cabaña, y, cuando hubo construido la estructura, cortó ramas y las tejió entre los palos, como había visto hacer a los indios, pero el resultado fue muy tosco, y la lluvia entraba casi a raudales. Pero luego cogió cañas del río y las entrelazó con las ramas, y cuando las aplastó, como una mujer tensando hilos en un telar, tuvo una pared satisfactoria.
Ya podía explorar su isla, y encontró que era un lugar fascinante. Recurriendo a varios trucos de medición, calculó que tenía unas dos millas y cuarto de Este a Oeste, y una media de Norte a Sur, con un total de algo más de dos mil acres. Casi en su centro se hallaba cortada por el río y por una profunda bahía que se abría hacia el Sur, y las dos mitades eran suficientemente diferentes como para acomodar dos distintas clases de producción: ovejas al Oeste, maíz al Este. No tenía ninguna premonición de cuál iba a ser el verdadero tesoro de aquella tierra.
Hacía más de cuatro semanas que había ocupado la isla y no había visto ningún indio, ni tampoco rastro de ellos. No había aparecido ninguna canoa en el río, ni se había encendido ninguna hoguera. Trató de recordar cuánto camino habían recorrido hacia el Este él y el capitán Smith antes de encontrar el poblado de Patamoke, pero sus recuerdos eran muy vagos.
«¿Dónde pueden estar los indios?», pensó una mañana, mientras contemplaba el desierto río; no podía saber que se habían ido hacia el Este para escapar de los mosquitos.
Y entonces, hacia finales de setiembre, mientras se hallaba cortando árboles en el extremo oriental de la isla, vio tres canoas que avanzaban cautelosamente desde los blancos acantilados situados enfrente. No eran canoas de guerra, así que podían no estar buscando pelea; de hecho, parecían temerosos, pues al llegar a cosa de media milla de distancia de la isla, se detuvieron. Permanecieron allí todo el día, sin dar la menor muestra de sus intenciones, aunque tenían que haber visto a Steed. Finalmente, se retiraron.
Repitieron esto durante dos días, y, el tercero, Steed les hizo señales de que se acercaran, y, cuando estuvieron a menos de cien metros de la orilla, de tal modo que comenzaban ya a apreciarse las facciones de sus rostros, un hombre bajo y delgado gritó algo en un idioma que Steed no comprendió. Las canoas evolucionaban, dirigidas, al parecer, por instrucciones contradictorias, y, sin pensarIo, Steed dejó caer su hacha, se acercó al borde del agua y levantó las manos.
Las canoas se acercaron más, hasta que los rostros se individualizaron tanto que pudo ver que uno de los hombres tenía la barbilla partida. Nadie habló. Steed continuó mostrando las manos abiertas y señaló hacia la vacía extensión que se abría tras él, indicando que se encontraba solo. Los indios le miraban estólidamente, permanecieron así durante una media hora y, luego, se retiraron, remando corriente arriba en dirección a su poblado.
El cuarto día, aquello se repitió, y Steed sospechaba que el hombre de la barbilla partida quería desembarcar, pero que los hombres de su canoa le retenían.
El quinto día, Steed continuó con su trabajo, observando las canoas con el rabillo del ojo, pero, una vez más, los indios se mantuvieron apartados y se retiraron antes del anochecer. Juzgó que a la mañana siguiente sucedería algo concreto y preparó sus hachas y sus pistolas. Aquella noche, cuando el sol se ocultó en el horizonte y una oscuridad más profunda que de ordinario envolvió la isla, recordó las escenas de tortura que había presenciado y la mortal lucha entablada en la costa occidental y rogó:
–¡Oh, Dios, haz que mis indios vengan en son de paz!
No podía dormir. Su cabaña parecía insoportablemente opresiva, y salió de ella para sentarse en un tronco, mirando fijamente la oscuridad y preguntándose qué se vería obligado a hacer al día siguiente, y cuando los primeros fulgores del alba iluminaron el cielo por el Este decidió permanecer en su cabaña, como un verdadero jefe, y esperar que los indios fueran hasta él. Amaneció, y no ocurrió nada. Durante la mañana, hicieron su aparición los zumbadores insectos, pero no hubo ningún visitante. Llegó el mediodía, trayendo consigo una inmensa quietud, que acalló incluso el susurro de las hojas de los árboles más altos, y luego, cuando el sol había comenzado ya su descenso, vio entrar en su río cuatro canoas, y en la proa de la primera de ellas se alzaba el corpulento indio de las tres plumas de pavo con el que habían estado el capitán Smith y él.
Al aproximarse las canoas a su indefensa lancha, el corazón empezó a latirle violentamente en el pecho; si querían, los indios podían hundírsela y dejarle impotente. Pasaron de largo ante ella y llegaron al fondeadero que él había preparado. El hombre de la barbilla hendida saltó primero y precedió al jefe, que parecía más corpulento aún, mientras se aproximaba en aquella crucial visita.
Cuando el gigante llegaba ya a la cabaña, Steed se levantó, extendió las dos manos, con las palmas hacia arriba para demostrar que estaban vacías. El indio las observó, extendió también las suyas y buscó con la mirada un lugar en que sentarse. Steed le hizo seña de que pasara adentro, y permanecieron hablando durante más de una hora. Ninguno de los dos conocía una sola palabra del idioma del otro, pero hablaron de ciervos, que eran abundantes, y de ostras, que eran buenas cuando estaban secas, y de la entretejida pared que Steed había construido. El indio la examinó apreciativamente y mostró a sus acompañantes que no podía atravesarla con el dedo. Manifestaron extraordinario interés por sus herramientas, y Steed les enseñó las hachas, con sus aguzados filos. Cogió una de las pistolas y explicó laboriosamente su cargado y preparación. Después, condujo afuera al corpulento indio y esperó a que pasaran unas palomas; extremando las precauciones y conteniendo el aliento para afinar la puntería, disparó. Una paloma cayó no lejos del jefe, que mandó al hombre de la barbilla cortada a buscarla.
–¿Cómo ha ocurrido tal cosa? – preguntó con gestos, y Steed se lo explicó.
Pero, por extraordinaria que resultara la pistola, era la lancha lo que obsesionaba al gigantesco jefe, y preguntó si podía examinarla. La visita se había desarrollado tan amistosamente, que Steed estaba dispuesto a creer que aquellos indios eran exactamente igual que antes: no habían sido contaminados por las guerras de los potomacs. Así, pues, llevó al alto jefe hasta el lugar en que estaba amarrada la lancha, y cuatro de los indios subieron a bordo. Querían saber cómo funcionaba la vela, que yacía en el fondo, y qué eran las ovaladas orzas; la longitud de los remos les dejaba perplejos, pero siempre volvían a la vela. Luego, empezó una misteriosa operación repetida muchas veces: el jefe tocaba la vela y tocaba luego la cara de Steed, y el inglés no podía sacar nada en limpio de sus gestos. Pero, finalmente, comprendió que el indio estaba comparando la blancura de la vela y la de la cara.
–Sí -afirmó Steed-. Una vela siempre es blanca.
Y la izó a lo alto del mástil y mostró a los indios cómo levar el ancla, y cuando sopló una ligera brisa, la lancha y sus cinco pasajeros se deslizaron por el río.
El ver así a su jefe arrebatado alarmó a los indios que permanecían en la orilla, y se elevó un clamor que el jefe silenció con un gesto. Examinó luego la blancura de la vela, y Steed vio que estaba llorando por algún profundo e intenso recuerdo.
Cuando Steed tuvo la certeza de que eran posibles unas relaciones amistosas, indicó que quería pagar a la tribu por la tierra que estaba ocupando. Se formó una ceremoniosa procesión -la lancha que llevaba a Steed y al corpulento jefe, seguida por las cuatro canoas-, que remontó el río hasta el poblado de Patamoke, donde el joven werowance fue informado de todo lo que había ocurrido en la isla. Se redactó una escritura, con fecha 10 de octubre de 1611, que fue firmada por Steed, el cual mostró al werowance cómo estampar su signo. El alto jefe hizo otro tanto, así como el hombrecillo de la barbilla cortada. Luego entregó al werowance una hacha, una hachuela, las telas que había podido reunir y siete clavos. Había dado una buena parte de sus riquezas a cambio de una isla que los indios no sólo no necesitaban, sino que nunca habían utilizado.
Y, cuando el papel fue doblado, y fumadas las largas pipas de barro, hizo más. Por medio de señas, les prometió que, cuando quedara establecido el comercio, les daría más regalos, e insistió en ello porque el pacto le había reportado algo más de cuatro mil acres, la mitad en la isla y la otra mitad en la orilla de enfrente, y parte de la mejor tierra que se extendía a lo largo del río. Con aquel tratado quedaban también resueltos sus problemas inmediatos de subsistencia, pues recibía una ilimitada provisión de verduras y podía dormir por las noches sin ser molestado.
Pero lo que galvanizó su imaginación fue algo que vio cuando ya se disponía a marcharse: en el rincón de la casa alargada había un fardo de pieles de castor, y, cuando preguntó de dónde procedían, el werowance señaló hacia el Sur, indicando que en las tierras pantanosas que se extendían al otro lado del río había una enorme abundancia de castores.
Steed comprendió entonces lo que debía hacer: debía convencer a los indios para que llevaran muchas pieles a cambio de futuros privilegios comerciales; él las entregaría en Jamestown, donde las adquirían navíos procedentes de Inglaterra. El resultado sería un ininterrumpido torrente de hachas, telas, escopetas y clavos, con un generoso beneficio para él en todas las transacciones. Sus antepasados de Inglaterra, que se remontaban hasta el siglo xiii, se habrían sentido mortificados al pensar que Steed se disponía a dedicarse al comercio -cosa que le estaba vedada a un caballero-, pero Edmund racionalizaba que ninguno de ellos había intentado colonizar un territorio virgen. Se convertiría en el mejor comerciante de la colonia.
Pero, al igual que el capitán Smith a orillas del York, no acertó a ver lo que constituiría la verdadera base de su riqueza. Mientras cargaba en su lancha las pieles de castor, no advirtió que en el otro rincón de la larga casa el werowance tenía otro tesoro: un montón de las mejores hojas de tabaco. Los caballeros ingleses que emigraban al Nuevo Mando no aprendían con mucha rapidez; eran sorprendentemente lentos para adquirir los conocimientos que necesitaban, como fertilizar el maíz con pescado o alimentarse de ostras cuando faltaba la carne, pero cuando, finalmente, aprendían algo, se aferraban desesperadamente a ello y lo mejoraban: Edmund Steed había aprendido a acumular pieles de castor.
Pero había una cuestión que los choptanks no le resolvían, la que turbaría a todas las colonias europeas en el Nuevo Mundo: ¿dónde encontrarían mujeres los hombres que luchaban contra la selva? Cada nación resolvía este vital problema según sus tradiciones. En Canadá, los pioneros franceses estaban ya tomando desposadas indias. En México, al Sur, donde se había desarrollado una floreciente civilización, los españoles habían adoptado dos soluciones: unos se casaban con aztecas, otros mandaban traer amigas de la infancia. En Brasil los portugueses, encontrando incompatibles las indias de la selva, eligieron mujeres negras que habían sido importadas de África como esclavas. Y en Virginia, los enérgicos ingleses no hicieron nada hasta que astutos capitanes de barco transportaron hasta allí cargamentos enteros de mujeres londinenses, que eran vendidas a cambio del precio de su pasaje, más un beneficio no revelado.
Edmund Steed, de treinta y dos años a la sazón, nunca habría pensado en llevar a su cabaña una muchacha india. Un caballero inglés se casaba con una dama inglesa, preferiblemente de su propio condado y religión, y si no encontraba ninguna, el caballero podría esperar hasta los treinta y cinco años o, incluso, cuarenta. Steed pensaba que cuando llevara sus pieles de castor al Jamestown sería el momento de pensar en comprar una novia, pero hasta entonces se sentía contento de vivir solo.
No realmente contento, no realmente solo. El corpulento jefe, habiendo observado su soledad, esperó un día en que él y Steed regateaban con chapurreadas palabras el precio de un montón de pieles, y, cuando la transacción quedó ultimada y se hubieron marchado los demás indios, llamó a alguien. Desde detrás de las cañas que había al extremo del wigwam, apareció una muchacha de diecisiete años que vestía una suave piel de ciervo y llevaba cascaras de nuez en el pelo. Steed reconoció en ella a la niña que había visto en aquel primer viaje al Choptank, e incluso recordó su nombre, Tciblento, aunque en su primera entrevista lo había entendido mal.
–Ella te acompañará a la isla -anunció el canoso jefe-. Ha sido reservada para este momento.
La hermosa muchacha mantenía los ojos bajos y no miraba al huésped de su padre, pero era evidente su ansiedad por visitar la isla. Steed enrojeció y rechazó el ofrecimiento con una cuidadosa atención al protocolo: aquello constituía un honor para él; la muchacha era hermosa; la amistad del jefe lo significaba todo. Y algo en su forma de hablar hizo comprender a la muchacha que estaba siendo rechazada, y sus esbeltos hombros cayeron desmadejados como los pétalos de una flor abandonada al sol.
Su padre no aceptaba esta decisión; en agitadas palabras explicó que sus dos hijos estaban casados con doncellas choptank, pero que él siempre había esperado que Tciblento pudiera desposarse con un susquehannock digno de ella. Pero esto no había sucedido. Terminó con los ojos próximos a los de Steed, suplicándole que aceptara a aquella muchacha, y cuando el hombre de Oxford indicó, con su ademán, ya que no con palabras, que nunca podría casarse con una india, el hombre dijo:
–Yo esperaba una buena oportunidad, y confiaba en que, cuando llegase la Gran Canoa…
–¿Qué es la Gran Canoa? – preguntó Steed.
–Llegó hace mucho tiempo, y sabíamos que volvería. Esperamos. Formó una vela con los dedos.
–¿Te refieres a nuestro barco?
–Sí, sabíamos que vendríais.
No dijo más, pero insistió en la cuestión de su hija.
–Es una buena muchacha. Cocina, atrapa castores, sabe dónde están las ostras y los cangrejos.
Steed estaba azorado. Era indigno de un jefe ofrecer de aquella manera a su hija, y para un inglés sería repugnante aceptarla. Dijo firmemente:
–No. No puede venir.
La muchacha no lloró ni echó a correr; se quedó mirando a Steed con sus grandes y oscuros ojos, como diciendo: «Señor, ¡qué error tan grande comete!»
Pentaquod, herida su dignidad por lo que estaba sucediendo, consideró que debía mostrar al inglés el carácter de un guerrero susquehannock. Llamando al nombre de la barbilla cortada, le ordenó que designara dos hombres choptank para acompañar a Steed a la isla y establecer allí sus hogares, ayudándole en todas las cosas. Cada uno de los hombres llevó una mujer y construyó un wigwam, con lo que Devon quedó debidamente colonizada.
Pero esto no era solución para Steed; seguía careciendo de esposa, y, al aproximarse, en 1614, el momento de cargar su lancha con pieles de castor y regresar a Jamestown, comenzó a sentir una creciente excitación. Pensaba: uno de los barcos que vienen a comerciar traería seguramente un cargamento de mujeres. Quizás encontrara una cuyo precio de pasaje pudiese pagar. Pero, tras reflexionar unos instantes, comprendió que, si habían llegado mujeres, habrían sido ya acaparadas por los colonos locales; sus probabilidades de encontrar una esposa no serían muy grandes.
Por consiguiente, escribió una carta dirigida a su padre, sin saber siquiera si Sir Fairleigh continuaba vivo:
Querido padre:
Estoy establecido en una isla resplandeciente, rica en todas las cosas, y me dispongo a construir una finca de la que te sentirías orgulloso. Pero estoy rodeado exclusivamente de salvajes, y necesito urgentemente una esposa. ¿Querrás indagar cerca de tus amigos de Berks si hay una mujer de educación católica y buena familia, que no carezca de instrucción, y que quiera unirse a mí en esta empresa? Si es así, te ruego que conciertes su pasaje a Jamestown, donde rembolsaré al capitán del barco que ella tome.
Edmund
Doblando cuidadosamente la carta, la metió entre las pieles de castor, desamarró la lancha y, con sus dos indios como tripulación, emprendió la marcha hacia Jamestown.
Edmund
Fue una larga y plácida travesía, durante la cual pudo saborear por primera vez la belleza de la bahía de Chesapeake y verla como la espléndida extensión de agua que era, sin los apremios de la exploración o la huida. Permanecía recostado, con la caña del timón sujeta bajo la rodilla, sin más obligación que dar instrucciones a los indios cuando quería navegar de bolina; les encantaba esta maniobra cuando giraba el botalón y la vela se hinchaba desde la cuadra opuesta y eran levantadas las orzas. Era un juego que nunca aburría aquél de navegar cara al viento, sometiéndolo a su voluntad. A veces, los indios pedían a Steed que les dejase supervisar la maniobra, y uno de ellos tomaba la caña del timón, observaba el viento y la vela y gritaba con voz potente: «¡Preparado a ceñir! ¡Orza todo!», y el otro giraba el botalón y accionaba las cuerdas. Luego, los dos sonreían.
Mientras navegaba por el fondo de la bahía, Steed no sintió ninguna emoción especial, pero cuando su embarcación enfiló hacia la punta que guardaba la desembocadura del James, empezó a dominarle la tensión, pues allí había pasado algunos de los días más excitantes de su vida: su defensa del capitán Smith cuando la chusma había querido colgarle; su huida de los sanguinarios indios que habían desollado a su compañero; su mágica supervivencia de la época de hambre, en la que perecieron dieciocho de sus compañeros más íntimos; y, lo más memorable de todo, la sensación de haber contribuido a la fundación de una pequeña colonia en una nueva tierra.
Ahora no era una colonia tan pequeña; grandes navíos llegaban de Inglaterra con todas las mercancías que los primeros colonos habían ansiado, y donde en otro tiempo sólo había hombres refugiados en el interior de una empalizada, había ahora mujeres que se unían a ellos para formar familias instaladas en hogares separados.
Al atracar en el muelle, que se prolongaba ahora sobre las aguas del río, Steed quedó cautivado por la presencia de las mujeres; hacía muchos años que no veía inglesas y casi había olvidado la gracia con que se movían, la caída de sus gruesas faldas y la forma en que se anudaban trozos de tela en torno al cuello. Eran para él algo mágico un recuerdo de todo a lo que había renunciado al huir a su isla y se sintió lleno de un hambre que había de decidir todo lo que haría en aquel viaje.
Había un navío en el río, el Victorious, de Bristol, y su capitán, Henry Hackett, se sintió excitado al ver los fardos de pieles de castor.
–Me llevaré todas las que traiga, Steed -gruñó-. ¿Y qué es eso de popa? ¿Raíz de sasafrás? Me lo llevo también.
Era una raíz muy apreciada para destilaciones y para hacer infusiones destinadas al tratamiento de pequeñas fiebres. Pero lo que más entusiasmó a Hackett fueron las dos pequeñas cubetas en que Steed había almacenado sus huevas saladas de esturión.
–¡Caviar! – gritó el capitán-. Me llevaré veinte cubas. En Londres hay gran demanda de huevas de pescado. Se ponen rancias con facilidad, pero vale la pena correr el riesgo.
A cambio de aquella extraña colección de mercancías, el capitán Hackett ofreció a Steed una selección de hachas, sierras, clavos, habichuelas secas, tocino, una brújula, paquetes de papel de cartas, tinta y una docena de libros encuadernados en cuero. Eligió sólo después de meticulosos cálculos, como hacía un niño cuando le ofrecían caramelos en la quinta, y cuando hubo terminado el capitán dijo:
–Hubiera debido estar aquí para elegir hace dos semanas.
–¿Qué es lo que tenía entonces?
–Novias.
–¿Mujeres? ¿Mujeres inglesas?
–Y varias holandesas. Con su crédito, podría haberse comprado una belleza.
–¿Traerá más?
–Desde luego.
–¿Querrá entregarle la carta a mi padre?
Rebuscó entre las pieles de castor y sacó el cuidadosamente redactado mensaje. Al dárselo al capitán, explicó:
–Le pido a mi padre que me elija una novia y la mande aquí en su barco.
–Si paga su pasaje, la llevaré hasta las puertas del mismísimo infierno.
–Le pagaré en pieles de castor -aceptó Steed, temblando de excitación-. ¿Cuándo volverá?
–Probablemente en noviembre, si tenemos buenos vientos.
–Eso espero -dijo con fervor Steed-. Espero que los vientos sean buenos.
Cuando las transacciones quedaron ultimadas, y cargada la lancha, invitó a sus dos ayudantes indios a subir a bordo del barco inglés, para que vieran por sí mismos lo poderoso que era. Con lentos y graves movimientos, los dos menudos choptanks iban de un lado a otro, sin tocar nada, sin hablar; pero cuando llegaron adonde se encontraban los restos de las piezas de tela de brillantes colores que había transportado el barco, su codicia se tornó incontrolable, y cada uno de ellos cogió una brazada.
–¡Eh! – protestó un marinero-. No os podéis llevar eso.
Valiéndose de señas, explicó que debían dar algo a cambio, y ellos, también por señas, indicaron que no tenían nada.
–Pues traed algo -dijo.
Los indios se precipitaron a la barandilla y le gritaron a Steed en choptank:
–¡Señor, tenemos que coger telas! Cuando él les preguntó por qué, respondieron:
–Como regalo para nuestras mujeres.
Sin reflexionar, les echó una de las hachas, y los indios se la llevaron a los marineros, que les dieron las telas que deseaban. Y, mientras bajaban a la lancha, felices y parloteando entre ellos con las telas en los brazos, Steed se dio cuenta de que entre todas las cosas que había comprado no había ninguna destinada a una mujer, y se sintió desolado.
Para sorpresa de los indios, no levó anclas. Sin muchas ganas de partir, se dirigió a tierra, a casa de un hombre con el que había trabado amistad durante la época de hambre; tres años antes, el hombre había comprado una esposa de las primeras transportadas desde Inglaterra, y tenía ya dos hijos y otro en camino. Steed no podía apartar la vista de ella, pues le parecía la mujer más hermosa que había visto jamás, tal era la gracia con que se movía y sonreía. En Inglaterra no la habría considerado ni siquiera guapa; su madre había sido una gran belleza, y sabía distinguir, pero aquella mujer tenía una majestad que ninguna belleza P°día igualar. Le recordaba a una estatua que había visto en Oxford, sólida, pulcra y Perfectamente armonizada con su medio ambiente, y, aunque no se había abordado el tema, preguntó de pronto:
–¿Se ha quedado viuda alguna de las mujeres que vinieron con usted en el barco?
Ella no rió.
–No -respondió-, todas nos casamos antes de que pasaran dos días, y continuamos casadas.
No se habló más del asunto, y al poco rato llegó a la casa un malencarado alguacil para avisar a Steed que los marineros del barco inglés le habían dado whisky a uno de sus indios, y el hombre se estaba portando de forma alborotada. Steed salió apresuradamente y encontró al indio con el rostro congestionado, sudoroso y perdido el dominio de sí mismo.
Había insistido en saltar al río para tocar los costados del barco, y por dos veces había sido sacado del agua medio ahogado, pero seguía dispuesto a intentarlo otra vez.
–¡Asquas! – gritó Steed-. ¡Échate!
El pequeño nadador miró a Steed con ojos vacilantes, reconoció en él a su señor y se derrumbó en el fondo de la lancha, donde permaneció inmóvil durante toda la noche. Steed, consciente de que debía abandonar Jamestown al día siguiente, se quedó a bordo, pero no pudo dormir. Se pasó casi toda la noche acodado en las hiladas, mirando la tosca colección de cabanas que representaban al mundo civilizado. Se imaginaba a sí mismo volviendo allí una y otra vez.
–¡Oh Dios -exclamó de pronto-, ojalá fuese noviembre!
Por la mañana se presentó a los gobernadores de Jamestown, notificándoles que regresaba a la isla. Les dio un informe completo sobre las tribus indias de aquella región y sobre los objetos y artículos que llevaría en sus siguientes viajes. Le preguntaron qué diferencia existía entre la orilla occidental de la bahía y la oriental, y él respondió:
–La occidental es más vigorosa en todos los aspectos. Vuestros indios son guerreros y vuestra tierra excitable, vuestros ríos son importantes y vuestros árboles más altos. Algún día, Jamestown será una nueva Jerusalén, y Virginia, una nación por derecho propio. En la orilla oriental las cosas son más sosegadas. No hay guerra ni excitación, y nunca tendremos allí una Jerusalén, ni tampoco un Londres. Nuestros indios son pequeños y rehuyen la guerra. No tenemos grandes riquezas, y nuestros mosquitos son el doble de grandes que los vuestros y tres veces más feroces.
Vaciló y, luego, añadió:
–En vuestra orilla occidental redoblan los tambores, pero en la orilla oriental sólo oímos los ecos.
Fue por entonces cuando nació la costumbre de aludir a la orilla oriental con mayúsculas, como si fuese un lugar especial; este tributo no se rindió nunca a la orilla occidental.
Al salir del edificio en que le habían interrogado los magistrados, oyó un alboroto al otro extremo del poblado, y sospechó que tal vez se hubieran emborrachado de nuevo sus choptanks, pero el escándalo procedía de una atractiva y bien desarrollada muchacha rubia, que se hallaba enzarzada en una riña pública con su marido, mucho más viejo que ella.
Él se esforzaba por calmarla, pero ella seguía gritando:
–¡No me quedaré!
Y le dio un empujón. En su decisión de escapar a la amenaza que él le planteaba, echó a correr por el polvoriento sendero que hacía las veces de calle, agitando las enaguas y ocasionando un tumulto.
Al aproximarse al edificio del consejo ante cuya puerta se hallaba Steed, dio media vuelta para dirigirse a la gente:
–Me lleva varias millas río arriba hasta un asqueroso establo rodeado de feroces indios. No quiero.
Con fuertes gritos, pidió ayuda a la multitud, pero una mujer tocada con un pañuelo rojo, recientemente llegada también de Inglaterra, le respondió como una pescadora:
–¡Vuelve, so zorra! ¡Sé una esposa decente!
–¡No volveré! – gritó ella, apartando a su marido-. Me mintió. No hay granja. No tiene lancha propia. No hay más que indios.
La mujer del pañuelo exclamó:
–No es ningún paraíso para ninguna de nosotras. Pero es mejor que lo que tú conocías.
–¡Mentira! – gritó la iracunda esposa-. En Londres vivía en una casa decente, no en una choza de hierba.
–En la cárcel vivías -replicó la otra.
Y podría haberse producido una pelea entre ambas, si la fugitiva no hubiera reparado entonces en la presencia de Steed en el umbral, mirándola con curiosa intensidad. Como parecía dirigirse hacia la lancha amarrada en el muelle, recurrió a él.
–¿Eres tú Steed, el de la isla? – preguntó atrevidamente,
–Sí.
–Y ésa es tu lancha, ¿no?
–Sí.
–¡Oh, llévame contigo! – rogó ella-. ¡Llévame!
Y se aferró a él con tales muestras de angustia, que Steed no pudo desprenderse, aunque su marido se adelantaba ya para reclamarla.
–Ven a casa, Meg -suplicó su marido.
Componía una patética figura, un achaparrado campesino que debía de haber trabajado duramente en algún condado rural inglés y más duramente aún en Virginia. Llevaba unos gruesos y remendados pantalones de confección casera, una tosca camisa de lana y zapatos que algún inepto zapatero había fabricado con un trozo de piel de vaca. Tendría unos treinta y tantos años y era el tipo de trabajador rural que Steed conocía y apreciaba desde hacía tiempo.
–Soy Simón Janney -dijo-. Es mía, y debe usted devolvérmela.
–Desde luego -respondió Steed-. No es mía en absoluto, es suya.
–¡No lo soy! – gritó la mujer, poniéndose delante de Steed para enfrentarse al hombre que Edmund había supuesto que era su marido-. No estamos casados aún, ni lo estaremos jamás.
–¿No es tu esposa? – preguntó Steed, asomando la cabeza tras los rizos de la muchacha.
–La pagué el pasaje -repuso Janney.
–Y me llevó a su pocilga. Puede recuperar su dinero.
–¿Cómo? – preguntó la mujer del pañuelo rojo.
Desesperada, la fugitiva se separó de Steed, abrió los brazos en gesto de suplica y preguntó a la multitud:
–¿Nadie quiere pagar mi pasaje?
Un sorprendido silencio acogió esta extraordinaria propuesta. Luego, Steed dijo:
–Yo lo haré.
Se encontraba cerca de Simón Janney al decir esto, y oyó cómo el campesino contenía el aliento.
–No debe hacerlo, Mr. Steed. Ella va a ser mi esposa.
Hablaba estólidamente, como si tratara de proteger una oveja valiosa.
–¡Nunca! – gritó ella.
–Amigo Steed -vociferó la otra mujer-, no se enrede con ésa. María, del barco, puede hablarle de ella.
La rubia giró en redondo para enfrentarse a su acusadora, y el rápido movimiento de su ampuloso cuerpo transmitió a Steed una excitación que nunca había experimentado; era como si una poderosa diosa se volviera para protegerse.
–Trae aquí a María -dijo con amenazadora suavidad-, y yo me ocuparé de ella.
Cogió a Steed de la mano, atrayéndole hacia sí, y él, sintiendo por primera vez la presión del cuerpo sexualmente poderoso de una mujer, le estrechó la mano. Y, con ese gesto, se comprometió plenamente.
–Amigo Janney -dijo, con tono persuasivo-, déjala marchar. Nunca será tuya.
–Tiene que serlo -repuso el obstinado granjero.
Su colorado rostro, con barba de tres días, delataba su aflicción, y Steed sintió lástima hacia él. Pero entonces Janney murmuró como un campesino:
–Yo pagué por ella.
–Te pagaré otro tanto, y más. Necesito una esposa en mi isla.
Esta sencilla declaración de necesidad reverberó a través de la multitud, y todos los que habían aguardado la llegada de los buques que traían futuras esposas comprendieron, pero la confesión produjo su máximo efecto en la mujer. Soltándole la mano, le pasó dulcemente el brazo por la cintura, y él experimentó una sensación de vértigo y tartamudeó:
–Nos casaremos hoy.
–¡Oh, no! – exclamó ella, retirando el brazo-. Primero tengo que ver la isla. No quiero más pocilgas.
–¡No te enredes con ella, Steed! – advirtió de nuevo la otra mujer.
–No puedo pagarte ahora -explicó Steed a Janney-, pero la próxima vez que traiga mis mercancías, lo primero que haré será pagarte.
–Él pagó siete libras -informó la rubia.
–Entonces le daré ocho.
–Pero tiene que ser mi esposa -repitió Janney.
Era como un achaparrado roble dañado por descuidados arados, pero firmemente arraigado aún en la tierra.
–Nunca lo será -dijo Steed, y condujo a Meg Shipton a su lancha.
La pareja llegó a Devon en junio de 1614. Él, de treinta y dos años; ella, de veinticinco. En el momento de desembarcar, él no había besado nunca a ninguna mujer más que a su madre; había estado demasiado ocupado definiendo su relación con Dios en Inglaterra y con los indios en Virginia; pero ella llevaba ya unos catorce años dedicada a besar hombres, y mientras cruzaban la bahía había desarrollado una intensa curiosidad por cómo resultarían las cosas cuando, finalmente, se metiese en la cama con Mr. Steed.
Pero hubo de esperar cuando él le pidió que contemplase la tierra adonde la llevaba: los florecientes campos, los árboles, los pájaros.
–¿Hay indios? – preguntó ella aprensivamente.
Steed señaló hacia los dos que en aquellos momentos amarraban la lancha.
–Y sus mujeres estarán aquí para ayudarte -le aseguró, indicando los pequeños wigwams que se levantaban junto al suyo-. Son buena gente -empezó expansivamente.
Pero, de pronto, perdió el ánimo y le cogió las manos.
–Mi casa también es una pocilga. Te necesito, Meg.
Ella le apretó los dedos. Era tan cortés, que podía dar crédito a lo que las otras le habían dicho en Jamestown: que era de Oxford y que su familia le había echado por causa de alguna trivial disputa. Había mostrado gran valentía durante la época de hambre, le dijeron, y por dos veces había escapado a la muerte a manos de los indios. Pero había algún misterio en él, ¿por qué, si no, había de buscar una isla? Viendo su ansiedad por agradar y percibiendo su dulzura, casi se enamoró de él, pero su instinto le previno contra semejante locura. Primero, debía inspeccionar la isla y determinar qué se proponía hacer con ella y si tenía los fondos necesarios para abrir nuevos campos y construir una verdadera casa. Reconocía su obligación de compensarle por el pago de su pasaje, pero lo haría a su propia y experta manera. La verdad era que ardía en deseos de empezar.
Pero cuando llegaron a su wigwam, una patética estructura de ramas y hierbas entrelazadas, ella se vio impedida de entrar por la llegada de las dos esposas indias que portaban cestos de verduras y culebreantes cangrejos. Propusieron enseñarla a cocinar platos indios, arte por el que ella no sentía el más mínimo interés, y, después de varias horas invertidas en trivialidades domésticas, exclamó:
–Haz que se larguen, y vámonos a la cama.
Las palabras intimidaron a Steed, pues había imaginado de forma muy distinta la primera vez que se acostase con una mujer, con copiosas muestras de la poesía que había adquirido en Oxford, pero como la mayoría estaban en latín, no podrían haberle sido de mucha utilidad práctica. Fueron despedidas las indias, y los potenciales esposos se quedaron solos.
–Es un lugar horrible -dijo ella, hundiendo el dedo en la pared de hierbas-, pero no es ninguna pocilga.
Se despojó diestramente de sus ropas y luego, viendo que él no hacía ademán de imitarla, dijo, con tono de reproche:
–Vamos, adelante.
Y le atrajo al lecho de paja; sabía por larga práctica cómo manejar a un amante como aquél.
Pero cuando llegó la mañana, saltó aterrorizada del tosco lecho.
–Santo Dios, ¿qué es eso?
Era la garza azul lanzando su horrible y, sin embargo, tranquilizador grito.
–Los indios le llaman Pescador Patilargo -murmuró, riéndose dulcemente de su susto.
La noche pasada con ella había constituido una jubilosa experiencia, y alargó la mano para coger una de sus largas y hermosas piernas y atraerla de nuevo hacia sí.
–Tenemos trabajo que hacer -le reprendió ella, y los dieciséis meses siguientes fueron una revelación.
Meg Shipton, criada en sórdidas viviendas en Londres, se dedicó a la isla como si hubiera nacido en una granja. Sudó para ayudar a arar los campos de los que dependía la riqueza de aquella empresa5 y su piel se ennegreció de cuidar las hogueras que consumían la corteza de los altos árboles que había que talar en los campos. Adquirió una gran habilidad para coger cangrejos y ostras y llegó a disfrutar con las dos mujeres indias, que le enseñaban sus recetas, como la del maíz molido:
–Señora, pones maíz en agua caliente mezclada con cenizas de madera. La lejía se lleva la cascara amarilla, dejando sólo el interior blanco. Es delicioso frito en grasa de venado.
Y, sin embargo, pese a todo el trabajo que hacía voluntariamente y al entusiasmo con que ayudaba a Steed a construir una verdadera casa, se mostraba algo reservada en sus relaciones con él; gozaban desenfrenadamente en el lecho, pero él percibía que le profesaba una especie de desprecio. Hablaban mucho, pero ella parecía estar siempre riéndose de él, y Steed tenía la impresión de que se comportaba amablemente con él sólo porque le debía algo. A menudo la sorprendía mirándole burlonamente, y trataba de averiguar en qué le había defraudado, pero siempre que abordaba este tema, ella se retraía y le sonreía con indulgencia. Mas a pesar de su evidente reserva hacia él, nunca le mortificó en la cama: él había accedido a comprarla, y era suya.
Al final del primer año, Meg informó a Steed de que estaba embarazada, y esto le estimuló a varias clases de actos:
–Tenemos que cruzar la bahía. No puedes tener un hijo hasta que te cases.
Ella respondió:
–Parece como si eso es lo que hubiera estado haciendo.
Y lo estaba haciendo bastante bien, con la ayuda de los consejos que estaba recibiendo de las mujeres enviadas por Pentaquod.
Fue entonces cuando Steed comenzó a construir frenéticamente un edificio, que no era una casa ni un granero. Durante varios días Meg no pudo descifrar de qué se trataba, pero luego apareció en la isla el jefe Pentaquod acompañado de cuatro ayudantes, que se dedicaron a cortar robles y formar con ellos planchas de madera, mientras Steed hacía de arquitecto. Finalmente, quedó terminado el edificio, una sólida y baja estructura, con un tosco letrero sobre la puerta en el que Steed había escrito:
Ciertamente está el Señor en este lugar. No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos. Génesis, XXVIII.
Cuando Meg preguntó qué significaba aquello, Steed la llevó al interior y la colocó en uno de los bancos que Pentaquod había hecho.
–Éstos son tiempos solemnes -dijo-. El nacimiento de un niño. El comienzo de una nueva familia.
–El niño no es problema -dijo ella, palmeándose el dilatado vientre.
Steed hizo caso omiso de la broma. Cogiéndola reverentemente de las dos manos, anunció con solemnidad:
–Soy católico. Ésta será nuestra capilla.
Meg se le quedó mirando y, luego, soltó la carcajada.
–¡Un maldito papista!
Retirando las manos, se levantó del banco y se dirigió a la puerta, donde rompió a reír convulsivamente, no burlándose de él ni de su capUla, sino, más bien, ridiculizándose a sí misma.
–¡Un papista! – repitió.
Luego, volvió junto a él, le besó en la frente y dijo:
–Es formidable. ¡Menuda sorpresa se van a llevar los tipos de Jamestown cuando se enteren de esto!
Sus palabras ofendieron a Steed, que retrocedió, pero ella continuó riendo.
–Creo que es maravilloso, Edmund. Y te has construido una capilla estupenda.
Pero luego volvió a soltar de nuevo la carcajada, sin poder controlarse.
–¡Meg Shipton, casada con un papista!
Salió de la capilla, sin dejar de reír, y no quiso volver a poner los pies en ella.
Meg también estaba teniendo dificultades con Pentaquod. Al principio, como nunca había conocido un padre, había encontrado tranquilizador a aquel canoso anciano. Le agradaban sus majestuosos modales y sus relatos de cómo vivían los indios antes de que llegase el hombre blanco:
–¡Tortugas! Dos o tres veces al año, llegaba una nadando a nuestro río. Deliciosas.
Ahora tenía una escopeta, que disparaba ceremoniosamente una vez al mes, sin apuntar a ningún sitio, y una pesada hacha que manejaba con sorprendente fuerza, cortando los árboles utilizados en la construcción de la capilla. Y cuando encontró un roble de tamaño adecuado, dirigió a Steed y a los dos indios en la tarea de quemar el centro y formar una canoa tan pesada que eran necesarios cuatro hombres para manejarla.
–Para el niño -dijo a Meg.
Ella quería apreciar al viejo jefe, pero sospechaba que él no la aprobaba. Como mujer de Steed, merecía su deferencia, y la protegía como lo hubiera hecho con cualquier mujer embarazada, pero rechazaba sus ostensibles esfuerzos por ganarse su amistad, y, al final, dijo petulantemente a Steed:
–Dile que se vaya.
Y Pentaquod fue devuelto al poblado.
Una vez que el indio se hubo ido, ella se volvió sorprendentemente cariñosa, y, un día, admitió:
–Se está bien aquí, Steed. Cuando lleves tus pieles de castor a Jamestown, podrás pagarle a Janney sus ocho libras…, si crees que todavía las valgo.
–¡Ya lo creo! – exclamó él, entusiasmado.
–Quizás incluso vaya contigo…, para casarnos debidamente.
La criatura nació el 3 de marzo de 1616, el primer bebé blanco de la Orilla Oriental, un robusto niño que fascinó a las indias. Meg les dejaba que le cuidasen todo lo que quisieran, y rió de buena gana cuando lo echaron al salino estero para ver si flotaba.
–Es buena señal cuando un niño flota -le aseguraron-. Con una niña, no importa.
Sus primeros juguetes fueron un asta de ciervo y una garra de oso; el primer sonido que intentó emitir fue el kraannk de la garza.
En agosto, Edmund Steed llenó su lancha de mercancías y amarró a su popa la nueva canoa para transportar lo que no cabía en aquélla. Cuando hubo cargado el último cubo de caviar, llamó a Meg.
–Estamos listos para zarpar.
El día que llegase a Jamestown pagaría por ella, y el día siguiente la haría su mujer. Mientras ella bajaba por el camino en dirección al embarcadero, ataviada con un vestido de tela tejida en la isla, sosteniendo al niño sobre la cadera, presentaba un aire alegre, jovial y risueño, y Steed conoció una felicidad mayor que la que había experimentado jamás: aquella extraña, reservada y apasionada mujer con la que se había tropezado era un tesoro: exactamente la clase de mujer necesaria para construir un imperio.
Y entonces, justo cuando se disponía a partir, una pinaza apareció en la boca del estero, abrió su vela y avanzó lentamente hacia el embarcadero. De pie en su proa iba un impaciente Simón Janney, impaciente por saltar a tierra, y Steed supuso que acudía para luchar por Meg, el dinero de cuyo pasaje no había sido rembolsado aún y que, teóricamente, era todavía propiedad suya.
En los momentos que faltaban para que atracase la pinaza, Steed tenía que decidir lo que iba a hacer, la extensión de su amor por Meg. Los dos años pasados con ella le habían dado la seguridad de que no podría encontrar en toda Virginia una esposa mejor; nadie podría igualar la forma en que había trabajado en los campos, no había madre más feliz con su hijo, y, aunque vedaba frecuentemente a Steed el acceso a sus pensamientos, había sido excitante y satisfactoria. Valía la pena retener a Meg Shipton a su lado, y lucharía con Janney para conservarla.
Tan pronto como la pinaza tocó tierra, el tenaz granjero saltó de la embarcación y se dirigió resueltamente hacia Steed, que se puso en guardia, adelantando los puños. Pero no hubo ningún intercambio de golpes, porque, al llegar ante Steed, el campesino extendió las manos y exclamó:
–¡Steed, grandes noticias!
Steed bajó las manos y preguntó:
–¿Qué?
–Puedo llevarme a Meg a casa. No me debes nada.
–Meg tiene un hijo -dijo Steed, señalando hacia el lugar en que la atractiva mujer permanecía con la criatura.
–¡No importa! – exclamó Janney, con gran excitación-. Ella…
No terminó la frase, pues en la parte posterior de la pinaza apareció una mujer, vestida con una capa que, a pesar del calor de agosto, llevaba ceñida a la garganta. Era alta, esbelta, de pelo negro y manos extraordinariamente blancas. Se movía vacilantemente, sorteando los bultos que abarrotaban la cubierta, y con la ayuda de los marineros subió cuidadosamente al embarcadero, donde se ajustó la capa. Pero, una vez en tierra, desapareció su aire vacilante. Caminando con firmeza, subió al muelle, pasó ante los dos hombres y se fue directamente adonde se hallaba Meg con el niño.
–Tú debes de ser Meg -dijo suavemente, extendiendo una fina y alargada mano-. Y supongo que ésta es tu hija.
–Hijo -rectificó recelosamente Meg.
–Puedes volver a Jamestown, Meg -dijo la visitante-. Yo soy la nueva señora de la isla.
–¡Es cierto! – gritó jubilosamente Janney-. La ha enviado tu padre, Steed.
La mujer se volvió ahora lentamente hacia el hombre cuya invitación le había llevado a aquella remota isla y se acercó a él con la misma decisión con que había abordado a Meg. Extendiendo de nuevo la mano, dijo:
–Edmund Steed, te traigo saludos de tu padre. Soy Martha Keene, de High Wycombe, en Bucks.
Steed no supo qué decir, ni siquiera pronunciar una tartamudeante bienvenida, pero Simón Janney se adelantó, presto a hacer frente a cualquier eventualidad… excepto la que ahora había surgido.
–Es una mujer excelente, Edmund -dijo rápidamente-. Todo el mundo la respetaba en el barco.
–Mr. Janney tiene mi equipaje en la pinaza -dijo la recién llegada.
Cuando sus cosas fueron depositadas en tierra, dando así carácter definitivo a su desembarco, Janney dijo:
–Ahora Meg puede venirse conmigo.
–Nunca haré tal cosa -replicó Meg.
Con exagerados gestos, entregó el niño a Martha Keene y dijo:
–Puedes quedarte con el pequeño bastardo, y con el grande también.
Miró a Steed y resopló.
–Le regalo los dos, Mrs. Keene. Hace ya algún tiempo que tenía decidido largarme de aquí.
–¡Meg! – exclamó Steed.
–La lancha está cargada. ¡Vamonos! – exclamó Meg, y echó a correr hacia la orilla, mientras Simón Janney trataba de detenerla, de agarrarla, de hacer cualquier cosa para que subiese a su pinaza.
–Tengo que recuperarte -suplicó-. El pasaje está pagado.
Meg ya había tenido bastante.
Plantándose resueltamente en el muelle, con los brazos en jarras, miró despectivamente a Janney y Steed y exclamó:
–Podéis iros al diablo los dos. Habéis pagado esto y habéis pagado lo otro y habéis ofrecido comprar. No estoy en venta. Vine aquí y me desollé las manos para construir esta isla, y habría hecho lo mismo por ti, Janney, si me hubieras dado una casa decente. Pero todo eso de comprar y vender se ha terminado. Podéis meteros vuestro dinero en el culo, y al infierno los dos.
Steed estaba demasiado sorprendido para responder, pero Janney preguntó en un susurro:
–¿Adonde irás, Meg?
–A Jamestown. Con alguien que aprecie a una esposa por lo que es.
Para sorpresa de Steed, fue a él a quien reservó sus palabras más mordaces. Mirándole desdeñosamente, dijo:
–Caza tus castores, construye tus capillas y vete al diablo.
Steed contuvo el aliento. Nunca sospechó que ella albergara semejante despecho, y, en el fuego de su repulsa, le pareció más deseable aún que cuando le aceptaba pasivamente por su agradecimiento al haberle ofrecido un refugio.
Fue Martha Keene quien mejor comprendió lo que estaba sucediendo. Con la dignidad propia de una gran familia acostumbrada a la vida de un condado inglés, siguió a Meg por el muelle, sosteniendo al niño, y preguntó serenamente:
–¿Estás en tu sano juicio… para dejar al niño?
–Quédate con el bastardo papista. Nunca será nada, y si alguna vez necesito otro, puedo encontrarlo.
Martha Keene ofreció una respuesta que sería largo tiempo recordada en el Choptank: tomó la mano de Meg, se la llevó a los labios y la besó.
–Tendrás días mejores -dijo sosegadamente-. Y gracias por el niño. ¿Cómo se llama?
–Ralph -respondió Meg.
Y, para sorpresa de todos, subió, no a la pinaza de Janney, ni a la lancha de Steed, sino a la recia canoa de roble.
–Éste es mi barco -dijo solemnemente-. Vamos a Jamestown.
No consiguieron las súplicas de Janney hacerla abandonar su puesto entre las pieles de castor, y Steed, sorprendido por sus revelaciones, no hizo ningún esfuerzo por atraerla hacia su lancha. Desde su canoa, Meg lanzó su despedida. Le gritó a Martha Keene:
–Supongo que insistirás en un matrimonio en regla. Ven conmigo, y encontraremos un cura en alguna parte.
Martha Keene había tenido intención de regresar con Steed para celebrar una ceremonia nupcial, pero la conducta insultante de Meg le disuadió. Llevándose a Steed lejos del muelle, pero conservando al niño en sus brazos, le confió:
–Tu padre me eligió porque soy católica. Mi familia ha sufrido tan intensamente como la tuya, y la fe es preciosa para mí.
Hablaba con voz tensa y con autoridad, como si hubiera leído libros y conocido a través de ellos el martirio de Sir Latimer. Tenía solamente veintidós años aquel verano, pero su sabiduría correspondía a una edad mayor.
–Tu padre previó dificultades, y también el mío. Convinieron en que, si surgían, yo podría esperar contigo en la isla hasta el momento en que llegara un sacerdote.
–Podrían pasar años.
–Lo sé.
–¿Y serás mi esposa hasta que llegue el sacerdote?
–Sí.
La llevó a la capilla de troncos, donde, después de detenerse a leer la inscripción del Génesis, ella se arrodilló para dar gracias por haber llegado sana y salva. Cuando se levantó, Steed la cogió de las manos y dijo:

–Debes comprender. Yo no habría podido construir esta isla ni esta capilla…
–Sin Meg -interrumpió ella-. Lo comprendo, pero ahora somos nosotros quienes vivimos aquí.
Le dio un beso y, luego, sonrió al oír a Meg gritar desde su canoa, ordenando que las embarcaciones zarpasen rumbo a Jamestown. Acompañó a Steed hasta el muelle y contempló cómo subía a la lancha e izaba la vela. Permaneció allí, con resuelta expresión y sosteniendo en brazos al niño, mientras las tres embarcaciones comenzaban a navegar hacia el Choptank.
Tres semanas después, al regresar a Devon, Steed experimentó un mar de confusiones. Su viaje a Jamestown había constituido un éxito sin precedentes…, volvía no sólo con más mercancías de las que esperaba, sino también con varias monedas españolas, ya que no se le había exigido que pagase ocho libras a Simón Janney por Meg Shipton. Pero con su júbilo se mezclaba una sensación de inquietud ante el hecho de que al desembarcar en Devon se encontraría a solas con la desconocida que ahora era su mujer.
No sabía nada de ella, salvo que había sido elegida por su padre, que procedía del vecino condado de Bucks y que era católica. En los breves momentos que había hablado con ella, le había parecido muy austera, pero tal vez ella hubiera sentido lo mismo respecto a él; preciso era reconocer que se había acomodado con notable facilidad al extraordinario comportamiento de Meg Shipton y había aceptado al niño sin aparentes escrúpulos. Una cosa más: por lo menos tres pasajeros del Victorious del capitán Hackett habían buscado a Steed para asegurarle que en Martha Keene obtenía una mujer maravillosa: «Prestó mucha ayuda durante los días de mareo, y es una dama.»
Asquas y los demás indios habían visto acercarse la lancha de Devon y estaban esperando en el muelle cuando ésta arrió la vela, pero Martha no se encontraba allí, por lo que, mientras la embarcación maniobraba, una de las mujeres fue a buscarla. No hacía falta; Martha se había retrasado sólo porque había estado cuidando al niño; ahora, llevándolo como si fuese una madonna, salió de la cabaña para recibir a su marido.
Steed nunca olvidaría aquel momento. Había estado dando instrucciones a los indios para descargar la embarcación y llevaba en sus brazos un pesado fardo de telas, cuyos extremos flotaban en la brisa, cuando la vio bajar cuidadosamente por el sendero en dirección al muelle. Se movía con estudiada gracia, como si entrase en una iglesia, y llevaba el niño como si fuese suyo. Un pañuelo negro atado en torno a la cabeza enmarcaba su pálido rostro, pero sus ojos y sus labios coincidían en una sonrisa de bienvenida que le pareció a Steed la expresión humana más cálida que jamás había visto.
Dejando caer el fardo de telas, saltó a tierra y corrió hacia ella, abrazándola y besándola ante los sorprendidos indios.
–Me alegra mucho que estés aquí -murmuró.
–Éste es mi hogar -dijo ella.
Pero Steed sería siempre una clase especial de católico, un tradicionalista poético: cinco mil años de poesía celta en la que se habían injertado mil años de prudencia sajona. Nunca podría descansar tranquilamente con Martha Keene hasta que se hubieran casado ritualmente, y cuando, en diciembre, habló del asunto con ella, descubrió que también ella experimentaba una abrumadora sensación de pecado. Trataron de tranquilizar su conciencia embelleciendo la capilla, la primera estructura católica de su género en Virginia, con un tosco crucifijo tallado por él y un manto morado que ella tejió y tiñó, como si esto sancionara su unión. Pero, al comenzar el nuevo año, ella preguntó de pronto:
–¿Nos casaría el werowance… a su manera?
Ese mismo día navegaron río arriba hasta Patamoke, y, tan pronto como vio a la nueva mujer, tan austera y formal, Patamoke dijo en choptank:
–Steed, ésta es mucho mejor.
–Queremos que el werowance nos case.
–Nunca te habías preocupado antes.
–Temía que se marchara.
–Yo también -respondió el viejo jefe, y, mientras hablaba, sus ojos se posaron en Tciblento, que había estado escuchando la conversación, y se preguntó por qué aquel hombre había sido incapaz de encontrar en su hija la esposa que necesitaba. Cuestión sumamente desconcertante, pues desde la primera vez que vio a Meg Shipton comprendió que Steed no debía casarse con ella; era rápida y huidiza como el pato negro, y ningún hombre podría cogerla. La nueva sería fuerte y estable, como Onk-or, el ganso, una buena esposa pero desprovista de ardor. Y, durante todo el tiempo, allí estaba Tciblento, la mujer más exquisita que el río había producido ni produciría jamás, y no había encontrado forma de convencer a Steed de esta verdad. Era realmente desconcertante, como si el inglés tuviera ante los ojos una nube que le impidiera ver la excelencia de una india.
No obstante, Pentaquod organizó una solemne ceremonia de boda, bajo altos robles tierra adentro, y todos los miembros de la tribu se congregaron para rendir tributo a un hombre en quien habían llegado a confiar. El chamán entonó bendiciones, y las comadres predijeron que la unión sería fructífera. Cangrejos, peces y pieles de castor fueron depositados ante los dioses, que, adecuadamente propinados, podía confiarse en que prestaran su protección a aquel matrimonio. Cuatro niñas de la tribu llevaron flores para que Martha se situara sobre ellas, y cuatro niños entregaron a Steed una larga pipa y una flecha con plumas de águila.
Luego, Pentaquod habló con palabras que Martha no pudo comprender. Se refirió a sí mismo y a Steed como dos extranjeros que habían llegado a aquella tribu, y que habían encontrado felicidad y bienestar a orillas de aquel río. Señaló que tanto él como Steed habían tomado mujeres extrañas y que esas cosas daban a menudo buen resultado, como en su caso. Dijo luego que, cuando un hombre va a un lugar nuevo y toma una nueva esposa, se asocia para siempre con la suerte de ese lugar, y queda obligado a defenderlo en la guerra y a guiarlo en la paz. Steed había demostrado ser el buen vecino. Los indios que trabajaban en la isla Devon le habían asegurado que la esposa de Steed sería también una buena vecina, y él les bendecía a los dos por haber llegado a aquel río.
Cuando el anciano terminó, Steed tenía lágrimas en los ojos, y también Tciblento, que apreciaba con terrible intensidad la propiedad de lo que su padre había dicho. Mientras el werowance oficiaba la ceremonia, ella había intentado, intentado desesperadamente, mantener apartados de Steed sus oscuros ojos, pero, al final, le fue imposible contenerse. Mirándole con un anhelo que la consumía, formuló la pregunta que carece de contestación:
–¿Por qué? ¿Por qué?
Cuando la lancha devolvió a la pareja a la isla, Martha dijo:
–La muchacha india de las trenzas,…, la de los ojos oscuros…, está enamorada de ti, Edmund.
–¿Tciblento? Es la hija de Pentaquod.
–¿Por qué no te casaste con ella?
–¡Una india!
Martha no volvió a hablar más del asunto, pero, más tarde, cuando Tciblento se ofreció a visitar la isla para instruirla en las costumbres indias, rehusó cortesmente, y a veces pasaban meses enteros sin que los Steed vieran a Tciblento, pero un día de 1619 el propio Pentaquod llegó a Devon para informar a los colonos que su hija iba a contraer matrimonio y que se sentiría muy complacido si asistían a la ceremonia. Fueron, y Martha vio que la muchacha india, de veintitrés años a la sazón, y muy hermosa en su vestido de piel de ciervo adornado con púas de puerco espín, estuvo durante toda la ceremonia con las lágrimas a punto de saltársele. Martha opinó que el joven con quien ella se casaba valía muy poco y dudó que heredara jamás el título de werowance.
En aquellos años los Steed pagaron a Pentaquod y a los choptanks importantes sumas por cualquier nueva tierra que ocupaban. Poseían ahora 2.160 acres en la isla Devon; la extensión exacta había sido calculada por Martha, con la ayuda de cuidadosas mediciones realizadas por su marido. Sólo unos pocos estaban sometidos a cultivo, pero tenían derecho también a otros 2.488 acres en el continente. Estos terrenos no habían sido despejados aún; Steed tenía intención de quemar los árboles tan pronto como hubiera adiestrado a un número suficiente de indios en el cuidado de los campos, de los que obtendría cada vez mayor cantidad de maíz para Jamestown.
Fue en 1626 cuando la suerte de los Steed dio un giro radical, después del cual el desbroce de nuevos terrenos se convirtió en urgente necesidad. En diciembre de aquel año había ido a Jamestown con su lancha cargada de maíz, pieles de castor, sasafrás y caviar, y, mientras transfería todo a un navio de dos palos procedente de Londres, vio que una tosca lancha fluvial llegada de algún punto situado aguas arriba del James estaba descargando también al otro lado del mercante. Se trataba de Simón Janney, y la carga que izaba con ayuda de cuerdas era nueva para Steed.
–¿Qué son esas grandes balas? – preguntó.
–La hierba hedionda -respondió Janney.
–¿Tabaco? ¿Hay beneficio en el tabaco?
–Desde luego.
–¿Dónde está tu granja?
–A bastante distancia río arriba.
Una pausa, y, luego:
–¿Está Meg contigo?
–No.
Nuevo silencio. Luego:
–¿Qué ha sido de ella?
Janney no respondió a la pregunta.
–Si has desbrozado terrenos, Steed, deberías pensar en el tabaco. Difícil de cultivar, pero fácil de vender.
–Yo he dedicado mis tierras al maíz.
–Cambia al tabaco. No te arrepentirás.
–¿Y dónde está Meg?
Janney dio una patada a una de las balas y, luego, confesó:
–Dos horas después de bajar de su canoa en Jamestown, encontró un hombre que buscaba esposa. Antes de que llegara la noche, ya me había pagado el dinero de su pasaje, y no tardaron en casarse. Vive en una de las nuevas casas de la orilla del río.
Steed la vio una vez. Llevaba una sombrilla y se tocaba con un gran sombrero de paja ribeteado con una cinta dorada, del que asomaba provocativamente su cabello, reluciente al sol. Caminaba con pasos ágiles y parecía sonreír para sus adentros aun antes de ver a su ex marido, como Steed insistía en llamarse. Cuando vio que era Steed de Devon quien estaba junto a la calzada, le saludó con gravedad inclinando la cabeza, sonrió levemente, como si le fuera imposible dominar su risa interior, y pasó de largo. Su marido -dijeron a Steed los hombres del muelle- era un hombre de creciente importancia en la colonia.
Pero fue Simón Janney quien causó la impresión duradera en aquel viaje de 1626, pues cuando la lancha de Steed y la suya hubieron sido descargadas, condujo al isleño a una taberna, donde hablaron seriamente durante largo tiempo.
–Si tienes preparados buenos terrenos, Edmund, deberías plantar tabaco inmediatamente. Yo tengo más semillas de las que necesito, y estoy dispuesto a llevártelas a Devon para que puedas empezar, siempre que repartas conmigo los beneficios.
–Has dicho que es difícil de cultivar. ¿Cómo de difícil?
–Hay muchos riesgos. Debes cuidar que la tierra no se ponga mohosa. Ni que se caliente demasiado. Y es mejor si tienes un cobertizo para el secado; pero, aun en ese caso, es preciso revolver las hojas.
Pasaron la noche discutiendo el cultivo de aquella delicada planta, y hacia la mañana Janney convenció a Steed para que probara suerte.
–No te molestaría si tuviera mis propias tierras, Steed, pero los indios se muestran reacios. Mi mujer y yo no hemos podido…
–¿Qué mujer?
–El capitán Hackett la trajo. Ciento treinta y siete en total. Y todas quedaron colocadas en dos días. La mía es flacucha, pero sabe trabajar.
Mrs. Janney había estado trabajando como criada en Londres y había quedado embarazada de su amo, que cayó sollozando en brazos de su mujer, con el lamento: «La muy zorra me tentó.» El clero la había llevado al tribunal, que la condenó como ramera; cuando su hijo nació, muerto, todos los afectados consideraron que lo mejor era enviarla a Virginia, por lo que su señora le pagó el pasaje en el barco del capitán Hackett.
Éste, naturalmente, olvidó que su pasaje ya había sido pagado y la ofreció en venta a su llegada. Era una criatura esquelética y desgarbada, que merecía la descripción de «flacucha» que había dado su marido. No suscitó ninguna puja en los primeros momentos de la subasta, pues, ciertamente, no presentaba grandes atractivos, pero esto no desanimó a Hackett.
–Alguien tiene que quererte -le aseguraba-. Las mujeres son muy estimadas…, cualquier mujer.
Y, aunque ella y otros dos adefesios permanecían solos en el extremo de la fila, el capitán seguía confiando en encontrar algún plantador poco favorecido que la necesitase.
Simón Janney era aquel hombre. Tras la amarga decepción anteriormente sufrida en aquella cuestión, regateó el precio con Hackett, y, cuando llegaron a un acuerdo, se la llevó hacia el Oeste. Esta vez no tuvo ningún problema para conservar a su mujer; para ella, él representaba un refugio definitivo.
Steed permaneció en Jamestown más tiempo del que había supuesto, porque Janney insistió en que remontara el James para inspeccionar los campos de tabaco, y, cuando desembarcaron en el destartalado muelle y vio las inmundas condiciones en que vivía Janney, comprendió la decisión de Meg de fugarse.
–Ésta es Bess -anunció Janney cuando Steed entró en su choza.
Steed vio una mujer demacrada y cubierta con un harapiento vestido. Tenía los dientes en mal estado y llevaba el pelo desgreñado. Pero cuando ella y su marido le llevaron a ver los campos, encontró todo cuidado con extrema pulcritud y comprendió su estrategia: primero, los campos.
–Son unos terrenos excelentes, Simón -dijo-. ¿Producen buen tabaco?
–Sí. Y si pudiese confiar en la ayuda de los indios, despejaría la zona que se extiende más allá de los árboles.
–La ayuda puede tardar mucho en llegar -repuso Steed, pensando en lo pacíficos que eran los choptanks y lo peligrosos que eran los potomacs.
–Se habla de traer más negros de África -dijo Janney-. Pero aun entonces los pequeños plantadores nos quedaríamos sin ver siquiera a uno de ellos.
–Necesitas ayuda para despejar esta comarca -convino Steed.
Se quedó luego observando mientras Janney desvelaba los misterios de la plantación del tabaco, el cultivo de los campos y el manipulado de la hoja. Steed nunca había fumado tabaco y dudaba mucho que la moda fuese a durar, pero cuando supo las ganancias que Janney había obtenido con sus pequeñas tierras, su codicia despertó.
–¿Podría yo ganar lo mismo con los míos? – preguntó.
–¡Más! Observé tus campos cuando fui a buscar a Meg.
Este triste recuerdo aminoró su entusiasmo, y continuó, con voz más apagada:
–Steed, con tus campos y tus indios, podrías triplicar lo que yo gano.
Llegaron a un acuerdo, conforme al cual Janney haría acopio de la mayor cantidad posible de semillas de tabaco, y luego seguiría a Steed a Devon, donde enseñaría a los indios a cultivar lo que él llamaba «la hierba hedionda». Cuando llegó, Steed y su mujer pidieron a Pentaquod que les prestara seis choptanks más para labrar los campos y cuidar las delicadas plantas. Construyeron también junto a la orilla un par de alargados cobertizos para secar las hojas, y Janney les enseñó a construir barriles de roble. Se desarrolló en Devon una importante industria, y cuando la cosecha era recogida y curada, los grandes barriles rodaban hasta el muelle en que el capitán Hackett atracaba su Victorious.
La costumbre exigía que los virginianos, como colonos, enviaran su precioso tabaco sólo a la madre patria y sólo en buques ingleses. Ésto significaba que el capitán Hackett y su Victorious, superviviente de mil tormentas, ejercían un monopolio que pagaba mezquinamente a los colonos y generosamente a los comisionistas de Londres. Aun así, cuando empezaron a llegar a Devon cargamentos de mercancías que hacían las delicias de los indios a lo largo del Choptank, Steed comprendió que estaba en camino de construir una fortuna.
Janney le espoleó a obtener más beneficios aún, al señalar que, como podía utilizar a los indios, Steed debía poner en explotación las abundantes tierras que poseía en la orilla Norte. Así, pues, Steed formó un grupo de trabajadores compuestos por él mismo, Janney y siete nuevos indios para despejar grandes extensiones de terreno al otro lado del canal, en las mismas condiciones que antes: Janney regresaría a Jamestown una vez que los campos estuviesen preparados y volvería con semilla de tabaco, compartiendo todos los beneficios que se obtuviesen.
Durante todo el invierno y la primavera humearon en el cielo las hogueras, mientras los indios se arrodillaban en torno a los troncos de gigantescos robles y pinos, cercándolos y obligándolos a morir. En los campos en que habían sido quemados los troncos, se ataban cuerdas a las ramas más altas, ahora muertas, y los centinelas del bosque eran derribados. Luego, Steed y Janney esperaban un día de lluvia, cuando el peligro de que el fuego se propagase era mínimo, y encendían vastas conflagraciones para consumir los caídos árboles, que no les ofrecían ninguna utilidad. Durante semanas, el cielo sobre el Choptank permanecía negro de humo, y los hombres, más negros aún de hollín.
–¡Nos estamos haciendo ricos! – exclamó Janney, lleno de júbilo-. Y, cuando hayamos terminado aquí, transportaremos a estos indios al otro lado de la bahía y quemaremos nuevos bosques que he visto a lo largo del Rappahannock.
–¿Abandonarías tu granja a orillas del James?
–Ha sido un río infausto para mí.
–¿Por qué no vienes aquí? Podrías tomar tierras a lo largo del Choptank.
–¡Oh, no! – replicó Janney, sin vacilar-. El centro de la vida siempre estará allá.
Y ningún argumento pudo convencerle para que abandonase la orilla occidental, donde se amasarían las grandes fortunas y se forjarían reputaciones perdurables.
El capitán John Smith se había convertido en un viejo parlanchín que aburría a sus amigos de Londres con incoherentes historias de Hungría y Virginia. Hasta rnuchos años después de su marcha de la colonia y de la muerte de la princesa india Pocahontas, no reveló que cuando el jefe Powhatan le salvó del tajo fue sólo porque la bella princesa se había arrojado ante su postrado cuerpo, el de Smith.
–Me amaba -confió-, me amaba desesperadamente,
–Entonces, ¿por qué se casó con Rolfe y no contigo? – preguntó un hombre que había conocido a Pocahontas durante la visita de ésta a la corte inglesa.
–¡Casarme! – resopló Smith-. ¿Un capitán inglés enredarse con una india y mucho menos casarse con ella? Eso es para gentes de menos categoría, como el joven Rolfe.
Quedó consternado cuando viajeros llegados de Virginia le informaron de que Edmund Steed, con quien había estado en Jamestown, había revelado finalmente su verdadera personalidad, presentándose como católico.
–¿Papista? – repitió varias veces, meneando incrédulamente la cabeza.
Luego, su mente se despejó y recordó sus aventuras con aquel valeroso joven.
–Estuvo muy cerca de la muerte. Le estaban arrancando la carne al pobre Ratcliffe, pulgada a pulgada, y el pobre hombre murió. No me importó gran cosa. Él había votado en Nevis porque me colgaran, pero volví a tiempo para salvar al joven Steed.
No había sucedido así. Smith se había ido mucho antes de que Ratcliffe muriese.
–También estuve con él en la enfermedad. Es decir, con Steed, no con Ratcliffe. En una tienda murieron de disentería siete de los que estábamos en ella, pero yo resistí. Steed compartió conmigo su última comida.
Había habido otras aventuras, pero Smith no podía recordarlas ahora.
–Recuerdo que tenía que corregir lo que escribía. No ponía cuidado en los detalles. Y debo confesar que siempre sospeché de él. Tortuoso, le llamé una vez. No sincero, como un inglés decente. Papista, ¿eh? Sabía que ocultaba algo.
En los meses siguientes, Smith habló con frecuencia de Steed, y citaba su subversivo catolicismo como ejemplo de por qué el rey Carlos no debía conceder favores a los lores católicos de Baltimore.
–¡Concederles una colonia en Virginia! ¡Vergonzoso! Los papistas se adueñarán de todo el continente. Son tortuosos. Ya sabéis que el abuelo de Steed tuvo que ser ahorcado y descuartizado por la buena reina Bess.
Antes de que finalizara el año, había muerto, lamentando los oscuros cambios introducidos por los dos reyes, Jacobo y Carlos. Uno de sus últimos juicios fue que las cosas habían estado mucho mejor dirigidas por Isabel.
Pentaquod había previsto que cuando el hombre blanco llegase al Choptank, peligrarían todas las tradiciones de la vida india, y había salido voluntariamente de su retiro para ayudar a su tribu a efectuar la transición. Lo que no había previsto era las curiosas formas en que se manifestaría el impacto.
No había esperado que ningún hombre blanco fuese tan agradable como el que se instaló en la isla Devon, ni que pudiera tener en común con él los problemas que preocupaban a todos los hombres: dificultades con las mujeres, la constante lucha por encontrar alimento, complicaciones en la educación de los hijos, protección de las ganancias. En tres ocasiones distintas habían llegado mensajeros indios procedentes del otro lado de la bahía con el propósito de inducir a los choptanks a rebelarse contra los blancos: un día determinado. Pentaquod daría muerte a todos los que se encontraban en Devon y, luego, cruzaría la bahía para sembrar la muerte y la destrucción a lo largo del james y el Rappahannock. Pentaquod había respondido siempre: «Steed es un amigo en quien puede confiarse más que en la mayoría de los nuestros.» No sólo se había negado a matar a Steed, sino que había enviado más choptanks a proteger la isla contra los esfuerzos de los potomacs. Por eso, cuando la orilla occidental se vio asolada por horribles matanzas, nada sucedió en la oriental. Las relaciones con Steed eran mejores de lo que hubiera podido esperarse.
Por el contrario, se había sentido mortalmente herido cuando el sosegado inglés rechazó a Tciblento; Pentaquod había comprendido por qué, y sospechaba que su hija también. Los indios eran inferiores, y todo contacto entre las razas debía limitarse al ámbito del trabajo y el comercio. El anciano se sentía aterrado por la ansiedad con que los suyos se apoderaban de las chucherías que los comerciantes blancos les ofrecían. Ahí estaba el peligro, comprendía Pentaquod: en que pudieran quedar destruidos los valores de su pueblo. Por el momento, se conformaban con pescar y cazar castores y coger sasafrás y cuidar su maíz, pero llegaría el día en que abandonaran esas ocupaciones, y ese día empezarían a debilitarse los choptanks.
Tenía buen cuidado de no interferirse en las prerrogativas del joven werowance. Él había vuelto como consejero, y, pese a las presiones que se le ejercieron para que asumiera de nuevo la jefatura, se limitaba a desempeñar exclusivamente aquel papel. Lo hacía por convicción: los jóvenes debían aprender a relacionarse con los blancos si esperaban conducir a su pueblo a través de aquellos peligrosos tiempos. Por eso, cuando el capitán Smith apareció por primera vez en Patamoke, Pentaquod se había mantenido en un segundo término a fin de que el werowance adquiriese experiencia en la valoración de las intenciones de los recién llegados, y en todos los tratos con Steed, Pentaquod se había quedado al margen. Cuando hubo que firmar las escrituras de cesión de la isla Devon, fue el werowance quien estampó el primer signo.
El anciano conservaba sus tres plumas de pavo, y cuando se movía entre los choptanks, todos sabían que él era su jefe, y a él se volvían siempre que se avecinaba una crisis. Ahora, acudieron también a él, perplejos.
–Cada día surgen nuevos incendios -protestaron-. Abrasan todos los árboles entre los ríos, donde solíamos escondernos.
Y Pentaquod subió a su canoa y remó río arriba para hablar con Steed. – ¿Es necesario quemar los viejos árboles?
–Sí.
–¿Con semejante desolación?
Y señaló a los ciervos que huían de las llamas y a un aturdido castor aferrado a su madriguera mientras se acercaba el fuego.
–Debemos tener más campos para el tabaco -explicó Steed.
–Nosotros cultivamos todo el tabaco que podemos fumar -dijo Pentaquod, señalando hacia los pequeños claros en que las mujeres de su tribu habían cultivado la planta.
–Es suficiente para vosotros, pero no para Londres.
–¿Tenemos que quemar nuestros bosques para Londres? – preguntó el anciano.
A Steed le resultaba difícil esclarecer las complicaciones del comercio transoceánico, explicar que era no sólo obligatorio, sino también moralmente imperativo quemar bosques en Virginia para que el tabaco pudiera ser quemado en Londres. Pentaquod no podía comprender.
Tres veces más volvió para protestar contra aquella abusiva utilización de los bosques del Choptank, y en la última visita, Simón Janney se impacientó. No conociendo ninguna palabra de choptank, no quería que el anciano le hiciera perder su precioso tiempo. Empujándole a un lado, gruñó:
–¡Lárgate, viejo! Tenemos trabajo.
Pentaquod regresó, abatido, a su canoa. Manejó pesadamente el remo y, cuando llegó al poblado, informó al werowance que había que hacer pronto algo para detener aquellos voraces incendios. Los dos jefes hablaron largamente, sin querer ninguno de los dos enfrentarse a lo inevitable: luchar o huir. Y, cuando habían llegado a un silencioso callejón sin salida en sus deliberaciones, aparecieron corriendo dos jóvenes miembros de la tribu con una terrible noticia:
–¡Pentaquod! ¡Han provocado un incendio que destruirá tu refugio!
Los dos jefes remaron juntos más allá de la marisma, hasta el pequeño río que conducía a la bifurcación del estero en que había vivido Pentaquod, y, al aproximarse, vieron grandes incendios que avanzaban por todas partes arrasando el campo en que Navitan había cultivado ñames, calcinando el lugar en que había nacido Tciblento, destruyendo los árboles en que sus hijos habían tenido sus cachorros de oso. Mientras los dos indios contemplaban la escena, se intensificó el crepitar de las llamas hasta parecer como si todo el estero fuera a empezar a hervir, y, luego, todo desapareció: los árboles, el pequeño embarcadero, los recuerdos de Tciblento jugando junto a la casa. Horrorizado, Pentaquod se resistía a creer que los hombres lo destruyeran todo por conseguir hojas de tabaco, pero lo hacían.
–Debemos regresar -dijo Pentaquod al werowance.
Y aquella noche tomaron su decisión: era imposible vivir junto al hombre blanco, por lo cual fueron despachados en secreto mensajeros portadores de firmes órdenes, y, a la mañana siguiente, cuando Steed y Janney se disponían a provocar nuevos incendios, no encontraron ningún indio para ayudarles. Steed supuso que se habrían ido a pasar la noche en Devon con sus amigos, pero cuando fue allí en su pequeña embarcación, descubrió que no sólo habían desaparecido los indios que trabajaban en los campos, sino también los establecidos en la isla, juntamente con sus mujeres.
–Anoche vinieron unas canoas a buscarlos -informó Martha-. Se llevaron todas sus cosas. Dudo que vuelvan.
–¡Imposible! ¿Adonde iban a ir?
–A su poblado, supongo.
Sin esperar a recoger a Janney, se dirigió tan rápidamente como pudo a Patamoke, y allí estaban sus indios, sentados desconsoladamente ante la alargada cabaña.
–¿Qué hacéis aquí? – preguntó, pero ninguno de ellos habló.
Cuando repitió la pregunta, una de las mujeres hizo un gesto en dirección a la puerta de la cabaña.
–¿Os han obligado ellos a abandonarnos? – preguntó Steed.
El sonido de su voz alertó al werowance, que apareció en el umbral, vacilante y reacio a enfrentarse con el hombre blanco. Al instante apareció también Pentaquod, que se apoyaba en el hombro de Tciblento. Juntos, los tres indios se acercaron a Steed, y en sus rostros se reflejaba el respeto que sentían hacia aquel honrado inglés. Fue un momento que ninguno de los presentes olvidaría jamás, pues aquél fue el día en que se hizo inevitable la marcha.
–¿Qué me estáis haciendo? – preguntó Steed al werowance.
El joven permaneció en silencio. Pentaquod le dio un leve codazo, pero siguió sin atreverse a hablar. Fue el anciano quien respondió:
–¿Qué nos has hecho tú a nosotros? Has quemado nuestros pinos. Has cortado nuestros robles más altos. Has echado a los ciervos de sus hogares y a los castores de sus madrigueras. Has chamuscado las plumas de los pájaros y arrasado los lugares en que jugaban nuestros hijos. Steed, has destruido el paraíso que compartíamos contigo.
Steed retrocedió ante este torrente de acusaciones, y luego dijo, persuasivamente:
–Pentaquod, mi querido y fiel amigo, no comprendes. Si quemamos los campos, plantamos más tabaco. Si plantamos más tabaco, el barco del capitán Hackett vendrá con más frecuencia. Y cuando viene, tú y los tuyos podéis tener escopetas para cazar.
–Antes de que tú vinieses, obteníamos nuestra carne sin necesidad de escopetas.
–Pero podéis tener también espejos, y brújulas como la que te dio el capitán Smith. ¿Te acuerdas?
–Siempre he sabido dónde estaba el Norte -replicó el anciano.
Luego, con tono de amarga tristeza, informó a Steed que en lo sucesivo ningún choptank trabajaría ya para él, y ninguna súplica del inglés logró modificar tal decisión. En pleno esfuerzo para despejar los campos, quedaba retirada toda la mano de obra de Steed; no se permitía que ni siquiera una sola mujer ayudase a Martha y a sus tres hijos. Cuando Janney se enteró de esa decisión, propuso que fueran a Jamestown, reclutaran un ejército y quemaran el poblado, a menos que los indios volvieran a trabajar, pero Steed desechó semejante locura.
En lugar de ello, Janney y él se quedaron a pasar la noche en Patamoke, y por la mañana solicitaron una entrevista formal con el werowance y Pentaquod. Fue concedida, y una vez más apareció el canoso anciano, apoyado en su hermosa hija. El saber que estaban a punto de quebrarse viejos lazos entristecía al antiguo jefe, y habló suavemente a su amigo.
–¿Qué quieres, Steed?
–Pentaquod, aliado de muchos años, ¿por qué nos causas daño?
–No es posible que tú y nosotros compartamos este río.
–¡Claro que es posible! Tus hijos y los míos juegan juntos, hablan la misma lengua, quieren a los mismos animales.
–No, Steed. Nos distanciamos en todas Jas cosas. Ha llegado el momento en que debemos separarnos.
–No es necesario. Cuando llegue el barco del capitán Hackett, puedes tener todas las cosas que tenemos nosotros.
–No queremos vuestras cosas. Sólo nos traen disgustos.
Janney, cuando le fueron traducidas estas palabras, indicó a Steed que le dijera a aquel viejo estúpido que, si los indios se negaban a trabajar, no tardarían en tener disgustos de verdad…, incluso guerra. Steed rehusó traducir sus palabras, pero Tciblento había aprendido suficiente inglés como para informar a su padre de lo que había dicho el otro inglés.
–¿Guerra? – repitió Pentaquod-. ¿Hablas de guerra? ¿Sabes qué ocurría al otro lado de la bahía cuando había guerra? Innumerables muertos y odio eterno. ¿Habéis sojuzgado a los potomacs o expulsado de vuestros ríos a los piscataways, Janney? Steed y yo hemos procurado que esa guerra no destruya nuestra amistad, y no la destruirá mientras yo viva.
Steed hizo caso omiso de esta argumentación y no se la tradujo a Janney, que miraba ferozmente al anciano. Lo que centraba la atención de Steed era el trabajo.
–Pentaquod, si mandas a tus hombres a trabajar para nosotros, les pagaremos… bien.
–¿Y qué comprarán con el roanoke?
–Lo que quieran -y extendió las manos para indicar la generosidad de Europa.
Pentaquod desechó con un gesto esta incongruente lógica y recordó a Steed:
–Cuando tú y tu esposa necesitasteis nuestra ayuda para construir un hogar en tu isla, trabajamos para ti. Y cuando quisiste despejar campos para cultivar alimentos, volvimos a ayudarte. Incluso dije a mi gente que os instruyera en todas las técnicas necesarias. ¿No se ofreció mi hija Tciblento para enseñar a tus esposas?
Steed miró a la muchacha india, vestida con una piel de ciervo adornada con tiras de visón en los bordes y un collar de dientes de castor, y se dio cuenta por primera vez de que se había convertido en una mujer sorprendentemente hermosa. Tal vez le ayudara a ello el conocimiento de que, después de aquel funesto día, ya no la volvería a ver más. Se dio cuenta de que estaba enrojeciendo y de que sus ojos sostenían la mirada de ella durante más tiempo de lo que era correcto, pero se sentía incapaz de apartarlos. Luego meneó la cabeza, como para salir de su ensueño, y admitió:
–Tciblento nos ha ayudado mucho.
Tristemente, el anciano anunció:
–Steed, hoy nos vamos de nuestro poblado. No nos volverás a ver.
–¡No! – suplicó Steed.
–Durante muchas lunas he dicho a mi pueblo que podíamos compartir el río, pero estaba equivocado. Siempre quieres quemar más, destruir más. Te dejaremos con tus incendios.
–¿Qué está amenazando ahora? – preguntó Janney.
–Se marchan -respondió Steed.
–¡Estupendo! – exclamó Janney, con súbita aprobación-. Ayúdales a irse. Échalos.
–¿Qué quieres decir? – preguntó Steed.
Pero antes de que el rudo campesino pudiera explicarse, Pentaquod llevó a Steed a un lado para preguntarle algo que le había desconcertado durante años.
–Querido amigo -dijo-, hace muchos veranos, cuando la Gran Canoa entró en la bahía, nuestro pueblo la observó cuidadosamente. Vieron las blancas velas, pero vieron también que los hombres tenían pieles que relumbraban al sol. ¿Qué era eso, Steed?
El inglés reflexionó pero no pudo encontrar una explicación razonable por lo que Pentaquod repitió el problema indicándose a sí mismo en la cubierta del antiguo navío con el sol reflejándose en su cuerpo.
–¡Oh! – exclamó Steed-. Debía de ser un barco español. ¡Armaduras!
Y explicó cómo un hombre embutido en una armadura resplandecería al sol, y luego Pentaquod abordó la cuestión que realmente le preocupaba.
–En el futuro, cuando yo haya muerto, los choptanks regresarán a este poblado. ¿Cuidarás de Tciblento?
Steed no respondió. Las lágrimas inundaron los ojos del anciano, haciendo innecesarias las palabras. Se abrazaron, regresaron a la alargada cabaña y se separaron por última vez.
Mientras su lancha se alejaba, Tciblento permanecía en pie en la orilla, una radiante mujer, sin agitar la mano en despedida y sin lágrimas en los ojos, simplemente erguida allí, en la desfalleciente luz, consciente de que nunca más volvería a ver al rubio inglés.
Cuando la lancha llegó a la marisma, Janney dijo excitadamente:
–Hemos tenido suerte de librarnos de ese cerdo gandul.
–¿Qué vamos a hacer para encontrar ayuda?
–Los barcos llevan a Jamestown muchos tipos contratados para trabajar.
–¿Podemos hacer frente a ese gasto?
–El secreto es comprarlos baratos y explotarlos al máximo. Y cuando hayan expirado sus siete años, largarlos.
Se succionó el hueco de un diente y añadió:
–Pero vienen tiempos mejores. Han empezado a traer grandes cargamentos de África. El capitán Hackett los ofrece en venta.
–La misma pregunta. ¿Podemos permitirnos ese lujo?
–Escucha, Steed. No puedes permitirte el lujo de no tenerlos. Compras un esclavo una vez, y es tuyo para toda la vida. Él y sus hijos. Una verdadera ganga.
Pero no era tan sencillo como Janney había sugerido. Los esclavos no llegaban por barcos llenos, y los que eran traídos como parte de la carga, se quedaban en Virginia; eran demasiado valiosos para desperdiciarlos en los inseguros campos del otro lado de la bahía. Así, pues, cuando los indios se marcharon, su puesto fue ocupado por hombres blancos de la escoria de Londres, pero el grueso del trabajo era realizado por Steed y su mujer. La suya era la única plantación de la Orilla Oriental, una audaz y solitaria avanzadilla en la que los propietarios trabajaban quince y dieciséis horas diarias, el esfuerzo exigido siempre que debía construirse un hogar o una nación.
Steed supervisaba personalmente cada fase del cultivo del tabaco, desde la recolección de la preciosa semilla -diez mil no bastaban para llenar una cucharilla-, hasta desmochar las plantas jóvenes, operación que impedía la proliferación de hojas inútiles en el tallo y aseguraba que unas pocas y grandes hojas alcanzasen una altura adecuada; había que hacerlo durante los días más calurosos de julio y agosto, cuando el calor reverberaba en las quietas aguas. Entonces, Steed se movía entre sus plantas, y las despuntaba cogiéndolas entre el pulgar y el índice derechos; con el tiempo, su mano derecha acabó haciéndose más grande y más fuerte que la izquierda, y su pulgar derecho se tornó grande, oscuro y grueso.
Una mañana, durante el desayuno, Martha Keene -se negaba a adoptar el apellido Steed antes de estar debidamente casada- observó la coloración del pulgar de Edmund y le sorprendió inclinándose sobre la mesa y besándoselo.
–El emblema de nuestra verdadera nobleza -observó.
En aquel tiempo, en la distante Inglaterra, el hermano mayor de Edmund ostentaba el título de baronet y era conocido como Sir Philip Steed, pero en el Nuevo Mundo estaba naciendo una nueva nobleza, de la que los Steed de Devon serían una de las familias fundadoras.
Al prestarse voluntariamente a emigrar a Virginia, Martha Keene realizó un acto de valor muchas veces repetido y rara vez apreciado; pero cuando se trasladó – la soledad de la isla Devon, aquello fue puro heroísmo.
¿Cómo sobrevivió? Precariamente. No había médico, y sólo las medicinas más elementales: calomelanos para la indigestión, té de sasafrás para la fiebre. El estreñimiento era un temor constante, pues podía originar enfermedades más graves, así que cada familia tenía su purga favorita; la malaria era también un tormento. Los dientes constituían un problema especial, y cada localidad poseía un par de tenazas, gastadas y oxidadas, para extraer las muelas careadas, así como un hombre de brazo fuerte y buena vista que era el encargado de realizarlo; dos hombres sujetaban al paciente por los hombros, otro se echaba sobre sus rodillas, y las tenazas hacían su trabajo, retorciendo y estirando hasta que algo se rompía.
Las madres veían con angustia cómo sus hijos contraían una interminable serie de enfermedades, velando las noches de fiebre y llorando cuando los pequeños eran enterrados bajo los pinos. Sin embargo, si los niños resistían este asalto mortal, desarrollaban una sorprendente inmunidad; a menudo, vivían desde los dieciocho años hasta los cuarenta y ocho sin padecer apenas ninguna enfermedad, gentes roqueñas que podían resistir el frío y el hambre y la mala alimentación, pero entonces eran ya viejos y solían morir a los cincuenta años. Las mujeres, especialmente, morían jóvenes, y no era raro que un marido enterrara a dos esposas antes de dejar una viuda joven que le sobrevivía durante veinte años.
La casa a la que llegó Martha había sido muy mejorada por su anterior ocupante, la animosa Meg Shipton, pero apenas era todavía algo más que una primitiva choza. Se hallaba soberbiamente emplazada: desde la bahía de Chesapeake, se torcía hacia el Este a través del canal Norte de la isla y, luego, se volvía hacia el Sur para entrar en el amplio estuario que conducía al río Devon. A una milla aguas arriba emergía de la orilla Norte un embarcadero, y sobre éste, en una pequeña plataforma de excelente tierra y desde la que se dominaban amplias distancias, se alzaba la casa. Había sido construida por etapas, primero una cabaña, luego una cocina separada orientada al Este, de modo que recibía los rayos del sol al amanecer; luego, un segundo piso con dormitorios horriblemente fríos en invierno, y, por último, varios cobertizos comunicados entre sí y zonas de almacén.
Escasos muebles hechos con madera del lugar, algún que otro utensilio tallado en roble, unos cuantos cuchillos y tenedores y cucharas de madera: éstas eran las cosas con las cuales Martha tenía que trabajar. Tenía una olla de hierro, suspendida de un gancho sobre un fuego descubierto, y una especie de horno de hierro y barro en el que realizaba milagros. Un pequeño fuego ardía día y noche, alimentado por inmensos montones de madera apilados en el exterior, junto a la puerta. Había pocas mantas, pero muchas pieles de animales, que en algunos aspectos eran mejores, pues se manchaban menos, y unos pantalones de hombre duraban doce o quince años de uso constante, y un vestido de mujer sobrevivía a innumerables alteraciones o adiciones. Los adornos eran escasos, y los que un marido regalaba rara vez eran lucidos por la mujer, aunque los estimaba enormemente.
La casa tenía dos peculiaridades, una de las cuales enfurecía a Martha y la otra le producía gran satisfacción. Como había poco cristal en Jamestown, y absolutamente nada en Devon, los Steed habían cubierto sus ventanas con papel engrasado, y decenas de veces, Martha, contemplando ventanas que dejaban pasar la luz pero no permitían ver a su través, se sorprendía a sí misma lamentándose: «¡Ojalá tuviéramos cristales por los que se pudiera ver!» Y, siempre que un barco zarpaba rumbo a Bristol, suplicaba: «¿No pueden traer cristal de Holanda?» Lo que le agradaba eran los pesados platos de estaño; eran sólidos, y verlos pulcramente apilados en su armario de madera de pino era una experiencia que le complacía.
–Los aprecio más que si fueran de plata -decía a su marido, y los lavaba y se regocijaba-: Son míos.
El trabajo se acabó especializando, pues con la llegada de esclavos a Jamestown resultó útil para los dueños de plantaciones fomentar entre ellos habilidades particulares. Las esclavas que sabían coser eran mantenidas en el interior de las casas; los hombres que sabían hacer zapatos eran muy estimados, y también, y muy especialmente, los negros que sabían convertir robles en duelas, y las duelas en barriles para transportar tabaco. El pobre Steed, sin acceso a los esclavos, tenía que dominar por sí mismo todas las artes mecánicas y, luego, enseñárselas a los nuevos sirvientes que iban llegando a Devon. Era una tarea desagradecida; se pasaba dos años instruyendo a algún desmañado individuo a fabricar un barril y luego disfrutaba solamente de cuatro años de trabajo productivo por parte del joven, ya que el séptimo año resultaba desperdiciado en su mayor parte: el hombre se pasaba casi todo ese tiempo tratando de encontrar tierra en la que poder construir su propia granja. Steed se convirtió en el maestro instructor de la Orilla Oriental, y Devon, en la Universidad a través de la cual se civilizaría el Choptank.
Una característica peculiar de la vida en Devon era que no existía el dinero. A veces, los Steed se pasaban tres años sin ver una sola moneda, y cuando la veían, lo más probable era que fuese de origen español o francés. Las libras y chelines ingleses escaseaban increíblemente, como resultado de una deliberada táctica del Gobierno de Londres y de los oficiales del rey en las colonias. «Mientras controlemos la circulación de monedas -razonaban-, conservaremos el poder.» Así, pues, las plantaciones se veían estranguladas por la falta de medios de cambio; ningún empleado de Steed tenía jamás un penique que gastar, pues no había peniques, ni lugar en que gastarlos, ni nada en que gastarlos.
Como autodefensa, los colonos inventaron su propia moneda: el roanoke era universalmente aceptado; el tabaco podía ser legalmente utilizado para pagar cualquier deuda; y los impuestos eran específicamente fijados en barriles de la hierba. La riqueza total de los Steed, que se estaba tornando enorme, se hallaba representada en tabaco, ya fuera en los campos, o en los secaderos, o en barriles que esperaban ser embarcados, o en tránsito a través del Atlántico o en algún almacén de Londres. Hojas de papel, rotas y arrugadas a menudo, representaban sus ahorros.
Todas las cosas las esperaban de Londres. Un paquete de agujas era algo precioso, y Martha se apenaba profundamente si perdía una. Los clavos eran como oro; un sirviente no hacía en todo el año más que tallar clavos de madera, adquiriendo tal destreza en esta actividad, que sus bien acabados productos eran intercambiados ampliamente por toda Virginia. De Londres llegaban libros, y ropas, y utensilios, y muebles, y todas las cosas que hacían tolerable una remota isla. Los Steed seguían amando a Inglaterra, y cuando llegaban los barcos desde el otro lado del océano, la familia entera se congregaba en el muelle para ver las cosas que traían, y con frecuencia las cartas provocaban lágrimas, no por una sensación de pérdida, sino por una terrible nostalgia.
El muelle era interesante. Hacia él y desde él circulaba la savia vital de la plantación, y su supervivencia era de la máxima importancia. Se buscaron altos cedros, gruesos por la base y de diámetro progresivamente menor a medida que se iba ascendiendo. Fueron cortados, desbastados y llevados hasta el borde del agua. Luego se clavaron y sujetaron gruesos travesaños de dos metros de longitud a una estaca cuyo puntiagudo extremo hundieron dos hombres en el fango todo lo que sus fuerzas les permitieron, Después, otros dos hombres accionaron los extremos del travesaño e introdujeron el pilote de cedro en el fondo del río. Finalmente, cuando todo estuvo bien dispuesto, otros dos hombres subieron a una plataforma y afianzaron a martillazos el pilote. El muelle se hallaba sustentado sobre veintiséis pilotes de éstos, y era tan sólido, que incluso los grandes navíos podían atracar en él sin peligro.
El aprender constituía una preocupación constante. Martha enseñaba a los tres chicos aritmética y latín, sabiendo que no podía considerarse instruido ningún joven que no poseyera amplios conocimientos de esa espléndida lengua. Edmund consideraba responsabilidad suya enseñarles Historia y griego, pero, a veces, después de haber trabajado duramente en los campos, se quedaba dormido durante las clases, y Ralph le daba un codazo y murmuraba:
–Sigue con tu griego. ¿Quieres que sean salvajes?
Todos los días, a las cinco de la mañana, Edmund se preparaba para la jornada leyendo libros que había traído de Oxford -Tucídides y Josefo en griego, Séneca y Cicerón en latín-, y de estos autores, junto con Plutarco, que le entusiasmaba, obtenía ideas sobre cómo debían comportarse los hombres y las naciones.
Finalmente, estaba la capilla, el sencillo edificio de la cruz de madera. Los Steed se reunían allí para orar y para reafirmarse en su fe. Creían que Dios supervisaba sus vidas y anotaba en su favor todas las ocasiones en que se comportaban amablemente con sus servidores; pero, siempre que la familia abandonaba este lugar de oración, Martha se rezagaba en la puerta, volvía la vista hacia el altar y pensaba: «Algún día me casaré aquí.»
El problema de la religión de Steed no preocupaba ya a los dirigentes de Virginia; se sabía que era un tipo difícil, fiel a la fe por la que había sido ahorcado su abuelo, y circulaban por la colonia ciertos libros con grabados que representaban a Sir Latimer siendo descuartizado por su condición de traidor papista, pero la mayoría de los virginianos parecían contentos de que se mantuviera apartado, al otro lado de la bahía y fuera de su vista. Las complicaciones surgieron a finales de 1633, cuando su hijo Ralph, de diecisiete años a la sazón, consideró que había llegado el momento de contraer matrimonio y crear su propia granja en los campos situados frente a Devon. Por consiguiente, navegó a lo largo de la bahía, entró en Jamestown y pidió permiso para casarse con la hija de un plantador de Virginia; los parientes de ésta señalaron que el muchacho era papista, hijo de un padre confesadamente católico y de una madre especialmente importada de Inglaterra, pero otros argüyeron, y con razón, que el joven Ralph no era hijo de la esposa católica, sino de Meg Shipton, que era tan buena protestante como cualquier otra persona de la colonia y estaba casada con un destacado comisionista de la región. Eso hacía que Ralph fuese sólo medio católico, pero era suficiente para impedir un matrimonio.
El muchacho quedó desolado ante este rechazo y se retiró a Devon en tan abatido estado de ánimo, que sus padres dejaron lo que estaban haciendo para hablar con él.
–Nuestra familia se mantiene fiel a la única fe verdadera -dijo Edmund-. Mi abuelo murió por ella. Mi padre sufrió graves inhabilitaciones. Y yo renuncié a las ventajas que se me presentaban en Inglaterra para poder levantar mi propia capilla en Virginia. Es una herencia tan preciosa, que la pérdida de cualquier chica, por muy…
–Penny no es cualquier chica -replicó el muchacho.
–Es encantadora -admitió Martha-, y ahora está comprometida con otro, ¿y qué se puede hacer al respecto, sino olvidarla y volver al trabajo?
–Nunca la olvidaré -respondió Ralph.
–Y no debes olvidarla -admitió rápidamente Edmund, añadiendo, cuando su mujer frunció el ceño-: Quiero decir, en el sentido de recordarla como una muchacha excelente. Pero ella se ha ido, Ralph, y tú has descubierto lo que significa ser católico.
El muchacho debió sentir la tentación de gritar: «¡No quiero ser católico!», pero, en lugar de ello, cruzó las manos sobre su regazo y bajó la cabeza.
–Siempre he querido ser un buen católico -dijo-. Creo que debería ser sacerdote.
–¡Vamos, Ralph! – empezó su madre.
Pero Edmund detuvo sus protestas, y dijo:
–¿Tienes verdadera vocación?
Les propuso ir a la capilla, y, cuando estuvieron dentro, con los moscardones zumbando contra el grueso cristal importado de Holanda, preguntó a su hijo si había oído hablar alguna vez del beato Edmund Campion, y habló durante varias horas de aquel luminoso espíritu. Recordó las tradiciones del movimiento clandestino católico en Inglaterra, y, especialmente, cómo él mismo había negado a la Iglesia durante un breve período de tiempo, hasta el momento en que despertó ahogado casi por los remordimientos. Fue en esas circunstancias cuando decidió ir a un nuevo mundo donde pudiese practicar su amor a Dios del modo que el propio Dios había ordenado.
Los padres de Ralph creían firmemente que sólo una Iglesia podía representar la voluntad de Dios y, en prueba de ello, citaron las solemnes palabras que resolvían de manera definitiva la cuestión para las personas juiciosas. Cogiendo la pesada Biblia que Edmund había importado de Inglaterra, la traducida por los eruditos del rey Jacobo, la abrieron por la página en que el propio Jesús creó la única y verdadera religión:
Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos.
–Esta fue la verdad que sostuvo a nuestra familia -dijo Edmund-, lo mismo que sostuvo a Campion y que te sostendrá a ti.
Dijo a Ralph que, si estaba experimentando una verdadera vocación hacia la Iglesia, ninguna llamada podría ser más profunda, y que, si quería hacerse sacerdote, debía dedicar ya su vida a esa alta finalidad.
–¿Cómo? – preguntó el muchacho.
–En Virginia es imposible -dijo Steed, excitado ante la posibilidad de que los Steed de Devon pudieran dar un sacerdote-. Lo que haremos, Ralph, es enviarte a Londres con el capitán Hackett, y, desde allí, debes viajar a Roma, al seminario para ingleses.
En éxtasis, cogió las manos de su hijo y sugirió que se arrodillaran todos para rezar.
–Estás pisando el sendero de los mártires.
El plan no pudo llevarse a la práctica. En su siguiente arribada a Jamestown, cuando Ralph se disponía a subir a bordo, el capitán Hackett, desorientado por los enormes beneficios que se obtenían con el tráfico de esclavos, anunció que, probablemente, nunca regresaría a Inglaterra.
–Me voy a Luanda.
–¿Dónde está eso? – preguntó Edmund, impaciente por mandar a su hijo a Roma.
–Portugal. Un punto de embarque en África.
Esto no tenía sentido, y Steed pidió una explicación, de modo que Hackett expuso los hechos:
–Luanda es una miserable ciudad que Portugal posee en África. Los árabes capturan esclavos en la selva y los llevan encadenados hasta Luanda, para su embarque. Nosotros cargamos allí el Victorious, y vosotros tenéis aquí esclavos.
Pero no resultó tan sencillo. Navegó directamente hasta Luanda, y abarrotó las fétidas bodegas de su barco con grandes cantidades de negros; pero a los tres días de viaje, o quizá cuatro, el barco zozobró y se hundió en el mar, junto con Hackett y todos los esclavos encadenados a las amuradas.
Los dos Steed regresaron a Devon, donde Martha les consoló. Insistió en que, si Dios había impedido su contrato por el capitán Hackett, debía de ser con una finalidad concreta, pero, no bien había pronunciado estas palabras, cuando una pinaza llegó al río Devon con sorprendentes noticias que transformarían la historia de los Steed. La pinaza procedía no dé Jamestown, sino de un punto situado al otro lado de la bahía, en las proximidades de la desembocadura del Potomac, y transportaba, precisamente, un sacerdote católico llamado padre Whitson. La información que traía apenas resultaba comprensible.
–Esta isla ya no forma parte de Virginia -dijo, casi tartamudeando a consecuencia de su excitación y su júbilo-. El rey ha ordenado que se funde una colonia católica en su Nuevo Mundo. Ahora pertenecéis al palatinado de Maryland.
Eran unos cambios tan radicales, que necesitó bastante tiempo para explicarlos. Habló de George Calvert, Lord Baltimore, que se había convertido al catolicismo en los últimos años de su vida, permitiéndosele, no obstante, desempeñar el cargo de consejero del rey Jacobo. Había intentado fundar una colonia en la lejana Nueva Inglaterra, pero el proyecto se había frustrado, y ahora el rey Carlos, de quien muchos sospechaban que era secretamente católico, le había concedido un nuevo dominio situado al norte de Virginia y que llevaría el nombre de la reina María.
El padre Whitson tenía muchas otras revelaciones que compartir, pero antes de que pudiera hacerlo, Edmund Steed dijo:
–Padre, ¿podríamos dirigirnos a nuestra capilla para oír misa?
–¿Capilla?
Steed le precedió hasta el tosco edificio, y, al verlo, el padre Whitson quedó sin habla. Se arrodilló ante la cita del Génesis y rezó una oración; había sido puesto a prueba en los fuegos de Douai y Roma y había sobrevivido a los peligros mortales de la misa clandestina en Inglaterra, pero esta visible prueba de fe le desconcertaba. Al incorporarse, murmuró:
–Hasta en el desierto.
Después de extender un paño sobre el altar y sacar de su bolsa de lona los utensilios rituales, dio comienzo a la ceremonia, y Edmund sintió un nudo en la garganta mientras las nobles palabras latinas -las mismas que en cualquier misa celebrada en cualquier lugar del mundo- se repetían una vez más y en aquellos parajes. Llegaron luego los dulces misterios del cuerpo y la sangre, y cuando la hostia tocó su lengua, Edmund comprendió que había vuelto a los brazos de su Iglesia. El padre Whitson, mirando los rostros de aquella familia arrodillada, experimentó una emoción más profunda de lo que había sentido jamás, ni aun en aquellas misas celebradas a medianoche en las granjas de la Inglaterra rural, pero había algo más.
Cuando se disponía a guardar sus cosas, Martha Keene hincó la rodilla ante él y murmuró:
–Padre, debe usted bautizar a nuestros hijos.
Y, cuando lo hubo hecho, añadió:
–Ahora, por favor, cásenos.
–¿No estáis casados? – preguntó él, mirando a los tres hijos.
–No -respondió ella, simplemente, no queriendo turbarle con el relato de su matrimonio indio.
Les pidió que se arrodillaran, y abrió su misal por la página de la ceremonia que une a los católicos, pero, al ver las palabras y los tres hijos, comprendió lo inadecuado que resultaría el ritual ordinario en aquella frontera del espíritu humano.
–Padre celestial -oró-, permítenos unir en la Tierra lo que Tú has unido ya en el Cielo.
Y les dijo:
–Estáis casados.
Los meses siguientes trajeron muchos motivos de perplejidad para los Steed. Al anunciarse la creación de una Maryland católica, habían supuesto que las colonias experimentarían la misma clase de terror que había invadido Inglaterra siempre que se producía un cambio en la religión oficial, y Edmund al menos pensaba con fruición en la posibilidad de saldar cuentas con ciertos empedernidos protestantes que le habían causado complicaciones. Pero los hijos de Lord Baltimore, que habían heredado del palatinado tras la prematura muerte de su padre, no eran incendiarios ni verdugos. Después de su recorrido inicial por la nueva colonia, el padre Whitson regresó para exponer la ley. Primero, entregó a los Steed un documento impreso:
Se advierte a los católicos del palatinado bajo las más estrictas prevenciones del propietario que no deben celebrar misas en público ni con ultrajes a los practicantes de otra religión. Ningún católico debe hablar mal de nadie que pertenezca a otra religión, ni comportarse de forma reprensible. No habrá procesiones ni manifestaciones públicas, ni iglesias fastuosas, ni ninguna otra cosa que pueda agraviar. Los sacerdotes no procederán de forma ostentosa ni participarán en asuntos de gobierno. Debe prevalecer un espíritu de amistad en todo el palatinado, y son bien venidos los hombres de todas las religiones, siempre que reconozcan la existencia de Dios, la inmortalidad de su hijo Jesucristo y la santidad del Espíritu Santo.
–Esas son las reglas -explicó el padre Whitson-, y deben ser obedecidas bajo pena de severos castigos.
–¿Se avergüenza el propietario de ser católico? – preguntó Ralph.
–Trata de conseguir un palatinado pacífico -respondió el sacerdote-. Y la conversión de los indios a la verdadera fe.
–Nosotros no tenemos ningún contacto con nuestros choptanks -repuso Edmund.
–¿Han llegado muchos católicos al otro lado de la bahía? – preguntó Ralph.
–Docenas. Y cada nuevo barco trae más.
–Entonces, los jueces, los recaudadores de impuestos y los maestros, ¿serán todos católicos?
–No. Nosotros no cometeremos los errores que ha cometido Nueva Inglaterra. Maryland no será una teocracia.
Ralph no conocía esta nueva palabra, pero juzgó que no presagiaba nada bueno para su religión.
–¿Cuál es la ventaja? – preguntó.
–La paz -respondió el padre Whitson.
Y no se trataba de un objetivo ilusorio, aunque las alabanzas profusamente derramadas sobre el palatinado por su tolerancia no siempre estaban justificadas. Maryland fomentó sinceramente la paz con sus indios y, como consecuencia, sufrió menos guerras que otras colonias (pero en un acceso de desesperación, el Gobierno lanzó una cruzada para aniquilar a los nanticokes); y proclamó la libertad religiosa en su noble ley de Tolerancia Religiosa (salvo que los judíos y otros herejes que negaban la Trinidad podían ser ejecutados).
Los Steed tardaron mucho tiempo en comprender la estructura filosófica de este nuevo concepto de colonización; ellos querían una cruz católica en el centro de cada asentamiento y un sacerdote portando un mazo en todas las reuniones, y les resultaba difícil creer que pudiera sobrevivir ningún sistema menos absoluto. Los católicos habían ganado el derecho a una nueva colonia en América; que les dejasen disfrutarla. Pero el padre Whitson, con la vista fija en la costa oriental, decidió de otro modo, y no se construyeron catedrales.
Pero había un punto en el que coincidían los Steed y su sacerdote. Virginia era un enemigo al que había que mantener a raya, y si eran precisas armas para lograrlo, las tenían.
Así empezaron las complicaciones. La concesión real por la que se creaba Virginia fue una de las más generosas y absurdas de la Historia; otorgaba al pequeño grupo de hombres desembarcados en Jamestown dominio sobre todas las tierras que se extendían entre el Océano Atlántico y el Pacífico en una expansiva cuña que abarcaba casi todo el norte de Florida por el Sur -incluyendo la mitad de Texas y toda California- y todo lo situado al sur de una línea trazada desde Nueva York hasta un punto del norte de Alaska. En términos aproximados, se concedía a Virginia nueve décimas partes de lo que más tarde pasaría a ser los Estados Unidos, así como buena parte del Canadá, y hombres como el capitán John Smith se proponían conservar lo que les había sido dado. Ciertamente, no permitirían que una pequeña isla en la orilla Oriental pasara a Maryland, y les repugnaba la idea de que un renegado como Edmund Steed, un católico al que expulsar, conspirase para incluir la isla Devon en el palatinado.
Los dirigentes de Jamestown enviaron una pinaza armada para capturar Devon; un gobernador iba a bordo de ella para asumir el control político, pero no llegó a desembarcar. Edmund Steed, su esposa Martha y sus tres hijos se situaron a lo largo del río cuando la embarcación trató de internarse por él y mataron a dos marineros. El llamado gobernador gritó que aquello era un motín, a lo que el joven Ralph replicó:
–No es motín. Es rebelión.
Cuando uno de los Steed disparó contra el gobernador, la pinaza se retiró.
Amenazaba la guerra, y fueron enviados refuerzos desde los asentamientos occidentales de Maryland, pero un juicioso estadista de Virginia comprendió la locura que implicaba semejante acción y halló una buena reacción cuando propuso a los funcionarios de Maryland someter a negociación los problemas. Se mandó llamar a Steed, y éste cruzó la bahía esperando ser alabado por su firme defensa del palatinado, pero, en lugar de ello, fue reprendido:
–Nosotros no queríamos que se produjesen muertes -dijeron los hombres de Lord Baltimore-. Vamos a enviar una comisión a Jamestown para resolver este asunto.
–Iré con mucho gusto -dijo contritamente Steed.
–Ciertamente, no queremos que vayas tú…, ni los de tu clase. El propietario nos ha ordenado expresamente desde Londres que no enviemos a nadie de fe católica, con el fin de no provocar irritación.
–¡Maldita sea! – estalló Steed-. ¿Es un delito ser católico? ¿Es un delito defender una colonia católica?
–Mi querido amigo -replicó el hombre que dirigía las negociaciones-, nunca ha sido delito ser católico…
Y, con mojigata palabrería, pasó a exponer el nuevo estado de cosas, y Steed pensó: Él no puede recordar cuando era un delito, pero nosotros, los Steed, sí.
Hasta el padre Whitson le reprendió por haber abierto fuego contra el barco oficial de la colonia de Virginia.
–¡Diablos! – exclamó Steed-. ¿Qué quería que hiciese? ¿Entregar mi isla a esos piratas?
–La habríamos recuperado por medio de negociaciones -le aseguró el sacerdote.
–¡Jamás! No conoce a esos malditos virginianos.
Y, a partir de aquel momento, los Steed no aludieron nunca a sus vecinos de aguas abajo sin emplear el adecuado y descriptivo adjetivo de malditos. Un hombre de Maryland tenía que vigilar sus redes de cangrejos, o los malditos virginianos le robarían sus capturas; tenía que proteger sus caladeros, o se vería despojado; sus ostras se hallaban en constante peligro de robo; y los virginianos conspiraban codiciosamente por apoderarse de cada pulgada de suelo. Un católico como Steed, que se vanagloriaba de obtener un tabaco comparable al del York o el Rappahannock, debía extremar la vigilancia, o los malditos virginianos le arrebatarían cuanto tenía, y quizá le quemaran los campos o dispersaran sus barcos.
Si era saludable tener un enemigo, los Steed lo tenían.
En 1637, cuando Ralph cumplió los veintiún años, el padre Whitson ideó una forma para que iniciase sus estudios en Roma. Un barco mercante había llegado a la ciudad de St. Mary, y el joven Ralph fue llevado a bordo con una escueta nota de su padre:
En el viaje a Boston no debes comunicar tus planes a nadie de Virginia, so pena de que te arrojen por la borda en alguna noche oscura; primero, porque eres católico, y, segundo, porque frustraste su intento de arrebatarnos nuestra isla. Y en el viaje de Boston a Londres debes guardar silencio, porque nada les gustaría más a los puritanos de esa ciudad que utilizarte como alimento de los peces. Son tus enemigos naturales. Pero es en el viaje de Londres a Roma donde debes mostrarte especialmente prudente, porque cualquier descendiente de la reina Isabel encontraría un gran placer en destruirte.
Cuando el padre Whitson leyó esta admonición, dijo al joven:
–Utiliza tu tiempo a bordo del barco en discutir con otros más instruidos que tú para poder conocer el temple de tu mente.
–¿Me arrojarán por la borda?
–¿Se atreverían?
Y así fue cómo se marchó el primero de los jóvenes Steed. En rápida sucesión, se fueron también los otros dos, uno a Londres para estudiar Derecho, y el otro a París para hacerse médico. En aquellos primeros tiempos de Virginia y Maryland, era significativo que los hijos de las mayores plantaciones conocían muchas veces Europa mejor que sus propias tierras natales; constantemente atracaban barcos en el muelle familiar y zarpaban pocos días después rumbo a Londres; serviciales capitanes cuidaban gustosamente de los jóvenes durante la travesía y los presentaban a abogados y médicos en la otra orilla del océano. Después de varios años en el extranjero, los jóvenes regresaban a las bahías y ríos con baúles de libros y recuerdos de teatros, conciertos y exhortaciones sacerdotales. Los tres muchachos Steed recibirían educación superior.
Se encontraban en Europa cuando un mensajero cruzó la bahía en una chalupa, con noticias que produjeron grandes cambios en Maryland.
–El propietario ha enviado instrucciones desde Londres en el sentido de que todos los terratenientes libres del palatinado deben reunirse en St. Mary's City para aprobar las leyes redactadas por Lord Baltimore.
Steed señaló que, estando próximos a llegar de Londres nuevos sirvientes contratados, no le era posible abandonar Devon, pero el mensajero le informó que la invitación no permitía opción:
–Debe estar allí, Mr. Steed, el 25 de enero del próximo año.
–¿Durante cuántos días? – preguntó Edmund, con cierta aprensión, ya que, sin sus hijos, Martha tal vez se viera en dificultades para dirigir la plantación.
–Durante los necesarios para votar la aprobación -respondió el mensajero, y, sin entretenerse en cortesías, se dirigió a la otra orilla.
Ningún miembro de las cuatro primeras generaciones de Steed en Maryland viajó nunca a ninguna parte más que por agua: no había carreteras. Dos plantaciones podrían estar a un cuarto de milla de distancia por el río, pero a cuarenta millas por tierra, suponiendo que se pudiera atravesar la espesa vegetación. Los primitivos colonos eran como los peces; lejos del agua, perecían.
Así, pues, Edmund Steed ordenó a dos sirvientes que preparasen el elegante queche de dos palos que había comprado recientemente a un constructor del James, tomó su mejor traje y su gorguera y emprendió la marcha hacia la capital. Fue una agradable travesía hasta St. Mary's City; bajó por el Choptank, cruzó la bahía, continuó más allá del Patuxent y, doblando al Oeste, remontó el río de St. Mary hasta un resguardado fondeadero en el que habían surgido ya una veintena de edificios de madera, y otros tantos se hallaban en construcción. Iba a ser una hermosa ciudad a orillas de un río igualmente hermoso, con sólo un inconveniente: se encontraba peligrosamente cerca de Virginia -justamente al otro lado del Potomac, para ser exactos-, y podía ser asaltada en cualquier momento que los virginianos quisieran destruirla. En tales circunstancias, no sería la capital durante mucho tiempo; el centro final surgiría mucho más al Norte, fuera del alcance de la milicia de Virginia.
A poca distancia del río, tierra adentro, se alzaba un fuerte rodeado por una empalizada, en cuyo interior se hallaban situados los -alargados y toscos edificios en que se reuniría una de las asambleas más trascendentales de la Historia colonial. Leonard Calvert, hermano del ausente propietario -que hubo de permanecer en Londres combatiendo a los persistentes enemigos que seguían intentando arrebatar Maryland a los católicos-, sostenía la opinión de que la Carta Magna otorgada por el rey Carlos debía entenderse en su sentido literal: «El propietario propondrá las leyes que considere adecuadas, y una Asamblea de terratenientes decidirá sobre su aplicabilidad.» Leonard, hombre juicioso a quien su hermano había reprendido a menudo por ser demasiado indulgente, se proponía presentar a la aprobación de los ciudadanos un proyecto de leyes que los Calvert consideraban adecuadas para el gobierno de su lejana propiedad.
Los hombres corrientes que componían la asamblea -comisionistas, navieros y granjeros, pero ningún sacerdote- juzgaban que, aunque la carta concedía todas las prerrogativas al distante propietario, ellos se encontraban en mejor situación para determinar lo que era necesario en Maryland.
–Nosotros escribiremos las leyes, y el propietario juzgará acerca de su eficacia.
–Debe ser todo lo contrario -señaló Leonard Calvert-. Nosotros proponemos, y vosotros decidís.
–Lo enfocáis al revés -replicaron obstinadamente los miembros de la asamblea, y siguió un debate lleno de profundas implicaciones.
Lord Baltimore, en Londres, era uno de los propietarios coloniales más prudentes y escrupulosos, y consideraba peligroso permitir que la chusma redactara e hiciera cumplir las leyes; ésa era responsabilidad de hombres dotados de riqueza y posición. El poder de gobernar correspondía al propietario de una colonia. Baltimore nunca fue un déspota, pero tampoco un necio.
Por el contrario, Edmund Steed, que en virtud de su temprano asentamiento en Devon era, evidentemente, el colono más antiguo de Maryland y uno de los más entregados, comprendía que en un nuevo mundo eran esenciales los sistemas nuevos.
–Debemos gobernarnos a nosotros mismos en la medida en que las circunstancias lo permitan, y el día en que renunciemos a nuestro derecho a formular leyes para las tierras que tan bien conocemos, habremos renunciado a nuestro derecho a ser libres.
–¿Te opones al Lord propietario? – se le preguntó.
–En todas las demás cuestiones, me someto a su superior juicio. Él ha erigido este palatinado y lo ha convertido en un refugio. Me inclino ante él y ante su hermano, el vicegobernador. Pero en la cuestión fundamental de quién debe tarjar las leyes para un palatinado libre, no me inclino ante nadie.
–¿Ni siquiera ante el rey?
Era ésta una pregunta temible en aquel invierno de 1638. Pues quien se opusiera a la voluntad del rey, o simplemente la discutiera, corría el riesgo de ser acusado de traición, y había en Virginia muchos que esperaban la oportunidad de formular ese cargo contra los colonos de Maryland. Mas para un católico cuya vida había sido realzada por los actos del rey Carlos, ello constituiría ingratitud, el peor pecado que podría cometer un caballero. Edmund Steed, consciente de la difícil posición en que se encontraba, respondió:
–El rey cuidará de que los habitantes de Maryland sean rápidamente investidos de todos los privilegios que poseen en Inglaterra los hombres libres.
–¿Y si no lo hace?
Steed no pensaba dejarse llevar a apoyar la traición. Ignorando la pregunta, comenzó su paciente trabajo con los otros delegados, razonando con ellos noche tras noche. Siempre insistía en que, si cedían en aquella cuestión fundamental, lo perderían todo.
–Debemos ser hombres libres en una sociedad libre.
Otros, viendo su obstinada defensa de sus libertades, llegaron a considerarle como su dirigente.
Steed de Devon, le llamaban, y durante los críticos cinco últimos días de enero hizo acopio de fuerzas y desplegó todos sus esfuerzos a lo largo de febrero, marzo y los más ardientes días de julio. Estaba en todas partes, instando a sus granjeros y comisionistas a mantenerse firmes:
–Si logramos resistir hasta después de agosto, habremos vencido.
El nunca había aspirado al papel de dirigente revolucionario. En realidad, era pusilánime por naturaleza. De joven, había negado su catolicismo para evitar enfrentamientos; en sus primeros días en Jamestown no había participado en ninguna de las intrigas; había huido a Devon para escapar a las maquinaciones de Jamestown; y había mostrado muy poco heroísmo al tratar de conservar a Meg Shipton. Su vida había sido tranquila y reservada; ni siquiera había permitido que Simón Janney hablara de la guerra con los choptanks, y, sin embargo, allí estaba él, Steed de Devon, firme defensor de la conciencia de Maryland. Por su constante estudio de los clásicos, se había convertido él también en un clásico.
En Londres, Lord Baltimore se negaba a ceder, y en el palatinado su hermano Leonard se mostraba igualmente obstinado, por lo que un abrasador día de agosto tuvo lugar la prueba de fuerza. En el tosco edificio atormentado por las moscas, el presidente formuló la pregunta:
–¿Cuántos creen que las leyes enviadas por Lord Baltimore y aprobadas por su delegado, Leonard Calvert, nuestro amado vicegobernador, deben ser aprobadas por esta asamblea?
Calvert votó afirmativamente, y también el secretario del palatinado, quien anunció con potente voz:
–Y tengo en mi mano las delegaciones de voto de otros catorce.
El presidente solicitó entonces los votos de quienes rechazaban las leyes de Lord Baltimore, prefiriendo las creadas por ellos mismos.
–¿Qué dices tú, Steed de Devon?
Edmund se puso en pie, inclinó respetuosamente la cabeza en dirección a Lord Calvert y, luego, miró a los hombres que le habían apoyado durante todos aquellos meses.
–Yo digo que nuestras leyes deben ser redactadas aquí, por el pueblo de Maryland.
Otros treinta y seis votaron en favor del gobierno local. Maryland sería una colonia con autonomía legislativa.
No hubo ninguna celebración aquella noche; los victoriosos ciudadanos no consideraban que habían humillado a un tirano, pues Lord Baltimore nunca lo había sido. Simplemente, habían sentado un principio, después de casi siete meses de debate, y cada uno de los hombres que subieron a sus lanchas al día siguiente sabía que había hecho una cosa buena.
Edmund Steed, de cincuenta y siete años aquel verano, estaba cansado cuando sus hombres trajeron su nuevo queche, y se dejó caer sobre unos almohadones cuando la embarcación comenzó a cruzar la bahía. Había luchado demasiado para no experimentar ninguna sensación de triunfo en su victoria; había presenciado demasiado de cerca la pugna trabada entre dos buenos principios. Cada bando tenía su parte de razón, y la suya era sólo ligeramente más fuerte.
Hemos ganado la libertad, reflexionaba, pero si abusamos de ella, o si tratamos de obtener beneficios personales, no valdrá la pena tenerla. Conocemos los abusos de los reyes, pero como lo que ahora intentamos es nuevo, no podemos prever sus abusos. Éstos llegarán.
Deseaba que sus hijos pudieran estar con él ahora, para discutir aquellas grandes cuestiones que le habían ocupado durante los fétidos meses pasados en la capital. ¡Qué bueno sería el límpido aire del Choptank después de tanto esfuerzo! Cuando aparecieron los promontorios que protegían su isla y el queche navegó entre ellos, sintió como si estuviera cruzando las puertas de un paraíso que pocos hombres conocerían: el ancho río, los pájaros, la infinita vida bajo las aguas, los buenos campos y el culto a Dios.
Al pasar el queche ante la punta occidental de su isla, observó que tormentas recientes se habían llevado grandes trozos de tierra; caían árboles en la bahía a intervalos regulares, y los campos en que hubiera debido crecer el tabaco se derrumbaban en oscuras masas de barro.
–En cuanto llegue a casa -murmuró-, debo ocuparme de esas orillas.
La tarea no fue realizada, pues cuando el queche entró en Devon, experimentó una fatiga invencible y se desplomó sobre los almohadones. Uno de los sirvientes, al verle caer, se dirigió apresuradamente a él, sí tiempo para oír una última orden:
–Que celebren misa.
TERCER VIAJE: 1636
«Tiene el aspecto de un animal -pensó el juez, mientras observaba al preso que estaba sentado en el banquillo de los acusados-. No audaz como un león, ni grácil como un ciervo o un caballo decente, sino ladino, taimado y astuto. Es un animal, no hay duda, pero ¿de qué clase?»
Mientras el juez se formulaba a sí mismo esta pregunta, la atención del preso se dirigía, no a las devastadoras pruebas que estaban siendo presentadas contra él, sino hacia una mosca que había estado intentando coger. De pronto, con extraordinaria rapidez, cerró la mano y la atrapó. Luego se dedicó a arrancarle las alas, una a una. Cuando la mutilada mosca trató de escapar, su torturador alargó un grueso y alargado pulgar, sosteniéndolo unos momentos sobre la mosca, y moviéndolo a medida que se retorcía el insecto. Después, sonriendo, dejó caer pesadamente el pulgar y aplastó a la mosca. Sólo entonces levantó la vista hacia el juez.
–¡Un hurón! – murmuró en voz baja el juez-. Es un auténtico hurón.
Y, en ciertos aspectos, no le faltaba tazón al juez, pues el preso tenía la alargada cara de ese astuto animal, las diminutas orejas, la larga y afilada nariz. De rostro picado de viruelas y vivaces ojos tenía un aire repulsivo y el mechón de pálidos y desgreñados cabellos no hacía sino aumentar su aspecto animal. Cuando sonreía mostraba sus oscuros y aguzados dientes.
El juez se ajustó la peluca y frunció el ceño: un verdadero animal. Luego escuchó la exposición del informe: robo de tres gallinas a la viuda Starling, azotes y dos meses de cárcel; robo de un bastón con puño de plata a John Coolidge, azotes y seis meses de cárcel; y ahora robo de tres barras de pan al panadero Ford. Su larga experiencia en el tribunal de Londres le había enseñado que los ladrones reincidentes rara vez se reformaban y que, cuanto antes fuesen permanentemente excluidos de la sociedad, mejor.
–Es un delito penado con la horca, Timothy Turlock -gruñó, mirando al indiferente ladrón-, y serás colgado.
Pero antes de que tal sentencia fuera realmente pronunciada, la madre del preso, una jadeante y ajada mujercilla, se puso en pie y suplicó que fuera oído su consejero, el reverendo Barstowe. Este anguloso clérigo se levantó e inclinó respetuosamente la cabeza; conocía al joven Turlock desde su nacimiento y tenía de él una opinión peor aún que el juez, pero consideraba que la horca era un castigo demasiado grave para un simple ladrón, y se acercó al estrado, donde murmuró algo al juez.
–Bien -anunció finalmente el juez al tribunal.
Aspiró rapé tres veces, cerró la cajita y mostró una evidente satisfacción por la adecuada forma en que se estaba expresando.
–Deberías ser ahorcado, Timothy Turlock, pero el reverendo Barstowe ha formulado una ingeniosa propuesta.
Miró al preso, que no dio la menor señal de hallarse interesado en ninguna propuesta, ingeniosa o no. Tenía veintiocho años, carecía de oficio, nunca había tenido un empleo fijo y siempre había dependido de su madre, que no le había enseñado a mantenerse erguido ni a prestar el debido respeto a sus superiores, y para postre, tenía granos.
–El reverendo Barstowe tiene un hermano -dijo el juez-, capitán de un barco que hace la travesía hasta nuestras colonias en Virginia.
Timothy miró al techo; nunca había oído hablar de Virginia.
–Y el capitán Barstowe, impulsado por la bondad de su corazón, se ha ofrecido a llevarte a Virginia…, con escritura para algún plantador de allí.
El preso no manifestó ninguna emoción.
–¡Turlock! – tronó el juez-. Presta atención. ¿Sabes lo que es una escritura?
No lo sabía. Oyó a su madre llorar desoladamente en el banco, detrás de él, ante la perspectiva de perder a su hijo, por lo que supuso que debía de ser algún castigo terrible.
–Significa -explicó el juez- que le deberás al caballero de Virginia que compre tu escritura siete años de trabajo.
Esto le sonó ominosamente a Turlock, y pudo comprobar por qué lloraba su madre.
–Después de lo cual -continuó el juez- serás un hombre libre.
Hizo una dramática pausa.
–Un hombre libre, Turlock, con todos los derechos y privilegios reconocidos a los hombres libres.
La palabra Libre galvanizó al preso. No iba a pasar más meses en la cárcel. No le iban a ahorcar. Iba a ser libre, de modo que cualquier castigo que ello implicara -la escritura de que hablaba el juez- era irrelevante.
–¿Comprendes las condiciones?
Afirmó vigorosamente con la cabeza.
–Siete años de trabajo honrado.
Asintió sinceramente.
–Y durante esos años, ¿aprender un oficio?
–¡Oh, sí!
–¿Y muerte instantánea si alguna vez vuelves a poner los pies en Inglaterra?
–Desde luego.
Su madre, al oír las palabras oficiales del destierro de su hijo, rompió de nuevo a llorar, lo cual irritó a su hijo. Éste quería que la irritación terminara, pero había más. Fue llamado el capitán Barstowe, que se adelantó como un poderoso tirano de algún país asiático. Estaba acostumbrado a adquirir escrituras en los tribunales de Londres y conocía la forma de sacarles provecho.
Sus calculadores ojos valoraron en un instante al joven Turlock: perezoso, estúpido, mal educado, rebelde, camorrista nato, probablemente come como un cerdo. Bien, siete años en los campos de tabaco de Virginia le curarán. El capitán estimó que podría venderle por más de veinte libras, pues estaba en buena edad para trabajar.
El juez se dirigió al capitán.
–¿Promete a este tribunal transportar a este prisionero hasta Virginia, sin ningún coste para la Corona?
–¡Uh-huh!
–¿Promete no demandar nunca a la Corona para reclamar el dinero del pasaje de este preso?
–¡Uh-huh!
–¿Y queda entendido que debe usted recuperar el coste del pasaje mediante la venta de la escritura de este preso a cualquier caballero de Virginia que quiera aceptarle?
–¡Uh-huh!
Normalmente, llegados a este punto de lo que se había convertido en procedimiento rutinario en los tribunales ingleses, el juez hubiera debido levantar la sesión y ordenar que se extendiera la escritura correspondiente, pero en esta ocasión el juez, se sentía perplejo y preguntó al corpulento capitán:
–¿Cree realmente que puede encontrar comprador para éste?
–En Virginia -dijo el capitán, como fruto de su larga experiencia- aceptan cualquier cosa.
Así, pues, se redactó la escritura.
No se había equivocado el capitán Barstowe en su valoración del joven Turlock, si bien el joven delincuente resultó ser peor aún de lo esperado. Antes de que el barco llevara cuatro días navegando por el Atlántico, varios miembros de la tripulación acudieron a Barstowe afirmando que Turlock les había robado, y cuando se registró su saco, se descubrió que contenía una sorprendente variedad de cuchillos, gorras y conchas talladas. Sólo había una solución: Timothy Turlock fue atado al mástil para recibir diez latigazos, pero al primer golpe aulló tan lastimeramente y sollozó con tan desgarradora congoja, que el capitán Barstowe quedó desconcertado. Era costumbre en todos los barcos ingleses que cualquier hombre soportara al menos los seis primeros latigazos con los dientes apretados, y algunos aguantaban doce en silencio para demostrar su hombría; ninguno de los que se encontraban a bordo podía recordar ocasión alguna en que un hombre adulto se hubiera comportado como Turlock, y, después de ocho latigazos acompañados de continuos alaridos, Barstowe gruñó:
–Soltadlo.
Turlock se pasó todo el día gimoteando, pero tuvo una gloriosa venganza. Habiéndose escondido en un rincón de la cocina, donde trataba de robar un par de afilados cuchillos, se encontró junto a una sopera destinada a los oficiales. Mirando rápidamente a su alrededor para cerciorarse de que nadie le veía, se abrió los pantalones, orinó en la sopa y, luego, se situó cerca del comedor, en un punto desde el que podía observar con profunda satisfacción al capitán mientras cenaba.
Cuando el barco de Barstowe entró en Jamestown a finales de 1636, descargó primero vajillas, cubiertos y barriles de clavos, y luego desembarcó a sus siete contratados, ofreciéndolos en venta en los diversos muelles tabaqueros. Dos sirvientas fueron despachadas rápidamente, al igual que los dos jóvenes de aspecto más fornido, pero el capitán tropezó con dificultades para colocar a los tres últimos.
Un hombre era sospechosamente viejo, pero finalmente fue despachado a precio de ganga a un plantador que necesitaba un empleado que siguiese la pista de sus remesas a Londres. El segundo cojeaba tan lastimosamente de la pierna izquierda, que sería de muy poca utilidad en los campos; pero cuando demostró que sabía escribir, un grupo compró su contrato, con la intención de utilizarle como maestro de escuela para los niños de tres plantaciones.
Quedaba solamente Timothy Turlock, con su estólida expresión en el rostro, y de su venta dependía el beneficio de aquel viaje. El capitán Berstowe ensalzó a su huesudo ladrón, haciendo hincapié en su juventud, su afabilidad y en el evidente hecho de que era inteligente, de buen carácter y ansioso de aprender. No encontró comprador. Los prudentes plantadores habían aprendido a distinguir los buscalíos entre los desechos que mandaban los tribunales de Londres, y no querían cargar con aquella carne de patíbulo. Parecía como si Barstowe fuera a tener que renunciar, pero había oído hablar de un plantador establecido a orillas de un pantanoso estuario situado aguas arriba del James, al Oeste, que trabajaba una tierra tan miserable, que pocos barcos llegaban allá para ofrecerle sirvientes. Era dudoso que pudiera sobrevivir mucho tiempo, pero representaba un último recurso, y Barstowe se dirigió a su destartalado muelle.
–Estáte atento -gruñó a Turlock- y cuida tus modales. Ésta es tu última oportunidad.
–¡Uh-huh! – gruñó Timothy, mirando con desprecio el miserable lugar al que era conducido. Ni aun en los peores barrios de Londres había visto una casa tan desastrada ni un emplazamiento tan repulsivo. Se asomó a la puerta una mujer tan esquelética que parecía como si fuera a caer mortalmente enferma, pero su aspecto era de fortaleza y sus ojos penetrantes.
–¡Ha llegado un barco! – exclamó, volviéndose hacia el interior.
Apareció a su lado un campesino achaparrado, fornido y de rudos modales, que avanzó por el muelle extendiendo la mano.
–Me llamo Simón Janney -dijo.
La negociación resultó trabajosa; Janney, hombre extremadamente pobre, se lamentó:
–Me gustaría tener un trabajador más, pero mi mujer está enferma, mis negros me arruinan y los indios…
Meneó la cabeza y, luego, admitió de mala gana:
–Me lo quedaré…, si el precio es bajo.
–Espera un momento, Janney. Este hombre es una ganga.
–Si lo fuese, no habrías venido hasta aquí.
–Te hará ganar mucho durante siete años.
–Siete años de complicaciones. Pero debo tener alguien.
–¿Te lo quedas entonces? ¿Cincuenta?
–¿Libras? No tengo ni cincuenta peniques.
–Entonces, ¿qué?
–Ese montón de hojas de tabaco.
La venta habría quedado concluida en aquel momento, pero Mrs. Janney fue hasta el barco, observó al hombre y le levantó la camisa para dejar al descubierto su espalda. Allí estaban las marcas del látigo, purpúreas y azuladas. Con un alargado dedo, recorrió una de ellas y dijo:
–Éste no es bueno.
Tan pronto como quedaron al aire las reveladoras marcas, Janney bajó el precio que estaba ofreciendo, a lo que Barstowe se opuso enérgicamente, asegurando al granjero que Timothy Turlock se estaba haciendo un tipo en quien se podía confiar.
Mrs. Janney le interrumpió, descubriendo nuevamente las marcas y diciéndole:
–Criminales como éste no deberían ser vendidos.
Pero a su marido le susurró:
–Cógele. Tiene fibra.
Recordaba su propia llegada y el hecho de que también ella había sido la última de su lote en encontrar quien se quedara con ella.
Así, pues, quedó ultimada la venta: Timothy Turlock para los Janney a precio de ganga; la mitad del montón de hojas de tabaco para el capitán Barstowe, que lo vendería en Londres por el doble de lo que calculaban los Janney.
El primer trabajo que Turlock realizó en el Nuevo Mundo fue atar las hojas que representaban su compra. El siguiente, reconstruir el muelle, hundido en el barro hasta las rodillas, después de lo cual trabajó catorce horas diarias ayudando a despejar los campos. Luego abrió un canal para desecar un prado, rodeó éste con una cerca y construyó un cobertizo para albergar al ganado que pastaba en el prado.
Por entonces pesaba menos de cincuenta kilos y tenía todo el aspecto de un hurón, pues los Janney no le daban de comer más que lo que ellos mismos comían, y Turlock comprendió que aquella plantación tenía muy poco futuro. Le faltaban aún seis años y nueve meses, e imaginaba ese tiempo como un dilatado período de hambre y esclavitud. ¡Ésa era otra irritación! Janney había adquirido dos esclavos, pero como sólo podía obtener provecho de ellos mientras se mantuvieran sanos, les daba un trato mejor que a Turlock, que por dos veces oyó a Janney decirle a su mujer:
–No arriesgues a Toby en eso. Manda a Turlock.
Y, sin embargo, captó ocasionales detalles que le hacían pensar que Simón Janney le profesaba un cierto afecto. Una vez, en un viaje aguas abajo del James, fondearon ante una gran plantación cubierta de césped que llegaba hasta el río, y el amo dijo:
–Tim, he visto a orillas del Rappahannock tierras dos veces mejores que ésta. Si conseguimos mantener en marcha nuestra actual granja, algún día poseeremos una finca mejor que ésta.
Turlock miró a su jefe con vacua sonrisa, como si no pudiera imaginarse el sueño que seducía a Janney, y esto enfureció al campesino, que dijo, en una explosión de sinceridad y persuasión:
–Turlock, tú podrías convertirte en un buen trabajador y poseer algún día tu propia tierra.
–Tú… dar… comer… más -dijo Timothy, con tono de resentimiento.
El ladronzuelo vivía casi a un nivel infrahumano y, desde luego, a un nivel infraverbal. Nunca hablaba en frases completas y rara vez utilizaba una palabra de más de dos sílabas. Lo que quería decir con aquella austera serie de cuatro palabras era: Si nos dieses más de comer, podría hacer un trabajo mucho mejor, pero formular una cláusula subordinada que empezase por si era algo que rebasaba su capacidad, y comparaciones como mejor y más de comer eran sutilezas de pensamiento que estaban fuera de su alcance. Él existía en un mundo de miradas significativas y palabras masculladas.
Janney había desarrollado la habilidad de traducir sus gruñidos a comunicaciones útiles, y dijo ahora, con cierto respeto a la capacidad de trabajo de Turlock:
–Tim, quédate con nosotros cuando termine tu período. El Rappahannock será nuestro.
Turlock ni siquiera se molestó en gruñir ante aquella remota proposición filosófica, pero al final de aquel año Janney le enseñó algo físico que excitó su codicia. Durante varias semanas había estado recogiendo semillas de tabaco de diversas plantaciones, y ahora Janney anunció que él y Turlock las llevarían al otro lado de la bahía, a tierras que, dijo, «poseemos allí».
–¿Dónde?
Janney no podía molestarse en dar explicaciones, pero encomendó a Timothy la tarea de ayudar a los esclavos a construir una chalupa para la plantación. El resultado fue lamentable, con más agujeros que tablas; pero si Turlock achicaba agua constantemente, se mantenía a flote. El primer viaje largo lo hicieron remontado la bahía hasta la isla Devon, adonde Janney había ido para ayudar a quemar la vegetación, a fin de aumentar la superficie cultivable, y lo que Turlock vio allí, constituyó una revelación para él: una casa decente, una esposa que la mantenía limpia y que educaba a sus hijos, una capilla papista propia y otras dependencias que delataban la riqueza. Lo que turbó a Turlock -el cual contemplaba con ojos desmesuradamente abiertos aquel lujo- fueron ciertas insinuaciones que oyó en el sentido de que su amo, Janney, era casi tan rico como Edmund Steed. «¿Por qué… vive… cerdo? – se preguntó-. ¿Por qué… siete años…, cerdo?»
La idea le obsesionaba, y cuando Steed dijo: «Mañana cruzaremos el canal y nos pondremos a trabajar», le dolió tener que abandonar aquel hermoso lugar. Pero cuando llegó a los campos del Norte, situados entre bellos ríos, con inesperadas panorámicas y espléndidas variaciones, se quedó sin aliento. Cada campo al que iba le parecía más deseable que el anterior, con profundas aguas en sus bordes, altos árboles bordeando sus lindes y una extraordinaria diversidad de vida salvaje.
Aquel taciturno delincuente de los suburbios de Londres se convirtió en el primer hombre blanco que apreciaba el esplendor de lo que yacía oculto entre los remansos existentes al norte del Choptank: los abundantes ríos, los múltiples esteros, las cien escondidas ensenadas.
–¡Al diablo el río James! – exclamó al contemplar aquel paraíso-. Mi tierra.
Mientras la chalupa, sin dejar de hacer agua, continuaba su tedioso viaje de regreso, Turlock reflexionó en la miserable situación en que se veía atrapado; el devastador impacto que la Orilla Oriental producía en su mente se debía no a su belleza, que le fascinaba, sino al hecho de que existía ahora, de que un hombre de valor podía disfrutarla ahora. Este conocimiento le obsesionaría durante un año, y, a su regreso, provocó más y más altercados.
Un día de agosto de 1638, cuando Janney insistió en que trabajara después de haberse puesto el sol, primero gruñó y, luego, se negó.
–Puedo llevarte al tribunal -amenazó Janney- y hacerte trabajar.
Luego, le encomendó una tarea demasiado peligrosa para sus negros, y Turlock se rebeló.
–¿Te niegas? – preguntó Janney.
–¡Uh-huh!
–Baja ahí y sujeta ese tocón con una madera.
–¿Cómo?
Y cuando Janney se agachó para enseñarle, Turlock cogió una azada y golpeó con ella en la cabeza a su amo. Luego, tras cerciorarse de que el hombre caído no estaba muerto, le dio dos patadas en la barbilla para mantenerle inconsciente y, después, se fue silbando hacia el lugar en que estaba amarrada la chalupa. Por el camino, robó una escopeta y todas las herramientas que necesitaría, las echó a la lancha y, luego, corrió hacia la casa. Después de besar alegremente a Mrs. Janney, le robó sus tijeras, sus agujas, dos de las camisas de su marido y tres cañas de pescar con anzuelos.
–¡Adiós! – murmuró, dándole unas palmaditas en la barbilla, mientras emprendía la marcha en dirección al río.
Calculaba que, aunque Janney despertase antes de lo que esperaba, no podría llegar andando a ninguna plantación a tiempo para que los dueños tuvieran posibilidad de hacer gran cosa, y sin la chalupa, la persecución por el río sería también imposible. Durante todo un día, por lo menos, podía navegar con tranquilidad.
Lo que no tuvo en cuenta fue la voluntad de hierro de los Janney; si habían sobrevivido a las incursiones indias, podían sobrevivir a la rebelión de un sirviente. Mrs. Janney, al ver desaparecer la chalupa, recorrió la plantación hasta encontrar a su marido, tendido de bruces en el fango, con la cara cubierta de sangre. Llamando a gritos a Toby para que le ayudara, le llevó a casa, le bañó, le metió en la cama y, luego, emprendió la marcha a pie hacia la plantación más próxima. Llegó a casa de sus vecinos ya entrada la noche, y les informó:
–Nuestro sirviente ha intentado matar al amo.
Corrió de una plantación a otra la noticia de que había comenzado la rebelión. El temido mensaje se extendió como un incendio propagándose por los matorrales; aquélla era la consecuencia que todos los amos temían, la rebelión de sus sirvientes o sus esclavos. Cuando cogiesen a Turlock, le matarían.
Timothy, sabiendo lo que debía de estar ocurriendo en la plantación, no dejaba de mirar hacia atrás, y, al ver varias embarcaciones, supuso que se estaba formando una expedición para apresarle. Rápidamente, se introdujo en uno de los pequeños estuarios que desembocaban en el James, desmontó el mástil y sonrió satisfecho mientras los perseguidores pasaban de largo.
Al anochecer, colocó de nuevo el mástil y se deslizó silenciosamente río abajo, a lo largo de una docena de millas, y luego se ocultó al aproximarse el alba. De este modo llegó a la desembocadura del James, donde puso en práctica un astuto plan. Sabedor de que la última plantación poseía una sólida balandra provista de una fuerte vela, retrocedió con su chalupa dos millas en dirección a Jamestown, construyó una pequeña balsa, ató a ella su provisión de herramientas y, luego estrelló contra un bajío la embarcación robada, regresó por las poco profundas aguas y, valiéndose de una pértiga, dirigió su balsa río abajo hasta donde se encontraba la balandra, de la que se apropió. Para el amanecer se había adentrado ya en la bahía de Chesapeake.
Su estrategia dio resultado. Los perseguidores del James vieron la naufragada embarcación y dieron por supuesto que se había ahogado. Hasta bastante avanzada la tarde nadie echó en falta la balandra, y para entonces él se encontraba ya lejos. Lo único que podían hacer los frustrados plantadores era buscar un juez de Jamestown, que firmó una orden de detención, vivo o muerto. Al entregar el documento a Mrs. Janney, dijo:
–Traedle, y le ahorcaré.
A solas en la anchurosa bahía, quitado el mástil para no ser visto, Timothy Turlock remaba y reflexionaba sobre su situación. Si volvía a Inglaterra…, horca. Si volvía a Jamestown… horca. Si entraba en cualquier río de Virginia…, cadenas y también horca.
Y entonces, alzándose entre la neblina, vio los primeros pálidos perfiles de la Orilla Oriental, y le pareció ver también los frescos ríos y las tranquilas ensenadas que había conocido cuando se dedicaba a quemar campos para los Steed, y aquel refugio se convirtió en su objetivo. Sería una nueva tierra, lejos de Virginia y de sus ruines amos. Pero, ¿podría sobrevivir solo? Mientras mantenía la balandra rumbo al Este, reflexionó sobre la cuestión y, por primera vez en su vida, trató de disciplinar en frases completas los vagos pensamientos que hasta entonces habían cruzado de forma desordenada su estólida mente.
«¿Parar… Devon… Ver… Steed?» Decidió que no; Edmund Steed le había parecido la clase de hombre que podría ser un magistrado, obligado a entregarle. «¿Indios… aquí… como indios… allí?» Sospechaba que los choptanks podrían resultar pacíficos; sí no, ¿cómo podía vivir tan fácilmente Steed? «¿Qué para comer?» En su anterior viaje había visto patos y gansos, y los sirvientes de Steed habían encontrado ostras. «¿Dónde dormir?» Cualquier clase de choza sería equiparable a lo que Janney le daba, y, observando cómo construían los indios sus wigwams, tuvo la seguridad de poder hacerlo él también. «¿Puedo… vivir?» Ésta era la cuestión fundamental, y, aunque recurrió a toda su inteligencia para sopesar los datos, no pudo llegar a ninguna solución. El esfuerzo le fatigaba, agotaba sus facultades, y abandonó estos difíciles procesos mentales. En su lugar, miró a la tierra que se extendía ante él y sonrió. «Imposible… allá atrás.» Estaba destinado a la Orilla Oriental.
Para evitar ser detectado por cualquier barco inglés que navegase, por el Potomac, desmontaba el mástil durante el día y permanecía tendido en el fondo de la balandra; pero, una vez que llegó a la Orilla Oriental, avanzó rápidamente hacia el Norte, viendo numerosas y atractivas bahías. Comenzaba ya a sentirse hambriento, pero su astucia le prevenía contra la idea de desembarcar allí: demasiado cerca del James.
Más tarde, cuando consideró que se había distanciado lo suficiente hacia el Norte, dirigió su embarcación hacia tierra, ocultándola entre los cañaverales, y recogió todas las bayas que pudo encontrar. Utilizando como cebo la cabeza de un pez que pescó, logró hacerse con varios cangrejos; tostados sobre una pequeña hoguera, le servían de alimento. Al anochecer salía de su escondite y navegaba durante toda la noche, y de este cauteloso modo se aproximó al Choptank.
No se aventuró directamente en el canal existente al sur de la isla, sino que permaneció al acecho durante varios días, explorando el lugar. Vio elevarse humo de la escondida casa y percibió el movimiento de los sirvientes a lo largo de la costa, y, para su sorpresa, los mástiles de dos embarcaciones distintas. Una falúa y un queche. Supuso que este último sería un barco oficial llegado de Virginia para detenerle, por lo que resultaban aconsejables nuevas precauciones.
Esperó hasta una oscura medianoche en que no se veía ninguna luz en Devon y, luego, se deslizó silenciosamente a lo largo de la orilla meridional del Choptank, hasta encontrarse a bastante distancia río arriba. Después, cuando comenzaba ya a clarear el alba, cruzó el río y se ocultó en la orilla septentrional, y, al amanecer, vio algo que le tranquilizó: una baja marisma de muchos acres de extensión, y, al fondo, lo que, evidentemente, era tierra firme, pues a lo largo de ella se alineaban corpulentos árboles que se recortaban contra el firmamento. Una ave nocturna cantó brevemente, y el ancho río permaneció en serena quietud.
«Hogar», pensó el fatigado ladrón, y dirigió cuidadosamente su balandra a lo largo del borde de la marisma, sin saber cómo penetrar en ella para encontrar la protección que necesitaba. Luego, en la extremidad oriental, localizó un espacioso estero, no lo bastante ancho como para que sus perseguidores se sintieran inducidos a explorarlo, pero sí lo suficiente para permitir el paso a quien quisiera esconderse. Bajando el mástil para facilitar su ocultamiento, se adentró remando suavemente en aquel pasillo que se abría entre la marisma, al Sur, y la tierra firme al Norte.
Cuando se hubo adentrado lo suficiente como para considerarse libre de peligro, dejó caer el ancla y depositó el remo en la proa. Luego se quedó dormido, mientras las pálidas estrellas parpadeaban su indiferente aprobación. Hacia el mediodía, despertó con una curiosa sensación: tenía la impresión de que alguien le estaba mirando. Frotándose los tiznados ojos, levantó la vista, y allí, en la orilla ante la que había fondeado, se alzaban cuatro indios.
–No… huir… más -murmuró.
Incorporándose, sonrió a los guerreros y extendió las manos abiertas,
–Mirad -dijo esperanzadamente-, no… armas.

LA MARISMA

Para Timothy Turlock, adentrarse solo en las marismas del Choptank era un acto de locura. En Inglaterra no había sido campesino, y en Virginia había estado tan ocupado peleando con los Janney, que no había adquirido los conocimientos prácticos de la vida rural. Sólo una cosa le permitía sobrevivir: había desarrollado un apasionado amor a la tierra y a los ríos, y percibía intuitivamente los pasos que debía dar para vivir con ellos.
En consecuencia, cuando los guerreros le encontraron al borde de la marisma, comprendió que debía echarse en sus manos, mostrarse lo más dócil posible y aprender de ellos las técnicas que necesitaría. No existía ningún poblado indio de Patamoke con el que pudiera contar. Los guerreros que habían descubierto a Turlock estaban realizando una expedición de caza; permanecieron varios días con el desmedrado inglés, un tanto complacidos de que no fuese más corpulento que ellos.
Aprendió de ellos a tejer hierbas de la marisma para reforzar las paredes de su choza y a coger los pocos cangrejos de otoño que quedaban. Aún no habían llegado del Norte los gansos, así que no podía atraparlos, pero aprendió los rudimentos del arte de rastrear el ciervo.
No podían conversar con él, naturalmente, pero su costumbre de hablar con palabras aisladas, acompañadas de muecas y gestos, le capacitaba admirablemente para hablar con los indios, que con frecuencia hacían lo mismo, de tal modo que para el final del segundo día había acumulado un vocabulario de unas cuantas palabras con las que en lo sucesivo sostendría la mayor parte de sus relaciones con los choptanks: kawshek, ostra; tabquab, cangrejo; attque, ciervo; nataque, castor; y la palabra que resultaría en extremo aterradora: poopponu, invierno.
Cuando se marcharon, los guerreros le habían dado un cursillo intensivo de supervivencia, que fue suficiente durante los meses de setiembre y octubre, en que el tiempo fue benigno. De hecho, cuando llegaron los grandes gansos, asegurándole alimento, sintió tal confianza que empezó a preparar pequeños campos para destinarlos a huertos, aunque no tenía ninguna semilla ni la menor idea de lo que debía hacer si alguna caía en sus manos.
Pero a finales de noviembre, cuando el tiempo se tornó realmente frío sobre el Choptank, quedó espantado de su crudeza, y entonces empezó su terrible prueba, tan cruel, a su manera, como la época de hambre que había puesto a prueba a los primeros virginianos. No tenía mantas, pero había ramas de pino, y, entrelazándolas adecuadamente, podía arrastrarse bajo ellas y, al menos, protegerse del temporal. También averiguó que las plumas de ganso, si se comprimían en alguna especie de recipiente, podían proporcionar calor, y, después de muchos e irritantes fracasos, descubrió la forma de hacer una pequeña manta con una de las camisas que había robado a Janney. Atada ingeniosamente y rellena de plumas, resultaba confortante. Al cabo de una semana pensó que debía sacar las plumas grandes, de duros cañones, y utilizar sólo el plumón; éste conservaba el calor, hasta el punto de que algunas noches llegó incluso a sudar.
Luego llegó la nieve. El Choptank se hallaba lo bastante al Norte como para que el río se helara una o dos veces todos los inviernos, y por su situación eran frecuentes las nevadas. Se quedaba dormido al atardecer, cubierto por su camisa-manta, y percibía durante la noche un opresivo silencio: ningún sonido de ninguna clase, ni pájaros, ni ramas doblándose, ni el ruido de ningún pie. Y, luego, oía el más leve de todos los sonidos, el casi imperceptible roce de la nieve al caer, chocando con las agujas de los pinos y acumulándose lentamente sobre la tierra, donde cubría sus desguarnecidos huertos y ocultaba su choza.
Por la mañana se asomaba a la puerta y veía un paisaje enteramente blanco; hasta el hielo del río estaba cubierto, y comprendía que ese día lo pasaría hambriento y amargamente solo.
El invierno de 1638-1639 fue desacostumbradamente riguroso, y Turlock soportó cinco nevadas, que agotaron su pemmicán y le imposibilitaron de capturar gansos ni peces. Cuando la sexta borrasca se abatió sobre el Choptank estaba medio muerto, y cuando el río se desheló, abandonó. Navegaría hasta la isla Devon y se sometería a las acusaciones que las autoridades de Virginia quisieran formular contra él.
Tristemente, montó el mástil, desplegó su robada vela y salió de su refugio. Una vez en el Choptank y con la isla ya a la vista, experimentó una sensación de resignación; al menos, en Devon encontraría comida y calor, y podrían pasar meses antes de que los Steed le pudieran entregar en Jamestown. No se sentía muy alentado, pero centró su atención en el hecho de que, durante un aplazamiento que podría durar varios meses, un tipo listo como él podría pensar algo.
Resultaba extraordinario que Turlock hubiera permanecido escondido en las marismas durante casi medio año sin que los habitantes de Devon tuvieran conocimiento de su existencia; después de todo, sólo había diez millas de distancia entre los dos puntos; pero debe recordarse que los indios habían abandonado el servicio de Steed, y los sirvientes que habían ocupado su puesto no tenían permitido internarse tierra adentro. Por eso, cuando uno de ellos advirtió la presencia de una lancha desconocida que enfilaba el río Devon, una gran agitación se extendió por la colonia.
–¡Amo Steed! – gritó uno, mientras corría hacia la casa-. ¡Lancha! ¡Lancha!
El amo se encontraba en uno de los campos, pero en la puerta de la casa apareció una mujer alta, con un pañolón negro sobre los hombros que paseó la vista por los nevados campos y, luego, vio la lancha. Tendría cuarenta y tantos años, pelo entrecano y una piel todavía pálida. Se movía como si la isla le perteneciese, como en efecto era. Y, después de cerciorarse de que solamente había un pasajero en la embarcación, envió mensajeros por toda la plantación.
Cuando la balandra atracó en el muelle, vio saltar a tierra a un demacrado hombre blanco. Con pasos inseguros, echó a andar por el sendero que conducía a la casa, pero, tras recorrer solamente un corto trecho, se desplomó.
–Socórrele -ordenó al criado que tenía a su lado.
Turlock fue introducido en la casa, donde Mrs. Steed pudo casi ver cómo el calor penetraba en sus helados huesos.
–¿Quién eres? – preguntó, cuando el hombre hubo tomado un poco de caldo.
–Turlock.
–¡Oh! ¿Eres el que trabajaba aquí con Simón Janney?
–Sí.
Delicadamente, ella ocultó el hecho de que también sabía que era el que había golpeado a Janney en la cabeza con una azada y le había robado su lancha.
–¿Janney… vivo? – preguntó Turlock.
–Sí -respondió ella-, pero no gracias a ti.
–Él… era… malo.
Ella no lo creía así. Tanto Janney como su esposa habían declarado que jamás habían pegado a su pendenciero sirviente y que ambos habían procurado que comiese tan bien como ellos. Turlock había sido presentado ante el tribunal como un ingrato que…
–¡Viene amo Steed! – gritó uno de los hombres.
Turlock se puso en pie, esperando encontrarse con Edmund Steed, con el que había trabajado. En lugar de ello, entró un joven de veintidós años, con las mejillas rojas por el frío y el pelo revuelto.
–Éste es mi hijo Henry -dijo Mrs. Steed-. Interrumpió sus estudios de Derecho en Londres cuando murió mi marido.
Turlock sabía que debía decir algo acerca de la muerte, pero ser afable no era su especialidad.
–Malo -gruñó.
–¿Trabajaste tú con mi padre cuando yo estaba fuera? – preguntó el joven Steed.
–¡Uh-huh!
Se produjo una embarazosa pausa, durante la cual Turlock permaneció con la vista insolentemente fija en la ventana de cristal, la primera que veía en el Nuevo Mundo. Finalizó cuando Mrs. Steed explicó:
–Hemos hablado de su agresión a Janney.
–Un milagro que no le matases -dijo acusadoramente Steed.
–No… bueno.
–Él era tu amo legal.
–Gustaba… esclavos… más.
Era notable lo rápidamente que se acostumbraba uno a la truncada conversación de Turlock; cuando proporcionaba breves pistas verbales, la mente adiestrada se apresuraba a llenar los intersticios, como si fuese un ser primitivo y limitado a los pensamientos más esenciales. Los Steed no tardaron en comprenderle.
Se disponía Henry a sermonearle cuando Mrs. Steed intercedió; dijo suavemente que lo que aquel repugnante individuo necesitaba no eran discursos moralizadores, sino comida caliente, y le llevó a la cocina, donde humeaban varios pucheros y le dio de comer. Luego le condujo a una cama vacía, y el hombre se quedó dormido bajo sábanas de verdad.
Al regresar junto a su hijo, que le miraba con aire de reproche, le impuso silencio con una máxima que había oído a su abuela en Wycombe:
–Ocúpate del estómago del prójimo y de tu propia conciencia -y añadió-: Si llega a tu puerta un hombre medio muerto de hambre, no le sermonees, Henry, dale de comer.
–Tenemos que entregarle a las autoridades.
–¿Sí?
La insinuación era tan sorprendente para el joven Henry, instruido en leyes, que empezó a argumentar, pero su madre, pensando en el hombre dormido, le advirtió:
–Baja la voz, hijo.
Y luego examinó con él la antigua teoría del asilo, conforme a la cual un hombre que huyera de la justicia podía comportarse tan hábilmente que acabara entrando en el lugar de refugio del que no podía ser extraído.
–No en balde crearon los hombres ese concepto -dijo.
–No se puede huir de la justicia -replicó Henry.
–Sí…, si se llega al lugar de asilo.
Esta idea era repulsiva, y Henry empezó a rebatirla enérgicamente, pero su madre le hizo dos observaciones:
–Henry, tu padre y yo fuimos con frecuencia objeto de persecución por parte de la ley, pero, gracias a Dios, encontramos refugio.
Y luego:
–El que hayas estudiado Leyes no te da derecho a erigirte en un pequeño tirano.
Su hijo estaba dispuesto a aceptar este reproche debido a la extraordinaria fuerza moral que su madre había demostrado en los últimos meses de vida de su marido. Mientras él se encontraba ausente luchando por la libertad en la Asamblea, ella había cuidado de la plantación y hecho trabajar a los esclavos. Sus hijos no podían ayudarle, pues estaban en Europa, y allí seguían cuando Edmund murió.
Fue entonces cuando tuvo que enfrentarse con auténticos problemas: Simón Janney reclamó todos los campos situados al norte de la isla, diciendo que podía demostrar que los había trabajado y que había enviado su tabaco a Bristol bajo su propio nombre. Ella conocía la historia de los campos y sabía que sus pretensiones eran fraudulentas, pero fueron necesarios grandes y solitarios esfuerzos para rechazarle. Cuando los chicos regresaron de Europa, pudieron ocupar nuevamente la plantación sólo por la decisión de que había hecho gala su madre.
–Simón Janney es un hombre despreciable -dijo a su hijo.
–¿Crees que azotó a… cómo se llama?
–¿Turlock? Lo dudo. A Janney nunca le ha interesado la venganza, sólo el dinero.
–¿Debo entregar a Turlock a las autoridades de Jamestown?
–Yo creo que no -dijo ella, pero por deferencia a la posición de su hijo como heredero de la isla, añadió-: ¿Qué crees tú que debemos hacer?
Durante cinco días, Mrs. Steed y su hijo discutieron los problemas morales que representaba la presencia de Timothy Turlock en su casa, y aquel astuto individuo sabía cuál era el tema que les ocupaba. Por consiguiente, cuando mejoró el tiempo y pareció que la primavera no tardaría en llegar al río, huyó de la isla, no sin antes registrar la habitación de Mrs. Steed para encontrar varios carretes de hilo que necesitaba. Cogió también sus alfileres, varios clavos, un pequeño martillo y una manta, objetos todos que escondió bajo el banco de su robada balandra.
Se hallaba ya a bastante distancia río abajo cuando los criados advirtieron su marcha, y el clamor que alzaron no sorprendió a ninguno de los Steed.
–Dejadle ir -dijo Martha-. Lleva consigo su propio castigo.
–Pero él lo inflige a otros -dijo su hijo-, nunca a sí mismo.
Turlock pasó aquel espléndido otoño de 1639 fortificándose contra todos los inviernos que pudiera traer el futuro. Utilizando todos los pedazos de tela que pudo reunir, confeccionó una especie de forro para su robada manta; cuando la bolsa resultante quedó rellena de plumón de ganso, tuvo un edredón tan bueno como cualquiera que pudiese haber en Maryland. Elevó su cama, rellenando el espacio existente bajo ella con gruesas plumas de ganso, y construyó una doble pared dentro de la casa, introduciendo más plumas en los espacios huecos. Añadió un nuevo tejado, formado con ramas de pino, y cavó hoyos en los que almacenar alimentos y canales para alejar de su choza el agua de lluvia y la del deshielo. Construyó un muelle, siguiendo el modelo que había aprendido cuando realizó este trabajo para los Janney, y, aunque no tenía nadie que le ayudase a clavar los pilotes de madera de cedro, los fue golpeando con una maza, hasta que sus extremos quedaron firmemente hundidos en el fango.
Pero, sobre todo, aquel hombrecillo que apenas pesaba 45 kilos y se hallaba lastimosamente inadaptado a la vida al aire libre, señoreó la selva, observando todas las cosas que ocurrían en ella. Construyó caminos y estableció a lo largo de ellos trampas tan ingeniosas, que nunca le faltaba alimento; despejó un espacio bajo los corpulentos pinos y trasladó allí su choza, a fin de que los árboles le proporcionaran frescor en verano y protección contra las nieves del invierno.
En aquellos primeros días veía la marisma simplemente como una superficie, un misterioso escondite en el que competían la tierra y el agua. Encontró en ella esporádicas islas lo bastante firmes como para ser cultivadas, y, junto a ellas, pantanos que se tragarían al caminante poco cuidadoso. A veces se encaramaba a algún montículo para ver pescar a la garza azul, y se regocijaba cuando el alto pájaro atrapaba un pez y se lo echaba al gaznate. Con frecuencia veía zorros que se deslizaban por entre las hierbas, acechando a codornices o conejos, y, a veces, grandes águilas descendían en picado para apoderarse de alguna presa que no podía identificar.
Pero el secreto de la marisma, el aspecto que cautivaba su imaginación, consistía en el hecho de que podía adentrarse en ella con su balandra, desmontar el mástil y ocultarla tan eficazmente, que nadie podía divisarla desde el río. Y también podía correr a lo largo de sus camuflados senderos y ocultarse con la misma eficacia. Esto quedó demostrado una vez que los indios llegaron allí para comerciar con él. Corriendo hábilmente entre los cañaverales, exclamó: «¡Buscadme!», y no lo pudieron encontrar. Cuando regresó, mostrando sus negros dientes en una amplia sonrisa, quisieron saber cómo había escapado, y, al verlo, quedaron maravillados.
Los indios presentaban un problema. Cuando aprendió más palabras de su idioma, le advirtieron que ellos eran los propietarios de la marisma y de la tierra que ocupaba, y que, si la quería, debía comprarla como había hecho Steed. Como él se resistiera, le llevaron hacia el Este, donde vivía el werowance, y Matapank confirmó la reivindicación de los choptanks. Turlock discutió con ellos varios días y, al final, hubo que reconocer que la tierra les pertenecía; para protegerse, dijo que la compraría. En una curtida piel de ciervo trazó un plano de su propiedad, mostrando la oblonga marisma y el triángulo de tierra firme, y pidió a los principales choptanks que estamparan sus signos; Matapank puso el suyo, y el hombrecillo de la barbilla partida y luego el débil gigante de pelo blanco y su hija, Tciblento, espléndida madre de dos hijos. Cuando todos hubieron firmado, puso su signo Turlock.
Pero cuando quedó terminado el mapa, se dio cuenta de que no constituía título adecuado, ya que sólo contenía signos no identificados y era imposible determinar a quién correspondía cada uno. Se le ocurrió entonces que lo que debía hacer era llevar a todo el grupo de negociadores a la isla Devon, donde los Steed podían escribir los nombres y verificarlos. Matapank comprendió y accedió a ir; el hombre de la barbilla partida estaba ansioso por dirigirse allá, canoso y rápido como un hurón; el gigante se negó a abandonar su tierra, pero Tciblento manifestó un sorprendente deseo de visitar Devon. Así, pues, fueron aprestadas las canoas, pero, antes de que emprendieran la marcha, el anciano de pelo blanco preguntó:
–¿Y qué nos da este extranjero por firmar su documento?
Se entabló una discusión, durante la cual los indios propusieron objetos diversos que necesitaban. Turlock escuchaba atentamente, aceptando unos y rechazando otros:
–Yo… tendré… eso. Yo… creo… tendré… eso.
Y así sucesivamente. Al fin se llegó a un acuerdo, y el convoy emprendió la marcha.
Fue un agradable viaje por el río, en cuyas orillas no se veía ni rastro de ocupación humana; sólo las águilas blancas y las garzas, y, de vez en cuando, una familia de patos que se habían quedado allí en vez de volar hacia el Norte. Cuando las canoas pasaron delante de la marisma de Turlock, todos hicieron comentarios aprobadores, y, al final, apareció al frente la isla Devon. Tciblento empezó a ponerse nerviosa, y, cuando las canoas entraron en el río Devon, se inclinó hacia delante para divisar la casa y no apartó de ella los ojos mientras las canoas se aproximaban al muelle. Finalmente, los criados vieron la procesión que se acercaba y avisaron a gritos a su amo. Al poco rato, el joven Henry Steed bajó por el adoquinado sendero, y Tciblento se echó hacia atrás, sin decir nada, pero llevándose los dedos a la boca.
El acto de la firma se realizó en la mesa de la cocina de los Steed. Henry escribió los cinco nombres, añadió una fecha y pidió a su madre que testificara su exactitud, y luego a su hermano, después de lo cual firmó él también. Con el tiempo, la piel de ciervo sería registrada en St. Mary's City, pero sólo después de que Turlock hubiese alterado astutamente la línea que señalaba la frontera septentrional, argucia que le valió otros doscientos acres.
Vino luego la cuestión del pago. Llevándose a un lado a los indios, Turlock les aseguró que, después de la segunda luna llena, podían ir a su marisma, y les entregaría el número especificado de hachas, escopetas y otras herramientas. Matapank y el hombrecillo de la barbilla partida se mostraron de acuerdo, pero Tciblento preguntó:
–¿Por qué no nos lo das ahora?
A lo cual él respondió:
–Ahora… no… tengo.
Así, pues, los indios regresaron con las manos vacías, pero cuando hubo pasado la primera luna llena, Turlock puso manos a la obra. Una noche navegó con su balandra hasta una ensenada situada en el extremo más lejano de Devon, la ocultó entre los árboles y, durante tres noches seguidas, se internó tierra adentro para reconocer la plantación de los Steed. Luego, en una ajetreada noche, cogió hachas de lugares en los que tardarían en ser echadas en falta; las escopetas las robó directamente de los alojamientos de los dormidos criados que tenían a su cargo las tareas de caza; hurtó tres ruedas, un martillo, una palanca, dos azadas, y cuando hubo cogido varios objetos para uso personal, regresó cautelosamente a su balandra y navegó en silencio río arriba hasta su marisma.
Cuando se disponía a descargar su botín y llevarlo a su choza, se le ocurrió que tal vez fuera más prudente ocultarlo en la marisma. Así, pues, con sumo cuidado para no dejar huellas, se abrió paso hasta el corazón de la zona más pantanosa, donde depositó sus mercancías sobre una plataforma de palos. Luego regresó de puntillas por otro camino distinto, y se hallaba sentado inocentemente en su choza, cuando un iracundo Henry Steed y tres hombres llegaron por el río para registrar su casa.
–¡Mr. Steed! – exclamó, sonriendo al propietario de la plantación-. ¿Qué… yo… robado… hachas? Tengo… mías.
Los criados comprobaron que las hachas de Turlock nunca habían sido propiedad de Steed, y tampoco las escopetas ni la azada.
–Ha escondido las mías en alguna parte -insistió Steed, y sus hombres registraron los bosques, pero no encontraron el menor rastro de tierra removida.
Steed les ordenó que penetraran en la marisma, pero cuando intentaron hacerlo se hundieron hasta la cintura y tuvo que mandarles volver.
–Creo… indios… llevaron -sugirió Turlock, pero los choptanks vivían demasiado lejos como para investigarlo, por lo que Steed se vio obligado a regresar a la isla.
Al marcharse en su queche, advirtió a Turlock:
–Sé que tú eres el ladrón. Te cogeremos.
Nunca lo hizo, pero, una vez que hubo entregado el precio de su compra a los indios, Turlock se mantuvo apartado de la plantación, adivinando que Steed apostaría centinelas para apresarle si intentaba nuevas incursiones. La marisma y la tierra firme eran legalmente suyas, cuatrocientos acres de la primera y casi ochocientos de la segunda, y estaba resuelto a que nada, ni borrascas invernales ni mosquitos estivales, le desposeyeran jamás de ellas.
Cuando Turlock llevaba ya más de un año ocupando su marisma, se dio cuenta de que algún que otro cazador o vagabundo de la orilla oriental habían empezado a acampar en el abandonado poblado Patamoke, y de que se había construido un tosco embarcadero en el interior del puerto de refugio. Los Steed, situados en la boca del río, no parecían oponerse; de hecho, se beneficiaban del ocasional comercio que afluía a su casa de suministros de Devon, y no había en la zona ningún choptank para protestar.
Pero los hombres que se establecían en las ruinas del viejo poblado eran tan violentos que no podían por menos de surgir problemas; de sus sangrientas experiencias con los indios que habitaban a lo largo del James habían aprendido a odiar a los pieles rojas, y eran incapaces de distinguir a los inofensivos choptanks de los salvajes que habían entrado a sangre y fuego en Jamestown. Fue inmediatamente declarada la guerra contra todos los indios, y cuando un grupo casual de cinco guerreros choptanks acertaron a pasar por los antiguos terrenos de caza situados al norte de Patamoke, fueron tiroteados, y dos de ellos resultaron muertos; uno era el marido de Tciblento.
Un grito de aflicción brotó del asentamiento choptank cuando los tres supervivientes regresaron a trompicones e informaron de lo que había sucedido. Matapank, el werowance, quedó confuso ante la tragedia; comprendió que era inminente la inevitable confrontación, pero no tenía ni idea de lo que debía hacer.
Sin un plan preconcebido, reunió a tres consejeros para que le acompañasen en una visita destinada a tratar con los blancos acerca de la injusticia que habían cometido, pero cuando esta misión de paz se aproximaba al campamento, los pistoleros blancos dispararon sobre ellos, y Matapank cayó muerto.
La carga de la que había tratado de escapar descendió ahora pesadamente sobre Pentaquod. El cadáver del marido de Tciblento no había sido recuperado, así que no podían celebrarse los ritos fúnebres, y la hermosa mujer quedó sin el consuelo que le habría deparado un entierro adecuado y la certeza de una vida segura para su marido en el otro mundo. Lloró a su marido con sus hijos, y nada de lo que su anciano padre pudiese hacer calmaba su dolor; su marido había sido la primera víctima de la guerra que ella había presentido inevitable.
Pentaquod se sentía además desorientado por la absurda muerte de Matapank, a quien casi un cuarto de siglo antes le había sido conferido el manto del caudillaje: nunca había sido un werowance fuerte, pero había mantenido unida a la tribu y hubiera debido llegar a la vejez como su respetado jefe. Ahora había desaparecido, y el único que podía dar a aquel pueblo pequeño y vagabundo el ánimo que necesitaba era Pentaquod, que tenía ya ochenta y un años y deseaba le llegara el momento de morir. Cuando los choptanks acudieron a él pidiéndole consejo, no sólo conservó sus tres plumas de pavo, sino que, para dar valor a su pueblo, accedió también a llevar, por primera vez, el disco de cobre distintivo del werowance. Ayudado siempre por Tciblento, tomó las decisiones necesarias para infundir valor a su pueblo de adopción.
A bordo de cinco canoas, él y sus guerreros más sensatos bajaron por el Choptank para explorar la situación. Se mantuvieron alejados del campamento en que se habían establecido los cazadores y entraron en la marisma, donde vivía solo Turlock, hombre en el que habían aprendido a confiar. Pentaquod, sentado junto a Tciblento en la tosca choza del fugitivo, preguntó:
–Turlock, ¿qué quieren los hombres blancos?,
–El río.
–¿Por qué nos matan?
–Sois indios.
–¿Debemos abandonar este río y vivir como esclavos bajo el dominio de los nanticokes?
–A ellos los matarán también.
–¿Tiene que haber guerra? ¿La guerra que siempre hemos tratado de evitar?
Hablaron durante dos días, y luego se dirigieron todos río abajo hasta la isla Devon, donde consultaron con los Steed. El joven Henry opinaba que el Choptank estaba permanentemente perdido y que los indios debían irse hacia el Este para evitar problemas, pero Turlock dijo que él había ido dos veces en esa dirección hasta llegar al océano y había visto que también allí se estaban estableciendo firmemente los blancos. Al oír estas tristes noticias, Pentaquod preguntó qué podía hacer su pequeña tribu, y Henry sugirió que fueran hacia el Sur e hiciesen causa común con los nanticokes.
–¿Y perder nuestra libertad? – preguntó el anciano.
–Los indios de la orilla occidental han aprendido… -empezó Henry, pero no terminó la frase, pues lo que habían aprendido resultaba demasiado doloroso: que allá donde llegaban los colonos blancos, los indios debían marcharse.
Llegados a este punto, Mrs. Steed consideró deseable suscitar un tema menos lúgubre, y recordó cómo Tciblento había estado en otro tiempo enamorada de Edmund Steed y había acabado casándose con uno de los guerreros choptanks.
–¿Cómo está tu marido? – preguntó animadamente.
–Le mataron los cazadores.
–¡Oh, Dios mío! – exclamó Mrs. Steed, como si Tciblento hubiese presentado una prueba demostrativa de lo que los hombres habían estado diciendo, y sintió una compasión tal, hacia la india que la abrazó, permaneciendo unos instantes apoyada en su hombro.
–Te quedarás a pasar el invierno con nosotros -dijo dulcemente.
–Debo ayudar a mi padre.
–Él también se quedará en una de nuestras casas.
–Éstos son días en que todos somos necesarios -dijo Pentaquod.
Y cuando le fueron traducidas estas palabras, Mrs. Steed extendió los brazos y besó al anciano.
–Deja, al menos, que se quede tu hija -dijo.
Pero Pentaquod cogió de la mano a Tciblento y dijo quejumbrosamente:
–Hubo un tiempo, hace mucho, en que quise dejarla, pero ahora la necesitamos.
Y, silenciosamente, los indios fueron a sus canoas, como si se dispusieran a emprender un viaje fúnebre.
Durante los tres meses del invierno de 1641, Timothy Turlock viajó entre Devon y el campamento del Choptank portando mensajes y tratando de hallar alguna especie de acuerdo amistoso, conforme al cual los indios pudieran sobrevivir en su pequeño rincón de la selva, pero los cazadores se mostraron inflexibles; se proponían expulsar a todos los choptanks, y ya habían iniciado las primeras acciones de guerra con los nanticokes, en el Sur.
En sus gestiones, Turlock se entrevistaba cada vez más frecuentemente con Pentaquod, cuyos ojos velados por las lágrimas veían ya la disolución de su pueblo. El anciano era infinitamente más filósofo que Turlock, que apenas podía comprender una idea abstracta; pero ambos compartían un intenso amor a la tierra, que les permitía comunicarse.
Pentaquod trató de convencer al pequeño inglés de cara de hurón, de que le resultaría tan difícil mantenerse en su tierra como a los choptanks conservar la suya.
–Ningún cazador en mi marisma -se jactó Turlock, moviendo la mano para señalar el mosquete que utilizaría para rechazarlos.
–Ellos no son el enemigo -le corrigió Pentaquod.
–¿Quién?
–Steed.
–No -replicó Turlock, con firmeza-. Steed… paz.
–No hace guerra -dijo Pentaquod-. No usa armas. Pero siempre querrá más tierra. Sus graneros siempre estarán hambrientos. Se apoderará de todo, hasta el océano, y tú. y yo, y todos nosotros, incluso los cazadores, seremos aniquilados.
Durante aquellos terribles días, Pentaquod reflexionó sobre el futuro de su tribu, pero estaba sucediendo algo inmediato, que le causaba profunda preocupación personal. Había observado que Turlock solía quedarse en el campamento del Choptank no tanto para consultar con él, como para estar cerca de Tciblento, y un día le asaltó la terrible idea: «¡Gran Espíritu! ¡Quiere casarse con ella!»
Formaban una pareja lastimosamente desigual: ella le llevaba la cabeza, hermosa cuando él era grotesco, poética por naturaleza, mientras que él apenas si era capaz de expresar una idea completa, y de cuarenta y cuatro años, cuando él sólo tenía treinta y dos. Y, lo que parecía más extraño de todo, carecían prácticamente de vocabulario común. ¿Cómo podían conversar? ¿Cómo podría haber ninguna relación espiritual entre ellos?
Y, sin embargo, Pentaquod comprendía los impulsos que podrían estar llevando a su hija hacia aquel inadecuado pretendiente. Ella se encontraba en la línea divisoria de dos épocas, con su marido muerto, su tribu en desorden, su hogar permanentemente incendiado y un futuro que se presentaba como una negra y amenazadora incógnita. No era ilógico que se volviese a los extranjeros e hiciera con ellos la vida que le fuese posible, pero resultaba trágica la necesidad de semejante decisión.
«¡Oh, Tciblento! -se dijo una mañana-, que hayas perdido a un susquehannock digno de ti, y al Steed con el que hubieras debido casarte, y los nobles guerreros que habían venido… -Se estremecieron sus hombros, y se le llenaron de lágrimas los ojos-: ¡Cuán terrible es que llegues a pensar en ese hombre despreciable, Tciblento! ¡Tú eres hija de reyes!»
La boda fue algo desconcertante, una parodia de la antigua tradición: una mañana, el pequeño inglés murmuró: «Tiempo… ir… marisma.» Y Pentaquod comprendió su urgencia, pues ningún hombre debe permanecer mucho tiempo ausente de su tierra. Cuando el Sol comenzó a descender hacia el Oeste, Turlock salió del wigwam y se dirigió con aire indolente a su lancha, indicando que Tciblento era libre de acompañarle si lo deseaba. Sin despedirse de su padre, ella siguió en silencio al trampero y, sin ceremonia de ninguna clase, subió a la balandra. Su marcha pasó inadvertida en el poblado; no se celebraron los festejos propios del matrimonio de una princesa, ni hubo redobles de tambores, ni oraciones recitadas por el chamán. La tribu estaba desorganizada. La presión del Choptank era demasiado intensa.
El viejo Pentaquod, comprendiendo que no volvería a ver más a su hija, llamó a sus dos hijos y, cogiéndoles de la mano, aunque eran ya crecidos, caminó hasta la orilla y gritó en dirección a la balandra que se alejaba:
–¡Tciblento! ¿Qué haremos con tus hijos?
Pero ella se había ido, ido de su tribu para siempre, y los chicos serían absorbidos y vagarían aturdidos con el resto de los choptanks y, al final, serían cazados como ciervos y muertos, y las agujas de los pinos los cubrirían.
¡Oh, Tciblento! El anciano lloró, y cuando los gansos abandonaron el tío, su espíritu les siguió.
Una característica fundamental de la orilla oriental era que los acontecimientos importantes ocurridos en cualquier lugar suscitaban violentas reverberaciones por toda la península, pero nada que sucediese en aquélla influía jamás en la historia exterior. Esto quedó demostrado en enero de 1648, cuando un barco procedente de Bristol llegó a Devon con un pequeño grupo de sirvientes, una gran provisión de artículos comerciales para el almacén de los Steed y un sacerdote católico recién ordenado en Roma.
Ralph Steed, de treinta y dos años, había finalizado con éxito sus estudios, y hubiera debido sentirse orgulloso de ser el primer ciudadano de Maryland que recibía las sagradas órdenes, pero al bajar por la pasarela resultó evidente que se hallaba preocupado. Con graves modales y agitado por el viento su rubio cabello, besó sosegadamente a su madre, saludó a sus dos hermanos y dijo:
–Vayamos a la capilla.
Allí celebró una breve misa ayudado por dos marineros, después de lo cual cerró las puertas y se reunió solemnemente con su familia.
–Están sucediendo en Londres acontecimientos de suma gravedad -explicó-. Los protestantes están acosando al rey Carlos, y una odiosa persona llamada Cromwell amenaza con apoderarse del trono y hacerse proclamar rey.
–¿Se han vuelto locos? – preguntó su madre.
–Sí. Y las consecuencias pueden ser terribles. El Parlamento trata de derogar la carta de Maryland. Se habla de enviar aquí los más temibles comisionados con el fin de destruir el catolicismo. Estamos en peligro.
Poseía solamente informaciones fragmentarias; había sido tratado con hostilidad en el barco por los que apoyaban al Parlamento protestante en su lucha contra el rey, y no se había enterado de algunas de las más preocupantes noticias, pero el capitán y los marineros estaban ahora informando a los protestantes que habían bajado del campamento para comerciar.
–Sí, señor -les dijo el capitán-, se está luchando por toda Inglaterra. Un loco llamado Rupert apoya al rey, pero el general Cromwell está reuniendo ejércitos en los campos para defender a los hombres honrados. Si Cromwell vence, estarán contados los días de los papistas en Maryland.
Varios de los marineros, ardientes partidarios del Parlamento, querían organizar una especie de milicia protestante para el Choptank con el fin de defender las nuevas libertades que se estaban consiguiendo en Inglaterra, pero su capitán lo impidió.
–La batalla se ganará en Inglaterra -predijo-, y eso determinará lo que suceda aquí.
No acertó en su profecía. Los plantadores de Virginia y Maryland eran entonces, y seguirían siéndolo, firmemente realistas; amaban positivamente al rey, a cualquier rey, y cuanto más se aproximaba la victoria del Parlamento en Inglaterra, más enérgicamente defendían a Carlos a lo largo del Chesapeake. Para ellos, la Corona era un símbolo de permanencia de la Inglaterra que recordaban, y la insolencia de Cromwell les enfurecía. «¿Cómo se atreve a alzarse contra el rey?» E hicieron circular manifiestos en favor de él.
Pero el padre Steed, persona instruida, además de devoto católico, percibía que se estaba gestando una importante revolución, y sabía que acabaría afectando a todos los habitantes de Maryland, no sólo a los plantadores.
–Nosotros somos gentes del rey -dijo a su familia- y católicos, y ambos atributos nos colocan en difícil situación. Debemos estar preparados para defendernos.
Así, pues, la isla Devon se convirtió en un bastión que defendía el Choptank. Los hermanos Steed poseían diecisiete mosquetes, pero vacilaban en armar a los criados, que eran todos protestantes, como los cazadores del campamento. Todos los asentamientos de Virginia eran vigorosamente anticatólicos, y podía esperarse que organizaran alguna especie de invasión. De hecho, la única esperanza de los Steed radicaba en que los ciudadanos estables de Maryland que habitaban al otro lado de la bahía se unieran a la causa del rey y mantuvieron una cierta estabilidad hasta que los ingleses de Londres eliminaran la amenaza protestante y ahorcaran a Cromwell.
Ralph fue el genio organizador. Manteniéndose en un segundo plano y dejando que su hermano Henry asumiera el control visible, cruzó la bahía y alentó a los católicos, asegurándoles que las dificultades surgidas constituían una aberración a la que había que ofrecer resistencia. Dijo además:
–No debemos dejarnos llevar por el pánico. Es inconcebible que Maryland, que permite a todos una absoluta libertad religiosa, vaya a atacar a los católicos, que hicieron posible esa libertad.
Pero una noche, mientras se expresaba así, un ama de casa católica le dijo que unos renegados habían irrumpido en su hogar y quemado su crucifijo, y Ralph se estremeció con la premonición de que los males que él había estado asegurando eran inconcebibles, eran ya reales. Cuando regresó de cumplir sus deberes sacerdotales, se encontró con que Henry había recibido noticias de Inglaterra, y ninguna era buena.
–Los escoceses han traicionado al rey Carlos. El príncipe Rupert ha sido expulsado del país y se ha hecho pirata en las Azores. Están siendo enviados comisionados de la peor especie para sojuzgar las colonias, y han establecido disturbios contra los católicos.
Los hermanos Steed habrían actuado de modo imprudente de no haber sido por la influencia pacificadora de su madre. Martha tenía cincuenta y cuatro años, sus cabellos eran blancos, su figura delgada, y su presencia de ánimo continuaba siendo la misma de siempre. Había sobrevivido a muchas vicisitudes en aquella remota isla, y no tenía intención de caer en el pánico ni en la desesperación. Su familia católica estaba destinada a sufrir intensas presiones; de hecho, muchas veces se había preguntado por qué no había sucedido antes aquello, y consideraba que había una forma de combatirlo sin dejarse llevar por el histerismo. Dijo a Ralph:
–Hazte invisible. Constituyes un blanco demasiado tentador.
Aconsejó a Henry que disminuyera el volumen de sus relaciones comerciales para no excitar la codicia de los cazadores de Patamoke. Sugirió también que se le propusiera a Turlock trasladarse a la isla para ayudar a defenderla con las armas si se producían violencias, y fue así cómo Henry Steed, el minucioso administrador de Devon, subió a su falúa y mandó a sus sirvientes que le condujeran a la marisma.
Lo que encontró allí le repugnó. Junto al pequeño estero que separaba la marisma de la tierra firme había una choza de lo más miserable ocupada por Turlock, su mujer india y dos gemelos mestizos que les habían nacido misteriosamente; Henry había supuesto que Tciblento había dejado hacía tiempo de ser fecunda, pero allí estaban los delgados chiquillos, jugando en el suelo de tierra. Turlock, el dueño de aquella choza, se hallaba en lamentable estado, con la cara llena de granos, andrajoso y sin dos de los dientes delanteros. Resultaba repugnante imaginarle como colega, pero Henry siempre había respetado los consejos de su madre y comenzó las negociaciones.
–Madre opina que lo mejor sería que te vinieses a Devon… con tu mujer… e hijos, naturalmente.
–¿Qué más?
–Trasladaríamos dos de los criados. Podrías tener una cabaña estupenda -miró con desagrado la choza.
–¿Líos? – preguntó Turlock, mascando una hierbita.
Al principio, Henry tenía intención de fingir, pero sospechaba que tal vez Turlock hubiera oído rumores de Jamestown, por lo que habló con sinceridad.
–Han depuesto al rey.
–¿Qué… significa… eso?
–Le han echado.
–Bien.
–Puede que se produzcan disturbios en Maryland.
–¡Uh-huh!
–Si nos ayudases, Turlock, nosotros conseguiríamos que se anulase tu orden de detención.
–Nadie… detenerme.
–Algún día vendrán por ti. Intentaste matar a Janney. Y te ahorcarán.
–Nunca… encontrarán.
–Turlock, te estoy proponiendo un plan sensato para recuperar tu ciudadanía. Ven conmigo.
El fugitivo observó atentamente a Steed, y, con gesto instintivo, atrajo hacia sí a los dos chicos.
–Tcib, ven aquí -y la puso detrás de él-. ¿Protestantes lucha papistas?
–Sí.
–Yo soy protestante.
–Sé que lo eres, Turlock. Pero has visto al padre Ralph, el buen trabajo que hace.
–Ralph es bueno.
–También mi madre.
–Ella era buena.
–Lo sigue siendo.
–Tú eres católico, Steed. No puedo ayudarte.
Steed se sentó en el único mueble, un taburete de tres patas. No había esperado ese rechazo, pero necesitaba que aquel individuo estuviese de su parte, y estaba dispuesto a humillarse con súplicas.
–Turlock, lo que suceda en los próximos meses decidirá lo que ha de suceder en este río. ¿Quieres perder tu tierra? ¿Pasarte el resto de tu vida en la cárcel? ¿O ser ahorcado?
–Protestantes ganan, nunca me tocarán.
–Mi querido amigo -dijo apresuradamente Steed-, ¡tú eres exactamente la clase de criminal que esos puritanos ahorcarán! Créeme, Turlock, si quieres conservar tu hogar aquí, en las marismas, ven conmigo y ayuda a mi madre.
Por pura casualidad, Henry había acertado con los dos símbolos que significaban algo para el fugitivo: su marisma y la bondad de Mrs. Steed. A regañadientes, y con fuertes dudas de que actuara bien apoyando a un católico, cargó la balandra que había robado siete años antes y llevó a su familia a Devon, donde, como había prometido a Henry, fueron alojados en una bien construida cabaña. Allí, él y los tres Steed esperaron la conflagración que recorría la orilla occidental.
Llegó al Choptank de forma curiosa. Un criado de veintiséis años establecido a orillas del York discutió con su amo, que perdió los estribos y le azotó cruelmente. El hombre se sintió tan humillado por aquel castigo inmerecido, que incendió la casa de su amo y huyó; se habían dictado contra él órdenes de detención sobre la base de que cualquier cosa que un amo le hiciera a un criado, éste debía someterse, así que, temiendo ser ahorcado, el criado huyó de Virginia y se refugió en el campamento del Choptank.
Allí enardeció a cuatro renegados con fantásticos informes de la revolución general que estaba teniendo lugar en Virginia, con protestantes quemando casas católicas, hasta que uno de los cazadores exclamó:
–¡Hay una capilla papista en la isla Devon, con cura y todo!
Cinco hombres emprendieron la marcha por el río a bordo de sus canoas. Comenzaba la batalla que el padre Ralph había temido.
Fue una lucha terrible, y durante el tiroteo, Timothy Turlock sospechaba que estaba luchando en bando distinto del que le correspondía. No obstante, con su mosquete mantuvo a los invasores alejados de la casa Steed, pero, como se había situado en las ventanas que daban al Este, por donde tendría lugar el primer asalto del grupo de desembarco, no podía proteger el extremo occidental de la casa, donde se encontraba la capilla. El padre Ralph se había situado en el altar, y, cuando los incendiarios se acercaron con antorchas, disparó su mosquete sin dar a nadie.
Dos fornidos cazadores echaron abajo las puertas y le redujeron: Le habrían dado muerte con toda seguridad, pues les enfureció ver sus vestiduras sacerdotales, de no haber sido porque Mrs. Steed gritó pidiendo auxilio, y Turlock se apresuró a acudir, pero no antes de que hubieran prendido fuego a la capilla. Mientras ardía, los invasores prorrumpieron en vítores y trataron de culminar su victoria intentando también de destruir la casa papista, pero los disparos de Turlock y sus compañeros les hicieron retroceder, y al amanecer, mientras humeaban las ruinas de la capilla, los vencedores se retiraron a sus lanchas.
El padre Ralph, intensamente afectado por el ataque, reunió a su familia, para elevar oraciones de acción de gracias, pero Timothy Turlock y Tciblento no asistieron. El fugitivo había congregado a su familia y estaba en aquel momento introduciendo a los dos niños en su balandra; cuando Henry, tragándose su orgullo, fue a darle las gracias por su ayuda, él se limitó a decir:
–¡Al diablo con los católicos!
Y regresó a su marisma.
Esta batalla produjo en el padre Ralph una reacción de desaliento. La pérdida de la capilla en que había rezado de niño constituía un duro golpe, pero su madre le recordó que Lord Baltimore había aconsejado a sus católicos que no hiciesen pública ostentación de su religión para no suscitar oposición, y ella consideraba que la capilla había sido ostentosa. Lo que le dolía era el hecho de que Maryland, la colonia en que los propietarios católicos habían ofrecido libertad religiosa a todos, fuera escenario de persecución a los católicos. Pero no se hallaba seguro de su situación; en los momentos culminantes de la pelea en que había estado a punto de perder la vida, había oído gritar a sus enemigos protestantes: «¡Esto es por los treinta mil que matasteis en el Ulster, malditos papistas!»
En Roma había oído decir que los católicos de Irlanda del Norte, cruelmente perseguidos por la tiranía protestante, se habían rebelado y dado muerte a muchos miles de sus opresores.
–¿Ha de continuar esto eternamente? – preguntó a sus hermanos-. ¿Este fratricidio?
Reflexionó sobre ello durante varias semanas, y luego decidió que debía ir a Jamestown para enfrentarse a los terroristas que habían difundido aquel veneno a través de la bahía.
Su hermano Paul le acompañó para conseguir la anulación de la orden de detención dictada contra Timothy Turlock, y, cuando llegaron a Jamestown, se les dijo que el concejal Matthew Maynard era el más indicado para resolver sus respectivas misiones, de modo que fueron a su casa, donde el grave caballero contuvo el aliento al oír sus nombres. Le sorprendió que un sacerdote católico se hubiera atrevido a caminar con hábito clerical por las calles de la ciudad.
–Pasen -dijo, sin entusiasmo-. Creo que a mi esposa le interesaría conocerles.
Pronunció estas palabras con tono malicioso y mandó que un esclavo llamara a Mrs. Maynard. Antes de que ninguno de los dos jóvenes pudiera exponer el objeto de su visita, apareció la esposa del concejal, una llamativa rubia de cincuenta y tantos años, ataviada con un notable vestido que debía de proceder de Londres; no era ostentoso ni de un lujo excesivo, pero estaba hecho de tela fina y le sentaba bien.
–Estoy seguro de que te agradará conocer a estos jóvenes -dijo el concejal-. Éste es el padre Ralph Steed de Devon, y éste es su hermano, el doctor Paul Steed.
Mrs. Maynard no manifestó ninguna emoción, aparte hacer una profunda inspiración. Ajustándose el vestido, dijo a Ralph:
–Me alegra mucho verte después de todos estos años. Soy Meg Shipton.
Ralph enrojeció. Se estremeció y se habría sentado de haber tenido a mano una silla. Le fue imposible decir nada, y Paul, a quien jamás se le había hablado de Meg, se quedó asombrado del extraordinario comportamiento de su hermano.
–Yo soy Paul Steed -dijo, extendiendo la mano en dirección a la señora de la casa.
Como ésta no hiciera ademán de estrecharla, añadió, tartamudeando:
–He venido para solicitar de su marido conceda indulto a Timothy Turlock,
–¿Y quién es ése? – preguntó ella, con aire distante.
–Un hombre muy valiente que le salvó la vida a Ralph.
–¿Te salvó la vida? – pronunció las palabras casi sarcásticamente, mientras observaba al sacerdote-. Estoy segura de que te sientes en deuda con él.
Y salió de la habitación.
–Bien, ¿y en qué puedo servirle a usted? – dijo solícitamente Maynard, y con el grado de unción necesario para que la pregunta resultara ofensiva.
–Le pido que anule los cargos que pesan sobre Timothy Turlock -respondió Paul-. Se ha reformado y lleva una vida honrada.
–¿De qué cargos se trata, si me permite preguntarlo?
–No estoy seguro. ¿No dijo padre que era algo referente a Simón Janney?
Paul miró a su hermano, que no se había repuesto aún de la conmoción.
–No tenemos ningún Simón Janney -replicó fríamente Maynard.
–Había una clase de cargos,
–¿Cuándo?
–¿Cuándo sería, Ralph?
Al no encontrar ninguna ayuda en su hermano, Paul tartamudeó:
–Hace unos nueve o diez años.
–El tiempo los ha anulado -dijo secamente Maynard, y dejó de ocuparse de Paul-. ¿Y qué es lo que desea usted, padre Steed, si es ése el tratamiento correcto?
Durante el viaje desde Devon, Ralph había preparado una desapasionada petición de que Virginia dejase de enviar agitadores al Choptank, un ruego de que la libertad que su familia había reconocido a otros les fuera también reconocida a ellos, pero el incidente de Meg Shipton le había desarmado, y no pudo encontrar palabras para su pomposo y desabrido marido.
–Yo también intercedo en favor de Turlock -murmuró.
–Enterado -dijo Maynard.
Tras una embarazosa pausa dijo, más untuosamente que antes:
–Había pensado que quizá quisieran ustedes presentar una denuncia por el incendio de su capilla; pero, tratándose de un asunto privado y en territorio reivindicado, aunque injustamente, por Maryland, no habría tenido razones para escucharles.
Se puso en pie, indicando que los Steed debían marcharse, y, sin siquiera haber expuesto coherentemente sus pretensiones, los jóvenes se encontraron en la calle.
Ralph estaba tan aturdido por su entrevista con los Maynard, que no le era de ninguna utilidad a su hermano. Caminaba como ofuscado, y, cuando Paul propuso que se fueran a comer, no pudo responder adecuadamente; regresaron al queche, donde los criados estaban preparando pollo, y Paul comió, mientras su hermano permanecía con la vista fija en el río. Finalmente, después de despedir a los hombres, Paul preguntó secamente:
–Ralph, ¿qué ocurre?
–Esa mujer…, Mrs. Maynard.
–Se ha portado desagradablemente, pero, ¿y qué?
–Es mi madre.
Fue Paul quien quedó ahora en silencio. Miró boquiabierto a su hermano, como si Ralph hubiese profanado alguna preciosa imagen, y no encontró palabras para expresar su asombro.
–Sí -continuó el sacerdote-. Meg Shipton. A veces me he preguntado…
Paul no podía comprender las vastas complicaciones humanas puestas al descubierto por aquella casual entrevista, y cuando su hermano trató de explicárselo -la venta de esposas, los abandonos, los años solitarios en Devon, las huidas, el valor de su madre y la firmeza de su padre-, levantó las manos. Era monstruoso, y, cuanto más pensaba en sus complejidades, más furioso se sentía. Como médico, estaba familiarizado con situaciones especiales y había aprendido a contrarrestarlas del mejor modo posible; un comportamiento como el de Mrs. Maynard era insufrible, y no estaba dispuesto a tolerarlo.
Dejando a Ralph, todavía aturdido, en el queche, volvió a la casa del concejal y exigió ver a los esposos.
–Quiero un acta de exoneración firmada en favor de Timothy Turlock -le gritó a Maynard-. Y quiero que hable usted con mi hermano como una cristiana decente -dijo a Mrs. Maynard.
–Joven…
–Y si se niegan, informaré a todo Jamestown y a toda Virginia.
Los Maynard no sabían con seguridad lo que significaba este ultimátum, la exoneración ni la visita, y el concejal trató de decir alguna ingeniosidad, pero Paul alargó la mano y le cogió de la muñeca.
–Tiene usted un minuto, señor, para mandar llamar a mi hermano. Un minuto.
Mr. Maynard comprendió entonces que se hallaba ante un individuo peligroso, y envió a un esclavo a buscar al sacerdote. Mientras éste llegaba, escribió una declaración exonerando a Timothy Turlock de su escritura y liberándole de responsabilidad por su conducta con su amo. Luego apareció Ralph, desgreñado y sin aspecto de ser un sacerdote.
–Mrs. Maynard -dijo Paul-, éste es su hijo Ralph.
–Me alegra ver que has vuelto de Roma -dijo ella, con tono helado.
Fue una escena lastimosa, en la que nadie se hallaba preparado para decir nada adecuado, y, después de varios vanos intentos de reconciliar a madre e hijo. Paul montó en cólera:
–¡Así os trague el infierno a los dos!
–Podrían marcarle a fuego la lengua por lanzar juramentos -advirtió Maynard.
–¡Así os trague el infierno a los dos! – repitió, y los dos hermanos salieron de la casa.
En los largos días del retorno a Devon, Ralph permaneció derrumbado en el queche, sin decir nada, mirando las oscuras aguas. Después de varios intentos en vano por consolarle, Paul le dejó solo; pero la noche anterior a su llegada a la isla, creyó oír un chasquido y corrió hacia popa, donde encontró a Ralph que se disponía a saltarse la tapa de los sesos.
–¡Ralph! – gritó, aterrorizado, pues lo que el joven sacerdote se proponía hacer, constituía un pecado horrible contra la Humanidad y contra el Espíritu Santo: un suicidio. Arrancándole la pistola de la mano, Paul le tiró al suelo, le abofeteó y le maldijo.
Ralph no dijo nada. Apenas parecía darse cuenta de lo que había sucedido, pero Paul no le devolvió la pistola. Y, cuando el queche atracó y los hermanos desembarcaron, ambos se movían como ancianos abrumados por la carga de secretos demasiado terribles para compartirlos. No podían contar a su madre la penosa escena con Meg Shipton, pues eso le acongojaría, ni podían compartir el incidente con Henry, pues tampoco él había sido informado jamás de la ascendencia de Ralph. Lo único que podían hacer era enseñar el documento que exculpaba a Turlock, y cuando Henry sugirió que lo llevaran a las marismas como prueba de su voluntad de ayudar al fugitivo, no pudieron manifestar ningún interés ni en Turlock ni en su indulto.
Fue entonces cuando el padre Steed inició los grandes años de su ministerio en la Orilla Oriental, viajando solo a las partes más peligrosas de la península, viviendo sin temor entre indios y renegados, oficiando ceremonias nupciales y bautizos en los lugares más inverosímiles y, a raros intervalos, consagrando como capilla alguna escondida habitación de una casa. Nunca habría muchos católicos en la Orilla Oriental, ésa era la religión de las ciudades del otro lado de la bahía, pero los que desafiaban las inclemencias de la selva, respetaban al padre Steed como su conciencia y su esperanza.
Las arrugas de su rostro se hicieron más profundas. Se tornó descuidado en su forma de vestir. Y, cuando se le propuso, dada su piedad, que se trasladase a St. Mary's City para atender a las familias importantes allí establecidas, pidió que se le dispensara de ello:
–Estoy a gusto en los ríos del interior -dijo, y era a lo largo de estos ríos por donde viajaba.
¿Qué tenía una marisma para fascinar de tal modo a un hombre? Cuando Timothy Turlock recibió la prueba de que ya no sería conducido a Jamestown para ser ahorcado y que su posesión de la marisma permanecería indiscutida, experimentó un resurgimiento de espíritu que nadie que conociera su historial hubiera sospechado jamás.
–¡Tcib! – gritó, cuando el queche de los Steed emprendió la marcha-. Estamos a salvo.
Danzando una jiga, cogió a sus hijos, uno debajo de cada brazo, y echó a correr hasta el lugar en que comenzaba la marisma. Señalando con su barbilla sin afeitar los cañaverales y los tortuosos canales, gritó:
–¡Nunca perderla!
En su valoración de la marisma, Turlock había avanzado algo desde los primeros días, en que la había visto simplemente como un lugar en que los animales, y también él, podían esconderse. Ahora la veía como un imperio, una extensión de considerables riquezas, poblado por animales más grandes y peces más sabrosos. No se molestaba en diferenciar los juncos y las diversas clases de diminutos e incomibles cangrejos, ni poseía los conocimientos necesarios para comprender cómo encajaban mutuamente los distintos y contrapuestos segmentos de vida, apoyando cada uno al otro; esa complicada ciencia no sería conocida en su siglo. Pero lo que sí podía comprender era que la marisma constituía una especie de Estado desde el que podía burlarse de los Steed y de cualquier otro que intentara esclavizarle sometiéndole a sus ordenadas formas de vida.
Una vez a salvo dentro de sus fronteras, él era emperador. Se había construido un pequeño bote de remos, no más impermeable que la chalupa que había ayudado a construir para Janney, y, con los pies en el agua que penetraba por las rendijas, le gustaba recorrer las ocultas vías de agua que dividían la marisma en principados; según avanzaba desde un cerro a otro, iba viendo especies mayores. – Abundaban los ciervos, y se abstenía de disparar contra ellos dentro de la marisma, como si reconociese el derecho de los animales a encontrar allí asilo, lo mismo que él; cuando disparaba contra un ciervo, lo hacía tierra adentro, entre los árboles. Acabó familiarizándose también con las ratas de agua, y observaba dónde construían sus cónicas madrigueras.
Le gustaba especialmente la tortuga de brillantes colores; no era tan sabrosa como el emido que cogía siempre que podía, y quizás era esta inutilidad lo que le hacía sentir un especial afecto hacia el lento animal, pues sospechaba que tampoco él servía para nada. Le gustaban los cantos de las ranas, y reía cuando sus hijos aseguraban que los ruidos que emitían debían de proceder de alguna gran ave.
–Ranas -les decía, y hasta que no hubo atrapado varias y les hubo mostrado cómo aquellas húmedas criaturas emitían su provocador sonido, los chicos no le creyeron.
Experimentaba una especial identificación con el águila blanca, que llegaba para coger peces de la forma en que él se acercaba a robar; era un ave bella, fogosa y decidida, y, a veces, cuando la veía pasar rozando las puntas de las hierbas de la marisma, pensaba que le gustaría ser como ella.
–¡Oh! – les decía a los hijos-. ¡Mirad cómo se lanza!
Y se sentía complacido siempre que el águila blanca remontaba el vuelo con un pez agitándose en el pico.
Rara vez veía los animales pequeños que mantenían viable la marisma, y no comprendía su relación con las hierbas. Caracoles y medusas no le interesaban, pero había una criatura que nunca dejaba de excitar su imaginación: el gran ganso que llegaba en octubre, llenando el cielo y dominando las corrientes. Constituía el símbolo de la grandeza de la marisma, la promesa de su munificencia.
Cuando los días de verano se empezaban a acortar, decía a sus hijos: «Ya pronto», y todas las mañanas comprobaba el viento y podía adivinar, con dos días de antelación, cuándo llegarían los grandes pájaros, discutiendo sobre el lugar en que posarse con roncas voces que llenaban el aire, y cuando, finalmente, acordaban quedarse en su marisma, él echaba a correr como si quisiera abrazarles, pues compartían con él aquel refugio, y, al igual que los ciervos, se hallaban a salvo de su escopeta mientras permaneciesen allí.
Una vez, emocionado ante el regreso de las aves, levantó los brazos hacia el cielo mientras llegaban.
–¿Dónde estabais? – gritó, pero fueron los chicos quienes le oyeron, no los gansos, y le turbó que le hubieran visto ponerse en ridículo de aquella manera.
Saltó a su bote y remó furiosamente hacia las remotas vías de agua donde florecían los gatos de nueve colas, y allí encontraba alimentándose a los recien llegados, y se pasaba todo el fresco día mirándolos.
En aquellos años, y durante bastantes más en el futuro, solamente había dos poblados en toda la cuenca de Chesapeake, y aun ésos suministraban servicios más gubernamentales que económicos. Jamestown funcionaba como capital de Virginia y St. Mary's City de Maryland, pero cuando se fundaron poblaciones más importantes -Williamsburg y Annapolis-, los poblados originarios se desvanecieron prácticamente, demostrando que nunca habían desempeñado una función comercial.
La situación era más acusada aún en la Orilla Oriental en la que no habría ninguna ciudad ni pueblo hasta finales del siglo; incluso asentamientos famosos como Oxford, Cambridge y Easton, no surgirían hasta mucho más tarde, lo cual era comprensible, pues los pioneros se establecían sólo en las puntas de las innumerables penínsulas. Como los granjeros que ocupaban esos cabos eran en gran medida autosuficientes, no sentían la necesidad de un centro comercial, ni habrían podido llegar por tierra hasta él si hubiera existido, pues era imposible enlazar con caminos las diferentes penínsulas, ya que habrían tenido que atravesar pantanos, espesos bosques y anchos arroyos. Cada familia vivía de sus propios recursos.
Pero dondequiera que los hombres se congregan, empiezan a formarse misteriosamente ciudades, y ya en 1650 se sembraron las primeras semillas de una comunidad a orillas del Choptank. Cazadores y otros nómadas continuaban apreciando las facilidades que encontraban en las ruinas del poblado indio de Patamoke, donde el espléndido puerto proporcionaba acceso a la bahía y protección frente a las tormentas. A veces, su emplazamiento permanecía ocupado durante cuatro años seguidos, y luego quedaba desierto durante tres. Había años en que sólo se detenía en él algún casual cazador de gansos, pero a todo lo largo de la Costa Oriental se le conocía como lugar en que, en caso de necesidad, cualquiera podría encontrar pan o unas onzas de pólvora.
Los Steed observaban atentamente lo que sucedía en el antiguo emplazamiento indio, pues, como buenos comerciantes, sospechaban que algún día podría desarrollarse allí un importante tráfico comercial y se proponían controlarlo. Henry Steed navegó por dos veces hasta su puerto para averiguar si se daban las condiciones adecuadas para abrir alguna especie de puesto comercial, y comprendió que a las personas que fijaban su residencia en las distintas penínsulas les resultaría más cómodo acudir a algún punto central, que recorrer todo el camino que les separaba de la isla Devon.
–Por el momento no hay gente suficiente como para justificar un puesto -dijo a sus hermanos-, pero pronto la habrá.
Lo que hizo, en vez de abrir un almacén, demostró su agudeza:
–Paul, debes cruzar la bahía y hablar con el gobernador.
Y cuando las conversaciones concluyeron, los Steed tenían en su poder documentos que les daban derecho sobre el puerto y las espaciosas tierras circundantes.
–Ahora -dijo Henry a la familia-, si se desarrolla algo, nos encontraremos en una excelente posición.
Pero por mucho que se ampliaran las posesiones de los Steed, Mrs. Steed no podía descansar tranquila. En 1638 había rechazado la pretensión de Simón Janney sobre los campos septentrionales, pero no la había eliminado legalmente, y ahora advirtió a sus hijos:
–Llegad a un acuerdo con Janney, antes de que se entere de que estamos prosperando.
Así, pues, Henry y Paul se fueron nuevamente en el queche a Jamestown, llevando consigo un notable cargamento. El dinero en metálico seguía escaseando mucho, y nadie podía recordar cuándo habían circulado monedas por el Choptank, y ello por la buena razón de que Henry Steed había ido guardando todas las que llegaban a su poder. Había acumulado en secreto un montón de monedas españolas y francesas, así como unos cuantos chelines, y esto era lo que se proponía utilizar como señuelo con Janney.
Cuando llegaron a Jamestown, fueron informados de que el pequeño campesino seguía ocupando su miserable granja río arriba, por lo que dirigieron el queche hasta su muelle, pero éste se hallaba en tan malas condiciones que no se atrevieron a amarrar allí la embarcación. Dejando el queche anclado en el río, remaron hasta la orilla y fueron a la choza en que vivían Janney, su desdentada esposa y desnutrida hija. Al ver el estado en que se encontraban, pensó: «La mención de monedas contantes y sonantes acelerará esta negociación.» Pero Janney demostró ser un astuto comerciante.
–Yo debería conocer los campos, puesto que son míos.
–Están ocupados en nombre de mi padre.
–El uso da la propiedad.
–Puede que haya algo de cierto en lo que dices.
–Especialmente si lo tengo por escrito.
–¿Lo tienes? – preguntó cautelosamente Henry.
–Cartas -respondió Janney, mirando a su mujer en busca de confirmación.
–Las cartas no prueban nada -dijo Henry-. Ya sabes que conozco las leyes.
–Entonces sabrás qué es un contrato -replicó Janney.
Continuaron así durante media hora, hasta que Paul empezó a impacientarse.
–No creo que Mr. Janney tenga ninguna prueba -dijo con tono terminante.
–Pero Henry, sí. ¿Verdad, Henry?
–Opino que tienes algún vago derecho -admitió Henry-. Difícil de demostrar, pero quizá lo bastante como para crearnos dificultades en un tribunal.
–Especialmente en un tribunal de Virginia.
–Propongo que renuncies a ese derecho. Ahora.
–¿A cambio de qué? – preguntó Janney.
–Dinero. Una importante cantidad de monedas.
Había recalcado el hecho de las monedas para impresionar a Janney con la posibilidad de hacerse con dinero auténtico, pero no estaba preparado para lo que Janney hizo a continuación. El astuto granjero consultó visualmente con su mujer y su hija; éstas asintieron con un gesto, y, levantando una tabla del suelo, sacó del interior una gran vasija de barro, de la que echó sobre la mesa de madera un montón de monedas europeas más de dos veces lo que había reunido Henry Steed. Mientras acariciaba las monedas, amorosamente y con orgullo, dijo:
–Hace años que tenemos intención de comprar terrenos junto al Rappahannock. Bien, si de veras quieres aclarar tu título, y así debe de ser…
Hizo tintinear sus monedas.
–¿Cuánto quieres? – preguntó fríamente Henry.
–La cuestión es que yo firme tus papeles, ¿no?
–En parte.
–Firmaré, y mi mujer pondrá su marca, y mi hija Jennifer firmará. Quedarás libre de nosotros para siempre… -titubeó, y todos contuvieron la respiración-, si añades una importante cantidad de monedas a las nuestras.
Sin vacilar, Henry Steed cogió su bolsa por un ángulo del fondo y la vació sobre la mesa.
–Creo que es importante.
–Yo también -admitió Janney, y se firmó la renuncia.
En el viaje de regreso, Paul dijo admirativamente:
–Te has comportado con mucha audacia.
–No lo creas; llevaba la mitad de nuestras monedas cosidas en la cintura del pantalón -replicó Henry.
Luego se tornó reflexivo.
–Lo importante es que nuestros títulos son ahora impecables, y debemos conservarlos así, Paul. Nada de hipotecas ni préstamos; sobre todo, querido hermano, nada de pedirle un préstamo a Fithian. Prométeme que nunca encargarás en Londres nada que no puedas pagar. Marcus Fithian es el hombre más honrado que conozco. Yo le confío a él cada hoja de tabaco, y él me rinde cuentas honradamente, pero, por amor de Dios, nunca te endeudes con él.
Había conocido a Fithian en los colegios de abogados de Londres; el inglés era un año mayor que él y muchos años más sensato. Descendiente de una familia que siempre se había especializado en financiar el comercio, sus antepasados habían conocido a los Fugger y a los Medici, y rara vez habían sido vencidos por ninguno de los dos. Los jóvenes se habían conocido en 1636, y durante cinco meses, el joven Fithian se había informado por Henry acerca de las colonias; le agradó saber que Henry se había detenido en Boston, de paso para Londres, y había observado por sí mismo la prosperidad de aquella ciudad, pero Henry no dejaba de repetir: «Las verdaderas fortunas se amasarán a lo largo de los ríos de Virginia.» Para comprobar esta tesis, Fithian había realizado un tedioso viaje en un barco tabaquero al York y al Potomac y había visto en seguida las posibilidades de una asociación industrial que beneficiaría tanto al remoto plantador de las colonias, como al comisionista de Londres.
Nunca fue avaro, pero cuatro grandes plantaciones habían caído ya en sus manos, porque sus indisciplinados propietarios pedían se les enviase de Londres más cosas de las que podían pagar con el tabaco que mandaban desde Virginia. Fithian no hacía nada delictivo, ni tan siquiera sospechoso; se limitaba a cumplimentar pedidos y llevar meticulosos balances, y, cuando aquéllos hacían que éstos arrojasen saldo deudor, iniciaba la expropiación. Nunca intentó dirigir por sí mismo una plantación; sabía que carecía de aptitudes para tan absorbente tarea: «Nunca sabría el valor de un solo esclavo, ni el de un campo de hierba en sazón.»
Lo que hacía, una vez adquirida la propiedad, era enviar a las colonias un agente con la misión de buscar el mejor granjero disponible y venderle la tierra con una gran rebaja, encargándose de llevarle las cuentas durante los cincuenta años siguientes. En cumplimiento de este propósito, escribió en 1651 a su amigo Henry Steed:
Mi primo Lennox ha pasado tres semanas en tus ríos y me dice que el granjero Simón Janney es trabajador, digno de confianza y excepcionalmente bien informado de todo lo referente al tabaco. ¿Estás de acuerdo? He entrado recientemente en posesión de una gran plantación situada en la orilla izquierda del Rappahannock que, según me asegura Lennox, es susceptible de cultivo, si pasa a manos de la persona adecuada. He pensado vendérsela a Janney a precio muy inferior al que predomina en el mercado con la esperanza de que pueda establecerse. Te ruego que me des tu opinión por medio del capitán de este barco. ¿Puede pagar una suma razonable? ¿Pagará? ¿Puede obtener beneficios de la tierra?
A cada una de esas preguntas Steed respondió afirmativamente, diciendo al mismo tiempo a Paul:
–Por lo que se refiere a la tierra, Simón Janney es casi tan digno de confianza como un Steed.
Y estaba seguro de que la plantación de Rappahannock pasaba a buenas manos.
Pero volvía repetidamente a su tesis fundamental, que predicaba a su madre y a sus hermanos: «Nunca pidáis prestado nada a Londres.» En todos los demás aspectos confiaba en su socio invisible: éste les enviaba telas de Flandes, o cristal de Bohemia, o libros de Londres. Disponía lo necesario para su transporte, mantenía sus créditos en los Bancos más adecuados y sabía de sus negocios más que ellos mismos. Él era el invitado ausente de sus fiestas, y la persona en quien más confiaban de todas cuantas conocían. Trabajaban y comían a orillas de un río de la Orilla Oriental, pero espiritualmente vivían en Londres, gracias al sentido de la responsabilidad y a la integridad de Marcus Fithian.
Había otros problemas que no se podían evitar. Los indios nanticokes se habían comportado prudentemente cuando los primeros blancos invadieron sus antiguos territorios, y se habían retirado, permitiendo que los invasores eligieran lugares a lo largo de los ríos meridionales, y no había habido batallas. Pero cuando nuevos invasores siguieron cruzando la bahía y empujándoles más y más corriente arriba de los ríos para apropiarse de excelentes terrenos de caza, la presión se tornó insoportable.
Siete pequeñas escaramuzas echaron a perder las relaciones en aquellos años, y habría habido más si los nanticokes hubieran conseguido persuadir a los choptanks para que se unieran a ellos. En varias ocasiones fueron despachados emisarios hacia el Norte con la propuesta de que los choptanks cayeran sobre Patamoke y los eliminaran, pero los pacíficos choptanks se negaban: «No somos un pueblo guerrero. Nosotros vivimos en paz con nuestros blancos.» Y ningún argumento podía inducirles a atacar.
Esto no deparó a los choptanks ningún mérito ante los blancos; un indio era un indio; y cuando la auténtica batalla estalló en territorio nanticoke, los colonos blancos establecidos a lo largo del Choptank dieron por supuesto que ellos serían los siguientes objetivos; anticipándose a los acontecimientos, empezaron a disparar contra todo indio que veían. Les alentaba a ello el duro edicto promulgado por el gobernador:
Aviso a todos los ciudadanos. Los indios nanticokes han sido declarados enemigos de este palatinado, y, en consecuencia, todas las personas deben actuar contra ellos de todas las formas posibles.
Como resultado de esta invitación a la violencia, surgió una esporádica guerra, en la que los blancos rechazaban a cualquier indio que tratara de establecer contacto con cualquier asentamiento; los desconcertados choptanks llegaban por el río para garantizar la paz, y, antes de que pudiera desembarcar, caían sobre ellos el fuego graneado de los blancos y se retiraban en absoluta confusión. En una de esas ocasiones resultó muerto el hijo mayor de Tciblento -un indio de pura raza-, y, cuando varios mensajeros fueron a la cabaña de Turlock para informarle de lo sucedido, ella les recibió con indiferencia:
–Hatsawap ha sido muerto por los blancos.
–¿Qué había hecho?
–Nada. Iban a hablar de paz.
Ella no reaccionó ante esta triste noticia y continuó balanceándose de un lado a otro sobre las nalgas.
–Tciblento -dijeron los mensajeros-, debes hablar con los otros blancos. Nosotros no estamos en guerra con ellos.
–Pero ellos están en guerra con nosotros -respondió Tciblento.
Permanecieron hablando largo tiempo, recordando días mejores, y cuando Turlock regresó de cazar en la marisma, hosco y sucio, y quiso saber por qué estaban allí los choptanks, uno de ellos dijo:
–El hijo de Tciblento ha sido muerto por un blanco.
–Todos serán muertos -repuso él, y Tciblento asintió con la cabeza. Luego les preparó un mapache para cenar y se marcharon.
La guerra en el bosque no amainó, pues los nantikokes no estaban dispuestos a permitir que los hombres blancos les expulsaran. Adquirieron gran habilidad en tender emboscadas e hicieron sumamente difícil la vida río arriba, por lo que, en diciembre de 1652, el Gobierno dictó las famosas y draconianas órdenes que condujeron a su eliminación como fuerza combatiente:
Los nanticokes y sus aliados constituyen un peligro para esta colonia, y deben ser castigados. Declaradles la guerra con toda la fuerza que tengáis. Venced, destruid, saquead, matad o tomad prisioneros. Haced todas estas cosas a todos o cualquiera de los citados indios con los que os encontréis. Matadlos o capturadlos vivos, según gustéis. No debe haber tregua.
Los cazadores que se apiñaban en Patamoke tuvieron entonces sus días de gloria. Se escondían tras los árboles que dominaban las pistas más frecuentadas y, en cuanto aparecía un indio, hombre o mujer, disparaban. Los bosques se enrojecieron con la sangre de los indios, y el fuego consumió poblados enteros que no habían conocido jamás ninguna guerra.
La matanza fue especialmente intensa entre los confusos choptanks, que no habían dado el menor motivo para semejante derramamiento de sangre. En toda la historia de la nación choptank, ningún indio había matado jamás, ni mataría, a un hombre blanco, y, sin embargo, ahora eran cazados como ardillas. El segundo hijo indio de Tciblento, el alto Ponasque, sabio como su abuelo, y un compañero, subieron a su canoa y bogaron río abajo para pedir cordura; pero, al pasar ante la punta este de Patamoke, tres cazadores los divisaron. Apuntaron cuidadosamente a los jóvenes, que no podían realizar ninguna acción evasiva, ni protegerse de ninguna manera, y empezaron a disparar.
La primera descarga quedó corta, y el jefe de los cazadores exclamó:
–¡Más alto!
Apuntaron más alto, y ahora dispararon por encima de la canoa.
–¡Un poco más bajo!
Y la tercera perdigonada alcanzó al indio que iba en la proa, el cual cayó de lado.
Dos de los cazadores lanzaron gritos de júbilo, pero su jefe advirtió:
–¡Es una treta! ¡Disparadle otra vez!
Los cazadores continuaron disparando hasta que cayó también Ponasque, y la canoa quedó tan acribillada, que se hundió con los dos cadáveres.
Ahora, uno de los caciques atravesó los bosques para hablar con Turlock, y, después de haber informado a Tciblento de la muerte de su otro hijo, noticia ante la cual ella permaneció tan impasible como antes, el indio se volvió hacia Turlock y preguntó:
–¿Qué debemos hacer?
–Permanecer escondidos. Yo guardo Tcib.
–Moriremos de hambre.
–Quizá… Tcib… también.
–¿Cuánto durará esta persecución?
–Años. Luego… cansados.
–Turlock, déjanos ir a la ciudad para demostrar nuestros deseos de paz.
–Os… matarán. A mí también.
–Tú conoces sus costumbres, Turlock. ¿Qué podemos hacer?
–Nada.
Y tenía razón. En aquellos terribles años de eliminación, nada que los choptanks hubieran podido hacer habría convencido a los blancos de que ellos eran diferentes. Había comenzado la pugna por la posesión de tierras, y esto situaba a los indios frente a las ambiciones y destinos de los recién llegados, y nunca pudo lograrse ninguna clase de tregua.
Los pequeños indios se movían por el bosque en busca de ciervos, pero ellos mismos acababan convirtiéndose en objetivos. Los niños salían a jugar -ningún castigo podía impedirles que lo hicieran- y se convertían en víctimas de una caza mortal. El júbilo de los cazadores blancos era tan grande cuando abatían a un niño de siete años como cuando eliminaban a una mujer de setenta, y el perímetro fue estrechándose cada vez más, hasta que los supervivientes se acurrucaron en sus chozas, como Tciblento se había acurrucado en la suya.
En 1660, cuando tenía cincuenta y dos años, Timothy Turlock tuvo conocimiento de algo que le hizo los últimos años de su vida mucho más gratos que los anteriores. La vida en las marismas nunca era fácil; cierto que siempre había alimentos, pero si necesitaba aun la más insignificante herramienta, le resultaba casi imposible adquirir los bienes necesarios para realizar el cambio. Nunca veía monedas; durante un período de nueve años no había tenido en su poder dinero alguno, salvo la vez que robó una olla en cuyo interior había un chelín. Así, pues, a lo largo de los años había robado una sorprendente diversidad de objetos. Siempre que se aproximaba a una plantación sus ojos de halcón giraban en torno identificando cosas de las que podría apropiarse en una visita posterior, y un magistrado dijo de él una vez: «Si Tim Turlock fuese camino del patíbulo, sus brillantes ojillos estarían localizando cosas que robar a la vuelta.»
Milagrosamente, sustentaba a su pequeña familia mediante subterfugios que exigían más esfuerzo que si se hubiera dedicado a un trabajo honrado, y, de pronto, su suerte cambió. Las guerras indias, sin alcanzar nunca una magnitud comparable a las de la orilla occidental, constituían, sin embargo, un asunto enojoso, y los cazadores pasaban tanto tiempo disparando contra los indios, que olvidaron la verdadera amenaza que iba llegando sigilosamente del Norte: los lobos invadieron la península, y se ofreció una recompensa por su exterminio.
Los comisionados del condado entregarán por cada lobo muerto raciones de pólvora y perdigones, así como cien libras de tabaco. Para acreditar la muerte será preciso presentar la zarpa derecha y la quijada de la fiera.
Con un incentivo así, Turlock podía poner en acción todos sus poderes, y recorrió los bosques al Norte y al Sur, sembrando la destrucción entre los salvajes predadores. Adquirió tal maestría en seguirles la pista y tal precisión al disparar contra ellos, que los ciudadanos, que sentían más seguros sus ganados cuando él se encontraba por los alrededores, decían: «Turlock consigue lo que otros no logran, porque vive como un lobo y piensa también como un lobo.»
Lo que ignoraban era que el astuto Timothy Turlock había ideado, en combinación con sus dos hijos gemelos, un plan destinado a volver en su favor la nueva ley.
–Stuby bueno en los bosques -había dicho admirativamente el padre al comienzo de la reunión, y tenía razón. Stuby, así llamado porque un cazador de Patamoke había dicho: «Ese chico parece completamente estúpido», se había convertido a sus trece años en un gran conocedor del bosque; había heredado la astucia natural de su padre y la inclinación de su abuelo Pentaquod hacia el bosque. Amaba el profundo sosiego de aquella tierra, la forma en que los animales cruzaban por ella y el vuelo de los pájaros mientras buscaban semillas. Era mucho mejor cazador que su padre, y a menudo detectaba la presencia de lobos mientras Timothy estaba jugueteando todavía con su mosquete.
–Silencio -decía Timothy, como un mariscal de campo en miniatura, pero Stuby se limitaba a señalar hacia el lugar en que ya había localizado al lobo, y, cuando disparaban, era su escopeta la que mataba al animal.
–Stuby queda bosque -dijo Turlock-. Charley vigila ciudad.
Los chicos no entendieron su plan, pero cuando sus ojillos se entornaron hasta quedar convertidos en estrechas rendijas y su sonrisa dejó al descubierto los ennegrecidos dientes, se dieron cuenta de que estaba fraguando alguna buena idea.
–Charley encuentra dónde entierran lobos.
¡Y entonces Charley comprendió! Con una sonrisa tan malévola como la de su padre, dijo:
–Noche, yo desentierro zarpas… quijadas.
Y cuando lo dijo, los tres Turlock rieron entre dientes, pues habían descubierto la forma de hacerse ricos: Tim y Stuby matarían lobos y entregarían los miembros necesarios para cobrar la recompensa, y tan pronto como hubieran sido enterrados, Charley iría a medianoche para desenterrarlos, y así los podrían entregar a los funcionarios una y otra vez…, después de haberles quitado la tierra procedente de los anteriores entierros. Los Turlock iban a adquirir grandes cantidades de tabaco.
En un viaje que realizaron al Norte se encontraron con que la caza era muy escasa; ni siquiera Stuby podía localizar ningún lobo, y ambos fueron alejándose más y más, lo cual no les preocupaba, porque se alimentaban de los productos de la tierra y dormían allá donde les sorprendía el crepúsculo: una cuantas ramas de pino, una hoguera en un hoyo y, por la mañana, un chapoteo de agua fría en la cara. Pero un día, al despertar, Stuby advirtió a su padre:
–Más allá, casas quizá.
Hablaba en una curiosa amalgama de choptank, gestos y cortas palabras inglesas, pero nunca tenía dificultades para hacerse entender; los cazadores que le habían tachado de estúpido habían confundido la reserva con la ignorancia.
Cuando hubieron avanzado varias millas sin encontrar lobos, llegaron a las proximidades de un grupo de casas construidas veinte años antes por inmigrantes suecos, cuando esa nación se esforzaba por poner pie en el Nuevo Mundo. Los Turlock, recelosos por naturaleza, permanecieron varias horas observando el asentamiento y vieron que hombres y mujeres corrientes parecían estar llevando a cabo tareas totalmente corrientes también, por lo que, hacia el mediodía, salieron del bosque, cruzaron una extensión de tierra recién arada y empezaron a dar gritos de saludo.
Numerosas personas salieron corriendo de las casas, y, al poco rato, los Turlock se vieron rodeados de robustos granjeros y sus esposas, hablando todos en un idioma que Turlock no había oído nunca. Finalmente, se encontró a un chico que había navegado en un barco inglés, un muchacho rubio de la misma edad, aproximadamente, que Stuby y que ardía en deseos de hablar.
–Somos holandeses. De Nueva Holanda. Y hemos echado de aquí a los suecos.
–¿Qué son suecos?
Cuando la pregunta fue traducida, los granjeros rieron entre dientes, y un hombre empujó hacia delante a una muchacha de fuertes piernas y el pelo más rubio que Timothy había visto jamás.
–Es una sueca -dijo el chico, y el barbudo y sucio Turlock dirigió una sonrisa a la joven.
Permanecieron seis días en el asentamiento holandés, acosando a preguntas al intérprete, y, por alguna razón que el joven Stuby no podía analizar, su padre presentaba constantemente la situación de Patamoke mejor de lo que realmente era, y su casa como algo muy superior a la choza en que vivían, pero cuando llegó el momento de partir, el muchacho comprendió cuál había sido el plan. En el bosque, esperándoles en el camino que habían de seguir para regresar al Choptank, se hallaba Birgitta, la muchacha sueca, que, con expresivas señas, indicó que, si bien la vida de una criada en el asentamiento sueco había sido dura, con los holandeses había sido un auténtico infierno. Al adentrarse los tres en el bosque, ella se volvió para mirar por última vez su prisión, hizo un gesto obsceno y lanzó lo que Stuby supuso se trataba de un torrente de maldiciones suecas.
Caminaban con rapidez por miedo a que los holandeses intentaran recuperar su propiedad, y las dos primeras noches cayeron rendidos de puro cansancio, pero al tercer día consideraron que se hallaban ya fuera de peligro y redujeron el ritmo de su marcha, mientras Stuby se mantenía atento por si podía cazar algún lobo, sin que su padre manifestase mucho interés al respecto. Aquella noche, Timothy sugirió que Stuby preparase su refugio para la noche, esperando hasta que el muchacho hubo terminado, y luego eligió un lugar muy apartado para el colgadizo de ramas de pino bajo el que dormirían él y Birgitta.
La distancia no era demasiado grande; durante toda la noche, Stuby oyó extraños sonidos y tumultuosas risas, y, entremezcladas, palabras en choptank y sueco, y cuando despuntó el día, los tres haraganearon por el bosque. Por segunda vez en su vida, Tim Turlock se había ganado el afecto de una mujer sin haberla cortejado y sin conocer ni una docena de palabras de su idioma. Podía hacerlo porque existía a un nivel primitivo en una sociedad primitiva en la que los actos eran más expresivos que las palabras; sus potencialidades animales se manifestaban en una docena de mudas señas, y dos mujeres se habían mostrado dispuestas a confiar sus vidas a su capacidad para sobrevivir.
Durante el camino de regreso hacia el Sur, la muchacha sueca y él se hicieron grandes amigos; se divertían mucho juntos, día y noche, y, pese a la diferencia de edad, pues ella no era mucho mayor que los hijos de Timothy, Stuby comprendió que tenían intención de vivir juntos. Por eso, no le sorprendió lo que ocurrió cuando llegaron a la marisma. Su padre avanzó decididamente hacia la choza, golpeó la puerta y gritó:
–Tcib, sal.
La alta mujer india, pulcra y aseada aun en sus harapos, salió desconcertada a la puerta, vio a Ja muchacha sueca y comprendió. Tardó menos de diez minutos en recoger sus pobres pertenencias y, sin ninguna recriminación perceptible, salió. Ya no se la necesitaba; ya no tenía un hogar.
Charley decidió ir con ella, y, cuando su madre empezó a adentrarse en el bosque, exclamó:
–¡No! Esa canoa es nuestra.
Y amenazó con saltarle la tapa de los sesos a su padre si formulaba alguna objeción. Con aire desafiante, remó a lo largo del río hasta Patamoke, donde ella iría pasando de cazador en cazador.
Stuby nunca vaciló; se quedaría con su padre y cazaría lobos, y, los días, cada vez más frecuentes, en que Turlock prefería quedarse en casa retozando con Birgitta, él salía a cazar solo y lo hacía mejor que cuando su padre le estorbaba. Pero ya no estaba Charley para desenterrar los símbolos y revenderlos, por lo que el propio Turlock tenía que salir de noche y merodear por los vertederos recuperando zarpas y quijadas.
Es fácil reconstruir la historia de Timothy Turlock durante estos años, dada la turbadora frecuencia con que su nombre aparece en las actas judiciales de su época. La opinión del juez de Londres en el sentido de que Turlock era un hurón quedó confirmada durante estos años. El habitante de la marisma, de cincuenta y tantos años, era menudo, rápido, astuto, sucio de ropas y de costumbres, frecuentador de pantanos, invasor de propiedades ajenas. No era sorprendente que se le acusara tan a menudo de robar objetos de poca importancia, pues Turlock era incapaz de pasar ante un objeto susceptible de ser utilizado sin apropiárselo, pero constituía un misterio el hecho de que hubiera logrado también el afecto de Tciblento y Birgitta. Uno habría pensado que este repulsivo y desdentado hombrecillo sería el último en cualquier proceso de selección amatoria; quizá su astuta insistencia explicaba el misterio, o tal vez el hecho de que deseaba ardientemente a las mujeres y dejaba que ellas lo percibiesen. En cualquier caso, su presencia constituía una ofensa para los buenos cristianos y una constante espina en el costado del tribunal.
Como demuestran las actas que se conservan en los archivos, fue frecuentemente multado, y a menudo azotado, pero este último castigo constituía una prueba más dura para la comunidad que para el propio Turlock, pues en el momento en que era conducido de la cárcel al poste, empezaba a lanzar tales lamentos y gritos de dolor, que el espectáculo resultaba sumamente desagradable, y, como los jueces sabían que los latigazos no surtirían ningún efecto en él, se mostraban reacios a condenar a la comunidad a semejante trago.
–Hubiéramos debido ahorcarle en la primera sesión -dijo uno de los comisionados después de un juicio en el que se le acusaba de haber matado a un habitante de la ciudad que había entrado a su marisma siguiendo la pista de un ciervo.
Pero otros consideraban que su existencia estaba justificada porque mataba una extraordinaria cantidad de lobos:
–Como un ave de carroña, ayuda a eliminar la basura de esta ciudad.
Así, pues, Turlock prosiguió su camino, curioso hombrecillo que había engendrado seis bastardos: dos con Tciblento, uno con Birgitta y tres con otras tantas muchachas que habían sido públicamente azotadas por sus transgresiones. Estos seis fueron el comienzo de la tremenda horda de Turlocks que poblarían la Orilla Oriental, cada uno de ellos con importantes características de Timothy: amarían la tierra; querrían vivir junto al agua; desarrollarían una especie de relación de amistad con pájaros, peces y animales terrestres; hasta la sexta generación ninguno sabría leer ni firmar, y todos abominarían de formalismos tales como pagar impuestos o casarse.
Y, sin embargo, a veces incluso eso sucedió. Turlock tuvo la desfachatez de entrar en el tribunal de Patamoke y afirmar que había comprado la escritura de Birgitta a los holandeses, y cuando tanto ella como Stuby lo confirmaron, los magistrados tuvieron que extender documentos acreditativos de que él poseía su servicio para siete años; pero cuando la muchacha quedó embarazada, en realidad no llegó a ser azotada; gimiendo y sollozando, Turlock se presentó en el tribunal ofreciéndose a casarse con ella si se le perdonaban los latigazos, y los jueces permitieron de mala gana que se celebrara la boda. Fue una ceremonia extraña: asistieron Charley y Stuby, así como su media hermana Flora y Tciblento, que permaneció todo el tiempo mirando al suelo.
Llevaba ésta una vida extraña; de sesenta y ocho años, alta y majestuosa como siempre, pero, evidentemente, sus buenos tiempos habían pasado. Ya no llevaba el suavemente curtido vestido de piel de ciervo, ni el ribete de visón, ni el collar de plateadas conchas. Vivía con extranjeros más allá de los límites del puerto; su único amigo era Charley, un muchacho resentido y difícil que odiaba a los blancos, pero se esforzaba en ser como ellos. Solía comparecer con frecuencia ante el tribunal.
Un día en que su madre se hallaba cuidando la casa de dos cazadores, él se internó en el bosque para cazar un ciervo, y, al regreso, vestido de andrajos similares a los que llevaban los choptanks, uno de los mismos cazadores con los que vivía su madre disparó contra él, creyendo que era un indio. La bala le penetró en el hombro izquierdo, pero no le derribó; conteniéndose la sangre con un trapo sucio, se dirigió a casa, pero se desmayó antes de llegar a la cabaña. Tciblento le cuidó sin derramar una sola lágrima. El cazador se justificó: «Parecía un indio», excusa a la que ella no respondió.
Durante aquellos años veía con poca frecuencia a Stuby; éste permanecía con su padre, explorando las marismas y convirtiéndose en una gran autoridad sobre la vida a lo largo de las aguas. Se había construido ya una canoa con un tronco ahuecado, y estaba empezando a construir otra; pasaba en el río más tiempo que en tierra, pues aunque tenía que vivir en el bosque para matar ciervos que le servían de alimento y lobos de los que obtenía beneficios, vivía en el agua porque la amaba. A veces permanecía ausente durante varios días, explorando los ríos hacia el Norte, y, si su padre había sido el primer hombre blanco que había apreciado las maravillas de aquella región, Stuby se convirtió en el primero, indio o blanco, en conocer lugares concretos, las espléndidas penínsulas que se internaban como dedos en las grises aguas, las plácidas ensenadas que se ocultaban tras ellas.
A los veintitrés años, Stuby se había entregado al río y a la bahía; formaban su imperio, y en sus amplios senos siempre se sentiría como en su casa. Vivía conforme a las mareas, y a la salida de la luna llena, y a la llegada y la partida de las aves acuáticas. Sabía en qué lugares de las barras arenosas se situaban las ostras para protegerse y cómo se movían los cangrejos de un lado a otro de la bahía. Conocía el emplazamiento de cada banco de arena y la sinuosa entrada a cada estero. Aparejaba sus propias velas y sabía cuándo arriarlas en una tormenta, y tenía tan exquisita sensibilidad para las embarcaciones, que se daba cuenta al instante cuando una de ellas empezaba a derivar de lado o acercarse a un banco de arena oculto. Era un hombre de agua, el primero de su casta, un pez sin agallas, un ave de la marisma sin plumón.
Un insólito hombre llamado James Lamb figuraba en muchas de las detenciones de Timothy Turlock. De cuarenta y un años cuando apareció en la cubierta de un barco procedente de Bristol, había cruzado Inglaterra a pie para evitar ser detenido en Londres y había llegado al Nuevo Mundo como hombre libre que huía voluntariamente de un hogar confortable a causa de una iluminación que había alterado su vida. Había oído a un predicador itinerante, un tal George Fox, cuáquero, explicar las sencillas características de una nueva fe, y había sido convencido.
Era un hombre sencillo, y su esposa Prudence era menos presuntuosa aún que él. En el muelle de Jamestown había comprado la escritura de una criada llamada Nancy, una muchacha que les había proporcionado innumerables complicaciones con su propensión a permitir que jóvenes agradables, y algunos ni agradables ni jóvenes, se metieran en su cama. La muchacha era llevada ante el tribunal, humillada, azotada, en el poste público y advertida por los comisionados de que podría incluso ser encarcelada, pero ella insistía en su libidinosa conducta. Un ama normal la habría expulsado, pero Prudence Lamb no podía hacerlo. «Está a nuestro cargo», decía a su marido, e, hiciera la ardiente muchacha lo que hiciese, Mrs. Lamb la protegía, pagaba sus multas para que pudiera librarse de los latigazos y aseguraba a su marido que algún día le entraría la sensatez a Nancy; pero cuando la joven admitió por segunda vez a Timothy Turlock en su dormitorio, los Lamb juzgaron que aquello colmaba la medida.
–No puedes volver a hablar más con él -le advirtió Mrs. Lamb, y Nancy lloriqueó:
–No hay nadie más con quien hablar -y los Lamb consideraron que era su deber encontrar a la muchacha alguna especie de compañía, y un día Mrs. Lamb propuso a Stuby Turlock como compañero adecuado, y Nancy gimió-: Lo único que le interesan son las tortugas -y, como si fuese una profetisa, seis días después se presentó Stuby en casa de los Lamb con un delicioso emido de moteada concha, un regalo, dijo, porque los Lamb no habían llevado a su padre ante el tribunal por robar una carretilla.
Birgitta, ligada a Turlock por la servidumbre y el matrimonio, contemplaba estos irregulares asuntos con el regocijado distanciamiento de una antigua diosa escandinava perpleja ante el curioso comportamiento de los contumaces mortales. Su marido era repulsivo, y nada podría cambiarle, pero ella podía esperar que un buen día fuese muerto accidentalmente de un disparo o ahorcado deliberadamente; entonces se vería libre para seguir su propio camino en aquel floreciente Nuevo Mundo. Ciertamente, era más feliz a orillas del Choptank de lo que jamás había sido como prisionera de los holandeses, y estaba comenzando a sentir auténtico cariño hacia su vivaracha hija y hacia su extraño hijastro Stuby. Comprendía al muchacho y le alentaba a que continuara sus jiras de reconocimiento de la marisma y el río. Percibiéndolo, él la invitó un día a acompañarle en una de sus exploraciones hacia el Norte, y ella, sin vacilar, cogió a Flora y subió a la canoa de troncos, pasando tres días en aquellos exquisitos arroyos que se ramificaban desde la orilla derecha del río.
–Tienes un paraíso -dijo a Stuby.
El muchacho asintió con la cabeza; no podía expresar con palabras lo que sentía hacia aquellas aguas, pero, a veces, cuando rodeaba un promontorio y veía ante sí todo un estero que se internaba tierra adentro, se le cortaba el aliento como si acabara de encontrarse con un íntimo amigo después de una larga ausencia, y amó a su rubia madrastra por comprenderlo.
Quienes mejor comprendían a los Turlock eran los Steed. Henry sabía que Timothy era un incorregible: ladrón, adúltero, embustero, gandul y una docena de características más que repugnaban a una familia decente. Le toleraba porque su madre, Martha Steed, insistía en que lo hiciese, pero eso no le impedía denunciar a la justicia los delitos cometidos por el ladronzuelo, y en ocasiones parecía que Henry tenía que acudir mensualmente al tribunal para prestar declaración. Continuamente lograba que se dictase sentencia condenando a Turlock a indemnizarle los daños, y continuamente pagaba Turlock en un tabaco tan rancio y lleno de malas hierbas, que debía ser clasificado como basura. En manera alguna podía ser enviado a Inglaterra para su venta; ello supondría destruir el buen nombre de Steed.
Paul Steed, el médico, veía un aspecto distinto de los Turlock, un aspecto funcional, como si dijéramos, pues le llamaban para atender a los niños engendrados por Timothy y ocuparse de las diversas tragedias sobrevenidas a sus mujeres e hijos. Un día subía por el sendero desde el muelle de Devon con pasos lentos y la cabeza tan baja que su madre le preguntó:
–Paul, ¿qué ocurre?
–Tciblento se está muriendo.
–¿De qué?
–Algún hombre la apaleó con un garrote.
–¡Oh, Dios mío!
–Pero ya se estaba muriendo… de nosotros.
–Paul, ¿qué quieres decir?
–Ella es la última de los auténticos choptanks, madre. Nunca hubo ninguna esperanza…
Mrs. Steed propuso que Tciblento fuese llevada a la isla, donde podría ser atendida debidamente, pero Paul respondió: Es inútil. No vivirá una semana.
–Al menos esa semana tiene que ser decente -insistió Mrs. Steed, y ordenó a los sirvientes que preparasen el queche para ir ella misma a buscar a la agonizante, pero cuando Paul y ella llegaron a la choza, encontraron a Tciblento demasiado débil para moverse. Como había dicho Paul, un cazador borracho cuya casa cuidaba le había atacado con un garrote de madera de roble y le había roto la mandíbula.
Yacía en un camastro de agujas de pino, jadeando entrecortadamente, con el rostro torcido, pero conservando intacta la grandeza de sus oscuros ojos. Al ver a Mrs. Steed, y recordar el apuesto inglés al que antaño amara y había amado siempre, se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba demasiado débil para volver la cara a un lado, pero se sentía tan avergonzada, que Mrs. Steed debió de comprender su secreto, cerró los ojos y sollozó interiormente.
–Tciblento -dijo Mrs. Steed-, vamos a llevarte a casa con nosotros.
La mujer herida hizo acopio de fuerzas para negar con la cabeza. Se quedaría allí, en la triste condición a que ella misma se había reducido.
–¿Mandamos llamar a Turlock?
La mujer volvió a negar.
–¿Stuby? ¿No te gustaría ver a Stuby?
Tciblento asintió con un gesto, y Charley fue a buscar a su hermano, pero el joven barquero se hallaba ausente explorando las ensenadas, y Charley regresó sin él, pero en compañía de Timothy.
Mrs. Steed hubiera preferido impedir el paso a aquel malvado, pero Paul dijo:
–Entra.
Turlock se acercó, cabizbajo, al lecho.
–Hola, Tcib -dijo.
Ella levantó la vista, pero le fue imposible decir nada. Volviéndose hacia el médico, Turlock preguntó:
–¿Ella…?
–No.
–Bueno, Tcib, adiós -dijo, y salió.
Ella no mostró ninguna tristeza al verle desaparecer por última vez. Todas las cosas estaban desapareciendo, como venía ocurriendo desde hacía décadas, y no era perderle a él lo que más sentía.
En aquel momento se produjo una conmoción, pues dos funcionarios estaban arrastrando a la choza al hombre que la había apaleado. Era un tipo repulsivo, no mejor que Turlock, y cuando estuvo ante la agonizante mujer de la que tanto había abusado, gimió:
–Diles que yo no lo hice, Tcibby.
Y ella le miró, y luego a sus aprensores, y dijo a éstos que no había sido aquel hombre. Uno de los funcionarios, sin dejarse engañar por sus palabras, cogió el garrote y empezó a golpearle, causándole verdadero daño, pero Paul intercedió:
–Déjele ir -dijo, quitándole el garrote, y el hombre gimió, esta vez con motivo, y desapareció en el bosque.
Era evidente que Tciblento no pasaría de aquella noche, por lo cual Paul sugirió a su madre que regresase a la isla mientras fuese aún de día, pero ella rehusó.
–No puedo dejarla morir sola.
Y permaneció junto al lecho durante toda la larga tarde, y, cuando el Sol se puso en la margen occidental de la bahía, continuaba allí, hablando a la silenciosa mujer.
–Ha habido buenos días en este río, Tciblento. Recuerdo cuando te casaste. Tuviste hijos indios, ¿verdad?
Y el vacío de los ojos de Tciblento indicó que había muerto.
No hubo apagados tambores que señalaran su tránsito. No hubo doncellas que cantaran a Pentaquod, que había salvado a su tribu, ni a las gestas de sus hijos, que no habían realizado nada. Su pueblo se halla disperso a lo largo de vastas extensiones, sin ningún werowance que les recordara los ritos tribales. Muchos yacían sin sepultura en los extraños lugares en que habían caído, y ahora también ella yacía muerta, en una choza situada a orillas de un río sobre el que en otro tiempo imperó su padre.