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miércoles, 5 de abril de 2017

La Condesa De Cagliostro (Maurice Leblanc)

La Condesa De Cagliostro
Maurice Leblanc

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Después de salvar de una muerte segura a Joséphine Pellegrini-Balsamo, condesa de Cagliostro, y de enamorarse perdidamente de ella, Arsenio Lupin se ve envuelto en una trepidante aventura que hunde sus raíces en lo más profundo de la historia de Francia y que le enfrenta al primero de los grandes enigmas de su carrera: el candelabro de siete brazos, asociado a su vez a un mítico tesoro perdido.Con tan sólo veinte años, Arsenio Lupin emprende una carrera brillante en el gremio de los ladrones de guante blanco, que le llevará a convertirse en el enemigo público número 1 de la Francia de principios del siglo XX.

Maurice Leblanc
Título original:
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
doy las gracias a mi salvador,
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Epílogo
Esta edición de La condesa de Cagliostro
se terminó de imprimir en romanyà/valls, S.A.,
Maurice Leblanc

LA CONDESA DE CAGLIOSTRO
Título original:

La comtesse de Cagliostro

Diseño de la cubierta: Jordi Sàbat

Ilustración de la cubierta: Carlos de Miguel

Traducción de Tabita Peralta

Primera edición: noviembre de 2004

© 1924, Leblanc

© 1973, de la traducción: Tusquets Editor

© 2004, de la presente edición: Edhasa

Avda. Diagonal, 519-521 Paraguay, 824,6° Piso

08029 Barcelona 1057 Buenos Aires

España Argentina

Impreso por Romanyà/Valls, S.A.

sobre papel offset crudo de Leizarán

Depósito legal: B-40.100-2004

Impreso en España

ISBN: 84-350-3561-1

Ésta es la primera aventura de Arsenio Lupin y, sin duda, habría sido publicada antes que las demás, si él no se hubiera opuesto rotundamente.
[1]
—No —decía—, entre la condesa de Cagliostro y yo queda un asunto pendiente. Esperemos.
La espera duró más de lo que él mismo había previsto. Antes del AJUSTE DE CUENTAS DEFINITIVO pasó un cuarto de siglo. Hoy podemos revelar, al fin, cómo fue el espantoso duelo de amor que enfrentó a un joven de veinte años y a LA HIJA DE CAGLIOSTRO.

[1] En realidad, Maurice Leblanc escribió La Condesa de Cagliostro cuando ya llevaba publicados muchos otros libros. Arsenio Lupin nace en las páginas de Je sais tout en 1905, y esta novela aparece por entregas en Le Journal entre 1923 y 1924. (N. del E.)




Capítulo I

Arsenio Lupin a los veinte años

Después de haber apagado la linterna, Raúl d'Andrésy dejó la bicicleta detrás de un terraplén cubierto de maleza. En ese momento dieron las tres en el campanario de Bénouville.
Se hundió en la sombra espesa de la noche y siguió el sendero que llevaba a la finca de la Haie d'Etigues, hasta llegar al cerco. Aguardó. Caballos que relinchaban, ruedas que retumbaban en el pavimento de un patio, ruido de cascabeles, los dos batientes de la puerta abiertos de golpe... y un break pasó. Raúl tuvo apenas tiempo de oír voces de hombre y de distinguir el cañón de una escopeta. El coche llegaba ya al camino principal y desaparecía hacia Etretat.
—Bueno —se dijo, la caza a los pájaros-bobos es apasionante y la roca donde se encuentran está lejos... voy a saber por fin qué significan esta cacería improvisada y todas estas idas y venidas.
Raúl caminó por su izquierda, contorneó la muralla y, después de superar el segundo ángulo, dio cuarenta pasos y se detuvo. Con una de las dos llaves que llevaba en la mano abrió una portezuela baja que atravesó para subir por la escalera tallada en el hueco de una vieja muralla derruida que rodeaba una de las alas del castillo. Con la segunda, abrió una puerta secreta, al nivel del primer piso.
Encendió la linterna sin demasiadas precauciones, ya que no ignoraba que los sirvientes vivían al otro lado y que Clarisa d'Etigues, la única hija del barón, vivía en el segundo piso. Siguió un largo corredor que lo condujo hasta una amplia biblioteca. Allí mismo, algunas semanas antes, Raúl había pedido al barón la mano de su hija y había sido rechazada con tal violencia que aún conservaba un mal recuerdo.
Un espejo le devolvió su pálido rostro de adolescente, más pálido aún que de costumbre. Sin embargo, habituado a las emociones, permaneció tranquilo y, fríamente, se puso manos a la obra.
No le costó mucho. El día de su entrevista con el barón había observado que éste miraba con preocupación el gran escritorio de caoba que estaba mal cerrado. Raúl conocía todos aquellos lugares donde puede ocultarse algo y los mecanismos que había que usar para violarlos. Poco después encontró en una hendidura una carta escrita en papel muy fino, sin firma ni señas, enrollada como un cigarro.
Examinó la carta, cuyo texto le pareció, en principio, demasiado banal para ocultarla con tanto cuidado. Así, gracias al minucioso trabajo de subrayar las palabras significativas y de omitir ciertas fiases destinadas, evidentemente, a rellenar huecos, pudo reconstruir lo siguiente:

He descubierto en Ruan las huellas de nuestra enemiga e hice insertar en los diarios de la localidad la noticia de que un campesino de los alrededores de Etretat había desenterrado de su campo un candelabro de cobre de siete brazos. Ella telegrafió inmediatamente al cochero de Etretat, a quien pidió que le enviara un carruaje el día doce, a las tres de la tarde, a la estación de Fécamp. La mañana de ese mismo día me encargaré de que el cochero reciba una contraorden. Será pues vuestro coche el que ella encontrará en la estación y el que la traerá, con buena escolta, hasta nosotros el día de la asamblea.
Así podremos formar un tribunal y pronunciar contra ella un veredicto implacable. En las épocas en que la grandeza del fin justificaba los medios, el castigo hubiera sido inmediato. Muerto el perro, muerta la rabia. Elija usted la solución que prefiera, pero no olvide los términos de nuestra última conversación y recuerde que el éxito de nuestras negociaciones, así como nuestra propia vida, dependen de esta criatura infernal. Sea prudente: organice una cacería que desvíe las sospechas. Yo llegaré por Le Havre, a las cuatro exactamente, con dos de nuestros amigos. No destruya esta carta, pues deberá devolvérmela.

«El exceso de precauciones es un defecto —pensó Raúl—. Si su corresponsal no hubiera desconfiado, el barón hubiera quemado estas líneas y yo ignoraría que hay un proyecto de secuestro, de juicio ilegal y hasta, ¿quién sabe?, de asesinato. ¡Caramba! Mi futuro suegro, por muy devoto que sea, parece haberse metido en líos poco católicos. ¿Llegará hasta el asesinato? Todo esto es muy grave y podría beneficiarme ante él.
Raúl se frotó las manos. El asunto le gustaba y no le sorprendía demasiado, ya que ciertos detalles habían llamado ya su atención unos días antes. Decidió volver a la posada y dormir. A su tiempo se enteraría de lo que preparaban el barón y sus invitados y de quién era la «criatura infernal» a la que deseaban suprimir.
Puso todo en orden, pero, en lugar de marcharse, se sentó frente a un velador donde había una fotografía de Clarisa y, poniéndola delante suyo, la contempló con profunda ternura. Clarisa d'Etigues, ¡apenas más joven que él...! ¡Dieciocho años! Labios voluptuosos... Ojos llenos de ensueño... un rostro fresco de rubia, rosa y delicado; cabellos opacos como los de las niñas que corren por los caminos de Caux, ¡y esa expresión tan dulce, tan encantadora...!
La mirada de Raúl se endureció. Un mal pensamiento, que no llegaba a dominar, lo invadía. Clarisa estaba sola, arriba, en su aislado cuarto y ya dos veces, con las llaves que ella le había confiado, dos veces ya, se habían reunido a la hora del té. ¿Qué lo retenía hoy? Ningún ruido podría llegar hasta los sirvientes. El barón no debía regresar hasta la tarde del día siguiente. ¿Por qué irse?
Raúl no era un Don Juan. Su honradez y su delicadeza se oponían al desencadenamiento de instintos y de apetitos, cuya excesiva violencia conocía. Pero, ¿cómo resistir a una tentación similar? El orgullo, el deseo, el amor, la necesidad imperiosa de conquistar, lo empujaban a actuar. Sin demorarse más en vanos escrúpulos, subió rápidamente los escalones.
Frente a la puerta cerrada, dudó. Ya había entrado a esa habitación, pero en pleno día, como un amigo respetuoso. ¡Qué distinto significado adquiría el mismo acto a estas horas de la noche!
La duda duró poco tiempo. Golpeó suavemente y susurró:
—Clarisa... Clarisa... soy yo.
Al no recibir respuesta alguna, pensó en golpear de nuevo, y esta vez con más fuerza, pero la puerta se entreabrió y apareció la joven con una lámpara en la mano.
Raúl advirtió su palidez y su miedo, y eso le confundió hasta el punto de hacerle retroceder dispuesto a marcharse.
—No te enfades, Clarisa... He venido a pesar mío... No tienes más que decir vete y me iré...
Si Clarisa hubiera oído esas palabras se habría salvado. Habría dominado cómodamente a un adversario que aceptaba su derrota. Pero no podía ver ni oír. Quería mostrarse indignada y no hacía más que balbucear reproches incomprensibles. Quería echarlo y su brazo no tenía fuerza para hacer un solo gesto. Su mano temblorosa debió dejar la lámpara. Clarisa giró sobre sí misma y cayó desvanecida.

Se amaban desde hacía tres meses, desde el día de su encuentro en un pueblo del sur de Francia donde Clarisa pasaba unos días en casa de una compañera de colegio.
Inmediatamente se sintieron unidos por un lazo que para él fue la cosa más deliciosa del mundo y, para ella, el signo de una esclavitud a la que se sometería siempre. Desde el principio Raúl le pareció un ser incomprensible, misterioso, al que nunca comprendería. La afligía con sus accesos de ligereza, de ironía mordaz y de humor inquieto. Pero, a pesar de esto, ¡qué seducción! ¡Qué alegría! ¡Qué raptos de entusiasmo y de exaltación juvenil! Todos sus defectos tomaban la apariencia de cualidades excesivas y todos sus vicios parecían virtudes ocultas aún por desarrollarse.
Al volver a Normandía, Clarisa tuvo la sorpresa de ver una mañana, frente a sus ventanas, la fina silueta del joven, en lo alto de un muro. Se había instalado en una posada a pocos kilómetros de distancia y casi todos los días iba en bicicleta a encontrarla en los alrededores de la Haie d'Etigues.
Huérfana de madre, Clarisa no era feliz junto a su padre, hombre duro, de carácter sombrío, devoto en exceso, obsesionado por su título, ávido de ganancias y al que sus arrendatarios temían como a un enemigo. Cuando Raúl, que ni siquiera le había sido presentado, tuvo la audacia de pedirle la mano de su hija, el barón fue presa de una furia tal contra este pretendiente imberbe, sin situación ni relaciones, que lo hubiera hecho azotar si el joven no lo hubiese mirado con esa cara de domador que amansa una bestia feroz.
Fue después de esta entrevista, y para borrar su recuerdo del espíritu de Raúl, que Clarisa cometió la falta de abrirle por dos veces la puerta de su alcoba. Imprudencia peligrosa de la que Raúl se había servido con la lógica de un enamorado.
A la mañana siguiente, bajo el pretexto de una indisposición, ella se hizo llevar el desayuno, mientras Raúl se escondía en un cuarto contiguo. Después del desayuno, se abrazaron largamente frente a la ventana abierta, unidos por el recuerdo de sus besos y por toda la ternura e ingenuidad que había en ellos a pesar de la falta cometida.
Sin embargo, Clarisa lloraba.
Las horas pasaban. Una fresca brisa, que subía del mar y flotaba en el aire, les acariciaba la cara. Frente a ellos, más allá de un extenso vergel rodeado de muros, y hasta el soleado llano de coles, una depresión les permitía ver, a la derecha, la línea blanca de los altos acantilados que llegaban hasta Fécamp; a la izquierda, la bahía de Etretat, la puerta de Aval y la punta enorme de la Aiguille.
Raúl dijo suavemente:
—No estés triste, querida. A nuestra edad la vida es muy bella, y lo será aún más una vez que hayamos vencido todos los obstáculos; no llores.
Ella secó sus lágrimas e intentó sonreír, mirándolo fijamente. Era delgado como ella, pero ancho de hombros, a la vez elegante y de aspecto sólido. Su rostro enérgico se abría en una boca maliciosa y en dos ojos que brillaban de alegría. Con su pantalón a media pierna y la chaqueta que se abría sobre una camiseta blanca, parecía de increíble flexibilidad.
—Raúl, Raúl —dijo ella con angustia—, en este mismo momento, aunque me miras, no piensas en mí. ¡No piensas en mí después de lo que acaba de pasar entre nosotros! ¿Es posible? ¿En quién piensas, Raúl?
—Pienso en tu padre —respondió riendo.
—¿En mi padre?
—Sí, en el barón D'Etigues y en sus invitados. ¿Cómo es que señores de su edad pueden perder el tiempo matando pájaros inocentes?
—Les divierte.
—¿Estás segura? Yo estoy bastante preocupado. Piensa: si no estuviéramos en 1894, creería que... ¿No te enfadarás?
—Habla, querido.
—Bien, parece que estos señores juegan a conspirar. Sí, Clarisa, como te lo digo... El marqués de Rolleville, Mathieu de la Vaupalière, el conde Oscar de Bennetot, Roux d'Estiers, etcétera, todos estos nobles señores de Caux están tramando una conjura.
Ella hizo una mueca.
—Dices tonterías, querido.
—¡Pero me escuchas tan bien! —respondió Raúl, convencido de que ella no estaba al corriente de nada—. ¡Tienes una forma tan curiosa de esperar que te diga cosas importantes!
—Palabras de amor, Raúl. —Él cogió su cabeza con cariño.
—Toda mi vida es amor para ti, Clarisa, y si tengo otros problemas y otras ambiciones es para conquistarte. Imagínate: tu padre, conspirador, es arrestado y condenado a muerte y de pronto yo lo salvo... ¿Tú crees que podría negarme la mano de su hija?
—Cederá de todas formas, un día u otro.
—¡Nunca! Ninguna fortuna... ningún respaldo...
—Tienes tu nombre... Raúl d'Andrésy.
—Ni eso siquiera.
—¿Cómo?
—D'Andrésy era el nombre de mi madre. Lo recuperó al quedar viuda y por orden de su familia, a la que su matrimonio había indignado.
—¿Por qué? —preguntó Clarisa, un poco aturdida por estas confesiones inesperadas.
—¿Por qué? Porque mi padre no era más que un villano, un don nadie... un simple profesor... y ¿profesor de qué? de gimnasia, de esgrima y de boxeo.
—Entonces, ¿cómo te llamas?
—¡Oh, mi pobre Clarisa, es un nombre muy vulgar.
—¿Cuál?
—Arsenio Lupin.
—¿Arsenio Lupin?
—Sí, no es muy brillante. Más valdría cambiarlo, ¿no?
Clarisa pareció aterrada. Que se llamara de una forma o de otra no significaba nada para ella, pero el apellido, a los ojos del barón, era la primera cualidad de un yerno...
Sin embargo, balbuceó:
—No debieras haber renegado de tu padre. No es vergonzoso ser profesor.
—No, no es vergonzoso —dijo riendo cada vez más, con una risa que a ella le hacía daño—. ¡Y te aseguro que aproveché las lecciones de boxeo y gimnasia que me dio cuando tomaba el biberón! Pero quizá mi madre haya tenido otras razones para renegar de tan excelente hombre y eso no le importa a nadie.
La abrazó con súbita violencia y se puso a bailar y a hacer piruetas. Volvió a ella y exclamó:
—Ríe, niña, todo esto es muy divertido, ríe: Arsenio Lupin o Raúl d'Andrésy, ¿qué importa? Lo esencial es triunfar y yo triunfaré sin duda. Ninguna adivina dejó de predecirme un gran porvenir y una reputación universal; Raúl d'Andrésy será general o ministro o embajador... a menos que lo sea Arsenio Lupin. Es algo pactado con el destino, convenido, firmado de una y otra parte. Estoy preparado: músculos de acero y mente privilegiada. Oye, ¿quieres que camine sobre las manos o que te lleve en la punta de los dedos? O mejor, ¿prefieres que te saque el reloj sin que te des cuenta? ¿O bien que te recite de memoria Homero en griego y Milton en inglés? ¡Oh, es tan hermosa la vida! Raúl d'Andrésy... Arsenio Lupin... ¡Las dos caras de la moneda! ¿A cuál de ellas iluminará la gloria, sol de los mortales?
Se calló de golpe. De pronto su alegría pareció molestarle. Miró en silencio la habitación tranquila cuya serenidad había turbado como había turbado la paz y la pura conciencia de la joven y, en uno de esos cambios bruscos, inesperados, que eran el encanto de su naturaleza impulsiva, se arrodilló frente a Clarisa y le dijo gravemente:
—Perdóname. He actuado mal viniendo aquí. No es culpa mía. Me es difícil hallar el equilibrio... El bien y el mal, las dos cosas me atraen. Necesito ayuda, Clarisa, para elegir mi camino, y necesito que me perdones si me equivoco.
Ella tomó su cabeza entre sus manos y replicó con pasión:
—No tengo nada que perdonarte, querido. Soy feliz. Estoy segura de que tú me harás sufrir mucho y acepto con alegría esos dolores que vendrán de ti. Toma, toma mi fotografía. Y haz de forma que jamás debas avergonzarte al mirarla. Yo seré siempre como hoy me ves, tu amante y tu esposa. ¡Te quiero, Raúl!
Lo besó en la frente. él ya reía y dijo, incorporándose:
—Tú me has armado caballero. Heme aquí, invencible y presto a fulminar a mis enemigos. ¡Aparezcan, navarros, yo entro en escena!

El plan de Raúl —dejemos en la sombra el nombre de Arsenio Lupin, ya que en esta época, ignorando su destino, hasta él lo despreciaba— era muy simple. Entre los árboles del vergel, a la izquierda del castillo y apoyada en la muralla que antiguamente constituía uno de los baluartes, había una torre truncada, muy baja, cubierta por un techo que desaparecía bajo oleadas de hiedra. Raúl no dudaba de que la reunión de las cuatro tendría lugar en la gran sala interior donde el barón recibía a sus arrendatarios. Y había visto que una abertura, vieja ventana o toma de aire, daba al campo abierto.
La escalada era fácil para un joven tan ágil como él. Saliendo del castillo y trepando por la hiedra, subió, gracias a las enormes raíces, hasta la abertura practicada en la espesa muralla, hueco lo bastante profundo como para que pudiera tumbarse allí de cuerpo entero. Así, a cinco metros del suelo, con la cabeza cubierta por la hiedra, no podría ser visto pero en cambio él podía ver toda la sala, un gran espacio amueblado con una veintena de sillas, una mesa y un largo banco de iglesia.
Cuarenta minutos más tarde, entró el barón con uno de sus amigos. Raúl no se había equivocado en sus previsiones.
El barón d'Etigues tenía la musculatura de un luchador de feria y una cara color ladrillo, enmarcada por una barba roja en la que resaltaba su mirada aguda y enérgica. El hombre que le acompañaba era un primo suyo al que Raúl conocía de vista, Oscar de Bennetot, quien daba la misma impresión de pobre hidalgo normando, pero en más pesado y vulgar. En ese momento ambos parecían agitados.
—Rápido —dijo el barón—. La Vaupalière, Rolleville y D'Auppegard están por llegar. A las cuatro vendrá Beaumagnan con el príncipe D'Arcole y De Brie por el vergel, del que he abierto la puerta grande... y después ella... si por casualidad cae en la trampa.
—Cosa que dudo —murmuró Bennetot.
—¿Por qué? Ha pedido un coche, el coche estará esperándola y subirá. D'Ormont, que conduce, la traerá. Cerca de Cuatro Caminos, Roux d'Estiers saltará al estribo, abrirá la puerta y dominará a la dama. Luego, entre los dos, la atarán. No puede fallar.
Se habían acercado al lugar desde el que Raúl escuchaba.
—¿Y después? —susurró Bennetot.
—Después, explicaré la situación a nuestros amigos, el papel de esta mujer...
—¿Y crees que podrás convencerles de que la condenen...?
—La condenen o no, el resultado será el mismo. Beaumagnan lo exige. ¿Crees que podríamos negarnos?
—¡Ah! —exclamó Bennetot—. Este hombre será nuestra perdición.
El barón D'Etigues se encogió de hombros.
—Hace falta un hombre como él para luchar contra una mujer como ella. ¿Tienes todo preparado?
—Sí, las dos barcas están en la playa, al pie de la Escalera del Curé. La más pequeña está agujereada y se hundirá a los diez minutos.
—¿La has lastrado con una piedra?
—Sí, con una gran piedra agujereada que irá sujeta a un cabo.
Se callaron.
Raúl d'Andrésy no había perdido ni una sola de las palabras pronunciadas y todas habían aumentado su ardiente curiosidad.
«¡Caramba! —pensó Raúl— no cambiaría mi palco por un imperio. ¡Vaya tíos, hablan de matar como otros de cambiar de camisa!» Godefroy d'Etigues le sorprendía. ¿Cómo podía la tierna Clarisa ser hija de tan sombrío personaje? ¿Qué objetivos perseguía, qué oscuros motivos lo guiaban? ¿Odio, codicia, deseos de venganza, instinto de crueldad? Parecía un verdugo de otros tiempos a punto de realizar un trabajo sucio. El ardor iluminaba su cara congestionada y su barba roja.
Los otros tres invitados llegaron al mismo tiempo. Raúl los había visto varias veces en la Haie d'Etigues. Una vez sentados, daban la espalda a las dos ventanas que alumbraban la sala, de tal forma que sus rostros quedaban en la penumbra.
A las cuatro en punto, dos nuevos personajes hicieron su aparición. Uno de ellos, viejo, de porte militar, apretado en su levita, que lucía una perilla llamada imperial bajo Napoleón III, se detuvo en el umbral.
Como todos los presentes se pusieron de pie para ir a su encuentro, Raúl no vaciló en identificarlo como el autor de la carta sin firma, aquél a quien se esperaba y a quien el barón había aludido con el nombre de Beaumagnan.
Aunque era el único en no tener ni título ni nombre compuesto, fue recibido como un jefe, con una solicitud que cuadraba con su actitud dominadora y su mirada autoritaria. La cara afeitada, las mejillas hundidas, magníficos ojos negros encendidos de pasión y algo de severo y de ascético, tanto en sus maneras como en su atuendo, le daban cierto aspecto de personaje eclesiástico.
Beaumagnan rogó que todos volvieran a sus asientos, excusó la ausencia del conde de Brie y presentó a su acompañante:
—El príncipe D'Arcole... Ustedes saben, ¿no es cierto?, que el príncipe D'Arcole era uno de los nuestros, pero el azar quiso que estuviera ausente de nuestras reuniones y que su acción se desarrollara lejos de aquí; con mucho éxito, por otra parte. Hoy, su testimonio nos es vital, ya que en dos ocasiones, en 1870, el príncipe D'Arcole, encontró a la criatura infernal que nos amenaza.
Raúl hizo un rápido cálculo y se sintió un poco decepcionado porque, si sus encuentros con el príncipe D'Arcole habían tenido lugar veinticuatro años antes, la «criatura infernal» debía de haber superado los cincuenta.
Entretanto, el príncipe ocupó su lugar entre los invitados, mientras que Beaumagnan llevó aparte a Godefroy d'Etigues. El barón le entrego un sobre que contenía, sin duda, la carta comprometedora. Luego, mantuvieron en voz baja un diálogo muy animado que Beaumagnan cortó con un gesto enérgico.
«¡Vaya genio! —se dijo Raúl— El veredicto es formal. Muerto el perro, muerta la rabia. Ahogarían a la señora. Éste parece ser al menos el desenlace convenido.»
Beaumagnan pasó a la última fila. Pero, antes de sentarse, dijo:
—Amigos míos, ustedes saben hasta qué punto es grave este momento. Todos unidos y de acuerdo sobre el objetivo magnífico que deseamos alcanzar hemos emprendido una obra común de una considerable importancia. Creemos, con razón, que los intereses del país, los de nuestro partido, los de nuestra religión (y no hago diferencias entre unos y otros) están ligados al éxito de nuestros proyectos. Y estos proyectos, desde hace algún tiempo, chocan contra la audacia y la hostilidad implacable de una mujer que, disponiendo de ciertas indicaciones, se ha lanzado en busca del secreto que nosotros estamos a punto de descubrir. Si ella lo consiguiera antes, sería el desmoronamiento de nuestros esfuerzos. Ella o nosotros. No hay lugar para ambos. Deseemos que la batalla emprendida se decida a nuestro favor.
Beaumagnan se sentó, apoyó ambos brazos sobre un legajo de papeles y encogió su largo cuerpo como si no quisiera ser visto.
Los minutos pasaron.
Entre esos hombres, reunidos allí por una causa que hubiera debido suscitar conversaciones, el silencio fue absoluto, tanta era la atención de todos hacia los ruidos lejanos que podían llegar del campo. La captura de esta mujer atormentaba sus espíritus. Estaban ansiosos de tener, y ver, a su adversaria.
El barón D'Etigues levantó un dedo. Comenzaba a oírse el ritmo sordo del galope de un caballo.
—Es mi coche —dijo.
¿Llegaría en él la enemiga?
El barón se dirigió hacia la puerta. Como siempre, el vergel estaba vacío. Sólo en el patio de honor, situado en la fachada principal, trabajaban los sirvientes.
El ruido se aproximaba. El carruaje dejó el camino y avanzó campo a través. De pronto, apareció entre los dos pilares de la entrada. El conductor hizo un gesto y el barón declaró:
—¡Victoria! ¡La tenemos!
El coche se detuvo. D'Ormont, que estaba en el asiento, saltó rápidamente. Roux d'Etiers se lanzó fuera del carruaje. Ayudados por el barón, sacaron del interior a una mujer, cuyas piernas y manos estaban atadas y a la que una bufanda envolvía la cabeza, y la transportaron hasta el banco de iglesia en medio de la sala.
—Ninguna dificultad —informó D'Ormont—. Al salir del tren se precipitó dentro del coche. En Cuatro Caminos, la atamos sin que tuviera tiempo de decir ni mu.
—Sáquenle la bufanda —ordenó el barón—. Podemos incluso dejarla ya libre de movimientos.
Él mismo la desató.
D'Ormont le quitó la bufanda y descubrió la cabeza.
Entre los asistentes hubo una exclamación de estupor, y Beaumagnan, en lo alto de su escondrijo, desde donde distinguía a la cautiva a plena luz, tuvo la misma conmoción de sorpresa al ver aparecer a una mujer en todo el esplendor de su juventud y su belleza.
Pero un grito sofocó los murmullos. El príncipe D'Arcole había avanzado y, con la cara contraída y los ojos desgarrados, balbuceaba:
—Es ella... es ella... la reconozco... ¡Ah! ¡Es aterradora!
—¿Qué pasa? —preguntó el barón— ¿Qué hay de aterrador? Explíquese.
Y el príncipe D'Arcole pronunció esta frase increíble:
- ¡Tiene la misma edad que hace veinticuatro años!
La mujer estaba sentada, erguida, los puños cerrados sobre sus rodillas. Su sombrero debía de haber caído en el curso de la agresión y su pelo se esparcía en una masa espesa retenida por una peineta de oro, mientras que otros cabellos, con reflejos rojizos, le caían por la frente, un poco ondulados en las sienes.
El rostro era admirable, de líneas muy puras y animado de una expresión que, aun en la impasibilidad y en el temor, parecía una sonrisa. Con un mentón más bien delgado, los pómulos salientes, los ojos muy rasgados y los párpados pesados, recordaba a esas mujeres de Da Vinci, o más bien de Bernardino Luini, en las que toda la gracia está en la sonrisa que no se ve pero que se adivina y que emociona e inquieta al mismo tiempo. Su traje era simple: bajo un abrigo, que dejó caer con indiferencia, un vestido de lana gris dibujaba su cintura y sus hombros.
«¡Vaya, vaya! —pensó Raúl, sin dejar de mirarla—. Parece bastante inofensiva la infernal y magnífica criatura. ¿Y hacen falta nueve o diez hombres para enfrentarse a ella?»
Ella observaba atentamente a los que la rodeaban, a D'Etigues y sus amigos, tratando de distinguir en la penumbra a los demás.
Finalmente dijo:
—¿Qué tienen contra mí? No conozco a ninguno de los presentes. ¿Por qué me han traído aquí?
—Usted es nuestra enemiga —declaró Godefroy d'Etigues.
Ella sacudió dulcemente la cabeza:
—¿Vuestra enemiga? Debe haber una confusión. ¿Están seguros de no equivocarse? Yo soy madame Pellegrini.
—Usted no es madame Pellegrini.
—Yo le aseguro...
—No —repitió el barón Godefroy, alzando la voz.
Y agregó estas palabras, tan desconcertantes como las pronunciadas por el príncipe D'Arcole:
- Pellegrini era uno de los apellidos bajo los que se ocultaba, en el siglo XVIII, el hombre del cual usted pretende ser la hija.
Ella no respondió inmediatamente, como si no hubiera entendido lo absurdo de la frase. Después preguntó:
—¿Cómo me llamo, según usted?
- Josefina Balsamo, condesa de Cagliostro.




Capítulo II

Josefina Balsamo, nacida en 1788.

¡Cagliostro! ¡El extraordinario personaje que tanto intrigó a Europa y que tan profundamente agitó la corte de Francia bajo el reinado de Luis XVI! El collar de la reina... el cardenal de Rohan... María Antonieta... episodios sorprendentes para una de las existencias más misteriosas.
Un hombre extraño, enigmático, dotado del genio de la intriga, de un fuerte poder y sobre el cual no se había hecho aún toda la luz.
¿Un impostor? ¿Quién podría decirlo? ¿Tenemos, acaso, el derecho de negar que ciertos seres, con sentidos más afinados, pueden echar sobre el mundo de los vivos y los muertos miradas que a los demás nos están prohibidas? ¿Debemos tildar de loco o de charlatán a quien puede evocar imágenes de sus existencias pasadas y, recordando lo que ha visto, beneficiario de adquisiciones anteriores, de secretos perdidos y de certidumbres olvidadas, explotar un poder que llamamos sobrenatural, cuando no es más que la utilización dudosa y balbuceante de fuerzas que nosotros quizás estamos a punto de reducir a la nada?
Si Raúl d'Andrésy, al abrigo de su observatorio, permanecía escéptico y reía para sí —no sin ciertas reticencias quizá— del giro que tomaban los acontecimientos, los hombres a quienes observaba parecían aceptar por anticipado los alegatos más extravagantes. ¿Poseían, acaso, sobre este asunto, pruebas y testimonios particulares? ¿Habían encontrado en esa mujer, que según ellos pretendía ser la hija de Cagliostro, los dones de clarividencia y de adivinación que se le atribuían al célebre taumaturgo y por los cuales se la trataba a ella de maga y de bruja?
Godefroy d'Etigues, que era el único que seguía de pie, se inclinó hacia la dama y le dijo:
—Su apellido es Cagliostro, ¿verdad?
Ella reflexionó. Era como si, para cuidar su defensa, buscara la mejor respuesta y quisiera antes de comprometerse a fondo, conocer las armas de que disponía el enemigo. Luego replicó, tranquilamente:
—Nada me obliga a responderle y tampoco tiene usted derecho a interrogarme. Sin embargo, ¿por qué negar que, aunque mi acta de nacimiento lleva el nombre de Josefina Pellegrini, yo, por capricho, me hago llamar Josefina Balsamo, condesa de Cagliostro, debido a que los dos nombres, Cagliostro y Pellegrini, completan la personalidad, que siempre me interesó, de José Balsamo?
—De quien, según usted y en contra de algunas de sus propias declaraciones, no es descendiente directa —precisó el barón.
Ella alzó los hombros y calló. ¿Era prudencia, desdén, una actitud de protesta ante tales disparates?
—No quiero considerar ese silencio ni como un reconocimiento ni como una negación —continuó Godefroy d'Etigues, girándose para hablar con sus amigos—. Las palabras de esta mujer no tienen ninguna importancia y refutarlas sería tiempo perdido. Estamos aquí para tomar graves decisiones sobre un asunto que todos conocemos, pero del que la mayoría de nosotros desconoce los detalles. Es imprescindible, por lo tanto, recordar los hechos. Están resumidos, lo más brevemente posible, en este informe que voy a leerles y que les ruego escuchen con atención.
Y, pausadamente, leyó estas páginas que —Raúl no tuvo ninguna duda— debían de haber sido redactadas por Beaumagnan.

En los primeros días de marzo de 1870, es decir cuatro meses antes de la guerra entre Francia y Prusia, de la multitud de extranjeros que afluyeron a París ninguno llamó más rápidamente la atención que la condesa de Cagliostro. Era hermosa, elegante, derrochaba el dinero a manos llenas, casi siempre sola o acompañada por un joven al que presentaba como su hermano. Por todos lados, en todos los salones donde la recibieron fue objeto de la más viva curiosidad. Su nombre intrigaba. Su conducta misteriosa, algunas curaciones milagrosas que había llevado a cabo, las respuestas que daba a quienes la consultaban sobre su pasado o su futuro recordaban en forma impresionante al famoso Cagliostro. La novela de Alejandro Dumas había puesto de moda a José Balsamo, supuesto conde de Cagliostro. Utilizando los mismos métodos, y algunos más audaces aún, se jactaba de ser la hija de Cagliostro, afirmaba conocer el secreto de la juventud eterna y, con una sonrisa, refería tal encuentro o tal suceso que había vivido durante el reinado de Napoleón I.
Tal era su prestigio que forzó las puertas de las Tullerías y apareció en las cortes de Napoleón III. Hasta se hablaba de sesiones privadas en las que la emperatriz Eugenia reunía en torno a la hermosa condesa a los más íntimos de sus súbditos. Un número clandestino del periódico satírico Le Charivari, cuya edición por otra parte fue secuestrada, nos cuenta una sesión a la que asistió uno de sus colaboradores ocasionales. Yo he destacado este pasaje:

Algo de Gioconda. Una expresión que no cambia mucho, pero que no se puede definir exactamente, que es tanto tierna e ingenua como cruel y perversa. Hay tanta experiencia en su mirada y amargura en su invariable sonrisa que podríamos atribuirle los ochenta años que ella misma se adjudica. En los momentos en que parece más vieja, saca de su bolsillo un pequeño espejo de oro y vuelca dos gotas de un frasco imperceptible, las seca y se contempla. Y, nuevamente, es la juventud adorable.
Cuando la interrogamos, respondió:
- Este espejo pertenecía a Cagliostro. Para todos los que se miran en él con confianza, el tiempo se detiene. Observen: sobre la montura tiene escrita una fecha, 1783, seguida de cuatro frases que son la enumeración de cuatro grandes enigmas. Estos enigmas, que él se proponía descifrar y que había recibido de María Antonieta, harían de aquel que descubriera la clave rey de reyes.
- ¿Podemos conocerlos? —preguntó alguien.
- ¿Por qué no? Conocerlos no es descifrarlos y el propio Cagliostro careció del tiempo suficiente. Yo no puedo transmitirles más que los enunciados, los títulos. He aquí la lista:
[2]

In robore fortuna.
La losa de los reyes de Bohemia.
La fortuna de los reyes de Francia.
El candelabro de siete brazos.

Se dirigió después a cada uno de nosotros, con revelaciones que nos dejaron mudos de asombro; Pero esto no era más que un prólogo, y la emperatriz, aunque no quería preguntar nada que se refiriera a ella personalmente, deseaba algunas aclaraciones sobre su futuro.
- Que su majestad tenga la bondad de soplar ligeramente —dijo la condesa alargándole el espejo.
Acto seguido examinó el vaho en la superficie y murmuró:
- Veo hermosas cosas... una gran guerra para este verano... la victoria... el retorno de las tropas bajo el Arco del Triunfo... Se aclama al emperador... El príncipe imperial.

—Éste es —continuó Godefroy d'Etigues— el documento que nos fue entregado. Documento desconcertante, ya que fue publicado semanas antes de la anunciada guerra. ¿Quién era esta mujer? ¿Quién era esta aventurera cuyas peligrosas predicciones presionaron sobre el carácter débil de la desgraciada soberana y provocaron la catástrofe de 1870? Alguien (léase el mismo número del Charivari) le había preguntado un día: «Hija de Cagliostro, sea, pero ¿y su madre?», «A mi madre», respondió ella, «debe usted buscarla muy alto entre los contemporáneos de Cagliostro... Más alto aún... Sí, eso es... Josefina de Beauharnais, futura esposa de Bonaparte, futura emperatriz...»
»La policía de Napoleón III no podía seguir inactiva. Uno de sus mejores agentes entregó, a finales de junio, un informe sucinto, establecido después de una encuesta difícil. Le daré lectura:

Los pasaportes italianos de la signorina, con las debidas reservas sobre la fecha de nacimiento —escribía el agente— están a nombre de Josefina Pellegrini-Balsamo, condesa de Cagliostro, nacida en Palermo, el 29 de julio de 1788. Una vez en Palermo, logré descubrir los viejos registros de la parroquia Mortarana y en uno de ellos, con fecha del 29 de julio de 1788, hallé el acta de nacimiento de Josefina Balsamo, hija de José Balsamo y de Josefina de la P., súbdita del rey de Francia.

—¿Era esta Josefina Tascher de la Pagerie, nombre de soltera de la esposa separada del vizconde de Beauharnais y futura mujer del general Bonaparte? He buscado en esta dirección y, después de pacientes investigaciones, pude saber, gracias a las cartas manuscritas de un lugarteniente de la Prefectura de París, que en 1788 estuvieron a punto de arrestar al señor Cagliostro. Éste, aunque expulsado de Francia después del asunto del collar, vivía; bajo el nombre de Pellegrini, en un palacete de Fontainebleau donde recibía diariamente a una mujer alta y delgada. Ahora bien, Josefina de Beauharnais vivía en esta época en Fontainebleau. Es alta y delgada. La víspera del día fijado para el arresto, Cagliostro desapareció. A la mañana siguiente, brusca partida de Josefina de Beauharnais.
[3] ¿Un mes más tarde, en Palermo, nacimiento de la niña.
»Estas coincidencias no dejan de ser impresionantes. Pero toman realmente todo su valor cuando se las relaciona con estos dos hechos; Dieciocho años más tarde, la emperatriz Josefina introduce en la Malmaison a una joven a la que hace pasar por su ahijada y que gana de tal forma el afecto del emperador que Bonaparte juega con ella como si fuera una niña. ¿Cuál es su nombre? Josefina o, mejor dicho, Josine.
»Cae el Imperio. El zar Alejandro I acoge a Josine y la envía a Rusia. ¿Cuál es el título que ella adopta? Condesa de Cagliostro.»
El barón D'Etigues dejó prolongar sus últimas palabras en el silencio. Se le había escuchado con profunda atención. Raúl, desconcertado por esta historia increíble, trató de ver en el rostro de la condesa el reflejo de la emoción o de cualquier otro sentimiento. Pero ella permaneció impasible, sus hermosos ojos siempre un poco sonrientes.
Y el barón prosiguió:
—Este informe, y probablemente también la peligrosa influencia que adquiría la condesa en las Tullerías, puso fin a su buena fortuna. Una orden de expulsión fue firmada contra ella y contra su hermano. Éste partió hacia Alemania, ella a Italia. Una mañana descendió en Módano, adonde un joven oficial la había conducido. Este oficial era el príncipe D'Arcole. Y fue él quien pudo conseguir los dos documentos, el número de Le Charivari y el informe secreto del que posee el original con sellos y firmas. Finalmente, fue también él quien hace un momento comprobó ante vosotros la indudable identidad entre la joven a la que vio aquella mañana y la que ve hoy.
El príncipe D'Arcole se levantó y articuló gravemente:
—Yo no creo en los milagros y, sin embargo, lo que estoy diciendo es la confirmación de un milagro. Pero la verdad me obliga a declarar por mi honor de soldado que esta mujer es la mujer que saludé en la estación de Módano hace veinticuatro años.
—¿Que usted sólo saludó? ¿Sin ningún cumplido? —insinuó Josefina Balsamo.
Miraba al príncipe y lo interrogaba con voz alegre, no falta de ironía.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que un oficial francés es demasiado cortés para despedirse de una mujer hermosa con un simple saludo protocolario.
—¿Qué significa eso?
—Significa que usted debe haber pronunciado algunas palabras.
—Puede ser. Ya no me acuerdo... —dijo el príncipe D'Arcole, un poco turbado.
—Usted se inclinó hacia la entonces exilada, señor. Le besó la mano más tiempo del necesario y le dijo: «Espero, señora, que los instantes que he tenido el placer de pasar a su lado no terminen aquí. En cuanto a mí, jamás los olvidaré». Y repitió, subrayando con un particular acento su intención galante: «Jamás, ¿comprende, señora? Jamás...».
El príncipe D'Arcole parecía una persona bien educada. Sin embargo, la evocación exacta de un momento pasado un cuarto de siglo antes lo confundió hasta tal punto que masculló:
—¡Vaya por Dios!
Pero, rehaciéndose enseguida, tomó la ofensiva bruscamente:
—Lo he olvidado. Si el recuerdo de este encuentro fue agradable, el segundo lo borró.
—¿Y la segunda vez, señor?
—Fue a principios del año siguiente, en Versales, adonde yo acompañaba a los plenipotenciarios franceses encargados de negociar la paz de la denota. La vi en un café, sentada a una mesa, bebiendo y riendo con oficiales alemanes. Uno de ellos era ayudante de campo de Bismarck. Ese día comprendí cuál era su papel en las Tullerías y de quién era la emisaria.
Todos estos lances, todas estas peripecias de una vida con apariencias fabulosas, se desarrollaron en menos de diez minutos. Ningún argumento. Ninguna tentativa de lógica y elocuencia para imponer una tesis inconcebible. Nada más que hechos. Sólo pruebas desnudas, violentas, asestadas como puñetazos. Y lo que las hacía aún más escalofriantes era que evocaban, en contra de una mujer joven, recuerdos que remontaban a más de un siglo.
Raúl d'Andrésy no se recobraba. La escena le parecía sacada de una novela, o más bien, de un melodrama fantástico y tenebroso. Los conjurados parecían también estar al margen de toda realidad escuchando todas esas historias como si tuvieran el valor de hechos indiscutibles. Raúl no ignoraba la mediocridad intelectual de esos hidalgos, últimos vestigios de otra época, pero, de todos modos, ¿podían hacer abstracción de los datos que les habían dado sobre la edad de esta mujer? Por crédulos que fueran, ¿acaso no tenían ojos para ver?
Además, frente a ellos, la actitud de la Cagliostro parecía aún más extraña. ¿Por qué ese silencio que era como una aceptación, o más bien, una confesión? ¿Se negaba a destruir una leyenda de juventud eterna que le agradaba y favorecía la ejecución de sus proyectos? ¿O bien, inconsciente del terrible peligro que pesaba sobre su cabeza, consideraba toda esta escenografía como una broma?
—Éste es el pasado —concluyó el barón D'Etigues—. No insistiré en los hechos que lo unen al presente. Mientras permanecía entre bastidores, Josefina Balsamo, condesa de Cagliostro, se vio mezclada en la tragicomedia del boulangisme, en el drama de Panamá (ya que la encontraremos en todos los acontecimientos funestos para nuestro país). Pero de esto no tenemos más que indicaciones sobre el rol secreto que ella desempeñó. No poseemos pruebas. Pero, tengo aún algo que añadir. Señora, sobre todo lo que se ha dicho, ¿no tiene nada que objetar?
—Sí —dijo ella.
—Hable.
La joven contestó siempre con la misma entonación ligeramente irónica:
—Ya que parecen juzgarme, a la manera de un tribunal de la Edad Media, quisiera saber si tienen en cuenta los cargos acumulados hasta el momento contra mí. En ese caso, más vale condenarme inmediatamente a ser quemada viva por bruja, espía, relapsa, todos aquellos crímenes que la Santa Inquisición jamás perdonaría.
—No —respondió Godefroy d'Etigues—. Estas aventuras no han sido relatadas más que para darle usted, en líneas generales, una imagen lo más exacta y clara posible.
—¿Y cree realmente haber dado de mí la imagen más clara posible?
—Sí, desde el punto de vista que nos ocupa.
—Se contenta usted con poco. ¿Qué relación ve entre estas diferentes aventuras?
—Una relación de tres tipos. En primer lugar, el testimonio de las personas que la han reconocido y gracias a las cuales podemos remontarnos a días siempre más lejanos. Luego, la confesión de sus pretensiones.
—¿Qué confesión?
—Usted ha repetido al príncipe D'Arcole los términos exactos de la conversación que mantuvieron en la estación de Módano.
—En efecto, ¿qué más?
—En tercer lugar, he aquí tres retratos que la representan, ¿no es cierto?
Los miró y declaró:
—Sí, los tres retratos míos.
—¡Ajá! —exclamó Godefroy d'Etigues—. Pues bien, el primero es una miniatura pintada en 1816 en Moscú y que representa a Josine, condesa de Cagliostro. El segundo, esta fotografía, es de 1870.Y esta última está tomada en París recientemente. Los tres retratos están firmados por usted. La misma firma, la misma letra, la misma rúbrica.
—¿Y eso qué prueba?
—Esto prueba que la misma mujer...
—Que la misma mujer —interrumpió ella— ha conservado hasta 1894 su rostro de 1816 y 1870. ¡Y por esa razón, a la hoguera!
—No se burle, señora. Para nosotros la risa es una blasfemia abominable.
Ella tuvo un gesto de impaciencia y golpeó el brazo del banco.
—Bueno, ya está bien, señores. Terminemos con esta comedia. ¿Qué pasa? ¿Qué me reprochan ustedes? ¿Por qué estoy aquí?
—Usted está aquí para darnos cuenta de los crímenes que ha cometido.
—¿Qué crímenes?
—Mis amigos y yo éramos doce, doce que corríamos tras el mismo objetivo. Ahora sólo somos nueve. Los otros están, muertos, asesinados por usted.
Raúl creyó ver pasar una sombra como una nube por la sonrisa de la Gioconda. Pero enseguida el hermoso rostro volvió a su expresión habitual, como si nada pudiera alterar la paz de esta mujer. Ni siquiera la espantosa acusación de que era objeto con tanta virulencia. Podría decirse que los sentimientos normales le eran desconocidos, o al menos que no se traicionaba por los signos de indignación, rebelión y horror que hubieran sacudido a cualquier otro ser humano. ¡Qué extraño! Culpable o no, otro se habría sublevado, pero ella seguía callada y nada permitía saber si era por cinismo o inocencia.
Los amigos del barón permanecían inmóviles, sus rostros intranquilos y contraídos. Detrás de los que se escondían casi enteramente a las miradas de Josefina Balsamo, Raúl veía a Beaumagnan. Tenía la cara oculta entre las manos, pero sus ojos brillaban entre los dedos separados y miraban fijamente a la enemiga.
En medio del silencio, Godefroy d'Etigues enunció el acta de la acusación, o más bien, de las tres terribles acusaciones. Lo hizo secamente, como hasta ahora, sin detalles inútiles, sin gritos, como si leyera una denuncia escrita.
—Hace dieciocho meses, Dénis Saint-Hébert, el más joven de nosotros, cazaba en sus tierras en los alrededores de Le Havre. Al caer la tarde, dejó a su granjero y a su guarda, cargó el fusil al hombro y se marchó diciendo que quería ver desde lo alto de los acantilados la puesta del sol sobre el mar. Por la noche no regresó. A la mañana siguiente, encontraron su cadáver sobre las rocas que el mar descubría.
»¿Fue un suicidio? Dénis Saint-Hébert era rico, sano, feliz. ¿Por qué razón se habría matado? Ni siquiera se pensó en un crimen. Quedó entonces como un accidente.
»El mes de junio siguiente, tuvimos otro duelo en condiciones análogas. Georges d'Isneauval, que cazaba gaviotas muy de madrugada, al pie de los acantilados de Dieppe, resbaló en las algas con tan mala fortuna que su cabeza golpeó contra una piedra y cayó inanimado. Dos pescadores lo encontraron algunas horas más tarde. Estaba muerto. Dejaba una viuda y dos niñas.
»Otro accidente, dirá. Sí, accidente para su viuda, para las dos huérfanas, para su familia... Pero, ¿y para nosotros? ¿Era posible que el destino golpeara dos veces al pequeño grupo que formábamos? Doce amigos se asocian para descubrir un gran secreto y para alcanzar un objetivo de considerable importancia. Dos de ellos fallecen. ¿No debemos suponer que una maquinación criminal, al atacarlos a ellos, ataca también a nuestra empresa?
»Fue el príncipe D'Arcole quien nos abrió los ojos y nos encaminó en la buena vía. El príncipe D'Arcole sabía que no éramos los únicos en conocer la existencia de ese gran secreto. Sabía que, en el curso de una sesión con la emperatriz Eugenia, se había evocado una lista de cuatro enigmas transmitidos por Cagliostro a sus descendientes y que uno de estos enigmas se llamaba, precisamente, como el que nos interesa, el candelabro de siete brazos. Por lo tanto, ¿no era preciso buscar entre aquellos a quienes la leyenda había podido ser transmitida?
»Gracias a nuestros poderosos medios de información, la investigación concluyó en quince días. En un palacete de una calle solitaria de París habitaba una tal señora Pellegrini que vivía muy retirada y desaparecía con frecuencia meses enteros. De una belleza extraordinaria pero muy discreta y como deseosa de pasar desapercibida, frecuentaba con el nombre de condesa de Cagliostro ambientes en los que se practicaba la magia, el ocultismo y misas negras.
»Pudimos conseguir una fotografía suya, que es ésta, y enviársela al príncipe D'Arcole, que en aquel momento viajaba por España. Él reconoció con estupor a la misma mujer que había visto hace años.
»Averiguamos sus desplazamientos. El día de la muerte de Saint-Hébert en los alrededores de Le Havre, ella estaba allí de paso. También estaba de paso por Dieppe cuando Georges d'Isneauval agonizaba en los acantilados.
»He preguntado a las familias. La viuda de Georges d'Isneauval me confió que en los últimos tiempos su marido había tenido una relación con una mujer que, según ella, lo había hecho sufrir infinitamente. Por otra parte, una confesión manuscrita de Saint-Hébert, encontrada entre los papeles que guardaba su madre, nos revela que nuestro amigo había cometido la imprudencia de anotar nuestros doce nombres y algunas indicaciones sobre el candelabro de siete brazos en un pequeño cuaderno. Este cuaderno le había sido robado por una mujer.
»A partir de ahí, todo se explica. En posesión de algunos de nuestros secretos y deseosa de conocer más, la misma mujer, que había amado a Saint-Hébert se hizo amar por Georges d'Isneauval. Después de recibir sus confidencias, y por temor a ser denunciada por ellos a sus amigos, los mató. Y ahora esta mujer está aquí, ante nosotros.
Godefroy d'Etigues hizo una nueva pausa. El silencio era abrumador, tan pesado que los jueces parecían inmovilizados por una atmósfera tan cargada de angustia. Solamente la condesa de Cagliostro seguía distraída, como si ninguna palabra le hubiera llegado.
Siempre extendido en su lugar, Raúl d'Andrésy admiraba la belleza encantadora y voluptuosa de la mujer y, al mismo tiempo, sentía la desazón de ver tantas pruebas acumularse contra ella. La acusación la acorralaba cada vez más. De todos lados, los hechos venían al asalto, y Raúl no dudaba de que un ataque aún más directo la amenazara.
—¿Tengo que hablarle del tercer crimen? —preguntó el barón.
Ella respondió con cansancio:
—Si le place. Todo lo que me ha dicho es incomprensible. Me está hablando de personas de las cuales ni siquiera conocía el nombre. Así que un crimen de más o de menos...
—¿Usted no conoció a Saint-Hébert ni a D'Isneauval?
Ella se encogió de hombros sin responder.
Godefroy d'Etigues se inclinó y dijo en voz baja:
—¿Y Beaumagnan?
Ella levantó hacia el barón Godefroy sus ojos ingenuos:
—¿Beaumagnan?
—Sí, el tercero de nuestros amigos que usted asesinó, no hace mucho tiempo... algunas semanas... Murió envenenado... ¿No lo conoció?




Capítulo III

Un tribunal de inquisición

¿Qué significaba esta acusación? Raúl miró a Beaumagnan. Éste se había levantado, sin enderezarse del todo y poco a poco, ocultándose detrás de sus amigos, fue a sentarse justo al lado de Josefina Balsamo. Ella, que miraba al barón, no le prestó atención.
Fue entonces cuando Raúl comprendió por qué Beaumagnan se había ocultado y qué terrible trampa tendían a la mujer. Si realmente le creía muerto, con qué horror iba a temblar frente a Beaumagnan vivo y dispuesto a acusarla. Si por el contrario, ella no temblaba y este hombre le era tan indiferente como los otros, ¡qué prueba en su favor!
Raúl estaba ansioso y tanto deseaba que lograra desmontar el complot que buscaba la manera de advertirla del peligro. Pero el barón d'Etigues no dejaba su presa y continuó:
—¿No se acuerda tampoco de ese crimen, no es cierto?
Ella frunció las cejas, marcando por segunda vez su impaciencia, y se mantuvo callada.
—¿Quizá ni siquiera ha conocido a Beaumagnan? —preguntó el barón, inclinado sobre ella como un juez de instrucción que acecha la contradicción—, ¡Hable! ¿No lo ha conocido?
No respondió. A causa de esta insistencia obstinada, debía desconfiar, su sonrisa se mezclaba ahora con cierta inquietud. Como una bestia acosada, presentía el peligro y escudriñaba con sus ojos las tinieblas. Miró a Godefroy d'Etigues, recorrió con los ojos a La Vaupalière y Bennetot y de pronto dio con Beaumagnan a su lado...
Inmediatamente tuvo un gesto brusco: la sorpresa de quien ve a un fantasma; sus ojos se cerraron. Retiró las manos para detener la terrible visión que la asustaba y se la oyó balbucear:
—Beaumagnan... Beaumagnan...
¿Era una confesión? ¿Iba a desfallecer y confesar sus crímenes? Beaumagnan esperaba. Con todas sus fuerzas, por así decirlo, visibles, desde sus puños crispados, las venas hinchadas de su frente hasta la cara convulsionada por un esfuerzo sobrehumano de voluntad, exigía la crisis de debilidad por la que toda resistencia desaparecería.
Por un momento, creyó tener éxito. La muchacha cedía y se abandonaba al dominador. Una alegría cruel lo transfiguró. ¡Vaya esperanza! Escapando del vértigo, ella se repuso. Cada segundo que pasaba le devolvía un poco de serenidad y anunciaba su sonrisa. Finalmente, dijo con esa lógica aplastante que parecía la expresión misma de una verdad que jamás nadie se atrevería a contradecir:
—Me ha asustado, Beaumagnan, había leído en los diarios la noticia de su muerte. ¿Por qué sus amigos han querido engañarme?
Raúl se dio cuenta de que lo sucedido hasta el momento no tenía mayor importancia. Los dos verdaderos adversarios se encontraban ahora frente a frente. Por breve que fuera, dadas las armas de Beaumagnan y el aislamiento de la mujer, el combate no hacía más que comenzar.
Y ya no era el ataque hipócrita y contenido del barón Godefroy, sino la agresión desordenada de un enemigo que desbordaba de cólera y odio.
—¡Mentira! ¡Mentira! —gritó—. ¡Todo es mentira en usted! ¡Usted es la hipocresía, la bajeza, la traición y el vicio mismos! Todo lo que hay de innoble y repugnante en el mundo se esconde tras su sonrisa. ¡Ah, esa sonrisa! ¡Qué máscara abominable! Quisiera arrancársela con tenazas al rojo vivo.
»Su sonrisa es la muerte, la condenación eterna para aquel que se deje coger... ¡Ah, qué miserable es esta mujer!...
Raúl tenía desde el principio la sensación de estar asistiendo a una escena inquisitorial. Sensación que se volvió más clara aún frente al furor de este hombre que lanzaba el anatema con toda la fuerza de un monje de la Edad Media. Su voz temblaba de indignación. Sus gestos amenazaban como si en cualquier momento fuese a coger la garganta de la impía; cuya sonrisa divina hacía perder la cabeza y condenaba a los suplicios del infierno.
—Cálmese, Beaumagnan —dijo ella, con una dulzura excesiva que lo irritó como si hubiera sido un ultraje.
A pesar de todo, trató de contenerse y de controlar las palabras que se atropellaban en él. Pero salían de su boca aleteantes, precipitadas o apenas murmuradas, al punto de que sus amigos, a quienes se dirigía ahora, apenas si pudieron comprender la extraña confesión que hizo, golpeándose el pecho, como los antiguos creyentes que tomaban al público por testigo de sus faltas.
—Fui yo quien buscó la batalla después de la muerte de D'Isneauval. Sí, pensé que la hechicera se ensañaría aún más contra nosotros... y que yo sería más fuerte que los anteriores... más asegurado contra la tentación... Ustedes conocen ya la decisión que tomé en aquella época. Consagrado ya al servicio de la Iglesia, quería vestir el hábito sacerdotal. Estaba al abrigo del mal, protegido por compromisos formales y, más aún, por todo el ardor de mi fe. Fui entonces a una de esas reuniones espiritistas donde sabía que la encontraría. Ella, por supuesto, estaba allí. No fue preciso que el amigo que me había llevado me la señalara, y debo confesar que, en el umbral, una oscura aprensión me invadió. La vigilé. Hablaba con pocas personas, manteniéndose en la reserva y escuchando mientras fumaba.
»Según mis instrucciones, mi amigo se sentó junto a ella y mantuvo una conversación con personas de su grupo. Después, me llamó por mi nombre. Y yo vi la emoción de su mirada, sin contestación posible, ya que ella conocía mi nombre por haberlo leído en el cuaderno robado a Saint-Hébert. Beaumagnan era uno de los doce afiliados... uno de los diez sobrevivientes. Y esta mujer, que parecía vivir en una especie de sueño, despertó. Un minuto después me dirigía la palabra. Durante dos horas desplegó toda la gracia de su ingenio y su belleza y obtuvo de mí la promesa de verla al día siguiente.
»Desde ese momento, en el mismo minuto en que la dejé en la puerta de su casa, hubiera debido huir al fin del mundo. Pero ya era demasiado tarde. No había en mí ni coraje, ni voluntad, ni clarividencia, nada más que un deseo loco de volver a verla. Por supuesto, yo escondía este deseo entre grandes palabras, yo cumplía un deber...; era necesario conocer el juego de la enemiga, convencerla de sus crímenes y castigarla. ¡Todo pretextos! En realidad, sólo al verla ya estaba convencido de su inocencia. Esa sonrisa sólo podía ser el distintivo del alma más pura.
»Ni el recuerdo sagrado de Saint-Hébert, ni el de mi pobre D'Isneauval podían iluminarme. Yo no quería ver. He vivido algunos meses en la oscuridad, gozando de las peores alegrías y sin avergonzarme de ser objeto de vergüenza y escándalo, de renunciar a mis votos y renegar de mi fe.
»Crímenes inconcebibles viniendo de un hombre como yo, os lo juro, amigos míos. Sin embargo, uno de los que he cometido excede a todos los demás. ¡He traicionado a nuestra causa! He roto el juramento que hicimos cuando nos asociamos para esta obra en común. Esta mujer conoce tanto como nosotros el gran secreto.»
Un murmullo de indignación acogió estas palabras. Beaumagnan bajó la cabeza.
Raúl comprendió entonces el drama que se representaba delante suyo, cuyos personajes adquirían ahora su verdadero relieve. Hidalgos campesinos, hombres rudos, de acuerdo, pero Beaumagnan estaba con ellos. Y era Beaumagnan quien, con su soplo, los animaba y les comunicaba su exaltación. En medio de esas vidas vulgares, de esas siluetas grotescas, adquiría figura de profeta y de iluminado. Él les había mostrado como un deber la necesidad de esta conjura a la que él mismo se había dedicado en cuerpo y alma como en otros tiempos se abandonaba el torreón para dedicarse a Dios y partir a las cruzadas.
Este tipo de pasiones místicas transforman a quienes queman en héroes o en verdugos. Beaumagnan tenía dentro de sí al inquisidor. En el siglo XV hubiera perseguido y martirizado a la impía para arrancarle la palabra de fe.
Tenía el don del mando y la actitud del hombre para el que los obstáculos no existen. ¿Entre él y su objetivo se alzaba una mujer? ¡Esa mujer debía morir! Y si él amaba a esta mujer, una confesión pública lo absolvía. Quienes lo oían sentían aún más el ascendiente de este maestro íntegro cuya dureza, al parecer, ejercía también contra sí mismo.
Humillado por la confesión de su degradación, ya no quedaba en él más cólera y, con voz sorda, concluyó:
—¿Por qué fallé? Lo ignoro. Un hombre como yo no debe fallar. Ni siquiera tengo la excusa de decir que me preguntó. Ella hacía a menudo alusión a los cuatro enigmas señalados por Cagliostro, y fue así cómo un día, casi sin saberlo, dije las palabras irreparables... relajadamente... para serle agradable... para tener a sus ojos más valor... para que su sonrisa fuera más tierna. Yo me decía: «Ella será nuestra aliada...
con sus consejos y su clarividencia afinada por las prácticas de adivinación nos ayudará...» Estaba loco. La borrachera del pecado hacía vacilar mi razón.
»El despertar fue terrible. Un día (hace de esto tres semanas), tenía que ir en una misión a España. Me había despedido de ella por la mañana. Hacia las tres de la tarde, como tenía una cita en el centro de París, dejé el pequeño alojamiento que ocupo en el Luxemburgo. Pero me había olvidado de dar ciertas instrucciones al criado y volví a mi casa por el corredor y la escalera de servicio. El criado había salido y había dejado abierta la puerta de la cocina. De lejos, oí un ruido. Avancé lentamente. Había alguien en mi habitación y el espejo me devolvía la imagen de esta mujer.
»¿Qué haría ella inclinada sobre mi maleta? La observé.
»Estaba abriendo una cajita que contenía las píldoras que suelo tomar en los viajes para combatir el insomnio. Sacó una de las pastillas y puso en su lugar otra que había sacado de su monedero.
»Mi sorpresa fue tan grande que no atiné a lanzarme sobre ella. Cuando entré en la habitación, ya había salido. No pude atraparla.
»Corrí a la farmacia e hice analizar las pastillas. Una de ellas contenía veneno en cantidad suficiente para matarme.
»Así, tuve la prueba irrefutable. Al haber cometido la imprudencia de hablar y decirle lo que sabía del secreto, estaba condenado. Qué más da deshacerse de un testigo inútil y de un competidor que podría, un día u otro, tomar su parte del botín o bien descubrir la verdad y atacarla, acusarla y vencerla. La muerte facilita las cosas. La misma muerte de Denis Saint-Hébert y de Georges d'Isneauval. Una muerte estúpida, sin motivos aparentes.
»Escribí a uno de mis amigos en España y unos días después algunos periódicos anunciaban la muerte en Madrid de un tal Beaumagnan.
»Desde entonces, viví en la sombra. La seguí paso a paso. Ella fue primero a Ruan, después a Le Havre, a Dieppe; es decir, a los mismos lugares que circunscriben el terreno de nuestras investigaciones. Según mis confidentes, ella sabía que nosotros estábamos a punto de registrar un viejo priorato de los alrededores de Dieppe. Fue allí un día y, aprovechando que el lugar está abandonado, buscó. Después perdí sus huellas. Volví a encontrarlas en Ruan. Ustedes saben el resto por nuestro amigo D'Etigues. Cómo fue preparada la trampa, cómo cayó en ella llevada por el cebo del candelabro de siete brazos que creyó que un campesino había encontrado en su campo.
»Así es esta mujer. Ustedes se darán cuenta de los motivos que nos impiden librarla a la justicia. El escándalo de los debates repercutiría sobre nosotros sacando a la luz nuestros proyectos, lo cual los haría imposibles. Nuestro deber, por terrible que sea, es juzgarla nosotros mismos, sin odio, pero con todo el rigor que ella merece.»

Beaumagnan calló. Había terminado su requisitoria con una gravedad que era, para la acusada, más peligrosa que su cólera. Ella aparecía como culpable y hasta monstruosa con esta serie de asesinatos inútiles. Raúl d'Andrésy no sabía qué pensar y execraba a este hombre que la había amado y ahora recordaba, estremeciéndose, las alegrías de ese sacrílego amor...
La condesa de Cagliostro se había levantado y miraba a su adversario a los ojos, siempre un poco burlona.
—¿Y si no me equivoco —dijo—, es la hoguera...?
—Será lo que nosotros decidamos —respondió él—, sin que nada pueda impedir la ejecución de nuestro justo veredicto.
—¿Veredicto? ¿Con qué derecho? —replicó ella—. Para eso están los jueces. Ustedes no son jueces. ¿Miedo del escándalo, dice usted? ¿Qué me importa a mí que ustedes tengan necesidad de sombra y silencio para realizar sus proyectos? Déjeme libre.
Él exclamó:
—¡Libre! ¿Libre para continuar sus asesinatos? ¡Somos dueños de su vida! Se someterá a nuestro juicio.
—¿Su juicio sobre qué? Si hubiera entre ustedes un solo juez verdadero, un solo hombre que supiera lo que es razonable y lo que es verosímil, se reiría de sus acusaciones estúpidas y de sus pruebas incoherentes.
—¡Palabras! ¡Frases! —gritó—. Son pruebas contrarias lo que le haría falta. Algo que destruya el testimonio de mis ojos.
—¿Para qué defenderme? Ustedes han tomado ya una decisión.
—La hemos tomado porque es usted culpable.
—Sí, culpable de perseguir el mismo objetivo que ustedes, por supuesto, lo confieso. Ésa es la razón por la cual ha cometido la infamia de venir a espiarme y a jugar la comedia del amor. Si fue cogido en su propia trampa, ¡tanto peor para usted! Si me habló del enigma del que yo ya conocía la existencia por el documento de Cagliostro... ¡tanto peor para usted! Ahora comparto su obsesión y me he jurado llegar hasta el final pase lo que pase y a pesar suyo. Éste es mi único crimen a sus ojos.
—Su crimen fue el asesinato —profirió Beaumagnan, que se dejaba llevar otra vez.
—Yo no he matado —insistió ella tenazmente.
—Usted empujó a Saint-Hébert al abismo y golpeó en la cabeza a D'Isneauval.
—¿Saint-Hébert? ¿D'Isneauval? No sé de quién me habla. Hoy es la primera vez que oigo sus nombres.
—¡Y yo! ¡Y yo! —dijo él vehementemente—. ¿A mí tampoco me conoce? ¿Acaso no ha intentado envenenarme?
—No.
Él se exasperó y, tuteándola en un acceso de rabia, gritó:
—¡Te vi, Josefina Balsamo, te vi como te estoy viendo ahora! Mientras tú guardabas el veneno, yo vi tu sonrisa feroz y el lado derecho de tu labio superior alzarse en rictus de condenado.
Ella sacudió la cabeza y dijo:
—No era yo.
Él pareció sofocado. ¿Como tenía la audacia...?. Pero, tranquilamente, ella le puso la mano sobre su hombro y continuó:
—El odio le hace perder la cabeza, Beaumagnan, su alma fanática se revuelve contra el pecado de amor; Sin embargo, a pesar de todo, permitirá que me defienda, ¿no es cierto?
—Es su derecho. Pero dese prisa.
—Seré breve. Pida a sus amigos la miniatura, hecha en Moscú en 1816, de la condesa de Cagliostro... —Beaumagnan obedeció y tomó la miniatura de las manos del barón—. Eso es. Examínela atentamente. ¿Es mi retrato, verdad?
—¿Adónde quiere llegar? —preguntó él.
—Responda, ¿es mi retrato?
—Sí —dijo él claramente.
—Entonces, si es mi retrato, es que vivía en esa época. Por lo tanto, hace ochenta años, yo tenía veinticinco o treinta. Reflexione bien antes de responder. ¡Ah, duda, ¿verdad?, ante tal milagro! ¿Y no se atreve a afirmar...? Sin embargo, hay algo más... Ábralo por detrás y verá que al otro lado de la porcelana hay otro retrato, el de una mujer sonriente cuya cabeza está envuelta en un velo etéreo que desciende hasta las cejas y a través del cual se van los cabellos partidos en dos bandos ondulados. También soy yo, ¿no es cierto?
Mientras Beaumagnan seguía sus instrucciones, ella puso sobre su cabeza un ligero velo de tul cuyo borde tocaba las cejas y bajó los párpados con una expresión encantadora. Beaumagnan balbuceó comparando:
—Es usted... es usted...
—Ninguna duda, ¿verdad?
—Ninguna, es usted...
—Bien, lea la fecha a la derecha.
Beaumagnan leyó:
—«Hecho en Milán, en el año 1498.»
Ella repitió:
—¡En 1498! Hace cuatrocientos años.
Ella rió francamente y su risa sonó cristalina.
—No se desconcierte —dijo ella—. Para empezar, yo conocía la existencia de ese doble retrato y lo buscaba desde hace tiempo. Pero puede estar seguro de que no hay milagro alguno. No trataré de persuadirle de que serví de modelo al pintor y de que tengo cuatrocientos años. No, éste es simplemente el retrato de la Virgen María, y es la copia de un fragmento de la Sagrada Familia de Bernardino Luini, pintor milanés, discípulo de Da Vinci.
Luego, súbitamente seria y sin dar tiempo al adversario de respirar, continuó:
—¿Comprende usted ahora adónde quiero llegar, Beaumagnan? Entre la Virgen de Luini, la joven de Moscú y yo existe esta cosa inaprensible, maravillosa y sin embargo innegable que es la semejanza absoluta. Tres rostros en uno solo. Tres rostros que no son de tres mujeres diferentes sino el de la misma mujer. Entonces, ¿por qué no reconocer que el mismo fenómeno, natural después de todo, se reproduzca en otras circunstancias y que la mujer que usted vio en su habitación no soy yo sino otra que se me parece lo bastante como para darle esa ilusión...? Otra que habría conocido y que habría asesinado a sus amigos Saint-Hébert y D'Isneauval?
—Yo he visto... he visto —protestó Beaumagnan que casi la tocaba, de pie contra ella, pálido y tembloroso de indignación—. He visto. Mis ojos han visto.
—Sus ojos ven también el retrato de hace veinticinco años y la miniatura de hace ochenta y el cuadro de hace cuatrocientos. ¿Acaso soy yo?
Ella ofrecía a los ojos de Beaumagnan su rostro joven, su fresca belleza, sus dientes brillantes, sus mejillas tiernas y llenas como una fruta. Desfalleciente, él grité:
—¡Ah, bruja! Hay momentos en que creo en este absurdo. ¿Puede saberse acaso contigo? Mira, la mujer de la miniatura muestra al final de su hombro desnudo, bajo la piel blanca del pecho, un signo negro. Ese signo está ahí en la parte interior de tu hombro... Yo lo he visto... Mira... Muéstrales a los demás para que también lo vean... para que sepan a qué atenerse.
Estaba lívido y el sudor chorreaba de su frente. Llevó la mano hacia la blusa cerrada. Pero ella lo rechazó y dijo con mucha dignidad:
—¡Ya basta, Beaumagnan! Usted no sabe lo que hace y no lo sabe desde hace meses. Yo lo escuchaba hace un momento y estaba desconcertada porque usted hablaba de mí como si hubiese sido su amante. Y yo no he sido su amante. Es muy noble de su parte golpearse el pecho en público, pero además hace falta que la confesión sea sincera. Usted no tuvo el coraje. El demonio del orgullo no le ha permitido confesar la humillación de su derrota y cobardemente ha dejado creer lo que no fue. Durante meses se ha arrastrado a mis pies, implorando y amenazando, sin que jamás, ni una sola vez, sus labios hayan rozado mis manos. Ésta es la razón de su conducta y de su odio.
»Al no poder doblegarme, ha querido hundirme y, ante sus amigos, elabora de mí una imagen espantosa de criminal, de espía y de bruja. ¡Sí, de bruja! Según su expresión, un hombre como usted no puede fallar y, si falla, no puede ser más que por la acción de diabólicos sortilegios. No, Beaumagnan, usted no sabe lo que hace ni lo que dice. ¿Usted me ha visto en su dormitorio preparando el polvo que debía envenenarlo? ¡Por favor! ¿Con qué derecho invoca el testimonio de sus ojos? ¿Sus ojos? ¡Están obsesionados por mi imagen, y si otra mujer le ofrecía un rostro que no era el suyo sino el mío es porque usted no puede dejar de verme!
»Sí, Beaumagnan, lo repito, otra mujer... Hay otra mujer en el camino que nosotros seguimos. Otra mujer que ha heredado ciertos documentos procedentes de Cagliostro y que se engalana, también ella, con nombres que él adoptaba. Marquesa de Belmonte, condesa de Fénix... búsquela Beaumagnan. Porque es ella la que usted vio, y es realmente sobre la más soez alucinación de una mente desequilibrada que eleva usted contra mí tantas acusaciones falsas.
»¡Vamos, esto no es más que una comedia pueril! Acerté al quedarme tranquila entre ustedes al principio como una mujer inocente, como una mujer que no corre ningún riesgo. Con sus maneras de jueces y torturadores, y a pesar del interés que cada uno de ustedes pueda tener en el éxito de la empresa común, son en el fondo buenas gentes que no osarían jamás matarme. Usted, tal vez sí, Beaumagnan, porque es un fanático y tiene miedo de mí, pero le harán falta verdugos capaces de obedecerle y aquí no los hay. ¿Qué hacer...? ¿Encerrarme...? ¿Tirarme en algún rincón oscuro? Si eso lo complace, bien. Pero sepa que no hay escondite del que yo no pueda salir tan cómodamente como usted de esta sala. Así que juzgue, condene. No diré una sola palabra más.
Se sentó, se quitó el velo y nuevamente se acodó. Su papel había terminado. Había hablado sin arrebatos, pero con profunda convicción y con una lógica verdaderamente irrefutable, asociando los cargos levantados en su contra con esa leyenda de inexplicable longevidad que presidió la aventura.
—Todo está claro —concluyó ella— y usted mismo ha tenido que apoyar su acusación sobre el relato de mis aventuras pasadas. Debió comenzar su acusación por la narración de hechos que se remontan a cien años para llegar a los sucesos criminales de hoy. Si estoy mezclada en unos, es que fui la protagonista de los otros. Si soy la mujer que usted vio, soy también la que muestran los diferentes retratos.
¿Qué responder? Beaumagnan se calló. El duelo acababa con su derrota y ni siquiera trató de disimularla. Por otra parte, sus amigos ya no tenían esas caras implacables y desencajadas de gentes que se ven obligadas a decidir una muerte. Raúl veía claramente que la duda anidaba en ellos. Y hubiera alimentado alguna esperanza si el recuerdo de los preparativos realizados por Godefroy d'Etigues y Bennetot no hubiera atenuado su alegría.
Beaumagnan y el barón D'Etigues mantuvieron una conversación en voz baja, y luego Beaumagnan continuó como si ya no hubiera lugar a ninguna discusión:
—Tienen todas las piezas del proceso ante ustedes, amigos. La acusación y la defensa han dicho su última palabra. Han visto con qué sutileza ella se ha defendido, escudándose tras un parecido inadmisible, dando así, en última instancia, un ejemplo contundente de su destreza y astucia infernales. La situación es bien simple: un adversario de esta fuerza no nos dará jamás un respiro. Nuestra obra está comprometida. Su existencia entraña fatal e irremediablemente nuestra ruina y nuestra perdición.
»¿Quiere decir que no hay otra solución que la muerte y que ese castigo es el único que debamos considerar? No, de ninguna manera. Que desaparezca, que no pueda intentar nada más. No tenemos derecho a pedir más y, si nuestra conciencia se rebela frente a una solución tan indulgente, debemos moderarnos, pues al fin de cuentas no estamos aquí para castigarla sino para defendernos.
»Hemos tomado algunas disposiciones, que, como siempre, someteremos a la aprobación de todos. Esta noche un barco inglés pasará a cierta distancia de nuestra costa. Una barca será botada al mar. Iremos allí y nos reuniremos otra vez a las diez al pie de la Aiguille de Belval. Esta mujer será entregada y enviada a Londres, donde desembarcará por la noche y será encerrada en un manicomio hasta que nuestra obra concluya. No creo que ninguno de ustedes se oponga a nuestra forma de actuar humana y generosa que salvaguarda nuestra obra y nos pone al abrigo de peligros inevitables.
Raúl se dio cuenta enseguida del juego de Beaumagnan:
—Es la muerte —pensó—. No hay ningún barco inglés. Sólo hay dos barcas, una de ellas agujereada y que al cabo de unos minutos se hundirá. La condesa de Cagliostro desaparecerá sin que nadie sepa jamás qué ha sucedido.
La duplicidad del plan y la forma insidiosa en que había sido expuesto lo horrorizaron. ¿Cómo los amigos de Beaumagnan no iban a apoyarlo, si ni siquiera se les pedía una respuesta afirmativa? El silencio bastaba. Que ninguno de ellos protestara, y Beaumagnan sería libre de actuar por intermedio de Godefroy d'Etigues.
Ninguno de ellos protestó. Sin saberlo, la habían condenado a muerte.
Se levantaron para partir, evidentemente felices de haberse librado tan fácilmente. Nadie hizo ninguna observación. Parecían retirarse de una reunión de íntimos amigos en la que no se había hablado más que de cosas insignificantes. Algunos debían de ir a la estación vecina a tomar el tren. Poco después, se habrían marchado todos menos Beaumagnan y los dos primos.
Y así, de una forma que desconcertaba a Raúl, habrían llegado a que, después de una sesión dramática en que la vida de una mujer había sido expuesta de manera tan arbitraria y su muerte obtenida por un subterfugio tan odioso, bruscamente todo terminaba como en una obra de teatro en la que el desenlace se produjera antes de la hora lógica o como en un proceso en el que el juicio se proclamara en medio de los debates.
El carácter insidioso y torturador de Beaumagnan aparecía, en esta especie de escamoteo, más claro a los ojos de Raúl d'Andrésy. Implacable y fanático, roído por el amor y el orgullo, había decidido la muerte. Sin embargo había en él escrúpulos, bajeza, hipocresía, miedos confusos que lo obligaban, por así decirlo, a cubrirse frente a su conciencia, o quizá frente a la justicia. Y sólo por ello, esta solución tenebrosa y la autorización obtenida gracias a esa abominable jugarreta.
Ahora, de pie en el umbral, miraba a la mujer que debía morir. Lívido, las cejas fruncidas, los músculos y la mandíbula agitados por un tic nervioso, tenía, como de costumbre, la actitud un poco teatral de un personaje romántico. Por su mente debían de dar vueltas pensamientos tumultuosos y confusos. ¿Dudaba acaso en el último momento?
De todos modos, su meditación no fue larga. Cogió a Godefroy d'Etigues por el hombro y se retiró, escupiendo esta orden:
—¡Cuídenla! Nada de tonterías, ¿eh? De lo contrario...
Durante todas estas idas y venidas, la condesa de Cagliostro no se había movido y su rostro conservaba esa expresión pensativa y llena de quietud que poco tenía que ver con las circunstancias.
«Seguro —se dijo Raúl— que ni sospecha el peligro. El encierro en un manicomio es todo lo que imagina, y esta perspectiva no parece atormentarla demasiado.»
Pasó una hora. Las sombras de la noche comenzaban a invadir la sala. La mujer consultó dos veces el reloj que llevaba en el pecho.
Luego, trató de entablar conversación con Bennetot e inmediatamente su figura se impregnó de un increíble halo de seducción y su voz tomó inflexiones que enternecían como una caricia.
Bennetot gruñó toscamente y no respondió.
Media hora más... Ella miraba a derecha e izquierda y vio que la puerta estaba entreabierta. En ese momento tuvo sin duda la idea de una posible fuga, y todo su ser se replegó sobre sí mismo dispuesto a saltar.
Por su lado, Raúl buscaba la forma de ayudarla en su proyecto. Si hubiera tenido un revólver hubiera abatido a Bennetot. Pensó también en saltar a la sala, pero el orificio no era lo bastante grande.
Por otra parte, Bennetot, que sí estaba armado, sintió el peligro y puso el revólver sobre la mesa, gruñendo:
—Un gesto, uno solo, y disparo. ¡Lo juro por Dios!
Era un hombre que mantendría su promesa. Ella ya no volvió a moverse. Raúl, con la garganta oprimida por la angustia, la contemplaba sin descanso.
Hacia las siete, volvió Godefroy d'Etigues.
Encendió una lámpara y dijo a Oscar de Bennetot:
—Preparemos todo. Ve a buscar la camilla debajo del cobertizo. Después, vete a cenar.
Cuando quedó solo con la mujer, el barón pareció dudar. Raúl vio que sus ojos estaban extraviados y que tenía la intención de hablar o hacer algo. Pero las palabras y los actos debían de ser de aquellos que uno trata de evitar. El ataque fue brutal.
—Ruegue a Dios, señora —dijo de pronto.
Ella repitió con tono de no comprender lo que le decían:
—¿Rogar a Dios? ¿Por qué ese consejo?
Él respondió en voz muy baja:
—Haga como quiera... no vaya a decir que no la he avisado...
—¿Avisarme de qué? —preguntó ella, más y más ansiosa.
—Hay momentos —murmuró él— en los que hace falta rogar a Dios como si se estuviera a punto de morir esa misma noche...
Ella se estremeció por un terror repentino. De pronto comprendió toda la situación. Sus brazos se agitaron en una especie de convulsión febril.
—¿Morir? ¿Morir?... Pero no se trata de eso, ¿verdad? Beaumagnan no ha dicho eso... habló de un manicomio...
Él no respondió. Y se oyó a la desgraciada balbucear:
—¡Ah, Dios mío, me ha engañado! El manicomio, no es cierto... Es otra cosa..., van a echarme al agua... en plena noche... ¡Oh, qué horror! Pero, ¡no es posible!... ¿Yo, morir?... ¡Socorro!
Godefroy había traído, doblada bajo el brazo, una manta. Con una brutalidad rabiosa, cubrió la cabeza de la joven y le puso una mano sobre la boca para acallar sus gritos.
Bennetot regresó. Entre los dos la acostaron sobre la camilla y la ataron firmemente, de forma que entre las planchas caladas pasara la argolla a la que se sujetaría una pesada piedra...




Capítulo IV

La barca que se hunde

Las tinieblas se hacían espesas. Godefroy d'Etigues encendió una lámpara, y los dos primos se instalaron para la fúnebre velada. Bajo el resplandor tenían unas caras siniestras en las que la idea del crimen estampaba una mueca.
—Debieras haber traído una botella de ron —refunfuñó Oscar de Bennetot—. Hay momentos en los que es preciso no saber lo que se hace.
—No estamos en uno de esos momentos —replicó el barón—. ¡Todo lo contrario! Necesitamos de toda nuestra atención.
—Muy alegre.
—Hubieras debido discutir con Beaumagnan y negarle tu ayuda.
—No era posible.
—Entonces, obedece.
Pasó aún más tiempo. Ningún ruido llegaba del castillo ni del campo adormecido.
Bennetot se acercó a la cautiva, escuchó y dijo:
—Ni siquiera gime. Es una mujer valiente.
Después agregó con una voz que revelaba cierto temor:
—¿Tú crees todo lo que ha dicho sobre ella?
—¿Qué?
—¿Su edad... todas esas historias de otros tiempos?
—¡Tonterías!
—Beaumagnan lo cree realmente.
—¿Es que acaso se puede saber lo que piensa Beaumagnan?
—Reconócelo, de todas maneras, Godefroy, hay cosas curiosas... y todo hace suponer que no nació ayer.
Godefroy d'Etigues murmuró:
—Sí, evidentemente... Yo mismo, al leer, era a ella a quien me dirigía, como si hubiera vivido realmente en esa época.
—Entonces, ¿tú lo crees?
—Basta, no hablemos más, que ya es bastante estar mezclados en este asunto. ¡Ah!, te juro por Dios —dijo levantando el tono— que si hubiese podido negarme, y sin obrar con miramientos... Si sólo...
Godefroy no estaba de humor para conversar, y no agregó nada más sobre este asunto que parecía serle infinitamente desagradable.
Sin embargo, Bennetot continuaba:
—Yo también, te juro por Dios que huiría. Y fíjate, tengo la idea de que hemos sido engañados en toda la línea. Sí, ya te lo he dicho: Beaumagnan sabe mucho más que nosotros y nosotros no somos más que títeres en sus manos. Cuando un día u otro no nos necesite más, nos saludará y nos daremos cuenta de que ha escamoteado el negocio en su provecho.
—Eso, nunca.
—Sin embargo... —objetó Bennetot.
Godefroy le puso la mano sobre la boca y cuchicheó:
—Cállate, ella nos escucha.
—¿Y qué importa? —dijo el otro—. Dentro de un rato...
No osaron volver a romper el silencio. Cada tanto el reloj de la iglesia sonaba y ellos contaban los golpes con los labios, mirándose.
Cuando contaron diez, Godefroy d'Etigues dio un formidable puñetazo sobre la mesa que hizo saltar la lámpara.
—¡Diablos! Debemos irnos.
—¡Ah! —exclamó Bennetot— ¡Qué horror! ¿Vamos solos?
—Los demás quieren acompañarnos, pero los detendré en lo alto del acantilado. No olvides que ellos creen en lo del barco inglés.
—Yo preferiría que fuéramos todos.
—Cállate, la orden es de que vayamos sólo los dos. Los demás podrían hablar. ¡Estaría bueno! Mira, aquí llegan.
Eran los que no habían tomado el tren, es decir? D'Ormont, Rolleville y Roux d'Etiers. Llegaron con un farolillo que el barón les hizo apagar.
—Nada de luz —dijo—. Podrían ver la luz paseando por el acantilado y hablarían después. ¿Todos los sirvientes están acostados?
—Sí.
—Y ¿Clarisa?
—No ha salido de su habitación.
—Efectivamente —dijo el barón—, hoy ha estado un poco enferma. ¡En marcha!
D'Ormont y Rolleville levantaron la camilla. Atravesaron el vergel y avanzaron por un terreno de tierra para llegar al sendero que conducía a la Escalera del Curé. El cielo estaba negro, sin estrellas, y el cortejo, a tientas, tropezaba y chocaba en los bordes y declives. Las maldiciones fueron ahogadas por la cólera de Godefroy.
—No hagan ruido, por Dios. Podrían reconocer nuestras voces.
—¿Quién, Godefroy? No hay absolutamente nadie y tú debes haber tomado tus precauciones con los aduaneros.
—Sí, están en la taberna, invitados por un hombre que merece toda mi confianza. Pero, de todas formas, podría haber una ronda.
La meseta se ahondaba en una depresión que seguía el camino. Mal que bien, llegaron al lugar donde comenzaba la escalera. Ésta había sido tallada en el acantilado por iniciativa de un cura de Bénouville para que la gente pudiera descender hasta la playa. Durante el día los orificios hechos en la piedra se iluminan y abren al mar vistas magníficas, desde donde las olas vienen a golpear las rocas y hacia el que parece que uno vaya a precipitarse.
—Esto va a ser difícil —dijo Rolleville—. Podríamos ayudarlos. Los iluminaremos.
—No —replicó el barón—, es más prudente separarnos.
Los demás obedecieron y se alejaron. Los dos primos, sin pérdida de tiempo, comenzaron la difícil operación de descender.
Tomó su tiempo. Los escalones eran muy altos y las vueltas a veces tan bruscas que faltaba lugar para la camilla y había que levantarla. La luz de la linterna no los iluminaba más que a ráfagas. Oscar de Bennetot no abandonaba su malhumor hasta el punto de que, en su instinto de hidalgo un poco rudo, proponía echar simplemente «todo eso» por la borda: es decir, por uno de los orificios.
Finalmente llegaron a una playa de arena fina donde pudieron recobrar el aliento. A cierta distancia descansaban las dos barcas, una al lado de la otra. El mar, muy sereno, sin olas, mojaba las quillas. Bennetot mostró el agujero que había hecho en la más pequeña de las barcas y que, provisoriamente, quedaba cerrado por un tapón de paja. Depositaron la camilla sobre tres maderos que adornaban la barca.
—Atémoslo todo junto —ordenó enérgicamente Godefroy d'Etigues.
—Y si alguna vez —intervino Bennetot— hay una investigación y se descubre la cosa en el fondo del mar, esa camilla sería una prueba contra nosotros.
—Tenemos que ir lo bastante lejos como para que nunca se descubra nada. Además, es una vieja camilla fuera de uso desde hace veinte años. La he sacado de una granja abandonada. No hay ningún peligro.
Hablaba temblando, con una voz despavorida que Bennetot no le conocía.
—¿Qué tienes, Godefroy?
—¿Yo? ¿Qué quieres que tenga?
—¿Entonces?
—Empujemos la barca... Pero, según las instrucciones de Beaumagnan, se le debe sacar la mordaza y se le debe preguntar si tiene alguna voluntad que pedir. ¿Quieres hacerlo tú?
—¿Tocarla? —balbuceó Bennetot— ¿verla? Preferiría reventar... ¿y tú?
—Yo tampoco podría... no podría...
—Sin embargo, es culpable... Ha asesinado...
—Sí, sí... al menos, parece probable... Pero tiene un aspecto tan dulce...
—Sí —dijo Bennetot—, es tan bella... tan bella como la Virgen...
Al mismo tiempo, ambos cayeron de rodillas sobre la arena y se pusieron a rezar en voz alta por aquella que iba a morir y sobre la que imploraba la «intervención de la Virgen María».
Godefroy entremezclaba versículos y súplicas, que Bennetot acompasaba al azar con fervientes amenes. Esto pareció devolverles un poco de valor, pues se levantaron bruscamente, ávidos de terminar. Bennetot trajo la enorme piedra que había preparado, la enlazó fuertemente a la argolla de hierro y empujó la barca, que flotó enseguida sobre el mar tranquilo. Después, de común esfuerzo, hicieron deslizar la otra barca y saltaron dentro. Godefroy cogió los dos remos, mientras que Bennetot, con ayuda de una cuerda, remolcaba la barca de la condenada.
Así fueron alejándose, a pequeños golpes de remo que hacían un fresco rumor de gotas. Sombras más negras que la noche les permitían guiarse más o menos entre las rocas y deslizarse hacia alta mar. Pero al cabo de veinte minutos, la marcha se desaceleró y la embarcación se detuvo.
—No puedo más... —murmuró el barón, desfalleciente—, mis brazos se niegan. Te toca a ti...
—No tendré fuerzas... —reconoció Bennetot.
Godefroy hizo una nueva tentativa y dijo, renunciando:
—De todas formas, ¿para qué?. Seguramente ya hemos pasado el canal. ¿Piensa lo mismo?
El otro aprobó.
—Además, esta brisa llevará el barco aún más allá del canal.
—Entonces, quita el tapón de paja.
—Deberías hacerlo tú —protestó Bennetot, para quien ese gesto era el gesto del asesinato.
—¡Basta de tonterías! Terminemos.
Bennetot tiró de la cuerda. La quilla de la otra barca se acercó y se balanceó contra él. No tenía más que estirarse y hundir la mano.
—Tengo miedo, Godefroy —tartamudeó—. Por mi salvación eterna, no soy yo quien actúa, sino tú ¿me escuchas?
Godefroy se abalanzó, lo empujó, se inclinó por encima de la borda y, hundiendo su mano, de un solo tirón arrancó el tapón. Hubo un gluglú de agua que burbujea. Este ruido le afectó tanto que intentó tapar el agujero. Demasiado tarde. Bennetot había tomado los remos y, recuperada toda su energía, espantado él también del ruido que había oído, ponía con un esfuerzo violento gran distancia entre las dos embarcaciones.
—¡Alto! —ordenó Godefroy—. ¡Alto! Quiero salvarla. ¡Para, por Dios! ¡Ah, tú, tú la has matado, has sido tú...! ¡Asesino...! ¡Asesino...! Yo, en tu lugar, la habría salvado...
Sin embargo, Bennetot, loco de terror, sin comprender nada, remaba hasta casi romper los remos.
El cadáver quedó solo, pues, ¿era posible llamar de otra manera al ser inerte, impotente y condenado a muerte que la barca herida llevaba? Fatalmente, el agua alcanzaría el interior del barco en algunos minutos. La endeble embarcación sería engullida.
Godefroy d'Etigues lo sabía. Por eso, viendo él también lo irreparable, cogió un remo y, sin preocuparse de ser oídos, los dos cómplices se curvaron en esfuerzos desesperados para huir lo más rápido posible del lugar del crimen. Tenían miedo de oír algún grito de angustia o el murmullo aterrador de alguien que se hunde y sobre quien el agua se cierra para siempre.
La canoa se balanceaba al ras del agua casi inmóvil, sobre la que el aire, cargado de nubes muy bajas, parecía pesar más que nunca.
D'Etigues y Bennetot debían de estar a mitad del camino de vuelta. Todo ruido había cesado.
En ese momento, la barca se inclinó a estribor y, en esa especie de torpeza horrible en la que agonizaba, la mujer tuvo la sensación de que el desenlace se produciría. No tuvo ningún sobresalto, ninguna rebelión. La aceptación de la muerte provoca un estado de espíritu por el que parece que uno ya se encuentra al otro lado de la vida.
Sin embargo, se sorprendía de no temblar al contacto con el agua helada, que era lo más temido por su piel de mujer. No, la barca no se hundía. Parecía más bien a punto de volcar, como si alguien intentara subir por uno de sus lados.
¿Alguien? ¿El barón? ¿Su cómplice? Pensó que no debían de ser ni uno ni otro, pues una voz que no conocía murmuró:
—Tranquilícese, soy un amigo que viene a salvarla... —El amigo se inclinó sobre ella y, sin saber si lo oía, explicó—: Usted no me ha visto nunca... Me llamo Raúl... Raúl d'Andrésy... Todo está bien... He tapado el agujero con un trozo de madera envuelto en un trapo. Arreglo momentáneo, pero que será suficiente... De entrada, deshagámonos de esta enorme piedra.
Con ayuda de un cuchillo, cortó las sogas que ataban a la mujer cogió la piedra y la tiró al agua. Después, separando la manta que la cubría, se inclinó y le dijo:
—¡Me alegro! Las cosas me han salido mejor de lo que esperaba y usted está a salvo. El agua no llegó a alcanzarla ¿verdad? ¡Qué suerte? ¿No le duele nada?
Ella murmuró casi imperceptiblemente:
—Sí... el tobillo... las ataduras me torcían el pie.
—No será nada —dijo él—. Lo esencial ahora es llegar a la orilla. Sus dos verdugos deben de haber tomado tierra y subir ahora la escalera a toda velocidad. No tenemos nada que temer, pues.
Hizo los preparativos. Recogió un remo que había escondido en el fondo, lo colocó en la popa y se puso a cinglar.
Continuó sus explicaciones en tono alegre, como si estuviera en una excursión de placer.
—Tengo que presentarme un poco mejor, aunque no estoy muy presentable. Por todo traje, algo así como un calzón de baño que yo mismo hice y al que até un cuchillo... Bueno, Raúl d'Andrésy para servirle, ya que el azar me lo permite. ¡Oh, un azar muy simple!... Sorprendí una conversación... Supe que se maquinaba un complot contra cierta dama... Entonces tomé la delantera. Descendí a la playa, y cuando los dos primos abandonaron el túnel en las rocas, me metí en el agua. No tuve más que colgarme de su barca desde que comenzaron a remolcarla. Eso fue lo que hice. Ninguno de los dos advirtió que su víctima llevaba un campeón de natación dispuesto a salvarla. Eso es todo, ya se lo contaré en detalle más tarde cuando usted pueda entenderme. Por el momento, tengo la sensación de hablar en el vacío.
Se calló un minuto.
—Me duele todo —dijo ella—, estoy agotada...
—Un consejo —contestó Raúl—: pierda el conocimiento. Nada descansa más que perder el conocimiento.
Ella debió obedecer ya que, después de algunos gemidos, respiraba calma y regularmente. Raúl le cubrió la cara y terminó:
—Es mejor así. Puedo hacer lo que me da la gana sin tener que dar cuentas a nadie.
Lo cual, por otra parte, no le impidió monologar con toda la satisfacción de alguien que está orgulloso de sí mismo y hasta de sus menores actos. La barca avanzaba veloz bajo sus impulsos. La masa de lo acantilados comenzaba a divisarse.
Cuando la punta de la quilla rechinó en la arena, saltó, cogió a la muchacha en brazos, con una facilidad que revelaba el poder de sus músculos, y la depositó al pie del acantilado.
—También campeón de boxeo y de lucha romana. Le confesaré, ya que no puede oírme, que se lo debo a mi padre... Le debo muchas cosas más. Pero, ¡basta de historias...! Descanse aquí sobre esta roca, donde estará al abrigo de malignas olas... En cuanto a mí, me voy. Supongo que entre sus proyectos estará el vengarse de los primitos; es preciso, por lo tanto, que no encuentren la barca y que la crean en el fondo del mar. Así que un poco de paciencia.
Sin demorarse más, Raúl d'Andrésy ejecutó lo que había anunciado. Nuevamente, condujo la barca hasta alta mar, sacó el tapón y, convencido de que desaparecería, saltó al agua. De vuelta a la orilla, buscó sus ropas, que había escondido en un hueco de las rocas, se sacó el traje de baño y se vistió.
—Vamos —dijo al reunirse con la muchacha— tenemos que subir y no es precisamente lo más fácil.
Ella salió poco a poco de su desmayo y, a la luz de la linterna, Raúl vio que abría los ojos.
Ayudada por él, trató de ponerse en pie, pero el dolor le arrancó un grito y cayó sin fuerzas. Él le desató el zapato y vio que la media estaba cubierta de sangre. Herida poco peligrosa, pero que la hacía sufrir. Con un pañuelo, Raúl vendó el tobillo y decidió la ascensión inmediata.
La cargó sobre la espalda y comenzó la escalada. ¡Trescientos cincuenta escalones! Si Godefroy d'Etigues y Bennetot habían sufrido para bajarla, qué sería el esfuerzo contrario para un adolescente. Cuatro veces tuvo que detenerse, cubierto de sudor, con la sensación de que sería imposible continuar.
Sin embargo, continuaba siempre de buen humor. Cuando se detuvo por tercera vez, se sentó, la acostó sobre sus rodillas y le pareció que ella reía de sus bromas y de su elocuencia incontrolable. Acabó la ascensión apretándola con fuerza contra su pecho, mientras sus manos sentían el cuerpo encantador y las formas suaves de aquella mujer perturbadora.
Una vez arriba, no descansó. Un viento fresco se había levantado y barría la planicie. Tenía prisa por poner a la joven al abrigo. De un solo impulso, atravesó los campos y la llevó hasta una granja solitaria a la que, desde el principio, se había propuesto llegar. Precavido, había llevado antes dos botellas de agua fresca, coñac y algunos alimentos.
Apoyó la escala contra la pared delantera, volvió a coger su carga, empujó el panel de madera que cerraba el altillo de la granja y dejó caer la escala.
—Doce horas de seguridad y sueño. Nadie nos molestará. Mañana, al mediodía, buscaré un coche y la llevaré adonde quiera.
Y así, después de una tan trágica y maravillosa aventura, estaban a salvo uno al lado del otro. ¡Qué lejos quedaban las horribles escenas del día! Tribunal de inquisición, jueces implacables, siniestros verdugos, Beaumagnan, el barón D'Etigues, la condena, el descenso hasta el mar, la barca que se hunde en el fondo de las tinieblas, qué pesadillas, borradas ya, y que terminaban en la intimidad de la víctima y su salvador.
A la luz de una lámpara colgada de una viga, tendió a la muchacha sobre la paja del granero, la cuidó, le dio de beber, curó suavemente su herida. Protegida por él, lejos de trampas o emboscadas, sin temer nada de sus enemigos, Josefina Balsamo se abandonó con confianza. Cerró los ojos y se durmió.
La lámpara iluminaba de lleno su hermoso rostro, al que la fiebre de tantas emociones daba color. Raúl se arrodilló junto a ella y la contempló largamente. Aturdida por el calor del granero, había abierto un poco su blusa, y Raúl contemplaba unos hombros armoniosos, que se unían en línea perfecta al cuello más puro.
Recordó el signo negro al que Beaumagnan había hecho alusión y que se veía en la miniatura. ¿Cómo podía resistir a la tentación de mirar, y de saber si realmente el mismo signo se encontraba allí, sobre el pecho de la mujer que él mismo había salvado de la muerte? Lentamente, apartó la tela. A la derecha, un lunar negro, como esas moscas que en otros tiempos se ponían las cortesanas, marcaba la piel blanca y sedosa y seguía el mismo ritmo de la respiración.
—¿Quién es usted? ¿Quién es usted? —murmuró él, desconcertado—. ¿De qué mundo viene?
Como los otros, él también experimentaba un malestar inexplicable y la impresión misteriosa que se desprendía de esta extraña criatura, de algunos detalles de su vida y de su aspecto físico empezó a ejercer su efecto sobre él. La interrogaba, a pesar suyo, como si la joven pudiera responderle en nombre de aquélla que en otro tiempo había servido de modelo a la miniatura.
Los labios de la joven pronunciaron palabras que él no comprendió, pero estaban tan cerca y el aliento que exhalaban era tan dulce que, tembloroso, los rozó con los suyos. Ella suspiró. Sus ojos se entreabrieron. Al ver a Raúl arrodillado, se ruborizó, sonriendo al mismo tiempo, y la sonrisa permaneció mientras los pesados párpados bajaban de nuevo dejándola otra vez sumergida en el sueño.
Raúl, loco de pasión, palpitando de deseo y de admiración, murmuraba frases exaltadas y juntaba las manos como delante de un ídolo al que hubiera dirigido el himno de adoración más ardiente y enloquecido.
—¡Qué bella eres...! No creía que pudiera haber tanta belleza en la vida. No sonrías... Comprendo que tengan ganas de hacerte llorar, tu sonrisa trastorna... Quisieron borrarla para que nunca nadie más la vea... ¡Ah, te suplico, sonríeme sólo a mí...!
Y luego continuó más bajo, apasionadamente:
—Josefina Balsamo... ¡qué dulce es tu nombre! ¡Qué misterio encierra! ¿Bruja ha dicho Beaumagnan?... No, ¡embrujadora! Surges de las tinieblas y eres como la luz, como el sol... Josefina Balsamo... encantadora... maga... ¡Ah, veo todo lo que se abre ante mí...! ¡Cuánta felicidad...! Mi vida comenzó en el mismo momento en que te tomé en mis brazos... No tengo más recuerdos que tú... No espero más que a ti... ¡Dios mío, qué bella eres! Hay para llorar de desesperación...
Lo decía rozando su rostro, la boca cerca de su boca, pero el beso robado fue la única caricia que se permitió. No había más que voluptuosidad en la sonrisa de Josefina Balsamo, pero con tanto pudor que Raúl se sentía lleno de respeto y su exaltación acabó en palabras graves llenas de abnegación juvenil.
—Te ayudaré... los demás no podrán nada contra ti... Si quieres llegar a pesar de ellos al objetivo que ellos persiguen, te prometo que triunfarás. Lejos o cerca de ti, seré siempre el que te proteja y te salve... ten fe en mi devoción...
Finalmente, se durmió balbuceando promesas y juramentos que carecían de sentido y cayó en un sueño profundo, inmenso, sin sueños, como el sueño de los niños que tienen necesidad de reponer su joven organismo fatigado.
Once campanadas sonaron en el reloj de la iglesia. Los contó con creciente sorpresa.
—Once de la mañana, ¿es posible?
Por las hendiduras del postigo y por las grietas del techo de caña se filtraba la luz del día. Por una de ellas, hasta penetraba un rayo de sol.
—¿Dónde estás? —preguntó Raúl—. No te veo.
Bajó, buscó en el vergel, registró el llano lindero y el camino. En vano. Aun herida, incapaz de posar en pie en el suelo, había abandonado el refugio, saltado, atravesado el vergel, el llano vecino...
Raúl d'Andrésy volvió al granero para hacer una inspección minuciosa. No tuvo necesidad de buscar mucho tiempo. Sobre el suelo, vio un cartón rectangular.
Lo cogió. Era la fotografía de la condesa de Cagliostro. Por detrás, escritas a lápiz, dos líneas:

doy las gracias a mi salvador,

pero que no trate de volver a verme.




Capítulo V

Uno de los siete brazos

En algunos cuentos el héroe es víctima de las aventuras más extravagantes, pero en el desenlace descubre que todo fue un sueño. Una vez que Raúl hubo recuperado su bicicleta, detrás del terraplén en el que la había escondido la víspera, se preguntó de repente si no había sido sacudido por una cadena de ilusiones a ratos divertidas, pintorescas, temibles y en definitiva bastante decepcionantes.
La hipótesis no le convenció del todo. La realidad estaba en la fotografía que tenía entre sus manos, y más aún en el recuerdo embriagador del beso robado a los labios de Josefina Balsamo. Ésta era una certeza de la que no podía sustraerse.
Por primera vez, en ese momento —lo constató con cierto remordimiento, inmediatamente rechazado—, pensó en Clarisa de una forma clara y en las deliciosas horas de la mañana anterior. Pero, a la edad de Raúl, esas ingratitudes y esas contradicciones del corazón se arreglan fácilmente, y parecía como si se desdoblara en dos seres de los que uno continuaría amando en una especie de inconsciencia donde una parte del futuro queda comprometida y el otro se entrega con frenesí a todos los arrebatos de la pasión naciente. La imagen de Clarisa apareció, confusa y dolorosa, como al fondo de una pequeña capilla adornada con cirios vacilantes cerca de los cuales él iría a rezar de vez en cuando. Pero la condesa de Cagliostro se convertía de golpe en la única divinidad que se adora, una divinidad despótica y celosa que no permitiría que se le robara el menor pensamiento ni el menor secreto.
Raúl d'Andrésy —sigamos llamando así al que identifica por ahora a Arsenio Lupin— no había amado jamás. En realidad, le había faltado más tiempo que ocasiones. Ardiente de ambición, pero ignorando en qué dominio y por qué medios se realizarían sus sueños de gloria, de fortuna y poder, se prodigaba por todos lados para estar preparado a la llamada del destino. Inteligencia, ingenio, voluntad, destreza física, fuerza muscular, flexibilidad, resistencia, cultivaba estos dones hasta el límite, sorprendido él mismo de ver que estos límites retrocedían siempre frente al poder de sus esfuerzos.
Pero, además, de algo tenía que vivir, y él no tenía ningún recurso. A pesar de ser huérfano, solo en la vida, de no tener amigos, ni relaciones, a pesar de no tener profesión, vivía. ¿Cómo? Era un punto sobre el que él no habría podido dar explicaciones y al que ni él mismo prestaba atención. Se vive como se puede. Se hace frente a las necesidades y apetitos según las circunstancias.
«La suerte está de mi lado —se decía—. Tomemos la delantera. Será lo que deba ser e intuyo que será magnífico.»
Fue entonces cuando se cruzó en su camino Josefina Balsamo. Inmediatamente sintió que para conquistarla pondría en juego toda la energía que había acumulado.
Para él, Josefina Balsamo no tenía nada en común con la «criatura infernal» que Beaumagnan había tratado de describir ante la imaginación inquieta de sus amigos. Toda esa visión sanguinaria, todo ese aparato de crímenes y perfidia, todos esos oropeles de bruja, se desvanecían como una pesadilla frente a la fotografía en la que veía los ojos límpidos y los puros labios de aquella mujer.
—Te encontraré —juró, cubriéndola de besos— y me amarás como yo te amo y serás para mí la amante más sumisa y la más querida. Leeré en tu vida misteriosa como en un libro abierto. Tu poder de adivinación, tus milagros, tu increíble juventud, todo lo que desconcierta a los demás y los espanta son juegos ingeniosos de los que reiremos juntos. Serás mía, Josefina Balsamo.
Juramento que hasta a Raúl le parecía una pretensión temerosa. En el fondo, Josefina Balsamo lo intimidaba aún, y no estaba lejos de sentir por ella cierta irritación, como un niño que quisiera ser igual y, sin embargo, debe someterse al más fuerte.
Durante dos días, Raúl se confinó en la pequeña habitación que ocupaba en la planta baja de la posada. Una de las ventanas daba a un patio plantado de manzanos. Días de meditación y espera, paseando por las tardes por el campo normando, es decir, paseando por los lugares donde era posible encontrar a Josefina Balsamo.
En efecto, él suponía que la joven, herida aún por la horrible prueba, no volvería inmediatamente a su casa en París. Estando viva, era imprescindible que los que la habían asesinado la creyeran muerta. Además, tanto para vengarse como para llegar antes que ellos al objetivo que se habían propuesto, no debía de haberse alejado demasiado del campo de batalla.
La tarde del tercer día, Raúl encontró sobre la mesa de su cuarto un ramo de flores de abril: vincapervincas, narcisos, prímulas, primaveras silvestres. Preguntó a la posadera, pero no había visto a nadie.
«Es ella», pensó abrazando las flores que ella acababa de tocar.
Cuatro días consecutivos se apostó en el fondo del patio, detrás de una cochera. Cuando se oía un paso, su corazón saltaba. Cada decepción le producía un profundo dolor.
Pero el cuarto día, a las cinco, entre los árboles y los matorrales que adornaban el declive del patio, oyó como un frufrú de tela. Vislumbró un vestido. Hizo un movimiento para abalanzarse, pero de pronto se contuvo y dominó su rabia.
Reconoció a Clarisa d'Etigues.
Tenía en la mano un ramo de flores exactamente igual al otro. Cruzó suavemente la distancia que la separaba del primer piso y, extendiendo un brazo por la ventana, dejó las flores.
Cuando volvía sobre sus pasos, Raúl la vio de frente y quedó sorprendido de su palidez. Sus mejillas habían perdido el tinte fresco y sus ojos ojerosos revelaban tristeza y largas horas de insomnio.
«Sufriré mucho por ti», había dicho Clarisa sin prever, no obstante, que sus sufrimientos comenzarían tan pronto y que el mismo día que se entregaba a Raúl era el día de la despedida y del inexplicable abandono.
Él recordó la predicción irritándose contra ella del mal que le hacía y furioso de haberse equivocado al esperar que la portadora de las flores fuera Josefina Balsamo; no la llamó.
Sin embargo, fue a Clarisa —a Clarisa, que destruía así ella misma su última posibilidad de felicidad, a quien debió la preciosa indicación que necesitaba para orientarse en la noche. Una hora más tarde, encontraba una nota atada a una de las ramas y después de abrirla, leyó con impaciencia:

Querido, ¿todo ha terminado ya? No, ¿verdad? Dime que lloro sin motivos... No es posible que ya tengas bastante de tu Clarisa.
Querido, esta noche todos toman el tren y estarán de vuelta mañana muy tarde. ¿Vendrás, no es cierto? ¿No me dejarás llorar más, verdad?... Ven, querido mío.

Pobres líneas desoladoras. Raúl no se enterneció. Pensaba en el viaje anunciado y recordaba la acusación de Beaumagnan: «Sabiendo por mí que debíamos visitar de arriba a abajo una propiedad vecina de Dieppe, ella se precipitó...».
¿No era éste el objetivo de la expedición? ¿Y no habría allí, para Raúl, una ocasión de intervenir en la lucha y de sacar de los acontecimientos todo el partido que suponían?
Aquella misma noche, a las siete, vestido de pescador, irreconocible bajo la pintura ocre que enrojecía su rostro, subió en el mismo tren que el barón D'Etigues y Oscar de Bennetot, hizo los mismos cambios de tren que ellos y bajó como ellos en una pequeña estación donde durmió.
A la mañana del día siguiente, D'Ormont, Rolleville y Roux d'Etiers vinieron a buscar a sus amigos en coche. Raúl se lanzó tras ellos.
A unos diez kilómetros, el cupé se detuvo ante una gran mansión ruinosa que se llamaba el Castillo de Gueures. Al acercarse a la reja abierta, Raúl comprobó que en el parque una cuadrilla de obreros revolvían la tierra de las alamedas y del césped.
Eran las diez. En la escalinata los contratistas recibieron a los cinco socios. Raúl entró sin llamar la atención, se mezcló con los obreros y los interrogó. Se enteró entonces de que el Castillo de Gueures acababa de ser comprado por el marqués de Rolleville y que los trabajos habían comenzado aquella misma mañana.
Raúl oyó que uno de los contratantes respondía al barón:
—Sí, señor. Las instrucciones ya están dadas. Aquellos de mis hombres que encontraran removiendo el suelo piezas de monedas, objetos de metal, hierro, cobre, etcétera, tienen orden de entregarlos contra una recompensa.
Era evidente que todos esos trastornos no tenían otra razón que el descubrimiento de algo. «Pero ¿de qué?», se preguntaba Raúl.
Se paseó por el parque, dio la vuelta al castillo y se metió en las bodegas.
A las once y media no había llegado a ningún resultado y sin embargo la necesidad de actuar se imponía en su espíritu con creciente fuerza. Toda demora brindaba a los demás mayores facilidades y él corría el riesgo de encontrarse con el hecho consumado.
En aquel momento, el grupo de los cinco amigos se encontraba detrás de la mansión, en una extensa explanada que dominaba el parque. Un pequeño muro con barandilla la bordeaba, marcado de tanto en tanto por doce pilares de ladrillos que servían de pedestal a viejos vasos de piedra, casi todos rotos.
Un equipo de obreros armados de picos empezó a demoler el muro. Raúl los miraba, pensativamente, las manos en los bolsillos, el cigarrillo en los labios, sin preocuparse de que su presencia pudiera parecer anormal en aquel lugar.
Godefroy d'Etigues liaba un cigarrillo con una hoja de papel. Como no tenía, se acercó a Raúl y le pidió fuego.
Raúl le tendió su cigarrillo y, mientras el otro encendía el suyo, todo un plan se forjó en su mente, un plan espontáneo, muy simple, en el que los menores detalles aparecían en una sucesión lógica. Pero tenía que darse prisa.
Raúl se quitó la gorra dejando al descubierto su cabello bien cuidado, que no era precisamente el de un pescador.
El barón D'Etigues lo miró con atención y, de pronto, tuvo un arranque de cólera.
—¡Usted otra vez! ¡Y disfrazado! ¿Qué significa esta nueva maniobra? ¿Cómo ha tenido la audacia de perseguirme hasta aquí? Ya le he dicho de la forma más categórica que un matrimonio entre usted y mi hija es imposible!
Raúl le cogió bruscamente del brazo y dijo con voz firme:
—Nada de escándalos. Perderemos los dos. Lléveme adonde están sus amigos.
Godefroy quiso resistirse.
—Lléveme al lugar donde están sus amigos —repitió Raúl—. Vengo a hacerles un favor. ¿Qué es lo que buscan? Un candelabro, ¿no es cierto?
—Sí —respondió el barón, a pesar suyo.
—Un candelabro de siete brazos, eso es. Yo sé dónde está escondido. Más tarde le daré otras indicaciones que les serán útiles para lo que buscan. Hablaremos entonces de la señorita D'Etigues. Hoy no se trata de ella... Llame a sus amigos, rápido.
Godefroy vacilaba, pero las promesas y la seguridad de Raúl lo impresionaron. Llamó a sus amigos, que se acercaron enseguida.
—Conozco a este muchacho —dijo— y, según él, puede que encontremos...
—Ningún «puede», señor —le interrumpió Raúl—. Yo soy de aquí. De niño jugaba en este castillo con los hijos de un viejo jardinero, que era el guardián y que muy a menudo nos enseñaba una argolla empotrada en la pared de una de las bodegas. «Hay un escondite ahí», decía, «yo he visto cómo escondían antigüedades, candelabros, péndulos...»
Estas revelaciones excitaron a los amigos de Godefroy.
—¿En las bodegas? —se apresuró a preguntar Bennetot—. Ya las hemos visitado.
—No demasiado bien —afirmó Raúl—. Yo les conduciré.
Se llegaba a los sótanos por una escalera que bajaba desde el exterior del subsuelo. Dos grandes puertas se abrían sobre algunos escalones desde los que comenzaba una serie de salas abovedadas.
—La tercera a la derecha —dijo Raúl que, en el curso de sus investigaciones, había estudiado el lugar—. Miren... ésta...
Hizo entrar a los cinco en una pequeña bodega oscura en la que era necesario agacharse.
—No se ve nada —se quejó d'Estiers.
—En efecto —dijo Raúl—. Pero tengo cerillas y he visto en los escalones una vela. Un minuto... Voy.
Cerró la puerta de la bodega, hizo girar la llave y se alejó gritando a los cautivos;
—Enciendan los siete brazos del candelabro. Lo encontrarán debajo de la última losa, cuidadosamente envuelto en telarañas...
No estaba aún afuera cuando oyó los golpes que los cinco amigos daban furiosamente contra la puerta, y pensó que esa puerta tambaleante y carcomida no resistiría mucho tiempo. Pero este tiempo le era suficiente.
Saltó a la explanada, cogió un pico de las manos de un obrero y corrió al noveno pilar, del que hizo volar en pedazos el vaso. Enseguida atacó una cornisa de cemento resquebrajada que protegía los ladrillos y que no tardó en caer destrozada. En el espacio que la disposición de los ladrillos dejaba desocupado, había una mezcla de tierra y piedras de donde Raúl pudo extraer sin esfuerzo un tronco de metal roído que, por supuesto, era uno de los brazos de esos grandes candelabros litúrgicos que se ven en algunos altares.
Un grupo de obreros formaba un círculo alrededor suyo y se exclamó al ver el objeto que extraía Raúl. Por primera vez en la mañana, se había descubierto algo.
Raúl mantendría su sangre fría y fingiría ir a reunirse con los cinco amigos para entregárselo. Pero precisamente en aquel mismo instante, se oyeron gritos provenientes de la mansión y a Rolleville, seguido de los otros, que vociferaba:
—¡Al ladrón! ¡Deténganlo! ¡Al ladrón!
Raúl se tiró de cabeza en el grupo de obreros y huyó. Era absurdo, como toda su conducta desde hacía un rato, ya que, si lo que quería era ganarse la confianza del barón y sus amigos, no hubiera debido encerrarlos en un sótano ni robarles lo que buscaban. Pero, en realidad, Raúl luchaba por Josefina Balsamo y no tenía otro objetivo que ofrecerle, un día u otro, el trofeo que acababa de conquistar. Se escapó entonces a toda velocidad.
El camino de la verja principal estaba vigilado, cruzó un charco, se deshizo de los dos hombres que querían cogerlo y, seguido a una veintena de metros de una horda de agresores que gritaban como desquiciados, se metió en un huerto totalmente cerrado por murallas de impresionante altura.
«No —pensó—, ¡estoy bloqueado! Ésta es una encerrona, un cerco... ¿Por qué me habré metido aquí?»
El huerto estaba dominado a la izquierda por la iglesia de la villa y el cementerio de la iglesia se prolongaba, en el interior del huerto, por un pequeño espacio cerrado que servía en otros tiempos de sepultura a los castellanos de Gueures. Fuertes verjas lo rodeaban. Estaba lleno de vegetación. En el mismo segundo en que Raúl bajaba rápidamente a lo largo de las vegas, una puerta se entreabrió, dejando pasar un brazo; una mano cogió la del joven y Raúl, perplejo, se vio arrastrado a un oscuro macizo por una mujer que cerró bruscamente la puerta en las mismas narices de los asaltantes.
Adivinó, más que reconoció, a Josefina Balsamo.
—Ven —dijo ella, agachándose entre los árboles.
Otra puerta estaba abierta en la pared y comunicaba con el cementerio de la ciudad.
En el presbiterio de la iglesia una berlina pasada de moda, de ésas que ya no se encuentran en esta época en el campo, estacionaba enganchada a dos caballitos flacos y descuidados. En el asiento, un cochero de barba encanecida, con la espalda encorvada bajo una blusa celeste.
Raúl y la condesa subieron precipitadamente. Nadie los había visto.
—Leonardo —dijo ella al cochero—, por Loneray y Doudeville. ¡Rápido!
La iglesia estaba en una punta del pueblo. Al tomar el camino de Loneray, se evitaba pasar por el centro. Se veía una larga costa dominada por una extensa meseta. Los dos caballos, extenuados, la subieron a la velocidad de los grandes trotadores que suben la cuesta de un hipódromo.
Así, el interior de la berlina, que ofrecía por fuera tan mal aspecto, era por dentro espaciosa, confortable, protegida contra las miradas indiscretas por verjillas de madera y tan íntima que Raúl cayó de rodillas y dio libre curso a su exaltación amorosa.
Estaba sofocado de alegría. Se ofendiera o no la condesa de Cagliostro, consideró que este segundo encuentro, en condiciones tan particulares y después de la noche en que la había salvado, establecía entre ellos una relación que le permitía quemar algunas etapas previas y comenzar por una declaración en toda regla.
La hizo de un solo tirón, alegremente, de una forma que hubiera desarmado a la más huraña de las mujeres.
—¿Tú? ¿Eres tú? ¡Esto es a lo que llamo un golpe teatral! En el mismo momento en que iba a perderlo todo, he aquí que Josefina Balsamo surge de las sombras y me salva a mí. ¡Ah, qué feliz soy, cuánto te quiero! ¡Te quiero desde hace años... desde hace un siglo! Sí, eso es, tengo cien años de amor en mí... un viejo amor joven como tú... y bello como tú eres bella... ¡Eres tan hermosa...! Es imposible mirarte sin emocionarse... Es una alegría y, al mismo tiempo resulta exasperante pensar que, pase lo que pase, no se podrá jamás extinguir toda la belleza que hay en ti. La expresión de tu sonrisa, de tu mirada, será siempre huidiza.
Se estremeció y murmuró:
—¡Oh, tus ojos me han mirado! Entonces, ¿no estás resentida contra mi? ¿Aceptas pues que te llame mi amor?
Ella entreabrió la puertecilla:
—¿Y si te pidiera que bajaras?
—Me negaría.
—¿Si llamara al cochero en mi ayuda?
—Lo mataría.
—Y ¿si me apeara yo?
—Continuaría mi declaración por el camino.
Ella se puso a reír.
—Bueno, tienes respuesta a todo. Quédate. Pero, ¡basta de locuras! Cuéntame, más bien, qué te ha pasado y por qué te perseguían esos hombres.
—Sí —exclamó triunfante Raúl—, te lo contaré todo, ya que no me rechazas... ya que aceptas mi amor.
—Pero si yo no acepto nada —dijo ella riendo—. Tú me abrumas con tus declaraciones, sin siquiera conocerme.
—¡Que no te conozco!
—Apenas me has visto de noche y a la luz de una linterna.
—Y el día que precedió esa noche, ¿no te vi? ¿Acaso no tuve el tiempo de admirarte durante toda esa abominable sesión de la Haie d'Etigues?
Ella lo observó poniéndose de pronto seria.
—¡Ah! ¿Tú estabas allí?
—Yo estaba allí —respondió él, con un ardor pleno de juventud—. Estaba allí y sé quién eres. ¡Hija de Cagliostro, yo te conozco! ¡Abajo las máscaras! Napoleón I te tuteaba... ¡Traicionaste a Napoleón III, serviste a Bismarck, y llevaste al bravo general Boulanger al suicidio! Te bañas en la Fuente de la Juventud. Tienes cien años...! y yo te quiero;

Una arruga de preocupación marcaba ligeramente su frente pura. Repitió:
—¡Ah, con que estabas allí... ya lo suponía! Los miserables, cuánto me han hecho sufrir... Y ¿has oído también sus odiosas acusaciones...?
—He oído cosas estúpidas —gritó Raúl— y he visto una banda de energúmenos que te odiaban como se odia todo lo que es hermoso. Y creo que todo eso es sólo demencia y absurdo. No pensemos más en eso por hoy. Quiero sólo recordar milagros encantadores que nacen bajo tus pasos como flores. Quiero creer en tu juventud eterna. Quiero creer que, aunque no te hubiera salvado, no habrías muerto. Quiero creer que mi amor es sobrenatural y que hace poco has salido por encanto del tronco de un arbusto.
Ella sacudió la cabeza, tranquilizada.
—Para visitar el jardín de Gueures, había pasado ya por esta vieja puerta, cuya llave estaba en la cerradura y, como sabía que iban a empezar las excavaciones esta mañana, estaba al acecho.
—¡Milagro, te digo! ¿Y no lo es también esto? Desde hace semanas y meses, puede que más aún, buscan en este parque un candelabro de siete brazos, y para encontrarlo en pocos minutos en medio de esta multitud y a pesar de la vigilancia de nuestros adversarios, me ha bastado querer encontrarlo y pensar en el placer que tú tendrías.
Ella pareció estupefacta:
—¿Qué? ¿Qué dices?... Tú... tú no habrás descubierto...
—El objeto mismo, no, pero sí uno de los siete brazos. Toma.
Josefina Balsamo se apoderó del trozo de metal y lo examinó febrilmente. Era un tronco redondeado, bastante fuerte, ligeramente ondulado y en el que el metal desaparecía bajo una capa espesa de verdín. Una de las extremidades, un poco aplastada, llevaba sobre una de las caras una gruesa piedra violeta, redondeada.
—Sí, sí —murmuró ella—. Ninguna duda posible, el brazo ha sido aserrado a ras del pedestal. ¡Oh, tú no puedes saber cuánto te lo agradezco...
Raúl hizo en algunas fiases pintorescas el relato de la batalla. La muchacha no podía creerlo.
—¿Cómo se te ocurrió? ¿Cómo intuiste que podía estar en el noveno pilar y no en el otro? No habrá sido por casualidad.
—De ninguna de las maneras —afirmó él—. Una seguridad. Once pilares de los doce habían sido construidos antes del final del siglo XVIII. El noveno, tiempo después.
—¿Y cómo lo sabías?
—Porque el tamaño de los ladrillos de los demás pilares corresponde a ladrillos que ya no se hacen desde hace doscientos años, y los del noveno son como los que se hacen hasta ahora. Por lo tanto, el noveno pilar había sido demolido y rehecho. ¿Para qué, sino para esconder ese objeto?
Josefina Balsamo guardó un largo silencio. Después dijo lentamente;
—Es extraordinario... Yo no habría creído jamás que se pudiera llegar a eso de esa manera... y tan rápido... allí donde todos habíamos fracasado... Sí, en efecto —agregó—, un milagro...
—Un milagro de amor —insistió Raúl.
La berlina volaba con una rapidez inconcebible, a menudo por caminos poco frecuentados que evitaban pasar por los pueblos. Ni las subidas ni las bajadas desalentaban al endiablado ardor de los dos caballitos, tan flacos. A derecha e izquierda, la planicie se deslizaba y pasaba como en imágenes.
—¿Beaumagnan estaba? —preguntó la condesa.
—No, por suerte.
—¿Por suerte?
—De estar lo habría estrangulado. Detesto a ese personaje siniestro.
—Menos que yo —dijo ella con una voz dura.
—Pero tú, no siempre lo has odiado —dijo Raúl, incapaz de contener los celos.
—Mentiras, calumnias —afirmó Josefina Balsamo sin levantar el tono—. Beaumagnan es un impostor y un desequilibrado, con un orgullo malsano, y es porque lo he rechazado que él desea mi muerte. Se lo dije el otro día y él no protestó... porque no podía protestar...
Raúl cayó de nuevo de rodillas, en un repentino arrebato.
—¡Ah, dulces palabras! —gritó—. Entonces, ¿nunca lo has querido? ¡Qué alivio! ¿Cómo iba Josefina Balsamo a enamorarse de un Beaumagnan...?
Él reía y palmeaba:
—Escucha, no quiero llamarte más así, Josefina no es un bonito nombre. ¿Qué te parece Josine? Eso es, te llamaré como te llamaba Napoleón y tu madre Beauharnais. ¿De acuerdo? Tú eres Josine... mi Josine...
—Un poco de respeto —dijo ella sonriendo de sus chiquilladas—. Yo no soy tu Josine.
—¡Respeto! ¡Pero si no cabe más en mí! ¡Y cómo! Estamos encerrados uno al lado del otro... tú estás sin defensa y yo permanezco postrado ante ti como frente a un ídolo. ¡Y tengo miedo! ¡Tiemblo! ¡Si me dieras tu mano a besar, no me atrevería...!




Capítulo VI

Policías y gendarmes

El trayecto no fue más que una larga adoración. Es evidente que la condesa de Cagliostro hizo bien al no tentar a Raúl dando su mano a besar. Pero el hecho es que, si por un lado había jurado conquistar a aquella mujer y estaba resuelto a no perderla, por otro tenía a su lado una actitud y unos pensamientos de veneración que sólo le dejaban el atrevimiento de abrumarla con discursos amorosos.
¿Lo escuchaba ella? A veces sí, como se escucha a un muchacho que comunica con soltura su afecto. Pero otras veces se encerraba en un silencio lejano que descorazonaba a Raúl.
Finalmente, gritó:
—¡Háblame, por favor! Trato de hacer bromas para decirte estas cosas que no me atrevería a decirte demasiado en serio. Pero en el fondo tengo miedo de ti. Y no sé lo que digo. Por favor, contéstame. Algo, aunque sólo sea para devolverme a la realidad, para que sepa a qué atenerme.
—¿Sólo algo?
—Sí, unas palabras, las que quieras.
—Bien, ahí van: la estación de Doudeville está cerca y el tren te espera.
Él cruzó los brazos indignado.
—¿Y tú?
—¿Yo?
—Sí, ¿qué vas a hacer sola?
—¡Dios mío! —exclamó ella—. Trataré de arreglármelas como lo he hecho hasta ahora.
—¡Imposible! Tú no puedes estar sin mí. Estás metida en una lucha en la que te es indispensable mi ayuda. Beaumagnan, Godefroy d'Etigues, el príncipe D'Arcole, todos unos bandidos que te aplastarán.
—Ellos me creen muerta.
—Razón de más. Si tú estás muerta, ¿cómo vas a actuar?
—No temas. Actuaré sin que me vean.
—Pero te sería mucho más fácil servirte de mí... No, te lo ruego, y esta vez hablo en serio, no rechaces mi ayuda. Hay cosas que una mujer no puede hacer sola. Por el simple hecho de que persigues el mismo objetivo que esos hombres y que estás en guerra contra ellos, han podido urdir con éxito la trampa más sucia. Te han acusado de tal forma y con argumentos en apariencia tan sólidos, que en un momento hasta yo he visto en ti a la bruja y a la criminal que Beaumagnan abrumaba de odio y desprecio.
»No, no me rechaces. Desde que tú te enfrentaste con ellos comprendí mi error. Beaumagnan y sus cómplices no fueron para mí más que odiosos y cobardes verdugos. Tú los dominabas con tu dignidad y, ahora, ya no quiero recordar sus calumnias. Pero es preciso que aceptes mi ayuda. Si te he ofendido confesándote mi amor, no volverá a pasar No pido más que dedicarme a ti como quien se dedica al ser más bello y más puro, al ser más digno de mi amor.
Ella cedió. El pueblo de Doudeville quedó atrás. Un poco más lejos, camino de Yvetot, el coche se metió en un patio de granja bordeado de setos y lleno de manzanos y se detuvo.
—Bajemos —dijo la condesa—. Este patio pertenece a una buena mujer, la tía Vasseur. Tiene una posada a poca distancia y yo la tuve de cocinera. A veces vengo aquí a descansar dos o tres días. Almorzaremos aquí... Leonardo, saldremos dentro de una hora.
Volvieron a la carretera principal. Ella caminaba con el paso ligero de una niña. Llevaba un vestido gris que ceñía su cintura y un sombrero malva con cintas de terciopelo y flores violetas. Raúl d'Andrésy caminaba un poco retrasado para no dejar de mirarla.
Después de la segunda curva, se elevaba una casita blanca con techo de paja precedida de un jardincito donde abundaban las flores. Se entraba, al mismo nivel, en una sala de estar que ocupaba toda la fachada.
—Una voz de hombre —observó Raúl señalando una de las puertas que indicaban la pared del fondo.
—Es precisamente la habitación donde ella me sirve la comida. Debe de estar allí con algunos campesinos.
No había terminado de decirlo, cuando se abrió la puerta y una mujer de bastante edad, ceñida en un delantal de algodón y calzada de zuecos, apareció.
Al ver a Josefina Balsamo, pareció alterarse y cerró la puerta a sus espaldas tartamudeando de forma incomprensible.
—¿Qué sucede? —preguntó Josefina Balsamo, con voz inquieta.
La tía Vasseur cayó sentada y balbuceó:
—Váyase... Huya... rápido.
—Pero, ¿por qué? Explícate... dime...
Se oyeron estas palabras:
—La policía... la buscan... Han registrado la habitación en la que había dejado sus maletas... Están esperando a los gendarmes... Huya, o está perdida.
A su vez, la condesa se tambaleó y fue presa de un desfallecimiento que la obligó a apoyarse en el mostrador. Sus ojos encontraron los de Raúl y le suplicaron como si se sintiera efectivamente perdida e implorara su ayuda.
Él estaba confundido. Preguntó!
—¿Qué te importan los gendarmes? No es a ti a quien buscan... ¿Entonces?
—Sí, sí, es a ella —repitió la tía Vasseur—, la buscan... sálvela.
Muy pálido, sin darse muy bien cuenta del significado exacto de aquella escena, aunque adivinaba su trágica gravedad, cogió del brazo a la condesa y, empujándola hacia la salida, la llevó afuera.
Sin embargo, al atravesar el umbral delante de él, retrocedió asustada y murmuró:
—Los gendarmes... me han visto...
Los dos entraron inmediatamente. La tía Vasseur temblaba y murmuraba estúpidamente:
—Los gendarmes... la policía...
—¡Silencio! —ordenó en voz baja Raúl, que mantenía la calma—. ¡Silencio! Yo respondo de todo. ¿Cuántos son los de la policía?
—Dos.
—Y dos gendarmes. Por lo tanto, no hay nada que hacer por la fuerza. Estamos cercados. ¿Dónde están las maletas que han registrado?
—Arriba.
—¿Y la escalera que conduce arriba?
—Aquí.
—Bien. Usted quédese aquí y trate de no traicionarse. Y una vez más: yo respondo de todo.
Cogió la mano de la condesa y se dirigió hacia la puerta indicada. La escalera era una especie de escalerilla de loro que conducía a una habitación abuhardillada donde habían desparramado todos los vestidos y toda la ropa interior que podían contener las maletas. Cuando llegaron a la habitación, entraban en la casa los dos policías, y cuando Raúl se acercó con pasos sordos a la ventana abierta en el techo de paja, vio a los dos gendarmes que bajaban de sus caballos y ataban sus monturas a las estacas del jardín.
Josefina Balsamo no se movía. Raúl notó su rostro descompuesto al que la angustia contraía y envejecía.
—¡Rápido! —le dijo—. Cámbiate de ropa. Ponte uno de esos vestidos... si es negro, mejor.
Volvió la vista hacia la ventana y vio abajo a los dos policías y a los gendarmes que conversaban en el jardín. Cuando ella terminó de vestirse, cogió el vestido gris que acababa de quitarse y se lo puso. Era delgado y esbelto: el vestido, del que bajó la falda para que le tapara los pies, le iba de maravilla. Parecía encantado de este disfraz y tan tranquilo que hasta ella pareció serenarse:
—Escúchalos —dijo él.
Se oía perfectamente la conversación que mantenían los cuatro hombres en el umbral de la sala, y oyeron a uno de ellos —uno de los gendarmes, sin duda— que preguntaba con una voz gruesa y rastrera:
—¿Estáis seguros de que ella vivía aquí a veces?
—Seguros, segurísimos. La prueba... dos de las maletas que ella ha dejado aquí; una de ellas lleva incluso su nombre: Señora Pellegrini. Además, la tía Vasseur es una buena mujer, ¿no?
—Mujer más digna que la tía Vasseur no la hay, todo el mundo la conoce por aquí.
—Pues bien, la tía Vasseur declara que la tal Pellegrini venía de vez en cuando a pasar unos días en su casa.
—¡Cómo no! Entre dos robos de casas.
—Eso es.
—Entonces, es una buena presa, la tal Pellegrini.
—Excelente. Robos de categoría. Estafas. Encubrimiento. En fin, lo peor de lo peor... sin contar montones de cómplices.
—¿Se dispone de algún dato personal?
—Sí y no.
—Tenemos dos retratos que son muy diferentes. En uno es joven, en otro vieja. Su edad oscila entre los treinta y sesenta años.
Estallaron de risa. Después la voz gruesa preguntó:
—Pero, ¿están seguros de estar sobre la pista?
—Sí y no. Hace quince días operaba en Ruan y en Dieppe. Allí perdimos sus huellas. Las volvimos a encontrar en la línea principal de ferrocarriles y las perdimos otra vez. Imposible saber si continuó hacia La Haie o bifurcó hacia Fécamp. Desaparición total. Y nosotros, chapoteando...
—¿Y por qué han venido aquí?
—El azar. Un empleado de la estación había llevado las maletas hasta aquí. Se acordó del nombre de Pellegrini inscrito en una de ellas, en un lugar oculto por una etiqueta que se había despegado.
—¿Habéis interrogado a los demás pasajeros, a los dientes de la posada?
—¡Oh!, aquí los clientes escasean.
—Pero hay una mujer. La hemos visto cuando llegábamos.
—¿Una mujer?
—Sí, sí, una mujer. Estábamos todavía a caballo cuando se asomó por esta puerta. Y entró de golpe como si no quisiera ser vista.
—¡Imposible...! ¿Una mujer en la posada?
—Una vestida de gris. No podríamos reconocerla, pero el color del vestido sí... y el sombrero también... un sombrero con flores violetas...
Los cuatro hombres callaron.
Raúl y la mujer habían escuchado toda la conversación, sin una palabra, los ojos en los ojos. A cada nueva prueba, la cara de Raúl se hacía más dura. Ella no protestó ni una vez.
—Vienen... Vienen... —anunció ella sordamente.
—Sí —dijo él—. Es el momento de actuar... De lo contrario, subirán y te encontrarán en esta habitación.
Ella había conservado su sombrero. Él se lo quitó y se lo puso bajando un poco las alas para dejar bien a la vista las flores violetas y anudando las cintas al cuello para ocultarse la cara. Después, dio las últimas instrucciones.
—Yo abriré el paso. Cuando esté libre, te irás tranquilamente por la carretera hasta el patio de la granja donde está la berlina. Métete dentro y haz que Leonardo tenga las riendas en la mano...
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Yo me reuniré contigo dentro de veinte minutos. No temas.
—¿Y si nos paran?
—No me arrestarán, ni a ti tampoco. Pero no hay que precipitarse. No corras. Mantén la calma.
Él se había aproximado a la ventana. Se inclinó Los hombres entraban. Pasó las piernas por el borde salió al jardín, pegó un grito como si viese a alguien que le asustara y huyó a toda velocidad.
Enseguida, detrás suyo, se oyeron clamores:
—¡Es ella!... ¡Un vestido gris... Violetas en el sombrero... Alto o disparo...
De un salto atravesó la carretera y se metió en tierras labradas, al final de las cuales pasó por encima de un seto que rodeaba una granja que atravesó al bies. Otro seto y después el campo abierto. Luego, un sendero que llevaba a otra granja entre dos setos de zarzas.
Se giró: los agresores, un poco distanciados, no podían verlo. En un segundo se deshizo del vestido y del sombrero y los tiró entre los matorrales. Se puso el gorro de pescador, prendió un cigarrillo y volvió, con las manos en los bolsillos.
En la esquina de la granja, surgieron los dos policías y chocaron con él, sofocados.
—¡Eh, marinero...! ¿No has visto por casualidad a una mujer? Una mujer vestida de gris.
—Sí, por supuesto —respondió—, una mujer que corría, ¿no es eso...? loca de remate...
—Ésa es... ¿Y?
—Entró en la granja.
—¿Cómo?
—La barrera...
—¿Hace mucho?
—No hace siquiera veinte segundos.
Los hombres partieron deprisa, Raúl continuó su camino, saludó cordialmente a los gendarmes que llegaban y, con un paso negligente, llegó a la carretera un poco más allá de la posada, cerca de la curva.
Cien metros más adelante estaban los manzanos del patio donde el coche esperaba.
Leonardo estaba en su asiento, látigo en mano. Josefina Balsamo, acomodada en el interior, tenía la puerta abierta:
—Hacia Yvetot, Leonardo —ordenó él.
—¿Cómo? —objetó la condesa—. ¿Vamos a pasar por delante de la posada?
—Lo esencial es que no nos vean salir de aquí. Puesto que la carretera está desierta, aprovechemos... Al trotecito, Leonardo... Velocidad de coche mortuorio que vuelve vacío.
Efectivamente, pasaron por delante de la posada. En aquel momento, los policías y los gendarmes regresaban a campo traviesa. Uno de ellos agitaba el vestido gris y el sombrero. Los demás gesticulaban.
—Han encontrado tus ropas —dijo él— y saben a qué atenerse. No es a ti a quien buscan, sino al pescador que encontraron. En cuanto al coche, ni siquiera le prestarán atención. Si les dijeran que están la señora Pellegrini y el pescador cómplice en la berlina, estallarían de risa.
—Interrogarán a la tía Vasseur.
—¡Que se arregle!
En cuanto perdieron de vista al grupo, Raúl aumentó la velocidad de los caballos...
—¡Oh, oh! —exclamó él cuando los caballos se lanzaron a la carrera al primer golpe de látigo—. Esas pobres bestias no irán muy lejos. ¡Con lo que han andado!
—Desde esta mañana, desde Dieppe, donde dormí esta noche.
—Y ¿adónde vamos?
—Hasta el borde del Sena.
—¡Caramba! ¡Dieciséis o diecisiete leguas en un día a este ritmo es fabuloso!
Ella no respondió.

Entre los dos vidrios de delante, había un espejito en el que él podía verla. Se había puesto un vestido más oscuro y una toca ligera de la que caía un velo espeso que le envolvía la cabeza. Ella lo desató y sacó de una cajita oculta detrás del espejo un pequeño bolso de cuero que contenía un viejo espejo de mango con montura de oro y objetos de tocador, pintalabios, cepillo...
Cuando cogió el espejo, contempló largamente su rostro cansado y envejecido.
Después, se salpicó la cara con unas gotas de un frasquito y frotó la superficie mojada con un pañuelo de seda. Y nuevamente se miró.
Raúl no comprendió al principio y no advirtió la expresión severa de sus ojos y esta melancolía de la mujer frente a su imagen estropeada.
Diez minutos, quince, pasaron así en el silencio y en el esfuerzo visible de una mirada en la que todo el pensamiento y toda la voluntad se concentraban. Primero reapareció la sonrisa vacilante y tímida, como un rayo de sol invernal. Al cabo de un instante, fue más atrevido y revelaba su efecto por pequeños detalles que surgían a los ojos sorprendidos de Raúl. El ángulo de la boca se levantó más. La piel se impregnó de color. La carne se endureció. Las mejillas y el mentón recobraron su diseño puro y toda la gracia del mundo iluminó el bello y tierno rostro de Josefina Balsamo.
El milagro se había realizado.
«¿Milagro? —se dijo Raúl—. No, a lo sumo, milagro de voluntad. Influencia de un pensamiento claro y tenaz que no acepta su derrota y que restablece la disciplina allí donde había desorden y debilidad. El resto, frasco, elixir maravilloso, todo es simple comedia.»
Él cogió el espejo que ella había dejado y lo examinó. Era evidente: el objeto descrito en la reunión d'Etigues, aquél en el que la condesa de Cagliostro se miraba frente a la emperatriz Eugenia. Los bordes estaban desgastados y la placa de oro de atrás abollada por los golpes.
Sobre la empuñadura, una corona de conde, una fecha (1783) y la lista de los cuatro enigmas.
Raúl, que experimentaba el deseo de herirla, se burló:
—Tu padre te ha legado un precioso espejo. Gracias a ese talismán, uno se repone de las emociones más desagradables.
—De hecho —dijo ella—, yo he perdido la cabeza. Esto me sucede pocas veces. He tenido sangre fría en Circunstancias mucho más graves que ésta.
—¡Oh, no!, más graves... —exclamó Raúl con una duda irónica.
No cambiaron una sola palabra más. Los caballos continuaban trotando al mismo ritmo. Las grandes praderas de Caux, siempre parecidas y siempre diversas, descubrían vastos horizontes salpicados de granjas y bosques.
La condesa de Cagliostro había bajado el velo. Raúl sentía que esta mujer, a la que había sentido tan cerca dos horas antes y a la que ofrecía tan alegremente su amor, se alejaba de pronto hasta transformarse en una extranjera. No había más contacto entre ellos. El alma misteriosa se rodeaba de espesas tinieblas, ¡y lo que podía ver ahora era tan diferente de lo que había imaginado!
Alma de ladrona... Alma furtiva e inquieta, enemiga del día... ¿era posible? ¿Cómo admitir que una cara ingenua como la de una virgen ignorante, que esa mirada tal límpida como el agua de una fuente, no fuera más que una engañosa apariencia?
Estaba tan decepcionado que, mientras atravesaban el pequeño pueblo de Ivetot, no pensó más que en huir. Le faltó la decisión, lo cual redobló su irritación. El recuerdo de Clarisa d'Etigues le vino al espíritu y, como revancha, evocó por un momento a la dulce y tierna muchachita que se había entregado a él tan noblemente.
Pero Josefina Balsamo no dejaba su presa. Por desmejorada que le pareciera, por deformado que estuviera el ídolo, allí estaba. Un perfume enervante se desprendía de ella. Él rozaba sus ropas. Con un solo gesto podía tomar su mano y besar esa carne perfumada. Ella era toda la pasión, todo el deseo, toda la voluptuosidad, todo el misterio perturbador de la mujer. Y, nuevamente, el recuerdo de Clarisa se desvaneció.
—Josine... Josine... —murmuró él, tan bajo que ella ni lo oyó.
Además, ¿para qué gritar su amor y su pena? ¿Acaso podía ella devolverle la confianza perdida y recobrar a sus ojos el prestigio que ya no tenía?
Se acercaban al Sena. En lo alto de la costa que descendía hacia Caudebec, doblaron a la izquierda, entre las colinas arboladas que dominaban el valle de Saint-Wandrille. Esquivaron las ruinas de la célebre abadía, siguieron el curso del agua que la baña, llegaron a la vista del río y continuaron en dirección a Ruan.
Un instante más tarde, el coche se detuvo y Leonardo partió inmediatamente después de haber dejado a los das viajeros en los confines de un bosquecillo desde donde se veía el Sena. Un prado, donde se agitaban rosales, los separaba del río.
Josefina Balsamo ofreció la mano a su compañero y le dijo:
—Adiós, Raúl. Un poco más adelante encontrarás la estación de La Maillaraie.
—¿Y tú? —preguntó él.
—Oh, mi casa está muy cerca.
—No la veo...
—Sí, esa barcaza que ves allá abajo, entre las ramas.
—Te acompañaré.
Un estrecho dique cortaba el prado en medio de los rosales. La condesa avanzó por él seguida de Raúl.
Llegaron así a una explanada, cerca de la barcaza que aún ocultaba una cortina de sauces. Nadie podía verlos ni oírlos. Estaban solos bajo el cielo azul. Transcurrieron entre ellos algunos de esos minutos de los que uno no olvida jamás y que influyen en todo el destino.
—Adiós —repitió Josefina Balsamo—. Adiós...
Él dudó frente a la mano tendida para el adiós supremo.
—¿No quieres darme la mano? —preguntó ella.
—Sí, sí —murmuró él—. Pero, ¿por qué dejarse?
—Porque no tenemos nada más que decirnos.
—Nada más, en efecto; y, sin embargo, no nos hemos dicho nada.
Terminó por tomar entre sus manos la mano tibia y suave, y dijo:
—¿Las palabras de esos hombres... sus acusaciones en la posada son, pues, verdad?
Él deseaba una explicación, aunque fuera falsa, que le permitiera conservar la duda, pero ella pareció sorprendida y contestó:
—Y a ti, ¿qué te importa?
—¿Cómo?
—Sí, es como si esas revelaciones pudieran influir en tu conducta.
—¿Qué quieres decir?
—Por Dios, nada más simple. Quiero decir que comprendería tu emoción ante la confirmación de los monstruosos crímenes de los que Beaumagnan y el barón D'Etigues me han acusado falsa y bestialmente, pero no ante lo de hoy.
—De todos modos, recuerdo aún sus acusaciones.
—Serán sus acusaciones contra aquélla a quien nombré, o sea la marquesa de Belmonte. Pero no se trata de crímenes, y, ya que el azar te ha revelado tanto, ¿qué te importa a ti todo esto?
Él se quedó desconcertado por esta inesperada pregunta. Ella le sonreía de frente, abiertamente, y continuó un poco irónica:
—Sin duda el vizconde Raúl d'Andrésy se siente herido en sus ideales. El vizconde Raúl d'Andrésy debe de tener, evidentemente, principios morales, la delicadeza de un gentilhombre...
—¿Y si así fuera? —preguntó él—. Si me sintiera decepcionado...
—¡Ya era hora! —replicó ella—. Estás decepcionado. Corrías tras un hermoso sueño y todo se desvaneció. La mujer te aparece tal cual es. Responde francamente, ya que hemos llegado a las explicaciones leales: ¿Estás decepcionado, sí o no?
—Sí —respondió él secamente.
Hubo un silencio. Ella lo miró profundamente y murmuró:
—Soy una ladrona, ¿no es cierto? ¿Esto es lo que quieres decir? ¿Una ladrona?
—Sí.
Ella sonrió y dijo:
—¿Y tú?
Y como él se resistía, lo cogió por el hombro rudamente y le preguntó con firmeza:
—¿Y tú, pequeño? ¿Qué eres tú? Ya es hora de que pongas tú también las cartas sobre la mesa. ¿Quién eres?
—Me llamo Raúl d'Andrésy.
—No bromees. Tú te llamas Arsenio Lupin. Tu padre, Théophraste Lupin, que compartía la profesión de profesor de boxeo y de lucha con la más lucrativa de estafador, fue condenado y encarcelado en Estados Unidos, donde murió. Tu madre recuperó su nombre de soltera y vivió como pariente pobre en la casa de un primo lejano, el duque de Dreux-Soubise. Un día, la duquesa comprobó la desaparición de una joya de gran valor histórico y que no era otra que el famoso collar de la reina María Antonieta. A pesar de todas las búsquedas, no se supo jamás quién había sido el autor de ese robo, realizado con una valentía y una habilidad diabólicas. Pero yo sí lo sé. Fuiste tú. Tenías apenas seis años.
Raúl escuchaba, pálido de furor, el maxilar contraído. Murmuró:
—Mi madre era desgraciada, humillada y quise liberarla.
—¿Robando?
—Tenía tan sólo seis años.
—Hoy tienes veinte, tu madre está muerta, eres fuerte, inteligente, lleno de energía. ¿De qué vives?
—Trabajo.
—Sí, claro, del bolsillo de los demás.
Ella no le dejó tiempo para protestar.
—No digas nada, Raúl. Conozco tu vida en sus menores detalles. Podría contarte cosas de este año y de otros más lejanos, ya que te sigo desde hace mucho tiempo, y todo lo que te diría de tu vida no es ciertamente más edificante que lo que tú has escuchado en la posada. ¿Policías? ¿Gendarmes? ¿Registros? ¿Persecuciones?... ¡Tú has pasado ya por todo esto; y no tienes más que veinte años! ¿Vale la pena reprochártelo? No, Raúl. Porque conozco tu vida y porque el azar te revela algo de la mía, corramos los dos un tupido velo sobre el pasado. Robar no está bien; desviemos la vista y callémonos.
Él permaneció silencioso. Un gran cansancio lo invadía. De pronto, vio la existencia bajo un día nublado y angustioso donde nada tenía color, nada tenía belleza ni gracia. Sentía ganas de llorar.
—Por última vez, Raúl, adiós —dijo ella.
—No... no... —balbuceó.
—Es preciso, pequeño. Te haré daño. No busques mezclarte en mi vida. Tú tienes ambición, energía y tantas cualidades que puedes elegir tu camino.
Y tras una pausa agregó más bajo:
—El que yo sigo no es el buen camino, Raúl.
—¿Y por qué lo sigues, Josine? Esto es precisamente lo que me sorprende.
—Es muy tarde.
—¡Entonces, para mí también!
—No, tú eres joven. Vete. Escapa al destino que te amenaza.
—Pero, ¿y tú, Josine?
—Ésa, pequeño, es mi vida, no la tuya.
—Vida espantosa que te hace sufrir.
—Si crees que es así, ¿por qué quieres compartirla conmigo?
—Porque te quiero.
—Razón de más para rehuirme, pequeño. Todo amor está, desde el principio, condenado entre nosotros. Te avergonzarías de mí y yo entonces no podría fiarme de ti.
—Te quiero.
—Hoy. Pero, ¿y mañana? Raúl, obedece a la orden que te di la primera noche de nuestro encuentro en el dorso de mi fotografía: «No trates de encontrarme». Vete.
—Sí, sí —dijo Raúl lentamente—. Tienes razón. Pero es terrible pensar que todo habrá terminado entre nosotros antes de que yo haya tenido el tiempo de esperar... y que no te acordarás ya de mí.
—Nadie olvida a quien le ha salvado la vida dos veces.
—No, pero olvidarás que te quiero.
Ella inclinó la cabeza.
—No te olvidaré —dijo, y agregó con emoción—: Tu entusiasmo, tu ímpetu... todo lo que hay en ti de sincero y espontáneo... y otras cosas que no aclararé ahora... me han afectado infinitamente.
Mantenían sus manos enlazadas y sus ojos no se dejaban. Raúl temblaba de ternura. Ella le dijo con infinita dulzura:
—Cuando uno se separa para siempre, debe devolver las cosas que ha recibido. ¿Quieres devolverme mi fotografía, Raúl?
—No, no, ¡jamás!
—Entonces —dijo ella con; aquella sonrisa que lo embriagaba—, seré más honesta que tú y te devolveré realmente lo que tú me has dado.
—¿Qué es, Josine?
—La primera noche... en el granero... mientras yo dormía, Raúl, tu te inclinaste sobre mí y sentí tus labios sobre los míos.
Rodeándole el cuello con las manos, ella atrajo la cabeza de Raúl y sus bocas se unieron:
—¡Ah, Josine —dijo él enloquecido de amor—, haz de mí lo que quieras, te quiero... te quiero...!
Caminaron bordeando el Sena. Los rosales se balanceaban a su paso. Sus trajes rozaban las largas hojas finas que la brisa agitaba. Iban hacia la felicidad, sin otros pensamientos que los que hacen estremecer a los amantes cuyas manos se cruzan.
—Una palabra más, Raúl —dijo ella deteniéndolo—. Una palabra. Siento que contigo seré violenta, exclusiva. ¿No hay otra mujer en tu vida?
—Ninguna.
—¡Ah! —exclamó ella amargamente—. Ya una mentira.
—¿Una mentira?
—¿Y Clarisa d'Etigues? Sí, os citabais en el campo. Os han visto.
Él se irritó. Una vieja historia... una aventurilla sin importancia.
—¿Lo juras?
—Te lo juro.
—Tanto mejor —dijo ella sombríamente—. Tanto mejor para ella. Y que nunca se interponga entre nosotros. Porque entonces...
Él la atrajo hacia sí.
—No quiero a nadie más que a ti, Josine. Nunca he amado más que a ti. Mi vida comienza hoy.




Capítulo VII

Las delicias de Capoue

La Nonchalante era una barcaza parecida a las demás, bastante vieja, con la pintura deslucida, pero bien lustrada y mantenida por una pareja de marineros que se llamaban señor y señora Delâtre. Desde el exterior no se veía gran cosa de lo que podría transportar La Nonchalante, algunas cajas, viejas cajas, barriles, eso era todo. Pero si uno se deslizaba bajo el puente con la ayuda de una escala, era fácil comprobar que no transportaba nada.
El interior estaba distribuido en tres pequeñas cabinas confortables y resplandecientes, separadas por un salón. Allí vivieron durante un mes Raúl y Josefina Balsamo. Los esposos Delâtre, personajes mudos y huraños con los que muchas veces Raúl trató en vano de establecer una conversación, se ocupaban de la limpieza y de la cocina. Cada tanto, un pequeño remolcador venía a buscar a La Nonchalante y le hacia remontar un meandro del Sena.
Toda la historia del hermoso río desfiló así ante ellos a través de los paisajes encantadores por los que paseaban como enamorados, cogidos de la mano... el bosque de Brotonne, las ruinas de Jumièges, la abadía de Saint-Georges, las colinas de la Bouille, Ruan, Pont-de-l'Arche...
¡Semanas de intensa felicidad! Raúl derrochó tesoros de alegría y entusiasmo. Los espectáculos maravillosos, las bellas iglesias góticas, las puestas de sol y los claros de luna, todo era un pretexto para ardientes declaraciones.
Josine, más silenciosa, sonreía como en un sueño feliz. Cada día la acercaba más a su amante. Si al principio había obedecido a un capricho, se sometió ahora a la ley de un amor que la estremecía enseñándole el sufrimiento de amar demasiado.
Del pasado, de su vida secreta, jamás una palabra. Una vez, sin embargo, cambiaron algunas opiniones sobre ese asunto. Como Raúl se burlaba de lo que llamaba el milagro de su eterna juventud, ella respondió:
—Un milagro es lo que no se comprende. Por ejemplo, nosotros recorrimos veinte leguas en un día... y tú dices que es un milagro. Pero con un foco de atención, te hubieras dado cuenta de que la distancia fue cubierta, no por dos, sino por cuatro caballos. Leonardo había desenganchado y cambiado los animales en Doudeville, en el patio de la granja, donde estaba previsto un descanso.
¡Buena idea!
—Otro ejemplo: nadie en el mundo sabe que tú te llamas Lupin. Sin embargo, te diré que la misma noche en que me salvaste de la muerte te conocía ya bajo tu verdadero nombre... ¿Milagro? De ninguna manera. Tú sabes bien que todo lo relacionado con el conde de Cagliostro me interesa, y que hace catorce años, cuando oí hablar de la desaparición del collar de la reina, en casa de la duquesa de Dreux-Soubise, hice una investigación minuciosa que me permitió, primero, remontar hasta el joven Raúl d'Andrésy, enseguida hasta el joven Lupin, hijo de Théophraste Lupin. Más tarde, encontré huellas tuyas en varios casos. Sabía a qué atenerme.
Raúl reflexionó unos segundos. Después, dijo muy seriamente:
—En esta época, mi Josine, o bien tenías unos diez años y es prodigioso que una niña de esa edad pueda triunfar en una investigación en la que todo el mundo fracasó, o bien tenías la misma edad que hoy, lo que es aún más prodigioso.
Ella frunció el ceño. La broma parecía no haberle hecho ninguna gracia.
—No hablemos nunca de esto, ¿quieres, Raúl?
—¡Una lástima! —replicó Raúl, un poco molesto de haber sido descubierto como Arsenio Lupin, y deseoso de una revancha—. Nada en el mundo me apasiona más que el problema de tu edad y de tus diversas hazañas de hace un siglo. Tengo sobre todo ideas personales que no carecen de interés.
Ella lo observó con curiosidad, a pesar de todo. Raúl aprovechó su duda y continuó en tono ligeramente irónico:
—Mi argumento se apoya sobre dos axiomas: primero, como tú has dicho, no hay milagros; segundo, tú eres hija de tu madre.
Ella sonrió:
—Esto empieza bien.
—Tú eres hija de tu madre —continuó Raúl—, lo que en principio significa que hubo una condesa de Cagliostro. A los veinticinco o treinta años, ésta deslumbró con su belleza al París de finales del Segundo Imperio e intrigó la corte de Napoleón III. Con ayuda de su presunto hermano, que siempre la acompañaba (hermano, amigo o amante, ¡qué importa!), había maquinado toda la historia de su filiación Cagliostro, y preparado los documentos falsos de los que la policía se sirvió para informar a Napoleón III sobre la hija de Josefina de Beauharnais y de Cagliostro. Expulsada, partió a Italia, luego a Alemania y finalmente desapareció... para resucitar veinticuatro años más tarde, bajo los rasgos idénticos de su adorable hija, segunda condesa de Cagliostro, aquí presente. ¿Estamos de acuerdo?
Josefina, impasible, no respondió nada. Él continuó imperturbable:
—Entre la madre y la hija, un parecido perfecto... tan perfecto que la aventura recomienza casi naturalmente. ¿Por qué dos condesas? No habrá más que una sola, la única, la verdadera, aquélla que ha heredado los secretos de su padre: José Balsamo, conde de Cagliostro. Y cuando Beaumagnan hizo su investigación, llegó inevitablemente a reencontrar los documentos que ya habían alucinado a la policía de Napoleón, así como la serie de retratos y miniaturas que confirman la unidad de la misma mujer y que hacen remontar su origen hasta la virgen de Bernardino Luini a la que el azar ha asimilado, tan extrañamente:
»Además, hay un testigo: el príncipe D'Arcole. El príncipe D'Arcole había visto antes a la condesa de Cagliostro. La condujo a Módano. La volvió a ver en Versalles. Y, cuando la reencontró, se le escapó un grito: «¡Es ella! ¡Y tiene la misma edad!».
»Para colmo, tú le abrumaste con un montón de pruebas: le repetiste las palabras cruzadas en Módano entre tu madre y él, palabras que tú conoces porque has leído el diario minucioso que tu madre llevaba de sus menores actos. ¡Uf! Aquí llegamos al fondo de tu aventura. Es muy simple. Una madre y una hija que se parecen y cuya belleza evoca la de una imagen de Luini. Eso es todo. Hay también una marquesa de Belmonte. Pero supongo que el parecido de esta dama contigo es bastante vago y que hicieron falta la buena voluntad y la mente enferma del señor Beaumagnan para confundirlas. En resumen, nada dramático, una intriga divertida y bien llevada. He dicho:
Raúl se calló. Le parecía que Josefina Balsamo palidecía y que su rostro se contraía. Debía de estar a su vez ofendida y a él le daba risa.
—He acertado, ¿no? —dijo.
Ella eludió la pregunta:
—Mi pasado me pertenece —contestó—, y mi edad no le importa a nadie. Tú puedes creer lo que te parezca.
Él se abalanzó sobre ella y la besó.
—Yo creo que tienes ciento cuatro años, Josefina Balsamo, y nada es más delicioso que besar a una centenaria. ¡Cuando pienso que tú has conocido quizás a Robespierre o a Luis XVI!
El incidente no volvió a repetirse. Raúl d'Andrésy sentía tan netamente la irritación de Josefina Balsamo a la menor tentativa indiscreta que ya no se atrevió preguntarle nada más. Por otra parte, ¿no había descubierto acaso toda la verdad?
Sí, la conocía y ninguna duda quedó en su espíritu. Sin embargo, la joven conservó todo el misterioso prestigio al que se sometía a pesar suyo y que le producía cierto rencor.
Al final de la tercera semana, Leonardo hizo su aparición. Una mañana, Raúl avistó la berlina con los dos caballos flacos de la condesa cuando se alejaba.
Volvió por la tarde. Leonardo transportó a La Nonchalante unos fardos atados en trapos que dejó caer por una trampilla que Raúl no había advertido.
Por la noche, Raúl pudo abrir la trampilla y registró los bultos. Contenían admirables encajes y preciosas casullas.
Al día siguiente, nueva expedición. Resultado: una magnífica tapicería del siglo xvi.
Por entonces, Raúl se aburría enormemente. Fue así como un día, al verse solo en Nantes, alquiló una bicicleta y se paseó por los campos. Después de almorzar vio, al salir de un pequeño pueblo, una enorme casa cuyo jardín estaba lleno de gente. Se acercó. Vendían en subasta muebles de valor y piezas de plata.
Ocioso, dio la vuelta a la casa. Uno de los muros daba a una parte desierta del jardín, encima de un bosquecillo. Sin saber demasiado a qué impulso obedecía, Raúl, viendo una escalerilla, la enderezó, subió y saltó adentro por una ventana abierta.
Oyó un ligero grito en el interior. Raúl sorprendió a Josefina Balsamo, que se repuso inmediatamente y dijo en tono muy natural:
—Pero, ¿eres tú, Raúl? Estoy admirando una colección de libros viejos... ¡Una maravilla! ¡Y tan raros!
Eso fue todo. Raúl examinó los libros y embolsó tres elzevires, mientras que la condesa, sin saberlo Raúl, metía mano en las medallas de una vitrina.
Bajaron la escalera. En el tumulto de la multitud nadie advirtió su presencia.
A unos trescientos metros, esperaba el coche.
Desde allí, a Pontoise, Saint-Germain, París, donde La Nonchalante, amarrada en frente mismo de la jefatura de policía, continuaba a servirles de alojamiento, mientras «trabajaban» juntos.
Si el carácter hermético y el alma enigmática de la Cagliostro no se contradecían con estos menesteres, la naturaleza espontánea de Raúl no hacía más que desarrollarse y estos «trabajos» terminaban siempre más para él en carcajadas.
—Puestos a hacer-decía él—, ya que he dado la espalda al camino de la virtud, tomemos las cosas alegremente y no como en un funeral... como tú te lo tomas, Josine.
A cada nueva experiencia, él se descubría talentos imprevistos y recursos que ignoraba. A veces, en una tienda, en el teatro, su compañera oía un jocoso chasquido de lengua, y veía entonces en las manos de su amante un reloj, o en su corbata un alfiler nuevo. Y siempre con la misma sangre fría, la misma serenidad del inocente al que ningún peligro amenaza.
Lo que no le impedía obedecer a las múltiples precauciones exigidas por Josefina Balsamo. Salían de la barca disfrazados de pobres. En una calle cercana, la vieja berlina, atada a un solo caballo, los recibía. Allí cambiaban sus ropas. La Cagliostro no se quitaba jamás un encaje de grandes flores bordadas que usaba como un velo.
Todos estos detalles, ¡y cuántos más!, informaban a Raúl sobre la verdadera vida de su amante. Ya no dudaba de que ella estuviera a la cabeza de una banda organizada de cómplices a los que mandaba por intermedio de Leonardo; tampoco dudaba de que ella seguía empeñada en el asunto del candelabro de siete brazos y que vigilaba las maniobras de Beaumagnan y sus amigos.
Existencia doble que con frecuencia ponía a Raúl d'Andrésy contra Josefina Balsamo, tal como ella misma había previsto. Olvidando sus propios actos, le desagradaba hacer aquello que, a pesar de todo, estaba en contra de sus ideas sobre la honestidad. Una amante ladrona y jefa de una banda lo ofuscaba. Hubo discusiones entre ellos, por cuestiones insignificantes. Dos personalidades tan fuertes y marcadas debían chocar a la fuerza.
Así, cuando un incidente los arrojó de golpe en plena batalla, aunque se enfrentaran a enemigos comunes, aprendieron todo lo que un amor como el de ellos puede contener de rencor, orgullo y hostilidad.
Este incidente, que puso fin a lo que Raúl llamaba las delicias de Capoue, se produjo a raíz del encuentro inesperado con Beaumagnan, el barón D'Etigues y Bennetot, una noche en que los tres amigos entraban a un teatro de variedades.
—Sigámoslos —propuso Raúl.
La condesa dudaba. Él insistió.
—¿Cómo? ¡Una ocasión como ésta y vamos a desaprovecharla?
Entraron los dos y se instalaron en un palco oscuro. En aquel momento, en el fondo de otro palco situado cerca del escenario, tuvieron tiempo de ver, antes de que la acomodadora levantara la tela metálica, la silueta de Beaumagnan y sus dos acólitos. Se planteaba un problema: ¿Por qué Beaumagnan, en apariencia hombre de Iglesia y de costumbres rígidas, se descarriaba en un teatro de variedades donde precisamente actuaba una revista muy descocada y sin el menor interés para él?
Raúl hizo la pregunta a Josefina Balsamo, que no contestó, y esta indiferencia afectada le reveló con claridad que la joven se mantenía distante en según qué casos y que decididamente no quería su colaboración en lo que se refería a este inexplicable asunto.
—Está bien —dijo con una sequedad que traslucía un desafío—. De acuerdo, cada uno por su lado y por sí mismo. Veremos quién se llevará el gordo.
En escena, hileras de mujeres levantaban la pierna en cadencia, mientras desfilaban las actualidades. La protagonista, una hermosa joven poco vestida que representaba el papel de La Cascadeuse, justificaba su apodo por cascadas de joyas falsas que chorreaban a su alrededor. Una diadema de piedras multicolores le ceñía la frente. Los focos iluminaban sus cabellos.
Pasaron dos actos. El palco del proscenio, protegido por la tela metálica herméticamente cerrada, seguía manteniendo semiocultos a los tres amigos. Pero, en el último entreacto, Raúl, que merodeaba por las cercanías de este palco, comprobó que la puerta estaba ligeramente entreabierta. Miró: nadie. Al informarse, se enteró de que ¡los tres amigos habían abandonado el teatro hacía más de media hora!
—Ya no hay nada que hacer aquí —dijo, reuniéndose con la condesa—, han desaparecido.
En aquel instante, se levantó el telón. La protagonista volvió a salir al escenario. Su peinado más suelto permitía ver la diadema que llevaba desde el comienzo. Era una cinta tejida en oro en la que brillaban grandes piedras de diferentes colores. En total eran siete.
«¡Siete! —pensó Raúl—. Eso explica qué hacía aquí Beaumagnan.»
Mientras Josefina Balsamo se preparaba, se informó por la acomodadora de que la protagonista de la revista, Brigitte Rousselin, vivía en un viejo caserón de Montmartre desde donde cada día, con una vieja dama de compañía muy devota que se llamaba Valentina, bajaba para asistirla los ensayos de la próxima obra.
Al día siguiente, a las once de la mañana, Raúl emergía de La Nonchalante. Almorzó en un restaurante de Montmartre y a mediodía, subiendo por una calle escarpada y tortuosa, pasó frente a una casa estrecha, precedida de un patio cerrado por un muro y apoyado contra un inmueble de alquiler en el que el último piso —las ventanas sin cortinas eran suficiente indicación— estaba deshabitado.
Raúl forjó enseguida, con su habitual agilidad mental, uno de esos planes que luego llevaba a cabo casi mecánicamente.
Vagabundeó de arriba a abajo, como un hombre que tuviera una cita. De pronto, viendo que la portera del inmueble barría la acera, se deslizó detrás de la mujer, subió las escaleras, rompió la puerta del apartamento vacío, abrió de un lado una de las ventanas que dominaban el techo de la casa vecina, se aseguró de que nadie pudiera verlo y saltó.
A su lado se entreabrió un tragaluz. Se dejó caer en una buhardilla llena de objetos fuera de uso de donde sólo podía bajar por una trampilla que funcionaba mal y por la que sólo pudo pasar la cabeza. Desde allí, dominaba el pasillo del segundo piso y en parte el hueco de la escalera. No había escalerilla de mano.
Debajo, es decir, en el primer piso, dos voces de mujer conversaban. Inclinándose todo lo posible, Raúl escuchó y se dio cuenta, después de algunas palabras, de que la joven de la revista estaba almorzando en su alcoba y que su compañera, la única empleada de la casa, ordenaba, mientras la servía, la habitación y el cuarto de aseo.
—¡Terminado! —gritó Brigitte Rousselin yendo hacia su habitación— ¡Ah, querida Valentina, qué alegría! ¡Hoy no hay ensayo! Me acostaré hasta el momento de salir...
Esta jornada de reposo entorpecía un poco los proyectos de Raúl, que esperaban, en ausencia de Brigitte Rousselin, efectuar tranquilamente una visita a su domicilio. Sin embargo, contando con el azar, se armó de paciencia.
Pasaron algunos minutos. Brigitte canturreaba unas canciones de la revista cuando un timbre resonó en el patio.
—Qué raro —dijo ella—. No espero a nadie hoy. Corre a ver quién es, Valentina.
La sirvienta bajó. Se oyó el chasquido de la puerta al cerrarse y subió diciendo:
—Es del teatro... un secretario el director que trae esta carta.
—Dame, ¿lo has hecho pasar al salón?
—Sí.
Raúl veía en el primer piso la falda de la joven actriz. La sirvienta le tendió el sobre, que fue inmediatamente roto y Brigitte leyó en voz bajísima.

Mi pequeña Rousselin, confíe por favor en mi secretario la diadema de piedras que usa en la frente. Lo necesito para sacar el modelo. Es urgente. Lo recobrará esta noche en el teatro.

Al oír esas frases, Raúl se estremeció:
«Bueno, bueno —pensó—; ¡la diadema de piedras!, las siete piedras. ¿Estará también el director sobre la pista? ¿Va a obedecerle Brigitte Rousselin?» Se tranquilizó. La muchacha murmuraba:
—No es posible. Ya he prometido esas piedras.
—Es una lástima —comentó la sirvienta—, el director no va a quedar contento.
—¿Qué quieres? Las he prometido y me las pagarán muy bien.
—Entonces, ¿qué decides?
—Voy a escribirle —decidió Brigitte Rousselin.
Volvió a su cuarto y poco después dio un sobre a la sirvienta.
—¿Conoces a ese secretario? ¿Lo has visto en el teatro?
—No, es uno nuevo.
—Que le diga al director que lo lamento, y que le explicaré esta noche a él personalmente.
Valentina se alejó. De nuevo pasó bastante tiempo. Brigitte se había sentado al piano y hacía ejercicios de canto que cubrían sin duda el ruido de la puerta principal, ya que Raúl no oyó nada.
Se sentía, por su lado, un poco molesto, turbado porque el incidente no le parecía muy claro. Ese secretario a quien no conocía, ese pedido de joyas, todo eso olía a trampa y a turbia combinación.
Sin embargo, se tranquilizó. Una sombra cruzó la puerta y se dirigió hacia la alcoba.
«Debe de ser Valentina —se dijo Raúl—, mi impresión era falsa. El hombre se ha ido.»
Pero, de repente, en medio de una cancioncilla, el piano se paró de golpe, el taburete sobre el que la cantante estaba sentada fue empujado bruscamente y cayó. Ella articuló con cierta inquietud:
—¿Quién es usted...? Ah, el secretario, ¿no es cierto? El nuevo secretario... Pero, ¿qué desea, señor?
—El señor director —dijo una voz de hombre— me ha ordenado llevarle las joyas. Lamento tener que insistir...
—Pero ya le he contestado... —balbuceó Brigitte cada vez más ansiosa—, la doncella ha debido darle una carta... ¿Por qué no ha subido con usted? ¡Valentina!
Llamó varias veces, presa de angustia.
—¡Valentina!... ¡Usted me da miedo, señor...! Sus ojos...
La puerta se cerró brutalmente. Raúl oyó un ruido de sillas, el estruendo de una lucha, luego un gran grito:
—¡Socorro!
Eso fue todo. Además, en el preciso segundo en el que había tenido la intuición del peligro que corría Brigitte Rousselin, se había esforzado por levantar la trampilla un poco más y de abrirse paso. Perdió así un tiempo precioso. Después se dejó caer, bajó corriendo las escaleras del segundo piso y se encontró frente a tres puertas cerradas.
Al azar, se abalanzó sobre una de ellas y entró a una salita donde reinaba el desorden. Al no ver a nadie, corrió hasta el baño, después hasta la habitación donde creyó que había tenido lugar la lucha.
En efecto, enseguida vio en la semioscuridad, ya que las cortinas de la ventana estaban corridas, a un hombre de rodillas y una mujer tendida sobre la alfombra a la que el hombre tenía cogida por la garganta con ambas manos. Estertores de dolor se mezclaban a los insultos del hombre.
—¡Hija de perra! ¿Vas a callarte? ¡Ah, conque ésas tenemos! ¿Te niegas aún a entregar las joyas? Entonces, pequeña...
El ataque de Raúl, que se abalanzó sobre él con una violencia irresistible, le hizo dejar la presa. Los dos rodaron contra la chimenea, donde Raúl se golpeó la frente lo bastante fuerte como para sentir algunos segundos de desfallecimiento.
Además, el asesino era más pesado que él y la lucha entre un joven flacucho y un hombre que parecía macizo y de fuerte musculatura no podía durar mucho. De hecho, al cabo de un instante, uno de los dos se desprendió, mientras que el otro permanecía tendido y exhalaba débiles gemidos. Pero el que se levantó no era otro que Raúl.
—Lindo golpe, ¿no es así? —bromeó—. Lo debo a las instrucciones póstumas de un tal Théophraste Lupin: capítulo de métodos japoneses. Con esto se envía a cualquiera un buen rato a un mundo mejor y se le deja más inofensivo que un corderito.
Se inclinó sobre la joven actriz y, cogiéndola en sus brazos, la acostó sobre la cama. Vio enseguida que el espantoso abrazo del asesino no había tenido las consecuencias que podían temerse. Brigitte Rousselin respiraba con comodidad. Ninguna herida era visible. Pero temblaba y miraba con ojos de loca.
—¿Le han hecho daño, señorita? —preguntó, dulcemente—. No, ¿verdad? Esto no será nada. Y sobre todo no tenga miedo. No tiene nada mis que temer de él, y para más seguridad...
Corrió rápidamente hacia las cortinas, arrancó los cordones y ató las muñecas inertes del hombre. Al entrar un poco de luz en la habitación, dio vuelta al asesino para verle la cara.
No pudo evitar una exclamación. Estaba confundido y murmuró con estupor:
—Leonardo... Leonardo...
Nunca había tenido ocasión de ver de frente a este hombre, en general encorvado sobre el asiento del coche, escondiendo su cabeza entre los hombros y disimulando su talla al punto de que Raúl lo había creído casi jorobado y enclenque. Pero conocía su perfil huesudo, alargado por la barba encanecida, y no tuvo la menor duda: era Leonardo, el factótum y brazo derecho de Josefina Balsamo.
Terminó de atarlo, lo amordazó con fuerza, le envolvió la cabeza con una toalla y lo arrastró luego hasta la salita, donde le ató los pies a un pesado sofá. Después, volvió hacia la joven que continuaba gimiendo.
—Bueno —dijo—, ya no volverá a verlo. Descanse. Ya me encargaré de su sirvienta y sabré qué ha sido de ella.
Esto no le preocupaba mucho. Como suponía, descubrió a Valentina en la planta baja, en un rincón del salón, exactamente en el mismo estado en que él acababa de dejar a Leonardo, es decir, reducida a la impotencia y al silencio. Era una mujer lista. Una vez desatada, al enterarse de que su agresor estaba fuera de combate, no perdió la cabeza y se sometió a las órdenes de Raúl, que le dijo:
—Soy un agente de la policía secreta. He salvado a su ama. Vaya a su lado y cuídela. Voy a interrogar a este hombre para saber si tiene cómplices.
Raúl la condujo hacia la escalera para poder quedarse solo y reflexionar sobre las penosas ideas que le rondaban por la cabeza. Ideas tan penosas que, por momentos, trataba casi de inhibirse y de escuchar a su instinto, dejando al azar el cuidado de arreglar la situación, y habría abandonado el campo de batalla huyendo por la casa vecina. Pero, de pronto, una visión lúcida de las cosas le impidió obedecer a su instinto. Toda su creciente voluntad de mando del que sabe resolver y guardar su sangre fría en las circunstancias más trágicas lo obligaba a actuar. Atravesó el patio, y, con un gesto lento, maniobró la cerradura de la puerta principal, que se entreabrió ligeramente.
Por la hendidura, arriesgó una ojeada: al otro lado de la calle, un poco más abajo, estaba estacionada la vieja berlina.
Sobre el asiento, un sirviente muy joven, que él había visto muchas veces con Leonardo y que se llamaba Dominique, vigilaba el caballo.
Pero, en el interior del coche, ¿no había otro cómplice? ¿Quién podía ser?
Raúl no cerró la puerta. Sus sospechas se confirmaban y ahora nada en el mundo le hubiera impedido llegar hasta el final. Subió al segundo piso y se inclinó sobre el prisionero.
Un detalle le había llamado la atención durante la lucha: un pito de madera atado a una cadenita se había escapado de uno de los bolsillos de Leonardo y éste, a pesar del peligro, lo había recogido con un movimiento maquinal como si temiera perderlo. Raúl no podía dejar de preguntarse: ¿sería el pito para alejar al cómplice en caso de peligro, o bien, al contrario, era una señal para llamar al cómplice una vez hecho el trabajo?
Raúl adoptó esta hipótesis, más por intuición que por razonamiento. Abrió la ventana justo el tiempo necesario para dar un pitido.
Esperó apostado detrás de las cortinas de tul.
Su corazón le saltaba en el pecho. Nunca había sentido esta desagradable y terrible sensación de sufrimiento. En el fondo, no tenía dudas acerca de lo que sucedería y conocía la silueta que iba a aparecer en el marco de la puerta. Pero quería esperar de todos modos contra toda evidencia. No lo admitía, no consentía admitir que en este asunto tenebroso el asesino Leonardo tuviera como cómplice.
El pesado batiente del portal fue empujado.
—¡Ah! —exclamó Raúl, desesperado.
Josefina Balsamo entró.
Entró tranquilamente, con tanta desenvoltura como si fuera a visitar una amiga. Desde el momento en que Leonardo había silbado, la vía estaba libre y no tenía más que presentarse. Envuelta en su velo, atravesó con paso ligero el patio y entró en la casa.
De pronto, Raúl había recuperado toda su sangre fría. Su corazón se calmó. Estaba listo para luchar con este segundo adversario como lo había hecho con el primero, pero, eso sí, con armas diferentes aunque siempre eficaces. Llamó a Valentina y le dijo a media voz:
—Pase lo que pase, ni una palabra. Contra Brigitte Rousselin hay un complot que quiero deshacer. Aquí llega uno de los cómplices. Silencio absoluto, se lo ruego.
La doncella propuso:
—Puedo ayudarle, señor... correr a la comisaría...
—De ninguna manera. Este asunto, de ser divulgado, perjudicaría a su ama. ¡Yo respondo de todo, pero a condición de que ningún ruido llegue de esta habitación, ninguno!
—Bien, señor.
Raúl cerró las dos puertas de comunicación. De este modo, la habitación donde se encontraba Brigitte Rousselin y aquélla donde iba a jugarse la partida entre Josine y él quedaban aisladas. Como deseaba, ningún ruido podía pasar de una a la otra.
En aquel momento, Josefina Balsamo aparecía por el pasillo. Ella lo vio.
Raúl tuvo de inmediato la noción exacta de hasta dónde Josefina Balsamo podía llegar, en algunos minutos graves, en el dominio de sí misma. Lejos de asustarse al comprobar la presencia inesperada de Raúl y el desorden de la salita donde Leonardo estaba atado, comenzó por reflexionar dominando sus nervios de mujer y la agitación que la sacudía. Era fácil comprender lo que se preguntaba.
¿Qué significa todo esto? ¿Qué hace Raúl aquí? ¿Quién ha atado a Leonardo?
Finalmente, retirando su velo, preguntó simplemente, ya que era esto sin duda lo que más le atormentaba:
—¿Por qué me miras así, Raúl?
Él esperó algún tiempo antes de contestar. Las palabras que iba a pronunciar eran espantosas y la miraba para no perder ni uno solo de los estremecimientos de sus músculos, ni uno solo de los pestañeos de sus ojos. Murmuró:
—Brigitte Rousselin fue asesinada.
—¿Brigitte Rousselin?
—Sí, la actriz de anoche, la de la diadema de piedras. No te atreverás a decirme ahora que tú no sabes quién es esta mujer, ya que tú estás aquí, en su casa y que has encargado a Leonardo de avisarte una vez hecho el trabajo.
Ella pareció trastornada.
—¿Leonardo? ¿Ése es Leonardo?
—Sí —afirmó él—. Fue él quien mató a Brigitte Rousselin. Lo he sorprendido cuando la tenía cogida por el cuello con ambas manos.
Él la vio temblar, y ella cayó sentada balbuceando:
—Ah... miserable... el muy miserable... ¿es posible que haya hecho esto? —Y más bajo todavía, con un terror que crecía a cada palabra—: Ha matado... ha matado... ¡Es posible! Sin embargo, me había jurado que nunca mataría... me lo había jurado... ¡Oh, no puedo creerlo!
¿Era sincera o hacía comedia? ¿Habría Leonardo actuado bajo el impulso de una súbita locura o según las instrucciones que le ordenaban el crimen si el ardid fracasaba? Temibles preguntas que Raúl se hacía sin poder responder.
Josefina Balsamo levantó la cabeza, observó a Raúl con sus ojos llenos de lágrimas y luego, bruscamente, se lanzó hacia él, con las manos juntas.
—Raúl... Raúl... ¿por qué me miras así? No... no es cierto... tú no me acusas... ¡Ah, sería terrible...! ¿No creerás que yo sabía...? ¿Que yo he ordenado o permitido este crimen abominable...? No... júrame que no lo crees. ¡Oh, Raúl... mi Raúl!
Con cierta brusquedad la obligó a sentarse. Enseguida empujó a Leonardo a la sombra. Después de dar unos cuantos pasos, volvió hacia la Cagliostro y la cogió por los hombros.
—Escúchame, Josine —dijo lentamente, con la voz de un acusador y hasta más la de un adversario que la de un amante—, escúchame. Si en media hora no me has explicado todo este asunto y las maquinaciones secretas que lo complican, yo actuaré contra ti como contra una enemiga mortal. Por las buenas o por las malas, te alejaré de esta casa y sin la menor vacilación iré a la comisaría más próxima a denunciar a la policía el crimen que tu cómplice Leonardo acaba de cometer sobre la persona de Brigitte Rousselin... Después, ya te las arreglarás. ¿Quieres hablar, sí o no?




Capítulo VIII

Dos voluntades

La guerra estaba declarada y lo estaba en el momento en que Raúl había elegido, cuando tenía para sí todas las posibilidades, y Josefina Balsamo, desprevenida, aflojaba bajo un ataque que nunca hubiera imaginado tan violento e implacable.
Por supuesto, una mujer de su temple no podía admitir una derrota. Quiso resistir. No entendía que el tierno y delicioso amante que era Raúl pudiera, así, de golpe, erigirse en dueño e imponerle el temible abrazo de su voluntad. Recurrió a los mimos, a los llantos, a las promesas, a todos los artificios de la mujer. Raúl no mostró ninguna piedad.
—Hablarás. Estoy harto ya de tus misterios. Puede que encuentres placer en ello, pero yo no. Necesito ver las cosas claras.
—¿Pero, qué? —gritó ella, exasperada—. ¿Mi vida?
—Tu vida te pertenece —replicó Raúl—. Esconde tu pasado si tienes miedo de sacarlo a la luz. Sé perfectamente que siempre serás un enigma para mí y para todo el mundo y que nunca tu puro rostro me informará sobre lo que se agita en el fondo de tu alma. Pero quiero conocer ese período de tu vida que toca a la mía. Tenemos un objetivo común. Muéstrame el camino que sigues. Sino, corro el riesgo de dar con el crimen, ¡y no quiero!
Golpeó con el puño.
—¿Entiendes Josine? No quiero matar. Robar sí, entrar en las casas, pase. Pero asesinar, no. Mil veces no.
—Yo tampoco quiero —dijo ella.
—Puede que tú no, pero haces que maten por ti.
—¡Mentira!
—Entonces, habla. Explícate.
Ella se retorcía las manos. Protestaba y gemía:
—No puedo... no puedo...
—¿Por qué? ¿Quién te impide explicarme lo que sabes del asunto, lo que te ha revelado Beaumagnan?
—Preferiría no mezclarte en todo esto —murmuró ella—, para no enfrentarte con ese hombre.
Él lanzó una carcajada.
—¿Tienes acaso miedo por mí? ¡Ah, qué buen pretexto! Tranquilízate, Josine. Yo no temo a Beaumagnan. Hay otro adversario al que temo bastante más que a él.
—¿A quién?
—A ti, Josine.
Repitió duramente:
—A ti, Josine. Y es por eso que quiero ver claro. Cuando te vea bien de frente ya no tendré miedo. ¿Estás decidida?
Ella sacudió la cabeza.
—No —dijo—, no.
Raúl se irritó.
—O sea que desconfías de mí. El asunto te interesa y quieres guardarlo todo para ti. De acuerdo. Salgamos. Afuera, juzgarás mejor la situación.
La tomó en sus brazos y la cargó sobre su hombro, como lo había hecho la primera noche al pie de los acantilados, y se dirigió hacia la puerta.
—¡Para! —gritó ella.
Este golpe de fuerza, realizado como si nada, había terminado por domarla. Sintió que no hacía falta provocarlo aún más.
—¿Qué quieres saber? —preguntó una vez sentada.
—Todo —replicó Raúl—, y, para empezar, la razón de tu presencia aquí y el motivo por el que este miserable ha asesinado a Brigitte Rousselin.
—La diadema de piedras —declaró.
—¡Pero, si no tienen valor! Son piedras vulgares, falsos rubíes, falsos topacios, falsos ópalos...
—Sí, pero hay siete.
—¿Y qué? ¿Por eso debía matarla? Habría sido más sencillo esperar y buscar en las habitaciones a la primera ocasión.
—Es cierto, pero parece también que hay otros sobre la pista.
—¿Otros?
—Sí, esta mañana a primera hora, siguiendo mis instrucciones, Leonardo ha investigado sobre la tal Brigitte Rousselin. Me había fijado anoche en la diadema, y él ha venido a decirme que había gente rondando alrededor de esta casa.
—¿Gente? ¿Quién?
—Emisarios de la Belmonte.
—¿La mujer que se encuentra también mezclada en el asunto?
—Sí, está en todas partes.
—¿Y qué? —insistió Raúl—. ¿Ésta era una razón para matarla?
—Habrá perdido la cabeza. Me equivoqué al decirle que necesitaba esta diadema a cualquier precio.
—¡Ya ves, ya ves —gritó Raúl—, estamos a merced de un bruto que pierde la cabeza y mata bestial, estúpidamente! Vamos, terminemos. Creo, más bien, que la gente que rondaba por aquí esta mañana eran espías de Beaumagnan, déjame tomar la dirección. Si quieres triunfar, será gracias a mí, sólo a mí.
Josine cedía. Raúl afirmaba su superioridad con tal convicción que ella tuvo, por así decirlo, una impresión física. Ella lo vio más alto de lo que era, más fuerte, mejor dotado que todos los hombres que había conocido, con una inteligencia más sutil, una mirada más aguda, con mayores y más diversos recursos. Se inclinó frente a esta voluntad implacable y frente a esta energía que ninguna consideración podría disminuir.
—Sea —dijo ella—, hablaré. Pero, ¿por qué hablar aquí?
—Aquí y no en otra parte —contestó Raúl sabiendo que, si la Cagliostro se recuperaba, él no obtendría nada.
—Bueno —aceptó ella aún abrumada—, está bien, cedo, ya que nuestro amor está en juego, y que a ti parece importarte poco.
Raúl sintió un profundo sentimiento de orgullo. Por primera vez tomó conciencia del ascendiente que ejercía sobre los demás y de la fuerza extraordinaria con la que imponía sus decisiones.
La verdad es que la Cagliostro no estaba en posesión de todos sus recursos. El supuesto asesinato de Brigitte Rousselin había de alguna manera minado su poder de resistencia y el espectáculo de Leonardo encadenado aumentaba su agitada angustia. Pera, él había cogido rápidamente la ocasión que se le presentaba y aprovechado todas las ventajas para establecer, mediante la amenaza, el miedo, la fuerza y la astucia, su victoria definitiva.
Ahora, él era el amo. Había obligado a Josefina Balsamo a rendirse y había controlado al mismo tiempo su propio amor. Besos, caricias, maniobras de seducción, hechizos de la pasión, sortilegio del deseo, ya nada temía, puesto que había llegado hasta el mismo límite de la ruptura.
Sacó el tapiz que recubría el velador y lo echó sobre Leonardo. Después volvió y tomó lugar cerca de Josine.
—Escucho.
Ella le echó una ojeada que revelaba el rencor y la cólera impotente, y murmuró:
—Te has equivocado. Te aprovechas de un desfallecimiento pasajero para exigir de mí un relato que te hubiera hecho un día u otro de buena voluntad. Es una humillación inútil, Raúl.
Él repitió duramente:
—Escucho.
Entonces se decidió:
—Tú lo has querido. Terminemos, y lo más rápido posible. Te ahorraré todos los detalles para ir directamente al objetivo. No será largo ni complicado. Un simple informe. Hace veinticuatro años, durante los meses que precedieron a la guerra de 1870 entre Francia y Prusia, el cardenal de Bonnechose, arzobispo de Ruan y senador, en visita de confirmación a Caux, fue sorprendido por una tormenta espantosa y tuvo que refugiarse en el castillo de Gueures en el que vivía por aquel entonces su último propietario, el caballero Des Aubes. Cenó allí. A la noche, cuando se retiraba al dormitorio que le habían preparado, el caballero Des Aubes, un viejo de casi noventa años, achacoso pero aún muy lúcido, solicitó de él una audiencia particular que fue inmediatamente concedida y que duró largo tiempo. Éstas son las extrañas revelaciones que oyó entonces el cardenal de Bonnechose, resumidas por él mismo más tarde y a las que no cambiaré una sola palabra.
»Éstas son. Las sé de memoria:
»"Monseñor", explicó el anciano,"no le sorprenderé si le digo que mis primeros años pasaron en medio de la gran tormenta revolucionaria. En la época del Terror yo tenía doce años. Era huérfano y acompañaba todos los días a mi tía Des Aubes a la prisión vecina, donde ella distribuía comida y cuidaba a los enfermos. Habían encerrado toda suerte de pobres gentes a las que se juzgaba y condenaba a la buena de Dios, y así tuve ocasión de conocer a un hombre de quien nadie conocía el nombre y del que nadie sabía por qué ni bajo qué denuncia había sido detenido. Las amabilidades con que lo traté y mi piedad le inspiraron confianza. Conquisté su afecta y la noche en que fue a su vez juzgado y condenada me dijo:'Muchacho, mañana al amanecer, los gendarmes me conducirán al patíbulo y moriré sin que se sepa quién soy. Así lo he querido. Incluso a ti, no te lo diría. Pero los hechos exigen que te haga ciertas confidencias y que te pida que las escuches como un hombre y, más tarde, que te acuerdes de ellas con la lealtad y la sangre fría de un hombre. La misión que te encomiendo es de una considerable importancia. Estoy convencido, muchacho, de que sabrás ponerte a la altura de tal deber y guardar, pase lo que pase, un secreto del que dependen los más graves intereses'".
»"Me informó seguidamente", continuaba el caballero Des Aubes, "de que él era sacerdote y, como tal, depositario de riquezas incalculables transformadas en piedras preciosas tanto más puras y costosas cuanto que su tamaño era reducido. A medida que fueron adquiridas, habían sido escondidas en el fondo de un lugar absolutamente insospechado. En un rincón de Caux, en un espacio libre donde todo el mundo podía pasearse, había una de esas enormes piedras que servían, y sirven todavía, para marcar el límite de ciertas propiedades, campos, vergeles, praderas, bosques, etcétera. Esta piedra, hundida casi enteramente en el suelo y rodeada de malezas, estaba agujereada en su extremidad superior por dos o tres aberturas naturales tapadas por tierra donde crecían pequeñas plantas y flores salvajes. Allí, en una de esas aberturas de la que se sacaba cada vez la tierra para reponerla luego cuidadosamente, allí, en aquella hucha al aire libre, se deslizaban las magníficas piedras preciosas. Las cavidades se llenaron y, como no había otro escondite, se encerraban desde hacía algunos años las piedras recientemente adquiridas en un cofre de madera tropical que el mismo sacerdote había enterrado al pie de la piedra algunos días antes de su arresto. Me indicó exactamente el lugar y me comunicó una fórmula compuesta de una sola palabra, en caso de olvido, que indicaría el sitio con toda exactitud. Le prometí entonces que en cuanto llegaran tiempos tranquilos, que, según él y con toda razón, tardarían unos veinte años en llegar, iría a asegurarme de que todo estaba en su lugar y que, a partir de esta fecha, asistiría todos los años a la gran misa celebrada el domingo de Pascua en la iglesia del pueblo de Gueures. Un domingo de Pascua, en efecto, vería al lado de la pila de agua bendita a un hombre vestido de negro. En el momento en que le diera mi nombre, él me llevaría no lejos de un candelabro de siete brazos de cobre que se encendía sólo los días de fiesta. Debería responder enseguida a su gesto confiándole la fórmula reveladora y del lugar. Éstos serían entre nosotros los signos de reconocimiento. Después, yo le llevaría hasta la piedra. Le prometí sobre mi propia vida que me atendría ciegamente a las instrucciones dadas. Al día siguiente, el digno sacerdote subió al patíbulo. Monseñor, aunque muy joven, mantuve religiosamente mi promesa de discreción. Cuando murió mi tía Des Aubes, me alisté en el ejército y participé en todas las guerras del Directorio y del Imperio. A la caída de Napoleón, a los treinta y tres años, depuesto de mi grado de coronel, fui primero al escondite, donde vi fácilmente la piedra de granito. Después, el domingo de Pascua de 1816, fui a la iglesia de Gueures, donde vi, sobre el altar, el candelabro de cobre. Ese domingo, el hombre vestido de negro no estaba junto a la pila de agua bendita. Volví el domingo de Pascua siguiente y desde entonces cada domingo, ya que, entretanto, había comprado el castillo de Gueures que estaba en venta. Así, cual soldado escrupuloso, montaba guardia al lado del puesto que se me había asignado. Y esperaba. Monseñor, hace cincuenta y cinco años que espero. Nadie ha venido, ni he oído hablar de nada que tenga relación con esta historia. La piedra está intacta. El candelabro es encendido en los días de fiesta prescritos por el sacristán de Gueures. Pero el hombre vestido de negro no ha acudido jamás a la cita. ¿Qué debía hacer? ¿A quién dirigirme? ¿Intentar una gestión con la autoridad eclesiástica? ¿Pedir una audiencia con el rey de Francia? No, mi misión estaba estrictamente definida. Yo no tenía derecho a interpretarla a mi manera. Me callé. ¡Pero cuántos problemas de conciencia! ¡Cuántos escrúpulos difíciles de controlar! ¡Qué angustia ante la idea de que podía morir y llevarme a la tumba un secreto tan importante! Monseñor, esta noche, todas mis dudas y todos mis escrúpulos se han disipado. Vuestra llegada fortuita al castillo me parece una manifestación innegable de la voluntad divina. Usted es a la vez el poder religioso y el poder temporal. Como arzobispo, usted representa la Iglesia; como senador, representa a Francia. No corro el riesgo de equivocarme haciéndole estas revelaciones, que interesan a una y otra parte. Además, ¡es usted quien debe elegir, monseñor! Actúe, negocie. Y, cuando haya recibido de sus manos la orden de enviar a quienquiera que sea el sagrado depósito, le daré todas las indicaciones necesarias"».
»El cardenal de Bonnechose había escuchado sin interrumpir. No pudo evitar comunicarle al caballero Des Aubes que aquella historia lo dejaba un poco perplejo. Entonces, el caballero salió y, poco después, volvió con un cofrecillo de madera tropical.
»"Éste es el cofre del que me habló aquel hombre y que encontré allí abajo. Me pareció más sabio guardarlo en mi casa. Lléveselo, monseñor, y haga evaluar algunas de las piedras preciosas que contiene. Usted creerá entonces que mi historia es verídica y que el digno sacerdote no se equivocó al hacer alusión a riquezas inalcanzables, ya que la piedra contiene, según su afirmación, diez mil piedras tan bellas como éstas."
»La insistencia del caballero y las pruebas que le entregaba decidieron al cardenal, que se comprometió desde entonces a proseguir con el asunto y mandar buscar al viejo en cuanto encontrara una solución.
»La conversación terminó con esta promesa, que el arzobispo tenía el firme propósito de mantener, pero que los acontecimientos obligarían a retrasar. Estos acontecimientos, tú los conoces. Fueron, primero, la declaración de guerra entre Francia y Prusia y los desastres que siguieron. Las pesadas tareas de su puesto lo absorbieron. El imperio se desplomó. Francia fue invadida. Y los meses pasaron.
»Cuando Ruan fue amenazada, el cardenal, deseoso de enviar a Inglaterra ciertos documentos de gran importancia, tuvo la idea de adjuntar también el envío el cofrecillo del caballero. El 4 de diciembre, en la víspera del día en que los alemanes entraran en la ciudad, un sirviente de confianza, un tal Jaubert, conducía un carruaje que corría por la carretera de Le Havre, donde debía embarcar.
»Dos días más tarde, el cardenal se enteró de que el cadáver de Jaubert había sido encontrado en un barranco del bosque de Rouvray, a diez kilómetros de Ruan, Devolvían al cardenal la maleta con los documentos. En cuanto al coche y al caballo, habían desaparecido, así como el cofre de madera tropical. Las informaciones recibidas establecían que el infortunado sirviente había debido de caer en una emboscada de la caballería alemana que se había aventurado más allá de Ruan para atacar los coches de los ricos burgueses que huían hacia Le Havre.
»La mala suerte continuó. A principios de enero, el cardenal recibió un emisario del caballero Des Aubes. El viejo no había podido sobrevivir a la derrota de su país. Antes de morir, había garabateado estas dos frases, casi ilegibles: "La palabra de la fórmula que designa el sitio está grabada en el fondo del cofre... He escondido el candelabro de cobre en mi jardín".
»Así, nada quedaba de la aventura. El cofre había sido robado. Ninguna prueba permitía afirmar que el relato del caballero Des Aubes tuviera el más mínimo asomo de verdad. Nadie había visto las piedras. ¿Existían realmente? Más aún, ¿no existirían más que en la imaginación del caballero? ¿Y el cofre? ¿No serviría sólo de joyero para unas cuantas alhajas de teatro y piedras de colores?
»La duda invadía poco a poco el espíritu del cardenal, una duda lo bastante tenaz como para que decidiera, a fin de cuentas, guardar silencio. El relato del caballero Des Aubes debía ser considerado como una divagación de anciano. Hubiera sido peligroso divulgar tales pamplinas. Así que se calló. Pero...
—¿Pero? —repitió Raúl, al que tales pamplinas parecían interesar prodigiosamente...
—Pero —continuó Josefina Balsamo—, antes de tomar una resolución definitiva, había escrito estas páginas, este informe relativo a su conversación en el castillo de Gueures y a los incidentes que siguieron, informe que olvidó quemar o que extravió y que, algunos años después de su muerte, fue encontrado en uno de sus libros de teología cuando se vendió su biblioteca en subasta.
—¿Encontrado por quién?
—Por Beaumagnan.
Josefina Balsamo había contado toda la historia, la cabeza baja, con una voz un poco monótona como una lección que se recita. Levantando los ojos, se sorprendió de la expresión de Raúl.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Esto me apasiona. Piensa, Josine, piensa que, poco a poco, por las confidencias de tres viejos que se transmitieron el candelabro, nosotros nos remontamos a más de un siglo y desde allí nos vinculamos a una leyenda, ¿qué digo?, a un secreto formidable que data de la Edad Media. La cadena no se ha roto. Todos los eslabones están en su lugar. Y, como último anillo de esta cadena, ¡fíjate!, aparece Beaumagnan. ¿Qué ha hecho Beaumagnan? ¿Hay que declararlo digno de su papel o desposeerlo? ¿Qué debo hacer? ¿Asociarme a él o arrancarle la antorcha?
La exaltación de Raúl convenció a la Cagliostro de que no le permitiría interrumpirlo. Ella dudaba, sin embargo, ya que en las palabras más importantes, en todo caso las más graves, ya que se trataba de su papel en el asunto, no habían sido pronunciadas. Pero, él le dijo:
—Continúa, Josine. Recorremos un camino magnífico. Caminemos juntos y alcanzaremos juntos la recompensa que está al alcance de nuestras manos.
Ella continuó:
—El personaje de Beaumagnan se explica en una palabra: es un ambicioso. Desde el principio ha puesto su vocación religiosa, que es real, al servicio de su ambición, que es desmesurada, y una y otra lo han conducido a introducirse en la Compañía de Jesús, donde ocupa un puesto importante. El descubrimiento del informe lo embriagó. Vastos horizontes se abrían ante él. Llegó a convencer a algunos de sus superiores, los lanzó a la conquista de riquezas y obtuvo que movieran en favor de su empresa todas las influencias de que disponen los jesuitas.
»Enseguida agrupó alrededor suyo una docena de hidalgos, más o menos honorables y más o menos endeudados, a los que no reveló más que una parte del asunto, y organizó una verdadera asociación de conspiradores dispuestos a todo. Cada uno tuvo su campo de acción y de investigación. Beaumagnan los ataba con dinero, con el que es muy pródigo.
»En dos años de investigación minuciosa, llegaron a resultados que no son desdeñables. Para comenzar, se supo que el sacerdote decapitado se llamaba hermano Nicolás, tesorero de la abadía de Fécamp. Segundo, a fuerza de buscar en los archivos secretos y en los viejos cartularios, se descubrieron curiosos carteos entre todos los monasterios de Francia. Parece ser que, desde hacía muchos años, circulaban ciertas sumas de dinero enviadas como diezmos a benévolos desde todas las instituciones religiosas de Francia a los monasterios de Caux. Esto parecía constituir un tesoro común, una reserva inagotable a la vista de posibles asaltos o de cruzadas que emprender. Un consejo de tesorería, compuesto de siete miembros, administraba estas riquezas; pero sólo uno de ellos conocía el lugar.
»La Revolución había destruido todos estos monasterios. Pero las riquezas existían. El hermano Nicolás había sido el último guardián.
Un gran silencio siguió a las palabras de Josefina Balsamo. La curiosidad de Raúl no había quedado defraudada, y sentía una viva emoción.
Murmuró con un entusiasmo contenido:
—¡Qué bonito es todo esto! ¡Qué magnífica aventura! Siempre tuve la certeza de que el pasado había legado al presente esos tesoros fabulosos, cuya búsqueda siempre plantea un problema insoluble. ¿Cómo podría ser de otra manera? Nuestros antepasados no disponían de cajas fuertes como nosotros, ni sótanos en el Banco de Francia. Estaban obligados a elegir escondites naturales, donde amontonaban el oro y las joyas, y se transmitían el secreto por alguna fórmula mnemotécnica que era como la combinación de una caja fuerte. Sobrevenía un cataclismo y el secreto se perdía y, con él, el tesoro acumulado tan penosamente. —Su efervescencia aumentaba y dijo alegremente—: Éste no lo será, Josefina Balsamo, y es uno de los más fantásticos. Si el hermano Nicolás ha dicho la verdad, y todo lo prueba, si las diez mil piedras preciosas han sido deslizadas en esta extraña piedra, podríamos hoy evaluar esos bienes inalienables legados por la Edad Media en algo así como mil millones de francos.
[4] ¡Todo ese esfuerzo de millones y millones de monjes, esta gigantesca oferta de todo el pueblo cristiano, y de las grandes épocas de fanatismo, todo eso está en la piedra de granito en medio de un vergel normando! ¿No es admirable?
»¿Y tu papel en la aventura, Josefina Balsamo? ¿Qué has aportado tú? ¿Tienes de Cagliostro alguna indicación especial?
—Unas cuantas palabras solamente —respondió ella—. En la lista que poseo de los Cuatro enigmas, revelados por él, escribió frente al de «La fortuna de los reyes de Francia»
[5] esta nota: «Entre Ruan, Le Havre y Dieppe (Confesión de María Antonieta)».
—Sí, sí —continuó Raúl sordamente—. Caux... el estuario del viejo río al borde del cual han prosperado los reyes de Francia y los monjes... Allí han escondido las economías de diez siglos de religión... Los dos cofres están allí, no lejos el uno del otro, naturalmente, y allí los encontraré. —Después, mirando a Josine—: Entonces ¿tú también buscabas?
—Sí, pero sin datos precisos...
—Y otra mujer buscaba como tú —dijo penetrando con su mirada hasta el fondo de sus ojos—, la que mató a los dos amigos de Beaumagnan.
—Sí —dijo ella—, la marquesa de Belmonte, que es, supongo, una descendiente de Cagliostro.
—¿Y tú, no has descubierto nada?
—Nada, hasta el día en que encontré a Beaumagnan.
—Quien quería vengar la muerte de sus amigos.
—Sí —convino ella.
—Y Beaumagnan, poco a poco, ¿te confió lo que él sabía?
—Sí.
—¿Por su cuenta?
—Por su cuenta.
—O sea, que tú adivinaste que él perseguía el mismo objetivo que tú y te has aprovechado del amor que le inspirabas para llevarlo a esas confidencias.
—Sí —confesó ella, francamente.
—Eso es jugar fuerte.
—Era jugar mi vida. Cuando decidió matarme quiso, es cierto, liberarse del amor que sufría, ya que yo no le correspondía, pero también, y sobretodo, tuvo miedo de las revelaciones que me había hecho. De pronto yo me había transformado en una enemiga que podía llegar al fin antes que él.
»Desde el día en que se dio cuenta de eso, estaba condenada.»
—Sin embargo, sus descubrimientos se reducían a algunos datos históricos bastante vagos.
—A eso solamente.
—Y el brazo del candelabro que saqué del pilar fue el primer indicio de la verdad.
—El primero.
—Al menos, lo supongo. Ya que desde vuestra ruptura, nada prueba que él no haya dado unos pasos más hacia el objetivo.
—¿Unos pasos más?
—Sí, un paso al menos. Ayer por la noche, Beaumagnan fue al teatro. ¿Por qué iba a ir sino porque Brigitte Rousselin llevaba colocada en su frente una diadema compuesta de siete piedras? Ha debido de darse cuenta de lo que esto significaba, y sin duda fue él quien hizo vigilar la casa de Brigitte.
—Admitiendo que así sea, nosotros no podemos saberlo.
—Podemos saberlo, Josine.
—¿Cómo? ¿Por quién?
—Por Brigitte Rousselin.
Ella se estremeció.
—Brigitte Rousselin...
—Claro —dijo él, tranquilamente—, basta con interrogarla.
—¿Interrogar a esa mujer?
—Hablo de ella y de ninguna otra.
—Pero entonces... pero entonces... ¿vive?
—¡Cómo no! —exclamó él.
Se levantó otra vez y dio dos o tres vueltas sobre sus talones, que hizo seguir de un esbozo de danza que parecía un cancán o una giga.
—Te suplico, condesa de Cagliostro, que no me eches esas miradas furiosas. Si no hubiera provocado en ti un trastorno nervioso lo bastante fuerte como para anular tu resistencia, no habrías dicho ni una palabra de la aventura; ¿dónde estaríamos? Un día u otro Beaumagnan se llevaría los millones y Josefina se mordería los puños. Vamos, una linda sonrisa en lugar de esa mirada cargada de odio.
Ella murmuró:
—¡Has tenido la cara dura...! ¡Te has atrevido a...! Y todas esas amenazas, todo ese chantaje para obligarme a hablar, ¿eran pura comedia? ¡Ah, Raúl, no te lo perdonaré jamás!
—Sí, sí —dijo él en tono de broma—, claro que me perdonarás. ¡Simple herida de amor propio, que no tiene nada que ver con nuestro amor, querida! Entre personas que se aman como nosotros, eso no existe. Un día araña uno, al día siguiente otro... hasta el momento en que el acuerdo es perfecto en todos los puntos.
—A menos que se rompa antes —arguyó ella entre dientes.
—¿Romper? ¿Por qué te he sonsacado algunas confidencias? ¿Romper...?
Pero Josefina mantenía un aspecto tan desconcertado que, de pronto, Raúl, en un ataque de risa loca, interrumpió sus explicaciones. Saltaba sobre un pie y sobre el otro, brincando, y gemía:
—¡Dios mío, qué gracioso! ¡La señora está disgustada...! Y ahora, ¿qué? ¿Ya se pueden hacer pequeñas trampas...? ¡Por nada, y ya te enfadas...! ¡Ah, mi buena Josefina, me das risa!
Ella ya no lo escuchaba. Sin ocuparse de él, quitó la toalla que encapuchaba a Leonardo y cortó las ligaduras.
Leonardo saltó hacia Raúl con la rapidez de una bestia desencadenada.
—¡No lo toques! —ordenó ella.
Se detuvo de golpe, los puños tendidos hacia la cara de Raúl, que murmuraba con lágrimas en los ojos, lleno de ironía:
—Bueno, bueno, aquí está el esbirro... un diablo que sale de su cajita...
Fuera de sí, el hombre temblaba:
—Nos encontraremos, amigo... Nos encontraremos... amigo... aunque sea dentro de cien años...
—¿Tú también cuentas por siglos —se burló Raúl— como tu ama...?
—Vete —exigió la Cagliostro, empujando a Leonardo hasta la puerta—. Vete... Llévate el coche...
Cambiaron algunas palabras rápidas en una lengua que Raúl no comprendió. Después, cuando ella quedó sola con el joven, se acercó y le dijo con voz áspera:
—¿Y ahora?
—¿Ahora?
—Sí, ¿cuáles son tus intenciones?
—Son bien puras, Josefina, intenciones angélicas.
—Basta de bromas. ¿Qué quieres hacer? ¿Cómo vas a actuar?
De pronto serio, él respondió:
—Actuaré de forma distinta que tú, Josine, que eres siempre desconfiada. Yo seré lo que tú no has sido: un amigo leal que enrojecería de vergüenza si te perjudicara.
—¿Es decir?
—Es decir, que voy a preguntarle a Brigitte Rousselin algunas cosas indispensables y voy a hacerlo de manera que tú lo oigas. ¿Te conviene?
—Sí —dijo ella, aún irritada.
—En ese caso, quédate aquí. No será muy largo. El tiempo apremia.
—¿El tiempo apremia?
—Sí, ya lo comprenderás, Josine. No te muevas.
Raúl abrió las dos puertas de comunicación y las dejó entreabiertas a fin de que ella pudiera oír hasta la menor palabra, y se dirigió hacia la cama donde Brigitte Rousselin reposaba vigilada por Valentina.
La joven actriz le sonrió. A pesar de todo su espanto, y aunque no había comprendido nada de lo que había sucedido, sintió, al ver a su salvador, una sensación de seguridad y de confianza que la tranquilizó.
—No la cansaré —dijo él—. Un minuto o dos solamente. ¿Está usted en condiciones de responder?
—¡Oh, claro!
—Bueno, el caso es el siguiente: ha sido víctima de una especie de loco que la policía vigilaba y que va a internar. Así que no hay el menor peligro. Pero quisiera aclarar un punto.
—Pregunte.
—¿Qué es esa diadema de piedra? ¿De dónde la ha sacado?
Él sintió que ella dudaba. Sin embargo, confesó:
—Son piedras... que encontré en un viejo cofre.
—¿Un viejo cofre de madera?
—Sí, todo roto, ni siquiera estaba cerrado. Estaba escondido debajo de un montón de paja en el granero de una casita donde vive mi madre en el campo.
—¿Dónde?
—En Lillebonne, entre Ruan y Le Havre.
—Ya sé. ¿Y el cofre provenía...?
—Lo ignoro. No se lo pregunté a mamá.
—¿Usted encontró las piedras tal como están hoy en día?
—No, estaban montadas en anillos sobre grandes argollas de plata.
—¿Y las argollas?
—Las tenía hasta ayer en mi caja de maquillaje, en el teatro.
—¿Ya no las tiene?
—No, las dejé a un señor que vino a felicitarme a mi camerino y que las vio por casualidad.
—¿Estaba solo?
—Con dos señores más. Es un coleccionista. He prometido entregarle hoy a las tres las siete piedras para que él reconstruyera los anillos. Debe comprármelas a buen precio.
—¿Llevan esas argollas inscripciones en el interior?
—Sí, palabras en caracteres antiguos, a los que no presté mucha atención.
Raúl reflexionó y concluyó un poco gravemente:
—Le aconsejo que guarde el secreto más absoluto sobre todo eso. Si no, el asunto podría tener graves consecuencias; no tanto para usted como para su madre. Es bastante sorprendente que oculte en su casa anillos, sin valor, evidentemente, de un gran interés histórico.
Brigitte Rousselin se asustó:
—Estoy dispuesta a devolverlas.
—Es inútil. Conserve esas piedras. Exigiré en su nombre la restitución de las argollas. ¿Dónde vive ese señor?
—En la calle de Vaugirard.
—¿Su nombre?
—Beaumagnan.
—Bien, un último consejo, señorita: Deje esta casa. Es demasiado solitaria. Y durante un tiempo, digamos un mes, vaya a vivir a un hotel con su doncella. No reciba a nadie. ¿Convenido?
—Sí, señor.
Afuera, Josefina Balsamo se agarró al brazo de Raúl d'Andrésy. Parecía muy agitada. Parecía haber olvidado cualquier idea de venganza y rencor. Finalmente dijo con ansiedad:
—He comprendido, ¿no? ¿Vas a ir a su casa?
—A casa de Beaumagnan, sí.
—Es una locura.
—¿Porqué?
—¡A casa de Beaumagnan! ¡Y a una hora en que sabes que él está allí con los otros dos!
—Dos más uno, igual a tres.
—No vayas, por favor.
—¿Por? ¿Crees que me comerán?
—Beaumagnan es capaz de todo.
—¿Es también un antropófago?
—¡No te rías, Raúl!
—No llores, Josine.
Sintió que era sincera y que por un arranque de ternura femenina olvidaba su desacuerdo y temblaba por él.
—No vayas, Raúl —insistió—. Yo sé dónde vive. Los tres se lanzarán sobre ti y nadie podrá socorrerte.
—Tanto mejor —dijo él—, ya que nadie podrá tampoco socorrerlos a ellos.
—Raúl, Raúl, estás bromeando, y sin embargo...
Él la tomó entre sus brazos.
—Escucha, Josine, llego el último a un asunto colosal y me encuentro en presencia de dos organizaciones poderosas, la tuya y la de Beaumagnan, y las dos, naturalmente, se niegan a acogerme, a mí, el tercer ladrón...; de tal forma que, si no empleo grandes medios, corro el riesgo de permanecer, como Juan Lanas, sin alforjas. Déjame entonces arreglármelas con nuestro enemigo Beaumagnan de la misma manera que me las arreglé con mi amiga Josefina Balsamo. No me las arreglo tan mal, ¿no es cierto?, y tú no puedes negar que aún tengo algunos recursos...
Era herida nuevamente. Ella desprendió su brazo y caminaron uno al lado del otro, en silencio.
En el fondo, Raúl se preguntaba si su adversario más implacable no era precisamente esta mujer de dulce rostro que él amaba tan ardientemente y por la que era tan ardientemente amado.




Capítulo IX

La roca Tarpeya

—¿El señor Beaumagnan, es aquí?
En el interior, el batiente de una mirilla había sido abierto y la cara de un viejo sirviente se pegaba a la rejilla.
—Es aquí, pero el señor no recibe.
—Vaya a decirle que es de parte de la señorita Brigitte Rousselin.
La vivienda de Beaumagnan, que ocupaba la planta baja, se comunicaba con el primer piso. No había portero. No había timbre: una aldaba de metal que se golpeaba contra una maciza puerta provista de una ventana de prisión.
Raúl esperó más de cinco minutos. La visita de un joven, cuando se esperaba la de una joven actriz, debía intrigar a los tres personajes.
—Piden al señor su tarjeta —volvió diciendo el sirviente.
Raúl entregó su tarjeta.
Nueva espera. Después, un ruido de cerrojos abriéndose y cadenas desatándose y Raúl fue conducido a través de un largo vestíbulo bien encerado, más bien parecido a un locutorio de convento cuyos muros no hacían más que confirmarlo.
Pasaron frente a muchas puertas. La última estaba forrada con una hoja de cuero.
El viejo servidor abrió y cerró detrás del muchacho, que se encontró solo frente a sus tres enemigos, pues ¿podía llamar de otra forma a esos tres hombres, de los cuales dos al menos, acechaban su entrada, parados, en posición de boxeadores que van a iniciar su ataque?
—¡Es él! ¡Por supuesto que es él! —gritó Godefroy d'Etigues, sublevado de rabia—. Beaumagnan; es él, nuestro hombre de Gueures, el que robó el brazo del candelabro, ¡Ah, qué cara tiene! ¿Qué viene a hacer hoy? Si es por la mano de mi hija...
Raúl respondió riendo:
—Pero, bueno, señor, ¿es que no piensa más que en eso? Yo siento por la señorita Clarisa los mismos sentimientos rotundos y guardo en el fondo de mí las mismas esperanzas respetuosas. Pero, como tampoco lo fue el día de Gueures, el objeto de mi vista hoy no es el matrimonio.
—Entonces ¿cuál es el objeto de tu visita?... —masculló el barón.
—El día de Gueures era encerrarlos en un sótano. Hoy...
Beaumagnan tuvo que intervenir, sin lo cual Godefroy d'Etigues se hubiera lanzado contra el intruso.
—Dejémoslo así, Godefroy. Siéntese y que este señor tenga a bien decirnos el motivo de su visita.
Él mismo se sentó frente a su escritorio. Raúl se instaló.
Antes de hablar, se tomó el tiempo de examinar a sus interlocutores cuyas caras parecían haber cambiado después de la reunión en la Haie d'Etigues. En particular, el barón había envejecido. Sus mejillas estaban hundidas y la expresión de sus ojos tenía, en algunos momentos, algo de perturbado que sorprendió al muchacho. La idea fija, los remordimientos dan esta fiebre y esta inquietud que Raúl creyó discernir también sobre el rostro atormentado de Beaumagnan. Sin embargo, éste permanecía dueño de sí.
Si el recuerdo de Josine muerta lo atormentaba, se debía más bien a un problema de conciencia en el que uno juzga sus actos y en el que uno se afirma su derecho. Drama interior que ni siquiera afectaba la apariencia del hombre y no podía comprometer su equilibrio más que por ráfagas y en los minutos de crisis.
«Y estos minutos —se dijo Raúl— es asunto mío provocárselos, si quiero triunfar. Él o yo, uno de los dos tiene que ceder.»
Y como Beaumagnan insistía:
—¿Qué quiere usted? El nombre de la señorita Rousselin le ha servido para entrar en mi casa. ¿Con qué intención...?
Él respondió astutamente:
—Con la intención de proseguir, señor, la conversación que usted comenzó con ella ayer en el teatro de variedades.
El ataque era directo. Pero Beaumagnan no se zafó.
—Yo estimo —dijo— que esta conversación no podría continuar más que con ella, y sólo a ella esperaba.
—Una razón muy seria ha retenido a la señorita Rousselin —replicó Raúl.
—¿Una razón muy seria?
—Sí, ha sido víctima de una tentativa de asesinato.
—¿Cómo? ¿Qué dice usted? ¿Han tratado de matarla? ¿Por qué?
—Para coger las siete piedras, de la misma manera que usted y estos señores han cogido las anillas.
Godefroy d'Etigues y Oscar de Bennetot se agitaron en sus asientos. Beaumagnan se contuvo, pero observaba sorprendido a este jovencito cuya intervención inexplicable alcanzaba el colmo del desafío y la arrogancia. En todo caso, el adversario le parecía de mala ralea y eso se sintió en el tono negligente de su respuesta:
—Ya van dos veces, señor, que se mezcla usted en lo que no le importa y de una manera que nos obligará, sin duda, a darle la lección que merece. La primera vez, en Gueures, después de haberme arrastrado a mí y a mis amigos a una emboscada, usted se apoderó de un objeto que nos pertenecía, lo cual, en lenguaje ordinario, se llama simplemente, robo. Hoy, su agresión es todavía más chocante, ya que viene usted a insultarnos de frente, sin el menor pretexto, sabiendo perfectamente, que no hemos robado esas anillas, sino que nos han sido cedidas. ¿Puede usted explicarnos los motivos de su conducta?
—Usted sabe muy bien —respondió Raúl—, que no hubo por mi parte ni robo ni agresión, sino simplemente el esfuerzo de alguien que persigue el mismo objetivo que usted.
—¡Ah! ¿Usted persigue el mismo objetivo que nosotros? —interrogó Beaumagnan, con cierta ironía—. ¿Y cuál es ese objetivo, si es tan amable?
—El descubrimiento de diez mil piedras preciosas escondidas en el hueco de una piedra de granito.
De pronto, Beaumagnan quedó desconcertado y, por su actitud y su molesto silencio, lo demostró con bastante torpeza. En vista de lo cual, Raúl reforzó su ataque.
—Entonces, ¿no es cierto?, como los dos buscamos el tesoro fabuloso de los viejos monasterios, ocurre que nuestros caminos se cruzan, lo cual produce un choque entre nosotros. Ahí reside todo el problema.
¡El tesoro de los monasterios! ¡La piedra de granito! ¡Las diez mil piedras preciosas! Cada una de esas palabras habían golpeado a Beaumagnan como un mazo. ¡Así que debía hacer frente a otro rival! ¡La Cagliostro desaparecida, surgía otro competidor en la carrera de los millones!
Godefroy d'Etigues y Bennetot lanzaba miradas furiosas y abombaban sus pechos de atletas dispuestos a la lucha. Beaumagnan, en cambio, se retenía para recobrar la sangre fría de la que sentía imperiosa necesidad.
—¡Leyendas! —exclamó, tratando de asegurar su voz y de recobrar el hilo de sus ideas—. ¡Comadreos de mujeres! ¡Cuentos para dormir! ¿Y en esto pierde usted su tiempo?
—No pierdo más tiempo que usted —replicó Raúl, que no quería en absoluto que Beaumagnan recuperara su aplomo y que no perdía una ocasión para aturdirlo—. No más que usted, cuyos actos giran en torno a ese tesoro... no más de lo que perdía el cardenal Bonnechose, cuyo informe no era, sin embargo, un comadreo de mujer. No más que la docena de amigos que usted dirige e inspira.
—¡Dios mío! —exclamó Beaumagnan, que afectaba ironía—. Parece usted bien informado.
Mejor de lo que usted piensa!
—¿Y quién le ha dado esas informaciones?
—¡Una mujer!
—¿Una mujer?
—Josefina Balsamo, condesa de Cagliostro.
—La condesa de Cagliostro —gritó Beaumagnan, trastornado—. ¿Usted la ha conocido?
El plan de Raúl se realizaba de pronto. Le había bastado echar el nombre de Cagliostro para perturbar al adversario definitivamente. La perturbación fue tal que Beaumagnan —imprudencia inexplicable— hablaba de la Cagliostro como de una persona que ya no está viva.
—¿Usted la ha conocido? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué le dijo?
—La conocí a principios del invierno pasado, como usted, señor —respondió Raúl, agravando su ofensa—. Y todo este invierno, hasta el momento en que tuve la alegría de encontrar a la hija del barón D'Etigues, la vi casi todos los días.
—Usted miente, señor —profirió Beaumagnan—. No pudo verlo todos los días. ¡Habría pronunciado su nombre delante mío! ¡Yo era lo bastante amigo como para que ella guardara un secreto de ese tipo!;
Ocultaba éste.
—¡Infamia! ¿Quiere hacerme creer que hubo entre ustedes una intimidad imposible? Es falso, señor. Se puede reprochar a Josefina Balsamo muchas cosas: su coquetería, su malignidad; pero no esto, no un acto de depravación.
—El amor no es una depravación —dijo Raúl tranquilamente.
—¿Qué dice usted? ¿Amor? ¿Josefina Balsamo lo amaba?
—Sí, señor.
Beaumagnan estaba fuera de sí. Blandía su puño frente a la cara de Raúl. A su vez, debieron calmarlo, pero temblaba de furor y el sudor resbalaba por su frente.
«Ya lo tengo —pensó Raúl, muy contento—. Sobre la cuestión del crimen y sus remordimientos, es imperturbable. Pero todavía está roído por el amor y lo conduciré adonde quiera.»
Pasaron uno o dos minutos. Beaumagnan se secaba la cara. Tragó un vaso de agua y, dándose cuenta de que el enemigo, por pequeño que fuera, no era de los que uno se deshace en un santiamén, continuó:
—Nos estamos extraviando, señor. Sus sentimientos personales por la condesa de Cagliostro no tiene nada que ver con lo que nos ocupa hoy. Vuelvo entonces a la primera pregunta: ¿Qué viene a hacer aquí?
—Nada más simple —respondió Raúl—, y una breve explicación será suficiente. Con respecto a las riquezas religiosas de la Edad Media que, personalmente, usted quiere hacer entrar en las cajas de la Compañía de Jesús, sabemos que estas ofrendas, canalizadas a través de todas las provincias francesas, eran enviadas a las siete principales abadías de Caux y consideradas como una caja común, administrada por lo que podríamos llamar siete administradores delegados de los que sólo uno conocía el lugar y las cifras de la cerradura. Cada abadía poseía un anillo episcopal o pastoral que transmitía de generación en generación a su propio delegado. Como símbolo de la misión, el comité de los siete estaba representado por un candelabro de siete brazos y cada brazo llevaba, como recuerdo de la liturgia hebrea y del templo de Moisés, una piedra del mismo color y de mismo material que el anillo al que correspondía. Así, el brazo que yo encontré en Gueures lleva una piedra roja, un falso rubí, que era la piedra representativa de tal abadía. Sabemos además que el hermano Nicolás, último administrador jefe de los monasterios, era sacerdote en la abadía de Fécamp. ¿Estamos de acuerdo?
—Sí.
—Entonces, basta con conocer el nombre de las siete abadías para conocer los siete lugares donde las búsquedas tengan posibilidades de triunfo. Ahora bien, los siete nombres están inscritos en los siete anillos que Brigitte Rousselin les cedió anoche en el teatro. Son esos siete anillos los que le pido que me deje examinar con atención.
—¿Es decir —dijo Beaumagnan—, que nosotros hemos buscado durante años y años para que usted, de pronto, llegue al mismo punto que nosotros?
—Exactamente.
—¿Y si me niego?
—Perdón, ¿se niega usted? No contestaré más que a una respuesta formal.
—Evidentemente, me niego. Su pedido es totalmente insensato, y, de la manera más categórica, me niego.
—Entonces, lo denunciaré.
Beaumagnan pareció aturdido. Observó a Raúl como si estuviera viendo a un loco.
—¿Usted me denunciará...? ¿Qué es esta nueva historia?
—Los denunciaré a los tres.
—¿A los tres? —bromeó él—. Pero, ¿por qué?
—Los denunciaré a los tres como asesinos de Josefina Balsamo, condesa de Cagliostro.
No hubo la menor respuesta. Ni un gesto de rebelión; Godefroy d'Etigues y su primo Bennetot se hundieron un poco más en sus sillas. Beaumagnan estaba lívido y su reír irónico terminó en una mueca horrible.
Se levantó, dio una vuelta de llave a la cerradura y metió la llave en el bolsillo, lo cual causó cierta impresión a sus acólitos. El golpe de fuerza que parecía anunciar el acto de su jefe los reanimaba.
Raúl tuvo la audacia de bromear:
—Señor —dijo—, cuando un conscripto llega al regimiento se le sube a un caballo sin estribos hasta que aprenda a montar.
—Y eso, ¿qué significa?.
—Significa que me he jurado no llevar nunca un revólver encima, mientras sepa hacer frente a todas las situaciones con la sola ayuda de mi mente. Así que están advertidos: no tengo estribos... o más bien... no llevo revólver. Ustedes son tres, y los tres armados; yo estoy solo. Entonces...
—Entonces, basta de palabras —declaró Beaumagnan con voz amenazadora—. Hechos. ¿Usted nos acusa de haber asesinado a la Cagliostro?
—Sí.
—¿Tiene pruebas para sostener esta inconcebible acusación?
—Claro.
—Lo escucho.
—Bueno. Hace algunas semanas, yo erraba por los alrededores de la finca de la Haie d'Etigues, esperando que el azar me permitiera ver a la señorita D'Etigues, cuando vi un coche conducido por uno de sus amigos. Este carruaje entró en la finca. Yo también. Una mujer, Josefina Balsamo, fue transportada a la sala del viejo patio donde estaban ustedes reunidos en un presunto tribunal. Su proceso fue instruido de la más desleal y pérfida de las formas. Usted era el acusador público, señor, y llevó la malignidad y la vanidad hasta hacer creer que esta mujer había sido su amante. En cuanto a estos dos señores, han desempeñado el papel de verdugos.
—¡La prueba! ¡La prueba! —rechinó Beaumagnan, cuya cara se desfiguraba.
—Yo estaba allí, acostado en el borde de una vieja ventana, encima de su cabeza, señor.
—¡Imposible! —balbuceó Beaumagnan—. Si fuera cierto, hubiera tratado de intervenir para salvarla, hubiera hecho algo que lo habría delatado.
—¿Salvarla de qué? —preguntó Raúl, que no quería revelar nada acerca de su intervención para salvar a la Cagliostro—. Yo creía, como sus amigos, que usted la condenaba al enclaustramiento en un manicomio inglés. Partí al mismo tiempo que ellos. Corrí hasta Etretat. Alquilé una barca y por la noche remé hasta el yate inglés que usted había anunciado y en el que yo tenía la intención de atemorizar al capitán.
»Falsa maniobra que costó la vida de la desgraciada. Más tarde comprendí vuestro innoble ardid y pude reconstruir vuestro crimen en todo su horror: la bajada de sus dos cómplices por la Escalera del Curé, la barca agujereada y el ahogamiento.
Escuchando con visible terror, los tres hombres habían aproximado sus sillas poco a poco. Bennetot apartó una mesa que protegía al muchacho. Raúl vio la cara atroz de Godefroy d'Etigues y el rictus que torcía su boca.
Un signo de Beaumagnan y el barón apuntaría un revólver y quemaría los sesos del imprudente...
Y tal vez, era esta imprudencia inexplicable la que retardaba la orden de Beaumagnan. Murmuró con un aspecto terrible:
—Le repetiré, señor, que usted no tiene ningún derecho de actuar como lo ha hecho y de mezclarse en lo que no le concierne. Me rehúso a mentir y a negar lo que fuera. Sólo... sólo que me pregunto, ya que usted ha sorprendido tal secreto, ¿cómo se atreve a venir aquí y a provocarnos? ¡Es demencial!
—¿Eso por qué, señor? —preguntó Raúl cándidamente.
—Porque su existencia está en nuestras mano.
Él levantó los hombros.
—Mi existencia está al abrigo de todo peligro.
—Sin embargo, somos tres de un humor poco complaciente sobre un punto que toca de tan cerca nuestra seguridad.
—No corro más riesgos entre ustedes tres —afirmó Raúl— que si fueran mis defensores.
—¿Está seguro?
—Claro, ya que no me han matado después de todo lo que he dicho.
—¿Y si me decidiera a hacerlo?
—Una hora después los tres serían arrestados.
—¡Vamos!
—Como lo han oído: son las cuatro y cinco. Uno de mis amigos se pasea por los alrededores de la Jefatura de policía. Si a las cinco menos cuarto, no me he reunido con él, avisará al jefe de la policía.
—¡Mentiras! ¡Todo cuento! —gritó Beaumagnan que parecía adquirir esperanzas—. Soy muy conocido, cuando su amigo pronuncie mi nombre, se le reirán en la cara.
—Lo escucharán.
—Mientras tanto... —murmuró Beaumagnan, dándose vuelta hacia Godefroy d'Etigues.
La orden de muerte iba a ser dada. Raúl sintió la voluptuosidad del peligro. Algunos segundos más y se cumpliría el gesto que había retardado su ejecución gracias a su extraordinaria sangre fría.
—Una palabra más —dijo.
—Hable —gruñó Beaumagnan—, pero a condición de que esa palabra sea una prueba contra nosotros. No quiero más acusaciones. De lo que la justicia pueda pensar yo me encargo. Pero quiero una prueba que me demuestre que no pierdo mi tiempo discutiendo con usted. Una prueba de inmediato, sin lo cual...
Se había levantado otra vez. Raúl se levantó frente a él, los ojos en los ojos, tenaz, autoritario, y masculló:
—Una prueba... si no, es la muerte, ¿no es cierto?
—Sí.
—Aquí tiene mi respuesta: los siete anillos, rápido. Si no...
—Sino, ¿qué?
—Si no, mi amigo entregará a la policía la carta que usted escribió al barón d'Etigues para indicarle la manera de apoderarse de Josefina Balsamo, y para obligarlo al asesinato.
Beaumagnan se hizo el sorprendido.
—¿Una carta? ¿Consejos para un asesinato?
—Sí —precisó Raúl—, una carta simulada, en la que bastaba pasar por encima algunas fiases.
Beaumagnan lanzó una carcajada.
—¡Ah, sí» ya me acuerdo!... Ya sé... no eran más que unos garabatos...
—Garabatos que constituyen contra usted la prueba irrefutable que me está pidiendo.
—En efecto... en efecto, lo confieso —dijo Beaumagnan, siempre irónico—. Sólo que no soy un colegial y tomo mis precauciones. Así es que esa carta me fue devuelta por el barón d'Etigues al comienzo de la reunión.
—Le fue devuelta la copia, pero yo conservo el original, que encontré en una hendidura del escritorio de caoba del barón. Y es ese original el que mi amigo entregará a la policía.
El círculo formado alrededor de Raúl, las caras feroces de los dos primos no tenían otra expresión que la del miedo y la angustia. Raúl pensó que el duelo había terminado sin que hubiera habido un verdadero enfrentamiento. Ni un cruce de espadas, de cuerpo a cuerpo. El asunto había sido tan bien llevado, había acorralado a Beaumagnan con maniobras tan diestras que lo había llevado a una situación tan trágica que, en el estado de espíritu en que se hallaba, ya no podía juzgar serenamente las cosas y discernir los puntos débiles del adversario.
Raúl afirmaba que poseía el original de la carta. Pero, ¿sobre qué se apoyaba para afirmarlo? Sobre nada. De tal manera que Beaumagnan, que exigía una prueba irrefutable y palpable antes de ceder de golpe, por una singular anomalía, que era a lo que las maniobras de Raúl querían conducir, se contentaba con la única afirmación de Raúl.
De hecho, se abandonó bruscamente, sin regateos y sin tergiversaciones. Abrió el cajón, cogió los siete anillos y preguntó simplemente:
—¿Quién me asegura que usted no se servirá de esta carta contra nosotros?
—Tiene mi palabra, señor. Además, entre nosotros las circunstancias no se repetirán jamás de la misma manera. La próxima vez, usted sabrá tomar la ventaja.
—No lo dude, señor —dijo Beaumagnan con una rabia contenida.
Raúl cogió los anillos con mano febril. Cada uno de ellos, en efecto, llevaba en el interior un nombre. Sobre un pedazo de papel, rápidamente, escribió los nombres de las siete abadías.

Fécamp,
Saint-Wandrille,
Jumièges,
Valmont,
Cruchet-le-Valasse,
Montivilliers,
Saint-Georges-de-Boscherville.

Beaumagnan había llamado, pero retuvo al mayordomo en el pasillo y, acercándose a Raúl, dijo:
—Le haré una proposición... Usted conoce nuestros esfuerzos. Sabe exactamente adónde hemos llegado y que el objetivo, en fin, no está lejos.
—Es lo que pienso —convino Raúl.
—Bueno, ¿estaría dispuesto (y hablo en toda confianza) a tomar lugar entre nosotros?
—¿Al mismo título que sus amigos?
—No. Al mismo título que yo.
La oferta era leal, Raúl lo sintió y quedó impresionado del homenaje que se le rendía. Habría quizás aceptado de no estar de por medio Josefina Balsamo. Pero cualquier acuerdo era imposible entre ella y Beaumagnan.
—Se lo agradezco —dijo Raúl— pero por razones particulares, tengo que rechazarlo.
—Entonces, ¿somos enemigos?
—No, señor, competidores.
—Enemigo —insistió Beaumagnan— y como tal, expuesto a...
—A ser tratado como la condesa de Cagliostro —interrumpió Raúl.
—Usted lo ha dicho, señor. Usted sabe que la grandeza de nuestro objetivo excusa los medios que a veces estamos obligados a adoptar. Si esos medios se vuelven un día u otro contra usted, usted lo habrá querido.
—Yo lo habré querido.
Beaumagnan volvió a llamar al mayordomo.
—Conduzca al señor.
Raúl hizo tres reverencias y se marchó a lo largo del corredor hasta que la puerta de mirilla fue abierta. Allí, dijo al viejo servidor:
—Un segundo, amigo, espéreme, por favor.
Volvió rápidamente hasta el escritorio donde los tres hombres conferenciaban y, deteniéndose en el umbral, el picaporte en una mano y la salida asegurada, exclamó con voz amable:
—A propósito de la famosa carta tan comprometedora, debo hacerles una confesión que les devolverá la tranquilidad: nunca tuve una copia y, por lo tanto, mi amigo no puede poseer el original. Además, ¿no creen que toda esta historia de un amigo paseándose por los alrededores de la jefatura y en espera de que den las cinco menos cuarto es bastante inverosímil? Duerman en paz, señores, hasta que vuelva a tener el placer de verlos.
Cerró la puerta en las mismas narices de Beaumagnan y llegó a la salita antes de que éste tuviera tiempo de avisar a su mayordomo.
La segunda batalla estaba ganada.
En la esquina, Josefina Balsamo que lo había conducido hasta la casa de Beaumagnan, esperaba, la cabeza inclinada fuera de la puerta de un coche.
—Cochero —dijo Raúl— Estación Saint-Lazare, a la salida de los trenes de larga distancia.
—Toma, querida, toma los siete nombres indispensables. Aquí tienes la lista. Cógela.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
—Aquí está. Segunda victoria del día y ¡qué victoria ésta! ¡Dios mío, qué fácil me resulta enrollar a la gente! Un poco de audacia, las ideas claras, la lógica, la voluntad absoluta de ir como una flecha hacia el objetivo. Y así los obstáculos caen por sí solos. Beaumagnan es astuto ¿no es cierto? Bueno, cedió como tú, querida Josine. ¿Tu alumno te honra? ¡Dos maestros de primera clase, Beaumagnan y la hija de Cagliostro, aplastados por un aprendiz! ¿Qué dices de eso Josefina?
Se interrumpió.
—¿No te enfadarás, querida, de que hable así?
—No, no —dijo ella sonriendo.
—¿No te sientes contrariada por la historia de hace un rato?
—¡Ah —exclamó ella—, no me pidas demasiado! No hay que herirme en mi orgullo. Tengo mucho y soy rencorosa. Pero contigo no puedo enfadarme por mucho tiempo. Tienes algo especial que me desarma.
—Beaumagnan no está desarmado, ¡caramba si no lo está...!
—Beaumagnan es todo un hombre.
—Muy bien, declaro la guerra a los hombres. Y creo realmente que estoy hecho para esto, Josine. Sí, la aventura, la conquista, lo extraordinario y lo fabuloso. Creo que no hay situación de la que no pueda salir con ventajas. Entonces, ¿acaso, Josine, no es tentador luchar cuando se está seguro de vencer?
Por las calles estrechas de la orilla izquierda, el coche corría a buena velocidad. Atravesaron el Sena.
—Y venceré, Josine, a partir de hoy. Tengo el triunfo en la mano. En algunas horas, desembarcaré en Lillebonne. Descubriré a la viuda Rousselin y, lo quiera o no, examinaré el cofre de madera tropical en que está grabado el enigma. ¡Eso es todo! ¡Con esa palabra y los nombres de las siete abadías, que se vayan todos al diablo si no me llevo yo la palma!
Josine reía de su entusiasmo. Él exultaba. Contaba su duelo con Beaumagnan. Besaba a la muchacha, hacia muecas a los que pasaban, abría el vidrio, insultaba al cochero, cuyo caballo trotaba «como una babosa».
—¡Al galope, viejo bribón! ¿Cómo? ¡Tienes el honor de llevar en tu coche al dios de la Fortuna y a la reina de la Belleza y tu corcel a este paso!
El coche seguía la avenida de la Ópera. Cortó por la calle des Petits-Champs y la calle des Capucines. En la calle Caumartin el caballo comenzó a galopar.
—¡Perfecto! —gritó Raúl—. Cinco menos doce. Llegaremos. ¿Me acompañarás, por supuesto, a Lillebonne?
—¿Para qué? Es inútil. Que vaya uno de los dos es suficiente.
—¡Ya era hora! —dijo Raúl—. Tienes confianza en mí y sabes que no te traicionaré y que la partida es de los dos. La victoria de uno es la victoria del otro.
Sin embargo, cuando se acercaban a la calle Auber, una puerta cochera se abrió bruscamente a la izquierda, el coche giró sin disminuir la velocidad y entró en un patio.
Aparecieron tres hombres a cada lado. Raúl fue brutalmente golpeado y secuestrado antes de poder intentar el menor gesto de resistencia.
Tuvo sólo el tiempo de distinguir la voz de Josefina Balsamo que, desde el coche, ordenaba:
—¡A la estación Saint-Lazare, rápido!
Ya los hombres se precipitaban al interior de una casa y lo tiraron en una sala semioscura, cerrando la maciza puerta detrás de ellos.
La alegría que burbujeaba en Raúl no cayó inmediatamente. Continuaba riendo y bromeando, pero con una rabia creciente que alteraba el timbre de su voz.
—¡Es mi turno...! ¡Bravo, Josefina...! ¡Ah, qué golpe maestro! ¡Mira por donde, he ido a parar en la boca del lobo...! Debo reconocer que no me lo esperaba. No, cuánto debían divertirte mis cantos de triunfo: ¡Yo estoy hecho para la conquista, para lo extraordinario y fabuloso! ¡Idiota! Cuando se es capaz de tales necedades más vale callarse. ¡Qué vueltas da la vida!
Se precipitó sobre la puerta. ¡Para qué! Una puerta de prisión. Trató de trepar hacia una ventanita que dejaba pasar una luz amarillenta. Pero, ¿cómo llegar? Además, un ligero ruido llamó su atención, y en la penumbra vio que uno de los muros, en el mismo ángulo del techo, estaba agujereado en una especie de tronera de donde surgía el cañón de un fusil, apuntando directamente sobre él, que se desplazaba o se quedaba quieto al tiempo que él se movía o se inmovilizaba.
Toda su cólera se volvió hacia el tirador invisible al que abrumó generosamente de insultos.
—¡Canalla! ¡Miserable! Baja de tu agujero y verás quién soy. ¡Linda profesión la tuya! Después, corre a decirle a tu amo que ya me las pagará y que dentro de muy poco...
Se detuvo de golpe. Toda esta verborrea le parecía estúpida y, pasando de la cólera a una resignación repentina, se tumbó en una cama de hierro puesta en una alcoba que hacía también de baño.
—Después de todo —dijo—, mátame si quieres, pero déjame dormir...
Dormir, Raúl ni lo pensaba. Se trataba, para empezar, de considerar la situación y de sacar las conclusiones desagradables que comportaba. Y esto era algo fácil que se resumía en una frase: Josefina Balsamo tomaba su lugar para recoger los frutos de una victoria que él había preparado.
Pero, ¿de qué medios de acción disponía para triunfar en tan poco tiempo? Raúl no dudaba de que Leonardo, acompañado de otro cómplice y de otro coche, los había seguido hasta la casa de Beaumagnan y que se había puesto enseguida de acuerdo con ella. Se trataba de que Leonardo le tendiera una trampa en la calle Caumartin, en un alojamiento especialmente adquirido para esto, mientras que Josefina esperaba.
¿Qué podía hacer él, a su edad, y sólo contra tantos enemigos? De un lado, Beaumagnan con todo un mundo de confidentes y corresponsales. Por otro, Josefina Balsamo y toda su ingeniosa banda, tan poderosamente organizada.
Raúl tomó una decisión:
«Que vuelva al buen camino más tarde, como espero —se dijo—, o que me deje llevar definitivamente por el camino de la aventura, lo cual es más probable, juro que también dispondré de los medios de acción indispensables. ¡Desventurados los solitarios! Sólo los que mandan llegan al objetivo. He dominado a Josefina y, sin embargo, es ella quien esta tarde pondrá la mano en el cofre precioso, mientras Raúl gime sobre la paja húmeda.»
Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando se sintió invadido de una torpeza inexplicable que venía acompañada de un malestar general. Luchó contra el sueño insólito. Pero, rápidamente, su cerebro se llenaba de bruma. Al mismo tiempo sentía náuseas y una impresión de pesadez en el estómago.
Sacudiendo su debilidad, logró caminar, pero duró poco. El sopor aumentaba y, de pronto, se tiró sobre el colchón, arrastrado por un pensamiento espantoso: recordó que en el coche Josefina Balsamo había sacado de su bolsillo una pequeña bombonera de oro que llevaba habitualmente y, cogiendo dos o tres grageas que tragó enseguida, le ofreció una con gesto maquinal.
—¡Ah! —murmuró él cubierto de sudor—, me ha envenenado... las grageas que quedaban contenían veneno...
Fue un pensamiento cuya exactitud no tuvo el tiempo suficiente de verificar. Presa de vértigo, le parecía arremolinarse encima de un gran agujero en el que terminó por caer sollozando.
La idea de la muerte había invadido a Raúl tan profundamente, que no estaba muy seguro de estar vivo cuando reabrió los ojos. Hizo penosamente algunos ejercicios de respiración, se pellizcó, habló en voz alta. ¡Vivía! Los lejanos ruidos de la calle terminaron de convencerlo.
«Decididamente —se dijo— no estoy muerto. Pero, ¡qué opinión tengo de la mujer a quien quiero! Por un simple narcótico, la acusó de envenenadora.»
No podía decir exactamente cuánto tiempo había dormido. ¿Un día? ¿Dos? ¿Más aún? Sentía la cabeza pesada, su razón vacilaba y un cansancio infinito le agarrotaba los miembros.
Colgado a la pared vio un cesto con comida que seguramente habían bajado por la tronera. El fusil había desaparecido.
Tenía hambre y sed. Comió y bebió. Su cansancio era tal que no se detuvo a pensar en las consecuencias de ingerir aquellos alimentos. ¿Narcótico? ¿Veneno? ¡Qué importaba! Sueño pasajero, sueño eterno, todo le era indiferente. Se acostó de nuevo y otra vez durmió horas, noches y días...
Finalmente, por abrumador que fuera su sueño; Raúl d'Andrésy llegó a tomar conciencia de ciertas sensaciones, de la misma manera que se adivinan al final de un túnel algunos rayos de luz que iluminan las tenebrosas paredes. Sensaciones más bien agradables. Eran sin alguna duda sueños, sueños que lo mecían suavemente acompañados por el ritmo de un ruido igual y continuo. Pudo levantar los párpados y vio entonces el marco rectangular de un cuadro cuya tela pintada se movía y donde pasaban paisajes siempre renovados, brillantes o sombríos, inundados de sol o flotando en un crepúsculo dorado.
Ahora ya no tenía más que estirar la mano para coger los alimentos. Los saboreaba poco a poco y los paladeaba siempre más. Un vino perfumado los acompañaba. Le parecía sentir, mientras lo bebía, que con el vino iban penetrando en él las energías. Sus ojos se llenaban de claridad. El cuadro se transformaba en el marco de una ventana abierta que dejaba ver una sucesión de colinas, de praderas y de campanarios de pueblos.
Se encontraba en otra habitación, muy pequeña, que él reconoció por haber estado ya en ella. ¿En qué época? Tenía allí su ropa, y sus libros.
Había también una escalerilla. ¿Por qué no subirla, ya que tenía fuerza? Le bastaba con quererlo. Quiso y subió. Su cabeza levantó una trampilla y surgió al espacio abierto. Un río a la izquierda y a la derecha. Murmuró:
—El puente de La Nonchalante... El Sena... La costa de los Dos-Amantes...
Avanzó unos pasos.
Josine estaba allí, sentada en un sillón con respaldo.
No hubo transición alguna entre los sentimientos de rencor combativo y de rebelión que sentía hacia ella y el sobresalto de amor y deseo que lo sacudió de pies a cabeza. Además, ¿había albergado alguna vez sentimientos de rencor o rebelión? Todo se confundía en la inmensa necesidad de cogerla entre sus brazos.
¿Enemiga? ¿Ladrona? ¿Criminal, quizá? No, mujer solamente, mujer ante todo. ¡Y qué mujer!
Vestida con sencillez como siempre, llevaba ese velo apenas visible que tamizaba los reflejos de sus cabellos y aumentaba su parecido con la Virgen de Bernardino Luini. Llevaba el cuello desnudo, de una tonalidad ardiente y tibia. Sus manos finas se alargaban una al lado de la otra sobre sus rodillas. Contemplaba la pendiente abrupta de los Dos-Amantes. Y nada podía parecerle más dulce y más puro que ese rostro marcado por una inmóvil sonrisa en una expresión profunda y misteriosa.
Raúl estaba a punto de tocarla, cuando ella lo vio. Se sonrojó un poco y bajó los párpados, dejando filtrar entre las largas pestañas marrones una mirada que no se atrevía a fijar en sus ojos. Nunca adolescente alguna mostró más pudor y temor ingenuo, menos afectación y coquetería.
Quedó emocionado. Ella temía ese primer encuentro. ¿No iba a abalanzarse sobre ella, golpearla y cubrirla de insultos? ¿O quizás huiría con ese desprecio que es peor que todo? Raúl temblaba como un niño. Sólo contaba para él en este minuto lo que desde siempre suele contar para los amantes, el beso, la unión de las manos y de los alientos, la locura de las miradas que se abrazan y los labios que desfallecen de voluptuosidad.
Cayó de rodillas frente a ella.




Capítulo X

La mano mutilada

El tributo de tales amores es el silencio al que están condenados. Mientras las bocas hablan, el rumor de las palabras no anima el tibio silencio de los pensamientos solitarios. Cada uno sigue con su propia meditación sin jamás penetrar en la vida misma del otro. Diálogo desesperante con el que Raúl, siempre dispuesto a desahogarse, sufría más y más.
También Josine debía sufrir, a juzgar por ciertos momentos de extremo cansancio en los que parecía al borde de esas confidencias que acercan a los amantes aún más que las caricias. Una vez se puso a llorar en los brazos de Raúl con tanta amargura que él esperaba una crisis de abandono. Pero se repuso enseguida y él la sintió más lejos que nunca.
«Ella no puede confiarse —pensaba Raúl—. Es uno de esos seres que viven aparte, en una soledad sin fin. Es prisionera de una imagen que quiere dar de sí misma, prisionera del enigma que ella misma elaboró y que la tiene atrapada en sus redes invisibles. Como, hija de Cagliostro, está habituada a las tinieblas, a las complicaciones, a las tramas, a las intrigas, a los trabajos subterráneos. Contarle a alguien una de estas maquinaciones es darle la consigna que lo guiará por el laberinto. Tiene miedo y se repliega sobre ella misma, trata de disimularse y ocultarse.»
Por reacción, él también se callaba y se cuidaba muy bien de no hacer alusión a la aventura en la que se había embarcado y al problema del que buscaban la solución. ¿Se habría apoderado del cofre? ¿Conocería las letras que abrían la cerradura? ¿Habría metido la mano en el hueco de la piedra legendaria y habría extraído miles y miles de piedras preciosas?
Sobre esto, ante todo, el silencio.
Además, desde que había pasado Ruan, su intimidad se había roto. Leonardo, aunque evitando a Raúl, reapareció. Los conciliábulos recomenzaron. La berlina y los caballitos infatigables se llevaban cada día a Josefina Balsamo. ¿Adónde? ¿Hacia qué aventuras? Raúl notó que tres de las abadías estaban cerca del río: Saint-Georges-de-Boscherville, Jumièges y Saint-Wandrille. Pero si ella investigaba por ese lado, eso quería decir que no había encontrado nada y que simplemente había fracasado.
Esta idea lo devolvió bruscamente ala acción. Se hizo llevar la bicicleta, que había dejado en la posada cerca de la Haie d'Etigues, a los alrededores de Lillebonne donde vivía la madre de Brigitte. Allí se informó de que doce días antes —fecha que coincidía con el viaje de Josefina Balsamo— la viuda Rousselin había cerrado su casa para reunirse en París con su hija. La noche anterior, según la afirmación de sus vecinos, una dama había entrado en su casa.
Hasta las diez de la noche no volvió la barca que estaba anclada al suroeste del primer meandro después de Ruan. Así, un poco antes de llegar, pasó a la berlina de Josine que arrastraban penosamente, como bestias extenuadas, los caballitos de Leonardo. A la orilla del río, Leonardo saltó, abrió la portezuela del coche, se inclinó y reapareció con el cuerpo inerte de Josine cargado sobre su hombro. Raúl corrió. La instalaron en su cabina, a la que el matrimonio de marineros había acudido.
—Cuídela —dijo el hombre rudamente—. Sólo está desvanecida. Pero, «la cosa está que arde». Que nadie se mueva de aquí.
Volvió a la berlina y se fue.
Josefina Balsamo estuvo delirando toda la noche, sin que Raúl pudiera entender ninguna de las palabras incoherentes que se le escapaban. Al día siguiente, la indisposición había pasado. Pero, por la noche, Raúl, que había ido hasta el pueblo vecino, consiguió un periódico de Ruan y leyó los sucesos de la región:

Al mediodía de ayer, la legendaria de Caudebec, avisada por un leñador que había oído gritos de mujer pidiendo auxilio proveniente de un viejo horno de cal situado en la orilla del bosque de Maulevrier, envió al lugar indicado a un brigadier y a un gendarme. Cuando los dos representantes de la autoridad se acercaban al vergel donde se encuentra el horno de cal, vieron, detrás del terraplén, a dos hombres que arrastraban a una mujer hacia un coche cerrado cerca del cual había otra mujer.
Obligados a dar la vuelta por el terraplén, los gendarmes llegaron al vergel cuando el coche ya se había ido. Enseguida comenzó la persecución que debía haberse terminado con la fácil victoria de nuestros agentes. Pero el coche llevaba dos caballos tan rápidos y el conductor debía conocer tan bien la comarca, que logró escaparse por la intrincada red de caminos encajonados que suben hacia el norte entre Caudebec y Motteville. Además, caía la noche, y no ha podido establecerse hacia dónde huyeron esos siniestros personajes.

—Y no lo sabrán más —se dijo Raúl con toda certeza—. Nadie más que yo podrá reconstruir los hechos, ya que soy el único en conocer el punto de partida y el de llegada.
Tras reflexionar, llegó a las siguientes conclusiones: «En el antiguo horno de cal, un hecho innegable: la viuda Rousselin debía estar allí, bajo la vigilancia de un cómplice. Josefina Balsamo y Leonardo, que la habían atraído a las afueras de Lillebonne y la habían encerrado, iban a verla cada día para tratar de arrancarle las informaciones definitivas. Ayer el interrogatorio fue sin duda demasiado violento. La viuda Rousselin gritó. Aparecieron los gendarmes y huyeron como pudieron. Depositaron por el camino a la prisionera en algún lugar previsto de antemano y, una vez más, se pusieron a salvo. Pero estas emociones provocaron en Josefina Balsamo una crisis nerviosa como las que suele tener. Se desmayó.»
Raúl desdobló un mapa de estado-mayor. «Del bosque de Maulevrier a La Nonchalante, el camino directo es de unos treinta kilómetros. Por lo tanto, la viuda Rousselin debe encontrarse escondida, en algún lugar a la izquierda o ala derecha, no muy lejos de la carretera. Bueno —se dijo Raúl—, el terreno de la lucha es reducido y no tardará para mí la hora de entrar en escena.»
Al día siguiente se puso manos a la obra paseando por los caminos normandos, interrogando y tratando de reconstruir los puntos por donde pasó o donde se detuvo una «vieja berlina atada a dos caballitos». Lógica, fatalmente, las pesquisas debían tener algún resultado.
Aquellos días fueron quizás en los que el amor entre Josefina Balsamo y Raúl tomó su carácter más desapacible y apasionado. La muchacha, que se sabía buscada por la policía y que no había olvidado los incidentes de la posada de Vasseur, en Doudeville, no se atrevía a dejar La Nonchalante y a atravesar las tierras de Caux. Raúl la encontraba de regreso de sus expediciones y se arrojaban el uno en brazos del otro con el deseo exasperado de gozar las alegrías de las que los dos presentían un próximo final.
Alegrías dolorosas, como podrían tener dos amantes a los que el destino ha separado. Alegrías sospechosas que la duda envenenaba. Cada uno por su lado adivinaba sus designios secretos y, cuando sus labios se unían, cada uno sabía que el otro, mientras lo amaba, se comportaba como si lo hubiera odiado.
—Te quiero, te quiero —repetía Raúl perdidamente, mientras en realidad buscaba los medios de arrancar a la madre de Brigitte Rousselin de las garras de la Cagliostro.
Se abrazaban a veces con la violencia de dos adversarios que luchan. Había brutalidad en sus caricias, amenazas en sus ojos, odio en sus pensamientos, desesperación en su ternura, como si se acecharan para encontrar el punto débil donde la herida sería más contundente y fatal.
Una noche Raúl se despertó con una sensación molesta. Josine se había acercado a su cama y lo miraba a la luz de una lámpara. Él tembló. El rostro de Josine no mostraba otra expresión que su sonrisa de siempre, pero, ¿por qué esa sonrisa le pareció tan mordaz y tan cruel?
—¿Qué te pasa? —preguntó él—. ¿Qué es lo que quieres de mí?
—Nada... nada... —contestó ella con una voz distraída, alejándose.
Pero se volvió hacia Raúl y le mostró una fotografía.
—Encontré esto en tu billetero. Es increíble que lleves encima el retrato de una mujer. ¿Quién es?
Había reconocido a Clarisa d'Etigues, y respondió dubitativo:
—No lo sé... pura casualidad...
—Vamos —dijo ella bruscamente—, no me mientas. Es Clarisa d'Etigues. ¿Crees que nunca la he visto y que ignoro vuestra relación? Ella fue tu amante, ¿no es cierto?
—No, no, nunca —dijo él rápidamente.
—Ella fue tu amante —repitió—, estoy segura. Ella te quiere y nada ha terminado entre vosotros.
Él alzó los hombros, pero, como quiso defender a la muchacha, Josine lo interrumpió.
—Basta con eso, Raúl. Te he advertido, ya lo sabes. No haré nada para encontrarla, pero si alguna vez las circunstancias la ponen en mi camino, tanto peor para ella.
—Y tanto peor para ti, Josine, si tocas uno solo de sus cabellos —gritó Raúl imprudentemente.
Ella palideció. Su mentón temblaba ligeramente y, poniendo la mano en el cuello de Raúl, balbuceó:
—Así que te atreves a defenderla contra mí... ¡contra mí...!
Su mano helada se crispó. Raúl tuvo la impresión de que iba a estrangularlo y se levantó de un salto de la cama. A su vez, ella se asustó suponiendo un ataque, y sacó de su corpiño un estilete cuya hoja brilló en la semioscuridad.
Se contemplaron así, uno frente al otro, en aquella postura agresiva. Era tan penoso que Raúl murmuró:
—¡Oh, Josine, qué tristeza! ¿Será posible que hayamos llegado a este punto?
Emocionada, ella cayó sentada mientras que él se precipitaba a sus pies...
—Bésame, Raúl... bésame... y no pensemos más en eso.
Se abrazaron apasionadamente, pero él observó que ella no había soltado el puñal y que un simple gesto hubiera bastado para que se lo plantara en la nuca.
Ese mismo día, a las ocho de la mañana, Raúl dejó La Nonchalante.
«No debo esperar nada de ella —se decía—. Sí, me quiere, y con toda sinceridad; y quisiera, como yo, que este amor no tuviera reservas. Pero no puede ser. Ella tiene un alma de enemiga. Desconfía de todos y de todo y de mí en primer lugar.»
En el fondo seguía siendo impenetrable para él. A pesar de todas sus sospechas y de todas las pruebas y aunque el espíritu del mal estuviera en ella, él se negaba a admitir que pudiera llegar hasta el crimen. No podía vincularse a la idea del asesinato a ese dulce rostro que el odio o la cólera no llegaban a endurecer jamás. No, las manos de Josine estaban limpias de sangre.
Pero pensaba en Leonardo y no dudaba que fuera capaz de someterse a la madre Rousselin a la más espantosas torturas.
De Ruan a Duclair, un poco antes de esta localidad, la carretera cortaba los vergeles que bordean el Sena del blanco acantilado que domina el río. En él se abren cuevas abiertas en la misma piedra que sirven a los campesinos y obreros para guardar sus instrumentos y hasta para abrigarlos en caso de necesidad. Así fue cómo Raúl notó finalmente que una de esas grutas estaba ocupada por tres hombres que trenzaban canastas con juncos de las orillas vecinas. Delante de ella había un huerto sin cerca.
Una vigilancia atenta y algunos detalles sospechosos permitieron a Raúl suponer que Corbut y sus dos hijos, los tres cazadores furtivos, merodeadores y de la peor reputación, formaban parte de la banda de hombres que Josefina Balsamo tenía a sus órdenes un poco por todas partes. Dedujo también que aquella gruta era uno de los refugios, albergues, hangares, hornos de cal, etcétera, con los que Josefina había jalonado estas tierras.
Conjeturas que pronto se convertirían en certidumbres sin llamar la atención. Procuró dar la vuelta a la posición del enemigo y, subiendo por el acantilado, regresó hacia el Sena por un caminito forestal que llegaba a una ligera depresión. Allí, se dejó caer en medio de matorrales y de zarzas hasta lo más hondo de la depresión, en un lugar que dominaba la gruta a unos cuatro o cinco metros.
Pasó allí dos días y dos noches alimentándose de provisiones que se había llevado y durmiendo a la buena de Dios. Invisible en la espesa vegetación de altas hierbas, asistió a la vida de los tres hombres. El segundo día, una conversación que sorprendió le dio la siguiente información: los Corbut tenían la custodia de la viuda Rousselin, a la que tenían prisionera en el fondo de su guarida desde la alerta de Maulevrier.
¿Cómo liberarla? O, al menos, ¿cómo llegar hasta ella y obtener de la desgraciada las indicaciones que sin duda había negado a Josefina Balsamo? Ajustándose a las costumbres de los Corbut, Raúl forjó y abandonó muchos planes. Pero, a la mañana del tercer día, vio desde su observatorio La Nonchalante que descendía por el Sena y venía a amarrarse a un kilómetro más allá de las grutas.
Por la tarde, a las cinco, dos personas atravesaron la pasarela y se encaminaron a lo largo del río. Por el andar, y a pesar del disfraz de campesina, reconoció a Josefina Balsamo. La acompañaba, como siempre, Leonardo.
Se detuvieron frente a la gruta de los Corbut y hablaron con ellos como con gente que uno encontrara por casualidad. Luego, viendo el camino desierto, entraron rápidamente en el huerto. Leonardo desapareció, sin duda en el interior de la gruta. Josefina se quedó afuera, sentada en una vieja silla tambaleante y al abrigo de una cortina de arbustos.
El viejo Corbuto escardaba el jardín. Los hijos trenzaban sus juncos al pie de un árbol.
«El interrogatorio recomienza —pensó Raúl d'Andrésy—. ¡Qué pena no poder asistir!»
Observaba a Josine cuya cara estaba casi enteramente oculta bajo las alas bajadas de un gran sombrero de paja vulgar, como usan los campesinos en los días de mucho calor.
No se movía, un poco inclinada, los codos en las rodillas.
Pasaba el tiempo y Raúl se preguntaba qué podía hacer, cuando le pareció oír a su lado un gemido sucedido de gritos sofocados. Sí, seguro, esto provenía de algún lugar a su lado. Los gritos estremecían los frondosos arbustos que lo rodeaban. ¿Cómo era posible?
Trepó hasta el punto exacto donde el ruido le pareció más fuerte y no necesitó largas investigaciones para comprender. El desnivel del acantilado que terminaba la depresión estaba lleno de piedras derrumbadas y, entre esas piedras, había un montón de ladrillos que apenas se distinguían bajo la capa uniforme de musgo y raíces. Eran los restos de una chimenea.
Se explicaba el fenómeno. La gruta de los Corbut debía terminar en un callejón sin salida bastante hundido en la roca y agujereado por un conducto que había servido antes de chimenea. Por el conducto y por los destrozos, el sonido se filtraba hasta la superficie.
Se oyeron dos gritos desgarradores. Raúl pensó en Josefina Balsamo. Dándose la vuelta, pudo verla al final del pequeño huerto. Siempre sentada, inclinada, el busto inmóvil, arrancaba distraídamente los pétalos de una margarita. Raúl supuso, quiso suponer, que no había oído nada. Quizá ni lo supiera...
A pesar de todo, Raúl temblaba de indignación. Que asistiera o no al espantoso interrogatorio que sufría la desgraciada no era igualmente criminal? Y las dudas pertinaces de las que ella se beneficiaba hasta ahora en el espíritu de Raúl, ¿no debían ceder ante la implacable realidad? Todo lo que se presentaba contra ella, todo lo que Raúl no quería saber, era verdad, ya que en definitiva ella ordenaba el trabajo del que se encargaba Leonardo y del que no hubiera podido soportar el horrible espectáculo.
Con precaución, Raúl separó los ladrillos y demolió el montículo de tierra. Cuando terminó, las quejas habían cesado, pero las palabras subían en un murmullo. Se puso de nuevo manos a la obra para liberar el orificio superior del conducto. Así, inclinado, la cabeza hacia abajo, cogido como podía a las rugosidades de las paredes, escuchó.
Dos voces se mezclaban: la de Leonardo y una voz de mujer, la de la viuda Rousselin, sin duda. La desgraciada parecía extenuada, víctima de un terror indecible.
—Sí... sí... —murmuraba— continuaré porque así lo he prometido, pero, ¡estoy tan cansada...!, perdóname, señor... Además, son hechos tan antiguos. veinticuatro años han pasado ya desde...
—Basta de charla —gruñó Leonardo.
—Sí —continuó ella—. Mire... Fue cuando la guerra contra Prusia... y como los prusianos se acercaban a Ruan, donde nosotros vivíamos, mi pobre marido, que era camionero, recibió la visita de dos señores..., señores a los que nunca habíamos visto. Querían huir al campo con sus maletas, como muchos más en esta época, ¿sabe? Entonces se les propuso un precio y, sin tardar más, ya que tenía prisa, mi marido se fue con ellos en su camión. Por desgracia, por culpa de la requisición, no tenía más que un caballo y no era demasiado recio. Además, nevaba como nunca... A diez kilómetros de Ruan, el caballo cayó para no volver a levantarse...
»Estos señores tiritaban de miedo porque los prusianos podían llegar... Fue entonces cuando un tipo de Ruan a quien mi marido conocía bien, el mayordomo de confianza del cardenal Bonnechose, llamado Jaubert, pasó con un coche... Ya puede imaginárselo... Conversaron... los dos señores le ofrecieron una gran suma para comprarle el caballo. Jaubert se negó. Ellos suplicaron, amenazaron... y luego se lanzaron sobre él como locos y lo golpearon a pesar de las súplicas de mi marido... Después inspeccionaron el carruaje y encontraron un cofre que cogieron, ataron al camión el caballo de Jaubert y se fueron dejándolo medio muerto.
—Muerto del todo —precisó Leonardo.
—Sí, mi marido lo supo meses más tarde, cuando pudo volver a Ruan.
—¿Y en aquel momento él no los denunció?
—Sí... sin duda... tal vez, tuvo que haberlo hecho —dijo la viuda Rousselin molesta—, sólo que...
—Sólo que —bromeó Leonardo—, ellos habían comprado su silencio, ¿no es cierto? El cofre, abierto delante de él, contenía joyas... y le dieron a su marido su parte del botín.
—Sí... sí... —dijo ella—, los anillos... los siete anillos... Pero no fue por esto que él guardó silencio... El pobre estaba enfermo... Murió poco después de su regreso.
—¿Y el cofre?
—Quedó en el camión vacío. Mi marido lo había traído con los anillos. Yo guardé silencio, como él. Era una vieja historia, tuve miedo del escándalo... Habrían podido acusar a mi marido. Más valía callar. Me retiré a Lillebonne con mi hija y, cuando Brigitte me dejó por el teatro, se llevó los anillos... que yo jamás había querido tocar... Esto es todo lo que sé, mi buen señor, no me pregunte más.
Leonardo bromeó nuevamente:
—¿Cómo? ¿Eso es todo lo que sabe?
—Se lo juro —dijo la viuda Rousselin, atemorizada.
—Su historia no tiene ningún interés. Nosotros estamos aquí, los dos, por otra cosa... y usted lo sabe, ¡caramba!
—¿Qué?
—Las letras grabadas en el interior del cofre, bajo la tapa, todo está allí.
—Letras medio borradas, pero le aseguro que jamás se me ocurrió descifrarlas.
—De acuerdo, quisiera creerlo. Pero volvamos al mismo punto de siempre: ¿Qué pasó con el cofre?
—Ya se lo he dicho: se lo han llevado de mi casa, la víspera del día en que usted vino a Lillebonne con una dama... una dama que lleva un gran velo.
—Se lo han llevado... ¿quién?
—Una persona...
—¿Una persona que lo buscaba?
—No, lo vio por casualidad en un rincón del granero. Le gustó, como antigüedad.
—El nombre de esta persona, ya van cien veces que se lo pido.
—No puedo decírselo. Es alguien que me ha hecho mucho bien en la vida y esto sería hacerle daño, mucho daño. No hablaré...
—Ese alguien sería el primero en decirle que hable...
—Tal vez... tal vez... ¿pero cómo puedo saberlo? No puedo escribirle. Nos vemos muy de vez en cuando... Mire, tenemos que vernos el jueves que viene... a las tres...
—¿Dónde?
—No puedo decírselo... no tengo el derecho...
—¡Qué! ¿Tendremos que empezar de nuevo? —gruñó Leonardo, impaciente.
La viuda Rousselin se espantó.
—¡No, no! ¡Ah, señor, no! Se lo suplico.
Gritó de dolor.
—Ay, ¡bandido...! ¿Qué me has hecho...? ¡Ay, mi pobre mano...!
—¡Hable ya, caramba!
—Sí, sí... le prometo...
Pero la voz de la desgraciada se apagaba. Estaba en el límite de sus fuerzas. Sin embargo, Leonardo insistía y Raúl oyó algunas palabras tartamudeadas en la angustia:
—Sí... tenemos que encontrarnos el jueves... en el viejo faro... y no... no tengo derecho... prefiero morir... haga lo que quiera... de veras... prefiero morir...
Se calló. Leonardo gruñó:
—Bueno, ¿qué pasa? ¿Qué le pasa a esta vieja tozuda? No estará muerta, espero... ¡Ah, burra! ¡Hablaras...! Te doy diez minutos para terminar...
La puerta se abrió y se cerró. Sin duda iría a poner al corriente a la Cagliostro de las confesiones obtenidas y pedir instrucciones acerca de cómo debía seguir el interrogatorio. En efecto, Raúl, que se había puesto de pie, los vio a los dos sentados el uno al lado del otro. Leonardo se expresaba con agitación. Josine escuchaba.
¡Miserables! Raúl los execraba a ambos por igual. Los gemidos de la viuda Rousselin lo habían trastornado y temblaba de cólera y encono agresivo. Nada en el mundo podría impedirle salvar a esta mujer.
Según su costumbre, entró en acción en el mismo momento en que la visión de las cosas que había que hacer se abrió ante él en su orden lógico. En esos casos, una duda puede comprometerlo todo. El éxito depende de la audacia con la que se precipita uno a través de los obstáculos que desconoce por completo.
Echó una mirada sobre sus adversarios. Los cinco estaban alejados de la gruta. Rápidamente entró en la chimenea, de pie esta vez. Su intención era la de abrir lo más sigilosamente posible un pasaje en medio de los escombros, pero casi al instante fue arrastrado por una avalancha repentina y de golpe cayó desde lo alto en un estrépito de piedras y ladrillos.
«¡Vaya! —se dijo—. Mientras no lo hayan oído...»
Prestó atención. No venía nadie.
La oscuridad era tan intensa que creyó estar aún en el hogar de la chimenea. Pero, estirando los brazos comprobó que el conducto terminaba directamente en la gruta, o más bien en una especie de pasillo estrecho cavado en la parte trasera de la gruta tan exiguo que enseguida su mano encontró otra mano que parecía quemar. Sus ojos se acostumbraron a las tinieblas y Raúl vio dos ojos centelleantes que lo miraban, una cara pálida y ahuecada que el miedo convulsionaba.
Ni ligaduras, mi mordaza. ¿Para qué? si el cansancio, el terror de la prisionera hacían imposible toda evasión.
Se inclinó hacia ella y le dijo:
—No tema. He salvado ya de la muerte a su hija Brigitte, víctima como usted de los que la persiguen por el cofre y los anillos. Estoy sobre sus huellas desde que se fue de Lillebonne y vengo a salvarla, pero a condición de que no dirá jamás todo lo que pasó.
Pero, ¿para qué tantas explicaciones, que la desgraciada era incapaz de comprender? Sin tardar más, la tomó en sus brazos y la cargó sobre su hombro. Después, atravesando la gruta empujó levemente la puerta, que, como suponía, no estaba cerrada.
Un poco más lejos, Leonardo y Josine seguían hablando. Detrás de ellos, más allá del huerto, se extendía la carretera blanca hasta la gran ciudad de Duclair, y por la carretera circulaban carretas de campesinos que venían o se alejaban.
Cuando juzgó el momento propicio, abrió la puerta de un golpe, rodó por la pendiente del huerto y acostó a la viuda Rousselin detrás del terraplén.
Enseguida se oyeron detrás de él los clamores. Los Corbut y Leonardo corrían, los cuatro en un impulso irreflexivo que los llevaba a la batalla. Pero, ¿qué podían hacer? Una carreta se acercaba en un sentido, otra en sentido inverso. Atacar a Raúl en presencia de testigos y volver a secuestrar en reñida lucha a la viuda Rousselin sería entregarse y atraer contra ellos la inevitable investigación y las represalias de la justicia. No se movieron. Era lo que Raúl había previsto.
Con la mayor serenidad del mundo, interpeló a dos religiosas con altas tocas, una de las cuales conducía un break arrastrado por un caballo viejo, y les pidió que socorrieran a una pobre mujer que había encontrado desvanecida al borde de la carretera, con los dedos aplastados por un coche.
Las buenas hermanas, que dirigían en Duclair un asilo y una enfermería, prestaron al acto sus servicios. Instalaron a la viuda Rousselin en el break y la envolvieron en mantas. No había vuelto en sí y deliraba agitando su mano mutilada, cuyo pulgar e índice estaban hinchados y sanguinolentos.
El break se alejó al trotecillo.
Raúl permaneció inmóvil con la visión atroz de esta mano torturada. Su emoción era tal, que no se dio cuenta del cerco que Leonardo y los tres Corbut empezaron a organizar a su alrededor bajando despacio hacia donde se encontraba. Cuando los vio, éstos ya lo rodeaban y procuraban acorralarlo hacia el huerto... No había nadie a la vista y la situación le pareció tan favorable a Leonardo que sacó su cuchillo.
—Guarda eso y déjanos —dijo Josine—. Ustedes también. Nada de tonterías.
Ella, que no había dejado su silla durante toda la escena, aparecía ahora de entre los arbustos.
Leonardo protestó:
—¿Nada de tonterías? Tontería es dejarlo libre. ¡Por una vez que lo tenemos!
—¡Vete! —exigió ella.
—Pero esta mujer... esta mujer nos denunciará...
—No, la viuda Rousselin no tiene ningún interés en hablar. Al contrario.
Cuando Leonardo se alejó, se acercó a Raúl.
Él la miró largamente, con una mirada de pocos amigos que pareció incomodarla al punto que bromeó enseguida para interrumpir el silencio.
—Te ha tocado a ti esta vez, ¿no es cierto, Raúl? Está claro que el éxito va pasando de uno al otro. Hoy, tú llevas la delantera. Mañana... Pero, ¿qué te pasa? ¡Tienes un aspecto tan raro y los ojos tan duros!...
Él dijo claramente:
—Adiós, Josine.
Ella palideció un poco.
—¿Adiós? ¿Querrás decir «hasta pronto»?
—No, adiós.
—Entonces... entonces... ¿significa que ya no quieres verme?
—No quiero verte nunca más.
Ella bajó los ojos. Un temblor nervioso agitó sus párpados. Sus labios sonreían, pero a la vez tenían un rictus de infinito dolor.

Finalmente, ella preguntó en un murmullo:
—¿Por qué, Raúl?
—Porque he visto algo —respondió él— que no puedo... que no podré jamás perdonarte.
—¿Qué?
—La mano de aquella mujer.
Ella pareció desfallecer y murmuró:
—¡Ah, comprendo!... Leonardo le habrá hecho daño... a pesar de que se lo había prohibido... Creía que ella había cedido por simples amenazas. A mí no me gusta conseguir nada por la violencia.
—Estás mintiendo, Josine. Tú oías los gritos de esta mujer como también los oías en el bosque de Maulevrier. Leonardo lo lleva a la práctica, pero la voluntad del mal, la intención de asesinar, está en ti, Josine. Fuiste tú quien dirigiste a tu cómplice hacia la casita de Montmartre, con órdenes de matar a Brigitte Rousselin si ésta se resistía. Tú quien, no hace mucho, mezclabas el veneno con los polvos que debía tomar Beaumagnan. Fuiste tú quien, en años anteriores, te encargaste de suprimir a los dos amigos de Beaumagnan, Denis Saint-Hébert y Georges d'Isneauval. Ella se rebeló.
—No, no, no te lo permito... eso no es cierto y tú lo sabes, Raúl.
Él alzó los hombros.
—Sí, la leyenda de la otra mujer, creada por las necesidades de la causa... otra mujer que se te parece y que comete los crímenes, mientras tú, Josefina Balsamo, te contentas con aventuras que sean menos brutales. Creí en esta leyenda. Me dejé enredar en todas estas historias de mujeres idénticas, hija, nieta y bisnieta de los Cagliostro. Pero se acabó, Josine, Si mis ojos se cerraban voluntariamente para no ver lo que me espantaba, el espectáculo de esta mano torturada los ha abierto definitivamente a la verdad.
—¡Mentiras, Raúl! A falsas interpretaciones tuyas y nada más. No conocí jamás a los dos hombres de que hablas.
Él repuso con cansancio:
—Puede que sí. Es probable que me equivoque, pero es totalmente imposible que te vea a partir de hora a través de esa niebla de misterio que te ocultaba. Tú apareces ante mí tal como eres; es decir, como, una criminal.
Y añadió más bajo:
—Hasta como una enferma. Si alguna mentira hay en alguna parte, es la de tu belleza.
Ella seguía callada. La sombra de su pamela de paja suavizaba aún más su dulce rostro. Las injurias de su amante no la afectaban. Era toda seducción y todo encanto.
Raúl se turbó profundamente. Jamás le había parecido tan bella y tan deseable, y se preguntó si no sería una locura adquirir una libertad que maldeciría al día siguiente. Ella afirmó:
—Mi belleza no es una mentira, Raúl. Y tú volverás a mí porque es para ti que soy hermosa.
—No volveré.
—Sí, tú no puedes vivir sin mí. La Nonchalante está cerca. Te espero mañana...
—No volveré —dijo dispuesto una vez más a doblar las rodillas.
—En ese caso, ¿por qué tiemblas? ¿Por qué estás tan pálido?
Él comprendió que su salvación dependía de su silencio, que tenía que huir sin responder y sin mirar hacia atrás.
Rechazó las dos manos de Josine, que se abrazaban a él, y se fue...




Capítulo XI

El viejo faro

Durante toda la noche, tomando los caminos que se le presentaban, Raúl pedaleó, tanto para borrar sus huellas como para infligirse una saludable fatiga. Por la mañana, extenuado, se dejó caer en una cama de un hotel en Lillebonne.
Prohibió que lo despertaran, dio dos vueltas de llave y las tiró por la ventana. Durmió más de veinticuatro horas.
Cuando estuvo vestido y hubo comido, no pensó más que en volver a la bicicleta y regresar a La Nonchalante. La lucha contra el amor había comenzado.
Se sentía muy desgraciado y, como nunca había sufrido, obedeciendo siempre a los menores caprichos, se irritaba contra una desesperanza a la que le hubiera sido tan fácil poner fin.
«¿Por qué no ceder? —se preguntaba—. En dos horas estaría allí. ¿Quién me impediría entonces volver a marcharme cuando esté mejor preparado para la ruptura?»
Pero no podía. La visión de aquella mano mutilada lo obsesionaba y dirigía toda su conducta, obligándolo a evocar los actos bárbaros y odiosos que dejaba suponer aquel hecho inconcebible.
Josine había hecho aquello; por lo tanto, Josine había matado, y por lo tanto, Josine no retrocedía ante la muerte y consideraba simple y natural matar cuando el crimen favorecía sus proyectos. Y Raúl tenía miedo del crimen. Era una repulsión física, una sublevación de todos sus instintos. La idea de ser arrastrado, en un acceso de aberración, a derramar sangre le daba horror. Y he aquí que la más trágica de las realidades asociaba indisolublemente este horror a la imagen de la mujer que él amaba.
No volvió, ¡pero al precio de qué esfuerzos! ¡Cuánto dolor contenido! ¡Cuántos gemidos en su impotente rebeldía! Josine le tendía sus lindos brazos y le ofrecía el beso de sus labios. ¿Cómo resistir al llamado de aquella voluptuosa criatura? Herido en lo más profundo de su egoísmo, por primera vez tuvo conciencia de la pena infinita que había provocado en Clarisa d'Etigues. Adivinó sus llantos. Imaginó la terrible angustia de aquella vida destrozada. Sacudido por los remordimientos, imaginaba palabras llenas de ternura y recordaba las horas conmovedoras de su amor.
E hizo aún más. Sabiendo que la muchacha recibía directamente sus cartas, se atrevió a escribirle.

Perdóname, querida Clarisa. He actuado contigo como un miserable. Esperemos un futuro mejor y piensa en mí con toda la indulgencia de tu corazón generoso. Perdóname querida, perdóname.

Raúl

«Junto a ella —se decía Raúl— podría olvidar todas estas cosas desagradables. Lo esencial no es tener los ojos puros y los labios dulces, sino un alma leal y sensata como la de Clarisa.»
Sin embargo, eran los ojos y la sonrisa ambigua de Josine los que él adoraba, y cuando pensaba en sus caricias, no le importaba demasiado que tuviera un alma, ni que ésta fuera leal y sensata.
Mientras tanto, se ocupaba de buscar el viejo faro al que la viuda Rousselin había hecho alusión. Al vivir ella en Lillebonne, él no dudaba de que lo encontraría en la región. Por eso había ido hasta allí desde la primera noche.
No se equivocaba. Le bastó preguntar para saber, primero, que había un antiguo faro, hoy fuera de uso, en los bosques que ceñían el castillo de Tancarville, y después, que el propietario del faro había confiado las llaves a la viuda Rousselin que, cada semana y precisamente los jueves, iba a poner un poco de orden. Con una simple expedición nocturna, pudo apoderarse de las llaves.
Dos días lo separaban ahora de la fecha en que, con toda seguridad, la persona que poseía el cofre debía encontrarse con la viuda Rousselin, y como ésta, prisionera o enferma, no había podido aplazar la cita, todo concurría para que Raúl aprovechara una entrevista que consideraba de la mayor importancia.
Esta perspectiva lo tranquilizó. Fue nuevamente apresado por el problema que, desde hacía semanas, lo perseguía, cuya solución parecía acercarse.
Para asegurarse mejor de todo, la víspera visitó el lugar de la cita, y el jueves, cuando, una hora antes, atravesó con paso alerta el bosque de Tancarville, el éxito le parecía inevitable. Disfrutaba plenamente de su euforia y de su vanidad.
Parte de esos bosques, independientes del parque, bajaba hasta el Sena y cubría los acantilados. Los caminos irradiaban desde una encrucijada central y uno de ellos llevaba, por desfiladeros y pendientes bruscas, hasta un promontorio abrupto donde se alzaba, apenas visible, la silueta del faro abandonado. Durante la semana el lugar quedaba totalmente desierto. Los domingos, venían a veces algunos excursionistas.
Desde el mirador se abría una impresionante vista sobre el canal de Tancarville y el estuario del río. Pero al pie del faro quedaba uno, en esta época del año, hundido en la abundante vegetación.
Una única sala con dos ventanas, amueblada con dos sillas, formaba la planta baja, que se abría, por el lado del bosque, a un espacio lleno de ortigas y plantas salvajes.
Al acercarse, Raúl disminuyó el paso. Tenía la impresión, además justificada, de que hechos importantes se preparaban y de que no se trataría solamente del encuentro con una persona y de la conquista definitiva de un secreto formidable, sino de que, de hecho, continuaría la batalla suprema en la que el enemigo sería vencido para siempre.
Este enemigo era la Cagliostro; la Cagliostro, que conocía, como él, las declaraciones arrancadas a la viuda Rousselin, y que incapaz de resignarse a la derrota, disponiendo de medios de investigación ilimitados, debió encontrar fácilmente el antiguo faro donde, al parecer, iba a desarrollarse el último acto del drama.
—No sólo —dijo él a media voz, burlándose de sí mismo— me pregunto si vendrá a la cita, sino, en realidad, espero que venga para verla y para que, vencedores, caigamos el uno en brazos del otro.
Por una tela metálica atada en condiciones precarias a las piedras de un pequeño muro erizado de trozos de botellas, Raúl entró en el recinto del faro. Entre las plantas salvajes, no había huellas. Pero habrían podido sortear el muro por otro lado y pasar por una de las ventanas laterales.
Su corazón daba brincos. Cerró los puños, listo para defenderse si caía en una trampa.
«¡Qué tonto soy! —pensó—. ¿Por qué una trampa?»
Movió la cerradura de una puerta carcomida y entró.
La sensación fue inmediata. Alguien se deslizó en un hueco cerca de la puerta. No tuvo tiempo de volverse contra el asaltante. Apenas avisado, más por un instinto que por sus ojos, sintió su cuello cogido por una cuerda que lo estiraba hacia atrás, mientras una rodilla se hundía brutalmente en sus riñones.
Sofocado, doblado en dos, debió someterse a la voluntad del adversario, perdió el equilibrio y fue derribado.
—¡Buen trabajo, Leonardo! —balbuceó—. ¡Hermosa revancha!
Pero se equivocaba. No era Leonardo. En el hombre, que estaba de perfil, reconoció a Beaumagnan. Mientras Beaumagnan le ataba las manos, rectificó su error y confesó su sorpresa con estas simples palabras:
—¡Vaya, vaya!, el rebotado.
La cuerda con la que lo habían atado estaba a su vez atada a una anilla remachada en el muro opuesto y justo encima de una ventana. Beaumagnan, que actuaba con gestos bruscos y una especie de extravío, abrió la ventana y entreabrió las persianas podridas. Luego, como la anilla servía de polea, tiró de la cuerda obligando a Raúl a caminar. Raúl pudo ver entre las persianas el espacio vacío que, desde lo alto de la roca vertical donde el faro se elevaba, caía entre los escombros de piedras y los grandes troncos de árboles cuyas cabezas frondosas tapaban el horizonte.
Beaumagnan le dio la vuelta, le puso la espalda contra las persianas y le ató los puños y los tobillos.
Las cosas se presentaban de la siguiente manera: en caso de que Raúl tratara de ir hacia delante, la cuerda ajustada con un nudo corredizo lo estrangularía. Si, por otra parte, Beaumagnan tenía la fantasía de deshacerse de su víctima, le era suficiente empujarlo bruscamente, las persianas cederían y Raúl, cayendo en el vacío, quedaría colgado.
—Excelente posición para una conversación seria —bromeó.
Además, estaba decidido. Si la intención de Beaumagnan consistía en hacerle elegir entre la muerte y la confesión de los éxitos que había podido obtener en la búsqueda del gran secreto, sin ninguna duda, hablaría.
—A sus órdenes —dijo—. Pregunte.
—Cállate —ordenó el otro, siempre furioso.
Y le llenó la boca de algodón, que aguantó con un pañuelo atado en la nuca.
—Un solo gruñido —le amenazó—, un solo gesto, y de un puñetazo te envío al vacío.
Lo miró un segundo, como un hombre que se pregunta si no debiera cumplir inmediatamente el acto proyectado. Pero, de pronto, se alejó, caminando pesada y sinuosamente, atravesó la sala golpeando el suelo con el pie y se puso en cuclillas en el umbral de la puerta de modo que pudiera ver, por la rendija, lo que ocurría afuera.
«Las cosas van mal —pensó Raúl bastante inquieto—. Van tan mal que no entiendo nada. ¿Por qué está él aquí? ¿Debo suponer que él es el benefactor de la viuda Rousselin, aquél a quien ella no quiso comprometer?»
Pero esta hipótesis no le satisfacía.
«No, no es eso. He dado en el blanco, pero de otra forma, por imprudencia e ingenuidad. Es evidente que un tipo como Beaumagnan conocía todo este asunto de la Rousselin, conocía la existencia de las citas y cuándo se reunían, y al saber que la viuda había sido secuestrada, vigilaba y hacía vigilar los alrededores de Lillebonne y de Tancarville... Entonces debió de advertir mi presencia y mis idas y venidas... y, por si fuera poco, además me tendió esa trampa...»
Esta vez la convicción de Raúl era total. Vencedor de Beaumagnan en París, acababa de perder el segundo round. Victorioso esta vez, Beaumagnan lo colgaba de una persiana como a un murciélago se le clava en la pared y acechaba a otra persona para atraparla y arrancarle el secreto.
Sin embargo, un punto permanecerá oscuro. ¿Por qué esta actitud de bestia feroz, lista a saltar sobre la presa? Esto no casaba con el encuentro probablemente pacífico que se anunciaba entre él y esa persona. Beaumagnan no tenía más que salir, esperar afuera y decirle simplemente: «La señora Rousselin está enferma y me envía en su lugar. Ella quisiera conocer la inscripción que está grabada en la tapa del cofre».
«A menos —pensó Raúl— que Beaumagnan tenga razones para prever la llegada de una tercera persona... y para desconfiar... A lo mejor está preparando un ataque...»
Bastó que esta pregunta pasara por la cabeza de Raúl, para que inmediatamente se diera cuenta de la situación exacta. Beaumagnan le había tendido una trampa, pero eso no era más que una parte de lo que iba a suceder. La emboscada era doble, y ¿a quién podía Beaumagnan espiar con esa fiebre exasperada? ¿A quién sino a Josefina Balsamo?
«¡Eso es! ¡Eso es! —se dijo Raúl iluminado por un rayo de lucidez—. ¡Eso era! Ha adivinado que ella está viva. Sí, el otro día, en París, frente a mí, debió de sentir algo atroz. Otra de mis torpezas... falta de experiencia. Veamos, ¿habría yo hablado y actuado de aquella forma, si Josefina Balsamo no viviera? ¿Cómo? Acababa de decir a ese hombre que había leído entre líneas su carta al barón Godefroy y que había asistido a la famosa sesión de la Haie d'Etigues. ¿Cómo no suponer que debajo de todo eso no estaba la Cagliostro? ¿Y cómo un joven como yo, intrépido, había abandonado a esta mujer? ¡Vamos! ¡Si yo estaba en la reunión, también estaría en la escalera del acantilado y en la playa cuando la embarcaron! ¡Y yo había salvado a Josefina Balsamo! Y nos amamos... no desde el invierno pasado, como yo pretendía, sino desde la supuesta muerte de Josine... Esto es lo que debió de decirse Beaumagnan.»
Las pruebas se añadían a las pruebas. Los hechos se ajustaban unos a otros como los eslabones de una cadena.
Vinculada al caso Rousselin y, por lo tanto, buscada por Beaumagnan, Josine tampoco había dejado de merodear por los alrededores del antiguo faro. En cuanto lo adivinó todo, Beaumagnan tendió su emboscada. Raúl había caído. Ahora le tocaba el turno a Josine...
Era como si el destino quisiera confirmar las sospechas que se sucedían en la mente de Raúl, En el mismo segundo en que concluyó, el ruido de un coche subió desde la carretera que bordeaba el canal, debajo de los acantilados, y al acto Raúl reconoció el paso precipitado de los caballitos de Leonardo.
Beaumagnan, por su lado, debía de saber a qué atenerse, ya que se incorporó de repente y prestó atención.
Cesó el ruido de los cascos y después volvió a empezar más despacio. El coche ascendía por una pendiente rocosa que lleva hasta la meseta donde empieza el camino por el bosque, impracticable para cualquier vehículo y que conduce hasta el faro.
En cinco minutos, a lo sumo, Josefina Balsamo aparecería.
Cada segundo de cada uno de aquellos minutos solemnes aumentaban la agitación y el delirio de Beaumagnan. Murmuraba palabras incoherentes. Su máscara de actor romántico se deformaba hasta lograr una expresión de bestial fealdad. El instinto, el deseo de muerte torcía sus rasgos y, de golpe, quedó claro que todo este deseo y este instinto salvaje se dirigía contra Raúl, contra el amante de Josefina Balsamo.
Otra vez los pies se alzaban mecánicamente para golpear el suelo. Caminaba sin saberlo, iba a matar sin saberlo, como un borracho. Sus brazos se estiraron.
Sus puños crispados avanzaban como dos acorazados que una fuerza lenta, continua, irresistible, lanzara contra el pecho del joven.
Unos pasos más y Raúl caería en el vacío.
Raúl cerró los ojos. A pesar de todo, no se resignaba y buscaba conservar alguna esperanza.
«La cuerda se romperá —pensaba— y el musgo de las piedras amortiguará mi caída. La verdad es que el destino de Arsenio Lupin d'Andrésy no es el de ser ahorcado. Si a mi edad no tengo posibilidades de salirme de aventuras de este tipo, es que los dioses, hasta ahora favorables, no tienen ya intención de ayudarme. ¡En ese caso, no me arrepiento!»
Pensó en su padre y en las enseñanzas de gimnasia y cuerda floja que había recibido de Théophraste Lupin... Murmuró el nombre de Clarisa...
Sin embargo, el choque no se producía. A pesar de que sentía contra él la presencia de Beaumagnan, parecía que el ímpetu del adversario se había detenido.
Raúl levantó los párpados. Beaumagnan, erecto, lo dominaba con su enorme cuerpo. Pero no se movía en absoluto. Sus brazos estaban doblados y sobre su rostro, en el que la idea de la muerte imprimía una mueca amenazadora, la decisión parecía como en suspenso.
Raúl escuchó y no oyó nada. Pero, ¿quién sabe si Beaumagnan, cuyos sentidos estaban superexcitados, oía a Josefina Balsamo, acercarse? Lo cierto es que retrocedía paso a paso y, de pronto, precipitándose, volvió a su puesto en el hueco, a la derecha de la puerta.
Raúl lo veía de frente. Estaba horrible. Un cazador al acecho echa mano a su fusil y repite varias veces este gesto para estar preparado en el instante preciso. Así las manos de Beaumagnan se preparaban convulsivamente para el crimen. Se abrían para estrangularse ponían a la distancia indicada una de otra, los dedos se crispaban retorcidos como garras.
Raúl estaba aterrado. Su impotencia le hacía sufrir todos los martirios.
Aunque supiera de la inutilidad de todo esfuerzo, se debatía para romper las ligaduras. ¡Ah, si sólo pudiera gritar! Pero la mordaza ahogaba sus gritos y las cuerdas cortaban su piel.
Afuera, en el gran silencio, un ruido de pasos. Una puerta de hierro chirrió. Una falda rozó las hojas. La gravilla repiqueteó.
Beaumagnan, aplastado contra la pared, levantó los codos. Sus manos, que temblaban como las manos de un esqueleto que el viento agita, parecían cerrarse ya alrededor del cuello y poseerlo vivo y palpitante.
Raúl gritó detrás de su mordaza.
La puerta fue empujada y empezó el segundo acto del drama.
Se desarrolló exactamente como Beaumagnan lo había concebido y como Raúl había imaginado. Una silueta de mujer, que era la de Josefina Balsamo, apareció y fue aplastada por la embestida de Beaumagnan. Se oyó a lo sumo una débil queja cubierta por un sonido extraño, algo así como un ladrido furioso, que emitía la garganta del asesino.
Raúl pataleó: nunca había amado tanto a Josine como en aquel momento en que la veía agonizante. ¿Sus faltas, sus crímenes? ¡Qué importaban!, era la más hermosa criatura del mundo y toda esa belleza, esa sonrisa adorable, ese cuerpo encantador hecho para las caricias iban a ser aniquilados. Ninguna ayuda posible. Ninguna fuerza contra la fuerza irresistible de aquel bruto.
Lo que salvó a Josefina Balsamo fue el mismo exceso de amor que sólo la muerte podía saciar y que, en el último segundo, no pudo acabar su siniestra empresa. Sin energía, abatido por la desesperación que de pronto había tomado forma de locura, Beaumagnan rodó por el suelo arrancándose los cabellos y golpeándose la cabeza en las baldosas.
Raúl respiró finalmente. Cualesquiera que fueran las apariencias, y aunque Josefina Balsamo no se moviera, él estaba seguro de que vivía. En efecto, lentamente, saliendo de la horrible pesadilla con intermitencias de angustia que parecían romperla, finalmente se puso de pie, con aplomo y tranquilidad.
Vestía un abrigo con capucha que la envolvía y llevaba un sombrero del que caía un velo con grandes flores bordadas. Dejó caer el abrigo, descubriendo así sus hombros por el escote del corpiño que la lucha había destrozado.
Arrojó al suelo el sombrero y el velo, que también se habían roto dejando libre el pelo que se desparramó a cada lado de la frente en bucles pesados y regulares donde se encendían reflejos leonados. Sus mejillas estaban más rosadas, sus ojos más brillantes.
Siguió un largo momento de silencio. Los dos hombres la contemplaban fijamente, no como a una enemiga, o a una amante, o a una víctima, sino simplemente como a una mujer radiante por la cual sentían pasión y fascinación. Raúl, emocionado; Beaumagnan, inmóvil y postrado, ambos la admiraban con el mismo fervor.
Ella llevó a la boca un pequeño silbato de metal que Raúl conocía bien. Leonardo debía de esperar a alguna distancia y acudiría rápidamente a su llamada. Pero cambió de opinión. ¿Por qué hacerlo venir ahora que ella era dueña absoluta de la situación?
Se dirigió hacia Raúl y desató el pañuelo que lo amordazaba:
—No has vuelto, Raúl, como yo creía —le dijo—. ¿Volverás?
Si hubiera estado libre, la hubiera abrazado ardientemente. Pero, ¿por qué no cortaba las ligaduras? ¿Qué pensamiento secreto se lo impedía?
Respondió:
—No... Se acabó.
Se incorporó un poco sobre la punta de los pies y pegó sus labios a los de Raúl, murmurando:
—¿Se acabó realmente todo? ¡Estás loco, Raúl!
Beaumagnan se había estremecido y avanzaba fuera de sí debido a esta caricia imprevista. Cuando trató de cogerla por un brazo, ella dio media vuelta y, de pronto, la calma que había conservado hasta entonces dio lugar a los sentimientos reales que la sacudían, sentimientos execrables y de rencor salvaje contra Beaumagnan.
Estalló de golpe, con una vehemencia de la que Raúl no la juzgaba capaz.
—No me toques, miserable. Y no creas que tengo miedo de ti. Hoy estás solo y acabo de comprobar que ni siquiera eres capaz de matarme. No eres más que un cobarde. Tus manos temblaban. Mis manos no temblarán, Beaumagnan, cuando llegue tu hora.
Él retrocedía ante las imprecaciones y amenazas, y Josefina Balsamo continuaba, en un ataque de odio:
—Pero tu hora no ha llegado. No has sufrido bastante... Ni siquiera sufrías, ya que me creías muerta. Tu suplicio ahora será saber que estoy viva y que quiero a alguien.
»Sí, ¿me oyes?, quiero a Raúl. Lo quise al principio para vengarme de ti y decírtelo después. Hoy lo quiero sin razón, porque es como es y no puedo olvidarlo. Apenas lo sabe él, apenas lo sabía yo. Pero desde hace unos días, desde que se fue, sentí que él era toda mi vida. Yo ignoraba el amor y el amor es esto, es este frenesí que me agita.»
Era presa del delirio, como aquél a quien torturaba. Sus gritos de enamorada parecían hacerle tanto daño a ella como a Beaumagnan. Raúl sentía, al verla así, más indiferencia que alegría. La llama de deseo, de admiración y de amor que había vuelto a abrasarlo en el momento del peligro, se apagaba definitivamente. La belleza y la seducción de Josine se desvanecían como espejismos y, sobre su rostro, que sin embargo no había cambiado, no podía discernir más que el vil reflejo de un alma cruel y enferma.
Ella continuaba su ataque furioso contra Beaumagnan, que respondía con sobresaltos de cólera celosa. Era realmente desconcertante ver a esos dos seres que, en el momento en que estaban a punto de alcanzar la clave del formidable enigma que buscaban desde hacía tanto tiempo, lo olvidaban todo en un arrebato de pasión. El gran secreto de los siglos precedentes, la piedra legendaria, el cofre y la inscripción, la viuda Rousselin, la persona que caminaba hacia ellos y les revelaría el secreto... ¡pamplinas de las que no se preocupaban ninguno de los dos! El amor lo arrastraba todo como un torrente; tumultuoso. El odio y la pasión se entregaban a la eterna lucha que desgarra a los amantes.
Los dedos de Beaumagnan volvían a crisparse como garras y sus manos temblorosas se aprestaban a estrangular. Sin embargo, ella se encarnizaba, ciega y desordenada, y le escupía en plena cara la injuria de su amor:
—Lo quiero, Beaumagnan. El fuego que le quema me devora a mí también, es un amor como el tuyo, donde se mezclan el crimen y la muerte. Sí, lo mataría antes que saberlo de otra, o saber que ya no me quiere. Pero él me quiere, Beaumagnan, me quiere, ¿me oyes?, ¡me quiere!
Una risa inesperada salió de la boca convulsa de Beaumagnan. Su cólera terminaba en un acceso de hilaridad sardónica.
—¿Él te quiere Josefina Balsamo? Tienes razón, te quiere, te quiere como a todas las mujeres. Tú eres bella, te desea. Pasa otra, y también la desea. Y tú Josefina Balsamo, tú sufres el infierno. ¡Confiésalo!
—El infierno, sí —dijo ella—, si creyera en su traición. Pero no es cierto... y tú, Beaumagnan, tratas estúpidamente de...
Ella se calló. Beaumagnan reía burlonamente con tanta alegría y maldad que tuvo miedo. Muy bajo, angustiada, dijo:
—Una prueba... Dame una sola prueba... Ni siquiera... un indicio... algo que me obligue a dudar... Y lo mato como a un perro.
Había sacado de su corpiño una porra pequeña hecha con un mango de paraguas y una bola de plomo. Su mirada se endureció.
Beaumagnan replicó:
—No te diré algo que te haga dudar, sino algo que te convencerá.
—Habla... di un nombre.
—Clarisa d'Etigues —respondió él.
Ella alzó los hombros.
—Ya sé... Un amorío sin importancia.
—Lo suficiente como para pedirla en matrimonio a su padre.
—¿En matrimonio? Pero no, vamos, es imposible... Me he informado... Se encontraron dos o tres veces en el campo, no más.
—Más que eso, en la habitación de la joven.
—¡Mientes! ¡Mientes! —gritó ella.
—Di, más bien, que el que miente es su padre, ya que él mismo me lo ha confiado anteayer.
—¿Y quién se lo ha dicho?
—La misma Clarisa.
—Pero, ¡es absurdo! Una chica como ella no hace esas confesiones.
Beaumagnan bromeó:
—Hay casos en los que está obligada a hacerlo.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué te atreves a insinuar?
—Repito lo que he dicho... No es la amante la que ha confesado, es la madre... la madre, que quiere asegurar un nombre al hijo que lleva en ella, la madre que reclama el matrimonio.
Josefina Balsamo pareció sofocada, desamparada.
—¡El matrimonio! ¡El matrimonio con Raúl! ¿El barón D'Etigues aceptaría...?
—¡Vaya, por Dios!
—¡Mentiras! —exclamó ella—. ¡Comadreos de mujeres! O mejor dicho, invenciones tuyas. No hay una palabra de verdad en todo esto. No se han visto nunca más.
—Se escriben.
—¡La prueba, Beaumagnan! ¡La prueba, inmediatamente!
—¿Una carta te bastaría?
—¿Una carta?
—Escrita por él a Clarisa.
—¿Escrita hace cuatro meses?
—Hace cuatro días.
—¿La tienes?
—Tenla.
Raúl, que escuchaba con ansiedad, se estremeció, reconoció el sobre y el papel de la carta que había enviado a Clarisa desde Lillebonne.
Josine tomó el documento y leyó en voz baja, articulando cada sílaba:

Perdóname, querida Clarisa. He actuado contigo como un miserable. Esperemos un futuro mejor y piensa en mí con toda la indulgencia de tu corazón generoso. Perdóname, querida, perdóname.

Raúl

Apenas tuvo fuerza de terminar la lectura de la carta, que la repudiaba y la hería en lo más profundo de su amor propio. Vaciló. Sus ojos buscaron los de Raúl. Él comprendió que Clarisa estaba condenada a muerte y, en el fondo, supo que no sentiría más que odio hacia Josefina Balsamo.
Beaumagnan explicaba:
—Fue Godefroy quien interceptó esta carta y me la envió pidiéndome consejo. Como el sobre llevaba el sello de Lillebonne, encontró vuestras huellas.
La Cagliostro se calló. Su cara traslucía un sufrimiento tan profundo que habría podido conmover a cualquiera hasta sentir piedad de las lentas lágrimas que caían sobre sus mejillas, de no ser evidente que su dolor estaba dominado por un ávido deseo de venganza. Ella combinaba sus planes. Establecía sus emboscadas.
Bajando la cabeza, dijo a Raúl:
—Te lo había advertido, Raúl.
—Hombre prevenido vale por dos —sentenció él, en tono burlón.
—¡No bromees! —gritó ella, impaciente—. Ya sabes lo que te dije, que era preferible no hacerla intervenir en nuestro amor.
—Y tú sabes también lo que yo te dije —respondió Raúl en el mismo tono irritado—. Si alguna vez tocas uno solo de sus cabellos...
Ella se sobresaltó.
—¿Cómo puedes burlarte así de mi sufrimiento y tomar partido por otra mujer contra mí...? ¡Contra mí! ¡Ah, Raúl, tanto peor para ella!
—No te preocupes —replicó él—. Ella está segura, porque yo la protejo.
Beaumagnan los observaba, feliz de su discordia y de todo el odio que burbujeaba en ellos. Pero Josefina Balsamo se contuvo, juzgando sin duda que era perder el tiempo hablar de una venganza que llegaría en su momento. Por ahora, otros problemas la ocupaban, y murmuró, confesando su íntima preocupación y prestando atención:
—Han silbado, ¿no es cierto, Beaumagnan? Debe, de ser uno de mis hombres que vigila uno de los caminos que conducen hasta aquí... La persona que nosotros esperamos debe estar a punto de llegar... Supongo que tú también estás aquí por ella...
De hecho, la presencia de Beaumagnan y sus intenciones secretas no estaban muy claras todavía. ¿Cómo habría podido saber el día y la hora de la cita? ¿Qué datos específicos poseía con relación al asunto Rousselin?
Ella echó una mirada a Raúl. Éste, bien atado, no podría molestarla en sus proyectos y no intervendría en la última batalla. Pero Beaumagnan parecía inquietarla. Lo llevó hacia la puerta como si quisiera ir a recibir a la persona esperada, pero, en el mismo instante en que salía, se oyeron unos pasos. Ella volvió atrás empujando a Beaumagnan y dejó el paso a Leonardo.
Éste examinó con interés a los dos hombres, después tomó aparte a la Cagliostro y le dijo algunas palabras al oído.
Ella pareció estupefacta y murmuró:
—¿Qué dices...? ¿Qué dices...?
Volvió la cabeza para que no pudieran ver el sentimiento que experimentaba, pero Raúl tuvo la impresión de que sentía una enorme alegría.
—No nos movamos —dijo ella—. Ya viene... Leonardo, coge tu revólver. Cuando haya pasado la puerta, apunta.
Se dirigió a Beaumagnan, que trataba de abrir la puerta.
—Pero, ¿está loco? ¿Qué pasa? Quédese donde está.
Como Beaumagnan insistía, se irritó.
—¿Por qué quiere salir? ¿Por qué razón? ¿Conoce entonces a esta persona, y quiere impedir... o bien llevarla con usted?... ¿Qué...? Respóndame...
Beaumagnan no dejaba el picaporte mientras Josine trataba de retenerlo. Al ver que no lo lograba, se volvió hacia Leonardo y, con su mano libre, le señaló el hombro izquierdo de Beaumagnan con un gesto que ordenaba golpear, pero sin brusquedad. En un segundo, Leonardo sacó de su bolsillo un estilete, que hundió ligeramente en el hombro del adversario.
Éste gruñó:
—¡Ah, maldita...! —y se desplomó.
Ella dijo tranquilamente a Leonardo:
—Ayúdame y démonos prisa.
Cortando la cuerda demasiado larga que ataba a Raúl, ligaron los brazos y las piernas de Beaumagnan. Después de haberlo sentado y apoyado contra una pared, ella examinó la herida, la cubrió con un pañuelo y dijo:
—No es nada... apenas dos o tres horas de malestar... Volvamos a nuestro puesto.
Se quedaron al acecho.
Lo realizó todo sin prisa, el rostro tranquilo, los gestos tan mesurados como si hubieran sido pensados de antemano. Sólo algunas sílabas para dar las órdenes. Pero su voz, aunque ensordecida, adquiría tales matices de triunfo que Raúl, cada vez más inquieto, estuvo a punto de gritar para avisar al que o a la que a su vez iba a caer en la trampa.
Pero, ¿para qué? Nada podía oponerse a las temibles decisiones de la Cagliostro. Además, él ya no sabía qué hacer. Su cerebro se consumía en ideas absurdas. Además... además... era demasiado tarde. Un gemido se le escapó: Clarisa d'Etigues entraba.




Capítulo XII

Demencia y genio

Hasta aquel momento Raúl no había sentido más que un miedo más bien moral, pues el peligro no amenazaba más que a él y a la Cagliostro. Él confiaba en su buena estrella y sabía que la Cagliostro podía defenderse de Beaumagnan.
¡Pero Clarisa! En presencia de Josefina Balsamo, Clarisa era como una presa librada a los ardides y la crueldad del enemigo. Además, el miedo de Raúl se complicó con una especie de horror físico que realmente erizaba los cabellos de su cabeza y le provocaba lo que ordinariamente se llama piel de gallina. El rostro implacable de Leonardo no hacía más que aumentar este terror. Recordó a la viuda Rousselin y sus dedos tumefactos.
En realidad, lo había visto claro cuando, una hora antes, viniendo a la cita, presentía que se preparaba una gran batalla que lo enfrentaría a Josefina Balsamo. Hasta el momento, simples escaramuzas, choques sin importancia. Ahora, era la lucha a muerte entre todas las fuerzas que se habían enfrentado, y Raúl se presentaba con las manos atadas, la soga al cuello, sin contar con la debilidad que le provocaba la llegada de Clarisa d'Etigues.
«Bueno —se dijo—, todavía tengo que enterarme de muchas cosas. Soy casi responsable de esta espantosa situación y Clarisa es de nuevo mi víctima.»
La muchacha permanecía turbada bajo la amenaza del revólver que Leonardo tenía apuntado. Había llegado alegremente, como se emprende un día de vacaciones al encuentro de alguien al que se tiene el placer de ver, y de repente caía en medio de esta escena de violencia y de crimen, mientras que aquél a quien amaba permanecía frente a ella, inmóvil y cautivo.
Balbuceó:
—¿Qué pasa, Raúl? ¿Por qué está atado?
Tendió las manos hacia él, tanto para implorar su ayuda como para ofrecerle la suya. Pero, ¿qué podían hacer el uno por el otro?
Él observó sus rasgos descompuestos y el profundo cansancio que se desprendía de su cuerpo menudo, y tuvo que contenerse para no llorar al pensar en la dolorosa confesión que había tenido que hacer a su padre y en las consecuencias de la falta cometida. A pesar de todo, le dijo, con una seguridad imperturbable:
—No tengo nada que temer, Clarisa, ni tú tampoco, absolutamente nada. Respondo por todo.
Ella echó una mirada a los que la rodeaban, tuvo el estupor de reconocer a Beaumagnan bajo la máscara que lo sofocaba e interrogó tímidamente a Leonardo:
—¿Qué quiere usted de mí? Todo esto es sorprendente... ¿Quién me ha hecho venir aquí?
—Yo, señorita —intervino Josefina Balsamo.
La belleza de Josine había sorprendido ya a Clarisa. Un poco de esperanza la reconfortó, como si de esta mujer admirable no pudiera venir más que ayuda y protección.
—¿Quién es usted, señora? No la conozco...
—Yo sí la conozco —afirmó Josefina Balsamo, a la que la gracia y dulzura de la muchacha parecían irritar, pero que dominaba su cólera—. Usted es la hija del barón D'Etigues... y sé que ama a Raúl d'Andrésy.
Clarisa se sonrojó, pero no protestó. Josefina Balsamo ordenó a Leonardo:
—Cierra la puerta, ve, pon la cadena y el candado que has traído y endereza el viejo poste caído en el que hay una pancarta que dice «propiedad privada».
—¿Debo quedarme afuera? —preguntó Leonardo.
—Sí, no te necesito por ahora —dijo Josine en un tono que aterró a Raúl—. Quédate afuera. Nadie debe molestarnos... Bajo ningún pretexto, ¿entiendes?
Leonardo obligó a Clarisa a sentarse en una de las dos sillas, le puso los dos brazos hacia atrás e hizo el gesto de atarle las muñecas a los barrotes.
—Es inútil —dijo Josefina Balsamo—. Déjanos.
Él obedeció.
Por turno, ella miró a las tres víctimas, los tres desarmados y reducidos a la impotencia. Era dueña absoluta del campo de batalla y bajo pena de muerte podía imponer fallos inflexibles.
Raúl no cesaba de observarla, tratando de discernir su plan y sus intenciones.
Sobre todo le impresionaba su serenidad. No tenía nada de esa fiebre y esa agitación que hubieran, por así decirlo, desarticulado la conducta de cualquier otra mujer en su lugar. Ninguna actitud de triunfo. Más bien una cierta molestia, como si actuara bajo el impulso de fuerzas interiores que no era capaz de disciplinar.
Por primera vez, adivinó esta especie de fatalismo negligente que solía ocultar su hermosa sonrisa y que quizás era su esencia misma, lo que explicaba su naturaleza enigmática.
Tomó lugar al lado de Clarisa, en la otra silla y, con los ojos fijos, la voz lenta, con sequedad y monotonía, empezó:
—Hace tres meses, señorita, una joven fue secuestrada furtivamente al bajar del tren y transportada al castillo de la Haie d'Etigues, donde se encontraban reunidos, en una gran sala solitaria una decena de gentilhombres de Caux, entre ellos Beaumagnan, que usted ve aquí, y su padre. No le contaré todo lo que se dijo en esa reunión y todas las ofensas que tuvo que soportar esta mujer, por parte de unos hombres que se proponían como jueces. El hecho es que, después de un simulacro de juicio, una vez que los invitados se marcharon, su padre y su primo Bennetot llevaron a esta mujer al pie de los acantilados, la ataron al fondo de una barca agujereada, cargada además de una piedra, y la llevaron a alta mar, donde la abandonaron.
Clarisa, sofocada, balbuceó:
—¡Eso no es cierto! ¡No es cierto...! Mi padre nunca hubiera hecho eso... ¡No es cierto!
Sin preocuparse de la protesta indignada de Clarisa, Josefina Balsamo continuó:
—Sin que ninguno de los conspiradores lo sospecharan, alguien había asistido a la sesión del castillo, alguien que espió a los dos asesinos (no se me ocurre otra palabra), que se colgó de la barca y que salvó a la víctima cuando los otros se alejaron. ¿De dónde salía el salvador? Todo lleva a creer que había pasado la noche anterior en su alcoba, no como su prometido, ya que su padre le había negado este título, sino como su amante.
Las acusaciones y las injurias golpeaban a Clarisa como martillazos. Desde el primer minuto, había sido puesta fuera de combate, incapaz de resistir ni de defenderse.
Pálida, desfalleciente, se curvó sobre su silla gimiendo:
—¡Oh, señora! ¿Qué dice usted?
—Lo que usted misma le contó a su padre —continuó la Cagliostro—, ya que las consecuencias de su falta hacían necesaria la confesión que usted le hizo anteanoche. ¿Tengo necesidad de precisar aún más qué le pasó a su amante? El mismo día en que Raúl d'Andrésy la deshonraba, la abandonó para seguir a la mujer que había salvado de la más espantosa muerte, se dedicó a ella en cuerpo y alma, vivió su vida y le juró a ella no volver a verla, a usted, nunca más. El juramento fue categórico: «No la quería», dijo él. «Fue un amorío sin importancia. Ya se acabó.»
»Ahora bien, después de un pasajero malentendido entre su amante y él, esta mujer acaba de descubrir que Raúl se carteaba con usted y que le había enviado esta carta, pidiéndole perdón y dándole confianza en el futuro. Comprenderá sin duda que tengo el derecho de tratarla como a una enemiga... e incluso como a una enemiga mortal —agregó sordamente la Cagliostro.
Clarisa calló. Su miedo crecía y consideraba con creciente aprensión el dulce y aterrador rostro de aquella que le había robado a Raúl y que se proclamaba su enemiga.
Temblando de piedad, y sin temer la cólera de Josefina Balsamo, Raúl insistió con gravedad:
—Si hubo por mi parte un juramento solemne que estoy decidido a mantener en contra de todo y de todos, Clarisa, es el de que nadie tocará ni la punta de tu cabello. No tengas miedo. Antes de diez minutos saldrás de aquí sana y salva. Diez minutos, Clarisa, ni uno más.
Josefina Balsamo ni tan sólo le prestó atención, y tranquilamente continuó:
—Ésta es nuestra situación actual, tal como es. Pasemos ahora a los hechos y, en esto, seré bien breve. Su padre, señorita, su amigo Beaumagnan y sus cómplices persiguen un objetivo común al mío y en el que también Raúl está comprometido. Por eso hay entre nosotros una lucha incesante. Tanto unos como otros hemos establecido contacto con una tal señora Rousselin, que tenía en su poder un antiguo cofre que necesitamos sin falta para alcanzar nuestro objetivo y que ella había cedido a otra persona.
»La hemos interrogado de varias maneras, sin obtener el nombre de esta persona que, al parecer, la había ayudado mucho y a quien no quiso comprometer con una indiscreción. Todo lo que pudimos sacarle es una historia que voy a resumirle y que usted seguirá, sin duda, con mucho interés, por nuestro bien... y por el suyo.
Raúl comenzó a discernir por dónde iba la Cagliostro y adónde llegaría inevitablemente. Era tan espantoso que exclamó con rabia:
—No, no digas eso por favor. ¡No lo digas! Hay cosas que deben permanecer ocultas...
Ella no pareció oír y continuó, inexorable:
—Bien. Hace veinticuatro años, durante la guerra entre Francia y Prusia, dos hombres que huían de los invasores y que huían en el camión de un tal Rousselin mataron en los alrededores de Ruan, para robarle el caballo, a un sirviente llamado Jaubert. Con el caballo pudieron huir llevándose además un cofre que habían robado a su víctima y que contenía joyas muy valiosas.
»Más tarde, el tal Rousselin, a quien habían llevado por la fuerza y a quien habían dado como recompensa algunos anillos sin valor, volvió a Ruan a encontrarse con su mujer y murió poco después a consecuencia de lo ocurrido con ese asesinato y su complicidad involuntaria. Ahora bien, los asesinos establecieron entonces contacto con la viuda, ya que temían que hablara demasiado y entonces... Supongo, señorita, que usted entiende perfectamente de qué se trata, ¿no es cierto?
Clarisa escuchaba con un azotamiento tan doloroso que Raúl gritó:
—Cállate, Josine, ¡no digas ni una palabra más! Es lo más vil y lo más absurdo. ¿Para qué?
Ella le impuso silencio:
—¿Para qué? —dijo—. Porque toda la verdad debe ser dicha. Tú nos has enfrentado la una a la otra. Es justo, pues, que suframos por igual.
—¡Ah, maldita! —murmuró él, con desesperación.
Josefina Balsamo, volviéndose hacia Clarisa, precisó:
—Su padre y su primo Bennetot siguieron de cerca a la viuda Rousselin, y es evidente que al barón d'Etigues le debe el poder vivir cómodamente en Lillebonne, donde era más fácil vigilarla. Por otra parte, con los años encontró a alguien para suplirlo, más o menos conscientemente, en esta empresa: usted, señorita. La viuda Rousselin le tomó afecto, hasta el punto de no temer de su parte ningún acto de hostilidad. Por nada en el mundo hubiera traicionado al padre de esa muchachita que de vez en cuando iba a jugar a su casa. Visitas clandestinas, por supuesto, con el fin de que nadie pudiera relacionar el presente con el pasado, visitas que a veces se alternaban con citas en los alrededores, en el antiguo faro o en otro lugar.
»Fue durante una de estas visitas cuando, por casualidad, encontró en el granero de Lillebonne el cofre que Raúl y yo buscamos y que, por capricho, usted se llevó a su casa en la Haie d'Etigues. Así, cuando Raúl y yo supimos, por la viuda Rousselin, que el cofre estaba en poder de una persona a la que no quiso nombrar, que esta persona la había ayudado mucho y que se citaba con ella en fechas fijas, concluimos sin vacilaciones que bastaba con venir al antiguo faro, en lugar de la viuda Rousselin, para descubrir una parte de la verdad.
»Cuando usted apareció, tuvimos la certeza inmediata de que los dos asesinos no eran otros que Bennetot y el barón D'Etigues; es decir, los dos hombres que años después me echaron al mar.
Clarisa lloraba, los hombros sacudidos por los sollozos. Raúl no dudaba que desconocía los crímenes de su padre, pero tampoco dudaba de que la acusación de su enemiga le había descubierto, bajo su verdadera cara, un montón de cosas de las que no se había dado cuenta hasta entonces, obligándola de esta manera a considerar a su padre como a un asesino. ¡Qué desgarrador debía ser todo aquello para ella! ¡Y cómo Josefina Balsamo había dado en el clavo! ¡Con qué sorprendente conocimiento del mal, el verdugo torturaba a su víctima! ¡Con qué refinamiento, mil veces más cruel que los tormentos físicos infligidos a la viuda por Leonardo, Josefina Balsamo se vengaba de la inocente Clarisa!
—Sí —decía ella en voz baja—, un asesino... Sus riquezas, su castillo, sus caballos, todo proviene del crimen. ¿No es cierto Beaumagnan? Podrías también tú aportar tu testimonio, tú que tenías sobre él, por la misma razón, tanta influencia. Dueño de un secreto que habías robado, no importaba cómo, le dominabas y te aprovechabas del primer crimen cometido y de las pruebas que tú tenías para obligarlo a servirte sin chistar y a matar a aquellos que te molestaban, Beaumagnan... Sé algo de eso. ¡Ah, bandidos, eso es lo que sois todos!
Sus ojos buscaron los de Raúl. Él tuvo la impresión de que trataba de excusar sus propios crímenes evocando los de Beaumagnan. Pero él la increpó duramente:
—¿Y qué más? ¿Has terminado? ¿Vas a encarnizarte aún más con esta muchacha? ¿Qué más quieres?
—Que hable —declaró Josine.
—Si habla, ¿la dejarás libre?
—Sí.
—Entonces, interrógala. ¿Qué pierdes? ¿El cofre? ¿La fórmula escrita en el interior? ¿Es eso lo que quieres?
Pero, aunque Clarisa quisiera responder o no, aunque supiera la verdad o la ignorara, parecía incapaz de pronunciar una sola palabra y hasta de comprender la pregunta.
Raúl insistió.
—Controla tu dolor, Clarisa. Es la última prueba y todo habrá terminado. Por favor, responde... No se te pide más que eso, nada que deba herir tu conciencia. Tú no has hecho ningún juramento de discreción. No traicionas a nadie... En ese caso...
La voz insinuante de Raúl tranquilizaba a la joven. Él lo sintió y preguntó:
—¿Qué pasó con el cofre? ¿Tú lo has llevado a la Haie d'Etigues?
—Sí —sopló ella, agotada.
—¿Por qué?
—Me gustó... un capricho...
—¿Tu padre lo vio?
—Sí.
—¿El mismo día?
—No, lo vio unos días después.
—¿Él te lo cogió?
—Sí.
—¿Bajo qué pretexto?
—Ninguno.
—¿Pero tú habías tenido tiempo de examinar el objeto?
—Sí.
—¿Y viste una inscripción en el interior de la tapa?
—Sí.
—Caracteres antiguos, ¿no es cierto?, grabados toscamente.
—Sí.
—¿Pudiste descifrarlos?
—Sí.
—¿Fácilmente?
—No, pero finalmente lo logré.
—¿Y te acuerdas de esta inscripción?
—Puede ser... no sé... eran palabras en latín...
—¿En latín? Esfuérzate...
—¿Tengo derecho...? Si es un secreto tan importante, ¿debo revelarlo...?
Clarisa dudaba.
—Sí, puedes, Clarisa, te lo aseguro... Puedes porque ese secreto no pertenece a nadie. Nadie en el mundo tiene más derecho a conocerlo que tu padre, o sus amigos, o yo. Es de aquel que lo descubra, del primero que pase y sepa sacarle partido.
Ella cedió. Lo que Raúl afirmaba debía ser cierto.
—Sí... sí... sin duda tienes razón... Pero, yo no le di importancia a esta inscripción y debo poner en orden mis recuerdos... de alguna manera traducir, lo que he leído... Era algo acerca de una piedra... y de una reina...
—Tienes que acordarte, Clarisa, es preciso —suplicó Raúl, al que la expresión sombría de la Cagliostro inquietaba.
Lentamente, con el semblante contraído por el esfuerzo de memoria que estaba realizando, repitiendo y contradiciéndole, la joven logró pronunciar:
—Sí... me acuerdo... ésta es exactamente la frase que descifré... cinco palabras latinas... en este orden...: Ad lapidem currebat olim regina.
Apenas tuvo el tiempo de articular la última sílaba. Josefina Balsamo, que parecía más agresiva que nunca, se acercó a la muchacha y le gritó:
—¡Mentira! Conocemos ya esta fórmula desde hace mucho tiempo. ¿No es cierto Beaumagnan que la conocemos...? Ella miente, Raúl está mintiendo. El cardenal Bonnechose hace en su informe alusión a esas cinco palabras y les da tan poca importancia, les niega tan claramente el menor sentido que ni siquiera te lo dije... «Antaño la reina corría hacia la piedra.» ¿Pero dónde se encuentra la piedra y de qué reina se trata? Eso es lo que buscamos desde hace veinte años. No, no, tiene que haber otra cosa.
Otra vez, presa de esta cólera terrible que no se manifestaba por estallidos de voz ni por movimientos desordenados, sino por una agitación interior que se adivinaba en ciertos detalles y sobre todo en la inusitada crueldad de sus palabras.
Inclinada hacia la muchacha, tuteándola, gritó:
—¡Mientes...! ¡Mientes,...! Sólo una palabra debe resumir esas cinco... ¿Cuál es? No hay más que una fórmula una sola..., ¿Cuál? ¡Responde!
Aterrorizada, Clarisa no habló. Raúl imploró:
—Reflexiona, Clarisa... Recuerda... Además de esas cinco palabras, ¿no habrás visto...?
—No sé... creo que no... —gimió la muchacha.
—Recuerda... Es preciso que recuerdes... Es el precio de tu salvación.
Pero hasta el tono que Raúl empleaba y su tembloroso afecto por Clarisa exasperaban a Josefina Balsamo.
Empuñó el brazo de la muchacha y ordenó:
—¡Habla! De lo contrario...
Clarisa balbuceó, pero sin responder. La Cagliostro dio un silbido estridente.
Casi inmediatamente, Leonardo surgió en el umbral de la puerta.
Ella ordenó entre dientes con una voz cuyo timbre ni siquiera resonaba:
—Llévatela, Leonardo... y empieza a interrogarla.
Raúl saltó entre sus ligaduras.
—¡Ah, cobarde, miserable! —gritó—. ¿Qué van a hacerle? ¿Acaso eres la última de las mujeres? Leonardo, si tocas a esta joven te juro por Dios que un día u otro...
—¡Cuánto temor por ella! —se burló Josefina Balsamo—. Conque la sola idea de que pueda sufrir te enloquece. ¡Por Dios!, están hechos el uno para el otro, ¡la hija de un asesino y un ladrón!
»Sí, sí, un ladrón —gritó volviéndose hacia Clarisa—. ¡Un ladrón, tu amante, nada más! Jamás ha vivido de otra cosa que de robar. Siendo aún un niño ya robaba. Para regalarte flores, para comprarte el anillo de compromiso que llevas en el dedo, ha robado. Es un atracador, un estafador. Hasta su mismo nombre, su lindo nombre D'Andrésy, un robo simplemente. ¿Raúl d'Andrésy? ¡Vamos! Arsenio Lupin, ése es su verdadero nombre. Recuérdalo, Clarisa, será célebre.
»¡Lo he visto actuar, a tu amante! ¡Un maestro! ¡Un prodigio de astucia! ¡Qué linda pareja harían, si no estuviera yo para impedirlo, y qué niño predestinado será el vuestro, hijo de un Arsenio Lupin y nieto de un barón Godefroy d'Etigues!
La idea del hijo dio otro latigazo a su furor. La locura del mal se desencadenaba.
—Leonardo.
—¡Ah, salvaje! —le escupió Raúl desesperadamente—. ¡Cuánta maldad! Por fin te desenmascaras, Josefina Balsamo. Ya no vale la pena hacer comedia, ¿no es cierto? ¡Eres tú el verdugo...!
Pero no había posibilidad de perturbarla, terca en su bárbaro deseo de martirizar y hacer daño a la muchacha. Ella misma empujó a Clarisa, y Leonardo la llevó hacia la puerta.
—¡Cobarde, eres un monstruo! —aulló Raúl—. Uno solo de sus cabellos, ¿me oyes...? ¡uno solo! y será la muerte para los dos. ¡Monstruos, déjenla!
Había estirado con tanta violencia las ataduras que todo el mecanismo imaginado por Beaumagnan se derrumbó, y la persiana podrida fue arrancada de sus bisagras y cayó en la sala detrás de él.
Hubo un instante de inquietud en el campo adverso. Pero las cuerdas, aunque aflojadas, eran sólidas y trababan lo suficiente al cautivo como para que no hubiera nada que temer. Leonardo sacó su revólver y lo aplicó en la sien de Clarisa.
—Si da un solo paso, si hace un solo movimiento, aprieta el gatillo —ordenó la Cagliostro.
Raúl no se movió. No dudaba de que Leonardo ejecutaría la orden en el mismo segundo y de que el menor gesto condenaría al acto a Clarisa. ¿Entonces...? ¿Acaso debía resignarse? ¿No había ningún medio de salvarla?
Josefina Balsamo no lo perdía de vista.
—Bueno —dijo ella—, veo que comprendes la situación y que te estarás quieto.
—No —respondió él, muy dueño de sí-... no, estoy reflexionando.
—¿Ah, sí?
—Le he prometido liberarla y le aseguré que no tenía nada que temer. Quiero mantener mi promesa.
—Un poco más tarde, quizá, ¿no? —contestó ella.
—No, Josine, vas a dejarla libre.
Ella se volvió hacia su cómplice.
—¿Estás listo, Leonardo? Ve, y que sea rápido.
—¡Para! —exigió Raúl en un tono que denotaba tal seguridad de ser obedecido que ella vaciló unos instantes—. Para —repitió—, y suéltala... ¿Me oyes, Josine?, quiero que la sueltes... No se trata de aplazar el innoble acto que ibas a cometer o de renunciar a él. Se trata de que sueltes inmediatamente a Clarisa d'Etigues y de que abras la puerta de par en par.
Tenía que estar muy seguro de sí mismo y su voluntad sostenida por motivos muy extraordinarios para que la formulara con tan imperiosa solemnidad.
Hasta Leonardo, impresionado, permanecía indeciso. Clarisa, que no había alcanzado a entender todo el horror de la escena, pareció reconfortada.
La Cagliostro, desconcertada, murmuró:
—Palabras, ¿verdad? ¿Qué nuevo ardid...?
—Hechos —afirmó él-... o más bien un hecho que lo domina todo y ante el cual tendrás que someterte.
—¿Qué significa esto? —preguntó la Cagliostro, siempre más turbada—. ¿Qué quieres?
—Yo no quiero... exijo.
—¿Qué?
—La libertad inmediata de Clarisa, la libertad a partir de ahora, sin que Leonardo o tú deis un solo paso.
Ella comenzó a reír y preguntó:
—¿Nada más que eso?
—Nada más.
—Y, a cambio, tú ¿qué me ofreces?...
—La clave del enigma.
Ella se sobresaltó.
—¿Acaso lo conoces?
—Sí.
De pronto el drama cambiaba. De todo el furioso antagonismo que los arrojaba los unos contra los otros en el odio y la execración del amor y de los celos, parecía desprenderse el único problema de la gran empresa. El deseo de venganza de la Cagliostro pasaba a un segundo plano. Las miles y miles de piedras preciosas de los sacerdotes habían brillado ante sus ojos, como Raúl deseaba.
Beaumagnan levantó la cabeza y escuchó ávidamente.
—Dejando a Clarisa bajo la vigilancia de su cómplice, Josine avanzó y preguntó:
—¿Basta con conocer la palabra del enigma?
—No —respondió Raúl—, hay aún que interpretarlo. El mismo sentido de la fórmula se oculta bajo un velo que hay que romper.
—¿Y tú has podido?
—Tenía algunas ideas a este respecto. De pronto, la verdad me ha iluminado.
Ella sabía que Raúl no era hombre de bromas en ocasiones como aquélla.
—Explícate —dijo ella—, y Clarisa se irá de aquí.
—Primero que se vaya —replicó él—, y luego me explicaré. Y me explicaré, por supuesto, y no con una cuerda al cuello y las manos atadas, sino libremente, sin la menor traba.
—Es absurdo. Das la vuelta a la situación. Soy la dueña absoluta de la situación.
—Ya no —afirmó él—. Dependes de mí. Ahora soy yo quien dicta las condiciones.
Ella alzó los hombros y, sin embargo, no pudo evitar añadir:
—Jura que dirás la estricta verdad. Júralo sobre la tumba de tu madre.
Él dijo lentamente:
—Sobre la tumba de mi madre, te juro que veinte minutos después de que Clarisa haya pasado ese umbral, te indicaré el lugar preciso donde se encuentra la piedra; es decir, donde se encuentran las riquezas acumuladas por los sacerdotes de las abadías de Francia.
Ella quiso liberarse de la increíble fascinación que ejercía de pronto Raúl sobre ella con su fabulosa oferta y, sublevándose:
—No, no. Es una trampa... tú no sabes nada...
—No sólo sé —dijo—, sino que no soy el único en saberlo.
—¿Quién más?
—Beaumagnan y el barón.
—¡Imposible!
—Reflexiona. Beaumagnan estuvo anteayer en la Haie d'Etigues. ¿Por qué? Porque el barón ha recobrado el cofre y están estudiando juntos la inscripción. Ahora bien, si de hecho hay algo más que las cinco palabras reveladas por el cardenal, si hay otra palabra, la palabra mágica que revela la clave del misterio, ellos la habrán visto y la saben.
—¡Qué me importa! —exclamó ella, observando a Beaumagnan—. Yo lo tengo a él.
—Pero no tienes a Godefroy d'Etigues y puede que en este mismo instante él esté allí con su primo, los dos enviados previamente por Beaumagnan para explorar los lugares y preparar la extracción del cofre. ¿Comprendes el peligro? ¿Comprendes que perder un minuto es perderlo todo?
Ella se obstinó rabiosamente.
—Lo tengo todo si habla Clarisa.
—Ella no hablará por la simple razón de que no sabe nada.
—Bueno, entonces hablarás tú, ya que has cometido la imprudencia de hacer esa declaración. ¿Por qué soltarla? ¿Por qué obedecerte? Mientras Clarisa esté entre las manos de Leonardo, no tengo más que desearlo para arrancarte lo que sabes.
Él meneó la cabeza.
—No, ya no hay peligro, la tormenta ha pasado. Pudiera ser, en efecto, que no tuviera más que desearlo, pero, justamente, tú ya no puedes desear eso. Ya no tienes fuerzas.
Y era cierto. Raúl estaba seguro. Dura, cruel, «infernal», como la llamaba Beaumagnan, pero mujer ante todo, y condenada a desfallecimientos nerviosos, la Cagliostro hacía el mal por ataques más que por propia voluntad, ataques de demencia en los que se manifestaba una histeria a la que seguía una especie de tedio, de sumisión más moral que física. Raúl estaba seguro de que ella se encontraba en ese estado en aquel momento.
—¡Vamos, Josefina Balsamo! —dijo él—. Sé lógica contigo misma. Tú has apostado tu vida sobre esta carta: la conquista de las riquezas ilimitadas. ¿Quieres olvidar ahora todos tus esfuerzos en el mismo momento en que te las ofrezco en bandeja?
La resistencia disminuía. Josefina Balsamo objetó:
—Desconfío de ti.
—Eso no es cierto. Tú sabes perfectamente que yo mantendré mis promesas. Si dudas... Pero, ya no dudas. En el fondo de ti, la decisión ya está tomada y es la buena.
Ella permaneció pensativa uno o dos minutos, después hizo un gesto que significaba:
—Después de todo, ya volveré a encontrar a esa jovencita y mi venganza no quedará más que aplazada. Sobre la memoria de tu madre, ¿no es cierto? —dijo.
—Sobre la memoria de mi madre, sobre todo lo que me queda de honor y rectitud, te diré toda la verdad.
—De acuerdo —aceptó ella—. Pero Clarisa y tú no cruzaréis ni un sola palabra que yo no pueda oír.
—Ni una sola palabra. Además, no tengo ningún secreto para ella. Que quede libre, no quiero otra cosa.
Ella ordenó.
—Leonardo, deja a la muchacha. En cuanto a él, desátalo.
Leonardo hizo una mueca de desaprobación. Pero era demasiado servil para oponerse. Se alejó de Clarisa y terminó de cortar los lazos que retenían todavía a Raúl.
La actitud de Raúl no se ajustó mucho a la gravedad de las circunstancias. Desentumeció las piernas, hizo dos o tres ejercicios con los brazos y respiró profundamente.
—¡Uf, prefiero esto! No tengo ningún interés en jugar a ser prisionero. Liberar a los buenos y castigar a los malos, eso es lo que me interesa. ¡Tiembla, Leonardo!
Se acercó a Clarisa y le dijo:
—Te pido perdón por todo lo que acaba de ocurrir. Esto no volverá a suceder. Además, ahora estás bajo mi protección. ¿Tienes fuerzas para marcharte?
—Sí... sí... —dijo ella—. Pero, ¿y tú?
—¡Oh, yo no corro ningún riesgo! Lo esencial es que te pongas a salvo. Temo que no puedas caminar mucho.
—No tengo que caminar mucho. Ayer mi padre me llevó a la casa de unas amigas adonde irá a recogerme mañana.
—¿Cerca de aquí?
—Sí.
—No digas más, Clarisa. Toda información se volverá contra ti.
La llevó hasta la puerta e hizo una seña a Leonardo para que abriera el candado. Cuando Leonardo obedeció, él repitió:
—Sé prudente y no temas por nada, por nada en absoluto, ni por ti, ni por mí. Nos encontraremos cuando podamos, y no pasará mucho tiempo, sean los que sean los obstáculos que nos separen.
Cerró la puerta tras ella. Clarisa estaba a salvo.
Fue entonces cuando tuvo el aplomo de decir:
—¡Qué adorable criatura!

Más tarde, cuando Arsenio Lupin contaba este episodio de su gran aventura con Josefina Balsamo, no podía evitar reírse:
—¡Sí! Río ahora como me reía entonces y recuerdo que, por primera vez, realizaba sobre el lugar una de esas pequeñas jugarretas que me sirvieron más tarde para ilustrar mis victorias más difíciles... y aquélla era extremadamente difícil.
»En realidad, estallaba de alegría. Clarisa estaba libre y me parecía que todo había terminado. Encendí un cigarrillo y, cuando Josefina Balsamo se plantó delante de mí, tuve la incorrección de soplarle el humo en plena cara. «¡Gamberro!», masculló ella.
»El adjetivo que le devolví como una bala fue simplemente grosero. Mi excusa era que había puesto en él más ironía que grosería. Y además... además... ¿debo analizar ahora los sentimientos excesivos y contradictorios que me inspiraba esta mujer? No presumo de hacer estudios psicológicos acerca de su persona ni de haberme conducido como un caballero. La amaba y la odiaba ferozmente a la vez. Pero después de su ataque a Clarisa, mi indignación y mi desprecio no tuvieron límites. Ni siquiera veía la máscara admirable de su belleza, sino lo que estaba debajo, y como una bestia carnicera le eché de pronto, mientras hacía piruetas, un abominable insulto.
Puede que Arsenio Lupin se riera, después. De todos modos, el instante fue trágico, y faltó poco, sin duda, para que la Cagliostro o Leonardo lo abatieran a balazos.
Ella dijo entre dientes:
—¡Ah, cuánto te odio!
—No más que yo —bromeó él.
—Sabrás que no todo ha terminado entre Clarisa y Josefina Balsamo.
—Como tampoco entre Clarisa y Raúl d'Andrésy —dijo él, indomable.
—¡Canalla! —murmuró—, merecerías...
—Un balazo... Imposible, querida.
—¡No me desafíes demasiado, Raúl!
—Imposible, te digo. Soy sagrado para ti en este momento. Represento millones. Suprímeme y los millones pasarán por debajo de tu linda nariz. ¡Oh, hija de Cagliostro! ¡A ver si me respetas un poco! Cada célula de mi cerebro corresponde a una piedra preciosa. Las veo ya brillantes y relucientes...
»Un balazo aquí dentro, y mejor sería que imploras ayuda a tus antepasados... ¡Ni hablar! ¡Nada de eso! Te repito, mi pequeña Josefina, que soy tabú, como dicen en Polinesia. ¡Tabú de la cabeza a los pies! ¡Ponte de rodillas y bésame la mano, es lo menos que puedes hacer!
Abrió la ventana lateral que daba al recinto cercado y suspiró:
—Se ahoga uno aquí. Realmente, Leonardo huele a rancio. ¿De veras, Josefina, te empeñas en que tu verdugo mantenga la mano en la funda de su revólver?
Ella golpeó con el pie.
—¡Basta de tonterías! —exclamó—. Has impuesto ya tus condiciones y ya conoces las mías.
—La bolsa o la vida.
—Habla, y rápido, Raúl. —¡Cuánta prisa! Para empezar, he fijado un plazo de veinte minutos para estar seguro de que Clarisa esté al abrigo de tus garras y aún falta mucho para los veinte minutos. Además...
—¿Qué más?
—Además, ¿cómo quieres que descifre en cinco segundos un problema que mucha gente ha intentado en vano resolver desde hace años y años?
Ella quedó estupefacta:
—¿Qué quieres decir?
—Nada más simple. Pido un poco de tregua.
—¿Tregua? Pero, ¿por qué?
—Para descifrar...
—¿Cómo? Entonces, ¿no lo sabías?...
—¿La clave del enigma? Pues, no.
—¡Ah, has mentido!
—Nada de palabras grandilocuentes, Josefina.
—Has mentido, ya que has jurado...
—Sobre la tumba de mi pobre mamá, sí, y lo mantendré. Pero no debes confundir alrededor con alrededores. No he jurado que sabía la verdad. He jurado que te diría la verdad.
—Para decirla hay que saberla.
—Para saberla hay que reflexionar, y ¡tú no me dejas en paz! ¡Caramba, un poco de silencio...! Además, que Leonardo deje la culata de su revólver: me molesta.
Aún más que las bromas, el tono irónico e insolente con el que las soltaba irritaba sobremanera a la Cagliostro.
Excedida, sintiendo que toda amenaza era vana, dijo:
—¡Como quieras! Te conozco y sé que mantendrás tu compromiso.
Él gritó:
—¡Ah!, si me tomas con dulzura... Jamás he podido resistirme a la dulzura... ¡Camarero, traiga algo para escribir! Papel de paja fino, una pluma de colibrí, sangre de una mora negra, y como escritorio la corteza de un cedro, como dijo el poeta.
Sacó de su bolsillo un lápiz y una tarjeta de visita en la que estaban dispuestas, de un modo especial, unas palabras. Trazó unas líneas para unir las palabras unas a otras. Después, al otro lado, escribió la fórmula latina. Ad lapidem currebat olim regina.
—¡Qué latín de baratillo! —dijo a media voz—. Me parece que, de haber sido uno de aquellos sacerdotes, habría encontrado algo mejor con el mismo resultado. En fin, aceptemos lo que hay. Conque la reina pegaba una carrerilla hacia la piedra... Mira tu reloj, Josefina.
Ya no se reía. Durante dos o tres minutos quizá, su rostro permaneció grave y sus ojos, fijos en el vacío, dejaban traslucir el esfuerzo de la meditación. Sintió, sin embargo, que Josefina lo observaba con una mirada en la que había una admiración y una confianza ilimitadas y le sonrió distraídamente sin romper el hilo de sus pensamientos.
—Ves la solución, ¿no es cierto? —dijo ella.
Inmóvil, el rostro tenso por la ansiedad, Beaumagnan escuchaba. ¿Es que realmente el formidable secreto iba a ser divulgado?
Pasaron aún uno o dos minutos, a lo sumo, en un silencio infinito.
Josefina Balsamo pronunció:
—¿Qué te pasa, Raúl? Pareces muy emocionado.
—Sí, sí, muy emocionado —respondió él—. Toda esta historia, estas riquezas disimuladas en una piedra en pleno campo, no deja de ser muy curiosa. Pero eso no es nada, Josine, no es nada al lado de la idea que domina esta historia. No puedes imaginarte qué extraño es... qué bello... ¡Qué poesía y qué ingenuidad!
Se calló. Después, al cabo de un instante, afirmó sentenciosamente:
—Josine, los sacerdotes de la Edad Media eran unos desgraciados.
Y añadió, levantándose:
—¡Dios mío! Sí, piadosos lo eran, pero, repito, arriesgándome a herirte en tus convicciones, ¡unos desgraciados! ¡Veamos! Si un gran financiero decidiera proteger su caja fuerte escribiendo encima «Prohibido abrir», se le trataría de desgraciado, ¿no es cierto? Bueno, pues el procedimiento que eligieron para salvaguardar sus riquezas es casi tan ingenuo.
Ella murmuró:
—No... no... es increíble... tú no has adivinado nada... ¡me engañas!
—Los desgraciados también y todos aquellos que han buscado desde entonces y no encontraron nada. ¡Gente ciega! ¡Gente limitada! ¿Cómo? ¡Tú, Leonardo, Beaumagnan, sus amigos, toda la Compañía de Jesús, el arzobispo de Ruan, tuvisteis ante los ojos las cinco palabras y no fue suficiente! ¡Caramba! Si un niño de escuela primaria resuelve problemas mucho mas difíciles.
Ella objetó:
—Para empezar, se trataba de un nombre y no de cinco.
—Pero si ahí está la palabra, ¡por Dios! Cuando dije hace un momento que el hecho de que Beaumagnan y el barón tuvieron el cofre indicaba que conocían la palabra definitiva fue sólo para asustarte y para que soltaras la presa. Estos señores no se han enterado de nada. Pero la palabra definitiva está ahí. Está ahí mezclada a las cinco palabras en latín. En lugar de palidecer como habéis hecho todos al ver esta vaga fórmula, bastaba simplemente leerla, juntar las cinco primeras letras y fijarse en la palabra formada con esas cinco iniciales.
Ella dijo a media voz:
—Ya lo pensamos... la palabra Alcor, ¿no es cierto?
—Sí, la palabra Alcor.
—Y ¿qué tiene?
—¿Cómo qué tiene? ¡Lo tiene todo! ¿Sabes lo que significa?
—Es una palabra árabe que significa «prueba».
—¿Y de la que los árabes y todos los demás pueblos se sirven para designar qué?
—Una estrella.
—¿Qué estrella?
—Una estrella que forma parte de la constelación de la Osa Mayor. Pero esto no tiene importancia. ¿Qué relación puede tener...?
Raúl esbozó una sonrisa piadosa.
—Es evidente, ¿no? El nombre de una estrella no puede tener relación alguna con el lugar de la piedra. Si te detienes en este razonamiento estúpido, ¡claro que no descubrirás nada! Esto es precisamente lo que me ha sorprendido cuando saqué la palabra Alcor de las cinco iniciales de la inscripción latina. Una vez dueño de la palabra-talismán, de la palabra mágica y teniendo en cuenta que toda la aventura gira alrededor del número siete (siete abadías, siete sacerdotes, siete brazos de candelabro, siete piedras de color engarzadas en siete anillos), al acto, ¿me oyes?, al acto, por una especie de reflejo condicionado de mi mente, deduje que la estrella Alcor pertenecía a la constelación de la Osa Mayor. Y el problema quedaba resuelto.
—¿Resuelto...? ¿Cómo?
—¡Vaya por Dios! ¡Porque precisamente la constelación de la Osa Mayor está formada de siete estrellas principales! ¡Siete! ¡Siempre el número siete! ¿Empiezas a ver cuál es la relación? ¿Debo recordarte que, si los árabes le han puesto este nombre y si los astrónomos lo han adoptado más tarde, es porque esta pequeña estrella, que es apenas visible, sirve de prueba, ¿entiendes?, de prueba para determinar si tal o cual persona tiene buena vista y si puede distinguirla sin necesidad de anteojos. Alcor es lo que hay que ver, lo que se busca, la cosa oculta, el tesoro escondido, la piedra invisible donde se deslizan las piedras preciosas, es la caja fuerte.
Josine murmuró febril al acercarse a la gran revelación:
—No lo entiendo...
Raúl había dado la vuelta a la silla para colocarse entre Leonardo y la ventana, que él había abierto con la intención de huir en el mismo segundo en que fuera preciso. Mientras hablaba, vigilaba atentamente a Leonardo, que mantenía obstinadamente la mano metida en el bolsillo.
—Ya lo entenderás —dijo él—. Está más claro que el agua de un manantial. Fíjate.
Señaló la tarjeta de visita que tenía en las manos.
—Mira. No me he separado de esta tarjeta desde hace semanas. Desde el principio, había identificado en un mapa la posición exacta de las siete abadías y había escrito los siete nombres en la tarjeta. Aquí están, las siete, en los lugares que ocupan unas con respecto a otras. Me ha bastado hace un momento descubrir la palabra y unir por líneas estos siete puntos para llegar a esta comprobación inaudita, Josine, milagrosa, colosal, y, aun así, muy natural: la figura así formada representa exactamente a la Osa Mayor. ¿Entiendes ahora la sorprendente realidad? Las siete abadías de Caux, las siete abadías principales hacia donde convergían las riquezas de la Francia cristiana, estaban dispuestas como las siete estrellas principales de la Osa Mayor. No hay ningún error posible. Basta mirar un atlas y sacar el calco: se obtiene el dibujo cabalístico de la Osa Mayor.




»La verdad se imponía. En el mismo lugar en que Alcor se encuentre en la figura celeste, estará fatalmente la piedra en la línea terrestre. Y puesto que Alcor se encuentra en el firmamento un poco a la derecha y por debajo de la estrella situada en medio de la cola de la Osa Mayor, la piedra debe fatalmente encontrarse un poco a la derecha y por debajo de la abadía que corresponde a esta estrella; es decir, un poco a la derecha de la abadía de Jumièges, antiguamente la más rica y más poderosa de las abadías normandas. Es inevitable, matemático. La piedra está allí y en ningún otro lugar.
»Y, automáticamente, ¿cómo no recordar?: primero, que precisamente, un poco al sur y un poco al este de Jumièges, a poco menos de una legua de distancia están, en el caserío de Mesnil-sous-Jumièges, cerca del Sena, los vestigios del castillo de Inés Sorel, amante del rey Carlos VII; segundo, que la abadía comunicaba con el castillo por un subterráneo del que todavía se ve el orificio. Conclusión: la legendaria piedra se encuentra cerca del castillo de Inés Sorel, al lado del Sena, y la leyenda quiere sin duda que la amante del rey, su reina de amor, corra hasta la piedra, del que ignoraba el preciso contenido, para sentarse y mirar el barco real deslizarse sobre el río normando: «Ad lapidem currebat olim regina».
Un gran silencio unía a Raúl d'Andrésy y a Josefina Balsamo. El velo había sido corrido. La luz rechazaba las tinieblas. Entre ellos parecía como si todo odio hubiera sido aplacado. Había una tregua en los implacables conflictos que los dividían. No había más que la sorpresa de entrar así en las regiones prohibidas del misterioso pasado que el tiempo y el espacio defendía de la curiosidad de los hombres.
Sentado cerca de Josine, los ojos fijos en la imagen que había dibujado, Raúl continuó sordamente, con la exaltación contenida:
—Sí, muy imprudentes, esos monjes que confiaban tal secreto a la vigilancia de una palabra tan transparente. Pero, ¡qué poetas, ingenuos y adorables! ¡Qué hermoso pensamiento el de asociar a sus bienes terrestres el cielo mismo! ¡Grandes contempladores, grandes astrónomos como sus antepasados caldeos, se inspiraban en el firmamento! El curso de los astros organizaba sus existencias y, naturalmente, a las constelaciones pedían que velaran por sus tesoros. ¿Quién sabe si incluso el lugar de las siete abadías no fue elegido con el propósito de reproducir en tierras normandas la figura gigantesca de la Osa Mayor? ¿Quién sabe...?
La efusión lírica de Raúl quedaba justificada, pero no pudo terminarla. Si bien desconfiaba de Leonardo, se había olvidado de Josefina Balsamo. Bruscamente, ésta le golpeó el cráneo con su porra.
Era lo último que esperaba, aunque la Cagliostro tuviera por costumbre esta especie de ataques traicioneros Aturdido, se dobló en dos en su silla, cayó de rodillas y finalmente se dejó caer por el suelo.
Murmuró con voz incoherente:
—¡Claro!... ¡Maldita sea! Ya no era «tabú»...
Y con ese tono de burla traviesa que, sin duda, había heredado de su padre Théophraste Lupin, añadió:
—¡La muy bruta... ni tan sólo sabe respetar a un genio...! Salvaje, ¿es que tienes una piedra en lugar del corazón?... Tanto peor para ti, Josefina, hubiéramos compartido el tesoro. Ahora yo lo guardaré sólo para mí.
Y perdió el conocimiento.




Capítulo XIII

La caja fuerte de los monjes

Simple aturdimiento, parecido al de un boxeador alcanzado en un punto sensible. Sin embargo, cuando Raúl volvió en sí, comprobó sin la menor sorpresa que se hallaba en la misma situación que Beaumagnan, prisionero como él, adosado a la parte inferior de la pared.
Tampoco le sorprendió mucho ver, delante de la puerta, tumbada a lo largo de las dos sillas, a Josefina Balsamo, presa de una de esas depresiones nerviosas que provocaban en ella las emociones demasiado violentas y demasiado prolongadas. El golpe que le había dado a Raúl había provocado la crisis. Su cómplice Leonardo la cuidaba y le hacía respirar sales.
Debió llamar a otro de los cómplices, ya que Raúl vio entrar a un adolescente al que conocía con el nombre de Dominique, el que vigilaba la berlina frente a la casa de Brigitte Rousselin.
—¡Diablos! —exclamó el recién llegado viendo a los dos prisioneros—. Hubo jaleo. ¡Beaumagnan! ¡D'Andrésy! El ama no se anda con chiquitas. Resultado, un desmayo, ¿no?
—Sí, pero ya está.
—¿Qué hacemos?
—Llevarla al coche y después la llevaré a La Nonchalante.
—¿Y tú?
—Tú, vigila a esos dos —ordenó Leonardo señalando a los prisioneros.
—¡Caramba! No son clientes muy cómodos. No me gusta nada.
Levantaron a la Cagliostro. Pero, abriendo los ojos, ella les dijo con una voz tan débil que, por supuesto, no podía suponer que Raúl tuviera oído tan fino como para oír lo que decían:
—No, me iré sola. Tú te quedarás aquí, Leonardo. Prefiero que seas tú quien vigile a Raúl.
—Déjame acabar con él —sopló Leonardo, tuteando a la Cagliostro—. No nos traerá más que desgracias, ese chico.
—Lo quiero.
—Él ya no te quiere a ti.
—Sí, volverá. De todos modos, pase lo que pase, no lo dejaré marchar.
—Entonces, ¿qué decides?
- La Nonchalante debe estar en Caudebec. Voy a descansar hasta mañana por la mañana. Lo necesito.
—¿Y el tesoro? Hace falta mucha gente para desplazar una piedra de ese calibre.
—Mandaré avisar esta noche a los hermanos Corbut para que se encuentren conmigo mañana por la mañana en Jumièges. Después, me ocuparé de Raúl... a menos que... ¡Ah, no me pidas más por ahora...! Estoy destrozada...
—¿Y Beaumagnan?
—Lo soltaremos en cuanto tenga el tesoro.
—¿No temes que Clarisa nos denuncie? La policía podría rodear el antiguo faro.
—¡Es absurdo! ¿Crees que ella pondrá la policía en guardia contra su padre y Raúl?
Se levantó de la silla y cayó enseguida gimiendo. Pasaron unos minutos. Finalmente, con esfuerzos que parecían destrozarla, logró mantenerse en pie, y apoyada en Dominique, se acercó a Raúl.
—Está como aturdido —murmuró—. Cuídalo bien, Leonardo, y al otro también. Si uno de los dos se escapa, las cosas se complicarían.
Se fue lentamente. Leonardo la acompañó hasta la vieja berlina y, poco después, volvió con un paquete de provisiones tras pasar el candado por la cadena. Se oyeron los cascos de los caballos en el camino pedregoso. Entretanto Raúl comprobaba la solidez de sus ataduras diciéndose: «¡Un poco deshecha, en efecto, está, el ama! Primero, cuenta, por bajo que sea, sus pequeños asuntos ante testigos. Segundo, confía la vigilancia de dos tipos como Beaumagnan y yo a un solo hombre... son fallos que denotan un mal estado físico».
La verdad es que la experiencia de Leonardo en estos asuntos hacía un poco incómoda cualquier tentativa de evasión.
—Deja las cuerdas —le dijo Leonardo, que entraba—. Si no, te pego...
El temible carcelero multiplicó las precauciones que debían facilitarle su tarea. Había atado las extremidades de las dos cuerdas que aprisionaban a los cautivos y las había atado a su vez al respaldo de una silla puesta en equilibrio inestable, sobre la que dejó el puñal que le había dado Josefina Balsamo. Bastaba que uno de los prisioneros se moviera para que la silla cayera.
—Eres menos bruto de lo que pareces —le dijo Raúl.
Leonardo gruñó:
—Una palabra más y te pego.
Se puso a comer y beber sin bajar la vista, y Raúl arriesgó:
—¡Buen provecho! Si queda algo, no te olvides de mí.
Leonardo se levantó con los puños al aire.
—Basta, amigo —prometió Raúl—. Tengo un hueco en la lengua. Es menos alimenticio que tu charcutería, pero me las arreglaré.
Pasaron las horas. Una somnolencia se apoderó de ellos.
Beaumagnan parecía dormir. Leonardo fumaba una pipa tras otra. Raúl monologaba y se reñía a sí mismo por haber sido tan imprudente con Josine.
«Tendría que haber desconfiado de ella... Me queda mucho por aprender. La Cagliostro no me llega ni a la suela de los zapatos, pero hay que reconocer que es decidida, que ve las cosas claras y que no tiene escrúpulos. Un solo defecto que impide al monstruo ser completo: su sistema nervioso de degenerada. Ésta es mi ventaja, ya que me permitirá llegar antes que ella a Mesnil-sous-Jumièges.»
Raúl no podía en duda la posibilidad de escapar a la vigilancia de Leonardo. Había notado que los lazos de sus tobillos se aflojaban con ciertos movimientos y, contando liberar su pierna derecha, imaginaba con satisfacción en el efecto de una patada al mentón de Leonardo. Además, se trataba de una carrera descabellada hacia el tesoro.
Las tinieblas se acumulaban en la sala. Leonardo encendió una vela, fumó su última pipa y bebió un último vaso de vino. Después, cayó en una somnolencia que lo hacía cabecear de derecha a izquierda. Por precaución, mantenía la vela en la mano para que la quemadura de la cera que chorreaba lo despertara de vez en cuando. Una mirada a sus prisioneros, otra a la doble cuerda utilizada como timbre de alarma y volvía a dormirse.
Raúl continuaba insensiblemente, y no sin resultados, su pequeño trabajo de liberación. Debían de ser alrededor de las nueve de la noche.
«Si puedo irme a las once —se decía—, hacia las doce estaré en Lillebonne, donde cenaré; a las tres de la madrugada, llegaré al lugar sagrado y, al alba, metería en mi bolsillo el tesoro de los monjes. ¡Sí, en mi bolsillo! Sin la ayuda de los hermanos Corbuto ni de nadie.
Sin embargo, a las diez y media aún estaba en la misma situación. Por flojos que estuvieran los nudos, no cedían, y Raúl empezaba a desesperar cuando, de pronto, le pareció oír un ligero ruido que se diferenciaba de todos los ruiditos que pueblan el gran silencio nocturno, hojas que revolotean, pájaros que se mueven sobre las ramas, caprichos del viento.
Aquello se repitió dos veces, y tuvo la certeza de que entraba por la ventana lateral abierta que Leonardo había empujado con negligencia.
De hecho, uno de los batientes pareció deslizarse hacia adelante.
Raúl observó a Beaumagnan. Había oído y también miraba.
Frente a ellos, Leonardo se despertó, los dedos quemados, volvió a efectuar su pequeña vigilancia y volvió a dormirse. Abajo, el ruido, por un instante suspendido, recomenzó, lo cual indicaba claramente que cada uno de los movimientos del carcelero era atentamente observado.
¿Qué estaría ocurriendo? Como la puerta en la tela metálica estaba cerrada, quien llegara debió de saltar el muro erizado de pedazos de botellas, empresa nada fácil para alguien que no estuviera familiarizado con el lugar y que no conociera otro punto accesible en el muro. ¿Quién sería? ¿Un campesino? ¿Un cazador furtivo? ¿Era alguien que venía a ayudarles? ¿Un amigo de Beaumagnan? ¿O sólo un merodeador?
Una cabeza surgió irreconocible en las tinieblas. El individuo saltó sin dificultad por el borde poco elevado de la ventana.
Enseguida Raúl vislumbró una silueta de mujer e, inmediatamente, antes de comprobarlo, supo que aquella mujer no era otra que Clarisa.
¡Qué emoción lo invadió! ¡Josefina Balsamo se había equivocado suponiendo que Clarisa no podría reaccionar! Inquieta, inhibida por el miedo de los peligros que lo amenazaban, dominando su cansancio y su miedo, la muchacha debió de ocultarse en los alrededores del antiguo faro y esperar la noche.
Y ahora, intentaba lo imposible para salvar a aquél que la había traicionado tan cruelmente.
Dio tres pasos. Otra vez se despertó Leonardo, que por suerte le daba la espalda. Ella se detuvo, después continuó su camino cuando él volvió adormecerse. Así, llegó hasta su lado.
El puñal de Josefina Balsamo se hallaba en la silla. Ella lo cogió. ¿Lo utilizaría contra él?
Raúl se sorprendió. La cara de la joven parecía iluminarse de una voluntad feroz. Pero, cuando sus miradas se encontraron, ella cumplió las órdenes silenciosas que le imponía Raúl y no pudo clavarle el puñal. Raúl se inclinó un poco para que la cuerda que lo ataba a la silla se distendiera. Beaumagnan lo imitó.
Entonces, lentamente, sin temblar, levantando la cuerda con una mano, pasó la hoja del puñal.
La suerte quiso que el enemigo no se despertara. Clarisa lo hubiera matado, seguro. Sin dejar de mirarlo, obstinada en su amenaza de muerte, se agachó hacia Raúl y a tientas buscó las ligaduras. Las muñecas quedaron libres.
Él susurró:
—Dame el cuchillo.
Ella obedeció. Pero una mano más rápida llegó antes que la de Raúl. Beaumagnan, quien, a su lado y pacientemente, desde hacía horas, también había aflojado sus cuerdas, cogió el arma al vuelo.
Furioso, Raúl le empuñó el brazo. Si Beaumagnan quedara libre antes que él y huyera, Raúl perdía toda esperanza de conquistar el tesoro. La lucha fue encarnizada, lucha inmóvil, en la que cada uno empleaba toda su fuerza consciente de que al menor ruido despertaría Leonardo.
Clarisa, que temblaba de miedo, se arrodilló, tanto para suplicarles a los dos como para no caerse.
Pero la herida de Beaumagnan, por ligera que fuese, no le permitió resistir mucho tiempo. Y soltó.
En aquel instante, Leonardo abrió los ojos y vio el cuadro que se le ofrecía: los dos hombres semiincorporados, enfrentados en postura de combate y Clarisa d'Etigues arrodillada.
Todo ocurrió en pocos segundos, segundos espantosos, ya que no cabía duda de que Leonardo, al ver aquella escena, abatiera a sus enemigos a balazos. Pero él no la vio. Su mirada, fija en ellos, no llegó a verlos. Los párpados se le cerraron sin que tomara conciencia de lo que estaba sucediendo.
Raúl cortó entonces sus últimos lazos. De pie, con el puñal en la mano, estaba libre. Murmuró, mientras Clarisa se levantaba:
—Vete... Ponte a salvo...
—No —dijo ella con un movimiento de cabeza.
Y le señaló a Beaumagnan, como si no consintiera abandonarlo a la venganza de Leonardo.
Raúl insistió. Ella se mantuvo firme.
Cansado de luchar, tendió el cuchillo a su adversario.
—Ella tiene razón —susurró—. Seamos buenos jugadores. Toma, arréglatelas... Pero a partir de ahora, cada uno por su lado, ¿oyes?
Él siguió a Clarisa. En fila india pasaron por la ventana. Una vez en el recinto cercado, ella le cogió de la mano y lo condujo hasta el muro, en un lugar donde el remate estaba derruido y en el que había una brecha.
Ayudada por él, Clarisa pasó.
Sin embargo, cuando hubo saltado no vio a nadie.
—Clarisa —llamó—, ¿dónde estás?
La noche sin estrellas pesaba sobre los bosques. Después de prestar atención, oyó una ligera carrerilla entre los matorrales. Penetró en ellos, golpeó contra las ramas y las zarzas que le dificultaban el paso, pero tuvo que volver al sendero del bosque.
«Huye de mí —pensó—. Prisionero, arriesga todo para liberarme. Libre, no quiere verme. Mi traición, la monstruosa Josefina Balsamo, esa terrible aventura la horroriza.»
Pero, cuando volvía atrás, alguien cayó rodando por el muro que él había saltado. Era Beaumagnan, que se escapaba a su vez. Enseguida se oyeron los disparos que venían de la misma dirección. Raúl no tuvo tiempo de ponerse a cubierto. Leonardo, encaramado en la brecha del muro, disparaba en las tinieblas.

Así, alrededor de las once de la noche, los tres adversarios se lanzaban al mismo tiempo hacia la piedra de la reina, situada a once leguas de distancia. ¿Cuales eran los medios de que disponía cada uno para llegar? Todo dependía de esto.
Por un lado, estaban Beaumagnan y Leonardo, los dos respaldados por cómplices y a la cabeza de potentes organizaciones. Si a Beaumagnan le esperaban sus amigos, si Leonardo se reunía con la Cagliostro, el botín sería del más rápido. Pero Raúl era más joven y más ágil. Si no hubiera cometido la tontería de dejar su bicicleta en Lillebonne, todas las probabilidades estarían de su parte.
Hay que decir que Raúl renunció instantáneamente a encontrar a Clarisa y que la búsqueda del tesoro se convirtió en su único problema. En una hora salvó los diez kilómetros que lo separaban de Lillebonne. A medianoche, despertó al muchacho de su hotel, comió algo a toda prisa y, tras coger de su maleta los dos pequeños cartuchos de dinamita que había adquirido unos días antes, montó en la bicicleta y salió a toda velocidad. Del manillar colgaba una bolsa de tela destinada a recibir las piedras preciosas.
Se proponía lo siguiente: «De Lillebonne a Mesnil-sous-Jumièges, ocho leguas y media... Estaré allí antes del amanecer. Con las primeras luces, encontraré la piedra, que haré volar con la dinamita. Puede que la Cagliostro o Beaumagnan me sorprendan en plena operación. En ese caso, haremos un reparto. Tanto peor para el tercero».
Una vez que hubo pasado Caudebec-en-Caux, siguió a pie la colina que, entre praderas y cañaverales, llevaba hasta el Sena. En el mismo lugar donde una tarde había declarado su amor a Josefina Balsamo, estaba La Nonchalante, masiva silueta en la espesa sombra.
Vio un poco de luz en la ventana de la cabina que la joven ocupaba.
«Debe de estar vistiéndose —se dijo—. Sus caballos vendrán a buscarla... y Puede que Leonardo haya adelantado la expedición... ¡Demasiado tarde, señora!»
Continuó a toda prisa. Pero, media hora más tarde, cuando bajaba una pendiente muy abrupta, tuvo la impresión de que la rueda de su bicicleta se enmarañaba en algo y fue proyectado violentamente contra un montón de pedruscos.
Al acto aparecieron dos hombres que apuntaban una linterna en dirección al terraplén detrás del que él se ocultaba. Una voz gritó:
—¡Es él, no puede ser otro...! Ya te lo dije: «Una cuerda atravesando el sendero y caerá en la trampa».
Era Godefroy d'Etigues. Enseguida Bennetot rectificó:
—Caerá... si quiere, el muy bandido.
Como una bestia acosada, Raúl se tiró de cabeza; en un matorral de zarzas, y espinas que destrozaron sus ropas, y que pusieron fuera de peligro. Los otros, gritaban y blasfemaban en vano. No pudieron encontrarle.
—Basta, no busquemos más —dijo una voz desfalleciente que venía del coche y que era la de Beaumagnan—. Lo esencial es destruir su bicicleta. Ocúpate de eso, Godefroy, y démonos prisa. El caballo ha descansado lo suficiente.
—Pero usted, Beaumagnan, ¿estará en estado de...?
—En estado o no, hay que llegar... Pero, ¡por Dios!, estoy perdiendo toda mi sangre por esta condenada herida... Estas gasas no aguantan nada.
Raúl oyó cómo rompían las ruedas de su bicicleta a golpes de tacón. Bennetot sacó los velos que cubrían las dos linternas del coche, y el caballo, azotado, partió al galope.
Raúl corrió detrás del coche.
Estaba rabioso. No hubiera abandonado la lucha por nada en el mundo. No sólo se trataba de millones y millones y de algo que daría a su vida una insospechada esplendidez, sino también de su amor propio. Después de descifrar el enigma indescifrable, a él le tocaba llegar en primer lugar al objetivo. No estar allí, no tomar y dejar tomar, sería hasta el final de sus días una intolerante humillación.
Así, sin tener en cuenta su agotamiento, corría a cien metros detrás del coche, alentado por la idea de que todo el problema no estaba resuelto, que sus adversarios, al igual que él, tendrían que buscar el lugar exacto de la piedra y que en estas investigaciones él tomaría otra vez ventaja.
Además, la suerte le favorecía. Cuando se acercaba a Jumièges, avistó una linterna que se balanceaba delante suyo y oyó el ruido chillón de una bocina. Dejó que siguieran sus enemigos y se detuvo.
Era el cura de Jumièges, que, acompañado de un niño, volvía de administrar la extremaunción. Raúl hizo el camino con él, preguntó por un albergue y, en el curso de la conversación, haciéndose pasar por un aficionado en arqueología, habló de una extraña piedra que le habían recomendado en aquella región.
—El dolmen de la Reina... algo así... me dijeron. Es imposible que usted no conozca esta curiosa pieza, padre.
—Me parece, señor —le respondió el cura—, que usted se refiere a lo que nosotros llamamos por aquí la piedra de Inés Sorel.
—Se encuentra en Mesnil-sous-Jumièges, ¿no es cierto?
—Exactamente, apenas a una legua de aquí. Pero no se trata de una curiosa pieza... a lo sumo un montón de pequeñas rocas metidas en el suelo. La mayor de todas domina el Sena a un metro o dos del agua.
—Es un terreno municipal, si no me equivoco...
—Lo era hace algunos años, pero el Ayuntamiento lo vendió a uno de mis parroquianos, un tal Simón Thuilard, que quería ampliar sus tierras.
Temblando de alegría, Raúl consiguió escabullirse de la compañía del cura. Estaba provisto de informaciones minuciosas que le fueron muy útiles para evitar la gran ciudad de Jumièges y le permitieron entrar directamente en la red de senderos sinuosos que conducían a Mesnil. Así, tomaba una vez más la delantera.
«Si no se cuidan de tener a un guía, no hay duda de que se perderán. Es imposible conducir un coche en la noche en medio de este lío de caminos. Beaumagnan está en el límite de sus fuerzas y no será Godefroy quien resuelva la ecuación. Vamos, yo he ganado la partida.»
De hecho, poco antes de las tres, pasó por un poste en el que un cartel señalaba la propiedad del señor Simón Thuilard.
La luz de unas cuantas cerillas indicó que se encontraba en un campo cultivado, que atravesó corriendo. Un dique, que le pareció reciente, costeaba el río. Llegó hasta él por la extrema derecha y volvió por la izquierda. Pero, al no querer desperdiciar las cerillas, no veía nada.
Una franja de luz rayaba, sin embargo, el horizonte.
Esperó, lleno de una emoción que le penetraba suavemente y que le hacía sonreír. La piedra estaba muy cerca, a pocos pasos. Durante siglos, a estas horas de la noche tal vez, los monjes venían furtivamente hasta este punto de la vasta tierra para depositar en ella sus riquezas. Uno a uno, los priores y los tesoreros habían seguido el subterráneo que conducía de la abadía al castillo. Otros, sin duda, habrían llegado en barcos por el viejo río normando que pasaba por París y Ruan y que bañaba también con sus olas tres o cuatro de las sagradas abadías.
Y he aquí que él, Raúl d'Andrésy, iba a participar del gran secreto. Heredaba de miles y millones de monjes que habían trabajado hacía siglos sembrando por toda Francia y recolectando sin descanso. ¡Qué milagro! ¡Realizar a su edad un sueño como aquél! ¡Ser igual que los más poderosos y reinar entre los dominadores!
En el cielo, que palidecía, la Osa Mayor desaparecía poco a poco. Se adivinaba, más que se veía, el punto luminoso del Alcor, estrella fatídica que correspondía en la inmensidad del espacio al pequeño bloque de granito sobre el que Raúl d'Andrésy iba a poner su mano conquistadora. El agua chapoteaba en la orilla con sus tranquilas olas. La superficie del río emergía de las tinieblas y brillaba entre las sombras.
Remontó el dique. Comenzaba a discernir los contornos y el color de las cosas. ¡Solemne instante! Su corazón latía con violencia. De pronto, a treinta pasos, avistó un montículo que abollaba apenas el plano continuo de la pradera, del que surgían, en la hierba que los recubría, algunas puntas de roca gris.
—Es aquí... —murmuró él, turbado en lo más hondo de su alma—, es aquí, estoy a punto de conseguirlo...
Sus manos palparon, en los fondos de sus bolsillos, los dos cartuchos de dinamita y sus ojos buscaron con ansiedad la piedra más alta de la que el cura de Jumièges le había hablado. ¿Era ésta o aquélla? Le bastarían algunos segundos para introducir los cartuchos por las hendiduras que la vegetación ocultaba. Tres minutos más y metería los diamantes y los rubíes en la bolsa que llevaba ahora en la mano. Si quedaba algo entre los escombros, tanto mejor para sus enemigos.
Sin embargo, avanzaba paso a paso y, a medida que avanzaba hacia el montículo, Raúl iba descubriendo que no tenía el aspecto que esperaba. Ninguna piedra más importante sobresalía... Ninguna cima que permitiera antaño a aquélla a quien llamaban la Reina de la Belleza sentarse a esperar que el río le trajera los barcos reales. Ninguna piedra que se destacara de las demás. Al contrario... ¿Qué había pasado? ¿Qué repentina crecida del río, o qué tormenta había recientemente transformado lo que las intemperies seculares habían respetado? O bien...
En dos saltos, Raúl avanzó los diez pasos que lo separaban del montículo.
No pudo evitar una palabrota. La espantosa realidad se ofrecía a sus ojos. La parte central del montículo estaba abierta. La piedra, la piedra legendaria estaba por supuesto allí, pero descoyuntada, rota, destrozada, sus escombros tirados por las pendientes de una fosa abierta donde se veían guijarros ennegrecidos y hierba quemada que aún humeaba. Ni una piedra preciosa. Ni un pedacito de oro o de plata. El enemigo había pasado...
Frente a este desastroso espectáculo, inútil decir que Raúl no se quedó más de un minuto. Inmóvil, sin una palabra, miró como distraído y observó maquinalmente todos los vestigios y todas las pruebas del trabajo realizado horas antes, vio huellas de tacones femeninos, pero se negó a sacar una conclusión lógica. Se alejó unos metros, encendió un cigarrillo y se sentó al otro lado del dique.
No quería pensar. La derrota, y sobre todo la forma en que le había sido infligida, era demasiado penosa para consentir un examen de los efectos y las causas. Esos casos sirven para practicar la indiferencia y la sangre fría.
Pero lo ocurrido la víspera y la noche precedente, a pesar de todo, se imponían. Queriéndolo o no, los actos de Josefina Balsamo se desarrollaban en su mente. La veía luchando contra su debilidad y recuperando toda la energía necesaria con un casco similar. ¿Descansar cuando suena la hora del destino? ¡Vamos! ¿Acaso él mismo había descansado? Y Beaumagnan, por herido que estuviera, ¿se había concedido la menor tregua? No, Josefina Balsamo no podía cometer tal falta. Antes de que cayera la noche, había llegado a este mismo lugar con sus acólitos y, primero en pleno día y luego a la luz de las linternas, dirigió los trabajos.
Cuando Raúl había creído verla detrás de los cristales de su cabina, ella no se preparaba para la expedición suprema, sino que regresaba victoriosa, porque ella no permitía jamás que el azar, las inútiles vacilaciones y los escrúpulos superfluos obstaculizaran la realización inmediata de sus proyectos.

Más de veinte minutos, sacudiéndose el cansancio al sol que surgía de las colinas opuestas, Raúl examinó la amarga realidad donde zozobraban sus sueños de poder. Debía estar muy absorto para no oír el ruido de un coche que se detuvo en el camino y para no ver a los tres hombres que bajaron, pasaron ante el poste y atravesaron el campo cultivado más que cuando uno de ellos, que había llegado frente al montículo, lanzó un grito de angustia.
Era Beaumagnan. Sus dos amigos, D'Etigues y Bennetot, lo sostenían.
Si la decepción de Raúl había sido grande, ¡cuál no sería la postración de aquel hombre que había dedicado toda su vida al misterioso tesoro! Lívido, los ojos extraviados, la sangre chorreando en la gasa que vendaba su herida, miraba estúpidamente, como si fuera el más espantoso de los espectáculos, el tesoro devastado donde la piedra milagrosa había sido violentada.
Era como si el mundo se derrumbaba delante suyo y que contemplara un precipicio lleno de espanto y horror.
Raúl avanzó y murmuró:
- Es ella.
Beaumagnan no respondió. ¿Podía dudarse de que había sido ella? ¿Acaso la imagen de aquella mujer no se confundiría con todo lo más desastroso y turbador, con todos los cataclismos y sufrimientos infernales? ¿Tenía necesidad, como hicieron sus compañeros, de tirarse al suelo y buscar entre los escombros una parcela olvidada del tesoro? ¡No, no! Tras el paso de la bruja no quedaba más que polvo y cenizas. ¡Ella era la tremenda plaga que devasta y mata! Era la encarnación misma de Satán. ¡Ella era la nada y la muerte!
Se levantó, siempre teatral y romántico en sus actitudes más naturales, paseó a su alrededor los ojos doloridos y, de pronto, tras persignarse, se clavó en el pecho el puñal que pertenecía a Josefina Balsamo.
El gesto fue tan brusco e inesperado que nadie pudo preverlo. Antes de que sus amigos y Raúl hubieran comprendido, Beaumagnan se deslizaba en la fosa entre los restos de lo que había sido el tesoro de los frailes. Sus amigos se precipitaron sobre él. Todavía respiraba, y balbuceó:
—Un sacerdote... un sacerdote...
Bennetot se alejó corriendo. Algunos campesinos se acercaron. Les preguntó algo y saltó dentro del coche.
De rodillas, cerca de la fosa, Godefroy d'Etigues rezaba y se golpeaba el pecho... Sin duda, Beaumagnan le había revelado que Josefina Balsamo vivía todavía y conocía todos sus crímenes. Esto, y el suicidio de Beaumagnan, le volvían loco. El terror se traslucía en su rostro.
Raúl se inclinó hacia Beaumagnan y le dijo:
—Le juro que la encontraré. Juro que le sacaré sus riquezas.
El odio y el amor persistían en el corazón del moribundo. Sólo aquellas palabras podían prolongar su existencia algunos minutos más. A la hora de la agonía, al derrumbarse todos sus sueños, se apegaba desesperadamente a todo lo que fueran represalias y venganzas.
Sus ojos llamaron a Raúl, que se inclinó aún más y le oyó murmurar:
—Clarisa... Clarisa d'Etigues... cásese con ella... Escuche... Clarisa no es la hija del barón... él me lo confesó... es hija de otro a quien ella amaba...
Raúl dijo gravemente:
—Le juro que me casaré con ella... lo juro...
—Godefroy... —llamó Beaumagnan.
El barón seguía rezando. Raúl le golpeó un hombro y lo forzó a inclinarse sobre Beaumagnan, quien farfulló:
—Clarisa se casará con D'Andrésy... yo lo quiero así...
—Sí... sí... —dijo el barón, incapaz de resistir.
—Júralo.
—Lo juro.
—¿Sobre tu salvación eterna?
—Sobre mi salvación eterna.
—Tú le darás tu dinero para que él nos vengue... Todas las riquezas que tú has robado... ¿Lo juras?
—Sobre mi salvación eterna.
—Él conoce todos tus crímenes. Tiene las pruebas. Si no obedeces, te denunciará.
—Obedeceré.
—Maldito seas, si mientes.
La voz de Beaumagnan se exhalaba en suspiros roncos y las palabras se hacían cada vez más confusas. Casi tumbado a su lado, Raúl las oía con dificultad.
—Raúl, tú la perseguirás... tienes que arrancarle las joyas... Es el demonio... Escucha... Yo descubrí... en Le Havre... ella tiene un barco... La Luciérnaga... Escucha...
Ya no tenía fuerzas para hablar... Sin embargo, Raúl pudo oír aún:
—Vete enseguida... enseguida... búscala... hoy mismo...
Sus ojos se cerraron.
El estertor de la muerte comenzaba.
Godefroy d'Etigues no dejaba de golpearse el pecho, arrodillado en la fosa.
Raúl se marchó.
Aquella noche, un periódico de París publicaba en las noticias de última hora:

El señor Beaumagnan, conocido abogado en los círculos monárquicos militantes, y cuya muerte en España habíamos anunciado por error hace unos meses, se ha suicidado esta mañana en el pueblo normando de Mesnil-sous-Jumièges, en la orilla del Sena.
Las razones de este suicidio son absolutamente misteriosas. Dos de sus amigos, los señores Godefroy d'Etigues y Oscar de Bennetot, que lo acompañaban, cuentan que aquella noche dormía en el castillo de Tancarville, donde estaban invitados por algunos días, cuando Beaumagnan les despertó. Estaba herido y en un estado de extrema agitación. Exigió a sus amigos que aprestaran los caballos y lo llevaran inmediatamente a Jumièges y, desde allí, a Mesnil-sous-Jumièges. ¿Por qué? ¿Para qué esta expedición en un campo solitario? ¿Por qué ese suicidio? Tantas preguntas a las que les es imposible contestar.

Al día siguiente, los diarios de Le Havre insertaban una serie de noticias que este artículo resumía fácilmente:

La otra noche, el príncipe Lavorneff, actualmente en Le Havre para poner a prueba uno de sus yates que había comprado recientemente, ha sido testigo de un drama aterrador. Volvía hacia las costas francesas, cuando vio unas llamas y oyó una explosión, a una media milla de distancia a lo sumo. Observemos de paso que esta explosión fue oída desde varios puntos de la costa.
Inmediatamente el príncipe Lavorneff dirigió su yate hacia el lugar del siniestro, donde terminó por descubrir algunos destrozos que flotaban aún. Sobre uno de ellos había un marinero a quien pudieron salvar. Pero, penas tuvieron el tiempo de interrogarlo y saber que el barco se llamaba La Luciérnaga y pertenecía a la condesa de Cagliostro, cuando volvió a tirarse al agua gritando: «Es ella... es ella...».
De hecho, a la luz de las linternas, vieron, cogida a otro destrozo, a una mujer cuya cabeza flotaba por encima del agua.
El hombre logró reunirse con ella pero ésta se agarró a él con tal desesperación que le paralizó sus movimientos y desaparecieron los dos en las aguas. Todas las búsquedas fueron inútiles.
De vuelta a Le Havre, el príncipe Lavorneff hizo una declaración que fue confirmada por cuatro hombres de su tripulación.

Y el periódico añadía:

Las últimas noticias llevan a creer que la condesa de Cagliostro era una aventurera muy conocida con el nombre de Pellegrini y que también se presentaba a veces con el nombre de Balsamo. Acosada por la policía, que ha estado a punto de arrestarla dos o tres veces en la región de Caux, donde operaba estos últimos tiempos, habían decidido huir al extranjero, y así es como habría de encontrar la muerte, junto con todos sus cómplices, en el naufragio de su yate La Luciérnaga.
Mencionaremos, además, con algunas reservas, un rumor según el cual habría cierta relación entre algunas aventuras de la condesa de Cagliostro y el misterioso drama de Mesnil-sous-Jumièges. Se habla de un tesoro desterrado y robado, de conspiración y de documentos seculares.
Pero aquí entramos en el mundo de la leyenda. Detengámonos y dejemos que la justicia aclare este asunto.

Al mediodía del día en que estas líneas aparecían, es decir, exactamente sesenta horas después del drama de Mesnil-sous-Jumièges, Raúl entró en el despacho del barón Godefroy, en la Haie d'Etigues, al mismo despacho donde, tres o cuatro meses antes, había penetrado ya una noche. ¡Cuánto camino recorrido desde entonces y cómo sintió que el adolescente que era entonces había envejecido!
Frente a un velador, los dos primos fumaban y bebían grandes copas de coñac.
Sin preámbulos, Raúl explicó:
—Vengo a reclamar la mano de la señorita d'Etigues y supongo...
Distaba mucho de llevar el traje idóneo para una petición de mano. Ni sombrero, ni guantes. Sobre la espalda, una vieja chaqueta de marinero. En las piernas, un pantalón demasiado corto que dejaba ver los pies desnudos en alpargatas sin cintas.
Pero ni el aspecto de Raúl ni su petición interesaban a Godefroy d'Etigues. Los ojos hundidos, la cara todavía atormentada, empujó hacia Raúl un paquete de periódicos, gimiendo:
—¿Los ha leído? ¿La Cagliostro?
—Sí, ya lo sé... —dijo Raúl.
Odiaba a este hombre, y Raúl no pudo evitar decirle:
—Tanto mejor para usted, ¿no? ¡La muerte definitiva de Josefina Balsamo! Eso debe de sacarle un gran peso de encima.
—Pero ¿y lo que seguirá...? ¿Las consecuencias? —balbuceó el barón.
—¿Qué consecuencias?
—La justicia. Tratará de aclarar el caso. Ya acerca del suicidio de Beaumagnan se habla de la Cagliostro. Si la justicia ata todos los hilos de este asunto, irá más lejos, irá hasta el final.
—Sí —bromeó Raúl—, hasta la viuda Rousselin, hasta el asesinato del tal Jaubert; es decir, hasta usted y hasta su primo Bennetot.
Los dos hombres temblaron. Raúl los tranquilizó inmediatamente:
—¡Tranquilos los dos! La justicia no aclarará esta historia siniestra por la buena razón de que tratará, por el contrario, de enterrarlas. Beaumagnan estaba protegido por fuerzas que no aman el escándalo ni la luz del día. El asunto será sofocado. Lo que a mí me inquieta realmente no es la justicia...
—¿Sino qué? —preguntó el barón.
—La venganza de Josefina Balsamo.
—¡Pero si está muerta...!
—De todas formas, hasta muerta es temible. Ésta es la razón por la que he venido. He visto, en el fondo del vergel, un pequeño pabellón de guardia deshabitado. Me instalaré allí... hasta la boda. Avise a Clarisa de mi presencia y dígale que no reciba a nadie... ni a mí siquiera. Sin embargo, espero que ella quiera aceptar este regalo que le ruego le entregue en mi nombre.
Y Raúl puso ante el barón estupefacto un enorme zafiro, de una pureza incomparable, tallado como sólo antiguamente se tallaban las piedras preciosas.




Capítulo XIV

La criatura infernal

—¡Tiren el ancla! —murmuró Josefina Balsamo— y traigan la barca por aquí.
Flotaba sobre el mar una niebla espesa que, unida a la oscuridad de la noche, impedía que se vieran las luces de Etretat. El haz de luz del faro de Antifer no conseguía agujerear la nube impenetrable por donde el yate del príncipe Lavorneff navegaba a tientas.
—¿Qué te indica que estamos cerca de las costas? —objetó Leonardo.
—Mi deseo de que estemos —replicó la Cagliostro.
Él se irritó.
—¡Es una locura, esta expedición, una locura! ¿Cómo? Hace tan sólo quince días que hemos triunfado, gracias a ti, lo reconozco. Las piedras preciosas están en Londres a salvo en un cofre. Ya no hay peligro. Cagliostro, Pellegrini, Balsamo, marquesa de Belmonte, todo está en el fondo al naufragar La Luciérnaga, que tuviste la brillante idea de organizar y que llevaste a cabo con mucha astucia. Veinte testigos han presenciado desde la costa la explosión. Para todo el mundo estás muerta, cien veces muerta, yo también y todos los cómplices. Si lograran aclarar la historia del tesoro de los monjes, llegarían inevitablemente a la conclusión de que se hundió en el fondo del mar junto con La Luciérnaga en un lugar imposible de determinar exactamente y que las piedras fueron arrastradas por la corriente. Tanto del naufragio como de tu muerte, créeme que la justicia está encantada y que no profundizará demasiado, ya que hay quienes presionan desde arriba para que el caso Beaumagnan-Cagliostro quede archivado.
»Así que todo está bien. Eres dueña de la situación y has vencido a todos tus enemigos. Es el momento en que la más elemental de las prudencias nos ordena dejar Francia y alejarnos lo más lejos posible de Europa ¡y ése es el momento que tú eliges para volver al lugar de tus delitos y para enfrentarte con el único adversario que te queda! ¡Y qué adversario! Una especie de genio tan excepcional que, sin él, no hubieras jamás descubierto el tesoro. ¡Reconoce que es una locura!
Ella murmuró:
—El amor es una locura.
—Entonces, renuncia.
—No puedo. No puedo. Le quiero.
Había apoyado sus codos sobre la borda del barco y, con la cabeza entre las manos, farfullaba con desesperación...
—Quiero a alguien... es la primera vez... Los demás hombres no cuentan... Pero Raúl... ¡Ah, no quiero hablar de él!... Él me hizo vivir lo mejor de mi vida... pero también me dio los peores disgustos... Antes de él, ignoraba la felicidad... pero también el dolor... además ya que la felicidad se acabó... y no queda más que mi sufrimiento... Es horrible, Leonardo... La idea de que va a casarse... y que un niño va a nacer de ese amor... no, es superior a mis fuerzas. Todo menos esto... Prefiero arriesgarlo todo, Leonardo... Prefiero morir.
Él dijo en voz baja:
—Pobre Josine...
Se mantuvieron callados largo tiempo, ella siempre encorvada y desfalleciente.
Después, como el barco se acercaba, se incorporó y dijo, imperiosa y dura de repente:
—No corro ningún riesgo, Leonardo... no más que morir o fracasar.
—Pero, bueno. ¿Qué quieres hacer?
—Secuestrarlo.
—¡Oh, oh!, esperas...
—Todo está preparado. Los menores detalles están planeados.
—¿Cómo?
—Por intermedio de Dominique.
—¿Dominique?
—Sí, desde el primer día, antes mismo de que Raúl llegara a la Haie d'Etigues, Dominique se hacía emplear como palafrenero.
—Pero Raúl lo conoce...
—Raúl apenas si lo ha visto una o dos veces, pero tú sabes hasta qué punto Dominique es hábil maquillándose. Es imposible que lo distinguiera entre todo el personal del castillo y las caballerizas. Por otra parte, Dominique me ha mantenido al corriente de todo día a día y ha seguido mis instrucciones. Sé las horas en que Raúl se acuesta y se levanta, cómo vive y todo lo que hace. Sé que aún no ha visto a Clarisa, pero que están reuniendo los papeles para el matrimonio.
—¿Él desconfía?
—De mí, no. Dominique oyó fragmentos de una conversación que Raúl tuvo con Godefroy d'Etigues el día en que se presentó en el castillo. No tienen ninguna duda acerca de mi muerte. Pero Raúl no quería que se dejaran de tomar precauciones contra mí, aunque estuviera muerta. Por lo tanto observa, acecha, monta guardia alrededor del castillo, interroga a los campesinos.
—Y, siendo así, ¿Dominique te deja venir?
—Sí, pero sólo durante una hora. Un golpe audaz, rápido, en la noche, y enseguida la fuga.
—¿Será esta noche?
—Esta noche de diez a once. Raúl ocupa un pabellón de guarda solitario, no lejos de la vieja torre donde Beaumagnan me había llevado. Ese pabellón, construido en la misma muralla, no tiene por el lado del campo más que una ventana en la planta baja y no tiene puerta. Para entrar, si las persianas están cerradas, hay que atravesar el gran portal del vergel y alcanzar la fachada interior. Las dos llaves estarán esta noche bajo una gran piedra, cerca del portal. Guando Raúl esté acostado, lo envolveremos en el colchón y las sábanas, que son muy grandes, y lo traeremos hasta aquí. Entonces nos iremos.
—¿Eso es todo?
Josefina Balsamo vaciló, después respondió con firmeza:
—Eso es todo.
—¿Y Dominique?
—Vendrá con nosotros.
—¿No le has dado ninguna orden especial?
—¿Acerca de qué?
—Acerca de Clarisa. Tú la odias. Temo, pues, que le hayas encargado a Dominique algún trabajito...
Josine vaciló otra vez antes de contestar:
—Eso no te importa.
—Sin embargo...
La barca se deslizaba al lado del barco. Josine declaró en tono de broma:
—Escucha, Leonardo, desde que te he nombrado príncipe Lavorneff y te he dotado de un espléndido yate, te estás volviendo realmente indiscreto. No salgamos de nuestras convenciones, ¿quieres? Yo ordeno y tú obedeces. A lo sumo, tienes derecho a algunas explicaciones. Ya te las he dado. Haz como si te fueran suficientes.
—Me son suficientes —dijo Leonardo— y reconozco que tu empresa está bien ideada.
—Tanto mejor. Bajemos.
Ella bajó la primera a la barca y se instaló.
Leonardo y cuatro de sus cómplices la acompañaron. Dos de ellos cogieron los remos mientras ella se ponía detrás y daba órdenes en voz muy baja.
—Estamos pasando la puerta de Amont —dijo ella al cabo de un cuarto de hora, aunque sus acólitos tuvieran la impresión de avanzar a ciegas.
Señalaba a tiempo las rocas a flor de agua y enderezaba la dirección según puntos de referencia invisibles para los demás. Sólo el rechinamiento de las piedras bajo la quilla les advirtió que habían llegado a tierra.
La tomaron en sus brazos y la llevaron hasta la orilla, hasta donde atrajeron después la embarcación.
—¿Estás bien segura —susurró Leonardo— de que no toparemos con los aduaneros?
—Segura. El último telegrama de Dominique es categórico.
—¿No vendrá a recibirnos?
—No, le he escrito que se quede en el castillo entre las gentes del barón. A las once se reunirá con nosotros.
—¿Dónde?
—Cerca del pabellón de Raúl. Basta de hablar.
Todos se metieron por la escalera del Curé y subieron en silencio.
Aunque fuesen seis, ningún ruido, desde el primero hasta el último minuto, habría despertado la atención del oído más atento.
Arriba la niebla flotaba más ligera y se desplazaba dejando claros que permitían ver el brillo de las estrellas. Así pudo la Cagliostro señalar el castillo d'Etigues con las ventanas de la fachada encendidas. En la iglesia de Bénouville sonaron las diez.
Josine tembló:
—¡Oh, el sonido de esta campana!... Lo reconozco... Diez veces, como la otra vez... ¡Diez campanadas! Una a una las contaba yendo hacia la muerte.
—Has sabido vengarte —dijo Leonardo.
—De Beaumagnan, sí, pero de los demás...
—De los demás también. Los dos primos están medio locos.
—Es cierto —convino ella—. Pero no me sentiré realmente vengada hasta dentro de una hora. Entonces sí, será el descanso.
Esperaron a que volviera la niebla para que ninguna de sus siluetas se destacara en la pradera desnuda que debían atravesar. Después, Josefina Balsamo siguió el sendero por donde la habían llevado Godefroy y sus amigos y los demás la siguieron en fila india sin pronunciar una sola palabra. Las mieses habían sido segadas. Aquí y allá, se amontonaban en montículos. Reinaba el silencio absoluto.
Al acercarse al castillo, se ahondaba el sendero bordeado de zarzas, entre las que pasaron con crecientes precauciones.
La alta silueta de la muralla apareció. Unos pasos más y el pabellón de guardia, que se hallaba incrustado en ella, se destacó a la derecha.
De un gesto, la Cagliostro los detuvo.
—Espérenme.
—¿Te sigo? —preguntó Leonardo.
—No. Volveré por vosotros y entraremos juntos por el portal del vergel que está al otro lado, a la izquierda.
Avanzó sola, moviendo los pies tan lentamente que ninguna piedra podía rodar bajo sus zapatos y ninguna planta podía romperse al roce de su falda. El pabellón se hacía mayor. Por fin llegó hasta él.
Tanteó con la mano las persianas cerradas. La cerradura estaba suelta, gracias a Dominique. Josefina Balsamo corrió un poco los batientes. Un poco de claridad de filtró por la fisura.
Apoyó la frente y vio el interior de una habitación con alcoba en la que había una cama.
Raúl estaba acostado. Una lámpara de cristal, con una pantalla de cartón, iluminaba su cara, sus hombros, el libro que leía y sus ropas dobladas sobre una silla. Parecía extremadamente joven, con el aspecto de un niño que aprende una lección con mucha atención, pero que lucha contra el sueño. De vez en cuando, cabeceaba. Despertándose, se forzaba a continuar leyendo, pero volvía a dormirse.
Finalmente, cerrando el libro, apagó la luz.
Después de haber visto lo que quería ver, Josefina Balsamo dejó su puesto y volvió a buscar a sus cómplices. Ya había dado las instrucciones, pero, por prudencia, las repitió y, durante diez minutos, insistió:
—Sobretodo, ninguna violencia inútil. ¿Me entiendes, Leonardo? Como no tiene nada a su alcance para defenderse, no tendrán por qué usar sus armas. Ustedes son cinco, es suficiente.
—¿Y si se resiste? —preguntó Leonardo.
—Tienen que actuar de tal forma que no pueda resistirse.
Ella conocía bien el lugar por los croquis que le había enviado Dominique, así que caminó sin vacilaciones hasta la entrada principal del vergel. Las llaves estaban en el lugar convenido. Abrió y se dirigió hacia la fachada interior del pabellón.
Abrió la puerta sin dificultad. Entró, seguida de sus cómplices. Un vestíbulo con baldosas de losa los condujo hasta el umbral del dormitorio, cuya puerta empujó con infinita lentitud.
Era el momento decisivo. Si Raúl no se había despertado, si aún dormía el plan de Josefina Balsamo era cosa hecha. Escuchó. No se movía nada.
Se apartó para dar paso a los cinco hombres y, de pronto, soltó su jauría lanzando sobre la cama el rayo de una linterna.
El asalto fue tan rápido que el durmiente no debió despertarse hasta el momento en que toda resistencia era inútil.
Los hombres lo habían envuelto en sus sábanas y doblaron los dos extremos del colchón hasta formar un largo paquete de ropa, que ataron en un cerrar y abrir de ojos. La escena no duró más de un minuto. No hubo ni un solo grito. Ningún mueble fue desplazado de su lugar.
Una vez más, la Cagliostro triunfaba.
—Bien —dijo ella con una emoción que revelaba la importancia que atribuía a esta victoria—. Lo tenemos... Bien... esta vez serán tomadas todas las precauciones.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Leonardo.
—Llevarlo al barco.
—¿Y si grita pidiendo socorro?
—Lo amordazáis... Pero él no gritará... Váyanse.
Leonardo se acercó a ella mientras los acólitos cargaban al prisionero.
—¿No vienes con nosotros?
—No.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho, espero a Dominique.
Encendió la lámpara y quitó la pantalla.
—¡Qué pálida estás! —le dijo Leonardo en voz baja.
—Es posible.
—Es por la joven, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Dominique estará con ella ahora? ¿Quién sabe si todavía no estás a tiempo de impedir...?
—Aunque hubiera tiempo —dijo ella—, mi voluntad no cambiaría. Lo que debe ser, será. Además, es cosa hecha. Vete.
—¿Por qué irnos antes que tú?
—El único peligro es Raúl. Una vez en el barco, ya no tendremos nada que temer. Vete y déjame.
Ella le abrió la ventana, por la que saltaron y pasaron al prisionero.
Cerró las persianas, después los cristales.
Poco más tarde, sonó la campana de la iglesia. Contó las campanadas. A la undécima, corrió hasta la otra fachada que daba al vergel y prestó atención. Hubo un ligero silbido, al que ella respondió golpeando con el pie las baldosas del vestíbulo.
Dominique acudió a su encuentro. Entraron en la habitación, y antes de que ella le preguntara algo, él murmuró:
—Ya está.
—¡Oh! —exclamó ella débilmente, tan turbada que titubeó y se sentó.
No hablaron durante un rato. Dominique continuó deprisa:
—No sufrió nada.
—¿No sufrió? —repitió ella.
—No, dormía.
—¿Estás seguro?
—¿De que está muerta? ¡Por Dios! He dado en el corazón, tres veces. Después, tuve el valor de quedarme... para ver... Pero no valía la pena... ya no respiraba... las manos se enfriaban.
—¿Y si se dan cuenta?
—Imposible. Entran en su cuarto por la mañana. Entonces, sólo entonces... se darán cuenta.
No se atrevían a mirarse. Dominique le tendió la mano. De su corpiño, ella sacó diez billetes de banco, que le entregó.
—Gracias —dijo él—. Pero si tuviera que hacerlo otra vez, no lo haría. ¿Qué hago ahora?
—Irte. Si te das prisa, alcanzarás a los otros antes de que lleguen a la barca.
—¿Tienen a Raúl d'Andrésy?
—Sí.
—Tanto mejor. ¡Me ha dado muchos dolores de cabeza desde hace quince días! Desconfiaba. ¡Ah!, algo más... ¿y las piedras preciosas?
—Las tenemos.
—¿Ya no hay peligro?
—Están guardadas en la caja fuerte de un Banco en Londres.
—¿Hay muchas?
—Una maleta llena.
—¡Caramba! Más de cien mil francos para mí, ¿no?
—Más aún. Pero, date prisa... A menos que prefieras esperar...
—No, no —dijo rápidamente—. Tengo ganas de estar lejos... lo más lejos posible... Pero, ¿y usted?...
—Buscaré a ver si no hay papeles peligrosos para nosotros y me reuniré con vosotros.
Dominique se fue. Enseguida, ella buscó en los cajones de la mesa y de un pequeño mueble, pero no encontró nada. Exploró los bolsillos de las ropas colgadas en el borde de la cama.
El billetero atrajo su atención. Contenía dinero, tarjetas de visita y una fotografía.
Era la de Clarisa d'Etigues.
Josefina Balsamo la contempló largamente con una expresión en la que no había odio, sino una dureza que no perdona.
Después, se quedó inmóvil en una de estas actitudes absortas en las que sus ojos se fijaban sobre sólo Dios sabe qué espectáculo doloroso, mientras los labios conservaban su dulce sonrisa.
Había un reflejo frente a ella que le devolvía su imagen. Se miró. Los codos en el mármol de la chimenea. Su sonrisa se acentuó como si tuviera conciencia de su belleza y se alegrara. Llevaba una capucha de piel de color marrón que abatió sobre sus hombros y bajó sobre su frente el finísimo velo que llevaba siempre en sus cabellos y que le daba ese aire de la Virgen de Bernardino Luini.
Se miró así unos minutos. Luego, volvió a caer en estado de postración. Sonaron las once y cuarto. Ella permanecía inmóvil. Parecía dormida con los ojos muy abiertos. Poco a poco, sin embargo, fueron adquiriendo esa expresión vaga de quien regresa de otro mundo. Como en los sueños en los que todas las ideas son confusas e incoherentes y se transforman despacio en una idea cada vez más precisa, en una imagen cada vez más exacta. ¿Qué era esta imagen desconcertante que le parecía entrever y a la que en vano trataba de acostumbrarse? Provenía de la alcoba donde estaba la cama rodeada de cortinas de algodón. Detrás de las cortinas debía haber un espacio libre o un pasillo secreto, porque parecía que alguien las moviera.
Una manó se hacía más y más real. Un brazo la siguió y, por encima del brazo, surgió la cabeza.
Josefina Balsamo, acostumbrada a las sesiones de espiritismo, donde las sombras dibujaban a los fantasmas, dio su nombre al que su imaginación aterrada hacía salir de las tinieblas. Éste estaba vestido de blanco y ella no supo si la contracción de su boca era una sonrisa afectuosa o un rictus de ira.
Balbuceó:
—Raúl... Raúl... ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres de mí?
El fantasma apartó una de las cortinas y avanzó bordeando la cama.
Josine bajó los párpados gimiendo, pero volvió a levantarlos enseguida. La alucinación continuaba y aquel ser se aproximaba con movimientos que desplazaban los muebles y turbaban el silencio. Ella quiso huir. Pero, de pronto, sintió sobre su hombro una mano que no era precisamente la de un fantasma. Y una voz alegre exclamó:
—Oye, Josefina, voy a darte un buen consejo. Pídele al príncipe Lavorneff que te ofrezca un crucero de reposo. Lo necesitas, querida Josefina. ¿Cómo? ¿Me tomas por un fantasma, a mí, Raúl d'Andrésy? Aunque esté en pijama, no soy un desconocido para ti.
Mientras se vestía y anudaba la corbata, ella repetía:
—¡Tú! ¡Tú!
—Pues, sí, soy yo.
Y sentándose a su lado, le dijo rápidamente:
—Sobre todo, querida amiga, no riñas al príncipe Lavorneff y no creas que él me ha dejado escapar una vez más. No, no, todo lo que se han llevado, él y sus amigos, es un colchón y un maniquí de trapo envuelto en sábanas. Yo, en cambio, no he abandonado este pasillo donde me había refugiado desde que dejaste de espiarme detrás de las persianas.
Josefina Balsamo permanecía inerte e incapaz de hacer un gesto, como si la hubieran molido a palos.
—¡Caramba! —exclamó él—. No pareces muy en tus cabales. ¿Quieres un vasito de licor para reanimarte? Confieso, por otra parte, Josefina, que comprendo tu desánimo y no quisiera estar en tu lugar. Todos tus amiguitos se han ido... Ninguna ayuda posible hasta dentro de una hora... y, frente a ti, el llamado Raúl. ¡Hay para verlo todo muy negro! Pobre Josefina... ¡Qué trastorno!
Se agachó y recogió la fotografía de Clarisa.
—¡Qué hermosa es mi prometida!, ¿no es cierto? He visto con placer que tú la admirabas hace un momento. ¿Sabes que nos casamos dentro de unos días?
La Cagliostro murmuró:
—Está muerta.
—En, efecto —dijo él—, oí algo de eso. Ese muchachito amigo tuyo la apuñaló en su cama, ¿no es así?
—Sí.
—¿Un sola puñalada?
—Tres puñaladas, en pleno corazón —dijo ella.
—¡Oh, con una sola bastaba! —observó Raúl.
Ella repitió lentamente, como para sí misma:
—Está muerta. Está muerta.
Él rió.
—¿Qué quieres? Eso ocurre todos los días. Y no voy, por tan poco, a cambiar mis proyectos. Muerta o viva, me casaré con ella. Nos arreglaremos como podamos... Tú te las arreglaste, ¿no?
—¿Qué quieres decir? —pregunto Josefina Balsamo, que empezaba a inquietarse de esta insinuación.
—Sí, ¿no es cierto? El barón te ha ahogado una primera vez. Una segunda vez has volado con tu barco, La Luciérnaga, por los aires. Pues bien eso no te impide estar aquí. Tampoco hay una razón para que no me case con Clarisa, sólo porque recibió tres puñaladas en el corazón. Además, ¿estás segura de lo que dices?
—Uno de mis hombres la mató.
—O al menos te ha dicho que la mató.
Ella lo observó:
—¿Por qué me habría mentido?
—¡Vaya! Por los diez billetes de mil que tú le entregaste.
—Dominique es incapaz de traicionarme. Por cien mil francos no me traicionaría. Además, sabe que lo encontraré. Me espera junto con los demás.
—¿Estás segura de que te espera, Josine?
Ella se sobresaltó. Tenía la impresión de debatirse en un cerco cada vez más estrecho.
Raúl movió la cabeza.
—Sería curioso saber cuántas veces nos hemos engañado, tú y yo. ¡Conque, tú, mi querida Josefina, has sido tan ingenua para creer que yo iba a tragarme lo de la explosión de La Luciérnaga, lo del naufragio de la Pellegrini-Cagliostro y las burdas mentiras del príncipe Lavorneff! ¿Cómo pudiste pensar que un muchacho que no es del todo imbécil, que tú has formado en tu escuela (y qué escuela, ¡Virgen Santa!), se tragaría tus cuentos como se traga un niño una fábula.
»¡Muy cómodo, desde luego, lo del naufragio! Una está cargada de crímenes, tiene las manos manchadas de sangre y la policía está sobre la pista. Muy fácil: se hace volar un viejo barco y todo el pasado de crímenes, el tesoro robado, las riquezas, todo naufraga. Una pasa por muerta. Una se hace una piel nueva. Y una vuelve un poco más lejos, bajo otro nombre, a matar, a torturar y a llenarse las manos de sangre. ¡Eso para los demás, querida! Cuando leí lo de tu naufragio, me dije: «¡Alerta!» y vine aquí.
Después de una pausa, Raúl continuó:
—Veamos, Josefina. Tu visita era inevitable y, fatalmente, la prepararías con la ayuda de algún cómplice. ¡Fatalmente, el yate del príncipe Lavorneff se acercaría una noche por aquí! ¡Fatalmente, subirías por la escalera de loro por la que te habían bajado en camilla! Así que tomé mis precauciones, y la primera fue observar a mi alrededor si no había alguna cara conocida. Un compinche, es la infancia del arte.
»Y, al acto, reconocí a Dominique por haberlo visto —y eso tú lo ignorabas— esperándote en la berlina frente a la casa de Brigitte Rousselin. Dominique es un servidor leal; pero el miedo a la policía, y a una buena paliza mía, lo domaron al punto de que toda su lealtad se volcó desde entonces hacia mí. Lo ha demostrado enviándote falsos informes y preparando, de acuerdo conmigo, la trampa en la que has caído. Se ha ganado los diez billetes salidos de tu bolsillo, y que no volverás a ver ya que tu leal servidor ha vuelto al castillo y está ahora bajo mi protección.
»Así estamos, mi querida Josefina. Habría, por supuesto, podido ahorrarte esta pequeña comedia y recibirte aquí, abiertamente, por el simple placer de estrechar tu mano. Pero quise ver cómo dirigías la operación y, siempre entre bastidores, quise también ver cómo te tomabas el supuesto asesinato de Clarisa d'Etigues.
Josine retrocedió. Raúl ya no bromeaba. Inclinado sobre ella, le decía con voz contenida:
—Una ligera emoción, apenas, eso es todo lo que sentiste. Creías que esa joven estaba muerta porque tú lo ordenaste, ¡y nada! Para ti, la muerte de los demás no cuenta. Tiene veinte años, toda la vida por delante... la frescura y la belleza... ¡Tú suprimes todo eso como si partieras una nuez! Ni el más mínimo asomo de mala conciencia. No te has reído, es cierto... pero tampoco has llorado. En realidad, no te preocupa. Recuerdo que Beaumagnan te llamaba una criatura infernal, insulto que me indignaba. Sin embargo, es la palabra justa. Hay un infierno en ti. Eres una especie de monstruo en el que ya no puedo pensar sin horror. Pero tú misma, Josefina Balsamo, ¿no sientes horror por momentos?
Ella seguía cabizbaja, sus puños pegados a las sienes, como hacía con frecuencia. Las palabras despiadadas de Raúl no le provocaban el sobresalto de rabia e indignación que él esperaba. Raúl sintió que ella estaba en uno de esos momentos en los que uno descubre el fondo del alma, en los que uno no puede evitar enfrentarse con la imagen a la que se teme y en los que se formulan, sin saberlo, palabras de confesión.
No se sorprendió demasiado. Sin ser frecuentes, esos momentos no debían ser muy escasos en el caso de un ser desequilibrado, cuya naturaleza, impasible en apariencia, se hundía en esas crisis nerviosas. Los hechos se presentaban de una manera tan distinta a sus previsiones y la aparición de Raúl era tan desconcertante, que ella no podía reaccionar frente al enemigo que tan cruelmente la ultrajaba.
Él aprovechó la circunstancia y, acercándose a ella, le susurró en tono insinuante:
—¿No es así, Josine? Tú misma te asustas por momentos. ¿No es cierto? A veces ocurre que sientes horror por ti misma.
—Sí... sí... algunas veces... pero no es preciso que me lo recuerdes... no quiero saberlo... Cállate... cállate...
—Pero, no, al contrario —dijo Raúl—, quiero que sepas... Si sientes horror por tales actos, ¿por qué los cometes?
—No puedo evitarlo —respondió ella, con un extremo cansancio.
—¿Acaso lo intentas?
—Sí, lo intento, lucho; pero siempre pierdo. Me han enseñado el mal... Hago el mal como otros hacen el bien... Hago el mal como otros respiran... Han querido que así fuera...
—¿Quién?
Él oyó confusamente estas dos palabras:
—Mi madre.
Él comenzó otra vez:
—¿Tu madre? ¿La espía? ¿La que inventó ese cuento de Cagliostro?
—Sí... pero no la acuses... Me quería... No tuvo suerte... Murió pobre, en la miseria, y quería que yo triunfase... que fuese rica...
—Pero tú eres hermosa. La belleza, para una mujer, es la más grande de las riquezas. Con la belleza basta.
—Mi madre también era hermosa, Raúl y, sin embargo, su belleza no le sirvió de nada.
—¿Te parecías a ella?
—Hasta el punto de confundirnos. Y ésa fue mi perdición. Ella quiso que yo continuara lo que había sido su gran idea... la herencia de Cagliostro...
—¿Tenía documentos?
—Un pedazo de papel... el papel de los cuatro enigmas, que una de sus amigas había encontrado en un libro viejo... y que realmente parecía la escritura de Cagliostro... Eso le subió a la cabeza... así como su éxito en la corte de la emperatriz Eugenia. Entonces, tuve que continuar. Desde pequeña me metió esto en la cabeza. Me formaron con esta única idea. Éste debía ser mi medio de vida... mi destino. Yo era la hija de Cagliostro... Continuaría la vida de mi madre y la vida de Cagliostro... una vida brillante como la que tuvo en las novelas... la vida de una aventurera adorada por todos y que dominaba el mundo. Fuera escrúpulos. Fuera mala conciencia... Tenía el deber de vengarla de todo lo que había sufrido. Cuando murió, lo último que me dijo fue: «Véngame».
Raúl reflexionaba. Preguntó:
—De acuerdo. Pero, ¿y los crímenes?... ¿Esa necesidad de matar?...
Él no pudo oír su respuesta, ni lo que contestó cuando él le preguntó:
—Tu madre no fue la única en educarte, Josine, en llevarte por el camino del mal. ¿Quién era tu padre?
Creyó oír el nombre de Leonardo. Pero, ¿quiso decir que Leonardo era su padre, que Leonardo era el hombre que había sido expulsado de Francia al mismo tiempo que la espía (y no era una sospecha descabellada), o bien que Leonardo la había llevado por el camino del crimen?
Raúl no pudo sacarle nada más. No pudo penetrar en esas regiones oscuras donde se elaboran los malos instintos y donde se fermentan todos los desequilibrios, todo lo que destroza y remueve todos los vicios, la vanidad, todos los apetitos sanguinarios todas las pasiones inexorables y crueles que se escapan a nuestro control.
No volvió a insistir.
Ella lloraba en silencio y sentía lágrimas y besos sobre sus manos, que ella apretaba con ansiedad y que tuvo la debilidad de dejarle. Una piedad sigilosa se filtraba en él. La criatura infernal se transformaba en un ser humano, en una mujer librada a un instinto enfermizo, que sufría la ley de las fuerzas irresistibles y que tal vez habría que juzgar con un poco más de indulgencia.
—No me rechaces —decía ella—. Eres la única persona en el mundo que habría podido alejarme del mal. Lo sentí enseguida. Hay en ti algo sano, bueno... ¡Ah, el amor... el amor... es lo único que me ha tranquilizado... y no he amado a nadie más que a ti... Pero, si me rechazas...
Sus labios suaves comunicaban a Raúl una infinita languidez. La voluptuosidad y el deseo embellecían esta compasión peligrosa que ablanda la voluntad de los hombres.
Y tal vez, si la Cagliostro se hubiera contentado con esta humilde caricia, él hubiera sucumbido a la tentación de inclinarse y sentir una vez más el calor de la boca que se le ofrecía. Pero ella levantó la cabeza, deslizó sus brazos por sus hombros, le rodeó el cuello y lo miró. Y esa mirada bastó para que Raúl ya no viera en ella a la mujer que implora, sino a la que quiere seducir y que utiliza la ternura de sus ojos y la suavidad de sus labios.
La mirada une a los amantes. Pero Raúl sabía exactamente lo que había detrás de esa expresión ingenua, encantadora y dolorosa. La pureza del espejo no compensaba todas las cobardías y todas las ignominias que él veía con tanta lucidez.
Se recobró poco a poco. Se alejó de la tentación y, rechazándola, le dijo:
—¿Te acuerdas... un día Hoy ocurre lo mismo. Si caigo en tus brazos, estoy perdido. Mañana, pasado mañana, sería la muerte...
Ella se incorporó, de pronto hostil y perversa. El orgullo la invadió de nuevo y la tormenta se levantó bruscamente entre ellos, haciéndoles pasar sin transición de aquella especie de languidez, que los entretenía en el recuerdo de su amor pasado, a una feroz necesidad de odio y provocación.
—Sí —continuó Raúl—, en el fondo, desde el primer día, fuimos enemigos feroces. Tanto tú, como yo, no pensábamos más que en la derrota del otro. ¡Sobre todo tú! Yo era el rival, el intruso... En tu mente, mi imagen se mezclaba con la idea de la muerte. Voluntariamente o no, tú me habías condenado.
Ella sacudió la cabeza y dijo en tono agresivo:
—Hasta ahora, no.
—Pero ahora sí, ¿no es cierto? Sólo que ahora —gritó él— hay una novedad. Y es que ya no me importas nada, Josefina. El alumno es ahora el maestro. Quise probártelo dejándote venir aquí y aceptando la batalla. Me he ofrecido, solo, a tus golpes y a los de tu banda. Ahora estamos el uno frente al otro y no puedes nada contra mí. Desconcertante, ¿no crees?, Clarisa está viva, y libre. Vamos, preciosa, apártate de mi vida, has quedado por los suelos y te desprecio.
Él le echaba a la cara palabras injuriosas que la azotaban como latigazos. Ella estaba pálida. Su rostro se descomponía y, por primera vez, su inalterable belleza acusaba rasgos de decadencia y vejez.
Gruñó:
—Me vengaré.
—Imposible —se rió Raúl—. Te he cortado las uñas. Tienes miedo de mí. Eso es lo maravilloso y ésa es mi buena acción del día: tienes miedo de mí.
—Dedicaré toda mi vida a vengarme —murmuró ella.
—Ya no hay nada que hacer. Conozco todos tus trucos. Has fracasado. Se acabó.
Ella balanceó la cabeza.
—Tengo otros medios.
—¿Cuáles?
—Una fortuna incalculable... las riquezas que conquisté.
—¿Gracias a quién? —preguntó Raúl alegremente—. Si hubo un final feliz para ti en esa extraña aventura, ¿no me lo debes acaso a mí?
—Puede ser. Pero yo fui quien supo actuar y coger el botín. Y nada más. Palabras nunca te han faltado. Pero lo que hacía falta era actuar, y fui yo quien actuó. Porque Clarisa está viva, porque tú estás libre, gritas victoria. Pero la vida de Clarisa y tu libertad, Raúl, son hechos insignificantes en comparación con la empresa que nos oponía, es decir los miles y miles de piedras preciosas. La verdadera batalla era ésa, Raúl, y la he ganado yo, puesto que el tesoro me pertenece.
—¿Quién sabe? —dijo él, burlonamente.
—Sí, señor, me pertenece. Yo misma metí las piedras en una maleta que fue precintada y sellada delante mío, que yo misma llevé hasta Le Havre, que yo misma puse en el fondo de la bodega de La Luciérnaga y que yo misma retiré antes de que hiciéramos volar el barco. Está en Londres ahora, en la caja fuerte de un Banco, precintada y sellada como la primera vez.
—Sí, sí —aprobó Raúl, con un aire entendido—, las correas están aún como nuevas, rígidas y limpias... hay cinco sellos en cera violeta con las iniciales J. B., Josefina Balsamo. En cuanto a la maleta, es de mimbre trenzado, con correas y asa de cuero... algo muy simple, que no llame la atención...
La Cagliostro abrió los ojos, asombrada:
—¿Tú lo sabes...? ¿Cómo lo sabes?...
—Estuvimos juntos, ella y yo, unas horas —respondió él, riendo.
—¡Mentiras! ¡Hablas por hablar...! La maleta no me ha dejado ni un solo segundo desde el campo de Mesnil-sous-Jumièges hasta la caja fuerte.
—Sí, porque tú la bajaste a la bodega del La Luciérnaga.
—Me senté sobre el batiente de hierro que cubre la bodega y uno de mis hombres vigilaba el ojo de buey por donde hubieras podido entrar, y así durante todo el tiempo que estuvimos en el puerto de Le Havre.
—Ya lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Yo estaba en la bodega.
Fue una terrible revelación. Él la repitió y, ante el estupor de Josefina Balsamo, se divirtió hasta él mismo contándole su aventura:
—Mi razonamiento, en Mesnil-sous-Jumièges, frente a la piedra destruida, fue el siguiente: «Si busco a Josefina no la encontraré. Lo que necesito es adivinar dónde estará al atardecer, anticiparme a ella y estar allí cuando llegue para, a la primera, birlarle las piedras preciosas». Así que, acosada por la policía, perseguida por mí, ávida de poner el tesoro a salvo, tú, inevitablemente, huirías; es decir, abandonarías el país. ¿Cómo? Gracias a tu barco La Luciérnaga.
»A mediodía, estaba en Le Havre. A la una, los tres hombres de tu tripulación se fueron a tomar un café al bar, crucé el puente y me metí en el fondo de la bodega, detrás de un montón de cajas, toneles y sacos de provisiones. A las seis, llegaste tú y bajaste la maleta por medio de una cuerda, poniéndola de está manera bajo mi protección...
—Mientes... mientes —balbuceó la Cagliostro, con rabia.
Él continuó:
—A las diez, Leonardo se reunió contigo. Leyó los diarios del día y supisteis del suicidio de Beaumagnan. A las once, se levó el ancla. A medianoche, en alta mar, fuimos abordados por otro barco. Leonardo, que se transformó en el príncipe Lavorneff, presidió el traslado. Todos los marineros, todo lo que tenía cierto valor pasó de un puente al otro y, por supuesto, la maleta que tú sacaste del fondo de la bodega. Y luego, ¡al diablo La Luciérnaga!
»Te confieso que pasé un mal rato. Estaba solo. Sin tripulación, sin provisiones. La Luciérnaga parecía llevada por un borracho que se aferra al timón. Era como un juguete al que se le ha dado la cuerda y que gira, gira... Por fin, adiviné tu plan, la bomba escondida en alguna parte, el mecanismo puesto en marcha, la explosión...
»Estaba cubierto de sudor. ¿Tirarme al agua? Iba a decidirme, cuando, en el momento de sacarme los zapatos, me di cuenta, con una alegría que me hizo desfallecer, de que había en la estela de La Luciérnaga, atado a una cuerda, una canoa que rebotaba sobre la espuma. Era la salvación. Diez minutos más tarde, tranquilamente sentado, vi a pocos metros una llama resplandecer en la sombra y oí una detonación subir a la superficie del agua como los ecos de un trueno. La Luciérnaga volaba...
»La noche siguiente, después de ir un tiempo a la deriva, fui empujado hacia la costa, no muy lejos del cabo de Antifer. Me metí en el agua, llegué a tierra... y aquel mismo día me presenté aquí... para prepararme a tu gentil visita, mi querida Josefina.»
La Cagliostro había escuchado sin interrumpir y con bastante serenidad. ¡Cuántas palabras inútiles! Lo esencial era la maleta. Que Raúl se hubiera escondido en el barco y que hubiera escapado al naufragio no tenía ninguna importancia.
Vacilaba, sin embargo, en hacerle la pregunta definitiva, ya que Raúl no era hombre para arriesgar tanto sin obtener más resultado que el de haberse salvado. Estaba muy pálida.
—Bueno —dijo Raúl—, ¿no preguntas nada?
—¿Qué es lo que tengo que preguntarte? Lo has dicho tú mismo. Recogí la maleta y la puse en lugar seguro.
—¿Y no verificaste?
—Por supuesto que no. ¿Abrirla, para qué? Las cuerdas y los sellos estaban intactos.
—¿Y no te fijaste en un agujero en uno de los lados, una abertura en las fibras de mimbre?
—¿Una abertura?
—¡Caramba! ¿Crees que me quedé dos horas frente a la maleta sin hacer nada? ¡Vamos, Josefina, no parezco tan idiota!
—¿Y qué? —dijo ella débilmente.
—Entonces, mi pobre amiga, poco a poco, pacientemente, extraje todo el contenido de la maleta, de manera que...
—¿De manera que?...
—De manera que, cuando la abras, no encontrarás más que un peso equivalente de víveres no demasiado preciosos... lo que tenía al alcance de la mano... lo que pude coger en los sacos de provisiones... algunas libras de judías y lentejas... en fin, víveres que quizá no valgan el alquiler de una caja fuerte en un Banco de Londres.
Ella trató de protestar y murmuró:
—Eso no es cierto... Es imposible que hayas podido...
De lo alto de un ropero, él cogió una bandeja cuyo contenido dejó caer luego en el hueco de su mano: dos o tres docenas de diamantes, rubíes y zafiros. Con aire negligente, los hizo bailar, relucir y deslizar de una mano a la otra.
—Hay más —dijo—. Claro que la inminente explosión me impidió cogerlos todos y las riquezas de los frailes se desparramaron en las aguas. De todas maneras, para un joven como yo, hay suficiente para divertirse y esperar, ¿no crees...? ¿Qué dices a eso, Josine? ¿No respondes nada...? ¡Pero, por Dios! ¿Qué te pasa? ¡Eh, no vayas a desmayarte aquí! ¡Ah, las mujeres! No pueden perder mil millones sin que les dé un patatús. ¡Tonterías!
Josefina Balsamo no tendría un patatús, según la expresión de Raúl. Se había levantado, lívida y el brazo estirado. Quería insultarlo. Pero se sofocaba. Sus manos aletearon en el aire, como las manos de un náufrago que se agitan en la superficie, y cayó sobre la cama con gemidos roncos.
Raúl, sin emocionarse, esperó el final de la crisis. Pero aún tenía algo que decir, y añadió:
—Bueno, te he derribado. ¿Habré dado en algún miembro sensible? ¿Estás fuera de combate? Totalmente derrotada, ¿no? Eso es lo que quise que sintieras, Josefina. Te irás de aquí convencida de que no puedes nada contra mí y de que lo mejor es renunciar a todas tus pequeñas marañas. Seré feliz, a pesar tuyo, y Clarisa también, y tendremos muchos hijos. Tendrás que conformarte.
Se puso a caminar y seguía siempre más ufano:
—Lo que ocurre, hay que reconocerlo, es que tuviste mala suerte. Te enfrentaste a un tipo que es mil veces más fuerte y más astuto que tú. Yo mismo estoy sorprendido de mi fuerza y de mi astucia. ¡Soy un fenómeno de habilidad, astucia, intuición, energía, lucidez! ¡Un verdadero genio! Nada se me escapa. Leo como en un libro abierto en la mente de mis enemigos. Conozco hasta sus más recónditos pensamientos. Por ejemplo, en este momento, me das la espalda, ¿no es cierto? Estás tumbada boca abajo en la cama y no veo tu hermoso rostro. ¡Pues bien, me doy perfecta cuenta de que estás a punto de meter la mano en tu corpiño y de sacar un revólver, y que vas...
La frase no terminó. Bruscamente, la Cagliostro se había dado vuelta, revólver en mano.
Un disparo. Raúl, que estaba preparado, tuvo tiempo de cogerle el brazo, de torcerlo y doblarlo en dirección a Josefina Balsamo. Ella cayó, herida en el pecho.
La escena había sido tan brutal y el desenlace tan imprevisto que, de pronto, quedó desconcertado frente al cuerpo inerte que yacía por el suelo, el rostro muy pálido.
Sin embargo, no se inquietó demasiado. Él no creía que estuviera muerta y, de hecho, se inclinó y comprobó que el corazón latía con regularidad. Con unas tijeras, rompió el corpiño. La bala, disparada al bies, había pasado, rozando apenas la piel debajo de la peca negra en el pecho derecho.
—Herida sin gravedad —diagnosticó él, pensando, sin embargo, que la muerte de una criatura como ella sería algo justo y deseable.
Mantenía las tijeras en la mano, la punta hacia delante, preguntándose si debía estropear una belleza tan perfecta, clavarle las tijeras en la carne y acabar con el mal. Un corte en forma de cruz en pleno rostro cuya cicatriz indeleble levantaría la piel hinchada, ¡qué justo castigo y qué útil precaución! ¡Cuántas desgracias y cuántos crímenes evitaría!
Pero no tuvo suficiente valor y no quiso tomar sobre sí la responsabilidad de castigarla. Aparte de que la había amado demasiado...
La contempló largo tiempo, sin hacer un movimiento, y con una tristeza infinita. La lucha lo había tranquilizado. Se sentía lleno de amargura y desazón. Ella había sido su primer gran amor, y ese sentimiento, al que el corazón ingenuo aporta tanta frescura y del que se guarda un recuerdo tan dulce, no le dejaría a él más que rencor y odio. Toda su vida llevaría en los labios un rictus de desencanto y en el alma una sensación de desánimo.
Ella respiró más profundamente y levantó los párpados.
Entonces, él sintió la necesidad irresistible de no volverla a ver nunca más y de no pensar siquiera en ella.
Abriendo la ventana escuchó. Oyó pasos, le pareció que procedían del acantilado. Leonardo había debido comprobar, al llegar a la orilla del mar, que la expedición se había reducido a la captura de un maniquí y, sin duda inquieto por Josefina Balsamo, volvía por ella.
—¡Que la encuentre aquí, que se la lleve! —se dijo—. ¡Que se muera o que viva, que sea feliz o desgraciada, a mí ya no me importa... No quiero saber nada más de ella. ¡Basta! ¡Basta de este infierno!
Y, sin una palabra, sin una mirada a la mujer que le tendía los brazos suplicando, desapareció...
Al día siguiente, Raúl se hacía anunciar a Clarisa d'Etigues.
Para no herirla aún más, no había vuelto a ver a la muchacha. Por ella sabía que él estaba allí e, inmediatamente, él comprendió que el tiempo realizaba su labor. Sus mejillas estaban más rosadas. Sus ojos brillaban de esperanza.
—Clarisa —le dijo—, desde el primer día me prometiste perdonarlo todo.
—No tengo nada que perdonarte, Raúl —afirmó la joven, que pensaba en su padre.
—Sí, Clarisa, te hice mucho daño. Hasta me hice daño a mí mismo, y lo que te pido no es solamente tu amor, sino tus cuidados y tu protección. Te necesito, Clarisa, para olvidar los horribles recuerdos, para recuperar confianza en la vida y para combatir todo lo malo que hay en mí y que me arrastra... adonde yo no quisiera ir. Si tú me ayudas, estoy seguro de ser un hombre honesto y me comprometo sinceramente a serlo. Te prometo que serás feliz. ¿Quieres ser mi mujer, Clarisa?
Ella le tendió la mano.




Epílogo

Como Raúl lo suponía, todo el vasto sistema de intrigas que rodeaba la búsqueda del fabuloso tesoro quedó en la sombra. El suicidio de Beaumagnan, las aventuras de la Pellegrini, la misteriosa personalidad de la condesa de Cagliostro, su fuga, el naufragio de La Luciérnaga y tantos hechos más que la justicia no pudo, o no quiso, investigar. El informe del cardenal-arzobispo fue destruido o desapareció. Los socios de Beaumagnan se disgregaron y no hablaron. Nada se supo.
Con más razón, el papel de Raúl en este asunto no podía levantar sospechas, y su boda pasó desapercibida. ¿Por qué prodigio logró casarse bajo el nombre de vizconde D'Andrésy? Sin duda, debe atribuirse a los formidables medios de acción que le otorgaban los dos puñados de piedras preciosas sacadas del tesoro. Con esto, pueden comprarse muchos cómplices.
Y de la misma manera, por supuesto, el nombre de Lupin quedó totalmente enterrado. En ningún registro de estado civil, sobre ningún papel auténtica figuraba el nombre de Arsenio Lupin ni el de su padre Théophraste Lupin. Legalmente, no era más que el vizconde Raúl d'Andrésy, que se iba de viaje por Europa con la vizcondesa, nacida Clarisa d'Etigues.
Dos hechos marcaron esta época. Clarisa dio a luz a una niña que no vivió. Y, semanas más tarde, se enteró de la muerte de su padre.
En efecto, Godefroy d'Etigues y su primo Bennetot murieron durante un paseo en barca. ¿Accidente? ¿Suicidio? Los dos primos, en los últimos tiempos de sus vidas, pasaban por locos y nadie puso en duda la posibilidad del suicidio. Corrió también una versión que sostenía que había sido un crimen, y se habló de un yate de placer que habría hundido la barca y habría huido. Pero no había ninguna prueba.
De todos modos, Clarisa no quiso tocar la fortuna de su padre y la donó a instituciones de caridad.

Pasaron unos años encantadores y sin problemas.
Raúl mantuvo una de las promesas que había hecho a Clarisa: ella fue profundamente feliz.
La segunda promesa, no la mantuvo: no fue honesto.
No podía hacerlo. Llevaba en la sangre la necesidad de tomar, combinar, mistificar, embaucar, de divertirse a expensas de los demás. Él era, por instinto, contrabandista, filibustero, merodeador, pirata, conquistador y, sobre todo, jefe de la banda. Por otra parte, en la escuela de Cagliostro se había dado cuenta, no sin cierto orgullo, de que poseía cualidades excepcionales con las que nadie podía competir. Él creía en su genio. Se atribuía el derecho a un destino fantástico, opuesto al de todos los hombres que vivían al mismo tiempo que él. Se situaría por encima de todos. Él sería el maestro.
Sin saberlo Clarisa, y sin que jamás lo sospechara, montó empresa? y triunfó en asuntos en los que se afirmaba siempre más su autoridad y en los que desarrolló dones realmente sobrehumanos.
[6]
Pero, ante todo, se decía, ¡el descanso y la felicidad de Clarisa! Respetaba a su mujer. Que ella fuera o se supiera esposa de un ladrón no lo hubiera admitido jamás.
Su felicidad duró cinco años. Al principio del sexto, Clarisa murió después de un parto. Dejó a un niño llamado Juan.
Pero, a la mañana siguiente, ese hijo desapareció, sin que la menor huella permitiera a Raúl descubrir quién había podido penetrar en la casita de Auteuil donde vivían, ni cómo habían logrado entrar.
No obstante, no le cabían dudas sobre de dónde había salido la idea. Raúl, que no dudaba que el naufragio de los dos primos había sido provocado por la Cagliostro, que sabía que Dominique había muerto envenenado, supo al acto sin el menor atisbo de duda que la Cagliostro había organizado el secuestro.
Su tristeza lo transformó. Sin mujer ni hijo que lo retuvieran, se lanzó de lleno por el camino hacia donde le arrastraban tantas fuerzas. De la noche a la mañana, pasó a ser Arsenio Lupin. No más reservas. No más precauciones. Al contrario, escándalos, provocaciones, arrogancia, ostentación, vanidad, mucho sentido del humor, su nombre en las paredes, su tarjeta de visita en las cajas fuertes: Arsenio Lupin, ¿quién, si no, iba a ser?
Sin embargo, fuese bajo ese nombre o los muchos que le divertía tomar, que se hiciese llamar conde Bernard d'Andrésy (había robado los papeles de un primo de su familia, muerto en el extranjero) o Horacio Velmont, o coronel Sparmiento, o duque de Charmerace, o príncipe Sermine, o don Luis Perenna, siempre y en todas partes, en todas sus aventuras y bajo todos los disfraces, no dejó de buscar a la Cagliostro y a su hijo Juan.
No encontró jamás a su hijo. No volvió a ver jamás a Josefina Balsamo.
¿Vivía aún? ¿No se atrevía a entrar en Francia? ¿Continuaba persiguiendo y asesinando? ¿Debía admitir, en lo que a él se refería, que la amenaza eternamente dirigida contra él, desde el mismo minuto en que rompió con ella, llegaría a una venganza aún más cruel que el secuestro de su hijo?
Durante toda la vida de Arsenio Lupin, locas empresas, pruebas sobrehumanas, triunfos inesperados, pasiones desmesuradas, ambiciones extravagantes, todo esto debía pasar antes de que las circunstancias le permitieran responder a estas temibles preguntas.
Así es como su primera aventura enlazó, más de un cuarto de siglo después, con la que él se complace a considerar hoy en día como su última aventura.

Esta edición de La condesa de Cagliostro

de Maurice Leblanc,

se terminó de imprimir en romanyà/valls, S.A.,

para Edhasa, el día 8 de octubre de 2004




[1] En realidad, Maurice Leblanc escribió La Condesa de Cagliostro cuando ya llevaba publicados muchos otros libros. Arsenio Lupin nace en las páginas de Je sais tout en 1905, y esta novela aparece por entregas en Le Journal entre 1923 y 1924. (N. del E.)
[2] El primer enigma fue explicado por una joven. (Véase Dorotea, la funámbula. Los dos siguientes por Arsenio Lupin. (Ver La isla de los treinta ataúdes. y La aguja hueca) El cuarto misterio es el objeto de este libro. (N del E)
[3] Hasta ahora ninguno de los biógrafos de Josefina había podido explicar los motivos de su «evasión» de Fontainebleau. Sólo Frederich Masson, presintiendo la verdad, escribió: «Puede que algún día se encuentre una carta que precise y afirme la necesidad física de una partida».
[4] No cabe duda de que la conocida leyenda de los mil millones de las congregaciones encuentra aquí su origen.
[5] Ver La aguja hueca.
[6] La conquista del tesoro de la Casa de Francia, segundo secreto de la Cagliostro, y el descubrimiento de esta mansión impenetrable de donde, quince años más tarde, no se le pudo sacar más que con ayuda de una flotilla de torpederos ocurrieron en esta época. (Véase La aguja hueca.)

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Maurice Leblanc LA CONDESA DE CAGLIOSTRO
Título original: La comtesse de Cagliostro Diseño de la cubierta: Jordi Sàbat Ilustración de la cubierta: Carlos de Miguel Traducción de Tabita Peralta Primera edición: noviembre de 2004 © 1924, Leblanc © 1973, de la traducción: Tusquets Editor © 2004, de la presente edición: Edhasa Avda. Diagonal, 519-521 Paraguay, 824,6° Piso 08029 Barcelona 1057 Buenos Aires España Argentina Impreso por Romanyà/Valls, S.A. sobre papel offset crudo de Leizarán Depósito legal: B-40.100-2004 Impreso en España
Capítulo I Arsenio Lupin a los veinte años
Capítulo II Josefina Balsamo, nacida en 1788.
Capítulo III Un tribunal de inquisición
Capítulo IV La barca que se hunde
doy las gracias a mi salvador,
Capítulo V Uno de los siete brazos
Capítulo VI Policías y gendarmes
Capítulo VII Las delicias de Capoue
Capítulo VIII Dos voluntades
Capítulo IX La roca Tarpeya
Capítulo X La mano mutilada
Capítulo XI El viejo faro
Capítulo XII Demencia y genio
Capítulo XIII La caja fuerte de los monjes
Capítulo XIV La criatura infernal
Epílogo
Esta edición de La condesa de Cagliostro
se terminó de imprimir en romanyà/valls, S.A.,

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