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sábado, 1 de julio de 2017

El Tesoro De Franchard (Robert Louis Stevenson)

El Tesoro De Franchard
Robert Louis Stevenson

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1
Junto al saltimbanqui moribundo

Habían mandado llamar al médico de Bourron poco antes de las seis. Hacia las ocho llegaron los primeros lugareños para asistir a la función y se les explicó lo que ocurría. A muchos les pareció una falta de consideración que un saltimbanqui se pusiera enfermo como hacía la gente normal y se marcharon refunfuñando. A las diez, madame Tentaillon estaba tan preocupada que había enviado a buscar al doctor Desprez al otro lado de la calle.
El médico estaba repasando sus manuscritos en un rincón del minúsculo comedor y su mujer dormitaba junto al fuego cuando llegó el mensajero.
—¡Caramba! —dijo el médico—, deberían haberme llamado antes, si se trata de un caso tan urgente.
Y siguió al mensajero tal como estaba, en zapatillas y con gorro de dormir.
La fonda distaba menos de treinta metros, pero el mensajero no se detuvo allí. Entró por una puerta y salió por otra que conducía al patio, y luego lo condujo por un tramo de escaleras que había junto al establo hasta la habitación donde yacía enfermo el saltimbanqui. El doctor Desprez no olvidaría su llegada a aquella sala aunque viviese mil años, pues la escena no solo resultaba pintoresca, sino que el momento marcó un hito en su existencia. Ignoro por qué calculamos nuestras vidas a partir de la fecha de nuestra primera lamentable aparición en sociedad, en lugar de considerarla la primera humillación, pues ningún actor puede entrar en escena con menos gracia. Por no remontarnos más, y arriesgarnos a que se nos tilde de excesivamente curiosos, hay muchos accidentes en la vida de cualquiera que resultan conmovedores y decisivos y que constituirían una fecha inicial tan lógica como la del nacimiento. Y en este caso, por ejemplo, el doctor Desprez, un hombre de más de cuarenta años, que había fracasado en todo en la vida, y que además estaba casado, se encontró con un nuevo punto de partida cuando abrió la puerta de la habitación que había encima del establo de los Tentaillon.
Era una estancia muy grande, iluminada únicamente por una vela colocada en el suelo. El saltimbanqui, un hombre grandullón de nariz quijotesca y enrojecida por la bebida, yacía boca arriba en un catre. Madame Tentaillon se inclinaba sobre él y le aplicaba un emplasto de mostaza y agua caliente en los pies mientras, sentado en una silla, un muchachito de unos once o doce años balanceaba los pies. Esos tres eran los únicos ocupantes de la habitación, a excepción de las sombras. Aunque eran unas sombras que hacían mucha compañía: el tamaño de la habitación las exageraba hasta proporciones gigantescas y, por la posición de la vela, la luz las iluminaba de abajo arriba y las deformaba y comprimía. El perfil del saltimbanqui se ampliaba sobre la pared como una caricatura, y resultaba muy extraño ver cómo se acortaba y alargaba su nariz cada vez que la corriente agitaba la llama. En cuanto a madame Tentaillon, su sombra no era más que una tosca joroba que le salía de los hombros y en la que, de vez en cuando, brotaba el hemisferio de la cabeza. Las patas de la silla se alargaban como si fueran zancos, y el chico estaba sentado en lo alto, como una nube, en un rincón del techo.
Fue el niño quien atrajo la atención del médico. Tenía el cráneo grande y abombado, la frente y las manos de un músico y un par de ojos cautivadores. No era solo que fuesen grandes, fijos y de un dulcísimo color castaño rojizo, sino que además miraban de un modo que estremeció al médico y le hizo sentirse un poco nervioso. Estaba convencido de haber visto aquella mirada antes, pero no lograba recordar dónde o cuándo. Era como si aquel muchacho desconocido tuviera los ojos de un viejo amigo o un antiguo enemigo. El chico le obsesionaba: daba la impresión de sentir una profunda indiferencia por todo lo que sucedía, o más bien de estar abstraído en una contemplación superior, estaba cruzado de brazos y golpeaba suavemente con los pies los barrotes de la silla. No obstante, seguía todos y cada uno de los movimientos del médico por la habitación con mirada fija y pensativa. Desprez no habría sabido decir si era él quien fascinaba al chico o el chico quien lo fascinaba a él. Atendió al enfermo: hizo preguntas, le tomó el pulso, bromeó, se enfadó e incluso blasfemó un poco, pero cada vez que se volvía, se encontraba con aquellos ojos que le miraban de forma inquisitiva y melancólica.
Por fin el médico dio de pronto con la solución. Recordó aquella mirada. El chico, aunque iba más tieso que un palo, tenía ojos de jorobado. No era deforme, pero cuando te miraba daba la impresión de serlo. El médico respiró profundamente, aliviado de haber encontrado una teoría (le encantaban las teorías) para explicar de forma convincente su interés por él.
Pese a todo, despachó al enfermo con más rapidez de la acostumbrada y, sin levantar la rodilla del suelo, se volvió hacia el muchacho y lo miró. El chico no se turbó lo más mínimo, sino que le devolvió plácidamente la mirada.
—¿Es tu padre? —preguntó Desprez.
—¡Oh, no! —respondió él—, es mi amo.
—¿Le tienes mucho afecto? —prosiguió el médico.
—No, señor —repuso el chico.
Madame Tentaillon y Desprez intercambiaron una mirada elocuente.
—Pues eso está muy mal, muchacho —continuó el último con cierta severidad—. Hay que tener afecto por los moribundos o al menos ocultar lo que uno siente, y tu amo se está muriendo. Cuando veo a un pajarillo robándome las cerezas, luego me da lástima verlo volar sobre la tapia del jardín, meterse en el bosque y desaparecer. ¡Y cuánto más tratándose de una criatura como esta, tan fuerte, sagaz y dotada de toda clase de habilidades! Si pensamos que, dentro de unas horas, estará privado del habla, su aliento se habrá apagado e incluso su sombra habrá desaparecido de la pared, yo, que no lo conozco de nada, y esta señora que solo lo conocía de vista, no podemos evitar sentir cierto afecto por él.
El chico guardó silencio un instante y dio la impresión de pararse a reflexionar.
—Ustedes no lo conocían —replicó por fin—. Era un hombre malo.
—Es un pequeño hereje —dijo la dueña de la fonda—. Todos estos charlatanes, volatineros, artistas y demás son iguales. No tienen entrañas.
En cambio el médico siguió observando atentamente al pequeño hereje; sus cejas se fruncieron y levantaron.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Jean-Marie —respondió el chico.
Desprez se levantó emocionado de un salto y le palpó la cabeza con interés etnológico.
—¡Céltico, céltico! —dijo.
—¡Céltico! —exclamó madame Tentaillon, que debía de haber confundido la palabra con «hidrocéfalo»—. ¡Pobre muchacho! ¿Es grave?
—Depende —replicó el médico en tono sombrío. Y luego volvió a dirigirse al chico—: ¿Y cómo te ganas la vida, Jean-Marie?
—Doy volteretas —respondió el chico.
—¡Volteretas! —repitió Desprez—. Probablemente sea saludable. Me atrevería a aventurar, madame Tentaillon, que dar volteretas es un modo de vida saludable. ¿Y nunca has hecho otra cosa que dar volteretas?
—Antes de aprender a darlas, robaba —respondió muy serio Jean-Marie.
—¡Diantre! —exclamó el médico—. Estás hecho un buen mozo para tu edad. Madame, cuando llegue mi confrère de Bourron, comuníquele mi opinión desfavorable. Dejo el caso en sus manos, pero, por supuesto, en caso de que se produzca algún síntoma alarmante, no dude en llamarme. Gracias a Dios ya no soy médico, aunque lo fui. Buenas noches, madame. Que duermas bien, Jean-Marie.
2
Una conversación matutina

El doctor Desprez era un hombre muy madrugador. Antes de que el humo se elevara en las chimeneas, antes de que el primer carro traqueteara sobre el puente para ir a trabajar a los campos, él ya estaba pululando por su jardín. Arrancaba un racimo de uvas, se comía una pera debajo del emparrado, trazaba toda clase de dibujos en el sendero con la contera del bastón o bajaba a ver pasar el río junto al embarcadero de madera donde tenía amarrado su bote. Siempre decía que no había mejor momento para idear teorías que esa hora tan temprana del día.
—En el pueblo nadie madruga más que yo —se jactó una vez—. Así que es lógico que sepa más y quiera hacer menos uso de mi saber.
El médico era todo un entendido en cuestión de amaneceres, y nada le gustaba más que un gran efecto teatral para empezar el día. Tenía una teoría del rocío con la que era capaz de predecir el tiempo. De hecho, casi todo le servía para el mismo fin: el tañido de las campanas de los pueblos vecinos, el olor del bosque, las visitas y el comportamiento tanto de los pájaros como de los peces, el aspecto de las plantas del jardín, la disposición de las nubes, el color de la luz y por último, aunque no fuese necesariamente lo menos importante, el arsenal de instrumentos meteorológicos que guardaba en una caseta con persianas de madera que había en el jardín. Desde que se estableció en Gretz, se había ido convirtiendo, poco a poco, en el meteorólogo local y en el paladín no reconocido del clima local. Al principio pensó que no había un sitio tan saludable en toda la comarca. Pasados dos años, afirmó que no había ninguno tan saludable en toda la región. Y, poco antes de conocer a Jean-Marie, se estaba preparando para desafiar a Francia y la mayor parte de Europa a encontrar un lugar capaz de rivalizar con aquel lugar escogido.
—La palabra «médico» —decía— es un vocablo malsonante que no debería pronunciarse en presencia de las señoras porque recuerda a la enfermedad. Me parece un fallo de nuestra civilización que la enfermedad no nos inspire horror. Yo, por mi parte, me lavo las manos. He renunciado a mi título y ya no soy médico. Tan solo soy un adorador de la verdadera diosa: Higía.[8] ¡Ah, creedme, es ella quien tiene el poder! Y aquí, en este minúsculo villorrio, ha establecido su altar: aquí habita y derrama sus dones; aquí paseo con ella por la mañana, y me muestra lo robustos que ha hecho a los campesinos, y lo fértiles que ha hecho los campos, cómo los árboles crecen altos y elegantes delante de nuestros ojos, y los peces en el río se vuelven limpios y ágiles en su presencia. ¡Reumatismo! —gritaba cuando alguien le interrumpía con impertinencia—, pues claro que padecemos un poco de reumatismo. Pero eso es casi inevitable junto a un río. Y también es cierto que el pueblo está en una hondonada y que los prados están un tanto encharcados. Pero, amigo mío, ¡fíjese en Bourron! Bourron está en un alto. Está cerca del bosque, hay oxígeno de sobra, dirá usted. Pues bien, comparado con Gretz, Bourron es un matadero.
A la mañana siguiente de que lo llamaran para asistir al saltimbanqui moribundo, el médico visitó el embarcadero que había al extremo del jardín y pasó un buen rato viendo pasar el agua. A eso lo llamaba rezar, aunque no había modo de saber si sus oraciones iban dirigidas a la diosa Higía o a otra deidad más ortodoxa, pues sus oráculos eran un tanto oscuros, y unas veces afirmaba que el río era un símbolo de la salud corporal y otras que era un gran predicador moral que continuamente aconsejaba paz, continuidad y diligencia al atormentado espíritu del hombre. Después de contemplar cómo pasaba el agua limpia ante sus ojos, ver a un pez o dos asomarse a la superficie con un destello de plata, y admirar las largas sombras de los árboles que se extendían hasta la mitad del río desde la orilla opuesta, y entre las que se colaba, de vez en cuando, algún que otro rayo de sol, volvió a subir paseando por el jardín, entró en su casa y salió a la calle sintiéndose fresco y renovado.
El ruido de sus pasos en la acera marcaba el inicio de sus ocupaciones diarias. El pueblo estaba todavía profundamente dormido. El campanario de la iglesia destacaba airoso a la luz del sol: unos cuantos pájaros revoloteaban junto a él y parecían flotar en una atmósfera más leve de lo normal. El médico, paseando entre las sombras largas y transparentes, llenó los pulmones y se declaró satisfecho con aquella mañana.
En uno de los bolardos que había delante de la puerta de carruajes de Tentaillon le pareció ver sentada una figura pequeña y oscura en actitud pensativa, y enseguida reconoció en ella a Jean-Marie.
—¡Ajá! —dijo agachándose ante él de buen humor con una mano en cada rodilla—. ¿De modo que eres madrugador? Tengo la impresión de que tienes todos los vicios del filósofo. —El chico se puso en pie y lo saludó con gravedad—. ¿Y cómo está el paciente? —preguntó Desprez. Por lo visto seguía más o menos igual—. ¿Y por qué te has levantado tan temprano? —prosiguió Jean-Marie, tras un largo silencio, respondió que no lo sabía—. ¿Que no lo sabes? Nadie sabe nada, amigo mío, hasta que se esfuerza por saberlo. Pregúntale a tu conciencia. Vamos, tratemos de averiguarlo. ¿A ti te gusta?
—Sí —respondió despacio el chico—, sí, me gusta.
—¿Y por qué? —prosiguió el médico—. (Ahora estamos siguiendo lo que se llama el método socrático.) ¿Por qué te gusta?
—Todo está muy silencioso —respondió Jean-Marie—, y no tengo nada que hacer. Y además me siento como si fuese bueno.
El doctor Desprez se sentó en el bolardo que había enfrente. Estaba empezando a interesarle la conversación, pues era evidente que el chico pensaba lo que decía antes de hablar y se esforzaba por responder con sinceridad.
—De modo que te gusta sentir que eres bueno —dijo el médico—, pues en eso me dejas perplejo, pues creo haberte oído decir que eras un ladrón, y ambas cosas son incompatibles.
—¿Es muy malo robar? —preguntó Jean-Marie.
—Esa es la opinión general, muchachito —replicó el médico.
—Pero yo me refiero a como robaba yo —explicó el otro—. No tenía otra elección. No creo que esté tan mal robar un poco de pan cuando se necesita. Y además, si se me ocurría volver sin nada, me pegaban —añadió—. Yo sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, pues antes me había educado un cura muy bueno. —(El médico hizo una horrible mueca al oír la palabra «cura»)—. Pero me parecía que, si uno no tiene comida y además le pegan, la cosa es diferente. Creo que no se me habría ocurrido robar unos pasteles, pero cualquiera robaría un poco de pan.
—De modo —dijo el médico, cada vez con más desdén— que le rogabas a Dios que te perdonara y le explicabas tu caso hasta el último detalle.
—¿Para qué, señor? —preguntó Jean-Marie—. No le comprendo.
—El cura seguro que sí lo entendería —replicó Desprez.
—¿Ah, sí? —preguntó el muchacho, turbado por primera vez—. Yo creía que Dios lo sabía todo.
—¿Eh? —gruñó el médico.
—Yo pensaba que Dios lo entendería —replicó—. Ya veo que usted no opina lo mismo, pero al fin y al cabo fue Dios quien me hizo pensarlo, ¿no?
—Muchachito, muchachito —respondió el doctor Desprez—, ya te dije antes que tenías los vicios de la filosofía y, si demuestras tener también las virtudes, tendré que marcharme. Soy un estudioso de las benditas leyes de la salud, un observador de la serena y sencilla naturaleza en sus formas más habituales, pero me cuesta conservar la ecuanimidad en presencia de un monstruo. ¿Lo comprendes?
—No, señor —dijo el chico.
—Te lo explicaré —replicó el médico—. Mira al cielo, primero detrás del campanario, donde está tan claro, y luego más y más arriba echando la barbilla hacia atrás, hasta lo alto, donde está ya tan azul como a mediodía. ¿No te parece un color precioso? ¿No te alegra el corazón? A fuerza de verlo a diario nos hemos familiarizado con él. Pues bien —dijo cambiando de tono—, ahora imagina que ese mismo cielo adoptara de pronto un intenso color ambarino, como el de las brasas y se volviera de color púrpura en el cénit. Seguiría siendo muy bello, pero ¿te gustaría tanto como este?
—Creo que no —respondió Jean-Marie.
—Pues tú tampoco me gustas —replicó el médico con aspereza—; odio a la gente rara, y tú eres el chico más raro del mundo.
Jean-Marie pareció meditar un rato, y luego volvió a levantar la cabeza y miró al médico con un aire de candorosa interrogación.
—Pero ¿no es usted también un caballero un tanto peculiar? —preguntó.
El médico soltó el bastón, saltó hacia el chico, lo abrazó y lo besó en las mejillas.
—¡Admirable, admirable diablillo! —exclamó—. ¡Qué mañana, qué momento para un teórico de cuarenta y dos años! No —prosiguió, clamando al cielo—, no sabía que existieran muchachos así; no sabía que los hicieran así, había llegado a dudar de mi propia especie, ¡y ahora! —añadió recogiendo el bastón—, es como cuando se conocen dos enamorados. He abollado mi bastón favorito en este momento de entusiasmo, pero la herida no es grave. —Reparó en que el muchacho lo miraba con una sorpresa, vergüenza y preocupación evidentes—. ¡Eh! —dijo—, ¿por qué me miras así? Dios mío, parece que el chico me desprecia. ¿Acaso me desprecias, muchacho?
—¡Oh, no! —replicó Jean-Marie—. Lo que pasa es que no lo entiendo.
—Debe usted disculparme, caballero —replicó el médico con gravedad—, todavía soy demasiado joven.
«Que lo zurzan», añadió para sus adentros. Y volvió a sentarse y a mirar al chico con aire sardónico. «Ha echado a perder toda mi tranquilidad matutina —pensó—. Ahora estaré nervioso todo el día, y tendré un poco de febrícula cuando haga la digestión. Más vale que procure serenarme.»
De modo que dejó a un lado las preocupaciones, mediante un esfuerzo de la voluntad que llevaba practicando mucho tiempo, y permitió que su alma vagara en la contemplación de la mañana. Aspiró el aire, saboreándolo como un entendido un vino de reserva y prolongando la inspiración con deleite higiénico. Contó los jirones de una nube en el cielo. Siguió el movimiento de los pájaros alrededor del campanario, que hacían largos barridos, se cernían con elegancia o hacían vistosas acrobacias batiendo el aire con las alas. Y así recobró la paz de cuerpo y espíritu, consciente de sus miembros, de lo que veían sus ojos, y de que el aire tenía un sabor fresco y afrutado, y por fin, totalmente abstraído, se puso a cantar. El médico solo se sabía una canción, «Mambrú se fue a la guerra», e incluso esa la conocía solo en parte, por lo que sus logros musicales los reservaba para aquellos momentos de soledad en que se sentía más feliz.
Volvió a la tierra de pronto al reparar en la expresión dolorida del rostro del muchacho.
—¿Qué te parece mi forma de cantar? —preguntó interrumpiéndose a mitad de una nota, y luego, después de esperar un poco sin recibir respuesta alguna, repitió en tono imperioso—: ¿Qué te parece mi forma de cantar?
—No me gusta —balbució Jean-Marie.
—Vamos, hombre —exclamó el médico—. ¿No irás a decirme que tú sabrías hacerlo mejor?
—Canto mucho mejor que usted —replicó el muchacho.
El médico lo miró estupefacto unos segundos, notó que se había enfadado con el chico y en consecuencia se ruborizó, y eso le hizo enfadarse aún más.
—¿Así es como le hablas a tu amo? —preguntó por fin, al tiempo que se encogía de hombros y agitaba los brazos.
—Nunca hablo con él —replicó el chico—. No me gusta.
—¿Quieres decir que yo si te caigo bien? —soltó el médico con ansiedad.
—No lo sé —respondió Jean-Marie.
El médico se puso en pie.
—Te deseo muy buen día —dijo—. Eres demasiado para mí. No sé si tienes sangre en las venas, o algún licor celestial, o tal vez no circule por ellas más que aire respirable, pero de una cosa sí estoy seguro: no eres humano. Grábatelo en la memoria: «No soy un ser humano, no tengo pretensión de serlo, soy una divinidad, un sueño, un ángel, un acróstico, una ilusión», lo que quieras, pero no un ser humano. Y ahora acepta mis humildes saludos y adiós.
Y con estas palabras el médico se marchó visiblemente emocionado calle abajo, dejando al chico un poco perplejo.
3
La adopción

Madame Desprez, que respondía al nombre de pila de Anastasie, destacaba muy agradablemente entre las de su sexo: su aspecto era de lo más saludable, una robusta brune, de mejillas frías y suaves, ojos firmes y negros y unas manos que ni el arte ni la naturaleza habrían podido mejorar. Era una de esas personas por las que la adversidad pasa como una nube de verano: en el peor de los casos podía fruncir las cejas formando un surco vertical que desaparecía enseguida. La suya era en gran parte la placidez de una monja satisfecha, aunque no fuese precisamente piadosa, pues Anastasie era más bien de naturaleza mundana, le gustaban las ostras, el buen vino y los chistes verdes y, sobre todo por propio beneficio, estaba dedicada por entero a su marido. Era imperturbablemente bondadosa, aunque carecía por completo de sentido del autosacrificio. Vivir en aquella casa antigua y acogedora, con un frondoso jardín trasero y unas alegres flores en la ventana, comer y beber de lo mejor, chismorrear un rato con la vecina, no usar faja ni trajes de vestir más que cuando iba de compras a Fontainebleau, estar bien provista de novelas picantes y estar casada con el doctor Desprez sin tener motivos para sentir celos, colmaban hasta el borde la copa de su naturaleza. Quienes habían conocido al médico en sus días de soltero, cuando había dado a conocer muchas de sus teorías, aunque de orden diferente, atribuían su actual filosofía a que se hubiera consagrado por entero a estudiar a Anastasie. Era su dicha grosera lo que él racionalizaba y tal vez incluso imitaba en vano.
Madame Desprez era una artista en la cocina, y preparaba un café estupendo. Tenía un don natural para el orden, del que había contagiado al médico: todo estaba en su sitio, todo lo que podía ser pulido brillaba tanto que daba gloria, y el polvo estaba vetado en sus dominios. Aline, su única criada, no tenía otra ocupación que frotar y sacar brillo. De modo que el doctor Desprez vivía en su casa como un ternero bien cebado, calentito y cuidado a su más entera satisfacción.
La comida de mediodía fue excelente. Hubo melón maduro, un pescado del río en una memorable salsa bearnesa, un capón estofado y un plato de espárragos seguido de algo de fruta. El médico bebió media botella plus una copa, y su mujer media botella minus la misma cantidad —cosa que era un privilegio marital— de un excelente Côte-Rôtie de siete años. Luego sirvieron el café, y una botella de Chartreuse para madame, pues el médico despreciaba y desconfiaba de semejantes brebajes, y por fin Aline dejó al matrimonio consagrado a los placeres de la memoria y la digestión.
—Es una circunstancia muy afortunada, querida —observó el médico—, este café es excelente…, una circunstancia ciertamente afortunada… Anastasie, te ruego que te pases sin ese veneno por un día, me juego mi reputación a que notarás el beneficio.
—¿A qué afortunada circunstancia te refieres, amor mío? —preguntó Anastasie sin prestar atención a sus admoniciones, que se repetían a diario.
—Que no tengamos hijos, mi adorada —replicó el médico—. Cuanto más pasan los años, más pienso en ello y más agradecido le estoy al Poder que otorga tales aflicciones. Tu salud, querida, mi estudioso sosiego, nuestras exquisiteces culinarias, ¡cuánto habrían sufrido!, ¡cómo se habrían visto sacrificadas! ¿Y para qué? Los niños son el último grito en imperfección humana. La salud sale huyendo nada más verlos. Lloran, querida mía, hacen preguntas incómodas, exigen que se les alimente, se les lave, se les eduque, se les limpien las narices; y luego, llegado el momento, te parten el corazón, igual que yo parto este terrón de azúcar. Un par de egoístas profesos como tú y como yo debería evitar la progenie como una infidelidad.
—¡Desde luego! —dijo ella echándose a reír—. Eso sí que es típico de ti: apuntarte el mérito de algo que no has podido evitar.
—Querida —replicó el médico en tono solemne—, podríamos haber adoptado.
—¡Nunca! —exclamó madame—. Nunca consentiría tal cosa, doctor. Si el niño fuese de mi propia sangre, no diría que no. Pero tengo demasiado sentido común para echar sobre mis hombros el desliz de otro.
—Exacto —replicó el médico—. Los dos lo hemos tenido. Y estoy tanto más satisfecho por ello, porque…, porque…
—¿Por qué? —preguntó ella presintiendo vagamente el peligro.
—Porque he encontrado a la persona adecuada —dijo con firmeza el médico—, y me dispongo a adoptarlo esta misma tarde.
Anastasie lo miró como en una nube.
—Has perdido el juicio —dijo, y su voz sonó como una amenaza.
—Ni muchísimo menos, querida —replicó—, me encuentro en plena posesión de mis facultades mentales. Prueba de ello es que, en lugar de tratar de ocultar mi propósito, he preferido prevenirte y sacarlo a relucir. Supongo que reconocerás ahí al filósofo que tiene la dicha de tenerte por esposa. El caso es que llevo tiempo meditándolo y no veo nada que lo impida. Nunca pensé tener un hijo. Pues bien, la noche pasada encontré uno. Pero no te alarmes innecesariamente, querida, pues, que yo sepa, no tiene ni una sola gota de mi sangre. Es su espíritu, querida, su espíritu el que me llama padre.
—¡Su espíritu! —repitió ella con una risita entre el desdén y la histeria—. ¡Nada menos que su espíritu! Henri, ¿es esto una broma estúpida o es que te has vuelto loco? ¡Su espíritu! ¿Y qué hay de mi espíritu?
—Cierto —replicó el médico encogiéndose de hombros—, has puesto el dedo en la llaga. Por fuerza ha de serle enormemente antipático a mi siempre hermosa Anastasie. Ella nunca lo comprenderá a él, y él nunca la comprenderá a ella. Te casaste con el lado animal de mi naturaleza, querida, y es en el lado espiritual donde se produce mi afinidad por Jean-Marie. Tanto que, para serte totalmente sincero, a mí mismo me asusta un poco. Ya te habrás dado cuenta de que lo que te estoy anunciando es una calamidad para ti. No llores después de comer, Anastasie —se interrumpió solícito—, o tendrás una indigestión.
Anastasie se dominó.
—Sabes que estoy dispuesta a complacerte en cualquier cosa mínimamente razonable —dijo—, pero en esto…
—Amor mío —la interrumpió el médico, ansioso por evitar una negativa—, ¿quién quiso marcharse de París? ¿Quién me hizo renunciar a las cartas, y a la Ópera, y a los paseos por el bulevar, y a mis relaciones sociales y a todo lo que era mi vida antes de conocerte? ¿Acaso no te he sido fiel? ¿Es que no he sido obediente? ¿No he soportado mi sino con alegría? Honradamente, Anastasie, ¿no crees que tengo derecho a imponer alguna condición? Lo tengo, y tú lo sabes. Y la condición es mi hijo.
Anastasie comprendió su derrota y recogió velas de inmediato.
—Me partirás el corazón —suspiró.
—Ni muchísimo menos —objetó él—. Te sentirás ligeramente incómoda el primer mes, igual que me pasó a mí cuando me trajiste a este triste villorrio, luego prevalecerán tu admirable sentido común y tu temperamento, y ya te imagino tan feliz como siempre y haciendo a tu marido el más feliz de los hombres.
—Sabes que no puedo negarte nada —dijo ella, con un último destello de resistencia—, nada que te haga verdaderamente feliz. Pero ¿lo hará esto? ¿Estás seguro, esposo mío? ¡Dices que lo conociste anoche! Es posible que sea un impostor de la peor especie.
—No lo creo —replicó el médico—. Pero no me creas tan incauto para adoptarlo sin más. Me tengo por un hombre de mundo. He considerado todas las posibilidades y mi plan está concebido para hacer frente a cualquier eventualidad. Lo contrataré como mozo de cuadras. Si roba, si se queja o desea cambiar, veré que estaba equivocado; no lo reconoceré como hijo mío y lo pondré de patitas en la calle.
—Llegado el momento no lo harás —dijo su mujer—, conozco tu buen corazón.
Le tendió la mano con un suspiro; el médico la tomó con una sonrisa y se la llevó a los labios. Había conseguido lo que quería con más facilidad de la que se había atrevido a esperar, por vigésima vez había comprobado la eficacia de su argumento, su Excalibur, la insinuación de un posible regreso a París. Para un hombre con los antecedentes y relaciones del médico, pasar seis meses en la capital implicaba una calamidad comparable a una bancarrota. Anastasie había conservado lo que quedaba de la fortuna de su marido haciéndole estar siempre en el campo. El solo nombre de París bastaba para aterrorizarla, y habría permitido que su marido instalase un zoológico en el jardín, y no digamos adoptar a un mozo de cuadra, antes que permitir que se discutiera el asunto de la vuelta.
Hacia las cuatro de la tarde, el saltimbanqui exhaló su último aliento. No había vuelto a recobrar la conciencia desde que sufrió el ataque. El doctor Desprez lo asistió en su último trance y declaró concluida la comedia. Luego le puso la mano en el hombro a Jean-Marie y lo llevó hasta el jardín de la fonda, donde había un cómodo banco junto al río. Una vez allí, se sentó e invitó al muchacho a tomar asiento a su izquierda.
—Jean-Marie —le dijo con gran solemnidad—, el mundo es un lugar muy vasto, e incluso Francia, que constituye solo una pequeña parte de él, es un sitio enorme para un muchacho como tú. Por desdicha está lleno de gente ansiosa por abrirse paso a codazos, y hay muy pocas panaderías para tantos comensales. Tu amo ha muerto y tú no estás en condiciones de ganarte la vida, ¿no querrás robar? No. Tu situación no es precisamente envidiable. De hecho, de momento, incluso podría decirse que es crítica. Por otro lado, has de ver en mí a un hombre maduro, que tiene todavía la cabeza lúcida y un corazón joven, un hombre conocedor de los asuntos de este mundo y amante de la buena mesa: un hombre en definitiva que no conviene despreciar ni como amigo ni como anfitrión. Me ofrezco a proporcionarte ropa y comida y a darte clases por las noches, más apropiadas para tu naturaleza que las que puedan darte todos los curas de Europa. No te ofrezco ningún sueldo, pero, si en algún momento decides marcharte, tendrás la puerta abierta y te daré cien francos para que tengas algo con lo que empezar. A cambio, tengo un caballo viejo y una silla, que deberás aprender a limpiar y tener en orden. No te apresures en responder y tómalo o déjalo según te convenga. Ten muy presente que no soy persona sentimental ni caritativa, sino alguien que vive exclusivamente para sí mismo, y que, si te hago esta propuesta, es porque veo que puede tener ventajas para mí. Y, ahora, reflexiona.
—Me encantará. No veo qué otra cosa puedo hacer. Se lo agradezco, señor, de todo corazón, y trataré de serle de utilidad —dijo el chico.
—Gracias —respondió calurosamente el médico a la vez que se levantaba y se enjugaba la frente, pues había sufrido lo indecible mientras la cosa estaba todavía en el aire. Una negativa, después de la escena de mediodía, lo habría dejado muy mal delante de Anastasie—. ¡Qué pesada y calurosa se ha puesto la tarde! Siempre he deseado ser un pez en verano, Jean-Marie, en el Loing, junto a Gretz. Me tumbaría debajo de los nenúfares y escucharía las campanas, que deben de sonar delicadísimas allí abajo. Eso sí que sería vida…, ¿no te lo parece?
—Sí —respondió Jean-Marie.
—Gracias a Dios, tienes imaginación —exclamó el médico, y abrazó al chico con su habitual efusividad, aunque semejante proceder pareció desconcertar a quien lo sufrió casi tanto como si hubiese sido un escolar inglés de la misma edad—. Y, ahora, te presentaré a mi mujer.
Madame Desprez estaba sentada en el comedor vestida con una bata fina. Las persianas estaban echadas y acababan de regar con agua el suelo de mosaico; tenía los ojos entreabiertos, pero cuando entraron fingió estar leyendo una novela. Aunque era una mujer muy activa, le gustaba descansar un poco de vez en cuando y sentía la necesidad de dormir mucho.
El médico los presentó con mucha solemnidad y añadió a beneficio de ambas partes:
—Por consideración a mí, tendréis que intentar llevaros bien.
—Es monísimo —dijo Anastasia—. ¿Me das un beso, guapetón?
El médico montó en cólera y la arrastró hasta el pasillo.
—¿Es que te has vuelto loca, anastasia? —exclamó—. ¿Dónde está ese tacto femenino del que tanto he oído hablar? Dios sabe que nunca lo he visto. Le hablas a mi pequeño filósofo como si fuese un párvulo. Debes hablarle con más respeto y no darle besos ni hacerle carantoñas como a un niño cualquiera.
—Solo lo hice por complacerte —replicó Anastasia—, pero trataré de hacerlo mejor.
El médico se disculpó por su acaloramiento.
—Lo único que quiero es que se sienta como en casa con nosotros, y tu conducta ha sido tan estúpida, querida mía, y tan fuera de lugar, que hasta un santo habría expresado su desaprobación con vehemencia. Haz un esfuerzo, suponiendo que sea posible que una mujer llegue a entender a un joven, aunque me temo que no lo es y sé que no hago más que perder el tiempo. Contén la lengua tanto como puedas y observa atentamente mi modo de comportarme, te servirá de guía.
Anastasie hizo lo que le pedían y observó el comportamiento del médico. Reparó en que abrazaba al chico tres veces a lo largo de la noche y, por lo general, se las arreglaba para dejar al muchacho sin habla y sin apetito. Pero tenía un heroísmo auténticamente femenino en asuntos como ese. No solo renunció a la burda venganza de exponerle al médico sus propios errores, sino que hizo todo lo posible por tranquilizar a Jean-Marie. Cuando Desprez salió a tomar un poco el aire antes de retirarse a dormir, se sentó junto al chico y le cogió de la mano.
—No deben sorprenderte ni asustarte los modales de mi marido —decía—. Es muy bueno, pero tan inteligente que a veces cuesta un poco entenderle. Pronto te acostumbrarás y acabarás cogiéndole cariño, a todos nos pasa lo mismo. Puedes confiar en que trataré de hacerte feliz y no te molestaré lo más mínimo. Creo que deberíamos ser buenos amigos. No soy muy inteligente, pero tengo buen corazón. ¿No quieres darme un beso?
El chico le acercó la cara y ella lo cogió en brazos y luego rompió a llorar. Al principio le había hablado solo por amabilidad, pero se había dejado conmover por sus propias palabras y sobrevino la ternura. El médico al entrar los encontró abrazados: decidió que la culpa era de su mujer y estaba empezando a decir en tono amenazador «Anastasie…», cuando ella lo miró sonriendo con el dedo levantado y él se calló, sorprendido, mientras ella se llevaba al muchacho a su cuarto.
4
La educación de un filósofo

Se completó así felizmente la acogida al mozo de cuadras adoptado y las ruedas de la vida siguieron girando suavemente en la casa del médico. Por la mañana, Jean-Marie cumplía con sus obligaciones con el caballo y el carruaje, en ocasiones ayudaba con las tareas domésticas y a veces salía a pasear con el médico y bebía de las fuentes de su sabiduría; por las noches, era introducido en las ciencias y en las lenguas muertas. Conservó su peculiar calma y su placidez de espíritu y rara vez lo sorprendían en falta, pero avanzó muy poco en sus estudios y siguió siendo un extraño en la familia.
El médico era un modelo de regularidad. Se pasaba la mañana trabajando en su gran obra, la Farmacopea comparada, o diccionario histórico de todas las medicinas, que, de momento, consistía en varias hojas de papel cogidas con alfileres. Una vez concluida, llenaría varios volúmenes y combinaría el interés arqueológico con la utilidad profesional. Pero el médico era un estudioso de la elegancia literaria y lo pintoresco, y siempre prefería una anécdota, un toque costumbrista, un calificativo moral o un epíteto rimbombante al rigor científico; un poco más, y habría escrito la Farmacopea comparada ¡en verso! Así, por ejemplo, el artículo «Momia» estaba terminado mientras que el resto de la obra no había pasado de la letra A. Era extremadamente prolijo y entretenido, estaba escrito al estilo antiguo y era preciso y erudito, una auténtica joya literaria, aunque difícilmente podría servirle de guía a un médico actual. El sentido común de su mujer le había empujado a señalárselo con total sinceridad, pues, a medida que el Diccionario se aproximaba a un final infinitamente lejano, el médico se lo leía, en una especie de duermevela, y ahora Desprez estaba un poco picado con lo de las momias y en ocasiones respondía con aspereza si se hacía alusión a ellas.
Después de comer y de dedicar el tiempo necesario a la digestión, paseaba, unas veces solo y otras en compañía de Jean-Marie, pues madame habría preferido soportar cualquier suplicio antes que andar.
Era, como ya he dicho, una persona muy activa, continuamente atareada con las comodidades materiales y siempre dispuesta a quedarse dormida leyendo una novela cuando tenía un rato libre. Y no es que pudiera reprochársele, porque nunca roncaba ni se ponía de mal humor cuando dormía. Al contrario, ofrecía siempre la misma estampa de tranquilidad sensual y envidiable, y se despertaba, sin un sobresalto, en plena posesión de sus facultades. Mucho me temo que era como un animal, aunque fuese un animal cuya compañía resultara muy agradable. En eso tenía muy poco que ver con Jean-Marie, pero la simpatía que se había establecido entre ambos la primera noche seguía intacta: ocasionalmente sostenían alguna conversación, sobre todo acerca de asuntos domésticos; asistían de vez en cuando, con gran disgusto por parte del médico, a aquel templo de indigna superstición que era la iglesia del pueblo; dos veces al mes, madame y él iban muy endomingados a Fontainebleau y volvían cargados de compras; y en suma, aunque el médico seguía teniéndolos por irreconciliables, su relación era tan íntima, amistosa y confidencial como lo permitían sus respectivas naturalezas.
Me temo, no obstante, que en el fondo de su corazón, madame despreciaba y compadecía al muchacho. No admiraba lo más mínimo ninguna de sus virtudes: prefería a los chicos elegantes, corteses, decididos y un tanto pícaros, de esos que te devuelven la mirada con la gorra en la mano; le gustaba que tuvieran volubilidad, encanto y algún que otro vicio…, igual que un segundo doctor Desprez. Y tenía la absoluta convicción de que Jean-Marie era un aburrido.
—Pobrecito —había dicho una vez—, ¡es una pena que sea tan tonto!
No volvió a repetir aquella observación, porque el médico se puso hecho una furia y se quejó de la brutal grosería de su espíritu, lamentó su propio destino por haberse casado con una mujer tan burra y, lo que preocupó más a Anastasie, puso en peligro la integridad del servicio de porcelana con la furia de sus ademanes. Pero siguió abrigando aquella convicción en secreto y, siempre que veía a Jean-Marie impasible y abstraído, aunque no infeliz, delante de sus deberes, aprovechaba cualquier ausencia del médico para acercársele, rodearlo con sus brazos, apoyar su mejilla contra la suya y compadecerle por sus problemas.
—No te preocupes —le decía—. Yo tampoco soy nada inteligente y te aseguro que da lo mismo en la vida.
Como es natural, el médico opinaba de modo distinto. Aquel caballero jamás se cansaba de oír su propia voz, que dicho sea de paso era muy agradable, y ahora había encontrado un oyente, que no era tan cínicamente indiferente como Anastasie, y que a veces le sacaba de quicio con objeciones de lo más oportunas. Además, ¿acaso no estaba educando a aquel chico? Todos los filósofos coinciden en que la educación es el más filosófico de los deberes. ¿Y qué hay más apetecible para un hombre que ver convertida en obligación la primera de sus aficiones? Así la vida sí resulta placentera. Jamás el médico se había sentido más satisfecho de sus dotes. La filosofía brotaba dulcemente de sus labios. Era un dialéctico tan ágil que, en caso necesario, era capaz de volver sobre cualquier tontería que hubiera dicho, buscarle algún sentido oculto y demostrar que se trataba tan solo de una especie de adorno en su sistema filosófico. Escapaba de las antinomias como un pez y dejaba a su discípulo fascinado por la profundidad de su saber.
En el fondo de su corazón, al médico le decepcionaba la falta de éxito de su educación formal. Un muchacho, escogido debido a sus aptitudes por un observador tan sagaz, y conducido por el sendero de la sabiduría por un instructor tan filosófico, estaba obligado por la naturaleza del universo a hacer unos progresos más evidentes y duraderos. Sin embargo, Jean-Marie era tardo en todo e impenetrable en muchas cosas, y su capacidad de olvidar era casi paralela a su capacidad de aprender. Por eso el médico amaba aquellas lecciones peripatéticas a las que asistía el muchacho, que normalmente parecían interesarle y de las que a menudo sacaba provecho.
Tuvieron muchísimas conversaciones en las que la salud y la moderación eran siempre el objeto de las divagaciones del médico.
—Te llevo —decía— por los verdes pastos. Mi sistema, mis creencias, mis medicinas, se resumen en una sola frase: evitar los excesos. La bendita, saludable y moderada naturaleza abomina y destruye el exceso. Las leyes humanas imitan de modo muy imperfecto sus estipulaciones y debemos esforzarnos por suplementarlas. Sí, muchacho, debemos ser una ley tanto para con nosotros como para con nuestros vecinos, lex armata, una ley armada, enfática y tiránica. Si ves a una crapulosa ruina humana tomando rapé, ¡arráncale la petaca de las manos! El juez, aunque recuerde en parte a la enfermedad, me resulta menos ofensivo que el médico o el cura. Y sobre todo el médico…, ¡el médico y la basura purulenta de su farmacopea! El aire puro cargado de trementina que se respira junto a un pinar, el vino sin adulterar y las reflexiones de un espíritu sencillo en presencia de las obras de la naturaleza…, esos, muchacho, son los mejores remedios y el mejor consuelo religioso. Conságrate a ellos. ¡Escucha!, son las campanas de Bourron (sopla viento del norte, eso es que va a hacer buen tiempo). ¡Qué sonido tan claro y argentino! Los nervios se calman y apaciguan, el espíritu armoniza con el silencio, ¡observa lo tranquilo y regular que late el corazón! Esos médicos iletrados no concederían la menor importancia a estas sensaciones y, sin embargo, tú mismo ves que son una parte de la salud. ¿Te acordaste de tomar tu quina esta mañana? Bien. Después de todo la quina también es obra de la naturaleza, no es más que la corteza de un árbol que nosotros mismos podríamos recolectar si creciera en la comarca. ¡Qué mundo! Aunque sea un ateo profeso, me encanta confesar mi admiración por el mundo. ¡Contempla todos los remedios gratuitos y los placeres que rodean nuestro camino! El río que corre junto al jardín es nuestra bañera, nuestro estanque, nuestro sistema natural de alcantarillado. Hay un pozo en el patio que nos proporciona agua cristalina del mismísimo corazón de la tierra, agua limpia, fresca y saludable, si se mezcla con un poco de vino. La región es famosa por su salubridad, el reumatismo es su único inconveniente, y yo nunca lo he padecido. Te aseguro, y mi opinión se basa en la razón fría y clara, que si cualquiera de nosotros quisiera abandonar esta morada de placeres sería el deber, y aun el privilegio, de nuestro mejor amigo impedírnoslo con una bala de pistola.
Un precioso día de junio fueron a sentarse a un cerro a las afueras del pueblo. El río, tan azul como el cielo, cabrilleaba aquí y allá entre el follaje. Los infatigables pájaros revoloteaban en torno al campanario de Gretz. Un viento salutífero soplaba en el bosque y arrastraba consigo el sonido de miles de ramas y de millones de hojas, que parecía una mezcla entre un leve susurro y una canción. Era como si hubiese una cigarra en cada hoja de hierba y los campos vibraran alegremente con aquella música, que repiqueteaba por doquier como las campanillas del trineo de la reina de las hadas. Desde su observatorio en la falda del cerro la vista abarcaba a un lado una extensa llanura cubierta de álamos y al otro la línea ondulada del bosque en cuyo centro estaba Gretz, apenas un puñado de casas. Comparado con la azul bóveda del cielo, el pueblo parecía de juguete. Costaba creer que allí viviera gente y tuviese sitio donde moverse y respirar. El muchacho reparó en ello quizá por primera vez y dijo con un suspiro:
—¡Qué pequeño parece!
—Sí —replicó el médico—, ahora lo es. Pero en otro tiempo fue una populosa ciudad amurallada, habitada por burgueses vestidos de pieles y hombres con armadura. Tengo entendido que había muchos campanarios airosos y torres majestuosas en todos los baluartes. Mil chimeneas dejaban de humear al oírse la campana del toque de queda. En sus puertas había patíbulos que parecían espantapájaros. Cuando estaban en guerra los asaltantes se amontonaban en las murallas con escaleras, las flechas caían como las hojas muertas, los defensores hacían impetuosas salidas por el puente levadizo, los dos bandos proferían sus gritos de guerra con las armas en la mano. ¿Sabías que las murallas llegaban hasta la Commanderie? Eso dice la tradición. ¡Ay!, qué lejos queda toda esa confusión…, no restan sino las tranquilas palabras que ahora oyes…, ¡y la ciudad, que se ha convertido en ese villorrio que ves ahí abajo! Vinieron las guerras con Inglaterra, ya te hablaré de los ingleses, un pueblo estúpido que a veces acierta por equivocación, y Gretz fue tomada, saqueada y quemada. A otras muchas ciudades les ocurrió lo mismo, pero Gretz no volvió a recuperarse: nadie la reconstruyó y sus ruinas sirvieron de cantera para el engrandecimiento de sus rivales, y las piedras de Gretz hoy están en las calles de Nemours. Me alegra que nuestra vieja casa fuese la primera en construirse después de la catástrofe que acabó con la ciudad y sirviese así para inaugurar el villorrio.
—A mí también me alegra —dijo Jean-Marie.
—Ahora es el templo de virtudes más humildes —respondió el médico, saboreando sus palabras con delectación—. Tal vez uno de los motivos por los que me gusta tanto nuestro pueblo es porque ambos tenemos una historia muy parecida. ¿Te he contado que una vez fui rico?
—Creo que no —respondió Jean-Marie—. Lo recordaría. Siento que perdiera su fortuna.
—¿Que lo sientes? —exclamó el médico—. Vaya, veo que apenas he empezado con tu educación, después de todo. ¡Óyeme bien! ¿Preferirías vivir en el antiguo Gretz o en el nuevo, sin los sobresaltos de la guerra, con el campo a las puertas de casa, sin ruidos, pasaportes, ni las extorsiones de la soldadesca, y sin que las campanas nos envíen a dormir con el toque de queda?
—Supongo que prefiero el nuevo —replicó el chico.
—Pues claro —repuso el médico—, y yo también. Y del mismo modo, prefiero mi humilde fortuna de hoy a mi antigua opulencia. ¡La dorada mediocridad!, gritaban los adorables antiguos, y yo suscribo su entusiasmo. ¿Acaso no tengo buen vino, buena comida, aire puro, los campos y el bosque para pasear, una casa, una mujer admirable y un chico a quien quiero como un hijo? Si siguiera siendo rico, sin duda me instalaría en París, ya sabes cómo es París: París y el Paraíso no son términos equivalentes. Tendría que cambiar el agradable sonido del viento que se agita entre las hojas por la rechinante Babel de las calles, los plácidos verdes y grises de nuestros campos por el estúpido brillo de la escayola, se me destrozarían los nervios y tendría indigestiones…, ¡imagínate la caída! Ya te imaginas las consecuencias: el espíritu se estimula, el corazón late a un ritmo distinto y el hombre deja de ser quien es. Me he estudiado a mí mismo con pasión, pues tal es el principal propósito de la filosofía. Conozco mi carácter igual que el músico los agujeros de su flauta. ¿Debería volver a París y arruinarme con el juego? Es más, ¿debería romperle el corazón a mi Anastasie con mis infidelidades?
Aquello escapaba a la comprensión de Jean-Marie. No acertaba a imaginar que un simple cambio de lugar pudiera transformar de ese modo a un hombre tan bueno. Objetó que París era incluso un lugar agradable para vivir.
—Cuando viví en esa ciudad no noté tanta diferencia —alegó.
—¡Cómo! —exclamó el médico—. ¿Acaso no robabas cuando vivías allí? —Sin embargo, no había forma de convencer al muchacho de que había hecho mal al robar. Tampoco el médico lo pensaba, pero nunca había sido muy escrupuloso a la hora de escoger sus argumentos cuando le llevaban la contraria—. ¿Lo entiendes ahora? Mis únicos amigos fueron quienes me arruinaron. Gretz ha sido mi academia, mi sanatorio, mi paraíso de placeres inocentes. Si me ofreciesen millones los rechazaría: Retro, Sathanas!, ¡vete, maligno! Concéntrate en mi ejemplo: desprecia las riquezas, evita la influencia degradante de las ciudades. La higiene, la higiene y una fortuna humilde, ¡que esas dos cosas te guíen en la vida!
El método higiénico del médico coincidía sorprendentemente con sus gustos, y su imagen de una vida perfecta era una fiel descripción de la que llevaba ahora. Pero es fácil convencer a un chico, a quien se le proporcionan todos los datos de la discusión. Y además había algo admirable en toda aquella filosofía, y era el entusiasmo del filósofo. Nunca hubo nadie más decidido a ser complacido, y aunque no era un gran lógico, y por tanto no podía aspirar a convencer al intelecto, ciertamente tenía alma de poeta y tenía suficiente fascinación para cautivar a un corazón sencillo. Lo que no lograba con su humor habitual y aquella deslumbrante admiración por sí mismo y sus circunstancias, lo conseguía a veces mediante sus ataques de melancolía.
—Muchacho —decía—, no te me acerques hoy. Si fuese supersticioso, incluso te pediría que rezases por mí. Hoy tengo la negra: el espíritu maligno del rey Saúl, la hechicera del mercader Abudá, el demonio personal del monje medieval, están conmigo…, están en mí —insistía golpeándose el pecho—. Los vicios de mi naturaleza están a flor de piel, los placeres inocentes me cortejan en vano, echo de menos París para revolcarme en su fango. Mira —proseguía sacando un puñado de monedas—, me desnudo, no puede confiárseme ni el precio de un billete. Cógelo, guárdamelo, malgástalo comprando perniciosas golosinas, arrójalo al río y daré por bueno lo que hagas. Sálvame de esa parte de mí mismo que no puedo dominar. Si ves que desfallezco, no vaciles, si es necesario, ¡descarrila el tren! Hablo por supuesto de forma metafórica, pero cualquier atrocidad sería mejor para mí que llegar a París con vida.
Sin duda el médico disfrutaba de aquellas escenas como de una variación en su papel: representaban el elemento byroniano de la poesía un tanto artificial de su existencia, pero para el chico, aunque era vagamente consciente de su teatralidad, tenían más valor. El médico concedía tal vez demasiada poca importancia, y el chico tal vez excesiva, a la realidad y gravedad de aquellas tentaciones.
Un día a Jean-Marie se le ocurrió una gran idea.
—¿No podrían utilizarse las riquezas para un buen propósito? —preguntó.
—En teoría, sí —replicó el médico—. Pero la experiencia demuestra lo contrario. Todo el mundo cree que será una excepción cuando se enriquece, pero la posesión es degradante, despierta nuevos deseos y el burdo gusto por la ostentación destruye el verdadero placer.
—Entonces podría estar usted mejor si tuviese aún menos.
—Desde luego que no —replicó el médico, pero su voz tembló un poco al hablar.
—¿Por qué no? —preguntó implacable la voz de la inocencia.
El médico vio todos los colores del arco iris por un instante y tuvo la sensación de que el universo entero estaba a punto de desplomarse sobre él.
—Porque —empezó como si estuviera midiendo sus palabras, después de una pausa un tanto embarazosa— he organizado mi vida de acuerdo con mis presentes ingresos y no sería bueno, para un hombre de mis años, apartarse violentamente de sus costumbres.
Fueron unas palabras muy bruscas. El médico respiró profundamente y estuvo taciturno toda la tarde. El muchacho se quedó encantado de que le hubieran resuelto sus dudas, e incluso se admiró de que no se le hubiese ocurrido una respuesta tan obvia y concluyente. Su fe en el médico era enorme. Después de comer, Desprez tenía propensión a ser como una hoja llevada por el viento, sobre todo después del vino del Ródano, su debilidad favorita. Recalcaba el amor que sentía por Anastasie y, con las mejillas encendidas y una vaga sonrisa, se dedicaba a discutir sobre toda clase de asuntos de forma ocurrente e indiscreta. Pero el mozo de cuadras adoptado no se permitía abrigar ni una sombra de duda que pudiera sonarle a ingratitud. Es cierto que un hombre puede ser como un segundo padre para ti y beber más de la cuenta, pero las mejores naturalezas tardan en aceptar tales verdades.
El médico poseía enteramente el corazón del chico, pero tal vez exagerase su influencia sobre su pensamiento. Desde luego, Jean-Marie adoptó algunas de las opiniones de su maestro, pero todavía está por demostrar que al hacerlo renunciara a alguna de las suyas. Sus convicciones estaban ahí por derecho divino, eran virginales, sin elaborar, como un metal en bruto. Sin duda podía añadir otras, pero no rechazar las anteriores, aunque tampoco le preocupaba que no fuesen perfectamente compatibles, y sus placeres espirituales no consistían en darles vueltas o justificarlas con palabras. Para él las palabras eran una habilidad, como el baile. Cuando estaba solo, sus placeres eran casi vegetales. Se internaba en el bosque en dirección a Achères, y se sentaba a la entrada de una cueva entre las hayas. Su alma se asomaba por sus ojos y no se movía ni pensaba en nada; el sol, las sombras que agitaba el viento, las siluetas de los abetos recortadas contra el cielo, ocupaban y maniataban sus facultades. Era una unidad pura, un espíritu totalmente abstraído. Lo colmaba un único humor, al que contribuían todos los sentidos, igual que los colores del espectro se mezclan y desaparecen en la luz blanca.
De modo que mientras el médico se emborrachaba con palabras, el mozo de cuadras adoptado se pasmaba con el silencio.
5
El tesoro oculto

El carruaje del médico era un calesín de dos ruedas con capota, un vehículo muy popular entre los galenos rurales. ¡En cuántos caminos no lo habremos visto a lo lejos entre los álamos o en las calles del pueblo, atado a un poste! Ese tipo de coche de caballos —sobre todo cuando se va al trote— oscila hacia atrás y adelante sobre su eje de un modo que recuerda a un pájaro. La capota describe contra el paisaje un amplio arco, que resulta un tanto absurdo y solemne para el viandante contemplativo. Viajar en semejante carruaje no puede contarse entre las cosas más gloriosas de la vida, aunque no me cabe duda de su utilidad en las dolencias hepáticas. De ahí, tal vez, su gran popularidad entre los médicos.
Una mañana temprano, Jean-Marie sacó el calesín del médico, abrió la puerta de la cerca y subió al pescante. Luego llegó el médico, vestido de lino inmaculado de pies a cabeza, armado con una inmensa sombrilla de color carne y cargado con un estuche de botánica que llevaba en bandolera, y el carruaje partió en alas de la brisa que él mismo producía. Se dirigían a Franchard, con intención de herborizar para la Farmacopea comparada.
Un poco de traqueteo por los caminos, y llegaron a las lindes del bosque, donde tomaron por un camino poco frecuentado; el calesín daba suaves bandazos sobre la arena entre un acompañamiento de ramas rotas. La blanda y susurrante nube verde del follaje se extendía sobre sus cabezas. En las arcadas del bosque el aire conservaba la frescura de la noche. El porte atlético de los árboles, cada cual con su montaña de hojas a cuestas, cautivaba el espíritu como si se tratase de otras tantas estatuas, y las líneas de los troncos te hacían mirar hacia arriba, donde las hojas centelleaban ante un fondo azulado. Las ardillas saltaban por el aire. Era un lugar perfecto para un devoto de la diosa Higía.
—¿Has estado en Franchard, Jean-Marie? —preguntó el médico—. Aunque supongo que no.
—Nunca —replicó el chico.
—Son unas ruinas en mitad de un barranco —prosiguió Desprez, adoptando un tono de voz más discursivo—, las ruinas de una ermita y una capilla. La historia nos habla mucho de Franchard y nos cuenta que muchos ermitaños murieron asesinados por los ladrones, que vivían con una dieta de lo más precaria y que debían pasar el día rezando. Se conserva una carta, dirigida a uno de esos solitarios por el superior de su orden, llena de admirables consejos higiénicos, donde le recomienda que alterne la oración con las lecturas del breviario para variar, y que, cuando se fatigue de ambas cosas, pasee por el huerto y observe a las abejas. Yo mismo he seguido sus consejos. Muchas veces me habrás visto dejar la Farmacopea, incluso a mitad de una frase, para salir a tomar el sol y el aire. Admiro de todo corazón a quien escribió esa carta, era un sabio que trató cuestiones de la mayor importancia. Pero, si yo hubiese vivido en la Edad Media (y me alegra muchísimo que no haya sido así), sin duda habría sido un eremita…, es decir, a menos que me hubiese hecho bufón. Eran las dos únicas vidas filosóficas posibles: la risa o la oración, las burlas, podríamos decir, o las lágrimas. Hasta que amaneció el sol de lo Positivo, los sabios tenían que elegir entre esas dos ocupaciones.
—Yo he sido bufón, claro —observó Jean-Marie.
—Me cuesta creer que destacaras mucho en tu profesión —dijo el médico, admirado por la seriedad del chico—. ¿Alguna vez te ríes?
—¡Oh, sí! —replicó el otro—. Me río a menudo. Me encantan las bromas.
—¡Ser peculiar! —dijo el médico—. Pero estoy divagando (noto de mil maneras que me estoy haciendo viejo). Franchard acabó siendo destruida durante las mismas guerras con Inglaterra que arrasaron Gretz. Pero, y a esto iba, los ermitaños (pues para entonces ya había más de uno) supieron prever el peligro y ocultaron cuidadosamente los cálices sagrados. Dichos cálices tenían un valor enorme, Jean-Marie, casi podría decirse que incalculable, eran de un material exquisito, primorosamente labrado. Y, fíjate bien en lo que te digo, nadie los ha encontrado jamás. Durante el reinado de Luis XIV unos tipos estuvieron excavando las ruinas. De pronto, ¡toc!, la pala tropezó con algo. Imagínate a los hombres mirándose unos a otros, imagina cómo debió de latirles el corazón y cómo debieron de palidecer. Era un cofre, ¡y en Franchard, donde había un tesoro oculto! Lo forzaron como bestias hambrientas. Pero, ¡ay!, no era el tesoro, solo unas prendas eclesiásticas que, al contacto con el aire, se convirtieron en polvo. A aquellos hombres debió de recorrerlos un sudor helado, me apostaría mi reputación a que, si soplaba un poco de viento, más de uno debió de contraer una neumonía.
—Me habría gustado ver cómo se convertían en polvo —dijo Jean-Marie—. Pero no entiendo por qué se lo tomaron tan a pecho.
—No tienes imaginación —exclamó el médico—. Represéntate la escena. Piénsalo bien: un gran tesoro, enterrado en el suelo durante siglos, todo lo necesario para llevar una vida opulenta y vertiginosa desperdiciado; cuadros sublimes y preciosos trajes, que no podrán contemplarse ni vestirse, veloces corceles que no darán ni un paso hechizados por aquel sortilegio, mujeres de hermosa sonrisa, que no nos sonreirán jamás; cartas, dados, cantantes de ópera, orquestas, castillos, hermosos parques y jardines, barcos de altos mástiles, todos enterrados en un ataúd…, y los árboles creciendo estúpidamente a su lado año tras año. Es como para volverse loco.
—No es más que dinero —replicó Jean-Marie—. Habría hecho daño.
—¡Oh, vamos! —exclamó Desprez—. Esas filosofías están muy bien, pero ahora no vienen a cuento. Además, no es «solo dinero», como tú dices, se trata de obras de arte, los cálices estaban labrados. Hablas como un niño. Me agota que repitas mis palabras fuera de contexto como si fueses un loro.
—En cualquier caso, a nosotros no nos atañe —replicó humildemente el chico.
En ese momento llegaron a la Route Ronde, y el súbito traqueteo se combinó con el enfado del médico para hacerle guardar silencio. El calesín siguió avanzando entre sacudidas, los árboles pasaban contemplándolos en silencio, como si tuvieran algo que decirles. Pasaron el Cuadrilátero y llegaron a Franchard. Dejaron el caballo en una fonda solitaria y siguieron a pie. El barranco estaba teñido intensamente del color del brezo, las rocas y las hayas resaltaban luminosas al sol. El fuerte zumbido de las abejas le dio ganas de dormir a Jean-Marie, que se sentó junto a una mata de brezo, mientras el médico iba de aquí para allá a toda prisa recogiendo sus muestras.
El muchacho había inclinado un poco la cabeza, tenía los ojos cerrados y los dedos sobre las rodillas, cuando un grito le hizo levantarse. Fue un sonido extraño, tenue y breve, y cuando cesó volvió a hacerse el silencio como si nunca se hubiese interrumpido. No había reconocido la voz del médico, pero como no había nadie más en aquel valle, era evidente que había sido él quien había gritado. Miró a izquierda y derecha, y vio a Desprez en un hueco entre dos peñascos contemplando a su hijo adoptivo con el semblante tan lívido como la pared.
—¡Una víbora! —exclamó Jean-Marie corriendo hacia él—. ¡Le ha picado una víbora!
El médico salió pesadamente de la cueva y avanzó en silencio hacia el chico, a quien cogió bruscamente por el hombro.
—Lo he encontrado —dijo jadeante.
—¿Una planta? —preguntó Jean-Marie.
A Desprez le dio un ataque de risa que las rocas corearon e imitaron.
—¡Una planta! —repitió desdeñoso—. Bueno…, sí…, una planta. Y aquí —añadió mostrándole de pronto la mano derecha, que hasta entonces había ocultado a su espalda— tienes uno de sus bulbos.
Jean-Marie vio una bandeja sucia cubierta de tierra.
—¿Eso? —dijo—. ¡Pero si es una bandeja!
—Es un coche y caballos —exclamó el médico—. Muchacho —continuó con acaloramiento—, al arrancar un trozo de musgo entre esas dos peñas he encontrado una grieta, y, al asomarme, ¿sabes lo que he visto? Una casa en París con un patio y un jardín, a mi mujer cubierta de diamantes, a mí mismo convertido en diputado, a ti…, en fin…, he visto tu futuro —concluyó en tono vacilante—. Acabo de descubrir América —añadió.
—Pero ¿de qué se trata? —preguntó el chico.
—Del tesoro de Franchard —gritó el médico, y arrojó su sombrero de paja al suelo, aulló como un indio y saltó sobre Jean-Marie, a quien ahogó con sus abrazos y empapó con sus lágrimas.
Luego se revolcó entre el brezo y, una vez más, se rió a carcajadas haciendo resonar el valle entero.
Pero el chico tenía ahora un interés personal, un interés infantil. En cuanto logró soltarse del abrazo del médico, corrió hacia los dos peñascos, saltó al hueco y, metiendo la mano por la grieta, sacó, uno tras otro, cubiertos por el barro de los siglos, las jarras, los candelabros y las patenas de la ermita de Franchard. Lo último que sacó fue un cofrecillo muy pesado y cerrado con llave.
—¡Qué divertido! —gritó.
Pero, cuando se volvió para mirar al médico, que lo había seguido de cerca y lo estaba observando en silencio, se quedó sin palabras. Desprez había vuelto a quedarse lívido y le temblaban los labios, parecía dominado por una brutal codicia.
—No seas tan pueril —dijo—. Estamos perdiendo un tiempo precioso. Vuelve a la fonda, engancha el caballo y trae el coche a aquella loma. Corre como si te fuese la vida en ello y recuerda: no hables de esto con nadie. Yo me quedaré aquí a vigilar.
Jean-Marie hizo lo que le pedía, aunque no sin sorpresa. Llevó el calesín al lugar indicado, y entre los dos transportaron poco a poco el tesoro desde su escondite hasta el cofre que había debajo del pescante. Cuando estuvo todo guardado el médico recobró el buen humor.
—Debemos demostrarle nuestro agradecimiento al genio de este vallecillo —dijo—. ¡Quién tuviera unas brasas, un novillo y una jarra de vino! Tengo ganas de hacer un sacrificio y una libación. Bueno, ¿y por qué no? Estamos en Franchard. Podemos comprar cerveza inglesa…, ciertamente no es lo que harían los clásicos, pero es excelente. Muchacho, vamos a beber una cerveza.
—Pero tenía entendido que era muy mala para la salud —dijo Jean-Marie—, y además muy cara.
—¡Bobadas! —exclamó alegremente el médico—. ¡A la fonda!
Y, moviendo la cabeza, subió al calesín con paso joven y elástico. Dieron la vuelta al caballo y pocos segundos más tarde estaban junto a la valla del patio de la fonda.
—Aquí —dijo el médico—, cerca de las mesas, donde no lo perdamos de vista.
Ataron al caballo y entraron en el patio. El médico cantaba, unas veces con notas agudas y otras emitiendo profundas reverberaciones de su pecho. Se sentó, golpeó ruidosamente la mesa, asaeteó al mozo con ocurrencias y, cuando les llevaron la botella de Bass, mucho más cargada de gas que el champán más delirante, llenó un vaso de espuma y se lo alcanzó a Jean-Marie.
—Bébetelo de un trago —dijo.
—Prefiero no hacerlo —balbució el chico, fiel a las enseñanzas recibidas.
—¿Qué? —tronó Desprez.
—Me da miedo —dijo Jean-Marie—, mi estómago…
—Bébetela o no —le interrumpió Desprez con ferocidad—, pero entérate de una vez: en este mundo no hay nada más despreciable que un puritano.
¡Aquella era una nueva lección! El chico se quedó perplejo contemplando su vaso, pero sin bebérselo, mientras el médico vaciaba y volvía a llenar el suyo, al principio con el ceño fruncido, pero cediendo después al sol, la cosquilleante bebida y su propia predisposición a ser feliz.
—De vez en cuando —dijo por fin, a modo de concesión a la rigurosa actitud del muchacho—, de vez en cuando, y en momentos tan críticos como ahora, esta cerveza es un néctar de los dioses. El hábito, sin duda, es degradante; el vino, el zumo de la uva, es la auténtica bebida de los franceses, como he tenido ocasión de señalar tantas veces, y no puedo reprocharte que te niegues a ingerir este licor extranjero. Si quieres, puedes tomar un poco de vino con pasteles. ¿Está la botella vacía? En fin, no seremos orgullosos y nos compadeceremos de tu vaso.
Terminada la cerveza, el médico se impacientó amargamente mientras Jean-Marie terminaba sus pasteles.
—Ardo en deseos de marcharme —decía mirando su reloj—. ¡Dios mío, qué despacio comes!
¡Y eso que comer despacio era su propia receta para conseguir la longevidad!
Su martirio, no obstante, terminó por fin, y ambos volvieron a ocupar sus asientos en el calesín. Desprez se arrellanó voluptuosamente en el asiento y anunció su intención de seguir hasta Fontainebleau.
—¿A Fontainebleau? —repitió Jean-Marie.
—Mis palabras siempre son meditadas —dijo el médico—. ¡Vamos!
Al médico le pareció que los claros del bosque que atravesaban eran el paraíso: el aire, la luz, las hojas brillantes y hasta los propios movimientos del vehículo parecían armonizar con sus áureas meditaciones. Echó la cabeza atrás y se perdió en luminosas ensoñaciones mientras el placer y la cerveza danzaban en sus venas. Por fin, habló:
—Telegrafiaré a Casimir —dijo—. ¡El bueno de Casimir! Un hombre muy poco inteligente, Jean-Marie, nada creativo ni poético, aunque aprenderás mucho estudiándolo. Tiene una enorme fortuna, conseguida exclusivamente gracias a su propio esfuerzo. Nadie mejor que él para deshacernos de nuestras baratijas, encontrarnos una casa en París y ocuparse de los detalles de nuestro traslado. ¡Admirable Casimir, uno de mis más antiguos amigos! Fue él quien me aconsejó, dicho sea de paso, que invirtiera mi modesta fortuna en bonos turcos, y cuando hayamos añadido estos despojos de la Iglesia medieval a nuestras inversiones en el Imperio mahometano, muchacho, ¡nadaremos literalmente en oro! ¡Hermosos bosques —gritó—, adiós! Aunque tenga que ir a otros sitios no os olvidaré. Vuestro nombre está grabado en mi corazón. La prosperidad me pone ditirámbico, Jean-Marie. Tal es el impulso natural del alma y la constitución primitiva del hombre. Y yo…, no quiero quitarme méritos, he preservado mi juventud como una virginidad, cualquiera que hubiese llevado durante tantos años esta vida rural y adormecida se habría anquilosado y habría terminado convertido en un estereotipo, pero, gracias a mi constitución optimista, conservo el muelle intacto. Esta reciente opulencia y esta nueva esfera de oportunidades me encuentran con el mismo ardor de siempre y maduro solo en conocimientos. Tal vez te haya sorprendido este cambio en mí, Jean-Marie. Dime, ¿no parece una incoherencia? Confiésalo, es inútil disimularlo…, ¿no te ha molestado?
—Sí —dijo el chico.
—¡Ya ves —replicó el médico con sublime fatuidad— cómo te leo el pensamiento! No me sorprende…, tu educación todavía no está completa, aún no te he mostrado los deberes superiores del hombre. Con una pista habrá de bastarte hasta que tengamos tiempo. Ahora que vuelvo a estar en posesión de una modesta fortuna, ahora que me he preparado tanto tiempo en meditación silenciosa, mi deber superior es instalarme en París. Mi formación científica y mi indudable dominio de la lengua me obligan a sacrificarme por mi país. En este caso la modestia equivaldría a un desprecio. Si la palabra «pecado» fuese un término filosófico, diría que sería pecaminoso. Un hombre no debe renunciar a sus habilidades, pues eso supone esquivar sus obligaciones. Debo seguir adelante, no puedo enfrentarme a la vida con cobardía.
Y así siguió matraqueando y engrasando las juntas de sus incoherencias con palabras, mientras el chico lo escuchaba en silencio con la mirada fija en el caballo y el espíritu turbado. De nada servía tanta elocuencia, no había palabras capaces de persuadir a Jean-Marie para que actuase en contra de sus convicciones, y condujo hasta Fontainebleau lleno de compasión, horror, indignación y desesperación.
En la ciudad Jean-Marie se quedó en el pescante guardando el tesoro, mientras el médico, con un aire peculiarmente frívolo y un poco achispado, revoloteaba por los cafés, donde le estrechó la mano a los oficiales de la guarnición y se bebió una absenta sumido en agradables recuerdos; entraba y salía en muchas tiendas de donde volvió cargado de frutas caras, tortuga auténtica, una magnífica pieza de seda para su mujer, un lujoso bastón para él y un quepis a la última moda para el chico; entraba y salía de la oficina de telégrafos donde puso el telegrama, y tres horas más tarde recibió una respuesta prometiéndole una visita a la mañana siguiente; y en general inundaba Fontainebleau del aroma de su exquisito buen humor.
El sol estaba muy bajo cuando emprendieron el regreso: las sombras de los árboles del bosque se extendían a través de la ancha carretera blanca que los conducía a casa, el penetrante aroma del bosque al anochecer empezaba ya a extenderse, como una nube de incienso, desde las copas de los árboles, e incluso en las calles de la ciudad, donde el aire se había recalentado todo el día entre paredes enjalbegadas, llegaba a rachas como una música lejana. A mitad de camino, el último destello dorado desapareció sobre un enorme roble que tenían a la izquierda y, cuando salieron del bosque, la llanura se había sumido ya en una perlífera grisura y una luna grande y pálida colgaba en el cielo entre los plumosos álamos.
El médico cantaba, hablaba y silbaba. Habló de los bosques, y las guerras, y la condensación del rocío, disertó y balbució acerca de París, se perdió en la prosopopeya de las glorias de la arena política. Todo iba a cambiar: cuando terminase el día se llevaría consigo los vestigios de una existencia desaprovechada y a la mañana siguiente la salida del sol inauguraría una nueva.
—¡Basta de esta vida rutinaria! —exclamó.
Su mujer (todavía hermosa, a menos que fuese tristemente parcial) dejaría de estar enterrada en vida y brillaría en sociedad. Jean-Marie tendría el mundo a sus pies, expeditos los caminos del éxito, la riqueza, el honor y el reconocimiento póstumo.
—¡Ah, y a propósito —dijo—, ten la boca cerrada, por el amor de Dios! Ciertamente eres una persona muy callada, y es una cualidad que te reconozco…, ¡el silencio es oro! Pero este es un asunto muy serio. Nadie debe saber nada. Solo podemos confiar en Casimir, probablemente nos desharemos de los cálices en Inglaterra.
—Pero si ni siquiera son nuestros —dijo el muchacho casi con un sollozo…, era la primera vez que hablaba.
—Son nuestros en el sentido de que no pertenecen a ningún otro —replicó el médico—. Pero el Estado podría exigir su parte. Si nos los robaran, por ejemplo, no podríamos reclamar su devolución, no tendríamos ningún derecho, ni siquiera podríamos acudir a la policía. Tal es la monstruosa condición de la ley.[9] He ahí otro ejemplo de lo mucho que queda por hacer y de las injusticias que podría reparar un diputado vigoroso, activo y filosófico.
Jean-Marie puso su fe en madame Desprez, mientras avanzaban por la carretera desde Bourron entre los álamos susurrantes, rezó entre dientes y azuzó al caballo para que fuese más rápido. Sin duda, cuando llegasen, madame haría valer su carácter y pondría fin a aquella pesadilla.
Su entrada en Gretz fue anunciada y acompañada de furiosos ladridos: todos los perros del pueblo parecieron olfatear el tesoro oculto en el calesín. Pero no había nadie en las calles, salvo tres pintores paisajistas que haraganeaban a la puerta de Tentaillon. Jean-Marie abrió la puerta verde de la cerca y metió el caballo y el carruaje, y casi en ese mismo momento madame Desprez se asomó al umbral de la cocina con una linterna encendida, pues la luna todavía no estaba lo bastante alta para iluminar las tapias del jardín.
—¡Cierra la puerta, Jean-Marie! —gritó el médico, mientras se apeaba con paso un tanto vacilante—. Anastasie, ¿dónde está Aline?
—Ha ido a Montereau a ver a sus padres —dijo madame.
—¡Tanto mejor! —exclamó fervientemente el médico—. Vamos, rápido, no quiero hablar en voz alta —prosiguió—. Cariño, ¡somos ricos!
—¡Ricos! —repitió su mujer.
—He encontrado el tesoro de Franchard —replicó su marido—. Mira, aquí están sus primeros frutos: una piña, un vestido para mi adorada; es digno de ti, ¡confía en el gusto de un marido enamorado! ¡Abrázame, querida! Este sórdido episodio ha concluido, la mariposa despliega sus alas coloreadas. Mañana vendrá Casimir, en una semana podemos estar en París…, ¡por fin seremos felices! Te cubriré de diamantes. Jean-Marie, descarga el cofre, con reverencia religiosa, y déjalo pieza por pieza en el comedor. ¡Tendremos una vajilla de plata! Querida, apresúrate y prepara esta tortuga, será un aperitivo…, un añadido a nuestra modesta colación de todos los días. Yo mismo bajaré a la bodega. Tomaremos una botella de ese Beaujolais que tanto te gusta y acabaremos con el Hermitage, todavía nos quedan tres botellas y es un vino adecuado para la ocasión.
—Pero, marido mío, haces que me dé vueltas la cabeza —exclamó—. No comprendo.
—¡La tortuga, adorada, tú ocúpate de la tortuga! —exclamó el médico y la empujó hacia la cocina, con linterna y todo.
Jean-Marie se quedó anonadado. Había imaginado una escena muy diferente y unas quejas mucho más vehementes, pero sus esperanzas empezaron a reducirse allí mismo.
El médico iba de aquí para allá, tal vez las piernas le vacilaran un poco y de vez en cuando se diera golpes contra las paredes, pues, aunque hacía ya tiempo que se había bebido la absenta, empezaba a pensar que había sido un error tomarla. No es que lamentara los excesos de aquel día glorioso, pero hizo una nota mental para andarse con cuidado y no caer por segunda vez en aquel hábito tan peligroso. Sacó el vino de la bodega en un abrir y cerrar de ojos, dispuso los cálices sacrificiales, todavía incrustados de tierra, sobre un mantel blanco y en una mesita que había al lado. Entró y salió de la cocina a ofrecerle vermú a Anastasie, a calentarle la cabeza con visiones del futuro y a calcular su recién adquirida fortuna con cifras cada vez más elevadas, de modo que, antes de que se sentaran a cenar, las virtudes de la dama se habían derretido ante el fuego de su entusiasmo, su timidez había desaparecido y ella también empezó a hablar con desprecio de la vida en Gretz; y cuando se sentó a la mesa y se sirvió la sopa, sus ojos resplandecían con el brillo de los diamantes que iba a tener.
El médico y ella se pasaron la cena tejiendo y destejiendo toda suerte de planes fantasiosos. Se daban golpecitos, se hacían concesiones y promesas mutuas. Sus rostros se deshacían en sonrisas y sus ojos brillaban mientras imaginaban los honores políticos que recibiría el médico y las ovaciones en el salón de la dama.
—¡Pero no irás a hacerte comunista! —exclamó Anastasie.
—Soy de centro izquierda hasta la médula —replicó el médico.
—Madame Gastein nos presentará en sociedad…, todos nos habrán olvidado ya.
—De eso nada —objetó el médico—. La belleza y el talento siempre dejan huella.
—Pues yo he olvidado cómo vestirme —suspiró ella.
—Cariño, haces que me ruborice —exclamó él—. ¡El tuyo ha sido un matrimonio trágico!
—Pero tu éxito…, verte reconocido, honrado, ver tu nombre en todos los periódicos, eso será más que placentero…, ¡será el paraíso! —exclamó Anastasie.
—Y una vez a la semana —dijo el médico midiendo cuidadosamente sus palabras—, una vez a la semana…, ¿me dejarás jugar una partidita de bacarrá?
—¿Solo una vez a la semana? —le preguntó ella amenazándolo con el dedo.
—Lo juro por mi honor político —exclamó él.
—Te mimo demasiado —replicó ella, y le tomó de la mano.
Él la cubrió de besos.
Jean-Marie escapó hacia la oscuridad de la noche. La luna brillaba sobre Gretz. Fue al extremo del jardín y se sentó en el embarcadero. El río corría con ondas de aceitosa plata y entonaba una grave y monótona canción. Tenues velos de niebla se movían entre los álamos en la otra orilla. Las espadañas asentían en silencio. El muchacho se había sentado muchas veces en noches así a observar sin preocupaciones el paso de la corriente. Y esta tal vez fuese la última. Dejaría aquel villorrio tan familiar, aquella región verde y susurrante y aquella corriente callada y luminosa. Iban a mudarse a la gran ciudad, su señora se pasearía engalanada por los salones; su amo, siempre tan bondadoso y parlanchín, se convertiría en un vociferante diputado, y ambos se perderían para siempre, no solo para Jean-Marie, sino para ellos mismos. Conocía sus propios defectos, sabía que, sumidos en el torbellino de la gran ciudad, acabarían por perderle afecto y que terminaría convirtiéndose de hijo adoptivo en criado. Y empezó a creer vagamente en las profecías del médico sobre el mal. Era consciente de que ambos habían cambiado. Su generosa incredulidad le falló por esta vez, cualquiera habría comprendido que el Hermitage había completado lo que había iniciado la absenta. Si el primer día había sido así, ¿cómo sería el último? «Si es necesario, descarrila el tren», pensó recordando la metáfora del médico. Miró a su alrededor y contempló aquella escena tan deliciosa, respiró profundamente el aire encantado de la noche cargado del aroma del heno. «Si es necesario, descarrila el tren», repitió. Y se incorporó y volvió a la casa.
6
Una investigación criminal en dos partes

A la mañana siguiente se produjo un desusado alboroto en casa del médico. Justo antes de acostarse, Desprez había guardado bajo llave ciertos objetos valiosos en el armario del comedor; y hete aquí que, cuando se levantó a las cuatro de la mañana, se encontró con que alguien había forzado el armario y con que dichos objetos habían desaparecido. Llamó a Jean-Marie y a madame y ambos acudieron apresuradamente en ropa de cama, y encontraron al médico hecho una furia, clamando al cielo para que diese testimonio y vengase aquella afrenta, y recorriendo descalzo la habitación con los faldones de la camisa de dormir aleteando cada vez que se daba la vuelta.
—¡Ha desaparecido! —dijo—, ¡todo ha desaparecido, nuestra fortuna se ha esfumado! ¡Otra vez somos pobres! ¡Muchacho!, ¿qué sabes tú de esto? Habla, chico, habla. ¿Sabes algo? ¿Dónde está?
Lo tenía cogido del brazo y lo sacudía como un saco de patatas, por lo que las palabras del chico, suponiendo que tuviera algo que decir, se confundían en murmullos inarticulados. El médico, asqueado de su propia violencia, lo soltó. Reparó en Anastasie arrasada en lágrimas.
—Anastasie —dijo en tono alterado—, serénate, domina tus sentimientos. No quiero que des rienda suelta a tu pasión como hace el vulgo. Debemos sobreponernos a este… incidente trivial. Jean-Marie, tráeme mi maletín. Nada más indicado ahora que un laxante suave.
Y, después de dar ejemplo él mismo con una cantidad doble, le administró una dosis a cada miembro de la familia. La desdichada Anastasie, que nunca había estado enferma en toda su vida, y a quien se le revolvía el estómago de solo pensar en tomar medicinas, lloró, tembló y se quejó al tomarla, y hubo que reñirle y gritarle para que se la terminara. En cuanto a Jean-Marie, ingirió su dosis con estoicismo.
—Le he dado menos cantidad —observó el médico—, pues su juventud le protege contra las emociones. Y ahora que nos hemos precavido contra cualquier consecuencia malsana, pensemos.
—Tengo frío —gimoteó Anastasie.
—¡Frío! —exclamó el médico—. Doy gracias a Dios por estar hecho de un material más resistente. Pero, querida, si un golpe como este haría sudar a un batracio. Aunque, si tienes frío, puedes retirarte y, ya puestos, échame unos pantalones por la ventana. Hace un poco de fresco para mis piernas.
—¡Oh, no! —se quejó Anastasie—, me quedaré contigo.
—No, querida, no pienso permitir que tu devoción por mí te haga sufrir —replicó el médico—. Iré yo mismo a traerte un chal. —Corrió escaleras arriba y volvió totalmente vestido y cargado con varias prendas para la temblorosa Anastasie—. Y ahora, a investigar el crimen. Procedamos por inducción. Anastasie, ¿se te ocurre alguna cosa que pudiera sernos de ayuda? —Anastasie no sabía nada—. ¿Y a ti, Jean-Marie?
—A mí tampoco —replicó el chico con firmeza.
—Bueno —repuso el médico—. Dediquemos nuestra atención a las pruebas materiales (yo nací para ser detective: tengo ojo clínico y carácter sistemático). Para empezar, es obvio que se ha recurrido a la violencia. Han forzado la puerta, y puedo añadir de pasada que, considerando lo que pagué por él, ese cerrojo me ha costado muy caro: tendré que ajustarle las cuentas al cerrajero Goguelat. Segundo, he aquí el instrumento empleado: uno de nuestros propios cuchillos de cocina, uno de los mejores, querida mía, lo que parece indicar cierta improvisación por parte de la banda, si es que se trata de una banda. Y tercero, veo que no se han llevado nada más que los cálices de Franchard y el cofrecillo, no han tocado la vajilla de plata. Eso demuestra astucia y conocimiento del código por parte de los autores y un claro deseo de evitar las consecuencias legales. De lo cual deduzco que en la banda hay personas respetables…, aunque solo lo sean en apariencia. Deduzco además que alguien debió de vernos en Franchard y seguirnos todo el día con una paciencia y habilidad que me atrevo a calificar de consumadas. Ningún hombre corriente ni ningún criminal ocasional habría sido capaz de hacer ambas cosas. Es muy probable que cerca de aquí haya oculto un forajido de una inteligencia superior.
—¡Dios mío! —exclamó la horrorizada Anastasie—. Henri, ¿cómo puedes…?
—Mi adorada, estamos siguiendo un proceso de inducción —respondió el médico—. Si alguno de mis argumentos te parece poco sólido, corrígeme. ¿No dices nada? En ese caso, te ruego que no seas tan ilógica como para rebelarte contra mis conclusiones. Hemos llegado ya —prosiguió— a hacernos una idea de la composición de la banda, pues me inclino hacia la hipótesis de que el crimen lo cometieron varias personas, así que será mejor que salgamos de esta habitación, que ya no puede decirnos más, y vayamos al patio y al jardín. (Jean-Marie, confío en que estés siguiendo con atención mi razonamiento, esto puede ser muy educativo para ti.) Acompáñame a la puerta. No hay pisadas en el patio, es una lástima que esté empavesado. ¡De qué detalles tan nimios depende el éxito de esta clase de investigaciones! ¡Eh! ¿Qué tenemos aquí? Os he traído al lugar indicado —dijo a la vez que retrocedía y señalaba la puerta verde—. Alguien ha trepado por aquí, como podéis ver.
Ciertamente la pintura verde estaba pelada y raspada en varios sitios y en una de las tablas se veía la huella de un zapato claveteado. No obstante, el pie había resbalado y era difícil calcular la talla del zapato e imposible distinguir el dibujo de los clavos.
—Hemos reconstruido el robo paso a paso —concluyó el médico—. La ciencia inductiva no puede ir más allá.
—Es increíble —dijo su mujer—. Deberías haber sido detective, Henri. No tenía ni idea de esta faceta de tu talento.
—Querida mía —replicó Desprez en tono condescendiente—, un hombre con imaginación científica combina toda una serie de facultades de menor importancia: es un detective, igual que es un publicista o un general, en realidad no son más que aplicaciones concretas de su talento. Pero ahora —prosiguió—, ¿quieres que vayamos más allá? ¿Quieres que señale con el dedo a los culpables? ¿O al menos, pues no sé si puedo prometer tanto, que te indique la casa donde se reúnen? Probablemente sea nuestra única satisfacción, puesto que no podemos recurrir a la ley. Daremos así el último paso. Para concluir el perfil del robo necesito a alguien que pudiera estar paseando por el bosque, un hombre educado y que esté por encima de la moralidad establecida. Los tres requisitos nos llevan a los huéspedes de Tentaillon. Son pintores y se pasan el día en el bosque. También es casi seguro que, precisamente por el hecho de ser pintores, tengan cierta educación. Y, finalmente, el que sean pintores hace más que probable que sean unos inmorales. Y eso lo demostraré de dos maneras. En primer lugar, la pintura es un arte que se dirige tan solo a la vista, en ningún caso afecta al sentido moral. Y en segundo, la pintura, igual que todas las artes, requiere la peligrosa cualidad de la imaginación. Un hombre imaginativo nunca es moral, sobrepasa las demarcaciones estrictas y considera la vida desde una luz demasiado cambiante para contentarse con las puntillosas distinciones de la ley.
—Pero tú siempre has dicho, o al menos eso había entendido yo —dijo madame—, que esos muchachos no tenían la más mínima imaginación.
—Querida mía, hicieron gala de una imaginación muy peculiar —replicó el médico— cuando abrazaron esa profesión de pordioseros. Además, y este es un argumento muy apropiado para tu intelecto: muchos de ellos son ingleses y americanos. ¿Qué mejor sitio para encontrar a un ladrón? Y ahora será mejor que prepares un poco de café. Que hayamos perdido un tesoro no es razón para que nos dejemos morir de hambre. Por mi parte, voy a desayunar con un poco de vino blanco. Hoy me siento sediento y acalorado. No puedo sino atribuirlo a la emoción de mi descubrimiento. Y, sin embargo, reconoceréis que he soportado el disgusto con entereza.
El médico había recobrado su buen humor, y, mientras bebía vino blanco y comía un poco de pan con queso sin demasiado apetito debajo del emparrado, un tercio de sus meditaciones estaban dedicadas al tesoro desaparecido y los otros dos a rememorar con satisfacción su habilidad como detective.
A eso de las once llegó Casimir: había cogido el primer tren a Fontainebleau y luego un coche para ahorrar tiempo; su cabriolé estaba en casa de Tentaillon, y, después de consultar su reloj, anunció que podía dedicarles una hora y media. Era un hombre de negocios, parco en palabras y dado a fruncir el ceño con aire intelectual. Pese a ser hermano de Anastasie no era tan sentimental como ella, así que le dio un beso al estilo inglés y sin más dilación pidió algo de comer.
—Podéis contarme la historia mientras comemos —observó—. ¿Has preparado algo apetitoso, Stasie?
Le prometieron servirle algo apetitoso y los tres se sentaron debajo del emparrado. Jean-Marie sirvió la mesa a la vez que comía y el médico volvió a contar lo sucedido en su más elaborado estilo narrativo. Casimir le escuchó entre estentóreas carcajadas.
—No sabes la suerte que has tenido, cuñado —observó cuando terminó de relatarle la historia—. Si hubieses ido a París, te habrías jugado todo el tesoro en tres meses. Luego habrías perdido también tus propiedades y habríais acudido a mí en procesión como la última vez. Pero te advierto que, por mucho que llore Stasie y por mucho que razone Henri, si vuelve a suceder no saldrás tan bien librado. Vuestra próxima caída será fatal. Creí habértelo advertido, Stasie. ¿Eh? ¿Es que no tenéis sentido común? —El médico hizo una mueca y miró de reojo a Jean-Marie, pero el muchacho parecía apático—. Y además, ¡sois como niños!, ¡unos niños malcriados! ¿Qué os hace estar tan seguros de que esas baratijas tenían algún valor? Tal vez no valieran nada, o casi nada.
—Disculpa —dijo el médico—,veo que, como siempre, te has dejado llevar por las emociones, pero percibo menos raciocinio que nunca. No soy totalmente ignorante en esa materia.
—Según tú, no eres totalmente ignorante en nada —le interrumpió Casimir haciendo una reverencia y alzando la copa con una especie de burlona cortesía.
—Al menos —prosiguió el médico—, espero que me creas si te digo que consideré el asunto con el mayor cuidado…, y calculé que nuestro capital se habría doblado.
Y le describió la naturaleza del hallazgo.
—¡Palabra que ahora casi empiezo a creerte! —dijo Casimir—. Aunque todo depende de la calidad del oro.
—La calidad, mi querido Casimir, era…
Y, a falta de palabras, el médico se besó la punta de los dedos.
—Yo no estaría tan seguro, amigo mío —replicó el hombre de negocios—. Siempre has sido un optimista. Pero este robo —continuó— resulta muy extraño. Por supuesto, pasaré por alto todos esos dislates sobre bandas y pintores paisajistas. En mi opinión no son más que fantasías. ¿Quién estaba anoche en la casa?
—Nadie más que nosotros —replicó el médico.
—¿Y este joven caballero? —preguntó Casimir haciendo un gesto en dirección a Jean-Marie.
—Él también —respondió el médico inclinando la cabeza.
—Muy bien. Y, si no es indiscreta la pregunta, ¿quién es? —prosiguió el cuñado.
—Jean-Marie —explicó el médico— combina las funciones de un hijo y un mozo de cuadra. Empezó como lo segundo, pero pronto adquirió un rango más honorable entre nuestros afectos. Podría decirse que es el mayor consuelo de nuestras vidas.
—¡Ajá! —dijo Casimir—. ¿Y antes de entrar a formar parte de vuestra familia?
—Jean-Marie ha tenido una vida un tanto peculiar, sus vivencias han sido eminentemente formativas —replicó Desprez—. Si hubiese podido escoger una educación para mi hijo, no habría elegido una distinta. Empezar con ladrones y saltimbanquis y disfrutar después de la amistad y la compañía de filósofos le ha servido, por así decirlo, para probarlo todo en esta vida.
—¿Ladrones? —repitió el cuñado con aire pensativo.
El médico deseó haberse mordido la lengua. Previó lo que iba a pasar y se preparó para ofrecer una defensa vigorosa.
—¿Robaste alguna vez? —preguntó Casimir volviéndose de pronto hacia Jean-Marie y utilizando por primera vez un monóculo que llevaba colgado del cuello.
—Sí, señor —replicó el chico, ruborizándose hasta la raíz del cabello.
Casimir se volvió hacia los otros con los labios apretados e hizo un gesto significativo.
—¿Eh? —dijo—. ¿Cómo es eso?
—Jean-Marie dice la verdad —replicó el médico sacando pecho.
—Jamás nos ha mentido —añadió madame—. Es un chico estupendo.
—Así que nunca os ha mentido, ¿eh? —reflexionó Casimir—. Es raro, muy raro. Dime una cosa, mi joven amigo —prosiguió—: ¿tú sabías de la existencia del tesoro?
—Me ayudó a traerlo a casa —le interrumpió el médico.
—Desprez, te ruego que guardes silencio —replicó Casimir—. Me propongo interrogar a vuestro mozo de cuadras, y, si estás tan convencido de su inocencia, podrás dejar que responda por sí mismo. Veamos, muchacho —prosiguió, señalando a Jean-Marie con el monóculo—. ¿Sabías que el tesoro podía robarse con impunidad? ¿Sabías que el robo no podía denunciarse? ¡Vamos! ¿Lo sabías o no?
—Sí —respondió Jean-Marie con un leve susurro, y se quedó allí sentado cambiando de color como un faro giratorio, retorciéndose histéricamente los dedos y dando boqueadas, convertido de pronto en la viva estampa de la culpabilidad.
—¿Sabías dónde se guardaba? —insistió el investigador.
—Sí —dijo Jean-Marie.
—Dices que has sido ladrón —prosiguió Casimir—. ¿Por qué voy a creer que no sigas siéndolo? ¿Acaso no habrías podido trepar por la puerta verde?
—Sí —respondió el culpable en voz todavía más baja.
—En ese caso, fuiste tú quien robó las cosas. Lo sabes muy bien y no te atreverás a negarlo. ¡Mírame a la cara! ¡Levanta esos ojos cobardes y responde!
Pero, en lugar de hacer lo que le pedía, Jean-Marie soltó una especie de aullido desconsolado y huyó del emparrado. Anastasie salió en su persecución para consolarlo, no sin antes lanzarle un dardo a su hermano.
—¡Casimir, eres un animal!
—Querido cuñado —dijo Desprez con la mayor dignidad—, te tomas unas licencias…
—Desprez —le interrumpió Casimir—, por el amor de Dios, ten un poco de sensatez. Me telegrafías pidiendo que abandone mis negocios y venga a verte. Yo lo hago, pregunto lo que ocurre y tú me pides: «¡Descubre al ladrón!». En fin, yo me he limitado a encontrarlo y a decirte: «¡Ahí lo tienes!». Puede que no te guste, pero no tienes ningún derecho a ofenderte.
—Está bien —replicó el médico—, lo reconozco: incluso te agradezco tu celo aunque estés equivocado. Pero tu hipótesis es tan extravagantemente monstruosa…
—Escucha —le interrumpió Casimir—, ¿habéis sido tú o Stasie?
—Desde luego que no —respondió el médico.
—Muy bien, pues en ese caso ha tenido que ser el chico, y no se hable más del asunto —dijo el cuñado sacando su pitillera.
—Hablaré para decir esto —replicó Desprez—: aunque él mismo me lo confesara, seguiría sin creerle, y si lo hiciera, tengo tanta confianza en él que llegaría a la conclusión de que lo había hecho con buena intención.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo con indulgencia Casimir—. ¿Tienes una cerilla? Tengo que irme. Y, a propósito, quisiera que me autorizases para vender tus bonos turcos. Siempre he dicho que acabarán por llevarte a la ruina, y ahora te lo repito. De hecho, en parte he venido por eso. Nunca respondes a mis cartas…, es un hábito imperdonable.
—Mi querido cuñado —replicó el médico en tono zalamero—, nunca he negado tu habilidad para los negocios, pero no puedo evitar darme cuenta de tus limitaciones.
—Amigo mío, yo también sé dedicarte cumplidos —observó el hombre de negocios—. Y tu mayor limitación es que eres totalmente irracional.
—Observa la diferencia entre nosotros dos —replicó el médico con una sonrisa—. Tú crees, contra viento y marea, en la opinión de una sola persona: tú mismo. Yo sigo la misma estrategia, pero con espíritu crítico y con los ojos bien abiertos. ¿Quién de los dos es más irracional? Ya me lo dirás.
—¡Mi querido amigo —gritó Casimir—, quédate con tus bonos turcos, con tu mozo de cuadras y vete al diablo como mejor te parezca! Pero no empieces a raciocinar conmigo…, no lo soporto. Más me valdría no haber venido. Despídeme de Stasie y de ese patibulario mozo de cuadras que tanto aprecias. Me voy.
Y Casimir se fue. Esa noche, el médico analizó su carácter en presencia de Anastasie.
—Solo ha aprendido una cosa desde que me conoce, querida mía —dijo—: la palabra «raciocinar». Destaca en su vocabulario como una joya en un montón de estiércol. E, incluso así, no sabe utilizarla con propiedad. Ya habrás reparado en que la utiliza como una especie de insulto, en el sentido de «ergotizar», como aludiendo, por así decirlo, ¡pobre diablo!, a una vena sofística. En cuanto a su crueldad con Jean-Marie, debemos perdonársela…, no es culpa de su naturaleza, sino de su vida. Un hombre que maneja tanto dinero, querida, es un hombre perdido.
El proceso de reconciliación con Jean-Marie fue más bien lento. Al principio se mostró inconsolable, insistió en abandonar a la familia y pasó de un paroxismo de llanto a otro. Hizo falta que Anastasie se encerrara una hora con él, después fuese a ver al médico y, con lágrimas en los ojos, informara a dicho caballero de lo sucedido.
—Al principio, marido mío, no quería escucharme —dijo—. ¡Imagínate si nos hubiera dejado! ¿Qué sería la pérdida del tesoro comparada con eso? ¡Ese horrible tesoro tiene la culpa de todo! Por fin, después de mucho llorar, ha aceptado quedarse, pero con una condición: que no volvamos a hablar del asunto, ni de esas infames sospechas, ni del robo. Solo así el pobre chico aceptará quedarse con nosotros.
—Pero esa condición —dijo el médico—, esa prohibición…, ¿no me incluirá también a mí?
—A todos nosotros —le respondió Anastasie.
—Querida mía —protestó Desprez—, debes de haberle entendido mal. No puede incluirme también a mí. Me lo habría dicho.
—Henri —dijo ella—, te aseguro que es así.
—Es una circunstancia muy dolorosa —dijo el médico con aire un tanto sombrío—. No puedo evitar sentirme un poco ofendido. Me duele, me duele mucho, esposa mía.
—Ya imaginaba yo que lo haría —respondió ella—. Pero ¡si hubieses visto su disgusto! Debemos hacer concesiones y sacrificar nuestros sentimientos.
—Sabes, querida, que nunca me he negado a hacer sacrificios —replicó el médico con severidad.
—Entonces, ¿puedo decirle que estás de acuerdo? Sería muy noble por tu parte.
Él comprendió que así era y volvió a animarse al pensarlo.
—Ve, querida —dijo con nobleza—, y díselo. El asunto está enterrado, es más…, haré un esfuerzo; al fin y al cabo, estoy acostumbrado a esta clase de pruebas; ¿lo ves?, ya está olvidado.
Poco después, todavía con los ojos hinchados, aunque con actitud docilísima, volvió Jean-Marie y empezó a ocuparse de sus cosas. Era el único miembro del grupo que era infeliz cuando se sentaron a cenar esa noche. En cuanto al médico, estaba radiante. Y entonó así el réquiem por el tesoro:
—Este ha sido, de principio a fin, un incidente muy entretenido —dijo—. Al fin y al cabo, no hemos perdido ni un penique e incluso hemos salido ganando: hemos puesto a prueba nuestra filosofía; todavía nos queda un poco de tortuga, el más saludable de los manjares; yo tengo mi bastón; Anastasie su vestido nuevo y Jean-Marie es el orgulloso propietario de un quepis a la última moda. Y, por si fuera poco, anoche nos tomamos una copa de Hermitage. Todavía me embriaga el recuerdo de su color. Me estaba volviendo de lo más cicatero con ese vino, verdaderamente cicatero. Aprendamos la lección: ya que nos bebimos una botella para celebrar la aparición de nuestra visionaria fortuna, bebámonos otra ahora para consolarnos de su desaparición. La tercera la reservaremos para el banquete de boda de Jean-Marie.
7
La caída de la casa de Desprez

Todavía no hemos hecho el cumplido de describir la casa del médico y ya va siendo hora de reparar semejante omisión, pues dicha casa es también un actor en esta historia y su papel está a punto de finalizar. Con sus dos pisos de altura, sus paredes de cálido color amarillo y sus tejas rojizas matizadas por el musgo y los líquenes, se alzaba en un ángulo de la propiedad del médico y daba a la calle por un solo lado. Era espaciosa, incómoda y propensa a las corrientes de aire. Sus enormes vigas tenían tallados toscos adornos y dibujos; el pasamanos de la escalera estaba labrado con rústicos arabescos; el sólido pilar de madera cuya función era soportar el techo del comedor ostentaba unos misteriosos caracteres en su parte posterior: runas, según el médico, quien, cuando narraba la historia legendaria de la casa y sus antiguos dueños, nunca se olvidaba de citar al profesor escandinavo que las había grabado allí. Suelos, puertas y vigas formaban una gran variedad de ángulos y cada estancia tenía una inclinación particular. El hastial se había vencido hacia el jardín, como una torre inclinada, y uno de los anteriores propietarios había reforzado el edificio desde ese lado con un gran puntal de madera como el brazo de una grúa. En conjunto todo en ella amenazaba ruina, hasta las ratas la habían abandonado, y solo su luminosidad —los cristales de las ventanas, siempre tan limpios y brillantes, la pintura tan bien frotada, el latón bruñido y el propio puntal engalanado con plantas trepadoras— y su aspecto de veterano sonriente y bien cuidado, sentado con su muleta y todo en el rincón más soleado del jardín, la señalaban como una casa apropiada para personas acomodadas. Mal cuidada, no habría tardado en sumirse en la más negra decadencia. Tal como estaba, le gustaba a toda la familia, y el médico nunca estaba tan inspirado como cuando narraba su historia imaginaria y escarbaba en las vidas de sus dueños sucesivos: desde el mercader hebreo que mandó reconstruir sus paredes tras el saqueo de la ciudad, pasando por el misterioso profesor que grabó las runas, hasta el palurdo de cara alargada y manos sucias a quien se la había comprado por una miseria. En cuanto al posible riesgo de derrumbe, ni siquiera se les había pasado por la cabeza. Lo que había resistido cuatro siglos, bien podía resistir unos años más.
De hecho, ese invierno, tras el hallazgo y desaparición del tesoro, los Desprez tuvieron otro motivo de preocupación que les tocaba muy de cerca: Jean-Marie sencillamente no parecía el mismo. En ocasiones le acometía una actividad febril y se esforzaba por complacer a todo el mundo, se mostraba locuaz y redoblaba su atención en las clases. En cambio, otras veces lo aquejaba la melancolía y se sumía en un hosco silencio hasta el punto de ponerse casi insoportable.
—El silencio —moralizaba el médico—. Ya ves, Anastasie, las consecuencias del silencio. Si el chico se hubiese desahogado en su momento, hace tiempo que habría olvidado la pequeña decepción producida por la pérdida del tesoro y la leve molestia de la grosería de Casimir. Sin embargo, ahora le afectan como una enfermedad. Ha perdido peso, su apetito es variable y en general ha disminuido. Le hago seguir un régimen estricto, le he recetado los tónicos más poderosos, pero en vano.
—¿No crees que le das demasiadas medicinas? —preguntó madame con un irresistible escalofrío.
—¿Medicinas? —exclamó el médico—. ¿Medicinas yo? ¡Anastasie, tú te has vuelto loca!
Fueron pasando los días y la salud del muchacho siguió declinando lentamente. El médico culpó al tiempo, que era frío y tormentoso. Mandó llamar a su confrère de Bourron, acabó por cogerle afecto, exageró su habilidad y no tardó en estar él mismo en tratamiento, sin que nadie supiese muy bien por qué. Tanto él como Jean-Marie tenían que tomarse sus medicinas en distintos momentos del día. Y el médico se acostaba reloj en mano esperando la hora exacta.
—No hay nada como la regularidad —decía, preparaba las dosis y se explayaba acerca de las virtudes del jarabe, y, si bien es cierto que el chico no daba síntomas de mejorar, el médico tampoco pareció empeorar.
El día del complot de la pólvora,[10] Jean-Marie estaba más alicaído que de costumbre. Hacía un tiempo desapacible y borrascoso. Enormes bancos de nubes surcaban el cielo, los rayos de sol barrían el pueblo, seguidos de intervalos de oscuridad y lluvia. De vez en cuando el viento alzaba la voz y se ponía a aullar. Los árboles se fustigaban unos a otros en los prados y las últimas hojas volaban como si fuesen polvo.
En compañía del muchacho y con aquel tiempo tan malo, el médico estaba en su elemento, pues tenía una teoría que demostrar: se sentó con un reloj y un barómetro a esperar el paso de los chubascos para anotar el efecto que tenían en el pulso.
—Para el verdadero filósofo —observó muy satisfecho—, cualquier fenómeno de la naturaleza es un motivo de gozo.
En ese momento le entregaron una carta, pero como su llegada coincidió con la proximidad de un nuevo chubasco, se limitó a metérsela en el bolsillo, le indicó la hora a Jean-Marie y poco después ambos estaban tomándose el pulso como si les fuese la vida en ello.
Al anochecer el viento arreció hasta convertirse en una tempestad. Asedió al pueblecito por doquier como baterías de cañones, las casas temblaban y se estremecían, las ascuas encendidas saltaban al suelo desde la chimenea. El miedo y el estruendo tuvieron a la gente despierta hasta muy tarde mientras oían, lívidos, cómo soplaba el vendaval.
Dieron las doce antes de que la familia Desprez se retirase a descansar. A eso de la una y media, cuando había pasado ya lo peor de la tormenta, el médico despertó de un inquieto duermevela y se sentó en la cama. Le pareció oír un ruido, pero fue incapaz de determinar si era real o soñado. Siguió otra racha de viento, acompañada de un desagradable movimiento de toda la casa, y en el silencio subsiguiente Desprez oyó cómo caían las tejas como una catarata sobre el suelo del desván. Arrancó a Anastasie de la cama.
—¡Corre! —exclamó, alcanzándole un poco de ropa—. ¡Que se cae la casa! ¡Al jardín!
Ella no esperó que se lo dijeran dos veces, y bajó las escaleras a toda prisa. Jamás había sospechado que fuese capaz de moverse con tanta agilidad. Entretanto el médico, a la velocidad de un personaje sacado de una pantomima, y sin miedo a romperse una pierna, corrió a despertar a Jean-Marie, arrancó a Aline de sus sueños virginales, la cogió de la mano y bajó dando tumbos por las escaleras hasta el jardín, con la chica tambaleándose medio dormida tras él.
Los fugitivos se reunieron, como empujados por un instinto común, junto al emparrado. Luego la luna asomó por un ojo de buey abierto entre las nubes y mostró a las cuatro figuras a medio vestir, acurrucadas para protegerse del viento, y no poco necesitadas de ropa de más abrigo. Ante la humillación de aquel espectáculo Anastasie se envolvió desesperada en su bata de noche y rompió a llorar ruidosamente. El médico voló a consolarla, pero ella lo apartó con el codo. Tenía la sensación de que todo el mundo la miraba y de que cientos de ojos la espiaban en la oscuridad.
Se produjo un nuevo resplandor acompañado de otra violenta racha de viento y la casa tembló hasta los cimientos, y, justo cuando la luz empezaba a eclipsarse, un crujido que se impuso al estruendo del viento anunció su caída, y, en un momento, todo el jardín se llenó de tejas y ladrillos. Uno de aquellos proyectiles rozó la oreja del médico y otro impactó contra el pie desnudo de Aline, quien enseguida llenó la noche con sus chillidos.
Para entonces había cundido la alarma en el pueblo, se encendieron luces en las ventanas, el grupo oyó gritos que les llamaban, y el médico respondió contendiendo dignamente contra Aline y la tempestad. Pero la perspectiva de que pudieran ir a ayudarles solo sirvió para aumentar el terror que sentía Anastasie.
—Henri, a este paso conseguirás que venga alguien —le gritó al oído a su marido.
—Eso espero —replicó él.
—No puede ser. Antes prefiero morirme —gimoteó.
—Querida —le reprochó el médico—, estás muy nerviosa. Antes te di un poco de ropa. ¿Qué has hecho con ella?
—No lo sé…, debo de haberla tirado por ahí. ¿Dónde está? —sollozó.
Desprez tanteó en la oscuridad.
—Estupendo —observó—, ¡mis pantalones de pana verde! Justo lo que necesitas.
—Dámelos —le gritó ella con impaciencia, pero en cuanto los tuvo en sus manos, pareció cambiar de opinión…, guardó silencio un instante y luego le devolvió la prenda al médico—. Dáselos a Aline —dijo—, pobrecita.
—¡Tonterías! —dijo el médico—. Aline no se da cuenta de nada. El miedo la tiene fuera de sí, y en cualquier caso es una campesina. Me preocupa que estés expuesta a la intemperie sin estar acostumbrada, tanto mi solicitud como tu absurda modestia apuntan ambas al mismo remedio: los pantalones.
El rescate estaba ya cerca. Había sido imposible acceder desde la calle, pues la puerta estaba bloqueada por los ladrillos, y las tambaleantes ruinas amenazaban con nuevos desplomes. Pero entre el jardín del médico y el de la casa de la derecha había una pintoresca construcción: un pozo público; la puerta por el lado de Desprez resultó estar abierta, y a través del hueco, en aquella oscuridad ventosa donde Anastasie ocultaba su desgracia, entraron la cara barbuda de un hombre y un brazo que sostenía una linterna. La luz se movió de aquí para allá entre las ramas de los árboles, y centelleó sobre la hierba, pero la linterna y la cara se convirtieron en el centro del mundo. Anastasie se encogió ante aquella intromisión.
—¡Por aquí! —gritó el hombre—. ¿Están todos bien?
Aline, sin dejar de chillar, corrió hacia el recién llegado y enseguida la sacaron con la cabeza por delante a través del hueco de la tapia.
—Vamos, Anastasie, ahora te toca a ti —dijo su marido.
—No puedo —replicó.
—¿Es que quieres que muramos todos de frío? —tronó el doctor Desprez.
—Puedes irte —gritó ella—. ¡Sí, vete, vete! Yo me quedaré, no tengo frío.
El médico la cogió por los hombros con un juramento.
—¡Alto! —chilló ella—. Me los pondré. —Cogió la odiada prenda, pero su repulsión fue superior a su vergüenza—. ¡Nunca! —exclamó estremecida, y los lanzó hacia la oscuridad.
Momentos después el médico la empujó hacia el pozo. Allí la esperaban el hombre y la linterna. Anastasie cerró los ojos y creyó morir. No llegó a saber cómo la transportaron por el hueco, pero una vez al otro lado la recibió la mujer del vecino y la envolvió en una cálida manta.
Tenían preparadas camas para las dos mujeres, y ropa de tallas diversas para el médico y Jean-Marie; y el resto de la noche, mientras madame dormitaba al borde de la histeria, su marido sentado junto al fuego charló con los admirados vecinos. Por fin, les explicó las causas del accidente: hacía años que la casa amenazaba ruina con toda clase de indicios, las juntas se habían abierto, la escayola se había agrietado, las viejas paredes se habían abombado y desde hacía tres semanas costaba mucho esfuerzo abrir la puerta de la bodega.
—¡La bodega! —dijo moviendo solemnemente la cabeza mientras bebía un vaso de vino caliente—. Eso me recuerda a mis pobres reservas. Ha sido ciertamente providencial que casi nos hubiésemos acabado el Hermitage. Solo hemos perdido una botella de ese vino incomparable. La estábamos reservando para el día de la boda de Jean-Marie. En fin, tendré que conseguir algunas más, eso añadirá interés a mi vida. De todos modos, soy un hombre de edad avanzada. Mi gran obra yace enterrada bajo los escombros de mi humilde techo, ya nunca llegará a completarse…, mi nombre se habrá escrito en el agua. Y, sin embargo, ya ven que conservo la calma…, e incluso estoy alegre. ¿Podrían sus curas hacer otro tanto?
Nada más despuntar el día, el grupo se apartó del fuego para salir a la calle. El viento había amainado, pero seguía empujando un tropel de nubes, el aire mordía como si fuera escarcha, y el grupo, mientras pululaba entre las ruinas a la luz lluviosa de la mañana, se daba golpes en el pecho y se soplaba en las manos para calentarlas. La casa se había derrumbado por completo: los muros estaban caídos y el techo hundido. Solo quedaba un montón de escombros en el que asomaban aquí y allá una viga rota o un pilar aislado. Dejaron a un centinela entre las ruinas para proteger la propiedad y fueron todos a desayunar a casa de Tentaillon a costa del médico. La botella circuló pródigamente y, antes de que se levantaran de la mesa, empezó a nevar.
Estuvo nevando tres días y nadie tocó las ruinas, que habían cubierto con toldos y dejado al cuidado de los centinelas. Entretanto, los Desprez se habían instalado en casa de Tentaillon. Madame se pasaba el día en la cocina preparando deliciosos manjares, con la ayuda admirada de madame Tentaillon, o sentada junto al fuego en actitud contemplativa. La caída de la casa la afectó muy poco, aquel golpe había sido contrarrestado por otro, y en su imaginación no hacía más que revivir la batalla de los pantalones. ¿Había obrado bien? ¿Había obrado mal? Unas veces se felicitaba por su determinación y otras lamentaba ruborizada con inútil penitencia no habérselos puesto. Ningún otro suceso de su vida le había hecho pensar tanto. Entretanto el médico se había contentado con su situación. Dos veraneantes se habían quedado prisioneros en la fonda a la espera de que les enviasen dinero; ambos eran ingleses, pero uno hablaba francés con fluidez y era además un tipo muy ocurrente y divertido con quien el médico pasaba horas razonando. Juntos vaciaron muchos vasos y discutieron infinidad de asuntos.
—Anastasie —dijo el médico la tercera mañana—, ¡a ver si tomas ejemplo de tu marido y de Jean-Marie! La emoción ha hecho más por el chico que todos mis tónicos, se nota que disfruta montando guardia en la casa. En cuanto a mí, ya ves, he hecho las paces con los egipcios, y te aseguro que mi faraón es un interlocutor de lo más agradable. Tú eres la única que está disgustada. ¿Es por la casa…? ¿Has perdido unos cuantos vestidos? ¿Qué es eso comparado con la Farmacopea? El trabajo de años enterrado entre piedras y tablones en este deprimente villorrio. ¡La nieve cae, pero yo la sacudo de mi abrigo! Haz como yo. Admito que nuestra fortuna se verá perjudicada, puesto que tendremos que reconstruir la casa, pero la moderación, la paciencia y la filosofía se reunirán en torno a nuestro hogar. Entretanto, los Tentaillon son hospitalarios; la comida, con tu colaboración, es más que pasable; solo el vino es deleznable…, pero mandaré a comprar un poco hoy. Mi faraón se alegrará de beber un vaso decente. Y así comprobaré si posee la cumbre de la perfección: un buen paladar. Si tiene buen paladar, será perfecto.
—Henri —dijo ella moviendo la cabeza—, tú eres un hombre, no puedes comprender mis sentimientos, ninguna mujer podría olvidar el recuerdo de semejante humillación en público.
El médico no pudo evitar una risita.
—Disculpa, querida —dijo—, pero para una inteligencia filosófica, el incidente parece una minucia insignificante. Estabas muy bien…
—¡Henri! —exclamó ella.
—De acuerdo, de acuerdo, no diré nada más —replicó—. Aunque, sin duda, si hubieses consentido en vestirte… À propos —se interrumpió—, ¡mis pantalones! Están tirados en mitad de la nieve… ¡mis pantalones favoritos!
Y salió disparado en busca de Jean-Marie.
Dos horas después, el chico volvió a la fonda con una pala debajo del brazo y un curioso bulto de ropas empapadas debajo del otro.
El médico lo cogió desconsolado.
—¡Fueron —dijo—, pues es necesario hablar en pasado, unos pantalones excelentes! Espera, hay algo en el bolsillo. —Y sacó un sobre—. ¡Una carta!, sí, ahora lo recuerdo, llegó la mañana de la tormenta, cuando estaba absorbido por una meticulosa investigación. Todavía es legible. ¡Es del bueno de Casimir, pobrecillo! Menos mal —se rió— que le he enseñado a ser paciente. El pobre Casimir y su correspondencia…, su infinitesimal, timorata y estúpida correspondencia. —Abrió el sobre con sumo cuidado, y cuando se inclinó para descifrar lo que decía la carta frunció el ceño—. Bigre! —exclamó dando un respingo. Luego arrojó la carta al fuego y se puso apresuradamente el gorro de dormir—. ¡Diez minutos! Todavía puedo cogerlo, si me doy prisa —exclamó—. Siempre va con retraso. Me marcho a París. Ya os telegrafiaré.
—¡Henri!, ¿qué ocurre? —preguntó su mujer.
—¡Los bonos otomanos! —respondió el médico mientras desaparecía, y Anastasie y Jean-Marie se quedaron mirándose el uno al otro con los pantalones mojados en la mano. Desprez se había ido a París por segunda vez en siete años: se había marchado con un par de zuecos, una chaqueta de punto, una blusa negra, un gorro de dormir y veinte francos en el bolsillo. Comparado con la caída de la casa, aquel era un prodigio secundario: el mundo entero podría haberse hundido y la familia no se habría quedado tan perpleja.
8
El salario de la filosofía

A la mañana siguiente, el médico, convertido en una sombra de sí mismo, regresó acompañado por Casimir. Encontraron a Anastasie y al chico sentados junto al fuego, y Desprez, que había cambiado su vestimenta por un traje barato, les saludó con un gesto al entrar y se sentó sin decir nada en la silla más próxima. Madame se volvió hacia Casimir.
—¿Qué ocurre? —exclamó.
—Pues que por fin ha sucedido lo que yo os había advertido tantas veces —replicó Casimir—. Esta vez os han limpiado, así que ya podéis haceros a la idea y tomároslo lo mejor que podáis. Y encima se os ha hundido la casa, ¿eh? Eso sí que es mala suerte.
—¿Estamos…, estamos… arruinados? —balbució.
El médico extendió los brazos hacia ella.
—Arruinados —replicó—, estás en la ruina por culpa de tu funesto marido.
Casimir observó a través de su monóculo cómo se abrazaban, luego se volvió Jean-Marie.
—¿Lo has oído? —dijo—. Están arruinados, se acabaron los robos, la casa y las chuletas. Me parece, amigo mío, que más te vale hacer las maletas, aquí ya no hay nada que rascar.
Y le hizo un gesto significativo.
—¡Nunca! —gritó Desprez poniéndose en pie de un salto—. Jean-Marie, si prefieres dejarme, ahora que soy pobre, puedes hacerlo: recibirás tus cien francos, aunque sea lo último que me quede. Pero si aceptas quedarte —el médico gimoteó un poco—, Casimir me ha ofrecido un puesto…, como empleado —prosiguió—. El sueldo es escaso, pero bastará para los tres. Ya es bastante desgracia haber perdido mi fortuna, ¿acaso debo perder también a mi hijo?
Jean-Marie sollozó amargamente, pero no dijo una palabra.
—No me gustan los niños llorones —observó Casimir—. Y este se pasa el día llorando. ¡Eh, tú!, déjanos solos un rato. Tengo asuntos que tratar con tu amo y tu ama, podéis dejar para después estos sentimientos domésticos. ¡Andando!
Y le abrió la puerta.
Jean-Marie salió como un ladrón al que han sorprendido in fraganti.
A las doce todos se sentaron a la mesa excepto Jean-Marie.
—¿Qué os dije? —exclamó Casimir—. Se ha ido, ya veis que entendió mis insinuaciones.
—Reconozco —dijo Desprez— que no encuentro excusas para su ausencia. Su falta de corazón me decepciona amargamente.
—Su falta de buenos modales —le corrigió Casimir—. Corazón no ha tenido nunca. Vamos, Desprez, para ser tan inteligente eres el hombre más crédulo del mundo. Tu ignorancia de la naturaleza y los asuntos humanos es increíble. Te dejas estafar por unos turcos infieles y por un niño vagabundo, te estafan a diestro y siniestro. Debe de ser el fruto de tu imaginación. Doy gracias a Dios de no tener ninguna.
—Disculpa —replicó Desprez, todavía humildemente, pero un poco más animado—, discúlpame, Casimir. Tú posees imaginación comercial en un altísimo grado. Ha sido la falta de ella, que por lo visto constituye mi punto flaco, la que me ha producido estos descalabros. Mediante la imaginación comercial, el financiero prevé el destino de sus inversiones y repara en si la casa está ruinosa…
—Claro —le interrumpió Casimir—, y nuestro amigo el mozo de cuadras también parece haber tenido su parte en ello.
El doctor guardó silencio, y la comida continuó y terminó al son de la nada consoladora conversación del cuñado. Ignoró a los dos jóvenes pintores ingleses, y se limitó a mirarlos con el monóculo cuando lo saludaron y a seguir con sus observaciones como si estuviese solo. Cada una de sus palabras hacía otro rasgón en el globo de la vanidad de Desprez. A la hora de servir el café el pobre médico parecía un trapo viejo.
—Vayamos a ver las ruinas —dijo Casimir.
Salieron los dos a la calle. La caída de la casa, como la pérdida de uno de los dientes delanteros, había transformado el pueblo. A través del hueco se veía una gran extensión de terreno nevado y el villorrio parecía ahora más pequeño. Era como una habitación con la puerta abierta. El centinela estaba junto a la puerta verde muy colorado y muerto de frío, pero tuvo una palabra amable para el médico y su acaudalado pariente.
Casimir contempló el montón de ruinas y comprobó la calidad de los toldos.
—En fin —dijo—, espero que el arco de la bodega haya aguantado. Si es así, cuñado, te daré un buen precio por los vinos.
—Mañana empezaremos a excavar —dijo el centinela—. No parece que vaya a nevar más.
—Amigo mío —respondió Casimir muy sentencioso—, antes espera a ver si cobras.
El médico hizo una mueca y empezó a empujar a su ofensivo cuñado hacia la fonda de Tentaillon. En la casa habría menos oyentes y ya estarían al tanto de su desgracia.
—¡Vaya! —exclamó Casimir—. Ahí va el mozo de cuadras con su equipaje; no, caramba, parece que lo lleva a la fonda.
Y ciertamente vieron a Jean-Marie cruzar la calle nevada y entrar en casa de Tentaillon tambaleándose bajo el peso de un enorme cesto.
El médico se detuvo dominado por una esperanza súbita y descabellada.
—¿Qué llevará ahí? —dijo—. Vayamos a verlo.
Y apresuró el paso.
—Su equipaje, sin duda —respondió Casimir—. Se marcha…, aconsejado por su imaginación comercial.
—No veía ese cesto desde…, desde hace mucho tiempo —observó el médico.
—Ni lo verás mucho más —se burló Casimir—, a menos, claro, que intervengamos. Y, a propósito, insisto en examinarlo.
—No será necesario —dijo Desprez con un sollozo, y echó a correr después de echarle una mirada llorosa y triunfante a Casimir.
«Quisiera saber qué demonios le ocurre», pensó Casimir, y luego le pudo la curiosidad e, imitando el ejemplo del médico, echó a correr él también hacia la fonda.
El cesto era tan grande y pesado y Jean-Marie estaba tan cansado y era tan pequeño que había tardado un buen rato en subirlo a la habitación del médico, y acababa de dejarlo en el suelo enfrente de Anastasie cuando llegó el médico, seguido de cerca por el hombre de negocios. El niño y el cesto estaban en un estado lamentable, pues el uno llevaba cuatro meses enterrado en cierta cueva que hay camino de Achères, y el otro había corrido casi ocho kilómetros tan rápido como lo habían llevado sus piernas, y la mitad de esa distancia bajo un peso considerable.
—Jean-Marie —gritó el médico en un tono de voz demasiado seráfico para llamarlo histérico—, ¿es…? ¡Sí! —exclamó—. ¡Oh, hijo mío, hijo mío!
Y se sentó sobre el cesto y rompió a llorar como un niño.
—Ahora no os iréis a París —dijo Jean-Marie tímidamente.
—Casimir —dijo Desprez, alzando la cara cubierta de lágrimas—, ¿ves a ese chico, ese ángel? Él es el ladrón: le robó el tesoro a un hombre a quien no podía confiársele y me lo devuelve ahora que me he vuelto más sobrio y más humilde. Estos, Casimir, son los Frutos de mis Enseñanzas, y este momento es la Recompensa de mi Vida.
—Tiens —dijo Casimir.

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