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domingo, 9 de abril de 2017

La Bestia Se Acerca (Margaret Millar)

La Bestia Se Acerca 
Margaret Millar 

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El mundo puede llegar a ser terrorífico más allá de las cuatro paredes de una habitación de hotel. La joven Helen Clarvoe tenía muy claro que su seguridad personal dependía de aquella reclusión voluntaria, hasta que recibió la llamada más estremecedora de su vida: Evelyn Merrick, una supuesta ex compañera de colegio, le contaba que había tenido una visión onírica en la que Helen aparecía Helen sangrando y mutilada tras haber sufrido un terrible accidente. Aterrorizada y confusa, Helen decide pedir ayuda a su viejo amigo Paul Blackshear para que investigue quién es Evelyn y por qué ha pretendido asustarla con tal dicha llamada. Paul, que decide echarle una mano, pronto comienza a seguir pistas que le conducen a un submundo de delincuencia, abuso de drogas y pornografía, algo que no solo implica a la desconocida Evelyn, sino también a su propia amiga Helen.

Margaret Millar
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Fin
Margaret Millar

La Bestia Se Acerca

El mundo puede llegar a ser terrorífico más allá de las cuatro paredes de una habitación de hotel. La joven Helen Clarvoe tenía muy claro que su seguridad personal dependía de aquella reclusión voluntaria, hasta que recibió la llamada más estremecedora de su vida: Evelyn Merrick, una supuesta ex compañera de colegio, le contaba que había tenido una visión onírica en la que Helen aparecía Helen sangrando y mutilada tras haber sufrido un terrible accidente.
Aterrorizada y confusa, Helen decide pedir ayuda a su viejo amigo Paul Blackshear para que investigue quién es Evelyn y por qué ha pretendido asustarla con tal dicha llamada. Paul, que decide echarle una mano, pronto comienza a seguir pistas que le conducen a un submundo de delincuencia, abuso de drogas y pornografía, algo que no solo implica a la desconocida Evelyn, sino también a su propia amiga Helen.

ISBN: 9788490061480

Capítulo 1

La voz era suave, melosa:
—¿Es la señorita Clarvoe?
—Sí.
—¿Sabe quién soy?
—No.
—Una amiga.
—Tengo muchas amigas —mintió la señorita Clarvoe.
En el espejo situado sobre el teléfono vio cómo su boca repetía la mentira, disfrutándola, y vio también cómo su cabeza asentía como si quisiera darle la razón: esta mentira es verdad, sí, es una mentira muy de verdad. Solo sus ojos se negaban a aceptarla. Avergonzados, parpadeaban y miraban hacia otro lado.
—Hace mucho que no nos vemos —dijo la voz de la chica—. Pero me he mantenido al corriente de usted, de una u otra manera. Tengo una bola de cristal.
—¿Co... cómo dice?
—Una bola de cristal de esas en las que se ve el futuro. Tengo una. Todos mis viejos amigos aparecen en ella de vez en cuando. Esta noche le ha tocado a usted.
—A mí.
Helen Clarvoe se volvió hacia el espejo. Era redondo, como una bola de cristal, y su rostro se reflejaba en él: el rostro de una vieja amiga, familiar pero no por ello amado; la boca fina y tensa, como si bajo la piel solo hubiera un leve hueso, el cabello castaño claro cortado como el de un hombre, dejando al descubierto unas orejas siempre teñidas de malva, como si estuvieran permanentemente frías, pestañas y cejas de una palidez tal que hacían que los ojos parecieran desnudos y temerosos. Una vieja amiga en una bola de cristal.
Dijo con mucho cuidado:
—Por favor, ¿quién es usted?
—Evelyn. ¿No se acuerda? Evelyn Merrick.
—Ah, sí.
—¿Me recuerda ahora?
—Sí.
Otra mentira, más fácil que la primera. El nombre no le sonaba de nada. Solo era un sonido y no podía separarlo ni identificarlo, lo mismo que le sucedía con el ruido de uno u otro coche en el rugido del tráfico procedente del bulevar situado tres pisos más abajo. Todos sonaban igual, los Ford y los Austin y los Cadillac y Evelyn Merrick.
—¿Sigue ahí, señorita Clarvoe?
—Sí.
—Me enteré de que su padre había fallecido.
—Así es.
—Creo que le dejó mucho dinero.
—Eso es asunto mío.
—El dinero es una gran responsabilidad. Yo podría ayudarla.
—Gracias, pero no necesito ninguna ayuda.
—Puede que pronto la necesite.
—Entonces ya me apañaré yo misma con los problemas, sin ayuda de extraños.
—¿Extraños? —Había un matiz molesto en la repetición—. Pero si ha dicho que se acordaba de mí.
—Solo intentaba ser educada.
—Educada. Siempre haciéndote la gran dama, ¿eh, Clarvoe? O haciendo como que lo eres. Pues mira, puede que un día de estos me recuerdes de golpe. Un día de estos seré famosa; mi cuerpo estará en todos los museos del país. Todo el mundo tendrá la oportunidad de admirarme. ¿No te pones celosa, Clarvoe?
—Creo que estás... loca.
—¿Loca? Oh, no, no soy yo la que está loca. Eres tú, Clarvoe. Tú eres la que no se acuerda. Y yo sé por qué no te acuerdas. Porque estás celosa de mí, tan celosa que me has borrado de tu mente.
—Eso no es verdad —dijo la señorita Clarvoe levantando la voz—. No te conozco. Nunca he oído hablar de ti. Estás cometiendo un error.
—Yo no cometo errores. Lo que tú necesitas, Clarvoe, es una bola de cristal para poder recordar a tus viejas amigas. Tal vez debería enviarte la mía. Para que tú también te pudieras ver en ella. ¿Te gustaría? ¿O te daría miedo? Como siempre has sido tan cobarde, puede que mi bola de cristal te dé un canguelo tremendo. La tengo aquí mismo. ¿Quieres que te diga lo que veo?
—No... Basta ya...
—Te veo a ti, Clarvoe.
—No...
—Tengo tu cara justo delante de mí, clara y brillante. Pero hay algo que la afea. Ah, ahora lo veo. Has sufrido un accidente. Estás mutilada. Tienes un tajo en la frente y la boca te sangra. Sangre, sangre, sangre por todas partes, por todas partes...
La señorita Clarvoe extendió el brazo e hizo caer el teléfono de la mesita. Se quedó de lado en el suelo, ronroneando, sin romperse.
La señorita Clarvoe tomó asiento, rígida de terror. En la bola de cristal del espejo, su rostro permanecía inalterado, sin mutilar. La frente estaba lisa; la boca, remilgada y contenida; la piel, blanca como el papel, como si se hubiera quedado sin sangre. La señorita Clarvoe llevaba años desangrándose, por dentro y en silencio.
Cuando la rigidez del impacto empezó a remitir, se inclinó, recogió el teléfono y volvió a colocarlo sobre la mesita.
Podía oír a la operadora diciendo: «Número, por favor. Aquí la operadora. Número, por favor. ¿Desea llamar a algún número, por favoooor?».
Quería decirle «Póngame con la policía», como hacía la gente en las obras de teatro, de manera natural, como si estuvieran acostumbrados a llamar a la policía dos o tres veces por semana. La señorita Clarvoe no había llamado a la policía en toda su vida; nunca, en sus treinta años, le había dirigido la palabra a un policía. No es que les tuviera miedo; simplemente, lo cierto es que no tenía nada en común con ellos. Ella no cometía delitos ni conocía a nadie que los cometiera, y nunca nadie le había hecho nada.
—Número, por favor.
—¿Eres... eres tú, June?
—Pues claro que sí, señorita Clarvoe. Caramba, cuando vi que no respondía, pensé que igual se había desmayado.
—Yo nunca me desmayo. —Otra mentira. La cosa se estaba convirtiendo en una costumbre, en una afición, como ensartar cuentas. Un collar de mentiras—. ¿Qué hora es, June?
—Las nueve y media, más o menos.
—¿Estás muy ocupada?
—Bueno, la verdad es que estoy prácticamente sola. Dora tiene la gripe. Y yo me estoy protegiendo para no pillarla también.
La señorita Clarvoe sospechó, gracias al tono autocompasivo de su voz y al ligero arrastre de las palabras, que June había estado protegiéndose de la gripe de un modo poco susceptible de recibir la aprobación de sus jefes o, ya puestos, de ella misma. Le dijo:
—¿Acabas pronto?
—En cosa de media hora.
—¿Serías tan...? Quiero decir, te agradecería mucho que vinieras a mi suite antes de irte a casa.
—¿Le ocurre algo, señorita Clarvoe?
—Sí.
—Bueno, pues... Yo no he hecho nada ma...
—Te espero pasadas las diez, June.
—Bueno, vale, pero sigo sin entender qué...
La señorita Clarvoe colgó el auricular. Sabía cómo tratar a June y a las de su calaña. Había que colgarles. Había que cortar amarras. De lo que no era consciente la señorita Clarvoe era de que ella había cortado muchas amarras en su vida y le había colgado el teléfono con demasiada facilidad a demasiada gente. Ahora, a los treinta, estaba sola. El teléfono ya no sonaba, y cuando alguien llamaba a su puerta, era el camarero que le traía la cena, o la peluquera que venía a cortarle el cabello, o el botones con el diario de la mañana. Ya no había nadie a quien dejar con la palabra en la boca, a excepción de una operadora que había trabajado en el despacho de su padre y una lunática desconocida con una bola de cristal.
Le había colgado a esa extraña, sí, pero no lo suficientemente rápido. Era como si su soledad la hubiese obligado a escuchar; hasta las palabras malvadas eran mejores que la ausencia de cualquier tipo de ellas.
Cruzó el salón y abrió la puerta que llevaba a la pequeña balconada. Había espacio para una sola silla, y ahí era donde la señorita Clarvoe se sentaba a contemplar el bulevar que se extendía a sus pies. Estaba cubierto de coches y bañado en luces. Las aceras bullían de gente y reinaban en la noche los sonidos de la vida. A la señorita Clarvoe se le antojaban extraños, como si procedieran de otro planeta.
Apareció una estrella en el cielo. Una primera estrella a la que pedirle un deseo. Pero la señorita Clarvoe no le pidió ninguno. Los tres tramos de escaleras que la separaban de la gente del bulevar eran tan infinitos como la distancia que la separaba de esa estrella.
June llegó tarde, tras un alto en el bar y después de ascender por la escalera trasera que conducía hasta la puerta de la cocinita de la señorita Clarvoe. A veces, hasta la propia señorita Clarvoe utilizaba esa escalera. June la había visto a menudo subiendo y bajando cual espectro flaco y asustado que intentara evitar a la gente real.
La puerta de la cocinita estaba cerrada. La señorita Clarvoe lo cerraba todo. Se rumoreaba en el hotel que guardaba un montón de dinero escondido en su suite porque no se fiaba de los bancos. Pero era un rumor de lo más habitual, de esos que suelen hacer correr los botones, personajes que se divierten planeando hurtos cuando están demasiado pelados como para apostar a los caballos.
June no se creía ese rumor. La señorita Clarvoe lo cerraba todo con llave porque era de esas personas que lo cierran todo, tanto si tiene algún valor como si no.
June llamó a la puerta y esperó, balanceándose un poco, en parte porque el Martini había sido doble y en parte porque sonaba una radio al fondo del pasillo que emitía un vals, y a ella los valses siempre la hacían balancearse. Su cuerpecito se movía adelante y atrás bajo su barato abrigo a cuadros.
La voz de la señorita Clarvoe atravesó la música como un cuchillo la mantequilla:
—¿Quién está ahí?
June apoyó las manos en la puerta para estabilizarse.
—Soy yo, June.
La puerta estaba sin cadena ni pestillo.
—Llegas tarde.
—Tenía que hacer un recado.
—Sí, ya lo veo. —La señorita Clarvoe sabía perfectamente en qué consistía ese recado, pues su olor impregnaba la cocinita—. Vente a la otra habitación.
—Solo puedo quedarme un minuto. Mi tía...
—¿Por qué has utilizado la escalera de atrás?
—Bueno, no sabía exactamente qué quería usted de mí, y pensé que si se trataba de algo que había hecho mal no quería que me vieran llegar y se pusieran a cuchichear.
—No has hecho nada mal, June. Solo quería hacerte unas preguntas. —La señorita Clarvoe sonrió de manera amistosa. Sabía cómo tratar a June y a las personas como ella. Había que sonreír. Aunque te asediaran el temor y la inseguridad, había que sonreír—. ¿Has estado antes en mi suite, June?
—No.
—¿Nunca?
—¿Cómo iba a hacerlo? Usted nunca me había pedido que subiera y yo no conseguí el trabajo hasta después de que usted se mudara aquí.
—¿Te gustaría echarle un vistazo, tal vez?
—No. No, gracias, señorita Clarvoe. La verdad es que tengo prisa.
—Tómate una copa, entonces. ¿Te gustaría beber algo? —Había que sonreír. Había que insistir. Había que ofrecer tragos. Había que hacer lo que fuese para evitar estar a solas mientras esperabas que volviera a sonar el teléfono—. Tengo un jerez muy bueno. Lo he estado guardando para... Bueno, por si tenía visitas.
—Supongo que un chupito de jerez no me hará ningún daño —dijo June en tono virtuoso—. Especialmente porque me veo venir la gripe.
La señorita Clarvoe encabezó la expedición por el pasillo hacia el salón y June la siguió, mirando a su alrededor con curiosidad ahora que su anfitriona le daba la espalda. Pero no había gran cosa que ver. Todas las puertas del pasillo estaban cerradas y era imposible saber qué había tras ellas, si un armario, un dormitorio o un baño.
Tras la última puerta estaba el salón. Aquí pasaba la señorita Clarvoe sus días y sus noches, leyendo en la mecedora situada junto a la ventana, tumbada en el diván o escribiendo cartas en el escritorio de nogal: Querida madre: Estoy bien... Un tiempo espléndido... Se acerca la Navidad... Recuerdos a Douglas... Querido señor Blackshear: Con respecto a esas cien acciones de Atlas...
Su madre vivía a unos diez kilómetros en dirección oeste, en Beverly Hills, y el despacho del señor Blackshear no estaba a más de doce manzanas del bulevar, pero la señorita Clarvoe llevaba mucho tiempo sin ver a ninguno de los dos.
Escanció el jerez del frasco que había sobre la mesita de centro.
—Aquí tienes, June.
—Caramba, muchas gracias, señorita Clarvoe.
—¿No te quieres sentar?
—Ah, sí, claro.
June tomó asiento en la mecedora junto a la ventana y la señorita Clarvoe se quedó mirándola, pensando en lo mucho que se parecía a un pájaro con esos movimientos rápidos, como leves saltitos, esos ojos brillantes y avariciosos y esas manitas huesudas. Un gorrión, pese al cabello rubio y el abrigo cutre a cuadros, un gorrión borracho que se alimentaba de jerez en vez de migas.
Y mientras contemplaba a June, la señorita Clarvoe se preguntó por primera vez qué aspecto tendría Evelyn Merrick. Dijo con mucho cuidado:
—Recibí una llamada telefónica hace cosa de una hora, June, a eso de las nueve y media. Te... te agradecería mucho cualquier información que pudieras darme sobre esa llamada.
—¿Se refiere a... de dónde vino?
—Sí.
—No puedo saberlo, señorita Clarvoe, a no ser que fuese de larga distancia. Y esta noche he recibido tres o cuatro llamadas de larga distancia, pero ninguna era para usted.
—Pero recuerdas haber llamado a mi habitación, ¿verdad?
—Pues no lo sé.
—Piénsalo bien.
—Pues claro, señorita Clarvoe, claro que lo pienso bien, muy bien. —La chica retorció un poco la cara para hacer como que reflexionaba—. Lo que pasa es que las cosas son como son. Si alguien llama y pregunta por la señorita Clarvoe, seguro que me acuerdo, pero si solo preguntan por la habitación 425, pues las cosas cambian, ¿sabe?
—Entonces, fuera quien fuese el que llamaba, sabía el número de esta suite.
—Supongo.
—¿Y por qué lo supones, June?
La muchacha se agitó en el extremo de la silla y sus ojos se pusieron a viajar entre la puerta y la señorita Clarvoe.
—No lo sé —dijo.
—Pero has dicho que lo suponías, June.
—Solo me refería a que... No recuerdo haber llamado a la 425 esta noche.
—¿Me estás tildando de embustera, June?
—Oh, no, señorita Clarvoe. Yo no diría eso, señorita Clarvoe. Es solo que...
—¿Qué?
—Que no me acuerdo, eso es todo.
Y así acabó la entrevista. Ni gracias, ni hasta pronto, ni adiós muy buenas. La señorita Clarvoe se levantó y abrió la puerta. June salió al corredor. Y la señorita Clarvoe se quedó sola de nuevo.
Risas procedentes de la habitación contigua vibraron contra la pared mientras unas voces flotaban a través de la puerta abierta del balcón.
—Realmente, George, eres la monda.
—Mira a la chica, lo lista que se cree.
—Por el amor de Dios, ¿dónde está el abridor?
—¿Para qué te crees que te dio dientes el Señor?
—Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo quita.
—Cariño, ¿dónde coño has metido el abridor?
—No me acuerdo.
No me acuerdo, eso es todo.
La señorita Clarvoe se sentó a su escritorio de nogal y se hizo con la pluma fuente de oro que su padre le había regalado tiempo atrás por su cumpleaños.
Escribió: «Querida madre: Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que supe de ti. Espero que todo os vaya mal a ti y a Douglas».
Se quedó mirando lo que había escrito, convencida de manera subconsciente de que había cometido un error, pero sin poder distinguirlo de buenas a primeras. La verdad es que sonaba muy bien: Espero que todo os vaya mal a ti y a Douglas.
Quería decir bien, pensó la señorita Clarvoe. Ha sido un lapsus. Yo a ella no le guardo ningún rencor. Es culpa del ruido, que no me deja concentrarme. Y de esa gente horrible de al lado...
—A veces te portas como un mono, Harry.
—Pues que alguien vaya a comprar plátanos, que Harry tiene hambre.
—No le veo la gracia.
—Es que no entiendes las bromas. No las pillas, ¿verdad?
La señorita Clarvoe cerró las puertas del balcón.
Tal vez en eso consistía la llamada, pensó. Solo era una broma. No era más que alguien, puede que un empleado del hotel, que trataba de asustarla un poco porque era rica y porque la consideraban algo extraña. La señorita Clarvoe era consciente de que esas cualidades la convertían en víctima propiciatoria para los bromistas; hacía años que se había acostumbrado a ello, y las risitas a sus espaldas ya no le molestaban tanto como cuando iba al colegio.
La cosa había quedado clara. Lo de la chica de la bola de cristal era una broma. Evelyn Merrick no existía. Pero la verdad es que ese nombre empezaba a resultarle familiar, hasta el punto de que ya no estaba totalmente segura de no haberlo oído nunca.
Corrió las cortinas de las ventanas y volvió a su misiva.
—Espero que todo os vaya mal a ti y a Douglas.
Tachó «mal» y escribió «bien».
—Espero que todo os vaya bien a ti y a Douglas. Pero la verdad es que no. No espero nada. Me da igual.
Rompió por la mitad la hoja de papel y la colocó cuidadosamente en la papelera situada junto al escritorio. La verdad es que no tenía nada que decirle a su madre, nunca lo había tenido ni nunca lo tendría. La idea de pedirle consejo, consuelo o ayuda era absurda. La señora Clarvoe no podía ofrecer nada de eso, aunque Helen se hubiera atrevido a pedírselo.
La fiesta en la habitación contigua había llegado al punto de ponerse a cantar. Down by the old mill stream. Harvest moon. Daisy, Daisy. A veces afinaban, a veces no. Un candente ramalazo de ira recorrió el cuerpo de la señorita Clarvoe. No tenían ningún derecho a hacer tanto ruido a esas horas de la noche. Tendría que golpear la pared para avisarles, y si eso no surtía efecto, llamaría al encargado.
Empezó a levantarse, pero se le enganchó el tacón en la pata de la silla y se cayó hacia delante, rozando con la cara el afilado extremo del escritorio. Se quedó inmóvil, notando en la boca el sabor salado y metálico de la sangre, escuchando los golpes del pulso en las sienes y el latido aterrorizado de su corazón.
Al cabo de un momento, se puso de pie y avanzó lenta y rígidamente por la habitación hacia el espejo situado sobre la mesita del teléfono. Tenía un leve rasguño en la frente y sangraba por una comisura, donde se había partido un diente. «...Tengo una bola de cristal. Ahora te veo. Con brillantez y claridad. Has sufrido un accidente. Tienes un tajo en la frente y la boca sangrando...». Un grito de ayuda escaló la garganta de la señorita Clarvoe. ¡Que alguien me ayude! Ayúdame, madre... Douglas... Señor Blasckshear...
Pero el grito nunca llegó a salir. Se quedó atrapado en la garganta y la señorita Clarvoe se lo tragó como se había tragado tantos otros con anterioridad.
No estoy realmente herida. Lo que pasa es que soy muy sensible. Mi padre siempre presumía de lo sensible que yo era. No tengo que ponerme histérica. Debo pensar en algo muy sensible que hacer.
Volvió al escritorio, cogió la pluma y sacó una hoja nueva de papel de carta.
«Querido señor Blackshear: Puede que recuerde que, en el funeral de mi padre, se ofreció a darme consejo y ayuda si la ocasión lo requería. No sé si lo dijo porque es lo acostumbrado en los funerales o si era realmente sincero al respecto. Espero que así fuera, pues como ya debe de haber deducido, la ocasión se ha presentado. Creo que me he convertido en la víctima de una lunática...»

Capítulo 2

... me resulta embarazoso tenerle que confiar a alguien unos detalles tan sórdidos. No suelo imponer alegremente mis cargas a los demás, pero como usted le dio expertos consejos a mi difunto padre, agradecería enormemente sus opiniones sobre la situación que le acabo de describir. Si fuera tan amable de telefonearme cuando reciba esta carta para decirme qué piensa del asunto, le quedaría extremadamente agradecida. Evidentemente, pienso expresarle mi gratitud de una manera más práctica que con palabras.
Suya afectísima,

HELEN CLARVOE

La carta fue entregada en el despacho del señor Blackshear y luego enviada a su apartamento porque se había ido temprano a casa. Ya no aparecía con regularidad por la oficina. A los cincuenta, se estaba retirando discretamente, de manera gradual, en parte porque podía permitírselo, pero principalmente porque el aburrimiento había hecho mella en él, como uno de esos inviernos que llegan demasiado pronto. Las cosas habían empezado a repetirse; situaciones nuevas le recordaban a las viejas, y la gente a la que conocía por primera vez era exactamente igual que la que conocía desde hacía años. Ya nada era nuevo.
El verano había transcurrido. El invierno del tedio se había instalado y la escarcha se infiltraba en las grietas del cerebro de Blackshear. Su mujer estaba muerta, sus dos hijos se habían casado y tenían sus propias vidas, y sus amigos se reducían a conocidos del mundo laboral con los que quedaba para almorzar en el Scandia, el Brown Derby o el Roosevelt. Las cenas y las fiestas escaseaban porque Blackshear tenía que levantarse mucho antes del amanecer para estar en su despacho a las seis de la mañana, cuando abría la Bolsa de Nueva York.
A media tarde ya estaba cansado e irritable, y cuando le llegó la carta de la señorita Clarvoe a punto estuvo de no abrirla. A través de su padre, pues había sido uno de sus clientes, Blackshear conocía a Helen Clarvoe desde hacía muchos años, y su prosa constreñida y su mente inestable le deprimían. Nunca había sido capaz de pensar en ella como mujer. Solo era la señorita Clarvoe, y él tenía más de una docena de clientes iguales que ella, damas ricas y solitarias que querían ser aún más ricas para desprenderse de la maldición de su soledad.
—Que la zurzan —dijo en voz alta—. Que las zurzan a todas esas aburridas.
Pero acabó abriendo la carta porque en el sobre, escritas en la pulcra letra de colegio de pago de la señorita Clarvoe, figuraban las palabras «Confidencial, Muy Importante»...
«Por si piensa que estoy exagerando el asunto, me apresuro a asegurarle que le he proporcionado un relato exacto de la llamada telefónica y la consiguiente conversación con la operadora, June Sullivan. Estoy convencida de que entenderá usted lo trastornada y perpleja que me siento. No le he hecho daño a nadie en toda mi vida —de forma intencionada, en cualquier caso— y me sorprende que alguien parezca guardarme rencor...»
Cuando terminó de leer la carta, Blackshear llamó a la señorita Clarvoe a su hotel, más por curiosidad que por albergar el menor deseo de ayudarla. La señorita Clarvoe no era de esas mujeres que aceptan ayuda. Solo existía por y para sí misma, separada del mundo por un muro de dinero y los barrotes de hierro de su egotismo.
—¿Señorita Clarvoe?
—Sí.
—Soy Paul Blackshear.
—Oh. —Más que una palabra, sonaba como un profundo suspiro de alivio.
—He recibido su carta hace unos minutos.
—Ya. Le... agradezco que me llame.
Parecía más el final de una conversación que el principio.
Ligeramente molesto por su reticencia, Blackshear le dijo:
—Creo que me pedía consejo, señorita Clarvoe.
—Sí. Así es.
—He tenido muy poca experiencia en esos asuntos, pero le recomiendo vehementemente que...
—Por favor —le interrumpió la señorita Clarvoe—. Por favor, no diga nada.
—Pero usted me ha pedido que...
—Puede que nos estén escuchando.
—Tengo una línea privada.
—Me temo que yo no.
Debe de referirse a la chica, June Sullivan, se dijo Blackshear. Pues claro que estaría escuchando, si es que no tenía nada mejor que hacer; probablemente, la señorita Clarvoe la había abroncado o, por lo menos, había despertado su curiosidad.
—Han pasado más cosas. —La señorita Clarvoe hablaba con prevención—. Solo puedo comentarlas en la más estricta intimidad.
—Ya veo.
—Ya sé que está usted muy ocupado, y detesto imponerme de esta manera, pero... tengo que hacerlo, señor Blackshear, tengo que hacerlo.
—Siga, por favor. —Tras su muro de dinero, tras sus barrotes de hierro, la señorita Clarvoe solo era una damisela en apuros que pedía ayuda de manera extraña y a su pesar. Blackshear hizo una mueca irónica mientras se imaginaba en el papel de rescatador.
Muy a su pesar, se veía como un caballero cansado, displicente y de progresiva calvicie embutido en ropa de lana—. Dígame qué quiere que haga, señorita Clarvoe.
—Si pudiera venir aquí, a mi hotel, donde podríamos hablar... en privado...
—Creo que tendríamos más intimidad si usted viniera a mi apartamento.
—No puedo. Me... Me da miedo salir.
—De acuerdo. ¿A qué hora quiere que pase por ahí?
—Lo antes que pueda.
—Pues ahora nos vemos, señorita Clarvoe.
—Gracias. Muchas gracias. No puedo expresarle cómo...
—No hace falta que lo haga. Adiós.
Colgó con rapidez. No le gustaba el sonido de la gratitud de la señorita Clarvoe desparramándose por el teléfono, duro y discordante, como monedas saliendo de una máquina tragaperras. El premio gordo de las emociones de la señorita Clarvoe... muchas gracias.
Qué poca gracia tenía esa mujer, pensaba Blackshear, menuda tacaña, siempre gastando lo justo para mantenerse viva.
Aunque se habían comunicado con frecuencia por carta, no la había visto desde el funeral de su padre el año anterior. Alta, pálida, sin derramar ni una lágrima, se había mantenido apartada de los demás ante la tumba; su única muestra de sentimientos había consistido en una amarga mirada a la apenada viuda, Verna Clarvoe, apoyada en el brazo de su hijo Douglas. Cuanto más lloraba la madre, más rígida se le ponía la espalda a Helen Clarvoe y más se le fruncían los labios.
Cuando acabó el servicio fúnebre, Blackshear se acercó a la señorita Clarvoe, consciente de que sufría en silencio.
—Lo siento, Helen.
Ella apartó el rostro.
—Sí. Yo también.
—Ya sé que usted y su padre estaban muy unidos.
—Eso no es del todo exacto.
—¿No?
—No. Yo le quería, señor Blackshear, pero él a mí no.
La última vez que la vio, subía muy tiesa a la parte de atrás de un largo Cadillac negro que se utilizaba para transportar a los principales deudos, la señora Clarvoe, Helen y Douglas. Componían un trío muy extraño.
Una semana después, Blackshear recibió una carta de la señorita Clarvoe en la que se le informaba de que se había trasladado, de manera permanente, al Hotel Monica y se le pedía que se ocupara de sus inversiones.
El Monica era el último lugar en el mundo en que Blackshear habría podido imaginarse a la señorita Clarvoe. Se trataba de un hotel pequeño, situado en un transitado bulevar del corazón de Hollywood, y no estaba pensado para mujeres apacibles y solitarias como la señorita Clarvoe, sino para transeúntes que se quedaban una o dos noches y seguían su camino, ejecutivos de medio pelo y sus esposas tratando de mezclar los negocios con el placer, vendedores con sus muestrarios, publicistas en busca de nuevas cuentas, damas discretas cuyos nombres solo conocía el conserje y turistas de paso por la ciudad para ver los estudios cinematográficos y hacer de público en los programas de televisión. Es decir, toda esa gente que, por regla general, la señorita Clarvoe despreciaría y trataría de evitar. Pero había elegido vivir entre ellos, como si fuera una visitante de otro planeta.
Blackshear dejó el coche en un aparcamiento y cruzó la calle hacia el Hotel Monica.
El recepcionista, cuya placa le identificaba como G. O. Horner, era un señor mayor y delgado con ojos protuberantes que le otorgaban una expresión muy intensa de interés y curiosidad. Una expresión falsa. Después de treinta años en el negocio, la gente le importaba un pimiento. Las diferencias se perdían en un marasmo de estadísticas, erradicadas por el mero peso de los números. La gente iba y venía; comían, bebían, estaban contentos, tristes, gordos; robaban toallas y se olvidaban los cepillos de dientes, los libros, las fajas, las joyas; agujereaban los muebles con los cigarrillos, resbalaban en la bañera, se tiraban por la ventana. Todos eran iguales, un enjambre en torno a la colmena, y el señor Horner llevaba una protectora red de indiferencia sobre la cabeza y los hombros.
Lo único importante era el pronto pago de la cuenta. Y como Blackshear parecía solvente, tuvo derecho a una sonrisa.
—¿Puedo hacer algo por usted, señor?
—Creo que me está esperando la señorita Clarvoe.
—Su nombre, por favor.
—Paul Blackshear.
—Un momentito, señor, que lo compruebo.
Horner se acercó a la centralita con pasitos suaves y precavidos, como si alguno de sus viejos enemigos hubiese esparcido tachuelas por el suelo. Conversó brevemente con la chica de la centralita sin apenas mover la boca. La chica miró por encima del hombro a Blackshear con repentina curiosidad y este se preguntó si sería esa tal June Sullivan que la señorita Clarvoe había mencionado en su carta.
Blackshear le devolvió la mirada. Era una rubia cerúlea con manos temblorosas y una cara tensa y pálida, como si los auriculares negros le estuviesen cortando el flujo sanguíneo.
Horner se inclinó sobre ella, pero la muchacha se alejó de él todo lo que pudo y empezó a bostezar. Lo hizo tres o cuatro veces, hasta que los ojos le empezaron a lagrimear y se le enrojecieron los párpados superiores. Era imposible calcular su edad. Tanto podía ser una chica desnutrida de veinte años como una cuarentona poco desarrollada.
Horner regresó con los dedos tirando de forma irritable de las solapas de su traje negro.
—La señorita Clarvoe no ha dejado ningún mensaje, señor, y en su habitación no contestan.
—Sé que me está esperando.
—Oh, por supuesto, señor, le aseguro que no pretendo ofenderle. La señorita Clarvoe no siempre contesta al teléfono. Lleva tapones para los oídos. A causa del ruido del tráfico, muchos de nuestros huéspedes se ponen...
—¿Cuál es el número de su suite?
—Cuatrocientos veinticinco.
—Subiré.
—Por supuesto, señor. Tiene los ascensores a su derecha.
Mientras esperaba el ascensor, Blackshear echó un vistazo al mostrador y observó que Horner lo estaba mirando; había levantado un momento su velo protector de indiferencia y atisbaba cual vieja escondida tras una cortina de encaje.
Blackshear desapareció en el ascensor y el señor Horner volvió a bajarse la redecilla, de manera que la cortina de encaje ocultara sus pensamientos: Ese traje debe de haber costado ciento cincuenta dólares... Los timadores siempre tienen buena pinta... Me pregunto cómo la va a engañar y cuánto le va a sacar...

* * *

La señorita Clarvoe debía de haber estado esperando tras la puerta, pues esta se abrió al mismo tiempo que Blackshear la golpeaba.
—Haga el favor de pasar —dijo la señorita Clarvoe en un susurro expectante.
Cerró la puerta a su espalda y, durante unos instantes, ambos se quedaron mirándose en silencio mientras transcurría el tiempo. Luego la señorita Clarvoe extendió la mano y Blackshear se la estrechó.
Tenía la piel fría, seca y apergaminada, y el gesto de dar la mano estaba desprovisto de amistad y hasta de interés. Estrechaba manos porque le habían dicho que había que hacerlo como gesto de educación. Blackshear notó que le desagradaba el contacto personal. La piel contra la piel la ofendía, pues ella era una persona privada. El Yo privado, pensó Blackshear, siempre mirando a través de la cerradura.
Era un día cálido para noviembre y las manos de Blackshear estaban húmedas de sudor. Le dio cierta satisfacción pensar que la habría impregnado con su humedad.
Esperaba que se secara la mano de manera subrepticia, puede que hasta inconsciente, pero no lo hizo. Se limitó a recular un paso y dos manchas de color le subieron a los pómulos.
—Ha sido usted muy amable por tomarse la molestia, señor Blackshear.
—No es ninguna molestia.
—Siéntese, por favor. El sillón de orejas es muy confortable.
Tomó asiento. El sillón de orejas era lo suficientemente cómodo, pero no pudo evitar observar que, como los demás muebles de la habitación, era barato y mal hecho. Pensó en la mansión Clarvoe de Beverly Hills, con sus sillas talladas a mano y ese inmenso salón en el que la alfombra había sido especialmente tejida para que hiciera juego con el Gauguin situado encima de la chimenea, y se preguntó por enésima vez por qué la señorita Clarvoe la habría abandonado de forma tan abrupta para aislarse en una pequeña suite de un hotel de segunda fila.
—No ha cambiado usted mucho —mintió educadamente Blackshear.
Ella le lanzó una mirada larga y directa:
—¿Eso pretende ser un cumplido, señor Blackshear?
—Pues sí.
—Para mí no es ningún cumplido que me digan que no he cambiado, porque me habría gustado cambiar.
Maldita mujer, se dijo Blackshear. No podías ni ser amable con ella.
Era incapaz de aceptar un cumplido, un regalo de cualquier tipo; parecían quemarle cual flechas ardientes y tenía que arrancárselas y devolverlas al remitente con malintencionada habilidad, aún en llamas.
Dijo el visitante con frialdad:
—¿Cómo está su madre?
—Bastante bien, que yo sepa.
—¿Y Douglas?
—Douglas es como yo, señor Blackshear. Tampoco ha cambiado.
Lamentablemente.
Se acercó al escritorio de madera de nogal. No había en él la menor huella de las horas que pasaba allí. No había cartas ni papeles a la vista, ni manchas de tinta en el secante. La señorita Clarvoe no dejaba las cosas tiradas por ahí. Las guardaba en cajones, en armarios, en pulcros archivadores de acero. Todos los documentos de su vida estaban bajo llave: las notas de Douglas pidiendo dinero, los estadillos del banco y los cheques cancelados, las cartas de su madre con olor a gardenia, algunos recortes de prensa sobre su padre, una invitación a una boda con letras en relieve y medio rasgada por la mitad, un frasco de pastillas para dormir, un collar de perro con una placa de plata con el nombre Dapper, una fotografía de una chica delgada y patosa con un vestido de ballet y un fajo de billetes unidos por un clip dorado.
La señorita Clarvoe se hizo con el fajo de billetes y se lo pasó a su invitado.
—Cuéntelo, señor Blackshear.
—¿Por qué?
—Puedo haber cometido un error. A veces... me pongo nerviosa y no me concentro bien.
Blackshear contó el dinero:
—Ciento noventa y seis dólares.
—Pues estaba yo en lo cierto.
—No la entiendo.
—Alguien me ha estado robando, señor Blackshear. Puede que de manera sistemática, durante semanas, o puede que solo una vez. No lo sé. Pero sí sé que debería haber cerca de mil dólares en ese clip.
—¿Cuándo descubrió que le faltaba algo?
—Esta mañana. Me desperté pronto, cuando aún estaba oscuro. Había gente discutiendo en el pasillo, un hombre y una mujer. La voz de la mujer me recordó a la chica del teléfono, Evelyn Merrick, y..., bueno, que la cosa me alteró y no pude volver a dormirme. Empecé a pensar en la señorita Merrick y en cuando... en si volvería a saber de ella y en qué esperaba sacarme. Lo único que tengo es dinero.
Hizo una pausa, como esperando que él le llevara la contraria o le diera la razón. Blackshear se mantuvo en silencio. Sabía que estaba equivocada, pero tenía la impresión de que, a estas alturas, no conseguiría nada diciéndoselo: la señorita Clarvoe tenía algo más que dinero a la hora de captar el interés de Evelyn Merrick: su vulnerabilidad.
La señorita Clarvoe siguió hablando en voz baja:
—Me levanté, me tomé una pastilla y volví a dormirme. Soñé con ella, con Evelyn Merrick. Soñé que tenía una llave de mi suite y que se colaba en ella sin pensárselo dos veces. Era rubia, de aspecto vulgar, maquillada como una mujerzuela... Es como si la estuviera viendo ahora mismo. Se acercó al escritorio y se hizo con mi dinero. Con todo. —La señorita Clarvoe se interrumpió y le lanzó a Blackshear una mirada larga e intensa—. Ya sé que esos sueños no significan nada, aunque inquietan y asustan, pero en cuanto volví a despertarme, abrí el escritorio y me puse a contar el dinero.
—Ya.
Le he explicado lo del sueño porque quería dejar bien claro que tenía un motivo para contar el dinero. No es algo que haga habitualmente. No soy una avara que se refocila en su fortuna. Pero hablaba a la defensiva, como si en el pasado alguien la hubiera acusado de miserable.
—¿Por qué guarda tanto dinero en efectivo en su habitación? —le preguntó Blackshear.
—Lo necesito.
—¿Para qué?
—Bueno, pues... para propinas, para comprar ropa, cosas así.
Blackshear no se tomó la molestia de señalar que mil dólares daban para muchas propinas. Y el vestido negro de lana que llevaba la señorita Clarvoe permitía intuir que sus compras eran escasas y poco onerosas.
El silencio se extendió como la cinta adhesiva de un rodillo hasta que ya no se encontraba el punto lógico en que cortarla.
—Me gusta tener el dinero a mano —dijo ella finalmente—. Me da una sensación de seguridad.
—Debería ser al contrario.
—¿Por qué?
—Porque la convierte en un objetivo.
—¿Cree usted que eso es lo que Evelyn Merrick quiere de mí? ¿Solo dinero?
Blackshear se dio cuenta de que al enfatizar la palabra «solo», su interlocutora también sospechaba que había otros factores.
—Puede ser —dijo—. A mí me suena a un intento de extorsión. Puede que esa mujer trate de asustarla, acosándola hasta que usted esté dispuesta a pagar para quitársela de encima. También es posible que no vuelva a saber nada de ella.
La señorita Clarvoe apartó la vista y soltó un leve suspiro en un tono de cierta desesperación.
—Tengo miedo. A veces, hasta me asusta descolgar el teléfono.
Blackshear adoptó una expresión de gravedad:
—Helen, ¿no sabrá usted más de lo que me está contando?
—No. Se lo escribí todo en la carta que le envié, todo lo que se dijo. Esa mujer... está loca, ¿verdad, señor Blackshear?
—Algo perturbada, seguro. Pero no soy un especialista en estos temas. Yo me dedico a las acciones y los bonos, no a las psicosis.
—Así pues, ¿no tiene nada que aconsejarme?
—Creo que sería una buena idea tomarse unas vacaciones. Salga un tiempo de la ciudad. Viaje. Váyase a algún sitio en el que esa mujer no pueda encontrarla.
—No tengo a donde ir.
—Tiene el mundo entero —repuso Blackshear con impaciencia.
—No..., no.
El mundo era para las parejas, para los amantes, para maridos y mujeres, madres e hijas, padres e hijos. Por todo el mundo, hasta el horizonte, la señorita Clarvoe solo veía parejas como su padre y su madre y, ahora, Douglas y su madre, y esa visión le congelaba el corazón.
—Inglaterra —estaba diciendo Blackshear—. O Suiza. Me han dicho que St. Moritz está muy animado en invierno.
—¿Y qué iba a hacer yo en un sitio así?
—¿Qué hacen los demás?
—La verdad es que lo ignoro —dijo ella con seriedad—. He perdido el contacto con la gente.
—Pues debería recuperarlo.
—¿Y cómo se hace para encontrar lo que se ha perdido? ¿Alguna vez ha perdido usted algo, señor Blackshear?
—Sí. —Pensaba en su esposa y en sus oraciones eternas y silenciosas cuando ella se estaba muriendo, en los tratos que había hecho con Dios: llévate mis ojos, mis brazos, mis piernas, llévate lo que quieras, pero déjame a Dorothy.
—Lo siento —dijo la señorita Clarvoe—. No me he dado cuenta... Había olvidado que...
Blackshear encendió un cigarrillo. Las manos le temblaban de ira y de dolor y de un odio repentino hacia esa extraña mujer que lo hacía todo mal, que no se preocupaba por nadie y no daba nada de sí misma porque hasta era incapaz de acariciar a un perro.
—Usted me ha pedido consejo —dijo sin asomo de emoción—. Muy bien. En cuanto al dinero que falta, tendrá que informar a la policía. Tanto si le gusta como si no, es su deber como ciudadana.
—Deber —repitió ella, lentamente, como si la palabra tuviera un sabor que debiera ser analizado y un aroma pungente procedente del pasado: aceite de castor y álgebra y lágrimas no derramadas y uñas mordidas y tinta de plumas chorreantes. La señorita Clarvoe era una especialista. Podía escoger e identificar cada sabor por mucho que se hubiera alterado con el paso de los años.
—Por lo que respecta a esa mujer, Evelyn Merrick, ya le he dicho lo que debería hacer. Váyase de vacaciones. Hay personas desequilibradas que disfrutan haciendo llamadas anónimas a desconocidos o a gente a la que apenas conocen.
—Me dio su nombre. No era una llamada anónima.
—Para usted sí que lo era. No la conoce. Nunca había oído hablar de ella, ¿verdad?
—Eso creo. No estoy segura.
—Por regla general, ¿usted suele acordarse de la gente?, nombres, rostros, conversaciones...
—Oh, sí. —La señorita Clarvoe asintió con amarga satisfacción—. Sí que los recuerdo.
Blackshear se levantó y miró por la ventana hacia el tráfico del exterior. El tráfico de después de las cinco, con todo el mundo a toda prisa en todas direcciones para llegar a casa; a Westwood y Tarzana, a Redondo Beach y Glendale, a Escondido y Huntington Park, a Sherman Oaks y Lynwood. Era como si hubieran dado la orden de abandonar Hollywood y la evacuación tuviera lugar sin nadie al mando, a excepción de un solo guardia de tráfico con un silbato.
Dijo Blackshear por encima del hombro:
—No se le da bien aceptar consejos.
—Lo que me propone es imposible. Ahora mismo no puedo abandonar Los Ángeles, por motivos personales —añadió con vaguedad—. Mi familia.
—Ya. En tal caso, y aunque me encantaría ayudarle, me temo que no puedo hacer nada.
—Sí que puede.
—¿Qué?
—Encuéntrela.
Blackshear se dio la vuelta y puso mala cara.
—¿Por qué?
—Quiero... Tengo que verla, hablar con ella. Tengo que deshacerme de esta... incertidumbre.
—Puede que la incertidumbre sea cosa suya, Helen. Encontrar a una desconocida no es algo que le vaya a ayudar.
Ella levantó la mano con un gesto autoritario, como si pretendiera hacer callar a su oponente. Pero casi de inmediato, la dejó caer a un lado y dijo:
—Puede que no. Pero podría usted intentarlo.
—Lo único que tengo es un nombre.
—No. Hay algo más. Recuerde lo que dijo, que un día de estos sería famosa, que su... que su cuerpo estaría en todos los museos del país. Eso debe querer decir que posa para artistas, que es modelo.
—En esta ciudad hay modelos a patadas.
—Pero por lo menos es un punto de partida. ¿No hay agencias que llevan a las modelos?
—Sí.
—Podría empezar por ahí. Le pagaré, por supuesto. Le pagaré...
—Se olvida de algo.
—¿De qué?
—No estoy disponible.
Se quedó callada un momento.
—Le he ofendido al hablar de dinero? Lo siento. Cuando me ofrezco a pagar, no lo hago con intención de insultar. Simplemente, es todo lo que puedo ofrecer.
—Tiene usted muy mala opinión de sí misma, Helen.
—No nací así.
—¿Y qué le pasó?
—La historia es muy larga de explicar —repuso—. Y también muy aburrida de escuchar.
—Ya veo.
Pero no veía nada. Recordaba a Clarvoe como un hombre alto, delgado y de buen carácter, claramente enamorado de su divertida y siempre emperifollada esposa, Verna. Blackshear no podía entender los extraños cromosomas o las domésticas disensiones que habían fabricado a dos hijos tan incongruentes como Helen y Douglas. Nunca había intimado con la familia, pero los había conocido a todos desde que Helen iba a la universidad y Douglas a una escuela preparatoria militar. De vez en cuando, le invitaban a cenar en casa, y en tales ocasiones la conversación caía en manos de Verna Clarvoe, que siempre acababa hablando incansablemente de sí misma. Ninguno de sus hijos tenía gran cosa que decir, y aunque la tuvieran, habían sido educados para no abrir la boca. Eran como presidiarios modelo sentados a la mesa del alcaide: Douglas, de piel clara y frágil para su edad, y Helen, con su cabello negro bien aplastado y sus brazos y piernas huesudos.
Poco después de la muerte de Clarvoe, Blackshear se quedó sorprendido al leer en las páginas de sociedad del diario matutino que Douglas se había casado. Menos le sorprendió enterarse, al cabo de unas semanas, en la sección de asuntos legales, de que el matrimonio había sido anulado.
—Sé lo que está pensando —dijo la señorita Clarvoe—. Que debería contratar a un investigador experimentado.
Nada había estado más lejos de los pensamientos de Blackshear, pero prefirió no discutir:
—Me parece una buena idea.
—¿Conoce a alguno?
—A bote pronto, no. Mire en las páginas amarillas.
—No podría fiarme de un extraño. Ni siquiera me fío de...
Cerró la boca, pero sus ojos terminaron la frase: Ni siquiera me fío de usted. O de mi madre. O de Douglas. O de mí misma.
—Señor Blackshear —dijo—. Yo...
De repente, todo su cuerpo empezó a temblar, de manera convulsiva, como si estuviese a punto de dar a luz, y su rostro adquirió un aire atormentado, como si ya supiera que su retoño iba a nacer deformado, a ser un monstruo.
—Señor Blackshear... Yo... Ay, Dios...
Se dio la vuelta, apretó la frente contra la pared y hundió la cara entre las manos. Blackshear experimentó una gran compasión hacia ella, no por las lágrimas, sino por todo el esfuerzo necesario para producirlas. El parto de los montes dio a luz a un ratón.
—Calma, calma, no llore. Todo va a salir bien. Tranquilícese.
Decía todas esas cosas que había aprendido a decirle a su mujer, Dorothy, cada vez que se echaba a llorar, palabras carentes de sentido en sí mismas, pero que saciaban su necesidad de atención y comprensión. Las necesidades de la señorita Clarvoe eran más profundas y oscuras. Estaba más allá del alcance de las palabras.
Blackshear encendió otro cigarrillo, se volvió hacia la ventana e hizo como que le interesaba lo que veía, ese cielo oscuro, esos nubarrones. Puede que llueva esta noche... Si así es, no iré al despacho por la mañana... Puede que el médico tuviera razón, debería retirarme de una vez..., pero ¿qué haré con los días y qué harán ellos conmigo?
Se pasmó al descubrir súbitamente que, a su manera, lo tenía todo tan mal como la señorita Clarvoe. Ambos habían alcanzado la meseta de su existencia y estaban rodeados por montañas a un lado y profundos acantilados al otro. Tiempo atrás, Blackshear había escalado las montañas y explorado los precipicios, mientras que la señorita Clarvoe no había hecho ni una cosa ni otra; pero ahí estaban ahora los dos, en la misma meseta.
—Helen... —Se dio la vuelta y vio que ella había salido de la habitación.
Cuando regresó al cabo de unos minutos, se había lavado la cara y peinado el cabello.
—Por favor, señor Blackshear, discúlpeme. No suelo hacer el ridículo en público. —Sonrió tristemente—. Por lo menos, no tanto.
—Lamento haberla alterado.
—No ha sido usted. Eran... las otras cosas. Me temo que soy terriblemente cobarde.
—¿A quién le teme, a la ladrona o a la mujer?
—Creo que son la misma persona.
—Puede que esté interpretando el sueño de una manera excesivamente literal.
—No. —Inconscientemente, empezó a frotarse la frente, y Blackshear observó que lucía un leve rasguño que ya casi había sanado—. ¿Usted cree que una persona puede influenciar a otra para... que sufra un accidente?
—Supongo que es posible, si la sugestión es lo suficientemente fuerte por parte de la primera persona y si coincide con un deseo de autocastigo en la segunda.
—Hay cosas que no se explican por simple psicología.
—Supongo que sí.
—¿Usted cree en la percepción extrasensorial?
—No.
—Pues existe, en cualquier caso.
—Puede ser.
—Siento... de una manera muy fuerte... que esa mujer quiere destruirme. Lo sé. Considérelo una intuición, si quiere.
—Yo diría que es miedo —dijo Blackshear.
Y ella se le quedó mirando con cierta tristeza.
—Es usted como mi padre —dijo—. Para usted, nada existe si no puede tocarlo, verlo u olerlo. Mi padre no tenía oído: durante toda su vida, nunca supo que había una cosa llamada música. Siempre pensó que cuando la gente escuchaba música solo hacía como que oía algo que no estaba allí.
—No es una analogía muy acertada.
—Puede que más de lo que piensa. En fin, no le voy a retener más, señor Blackshear. Le agradezco que se haya tomado la molestia de venir a verme. Ya sé lo ocupado que está.
—No estoy nada ocupado. De hecho, estoy prácticamente jubilado.
—Ah. No me había enterado. Bueno, espero que disfrute de su tiempo libre.
—Lo intentaré. —¿Qué harás con los días?, se preguntaba. Coleccionar sellos, cultivar rosas, ver programas dobles en el cine, dormitar al sol en el porche de atrás y, cuando te sientas muy solo, ir al parque para hablar con los viejos en los bancos—. Nunca he tenido mucho tiempo libre para disfrutar. Tendré que practicar.
—Sí —dijo amablemente la señorita Clarvoe—. Me temo que sí.
Cruzó la habitación y abrió la puerta. Tras un instante de duda, Blackshear la siguió.
Se dieron la mano de nuevo y Blackshear dijo:
—No se olvide de informar a la policía del dinero desaparecido, ¿vale?
—No lo olvidaré, señor Balckshear. Simplemente, no lo haré.
—Pero ¿por qué?
—El dinero en sí carece de importancia. Cada vez soy más rica sin necesidad de levantar un dedo ni de salir de esta habitación. Con cada movimiento del reloj soy más rica. ¿Qué importancia tienen ochocientos dólares?
—De acuerdo, pero Evelyn Merrick sí que tiene importancia. Puede que la policía la encuentre.
—Puede que sí, si es que se toman la molestia de buscarla.
Blackshear sabía que estaba en lo cierto. La policía se interesaría por el hurto, pero no había la menor prueba de que lo hubiera cometido Evelyn Merrick. Y en cuanto a la llamada telefónica, el departamento recibía docenas de quejas similares a diario. La historia de la señorita Clarvoe sería archivada y olvidada, pues Evelyn Merrick no le había causado el menor daño físico, ni siquiera había verbalizado amenazas concretas. Nadie buscaría a esa mujer si no lo hacía él mismo.
Podría hacerlo, pensaba. No se trata de investigar uno de esos delitos importantes en los que la experiencia es necesaria. Todo lo que tengo que hacer es encontrar a una mujer. Eso no debería requerir más que una inteligencia normal, cierta perseverancia y algo de suerte. Encontrar a una mujer es mejor que coleccionar sellos o hablar con los viejales de los bancos del parque.
Mientras notaba cómo se iba estimulando, le vino repentinamente la idea irracional de que tal vez la señorita Clarvoe se lo había inventado todo, que de alguna manera se las había apañado para que hiciera lo contrario de lo que pretendía hacer.
- ¿Usted cree en la percepción extrasensorial, señor Blackshear?
- No.
¿No? Se la quedó mirando. Ahora sonreía.
—Ha cambiado de opinión —dijo ella, y en su voz no había el menor asomo de duda.

Capítulo 3

A la tarde siguiente, tras pasar la mañana al teléfono, Blackshear llegó a la sede de la empresa que se anunciaba en las páginas amarillas de la zona centro de Los Angeles como la Escuela de Lydia Hudson para Modelos con Encanto. Era una de las dos docenas de escuelas de ese estilo que aparecían en el listín y que solo se diferenciaban unas de otras en el nombre, la dirección y el grado de desinterés por las leyes de la probabilidad: Te convertiremos en una persona nueva... Cientos de trabajos rutilantes esperan a nuestras graduadas... Te garantizamos la mejoría de tu personalidad, elegancia, postura, maquillaje, figura y capacidad mental... Camina y habla desde la belleza, nuestro equipo te enseñará. La señorita Hudson llevaba a cabo sus milagros desde el segundo piso de un edificio de oficinas de la calle Vine. La parte visible del negocio era una estilizada mezcla de cristal, ladrillo, hierro forjado y mujeres jóvenes muy decididas en diferentes fases de consecución del prometido encanto. Dos de ellas parecían graduadas, pues llevaban su equipo profesional en sombrereras y lucían idéntica expresión, medio desilusionada, medio alerta, como viajeras que llevasen demasiado tiempo esperando un tren que no acababa nunca de llegar.
Repararon en la presencia de Blackshear e iniciaron de inmediato una animada conversación.
—¿Te acuerdas de Judy Hall? Pues por fin se ha comprometido.
—¡No me digas! ¿Y cómo ha sido eso?
—No me atrevo ni a imaginarlo. En fin, ya sabes que sus métodos son bastante contundentes, ¿no?
—No le queda más remedio. Se ha descuidado muchísimo este último año. ¿Te has fijado en su complexión? ¿Y en su postura?
—El problema no es la postura, sino la figura.
—Seguro que la señorita Hudson podría hacer maravillas al respecto...
Camina y habla desde la belleza, nuestro equipo te enseñará.
Blackshear se acercó al mostrador de recepción y las viajeras dejaron de hablar. Acababa de pasar otro tren sin detenerse.
—Tengo una cita con la señorita Hudson. Me llamo Blackshear.
A la recepcionista se le derrumbaron los párpados como si le pesara demasiado el rímel.
—En estos momentos, la señorita Hudson está en clase de conversación, señor Blackshear. ¿Podría esperar?
—Pues sí.
—Tome asiento por allí.
La chica se puso a ondular por la sala, caminando desde la belleza, y desapareció tras una puerta de cristal esmerilado en la que ponía privado. Al cabo de un minuto, apareció por esa misma puerta una mujer bajita con el cabello de color caqui y la boca a juego. No ondulaba. Caminaba apresuradamente con los hombros hacia atrás y la cabeza hacia delante, formando un ángulo ligeramente agresivo, como si esperara ser atacada por un fuerte viento o una clienta cabreada.
—Soy Lydia Hudson. —Tenía una voz incongruentemente suave y agradable, con un leve acento de Nueva Inglaterra—. Lamento haberle hecho esperar, señor Blackshear.
—No lo ha hecho.
—Me sorprendió bastante su llamada. Sonaba usted muy misterioso.
—Digamos que perplejo más que misterioso.
—Muy bien. —Lanzó una sonrisa profesional que no se hizo extensiva a sus ojos-Usted no es policía, ¿verdad, señor Blackshear?
—No.
—Abogado, igual. Y la chica Merrick, una heredera desaparecida hace tiempo. Eso sería divertido.
—Lo sería.
—Pero no es así, ¿verdad?
—No.
—Nunca lo es. —La señorita Hudson observó a las dos modelos que tanto se esmeraban en hacer como que no escuchaban—. Vuestro momento aún no ha llegado, chicas. Lo siento.
Una de las modelos dejó la sombrerera en el suelo y empezó a recorrer la sala.
—Pero, señorita Hudson, usted dijo que estuviéramos aquí a las dos y...
—Paciencia, Stella. Paciencia y elegancia. Un instante de ira le puede hacer más daño a tu piel que dos pasteles.
—Pero...
—Stella, recuerda que ahora eres una graduada. No te puedes permitir el lujo de comportarte como una novata. —Y a Blackshear le dijo en voz baja—: Véngase a mi despacho. No podemos hablar aquí, delante de estas cretinas.
El despacho de la señorita Hudson estaba artísticamente diseñado para atraer a nuevas alumnas. A cada lado del escritorio que ocupaba, había una lámpara de pantalla rosa que mejoraba su complexión y hacía que su cabello pareciera casi auténtico. El otro extremo del cuarto, reservado para clientas potenciales, estaba iluminado desde el techo con tubos fluorescentes que arrojaban una luz blanca y mortecina, y dos de las paredes estaban decoradas con espejos de cuerpo entero.
—Esta es nuestra sala de consultas —dijo la señorita Hudson—. A las chicas nunca les hago ninguna crítica personal. Simplemente, las dejo que se estudien en el espejo y me digan qué es lo que no funciona. De esta manera, la relación resulta más agradable y el negocio lo agradece. Siéntese, por favor, señor Blackshear.
—Gracias. ¿Y por qué lo agradece el negocio?
—A menudo descubro que las chicas son más duras consigo mismas de lo que yo sería. Esperan más, ¿entiende?
—Me temo que no.
—Verá, a veces aparece una chica muy guapa a la que yo no le encuentro la menor pega. Pero ella sí, porque lo más probable es que se esté comparando con Ava Gardner. Así pues, se apunta a mis cursos. —La señorita Hudson sonrió con frialdad—. Garantizamos los resultados, claro está. ¿Un cigarrillo?
—No, gracias.
—Pues nada, ahora ya sabe usted tanto como yo de mi negocio. O —añadió con mirada sagaz— todo lo que le interesa de él, ¿no?
—Lo encuentro muy interesante.
—A mí a veces me saca de quicio, pero es una fuente de ingresos y tengo tres hijas que alimentar. La pequeña tiene catorce años. Cuando vaya a la universidad o la case con algún chico bueno y acomodado, me jubilaré. Me tiraré todo el día en casa en albornoz y zapatillas y no abriré otro frasco de crema facial en lo que me quede de vida. Y cada mañana, cuando me levante, me miraré al espejo y me echaré a reír ante cada nueva arruga o cana que me haya salido. —Hizo una pausa para respirar—. No me haga caso. Estoy bromeando. Creo. En cualquier caso, usted no ha venido aquí para oírme charlar. ¿Qué quiere saber de la tal Evelyn Merrick?
—Todo lo que pueda contarme.
—No será mucho. Solo la he visto una vez y eso fue hace una semana. Leyó mi anuncio en el News en el que se ofrecía, por tiempo limitado, una consulta gratuita y se presentó aquí y se sentó en esa misma silla que ahora ocupa usted. Era una morenita escuálida muy mal vestida y maquillada como un pendón. Desde un punto de vista profesional, lo suyo era de muy difícil arreglo. Llevaba uno de esos cortes de pelo italianos, a lo chico, que se le había echado a perder. Se supone que son como naturales, ¿sabe?, pero en realidad necesitan muchos cuidados. Y su ropa... —La señorita Hudson se detuvo en seco—. No será amiga suya, espero.
—Nunca la he visto.
—¿Y entonces por qué quiere encontrarla?
—Atengámonos a la historia de la heredera desaparecida —dijo Blackshear—. Me está empezando a gustar.
—A mí siempre me ha encantado.
—¿Le ofreció esa consulta gratis?
—Hice lo de costumbre, tratar de que se sintiera cómoda, llamarla por el nombre de pila y cosas así. Luego le pedí que se pusiera de pie, diera unas vueltas, se mirara al espejo y me dijera qué era lo que, según ella, necesitaba una corrección. En general, a las chicas les da vergüenza cuando llega ese momento, y suelen soltar unas risitas. Pero ella no. Actuaba de una manera..., en fin, extraña.
—¿Qué hizo?
—Se quedó ahí de pie, mirándose al espejo y sin decir nada. Parecía fascinada por sí misma. Era yo la que sufría el bochorno...
- Deambula un poco por aquí, Evelyn.
La chica no se movió.
- ¿Estás satisfecha con tu postura? ¿Y con tu piel? ¿Qué me dices del maquillaje?
No respondía.
- Solemos dejar a nuestras posibles alumnas que se autoanalicen. No podemos corregir defectos que la alumna no admite tener. Vamos a ver, ¿dirías que estás absolutamente a gusto con tu figura? Échate un buen vistazo y sé sincera contigo misma.
Evelyn parpadeó y se dio la vuelta:
- El espejo está distorsionado y la luz es mala.
- La luz no es mala —dijo la señorita Hudson, ofendida—. Es... realista. Hay que afrontar los hechos antes de alterarlos.
- Si usted lo dice, señorita Hudson.
- Sí, lo digo. Yo... ¿Cuántos años tienes, Evelyn?
- Veintiuno.
Me debe tomar por tonta, se dijo la señorita Hudson.
- ¿Y quieres ser modelo?
- Sí.
- ¿De qué tipo?
- Quiero posar para artistas. Pintores.
- No hay mucha demanda para esa clase de...
- Tengo buenos pechos y no me enfrío con facilidad.
- Mi querida jovencita —dijo la señorita Hudson con profunda ironía—. ¿Y qué más sabes hacer aparte de no enfriarte con facilidad?
- Se está burlando de mí. Lo que pasa es que no lo entiende.
- ¿Qué es lo que no entiendo?
- Que quiero ser inmortal.
La señorita Hudson cayó en un silencio atónito.
- No se me ocurría otra manera de lograrlo —dijo la chica—. Y entonces vi su anuncio, y la idea me vino de repente. Imagínese que me pinta alguien, un artista realmente importante. Entonces seré inmortal. La cosa tiene lógica, si se para usted a pensarlo.
La señorita Hudson no tenía el menor interés en esa posibilidad. No tenía tiempo para preocuparse por la inmortalidad: el día de mañana ya pintaba lo suficientemente mal.
- ¿Por qué habría de preocuparle la muerte a una mujer joven como tú?
- Tengo una enemiga.
- ¿Y quién no?
- No, me refiero a una enemiga de verdad —afirmó educadamente Evelyn—. La he visto. En mi bola de cristal.
La señorita Hudson contempló el barato vestido de rayón con manchas en los sobacos.
- ¿Así es como te ganas la vida, prediciendo el futuro?
- No.
- ¿En qué trabajas?
- Ahora mismo estoy desempleada. Pero puedo conseguir dinero si lo necesito. Lo suficiente para pagar su curso.
- Comprenderás que tenemos lista de espera —mintió la señorita Hudson.
- No. No, yo pensaba...
- Estaré encantada de añadir tu nombre a la lista. —Y allí se va a quedar. No quiero saber nada de tu inmortalidad. O de tu bola de cristal—. ¿Me deletreas el apellido?
- M-E-R-R-I-C-K.
- Evelyn Merrick. Edad, veintiuno. ¿Dirección y número de teléfono?
- Pues no lo sé muy bien. Mañana dejo el sitio en el que vivo y aún no he decidido adónde voy.
Sin dirección, apuntó la señorita Hudson en su cuaderno. Estupendo. Me dará la excusa perfecta para no llamarla.
- La telefonearé cuando esté instalada —dijo Evelyn—. Así me podrá decir cuándo habrá una plaza para mí.
- Puede tardar bastante.
- Seguiré intentándolo, de todos modos.
- Sí —dijo secamente la señorita Hudson—. Estoy convencida de que sí.
- La llamaré, pongamos, ¿dentro de una semana?
- Escúchame un momento, Evelyn. En tu lugar, yo reconsideraría eso de ser modelo. Yo...
- Usted no soy yo. La llamaré en una semana...
—Eso era ayer —le dijo la señorita Hudson a Blackshear—. Pero no llamó. Y no sé si me alegro o si lo lamento.
—Pues yo creo —dijo Blackshear— que debería alegrarse.
—Supongo que sí. Esa no está bien de la cabeza. Es evidente que mis chicas no son gigantes intelectuales; ninguna de ellas tiene el coeficiente muy elevado, que digamos, pero no están tan chifladas como ella. ¿Sabe lo que me pregunto, señor Blackshear?
—No.
—Me pregunto qué vio en el espejo cuando estaba frente a él, semihipnotizada. ¿Qué vio?
—Se vio a sí misma.
—No —la señorita Hudson negó con la cabeza—, yo sí que la veía. Ella veía a otra persona. Pone los pelos de punta, ¿eh?
—No especialmente.
—A mí sí. Sentí compasión por ella. Pensé, imagínate que fuese una de tus hijas... Imagínate que te pasa algo antes de que estén a salvo y sean mayores, antes de que puedan valerse por sí mismas... En fin, no seguiré por ahí. Es muy deprimente. Además, tengo buena salud y conduzco con precaución. Y por si eso no fuera suficiente, tengo una hermana perfectamente capaz de ocuparse de las chicas si me pasa algo. —En un arrebato de ira, la señorita Hudson le atizó al frágil escritorio de color malva y blanco con la palma de la mano—. ¡Maldita chica! Llevas años tan tranquila, haciendo las cosas lo mejor que puedes, sin preocuparte por la muerte, y de repente te pasa algo así. Aparece una chiflada llena de ideas locas que ya no te puedes quitar de la cabeza. No es justo. Maldita sea. Lamento haber intentado ayudarla.
Blackshear alzó las cejas:
—¿Cómo intentó ayudarla exactamente, señorita Hudson?
—Puede que no lo hiciera. Pero lo intenté. Me di cuenta de que estaba sin blanca, así que le di el nombre de un señor. Pensé que igual él le pasaba algún trabajillo hasta que recuperara el sentido, si eso era posible.
—¿Qué tipo de trabajo?
—Posando. El hombre es artista, y de los buenos, lo cual significa que tiene que dar clases para llegar a fin de mes. Utiliza modelos en el aula, no solo chicas guapas, sino de todo tipo y tamaño. Supuse que no haría ningún daño enviarle a Evelyn. Igual le gustan sus lóbulos o el dedo gordo del pie o algo. A Moore le chiflan los detalles.
—¿Moore?
—Harley Moore. Tiene el estudio en la avenida Palm, al lado de Sunset y cerca del bulevar Santa Monica.
—¿Usted sabe si ella ha posado alguna vez?
—Dijo que sí. Dijo que había trabajado para Jack Terola. Es un fotógrafo, vive a diez o doce manzanas al sur de aquí. No sé gran cosa de él a excepción de que paga muy bien. Hace ilustraciones fotográficas para esas revistas de confesiones... Ya sabe, esas en que sale una mujer horrorizada porque está viendo cómo su marido besa a la secretaria, o una joven maestra que es asaltada en el coro de la iglesia..., ese tipo de cosas. Mi hija pequeña las lee todas. Me vuelve loca para conseguir quitárselas. Ese material les da a los críos una idea equivocada del mundo... Acaban creyendo que a todas las secretarias se las cepilla el jefe y que a todas las maestras las asaltan en el coro. Y eso no es verdad.
—Espero que no.
—Pues eso es lo que hay.
Blackshear no sabía exactamente qué era lo que había. Pero sí sabía hacia dónde se dirigía.

* * *

El camino hacia el encanto resultaba aparentemente más provechoso que la meta: la señorita Hudson se podía permitir muros de cristal y paredes de caoba, pero la casa de Terola era un edificio de estuco largo y estrecho situado entre un callejón eufemísticamente llamado Jacaranda Lane y una construcción cutre de tres plantas reciclada en apartamentos. En la ventana esmerilada, escrito con letras negras, se leía:

Estudio fotográfico. Jack Terola, propietario

Modelos de calendario

Clases en grupo para aficionados y profesionales

Estudios en alquiler para grupos artísticos

Venga a cualquier hora

Blackshear entró. Pese a las hileras de archivadores y las muestras del trabajo de Terola que había en las paredes, la oficina seguía pareciendo lo que había sido en un principio, el salón de alguien. En uno de los extremos de la sala había una sucia chimenea de ladrillo rojo de aspecto desolado y fútil, como si la larga falta de uso la hubiera convertido en un simple agujero en la pared que algún operario chapucero se había olvidado de cubrir. A la derecha de la chimenea había una alcoba con cortinas. Las cortinas no estaban corridas, por lo que Blackshear pudo ver parte del interior: un sillón de cuero marrón, con el asiento arrugado por el tiempo, un diván parcialmente cubierto por una colcha anticuada y, encima de él, una ventana al exterior. A Blackshear, esa alcoba le recordaba a su infancia en el Medio Oeste: toda la gente bien tenía un «porche al sol» que era indescriptiblemente cálido en verano y de lo más frío en invierno, por lo que carecía de la menor utilidad más allá del prestigio social.
El porche de Terola no parecía tanto una señal de prestigio como de necesidad. Era evidente que el diván se usaba para dormir: una sábana sucia asomaba por debajo de la colcha y el cojín estaba manchado de aceite capilar.
No había nadie a la vista, pero desde detrás de la puerta cerrada situada al final de la habitación salían ruidos de actividad: un equipo estaba siendo arrastrado por un suelo de madera, voces que subían y bajaban de intensidad. Blackshear no podía distinguir las palabras, pero el tono resultaba de lo más evidente. Alguien estaba dando órdenes y alguien no las estaba obedeciendo.
Estaba a punto de llamar a la puerta cerrada cuando reparó en el letrerito apoyado en la máquina de escribir del escritorio de Terola: Si necesita atención, llame, por favor.
Llamó, esperó, volvió a llamar y, finalmente, la puerta se abrió y apareció una chica joven envuelta en un una bata de seda estampada. No llevaba maquillaje y su rostro brillaba de humedad. El agua le chorreaba por el corto cabello negro y se le deslizaba cuello abajo, empapando la bata de seda, que se le pegaba a la piel. La cosa no parecía preocuparla.
—¿Quería usted algo?
—Me gustaría hablar con el señor Terola.
—Ahora está ocupado. Tome asiento.
—Gracias.
—Se supone que me estoy ahogando, pero Jack no le pilla el punto al agua. Se supone que es el lago Michigan, ¿sabe usted?
Blackshear asintió con educación para indicar que lo entendía.
—A Jack le encantan las escenas de ahogamiento —añadió la muchacha—. Yo preferiría no mojarme, francamente. Tal como yo lo veo, también podrían haberme apuñalado. Y nos ahorraríamos todo este follón del lago Michigan. ¿De verdad no quiere sentarse?
—Estoy estupendamente.
—Allá usted. ¿Viene por negocios?
—En cierto modo. Me llamo Paul Blackshear.
—Encantada de conocerle. Yo soy Nola Rath. Bueno, más vale que vuelva al tajo. ¿Quiere una revista para entretenerse?
—No, gracias.
—La cosa puede tardar lo suyo. Si Jack consigue lo que busca, saldrá en un periquete, pero si no, no aparecerá.
—Esperaré.
—Ya me podrían haber apuñalado —dijo la chica—. En fin, le diré a Jack que está usted aquí.
Se fue dejando un reguero de gotas de agua y un aroma a pelo mojado.
Nola Rath. Blackshear repetía su nombre mentalmente mientras se preguntaba qué edad tendría. Puede que veinticinco, unos pocos años menos que Helen Clarvoe, sí, pero toda una generación parecía separarlas. La edad de la señorita Clarvoe no tenía gran cosa que ver con la cronología. Era una mujer de mediana edad porque no tenía nada que la mantuviese joven. Era una víctima propiciatoria, ciertamente, pero no tan solo de Evelyn Merrick, sino también de la propia vida.
A Blackshear esa idea le deprimía. Quería dejar de pensar en ella, pero se le enganchaba a la mente como una promesa rota. Consultó su reloj. Las tres y diez. Se había levantado viento. Las cortinas de la alcoba de Terola revoloteaban hacia dentro y hacia fuera y se agitaban las telarañas de la chimenea, de cuyo interior emergía el sonido de los ratones.
—¿Quería verme?
Blackshear se dio la vuelta, sorprendido de no haber oído abrirse la puerta ni los pasos subsiguientes.
—¿Señor Terola?
—El mismo.
—Me llamo Blackshear.
Se dieron la mano. Terola tenía cuarenta y pocos años y era un hombre alto y muy delgado de postura inclinada, como si intentara reducirse a un tamaño normal. Tenía unas cejas negras y espesas que se le movían con impaciencia al hablar, como si negaran en silencio las palabras que le salían de esa boca tan suave y femenina. Dos finas líneas paralelas de cabello gris le cruzaban la calva como raíles.
—Espere un momento. —Terola echó a andar hacia la alcoba y corrió las cortinas con irritación—. Aquí está todo hecho un asco. Mi secretaria está en casa con paperas. A su edad, con paperas. Yo creía que eso era cosa de niños. En fin, ¿qué puedo hacer por usted, señor Blackshear?
—Creo que emplea, o que ha empleado, a una joven llamada Evelyn Merrick.
—¿En qué se basa?
—Alguien me lo dijo.
—¿Como quién?
—La señorita Merrick usó su nombre como referencia cuando fue a solicitar clases como modelo. Aseguraba que había trabajado para usted.
—¿Qué clase de trabajo?
—El que usted tuviera a bien ofrecerle —dijo Blackshear tratando de ocultar su impaciencia—. Usted se dedica al arte, más o menos, ¿no?
—Más o menos, no. Me dedico al arte.
—Como usted prefiera. ¿Se acuerda de la señorita Merrick?
—Puede que sí, puede que no. No suelo responder gran cosa si no hay un buen motivo para ello. ¿Lo tiene, señor Blacksheep?
—Blackshear.
—No es que no quiera cooperar. Lo que pasa es que antes me gusta saber con quién estoy cooperando y por qué. ¿A qué se dedica, caballero?
—Soy asesor de inversiones.
—¿Y?
—Digamos que hay una herencia que repartir y que puede que a Evelyn Merrick le caiga una parte.
Terola habló con la boca prácticamente cerrada, sin apenas moverla, como si tuviera miedo de que hubiera algún lector de labios agazapado tras las cortinas de la alcoba o en el agujero de la chimenea.
—A ese tipo de chicas no les cae una parte de nada, señor mío.
—O sea, que vino aquí.
—Pues sí. Me soltó un rollo sobre su madre moribunda, así que le di un par de horas de trabajo. Me encantan las madres moribundas, a no ser que cambien de opinión y sigan vivas, como hizo la mía.
—¿Le dio algún problema la chica Merrick?
—A mí esas tías no me dan problemas. Las echo a las primeras de cambio.
—¿La echó a ella?
—Tuve que hacerlo. Empezó a meter la nariz donde no debía.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace un par de semanas, puede que menos. Cuando empiezan a curiosear hay que echarlas —dijo Terola, y añadió—: No es que tenga nada que ocultar. Lo que pasa es que no me gustan los fisgones. Me ponen los pelos como escarpias. Los pocos que me quedan.
—¿Qué más hizo aparte de fisgonear?
—Oh, tenía una idea idiota acerca de que yo la convirtiera en inmortal. Al principio pensé que bromeaba para hacerme reír, ¿sabe usted? Y como tengo un buen sentido del humor, pues me eché a reír. Pero ella se puso como una hidra. Si quiere que le diga la verdad, yo creo que no está del todo en sus cabales.
—¿Qué trabajo le dio exactamente a Evelyn Merrick?
—Posados.
—¿Para usted en persona? ¿O para uno de sus grupos «artísticos»?
—¿Y eso qué más da?
—A mí puede importarme mucho.
—¿Por qué?
—Si posó para usted, para ilustrar una historia de alguna revista, podría facilitarme una foto. Si trabajó para su grupo artístico, no creo que pueda.
Terola apagó la colilla de su cigarrillo en un cenicero.
—Nunca regalo fotos.
—¿Y para qué las usa? ¿Para hacer chantaje?
—Chantaje es una palabra asquerosa. Más vale que se largue antes de que se la haga tragar.
—No me había dado cuenta de lo sensible que era, Terola.
—No quiero problemas con gente como usted. Largo.
—Gracias por la información.
Terola abrió la puerta:
—Váyase al infierno.
Blackshear echó a andar por el callejón y subió a su coche. Era la primera vez en treinta años que había estado a punto de liarse a bofetadas, y la experiencia despertaba viejos recuerdos y temores, así como cierta excitación primitiva. Le temblaba la mano con la que ponía en marcha el vehículo y la ira le presionaba los párpados cual pulgares de hierro. Quería volver y retar a Terola, aporrearle hasta el final, matarle, si era necesario.
Pero mientras conducía en dirección al estudio de Harley Moore, la cortante brisa marina enfrió sus pasiones y neutralizó el ácido que le corroía la mente. No soy tan civilizado como me gusta creer que soy. No había necesidad de provocarle. Lo he hecho todo mal. A ver si me porto mejor con Moore.

Capítulo 4

Bertha Moore se había pasado quince años esperando un hijo, y cuando ese hijo, una niña, vino al mundo, no acababa de creerse su buena suerte. Tenía que calmarse a sí misma constantemente. A todas horas del día y de la noche, caminaba de puntillas hacia el cuarto de la niña para cerciorarse de que seguía allí, viva. Era incapaz de sentarse a leer o a coser ni que fuera un minuto: parecía estar semisuspendida en el aire, como un globo lleno de gas atado a un cordel. Y al extremo de ese cordel, inmutable y permanente, estaba su marido, Harley.
Bertha no cometió el error de ignorar a Harley tras el nacimiento del bebé. De hecho, era extremadamente amable con él, pero se trataba de una amabilidad tan planeada como carente de emoción; en el fondo de su mente siempre rondaba el pensamiento de que debía esforzarse de manera deliberada en tener contento a Harley porque la niña crecería más saludable y equilibrada si tenía un hogar feliz y un buen padre.
El tiempo libre que le quedaba lo empleaba en conversaciones con amigos y parientes acerca de lo perfecta que era su niña, así como en frenéticas llamadas al pediatra cada vez que esta vomitaba o a Harley cuando se echaba a llorar sin motivo aparente. A lo largo de sus casi veinte años de matrimonio, si algo había aprendido Bertha era a no molestar a Harley en su estudio. Cosa que desaprendió en un solo día, con facilidad y sin el menor asomo de remordimiento. Sus apariciones eran «por el bien del bebé», por lo que no merecían ningún reproche ni ninguna crítica. La niña crecía feliz e inconsciente de sus exigencias hacia sus progenitores. Bertha la llamaba Angie, un diminutivo de Ángel, palabra sin conexión alguna con su nombre real, Stephanie Caroline Moore.
A las cuatro en punto, Angie no estaba de humor para el biberón. Bertha recorría el salón con ella en brazos cuando sonó el teléfono. Se pasó el bebé cuidadosamente del brazo izquierdo al derecho y descolgó el auricular.
—¿Dígame?
—Hola. ¿Es usted la señora Moore?
—Sí.
—Usted no me conoce, pero soy amiga de su marido.
—¿Ah, sí? —dijo Bertha con alegría, aunque no prestaba la menor atención. El pelo de la niña le rozaba suavemente el cuello y su cálida piel olía a flores y a sol.
—Soy Evelyn Merrick. Puede que su marido le haya hablado de mí...
—Puede ser. —Con un esfuerzo considerable, la niña giró la cabecita para escuchar la conversación, poniendo una cara que a su madre le hizo reír a carcajadas.
—¿Está usted sola, señora Moore?
—Yo nunca estoy sola. Tenemos un bebé, ¿sabe usted?
Hubo una pausa.
—Claro que lo sé.
—Ayer cumplió cuatro meses.
—Son tan monos a esa edad...
—¿A que sí? Pero Angie aparenta seis en vez de cuatro. Hasta el médico lo dice. —Esto era prácticamente cierto. Tras la notable insistencia de Bertha, el médico había reconocido que Angie estaba «muy adelantada» y lucía «un bonito desarrollo».
—Es un nombre muy lindo, Angie.
—La verdad es que es solo un apodo. —Qué voz tan bonita tenía esa mujer, se decía Bertha, y cuánto interés mostraba en la cría—. Hablando de nombres, me temo que no se me ha quedado el suyo.
—Evelyn Merrick. Soy la señorita Merrick.
—Me resulta familiar. Estoy casi segura de que Harley me ha hablado de usted. En general, estoy tan ocupada con el bebé que no me entero de lo que me dicen... Ya vale, Angie. No, no, eso no se toca... Está tratando de desenchufar el teléfono.
—Parece de lo más adorable.
—Oh, sí que lo es.
Bertha se había tirado tantos años admirando bebés ajenos —diciendo la verdad si eran monos, disimulando si no lo eran— que creía tener derecho a que ahora las demás mujeres admiraran al suyo. Lo mejor de todo era que ninguna de ellas tenía que fingir con Angie. La niña era perfecta. Para Bertha, ningún piropo resultaba excesivo ni ningún halago inmerecido: todo se lo tragaba con gran tranquilidad y lo digería sin el menor problema.
—¿Se parece a usted o a Harley?
—Oh, a mí, me temo —repuso Bertha con una risita orgullosa—. Eso dice todo el mundo.
—Me encantaría verla. Los bebés... me vuelven loca.
—¿Por qué no viene a casa?
—¿Cuándo?
—Pues esta misma tarde, si quiere. Angie está incansable, faltan horas para que se vaya a dormir. —Sería divertido enseñarle el bebé a una amiga de Harley, para variar. Harley era de lo más modesto con Angie y casi nunca traía a nadie para que la viera—. Harley no llegará hasta las seis. Podemos tomar el té y charlar un poco, y le enseñaré el cuaderno de Angie. ¿Usted es artista, tal vez, señorita Merrick?
—En cierta manera.
—Lo suponía. Harley dice que la niña es muy pequeña para que le hagan un retrato, pero yo... Bueno, da igual. Ya lo verá usted misma. ¿Sabe dónde vivimos?
—Sí. Será un placer conocerla, señora Moore.
Se despidieron y Bertha colgó, experimentando una agradable excitación de su orgullo materno.
No era, por naturaleza o experiencia, una mujer dada a las sospechas —Harley tenía docenas de amigos de ambos sexos—, y no le parecía extraño que Evelyn Merrick no le hubiera explicado el motivo de su llamada. Le dijo a Angie:
—Una señora muy guapa va a venir a admirarte y quiero que estés absolutamente encantadora.
Angie se chupó los dedos.
Cuando le cambió los pañales y el vestidito y le peinó cuidadosamente el centímetro de pelo que tenía, Bertha volvió al teléfono para llamar a Harley.
Este contestó en persona, en su tono habitual al descolgar el teléfono, frío y desconfiado, como si esperara que le aburrieran o intentaran embaucarle.
—¿Har? Tranquilo, soy yo.
—Ah. ¿Le pasa algo a la niña?
—Nada de nada. Está estupenda.
—Mira, Bertha, ahora estoy muy liado. Tengo aquí a un señor que...
—No tardaré mucho, cariño. Solo quería decirte que no te des prisa en volver a casa. Tengo compañía para tomar el té. Una tal señorita Merrick va a venir a ver a la niña.
—¿Quién?
—Una amiga tuya, Evelyn Merrick.
—¿Va a aparecer por ahí?
—Pues sí. ¿Qué ocurre, Har? Pareces un poco...
—¿Cuándo va a ir?
—Pues no lo sé. No hemos quedado a una hora concreta.
—Escúchame con atención, Bertha. Cierra bien las puertas y quédate en casa hasta que yo aparezca.
—No entien...
—Haz lo que te digo. Estaremos allí en quince minutos.
—¿Por qué dices «estaremos»?
—Hay un hombre en mi estudio que anda detrás de esa mujer. Dice que está loca.
—Pero si parecía de lo más dulce... Y tenía tanto interés en ver a Angie...
Pero Harley ya había colgado.
Bertha se levantó, pálida y con los ojos como platos, apretando al bebé contra sus pechos. Angie, notando la repentina tensión y quejándose de un abrazo tan prieto y desesperado, se echó a llorar.
—Pórtate bien, Angie —le dijo su madre con voz muy calmada—. No pasa nada, no hay que tener miedo.
Pero esa voz suave no consiguió tranquilizar a la niña, que oía el latir apresurado del corazón de su madre, sentía cómo le temblaban a esta los músculos y olía a miedo.
—Nos limitaremos a cerrar bien las puertas y esperar a papá. No hay por qué llorar. Madre de Dios, ¿qué van a pensar los vecinos de una niña tan pequeña y tan gritona?
Transportando al bebé aullador, Bertha cerró las tres puertas que daban al exterior y corrió las espesas cortinas del ventanal del salón. Luego se sentó en la mecedora que Harley le había regalado porque ella había insistido en que nadie podía criar a un bebé sin una. La habitación a oscuras y el suave ritmo de la mecedora consiguieron calmar a la niña.
—Así me gusta. Ahora te quedas quietecita y te duermes. Dios mío, no hay que ponerse nervioso por una tontería como una loca...
Sonó el timbre de la puerta.
Sin ni siquiera mirar hacia allí, Bertha se llevó a la niña dormida a su cuarto, la acostó en la cuna y la tapó con una manta. Luego regresó lentamente al salón principal mientras volvía a sonar el timbre. Se quedó de pie, esperando y a la escucha, con la cara petrificada. No se oían coches pasar o niños jugando o mujeres regresando a toda prisa a casa del supermercado. Era como si todo el mundo, prevenido del peligro, se hubiese trasladado a otra parte de la ciudad.
—¿Señora Moore? —dijo una voz, suave pero persistente, a través de la rendija de la puerta de madera de roble—. Déjeme pasar.
Bertha se tapó con fuerza la boca con el dorso de la mano, como si tuviera miedo de que se le escaparan las palabras sin pretenderlo.
—He venido corriendo. Me muero de ganas de ver al bebé. Déjeme entrar... Sé que está usted ahí, señora Moore. Pero ¿qué le ocurre? ¿Me tiene miedo? Pero si yo soy incapaz de hacer daño a nadie. Solo quiero ver al bebé de Harley... Puede que Harley y yo también tengamos uno.
Las palabras se deslizaron por la rendija de la puerta cual gotas de veneno capaces de matar al menor contacto.
—¿Eso la sorprende, señora Moore? Parece que no sabe usted gran cosa de lo que pasa en ese estudio suyo, ¿verdad? ¿Qué cree que ocurre después de que yo pose desnuda?
Hazla callar, rezaba Bertha en silencio. Está mintiendo. Está loca.
Harley nunca... Él no es así... Me dijo que para él era como si todas fuesen de madera...
—Ah, y no se crea que soy la única. Solo soy la última. Después de posar, la cosa viene de una manera tan natural, tan inevitable... ¿Ha estado en la inopia todos estos años? ¿Nunca se le ha ocurrido pensar en esa posibilidad? Igual ahora sí, ¿verdad? Debería prestarle mi bola de cristal. ¡La de cosas que vería!
Y empezó a describírselas, lenta y minuciosamente, como si estuviera instruyendo a un niño. Y Bertha escuchó como una niña, sin entender algunas de las horribles palabras que ella usaba, pero hipnotizada ante el mal que implicaban. No podía moverse, no podía apartarse del alcance del veneno. Gota a gota, este le quemaba el corazón e inscribía pesadillas en su cerebro.
Acto seguido, de forma repentina, llegó desde la esquina la canción alegre y movida de un cantante callejero: My Bonnie lies over the ocean... Oh bring back my Bonnie to me. La canción terminaba y volvía a empezar, pero en el intervalo entre ambas interpretaciones Bertha escuchó el ruido de los taconazos sobre el cemento. Avanzando sin vida, como un muñeco sobre sus goznes, se trasladó al salón y separó los cortinajes del ventanal.
Una mujer corría calle abajo, con su pelo oscuro ferozmente azotado por el viento y el abrigo revoloteando en torno a sus piernas flacuchas. Dio la vuelta a la esquina, sin dejar de correr, en dirección sur.
Bertha regresó al cuarto de la niña. Angie dormía de lado con el pulgar en la boca.
Se quedó de pie junto a la cuna y contempló al bebé, con expresión ausente, preguntándose qué clase de hombre era su padre.

* * *

—Bertha. ¿Estás bien, cariño?
—Por supuesto.
—Hemos llegado lo antes que hemos podido. Este es el señor Blackshear. Mi mujer, Bertha.
—Encantada. —Le dio la mano a Blackshear—. ¿Le apetece una copa?
—Pues sí, gracias —repuso este.
—Yo también me tomaré una. Iba a tomar el té, pero... Iba a tener compañía para el té. Una señora muy agradable iba a venir a ver al bebé. Vestí a Angie de punta en blanco y la peiné. Recuerdo que me sentía muy feliz. Pero eso fue hace mucho tiempo.
—Bertha, ¿estás segura de que te encuentras bien?
—Sí —repuso educadamente. Qué extraño se le antojaba Harley, con su corte de pelo militar, su bronceado y sus gafas de pasta. No tenía ningún aspecto de pintor. Igual se debía a que ya no se dedicaba mucho a la pintura, teniendo en cuenta que en su estudio pasaban cosas más importantes...
Harley preparó un combinado a base de bourbon. Estaba flojo y amargo, y tras el primer sorbo, Bertha se limitó a llevarse el vaso a los labios y a mirar a Blackshear por encima. Tranquilo, digno, respetable. Pero vete a saber. Si no podías confiar en Harley, no podías confiar en nadie en todo el mundo.
La mano le temblaba y parte de la bebida se le derramó sobre el vestido. Sabía que los dos hombres habían presenciado ese pequeño accidente. La contemplaban perplejos, como si se dieran cuenta de que algo no funcionaba y fueran demasiado discretos o educados como para preguntar de qué se trataba.
—Ha estado aquí —dijo Bertha—. Me pidió que la dejara entrar, y cuando no lo hice, se puso a hablarme por la rendija de la puerta. No le respondí ni hice el menor ruido, pero de alguna manera supo que yo estaba aquí, escuchando. —Le lanzó una rápida mirada a Harley y apartó la vista de nuevo—. No puedo repetir lo que me ha dicho delante de un extraño.
—¿Por qué no?
—Porque era sobre ti, sobre tus relaciones con ella.
—No tengo la menor relación con ella, a excepción de un día de la semana pasada en que se me presentó en el estudio para un trabajo y la rechacé.
—Me dijo que era una de tus... modelos.
—Sigue —dijo Harley de mal humor—. ¿Qué más?
—Dijo que ella y tú... Utilizó unas palabras asquerosas... No se las podría repetir a nadie...
La sangre había abandonado el rostro bronceado de Harley, dejándolo gris y sin vida, como si fuera de arenisca.
—¿Te dio a entender que yo mantenía relaciones sexuales con ella?
- Dar a entender. —Bertha se echó a reír—. Dar a entender. Qué gracioso suena eso. Si la hubieras oído...
—¿Y tú la escuchaste, Bertha?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé. Yo no quería. Detestaba oírla, pero lo hacía.
—¿Te has creído lo que ha dicho?
—No.
Harley aceptó esa negativa tan leve como poco convincente para no presionarla más. Hasta intentó ofrecerle una sonrisa tranquilizadora, pero tenía un aspecto enfermo y exhausto cuando se volvió hacia Blackshear:
—¿Es esta la clase de travesuras a las que se dedica la tal Merrick?
—Me temo que se trata de algo más que travesuras.
—Pues estará loca, pero sabe lo suyo sobre fragilidades humanas.
—Así es.
Blackshear recordó las cosas que Evelyn Merrick le había dicho a la señorita Clarvoe. Había utilizado los miedos concretos de la señorita Clarvoe de la misma manera que se había servido de los de la señora Moore y, en menor medida, de los de Lydia Hudson, sin crear nuevos temores, limitándose a fomentar los que ya estaban allí. Había adoptado un acercamiento distinto en cada caso, pero los resultados eran los mismos: incertidumbre, angustia, terror. La señorita Hudson tenía una personalidad lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a sus propios problemas; los de Helen Clarvoe, tal vez, nunca se verían solucionados; pero la señora Moore sentía la necesidad de pedir ayuda y tenía la habilidad de aceptarla.
Dijo Blackshear:
—Evelyn Merrick obtiene satisfacción del dolor ajeno, señora Moore.
—Pero ya ha habido otras víctimas. No... No lo sabía.
—Se lo aseguro. Es capaz de decir cualquier cosa con tal de crear problemas, y puede que en su caso tuviera un motivo extra. El señor Moore me ha contado que estaba muy ocupado cuando ella se presentó en el estudio y que se la quitó de encima con rapidez.
Bertha sonrió, muy levemente.
—Harley es muy bueno en eso.
—La tal Merrick puede haber querido vengarse de él. Esos pequeños episodios, que una persona normal superaría y olvidaría con facilidad, a menudo alcanzan una importancia exagerada en la mente de una mujer desequilibrada.
—Claro, claro, la verdad es que no la creí en ningún momento —dijo Bertha con voz firme y razonable—. A fin de cuentas, Harley y yo llevamos casi veinte años felizmente casados... Supongo que Harley le ha hablado de nuestra niñita, ¿verdad?
—Lo ha hecho, sí.
—¿Le gustaría verla?
—Me encantaría.
—Voy a traerla —dijo Harley, pero Bertha ya se había puesto en pie.
Angie seguía dormida. Se despertó cuando Bertha la tocó y lanzó un quejido de protesta que acabó convertido en bostezo.
Bertha le habló quedamente en la orejita:
—Tu padre es un buen hombre. Ninguna de las dos debe olvidarlo. Es un buen hombre.
Se llevó a la niña al salón, caminando con rapidez, como si así pudiera escapar de los susurros que aún resonaban entre los muros de su memoria: No sabe usted gran cosa de lo que pasa en ese estudio... ¿Ha estado en la inopia todos estos años?... Oh, la de cosas que vería en mi bola de cristal...
Bertha escuchaba.

Capítulo 5

—¿Helen? ¿Eres tú, Helen, cariño?
—Sí.
—Soy tu madre.
—Ya.
—No pareces muy feliz de oírme.
—Pues lo intento —dijo Helen mientras pensaba que la voz de su madre sonaba como de costumbre, como la de una cría quejica.
—Por favor, querida, habla claro. Si hay algo que no soporto es la gente que farfulla por teléfono. ¿Helen? ¿Estás ahí?
—Aquí sigo.
—Eso ya está mejor. Mira, si te llamo es porque acabo de recibir una misteriosa llamada telefónica del señor Blackshear. ¿Te acuerdas de él? Es aquel bróker amigo de tu padre cuya mujer murió de cáncer.
—Lo recuerdo.
—Pues bueno, de repente me llama y me pregunta si nos podríamos ver esta noche. ¿Tú crees que puede tratarse de dinero?
—¿En qué sentido?
—Igual ha descubierto algunos bonos o acciones de tu padre que se habían traspapelado.
—No creo.
—Pero es posible, ¿no?
—Sí, supongo que sí.
—¿No sería una sorpresa maravillosa? Digamos que han aparecido algunas acciones de AT &T que se habían quedado olvidadas en algún cajón. ¿No sería divertido?
—Sí.
Helen no se molestó en señalar que su padre nunca había comprado acciones de AT &T y que, si lo hubiera hecho, ni las habría metido en un cajón ni se habría olvidado de ellas. Que Verna lo descubriera por su cuenta: tenía un armario lleno de sueños absurdos, pero siempre le quedaba espacio para alguno más.
La esperanza de recibir dinero, por remota que fuese, imprimía un tono juvenil a su voz.
—Hace siglos que no te veo, Helen.
—Ya lo sé.
—¿Qué tal has estado?
—Bien, gracias.
—¿Ya comes como Dios manda?
Era una pregunta imposible de responder, ya que la idea que Verna tenía de comer como Dios manda iba cambiando cada semana, dependiendo de qué nueva dieta hubiese captado su atención. Las dietas siempre variaban en función de su objetivo: adelgazar, ganar peso, corregir el bajo nivel de azúcar, mejorar su complexión, prevenir alergias o incrementar el flujo de la bilis hepática. El motivo de la dieta carecía de importancia. Lo que contaba era la puesta en práctica, pues le daba algo de que hablar y la hacía más interesante y peculiar. Mientras su bilis hepática seguía estando como de costumbre, Verna pasaba de una dieta a otra, logrando que toda mujer que comiera más que ella pareciera una gorda inmunda.
—Habla más alto, Helen.
—No he dicho nada.
—Ah. Bueno, la cosa es que Dougie y yo vamos a almorzar mañana al Vine Street Derby. Está muy cerca de donde tú vives, así que pensé que igual te apuntabas. ¿Qué te parece?
—Me temo que no. Pero gracias de todos modos.
—Pero si es una bonita celebración social. Para empezar, es el cumpleaños de Dougie. Cumple veintiséis. Tempus fugit, ¿verdad? Y además, va a venir alguien a quien me gustaría que conocieras. Es el profesor de arte de Dougie, un tal señor Terola. Me han dicho que es un hombre de lo más fascinante.
—No sabía que Douglas estuviese interesado en la pintura.
—Oh, nada de pintura. Fotografía. Dougie dice que la fotografía tiene un gran futuro, y el señor Terola lo sabe prácticamente todo al respecto.
—Mira qué bien.
—Me gustaría que hicieras el esfuerzo de acudir, cariño. Estaremos en el Derby a la una en punto.
—Intentaré aparecer.
Sabía que su madre ansiaba su presencia en el restaurante, pues esperaba que le llevara un cheque a Douglas como regalo de cumpleaños.
—¿Sigues ahí, Helen?
—Sí.
—Esos largos silencio tuyos me ponen nerviosa, francamente. Nunca sé qué estás pensando.
Helen le sonrió tristemente al teléfono.
—Me lo podrías preguntar alguna vez.
—Tengo miedo a tus respuestas —dijo Verna con una risita aguda—. ¿Estamos de acuerdo, entonces? ¿Nos vemos mañana a la una?
—No te lo prometo.
—Invito yo, claro está. Y mira, Helen, cariño, ponte un poco de lápiz de labios, ¿vale? Y no te olvides de que es el cumpleaños de Dougie. Estoy segura de que el muchacho apreciará un detallito.
—No me cabe la menor duda.
—Hasta mañana, entonces.
—Adiós.
Helen colgó el auricular. Era la primera vez en meses que hablaba con su madre, pero nada había cambiado. La animosidad mutua aún se mantenía entre ellas como una espada de dos puntas: ninguna de ellas podía empuñarla sin cortarse.

* * *

—Cien —dijo Verna en voz alta—. O doscientos, si tenemos suerte. No se presentará con menos. Y si el señor Blackshear ha encontrado esas acciones de AT &T, podremos ir tirando un tiempecito más, en cualquier caso.
Verna se había quedado con un solo coche, una segunda hipoteca y una criada a tiempo parcial. Le había dicho a la compañía telefónica que le retirara los aparatos supletorios del dormitorio y del patio, había cubierto el agujero de la alfombra del comedor con una estera de algodón y había colgado un calendario en la agrietada pared de la cocina. En resumen, había hecho todo lo posible por recortar gastos manteniendo su ritmo de vida. Pero ese ritmo dejaba mucho que desear, pues era tan lento como el de un elefante blanco, y las cosas empeoraban semana a semana.
Había momentos, en general a principios de mes, en que las facturas se acumulaban y Verna pensaba que estaría bien que Douglas saliera a la calle a buscar trabajo. Pero durante la mayor parte del tiempo, estaba contenta de tenerlo por casa. Era una buena compañía, a su tranquila manera, y se encargaba del jardín y de los trabajos más pesados cuando no estaba estudiando. En opinión de Verna, Douglas era un estudiante nato. No había terminado la universidad por culpa de un incidente en los vestuarios del gimnasio al que se le concedió una importancia exagerada, pero había seguido estudiando por su cuenta y ya controlaba la cerámica, la poesía moderna, el impresionismo francés, el cultivo de aguacates y el clarinete. Eso sí, el clarinete le acabó cortando un labio, las semillas de aguacate languidecían en el patio trasero y nadie parecía tener el menor interés en exponer sus cerámicas o en escucharle recitar a Dylan Thomas.
Pese a todo, Douglas conservaba su buen carácter. Ni culpaba al público de su estupidez ni al frutero por venderle aguacates defectuosos: se limitaba a insinuar que él había hecho cuanto estaba en su mano y nadie podía pedirle más.
Nadie excepto Verna, y el día en que se vendió el clarinete, aunque a ella le repugnaba su chirrido, subió a su dormitorio y se echó a llorar. La venta del clarinete no era como la pérdida gradual de interés en la cerámica, la poesía y todo lo demás. Había algo definitivo al respecto que le dolía tanto como un puñetazo en el estómago. Su dolor era tan intenso y tan real que Douglas llamó al médico. Cuando este apareció, se mostró tan interesado en Douglas como en la propia Verna.
—Ese chico suyo parece necesitar un buen tónico —había dicho.
El «chico» cumpliría veintiséis al día siguiente.
—Por lo menos, doscientos —dijo Verna—. A fin de cuentas, es su cumpleaños y ella es su hermana.
Cubrió la jaula del canario para toda la noche, comprobó el estado de la cocina, para cerciorarse de que la doncella lo había dejado todo bien limpio antes de marcharse, y se trasladó al salón, donde Douglas leía tumbado en el sofá. Llevaba unas zapatillas blancas y un albornoz con las mangas parcialmente arremangadas, dejando al descubierto unas muñecas tan finas y delgadas que parecían carecer de huesos. Se parecía a Helen con su cabello oscuro y esos ojos grises camaleónicos que cambiaban de color según el entorno. Sus orejas eran como las de una mujer, muy pegadas y con los lóbulos agujereados. En el derecho lucía un delicado aro de oro. Ese pendientito era una de las cosas por las que Verna y él solían discutir, pero Douglas no pensaba quitárselo.
Cuando oyó a su madre entrar en la sala, cerró el libro y se levantó del sofá. Verna se dijo, con satisfacción: Por lo menos he conseguido que respete a las mujeres.
Le dijo:
—Cariño, ponte algo.
—¿Por qué?
—Espero visitas.
—Pues yo no.
—Haz el favor de no discutir, querido. Se acerca una de mis jaquecas.
Verna disponía de un batallón de jaquecas. Aparecían como un enjambre de soldados nativos; cuando uno de ellos moría, ahí estaba otro para reemplazarle.
—Viene a vernos el señor Blackshear. Puede que se trate de dinero.
Le contó a Douglas lo de las acciones de AT &T que igual se habían quedado metidas en un cajón mientras este la escuchaba con amistoso escepticismo, sin dejar de tirar suavemente del pendiente de oro.
Ese gesto la sacó de quicio:
—Y por el amor de Dios, quítate eso.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho muchas veces: porque pareces tonto.
—Discrepo. Diferente, puede, pero tonto no.
—¿Y por qué quieres parecer diferente de los demás hombres?
—Porque lo soy, querida, porque lo soy.
Le acarició suavemente la mejilla a su madre, que se apartó de él.
—Pues a mí me parece...
—A ti todo te parece. Para mí, todo es.
—No te entiendo cuando te pones a hablar así. Y no pienso volver a discutir sobre ese pendiente. ¡Y ahora quítatelo!
—Vale. No hay por qué gritar. —Se había formado una delgada línea blanca en torno a la boca de Douglas, y las venas de las sienes se le inflaban a causa de la ira reprimida. Se quitó el pendiente y lo arrojó a través de la habitación. Rebotó en la pared, cayó sobre la tapa del piano y, tras unos saltitos, desapareció entre dos teclas graves.
Verna soltó un gritito de desesperación.
—¡Mira lo que has hecho!
—Estoy harto de que me mangoneen.
—Te has cargado el piano. Otra reparación que pagar...
—No está roto.
—Sí que lo está. —Se lanzó sobre el piano, al borde del llanto, y tocó una escala con la mano izquierda. Las teclas no se habían quedado atascadas, pero hacían un ruidito desagradable—. Te has cargado mi piano.
—Tonterías. Lo puedo arreglar con facilidad.
—No quiero que lo toques. Es un trabajo de expertos.
Se levantó del taburete con los labios tan pegados como si les hubieran aplicado cemento.
Mientras la observaba, Douglas pensó que había mujeres que se expandían con la edad y otras que se encogían.
Verna había encogido. Cada semana parecía más pequeña, y cuando Douglas la llamaba «vieja chavala» no era como muestra de cariño, sino porque eso era lo que pensaba de ella. Verna era una chavala vieja.
—Lo siento, vieja chavala.
—¿De verdad?
—Sabes que sí.
—Así pues, ¿subirás a cambiarte de ropa?
—Vale.
Se encogió de hombros, como si supiera desde un buen principio que ella se iba a salir con la suya y a él ya le diera lo mismo, pues tenía sus propios métodos para hacer que lamentara su autoridad.
—Y no te olvides de ponerte una corbata.
—¿Por qué?
—Porque los hombres llevan corbata.
—No todos.
—No sé por qué esta noche estás tan difícil.
—Me parece que es al revés, vieja chavala. ¿Por qué no te tomas una pastillita o algo?
Mientras pasaba junto al piano para abandonar la sala, deslizó el índice por encima de las teclas, sonriendo para sí mismo.
—Douglas...
Se detuvo en el umbral mientras se apretaba el cinturón del albornoz.
—¿Sí?
—Esta tarde he visto a Evie y a su madre en el centro.
—¿Y?
—Evie me ha preguntado por ti. Ha estado muy agradable, teniendo en cuenta lo que pasó, la anulación y toda la pesca.
—Pues cuando la vea, yo también estaré muy agradable.
—Es una chica encantadora. Todo el mundo decía que hacíais muy buena pareja.
—Vamos a dejarlo.
—¿Hay alguna posibilidad de que quieras volverla a ver? Ella no dijo nada al respecto, claro está, pero yo me di cuenta de que aún estaba interesada.
—Vieja chavala, tú necesitas una bola de cristal nueva.
Cuando Douglas se hubo ido, su madre empezó a dar vueltas por la habitación, encendiendo lámparas y poniendo bien esas cerámicas de extrañas formas que había sobre la chimenea y que representaban la aportación pasajera de Douglas al mundo del arte. Verna no entendía su significado, como tampoco entendía la poesía o la música de su hijo. Era como si el muchacho atravesara la existencia en un veloz automóvil, lanzando de vez en cuando por la ventanilla trozos de barro, notas musicales y versos a medias que había pergeñado mientras esperaba frente a un semáforo en rojo. Nada llegaba nunca a su final antes de que cambiara la luz, y lo que era arrojado por la ventanilla siempre resultaba distorsionado por la velocidad del coche y la fuerza del viento.
Verna Clarvoe recibió a Blackshear con una efusividad que este ni esperaba, ni deseaba ni entendía. En el pasado, siempre le había dejado bien claro que lo consideraba un tipo aburrido, pero ahora allí la tenía, acercándose a su coche para recibirle, ofreciéndole ambas manos y diciéndole lo maravilloso que era volver a verle, por no hablar del buen aspecto que tenía, pues seguía tan joven como de costumbre.
—No ha cambiado usted nada. ¡Confiese que no puede decirse lo mismo de mí!
—Le aseguro que poderse, se puede.
Verna se ruborizó de placer, malinterpretando sus palabras como un cumplido:
—Pero qué mentirosillo más encantador está usted hecho, señor Blackshear. También es verdad que siempre lo ha sido. Venga, hablemos en la salita. Desde que murió Harrison, prácticamente no utilizamos nunca el salón. Es tan grande que Dougie y yo casi nos perdemos. Helen ya no vive en casa.
—Sí, lo sé. De hecho, ese es uno de los motivos de mi visita.
—¿Ha venido por Helen?
—Así es.
—Bueno —dijo Verna con una de sus risitas—. Pues vaya sorpresa. Pensé que igual venía a verme por algo de dinero.
—Lamento haberle dado esa impresión.
—No era una impresión, señor Blackshear. Era una esperanza. Muy tonta por mi parte. —Apartó el rostro—. Pues nada, pase usted; nos tomaremos una copa.
Blackshear la siguió a lo largo del pasillo mal iluminado hacia la salita. Crepitaba el fuego en la chimenea de piedra y la habitación parecía un horno. A pesar del calor, Verna Clarvoe tenía un aspecto pálido y frío, como un gorrión famélico conservado en hielo.
—Tome asiento, señor Blackshear, por favor.
—Gracias.
Preparó dos combinados sin dejar de hablar nerviosamente:
—Harrison siempre preparaba este cóctel cuando vivía. Es curioso cómo se echa de menos a veces a la gente, ¿verdad? Pero bueno, ¿qué le voy a contar a usted?... Lo de encima de la chimenea es cosa de Dougie. Se considera muy especial. ¿Usted sabe algo de arte?
—Nada en absoluto —repuso alegremente el invitado.
—Qué pena. Iba a preguntarle su opinión. En fin, ya da lo mismo. Dougie se ha aficionado a una cosa nueva. La fotografía. Va a clase cada día, en Hollywood. La fotografía es más que hacer fotos, ¿sabe?
Se trataba de un concepto nuevo para Blackshear, pero dijo:
—Cuénteme más.
—Pues hay que estudiar composición, iluminación, filtros y un montón de cosas así. A Dougie le vuelve loco. Es un estudiante nato.
Atravesó la habitación, sosteniendo las copas, y se sentó junto a Blackshear en el sofá de ratán de color cacao.
—¿Por qué brindamos, señor Blackshear?
—Da igual.
—Muy bien. Pues brindaremos por los millones de cosas de este mundo que dan igual. ¡Por ellas!
Blackshear bebió un sorbo a disgusto, dándose cuenta de que nunca había llegado a conocer realmente a Verna Clarvoe. En el pasado, la había visto como un personaje, como alguien que interpreta el papel que se espera de ella, el de la esposa bonita y frívola de cualquier hombre que pudiera permitírsela. Seguía en el escenario, pero se había olvidado del texto, y el atrezo y los decorados habían sido desmontados porque hacía tiempo que el público había abandonado la sala.
Dijo ella abruptamente:
—No se me quede mirando tan fijamente.
—¿Lo estaba haciendo? Lo siento.
—Ya sé que he cambiado. Ha sido un año horrible. Si Harrison supiera... ¿Usted cree que las personas que han pasado a mejor vida pueden mirar desde el cielo y ver lo que ocurre en la tierra?
—Esa no es mi idea del cielo —repuso Blackshear con sequedad.
—Ni la mía. Pero en cierta manera, me gustaría que Harrison lo supiera. Quiero decir, ya sé que está fuera del mundo, que está bien y que no tiene problemas. La que sigue aquí soy yo. Soy... ¿Cuál es el término legal? ¿La viuda?... Sí, eso es lo que soy. Una viuda. —Se tragó el resto de su bebida, haciendo unos ruiditos de succión como los de un niño sediento—. Esto debe de resultarle muy aburrido.
—En absoluto.
—Oh, usted siempre tan educado. ¿No se cansa nunca de ser educado?
—La verdad es que sí.
—En ese caso, ¿por qué no se pone maleducado?. Adelante. No se corte. Póngase maleducado, hombre, ¿por qué no?
—Muy bien —dijo Blackshear con tranquilidad—. Usted no sabe aguantar la bebida, señora Clarvoe. Deje de beber, por favor.
—Por favor. Una vez más, por favor. No puede usted evitarlo, es un caballero. Un caballero nato. Dougie es un estudiante nato. Está aprendiendo fotografía, ¿se lo he contado?
—Cuéntemelo otra vez, si quiere.
—Su profesor es el señor Terola. Un hombre muy interesante. No es un caballero nato, como usted, pero resulta muy interesante. No se pueden ser las dos cosas. Una tragedia, ¿verdad? ¿Por qué no se pone maleducado otra vez? Siga. No sé aguantar la bebida. ¿Qué más?
—Vine aquí a hablar de Helen, señora Clarvoe, no de usted.
Le salieron unas manchas de color en los pómulos:
—Eso resulta suficientemente maleducado. Muy bien. Adelante. Hable de Helen.
—Como puede que sepa, me he estado encargando de sus inversiones.
—No lo sabía. Helen no me cuenta nada, y menos aún de dinero.
—Ayer me pidió que ejerciera otro cargo, el de investigador. Hay una mujer que le ha estado haciendo llamadas telefónicas obscenas y amenazantes. Helen es una de sus víctimas. Por lo que he averiguado de esa mujer, creo que es peligrosa.
—¿Y qué espera que haga yo? Helen ya es mayorcita para cuidar de sí misma. Y además, ¿para qué está la policía?
—He ido a la policía. El sargento con el que hablé me dijo que, solo en su comisaría, reciben al día una docena de quejas similares.
Los efectos del alcohol empezaban a evaporarse. Verna movía las manos nerviosamente en el regazo mientras le atacaba un tic en el ojo izquierdo.
—Pues no veo en qué le puedo ayudar.
—Estaría bien que la invitara a quedarse aquí durante un tiempo.
—¿Aquí? ¿En mi casa?
—Ya sé que no tienen una buena relación, pero...
—No hay pero que valga, señor Blackshear. Ni uno. Cuando Helen abandonó esta casa, le pedí que no volviera jamás. Dijo cosas imperdonables, sobre Dougie, sobre mí. Imperdonables. Debe haberse vuelto loca para creer que puede volver.
—La idea es mía. Ella no sabe nada del asunto.
—Debería haberlo supuesto. Helen no me pediría un favor ni que se estuviera muriendo.
—Hay gente a la que no le resulta fácil pedir favores. Helen es tímida e insegura. Y está asustada.
—¿Asustada? ¿Con todo ese dinero? —Se echó a reír—. Si yo tuviera todo ese dinero, no le tendría miedo ni al mismísimo diablo.
—No esté tan segura.
Con un quiebro desafiante de la cabeza, Verna cruzó la habitación y empezó a prepararse otro trago. Como el primero, empezó a hacerle efecto antes incluso de abrir la botella.
—Señora Clarvoe, ¿le parece razonable...?
—No, no lo es. Soy una mujer muy estúpida y muy ignorante. O eso me dicen.
—¿Quiénes?
—Oh, muchos. Harrison, Dougie, Helen, un montón de gente. Es curioso que te digan que eres estúpida, pero que nunca te digan cómo dejar de serlo. —Levantó su copa—. Por todas las cabezas de chorlito.
—Señora Clarvoe, ¿esto lo hace cada noche?
—¿Hacer qué?
—Beber así.
—Llevo meses sin tomar una copa. Como usted ha dicho, no tolero la bebida. Y en general ni la pruebo. Pero esta noche es diferente. Esta noche acaba algo.
Sostenía el vaso con las dos manos, haciéndolo girar mientras hablaba para que el tintineo de los cubitos acentuara sus palabras.
—Se suele pensar que un final es algo definitivo, algo que obedece a un motivo importante o catastrófico. Pero no es en absoluto así. Para mí esta noche es definitiva, pero no ha sucedido nada especial, solo un montón de cosas. Han llegado algunas facturas, la doncella se ha puesto grosera al exigir su soldada, me he cruzado con Evie por la calle, la chica con la que se casó Dougie, Dougie se ha puesto el pendiente y yo le he dicho que se lo quitara y él lo ha arrojado por los aires y... ¿Lo ve? ¿Cosillas? —Se quedó mirando el vaso, observando las burbujas que subían a la superficie y estallaban—. Evie estaba tan mona y tan dulce. Pensé en los niños encantadores que habrían podido tener. Mis nietos. No me importa envejecer, pero me gustaría tener compañía, unos nietos. Señor Blackshear...
—¿Sí?
—¿Usted cree que a Douglas le pasa algo?
A Blackshear se le cayó una gota de sudor mejilla abajo, dejando un rastro húmedo y brillante como el de una babosa.
—Me temo que no tengo respuesta para eso.
—No. No, claro que no —dijo ella en voz baja—. No debería habérselo preguntado. En realidad, no le conoce. Es un chico... muy bueno. Tiene muchas cualidades.
—Seguro que sí.
—Y muchísimo talento; todo el mundo lo dice. Harrison era muy estricto con él y yo intentaba compensarle a escondidas y le animaba a expresarse. —Dejó el vaso medio vacío sobre la chimenea y se acercó al fuego, con sus manitas huesudas extendidas hasta casi rozar las llamas—. A veces Harrison podía ser muy cruel. ¿Le sorprende?
—No demasiado. Muchos de nosotros podemos serlo en ocasiones.
—No como Harrison. Solía... Pero ya da lo mismo. Me doy cuenta de que le estoy deprimiendo. —Se apartó del fuego, realizando un esfuerzo evidente por controlar sus emociones—. Ya ha escuchado usted mis penas. Ahora puede contarme las suyas, si le apetece.
—No tienen mucho interés.
—Todas las penas tienen interés. Tal vez por eso las tenemos, para evitar aburrirnos mortalmente. Venga, cuénteme las suyas.
—Lo siento, pero no tengo tiempo, señora Clarvoe.
—No se vaya todavía. No ha visto a Dougie. Está arriba, vistiéndose. Mañana es su cumpleaños. Celebraremos una fiestecita en el Brown Derby.
Mientras la criada sigue esperando su salario, se dijo Blackshear, sarcásticamente.
—Deséele a Douglas un feliz cumpleaños de mi parte.
—Así lo haré.
—Solo una cosa más, señora Clarvoe. ¿Conoce a una joven llamada Evelyn Merrick?
Puso cara de sorpresa.
—Pues claro que sí.
—¿Claro que sí?
—Es la mujer de Dougie. Lo era, quiero decir. El matrimonio fue anulado y ella recuperó su apellido de soltera.
—¿Vive aquí?
—En Westwood, con su madre.
—Ya.
Era así de fácil. No habría hecho falta hablar con la señorita Hudson, con Terola o con Harley Moore. Evelyn Merrick no era una hospiciana ni una extraña. Había sido la esposa de Douglas Clarvoe y la cuñada de Helen Clarvoe.
—¿Helen la conocía?
—¿Que si la conocía? Fue ella quien se la presentó a Dougie. Evie y Helen fueron juntas a un colegio privado hace años, en Hope Ranch, y Helen solía traerse a Evie a casa a pasar el fin de semana. Después de la graduación, fueron a universidades distintas y perdieron el contacto, pero Evie siguió viniendo de vez en cuando, sobre todo para ver a Douglas. Douglas siempre la había adorado porque era una chica muy alegre y afectuosa. Solía chincharle un poco, pero a él le encantaba. Nunca tuvo la menor malicia.
Pues ahora sí, pensó Blackshear.
—Hábleme de la boda.
—Bueno... Fue muy discreta porque hacía poco que había muerto Harrison. Solo la familia y algunos amigos.
—¿Acudió Helen?
—Helen —repuso Verna a disgusto— ya se había ido de casa. La invitamos, por supuesto, y hasta envió un regalo estupendo.
—Pero no apareció, ¿verdad?
—No. Estaba enferma.
—¿De qué?
—La verdad es que no lo sé, señor Blackshear. Ni me importaba.
Tampoco quería que viniese. Era capaz de echar a perder la boda con esa cara de asco tan suya. Blackshear sonrió ante la ironía: Helen podría haberse cargado la boda, pero Verna se había cargado el matrimonio.
—Además —dijo esta—, ella y Evie ya no eran amigas, apenas si se veían. No tenían gran cosa en común, ni siquiera cuando iban juntas al colegio. Evie era un poquito más joven y tenía un temperamento totalmente opuesto al de Helen, siempre con ganas de reír y de divertirse.
—La ha visto esta tarde.
—Sí.
—¿Aún tiene ganas de reír y de divertirse?
—No tanto como antes. La ruptura del matrimonio le sentó mal. Nos sentó mal a todos. Yo quería nietos.
El segundo trago le había aportado algo de color a la cara, haciendo que sus ojos azules parecieran los de una muñeca.
—Yo quería nietos. No va a quedar nada de mi vida. Nada.
—Tiene a Helen. Puede que ambas hayan llegado a ese punto en el que se necesiten mutuamente.
—No pienso hablar de eso otra vez.
—Muy bien.
—No quiero consejos. Odio los consejos. No los necesito.
—¿Entonces qué necesita?
—Dinero. Solo dinero.
—El dinero no le ha ayudado mucho en el pasado. Y ahora tampoco le está siendo de mucha utilidad a Helen. Está a punto de recrearse en sus neurosis en vez de intentar hacer algo al respecto.
—¿Y a mí qué me cuenta?
—Creo que usted es la persona más indicada para contárselo, dado que es su madre.
—No me siento así. Nunca lo logré, ni cuando era una niña. Nunca había visto una niña tan fea y no podía creerme que fuese mía. Me sentía estafada.
—Señora Clarvoe, siempre se sentirá estafada si le da valor a lo que no lo tiene.
Verna levantó el puño derecho y dio un paso hacia su invitado como si pretendiera atacarle.
Blackshear se levantó para plantarle cara.
—Me pidió que fuese maleducado.
—Pues ahora le pido que se largue y me deje en paz.
—De acuerdo. Me iré. Lamento haberla molestado.
Dejó caer las manos de golpe y se apartó con un suspiro.
—Soy yo quien debería disculparse. He tenido... Ha sido un mal día.
—Buenas noches, señora Clarvoe.
—Buenas noches. Y cuando vea a Helen, dígale... dele recuerdos de mi parte.
—Así lo haré.
—Buenas noches.
En cuanto Blackshear hubo salido, Verna subió al cuarto de Douglas, apoyándose con fuerza en la barandilla para sostenerse. Debo mantenerme firme, se decía. Hemos de tomar una decisión.
La puerta del dormitorio estaba abierta.
—Dougie, hay ciertas cosas que deberíamos... ¿Dougie?
Se había cambiado de ropa, como ella le había ordenado —el albornoz de algodón y las zapatillas que había llevado yacían en el suelo, junto a la cama—, pero una vez más había conseguido que su madre lamentara su firmeza. En vez de bajar a la salita para ver a Blackshear, se había dado a la fuga.
—Dougie —lo llamó Verna una vez más, pero sin esperanza alguna. Sabía que se había ido, y hasta podía visualizar la escena: Douglas bajando las escaleras, deteniéndose un instante ante la puerta de la salita, escuchando, oyendo su nombre: ¿Usted cree que a Douglas le pasa algo, señor Blackshear?
Se dio la vuelta y caminó rígida hacia la escalera. Mientras atravesaba la casa vacía, tuvo la impresión de que siempre estaría así a partir de ahora, de que ese día también había tenido algo definitivo para Douglas, algo que le había llevado a salir corriendo.
Apretándose los puños contra la boca, se dijo: No debo ponerme tonta e histérica. Claro que Dougie volverá. Ha salido a comprar cigarrillos. O a dar un paseo. Hace una noche magnífica. A él le gusta caminar de noche, poniendo nombres a las estrellas.
El teléfono del recibidor empezó a sonar. Estaba tan segura de que era Douglas quien llamaba que pronunció su nombre en cuanto descolgó el auricular.
—Douglas. ¿Dónde estás...?
—¿Es la residencia Clarvoe?
La voz sonaba tan baja y apagada que Verna pensó que era Douglas haciendo una de sus gracias, hablando a través de un pañuelo para ocultar su identidad.
—¿Dónde demonios te has metido? El señor Blackshear...
—No soy Douglas, señora Clarvoe. Soy yo, Evie.
—Evie. Qué coincidencia. Estaba hablando de ti hace nada.
—¿Con quién?
—Con un amigo mío, el señor Blackshear.
—¿Y le ha hablado usted bien de mí?
—Por supuesto que sí. —Dudó un instante—. Saludé a Douglas de tu parte. Le gustó mucho.
—¿De verdad?
—Yo... yo estoy segura de que le encantaría verte.
—¿Ah, sí?
—Me dijo que por qué no venías por aquí alguna vez, para hablar de los viejos tiempos.
—Yo no quiero hablar de los viejos tiempos.
—Suenas un poco rara, Evie. ¿Te pasa algo?
—No. Solo llamaba para decirle una cosa.
—¿Sobre?
—Douglas. Sé que está preocupada por él. No sabe qué es lo que le ocurre. Y a mí me gustaría ayudarla, señora Clarvoe. Usted siempre fue buena conmigo; ahora me toca a mí serlo con usted.
Empezó a explicarle con todo detalle lo que le ocurría a Douglas, así como ciertos asuntos que tenían lugar en la trastienda del estudio del señor Terola.
Mucho antes de que hubiera terminado de hablar, Verna Clarvoe se desplomó en el suelo.

Capítulo 6

Eran las nueve y media.
La mujer llevaba cosa de media hora metida en la cabina telefónica y Harry Wallaby seguía esperando para poder llamar a su esposa en Encino y contarle que el viejo Buick se había estropeado y que iba a pasar la noche con su cuñado.
—A este paso se va a hacer sangre en la oreja —dijo Wallaby cuando ya iba por la tercera cerveza.
El barman, un italiano de mediana edad que lucía una pajarita con los colores de la universidad de Princeton, meneó la cabeza con aires de entendido:
—Qué va. Se le va haciendo más fuerte minuto a minuto. Telefonitis, eso es lo que tiene, telefonitis.
—Nunca había oído hablar de eso.
—Es como una enfermedad, ¿sabe usted? Te obliga a telefonear a la gente. Estamos ante un caso grave.
—¿Quién es?
—Una señora que aparece por aquí de vez en cuando. Siempre hace lo mismo. Se toma un par de copas y le da el ataque. Cambia un dólar en monedas, se instala en la cabina y hala, raca-raca, raca-raca. A veces me pregunto de qué coño habla.
—¿Y por qué no lo descubre?
—¿Qué quiere? ¿Que me acerque a escuchar?
—Por ejemplo.
—No quedaría muy bien, siendo yo el dueño del establecimiento —dijo el barman adoptando un aire virtuoso.
—Lo mío sería distinto. ¿Hay alguna ley que diga que no te puedes plantar junto a una cabina telefónica de manera inocente? Estamos en un país libre.
—Vaya que sí.
Adoptando una elaborada apariencia de naturalidad, Wallaby se deslizó del taburete, echó a andar hacia la entrada principal como si se fuera a marchar y luego se enganchó a la parte izquierda de la cabina. Escuchó unos instantes, con la mano detrás de la oreja, y regresó a la barra con una mueca picarona en la cara.
El barman alzó las cejas en un silencioso gesto inquisitorio.
—El marido de Douglas —dijo Wallaby.
—¿Qué?
—De eso estaba hablando, de un tío llamado Douglas que tiene un marido.
—No lo entiendo. Igual lo ha oído mal.
—Ni hablar. Estaba hablando del marido de Douglas.
—¿Y quién es Douglas?
—¿Y yo qué coño sé quién es Douglas? Solo le cuento lo que ha dicho.
A las diez menos cuarto, Evelyn Merrick salió de la cabina telefónica, estiró el brazo izquierdo para aliviar el agarrotamiento y se puso bien la falda sobre las caderas. Por regla general, tras hacer una serie de llamadas sentía cierto alivio y relajo, pero esta noche seguía alterada. La sangre le azotaba a conciencia los oídos y la zona de detrás de los ojos, y parecía a punto de ponerse a reptar para regresar a la barra. Ahí seguía el cóctel que había pedido, sin estrenar. No cogió la copa y se limitó a sentarse y contemplarla con prevención, como si el barman le hubiese echado algo en su ausencia.
—Muy bien, Wallaby —dijo el barman en voz alta y cargada de intención—. Ya puede llamar a su mujer.
Evelyn captó el tonillo de inmediato y levantó la vista mientras se le ruborizaban las mejillas.
—¿He estado demasiado tiempo al teléfono?
—Qué va, apenas una hora.
—Es un teléfono público.
—Exactamente, y eso significa que es para el público, para todo el mundo. Si usted se lo apalanca, no puede utilizarlo nadie más. Si fuese la primera vez no le diría nada.
—¿Les habla usted así a todos sus parroquianos?
—El garito es mío. Hablo como quiero. La gente que no me cae bien no vuelve. Eso incluye a cualquiera.
—Ya veo. —Se puso de pie—. ¿Eso que está al lado de la caja registradora es su licencia para expender alcohol?
—Pues claro. Y estoy al día en los pagos.
—¿Usted se llama Florian Vicente?
—Así es.
—Pues buenas noches, señor Vicente.
El barman se quedó pasmado ante su amable sonrisa y amistoso tono de voz, y hasta se sintió algo avergonzado por ser tan brusco con ella. A fin de cuentas, era inofensiva.
En el exterior había empezado a caer la primera lluvia de la temporada, pero Evelyn Merrick no se dio ni cuenta. Tenía cosas más importantes en las que pensar: el señor Vicente se había mostrado grosero con ella y habría que darle una lección de urbanidad.
Echó a andar por Highland hacia Hollywood Boulevard, repitiendo el nombre del tabernero para grabárselo en la memoria. Florian Vicente. Italiano. Católico. Seguro que casado y con muchos hijos. Eran las víctimas más sencillas de todas, los casados con hijos. Pensó en Bertha y Harley Moore, echó la cabeza atrás y soltó la carcajada. Le entró agua en la boca abierta. Agua fresca y buena. Sabía mucho mejor que los cócteles del señor Vicente. El señor Vicente debería servir bebidas así. Póngame una lluvia doble, señor Vicente. Por la mañana llamaré a la señora Vicente y le diré que su marido es el macarra de unas negrotas.
Resbaló en la acera húmeda. Su cuerpo ligero y flotante bogaba como un corcho en las aguas convulsas de sus emociones.
La gente que se refugiaba en los portales y bajo las marquesinas la contemplaba con curiosidad. Ella era consciente de que pensaban que era muy extraño ver a una chica tan guapa y alegre deambulando a solas bajo la lluvia. No se daban cuenta de que la lluvia no podía tocarla porque su cuerpo era a prueba de agua; y solo los más listos podrían intuir por qué nunca se cansaba ni perdía el resuello. Ese cuerpo funcionaba con una energía nueva procedente de los rayos del aire nocturno. De vez en cuando, algún espabilado trataba de seguirla para descubrir su secreto, para ver cómo se recargaba, pero esos espías eran muy fáciles de detectar y ella siempre conseguía darles esquinazo. Esperaba a estar completamente a solas para almacenar sus rayos, respirando profundamente, primero por un orificio nasal y luego por el otro, para filtrar los elementos irritantes.
Torció hacia el este en el bulevar, en dirección a la calle Vine. No tenía ningún destino concreto. Por el camino encontraría algún bar pequeño con teléfono.
Apretó el paso para cruzar la calle y no vio el semáforo en rojo hasta que una mujer le pegó un grito desde un coche que pasaba y un hombre la agarró del abrigo y la devolvió a la acera.
—Vaya con ojo, hermana.
Se dio la vuelta. El hombre tenía el rostro medio oculto por el cuello de la gabardina y el ala bajada de un sombrero verde. El sombrero escanciaba agua como si fuera una fuente.
—Gracias —le dijo ella—. Muchas gracias.
El hombre se llevó la mano al sombrero.
—No hay de qué.
—Lo más probable es que me haya salvado la vida. No sé cómo...
—Olvídelo.
El semáforo se puso en verde. El tipo la dejó atrás y cruzó la calle.
Todo el episodio no había durado más de medio minuto, pero ya se estaba expandiendo en su mente, multiplicando cancerosamente sus células hasta eliminar el menor rastro de sensatez. El medio minuto se convirtió en una hora, el semáforo rojo era el Destino, la mano de él en su abrigo un abrazo. Recordaba miradas no intercambiadas, palabras no pronunciadas: Amante. Querida. Adorada. Chica preciosa.
Oh, querida, espérame. Ya llego. Espera. Amante. Amante adorada.
Totalmente empapada, exhausta, temblorosa y perdida, echó a correr de nuevo.
La gente la miraba. Algunos pensaban que estaba enferma, otros que borracha, pero nadie hizo nada. Nadie le ofreció la más mínima ayuda.
Se recargó en un callejón situado entre un hotel y un cine. Escondida tras una hilera de cubos de la basura, respiró hondamente, primero por un orificio nasal y luego por el otro, para filtrar los irritantes. El único testigo era un famélico gato gris de extraños ojos ambarinos.
Inhala. Aguanta. Cuenta hasta cuatro.
Exhala. Aguanta. Cuenta hasta tres.
Es algo que debe hacerse lentamente y con sumo cuidado. Lo de contar es de gran importancia. Cuatro y tres son siete. Todo tenía que sumar siete.
Inhala. Aguanta. Cuenta hasta cuatro.
Para cuando acabó de recargarse, ya se había olvidado por completo de su amante. Lo último que recordaba era a Florian Vicente, el que le había dicho cosas desagradables porque ella había descubierto su secreto, que chuleaba a unas negras. Qué mal le sentaría a su mujer cuando lo descubriera. Pero la pobre tenía que saberlo, la verdad siempre tiene que salir a la luz, la palabra debe ser comunicada.
Moviendo la cabeza en señal de compasión por la pobre señora Vicente, Evelyn recorrió el callejón hasta la puerta trasera del bar del hotel. Ya había estado antes allí.
Pidió un Martini porque tenía siete letras.
Un hombre joven que ocupaba el taburete de al lado se giró para mirarla.
—Sigue lloviendo, ¿eh?
—Sí —repuso ella educadamente—. Pero da igual.
—A mí no me da igual. Tengo que...
—A mí sí. Soy a prueba de agua.
El hombre se echó a reír. Había algo en el sonido de su risa y en esos dientes tan blancos y pequeños que le recordó a Douglas.
—No estoy bromeando —le dijo—. Estoy hecha a prueba de agua.
—Pues qué suerte tiene. —El joven le guiñó un ojo al barman—. Ojalá yo también lo fuese, así podría irme a casa. Cuéntenos cómo lo ha conseguido, señora.
—No se consigue. Sucede.
—No me diga.
—Simplemente, sucede.
—No me diga.
Seguía riéndose. Ella miró hacia otro lado. No podía permitirse el lujo de perder el tiempo con un tonto ignorante con unos dientes como los de Douglas. Si persistía, claro está, si acababa siendo tan grosero como el señor Vicente, tendría que quedarse con su nombre y darle una buena lección. Mientras tanto, había cosas que hacer.
Abonó el Martini y, sin ni siquiera catarlo, fue hasta la cabina telefónica de la parte de atrás del establecimiento y abrió la puerta plegable.
No tenía que buscar ningún número. A veces sí olvidaba otras cosas, había momentos en los que la ciudad se le antojaba tan rara como la luna y los conocidos eran extraños y los extraños eran amantes, pero siempre se acordaba de los números de teléfono. Eran el único sendero transitable en la selva atormentada de su mente.
Empezó a marcar, temblando de excitación cual evangelista entusiasmado. Hay que extender la palabra. Hay que dar lecciones. Hay que decir la verdad.
—Hotel Monica, dígame.
—Quisiera hablar con la señorita Helen Clarvoe, por favor.
—Lo siento. La señorita Clarvoe se ha hecho instalar en la suite una línea privada.
—¿Podría darme el número?
—El número no está registrado. Ni yo misma lo sé.
—Embustera asquerosa —le soltó Evelyn antes de colgar. No podía soportar a los mentirosos. Eran muy mala gente.
Llamó a Bertha Moore, pero en cuanto esta la reconoció colgó el auricular de golpe.
Volvió a llamar a Verna Clarvoe. La línea estaba ocupada.
Llamó al estudio de Jack Terola y dejó sonar el teléfono durante un minuto entero, por si estaba ocupado en la trastienda, pero nadie lo descolgó.
Llamó a la policía y les dijo que un hombre había sido apuñalado con unas tijeras en la recepción del Hotel Monica y se estaba desangrando hasta la muerte.
Más valía eso que nada. Pero no era suficiente. El poder y la excitación se le pudrían en el interior como carne quemada, y parecía que le estaban saliendo pelos encima de la boca, como el gato del callejón.
El gato. Era el gato el que lo había estropeado todo. La había contaminado porque la había visto recargarse. A ella le gustaban los animales y los trataba muy bien, pero de ese había que vengarse y darle una lección, no por teléfono sino con unas tijeras. Como el tío de la recepción.
Ese hombre ya no figuraba en su imaginación, sino en su experiencia. Lo veía con claridad, tumbado en el suelo, con la cara blanca y la sangre roja. Se parecía un poco a Douglas, y también a Terola. Era Douglas-Terola. Era el símbolo de su matrimonio. Y estaba muerto.
Volvió a la barra. Uno de los camareros y el joven que se había reído de ella estaban hablando, con las cabezas muy juntas. Cuando ella se acercó, se separaron y el camarero desvió la mirada hacia el otro extremo de la barra. El joven le echó un vistazo apresurado e incómodo y luego se levantó y echó a andar hacia la salida de atrás.
Todo el mundo la abandonaba. La gente no atendía sus llamadas telefónicas, la gente se alejaba de ella. Todo el mundo lo hacía. Los odiaba a todos, pero les reservaba un odio especial a los tres Clarvoe; y de los tres, detestaba a Helen en particular. Helen le había dado la espalda a una vieja amiga, la había abandonado, la primera y la que más se había alejado, y tenía que sufrir por ello. No podría ocultarse eternamente tras un número de teléfono sin registrar. Había otras maneras y otros métodos.
—La atraparé —le susurró Evelyn a la pared—. La atraparé.
Le crecieron los bigotes y se espesaron de odio.

Capítulo 7

Llegó el alba y el cielo se iluminó de forma leve y brumosa. La tormenta había arreciado durante la noche. Un viento del demonio recorría a gritos las calles, perseguido por el azote de la lluvia.
Pero no fueron ni el viento ni la lluvia los encargados de despertar a la señorita Clarvoe, sino el ataque repentino de un recuerdo.
—Evie —dijo, y ese nombre que llevaba tanto tiempo sin tener la menor importancia para ella devino tan familiar como el suyo propio.
El corazón se le disparó y se le llenaron los ojos de lágrimas, no porque recordara de nuevo a la chica, sino porque había llegado a olvidarla. No había ningún motivo para el olvido, ninguno. Habían sido amigas íntimas desde un buen principio. Intercambiaban ropa, secretos y comida casera, soltaban la risita al unísono cuando se apagaban las luces, se veían entre clases, inventaban un idioma propio para confundir a quien interceptara sus notas y compartían el mismo amor por ese profesor de ciencias casado, con cuatro hijos y dotado de unos enormes y románticos ojos. Compartieron otros amoríos, pero siempre era Evie quien los ponía en marcha. Helen se limitaba a seguirla, satisfecha de que Evie tomara la iniciativa y las decisiones.
Siempre fuimos amigas. Nunca tuve que perdonarle nada. No hay motivo, no lo hay.
Habían acudido juntas a su primer baile una noche de Halloween, vestidas igual, de gitanas, a sugerencia de Evie. Esta llevaba una pecera redonda a modo de bola de cristal.
El baile, al que habían sido invitadas todas las chicas mayores de la escuela, se celebraba en el gimnasio de un colegio privado para chicos que había en el valle. El señor Clarvoe llevó en coche a Helen y Evelyn hasta ese colegio y las dejó a la entrada del gimnasio. Estaban nerviosas, excitadas y cargadas de una esperanza ilimitada y de un terror abismal.
—No puedo entrar, Evie.
—No seas tonta. Solo son chicos.
—Tengo miedo. Quiero irme a casa.
—No podemos tirarnos veinte kilómetros andando con estas pintas. Venga, sé buena y entra.
—¿Me prometes que no me abandonarás?
—Te lo prometo.
—Júramelo por lo más sagrado.
—Escucha la música, Helen. ¡Tienen una orquesta de verdad!
Entraron y se vieron separadas casi de inmediato.
El resto de la velada fue una pesadilla para Helen. Se quedó de pie en un rincón de la sala, rígida, incapaz de hablar, viendo a Evie rodeada de chicos y riendo, canturreando de vez en cuando, flotando grácilmente de un compañero de baile a otro. Hubiera entregado su alma a cambio de ser Evie, pero nadie le dio esa oportunidad.
Fue a los lavabos y se echó a llorar con la frente pegada a la pared.
Cuando acabó el baile y salió del gimnasio, su padre la estaba esperando al volante del coche.
—¿Dónde está Evie? —le preguntó éste.
—Un chico se ha ofrecido a llevarla a casa. Se va con él.
—Es demasiado joven para esa clase de cosas. Si fuese hija mía, no se lo consentiría. —Puso el vehículo en marcha—. ¿Te lo has pasado bien?
—Sí.
—Cuéntame algo.
—No hay mucho que contar. Ha sido divertido y ya está.
—No es una descripción muy buena, que digamos. A tu madre y a mí nos ha costado lo nuestro que fueras a ese baile. Nos merecemos un poco de información, por lo menos.
Helen sabía por el tono de voz de su progenitor que estaba enfadado, pero no intuía a qué se debía ni por qué se las tenía que cargar ella.
—Lamento haberte hecho esperar, papá.
—No lo has hecho.
Llevaba tres cuartos de hora esperando, pero no era culpa de ella.
Había llegado pronto de manera deliberada porque era el primer baile de su hija y estaba tan preocupado por esta como ella misma. Se había quedado en el coche, escuchando el caos de música y risas procedente del gimnasio, imaginando lo que sucedía en su interior y a Helen en el meollo del asunto, alegre y rutilante con ese disfraz de gitana. Cuando por fin apareció, sola, con ese rictus de estupor en el rostro, la decepción se le echó al cuello de tal manera que apenas podía respirar.
—¿Has bailado con alguien?
—Sí.
—¿Con quién?
No quería mentirle a su padre, pero sabía que tendría que hacerlo, así que lo hizo lo mejor posible. Sin asomo de duda, describió a algunos de los chicos a los que había visto bailar con Evie, les puso un nombre y se inventó incidentes y conversaciones.
Estuvo hablando todo el camino a casa, mientras su padre sonreía, asentía y soltaba algún que otro comentario. «Ese tal Jim parece un tío estupendo», «Qué pena que el chaval de los Power fuese más bajo que tú», «¿Qué, estás contenta ahora de haber ido a la escuela de baile?».
Más tarde, cuando le dio el beso de buenas noches, le propinó una afectuosa palmadita en el culo.
—Ahora tendré que vigilarte, jovencita. Un día de estos me sacarán de mi propia casa esos merluzos que te rondarán.
—Buenas noches, papá.
—Me he olvidado de preguntarte por Evie. ¿Se lo ha pasado tan bien como tú?
—Supongo. Estaba demasiado ocupada como para prestarle atención.
Se fue a dormir, creyéndose a medias sus propias mentiras ante la tremenda credulidad de su padre.
Al día siguiente, la decana de la escuela de Helen, que había ejercido de carabina en el baile, telefoneó al señor Clarvoe. Quería comprobar, dijo, que Helen se encontraba bien, pues parecía muy desdichada la víspera.
Durante la cena, delante de Verna y de Douglas, el señor Clarvoe no dijo nada al respecto, pero luego convocó a Helen en la salita y cerró la puerta.
—¿Por qué me mentiste, Helen?
—¿Sobre qué?
—Sobre el baile.
Se quedó callada como un muerto, roja de humillación.
—¿Por qué mentiste?
—No lo sé.
—Si solo hubiera sido una mentira..., pero fueron un montón. No lo entiendo. ¿Por qué?
Helen negó con la cabeza.
—¿Nada de lo que me contaste era cierto?
—No, nada —repuso en un tono de amarga satisfacción, consciente de que a él le hacía casi más daño que a ella la situación—. Ni una palabra.
—Todos esos chicos... ¿Existían, por lo menos?
—Me los inventé.
—Helen, mírame. Quiero que me digas la verdad. Te lo exijo. ¿Qué pasó realmente en el baile?
—Me escondí en los lavabos.
El señor Clarvoe retrocedió, como si esas palabras le hubiesen golpeado en todo el pecho.
—Te escondiste... en los lavabos.
—Sí.
—¿Por qué? Por el amor de Dios, ¿por qué?
—No se me ocurrió otra cosa.
—Dios mío, ¿por qué no me llamaste? Hubiera ido para llevarte a casa. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Fui demasiado... orgullosa.
—¿A eso le llamas orgullo? ¿A refugiarte en un cuarto de baño? Pero si es casi indecente.
—No se me ocurrió otra cosa —repitió la muchacha.
—¿Y Evie? ¿Estaba contigo?
—No. Estaba bailando.
—¿Estuvo bailando toda la noche mientras tú te escondías en los lavabos?
—Sí.
—Pero por Dios bendito, ¿por qué?
—Ella era popular y yo no.
—Si te dedicas a esconderte de esa forma, no te lo pones fácil para ser popular.
—No lo hubiera sido de ninguna de las maneras. Quiero decir... Es que no soy guapa.
—Lo serás a su debido tiempo. Pero si tu madre es una de las mujeres más guapas del estado...
—Todo el mundo dice que he salido a ti.
—Tonterías, cada vez te pareces más a tu madre. ¿Pero a ti quién te ha dicho que tengas algún problema con tu aspecto?
—A los chicos no les gusto.
—Probablemente porque eres demasiado distante. ¿No podrías ser un poco más amistosa, como Evie?
Helen no le dijo lo que ya debería haber averiguado por su cuenta: que habría dado cualquier cosa en el mundo por ser como Evie, no solo en el baile, sino en cualquier parte y a todas horas.
La ira de su padre, que al principio bullía como la lava, se estaba enfriando y dejaba una dura costra de desprecio.
—Entenderás, claro está, que te castigue por mentir, ¿verdad?
—Sí.
—¿Lamentas haberme mentido?
—Sí.
—Solo hay una manera de saberlo. Si tuvieras la oportunidad de repetir esas mentiras, sabiendo que no te pillarían, ¿lo harías?
—Sí.
—¿Por qué?
—Ambos nos quedaríamos más contentos.
Era cierto y los dos lo sabían, pero el señor Clarvoe negó con la cabeza y dijo:
—Me has decepcionado, Helen, me has decepcionado mucho. Ya te puedes ir a tu cuarto.
—Muy bien. —Se detuvo en la puerta, dubitativa—. ¿Y mi castigo?
—Tu castigo, Helen, consiste en ser quien eres y en tener que convivir contigo misma.
Avanzada la noche, Helen oyó a sus padres hablando en el dormitorio y recorrió sigilosamente el pasillo para escucharles.
—Bien sabe Dios que yo he hecho lo que he podido —decía Verna—. No se puede hacer un bolsito de seda con una piel de cerdo.
—¿Y mi idea de montarle una gran fiesta e invitar a un montón de chicos...?
—¿Qué chicos?
—Seguro que conocemos a alguien que tenga hijos de su edad.
—Solo se me ocurren dos matrimonios, los Dillard y los Patterson. A Agnes Patterson la detesto, y además, todo eso de la fiesta no funcionaría.
—Tenemos que pensar en algo. Si sigue así, igual ni se casa.
—La verdad es que no te entiendo, Harrison. Te has pasado la vida tratando a Helen como si tuviera cuatro años, y ahora, de repente, ya estás pensando en casarla.
—¿Me estás echando la culpa de todo a mí?
—A alguien hay que echársela.
—Pero a ti jamás.
—Yo —entonó virtuosamente Verna— me dedico a educar a Dougie. Las chicas son responsabilidad del padre. Además, ha salido a ti. La mitad de las veces, no sé ni de qué me habla. Es incapaz de decir las cosas claras, no vaya a ser que alguien se entere de lo que piensa o siente.
—Es tímida, eso es todo. Hay que encontrar un modo de que supere su timidez.
—¿Cómo?
—Pues mira, para empezar, creo que deberíamos fomentar su relación con Evie. Esa chica es una buena influencia para Helen.
—Estoy de acuerdo. —Se produjo un silencio y luego un suspiro—. Qué lástima que no tuviésemos una hija como Evie.
Descalza, temblando de miedo y frío, Helen se arrastró hacia su habitación y se metió en la cama. Pero el techo y las paredes parecían contraerse y acercarse a ella hasta encerrarla en un ataúd. Sabía que su padre estaba en lo cierto. Ese era el castigo: ser ella misma y tener que soportarse eternamente, una chica viva en un féretro sellado.
Se quedó despierta hasta el amanecer, y la emoción más fuerte de su corazón no era el resentimiento contra sus padres, sino un odio nuevo y amargo hacia Evie.
No hizo nada con respecto a ese odio. Lo enterró junto a ella en el ataúd sin que nadie supiera que estaba allí. Las cosas siguieron como antes entre ella y Evie, o casi como antes. Seguían compartiendo el amor por el profesor de ciencias de los ojos románticos, escribían notas en su idioma secreto e intercambiaban prendas de vestir y comida casera. Y confidencias. La diferencia estaba en que las de Helen no eran reales. Se las inventaba como se había inventado a los chicos y los incidentes del baile para satisfacer a su padre.
Al final del semestre de primavera, cuando Evie se echó un novio, Helen se echó dos. Cuando a Evie le prometieron un caballo como premio por sus buenas notas, a Helen le prometieron un coche. A Evie le resultaba tan difícil tragarse esas mentiras como a Helen inventárselas, así que las dos chicas empezaron a evitarse.
Hubo problemas al respecto en casa, pero Helen lo había previsto y estaba preparada.
—¿Por qué no te trajiste a Evie el fin de semana? —le preguntó su padre.
—Yo la invité. Pero ella no quiso venir.
—¿Y por qué no?
Dudó el tiempo suficiente para despertar la curiosidad paterna.
—Le prometí no decirlo.
—A mí me lo puedes decir, soy tu padre.
—No, no puedo.
—¿Es por algo que hayamos hecho nosotros?
—Oh, no. Es solo que... estaba ocupada y quería quedarse en la escuela para preparar el examen de latín.
—Eso no me parece muy propio de Evie, quedarse en la escuela cuando podría estar aquí pasándoselo bien.
—Oh, se lo pasará bien igualmente... A ella le gusta estudiar.
—Quieres decir que no piensa estudiar, ¿verdad?
—Le prometí que no diría nada.
—Tengo la impresión de que aquí hay algo de lo que debería enterarme ahora mismo. ¿Dónde está Evie?
—¿En la escuela...?
—¿Por qué?
—No te lo puedo decir. Lo juré solemnemente.
—Quiero una respuesta veraz e inmediata a mi pregunta. ¿Me oyes, Helen?
—Sí, pero...
—No hay pero que valga. Desembucha, hija.
—Tiene... tiene un novio.
—Vale. ¿Qué más?
—No quiere que sus padres lo sepan porque es mexicano.
- Mexicano.
—Trabaja en un rancho de limoneros que hay cerca de la escuela. Evie salta por la ventana cuando se apagan las luces y queda con él en el bosque. —Se echó a llorar—. No quería decirlo. Tú me has obligado. ¡Me has convertido en una chivata!

* * *

La señorita Clarvoe yacía en el lecho con el brazo derecho encima de la cara, como si quisiera protegerse del ataque de los recuerdos. El techo se le echaba encima y las paredes se estrechaban. Así hasta convertirse en un féretro apretado, sin aire, sellado para la eternidad. Y encerrados con Helen estaban los recuerdos de su vida: «Tu castigo es ser tú misma y tener que vivir contigo», «¡Qué lástima que no tuviéramos una hija como Evie!»

Capítulo 8

La casa estaba situada en mitad de un jardincito vallado en la calle Kasmir, en Westwood. Una tarjeta en relieve colocada en una ranura sobre el timbre decía: Señora Annabel Merrick, Señorita Evelyn Merrick.
La casa necesitaba una mano de pintura, pero la mujer que atendió a la llamada de Blackshear no. Parecía la esposa de un granjero, rolliza, bronceada y con las mejillas sonrosadas, pero llevaba ropa de ciudad, un elegante traje chaqueta a rayas blancas y negras bajo el que se adivinaba una ropa interior severa.
—¿Señor Blackshear?
—El mismo.
—Soy Annabel Merrick. —Se estrecharon la mano—. Pase usted, haga el favor. Estoy preparando el desayuno. Si aún no ha tomado el suyo, puedo echar otro huevo a la sartén.
—Ya he comido, gracias.
—Pues un café, entonces. —Cerró la puerta tras la entrada del visitante y le guió a través del salón hasta la cocina—. La verdad es que me ha sorprendido esa llamada suya a primera hora.
—Lo lamento si la he sacado de la cama.
—Oh, no. Yo trabajo, ¿sabe usted? En la floristería del hotel Roosevelt. ¿Seguro que no le apetece un huevo?
—No, gracias.
—Llevo muchos años divorciada y, como se puede imaginar, la pensión no sube al mismo ritmo que el coste de la vida, así que me alegro de tener un trabajo. Aunque lo de estar rodeada de flores no lo parezca. Mis favoritas son las espuelas de caballero. Esos tonos azules... son celestiales, absolutamente celestiales.
Se llevó a la mesa su plato de huevos con tostadas y se sentó frente a Blackshear. Parecía totalmente relajada, como si fuera la cosa más normal del mundo recibir a hombres antes de las ocho de la mañana.
—Blackshear es un apellido curioso. ¿No se lía la gente y le llama Blacksheep?
—Frecuentemente.
—Aquí tiene su café. Sírvase usted la leche y el azúcar. No me ha dicho a qué se dedica.
—Acciones y bonos.
—¿Acciones y bonos? ¿Y quiere ver a Evelyn? Me temo que está llamando a la puerta equivocada. Ninguna de las dos podemos permitirnos invertir ni un céntimo. De hecho, Evelyn está sin trabajo en estos momentos.
—No le hará ningún daño hablar conmigo.
—Supongo que no. Como le he dicho por teléfono, ahora no está aquí. Está pasando dos o tres días con una amiga cuyo marido está fuera de la ciudad. A la amiga le revienta quedarse sola de noche y Evelyn siempre se muere por ayudar. Es de esa clase de chicas: haría cualquier cosa por una amiga.
Su tono era de orgullo maternal, y de él dedujo Blackshear que la señora Merrick estaba tan en la inopia con respecto a su hija como Verna Clarvoe lo estaba sobre su vástago. Le dijo:
—¿Me podría dar el nombre y la dirección de esa mujer?
—Por supuesto. Se llama Claire Laurence, señora de John Laurence, avenida Nessler, 1.375, está cerca de la universidad. Evelyn no estará ahí durante el día porque está buscando empleo, pero llegará hacia la hora de cenar, supongo.
—¿Qué tipo de empleo está buscando? Igual puedo echarle una mano.
—Me temo que las acciones y los bonos no son lo suyo.
—¿Y qué es lo suyo, señora Merrick? ¿Le gusta el teatro? ¿Quiere ser modelo o algo parecido?
—¡Dios mío, no! Evelyn es una chica sensible y madura. ¿De dónde ha sacado que igual quería ser modelo?
—Es lo que quieren muchas chicas guapas.
—Evelyn es muy guapa, pero nada vanidosa, y tiene demasiado cerebro como para meterse en una profesión tan pasajera. Evelyn quiere un futuro. ¿Más café?
—No, gracias.
Pero ella no pareció oírle. Le echó más café en la taza y él observó que le temblaba la mano.
—Espero no haberla molestado en nada, señora Merrick —le dijo.
—Puede que sí. Pero también es posible que ya estuviera molesta.
—¿Está preocupada por Evelyn?
—¿Y por qué otro asunto puede preocuparse una madre, sobre todo con una hija única? Quiero que Evelyn sea feliz, eso es todo lo que pido para ella, que sea feliz y se sienta segura.
—¿Y no es así?
—Durante un tiempo creí que sí. Y luego cambió. Es diferente desde que se casó. —Miró a través de la mesa con una sonrisita triste—. No sé por qué le cuento todo esto. Me dijo por teléfono que ni siquiera conocía a Evelyn.
—No la conozco, pero he oído hablar de ella a través de los Clarvoe.
—¿Los Clarvoe son amigos suyos?
—Sí.
—Entonces, ¿ya sabe lo del matrimonio?
—Sí.
—¿Por eso está usted aquí? ¿Le ha enviado Verna a hacer las paces?
—No.
—Pensé que igual... Bueno, ya no tiene importancia. Se acabó. Para qué llorar por la leche derramada, como se suele decir. —Llevó el plato vacío al fregadero y procedió a aclararlo bajo el grifo abierto—. Mi propio matrimonio salió mal, y yo tenía grandes esperanzas puestas en el de Evelyn. Qué tonta fui de no darme cuenta.
—¿Darse cuenta de qué, señora Merrick?
—Ya lo sabe. —Se dio la vuelta repentinamente y el plato se le cayó de las manos y se rompió en el fregadero. Ni reparó en ello—. Mi hija se casó con un sarasa. Y yo se lo permití. Se lo permití porque no lo sabía, porque estaba ciega, porque estaba fascinada, al igual que Evelyn, por su amabilidad, sus buenos modales y sus supuestos ideales. Pensé que sería un marido bueno y considerado. ¿Empieza a hacerse una idea de cómo lo veía Evelyn?
—Sí, claramente.
—Supongo que es algo que les ha ocurrido a otras chicas, acabar con un mariquita, pero a Evelyn no le habría pasado si yo no hubiera estado divorciada, si su padre hubiese estado aquí. Se habría dado cuenta enseguida de que había algo en Douglas que no funcionaba. Pero nosotras no intuimos nada, no nos dimos cuenta de nada. Se fueron de luna de miel a Las Vegas. Recibí una postal de Evelyn diciendo que estaba bien y que hacía un tiempo estupendo. Eso fue todo, hasta que una noche, al cabo de una semana, sonó el timbre de la puerta y cuando la abrí, ahí estaba Evelyn, de pie en el porche con sus maletas. No se echó a llorar ni montó un número, sino que se limitó a quedarse ahí quieta y decirme con sincera austeridad: Es un pervertido.
»Fue una impresión terrible, terrible. Yo no dejaba de preguntarle si estaba segura, le dije que algunos hombres eran así al principio, tímidos y abochornados. Pero ella me dijo que estaba segura del todo porque él lo había reconocido. Y hasta se había disculpado. ¿Usted cree que hay derecho?... ¡Se disculpó por haberse casado con ella!
»Evie dejó las maletas en el porche, ni siquiera me dejó entrarlas en casa, y al día siguiente las llevó al Ejército de Salvación, todo su vestuario, incluido el vestido de novia. Cuando volvió a casa a eso de la hora de comer, se la veía tan pálida y exhausta que se me removió el corazón a causa de la compasión, y también de la culpa. Debería haberlo sabido. Yo he vivido lo mío. Yo era la responsable de todo.
La señora Merrick volvió a plantarse ante el fregadero, recogió los trozos del plato roto y los tiró al cubo de la basura.
—Si se rompe un plato, lo tiras. Si se rompe una persona, todo lo que puedes hacer es recoger los fragmentos y tratar de volver a unirlos lo mejor que sepas. Oh, no es que Evelyn sé rompiera exactamente. Simplemente..., pues bueno, perdió el interés por las cosas. Siempre ha sido una chica animada y sociable que expresaba de inmediato sus opiniones y sus sentimientos. La noche que regresó a casa debería haberla liado. Yo debería haberla animado a soltarlo todo, a llorar para desahogarse un poco. Pero se mostraba callada, ausente...
- Evelyn, cariño, ¿has cenado?
- Creo que sí.
- Déjame que te caliente un poco de sopa. He hecho una de almejas.
- No, gracias.
- Evelyn... Nena...
- Por favor, mamá, no te pongas sentimental. Tenemos que hacer planes.
- ¿Planes?
- Supongo que conseguiré la anulación. ¿No es eso a lo que se tiene derecho cuando el matrimonio no es consumado, como dicen?
- Eso creo.
- Iré a ver a un abogado mañana por la mañana.
- No hace falta darse tanta prisa. Primero descansa.
- ¿Descansar de qué? —dijo Evelyn con una sonrisa amarga—. No. Cuanto antes mejor. Tengo que deshacerme del apellido Clarvoe. Lo odio.
- Evelyn. Evelyn, cariño. Escúchame.
- Te estoy escuchando.
- ¿Él no... no te ha maltratado?
- ¿De qué manera?
- ¿Intentó propasarse de manera indecente?
- Fui yo la que intentó propasarse.
- Bueno, gracias a Dios.
- ¿Por qué?
- Porque no te maltratara.
- Me temo que lo has entendido mal —dijo Evelyn vocalizando—. Si quieres, te lo explico todo con pelos y señales.
- No hasta que realmente te sientas capaz, querida.
- Ni me siento capaz ni dejo de sentírmelo. Simplemente, no quiero que te quedes con la impresión de que han abusado de mí físicamente. —Mientras hablaba, se frotaba el tercer dedo de la mano izquierda, como si quisiera eliminar la marca del anillo nupcial—. La cosa empezó en el avión, cuando vomitó. En ese momento pensé que era un simple mareo, pero ahora me doy cuenta de que estaba aterrorizado, aterrorizado ante la perspectiva de estar a solas conmigo, de tener que hacer algo que le resultaba repugnante. Cuando llegamos al hotel, se fue al bar mientras yo deshacía el equipaje. Se quedó ahí toda la noche. Yo le esperé, de punta en blanco con mi batita y mi negligé. A eso de las seis de la mañana, lo trajeron dos botones y lo metieron en la cama. Roncaba. Tenía un aspecto gracioso y patético a la vez, parecía un crío. En cuanto empezó a dar señales de despertarse, fui junto a él, le hablé y le acaricié la frente. Abrió los ojos y me vio inclinada sobre él. Y entonces soltó un alarido, el sonido más extraño que yo nunca hubiera escuchado, como de un animal. Yo aún no entendía qué le pasaba, creí que tenía resaca, simplemente. —Se le torció la boca en un rictus de asco y desprecio—. Y sí, tenía resaca, pero la fiesta había tenido lugar hacía muchísimos años.
- Oh, Evelyn, mi niña...
- Por favor, no exageres.
- ¿Pero por qué se empeñó en casarse contigo?
- Porque —repuso Evelyn con sequedad— quería probar que no era un marica.
Blackshear escuchaba, compadeciendo a la mujer, compadeciéndolos a todos: a Evelyn esperando al novio en camisón, a Douglas muerto de miedo, a Verna intentando desesperadamente ocultarse la verdad a sí misma.
—Ayer —continuó la señora Merrick—, Evelyn y yo quedamos en el centro para ir de compras. Por primera vez desde la boda, vi a Verna Clarvoe. Me molestó bastante. Solo se me ocurrían cosas desagradables que decirle. Pero Evelyn se controló a la perfección. Hasta le preguntó por Douglas, qué tal estaba, qué hacía y cosas así, de la manera más normal. Verna recurrió a su discurso habitual: Dougie estaba bien, tomaba lecciones de fotografía, hacía esto y lo otro. Me pareció que estaba intentando volver a empezar con todo el asunto, tratando de recuperar el interés de Evelyn. Fue entonces cuando me di cuenta por primera vez: no lo sabe. Verna aún no se ha enterado y todavía alberga esperanzas, ¿no le parece?
—Creo que así es.
—Pobre Verna —dijo suavemente la señora Merrick—. Hoy lo siento especialmente por ella.
—¿Por qué especialmente?
—Porque es el cumpleaños de él. Hoy es el cumpleaños de Dougie.

Capítulo 9

La puerta de Douglas estaba cerrada con llave; esa era la única manera de la que ella disponía para saber si había regresado en algún momento de la noche, ya fuese por voluntad propia o porque no tenía otro sitio al que ir.
Llamó y dijo «Douglas» con una voz profunda y rasgada que no le parecía la suya. «¿Estás despierto, Douglas?»
Desde dentro del cuarto salió una respuesta farfullada y el sonido ahogado de unos pies recorriendo la alfombra.
—Quiero hablar contigo, Douglas. Vístete y baja. Ahora mismo.
En la cocina, la doncella a tiempo parcial, una mujer mayor y enjuta llamada Mabel, estaba sentada a la mesa con las piernas cruzadas, tomando una taza de café y leyendo el Times de la mañana. No se levantó cuando vio a Verna, que le debía unos cuantos salarios.
—Hay magdalenas en el horno. De ayer. Recalentadas. ¿Quiere un zumo de naranja?
—Me lo haré yo misma.
—He hecho una lista de la compra. Volvemos a estar sin huevos ni café. De vez en cuando necesito un cafelito para animarme y apenas queda para una taza en el pote.
—Vale, pues salga y cómprelo. Y ya puesta, podría hacer también el resto de la compra. Necesitamos bombillas de cien vatios y servilletas de papel, y más vale que se cerciore de que hay patatas.
—¿Quiere que me vaya ya, sin tiempo a dar un bocado?
—Habíamos quedado en que se presentaba aquí comida.
—También habíamos quedado en otras cosas.
—Cobrará esta semana. Hoy mismo tiene que llegar un cheque por correo.
Cuando la criada se fue, Verna sacó las magdalenas del horno y probó una. Parecía de goma y los arándanos del interior eran como moscas chafadas de color púrpura.
Le añadió agua al café y lo recalentó, y luego se sirvió un poco de zumo de naranja de una jarra que había en la nevera. Olía a rancio. Todo el refrigerador olía así, como si Mabel hubiera insertado restos de comida en rincones olvidados.
Al oír los chirridos del vetusto Dodge de Mabel mientras se alejaba por el sendero, Verna se dijo: Tendré que despedirla en cuanto pueda pagarle. Qué raro es esto de tener que aguantarla porque no me puedo permitir echarla.
Douglas apareció mientras ella se servía una taza de café. No se había vestido, pese a que se lo había pedido. Llevaba el albornoz de algodón y las zapatillas blancas de la víspera, antes de que apareciera Blackshear. Tenía mala pinta. Los círculos bajo los ojos parecían heridas, y desde la sien izquierda hasta la comisura le corrían tres rasguños paralelos. Intentaba ocultarlos con la mano, pero solo conseguía que se le notaran más.
—¿Qué te ha pasado en la mejilla?
—Estaba acariciando a un gato.
Se sentó al lado de su madre, a la izquierda, para que ella solo pudiera ver la parte impoluta de su rostro. Sus brazos se tocaban y el contacto físico le hizo sentir a Verna como si la estuvieran pinchando. Se levantó, sintiéndose algo mareada, y caminó hacia el horno.
—Te serviré unas magdalenas.
—No tengo hambre —dijo Douglas encendiendo un cigarrillo.
—No deberías fumar antes del desayuno. ¿Adónde fuiste anoche?
—Por ahí.
—Saliste y acariciaste a un gato. Menuda velada, ¿eh?
Douglas negó tristemente con la cabeza.
—¿Y qué clase de gato era?
—El típico gato de callejón.
—¿De cuatro patas? —Verna hizo una pausa—. No creo que el que te arañó fuera de esos.
—No sé dónde quieres ir a parar, de verdad que no. —La miró con esos ojos como de paloma, cargados de inocencia—. ¿Por qué estás tan enfadada, madre? Anoche salí a dar una vuelta, vi a ese gato y lo cogí para intentar acariciarlo. Por el amor de Dios, es la verdad.
—Por el amor de Dios, sí —sentenció Verna—. Y de nadie más.
—¿Por qué estás de tan mal humor?
—¿No lo adivinas?
—Puedo intentarlo.
—Pues inténtalo.
—Trataste de pedirle dinero a Helen y no coló.
—Te equivocas.
—¿Te ha pedido Mabel sus sueldos atrasados?
—Te has vuelto a equivocar.
—Pero está relacionado con el dinero, eso seguro.
—Esta vez no.
Douglas se levantó y echó a andar hacia la puerta.
—Estoy cansado de adivinanzas. Creo que me voy para arriba y...
—Siéntate.
Se detuvo en el umbral:
—¿No te parece que ya estoy mayorcito para que me mangonees de esta...?
—Que te sientes, Douglas.
—Vale, vale.
—¿Adónde fuiste anoche?
—¿Otra vez?
—Las que hagan falta.
—Salí a dar una vuelta. Hacía una noche estupenda.
—Llovía.
—No cuando salí yo. Empezó a llover a eso de las diez.
—Pero tú seguiste andando.
—Pues sí.
—¿Hasta llegar a casa del señor Terola?
Douglas la observó a través de la estancia, sin pestañear, mudo.
—Ese era tu destino, ¿verdad? ¿Algún rincón del estudio de Terola?
Douglas seguía sin abrir la boca.
—O igual no era en casa de Terola, igual era el cuartucho de algún desconocido. Por lo que he oído, vosotros no sois nada selectivos. —Se escuchaba pronunciar esas palabras, pero seguía sin creérselas. Con los puños pegados al cuerpo, esperaba las reacciones que quería de él: sorpresa, ira, negación.
Pero Douglas no dijo nada.
—¿Qué pasa en ese estudio, Douglas? Tengo derecho a saberlo. Estoy pagando esas supuestas clases de «fotografía» tuyas. ¿De verdad estás aprendiendo algo de fotografía?
Douglas regresó a la mesa a regañadientes y tomó asiento.
—Sí —repuso.
—¿Estás detrás de la cámara o delante?
—No entiendo... a qué te refieres.
—Pues deberías entenderlo, como todo el mundo. Yo misma me enteré anoche.
—¿Te enteraste de qué?
—Del tipo de fotos que hace Terola. No son de las que aparecen en los álbumes de familia, ¿verdad?
—No lo sé.
—¿Y quién puede saberlo mejor que tú, Douglas? Tú posas para esas fotos, ¿no es cierto?
Negó con la cabeza. Era la negación que ella estaba esperando y por la que rezaba, pero era tan frágil que no podía tocarla por miedo a que se rompiera.
—¿Con quién has estado hablando? —le preguntó su hijo.
—Alguien me llamó anoche, después de que tú te fueras.
—¿Quién era?
—No te lo puedo decir.
—Si corren rumores sobre mí, tengo derecho a saber quién los propaga.
Verna no dejó pasar la oportunidad:
—¿Rumores? ¿Eso es todo lo que son, Douglas? ¿No hay nada cierto en ellos? ¿Ni una palabra?
—No.
—Oh, gracias a Dios, gracias a Dios.
Se apresuró a acudir a su encuentro, con los brazos abiertos.
A Douglas se le puso la cara blanca y el cuerpo tenso mientras se preparaba para las caricias de su madre. Verna le alborotó el cabello, le besó en la frente, le acarició tiernamente los rasguños de la mejilla, todo ello sin dejar de murmurar su nombre:
—Dougie. Mi querido Dougie. Lo siento mucho, cariño.
Sus brazos le rodeaban como serpientes. Se sentía enfermo de revulsión y debilitado por el miedo. Un grito de ayuda le ascendió por la garganta y ahí mismo se ahogó: Dios. Ayúdame, Señor. Sálvame, Señor.
—Dougie, cariño, no sabes cómo lo siento. ¿Podrás perdonarme?
—Sí.
—Soy una madre espantosa... Mira que creerme esas mentiras... Eso es todo lo que son, mentiras, mentiras...
—Por favor —susurró su hijo—. Me estás asfixiando.
Pero las palabras salieron tan ahogadas que ella no las oyó. Pegó la mejilla contra la suya:
—No debería haber dicho esas cosas horribles, Dougie. Eres mi hijo. Y te quiero.
—¡Basta ya! ¡Basta!
Se liberó del abrazo materno y salió corriendo hacia la puerta. Al cabo de un instante, Verna escuchó el ruido salvaje de sus pies en la escalera.
Se quedó sentada un buen rato, imperturbable, con los ojos de mármol, como una persona sorda en una habitación llena de charlatanes. Luego siguió los pasos de su hijo.
Estaba tumbado en la cama tan ancho como era, de espaldas.
No se acercó a él. Se quedó de pie junto a la puerta.
—Douglas.
—Vete, por favor, me encuentro mal.
—Ya lo sé —dijo ella, dolorida—. Tenemos que... curarte, llevarte a un médico.
Douglas agitaba la cabeza contra la colcha de satén.
A su madre le venían preguntas a la punta de la lengua y ahí morían: ¿Cuándo te diste cuenta? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Quién te corrompió?
—Iremos a ver a un médico —dijo con mayor firmeza—. Se puede curar, se tiene que poder curar. Hoy día lo curan todo con esas medicinas maravillosas que tienen, cortisona y cosas por el estilo.
—No lo entiendes. No te enteras de nada.
—¿Cómo que no? ¿Qué es lo que no entiendo?
—Por favor, déjame en paz.
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí.
—Muy bien —dijo ella con frialdad—. Te dejaré en paz. Total, tengo unos recados que hacer.
Hubo algo en su voz que le puso en guardia, así que se dio la vuelta en la cama y se incorporó.
—¿Qué clase de recados? ¿No irás a ver a un médico?
—No. Eso es cosa tuya.
—¿Y lo tuyo qué es?
—Lo mío es ir a ver a Terola.
—No. No vayas.
—Debo hacerlo. Es mi deber de madre.
—No vayas.
—Debo enfrentarme a ese hombre malévolo, cara a cara.
—No es un hombre malévolo —dijo Douglas desesperado—. Es como yo.
—¿Pero es que no tienes vergüenza ni sentido de la decencia? ¿Cómo te atreves a defender a alguien así ante mí, ante tu propia madre?
—No estoy defen...
—¿Dónde está tu autoestima, Douglas? ¿Dónde está tu orgullo?
Tenía tantas cosas que decirle a su madre que las palabras se le arremolinaron en la garganta y no pudo decir nada.
—Voy a ver al tal Terola y le voy a cantar las cuarenta. Un hombre así no debería andar suelto por ahí: es una desgracia. Probablemente ha corrompido a otros jóvenes, aparte de ti.
—A mí no me corrompió.
—¿Qué estás diciendo, Douglas? Claro que lo hizo. Es el responsable. Si no llega a ser por él, tú serías perfectamente normal. Me encargaré de que pague por...
—Madre. Basta ya.
Se hizo un largo silencio. Sus ojos se cruzaron a través del cuarto, como se cruzan los extraños por la calle.
—Terola —dijo ella finalmente— no fue el primero, entonces.
—No.
—¿Quién fue?
—No me acuerdo.
—¿Cuándo sucedió?
—Hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo.
—Y todos estos años..., todos estos años...
—Todos estos años —repitió Douglas con lentitud, utilizando las palabras como armas contra su madre y contra sí mismo.
No la oyó marcharse, pero cuando volvió a levantar la vista, había desaparecido y la puerta estaba cerrada.
Se quedó tumbado en la cama, escuchando el ruido de la lluvia en el tejado y el gorjeo de un pájaro que se quejaba del clima desde la copa de un árbol. Todos los sonidos eran claros, cristalinos y definitivos: el crujido de los eucaliptos mientras arreciaba el viento, los ladridos del perro del vecino, el viejo Dodge de Mabel echando el bofe sendero arriba, el zurriagazo de una puerta de coche al cerrarse, el murmullo del reloj eléctrico de la mesilla de noche.
Era como si nunca antes los hubiera escuchado atentamente, y ahora que había aprendido a hacerlo, cada sonido resultaba personal y profetice Él era el pájaro y la lluvia, el viento y los árboles que se doblegaban a su paso. Estaba partido en dos, el que movía y el que era movido, el macho y la hembra.
Todos estos años, murmuraba el reloj, todos estos años.
Verna llamó de nuevo a la puerta y se coló en la habitación. Se había vestido, acorde con el tiempo, con un chubasquero a cuadros de color rojo y un gorrito a juego. Dijo:
—Mabel ha vuelto. Habla bajo, que a esa no se le escapa una.
—Tampoco tengo nada que decir.
—Igual se te ocurre algo a mi regreso.
—¿No irás a ver a Terola?
—Te dije que lo haría.
—No, por favor.
—Tengo algunas preguntas que hacerle.
—Házmelas a mí. Te responderé. Te contaré todo lo que quieras saber.
—Deja de gimotear, Douglas, que me sacas de quicio. —Tuvo un momento de duda—. ¿No te das cuenta de que lo único que hago es cumplir con mi deber? Solo estoy haciendo lo que haría tu padre si estuviera entre nosotros. Ese tal Terola es claramente un corrupto, pero tú te empeñas en protegerlo. ¿Por qué? Me has dicho que me lo contarías todo. ¿Por qué?
Douglas yacía inmóvil sobre la cama, con los ojos cerrados y el rostro macilento. Por un instante, su madre pensó que estaba muerto, y no se sintió ni feliz ni desdichada, sino únicamente aliviada porque el problema se hubiera resuelto con un sencillo paro cardíaco. Entonces se movieron sus labios:
—¿Quieres saber por qué?
—Sí.
—Porque soy su mujer.
—Su... ¿Qué has dicho?
—Que soy su mujer.
A Verna se le abrió la boca de la impresión y tuvo que cerrarla lentamente.
—Bestezuela asquerosa —dijo en voz baja—. Bestezuela asquerosa...
Douglas apartó el rostro. Su madre estaba de pie junto a la cama, mirándole con la cara distorsionada por el asco y el desprecio.
—Madre. No vayas. ¡Mamá!
—No me llames así. Tú no eres nada mío. —Echó a andar con decisión hacia la puerta y la abrió—. Por cierto, se me olvidaba, feliz cumpleaños.
A solas, Douglas empezó a escuchar de nuevo el reloj y el pájaro y la lluvia y los árboles; y acto seguido, el sonido del motor del Buick poniéndose a la altura de la ira de Verna. Se va, pensó. Se va a ver a Jack. No he podido pararla.
Se levantó y fue al cuarto de baño.
Durante cerca de un año, desde su boda con Evelyn, había estado acumulando pastillas para dormir. Tenía ya casi cincuenta, escondidas en una caja de sales de Epsom del botiquín, cápsulas de diferentes y alegres colores que contradecían sus efectos. Se tragó cinco sin dificultad, pero la sexta se le quedó atrancada en la garganta unos instantes, y no había manera de tragarse la séptima. La superficie de gelatina se le deshacía en la boca, liberando unos polvos secos y amargos que le asfixiaban. No se tomó la octava.
Le quitó la cuchilla a su maquinilla de afeitar y, de pie sobre el lavabo, apretó la hoja contra la carne que cubría las venas de su muñeca izquierda. La cuchilla estaba absolutamente roma y la herida era poco más que un rasguño, pero la visión de su propia sangre derramándose le propició un terror mareante. Se sentía como si las rodillas se le licuaran y tuviera la cabeza llena de aire, como un globo.
Intentó gritar: «¡Ayúdame, madre!», pero apenas si podía escuchar sus propias palabras.
Mientras se desmayaba hacia delante, se dio con la sien contra una esquina del lavabo. El último sonido que Douglas oyó fue claro y concreto: el de un hueso al romperse.

Capítulo 10

A las diez en punto, la señorita Clarvoe, que había dormido hasta tarde, estaba acabando de desayunar. Cuando oyó que llamaban a la puerta, pensó que sería uno de los camareros del salón comedor que venía a recoger la bandeja y a por su propina.
Habló a través de la rendija de la puerta:
—Todavía no he terminado. Vuelva luego, por favor.
—Helen, soy yo. Paul Blackshear. Déjeme pasar.
Helen abrió la puerta, inquieta por el tono de voz urgente del visitante.
—¿Ha ocurrido algo?
—Su madre está intentando ponerse en contacto con usted. La compañía telefónica no ha querido darle su número, así que me ha llamado para que viniera aquí.
—Para decirme que ha cancelado el almuerzo de cumpleaños, supongo.
—Pues sí, lo ha cancelado.
—En cualquier caso, que no sufra porque Douglas se quede sin mi regalo. Le envié un cheque anoche; debería recibirlo hoy.
—No lo va a recibir.
—¿Por qué no?
—Siéntese, Helen.
La mujer se acercó al sillón de orejas que había junto a la ventana, pero no tomó asiento. Se quedó de pie detrás de él, recorriendo la tapicería del respaldo con sus manos largas y finas, como si quisiera calentárselas con la fricción.
—Trae malas noticias, ¿verdad? —dijo en un tono distante—. Usted no es el chico de los recados; ni siquiera mi madre sería capaz de utilizarle como tal para informarme de un almuerzo cancelado.
—Douglas ha muerto.
Las manos de Helen se detuvieron un instante.
—¿Cómo ha sido?
—Ha intentado suicidarse.
—¿Intentado? Creí que había dicho que estaba muerto.
—El médico cree que se tragó unos somníferos y se cortó las venas de una muñeca, pero la causa de la muerte ha sido un golpe en la cabeza. Se dio con la sien contra el lavabo mientras se caía, probablemente desmayado.
Helen se dio la vuelta y miró por la ventana, no para ocultar su dolor, sino la sonrisita triste que le asomaba a las comisuras.
—Pobre Douglas, nunca podía hacer nada a derechas, ni siquiera suicidarse.
—Lo siento, Helen.
—¿Por qué habría de sentirlo? Si quería morirse, allá él.
—Quiero decir que lo siento por usted.
—¿Por qué?
—Porque no siente nada, ¿verdad? —Cruzó la habitación para plantarse ante ella—. ¿O sí?
—No gran cosa.
—¿Usted siente algo alguna vez? ¿Por alguien?
—Sí.
—¿Por quién?
—Pre... Preferiría no entrar en asuntos personales, señor Blackshear.
—Me llamo Paul.
—Me siento incapaz de llamarle así.
—¿Por qué no?
—No puedo, eso es todo.
—Muy bien.
—Yo... —Dio un paso atrás y se quedó pegada a la pared con las manos a la espalda, cual colegiala avergonzada—. ¿Cómo lo está llevando mi madre?
—No lo sé muy bien. Cuando me ha llamado por teléfono parecía más enfadada que otra cosa.
—¿Enfadada con quién?
—Con Evelyn Merrick.
—No lo entiendo. ¿Qué tiene que ver Evelyn con la muerte de Douglas?
—Su madre la considera responsable.
—¿Por qué?
—Evelyn llamó anoche a su madre y le dio cierta información sobre Douglas y Jack Terola, el hombre que se suponía que le estaba dando clases de fotografía a Douglas. No voy a repetir esa información, pero no era nada agradable, eso se lo puedo asegurar. Esta mañana, su madre se lo soltó todo a Douglas y este reconoció que, por lo menos, había ahí una parte de verdad. Su madre quería enfrentarse a Terola, y lo cierto es que salió de casa para verle. Si lo vio o no, no podría decírselo con seguridad. Ella dice que no, que dio media vuelta y regresó al hogar. Mientras tanto, la criada había encontrado el cuerpo de Douglas cuando fue a limpiar su habitación, y llamó al médico, que ya estaba allí cuando apareció su madre. Esta intentó contactar de inmediato con usted y, al no lograrlo, me llamó a mí para pedirme que viniera aquí.
—¿Por qué?
—La compañía telefónica...
—Quiero decir, ¿por qué estaba tan ansiosa de informarme de inmediato? ¿Para que le enviara una bonita corona de flores además del cheque?
—Ese comentario es muy poco caritativo, Helen.
—Sí, supongo que sí. Lo siento. La vida me ha enseñado a ser suspicaz. Y he aprendido esa lección demasiado bien.
—Puede que algún día se olvide de ella.
—Puede. Pero es difícil olvidar ciertas cosas.
—Yo puedo ayudarla, Helen.
—¿Cómo?
—Dándole algo que no ha abundado en su vida.
—¿Y qué es eso?
—Puede llamarlo amor.
Amor. Un rubor violento se extendió desde su cuello hasta los pómulos.
—No. No. Usted... solo intenta ser amable conmigo.
—No lo intento —dijo Blackshear sonriendo—. Lo estoy siendo.
—No. Yo no quiero su amor ni el de nadie. No puedo aceptarlo. Me... me da vergüenza.
—De acuerdo. No se altere. No hay ninguna prisa. Puedo esperar.
—¿Esperar? ¿Esperar qué?
—Que se olvide de algunas de esas lecciones que le dieron.
—¿Y si no puedo? ¿Y si nunca...?
—Puede, Helen. De momento, dígame que lo intentará. ¿Vale?
—Sí, lo intentaré —susurró la muchacha—. Pero no sé por dónde empezar.
—Ya ha empezado.
Helen parecía sorprendida y satisfecha.
—¿De verdad? ¿Y cómo lo he hecho?
—Se ha acordado de Evelyn Merrick.
—¿Cómo lo sabe?
—Hace unos minutos se ha referido a ella de la manera más normal como Evelyn. ¿La recuerda ahora con claridad?
—Sí.
—Cuando la telefoneó la otra noche, cuando dijo que usted siempre la había envidiado y había sentido celos por ella, ¿estaba en lo cierto, Helen?
—Lo estaba.
—Pero ya no es así, ¿verdad?
—No. Ya no le tengo envidia. Merece mi compasión.
—Exacto, compasión —dijo Blackshear—, pero también vigilancia. Resulta especialmente peligrosa porque aparentemente es de lo más racional.
—Entonces ya la ha visto.
—Aún no. La veré esta noche. Pero hablé de ella con su madre anoche, antes de la llamada telefónica, y a primera hora de esta mañana. Y también he hablado con la madre de Evelyn. Ninguna de ellas albergaba la menor sospecha de que la chica esté loca. Parece un caso claro de personalidad dividida. Por un lado, tenemos a la muchacha afectuosa, hija amantísima y nuera perfecta..., y esto último tiene especial mérito, pues su señora madre no es fácil de complacer.
—Soy consciente de ello.
—Por otro lado, esa chica está tan llena de odio y de deseos de venganza que solo quiere destruir a la gente a base de enfrentarlos entre ellos. Es hábil, pues no ha necesitado acabar con nadie personalmente. Se limita a arrojar el hueso para que los perros se peleen entre ellos para quedárselo. Y en ese hueso acostumbra a haber siempre algo comestible.
Helen pensaba en su madre y en Douglas, en cómo habían batallado entre sí a lo largo de los años, no como perros, ni como boxeadores en el ring que se enfrentan cara a cara, sino como guerrilleros que se buscan el uno al otro en una oscura jungla. En esa jungla, Evelyn había disparado una enorme bengala que había iluminado los árboles y la maleza, y había impedido que los enemigos se ocultaran.
Pobre Douglas. Siempre fue un niño, nunca habría podido crecer en una oscura jungla.
—Le envié un cheque para su cumpleaños —dijo tristemente—. Igual si se lo hubiera mandado antes...
—Un cheque no habría cambiado nada, Helen. El médico encontró casi cincuenta pastillas para dormir en el botiquín. Douglas llevaba mucho tiempo planeándolo.
—En ese caso, ¿por qué la toma mi madre con Evelyn?
—Tiene que echarle la culpa a alguien. Alguien que no sea ella.
—No —dijo Helen mientras pensaba: Mamá estaba atrapada en la jungla al igual que Douglas. Años atrás, alguien debería haberles sacado de allí, pero no había nadie más que mi padre y yo, y papá era demasiado severo y yo estaba perdida.
Hundió la cabeza entre las manos y las lágrimas se deslizaron entre sus dedos.
—No llore, Helen.
—Alguien debería haber echado una mano. Alguien debería haberles ayudado hace años.
—Lo sé.
—Ahora es demasiado tarde, para Douglas y para mi madre. —Levantó la cabeza y se quedó mirando a Blackshear, con los ojos ablandados por el llanto—. Puede que también sea demasiado tarde para mí.
—No diga eso.
—Sí. Siento en lo más hondo que ya he vivido mi vida, que solo estoy esperando la muerte, como Douglas con su provisión de somníferos. Igual recibo otra llamada, igual se ilumina la maleza y soy incapaz de soportar lo que vea.
—Ya basta —le dijo Blackshear.
La rodeó con sus brazos, pero el cuerpo de ella adquirió la rigidez de la madera al ser tocado y sus manos se convirtieron en puños. Se dio cuenta de que aún no había llegado el momento, y de que tal vez nunca llegaría. Se apartó hacia el otro lado de la habitación y se sentó ante el escritorio, viendo cómo se producía el cambio en su anfitriona al retirarse él, cómo se le relajaban los músculos, respiraba mejor y le desaparecía el color de la cara. Se preguntaba si siempre habrían de estar así, a metros de distancia.
—Eres muy... bueno —dijo ella—. Gracias, Paul.
—Olvídalo.
—Supongo que ahora tendré que volver a casa y quedarme con mamá. Es lo que se espera de mí, ¿verdad?
—Ella seguro que sí.
—Entonces me prepararé, si me lo permites.
—Te llevo en coche, Helen.
—No, por favor, no te molestes. Llamaré a un taxi. No quiero interferir en tu investigación.
—Mi investigación, como tú la llamas, ya casi ha terminado. Me pediste que encontrara a Evelyn Merrick y ya la he encontrado.
—Así pues, ¿crees que todo ha terminado? ¿Que todo está arreglado? —Su voz era insistente—. ¿Ya no te queda nada que hacer en este caso?
—Hay cosas que hacer, pero...
—Más que nunca, de hecho.
—¿Por qué más?
—Porque ha habido una muerte —dijo Helen con calma—. Evelyn no se va a detener ahora. Yo creo que la muerte de Douglas, de hecho, la va a reforzar, le va a dar una sensación de poder.
Eso era precisamente lo que temía Blackshear, pero no se lo había dicho para no alarmarla.
—Podría ser —reconoció.
—¿Dónde consiguió ella esa información sobre Douglas?
—Del propio Terola, supongo.
—¿Quieres decir que podrían estar juntos en algún asunto de extorsión?
—Puede que esa fuera la intención de Terola, pero Evelyn necesita satisfacciones más profundas de las que pueda proporcionarle el dinero.
—¿Pero tú crees que eran socios?
—Sí. Cuando fui a ver a Terola estaba muy a la defensiva. Saqué la impresión de que conocía a esa chica mucho más de lo que decía.
—Entonces, si hay alguna prueba en contra de ella, ¿la tendría el tal Terola?
—¿Prueba de qué?
—Cualquier cosa que pueda utilizarse para encerrarla. Hasta ahora no ha hecho nada demostrable. En el caso de Douglas, ni siquiera mintió. No se la puede llevar a juicio ni enviarla a la cárcel por llamar a mi madre y decirle la verdad. Aunque, hasta cierto punto, sea moralmente culpable de la muerte de Douglas. Tienes que pararla, Paul, antes de que siga adelante. —Se dio la vuelta para que él no pudiese verle la cara—. La próxima puedo ser yo.
—No seas tonta, Helen. No puede llamarte, no sabe tu número. Y si se presenta aquí, no la dejes entrar.
—Algo se le ocurrirá. Tengo la sensación de que... de que está al acecho.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Mira, si estás nerviosa por lo de ir a casa de tu madre, déjame que te lleve en coche.
Negó con la cabeza.
—Preferiría que fueses a ver a Terola. Cuéntale lo de Douglas, oblígale a hablar, a que te dé información que se pueda usar en un juicio.
—Eso es mucho pedir, Helen. Aunque conozca a Evelyn a fondo, no me va a decir nada. Para no incriminarse.
—Pero puedes intentarlo, ¿no?
—Eso es todo lo que puedo hacer. Intentarlo.
Blackshear se quedó a la espera mientras Helen se iba al dormitorio a vestirse para salir. Cuando volvió, llevaba un abrigo de lana de color gris oscuro y un anticuado sombrero negro de ala ancha que se le inclinaba sobre la frente. Su aspecto era el de una mujer procedente de la década anterior.
—Helen...
—¿Sí?
—¿Te importa si te digo algo personal?
—Sueles hacerlo, tanto si me importa como si no.
—Necesitas ropa nueva.
—¿Tú crees? —comentó con indiferencia—. Nunca me fijo mucho en lo que me pongo.
—Ya va siendo hora de que empieces a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque tú y yo vamos a salir juntos. Iremos a un montón de sitios.
Helen sonrió levemente, como una madre que escucha los planes exagerados de un crío pequeño.
Bajaron en el ascensor y recorrieron juntos el hall. El señor Horner, el recepcionista, y June Sullivan, la rubia cerúlea de la centralita telefónica, les observaron sin disimular su curiosidad e intercambiaron sonrisitas desagradables mientras ellos se detenían ante la puerta batiente que conducía al exterior.
—Tengo el coche a un par de manzanas. ¿Estás segura de que no quieres que te acompañe a casa de tu madre?
—No es necesario.
—Pasaré luego a verte, si quieres.
—Me temo que no va a ser un hogar muy alegre. Igual es mejor que no vengas.
—¿Te paro un taxi?
—Ya lo hará el portero.
—Muy bien. En ese caso, adiós.
—Adiós.
Fuera, en la calle atestada, Evelyn Merrick la estaba esperando.

Capítulo 11

El viento había empujado la tormenta hacia el mar, y las calles, que estaban de lo más tranquilas media hora atrás, bullían ahora de vida, como si el final de la lluvia fuese una señal para que las actividades se reemprendieran de manera inmediata y simultánea. La gente recorría apresurada las aceras en ambas direcciones, como hormigas patrullando tras la tempestad, pero en la calzada el tráfico rodado se había prácticamente detenido. Los coches avanzaban con lentitud, si es que lo conseguían, derrotados por su propia abundancia.
Blackshear necesitó diez minutos para sacar su coche del aparcamiento y otros treinta para llegar al largo y estrecho edificio de estuco de la calle Vine en el que Terola tenía su estudio.
Por segunda vez, leyó el rótulo negro sobre las ventanas de cristal esmerilado, pero ahora esas palabras adquirían implicaciones más siniestras:

Taller de fotografía. Jack Terola, propietario

Modelos de calendario

Clases en grupo para aficionados y profesionales

Estudios de alquiler para grupos de artistas

Venga en cualquier momento

El despacho estaba exactamente igual que la tarde anterior, con la excepción de que alguien había utilizado recientemente la vieja chimenea de ladrillo. Aún humeaban los rescoldos de un fuego, y lo que hubiera ardido había generado el calor suficiente como para que reinara en la habitación una temperatura tórrida y agobiante.
El calor revelaba otros olores, a café recalentado y a un perfume fuerte y con aroma de musgo. El olor a café procedía de la alcoba de Terola, oculta a la vista por unas sucias cortinas con estampado de flores. El olor a perfume venía de la chica sentada detrás del anticuado escritorio y prácticamente tapada por este. Estaba echada hacia atrás sobre el respaldo de la silla con ruedas, en un extraño ángulo, y tenía los ojos cerrados. Parecía estar dormida.
Blackshear la reconoció como Nola Rath, la chica que había estado posando para una de las ilustraciones fotográficas de Terola el día anterior. En aquel momento, tenía el largo cabello negro mojado y no llevaba maquillaje. Ahora lucía el pelo recogido en un moño y llevaba encima tantos cosméticos que su rostro parecía una máscara. Aparentaba muchos más años.
Blackshear se acercó al escritorio, a disgusto y levemente avergonzado, sintiendo que estaba invadiendo el espacio privado de la muchacha a base de mirarla mientras dormía.
—¿Señorita Rath...?
Lentamente, como si moverse le hiciera daño, abrió los ojos. Pero no parecía reconocer nada, ni a Blackshear ni a lo que le rodeaba. Se la veía aturdida.
—Lamento haberla despertado.
—No estaba... dormida.
Su voz hacía juego con los ojos: impersonal, ausente y carente de expresión. Se llevaba la mano a la garganta como si el acto de hablar, al igual que el de abrir los párpados, le resultara doloroso.
—¿Se encuentra bien, señorita Rath?
—Creo que sí.
—Déjeme que le traiga un vaso de agua.
—No. Nada de agua. —Se incorporó en el asiento y este crujió bajo su peso—. Más vale que se largue de aquí.
—Acabo de llegar.
—Da igual; es mejor que se vaya.
—Me gustaría ver al señor Terola, si es posible. ¿Está aquí?
—No piensa ver a nadie.
—Si ahora está muy ocupado, puedo volver más tarde.
—No está ocupado.
—¿Entonces qué, está enfermo o le pasa algo?
—No está enfermo. Le pasa algo. Algo muy gordo. —Se puso a agitar la cabeza adelante y atrás—. No me he movido de aquí. No sé qué hacer. No me he movido de aquí. Debería largarme. No me puedo mover.
—Dígame qué ha pasado.
La chica no respondió, pero sus ojos se dirigieron hacia la alcoba.
Blackshear atravesó la sala, apartó las cortinas de la alcoba y se deslizó en su interior.
Terola yacía de espaldas sobre el diván con unas tijeras de barbero clavadas en la garganta. Una sábana sucia y una manta rosa con manchas de sangre cubrían la mitad inferior de su cuerpo; la superior solo llevaba puesta una camiseta. Sobre la mesa situada al pie del catre, el hornillo seguía en marcha y la cafetera había hervido hasta quebrarse. Era como si Terola se hubiese levantado, hubiera puesto la cafetera y hubiese vuelto a la cama unos minutos más. Durante esos pocos minutos, había recibido una visita.
Fuera quien fuese el visitante, Terola no se había sentido alarmado. Con excepción de la sangre, no había señales de violencia en el cuarto ni pruebas de que hubiera habido lucha. A Terola ni se le había movido el pelo; las mismas líneas grises, finas y paralelas, le cruzaban la calva como raíles. O conocía bien al visitante y se había llevado una sorpresa mortal o lo habían matado mientras dormía.
Las tijeras se las habían clavado a fondo, con una rabia muy calculada. Se trataba de un arma de mujer, pero la mano que las había empuñado tenía la fuerza de un hombre.
Cuando vivía, Terola ya era muy poco atractivo, pero muerto resultaba monstruoso. Tenía los ojos salidos cual bolas de cristal, la boca carnosa le colgaba y la lengua, rolliza y de un color rosa grisáceo, rozaba los dientes manchados de tabaco. Blackshear pensó en Douglas, en su juventud y buen aspecto, y se preguntó qué oscuros senderos le habrían llevado hasta Terola. Sin tocar nada, volvió al despacho junto a la chica.
—¿Ha llamado a la policía?
La muchacha parpadeó:
—¿A la policía? ¿No...?
—¿Lo ha matado usted?
—No. ¡Por el amor de Dios, no! Era amigo mío, me dio trabajo cuando estaba sin un céntimo, me trató bien, nunca me soltó un sopapo, a diferencia de otros.
—¿Lo encontró como está ahora?
—Sí, cuando vine a trabajar.
—¿Y cuándo ha sido eso?
—Hace quince minutos, veinte, creo. Estate aquí a mediodía, me dijo. Lo que pasa es que siempre llego un poco antes para prepararme.
—¿La puerta estaba cerrada cuando usted ha llegado?
—No. Jack no cierra... No cerraba a no ser que esté... que estuviese fuera.
—¿Siempre dormía en la oficina?
—No. Su madre, su hermano y él tienen un ranchito en el valle donde cultivan aguacates, solo que Jack no tenía que estar siempre ahí y a menudo se quedaba en la ciudad. —Se llevó un pañuelo a los ojos—. Ay, Dios, no me puedo creer que esté muerto. Decía que iba a hacer grandes cosas por mí. Decía que yo tenía mucho futuro, que lo único que necesitaba era algo de publicidad. Me prometió conseguirme toda la que quisiera.
Blackshear se mostró sarcástico:
—Pues ha cumplido su promesa.
—¿Cumplido? No, qué va. ¿A qué se refiere?
—Va usted a conseguir toda la publicidad que quiera, señorita Rath. Y puede que más.
La reacción de la chica no fue la esperada:
—Dios mío, tiene razón. Seguro que aparecen los fotógrafos de los periódicos y toda la pesca. Va a ser la monda. ¿Qué aspecto tengo?
—Está usted espléndida.
—Caramba, igual hasta podría escribir un artículo para el suplemento de los domingos sobre lo asqueroso que era Jack, excepto conmigo. ¿Qué le parece ese punto de vista? Ahí tenemos a ese cutre de Terola, al que todo el mundo detesta, que se porta de maravilla con una huerfanita en apuros. ¿Qué tal suena?
—¿Usted es huérfana, señorita Roth?
—Podría serlo —dijo con una sonrisa gélida—. Dependiendo de la situación, podría ser cualquier cosa.
—Incluso una embustera.
—Oh, por supuesto.
—No ha llamado a la policía, ¿verdad?
Se encogió de hombros.
—No. Pero ya lo haré. En cuanto usted se largue.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Porque me lo va a jorobar todo. Mi futuro depende de esto. Hay que hacer las cosas bien, ¿sabe?
—No, no lo sé.
—Vamos a ver. Suponga que yo no llevaba mucha ropa encima. Suponga que salí a la calle diciendo a gritos que había encontrado a un hombre asesinado... ¿Lo va pillando?
—Como si lo estuviera viendo.
—En ese caso, su presencia aquí sería un engorro. —Se puso de pie y se inclinó sobre el escritorio hacia Blackshear—. Yo no he matado a Jack y no voy a tocar nada, se lo prometo. Váyase, señor mío, hágame ese favor. Necesito una oportunidad. Una de verdad.
—¿Y usted cree que esta lo es?
- Tiene que serlo. Nunca tendré otra. ¿Se quiere ir? Señor, ¿se quiere ir, por favor?
—Después de que usted llame a la policía.
La señorita Rath descolgó el auricular y marcó el número. Mientras esperaba que la atendieran, empezó a desabrocharse el vestido.
Blackshear fue hasta su coche. Le hubiera gustado permanecer al volante unos minutos para presenciar la actuación de Nola Rath, pero tenía algo más importante que hacer. Durante la mañana, en algún momento, Verna Clarvoe había salido a ver a Terola. Pese a haber dicho lo contrario, ¿habría llegado a verle y a hablar con él? ¿O había desconfiado de las palabras como armas para recurrir en su lugar a unas tijeras? Puede que hubiese otras personas con motivos para matar a Terola, pero los de Verna eran fundamentales, dado que en ella el amor y el odio se habían mezclado para explotar como dos masas críticas de uranio. Y en la explosión Douglas había muerto. Tal vez Terola era la segunda víctima de una reacción en cadena.

Capítulo 12

Una doncella de ojos enrojecidos abrió la puerta.
Le dijo Blackshear:
—¿Puedo ver a la señora Clarvoe, por favor?
—La señora no está para ver a nadie. Ha habido un accidente.
—Ya lo sé. Tengo algo urgente que decirle.
—Me gustaría saber qué puede ser más urgente que dejarla a solas con su dolor.
—¿Cómo se llama usted?
—Mabel.
—Mabel, quiero que le diga a la señora Clarvoe que está aquí Paul Blackshear por un asunto importante.
—De acuerdo, pero se lo advierto, esa mujer lo ha pasado muy mal. Cuando vinieron a llevarse a su hijo, se puso a gritar de una manera que yo no había oído en toda mi vida. Pensé que le iba a estallar alguna vena. Llamó a alguien por teléfono y siguió berreando cosas sobre una chica llamada Evelyn. Fue horroroso.
—¿El médico no le ha dado un sedante?
—Le ha dado unas pastillas. Pastillas. Las pastillas no pueden sustituir a un hijo. —Abrió un poco más la puerta y Blackshear se coló en la casa—. Subiré a decírselo, pero no le garantizo que ella vaya a bajar. ¿Qué se puede esperar en una situación así?
—¿Ha llegado ya la señorita Clarvoe?
- ¿La señorita Clarvoe?
—La hermana de Douglas.
—Ni siquiera sabía que tenía una hermana. Qué curioso, nadie la ha mencionado.
—Debería llegar en cualquier momento —dijo Blackshear—. Por cierto, cuando llegue no hace falta que le diga que por aquí ni se la menciona.
—Como si yo fuera a hacer algo semejante. ¿Se quedará...? Quiero decir, a comer, a dormir y tal...
—No estoy seguro.
—En fin, aquí pasan cosas muy raras; téngalo presente.
—Lo tendré.
—Puede esperar en el salón, si quiere.
—Prefiero la salita.
—Le enseñaré...
—Conozco el camino, gracias.
La salita olía al fuego de la víspera y a la lluvia matinal. Alguien había empezado a limpiarla sin concluir su labor; había una aspiradora apoyada contra el diván, así como un trapo para el polvo y unos ceniceros sucios en el taburete del piano. La puerta de cristal que conducía al patio de losa estaba abierta de par en par y el viento de noviembre barría el suelo y hacía espirales entre las cenizas de la chimenea.
Verna Clarvoe entró con pasos lentos e inseguros como si caminara a contracorriente por aguas muy profundas, contra una corriente muy fuerte. Tenía los ojos tan hinchados que parecían estar cerrados, y tenía cicatrices alrededor de la boca como si se hubiera arañado en un arrebato de amargura.
Ella habló primero:
—No diga que lo siente. Todo el mundo lo dice y no significa nada, da igual si lo sienten o no. —Se derrumbó en un sillón—. No me mire. Los ojos siempre se me ponen así cuando lloro. No recuerdo dónde tengo las gotas. Qué frío hace aquí, qué frío...
Blackshear se incorporó y cerró la puerta.
—He hablado con Helen. Se ha ofrecido a volver a casa.
—¿Ofrecido?
—Sí, ofrecido. —Era bastante cierto, pues no lo había sugerido él—. Debería haber llegado hace una media hora.
—Puede que haya cambiado de opinión.
—No lo creo.
—¿Por qué no ha venido con usted?
—Yo tenía algo que hacer antes. Algo que la concierne a usted, señora Clarvoe. Si se siente lo suficientemente bien, creo que más vale que se lo cuente.
—Estoy bien.
—Terola está muerto.
—Me alegro.
—¿Ha oído lo que le he dicho, señora Clarvoe?
—Que Terola está muerto. Y yo me alegro de ello. Mucho. ¿Por qué habría de sorprenderle que me alegre? Espero que sufriera, espero que tuviese una larga agonía.
—No fue así. Todo sucedió con gran rapidez.
—¿Cómo?
—Alguien le clavó unas tijeras.
—¿Lo han asesinado?
—Sí.
Se quedó quieta, aliviada, sonriente:
—Ah, eso es aún mejor, ¿no?
—Señora Clarvoe...
—Debió de pasar miedo antes de morir, debió de estar aterrorizado. Usted dijo que no sufrió. Seguro que sí. Tener miedo es un sufrimiento. Unas tijeras. Ojalá lo hubiera visto con mis propios ojos. Ojalá hubiera estado presente.
—Pues a mí me gustaría —dijo Blackshear— que pudiera probar que no lo estaba.
—Vaya comentario más tonto.
—Es posible, pero había que hacerlo.
—Ya se lo dije por teléfono: salí a ver a Terola, pero cambié de idea y volví a casa.
—¿Hasta dónde llegó? ¿Hasta el estudio?
—Sí.
—¿Pero no entró?
—No. Tenía una pinta horrorosa. Perdí el coraje.
—¿Llegó hasta la puerta?
—No. No llegué a salir del coche. Hay una acera amarilla delante de ese lugar. Me quedé ahí un ratito.
—¿Cuánto?
—Unos minutos.
—¿La vio alguien?
—Si estaba allí, puede que alguien me viera.
—¿Qué coche conduce usted?
—Un Buick negro, un sedán, del año pasado. Los hay a centenares, si es eso a lo que va.
—Lo es.
—Pues bueno, el caso es que no me presenté allí con un Ferrari rojo fuego. No había el menor motivo para que alguien me prestara especial atención.
—Esperemos que nadie lo hiciera.
—¿Y si no fue así?
—Si alguien se fijó —entonó Blackshear pacientemente—, lo más probable es que la interrogue la policía. Usted tenía muy buenos motivos para odiar a Terola.
—Si me dedicara a matar a todos los que odio, la gente caería como moscas en esta ciudad.
—Eso no me lo creo, señora Clarvoe.
—Oh, ya basta. Deje de hacerse el aprendiz de psiquiatra conmigo. Usted no me conoce. No me entiende. Estoy llena de odio. ¿Cómo evitarlo? Me han engañado, me han traicionado, me han timado... ¿Qué se puede esperar? Todo el mundo me ha decepcionado, todo el mundo. Harrison, Douglas... Esos ya no tienen que aguantar este desastre de vida. Yo soy la que sigue aquí, siempre soy yo.
Desde el sendero de la entrada llegó el quejido de los frenos de un coche. Lo oyeron ambos al unísono, Verna con aprensión, Blackshear con alivio. No se había atrevido a reconocer que estaba preocupado por el retraso de Helen.
—Debe de ser Helen —dijo Verna—. No sé qué le voy a decir, ni cómo me voy a portar. Llevamos tanto tiempo separadas que somos como extrañas.
—Pues pórtense como tales... Por lo menos, la gente que no se conoce suele ser educada.
Blackshear fue hasta la puerta de cristal y miró a través del patio hacia el sendero de la entrada. Había una mujer pagándole a un taxista, una mujer rolliza de cabello gris vestida con un traje de chaqueta blanco y negro. Cuando el taxi enfiló marcha atrás la calle, ella se quedó un momento mirando la casa como si no estuviese segura de haber acertado con la dirección. Vio a Blackshear y pareció reconocerle. En vez de dirigirse hacia la puerta principal, recorrió el patio hacia la salita con pasos rápidos y agresivos.
Temiendo problemas, Blackshear salió a recibirla, cerrando la vidriera a su espalda.
—Hola, señora Merrick.
El rostro de ella se mostraba rígido y hostil:
—¿Está aquí?
—Sí.
Intentó sortear a Blackshear, pero este la agarró del brazo.
—Espere un momento, señora Merrick.
—Cuanto antes acabemos con esto, mejor. Suélteme.
—Lo haré cuando me diga qué piensa hacer.
—¿Usted qué cree? ¿Que voy a estrangular a esa zorra? Pues no, aunque me encantaría.
Blackshear le soltó el brazo, pero ella no se apartó.
—Sí, me encantaría —repitió—. Con todo lo que ha dicho de Evelyn... Cosas horribles, increíbles... No pienso dejar que se salga de rositas. Ninguna madre lo consentiría.
—¿Cuándo ha hecho ella esos comentarios?
—Hace menos de media hora. Me ha llamado al despacho... al despacho, precisamente: sabe Dios quién ha podido oírla, y no sabe cómo gritaba. Ha hecho unas acusaciones terribles contra Evelyn. No me siento capaz de repetirlas, de lo desagradables que son. No paraba de gritar que a Evelyn había que darle una dosis de su propia medicina. No sé a qué se refería. Evelyn siempre se ha portado muy bien con ella. Luego ha dicho que Evelyn era una asesina, que había matado a Douglas. Le he colgado, pero ha vuelto a llamar de inmediato. He tenido que ponerme porque había gente por ahí. Cuando por fin ha terminado, le he pedido al jefe permiso para tomarme el resto de la mañana libre y aquí estoy. Tengo que llegar al fondo de esto.
—¿No le parece que es un mal momento?
—Es un mal momento, pero no los va a haber mejores. Tengo que averiguar por qué ha dicho esas cosas sobre Evelyn. Si está loca de dolor por Douglas, pues vale, muy bien, lo puedo entender, yo también he pasado lo mío en ese terreno. Pero ¿por qué tiene que tomarla con Evelyn? Mi hija nunca le ha hecho daño a nadie en toda su vida, es injusto que la ataquen así. Ella no está aquí para defenderse, pero yo sí. Aquí estoy. Y no intente detenerme, señor Blackshear. Voy a ver a Verna Clarvoe.
Y Blackshear la vio entrar en la casa.

* * *

Las dos mujeres estuvieron un buen rato contemplándose en silencio.
—Si viene en busca de una disculpa —dijo finalmente Verna—, no la va a obtener. Nadie está obligado a disculparse por decir la verdad.
—Quiero una explicación, no una disculpa.
—Ya la tiene.
—Aún no ha dicho usted nada. Nada.
—Le he dado a Evelyn lo mismo que ella me dio a mí: la verdad. —Verna apartó la vista, apretándose la punta de los dedos contra sus hinchados párpados. Estaban calientes, como escaldados por las lágrimas—. Me llamó anoche. Al principio parecía de lo más amistosa, me dijo que yo siempre me había portado bien con ella y que, a cambio, quería hacerme un favor. Entonces se puso a hablarme de Douglas, del tipo de vida que llevaba, de los amigos que tenía... Cosas sórdidas y horribles dichas de la manera más cruda posible. No entiendo cómo una chica como Evelyn puede conocer palabras tan groseras, ni mucho menos pronunciarlas. Ahí está su explicación, señora Merrick.
—No puede usted estar hablando de Evelyn. No de mi Evelyn.
—¿Por qué no? —dijo Verna con los dientes apretados—. Ella estaba hablando de mi hijo.
—No la creo. Evelyn nunca haría algo así. Puede que durante un tiempo sintiera rencor, después de lo de la boda, pero ya lo ha superado. Ya no está enfadada. Usted misma lo pudo comprobar ayer, cuando nos cruzamos. Se mostró agradable y amistosa, ¿no? ¿No fue amable con usted? Usted misma lo dijo, que no alberga el menor rencor.
—No pienso discutir. Estoy muy cansada para discutir. Ya le he explicado lo que ha ocurrido.
—Tiene que estar equivocada. —La cara rolliza de la señora Merrick no dejaba de hincharse—. Por lo menos, admita la posibilidad de que se equivoque.
—No hay tal posibilidad.
—A qué hora... ¿A qué hora fue la llamada?
—A eso de las diez.
—Ya lo tenemos. ¿Lo ve? Evie estaba anoche con unos amigos. Tenían entradas para una obra de teatro en el Biltmore Bowl.
—Fue Evelyn quien me llamó. Reconocí su voz. Y nadie más, por lo menos ninguna mujer, sabría esas cosas de Douglas.
—Esas cosas... ¿Cómo puede estar tan segura de que eran ciertas?
—Porque él las reconoció, mi hijo las reconoció. Y luego se suicidó —Verna empezó a agitarse adelante y atrás, abrazada a sus pechos escuálidos—. Dougie. Dougie está muerto. Es su cumpleaños. Habíamos preparado una fiestecita... Oh, por el amor de Dios, lárguese, déjeme en paz.
—Señora Clarvoe, escúcheme.
—No, no, no.
—Me gustaría ayudarla.
—Váyase. Mi hijo ha muerto.
Se fue por donde había venido, atravesando el patio. Blackshear la esperaba en el exterior, con el cuello de la chaqueta levantado contra el viento y los labios azules de frío. Le dijo:
—La llevaré en coche al trabajo, señora Merrick.
—No, gracias. Es mejor que vuelva con ella. —Empezó a ponerse los guantes de gamuza—. Por lo menos Evelyn está viva. No importa lo que haya hecho, al menos vive. Ya es motivo suficiente para dar gracias al Señor.
Se dio la vuelta y echó a andar decidida contra el viento, con la cabeza bien alta.

Capítulo 13

Las zonas húmedas de su vestido, de las que había frotado la sangre en los lavabos de la biblioteca pública, ya se habían secado, por lo que volvía a ser seguro salir de nuevo a la calle. Aunque la fuerza del viento le abriera el abrigo, la gente no repararía en las ligeras manchas de la blusa, y si lo hacían, no podrían identificarlas.
Cerró el libro que aparentaba leer desde hacía una hora y lo devolvió a su estantería. No conocía a nadie en la biblioteca y nadie la conocía a ella. De todos modos, era peligroso quedarse demasiado tiempo en un sitio, en especial uno tranquilo, pues a veces el cerebro le hacía unos ruiditos como de metrónomo y los espías podrían averiguar gracias a su frecuencia lo que estaba pensando.
Uno de esos espías era un señor mayor sentado a una mesa cercana al mostrador de información, medio escondido tras un ejemplar de U.S. News and World Report. Con qué inocencia aparentaba estar concentrado en la lectura, como un niño fascinado ante un cuento ilustrado, pero había algo en el ángulo que adoptaba su cabeza que le traicionaba. Ella se puso a murmurar, elevando bastante la voz, para que no pudiera escuchar sus pensamientos. El hombre dejó la revista sobre la mesa y la miró mal, consciente de haber sido desenmascarado por alguien más listo que él.
Mientras pasaba junto a su mesa, la mujer se inclinó hacia el anciano y le susurró: «Más te vale que no me sigas». Luego echó a andar hacia la puerta, arrebujándose en el abrigo.
La victoria era suya, por supuesto. Pero aun así, el ruidito del cerebro se estaba poniendo pesado. Iba y venía a su aire, variando con la intensidad de sus pensamientos, y si una idea la excitaba, el ruido se hacía prácticamente ensordecedor y parecía capaz de volverla loca.
Loca. Esa palabra no debe usarse a la ligera. Terola lo había intentado.
Recorrió con presteza las escaleras de la biblioteca y giró hacia el norte, pensando en Terola. Se había mostrado de lo más amable con él, de lo más educada. No le había dado ningún motivo para comportarse como lo hizo.
Cuando le abrió la puerta, lucía el pantalón de un pijama a rayas y una camiseta.
—Hola, señor Terola.
—¿Y tú qué quieres?
—Pues mire, había pensado dejarme caer por aquí y...
—Mira, nena, ¿por qué no te dejas caer por allá? Tengo resaca.
Empezó a cerrar la puerta, pero ella era demasiado rápida para él:
—Podría hacerle café, señor Terola.
—Llevo años haciéndomelo yo mismo.
—Pues ya es hora de que pruebe el mío. ¿Dónde está la cocina?
Bostezando, Terola la llevó hasta la alcoba y se sentó al borde del diván mientras la intrusa enchufaba el hornillo y llenaba de agua la cafetera.
—¿A qué viene tanta bondad, nena?
—Me gusta hacerle un favor a un amigo de vez en cuando.
—Y luego se supone que el amigo en cuestión tiene que hacerte un favor a ti, ¿no?
—Eso estaría muy bien.
—¿En qué estás pensando?
—En esas fotos que me hizo —dijo ella—. Quémelas.
—¿Por qué?
—No me hacen justicia.
Terola enarcó esas cejas que parecían ciempiés negros.
—¿Y?
—Pues que las queme y me haga otras. De las buenas, de las que cuelgan en los museos.
—Mira, Elaine, Eileen o como sea que te llames...
—Evelyn.
—Mira, Evelyn, vete a casita como una buena chica y consideraré tu propuesta.
—No es verdad.
—Que sí, que sí que lo haré. —Se tumbó en el catre con las sábanas hasta la cintura.
—¿Me lo promete, señor Terola?
—¿Prometerte qué?
—Hacerme inmortal.
—¿Tú estás loca o qué? —dijo él irritado, dándole un puñetazo a la almohada—. Como te oigan hablar así, vas directa al loquero.
—Señor Terola...
—Lárgate, ¿quieres? Estoy cansado. He tenido una noche muy larga.
—Señor Terola, ¿usted cree que soy guapa?
—Guapísima —repuso él, cerrando los ojos—. Guapa no, guapísima.
—Se está burlando de mí.
—No, qué va. ¿Por qué habría de burlarme de ti? Ahora sé buena y pírate, Eileen.
—Evelyn —dijo ella—. Evelyn.
Terola abrió los ojos y la vio de pie encima de él.
—¿Pero qué te pasa, nena? ¿Estás loca?
Loca. Esa palabra no debe usarse a la ligera.
Mientras torcía por la siguiente esquina, miró hacia atrás en dirección a la biblioteca. El espía, disfrazado de anciano, estaba de pie en la escalinata, observándola, con el U.S. News and World Report bajo el brazo. Echó a correr.
El viejo volvió a la biblioteca y se plantó ante el mostrador de información, tras el que estaba sentada una pelirroja rodeada de listines telefónicos de todo el país.
La muchacha sonrió y dijo:
—Ya pensaba que se escapaba usted con una de nuestras revistas, señor Hoffman.
—Esta vez no. ¿Se ha fijado por casualidad en esa chica que se acaba de marchar, la del abrigo oscuro?
—Pues no, la verdad. ¿Por qué?
—La he estado observado durante cosa de media hora. Me ha parecido de lo más peculiar.
—Por aquí viene gente muy peculiar —dijo alegremente la bibliotecaria—. Es una institución pública, ya sabe.
—Pensé que igual... Bueno, lo cierto es que no he podido evitar darme cuenta de que tenía unas manchas en la parte frontal del vestido.
—Seguro que ha almorzado espaguetis. Ya sabe lo que manchan.
—Durante todo el rato que la he estado observando, ha tenido un libro abierto delante, pero no lo leía. Un libro sobre pájaros, creo, aunque mi vista ya no es la que era. Luego, al marcharse, se ha inclinado sobre mí y me ha susurrado algo que no he acabado de entender. Es raro, ¿no?
—Más bien sí.
—Me preguntaba si no debería informar a la policía.
—¡Ya está otra vez imaginándose cosas, señor Hoffman!

* * *

Entre el tintineo cerebral y el peligro de los espías, nunca entraba dos veces en el mismo bar, pero era difícil distinguirlos de tanto como se parecían. Era como si la decoración, los rótulos de neón, el mobiliario, los clientes y los camareros hubieran salido todos del mismo almacén y a precio de oferta.
La diferencia más importante estribaba en la situación de la cabina telefónica. En el Mecca estaba en la parte de atrás, junto a la entrada del baño de caballeros y oculta a la vista de la gente de la barra por una enorme y espesa maceta.
Con la puerta plegable de la cabina bien cerrada, se sentía a salvo, calentita y recluida, fuera del alcance de la sociedad, como un niño en el cuarto de jugar o un poeta en su torre de marfil.
Marcó un número, sonriendo para sus adentros, respirando profundamente el aire viciado pulmón adentro, como si se tratara de oxígeno puro. Crestview 15115. Mientras esperaba respuesta, contó las cifras. Trece. Añádele uno y divídelo por dos y te saldrán siete. Todo tenía que dar siete. La mayoría de la gente no lo sabía, y aunque se lo dijeran, aparentaban escepticismo o franca incredulidad.
A la quinta llamada (más dos), una voz femenina dijo:
—¿Sí?
—¿Es la residencia Clarvoe?
—Sí.
—¿Señora Clarvoe?
—No está.
—Pero si la he reconocido, señora Clarvoe.
Se oyó un ruido contundente al otro lado del hilo, como el de un objeto metálico estrellándose contra el suelo.
—¿Quién...? ¿Eres tú, Evelyn?
—¿Acaso esperaba no volver a saber nada de mí?
—Pues sí. Sí que lo esperaba.
Se hizo una pausa en el otro extremo de la línea, y luego se escuchó un leve tumulto, como si hubiera gente moviéndose por ahí, y se oyó una voz masculina, en tono bajo y apresurado pero con claridad:
—Pregúntele por Helen. Pregúntele dónde está Helen.
—¿Quién está con usted? —preguntó Evelyn. Como si no lo supiera.
Blackshear, ese pobre chapucero, que la estaba buscando por toda la ciudad como un ciego intentando atravesar un bosque. Un día de estos, le saltaré encima desde detrás de un árbol.
—No hay nadie, Evelyn. Lo había, pero... le dije que se fuera. Tenía la impresión de que tú... de que tú y yo podríamos hablar mejor a solas. ¿Evelyn? ¿Sigues ahí?
Seguía allí. A salvo, calentita, recluida, como el poeta en el cuarto de juegos y el niño en la torre de marfil.
Un tipo calvo y barrigón pasó junto a la cabina y ella lo miró a través de la estrecha y sucia puerta de vidrio. Pero él ni se percató. Tenía la cabeza en otro sitio.
—¿Evelyn? Contéstame. Contéstame.
—No hace falta que me grite —dijo Evelyn con frialdad—. No estoy sorda, ya lo sabe. Tengo un oído perfecto.
—Lo siento... Lamento haberte gritado.
—Eso está mejor.
—Escúchame, por favor. ¿Has visto a Helen? ¿Has hablado con ella?
—¿Por qué? —Sonrió para sus adentros por lo solemne y preocupada que parecía, cuando en general siempre estaba riendo. ¿Había visto a Helen? Qué chiste tan bueno. Prolóngalo. Desarróllalo. Hazlo durar un poquito.
—¿Por qué está tan interesada en Helen, señora Clarvoe?
—Tenía que haber llegado hace horas. Dijo que venía hacia casa.
—Ah, eso...
—¿Qué quieres decir? ¿Acaso tú...?
—Cambió de opinión. La verdad es que no tenía el menor interés en volver a casa. No quería que usted la viera tal y como está ahora.
—¿Y cómo está... ahora?
—Le prometí que no diría nada. A fin de cuentas, fuimos amigas tiempo atrás, y con las amigas hay que mantener las promesas.
—Por favor. Por el amor de Dios...
—Vuelve usted a gritar. Preferiría que no lo hiciese.
—Muy bien —susurró Verna—. No gritaré. Sólo dime dónde está Helen y qué le ocurre.
—Pues verá, es una larga historia. —En realidad no lo era. Era breve y agradable, pero la señora Clarvoe necesitaba una lección: eso de gritar era una grosería.
—Evelyn, por favor, te lo suplico...
—Nadie tiene que suplicarme la verdad. La doy a cambio de nada, ¿no es cierto?
—Sí.
—Digan lo que digan de mí, yo no soy una mentirosa.
—No. Claro que no. Tú no eres una mentirosa. Y en cuánto a Helen, se encuentra bien, ¿verdad?
—No lo sé.
—Pero tú has dicho...
—No he dicho ni que estuviera bien ni que estuviera mal. Todo lo que he dicho es que ha cambiado de opinión y no va a ir a casa.
—¿Dónde está?
El barrigón pasó de nuevo, de regreso hacia la puerta. Tenía los ojos de cristal y los labios de madera.
—Está trabajando —dijo Evelyn—, en una casa de citas.
Se puso a temblar de excitación ante lo que se avecinaba, esperando la reacción de Verna: sorpresa, incredulidad, protesta. No pasó nada.
—¿Me ha oído, señora Clarvoe? Helen trabaja en una casa de citas. Está por la zona sur de la calle Flower. No es un lugar adecuado para una dama, eso se lo aseguro. Pero también es verdad que Helen nunca quiso ser una dama. Un poco de alegría, eso es lo que ella necesita. Y la va a conseguir. Vaya que sí. Seguro que la consigue.
Seguía sin haber respuesta, ni tan siquiera el ruido del auricular al ser colgado. La excitación empezó a abandonarla, como sangre saliendo de una arteria rota. Apiló palabras en la herida para cortar el flujo.
—El trabajo se lo he conseguido yo. La he visto esta mañana a las puertas de su hotel. Me ha dicho que estaba harta de la vida aburrida que llevaba, que quería ocupar su tiempo con algo interesante. Así pues, le he dicho que sabía de algo. Ven conmigo, le he dicho. Y ella me ha seguido.
—Ahora sé que estás mintiendo —dijo tranquilamente Verna—. Helen nunca iría contigo a ninguna parte. Está advertida.
—¿Advertida? ¿Sobre mí?
—¿Qué le has hecho?
—Ya se lo he dicho, conseguirle un trabajo.
—Eso es absurdo.
—¿De verdad? —Colgó suavemente.
Sí, era absurdo, nada podía serlo más que la pobre Helen en una casa de citas. Pero era cierto.
Se echó a reír, no de manera normal, sino con un ruido como de garras que se le clavaban en el pecho y la garganta. Ardiendo de dolor, salió a la calle dando tumbos.

Capítulo 14

En clase se la conocía como la doctora Laurence, pero a partir de las cinco de la tarde era Claire y vivía cerca del campus de la universidad, en Westwood, con su marido, John, y una spaniel obesa llamada Louise. Era una mujer joven, alta, de buena complexión, con unas piernas largas y bonitas y un cabello negro que llevaba recogido en trenzas. Era un estilo anticuado y que no le sentaba especialmente bien, pero la hacía parecer especial y ella era muy consciente de que eso era lo máximo a lo que podía aspirar con lo que Dios le había dado.
Franca, inteligente y carente de pretensiones, se llevaba bien con sus alumnos y tenía muchos amigos, la mayor parte de los cuales trabajaban en la universidad. Pero su mejor amiga, por el contrario, no tenía nada que ver con la docencia.
Había conocido a Evelyn Merrick hacía cosa de ocho meses en el transcurso de una cita doble con uno de los miembros de la fraternidad de John. De camino a casa, le preguntó a su marido:
—Bueno, ¿qué te ha parecido?
—¿Quién?
—Evelyn Merrick.
—Está muy bien —dijo John.
—Menudo entusiasmo.
—Gracias a Dios que, por lo menos, uno de nosotros no se apresura a juzgar a las personas.
—Los juicios apresurados son los únicos que cuentan.
—¿Ah, sí?
—De otro modo, te acaba cayendo bien la gente solo porque te satisfacen una necesidad y no por su valor intrínseco.
—Ya salió la filósofa.
—Que salga —dijo Claire—. Yo creo que ha sufrido. Y no vuelvas a preguntar quién. Sabes perfectamente de quién hablo.
—La mayoría de nosotros sufre de vez en cuando.
—En el caso de Evelyn, no creo que haya sido de vez en cuando. Yo diría que ha sufrido algún choque emocional de enorme magnitud.
—Igual le han dado electrochoques.
—¿Se supone que eso resulta gracioso?
—Ligeramente.
—De hecho, he visto a gente después de recibir electrochoques y muestran la misma actitud preocupada. Aunque escuchen una pregunta a la primera, les gusta que se la repitan. Y cosas así.
—O sea, que a tu nueva amiga la acaban de soltar del manicomio.
—En absoluto —repuso Claire, molesta—. Lo que creo es que ha sufrido una experiencia traumática. Y me pregunto en qué ha podido consistir.
—Te conozco, angelito, le sacarás toda la historia la próxima vez que la veas.
Se equivocaba. A lo largo de los siguientes meses, ambas mujeres se vieron con frecuencia, a veces por casualidad, pues vivían a ocho manzanas de distancia una de otra, y a veces de manera deliberada, para comer o cenar o ir al cine; pero fuese cual fuese su trauma, Evelyn no lo mencionó, y cada intento discreto por parte de Claire para descubrirlo, aunque le hiciese preguntas directas, era acogido con un silencio o una amable reconvención. Al principio, la habilidad de Evelyn para guardar un secreto desesperaba e irritaba a Claire, pero con el tiempo acabó respetándola.
Cuando John, que daba clases en el departamento de biología, tenía que salir en visita de estudios sobre el terreno, Evelyn solía presentarse a pasar la noche con Claire, a quien le ponía nerviosa quedarse sola.
A John le encantaba chinchar a su esposa en tales ocasiones:
—Mira que tener miedo a la oscuridad, a tu edad y con tu envergadura.
—No puedo evitarlo.
—¿Y qué hacías antes de estar casada?
—Antes de casarme vivía en un apartamento y tenía gente debajo, encima y a los lados. Las paredes eran tan finas que se podía oír caer un alfiler, así que no había muchas probabilidades de que te asesinaran en la cama. Es muy diferente vivir en una casa como esta. Estás apartado de la gente.
—Por un sendero de entrada y dos matojos con flores.
—Ya sabes lo que quiero decir.
John sabía exactamente lo que su mujer quería decir. Claire había crecido en una familia numerosa y vivido en dormitorios universitarios. Siempre había tenido gente alrededor, hermanos y hermanas, y amigos y primos, y primos de primos. Que la dejaran sola en una casa era algo que la hacía sentir insegura, y John le agradecía a Evelyn que le hiciera compañía en su ausencia. Había perdido hacía tiempo la desconfianza original hacia Evelyn y ahora pensaba que, a su callada manera, era la chica más agradable del mundo.
El miércoles por la mañana, John se llevó a algunos de sus alumnos novatos de excursión al bosque nacional Los Padres, y a última hora de la tarde apareció por casa Evelyn para cenar con Claire y quedarse a pasar la noche. Las dos mujeres habían planeado ir a ver una obra de teatro al Biltmore Bowl, pero el proyecto se canceló cuando Claire llegó a casa con un buen resfriado. Se fue a la cama a las ocho, drogada con antihistamínicos y codeína, y durmió como un tronco.
Despertó a la mañana siguiente con el tintineo de los platos y el aroma del beicon quemado. Tras envolverse en el viejo albornoz de su marido, se plantó en la cocina y se encontró a Evelyn preparando el desayuno. Le dijo entre bostezos:
—Sería capaz de comerme un caballo.
—Puede que tengas que hacerlo. Me acabo de cargar el beicon que quedaba.
—A mí me gusta muy hecho.
—No está muy hecho; está carbonizado.
—Bueno, Johnny dice que todo el mundo debería comer algo de carbón. Ejerce de agente purificador.
—Te lo estás inventando.
—¿Pero a que suena plausible?
—Se nota que hoy estás mejor.
—Pues sí. ¿Y tú?
Evelyn se dio la vuelta con la cara blanca y expresión ausente:
—¿Yo? A mí no me pasaba nada.
—Tienes mala pinta. Si no te conociera, diría que has estado pimplando.
—Lo de pimplar no es lo mío.
—Era broma. No pretendía ofenderte.
—Me temo que últimamente me ofendo enseguida.
—Eso es muy cierto. John y yo... Bueno, nos hemos dado cuenta y no hemos podido evitar preguntarnos...
—¿Preguntaros qué?
—Si no deberías casarte.
Evelyn no abrió la boca.
—Quiero decir —aseguró Claire con una extraña seriedad— que el matrimonio es algo maravilloso para una mujer.
—¿Ah, sí?
—De verdad. No sé por qué pones esa cara. ¿Qué es lo que te hace gracia?
—Me temo que no lo comprenderías —repuso Evelyn, sonriendo.
El jueves por la tarde, Claire volvió a casa de clase algo antes de lo habitual, a eso de las cuatro y media. Ya estaba oscureciendo y no reparó en el coche aparcado junto a la acera hasta que sacó a la perra. Louise echó a andar por el césped hacia el coche y golpeó la puerta con la pata. Un hombre que llevaba un sombrero gris se asomó por la ventanilla y dijo:
—Eso no le va a sentar bien a la carrocería.
—Me temo que no —dijo Claire cogiendo al animal, que se resistía.
—¿Es usted la señora Laurence?
—Así es.
—Me llamo Paul Blackshear. La he llamado a la universidad esta tarde.
—Ah, sí.
—¿Está aquí la señorita Merrick?
—Aún no ha llegado, pero tiene que aparecer. Si quiere pasar y esperarla...
—Pues sí, gracias.
Claire encabezó la comitiva a través del césped, sintiendo cierta aprensión ante el hecho de tener a un extraño en casa, pero incapaz de dar con un motivo adecuado o una manera educada para quitárselo de encima.
En el salón, encendió las cuatro lámparas y dejó abiertas las cortinas, y cuando Blackshear tomó asiento en el sofá, ella hizo lo propio en una silla de respaldo recto situada en el otro extremo de la estancia.
—Mi marido llegará en cualquier momento —mintió con firmeza.
Blackshear le lanzó una mirada interrogativa:
—Perfecto. Necesitaré toda la ayuda posible.
—¿Para qué?
—Intento encontrar a una mujer. Tengo motivos para creer que Evelyn Merrick sabe dónde está.
—¿Quiere decir que Evelyn la ayudó a desaparecer?
—A eso me refiero, sí, pero no exactamente en el mismo sentido que usted.
—No lo entiendo.
—La desaparición de esa mujer fue involuntaria.
Claire se le quedó mirando con la cara pálida y atónita y los puños apretados contra los muslos.
—¿Qué está usted... insinuando?
—Resulta evidente, ¿no, señora Laurence?
—No, no resulta evidente. Nada lo es. Estoy confusa y no entiendo nada.
—Yo tampoco, pero lo intento. Por eso estoy aquí. La mujer desaparecida se llama Helen Clarvoe y es amiga mía. Hace tiempo también lo fue de Evelyn Merrick.
—Hace tiempo. ¿Significa eso que se pelearon?
—Digamos que perdieron el contacto. Hasta la noche del pasado lunes. En ese momento, la señorita Merrick telefoneó a Helen Clarvoe a su hotel. No entraré en detalles, pero le aseguro que no se trató de una llamada normal entre viejas amigas. Como resultado, la señorita Clarvoe me pidió que intentara encontrar a Evelyn Merrick.
—¿Por qué?
—Estaba muy alterada y aterrorizada ante los comentarios de la señorita Merrick. A lo largo de la semana, he descubierto que la especialidad de la señorita Merrick son las llamadas extrañas. Hay gente que cuando sufre se vuela la cabeza, o se obsesiona con algo o escribe cartas amenazantes. Evelyn Merrick telefonea.
—Tonterías —dijo Claire con decisión—. No me lo creo. Ev detesta hablar por teléfono. Si lo sabré yo, que soy su mejor amiga.
—Mire, señora Laurence, puede que haya cosas de esa mujer que ni siquiera su mejor amiga conozca porque es posible que ni la propia señorita Merrick sea consciente de ellas.
—Eso es imposible. A no ser que... ¿Intenta usted decirme que está loca?
—Se trata de cierto tipo de insania.
—¿A saber?
—Personalidad múltiple.
Claire se incorporó abruptamente y se puso a dar vueltas por la habitación.
—Ev es mi mejor amiga. Usted es un extraño. Se presenta aquí para soltarme monstruosidades sobre ella y espera que me las crea. Pues mire, no puedo. Ni pienso hacerlo. ¿Qué derecho tiene usted a diagnosticarle a nadie una personalidad múltiple?
—La tesis no es mía. La apuntó como posibilidad el propio médico de la señorita Merrick. He hablado con él esta tarde. La señorita Merrick ya ha sufrido dos crisis emocionales, una cuando se divorciaron sus progenitores y su padre se trasladó a vivir al este, y otra tras la ruptura el año pasado de su propio matrimonio.
—Matrimonio —repitió Claire—. Pero si Ev nunca ha estado casada.
—Le aseguro que sí.
—A mí nunca me ha dicho ni una palabra al respecto. Yo... En fin, precisamente esta mañana estábamos hablando y yo dije algo acerca de que el matrimonio es bueno para una mujer y ella... Bueno, ya da lo mismo.
—Adelante, señora Laurence. ¿Ella qué?
—Nada. Se limitó a sonreír, como si yo hubiera dicho algo gracioso sin darme cuenta.
—Y así fue.
—Entonces, ¿no fue un matrimonio feliz?
—No.
—¿Con quién se casó?
—Con el hermano de Helen Clarvoe, Douglas. —Blackshear dudó, pues experimentaba de repente un profundo desagrado por el trabajo que le había caído-El chico ha muerto esta misma mañana.
—¿Por qué lo dice en ese tono?
—No soy consciente de haber adoptado un tono especial.
—Yo sí. Lo ha dicho como si pensara que Evelyn ha tenido algo que ver con la muerte de ese hombre.
—No tengo la menor duda de ello. Y los muertos son dos.
Claire estaba afectada, pero seguía mostrándose obstinada:
—Tiene que tratarse de un terrible error. Ev es la criatura más buena de este mundo.
—Puede que la que usted conoce. La otra...
—¡No hay ninguna otra! —Pero la fuerza la había abandonado. Se dejó caer en la silla, con el dorso de la mano derecha apretado contra la boca temblorosa—. ¿Cómo...? ¿Cómo ha muerto el marido?
—Se ha suicidado.
—¿Y el otro?
—Ha sido apuñalado en la garganta con unas tijeras de barbero en algún momento de la mañana.
—Dios mío —dijo Claire—. Dios mío. —Y la mano se le deslizó garganta abajo como si intentara contener un invisible reguero de sangre—. Llegará en cualquier momento. ¿Qué voy a hacer?
—Nada. Compórtese como si no hubiera pasado nada.
—¿Y cómo voy a hacerlo?
—Tiene que hacerlo. La vida de Helen Clarvoe puede estar en peligro.
—¿No puede ser... que usted haya cometido un error?
—Siempre queda esa posibilidad, señora Laurence, pero es muy pequeña. Esta tarde, cuando llamó a la señora Clarvoe para hablar de Helen, no se tomó la molestia de ocultar su identidad; hasta parecía orgullosa de sí misma.
Le explicó el contenido de la llamada telefónica; Claire le escuchó en un silencio cargado de estupor, frotándose el cuello en el mismo sitio una y otra vez.
En el exterior, la perra empezó a ladrar. Blackshear se dio la vuelta para mirar por la ventana. Una joven enfilaba el sendero de entrada, riéndose mientras Louise daba saltos en torno a ella con frenético deleite. Mientras subía los peldaños del porche, se inclinó, extendió las manos y la perra saltó a sus brazos. Tanto la chica como el animal parecían muy satisfechos de sí mismos ante un logro tan notable.
Era la primera vez que Blackshear veía a Evelyn Merrick, y pensó en lo irónico que resultaba verla así, riendo, jugando con un perro... La criatura más buena de este mundo, había dicho Claire Laurence.
Se dio la vuelta para mirarla. Tenía lágrimas en los ojos. Se las limpió con el dorso de la mano mientras iba a abrir la puerta.
—¿Lo has visto, Claire? Por fin lo ha logrado, ¡saltar a mis brazos! John me dijo que lleva años intentándoselo enseñar. ¿Qué tal tu resfriado?
—Mucho mejor, gracias —repuso Claire—. Tenemos compañía.
—¿Compañía? Estupendo.
—Ven, que te presento al señor Blackshear.
—Un momento, que me quito el abrigo.
Cuando entró en la habitación, sonreía levemente, pero se trataba de una sonrisa precavida, como si ya sospechara que la compañía anunciada no sería de su agrado. Llevaba el pelo moreno muy corto y tenía unos ojos grises que brillaban con un pequeño reflejo azulado procedente del vestido que la cubría. Cuando Blackshear la vio por primera vez, jugando con la perra, le había parecido extraordinariamente hermosa. Ahora había perdido la animación y tenía un aspecto de lo más normal. Cuando se dieron la mano, el apretón de ella fue flojo y nada cordial.
Dijo Blackshear:
—Creo que la señora Laurence se ha referido a mí como «compañía». Me temo que es un término muy poco adecuado.
Evelyn enarcó sus negras cejas:
—¿Lo es?
—Quisiera hacerle unas preguntas si me lo permite, señorita Merrick.
—Se lo permito. Puede que incluso se las responda.
—El señor Blackshear está intentando encontrar a una mujer desaparecida —intervino Claire—. Yo ya le he dicho que lo más probable es que tú no sepas nada al respecto. —Captó la mirada de advertencia del visitante y añadió—: Voy a hacer café.
Cuando se hubo ido, Evelyn dijo despreocupadamente:
—Esto suena de lo más intrigante. Cuénteme más. ¿Es alguien que yo conozca?
—Helen Clarvoe.
- Helen. Madre de Dios. Creo que es la última persona que se me podría haber ocurrido. ¿Y dice usted que ha desaparecido?
—Sí.
—Qué raro. Helen nunca haría algo así. Ella es más bien conservadora, por así decir.
—Sí.
—Y en cualquier caso, ya es lo suficientemente mayor como para hacer lo que le plazca; y si quiere desaparecer, ¿por qué querría nadie encontrarla?
—No estoy seguro de que haya querido desaparecer.
—Oh, ¿de verdad? —Parecía tomárselo a broma—. Helen no es tan sosa como aparenta, ¿sabe usted? Puede que haya un hombre.
—Lo dudo.
—De todos modos, no sé en qué puedo ayudarle yo, señor Blackshear. Pero puedo intentarlo.
—Gracias.
—Adelante. Pregunte.
—¿Le suena la calle Flower, señorita Merrick?
—¿La calle Flower? Eso cae por el centro, ¿no?
—Así es.
—Supongo que habré pasado en coche por ahí alguna vez. No obstante, no es el tipo de zona que me resulte familiar.
—¿Cuánto hace que no ve a Helen Clarvoe?
—Cosa de un año.
—¿Ha hablado con ella por teléfono?
—Claro que no. ¿Para qué? No tenemos nada de que hablar.
—¿Se llevan mal?
—No nos llevamos ni bien ni mal. Simplemente, no nos tratamos.
—Pero en el pasado fueron amigas.
—En la escuela, sí. Pero eso —añadió, encogiéndose de hombros— fue hace mucho tiempo.
—Usted se casó con el hermano de Helen, Douglas.
—Yo no diría casarme. Asistimos a una ceremonia. ¿Le importa si ahora le hago yo una pregunta a usted?
—En absoluto.
—¿De dónde ha sacado toda esa información sobre mí?
—De su madre.
Ahora sí que parecía estárselo pasando bien.
—Debería haberlo supuesto. A mamá le encanta hablar. Le cuenta sus penas al lechero o al chico del colmado. Lamentablemente, también va contando las mías.
—¿Ha visto a Douglas recientemente, señorita Merrick?
—No, no lo he visto. Pero he hablado con él.
—¿Cuándo?
—Anoche me llamó por teléfono.
—¿Aquí?
—Sí. Después de que Claire se fuese a dormir.
—¿Cómo supo que estaba usted aquí?
—Supongo que primero llamó a casa y mamá le dio este número.
—¿A usted le parece creíble, teniendo en cuenta el resentimiento que alberga hacia él?
—Probablemente no se identificó —repuso Evelyn, quien añadió con un toque sarcástico—: Le aseguro que yo no he mantenido el contacto con él. Por lo que respecta a los Clarvoe, ya he tenido bastante. Son una familia de la que es mejor mantenerse a distancia.
—¿Qué motivo tenía Douglas para llamarla, señorita Merrick?
—Ni idea. Es la primera vez que sé algo de él desde la anulación. Parecía sentirse solo y confuso. Yo también lo estaba un poquito, así que hablamos. Sobre todo de los viejos tiempos, de hace años, de cuando Helen y yo íbamos juntas al colegio y yo solía ir a su casa los fines de semana y durante las vacaciones. Dougie, así le llamábamos entonces, siempre iba detrás nuestro por mucho que nos lo quitásemos de encima. Hasta Helen era feliz en aquellos tiempos. Hay que ver lo mal que ha acabado todo.
Pero hablaba con un desapego absoluto, como si la Evelyn de aquella época no tuviera la menor relación con ella. Blackshear se preguntaba en qué momento se habría empezado a dividir su personalidad. Puede que el problema hubiese estado ahí desde la infancia y que nadie lo detectara. O tal vez se había iniciado en la adolescencia, durante esos tiempos sobre los que había estado hablando con Douglas, los «días felices». Era posible que esos fueran los «días felices» porque ella ya había empezado su alejamiento de la realidad.
De una cosa sí estaba casi seguro, de que la división de personalidad era total. La mujer con la que estaba hablando desconocía la existencia de su deformada gemela. Recordaba haber hablado por teléfono con Douglas la noche anterior, pero él sabía que si le decía que también había hablado con la señora Clarvoe, y de una manera muy distinta, se mostraría incrédula y, probablemente, muy airada. Nada se podía ganar enfrentándose a ella. Su misión consistía en esperar a que se produjera el cambio y la hermana gemela tomara el mando. Solo la melliza sabía lo que le había ocurrido a Helen Clarvoe y dónde estaba ahora. La zona sur de la calle Flower ocupaba varios kilómetros y tenía más burdeles que restaurantes.
Aunque fuese seguro hacerlo, no había manera de precipitar la mutación de Evelyn Merrick, ya que nadie sabía qué la causaba. Podía tratarse de algo externo, una palabra, un olor, un sonido, cierto compás musical; o también podía ser algo interno, un repentino cambio químico del propio cuerpo.
—Fue divertido —dijo Evelyn— volver a saber de Douglas. Yo esperaba sentir hacia él todo tipo de resentimientos, pero no fue así. Es raro, ¿verdad?, el modo en que la gente planea lo que va a hacer y decir en determinada situación, y cuando esa situación se presenta finalmente, nadie hace nada de lo que tenía previsto.
—¿Y qué tenía previsto usted?
—Hacerle sentir como un gusano. Pero en cuanto escuché su voz, supe que no tenía que decirle nada. Él ya se siente peor que cualquier gusano.
—Señorita Merrick, ¿qué ha estado haciendo hoy?
—Buscar trabajo.
—¿Alguno en concreto? ¿Como modelo, tal vez?
- Modelo. ¿Pero de dónde ha sacado usted esa idea?
—Es usted una chica muy guapa.
—Tonterías. Muchas gracias, pero dice usted tonterías. Yo quiero un trabajo con futuro.
—Entonces, ¿no ha estado en casa en todo el día?
—No.
—¿No ha visto a su madre?
—No. Intenté verla en la floristería esta tarde, pero me dijeron que se había tomado libre el resto de la jornada.
—Su madre fue a ver a la señora Clarvoe.
—¿A Verna? ¿Y para qué?
—Douglas ha muerto esta mañana.
Evelyn tomó asiento lentamente, con la mirada baja y las manos recogidas en el regazo. Cuando por fin habló, tenía la voz clara y fuerte:
—El café ya debe estar hecho. Le serviré una taza.
—Señorita Merrick...
—¿Qué espera que diga, que lo siento? Pues no. No lamento que se haya muerto. Es mejor para él. Lo único que lamento es que no fuese más feliz cuando estaba vivo.
Era lo más tierno que Blackshear le había oído decir a nadie sobre Douglas desde su fallecimiento.
—¿Cómo ha ocurrido? —le preguntó Evelyn.
Y él le explicó las circunstancias de la muerte de Douglas mientras ella se quedaba sentada con la cabeza medio torcida, con un aspecto contemplativo, casi sereno, como el de una niña escuchando un cuento que ya hubiese oído una docena de veces.
Cuando Blackshear concluyó, Evelyn dijo entre suspiros:
—Pobre Douglas. En cierto modo, era el mejor de la pandilla. De los Clarvoe, quiero decir. Por lo menos albergaba cierta ternura. Hacia las personas equivocadas, tal vez, pero al menos tenía sentimientos.
—Helen también.
—Helen es de una frialdad escalofriante.
La premonición de un desastre atacó a Blackshear como un espasmo de dolor. Tenía la sensación de que el comentario de la muchacha pretendía ser bastante literal, que intentaba decirle que Helen ya estaba muerta.
—Señorita Merrick, se lo preguntaré de nuevo.
—¿El qué?
—¿Ha visto hoy a Helen Clarvoe?
—No.
—¿Sabe dónde está?
—No.
—¿Sabe si está viva?
—No.
—¿Recuerda haberla telefoneado a su hotel el pasado lunes por la noche, a eso de las diez?
—No puedo recordar algo que no ha ocurrido —entonó amablemente—. Ojalá pudiera ayudarle, señor Blackshear, pero me temo que no tengo respuestas para sus preguntas.
Es inútil, se dijo Blackshear, y se encaminó hacia la puerta.
—En todo caso, gracias por intentarlo.
—De nada. Cuando encuentre a Helen, avíseme.
—¿Por qué?
—Interés, curiosidad..., llámelo como quiera.
Blackshear notó cómo le crecía la ira cual exceso de bilis y le dejaba en la lengua un verdoso sabor amargo y la garganta reseca. No era ni capaz de hablar.
Abrió la puerta y salió al exterior. Pese a las casas iluminadas y las farolas de la calle, la oscuridad se le antojaba más impenetrable que una jungla.

Capítulo 15

Abrió los ojos y los volvió a cerrar de inmediato porque la luz la cegaba, pero en ese instante vio que se encontraba en una habitación pequeña y blanca, como un cubículo de hospital, y que la enorme mujer que se inclinaba sobre ella iba toda vestida de blanco, como una enfermera.
La mujer dijo con voz agria y cansada:
—Está volviendo en sí. Dale un poco más de whisky.
—Si ya está borracha, Bella, ¿para qué quieres darle más?
—Cállate y haz lo que te digo. Nada despierta mejor a un borracho que el aroma de otro trago. Pásame la botella, Mollie.
—Vale.
—Ahora sostenle la cabeza mientras se lo escancio. Ja, ja, ja, parece una reunión social, ¿eh? —Madame Bella escanció el licor—. La señorita Clarvoe intentó resistirse. No quería el whisky, que quemaba como un ácido. Meneó la cabeza hacia un lado y se puso a gritar, pero una mano le tapó la boca.
—Más vale que no hagas eso, cariño —le dijo en voz baja la mujer que atendía por Bella—. Igual estás viendo cosas, ¿eh? Puede que animalitos dando vueltas por ahí, ¿no? Tómate un par de sorbos de esto y desaparecerán.
—¡No, no! No quiero...
—¿Pero qué te pasa, cariño? Cuéntaselo a Bella. Todo el mundo le explica sus problemas a Bella. Igual tienes un mono subido a la espalda, ¿eh, cariño?
La señorita Clarvoe negó con la cabeza. No sabía de qué le hablaba esa mujer. No tenía ningún mono en la espalda, ni había animalitos rondando por ahí.
—Cuéntaselo a Bella, cariño.
—No puedo, no sé... —dijo la señorita Clarvoe con la voz ahogada contra la rolliza palma de la mano de esa mujer—. Déjeme ir.
—Claro que sí, cariño, siempre que no te pongas a gritar. No puedo permitir que molestes a los demás clientes. Cuando un hombre viene aquí tras un día duro en la oficina, lo que quiere es un buen masaje, no que le grite una señora, eso le altera.
Clientes. Masaje. Así pues, no era un hospital, ni la mujer de blanco una enfermera.
—Basta de alharacas, ¿eh, cariño? Prométeselo a Bella.
—Sí. Se lo prometo.
La señorita Clarvoe abrió los ojos. Estaba tumbada en un sofá, y al pie de ese sofá había una rubia muy guapa, aunque con acné, que sostenía en su mano una botella de whisky. La otra mujer, Bella, era extraordinariamente gorda; la carne se le bamboleaba al menor movimiento y lucía varias papadas que se le desplomaban sobre el cuello atezado. Solo sus ojos parecían humanos. Unos ojos negros y desesperados que habían visto mucho y entendido muy poco.
El mero esfuerzo de hablar la agotaba, y cuando apartó la mano de la boca de la señorita Clarvoe, se la puso contra el corazón como para cerciorarse de que seguía latiendo.
—El abrigo es de buen material —dijo la rubia—. Importado de Escocia, dice... Aquí, en la etiqueta, ¿lo ves?
—Ya puedes volver al tajo, Mollie.
—No tengo más citas esta noche.
—Pues vete a casa.
—¿Y si esta vuelve a liarla?
—Ya me apañaré —dijo la gorda—. Bella puede controlarla. Bella sabe dónde está el problema. Bella comprende.
—¿Con que de eso se trata? —dijo la rubia con una sonrisita despectiva—. Pues toda para ti. Yo prefiero lo normal.
—Cállate, querida.
—Me pregunto qué tendrá de especial el material importado de Escocia.
—Pírate, cariño, y no te olvides de cerrar la puerta.
La rubia se fue y cerró la puerta a su espalda.
La señorita Clarvoe se frotó los ojos. No podía entender de qué hablaban esas dos mujeres, nada de lo que habían dicho tenía el menor sentido para ella. Tenía náuseas, estaba mareada y la cabeza le dolía justo por detrás de la oreja izquierda, como si alguien le hubiese dado un golpe en esa zona.
—La cabeza —dijo—. Me duele la cabeza.
—Aún le duele la cabeza. Fíjate tú. Claro que te duele la cabeza, cariño. Le has estado dando al frasco.
—No. Yo nunca bebo... Nunca.
—Apestabas a alcohol cuando te encontré frita en la puerta. Me estaba despidiendo de uno de nuestros clientes habituales, que había venido para su tratamiento, y cuando abrí la puerta ahí estabas, tirada en el suelo. Y cocida, cariño. Muy cocida.
—Eso es imposible. Yo no bebo.
—Solo te enjuagas la boca de vez en cuando, ¿verdad? —La gorda se estaba tronchando, toda ella, la boca, las papadas, la tripa, los pechos. Cuando terminó, se secó el sudor de la cara y el cuello con un pañuelo—. Ese es mi problema, soy demasiado alegre. Me río demasiado. Y entonces sudo. Ay, cariño, no sabes cómo sudo. La pobre Bella suda de una manera inhumana. ¿Otro chupito de whisky, corazón?
—No. ¡No! —La señorita Clarvoe trató de incorporarse, pero perdió el equilibrio y fue a parar al suelo—. Tengo que... Tengo que irme a casa... Me están esperando...
La gorda le pasó los brazos bajo los sobacos y la ayudó a levantarse:
—¿Quién te está esperando, cariño?
—No... No lo sé.
—Pues si no lo sabes, no hay prisa alguna, ¿verdad? Túmbate un ratito, que Bella te hará sentir mejor.
—No, no. —Notaba el aliento de la gorda en el cogote y su insoportable olor anisado—. Tengo que... Me están esperando. —Alguien la esperaba, de eso estaba segura, pero no podía recordar de quién se trataba. En su memoria, los rostros eran borrosos e irreconocibles, las personas eran sombras, los lugares eran todos iguales-¿Puedo...? ¿Puedo tomar un poco de agua?
—Por supuesto, cariño.
La mujer le trajo algo de agua en un vaso de papel y la contempló mientras se la bebía.
—¿Te encuentras mejor, cariño?
—Sí.
—Tienes el abrigo sucio. Dámelo y le pasaré el cepillo.
—No. No. —Se apretó el abrigo con fuerza contra el cuerpo.
—Ah, eres de las tímidas. Bella lo sabe todo. Bella lleva mucho, mucho tiempo en este negocio. No tienes que ser tímida con Bella. Aquí vienen muchas señoras. Lo único que buscan es un poco de afecto. No hay nada malo en eso, ¿verdad? Por cierto, corazón, ¿quién te recomendó a mí?
—No la entiendo.
—¿Cómo averiguaste mi nombre?
—No lo averigüé. No sé su nombre.
La gorda se quedó muy tiesa. Sus ojos, ocultos bajo pliegues de grasa, estaban muertos y eran de color púrpura, como las uvas.
—¿Por qué escogiste mi gabinete?
—No lo hice. Yo no he escogido ningún...
—No hay que decir mentirijillas, cariño. Bella detesta las mentirijillas, la sacan de quicio. ¿Quién te dio mi nombre?
—Nadie.
—O sea, que caíste por aquí por casualidad, ¿eh? ¿Es así, cariño?
—No me acuerdo —susurró la señorita Clarvoe—. Ni siquiera recuerdo... Evelyn...
—¿Esa eres tú, cariño? ¿Evelyn?
—No. ¡No! Yo estaba... Yo estaba con Evelyn. Ella me trajo aquí. Me dijo... —La señorita Clarvoe se interrumpió, cubriéndose con las manos su boca temblorosa.
—¿Qué te dijo, cariño?
—Dijo que yo merecía estar aquí.
La gorda asintió, sonrió y se frotó las papadas:
—Esa tal Evelyn sabe lo que se dice, sí, señor.
—No sé a qué se refería.
—¿Seguro que no, cariño? Pues túmbate y relájate, que Bella te lo va a enseñar.
—¿Enseñarme qué?
—A ser feliz, cariño. A cómo ser muy feliz. Los hombres son unos cerdos. No saben nada y no les importa nada. Bella es diferente. Bella sabe. Déjame que te quite el abrigo, corazón. Qué tobillos tan bonitos tienes. Yo también los tenía en los viejos tiempos. Pero ahora me dedico a comer. Como y como porque nadie me quiere. Nadie quiere a Bella porque está más gorda que un elefante, sí, señor, pero ella se sabe algunos trucos. Dame el abriguito, cariño.
La señorita Clarvoe se incorporó, rígida de terror.
—Te doy asco, ¿verdad, cariño? Da igual. Todas dicen lo mismo al principio y luego cambian de idea. Bella las hace a todas tan felices... Bella te va a hacer tan feliz que volverás una y otra vez.
—¡Apártese de mí!
—No seas tímida, cariño. Bella sabe de qué va, Bella será tierna contigo.
—Vieja furcia monstruosa... —dijo la señorita Clarvoe mientras corría hacia la puerta.
Pero la gorda se le había adelantado. Estaba de espaldas contra la puerta y con los brazos cruzados sobre sus enormes pechos.
—A Bella no le gusta que la insulten, cariño. Le saca de quicio.
—Si no me deja salir, me pondré a gritar. Gritaré y gritaré hasta que aparezca la policía.
Bella se quedó callada unos instantes y luego dijo con amargura:
—Seguro que lo harías; eres la tía más asquerosa que he visto en mi vida. Así entiendes tú la gratitud... Te meto en casa, cuido de ti, te tragas mi whisky del bueno, te digo cosas bonitas..., ninguna de ellas cierta, claro está, porque tus tobillos son una birria, parecen palillos...
—Abra esa puerta.
Bella no la abrió, pero se hizo a un lado, sin dejar de hablar, en parte consigo misma:
—Con todo lo que hago por la gente, ¿qué recibo a cambio? Insultos y malas miradas. Bella es humana, puede que esté más gorda que un elefante, pero es humana y agradece un poco de gratitud de vez en cuando. Este mundo es un horror, no hay la menor gratitud en él. Lárgate de aquí, asquerosa, lárgate. Bella está que trina. Lárgate, lárgate.
Pero esa chica asquerosa ya se había ido y ella le estaba hablando a un cuarto vacío. Se dejó caer en el sofá con todo su peso y una mano contra el corazón. Aún latía, aleteando como un pájaro cautivo bajo varias capas de grasa.
—La gente no vale un pimiento —concluyó Bella.

* * *

Helen Clarvoe no podía correr, se notaba las piernas débiles, como si se le hubieran atrofiado los músculos por falta de uso, y el dolor de cabeza le había empeorado. Cuando intentaba pensar, las ideas se le fundían, se le apagaban, y solo una destacaba claramente entre las demás: Tengo que salir pitando. Tengo que escapar. Tengo que correr.
No tenía importancia hacia dónde corriese. Carecía de ningún plan y ni siquiera supo dónde estaba hasta que llegó a la esquina y pudo leer el nombre de las calles: South Flower con la avenida Ashworth. Repitió los nombres para sus adentros, confiando en que se le quedaran grabados, pero ninguno de ellos le sonaba de nada y el vecindario le resultaba desconocido. Sabía que nunca antes lo había visto de la misma manera que estaba segura de que no bebía. Pero ahí estaba, y había llegado a pie o en coche, o alguien la había traído. Y cuando llegó estaba borracha. Cocida, había dicho Bella, bien cocida. Claro que te duele la cabeza, cariño, le has estado dando al frasco.
—Yo nunca bebo —dijo la señorita Clarvoe—. Yo el licor ni lo pruebo. Papá decía que hace bastas a las mujeres.
Un anciano que esperaba en la esquina a que cambiara el semáforo la contempló por encima de sus bifocales con gusto e interés. El hombre solía hablar solo, por lo que le gustaba comprobar que había otra gente que también lo hacía.
La señorita Clarvoe le vio mirarla y apartó la vista mientras se ruborizaba, como si el viejo la hubiera pillado desnuda.
—Je, je, je —se rió el vejete, quien acto seguido cruzó la calle con los hombros agitándosele de regocijo. Hoy día, hasta los jóvenes hablan solos. Cosas de la era atómica. Los locos se han hecho los amos—. Je, je, je.
La señorita Clarvoe se tocó la cara. Le ardía de humillación. El viejo la había visto hablar sola, y puede que algo más. Tal vez la había visto rondando por ahí tras salir del gabinete de Bella y sabía perfectamente de qué clase de sitio se trataba. Tenía que alejarse de ese anciano.
La señorita Clarvoe dio media vuelta y echó a correr en dirección opuesta, con el abrigo revoloteando a su alrededor y las piernecitas avanzando tiesas como palillos.
Se detuvo en la siguiente esquina, echando el bofe, y se agarró a una farola para no perder el equilibrio. El letrero del farol decía Calle Figueroa. No estoy perdida, se dijo. Conozco la calle Figueroa, me quedaré aquí en la esquina hasta que aparezca un taxi libre. Pero algo en su cerebro, un sexto sentido, le dijo que no se quedara quieta, por lo que se puso nuevamente en marcha. Sin correr. Correr llamaba demasiado la atención. Tenía que aparentar tranquilidad, normalidad. Nadie debía descubrir que en algún lugar, por estas calles o por otras, había echado a perder el día. Era de noche. El día había terminado, había pasado de largo junto a ella, sin tocarla.
Siguió andando, con la cabeza gacha, como si estuviera buscando el día que había perdido en la acera y las alcantarillas. La gente pasaba, los coches rugían, la noche estaba llena de ruido y luz y movimiento, pero la señorita Clarvoe no levantó la cabeza. Debo disimular, se dijo. Debo hacer como que no sé que me siguen.
Si era lo suficientemente astuta, si podía controlar el pánico, puede que identificara a quien seguía sus pasos. ¿Sería Bella? ¿El viejo que la había pillado hablando sola? ¿Algún amigo de Bella? Ninguno de ellos iba a sacar nada siguiéndola, ni tan siquiera dinero: junto con el día, también había perdido el bolso.
Un autobús descargaba pasajeros en el siguiente cruce y ella apretó el paso para mezclarse con la gente que había concluido su trayecto. Sintiéndose segura por unos momentos, miró hacia atrás, atravesando esa jungla de rostros en movimiento. Solo uno de ellos destacaba entre los demás: pálido, pulcro, medio sonriente... Evelyn Merrick. Estaba de pie en el oscuro umbral de una tiendecita de reparación de televisores, apoyada tranquilamente en el escaparate como si estuviera disfrutando de un breve descanso durante un paseo nocturno. Pero la señorita Clarvoe sabía que no se trataba de ningún paseo nocturno, sino de una caza en la que ella era la bestia a la vista.
Se volvió y echó a correr por la calle, ciega, sorda e insensible a causa del terror que experimentaba. Ni siquiera sintió el impacto del coche que la golpeó.
Cuando recuperó la conciencia, estaba tumbada en la acera y las personas que la rodeaban la miraban y hablaban todas a la vez.
—La vi con mis propios ojos, se tiró bajo las ruedas...
—Semáforo rojo...
—Borracha, seguro. Apesta a dos kilómetros.
—¡Se lo juro por Dios, no la vi!
—Vayámonos de aquí. No quiero que me convoquen como testigo.
—Venga, Joe, vamos. No soporto ver sangre.
Sangre, se dijo la señorita Clarvoe. Así que estoy sangrando. Todo se ha hecho realidad, todo lo que ella me dijo la primera noche. Lo vio en su bola de cristal, yo acabaría sufriendo un accidente, terminaría sangrando, mutilada.
—¿Qué más da un poco de sangre? Bien que te tragas todos esos combates de boxeo, ¿no?
—Debía de estar borracha...
—Con mis propios ojos...
—Que alguien llame a una ambulancia.
—La señora del sombrero verde ha ido a telefonear a su marido, que es médico.
Un joven con uniforme de taxista se quitó la chaqueta e intentó colocársela bajo la cabeza a la señorita Clarvoe. Pero ella la rechazó y se incorporó con muchas dificultades.
—Estoy bien —dijo—. Déjenme en paz.
Las palabras sonaban ahogadas y no se entendían muy bien, pero el joven las captó:
—Se supone que tiene que quedarse ahí tumbada hasta que llegue el médico.
—No necesito a ningún médico.
—Yo hice un cursillo de primeros auxilios y eso es lo que ponía el manual. Mantenga al paciente abrigado y...
—No me ha pasado nada.
Consiguió ponerse de pie y empezó a limpiarse la cara con un pañuelo, sin saber qué era sangre y qué sudor propiciado por todo lo que había corrido. La turba empezó a dispersarse... Se había acabado el espectáculo, nadie se había muerto, qué lástima, igual tendrían mejor suerte la próxima vez. Solo el joven del uniforme de taxista seguía allí, con aspecto preocupado:
—No ha sido culpa mía. Todo el mundo ha visto que no era culpa mía. Usted se ha lanzado delante de mi taxi, sin darme la menor oportunidad de frenar, es la chaladura más grande que he visto en mi vida.
La señorita Clarvoe miró hacia la puerta de la tienda frente a la que había visto a Evelyn Merrick justo antes del accidente. Ya no estaba. O igual se había internado algo más en las sombras, a esperar. Eso lo hacía de maravilla, lo de esperar en la oscuridad y caminar por la noche, acechando a los incautos.
El taxista seguía hablando, ofendido y beligerante:
—Todo el mundo ha visto que he hecho lo que he podido. ¿Verdad que me he parado? ¿Verdad que he intentado aplicarle los primeros auxilios?
—¡Oh, basta, déjelo ya! No hay tiempo para discusiones. No queda tiempo, se lo digo yo.
El taxista reculó, poniendo cara de sorpresa.
—No le entien...
—Escúcheme. ¿Cómo se llama?
—Harry. Harry Reis.
—Mire, Harry, tengo que salir de aquí. Me están siguiendo. Estaba... La vi en ese umbral de ahí hace cosa de cinco minutos. Quiere matarme.
—No me diga. —Una sonrisita burlona se dibujó en sus labios. Ni siquiera le echó un vistazo a ese umbral que le estaban señalando—. No se habrá escapado usted de algún sitio, ¿verdad?
—¿Escapado?
—Exacto. Escapado. Saltando por encima de la verja.
Sacudió la cabeza, asombrada. Ese hombre parecía estar hablándole con acertijos, como la gorda, Bella. Monos en la espalda, animalitos dando vueltas por ahí, verjas que saltar. La señorita Clarvoe conocía todas esas palabras de su idioma, pero no las entendía. Se dijo: Igual soy yo la extranjera, igual me he despistado en exceso y el lenguaje ha cambiado, y la gente. El mundo ha sido conquistado por las Bellas y las Evelyn Merrick y los hombrecillos como Harry, con sus sonrisitas sarcásticas. Tengo que volver a mi propio cuarto y encerrarme con llave para cortarle el paso a tanta fealdad.
—Tengo que...
—Por supuesto —dijo Harry—. Claro que sí. Por una dama, lo que haga falta.
Le mostró el camino de su taxi. La señorita Clarvoe dejó caer en la acera el pañuelo manchado de sangre y le siguió. Aún no sentía ningún dolor, a excepción de una terrible rigidez que parecía cubrir todo su cuerpo como una escayola.
Se subió al asiento de atrás del taxi y se arrebujó en el abrigo. Se acordaba de la rubia del salón de Bella preguntándose qué tenía de especial un tejido importado de Escocia. La señorita Clarvoe no lo sabía, pero le parecía importante averiguarlo. Había ovejas por todo el mundo, montones de ellas, pero puede que las de Escocia tuviesen una lana mejor. Lana. Ovejas. Ovejas negras. En inglés, hlack sheep. Blackshear. Se había olvidado del señor Blackshear. Estaba a kilómetros de distancia y muchos años atrás, ni siquiera recordaba su cara, solo que le recordaba un poco a la de su padre.
El interior del taxi estaba oscuro y calentito y en la radio sonaba un programa de debate político. Todos los participantes tenían ideas muy claras que expresaban con firmeza, todos sabían perfectamente qué había pasado ese día y qué cabía esperar de la noche.
Harry se sentó al volante y apagó la radio.
—¿Adónde vamos?
—Al Hotel Monica.
—¿Usted vive ahí?
—Sí.
—¿Lleva mucho tiempo?
—Sí.
—¿Siempre a gusto?
—Sí.
Se daba cuenta de que no la creía. ¿En qué creería ese? ¿En la verja que se suponía que había saltado ella? Nunca había visto a Harry antes de ahora, nunca, de eso estaba segura. Pero él actuaba como si supiera secretos acerca de ella, secretos sucios.
—Le pagaré —le dijo—. Tengo dinero en mi suite del hotel.
—Claro que sí, señora.
—Le enviaré a un botones con el dinero.
—Claro que sí, señora.
Su tono de voz indicaba que no esperaba recibir ningún dinero, que le seguía la corriente como haría con cualquier borracho, embustero o chiflado que se subiera a su taxi. El cliente siempre tiene razón.
Los faros del coche de detrás brillaron en el espejo retrovisor y la señorita Clarvoe pudo verle la cara a Harry con claridad durante cosa de un minuto. Era un rostro joven, agradable y muy, muy honrado. Una cara guapa y sincera. Nadie podría sospechar el tipo de mente que había detrás. La gorda exhibía abiertamente su malicia y sus miserias; las de Harry estaban ocultas bajo una máscara juvenil, cual gusanos en el interior de una manzana de la que nadie diría que está podrida.
Pero hasta Harry, ese muchacho con mejillas como manzanas y el cerebro lleno de gusanos, sabía cómo había transcurrido su día. Ella había perdido el suyo, lo había tirado en algún lugar como si fuera un pañuelo y luego lo había recogido, ya manchado, del sucio suelo de una furcia.
—Harry.
—Dígame, señora. —Su tono seguía siendo de una educación sardónica.
—¿Qué día es hoy?
—Jueves.
Jueves. Douglas había muerto esa misma mañana. El señor Blackshear vino a verme al hotel para contármelo. Le prometí que iría a casa para hacerle compañía a mamá. El señor Blackshear se ofreció a llevarme en coche, pero decliné la oferta. No quería que volviera a tocarme. Tenía miedo. Salí y me quedé a la entrada del hotel esperando un taxi. No paraba de pasar gente, extraños, centenares de extraños. Estaba muy nerviosa y muy inquieta. La gente me aterrorizaba y yo no quería ir a casa para ver a mamá y oírla hablar de que se había muerto el pobre Douglas de la misma manera que hablaba de papá. Sabía que iba a montar un número espantoso, que es lo que hace siempre, aunque no lo sienta.
No paraban de pasar taxis, algunos libres, pero yo era incapaz de parar uno. De repente, alguien pronunció mi nombre, me di la vuelta y ahí estaba Evelyn Merrick. De pie a mi lado, sonriendo, muy segura de sí misma. Los extraños, el tráfico, nada la alteraba, a ella siempre le han gustado las masas, la gente, cuanta más mejor. Mantuve la cabeza alta, haciendo como que era tan fuerte y decidida como ella. Pero no funcionó. Nunca podría engañar a Evelyn. Me dijo: «Estás asustada, ¿verdad?», y me cogió del brazo. No me molestó. En general, detesto que la gente me toque, pero eso era diferente. El contacto me hacía sentir más segura. «Venga, vamos a tomar un trago a algún lado», me dijo.
Venga, vamos a tomar un trago, perdamos un día, tiremos un pañuelo.
—¿Decía usted algo, señora?
—No.
—Como ya le he dicho, si quiere cambiar de idea y volver...
—¿Volver adónde?
—Al sitio de donde viene.
—No sé qué pretende insinuar —dijo ella con toda la calma posible—. Estoy volviendo al sitio del que vengo. Vivo en el Hotel Monica. Tengo una suite permanente en la que llevo casi un año. ¿Le queda claro?
—Sí, señora.
Su tono añadía: más claro que el agua. Harry había dado vueltas por ahí, sabía una o dos cosas, a veces hasta tres, y estaba convencido de que esa mujer andaba metida en narcóticos, probablemente pastillas. Era evidente que se trataba de una señora, y a las señoras no suele darles por la heroína. El Nembutal era más fácil de usar y de obtener. No tenías que plantarte en una esquina o en el reservado de un bar para esperar a tu contacto. Podías conseguir pastillas sin moverte del bonito sillón de la consulta del médico a base de explicarle que estabas nerviosa y agotada y no podías dormir.
Aunque no era siempre sueño lo que obtenían. A veces la cosa funcionaba a la inversa y se ponían a hacer chaladuras, como quitarse toda la ropa en mitad del parque Pershing o lanzarse por Sunset Boulevard a ciento cincuenta kilómetros por hora, para acabar peleándose con la policía cuando las detenían. A veces las señoras eran las mujeres que peor se portaban.
Le echó un vistazo a la señorita Clarvoe. Estaba encogida en el rincón derecho del asiento, con los brazos apretados contra el pecho y los labios moviéndosele levemente, como si rezara: Me cogió del brazo, de eso me acuerdo, me cogió del brazo como una vieja amiga y me dijo: «Godiona gavotch». Era nuestra contraseña secreta en el colegio, cuando estábamos en peligro y necesitábamos ayuda. «Godiona gavotch», repetí, y de repente fue como si no hubieran pasado los años, y volvíamos a ser amigas en la escuela, riéndonos cuando se apagaba la luz y conspirando contra la profesora de francés y compartiendo la merienda. «Vente a tomar un trago», me dijo. Siempre había sido así... Evelyn era la que empezaba las cosas, la que tenía las ideas y hacía las sugerencias.
Yo era la que se apuntaba. La adoraba. Quería ser exactamente igual que ella. La hubiera seguido a cualquier parte, como una oveja, como una cabra, como una víctima. Yo estaba marcada, ya entonces, y esas marcas no se han borrado con el tiempo, sino que se han ido haciendo más evidentes. Hasta Harry se da cuenta. Me mira con un desprecio que se trasluce en su voz.
Harry el de las mejillas de manzana, puedo ver tus gusanos.
—¿Quiere que la deje en la parte de delante o en la de atrás, señora? —le preguntó Harry.
—No suelo utilizar la entrada de servicio.
—Pensé que como está usted algo perjudicada...
—No tiene importancia.
La tenía. Nada le apetecía más que entrar por la puerta de atrás y colarse en su habitación sin que nadie la viese, pero era imposible. Las llaves se habían quedado en el bolso perdido.
—En cuanto a la carrera, le enviaré a un botones con el dinero. ¿A cuánto asciende?
—Tres dólares justos.
Detuvo el taxi ante la marquesina del hotel, pero no hizo el menor ademán de salir para abrirle la puerta. No esperaba una propina, ni tampoco que le pagaran la carrera, pero por una vez tanto le daba. Esa tía era muy rara y cuanto antes la perdiera de vista, mejor.
La señorita Clarvoe se abrió ella misma la puerta, salió a la acera y se subió el cuello del abrigo para ocultar la herida que tenía bajo la oreja. Las medias rasgadas, el siete del abrigo, eso no lo podía ocultar, lo único que podía hacer era atravesar la recepción a la mayor velocidad posible, intentando esquivar las miradas de los curiosos.
El señor Horner, el viejo recepcionista, estaba ocupado registrando a unos huéspedes nuevos, pero cuando vio a la señorita Clarvoe lo dejó todo y se acercó a ella, con los ojos saltones y la boca salivando de emoción.
—Caramba, señorita Clarvoe. Pero, señorita Clarvoe, por el amor de Dios...
—He perdido las llaves. ¿Podría hacerme un duplicado, por favor?
—La está buscando todo el mundo, señorita Clarvoe, todo el mundo. Caramba, han...
—No hace falta que sigan buscando.
—¿Pero qué le ha ocurrido?
Respondió sin dudarlo:
—Hacía un día tan bueno que decidí salir de excursión al campo.
¿Había hecho buen día? Ni idea. No podía recordar qué tiempo había hecho ese día ni lo que había ocurrido en él.
—El campo —añadió— está muy bonito en esta época del año. Los altramuces están en flor, ¿sabe usted? Una cosa encantadora.
Las mentiras le salían alegremente de la boca. No podía detenerlas.
Cualquier palabra era mejor que ninguna. Y cualquier recuerdo, aunque fuera falso, era mejor que nada.
—Lamentablemente, resbalé con un pedrusco y me rasgué el abrigo y las medias.
Mientras hablaba, la escena se le fue apareciendo. Surgían detalles, la forma y el color del pedrusco con el que había tropezado, las colinas azules de altramuces y pespunteadas con el fuerte color naranja de las amapolas, y más allá de las colinas, esas montañitas de un color verde grisáceo con sus árboles secos y achaparrados.
—Debería haber avisado a alguien —dijo el señor Horner en un tono de reproche—. Todo el mundo ha estado con el corazón en un puño. Hasta ha venido la policía. Con un tal señor Blackshear.
—La policía.
—Les he tenido que dejar entrar en su suite. Insistieron en ello. No he podido hacer nada. —Se inclinó sobre el mostrador y añadió en un susurro confidencial—: Pensaban que igual la había secuestrado un maníaco.
La señorita Clarvoe se ruborizó brevemente, y luego se quedó con la piel cenicienta. ¿Secuestrada por un maníaco? No, nada de eso. Fui a tomar una copa con una vieja amiga. Estaba asustada y confusa con todos esos extraños y el tráfico, y ella me rescató. Me puso la mano en el brazo y me sentí segura. Yo sola no soy nada, pero con Evelyn a mi lado me daba cuenta de que la gente nos miraba con interés y curiosidad, y hasta con admiración. «Vente a tomar un trago», me dijo.
Me podría haber quedado así eternamente, mientras me miraban, mientras me admiraban, es una sensación maravillosa. Pero a Evelyn le gusta el movimiento y quería ponerse en camino. No paraba de decir venga, venga, venga, como si albergara algún plan misterioso y quisiera compartirlo conmigo. Yo le dije: «Prometí que me iría a casa para quedarme con mamá porque Douglas ha muerto». Ella los puso verdes a ambos, a mamá y a Douglas, y cuando puse cara de sorpresa se rió de mí por ser tan mojigata. Yo nunca he querido serlo, pero es que no he sabido cómo ser de otra manera. «Tengo un amigo», dijo Evelyn. «Es un tío muy divertido, un cachondo. Vamos a verle, que nos reiremos». Douglas estaba muerto, mi propio hermano, no debería tener ganas de reír, pero así era. Le pregunté quién era ese amigo suyo tan cachondo y me acuerdo de lo que me respondió. Es curioso que se me haya quedado grabado ese nombre cuando se me han olvidado tantas otras cosas. Jack Terola. «Es un artista de la cámara», dijo Evelyn. «Me va hacer unas fotos que se verán en todo el país. Me va a hacer inmortal». Sentí que la envidia me corroía. Yo también quería ser inmortal.
—He tenido que cooperar con la policía —decía el señor Horner—. No me ha quedado más remedio. O les daba yo la llave de su suite o ellos me la quitaban.
—No me gusta que fisguen en mis cosas.
—Todo el mundo ha actuado en su mejor interés, señorita Clarvoe.
—No me diga.
—Al fin y al cabo, podría haberle pasado cualquier cosa.
—Lo que ha pasado —dijo ella con frialdad— es que me he ido al campo con una amiga mía.
—Ah, sí. Para ver los altramuces en flor.
—Exactamente.
El señor Horner se dio la vuelta, con los labios temblándole un poco. Era el mes de noviembre. Faltaban tres o cuatro meses para que florecieran los altramuces.
Volvió con otras llaves idénticas y las dejó sobre el mostrador.
—Hay algunos mensajes para usted, señorita Clarvoe. Tiene que llamar inmediatamente al señor Blackshear: está en casa de su madre.
—Gracias.
—Ah, sí, y alguien me pidió que le dejara esta nota en su casillero. Una dama joven.
La nota estaba escrita con letra ostentosa en un papel de carta de hotel doblado dos veces:

Te espero en el hall. Tengo que verte de inmediato. Evelyn Merrick.

Quería echar a correr, pero las piernas no le respondían y no la llevarían a ninguna parte. Ya había corrido demasiado y demasiado rápido, recorriendo demasiadas calles extrañas y aterradoras. Supo entonces que ya era imposible escapar. Mañana, o pasado mañana, o la semana que viene, en alguna esquina del tiempo Evelyn Merrick la estaría esperando.

Capítulo 16

Se dio la vuelta y vio a Evelyn Merrick acercándosele a través de la recepción, abriéndose paso con dificultad entre la multitud. Ese día, que había cambiado a la señorita Clarvoe, también había hecho lo propio con Evelyn. Ni sonreía ni parecía tan segura de sí misma como cuando se encontraron en la calle. Ahora era una extraña con mala cara y mirada fría que iba vestida de negro, como si estuviese de luto.
—Veo que has leído mi nota.
—Sí —dijo la señorita Clarvoe—. Aquí la tengo.
—Tenemos que hablar.
—Sí, claro que sí, tengo que averiguar cómo he perdido el día, cómo me han pasado los minutos por encima sin tocarme, como pájaros apresurados. Los minutos del ganso salvaje. Recuerdo que una vez papá nos llevó a cazar, a Evelyn y a mí. Ese día papá se enfadó conmigo porque el calor me dio dolor de cabeza. Dijo que yo era una aguafiestas y una quejica. Y añadió: ¿Por qué no puedes ser como Evelyn?
—Todo el mundo ha estado muy preocupado por ti —dijo la desconocida—. ¿Dónde te has metido?
—Ya lo sabes. Lo sabes muy bien. Estaba contigo.
—¿De qué estás hablando?
—Hemos ido juntas al campo... a ver los altramuces... Hemos...
La voz de la extraña era dura y horrenda:
—Siempre has contado mentiras fantasiosas, Helen, pero esta vez te has superado a ti misma. Hace casi un año que no nos vemos.
—No intentes negarlo...
—No intento negarlo. ¡Lo niego!
—Por favor, no levantes la voz. La gente nos mira. Eso no me conviene: tengo una reputación que proteger, un nombre.
—Nadie nos está prestando la menor atención.
—Vaya que sí. Mira, se me han roto las medias, y el abrigo. De ir al campo. Tú no te acuerdas de que hemos ido al campo, juntas, para ver los altramuces. Tropecé con un pedrusco y me caí. —Pero su voz adoptaba un tono interrogativo y sus ojos destilaban incertidumbre y temor—. ¿Te...? ¿Te acuerdas ahora?
—No hay nada de lo que acordarse.
—¿Nada?
—Hace casi un año que no nos vemos, Helen.
—Pero esta mañana... Esta mañana nos encontramos en la puerta del hotel. Me pediste que te acompañara a tomar una copa, dijiste que ibas de camino a ver a un señor que te haría inmortal, y querías que fuese contigo.
—Eso no tiene el menor sentido.
—¡Sí, claro que sí! Hasta me acuerdo del nombre de ese señor. Terola. Jack Terola.
Evelyn hablaba con voz suave, pero insistente:
—¿Fuiste a ver a ese hombre, al tal Terola?
—No lo sé. Creo que... que fuimos las dos, tú y yo. A fin de cuentas, yo no iría sola a un sitio así, y además Terola era amigo tuyo, no mío.
—Nunca había oído ese nombre. Hasta que he leído los periódicos vespertinos.
—¿Periódicos?
—Terola ha sido asesinado hoy, poco antes del mediodía —dijo Evelyn—. Es importante que recuerdes, Helen. ¿Has ido allí esta mañana?
La señorita Clarvoe se quedó callada, con la cara en blanco.
—¿Has visto a Terola esta mañana, Helen?
—Tengo... Tengo que subir.
—Tenemos que hablar.
—No. No. Tengo que subir a mi habitación y cerrar con llave para que no entre toda esa fealdad. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia el ascensor con los hombros hundidos y las manos en los bolsillos del abrigo, como si quisiera evitar cualquier contacto físico.
Esperó a que se vaciara uno de los ascensores y luego entró en él y le ordenó al ascensorista que cerrara la puerta de inmediato. El viejo y cansado ascensorista tenía la estatura de un niño, como si los años que había pasado dentro de esa cajita hubiesen detenido su crecimiento. Estaba acostumbrado a las rarezas de la señorita Clarvoe, como subirse sola al ascensor, y en el pasado había recibido muy buenas propinas por tolerarlas.
Cerró la puerta y, mientras el artefacto iniciaba su ascensión, mantuvo la mirada fija en los botones de los pisos.
—Hace un día invernal, señorita Clarvoe.
—No lo sé. Yo he perdido el mío.
—¿Cómo dice?
—Que he perdido el día —repuso ella lentamente—. Lo he buscado por todas partes, pero no logro encontrarlo.
—¿Se... se encuentra bien, señorita Clarvoe?
—No me llame así.
—¿Señora...?
—Llámeme Evelyn.
—Sí, señora.
—Venga, dígalo. Adelante. Diga Evelyn.
—Evelyn —dijo el anciano mientras empezaba a temblar.
De regreso a su suite, la señorita Clarvoe cerró la puerta y, sin quitarse el abrigo, se abalanzó inmediatamente sobre el teléfono. Mientras marcaba, notaba cómo le crecía la excitación dentro del cuerpo cual lava fundida de un cráter.
—¿Señora Clarvoe?
—¿Eres... eres tú, Evelyn?
—Por supuesto que sí. Le he hecho otro favor.
—Te lo ruego, ten compasión.
—No gimotee. Lo odio. Odio a los lloricas.
—Evelyn...
—Solo quería decirle que ya le he encontrado a Helen. La tengo encerrada en su habitación del hotel, sana y salva.
—¿Se encuentra bien?
—No se preocupe, que yo la cuido. Soy la única que sabe cómo tratarla. Se ha portado muy mal y necesita un poco de disciplina. Cuenta mentiras, ¿sabe usted?, unas mentiras espantosas, así que tendré que darle una buena lección, como a los demás.
—Déjame hablar con Helen.
—Oh, no. Ahora mismo no puede hablar. No le toca. Tenemos que turnarnos, ¿sabe usted? Es muy molesto, porque Helen no me cede el turno de manera voluntaria, así que tengo que adelantarme a ella para poder hablar. Se sentía débil a causa del accidente y le dolía la cabeza, así que me he podido hacer con el mando. Yo me encuentro bien. Yo nunca estoy enferma. Eso se lo dejo a ella. Todas esas cosas sórdidas, como estar enferma o envejecer, se las dejo a ella. Yo solo tengo veintiún años, mientras que esa cacatúa ya pasa de los treinta...

* * *

Evelyn Merrick estaba esperando a Blackshear en el hall cuando este apareció al cabo de veinte minutos.
—He llegado en cuanto he podido —dijo Blackshear—. ¿Dónde está Helen?
—Encerrada en su habitación. La seguí para intentar hablar con ella, pero no hizo caso de mis llamadas. Así que me quedé pegada a la puerta y la oí hablar ahí dentro.
—¿Qué estaba haciendo?
—Ya lo sabe, señor Blackshear. Se lo he dicho cuando le he llamado. Estaba hablando por teléfono, utilizando mi nombre, imitando mi voz, haciéndose pasar por mí.
Blackshear puso mala cara:
—Ojalá eso fuera todo, un jueguecito infantil, una broma.
—¿De qué se trata?
—Sufre una extraña forma de locura, señorita Merrick, la enfermedad que yo pensaba que tenía usted. Un médico lo llamaría personalidad múltiple. Puede que un cura lo considerara posesión demoníaca. Helen Clarvoe está poseída por un demonio que la obliga a hacerse pasar por usted.
—¿Y por qué habría de tomarla conmigo?
—¿Está dispuesta a ayudarme a descubrirlo?
—No lo sé. ¿Qué tengo que hacer?
—Subamos a su habitación para hablar con ella.
—No nos dejará entrar.
—Hay que intentarlo —dijo Blackshear—. Me temo que eso es todo lo que puedo hacer por Helen, intentarlo. Intentarlo, fracasar y volverlo a intentar.
Tomaron el ascensor hasta la tercera planta y recorrieron el largo pasillo enmoquetado que conducía a la suite de la señorita Clarvoe. La puerta estaba cerrada y atrancada y no salía ninguna luz de las rendijas, pero Blackshear podía oír hablar a una mujer en el interior. No era la voz de Helen, cansada, ausente; era una voz fuerte, dura y aguda, como la de una colegiala.
Golpeó decididamente la puerta con los nudillos y gritó:
—¿Helen? Déjame entrar.
—Lárguese, viejo imbécil, y déjenos en paz.
—¿Estás ahí, Helen?
Mira en qué lío me has metido. Me ha encontrado. Eso es lo que querías, ¿verdad? Siempre has estado celosa de mí, siempre has querido que desapareciera de tu vida. Pues ya lo has logrado, al llamar a ese tal Blackshear y a la policía para que me persigan como a una delincuente común. Yo no soy una delincuente común. Todo lo que le hice a Terola fue tocarle con las tijeras para darle una pequeña lección. ¿Cómo iba a saber yo que tenía la piel más blanda que la mantequilla? Un hombre normal no habría ni sangrado, de lo delicado que fue el pinchazo. No es culpa mía si ese pobre idiota se murió. Pero la policía no me creerá. Tengo que esconderme aquí contigo. Solas tú y yo, ¿qué te parece? Pongo a Dios por testigo de que si yo lo puedo soportar, tú también. Eres un aburrimiento, vieja amiga, eso no me lo negarás. Igual tengo que salir de vez en cuando para divertirme un poco.
Blackshear pensó en seguir gritando, pero las palabras se le murieron de desesperación en la garganta: Lucha, Helen. Defiéndete. Plántale cara. Se puso a aporrear la puerta con los puños.
¿Lo estás oyendo? Intenta echar la puerta abajo para llegar hasta su cariñito. ¿No es enternecedor? No se imagina la cantidad de puertas que tendrá que derribar; esta solo es la primera. Hay cien más, pero ese cretino lamentable de ahí fuera cree que puede lograrlo con sus puños. Qué tío tan gracioso. Dile que si no se marcha nunca te volverá a ver viva. Venga. Habla. ¡Habla, arpía inmunda!
Una pausa. Acto seguido, la voz de Helen, un suspiro hecho jirones:
—Señor Blackshear, Paul, váyase.
—Resiste, Helen. Voy a ayudarte.
—Váyase, váyase.
¿Oyes eso, don Juan? Que te vayas, dice. Don Juan. Dios, qué divertido. Menudo romance tenías, ¿eh, Helen? ¿De verdad creías que alguien se podía enamorar de ti, vieja bruja? Vete a consultar la bola de cristal, grajo. Se echó a reír. El sonido subía y bajaba, como el de una sirena anunciando un desastre con sus alaridos; y de repente, se hizo el silencio, como si todo en la noche contuviera el aliento.
Blackshear pegó la boca a la rendija de la puerta y dijo:
—Helen, escúchame.
—Lárgate.
—Abre la puerta. Evelyn Merrick está aquí conmigo.
—Embustero.
—Abre la puerta y compruébalo por ti misma. Tú no eres Evelyn. Evelyn está aquí a mi lado.
—¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso!
—Por favor, Helen, déjanos entrar para que te podamos ayudar... Dígale algo, señorita Merrick.
—No te estamos engañando —dijo Evelyn—. Te aseguro que soy yo, Helen.
—¡Embusteros!
Pero el cerrojo hizo un clic y la cadena se deslizó y, lentamente, la puerta se abrió y asomó el rostro atormentado de la señorita Clarvoe. Se dirigió a Blackshear con esos labios pálidos que sufrían lo suyo para dar forma a las palabras:
—Helen no está aquí. Se ha ido. Es vieja, está enferma y tiene tantas desgracias que solo quiere que la dejen en paz.
—Escúchame, Helen —dijo Blackshear—. Tú no eres vieja ni estás enferma...
- Yo no. Pero ella sí. Te estás confundiendo. Yo soy Evelyn. Y estoy bien. Tengo veintiún años. Soy guapa. Soy popular. Me divierto mucho. Nunca me canso ni me pongo enferma. Voy a ser inmortal. —Se interrumpió de repente, con los ojos clavados en Evelyn Merrick, sintiendo al mismo tiempo fascinación y repulsión—. Y esta chica... ¿quién es?
—Ya lo sabes, Helen. Es Evelyn Merrick.
—Una impostora es lo que es. Deshazte de ella. Dile que se vaya.
—Muy bien —dijo Blackshear con preocupación—. De acuerdo. —Se volvió hacia Evelyn—. Más vale que baje y llame a un médico.
La señorita Clarvoe vio alejarse a Evelyn por el pasillo y meterse en el ascensor.
—¿Para qué habría de llamar a un médico? ¿Está enferma?
—No.
—Entonces, ¿para qué llamar a un médico si no está enferma? —Y añadió malhumorada—: No me gustas gran cosa. Eres un viejo taimado. Eres demasiado mayor para mí. No te molestes en rondarme. Solo tengo veintiuno. Y un centenar de novios...
—Helen, por favor.
—No me llames así, no pronuncies ese nombre. Yo no soy Helen.
—Sí que lo eres. Eres Helen y no quiero que seas nadie más. Me gustas tal como eres. Y les gustarás a otros, si se lo permites. Les gustarás tal como eres, te querrán por ti misma, Helen.
—¡No! ¡Yo no soy Helen ni quiero serlo! ¡La odio!
—Helen es una chica estupenda —dijo Blackshear con suavidad—. Es inteligente y sensible, sí, y también guapa.
—¿Guapa? ¿Esa cacatúa? ¿Esa bruja? ¿Esa arpía inmunda?
Intentó cerrar la puerta, pero Blackshear se lo impidió con todo su peso. Ella soltó la puerta y reculó por la habitación, con una mano a la espalda, como una niña ocultando un objeto prohibido. Pero Blackshear ya sabía lo que escondía. Podía ver su imagen en el espejo redondo que había sobre la mesita del teléfono.
—Deja el abrecartas, Helen. Vuélvelo a poner sobre el escritorio, que es donde tiene que estar. Tienes mucha fuerza, podrías hacer daño a alguien sin querer... Por cierto, ¿cómo conociste a Terola?
—En un bar. Se estaba tomando una copa, me miró y se enamoró de mí a primera vista. Les pasa a muchos. No pueden evitarlo. Es por este magnetismo que tengo. ¿No lo notas?
—Sí, sí, lo noto. Deja el cuchillo, Helen.
—¡No soy Helen! Soy Evelyn. Dilo. Di que soy Evelyn.
Se la quedó mirando, sin decir nada, y de repente ella se dio la vuelta y echó a correr hacia el espejo. Pero el rostro que vio no era el suyo. No era ni siquiera una sola cara, sino docenas, dando vueltas sin parar... Evelyn, Douglas, Blackshear, Verna, Terola, su padre, la señorita Hudson, Harley Moore, el recepcionista y el viejecito del ascensor... Todas esas caras giraban como una noria y, mientras lo hacían, movían la boca y berreaban palabras: ¿Qué te pasa, nena, estás loca? Siempre has contado unas mentiras muy fantasiosas. Qué pena que no tuviésemos una hija como Evelyn. No se puede hacer un bolso de seda con una piel de cerdo. ¿Por qué no puedes ser más como Evelyn?
Las voces se disiparon, se detuvo la inmensa noria y solo quedó un rostro en el espejo. Era el suyo, así como la boca que se movía también lo era, y las palabras que salían de ella eran pronunciadas por su propia voz:
—Que Dios me ayude.
La memoria la apuñaló con terribles certezas. Recordaba los bares, las cabinas telefónicas, las carreras, las calles desconocidas. Recordaba a Terola y el aspecto extraño e incrédulo que tenía justo antes de morir, así como el olor acre del café requemándose en el hornillo. Recordaba haber retirado los billetes de su propio clip y pensar luego que se los habían robado. Recordaba a aquel gato de callejón, los rayos del aire nocturno, el sabor de la lluvia, el joven que se reía porque ella era a prueba de agua...
—Dame el cuchillo, Helen.
Podía ver a Blackshear en el espejo, acercándose de manera lenta y prudente, como un cazador con la bestia a la vista.
—No pasa nada, Helen. No te excites. Todo va a salir bien.
Hizo una pausa. Y acto seguido volvió a hablar en un tono suave y persuasivo. Sobre médicos y hospitales y reposo y cuidados y el futuro. Siempre el futuro, como si fuese algo concreto y tangible, redondo y rosado como una manzana.
Contempló en el espejo la bola de cristal y vio su futuro: las noches emponzoñadas por el recuerdo, los días corroídos por el deseo.
—Solo es cuestión de tiempo, Helen. Te recuperarás.
—Cállate —sentenció ella—. Eso es mentira.
Observó el cuchillo que tenía en la mano y le pareció que solo él decía la verdad, que era su último y definitivo amigo.
Hundió el cuchillo en el suave hueco de su garganta. No sintió dolor, solo una leve sorpresa ante lo bonita que era la sangre, como lazos brillantes e inacabables que nunca más serían atados.

Fin



Table of Contents
Margaret Millar La Bestia Se Acerca
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Fin

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