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martes, 27 de octubre de 2015

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domingo, 25 de octubre de 2015

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Terence H. White

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Yo, Judas (Taylor Caldwell)

Yo, Judas
Taylor Caldwell

Título Original: I Judas

Coincidiendo con el descubrimiento de los documentos que ponen en entredicho la imagen que tenemos de Judas Iscariote, se recupera este clásico de la novela histórica que presenta una perspectiva inédita sobre uno de los personajes más controvertidos de la historia universal. De entre las ruinas de la Biblioteca de Alejandría, Iberías, un monje egipcio cristiano, recupera un manuscrito milagrosamente salvado de las llamas. Escondido bajo su túnica, se lo lleva al Valle de los Reyes para leerlo lejos de miradas indiscretas. Su sorpresa no podría ser mayor: escrito en un griego muy culto, el manuscrito es el diario de Judas Iscariote. En su lectura, Iberías descubre que Judas era hijo de una familia judía y farisea, y no el pobre ladrón que todos creían que era. La pobreza de Judas era en realidad voluntaria. Según el manuscrito, se había desprendido de todas sus riquezas para seguir al Mesías. Pero ésta no es más que la primera sorpresa que Iberías se lleva con esta lectura que le revelará a un Judas bajo un punto de vista mucho más humano.

Prólogo

Cuando Justiniano, emperador romano cristiano, destruyó la famosa biblioteca de Alejandría —que contenía gran parte de la sabiduría del mundo— en el año 500 de nuestra era, pocos libros importantes sobrevivieron a la destrucción, y muy pocos pergaminos inapreciables escritos por los sabios. Así se le negaba para siempre a la humanidad el acceso a la sabiduría, erudición, ciencia, literatura, poesía, y conocimientos en general recogidos de las épocas anteriores a Cristo, y todo ello en el empeño de «preservar al cristianismo libre de contaminación de los escritos paganos». Así habló Justiniano, el nuevo converso cristiano, con virtud edificante.
Sin embargo una pequeña parte se salvó del fuego, ya fuera por accidente o por la acción de algunos prudentes que amaban la sabiduría. Entre ellos había un monje egipcio cristiano, lberias, hombre muy erudito y de una antigua familia de Alejandría. M encontrarse un manuscrito chamuscado en parte, escrito en un pergamino egipcio muy resistente, entre las ruinas de la asolada biblioteca, se lo escondió bajo la túnica y se lo llevó a su cueva en el Valle de los Reyes, lugar de enterramiento de los faraones. Allí, a la luz de las velas discretas, o de una vieja lámpara de aceite humeante, leyó el manuscrito, en un griego muy culto, con algunas notas en latín erudito, y comprendió que este libro no había sido escrito por un estudiante tosco y poco versado en la literatura, sino por un caballero de gran cultura.
Descubrió que el manuscrito era realmente el largo diario de la hégira angustiosa de un hombre a través de la vida, y que el nombre de su autor era Judas Iscariote. El autor explicaba que Judas era hijo de una familia judía y farisea, rica y poderosa, que vivía en Jerusalén pero que también poseía un pequeño palacio en Alejandría y otro en El Cairo. (Su nombre auténtico era Judas— bar-Simón. Era también hijo de Lea-bas-Ezequiel, hija de Ezequiel-bar Jacob, cuyo tío había sido miembro del Tribunal Supremo judío de Jerusalén: el Sanedrín.)
El monje Iberias quedó atónito al leer el manuscrito pues por él descubrió que Judas Iscariote no era el ladrón empobrecido que describían la tradición y los escritores a los que repugnaba su figura, sino un joven rico por derecho propio que había abandonado a su querida familia y sus riquezas para desposarse voluntariamente con la pobreza con el objeto de seguir a uno en quien él creía ver realmente al Mesías de todos los tiempos, Jeshua-bar José, un nazareno nacido en Belén de una virgen llamada Mirian-bar-Joaquín, cuya madre era una humilde Ana de Nazaret. (Más tarde Jeshua fue llamado Jesús por los romanos y Cristo por los griegos.)
Como lberias era muy prudente y temía una denuncia por hereje, y también hombre de gran erudición que desconfiaba de los ignorantes, ocultó el manuscrito cuidadosamente, pues se sentía fascinado por la terrible historia escrita en el pergamino. Con frecuencia derramaba lágrimas al meditar en ella. Sabía que nunca se atrevería a enseñar el manuscrito a sus hermanos, que creían firmemente que Judas era un ladrón y un traidor, y que había deseado ardientemente las treinta monedas de plata. (Las treinta monedas de plata eran obligatorias por parte del Sanedrín, pues su aceptación indicaba que. el traidor revelaba sus conocimientos de buena fe; el negarse a aceptar la plata aseguraba a los jueces que el traidor mentía.) De ahí que ese hecho desconcertante que figura en la Biblia (el que Judas arrojara después las treinta monedas de plata; él, que se suponía había entregado a su Señor por ambición de lucro) se explicaba en el manuscrito.
Había algunos intelectuales entre los hermanos de lberias, hombres en los que él confiaba; de modo que les permitió leer el manuscrito en secreto. En su lecho de muerte entregó los documentos a otro monje más joven y muy estimado por él, y durante siglos el manuscrito se conservó oculto en los monasterios, donde pudieron leerlo otros hombres de confianza. Así fue llevado por toda Asia, Europa y África, para que ellos lo estudiaran con reverencia, unos pocos hombres que se sentían aterrados ante los nuevos eclesiásticos arrogantes e implacables, surgidos de sociedades hacía poco paganas, y que creían que toda la sabiduría, conocimientos y escritos del pasado estaban maldecidos por Dios (y sus autores sin duda en el infierno, con todas las incontables multitudes nacidas antes de Cristo). Los verdaderamente cristianos e ilustrados vivían atemorizados por estos eclesiásticos que interpretaban el cristianismo individualmente, y de acuerdo con sus propios prejuicios, y que incluso entraban frecuentemente en conflicto con el Santo Padre, el Papa. (La historia de la Iglesia ofrece numerosos relatos de tales conflictos.)
El manuscrito llegó finalmente a manos de una célebre familia alemana, descendientes indirectos de un obispo, y éstos conservaron oculto el manuscrito por temor a su confiscación y destrucción. Cuando dicha familia alemana despertó las sospechas de los nazis, todos se vieron forzados a huir a Portugal abandonando sus posesiones, incluido el manuscrito. De todo ello se apoderaron los nazis. Pero un oficial alemán que se oponía en secreto a Hitler y que temía por su país, robó el manuscrito y lo ocultó personalmente, sabiendo que, si los nazis lo encontraban, lo destruirían como obra de un judío y, por tanto, carente de valor. El manuscrito acaba de ser dado a conocer por un miembro de esa familia alemana. Se ha traducido con todo cuidado. Que haya verdad en él, que sólo se trate de una fantasía, es algo que debe decidir el lector. Pero el hecho de que Judas bar Iscariote fuera hijo de una familia de fariseos ricos y famosos, y heredero de una fortuna, es algo que nadie puede negar.

1 - Judas

¿Cómo puede descansar un judío cuando el invasor sigue oprimiendo su tierra?
Mi corazón arde de cólera.
¿Cuánto tiempo, oh Señor, habremos de soportar esta tiranía? ¿Cuánto tiempo nos mantendrá hundidos en el polvo la mano del opresor, cuánto tiempo nos coronará de espinas? Lloro por los muertos, pero más aún por los vivos que mueren mil muertes cada día. ¿Dónde está nuestro antiguo orgullo, dónde los Josué, los David y los Macabeos que vencieron a adversarios tan odiados como Roma?
La ciudad está aterrada, pero ninguna mano se alza contra el déspota; no, ni siquiera se oye un grito, tan cobardes nos hemos vuelto. Solo se oyen murmullos entre la gente baja, los humildes campesinos y tenderos, los amaretzin, a quienes ni siquiera escupiría un fariseo o un saduceo que se preciara.
¿Qué importa que estos muertos sean galileos? No por ello dejan de ser sangre de nuestra sangre, alma de nuestra alma y adoradores del mismo Dios. Estaban indefensos, sin armas, sin sospechar nada. Algunos trataron de defender a sus hijos, otros se lanzaron personalmente entre los soldados y sus esposas y hermanas. Los romanos no perdonaron a nadie, ni jóvenes ni viejos. No hubo resistencia. ¿Cómo puede uno resistirse en el mismo lugar de adoración de Dios?
Los cuerpos, grotescamente tendidos sobre el pavimento de losas, no sólo cubrían el Patio de los Gentiles, sino incluso el Patio de Israel, donde algunos habían corrido en busca de refugio.
Esa matanza general había tenido lugar esa mañana, y muchos de los cuerpos aún estaban calientes. Los levitas que servían en el Templo se ocupaban de retirar los cadáveres y asistir a los heridos. Los gemidos asaltaron mis oídos; mis dientes rechinaron. Apretando los puños a1cé la vista desde el patio cubierto de cadáveres hacia la Fortaleza Antonia y vi a los esbirros de Roma envueltos. en sus capas rojas y charlando ociosamente. ¿Qué significaba el dolor judío para esos paganos? Vi una figura alta y dominadora, el cráneo totalmente calvo como una cúpula brillante al sol, mirando al infierno de abajo. Casi creí ver la sonrisa de aquellos labios finos y crueles. Pondo Pilato, el Procurador de Judea, estaba disfrutando de su día.
Caminando rápidamente para dejar atrás la triste escena crucé el Patio de Israel, pasé el Patio de las Mujeres y, finalmente, el Patio de los Sacerdotes. Pasé ante los guardias del Templo y entré en una antecámara a la que me condujo un guardia a la mención de mi nombre.
Me había llamado José Caifás, sumo sacerdote en virtud de su matrimonio con la hija de un sumo sacerdote. Aunque yo tenía muy poco en común con aquellos colaboradores de Roma, había respondido enseguida, si no por otra razón al menos por curiosidad.
Me detuve ante una puerta dorada. En un instante la abrió un levita de servido. Un hombre muchísimo más bajo que yo estaba de pie junto a la ventana, contemplando el patio inferior.
Bonita vista, ¿verdad? —dije yo.
Me miró con frialdad, sin interés aparente.
—Vamos, hablemos —dijo heladamente.
Desprecié la silla que se me ofrecía y permanecimos en pie mirándonos, el sumo sacerdote con una sonrisa débilmente irónica en sus ojos oscuros.
—Tengo una misión para ti, Judas-bar-Simón —dijo finalmente.
Le miré con desconfianza. .
—¿Qué puede querer de mí un saduceo, amigo de los romanos?
Había perdido algo de su aplomo acostumbrado; claro que sólo había que mirar por la ventana para comprender el porqué.
—Por regla general —dijo a la defensiva— los romanos permiten que arreglemos nuestros propios asuntos.
—Por supuesto —dije—. En el más santo de los días, el Día de los Sacrificios, el sumo sacerdote ha de pedir a los romanos las sagradas vestiduras con las que realiza su oficio. ¡Y esto es independencia!
El rubor cubrió sus mejillas. —Hemos de aprender a vivir con Roma. Así lo hace el resto del mundo. Tenemos nuestros tribunales, administramos nuestra religión y cobramos nuestros propios impuestos.
—Sí —dije— y enterramos a nuestros propios muertos.
Un gesto de impaciencia dominó aquellos rasgos altivos. Tenemos privilegios. Esta es da única provincia que no ha de servir a los ejércitos del Emperador. Peso si nosotros los de Judea no mantenemos la paz, los romanos la mantendrán por nosotros. Sí —y me rechazó con un gesto de la mano—, sí, como han hecho hoy.
Su nariz ganchuda se arrugó desdeñosamente.
—Avisé a los galileos, conociendo el genio de Pilato, pero ellos se limitaron a sonreír, esa sonrisa suya tan estúpida. —Alzaba furioso la voz, como si da imprudencia de aquellos hombres hubiera creado un problema que justificara el destino que había venido a caer sobre ellos.
—¿Acaso era asunto suyo —continuó— que Pilato se llevara el dinero del tesoro del Templo para construir su acueducto desde la fuente de Belén a su fortaleza, cuando los estanques de fuera de la ciudad quedaron completamente secos?
—La piscina de Siloé es sagrada para todos los judíos por sus aguas curativas; por tanto eso no era asunto de una sola provincia.
Caifás rió duramente.
—Pilato los confundió con gentes de Judea. Naturalmente, él no sabe distinguir a un judío de otro.
—Los galileos son muy valientes.
—Este no es el momento del valor —dijo sombrío.
—Hablas con uno cuyo homónimo arrojó a los invasores al mar.
—Los romanos no son sirios, y no hay un Judas Macabro en el horizonte.
No hice caso de esta versión griega de Judá, pues lo mismo hacían con todos los nombres, incluido el del Mesías.
—Hay uno más grande que los Macabeos que devolverá a Israel su antigua gloria —dije.
Sonrió burlonamente.
—He conocido una docena de Mesías. Esos falsos profetas surgen como el trigo del invierno, y sólo cosechan problemas para la nación.
¿Cómo podía burlarse así de la esperanza de todo Israel? Isaías nos dijo dónde y cuándo buscarle.
—Dijo que no de conoceríamos cuando viniera.
—Los saduceos no tienen fe en los profetas —dije yo. Ahora ya había recuperado gran parte de su aplomo.
—Tenemos gran interés en el Mesías, pero debemos estar seguros de él.
—Sin fe, ¿cómo podréis estar seguros? «Él vino, y no lo conocimos.» Pero sí será conocido, y llevará a Israel en triunfo sobre todas las naciones.
Sus ojos tenían un brillo de curiosidad:
—¿Cómo le conocerás?
—Habrá nacido en Belén, de la Casa de. David. Su madre será una virgen y, aunque Rey por su porte y tradición, entrará mansamente en Jerusalén. montado sobre un asno.
Caifás agitó la cabeza con burlona desesperación.
—Esa cháchara es para los pobres y los inútiles, los amaretzin y demás ralea. ¿Quién tomará en serio al hijo de Simón de Keriot, si habla como un tendero?
—No soy el hijo de mi padre en todas las cosas. Soy un zelote, y no me importa quién lo sepa.
—No hables con tanto descaro —dijo Caifás bajando la voz, como temeroso de que le vieran con alguien de este partido.
Tenemos el celo de Israel, el celo por el Mesías y el celo contra Roma —dije, disfrutando de verdad—. ¿Hay algún crimen en esto?
Hizo un ademán significativo hacia la ventana.
—¿Y qué crimen había en eso?
—Manifestarse es una cosa, y hablar es otra. Los romanos comprenden la importancia de la acción. Por esta razón dominan a los griegos, que los llaman incultos, y a los judíos, que los juzgan bárbaros. Da a los Césares su maldito dinero y no tomes las armas, y puedes seguir hablando día y noche.
Mis nervios seguían aún alterados por lo que había observado en el patio, y me sentí de nuevo atraído irremediablemente hacia la ventana.
—¡Pilato pagará muy caro este día! —grité.
—Recuerda, no son más que galileos y, según decían nuestros padres —y en su voz resonaba el desprecio ya tan familiar— «¿qué bien puede salir de Galilea?».
—Cualquiera que se oponga a Roma es amigo mío.
—No malgastes tus lágrimas con esos inúti1es. No pertenecen a ninguna tribu, son meros conversos que hablan únicamente la lengua de Aram y ni siquiera bien.
—No me importa su lengua aramea. Sufren porque son judíos como nosotros.
—¿Como nosotros? —los pesados párpados pintados con kool se abrieron sarcásticamente—. ¿Qué tienen que ver los saduceos y fariseos con los galileos?
En mi opinión el abismo no era tan grande.
—Algún día lucharán hombro a hombro con los zelotes, desde Dan hasta Betsabé.
Caifás me lanzó una mirada de lástima. Y ¿cómo será posible que ocurra eso?
—El Mesías nos dirigirá.
—¿Qué te hace estar tan seguro de que viva siquiera?
—Hubo una profecía de la Sibila, dicha a Herodes el Grande en su lecho de muerte: que su linaje sería superado por un recién nacido Rey de Reyes. Antes de expirar, Herodes ordenó la ejecución de todos los varones de menos de dos años en Judea. Esta matanza de los inocentes tuvo lugar durante el reinado de César Augusto, hace treinta años. Y ese niño estará ya preparado ahora para su ministerio.
Caifás agitó la cabeza con incredulidad.
—Incluso así, ¿qué seguridad tienes de que el niño sobreviviera?
—Los profetas nos dijeron que el niño sería llevado a Egipto por sus padres, y retenido allí hasta que fuera prudente volver.
Nos quedamos mirándonos con una hostilidad apenas velada, preguntándome yo por qué me habría hecho venir, y él pensando sin duda lo mismo. Una llamada a la puerta interrumpió el silencio. Dos hombres penetraron silenciosamente en la cámara. Les habría conocido en cualquier parte.
—Venimos de ver a Pilato —dijo el más viejo a quien todo Israel habría identificado por su barba gris y hendida y el sombrero alto y cónico—. Por una vez ha comprendido que ha actuado con prisa excesiva.
Ese no era el Pilato que yo había observado en su torre, pero no me tomé la molestia de discutir; no serviría de nada.
—La paz sea contigo, Anás —dije, rozándole la mano. Su compañero se adelantó y me abrazó.
—¿Cómo le van las cosas —dijo el maestro Gamadiel al hijo de mi querido Simón?
—Mi padre se sentiría sorprendido:….dije heladamente— de encontrar a su Gamaliel en tal compañía y en un día tan negro para Israel.
— Judá, Judá —gritó—, ese carácter tan impulsivo te hará mucho daño algún día. ¿Es acaso un pecado que los jóvenes escuchen a los hombres barbados?
Aunque bajo y delgado, el rabí Gamaliel irradiaba una grandeza superior incluso a su posición como cabeza del Sanedrín. Tenía un aire de franqueza —total, pero había un brillo de acero bajo aquel suave exterior. Anás le mostró cierta deferencia al pasar por alto mi observación.
—Si tú estás aquí se debe a Gamaliel —dijo fríamente—. Él cree que el fruto nunca cae muy lejos del árbol.
No iba a dejarme convencer con adulaciones.
—Es ilegal que las tribus se relacionen con otras naciones. Y los saduceos comen y beben con sus amigos romanos y aceptan sus órdenes en todas las cosas. Nos llamamos judíos, y nuestras principales capitales son Cesárea y Tiberia. Adoramos en sinagogas helenizadas, y nos gobierna un Sanedrín helenizado. No es de extrañar que los fariseos gocen de mayor respeto entre el pueblo como intérpretes del Tora.
El rostro de Anás se tornó sombrío.
—No se te ha hecho venir para que des lecciones a los que gobiernan tu Estado.
—¿Qué gobernantes y qué Estado? —grité—. De no ser por los campesinos que veo en las calles, me creería en Roma. .
Anás se volvió con una sonrisa sarcástica a mi viejo mentor. El dirigente fariseo me habló amablemente. —Fariseos y saduceos —dijo— hemos de hacer causa común si deseamos sobrevivir el tiempo suficiente para saludar al Mesías prometido por el profeta Daniel. —Ese tiempo ya ha llegado. Incluso [os romanos saben de la venida del Rey de Reyes. —Ellos ya tienen su divinidad —dijo Anás secamente. Sacó una moneda romana de su bolsa y mostró la inscripción a la luz—. «César Augusto, hijo de Dios.»
Yo saqué una moneda, un sido de plata. judío, que también mostré a la vista de todos. En un lado decía claramente Jerusalén la Santa. En el otro había tres lirios y la leyenda: «Yo seré como rocío para Israel. E1 crecerá como el lirio». .
Anás sonrió fríamente: —
—¿Es que hemos de habérnoslas con tres Mesías?
—No conozco el significado de esta trinidad. Pero él vendrá, y el pueblo le adorará.
Caifás llevaba largo rato en silencio. Se volvió ahora querellosamente, apelando a los otros.
—¿Cómo puede confiársele una misión tan delicada a este exaltado?
—La exaltación, bien encaminada, nos será útil —dijo Gamaliel con sonrisa tolerante. Apoyó una mano en mi hombro—. Todos compartimos un mismo deseo —agregó suavemente—, la misma excitación ardiente ante la perspectiva del Mesías. Todo el país le aguarda con ansiedad. Algunos dicen que ya está aquí, o que vendrá pronto.
—Nunca será demasiado pronto.
—Ha sido demasiado pronto —refutó Anás secamente—. Judá el galileo se llamó el Mesías y dos mil judíos murieron por su locura. Los romanos se libran rápidamente de los revolucionarios.
—Cierto —reconoció Gamalie1—. Hay falsos profetas, pero un día vendrá el que ha de venir.
Anás le lanzó una mirada especulativa.
—Nuestra ley estipula que cualquiera que se declare el Mesías debe ser examinado por un consejo del Sanedrín. De otro modo no tiene vigencia ni derechos, y se le ha de perseguir como impostor o algo peor. Es mejor que muera uno que perezca una nación.
—El sumo sacerdote tiene razón —dijo Gamaliel—. Los romanos no son de los que aguantan levantamientos. El galleo reunió en armas a cinco mil bajo el estandarte de los Macabeos:
«Sólo a Dios pertenece todo dominio». El ejército atacó a las legiones y arrojó a los recaudadores de impuestos. Durante algún tiempo saborearon el dulce aroma de la victoria. Pero el largo brazo de Roma envió refuerzos desde Partía y Siria, y la espada romana triunfó como de costumbre. Las fuerzas del galileo fueron cazadas como animales por montañas y cuevas. Y sus jefes clavados en la cruz. Otros fueron enviados a los mercados de esclavos, y a las galeras. Esta es una lección que los romanos repiten con mucha frecuencia. No les demos una nueva oportunidad.
Aquella conversación me pareció de pronto divertida.
—Aquí estamos, sentados y charlando de asuntos que todos conocemos ya mientras Poncio Pilato hace lo que quiere.
—Pilato —dijo Anás— no es un gobernador corriente, En las treinta provincias del Imperio sólo a un procurador se le ha permitido que su esposa le acompañe en el extranjero.
—Y, ¿qué importancia tiene eso?
—Algunos dicen que Claudia Prócula es hija natural de Julia, hija de Augusto y difunta esposa del emperador Tiberio. Este matrimonio prueba el alto favor en que se considera a Pilato en Roma.
—No es más que un recaudador de impuestos glorificado —dije yo— y se vendría a tierra en el instante en que hubiese un levantamiento.
—Hablas con demasiada osadía —me corrigió Anás—. Nada le convendría más a Pilato que una revuelta a gran escala. Eso le daría la oportunidad de demostrar a Roma, cortándola de raíz y con fuerza implacable, lo valioso que podría ser en otra parte.
Gamaliel interrumpió en tono tranquilizador.
—No tenemos nada que temer de Pilato mientras seamos discretos.
—Pilato se divierte en burlarse de nosotros. Marcó la pauta de su gobierno nada más llegar, ondeando ante nuestro rostro las efigies del emperador, en contradicción con nuestra ley. Sólo cedió cuando los protestantes se atrevieron a hacerlas pedazos.
—Sí, cedió —dijo Gamaliel—, pero ahora hace lo que le ordena Sejano, su amo ambicioso, el nuevo favorito. No tenéis más que mirar por la ventana.
Solo a través de las habladurías conocía yo a Sejano, primer ministro de Tiberio. Como jefe de la guardia de palacio se había ganado la confianza del viejo emperador llevando a cabo con firmeza sus más sombríos designios. Era tan feroz enemigo de los judíos como Hamán, pues incluso los había desterrado a todos (excepto a los ciudadanos romanos) de la misma Roma. Y Pilato era su hombre.
—Pilato fue enviado aquí para acabar con las tradiciones de Israel —dije yo—. Lo he sabido por el joven Agripa, cuñado de Herodes Antipas, pero, en cualquier caso, es evidente. No sólo entró Pilato en Jerusalén con los estandartes de la legión Doceava, sino que colocó la figura de un águila romana sobre las puertas del Templo. Se refugia a meditar en sus planes en el palacio de Cesárea, y sólo viene a la Fortaleza Antonia cuando quiere atacar a los judíos.
—A los romanos —dijo Caifás— no les importa la adoración del pueblo mientras éste no oponga resistencia a su autoridad.
—Pero sí comprenden perfectamente que una libertad exagerada aquí daría alas a 1as restantes provincias.
Caifás me danzó una aguda mirada.
—Hay otros modos de apoderarse de un pueblo. Los romanos están tan influenciados como nosotros por el estilo griego.
—De acuerdo, y ése es el peligro.
—Sí, Judas —y recalcó la segunda sílaba de mi nombre.
Sentí que la sangre me acudía al rostro.
—Yo me llamo Judá, que es mi nombre hebreo, pero no puedo evitar que algunos me llamen de otro modo.
Él seguía mirándome con gesto sarcástico.
—Admiro tu túnica estampada de flores, y del mejor lino. No lo he visto más fino en Atenas ni en Roma.
—y ¿qué importa lo que vistamos? Nuestro corazón es lo que cuenta.
—Tú, Judas, ¿o debería decir Judá? —sonrió burlonamente—, mencionaste la subversión de nuestras costumbres. De modo que ellos llaman al Mesías y al Ungido el Cristo. ¿Es a eso a lo que te opones?
Si se empeñaba, le seguiría el juego.
—Ahora he sabido que se proponen dictar una ley contra la circuncisión, alegando que lo que prohíben es la mutilación del cuerpo.
Los ojos de Caifás se estrecharon.
—No van a interferir con la adoración judía mientras el pueblo siga en orden y pague sus impuestos.
—Desde luego que sería un escándalo que los hijos de los hombres piadosos no fueran circuncidados, según la alianza de Abraham, a los ocho días acostumbrados después del nacimiento.
—Eso sólo son rumores. A Pilato le gusta tener en vilo a los judíos. .
—Si se prohibiera el rito —dije— supondría una pérdida considerable para el Templo.
Su rostro se nubló rápidamente.
—A la jerarquía le preocupan otras cosas más fundamentales que el dinero. En primer lugar y sobre todo, debemos mantener unido a Israel.
Fuera lo que fuese que sucediese en Roma, pronto era rumor general en Jerusalén, debido a la buena disposición de los colaboradores.
—Hay alguna relación extraña entre Sejano y Pilato —dijo Gamaliel pensativamente, entrecerrando los ojos contra los últimos rayos del sol—. Después de la muerte tan conveniente de Germánico, el que le seguía en orden de preferencia, Pilato se casó con un miembro de la realeza y fue nombrado caballero romano.
En el rostro astuto de Anás se reflejaron sus dudas.
—Con una mano le premiaban y con la otra le enviaban a una oscura provincia.
—Se murmura —dijo Caifás— que Calpurnio Piso, amigo de Tiberio, hizo que pusieran una poción en el vino de Germánico.
Los ojos ladinos de Anás se iluminaron.
—Sí, y Pilato fue el instrumento.
Me enojaban y cansaban aquellas intrigas mezquinas.
—Pero ¿qué tiene que ver todo eso con Israel?
—Luchamos con un funcionario inquieto y ambicioso, frustrado por su exilio.
—y además —intercaló Gamalieil— apoyado por Sejano, que es el que le mantiene aquí.
Me encogí de hombros desdeñosamente.
—El príncipe renegado Agripa me dijo en Roma que Sejano llegada muy alto por algún tiempo para seguir luego el camino de todos los favoritos de palacio. El emperador que dispuso alegremente de su propio sobrino no vacilará en matar a un rival inferior.
Tanto Anás como Caifás parecieron impresionados por mi observación, e incluso Gamaliel me miró con nuevo interés.
—En realidad, sí eres hijo de tu padre —dijo el primero con mirada de aprobación—. Debemos esperar los vientos del cambio.
—Para mí no habrá distinción alguna entre los romanos. Nuestros grandes amigos Pompeyo, Marco Craso y Casio, invadieron el Santo de los Santos, profanaron el Arca de la Alianza y se llevaron del santuario sus puertas y altares de oro. ¡Y vosotros habláis de amistad romana!
—Sus depredaciones no quedaron sin respuesta —y Anás me lanzó aquella sonrisa untuosa de 1a que yo tanto desconfiaba—.
Recuerda cómo murieron esos tres, violentamente, en tierras extrañas y para regocijo de sus enemigos. El Santo cuida de sus elegidos a su propio modo.
Agité vigorosamente la cabeza.
—Judas Macabeo demostró que Dios ayuda a los que se ayudan. Hasta que sus ejércitos vencieron a las hordas de Siria no bri1ló de nuevo la luz de Dios sobre Israel.
—El Señor cabalgó con los asmoneos aquel día —dijo el rabí Gamaliel—, lo mismo que hizo con Josué ante las murallas de Jericó.
—Entonces el Señor debió aprobar que los Macabeos derramaran sangre el sábado. Pues, hasta la revocación de las leyes del sábado llevada a cabo por los Macabeos, los elegidos preferían ser asesinados en sus hogares y cuevas antes que defenderse.
Anás y Caifás alzaron las cejas.
—El sábado pertenece a Dios. Todo lo demás que se diga es blasfemia.
Hice poco caso de tal hipocresía.
—En el Templo celebramos [a liberación de Israel por los asmoneos, aunque sólo durante unos cien años. Y los sumos sacerdotes aceptan ofertas y sacrificios que celebran esta nueva consagración del Templo, sin tener en cuenta la violación del sábado que hizo posible tal fiesta.
Hubo un silencio violento, que Gamaliel quiso suavizar.
—El sábado es sagrado para todos los judíos, tanto saduceos como fariseos.
—De los cuales hay diez mil en un país de un millón de almas.
—Nosotros guardamos la ley de Moisés —dijo Gamaliel— y el pueblo nos sigue.
De pronto, sobre el rumor de la conversación, se escuchó el sonido penetrante de las trompetas que llamaban a los fieles a la plegaria, y la respuesta estática de los miles que llenaban el Templo gritando: —
—Oye, oh Israel; el Señor Nuestro Dios, el Señor es Uno.
Los tres dignatarios hicieron una pausa lo bastante larga para prestar su obediencia al Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Mientras oraban yo miré por la ventana, dejando que mis ojos vagaran desde el patio, del que aún se retiraban los muertos y heridos, hasta las tierras de la Fortaleza Antonia, que se alzaba muy por encima de los muros del Templo.
—¿Qué dice Pi1ato de esos crímenes en el mismo Templo? Anás se encogió de hombros.
—Los romanos son una ley en sí mismos. Arrasarían todo Israel si conviniera a sus propósitos.
—El tetrarca Herodes protestará sin duda de la muerte de sus galileos.
Gamwel soltó una. risita.
—Tiberio ya no quiere enterarse de nada. Disfruta de los baños de Capri con sus perversos protegidos. y Sejano gobierna sin que nadie le moleste.
—¿Por qué si no —interrumpió Caifás impaciente— habría atacado Pilato a estos galileos? Sabía que podía hacerlo impunemente.
—Los romanos sólo tienen tres mil hombres en toda Palestina —indiqué yo— y casi todos son mercenarios, dirigidos por un puñado de centuriones romanos.
—Los caminos quedarían inmediatamente abarrotados con soldados romanos de Siria y Egipto.
—Los zelotes no temen a Roma.
Anás me favoreció con su sonrisa más dulzona.
—A nosotros, por nuestra parte, nos sorprende tu compañía.
—Y a mí sólo me sorprende —contesté —que todo Israel no se haya unido al partido de los Macabeos.
Gamaliel agitó tristemente la cabeza.
—La violencia sólo engendra violencia; en esto han sido maestros los romanos.
—Sea así. Con la ayuda del Mesías, la nación será liberada. Pero mientras los soldados romanos dominen esos baluartes no habrá libertad.
Anás se acarició pensativamente la larga barba.
—Sin embargo, primero hay que encontrar al Mesías, ¿no es cierto?
—Le conoceremos por sus obras. —Mi voz se alzó con emoción como siempre cuando pensaba en el libertador: «Qué hermoso es —dicen los profetas—, el Mesías Rey que surgirá de la Casa de Judá. Él se ceñirá los lomos y presentará batalla a sus enemigos, y morirán muchos reyes».
El rabí Gamaliel pareció asustado.
—Yo veo un Mesías distinto, nacido del amor de Dios por su pueblo, y que no odia a nadie. Él es el Príncipe de la Paz, el Sabio Consejero previsto por el profeta Isaías y por tantos otros.
Y recitó con voz suave los semiolvidados salmos de Salomón:
—«Él llamará al pueblo santo para que se una en justicia. Gobernará las tribus santificadas. Ninguna iniquidad se les permitirá. Y ningún hombre malvado permanecerá en medio de ellos. Pues Dios le ha hecho fuerte en el espíritu de santidad, y rico en el don brillante de la sabiduría. ¡Qué felices aquellos que vivan en ese día, para ver a Israel regocijándose en la Asamblea del pueblo!»
—Yo le veo como debe ser para cumplir aquello para lo que ha sido enviado.
Gamaliel me lanzó una mirada penetrante.
—¿Se te ha ocurrido pensar, Judas-bar-Simón, que el Mesías que tú imaginas no viene a restaurar la gloria temporal de Israel, sino a redimimos de nuestros pecados? ¿No es el justo prometido por Jeremías?
—Yo veo muy claro que viene a librar a Israel del dominio extranjero. Como predijo el profeta Daniel, él pondrá fin a nuestros sufrimientos como nación.
Gamaliel sonrió débilmente.
—No hay profeta más grande en Israel que Moisés, pues sólo a él se de permitió ver el rostro del Señor. Y en su promesa de un Mesías no habla de ningún rey guerrero —.;los ojos del rabino se alzaron al cielo y se humedecieron de emoción—. Esta fue la promesa de Moisés a las doce tribus en el desierto: «El.
Señor su Dios hará surgir un profeta en medio de vosotros, sus hermanos, como en mí».
—¿No libró Moisés a su pueblo de los faraones? El rabino dejó escapar un pequeño suspiro.
—Por mucho que pienses, Judas-bar-Simón, no puedes alterar los planes de Dios ni en una iota.
Yo traté de frenar mi impaciencia. ¿Estaban tan ciegos estos viejos que no podían ver la verdad, o era que tenían miedo de enfrentarse a la realidad para no verse obligados a hacer un movimiento que pusiera en peligro su preciosa situación?
Anás inspiraba el aire con impaciencia.
—Este Mesías es toda clase de cosas para toda clase de personas y, por el bien de Israel, debemos poner fin a los rumores que agitan a nuestro pueblo.
Sus ojos fríos descansaron un momento en su yema. A este ademán Caifás se volvió inseguro hacia mí.
—Los ancianos —dijo de mala gana— han decidido confiarte una misión muy crítica.
Sonreí incrédulo.
—Y en toda Judea ¿por qué había de elegir el Templo a un rebelde como yo para cualquier tipo de misión?
—Sólo porque tú eres el hombre que dijiste —afirmó Gamaliel— Los fariseos y los saduceos podrán estar de acuerdo, como ves, pero los zelotes son irreconciliables.
—Nosotros no tenemos nada que ver con ningún partido. Nosotros nos alzamos en favor de un Israel independiente, libre de cualquier tipo de amos dominadores. y no tenemos la menor simpatía por los esbirros de Roma.
Anás y su yerno me miraron con odio y estaban a punto de girar sobre sus talones cuando Gamaliel los detuvo extendiendo la mano. Sus ojos oscuros me miraron escudriñadores, y habló con más dolor que cólera.
—Haces una injusticia a tu padre, Judas-bar-Simón Pues él pensó, como nosotros, que Israel no debía estar dividido en facciones en guerra si tenía que sobrevivir.
Por un momento mis pensamientos se nublaron.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?
—Si aún viviera, él te instilaría el sentido de la tradición de su familia desde los tiempos de David. Tú eres de este linaje real, como sabes.
—¿Y por qué crees que hablo de liberación, con uno de los míos al frente, y no un ambicioso monstruo de Roma?
Aunque la habitación estaba libre de gentes y las puertas bien cerradas, los ojos de los sumos sacerdotes miraron en torno nerviosamente.
—¡Cuidado, joven! —gritó Caifás—. Hay cosas que ni los romanos se atreven a insinuar. Guarda tu lengua. Su emperador es su dios, y no consentirán que gentes como nosotros blasfememos de él.
—Gentes como nosotros, ya.
Me había vuelto furioso cuando1a voz de Anás me detuvo en la puerta.
—¿Y si yo te comisionara para que descubrieras a ese dirigente de que hablas?
Volví lentamente sobre mis pasos.
—Te diría que no eres el sumo sacerdote, ni el padre de cinco sumos sacerdotes, y que el río Jordán fluye corriente arriba.
Anás se permitió el fantasma de una sonrisa.
—Escucha con cuidado. Hay un hombre que se llama a sí mismo un Profeta, que vive como un animal en el desierto, con una piel de camello ceñida a la cintura por todo vestido.
Me había acercado mucho más a él.
—Y ¿cómo se llama?
—El Bautista, porque purga a los hombres de sus pecados en el río Jordán.
—También nuestros antecesores utilizaban el agua para la ceremonia de su purificación.
—Él bautiza de otra manera.
¿Quién es ese Bautista?
—Un esenio, según se nos ha dicho, un líder fanático de una secta fanática del monasterio de Qumram, junto al mar Muerto.
Miré solemnemente a los tres hombres.
—Debéis tener alguna razón para desear saber más acerca de él.
—Hay informes de que cura a los enfermos y consuela a los pobres con relatos de un mundo feliz más allá.
Sentí un escalofrío de expectación.
—Y, decidme, ¿qué hay de malo en eso?
—Si se limitara a esos ejercicios inocentes, nada. Pero predica también que los judíos deben negar el tributo a Roma, y arrojar a los recaudadores de impuestos. Eso no le sentará bien a Pilato.
—Ni al tesoro del Templo.
Sabía que debía haber algo más, pues, de lo contrario, ¿por qué habían de llamarme a mí, que no era uno de ellos?
Vaciló sólo por un momento, diciendo con una mueca:
—Sus seguidores le consideran el verdadero Mesías. Mi intuición no me había fallado.
—Y ¿no es eso lo que busca todo Israel? Anás agitó la cabeza sombríamente. .
—La nación no debe sufrir por los errores de un hombre.
—¿Buscas a un Mesías o a un mártir? —pregunté con voz dura incluso para mis oídos.
La mano de Gamaliel se acarició su barba gris y escasa.
—En este nuestro desgraciado país, Judas-bar-Simóp, podría ser ambas cosas. —Suspiró cansadamente—. ¿Quién sabe cuál es nuestro futuro?
Me sentí extraordinariamente turbado ante la falta de resolución de parte de este dirigente espiritual de los fariseos.
—Si él fuera el Mesías, ¿quiénes somos nosotros para desautorizarle? Entonces, ¿por qué esta misión?
—Al menos —dijo Anás— podremos observarle y llegar a una decisión a su debido tiempo.
Mi curiosidad estaba excitada por lo poco. que oyera:
—¿De qué linaje es?
—El mismo que el tuyo —los finos labios de Anás se curvaron en una sonrisa sarcástica Debe haber diez mil como él sólo en Jerusalén, nacidos de la Casa de David.
—¿Nacidos en Belén, junto a un buey y una mula? Se mordió la lengua con impaciencia.
—No tengo tiempo para adivinanzas. El Consejo de los Cinco del Sanedrín decidirá si debe tomarse una decisión y cuándo.
—¿Dónde está ahora este hombre?
—En el desierto, el sur de Jericó. Bautiza en el vado de Betabara, a ambos lados del Jordán.
—¿En Perea también?
—Eso dicen.
—Entonces cae bajo la jurisdicción de Herodes Antipas, así como el Templo.
Anás agitó furioso los brazos.
—Todo es lo mismo. Herodes gobierna Perea y Galilea con el consentimiento de los romanos. Su pariente Agripa ha sido suplantado por Sejano, y ya no puede ayudarle.
Yo sentía una gran curiosidad por aquel hombre que tanto preocupaba al Sanedrín.
—Según las sagradas profecías, este hombre debía haber nacido de una virgen.
El sumo sacerdote me lanzó una mirada compasiva.
—¿Y cómo un hombre nacido de mujer podría nacer de una virgen?
Gamalie1 estaba de pie con una amplia sonrisa en el rostro, como si disfrutara de este duelo entre su antiguo alumno y la cabeza suprema de la teocracia judía.
—Los fariseos —dije, confiando en ganarme a Gamaliel— creen en los ángeles de Dios y en la resurrección del hombre. No hay una vida, sino muchas. Es muy posible que los profetas, incluso Moisés, vuelvan a nacer si así lo quiere el Dios que hizo el cielo y la tierra en seis días.
Anás no se sintió impresionado.
—Los saduceos afirman que sólo hay una vida, y es la de la carne.
Puesto que creía en la reencarnación, desde mis días de fariseo, no me dejé apabullar con facilidad.
—¿Quiénes fueron los padres de ese hombre? Anás alzó los brazos en gesto de disgusto.
—¿No acabarán nunca tus preguntas?
Gamaliel, satisfecho, intervino en mi ayuda.
—El padre fue un tal Zacarías, maestro en el Templo, auténtico hijo de Judá y —con un guiño en los ojos— fariseo, claro.
—¿Y la madre? —Una tal Isabel, también de Judea.
—¿Y él fue su único hijo?
Sí. Se creía que ella era estéril y que no podría tener hijos, pues ya había pasado con mucho de la edad en que las mujeres suelen concebir. Pero, he aquí que, como sucediera con Abraham y Sara en los viejos tiempos, ella dio a luz a este hijo con gran sorpresa de todos. Fue en la época de Herodes el Grande. Para escapar a la ira de este déspota, que mató a tres de sus hijos llevado por sus locas sospechas, el matrimonio huyó de Jerusalén con su hijo. Él fue llamado Juan, el enviado por Dios, pues ellos creían que sólo podía haber nacido por la voluntad de Dios.
Me maravillé de que mi viejo maestro, tan distraído en ocasiones, estuviera tan familiarizado con el nacimiento de ese niño.
Se rió.
—Zacarías tenía más razones para sentirse agradecido que la mayoría de los padres, y por tanto estaba mucho más inclinado a repetir los hechos.
El astuto Gamaliel había interpretado correctamente mis dudas.
—Nadie sabe, naturalmente, por qué medios fue concebido ese niño.
—Esa no es una pregunta que pueda hacerse a un maestro del Templo.
—¿Podría haber sido hijo de una virgen?
—Con seguridad que Isabel no lo era.
—Pero ¿no podía haber sido implantado su espíritu en el seno de Isabel por el poder de Dios?
Caifás consideró ridículas mis palabras.
—¡Debes estar loco!
—¿Por qué me llamas loco? —dije—. ¿No hizo Dios al primer hombre?
—Tus palabras no tienen lógica —interrumpió Anás fríamente—. Dices eso porque vosotros, los saduceos, no creéis en la vida en el más allá. Pero si es voluntad de Dios que un niño nazca de una virgen, ¿qué necesidad tiene Él del hombre? ¿No es el creador de Adán, antes del cual no hubo otro hombre?
Gamaliel aplaudió con satisfacción.
—Tu padre se enorgullecería de ti en este día. Anás se agitó en la silla.
—Se hace tarde —dijo— y es mejor que concluyamos este negocio. ¿Puedes iniciar tu comisión enseguida?
—Dentro de dos días —dije—, el tiempo suficiente para cancelar mis propios asuntos.
Se sentó él a la mesa y su pluma corrió sobre una hoja del más fino pergamino.
—Toma esto; serán tus credenciales. Pero te sugiero que lo utilices únicamente en un caso imprevisto.
Lo repasé rápidamente antes de metérme1o bajo la túnica. Yo, Judas-bar-Simón, de noble familia de Judea, era un agente del Sanedrín. Aquello bastaba para darme pesadillas, pero también la oportunidad de buscar el Mesías dondequiera que estuviera.
Vendrás a informarnos de vez en cuando, pero no se lo dirás a nadie. Pues la tuya es una misión muy delicada. Vístete sencillamente, pasa lo más desapercibido posible. Vigila y escucha, y no digas nada. Observa no sólo al Bautista sino también a sus seguidores, así como el sentir de las multitudes. En tu mano está el hacer un gran servicio a la nación.
Me habría sentido impresionado de no haberle conocido por lo que era, un cínico ambicioso capaz de hacer cualquier cosa con toda sangre fría.
—Mi única lealtad es para con Israel.
—Bien —dijo él frotándose las manos huesudas—, no tendremos problemas entonces.
—¿A quién doy mis informes?
—A quienes han de juzgar los actos de cualquiera que afirme ser el Mesías.
—Pero el Mesías es enviado por Dios. ¿Cómo puede juzgar un Consejo la obra de Dios?
—Nosotros juzgamos lo que es mejor para Israel. Vi rápidamente la trampa.
—Pero vosotros podéis negar lo que yo haya descubierto.
—Tu papel consistirá en descubrir los hechos. Sobre la base de lo que descubras, ya tomaremos nosotros la decisión.
Ni por un instante fui lo bastante ingenuo para creérmelo. Sin embargo, si Juan el Bautista era el Mesías, si era el Libertador Enviado por Dios a nuestro pueblo, yo sería el primero en saberlo. Si no, iniciaría las investigaciones en otra parte.
Los sumos sacerdotes se habían apartado a un lado, y Gamaliel estaba a punto de abrazarme, cuando estallaron de pronto los gritos y el estruendo en el patio inferior. Corrimos a la ventana. Por increíble que parezca, la matanza se había iniciado de nuevo. En el amplio Patio de los Gentiles algunos heridos habían conseguido ponerse en pie y avanzaban sin armas contra las tropas romanas que venían desde su Fortaleza por un túnel subterráneo.
Los romanos atacaban con palos y con espadas, segando a los peregrinos agotados como si fueran haces de trigo.
—¡Pilato —grité— quiere hasta la última gota de sangre judía!
Los otros se habían retirado de la ventana y parecían agitados, a excepción de Anás. Éste estaba casi satisfecho.
—Pilato está en deuda con nosotros por este día —dijo suavemente.
Mis propios sentimientos acerca de los galileos eran confusos. Desde luego no eran nuestros iguales ante la ley pues no eran de las doce tribus, pero sí judíos capaces de portar armas; y el acueducto contra el que se habían alzado era ciertamente un ejemplo clásico de la tiranía romana.
Una expresión de disgusto curvaba las comisuras de la boca de pez de Anás mientras continuaba la matanza.
—¡Qué locos son esos galileos!
—Héroes, no locos —dije yo—. Hombres valientes que sólo necesitan estar armados para demostrar lo vulnerable que es Roma.
—Tú, Judas, eres más loco aún de lo que yo pensaba. ¿Crees que toleraríamos a los romanos si hubiera otra salida?
—Espartaco no era más que un esclavo; sin embargo. con un ejército de esclavos tras él, mantuvo a raya a las legiones romanas durante tres años.
Anás soltó un gruñido despectivo.
—Y ¿dónde están Espartaco y el resto?
—Si se vieron derrotados fue porque les faltaba el propósito de los hombres libres.
—Hablas como un niño. Los romanos acabarían rápidamente con todos nosotros. Somos importantes para ellos, pero no por nosotros mismos. Israel no es más que una manchita insignificante en sus mapas pero, con toda nuestra insignificancia, somos el paso para las grandes caravanas que parten a diario desde sus almacenes de Egipto hacia Damasco para el aprovisionamiento de sus ejércitos. Por esta razón nos toleran, pero deja que se altere esta paz y nos hundirán en el fango con el mismo talón de hierro que aplastó a Cartago. Cuidado, Judas; no molestes a un gigante dormido.

2 - El Templo

Me quedé aterrado ante los estragos producidos por las fuerzas romanas. y lo que era aún más desconcertante: ni una mano generosa se había alzado de los quince mil tenderos y siete mil funcionarios religiosos que había en la ciudad del Templo. ¿Era Israel tan pusilánime que no se atrevía a luchar, o sólo necesitábamos un líder que encendiera la llama de la revuelta? Me abrí camino nerviosamente entre la confusión de adoradores que parecían envalentonarse con la retirada de los últimos cuerpos. Trataba de pensar positivamente, de analizar mis pensamientos, para aprovechar del mejor modo la oportunidad que se me había dado. Recordaba lo suficiente de mi educación farisaica en el sendero marcado por el destino. En realidad, esta reunión había sido un golpe de suerte, aunque requiriera cierta semblanza. de cooperación con los saduceos y su Sanedrín. También presentaba uno o dos problemas. Era indudable que el Mesías significaba diferentes cosas para personas distintas. ¿Podría ser a la vez un Rey Guerrero y un Príncipe de la Paz? Era de esperar que pudiese ser cualquier cosa, pues ¿no era enviado de Dios?
Hice un gesto de horror ante las manchas que habían quedado donde cayeran los cuerpos; la sangre iba borrándose afortunadamente bajo los pies de la muchedumbre. Recordé que en algún párrafo de las Profecías se decía que el Prometido limpiaría primero el Templo, y nunca sería demasiado pronto. Esto era más un mercado que un lugar de adoración, y no había sido profanado por los paganos, como en tiempos de los Macabeos, sino por los mismos sacerdotes elegidos para consagrado a Dios. Para los judíos el Templo representaba no sólo su unión con Dios, sino la integridad política de la nación. Esencialmente éramos una teocracia fundada con la bendición de Dios, con todo propósito y aspiración definidos por la alianza fundamental con Dios.
«Dios nos eligió —había dicho Gamaliel—; por tanto, no tenemos más remedio que elegirle a El.»
¿Dónde estaba ahora el Dios de la ira? Desde luego el Templo no era su habitáculo. Quizá los romanos fueran el instrumento de su venganza, y la nación había de purificarse de sus pecados antes de que llegara el Libertador. Mientras avanzaba seguía preguntándome cómo era posible que se hubiera prostituido y rebajado de tal modo el Templo. Por todas partes había ahora tenderetes o pues. tos, más de tres mil en total, dispuestos para la exhibición de sus artículos por la conveniencia de los tenderos. Había un área para los artículos de hierro y utensilios de cocina. Otra para lana y ropas, ganado, pan y grano, fruta fresca y verduras. Incluso las bebidas alcohólicas tenían su lugar, y estos comerciantes, por su aspecto, habían probado sin duda, y con liberalidad, su propia mercancía.
Vi a los vendedores que regateaban con los clientes y me maravilló la paciencia de Dios. ¿No estaba bien claro quiénes eran los culpables? Sin la sanción de Anás y Caifás, esta desacración no habría tenido lugar pues no había un solo puesto, por pequeño que fuera, que no pagase el diezmo a los sumos sacerdotes de Israel. Los levitas examinaban [os puestos para declarar puros los alimentos pero, por cuanto yo podía ver, esta comida no era distinta de la no santificada, a no ser que resultaba un poco más cara por los ritos que se habían realizado sobre ella. ¡Cuán enojado debía de estar el Dios de Israel en su morada celestial! ¿Era de extrañar que nos enviara su Mesías, el líder maravilloso que el profeta llamara el Elegido de Dios?
«En él mora el espíritu de la sabiduría, y e1 espíritu de toda ilustración, el espíritu de conocimiento y de fuerza y el espíritu de aquellos que han muerto en la justicia. Él juzgará a todas las naciones, castigando a las que hayan oprimido a los justos. A su venida los muertos descansarán de nuevo, el cielo y la tierra serán transformados, y los justos se convertirán en ángeles celestiales y morarán con él en la vida eterna.»
Pero incluso ahora, en medio de aquel abyecto materialismo, había pruebas consoladoras de la devoción del hombre común a su fe y al augurio del Mesías. Todo se hacía más soportable, incluso la vista de los soldados de capa roja que se reían en la gran plaza cuando los fieles meditaban en la proximidad de la Promesa. El olor de los animales era dulce entonces, cuando los peregrinos pagaban su tributo a Jehová. Sólo a pocos metros de mí escuché a un peregrino que rezaba arrodillado mientras el cordero del sacrificio que acababa de comprar era llevado hasta el altar. Hubo un trémulo en su voz cuando inclinó la cabeza y gritó:
—Bendito sea Israel, hasta el día en que el Prometido nos libre de nuestros enemigos.
El Mesías no vendría a este Israel profanado, sino a una tierra de leche y miel purificada por la adecuada penitencia ante el Señor.
Me llevó algún tiempo cruzar el Patio de los Gentiles, ya que era el centro supremo de la actividad pública, tanto como un cruce de caminos del Imperio, como Damasco y Alejandría, pues aquí se reunían las gentes del mundo, y los cosmopolitas y sofisticados iban codo a codo con los escribas y los eruditos del Talmud, herederos de aquellos cuyos ojos se habían agostado sobre las Sagradas Escrituras mucho antes de que los cachorros de la loba subieran desde los pantanos del Tíber.
Mis ojos repasaron por un instante la sublime belleza del Pórtico de Salomón. Sus columnas griegas se extendían en tres naves espaciosas, de modo que los rabinos pudieran sentarse cómodamente a la sombra y charlar a placer sobre el Talmud. Sus alumnos eran legión pues durante las fiestas, que parecían interminables, los peregrinos bajaban al Templo a docenas de millares. En las laderas del Monte de los Olivos y del Monte Escopo se veían las tiendas que cubrían todos los trozos de terreno disponible. ¡Qué maravilloso si en vez de peregrinos fueran guerreros, y en vez de bastones llevaran espadas! Aún vi a otros peregrinos más que, viajando durante semanas desde las ciudades profanadas de la Diáspora, caían ahora de rodillas y besaban con reverencia las duras losas del suelo. Sus gritos agudos me envolvían en una oleada de excitación. «Si te olvido, oh Jerusalén, que mi mano derecha se quede seca. Si no te recuerdo, que mi lengua se pegue al paladar.»
Se pusieron en pie y lloraron sin avergonzarse y yo lloraba en secreto con ellos por las glorias perdidas de Salomón y Saúl. Sin embargo, el Templo de Herodes era dos veces más grande que el de Salomón y mucho más espléndido… Se habían alzado enormes muros contra las colinas para sostener los cuatro patios que subían en diferentes niveles hasta el Santuario. Pero, después de cuarenta y seis años, el Templo de Herodes aún estaba por terminar, y los sacerdotes entrenados como albañiles seguían trabajando en unas cámaras no permitidas a los laicos. Pero en el exterior los cambistas hacían sonar alegremente sus monedas y los peregrinos se apretujaban unos sobre otros para las ofertas y sacrificios. Los sacerdotes que ocupaban los bancos rivalizaban con los comerciantes, vendiendo ofrendas que serían convertidas en cabras, corderos, terneros, pájaros, incluso bueyes. Las tórtolas, normalmente muy baratas, costaban veinte veces más durante los días santos, y los que asistían al Templo con regularidad protestaban amargamente contra ese robo legalizado.
—¡Ladrones! —gritaba un hombre de mediana edad a un vendedor tuerto.
Señor —contestó el ladrón—, ¿no vale cualquier cosa el que tu esposa te dé un hijo?
—Alzó una tórtola que luchaba por liberarse—. Con la sangre de esta hermosa ave del amor, será lo bastante fértil como para tener gemelos.
El peregrino le lanzó una mirada de soslayo.
—Hace seis meses una tórtola como ésta me costó sólo unos céntimos, y todavía no tengo un hijo.
No era de extrañar que los reformadores clamaran contra el Templo. ¿Cómo podía encontrarse a Dios entre toda esta miseria y confusión?
De vez en cuando la trompeta de plata daba la señal de la oferta de un sacrificio. Por su aspecto tristón los animales parecían saber que estaban a punto de ser una inspiración para los fieles. Llegó a mi nariz el olor acre de los animales asustados. El ruido era ensordecedor, y los gritos de dos vendedores ahogaban incluso los relinchos de los burros. Me molestó profundamente todo el tiempo que tuve que pasar abriéndome camino entre aquella muchedumbre chillona, observando los regateos y viendo cómo los cambistas cobraban su cinco por ciento usurario por cambiar las monedas romanas impuras por santos siclos judíos, buenos para cualquier mercancía, y para los pájaros o bestias.
No estaba de humor para demorarme y apartaba a un lado a los mendigos insistentes que, como todos, pagaban a los sacerdotes por el privilegio de mendigar dentro de los muros del Templo. Los comerciantes eran no menos horribles, y salían de sus tenderetes para detener a los transeúntes. No habría comprado nada aun de haber visto algo que realmente me apeteciera, tan enojado me sentía ante este remedo cínico de adoración. Por eso me sentí muy trastornado cuando un tipo grosero se alzó delante de mí bloqueándome el paso. Me eché a un lado, y él se corrió también. Había una sonrisa en aquel rostro sucio, de nariz ganchuda, y una mano asquerosa me puso una botella de aguardiente sitio de olor repugnante bajo la nariz.
Su rostro burlón se acercó más al mío.
—¡Es néctar para un príncipe! —gritó aquella criatura grosera con todo el aspecto de estar borracho.
—¿Qué clase de judío eres? —pregunté.
—Soy samaritano, señor.
—Entonces no se te permite la entrada en el Templo —le dije, apartándome de él como si fuera un leproso.
—Pero soy un buen samaritano —me dijo—. Mis antepasados eran de las doce tribus de Israel, y volvieron a la tierra de sus padres cuando el profeta Daniel hizo la paz con los babilonios, y los persas dieron por terminado nuestro período de esclavitud.
—Hablas con engaño. Ningún verdadero hijo de Israel se ha considerado esclavo desde que el profeta Moisés Sacara a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Incluso en Babilonia conservaban nuestros padres sus costumbres y decían lo que pensaban. —
Nosotros, los samaritanos, somos tan buenos judíos como el que más —insistió con voz quejosa— y nuestro templo en el Monte Geritzim, un lugar bendecido en tiempos por Moisés, iguala en esplendor a vuestro Templo. Además —y guiñó un ojo con astucia— nosotros sólo tenemos una ballena que alimentar, no seis o siete como algunos.
Observé que el sello romano en la botella de aguardiente estaba roto.
—Si los recaudadores de impuestos ven ese sello roto, amigo, serás azotado hasta casi perder tu vida miserable.
Sin ofenderse rebuscó en su asquerosa bolsa.
—Por los flecos de tu capa, señor, veo que eres un fariseo piadoso, y escriba por lo menos, con cierto conocimiento de la ley.
Había algo en la persistencia de aquel hombre que despertó mi curiosidad. Cuando se enderezó vi que era de estatura considerable y que sus hombros eran amplios y fuertes bajo la ligera tela marrón. Había dejado ahora sus modales plañideros y se limitaba a mostrarme una túnica de seda con la inicial M bordada con sencillez, y no en el arameo corriente, sino en hebreo.
—¿Por qué me enseñas esto? —le exigí.
Se acercó todavía más, y su asqueroso aliento cargado de ajo me obligó a dar un paso atrás. Después de mirar en tomo de los vendedores, preocupados con sus propios asuntos, se inclinó y tocó el interior de mi manga.
—Esa letra que llevas dentro del puño… —susurro—. Hay cien en el patio, y en este momento, que no esperan más que un líder para vengar la matanza.
Como un vendedor se nos aproximara volvió de inmediato e sus modales serviles, pero al pasar aquel hombre señaló hacia una columna rota, a un extremo del patio.
—Oí reír a los soldados —murmuró entre dientes cuando dejaban caer esa columna sobre la cabeza de los galileos, destrozando y matando a veinte o más de ellos.
Estudié largo rato a aquel hombre extraño, comprendiendo que no había sido pura casualidad el que me eligiera entre todos.
—¿Cómo sabes que no soy un espía romano?
Se echó a reír mostrándome sus dientes amarillos.
—No con ese rostro. Solo un fariseo tendría ese gesto constante de estar oliendo algo desagradable. La nariz arrugada y las cejas en arco señalan a esa secta con más claridad que las rayas de sus mangas.
—¿Sabes mi nombre? Asintió astutamente.
—Esperamos un líder.
—Ése no soy yo. —Me había llevado a un rincón y seguía sacando nuevas mercancías de unos cestos amontonados.
Alzó en alto una túnica de seda blanca, similar en calidad a la que llevaban Anás y su yerno.
—¿Qué te parece ese ropaje? —reía a la vez que susurraba—: Esta noche, en el Huerto de Getsemaní, en la gran sala de las presas de los olivos. Los Macabeos estarán allí.
Bruscamente sus modales cambiaron de nuevo y empezó a hacer gestos absurdos, insultándome groseramente al mismo tiempo.
—¿Por qué perderé el tiempo con gentes como tú? —gritó, volviendo a meter bruscamente sus mercancías en los cestos. .
Estaba a punto de responderle furioso cuando capté su mirada y miré a mi vez por encima del hombro. Un levita, con las borlas rojas del recaudador del Templo, había estado husmeando en el puesto vecino. Sus ojos me examinaron, deteniéndose por un momento en la manga de rayas azules, y me obsequió con una inclinación respetuosa. Se mostró menos circunspecto con el comerciante.
—Tu licencia —le exigió.
Con algunos gruñidos el hombre sacó los documentos requeridos para los artículos que se ofrecían a la venta. El levita los examinó cuidadosamente y luego, como todos los oficiales mezquinos, ansioso de decir la última palabra, se marchó con este aviso:
—Que no vuelva a verte molestando a nadie por tus asuntos en este Templo, o te irá muy mal.
El mercader siguió la figura que se retiraba con una mirada de amargura:
—Son peores que los romanos, esos lacayos que sirven a Roma.
A pesar de mí mismo me sobresalté, pues este desconocido de rasgos groseros, rudo y vulgar, había repetido casi al pie de la letra mis propios pensamientos acerca del sumo sacerdote y su cohorte.
—¿Cómo te llamas?
— Joshua-bar-Abbás.
—Y ¿cuál es la contraseña?
—Haces bien en preguntarlo, pues sin ella no podrías ni aproximarte al Huerto de Getsemaní. —inclinó la cabeza—. Simón —dijo—, Simón el Zelote.
Ni siquiera le miré de nuevo y continué mi camino, sin hacer caso de los gritos desaforados de los mercaderes. ¿Cuántos de ellos, como Joshua-bar-Abbás, me pregunté, serían parte de la resistencia clandestina de Roma? Era una idea que me animaba, y por esta vez no me enfurecí cuando un par de soldados con yelmo pasaron orgullosos y algo vacilantes, las espadas de hoja ancha chocando contra las piedras, y con dos desvergonzadas hijas de Israel colgadas del brazo.
Pronto estuve fuera del Templo, y en la ciudad que amaba. Jamás cesaba de emocionarme al pasar por las calles tan familiares. En la ciudad superior, cerca del Templo, vivía la aristocracia, que disfrutaba de un aire menos enrarecido con aquella altura de más de 800 metros. El nuevo barrio se extendía ante mí, más allá de la Puerta de las Ovejas y el muro paralelo al Valle del Cedrón. Pasé ante la Puerta del Estercolero, tras la cual corría un arroyo con su olor a orina y estiércol de las alcantarillas y donde los leprosos, a los que se prohibía la ciudad, vivían apretujados en su miseria esperando una cura milagrosa en el agua santa de la piscina. En el lado más lejano del Cedrón, el pie del Monte de los Olivos, había una colección de almacenes para las pieles de los animales sacrificados. Me tapé la nariz al pasar por la Puerta del Estercolero, pues toda la basura de Jerusalén era sacada por esta puerta y lanzada al Valle del Cedrón. Justo fuera de los muros vi a los mendigos que rebuscaban su comida entre los restos malolientes amontonados en las callejuelas detrás de los almacenes. El torrente Cedrón estaba teñido de rojo con la sangre de los animales del sacrificio, y me detuve por un instante a observar esta corriente.
—Algún día —dijo una voz desconocida— esta corriente irá roja por una sangre distinta.
Me volví y distinguí apenas dos figuras en la penumbra reinante. Aunque aún no había caído el fresco de la noche sentí un escalofrío en la columna vertebral. Pero de pronto sacudí aquella impresión de inquietud. ¿Cómo podían haber llegado sus voces tan claramente hasta mí? Debía de haberlo imaginado.
Las calles estaban tranquilas ahora, antes de la comida de la tarde. Mirando las filas de casas de piedra amarillenta, muy apretujadas, a excepción de las espaciosas casas romanas y los palacios de los dignatarios judíos, recordé el dicho de que un hombre podía recorrer kilómetros sobre aquella extensión de tejados planos y cubiertos de tierra.
Salí a toda prisa de aquel barrio con sus olores desagradables y pronto me encontré en un área rica y residencial, con jardines de amapolas rojas, de suave lavanda azul y lirios del valle. Más adelante tropecé con macizos de cominos y menta, de jengibre y nuez mascada, ramas de azafrán, adelfas y cipreses, que adornaban los jardines de los ricos. Su dulce fragancia le hacía olvidar a uno los horribles grupos de monstruos grotescos con el rostro leonado y los mendigos harapientos con la mano asquerosa extendida para pedir limosna. En algunos montículos que se alzaban sobre las casas de piedra caliza vi cedros aromáticos, y la planta de la que se extraía el incienso para el servicio del Templo. Ojalá que el espíritu de Israel fuera tan fructífero como su tierra.
Debí haber caminado durante horas, ya que mi mente sólo podía pensar en la nueva vida que estaba a punto de iniciar. Hasta dónde me llevaría, era imposible saberlo. Pero sí sabía que estaba a punto de encontrar El mi salvador, el Mesías de Israel, de eso no tenía duda. Pues incluso de muchacho, escuchando la conversación discreta de mi padre y sus amigos, llegué a comprender que había nacido para servir le algún día. Ese era mi destino, y de nada valía negarlo. ¿No decían los libros de nuestros padres que el filisteo luchó contra el destino inútilmente? Nosotros podíamos elegir nuestro camino, por supuesto, pero era un camino ya señalado para nosotros. Los ancianos me habían puesto en ese camino y el Prometido me llamaba; sin embargo, como decía Isaías, yo no le conocía. Pero en el instante en que mis ojos cayeran sobre él se descorrería el vello. Él era mi Maestro y moriría por él si fuera necesario.
El Bautista, decían, era un esenio. Yo no había imaginado nunca que el Salvador fuera alguien tan —austero. Sin embargo, aunque de corazón desaprobaba a los sumos sacerdotes, sabía que el rabí Gamaliel tenía razón al decir que los judíos habían de unirse a una causa común. Ya éramos una nación dividida, lo que hacia innecesaria la política romana de «divide y vencerás». Mientras seguí«caminando a buen paso, fui repasando los diferentes grupos y sus filosofías. Los fariseos creían que el destino lo dictaba todo, y que nada sucedía al hombre que no estuviera marcado de antemano por su destino. Pero, al contrario que los griegos, que consideraban el carácter del individuo como el factor determinante, este destino no era una fuerza ciega, como tampoco lo era el movimiento de los planetas ni el ritmo de las estaciones. Todo era designio de Dios y, cuanto más nos acercábamos al forjador de esos designios y más le comprendíamos al comprendernos a nosotros mismos, llegábamos a entender su propósito en la vida.
Me sentía intrigado por esta filosofía, pero parecía una concesión excesiva al ego el creer que Dios podía interesarse en el curso trivial de todas y cada una de las vidas. ¿Qué tenía que ver con Dios el que yo estuviera comprometido con Raquel-bar-Natán, y que ello me aburriera profundamente? Estaba seguro de que muy poco. ¿Para qué había de haber profetas entonces, si Dios hablaba a todos? Con seguridad que él no habría elegido un Pueblo Escogido si los gentiles significaran lo mismo para él.
Los esenios no apreciaban en absoluto a los saduceos, pues la jerarquía del Templo negaba la intervención divina en los asuntos de los hombres, afirmando que cada uno era libre de elegir su propio destino. Ellos no se preocupaban de la moralidad, diciendo que a Dios no le afectaban los pecados de la humanidad; por eso, decían los esenios, resultaba fácil comprender que 10s saduceos se portaran como lo hacían. Sentían cierto respeto —aun de mala gana— hacia los fariseos, por un fanatismo que sabían apreciar, aunque no estuvieran de acuerdo con él. Además, también ellos, como los fariseos, aceptaban el mensaje de los profetas como parte de las Escrituras. Los saduceos aceptaban cínicamente sólo los cinco libros de las Escrituras hasta la época de Moisés, excluyendo incluso a los profetas, que habían trabajado íntimamente unidos a ellos desde el cautiverio de Babilonia, hacía cuatrocientos años. Corría por Jerusalén el dicho de que, cuando un saduceo comía, un escriba eructaba por él. No me gustaba el cinismo ni la sofisticación de los escribas, pues hacían un silogismo de todo, incluida la tiranía de Roma.
Estaba tan enfrascado en mis pensamientos que no me había acordado de pasar por el foro y el teatro romano, lugares que los judíos patriotas odiaban tanto como el cerdo asado. Pero al cabo de un rato, y tras cruzar ante el palacio de Herodes, llegué a casa de mi padre. Desde la calle no parecía lujosa, pues los judíos prudentes ocultaban su riqueza del lobo hambriento. Después de abrir la verja y recorrer un corredor abierto salí al atrio, que rebosaba con la abundancia de cipreses, palmeras y algarrobos reunidos en torno de un grupo de fuentes de mármol. Mi querido padre, Dios [e bendiga, se había helenizado sobremanera en sus últimos años y cultivaba el gusto por las estatuas grecorromanas.
«Toma lo mejor de cada cultura —decía— y utilízalo en tu provecho.»
Me detuve en la puerta. Ya había preparado las excusas que daría a Raquel y a mi madre. Habíamos planeado cenar con unos amigos, pero mi mente se sentía atraída como por un imán hacia el Huerto de Getsemaní. Los zelotes de toda Palestina, así como sus simpatizantes, estarían allí reunidos, pues la demostración de fuerza de Pilato había precipitado una crisis de acción. No podíamos permitir que Roma nos considerara cobardes a todos.
Mi madre fue la primera en saludarme. Había arrugas de ansiedad en su rostro agotado cuando me cogió la mano y me besó ligeramente en la mejilla.
—Estás tan poco en casa estos días —suspiró como un reproche.
Por encima de su hombro vi el rostro encantador de mi prometida.
—Raquel —dije—, tu belleza crece de día en día.
Enrojeció deliciosamente y sus ojos azules se animaron. —
¿Cómo puedes saberlo, Judas, cuando estás aquí tan pocas veces?
—Es por mi trabajo —dije con mayor dureza de la que me proponía—.¿Cómo viviríamos de no ser por las propiedades de mi padre?
Mi madre me lanzó una mirada de reojo:
—Simón de Cirene estuvo aquí antes.
—Oh, ese traficante de placeres —dije con indiferencia—. ¿Qué nuevo desastre ha venido a contarme ahora?
El cirineo, tan sofisticado merced a su filosofía hedonista, había sido el capataz de mi padre durante muchos años y continuaba sirviéndome después de la muerte de éste.
—Está preocupado —dijo mi madre— por lo poco que te ve.
—El viaje a Keriot es muy pesado, y él puede traer sus problemas a Jerusalén.
Raquel se enojó y alzó la puntita de la nariz, tan chata.
—Me estoy convirtiendo en una solterona y tú ni siquiera te das cuenta de ello.
—Lo sé —dije con una carcajada—. Y aún no tiene dieciséis y tú eres un viejo de casi treinta años.
—No tanto. Por favor, no me envejezcas antes de tiempo. Mi madre sonrió sin alegría.
—Me temo que aquí soy la única que advierte su edad.
Los sirvientes entraron con refrescos en la biblioteca, mi lugar favorito, donde mi padre y yo solíamos discutir de historia hasta las primeras horas de la madrugada.
Bebí lentamente un poco de vino sirio excelente.
—No puedo cenar contigo, madre, aunque confiaba en ello. Su voz tembló un poco.
—Pero, Judas, no puedes defraudar a nuestros invitados. Ellos están esperando tu anuncio.
—¿Qué anuncio, madre?
La copa se deslizó de manos de Raque! y se destrozó en el suelo de losas de piedra.
—¡Y ni siquiera se acuerda! —gritó.
—Tenías que anunciar la fecha de tu boda. Suspiré, pues lo lamentaba.
—No puedo quedarme a cenar esta noche, madre. Lo siento, Raquel.
Esta parecía muy afectada. Su seno se agitaba violentamente por la emoción y trataba de reprimir el llanto.
—Si es que no me amas, dilo, Judas. Sé que no soy más que una pariente pobre, que vivo aquí de caridad desde que mis padres murieron.
Mi madre extendió la mano y tomó la suya.
—Tú eres mi propia hija, la hija que no llegué a tener. Encontraba aquella situación embarazosa.
—Debo reunirme más tarde con Gamaliel. Tiene noticias que comunicarme.
—¿Cuándo le has visto?
—Hoy mismo —contesté sinceramente—, pero había otros presentes. Sabes que es un buen amigo, y que desea promocionar mi carrera.
Frunció el ceño.
—¿Es que la fortuna de tu padre no es suficiente para todos nosotros?
—No puedo evitarlo, tengo que acudir allí esta noche. —Me molestaba mucho tener que mentirle, cuando no había necesidad de dar tantas excusas—, ¿Por qué no les dices tú la fecha en mi lugar?
Mi madre me miró con expresión apenada.
—Pero tú, Judas, eres el jefe de la familia.
Como siempre que me apremiaban injustamente, perdí la compostura.
—Entonces, ¡déjame serlo!
Mi querida, dulce y amable madre se levantó del diván y cogió a Raquel de la mano.
—Vamos, hija, hemos de ocupamos de la cena. No hay que defraudar a los invitados.
¡Ya la tenía otra vez obligándome a sentirme culpable!
—Yo quiero casarme con Raquel —dije. Mi madre habló sin volver la cabeza.
—¿Y también te mostrarás tan misterioso con ella acerca de tus movimientos?
Di un paso para besar a Raquel, pero ésta movió la cabeza agitando el pelo maravilloso y castaño que le cayó sobre los hombros. Nunca la había visto más hermosa, y sentí un anhelo repentino de aquel cuerpo esbelto y firme, tan voluptuosamente silueteado bajo la túnica finísima.
—Vamos, Raquel —repitió mi madre—. Judas tiene negocios en otra parte.
Las mujeres eren irrazonables, siempre inmersas en sus pequeños caprichos, sin. pensar ni por un instante en las necesidades de la nación. En cuanto a Dios, ¿qué era para ellas? Sólo una palabra. Se ponían en pie en la sinagoga, en la parte de arriba, frunciendo el ceño mientras leían los rollos sagrados y sólo con el objeto de echar una ojeada a los hombres que oraban solemnemente en la parte de abajo. No les preocupaba nada el Mesías. Les importaba muy poco que apareciera o no. Se les daban cremas y aceites para que se pintaran y arreglaran el rostro y el cuerpo, y ya estaban tan felices y ocupadas. Yo no podía adaptarme a tanta frivolidad cuando los rumores del Mesías estaban ya en el aire y eran llevados a todas partes del país en las oraciones de su pueblo.
—Libéranos, ¡oh Libertador!, pues somos tuyos.
Sin cenar, pero demasiado excitado para advertido siquiera, salí a pie hacia Getsemani Tomando la ruta más corta a través de la ciudad pase por el terreno que separaba el Templo de la Fortaleza y salí por la Puerta Dorada a los jardines y avenidas que ascendían hacia las montañas. Era una noche sombría, la luna desaparecía en ocasiones tras las nubes plateadas y, a esta luz tristona, distinguí tres cruces con una figura pendiente de cada una. Aún no estaban muertos, a juzgar por sus gemidos. Habían sido colgados cabeza abajo; lo cual significaba que eren bandidos a los que se había apresado cuando asesinaban a alguien. Durarían hasta la mañana, según sus gritos, hora en que los soldados romanos les partirían las piernas y pondrían fin a sus sufrimientos.
Les habría dado algo de vino, de haberlo llevado, y algún consuelo, de haber tenido tiempo. Pero estos cuerpos colgaban de los árboles en toda Judea, llenando de temor a los viajeros. Los romanos no eran partidarios de las prisiones. Suponían una pérdida de tiempo y de dinero. «¿Por qué alimentar a un caballo muerto?», preguntaba Pilato.
El Huerto de Getsemaní, con sus viejos olivos retorcidos y los almacenes abandonados, siempre me había fascinado. Tenía tal aire de abandono que a veces temblaba el cruzarlo. Siempre tenía la impresión desconcertante de haber estado allí antes. Supongo que (si uno creía en la reencarnación) era muy posible que algún recuerdo semiolvidado de otra vida perdurara en el fondo de la mente. Sin embargo, aunque mi educación farisaica me permitía entretener la idea de una vida continua, ésta era la única vida de que estaba seguro. y si ésta no contaba, ¿qué podían importar las otras?
Perdido en estos pensamientos me sobresalté cuando una figura salió bruscamente tras un grupo de árboles.
—La contraseña —me desafió una voz ruda. Sentí que la hoja de una espada me daba en el pecho e instintivamente me eché atrás.
—Simón el Zelote.
—Pasa, Judas-bar-Simón. llegas tarde.
A la luz de la luna, y forzando la vista, distinguí los rasgos característicos de un judío sirio.
—Me llaman Gestas, y soy el lazo de unión de los patriotas disidentes. Su rostro tenía tal fuerza y decisión, incluso a aquella luz tan débil, que me resultó tranquilizador.
—Eres el último —dijo— pero debo quedarme hasta que me releven. —Su mano acarició la hoja de la espada—. Esto nos librará de cualquier invasor.
Seguí el sendero que me indicó. Tres veces más me detuvieron antes de llegar al almacén abandonado, rodeado de centinelas armados. Me registraron en la puerta y me quitaron una daga.
—¡Soy un zelote! —exclamé furioso.
—Todos lo somos —dijo el centinela— y las reglas son las mismas para todos, incluso para Simón el zelote.
—¿Y si los romanos interrumpieran esta reunión? Sonrió.
—Tenemos un hombre detrás de cada árbol. El movimiento crece, hermano. El tiempo se acerca.
—Buen hombre —y le cogí por el hombro—, ésas son las palabras que deseaba oír.
Me hizo entrar en el edificio. Estaba más iluminado de lo que yo había esperado. La luz provenía de pequeñas lámparas en las que, a juzgar por el olor, ardía brea procedente de Persia y el Sinaí. Mi entrada no despertó interés alguno. Ni una cabeza se volvió a mirarme. Probablemente habría unos cien hombres sentados en el suelo en torno de la espaciosa habitación escuchando a otro de gran ,prestancia. Por su acento se veía claro que era galilleo. Pero hablaba con la misma seguridad que si perteneciera a las tribus de Israel. Y en verdad que había muchos en Galilea del linaje de Abraham, cuyos padres habían vuelto a establecerse allí después que los Macabeos hubieran arrojado a los sirios y aramitas que no querían ser circuncidados.
También él había estado en Roma y sentíase aterrado por la corrupción y dos vicios que allí crecían, y por la floreciente homosexualidad.
—La clase gobernadora se ha reblandecido con tanto lujo. Pierden el tiempo, y durante todo el día, en los baños, jugando con sus pequeñas ninfas y permitiendo que los extraños ambiciosos como Sejano, manejen los asuntos del Estado. Las clases bajas se han convertido en gentuza, y han perdido las ganas de trabajar. Tenemos un dicho en Judea: El padre que no enseña un oficio a su hijo le está adiestrando para ladrón. Pues en Roma están ociosos todo el día, robando y fornicando en su ociosidad, mantenidos por la largueza de un gobierno timorato que les llena la mente con los juegos del circo y el cuerpo con trigo y carne gratis.
El suelo estaba tan abarrotado de gente que me costó cierto tiempo hallar un espacio en las primeras filas. Los ojos del orador se detuvieron en mí un instante y creí ver una sonrisa. ¿Cómo era posible? Jamás había visto yo a aquel gigante. Pero luego, de repente, creí ver, en vez de la túnica que vestía, la coraza de un guardia del Templo, y en mi memoria se hizo la luz. Naturalmente, ¡claro que le había visto antes! Era el levita que, a primeras horas del día, amenazara al vendedor de aguardiente. No era de extrañar que aquéllos se conocieran. Estaban en todas partes.
Pronto supe su nombre pues otro hombre que me pareció familiar, de rostro de halcón y con una melena leonada, se puso en pie osadamente y dijo:
—Simón el Zelote, te respeto como el líder de los zelotes y estoy de acuerdo en que ésta no es la Roma de la República, pero sigue siendo Roma. y el que crea que va a desmoronarse como una manzana podrida al primer mordisco, colgará cabeza abajo por su equivocación.
Casi no había reconocido a éste, ya que sus ropas y aspecto estaban tan, cambiados. Pero pronto su nombre me confirmó quién era.
—Bien dicho, Joshua-bar-Abbás —contestó Simón el Zelote—"—
,pero tranquilízate, que no habrá un asalto fallido contra el Imperio. No se hará nada de auténtica importancia hasta que el tiempo esté maduro. Sin embargo podemos prepararnos para ese momento estableciendo arsenales en cada punto de emboscada en todas las vías del Imperio, desde Egipto a Siria.
Joshua-bar-Abbás le miro dudoso.
—Con todo mi respeto para contigo, Simón el Zelote, y para conmigo mismo, necesitamos un líder que inflame al pueblo y encienda su imaginación.
—Cierto —dijo Simón— y ése sólo puede ser un hombre.
La multitud lo comprendió rápidamente y estallaron gritos de:
«¡Hosanna! ¡Hosanna al Mesías, el Libertador de Israel!».
Sentí una oleada de excitación al hallarme entre hombres que pensaban como yo. Sin embargo no estaba completamente de acuerdo, pues había visto en Roma los rostros melancólicos de una población de esclavos que sobrepasaban en gran número a sus amos, y sabia que la chispa adecuada iniciada la conflagración que consumida a la zorra malvada.
No todos los presentes eran zelotes; había también patriotas sinceros que temían que Israel se hubiese apartado demasiado de sus padres. Un viejo se puso en pie y le reconocí sorprendido. Era Nicodemo, un fariseo liberal como Gamaliel, al que algunos consideraban el hombre más rico de Israel. No era zelote, ni pretendía simularlo.
—Mi único interés —dijo con voz lenta pero resuelta— es que Israel sobreviva como la tierra de los escogidos. Cuando recorro las calles de Jerusalén me siento desalentado al ver cómo cambian las cosas. Nuestros propios jóvenes están romanizándose. Se visten como romanos, caminan orgullosos como ellos. Entran en los gimnasios, colaboran al mantenimiento del circo y sueñan con convertirse en ciudadanos romanos. Algunos se hacen incircuncisos porque los romanos encuentran ofensiva esta costumbre. Nuestras hijas fraternizan con los conquistadores, y se casan con ellos, dejando su adoración tradicional. Es un triste estado de cosas.
—Y ¿cómo —preguntó Simón— cambiarías todo esto sin recurrir a la violencia?
Ya era bien sabido que Nicodemo aconsejaba prudencia en todos los asuntos por temor a las represalias de los romanos.
—Soy viejo —dijo Nicodemo— y conozco bien la vida. También yo he advertido la decadencia del carácter romano que sólo puede llevar a su ruina.
—Pero ¿cuándo llega a saberse que decae el carácter de un pueblo? —preguntó el violento Joshua-bar-Abbás—. No es como en el caso de un hombre, cuya mente y actos se debilitan ante tus propios ojos.
—Cuando ceden al gobierno los deberes que habrían de enorgullecerse de realizar. por sí mismos —dijo Nicodemo—.Cuando permiten que se les diga que se les alimentara y dará alojamiento aun cuando no trabajen, cuando se les promete la seguridad desde la cuna hasta la tumba, cuando se les convence de que el Estado se ocupará de la supervisión de sus hijos, y les dirá qué educación deben recibir, y dónde. Cuando se les dice todas estas cosas, y las aceptan.
Joshua-bar-Abbás agitó la cabeza fieramente.
—Yo no tengo la paciencia de un viejo.
—Dales tiempo —insistió Nicodemo— No podemos considerar nuestro destino sin tener en cuenta el de Roma. Ya no existen hombres como Cato el Censor, o Marcelo, que entreguen a la muerte a sus propios hijos para mano tener el principio del deber primordial al Estado. No hay más que una ambición corrompida que ya he visto con mis propios ojos. Ambición de poder, y del lujo que éste procura, de casas y muebles magníficos, de grandes propiedades, de una vida licenciosa. de vino y mujeres. Todas [as semillas de la decadencia están presentes. Los ciudadanos de la mayor potencia mundial han llegado el preferir la ociosidad y los deportes al trabajo. Roma caerá sola ante la primera fuerza positiva que la ataque. Eso os lo prometo.
Nicodemo creía que la economía gobernaba las naciones.
—Hay una decadencia en la familia romana que sólo augura males para la vitalidad romana. Únicamente los de baja estofa y los esclavos tienen familias numerosas, pues saben que se las mantendrá el Estado. Los de clase media y superior ya ni se casan, y el aborto es un negocio próspero. Llegará pronto el día en que no habrá nadie capaz de mantener a las hordas que nacen esclavos y permanecen esclavos, felices de ser alimentados y entretenidos, y llenándose de vez en cuando el bolsillo con incursiones por las callejuelas oscuras, donde roban a los mismos que los mantienen.
Joshua-bar-Abbás no estaba impresionado.
—Tal vez sea cierto cuanto dice Nicodemo, pero no podemos esperar a que Roma complete su decadencia. Para ese momento también Israel habrá cambiado tanto que nuestros hijos e hijas serán romanos, y asimismo decadentes.
Hubo algunas risas ante esta salida, e incluso Nicodemo sonrió de buena gana.
—Yo aconsejo la paciencia por el bien de todos. Primero dejemos que llegue el Mesías, y que él decida cómo ha de salvarse Israel.
La reunión no iba bien. Muchos empezaban a mirar inquietos en tomo. Me puse en pie.
—¿Puedo decir unas palabras?
Simón el Zelote extendió los brazos.
—Aquí hay un joven —dijo— que podría vivir en el lujo, pero ha preferido unirse a nosotros. Habla, Judas.
Jamás había hablado antes en público pero mi mente era. clara y precisa. Distinguí entre la multitud algunos rostros en los que se reflejaba un vivo interés. No perdí el tiempo en preámbulos.
—En el principio —dije— los Macabeos eran un puñado, menos que nosotros; pero tenían un propósito, y fe. Según dijo Judas Macabeo: «Muchos pueden ser vencidos por los pocos. La victoria no depende del número. La fuerza viene del cielo».
Vi que el rostro alargado de Nicodemo se contraía en algo semejante a una sonrisa. Pero Gestas permanecía muy serio, con los brazos cruzados, y los zelotes más jóvenes seguían sentados en silencio.
—Los Macabeos no eran un pueblo guerrero. Eran granjeros, como la mayoría de vosotros. Criaban ovejas, cabras y ganado, se cuidaban de los pichones y trabajaban el campo. Eran un pueblo pacífico, pero también amante de la libertad. Los judíos de aquella época no hacían nada el sábado. Antíoco y sus griegos sirios se regocijaban por esta santidad y celebraban su sábado asesinándoles a miles en sus cuevas. Sólo cuando ordenaron a los judíos que adoraran a los ídolos resistieron éstos al fin. —Mi voz se alzó— Y, cuando ellos estuvieron dispuestos, un líder vino a responder a sus plegarias.
Ahora si tenia dominado a mi auditorio.
—Matatías el Asmodeo era rico en hijos. Juan y Simón, Judas, Eleazar y Jonatan. Unidos a amigos y vecinos, sus hijos atacaron al enemigo cuando éste menos lo esperaba. Le acosaron de continuo robándole las caravanas, entrando a saco en sus arsenales, matando a dos que quedaban rezagados. y no sólo lucharon en sábado sino a diario, incluso en el Día de los Sacrificios. En una batalla campal, en la llanura de Emaús, el ejército mercenario de los sirios huyó al primer asalto. Porque no ponían el corazón en la lucha. Con cada victoria dos Macabeos —y alcé la manga para mostrar el emblema—, los martillos del Señor, ganaban nuevos seguidores. Pero todavía les sobrepasaba el enemigo en número. En Elasa, Judas, que se enfrentaba a una fuerza mucho mayor, dijo a su pequeña banda: «No es difícil morir, si uno muere por la libertad». y tenía razón.
»A1 fin Judas se apoderó de nuevo de Jerusalén con un ejército de 120.000 soldados, suficientes para liberar a cualquier pueblo. —Mis ojos fueron examinando a aquella muchedumbre silenciosa—. y ahora se hará como entonces. Dios no nos ha abandonado. Él enviará al Mesías y nuestros enemigos serán como basura ante él.
Esto era lo que ellos deseaban oír, y todos reaccionaron calurosamente voceando su aprobación como si los éxitos de los Macabeos fueran míos. Era agradable saber cuán fácilmente podía conmoverlos a todos apelando a sus deseos . Pero no todos se dejaban convencer fácilmente. El rostro alargado de Nicodemo parecía más largo todavía.
—Los romanos —dijo secamente— no estarían de acuerdo, en absoluto, en que se los describiera como basura.
Sabiendo que tenía de mi parte a la multitud contesté osadamente:
¿Acaso implica Nicodemo que el Mesías enviado por Dios no tendría el poder para librar de Roma el cualquier adversario?
Se acarició la barbilla pensativamente, en absoluto acobardado.
Primero debemos saber qué es el Mesías, y luego el debe saberlo también.
—Claro que lo sabrá. ¿De qué modo podría dirigimos?
—Cierto, pero tal vez él camine a un paso distinto del nuestro. Ofendidos por lo que consideraban una discusión de temas insignificantes, los zelotes más jóvenes empezaron a patear en el suelo y a gritar: «¡Abajo el incrédulo!».
Los ojos de Nicodemo flamearon.
—Soy creyente —dijo con serenidad— o no estaría aquí. Apoyo cualquier causa que prepare el camino para el Libertador de nuestro pueblo. y apoyaré cualquier causa en la que crea.
Esto último, naturalmente, era un golpe terrible, ya que hacía falta mucho dinero para sufragar el levantamiento proyectado y no convenía perder la amistad de Nicodemo, el mercader más acaudalado de Palestina.
Joshua-bar-Abbás alzó da mano.
—Nicodemo, como amigo de la libertad, tiene derecho a hablar.
Yo veía un fallo en la argumentación de Nicodemo.
—En esa población de esclavos está la semilla de muchas revueltas. y ellos sobrepasan en número, y con mucho, a sus amos romanos, y gustosamente se unirían a un levantamiento.
No se mostró de acuerdo.
—Esos no tienen espíritu, o ya se habrían levantado hace tiempo. No son los gladiadores que lucharon con Espartaco por toda Italia, sino parásitos domésticos que se han dejado cuidar tanto tiempo que ya no les importa otra cosa que la vivienda y la comida gratis. Tendrás que buscar apoyo en otros. No lo encontrarás en los débiles de espíritu.
Comprendí, en el fondo de mi corazón, que decía la verdad.
—Entonces lo encontraré en los valientes de corazón —respondí con tono elevado—, entre los que dirigen las legiones contra un enemigo que no odian, entre los contribuyentes que gimen ante cada nueva exigencia que amenaza acabar con ellos, entre los que desean luchar en todas partes por la causa de la libertad. Nadie ama al tirano, no; ni siquiera los romanos. Lo que sucedió a Julio César puede suceder a otros, inferiores a él.
—Por cada César que caiga se levantarán diez —dijo Nicodemo.
—Pero no serán enviados por Dios, ni tendrán el poder ilimitado de Dios. ¿No dice la Escritura que cuando él venga todas las naciones le prestarán obediencia? ¿Es que Nicodemo discute a los Profetas? Desde luego no es un saduceo materialista, cegado por sus riquezas hasta el punto de creer que no hay nada antes ni después.
—Los zelotes y los fariseos no tienen motivos de discusión, a no ser la cuestión del celo. Tú lo sabes bien, Judas, pues no ha habido un fariseo más distinguido y patriota que tu padre.
—Yo sé que ha llegado el momento de resistir. Se han cumplido doscientos años desde que los Macabeos nos dieron la libertad, y cien años desde que los romanos nos la quitaron. Cien años de aguantar a Roma son más que suficientes, digo yo; basta de Tiberio, que desea robamos nuestras costumbres; basta de Sejano, que odia a dos judíos porque éstos hablan en favor de la libertad; basta de Pondo Pilato, que convertiría a Israel en un escabel para los pies llevado de sus mezquinas ambiciones. Yo digo a Dios: Señor, muéstranos al Prometido y nosotros, sus leales servidores, haremos el resto.
Les mostré de nuevo el emblema oculto.
—¡Ojalá veamos el día —grité— en que esto represente no sólo a los Macabeos sino al nuevo Libertador, el Mesías, que ya está aquí y esperando! Yo lo sé porque el tiempo está maduro, y un día lo sabrá el mundo entero.
Me senté entre aplausos ensordecedores. Incluso el sombrío Gestas halló razones para sonreír. En cuanto a Nicodemo, ¿qué me importaba que frunciera cejas y pareciera turbado? Era un viejo, y los viejos siempre aconsejan paciencia cuando es la impaciencia, la negativa a aceptar lo inevitable, lo que determina los cambios milagrosos que dan sabor a la vida. Prefería yo morir mil muertes que vivir la vida de un esclavo.
Con un solo discurso me encontré de pronto convertido en el líder de los zelotes. Anteriormente no había hecho ninguna contribución de importancia, pues me limitaba a escuchar cuando otros hablaban y planeaban.
Gestas y Joshua-bar-Abbás me estrecharon ahora la mano.
—Nos has dado un idea magnifica —dijo aquél con una sonrisa que ensanchó su rostro de aire fiero.
—Me siento complacido —dije yo demostrando asombro.
—Hasta que seamos bastante fuertes para salir el campo de batalla haremos como los Macabeos. Robaremos en sus arsenales y prepararemos emboscadas para sus caravanas, hasta que los romanos dejen de presumir de que sus carreteras son tan seguras como el foro a mediodía.
Recordé lo que había dicho Anás de las vías de comunicación del Imperio, de Alejandría a Damasco.
—No aceptarán todo eso sin luchar.
A Gestas se había unido Dimas, un centinela el que acababan de relevar del servicio.
—Para cuando sepan quién es su adversario nosotros tendremos un ejército bien aprovisionado y más fuerte que todo lo que puedan lanzar contra nosotros.
—Se rió sombríamente.
Ya están demasiado ocupados con los bárbaros de Germanía, con esos bretones que se suben a los árboles y con los partos.
—Y ¿qué hay del líder? Sin el Mesías no podemos confiar en un levantamiento general. Todos esperan al Libertador, y no querrán ser liberados sin él.
Gestas y Dimas sonrieron tras la maraña de sus barbas.
—Si no encontramos un Mesías, nos lo fabricaremos.

3 - El Bautista

Le conocí enseguida.
Estaba de pie y metido hasta las rodillas en las aguas fangosas del Jordán, la mano apoyada en un joven cuya cabeza oscura se inclinaba en gesto de resignación.
—Arrepiéntete y queda curado —gritó con una voz que llegó hasta muy lejos de la orilla.
El joven alzó un brazo con esfuerzo; lo tenía seco, los dedos engarfiados, deformados.
El Bautista, pues no podía ser otro, posó la mano brevemente sobre el brazo enfermo.
—Ruega al Padre que puede hacer todas las cosas, incluso mover montañas.
—Su voz tenía una vibración que parecía enviar corrientes de energía. Yo la sentía incluso donde estaba, y lo mismo la del joven.
—¡Siento el calor! —gritó.
—Tienes fe —dijo Juan— Así todo está bien.
Nunca había presenciado una curación, ni tenía fe en ellas.
¿Cómo alguien podía sanar lo que desafiaba a los mejores médicos? Parecía una superstición estúpida, pero la mente era capaz de logros asombrosos. Creer en algo era con frecuencia una condición previa para que eso sucediera. ¿Cuántos juraban haber visto a Simón el Mago extender las ,alas y volar, cuando no era más que un charlatán que engañaba a los crédulos? Pero ahora, y con mis propios ojos, era testigo de un milagro. No podía ser otra cosa. El brazo habla estado paralizado y ahora, por absurdo que parezca, la piel encogida empezaba a extenderse y los músculos iban cobrando forma.
—En el nombre del Señor Dios —tronó el Bautista—, Azriel, hijo de Hamon, es ya un hombre completo.
El joven lanzó un grito de júbilo alzando el brazo restaurado para que todos lo vieran. Un sonido, que empezó como un simple murmullo, fue cobrando fuerza. Cojos, lisiados y ciegos, surgiendo de la multitud maravillada, cayeron de rodillas y gritaron:
«¡Hosanna!»
—Con seguridad que ése es el Mesías —dijo una vieja inclinada sobre el bastón—. Sólo el Ungido de Dios puede hacer estas cosas.
El Bautista parecía no advertir a la multitud. Seguía junto al joven ya curado en el agua; ahora metió su propia mano en el río lleno de remolinos y mojó la cabeza desnuda del joven con el agua.
—Ama a Dios y purifícate —dijo.
Sus ojos se clavaban en el joven. Nadie más existía para él en ese momento—.
Te bautizo Isaías que significa la salvación del Señor, por el profeta cuyas profecías están a punto de cumplirse.
El joven se arrodilló a rezar; el agua le llegaba casi a los hombros y, en esta postura, alzó la cabeza en gesto de súplica. Los ojos del Bautista brillaron. .
El está satisfecho contigo, Isaías. Levántate pues ya estás purgado de todo pecado y, con tu nueva virtud, dispuesto a conocer al Señor.
El joven se adelantó deseando, en su agradecimiento, abrazar a su bienhechor. El Bautista se echó atrás rápidamente y los esenios gritaron horrorizados:
—¡Le robaría su poder! Nadie debe tocarle cuando se halla en comunicación con Dios.
Mientras yo me preguntaba cómo podría suceder esto, el Bautista regresó a la orilla. Sus ojos azules de mirada intensa registraban la multitud, como si lo viera todo, y a todos, en ese instante. A todos los dominaba; salvo algunos gestos de desprecio y algunas sonrisas burlonas, porque los cínicos siempre estaban presentes. Yo había visto a fariseos y saduceos entre la multitud, e incluso algunos publicanos, recaudadores de impuestos, reconocibles por la insignia de su cargo y por el vacío que hacía el pueblo a su alrededor. Todos temían a estos esbirros de Roma que exprimían a los trabajadores quitándoles lo poco que les habían dejado los sacerdotes.
Me quedé sorprendido al ver un número de rabinos, con barba y con ropajes negros, casquete y, en los brazos, una pequeña cajita de piel, una filacteria, que seguían tocando mientras repetían el rollo que contenía:
—Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno. Incluso había allí algunos hombres de mi pueblo, del desierto y de los bosques circundantes, hoscos y flacos. Yo conocía bien a esas gentes del desierto. Era una tierra dura y amenazadora, pero era mi tierra, pues mi gente había vivido en las proximidades de Keriot durante muchos años. Aquí se estableció Simón, el último de los Macabeos, en las montañas calizas junto a Jericó donde las laderas grises están cortadas por un torrente sombrío cuyas aguas van a caer al Jordán. Aquí se reunían las águilas y los chacales saciaban su sed en el punto en que el río giraba como una serpiente ,entre las arenas brillantes. Era una tierra donde el Templo y sus problemas parecían una pesadilla distante hasta que uno se tomaba el tiempo suficiente para analizar todos sus elementos tan diversos que yo veía allí.
En general la reunión estaba formada. sobre todo por los amaretzin que, con la astucia nativa del hombre común, habían abandonado la observación tradicional de la ley llevados de su desdén por el materialismo reinante en el Templo. Eran principalmente obreros manuales, empleados para sacar la basura y limpiar las alcantarillas, o bien artesanos, carpinteros, herreros, pesadores o granjeros. Trabajaban en tiendas o bazares y vivían de sus manos porque no tenían inteligencia ni cultura. Pocas veces figuraban, en cualquiera de las profesiones honorables como la ley, la medicina o Ja enseñanza.
Se les identificaba rápidamente por sus ropas y modales groseros. Incluso reconocí a algunos, como Adán el Curtidor, que tenía su tienda de pieles en la Calle de los Curtidores en la Ciudad Santa. Era un hombre de cuerpo grueso, con un rostro grasiento que recordaba las pieles que curtía. Sus ojos eran pequeños y miraban el mundo circundante con la suspicacia tan típica de los de su clase. Sus compañeros eran tan rústicos como él, y bebían vino de ínfima calidad que llevaban en unas calabazas colgadas de la cintura mientras hablaban groseramente a gritos.
No por el Sanedrín, sino para satisfacer mi propia curiosidad, me metí entre ellos pensando que eran conversos en potencia para nuestra revolución, pues aquel que tiene muy poco que perder es el que cuenta con más razones para arriesgar cuanto tiene.
Como llevaba la capucha echada sobre el rostro, Adán no me reconoció, aunque yo había entrado con frecuencia a comprar en su tienda, pues sus artículos de piel, escudos y corazas, eran muy adecuados para las tropas que, en su día, lanzaríamos al campo de batalla. Secándose el vino de la barba con el dorso de la mano, me miró con suspicacia cuando me acerqué a él.
—¿Qué te trae por .aquí, Adán? —le pregunté, disfrutando al ver su sobresalto a la mención de su nombre.
Por difícil que parezca, aún se reflejó mayor desconfianza en sus ojos. Miraba inseguro en torno, como si quisiera contar con la ayuda de sus compañeros.
—¿Cómo sabes mi nombre? —dijo, y avanzó amenazadoramente contra mí.
—Es un nombre muy conocido —dije, siguiendo el juego.
Su rostro enrojecido, las aletas de la nariz muy dilatadas, despedían un olor repugnante. Me eché atrás involuntariamente, pues aquella mezcla de vino amargo y ajo podrido casi me había hecho vomitar.
Sus ojillos negros como cuentas brillaron malévolos.
—¡Lo sabía! exclamó con aire de triunfo—. Es el espía de esos cerdos. ¡Mirad cómo se esconde!
—Extendió el fornido brazo para echarme atrás la capucha, pero me hice aun lado fríamente. ¡Que groseras eran estas criaturas! Pero útiles también, como había indicado bar-Abbás. Pues los hombres más necesarios en cualquier batalla no eran los sabios y prudentes sino los inconscientes que seguirían a su líder hasta la muerte, como ovejas si era preciso, sin aumentar demasiado el costo de la causa.
—¡Atrás, imbécil! —grité con una voz que resonó con mayor autoridad de la que me había propuesto. A pesar de su arrogancia retrocedió un paso.
—Yo conozco esa voz —dijo.
—Como yo conozco tu nombre y tu rostro. Alcé la capucha un instante y sus ojos se dilataron. Inmediatamente sus modales se tornaron serviles, incluso pusilánimes, característica de los tipos como él.
—¿Qué haces aquí, señor, con ese disfraz? —preguntó en tono humilde.
—Esa fue mi pregunta, menos lo referente al disfraz, naturalmente, pues te hubiera conocido en cualquier parte. —y mis ojos miraron de soslayo a sus compañeros—, por la noble compañía que te rodea.
La multitud ingobernable nos presionaba ahora por todas partes y, por tanto, antes de que nos separaran, le sugerí rápidamente una reunión, ya que así podría tantear mejor los ánimos del pueblo. Su rostro se llenó de orgullo.
—Será un honor,. señor. Luego me guiñó un ojo. —y ¿qué tal mi mercancía? —Su voz bajó a un susurro—. Debes de estar preparando un ejército.
Le lancé una mirada severa. —No tienes que pronunciar una palabra, bajo pena de castigo inmediato.
Rápidamente sus toscos modales se tornaron serviles de nuevo.
Sólo hablo contigo, que ya lo sabes, y por tanto no hay mal en ello, ¿verdad, señor? Antes de que pudiera decirle nada más, nos separó la muchedumbre.
El Bautista, con su carisma notable, los tranquilizó con el brazo extendido. En la quietud subsiguiente un hombre alto, de aspecto juvenil, se adelantó empujado por sus vecinos. Hablaba con el acento de los arameos, y me pregunté qué haría tan lejos de su tierra. Llevaba una pluma de ave sobre la oreja y pensé que sería un escriba, pero era un escribano de un tipo muy distinto. Inquirió con una voz extrañamente inocente.
—Maestro, ¿es suficiente ser bautizado para estar puro?
Su pregunta dio lugar a algunas carcajadas que fueron rápidamente silenciadas por el ceño del Bautista. Éste miró al joven a los ojos.
—Tú, Leví, aunque publicano, serás hallado digno a los ojos de! Señor. Pero tu destino es quedar purificado por otro más grande que yo.
La desilusión de Leví quedó patente a los ojos de todos.
—Puesto, que sabes mi nombre, aunque nunca me habías visto, ¿cómo puede haber otro más grande que tú?
—Con el tiempo verás clara tu misión.
La fama creciente del Bautista había atraído a peregrinos de todo el país. Estaban ansiosos de milagros.
«Bautízanos, maestro, bautiza y cura. Cura, cura, cura.»
Se amontonaban en torno de él en su deseo, aferrándose a las escasas ropas que llevaba, pero fueron rechazados por un grupo de sus propios seguidores. Los ojos del Bautista registraban la muchedumbre. Algunos llevaban vestiduras elegantes, túnicas de seda dorada y zapatillas de plata. Otros, sobre todo los amaretzin, iban muy mal vestidos, descalzos y harapientos. La mirada escudriñadora de Juan parecía atravesar los ricos ropajes, y muchos se sintieron inquietos bajo aquellos ojos. En ese estado de ánimo su poderosa voz tronó contra ellos.
—¿Quién —gritó— os enseñó a huir de la ira que os amenaza?
La inquietud, como una nube que los cubriera, se apoderó de las gentes, y yo recordé las imprecaciones del profeta Jeremías.
¿Era posible que hubiera vuelto a nacer Jeremías como pensaban algunos, o Elías el de la buena nueva, como otros rumoreaban? Fuera quien fuese, o lo que fuese, tenía bien dominada a la multitud.
—Arrepentíos como el joven Isaías, y no seáis piadosos sólo ante la gente. Haced frutos dignos de penitencia y no os forjéis ilusiones, como hacen los saduceos y fariseos, diciéndoos: nosotros tenemos por padre á Abraham. Pues yo digo a esta generación de víboras que Dios puede hacer de estas piedras hijos de Abraham. No hay nada sagrado en las doce tribus, no sagrado ante Dios. Los sumos sacerdotes prohíben a los samaritanos, a los idumeos, a los esenios, que adoren en el Templo del Señor en la ciudad dada por Dios. Por tanto yo os digo que ese Templo ya no es el templo del Santo, sino de las víboras que sirven al dios de Herodes y de Roma.
Los cielos temblaron con el aplauso de los desheredados, los llamados amaretzin, mientras las miradas sombrías de algunos revelaban que tal vez fueran fariseos o saduceos. No era de extrañar que los sumos sacerdotes quisieran un informe sobre el Bautista. Jamás resultaba tan devastador como al amenazar su posición.
—Como todos sabemos —decía éste—, dos familias se disputan la mitra del sacerdocio, las de Anás y Betus, que tanto tiempo ha carecido de poder debido a la proclividad de Anás. Pero ahora Anás se ha quedado sin hijos y por eso sólo tiene yernos que recojan los tributos de los judíos repartidos por todo el mundo. Porque, si no pagan los diezmos, el Dios de Israel no acepta gustoso su adoración.
Los esenios y los amaretzin se rieron a carcajadas, pues su voz estaba cargada de sarcasmo.
—Los eruditos del Ta1mud tienen un proverbio: «¡Ay de mí por la casa de Betus y sus medidas! j Ay de mí por la casa de Anás y el siseo de las víboras! Ellos son los sumos sacerdotes, sus hijos los tesoreros, sus yernos los oficiales del Templo y sus criados apalean al pueblo».
Mientras continuaba hablando en ese mismo tono pude observarle a placer. Era alto, más alto que yo, y su delgadez contribuía a la impresión de gran estatura. Sus brazos eran flacos pero musculosos, y el brillo fanático de sus fieros ojos exudaba una energía inimitable. Una túnica de pelo de camello le colgaba en torno de la cintura y sólo eso le libraba de la total desnudez. Por cuanto había oído decir, sus necesidades eran muy simples. Sólo comía unos higos y dátiles al día, un poco de pan, miel. y langostas silvestres, y una vez a la semana algo de cordero o pescado. Era un esenio, y por tanto célibe. Pero en su intensa concentración estoy seguro de que jamás pensaba en ello. Su mundo era el de las ideas. Como él, sus esenios provenían del centro monástico de Qumram en el mar Muerto. Eran de un carácter serio e impresionante. Fieros y de mirada salvaje, como su maestro, buscaban con vehemencia su aprobación en cuanto él atacaba a un blanco familiar. Se consideraban eruditos y dedicaban su vida a la interpretación de la ley. Aparte su devoción al Bautista parecían haberse retirado de la corriente fundamental de la vida. Miraban a todo el mundo con suspicacia. Yo me alegré de la capucha que velaba mis ojos, pues ocultaba mi desprecio por aquella rigidez insensata. No tenían propiedades, no empleaban criados, ni siquiera para la cosecha. No comían ni bebían en sábado, ni siquiera vaciaban sus tripas en ese día de descanso. No aceptaban juramentos porque sólo creían en la afirmación de 1a verdad absoluta y por tanto no veían razón alguna para una reaf1rmación. No ofrecían sacrificios de animales pues decían que era suficiente cumplir la alianza de Abraham, y por tanto estaban excluidos del Templo de Jerusalén. Anás y Caifás rechazaban a los judíos que no llenaban sus cofres, lo mismo que el Bautista rechazaba a los hipócritas del Templo. Como su padre era sacerdote del Templo, resultaba extraño que siguiera un camino tan opuesto. Sin embargo, a este respecto no era muy distinto de mí mismo, pues nadie más considerado en los consejos del Templo que mi padre.
Ahora bien, aun con mi apasionado deseo por la libertad, yo nunca me habría hecho monje, como el Bautista. Decían de él que tenía poderes sobrehumanos. Era capaz de recorrer incansablemente el ardiente desierto y las cumbres heladas de las montañas, pasando días y días sin necesidad de alimento yagua como los demás hombres. Podía hablar. durante horas sin cansarse, y tenía la costumbre de elegir de vez en cuando a alguien de la multitud, casi siempre físicamente afligido. A veces se trataba de un problema mental, y él echaba al diablo del demente. No era de extrañar que alguno le creyera el Mesías, pues realmente parecía enviado de Dios. Con todo su fuego y pasión, y con el modo de dominar a su auditorio, me era fácil ver en él a otro Judas Macabeo dispuesto a saltar contra el tirano. Era la encarnación de todo cuanto yo había esperado. y en él se cumplía la profecía, incluso en el hecho de haber nacido en Belén, donde Isabel había morado mientras Zacarías asistía a sus deberes en el Templo.
Movía los brazos con elocuencia al hablar, y yo imaginaba a aquella voz estridente y aquellos brazos llamando a Israel a la batalla. Su poder se manifestaba en sus notables dotes para la curación. No importaba quién fuera el enfermo, ni cuál la enfermedad. Simplemente le tocaba, clavando en él unos ojos hipnóticos, y quedaba sano.
—¿Por qué os maravilláis?' —preguntaba a la muchedumbre atónita—. Si creéis en Elías, que curaba a todos los que acudían a él, ¿por qué asombraros por el que ha sido enviado por él mismo?
Sus curaciones contribuían a que todos creyeran en él. De otro modo no habría pasado de ser un orador callejero más. Sin embargo yo sentía una presencia tan etérea que no parecía de este mundo sino un tenue eslabón con el Dios que él invocaba con tanta pasión.
Su alegato crecía en interés por momentos, pues relacionaba sabiamente el Templo con la autoridad romana.
—Por que los romanos —gritaba— son los romanizados, y ninguno peor que Herodes Antipas, auténtico hijo del ateo Herodes llamado el Grande. El Grande elevó monumentos a sus amigos romanos. Construyó la Fortaleza Antonia, desde la que Roma vigila el Templo, y la dedicó osadamente al triunviro Marco Antonio, despreciado incluso por los romanos debido a sus costumbres disolutas. Aquel malvado rey construyó foros, teatros, circos, baños públicos, todo según el estilo grecorromano, y se enorgulleció de ser más griego que judío. A la vez que construía un templo a Dios en Jerusalén, elevaba estatuas de Augusto para Ja adoración judía. Saqueó las tumbas de David y Salomón y creó la gran ciudad mediterránea de Cesárea para los conquistadores. Y ahí es donde vive Pilato el conspirador, cuando ahí está en la Antonia observando la matanza de los peregrinos.
La multitud le escuchaba reteniendo la respiración. Algunos rostros se endurecieron de cólera, y muchos ojos se humedecieron. Pues todo Israel comprendía que esta matanza sin sentido era un desafío contra ellos. La voz del Bautista se alzó con emoción.
—Eran galileos los que murieron, pero ¿qué protesta presentó el hijo de Herodes? Herodes Antipas estaba ocupado con otros asuntos, muy distraído en su palacio de Perea con esa adúltera que él llama su esposa. ¿Qué dice la ley de Moisés con respecto al malvado que roba la esposa de su hermano? Como los romanos, vive para la carne, pero es peor aún que los romanos. Éstos son paganos y no saben más, mientras que él se imagina gobernante de los judíos y habla de su ley. y sin embargo nosotros pagamos tributo a ambos.
Alzó los ojos al cielo y éstos cobraron una luz radiante.
—Cuidado, pecadores, pues viene uno que purgará a los malvados de su ateísmo. Esta más cerca de lo que suponéis.
Vi por los rostros que me rodeaban que la multitud estaba atónita. Esta referencia indirecta a otro resultaba inesperada y desconcertante. ¿Aún habíamos de esperar más cuando nuestra búsqueda parecía ya satisfecha? Mi único temor había sido que su polémica contra los impuestos atrajera contra él las iras de Pilato, de Herodes y sus esbirros.
y ahora nos veíamos enfrentados con una nueva inseguridad.
¿Era sólo otro Jeremías entregado a sus quejas cuando había llegado el momento de la acción? Pero este hombre tenía la facultad de conmover a sus oyentes. No hablaba directamente de revolución; sin embargo plantaba la semilla de la disensión, que acompaña siempre a la insurrección. No era tan simple como parecía. Pero, como auténtico profeta, hablaba a veces con circunloquios sólo significativos para los familiarizados con la ley.
¿Qué romano, qué pagano podía comprenderle cuando gritaba: «Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles. Por tanto todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»?
Leví, el publicano, estaba tan asombrado como yo. Alzó una mano para preguntar:
—Entonces la ley de Moisés que da preferencia a las doce tribus de Israel ¿está sometida a la alteración del hombre?
El Bautista agitó lentamente la cabeza.
—Yo bautizo en agua a todos los que se arrepienten, pero eso no será suficiente. Pues detrás de mí viene otro más fuerte que yo. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Parecía increíble. Pues, si había uno más poderoso que el Bautista, sería un gran profeta en realidad.
—No hay virtud. en ser bautizado donde hay agua —continuó—, y pensar por eso que se ha purificado uno. Pero sin el deseo auténtico de la salvación la inmersión es inútil. Por eso bautizamos tan sólo a aquéllos con edad para arrepentirse realmente.»Pues, como dijo el profeta Ezequiel: "Yo te rociaré con agua clara y quedarás limpio de toda tu suciedad y de todos tus ídolos te limpiaré también". Pero eso no es suficiente. No hay salvación en ser purificado ni siquiera por Ezequiel, sino en volver a nacer. Y eso no viene a través de mí, sino a través de aquel de quien os hablo.
Yo advertía la inquietud de la muchedumbre en cuanto él mencionaba a otro distinto de sí mismo. Algunos habían venido desde muy lejos, enfrentándose a desiertos y montañas para echar una ojeada al nuevo Elías. Indudablemente se negaban a oír que habían hecho el viaje en vano. Los esenios, naturalmente, cerraban sus ajos a aquella negación de sí misma.
—¡Maestro, maestro —gritaban—, ningún hombre nacido de mujer es más grande que tú!
Sonrió él, y entonces comprendí, al ver brillar el rostro como el sol, que sus rasgos estaban normalmente crispadas. Había hablado durante horas sin comer ni beber, ni detenerse para las abluciones ordinarias. Mantenía una perfecta comunicación can la asamblea, respondiendo. notablemente incluso a las preguntas que no. se le hacían.
—No curaré a más enfermos hoy —dijo reflejando mi propia pregunta acerca de cuándo repetiría el milagro pero habrá muchos que quedarán curados por su propia fe también.
La curación realizada había convencida de su poder especial incluso a cierto número de soldados de entre la reunión. Habían estada bostezando o gruñendo alternativamente hasta el instante en que el brazo del joven Isaías quedara como nuevo. Interrogaron al muchacho, y le pasaron las manos por el brazo. Si esto no era suficiente, el propio entusiasmo de Isaías les habría bastado. No cabían dudas acerca de él. Parecía vuelto a nacer realmente.
Yo había observado a los soldados con cierta inquietud. Obviamente no eran de Roma, pues llevaban un casco de cuero en vez del yelmo de metal conocido desde los desiertos de Judea hasta las islas del norte. Además, no tenían el descaro insufrible de los romanos que anulaba por comp1eto a los judíos en su propia tierra.
Pero estas tropas, enviadas par Herodes a juzgar por su aspecto, parecían estar tan fascinadas como los demás por el Bautista. Un soldado, probablemente un mercenario samaritano, se mostró complacido por aquel desprecio a la aristocracia tribal.
—Entonces ¿qué haremos los soldados, que hemos de obedecer a nuestros amos?
—No me importa lo que digan vuestros amos. No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis falsamente, y contentaos con vuestra soldada.
Por una parte abogaba por la sedición; por la otra les aconsejaba que fueran buenos soldados. Herodes quedaría desconcertado en realidad por este enigma. Animado por su respuesta a los soldados, un hombre bien vestido, al parecer un rico mercader por su capa púrpura, alzó la mano.
—Soy de la ilustre Casa de Benjamín. El Bautista le cortó en seco.
—De nuevo digo al linaje de Abraham que no hay promesa de una alianza continua sin salvación, y la salvación no viene arbitrariamente al pueblo de la promesa.
—¿No hay salvación para este hijo de Abraham por ser de Abraham?
—No porque sea o no sea de Abraham.
—Entonces ¿qué traerá la salvación a aquellos como yo?
—Las palabras eran humildes, pero no así el gesto. La voz del Bautista era cortante:
—Si te arrepientes de verdad quítate ese magnífico manto y dáselo a tu vecino que no tiene ninguno. —El Señor —añadió el Bautista— observa lo que se da y lo que se recibe.
—¿Es mejor dar?
—¿Quién lo pregunta, a menos que jamás haya dado nada?'
La sangre acudió al rostro ya alterado. El mercader se quitó rápidamente el manto y lo sostuvo en el aire desdeñosamente. Ninguna mano ansiosa se adelantó a cogerlo y, encogiéndose de hombros, él volvió a ponérselo. Una mirada sagaz asomó a los ojos del Bautista.
—Ellos te conocen, mercader, mejor de lo que tú te conoces a ti mismo.
El hombre pareció encogerse en su interior y se alejó sigilosamente, siguiéndole las palabras del Bautista:
—Si tienes carne y tu vecino no, dale también a él.
Los saduceos y fariseos se habían abierto camino ahora hasta las primeras filas y, por su expresión, se veía claramente que se disponían a desafiar al Bautista. Había una presunción en aquellos pajarracos del Templo que yo encontraba repugnante. Un rabino, saduceo a juzgar por su altivez, se colocó directamente frente a él.
Los esenios trataron rápidamente de desplazarle, pero un gesto de la mano del Bautista los detuvo.
—Que hable el saduceo —dijo con los ojos brillantes—. No necesito ver su distintivo para saber quién le envió.
EI saduceo, un hombre pequeño, moreno y encorvado, le miró sin alterarse.
—Hablas con mucha autoridad —dijo en tono dulzón—. ¿Eres entonces el Prometido, el Mesías de Israel?
—Ya he hablado de aquel que viene a librarnos de la maldad. Quédate y le verás. también.
Mis ojos captaron el significado de sus palabras.
—Y ¿cuándo viene? —le pregunté, pues en mi ansiedad me olvidé del anonimato.
Me lanzó una mirada profunda e intensa.
—Le conocerás cuando venga, y él te conocerá.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Los ojos inquisitivos del saduceo se detuvieron en mí por un instante, luego volvieron al Bautista.
—Tienes razón, señor, al llamarme saduceo. Mi nombre es Sadoc, de la misma familia que fundó nuestro partido y que mantuvo viva el código de Moisés durante el cautiverio de Babi1onia.
El Bautista parecía disfrutar del co1oquio.
—Y ahora te sientas, como tus padres, en el gran Sanedrín y juzgas al Prometido.
Sadoc, hay que reconocerlo, no se acobardó.
—Dices bien al negar que eres el Mesías. Pues todos sabemos que el hijo nacido del hombre no puede ser el Ungido. y todos te conocen como el hijo del fariseo Zacarías v de Isabel, ambos de Judea y, por tanto, de las doce tribus .
Un murmullo surgió entre los esenios, que fue rápidamente acallado por una mirada del Bautista.
—El saduceo —dijo— me hace un gran honor al conocer mi linaje.
Un poderoso gigante, que antes ayudara al Bautista en el río, se alzó en toda su estatura y gruñó su desaprobación.
—Tú, Maestro, eres el profeta EIías, vuelto a nacer para llevar a Israel a la libertad.
El Bautista agitó la cabeza.
—Como ya he dicho, yo soy el precursor, la voz que grita en el desierto: Enderezad los caminos del Señor.
Ahiram el Gigante, que significaba, germano de gran altura, no se dejó vencer tan fácilmente. Con una mirada despectiva al pequeño saduceo encorvado habló con rapidez:
—Pero, Maestro, todos saben que naciste de Isabel mucho después de la edad en que las mujeres conciben hijos. Por tanto, como se dijo antiguamente, fue un don de Dios y por esta razón fuiste llamado Jochanan, o Juan, el dado por Dios.
Los esenios aplaudieron en un coro salvaje de aprobación, pero el Bautista se limitó a sonreír con indulgencia, como si fueran niños. En el rostro de Sadoc se habían marcado unas arrugas profundas. Tenía el aspecto de un inquisidor, y yo le temía incluso más que al astuto Anás, porque con su joroba tenía un yetzahara, que es una aflicción de nacimiento, algo que podía haberlo llenado de odio, obligándole a tratar de mostrarse superior al hombre normal. Un yetzahara había metido al diablo en más de un hombre. Conoce de oídas a Sadoc. Se le consideraba sólo inferior a Anás en astucia y dolo, un auténtico hijo de la jerarquía rival Betus, que, por tradición había hecho del Templo su reserva privada. Habló ahora con elaborada cortesía, como pudiera dirigirse una serpiente al conejo que ya miraba, como su cena.
—Y ¿me es dado preguntar cuándo hemos de esperar a ese dignatario más grande que tú?
El Bautista le había conocido ya perfectamente.
—Quédate y observa, oh mensajero del Todopoderoso! y quizá sea más pronto de lo que imaginas.
—Un Profeta no tendría dificultades para profetizar este suceso.
El Bautista perdió de pronto la paciencia con aquel juego del gato y el ratón.
—¿Es la curación del cuerpo o de la mente lo que tú buscas, Maestro Sadoc?
También a éste le ,abandonó la calma y su voz tembló de ira reprimida.
— Yo veo tu futuro, Profeta, mejor que tú puedes ver el mío. Hubo un gran silencio ahora, y los esenios se agruparon más en torno de Sadoc, sólo para verse alejados por el Bautista.
—Yo conozco mi futuro, Sadoc, como conozco el futuro de Israel. No malgastes tus cantos fúnebres por mí, pues yo camino con el Señor y no temo la maldad.
Su voz se a1zó poderosamente cantando en triunfo como un himno las palabras del profeta Isaías:
—Preguntamos dónde está —lanzó hacia el cielo— e Isaías nos ha dicho dónde mirar si tenemos ojos para ver, y oídos para oír, y un corazón para sentir. "Pues a nosotros —dijo el Profeta— nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado, y el gobierno estará sobre sus hombros y. su nombre será Magnífico, Consejero, Dios poderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz."
¿Cuántas veces había meditado yo en esas palabras y orado por que la profecía se cumpliera en mi vida ¿Cuántas veces había tratado de imaginármelo al estudiar a los Profetas? Mi corazón se regocijó ahora al comprender que un Profeta tan grande como Isaías estaba anunciando la g1orificación de Israel. Jamás me había parecido tan inminente.
“Y brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago. Y el espíritu del Señor descansará en él, el espíritu de sabiduría y de inteligencia”. Él sería el autentico líder, no un charlatán de trivialidades, que aconsejara paciencia ante la opresión. Y, como auténtico hijo de David, llevaría la espada.
—Con todo derecho —continuó el Bautista— juzgará a los pobres, y tratará con equidad a los débiles de la tierra, y castigará a la tierra con la fuerza de su boca y con el aliento de sus labios acabará con los malvados.
Sólo algunos entre la multitud parecieron enojados.
—¡No, no!—gritaron—. ¡Eres tu Maestro! Tú eres el Prometido que nos librará del opresor.
Agitó la cabeza.
—Yo hablo de otro, mucho más grande que yo, Q quien no soy digno de desatar la correa de su sandalia. Yo soy de esta tierra, el es del Reino de los Cielos.
Las protestas crecieron.
—No digas eso, pues tú curas a los enfermos con el contacto de su mano y arrojas el demonio de los posesos con palabras suaves. ¿Quién más podría hacer lo mismo?
Me gustaba su fiereza. Sin embargo, cuando hablaba del Cordero de Dios, su voz se hacía dulce y sus ojos se suavizaban.
El Cordero de Dios ofrecía esperanza. Los diezmos al Templo serían abolidos, como asimismo las leyes dietéticas que juzgaban la comida pura e impura. Se eliminarían los impuestos injustos. La nación sería restaurada. Y los romanos harían bien en vigilar sus laureles. Pues ¿no había prometido el profeta Zacarías: «El destrozará a sus enemigos con una vara de hierro, y los hará pedazos con el vaso de un a1lfarero»?
Siempre, en las profecías se le llamaba «vara» o «rama» del hebreo nazar. Quizá hubiera aquí una pista que se revelaría con su venida. Jeremías decía que la rama era de David. Zacarías, especificando más, decía que su nombre sería la rama. Me hubiera gustado tener la confianza del Bautista en esas profecías pues, por muy osadamente que yo hablara, tenía ciertas dudas.
Al repetir las profecías, el rostro del Bautista brillaba con fuego interior. Así pudiera haber parecido cuando veía el rostro del Señor:
—Él cuidará de su rebaño como un pastor. Alzará los corderos en sus brazos y los llevará en su regazo, y dirigirá amablemente a los pequeños.
Juan tenía el brío de un gran líder, pero no era bastante fogoso, desde luego, para un militante. Lo comprendí al ver la actitud de algunos a los que yo conocía como zelotes. En realidad, mirando en torno, observé entonces a Gestas y Dimas, inseparables al parecer, de pie y con el rostro pétreo, junto a algunos esenios que habían alzado un estandarte con el signo del pez. Conocía lo suficiente de astrología para saber que esto anunciaba la nueva Era del pez, que terminaba la Era de Aries; simbolizada por el cuerno del Carnero y su llamada a la adoración sagrada. ¿No había avisado Isaías contra esta charlatanería engañosa de los adivinos de Babilonia? Los signos del zodiaco eran más adecuados a Babilonia o a Roma que a un Profeta de Israel.
Los dos zelotes deseaban hacerle una pregunta al Bautista. Y sin duda él lo adivinó, ya que se volvió hacia ellos con una inclinación.
La curiosidad de Gestas seguía las mismas directrices que la mía.
—Este Mesías de que hablas, ¿obtendrá la libertad de Israel del dominio de Roma?
El Bautista sonrió enigmáticamente.
—Nos librará de toda tiranía, incluida la tiranía de la muerte. No era eso exactamente lo que un zelote queda oír.
—¿Cómo puede no haber muerte? —dijo Gestas con una débil sonrisa de incredulidad.
Era obvio que el Bautista había evadido su pregunta.
—Nosotros hablamos de Roma —continuó Gestas—, no de algún tirano vago e indiferente oculto entre nubes.
—Todos obedecerán al que venga —dijo el Bautista suavemente—, y ninguno se inclinará más ante él que Roma.
Una corriente de excitación fue apoderándose de la multitud pues el Bautista hablaba con una convicción serena más impresionante que cualquier alarde de oratoria.
Vi que Sadoc, furioso, se dedicaba a toda prisa a tomar notas, y, con gran sorpresa para mí, también Leví el publicano escribía en un rollo.
Los ojos de Sadoc tenían un, brillo malicioso.
—Roma se alegrará de saber que un solo hombre conseguirá su caída.
—Eso, Sadoc, no fue lo que yo dije. Será mejor que escuches. Cuando los zelotes se mezclaron con la muchedumbre me di cuenta de que, en la gran multitud reunida a las Orillas del río, estaban reunidas todas las clases sociales de Israel.
Me puse junto a él, observando los rostros de las gentes, y vi las barbas recortadas y los chales de rayas azules de tres fariseos que miraban al Bautista con ojos duros y fijos. El principal de los tres era un fanático. En su untuosa piedad parecía siempre inc1inado, como una mano de almirez.
—Rabino —dijo, utilizando este término común para maestro—, dinos como es que tú sabes de ese hombre que ya viene.
Una sonrisa iluminó el rostro del Bautista.
—En las montañas de Moab tuve una visión. En esta visión vi un Ángel del Señor y él proclamó con una voz distinta a cuantas he oído el cumplimiento de la profecía tan turbadora para nuestros padres en el pasado. «Yo, el Señor, te he llamado en justicia, y sostendré tu mano y te guardaré, y te daré como alianza del pueblo, como una luz para los gentiles.»
Los ojos del fariseo se nublaron de ira.
—¿Qué tiene que ver nuestro Mesías con los gentiles? La voz del Bautista era débilmente burlona.
—¿Aún no aceptas al Prometido y ya desafías las condiciones de su venida?
—Cerró los ojos:
—¿No te llamas Eleazar, y no te sientas en el Sanedrín?
El fariseo pareció desconcertado pero se recuperó rápidamente.
—Alguien te lo habrá dicho. Mi padre, Natán, estuvo asociado con el tuyo en el Templo.
Los ojos del Bautista seguían cerrados.
—Jamás te vi hasta hoy, y no volveré a verte cuando te marches, pero el Señor Dios juzgará lo que hagas un día. Tú y tus hermanos.
Eleazar interpretó de nuevo rigurosamente la ley:
—No surgen nuevos profetas en Israel.
—Vendrá uno más grande que Moisés y no le conoceréis. Eleazar cayó de nuevo en su interpretación rigurosa de la ley:
—A los hijos de Abraham se les prohíbe tener re1aciones familiares con los gentiles.
El Bautista abrió lentamente los ojos.
—¿Por qué —dijo— no informas de eso a los sumos sacerdotes que tratan diariamente con Roma?
Aunque la idea de un Mesías para los gentiles parecía ridícula, yo me uní a las risas generales. Sin embargo no era fácil callar a Eleazar.
—Entonces, ese Mesías de que hablas ¿acabaría con la alianza exclusiva de Dios con los elegidos de Israel y consideraría a los romanos con el mismo favor que a su propio pueblo?
Juan vio la trampa.
—Yo tuve una visión —repitió con cierto toque de ironía— en la que un ángel mencionaba las palabras sagradas de Isaías, describiendo a lo que ha de venir como una luz para los gentiles.
¿Discutes al Profeta, al que todos los fariseos afirman adorar?
Cuando nuevas carcajadas surgieron de la asamblea, el fariseo lanzó una mirada asesina al Bautista.
—Hablas como si el ángel te hubiera dirigido sólo a ti e1 mensaje.
Juan agitó lentamente la cabeza.
—Escucha bien, pues yo soy en realidad la voz del que clama en el desierto: Enderezad los caminos para nuestro libertador.
El fariseo enrojeció.
—Entonces, dime por favor —su voz era ronca— ¿cuándo podemos contar con ese Mesías entre nosotros?
—Escucha y verás. Escucha y oirás. ÉL estará en todas partes. ¡Oh Sión!, eso te trae la buena nueva. Sube a las montañas más altas. ¡Oh Jerusalén!, eso te trae la buena nueva, alza tu voz con fuerza. Levántate y no temas, y di a las ciudades de Judea: ahí está vuestro Dios.
Los zelotes habían escuchado con impaciencia:
—El Martillador enseñó a Israel que Dios escucha a los que luchan por lo que más quieren.
—Y tú, Dimas, ¿qué es lo que consideras más digno del ser querido?
De nuevo el que dijera su nombre confundió a aquel individuo.
—¿Cómo me llamas así? Nunca me has visto.
Por primera vez hubo cierta compasión en la sonrisa del Bautista.
—Te he visto muchas veces —dijo suavemente— aunque hubiera preferido no verte.
—Tratas de intimidarme.
—Al contrario, tu nombre es bendito por el modo en que un día entrarás en el Reino de Dios.
Dimas vaciló un momento, luego guardó silencio y miró inquieto en torno. ¿Sería esto una premonición?
Había en Juan una sinceridad que atraía. Era un esenio pero no fanático de esa filosofía, aunque vivía como un monje según la tradición de los esenios, que no se unían a las mujeres ni procreaban. Pero era lo bastante sofisticado para comprender que no todos podían ser esenios o al cabo de cierto tiempo no habría nadie a quien predicar ni nadie a quien salvar.
Había sido un día muy largo y el Bautista había prometido empezar muy pronto por la mañana. Por tanto, cuando la multitud fue retirándose hacia sus campamentos, me pregunté qué podría informar a los sacerdotes que no les hubieran contado ya Sadoc y Eleazar. Pero al menos estaba en el mismo centro de todo, y a partir de ahí podía explorar el ánimo del pueblo, factor primordial en cualquier revolución. Con esta idea me apresuré a acudir a la cita con Adán el Curtidor y con los amaretzin, a fin de descubrir su reacción ante el Bautista y su promesa de otro.
Estaban sentados en un círculo pequeño, una docena de ellos, sus rostros aún más rudos a la luz débil del fuego del campamento. El curtidor se levantó para saludarme y se inclinó ante mí de modo tan exagerado que le miré con suspicacia. ¿Trataría aquel zoquete de burlarse de sus superiores?
Fue diciéndome los nombres de los sentados en círculo y todos se inclinaron en silencio: Simón, Noé, David, Salomón, Abraham, Isaac, Jacob, José, etc.; grandes nombres para recogedores de basura, carreteros y demás. Pero sin éstos no habría rebelón, ni libertad. Era importante, puesto que había tantos, que nuestra causa se convirtiera en la suya, ya que los zelotes eran un cuerpo de líderes, una élite de oficiales nada más. Se necesitaban, brazos y espaldas fuertes.
Preferí quedarme de pie y mirarles de arriba abajo, obteniendo cierta ventaja con esta posición. Mis ojos registraron lentamente el círculo y fueron al fin a fijarse en Adán, que hacía todo lo posible por parecer inteligente. No me interesaba perder el tiempo en preámbulos. O estaban con nosotros o no. Sin embargo no haría daño alguno el adularles.
—Me siento complacido ante tantos amaretzin —dije—. Ignoraba que las gentes sencillas fueran tan religiosas.
Por alguna razón desconocida mis observaciones les hicieron estallar en carcajadas. .
—No quieren ofenderte —dijo Adán— pero no es la religión lo que buscan.
—Y ¿por qué otra razón habían de acudir al Bautista?
—Vinimos por un Mesías, pero él dice ahora que hemos venido para nada.
—Entonces ¿por qué os quedáis? Apagad el fuego y marchaos; esto continuará sin vosotros.
—Porque aún hay esperanza para el mañana. Y eso es todo lo que tenemos los amaretzin. Nosotros no poseemos las casas magníficas de los aristócratas y romanos, con buena comida y magníficos vinos, y con mujeres hermosas que sólo la riqueza puede procurar. Vivimos en chozas sencillas y no tenemos nada mejor a la vista. La libertad de que tú hablas no significa lo mismo para nosotros. Poco importa que gobierne el Sanedrín o la Fortaleza Antonia, pues nuestro destino será el mismo. Pero con el Mesías habrá un nuevo día, pues ¿no dicen los profetas que viene a ayudar a los oprimidos y los débiles?
Apenas pude reprimir una sonrisa. Débiles,¿eh? ¡Si se daba más aires que el sumo sacerdote!
—Pero no tenéis la impresión de que el Mesías sea un líder religioso; entonces ¿cómo os ayudará?
—No según la religión del Templo, sin embargo sí será un hombre de Dios… Pues sin Dios no hay Mesías, ni sería más poderoso que otros que vinieron con magníficas promesas y sólo trajeron la ruina a sus seguidores.
Había habido tantos falsos profetas que de nada habría servido preguntar a quién se refería.
—Entonces, si no es la libertad lo que buscáis, ¿qué es lo que queréis?
Un hombre sabio, creo que fue Gamaliel, me había dicho en cierta ocasión que él juzgaba a la gente no por lo que decían, ni por lo que hacían siquiera, sino por lo que deseaban.
Adán miró tristemente a su grupo de simplones. Luego sus ojos relampaguearon de pronto.
—¡Queremos sentirnos libres del temor! —gritó—. ¡Queremos saber si hay algún propósito en esta vida miserable que llevamos y si al morir, sin haber vivido realmente, no caeremos desde el borde de un precipicio a un abismo insondable de terror desconocido!
Me sentí impresionado de pronto. ¿Cómo podía tener tales pensamientos un hombre sin ilustración como él?
Supo interpretar bien mi desconcierto.
— También nosotros somos personas, señor, y tenemos la misma ansia secreta de seguridad que los ricos y los poderosos.
—¿No es suficiente —dije— saber que el Dios de Israel se cuida de los hijos de la alianza?
Por alguna razón mis palabras motivaron nuevas risas. El leñador Salomón, un tipo astuto de co1millos amarillentos, lanzó una risita malévola.
—Tal vez se cuide de ti, señor, pero no estamos tan seguros de que lo haga de las gentes como nosotros.
—Él está pendiente hasta de la caída de un gorrión.
De nuevo estallaron en carcajadas, dos o tres de ellos retorciéndose de risa.
—Gorriones! —gritó Salomón—. Esos tienen hermosas plumas comparadas con nosotros. Supongo que los aristócratas serán pavos reales.
Le miré con asco.
—Estás borracho —dije.
Vi como Salomón se secaba los labios con una mano muy sucia.
—Y ¿de qué otro modo puedo hallar el olvido? La vida, amable señor, no es la misma para el rico que para el humilde.
—Sí dijo el Curtidor— el sentido común nos dice que nuestra vida sólo lleva a la tumba de los pobres. Ese fin llega más pronto para unos que para otros. Los cadáveres se depositan en la fría tierra, y en pocos días Adán el Curtidor no es siquiera un recuerdo querido. A nadie le importa que haya nacido, y a nadie le importará que muera.
Salomón se llevó un cubilete a la boca.
—Brindaré por eso, de una vez por todas —y alzó el jarro sobre su cabeza— y por ti también, amable señor. También te deseo un buen entierro.
Mi disgusto se tornó en asco. No era de extrañar que algunos fariseos consideraran una buena obra el matar a los amaretzin, o al menos escupirles al rostro.
—¿Qué puede querer el Mesías de unos seres como vosotros? —dije con desprecio—. Vine a ver qué clase de hombres sois. Os encuentro borrachos. que hablan sin sentido.
Adán el Curtidor se puso de pie.
—No somos borrachos —dijo—. Tomamos unas copas y nos divertimos, pues de otro modo sólo lloraríamos de lástima por nosotros mismos, por nuestra miseria y temor. No podemos creer en el Dios de Anás y Caifás, pues nadie puede comprar ",al verdadero Dios con mezquinos sacrificios de animales y dinero.
—Me tomó la mano:
—Perdónanos, señor, pues no queremos hacer mal y únicamente nos reímos en verdad de nosotros mismos.
Me impresionó su disculpa y la acepté de buen grado. Tenía una dignidad sorprendente en ocasiones para ser un curtidor de pieles.
—¿Así, que estáis dispuestos a cumplir los mandatos del Mesías?
—Si es el Mesías —me contestó—, estamos dispuestos a sentarnos a sus pies y a escuchar.
Les 1ancé una mirada apreciativa. Tenían todo el aspecto de una pandilla de asesinos.
—¿Os levantaríais en armas por él? Me miraron en silencio.
—¿Por qué buscáis entonces a un Mesías si no deseáis seguirle?
—Nosotros le conoceremos por sus obras, y sabremos lo que es.
—No podéis basaros en sus fines. Si él es el Mesías será el Libertador, y por tanto deberá librarnos de nuestros enemigos.
Adán me miró.
—Y ¿quién es el enemigo?
Hice un gesto de impaciencia.
—Los romanos, naturalmente. Esto lo sabéis tan bien como yo. Su mirada, ligeramente burlona, no se alteró.
—Tenemos más de un enemigo.
—Y lo mismo los zelotes, los sacerdotes del Templo que trafican con los romanos y la misma Roma, la más depredadora de todos. ¿No se altera vuestra sangre cuando veis a vuestras mujeres coqueteando con los soldados de capa roja por las calles y tabernas de Jerusalén?
Adán se rió.
—Nuestras mujeres no se van con los romanos. Nosotros nos cuidamos de ellas, ¿no es así, compañeros?
Esto originó otra carcajada general.
—Si la risa es vuestro remedio para el temor —dije—, vuestro pueblo, debe vivir en terror constante.
Los ojos de Adán adoptaron instantáneamente una expresión solemne.
—Así es, señor, pues no tenemos cultura y no comprendemos las acciones de los planetas sobre esta tierra. —Bajó la voz a un susurro confidencial—. Sabemos, porque nos lo han dicho, que estamos llegando al fin del mundo con el término de la Era de Aries y el nacimiento de la de Piscis.
No estaba yo de humor para la astrología, pura idiotez con la que se distraían los analfabetos.
—¿Por eso enarbolan los seguidores del Bautista el estandarte con el signo de los peces?
—Es un portento maligno pues en este signo, según dicen, y con la muerte del emperador Tiberio, los mismos cielos se abrirán y la tierra estallará, y el fuego y el agua barrerán el mundo como en tiempos de Noé.
—¿No sabes —gruñí— que Tiberio es una divinidad, como Augusto lo fue antes de él, y que las divinidades viven para siempre?
—No es cosa de risa —me refutó—, pues Tiberio podría morir repentina y violentamente en cualquier momento, por cuanto se sabe del malvado Sejano.
—Si tú, un curtidor de Jerusalén, sabes de esas conspiraciones, indudablemente el emperador debe conocerlas también.
Extendió los brazos en gesto de impotencia.
—El águila no siempre piensa en el halcón.
—Y ¿qué tiene que ver el Mesías —pregunté— con todo eso? Pensó por un instante.
—Si es el Elegido nos traerá la Palabra de Dios, y eso es todo lo que pedimos.
—"¿Es eso todo lo que necesitáis para acallar vuestros temores?
Alzó un índice sucio y me lanzó su asqueroso aliento al rostro.
—¿No es cierto, señor, que Dios creó el cielo y la tierra y puede disponer de ellos como guste?
Sus compañeros me miraban ahora con una sonrisa malévo1a.
—Yo no sé lo que Dios se propone.
—Cierto —había un brillo en aquellos ojos inyectados—. Pero el Mesías sí lo sabrá, pues él será nuestro Rey y no hay nada que sepa Dios que no lo comunique a él.
—Y si ese dechado de perfección que habla en nombre de Dios os incita a la guerra contra Roma, ¿qué haréis vosotros?
Se le veía luchar por una respuesta.
—Lo que Dios quiera —dijo suavemente.
Tuve la impresión de que se alegraban tanto de verme marchar como yo de irme. Sin embargo no había perdido el tiempo pues ahora sabía que no podía contarse con aquellas gentes para un levantamiento, en menos que fuera tras un Mesías de su propia elección.
Preferí pasar la noche entre los esenios y no buscar a los zelotes o fariseos, pues el anonimato me parecía lo más adecuado en aquel momento. Sólo queda observar. y tomar mis medidas. El Bautista había indicado que el Prometido llegaría pronto. ¿Cuán pronto sería eso? .
De modo que, con mi hábito de peregrino, busqué al Bautista que se hallaba descansando después de la comida de la tarde en su campamento, en la ladera que daba al Jordán. Su falange de esenios, como era de predecir, trató de bloquearme el paso, pero él les hizo retirarse.
—Habla, Judas —dijo.
Se rió ante mi sorpresa.
—¿No sabes, Judas, que no puedes ocultar nada a los ojos de Dios?
—Así pues, ¿te llamas a ti mismo Dios?
—Hablo por Dios en este momento, como harás tú en otro. Me miró con unos ojos en los que se leía cierta pena.
¿Por qué dices eso?
—Para que sepas que eres un instrumento de la voluntad divina.
Respondí con un impulso repentino:
—¿Querrías limpiarme tú de pecado? Agitó la cabeza.
—Eso no me corresponde a mí, sino a otro.
—Pues tú bautizaste a todos los que se arrepintieron ante Dios.
—Yo bauticé sólo en agua, y tú, Judas, serás bautizado en fuego y en sangre.
Mi corazón saltó a este pensamiento, pues ¿qué otra cosa podía significar sino el bautismo de la batalla?
—¿Vendrá entonces el Mesías para llevar a Israel en triunfo sobre Roma?
En sus ojos brilló una mirada lejana.
—Y en un triunfo, Judas, como jamás podrías imaginar en tus sueños más ardientes. Pues él presidirá sobre la sede del Imperio y todos se humillarán en su nombre.
Mi corazón saltaba de gozo, ya que no había duda de que era un Profeta y hablaba con la visión de un Profeta.
—Y ¿cuándo estará aquí?
Sus discípulos, incluido el gigantesco Ahiram, se acercaron mirándome con odio, pero él los despidió de nuevo. El sol ,acababa de lanzar su sombra púrpura sobre el desierto de la montaña.
—Antes de otra puesta de sol vendrá. Eso te lo prometo.

4 - Jesús

Una figura solitaria venía lentamente sobre la montaña. Sus brazos se agitaban suavemente, pues avanzaba con paso decidido. Había un puñado de peregrinos en el camino de Jericó, pero el caminante solitario cortó entre las arenas y matorrales del desierto y se dirigió en línea recta hacia el vado donde el Bautista estaba de pie esperando, los ojos, en el horizonte.
Un murmullo se extendió entre la multitud e incluso yo sentí que me latía violentamente el pulso. Me pregunté por qué estaríamos todos tan seguros de que era él.
Había iniciado una conversación con Leví el publicano, que parecía muy bien informado de todo lo que sucedía en el campamento.
—Si este hombre es el Mesías —dije—, entonces con seguridad que Juan no lo es.
Sus ojos, como los míos, miraban intensamente la figura que se aproximaba.
—No es Juan. Isaías nos dijo lo que debíamos esperar. Será tan amable como un cordero, y tan valiente como un león.
Me eché a reír.
—Difícilmente puedo imaginar al Bautista como un cordero.
—Por lo menos no de palabra —asintió Leví.
Yo tenía ciertas reservas acerca de éste. Había impresionado al Bautista, es cierto, pero aún permanecía todo lo que hiciera de él un siervo de Roma.
—¿Por qué esperas? —le pregunté. Me lanzó una fría mirada.
—Por la misma razón que tú.
—Un recaudador de impuestos de Roma apenas está cualificado para formar parte del comité de recepción del Hijo de David.
—No te fijaste bien en lo que dijo el Bautista.
—El que no está con nosotros, está contra nosotros. Una cortina pareció cubrir de pronto sus ojos.
—Esperaba hacer de ti un amigo, y hablas como un zelote.
—Y tú aún hueles a Roma.
—Si eso fuera cierto, no estaría aquí.
Acepté de mala gana que tenía razón en lo que decía.
—Pero también Sadoc está aquí, ¿no es cierto? Su tono se hizo más conciliatorio.
—Ambos vivimos con la misma esperanza. No nos peleemos.
El hombre que venía no miraba a derecha ni a izquierda. Al acercarse más pude ver que iba sencillamente vestido con una vieja túnica y capucha. Caminaba descalzo, llevando las sandalias en la mano. Juan se había adelantado un poco del resto para ser el primero en saludar al desconocido. Vi el pesado polvo amarillo en sus ropas y cabellos, pues la capucha le había caído sobre los hombros. Al ver a Juan apresuró el paso, y pareció irradiar luz. Cuando al fin divisamos claramente sus rasgos advertí que a Leví se le cortaba el aliento, a la vez que yo personalmente experimentaba una profunda emoción.
Isaías había dicho que no sería hermoso, pero este hombre estaba por encima de la hermosura, pues la belleza no estaba en sus rasgos. Había un aura, casi como un halo, que parecía envolverle y anunciar su llegada. Me sentía mareado al mirarle directamente a los ojos. Aquellas pupilas aun dominaban las mías como un imán, y ni para sa1varme hubiera podido moverme en aquel instante.
Es difícil hacerle justicia, pues ni siquiera mencionando su estatura, y el cuerpo hermosamente formado bajo las groseras vestiduras, consigo describir su presencia. Su mirada azul y firme lo abarcaba todo; y su expresión no variaba un ápice, ni los rasgos bien marcados de su rostro, de un tono castaño dorado, se suavizaban por un momento. y sin embargo había en él una impresión indescriptible de firmeza, de compasión, de resolución sin esfuerzo de su parte.
Sólo se du1cificó su rostro al inclinarse a besar a Juan. Quedaron de pie por un instante mirándose serenos. El rostro de Juan adoptó un aspecto etéreo como si, enfrentado a una visión, reflejara algo de ella.
—¡He aquí —gritó— a1 Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Pues al acercarse hacia mí yo vi el Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre él y así se me dijo que éste sería el qué viniera detrás de mí pero que tomaría preferencia, porque él bautizaba en el Espíritu Santo, mientras yo bautizo en agua.
—No me conociste hasta entonces —dijo el desconocido.
—Pero yo he oído de ti a menudo y también conocí tus obras. Sólo supe que tú te manifestarías a Israel, y que tu ministerio durará mucho después que Roma haya desaparecido.
De pronto, mientras estaban mirándose, los ojos del Bautista brillaron y sus rasgos duros se abrieron en una sonrisa.
—Sé quién dicen los hombres que eres, y me siento muy honrado de que seamos de la misma sangre en esta tierra.
—Sí —dijo el desconocido—. Yo soy de Judea como tú, nacido en la misma tradición, y nacido como tú para cumplir la antigua profecía.
Por un instante una sombra cubrió el rostro del Bautista. Habló en voz baja.
—Debemos apresurarnos, pues el tiempo es corto.
—Habrá tiempo suficiente para lo que yo he de hacer. La voz del Bautista latía de emoción.
—¿Sabías que sería yo? —Casi parecía como si deseara la confirmación de su misión.
—Mi madre —dijo el desconocido— me habló de ti; y por eso sabía que esperar.
Su voz tenía una resonancia sorprendente, y era suave al mismo tiempo. La voz de uno nacido para mandar.
—Y mi madre dijo el Bautista— me contó historias de tu nacimiento.
—Sin embargo —dijo el desconocido— tú estarás presente en mi nacimiento.
—Para eso nací —asintió el Bautista con sencillez.
—He venido en el momento adecuado —continuó el desconocido.
—Cierto. Hace un año yo no habría estado preparado. Dentro de un año, sería demasiado tarde.
Miró al visitante con cierta preocupación.
—Pero has recorrido un largo camino, y tendrás hambre.
—Tengo sed del agua viva con la que tú redimes a Israel.
Un. escalofrío me recorrió la columna vertebral. ¿Quién podía ser éste, si no el Mesías?
—Ha sido escrito —susurré— que la nación debe arrepentirse antes de que el Mesías se dé a conocer.
—Lo sé —dijo Leví—, y por eso se han ofrecido muchos para el bautismo. Pues es bien sabido que los pecados de un solo hombre maldicen a la nación.
—Lo mismo que los pecados del padre pueden afligir a los hijos.
Los ojos del desconocido cayeron sobre nosotros y enrojecí hasta la raíz del cabello. Estaba seguro de que él lo había oído todo. Pero sonreí con los ojos, y sentí el impulso de arrodillarme y besarle la mano. Vi que había hecho un impacto similar en otros. Yo había pensado que Juan le haría sombra, como hacía con todos. Pero ahora comprendí lo que había querido decir al hablar de que no era digno de desatarle las sandalias. Pues cuando él sonreía nadie advertía el aspecto de los demás, ni siquiera que estuviera allí; era como si un brujo nos hubiera hechizado. Con el corazón desbocado comprendí que había encontrado al Maestro a cuya vida se uniría 1a mía. Todo Israel haría su voluntad, de eso estaba seguro. Todo lo que había de hacer él era pronunciar una palabra y los judíos de cualquier tendencia correrían tras él. Indudablemente era irresistible. Apenas podía esperar a que hablara.
Sin embargo cuando Juan, sus ojos ardientes, estaba a punto de presentarle a la multitud, el desconocido le detuvo con un suave ademán.
—Primero haz lo que debes —dijo—. y yo haré lo mismo. Juan se inclinó ligeramente.
—Como quieras.
Caminaron juntos hacia la orilla del río, todo el mundo tras ellos. El desconocido, todavía descalzo, se metió en el agua. Apenas ligeramente más alto que el Bautista, parecía sin embargo dominarle con su estatura. El fangoso Jordán formaba remolinos en torno de sus piernas. Todos los demás se habían arrodillado ante el Bautista, pero él permanecía erguido, mirando a los cielos, del mismo azul de sus ojos. Los esenios le observaban con una mezcla de sentimientos. Pero no había duda de la opinión de Sadoc y los fariseos. Por su expresión parecían creer que toda la escena había sido dispuesta de antemano.
Y así era, pero no como juzgaban esos eruditos estériles del árido ritualismo. Gestas y Dimas, como de costumbre, estaban muy juntos observando con escepticismo. Y hoy les acompañaban Joshuabar-Abbás y Simón el Zelote. El Bautista metió la mano en el agua y, con una mirada de reverencia, hizo el signo de la cruz, un gesto que yo jamás había visto antes. Había en sus ojos una mirada lejana, la mirada de un visionario, y también en la inclinación de su cabeza.
—No bautizo por mí mismo al Hijo del Hombre —dijo con voz tonante— pues él es más grande que yo y hará mayores obras. Pues o que yo hago en la tierra; él lo hará en el cielo.
Permanecían uno frente la otro, olvidados de la multitud:
—Es más adecuado —dijo el Bautista— que tú me bautices. Pues tú eres el enviado de Dios, y no hay nadie en este mundo que conozca mejor la voluntad de Dios.
El Maestro puso la mano en el hombro de Juan.
—Tú, Juan, has sido enviado para preparar el camino. y anunciar mi ministerio, no en el cielo sino en la tierra. Nadie que bautice en la tierra tiene más autoridad que tú. Por esta razón fuiste concedido El Zacarías e Isabel en los últimos años de su vida, y eres pariente mío, en la carne como en el espíritu. De ti dijo mi Padre: «Mirad que os envío El Elías el profeta ante la llegada del grande y terrible día del Señor».
Pero Juan aún no estaba satisfecho.
—Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿y tú vienes. a mí?
—Haz como te digo —respondió el Maestro.
—Pero tú no tienes pecado, y yo bautizo para la purificación, como en los viejos tiempos, y para la remisión de los pecados.
—Tú me bautizas para que los pecados de la nación queden lavados antes de que me revele a Israel.
Ya estaba. Mientras yo me preguntaba por qué habría esperado tanto, él lo declaraba personalmente. Mi corazón se llenó de gozo. Mirando a Leví, vi en él un reflejo de mi propia exaltación. Dimas y Gestas, tenían todavía cierto aire de reserva, como Joshua-bar-Abbás y Simón el Zelote. Los fariseos y saduceos apretaban los dientes furiosos y horrorizados ante aquella blasfemia.
De nuevo hundió Juan la mano en el Jordán.
—Yo bautizo sólo en agua —dijo, sus ojos clavados en los del Maestro—, pero tú bautizas en el Espíritu Santo.
El Maestro, con un abrazo, dejó bien claro que en absoluto desdeñaba al Profeta que había llenado de esperanza a los fieles en los últimos meses.
—Yo soy de la tierra y hablo de la tierra, y el enviado del cielo esta sobre todo.
El Maestro le miró con ojos llenos de amor.
—Y así continuará. Pero qué hermosos sobre las montañas son los pies del que trae la buena nueva y dice a Sión: tu Dios reina!
El Bautista todavía vacilaba.
—Yo debo menguar para que tú crezcas. Pues la salvación viene de ti.
—Y tú —dijo el Maestro— eres la voz del desierto, el mensajero que aclara los caminos para el juicio.
El Bautista se volvió a sus seguidores, muchos de ellos desilusionados por la sumisión de su líder al desconocido.
—Sed testigos de que yo he dicho que no soy el Mesías, sino el enviado ante él.
Pero —dijo el osado gigante Ahiram—, Dios te envió primero por una razón.
—No para establecer mi precedencia, sino mi papel. Él va por delante de mí porque existió antes que yo.
Vi que una sonrisa maliciosa contraía los rasgos de Sadoc. Pues con todas estas alusiones, el desconocido tenía que haber vivido antes de Elías, hacía siglos. A Juan le importaba poco lo que pensaran los demás.
Arrepentíos —gritó a [a multitud— porque él Reino del Cielo está cerca.
—y tú —dijo el Maestro— endereza en este desierto el camino hacia ese cielo.
Brilló sobremanera el rostro del Bautista.
—¿Querría bautizar el Hijo del Hombre al que gritó solo en el desierto?
—Como quieras, pero primero rocíame con el agua que has santificado con tu fe.
—Lo haré. Pues un hombre no puede recibir nada a menos que se le haya dado desde el cielo. El que tiene a la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está junto a él, se regocija sobremanera al oír la voz del novio. Así se ha cumplido mi gozo. Era indudable que el Bautista no hablaba sólo al Maestro, sino a la multitud.
—Puesto que él es más grande, yo le bautizo por el Profeta que dijo cómo encontraríamos al Hijo del Hombre, y cómo nos encontraría él a nosotros.
Mirando a Leví y a los demás vi en sus rostros el reflejo de mis propias emociones. Pues todos los judíos sabíamos que el Hijo del Hombre era el Ungido, el Mesías o Cristo prometido por el Profeta Ezequiel. ¡Cuán bien conocíamos las palabras del Profeta!
«Y él me dijo: Hijo del Hombre, ponte en pie que voy a hablarte.»
La cabeza del Maestro estaba alzada hacia el cielo y en la inmensa profundidad de sus ojos veía yo los siglos interminables. Ni siquiera Ezequiel podía haber dicho sus palabras con mayor fervor:
—«Y en hablándome entró dentro de mí el espíritu que me puso en pie. Y él me dijo: Hijo del Hombre, yo te envío a los hijos de Israel, al pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Pues son como niños descarados."y de corazón empedernido. Yo te envío a ellos, y tú les dirás: "Así dice el Señor". Acaso te escuchen. y si no te escuchan, al menos conocerán que hay entre ellos un Profeta.»
El Maestro inclinó la cabeza como para indicar que todos sabían con seguridad que este Profeta era Juan. Como judío de las doce tribus me sentí satisfecho de que la ceremonia que ahora se desarrollaba fuera el cumplimiento de todo lo que se había escrito.
—«Y tú, Hijo del Hombre —dijo Juan con una ternura desconocida en él—, no les temas, ni tengas miedo a sus palabras, aunque te sean cardos y zarzas y habites en medio de escorpiones. No temas sus palabras, no tengas miedo de su aspecto, porque son gente rebelde. Diles lo que yo te digo, óigante o no te oigan, porque son muy rebeldes. Pero tú, Hijo del Hombre, escucha lo que te digo. No seas como esa casa rebelde. Abre la boca y come lo que te presento.»
El Bautista volvió a meter la mano en el Jordán y la puso suavemente sobre la frente del Maestro.
—«Hijo del Hombre, ya te he dado por atalaya a la casa de Israel. Si amonestas al justo para que no peque y él deja de pecar vivirá él porque fue amonestado. Y tú habrás salvado tu alma —su voz se alzó—. Hijo del Hombre, eleva tus ojos hacia el norte, mira lo que hacen, incluso 1as grandes abominaciones que la Casa de Israel comete allí.»
Lancé una mirada al jorobado Sadoc, pues todos sabían que se refería al Santo Templo. Su rostro enrojeció y lanzó una mirada venenosa a los dos que estaban en el agua. Pero éstos seguían, olvidados de los seres como él, pues era indudable que el Espíritu Divino había pasado entre ellos y estaban en un reino aparte. El Bautista tenía los ojos cerrados pero cuando los abrió vi las lágrimas. Su mirada era distinta y su voz también parecía lejana, como si mirara detrás del velo del tiempo, pues el mensaje seguía siendo de Ezequiel.
—«y él me llevó a la puerta del atrio. Y me dijo: Entra y mira las pésimas abominaciones que éstos hacen. Entré y miré, y vi toda suerte de reptiles y bestias abominables y todos los ídolos de la Casa de Israel pintados en la pared en derredor y setenta hombres de 1os ancianos de la Casa de Israel. y él me dijo: Hijo del Hombre, ¿has visto lo que hacen los hombres de la Casa de Israel en secreto, cada uno en su cámara llena de imágenes? Pues se dicen: El Señor no nos ve, el Señor se ha alejado de la tierra.»
Estaba claro que aquellas palabras se referían al cuerpo de setenta del Sanedrín, pero ¿qué tenían que ver esos hombres venales con el Hijo del Hombre? El Mesías no era asunto suyo, sino del Consejo. Para el Bautista nada existía sino el hombre cuya mano se apoyaba en su' hombro, y ahora entonó con una voz repentinamente teñida de dolor:
—cuando miré— vi que se tendía hacia mí una mano y lo que ahí estaba escrito eran lamentaciones, elegías y ayas. Pues mira, Hijo del Hombre, ellos lanzarán cuerdas sobre ti y te atarán con ellas.»
Miré al Maestro ,para ver cómo aceptaba aquellos presagios de Ezequiel, pero él se limitó a inclinar ligeramente la cabeza y luego miró por encima de la cabeza del Bautista a la muchedumbre.
—Sea cual fuera la voluntad de mi padre —dijo—, la acepto en su nombre.
<Juan parecía estar escuchando una voz distante. Bruscamente, extendió la mano y dijo con voz trémula:
—Oigo la voz del salmista, y él dice a quién tenemos hoy aquí, y a quién sirve él—.
Habría caído de rodillas, pero el Maestro le sostuvo. Casi vencido por la emoción entonó el salmo hasta que resonó sobre la cabeza de la multitud:
—«Declararé el decreto. El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo. En este día te he engendrado.»
— Se inclinó ante el Maestro y gritó:
—«Tú eres en realidad mi Hijo, en quien tengo mis complacencias.»
Yo había estado preparado para el Mesías, el Libertador, el Príncipe de la Paz. Pero no para esto. El Hijo de Dios. Él mismo debía ser entonces una deidad. Era un pensamiento abrumador, y el atónito silencio en torno me dijo que incluso los más entusiastas se sentían hundidos en la confusión. ¿No nos recordaba nuestra sinopsia, envuelta en cada filacteria, que el Señor Dios era uno, indivisible, y que no había ninguno antes que él? Podíamos aceptar el Mesías, a quien todo Israel esperaba, pero ¿un Hijo? Entonces ¿era Dios también?
Pero esto fue pronto resuelto por el mismo Maestro.
—Vengo a vosotros… —dijo— en las alas del profeta Isaías que dice a Israel: «Mira a mi siervo, a quien yo he elegido, mi predilecto, en él que se deleita mi alma. He puesto mi espíritu sobre él».
El Bautista no deseaba callar aún.
—Tú eres la representación viva de Israel, y cumplirás la alianza que Dios hizo con su pueblo.
¿Qué podía ser eso sino que Dios, mediante Israel, triunfaría sobre todas las naciones? Mi corazón saltaba de gozó. Nos encontraría dignos. Estábamos dispuestos a presentar batalla y con él venceríamos. Pues verdaderamente era enviado de Dios, si tenía como subordinado a uno como Juan. Los ojos ardientes del Bautista parecían ansiosos de demoler a los incrédulos. y a su fiero estilo nos atacó de nuevo:
—«Mirad que envío a mi mensajero, y él preparará el camino ante mí. Y el Señor a quien buscáis vendrá repentinamente a su Templó, incluso el mensajero de la alianza en que os deleitáis, y ¿quién resistirá cuando él aparezca? Porque él es como el fuego del refinador, y como el jabón del batanero. y él se sentará como refinador y purificador de la plata, Y purificará a los hijos de Leví, y les purgará como oro y plata para que puedan hacer a Dios un sacrificio justo.»
Seguramente esto quería decir que el Maestro, cuyo nombre aún no conocíamos siquiera, lanzaría un asalto contra el Templo antes de avanzar contra el tirano que mantenía a los falsos sacerdotes en el poder. Registré el rostro del Maestro buscando una pista— Haré todo aquello para lo que fui enviado —dijo serenamente.
—Será después que yo me haya ido —dijo Juan.
Los ojos del Maestro eran como el rocío, y recordé con sobresalto la inscripción en el siclo judío:
—Yo seré como el rocío para Israel.
Un gesto de resolución apareció en el rostro del Bautista.
—Ahora sé para qué fui enviado. En nombre de Dios Padre, y del Espíritu Santo, yo te bautizo, Jeshua-bar—José, con el agua viva. A partir de ahora, porque tu misión se extenderá a todas las naciones, serás conocido en muchas lenguas como Jesús el Cristo, el Salvador del mundo, el Ungido del Señor. A través de ti vendrá la salvación para los pueblos de la tierra.
Detecté un cambio apenas perceptible en aquella serena figura cuyo nombre acabábamos de oír. Su rostro palideció, tembló
su mano. Sus ojos se cerraron por un instante. y entonces comprendí que fuera lo que fuese para Dios, era humano también y podía sufrir como los demás. y me alegré, pues no tenía fe en dioses que caminaran como hombres. Roma estaba llena de ellos. Mejor, pensé mirándole con reverencia, un hombre que caminará como un Dios. '
"El Bautista se había arrodillado ahora, como tantos lo hicieran ante él. Y el hombre, Jesús, metió la mano en el Jordán y tocó ligeramente la cabeza del Bautista.
—En el nombre del Padre ya preparo el camino para ti, Juan, en tiempos Jothanan-bar-Zacarías, en el Reino de los Cielos. Has servido bien a Dios, mensajero de Israel.
—Se frotó las manos para secárselas—.
Ya no bautizarán más estas manos, pues no bautizarán a nadie más grande que él, aunque muchos otros bautizarán en mi nombre.
Salieron juntos del agua, la cabeza de Juan inclinada, el Maestro, como yo llegaría a conocerle, dispuesto a hablar a la muchedumbre expectante. Sus ojos le examinaron como si tomaran nota basta del menor movimiento. Los dos habían hablado en arameo entre ellos; de vez en cuando una palabra en griego. Pero ahora habló en hebreo, como para recalcar que su ministerio iba dirigido, en primer lugar, a su propio pueblo. Su voz era profunda y musical, y llegaba sin esfuerzo hasta el punto que él deseaba alcanzar. Sobre sus anchos hombros se había puesto un sencillo chal de las plegarias, libre de las rayas que reflejaban la separación de los fariseos del resto de la comunidad religiosa.
No había nada del fanático o el asceta en él. En realidad, al mirar en torno y ver las caras largas de los esenios, un brillo casi burlón asomó al azul de sus ojos. Luego los alzó al cielo. Parecía estar escuchando.
—No he venido antes —dijo finalmente— porque Israel no estaba preparado. Nadie habría creído y, aunque muchos se burlarán. algunos creerán. Y éstos llevarán el mensaje de otro Reino, más grande que éste, a los elegidos e Israel para que un día el mundo tenga conciencia de la salvación de Dios.
»Israel está de nuevo en las manos de los filisteos, pero también esto pasará. Pues el mayor enemigo no es el de fuera, sino el enemigo interior, vuestra propia lealtad vacilante a Dios, a los mandamientos y al emisario que el cielo os ha enviado.
Por los murmullos que estallaron en todas partes comprendí que había dejado atónita a la muchedumbre. ¿Quién era este desconocido, sólo reconocido por Juan, que hablaba ahora tan osadamente de haber descendido del cielo? Sólo llevaba hablando unos momentos, pero yo ya había comprendido que no iba a ser el suyo un ministerio sencillo.
Había venido a agitar al pueblo de su complacencia. Esto se evidenciaba en todas sus palabras. No había ovejas sagradas en su rebaño. Pues con un solo aliento atacó ahora a los fariseos y los esenios que hacían tales demostraciones de su piedad.
—La piedad sin gozo, la fe sin alegría, el deber sin placer, la plegaria sin júbilo… no satisfacen al Señor Dios. Algunos rostros hoscos cobraron el tono púrpura de sus chales, e incluso el Bautista se sintió impresionado. Pero él no estaba desconcertado en absoluto pues continuó casi como si hablara de una nueva fe:
—No he venido a poner remiendos en vestidos viejos. Todos los caminos que he elegido son los míos. ¿No ha dicho Dios: quiero justicia y no la sangre de los sacrificios? No he venido a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores. y no sólo mediante la mortificación y el ayuno sirve el hombre al Señor. Os digo que os acercaréis a él sólo con el gozo. Pues el hombre bueno, como el árbol bueno, da buenos frutos. Guardaos del exceso de ostentación, pues el que ayuna en exceso está más enfermo que los enfermos de cuerpo.
Los ojos de Sadoc le miraron triunfantes.
—¿Dices que has venido del cielo? Jesús le miró serenamente.
—Nadie ascenderá al cielo a menos que venga de allí. Comprendí por supuesto que él hablaba de la reencarnación, pero ni por un momento aceptaría un saduceo este concepto.
—¿Y te llamas a ti mismo el Mesías?
Una débil sonrisa curvó los labios del Maestro.
—Tú lo has dicho, Sadoc.
Éste se sintió visiblemente trastornado. Como Juan, indudablemente Jesús tenía el don de la adivinación, pues ¿cómo podía dar su nombre a alguien a quien nunca había visto?
—¡Tienes cómplices entre la multitud! —gritó Sadoc en su frustración.
—Muchos en quien confío —dijo el Maestro, pasando los ojos serenamente sobre el pueblo.
—¿Y te llamas a ti mismo el Hijo de Dios? Jesús agitó la cabeza con amabilidad.
—Juan recitaba las Escrituras.
La mirada de Sadoc decía a las claras que el impostor no se libraría tan fácilmente.
—Él te las aplicó a ti, y tú lo aceptaste todo.
—Todos somos hijos de Dios, Sadoc. Incluso tú mismo.
De nuevo pareció éste vencido. Pero siguió atacando imp1acable.
—Si eres el Libertador prometido, ¿de qué nos librarás?
—Del odio y la hipocresía —contestó el Maestro.
El Bautista parecía inquieto ante estos ataques a Jesús, pero no había modo de detener al saduceo.
—¿No deberíamos saber más de ti antes de aclamarte como nuestro líder? —preguntó con su voz más untuosa.
—Pregunta lo que quieras.
—¿Quiénes son tus padres, para que hayas nacido en el cielo?
—Mi Padre está en el cielo.
—¿Es que no tienes padres en este planeta, o es que apareciste sobre una nube en un día lluvioso?
—Mi padre terrenal fue José, un pobre carpintero de Nazaret, que murió hace muchos años, y mi madre María, un ángel del cielo si es que hubo alguno en esta tierra.
¡Qué claro estaba todo ahora! La vara de Jesé, el Nazareno. Sadoc comprendió que el pueblo se sentía turbado por los antecedentes del recién llegado.
—Pero el Mesías-dijo con aire de triunfo— había de nacer en Belén, de una virgen de la Casa Real de David.
Jesús sonrió.
—Muchos han nacido así, sin ser el Mesías.
—¿Niegas que eres un Nazareno?
—No niego nada, ni ahora ni nunca. Sólo Dios sabe lo que soy, pues sólo por su voluntad estoy aquí.
Se mostraba evasivo, pero no podía culparle en estas circunstancias.
—En los cinco libros de Moisés —continuó Sadoc con un brillo malévolo en los ojos —el Señor Dios avisó a su pueblo: «Si surge entre vosotros un profeta, o un soñador de sueños, y habla de otros dioses, vosotros le mataréis. Que tu mano sea la primera en condenarlo a muerte, y después la mano de todo el pueblo».
Jesús le miró plácidamente.
—yo no aparto al hombre de Dios, sólo le llevo a él, lo mismo que Moisés llevó al pueblo de Israel desde la esclavitud en Egipto a la Tierra Prometida.
Sadoc se rió alegremente.
—¿Ahora te comparas con Moisés?
—Yo no hago nada por mí mismo, sólo con la ayuda de mi Padre.
Sadoc había estado esperando esta oportunidad.
—Entonces, poderoso profeta, y con la ayuda de tu padre, salva a esta niña si puedes.
Aquello era cruel. Volviéndose a los que se hallaban tras él, el saduceo —hizo que se adelantaran una madre con su hija. La niña se aferraba a la mujer y sollozaba de temor. Apenas tendría más de siete u ocho años. Todo su cuerpo temblaba, y vi que seguía agitándose aún después que dejara de llorar. Sufría de perlesía, una enfermedad incurable.
—Cura a esta niña, si eres el enviado de Dios.
Una nube cubrió el rostro del Maestro, que ahora apretó los puños con enojo.
—La obra de Dios no es un espectáculo para los curiosos. Sadoc se frotó las manos de satisfacción.
—Entonces no eran más que palabras.
Vi una indecisión momentánea en Jesús; luego una luz pareció emanar de sus ojos.
—E1 Señor ama a los pequeños, pues aún no han aprendido los estilos tortuosos del mundo. Y así, en su inocencia, le son más queridos que nadie.
—No conseguirás librar a ésta con palabras —gritó un Sadoc jubiloso acercándose tanto a Jesús que el Bautista se interpuso en su camino.
Jesús se adelantó fríamente y tocó a la niña con dulzura en el cuello. Estaba Sadoc a punto de estallar en burla de nuevo cuando los gritos de la gente le detuvieron.
—¡Es un mi1agro! —gritaban—. ¡La niña está curada!
La mano que temblaba se había serenado en realidad, y la niña, con los brazos en torno de su madre, gritaba:
—Madre, siento calor y el dolor ha desaparecido. Estoy bien. Donde Jesús pusiera la mano sobre el cuello de la niña, la piel se había enrojecido. Era de suponer que una energía curativa había fluido de él a la criatura.
—¡Es un truco! —gritó Sadoc—. Este hombre es un mago y practica la magia negra como los caldeos.
Jesús le lanzó una mirada despectiva.
—y si la niña no hubiera sido curada, entonces ¿qué? Te digo. Sadoc, que tendrás mucho de que responder por abusar cínicamente de uno de los hijos de Dios.
—Alzó a la madre que había caído a sus pies.
—Levántate y vete con tu niña, sabiendo que Dios tomó nota de este día.
Entonces Jesús se mezcló con el pueblo. Este había abandonado ahora su reserva previa con la notable curación, que había hecho más que cualquier discurso para convencerles de que este hombre era en realidad enviado por Dios.
Leví y Simón e1 Zelote corrieron entre la muchedumbre a besarle la mano. Otros pedían curaciones, pero Jesús no parecía advertirlo. Yo me quedé rezagado, sin saber cómo actuar en su presencia. Pero al cabo de cierto tiempo sus ojos cayeron sobre mí y su cabeza se inclinó ligeramente, como animándome a que me acercara. Le saludé, inc1inándome hasta el suelo.
—Tú eres en realidad el Hijo de Dios —dije con voz ronca de emoción. Se irguió y me sonrió tristemente, como si supiera algo que yo ignoraba. Antes de que pudiera hablar sus ojos se dirigieron vivamente a Leví y Simón, y a los zelotes Gestas y Dimas, que aún seguían por allí inseguros, al parecer, de que fuera el líder que estaban esperando. Su triste mirada volvió a mí.
—Estaré en el campamento esta noche, junto al fuego. Reúnete allí conmigo si quieres.
La multitud todavía le miraba expectante, a excepción de los furiosos saduceos y fariseos que callaban prudentemente su opinión, juzgando por lo que veían que la multitud se había unido a él.
—Pedid lo que queráis —dijo ahora Jesús— y mi Padre os oirá. Pues él está en todas partes, en los mismos árboles y flores, en los cielos y la tierra, y en vosotros mismos cuando lo permitís con buenos pensamientos y obras.
De nuevo surgió un clamor de los enfermos.
—Ayúdanos, ayúdanos —gritaban, levantando los bastones y tratando de avanzar con sus miembros débiles y sus rostros contraídos. Él alzó una mano para detenerles.
—No he venido como médico del cuerpo, sino del espíritu. Ahí es donde nace toda enfermedad.
Puesto, que podía curar, me pregunté por qué no curaría. a cuantos lo necesitaban.
—;Habéis nacido a este mundo —dijo él, como si adivinara mis pensamientos— para enfrentaros al desafío que es la vida, aprendiendo con el tiempo, y con fe en Dios, a comportaros de tal modo que lleguéis a ser dignos compañeros del Señor.
Esto no acalló en absoluto los gritos de los enfermos, pues sólo estaban preocupados por sí mismos.
—No penséis sólo en vosotros sino en los demás —continuó Jesús— y vuestros pensamientos os liberarán de las cadenas de la carne. Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de que se lo pidáis. Orad pues a él; pero no utilicéis vanas repeticiones como hacen los paganos. Ellos creen ser oídos porque oran en voz muy alta y con frecuencia. De ese modo sólo demuestran su debilidad, no su fe, que debe ser firme y segura.
La multitud no le entendía. Pero estalló el grito:
—Dinos, Maestro, ¿cómo debemos orar?
—No sólo con palabras, sino con el espíritu.
—Pero ¿cuáles son las palabras?
—Si sólo se tratara de palabras, los enfermos podrían decir1as y quedar curados.
Ellos seguían pidiendo a voces las palabras mágicas.
—Orad entonces de este modo, repitiendo mis palabras y sabiendo que lo que pidáis a Dios os será concedido.
Sus ojos se alzaron al hablar, y un murmullo en respuesta surgió de la multitud.
—Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra
como en el cielo.
EI pan nuestro de cada día dánosle hoy.
Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre.
Advertí la desilusión general del pueblo que sólo había repetido rutinariamente la plegaria tras. Y Jesús lo comprendió también pues ahora les exhortó:
—Que vuestra luz brille ante los hombres para que, viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Si vuestra justicia no supera a la de los saduceos y los fariseos, nunca entraréis en el Reino de los Cielos de que os hablo.
Por sus rostros era evidente que la multitud había esperado más.
—Pedís a otros —continuó Jesús— Pedid primero a vosotros mismos. No echéis la culpa a los demás de lo que hacéis o no hacéis, pues los errores de omisión son con frecuencia más reprensibles que los de comisión.
El insistente Sadoc había conseguido situarse en primera fila de nuevo.
—Tú hablas de Mi Padre, Tu Padre, Nuestro Padre… Exactamente, ¿de qué Padre hablas?
Jesús sonrió.
—Bien dicho, Sadoc, pues él es el Padre de todos los que siguen su voz. Y antes de que informes a los sumos sacerdotes, permíteme decirte que no he venido a destruir la ley, ni los profetas, sino a dar debido cumplimiento a lo que se dijo.
El rostro de Sadoc le traicionó.
—Yo sólo hablo por mí mismo —tartamudeó.
—Pero se lo cuentas a otros. Cuéntalo con justicia entonces, puesto qué, deberás responder ante uno más grande que yo.
No hablaba como un galileo, pues la mayoría de ellos sólo hablaban arameo yeso con un acento que era casi un ceceo. Su hebreo era mejor que el mío, y su griego impecable. ¿Dónde había estudiado para lograr tal perfección en esas lenguas?
Pensé, al observarle de cerca, que tendría poco más de treinta años, quizás algunos más que yo, pero sólo algunos meses menos que su primo el Bautista, por lo que yo había oído. Sin embargo parecía no tener edad, no pertenecer a ningún tiempo o lugar.
Se había apartado ahora de Sadoc y pedía a Leví, como hiciera conmigo, que se reuniese más tarde con él. Por tanto, después de la cena de tortas y leche de cabra, y con gran expectación, nos dirigimos colina arriba hacia el gran campamento que servía como cuartel general de Juan. Algunos otros estaban ya allí, hablando confiadamente con el Maestro que se reclinaba cómodamente en la hierba mientras un joven de gran belleza le ungía los pies con óleo.
Por su acento comprendí que esos hombres eran galileos. Uno muy alto y majestuoso se llamaba Andrés. El otro, una figura gruesa de frente. estrecha y mandíbula débil: era su hermano Simón. Éste me disgustó a primera vista pues parecía dominar la conversación aunque poco colaboraba con ella. El joven, que no tendría desde luego más de veinte años, se llamaba Juan y con él estaba su hermano Jaime. Eran los hijos de Zebedeo, constructor de barcas, hombre próspero según el nivel de vida de los galileos. Descubrí por la conversación que éstos habían venido a Betabara para ser bautizados por Juan, y habían quedado sorprendidos ante la aparición de aquel otro galileo.
Simón-bar-Jona se sentía muy feliz cuando estaba hablando. Contaba su primer encuentro con Jesús a todo el que quería oírle. —
Andrés y yo estábamos pescando en el Mar de Galilea y no logramos llenar las redes en todo el día. Un desconocido nos dijo desde la orilla que dejáramos caer las redes por el otro lado de la barca y no veíamos razón para ello, ya que otros habían estado.
pescando allí sin el menor resultado. Pero como él insistiera hicimos lo que nos sugirió y ¡oh maravilla! recogimos la pesca más abundante de nuestra vida, tan grande en realidad que rompió algunas redes, y los peces se escapaban.
No se daba cuenta de cuán ridículas sonaban sus palabras.
—De modo —susurró Leví maliciosamente— que se sintió
impresionado por el Maestro sólo porque él le ayudó con la pesca.
Yo conocía más al resto del grupo, algunos zelotes, Gestas y Dimas, Joshua-bar-Abbás y Simón el Zelote, galileo también pero más notable en palabras y obras por su persuasión política. El Bautista servía a Jesús. con sus discípulos Ahiram y Abner. Parecía divertido por los cuidados del joven Juan, realizados con tanto cariño. .
El Maestro no parecía escucharles, sin embargo añadía un toque irónico a la conversación de vez en cuando. Cuando Gestas y Dimas mencionaron que e1 Mesías ,de Israel sólo demostrada que lo era liberando a su pueblo, Jesús sonrió y dijo:
—Y si es el Mesías, el Libertador que busca Israel, ¿acaso ha de seguir las instrucciones de nadie sino del que le envió?
Gestas y Dimas fruncieron el ceño pues, aunque les había contestado, no era ésa la respuesta que ellos deseaban.
—No basta —dijo aquél— con que uno diga que es el Mesías.
—Cierto —dijo Jesús—, ni que lo digan otros tampoco.
Los dos líderes del partido de los zelotes intervinieron ahora. Joshua-bar-Abbás estaba considerado algo así como el experto militar, habiendo servido algún tiempo con las legiones romanas en Egipto y Simón el Zelote era la autoridad religiosa, ya que había estudiado a fondo el Tara, que eran los libros de Moisés y los profetas, y podía recitar de ellos todo lo que sirviera a su causa. "'.
—El Tora —dijo el Zelote— proclama que el Mesías reinará como Rey de Reyes sobre todas las naciones.
—¿Y de que otro modo puede cumplirse esto —intercaló rápidamente bar-Abbás— sin la destrucción de los romanos?
Los ojos de. Jesús parpadearon maliciosamente.
—Existe más de un modo de conquistar a un adversario.
—¿y cuál es ése?
—Con el amor. Ofreciendo la otra mejilla cuando él te golpea.
Los zelotes le miraron incrédulos.
—Ofreces la otra mejilla —gruñó bar-Abbás— y los romanos te cortan la cabeza.
—Sin embargo —dijo él— en la misma, Roma obedecerán al Dios único.
El joven Juan había terminado ya de ungir a Jesús y se volvió interrogante ,al Bautista. Éste agitó la cabeza con impaciencia, rechazando la idea de ceder a tales cuidados.
Jesús tomó la caja de alabastro de manos de Juan y se arrodilló ante el Bautista.
—Así como tú me has ennoblecido ante e! Padre, permíteme que yo te honre en este día.
El Bautista se había retirado, pero algo en la mirada de Jesús le detuvo…
—Sólo yo, Juan, puedo ungirte para el viaje que has de hacer.
El Bautista inclinó los hombros sumisamente y el Maestro, con todo cuidado y cariño, ungió aquellos pies desnudos que parecía como si jamás hubieran llevado sandalias.
—Yo te unjo con el Espíritu Santo, Juan, pues después de esta noche ya no volveré a verte en este mundo.
Los ojos de! Bautista brillaron con una llama profunda.
—Ya he hecho lo que vine a hacer. Estoy dispuesto.
Se pusieron juntos de pie y se abrazaron, Jesús reteniéndole como si quisiera guardarle siempre a su lado.
Con un suspiro le dejó ir al fin. Juan llamó a sus dos discípulos.
—Me voy a Aalim y de allí a Judea para bautizar por última vez, y luego a Perea, donde e! malvado Herodes y Herodias, su zorra, emponzoñaban el aire. Desde allí, sólo el Señor sabe a dónde.
Le observamos partir, su túnica de pelo de camello flotando bajo el viento de la noche.
—Ahí va un profeta —dijo Jesús— que es más que un profeta, pues él se ha entregado a su propia profecía.
Los zelotes vieron su partida con dolor pues, a excepción de Simón el Zelote, e! Bautista se adecuaba más a su idea de! Mesías que aquel que les decía que ofrecieran la otra mejilla.
—Ahí —dije yo, pues se me ,escaparon las palabras-va uno que lucha por la libertad.
—Algunos hablan de libertad —dijo Jesús— y se hacen a sí mismos prisioneros de esa libertad.
Gestas le miró dudoso.
—Esa frase fue parece muy confusa.
—Con frecuencia la gente no actúa, se limita a reaccionar, perdiendo así la libertad de acción que surge por naturaleza de su propia alma.
—¿Quieres decir —sugerí— que, al rebelarnos contra la tiranía, perdemos nuestra alma?
Jesús sonrió:
—Tú hablas de tiranía, pero esta pasión por la libertad es una tiranía incluso mayor. Gobierna la mente y el cuerpo, y te lanza a un curso errático que puede llevarte a cualquier parte.
—Entonces ¿Debemos inclinar las espaldas bajo el látigo y pedir a los romanos que nos castiguen, e incluso que nos claven en una cruz por la infamia de desear ser libres?
—No pienses tanto en la libertad por sí misma, sino libérate de ese yugo de 1a libertad que te has puesto en torno del cuello.
—Entonces, Maestro, ¿cómo encontraremos la libertad?
—Al existir para los demás existimos para Dios, y en Dios encontramos esa libertad tan elusiva.
Gestas agitó la cabeza lentamente.
—Existimos para Israel y para el Mesías que libere a Israel de los que lo tienen cautivo.
—Eso dices tú, pero no Dios —refutó el Maestro, y había un gran dolor en su voz.

5 - Los zelotes

Un aire de tensión había cubierto el campamento. Leví me dio con el codo:
—¿Has visto alguna vez un trío más despreciable? —me dijo al oído. En realidad había una ferocidad tal en aquellos zelotes que no presagiaba nada bueno para cualquiera que se cruzara con ellos en una noche oscura.
Bar-Abbás, con su nariz ganchuda y la barba revuelta, parecía un ave de presa posada sobre su víctima. Gestas y Dimas eran como halcones de ojos salvajes, dispuestos a lanzarse al vuelo contra el adversario en cualquier momento. Responderían perfectamente en una batalla.
Los zelotes, incluido Simón, miraban a Bar-Abbás esperando que tomara la iniciativa.
Este preguntó:
—¿Cómo puede dirigir a Israel un carpintero de Galilea contra los ejércitos más poderosos de la historia?
Los galileos se enojaron ante el tono despectivo, y yo mismo me ofendí.
—El Macabeo era sólo un pastor —dije rápidamente.
—lo sé —aceptó bar-Abbás— y David mató a Goliat con una honda. Pero eso no servirá contra Roma.
Jesús había estado mirando serenamente el fuego, sin escuchar al parecer. Con un gesto cortó ahora la respuesta de sus indignados seguidores. Habló suavemente, sin dejar de mirar, las llamas.
—Permitidme que os cuente una parábola del profeta Daniel, que se salvó a sí mismo y a su pueblo del cautiverio interpretando correctamente el sueño de Nabucodonosor, Rey de Babilonia. El rey se había sentido aterrado por una estatua terrible. La cabeza era de oro puro, el pecho y los brazos de p1ata, el vientre y las caderas de bronce. Luego venían unas piernas de hierro pero con los pies de barro.
»Ninguno de los sabios de Babilonia podía interpretar este sueño, pero Daniel lo comprendió mediante una visión del Señor. y, según la visión, dijo al rey: "Junto con tu reino, tú eres la cabeza de oro. Pero después de ti surgirá otro reino de plata, los medas, inferiores a ti. Aún habrá otro reino de bronce, el del griego Alejandro, que dominará sobre toda la tierra. El cuarto reino será fuerte como el hierro, y lo romperá todo igual que el hierro que todo lo hace pedazos. Pero del mismo modo que los pies eran en parte de hierro y en parte de barro, así el reino será en parte fuerte y en parte frágil".
Se detuvo un instante mirando al fuego, y comprendimos que hablaba de Roma pues ¿qué si no Roma era más poderoso que los ,conquistadores griegos del meda Darío?
—y el hierro y el barro se mezclarán con la semilla de los hombres" pero no se unirán, como el hierro no se une con el barro.
De nuevo Leví me susurró al oído:
—Habla de la desunión del Imperio romano que no llega a ser uno, por emperadores y legiones que haya.
Pero Jesús seguía hablando.
—y en los días de estos reyes —continuó la voz— el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido. Y el reino no se dejará a otros pueblos, sino que romperá en pedazos y consumirá todos estos reinos y permanecerá para siempre.
Hubo silencio por un instante y luego Simón-bar-Jona, hermano de Andrés, intervino con su torpeza habitual.
Pero, Maestro, si esos reinos se consumen, ¿cómo pueden continuar?
El Maestro le sonrió con cariño.
—Tú, Simón, eres mi barómetro, pues por tus reacciones sé cómo recibe el hombre común el mensaje que yo imparto.
Mientras el rostro rudo de Simón mostraba desconcierto, su hermano Andrés dijo suavemente:
—Nosotros sabemos de qué reino habla él. Los ojos de Jesús registraron el grupo.
—Tú, Andrés, serás mi primer discípulo. Como el mayor, aconsejarás a los otros. Y tú, Simón-bar-Jona, serás el segundo, aunque llegarás a ser el primero en muchas cosas.
Los dos ga1ileos sonrieron, y en su sonrisa se leía su sencillo placer.
—Gracias, Maestro —dijeron ansiosamente.
—No me deis as gracias, pues el camino será duro y tortuoso y no tendréis la recompensa en este mundo.
—Te seguiremos a todas partes —dijo el simple de Simón. El rostro de Jesús se nubló por un momento.
—Así será, aunque poco sabes lo que dices. Yo anhelaba más que nadie ser su discípulo.
—y ¿cuántos discípulos habrá, Maestro? —era la primera vez que le hablaba directamente, y el corazón me latía salvajemente contra el pecho.
—Habrá doce al principio, Judas, que representarán no sólo las tribus de Israel sino la unión de la humanidad reflejada en el zodíaco universal. Nuestro propio signo es Piscis, el signo del pez, pues no representa únicamente el conflicto de dos fuerzas opuestas, bien y mal, que nadan una contra otra, sino la nueva era de adoración.
—También es tu signo de nacimiento —dijo Andrés, hablando como si le conociera desde niño. .
Yo me adelanté con Leví.
—Querríamos servirte con Andrés y Simón —dije.
—y lo haréis, pero sabed primero que muchos son los llamados y pocos los escogidos.
Me sentí consciente de las miradas de desaprobación de los zelotes a excepción de Simón el Zelote, que parecía tan ansioso de unirse, a él como yo. Pero, claro, como Leví, era galileo y éstos tenían el orgullo provincial de considerar al Mesías como suyo.
Gestas y Dimas se habían adelantado también.
—Nosotros seríamos tus discípulos —dijo el sirio— si pudiéramos estar seguros de que tú eres realmente el salvador de Israel.
—Si no estáis seguros —contestó Jesús— entonces jamás lo estaréis, pues Dios exige fe de sus hijos.
—¿No es justo —arguyó Gesias— que el Mesías demuestre que lo es antes de que lo arriesguemos todo por seguirle?
—Más arriesgáis por no seguirle —dijo Jesús enigmáticamente. Pero venid y ved por vosotros mismos.
—Piensas muy poco en la libertad de Israel —dijo Dimas secamente.
—No pienso en otra cosa, pero ésa no es vuestra libertad. Yo ya había escuchado lo suficiente.
—¿No le oísteis decir que su reino consumiría a Roma y
duraría para siempre?
Los zelotes no estaban convencidos.
—Nunca he visto morir a un romano bajo un aluvión de palabras —dijo bar-Abbás.
Jesús se mostró impertérrito ante sus críticas. Y sin embargo, antes había reaccionado con enojo ante el ataque de Sadoc. Las siguientes palabras nos aclararon rápidamente la diferencia.
—Hablan por amor a Israel; no se lo impidáis.
Ahora pareció retirarse a su interior y Andrés nos indicó con un gesto que la reunión había terminado.
Los zelotes regresaron a su propio campamento diciéndome que me reuniera con ellos al día siguiente.
—Recuerda —gruñó bar-Abbás entre dientes— que te has unido a nosotros, para bien o para mal.
Suspiré interiormente. Aquí estaba yo, ostensiblemente un agente del Sanedrín, un zelote consagrado a la rebelión contra Roma y un discípulo del Mesías de Israel. ¡No quisiera Dios que cualquiera de esas lealtades entrara en contacto con las otras!
—Estaré allí —dije.
Los ojos de Jesús les siguieron mientras bajaban la colina hasta que sus siluetas se fundieron en la oscuridad.
—Los Profetas cantan acerca de Dios —dijo casi cansadamente— pero tus amigos marchan a su propio son.
Hice acopio de valor para preguntar:
—¿Está mal librarse del opresor que mantiene su pie sobre nuestro cuello?
—No está mal, Judas, y yo desearía que Israel fuera tan libre como en los días de David y Salomón. Pero ahora el Señor nos pide más.
—¿Qué más podemos hacer que extender su palabra por todas las tierras?
—y ¿cómo lo harías tú?
—Los Profetas dicen que el Mesías nos liberará del enemigo y hará que Israel triunfe sobre setenta naciones —vacilé por no parecer demasiado osado—. Si no aceptamos a los Profetas, entonces ¿qué esperanza para el Mesías le queda a Israel?
—Pregunta mejor qué esperanza le queda al mundo, pues el mismo Dios que creó a Israe1, Judas, creó también todo lo que hay en el cielo y en la tierra.
Los galileos le habían estado escuchando con la boca abierta.
—En otras palabras —dijo Leví enojado—,que no hay distinción entre judíos y gentiles.
—No dije eso exactamente, pues diferimos en el Tora y en lo que más queremos.
—Pero ¿no somos nosotros el Pueblo Elegido?
—Dios nos eligió porque nosotros le elegimos. Pero no siempre hemos guardado la fe, y el Templo ya no es el lugar adecuado para que Dios more en él.
—¿Somos acaso mejores —pregunté— porque los romanos se sienten sobre los muros del Templo, lanzando sobre él su basura y asesinando a nuestros amigos de Galilea?
Andrés intervino con rapidez:
—Hablas con gran osadía, señor. Cuida tu lengua. Jesús le hizo a un lado.
—Habla bien el que habla por Israel.
—Sus ojos miraron a los galileos y vi que se nublaban de emoción.
Si no fuera por mis amigos, Judas-bar-Simón, yo no estaría aquí esta noche pues su matanza fue la señal que yo esperaba, la señal de que no sólo Israel, sino la misma Roma, necesitaba la salvación: Sí, Judas, yo conocía muy bien a aquellos peregrinos.
Me recorrió un escalofrío.
—Sí, Judas, como te conozco a ti, y a Poncio Pilatos.!
Esa noche Jesús se llevó a Simón-bar-Jona y al joven Juan y subió la montaña de Moab, donde los Profetas Moisés y Elías habían hecho su vigilia antes que él.
—Voy a luchar con el diablo —dijo.
—y ¿dónde está este diablo? —dijo Andrés.
—Es el que está dentro de mí, el que cierra mis oídos a los gritos de los oprimidos por Roma, a los temerosos galileos y a todos los que han muerto por su fe en Israel.
¿Qué clase de demonio era, me pregunté; al que echaba la culpa por salvar a su propio pueblo? Pero no me atreví a decir más, después de aquella reconvención del amable Andrés. Abrazó entonces a sus galileos y ellos le besaron en la mejilla deseándole paz en su viaje.
—He venido de Nazaret en tres días —dijo él— y voy a averiguar hasta dónde más debo ir.
—Se volvió a mí—.
Abrázame si quieres, Judas, pues me eres tan querido como los otros. Reprimí mis lágrimas de alegría y le besé ligeramente, acompañándolo de corazón en su camino.
—Reúnete conmigo en Caná Judas —dijo—, Estaré allí dentro de un mes.
Apenas podía pensar. que no estuviera él cuando me senté al día siguiente con un comité de zelotes presidido por Joshua— bar-Abbás. Parecían muy vulgares, a pesar de todo el fuego que salía de sus labios.
—No podemos esperar basta que decida a qué lado volverse —dijo bar-Abbás—. Es hora de armarse y empezar nuestra guerra de atrición. Bandas pequeñas, pero fuertes, atacarán las guarniciones lejanas y se apoderarán de sus arsenales. Otras, recorriendo el desierto en rápidos camellos, se apoderarán de las caravanas, privando al enemigo de sus aprovisionamientos. Iniciaremos estas guerrillas haciéndonos más fuertes cada día, hasta que, como los Macabeos, tengamos una fuerza capaz de equipararse a la que Roma lance contra nosotros.
Miré para comprobar la reacción de Simón el Zelote ante tales palabras. Pues este valiente luchador, que sirviera con Judas el Galileo en su revuelta condenada de antemano al fracaso, tenía tal celo que nadie podría discutir su patriotismo. Sólo él, como los antiguos héroes romanos, se había ganado un sobrenombre en la batalla. Su rostro flaco reflejaba la gravedad del momento.
—Yo creo en él —dijo lentamente—. Yo creo que es el Mesías enviado por Dios para liberar a su pueblo, y creo que siente la opresión de Roma con la misma fuerza que cualquiera de vosotros. Cuando habló de la matanza de los galileos casi le vencía el llanto. En las montañas se comunicará con los Profetas, y así definirá su misión.
—Quizá se haya comunicado ya muchas veces —dijo Gestas con ironía.
Los zelotes le miraron fríamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que él ha podido sacar su propia imagen del cuadro compuesto en las Escrituras.
Los ojos de Simón todavía le miraron con mayor dureza.
—Hablas como un Sadoc o un Eleazar, hombrecillos mezquinos, dementes maquinas y sin espíritu. Gestas hubo de enrojecer.
—Nuestra vida está en peligro. No podemos depender de los soñadores. ¿No es así, Judas?
No me gustó el modo en que me miró.
—Estoy de acuerdo pero, como se ha dicho, sólo el Mesías puede unir la nación tras de nosotros. Los de Judea siguen a uno, los de Galilea a otro, y los samaritanos a o otro más. Pero todos, buenos o malos judíos, con tribu o sin tribu, se unirán tras el Libertador enviado por Dios. De eso puedes estar seguro.
Simón el Zelote ap1audió.
—Palabras sabias de un aristócrata —sus ojos se cruzaron con los de bar-Abbás sobre la parca comida.
—Yo creo que deberíamos esperar y darle la oportunidad de declararse.
—Tenemos poco que perder si esperamos unos meses. Para ese momento tal vez contemos con la ayuda de Nicodemo, si queda convencido del Mesías.
—Retrasos, retrasos y más retrasos —gritaron al unísono Gestas y Dimas— Roma no se conquistó así.
—Roma —dijo Simón secamente— necesitó veinte años para destruir a Cartago.
—Nosotros no disponemos de veinte años —dijo bar-Abbás—. Nuestros cuerpos estarán colgando de 1as cruces mucho antes de eso si no tenemos éxito.
—No peleemos entre nosotros —dijo Simón—. Repasemos más bien con prudencia nuestros recursos para el día en que podamos ponerlos en ayuda del líder.
—Él no es Juan el Bautista! —gritó Jamás dirigirá los ejércitos a la batalla.
—Sólo es necesario-dijo Simón— que abogue por la revolución y todo Israel se levantará.
—Su voz estaba teñida de ironía—.
Tú, bar-Abbás, puedes dirigir esos ejércitos. ¿Cuántas tropas mandas ahora? La sonrisa de bar-Abbás dio a su rostro un aspecto malvado.
—Tengo a mis órdenes a mil de Idumea, de Perea, de Saldaria, y ni un auténtico israelita entre todos ellos.
—Y dos mil veteranos de otras luchas —agregó Simón orgullosamente— pero, con su bendición, esos dos mil se multiplicarían por veinte.
—No vendría mal —dijo bar-Abbás en tono conciliador.
El saquear la campiña, pues, si se hiciera discretamente y con el mínimo de matanzas, haría creer a todos que era obra de ladrones y bandidos, y nada más.
Simón rió ,hasta desternillarse dé risa.
—¿Y qué otra cosa sería, bar-Abpás?
—No me gustan tus bromas —gruñó éste, pero cuando el resto, incluido Gestas y Dimas, se unieron a la carcajada general, él se rió también cogiéndose los costados.
—¡Esto está bueno!—gritó.
—De acuerdo —dijo Simón—: saquead las caravanas pero nada más; nada de ataques a las guarniciones y nada de emboscadas de pequeños grupos de soldados hasta que el tiempo esté maduro.
—Muy bien.
—Bar-Abbás extendió una mano callosa y todos se la estrechamos.
—Espero —añadió— que el demonio se quede en él. Pero los demonios tienen la costumbre de perderse una vez son puestos bajo la luz.
En mi mente ya me había decidido. Le seguiría El Caná, en Galilea, a jerusa1én, incluso a Roma si era necesario. Los romanos aun habían de oír hablar mucho de él, y lo mismo los sacerdotes del Templo o cualquier otro que se alzará entre Israel y su Dios. ¿Cómo iba a discutir nadie que él fuera el Mesías?
Se adaptaba a la descripción en todos los detalles, y su familiaridad con los profetas, especialmente Isaías y Ezequiel, revelaba una comprensión notable de su propio destino. Mi camino estaba claro. No podía amar sino a El. Sería honrado con Raquel, cosa que no había hecho nunca, y menos ingenuo con el Sanedrín y los sacerdotes.
Pues mientras ellos juzgaban útil el emplearme, también a mí me convenía aparecer como su delegado. Fingir ante los que tan bien fingían no me turbaba la conciencia en lo más mínimo.
Jesús había dicho: «Obra con los demás como querrías que ellos obraran contigo». Pero seguramente no podía referirse a los sumos sacerdotes. ¿Qué sabían ellos de honradez, salvo de tergiversarla para sus propios fines?
Los Zelotes habían decidido que Simón El Ze1ote y yo debíamos unirnos a1 Mesías y ser los que vigilaran a favor del grupo. Acepté con todo gusto pues, en cualquier caso, ése era mi deseo. Como galileo que ya había luchado en una rebelión, Simón tenía un interés especial por aquel líder surgido de su propia provincia.
—Pero él es de Judea —le había discutido yo—. De la Casa Real de David.
—Sin embargo su corazón está en Galilea —me refutó Simón— Lo vi en sus ojos. Sólo para que se cumpliera la profecía hicieron sus padres que naciera en Belén.
—Sus padres tuvieron muy poco que ver con ello —dije—. Ocurrió así por casualidad.
—Nada sucede por casualidad. El mismo Jesús te lo dirá así. Nosotros somos simples marionetas que respondemos a la voluntad del Señor.
Las palabras de Simón eran más profundas de lo que yo creía.
—Entonces, ¿para qué luchar tanto, si todo está planeado? , Se rió aunque sin alegría.
—Porque no conocemos la vo1untad de Dios hasta que ya nos hemos entregado a un curso de acción, y aprendemos demasiado tarde cuál es.
Medité en ello por un momento.
—y ¿quién conoce entonces la voluntad ,de Dios?
—Algunos dicen que 1os rabinos y sacerdotes eruditos la conocen por sus estudios de las Escrituras.
—En ese caso ¿la sabría Jesús?
—Si es el Mesías, cosa que creo, entonces nadie la conocería mejor que él, a no ser el mismo Dios.
—Entonces ¿por qué se va a las montañas a meditar en su misión? ¿No está clara para él desde e1 primer momento?
Simón el Zelote suspiró:
—Quizá haya en él dos partes: la celestial, por la cual conoce claramente la voluntad de Dios, y la terrenal, por la que es tan humano como 1os demás y debe encontrar su propio camino.
—Todo lo que sé —dije yo con voz tonante— es que el mundo jamás ha conocido a nadie como él.
—Aún sabremos más, —dijo Simón— después de nuestra estancia en Galilea. Jesús no habla, con ligereza. Si quiere que estemos en Caná será por una buena razón. No hace nada sin motivo. Esto lo sé porque conozco a los hombres.
Le miré con curiosidad.
—y ¿hasta qué punto te conoces a ti mismo? Cuadró los poderosos hombros.
—Tan bien como te conozco a ti, Judas-bar-Simón.
—Pues ¿qué sabes de mí?
—Me enojaba que me juzgara tan precipitadamente.
—A ti te arrastran sobre todo las emociones, y no siempre piensas antes de actuar.
Eso podría decirse de cualquiera.
—Tú hablas mucho de Dios y del Mesías, pero, Roma es lo que te preocupa, Judas.
Le miré sorprendido.
—¿Acaso no te preocupa a ti?
—Sí, pero yo no trato de fingir. Y no hablo de Dios y de Israel como tú.
Roma oprime a Israel, y eso es suficiente para mí. No es del todo una cuestión religiosa. Si el Mesías contribuye a unir el país, muy bien, pero si no hay Mesías, entonces lo haremos solos.
—No podrá hacerse así pues sin el Mesías, no se cumplirá el triunfo de Israel.
Se acarició la barba espesa.
—Hablas de Dios y del Mesías como si Israel fuera su única preocupación.
Sus palabras me asustaron pues ¿no había dicho Jesús lo mismo en el fondo? .
—Él dijo que triunfaría sobre Roma, y yo le creo.
—Y si no ocurriera así, entonces ¿qué?
—Todo lo que necesita es declararse como Mesías y se sucederán los acontecimientos.
Me lanzó una larga mirada.
—Tú le atribuyes cuanto quieres.
—No le atribuyo nada que no esté ya en él esperando revelarse en el momento oportuno.
—Como quieras —dijo con una risita—, pero yo soy materialista y veo las cosas tal como son.
—¿Por esa razón trabajas en el Templo?
.Imitó él la voz arrogante de un guardia del Templo.
—El diablo que conoces, Judas, es más seguro que el diablo que no conoces.
—Luego añadió enigmáticamente—:
Joshua-bar-Abbás vigila el Templo, y yo le vigilo a él.
Era hora de que nuestras vidas se separaran de momento. Nos abrazamos por puro compromiso y prometimos reunirnos de nuevo en Caná.
—Mientras tanto —:añadió con una curiosa sonrisa piensa en tus motivaciones, Judas.
No había nada en qué pensar, aparte mi problema inmediato. Hubiera deseado posponer lo inevitable, pero comprendí que seria mejor acabar con ello y no verme constantemente perseguido por los ojos cargados de reproche de Raquel. Como había supuesto, fue un asunto desagradable. La chiquilla apoyó la cabeza en mi hombro y se echó a llorar. Sentí la curva de sus senos contra mi propio pecho, pues jadeaba al ritmo de sus sollozos. Alcé una mano para consolarla. Ella la cogió y la besó, oprimiéndomela con sus labios. y entonces, cuando traté de reprocharle su conducta tan poco digna, sus labios cubrieron los míos, besándome de tal modo que olvidé todas mis resoluciones. No esperó a que mis dedos temblorosos le desabrocharan el corpiño y le soltaran la túnica, y así ocurrió lo último que yo deseaba que ocurriera. Durante todos los años desde que conociera a Raquel jamás había atacado su virtud, ni con una mirada ni con mis actos. Y ahora, al verla ronronear satisfecha en mis brazos sobre el sofá de mi padre, experimenté un sentimiento de culpabilidad. Alzó ella la cabeza y frunció los labios sin captar lo que ocurría en mi interior.
—¿Me amas? —murmuró.
El remordimiento que sintiera por un instante se transformó rápidamente en enojo, y luego en un principio de repulsión. ¿Por qué había de complicar esta chiquilla insignificante unos planes grandiosos, cuya importancia ni siquiera era capaz de imaginar?
—Lo siento, lo siento de verdad —dije.
Ella me cerró los labios juguetonamente con los dedos.
—No hay nada que sentir. Lo que pasará es que nos casaremos antes de lo que habíamos planeado.
—¿Casarnos?
—Me enderecé con un movimiento convulso—.
Pero ya te he dado mis razones que imposibilitan nuestros planes de boda.
Ella se rió como una niña.
—Pero eso fue antes… Ahora has hecho de mí una mujer. Y si no te casas conmigo me habrás convertido en una adúltera, pues ésa es la ley de Israel.
La miré horrorizado.
—¡Me has embaucado! —grité.
—No tanto, Judas. Yo te amo.
Todavía la encontraba más repugnante de lo que nunca creyera posible.
—No me casaré contigo.
—Me libré rápidamente de Raquel y me puse de pie, volviéndome a poner la túnica en la semipenumbra del cuarto. Ella se puso también de pie y vino a acariciarme con sus senos.
—¿Es que no lo entiendes? Jamás me casaré ni contigo ni con nadie.
Se echó atrás incrédula.
—No te creo. Eres mi propio primor.. No me harías una cosa así.
—Ya está hecho —dije, saliendo furioso de la habitación.
La actitud de mi madre no me sirvió de ayuda. Nunca la había visto tan severa y tan empecinada.
—La boda —dijo— se celebrará según está planeado. en un miércoles, como es costumbre en nuestro pueblo.
La miré con el corazón vacilante, pero luego recobré la confianza.
—Yo soy el jefe de la familia —dije— y el que anuncia los acontecimientos. Y este anuncio jamás lo haré.
No cedía.
—Entonces, como jefe de la familia, has pecado doblemente al traicionar no sólo a tu prometida sino a una invitada en la casa.
—No carece ella de culpa —dije.
El desprecio agudizó su lengua.
—Acusas de pecado a una niña de quince años, tú, un hombre casi de treinta, con experiencia del mundo. y le echas la culpa a ella. ¡Qué vergüenza!
Yo me había negado a que Raquel estuviera presente en la entrevista pues no quería hacerle más daño.
—Puedes decirle que le daré cualquier cantidad de dinero lo suficiente para que tenga una casa propia y viva con comodidad el resto de su vida.
—¿Y le devolverás su virginidad?
Ahora me sentía enojado con mi madre.
—¿Qué hay de maravilloso en esa virginidad?
—No seas idiota, Judas; ya sabes que no puede encontrar marido con esa mancha en su carácter.
Me miraba con ojos acusadores. Pero yo, en vez de estar arrepentido, tenía la impresión de que querían atraparme.
—No tiene por qué estar sola —le dije—. Puede vivir aquí contigo, como tu compañera. Tú la quieres como a una hija. Yo te cederé esta casa. Ya no vaya necesitar una casa en Jerusalén a partir de ahora, pues estaré viajando.
No había el menor interés en sus ojos.
—¿Es tu última pa1abra al respecto?
—No cambiaré de opinión. No me casaré nunca. Su voz era tan fría que me llenó de temor.
—Bien —dijo—, pues es mejor que el linaje se acabe en ti antes de que nazca un hijo con tu sangre.
—Madre! —grité, tratando de cogerle la mano. Se retiró con gesto de asco.
—No me llames madre, pues ya no eres mi hijo. Mis ojos se abrieron de incredulidad.
—¿Y todo esto por Raquel? Agitó la cabeza.
—Te has comportado de modo abominable. Has violado una
guarda sagrada, Judas. Tu padre se revolvería en la tumba si lo supiera.
—Con el tiempo cambiarás de opinión sobre mí.
—No quiero volver a verte. Nosotras dejaremos la casa por la mañana, Raque! y yo. No queremos nada de ti.
—Por favor, madre, haces que me sienta culpable.
—Aún puedes arrepentirte.
Así que todo era un truco, para que yo me volviera atrás. No tengo de qué arrepentirme.
—Has traicionado a una niña inocente.
—Le das demasiada importancia. Nadie lo sabrá.
—Dios lo sabrá. ¿No es suficiente? No tenía más remedio que decir la verdad.
—¡Ella se echó en mis brazos! —grité. Se retiró horrorizada.
—Ni siquiera actúas como un caballero.
—Lo siento, madre, ¿no es suficiente? Le compensaré del mejor modo posible. Pero jamás me casaré.
Me miró como si me viera por primera vez.
—Sólo piensas en ti mismo, Judas; no eres digno de confianza.
—Todo hombre tiene derecho a pensar en sí mismo.
Su cabeza gris se inclinó por un instante para ocultar sus lágrimas; luego me rechazó cuando intenté cogerle la mano.
—¡No puedo perdonarte, Judas! —gritó, recalcando por primera vez esta versión griega de mi nombre como para indicar e1 abismo que había entre nosotros—. Has deshonrado el nombre de tu padre.
No se me ocurría qué más decir pero, con todo, aún sentía el alivio de que Raquel hubiera salido definitivamente de mi vida. Mi madre se dirigió lentamente hacia la puerta donde se detuvo un instante.
—Jamás pensé que volvería la espalda a mi único hijo pero, aparte tus palabras grandilocuentes, Judas, no te importa lo que está bien o mal. Sólo actúas de acuerdo con tus propios intereses. Y te aviso…creí detectar un trémolo en su voz— que un día sufrirás el mismo dolor que causas a los demás por puro egoísmo.
Se cerró la puerta. Ya se había ido. Fui a mi recámara y medité. Simple palabrería. No dejaría la casa que tanto amaba, con todos los recuerdos que encerraba para ella, por un motivo tan insignificante.
A la mañana siguiente dormí hasta tarde y, por el helado silencio de los sirvientes, comprendí inmediatamente que algo ocurría.
—Tu madre se fue anoche con tu prometida —me dijeron en un susurro.
Advertí la acusación en sus voces. Decidí que no pasaría otra noche en la casa. Era de mi madre y ella regresaría al cabo de algún tiempo, agradecida de que se la hubiera regalado. Había dicho con frecuencia que deseaba morir cerca de mi padre. Le di las llaves al mayordomo con instrucciones de que mantuviera la casa abierta para cuando volviera mi madre.
—Envía a alguien para que la acompañe a su regreso. Que vaya a Keriot, a la casa familiar, y allí estará.
Todo saldría bien. Mi madre olvidaría su resentimiento y Raquel se casaría con el tiempo, si le entregábamos una dote adecuada. Era muy linda, aunque no demasiado inteligente. Haría bien casándose con uno de su misma edad.
En cualquier caso lo primero era lo primero, y yo había de entregar mi informe pero manteniéndome bien alerta para no decir más de lo que ellos supieran ya; aunque sI lo suficiente para conservar la confianza al menos de Gamaliel.
Cuando pasé de nuevo desde el Patio de los Gentiles al Patio de Israel me encogí de hombros ante el aviso que indicaba a los gentiles que corrían peligro de muerte si entraban allí. Qué estupidez, cuando los oficiales romanos iban a donde querían sin pedir permiso a nadie! Los tres me esperaban en la misma cámara que antes.
Cuando Gamaliel me abrazó preguntando como de costumbre, por mi madre, Caifás le interrumpió nervioso dando una patada en el suelo.
—¡Oigamos al hombre! —gritó. Gamaliel le miró fríamente.
—Eso puede esperar —dijo secamente. Vi la mirada de aviso
de Anás. No convenía ofender a Gamalie1 y al partido de los fariseos. Anás estaba sentado en una silla cómoda, con las manos cruzadas serenamente en el regazo.
—¿Tratan tus informes de un Mesías? —preguntó con expresión suave.
—Qué te ha dicho Sadoc? —le contesté osadamente.
—Contestas a una pregunta con otra.
—No estoy Ciego. Tanto el Bautista como el que vino tras él… —no sentía deseos de pronunciar su nombre ante los sumos sacerdotes— fueron interrogados por saduceos y fariseos. Lo cual hizo que me preguntara si en realidad me habíais comisionado.
—No nos dices nada —gruñó Caifás.
—¿qué puedo deciros que no os hayan contado ya los otros?
—Háblanos de tus impresiones, hombre —ladró Caifás—. Esa era tu misión.
Yo no tenía la menor intención de darle el tipo de información que trajera al Maestro ante el Sanedrín.
—No vi nada que me convenciera de que cualquiera de los dos era el Mesías. y ninguno reclamó ese título para sí mismo. . —
—¿No saludó el Bautista al otro como el Libertador enviado por Dios?
—Incluso así, eso sólo era su opinión.
—Pero una opinión —dijo Anás— que influyó en la muchedumbre.
—No en los. esenios —contraataqué—. Ellos daban la precedencia al Bautista.
Anás me miró escrutadoramente.
¿Es que el otro no tiene nombre?
—Le llaman Jeshua-bar-José.
—¿No fue bautizado como Jesús, y llamado Ungido? Vamos, hombre, que no somos idiotas. Por qué nos haces perder el tiempo?
Suspiré pesadamente.
—Insisto, creo que no eran más que palabras del Bautista. Jeshua-bar—José no rec1amó nada por si mismo.
—Sólo que era el Hijo de Dios.
—Pero dijo que todos éramos hijos de Dios.
Gamaliel intervino amablemente.
—¿Y el pueblo Judas? ¿Cómo lo aceptaron en general?
—Estaban confusos. Algunos habían acudido como yo para decidir si el Bautista era el Mesías sólo para descubrir, con gran desilusión por su parte, que se negaba a aceptar tal título.
Gamaliel había fruncido el ceño; estaba preocupado.
—Jeshua-bar-José… El nombre me resulta familiar, pero no es posible. Hace tanto tiempo. No puede ser el mismo.
No tuve tiempo de pensar en lo que decía pues los ojos de Anás se clavaban en los míos.
—¿Y tus amigos los zelotes? ¿Eran muy numerosos?
Yo había aprendido ya que una semiverdad podía ser una aliada en el arte del fingimiento.
—Algunos sí estaban presentes, pero no parecieron impresionados por Joshua-bar—José.
—¿Qué clase, de hombre es? —preguntó Gamaliel con un interés que no hacía esfuerzos por disimular.
Vacilé, aunque sólo por un momento.
—Es un hombre sencillo, un galileo de Nazaret, un carpintero cuyo padre le enseñó el oficio.
Gamaliel asintió con aprobación.
—Una costumbre muy buena, pues el trabajo es el opio de las masas, y el que no trabaja se convierte en un problema para sí mismo y para el Estado.
Caifás seguía golpeando el suelo con el pie.
—¿Dónde está ahora ese Jeshua o Jesús? Parece haberse desvanecido en el aire.
—Por 10 visto te preocupa más él que el Bautista.
—El Bautista se ha embarcado para Perea, Herodes dará buena cuenta de él.
Intenté no demostrar, sorpresa.
—¿Cómo conoces sus movimientos?
—Como tú mismo dijiste —Caifás hablaba desdeñosamente—, no eres nuestro único observador.
—y parece que tampoco soy de mucha utilidad —dije, sin importarme el que me retuvieran o me despidieran. Yo no tenía mucho que ganar de ellos, a no ser cuando se les iba la lengua, como había sucedido, y revelaban que había otro agente en las filas del Bautista.
Cuando éste describió sus planes en el campamento se hallaban presentes unos doce nombres, pero también podía haber hablado con otros. Repasé mentalmente el grupo. Los zelotes, Simón-bar-Abbás, Gestas, Dimas, el mismo Bautista, sus dos discípulos, Jesús, los galileos, Andrés y Simón-bar-Jona, Jaime, Juan y yo. ¿Cómo podía ser uno de ellos? Pero, claro, ¿quién podría sospechar que un vendedor de aguardiente barato fuera el dirigente de un partido revolucionario? Anás interrumpió mis pensamientos.
—Son tiempos peligrosos para Israel. Es esencial que no provoquemos a Pilatos en absoluto.
—Él no necesita la menor provocación —dije—, sólo su odio natural por un pueblo distinto de él.
—Hemos de vigilar a ese Jesús. Es más peligroso que el otro. Gamaliel le lanzó una mirada aguda.
—¿Por qué dices eso?
—Es fácil habérselas con un fanático. Los fanáticos viven de emociones y pronto se agotan. Pero éste ese dirige a la razón, y es amable y moderado. Tiene más fuerza.
—Sólo. desea traer la salvación a Israel —dije como sin darle importancia.
—¿Lo ves? —dijo Anás—. ya tiene un campeón en Judas-bar— Simón. Debe de hablar muy bien.
—Hizo un milagro, una curación.
—Tenemos muchos curadores en Israel y sin embargo los enfermos abarrotan los santuarios fuera del Templo y cubren toda Ja tierra.
Hablé violentamente llevado por la frustración.
—Si él fuera el Mesías, ¿no suplantaría El a los sumos sacerdotes como el principal sirviente del Señor?
Anás miró especulativamente a Gamaliel antes de hablar.
—Los sumos sacerdotes han sobrevivido a una docena de Mesías.
Los ojos de Gamaliel se inflamaron de emoción.
—Si es el Mesías, no hará daño a su país.
Porque entonces será un auténtico hijo de Israel. Estaba claro que el Mesías representaba algo muy distinto para unos y para otros.
—Nos darás más informes —me ordenó Anás. Me encogí de, hombros.
—¿Dónde queréis que busque? Anás se acarició la nariz.
—Donde sepas que está él.
Habría abandonado, todo el asunto en ese mismo momento pero esto me daba el medio de saber qué se proponían sus adversarios.
—Haré lo que pueda.—dije, lo cual, por supuesto, no era una mentira.
Caifás me había estado observando con ojos malignos.
—Necesitamos a alguien que vigile a nuestro informador.
—Eso ya lo tenéis —le repliqué con disgusto. Su rostro cetrino se nubló de hostilidad.
—Yo digo que debemos movernos contra ese Jesús y acabar con él.
—y ¿de qué le acusarías? —preguntó Gamaliel dulcemente—.
¿De predicar que nos arrepintamos de nuestros pecados y creamos en el Dios único?
—Dale cuerda suficiente —dijo Anás— y él mismo se colgará.
—E Israel con él —murmuró Caifás.
Cada vez me daba más cuenta de la fricción existente entre el nasí, jefe del Sanedrín, y los sumos sacerdotes.
—Los saduceos —dije de acuerdo con ello— se resistían incluso a la. idea de el Mesías, mientras qué los fariseos acogen bien esa coyuntura, y sólo discuten su identidad.
Gamaliel me lanzó una sonrisa de aprobacíón.
—Bien dicho, hijo de un gran fariseo. Tu padre estaría orgulloso de ti.
No lo creo, pensé con dolor, pues su alabanza sólo venía a recordarme las amargas palabras de mi madre.
La reunión me había dejado vagamente turbado. Traté de distraerme bloqueando el paso a los pensamientos conscientes, pues había descubierto que la mente inconsciente me guiaba mejor en ocasiones. Y entonces se me ocurrió que aquellos que habían encargado en principio que les informara del Bautista y sin embargo ahora ya no parecía interesarles, ni les extrañaba que un desconocido hubiese , cobrado prominencia sobre él. Era muy curioso lo bien informados que estaban.
Al salir eché un vistazo en una antecámara donde se guardaban los panes de proposición para los sacerdotes y me maravillé ante 1as puertas, mesas y candelabros de oro macizo. Sólo en aquella habitación había lo suficiente para el rescate de un rey, y todo amasado con el sudor de miles de peregrinos que pagaban fielmente sus diezmos con la esperanza de obtener la salvación.
En el Patio de los Gentiles mis pasos me llevaron ante los tenderetes de aguardiente, y vi a mi amigo de nariz ganchuda que seguía fanfarroneando acerca de sus mercancías. Casi al mismo tiempo advirtió él mi presencia.
—Tienes muchos negocios aquí —me dijo con aire burlón. No mas que tu.
Se frotó aquellas manos tan sucias.
—Bien dicho.
—Luego, mirando en torno furtivamente, y satisfecho de que nadie podía oírnos, Joshua-bar-Abbás dijo en tono ronco—.
Buen trabajo; déjales que sigan tratando de averiguar algo, pero no les digas nada.
—No tengo nada que decir —dije—, como tú tampoco. y supongo que todas estas conversaciones son confidenciales.
—Supones bien —y señalaba con aire dramático al alto monte apenas visible sobre el muro occidental del Templo—. De otro modo —y en su risa no había alegría— estaríamos colgando cabeza abajo de un árbol del Calvario.
—Tal vez llegue a suceder eso —dije con toda intención— si no nos mordemos la lengua.
—Mis ojos recorrieron la plaza del mercado, desde los cambistas que hacían sonar las monedas hasta los que discutían y se peleaban por unas mercancías indudablemente de muy poco valor, a no ser como simples recuerdos.
En el rostro astuto de bar-Abbás se reflejaba la preocupación.
—¿Qué ocurre, Judas? ¿Estás enfermo?
—No. Tan sólo estaba pensando.
Se acercó más a mí, y su aliento asqueroso me revolvió el estómago. Representaba muy bien su papel.
—Deben haber sido pensamientos muy amargos.
—Pensaba en lo que dijiste de fabricar un Mesías.
—Pero ya lo tenemos, Judas. Tú también lo crees. Le estudié estrechamente.
—¿Lo crees tú?
Inspiró lentamente, y luego dejó salir el aire con una risa.
—Mientras lo crea el pueblo, ¿qué importa?

6 - El taumaturgo

La fama del Mesías ya le precedía. Sólo cincuenta habían sido invitados a la boda, pero habían aparecido unos doscientos, ostensiblemente para honrar a los novios, pero en realidad para echar una mirada al profeta surgido de Galilea.
Simón el Zelote y yo tuvimos que luchar para abrirnos paso hasta el interior de la casa. Era un poco mejor que la acostumbrada choza de barro con techo de paja, pues el padre de la novia, Efraín-bar-Anaim era el pescador más rico de toda Galilea.
Encontré a Andrés y a Simón al entrar. Estaban hablando con dos hombres a los que yo jamás había visto, de mi edad poco más o menos o quizás algo más jóvenes. Los hermanos nos saludaron como si fuéramos viejos amigos. Nos detuvimos un momento buscando en vano al Maestro, luego nos acercamos a saludar a sus discípulos.
Me aguardaba una sorpresa.
—Con estos dos —dijo Simón indicando a los desconocidos— ya somos seis los discípulos.
Felipe y Nataniel eran hombres de aspecto corriente, vestidos sin distinción. No vi rasgos característicos. Provenían de Betsaida, como Simón y Andrés, y también eran pescadores. Nataniel se había convertido cuando Jesús le dijera que le había visto bajo una higuera mucho antes de conocerle. Este destello de clarividencia le había vencido por completo lo cual vino a recordarme la historia de los peces de Simón-bar-Jona.
¿Por qué por detalles tan nimios entregaban su vida a Dios estos simples galileos?
—y ¿quiénes son los otros discípulos? —pregunté con cierto dolor.
—Juan y su hermano Jaime, que fueron llamados el día en que Jesús bajó de la montaña.
Mis ojos seguían registrando la multitud en busca del hombre cuyo carisma me había hecho venir hasta esta tierra árida.
Andrés se puso serenamente a nuestra disposición. Me indicó una larga mesa sobrecargada de magníficos alimentos de todas clases. Por un instante habría podido creer que estábamos en casa del sumo sacerdote, o de algún dignatario de Judea, y no de un pescador de Galilea. Saboreé una variedad de carnes y caza, de pescado relleno, todo aderezado —según el característico entre los judíos— con salsa de cebollas, y un vino rojo excelente para ser de Galilea.
—¿Es correcto tomar un refrigerio antes de la misma fiesta? —pregunté.
—Muchos invitados han recorrido un largo camino, y se ha pensado que la mejor hospitalidad consistiría en atender a sus necesidades a fin de que se unieran a la alegría general sin tener que preocuparse por el estómago vacío y la garganta seca.
El orgulloso padre era pariente de Andrés, lo que tal vez explicaba la presencia del Maestro.
—y ¿dónde está él? —preguntó, sin dejar de mirar en torno.
—En el atrio, con su madre y sus hermanos.
—¿Hermanos?
—No sé por qué me había parecido un hombre carente de familia.
—Juan, Simón, Judá y Jaime son rea1mente sus primos, pero el padre de Jesús se cuidó de ellos cuando quedaron sin padre .
—¿Y la madre del Maestro?
—María es una de las maravillas de nuestro tiempo. No parece mayor que él; fácilmente se les tomaría por hermanos.
—Entonces ¿tanto parecido hay?
—No en los rasgos, aunque sí quizás en el esplendor de su sonrisa. Pero juzga por ti mismo.
Una mujer de aire juvenil, de una belleza casi etérea, había cruzado la puerta y parecía buscar a alguien. Iba vestida con una sencilla túnica blanca que le caía hasta los pies, y llevaba un broche de oro muy sencillo en torno de su cuello de cisne. Sus cabellos eran castaños y 1os llevaba recogidos sobre el cuello, como convenía a una matrona. Sus ojos eran oscuros y penetrantes, sin embargo tenían una dulzura que llenaba todo su rostro.
Se movía graciosamente, y casi parecía deslizarse en nuestra dirección.
—¿Le habéis visto? —preguntó.
Era casi como si hubiera una conspiración general para evitar su nombre, como si tal familiaridad fuese presunción incluso por parte de la madre.
—¿Hay algún problema? —preguntó Andrés a su vez.
—Debido a tantos huéspedes inesperados, Efraín está preocupado por si falta vino.
Me pregunté qué tendría que ver eso con Jesús. Pocas veces bebía y desde luego, no llevaba vino con él. Pero tal vez los discípulos —hubieran traído a1go de vino como regalo. Esto no era raro.
Andrés la trataba con extrema deferencia.
—Permíteme que te lleve hasta él —dijo, y me indicó también que le siguiera.
Nos abrimos paso entre la gente, pues todos se retiraban ante la figura majestuosa de Andrés. No vi a Jesús al principio, ya que un grupo de gentes le ocultaba.
—Allá donde veas una multitud —murmuró Andrés estará el Maestro en su centro.
Estaba semirreclinado en un sofá, contando una historia, cuando Andrés captó su atención.
Más allá de Andrés, Jesús vio a su madre, y una sonrisa iluminó su rostro. Ella se le acercó y le besó ligeramente en la frente. Se puso de pie y la abrazó.
—Mujer —dijo cariñosamente—, ¿qué tengo yo que ver contigo en este momento?
Pensé que ese saludo era un poco duro, si bien suavizado por su sonrisa. Y de pronto recordé que, en Galilea, mujer era una palabra de afecto.
—No tienen vino —dijo ella como si eso lo explicara todo. Mientras yo me preguntaba por qué venía a molestarle con este detalle sin importancia, él miró más allá de la puerta donde se apretujaban los invitados.
—Has hecho bien en venir a mí, ya que con toda seguridad es mi presencia 1a que ha atraído a tantos dando como resultado la escasez de vino.
Efraín había oído la conversación y, como buen anfitrión, protestó de que Jesús se preocupara por ese detalle.
—Tú, señor, eres nuestro huésped honrado. Jesús rechazó sus objeciones.
—Llama a tus servidores —dijo en tono de mando.
Cuando éstos acudieron corriendo, Jesús les preguntó cuántas tinajas de piedra tenían disponibles para el ritual de la purificación, parte importante de la ceremonia de la boda.
Tras alguna vacilación contestaron:
—Hay seis, y cada una contiene unos cuarenta litros.
—Llenadlas de agua y mostrádmelas. De nuevo vacilaron los servidores mirando indecisos a su amo.
Antes de que éste pudiera asentir siquiera, la madre de Jesús dijo serenamente:
—Haced lo que él os diga.
Jesús se fue tras ellos a la habitación donde estaban las tinajas.
—Llenadlas basta el borde —ordenó.
Hizo un movimiento con sus manos y susurró algo pero en voz tan baja que nadie pudo distinguir las palabras.
—Ahora —dijo— sacad de ellas y llevadlo al maestresala y que él se lo dé a los invitados.
Mis ojos se abrieron de par en par al contemplar el líquido rojo y brillante que caía en los jarros de barro. Los sirvientes sentíanse casi aterrados por la transformación que presenciaban mientras nuestro anfitrión palidecía hasta que su rostro quedó cerúleo.
Pero yo veía tan sólo la sonrisa de satisfacción en el rostro de María y la única preocupación de Andrés era que Jesús se hubiera agotado con esta tarea.
—¿Te gustaría descansar de nuevo? —preguntó.
—Ahora ese momento de los novios, Andrés. Mi hora no ha llegado todavía.
Precedimos a Jesús hasta una gran sala donde iba a realizarse la ceremonia. Yo aún me sentía dominado por una impresión confusa de irrealidad y tenía más curiosidad por el vino que por los que iban a casarse.
Observé al maestresala un hombre grande de rostro rojizo que entregaba los vasos llenos de líquido a los invitados sedientos.
—Bendito sea el creador del fruto de estos árboles —gritaron éstos, y de nuevo me maravillé pues ése era el brindis que se hacía cuando el vino no estaba adulterado con agua.
De haber notado algo de agua en él, el brindis habría sido:
—Bendito sea el autor del fruto de la vid.
Efraín, agitando incrédulo la cabeza se sirvió varios vasos del líquido como para ahogar la impresión de lo sucedido ante sus ojos. También yo bebí un trago y degusté lentamente el vino. Era exquisito, con un bouquet como jamás había probado antes. Y así brindé con los otros por la pareja, pensando al mismo tiempo cuán indignos eran de ser las figuras centrales de un acontecimiento semejante.
El novio, un joven de rostro granujiento se inclinaba hada la novia, una tonta de ojos dulces que trataba de parecer modesta cuando ya temblaba de gozo a la idea de lo que la esperaba muy pronto. Era otra Raquel sin duda.
El maestresala de la sala propuso un brindis por la pareja y entonces, bebiendo de su copa, se volvió sonriente Efraín con una mirada de gratitud.
—Todos sirven primero el vino bueno —dijo— y luego, cuando los invitados están ya bebidos y no saben distinguir el bueno del malo, sirven el peor, pensando que no serán capaces de advertir diferencia. Pero tú, Efraín, has guardado hasta ahora el vino mejor.
Los ojos de Simón el Zelote estaban tan atónitos como los míos.
—Con seguridad que debe ser el Mesías —susurró reverentemente.
Ya era el momento de que continuara la boda. El vino, cosa extraña: se había servido en jarros transparentes, como es tradicional con el agua, y de las tinajas que quedaban destapadas. Efraín, como declaraba su nombre, era de la tribu de Efraín, y cumplía la ley al menos al honrar a su hija virgen.
Jesús parecía disfrutar de la ceremonia.
El rabino de la localidad, con el pequeño casquete, murmuró las palabras tradicionales de la unión hasta la muerte. Entonces se rompió el vaso ritual que significaba el principio de una nueva vida juntos. Se intercambiaron los solemnes juramentos de fidelidad a la sombra del velo nupcial. Hubo muchos besos y abrazos, y las lágrimas habituales en esos casos y luego la novia, con gran aplomo, fue llevada en triunfo desde la casa y por la calle, sobre una silla, hasta la casa vecina que Efraín había regalado a la pareja como dote.
—¡Hosanna! ¡Hosanna! —gritó la gente con animación.
Nadie estaba más satisfecho que Efraín, ni siquiera los recién casados, que intentaban ocultar sus sonrisas lascivas tras una fachada de inocencia. Sonreí para mis adentros.
Qué feliz debía ser Efraín. En realidad valía la pena todo cuanto había dado y más, por librarse de una hija.
Al mismo tiempo comprendí por qué Jesús nos había hecho ir a Caná. Todas las dudas que yo pudiera haber tenido habían desaparecido con el vino.
—Ahora comprendo —dije a Andrés—. Juan el Bautista bautizaba con agua, pero Jesús bautiza con un agua viva, que es, el vino de la vida.
Andrés sonrió.
—Lo que él desea es el agua viva con la que el hombre es purificado. El mundo no tiene secretos para él. Pues, a través de su Padre en los cielos, él comprende las leyes de toda la creación que han sido universales desde el primer hombre.
Nos quedamos después de la boda. Jesús deseaba intercambiar unas palabras con los amigos que habían venido para conocer a un profeta de su propia religión. En su mayor parte eran galileos de aire sencillo, a juzgar por su acento. Yo me había sentido aliviado al no ver fariseos ni saduceos en e1 grupo. Y de pronto, con cierto sobresalto, mis ojos vinieron a caer en el rostro familiar de un fariseo piadoso al que conocía como amigo de mi padre. Habían servido juntos ,en el Sanedrín y con Gamaliel y Nicodemo, eran el núcleo del partido liberal que soñaba con la redención de Ismael al advenimiento del Mesías.
Estaba de pie en un ángulo oscuro de la habitación, los ojos clavados ,en el Maestro. Había cierto aire de ternura en su rostro alargado y melancólico, y los ojos oscuros se habían suavizado en una mirada anhelante.
Al observar su expresión comprendí que Jesús nada tenía que temer. En los ojos de aquel hombre veía yo los mismos deseos que llenaban mi corazón. Sin embargo me hizo pensar el hecho de que un miembro prominente del Sanedrín se hubiera tomado la molestia de averiguar el paradero del Maestro para seguirle hasta esta casa.
Inclinándome profundamente me dirigí a él con la deferencia debida a un anciano distinguido de Israel, y que además no era saduceo.
—José de Arimatea, ¿qué te trae a esta humilde morada?
Sus ojos parpadearon de enojo, que se disipó al reconocerme.
—No estoy aquí por mi cargo oficial, ni deseo ser reconocido.
—Como quieras, señor.
—y tu ¿qué haces aquí?
Señalé al pequeño círculo que rodeaba al Maestro.
—Yo le sigo.
—Haces bien —dijo José de Arimatea—, pues él es la luz de Israel y la esperanza del mundo.
Nos habíamos alejado de la gente y ahora estábamos solos.
—Te hablo con franqueza no sólo por ser el hijo de Simón, sino porque sé de tu interés a través de Gamaliel. Debes conocer al que sigues, sin escuchar palabras vanas.
—Le conozco —dije—. Le he visto curar a los enfermos y transformar el agua en vino.
Agitó la mano en gesto de rechazo.
Eso no es nada. Lo que sí importa es que se trata del enviado de Dios en cumplimiento de la antigua profecía. Soñé con él antes de que naciera, y en esa visión Dios me reveló que no moriría hasta que él se presentara.
—¿Y ahora le has visto? Sonrió con benignidad.
—¡Oh!, le vi por primera vez en el pesebre de Belén, cuando seguí la gloriosa estrella que anunció su nacimiento. Y esto no fue todo, pues con mis propios ojos vi las dos humildes bestias de carga que simbolizaron su nacimiento.
—Alzó un dedo y su voz se hizo baja y misteriosa.
—El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Incluso aquellos animales parecían saber que formaban parte de un gran acontecimiento.
—Pero ¿no había nadie allí que asistiera a la madre en su nacimiento?
—Su marido José le ayudó, pero Dios permitió que el niño naciera sin dolor.
—Sin embargo —pregunté—, ¿por qué estaban en el pesebre?
—Tal fue la profecía del buey y el asno —dijo— aunque indudablemente no había habitación en la posada, pues muchos habían venido a empadronarse en el lugar de su nacimiento.
Por tanto, ¿también José era de Judea?
—De la Casa de David, como María.
—¿Hubo alguien más allí?
—Los tres sabios, que eran astrólogos, familiarizados con las conjunciones peculiares que anunciaban su nacimiento, también habían seguido la estrella gloriosa, y llegaron poco después que yo. Pero no se demoraron en partir pues temían que Herodes el Grande les descubriera y destruyera al niño del que decía la profecía que crecería y llegaría a ser el Rey de Reyes.
Gaspar, Melchor y Baltasar habían mirado en la cuna fabricada por el artesano y se habían quedado convencidos de que éste era el niño Prometido en las Escrituras. y Gaspar, arrodillándose a orar, había murmurado solemnemente: —Surgirá una estrella de Jacob, y un cetro surgirá en Israel.
José de Arimatea había ayudado al matrimonio. Les llevó comida y cuántas cosas necesitaron y fue con ellos al Templo de Jerusalén al octavo día, cuando el infante fue iniciado en la fe con el sacrificio de las dos tórtolas. Las lágrimas llenaban ahora los ojos del viejo.
—Yo mismo. sostuve al infante en mis brazos y ayudé en la ceremonia. Y bendije al Señor por este gran privilegio y le dije que ahora ya podía dejar ir a su humilde siervo en paz, pues mis ojos habían visto la salvación que él había dispuesto ante todo el pueblo.
—Suspiró—. Pero una voz me dijo que mi misión aún no estaba completa, no hasta que de nuevo hubiera presenciado su nacimiento.
Le miré con suspicacia. ¿Habría estado escuchando a un viejo chiflado, que había perdido ya el buen juicio?
Sonrió sarcástico.
—¿Nunca has oído voces, Judas-bar-Simón?
Agité la cabeza y luego, con sobresalto, recordé la voz que dijera que el Cedrón correría rojo con la sangre del hombre.
—Sí —dije secamente—, he oído voces.
En aquel acontecimiento tan importante había habido alguien más presente, de forma inesperada: Ana, la profetisa de Jericó, de la que se sabía muy poco. Era una vieja desdentada, de mirada maliciosa, y su presencia hizo que incluso José de Arimatea se sintiera incómodo.
Sin embargo María ,no protestó cuando ella cogió al pequeño en sus manos callosas y miro aquel rostro inocente.
—Este es —dijo penosamente— Doy testimonio de esto ante las fuerzas de la oscuridad y de la luz, pues ambas actuarán antes del fin. No habrá en Israel un Rey más grande que él, pero su reino será universal y no reinará hasta que se haya ido.
Sólo María pareció comprender, pues asintió y luego cerró los ojos como para alejar el pensamiento de su mente.
José de Arimatea hizo un movimiento como si deseara apartar a la mujer, pero María le detuvo con suavidad.
—y ¿cuánto tiempo le tendré? —preguntó suavemente. El rostro ge la vieja se arrugó en su concentración.
—Estará contigo hasta que un nuevo tirano gobierne en Israel, uno que será recordado únicamente por este niño.
—Su rostro suavizó y, al transformarse así, pareció casi hermosa— Bendita seas, María, pues tú estarás en el principio y en el fin, y a ambos los conocerás en lo que son. Más que nadie me había intrigado esa Ana. Pues parecía insinuar grandes cosas, aunque sin duda algunas serían simplemente conjuros de hechicera.
—¿Qué quiso decir con eso de que su reino no empezaría hasta que él se hubiera ido?
José de Arimatea se encogió impaciente de hombros.
—Yo no podía perder el tiempo con charlatanas. Para mí bastaba con que el niño hubiera nacido.
Todavía no me había dicho por qué estaba aquí en Caná.
—He venido a ver a su madre —dijo—. Estamos muy unidos y nos consolamos mutuamente.
—¿Y hablarás con él antes de marcharte?
—No es necesario: Él ya me ve aquí y sabe que soy devoto de su familia. Y estaré allí también cuando él esté dispuesto, como lo estarás tú, Judas.
Le miré intensamente.
—¿Qué sabes de mi misión?
—Sólo lo que sabe él.
Era molesto haberse de enfrentar constantemente con estos pequeños enigmas, pero José de Arimatea se había alejado y, con un gesto de despedida, había cruzado ya la puerta.
De nuevo tuve la sospecha de que los principales fariseos estaban intrigados por Jesús y rogaban por que la búsqueda del Mesías por parte de Israel, se realizara al fin en este carpintero de Gali1ea. Gamalie1, Nicodemo, José de Arimatea, todos hombres santos y buenos y con influencia en el Sanedrín, presagiaban un fuerte apoyo si se llegaba a una votación. Pero ¿cómo se ,podía votar por un Mesías? Era un absurdo al que sólo tratarían de recurrir los saduceos para ganarse el favor de Roma.
El encuentro con José me había hecho recordar el tiempo en que este gran mercader visitaba nuestra casa como si fuera la suya. Mi padre dejaba de lado todo cuanto estuviera haciendo tan pronto venía este judío piadoso a presentarle sus respetos. Pocas veces hablaban de negocios, a no ser para comentar la carga terrible de los impuestos.
—Pagamos el pan y el circo de Roma —recuerdo que decía mi padre— en favor de esos demasiado vagos para hacer una jornada de trabajo honrado.
—Sí-contestaba José—. Los romanos tratan de mantener acalladas a las masas con las carreras y los gladiadores, y con el trigo gratis, pero un día exigirán más.
Sin embargo los dos solían hablar con frecuencia de otros asuntos. De labios de José oí la primera mención del Mesías.
Mi padre le escuchaba intensamente, pero se veía claro que no estaba convencido.
—No se le conocerá cuando aparezca —decía José recordando a los Profetas.
—En eso estoy de acuerdo —respondía mi padre amablemente.
—Yo le he visto con mis propios ojos. Su madre era joven, apenas catorce años, y virgen. Su padre adoptivo, José, un simple carpintero de Galilea. Pero ambos eran de la Casa de David, como anunciaron los Profetas. Mi padre me pasaba la mano por los cabellos.
—También lo es mi Judas, de seis años. ¿Le llamarías tú el Ungido?
Los sabios sí le conocieron, pues habían sabido la buena nueva por los propios ángeles de Dios, aparte la estrella. No sintieron dudas, desprecio, ni temor. Así se acercan a su Dios los verdaderos sabios.
—Pero, entonces ¿dónde está él, ese Mesías tuyo?—se burlaba mi padre—. ¿El hijo de una virgen?
—Ahora tendrá unos doce años, y estará preparándose para el ministerio que un día hará temblar al mundo.
—¿De qué mundo hablas, José de Arimatea?
Aunque yo no era lo bastante mayor para tener idea de la inmensidad del Imperio, su respuesta me dejó emocionado.
—El mundo romano, mi querido amigo. Su venida agitará el Imperio en sus mismos fundamentos.
Con tantos comentarios sobre visiones y voces, profecías y premoniciones, no era sorprendente que el Mesías se materializara en la mente de los hombres y la aceptación del pueblo, como insinuaba Gestas y Dimas, era quizás incluso más importante que la realidad.
La carrera pública de Jesús apenas había empezado, sin embargo una multitud de adoradores surgía misteriosamente dondequiera que fuese. Por supuesto, se daba por sentado que las historias de sus prodigios —como la transformación del agua en vino— vendrían a acrecentar su fama. Al ver a los invitados apiñándose en torno de él, ansiosos de tocarle y de oírle, jamás me sentí más seguro de que él era el Prometido.
—Una palabra suya —dije— y el pueblo se alzará en armas contra Roma.
Andrés me miró solemnemente.
—¿Por eso le sigues?
—¿No es razón suficiente?
—No es nuestra razón.
—Pero ¿no es suficiente que sea el Mesías?
—Nosotros no somos tan osados como para dictarle su misión al mensajero.
—Ni yo tampoco, ,pero ¿está mal suponer que el Libertador de Israe1 ha de liberarle?
Cruzábamos ahora la habitación hacia el diván donde Jesús se hallaba semirreclinado. Simón-bar-Jona y los demás discípulos le rodeaban protectoramente para impedir que nadie le tocara.
—Porque eso le roba su energía universal —susurró Andrés. Medité en ello un instante.
—¿Es así como cura y transforma el agua?
—Todo lo hace con la ayuda de Dios.
—Pero algo tiene lugar en —él, y en la atmósfera; tiene que haber una relación de alguna clase para que se realicen esas maravillas.
Jesús había alzado la vista al acercarnos.
Ah!, aquí está nuestro amigo Judas. Ven con nosotros a Betsaida y así nuestro grupo estará completo.
Yo envidiaba su intimidad con los discípulos, y de nuevo experimenté el anhelo de ser uno de ellos. pero sabía que era él el que había de llamarme.
—Te seguiré a todas partes —dije. Él se había vuelto a Andrés.
—Cuídate de que Judas disponga de alojamiento en
Betsaida. Tenemos mucho que hacer, y muy poco, tiempo.
Se levantó con presteza y la multitud le abrió paso. Muchos se ,inclinaron reverentemente y un murmullo excitado le siguió incluso en su recorrido por la calle, donde a1gunos campesinos alzaron el grito: «¡Hosanna al Hijo de David!», y otros, mirando primero en torno cuidadosamente, añadieron: «¡Hosanna al Rey de Israel!». .
Frunció él el ceño, lo que no me extrañó, pues ¿quién sabía por dónde andarían ocultos los espías de Roma o del Sanedrín? ~
Miré a Andrés para ver cómo aceptaba él este tributo.
—No soy el único que le ve como nuestro Libertador —dije.
—Es cierto —contestó—, pero los que le seguimos lo hacemos únicamente porque creemos en él. Eso es a1go que tú y Simón el Zelote debéis estar dispuestos a aceptar.
—Simón?'
—Sí; él representa una facción importante del pueblo.
Betsaida no era mas de lo que yo había esperado, otro pobre pueblo de pescadores galileos, con simples gentes allá donde íbamos. Los ciudadanos más prósperos eran Jona, el padre de Andrés y Simón, y Zebedeo, el padre de Jaime y Juan. No sólo poseían varias barcas de pesca sino un mercado para el pescado fresco y una planta de secado. Todo el pueblo olía a pescado, pero estas buenas criaturas de rostro saludable y' cuerpo recio ni siquiera se daban cuenta del olor.
Andrés había dispuesto que Simón el Zelote, Leví el publicano y yo, nos quedáramos unos días en casa de Zebedeo, y debo admitir que la suya era una familia amable y generosa, aunque el joven Juan parecía mirarme con cierto recelo, sin razón alguna en absoluto. Después que los hermanos bajaran de la montaña con Simón-bar-Jona habían sido llamados como discípulos y bautizados por Simón, que fuera a ,su vez bautizado por el Bautista, junto con Andrés, muy poco tiempo antes.
Aunque todos eran pescadores, ya no echaban las redes en el Mar' de Genezaret, que era llamado popularmente el Mar de Galilea. Sobre la mesa de [a cena, cubierta con una docena de distintas clases de pescado y verduras, el hermoso Juan, casi demasiado guapo para ser un chico, nos contó con regocijo la sorpresa de Simón ,al oír decir a Jesús que ahora sería pescador de hombres. .
—¿Quieres decir —había preguntado Simón con los ojos de par en par— que ahora ya no puedo echar la red con mi padre? '.
—Sólo si hay un hombre en ella —había contestado Jesús con una sonrisa. .
Ya más en serio Juan describió cómo los hijos de Zebedeo habían estado todo el día de pesca. con su gente sin coger nada en las redes hasta que Jesús, hablando desde la costa, les indicó cierto lugar donde las olas formaban, una cresta.
—Allí encontraréis más peces de los que podréis coger.
—Pero ya hemos ,pescado allí antes: y volvimos con las redes vacías.
—Echadlas de nuevo.
Juan reía como un niño al recordar el asombro de Pedro ante las redes llenísimas que sacaron, tan rebosantes, de peces que las redes se rompían y la pesca volvía a caer al mar.
—Desde luego eso convenció plenamente a Simón-bar-Jona —dijo.
Esa historia no me interesaba.
Estuvisteis en las montañas mucho tiempo —dije, cambiando de tema.
—Algunos días —contestó Juan sin comprometerse:— y luego Jesús pasó algún tiempo curando a los enfermos en su camino desde él desierto hasta su casa de Nazaret.
Como yo había supuesto, Andrés había dispuesto, los arreglos para la detención en Caná.
Mi curiosidad ante la visita a los montes de Moab se había acrecentado con la evasividad de Juan, pues eso me forzaba a creer que algo muy importante había sucedido allí.
—Ese viaje a la montaña ¿fue algo semejante a la experiencia de Moisés en el Sinaí? —pregunté con toda la indiferencia que pude.
Juan y su hermano cruzaron una mirada.
—Nada podemos decir de ello —dijo Jaime.
Por un momento me sentí excluido, luego, fon un encogimiento de hombros, rechacé el tema sin darle más importancia.
Al día siguiente habíamos de reunirnos con Jesús en. casa de Jona.
—Será agradable hablar con un hombre sin secretos —dije. Esta fue la ocasión en que Salomé, esposa de Zebedeo, dijo con delta irritabilidad:
—Y ¿por qué no se queda aquí Jesús, en nuestra casa? ¿No es bastante buena para él, después de todos estos años?
Zebedeo, hombre de buen carácter, respondió con una sonrisa:
—Vamos, madre, que él tiene sus razones. La suegra de Pedro está con fiebre, y Jesús deseaba curada.
—¿y la ha curado?
—Pues claro —respondió Zebedeo—. Le tocó sencillamente la mano y la fiebre la dejó, y ella se levantó y les preparó la cena, tan aliviada se sentía.
Había curado también a muchos otros a quienes Andrés les indicara que se presentasen allí, y uno de ellos le atacó antes de que él pudiera arrojar al diablo que le poseía. Y un leproso, a quien se le prohibía la relación con la comunidad, quedó libre de toda postilla y costra cuando Jesús le pasó la mano por el rostro desfigurado.
Leví el publicano había escuchado con aire de asombro.
—Todo esto se ha hecho —dijo— para que se cumpliera lo que dijo Isaías: «Él nos libró de nuestras enfermedades» .
Salomé le miró y rió burlonamente.
—¡No pretenderás decir que este muchacho del pueblo es el Mesías! ¡Qué absurdo!
Sus hijos la desafiaron con los ojos.
—De acuerdo —continuó ella—. Sé que su madre tuvo una visión, pero muchas madres tienen visiones a propósito de sus hijos. Eso no prueba nada.
—Un día irás a él de rodillas, madre, y te alegrarás de saber que es el enviado de Dios. Ojalá pudiera decirte lo que Jaime y yo vimos en esa montaña!
—Muy bien, Juan —y le besó en la frente—, me temo que sólo siento el resentimiento natural en una madre de que mis hijos dejen su hogar y su derecho a crear una familia propia para seguir en su camino inseguro a un líder que os llevará sólo Dios sabe dónde.
Llevaba ya un rato queriendo hacer esta pregunta:
—¿Cómo es que ese Simón-bar-Jona es discípulo, si éstos no deben tener ni esposa ni hijos?
—Muy bien preguntado —intervino Salomé—. ,Pero Simón, como Andrés, deja a su esposa e hijo para que se los cuiden Jona y su esposa. Se diría que él sólo elige a los solteros.
Jaime y Juan protestaron al unísono.
—Pero, madre —añadió Juan—, cada discípulo tiene algo especial que Jesús ve en él. "
Gruñó ella con, desdén.
—Soy galilea de pura raza, pero ¿desde cuándo tiene esta remota región el monopolio de los genios de Israel? No discutas este asunto con nadie de Judea a quien te encuentres en el camino.
A pesar de nosotros mismos ,nos echamos a reír, y así se alivió la tensión.
—¡d ahora —dijo ella— a reuniros con vuestro Salvador. Y pedidle que repare el banco que hizo en una ocasión para esta casa. Se le ha caído una de las patas. Espero que esto no tenga un significado especial, pues sé que dice parábolas con menos motivo que éste.
Zebedeo agitó la cabeza cansadamente y luego alzó su voz hasta tal punto que todos comprendimos por qué le llamaban el Trueno.
—Mujer, cállate ya! Tus hijos van a servir a Dios. Cualquier tonto puede ver que Jesús no es un hombre corriente, aunque no hiciera nada más que caminar por esta comunidad sin alzar la mano para curar, a los enfermos y bendecirlos a todos.
Ella cerró los ojos.
—De acuerdo.,—dijo con un suspiro—. Me despediré con muchas lágrimas de los hijos de mis entrañas.
Yo no sabía qué esperar cuando entramos silenciosamente en casa de Jona y un criado nos condujo hasta una habitación del piso superior. Allí nos recibieron Andrés v Simón-bar-Jona, que ahora era conocido como Pedro desde que Juan le bautizara. Jesús estaba sentado en el centro, sobre un amplio cojín, y sus ojos penetrantes nos dieron la bienvenida El todos.
—A cada uno de vosotros os he llamado por una razón, que tal vez no sea aparente hasta vuestro último aliento. y entonces conoceréis la eternidad, pues sois los Elegidos de Dios. Recordad bien esto, por muy despectivamente que os mire e! mundo. Que para el juicio vine yo a este mundo, para que el que no ve pueda ver, y el que cree ver quede en su ceguera.
Sus palabras caían rápidamente, como los golpes de una espada.
—Seis de vosotros habéis sido bendecidos ya con el agua viva, y ahora los seis restantes serán rociados con el agua de una nueva vida por Simón-bar-Jona y Andrés, pues yo no bautizo después de Juan.
Pude ver que los otros se sentían tan excitados como yo. Sus rostros estaban pálidos pero había una mirada de exaltación en sus ojos.
—Primero —dijo Jesús metiendo la mano en e! agua— dejadme que os bendiga con el Espíritu Santo que os hace uno con Dios, y con el corazón deseoso de ayudar a la humanidad.
Temblé ahora pensando lo indigno que era. El recuerdo de Raquel y de mi madre se mezclaba con los recuerdos de mi infancia, de José de Arimatea, Nicodemo, Joshua-bar-Abas, Gestas y Dimas, Anás y Caifás, Gamaliel… todos acudían en tropel a mi mente.
Andrés hizo que Leví se adelantara y Simón-bar-Jona, con una grandeza que jamás había esperado en él, le roció ligeramente con agua. Sin embargo Jesús, aunque él no bautizaba, seguía dominando la ceremonia.
—Leví el publicano —dijo Jesús—, te doy el nombre de Mateo. Yo te saqué de tu cargo y tú eres realmente, como indica tu nombre, un don del Señor. Tu nombre estará unido al mío mientras el nombre de Dios se recuerde en esta tierra.
Simón el Zelote venía a continuación y, mientras recibía el agua, Jesús dijo solemnemente:
—Un hijo orgulloso de Galilea que representa a los zelotes en su lucha por librar al país del invasor. Sigue siendo tan gran guerrero, Simón, por una causa aún más importante.
Cuando yo me preguntaba qué causa podía ser más importante que la liberación de Israel, sus ojos miraron cariñosamente a los dos fuertes galileos que indudablemente eran gemelos.
—Jaime y Judas —llamó—, hijos de María de Alfeo, que representan el recuerdo constante de que ningún lazo familiar es tan significativo como los dedicados a Dios. Vosotros, que erais mis primos, estáis unidos ahora a mí por unos lazos más íntimos, que los de la sangre.
El siguiente era Dídifo al que llamó Tomás, que— también significa gemelo. .
—Lograrás la gloria por dejar tus dudas, y tu propio hermano, por una causa dudosa. y aunque tus 'dudas volverán, la fe te redimirá.
—Judas —Di un salto al oír su llamada—. Un hombre orgulloso de Judea, y de una casa orgullosa. Tú te sentaras a mi derecha y, según los misteriosos designios del Señor, servirás a tu propio modo para establecer la verdad viva de la vida eterna.
—Dondequiera que se mencione el nombre de Jesucristo se añadirá el tuyo casi en el mismo aliento —dijo—. Pues, aunque has sido el duodécimo en ser llamado, tu fama no será la menor. Actuarás como nuestro tesorero, y tendrás los cordones de Ira bolsa, pues sólo un hombre de Judea, y versado en las propiedades de su padre, puede manejar bien nuestros asuntos para que logremos mantener unidos cuerpo y alma mientras servimos a los pobres.
Sus ojos retuvieron mi mirada y aquel amado rostro se suavizó por un instante.
—Tú, Judas, serás el primero que recorra las aldeas con Mateo, antes Leví, y llevaréis mi palabra y curaréis en mi nombre. Recordad que vuestro poder viene del Padre a través de su Hijo. Pues todas las cosas me son dadas por mi, Padre. y nadie sabe quién es verdaderamente el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revele.
Yo no tenía la sensación de que su poder se trasladara a mí. ¿Cómo podría reconstruir el cuerpo de un leproso, o enderezar una mano afligida con perlesía?
Por lo visto él había leído mi mente.
—Digo esto á los Doce, a todos los cuales amo por igual: que con fe en el Padre podéis hacer lo que el Hijo os ha enseñado.
Casi me sentí desnudo en mi impotencia.
—¿Cómo nos mantendremos?
—Hablas como un auténtico creyente —su sonrisa "era sarcástica—. Pregunta a las aves y las mariposas, y a los lirios del campo que no siembran ni hilan. Dios se cuida de ellos, como lo hará de vosotros. No os preocupéis tanto de vuestros bienes terrenales ni de los pensamientos mundanos; seguid adelante como delegados del Señor, pues eso sois, y abrazad al mundo con el amor de Dios en el corazón.
También Mateo estaba confuso.
—y ¿cuándo comienzo mi tarea de conservar por escrito este ministerio para los que nos sigan?
—Ya has empezado, pues tu mente guarda cuidadosamente todas las palabras oídas hoy aquí, y las actividades en Betabava y Caná, e incluso en la montaña, donde no estuviste.
Mateo seguía dudando.
—¿Puedo detenerme en cualquier parte y preguntar lo que quiera acerca de la misión que Dios te ha confiado?
—Sí, incluso ir a Nazaret.
En casi todas las cosas Jesús se mostraba consciente de su herencia judía. Lo mismo que Moisés nombró doce jefes de tribu, así Jesús eligió a doce, a los que llamó Apóstoles.
—Puesto que apóstol significa enviado —dijo—, vosotros sois enviados por mí.
Éramos también discípulos, obligados el seguir sus enseñanzas, pero nuestra autoridad apostólica se basaba en la intimidad que compartíamos con él como su familia.
—A partir de ahora no os llamaré siervos, pues el siervo no tiene idea de lo que se propone su amo. Os llamaré mis amigos, pues todo lo que tengo de mi Padre os lo transmitiré. Vosotros daréis frutos dulces y frutos amargos, y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá .
A cada Apóstol se le autorizó a que nombrara cinco discípulos, y el mismo Jesús eligió el resto hasta que hubo setenta en total. Moisés había nombrado otros tantos, y este número gobernaba los anuncios del Sanedrín.
Al elegir este número ¿desafiaba Jesús la autoridad de los ancianos del Templo?
Sonrió:
—Todo nuestro ministerio, Judas, es un desafío a lo que hace el Templo.
Algunos de mis hermanos me juzgaban contencioso pero, cuando Jesús miró en torno aquellos rostros pacíficos, dijo con una sonrisa tranquilizadora.
—No he venido a traer la paz, sino a agitar el orden establecido.
Como de costumbre Simón-bar-Jona levantó la mano.
—y ¿cómo se hará eso, Maestro?
—Con la verdad, pues la verdad es la revelación de Dios, y no varía desde los tiempos del Rey David. ¿No recordáis que David dijo a Salomón: «Guarda el mandato del Señor tu Dios de caminar por sus caminos, de guardar sus estatutos y sus mandamientos, y sus juicios y su testimonio, para que prosperes en todo cuanto hagas»?
Hubo sonrisas de satisfacción entre aquellos simples galileos. Pues al comprender que seguían los pasos de Abraham y Moisés, se sentían seguros y tranquilos. A excepción de Zelote, no había ningún revolucionario en aquel grupo.
Jesús no había terminado.
—y así habló David en el día de la promesa hecha por el Señor: «Si tus ,hijos caminan de1ante de mí en verdad, con todo corazón y con toda su alma, no os faltará un hombre en el trono de Israel».
—¿Eres tú aquel, del que habló David tu padre? —pregunté.
—Yo soy —y sonrió— aquel de quien habló el Padre Celestial. Felipe reflejó el desconcierto general.
—Maestro, muéstranos al Padre y nos basta.
—Si no creéis en lo que hago, ¿cómo podéis creer en lo que hizo Moisés?
Mateo al que yo seguía viendo como Leví, se tomaba muy en serio su papel de cronista, pues estaba escribiendo en finas hojas de pergamino con el ceño fruncido.
—Si sólo vienes a redimir a Israel por la ley de Moisés, Maestro, ¿en qué se diferencia tu misión de la de Ellas,. que prohibió los dioses falsos en Israel?
El Maestro suspiró.
—No he venido a cambiar un ápice de la ley de Dios. A Dios no le importa lo que el hombre coma, ni en qué plato lo haga, mientras ese hombre le sirva amando a su prójimo como a sí mismo.
No estaba yo seguro de haber oído correctamente.
—¿No es eso una forma de egomanía condenada incluso por los griegos en su fábula del hermoso joven Narciso que se enamoró de su propia imagen y murió al no ser su amor solicitado?
—Para amarse a sí mismo, como quiere Dios, hay que estimar primero el propio ser. Uno ha de ser honrado en todas las cosas, y tratar a los demás como él desearía ser tratado, y ser sincero consigo mismo. Sin el respeto propio nadie puede exigir el respeto de los demás. Ni podrá descansar su cabeza sobre la almohada.
Pero Mateo aún no estaba satisfecho.
—Pero ¿no son los libros de Moisés supremos en Israel y para todos los tiempos?
—En aquellos asuntos en los que la voz de Dios es bien clara.
—¿Cómo distingue uno la voz de Dios de la del intérprete? Jesús sonrió.
—Ya veis que he hecho una buena elección. Su evangelio será predicado algún día incluso en Roma y será el preferido de los judíos, aunque la palabra de Juan llegará a impresionar sobremanera a los gentiles.
Juan se ruborizó a1 verse así destacado.
—Diles, Juan, lo que viste en la montaña. Eso será una respuesta para Mateo y los demás.
—Pero, Señor —interrumpió Simón-bar-Jona, tú nos dijiste que no relatáramos esa visión a nadie hasta la resurrección.
—Cierto dijo Jesús—, pero no quiero ocultaros nada a vosotros, pues el conocimiento os servirá de ayuda al hacer la obra' de Dios. .Lo que Juan, Jaime y Simón tuvieron el privilegio de saber, ahora vais a tener' el privilegio de saberlo todos.
Juan se puso de pie, su hermoso rostro de rasgos perfectamente cincelados parecía tener un brillo interior.
—Era un día glorioso —dijo—. El aire de la montaña era limpio y claro, y no había ni una nube en el cielo. Miré a Simón y a Jaime y vi que inspiraban profundamente, saboreando aquella frescura como si fuera vino. Entonces mis ojos pasaron al Maestro y le vi envuelto en una luz blanca, y su rostro brillaba como el sol. Parecía estar conversando con dos figuras de vestiduras radiantes, y hablaba con ellos como si fueran Moisés y Elías. Simón-bar-Jona, sugirió que hiciéramos un tabernáculo con hojas de palmera para cada uno de los profetas que aparecían con el Maestro. Pero, mientras Simón hablaba, una nube resplandeciente bajó del cielo y cubrió a Moisés y Eifas con su sombra, de modo que ya no les veíamos ni oíamos. y salió de la nube una voz llena de majestad que dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle.
Al oír esta voz llegada del cielo los discípulos cayeron sobre su rostro, temerosos de mirar a la nube, pues sólo Moisés y Elías habían visto el rostro de Dios, y vivido después. Pero Jesús se acercó y tocándoles dijo: "Levantaos y no temáis, pues no puede haber daño en vuestro Padre" .
»Cuando bajaron de la montaña. los discípulos miraban con temor por encima del hombro y no hablaban de la voz, sino de Moisés y Elías.
»—¿Por qué, Maestro —preguntó Pedro tembloroso—, estaban ocultos por la nube resplandeciente mientras la luz permanecía sobre ti?
»Los ojos de Jesús tenían un brillo de ironía» —Tú mismo has contestado a la pregunta, Simón-bar-Jona. Los otros se desvanecían en el pasado, mientras que el Hijo del Hombre traía la nueva luz.
»—Entonces ¿tiene precedencia tu palabra sobre la de ellos?
»—¿No oíste tú la voz que decía: "Escuchadle"? Sus mentes no estaban aún claras.
—Pero, ¿no se ha dicho que antes de que llegue el Hijo, vendrá primero Elías?
—Aquél no habría sido visto de no haber venido éste ya —contestó Jesús.
Y todos comprendieron que se refería a Juan el Bautista, que había llevado el espíritu de Elías en su carne.
Hubo un silencio general cuando Juan terminó la historia. Sólo el rasgueo de la pluma de Mateo cortaba el silencio.
Juzgué importante que Jesús definiera todo el alcance de su misión.
—Si Dios es infinito, ¿no es el Hijo infinito también? Los ojos de Jesús se Clavaron en los míos.
—Mientras haga la voluntad de Dios.
—Entonces ¿qué significa exactamente el hecho de que Dios retirara la luz de los profetas que fueron enviados para liberar a Israel?
Los ojos de Jesús repasaron lentamente toda la habitación.
—La luz de Dios ya no es sólo para Israel. Hay un nuevo profeta. y un nuevo día.

7 - La Virgen madre

Ella no se preguntó siquiera por qué estábamos allí, sino que nos ofreció serenamente unas tortas de pan de cebada, miel y vino.
—Mi hijo no está en casa —dijo con una voz tan clara como el sonido de una campana.
—Lo sé, pues venimos de Betsaida.
—Sí, está con los hijos de Jona y su familia.
Carecía por completo de disimulo y artificio. Se sentó con las manos cruzadas en el regazo, sus ojos oscuros mirando .con serenidad al mundo.
—Debes estar orgullosa de ser su madre-le dije en voz baja.
—¿Os ha enviado él a mí? —preguntó.
—No, pero me gustaría saber algo más de él.
—Mi hijo no tiene secretos.
—Se trata de su nacimiento —dije confuso—. José de Arimatea me ha dicho ,algunas cosas, pero me gustaría saber más.
Sus ojos registraron los míos y por un instante sentí como si desnudara mi alma.
—Como quieras —dijo—. Nada puede hacerle daño, ó menos que Dios quiera.
—Yo le defendería hasta la muerte. Le adoro.
Me Janzó una misteriosa sonrisa y vi compasión en sus ojos.
—¿Qué te gustaría saber?
—No comprendo que un marido se llevara a su esposa, a punto de dar a luz, a un viaje tan arduo. No es precisamente lo que prescribiría una comadrona.
—Mi marido tenía sus razones.
—Pero con seguridad que no fue por el censo, ya que sólo los varones adultos estaban obligados a empadronarse en el lugar de su nacimiento.
Sus ojos no se apartaban de los míos.
—Yo fui porque Dios así lo quiso.
—¿Para que él naciera en Belén?"" ..
Asintió, y de nuevo me maravillé ante la lozanía de su rostro, tan semejante al de una jovencita, tan virginal en realidad.
—Él nació donde había de nacer.
¿Era posible que, en el terreno de los asuntos humanos, el poderoso César Augusto, gobernante del mundo, hubiera publicado su orden de empadronamiento como el instrumento involuntario de un Dios en el que no creía y cuyos designios eran a menudo inescrutables? La idea trastornaba mi mente.
—¿Tú sabías entonces… —vacilé— a quién llevabas en tu seno?
Creí detectar una luz burlona en sus ojos, pero contestó con su serenidad inmutable:
—Tanto José como yo lo sabíamos, pues se nos había dado una visión a través de los ángeles del Señor. Como yo nunca había tenido una visión, siempre discutía las de los demás. Pero Mateo no era tan escéptico. O bien, como la mayoría de los cronistas, no deseaba profundizar demasiado por temor a estropear una buena historia, Con palabras suaves animó a la Madre a que describiera la visión tal como la recordaba.
Sonrió.
—¿Cómo olvidar la visita del Señor?
Había ocurrido por la tarde, después que recogiere los platos de la cena. José, con quien estaba desposada, leía los salmos a la luz vacilante de una lámpara. Ella se sintió de pronto algo mareada y se sentó, esperando que se le despejara la cabeza.
Al principio pensó que era un sueño. Miró a José y vio como se movían sus labios al leer. Por tanto no era un, sueño. La visión iba de blanco, y había un halo en, torno de su cabeza. Respondía exactamente a la idea que ella tenía de una visión, etérea y pura, con voz clara y una autoridad prístina, casi divina en su majestad.
—María, hija de David —dijo—, eres bendita entre las mujeres pues has hallado gracia ante Dios, y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jeshua, que luego será Jesús, que significa el salvador del Señor. Será llamado el Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre. y él reinará en .la. Casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin, pues prevalecerá incluso para los gentiles:
No tenía más de catorce años cuando vio ese espíritu, y se sintió muy. turbada. Pues aunque había estado consciente, como la "mayoría de Israel, del anhelo nacional por un Mesías, ni por un momento lo asoció consigo misma.
Había preguntado a la aparición (pues, ¿qué otra cosa podía ser?):
—¿Cómo podrá ser esto si yo no conozco varón? .
—Para Dios —fue la respuesta— nada hay imposible. El Espíritu Santo descenderá sobre ti y tú tendrás un hijo de Dios, lo mismo que Adán, antes del cual no hubo otro hombre, fue concebido del Espíritu Santo.
Abrumada por su experiencia sólo pudo murmurar:
—Me sentiré orgullosa de ser la esclava del Señor. Hágase en mí según su palabra.
Se le avisó que no se lo dijera a nadie más ,que a José, y esto sólo Cuando fuera indispensable. José era mucho mayor que ella, y se casó con María, al haber quedado ésta huérfana, para poderla llevar a casa de su madre sin que las lenguas ociosas murmuraran.
Yo había oído rumores de que José, un. hombre maduro, se había casado con ella sólo. cuando estaba ya embarazada. Pero al contemplar esta figura inocente comprendí que era falso. Sin embargo yo necesitaba saber más para refutar los ataques que sin duda surgirían de diversos puntos, especialmente del Templo.
Mateo aceptó ahora que yo siguiera preguntando.
—Entonces ¿era José su verdadero padre? —dijo.
—El único padre que conoció desde la cuna.
—Entonces ¿nació como [os demás hombres?
—Nunca ha sido como los demás hombres. Parecía divertida con mis torpes preguntas.
—Sólo estábamos desposados entonces. Pero, de acuerdo con la sagrada costumbre, él respetaba mi virtud, pues era un hombre amable.
Me hallaba tan aferrado en mis pensamientos que casi no oí la pregunta de Mateo:
—y ¿no le resultó difícil a aquel hombre sencillo dar crédito a: una visión que él no había tenido?
—José —contestó María— no era un hombre corriente. Sin embargo —y una sombra cubrió su rostro— sólo era natural que me hiciera preguntas.
Él no la repudió pero, por deferencia a su propia madre, quiso dejarla para evitar el escándalo. De modo que María había recogido todas sus pertenencias disponiéndose a marchar a la mañana siguiente a casa de sus parientes, cerca de Jerusalén.
Pero esa noche también José tuvo una visión en sueños.
—José, hijo de David —dijo el ángel—, no temas recibir en tu casa a María, hija de Abraham, tu esposa. Pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo.
Al levantarse del sueño José anunció que se casarían. y cuidarían juntos del niño. Pues también él se sentía honrado de que Dios le hubiera elegido para sus designios.
En ese tiempo, aunque María no lo sabía, su pariente babel, la esposa del sacerdote Zacarías, estaba también embarazada de un hijo que parecía haber sido concebido por voluntad de Dios, aunque no fuera hijo de Dios. Pues ambos habrán pasado con mucho la edad en que suelen concebirse los hijos. En realidad Zacarías era tan viejo que ni siquiera quiso escuchar al ángel que le llevara la noticia.
—El estaba en el altar del templo ofreciendo el incienso —recordó María— cuando el ángel Gabriel apareció y le anunció que Isabel daría a luz un hijo que prepararía al pueblo para otro enviado de Dios.
Zacarías, con toda calma, le dio la espalda al ángel y continuó con sus obligaciones religiosas.
¡Qué absurdo, pero qué típico de un sacerdote, el poner el incienso por encima del mensajero del Señor!
—Había visto el ángel del Señor —dije riendo—, pero le interesaba más su ritual.
—Por esta falta de fe —continuó ella— se le dijo a Zacarías que quedaría mudo hasta el momento en que reconociera la verdad. Cuándo fue a llamar al pueblo a la oración descubrió que no podía hablar. ~
Pero aún no creyó pues, según el Templo, los días de las visiones habían terminado con los profetas de antaño. Era un Dios muerto al que adoraban.
Cogiendo .a Isabel, Zacarías se volvió a su casa, fuera de Jericó, no lejos del monasterio esenio de Qumram.
Antes de que se manifestara su embarazo, María sintió el impulso de ir a ver a su prima. Halló un gran trastorno en la casa. Zacarías, todavía mudo, iba de un lado a otro muy melancólico e Isabel, a la que se había creído tanto tiempo estéril, sentíase demasiado avergonzada para salir de casa.
María trató de elevar el espíritu de la vieja.
—Ánimo —dijo— pues has sido elegida por Dios para traer la buena nueva a Israel.
Pero Isabel continuaba deprimida.
—¿Qué puede querer el Señor de una vieja como yo?
—Ten fe —le dijo María— pues la dolencia de Zacarías es en sí misma una prueba de la mano de Dios.
Entonces le confió su propio secreto.
Isabel se sintió todavía más confusa. '
—¿Cómo puede ser esto? —gritó.
María había meditado largo tiempo en la situación.
—Dios —había decidido— puede concebir lo que quiere, pues ni el cielo ni la tierra tienen secretos para él, que es responsable de toda forma de vida.
Cuando María la abrazó afectuosamente, Isabel sintió que el hijo se agitaba en su seno, y una voz le dijo que estaba llena del Espíritu Santo.
En un éxtasis de fe aceptó ahora lo que tanto le había turbado antes.
—Bendita tú entre las mujeres —dijo, besando a María— y bendito el fruto de tu vientre.
—Con toda serenidad recibía la subordinación de su hijo al no nacido aún de María.
Era difícil observando a esta madre angélica, no —dejarse influir por sus modales. y sin embargo ¿por qué había Dios de buscar a su Mesías entre los humildes, cuyo linaje era su único orgullo?
—Dios —dijo. María— sabe derribar a los potentados de sus tronos y ensalzar a los humildes. A los hambrientos los llena de bienes y a los ricos los despide vacíos. Pues al fin se resuelve toda justicia.
Yo pensé que, si todo era voluntad de Dios, poco significaba que lleváramos nuestros esfuerzos hacia la meta.
Ella sonrió.
—Pedimos fuerza y Dios nos da dificultades, que nos hacen fuertes. Pedimos valor y Dios nos envía peligros, que nos hacen conscientes. Pedimos favores y Dios nos envía desafíos, con los que maduramos. —Sus ojos brillaban con luz interior—. Y bendito el profeta que ve todo esto y nos da esperanza.
María se quedó tres meses con Isabel, hasta que nació el hijo de ésta. Y lo cuidó amorosamente sabiendo que este niño, seis meses mayor que el suyo, sería su precursor. Aquel matrimonio anciano había planeado llamar al niño Zacarías, que significa recuerdo del Señor, y también por su padre, pero Isabel insistió repentinamente en que le llamaran Juan. Los parientes de Zacarías se quedaron atónitos, ya que no había ninguno de ese nombre en su linaje.
—¿Por qué —preguntaron con suspicacia— habría de llamársele Juan?
Ella miró intencionadamente el mudo Zacarías.
—Juan significa el que habla por el Señor.
Preguntaron al padre cómo quería que se llamase. Él escribió rápidamente:
Juan es su nombre —y entonces abrió la poca y leyó el nombre tras ellos hablando por primera vez en nueve meses.
Cuando los familiares se maravillaron, Zacarías se puso de rodillas y pidió perdón a Dios por no haber admitido que había sido favorecido con una visión del Señor.
Durante la éeremon1a de circuncisión sostuvo al niño en sus brazos. Aunque apenas tenía ocho días, el pequeño parecía mirar al mundo con ojos llenos de sabiduría. y Zacarías, descendiente de Aarón, que negara la primero visión, ahora pareció tener otra. Pues sus ojos brillaron con una luz santa mirando a h distancia.
—Este niño —dijo con voz llena de emoción— será llamado el Profeta del Altísimo e irá delante del Señor para preparar sus caminos. Él iluminará a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pies por el camino de la paz.
Y así había sucedido todo.
Mientras —la veía sentada ante mí como una niña, con el rostro modesto, me; resultaba difícil creer que todo eso' hubiera sucedido' hacía treinta años o más. José ya había desaparecido ahol1a, pues había muerto hacía unos diez años, y los otros también, pero ella seguía viviendo gloriosamente en el destino de su hijo.
—Él levantó en favor nuestro un cuerno de salvación en la casa de su siervo David, salvándonos de nuestros enemigos y del poder de todos los que nos aborrecen. Que nos acordemos del juramento que juró a nuestro padre Abraham, para que sin temor, libres del poder de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia todos nuestros días.
La mirábamos en silencio, admirados de la dignidad con que, recordaba la promesa hecha por Dios a Israel.
—Y ¿es él? —preguntó al fin.
—Eso ha de decirlo Dios.
—Pero ¿cómo lo sabremos, a menos que nos libre de nuestros enemigos?
Sus ojos perforaban los míos:
—¿Quién puede decir cuál es ese enemigo?
—No ,tenemos un enemigo más grande que Roma. Todos saben que no habrá paz en Israel mientras permanezca aquí este enemigo. ..
—Nuestro peor enemigo está dentro de nosotros. Pues no hay paz fuera de nosotros a menos que primero la tengamos en nuestro interior.
La entrevista había durado algún tiempo y a Mateo le preocupaba el que ella se sintiera cansada.
—Tengo muy pocas visitas —dijo—. Me alegro de esta oportunidad.
El nacimiento de Jesús seguía intrigándome, ya que estaba relacionado con tantas profecías de la antigüedad.
En ese día había habido muchos visitantes: los tres astrólogos, con el incienso y mirra; los simples pastores que dejaron sus rebaños por seguir la estrella de Israel; José de Arimatea, todavía leal a la madre y al hijo, y Ana, la vieja profetisa. ¿Hugo algunos otros más?
Vi un dolor secreto en sus ojos. Su voz tembló por un momento al recordar aquellos años.
—Hubo un hombre, Simeón, no un profeta sino más bien un hombre con una visión.
Mateo y yo cruzamos una mirada. Parecía extraño que tantos hubieran tenido visiones acerca de aquel nacimiento. ¿Lanzaron en realidad su sombra sobre ellos los sucesos futuros para que se supieran los deseos del Señor?
María no conocía la visión de Simeón; sólo le oyó murmurar agradecido que ya podía morir en paz ahora que había visto al Mesías prometido de Dios.
—¿Quién era ese Simeón? —pregunté.
Agitó la cabeza.
—No le conocía más de lo que pudiera conocer a Ana, o a José de Arímatea. —Sin embargo no se sintió sorprendida cuando, apareció el viejo y se dejó caer de rodillas ante el recién nacido.
Cerro los ojos al recordar aquel día en el pesebre.
Cogió de mis brazos al niño en pañales y, mirando al cielo, dijo con voz llena de fuego: «Mirad, este hijo está puesto para caída y levantamiento de muchos de Israel y para señal y blanco de contradicción».
Lev! (al que ahora debo llamar Mateo) intervino en el diálogo:
—Y esta señal, ¿de qué tipo era?
—La señal de la cruz, que sus discípulos atesorarán hasta el advenimiento de otra época y su regreso.
Fruncí el ceño.
—¿De qué regreso hablas?
—Nuestro tiempo es muy corto en realidad si él no nos libra de la tumba.
Por el rostro de Mateo comprendí que estaba tan desconcertado, como yo.
—¿Hubo algo más? —,preguntó él. . Vaciló María y dijo con un ligero temblor:
—Simeón dijo que una espada atravesaría su propia alma en
un momento dado.
—¿Por qué su alma? —pregunté—. Las espadas y lanzas no afectan a las cosas del espíritu.
Ella habló con paciencia inefable.
—Yo supuse que Simeón ya estaría con Dios cuando tuviera lugar ese suceso.
—y ¿cuál es la naturaleza de ese suceso?
—Habremos de esperar y ver. Pues tal vez cambie la voluntad de Dios.
Había cierta insinuación de llanto en sus ojos, y Mateo preguntó suavemente:
—¿Preferirías que él fuera como los demás?
—Ya he aprendido a compartirle, que es lo que él quiere. Andrés le dijo un día que su familia le estaba esperando —y ahora su risa era cristalina—. Y Jesús dijo: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Quien hiciere la voluntad de Dios ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
—¿y no te importó?
Yo entendí lo que quería decir. Pues él nadó no pava una familia, sino para todos.
—¿No te recibió ese día?
—¡0th, sí! Salió enseguida, pero él aprovecha cualquier situación para convertirla en una lección para que los hombres conozcan mejor [a voluntad de Dios.
—y en ese caso, ¿se trataba de amor fraternal?
—Que todos los, que aman a Dios son sus hijos.
Había recogido un rollo muy gastado cuando entramos y ahora volvió a tomarlo y repasó uno de los salmos.
—¿Puedo leer? —preguntó.
Su voz era suave y melodiosa, como la llamada de las aves al amanecer.
«'Yo le haré mi primogénito, más alto que los reyes,. de los reyes de la tierra.
»Mi misericordia a guardaré para. él siempre y mantendré mi alianza con él.
»Y haré también que su semilla dure para siempre, y su trono en los días del cielo.» .
Era maravilloso ver su orgullo. Pues ella y José habían vivido siempre y únicamente para Jesús; María porque creía en su visión, y José porque creía en María. Huyeron a Egipto cuando 1a búsqueda de Herodes el Grande se extendió desde Judea Galilea, y sólo iban pocas horas por delante de los hombres de Herodes cuando su barco salió de Joppa hacia A1ejandría.
Tenían amigos en Alejandría y vivir en el barrio judío era casi como vivir en Jerusalén.
—Teníamos nuestros propios templos, nuestra propia adoración, lengua y costumbres; Los judíos de la Diáspora se sintieron felices al vernos, y sólo sabían hablar del Mesías. Habían oído rumores ,de que un nuevo príncipe había nacido en Belén, que un día liberaría a Israel del yugo extranjero, y aguardaban ansiosos el día de la liberación para poder volver a Israel como hombres libres.
Parecía extraño que tantos prefirieran Egipto a su propia tierra.
—Pero ¿no estaba también Egipto bajo el dominio de Roma? —preguntó Mateo.
Sonrió.
—Sí, pero los judíos de Alejandría estaban de paso, no tenían la impresión de ser egipcios, y por tanto les importaba muy poco si pagaban los impuestos a Roma o a los faraones.
En Alejandría, con una población judía superior incluso a ,la de Jerusalén, Jesús creció como si estuviera en Israel. Era un prodigio que sorprendía no solo a sus padres sino a la comunidad de rabinos. A los cuatro años conocía el hebreo, y a los seis el griego y el latín. Se pasaba los días estudiando el Talmud y el Tora y aprendiendo ,de memoria los salmos de David y el Cantar de Salomón.
A diario iba a la famosa biblioteca de Alejandría donde se hallaban reunidos más libros de historia, filosofía y ciencias ocultas que en todas las bibliotecas combinadas del mundo. Disfrutaba yendo allí solo, y María le concedía este deseo, pues ya parecía maduro y prudente incluso entonces. A veces le hallaba enfrascado en conversación con los eruditos y maestros.
—Ellos hablaban del Mesías —dijo María— y él asentía gravemente a la descripción hecha por los Profetas.
«Nadie le conocerá cuando venga —le oyó decir un día— pues ningún profeta es honrado en su propia tierra ni entre su pueblo.»
Los rabinos le miraban respetuosamente cuando Jesús les decía:
—Todos querrán algo de él, algo para lo que no fue enviado por Dios. Los enfermos querrán ser curados, los pobres pedirán riquezas, y los ricos querrán llevarse su dinero con ellos. —No era más que un niño de ocho años, pero conocía los deseos del hombre— y todos desearán ser liberados de Roma, y liberados de los impuestos.
—Si el Mesías no es para la liberación de Israel —dijo un erudito— entonces hemos vivido engañados todos estos años por Isaías, Ezequiel, Zacarías y Jeremías. —Su voz tenía cierto matiz de ironía.
— El muchacho no se sintió desconcertado en absoluto.
—La salvación para Israel no está en las cosas de este mundo, sino en conocer el camino de la vida eterna.
Los zelotes se burlaban de la idea de un Mesías que no fuera otro David o Saúl.
—¿Cómo podrá ascender al trono de David —dijo el revolucionario Abbás-bar-Hedekfas si no conquista esa distinción frente al enemigo?
El muchacho había sonreído.
—¿Lo veis? Ni siquiera el que habla de los profetas únicamente es honrado aquí.
Ellos le permitían que hablara porque era un niño, y por cierto aire remoto que le daba una extraña suerte de dignidad. Con sus preguntas probaban sus conocimientos, y al mismo tiempo mantenían viva una conciencia de su judaísmo.
María había observado atónita mientras le lanzaban sus preguntas.
—Dinos ahora hablaba otro erudito— ¿qué sabes de las doce tribus de Israel?
Los ojos azules de Jesús le miraron ingenuamente.
—¿Lo que tú ya sabes, señor, o lo que no sabes?
—Repíteme, señor —remedó el erudito en tono burlón—, cómo se llamaban los doce hijos de Jacob de los que las tribus recibieron su nombre.
—Estas recibieron el nombre —contestó él— no por los doce hijos, sino por los diez hijos y dos nietos, Efraim y Mamasés, que eran hijos de José, el que fue vendido como esclavo por sus hermanos, y llegó a ser grande en la tierra de Egipto.
Las cejas del erudito se, arquearon en complacida sor. presa.
—¿Y los otros diez?
—Rubén, Simeón, Judá —mirando a su madre, que era de la tribu de Judá de David—, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí y Benjamín.
—¿Y qué me dices de Leví, el duodécimo hijo? ¿A qué tribu dió origen?
—La suya fue la tribu decimotercera de Israel —fue la rápida respuesta— pero, como ,toda la tierra había sido concedida ya y los levitas no tenían una parte propia, ciertas ciudades contribuían al mantenimiento de sus funciones religiosas y más tarde se convirtieron en servidores del Templo.
Todos, a excepción de Abbás-bar-Hedekías, aplaudieron satisfechos.
Éste miró al muchacho de soslayo.
—Preguntad a este prodigio qué sabe de la división de Israel, y cuándo será una de nuevo.
El muchacho devolvió la estocada con una sonrisa.
—En los días de Roboam, hijo de Salomón, diez tribus se separaron y formaron el Reino del Norte, que fue llamado Israel. Y el Reino del Sur, Benjamin y Judá, con Jerusalén como la capital, fueron conocidos como Judea.
Bar-Hedekías se burló.
—Cualquier escolar sabría esto. Pero dime, joven genio, ¿cuándo sonreirá Dios de nuevo sobre una tierra unida, libre de la tiranía y de los impuestos?
El muchacho se levantó del suelo donde había estado sentado con las piernas cruzadas.
—Cuando ese pueblo, señor, esté unido a su Dios.
La discusión giraba invariablemente en tomo del Mesías, pues casi todos estaban de acuerdo en que era la única esperanza de Israel.
—¿Cuándo —preguntó bar-Hedekías— podemos esperar al Mesías?
—Cuando Dios lo quiera —fue la pronta respuesta.
—Y ¿cuándo será eso, ¡oh iluminado!?
—Mira en tu propio corazón, y en el de tu prójimo. —
—Simple palabrería. Los profetas nos han dado muchos signos que buscar.
—No tenemos necesidad de buscar fuera de nosotros mismos.
Bar-Hedekías no era un adversario fácil de vencer.
—Isaías —dijo— nos señala un tiempo para la gloriosa venida del Señor: «Entonces los ojos de los ciegos se abrirán, y los oídos de los sordos se destaparán.
—Cierto —asintió el muchacho—, pero no viene únicamente para eso; tales cosas son tan sólo una señal de su venida.
De vez en cuando había gentes de paso. José de Arimatea vino, y Simeón también, y pasaron prácticamente todas sus horas libres con los padres y el muchacho. José, que tenia negocios en Alejandría, se demoró algunas semanas y solía llevarse a Jesús en sus recorridos por la ciudad, a los barrios de los nativos e ,incluso al palacio de un tribuno romano, un oficial al que había sobornado con frecuencia en el curso de sus negocios.
El tribuno. Pondo Aquilino, estaba muy considerado en Roma por haber dirigido con todo éxito a una legión contra los germanos.
Aquilino se sentía encantado con el muchacho.
—Tengo un hijo apenas unos años mayor que él-dijo con un suspiro—, pero mi servicio por el imperio ¡ay! me mantiene apartado de mi familia.
—¿Cómo se llama el muchacho? —preguntó José por pura cortesía.
—Poncio Pilato —respondió el tribuno—. Un muchacho ambicioso que espera seguir mis pasos.
El nombre no había significado nada entonces. Pero esa amistad con el padre bien podía explicar el fácil acceso. de José de Arimatea hasta el hijo.
José de Arimatea mantuvo muchas conversaciones con la madre.
—Yo os enviaré recado —dijo— cuando el regreso sea seguro.
y había cumplido bien su palabra, notificándoles inmediatamente cuando Arquelao, el hijo de Herodes, y que compartía el temor de su padre por el sucesor profetizado, dejó de gobernar como tetrarca. Y así, en los últimos años de César Augusto, volvieron tranquilamente a su tierra, estableciéndose de nuevo en Ga1iléa y no en Judea, donde la precocidad del muchacho podía llamar la atención cosa que no deseaban.
Vivían con sencillez en una casa de piedra caliza de un solo piso, con el techo de paja y a la sombra de los cipreses, donde el muchacho podía sentarse a leer. Nunca se mezclaba con los niños, prefiriendo conversar con los adultos.
Al mirar ahora, siguiendo sus ojos, María señaló por la ventana a un banco a la sombra de los árboles.
—Se sentaba allí durante horas —dijo—, leyendo y releyendo los libros santos hasta que la ley ya no tuvo secretos para él.
Me sentí anonadado por un instante.
—¿Quieres decir que ésta es la casa donde creció? Asintió.
—Hasta que partió para Betabara.
Mirando en torno, la mesa, los muebles, las sillas tan sencillas, me emocionó la comprensión de que habían sido fabricadas por él. Eran sólidas y muy bien terminadas.
—¿Podría ver su habitación? —pregunté.
Ella nos llevó en silencio, a través de un vestíbulo oscuro, hasta una habitación en el ángulo de la casa. Era pequeña pero alegre, y había un jarro sobre una mesa de madera junto al lecho estrecho. Tres acuarelas sin marco adornaban los muros. Una era de María, otra de un pastor con su rebaño. y la tercera, que atrajo mi mirada, un nimbo de nubes oscuras a través del cual brillaba una luz radiante que parecía expandirse desde el mismo cuadro.
Miramos a la madre con ojos interrogantes.
—Sí; él los pintó.
—Esta luz… —dije—. Jamás había visto una luz igual. Suspiró.
—Él nunca hablaba de ella, pero comprendí que debía haber surgido de una visión.
—No veo en ella una figura de ángel —dije. . Una ternura indefinible suavizó su rostro.
—No fue un ángel lo que vio.
Su vida había sido pacífica. Vivían en las afueras del pueblo, y tenia pocos visitantes. Puesto que no había sinagoga en Nazaret, se llegaban de vez en cuando hasta la cercana Magdala, o a Cafarnaum, para los servicios del sábado, pero generalmente hacían su adoración en la misma casa. No era necesario enseñar al muchacho, ya que dominaba el Talmud y el Tora mejor que cualquier erudito que conocieran, e incluso estaba versado en los misterios de la Cábala que había estudiado en Alejandría.
Tenía una curiosidad insistente por Jerusalén y el Templo, pero los padres esperaron hasta la fecha de la consagración tradicional del adolescente antes de satisfacer esta curiosidad. y así había cumplido él los doce años cuando viajaron de nuevo, dirigiéndose con otros peregrinos a Jerusalén para la celebración de la Pascua. La ciudad estaba abarrotada con trescientos mil visitantes. Y, como no había posadas disponibles, acamparon con otros miles en las laderas del Monte de los Olivos, bajando cada día al Templo para los sacrificios del cordero consagrado en el Patio de los Sacerdotes.
No había sido una experiencia demasiado 'tranquilizadora. Jesús no había comprendido que su madre no pudiera sentarse con él y con José durante los servicios que conmemoraban el éxodo de los judíos de la esclavitud de Egipto.
—¿Por qué, señor —preguntó a José—, no son las mujeres iguales a los hombres?
Aunque el muchacho nunca le llamaba padre ambos estaban muy unidos, y Jesús mostraba hacia él todo el honor decretado en el Decálogo.
—Son diferentes —contestó José.
—Eso no las hace inferiores.
—Es una costumbre desde el tiempo de Abraham —dijo José, encogiéndose de hombros y refugiándose en la tradición.
—Hombres y mujeres no deberían estar separados —dijo el muchacho— en esta comunión con su Dios.
Más tarde pasaron al Patio de los Sacerdotes donde, entre chillidos de terror, los corderos del sacrificio eran llevados al matadero, y la sangre salpicaba desde las vasijas a los levitas y la multitud. Entonces se alegró Jesús de que a su madre no se le permitiera la entrada en este patio.
José vio entonces que el muchacho estaba turbado.
—¿Qué ocurre, Jeshua?
—¿Satisface a Dios que se sacrifique a los animales en su nombre?
José alzó las manos.
—Ésta es la religión de Abraham, Isaac y Jacob, y todos ellos sacrificaron animales vivos en su devoción a Jehová. No nos toca a nosotros cambiar esas cosas.
María se había mostrado más comprensiva.
—Él piensa en Dios como alguien que ama todo lo que ha puesto en la tierra. ¿Es eso tan extraño, José?
Éste agitó la cabeza.
—No me preocupa tanto el mundo sino él. Será como si se golpeara la cabeza contra un muro del Templo. A ver si tú puedes imaginarte quién cederá primero.
El que él fuera diferente preocupaba a su madre, pero al mismo tiempo sabía que no podía ser otra cosa sino diferente. Le miró con orgullo cuando algunos meses antes de tiempo acostumbrado fue consagrado en la virilidad. Los peregrinos de Nazaret se reunieron en torno y la felicitaron por este éxito. Ya no era un muchacho, sino un ciudadano de Israel. siempre sometido a los romanos, naturalmente.
Había sido una Pascua muy alegre para todos ellos. y así fue que con cierta satisfacción, a pesar de su fatiga, "se reunieron con su grupo de peregrinos para el viaje de regreso a Nazaret. Pero, pensando que Jesús iba con otros amigos, llevaban ya algún tiempo de camino cuando le echaron de menos. Preguntaron ansiosamente, pero nadie recordaba haberle visto después de salir del Templo.
José meditó en ello por unos instantes.
—Estoy casi seguro de que ha vuelto al campamento con nosotros.
Pero una niña de doce años, que siempre miraba al joven solitario, dijo que le había visto en el Patio, de los Gentiles con un grupo de rabinos y eruditos.
José y María regresaron juntos, rogando a la caravana que continuara sin ellos. Cerca del Templo oyeron que la gente hablaba de un muchacho comprometido en un duelo de ingenio con el sabio más importante de Israel en el Pórtico de Salomón. Ansiosamente se abrieron caminó por el Patio de los Gentiles y allí vieron a Jesús y a un hombre de barba gris y rica túnica que estaban conversando solemnemente.
La multitud permanecía a respetuosa distancia, pues era extraño que el gran Gamaliel quisiera mezclarse con el pueblo. Con asombro, y algo de temor, los padres oyeron que el muchacho se las había osadamente con el Nasi de Israel.
—¿Por qué, rabino —preguntaba—, ha de estar tan enojado Jehová con el pueblo de Israel?
—Porque son pecadores y no cumplen los mandamientos.
—Pero, ¿no es nuestro creador y nuestro Padre, que nos creó a su propia imagen por su bondad infinita?
Gamaliel le miró cansadamente.
—Di lo que te propones, joven, y no vengas con subterfugios.
Jesús había observado a María y a José entre la multitud.
—¿Es mi padre terrenal José más justo que Dios, y más misericordioso? .
—Por supuesto que no —gruñó GamaHel—. ¿Es ése otro de tus trucos?
—Pues José mi padre siempre es paciente conmigo, y nunca me riñe, ni siquiera cuando está disgustado conmigo.
—Eso es admirable por su parte —dijo Gamaliel —, pero ¿qué tiene que ver con el Dios único?
—Él es nuestro Padre celestial, ¿no es cierto? Ahora bien, como creador y Padre de todos, comprendiendo lo que ha creado con todas sus fragilidades, ¿no debería ser al menos tan misericordioso como mi padre terrenal que, después de todo, es también creación suya?
La multitud aplaudió con entusiasmo, e incluso el Rabí Gamaliel, que apreciaba como nadie a un digno oponente, le dio una palmadita de aprobación en el hombro.
—En eso tienes razón, pero te olvidas de una cosa. Dios habla a través de los Profetas, y nadie se atreve a discutir lo que Isaias y Ezequiel y los demás dijeron en su nombre. ¿No habla un Dios airado de su pueblo rebelde? ¿Hablas tú acaso con más autoridad que Isaías?
El muchacho le miró con serenidad.
—El deseo de mi Padre no es castigar al pecador, sino redimir al justo.
En eL rostro de Gamaliel se evidenciaba que estaba disfrutando con el debate.
—¿Y qué más sabes, si quieres decírmelo, de tu Padre celestial?
—A él no le satisfaría que un gentil borracho fuera apedreado hasta morir porque, en su borrachera, pasara del Patio de los Gentiles al Patio de Israel.
—Pero esto está prohibido para todos los que no son judíos, y 1os avisos están bien a la vista.
—Sin embargo era indudable que él estaba borracho.
—Hay que hacer cumplir las leyes, joven, o pronto quedaríamos sin leyes y sin pueblo judío.
El muchacho frunció el ceño.
—Ni siquiera se trata de una cuestión de misericordia —dijo— pues, si Dios creó todo el universo, ¿no se deduce de ahí que también creó a los gentiles?
—Pero los judíos, al adorarle sólo a él, son su Pueblo Escogido. Así se lo dijo a Moisés y a los demás Profetas.
Jesús sonrió, y su sonrisa era tan radiante que toda la asamblea pareció quedar iluminada.
—Pero ¿no dijo Isaías que enviaría un Mesías que sería una luz no sólo para Israel sino también para los gentiles?
Gamaliel dio un paso atrás y le miró con los ojos desorbitados.
—¿Quién eres tú? —preguntó al fin— y ¿quiénes son tus padres.
María y José se adelantaron rápidamente. Cuando José trataba de dar disculpas, María intervino amablemente.
—Somos de la Casa de David, señor, y creemos en la ley y en los Profetas, como nuestro hijo. Si es un buen muchacho.
Gama1iel les miró agudamente.
Haces bien en no disculparte. Israel oirá hablar de este muchacho algún día; de eso estoy seguro.
Jesús le miró serenamente.
—Ahora me voy con mis padres. Pero volveremos a hablar en otro tiempo y en un lugar no muy lejos de éste.
Me quedé maravillado al ver cómo se habían cruzado los caminos de aquellos dos seres, y recordé con sobresalto que Gamaliel había tratado de recordar el nombre de Jesús. °
—Gamaliel no es hombre para tenerlo por enemigo —dije. Instantáneamente lamenté mi observación, pues los ojos de María se entristecieron.
—El no tiene amigos —dijo—. Sólo su Padre.

8 - Los discípulos

—Únicamente yo creo que él es Dios y que puede hacer lo que quiera.
Simón el Zelote protestó.
—Pero él habla de Dios como su padre. ¿No es el hijo menos que el padre? —
—El hijo es el padre, y el padre el hijo. ¿No dijo Juan, cuando bajó con Pedro de la montaña, que habían oído en el susurro del viento: «Tú eres mi Hijo, en este día te he engendrado. Pídeme y te daré a los gentiles por tu herencia y las partes más altas de la tierra por tu posesión»?
Simón parecía dudoso.
—Eso no es más que un salmo.
—¿Por qué dices «no es más que un salmo» cuando es del espíritu y nadie sabe de dónde viene?
—Solo la voluntad de Dios es segura.
Pero ésta es la voluntad de Dios, una voz oída por todos sin que provenga de fuente humana. Lo que importa es que Jesús cree que está siendo guiado. Pues ¿no dice el salmo: «Tú les destrozarás con una barra de hierro. Tú les harás pedazos con la Vasija de un alfarero»?
Simón seguía frunciendo el ceño.
—Más parece un Príncipe de la Paz que de la acción. Ahora bien, el Bautista era otra cosa. Él sí que era un Macabeo.—
Había una sombra de dolor en su voz.
—Somos el pueblo de Dios —le indiqué—. Puesto que le adoramos a él únicamente, nosotros somos su pueblo. y por tanto no puede haber rebelión sin su aprobación.
Simón agitó la cabeza tristemente.
—Los Macabeos hallaron a Dios en la fuerza de su brazo derecho.
Para ser perfectamente sincero tuve que admitir lo que jamás habría aceptado antes de buen grado.
—Los romanos no son los sirios, a pesar de toda su debilidad. necesitamos a Jesús. pues, nadie, viendo sus milagros, discutirá que Dios le ha dado el poder.
Simón era un soldado y podía perdonársele que no siguiera el hilo de mis razonamientos.
—Judas —dijo rudamente—, tal vez sea Dios en el cielo, pero en la tierra es un hombre. Le he visto cansado y desanimado. Incluso tengo entendido que lloró cuando murió José, su padre.
¿Por qué había de sentir dolor si los muertos vuelven a nacer?
Es como separarse de un amigo. ¿No sentiste dolor al dejar a tu mujer y tu hijo para estar con el Maestro?
Mi analogía había sido desafortunada.
—A veces me pregunto si valió la pena —suspiró.
—Jesús sabe lo que los discípulos dicen de él. Le leí un salmo del rollo sagrado anoche mismo, y pensó que todos debíamos leerlo.
Miró atrás y dijo simplemente:
—Acción, Judas; no palabras.
—Las palabras son armas también, y a veces más cortantes que una espada.
"Por tanto sed prudentes ahora vosotros, los reyes. Sed instruidos, vosotros los jueces de la tierra. Servid al Señor con temor, y regocijaos con miedo. . .
"Besad al Hijo para que no esté airado y perezcáis cuando se inflame su ira. Benditos los que ponen su confianza en él."
Simón escuchaba con tolerancia.
—Espero que tengas razón, eso simplificaría las cosas. Pero mientras tanto yo me reúno con Joshua-bar-Abbás, Gestas y Dimas, con vistas al armamento de los idumeos y los judíos asirios Te dejo a ti las disputas de los hijos de Israel. Son demasiado para un galileo como yo.
—Pero no para nuestro Galileo.
Cuando surgían problemas como el día en que el Bautista fue arrestado y encerrado en la mazmorra de Herodes, podíamos tener la seguridad de hallarnos pronto en el camino. .—
Mi hora aun no ha llegado —,—decía él—. Todavía hay almas que cosechar.
y así nos trasladamos desde Engidi, en tierras del Bautista, a Jerusalén, Gai1ilea, incluso Samaria, acampando de noche en cuevas de las laderas cubiertas de árboles, cogiendo nuestra comida de los mismos campos, o comprando lo que necesitábamos de día en día, aceptando limosnas sólo cuando nos deteníamos a pasar la noche en las casas abiertas a nuestras plegarias.
Había estado lloviendo todo el día sobre la Ciudad Santa, ante la que nos encontrábamos. Empapado hasta los huesos como estaba, y viendo aquel grupo tan variado, me sentí deprimido de momento al pensar en los tremendos obstáculos que nos aguardaban en el desarrollo de nuestra empresa.
Miré tristemente en torno del campamento. No esperaba mucha ayuda de los Apóstoles. Habían sido elegidos principalmente por ser ga1ileos, porque se confiaba en ellos, como confiamos en lo que es familiar. Un proverbio decía que los galileos amaban el honor más que el dinero. Pero en realidad había poca tentación a las riquezas en Galilea y, por tanto, no tenían mucho mérito. Sin embargo eran tipos valientes. Habían luchado bajo Judá, el galileo; y con valor, si bien ciegamente, se habían rebelado contra el viaducto aunque no fuera asunto de ellos.
Desde el principio había sido necesario acentuar, la herencia judaica del Maestro. Él había vivido fuera de la corriente principal de la vida judía, de modo que pedía perderse en el Talmud y el Tora, hasta que Dios le diera la palabra.
Los fariseos discutían su humilde principie, y Nicodemo les preguntó:
—¿Juzga nuestra ley a un hombre antes de oírle y saber lo que hace? Yo os digo que es un profeta.
Se rieron pero sin grandes extremos, pues Nicodemo era tan rico que hubiera podido alimentar a toda la población de Israel durante diez días de haberle querido.
—Busca cuanto quieras —se burlaron ellos—, pero de Galilea no puede surgir un profeta. ¿No dice la Escritura que el Mesías previene del linaje de David y de la ciudad de Belén, donde estaba David?
Afortunadamente teníamos les informes del nacimiento de Jesús, y los copiamos. Pero los que dudaban llamaren a eso un accidente. Pues también les fariseos habían investigado en la vida del Nazareno. En realidad ellos veían en toda el asunto la conspiración de un sencillo carpintero y su sombrío orgullo por apoderarse de la nación con un cuente de hadas. Pero ¿con qué propósito?
Bien conocían al profeta Miqueas: «Pero tú, Be1én de Efrata, pequeño para ser contado entre las familias de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel, cuyes orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad».
Y así como Belén significaba la casa de pan, Efrata significaba rica en fruta, simbolizando los dorados racimos de uvas que colgaban sobre las puertas del Templo como un recuerdo del futuro abundante de Israel. Los fariseos habían investigado en su familia, a excepción de María, que sólo nos veía a nosotros, y hablado con Judas, Jaime, Simón y José. Éstos eran gentes sencillas, sin el menor parecido con el Maestro. No eran sus hermanos sino primos adoptados después de que sus propios padres hubieran muerto. Eran los típicos galileos los que echaban las redes y secaban el pescado, los carpinteros y ebanistas, los constructores de barcas.
Sólo Andrés me impresionaba, pues incluso Simón el Zelote era un tipo sin relieve que creía que podíamos vencer a Roma con una docena de legiones. Andrés, el primer elegido, era rubio y delgado, con una pronta sonrisa. Era diplomático y me trataba con la deferencia debida al tesorero. Actuaba como delegado del Maestro, y era el que acallaba las quejas estúpidas de los otros. Tenía influencia sobre todos, excepto Pedro que, siendo un año menor que él, se conducía en su audacia como si fuera el mayor. Estos eran los principales entre los discípulos, sólo dos o tres años más jóvenes que el Maestro. Casi todos los demás tenían mi edad, veintiocho años, a excepción de Juan, imberbe aún. Él representaba el surgimiento de la virilidad de Israel, decía el Maestro. Le amaba porque se veía a sí mismo en su juventud e inocencia. El ótro hijo de Zebedeo, Jacobo, a quien Jesús llamaba Jaime, era grave y serio, y parecía que echaba dé menos su familia. Los hijos gemelos de Alfeo, el constructor de barcos, también habían cambiado su nombre de Jacobo a Jaime, llamado el Menor por su estatura. y de Judá a Judas de ,Santiago para distinguirlo de mí. Jesús decía que apresuraba el renacimiento individual el llevar un nuevo nombre de bautismo. Pero yo nunca pensé que Pedro le fuera bien a Simón-bar-Jona, ya que significaba la Piedra y él desde luego no lo era, así que yo utilizaba con frecuencia su otro nombre también.
Después de Betabara el mismo Jesús era llamado el Mesías o el Cristo, al estilo griego, cada vez con mayor frecuencia. Su propio significado especial daba a estos nombres una nueva fuerza. Judas significaba alabado del Señor y Mateo para Leví el publicano, significaba don de Dios, que sin duda recibió cuando se apartó de sus malos hábitos. Tomás, anteriormente Lebaco, de fuerte pecho, era caviloso y suspicaz y siempre me estaba preguntando en lo referente a los fondos. Se creía muy ingenioso pero toda su distinción consistía en que era un gemelo, conocido por Dídimo en griego. Felipe y Nataniel, los inseparables, estaban unidos tan sólo por su lealtad al Maestro. Por él habrían dado la vida, pero no tanto por su gran fe en su divinidad, sino principalmente por el orgullo provincial que sentían de que fuera galileo como ellos mismos. A veces era difícil sondear aquellas mentes tan pequeñas. Al bautizar a Felipe, Jesús había sonreído:
«Me gusta más este nombre, el que ama», pues eso significaba Felipe. Nataniel era un signo del orgullo del Señor. El padre de Nataniel era un sido greco judío cuyos antepasados habían sido enviados a Galilea después que las tribus originales estuvieran exiliadas en el cautiverio de Babilonia. A veces se refería a él como bar-Tolomeo, el hijo de Ptolomeo Tolomeo. Era un tipo amable pero tan vulgar como el resto.
El Maestro, como siempre, daba ejemplo. Después que bajó de la montaña prefirió que .le llamaran Jesús en vez de Jeshua. Todos nos preguntábamos el porqué, pues siempre había un designio en todo [o que hacía. Al permitirse un nombre griego indudablemente estaba haciendo una declaración a los gentiles. y cuando los gentiles le llamaban el Cristo, lo permitía también. Era como si estuviera diciendo a todos, y no sólo a los judíos: «Soy Jesucristo, el Salvador y el Libertador, el Ungido, el Hijo Eterno de Dios», pues en griego el nombre significaba todo eso.
En cuanto a mi propio nombre, él añadió el de mi casa ancestral en Keriot o Cariot, pero con una connotación algo ambigua. Judas Iscariote, me había llamado. «Un nombre —dijo— que siempre estará unido al mío.»
Me sentí adulado, pero le indiqué que no me gustaba la abreviatura SKR, casi un anagrama, que en nuestra lengua permanece como un símbolo para el traidor.
Me desconcertó con una sonrisa.
—No me has elegido tú, sino que yo te he e1egido.
¿De qué otro modo, .si no, habría obtenido Pedro la precedencia? Desde luego no era la piedra que su nuevo nombre sugería. Parecía tan crédulo, tan lento para comprender lo más obvio! Una vez sugirió que yo presentara mis cuentas a los Doce.
—Yo sólo be de responder ante el Maestro —repliqué fríamente.
—Pero el Maestro acepta todo lo que le dices.
¿Qué debo deducir de tus palabras?
La vergüenza enrojeció todavía más el rostro colorado de de aquel pescador.
—Hay rumores —me lanzó— de que se ha entregado dinero para armas.
Habíamos recibido cierto número de donativos secretos de los ricos, .como Nicodemo y José de Arimatea.
—Tú eres la piedra —le dije— y yo el tesorero. Cuando tú me des la piedra yo te daré el tesoro.
Ni siquiera supo lo que yo queda decir.
A causa de la inseguridad de Pedro, el Maestro juzgaba necesario tranquilizarle de continuo. En mi opinión Andrés, o Jaime, el hijo de Zebedeo, habrían sido una mejor elección, ya que eran muy organizados y prácticos. Pedro se confundía con demasiada facilidad. Pero era indudable que el Maestro veía en él alguna cualidad que no era aparente para mí. Tal vez su humildad, pero ¿qué otra cosa podía ser Pedro, si no humilde? El Maestro no hacía ni un solo movimiento. Pedro iba a traerle la comida y el vino lavaba y remendaba sus ropas y le atendía constantemente. Podía ser un buen, mayordomo, aunque nada más. Ni siquiera parecía comprender nada.
—Todo buen árbol malo da malos frutos. Por sus frutos los conoceréis.'
—¿Qué fruto, Maestro, es el bueno? . "
Natura1mente todos habíamos comprendido la parábola; todos menos la Piedra. El Maestro le perdonaba siempre. Paso el brazo' sobre aquellos hombros poderosos I!! y dijo: .
—El que escucha al Hijo es un hombre sabio que construye su casa sobre esta Piedra. Las lluvias, las inundaciones y los vientos vendrán, pero la casa permanecerá firme sobre esta Piedra.
Jesús nunca hacía nada sin razón. No era una criatura dulce y de trato fácil que se dejara arrastrar por la-marea. Nada sucedía sin que él lo supiera y lo aceptara. Todos sus movimientos iban encaminados a establecer una cuestión o a impresionarnos con la naturaleza de su mundo. Se preocupaba especialmente de dirigir nuestras actividades, pues contaba con sus Apóstoles y discípulos para que extendieran su palabra.
—La salvación está con los judíos —les dijo— y, como judíos, llevaréis esta salvación a todas las casas. Os envío como corderos entre lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias.
Algunos de los setenta le miraron desconcertados. Habían abandonado sus casas, sus familias y trabajo, y él los enviaba sin más que el manto a la espada a llamar a puertas extrañas.
Aunque yo guardaba bien los cordones de 1a bolsa, me pareció justo dar unas cuantas monedas a aquellos misioneros para que no cayeran demasiado pronto en la desesperación o se vieran rechazados. A Jesús nunca le había importado el dinero. Sin embargo detuvo mi mano.
—El Señor proveerá —dijo. —
—Pero —le reconvine—, si el dueño de la casa les cierra la puerta, ¿dónde morarán?
—La puerta del cielo, Judas, es mucho más difícil de atravesar que la de la casa del fariseo más altivo.
—Pero ¿no sería más fácil, Maestro, si estuvieran mejor equipados para su misión?
—Como tropas separadas de su bagaje, no tienen nada en que pensar sino en la batalla.
—Pero son novatos, y no han estudiado a tus pies como nosotros.
—Judas, Judas dijo burlonamente—, querrías dirigir tropas contra Roma y te preocupas por esa nonada.
—Mis soldados estarían armados —le refuté.
—y éstos también lo están, armados con las armas del Señor. Pues curarán dondequiera que vayan con la fe con que yo les envío.
Emparejó a los dos zelotes a los que yo había hecho discípulos .
—Gestas y Dimas —dijo con el rostro grave, seréis inseparables hasta el fin.
Emparejó a Simón-bar-Jona, torpe y lento, con el brillante discípulo nuevo Juan Marco, a Jaime con su hermano Juan, a Bartolomé y Nataniel, a Judas con su hermano Jaime el Menor y al cuidadoso Tomás con el amable Andrés.
—Tú, Judas, te sentirás muy unido a Simón el Zelote. No podía haber pedido nada mejor.
Cuando comíamos yo me sentaba a su derecha y Pedro a su izquierda, junto a su corazón. No se me pasaba por alto este honor pero, claro, yo era el único de Judea, además de él mismo, el único aristócrata y, a excepción de Mateo, que había aprendido a escribir al confiscar las propiedades de los oprimidos, el único con cultura. El joven Juan había sido educado por Jesús y, como Mateo, siempre estaba escribiendo, sólo Dios sabe qué.
Él nos animaba constantemente.
—Sois instrumentos de Dios —recalcaba— y cada uno llamado por un propósito específico. Tú, Juan, y tú, Mateo, haréis llegar un día vuestro mensaje hasta los rincones más lejanos de la tierra. Tú, Pedro, construirás una iglesia que jamás perecerá. Tú, Jaime, experimentaste conmigo la transfiguración. Tú, Tomás, confirmarás mi resurrección, y tú, Judas —el corazón casi se me detuvo en seco—, serás el vehículo de mi salvación en el camino a la vida eterna.
Los setenta eran aún incluso más vulgares que los Doce. Eran un montón de gentes rudas, de cabello y barbas descuidadas, sucios por el tiempo pasado en los caminos y, aunque muchos fueron bautizados por los Doce, todos fueron confirmados por él. Pero no parecían más cualificados que antes para su misión aun después del bautismo. Claro que yo comprendí que los enviaba como se envía a un zorro para coger a un zorro.
Uno de ellos preguntó:
—¿Cómo un tendero como yo, un pobre vendedor de pieles, puede curar a nadie de una enfermedad? Yo no soy médico.
Jesús miró con aire tranquilizador a éste nombrado por Pedro, tan parecido a los que siempre trataba de ayudar.
—Curarás en mi, nombre, con fe en el Padre. Os envío de dos en, dos no por compañía sino porque, si dos se ponen de acuerdo en lo que se ha de pedir, el Padre se lo concederá. y donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos.
Les pedía que se animaran con lo que él realizaba.
—Como yo hago, así vosotros podéis hacer con el amor del Padre —decía ante cada leproso o demente que curaba con el toque de su mano y unas sencillas palabras.
Pero todos sabíamos que él era un ser distinto. Pues, aunque nos sentábamos a sus pies y comíamos y bebíamos con él, había un abismo nunca definido por completo pero que podía compararse al de amo y criado. Él vivía aislado, no tanto por virtud de sus modales cuanto por nuestra impresión de que era muy superior a cualquiera de nosotros. Sólo nos atrevíamos a hablar cuando él nos daba la palabra. Ninguno, ni siquiera Pedro , o Juan, se dirigían a él llamándole de otro modo que Maestro. Por esta razón, y aunque había gran curiosidad acerca de él, poco llegaban a saber las multitudes. Pues, a la vez que realizaba sus prodigios, nos daba instrucciones de que no habláramos a nadie de su origen y su misión, a menos que surgiera por sí mismo.
Intentaba que cada uno de nosotros nos viéramos distintos de los demás en relación con las distintas cualidades del hombre, aun cuando nuestro trabajo fuera el mismo.
—En teoría —decía— vosotros representáis a las doce tribus, y a los doce tipos representados en la astrología por el zodíaco.
—¿Acaso recomiendas esa adoración idólatra de los babilonios? —pregunté con cierta sorpresa.
—Solo en lo que refleja el orden de Dios en el universo y su relación con las gentes.
—Pero ¿no es esto una creencia pagana?
—¿No conoces los salmos, Judas? Con seguridad que hasta un fariseo renegado debe conocerlos. —Sus ojos se alzaron con reverencia al cielo: Los cielos declaran la gloria de Dios, y el firmamento muestra la obra de sus manos; Día tras día habla, y noche tras noche muestra conocimiento. No hay lengua ni idioma en el que no se oiga su voz».
—¿Por eso llevamos el signo del pez?
—Las estrellas anunciaron el nacimiento del Hijo del Hombre y también proclamarán su muerte.
Los otros discípulos se reunieron ahora en torno.
—Pero, M