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miércoles, 5 de abril de 2017

Arsenio Lupin - El Tapón De Cristal (Maurice Leblanc)

Arsenio Lupin - El Tapón De Cristal
Maurice Leblanc

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Maurice Leblanc
Arsenio Lupin - El tapón de
Cristal
Detenciones
Las dos barcas se balanceaban en la sombra, atadas al pequeño embarcadero que surgía fuera del jardín. Aquí y allá, en medio de la espesa niebla, se divisaban a orillas del lago ventanas iluminadas. Enfrente el casino de Enghien centelleaba de luz, aunque eran los últimos días de septiembre. Entre las nubes aparecían algunas estrellas. Una ligera brisa hinchaba la superficie del agua.
Arsenio Lupin salió del quiosco donde estaba fumando un cigarrillo y, asomándose al extremo del embarcadero:
–Grognard, Le Ballu…, ¿estáis ahí?
Un hombre surgió de cada barca y uno de ellos respondió:
–Sí, jefe.
–Preparaos; oigo el auto, que vuelve con Gilbert y Vaucheray.
Atravesó el jardín, dio la vuelta a una casa en obras cuyos andamios podían distinguirse, y entreabrió con precaución la puerta que daba a la avenida de Ceinture. No se había equivocado: una luz viva brotó de la curva, y se detuvo un gran descapotable, del que saltaron dos hombres que llevaban gorra y gabardina con el cuello levantado.
Eran Gilbert y Vaucheray: Gilbert, un chico de veinte o veintidós años, de cara simpática y paso ágil y enérgico; Vaucheray, más bajo, de pelo entrecano y cara lívida y enfermiza.
–¿Qué? – preguntó Lupin -. ¿Habéis visto al diputado…? – Sí, jefe -respondió Gilbert-. Lo vimos tomar el tren de París de las siete cuarenta, como ya sabíamos.
–En ese caso, ¿tenemos libertad de acción?
–Total. El chalet Marie-Thérese está a nuestra disposición.
El conductor se había quedado en su asiento, y Lupin le dijo:
–No aparques aquí. Podría llamar la atención. Vuelve a las nueve y media en punto, a tiempo para cargar el coche…, si es que no fracasa la expedición.
–¿Por qué quiere que fracase? – observó Gilbert.
El auto se fue, y Lupin, emprendiendo de nuevo el camino del lago con sus nuevos compañeros, respondió:
–¿Por qué? Porque este golpe no lo he preparado yo y, cuando no lo hago yo, no me fío del todo…
–¡Bah, jefe, llevo ya tres años trabajando con usted!… ¡Ya empiezo a sabérmelas!
–Sí, hijo…, ya empiezas -dijo Lupin-, y precisamente por eso temo las meteduras de pata… Vamos, embarca… Y tú, Vaucheray, coge la otra embarcación… Bueno… Ahora, a remar, chicos…, y con el menor ruido posible.
Grognard y Le Ballu, los dos remeros, se dirigieron directamente a la orilla opuesta, un poco a la izquierda del casino.
Encontraron primero una barca con un hombre y una mujer enlazados, que se deslizaba al azar; luego otra con gente que cantaba a voz en cuello. Y eso fue todo.
Lupin se acercó a sus compañeros y dijo en voz baja:
–Dime, Gilbert, ¿a quién se le ocurrió este golpe, a ti o a Vaucheray?
–La verdad, no sé muy bien… Los dos llevamos semanas hablando de ello.
–Es que no me fío de Vaucheray… Tiene mal carácter…, es retorcido… Me pregunto por qué no me deshago de él…
–¡Pero, jefe!
–¡Pues sí, sí! Es un mozo peligroso…; eso sin contar que debe de tener unos cuantos pecadines más bien serios sobre la conciencia.
Se quedó en silencio un instante y prosiguió:
–¿Así que estás completamente seguro de haber visto al diputado Daubrecq?
–Con mis propios ojos, jefe.
–¿Y sabes que tiene una cita en París?
–Va al teatro.
–Bueno, pero sus criados se habrán quedado en el chalet de Enghien…
–La cocinera ha sido despedida. En cuanto al sirviente Léonard, que es el hombre de confianza del diputado Daubrecq, espera a su amo en París, de donde no pueden volver antes de la una de la madrugada. Pero…
–¿Pero?
–Hay que contar con un posible capricho de Daubrecq, un cambio de humor, una vuelta inopinada, y por consiguiente tenemos que tomar nuestras disposiciones para haberlo terminado todo dentro de una hora.
–¿Y tienes esas informaciones…?
–Desde esta mañana. En seguida Vaucheray y yo pensamos que era el momento favorable. Escogí como punto de partida el jardín de esa casa en obras que acabamos de dejar y que no está vigilado de noche. Avisé a dos compañeros para que llevaran las barcas y lo llamé a usted. Eso es todo.
–¿Tienes las llaves?
–Las de la escalinata…
–Es el chalet rodeado de un parque que se distingue allí, ¿no?
–Sí, el chalet Marie-Thérese, y, como está rodeado por los jardines de los otros dos, que están deshabitados desde hace una semana, tenemos tiempo para sacar lo que nos guste, y le juro, jefe, que vale la pena.
Lupin murmuró:
–Una aventura demasiado cómoda. Ningún aliciente.
Atracaron en una pequeña rada, de donde se elevaban unas gradas de piedra resguardadas por un tejado carcomido. A Lupin le pareció que el transbordo de los muebles sería fácil. Pero de pronto dijo:
–Hay gente en el chalet. Mirad… una luz.
–Es un farol de gas, jefe…, la luz no se mueve…
Grognard se quedó cerca de las barcas, encargado de vigilar, mientras Le Ballu, el otro remero, sé dirigía a la reja de la avenida de Ceinture, y Lupin y sus dos compañeros se deslizaban en la sombra hasta la parte baja de la escalinata.
Gilbert subió el primero. Después de buscar a tientas, introdujo en primer lugar la llave de la cerradura y luego la del cerrojo de seguridad. Las dos funcionaron sin dificultad, de suerte que pudo entreabrirse la puerta y dejó paso a los tres hombres.
Un farol de gas ardía en el vestíbulo.
–¿Ve usted, jefe…? – dijo Gilbert.
–Sí, sí… -dijo Lupin en voz baja-, pero me parece que la luz que brillaba no venía de aquí.
–¿Entonces de dónde?
–La verdad, no lo sé… ¿Está aquí el salón?
–No -respondió Gilbert, que no temía hablar un poco alto-, no; por precaución lo ha reunido todo en el primer piso, en su dormitorio y en los dormitorios vecinos. – ¿Y la escalera?
–A la derecha, detrás de la cortina.
Lupin se dirigió hacia la cortina y ya estaba apartando la tela, cuando de pronto, a cuatro pasos a la izquierda, se abrió una puerta y apareció una cabeza, una cabeza de hombre pálida, con ojos de espanto.
–¡Socorro! ¡Al asesino! – aulló.
Y entró en el cuarto precipitadamente.
–¡Es Léonard, el criado! – gritó Gilbert.
–Como haga el idiota me lo cargo -gruñó Vaucheray.
–Tú vas a dejarnos en paz, ¿eh, Vaucheray? – ordenó Lupin, lanzándose tras el criado.
Atravesó primero un comedor, donde al lado de una lámpara había aún platos y una botella, y encontró a Léonard al fondo de un office[1] cuya ventana intentaba abrir en vano.
–¡No te muevas, artista! ¡Y nada de bromas!… ¡Ah! ¡El muy bruto!
Con un solo movimiento se tiró al suelo al ver a Léonard levantar el brazo hacia él. Tres detonaciones sonafon en la penumbra del office; luego el criado se tambaleó al sentirse agarrado de las piernas por Lupin, que le arrancó el arma y le oprimió la garganta.
–¡Maldito bruto! – gruñó. Un poco más y me deja tieso… Vaucheray, átame a este gentilhombre.
Con su linterna de bolsillo alumbró la cara del criado y se rió socarronamente:
–Eso está feo, señor mío… No debes de tener la conciencia muy tranquila, Léonard; además, para ser el lacayo del diputado Daubrecq… ¿Has acabado, Vaucheray? No quisiera echar raíces aquí.
–No hay peligro, jefe -dijo Gilbert.
–¿De veras? Y el tiro, ¿crees que no se oye?
–Absolutamente imposible.
–¡No importa! Hay que darse prisa. Vaucheray, coge la lámpara y vamos arriba.
Agarró del brazo a Gilbert y, arrastrándole hacia el primer piso:
–¡Imbécil! Es así como te informas, ¿eh? ¿Tenía razón yo en no fiarme?
–Vamos, jefe, cómo iba a saber yo que cambiaría de parecer y volvería a cenar.
–Cuando se tiene el honor de robar a la gente, hay que saberlo todo, caramba. Esta os la guardo a ti y a Vaucheray… Vaya elegancia la vuestra…
La vista de los muebles en el primer piso apaciguó a Lupin, y, comenzando el inventario con la satisfacción de un aficionado que acaba de regalarse algún objeto de arte:
–¡Diantre! Pocas cosas, pero canela fina. Este representante del pueblo no tiene mal gusto… Cuatro sillones de Aubusson…, un secreter, que apostaría está firmado por Percier-Fontaine…, tíos apliques de Gouttiéres…, un Fragonard auténtico y un Nattier falso[2], que un millonario americano se tragaría como si tal cosa…
En una palabra, una fortuna. ¡Y pensar que hay cascarrabias que pretenden que ya no se encuentra nada auténtico! ¡Que hagan como yo, leñe! ¡Que busquen!
Gilbert y Vaucheray, por orden de Lupin y siguiendo sus instrucciones, procedieron en seguida a sacar metódicamente los muebles más grandes. Al cabo de media hora, y una vez llena la primera barca, decidieron que Grognard y Le Ballu irían delante y empezarían a cargar el coche.
Lupin vigiló su salida. Al volver a la casa, según pasaba por el vestíbulo, le pareció oír un ruido de palabras del lado del office. Se dirigió allí. Léonard seguía solo, tumbado boca abajo, y con las manos atadas a la espalda.
–¿Así que eres tú el que gruñe, lacayo de confianza? No te apures. Ya casi hemos terminado. Sólo que, si gritas demasiado fuerte, vas a obligarnos a tomar medidas más severas… ¿Te gustan las peras? Pues te largamos una… por atrás[3].
En el momento en que volvía a subir oyó otra vez el mismo ruido de palabras y, aguzando el oído, percibió las siguientes palabras, pronunciadas con voz ronca y quejumbrosa, que procedían con toda seguridad del office:
–¡Socorro!… ¡Al asesino!… ¡Socorro! ¡Van a matarme!… ¡Que avisen al comisario!…
–¡Pero el tío ese está completamente chiflado!… -murmuró Lupin-. ¡Cáspita! ¡Molestar a la policía a las nueve de la noche, vaya indiscreción!
Volvió a poner manos a la obra. Duró más tiempo de lo que había pensado, pues descubrieron en los armarios algunos bibelots de valor, que hubiera sido poco correcto desdeñar, y por otra parte Vaucheray y Gilbert se aplicaban a sus investigaciones con una minuciosidad que lo desconcertaba.
Por fin se impacientó:
–¡Basta ya! – ordenó-. Para cuatro trastos que quedan, no vamos a echarlo todo a perder y a dejar el auto empantanado. Yo me voy a la barca.
Estaban ya al borde del agua y Lupin bajaba la escalera. Gilbert lo detuvo:
–Escuche, jefe, tenemos que hacer un viaje más… Va a ser cosa de cinco minutos.
–¡Pero por qué, demontres!
–Es que, mire… Nos hablaron de un relicario antiguo… Una cosa despampanante…
–¿Y qué?
–Pues que no ha habido manera de echarle mano. Y ahora que me acuerdo del office…, hay allí un armario con una cerradura gruesa… Comprenda que no podemos…
Se volvió hacia la escalinata. Vaucheray se lanzó igualmente.
–Diez minutos…, ni uno más -les gritó Lupin-. Dentro de diez minutos yo me las piro.
Pero transcurrieron los diez minutos y seguía esperando.
Consultó su reloj.
«Las nueve y cuarto… Es una locura», pensó.
Además, recordaba que durante toda la mudanza Gilbert y Vaucheray se habían portado de una forma harto rara, pues no se separaban un momento y parecían vigilarse el uno al otro. ¿Qué es lo que pasaba?
Insensiblemente Lupin estaba volviendo hacia la casa impulsado por una inquietud inexplicable, y al mismo tiempo escuchaba un rumor sordo que se elevaba a lo lejos, por la parte de Enghien, y que parecía acercarse… Sin duda alguien que se paseaba…
Rápidamente dio un silbido y luego se dirigió hacia la reja principal, para echar una ojeada por los alrededores de la avenida. De pronto, cuando estaba ya tirando de la puerta, sonó una detonación, seguida de un aullido de dolor. Volvió corriendo, dio la vuelta a la casa, trepó por la escalinata y se precipitó hacia el comedor.
–¡Mil rayos os partan! ¿Pero qué estáis haciendo aquí los dos?
Gilbert y Vaucheray, abrazados en un furioso cuerpo a cuerpo, rodaban por el parquet con gritos de rabia. Sus ropas chorreaban sangre. Lupin saltó. Pero ya Gilbert había derribado a su adversario y le arrancaba de la mano un objeto que Lupin no tuvo tiempo de distinguir. Además, Vaucheray perdía sangre por una herida que tenía en el hombro y se desvaneció.
–¿Quién lo ha herido? ¿Has sido tú, Gilbert? – preguntó Lupin exasperado.
–No… Ha sido Léonard…
–¡Léonard!… Pero si estaba atado…
–Se había desatado y había recuperado el revólver.
–¡El muy canalla! ¿Dónde está?
Lupin agarró la lámpara y entró en el office.
El criado yacía de espaldas, los brazos en cruz, un puñal clavado en la garganta, lívida la faz. Un hilo rojo corría de su boca.
–¡Ah! – balbuceó Lupin después de examinarlo-. ¡Está muerto!
–¿Cree usted…, cree usted…? – dijo Gilbert con voz temblorosa.
–Te digo que está muerto.
Gilbert farfulló:
–Ha sido Vaucheray… el que lo ha herido…
Pálido de cólera, Lupin lo agarró:
–¡Ha sido Vaucheray…, y tú también, granuja! ¡Porque también tú estabas aquí y le has dejado hacer! ¡Sangre, sangre! ¡Sabéis perfectamente que yo no quiero sangre! Primero se deja uno matar. ¡Ah! Peor para vosotros, muchachos…, porque vais a pagar los platos rotos si llega el caso. Y esto cuesta caro… ¡Estación La Guillotina!
La vista del cadáver lo trastornaba y, sacudiendo brutalmente a Gilbert:
–¿Por qué?… ¿Por qué lo ha matado Vaucheray?
–Quería registrarlo y quitarle la llave del armario. Cuando se inclinó sobre él vio que el otro se había desatado los brazos… Tuvo miedo… y lo hirió.
–¿Y el tiro?
–Ha sido Léonard… Tenía el arma en la mano… Antes de morir aún tuvo fuerzas para apuntar…
–¿Y la llave del armario?
–La ha cogido Vaucheray…
–¿Ha abierto?
–Sí.
–¿Y ha encontrado algo?
–Sí.
–Y tú querías arrebatarle el objeto ese, ¿eh?… ¿El relicario? No, era más pequeño… ¿Entonces, qué? ¡Vamos, contesta!
Ante el silencio, ante la expresión resuelta de Gilbert, comprendió que no obtendría respuesta. Con un gesto de amenaza articuló:
–Vas a hablar, buen mozo… Por vida de Lupin que te voy a hacer escupir la confesión. Pero por el momento se trata de salir pitando. Venga, ayúdame. Vamos a embarcar a Vaucheray…
Habían vuelto hacia la sala, y Gilbert estaba inclinándose sobre el herido, cuando Lupin lo detuvo:
–¡Escucha!
Intercambiaron una misma mirada de inquietud. Alguien hablaba en el office… Era una voz muy baja, extraña, muy lejana… Sin embargo, como pudieron comprobar en seguida, no había nadie en la pieza, nadie más que el muerto, cuya silueta oscura estaban viendo.
Y la voz volvió a hablar, sucesivamente aguda, ahogada, temblorosa, desigual, chillona, terrorífica. Pronunciaba palabras confusas, sílabas interrumpidas.
Lupin sintió que el cráneo se le cubría de sudor. ¿Qué voz era aquélla tan incoherente, tan misteriosa como una voz de ultratumba?
Se agachó hacia el criado. Calló la voz y luego volvió a comenzar.
–Alumbra mejor -dijo a Gilbert.
Temblaba un poco, agitado por un miedo nervioso que no lograba dominar, pues ahora no había duda posible: al levantar Gilbert la pantalla de la lámpara, comprobó que la voz salía del cadáver mismo, sin que el menor sobresalto moviera aquella masa inerte, sin que la boca sangrante tuviera un estremecimiento.
–Jefe, me está entrando canguelo -tartamudeó Gilbert.
De nuevo el mismo ruido, el mismo cuchicheo gangoso.
Lupin soltó una carcajada, y rápidamente agarró el cadáver y lo desplazó.
–¡Perfecto! – dijo, descubriendo un objeto de metal brillante-. ¡Perfecto! Ahora caigo… ¡Aunque la verdad es que me ha llevado mi tiempo!
Allí, en el mismo lugar que acababa de descubrir, estaba la trompetilla receptora de un teléfono, cuyo hilo subía hasta el aparato sujeto en la pared a la altura habitual.
Lupin aplicó el receptor a su oreja. Casi en seguida volvió a empezar el ruido, pero un ruido múltiple, compuesto de llamadas diversas, de interjecciones, de clamores entremezclados, el ruido que hacen varias personas cuando se interpelan.
–¿Está usted ahí?… Ya no contesta… Es horrible… Lo habrán matado… ¿Está usted ahí?… ¿Qué pasa?… Animo… El socorro está en camino…, agentes…, soldados…
–¡Maldita sea! – dijo Lupin, soltando el receptor.
La verdad se le aparecía en una visión espantosa. Al principio, y mientras se efectuaba la mudanza, Léonard, cuyas ligaduras no estaban bien prietas, había logrado enderezarse, descolgar el receptor, probablemente con los dientes, hasta hacerlo caer y pedir socorro a la central telefónica de Enghien.
Y esas eran las palabras que Lupin había sorprendido ya una vez, después de la salida de la primera barca: «¡Socorro!… ¡Al asesino! ¡Van a matarme!…»
Y ésta era la respuesta de la central telefónica. La policía se acercaba. Y Lupin recordaba los rumores percibidos en el jardín apenas cuatro o cinco minutos antes.
–¡La policía!… ¡Sálvese quien pueda! – profirió, precipitándose por el comedor.
Gilbert objetó:
–¿Y Vaucheray?
–Peor para él.
Pero Vaucheray, repuesto de su torpor, le suplicó al pasar:
–¡Jefe, no va usted a abandonarme así!
A pesar del peligro, Lupin se detuvo, y ya estaba levantando al herido con ayuda de Gilbert, cuando fuera se produjo un tumulto:
–¡Demasiado tarde! – dijo.
En ese momento unos golpes sacudieron la puerta del vestíbulo que daba a la fachada posterior. Corrió a la puerta de la escalinata: unos cuantos hombres habían dado ya la vuelta a la casa y se precipitaban hacia allí. Quizá hubiera conseguido adelantarse y alcanzar con Gilbert el borde del agua. Pero ¿cómo embarcarse y huir bajo el fuego del enemigo?
Cerro y echo el cerrojo.
–Estamos rodeados…, estamos copados -farfulló Gilbert
–Cállate -dijo Lupin.
–Pero nos han visto, jefe. Mírelos cómo están llamando.
–Cállate -repitió Lupin-. Ni una palabra… Ni un movimiento.
El permanecía impasible, con el rostro absolutamente tranquilo, con la actitud pensativa de quien dispone de todo el tiempo necesario para examinar una cuestión delicada bajo todos sus aspectos. Se encontraba en uno de esos instantes que él llamaba los minutos superiores de la vida, los únicos instantes que dan a la existencia su valor y su precio. En tales ocasiones, y fuera cual fuese la amenaza del peligro, siempre comenzaba por contar para sí y despacio: «Uno…, dos…, tres…, cuatro…, cinco…, seis…», hasta que el latido de su corazón volviera a hacerse normal y regular. Sólo entonces reflexionaba, ¡pero con qué agudeza!, ¡con qué formidable potencia!, ¡con qué profunda intuición de los acontecimientos posibles! Todos los datos del problema se le presentaban a la mente. Lo preveía todo, lo admitía todo. Y tomaba su resolución con toda la lógica y toda la certeza.
Después de unos treinta o cuarenta segundos, mientras golpeaban las puertas y forzaban las cerraduras con ganzúas, dijo a su compañero:
–Sígueme.
Entró al salón y empujó suavemente la hoja y la persiana de una ventana lateral. Había gente yendo y viniendo, lo cual hacía la fuga impracticable. Entonces se puso a gritar con todas sus fuerzas y con una voz sofocada:
–¡Por aquí!… ¡Auxilio!… ¡Aquí están!… ¡Por aquí!…
Apuntó su revólver y disparó dos veces entre las ramas de los árboles. Luego volvió hasta donde estaba Vaucheray, se inclinó sobre él y se embadurnó las manos y el rostro con la sangre de la herida. Por fin, volviéndose brutalmente contra Gilberto lo agarró por los hombros y lo derribó.
–¿Pero qué está haciendo, jefe? ¡Vaya una idea!
–Déjame hacer -silabeó Lupin con un tono imperioso-. Respondo de todo…, respondo de los dos… Déjame hacer… Yo os sacaré de la cárcel… Pero para eso tengo que estar libre.
La gente se movía y llamaba debajo de la ventana abierta.
–¡Por aquí! – gritaba él-. ¡Aquí están!… ¡Auxilio!
Y muy bajo, tranquilamente:
–Piénsalo bien… ¿Tienes algo que decirme?… Alguna información que pueda sernos útil…
Gilbert se debatía furioso, demasiado trastornado para comprender el plan de Lupin. Vaucheray, más perspicaz, y que además debido a su herida había perdido toda esperanza de huir, rió con sarcasmo:
–Déjale hacer, idiota… Lo que hace falta es que el jefe ponga pies en polvorosa… ¿No es eso lo esencial?
Bruscamente Lupin recordó el objeto que Gilbert se había guardado en el bolsillo después de habérselo quitado a Vaucheray. A su vez, quiso hacerse con él.
–¡Ah, eso jamás! – rechinó Gilbert, logrando liberarse.
Lupin lo tiró al suelo de nuevo. Pero súbitamente surgieron dos hombres en la ventana, Gilbert cedió, y, pasando el objeto a Lupin, que se lo guardó en el bolsillo sin mirarlo, murmuró:
–Cójalo, jefe, aquí está… Ya le explicaré… Puede estar seguro de que…
No le dio tiempo a acabar… Dos agentes, y otros cuantos que los seguían, y soldados que penetraban por todas las salidas, venían en ayuda de Lupin.
En seguida sujetaron a Gilbert y lo ataron sólidamente. Lupin se levantó. – p
–¡Menos mal! – dijo-. Este animal me ha dado bastante que hacer; he herido al otro, pero éste…
Rápidamente el comisario de policía le preguntó:
–¿Ha visto al criado? ¿Lo han matado?
–No sé -replicó.
–¿No sabe?
–¡Hombre! He venido de Enghien con todos ustedes al enterarme del crimen. Sólo que, mientras ustedes daban la vuelta a la casa por la izquierda, yo la daba por la derecha. Había una ventana abierta. Subí en el mismo momento en que estos dos bandidos querían bajar. Disparé contra éste -señaló a Vaucheray- y eché el guante a su compañero.
¿Cómo hubieran podido sospechar de él? Estaba cubierto de sangre. Era él quien entregaba a los asesinos del criado. Diez personas habían visto el desenlace del heroico combate librado por él.
* * *
Por lo demás el tumulto era demasiado grande para tomarse el trabajo de pensar o perder el tiempo concibiendo dudas. En medio de aquella primera confusión la gente del lugar había invadido el chalet. Todo el mundo perdía la cabeza. Corrían por todas partes, arriba, abajo, hasta en la bodega. Se interpelaban. Gritaban, y nadie pensaba en controlar las afirmaciones tan verosímiles de Lupin.
Sin embargo el descubrimiento del cadáver en el office devolvió al comisario el sentimiento de su responsabilidad. Dio órdenes en la reja para que nadie pudiera entrar ni salir. Luego, sin más pérdida de tiempo, examinó los lugares y comenzó la investigación.
Vaucheray dio su nombre. Gilbert se negó a dar el suyo, so pretexto de que sólo hablaría en presencia de un abogado. Pero, al acusarlo del crimen, denunció a Vaucheray, el cual se defendió atacándolo, y los dos peroraban a la vez, con el deseo evidente de acaparar la atención del comisario. Cuando éste se volvió hacia Lupin para invocar su testimonio, se dio cuenta de que el desconocido ya no estaba allí.
Sin ninguna desconfianza dijo a uno de sus agentes:
–Diga a ese señor que deseo hacerle algunas preguntas.
Buscaron al señor. Alguien lo había visto en la escalinata encendiendo un cigarrillo. Entonces se supo que había ofrecido cigarrillos a un grupo de soldados y que se había alejado hacia el lago, diciendo que lo llamaran en caso de necesidad.
Lo llamaron, nadie contestó.
Pero acudió un soldado. El señor acababa de subirse a una barca y remaba con fuerza.
El comisario miró a Gilbert y comprendió que se la habían jugado.
–¡Que lo detengan! – gritó-. ¡Que disparen contra él! Es un cómplice…
El mismo se lanzó, seguido de dos agentes, mientras los otros se quedaban con los cautivos. Desde la ribera, a un centenar de metros, divisó al señor, que en la sombra le hacía saludos con el sombrero.
Uno de los agentes descargó en vano su revólver.
La brisa trajo un ruido de palabras. El señor cantaba, sin dejar de remar:
Adelante, grumete, el viento te empuja…
Pero el comisario descubrió una barca atada al embarcadero de la propiedad vecina. Lograron franquear la valla que separaba los dos jardines y, después de ordenar a los soldados que vigilaran las orillas del lago y prendieran al fugitivo si intentaba recalar, el comisario y dos de sus hombres se pusieron a perseguirlo.
Era una cosa bastante fácil, pues, a la claridad intermitente de la luna, se podía distinguir sus evoluciones y darse cuenta de que intentaba atravesar el lago, torciendo sin embargo hacia la derecha, es decir, hacia el pueblo de Saint-Gratien.
Además el comisario comprobó en seguida que, con la ayuda de sus hombres y tal vez gracias a la ligereza de su embarcación, ganaba velocidad. En diez minutos recuperó la mitad del intervalo.
–Ya está -dijo-, ni siquiera necesitaremos a los soldados de infantería para impedirle atracar. Tengo muchas ganas de conocer a ese tipo. Lo que es cara no le falta.
Lo más raro era que la distancia disminuía en proporciones anormales, como si el fugitivo se hubiera desanimado al comprender la inutilidad de la lucha. Los agentes redoblaban sus esfuerzos. La barca se deslizaba por el agua con suma rapidez. Otros cien metros más como mucho, y alcanzarían al hombre.
–¡Alto! – ordenó el comisario.
El enemigo, cuya silueta acurrucada distinguían, no se movía. Los remos marchaban sin orden ni concierto. Y aquella inmovilidad tenía algo de inquietante. Un bandido de semejante calaña muy bien podía esperar a sus agresores, vender cara su vida, e incluso hundirlos a tiros antes de que pudieran alcanzarlo.
–¡Ríndete! – gritó el comisario.
La noche era oscura en aquel momento. Los tres hombres se abatieron al fondo del bote, pues les pareció haber sorprendido un gesto de amenaza.
La barca, llevada por su impulso, se acercaba a la otra.
El comisario gruñó:
–No vamos a dejarnos tirotear. Le dispararemos: ¿estáis listos?
Y gritó de nuevo:
–¡Ríndete, si no…!
Ninguna respuesta.
El enemigo no se movía.
–Ríndete… Tira las armas… ¿No quieres? Entonces peor para ti… Voy a contar hasta tres… Una… Dos…
Los agentes no esperaron la orden. Dispararon, y en seguida, curvándose sobre los remos, dieron a la barca un impulso tan vigoroso, que en unas brazadas alcanzó la meta.
Revólver en mano, atento al menor movimiento, el comisario vigilaba.
Extendió el brazo.
–Un movimiento, y te vuelo la cabeza.
Pero el enemigo no hizo ningún movimiento y, cuando tuvo lugar el abordaje y los dos hombres, soltando los remos, se prepararon para el temible asalto, el comisario comprendió la razón de aquella actitud pasiva: no había nadie en el bote. El enemigo había huido a nado, dejando en manos del vencedor cierto número de objetos robados, cuyo amontonamiento, coronado por una chaqueta y un bombín, podía en cualquier caso parecer en medio de las tinieblas la silueta confusa de un individuo.
A la luz de unas cerillas examinaron los despojos del enemigo. Dentro del sombrero no había grabada ninguna inicial. La chaqueta no contenía papeles ni cartera. Sin embargo hicieron un descubrimiento que daría al caso una repercusión considerable e influiría terriblemente en la suerte de Gilbert y Vaucheray: era una tarjeta que el fugitivo había olvidado en uno de los bolsillos, la tarjeta de Arsenio Lupin.
* * *
Casi en el mismo momento, mientras la policía, remolcando la nave capturada, proseguía con sus vagas búsquedas y, escalonados en la orilla, inactivos, los soldados abrían desmesuradamente los ojos para intentar ver las peripecias del combate naval, el susodicho Arsenio Lupin recalaba tranquilamente en el mismo lugar que había dejado dos horas antes.
Fue acogido por sus otros dos cómplices, Grognard y Le Ballu, les soltó unas explicaciones a toda prisa, se instaló en el automóvil entre los sillones y los bibelots del diputado Daubrecq, se envolvió en pieles y se dejó llevar por carreteras desiertas hasta su guardamuebles de Neuilly[4], donde dejó al chófer. Un taxi volvió a llevarlo a París y lo dejó cerca de Saint-Philippe-du-Roule.
No lejos de allí, en la calle Matignon, poseía, sin que lo supiera nadie de su banda excepto Gilbert, un entresuelo con salida privada.
No sin placer se cambió y se friccionó. Pues, pese a su robusta constitución, estaba helado. Como todas las noches al acostarse, vació sobre la chimenea el contenido de sus bolsillos. Sólo entonces, al lado de su cartera y de sus llaves, reparó en el objeto que Gilbert le había deslizado entre las manos en el último minuto.
Y se quedó muy sorprendido. Era un tapón de garrafa, un pequeño tapón de cristal como esos que se ponen en los frascos destinados a los licores. Y aquel tapón de cristal no tenía nada de particular. A lo sumo observó Lupin que la cabeza, de múltiples facetas, estaba dorada hasta la garganta central.
Pero, en realidad, ningún detalle le pareció capaz de llamar la atención.
«¿Y por este pedazo de cristal se interesaban tan tercamente Gilbert y Vaucheray? ¿Y por esto han matado al criado, se han pegado, han perdido el tiempo y se han arriesgado a la cárcel…, al juicio…, al cadalso? ¡Vamos, que tiene salero!»
Demasiado cansado para perder más tiempo examinando el caso, por más apasionante que le pareciera, dejó el tapón encima de la chimenea y se metió en la cama.
Tuvo pesadillas. De rodillas en las baldosas de sus celdas, Gilbert y Vaucheray tendían hacia él sus manos extraviadas y lanzaban unos aullidos espantosos:
–¡Socorro!… ¡Socorro! – gritaban.
Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no podía moverse. El mismo estaba atado por lazos invisibles. Y, temblando de arriba abajo, obsesionado por una visión monstruosa, asistió a los fúnebres preparativos, al aseo de los condenados, al drama siniestro.
–¡Caramba! – dijo, despertándose tras una serie de pesadillas-. ¡Pues no son poco impertinentes los presagios! ¡Menos mal que no solemos pecar de debilidad de ánimo, que si no…!
Y añadió:
–Además tenemos ahí al lado un talismán, que, a juzgar por la conducta de Gilbert y Vaucheray, bastará con la ayuda de Lupin para conjurar la mala suerte y hacer triunfar la buena causa. Vamos a ver ese tapón de cristal.
Se levantó para coger el objeto y estudiarlo más detenidamente. Dejó escapar un grito. El tapón de cristal había desaparecido…
II
Nueve menos ocho, uno
A pesar de mis buenas relaciones con Lupin y de la confianza de que me ha dado testimonios tan halagadores, hay una cosa en la que nunca he podido penetrar a fondo: la organización de su banda.
La existencia de la banda no ofrece duda alguna. Ciertas aventuras sólo pueden explicarse a través de la acción de innumerables sacrificios, energías irresistibles y poderosas complicidades, fuerzas todas ellas obedientes a una voluntad única y formidable. ¿Pero cómo se ejerce esa voluntad, a través de qué intermediarios y subórdenes? Lo ignoro. Lupin guarda su secreto, y los secretos que Lupin quiere guardar son, por así decir, impenetrables.
La única hipótesis que puedo avanzar es que la banda, a mi parecer muy restringida y por ello tanto más temible, se ve completada por la conjunción de unidades independientes, afiliados provisionales extraídos de todas las capas sociales y de todos los países, y que son los agentes ejecutivos de una autoridad que con frecuencia ni siquiera conocen. Entre ellos y el amo van y vienen los compañeros, los iniciados, los fieles, los que tienen los papeles principales bajo el mando directo de Lupin.
Gilbert y Vaucheray se encontraban evidentemente entre estos últimos. Por eso la justicia se mostró tan implacable con ellos. Por primera vez tenía cómplices de Lupin, cómplices confirmados, indiscutibles, ¡y tales cómplices habían cometido un crimen! De ser el crimen premeditado, de poder establecerse la acusación de asesinato sobre pruebas firmes, ello significaría el cadalso. Ahora bien, en cuanto a pruebas, al menos había una evidente: la llamada telefónica de Léonard unos minutos antes de su muerte: «Socorro, al asesino…, van a matarme.» Dos hombres habían oído aquella llamada desesperada, el empleado de servicio y uno de sus compañeros, los cuales lo atestiguaron categóricamente. A consecuencia de aquella llamada el comisario de policía, avisado inmediatamente, tomó el camino del chalet Marie-Thérese, escoltado por sus hombres y por un grupo de soldados que estaban de permiso.
Desde los primeros días Lupin tuvo noción exacta del peligro. La lucha tan violenta que había entablado contra la sociedad entraba en una fase nueva y terrible. La suerte cambiaba. Aquella vez se trataba de un asesinato, de un acto contra el que él mismo se rebelaba, y no ya de uno de esos robos divertidos en que, tras haber esquilmado a algún vividor advenedizo, o a algún financiero sospechoso, sabía poner a los reidores de su parte y ganarse la opinión pública. Esta vez ya no se trataba de atacar, sino de defenderse y de salvar la cabeza de sus dos compañeros.
Una breve nota que he copiado de una de sus libretas de apuntes, donde con bastante frecuencia expone y resume las situaciones embarazosas, nos muestra la secuencia de sus reflexiones:
«En primer lugar una certeza: Gilbert y Vaucheray se han burlado de mí. La expedición a Enghien, destinada en apariencia a robar en el chalet Marie-Thérese, tenía un objetivo oculto. Durante todas las operaciones estuvieron obsesionados por ese objetivo, y bajo los muebles, como en el fondo de los armarios, no buscaban más que una cosa y sólo ésa: el tapón de cristal. Así pues, si quiero ver claro en medio de las tinieblas, ante todo tengo que saber a qué atenerme a este respecto. No hay duda de que, por razones secretas, ese misterioso pedazo de cristal posee un valor inmenso a sus ojos… Y no solamente a sus ojos, puesto que esta noche alguien ha tenido la audacia y la habilidad de introducirse en mi aposento para robarme el objeto en cuestión.»
Aquel robo, cuya víctima era él, intrigaba singularmente a Lupin.
Dos problemas, igualmente insolubles, se planteaban en su ánimo. En primer lugar, ¿quién era el misterioso visitante? Sólo Gilbert, que gozaba de toda su confianza y le servía de secretario particular, conocía el retiro de la calle Matignon. Pero Gilbert estaba en la cárcel. ¿Había que suponer que Gilbert, traicionándolo, hubiera enviado a la policía a pisarle los talones? En tal caso, ¿cómo en lugar de arrestarlo a él, Lupin, se habían conformado con llevarse el tapón de cristal?
Pero había algo aún mucho más extraño. Admitiendo que hubieran podido forzar las puertas de su aposento -y eso no le quedaba más remedio que admitirlo, aunque ningún indicio lo probase-, ¿de qué manera habían logrado entrar en su habitación? Como todas las noches, y siguiendo una costumbre que no abandonaba jamás, había dado la vuelta la llave y echado el cerrojo. Sin embargo -hecho irrecusable- el tapón de cristal había desaparecido sin que ni la cerradura ni el cerrojo hubieran sido tocados. Y, aunque Lupin se preciara de tener fino el oído incluso durante el sueño, ¡no lo había despertado ningún ruido!
No buscó mucho. Conocía demasiado ese tipo de enigmas para esperar que pudieran aclararse de otro modo que por la secuencia de los acontecimientos. Pero, muy desconcertado y harto inquieto, cerró en seguida el entresuelo de la calle Matignon, jurándose que no volvería a poner los pies en él.
Y a continuación se ocupó de ponerse en contacto con Gilbert y Vaucheray.
Un nuevo desengaño le aguardaba por este lado. La justicia, aunque no pudo establecer sobre bases serias la complicidad de Lupin, decidió que la instrucción del caso se efectuaría no en Seine-et-Oise, sino en París, y se incorporaría a la instrucción general abierta contra Lupin. Asimismo, Gilbert y Vaucheray habían sido encerrados en la prisión de la Santé[5]. Ahora bien, en la Santé, como en el Palacio de Justicia, comprendían con tal nitidez que había que impedir toda comunicación entre Lupin y los detenidos, que el prefecto de policía había dispuesto un cúmulo de precauciones minuciosas, minuciosamente observadas por los más insignificantes subalternos. Día y noche agentes a toda prueba, y siempre los mismos, guardaban a Gilbert y Vaucheray y no los perdían de vista.
Lupin, que por aquella época aún no había sido promovido -honor de su carrera- al puesto de jefe de la Seguridad[6], y que por consiguiente no pudo tomar en el Palacio de Justicia las medidas necesarias para la ejecución de sus planes, Lupin, después de quince días de infructuosas tentativas, tuvo que darse por vencido. Lo hizo con rabia en el corazón y una inquietud creciente.
«Lo más difícil en cualquier asunto -se decía- con frecuencia no es terminar, sino empezar. En el que me ocupa, ¿por dónde empezar? ¿Qué camino seguir?»
Se volvió hacia el diputado Daubrecq, el primer poseedor del tapón de cristal, y que probablemente debía de conocer su importancia. Por otra parte, ¿cómo es que Gilbert estaba al corriente de los actos y movimientos del diputado Daubrecq? ¿Cuáles habían sido sus medios de vigilancia? ¿Quién le había informado acerca del lugar en que Daubrecq pasaría la velada de aquel día? Otras tantas cuestiones interesantes que resolver.
A raíz del robo del chalet Marie-Thérese, Daubrecq se había retirado a sus cuarteles de invierno en París y ocupaba su hotel particular, a la izquierda de la pequeña glorieta Lamartine, que se abre al final de la avenida Victor Hugo.
Lupin, previamente camuflado bajo el aspecto de un viejo rentista que se dedica a callejear bastón en mano, se instaló por aquellos parajes, en los bancos de la glorieta y de la avenida.
Un descubrimiento le chocó desde el primer día. Dos hombres vestidos de obreros, pero cuya catadura indicaba a las claras su oficio, vigilaban el hotel del diputado. Cuando Daubrecq salía, ellos se ponían a seguirlo y volvían tras él. Por la noche, tan pronto como las luces se apagaban, se marchaban.
A su vez, Lupin les siguió la pista. Eran agentes de la Seguridad.
«Vaya, vaya -se dijo-. Mira por dónde nunca faltan imprevistos. ¿Así que Daubrecq resulta sospechoso?»
Pero el cuarto día, a la caída de la tarde, se acercaron a los dos hombres otros seis personajes, que mantuvieron con ellos una charla en el lugar más oscuro de la glorieta Lamartine. Y, entre aquellos nuevos personajes, Lupin se quedó muy sorprendido al reconocer por su estatura y sus maneras al famoso Prasville, ex abogado, ex deportista, ex explorador, actualmente favorito del Elíseo, y que por razones misteriosas había sido colocado como secretario general de la Prefectura.
Y bruscamente Lupin se acordó: dos años atrás, en la plaza del Palais-Bourbon, había tenido lugar una riña resonante entre Prasville y el diputado Daubrecq. Se ignoraba la causa. Aquel mismo día Prasville le enviaba sus padrinos. Daubrecq se negó a batirse.
Poco tiempo después Prasville era nombrado secretario general.
«Raro…, muy raro», se dijo Lupin, que quedó pensativo sin dejar de observar los manejos de Prasville.
A las siete el grupo de Prasville se alejó un poco hacia la avenida Henri-Martin. La puerta de un jardincito que flanqueaba el hotel por la derecha dio paso a Daubrecq. Los dos agentes le siguieron los pasos y, como él, tomaron el tranvía de la calle Taitbout.
Inmediatamente Prasville atravesó la glorieta y llamó. La reja unía el hotel con el pabellón de la portera. Esta vino a abrir. Hubo un rápido conciliábulo, tras el cual fueron introducidos Prasville y sus compañeros.
«Visita domiciliaria, secreta e ilegal -se dijo Lupin-. En estricta cortesía hubieran debido convocarme a mí también. Mi presencia es indispensable.»
Sin la menor vacilación se dirigió al hotel, cuya puerta no estaba cerrada, y pasando ante la portera, que vigilaba los alrededores, dijo con el tono apresurado de alguien a quien están esperando:
–¿Están ya ahí esos señores?
–Sí, en el despacho.
Su plan era simple: si lo encontraban, se presentaría como abastecedor. Pretexto inútil. Tras haber franqueado un vestíbulo desierto, pudo entrar en el comedor, donde no había nadie, pero desde donde divisó a Prasville y a sus cinco compañeros, a través de los cristales de una vidriera que separaba el comedor del despacho.
Prasville, valiéndose de llaves falsas, estaba forzando todos los cajones. Luego compulsó todos los papeles, mientras sus cuatro compañeros sacaban de la biblioteca cada uno de los volúmenes, sacudiendo las páginas y registrando el interior de las encuademaciones.
«Decididamente -se dijo Lupin- están buscando un papel…, billetes de banco quizá…»
Prasville exclamó: -¡Qué tontería! No encontramos nada…
Pero sin duda no renunciaba a encontrarlo, pues de pronto cogió los cuatro frascos de una licorera antigua, quitó los cuatro tapones y los examinó.
«¡Vaya, hombre! – pensó Lupin-. ¡Ahora resulta que también él es aficionado a los tapones de garrafa! ¿Entonces no se trata de un papel? Verdaderamente ya no entiendo nada.»
A continuación Prasville levantó y observó diversos objetos, y dijo:
–¿Cuántas veces habéis venido aquí?
–Seis veces el invierno pasado -le respondieron.
–¿Y lo visitasteis a fondo?
–Pieza por pieza y durante días enteros, puesto que estaba de gira electoral.
–Sin embargo…, sin embargo…
Y prosiguió:
–¿Así que de momento no tiene criado?
–No, está buscando uno. Come en el restaurante, y la portera le hace la limpieza como puede. Esa mujer es completamente nuestra…
Durante cerca de hora y media Prasville se obstinó en sus investigaciones, desordenando y tocando todos los bibelots[7], pero teniendo buen cuidado de volver a dejarlos en el sitio exacto que ocupaban. A las nueve irrumpieron los dos agentes que habían seguido a Daubrecq:
–¡Ya vuelve!
–¿A pie?
–A pie.
–¿Nos da tiempo?
–Sí, sí.
Sin apresurarse demasiado, Prasville y los hombres de la Prefectura, tras haber echado a la habitación un último vistazo y haberse asegurado de que nada traicionaba su visita, se retiraron.
La situación se estaba haciendo crítica para Lupin. Yéndose, se arriesgaba a toparse con Daubrecq; quedándose, a no poder salir. Pero, tras comprobar que las ventanas del comedor le ofrecían una salida directa a la glorieta, resolvió quedarse.
Además la ocasión de ver a Daubrecq un poco más de cerca era demasiado buena como para desperdiciarla y, puesto que Daubrecq acababa de cenar, era poco probable que entrase en aquella sala.
Así que esperó, presto a esconderse detrás de una cortina de terciopelo que podía correrse sobre la vidriera en caso de necesidad.
Oyó el ruido de las puertas. Alguien entró en el despacho y encendió la luz eléctrica. Reconoció a Daubrecq.
Era un hombre grueso, rechoncho, corto de cuello, casi calvo, con una sotabarba gris, y llevaba siempre -pues tenía la vista muy cansada- un binóculo de cristales negros por encima de las gafas.
Lupin notó la energía del rostro, el mentón cuadrado, la prominencia de los huesos. Sus puños eran velludos y macizos, las piernas torcidas, y andaba con la espalda encorvada, apoyándose alternativamente en una y otra cadera, lo que le daba en cierto modo el aspecto de un cuadrumano. Pero una frente enorme, atormentada, surcada de vallecillos, erizada de protuberancias, coronaba su cara.
El conjunto tenía algo de bestial, repugnante, salvaje. Lupin recordó que en la Cámara lo llamaban «el hombre de los bosques», y lo llamaban así no sólo porque se mantenía al margen y apenas se trataba con sus colegas, sino también por su aspecto mismo, sus modales, su forma de andar, su poderosa musculatura.
Se sentó ante la mesa, sacó del bolsillo una pipa de espuma, escogió entre diversos paquetes de tabaco que estaban secándose en un jarrón un paquete de Maryland, rompió el precinto, llenó la pipa y la encendió. Luego se puso a escribir cartas.
Al cabo de un momento suspendió su trabajo y se quedó pensativo, con la atención fija en un punto de la mesa.
De pronto tomó una cajita de sellos y la examinó. A continuación verificó la posición de ciertos objetos que Prasville había tocado y vuelto a colocar, y los escrutaba con los ojos, los palpaba con ía mano, se inclinaba sobre ellos, como si ciertas señales, sólo por él conocidas, pudieran informarle al respecto.
Finalmente, tomó la perilla de un timbre eléctrico y oprimió el botón.
Un minuto después se presentaba la portera.
El le dijo:
–¿Han venido, no es así?
Y, ante la vacilación de la mujer, insistió:
–Vamos a ver, Clémence, ¿ha abierto usted esta cajita de sellos?
–No, señor.
–Bueno, pues yo había cerrado la tapa con una tirita de papel engomado. Alguien ha roto la tira.
–Sin embargo puedo asegurarle… -comenzó la mujer.
–¿Pero qué necesidad hay de mentir -dijo-, si yo mismo le he dicho que se preste a todas esas visitas?
–Es que…
–Es que le gusta a usted comer a dos carrillos… ¡De acuerdo!
Le tendió un billete de cincuenta francos y repitió:
–¿Han venido?
–Sí, señor.
–¿Los mismos que en primavera?
–Sí, los cinco… con otro… que los mandaba.
–¿Uno alto?… ¿Moreno?…
–Sí.
Lupin vio cómo la mandíbula de Daubrecq se contraía, y Daubrecq prosiguió:
–¿Eso es todo?
–Después ha venido otro, que se ha reunido con ellos…, y luego, poco después, otros dos, los dos que ordinariamente montan guardia ante el hotel.
–¿Se han quedado en este despacho?
–Sí, señor.
–¿Y se han marchado cuando, yo llegaba? ¿Unos minutos antes tal vez?
–Sí, señor.
–Está bien.
La mujer se fue. Daubrecq volvió a su correspondencia. Luego, alargando el brazo, escribió unos signos en un cuaderno de papel blanco que se hallaba en el extremo de la mesa, y a continuación lo puso de pie como si no quisiera perderlo de vista.
Eran cifras. Lupin pudo leer esta fórmula de sustracción:
9 – 8 = 1
Y Daubrecq articulaba entre dientes estas sílabas con aire atento.
–No cabe la menor duda -dijo en alta voz.
Escribió otra carta, muy breve, y en el sobre puso una dirección que Lupin pudo descifrar cuando la carta fue colocada al lado del cuaderno de papel:
«Señor Prasville, secretario general de la Prefectura.»
Luego volvió a tocar el timbre.
–Clémence -dijo a la portera-, ¿fue usted de joven a la escuela?
–¡Pues claro que sí, señor!
–¿Y le enseñaron a hacer cuentas?
–Pero, señor…
–Es que en cuestión de resta no está usted muy fuerte.
–¿Por qué?
–Porque ignora usted que nueve menos ocho es igual a uno, y esto, fíjese usted, es de una importancia capital. No hay existencia posible si ignora usted esta verdad primordial.
Y hablando así, se levantó y dio la vuelta a la habitación, las manos a la espalda, balanceándose sobre las caderas. Lo hizo una vez más. Luego, deteniéndose ante el comedor, abrió la puerta:
–Además el problema puede enunciarse de otro modo -dijo-. Si de nueve quitamos ocho, queda uno. Y el que queda está aquí, ¿no? La operación está bien hecha, y este caballero nos da una prueba deslumbrante de ello, ¿verdad?
Daba palmaditas a la cortina de terciopelo, en cuyos pliegues Lupin se había envuelto rápidamente.
–De verdad, caballero, ¿no se ahoga usted ahí debajo? Sin contar con que hubiera podido entretenerme atravesando la cortina a cuchilladas… Recuerde usted el delirio de Hamlet y la muerte de Polonio[8]… «Os digo que es un ratón, y un ratón bien gordo…» Hala, señor Polonio, salga usted de su agujero.
Era una de esas situaciones a las que Lupin no estaba acostumbrado y que detestaba. Pescar a otros en la trampa y tomarles el pelo lo admitía, pero no que se guasearan de él y se carcajearan a sus expensas. ¿Pero podía replicar?
–Un poco pálido, señor Polonio… ¡Vaya, pero si es el buen burgués que está de plantón en la plazoleta desde hace unos días! ¿De la policía también, señor Polonio? Vamos, repóngase, no tengo intención de hacerle ningún mal… Pero ya ve usted, Clémence, la exactitud de mi cálculo. Según usted, entraron aquí nueve soplones. Yo, al volver, conté de lejos por la avenida una banda de ocho. Nueve menos ocho, uno, el que evidentemente se había quedado aquí de observación. Ecce Homo[9].
–¿Y qué más? – dijo Lupin, que tenía unas ganas locas de saltar sobre aquel personaje y reducirlo al silencio.
–¿Qué más? Pues nada, hombre, nada. ¿Qué más quiere usted? La comedia ha terminado. Sólo voy a pedirle que lleve a su amo, el señor Prasville, esta pequeña misiva que acabo de escribirle. Clémence, enseñe el camino al señor Polonio. Y si vuelve a presentarse alguna vez, ábrale usted las puertas de par en par. Está usted en su casa, señor Polonio. Servidor de usted…
Lupin vaciló. Hubiera querido salir con arrogancia y lanzarle una frase de despedida, una palabra ingeniosa final, como se lanza en el teatro desde el fondo de la escena para proporcionarse un bonito mutis y desaparecer al menos con los honores de la guerra. Pero su derrota era tan lastimosa que no encontró nada mejor que hundirse de un puñetazo el sombrero en la cabeza y seguir a la portera taconeando fuerte. Era una venganza pobre.
–¡Maldito bribón! – gritó en cuanto estuvo fuera y volviéndose hacia las ventanas de Daubrecq-. ¡Miserable! ¡Canalla! ¡Diputado! ¡Esta me la vas a pagar!… ¡Ah, el señor se permite…! ¡Ah, el señor tiene la cara…! Pues bien, señor, te juro por todos los santos que un día u otro…
Echaba espumarajos de rabia, tanto más cuanto que en el fondo de sí mismo reconocía la fuerza de aquel nuevo enemigo, y no podía negar la maestría desplegada en aquel asunto.
La flema de Daubrecq, la seguridad con que se la había jugado a los funcionarios de la Prefectura, el desprecio con que se prestaba a que visitasen su apartamento, y por encima de todo su admirable sangre fría, su desenvoltura y la impertinencia de su conducta frente al noveno personaje que lo espiaba, todo ello denotaba un hombre de carácter, poderoso, equilibrado, lúcido, audaz, seguro de sí y de las cartas que tenía en su mano.
¿Pero qué cartas eran ésas? ¿A qué estaba jugando? ¿Quién iba ganando? ¿Hasta qué punto estaban comprometidos unos y otros? Lupin lo ignoraba. Sin saber nada, con la cabeza baja se lanzaba a lo más recio de la batalla, entre dos adversarios violentamente comprometidos, cuya posición, armas, recursos y planes secretos desconocía. ¡Porque, en fin, no podía admitir que el objetivo de tantos esfuerzos fuera la posesión de un tapón de cristal!
Una sola cosa le regocijaba: Daubrecq no lo había desenmascarado. Daubrecq lo creía un paniaguado de la policía. Ni Daubrecq ni por consiguiente la policía sospechaban la intrusión de un tercer ladrón en el asunto. Era su único triunfo, triunfo que le daba una libertad de acción a la que él concedía una importancia extrema.
Sin más pérdida de tiempo abrió la carta que Daubrecq le había entregado para el secretario general de la Prefectura. Contenía estas pocas líneas:
¡Al alcance de tu mano, mi buen Prasville! ¡Lo has tocado! Un poco más, y ya estaba…, pero eres demasiado tonto. Y pensar que no han encontrado a nadie mejor que tú para hacerme morder el polvo. ¡Pobre Francia! Hasta la vista, Prasville. Pero si te pillo con las manos en la masa, peor para ti: dispararé.
Firmado: DAUBRECQ.
«Al alcance de la mano… -se repetía Lupin después de haber leído-. Este truhán quizá dice la verdad. Los escondrijos más elementales son los más seguros. No obstante, no obstante, habrá que ver eso… Y habrá que ver también por qué el Daubrecq ese está siendo objeto de una vigilancia tan estrecha, y documentarse un poco sobre el individuo.»
Las informaciones que Lupin había podido conseguir en una agencia especial se resumían así:
Alexis Daubrecq, diputado de Bouches-du-Rhóne desde hace dos años, escaño entre los independientes; opiniones bastante mal definidas, pero situación electoral muy sólida gracias a las enormes sumas que gasta en su candidatura. Ninguna fortuna. Sin embargo, hotel en París, chalet en Enghien y en Niza, grandes pérdidas en el juego, sin que se sepa de dónde le viene el dinero. Muy influyente, obtiene lo que quiere, aunque no frecuenta los ministerios, y no parece tener amistades ni relaciones en los medios políticos.
«Ficha comercial -se dijo Lupin, releyendo la nota-. Lo que me haría falta sería una ficha íntima, una ficha policial, que me diese informes sobre la vida privada del señor y me permitiese maniobrar con más comodidad en estas tinieblas y saber si no estoy liándome al ocuparme del tal Daubrecq. ¡Porque el tiempo corre, qué caramba!»
Uno de los apartamentos que Lupin habitaba por aquella época, y donde iba con más frecuencia, estaba situado en la calle Chateaubriand, cerca del Arco de Triunfo. Tenía una instalación bastante confortable y un criado, Achule, que era totalmente incondicional suyo, y cuyo trabajo consistía en centralizar las comunicaciones telefónicas que dirigían a Lupin sus confidentes.
Al entrar en casa, Lupin se enteró con gran sorpresa de que le esperaba una dependienta desde hacía una hora por lo menos.
–¿Cómo? ¡Pero si nadie viene nunca a verme aquí! ¿Es joven?
–No…, no creo.
–¡No crees!
–Lleva una mantilla a la cabeza en lugar de sombrero, y no se le ve la cara… Es más bien una empleada.,., una tendera nada elegante…
–¿Por quién ha preguntado?
–Por el señor Michel Beaumont -respondió el criado.
–Qué raro. ¿Y qué quería?
–Me ha dicho simplemente que era algo que tenía que ver con el asunto de Enghien… Así que he creído…
–¿Eh? ¡El asunto de Enghien! ¡De modo que sabe que estoy metido en ese asunto!… De modo que sabe que dirigiéndose aquí…
–No he podido sacarle nada, pero creí que a pesar de todo había que recibirla.
–Has hecho bien. ¿Dónde está?
–En el salón. He encendido.
Lupin atravesó vivamente la antecámara y abrió la puerta del salón.
–¿Qué me estás contando? – dijo a su criado-. Aquí no hay nadie.
–¿Nadie? – dijo Achule lanzándose hacia allí.
En efecto, el salón estaba vacío.
–¡Pero si no es posible! ¡Esto pasa de castaño oscuro! – gritó el criado-. No hace ni veinte minutos que he vuelto a mirar por precaución. Estaba aquí. Y no estoy con la berza.
–Vamos a ver, vamos a ver -dijo Lupin con irritación-. ¿Dónde estabas tú mientras esperaba esa mujer?
–En el vestíbulo, jefe. ¡No he dejado el vestíbulo ni un segundo! ¡Habría tenido que verla salir por narices!
–Sin embargo no está aquí…
–Desde luego…, desde luego… -gimió el criado, alelado-. Habrá perdido la paciencia, y se ha ido. ¡Pero me gustaría saber por dónde, leñe!
–¿Por dónde? – dijo Lupin-. No hace falta ser brujo para saberlo.
–¿Cómo?
–Por la ventana. Mira, todavía está entreabierta…, estamos en el bajo…, la calle está casi siempre desierta…, es de noche…, no cabe la menor duda.
Miraba en torno suyo para cerciorarse de que no había desordenado ni se había llevado nada. Por lo demás, en aquella habitación no había ningún bibelot precioso, ningún papel importante que pudiera explicar la visita y luego la desaparición súbita de la mujer. Y sin embargo, ¿por qué aquella huida inexplicable?…
–¿No ha habido hoy ninguna llamada telefónica? – preguntó.
–No.
–¿Ninguna carta esta tarde?
–Sí, una en el último correo.
–Dámela.
–La he dejado como de costumbre encima de la chimenea del señor.
La habitación de Lupin estaba contigua al salón, pero Lupin había condenado la puerta que comunicaba las dos piezas. Había que volver a pasar, pues, por el vestíbulo.
Lupin encendió la luz y al cabo de un instante declaró:
–No la veo…
–Sí…, la he puesto al lado de la copa.
–Aquí no hay nada.
–No habrá mirado bien el señor.
Pero por más que Achille desplazó la copa, levantó el reloj, se agachó…, la carta no estaba allí.
–¡Ah, me cago en…! – murmuró-. Ha sido ella…, ella la ha robado…, y en cuanto ha tenido la carta se ha largado… ¡Ah, la lagarta…!
Lupin objetó:
–¡Estás loco! ¡Si no hay comunicación entre las dos habitaciones!
–¿Entonces qué quiere usted que sea, jefe?
Se callaron los dos. Lupin se esforzaba por contener su cólera y poner en orden sus ideas.
Preguntó: -¿Has examinado la carta?
–¡Sí!
–¿No tenía nada de particular?
–Nada. Un sobre cualquiera con una dirección a lápiz.
–Ah… ¿a lápiz?
–Sí, y como escrita con prisa, garrapateada más bien.
–¿Te has quedado con la dirección? – preguntó Lupin con cierta angustia.
–Me he quedado con ella porque me ha parecido rara…
–¡Habla! ¡Vamos, habla de una vez!
–«Señor de Beaumont Michel.»
Lupin sacudió vivamente a su criado.
–¿Había un «de» antes de Beaumont? ¿Estás seguro? ¿Y «Michel» venía después de Beaumont?
–Absolutamente seguro.
–¡Ah! – murmuró Lupin con voz ahogada-. ¡Era una carta de Gilbert!
Se quedó inmóvil, un poco pálido y con la cara contraída. ¡No había duda, era una carta de Gilbert! Era la dirección que, por orden suya y desde hacía muchos años, empleaba siempre Gilbert para su correspondencia con él. Después de haber logrado hallar desde el fondo de su prisión -¡y tras qué espera!, ¡a costa de qué ardides!-, después de haber logrado hallar el medio de echar una carta al correo, Gilbert había escrito precipitadamente aquella carta. ¡Y mira por dónde la interceptaban! ¿Qué contenía? ¿Qué instrucciones daba el desgraciado prisionero? ¿Qué socorro imploraba? ¿Qué estratagema proponía?
Lupin examinó la habitación, en la que, al contrario que en el salón, había papeles importantes. Pero, no habiendo ninguna cerradura fracturada, era preciso admitir que la mujer no había tenido otro objetivo que apoderarse de la carta de Gilbert. Esforzándose por mantenerse en calma, prosiguió:
–¿Ha llegado la carta mientras la mujer estaba aquí?
–Al mismo tiempo. La portera tocaba el timbre en ese mismo momento.
–¿Ha podido ella ver el sobre?
–Sí.
La conclusión, pues, se sacaba por sí sola. Quedaba por saber cómo había podido efectuar el robo la visitante. ¿Deslizándose por el exterior de una ventana a otra? Imposible: Lupin encontró cerrada la ventana de su habitación. ¿Abriendo la puerta de comunicación? Imposible: Lupin la encontró candada, atrancada con los dos cerrojos exteriores.
Sin embargo nadie pasa a través de una pared por una simple operación de la voluntad. Para entrar y salir de algún sitio hace falta una salida y, como el hecho se había realizado en el espacio de unos pocos minutos, era preciso que en aquella ocasión la salida fuera anterior, que estuviera ya practicada en la pared y desde luego que la mujer la conociera. Tal hipótesis simplificaba la búsqueda y la concentraba en la puerta, pues la pared, completamente desnuda, sin armarios, sin chimenea, sin colgaduras, no podía disimular ningún pasadizo.
Lupin volvió al salón y se puso a estudiar la puerta. Pero inmediatamente se estremeció. Al primer vistazo se dio cuenta de que abajo, a la izquierda, uno de los seis pequeños paneles situados entre las barras transversales de la puerta no ocupaba su posición normal y la luz no le caía a plomo. Se inclinó y descubrió dos clavillos de hierro que sostenían el panel a la manera de una tabla de madera detrás de un marco. No tuvo más que separarlos. El panel se soltó.
Achille lanzó un grito de estupefacción. Pero Lupin objetó:
–¿Y qué? ¿Hemos avanzado algo? Esto no es más que un rectángulo vacío de unos quince o dieciocho centímetros de ancho por cuarenta de alto. ¡No vas a pretender que esa mujer ha podido deslizarse por un orificio que ya sería muy estrecho para un niño de diez años, por delgado que fuese!
–No, pero ha podido pasar el brazo y descorrer el cerrojo.
–El cerrojo de abajo sí -dijo Lupin-. Pero el cerrojo de arriba no, la distancia es excesivamente grande. Inténtalo y verás.
Achille, en efecto, tuvo que renunciar a ello.
–¿Entonces? – dijo.
Lupin no respondió. Permaneció largo tiempo reflexionando.
Luego, de pronto, ordenó:
–Mi sombrero…, mi abrigo…
Se daba prisa, impulsado por una idea imperiosa. Fuera, se lanzó a un taxi.
Calle Matignon, y rápido…
Nada más llegar ante la entrada del apartamento en que le habían quitado el tapón de cristal, saltó del coche, abrió su entrada particular, subió al piso, corrió al salón, encendió y se puso en cuclillas ante la puerta que comunicaba con su habitación.
Había adivinado. Uno de los pequeños paneles se soltó igualmente.
Y lo mismo que en la otra morada de la calle Chateaubriand, el orificio, suficiente para pasar el brazo y el hombro, no permitía descorrer el cerrojo superior.
–¡Mal rayo me parta! – exclamó, incapaz de dominar por más tiempo la rabia que hervía dentro de él desde hacía dos horas-. ¡Por todos los diablos del infierno! ¿Es que no voy a acabar con esta historia?
De hecho una mala suerte increíble se encarnizaba con él y lo reducía a andar tanteando al azar, sin que nunca le fuese posible utilizar los elementos de éxito que su obstinación o la fuerza misma de las cosas le ponían en sus manos. Gilbert le confiaba el tapón de cristal. Gilbert le enviaba una carta. Todo desaparecía en el mismo instante.
Y ya no se trataba, como había podido creer hasta ahora, de una serie de circunstancias fortuitas, independientes las unas de las otras. No. Era manifiestamente el efecto de una voluntad adversa que perseguía un objetivo definido con una habilidad prodigiosa y una destreza inconcebible, que lo atacaba a él, Lupin, en el fondo mismo de sus reductos más seguros, y lo desconcertaba con golpes tan rudos y tan imprevistos, que ni siquiera sabía de quién tenía que defenderse. Nunca hasta entonces en el curso de sus aventuras había chocado con semejantes obstáculos.
Y en el fondo de sí mismo crecía poco a poco un miedo obsesivo al futuro. Una fecha brillaba ante sus ojos, la fecha terrible que inconscientemente asignaba a la justicia para ejecutar su obra de venganza, la fecha en que, una mañana de abril, subirían al cadalso dos hombres que habían andado a su lado, dos compañeros que sufrirían el espantoso castigo.
III
La vida privada de Alexis Daubrecq
Al volver a casa después de comer, el día que siguió al de la exploración de su domicilio por la policía, el diputado Daubrecq fue detenido por Clémence, su portera. Esta había logrado encontrar una cocinera en quien se podía tener toda confianza.
La cocinera, que se presentó unos minutos más tarde, exhibió certificados de primer orden, firmados por personas a las que era fácil pedir información. Muy activa, aunque de cierta edad, aceptaba ocuparse ella sola de la limpieza de la casa sin ayuda de ningún criado, condición impuesta por Daubrecq, que prefería reducir las posibilidades de ser espiado.
Por último, como ella estaba colocada en casa de un miembro del Parlamento, el conde Saulevat, Daubrecq telefoneó inmediatamente a su colega. El intendente del conde Saulevat dio de ella informes inmejorables. Fue contratada.
En cuanto trajo su equipaje se puso a trabajar, estuvo limpiando todo el día y preparó la cena.
Daubrecq cenó y salió.
Hacia las once, cuando ya estaba acostada la portera, entreabrió con precaución la reja del jardín. Un hombre se acercó.
–¿Eres tú? – dijo ella.
–Sí, soy yo, Lupin.
Lo condujo a la habitación que ocupaba en el tercer piso sobre el jardín, y en seguida empezó a lamentarse:
–¡Otra vez trucos, y siempre trucos! ¿Es que no puedes dejarme tranquila en lugar de emplearme en montones de trabajos?
–Qué quieres, mi buena Victoire[10]: cuando me hace falta una persona de apariencia respetable y de costumbres intachables, pienso en ti. Deberías sentirte halagada.
–¡Es así como te conmueves! – gimió-. Me arrojas una vez más en la boca del lobo y encima te cachondeas.
–¿A qué te arriesgas?
–¡Cómo que a qué me arriesgo! Todos los certificados son falsos.
–Los certificados son siempre falsos.
–¿Y si se entera el señor Daubrecq? ¿Y si se informa?
–Ya se ha informado.
–¿Eeeh? ¿Qué estás diciendo?
–Ha telefoneado al intendente del conde Saulevat, en cuya casa se supone que has tenido el honor de trabajar.
–Lo ves, estoy perdida.
–El intendente del conde se ha hecho lenguas de ti.
–Pero si no me conoce.
–Pero yo a él sí. Fui yo quien lo coloqué en casa del conde Saulevat. Entonces, comprendes…
Victoire pareció un poco más calmada.
–¡En fin! Sea lo que Dios quiera… o más bien lo que quieras tú. ¿Y cuál es mi papel en todo esto?
–En primer lugar, dejarme dormir aquí. En otro tiempo me alimentaste con tu leche. Bien puedes ofrecerme la mitad de tu habitación. Dormiré en el sillón.
–¿Y después?
–¿Después? Facilitarme los alimentos necesarios.
–¿Y después?
–¿Después? Emprender de acuerdo conmigo y bajo mi dirección una serie de búsquedas que tienen por objeto…
–¿Que tienen por objeto…?
–…el descubrimiento del objeto precioso de que ya te he hablado.
–¿Qué?
–Un tapón de cristal.
–Un tapón de cristal… ¡Jesús, María y José! ¡Vaya oficio! ¿Y si no aparece tu maldito tapón?
Lupin la cogió suavemente del brazo, y con voz grave:
–Si no aparece, Gilbert, el pequeño Gilbert que tú conoces y a quien tanto quieres, tiene muchas probabilidades de quedarse sin cabeza, lo mismo que Vaucheray.
–Vaucheray me da igual… ¡Un canalla como él! Pero Gilbert…
–¿Has leído los periódicos esta noche? El caso está tomando cada vez peor cariz. Vaucheray, como es natural, acusa a Gilbert de haber herido al criado, y da la casualidad de que el cuchillo de que se sirvió Vaucheray pertenece a Gilbert. Han tenido la prueba esta mañana. A lo que Gilbert, que es inteligente pero que no tiene bastantes agallas, farfulló y se metió a contar historias y mentiras que acabarán por perderlo. Hasta aquí hemos llegado. ¿Quieres ayudarme?
A medianoche volvió el diputado.
Desde entonces, y durante varios días, Lupin ajustó su vida a la de Daubrecq. En cuanto éste dejaba el hotel, Lupin comenzaba sus investigaciones.
Las prosiguió con método, dividiendo cada una de las habitaciones en sectores que no abandonaba hasta haber interrogado los más pequeños escondrijos y, por decirlo así, agotado todas las combinaciones posibles.
También Victoire buscaba. Y nada quedaba olvidado. Patas de mesa, barrotes de silla, tablas de parquet, molduras, marcos de espejos o de cuadros, relojes, zócalos de estatuillas, dobladillos de cortinas, aparatos telefónicos o eléctricos, pasaban revista a todo cuanto una imaginación ingeniosa hubiera podido escoger como escondite.
Y también vigilaban los más pequeños actos del diputado, sus gestos más inconscientes, sus miradas, los libros que leía, las cartas que escribía.
Era cosa fácil; parecía vivir a la luz del día. Nunca había una puerta cerrada. No recibía ninguna visita. Y su existencia funcionaba con una regularidad de mecanismo. Por la tarde iba a la Cámara, por la noche al Círculo.
–Sin embargo -decía Lupin-, en todo esto tiene que haber algo que no es católico.
–Te digo que no hay nada -gemía Victoire-. Estás perdiendo el tiempo y van a acabar pillándonos.
La presencia de los agentes de la Seguridad[11] y sus idas y venidas bajo las ventanas la volvían loca. No podía admitir que estuvieran allí por otra razón que para cogerla a ella, Victoire, en la trampa. Y cada vez que iba al mercado se sorprendía enormemente de que ninguno de aquellos hombres le pusiera la mano en el hombro.
Un día volvió trastornada. La cesta de la compra temblaba en su brazo.
–Y bien, ¿qué pasa, mi buena Victoire? – le dijo Lupin-. Estás verde.
–Verde, ¿eh?… Hay para estarlo…
Tuvo que sentarse, y sólo tras muchos esfuerzos consiguió tartamudear:
–Un individuo…, un individuo me ha abordado… en la frutería…
–¡Caramba! ¿Quería raptarte?
–No… Me ha entregado una carta…
–¿Y te quejas? ¡Una declaración de amor, claro!
–No… «Es para su jefe», me ha dicho. Digo: «¿Mi jefe?» «Sí, para "el señor que vive en su habitación".»
–¿Eeeh?
Esta vez Lupin se sobresaltó.
–Dame eso -dijo, arrancándole el sobre.
El sobre no llevaba ninguna dirección.
Pero en el interior había otro, y en él leyó:
Señor Arsenio Lupin, a la atención de Victoire. -¡Diantre! – murmuró-. ¡Esto pasa de castaño oscuro!
Rompió el segundo sobre. Contenía una hoja de papel con las palabras siguientes, escritas en grandes mayúsculas:
TODO LO QUE ESTÁ HACIENDO ES INÚTIL Y PELIGROSO… ABANDONE LA PARTIDA…
Victoire lanzó un gemido y se desmayó. En cuanto a Lupin, sintió que enrojecía hasta las orejas, como si lo hubieran ultrajado de la forma más grosera. Experimentaba la humillación de un duelista cuyas intenciones más secretas fueran proclamadas en voz alta por un adversario irónico.
Por lo demás, no rechistó. Victoire prosiguió su servicio. El se quedó en su habitación pensando todo el día.
Por la noche no durmió.
Y no dejaba de repetirse:
«¿De qué sirve pensar? Estoy tropezando con uno de esos problemas que no se resuelven a base de reflexión. Está claro que no estoy solo en el caso, y que entre Daubrecq y la policía hay, además del tercer ladrón, que soy yo, un cuarto ladrón que actúa por su propia cuenta y que me conoce y que lee claramente en mi juego. Pero ¿quién es ese cuarto ladrón? Y además, ¿no me estaré equivocando? Y además… ¡Ah, leñe… a dormir!»
Pero no podía dormir, y una parte de la noche transcurrió de esta suerte.
Pero hacia las cuatro de la mañana le pareció oír ruido en la casa. Se levantó precipitadamente, y desde lo alto de la escalera distinguió a Daubrecq, que bajaba al primer piso y se dirigía a continuación hacia el jardín.
Un minuto más tarde el diputado, después de haber abierto la reja, volvió con un individuo que llevaba la cabeza enterrada en el fondo de un amplio cuello de piel, y lo condujo a su despacho.
En previsión de una eventualidad de este tipo, Lupin había tomado sus precauciones. Como las ventanas del despacho y las de su habitación, situadas en la parte trasera de la casa, daban al jardín, colgó de su balcón una escala de cuerda que desenrolló suavemente y por la que bajó hasta el nivel superior de las ventanas del despacho.
Unas contraventanas ocultaban las ventanas. Pero como eran redondas, quedaba libre un montante semicircular, y Lupin, aunque le fuera imposible oír, pudo enterarse de todo lo que pasaba dentro.
En seguida comprobó que la persona a quien había tomado por un hombre era una mujer, una mujer joven aún, aunque su caballera negra apareciese mezclada con cabellos grises, una mujer de una elegancia muy sencilla, alta, y cuyo bello rostro tenía esa expresión cansada y melancólica que da la costumbre de sufrir.
«¿Dónde diablos la he visto yo? – se preguntó Lupin -. Porque, con toda seguridad, yo conozco esos rasgos, esa mirada, esa fisonomía.»
De pie, apoyada en la mesa, impasible, escuchaba a Daubrecq. Este, también de pie, le hablaba con animación. Estaba dando la espalda a Lupin, pero Lupin se inclinó y vio un espejo donde se reflejaba la imagen del diputado. Y se quedó espantado al ver con qué ojos extraños, con qué aire de deseo brutal y salvaje miraba a su visitante.
También ella debió de sentirse molesta, porque se sentó y bajó los párpados. Daubrecq se inclinó entonces hacia ella, y parecía a punto de rodearla con sus largos brazos de enormes puños. Y de pronto Lupin advirtió que por el rostro triste de la mujer rodaban gruesas lágrimas.
¿Fue la vista de las lágrimas lo que hizo perder la cabeza a Daubrecq? Con un movimiento brusco estrechó a la mujer y la atrajo hacia sí. Ella lo rechazó con una violencia llena de odio. Y ambos, tras una breve lucha en que la cara del hombre le pareció a Lupin convulsa y atroz, ambos, erguidos el uno frente al otro, se apostrofaron como mortales enemigos.
Luego se callaron. Daubrecq se sentó; tenía un aire malvado, duro, irónico también. Y habló de nuevo, dando sobre la mesa golpecitos secos, como si estuviera poniendo condiciones.
Ella ya no se movía. Lo dominaba con su busto altanero, distraída y la mirada vaga. Lupin no la perdía de vista, cautivado por aquel rostro enérgico y doloroso, y buscaba en vano un recuerdo con que relacionarla, cuando se dio cuenta de que había vuelto ligeramente la cabeza y movía el brazo de forma imperceptible.
Su brazo se separó de su busto, y Lupin vio que en el extremo de la mesa había una garrafa cubierta con un tapón de cabeza de oro. La mano alcanzó la garrafa, tanteó, se levantó suavemente y agarró el tapón. Un rápido movimiento de cabeza, una ojeada, y el tapón fue colocado en su sitio. Sin duda alguna no era eso lo que esperaba la mujer.
«¡Pardiez! – se dijo Lupin-. También ella anda detrás del tapón de cristal. Decididamente, el asunto se complica cada día más.»
Pero, al observar de nuevo a la visitante, notó estupefacto la expresión súbita e imprevista de su rostro, una expresión terrible, implacable, feroz. Y vio que la mano seguía con su tejemaneje alrededor de la mesa y que, siguiendo un deslizamiento ininterrumpido, una maniobra solapada, apartaba unos libros, y lentamente, seguramente, se acercaba a un puñal cuya hoja brillaba en medio de las hojas esparcidas.
Nerviosamente agarró el mango.
Daubrecq seguía discurriendo. Por encima de su espalda, sin temblar, la mano se levantó poco a poco, y Lupin veía los ojos extraviados y furiosos de la mujer fijos en el punto exacto de la nuca que había escogido para clavar el cuchillo.
«Está usted cometiendo una tontería, mi bella dama», pensó Lupin.
Y ya pensaba en el medio de escapar y de llevarse a Victoire.
Con el brazo erguido, ella dudaba sin embargo. Pero no fue más que un breve desfallecimiento. Apretó los dientes. Toda su faz, contraída por el odio, se contorsionó aún más. E hizo el terrible movimiento. En aquel mismo instante Daubrecq se agachaba, saltaba de su silla y, volviéndose, atrapaba al vuelo la frágil muñeca de la mujer.
Cosa curiosa, no le dirigió ningún reproche, como si lo que ella había intentado hacer no le hubiera sorprendido más que una acción ordinaria muy natural y muy simple. Se encogió de hombros, como hombre acostumbrado a correr ese tipo de peligros, y se paseó de arriba abajo silencioso.
Ella había soltado el arma y lloraba, la cabeza entre las manos, con sollozos que la hacían estremecerse toda entera.
Luego él volvió hacia ella y, golpeando otra vez la mesa, le dijo algunas palabras.
Ella hizo un signo negativo y, como él insistiera, dio a su vez una violenta patada en el suelo, y gritó tan fuerte que Lupin lo oyó:
–¡Nunca!… ¡Nunca!…
Entonces, sin decir una palabra más, él fue a buscar el abrigo de piel que ella traía y se lo puso a la mujer sobre los hombros, mientras ella se envolvía el rostro en un velo.
Y él volvió a acompañarla.
Dos minutos más tarde volvía a cerrarse la reja del jardín.
«Es una lástima que no pueda correr tras esa extraña persona y cotillear un poco con ella acerca del Daubrecq este. Me da la impresión de que entre los dos haríamos un buen trabajo.»
En todo caso quedaba un punto por esclarecer. El diputado Daubrecq, que llevaba una vida tan ordenada, tan ejemplar en apariencia, ¿pues no recibía ciertas visitas por la noche, cuando el hotel ya no estaba vigilado por la policía?
Encargó a Victoire que previniera a dos hombres de su banda para que estuvieran al acecho durante algunos días. Y él mismo se mantuvo despierto la noche siguiente.
Como la víspera, a las cuatro de la mañana oyó un ruido. Como la víspera, el diputado introdujo a alguien.
Lupin bajó a toda prisa por su escala, y en seguida, al llegar a la altura del montante, vio a un hombre que se arrastraba a los pies de Daubrecq, que le abrazaba las rodillas con frenética desesperación y que también lloraba convulsivamente.
Varias veces Daubrecq lo apartó riendo, pero el hombre se aferraba a él. Parecía estar loco, y en un verdadero acceso de locura, enderezándose a medias, agarró al diputado por la garganta y lo derribó en un sillón. Daubrecq se debatió, impotente al principio y con las venas hinchadas. Pero, con una fuerza poco común, no tardó en rehacerse y reducir a su adversario a la inmovilidad.
Entonces, sujetándolo con una mano, con la otra lo abofeteó dos veces a brazo tendido.
El hombre se levantó despacio. Estaba lívido y vacilaba sobre sus piernas. Aguardó un momento, como para recobrar su sangre fría. Y con una calma horrible sacó del bolsillo un revólver y apuntó a Daubrecq.
Daubrecq no se movió. Hasta sonreía con un aire de desafío y sin inmutarse más que si le apuntaran con la pistola de un niño.
Durante quince o veinte segundos tal vez el hombre permaneció con el brazo extendido frente a su enemigo. Luego, siempre con la misma lentitud, en la que se revelaba un dominio tanto más impresionante cuanto que sucedía a una crisis de extrema agitación, guardó el arma y sacó de otro bolsillo su cartera.
Daubrecq se acercó.
La cartera fue abierta. Apareció un fajo de billetes de banco.
Daubrecq se apoderó vivamente de ellos y los contó.
Eran billetes de mil francos.
Había treinta.
El hombre miraba. No hizo ningún movimiento de rebeldía, ninguna protesta. Visiblemente comprendía la inutilidad de las palabras. Daubrecq era de los que no se doblegan. ¿Por qué perder el tiempo suplicándole o incluso vengarse de él con ultrajes o vanas amenazas? ¿Podía llegar hasta aquel enemigo inaccesible? La misma muerte de Daubrecq no lo libraría de Daubrecq.
Cogió su sombrero y se fue.
A las once de la mañana, al volver del mercado, Victoire entregó a Lupin una nota que le enviaban sus cómplices.
Leyó:
El hombre que fue anoche a casa de Daubrecq es el diputado Langeroux, presidente de la izquierda independiente. Poca fortuna. Familia numerosa.
«Vamos -se dijo Lupin-, que Daubrecq no es más que un chantajista; pero hay que reconocer que los medios de acción que emplea son tremendamente eficaces.»
Los acontecimientos dieron nueva fuerza a la suposición de Lupin. Tres días después vino otro visitante, que entregó a Daubrecq una suma importante. Y dos días después otro, que dejó un collar de perlas.
El primero se llamaba Dechaumont, senador, ex ministro. El segundo era el marqués de Albufex, diputado bonapartista, ex jefe del gabinete político del príncipe Napoleón.
En ambos casos la escena fue más o menos semejante a la entrevista del diputado Langeroux, una escena violenta y trágica que terminó con la victoria de Daubrecq.
«Y uno tras otro-pensó Lupin, cuando tuvo los informes-. He asistido a cuatro visitas. No necesito saber si son diez, veinte o treinta… Me basta con conocer, por los amigos que están de plantón, el nombre de los visitantes. ¿Iré a verlos?… ¿Para qué? No tienen ningún motivo para confiar en mí. Por otra parte, ¿debo perder el tiempo aquí en investigaciones que no avanzan nada y que Victoire puede proseguir por su cuenta tan bien como yo?»
Estaba muy confuso. Las noticias de la instrucción seguida contra Gilbert y Vaucheray eran cada vez peores, pasaban los días, y no había hora en que no se preguntara -¡y con qué angustia!– si todos sus esfuerzos, aun admitiendo que tuviese éxito, no desembocarían en resultados irrisorios y absolutamente extraños al fin que perseguía. Pues al cabo, una vez desenredadas las maniobras clandestinas de Daubrecq, ¿conseguiría con ello el medio de socorrer a Gilbert y Vaucheray?
Aquel día un incidente puso fin a su indecisión. Después de comer, Victoire oyó retazos de una conversación telefónica de Daubrecq.
Por lo que le contó Victoire, Lupin dedujo que el diputado había quedado a las ocho y media con una señora y que iba a llevarla al teatro.
–Tomaré un palco, como hace seis semanas -había dicho Daubrecq.
Y, riendo, había añadido:
–Espero que entre tanto no me roben.
Para Lupin la cosa no ofrecía duda. Daubrecq iba a pasar la velada del mismo modo que seis semanas antes, mientras le robaban en el chalet de Enghien. Conocer a la persona con quien iba a encontrarse, saber quizá también cómo Gilbert y Vaucheray se habían enterado de que la ausencia de Daubrecq duraría de las ocho de la tarde a la una de la mañana, era de una importancia capital.
Por la tarde, con ayuda de Victoire y sabiendo por ella que Daubrecq volvería a cenar más pronto que de costumbre, Lupin salió del hotel.
Pasó por su casa de la calle Chateaubriand, llamó por teléfono a tres amigos suyos, se endosó un frac, y compuso, como solía decir, su cabeza de príncipe ruso, de pelo rubio y patillas cortadas al rape.
Los cómplices llegaron en automóvil.
En aquel momento, Achule, el criado, le trajo un telegrama dirigido al señor Michel Beaumont, calle de Chateaubriand. El telegrama estaba concebido en estos términos:
NO VAYA AL TEATRO ESTA NOCHE. SU INTERVENCIÓN PUEDE ECHARLO TODO A PERDER.
Sobre la chimenea, cerca de él, había un jarrón de flores. Lupin lo cogió y lo hizo añicos.
–¡Está bien, está bien! – rechinó-. Juegan conmigo como yo suelo jugar con los demás. Los mismos procedimientos. Los mismos artificios. Pero mire usted por dónde va a haber una diferencia…
¿Qué diferencia? No lo sabía muy bien. La verdad es que también él estaba desconcertado, turbado hasta el fondo de su ser, y que no continuaba actuando más que por obstinación, por deber, digámoslo así, y sin aportar al trabajo su buen humor y su entusiasmo ordinarios.
¡Vamos! – dijo a sus cómplices.
Siguiendo sus órdenes, el chófer se detuvo no lejos de la glorieta de Lamartine, pero sin apagar el motor. Lupin suponía que Daubrecq, para librarse de los agentes de la Seguridad que vigilaban el hotel, saltaría a cualquier taxi, y no quería distanciarse de él.
Pero no contaba con la habilidad de Daubrecq.
A las siete y media la reja del jardín se abrió de par en par, brotó un vivo resplandor, y rápidamente una motocicleta franqueó la acera, bordeó la glorieta, giró ante el auto y se dirigió hacia el bosque a tal velocidad, que hubiera sido absurdo ponerse a perseguirla.
–Buen viaje, señor Dumollet[12] -dijo Lupin, intentando bromear, pero irritado en el fondo.
Observó a sus cómplices con la esperanza de que alguno se permitiera una sonrisa burlona. ¡Cómo le hubiera gustado descargar sus nervios sobre él!
–Vamonos -dijo al cabo de un instante.
Los invitó a cenar, luego se fumó un puro, volvieron a marcharse en automóvil y dieron una vuelta por los teatros, comenzando por los de opereta y vodevil, suponiendo que Daubrecq y su dama tendrían preferencia por ellos. Sacaba una butaca, inspeccionaba los palcos y se iba.
Pasó en seguida a los teatros más serios, al Renaissance, al Gymnase.
Finalmente, a las diez de la noche, descubrió en el Vaudeville un palco casi enteramente oculto por sus dos biombos, y mediante una propina supo por la acomodadora que allí había un hombre de cierta edad, gordo y pequeño, y una dama cubierta con un tupido velo.
Como el palco vecino estaba libre, lo tomó, volvió donde sus amigos para darles las instrucciones necesarias y se instaló al lado de la pareja.
Durante el entreacto, a la luz más viva, distinguió el perfil de Daubrecq. La dama quedaba en el fondo, invisible.
Los dos hablaban en voz baja y, cuando volvió a levantarse el telón, continuaron hablando, pero de tal modo que Lupin no distinguía una palabra.
Pasaron diez minutos. Alguien llamó a su puerta. Era un inspector del teatro.
–El señor diputado Daubrecq, ¿verdad? – preguntó.
–Sí -dijo Daubrecq con voz extrañada-. Pero ¿cómo sabe usted mi nombre?
–Es que hay al teléfono una persona que pregunta por usted y me dijo que me dirigiera al palco 22.
–¿Pero quién es?
–El señor marqués de Albufex.
–¿Eeeh?… ¿Cómo?
–¿Qué le digo?
–Voy…, voy…
Daubrecq se levantó precipitadamente y siguió al inspector.
No bien había desaparecido, cuando Lupin surgió de su palco. Forzó la puerta vecina y se sentó junto a la dama.
Ella ahogó un grito.
–Cállese -ordenó-. Tengo que hablar con usted, es de suma importancia.
–¡Ah! – dijo ella entre dientes-. Arsenio Lupin.
Se quedó como atontado. Por un instante permaneció mudo, con la boca abierta. ¡Aquella mujer lo conocía! ¡Y no sólo lo conocía, sino que lo había reconocido a pesar de su disfraz! Por acostumbrado que estuviera a los acontecimientos más extraordinarios y más insólitos, aquél lo desconcertaba.
Ni siquiera pensó en protestar y balbuceó:
–¿Así que usted sabe…, usted sabe?…
Bruscamente, antes de que tuviera tiempo de defenderse, apartó el velo de la dama.
–¡Cómo! ¿Es posible? murmuró con creciente estupor.
Era la mujer que había visto en casa de Daubrecq unos días antes, la mujer que había levantado el puñal contra Daubrecq y que había intentado herirlo con toda su fuerza rencorosa.
Ahora fue ella la que pareció trastornada.
–¡Cómo! ¿Me había visto usted antes?…
–Sí, la otra noche en su hotel… La vi levantar la mano…
Ella hizo un movimiento para huir. El la retuvo vivamente.
–Tengo que saber quién es usted… Para saberlo he mandado que telefoneen a Daubrecq.
Ella se asustó.
–¡Cómo! ¿Así que no era el marqués de Albufex?
–No, era uno de mis cómplices.
–Entonces Daubrecq va a volver…
–Sí, pero tenemos tiempo… Escúcheme… Tenemos que volver a vernos… El es enemigo suyo. Yo la salvaré de él.
–¿Por qué? ¿Con qué fin?
–No desconfíe de mí… No cabe duda de que tenemos el mismo interés… ¿Dónde puedo volver a verla? Mañana, ¿no? ¿A qué hora? ¿En qué sitio?
–Bueno…
Lo miraba con visible vacilación, sin saber qué hacer, a punto de hablar, y sin embargo llena de inquietud y de duda.
–¡Responda, se lo suplico…, sólo una palabra… y en seguida…! Sería deplorable que me encontraran aquí… Se lo suplico…
Con voz clara ella replicó:
–Mi nombre… es inútil… Primero nos veremos y me explicará usted… Sí, nos veremos. Mire, mañana a las tres, en la esquina del bulevar…
En aquel preciso instante se abrió la puerta del palco de un puñetazo, por así decirlo, y apareció Daubrecq.
–¡Maldita sea! – masculló Lupin, furioso de haberse dejado pillar antes de obtener lo que quería.
Daubrecq rió burlonamente.
–No está mal esto… Ya me sospechaba yo algo… ¡Ah, señor mío, el truco del teléfono está un poco pasado de moda! No estaba ni a la mitad del camino cuando he vuelto grupas.
Empujó a Lupin contra el antepecho del palco y, sentándose al lado de la dama, dijo:
–Bueno, príncipe mío, ¿y de dónde salimos? ¿Criado de la Prefectura probablemente? No se nos despinta el oficio, ¿eh?
Miraba de hito en hito a Lupin, el cual no pestañeaba siquiera, e intentaba colocar un nombre a aquella cara, aunque no reconoció al que había dado el nombre de Polonio.
Lupin, sin quitarle los ojos de encima tampoco, reflexionaba. Por nada del mundo hubiera querido abandonar la partida en el punto a que había llegado y, pues la ocasión se mostraba tan propicia, renunciar a entenderse con la enemiga mortal de Daubrecq.
Ella, inmóvil en su rincón, los observaba a los dos.
Lupin dijo:
–Salgamos, caballero; fuera será más fácil la entrevista.
–Aquí, príncipe mío -replicó el diputado-, tendrá lugar aquí en seguida, durante el entreacto. Así no molestaremos a nadie…
–Pero…
–No hay pero que valga, jovencito, de aquí no te mueves.
Y agarró a Lupin del cuello con la evidente intención de no soltarlo antes del entreacto.
¡Imprudente movimiento! Cómo iba a consentir Lupin quedarse en semejante actitud, y sobre todo delante de una mujer, una mujer a la que había ofrecido su alianza, una mujer -y pensaba en ello por primera vez- bella, y cuya grave belleza le agradaba. Todo su orgullo de hombre se sublevó.
Sin embargo calló. Aceptó sobre su hombro la pesada carga de la mano, e incluso se partió en dos, como vencido, impotente, casi miedoso.
–¡Ah, bribón! – bromeó el diputado-. Parece que ya no fanfarroneamos tanto, ¿eh?
En el escenario un gran número de actores discutían y hacían ruido. Daubrecq había aflojado un poco la presión, y Lupin juzgó que era el momento favorable.
Violentamente, con el corte de la mano, lo golpeó en el hueco del brazo como hubiera podido hacerlo con un hacha.
El dolor desconcertó a Daubrecq. Lupin acabó de desprenderse y se lanzó sobre él para cogerlo por la garganta. Pero Daubrecq, rápidamente a la defensiva, hizo un movimiento de retroceso y sus cuatro manos se agarraron.
Se agarraron con una energía sobrehumana, concentrada en ellas toda la fuerza de los dos adversarios. Las de Daubrecq eran monstruosas, y Lupin, atrapado en aquel torno de hierro, tuvo la impresión de estar combatiendo no con un hombre, sino con alguna bestia formidable, un gorila de talla colosal.
Se mantenían contra la puerta, curvados como dos luchadores que están tanteándose e intentan atraparse. Crujió algún hueso. Al primer desfallecimiento el vencido sería cogido por la garganta, estrangulado. Y ello se desarrollaba en medio de un brusco silencio, en un momento en que los actores en el escenario escuchaban lo que decía uno de ellos en voz baja.
La mujer, aplastada contra el tabique, los miraba aterrorizada. Bastaba con hacer un movimiento a favor de uno u otro, y la victoria se decantaría inmediatamente hacia el lado que ella quisiera.
Pero ¿a quién apoyaría? ¿Qué podía representar Lupin a sus ojos? ¿Un amigo o un enemigo?
Vivamente se acercó al antepecho del palco, corrió la cortina y, asomando el busto, pareció hacer una señal. Luego volvió e intentó deslizarse hacia la puerta.
Lupin, como queriendo ayudarla, le dijo:
–Levante esa silla.
Se refería a una pesada silla que estaba en el suelo, que lo separaba de Daubrecq y por encima de la cual combatían.
La mujer se agachó y tiró de la silla. Era lo que Lupin aguardaba.
Librado del obstáculo, le soltó a Daubrecq una patada seca en la pierna con la puntera de su bota. El resultado fue el mismo que cuando le había dado el golpe en el brazo. El dolor provocó un segundo de turbación, de distracción, que aprovechó al momento para abatir las manos extendidas de Daubrecq y plantarle los diez dedos en torno a la garganta y a la nuca.
Daubrecq resistió. Daubrecq intentó separar las manos que lo ahogaban, pero ya empezaba a ahogarse y sus fuerzas disminuían.
–¡Ah, viejo mono! – gruñó Lupin derribándolo-. ¿Por qué no pides socorro? Tienes miedo al escándalo, ¿eh?
Al ruido de la caída, desde el otro lado golpearon en el tabique.
–Anda y que os zurzan -dijo Lupin a media voz-. El drama se desarrolla en el escenario. Este es asunto mío y hasta que no haya domado a este gorila…
No fue largo. El diputado se asfixiaba. De un golpe certero en la mandíbula lo atontó. A Lupin ya no le quedaba más que arrastrar a la mujer y huir con ella antes de que dieran la alarma.
Pero, cuando se volvió, se dio cuenta de que la mujer ya se había ido.
No podía estar lejos. Saltó fuera del palco y echó a correr, sin preocuparse de revisores ni acomodadoras.
De hecho, al llegar a la rotonda de la planta baja, a través de una puerta abierta la vio atravesar la acera de la Chaussée d'Antin.
Subía a un auto cuando la alcanzó.
La puerta se cerró tras ella.
Agarró el picaporte y quiso tirar.
Pero surgió del interior un individuo que le colocó un puño en mitad de la cara, tan violentamente, si no tan hábilmente, como él había colocado el suyo en mitad de la cara de Daubrecq.
* * *
Por aturdido que lo dejara el golpe, aún tuvo tiempo, en una visión extraviada, de reconocer a aquel individuo y de reconocer también, bajo su disfraz de chófer, al individuo que conducía el automóvil.
Eran Grognard y Le Ballu, los dos hombres encargados de las barcas la noche de Enghien, dos amigos de Gilbert y Vaucheray, en una palabra, dos cómplices de él, de Lupin.
* * *
Cuando estuvo en su apartamento de la calle Chateaubriand, Lupin, tras haberse lavado el rostro ensangrentado, se quedó más de una hora en un sillón, como abrumado. Por primera vez experimentaba el dolor de verse traicionado. Por primera vez I unos compañeros de lucha se volvían contra su jefe.
Maquinalmente, con objeto de distraerse, tomó el correo de la tarde y rompió la faja de un periódico. En las noticias de última hora leyó las líneas siguientes:
El caso del chalet Marie-Thérese. Por fin se ha descubierto la verdadera identidad de Vaucheray, uno de los presuntos asesinos del criado Le'onard. Es un bandido de la peor ralea, un reincidente, ya en dos ocasiones y bajo otro nombre condenado en rebeldía por asesinato.
No hay duda de que se acabará por descubrir igualmente el verdadero nombre de su cómplice Gilbert. En todo caso el juez de instrucción está resuelto a enviar el caso lo más rápidamente posible ante los tribunales.
No podremos quejarnos de la lentitud de la justicia.
Entre otros periódicos y prospectos había una carta. Al verla, Lupin dio un salto. Estaba dirigida al señor de Beaumont (Michel). ¡Ah! – balbucee»-. Es una carta de Gilbert. Contenía estas pocas palabras:
¡Socorro, jefe! Tengo miedo… Tengo miedo…
También aquella noche fue para Lupin una noche de insomnio y pesadillas. También aquella noche lo torturaron abominables, terroríficas visiones.
IV
El jefe de los enemigos
«¡Pobre chico! – murmuró Lupin al día siguiente al releer la carta de Gilbert-. ¡Lo que debe de estar sufriendo!»
Desde el primer día en que se había encontrado con él había cogido cariño a aquel joven alto, despreocupado y encantado de la vida. Gilbert era tan adicto a él, que se hubiera dejado matar a una seña de su amo. Y a Lupin le gustaba también su franqueza, su buen humor, su inocencia, su cara feliz.
–Gilbert -le decía a menudo-, eres un hombre honrado. Yo en tu lugar, ya ves, dejaría el oficio y me haría de verdad un hombre honrado.
–Usted primero, jefe -respondía Gilbert riendo.
–¿No quieres?
–No, jefe. Un hombre honrado tiene que trabajar, currar, y lo que es a mí, si de pequeño tuve esa inclinación, me la quitaron en seguida.
–¿Quiénes?
Gilbert se callaba. Siempre callaba cuando le preguntaban por los primeros años de su vida, y Lupin sabía a lo sumo que había sido huérfano desde su más tierna edad y que había andado de ceca en meca, cambiando de nombre, enganchando su existencia a los más extraños oficios. Había ahí todo un misterio que nadie había podido penetrar, y no parecía que la justicia estuviera en vías de lograrlo.
Pero tampoco parecía que tal misterio fuera un motivo para que se retrasara. Bajo su nombre de Gilbert o bajo cualquier otro nombre enviaría a los tribunales al cómplice de Vaucheray y lo castigaría con el mismo rigor inflexible.
«¡Pobre chico! – repetía Lupin-. Y soy yo quien tiene la culpa de que lo persigan así. Temen una evasión y se dan prisa por llegar al final, primero al veredicto… y luego a la supresión… ¡Un niño de veinte años! Y que no ha matado, que no es cómplice del crimen…»
¡Ay! Lupin no ignoraba que eso era algo imposible de probar, y que él debía orientar sus esfuerzos hacia otro punto. ¿Pero hacia cuál? ¿Habría que renunciar a la pista del tapón de cristal?
No pudo decidirse a ello. Su única diversión fue ir a Enghien, donde vivían Grognard y Le Ballu, y asegurarse de que habían desaparecido a raíz del asesinato del chalet Marie-Thérese. Fuera de aquello, se ocupó sola y exclusivamente de Daubrecq.
Hasta se negó a dedicar la menor consideración a los enigmas que se le planteaban, a la traición de Grognard y Le Ballu, a sus relaciones con la dama de los cabellos grises, al espionaje de que él personalmente era objeto.
«Silencio, Lupin -decía, en medio de la fiebre se razona equivocadamente. Así que a callar. ¡Y, sobre todo, nada de deducciones! No hay cosa más tonta que deducir unos hechos de otros antes de haber encontrado un punto de partida seguro. Así es como se cuela uno. Escucha a tu instinto. Sigue a tu intuición, y puesto que, aun fuera de todo razonamiento, aun fuera de toda lógica, estás convencido de que este asunto gira en torno a ese maldito tapón, ve allá sin miedo. ¡Hala, a por Daubrecq y su cristal!»
Lupin no había aguardado a llegar a estas conclusiones para ponerlas en práctica. En el instante en que se las enunciaba a sí mismo ya estaba sentado -pequeño rentista provisto de una bufanda y un abrigo viejo-, ya estaba sentado en un banco de la avenida Victor Hugo, tres días después de la escena del Vaudeville, a una distancia bastante grande de la glorieta Lamartine. Siguiendo sus instrucciones, Victoire debía pasar todas las mañanas a la misma hora delante de aquel banco.
«Sí -se repitió-, el tapón de cristal, ahí está todo… En cuanto lo tenga…»
Victoire se acercaba con la cesta de la compra bajo el brazo. En seguida notó su agitación y su palidez extraordinarias.
–¿Qué pasa? – le preguntó Lupin, caminando al lado de la vieja nodriza.
Entró en una gran tienda de ultramarinos donde había mucha gente y, volviéndose hacia él:
–Toma -dijo con una voz alterada por la emoción-. Aquí tienes lo que buscas.
Y, sacando un objeto de la cesta, se lo dio. Lupin se quedó confundido: tenía en su poder el tapón de cristal.
–¿Será posible? ¿Será posible? – murmuró, como si la facilidad de tal desenlace lo hubiera desconcertado.
Pero allí estaba el hecho, visible y palpable. Por su forma, por sus proporciones, por el oro apagado de sus facetas, reconocía sin posibilidad de equivocarse el tapón de cristal que ya había tenido ante sus ojos. No faltaba ni cierto ligero roce que se notaba en el tronco y del que se acordaba perfectamente.
Además, si el objeto presentaba todos los mismos caracteres, no ofrecía ningún otro que pareciera nuevo. Era un tapón de cristal, sólo eso. Ninguna señal realmente especial lo diferenciaba de otros tapones. No había grabado en él ningún signo, ninguna cifra, y, tallado en un solo bloque como estaba, no contenía ninguna materia extraña.
–¿Entonces qué?
Y Lupin tuvo la visión súbita y profunda de su error. ¿De qué le servía poseer aquel tapón de cristal si ignoraba su valor? Aquel pedazo de vidrio no existía por sí mismo, y no contaba más que por el significado que iba unido a él. Antes de cogerlo había que saber. E incluso ¿quién podía asegurarle que, al cogerlo, al robárselo a Daubrecq, no estaba cometiendo una tontería?
Cuestión imposible de resolver, pero que se le imponía con un rigor singular.
«¡Nada de meteduras de pata! – se dijo metiéndose el objeto en el bolsillo-. En este endiablado asunto las meteduras de pata son irreparables.»
No había perdido de vista a Victoire. Acompañada de un dependiente, iba de un mostrador a otro entre la multitud de clientes. Después se quedó un buen rato delante de la caja y pasó al lado de Lupin.
Este ordenó, muy bajo:
–Nos vemos detrás del Instituto Janson.
Ella volvió a alcanzarlo en una calle poco concurrida.
–¿Y si me siguen? – dijo.
–No -afirmó él-. Ya me he fijado. Escucha. ¿Dónde encontraste el tapón?
–En el cajón de su mesilla de noche.
–Sin embargo, ya habíamos mirado allí.
–Sí, y yo otra vez ayer por la mañana. Seguramente lo habrá dejado esta noche.
–Y seguramente volverá a cogerlo -observó Lupin.
–Bien puede ser.
–¿Y si no lo encuentra?
Victoire pareció asustarse.
–Respóndeme -dijo Lupin -, ¿te acusará a ti del robo?
–Por supuesto…
–Entonces, vuelve a dejarlo en su sitio, y volando.
–¡Dios mío, Dios mío! – gimió-. Ojalá no haya tenido tiempo de enterarse. Dame el objeto, de prisa.
–Toma -dijo Lupin.
Buscó en el bolsillo de su abrigo.
–¿Qué pasa? – dijo Victoire con la mano extendida.
–¿Qué pasa? – dijo él al cabo de un instante-. Pues que ya no lo tengo.
–¿Cómo?
–No lo tengo, palabra de honor… Han vuelto a quitármelo.
Rompió a reír a carcajadas, y con una risa que aquella vez no iba mezclada con amargura alguna.
Victoire se indignó.
–¡También tienes alegría de sobra, eh!… ¡En una circunstancia como ésta!…
–¿Qué quieres que haga? Confiesa que es realmente divertido. Ya no estamos representando un drama…, es una comedia de magia, una comedia de magia como Los elixires del diablo, o La pata de cordero[13]. En cuanto tenga unas semanas de descanso escribiré algo así… El tapón mágico, o Las desventuras del pobre Arsenio.
–Pero bueno… ¿quién te lo ha vuelto a quitar?
–¡Y a mí qué me cuentas!… Ha volado él sólito… Se ha evaporado en mi bolsillo… ¿Lo ves…? Ya no lo ves.
Empujó suavemente a la vieja criada y, en un tono más serio:
–Vuelve, Victoire, y no te preocupes. Es evidente que te han visto darme el tapón y que han aprovechado los empujones de la tienda para sacármelo del fondo del bolsillo. Todo esto demuestra que estamos vigilados más de cerca de lo que yo pensaba, y por adversarios de primer orden. Pero, una vez más, tú tranquila. La gente honrada siempre tiene la última palabra. ¿Tenías algo más que decirme?
–Sí. Ayer por la tarde fueron, mientras el señor Daubrecq estaba fuera. Vi las luces que se reflejaban en los árboles del jardín.
–¿La portera?
–La portera no estaba acostada.
–Entonces son los tíos de la Prefectura, que continúan buscando. Hasta la tarde, Victoire… Me dejarás entrar…
–¡Cómo! Quieres…
–¿Qué riesgo corro? Tu habitación está en la tercera planta. Daubrecq no sospecha nada.
–¡Pero los otros!
–¿Los otros? Si hubieran tenido algún interés en jugarme una mala pasada, ya lo habrían intentado. Los estorbo, eso es todo. No me temen. Hasta la tarde, Victoire, a eso de las cinco.
Todavía le esperaba a Lupin otra sorpresa. Por la tarde su vieja criada le anunció que, habiendo abierto por curiosidad el cajón de la mesilla de noche, había vuelto a encontrar el tapón de cristal.
A esas alturas Lupin no se emocionaba por incidente milagroso más o menos. Se dijo simplemente:
«Así que han vuelto a traerlo. Y la persona que lo ha traído, y que se introduce en este hotel por medios inexplicables, esa persona ha juzgado, como yo, que el tapón no debía desaparecer.
¡Y sin embargo Daubrecq, que se sabe acosado hasta en el fondo de su habitación, ha dejado de nuevo ese tapón en un cajón, como si no le diera importancia! ¡Vaya usted a hacerse un juicio de todo esto!…»
Si Lupin no se hacía un juicio, tampoco podía sustraerse a ciertos razonamientos, a ciertas asociaciones de ideas, que le daban ese presentimiento confuso de luz que se experimenta a la salida de un túnel.
«En este caso concreto -se decía- es inevitable que haya un próximo encuentro entre "los otros" y yo. Desde ese momento seré dueño de la situación.»
Pasaron cinco días sin que Lupin advirtiera el menor detalle. Al sexto día, Daubrecq tuvo la visita matinal de un señor, el diputado Laybach, que, como sus colegas, se arrastró desesperadamente a sus pies, y en fin de cuentas le entregó veinte mil francos.
Otros dos días, y luego una noche hacia las dos Lupin, apostado en el descansillo del segundo piso, percibió el chirrido de una puerta, la puerta -se dio cuenta en seguida- que comunicaba el vestíbulo con el jardín. En la sombra distinguió, o más bien adivinó, la presencia de dos personas que subieron la escalera y se detuvieron en el primero delante de la habitación de Daubrecq.
¿Qué hicieron allí? Era imposible introducirse en aquella habitación, puesto que Daubrecq echaba todas las noches los cerrojos. ¿Entonces qué esperaban?
Evidentemente estaban ejecutando un trabajo, que Lupin distinguía por unos ruidos sordos de frotamiento contra la puerta. Luego llegaron hasta él unas palabras apenas susurradas.
–¿Funciona?
–Sí, perfectamente, pero más vale dejarlo para mañana, porque…
Lupin no oyó el final de la frase. Los individuos bajaban ya otra vez a tientas. La puerta volvió a cerrarse con mucha suavidad y luego la reja.
«Esto sí que es curioso -pensó Lupin-. En esta casa, donde Daubrecq disimula con tanto cuidado sus ignominias, y desconfía, no sin razón, de los espionajes, entra todo el mundo como Pedro por su casa. Que Victoire me deje entrar a mí, que la portera introduzca a los emisarios de la Prefectura…, pase; pero esa gente…, ¿quién traiciona a su favor? ¿Hay que suponer que actúan solos? ¡Y qué audacia! ¡Qué conocimiento de los lugares!»
Por la tarde, durante la ausencia de Daubrecq, examinó la puerta de la habitación del primer piso. A la primera ojeada comprendió: uno de los paneles de abajo, hábilmente recortado, no estaba sujeto más que con unas puntas invisibles. Así pues, la gente que había realizado aquel trabajo era la misma que había operado en su casa de la calle Matignon y en la de la calle Chateaubriand.
Comprobó igualmente que el trabajo estaba hecho desde una época anterior y que, como en su casa, la abertura había sido preparada con antelación, en previsión de circunstancias favorables o de una necesidad inmediata.
El día le resultó corto a Lupin. Por fin iba a saber. No solamente sabría de qué manera utilizaban sus adversarios aquellas pequeñas aberturas, en apariencia inutilizables, puesto que por allí no se podía llegar a los cerrojos superiores, sino que sabría quiénes eran aquellos adversarios tan ingeniosos, tan activos, frente a los cuales se encontraría de un modo inevitable.
Un incidente lo contrarió. Por la noche Daubrecq, que ya durante la cena se había quejado de estar cansado, volvió a las diez y, por una de esas casualidades poco probables, echó en el vestíbulo los cerrojos de la puerta del jardín. En ese caso, ¿cómo podrían «los otros» llevar a cabo sus proyectos y llegar hasta la habitación de Daubrecq?
Después que Daubrecq hubo apagado la luz, Lupin esperó pacientemente una hora todavía; luego, por lo que pudiera ocurrir, instaló la escala de cuerda, y a continuación volvió a su puesto en el descansillo del segundo piso.
No tuvo tiempo de aburrirse. Una hora antes que la víspera intentaron abrir la puerta del vestíbulo. Tras fracasar la tentativa, transcurrieron algunos minutos en un silencio absoluto. Y Lupin creía que ya habían renunciado, cuando se sobresaltó. Sin que el más leve gemido hubiera rozado el silencio, alguien había pasado. El paso de aquel ser quedaba tan amortiguado por la alfombra de la escalera, que no lo hubiera sabido, si la misma barandilla, que él tenía cogida con la mano, no hubiera temblado. Alguien subía. Y, a medida que subía, una impresión de malestar iba invadiendo a Lupin: no oía nada. A juzgar por la barandilla, estaba seguro de que un ser se acercaba, y por cada una de las trepidaciones podía contar el número de escalones subidos, pero ningún otro indicio le daba esa sensación oscura de la presencia que se experimenta al distinguir movimientos que no se ven, al percibir ruidos que no se oyen. Sin embargo, en la sombra hubiera debido formarse una sombra más negra, y algo hubiera debido modificar al menos la calidad del silencio. No, era para creer que no había nadie.
Y Lupin, a pesar suyo y contra el testimonio mismo de su razón, empezaba a creerlo, pues la barandilla ya no se movía, y pudiera suceder que hubiera sido juguete de una ilusión.
Y aquello duró largo tiempo. Dudaba, sin saber qué hacer, sin saber qué suponer. Pero le chocó un extraño detalle: un reloj de pared acababa de dar las dos. Por su tintineo había reconocido el reloj de Daubrecq. Ahora bien, aquel tintineo no era el de un reloj separado por el obstáculo de una puerta.
Rápidamente Lupin bajó y se acercó a la puerta. Estaba cerrada, pero abajo, a la izquierda, había un vacío, un vacío dejado por la desaparición del pequeño panel.
Escuchó. En aquel momento Daubrecq se daba la vuelta en su cama, y su respiración prosiguió, un poco ronca. Y Lupin oyó con toda claridad cómo su ropa se arrugaba. Sin duda alguna aquel ser estaba allí, buscando, registrando las prendas que Daubrecq había dejado al lado de la cama.
«Esta vez -pensó Lupin- creo que el caso va a aclararse un poco. Pero, ¡diantre!, ¿cómo ha podido meterse ahí ese tipo? ¿Ha conseguido descorrer los cerrojos y abrir la puerta?… Pero entonces, ¿para qué cometer la imprudencia de volver a cerrarla?»
Ni por un segundo -curiosa anomalía en un hombre como Lupin, y que no puede explicarse más que por esa especie de malestar que provocaba en él aquella aventura-, ni por un segundo sospechó la verdad tan sencilla que iba a revelársele. Tras haber bajado un poco más, se sentó en cuclillas en uno de los primeros peldaños al pie de la escalera, colocándose así entre la puerta de Daubrecq y la del vestíbulo, camino inevitable que debía seguir el enemigo de Daubrecq para reunirse con sus cómplices.
¡Con qué ansiedad interrogaba a las tinieblas! ¡Estaba a punto de desenmascarar al enemigo de Daubrecq, que era igualmente su propio adversario! ¡Iba a atravesarse en sus proyectos! ¡Iba a quitarle a su vez el botín robado a Daubrecq, mientras Daubrecq dormía y los cómplices, agazapados tras la puerta del vestíbulo o tras la puerta del jardín, aguardaban en vano la vuelta de su jefe.
Y la vuelta se produjo. Otra vez Lupin lo supo por la sacudida de la barandilla. Y otra vez, con los nervios tensos, los sentidos exasperados, trataba de distinguir al ser misterioso que venía hacia él. De pronto lo divisó a unos metros de distancia. Escondido en un rincón más tenebroso aún, tampoco él podía ser descubierto. Y lo que veía -¡de qué forma tan confusa!– avanzaba de peldaño en peldaño con infinitas precauciones y agarrándose a los barrotes de la barandilla.
«¿Con quién diablos tendré que vérmelas?», se dijo Lupin con el corazón palpitante.
El desenlace se precipitó. El desconocido había sorprendido un movimiento imprudente por su parte, y se paró en seco. Lupin tuvo miedo de que retrocediera, de que huyera. Saltó sobre su adversario, y se quedó estupefacto al no encontrar más que el vacío y chocar con la barandilla sin haber atrapado la forma negra que veía. Pero se lanzó al instante, atravesó la mitad del vestíbulo y agarró al adversario en el momento en que llegaba a la puerta del jardín.
Se oyó un grito de terror, al que respondieron otros gritos al otro lado de la puerta.
–¡Pero, por todos los diablos! ¿Qué es esto? – murmuró Lupin, cuyos brazos invencibles se habían cerrado sobre una cosa pequeñita que temblaba y gemía.
Comprendiendo de pronto, se turbó y quedó un momento inmóvil, indeciso sobre lo que iba a hacer con la presa conquistada. Pero los otros seguían agitándose tras la puerta y lanzando exclamaciones. Entonces, temiendo que Daubrecq se despertara,
deslizó aquella poquita cosa bajo su chaqueta, contra su pecho, impidiendo sus gritos con un pañuelo enrollado a modo de tapón, y subió a toda prisa los tres pisos.
–Toma -dijo a Victoire, que se despertó sobresaltada-. Te traigo al indomable jefe de nuestros enemigos, al hércules de la banda. ¿Tienes por ahí un biberón?
Depositó sobre el sillón a un niño de seis o siete años, menudo en su jersey gris, cubierto con un gorro de lana hecho a mano, y cuyo adorable rostro pálido estaba surcado de lágrimas de sus ojos espantados.
–¿Dónde has encontrado esto? – dijo Victoire alelada.
–Al pie de la escalera y saliendo de la habitación de Daubrecq -respondió Lupin, mientras palpaba en vano su jersey en la esperanza de que el niño hubiera sacado de la habitación cualquier botín.
Victoire se compadeció.
–¡Pobre angelito! Míralo…, se contiene para no gritar… ¡Jesús, María y José, pero si tiene las manos como el hielo! No tengas miedo, guapo, no vamos a hacerte nada… El señor no es malo.
–No -dijo Lupin-, el señor no tiene una pizca de malo, pero hay otro señor muy malo que va a despertarse como continúen armando ese jaleo a la puerta del vestíbulo. ¿Los oyes, Victoire?
–¿Quiénes son?
–Los satélites de nuestro joven hércules, la banda del indomable jefe.
–¿Entonces? – balbuceó Victoire, ahora preocupada.
–Entonces, como no me interesa que me pesquen en la trampa, yo empiezo por ahuecar el ala. ¿Vienes, Hércules?
Envolvió al niño en una manta de lana, de modo que sólo sobresaliera la cabeza, lo amordazó con el mayor cuidado que pudo y ordenó a Victoire que se lo atara a los hombros.
–Ya ves, Hércules, cómo nos lo pasamos. No vas a encontrar mucha gente que juegue de tan buen humor a las tres de la mañana. Hala, arreando, vamos a levantar el vuelo. ¿Tienes vértigo?
Subió al reborde de la ventana y puso el pie en uno de los barrotes de la escala. En un minuto llegaba al jardín.
No había dejado de oír los golpes que daban a la puerta del vestíbulo, y ahora los oía con más claridad aún. Estaba sorprendidísimo de que Daubrecq no se hubiera despertado ya con un tumulto tan violento.
«Si no pongo un poco de orden, van a estropearlo todo», se dijo Lupin.
Deteniéndose en el ángulo del hotel, invisible en la noche, calculó la distancia que lo separaba de la reja. La reja estaba abierta. A su derecha veía la escalinata, en lo alto de la cual la gente iba y venía; a su izquierda, el pabellón de la portera.
La mujer había dejado la portería y, de pie al lado de la escalinata, suplicaba a la gente.
–¡Pero cállense ya, cállense de una vez! De remate va a venir.
«¡Ah, perfecto! – se dijo Lupin-. La buena mujer es también cómplice de ellos. Hay que ver cómo acumula empleos.»
Se lanzó hacia ella y, agarrándola por el cuello, le espetó:
–Ve a decirles que tengo al niño… Que vayan a recogerlo a mi casa, a la calle Chateaubriand.
Un poco más lejos, en la avenida, había un taxi que Lupin supuso estaría ajustado por la banda. Con autoridad, y como si fuera uno de los cómplices, subió al coche y ordenó que lo llevara a su casa.
–Bueno -dijo al niño-, ¿no te hemos zarandeado mucho?… ¿Y si descansaras un poquito en la camita del señor?
Su criado, Achule, estaba durmiendo. El mismo instaló al pequeño y lo acarició con amabilidad.
El niño parecía aturdido. Su pobre cara estaba como petrificada en una expresión rígida, en la que había a la vez miedo y voluntad de no tener miedo, ganas de gritar y unos esfuerzos lastimosos por no hacerlo.
–Llora, bonito, llora -dijo Lupin-. Llorar un poco te vendrá bien.
El niño no lloró, pero la voz era tan dulce y tan acogedora, que se serenó, y en sus ojos más sosegados, en su boca menos convulsa, Lupin, que lo examinaba profundamente, encontró algo que ya conocía, un parecido indudable.
Aquello fue una confirmación más de ciertos hechos que sospechaba, y que se encadenaban unos con otros en su espíritu.
En realidad, si no se equivocaba, la situación cambiaba singularmente, y él no estaría lejos de tomar la dirección de los acontecimientos. Desde ese momento…
Un timbrazo, y al instante otros dos bruscos.
–Mira -dijo Lupin al niño-, es tu mamá que viene a buscarte. No te muevas.
Corrió a la puerta y abrió.
Una mujer entró como una loca.
–¡Mi hijo! – exclamó-. ¿Dónde está mi hijo?…
–En mi habitación -dijo Lupin.
Sin preguntar más, demostrando así que conocía el camino, se precipitó en la habitación.
«La mujer de los cabellos grises -murmuró Lupin-. La amiga y la enemiga de Daubrecq; justo lo que yo pensaba.»
Se acercó a la ventana y levantó la cortina. Dos hombres se paseaban por la acera de enfrente: Grognard y Le Ballu.
«Y ni siquiera se ocultan -añadió-. Eso es buena señal. Consideran que es preciso obedecer al jefe. Ya no queda más que la hermosa dama de los cabellos grises. Eso va a ser más difícil, ¡Bueno, vamos a por la mamá!»
Encontró a la madre y al hijo abrazados, y la madre, muy inquieta, con los ojos mojados de lágrimas, le decía:
–¿No tienes nada? ¿Estás seguro? ¡Oh, qué miedo has debido de pasar, mi pequeño Jacques!
–Un hombrecito duro -declaró Lupin.
Ella no respondió, palpaba el jersey del niño como había hecho Lupin, sin duda para ver si había tenido éxito en su misión nocturna, y le hizo una pregunta en voz baja.
–No, mamá…, te aseguro que no -dijo el niño.
Ella lo besó suavemente y lo acarició contra ella, aunque el niño, extenuado por el cansancio y la emoción, no tardó en dormirse. Ella permaneció todavía un largo rato inclinada sobre él. También parecía muy cansada y deseosa de reposo.
Lupin no turbó su meditación. La miraba ansiosamente, con una atención que ella no podía percibir, y notó las anchas ojeras en torno a sus párpados y la marca más precisa de sus arrugas. Sin embargo la encontró más hermosa de lo que creía, con esa belleza conmovedora que el hábito del sufrimiento da a ciertas caras más humanas, más sensibles que las demás.
Tuvo una expresión tan triste, que, en un arranque de simpatía instintiva, se acercó a ella y le dijo:
–Ignoro cuáles son sus proyectos, pero, cualesquiera que sean, tiene usted necesidad de ayuda. Sola no podrá usted conseguirlo.
–No estoy sola.
–¿Esos dos hombres de ahí? Los conozco. Ellos no cuentan. Se lo suplico, empléeme. ¿Se acuerda usted de la otra tarde en el palco del teatro? Estaba usted a punto de hablar. Hoy no vacile en hacerlo.
Volvió los ojos hacia él, lo observó, y, como si no pudiera sustraerse a aquella voluntad adversa, articuló:
–¿Qué sabe usted exactamente? ¿Qué sabe usted de mí? – Ignoro muchas cosas. Ignoro su nombre: pero sé… Ella lo interrumpió con un gesto y, con una decisión brusca, dominando a su vez lo que la obligaba a hablar:
–Es inútil -gritó-. Después de todo, lo que usted puede saber es poca cosa y no tiene ninguna importancia. ¿Pero cuáles son sus proyectos? Me ofrece usted su cooperación… ¿con qué objeto? Si se ha lanzado usted a este asunto jugándose el todo por el todo, si no he podido emprender nada sin que se cruzara usted en mí camino, es que quiere usted alcanzar algún objetivo… ¿Cuál?
–¿Cuál? Por Dios, me parece que mi conducta… -No -dijo ella enérgicamente-, nada de palabras. Entre nosotros no hace falta más que certezas y, para llegar hasta ahí, una franqueza absoluta. Voy a ponerle un ejemplo. El señor Daubrecq posee un objeto de un valor inusitado, no en sí mismo, sino por lo que representa. Usted conoce ese objeto. Lo ha tenido usted dos veces en la mano. Dos veces que yo he vuelto a quitárselo. Pues bien, tengo derecho a creer que si usted ha querido apropiárselo ha sido para utilizar el poder que usted le atribuye, y para utilizarlo en beneficio propio…
–¿Y cómo?
–Sí, para utilizarlo según sus designios, en interés de sus asuntos personales, con arreglo a sus costumbres de…
–De ladrón y estafador -acabó Lupin.
Ella no protestó. El intentó leer su pensamiento secreto en el fondo de sus ojos. ¿Qué quería de él? ¿Qué temía? Si ella desconfiaba, ¿no podía también él desconfiar de aquella mujer que por dos veces le había quitado el tapón de cristal para devolvérselo a Daubrecq? Por mortalmente enemiga que fuese de Daubrecq, ¿hasta qué punto seguía estando sometida a la voluntad de ese hombre? Entregándose a ella, ¿no se arriesgaba a entregarse a Daubrecq?… Sin embargo, jamás había contemplado unos ojos más graves y un rostro más sincero.
Sin vacilar más declaró:
–Mi objetivo es sencillo: la liberación de Gilbert y Vaucheray.
–¿Es verdad?… ¿Es verdad?… -gritó ella, toda temblorosa, interrogándolo con una mirada ansiosa.
–Si me conociera usted…
–Lo conozco… Sé quién es usted… Hace meses que estoy mezclada en su vida sin que usted lo sospechara… y sin embargo, por ciertas razones, aún dudo…
El pronunció con gran intensidad:
–No me conoce usted. Si me conociera usted, sabría que para mí no puede haber tregua ni descanso antes que mis dos compañeros… o al menos Gilbert, porque Vaucheray es un canalla…, antes que Gilbert haya escapado a la suerte espantosa que le espera.
Ella se precipitó hacia él y lo agarró por los hombros con verdadero enloquecimiento.
–¿Qué? ¿Qué dice usted? ¿La suerte espantosa…? ¿Entonces usted cree…, usted cree…?
–Creo realmente -dijo Lupin, sintiendo cómo la afectaba aquella amenaza-, creo realmente que si no llego a tiempo Gilbert está perdido.
–Cállese…, cállese… -gritó ella, oprimiéndolo brutalmente-. Cállese…, le prohibo decir eso… No hay ninguna razón… Es usted quien supone…
–No soy solamente yo, es también Gilbert.
–¿Eeeh? ¡Gilbert! ¿Cómo lo sabe usted?
–Por él mismo.
–¿Por él?
–Sí, por él, que sólo tiene esperanza en mí; por él, que sabe que sólo hay un hombre en el mundo que pueda salvarlo, y que me ha llamado desesperadamente hace unos días desde el fondo de su prisión. Aquí está su carta.
Ella cogió ávidamente el papel y leyó balbuceando:
«Socorro, jefe… Estoy perdido… Tengo miedo… Socorro…[14]»
Dejó el papel. Sus manos se agitaron en el vacío. Parecía como si sus ojos extraviados estuvieran viendo la siniestra visión que ya tantas veces había espantado a Lupin. Lanzó un grito de horror, intentó levantarse y cayó desvanecida.
V
Veintisiete
El niño dormía apaciblemente en la cama. La madre no se movía del canapé en que Lupin la había tendido, pero su respiración más tranquila y la sangre que volvía a su rostro anunciaban su próximo despertar.
Se dio cuenta de que llevaba una alianza. Al ver un medallón que pendía de su blusa, se inclinó y, después de darle la vuelta, distinguió una fotografía muy reducida que representaba a un hombre de unos cuarenta años y a un niño, un adolescente más bien, vestido de colegial, cuyo fresco rostro enmarcado por unos cabellos ensortijados estudió.
«Era eso… -se dijo-. ¡Ah, pobre mujer!»
La mano que tomó entre las suyas iba calentándose poco a poco. Los ojos se abrieron, luego volvieron a cerrarse. Murmuró:
–Jacques…
–No se preocupe…, está durmiendo… Todo va bien.
Iba recobrando completamente el conocimiento. Pero, como seguía callada, Lupin empezó a hacerle preguntas para llevarla poco a poco a la necesidad de expansionarse. Y así, señalando el medallón de los retratos, le dijo:
–El colegial es Gilbert, ¿no?
–Sí -dijo ella.
–¿Y Gilbert es hijo suyo?
Ella tuvo un estremecimiento y murmuró:
–Sí, Gilbert es hijo mío, mi hijo mayor.
¡Así pues, ella era la madre de Gilbert, de Gilbert, el detenido de la Santé, acusado de asesinato, y a quien la justicia perseguía con tanto rigor!
Lupin continuó:
–¿Y el otro retrato?
–Es el de mi marido.
–¿Su marido?
–Sí, murió ahora hace tres años.
Ella se sentó. De nuevo la vida volvía a ella, así como el espanto de vivir y el espanto de todas las cosas terroríficas que la amenazaban. Lupin siguió diciéndole:
–¿Cómo se llamaba su marido?
Ella vaciló un momento y respondió:
–Mergy.
El gritó:
–¿Victorien Mergy, el diputado?
–Sí.
Hubo un largo silencio. Lupin no había olvidado el suceso y el ruido que había armado aquella muerte. Tres años antes el diputado Mergy se había levantado la tapa de los sesos en los pasillos de la Cámara, sin dejar una palabra de explicación, sin que por consiguiente pudiera encontrarse el menor motivo para aquel suicidio.
–Motivo -dijo Lupin, acabando su pensamiento en voz alta- que usted no ignora.
–No lo ignoro.
–¿Gilbert, quizá?
–No; Gilbert había desaparecido varios años antes, expulsado y maldecido por mi marido. Su pena fue muy grande, pero hubo otra razón…
–¿Cuál? – dijo Lupin.
Pero no era necesario que Lupin siguiera haciendo preguntas. La señora Mergy ya no podía callarse y, lentamente al principio, con la angustia de todo aquel pasado que era preciso resucitar, se expresó así:
–Hace veinticinco años, cuando yo me llamaba Clarisse Darcel y mis padres vivían aún, me encontré en la alta sociedad de Niza[15] con tres jóvenes, cuyos nombres lo iluminarán en seguida acerca del drama actual: Alexis Daubrecq, Victorien Mergy y Louis Prasville. Los tres se conocían desde antes, estudiantes del mismo curso y amigos de la mili. A Prasville le gustaba entonces una actriz que cantaba en la Opera de Niza. A los otros dos, Mergy y Daubrecq, les gustaba yo. Por lo demás, sobre todo esto y sobre toda aquella historia seré breve. Los hechos son harto elocuentes. Desde el primer momento me enamoré de Victorien Mergy. Quizá cometí un error al no declarárselo en seguida. Pero todo amor sincero es tímido, vacilante, respetuoso, y yo no anuncié mi elección hasta no tener plena certeza y plena libertad. Desgraciadamente aquel periodo de espera, tan delicioso para los que se aman en secreto, había permitido a Daubrecq albergar esperanzas. Su cólera fue atroz.
Clarisse Mergy se detuvo unos segundos y prosiguió con voz alterada:
–No lo olvidaré jamás… Estábamos los tres en el salón. ¡Ah! Todavía oigo las palabras que pronunció, palabras de odio y de amenaza horrible. Victorien estaba confuso. Nunca había visto a su amigo de aquel modo, con aquel rostro repugnante, aquella expresión de animal… Sí, un animal feroz… Rechinaba los dientes. Pateaba. Sus ojos (entonces no llevaba gafas), sus ojos inyectados en sangre rodaban en sus órbitas, y no dejaba de repetir: «Me vengaré…, me vengaré… ¡Ah, no sabéis de lo que soy capaz! Esperaré si es preciso diez años, veinte años… Pero llegaré como un trueno… ¡Ah, no sabéis…! Vengarse… Hacer el mal… por el mal… ¡Qué alegría! He nacido para hacer el mal… Y los dos me suplicaréis de rodillas, sí, de rodillas.» Ayudado por mi padre, que entraba en aquel momento, y por un criado, Victorien Mergy echó fuera a aquel ser abominable. Seis semanas más tarde me casé con Victorien.
–¿Y Daubrecq? – interrumpió Lupin-. ¿No intentó…?
–No, pero el día de mi boda Louis Prasville, que nos sirvió de testigo pese a la prohibición de Daubrecq, al volver a su casa encontró a la joven que amaba, aquella cantante de la Opera…, la encontró muerta, estrangulada…
–¡Cómo! – dijo Lupin sobresaltándose-. ¿Es que Daubrecq…?
–Se supo que Daubrecq la perseguía asiduamente desde hacía algunos días, pero no se supo nada más. Fue imposible establecer quién había entrado y salido en ausencia de Prasville. No se descubrió ninguna huella, nada, absolutamente nada.
–Sin embargo, Prasville…
–Para Prasville, para nosotros, la verdad no ofrecía duda. Daubrecq quiso raptar a la joven, quizá quiso atropellada, forzarla, y en el curso de la lucha, enloquecido, perdió la cabeza, la cogió por la garganta y la mató, casi sin saberlo. Pero de todo aquello ni una prueba; Daubrecq ni siquiera se preocupó.
–¿Y después qué fue de él?
–Durante varios años no oímos hablar de él. Sólo supimos que se había arruinado en el juego y que se había ido a América. Y, a pesar mío, iba olvidando su cólera y sus amenazas, totalmente dispuesta a creer que ya no me amaba, que ya no pensaba en sus proyectos de venganza. Además, yo era demasiado dichosa para andar ocupándome de lo que no era mi amor, mi felicidad, la situación política de mi marido, la salud de mi hijo Antoine.
–¿Antoine?
–Sí, es el verdadero nombre de Gilbert; el desgraciado ha conseguido al menos ocultar su personalidad.
Lupin preguntó:
¿En qué época… comenzó… Gilbert?…
–No sabría decirlo con exactitud. Gilbert (prefiero llamarlo así y no pronunciar su verdadero nombre), Gilbert de niño era lo que es hoy, amable, simpático con todos, encantador, pero perezoso e indisciplinado. Cuando hizo quince años, lo enviamos a un colegio de los alrededores de París, precisamente para alejarlo un poco de nosotros. Dos años después nos lo mandaban a casa.
–¿Por qué?
–Por su conducta. Habían descubierto que se escapaba por las noches, y también que durante semanas enteras, mientras se suponía que estaba con nosotros, en realidad desaparecía.
–¿Qué hacía?
–Se divertía, jugaba en las carreras, se arrastraba por los cafés y los bailes públicos.
–¿Entonces tenía dinero?
–Sí.
–¿Quién se lo daba?
–Su genio del mal, el hombre que a espaldas de sus padres lo hacía salir del colegio, el hombre que lo descarrió, que lo corrompió, que nos lo arrancó, que le enseñó la mentira, el libertinaje, el robo.
–¿Daubrecq?
–Daubrecq.
Clarisse Mergy disimulaba entre sus manos juntas el rubor de su frente. Prosiguió con su voz cansada:
–Daubrecq se había vengado. Al día siguiente mismo de aquel en que mi marido echaba de casa a nuestro desgraciado hijo, Daubrecq nos desvelaba en la más cínica de las cartas el papel odioso que había jugado, y las maquinaciones gracias a las cuales había conseguido pervertir a nuestro hijo. Continuaba así: «El correccional uno de estos días…, más tarde los tribunales…, y después, con un poco de suerte, el cadalso».
Lupin exclamó:
–¿Cómo? ¿Ha sido Daubrecq quien ha tramado todo este asunto?
–No, no; ahí no ha habido más que una casualidad. La abominable predicción no era más que un deseo formulado por él. ¡Pero cuánto me aterrorizó! Yo estaba enferma en aquel momento. Mi otro hijo, mi pequeño Jacques, acababa de nacer. Cada día nos traía alguna nueva fechoría cometida por Gilbert, falsificación de firmas, estafas…, aunque a nuestro alrededor anunciamos su marcha al extranjero y luego su muerte. La vida fue lamentable, y lo fue mucho más cuando estalló la tormenta política en que mi marido iba a naufragar.
–¿Cómo fue eso?
–Dos palabras serán suficientes: el nombre de mi marido está en la lista de los veintisiete.
–¡Ah!
De golpe el velo se desgarraba ante los ojos de Lupin y veía al resplandor de un relámpago toda una región de cosas que se ocultaban hasta entonces en las tinieblas.
Con voz más fuerte Clarisse Mergy prosiguió:
–Sí, su nombre está escrito en ella, pero por error, por una especie de mala suerte increíble de que fue víctima. Victorien Mergy formó parte, en efecto, de la comisión encargada de estudiar el canal francés de Los Dos Mares[16]. Votó, en efecto, con los que aprobaron el proyecto de la Compañía. Incluso cobró, sí, lo digo con toda claridad y preciso la cantidad, cobró quince mil francos. Pero los cobró para otro, para uno de sus amigos políticos en quien tenía una confianza absoluta y del que fue instrumento ciego, inconsciente. Creyó hacer una buena acción y se perdió. El día en que, tras el suicidio del presidente de la Compañía y la desaparición del cajero, el caso del canal apareció con todo su cortejo de chanchullos y suciedades, sólo ese día supo mi marido que muchos de sus colegas habían sido comprados, y comprendió que su nombre, como el de ellos, como el de otros diputados, jefes de grupos, parlamentarios influyentes, se encontraba en aquella lista misteriosa de que empezó a hablarse de pronto. ¡Ah, qué días tan horribles pasaron! ¿Sería publicada la lista? ¿Sería pronunciado su nombre? ¡Qué tortura! ¿Recuerda usted el enloquecimiento de la Cámara, aquella atmósfera de terror y delación? ¿Quién tenía la lista? No se sabía. Se sabía su existencia. Eso era todo. Dos hombres fueron barridos por la tempestad. Y siempre se ignoraba de dónde procedía la denuncia y en qué manos se hallaban los papeles acusadores.
–Daubrecq -insinuó Lupin.
–¿Eh? No -gritó la señora Mergy-. Daubrecq no era aún nadie en aquella época, aún no había aparecido en escena. No…, recuerde usted…, la verdad se supo de golpe, por el mismo que la detentaba, Germineaux, el ex ministro de Justicia y primo del presidente de la Compañía del Canal. Enfermo, tísico, desde su lecho de agonizante escribió al prefecto de Policía, legándole aquella lista que, decía, encontrarían después de su muerte en un cofre de hierro al fondo de su habitación. La casa fue rodeada de agentes. El prefecto se estableció en la morada al lado del enfermo. Germineaux murió. Abrieron el cofre. Estaba vacío.
–Ahora sí, Daubrecq -afirmó Lupin.
–Sí, Daubrecq -profirió la señora Mergy, cuya agitación crecía por minutos-, Alexis Daubrecq, que, desde hacía seis meses, disfrazado, ir reconocible, servía de secretario a Germineaux. ¿Cómo había sabido que Germineaux era el poseedor del famoso papel? Poco importa. Lo cierto es que había descerrajado el cofre la noche misma que precedió a la muerte. La investigación lo demostró y la identidad de Daubrecq fue establecida.
–¿Pero no lo detuvieron?
–¡Para qué! Se suponía que había puesto la lista a buen recaudo. Detenerlo significaba el escándalo, el caso que volvería a comenzar, ese feo caso del que todo el mundo está cansado y que se quiere ahogar a toda costa.
–¿Entonces?
–Negociaron.
Lupin se echó a reír.
–¡Negociar con Daubrecq, qué divertido!
–Sí, muy divertido -silabeó la señora Mergy con un tono áspero-. Durante ese tiempo él en cambio actuaba, y rápidamente, sin vergüenza, yendo derecho al grano. Ocho días después del robo se dirigió a la Cámara de los diputados, preguntó por mi marido, y brutalmente le exigió treinta mil francos en el plazo de veinticuatro horas. Si no, el escándalo, el deshonor. Mi marido conocía al individuo, sabía que era implacable, que estaba lleno de rencor y ferocidad. Perdió la cabeza y se mató.
–¡Absurdo! – no pudo evitar decir Lupin-. Daubrecq posee una lista de veintisiete nombres. Para entregar uno de esos nombres, si quiere que se conceda crédito a su acusación, se verá obligado a publicar la lista misma, es decir, a desasirse del documento, o al menos de la fotografía de ese documento, y al hacerlo provocará el escándalo, pero se verá privado en lo sucesivo de todo medio de acción y de chantaje.
–Sí y no -dijo ella.
–¿Cómo lo sabe usted?
–Por Daubrecq; por Daubrecq, que vino a verme el miserable y me contó cínicamente su entrevista con mi marido y las palabras intercambiadas. Pues bien, no existe más que esa lista, no existe más que ese famoso trozo de papel, en el que el cajero iba anotando los nombres y las cantidades cobradas, y en el que, recuérdelo, el presidente de la Compañía estampó antes de morir su firma en letras de sangre. No existe más que eso. Hay ciertas pruebas más vagas que los interesados no conocen: correspondencia entre el presidente de la Compañía y su cajero, entre el presidente y sus abogados consejeros, etc. Desde luego lo único que cuenta es la lista garrapateada en el pedazo de papel; ésa es la prueba única, irrecusable, que no serviría de nada copiar o fotografiar, pues dicen que su autenticidad puede ser controlada de la forma más rigurosa. Pero aun así los otros indicios son peligrosos. Ellos han bastado para derribar ya a dos diputados. Y Daubrecq sabe jugar con eso de maravilla. Asusta a la víctima escogida, la enloquece, le muestra el escándalo inevitable, y o le abonan la cantidad exigida, o se matan como mi marido. ¿Comprende usted ahora?
–Sí -dijo Lupin.
Y en el silencio que siguió reconstruyó la vida de Daubrecq. Lo veía dueño de aquella lista, utilizando su poder, saliendo poco a poco de la sombra, arrojando a manos llenas el dinero que sacaba extorsionando a sus víctimas, consiguiendo que lo nombraran consejero general y diputado, reinando por medio de la amenaza y el terror, impune, inaccesible, inatacable, temido por un gobierno que prefiere someterse a sus órdenes antes que declararle la guerra, respetado por los poderes públicos, tan poderoso en fin, que habían nombrado secretario general de la prefectura de Policía a Prasville, contra todos los derechos adquiridos, por el solo motivo de que odiaba a Daubrecq con un odio personal.
–¿Y volvió usted a verlo?
–Volví a verlo. Era preciso. Mi marido había muerto, pero su honor permanecía intacto. Nadie había sospechado la verdad. Para defender por lo menos el nombre que me dejaba, acepté la primera entrevista con Daubrecq.
–La primera, en efecto, porque ha habido otras, ¿no?…
–Muchas otras -pronunció ella con voz alterada-. Sí, muchas otras…, en el teatro…, o ciertas tardes en Enghien…, o en París de noche…, pues tenía vergüenza de ver a ese hombre y no quiero que se sepa… Pero era preciso… Un deber más imperioso que todo me lo ordenaba…, el deber de vengar a mi marido…
Se inclinó sobre Lupin, y ardorosamente: -Sí, la venganza fue la razón de mi conducta y el cuidado de toda mi vida. Vengar a mi marido, vengar a mi hijo perdido, vengarme a mí misma de todo el mal que me ha hecho… Ya no tenía otro sueño, otro objetivo. Eso es lo que yo quería, el aplastamiento de ese individuo, su miseria, sus lágrimas -¡como si todavía pudiera llorar!-, sus sollozos, su desesperación…
–Su muerte -interrumpió Lupin, que se acordaba de la escena ocurrida entre ambos en el despacho de Daubrecq.
–No, su muerte no. He pensado en ello a menudo… Incluso llegué a levantar el brazo contra él… ¡Pero para qué! Ha debido de tomar sus precauciones. El papel seguiría existiendo. Y además matarlo no es vengarse… Mi odio va más lejos… Quiere su pérdida y su hundimiento, y para ello no hay más que un solo medio: arrancarle sus garras. Privado de ese documento que lo hace tan fuerte, Daubrecq deja de existir. ¡Es la ruina inmediata, el naufragio, y en qué lamentables condiciones! Eso es lo que he buscado.
–Pero Daubrecq no podía equivocarse sobre las intenciones de usted.
–Claro que no. Por eso le juro que no ha habido tan extrañas entrevistas como las nuestras; yo, vigilándolo, intentando adivinar tras sus palabras el secreto que oculta… y él…, él…
–Y él -dijo Lupin, acabando el pensamiento de Clarisse Mergy-, él, acechando la presa que desea…, la mujer a la que nunca ha dejado de amar…, a la que ama todavía…, y que quiere con todas sus fuerzas y con toda su rabia…
Ella bajó la cabeza y dijo simplemente:
–Sí.
Duelo extraño, en efecto, el que enfrentaba entre sí a aquellos dos seres separados por tantas cosas implacables. ¡Cuan desenfrenada tenía que ser la pasión de Daubrecq para arriesgarse así a aquella perpetua amenaza de muerte, para introducir tan cerca de él, en su intimidad, a aquella mujer cuya existencia había devastado! Pero, del mismo modo, ¡cuán plenamente seguro tenía que sentirse!
–¿Y adonde la condujeron… sus pesquisas? – preguntó Lupin.
–Mis pesquisas -dijo ella- fueron durante mucho tiempo infructuosas. Los procedimientos de investigación que ha seguido usted, los que por su lado ha seguido la policía, también yo los empleé, y años antes que usted, pero en vano. Ya comenzaba a desesperar, cuando un día en que fui a casa de Daubrecq, a su chalet de Enghien, encontré debajo de su mesa el principio de una carta arrugada y arrojada entre los papelotes de un cesto. Aquellas líneas eran de su puño y letra y estaban escritas en mal inglés. Pude leer: «Vacíe el cristal en el interior, de modo que quede un vacío imposible de sospechar.»
»Quizá no hubiera dado a aquella frase toda la importancia que merecía, si Daubrecq, que se encontraba entonces en el jardín, no hubiera llegado corriendo y se hubiera puesto a registrar el cesto de los papeles con una prisa significativa. Me miraba con aire sospechoso.
»-Había aquí… una carta…
»Yo puse cara de no entender. No insistió, pero su agitación no se me había escapado, y empecé a encaminar mis pesquisas en ese sentido. Fue así como un mes después descubrí, entre las cenizas de la chimenea del salón, la mitad de una factura inglesa. John Howard, vidriero de Stourbridge[17], había hecho al diputado Daubrecq un frasco de cristal igual que el modelo. La palabra orillas del Stour «cristal» me chocó, fui a Stourbridge, soborné al encargado de la vidriería, y supe que el tapón de dicho frasco, siguiendo la fórmula del encargo, había sido vaciado interiormente de manera que quedara un vado imposible de sospechar.
Lupin inclinó la cabeza.
–La información no ofrecía ninguna duda. Sin embargo no me ha parecido que, incluso bajo la franja de oro… Y además el escondrijo sería harto exiguo.
–Exiguo pero suficiente -dijo ella.
–¿Cómo lo sabe usted?
–Por Prasville.
–¿Entonces lo ve usted?
–Desde aquella época, sí. Antes mi marido y yo habíamos roto toda relación con él, a consecuencia de ciertos incidentes equívocos. Prasville es un hombre de moralidad más que dudosa, un ambicioso sin escrúpulos, y que ciertamente ha tenido un feo papel en el asunto del canal de Los Dos Mares. ¿Sacó tajada él también? Es probable. No importa, yo tenía necesidad de ayuda. Acababa de ser nombrado secretario general de la Prefectura. Así que me dirigí a él.
–¿Conocía él -preguntó Lupin- la conducta de su hijo Gilbert?
–No. Tuve la precaución, justamente por la situación que ocupa, de confirmarle, como a todos nuestros amigos, la marcha y la muerte de Gilbert. En cuanto al resto, le dije la verdad, es decir, los motivos que habían ocasionado el suicidio de mi marido, y el objetivo de venganza que yo perseguía. Cuando le hube puesto al tanto de mis descubrimientos, saltó de alegría y sentí que su odio contra Daubrecq no había disminuido en absoluto. Charlamos un buen rato y supe por él que la lista estaba escrita en un trozo de papel de cebolla, sumamente delgado, y que reducido a una especie de bolita podía entrar perfectamente en un espacio de lo más restringido. Para él, como para mí, no cabía la menor vacilación. Conocíamos el escondrijo. Quedó entendido que cada uno actuaríamos por nuestro lado y que nos comunicaríamos en secreto. Yo lo puse en relación con Clémence, la portera de la glorieta Lamartine, que era incondicionalmente mía…
–Pero que no lo era tanto de Prasville -dijo Lupin -, pues tengo la prueba de que ella no traiciona.
–Ahora quizá; al principio, no, y las pesquisas de la policía fueron numerosas. Fue en aquel momento, hace ahora diez meses, cuando Gilbert reapareció en mi vida. Una madre no deja de amar a su hijo, haya hecho lo que haya hecho, haga lo que haga. Y además ¡Gilbert tiene tal encanto…! Usted lo conoce. Lloró, besó a mi pequeño Jacques, su hermano… Lo perdoné.
En voz baja, con los ojos fijos en el suelo, pronunció:
–¡Ojalá no lo hubiera perdonado! ¡Ah, si pudiera volver a vivir aquella hora! ¡Cómo habría tenido el horrible coraje de echarlo! Pobre hijo mío…, he sido yo quien lo ha perdido…
Continuó pensativamente:
–No me habría faltado coraje si hubiera sido tal como me lo imaginaba, y tal como fue durante mucho tiempo, según me ha dicho, marcado por los excesos y por el vicio, grosero, caído… Pero, aunque desconocido en su aspecto externo, desde el punto de vista, ¿cómo diría yo?, desde el punto de vista moral, había habido ciertamente una mejora. Usted lo había sostenido, levantado, y, aunque su existencia me fuera odiosa…, guardaba a pesar de todo cierta corrección…, algo así como un fondo de honestidad que subía a la superficie… Era alegre, descuidado, feliz… ¡Y me hablaba de usted con tanto afecto!
Buscaba las palabras, confusa, no atreviéndose a condenar delante de Lupin la clase de existencia que había escogido Gilbert, aunque tampoco podía hacer su elogio.
–¿Y después? – dijo Lupin.
–Después volví a verlo con frecuencia. El venía a verme furtivamente, o bien iba yo a encontrarme con él, y nos paseábamos por el campo. Fue así como poco a poco llegué a contarle nuestra historia. Inmediatamente se inflamó. También él quería vengar a su padre y, robando el tapón de cristal, vengarse a sí mismo del mal que Daubrecq le había hecho. Su primera idea (y en eso, debo decirlo, no cambió jamás) fue la de entenderse con usted.
–Pues para eso -gritó Lupin- era preciso…
–Sí, ya lo sé… y yo era del mismo parecer. Por desgracia, mi pobre Gilbert (¡usted sabe lo débil que es!) estaba sometido a la influencia de uno de sus compañeros.
–Vaucheray, ¿no?
–Sí, Vaucheray, un alma turbia, llena de hiel y de envidia, un ambicioso artero, un hombre astuto y tenebroso que tenía sobre mi hijo un ascendiente considerable. Gilbert cometió el error de confiarse a él y pedirle consejo. Todo el mal viene de ahí. Vaucheray lo convenció y me convenció a mí también de que más valía actuar por nuestra propia cuenta. Estudió el caso, tomó la dirección del mismo y finalmente organizó la expedición a Enghien y, conducidos por usted, el robo con escalo del chalet Marie-Thérese, que Prasville y sus agentes no habían podido visitar a fondo a causa de la activa vigilancia del criado Léonard. Era una locura. Era preciso o bien abandonarse a la experiencia de usted, o bien tenerlo absolutamente al margen del complot, so pena de un funesto malentendido o de una vacilación peligrosa. ¿Pero qué quiere usted? Vaucheray nos dominaba. Acepté una entrevista con Daubrecq en el teatro. Durante ese tiempo tuvo lugar el caso. Cuando hacia medianoche volví a mi casa me enteré del terrible resultado, del asesinato de Léonard, de la detención de mi hijo. En seguida tuve la intuición del futuro. La espantosa predicción de Daubrecq se realizaba: habría juicio, habría condena. Y todo por mi culpa, por culpa de la madre, que había empujado al hijo hacia el abismo, de donde nada podía ya sacarlo.
Clarisse se retorcía las manos y la sacudían estremecimientos de fiebre. ¿Hay sufrimiento que pueda compararse con el de una madre que tiembla por la cabeza de su hijo? Conmovido de piedad, Lupin le dijo:
–Lo salvaremos. Sobre eso no hay sombra de duda. Pero es necesario que conozca todos los detalles. Acabe, se lo suplico… ¿Cómo supo usted aquella misma noche los sucesos de Enghien?
Ella se dominó y, con el rostro contraído por la angustia, respondió:
–Por dos de sus cómplices, o mejor dos cómplices de Vaucheray, que estaban totalmente de su parte y a los que él había escogido para conducir las dos barcas.
–¿Son los que están ahí fuera, Grognard y Le Ballu?
–Sí. Al volver del chalet, cuando, perseguido en el lago por el comisario de policía, subió usted a bordo, les soltó unas palabras de explicación mientras se dirigía hacia el automóvil. Enloquecidos, corrieron a mi casa, donde ya habían ido antes, y me dieron cuenta de la horrible noticia. ¡Gilbert estaba en la cárcel! ¡Ah, qué noche más horrorosa! ¿Qué hacer? ¿Buscarlo a usted? Claro, e implorar su ayuda. ¿Pero dónde encontrarlo? Fue entonces cuando Grognard y Le Ballu, acorralados por las circunstancias, se decidieron a explicarme el papel de su amigo Vaucheray, sus ambiciones, su designio largamente madurado…
–De deshacerse de mí, ¿no? – rió burlonamente Lupin.
–Sí. Como Gilbert gozaba de toda la confianza de usted, él vigilaba a Gilbert y así fue conociendo todos sus domicilios. Unos días más, y una vez en posesión del tapón de cristal, dueño de la lista de los veintisiete, heredero de la omnipotencia de Daubrecq, lo entregaría a usted a la policía, sin que la banda, suya en lo sucesivo, se viera ni siquiera comprometida.
–¡Imbécil!… -murmuró Lupin-. ¡Un subalterno como él!
Y añadió:
–Así pues, los paneles de las puertas…
–Fueron recortados por instigación suya, en previsión de la lucha que entablaba contra usted y contra Daubrecq, en cuya casa comenzó el mismo trabajo. Tenía a su disposición una especie de acróbata, un enano de una delgadez extrema, a quien le bastaban aquellos orificios y que así sorprendía toda la correspondencia y los secretos de usted. Esto es lo que sus dos amigos me revelaron. En seguida me vino la idea: servirme, para salvar a mi hijo mayor, de su hermano, de mi pequeño Jacques, tan delgado también él, y tan inteligente y tan valiente como ha podido usted ver. Salimos por la noche. Siguiendo las indicaciones de mis compañeros, encontré en el domicilio personal de Gilbert los dobles de las llaves del apartamento de la calle Matignon, donde parecía que usted iría a dormir. Por el camino, Grognard y Le Ballu me confirmaron en mi resolución, y ya pensaba mucho menos en pedirle a usted ayuda que en quitarle el tapón de cristal, el cual, si había sido descubierto en Enghien, evidentemente debía estar en su casa. No me equivocaba. Al cabo de unos minutos mi pequeño Jacques, que se introdujo en su habitación, me lo traía. Me fui, vibrante de esperanza. Dueña a mi vez del talismán, guardándolo para mí sola, sin prevenir a Prasville, tenía todo el poder sobre Daubrecq. Lo haría actuar a mi antojo y, dirigido por mí, esclavo de mi voluntad, multiplicaría las diligencias en favor de Gilbert, obtendría que lo dejaran evadirse, o por lo menos que no lo condenaran. Era la salvación.
–¿Y bien?
Clarisse se levantó con un impulso de todo su ser, se inclinó sobre Lupin, y le dijo con voz sorda:
–No había nada en aquel pedazo de cristal, nada, ¿lo oye?, ningún papel, ningún escondrijo. ¡Toda la expedición de Enghien era inútil! ¡Inútil el asesinato de Léonard! ¡Inútil la detención de mi hijo! ¡Inútiles todos mis esfuerzos! – ¿Pero por qué? ¿Por qué?
–¿Por qué? Porque el tapón que robó usted a Daubrecq no era el fabricado por orden suya, sino el tapón que había servido de modelo al vidriero John Howard, de Stourbridge.
Si Lupin no hubiera estado frente a un dolor tan profundo, no hubiera podido por menos de soltar una de esas ocurrencias irónicas que le inspiran las picardías del destino. Dijo entre dientes:
–¡Qué cosa más tonta! Y tanto más habremos puesto sobre aviso a Daubrecq.
–No -dijo ella-. Aquel mismo día yo volví a Enghien. En todo aquello Daubrecq no vio ni ve aún hoy más que un robo ordinario, un saqueo a sus colecciones. La participación de usted lo ha inducido a error.
–Sin embargo el tapón desapareció.
–En primer lugar aquel objeto no puede tener para él más que una importancia secundaria, puesto que no es más que el modelo.
–¿Cómo lo sabe usted?
–Hay un arañazo en la base del tronco, y después me informé en Inglaterra.
–De acuerdo, ¿pero por qué el criado no abandonaba la llave del armario de donde fue robado? Y, en segundo lugar, ¿por qué hemos vuelto a encontrarlo en el cajón de una mesilla en casa de Daubrecq, en París?
–Evidentemente Daubrecq tiene cuidado con él, y le interesa como interesa el modelo de una cosa que tiene valor. Por eso precisamente volví yo a colocar el tapón en el armario antes de que él advirtiera su desaparición. Y también por eso la segunda vez hice que mi pequeño Jacques le quitara a usted el tapón del bolsillo mismo de su abrigo y que la portera volviera a colocarlo en su sitio.
–¿Entonces no sospecha nada?
–Nada; sabe que buscamos la lista, pero ignora que Prasville y yo conocemos el objeto donde la esconde.
Lupin se levantó y recorrió la habitación de arriba abajo reflexionando. Luego se detuvo junto a Clarisse Mergy.
–En resumen, después de los sucesos de Enghien ¿no ha conseguido usted dar un solo paso adelante?
–Ni uno solo -dijo ella-. He actuado al día, conducida por esos dos hombres o bien conduciéndolos, todo ello sin un plan preciso.
–O al menos -dijo él- sin otro plan que el de arrancar a Daubrecq la lista de los veintisiete.
–Sí, ¿pero cómo? Además las maniobras de usted nos molestaban, hemos tardado en reconocer a su vieja sirvienta Victoire en la nueva cocinera de Daubrecq, y en descubrir, gracias a las indicaciones de la portera, que Victoire le daba a usted asilo, y yo tenía miedo de sus proyectos.
–Era usted quien me escribía que me retirara de la lucha, ¿no?
–Sí.
–También era usted quien me pedía que no fuera al teatro la noche del Vaudeville.
–Sí. La portera había sorprendido a Victoire escuchando la conversación que Daubrecq y yo tuvimos por teléfono, y Le Ballu, que vigilaba la casa, lo vio a usted salir. Así que pensé que por la noche seguiría usted a Daubrecq.
–¿Y la dependienta que vino aquí una tarde?
–Era yo, yo, que, desanimada, quería verlo.
–¿Y fue usted quien interceptó la carta de Gilbert?
–Sí, reconocí su letra en el sobre.
–¿Y el pequeño Jacques no estaba con usted?
–No. Estaba fuera, en el automóvil con Le Ballu. Lo hice subir por la ventana del salón y se deslizó en esta habitación por el orificio del panel.
–¿Qué contenía la carta?
–Desgraciadamente reproches de Gilbert. Lo acusaba a usted de abandonarlo, de tomar el asunto por su cuenta. En una palabra, aquello me confirmaba en mi desconfianza. Huí.
Lupin se encogió de hombros con irritación.
–¡Cuánto tiempo perdido! ¡Y por qué fatalidad no hemos podido entendernos antes! Estábamos jugando los dos al escondite… Estábamos tendiéndonos trampas absurdas…, Y pasaban los días, días preciosos, irreparables.
–¿Lo ve, lo ve? – dijo ella estremeciéndose-. ¡También usted tiene miedo del futuro!
–No, yo no tengo miedo -gritó Lupin-. Pero pienso en las cosas útiles que hubiéramos podido tener hechas de haber unido antes nuestros esfuerzos. Pienso en todos los errores, en todas las imprudencias que nuestro acuerdo nos hubiera evitado. Pienso que su intentona de esta noche de registrar la ropa que lleva Daubrecq ha sido tan vana como las otras, y que en este momento, gracias a nuestro estúpido duelo, gracias al tumulto que hemos organizado en su hotel, Daubrecq estará advertido y será aún mucho más precavido que antes.
Clarisse Mergy bajó la cabeza.
–No, no, no creo, el ruido no ha debido de despertarlo, pues hemos retrasado un día la intentona para que la portera pudiera echarle en el vino un narcótico muy fuerte.
Y añadió lentamente:
–Y además, ningún acontecimiento hará que Daubrecq sea más precavido de lo que es, ¿comprende? Su vida no es más que un cúmulo de precauciones contra el peligro. No ha dejado nada al azar… Por lo demás, ¿no tiene todos los triunfos en la mano?
Lupin se acercó y le preguntó:
–¿Qué quiere usted decir? ¿Así que según usted no habría esperanza por ese lado? ¿No habría un solo medio para llegar a nuestro objetivo?
–Sí -murmuró ella-. Hay uno, solo uno…
Antes de que hubiera ocultado otra vez el rostro entre las manos, él notó su palidez. Y otra vez un estremecimiento de fiebre la sacudió de pies a cabeza.
El creyó comprender la razón de su espanto e, inclinándose sobre ella, conmovido por su dolor:
–Responda sin rodeos, se lo suplico. ¿Es por Gilbert, verdad?… Si afortunadamente la justicia no ha podido descifrar el enigma de su pasado, si hasta ahora no se sabe el verdadero nombre del cómplice de Vaucheray, al menos hay alguien que lo sabe, ¿no es eso? ¿No es eso? ¿Ha reconocido Daubrecq a su hijo Antoine bajo la máscara de Gilbert?
–Sí, sí…
–Y él promete salvarlo, ¿verdad? Le ofrece su libertad, su evasión, no sé qué… ¿Verdad que es eso lo que le ofreció a usted una noche en su despacho, la noche en que usted intentó herirlo?…
–Sí…, sí…, eso es.
–Y como condición, una sola, ¿verdad? Una condición abominable, tal como sólo ese miserable podía imaginar. ¿He comprendido, verdad?
Clarisse no respondió. Parecía agotada por una larga lucha contra un enemigo que iba ganando terreno cada día, y contra el que era verdaderamente imposible combatir.
Lupin vio en ella la presa conquistada de antemano, entregada al capricho del vencedor. Clarisse Mergy, la mujer enamorada de aquel Mergy a quien Daubrecq había realmente asesinado, la madre espantada de aquel Gilbert a quien Daubrecq había descarriado, Clarisse Mergy, para salvar a su hijo del cadalso, debería someterse, sucediera lo que sucediese, al deseo de Daubrecq. Ella sería la amante, la mujer, la esclava obediente de aquel personaje innombrable, en el que Lupin no podía pensar sin que le provocase rebelión y disgusto.
Y, sentándose junto a ella, suavemente, con gesto de compasión, la obligó a levantar la cabeza y, los ojos en los ojos, le dijo:
–Escúcheme bien. Juro que salvaré a su hijo…, se lo juro. Su hijo no morirá, ¿lo oye?… No hay fuerza humana que, mientras yo viva, pueda hacer que toquen la cabeza de su hijo.
–Le creo…, tengo confianza en su palabra.
–Tenga confianza…, es la palabra de un hombre que no conoce la derrota. Lo conseguiré. Sólo le suplico que tome una decisión irrevocable.
–¿Cuál?
–No vuelva a ver a Daubrecq.
–¡Se lo juro!
–Arroje de su espíritu toda idea, todo temor, por oscuro que sea, de un acuerdo entre usted y él…, de cualquier tipo de trato…
–Se lo juro.
Ella lo miraba con una expresión de seguridad y de abandono absoluto, y bajo su mirada él experimentó la alegría de dedicarse a ella, y el deseo ardiente de devolver a aquella mujer la felicidad, o por lo menos la paz y el olvido que cierran las heridas.
–Vamos -dijo, levantándose y con un tono jovial-, todo irá bien. Tenemos dos o tres meses por delante. Es más de lo que nos hace falta…, a condición naturalmente de que yo me vea libre en mis movimientos. Y para ello tiene usted que retirarse de la batalla, ¿comprende?
–¿Cómo?
–Sí, desaparecer durante algún tiempo, instalarse en el campo. Además, ¿no tiene usted piedad de su pequeño Jacques? A este ritmo vamos a destrozarle los nervios al pobre niño… Y la verdad es que se ha ganado bien su descanso… ¿No es así, Hércules?
Al día siguiente Clarisse Mergy, a quien tantos acontecimientos habían abatido y que también tenía necesidad de un poco de reposo, so pena de caer enferma, se hospedaba con su hijo en casa de una amiga suya, cuya casa se elevaba a la orilla misma del bosque de Saint-Germain. Muy débil, con el cerebro obsesionado por pesadillas, presa de desarreglos nerviosos que la menor emoción exasperaba, vivió allí unos días de postración física y de inconsciencia. Ya no pensaba en nada. La lectura de los periódicos le estaba prohibida.
Pues bien, una tarde, mientras Lupin, cambiando de táctica, estudiaba el modo de proceder al rapto y secuestro del diputado Daubrecq; mientras Grognard y Le Ballu, a quienes había prometido su perdón en caso de éxito, vigilaban las idas y venidas del enemigo; mientras todos los periódicos anunciaban la próxima comparecencia ante el tribunal de los cómplices de Arsenio Lupin, acusados los dos de asesinato, una tarde hacia las cuatro, un brusco timbrazo resonó en el apartamento de la calle Chateaubriand.
Era el teléfono.
Lupin descolgó el receptor.
–¿Diga?
Una voz de mujer, una voz sofocada articuló:
–¿El señor Michel Beaumont?
–Soy yo, señora. ¿Con quién tengo el honor…?
–Rápido, señor, venga a toda prisa, la señora Mergy acaba de envenenarse.
Lupin no pidió más explicaciones. Se lanzó fuera de casa, subió a su automóvil y ordenó que lo condujeran a Saint-Germain.
La amiga de Clarisse estaba esperándolo en el umbral de la habitación.
–¿Muerta? – dijo él.
–No, la dosis era insuficiente. El médico acaba de salir. Responde de ella.
–¿Y por qué razón ha intentado…?
–Su hijo Jacques ha desaparecido.
–¿Secuestrado?
–Sí. Estaba jugando a la entrada del bosque. Vimos detenerse un automóvil… Dos señoras viejas bajaron de él. Luego hubo gritos. Clarisse quiso gritar, pero cayó sin fuerzas, gimiendo: «Es él…, es ese hombre…, todo está perdido». Tenía el aspecto de una loca. De pronto se llevó un frasco a la boca y bebió.
–¿Y a continuación?
–A continuación la he transportado a mi habitación con la ayuda de mi marido. Sufría mucho.
–¿Cómo ha sabido usted mi dirección y mi nombre?
–Por ella, mientras el médico la curaba. Entonces le he telefoneado.
–¿Nadie está al corriente…?
–Nadie. Sé que Clarisse tiene disgustos terribles y que prefiere el silencio.
–¿Puedo verla?
–En este momento está durmiendo. Además el médico ha prohibido cualquier emoción.
–¿Está tranquilo el médico a este respecto?
–Teme la fiebre, la sobreexcitación nerviosa, un acceso cualquiera en que la enferma volviera a intentarlo. Y esa vez…
–¿Qué haría falta para evitarlo?
–Una semana o dos de tranquilidad absoluta, lo cual es imposible mientras su pequeño Jacques…
Lupin la interrumpió:
–¿Cree usted que si su hijo le fuera devuelto…?
–¡Ah, desde luego, en ese caso no habría nada que temer!
–¿Está usted segura?… ¿Está usted segura?… Por supuesto que sí, ¿verdad?… Pues bien, cuando se despierte la señora Mergy, dígale de mi parte que esta noche, antes de las doce, le traeré a su hijo. Esta noche, antes de las doce: mi promesa es formal.
Dichas estas palabras, Lupin salió rápidamente de la casa y volvió a subir a su automóvil, gritando al chófer:
–A París, glorieta de Lamartine, casa del diputado Daubrecq.
VI
La pena de muerte
El coche de Lupin, además de un despacho provisto de libros, papel, tinta y plumas, constituía un verdadero camerino de actor, con una caja completa de maquillaje, un baúl lleno de las ropas más diversas, otro abarrotado de accesorios, paraguas, bastones, pañuelos, anteojos, etc., en una palabra, todo un utillaje que le permitía sobre la marcha transformarse de pies a cabeza.
El caballero que tocó el timbre hacia las seis de la tarde en la reja del diputado Daubrecq era algo gordo, con levita negra, sombrero de copa, el rostro flanqueado por patillas, y unas gafas cabalgando sobre la nariz.
La portera lo condujo a la escalinata, donde, avisada por un timbrazo, apareció Victoire.
El le preguntó:
–¿Podría el señor Daubrecq recibir al doctor Vernes?
–El señor está en su habitación, y a estas horas…
–Entregúele mi tarjeta.
Escribió al margen estas palabras: «De parte de la señora Mergy», e, insistiendo:
–Tenga, no dudo de que me recibirá.
–Pero -objetó Victoire.
–Pero bueno, ¿vas a decidirte de una vez, vieja chocha? ¡Ya está bien de melindres!
Se quedó estupefacta y farfulló:
–¡Tú!… ¡Eres tú!
–No, es Luis XIV.
Y, empujándola hacia un rincón del vestíbulo:
él, sube a sal pitando!
–Escucha… ¡En cuanto esté a solas con él, sube a tu habitación, lía el petate de cualquier manera y sal pitando!
–¿Qué?
–Haz lo que te digo. Encontrarás mi auto un poco más lejos, en la avenida. Vamos, de prisa, anúnciame; espero en el despacho.
–Si no se ve.
–Pues enciende.
Dio la llave de la luz y dejó solo a Lupin.
«Aquí -pensaba mientras se sentaba-, aquí se encuentra el tapón de cristal. A no ser que Daubrecq lo lleve siempre consigo… Pero no, cuando uno tiene un buen escondrijo lo utiliza. Y ése es excelente, puesto que nadie… hasta ahora…»
Escudriñaba los objetos de la habitación con toda atención y se acordaba de la misiva que Daubrecq había escrito a Prasville: «Al alcance de tu mano, amigo mío… Lo has tocado… Un poco más… Y ya estaba…»
Nada parecía haberse movido desde aquel día. Las mismas cosas rodando por la mesa, libros, registros, una botella de tinta, una caja de sellos, tabaco, pipas, cosas todas que habían sido registradas y auscultadas muchas veces.
«¡Qué bicho! – pensó Lupin-. ¡Hay que ver lo bien estudiado que lo tiene todo! Esto se tiene como el drama de un buen artesano.»
En el fondo, aunque Lupin sabía exactamente a lo que había venido y cómo iba a actuar, no ignoraba la parte de incertidumbre y de azar que tenía su visita con un adversario de tamaña fuerza. Podía suceder muy bien que Daubrecq quedara dueño del campo de batalla y que la conversación tomase un giro absolutamente diferente del que Lupin pretendía darle.
Y aquella perspectiva no dejaba de causarle cierta irritación.
Se enderezó; un ruido de pasos se acercaba.
Entró Daubrecq.
Entró sin una palabra, hizo una señal a Lupin, que se había levantado, para que volviera a sentarse, se sentó también él ante la mesa y, mirando la tarjeta que aún conservaba:
–¿El doctor Vernes?
–Sí, señor diputado; el doctor Vernes de Saint-Germain.
–Ya veo que viene usted de parte de la señora Mergy…, paciente suya, sin duda.
–Paciente casual. No la conocía hasta que me llamaron a su cabecera, en circunstancias particularmente trágicas.
–¿Está enferma?
–La señora Mergy se ha envenenado.
–¿Eeeh?
Daubrecq se había sobresaltado y prosiguió sin disimular su turbación:
–¡Pero qué me dice usted! ¡Envenenada! ¿Muerta tal vez?
–No, la dosis no era suficiente. Salvo complicaciones, considero que la señora Mergy está salvada.
Daubrecq calló y permaneció inmóvil, con la cabeza vuelta hacia Lupin.
«¿Me está mirando? ¿Tiene los ojos cerrados?», se preguntaba Lupin.
Le molestaba terriblemente eso de no ver los ojos de su adversario, aquellos ojos que ocultaba el doble obstáculo de las gafas y unos anteojos negros, ojos de enfermo, le había dicho la señora Mergy, estriados e inyectados en sangre. ¿Cómo seguir sin ver la expresión de un rostro el hilo secreto de los pensamientos?
Era casi como batirse con un enemigo cuya espada fuera invisible.
Daubrecq prosiguió al cabo de un instante:
–Así que la señora Mergy está salvada… Y ella lo envía a mí… No acabo de entender… Apenas conozco a esa dama…
«Ha llegado el momento delicado -pensó Lupin-. Bien, vamos allá»
Y con un tono de simplicidad, en que se adivinaba el embarazo de una persona tímida, pronunció:
–Mire, señor diputado, hay casos en que el deber de un médico es muy complicado…, muy oscuro…, y tal vez piense que al hacer esta gestión ante usted… En una palabra, verá usted… Mientras estaba atendiéndola, la señora Mergy ha intentado envenenarse por segunda vez… Sí, por desgracia, el frasco se encontraba al, alcance de su mano. Se lo arranqué. Hubo una lucha entre nosotros. Y en el delirio de la fiebre, con palabras entrecortadas, me dijo: «Es él… Es él… Daubrecq…, el diputado… Que me devuelva a mi hijo… Dígaselo… Si no, quiero morir…, sí, en seguida…, esta noche. Quiero morir.» Eso es, señor diputado… Así que he pensado que debía ponerlo a usted al corriente. Es cierto que en el estado de exasperación en que se encuentra esa dama… Por supuesto, ignoro el sentido exacto de sus palabras… No he preguntado a nadie… He venido directamente aquí, movido por un impulso espontáneo.
Daubrecq reflexionó durante un buen rato y dijo:
–En resumidas cuentas, doctor, usted ha venido a preguntarme si yo sé dónde está ese niño…, que supongo ha desaparecido, ¿no es así?
–Sí.
–Y en caso de que yo lo supiera, usted se lo llevaría a su madre.
–Sí.
Otro largo silencio. Lupin se decía:
«¿Se tragará por casualidad esta historia? ¿Bastará la amenaza de esa muerte? Vamos a ver… No, no puede ser… Y sin embargo…, sin embargo… parece dudar.»
–¿Me permite? – dijo Daubrecq, acercando el aparato telefónico que se erguía sobre la mesa-. Necesito hacer una llamada urgente…
–No faltaría más, señor diputado.
Daubrecq llamó:
–¿Oiga?… Señorita, ¿quiere usted ponerme con el 82219?
Repitió el número y esperó sin moverse.
Lupin sonrió:
–La prefectura de policía, ¿no? Secretariado general…
–En efecto, doctor… ¿Así que lo sabe usted?
–Sí, como médico forense, he tenido que telefonear alguna vez…
Y en el fondo de sí mismo Lupin se preguntaba:
«¿Qué diablos quiere decir todo esto? El secretario general es Prasville… ¿Entonces qué?»
Daubrecq colocó los dos receptores a sus oídos y articuló:
–¿El 82219?… Quisiera hablar con el secretario general, señor Prasville… ¿Que no está ahí?… Sí, sí, siempre está en su despacho a estas horas… Dígale que es de parte de Daubrecq…, del señor Daubrecq, el diputado…, es una comunicación de la mayor importancia.
–¿No seré indiscreto? – dijo Lupin.
–De ningún modo, de ningún modo, doctor… -aseguró Daubrecq-. Además esta comunicación no deja de tener cierta relación con su gestión…
E, interrumpiéndose:
–¿Oiga?… ¿El señor Prasville?;… ¡Ah, eres tú, amigo Prasville! Pero bueno, hombre, pareces desconcertado… Sí, es verdad, hace bastante tiempo que no nos vemos… Pero, en el fondo, no dejamos de pensar el uno en el otro, ¿eh?… Y yo, incluso he tenido con frecuencia tu visita y la de tus artistas… Pero, ¿no es verdad que…? ¿Eeeh?… ¿Qué? ¿Que tienes prisa? ¡Ah, disculpa!… Además, yo también. Así que al grano… Quiero hacerte un pequeño favor… Pero espera un poco, animal… No lo sentirás… Te va en ello la gloria… ¿Oye?… ¿Me oyes? Bueno, mira, cógete media docena de hombres contigo… Los de la Seguridad mejor, que los encontrarás en la comisaría… Montaos en los coches y veníos aquí en cuarta… Te ofrezco una caza de primera, amigo mío… Un caballero de la alta. Napoleón en persona… En una palabra, Arsenio Lupin.
Lupin se levantó de un salto. Se esperaba cualquier cosa menos aquel desenlace. Pero hubo algo más fuerte en él que la sorpresa, un impulso de toda su naturaleza que le hizo decir riendo:
–¡Bravo! ¡Bravo!
Daubrecq inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y murmuró:
–No he terminado… Un poco de paciencia todavía, ¿quiere?
Y continuó:
–¿Oiga?… Prasville… ¿Qué? Que no, hombre, que no, que no es una broma… Encontrarás a Lupin aquí, frente a mí, en mi despacho… Lupin me está dando la lata como los demás… ¡Oh! Uno más o menos ya me trae sin cuidado. Pero es que éste ya se está poniendo muy indiscreto. Por eso he recurrido a tu amistad. Quítame de encima a este individuo, por favor… Con media docena de tus esbirros y los dos que están de plantón delante de mi casa será suficiente. ¡Ah! Y ya que te pones, sube también al tercer piso y llévate a mi cocinera… Es la famosa Victoire… ¿Me sigues?… La vieja nodriza del señor Lupin. Y además, mira, otra información… No dirás que no te quiero… Bueno, pues manda una cuadrilla a la calle Chateaubriand, esquina a Balzac… Allí vive nuestro Lupin nacional, bajo el nombre de Michel Beaumont… ¿Entendido, viejo? Y ahora, a trabajar. Hala, espabílate…
Cuando Daubrecq volvió la cabeza, Lupin estaba de pie, con los puños crispados. Su impulso de admiración no había resistido después del discurso y de las revelaciones hechas por Daubrecq sobre Victoire y sobre el domicilio de la calle Chateaubriand. La humillación era demasiado fuerte, y ya no pensaba en jugar más tiempo a los médicos de pueblo. No tenía más que una idea, no dejarse llevar por el exceso de rabia formidable que lo impulsaba a embestir a Daubrecq como el toro al obstáculo.
Daubrecq lanzó una especie de cloqueo, que en él remedaba a la risa. Avanzó contoneándose, las manos en los bolsillos del pantalón, y silabeó:
–No pueden ir las cosas mejor, ¿no le parece? Un terreno despejado, una situación clara… Al menos se ve mejor. Lupin contra Daubrecq, y punto. Y además, ¡cuánto tiempo ganado! ¡El doctor Vernes, médico forense, hubiera tardado dos horas en devanar su madeja! Mientras que así, el señor Lupin se ve obligado a desembuchar su asuntito en treinta minutos…, so pena de verse agarrado por el cuello y de dejar prender a sus cómplices… ¡Vaya pedrada en el charco de ranas! Treinta minutos, ni uno más. De aquí a treinta minutos hay que despejar el campo, escapar como una liebre, largarse a la desbandada. ¡Ja, ja, qué divertido! ¡Vamos, Polonio, reconoce que no tienes suerte con este cura! Porque eras tú el que te escondías detrás de la cortina, ¿eh, infortunado Polonio?
Lupin no soltaba prenda. La única solución que lo hubiera apaciguado, es decir, estrangular al adversario, era demasiado absurda para que no prefiriera sufrir sin replicar sarcasmos que, sin embargo, lo cimbraban como latigazos. Por segunda vez, en la misma habitación y en circunstancias análogas, debía agachar la cabeza ante aquel maldito Daubrecq y aguantar en silencio la más ridicula de las posturas… Además, estaba profundamente convencido de que, si abría la boca, sería para escupir a la cara de su vencedor palabras de cólera e invectivas. ¿Y para qué? ¿No era lo esencial actuar con sangre fría y hacer las cosas como las pedía la nueva situación?
–Bueno, bueno, señor Lupin -proseguía el diputado-; tiene usted todo el aspecto de estar desconcertado. Vamos, hombre, hay que entrar en razón y admitir que uno puede encontrarse en su camino con alguien un poco menos imbécil que sus contemporáneos. ¿Se imaginaba usted que porque llevo binóculo y antiparras estoy ciego? ¡Hombre! No digo que haya adivinado en seguida a Lupin detrás de Polonio y a Polonio detrás del señor que fue a molestarme al palco del Vaudeville. No. Pero, a pesar de todo, eso me fastidiaba. Veía que entre la policía y la señora Mergy había un tercer ladrón que intentaba colarse… Entonces, poco a poco, por algunas palabras que se le escaparon a la portera, observando las idas y venidas de la cocinera, pidiendo sobre ella informes de buenas fuentes, empecé a comprender. Por fin, la otra noche se hizo la luz. Aunque dormido, oí el batiburrillo en el hotel. Pude reconstruir el asunto, pude seguir el rastro de la señora Mergy hasta la calle de Chateaubriand primero y hasta Saint-Germain después… Y luego…, luego…, ¡pues nada!, relacioné los hechos…, el robo de Enghien, la detención de Gilbert…, el tratado de alianza inevitable entre la madre desolada y el jefe de la banda…, la vieja nodriza instalada como cocinera, todo el mundo entrando en mi casa por las puertas o por las ventanas… Sabía a qué atenerme. Maese Lupin husmeaba alrededor del pastel. El olor de los veintisiete lo atraía. Ya no había qué hacer más que esperar su visita. La hora ha llegado. Buenos días, maese Lupin.
Daubrecq hizo una pausa. Había soltado su discurso con la satisfacción visible del hombre que puede aspirar a la estima de los aficionados más difíciles. Como Lupin callaba, sacó su reloj.
–¡Eh, que ya no le quedan más que veintitrés minutos! ¡Cómo se va el tiempo! De seguir así, no nos va a dar tiempo a explicarnos.
Y, acercándose más a Lupin:
–Pese a todo, me da pena. Yo creía a Lupin otra clase de señor. ¿Así que al primer adversario un poco serio el coloso se derrumba? ¡Pobre joven!… ¿Un vaso de agua para reponernos?
Lupin no dejó escapar una palabra, un gesto de irritación. Con una calma perfecta, con una precisión de movimientos que indicaba su dominio absoluto y la nitidez del plan de conducta que había adoptado, apartó suavemente a Daubrecq, se acercó a la mesa y a su vez agarró la trompetilla del teléfono.
Preguntó:
–Por favor, señorita, ¿me pone con el 56534?
Una vez obtenido el número, dijo con voz lenta, destacando cada una de las sílabas:
–¿Oiga?… ¿Calle de Chateaubriand?… ¿Eres tú, Achille?… Sí, soy yo, el jefe… Escúchame bien… Achille… Hay que dejar el apartamento. ¿Oye?… Sí, en seguida…, la policía va a llegar ahí dentro de unos minutos. No, que no, no te asustes… Tienes tiempo. Haz sólo lo que yo te diga. ¿Sigues teniendo la maleta preparada?… Perfecto. ¿Has dejado vacía una de las casillas como te dije? Perfecto. Bueno, ahora ve a mi habitación y ponte de cara a la chimenea. Con la mano izquierda aprieta el pequeño rosetón esculpido que adorna la placa de mármol, por la parte de delante, en medio; y, con la mano derecha, la parte de arriba de la chimenea. Ahí veras una especie de cajón, y en el cajón dos cajitas. Ten cuidado. La una contiene todos nuestros papeles; la otra, billetes de banco y joyas. Pon las dos en la casilla vacía de la maleta. Coge la maleta a mano y vente andando rápidamente hasta la esquina de la avenida Victor Hugo con la avenida Montespan. Allí está el auto, con Victoire. Yo me reuniré allí con vosotros… ¿Qué? ¿Mi ropa? ¿Mis bibelots? Deja todo eso y lárgate! cuanto antes. Hasta luego.
Tranquilamente Lupin apartó el teléfono. Después agarró a Daubrecq del brazo, lo hizo sentar en una silla vecina a la suya y le dijo:
–Y ahora escúchame.
–¡Oh, oh! – rió burlonamente el diputada-. ¿Nos tuteamos?
–Sí, te lo permito -declaró Lupin.
Y como Daubrecq, al que no había soltado el brazo, se desprendiera con cierta desconfianza, pronunció:
–No, no tengas miedo. No vamos a pelearnos. Ni el uno ni el otro íbamos a ganar nada moliéndonos a golpes. ¿Una cuchillada? ¿Para qué? No. Palabras, sólo palabras. Pero palabras eficaces. Ahí van las mías. Son categóricas. Responde del mismo modo, sin reflexionar. Será mejor. ¿El niño?
–Lo tengo yo.
–Devuélvelo…
–No.
–La señora Mergy se matará.
–No.
–Te digo que sí.
–Y yo te aseguro que no.
–Sin embargo ya lo ha intentado.
–Justamente por eso no lo intentará otra vez.
–¿Entonces?
–No.
Tras un instante Lupin prosiguió:
–Me lo esperaba. Como también me imaginaba al venir aquí que no te tragarías la historia del doctor Vernes y que tendría que emplear otros medios.
–Los de Lupin.
–Tú lo has dicho. Estaba resuelto a desenmascararme. Lo has hecho tú mismo. Bravo. Pero eso no cambia nada de mis proyectos.
–Habla.
Lupin sacó de una libreta una hoja doble de papel de carta, la desdobló y se la tendió a Daubrecq, diciendo:
–Este es el inventario exacto y detallado, con su número de orden, de los objetos que mis amigos y yo nos llevamos de tu chalet Marie-Thérese, sito en las orillas del lago de Enghien. Como ves, hay ciento trece números. De los ciento trece objetos, sesenta y ocho, que son los números marcados con una cruz roja, ya han sido vendidos y expedidos a América. Los otros, en número por consiguiente de cuarenta y cinco, siguen en mi poder hasta nueva orden. Además son los más hermosos. Te los ofrezco a cambio de la entrega inmediata del niño.
Daubrecq no pudo contener un movimiento de sorpresa.
–¡Vaya, vaya! – dijo-. ¡Pues si que tienes interés en ello!
–Infinitamente -dijo Lupin-, porque estoy convencido de que una ausencia más larga de su hijo significará la muerte para la señora Mergy.
–¿Y eso te afecta, don Juan?
–¿Cómo?
Lupin se plantó ante él y repitió:
–¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
–Nada…, nada…, una ocurrencia… Clarisse Mergy es todavía joven y bonita…
Lupin se encogió de hombros.
–¡Qué animal eres! – masculló-. Te imaginas que todos somos como tú, sin corazón y sin piedad. Te sofoca que un bandido de mi especie pierda el tiempo jugando a Don Quijote, ¿eh? Y te preguntas qué sucio motivo puede impulsarme. No busques, eso cae fuera de tu competencia, caballerito. Más vale que me contestes… ¿Aceptas?
–¿Va en serio? – preguntó Daubrecq, a quien el desprecio de Lupin parecía no conmover lo más mínimo.
–Absolutamente. Los cuarenta y cinco objetos están en un almacén, cuya dirección te daré, y te serán entregados si te presentas esta noche a las nueve con el niño.
La respuesta de Daubrecq no ofrecía duda. El secuestro del pequeño Jacques no era para él más que un medio de presionar a Clarisse Mergy y quizá también una advertencia para que abandonase la guerra emprendida. Pero la amenaza de suicidio necesariamente tenía que demostrar a Daubrecq que estaba equivocando el camino. En ese caso, ¿por qué rechazar el trato tan ventajoso que le proponía Lupin?
–Acepto -dijo.
–Aquí tienes la dirección de mi almacén: calle Charles-Lafitte 95, en Neuilly. No tienes más que llamar al timbre.
–¿Y si envío al secretario general Prasville en mi lugar?
–Si envías a Prasville -declaró Lupin-, el lugar está dispuesto de tal forma, que lo veré llegar y me dará tiempo a escapar, no sin antes haber prendido fuego a las gavillas de heno y paja que protegen y disimulan tus consolas, tus relojes y tus vírgenes góticas.
–Pero se te quemará el almacén…
–Me es igual. La policía empieza ya a vigilarlo. En cualquier caso voy a dejarlo.
–¿Y quién me asegura que no es una trampa?
–Empieza por recoger la mercancía y me das al niño después. Yo sí que confío en ti, ya ves.
–Vamos, que lo has previsto todo -dijo Daubrecq-. De acuerdo, tendrás al crío, la bella Clarisse vivirá y todos contentos. Ahora, si tengo un consejo que darte, es que tomes el portante, y de prisa.
–Todavía no.
–¿Eeeh?…
–Te he dicho que todavía no.
–¡Pero tú estás loco! Prasville está en camino.
–Esperará; aún no he terminado.
–¡Cómo! ¡Cómo! ¿Qué más quieres? Clarisse tendrá a su mocoso. ¿No te basta?
–No.
–¿Por qué?
–Queda otro hijo.
–¿Gilbert?
–Sí.
–¿Y qué?
–¡Te pido que salves a Gilbert!
–¿Qué dices? ¡Yo salvar a Gilbert!
–Tú puedes; te basta con hacer unas cuantas gestiones…
Daubrecq, que hasta ahora había conservado toda la calma, se enfureció bruscamente y, dando un puñetazo:
–¡No! ¡Eso nunca! No cuentes conmigo… ¡Ah, no! ¡Sería el colmo de la idiotez!
Se puso a andar con suma agitación y con un paso tan extraño, que se balanceaba de derecha a izquierda sobre cada pierna, como un animal salvaje, como un oso de aspecto torpe y desmayado.
Y con la voz ronca y la expresión convulsa gritó:
–¡Que venga ella aquí! ¡Que venga a pedir gracia para su hijo! ¡Pero que venga sin armas y sin propósitos criminales como la última vez! Que venga en plan suplicante, como mujer domada, sumisa, que comprende, que acepta… Y entonces veremos… ¿Gilbert? ¿La condena de Gilbert? ¿El cadalso? ¡Pero si toda mi fuerza reside ahí! ¡Qué! Llevo más de veinte años esperando mi hora, y cuando llega, cuando el azar me proporciona esta suerte inesperada, cuando al fin voy a conocer la alegría de la revancha completa… ¡y qué revancha!… ¿ahora iba a renunciar a eso, una cosa que vengo persiguiendo desde hace veinte años? ¡No salvaría a Gilbert por nada del mundo! ¡Por el honor! ¡Yo, Daubrecq! Vamos, hombre, tú no me has mirado bien.
Y reía con una risa abominable y feroz. Visiblemente veía frente a él, al alcance de su mano, la presa que perseguía desde hacía tanto tiempo. Y Lupin evocó también a Clarisse, tal como la había visto unos días antes, desfalleciente, vencida ya, fatalmente conquistada, porque todas las fuerzas enemigas se confabulaban contra ella.
Conteniéndose, dijo: -Escúchame.
Y como Daubrecq, impaciente, lo esquivase, lo agarró por los hombros con esa potencia sobrehumana que Daubrecq ya conocía por haberla experimentado en el palco del Vaudeville, e, inmovilizándolo, articuló:
–Una última palabra.
–No sabes por dónde te andas -gruñó el diputado.
–Una última palabra. Escucha, Daubrecq: olvídate de la señora Mergy, renuncia a todas las tonterías y a todas las imprudencias que tu amor y tus pasiones te hacen cometer, deja todo eso de lado y no pienses más que en tu interés…
–¡Mi interés! – se burló Daubrecq-. El siempre está de acuerdo con mi amor propio y con lo que tú llamas mis pasiones.
–Hasta aquí quizá. Pero ya no; desde que estoy metido yo en el asunto, ya no. Hay un elemento nuevo que estás descuidando.
Es un error. Gilbert es cómplice mío. Gilbert es amigo mío. Y Gilbert tiene que salvarse del cadalso. Hazlo, utiliza tus influencias. Y te juro, ¿lo oyes?, te juro que te dejaremos tranquilo. La salvación de Gilbert, eso es todo. Y se acabaron las luchas contra la señora Mergy y contra mí. Se acabaron las trampas! Serás dueño y señor de conducirte como te dé la gana. La salvación de Gilbert, Daubrecq. Si no…
–¿Si no, qué?
–Si no, la guerra, la guerra implacable; es decir, para ti la derrota segura.
–¿Lo que significa…?
–Lo que significa que te quitaré la lista de los veintisiete.
–¡Bah! ¿Tú crees?
–Lo juro.
–Lo que Prasville y toda su pandilla, lo que Clarisse Mergy, lo que nadie ha podido hacer, ¿vas a hacerlo tú?
–Lo haré.
–¿Y por qué? ¿A santo de qué vas a conseguir triunfar donde todo el mundo ha fracasado? ¿Hay alguna razón especial?
–Sí.
–¿Cuál?
–Yo me llamo Arsenio Lupin.
Había soltado a Daubrecq, pero lo mantuvo algún tiempo bajo su mirada imperiosa y bajo el dominio de su voluntad. Al fin, Daubrecq se enderezó, le dio unas cuantas palmaditas secas en el hombro, y con la misma calma, con la misma obstinación rabiosa, pronunció:
–Y yo me llamo Daubrecq. Toda mi vida no ha sido más que una batalla encarnizada, una sucesión de desastres y catástrofes donde he gastado tal cantidad de energía, que la victoria ha llegado completa, definitiva, insolente, irremediable. Tengo en contra mía a toda la policía, a todo el gobierno, a toda Francia, al mundo entero. ¿Qué crees que va a importarme tener además en contra mía al señor Arsenio Lupin? Te diré más aún: cuanto más numerosos y hábiles son mis enemigos, tanto más fino me obliga a hilar. Y por eso, excelente señor mío, en vez de hacer que lo arresten, como hubiera podido… sí, como hubiera podido, y con toda facilidad…, le dejo el campo libre, y le recuerdo caritativamente que antes de tres minutos le conviene tomar el dos.
–¿Entonces no?
–No.
–¿No harás nada por Gilbert?
–Sí, continuaré haciendo lo que he hecho desde su detención, es decir, influir indirectamente sobre el ministro de Justicia para que el proceso transcurra lo más activamente posible y en el sentido que yo deseo.
–¡Cómo! – gritó Lupin fuera de sí-. Es por ti…, es por ti…
–Es por mí, por Daubrecq, pues claro que sí. Tengo un triunfo en mi mano, la cabeza del hijo, y lo juego. Cuando haya obtenido una buena condenita a muerte contra Gilbert, cuando pasen los días y la gracia del joven sea por mis buenas artes rechazada, ya verás, señor Lupin, cómo la mamá no pondrá más objeciones para llamarse señora de Alexis Daubrecq y para darme pruebas innegables e inmediatas de su buena voluntad. Esta salida dichosa es fatal, lo quieras o no. Eso es sabido de antemano. Todo lo que puedo hacer por ti es que me sirvas de testigo el día de mi boda e invitarte al lunch[18]. ¿Hace? ¿No? ¿Persistes en tus negros propósitos? Bueno, pues mucha suerte; prepara tus trampas, echa tus redes, limpia tus armas y empóllate el manual del perfecto ladrón de papel cebolla. Vas a necesitarlo. Y con esto, buenas tardes. Las reglas de la hospitalidad escocesa me ordenan que te ponga de patitas en la calle. Largo.
Lupin permaneció en silencio un buen rato. Con los ojos fijos en Daubrecq parecía medir la talla de su adversario, calcular su peso, estimar su fuerza física y determinar a fin de cuentas el sitio preciso en que iba a atacarlo. Daubrecq apretó los puños y en sí mismo preparó el sistema de defensa que opondría a aquel ataque.
Había pasado la media hora. Lupin se llevó la mano a la sobaquera. Daubrecq hizo otro tanto y agarró la culata de su revólver… Unos segundos más… Fríamente Lupin sacó una bombonera de oro, la abrió y la tendió a Daubrecq:
–¿Una pastilla?
–¿Qué es eso? – preguntó el otro, asombrado.
–Pastillas Géraudel.
–¿Para qué?
–Para el catarro que vas a coger.
Y, aprovechando el ligero desconcierto que esta salida ocasionó a Daubrecq, cogió rápidamente su sombrero y desapareció.
«Hay que reconocer -se decía, mientras atravesaba el vestíbulo- que me ha batido en toda regla. Pero, a pesar de todo, esa bromita de viajante de comercio tenía en su clase algo nuevo. Esperarse una peladilla y recibir una pastilla Géraudel… es como una especie de decepción. ¡Se ha quedado patidifuso el viejo chimpancé!»
Cuando estaba cerrando la reja, paró un automóvil, y rápidamente descendió un hombre seguido de muchos otros. Lupin reconoció a Prasville.
«Señor secretario general -murmuró-, reciba mis saludos. Tengo la impresión de que el destino nos pondrá algún día el uno frente al otro, y lo siento por usted, porque no me merece más que una mediocre estima, y le voy a hacer pasar un perro cuarto de hora. Si no tuviera tanta prisa, esperaría hoy su salida y seguiría a Daubrecq para saber a quién ha confiado el niño que va a devolverme. Pero tengo prisa. Además, nadie me asegura que Daubrecq no va a obrar por teléfono. Así que no gastemos fuerzas en vano y reunámonos con Victoire, Achule y nuestra preciosa maleta.»
Dos horas después, apostado en su almacén de Neuilly, tras haber tomado todas las medidas, Lupin veía a Daubrecq, que desembocaba de una calle vecina y se acercaba con desconfianza.
El mismo Lupin abrió la puerta.
–Ahí están sus cosas, señor diputado -dijo-. Puede usted comprobarlo. Ahí al lado hay un alquiler de coches: no tiene más que ir a pedir un camión y algunos hombres. ¿Dónde está el niño?
Daubrecq examinó primero los objetos y luego condujo a Lupin hasta la avenida de Neuilly, donde dos viejas damas, con el rostro cubierto por un velo, estaban estacionadas con el pequeño Jacques.
A su vez, Lupin llevó al niño hasta su automóvil, donde lo esperaba Victoire.
Todo esto fue ejecutado rápidamente, sin palabras inútiles, y como si los papeles estuvieran aprendidos, las idas y venidas reguladas de antemano, lo mismo que entradas y salidas de teatro.
A las diez de la noche Lupin, según su promesa, devolvía al pequeño Jacques a su madre. Pero hubo que llamar al doctor a toda prisa, de tanta agitación y espanto como mostraba el niño, impresionado por todos aquellos acontecimientos.
Necesitó dos semanas para reponerse y soportar las fatigas de un desplazamiento que Lupin consideraba necesario. Por lo demás, la misma señora Mergy apenas si estaba repuesta en el momento de la partida, que tuvo lugar de noche, con todas las precauciones posibles y bajo la dirección de Lupin.
Condujo a la madre y al hijo a una playita bretona y los confió a los cuidados y a la vigilancia de Victoire.
«¡Por fin -se dijo en cuanto los hubo instalado-, ya no hay nadie entre Daubrecq y yo! Ya no puede hacer nada contra la señora Mergy y contra el chico, ni ella se expone a desviar la lucha por medio de su intervención. ¡Demonio! Bastantes tonterías hemos cometido ya: primero, he tenido que descubrirme cara a cara ante Daubrecq; segundo, he tenido que dejarle mi parte del mobiliario de Enghien. Aunque esa la recobraré un día u otro, de eso no cabe la menor duda. Pero, a pesar de todo, no damos un paso, y de aquí a ocho días Gilbert y Vaucheray pasarán al tribunal.»
Lo que más había afectado a Lupin en toda esta aventura era la denuncia de Daubrecq respecto a su domicilio de la calle Chateaubriand. La policía había invadido el domicilio. La identidad de Lupin y de Michel Beaumont había sido reconocida, ciertos papeles descubiertos, y Lupin, sin dejar de perseguir su objetivo, sin dejar de llevar adelante ciertas empresas ya comenzadas, sin dejar de evitar las pesquisas, más tenaces que nunca, de la policía, debía proceder a una reorganización completa de sus asuntos sobre nuevas bases.
De este modo, su rabia contra Daubrecq crecía en proporción a los trastornos que le causaba el diputado. No tenía más que un deseo: metérselo en el bolsillo, como él decía, tenerlo a su disposición, y de grado o por fuerza sacarle su secreto. Soñaba en torturas apropiadas para desatar la lengua del hombre más taciturno. Grilletes, potro, tenazas enrojecidas al fuego, planchas erizadas de puntas… le parecía que el enemigo era digno de todos los suplicios, y que el fin que perseguían justificaba todos los medios.
«¡Ah -se decía-. Una buena cámara ardiente con unos cuantos verdugos que no se anduvieran con chiquitas… ¡Haríamos un buen trabajo!»
Cada tarde Grognard y Le Ballu estudiaban el recorrido que hacía Daubrecq entre la glorieta Lamartine, la Cámara de los diputados y el Círculo de que era socio. Había que escoger la calle más desierta, la hora más propicia, y una noche empujarlo dentro de un automóvil.
Por su lado, Lupin acomodaba, no lejos de París, en medio de un gran jardín, un viejo edificio que ofrecía todas las condiciones necesarias de seguridad y aislamiento, y que él llamaba «La Jaula del Mono».
Desgraciadamente Daubrecq debía de desconfiar, por decirlo así, pues cada vez cambiaba de itinerario, o entraba en el metro, o subía a un tranvía, y la jaula seguía vacía.
Lupin combinó otro plan. Hizo venir de Marsella a uno de sus confidentes, el tío Brindebois, honorable tendero jubilado, que precisamente habitaba en la circunscripción electoral de Daubrecq y se ocupaba de política.
Desde Marsella, el tío Brindebois anunció su visita a Daubrecq, que recibió con prontitud a aquel importante elector. Proyectaron una cena para la semana siguiente.
El elector propuso un pequeño restaurante de la orilla izquierda, donde, decía él, se comía de maravilla. Daubrecq aceptó.
Es lo que quería Lupin. El propietario de aquel restaurante se contaba entre sus amigos. Desde ese momento, el golpe, que debía tener lugar el jueves siguiente, no podía dejar de tener éxito.
Así las cosas, el lunes de la misma semana empezó el proceso de Gilbert y Vaucheray.
Todos lo recordamos, y los debates son lo suficientemente recientes para que ande yo rememorando la manera realmente incomprensible y parcial que tuvo el presidente del tribunal de encauzar su interrogatorio en contra de Gilbert. La cosa fue notada y severamente criticada. Lupin reconoció en ello la influencia detestable de Daubrecq.
La actitud de los dos acusados fue muy diferente, Vaucheray, sombrío, taciturno, áspera la expansión, confesó cínicamente, en frases breves, irónicas, casi provocadoras, los crímenes que había cometido en otro tiempo. Pero, por una contradicción inexplicable para todo el mundo salvo para Lupin, se defendió de toda participación en el asesinato del criado Léonard y culpó violentamente a Gilbert. De ese modo, vinculando su suerte a la de Gilbert, quería obligar a Lupin a tomar las mismas medidas de liberación para sus dos cómplices.
En cuanto a Gilbert, cuyo rostro franco, cuyos ojos soñadores y melancólicos conquistaron todas las simpatías, no supo sortear las trampas que le tendía el presidente, ni redargüir[19] las mentiras de Vaucheray. Lloraba, hablaba demasiado, o no hablaba cuando hacía falta. Además su abogado, uno de los letrados del foro, se puso enfermo en el último momento (en lo que Lupin pudo una vez más ver la mano de Daubrecq), y fue reemplazado por un secretario, que defendió mal, tomó el caso al revés, indispuso al jurado, y no pudo borrar la impresión que habían producido la requisitoria del fiscal y la defensa del abogado de Vaucheray.
Lupin, que tuvo la audacia inconcebible de asistir a la última jornada de los debates, el jueves, no dudó del resultado. La doble condena era segura.
Era segura, porque todos los esfuerzos de la justicia, corroborando también la táctica de Vaucheray, tendieron a solidarizar estrechamente a los dos acusados. Era segura, además y sobre todo, porque se trataba de dos cómplices de Lupin. Desde la
apertura de la instrucción hasta el momento de emitir el veredicto, y aunque la justicia, a falta de pruebas suficientes, y también para no diseminar sus esfuerzos, no hubiera querido implicar a Lupin en el caso, todo el proceso iba dirigido contra Lupin. Era él el adversario a quien querían alcanzar; él, el jefe a quien había que castigar en la persona de sus amigos; él, el bandido célebre y simpático, cuyo prestigio a los ojos de la muchedumbre había que destruir. Ejecutados Gilbert y Vaucheray, la aureola de Lupin se desvanecía. La leyenda se acababa.
Lupin…, Lupin…, Arsenio Lupin… No se oyó más que ese nombre durante los cuatro días. El fiscal, el presidente, los miembros del jurado, los testigos, no tenían otra palabra en la boca. En todo momento invocaban a Lupin para maldecirlo, para escarnecerlo, para ultrajarlo, para hacerle responsable de todos los delitos cometidos. ¡Parecía que Gilbert y Vaucheray no figuraban más que como comparsas y que el verdadero proceso iba dirigido contra él, el señor Lupin, el Lupin ladrón, jefe de banda, falsificador, incendiario, reincidente, antiguo forzado! ¡El Lupin asesino, el Lupin manchado por la sangre de su víctima, el Lupin que se quedaba cobardemente en la sombra tras haber empujado a sus amigos hasta el pie del cadalso!
«¡Ah, qué bien saben lo que están haciendo! – murmuró-. Ese pobre Gilbert, mi niño grande, va a pagar mi deuda; yo soy el verdadero culpable.»
Y el espantoso drama se desencadenó.
A las siete de la tarde, después de una larga deliberación, los miembros del jurado reanudaron la sesión, y el presidente del jurado dio lectura de las respuestas a las preguntas hechas por el tribunal. Era «sí» a todos los puntos. Era la culpabilidad y el rechazo de las circunstancias atenuantes. Hicieron volver a los dos acusados.
De pie, vacilantes y pálidos, escucharon la sentencia de muerte.
Y en medio de un gran silencio solemne, donde la ansiedad del público se mezclaba con la piedad, el presidente del tribunal preguntó:
–¿Tiene algo que añadir, Vaucheray?
–Nada, señor presidente; desde el momento en que mi camarada ha sido condenado como yo, estoy tranquilo… Estamos los dos en igualdad de condiciones… Así que el jefe tendrá que encontrar un truco para salvarnos a los dos…
–¿El jefe?
–Sí, Arsenio Lupin.
Hubo risas entre la muchedumbre.
–¿Y usted, Gilbert?
Las lágrimas se deslizaban por las mejillas del infeliz; balbuceó algunas frases ininteligibles. Pero como el presidente repitiera su pregunta, logró dominarse y respondió con voz temblorosa:
–Señor presidente, tengo que decir que soy culpable de muchas cosas, es cierto… He hecho mucho daño y me arrepiento de todo corazón… Pero, a pesar de todo, eso no…, no, yo no he matado…, nunca he matado… Y no quiero morir…, sería demasiado horrible…
Vaciló, sostenido por los guardias, y se le oyó proferir, como un niño que pide socorro:
–¡Jefe…, sálveme! ¡Sálveme! ¡No quiero morir!
Entonces, de entre la muchedumbre, en medio de la emoción general, se elevó una voz que dominó el ruido:
–No tengas miedo, hijo mío, el jefe está aquí.
Se armó un tumulto. Hubo empujones. Los guardias municipales y los agentes invadieron la sala, y echaron mano a un nombre gordo de rostro rubicundo, a quien los asistentes designaban como el autor de aquel apostrofe y que se debatía a puñetazos y a patadas.
Interrogado al instante, dio su nombre, Philippe Banel, empleado de pompas fúnebres, y declaró que uno de sus vecinos le había ofrecido un billete de cien francos, si aceptaba soltar en el momento oportuno una frase que el tal vecino le apuntó en una hoja de libreta. ¿Podía negarse?
Como prueba, enseñó el billete de cien francos y la hoja de libreta.
Volvieron a soltar a Philippe Banel.
Entre tanto Lupin, que por supuesto había contribuido poderosamente a la detención del personaje y lo había puesto entre las manos de los guardias, Lupin salía del palacio, con el corazón oprimido por la angustia. En el muelle encontró su automóvil. Se lanzó a él desesperado, asaltado por una tristeza tal, que tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. La llamada de Gilbert, su voz desgarrada por el desamparo, su cara descompuesta, su silueta vacilante, todo ello atormentaba su cerebro, y le parecía que nunca jamas podría olvidar tales impresiones ni siquiera por un segundo.
Volvió a su casa, al nuevo domicilio que había escogido entre sus diferentes moradas y que ocupaba uno de los ángulos de la plaza Clichy. Esperó allí a Grognard y Le Ballu, con los que debía proceder aquella misma noche al secuestro de Daubrecq.
Pero no había abierto la puerta del apartamento, cuando dejó escapar un grito: Clarisse estaba ante él. Clarisse, que había regresado de Bretaña a la misma hora del veredicto.
Inmediatamente, por su actitud, por su palidez, comprendió que lo sabía. E inmediatamente, frente a ella, recobrando ánimos, sin dejarle tiempo para hablar, exclamó:
–Bueno, sí, sí…, pero eso no tiene importancia. Estaba previsto. No podíamos impedirlo. Lo que hay que hacer es conjurar el mal. Y esta noche, ¿me oye?, esta noche será cosa hecha.
Inmóvil, despavorida de dolor, balbuceó:
–¿Esta noche?
–Sí. Lo tengo todo preparado. Dentro de dos horas Daubrecq estará en mi poder. Esta noche, cualesquiera que sean los medios que tenga que emplear, hablará.
–¿Usted cree? – dijo ella débilmente y como si ya un poco de esperanza hubiera iluminado su rostro.
–Hablará. Tendré su secreto. Le arrancaré la lista de los veintisiete. Y esa lista significará la liberación de su hijo.
–¡Demasiado tarde! – murmuró Clarisse.
–¡Demasiado tarde! ¿Y por qué? ¿Cree usted que a cambio de tal documento no obtendré la evasión simulada de Gilbert?… ¡Dentro de tres días Gilbert será libre! Dentro de tres días…
Un timbrazo lo interrumpió.
–Mire, ahí están nuestros amigos. Tenga confianza. Recuerde que cumplo mis promesas. Yo le he devuelto al pequeño Jacques. Yo le devolveré a Gilbert.
Fue al encuentro de Grognard y Le Ballu y les dijo:
–¿Está todo listo? ¿Está ya el tío Brindebois en el restaurante? Hala, venga, démonos prisa.
–No vale la pena, jefe -replicó Le Ballu.
–¡Cómo! ¿Queé?
–Hay novedad.
–¿Novedad? Habla…
–Daubrecq ha desaparecido.
–¿Eeeh? ¿Pero qué me estás contando? ¿Que Daubrecq ha desaparecido?
–¡Sí, lo han secuestrado en su hotel, en pleno día!
–¡Rayos y truenos! ¿Y quién?
–No se sabe… Cuatro individuos… Ha habido tiros. La policía está en el lugar del suceso. Prasville dirige las investigaciones.
Lupin no se movió. Miró a Clarisse Mergy, que se había desplomado en un sillón.
Hasta él tuvo que apoyarse. Con el secuestro de Daubrecq se desvanecía la última posibilidad…
VII
El perfil de Napoleón
Tan pronto como el prefecto de policía, el jefe de la Seguridad y los magistrados instructores hubieron abandonado el hotel de Daubrecq, tras las primeras diligencias judiciales, cuyo resultado por lo demás fue completamente negativo, Prasville reanudó sus investigaciones personales.
Estaba examinando el despacho y las huellas de la lucha que se había desarrollado, cuando la portera le entregó una tarjeta de visita, con unas palabras garrapateadas a lápiz.
–Diga a esa señora que entre -dijo.
–La señora no está sola -dijo la portera.
–Ah. Bueno, pues diga que entre también la otra persona.
Entonces fue introducida Clarisse Mergy, e inmediatamente, presentando al caballero que la acompañaba, un señor con levita negra demasiado estrecha, bastante descuidada, de aspecto tímido, y el aire de sentirse poco cómodo con su viejo sombrero hongo, su paraguas de cotonada[20], su único guante y toda su persona:
–El señor Nicole -dijo-, profesor particular, y que está dando clases a mi pequeño Jacques. El señor Nicole me ha ayudado mucho con sus consejos desde hace un año. Ha sido él en particular quien ha reconstruido toda la historia del tapón de cristal. Me gustaría que conociera como yo, si usted no tiene inconveniente en contármelo, los detalles de este secuestro…, que me inquieta, que trastorna mis planes… y los suyos también, ¿no es así?
Prasville tenía plena confianza en Clarisse Mergy, cuyo odio implacable contra Daubrecq conocía, y cuya cooperación en el asunto apreciaba. Así que no puso ninguna dificultad para decir lo que sabía, gracias a ciertos indicios y sobre todo a la declaración de la portera.
Por lo demás, la cosa era muy sencilla.
Daubrecq, que había asistido como testigo al proceso de Gilbert y Vaucheray, y que fue visto en el Palacio de Justicia durante los informes de la defensa, volvió a su casa hacia las seis. La portera afirmaba que había entrado solo y que en aquel momento no había nadie en el hotel. Sin embargo, unos minutos más tarde oyó gritos, ruido de lucha, dos detonaciones, y desde la portería vio cómo cuatro individuos enmascarados rodaban por la escalinata, llevándose al diputado Daubrecq, y que se dirigían apresuradamente hacia la reja. Abrieron. En aquel mismo instante llegaba un automóvil ante el hotel. Los cuatro hombres se precipitaron a él, y el automóvil, que no había parado por así decirlo, partió a toda velocidad.
–¿No había aquí siempre dos agentes de guardia? – preguntó Clarisse.
–Y aquí estaban -afirmó Prasville-, pero a ciento cincuenta metros de distancia, y el secuestro fue tan rápido, que, pese a toda su rapidez, no pudieron interponerse.
–¿Y no han interceptado nada, no han encontrado nada?
–Nada, o casi nada… Simplemente esto.
–¿Qué es eso?
–Un trocho de marfil que han encontrado en el suelo. Dentro del automóvil había un quinto individuo, a quien la portera, desde la ventana de la portería, vio bajar mientras metían a Daubrecq. En el momento de volver a subir se le cayó algo, que recogió en seguida. Pero aquella cosa debió de romperse contra el pavimento de la acera, y éste es el fragmento de marfil que hemos recogido.
–Pero -dijo Clarisse- ¿cómo pudieron entrar esos cuatro individuos?
–Evidentemente valiéndose de llaves falsas, mientras la portera hacía las compras en el transcurso de la tarde, y no les fue difícil esconderse, puesto que Daubrecq no tenía más criados.
Todo me lleva a creer que se escondieron en la habitación vecina, que es el comedor, y que luego se arrojaron sobre Daubrecq en su despacho. El desorden de los muebles y los objetos demuestra la violencia de la lucha. Hemos encontrado sobre la alfombra este revólver de grueso calibre, que pertenecía a Daubrecq. Una de las balas incluso ha roto el cristal de la chimenea.
Clarisse se volvió hacia su compañero a fin de que expresara su opinión. Pero el señor Nicole, con los ojos obstinadamente bajos, no se había movido de la silla y seguía manipulando los bordes de su sombrero, como si aún no hubiera encontrado un sitio conveniente para dejarlo.
Prasville esbozó una sonrisa. Evidentemente el consejero de Clarisse no le parecía una lumbrera.
–El asunto está un poquito oscuro -dijo-, ¿no es así, señor?
–Sí…, sí… -confesó el señor Nicole-, muy oscuro.
–¿Entonces no se le ocurre a usted alguna ideílla personal al respecto?
–¡Hombre, señor secretario general, creo que Daubrecq tiene muchos enemigos!
–¡Ah, ah, perfecto!
–Y que varios de esos enemigos que tienen interés en que desaparezca han debido de confabularse contra él.
–Perfecto, perfecto -aprobó Prasville, con una complacencia irónica-. Perfecto, todo se aclara. Ya no le queda más que darnos una pequeña indicación que nos permita orientar nuestras pesquisas.
–¿No cree usted, señor secretario general, que ese fragmento de marfil encontrado en el suelo…?
–No, señor Nicole, no. Este fragmento procede de un objeto cualquiera que no conocemos, y que su propietario se apresurará a ocultar. Para llegar hasta el propietario, por lo menos habría que definir la naturaleza misma de este objeto.
El señor Nicole reflexionó y luego empezó:
–Señor secretario general, cuando Napoleón I cayó del poder…
–¡Oh, oh, señor Nicole, una clase de historia de Francia ahora!
–Una frase, señor secretario general, una simple frase que le ruego me permita terminar. Cuando Napoleón I cayó del poder, la Restauración retiró del servicio a cierto número de oficiales que, vigilados por la policía, sospechosos para las autoridades, pero fieles al recuerdo del Emperador, se las ingeniaron para reproducir la imagen de su ídolo en todos los objetos de uso familiar: tabaqueras, joyas, alfileres de corbata, cuchillos, etc.
–¿Y qué?
–Pues que este fragmento procede de un bastón, o más bien, de una especie de garrota de junco, cuyo puño está formado por un bloque de marfil esculpido. Mirando el bloque de cierta manera, acaba uno por descubrir que la línea exterior representa el perfil del pequeño cabo. Tiene usted entre las manos, señor secretario general, un trozo del puño de marfil que coronaba la garrota de un militar retirado.
–En efecto… -dijo Prasville, examinando a la luz la pieza de convicción-. En efecto, se distingue un perfil…, pero no veo la conclusión…
-La conclusión es sencilla. Entre las víctimas de Daubrecq, entre aquellos cuyo nombre está inscrito en la famosa lista, se halla el descendiente de una familia corsa que estuvo al servicio de Napoleón, enriquecida y ennoblecida por él, y arruinada más tarde por la Restauración. Hay un noventa por ciento de probabilidades de que ese descendiente, que fue hace unos años el jefe del partido bonapartista, sea el quinto personaje que se escondía en el automóvil. ¿Tengo que decir su nombre?
–¿El marqués de Albufex? – murmuró Prasville.
–El marqués de Albufex -afirmó el señor Nicole.
E inmediatamente el señor Nicole, que ya no tenía aquel aire de incomodidad ni parecía que le molestase lo más mínimo el sombrero, el guante y el paraguas, se levantó y dijo a Prasville:
–Señor secretario general, hubiera podido guardar mi descubrimiento para mí y no haberle hecho partícipe de él hasta después de la victoria definitiva, es decir, hasta después de llevarle la lista de los veintisiete. Pero los acontecimientos apremian. La desaparición de Daubrecq, contrariamente a lo que esperan sus secuestradores, puede precipitar la crisis que usted quiere conjurar. Hay, pues, que actuar a toda prisa. Señor secretario general, le pido su ayuda inmediata y eficaz.
–¿En qué puedo ayudarle? – dijo Prasville, impresionado por aquel extraño individuo.
–Dándome mañana unos informes sobre el marqués de Albufex que a mí me llevaría varios días reunir.
Prasville pareció vacilar y volvió la cabeza hacia la señora Mergy. Clarisse le dijo:
–Le ruego encarecidamente que acepte los servicios del señor Nicole. Es un auxiliar precioso y dedicado. Respondo de él como de mí misma.
–¿Qué informes desea usted? – preguntó Prasville.
–Todo lo que concierne al marqués de Albufex, su situación familiar, sus ocupaciones, sus vínculos de parentesco, las propiedades que tiene en París y su provincia.
Prasville objetó:
–En el fondo, sea el marqués o cualquier otro, el secuestrador de Daubrecq trabaja para nosotros, puesto que, al quitarle la lista, desarma a Daubrecq.
–¿Y quién le dice a usted, señor secretario general, que no trabaja para sí mismo?
–Imposible, pues su nombre está en la lista.
–¿Y si lo borra? ¿Y si se encuentra usted en presencia de un segundo chantajista, más áspero, aún más poderoso que el primero, y, como adversario político, mejor situado que Daubrecq para sostener la lucha?
El argumento hizo efecto en el secretario general. Después de un instante de reflexión, declaró:
–Venga a verme mañana a las cuatro a mi despacho de la Prefectura. Le daré todos los informes necesarios. ¿Cuál es su dirección en caso de necesidad?
–Señor Nicole, plaza Clichy, 25. Vivo en casa de uno de mis amigos, que me ha prestado su apartamento durante su ausencia.
La entrevista había terminado. El señor Nicole dio las gracias, saludó muy bajo al secretario general y salió acompañado por la señora Mergy.
–El asunto se presenta de modo excelente -dijo, una vez fuera, frotándose las manos-. Tengo entrada libre en la Prefectura y todos se van a poner en campaña.
La señora Mergy, menos propensa a la esperanza, objetó:
–¡Ay! ¿Pero llegaremos a tiempo? Lo que me preocupa es que puedan destruir esa lista.
–¡Pero quién, Señor! ¿Daubrecq?
–No, pero sí el marqués, en cuanto se la haya quitado.
–¡Pero aún no se la ha quitado! ¡Daubrecq resistirá…, por lo menos el tiempo suficiente para que lleguemos hasta él! ¡Piense un poco! Prasville está a mis órdenes.
–¿Y si lo descubre a usted? La más mínima investigación demostrará que el señor Nicole no existe.
–Pero no demostrará que el señor Nicole no es otro que Arsenio Lupin. Y además, esté usted tranquila. Prasville, que por otra parte es un negado como policía, no tiene más que un objetivo: hundir a su viejo enemigo Daubrecq. Con tal de conseguirlo, todos los medios son buenos para él, y no perderá el tiempo verificando la identidad de un tal señor Nicole que le promete la cabeza de Daubrecq. Sin contar con que ha sido usted quien me ha llevado y que, en resumidas cuentas, mi pequeño talento no ha dejado de deslumbrarlo. Así que, adelante y con audacia.
Clarisse, aun a pesar suyo, seguía recobrando la confianza al lado de Lupin. El porvenir le pareció menos espantoso, se esforzó por admitir que las posibilidades de salvar a Gilbert no habían disminuido con aquella horrible condena a muerte. Pero él no pudo obtener de Clarisse que se volviera a Bretaña. Quería estar allí y tener su parte en todas las esperanzas y todas las angustias.
Al día siguiente los informes de la Prefectura confirmaron lo que Lupin y Prasville sabían. El marqués de Albufex, muy comprometido en el caso del Canal, tan comprometido, que el príncipe Napoleón tuvo que retirarle de la dirección de su gabinete político en Francia, el marqués de Albufex no podía mantener el gran tren de vida de su casa más que a fuerza de préstamos y chanchullos. Por otro lado, en lo concerniente al secuestro de Daubrecq, quedó establecido que, contrariamente a su costumbre cotidiana, el marqués no apareció por el Círculo de seis a siete, ni había cenado en su casa. Aquella noche no volvió hasta las doce y a pie.
La acusación del señor Nicole adquiría así un principio de prueba. Desgraciadamente -y por sus propios medios Lupin no consiguió más- fue imposible obtener el menor indicio acerca del automóvil, el chófer y los cuatro personajes que entraron en el hotel de Daubrecq. ¿Eran socios del marqués, comprometidos como él en el caso? ¿Eran hombres a sueldo? No pudo saberse.
Había, pues, que concentrar todas las pesquisas en el marqués- y en los castillos y viviendas que poseía a cierta distancia de París, distancia que, teniendo en cuenta la velocidad media de un automóvil y las paradas necesarias, podía calcularse en unos ciento cincuenta kilómetros.
Ahora bien, Albufex lo había vendido todo y no poseía castillo ni vivienda alguna en provincias.
Se volvieron hacia los padres y amigos íntimos del marqués. ¿Podría disponer por ese lado de algún refugio seguro donde encerrar a Daubrecq?
El resultado fue igualmente negativo.
Y pasaban los días. ¡Y qué días para Clarisse Mergy! Cada uno de ellos acercaba a Gilbert al término terrible. Cada uno de ellos significaba que faltaban veinticuatro horas menos para la fecha que involuntariamente ella había fijado en su espíritu. Y decía a Lupin, obsesionado por la misma ansiedad:
–Sólo cincuenta y cinco días… Sólo cincuenta… ¿Qué podemos hacer en tan pocos días? ¡Oh, por favor…, por favor…!
En efecto, ¿qué podían hacer? Lupin, que no quería confiar a nadie el cuidado de vigilar al marqués, no dormía por así decirlo. Pero el marqués había reanudado su vida regular y, desconfiando sin duda, no se atrevía a ausentarse.
Sólo una vez fue durante el día a casa del duque de Montmaur, cuyo equipo de monteros y jauría iban a cazar jabalíes al bosque de Durlaine, y con el que no mantenía más que relaciones deportivas.
–Es difícil suponer -dijo Prasville- que el riquísimo duque de Montmaur, que no se preocupa más que de las tierras y la caza y no se dedica a la política, se haya prestado a secuestrar en su castillo al diputado Daubrecq.
También Lupin era de la misma opinión, pero, como no quería dejar nada al azar, cuando una mañana de la semana siguiente vio al de Albufex salir en traje de jinete, lo siguió hasta la estación del Norte y tomó el tren al mismo tiempo que él.
Bajó en la estación de Aumale, donde Albufex encontró un coche que lo condujo hacia el castillo de Montmaur.
Lupin almorzó tranquilamente, alquiló una bicicleta y llegó a la vista del castillo en el mismo momento en que los invitados salían del parque en automóvil o a caballo. El marqués de Albufex se encontraba entre los jinetes.
Tres veces lo vio galopando en el transcurso de la jornada. Y volvió a encontrarlo por la noche en la estación, adonde Albufex se dirigía a caballo, seguido de un montero.
La prueba, pues, era decisiva: no había nada sospechoso por ese lado. Y sin embargo ¿por qué Lupin resolvió no fiarse de las apariencias? ¿Y por qué al día siguiente envió a Le Ballu a hacer una investigación por los alrededores de Montmaur? Exceso de precauciones que no se basaba en ningún razonamiento, pero que concordaba con su manera de actuar metódica y minuciosa.
Dos días después, entre otros informes sin interés, recibía de Le Ballu la lista de todos los invitados, de todos los criados y de todos los guardas de Montmaur.
Un nombre le chocó entre los de los monteros. Inmediatamente telegrafió:
Informarse sobre el montero Sebastiani.
La respuesta de Le Ballu no tardó:
«Sebastiani (corso) fue recomendado al duque de Montmaur por el marqués de Albufex. Vive a una legua del castillo en un pabellón de caza levantado entre los restos de una fortaleza feudal, que fue la cuna de la familia Montmaur.»
–Ya está -dijo Lupin a Clarisse Mergy, mostrándole la carta de Le Ballu-. El nombre de Sebastiani me recordó inmediatamente que Albufex es de origen corso. Ahí había cierta relación…
–Entonces, ¿cuál es su intención?
–Mi intención es entrar en comunicación con Daubrecq, si es que se encuentra encerrado en esas ruinas.
–Desconfiará de usted.
–No. Estos días, siguiendo las indicaciones de la policía, he acabado por descubrir a aquellas dos señoras viejas que secuestraron al pequeño Jacques en Saint-Germain, y que aquella misma noche, cubiertas con un velo, volvieron a llevarlo a Neuilly. Son dos viejas solteras, primas de Daubrecq, quien les pasa una pequeña renta mensual. He visitado a esas señoritas Rousselot (no olvide su nombre y su dirección, calle de Bac, 134 bis), les he inspirado confianza, les he prometido encontrar a su primo y bienhechor, y la mayor, Euphrasie Rousselot, me ha dado una carta en la que suplica a Daubrecq que se ponga en contacto sin falta con el señor Nicole. Ya ve que he tomado todas las precauciones. Me voy esta noche.
–Nos vamos -dijo Clarisse.
–¡Usted!
–¡Es que no puedo vivir así en medio de la inactividad, de la fiebre!
Y murmuró:
–No son los días lo que cuenta…, los treinta y ocho o cuarenta días a lo sumo que nos quedan…, son las horas…
Lupin vio en ella una resolución demasiado violenta para intentar combatirla. A las cinco de la mañana se iban los dos en automóvil. Grognard los acompañaba.
Para no despertar sospechas, Lupin escogió como cuartel general una ciudad grande. Amiens[21], donde instaló a Clarisse, no estaba separada de Montmaur más que por unos treinta kilómetros.
Hacia las ocho encontró a Le Ballu no lejos de la antigua fortaleza, conocida en la región con el nombre de Mortepierre, y guiado por él examinó el lugar.
En los confines del bosque el riachuelo Ligíer, que ha excavado en aquel lugar un valle muy profundo, forma una curva dominada por el enorme acantilado de Mortepierre.
–Por este lado no hay nada que hacer -dijo Lupin-. El acantilado es abrupto, con una altura de sesenta o setenta metros, y el río lo ciñe por todas partes.
Más lejos encontraron un puente que terminaba al pie de un sendero, cuyas vueltas y revueltas entre abetos y encinas los condujeron hasta una pequeña explanada, donde se erguía una puerta maciza, recubierta de hierro, erizada de clavos y flanqueada por dos grandes torres.
–¿Es aquí donde vive el montero Sebastiani? – preguntó Lupin.
–Sí -dijo Le Ballu-. Vive con su mujer, en un pabellón situado en mitad de las ruinas. Además he sabido que tiene tres hijos mayores y que los tres salieron, de viaje al parecer, y precisamente el mismo día que secuestraron a Daubrecq.
–¡Vaya, vaya! – dijo Lupin-. Vale la pena tener en cuenta la coincidencia. Es muy probable que el golpe fuera ejecutado por esos buenos mozos y por su padre.
Al caer la tarde, Lupin aprovechó una brecha para escalar la cortina a la derecha de las torres. Desde allí pudo ver el pabellón del guarda y algunos restos de la vieja fortaleza: aquí un lienzo de pared donde se adivina la campana de una chimenea; más lejos, una cisterna; a este lado, la arcada de una capilla; al otro, un montón de piedras derrumbadas.
Por delante, un camino de ronda bordea el acantilado y, a uno de los extremos del camino, hay vestigios de un formidable torreón prácticamente derruido hasta el nivel del suelo.
Por la noche Lupin volvió al lado de Clarisse Mergy. Y desde entonces no cesaron las idas y venidas entre Amiens y Mortepierre, dejando a Grognard y Le Ballu en observación permanente.
Y pasaron seis días… Las costumbres de Sebastiani parecían estar sometidas únicamente a las exigencias de su empleo. Iba al castillo de Montmaur, se paseaba por el bosque, marcaba los lugares por donde pasaban los animales, hacía rondas de noche.
Pero el séptimo día, habiendo sabido que iba a haber caza y por la mañana había salido un coche hacia la estación de Aumale, Lupin se apostó entre un grupo de laureles y de bojes que rodeaban la pequeña explanada delante de la puerta.
A las dos oyó los ladridos de la jauría. Se acercaban, acompañados de griterío, y luego se alejaban. Hacia media tarde volvió a oírlos de nuevo, con menos claridad, y eso fue todo. Pero de pronto, en medio del silencio, llegó hasta él un galope de caballo y un minuto más tarde vio dos jinetes que escalaban el sendero del río.
Reconoció al marqués de Albufex y a Sebastiani. Una vez llegados a la explanada, los dos echaron pie a tierra, mientras que una mujer, la mujer del montero sin duda, abría la puerta. Sebastiani ató las bridas de las monturas a unas argollas empotradas en un poste que se erguía a tres pasos de Lupin, y corriendo se reunió con el marqués. La puerta se cerró detrás de ellos.
Lupin no vaciló y, aunque todavía era completamente de día, contando con la soledad de aquel lugar se encaramó a los huecos de la brecha. Pasando la cabeza, divisó a los dos hombres y a la mujer de Sebastiani, que se dirigían de prisa hacia las ruinas del torreón.
El guarda levantó una cortina de hiedra y descubrió la entrada de una escalera, por la que bajó, así como Albufex, dejando a su mujer de plantón en la terraza.
Como no cabía pensar en introducirse en su seguimiento, Lupin volvió a su escondrijo… No tuvo que esperar mucho tiempo antes de que la puerta volviera a abrirse.
El marqués de Albufex parecía sumamente irritado. Golpeaba con el látigo la caña de sus botas y mascullaba palabras de cólera, que Lupin pudo distinguir cuando la distancia fue menor.
–¡Ah, el miserable, lo voy a obligar, y bien!… Esta noche, ¿oyes, Sebastiani?, esta noche, a las diez, volveré… Y actuaremos… ¡El muy animal!…
Sebastiani desató los caballos. Albufex se volvió hacia la mujer:
–Que sus hijos vigilen bien… Y si intentan liberarlo, peor para él… La trampa está allí… ¿Puedo contar con ellos?
–Como con su padre, señor marqués -afirmó el montero-. Saben lo que el señor marqués ha hecho por mí y lo que quiere hacer por ellos. No retrocederán ante nada.
–A caballo -dijo Albufex-, y volvamos a la caza.
Así pues, las cosas se realizaban tal y como Lupin había supuesto. En el transcurso de aquellas partidas de caza, Albufex, galopando por su lado, se llegaba hasta Mortepierre, sin que nadie pudiera darse cuenta de sus manejos. Sebastiani, que por razones antiguas, e inútiles de conocer por lo demás, le era fiel en cuerpo y alma, Sebastiani lo acompañaba, e iban a ver juntos al cautivo, a quien los tres hijos del montero y su mujer tenían estrechamente vigilado.
–Así están las cosas -dijo Lupin a Clarisse Mergy, cuando volvió a encontrarse con ella en un albergue de los alrededores-, Esta noche a las diez el marqués someterá a Daubrecq al interrogatorio…, un poco brutal pero indispensable, al que yo mismo iba a proceder.
–Y Daubrecq entregará su secreto… -dijo Clarisse, ya preocupada.
–Eso me temo.
–¿Entonces?
–Entonces -respondió Lupin, que parecía muy tranquilo- estoy dudando entre dos planes, O bien impedir esa entrevista…
–¿Pero cómo?
–Adelantándonos a Albufex. A las nueve, Grognard, Le Ballu y yo franqueamos las murallas. Invasión de la fortaleza, asalto al torreón, desarme de la guarnición… y la jugada está hecha. Daubrecq es nuestro.
–Siempre que los hijos de Sebastiani no lo arrojen antes por la trampa a la que el marqués ha hecho alusión…
–De todos modos -dijo Lupin- no es mi intención arriesgar un golpe de fuerza sino en último recurso, y en el caso de que mi otro plan no fuera realizable.
–¿Y cuál es ese otro plan?
–Asistir a la entrevista. Si Daubrecq no habla, ello nos dará el tiempo necesario para preparar su secuestro en condiciones más favorables. Si habla, si lo obligan a revelar el lugar donde se encuentra la lista de los veintisiete, sabré la verdad al mismo tiempo que Albufex, y juro a Dios que sacaré partido de ella antes que él.
–Sí…, sí… -pronunció Clarisse-. ¿Pero con qué medios cuenta usted para asistir…?
–No lo sé todavía -confesó Lupin-. Depende de ciertos informes que tiene que traerme Le Ballu… y de los que reuniré yo por mi cuenta.
Salió del albergue y no volvió hasta una hora más tarde, a la caída de la noche. Le Ballu venía con él.
–¿Tienes el libro? – dijo a su cómplice.
–Sí, jefe. Era el que había visto donde el vendedor de periódicos de Aumale. Lo he conseguido por cincuenta céntimos.
–Dámelo.
Le Ballu le dio un viejo folleto usado, sucio, en el que podía leerse:
Una visita a Mortepierre, 1834, con dibujos y planos.
En seguida Lupin buscó el plano del torreón.
–Este es… -dijo-. Tenía tres pisos, que han sido derruidos, y bajo tierra, excavados en la roca, otros dos pisos, uno de los cuales ha quedado invadido por los escombros, y el otro… mírelo, aquí es donde está nuestro amigo Daubrecq. El nombre es significativo… La sala de torturas… ¡Pobre amigo!… Entre la escalera y la sala, dos puertas. Entre esas dos puertas, un reducto, donde evidentemente se hallan los tres hermanos, escopeta en mano.
–Así que es imposible penetrar por ahí sin ser visto.
–Imposible… a menos que se pase por arriba, por el piso derrumbado, y se busque una vía de acceso a través del techo… Pero es bastante arriesgado…
Continuó hojeando el libro. Clarisse le preguntó:
–¿No hay ventanas en esa sala?
–Sí -dijo-. Desde abajo, desde el río (ahora caigo), se ve una pequeña abertura, que además está marcada en este plano. Pero hay cincuenta metros de altura, ¿verdad?, a pico… e incluso la roca cae a plomo por encima del agua. Así que también imposible.
Recorrió algunos pasajes del libro. Le llamó la atención un capítulo titulado «La torre de los Dos Amantes». Leyó las primeras líneas:
–«Antiguamente la gente del lugar llamaba al torreón la torre de los Dos Amantes, en recuerdo de un drama que lo ensangrentó en la Edad Media. El conde de Mortepierre, habiendo obtenido pruebas de la infidelidad de su esposa, la encerró en la cámara de torturas. Parece que pasó allí veinte años. Una noche su amante, el señor de Tancarville, tuvo la audacia loca de levantar una escalera de mano en el río y luego trepar a lo alto del acantilado hasta la abertura de la cámara. Después de serrar los barrotes, consiguió liberar a la que amaba, y bajó con ella valiéndose de una cuerda. Llegaban los dos a la cima de la escalera, que unos amigos vigilaban, cuando un tiro disparado desde el camino de ronda alcanzó al hombre en el hombro. Los dos amantes se precipitaron en el vacío…»
Hubo un silencio tras aquella lectura, un largo silencio durante el que cada cual reconstruía la trágica evasión. Así que ya tres o cuatro siglos antes, arriesgando su vida por salvar a una mujer, un hombre había intentado esa proeza inconcebible, y hubiera conseguido llevarla a cabo de no ser por la vigilancia de algún centinela atraído por el ruido. ¡Un hombre se había atrevido a eso! ¡Un hombre había hecho eso!
Lupin levantó los ojos hacia Clarisse. Ella lo miraba, ¡pero con qué mirada extraviada y suplicante! Mirada de madre, que exigía lo imposible, y que lo hubiera sacrificado todo por la salvación de su hijo.
–Le Ballu -dijo él-, procúrame una cuerda sólida, muy fina, para que pueda enrollármela a la cintura, y muy larga, de unos cincuenta o sesenta metros. Tú, Grognard, ponte a buscar tres o cuatro escaleras y átalas por los extremos.
–¿Eeeh? ¡Pero qué está usted diciendo, jefe! – gritaron los dos cómplices-. ¡Qué! ¿Es que quiere usted…? Pero eso es una locura.
–¿Una locura? ¿Por qué? Lo que otro ha hecho bien puedo hacerlo yo.
–Pero hay cien probabilidades contra una de que se rompa la cabeza.
–Ya lo ves, Le Ballu, hay una probabilidad de que no me la rompa.
–Pero vamos a ver, jefe…
–Ya hemos charlado bastante, amigos. Nos vemos dentro de una hora a la orilla del río.
Los preparativos fueron largos. No fue fácil encontrar con qué hacer la escalera de quince metros para que pudiera llegar al primer saliente del acantilado, y se necesitaron muchos esfuerzos y cuidados para unir unas con otras las diferentes partes.
Finalmente, poco después de las nueve, fue levantada en medio del río y calzada por medio de una barca, cuya proa estaba sujeta entre dos palos y cuya popa se hundía en la ribera.
La carretera que bordea el valle estaba poco frecuentada y nadie estorbó los trabajos. La noche estaba oscura; el cielo cargado de nubes inmóviles.
Lupin hizo las últimas recomendaciones a Le Ballu y a Grognard, y dijo riendo:
–Nadie puede imaginarse lo que va a divertirme ver la cara de Daubrecq mientras le cortan el cuero cabelludo y le arrancan la piel a tiras. ¡De verdad! Eso bien vale el viaje.
También Clarisse estaba en la barca. El le dijo:
–Hasta pronto. Y sobre todo, no se mueva. Pase lo que pase, nada de movimientos, nada de gritos.
–¿Entonces puede pasar algo? – dijo ella.
–¡Hombre! Acuérdese del señor de Tancarville. En el mismo momento en que llegaba a su meta con su amada en los brazos un azar lo traicionó. Pero esté tranquila, todo irá bien.
Ella no respondió. El le cogió la mano y la estrechó fuertemente entre las suyas.
Puso el pie en la escalera y se aseguró de que no se movía demasiado. Luego subió.
Rápidamente llegó al último peldaño.
Era entonces cuando comenzaba la subida realmente peligrosa, una subida penosa al principio a causa de la pendiente excesiva, y que a mitad de camino se convirtió en la auténtica escalada de una muralla.
Por suerte, en distintos lugares había pequeños huecos donde podía posar los pies y pedruscos salientes donde podía agarrarse con las manos. Pero por dos veces los pedruscos cedieron, se deslizó, y por dos veces creyó que todo estaba perdido.
Encontró un hueco profundo y descansó allí. Estaba extenuado y, ya dispuesto a renunciar a la empresa, se preguntaba si realmente valía la pena exponerse a tales peligros.
«¡Demonio! – pensó-. Me parece que estás empezando a flaquear, amigo Lupin. ¿Renunciar a la empresa?" Entonces Daubrecq va a susurrar su secreto. El marqués será dueño de la lista. Lupin se volverá con las manos vacías y Gilbert…»
Como la larga cuerda que había enrollado alrededor de su cintura le ocasionaba una molestia y un cansancio inútiles, Lupin fijó simplemente uno de los extremos en la hebilla del pantalón. Así la cuerda se desenrollaría a lo largo de la subida, y a la vuelta se serviría de ella como de una barandilla.
Luego se agarró de nuevo a las asperezas del acantilado y continuó la escalada, con los dedos ensangrentados y las uñas machacadas. A cada momento esperaba la caída inevitable. Y lo que más lo descorazonaba era percibir el murmullo de voces que se elevaba desde la barca, un murmullo tan claro como si no aumentase la distancia entre sus compañeros y él.
Y se acordó del señor de Tancarville, solo también en medio de las tinieblas, y que debía de estremecerse con el estrépito de las piedras que caían brincando al desprenderse. ¡Cómo resonaba el menor ruido en el silencio profundo! Bastaba con que uno de los guardianes de Daubrecq espiara la sombra desde lo alto de la torre de los Dos Amantes, y ello significaría un tiro, la muerte.
Trepaba…, trepaba… y llevaba trepando tanto tiempo, que acabó por imaginar que se había pasado. Sin duda alguna había torcido sin darse cuenta hacia la derecha o hacia la izquierda e iría a desembocar al camino de ronda. ¡Qué estúpido desenlace! ¿Y es que podía ser de otro modo tratándose de una tentativa que el rápido desencadenamiento de los hechos no le había permitido estudiar y preparar en condiciones?
Furioso, redobló sus esfuerzos, se elevó unos cuantos metros, se deslizó, reconquistó el terreno perdido, se agarró a un manojo de raíces que se le quedó en la mano, se deslizó de nuevo, y, descorazonado, ya iba a abandonar la partida, cuando de pronto, poniéndose tenso en una crispación de todo su ser, de todos sus músculos y de toda su voluntad, se inmovilizó; un ruido de voces parecía salir de la roca que abrazaba.
Escuchó. Aquello ocurría hacia la derecha. Volvió la cabeza y creyó ver un rayo de claridad que atravesaba las tinieblas del espacio. Por qué sobresalto de energía, por qué movimientos insensibles logró desplazarse hasta allí, no se dio cuenta exacta. Pero bruscamente se encontró sobre el reborde de un orificio bastante ancho, de unos tres metros al menos de profundidad, que atravesaba la pared del acantilado como un pasillo, y cuyo extremo opuesto, mucho más estrecho, estaba cerrado por tres barrotes.
Lupin se arrastró. Su cabeza llegó hasta los barrotes. Y vio…
VIII
La torre de los Dos Amantes
La sala de torturas se arqueaba por debajo de él, vasta, de forma irregular, distribuida en partes desiguales por los cuatro gruesos pilares macizos que sostenían sus bóvedas. Un olor a moho y humedad subía de sus muros y sus losas mojadas por las infiltraciones. Su aspecto debía de ser siniestro en cualquier momento. Pero a aquella hora, con las altas siluetas de Sebastiani y sus hijos, con los resplandores oblicuos que jugaban en los pilares, con la visión del cautivo encadenado sobre una yacija, adquiría un aspecto misterioso y bárbaro.
Estaba en primer plano Daubrecq, cinco o seis metros por debajo del tragaluz donde Lupin se mantenía acurrucado. Además de las antiguas cadenas de que se habían servido para atarlo a su lecho y para atar el lecho a un gancho de hierro empotrado en la pared, unas correas de cuero rodeaban sus tobillos y muñecas, y un ingenioso dispositivo hacía que al menor movimiento se pusiera en funcionamiento una campanilla colgada del pilar vecino.
Una lámpara colocada encima de un escabel lo iluminaba en pleno rostro.
De pie a su lado, el marqués de Albufex, cuyo pálido rostro, el bigote grisáceo, el talle alto y delgado veía Lupin, el marqués de Albufex miraba a su prisionero con expresión de satisfacción y de odio saciado.
Transcurrieron varios minutos en un silencio profundo. Luego el marqués ordenó:
–Sebastiani, enciende esas tres antorchas para que lo vea mejor.
Y, cuando las tres antorchas estuvieron encendidas y hubo contemplado bien a Daubrecq, se inclinó sobre él y le dijo casi dulcemente:
–No sé muy bien lo que será de nosotros dos. Pero, a pesar de todo, habré tenido en esta sala unos minutos de alegría pistonudos. ¡Me has hecho tanto daño, Daubrecq! ¡Lo que he podido llorar por tu culpa!… Sí…, auténticas lágrimas…, auténticos sollozos de desesperación… ¡El dinero que has podido robarme! ¡Una fortuna! ¡Y el miedo que tenía de tu denuncia! Pronunciar mi nombre significaba el final de mi ruina, el deshonor. ¡Ah, granuja!
Daubrecq no se movía. Desprovisto de sus anteojos, conservaba sin embargo las gafas, en las que se reflejaba la claridad de las luces. Había adelgazado considerablemente, y los huesos de sus pómulos sobresalían por encima de sus mejillas hundidas.
–Vamos -dijo Albufex-, ahora se trata de terminar. Parece que hay unos pillos rondando el lugar. ¡Quiera Dios que no sea por ti y que no intenten liberarte, porque eso significaría tu pérdida inmediata, como tú sabes…! Sebastiani, ¿sigue funcionando bien la trampa?
Sebastiani se acercó, puso una rodilla en tierra, levantó y giró una argolla que Lupin no había visto y que se encontraba al pie mismo del lecho. Una de las losas basculó, descubriendo un agujero negro.
–Ya ves -prosiguió el marqués-, todo está previsto, y tengo al alcance de la mano todo lo necesario, incluso mazmorras… y mazmorras insondables, dice la leyenda del castillo. Así que no hay nada que esperar, ningún socorro. ¿Vas a hablar?
Como Daubrecq no respondiera, él continuó:
–Es la cuarta vez que te interrogo, Daubrecq. Es la cuarta vez que me desplazo para pedirte el documento que posees y para sustraerme así a tu chantaje. Es la cuarta y última vez. ¿Vas a hablar?
El mismo silencio. Albufex hizo una seña a Sebastiani. El guarda avanzó, seguido de dos de sus hijos. Uno de ellos llevaba un palo en la mano.
–Adelante -ordenó Albufex, después de unds segundos de espera.
Sebastiani aflojó las correas que oprimían las muñecas de Daubrecq, introdujo el palo entre las correas y lo sujetó.
–¿Doy una vuelta, señor marqués?
Otro silencio. El marqués esperaba. Como Daubrecq no moviera, murmuró: -¡Pero habla! ¿Para qué exponerte a sufrir?
Ninguna respuesta.
–Da una vuelta, Sebastiani.
Sebastiani hizo dar al palo un giro completo. Las ligaduras se tensaron. Daubrecq lanzó un gemido.
–¿No quieres hablar? Y sin embargo sabes muy bien que no cederé, que me es imposible ceder, que te tengo y que, si es preciso, te destrozaré hasta hacerte morir. ¿No quieres hablar? ¿No?… Sebastiani, otra vuelta más.
El guarda obedeció. Daubrecq tuvo un sobresalto de dolor y volvió a caer sobre su lecho con un estertor.
–¡Imbécil! – gritó el marqués, trémulo y tembloroso-. ¡Pero habla! ¿Qué? ¿No estás harto ya de esa lista? Además, ya es hora de que le toque a otro, ¿no? Vamos, habla… ¿Dónde está?
Una palabra…, sólo una palabra… y te dejamos tranquilo… Y mañana en cuanto tenga la lista, serás libre. Libre, ¿lo oyes? ¡Pero, habla, por Dios! ¡Será bruto! Sebastiani, otra vuelta.
Sebastiani hizo un nuevo esfuerzo. Los huesos crujieron.
–¡Socorro! ¡Socorro! – articuló Daubrecq con una voz ronca e intentando vanamente liberarse.
Y, muy bajo, farfulló:
–Piedad…, piedad…
¡Espectáculo horrible! Los tres hijos tenían los rostros convulsos. Lupin, estremeciéndose, asqueado, y comprendiendo que él nunca hubiera podido llegar a realizar aquel acto abominable, Lupin espiaba las palabras inevitables. Iba a saber. El secreto de Daubrecq iba a expresarse en sílabas, en palabras arrancadas por el dolor. ¡Y Lupin pensaba ya en la retirada, en el automóvil que lo esperaba, en la carrera loca hacia París, en la victoria tan próxima!…
–Habla… -murmuraba Albufex, habla y habremos terminado.
–Sí…, sí… -balbuceó Daubrecq.
–Vamos…
–Más tarde…, mañana…
–¡Ah, pero tú estás loco! ¡Mañana! ¿Qué me estás contando? Sebastiani, otra vuelta.
–No, no -aulló Daubrecq-, no, para.
–¡Habla!
–Bueno, ahí va… He escondido el papel…
Pero el sufrimiento era demasiado grande. Daubrecq levantó la cabeza en un supremo esfuerzo, emitió sonidos incoherentes, consiguió pronunciar dos veces: «Mary… Mary…», y cayó agotado, inerte.
–Suéltalo, vamos -ordenó Albufex a Sebastiani-. ¡Maldita sea! ¿Nos habremos pasado en la dosis?
Pero un examen rápido le demostró que Daubrecq estaba simplemente desvanecido. Entonces él mismo, extenuado, se derrumbó al pie del lecho enjugándose las gotas de sudor que mojaban su frente, y masculló:
–¡Ah, puerco trabajo!
–Quizá ya es bastante por hoy… -dijo el guarda, cuya ruda cara traicionaba su emoción-. Podemos volver a empezar mañana…, o pasado mañana.
El marqués callaba. Uno de los hijos le tendió una cantimplora de coñac. El llenó la mitad de un vaso y se lo bebió de un trago.
–Mañana no -dijo-. En seguida. Un esfuercito más. En el punto en que está ya no será difícil.
Y tomando al guarda aparte:
–¿Has oído? ¿Qué habrá querido decir con eso de «Mary»? Lo ha repetido dos veces.
–Sí, dos veces -dijo el guarda-. Quizá ha confiado ese documento que usted le reclama a alguna persona que responda al nombre de Mary.
–¡Nunca en la vida! – protestó Albufex-. El no confía nada a nadie… Eso significa otra cosa.
–¿Pero qué, señor marqués? – ¿Qué? No vamos a tardar en saberlo, respondo de ello.
En aquel momento Daubrecq aspiró profundamente y se movió en la cama.
Albufex, que había vuelto a recobrar toda su sangre fría y que no perdía de vista al enemigo, se aproximó a él y le dijo:
–Ya ves, Daubrecq…, es una locura resistir… Cuando uno está vencido, no tiene más remedio que someterse a la ley del vencedor, en lugar de dejarse torturar tontamente… Vamos, sé razonable.
Y, dirigiéndose a Sebastiani:
–Tensa la cuerda…, que la sienta un poco… Eso lo despertará… Está haciéndose el muerto…
Sebastiani cogió otra vez el palo y giró hasta que la cuerda volvió a entrar en contacto con las carnes tumefactas. Daubrecq se sobresaltó.
–Para, Sebastiani -ordenó el marqués-. Me parece que nuestro amigo se halla en las mejores disposiciones del mundo y comprende la necesidad de llegar a un acuerdo. ¿No es así, Daubrecq? ¿Prefieres acabar? ¡Cuánta razón tienes!
Los dos hombres estaban inclinados sobre el paciente, Sebastiani con el palo en la mano, Albufex manteniendo la lámpara para iluminarlo en pleno rostro.
–Sus labios se agitan…, va a hablar… Afloja un poco, Sebastiani, no quiero que nuestro amigo sufra… Y ahora, no, aprieta más…, creo que nuestro amigo vacila… Otra vuelta… ¡Alto!… Ya empezamos a entender… ¡Ah, mi querido Daubrecq! Si no articulas mejor, es tiempo perdido. ¿Qué? ¿Qué es lo que dices?
Arsenio Lupin barbotó un juramento. ¡Daubrecq estaba hablando, y él, Lupin, no podía oírlo! Por más que aguzaba el oído, por más que sofocaba los latidos de su corazón y el zumbido de sus sienes, no llegaba hasta él ningún sonido.
«¡Maldita sea mil veces! – pensó-. Esto sí que no lo había previsto yo. ¿Qué hacer?»
Estuvo a punto de empuñar el revólver y enviar a Daubrecq una bala que cortara en seco toda explicación. Pero pensó que con ello tampoco él sabría más, y que más valía remitirse a los acontecimientos para sacar el mejor partido de ellos.
Abajo, sin embargo, proseguía la confesión, sorda, entrecortada de silencios y mezclada con quejas. Albufex no dejaba su presa.
–Vamos… Acaba de una vez…
Y puntuaba las frases con exclamaciones aprobatorias:
–¡Bien!… ¡Perfecto!… ¡No es posible! Repite otra vez, Daubrecq… ¡Ah, ya! Qué gracioso… ¿Y a nadie se le ha ocurrido? ¿Ni siquiera a Prasville?… ¡Qué idiota!… Afloja, Sebastiani… Ya ves que nuestro amigo está sin resuello… Calma, Daubrecq…, no te canses… Y entonces, querido amigo, decías…
Era el final. Hubo un cuchicheo bastante largo que Albufex escuchó sin interrupción y del que Arsenio Lupin no pudo captar la menor sílaba; luego el marqués se levantó y exclamó con voz gozosa:
–¡Ya está!… Gracias, Daubrecq. Y créeme que no olvidaré jamás lo que acabas de hacer. Cuando te veas en la necesidad, no tienes más que llamar a mi puerta: siempre habrá para ti un pedazo de pan en la cocina y un vaso de agua filtrada. Sebastiani, cuida al señor diputado absolutamente igual que si fuera uno de tus hijos. Y en primer lugar quítale las ligaduras. No se puede tener corazón para atar así a uno de nuestros semejantes, como un pollo en el asador.
–¿Le damos de beber?
–¡Eso es! Dale de beber.
Sebastiani y sus hijos desataron las correas de cuero, friccionaron las muñecas doloridas y las envolvieron en vendas de tela untadas de ungüento. Luego Daubrecq bebió unos sorbos de aguardiente.
–Eso va mejor -dijo el marqués-. ¡Bah, no será nada! Dentro de unas horas ni siquiera se verá, y podrás vanagloriarte de haber sufrido la tortura como en los buenos tiempos de la Inquisición. ¡Qué potra tienes!
Consultó su reloj.
–Ya hemos charlado bastante, Sebastiani. Que tus hijos lo vigilen por turno. Tú llévame a la estación para coger el último tren.
–Entonces, señor marqués, ¿lo dejamos así, libre de movimientos?
–¿Por qué no? ¿Te imaginas que vamos a tenerlo aquí hasta el día de su muerte? No, Daubrecq, estáte tranquilo. Mañana por la tarde iré a tu casa… y, si el documento se encuentra en el sitio que me has dicho, inmediatamente un telegrama, y podrás tomar las de Villadiego. ¿No habrás mentido, eh?
Se volvió hacia Daubrecq, e inclinándose otra vez sobre él:
–Nada de chistes, ¿verdad? Sería idiota por tu parte. Yo perdería un día, eso es todo. Mientras que tú perderías los días que te quedan de vida. Pero no, no, el escondrijo es demasiado bueno. No se inventa eso para divertirse. En marcha, Sebastiani. Mañana te mandaré el telegrama.
–¿Y si no le dejan entrar en la casa, señor marqués?
–¿Y por qué?
–La casa de la glorieta Lamartine está ocupada por los hombres de Prasville.
–No te preocupes, Sebastiani, entraré, y, si no me abren la puerta, para eso está la ventana. Y, si no se abre la ventana, ya me las apañaré con alguno de los hombres de Prasville. Es cuestión de dinero. ¡Y, gracias a Dios, no va a ser eso lo que falte en lo sucesivo! Buenas noches, Daubrecq.
Salió, acompañado de Sebastiani, y la pesada puerta volvió a cerrarse.
Inmediatamente, y siguiendo un plan concebido durante aquella escena, Lupin efectuó su retirada.
El plan era simple: bajar volando con ayuda de la cuerda hasta el pie del acantilado, llevarse con él a sus amigos, saltar al auto y atacar a Albufex en la carretera desierta que lleva a la estación de Aumale. El resultado del combate no ofrecía duda. Una vez prisioneros Albufex y Sebastiani, se las arreglarían para que uno de los dos hablase. Albufex había enseñado cómo había que hacerlo y, por la salvación de su hijo, Clarisse Mergy sabría ser inflexible.
Tiró de la cuerda de que estaba provisto y buscó a tientas una aspereza de la roca en torno a la cual pudiera pasarla, de manera que quedaran colgando dos extremos iguales, que cogería con las dos manos. Pero, cuando hubo encontrado lo que necesitaba, en lugar de actuar, y rápidamente porque la tarea corría prisa, se quedó inmóvil, reflexionando. En el último momento su proyecto no le satisfacía.
«Absurdo -se decía-. Lo que voy a hacer es absurdo e ilógico. ¿Quién me asegura que Albufex y Sebastiani no se me van a escapar? ¿Quién me asegura que una vez en mi poder hablarán? No, me quedo. Hay algo mejor que intentar…, mucho mejor. No tengo por qué meterme con esos dos, sino con Daubrecq. Está extenuado, en el límite de su resistencia. Si ha dicho su secreto al marqués, no hay ninguna razón para que no me lo diga a mí, cuando Clarisse y yo empleemos los mismos procedimientos. ¡Adjudicado! ¡Secuestremos a Daubrecq!»
Y añadió para sí mismo:
«Además, ¿qué riesgo corro? Si marro el golpe, Clarisse Mergy y yo nos largamos a París y, de acuerdo con Prasville, organizamos en la casa de la glorieta Lamartine una vigilancia minuciosa para que Albufex no pueda aprovecharse de las revelaciones que Daubrecq le ha hecho. Lo esencial es que Prasville esté prevenido del peligro. Y lo estará.»
En aquel momento daban las doce en la iglesia de un pueblo vecino. Ello proporcionaba a Lupin seis o siete horas para poner en ejecución su nuevo plan. Comenzó en seguida.
Al retirarse del orificio al fondo del cual se abría la ventana, tropezó con un macizo de pequeños arbustos en uno de los huecos del acantilado. Valiéndose de su cuchillo, cortó una docena y los redujo todos a la misma dimensión. Tomó luego la cuerda y la dividió en dos trozos de igual longitud. Estos serían los largueros de la escala. Entre los largueros sujetó los doce palitroques, y de ese modo confeccionó una escala de cuerda de unos seis metros.
Cuando volvió a su puesto, en la sala de torturas, al lado del lecho de Daubrecq, ya no quedaba más que uno de los tres hijos. Estaba fumando su pipa al lado de la lámpara. Daubrecq dormía. «¡Diantre! – pensó Lupin-. ¿Va a estar vigilando toda la noche ese muchacho? En ese caso, no tengo nada que hacer más que zafarme.»
La idea de que Albufex era dueño del secreto lo atormentaba vivamente. A juzgar por la entrevista a la que había asistido, tenía la impresión muy clara de que el marqués «trabajaba para la casa» y que, al robar la lista, no sólo quería sustraerse a la acción de Daubrecq, sino también conquistar el poder de Daubrecq y reconstruir su fortuna por los mismos medios que había empleado Daubrecq.
Para Lupin eso significaba que desde ese momento tendría que librar una nueva batalla con un nuevo enemigo. La rápida marcha de los acontecimientos no le permitía considerar semejante hipótesis. Había que cortar el camino al marqués de Albufex a toda costa, previniendo a Prasville.
Sin embargo Lupin seguía allí, retenido por la tenaz esperanza de que algún incidente le diera la oportunidad de actuar.
Dieron las doce y media. Luego, la una. La espera se hacía terrible, tanto más cuanto que una bruma glacial subía del valle y Lupin sentía que el frío le penetraba hasta los huesos. A lo lejos oyó el trote de un caballo. «Ese es Sebastiani, que vuelve de la estación», pensó. Pero el hijo que vigilaba en la sala de torturas, habiendo terminado su paquete de tabaco, abrió la puerta y preguntó a sus hermanos si no tenían con qué cargar la última pipa. Ante su respuesta, salió para ir hasta el pabellón.
Y Lupin se quedó estupefacto. Aún no se había cerrado la puerta, cuando Daubrecq, que dormía tan profundamente, se sentó en la cama, escuchó, puso un pie en el suelo, luego el otro, y de pie, un poco vacilante, aunque bastante más firme de lo que se hubiera podido creer, probó sus fuerzas.
«Vamos -se dijo Lupin-, todavía le queda cuerda al mozo. El mismo podrá contribuir muy bien a su secuestro. Sólo me preocupa una cosa… ¿Se dejará convencer? ¿Querrá seguirme? ¿No creerá que este socorro milagroso caído del cielo es una trampa del marqués?»
Pero de pronto Lupin se acordó de la carta que había hecho escribir a las viejas primas de Daubrecq, aquella carta de recomendación, por así decir, que la mayor de las hermanas Rousselot había firmado con su nombre de Euphrasie.
Estaba allí, en su bolsillo. La cogió y prestó oído. Ningún ruido, salvo el ligero ruido de los pasos de Daubrecq sobre las losas. Lupin juzgó propicio el instante. Rápidamente pasó el brazo entre los barrotes y arrojó la carta.
Daubrecq pareció desconcertado.
El sobre había revoloteado por la sala, y ahora yacía en tierra a tres pasos de él. ¿De dónde venía? Levantó la cabeza hacia la ventana e intentó horadar la oscuridad que le escondía toda la parte alta de la sala. Luego miró el sobre, sin atreverse a tocarlo todavía, como si temiera alguna trampa. Luego, de pronto, tras echar una ojeada al lado de la puerta, se agachó rápidamente, cogió el sobre y lo abrió.
–¡Ah! – dijo con un suspiro de alegría, al ver la firma.
Leyó la carta a media voz:
Confía plenamente en el portador de estas letras. Ha sido él quien, gracias al dinero que le hemos entregado, ha sabido descubrir el secreto del marqués y ha ideado el plan de la evasión. Todo está preparado para la huida.
Euphrasie Rousselot.
Volvió a leer la carta, repitió: «Euphrasie…, Euphrasie…» y levantó de nuevo la cabeza.
Lupin cuchicheó:
–Necesito dos o tres horas para serrar uno de los barrotes. ¿Van a volver Sebastiani y sus hijos?
–Sí, sin duda -respondió Daubrecq tan suavemente como él-, pero creo que me dejarán.
–¿Pero se acuestan al lado?
–Sí.
–¿No lo oirán?
–No, la puerta es maciza.
–Bien. En ese caso no será largo. Tengo una escala de cuerda. ¿Podrá subir usted solo, sin mi ayuda?
–Creo que sí…, lo intentaré…, me han hecho polvo las muñecas… ¡Ah, los muy animales! ¡Apenas si puedo mover las manos… y no tengo mucha fuerza! Pero, a pesar de todo, lo intentaré…, saldrá bien…
Se interrumpió, escuchó y, llevándose un dedo a la boca, murmuró:
–¡Chist!
Cuando entraron Sebastiani y sus hijos, Daubrecq, que había ocultado la carta y se hallaba ya en la cama, fingió despertarse sobresaltado. El guarda traía una botella de vino, un vaso y algunas provisiones.
–¿Cómo va eso, señor diputado? – gritó-. ¡Vaya! Quizá hemos apretado un poco fuerte… Con lo brutal que es ese torniquete de madera. Me han dicho que se llevaba mucho en tiempos de la gran Revolución y de Bonaparte…, en los tiempos en que había «calientapiés». ¡Un bonito invento! Y además, limpio…, sin sangre… ¡Ah, no ha sido largo! Al cabo de veinte minutos ya había escupido usted la palabra del enigma.
Sebastiani rompió a reír.
–A propósito, señor diputado, ¡mi más cordial enhorabuena! Excelente el escondrijo. ¿Quién hubiera podido sospecharlo?… Fíjese, lo que nos confundía al señor marqués y a mí era ese nombre de Mary que soltó usted al principio. No había mentido usted. Sólo que… la palabra se quedó en camino, eso es. Había que terminarla. No, pero, a pesar de todo, ¡cuidado que es gracioso! ¡Así que encima de la mesa misma del despacho! verdaderamente es para echarse a reír.
El guarda se levantó y recorrió la pieza frotándose las manos.
–El señor marqués está enormemente contento, tan contento, que incluso vendrá mañana por la tarde en persona para darle la libertad y que usted pueda tomar el portante. Sí, lo ha pensado mejor, y habrá algunas formalidades…, quizá tenga usted que algunos cheques, devolver ¡pues eso!, y reembolsar al marqués su dinero y sus penas. Pero ¿qué es eso? ¡Una miseria para usted! Sin contar con que desde este momento se acabó la cadena, se acabaron las correas de cuero alrededor de las muñecas, en una palabra, ¡un trato de rey! E incluso, fíjese, tengo orden de concederle una buena botella de vino viejo y un frasco de coñac.
Sebastiani soltó aún algunas bromas, luego tomó la lámpara, inspeccionó la sala por última vez y dijo a sus hijos:
–Dejémoslo dormir. Vosotros también, acostaos los tres, dormid con un ojo abierto… Nunca se sabe lo que puede
pasar…
Se retiraron.
Lupin esperó pacientemente y dijo en voz baja:
–¿Puedo empezar?
–Sí, pero cuidado… No sería de extrañar que se dieran una vuelta de aquí a una hora o dos.
Lupin puso manos a la obra. Tenía una lima muy potente, y el fierro de los barrotes, oxidado y roído por el tiempo, en ciertos lugares era casi friable[22]. Al segundo toque Lupin se paró con los oídos al acecho. Pero era la carrerilla de un ratón por los escombros del piso superior, o el vuelo de un pájaro nocturno, y continuó su tarea, animado por Daubrecq, que escuchaba al lado de la puerta, y que le hubiera prevenido a la menor alerta.
«¡Uf! – se dijo, pasando por última vez la lima-. Menos mal, porque la verdad es que no se está muy ancho en este maldito túnel… Eso sin contar el frío…»
Empujó con todas sus fuerzas sobre el barrote que había serrado por abajo, y consiguió separarlo lo suficiente para que un hombre pudiera deslizarse entre los dos barrotes que quedaban. Luego tuvo que retroceder hasta la otra punta del pasillo, la parte más ancha, donde había dejado la escala de cuerda. Después de haberla sujetado a los barrotes, llamó:
–Psst… Ya está… ¿Está usted preparado?
–Sí…, aquí estoy…, un segundo, que voy a escuchar… Bien…, están durmiendo… Déme la escala.
Lupin la dejó caer y dijo:
–¿Tengo que bajar yo?
–No… Estoy un poco débil…, pero creo que podré.
En efecto, llegó bastante rápido al orificio del pasillo y se puso a seguir a su salvador. Sin embargo, al aire libre pareció aturdido. Además, para recobrar fuerzas, se había bebido media botella de vino, y experimentó un desfallecimiento que lo dejó tendido sobre la piedra del pasillo durante media hora. Lupin, perdiendo la paciencia, iba ya a atarlo a uno de los extremos del cable, cuyo extremo opuesto estaba anudado alrededor de los barrotes, y se disponía a hacerlo deslizarse como un fardo, cuando Daubrecq se despertó más dispuesto.
–Ya vale – murmuró-, ahora me siento mejor. ¿Va a ser largo?
–Bastante largo. Estamos a cincuenta metros de altura.
–¿Y cómo Albufex no ha previsto que era posible una evasión por aquí?
–El acantilado está a pico.
–¿Y ha podido usted…?
–¡Hombre, sus primas han insistido tanto…! Y además, hay que vivir, ¿no es cierto? Y ellas han sido generosas.
–¡Buenas chicas! – dijo Daubrecq -. ¿Dónde están?
–Abajo, en una barca.
–¿Entonces hay un río?
–Sí, pero dejémonos de charla, si no le importa. Es peligroso.
–Una palabra más. ¿Llevaba usted mucho tiempo allí cuando me tiró la carta?
–Pues no…, no… Un cuarto de hora como mucho. Ya se lo explicaré… Ahora hay que darse prisa.
Lupin pasó el primero, recomendando a Daubrecq que se agarrase bien a la cuerda y descendiese a reculones. Además, él lo sujetaría en los lugares más difíciles.
Necesitaron más de cuarenta minutos para llegar al terraplén del saliente que formaba el acantilado, y varias veces Lupin tuvo que ayudar a su compañero, cuyas muñecas, todavía magulladas por la tortura, habían perdido toda su energía y flexibilidad.
En varias ocasiones gimió:
–¡Ah, los muy canallas me han destrozado!… ¡Canallas!… ¡Ah, Albufex, ésta me la vas a pagar cara!
–Silencio -dijo Lupin.
–¿Qué?
–Se oye ruido… allá arriba…
Inmóviles en el terraplén, escucharon. Lupin pensó en el señor de Tancarville y en el centinela que lo había matado de un arcabuzazo. Se estremeció, sometido al influjo del silencio y las tinieblas.
–No -dijo-, me he equivocado… Además, es idiota… No pueden alcanzarnos aquí.
–¿Quién podría alcanzarnos?
–Nada…, nada…, una idea estúpida…
Buscó a tientas y acabó por encontrar los largueros de la escalera, y prosiguió:
–Mire, ésta es la escalera que está apoyada en el lecho del río. Uno de mis amigos la guarda, además de las dos primas de usted.
Silbó.
–Estoy aquí -dijo a media voz-. Sujetad bien la escalera.
Y dijo a Daubrecq:
–Paso delante.
Daubrecq objetó:
–Quizá sería preferible que pasara yo delante de usted.
–¿Por qué?
–Estoy muy cansado. Áteme la cuerda a la cintura y usted me va sujetando… Si no, me expongo…
–Sí, tiene usted razón -dijo Lupin-. Acerqúese.
Daubrecq se acercó y se puso de rodillas sobre la roca. Lupin lo ató, y luego, doblándose en dos, agarró uno de los largueros con las dos manos para que la escalera no oscilase.
–Adelante -dijo.
En el mismo momento sintió un violento dolor en el hombro.
–¡Maldición! – dijo, desplomándose.
Daubrecq le había dado una cuchillada debajo de la nuca, un poco a la derecha.
–¡Ah, miserable…, miserable!
En la sombra adivinó a Daubrecq, que se desembarazaba de la cuerda, y lo oyó murmurar:
–¡Mira que eres tonto! Me traes una carta de mis primas Rousselot, donde he reconocido en seguida la letra de la mayor, Adelaide, pero esa vieja lagarta de Adelaide, por desconfianza o para prevenirme en caso de necesidad, ha tenido la precaución de firmar en el nombre de su hermana menor, Euphrasie Rousselot. ¡Imagínate si habré tenido un tic!… Entonces, con un poco de reflexión… Tú eres el señor Arsenio Lupin, ¿no?, el protector de Clarisse, el salvador de Gilbert… Pobre Lupin, creo que tu asunto marcha mal… No suelo herir con frecuencia, pero, cuando lo hago, ya está.
Se inclinó hacia el herido y registró sus bolsillos.
–Anda, dame tu revólver. Como puedes comprender, tus amigos van a darse cuenta casi al momento de que no soy su jefe y van a intentar retenerme. Y, como no tengo muchas fuerzas, una bala o dos… ¡Adiós, Lupin! Y mi más sincero agradecimiento… Porque, verdaderamente, sin ti no sé muy bien lo que hubiera sido de mí. ¡Diantre! Albufex no se ha andado con chiquitas. El tío ese… ¡Cómo me voy a divertir cuando me lo encuentre!
Daubrecq había terminado sus preparativos. Silbó de nuevo. Le respondieron desde la barca.
–Estoy aquí -dijo.
En un supremo esfuerzo, Lupin extendió los brazos para detenerlo. Pero no encontró más que el vacío. Quiso gritar, advertir a sus cómplices: su voz se estranguló en su garganta.
Experimentaba un aturdimiento atroz en todo su ser. Le zumbaban las sienes.
De pronto, gritos abajo. Luego una detonación, luego otra, a la que siguió una risotada de triunfo. Y lamentos de mujer, gemidos. Y poco después, otras dos detonaciones…
Lupin pensó en Clarisse, herida, muerta quizá; en Daubrecq, que huía victorioso; en Albufex; en el tapón de cristal, que uno ú otro de los dos adversarios iba a recobrar sin que nadie pudiera impedírselo. Luego una visión brusca le mostró al señor de Tancarville cayendo con su amada. Luego murmuró varias veces:
–Clarisse…, Clarisse…, Gilbert…
Se hizo un gran silencio en él, una paz infinita lo penetró y, sin rebelión alguna, tuvo la impresión de que su cuerpo, agotado, sin nada que lo retuviera, rodaba hasta el borde mismo de la roca, hacia el abismo…
IX
En las tinieblas
Una habitación de hotel en Amiens… Por primera vez Arsenio Lupin recobra un poco el conocimiento. Clarisse está a su cabecera, así como Le Ballu.
Charlan los dos, y Lupin, sin abrir los ojos, escucha. Se entera de que han temido por sus días, pero que el peligro ha pasado. Luego, en el curso de la conversación, capta algunas palabras que le revelan lo que pasó en la trágica noche de Mortepierre, la bajada de Daubrecq, el pasmo de los cómplices al no reconocer al jefe, luego la lucha breve; Clarisse, que se lanza sobre Daubrecq y que es herida en el hombro por una bala; Daubrecq, que salta a la orilla; Grognard, que dispara dos veces y se lanza en su persecución; Le Ballu, que trepa por la escalera y encuentra al jefe desvanecido.
–¡Palabra! – explica Le Ballu-. Todavía me pregunto cómo no rodó abajo. Había, sí, una especie de hoyo en aquel lugar, pero un hoyo en pendiente, y era preciso que, incluso medio muerto, se agarrase con sus diez dedos. ¡Por vida de Satanás, qué a tiempo llegue!
Lupin escucha, escucha desesperadamente. Reúne sus fuerzas para recoger y comprender las palabras. Pero de pronto pronuncian una frase terrible: Clarisse, llorando, habla de los dieciocho días que acaban de transcurrir, otros dieciocho días perdidos para la salvación de Gilbert.
¡Dieciocho días! La cifra espanta a Lupin. Piensa que todo ha terminado, que nunca podrá reponerse y continuar la lucha, y que Gilbert y Vaucheray morirán… Su cerebro se le escapa. Y otra vez la fiebre, otra vez el delirio.
* * *
Y pasaron otros días. Quizá sea ésta la época de su vida de la que Lupin habla con más espanto. Aún le quedaba conciencia suficiente y tenía minutos bastante lúcidos para darse cuenta exacta de la situación. Pero no podía coordinar las ideas, seguir un razonamiento e indicar o prohibir a sus amigos una determinada línea de conducta.
Cuando salía de su torpor, se encontraba a menudo con su mano en la mano de Clarisse, y, en ese estado de duermevela en que la fiebre le mantiene a uno, le decía palabras extrañas, palabras de ternura y de pasión, implorándola y dándole las gracias, y bendiciéndola por toda la luz y la alegría que ella ponía en las tinieblas.
Luego, más tranquilo, y sin comprender bien lo que había dicho, se esforzaba por bromear:
–¿He estado delirando, verdad? ¡La de tonterías que he debido de contar!
Pero, por el silencio de Clarisse, Lupin se daba cuenta de que podía decir todas las tonterías que la fiebre le inspirase… Ella no las oía. Los cuidados que prodigaba al enfermo, su abnegación, su vigilancia, su inquietud a la menor recaída, todo ello iba dirigido no a él mismo, sino al posible salvador de Gilbert. Espiaba con ansiedad los progresos de la convalecencia. ¿Cuándo se sentiría capaz de ponerse otra vez en campaña? ¿No era una locura entretenerse junto a él cuando cada día se llevaba un poco de esperanza?
Lupin no cesaba de repetirse, con el convencimiento íntimo de que así podía influir en su mal:
«Quiero curarme… quiero curarme…»
Y no se movía durante jornadas enteras para no desarreglar el vendaje ni incrementar, por poco que fuese, la sobreexcitación de sus nervios.
También se esforzaba por no pensar en Daubrecq. Pero la imagen de su formidable adversario lo hechizaba.
Una mañana Arsenio Lupin se despertó más dispuesto. La herida se había cerrado, la temperatura era casi normal. Un doctor amigo suyo, que venía diariamente de París, le prometió que podría levantarse dos días después. Y desde aquel día, en ausencia de sus cómplices y de la señora Mergy, que se habían ido los tres la antevíspera en busca de informes, pidió que lo acercasen a la ventana abierta.
Sentía que la vida entraba en él con la claridad del sol, con el aire más tibio, que anunciaba la proximidad de la primavera. Volvía a encontrar el encadenamiento de sus ideas, y los hechos se ordenaban en su cerebro según un orden lógico y según sus secretas relaciones.
Por la noche recibió un telegrama de Clarisse, en el que le anunciaba que las cosas iban mal y que se quedaba en París con Grognard y Le Ballu. Muy atormentado por aquel telegrama, pasó una noche no tan buena. ¿Qué nuevas podían haber motivado el telegrama de Clarisse?
Pero al día siguiente llegó a su habitación, completamente pálida, los ojos enrojecidos de lágrimas, y cayó sin fuerzas.
–El recurso de casación ha sido rechazado -balbuceó.
El se dominó y dijo con voz de extrañeza:
–¿Pero es que contaba usted con ello?
–No, no -dijo-, pero siempre se espera…, contra todo y contra todos…
–¿Ha sido ayer cuando lo han rechazado?
–Hace ocho días. Le Ballu me lo ha ocultado y yo no me atrevía a leer los periódicos.
Lupin insinuó:
–Queda el indulto…
–¿El indulto? ¿Cree usted que indultarán a los cómplices de Arsenio Lupin?
Ella lanzó estas palabras con un arrebato y una amargura de que él no pareció darse cuenta, y pronunció:
–A Vaucheray, no, quizá… Pero tendrán piedad de Gilbert, de su juventud…
–No habrá piedad para él.
–¿Qué sabe usted?
–He visto a su abogado.
–¡Ha visto usted a su abogado! ¿Y le ha dicho…?
–Le he dicho que yo era la madre de Gilbert, y le he preguntado si, proclamando la identidad de mi hijo, se podría influir en el desenlace… o al menos retrasarlo.
–¿Haría usted eso?
–murmuró él-. ¿Confesaría usted…?
–La vida de Gilbert ante todo. ¡Qué me importa mi nombre! ¡Qué me importa el nombre de mi marido!
–¿Y el del pequeño Jacques? – objetó Lupin-. ¿Tiene derecho a perder a Jacques y hacer de él el hermano de un condenado a muerte?
Ella bajó la cabeza y él prosiguió:
–¿Qué le ha respondido el abogado?
–Me ha respondido que tal acto no le serviría de nada a Gilbert. Y, pese a todas sus protestas, he visto claramente que él no se hacía ninguna ilusión y que la comisión de indultos se decidiría por la ejecución.
–La comisión, puede. ¿Pero el presidente de la República?
–El presidente está siempre de acuerdo con el parecer de la comisión.
–Esta vez no estará de acuerdo.
–¿Por qué?
–Porque influiremos en él.
–¿Cómo?
–Por medio de la entrega condicional del papel de los veintisiete.
–¿Es que lo tiene usted?
–No.
–¿Entonces?
–Lo tendré.
Su certeza no se había doblegado. Y lo afirmaba con tanta calma y con tanta fe en el poder infinito de su voluntad…
Ella se encogió ligeramente de hombros, con menos confianza en él.
–Si Albufex no le ha robado la lista, sólo hay un hombre que pueda influir, uno solo. Daubrecq.
Dijo estas palabras con una voz baja y distraída que lo hizo sobresaltarse. ¿Seguía pensando, como a menudo él había creído notar, en volver a ver a Daubrecq y pagarle la salvación de Gilbert?
–Una vez me hizo usted un juramento -dijo-. Se lo recuerdo. Convinimos en que la lucha contra Daubrecq sería dirigida por mí, sin que hubiera jamás posibilidad de acuerdo entre usted y él.
Ella replicó:
–Ni siquiera sé dónde está. Si lo supiera, ¿no lo sabría usted también?
La respuesta era evasiva. Pero él no insistió, prometiéndose vigilarla en el momento oportuno, y le preguntó, pues aún había bastantes detalles que no le habían contado:
–Entonces, ¿no se sabe qué ha sido de Daubrecq?
–No se sabe. Evidentemente lo alcanzó una de las balas de Grognard, pues al día siguiente de su evasión recogimos en una espesura un pañuelo lleno de sangre. Además, al parecer, alguien vio en la estación de Aumale a un hombre que parecía muy cansado y que andaba con gran dificultad. Tomó un billete para París, subió en el primer tren que pasó… y eso es todo lo que sabemos…
–Debe de estar gravemente herido -pronunció Lupin-, y estará curándose en algún refugio seguro. También es posible que haya juzgado prudente sustraerse durante algunas semanas a las posibles trampas de la policía, de Albufex, de usted, de mí, de todos sus enemigos.
Reflexionó y continuó:
–¿Qué ha pasado en Mortepierre después de la evasión? ¿No se ha comentado nada en el lugar?
–No. Al alba la cuerda ya había sido retirada, lo que prueba que Sebastiani y sus hijos se dieron cuenta aquella misma noche de la huida de Daubrecq. Durante toda aquella jornada Sebastiani estuvo ausente.
–Sí, habrá prevenido al marqués. ¿Y él dónde está?
–En su casa. Y, según las investigaciones de Grognard, tampoco allí hay nada sospechoso.
–¿Podemos estar seguros de que no ha penetrado en el hotel de la glorieta Lamartine?
–Tan seguros como se puede estarlo.
–¿Daubrecq tampoco?
–Daubrecq tampoco.
–¿Ha visto usted a Prasville?
–Prasville está de permiso. Está de viaje. Pero el inspector principal Blanchon, que se ha encargado del caso, y los agentes que guardan el hotel aseguran que, conforme a las órdenes de Prasville, su vigilancia no se ha relajado un instante, ni siquiera de noche; que uno de ellos por turno se queda de guardia en el despacho, y que, por consiguiente, nadie ha podido introducirse allí.
–¿Así que -concluyó Arsenio Lupin- en principio el tapón de cristal debería encontrarse todavía en el despacho de Daubrecq?
–Si estaba allí antes de la desaparición de Daubrecq, tiene que estar todavía en el despacho.
–Y encima de la mesa.
–¿Encima de la mesa? ¿Por qué dice usted eso?
–Porque lo sé -dijo Lupin, que no había olvidado la frase de Sebastiani.
–¿Pero no conoce usted el objeto donde está escondido el tapón?
–No. Pero una mesa es un espacio reducido. En veinte minutos se la explora. En diez minutos, si es preciso, se la despedaza.
La conversación había fatigado un poco a Arsenio Lupin. Como no quería cometer ninguna imprudencia, dijo a Clarisse:
–Escuche, aún tengo que pedirle dos o tres días. Hoy estamos a lunes 4 de marzo. Pasado mañana, miércoles, el jueves lo más tarde, yo estaré en pie. Y puede estar segura de que lo lograremos.
–¿Y entretanto?
–Entretanto vuelva a París. Instálese con Grognard y Le Ballu en el hotel Franklin, cerca del Trocadero[23], y vigile la casa de Daubrecq. Usted tiene allí entrada libre. Estimule el celo de los agentes.
–¿Y si vuelve Daubrecq?
–Si vuelve, tanto mejor, es nuestro.
–¿Y si no hace más que pasar?
–En ese caso, que lo sigan Grognard y Le Ballu.
–¿Y si pierden su rastro?
Lupin no respondió. ¡Nadie mejor que él sabía cuan funesto resultaba permanecer inactivo en una habitación de hotel, y cuan útil hubiera sido su presencia en el campo de batalla! Incluso era posible que aquella idea confusa hubiera prolongado su mal más allá de los límites ordinarios.
Murmuró:
–Váyase, se lo suplico.
Había entre ellos una desazón que se acentuaba con la cercanía del día terrible. Injusta, olvidando, o queriendo olvidar, que había sido ella la que había lanzado a su hijo a la aventura de Enghien, la señora Mergy no olvidaba que la justicia perseguía a Gilbert con tal rigor no tanto como criminal cuanto como cómplice de Lupin. Y además, a pesar de todos sus esfuerzos, a pesar de los prodigios de su energía, ¿a qué resultado había llegado Lupin en fin de cuentas? ¿En qué había aprovechado a Gilbert su intervención?
Después de un silencio, ella se levantó y lo dejó solo.
Al día siguiente estuvo bastante débil. Pero al segundo día, que era el miércoles, cuando el doctor exigió que se quedara aún hasta el fin de la semana, respondió:
–¿Qué puede pasarme si no?
–Que le vuelva la fiebre.
–¿Nada más?
–No. La herida ha cicatrizado suficientemente.
–Entonces, que venga lo que quiera. Subo con usted a su auto. A mediodía estaremos en París.
Lo que determinó a Lupin a salir inmediatamente fue ante todo una carta de Clarisse concebida en estos términos: «He encontrado el rastro de Daubrecq…» Y también la lectura de un telegrama publicado por los periódicos de Amiens, telegrama que anunciaba la detención del marqués de Albufex, comprometido en el caso del Canal.
Daubrecq se había vengado.
Ahora bien, si Daubrecq podía vengarse, era porque el marqués no había podido prevenir aquella venganza apoderándose del documento que se encontraba encima de la mesa misma del despacho. Era porque los agentes del inspector principal Blanchon, establecidos por Prasville en el hotel de la glorieta Lamartine, habían realizado una buena vigilancia. En una palabra, era porque el tapón de cristal aún estaba allí.
Allí estaba aún, y ello probaba, o bien que Daubrecq no se atrevía a volver a su casa, o bien que su estado de salud se lo impedía, o incluso que tenía la suficiente confianza en su escondrijo, como para no tomarse el trabajo de molestarse.
En todo caso no había duda alguna acerca de la conducta que seguir: había que actuar, y actuar lo más rápidamente posible. Había que adelantarse a Daubrecq y apoderarse del tapón de cristal.
Tan pronto como hubieron franqueado el bosque de Boulogne y el automóvil llegó a los alrededores de la glorieta Lamartine, Lupin se despidió del doctor y se bajó. Grognard y Le Ballu, con quienes había quedado citado, se reunieron con él.
–¿Y la señora Mergy? – les dijo.
–No ha vuelto desde ayer. Hemos sabido por un neumático[24] que vio salir a Daubrecq de casa de sus primas y subir en coche. Tiene el número del coche y nos pondrá al corriente de sus pesquisas.
–¿Y qué más?
–Nada más.
–¿Ninguna otra novedad?
–Sí, en el Paris-Midi; esta noche, en la celda de la Santé, Albufex se ha abierto las venas con un trozo de cristal. Al parecer ha dejado una larga carta, carta de confesión y acusación al mismo tiempo, confesando su falta, pero acusando a Daubrecq de su muerte y exponiendo el papel representado por Daubrecq en el caso del Canal.
–¿Eso es todo?
–No. El mismo periódico anuncia que, según indicios de toda solvencia, la comisión de indultos, después del examen del informe, ha denegado el indulto de Vaucheray y de Gilbert, y que el viernes probablemente el presidente de la República recibirá a sus abogados.
Lupin sintió un estremecimiento.
–No dan largas, no -dijo-. Se ve que Daubrecq, desde el primer día, ha dado un vigoroso impulso a la vieja máquina judicial. Una semanita más y caerá la cuchilla. ¡Ah, mi pobre Gilbert! Si el informe que pasado mañana lleve tu abogado al presidente de la República no contiene la oferta incondicional de la lista de los veintisiete, mi pobre Gilbert, vas de culo.
–Vamos, vamos, jefe, ¿ahora es usted quien se desanima?
–¡Yo! ¡Qué tontería! Dentro de una hora tendré el tapón de cristal. Dentro de dos horas veré al abogado de Gilbert. Y la pesadilla habrá terminado.
–¡Bravo, jefe! Volvemos a reconocerlo. ¿Le esperamos aquí?
–No. Volved al hotel. Yo me reuniré con vosotros.
Se separaron. Lupin fue derecho hacia la reja del hotel y llamó al timbre.
Le abrió un agente, que lo reconoció.
–El señor Nicole, ¿verdad?
–Sí, soy yo -dijo-. ¿Está aquí el inspector Blanchon?
–Sí, aquí está.
–¿Puedo hablar con él?
Lo condujeron al despacho, donde el inspector lo recibió con una solicitud visible.
–Señor Nicole, tengo orden de ponerme a su entera disposición. E incluso me siento muy contento de verlo hoy.
–¿Y por qué hoy precisamente, señor inspector?
–Porque hay novedad.
–¿Algo grave?
–Muy grave.
–Hable. Rápido.
–Daubrecq ha vuelto.
–¿Eeeh? ¡Cómo! – gritó Lupin sobresaltado-. ¿Ha vuelto Daubrecq? ¿Está aquí?
–No, ya se ha marchado.
–¿Y ha entrado aquí, a este despacho?
–Sí.
–¿Cuándo?
–Esta mañana.
–¿Y no se lo ha impedido usted?
–¿Con qué derecho?
–¿Y lo ha dejado usted solo?
–Sí, lo hemos dejado solo, nos lo ha ordenado terminantemente.
Lupin se sintió palidecer.
¡Daubrecq había vuelto a buscar el tapón de cristal!
* * *
Guardó silencio durante largo tiempo, y no dejaba de repetirse a sí mismo:
«Ha vuelto a buscarlo… Ha tenido miedo de que se lo encontráramos y se lo ha llevado… ¡Pardiez! Era inevitable… Albufex detenido, Albufex acusado y acusante, era preciso que Daubrecq se defendiera. La partida se está poniendo dura para él. Después de meses y meses de misterio, el público se entera por fin de que el ser infernal que ha combinado todo el drama de los veintisiete y que deshonra y que mata es él, Daubrecq. ¿Qué sería de él si por un milagro su talismán dejara de protegerlo? Se lo ha llevado.»
Con una voz a la que trataba de dar firmeza, dijo:
–¿Se ha quedado mucho tiempo?
–Quizá veinte segundos.
–¡Cómo, veinte segundos! ¿No más? ¿Nada más?
–Nada más.
–¿Qué hora era?
–Las diez.
–¿Podía haberse enterado ya entonces del suicidio del marqués de Albufex?
–Sí. He visto que llevaba en el bolsillo la edición especial que ha publicado el Paris-Midi a este respecto.
–Es eso…, es eso… -dijo Lupin.
Y preguntó aún:
–¿No le había dado el señor Prasville instrucciones especiales referentes a la posible vuelta de Daubrecq?
–No. Es más, en ausencia del señor Prasville, he telefoneado a la Prefectura y estoy esperando. Usted sabe que la desaparición del diputado Daubrecq ha armado mucho ruido, y nuestra presencia aquí es admisible a los ojos del público mientras dure esa desaparición. Pero, ya que Daubrecq ha vuelto, ya que tenemos la prueba de que no está secuestrado ni muerto, ¿podemos seguir en esta casa?
–¡Qué importa ya! – dijo Lupin distraídamente-. ¡Qué importa que la casa esté vigilada o no! Daubrecq ha vuelto: luego el tapón de cristal no está aquí.
Aún no había acabado esta frase, cuando una pregunta le vino a la mente de forma espontánea. Si el tapón de cristal ya no estaba allí, ¿no podía verse en algún signo material? La desaparición de aquel objeto, contenido sin duda alguna en otro objeto, ¿había dejado una huella, un vacío?
La comprobación era fácil. Simplemente se trataba de examinar la mesa, ya que Lupin sabía, por las bromas de Sebastiani, que allí estaba el lugar del escondrijo. Y ese escondrijo no podía ser complicado, puesto que Daubrecq no se había quedado en su despacho más de veinte segundos, el tiempo, por así decirlo, de entrar y salir.
Lupin miró. Y fue inmediato. Su memoria había grabado tan fielmente la imagen de la mesa con la totalidad de los objetos colocados sobre ella, que la ausencia de uno de ellos le chocó instantáneamente, como si aquel objeto y sólo aquél hubiera sido la señal característica que distinguía a aquella mesa de todas las demás.
«¡Oh! – pensó con un estremecimiento de alegría-. ¡Todo concuerda…, todo…, hasta ese principio de palabra que la tortura arrancó a Daubrecq en la torre de Mortepierre! El enigma está descifrado. Esta vez no hay duda posible, se acabaron los tanteos. Estamos tocando la meta.»
Y, sin responder a las preguntas del inspector, pensaba en la simplicidad del escondrijo y se acordaba de la maravillosa historia de Edgar Poe[25], en que la carta robada y tan ávidamente buscada se encontraba en cierto modo a la vista de todos. Nunca se sospecha de lo que no parece estar oculto.
«Vamos -se dijo Lupin al salir, muy excitado por su descubrimiento-, está escrito que en esta maldita aventura me toparé hasta el fin con las peores decepciones. Todo lo que construyo se derrumba al instante. Toda conquista acaba en desastre.»
Sin embargo, no se dejaba abatir. Por una parte, conocía el modo como el diputado Daubrecq ocultaba el tapón de cristal. Por otra parte, iba a saber a través de Clarisse Mergy el refugio mismo de Daubrecq. Desde ese momento el resto no sería más que un juego de niños para él.
Grognard y Le Ballu lo esperaban en el salón del hotel Franklin, un pequeño hotel familiar situado al lado del Trocadero. La señora Mergy no les había escrito todavía.
–¡Bah -dijo-, tengo confianza en ella! No dejará a Daubrecq antes de tener seguridad.
Sin embargo, a la caída de la tarde empezó a perder la paciencia y a inquietarse. Estaba librando una batalla -esperaba que fuera la última- en que el menor retraso los exponía a comprometerlo todo. Si Daubrecq despistaba a la señora Mergy, ¿cómo volver a atraparlo? Ya no disponían, para reparar los errores cometidos, de semanas o de días, sino más bien de horas, un número de horas terriblemente reducido.
Al ver al dueño del hotel, lo interpeló:
–¿Está usted seguro de que no ha habido ningún neumático a nombre de mis dos amigos?
–Absolutamente seguro.
–¿Y a mi nombre, a nombre del señor Nicole?
–Tampoco.
–Es curioso -dijo Lupin-. Esperábamos tener noticias de la señora Audran (era el nombre con el que Clarisse se había hospedado).
–Pero si esa señora ha venido -gritó el patrón.
–¿Qué dice?
–Ha venido hace un poco y, como estos señores no estaban aquí, ha dejado una carta en su habitación. ¿No se lo ha dicho el criado?
Lupin y sus amigos subieron a toda velocidad.
En efecto, había una carta encima de la mesa.
–Mira -dijo Lupin-, está abierta. ¿Cómo es eso? ¿Y por qué estos tijeretazos?
La carta contenía las siguientes líneas:
Daubrecq ha pasado la semana en el hotel Central.
Esta mañana ha mandado llevar su equipaje a la estación de
y ha telefoneado que le reserven un coche cama para
No sé a qué hora sale el tren. Pero estaré toda la tarde en la estación. Vengan los tres lo más rápidamente posible. Prepararemos el secuestro.
–¡Pues sí! – dijo Le Ballu-. ¿A qué estación? ¿Y para dónde el coche cama? Ha recortado justo el emplazamiento de esas palabras.
–Ni más ni menos -dijo Grognard-. Dos tijeretazos en cada sitio y las únicas palabras útiles han saltado. ¡Esta sí que es buena! ¿Pero es que la señora Mergy ha perdido la cabeza o qué?
Lupin no se movía. Tal afluencia de sangre batía sus sienes, que había pegado sus puños contra ellas y apretaba con todas sus fuerzas. La fiebre le subía, ardiente y tumultuosa, y su voluntad, exasperada hasta el sufrimiento, se contraía sobre aquella enemiga solapada que era preciso ahogar instantáneamente, si él mismo no quería verse vencido sin retorno.
Murmuró muy tranquilo:
–Daubrecq ha venido aquí.
–¡Daubrecq!
–¿Podemos suponer que la señora Mergy se haya entretenido en suprimir ella misma esas dos palabras? Daubrecq ha venido aquí. La señora Mergy creía vigilarlo. Y era él quien la vigilaba a ella.
–¿Cómo?
–Sin duda por medio de ese criado que no nos ha avisado a nosotros de que la señora Mergy ha pasado por el hotel, pero que sí habrá avisado a Daubrecq. Ha venido. Ha leído la carta. Y, por ironía, se ha conformado con recortar las palabras esenciales.
–Podemos saberlo…, interrogarlo…
–¡Para qué! Para qué saber cómo ha venido, si sabemos que ha venido.
Examinó la carta durante un buen rato, la volvió del derecho y del revés, luego se levantó y dijo:
–Vamonos.
–¿Pero adonde?
–A la estación de Lyon.
–¿Está usted seguro?
–Con Daubrecq no estoy seguro de nada. Pero como, por el contenido mismo de la carta, tenemos que elegir entre la estación del Este y la estación de Lyon, supongo que sus asuntos, sus diversiones, su salud conducirán a Daubrecq más bien hacia Marsella y la Costa Azul que hacia el este de Francia.
Eran más de las siete de la tarde cuando Lupin y sus compañeros dejaron el hotel Franklin. Un automóvil los hizo atravesar París a toda velocidad. Pero en unos minutos pudieron comprobar que Clarisse Mergy no estaba fuera de la estación, ni en las salas de espera, ni en los andenes.
–Sin embargo…, sin embargo… -rezongaba Lupin, cuya agitación crecía con los obstáculos-, sin embargo, si Daubrecq ha encargado un coche cama, no puede ser más que en un tren de la noche. ¡Y no son más que las siete y media!
Un tren salía en ese momento. El rápido de la noche. Tuvieron tiempo de galopar a lo largo de los pasillos. Nadie…, ni la señora Mergy, ni Daubrecq.
Pero, cuando ya se iban los tres, un mozo de cuerda, un maletero, los abordó ante la fonda.
–¿Alguno de ustedes se llama Le Ballu?
–Sí, sí, sí -dijo Lupin-. Rápido… ¿Qué quiere usted?
–¡Ah, es usted, señor! Por eso me había dicho la señora que quizá fueran ustedes tres…, quizá dos… Y yo no sabía muy bien…
–¡Pero hable de una vez, por Dios! ¿Qué señora?
–Una señora que se ha pasado el día en la acera, al lado del equipaje, esperando…
–¿Y después?… ¡Pero hable! ¿Ha cogido un tren?
–Sí, el tren de lujo, a las seis treinta… En el último momento se ha decidido, y me ha dicho que se lo diga… Y me ha dicho que les diga también que el señor estaba en ese tren, y que se iban a Montecarlo.
–¡Ah, maldición! – murmuró Lupin -. ¡Hubiéramos tenido que coger el rápido hace un instante! Ahora no nos quedan más que los trenes de la noche. ¡Y no se adelantan! Hemos perdido más de tres horas.
El tiempo les parecía interminable. Reservaron los asientos. Telefonearon al dueño del hotel Franklin para que les enviara la correspondencia a Montecarlo. Cenaron. Leyeron los periódicos. Por fin, a las nueve y media, el tren arrancó.
Así pues, merced a una concurrencia de circunstancias verdaderamente trágica, en el momento más grave de la lucha Lupin volvía la espalda al campo de batalla y se iba, a la aventura, a buscar no sabía dónde, a vencer no sabía cómo, al más temible y al más difícil de encontrar de todos los enemigos con que nunca hubiera combatido.
Y esto ocurría cuatro días, cinco días como mucho, antes de la inevitable ejecución de Gilbert y Vaucheray.
Aquella noche fue dura y dolorosa para Lupin. A medida que estudiaba la situación, le parecía más terrible. Por todos los lados no había más que incertidumbre, tinieblas, confusión, impotencia.
Conocía bien el secreto del tapón de cristal. ¿Pero cómo saber si Daubrecq no cambiaría, si no había cambiado ya de táctica? ¿Cómo saber si la lista de los veintisiete se hallaba aún en aquel tapón de cristal, y si el tapón de cristal se hallaba aún en el objeto en que Daubrecq lo había escondido al principio?
Y qué otro motivo de inquietud más en el hecho de que Clarisse Mergy creía seguir y vigilar a Daubrecq, cuando por el contrario era Daubrecq quien la vigilaba, quien se dejaba seguir y quien la arrastraba con una habilidad diabólica hacia los lugares escogidos por él, lejos de todo socorro y de toda esperanza de socorro.
¡Ah, y qué claro estaba el juego de Daubrecq! ¿No conocía Lupin las vacilaciones de la infeliz mujer? ¿No sabía -y Grognard y Le Ballu se lo confirmaron del modo más formal – que Clarisse consideraba como posible, como aceptable, el trato infame proyectado por Daubrecq? En tal caso, ¿cómo podría tener éxito él? La lógica de los acontecimientos, dirigidos de manera tan poderosa por Daubrecq, conduciría al desenlace fatal: la madre tenía que sacrificarse y, por la salvación de su hijo, inmolar sus escrúpulos, sus repugnancias, su mismo honor.
–¡Ah, bandido! – rechinaba Lupin con impulsos de rabia-. ¡Si te agarro del cuello, vas a danzar una giga[26] poco corriente! Verdaderamente no me gustaría estar en tu sitio ese día.
Llegaron a las tres de la tarde. En seguida tuvo Lupin una decepción, al no ver a Clarisse en el andén de la estación de Montecarlo.
Esperó: ningún mensajero lo abordó.
Interrogó al personal de la estación y a los revisores; entre la muchedumbre ninguno se había fijado en unos viajeros cuyas señas correspondieran a las de Daubrecq y Clarisse.
Había, pues, que ponerse a husmear y registrar los hoteles y las pensiones del Principado[27]. ¡Qué pérdida de tiempo!
Al día siguiente por la noche Lupin sabía, sin lugar a dudas, que Daubrecq y Clarisse no estaban ni en Montecarlo, ni en Monaco, ni en Cap-d'Ail, ni en La Turbie, ni en Cap-Martin.
–¿Entonces? ¿Entonces qué? – decía temblando de cólera.
Por fin el sábado, en lista de correos, le entregaron un telegrama reexpedido por el dueño del hotel Franklin y que decía:
Ha bajado en Cannes y ha vuelto a salir para San Remo, Embajadores Gran Motel. Clarisse.
El telegrama llevaba la fecha de la víspera.
–¡Por todos los diablos! – exclamó Lupin-. Han pasado por Montecarlo. ¡Uno de nosotros tenía que haberse quedado de guardia en la estación!
Lupin y sus amigos saltaron al primer tren que iba hacia Italia.
A las doce atravesaron la frontera.
A las doce cuarenta entraban en la estación de San Remo.
En seguida vieron un portero, cuya gorra galoneada ostentaba la inscripción: «Embajadores Gran Hotel», y que parecía estar buscando a alguien entre los que llegaban.
Lupin se acercó a él.
–Está usted buscando al señor Le Ballu, ¿verdad?
–Sí… Al señor Le Ballu y dos señores…
–De parte de una señora, ¿verdad?
–Sí, la señora Mergy.
–¿Está en su hotel?
–No. No ha bajado del tren. Me ha hecho una seña para que me acercara, me ha dado las señas de tres señores y me ha dicho: «Dígales que vamos a Genova… Hotel Continental.»
–¿Estaba sola?
–Sí.
Lupin despidió al hombre después de haberle dado una propina, y luego, volviéndose hacia sus amigos:
–Hoy es sábado. Si la ejecución tiene lugar el lunes, no hay nada que hacer. Pero el lunes es poco probable… Así que esta noche tenemos que echar mano a Daubrecq y el lunes tengo que estar en París con el documento. Es nuestra última posibilidad. A por ella.
Grognard se acercó a la ventanilla y sacó tres billetes para Genova.
El tren silbaba.
Lupin tuvo una vacilación suprema.
–¡No, pero qué tontería es ésta! ¡Qué estamos haciendo! ¡Es en París donde tendríamos que estar! Vamos a ver…, vamos a ver… Reflexionemos…
Estuvo a punto de abrir la puerta y saltar a la vía… Pero sus compañeros lo sujetaron. El tren salía. Volvió a sentarse.
Y continuaron aquella loca persecución, se fueron al azar, hacia lo desconocido…
Y aquello ocurría dos días antes de la inevitable ejecución de Gilbert y Vaucheray.
X
¿Extra-dry?
Sobre una de las colinas que rodean a Niza con el más hermoso decorado que existe, entre el vallecillo del Mantega y el de San Silvestre, se eleva un hotel colosal desde donde se domina la ciudad y la maravillosa bahía de los Angeles. Todo un mundo se apretuja, llegado de todas partes, dando como resultado una turbamulta de todas las clases y naciones.
La noche misma del sábado en que Lupin, Grognard y Le Ballu se hundían en Italia, Clarisse Mergy entraba en aquel hotel, pedía una habitación al mediodía y escogía la número 130 del segundo piso, que estaba libre desde por la mañana.
Aquella habitación estaba separada de la 129 por una doble puerta. En cuanto estuvo sola, Clarisse apartó la cortina que cubría la primera puerta, descorrió sin ruido el cerrojo y pegó su oreja contra la segunda.
«Él está aquí -pensó-. Está vistiéndose para ir al Círculo… como ayer.»
Cuando su vecino hubo salido, atravesó el pasillo y, aprovechando un segundo en que el pasillo estaba desierto, se acercó a la puerta número 129. La puerta estaba cerrada con llave.
Durante toda la velada estuvo aguardando el regreso de su vecino, y no se acostó hasta las dos. El domingo por la mañana empezó otra vez a escuchar.
A las once el vecino se fue. Esta vez había dejado la llave en la puerta del pasillo.
Clarisse giró la llave a toda prisa, entró resueltamente, se dirigió hacia la puerta de comunicación, y luego, tras levantar la cortina y correr el cerrojo, se encontró como en su casa.
Al cabo de unos minutos oyó a dos criadas que estaban arreglando la habitación del vecino.
Esperó con paciencia hasta que se marcharon. Entonces, segura ya de no ser molestada, se deslizó de nuevo a la otra habitación.
La emoción la obligó a apoyarse en un sillón. Después de días y noches de encarnizada persecución, después de alternativas de esperanza o angustia, lograba por fin introducirse en una habitación ocupada por Daubrecq. Iba a poder buscar a sus anchas y, si no descubría el tapón de cristal, podría por lo menos esconderse en el espacio que había entre las dos puertas de comunicación y, detrás de la doble cortina, ver a Daubrecq, espiar sus movimientos y sorprender su secreto.
Buscó. Llamó su atención un bolso de viaje, que logró abrir, pero en el que sus pesquisas fueron inútiles.
Desordenó los casilleros de un baúl y los bolsillos de una maleta. Registró el armario, el secreter, el cuarto de baño, el guardarropa, todas las mesas y todos los muebles. Nada.
Se sobresaltó al ver en el balcón un papel arrugado, tirado allí como por casualidad.
«¿Y si por una treta de Daubrecq -pensó Clarisse- ese papel arrugado contuviera…?»
–No -dijo una voz detrás de ella, en el momento en que ponía la mano en la falleba.
Se volvió y vio a Daubrecq.
No sintió asombro, ni espanto, ni siquiera molestia al encontrarse frente a él. Hacía varios meses que llevaba sufriendo demasiado para preocuparse ahora por lo que Daubrecq pudiera pensar o decir de ella al sorprenderla así en flagrante delito de espionaje.
Se sentó con un gesto de abatimiento.
El rió burlonamente:
–No. Hay un error, querida amiga. Como dicen los niños, no se está usted «quemando» nada. ¡Pero es que nada! ¡Y es tan fácil! ¿Quiere que la ayude? A su lado, querida amiga, en ese pequeño velador… ¡Qué diablos! Y no hay tantas cosas que digamos en ese velador… Hay para leer, para escribir, para fumar, para comer, y eso es todo… ¿Quiere una de esas frutas confitadas?… ¿O prefiere reservarse sin duda para la comida más sustancial que he encargado?
Clarisse no respondió. Ni siquiera parecía escuchar lo que él decía, como si hubiera esperado las otras palabras, más graves que aquéllas, que él no podía dejar de pronunciar.
Quitó del velador todos los objetos que lo llenaban, y los puso sobre la chimenea. Luego llamó.
Vino un maitre d'hotel.
El le dijo:
–¿Está ya lista la comida que encargué?
–Sí, señor.
–Hay dos cubiertos, ¿verdad?
–Sí, señor.
–¿Y champán?
–Sí, señor.
–¿Extra-dry?
–Sí, señor.
Otro criado trajo una bandeja y colocó, en efecto, encima del velador dos cubiertos, una comida fría, fruta, y en un cubo con hielo una botella de champán.
Luego los dos criados se retiraron.
–A comer, querida señora. Como ve, me había acordado de usted y su cubierto estaba puesto.
Y sin aparentar darse cuenta de que Clarisse no parecía dispuesta en absoluto a hacer los honores a su invitación, se sentó y empezó a comer, a la vez que proseguía.
–Esperaba que acabaría usted por aceptar esta conversación a solas, palabra que sí. Pronto va a hacer ocho días que me rodea usted con su asidua vigilancia, y yo me decía: «Vamos a ver… ¿qué es lo que prefiere? ¿El champán dulce? ¿El champán seco? ¿El extra-dry?» De verdad que estaba perplejo. Sobre todo desde nuestra salida de París. Había perdido sus huellas, es decir, temía que usted hubiera perdido las mías y renunciado a esta persecución que me estaba resultando tan agradable. Echaba de menos en mis paseos sus bonitos ojos negros, tan brillantes de odio bajo su pelo un poco gris. Pero esta mañana he comprendido: la habitación contigua a ésta quedaba por fin libre, y mi amiga Clarisse había podido instalarse, ¿cómo diría yo?…, a mi cabecera. Desde ese momento me sentía tranquilo. Al volver aquí, en vez de comer en el restaurante según mi costumbre, contaba con encontrarla arreglando mis cositas a su aire y según sus particulares gustos. De ahí el encargo de los dos cubiertos…, uno para un servidor, y el otro para su bella amiga.
Ella lo escuchaba ahora, ¡y con qué terror! ¡Así que Daubrecq se sabía espiado! ¡Así que desde hacía ocho días había estado burlándose de ella y de todas sus maniobras!
En voz baja, con la mirada llena de ansiedad, le dijo:
–Lo ha hecho adrede, ¿verdad? Ha salido sólo para arrastrarme.
–Sí -dijo él.
–Pero ¿por qué?, ¿por qué?
–¿Y usted me lo pregunta, querida amiga? – dijo Daubrecq con su pequeño cloqueo de alegría.
Ella se levantó a medias de la silla e, inclinada hacia él, pensó, como pensaba todas las veces, en el asesinato que podía cometer, que iba a cometer. Un tiro, y la odiosa bestia sería abatida.
Deslizó lentamente su mano hacia el arma que llevaba metida en la blusa.
Daubrecq pronunció:
–Un segundo, querida amiga… Dispare dentro de un momento, pero antes le suplico que lea este telegrama que acabo de recibir.
Ella vacilaba, sin saber qué clase de trampa le tendía, pero él, sacando una hoja azul de su bolsillo, precisó:
–Esto atañe a su hijo.
–¿Gilbert? – dijo emocionada.
–Sí, Gilbert… Tenga, lea.
Lanzó un aullido de espanto. Había leído:
Ejecución tendrá lugar martes.
Y en seguida gritó, arrojándose sobre Daubrecq: -¡No es verdad! ¡Es una mentira… para hacerme perder la cabeza…! ¡Ah, lo conozco…, es usted capaz de todo! ¡Pero confiese de una vez…! No es el martes, ¿verdad? ¡Dentro de dos días! No, no…, le digo que aún nos quedan cuatro días, quizá cinco, para salvarlo… ¡Pero confiéselo de una vez!
Ya no le quedaban fuerzas, agotada por aquel acceso de rebeldía, y su voz sólo emitía sonidos inarticulados.
El la contempló un instante, se sirvió una copa de champán y se la bebió de un trago. Después de haber dado unos pasos de derecha a izquierda, volvió al lado de ella y le dijo:
–Escúchame, Clarisse…
El insulto de aquel tuteo la hizo sobresaltarse con una energía imprevista. Se incorporó e, indignada, jadeante:
–Le prohibo…, le prohibo hablarme así. Es una injuria que no acepto… ¡Ah, miserable!…
El se encogió de hombros y prosiguió:
–Vamos, ya veo que no está todavía completamente a punto. Eso se debe sin duda a que aún le queda la esperanza de una ayuda. ¿Prasville quizá? ¿Ese excelente Prasville, cuyo brazo derecho es usted?… Mi buena amiga, cae usted en un mal momento. ¡Figúrese que Prasville anda también comprometido en el caso del Canal! No directamente… Es decir, que su nombre no está en la lista de los veintisiete, pero aparece bajo el nombre de uno de sus amigos, el ex diputado Vorenglade, Stanislas Vorenglade, su hombre de paja, al parecer un pobre diablo al que yo dejaba tranquilo, y no sin razón. Yo ignoraba todo esto, y de pronto ¿pues no me anuncian esta mañana por carta la existencia de un paquete de documentos que prueban la complicidad de nuestro buen Prasville? ¿Y quién es el que me lo anuncia? ¡El mismísimo Vorenglade! Vorenglade, que cansado de arrastrar su miseria quiere chantajear a Prasville, a riesgo de que lo detengan también a él, y que sólo pide llegar a un entendimiento conmigo. ¡Y Prasville salta! ¡Ja, ja, ésta sí que es buena!… ¡Y le juro que va a saltar el canalla! ¡Con el tiempo que lleva molestándome, maldita sea! Ah, Prasville, amigo mío, te lo tienes bien merecido…
Se frotaba las manos, feliz con aquella nueva venganza que se le presentaba. Y prosiguió:
–Ya lo ve, mi querida Clarisse…, por ese lado, no hay nada que hacer. ¿Entonces qué? ¿A qué raíz agarrarse? ¡Ah, pero si ya me olvidaba!… ¡El señor Arsenio Lupin! ¡El señor Grognard! ¡El señor Le Ballu!… ¡Puaf! Confesará usted que estos señores no han estado muy brillantes que digamos, y que todas sus proezas no me han impedido seguir tranquilamente mi camino. ¿Qué quiere usted? Esa gente se imagina que no tiene rival. En cuanto encuentran un adversario que no se queda patidifuso, como yo, empiezan a cambiar, amontonan metedura de pata tras metedura de pata, mientras creen que te están engañando de lo lindo. ¡Novatos, vaya! En fin, a pesar de todo, ya que usted sigue haciéndose ilusiones acerca del susodicho Lupin, ya que sigue contando con ese pobre infeliz para aplastarme y para obrar un milagro en favor del inocente Gilbert, vamos, soplemos sobre esa ilusión. ¡Ah, Lupin! ¡Señor Dios! ¡Ella cree en Lupin! ¡Ella pone en Lupin sus últimas esperanzas! ¡Lupin! ¡Aguarda un poco que te desinfle, ilustre fantoche!
Cogió el receptor del teléfono, que se comunicaba con la centralita del hotel, y pronunció:
–De parte del número 129, señorita. Por favor, diga a esa persona que está sentada frente a su mesa que suba… ¿Sí? Sí, señorita, un señor con un sombrero flexible de color gris. Ya está avisado… Muchas gracias, señorita.
Volvió a colgar el receptor y se volvió hacia Clarisse:
–No tenga miedo. Ese señor es la discreción misma: Por otra parte, es la divisa de su trabajo: «Celeridad y discreción». Ex agente de la Seguridad, ya me ha prestado diversos servicios, entre otros el de seguirla a usted mientras usted me seguía a mí. Si desde nuestra llegada al Mediodía no se ha ocupado tanto de usted, es porque ha estado ocupado con otras cosas. Entre, Jacob.
El mismo le abrió la puerta, y entró un señor delgado, pequeño, con bigotes rubicundos.
–Jacob, tenga la bondad de decir a la señora en breves palabras lo que ha estado haciendo usted desde el miércoles por la noche, el día en que, tras dejarla subir en la estación de Lyon al tren de lujo que me llevaba hacia el mediodía, usted se quedó en el andén de aquella misma estación. Por supuesto no le pido que nos diga cómo ha empleado el tiempo en lo que se refiere a la señora y a la misión que le encomendé.
El señor Jacob buscó en el bolsillo interior de su chaqueta una libretita que hojeó, y con el tono que se emplea para leer un informe leyó las páginas siguientes:
–«Miércoles por la noche. Siete y cuarto. Estación de Lyon. Espero a los señores Grognard y Le Ballu. Llegan con un tercer personaje que no conozco todavía, pero que no puede ser otro que el señor Nicole. Por diez francos, un empleado de la estación me presta la blusa y la gorra. He abordado a esos señores y les he dicho, de parte de una señora, que se iba a Montecarlo. En seguida he telefoneado al criado del hotel Franklin. Todos los telegramas enviados a su jefe y remitidos por el susodicho jefe serán leídos por el susodicho criado y en caso de necesidad interceptados.
»]ueves. Montecarlo. Esos tres señores registran los hoteles.
»Viernes. Excursiones rápidas a La Turbie, a Cap-d'Ail, a Cap-Martin. El señor Daubrecq me telefonea. Juzga más prudente expedir a esos señores a Italia. Así que mando al criado del hotel Franklin que les envíe un telegrama citándolos en San Remo.
»Sábado. San Remo, andén de la estación. Por diez francos el portero del Embajadores Gran Hotel me presta la gorra. Llegada de esos tres señores. Nos abordamos. Les explico, de parte de una viajera, la señora Mergy, que siguen hasta Genova, hotel Continental. Vacilación de esos señores, el señor Nicole quiere descender. Lo sujetan. El tren arranca. Buena suerte, señores. Una hora después, vuelvo a coger un tren para Francia y me detengo en Niza, donde espero nuevas órdenes.»
El señor Jacob cerró su libreta y concluyó:
–Esto es todo. La jornada de hoy no la anotaré hasta esta noche.
–Puede usted anotarla ya, señor Jacob. «Las doce. El señor Daubrecq me envía a la Compañía de coches-cama. Saco dos camas para París en el tren de las dos cuarenta y ocho, y se las envío al señor Daubrecq con un propio. En seguida tomo el tren de las doce cincuenta y ocho para Vintimille, ciudad fronteriza donde paso el día en la estación vigilando a todos los viajeros que entran a Francia. Si los señores Nicole, Grognard y Le Ballu tuvieran la idea de dejar Italia, de volver por Niza o de regresar a París, tengo orden de telegrafiar a la prefectura de Policía que el señor Arsenio Lupin y dos de sus cómplices están en el tren número X…»
Mientras hablaba, Daubrecq condujo al señor Jacob hasta la puerta. Volvió a cerrarla tras él, torció la llave, echó el cerrojo y, acercándose a Clarisse, le dijo: -Ahora escúchame, Clarisse…
Esta vez ella no protestó. ¿Qué hacer contra un enemigo así, tan poderoso, tan ingenioso, que preveía hasta los menores detalles y que se burlaba de sus adversarios con tal desenvoltura? Si hasta ahora había podido esperar en la intervención de Lupin, ¿podría seguir haciéndolo en aquella hora en que él estaba vagabundeando por Italia en persecución de unos fantasmas?
Ahora entendía por qué tres telegramas enviados por ella al hotel Franklin se habían quedado sin respuesta. Daubrecq estaba allá, en la sombra, vigilando, haciendo el vacío a su alrededor, separándola de sus compañeros de lucha, llevándola poco a poco, prisionera y vencida, hasta las cuatro paredes de aquella habitación.
Sentía su debilidad. Estaba a merced del monstruo. Había que callarse y resignarse.
El repitió con maligna alegría:
–Escúchame, Clarisse. Escucha las palabras irremediables que voy a pronunciar. Escúchalas bien. Son las doce. A las dos cuarenta y ocho sale el último tren, ¿lo oyes?, el último tren que puede llevarme a París mañana lunes a tiempo para salvar a tu hijo. Los trenes de lujo están completos. Así que tengo que salir a las dos cuarenta y ocho… ¿Lo hago?
–Sí.
–Nuestros coches-cama están reservados. ¿Me acompañas?
–Sí.
–¿Conoces las condiciones de mi intervención?
–Sí.
–¿Aceptas?
–Sí.
–¿Serás mi mujer? – Sí.
¡Ah, aquellas respuestas horribles! La infeliz las había dado en una especie de torpor horroroso, negándose incluso a comprender a qué se comprometía. Ante todo salir, apartar a Gilbert de la máquina sangrienta cuya visión la obsesionaba día y noche… Y después, y después, que viniera lo que tuviera que venir… El rompió a reír.
–¡Ah, picaruela! Qué pronto lo has dicho… ¿Estás dispuesta a prometer cualquier cosa, eh? Lo esencial es salvar a Gilbert, ¿verdad? Después, cuando el ingenuo de Daubrecq presente su anillo de desposados, ¡naranjas de la China!, nos burlaremos de él. Venga, vamos, basta de palabras vagas. Nada de promesas que no comprometen… Hechos, hechos inmediatos.
Y, claramente, sentándose al lado de ella, articuló: -Lo que yo te propongo…, lo que debe ser…, lo que será… es esto: Pediré, o más bien, exigiré, no el indulto de Gilbert, sino un plazo, una prórroga a la ejecución, una prórroga de tres o cuatro semanas. Inventarán cualquier pretexto, eso no me importa. Y cuando la señora Mergy se haya convertido en la señora Daubrecq, entonces, sólo entonces, reclamaré el indulto, es decir, la sustitución de la pena. Y estáte tranquila, me la concederán.
–Acepto…, acepto… -balbuceó ella. El rió de nuevo.
–Sí, aceptas, porque no ocurrirá hasta dentro de un mes… y hasta entonces aún cuentas con encontrar alguna estratagema, un auxilio cualquiera…, al señor Arsenio Lupin…
–Te juro por la cabeza de mi hijo…
–¡La cabeza de tu hijo!… Pero, pobrecita mía, tú te condenarías con tal que no cayera…
–¡Ah, sí! – murmuró estremeciéndose-. ¡Vendería mi alma con alegría!
El se deslizó contra ella y, en voz baja:
–Clarisse, no es el alma lo que yo te pido… Hace ya más de veinte años que toda mi vida gira en torno a este amor. Eres la única mujer que he amado… Detéstame… Exécrame… Me da igual…, pero no me rechaces… ¿Esperar? ¿Esperar un mes aún?… No, Clarisse, llevo esperando tantos años…
Se atrevió a tocarle la mano. Clarisse hizo tal gesto de asco, que él se llenó de rabia y gritó:
–¡Ah, te juro por Dios, preciosa, que el verdugo no gastará tantos modales cuando agarre a tu hijo!… ¡Y tú andas haciendo remilgos! ¡Pero piensa un poco, va a ocurrir dentro de cuarenta horas! Cuarenta horas nada más. ¡Y vacilas!… ¡Y tienes escrúpulos cuando se trata de tu hijo! Venga, vamos, menos lloriqueo, menos sentimentalismo estúpido… Mira las cosas bien de frente. Según tu juramento, eres mi mujer, eres mi novia desde ahora… Clarisse, Clarisse, dame tus labios…
Apenas si lo rechazó, el brazo extendido, pero desfalleciente. Y, con un cinismo en que se revelaba su naturaleza abominable, Daubrecq, mezclando las palabras crueles con las palabras de pasión, continuaba:
–Salva a tu hijo…, piensa en la última mañana, en la preparación fúnebre, la camisa escotada, el pelo cortado… Clarisse, Clarisse, yo lo salvaré… Estáte segura…, toda mi vida te pertenecerá… Clarisse.
Ella ya no resistía. Se había terminado. Los labios del hombre inmundo iban a tocar los suyos, y tenía que ser así, y no podía hacer nada que no fuera eso. Era su deber obedecer las órdenes del destino. Ella lo sabía desde hacía mucho tiempo. Lo comprendió y, con los ojos cerrados para no ver la faz innoble que se alzaba hacia la suya, se repetía a sí misma: «Mi hijo…, mi pobre hijo…»
Pasaron algunos segundos, diez, veinte quizá. Daubrecq ya no se movía. Daubrecq ya no hablaba. Y se asombró de aquel gran silencio, de aquel apaciguamiento súbito. ¿Tenía remordimientos el monstruo en el último instante?
Levantó los párpados.
El espectáculo que se ofreció ante ella la dejó pasmada de estupor. En lugar de la faz grotesca que esperaba encontrar, vio un rostro inmóvil, desconocido, torcido por una expresión de espanto sin límites, y cuyos ojos, invisibles bajo el doble obstáculo de las gafas, parecían mirar por encima de ella, por encima del sillón en que estaba postrada.
Clarisse se volvió. Dos cañones de revólver apuntados hacia Daubrecq surgían a la derecha un poco por encima del sillón. No vio más que eso, los dos revólveres enormes y temibles que dos puños crispados estrechaban. No vio más que eso, y también la cara de Daubrecq, que el miedo iba dejando poco a poco sin color hasta volverse lívida. Y, casi al mismo tiempo, alguien que se deslizó, que surgió brutalmente detrás de él, le echó uno de sus brazos alrededor del cuello, lo derribó con una violencia increíble, y le aplicó al rostro una mascarilla de guata y tela. Se desprendió un repentino olor a cloroformo.
Clarisse había reconocido al señor Nicole.
–¡Aquí, Grognard! – gritó-. ¡Aquí, Le Ballu! ¡Dejad los revólveres! ¡Ya lo tengo! No es más que un guiñapo… ¡Atadlo!
Daubrecq, en efecto, se replegó sobre sí mismo y cayó de rodillas como un pelele desarticulado. Bajo la acción del cloroformo, el bruto formidable se hundía, inofensivo y ridículo.
Grognard y Le Ballu lo envolvieron en una manta y lo ataron sólidamente.
–¡Ya está! ¡Ya está! – clamó Lupin levantándose de un salto.
Y con un acceso brusco de alegría se puso a bailar una giga desordenada en medio de la habitación, una giga que tenía algo de cancán, y contorsiones de machicha[28], y piruetas de derviche danzarín, y acrobacias de payaso, y zigzags de borracho. Y anunciaba, como si fueran números de music-hall:
–La danza del prisionero… El baile del cautivo… ¡Fantasía sobre el cadáver de un representante del pueblo!… ¡La polca del cloroformo!… ¡El doble bostón[29] de las gafas vencidas!.,. ¡Ole, ole, el fandango del chantajista!… ¡Y además, la danza del oso!… ¡Y además la tirolesa!… ¡La-rá, la-rá, la-lá!… Allons, enfants de la patrie[30]!… Zim, bumbum. Zim, bumbum…
Toda su naturaleza de gavroche[31], todos sus instintos de alegría, ahogados durante tanto tiempo por la ansiedad y por las derrotas sucesivas, todo eso hacía irrupción ahora, estallaba en accesos de risa, en excedente de ocurrencias, en una necesidad pintoresca de exuberancia y de tumulto infantil.
Esbozó un último trenzado, dio una vuelta alrededor de la habitación haciendo la rueda, y finalmente se puso de pie, con los puños en las caderas y un pie encima del cuerpo inerte de Daubrecq.
–¡Cuadro alegórico! – anunció-. ¡El arcángel de la Virtud aplastando a la hidra del Vicio!
Y resultaba tanto más cómico cuanto que Lupin aparecía bajo las especies del señor Nicole, con su disfraz y sus ropas de profesor libre, entorpecido, acompasado y como comprimido en sus costuras.
Una triste sonrisa iluminó el rostro de la señora Mergy, su primera sonrisa desde hacía meses y meses. Pero en seguida, volviendo a la realidad, imploró:
–Se lo suplico… pensemos en Gilbert.
Corrió hacia ella, la cogió entre los brazos, y con un movimiento espontáneo, tan ingenuo que ella no pudo por menos de reír, le estampó dos sonoros besos en ambas mejillas. – Aquí está, señora, éste es el beso de un hombre honesto. En lugar de Daubrecq, soy yo quien te beso… Una palabra más y vuelvo a empezar, y encima te tuteo… Enfádate si quieres… ¡Ah, lo contento que estoy!
Puso una rodilla en tierra, y respetuosamente: -Le pido perdón, señora. La crisis ha terminado. Y, levantándose, de nuevo socarrón, continuó, mientras Clarisse se preguntaba adonde quería ir a parar.
–¿Desea la señora? ¿El indulto de su hijo, tal vez? ¡Adjudicado! Señora, tengo el honor de concederle el indulto de su hijo, la conmutación de su pena por la de trabajos forzados a perpetuidad, y, como desenlace, su próxima evasión. Convenido, ¿eh, Grognard? Convenido, ¿eh, Le Ballu? Nos embarcamos para Nouméa[32] antes que el chico y lo preparamos todo. ¡Ah, respetable Daubrecq, tendríamos que encenderte un buen cirio! Y te lo recompensamos tan mal… Pero también te confieso que ya te estabas pasando un poquito. ¡Cómo! ¡Tratar al bueno de Lupin de novato, de pobre infeliz, y eso mientras está escuchando a tu puerta! ¡Tratarlo de ilustre fantoche! No dirás, eh: me parece que el ilustre fantoche no se ha manejado tan mal, mientras que tú no es para sentirte orgulloso que digamos, ¿eh, representante del pueblo?… ¡Pero qué cara! ¿Qué? ¿Qué quieres? ¿Una pastilla de Vichy? ¿No? ¿Una última pipa, tal vez? ¡Eso es, eso es!
Tomó una de las pipas de la chimenea, se inclinó hacia el cautivo, separó la mascarilla, y le introdujo entre los dientes la boquilla de ámbar.
–Chupa, amigo mío, chupa. De verdad que tienes una cara rarilla con el tapón en las narices y el quemamorros en el pico. ¡Vamos, chupa, leñe! ¡Ah, pero si me había olvidado de cargarte la pipa! ¿Dónde tienes el tabaco? ¿Tu Maryland preferido?… ¡Ah, está aquí!
Cogió de la chimenea un paquete amarillo, sin empezar, y rompió el precinto.
–¡El tabaco del señor! ¡Atención! Es una hora solemne.
¡Diantre, cargar la pipa del señor! ¡Qué honor! ¡Sigan con atención mis movimientos! Nada en las manos, nada en los bolsillos…
Abrió el paquete, y con ayuda del índice y el pulgar, lentamente, delicadamente, como un prestidigitador que trabaja en presencia de un público boquiabierto, y que, con la sonrisa en los labios, los codos doblados, las mangas levantadas, acaba su juego de pasapasa, retiró de entre las briznas de tabaco un objeto brillante que ofreció a los espectadores.
Clarisse lanzó un grito.
Era el tapón de cristal.
Ella se precipitó hacia Lupin y se lo arrancó.
–¡Es éste, es éste! – profirió febril-. ¡Este no tiene el arañazo en la caña! Y además, mire, esta línea que lo parte por la mitad, en el sitio donde terminan las facetas de oro… Es éste, se afloja a rosca… ¡Ah, Dios mío, ya no tengo fuerzas…!
Temblaba de tal modo, que Lupin volvió a cogerle el tapón y lo aflojó el mismo.
El interior de la cabeza estaba hueco, y en el hueco había un trozo de papel enrollado en forma de bolita.
–El papel de cebolla -dijo en voz baja, también emocionado y con las manos temblorosas.
Hubo un gran silencio. Los cuatro sintieron el corazón a punto de romperse, y tuvieron miedo de que fuera a ocurrir.
–Por favor…, por favor… -balbuceó Clarisse.
Lupin desplegó el papel.
Había nombres escritos unos encima de otros.
Había veintisiete, los veintisiete nombres de la famosa lista. Langeroux, Dechaumont, Vorenglade, Albufex, Laybach, Victorien Mergy, etc.
Y debajo, la firma del presidente del Consejo de administración del Canal francés de los Dos Mares, la firma color de sangre…
Lupin consultó su reloj.
–La una menos cuarto -dijo-. Aún nos quedan veinte minutos largos… Vamos a comer.
–Pero -dijo Clarisse, que ya empezaba a excitarse-, no olvide…
El declaró simplemente:
–Me muero de hambre.
Se sentó ante el velador, se cortó una buena lonja de paté y dijo a sus cómplices:
–¿Grognard? ¿Le Ballu? ¿Reponemos fuerzas?
–No es cosa de negarse, jefe.
–Entonces daos prisa, muchachos. Y encima, un vaso de champán; invita el cloroformizado. A tu salud, Daubrecq. ¿Champán dulce? ¿Champán seco? ¿Extra-dry?
XI
La cruz de Lorena
De golpe por así decirlo, sin transición, en cuanto se acabó la comida Lupin recobró todo su dominio y toda su autoridad. No era momento de bromas, y ya no podía ceder a esa necesidad de sorprender a la gente con efectos teatrales y juegos de magia. Puesto que había descubierto el tapón de cristal en su escondrijo, previsto por él con toda seguridad, puesto que poseía la lista de los veintisiete, ahora se trataba de jugar el final de la partida sin tardanza.
Juego de niños ciertamente, lo que quedaba por hacer no ofrecía ninguna dificultad. Aún había que aportar a esas acciones definitivas prontitud, decisión y una clarividencia infalible. La menor falta era irremediable. Lupin lo sabía, pero su mente, tan extrañamente lúcida, había examinado todas las hipótesis. Y los movimientos y palabras que iba a ejecutar y pronunciar estaban maduramente preparados.
–Grognard, el transportista espera en el bulevar Gambetta con la carreta y el baúl que hemos comprado. Tráelo aquí y que suba el baúl. Si te preguntan algo en el hotel, dices que es para la señora del 130.
Luego, dirigiéndose hacia su otro compañero:
–Le Ballu, vuelve al garaje y encárgate del limousine[33]. El precio está ajustado. Diez mil francos. Cómprate un casco y una levita de chófer y trae el auto delante de la puerta.
–¿El dinero, jefe?
Lupin sacó una cartera de la chaqueta de Daubrecq y encontró un enorme fajo de billetes de banco. Separó diez.
–Ahí tienes diez mil francos. Parece que nuestro amigo ha ganado una buena cantidad en el Círculo. Hala, Le Ballu.
Los dos hombres se fueron por la habitación de Clarisse. Lupin aprovechó un momento en que Clarisse no lo miraba para guardarse la cartera, y lo hizo con profunda satisfacción.
«Pues no habrá salido tan mal el negocio -se dijo-. Todos los gastos pagados, yo sacaré una buena tajada, y aún no hemos terminado.»
Dirigiéndose a Clarisse Mergy, le preguntó:
–¿Tiene usted maleta?
–Sí, una maleta que compré al llegar a Niza, un poco de ropa interior y unos objetos de tocador, pues dejé París de improviso.
–Prepárelo todo. Luego baje a recepción. Diga que está esperando su baúl, que un transportista le traerá de la consigna, y que tendrá que deshacerlo y hacerlo en su habitación. Luego anúncieles su marcha.
Cuando se quedó solo, Lupin examinó a Daubrecq atentamente, luego registró todos sus bolsillos y arrambló con todo lo que le pareció que ofrecía algún interés.
Grognard volvió el primero. El baúl, un gran baúl de mimbre recubierto de molesquín[34] negro, fue depositado en la habitación de Clarisse. Ayudado por Clarisse y Grognard, Lupin transportó a Daubrecq y lo colocó en el baúl, bien sentado, pero con la cabeza inclinada para poder cerrar la tapa.
–No digo que sea tan confortable como una litera de coche cama, mi querido diputado -observó Lupin-. Pero en cualquier caso, más vale esto que un ataúd. Al menos hay aire para respirar. Tres pequeños agujeros en cada lado. ¡Quéjate!
Luego, destapando un frasco:
–¿Un poco más de cloroformo? Como parece que te gusta tanto…
Empapó de nuevo la mascarilla, mientras que, siguiendo sus órdenes, Clarisse y Grognard acuñaban al diputado con ropa blanca, mantas de viaje y cojines, que habían tenido la precaución de amontonar en el baúl.
–¡Perfecto! – dijo Lupin-. Este bulto podría dar la vuelta al mundo. Cerremos y atemos.
Le Ballu llegaba vestido de chófer.
–El auto está abajo, jefe.
–Bien -dijo-. Vosotros dos bajad el baúl. Sería peligroso confiárselo a los mozos del hotel.
–¿Y si nos encontramos con ellos?
–Pero bueno, Le Ballu, ¿no eres tú el chófer? Tú llevas el baúl de tu señora aquí presente, la señora del 130, que baja igualmente, que sube a su auto… y que me espera doscientos metros más allá. Grognard, tú lo ayudarás a cargar. ¡Ah! Antes cerremos la puerta de comunicación.
Lupin pasó a la otra habitación, cerró la otra puerta, echó el cerrojo, luego salió y tomó el ascensor.
En recepción les previno:
–Al señor Daubrecq lo han llamado con urgencia a Montecarlo. Me ha encargado que les diga que no volverá hasta pasado mañana. Que le guarden la habitación. Además, todas sus cosas están allí. Aquí tiene la llave.
Se fue tranquilamente y alcanzó el automóvil, donde encontró a Clarisse lamentándose:
–¡Pero no podremos llegar a París mañana por la mañana! ¡Es una locura! La menor avería…
–Por eso -dijo él- usted y yo tomaremos el tren… Es más seguro…
La hizo subir a un fiacre[35] y dio las últimas instrucciones a los dos hombres.
–Una media de cincuenta kilómetros por hora, ¿verdad? Conducid y descansad por turnos. De ese modo podréis estar en París mañana lunes hacia las seis o las siete de la tarde. Pero no forcéis la marcha. Si me guardo a Daubrecq, no es porque tenga necesidad de él para mis planes, sino como rehén… y además por precaución… Me interesa tenerlo a mano durante unos días. Así que cuidádmelo bien, pobrecito.,. Unas gotas de cloroformo cada dos o cuatro horas. Es su pasión. En marcha, Le Ballu… Y tú, Daubrecq, no te envenenes la sangre ahí arriba. Si se te revuelve el estómago, no te preocupes… ¡En marcha, Le Ballu!
Miró al auto, que se alejaba, luego fue a una estafeta de correos, donde redactó un telegrama concebido en los términos siguientes:
Señor Prasvilie, Prefectura de policía. París. Individuo encontrado. Le llevaré el documento mañana por la mañana a las once. Comunicación urgente. Clarisse.
A las dos y media Clarisse y Lupin llegaban a la estación.
–¡Esperemos que haya sitio! – dijo Clarisse, que se alarmaba por todo.
–¡Sitio! Pero si nos han reservado los departamentos.
–¿Quién?
–Jacob… Daubrecq.
–¿Cómo?
–¡Pero, hombre! En la recepción del hotel me han entregado una carta que un propio acababa de traer para Daubrecq. Eran los dos billetes que Jacob le enviaba. Además, tengo su tarjeta de diputado. Viajaremos, pues, bajo el nombre de señor y señora Daubrecq, y tendrán con nosotros todas las atenciones propias de nuestro rango. Ya ve, querida señora, todo está previsto.
Esta vez a Lupin le pareció corto el trayecto. Interrogada por él, Clarisse le contó todo lo que había hecho durante los últimos días. También él explicó el milagro de su irrupción en la habitación de Daubrecq, en el momento en que su adversario lo creía en Italia.
–Un milagro no -dijo-. Sin embargo, cuando abandonaba San Remo en dirección a Genova, se dio en mí un fenómeno de orden especial, una especie de intuición misteriosa que me empujó primero a saltar del tren (cosa que me impidió Le Ballu), y luego a precipitarme hacia la puerta, bajar el cristal, y seguir con los ojos al portero del Embajadores Gran Hotel que me había transmitido su mensaje. Pues bien, en aquel minuto mismo el susodicho portero estaba frotándose las manos con tal aire de satisfacción, que sin otro motivo, súbitamente, lo comprendí todo: me habían engañado, me había engañado Daubrecq, como la había engañado a usted también. Un montón de pequeños hechos vinieron a mi mente. El plan del adversario se me apareció enterito. Un minuto más, y el desastre sería irremediable. Confieso que tuve unos instantes de auténtica desesperación ante la idea de que ya no iba a poder reparar todos los errores cometidos. Ello dependía sencillamente del horario de trenes, que me permitiría o no volver a encontrar en la estación de San Remo al emisario de Daubrecq. Finalmente, aquella vez el azar nos fue favorable. No habíamos bajado en la primera estación cuando pasó un tren hacia Francia. Cuando llegamos a San Remo, el hombre estaba allí. Había adivinado bien. Ya no llevaba su gorra ni su levita de portero, sino un sombrero y una chaqueta. Subió a un departamento de segunda clase. Desde ese momento la victoria ya no ofrecía ninguna duda.
–Pero… ¿cómo?… -dijo Clarisse, que, a pesar de los pensamientos que la obsesionaban, se estaba interesando por el relato de Lupin.
–¿Que cómo he llegado hasta usted? Dios mío, pues no soltando al señor Jacob, dejándolo en libertad de acción, seguro como estaba yo de que iría a dar cuenta de su misión a Daubrecq. De hecho, esta mañana, después de una noche pasada en un hotelito de Niza, se encontró con Daubrecq en el Paseo de los Ingleses. Charlaron bastante rato. Los sigo. Daubrecq vuelve a su hotel, instala a Jacob en uno de los pasillos de la planta baja, frente a la centralita, y toma el ascensor. Diez minutos más tarde ya sabía yo el número de su habitación, y sabía también que en la habitación vecina, la número 130, se hospedaba una señora desde la víspera. «Ahora creo que sí que hemos adivinado» -dije a Grognard y Le Ballu-. Llamo ligeramente a la puerta de usted. Ninguna respuesta. Y la puerta estaba cerrada con llave.
–¿Y qué? – dijo Clarisse.
–Pues que la abrimos. ¿Cree usted que no hay más que una llave en el mundo que pueda hacer funcionar una cerradura? Así que entro en su habitación. Nadie. Pero la puerta de comunicación está entreabierta. Me deslizo por ella. Desde ese momento sólo una simple cortina me separaba de usted, de Daubrecq… y del paquete de tabaco que distinguía sobre el mármol de la chimenea.
–¿Entonces conocía usted el escondrijo?
–Una pesquisa en el despacho de Daubrecq de París me sirvió para comprobar la desaparición del paquete de tabaco… Además…
–¿Además?
–Yo sabía, por ciertas confesiones arrancadas a Daubrecq en la torre de los Dos Amantes, que en la palabra Mary estaba la clave del enigma. Ahora bien, no era más que el principio de una palabra, que adiviné, por así decirlo, en el momento mismo en que me chocó la ausencia del paquete de tabaco.
–¿Qué palabra era?
–Maryland… el tabaco Maryland, el único que fuma Daubrecq.
Y Lupin se echó a reír.
–Es bastante estúpido, ¿eh? Y, al mismo tiempo, ¡fíjese si es espabilado por parte de Daubrecq! ¡Buscamos por todas partes, registramos por todas partes! ¿Ño llegué a aflojar hasta los casquillos de cobre de las bombillas eléctricas para ver si escondían un tapón de cristal? ¿Pero cómo se me hubiera ocurrido a mí, cómo se le hubiera ocurrido a cualquier otro, por perspicaz que fuese, romper el precinto de un paquete de Maryland, un precinto puesto, pegado, sellado, timbrado, fechado por el Estado, bajo el control de los Impuestos indirectos? ¡Piense un poco! ¡El Estado cómplice de tal infamia! ¡La ad-mi-nis-tra-ción de Impuestos indirectos prestándose a semejantes maniobras! ¡No! ¡Mil veces no! La Tabacalera puede cometer errores. Puede fabricar cerillas que no encienden y cigarrillos con astillas de Navidad dentro. ¡Pero de ahí a suponer que está conchabada con Daubrecq para sustraer la lista de los veintisiete a la curiosidad legítima del gobierno y a las empresas de Arsenio Lupin hay un abismo! Observe que, para introducir allí dentro el tapón de cristal, bastaba presionar un poco sobre el precinto, como hizo Daubrecq, dejarlo un poco más flojo, levantarlo, desdoblar el papel amarillo, separar el tabaco, y luego volver a poner todo en orden. Observe también que en París nos hubiera bastado tomar el paquete en las manos y examinarlo para descubrir el escondite. ¡No importa! ¡El paquete en sí mismo, el bloque de Maryland confeccionado y aprobado por el Estado y la Administración de Contribuciones indirectas, era una cosa sagrada, intangible, insospechable! Y nadie lo abrió.
Y Lupin concluyó:
–Y así ese demonio de Daubrecq deja durante meses en la mesa, rodando entre las pipas y otros paquetes de tabaco sin destripar, ese paquete de tabaco intacto. Y ningún poder del mundo hubiera podido suscitar en ninguna mente ni por asomo la idea de interrogar a ese pequeño cubo inofensivo. Tengo que hacerle notar además…
Lupin siguió durante un buen rato con sus consideraciones relativas al paquete de Maryland y al tapón de cristal, el ingenio y la clarividencia de su adversario, tanto más interesantes cuanto que él había acabado por vencerlo. Pero Clarisse, a quien esas cuestiones le importaban mucho menos que la preocupación por las acciones que había que realizar para salvar a su hijo, apenas lo escuchaba, sumida por completo en sus pensamientos.
–¿Está usted seguro -repetía sin cesar- de que va a conseguirlo?
–Absolutamente seguro.
–Pero Prasville no está en París.
–Si no está allí, estará en el Havre. Lo leí ayer en un periódico. En todo caso nuestro telegrama lo llamará inmediatamente a París.
–¿Y cree usted que tendrá suficiente influencia?
–Para obtener personalmente el indulto de Gilbert y Vaucheray, no. Si no, ya se la hubiéramos dado con queso. Pero tendrá la suficiente inteligencia como para comprender el valor de lo que le llevamos… y para actuar sin pérdida de tiempo.
–Pero, precisamente por eso, ¿no se engaña usted acerca de ese valor?
–¿Entonces se engañaba Daubrecq? ¿No estaba Daubrecq mejor situado que nadie para saber la omnipotencia del papel? ¿No ha tenido él veinte pruebas a cual más decisivas? Piense en todo lo que ha hecho, por la sola razón de que lo sabían
poseedor de la lista. Lo sabían, eso es todo. No se servía de la lista, pero la tenía. Y, por tenerla, mató a su marido. Montó su fortuna sobre la ruina y el deshonor de los veintisiete. Ayer sin ir más lejos, Albufex, uno de los más intrépidos, se cortaba la garganta en la cárcel. No, esté tranquila, contra reembolso de esa lista podremos pedir lo que queramos. ¿Y qué pedimos nosotros? Casi nada…, menos que nada…, el indulto de un niño de veinte años. Es decir, que nos tomarán por imbéciles. ¡Cómo! Tenemos entre las manos…
Calló. Clarisse, agotada por tantas emociones, se estaba durmiendo frente a él.
A las ocho de la mañana llegaban a París.
Dos telegramas esperaban a Lupin en su domicilio de la plaza de Clichy.
Uno, de Le Ballu, enviado la víspera desde Avignon, anunciaba que todo iba a pedir de boca, y que esperaban llegar puntuales a la cita de por la tarde. El otro era de Prasville, fechado en el Havre, y dirigido a Clarisse:
IMPOSIBLE VOLVER MAÑANA LUNES POR LA MAÑANA. VAYA A MI DESPACHO A LAS CINCO. CUENTO TOTALMENTE CON USTED.
–¡A las cinco! – dijo Clarisse-. ¡Qué tarde es!
–Es una hora excelente -afirmó Lupin.
–Sin embargo, si…
–¿Si la ejecución tuviera lugar mañana por la mañana? ¿Es eso lo que quiere decir?… No tenga miedo de las palabras, porque no habrá ejecución.
–Los periódicos…
–Usted no ha leído los periódicos y le prohibo que los lea. Todo lo que puedan anunciar no significa nada. Sólo una cosa importa: nuestra entrevista con Prasville. Por lo demás…
Sacó de un armario un frasquito y, posando su mano en el hombro de Clarisse, le dijo:
–Échese en ese canapé, y beba unos sorbitos de esta poción.
–¿Qué es?
–Algo que la hará dormir unas horas… y olvidar. Siempre será algo que tendremos ganado.
–No, no -protestó Clarisse-, no quiero. Gilbert no duerme…, no olvida.
–Beba -dijo Lupin, insistiendo con dulzura.
Cedió de pronto, por abandono, por exceso de sufrimiento, y dócilmente se echó en el canapé y cerró los ojos. Al cabo de unos minutos dormía.
Lupin llamó a su criado.
–Los periódicos…, rápido… ¿Los has comprado?
–Aquí están, jefe.
Lupin abrió uno de ellos y en seguida vio las líneas siguientes:
LOS CÓMPLICES DE ARSENIO
LUPIN
Sabemos de fuente fidedigna que los cómplices de Arsenio Lupin, Gilbert y Vaucheray, serán ejecutados mañana martes por la mañana.
El señor Deibler ha visitado el montaje de la guillotina. Todo está preparado.
Levantó la cabeza con una expresión de desafío.
–¡Los cómplices de Arsenio Lupin! ¡La ejecución de los cómplices de Arsenio Lupin! ¡Qué hermoso espectáculo! ¡Y la de gente que irá para verlo! Lo siento en el alma, señores, pero por esta vez no se levantará el telón. Por orden superior de la autoridad no hay función. ¡Y la autoridad soy yo!
Y se golpeó violentamente el pecho con un gesto de orgullo.
–¡La autoridad soy yo![36]
A las doce Lupin recibió un telegrama que Le Ballu le enviaba desde Lyon:
TODO VA BIEN. BULTO LLEGARÁ
SIN AVERÍAS.
A las tres se despertó Clarisse.
Su primera palabra fue la siguiente:
–¿Es para mañana?
El no respondió. Pero ella lo vio tan tranquilo, tan sonriente, que se sintió penetrada de una paz inmensa, y tuvo la impresión de que todo había terminado, de que todo se había resuelto, arreglado, según la voluntad de su compañero.
A las cuatro y diez salieron.
El secretario de Prasville, prevenido telefónicamente por su jefe, los introdujo al despacho y les rogó que esperasen.
Eran las cinco menos cuarto. A las cinco en punto Prasville entró corriendo e inmediatamente gritó:
–¿Tiene usted la lista?
–Sí.
–Démela.
Tendió la mano. Clarisse, que se había levantado, no se movió.
Prasville la miró un momento, vaciló, luego se sentó. Comprendía. Al perseguir a Daubrecq, Clarisse Mergy no había actuado solamente por odio y por deseo de venganza. La empujaba otro motivo. La entrega del papel no se efectuaría sin determinadas condiciones.
–Siéntese, se lo ruego -dijo, indicando así que aceptaba el debate.
Prasville era un hombre delgado, de rostro huesudo, al que un guiño perpetuo de los ojos y cierta deformación de la boca le daban cierta expresión de inquietud y falsedad. Lo soportaban mal en la Prefectura, donde a cada momento tenían que estar reparando sus meteduras de pata y sus torpezas. Pero era uno de esos seres poco estimados a quienes se emplea para tareas especiales y en seguida se los despide con alivio.
Sin embargo Clarisse había vuelto a ocupar su sitio. Como ella seguía callada, Prasville pronunció:
–Hable, querida amiga, y hable con toda franqueza. No tengo ningún escrúpulo en declararle que estaríamos deseosos de tener ese papel.
–Si no es más que un deseo -observó Clarisse, a quien Lupin había soplado su papel hasta en los más mínimos detalles-, si no es más que un deseo, me temo que no vamos a ponernos de acuerdo.
Prasville sonrió:
–Ese deseo, evidentemente, nos conduciría a ciertos sacrificios.
–A todos los sacrificios -rectificó la señora Mergy.
–A todos los sacrificios, por supuesto siempre que nos mantengamos dentro de los límites de los deseos aceptables.
–E incluso si nos salimos de esos límites -pronunció Clarisse, inflexible.
Prasville se impacientó:
–En fin, veamos de qué se trata. Explíquese.
–Perdóneme, querido amigo. Ante todo, tenía interés en señalar la importancia considerable que concede usted a ese papel y, en vista de la transacción inmediata que vamos a concluir, en especificar bien…, ¿cómo diría yo?…, el valor de mi aportación. Y pues este valor no tiene límites, se lo repito, debe ser cambiado contra un valor ilimitado.
–Entendido -articuló Prasville con irritación.
–Así pues, no tiene ninguna utilidad que yo haga ahora una historia completa del caso y que enumere, por una parte, los desastres que la posesión de ese papel le hubiera permitido evitar y, por otra, las ventajas incalculables que hubiera podido usted sacar de dicha posesión, ¿no es así?
Prasville tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse y para responder en un tono más o menos educado:
–Lo admito. ¿Ha terminado?
–Le pido perdón, pero no sabríamos explicarnos con suficiente claridad. Ahora bien, hay todavía un punto que es preciso aclarar. ¿Está usted en condiciones de tratar personalmente?
–¿Cómo dice?
–No le pregunto evidentemente si tiene usted poder para resolver el asunto ahora mismo, sino si representa usted frente a mí el pensamiento de los que conocen el asunto y están cualificados para resolverlo.
–Sí -afirmó Prasville con fuerza.
–Así pues, ¿podré tener su respuesta una hora después de que le comunique mis condiciones?
–Sí.
–¿Esa respuesta será la del gobierno?
–Sí.
Clarisse se inclinó, y con una voz más sorda:
–¿Esa respuesta será la del Elíseo?
Prasville pareció sorprendido. Reflexionó un instante, y luego pronunció:
–Sí.
Entonces Clarisse concluyó:
–No me queda más que pedirle su palabra de honor de que, por incomprensibles que le parezcan mis condiciones, no exigirá que le revele el motivo. Son las que son. Su respuesta deberá ser un sí o un no.
–Le doy mi palabra de honor -silabeó Prasville.
Clarisse experimentó un instante de emoción que acentuó aún más su palidez. Luego, dominándose, los ojos fijos en los ojos de Prasville, le dijo:
–La lista de los veintisiete será entregada contra el indulto de Gilbert y Vaucheray.
–¿Éeeh? ¿Queé?
Prasville se había levantado con un aire absolutamente alelado.
–¡El indulto de Gilbert y Vaucheray, los cómplices de Arsenio Lupin!
–Sí -dijo ella.
–¡Los asesinos del chalet Marie-Thérese, los que tienen que morir mañana!
–Sí, los mismos -dijo ella en voz alta-. Pido, exijo su indulto.
–¡Pero es una insensatez! ¿Por qué? ¿Por qué?
–Le recuerdo, Prasville, que me ha dado usted su palabra…
–Sí…, sí…, en efecto…, ¡pero resulta una cosa tan imprevista!.
–¿Por qué?
–¿Por qué? ¡Pues por toda clase de razones!
–¿Cuáles?
–En fin…, en fin…, ¡reflexione! ¡Gilbert y Vaucheray han sido condenados a muerte!
–Los enviarán al penal, eso es todo.
–¡Imposible! ¡El asunto ha armado un ruido enorme! Son cómplices de Arsenio Lupin. El mundo entero conoce el veredicto.
–¿Y qué?
–Pues que no podemos, no podemos, no, rebelarnos contra las sentencias de la justicia.
–No le pedimos eso. Le pedimos una conmutación de la pena mediante el indulto. El indulto es una cosa legal.
–La comisión de indultos ya se ha pronunciado…
–De acuerdo, pero aún falta el presidente de la República.
–Lo ha negado.
–Que se vuelva atrás de su negación.
–¡Imposible!
–¿Por qué?
–No hay pretexto.
–No hay necesidad de pretexto alguno. El derecho de indulto es absoluto. Se ejerce sin control, sin motivo, sin pretexto, sin explicación. Es una prerrogativa real. De la que el presidente de la República se sirve según su buen gusto, o más bien, según su conciencia, mirando siempre a los intereses del Estado.
–¡Pero es demasiado tarde! Está todo preparado. La ejecución tendrá lugar dentro de unas horas.
–Una hora le basta para tener la respuesta, acaba usted de decírnoslo.
–¡Pero es una locura, pardiez! Sus exigencias chocan con obstáculos infranqueables. Se lo repito, es imposible, materialmente imposible.
–Entonces, ¿es que no?
–¡No, no, y mil veces no!
–En ese caso no tenemos que hacer más que retirarnos.
Esbozó un movimiento hacia la puerta. El señor Nicole la siguió.
De un salto Prasville les cerró el camino.
–¿Dónde van?
–Dios mío, querido amigo, me parece que nuestra conversación ha terminado. Ya que usted estima, ya que usted está seguro de que el presidente de la República estimará que la famosa lista de los veintisiete no vale…
–Quédense -dijo Prasville.
Cerró con llave la puerta de salida y se puso a andar de arriba abajo, con las manos a la espalda y la cabeza inclinada.
Y Lupin, que no había despegado los labios durante toda la escena, y por prudencia se había relegado a un papel borroso, se decía:
«¡Cuánta historia! ¡Cuántos dengues y posicioncitas para llegar al inevitable desenlace! ¿Cómo el señor Prasville, que no es un águila, pero que tampoco es un cernícalo, renunciaría a vengarse de su mortal enemigo? ¡Vaya, qué decía yo! La idea de tumbar a Daubrecq hasta el fondo del abismo le hace sonreír. Vamos, que la partida está ganada.»
En aquel momento Prasville abría una puertecita interior que daba al despacho de su secretario particular.
Ordenó en voz alta:
–Señor Lartigue, telefonee al Elíseo y diga que solicito una audiencia para una comunicación de la más alta gravedad.
Cerrando la puerta, volvió hacia Clarisse y le dijo:
–En todo caso, mi intervención se limita a someter a consideración su proposición.
–Una vez sometida, está aceptada.
Hubo un largo silencio. El rostro de Clarisse expresaba una alegría tan profunda, que Prasville se sorprendió y la miró con atenta curiosidad. ¿Por qué causa misteriosa quería Clarisse la salvación de Gilbert y Vaucheray? ¿Qué vínculo inexplicable la unía con aquellos dos hombres? ¿Qué drama había podido mezclar las tres existencias, y sin duda también la de Daubrecq con ellas?
«Vamos, amiguito -pensaba Lupin-, devánate los sesos, que no lo encontrarás. ¡Ah!, si no hubiéramos exigido más que el indulto de Gilbert, como deseaba Clarisse, quizá habrías llegado a descubrir el pastel. Pero Vaucheray, ese bruto de Vaucheray, realmente no puede haber la menor relación entre la señora Mergy y él… ¡Ah, ah, bribón! Ahora me toca a mí… Me observa… El monólogo interior gira en torno a mí… "Y este señor Nicole, este pequeño pasante provinciano, ¿quién puede ser? ¿Por qué se ha entregado a Clarisse Mergy en cuerpo y alma? ¿Cuál es la verdadera personalidad de este intruso? He cometido un error no informándome… Tendré que ver eso…, tendré que desatar los cordones de esa máscara… Porque, en fin, no es natural que nadie se tome tanto trabajo para realizar un acto en el que no se está directamente interesado. ¿Por qué quiere también él salvar a Gilbert y a Vaucheray? ¿Por qué?…".»
Lupin volvió ligeramente la cabeza.
«¡Ay, ay, ay!… Una idea está atravesando su cráneo de funcionario…, una idea confusa que no logra expresarse… ¡Diantre! No convendría que adivinara ahora al señor Lupin bajo el señor Nicole. Serían excesivas complicaciones…»
Pero se produjo una distracción. El secretario de Prasville vino a anunciarle que la audiencia tendría lugar dentro de una hora.
–Está bien. Muchas gracias -dijo Prasville-. Déjenos.
Y, volviendo a reanudar la entrevista sin más rodeos, como hombre que quiere hacer las cosas con rapidez y exactitud, declaró:
–Creo que podremos arreglarnos. Pero ante todo, y para poder cumplir la misión de que voy a encargarme, necesito una información más completa. ¿Dónde se hallaba el papel?
–En el tapón de cristal, como suponíamos -respondió la señora Mergy.
–¿Y el tapón de cristal?
–En un objeto que Daubrecq vino a buscar hace unos días a la mesa del despacho, en su casa de la glorieta Lamartine, objeto que yo le quité ayer domingo.
–¿Y ese objeto?
–Un paquete de tabaco, un vulgar paquete de tabaco Maryland que andaba rodando por la mesa.
Prasville se quedó de piedra. Ingenuamente murmuró:
–¡Ah, si lo hubiera sabido! He tocado diez veces ese paquete de Maryland. ¡Cosa más tonta!
–¡Qué importa! – dijo Clarisse-. Lo esencial es que se haya efectuado el descubrimiento.
Prasville hizo una mueca que significaba que el descubrimiento le hubiera resultado mucho más agradable si lo hubiera efectuado él. Luego preguntó:
–¿De manera que tiene usted la lista?
–Sí.
–¿Aquí?
–Sí.
–Enséñemela.
Y como Clarisse vacilara, le dijo:
–¡Oh, no tema, por favor! Esa lista le pertenece y se la devolveré. Pero tiene usted que comprender que no puedo hacer la gestión de que se trata sin una certeza.
Clarisse consultó al señor Nicole con una mirada que Prasville sorprendió, y luego declaró:
–Aquí está.
El cogió la hoja con cierta turbación, la examinó, y casi al instante dijo:
–Sí…, sí…, la escritura del cajero…, la reconozco. Es la firma del presidente de la Compañía… La firma roja… Además tengo otras pruebas… Por ejemplo, el trocito roto que completaba la esquina superior izquierda de esta hoja.
Abrió su caja fuerte, y de una cajita especial sacó un pequeñísimo trozo de papel que acercó a la esquina superior izquierda.
–Es ésta, sí; las dos esquinas rotas coinciden exactamente. La prueba es incontestable. Ya no queda más que verificar la naturaleza misma de este papel cebolla.
Clarisse estaba radiante de alegría. Nadie hubiera creído que el más horrible suplicio llevaba semanas y semanas desgarrándola y que aún estaba sangrando y palpitante.
Mientras Prasville aplicaba la hoja contra el cristal de una ventana, ella dijo a Lupin.
–Exija que avisen a Gilbert esta misma noche. ¡Debe de ser tan atrozmente desgraciado!
–Sí -dijo Lupin-. Además podrá ir usted a casa de su abogado y avisarlo.
Ella prosiguió:
–Y también quiero ver a Gilbert mañana mismo. Que Prasville piense lo que quiera.
–Desde luego. Pero antes tiene que ganar el pleito en el Elíseo.
–No irá a tener dificultades allí, ¿verdad?
–No. Ya ve usted que ha cedido en seguida.
Prasville continuaba sus investigaciones con ayuda de una lupa, y luego comparando la hoja con el trocito de papel roto. A continuación volvió a situarla contra la ventana. A continuación sacó de la cajita otras hojas de papel de carta y examinó una de ellas al trasluz.
–Bueno, ya está -dijo-, mi convicción está establecida. Me perdonará usted, querida amiga, pero era un trabajo muy delicado… He pasado por varias fases…, pues en fin, desconfiaba… y no sin razón…
–¿Qué quiere usted decir? – murmuró Clarisse.
–Un segundo; antes de nada tengo que dar una orden.
Llamó a su secretario:
–Telefonee inmediatamente a la Presidencia, por favor, que me excusen, pero que, por motivos de que daré debida cuenta más tarde, la audiencia ya es inútil.
Cerró otra vez la puerta y volvió hacia su mesa.
Clarisse y Lupin, de pie, sofocados, lo miraban con estupor, sin comprender aquel cambio súbito. ¿Estaba loco? ¿Era una maniobra por su parte? ¿Un incumplimiento de palabra? ¿Se negaría a mantener sus promesas ahora que poseía la lista?
Se la tendió a Clarisse.
–Puede usted llevársela.
–¿Llevármela…?
–Y devolvérsela a Daubrecq.
–¿A Daubrecq?
–A menos que prefiera quemarla.
–¿Pero qué está diciendo?
–Digo que yo en su lugar la quemaría.
–¿Por qué dice usted eso? Es absurdo.
–Al contrario: es muy razonable.
–Pero ¿por qué?, ¿por qué?
–¿Por qué? Voy a explicárselo. La lista de los veintisiete, y tenemos una prueba irrecusable de ello, la lista fue escrita en una hoja de papel de carta que pertenecía al presidente de la Sociedad del Canal, y del que tengo algunas muestras en esta cajita. Pues bien, todas estas muestras llevan como marca de fábrica una crucecita de Lorena, casi invisible, pero que puede usted ver al trasluz en el espesor del papel. La hoja que usted me trae no tiene esa cruz de Lorena.
Lupin sintió que un temblor nervioso lo agitaba de pies a cabeza, y no osaba volver los ojos a Clarisse, cuya espantosa desolación adivinaba; la oyó balbucear:
–¿Habrá que suponer entonces… que han engañado a Daubrecq?
–¡Nunca en la vida! – exclamó Prasville-. A usted sí que la han engañado, mi pobre amiga. Daubrecq tiene la lista verdadera, la lista que robó de la caja fuerte del moribundo.
–¿Y ésta?
–Esta es falsa.
–¿Falsa?
–Perentoriamente falsa. Es una treta admirable de Daubrecq. Alucinada por el tapón de cristal, que él no hacía más que espejear ante sus ojos, usted no buscaba más que el tapón de cristal, donde él había encerrado cualquier cosa…, este papel mojado, mientras que él, tan tranquilo, conservaba…
Prasville se interrumpió. Clarisse avanzaba a pasitos, completamente rígida, con el aspecto de un autómata. Articuló: -¿Entonces?
–¿Entonces qué, querida amiga?
–¿Se niega usted?
–Pues claro, me veo en la obligación absoluta…
–¿Se niega usted a hacer esa gestión?…
–Vamos a ver, ¿es posible esa gestión? Es que no puedo, basándome en un documento sin valor…
–¿No quiere usted?… ¿No quiere usted?… Y mañana por la mañana…, dentro de unas horas, Gilbert…
Estaba horriblemente pálida, la cara completamente hundida, semejante a una cara agónica. Sus ojos se abrían desmesuradamente y sus mandíbulas castañeteaban…
Lupin, temiendo las palabras inútiles y peligrosas que iba a pronunciar, la agarró por los hombros e intentó llevársela. Pero ella lo rechazó con una fuerza indomable, dio aún dos o tres pasos, se tambaleó como si estuviera a punto de caer, y de pronto, sacudida por la energía y la desesperación, agarró a Prasville y profirió:
–¡Tiene que ir allí!… ¡Tiene que ir en seguida!… Hay que salvar a Gilbert…
–Por favor, querida amiga, cálmese…
Ella soltó una carcajada estridente:
–¡Calmarme!… Cuando Gilbert, mañana por la mañana… ¡Ah!, no, tengo miedo…, es horrible… ¡Pero corra allá, miserable! ¡Obtenga su indulto!… ¿Es que no comprende todavía? ¡Gilbert…, Gilbert… es mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Prasville lanzó un grito. La hoja de un cuchillo brillaba en la mano de Clarisse, que levantaba el brazo para herirse a sí misma. Pero el movimiento no llegó a término. El señor Nicole le había cogido el brazo al paso y, desarmando a Clarisse, reduciéndola a la inmovilidad, pronunció con voz ardiente:
–¡Está haciendo usted una locura!… ¿No le he jurado salvarlo? Viva, pues, para él… Gilbert no morirá… ¿Es posible que muera, cuando yo le he jurado…?
–Gilbert…, hijo mío… -gemía Clarisse.
La estrechó violentamente, la derribó contra él y le aplicó la mano sobre la boca.
–¡Basta! ¡Cállese…! Le suplico que se calle… ¡Gilbert no morirá!…
Con una autoridad irresistible la arrastró, como a una niña sumisa, de pronto obediente; pero en el momento de abrir la puerta se volvió hacia Prasville:
–Espéreme, señor -ordenó con un tono imperioso-. Si realmente tiene usted interés por esa lista de los veintisiete…, por la verdadera lista, espéreme. Dentro de una hora, dentro de dos horas como mucho, estaré aquí y charlaremos. Y luego bruscamente a Clarisse:
–Y usted, señora, un poco de ánimo todavía. Se lo ordeno en nombre de Gilbert.
Por los pasillos, por las escaleras, sosteniendo a Clarisse bajo el brazo, como hubiera sostenido a un maniquí, levantándola, llevándola casi, salió a paso rápido. Un patio, luego otro patio, y luego la calle…
Durante aquel tiempo, Prasville, sorprendido al principio, aturdido por los acontecimientos, iba recobrando poco a poco su sangre fría y reflexionaba. Reflexionaba en la actitud de ese señor Nicole, simple comparsa al principio, que representaba junto a Clarisse el papel de esos consejeros a los que se recurre en las crisis de la vida, y que súbitamente, saliendo de su torpor, aparecía a plena claridad, resuelto, autoritario, lleno de fogosidad, desbordante de audacia, dispuesto a derribar todos los obstáculos que el destino le pusiera en medio. ¿Quién podía actuar así?
Prasville se sobresaltó. Aún no se había propuesto la pregunta a su mente, cuando la respuesta se imponía con una certeza absoluta. Todas las pruebas surgían, todas a cual más precisas, todas a cual más irrecusables.
Sólo una cosa desconcertaba a Prasville. El rostro del señor Nicole, su apariencia, no tenía la más pequeña relación, por lejana que fuese, con las fotografías que Prasville conocía de Lupin. Era un hombre completamente nuevo, de otra estatura, de otra corpulencia, con un corte de cara, una forma de boca, una expresión de la mirada, una tez, unos cabellos absolutamente diferentes de todas las indicaciones formuladas acerca de las señas del aventurero. ¿Pero no sabía Prasville que toda la fuerza de Lupin residía precisamente en su prodigiosa capacidad de transformación? No cabía duda alguna.
A toda prisa Prasville salió de su despacho. Se encontró con un cabo de la Seguridad y le dijo febrilmente: -¿Llega usted ahora? – Sí, señor secretario general.
–¿No se ha cruzado usted con un señor y una señora?
–Sí, en el patio, hace unos minutos.
–¿Reconocería usted a ese individuo?
–Creo que sí.
–Entonces, cabo, no hay un minuto que perder… Llévese con usted seis inspectores. Nos veremos en la plaza de Clichy. Haga una investigación sobre el señor Nicole y vigile la casa. El señor Nicole tiene que volver allí.
–¿Y si no vuelve, señor secretario general?
–Deténgalo. Aquí tiene una orden.
Volvió a su despacho, se sentó, y en una hoja especial escribió un nombre.
El cabo parecía alelado.
–Pero el señor secretario general me ha hablado de un tal señor Nicole.
–¿Y qué?
–La orden lleva el nombre de Arsenio Lupin.
–Arsenio Lupin y el señor Nicole no son más que un solo y mismo personaje.
XII
El cadalso
–¡Lo salvaré, lo salvaré! – repetía incansablemente Lupin en el auto que lo llevaba junto con Clarisse-. Le juro que lo salvaré.
Clarisse no escuchaba, como si estuviera aturdida, como poseída por una gran pesadilla de muerte que la dejaba extraña a todo lo que pasaba fuera de ella. Y Lupin explicaba sus planes, no tanto para convencer a Clarisse como quizá para tranquilizarse a sí mismo.
–No, no, la partida no es desesperada. Nos queda un triunfo, un triunfo formidable, las cartas y documentos que el ex diputado Vorenglade ha ofrecido a Daubrecq y de los cuales éste le hablaba a usted ayer mañana en Niza. Voy a comprarle a Stanislas Vorenglade esas cartas y documentos… al precio que quiera. Luego volvemos a la Prefectura y digo a Prasville: «Corra a la Presidencia… Sírvase de la lista como si fuera auténtica y salve a Gilbert de la muerte, aunque mañana, cuando Gilbert haya sido salvado, tenga que reconocer que la lista es falsa… ¡Hale, a galope! Si no… Bueno, pues, si no, las cartas y documentos Vorenglade aparecen mañana por la mañana martes en un gran periódico. Vorenglade es detenido. ¡Esa misma tarde encarcelan a Prasville!»
Lupin se frotó las manos.
–¡Funcionará!… ¡Funcionará!… Lo he sentido en seguida estando frente a él. El negocio me ha parecido seguro, infalible. Y como encontré en la cartera de Daubrecq la dirección de Vorenglade…, ¡en marcha, chófer, al bulevar Raspail!
Llegaron a la dirección indicada. Lupin saltó del coche y escaló tres pisos.
La criada le respondió que el señor Vorenglade estaba ausente y que no volvería hasta el día siguiente a la hora de cenar.
–¿Y no sabe usted dónde está?
–El señor está en Londres.
Al volver al auto, Lupin no pronunció una palabra. Por su lado, Clarisse ni siquiera lo interrogó: hasta tal punto se le iba haciendo todo indiferente, y hasta tal punto la muerte de su hijo le parecía cosa hecha.
Pidieron que los llevara a la plaza de Clichy. En el momento en que Lupin entraba en su casa se cruzó con dos individuos que salían de la portería. De tan absorbido como iba, ni siquiera se fijó en ellos. Eran dos inspectores de Prasville que estaban cercando la casa.
–¿Ningún telegrama? – preguntó a su criado.
–No, jefe -respondió Achule.
–¿Ninguna noticia de Le Ballu y de Grognard?
–Ninguna, jefe.
–Es natural -dijo, dirigiéndose a Clarisse en tono desenvuelto-. No son más que las siete, y no podemos contar con ellos antes de las ocho o las nueve. Prasville esperará, eso es todo. Voy a telefonearle que espere.
Acabada la comunicación, volvía a colgar el receptor, cuando oyó detrás de él un gemido. De pie junto a la mesa, Clarisse estaba leyendo un periódico de la tarde.
Se llevó la mano al corazón, vaciló y cayó.
–Achille, Achule -gritó Lupin, llamando a su criado-. Ayúdame a meterla en la cama… Y luego vete a buscar en el armario el frasquito número cuatro, el del narcótico.
Con la punta de un cuchillo separó los dientes de Clarisse, y a la fuerza le hizo tragar la mitad del frasco.
–Bueno -dijo-. Así la pobre no se despertará hasta mañana…, después.
Recorrió el periódico que Clarisse estaba leyendo y que aún tenía en su mano crispada, y se encontró con las líneas siguientes:
A la vista de la ejecución de Gilbert y Vaucheray, se han tomado las medidas de orden más rigurosas, en la hipótesis siempre posible de una tentativa de Arsenio Lupin para arrancar a sus cómplices del castigo supremo. Desde las doce de la noche todas las calles que rodean la cárcel de la Santé serán vigiladas militarmente. Se sabe, en efecto, que la ejecución tendrá lugar delante de los muros de la cárcel, en el terraplén del bulevar Arago.
Hemos podido adquirir información sobre la moral de los dos condenados a muerte. Vaucheray, siempre tan cínico, aguarda el término fatal con mucho ánimo. «¡Dian-tre! – dice-. No es que me haga gracia, pero en fin, puesto que hay que pasarlo, sabremos mantener el tipo…» Y añade: «La muerte me trae sin cuidado. Lo que me joroba es la idea de que van a cortarme la cabeza. ¡Ah, si el jefe encontrara un truco para enviarme al otro mundo derechito, sin tener tiempo de decir uf! Un poco de estricnina, jefe, por favor.»
La calma de Gilbert es aún más impresionante, sobre todo si se recuerda su desmoronamiento en el tribunal. El sigue teniendo una confianza inquebrantable en la omnipotencia de Arsenio Lupin: «El jefe me gritó ante todo el mundo que no tuviera miedo, que él estaba allí, que él respondería de todo. Pues bien, no tengo miedo. Hasta el último día, hasta el último minuto, al pie mismo del cadalso cuento con él. ¡Como si no conociera yo al jefe! Con él no hay nada que temer. Lo ha prometido y lo mantendrá. Aunque saltara mi cabeza, llegaría aún para volver a colocármela sobre los hombros, y sólidamente. ¿Dejar morir Arsenio Lupin a su pequeño Gilbert? ¡Ah, no, permítame que me carcajee!»
Hay en este entusiasmo algo de conmovedor y de ingenuo que no carece de nobleza. Veremos si Arsenio Lupin merece una tan ciega confianza.
Apenas si Lupin pudo acabar el artículo: de tal modo velaban sus ojos las lágrimas, lágrimas de ternura, lágrimas de piedad, lágrimas de desolación.
No, no merecía la confianza de su pequeño Gilbert. Es cierto que había hecho lo imposible, pero hay circunstancias en que es preciso hacer más de lo imposible, o hay que ser más fuerte que el destino, y aquella vez el destino había sido más fuerte que él.
Desde el primer día y a todo lo largo de aquella lamentable aventura, los acontecimientos habían caminado en un sentido contrarío a sus previsiones, contrario a la lógica misma. Clarisse y él, aun persiguiendo idéntico objetivo, habían perdido semanas luchando entre sí. Luego, en el instante mismo en que unían sus esfuerzos, golpe tras golpe se iban produciendo desastres espantosos: el secuestro del pequeño Jacques, la desaparición de Daubrecq, su cautividad en la torre de los Dos Amantes, la herida de Lupin, su inactividad, y luego las falsas maniobras que arrastraban a Clarisse, y a Lupin tras ella, hacia el Mediodía, hacia Italia. Y luego, catástrofe suprema, cuando, tras prodigios de voluntad y milagros de obstinación, se podía creer que el Vellocino de Oro[37] estaba conquistado, todo se venía abajo. La lista de los veintisiete no tenía más valor que el más insignificante pedazo de papel…
–¡Depon las armas! – dijo Lupin-. La derrota está consumada. Por más que me vengue de Daubrecq, lo arruine y lo aniquile…, el verdadero vencido seré yo, puesto que Gilbert va a morir…
Lloró de nuevo, no de despecho o de rabia, sino de desesperación. ¡Gilbert iba a morir! Aquel a quien él llamaba su pequeño, el mejor de sus compañeros, dentro de unas horas iba a desaparecer para siempre. No podía salvarlo. Había agotado todos los recursos. Ya ni siquiera buscaba un último expediente. ¿Para qué?
Pronto o tarde, no lo sabía, la sociedad toma su revancha, la hora de la expiación siempre acaba por sonar, y no hay criminal que pueda pretender escapar al castigo. ¡Pero qué suplemento de horror en el hecho de que la víctima elegida fuera el desgraciado Gilbert, inocente del crimen por el que iba a morir! ¿No había en ello algo de trágico, algo que hacía resaltar más aún la impotencia de Lupin?
Y la convicción de aquella impotencia era tan profunda, tan definitiva, que Lupin no experimentó ninguna rebelión al recibir el siguiente telegrama de Le Ballu:
ACCIDENTE DE MOTOR. UNA PIEZA ROTA. REPARACIÓN BASTANTE LARGA. LLEGAREMOS MAÑANA POR LA MAÑANA.
Tan pronto como el destino había pronunciado su sentencia, le llegaba una última prueba. Ni siquiera pensó en rebelarse más contra aquella decisión de la suerte.
Miró a Clarisse. Dormía con un sueño apacible, y aquel olvido de todo, aquella inconsciencia le parecieron tan envidiables, que de pronto, presa también él de un acceso de abandono, cogió el frasquito de narcótico, que aún estaba a medias, y bebió.
Luego se fue a su habitación, se echó en la cama y llamó a su criado.
–Ve a acostarte, Achille, y no me despiertes bajo ningún pretexto.
–Entonces, jefe -le dijo Achille-, ¿no hay nada que hacer por Gilbert y Vaucheray?
–Nada.
–¿Van a diñarla?
–Van a diñarla.
Veinte minutos después Lupin se adormecía.
Eran las diez de la noche.
Aquella noche fue tumultuosa alrededor de la cárcel. A la una de la mañana la calle de la Santé, el bulevar Arago y todas las calles que iban a dar a los alrededores de la cárcel fueron vigiladas por agentes que no dejaban pasar a nadie sin someterlo a un verdadero interrogatorio.
Además llovía furiosamente y no parecía que los aficionados a esa clase de espectáculos iban a ser numerosos. Por orden especial todos los cabarets se cerraron hacia las tres, dos compañías de infantería vinieron a acampar en las aceras y, en caso de alerta, un batallón ocupó el bulevar Arago. Entre las tropas rondaban guardias municipales, iban y venían oficiales de la guardia municipal, funcionarios de la Prefectura, todo un personal movilizado para aquella circunstancia y contrariamente a lo habitual.
La guillotina se montó en silencio, en medio del terraplén que se abre en el ángulo del bulevar y de la calle, y se oía el ruido siniestro de los martillos.
Pero hacia las cuatro la muchedumbre se amontonó, a pesar de la lluvia, y la gente cantaba. Reclamaron iluminación y luego que empezara la función, y les exasperaba comprobar que, a causa de la distancia en que habían sido colocadas las barreras, apenas si podían verse los largueros de la guillotina.
Desfilaron varios coches que llevaban a los personajes oficiales vestidos de negro. Hubo aplausos, protestas, por lo que un pelotón de guardias municipales a caballo disolvió los grupos e hizo el vacío hasta más de trescientos metros del terraplén. Dos nuevas compañías de soldados se desplegaron.
Y de golpe se hizo un gran silencio. Una blancura confusa se abría paso entre las tinieblas del espacio. Bruscamente cesó la lluvia.
En el interior, al final del pasillo en que se encontraban las celdas de los condenados a muerte, los personajes vestidos de negro conversaban en voz baja.
Prasville estaba hablando con el procurador de la República, el cual le manifestaba sus temores.
–Que no, que no -afirmó Prasville-, le aseguro que todo transcurrirá sin incidentes.
–¿No señalan nada equívoco los informes, señor secretario general?
–Nada. Y no pueden señalar nada por la sencilla razón de que tenemos a Lupin. – ¿Es posible?
–Sí, conocemos su refugio. La casa que habita en la plaza de Clichy, y en la que entró ayer a las siete de la tarde, está rodeada. Además, conozco el plan que había concebido para salvar a sus dos cómplices. Dicho plan ha abortado en el último momento.
Así que no tenemos nada que temer. La justicia seguirá su curso.
–Quizá algún día lo sentiremos -dijo el abogado de Gilbert, que lo había oído.
–¿Entonces, mi querido letrado, cree usted en la inocencia de su cliente?
–Firmemente, señor procurador. Va a morir un inocente.
El procurador se calló. Pero, después de un instante, y como si respondiera a sus propias reflexiones, confesó:
–Este asunto se ha llevado con una rapidez sorprendente.
Y el abogado repitió con voz alterada: -Va a morir un inocente.
Sin embargo, había llegado la hora.
Comenzaron por Vaucheray, y el director mandó abrir la puerta de la celda.
Vaucheray saltó de su lecho y miró, con ojos agrandados por el terror, a la gente que entraba.
–Vaucheray, venimos a anunciarle…
–Cállense, cállense -murmuró-. Ni una palabra. Ya sé de qué va la cosa. Vamos allá.
Se diría que tenía prisa por acabar lo más pronto posible, según se prestaba a los preparativos habituales. Pero no admitía que le hablaran.
–Ni una palabra -repetía-. ¿Qué? ¿Confesarme? No vale la pena. He matado. Me matan. Es la regla. Estamos en paz.
No obstante, se paró en seco un momento.
–Díganme, ¿va a diñarla también mi compañero?…
Y cuando supo que Gilbert iría al suplicio al mismo tiempo que él, tuvo dos o tres segundos de vacilación, observó a los asistentes, pareció que iba a decir algo, se encogió de hombros, y al fin murmuró:
–Así es mejor… Hemos dado el golpe juntos…, que nos «trinquen» juntos.
Tampoco Gilbert dormía cuando entraron en su celda. Sentado en su lecho, escuchó las palabras terribles, intentó levantarse, se puso a temblar de pies a cabeza como un esqueleto al que sacuden, y luego volvió a caer sollozando.
–¡Ah, mi pobre mamá…, mi pobre mamá! – farfulló.
Quisieron interrogarle acerca de aquella madre de la que jamás había hablado, pero una rebelión brusca interrumpió sus sollozos y gritó:
–¡Yo no he matado…, no quiero morir…, yo no he matado!
–Gilbert -le dijeron-, hay que tener valor.
–Sí…, sí…, pero si yo no he matado…, ¿por qué tengo que morir?… Yo no he matado…, se lo juro…, yo no he matado…, no quiero morir…, yo no he matado…, no tendrían que…
Sus dientes castañeteaban tan fuerte que las palabras resultaban ininteligibles. Se dejó hacer, se confesó, oyó misa, y luego, más tranquilo, casí dócil, con una voz de niño pequeño que se resigna, gimió:
–Digan a mi madre que le pido perdón.
–¿Su madre?
–Sí… Que repitan mis palabras en los periódicos… Ella entenderá… Ella sabe que yo no he matado. Pero le pido perdón por el daño que le hago, por el daño que he podido hacerle. Y también…
–¿Y también, Gilbert?
–Bueno, quiero que el «jefe» sepa que no he perdido la confianza…
Examinó a los asistentes uno tras otro, como si tuviera la loca esperanza de que el «jefe» fuera uno de ellos, disfrazado, irreconocible, y dispuesto a llevárselo en sus brazos.
–Sí -dijo suavemente y con una especie de piedad religiosa-, sí, aún tengo confianza, incluso en este momento… Que lo sepa, ¿eh?… Estoy seguro de que no me dejará morir… estoy seguro.
Por la mirada de sus ojos fijos se adivinaba que veía a Lupin, que sentía la sombra de Lupin rondando por los alrededores y buscando una salida para poder llegar hasta él. Y no había nada tan conmovedor como el espectáculo de aquel niño, vestido con la camisa de fuerza, con los brazos y piernas atados, a quien millares de hombres estaban mirando, a quien el verdugo tenía ya bajo su mano inexorable, y que sin embargo esperaba todavía.
La angustia oprimía los corazones. Los ojos se velaban de lágrimas.
–¡Pobre chico! – balbuceó alguien.
Prasville, emocionado como los demás y pensando en Clarisse, repitió bajito:
–¡Pobre chico!
El abogado de Gilbert lloraba y no dejaba de decir a las personas que se encontraban a su lado:
–Va a morir un inocente.
Pero había sonado la hora. Los preparativos estaban terminados. Se pusieron en marcha.
Los dos grupos se reunieron en el pasillo.
Vaucheray, al ver a Gilbert, rió burlón:
–Pues ya ves, chico, el jefe nos ha abandonado.
Y añadió la frase siguiente, que nadie pudo entender salvo Prasville:
–Sin duda prefiere embolsarse los beneficios del tapón de cristal.
Bajaron las escaleras. Se pararon en la secretaría para cumplir las formalidades usuales. Atravesaron el patio. Etapa interminable, horrible…
Y de pronto, en el marco de la gran puerta abierta, el día lívido, la lluvia, la calle, las siluetas de las casas, y a lo lejos rumores que hacen estremecer en medio del espantoso silencio…
Anduvieron a lo largo del muro, hasta el ángulo del bulevar.
Unos pasos más… Vaucheray retrocedió. ¡Había visto!
Gilbert se arrastraba, con la cabeza baja, sostenido por un ayudante y por el capellán, que le daba a besar el crucifijo.
La guillotina se irguió…
–¡No, no! – protestó Gilbert-. No quiero…, yo no he matado…, yo no he matado… ¡Socorro! ¡Socorro!
Llamada suprema que se perdió en el espacio.
El verdugo hizo un movimiento. Agarró a Vaucheray, lo levantó, lo arrastró casi a la carrera.
Y entonces se produjo algo pasmoso: un tiro, un tiro que venía de enfrente, de una casa que había al otro lado.
Los ayudantes se pararon en seco.
El fardo que arrastraban se había doblado entre sus brazos.
–¿Qué ha pasado? ¿Qué le ocurre? – preguntaban.
–Está herido…
De la frente de Vaucheray brotaba sangre que le cubría el rostro.
Barbotó:
–¡Ya está…, en el blanco! ¡Gracias, jefe, gracias…! ¡Me hubieran cortado la cabeza…, gracias, jefe! ¡Ah, qué tipo más estupendo!
–¡Que lo acaben! ¡Que lo lleven allá! – dijo una voz en medio de todo aquel follón.
–¡Pero si está muerto!
–¡Venga…, que lo acaben!
En medio del pequeño grupo de magistrados, funcionarios y agentes, el tumulto llegaba a su colmo. Todos daban órdenes.
–¡Que lo ejecuten!… ¡Que la justicia siga su curso!… ¡No podemos retroceder!… Sería una cobardía… ¡Que lo ejecuten!
–¡Pero si está muerto!
–¡No importa!… ¡Las sentencias de la justicia tienen que cumplirse!… ¡Que lo ejecuten!…
El capellán protestaba, mientras dos guardias y otros agentes vigilaban a Gilbert. Sin embargo, los ayudantes habían vuelto a coger el cadáver y lo llevaban hacia la guillotina.
–¡Adelante! – gritaba el ejecutor, asustado, con la voz ronca-. ¡Adelante!… Y luego el otro… De prisa…
No acabó. Una segunda detonación resonó. Pirueteó sobre sí mismo y cayó, gimiendo:
–No es nada…, una herida en el hombro… Continúen… ¡Le toca al otro!…
Pero los ayudantes huían aullando. En torno a la guillotina se produjo un vacío. Y el prefecto de policía, el único que había conservado toda su sangre fría, lanzó una orden con una voz estridente, reunió a sus hombres y empujó hacia la cárcel en tropel, como un rebaño desordenado, a los magistrados, los funcionarios, el condenado a muerte, el capellán, todos los que habían franqueado la bóveda dos o tres minutos antes.
Durante aquel tiempo, sin preocuparse del peligro, una escuadra de agentes, de inspectores y de soldados se lanzaba a la casa, una casita de tres pisos, de construcción ya antigua, y cuyos bajos estaban ocupados por dos tiendas cerradas a aquella hora. En seguida, desde el primer tiro, habían visto confusamente en una de las ventanas del segundo piso a un hombre con un fusil en la mano y rodeado de una nube de humo.
Dispararon, sin alcanzarlo, sus revólveres. El, tranquilamente subido a una mesa, se echó por segunda vez el fusil a la cara, apuntó y restalló la detonación.
Luego volvió a la habitación.
Abajo, como nadie respondía a la llamada del timbre, empezaron a derribar la puerta, que en breves instantes fue abatida.
Se precipitaron a la escalera, pero en seguida un obstáculo detuvo su impulso. En el primer piso había un amontonamiento de sillones, camas y muebles, que formaban una verdadera barricada, y tan bien empotrados unos en otros, que los asaltantes necesitaron cuatro o cinco minutos para abrirse paso.
Aquellos cuatro o cinco minutos perdidos bastaron para hacer inútil toda persecución. Cuando llegaron al segundo, oyeron una voz que gritaba desde arriba.
–¡Por aquí, amigos! Ya no quedan más que dieciocho escalones. ¡Mil excusas por todo el trabajo que les estoy dando!
Subieron los dieciocho escalones, ¡y con qué agilidad! Pero arriba, por encima del tercer piso, estaba el desván, un desván al que se accedía por una escalera de mano y una trampilla. Y el fugitivo se había llevado la escalera y había vuelto a cerrar la trampilla.
Aún no se ha olvidado el tumulto levantado por aquel acto inaudito: las ediciones de periódicos se sucedían, los vendedores de periódicos los vociferaban por las calles, toda la capital estaba sacudida de indignación y, todo hay que decirlo, de ansiosa curiosidad.
Pero fue en la Prefectura donde la agitación alcanzó su paroxismo. Había movimiento en todas partes. Los mensajes, los telegramas, los telefonazos se sucedían.
Finalmente, hacia las once de la mañana hubo un conciliábulo en el despacho del prefecto de Policía. Prasville estaba allí. El jefe de la Seguridad estaba dando cuenta de su investigación.
Esta se resumía así:
La víspera por la noche, un poco antes de las doce, alguien había llamado en la casa del bulevar Arago. La portera, que dormía en un cuchitril del bajo detrás de la tienda, tiró del cordón.
Un hombre llamó a su puerta. Dijo que iba de parte de la policía para un asunto urgente relativo a la ejecución del día siguiente. En cuanto abrió, fue atacada, amordazada y atada.
Diez minutos más tarde, un señor y una señora que vivían en el primer piso y que volvían a su casa, fueron igualmente reducidos a la impotencia por el mismo individuo y encerrados cada uno en una de las dos tiendas vacías. El inquilino del tercer piso sufrió una suerte análoga, pero a domicilio, en su propia habitación, en la cual pudo introducirse el hombre sin ser oído. El segundo piso no estaba ocupado y el hombre se instaló en él. Se había hecho dueño de la casa.
–Y eso es todo -dijo el prefecto de Policía, echándose a reír no sin cierta amargura-. ¡Eso es todo! ¡No es tan difícil como parece! Lo único que me extraña es cómo ha podido huir tan fácilmente.
–Le ruego que tenga en cuenta, señor prefecto, que, siendo dueño absoluto de la casa desde la una de la mañana, hasta las cinco ha tenido tiempo de sobra para preparar la huida.
–¿Y por dónde ha huido?
–Por los tejados. En aquel lugar las casas de la calle vecina, la calle de la Gladére, no están muy separadas, y no hay entre los tejados más que una solución de continuidad de unos tres metros de ancha y con una diferencia de nivel de un metro.
–¿Y qué?
–Pues que nuestro hombre se llevó la escalera del desván, que le sirvió también de pasarela. En cuanto abordó en el otro islote de inmuebles, ya no tenía que hacer más que inspeccionar las claraboyas y encontrar una buhardilla vacía para introducirse en una casa de la calle de la Glaciére e irse tranquilamente con las manos en los bolsillos. Su huida, debidamente preparada, se efectuó así de la forma más sencilla del mundo y sin el menor obstáculo.
–Sin embargo, ¿no había tomado usted las medidas necesarias?
–Las que usted me ordenó, señor prefecto. Ayer por la noche mis agentes se pasaron tres horas visitando cada una de las casas, para cerciorarse de que ningún extraño se ocultaba en ellas. En el momento en que salían de la última casa mandé poner las barreras. Debió de ser durante ese intervalo de unos minutos cuando nuestro hombre se coló.
–¡Perfecto! Y, por supuesto, para usted no hay duda alguna: ¿es Arsenio Lupin?
–Sin duda alguna. Primero, porque se trataba de sus cómplices. Y luego…, porque sólo Arsenio Lupin podía combinar tal golpe y ejecutarlo con esa audacia inconcebible.
–¿Pero entonces…? – murmuró el prefecto de Policía.
Y, volviéndose hacía Prasville, prosiguió:
–Pero entonces, señor Prasville, ese individuo de que usted me habló y que, de acuerdo con el señor jefe de la Seguridad, había mandado usted vigilar desde ayer noche en su apartamento de la calle Clichy…, ¿ese individuo no es Arsenio Lupin?
–Sí, señor prefecto. Sobre eso tampoco hay duda alguna.
–¿Entonces no lo han detenido cuando ha salido esta noche?
–No ha salido.
–¡Oh, oh! Esto empieza a complicarse.
–Es muy sencillo, señor prefecto. Como todas las casas en donde se encuentra el rastro de Arsenio Lupin, la de la plaza de Clichy tiene dos salidas.
–¿Y no lo sabía usted?
–No lo sabía. Lo he comprobado hace un rato al visitar el apartamento.
–¿No había nadie en ese apartamento?
–Nadie. Esta mañana el criado, un tal Achille, se ha marchado, con una señora que vivía en casa de Lupin.
–¿Cómo se llama esa señora?
–No lo sé -respondió Prasville, tras una imperceptible vacilación.
–¿Pero sabe usted el nombre con el que vivía allí Arsenio Lupin?
–Sí: señor Nicole, profesor particular, licenciado en letras. Aquí tengo su tarjeta.
No había acabado Prasville aún la frase, cuando un ujier vino a anunciar al prefecto de Policía que lo llamaban urgentemente del Elíseo, donde estaba ya el presidente del Consejo.
–Voy -dijo. Y añadió entre dientes-: Va a decidirse la suerte de Gilbert.
Prasville aventuró:
–¿Cree usted que lo indultarán, señor prefecto?
–¡Nunca en la vida! Después del golpe de esta noche sería de un efecto deplorable. Mañana por la mañana es preciso que Gilbert pague su deuda.
Al mismo tiempo el ujier había entregado una tarjeta de visita a Prasville. Nada más mirarla, éste se sobresaltó y murmuró:
–¡Por todos los diablos! ¡Qué cara más dura tiene!
–¿Qué hay? – preguntó el prefecto de Policía.
–Nada, nada, señor prefecto -afirmó Prasville, que quería para él solo el honor de llevar aquel asunto hasta el final-. Nada…, una visita un poco imprevista…, cuyo resultado tendré el placer de comunicarle en seguida.
Se fue, mascullando con un aire alelado:
–¡Hay que ver, qué cara más dura tiene el tío este, pero qué cara más dura!
La tarjeta de visita que tenía en la mano llevaba la siguiente inscripción:
Señor Nicole Profesor particular, licenciado en letras.
XIII
La última batalla
Al volver a su despacho, Prasville reconoció en la sala de espera, sentado en una banqueta, al señor Nicole, con su espalda encorvada, su aire de sufrimiento, su paraguas de cotonada, su sombrero abollado y su único guante.
«Sí que es él -se dijo Prasville, que por un instante temió que Lupin le hubiera enviado otro señor Nicole-. Y si viene en persona, es porque no sospecha en absoluto que ha sido desenmascarado.»
Y por tercera vez pronunció:
–¡De todos modos, qué cara más dura!
Volvió a cerrar la puerta de su despacho e hizo venir a su secretario.
–Señor Lartigue, voy a recibir aquí a un personaje bastante peligroso, que con toda probabilidad no saldrá de mi despacho sin las esposas en las manos. Tan pronto como lo haya introducido, tome todas las disposiciones necesarias, advierta a una docena de inspectores, y apóstelos en la antecámara y en su despacho. La consigna es formal: al primer timbrazo, entren todos, revólver en mano, y rodeen al personaje. ¿Entendido?
–Sí, señor secretario general.
–Sobre todo, nada de vacilaciones. Una entrada brusca, en masa, y browning[38] en mano. «A lo duro», ¿de acuerdo? Que venga el señor Nicole, por favor.
En cuanto estuvo solo, Prasville, sirviéndose de unos papeles, ocultó el botón del timbre eléctrico dispuesto sobre su mesa, y colocó detrás de una muralla de libros dos revólveres de respetables dimensiones.
«Ahora -se dijo-, juguemos fino. Si tiene la lista, cojámosla. Si no la tiene, cojámoslo. Y, si es posible, cojamos a los dos. Lupin y la lista de los veintisiete en el mismo día, y sobre todo después del escándalo de esta mañana, esto sí que me pondría en candelero de modo singular.»
Llamaron. Gritó:
–¡Entre!
Y, levantándose:
–Entre, entre, señor Nicole.
El señor Nicole se aventuró por la habitación con un paso tímido, se instaló en el borde mismo de la silla designada y articuló:
–Vengo a proseguir… nuestra conversación de ayer… Espero que sepa perdonar mi retraso, señor…
–Un segundo -dijo Prasville-. ¿Me permite?
Se dirigió rápidamente a la antecámara y, viendo a su secretario:
–Me olvidaba, señor Lartigue. Que inspeccionen los pasillos y las escaleras…, no sea que haya cómplices.
Volvió, se instaló cómodamente, como para una larga conversación en la que estuviera muy interesado, y comenzó:
–¿Decía usted, señor Nicole?
–Decía, señor secretario general, que me perdonara por haberlo hecho esperar ayer tarde. Diversos impedimentos me retuvieron, en primer lugar la señora Mergy…
–Sí, la señora Mergy, a quien tuvo que conducir usted.
–En efecto, y tuve que cuidarla. Ya comprende usted la desesperación de la pobre. ¡Su hijo Gilbert, tan cerca de la muerte!… ¡Y qué muerte! En aquella hora ya no podíamos contar más que con un milagro… imposible… Yo mismo ya estaba resignado a lo inevitable… ¿verdad? Cuando la suerte se encarniza con uno, acaba por desanimarse.
–Pero -notó Prasville- me había parecido que su intención al dejarme era arrancar a Daubrecq su secreto a toda costa.
–Claro. Pero Daubrecq no estaba en París.
–¡Ah!
–No. Lo tenía viajando en automóvil.
–¿Tiene usted automóvil, señor Nicole?
–En ocasiones, sí, una vieja máquina pasada de moda, un cacharro vulgar. Así que estaba viajando en automóvil, o más bien, en la baca de un automóvil, en el fondo de un baúl en que yo lo había encerrado. Y el automóvil, ¡ay!, no podía llegar hasta después de la ejecución. Entonces…
Prasville observó al señor Nicole con aire estupefacto y, si le hubiera quedado la menor duda acerca de la identidad real del personaje, aquella forma de actuar contra Daubrecq se la habría disipado. ¡Demonio! ¡Cerrar a uno en un baúl y ponerlo a dormir en lo alto de un automóvil!… ¡Sólo Lupin se permitía tales fantasías y sólo Lupin las confesaba con aquella flema ingenua!
–¿Entonces? – dijo Prasville-. ¿Qué decidió usted?
–Busqué otro medio.
–¿Cuál?
–Señor secretario general, me parece que lo sabe usted tan bien como yo.
–¿Cómo?
–¡Pero, hombre! ¿No ha asistido usted a la ejecución? – Sí.
–En ese caso, ya ha visto usted a Vaucheray y al verdugo heridos, el uno mortalmente, y el otro de una herida ligera. Y como puede usted pensar…
–¡Ah! – dijo Prasville, alelado-. ¿Confiesa usted…? ¿Ha sido usted quien ha tirado… esta mañana?
–Pero vamos a ver, señor secretario general, reflexione un poco. La lista de los veintisiete que usted examinó era falsa. Daubrecq, que poseía la verdadera, no llegaba hasta unas horas después de la ejecución. No me quedaba más que un medio de salvar a Gilbert y de obtener su indulto, y era retrasar la ejecución unas horas.
–Evidentemente…
–¿Verdad que sí? Al abatir a aquel bruto infame, ese criminal endurecido que se llamaba Vaucheray, y al herir al verdugo, sembraba el desorden y el pánico. Hacía material y moralmente imposible la ejecución de Gilbert, y ganaba las pocas horas que me eran indispensables.
–Evidentemente… -repitió Prasville. Y Lupin prosiguió:
–¿Verdad que sí? Ello nos da a todos, al gobierno, al jefe del Estado y a mí, el tiempo de reflexionar y de ver un poco claro en esta cuestión. No, pero piense un poco, ¡la ejecución de un inocente!, ¡la cabeza de un inocente que cae! ¿Podría yo dar tal autorización? No, a ningún precio. Había que actuar. Y he actuado. ¿Qué piensa usted, señor secretario general?
Prasville pensaba muchas cosas, y sobre todo que el señor Nicole estaba dando pruebas, como suele decirse, de un tupé infernal, de tal tupé, que daba lugar a preguntarse si verdaderamente había que confundir a Nicole con Lupin y a Lupin con Nicole.
–Pienso, señor Nicole, que para matar a la distancia de ciento cincuenta pasos a un individuo al que se quiere matar y herir a otro al que solamente se quiere herir, hay que ser enormemente diestro.
–Tengo algún entrenamiento -dijo el señor Nicole con aire modesto.
–Y pienso también que su plan sólo puede ser fruto de una larga preparación.
–¡En absoluto! ¡Ahí sí que se equivoca usted! ¡Fue absolutamente espontáneo! Si mi criado, o, por mejor decir, el criado del amigo que me prestó el apartamento de la plaza Clichy, no me hubiera despertado a la fuerza para decirme que él había servido antes como dependiente en aquella casita del bulevar Arago, que los inquilinos eran pocos y que quizá se podía intentar alguna cosa, a estas horas el pobre Gilbert tendría la cabeza cortada… y la señora Mergy estaría muerta con toda probabilidad.
–¿Cree usted?…
–Estoy seguro. Por eso salté ante la idea de ese fiel criado. ¡Ah, sólo que usted, señor secretario general, me ha molestado lo suyo!
–¿Yo?
–¡Claro que sí! ¿Pues no tuvo usted la estrambótica precaución de apostar doce hombres a la puerta de mi casa? He tenido que subir los cinco pisos de la escalera de servicio e irme por el pasillo de los criados y por la casa vecina. ¡Cansancio más inútil!
–Lo siento, señor Nicole. Otra vez…
–Como esta mañana, a las ocho, cuando esperaba el auto que me traía a Daubrecq en el baúl… He tenido que estar de plantón en la plaza de Clichy para que el auto no se parase ante la puerta de mi domicilio y sus agentes no interviniesen en mis pequeños asuntos. Si no, otra vez Gilbert y la señora Mergy estarían perdidos.
–Pero -dijo Prasville- me parece que retrasar esos acontecimientos…, por dolorosos que sean, un día, dos, o tres a lo sumo… Para conjurarlos definitivamente haría falta…
–La lista verdadera ¿no?
–Justamente, y quizá no la tenga usted.
–La tengo.
–¿La lista auténtica?
–La lista auténtica, irrefutablemente auténtica.
–¿Con la cruz de Lorena?
–Con la cruz de Lorena.
Prasville calló. Una emoción violenta lo oprimía, ahora que se entablaba el duelo con aquel adversario cuya terrible superioridad conocía, y se estremecía ante la idea de que Arsenio Lupin, el formidable Arsenio Lupin, estaba frente a él, tranquilo, apacible, persiguiendo su objetivo con la misma sangre fría que si tuviera todas las armas en las manos y se encontrara ante un enemigo desarmado.
No atreviéndose aún al ataque frontal, casi intimidado, Prasville dijo:
–¿Así que Daubrecq se la ha entregado?
–Daubrecq no entrega nada. Se la he quitado.
–¿Por la fuerza entonces?
–No, hombre, no -dijo el señor Nicole riendo-. Ah, la verdad es que estaba resuelto a todo y, cuando el bueno de Daubrecq fue cuidadosamente exhumado del baúl en que viajaba a toda velocidad con unas gotas de cloroformo por todo alimento, yo había preparado la cosa para que la danza comenzara al instante. ¡Oh, nada de torturas inútiles!… Nada de sufrimientos vanos… No… La muerte simplemente… La punta de una larga aguja situada sobre el pecho, en el lugar del corazón, que empieza a hundirse poco a poco, suavemente, elegantemente. Nada más… Pero era la señora Mergy quien hubiera dirigido esa punta… Ya comprende usted…, una madre es despiadada…, ¡una madre cuyo hijo va a morir!… «Habla, Daubrecq, o te la clavo… ¿No quieres hablar? Entonces avanzo un milímetro… y luego otro…» Y el corazón del paciente cesa de latir, ese corazón que siente la proximidad de la aguja… Y luego un milímetro más… y luego otro… ¡Ah, le juro por todos los santos que el bandido habría hablado! E, inclinados sobre él, aguardábamos su despertar, temblando de impaciencia de la prisa que teníamos… ¿Lo ve usted desde aquí, señor secretario general? El bandido acostado en un diván, bien atado, el pecho desnudo, y haciendo esfuerzos por librarse de los vapores de cloroformo que lo aturdían. Respira más de prisa… Sopla… Recobra la conciencia… Sus labios se agitan… Ya Clarisse Mergy murmura:
»-Soy yo…, soy yo…, Clarisse… ¿Vas a responder, miserable?
»Ha posado su dedo en el pecho de Daubrecq, en el sitio en que el corazón se mueve como un animalito escondido bajo la piel. Pero me dice:
»-Sus ojos…, sus ojos…, no los veo bajo las gafas… Quiero verlos…
»Y yo también quiero ver esos ojos que ignoro…, quiero leer en ellos, incluso antes de oír una palabra, el secreto que brotará del fondo de su ser espantado. Quiero ver. Estoy deseoso de ver. El mismo acto que voy a realizar me sobreexcita. Me parece que cuando haya visto se desgarrará el velo. Sabré. Es un presentimiento. Me trastorna la intuición profunda de la verdad. Ya no tiene los anteojos. Pero aún lleva las gruesas gafas opacas. Y se las arranco bruscamente. Y, bruscamente, sacudido por una visión desconcertante, deslumbrado por la súbita claridad que me hiere, y riendo, pero riendo a mandíbula batiente, ¡zas, de un pulgarazo le salto el ojo izquierdo!
El señor Nicole reía de verdad, a mandíbula batiente como él decía. Y ya no era el tímido pasante provinciano, untuoso y socarrón, sino un mozo lleno de aplomo, que había declamado y mimado toda la escena con una fogosidad impresionante, y que ahora reía con una risa estridente que Prasville no podía escuchar sin malestar.
–¡Hala! ¡Salta, marqués! ¡Fuera de la caseta, Azor! ¿Para qué dos ojos? Hay uno de más. ¡Hala! Pero, Clarisse, mire ése que rueda por la alfombra. ¡Atención, ojo de Daubrecq! ¡Cuidado con la salamandra!
El señor Nicole, que se había levantado y que simulaba una caza por toda la habitación, volvió a sentarse, sacó un objeto del bolsillo, lo hizo rodar en el hueco de su mano como una canica, lo hizo saltar por el aire como una pelota, volvió a meterlo en el bolsillo de su chaleco y declaró fríamente:
–El ojo izquierdo de Daubrecq.
Prasville estaba atolondrado. ¿Adonde quería ir a parar el extraño visitante y qué significaba toda aquella historia? Muy pálido, pronunció:
–Explíquese.
–Pero si está todo explicado, me parece. ¡Y resulta conforme con la realidad de las cosas!, ¡tan conforme con todas las hipótesis que yo iba haciendo a pesar mío desde hacía algún tiempo, y que me hubieran conducido fatalmente al objetivo, si ese endemoniado de Daubrecq no me hubiera desviado tan hábilmente! ¡Claro que sí! Reflexione…, siga la marcha de mis suposiciones: «Puesto que la lista no se descubre en ninguna parte fuera de Daubrecq, me decía yo, es porque la lista no se encuentra fuera de Daubrecq. Y puesto que tampoco se la descubre en las ropas que lleva puestas, es porque se encuentra escondida más profundamente aún, en sí mismo, para hablar más claramente, en su misma carne…, bajo la piel.»
–¿En el ojo, quizá? – dijo Prasville bromeando.
–En el ojo, señor secretario general, usted lo ha dicho.
–¿Queé?
–En el ojo, se lo repito. Y es una verdad que hubiera debido venirme lógicamente a la mente, en lugar de habérseme revelado por azar. Y vea por qué. Daubrecq, sabiendo que Clarisse Mergy había sorprendido una carta suya en la que pedía a un fabricante inglés «que vaciara el cristal por dentro de forma que quedase un vacío imposible de sospechar», Daubrecq, por prudencia, tenía que desviar las pesquisas. Y así mandó hacer, sobre un modelo dado, un tapón de cristal «vaciado por dentro». Y detrás de ese tapón de cristal hemos estado corriendo usted y yo desde hace meses, y ha sido ese tapón de cristal el que yo descubrí en el fondo de un paquete de tabaco…, cuando lo que hacía falta…
–¿Qué hacía falta entonces? – preguntó Prasville intrigado.
El señor Nicole reventaba de risa.
–Cuando lo que hacía falta era sencillamente emprenderla con el ojo de Daubrecq, con ese ojo «vaciado por dentro de modo que formase un escondrijo invisible e impenetrable», con este ojo que tengo aquí.
Y el señor Nicole, sacando otra vez el objeto de su bolsillo, golpeó con él la mesa varias veces, produciendo el ruido de un cuerpo duro. Prasville murmuró: -¡Un ojo de cristal!
–¡Pues claro que sí -gritó el señor Nicole, riendo a más y mejor-, un ojo de cristal! Un vulgar tapón de garrafa, que el bergante se había introducido en la órbita en lugar de un ojo muerto, un tapón de garrafa, o, si lo prefiere, un tapón de cristal, pero esta vez el verdadero, que él había trucado, que protegía tras la doble muralla de un binóculo y de unas gafas, y que contenía y que contiene aún el talismán gracias al que Daubrecq trabajaba con toda seguridad.
Prasville bajó la cabeza y se puso la mano ante la frente para disimular el rubor de su rostro: casi poseía ya la lista de los veintisiete. Estaba delante de él, encima de la mesa. Dominando su turbación, dijo con aire desenvuelto:
–¿Está ahí todavía?
–Al menos eso supongo -afirmó el señor Nicole.
–¡Cómo! Sólo supone…
–Yo no he abierto el escondrijo. Es un honor que le reservaba a usted, señor secretario general.
Prasville avanzó el brazo, cogió el objeto y lo miró. Era un bloque de cristal, que imitaba la naturaleza como para confundir a cualquiera, con todos los detalles del globo, la niña, la pupila, la córnea. En seguida vio por detrás una parte móvil que se deslizaba. Hizo un esfuerzo. El ojo estaba hueco. En el interior había una bolita de papel. La desdobló y, rápidamente, sin entretenerse en examinar previamente los nombres, la escritura o la firma, levantó los brazos y volvió el papel hacia la claridad de las ventanas.
–¿Está ahora la cruz de Lorena? – preguntó el señor Nicole.
–Aquí está -respondió Prasville-. Esta lista es la lista auténtica.
Vaciló un momento y se quedó con los brazos levantados, pensando en lo que iba a hacer. Luego, volvió a doblar el papel, lo devolvió a su pequeño estuche de cristal e hizo desaparecer todo en su bolsillo.
El señor Nicole, que lo estaba mirando, le dijo:
–¿Está usted convencido?
–Absolutamente.
–Por consiguiente, ¿estamos de acuerdo?
–Estamos de acuerdo.
Hubo un silencio, durante el cual los dos hombres se observaban sin parecerlo. El señor Nicole parecía esperar la continuación de la conversación. Prasville, que al abrigo de sus libros amontonados en la mesa tenía en una mano su revólver y con la otra tocaba el botón del timbre eléctrico, Prasville sentía toda la fuerza de su posición. Era dueño de la lista. ¡Era dueño de Lupin!
«Si se mueve -pensaba-, lo apunto con el revólver y llamo. Si me ataca, tiro.»
Al fin, el señor Nicole prosiguió:
–Puesto que estamos de acuerdo, señor secretario general, creo que lo que tiene que hacer es darse prisa. ¿La ejecución tendrá lugar mañana?
–Mañana.
–En ese caso, espero aquí.
–¿Qué espera usted?
–La respuesta del Elíseo.
–¡Ah! ¿Tiene que traerle alguien esa respuesta?
–Sí, usted, señor secretario general.
Prasville inclinó la cabeza.
–No cuente conmigo, señor Nicole.
–¿De verdad? – dijo el señor Nicole con aire asombrado-. ¿Puedo saber la razón?
–He cambiado de idea.
–¿Así sencillamente?
–Así sencillamente. Estimo que, en el punto a que han llegado las cosas después del escándalo de esta noche, es imposible intentar nada en favor de Gilbert. Además, una gestión en este sentido en el Elíseo, por la forma en que se presenta, constituye un verdadero chantaje, al que decididamente no estoy dispuesto a prestarme.
–Es usted muy libre. Esos escrúpulos, aunque tardíos, puesto que ayer no los tenía usted, esos escrúpulos lo honran. Pero entonces, señor secretario general, dado que se ha roto el pacto que habíamos concluido, devuélvame la lista de los veintisiete.
–¿Para qué?
–Para dirigirme a otro intermediario distinto de usted.
–¡Y qué! Gilbert está perdido.
–No, no, no. Por el contrario estimo que después del incidente de esta noche, muerto como está su cómplice, es tanto más fácil conceder ese indulto, que todo el mundo encontrará justo y humano. Devuélvame la lista.
–No.
–¡Ay qué leñe! No tiene usted la memoria larga ni la conciencia muy delicada que digamos. ¿Así que ya no se acuerda de sus compromisos de ayer?
–Ayer me comprometí con un tal señor Nicole.
–¿Y qué?
–Usted no es el señor Nicole.
–¡Vaya! ¿Y quién soy yo entonces?
–¿Tengo que decírselo?
El señor Nicole no respondió, pero se echó a reír como si viera con satisfacción el giro singular que estaba tomando la entrevista, y Prasville experimentó una inquietud confusa al ver aquel acceso de hilaridad. Apretó la culata de su arma y se preguntó si no debía pedir socorro.
El señor Nicole empujó su silla hasta el mismo lado de la mesa, apoyó los dos codos sobre los papeles, miró a su interlocutor cara a cara y rió burlón:
–Así que, señor Prasville, ¿sabe usted quién soy yo y tiene el aplomo de jugar así conmigo?
–Tengo ese aplomo -dijo Prasville, aguantando el choque sin moverse.
–Lo que demuestra que usted me cree, a mí, Arsenio Lupin…, pronunciemos el nombre…, sí, Arsenio Lupin…, lo que demuestra que usted me cree tan idiota, tan primo, como para entregarme así, atado de pies y manos.
–¡Dios mío! – bromeó Prasville, dándose palmaditas en el bolsillo del chaleco donde había hundido el globo de cristal-. No veo muy bien qué puede usted hacer, señor Nicole, ahora que el ojo de Daubrecq está aquí y que en el ojo de Daubrecq se encuentra la lista de los veintisiete.
–¿Que qué puedo hacer? – repitió el señor Nicole no sin ironía.
–¡Pues sí! Desde el momento en que el talismán no lo protege, no vale usted más de lo que puede valer un hombre completamente solo y que se ha aventurado en el corazón de la prefectura de Policía, entre unas cuantas docenas de mozos que están detrás de cada una de las puertas, y otros cuantos centenares que correrán a la primera señal.
El señor Nicole se encogió de hombros y miró a Prasville con piedad.
–¿Sabe lo que pasa, señor secretario general? Bueno, pues que también a usted toda esta historia se le ha subido a la cabeza. Poseedor de la lista, mírenlo súbitamente en el mismo estado de ánimo que un Daubrecq o un Albufex. En su interior, ya ni siquiera se trata de llevarla a sus jefes para que sea aniquilado ese fermento de vergüenza y de discordia. No, no… Una tentación repentina lo emborracha y, presa del vértigo, está usted diciéndose: «La tengo aquí, en mi bolsillo. Con esto soy todopoderoso. Con esto vendrá la riqueza, el poder absoluto, sin límites. ¿Y si me aprovechara de ella? ¿Y si dejara morir a Gilbert y a Clarisse Mergy? ¿Y si metiera en chirona a este imbécil de Lupin? ¿Y si agarrara esta ocasión única de fortuna?»
Se inclinó hacia Prasville y, suavemente, con un tono de confidencia, amistoso, le dijo:
–No haga eso, querido señor, no haga eso.
–¿Y por qué, vamos a ver?
–No le interesa a usted, créame.
–¿De veras?
–No. O bueno, si está empeñado de todos modos en hacerlo, le ruego que consulte antes los veintisiete nombres de la lista que acaba usted de robarme, y medite un poco en el nombre del tercer personaje.
–¡Ah! ¿Y cuál es el nombre del tercer personaje?
–Es el de uno de sus amigos.
–¿Cuál?
–El ex diputado Stanislas Vorenglade.
–¿Y qué? – dijo Prasville, que pareció perder algo de su seguridad.
–¿Qué? Pregúntese si una investigación, incluso sumaria, no acabaría por descubrir detrás de ese Vorenglade al que compartía con él unos poquitos beneficios.
–¿Que se llama?
–Louis Prasville.
–¿Qué me está contando? – balbuceó Prasville.
–No cuento; hablo[39]. Y le digo que, si usted me ha desenmascarado, la máscara suya no se tiene mucho mejor, y que lo que se ve debajo de ella no es bonito, bonito que digamos.
Prasville se levantó. El señor Nicole pegó en la mesa un violento puñetazo y gritó:
–¡Basta de tonterías, señor mío! Ya llevamos veinte minutos dando vueltas a la noria. Se acabó. Terminemos de una vez. Y en primer lugar deje las pistolas. ¡Si se piensa que esos mecanismos me dan miedo…! Venga, acabemos, que tengo prisa.
Puso su mano sobre el hombro de Prasville y silabeó:
–Si dentro de una hora no ha vuelto usted de la presidencia trayéndome unas líneas que atestigüen que el decreto de indulto está firmado…, si dentro de una hora y diez minutos yo, Arsenio Lupin, no salgo de aquí sano y salvo, enteramente libre, esta noche cuatro periódicos de París recibirán cuatro cartas escogidas de la correspondencia intercambiada entre Stanislas Vorenglade y usted, correspondencia que Stanislas Vorenglade me ha vendido esta mañana. Aquí tiene su sombrero, su bastón y su abrigo. Largo. Espero.
Lo más extraordinario del caso, y sin embargo muy explicable, fue que Prasville no emitió la más ligera protesta ni inició el más mínimo principio de lucha. Tuvo la sensación repentina, total, de lo que significaba en toda su amplitud y omnipotencia aquel personaje a quien llamaban Arsenio Lupin. Ni siquiera pensó en discutir, en pretender -como había creído hasta entonces- que las cartas habían sido destruidas por el diputado Vorenglade, o que en todo caso Vorenglade no osaría entregarlas, puesto que actuando así se perdía a sí mismo. No. No rechistó. Se sentía cogido en un torno cuyas mandíbulas ninguna fuerza hubiera podido separar. No tenía nada que hacer sino ceder.
Cedió.
–Dentro de una hora aquí -repitió el señor Nicole.
–Dentro de una hora -dijo Prasville con una docilidad perfecta.
Sin embargo precisó:
–¿Me será devuelta esa correspondencia contra el indulto de Gilbert?
–No.
–¿Cómo que no? Entonces es inútil…
–Le será íntegramente devuelta dos meses después del día en que mis amigos y yo hayamos hecho evadirse a Gilbert, gracias a la vigilancia descuidada que, según las órdenes recibidas, se ejercerá en torno a su persona.
–¿Eso es todo?
–No. Aún hay dos condiciones.
–¿Cuáles?
–Primero, la entrega inmediata de un cheque de cuarenta mil francos.
–¡Cuarenta mil francos!
–Es el precio que me ha pedido Vorenglade por las cartas. En justicia…
–¿Y luego?
–Segundo, su dimisión dentro de seis meses del cargo que ocupa.
–¡Mi dimisión! ¿Pero por qué?
El señor Nicole hizo un gesto de dignidad.
–Porque es inmoral que uno de los cargos más elevados de la Prefectura de Policía esté ocupado por un hombre cuya conciencia no está limpia. Consiga que le otorguen una plaza de diputado, de ministro o de portero, en fin cualquier situación que su éxito le permita exigir. Pero secretario general de la Prefectura, no, eso no. Me da asco.
Prasville reflexionó un instante. El aniquilamiento súbito de su adversario lo hubiera regocijado profundamente, y buscó con toda su alma los medios de conseguirlo. ¿Pero qué podía hacer?
Se dirigió hacia la puerta y llamó.
–¿Señor Lartigue?
Y más bajo, pero de modo que el señor Nicole lo oyera:
–Señor Lartigue, despida a sus agentes. Ha habido un error. Y que nadie entre en mi despacho durante mi ausencia. El señor me esperará aquí.
«Mi más cordial enhorabuena, caballero -murmuró Lupin cuando la puerta volvió a cerrarse-. Se ha mostrado usted de una corrección perfecta… Por lo demás, yo también…, con una pizca de desprecio demasiado aparente quizá… y un pequeño exceso de brutalidad. Pero, ¡bah!, estos asuntos requieren ser llevados a tambor batiente. Hay que aturdir al enemigo. Y además, con la conciencia de un armiño no habría manera de ponerse gallito con esta clase de gentes. Levanta la cabeza, Lupin. Has sido el campeón de la moral ofendida. Puedes estar orgulloso de tu obra. Y ahora échate y duerme. Te lo has ganado.»
Cuando volvió Prasville encontró a Lupin profundamente dormido y tuvo que darle unos golpecitos en el hombro para despertarlo.
–¿Hecho? – preguntó Lupin.
–Hecho. El decreto de indulto será firmado en seguida. Aquí tiene la promesa escrita.
–¿Los cuarenta mil francos?
–Aquí está el cheque.
–Bien. No me queda más que darle las gracias, señor.
–Así, pues, ¿la correspondencia…?
–La correspondencia de Stanislas Vorenglade le será entregada con las condiciones indicadas. Sin embargo, me alegro de poder darle ya desde ahora, y en señal de agradecimiento, las cartas que iba a enviar a los periódicos.
–¡Áh! – dijo Prasville-. ¿Entonces las tenía usted aquí?
–¡Estaba tan seguro, señor secretario general, de que acabaríamos por entendernos!
Extirpó de su sombrero un sobre bastante pesado, sellado con cinco sellos rojos y prendido bajo el forro, y se lo tendió a Prasville, que se lo metió rápidamente en el bolsillo. Luego dijo aún:
–Señor secretario general, no sé muy bien cuándo tendré el placer de volver a verlo. Si tiene usted la más mínima cosa que comunicarme, bastará una simple línea en los anuncios del Diario. Dirección: señor Nicole. Mis respetos.
Se retiró.
Una vez solo, Prasville tuvo la impresión de que estaba despertando de una pesadilla, durante la que había efectuado actos incoherentes y sobre los que su conciencia no había ejercido ningún control. Estuvo a punto de tocar el timbre y lanzar su emoción por los pasillos, pero en aquel momento llamaron a la puerta y uno de los ujieres entró rápidamente.
–Señor secretario general, es el señor diputado Daubrecq, que desea ser recibido para un asunto urgente.
–¡Daubrecq! – gritó Prasville, estupefacto-. ¡Daubrecq aquí! Que entre.
Daubrecq no había esperado la orden. Se precipitó hacia Prasville, sin aliento, las ropas en desorden, una venda en el ojo izquierdo, sin-corbata, sin cuello, con el aspecto de un loco que acaba de escaparse, y aún no se había cerrado la puerta, cuando agarró a Prasville con sus dos manos enormes.
–¿Tienes la lista?
–Sí.
–¿La has comprado?
–Sí.
–¿Contra el indulto de Gilbert?
–Sí.
–¿Está firmado?
–Sí.
Daubrecq experimentó un movimiento de rabia.
–¡Imbécil! ¡Imbécil! ¡Te has dejado engañar! Por odio a mí, ¿verdad? ¿Y ahora vas a vengarte?
–Con cierto placer, Daubrecq. Acuérdate de mi amiguita de Niza, la bailarina de la Opera… Ahora vas a ser tú quien va a bailar.
–¿Entonces, eso significa la cárcel?
–No vale la pena -dijo Prasville-. Estás perdido. Privado de tu lista te vas a hundir por ti mismo. Y yo asistiré a tu desastre. Esa es mi venganza.
–¡Que te crees tú eso! – profirió Daubrecq exasperado-. ¿Crees que a mí se me estrangula como a un pollito, y que no sabré defenderme, y que aún no me quedan garras y colmillos para morder? Pues bien, amiguito, si yo me quedo en el sitio, siempre habrá alguien que caerá conmigo…, y será el señor Prasville, el asociado de Stanislas Vorenglade, el cual Stanislas Vorenglade va a entregarme todas las pruebas posibles contra él, con lo que tengo para plantarte en la cárcel al momento. ¡Ah, te tengo cogido! ¡Con esas cartas vas a andar más que derecho, pardiez! Aún le quedan días buenos al diputado Daubrecq. ¿Qué? ¿Te ríes? ¿Quizá no existen esas cartas?
Prasville se encogió de hombros.
–Sí, existen. Pero Vorenglade no las tiene.
–¿Desde cuándo?
–Desde esta mañana. Vorenglade las ha vendido hace dos horas por cuarenta mil francos. Y yo he vuelto a comprarlas al mismo precio.
Daubrecq soltó una carcajada formidable.
–¡Por Dios que esto sí que es gracioso! ¡Cuarenta mil francos! ¡Has pagado cuarenta mil francos! ¿Al señor Nicole, verdad, al mismo que te ha vendido la lista de los veintisiete? Bueno, ¿quieres que te diga el verdadero nombre de ese señor Nicole? Es Arsenio Lupin.
–Ya lo sé.
–Puede ser. ¡Pero lo que no sabes, triple idiota, es que yo vengo de casa de Stanislas Vorenglade, y que Stanislas Vorenglade lleva cuatro días fuera de París! ¡Ja, ja, ésta sí que es buena! ¡Te han vendido papel viejo! ¡Y cuarenta mil francos! ¡Pero qué idiota!
Se fue riendo a carcajadas y dejando a Prasville absolutamente hundido.
¡Así que Arsenio Lupin no poseía ninguna prueba, y cuando amenazaba, cuando ordenaba, y cuando lo trataba a él, Prasville, con aquella insolente desenvoltura, era todo pura comedia, un farol!
–No…, no…, no puede ser… -repetía el secretario general-. Tengo aquí el sobre sellado… Está aquí… No tengo más que abrirlo.
No se atrevía a abrirlo. Lo palpaba, lo sopesaba, lo escrutaba… Y la duda penetraba tan rápidamente en su ánimo, que, una vez abierto, no le causó ninguna sorpresa comprobar que no contenía más que cuatro hojas de papel blanco.
«Vamos, que no estoy a la altura -se dijo-. Pero todavía no está todo terminado.»
En efecto, no estaba todo terminado. Si Lupin había actuado con tanta audacia, era porque las cartas existían y contaba con comprárselas a Stanislas Vorenglade. Pero, por otra parte, puesto que Vorenglade no se hallaba en París, la tarea de Prasville consistía simplemente en adelantarse a la gestión de Lupin con Vorenglade y obtener de Vorenglade a toda costa la restitución de aquellas cartas tan peligrosas.
El primero que llegase sería el vencedor.
Prasville volvió a coger su sombrero, su abrigo y su bastón, bajó, subió a un auto y pidió que lo condujeran al domicilio de Vorenglade. Allí le respondieron que esperaban que el ex diputado regresara de Londres a las seis de la tarde.
Eran las dos de la tarde.
De modo que Prasville tuvo tiempo de sobra para preparar su plan.
A las cinco llegaba a la estación del Norte y apostaba a derecha e izquierda, en las salas de espera y en los despachos, a las tres o cuatro docenas de inspectores que se había traído.
De manera que estaba tranquilo.
Si el señor Nicole intentaba abordar a Vorenglade, arrestarían a Lupin. Y, para mayor seguridad, arrestaban a toda persona que pudiera ser sospechosa o bien de ser Lupin o un emisario de Lupin.
Además, Prasville efectuó una ronda minuciosa por toda la estación. No descubrió nada sospechoso. Pero a las seis menos diez el inspector Blanchon, que lo acompañaba, le dijo:
–Mire, ahí está Daubrecq.
Era Daubrecq, en efecto, y la vista de su enemigo exasperó de tal modo al secretario general, que estuvo a punto de mandar detenerlo. ¿Pero por qué motivo? ¿Con qué derecho? ¿En virtud de qué orden?
Por lo demás, la presencia de Daubrecq probaba aún con mayor fuerza que ahora dependía todo de Vorenglade. Vorenglade poseía las cartas. ¿Quién se haría con ellas? ¿Daubrecq? ¿Lupin? ¿O él, Prasville?
Lupin no estaba allí y no podía estar allí. Daubrecq no estaba en condiciones de luchar. El desenlace no ofrecía ninguna duda: Prasville entraría en posesión de sus cartas y, por lo mismo, escaparía a las amenazas de Daubrecq y de Lupin y recobraría sus medios de acción contra ellos.
Estaba llegando el tren.
Siguiendo las órdenes de Prasville, el comisario de la estación había dado la orden de que no se dejara pasar a nadie al andén. Prasville avanzó, pues, solo, seguido de un cierto número de sus hombres, que conducía el inspector principal Blanchon. El tren se paró.
Casi al instante Prasville divisó a Vorenglade a la puerta de un compartimento de primera clase situado hacia el centro.
El ex diputado bajó, y luego dio la mano, para ayudarlo a bajar, a un señor mayor que viajaba con él.
Prasville se precipitó hacia él y le dijo rápidamente:
–Tengo que hablar contigo, Vorenglade.
En el mismo instante, Daubrecq, que había logrado pasar, apareció y gritó:
–Señor Vorenglade, he recibido su carta. Estoy a su disposición.
Vorenglade miró a los dos hombres, reconoció a Prasville y a Daubrecq y sonrío:
–¡Ah, ah! Parece que mi vuelta era esperada con impaciencia. ¿De qué se trata? De cierta correspondencia, ¿verdad?
–Sí…, sí… -respondieron los dos hombres, solícitos a su alrededor.
–Demasiado tarde -declaró.
–¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué dice usted?
–Digo que ya está vendida.
–¡Vendida! ¿Pero a quién?
–A este señor -replicó Vorenglade, señalando a su compañero de viaje-, a este señor, que ha juzgado que el asunto bien valía un pequeño desplazamiento y ha ido a mi encuentro hasta Amiens.
El señor mayor, un viejo forrado de pieles e inclinado sobre un bastón, saludó.
«Es Lupin -pensó Prasville-, no cabe la menor duda de que es Lupin.»
Y lanzó una ojeada hacia los inspectores, dispuesto a llamarlos. Pero el señor mayor explicó:
–Sí, me ha parecido que esa correspondencia merecía unas horas de ferrocarril y el gasto de dos billetes de ida y vuelta.
–¿Dos billetes?
–Uno para mí, y el otro para uno de mis amigos.
–¿Uno de sus amigos?
–Sí. Nos ha dejado hace unos minutos, y por los pasillos ha llegado hasta la parte delantera del tren. Tenía prisa.
Prasville comprendió; Lupin había tenido la precaución de llevar un cómplice; y el cómplice llevaba la correspondencia. Decididamente la partida estaba perdida. Lupin tenía la presa bien agarrada. No había más que inclinarse y someterse a las condiciones del vencedor.
–De acuerdo, señor -dijo-. Cuando llegue el momento, nos veremos. Hasta pronto, Daubrecq, ya oirás hablar de mí.
Y añadió, tirando de Vorenglade:
–En cuanto a ti, Vorenglade, estás jugando a un juego peligroso.
–¡Santo Dios! ¿Y por qué? – dijo el ex diputado.
Se fueron los dos. Daubrecq no había dicho una palabra, estaba inmóvil, como clavado en el suelo.
El señor mayor se acercó a él y murmuró:
–Vamos, Daubrecq, despierta, hombre… ¿El cloroformo, quizá?.
Daubrecq cerró los puños y lanzó un gruñido sordo.
–¡Ah! – dijo el señor mayor-. Ya veo que me reconoces… Entonces ¿te acuerdas de aquella entrevista que tuvimos hace varios meses, cuando fui a pedirte a tu casa de la glorieta Lamartine tu apoyo en favor de Gilbert? Aquel día te dije: «Baja las armas. Salva a Gilbert y te dejo tranquilo. Si no, te quito la lista de los veintisiete y estás perdido.» Bueno, pues creo que ya estás perdido. Mira lo que pasa por no entenderse con el bueno del señor Lupin. Puedes estar seguro de que un día u otro perderás hasta la camisa. ¡En fin, que esto te sirva de lección! Ah, tu cartera, que ya me olvidaba de dártela. Perdona si la encuentras un poco aligerada. Había dentro, además de un número respetable de billetes, el recibo del guardamuebles donde dejaste en depósito el mobiliario de Enghien que habías recuperado. Me creí en el deber de ahorrarte el trabajo de retirarlo tú mismo… A estas horas, ya debe de estar hecho. No, no me des las gracias. No hay de qué. Adiós, Daubrecq. Y si tienes necesidad de un luis[40] o dos para comprarte otro tapón de garrafa, aquí me tienes. Adiós, Daubrecq.
Se alejó.
No había dado cincuenta pasos cuando resonó el ruido de una detonación.
Se volvió. Daubrecq se había levantado la tapa de los sesos.
-De profandis[41] -murmuró Lupin, quitándose el sombrero.
Un mes más tarde Gilbert, cuya pena había sido conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad, se evadió de la isla de Re[42] la víspera misma del día en que debían embarcarlo para la Guayana.
Extraña evasión, cuyos detalles siguen siendo inexplicables, y que, lo mismo que el tiro del bulevar Arago, contribuyó al prestigio de Lupin.
–En resumen -me dijo Lupin, después de haberme contado las distintas fases de la historia-, en resumen, ninguna empresa me ha dado más quebraderos de cabeza ni me ha costado tanto trabajo como esta maldita aventura, que podríamos llamar, si a usted le parece: «El tapón de cristal, o de cómo no hay que desanimarse nunca». En doce horas, de seis de la mañana a seis de la tarde, reparé seis meses de mala suerte, de errores, de tanteos y de derrotas. Esas doce horas las cuento entre las más bellas y gloriosas de mi vida.
–¿Y qué ha sido de Gilbert?
–Está cultivando sus tierras, allá en el fondo de Argelia, con su nombre verdadero, su único nombre de Antoine Mergy. Se ha casado con una inglesa y tienen un hijo que él ha querido que se llamase Arsenio. Con frecuencia me escribe cartas joviales y afectuosas. Mire, hoy mismo he tenido una. Dice: «Jefe, si usted supiera lo bueno que es ser un hombre honrado, levantarse por la mañana con una larga jornada de trabajo por delante y acostarse por la noche reventado de cansancio… Pero usted lo sabe, ¿verdad? Arsenio Lupin tiene su forma un poco especial, no muy católica. Pero, ¡bah!, en el día del juicio final el libro de las buenas acciones estará tan lleno, que pasarán la esponja por el resto. Le quiero mucho, jefe.» ¡Buen chico! – añadió Lupin, pensativo.
–¿Y la señora Mergy?
–Está con su hijo y con el pequeño Jacques.
–¿Ha vuelto a verla usted?
–No he vuelto a verla.
–¡Vaya!
Lupin vaciló unos segundos y luego me dijo sonriendo:
–Querido amigo, voy a revelarle un secreto que me va a cubrir de ridículo a sus ojos. Pero ya sabe usted que siempre he sido más sentimental que un colegial y más ingenuo que una pavisosa[43]. Bueno, pues la noche en que volví a ver a Clarisse Mergy y le anuncié las noticias de la jornada -una parte de las cuales por lo demás ya le era conocida-, sentí dos cosas muy profundamente. En primer lugar, que experimentaba por ella un sentimiento mucho más vivo de lo que creía, y después, que ella, por el contrario, experimentaba por mí un sentimiento que no estaba desprovisto de desprecio, de rencor ni incluso de una cierta aversión.
–¡Bah! ¿Y por qué?
–¿Por qué? Porque Clarisse Mergy es una mujer honrada, y yo no soy más que… Arsenio Lupin.
–¡Ah!
–Sí, hombre, sí, un bandido simpático, un ladrón novelesco y caballeroso, no mala persona en el fondo…, todo lo que usted quiera… Pero ello no impide que, para una mujer verdaderamente honrada, de carácter recto y naturaleza equilibrada, yo no sea más que… un simple granuja.
Comprendí que la herida era mucho más profunda de lo que confesaba, y le dije:
–¿Así que estuvo usted enamorado de ella?
–Creo -dijo con tono burlón- que incluso le pedí que se casara conmigo. Acababa de salvar a su hijo, ¿no?… Entonces… me imaginaba… ¡Vaya ducha! Ello originó una frialdad entre nosotros… Después…
–¿Pero después la olvidó usted?
–¡Oh, desde luego! ¡Pero cuan difícilmente! Y para levantar entre los dos una barrera infranqueable, me casé.
–¡Ahí va! ¿Está usted casado, usted, Lupin?
–Todo lo que se puede estarlo, y lo más legítimamente del mundo. Uno de los más grandes apellidos de Francia. Hija única… Fortuna colosal… ¡Cómo! ¿No conoce usted esa aventura? Pues le aseguro que vale la pena conocerla.
Y, sin más tardanza, Lupin, que estaba en vena de confidencias, se puso a contarme la historia de su boda con Angélique de Sarzeau-Vendóme, princesa de Bourbon-Condé, hoy sor Marie-Auguste, humilde religiosa de clausura en el convento de las dominicas…
Pero a las primeras palabras se detuvo, como si de pronto su relato hubiese dejado de interesarle, y se quedó pensativo.
–¿Qué le pasa, Lupin?
–¿A mí? Nada.
–Claro que sí… Y además, si está usted sonriendo… ¿Es el escondrijo de Daubrecq, el ojo de cristal, lo que le hace reír?
–Palabra que no.
–¿Entonces?
–Ya le digo que nada…, sólo un recuerdo…
–¿Un recuerdo agradable?
–¡Sí!… Sí…, incluso delicioso. Era de noche, en el mar de la isla de Re, en la barca pesquera en que Clarisse y yo nos llevábamos a Gilbert… Estábamos solos los dos en la popa del barco… Y recuerdo… Le hablé, le dije palabras y más palabras…, todo lo que tenía en el corazón… Y luego…, y luego llegó ese silencio que turba y que desarma…
–¿Y qué?
–Pues que le juro que la mujer que estreché contra mí… ¡Oh, no mucho tiempo, sólo unos segundos!… ¡No importa! Le juro que no era sólo una madre agradecida, ni una amiga que se deja enternecer, sino también una mujer, una mujer temblorosa y estremecida…
Rió burlón:
–Y que huía al día siguiente para no volver a verme.
Volvió a callarse. Luego murmuró:
–Clarisse…, Clarisse…, el día en que esté cansado y desilusionado iré a buscarla allá, a la casita árabe…, a la casita blanca…, donde me está esperando usted, Clarisse…, donde estoy seguro de que me está esperando…
FIN
[1] «Palabra francesa que se emplea por "antecocina". Se oye pronunciada indistintamente a la francesa ("ofis") y a la inglesa ("ófis"). Recientemente se ve traducida a veces por "oficio", lo cual es acertado, puesto que la palabra es también española, ya que "oficio" se llamaba a cualquier cuarto destinado en palacio a preparar el «servicio de los reyes» (María Moliner).
[2] Aubusson, ciudad francesa del departamento de Creuse, es famosa sobre todo por su fábrica de tapices, hasta tal punto que Colbert, el ministro de Luis XIV, le dio en el siglo XVI el título de Manufactura real. Lupin debe de referirse a la tapicería de las sillas. Charles Perder (1764-1838) y Pierre Francois Léonard Fontaine (1762-1853) fueron dos arquitectos franceses que colaboraron juntos en numerosos trabajos y tuvieron gran influencia en el arte oficial del Imperio, tanto en arquitectura como en decoración y mobiliario. Lupin evidentemente se refiere a los muebles. Gouthiére (hacia 1740-1806) -y no Gouttiéres, como escribe Leblanc- fue un cincelador, broncista y fundidor francés que trabajó para los reyes de Francia y llegó a ser uno de los artistas más característicos del mobiliario estilo Luis XVI. Su obra maestra es una linterna que se conserva en el palacio Trianón de Versalles. Jean-Honoré Fragonard (1732-1806), pintor francés de gran virtuosismo y riqueza imaginativa, se dedicó a la pintura galante, sentimental y francamente erótica. También decoró palacios, Jean Marc Nattier (1685-1766) fue pintor de cámara de la familia real, y autor de numerosos retratos y escenas alegóricas y religiosas. Actualmente está considerado como uno de los maestros franceses del retrato.
[3] Lupin juega con el otro significado de «pera», es decir, la de caucho, que sirve para poner lavativas o irrigaciones.
[4] Nombre de tres barrios de París. Leblanc debe de referirse a Neuilly-sur-Seine, zona residencial del oeste de París, situada entre el Sena y el emplazamiento de las antiguas fortificaciones.
[5] Prisión de París, situada en la calle del mismo nombre. Terminada en 1867, fue convertida en prisión celular preventiva y para detenidos políticos.
[6] Véase Los tres crímenes de Arsenio Lupin (Nota del original).
[7] Figura pequeña de adorno.
[8] Alude a la tragedia del escritor inglés William Shakespeare (1564-1616), Hamlet, en cuyo acto III, escena IV, ocurre -tal como apunta Daubrecq- la muerte de Polonio, que se había escondido detrás de unos tapices para sorprender la conversación de Hamlet con la reina.
[9] «He aquí al hombre». En latín en el original. Es la frase pronunciada por Pilatos cuando sacó a Jesús ante los judíos, después de azotarlo y antes de enviarlo a la cruz (Jn 19,5).
[10] Ver los volúmenes precedentes, 813 y Los tras crímenes de Arsento Lupin (Nota del original).
[11] La Sureté francesa comprende los servicios de información y vigilancia política, y dependen de la dirección del Ministerio del Interior de la Gobernación.
[12] «Bon voyage, monsieur Dumollet» es un verso de una canción popular francesa.
[13] Los elixires del diablo es un cuento del escritor y compositor alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1882), autor entre otros del famoso Cascanueces y el rey de las ratas, que inmortalizó Chaikovski en su célebre ballet. La pata de cordero es un cuento popular francés.
[14] Como se ve, el texto no es exactamente el mismo de la carta que vimos al final del capítulo anterior, pero así está en el original.
[15] Ciudad de Francia, capital del departamento de Alpes-Maritimes, en la Costa Azul. Es una de las principales estaciones balnearias de Francia y un centro turístico de fama mundial. Curiosamente en Niza, donde tienen su origen remoto los acontecimientos que provocan el argumento actual de la novela, tendrá también lugar el principio del desenlace. La novela oscila así entre Niza-París / Niza-París.
[16] Se refiere al caso de la Compañía francesa del Canal de Panamá, que en 1881 inició los trabajos para abrir el canal entre los océanos Atlántico y Pacífico. La imprevisión de la Compañía, unida a las dificultades climatológicas (22.000 trabajadores murieron a causa de las fiebres), llevaron a la Compañía a la bancarrota. Estalló entonces un escándalo político, atizado por los partidos de derechas, que estuvo a punto de acabar con la III República.
[17] Ciudad de Gran Bretaña, al Oeste de Birmingham, conocida por sus fábricas de vidrio.
[18] Palabra inglesa con que se designa una comida constituida por manjares fríos que se da o se toma, generalmente a mediodía, en fiestas o invitaciones.
[19] Convertir el argumento contra quien lo hace.
[20] Tela de algodón, con fondo liso y flores como de realce, aunque tejidas, o con fondo listado y flores de varios colores. Las hay también de uno, casi con la misma diversidad de clases.
[21] Amiens, capital del departamento de Somme, en Picardía, está a unos 130 kilómetros al norte de París.
[22] Fácil de romper o desmenuzar.
[23] Parque y palacio de París, en la orilla derecha del Sena, frente al puente de Jena y el Campo de Marte. Su nombre procede del caserío gaditano «El Trocadero», donde en 1823 los ejércitos franceses de «Los Cien Mil Hijos de San Luis» -que vinieron en ayuda de Fernando Vil para restaurar la monarquía absoluta- vencieron a los liberales españoles. En memoria de aquella victoria dieron el nombre de Trocadero a una elevación de terreno escalonada en terrazas para la exposición de 1867, y donde se levantó en 1878 el actual palacio del Trocadero.
[24] Pneumatique en francés. No hay correspondencia exacta en español para este sistema postal casi sólo utilizado en Francia. Se trata de un tubo con una misiva en su interior que, impulsado por medio de aire comprimido, se expide por canalización subterránea de oficina en oficina. En España se utilizó en algunos bancos para enviar documentos entre sucursal y sucursal. Una variante de este sistema es el «transporte o transportador neumático».
[25] Se refiere a La carta robada, uno de los cuentos del escritor norteamericano E. A. Poe (1809-1849) en que interviene el detective Auguste Dupin. Leblanc sentía gran admiración por este cuento, como prueba el hecho de que Lupin vuelva sobre él una y otra vez.
[26] Danza popular antigua de ritmo rápido, oriunda de Gran Bretaña.
[27] El Principado de Mónaco, pequeño estado europeo que forma un enclave en el departamento francés de Alpes-Maritimes, está en la costa mediterránea entre Niza y Mentón. Su capital es Mónaco. Allí está también Montecarlo con su célebre casino. Cerca del Principado se encuentran las otras ciudades fronterizas citadas más abajo: Cap-d'Ail, La Turbie y Cap-Martin.
[28] Danza brasileña, especie de batuque o baile de negros, con un ritmo parecido al de la polca o el pasodoble, y cuyos diversos movimientos tienen carácter voluptuoso y lascivo. Por su origen, se suele llamar también «machicha brasileña».
[29] El bostón es un vals lento, cuyo movimiento es marcado con gran nitidez. La tirolesa, mencionada a continuación, es una melodía de ritmo ternario, con apoyo en el segundo tiempo del compás, propia de los campesinos austríacos y suizos.
[30] Primer verso del himno nacional francés: «Vamos, hijos de la patria…»
[31] Alusión al «pequeño Gavroche», el personaje de Los miserables, del escritor francés Víctor Hugo (1802-1885), que muere cantando en las barricadas durante la revolución de 1832.
[32] Capital de Nueva Caledonia, una isla de Oceanía en el Pacífico, un poco al N del trópico de Capricornio. Nueva Caledonia pasó a depender de Francia en 1853, y ya en 1864 instalaron un penal en Nou, adonde deportaron a los presos de la Comuna. Lupin, pues, supone que Gilbert será enviado también allá, y por eso habla de embarcarse para preparar la evasión final.
[33] Automóvil cerrado, de principios de siglo, bastante grande, con capacidad para seis viajeros.
[34] Tela de algodón barnizada, imitación de cuero.
[35] Coche de alquiler.
[36] Alusión irónica a la conocida frase de Luis XIV: «El estado soy yo» (L'État c'est moi).
[37] Según la mitología griega, el vellocino de oro perteneció a un carnero alado que llevó por los aires a los hermanos Frixo y Hele, quienes así pudieron huir de la persecución de su madrastra Ino. El carnero fue sacrificado a Zeus, y su vellocino fue colgado de una encina y vigilado por un dragón insomne. Jasón y los argonautas, tras muchas vicisitudes y aventuras -de ahí la referencia de Lupin-, lograron apoderarse de él.
[38] Pistola automática que recibe su nombre del inventor, el norteamericano John Moses Browning (1855-1926). Es un arma de 7,65 mm. de calibre y fue inventada en 1896.
[39] Juego de palabras, que pierde su fuerza en la traducción:
«-Qu'est-ce que vous chante- -balbució Prasville.
–Je ne chante pas, je parle.» (literalmente sería: «No canto; hablo.»)
[40] Moneda de oro francesa del siglo XIX que equivalía a 20 francos.
[41] Primeras palabras del versículo De profundis clamavi ad te, Domine (Desde lo hondo a ti grito, Señor), primero del salmo 129. Es un salmo penitencial utilizado en la liturgia católica de difuntos, y por ello lo cita Lupin.
[42] Isla francesa en la costa atlántica de la Charente Maritime, conocida por su prisión. En la Guayana francesa, situada en la costa NE de América del Sur, entre Brasil y Surinam, estaba también el famoso penal de Cayena, donde iban a mandar a Gilbert. El penal fue abolido en 1945.
[43] Pava. En francés oie-blanche (jovencita muy inocente y bobalicona), acepción que también tiene en general la palabra pavisoso-a.
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Índice
Detenciones
II
9 – 8 = 1
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
LOS CÓMPLICES DE ARSENIO LUPIN
XII
XIII
FIN

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