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miércoles, 5 de julio de 2017

La Tía Mame (Patrick Dennis)

La Tía Mame
Patrick Dennis

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RESEÑA

Un niño de diez años queda huérfano en la poco edificante América de mil novecientos veinte y es puesto bajo la potestad de una dama excéntrica, obsesionada por estar à la page, vital, caprichosa, seductora y adorable. Junto a ella, pasará los siguientes treinta años en una espiral incesante de fiestas, amores, aventuras y diversos golpes de fortuna.

El lector, atónito, suspendido entre la fascinación de advertir muchos de los risibles tics de su propia época y la carcajada explosiva de quien se ve arrastrado hacia un vertiginoso torbellino, vivirá lo cómico en todos sus registros, «desde el dickensiano hasta el pastel lanzado a la cara» (en ajustadas palabras de Pietro Citati).

Y todo ello por obra y gracia de una de las tías más inolvidables que haya concebido nunca un escritor moderno, cuyo perfume sentimos flotar en el aire, con las lágrimas presentes aún en nuestros ojos, mucho después de haber cerrado el libro.

Hay una producción de Broadway de 1956, Auntie Mame, protagonizada por Rosalind Russell, y una adaptación cinematográfica de 1958. En 1966, un musical de Jerry Herman Mame, con Angela Lansbury como protagonista. Otra versión de la película protagonizada por Lucille Ball y Bea Arthur en 1974.

I. LA TÍA MAME Y EL HUERFANITO
II. LA TÍA MAME Y LA HORA DE LOS NIÑOS
III. LA TÍA MAME EN EL TEMPLO DE MAMMÓN
IV. LA TÍA MAME Y LA BELLEZA SUREÑA
V. LA TÍA MAME, DAMA DE LAS LETRAS
VI. LA TÍA MAME EN MISIÓN DE AUXILIO
VII. LA TÍA MAME EN LA UNIVERSIDAD
VIII. LA TÍA MAME Y MI AMOR FRUSTRADO
IX. LA TÍA MAME Y EL LLAMAMIENTO A LAS ARMAS
X. EL VERANO DORADO DE TÍA MAME
XI. LA TÍA MAME VUELVE A LAS ANDADAS
Glosario
notes


Patrick Dennis

LA TÍA MAME
I. LA TÍA MAME Y EL HUERFANITO
Lleva todo el día lloviendo. No es que me moleste la lluvia, pero hoy había prometido poner las mosquiteras y llevar a mi hijo a la playa. También me había propuesto usar unas plantillas para decorar con diseños mareantes las paredes de la parte del sótano que el agente inmobiliario llamó sala de recreo y empezar a acabar lo que el agente inmobiliario denominó desván inacabado, ideal para habitación de invitados, sala de juegos, estudio o leonera.
De un modo u otro me desvié de mis propósitos justo después del desayuno.
Todo empezó por culpa de un viejo ejemplar del Reader's Digest. Es una revista que apenas leo. No necesito hacerlo, porque oigo comentar sus artículos cada mañana en el tren de las 7:51 y cada tarde en el de las 18:03. Todo el mundo en Verdant Greens —un barrio de doscientas casas de cuatro estilos diferentes— tiene una fe ciega en el Digest. De hecho, nadie habla de otra cosa.
Pero hete aquí que la revista ejerce también sobre mí la misma fascinación que una serpiente sobre un pajarillo. Casi contra mi voluntad, leo sobre los peligros de nuestras escuelas públicas; lo entretenido que es el parto natural; cómo una comunidad en Oregón acabó con una red de traficantes de drogas; y acerca de alguien a quien un escritor famoso —he olvidado cuál— considera el personaje más inolvidable que ha conocido.
Eso hizo que interrumpiera la lectura.
¿Personaje inolvidable? Vamos, hombre, ¡ese escritor no debe de haber conocido a nadie en toda su vida! No sabría lo que significa la palabra «personaje» a menos que hubiese conocido a mi tía Mame. Nadie lo sabría. Sin embargo, había ciertos paralelismos entre su personaje inolvidable y el mío. El suyo era una encantadora solterona de Nueva Inglaterra que vivía en una encantadora casita blanca de madera y una mañana abrió su encantadora puertecita verde pensando que iba a encontrar el Hartford Courant. En lugar de eso encontró una encantadora cestita de mimbre con un encantador bebé en su interior. El resto del artículo contaba cómo el personaje inolvidable acogía al bebé y lo criaba como si fuera suyo. Entonces dejé el Digest y empecé a pensar en la encantadora señora que me crió a mí.
En 1928 mi padre sufrió un leve ataque al corazón y tuvo que guardar cama unos días. Además del dolor en el pecho, desarrolló cierta conciencia cósmica y la intuición de que no iba a vivir eternamente. Como no tenía nada mejor que hacer, telefoneó a su secretaria, que se parecía a Bebe Daniels, y le dictó su testamento. La secretaria mecanografió un original y cuatro copias, se puso el sombrero y cogió un taxi desde la calle La Salle hasta el Hotel Edgewater Beach para que mi padre lo firmara.
El testamento era muy breve y original. Decía:

En caso de fallecimiento, lego todas mis posesiones terrenales a mi único hijo, Patrick. Si falleciera antes de que el chico haya cumplido los dieciocho años, nombro a mi hermana, Mame Dennis, domiciliada en el número 3 de Beekman Place, en la ciudad de Nueva York, tutora legal de Patrick.
Patrick deberá ser educado como protestante y enviado a colegios tradicionales. Mame sabrá a lo que me refiero. Todo el dinero y los valores que dejo deberán ser gestionados por la Knickerbocker Trust Company de la ciudad de Nueva York. Mame será la primera en comprender lo acertado de esta decisión. No obstante, no quiero que se arruine por tener que criar a mi hijo. Podrá enviar mensualmente las facturas por su manutención, alojamiento, ropa, educación, gastos médicos y demás. Pero la Trust Company tendrá derecho a cuestionar cualquier artículo que le parezca inusual o excéntrico antes de reembolsárselo a mi hermana.
También lego cinco mil dólares (5 000 $) a nuestra fiel sirvienta, Norah Muldoon, para que pueda jubilarse cómodamente en ese sitio de Irlanda del que siempre habla.

Norah salió al patio a buscarme y mi padre me leyó su testamento con voz temblorosa. Afirmó que mi tía Mame era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro, aunque no siempre podemos elegir y la tía Mame era mi único pariente vivo. La secretaria y el camarero del servicio de habitaciones dieron fe de la firma del testamento.
La semana siguiente mi padre había olvidado su enfermedad y estaba jugando al golf. Un año después cayó fulminado en la sauna del Athletic Club de Chicago y quedé huérfano.
No recuerdo muy bien el funeral de mi padre, sólo que hacía mucho calor y que había rosas auténticas en los jarrones de la limusina de la funeraria Pierce-Arrow. El cortejo fúnebre lo integraban, aparte, por supuesto, de Norah y de mí, varios hombres afables y corpulentos que hablaban entre murmullos de jugar un partido de al menos nueve hoyos cuando acabara aquello.
Norah lloró mucho. Yo no. En mis diez años de vida apenas había hablado con mi padre. Nos veíamos sólo en el desayuno, que para él consistía en un café solo, Bromo-Seltzer y el Chicago Tribune. Si alguna vez se me ocurría decir algo, se sujetaba la cabeza y replicaba: «Cierra el pico, chico, tu padre está de resaca», frase que no entendí hasta varios años después de su muerte. Todos los años, el día de mi cumpleaños, nos enviaba a Norah y a mí a una sesión matinal de algún espectáculo en el que actuasen Joe Cook, Fred Stone o tal vez el circo Sells-Floto. Una vez me llevó a cenar a un lugar llamado Casa de Alex con una hermosa mujer llamada Lucille. Ella nos llamaba a los dos «cariño» y olía muy bien. Me gustó. Aparte de eso, apenas vi a mi padre. Mi vida transcurría en la escuela latina para chicos de Chicago, o en el área vigilada de juegos con los demás niños que vivían en el hotel, o jugando en la suite con Norah.
Después de que lo dejaran «descansar en paz», como dijo Norah, los hombres afables y corpulentos se marcharon al campo de golf y la limusina nos llevó de vuelta al Edgewater Beach. Norah se quitó el abrigo negro y el velo y me dijo que podía quitarme el traje de sarga azul. Afirmó que el socio de mi padre, el señor Gilbert, y otro caballero iban a venir a vernos y me advirtió que no me fuese muy lejos pues tenía que firmar unos papeles.
Fui a mi habitación y practiqué mi firma en el papel timbrado del hotel. Poco después, llegaron el señor Gilbert y el otro hombre. Los oí hablar con Norah, aunque casi no entendí nada de lo que decían. Norah lloró un poco y dijo algo sobre aquel hombre tan bueno y generoso al que acababan de enterrar. El desconocido dijo llamarse Babcock y ser mi fideicomisario, lo cual me interesó mucho pues Norah y yo habíamos visto hacía poco una película en la que un comisario de policía salvaba a la hija del alcaide durante un motín carcelario. El señor Babcock mencionó un testamento muy irregular aunque sin fisuras.
Norah afirmó que ella no entendía de cuestiones económicas, pero que sin duda era un montón de dinero.
El señor Gilbert explicó que el chico tenía que endosar ese cheque garantizado en presencia del representante de la Trust Company, luego firmaría ante notario y así concluiría de una vez por todas la transacción. A mí todo me pareció vagamente siniestro. El señor Babcock confirmó que, mmm..., sí, todo era correcto.
Norah volvió a echarse a llorar y dijo que era una fortuna para un niño tan pequeño y el fideicomisario respondió que sí, que era una suma considerable, aunque él había tratado con gente como los Wilmerding y los Gould y ésos sí que tenían dinero de verdad.
A mí me pareció que estaban organizando demasiado revuelo si no se trataba de dinero auténtico.
Luego Norah entró en el dormitorio y me pidió que saliera a estrechar la mano del señor Gilbert y del otro caballero como un hombrecito. Lo hice. El señor Gilbert dijo que me estaba portando como un auténtico soldado y el señor Babcock, el fideicomisario, afirmó que tenía un hijo en Scarsdale justo de mi edad y esperaba que fuésemos buenos amigos.
El señor Gilbert descolgó el teléfono y preguntó si podían enviarnos un notario público. Firmé dos hojas de papel. El notario murmuró alguna cosa y luego las selló. El señor Gilbert aseguró que ya estaba y que tenía que marcharse si quería llegar a Winnetka. El señor Babcock nos informó de que se alojaba en el Club Universitario y de que, si Norah quería alguna cosa, podría localizarlo allí. Volvieron a estrecharme la mano y el señor Gilbert repitió que yo era un auténtico soldado. Luego cogieron sus sombreros de paja y se marcharon.
En cuanto nos dejaron solos, Norah afirmó que había sido un cielo y preguntó si me apetecería ir al Salón Naval a cenar y luego tal vez a ver una película sonora Vitaphone.
Ése fue el fin de mi padre.
No había mucho equipaje que hacer. Nuestra suite constaba de un gran salón y tres dormitorios, todos amueblados por el Hotel Edgewater Beach. Los únicos bibelots que poseía mi padre eran dos cepillos de plata para el pelo y dos fotografías.
—Tu padre vivía como un árabe —dijo Norah. Me había acostumbrado tanto a las dos fotografías que nunca les presté atención. Una era de mi madre, que murió al nacer yo. La otra mostraba a una mujer de ojos centelleantes con un chal español y una enorme rosa detrás de la oreja—. Parece una auténtica italiana —afirmó Norah. Era mi tía Mame.
Norah y el señor Babcock revisaron las pertenencias personales de mi padre. Él se llevó todos los papeles, el reloj de oro de mi padre y los gemelos de perlas y las joyas de mi madre para guardarlos hasta que yo fuese lo bastante mayor para «poder apreciarlos». El camarero del servicio de habitaciones se quedó con los trajes de mi padre. Sus palos de golf, mis juguetes y mis libros los enviaron a una institución benéfica. Luego Norah sacó los retratos de mi madre y de la tía Mame de sus marcos y los recortó para que me cupieran en el bolsillo trasero del pantalón.
—Así llevarás los rostros de tus allegados cerca del corazón —explicó.
Todo quedó arreglado. Norah compró un traje fino de luto para mí en Carson, Pirie, Scott's y un despampanante sombrero para ella. El señor Gilbert y la compañía fiduciaria hicieron todas las gestiones necesarias para nuestro viaje a Nueva York. El 13 de junio estuvimos listos para irnos.
Recuerdo el día que partimos de Chicago porque nunca me habían permitido quedarme despierto hasta tan tarde. Los empleados del hotel hicieron una colecta y le regalaron a Norah una maleta de piel de cocodrilo, un rosario de malaquita y un gran ramo de rosas «American Beauty». A mí me regalaron un libro titulado Héroes de la Biblia que todo niño debería conocer: el Antiguo Testamento. Norah me llevó a despedirme de todos los niños que vivían en el hotel y, a las siete de la tarde, el servicio de habitaciones nos subió la cena, con tres postres diferentes y los saludos del cocinero. A las nueve de la noche, Norah volvió a pedirme que me lavara las manos y la cara, cepilló mi flamante traje de luto, me enganchó una medallita de san Cristóbal en la ropa interior, lloró, se puso su sombrero nuevo, lloró, recogió las rosas, realizó una última y breve inspección de la suite, lloró y ocupó su asiento en el autobús del hotel.

* * *

Era fácil darse cuenta de que Norah estaba tan poco habituada a viajar en tren en primera clase como yo. Estaba nerviosa en el compartimento y soltó un gritito cuando abrí el grifo del lavabo. Leyó en voz alta todas las advertencias, me advirtió de que no me acercara al ventilador eléctrico y de que no tirara de la cadena del inodoro hasta que el tren estuviese en marcha. Luego se corrigió y me pidió que sencillamente no lo usara..., vete a saber quién había estado allí antes.
Tuvimos una pequeña discusión acerca de quién dormiría en la litera de arriba. Yo quería hacerlo, pero Norah fue inflexible. Me alegré cuando estuvo a punto de caerse al subir, pero ella afirmó que prefería morir en el intento a pedir una escalera y que aquel negro la viera en camisón. A las diez, el tren se puso en movimiento y yo me tumbé en mi litera a ver pasar por la ventana las luces del South Side. Antes de que llegásemos a la estación de Englewood me quedé dormido, y eso fue lo último que vi de Chicago.
Fue emocionante desayunar mientras el gran tren New York Central atravesaba los campos a toda velocidad. Norah había perdido el miedo a los viajes en tren y sostuvo una auténtica conversación con el camarero de color.
—Sí —estaba diciendo Norah—, llevo ya treinta años en este país. Vine cuando era una niña y todavía estaba muy verde. Empecé a... servir en Boston, Massachusetts, nada menos que en Commonwealth Avenue, ¡oh!, la de escaleras que tenía aquella casa, cuando la madre de este chiquillo era sólo una cría. Luego se casó y me llevó con ella a Chicago. ¡No sabe usted el miedo que pasé! Pensaba que aquello estaría lleno de indios pieles rojas. Cómete el huevo, cariño —me dijo—. Primero murió ella —prosiguió Norah—, y yo me quedé a cuidar del muchacho. Luego falleció el señor Dennis. Así sin más, en el Athletic Club. Y ahora tengo la triste misión de llevar el niño con su tía Mame a Nueva York. Figúrese, apenas ha cumplido los diez años y ya no tiene ni padre ni madre. —Norah se enjugó los ojos. El camarero respondió que yo era muy valiente—. Enséñale la foto de tu tía Mame, cariño —dijo Norah. A mí me dio vergüenza, pero eché mano al bolsillo trasero de mi pantalón y saqué la foto de mi tía, disfrazada de Carmen—. Y, dígame, Beekman Place ¿es un buen barrio para criar a un niño? Está acostumbrado a tener lo mejor.
—¡Oh, sí, señora! —respondió el camarero—, muy buen barrio. Un primo mío trabaja en Beekman Place. Allí casi todo el mundo es millonario.
Animada por su triunfal presentación en sociedad entre el personal del New York Central, Norah pidió otra tetera y miró a los demás pasajeros con aire imperioso.
Pasamos el resto de la mañana en nuestro compartimento, que misteriosamente se había transformado de dormitorio en una especie de salón. Norah rezó el rosario, con especial mención a las Siete Ciudades del Pecado, y luego empezó a hacer encaje de bolillos. Después del desayuno, Norah se las arregló para decirles, cada vez más altanera, al mozo de cuerda y al revisor que yo era un niño heredero de una fortuna, «igualito que el rey como-se-llame de Rumania», y que iba a vivir con mi tía Mame, una señora muy rica y enigmática que vivía en un palacio de mármol en Beekman Place.
A las seis en punto llegamos a Grand Central y a Norah, a pesar de todos sus humos de experta viajera, le asustó e impresionó el bullicio del andén.
—Dame la mano, Paddy —gritó—, y, por el amor de Dios, no se te ocurra perderte en este...
El resto de su advertencia se perdió entre el estrépito general. Aferrándose a mí con una mano y con la otra al monedero que llevaba metido en el corsé, Norah libró una batalla perdida con un mozo de cuerda, que, ignorando sus protestas, metió nuestro equipaje en un carrito y se alejó con él mientras Norah y yo lo seguíamos corriendo.
Al final resultó que no pretendía robarnos. En lugar de eso, llamó un taxi y empezó a meter las maletas en el asiento de atrás. Nos metimos como pudimos en el taxi y, antes de que el mozo pudiera expresar su agradecimiento por los diez centavos de propina que le había dado Norah, el taxi arrancó bruscamente.
—Llévenos al número 3 de Beekman Place —dijo Norah—, y no vaya usted a pensar que he nacido ayer y puede llevarme a dar vueltas por la ciudad para cobrar una carrera más larga.
Todavía era de día y hacía mucho, mucho calor. No sé qué idea me habría formado de Nueva York, pero lo cierto es que me decepcionó. Era igualito que Chicago.
Había un atasco terrible en Park Avenue y Norah se indignó al ver que el taxímetro avanzaba cinco centavos a pesar de que el coche estaba quieto. La Tercera Avenida, a pesar de los nombres irlandeses de las tiendas, la intranquilizó; y la Segunda todavía más.
—¿Se puede saber adónde se piensa usted que nos lleva, buen hombre? —le chilló al chófer.
—Adonde usted me dijo antes: al número 3 de Beekman Place.
—Dios mío, si esto es casi peor que los barrios bajos de Dublín —se quejó. Sin embargo, cuando el taxi entró en Beekman Place, pareció experimentar cierto alivio—. Es bonito —concedió con un leve deje paternalista. El taxi se detuvo delante de un enorme edificio que parecía exactamente igual a los de Lake Shore Drive, Sheridan Road o Astor Street en Chicago—. Ni la mitad de imponente que el Hotel Edgewater Beach —comentó desdeñosa Norah por lealtad con el medio Oeste—. Baja, cariño, y ten cuidado no vayas a despeinarte.
El portero nos miró con cierto interés y observó fríamente que debíamos subir al sexto piso.
—Vamos, Paddy —dijo Norah—, y cuida tus modales con tu tía Mame. Es una señora muy elegante.
Una vez en el ascensor, aproveché para echarle un último vistazo al retrato de mi tía, para recordar mejor su cara. Me pregunté si llevaría puesto el chal español y la rosa detrás de la oreja. La puerta del ascensor se abrió. Salimos. Volvió a cerrarse y nos quedamos solos.
—¡Madre de Dios, la antesala del Infierno! —gritó Norah. Estábamos en un vestíbulo pintado de negro. La única luz procedía de los ojos amarillentos de una extraña deidad pagana con dos cabezas y ocho brazos que había sobre un mueble de teca. Justo delante había una puerta de color escarlata. No parecía la típica casa de una señora española. De hecho, no parecía la típica casa de nadie. Aunque tenía ya diez años, le di la mano a Norah—. Caramba, pero si parece el cuarto de baño de señoras del Teatro Oriental —suspiró Norah. Llamó al timbre con cierta reticencia. La puerta se abrió y Norah soltó un leve grito—: ¡Dios nos proteja, un chino!
Un diminuto mayordomo japonés, apenas más alto que yo, sonreía desde el umbral.
—¿Qué querer? —preguntó.
Con voz humilde y apagada, Norah respondió:
—Soy la señorita..., es decir, soy Norah Muldoon y traigo al joven señor Dennis con su tía.
El minúsculo japonés dio un salto hacia atrás como un autómata.
—Debe ser error. No querer hoy niño pequeño.
—Pero si yo misma envié el telegrama advirtiendo de nuestra llegada, hoy día 1 de julio a las seis de la tarde —dijo Norah con una especie de balido penoso y desesperado.
—No importante —respondió el pequeño japonés encogiéndose de hombros con indiferencia oriental—. Niño aquí, casa aquí, señora aquí. Señora ocupada ahora. No importar. Entrar y esperar. Yo ir a buscar.
—¿Estás segura? —le susurré a Norah. Volví a mirar las negras paredes y el ídolo y apreté su mano vieja y áspera. Temblaba más que la mía.
—Entrar. Esperar —dijo el japonés con una sonrisa siniestra—. Entrar —repitió. Tanta insistencia ejercía un efecto hipnótico.
Nos adentramos con pies de plomo en el recibidor del apartamento. Aunque con un estilo deslumbrante, era incluso más terrorífico que el negro rellano de la entrada. Las paredes estaban pintadas de un intenso color naranja. Una gigantesca linterna japonesa de bronce arrojaba su luz biliosa a través de varias amarillentas ventanas de pergamino. A cada lado del recibidor había un gran arco tapado con un gran biombo de papel, y detrás de ellos un montón de gente hacía mucho ruido.
El japonés nos señaló con un gesto un banco largo y bajo. Era el único mueble de la habitación.
—Sentarse —siseó—. Yo traer señora. Sentarse. —Detrás del banco había un enorme tapiz de pergamino. Representaba a un japonés destripándose con una espada de samurai—. Sentarse —repitió el mayordomo con una risita, y desapareció detrás de uno de los biombos.
—¡Qué herejía! —susurró Norah. Las articulaciones le crujieron penosamente al apoyar su peso en el banco—. ¿En qué estaría pensando tu pobre padre? —El estruendo de detrás del biombo creció y se oyó un ruido de cristales rotos. Agarré a Norah con fuerza.
Nuestro conocimiento de los tugurios orientales se limitaba estrictamente a lo que habíamos visto en las películas —terribles torturas, vírgenes inocentes drogadas y vendidas para llevar una vida peor que la muerte en el Yang-Tsé, las sanguinarias disputas entre las mafias chinas—, pero Hollywood había dejado muy claro lo que sucedía cuando Oriente y Occidente se encontraban.
—Paddy —gritó Norah de pronto—, nos han traído engañados a un fumadero de opio con intención de matarnos o algo peor. Tenemos que irnos de aquí.
Empezó a levantarse y a tirar de mí, y luego volvió a desplomarse en el banco con un gemido de derrota.
Una mujer que parecía una muñeca japonesa acababa de entrar en el recibidor. Tenía el pelo muy corto con el flequillo recto sobre las cejas oblicuas; tras ella flotaba una larga túnica de seda dorada y bordada. Llevaba los pies enfundados en unas diminutas chinelas doradas adornadas con joyas resplandecientes y varios brazaletes de jade y marfil entrechocaban en sus brazos. Tenía las uñas más largas que yo había visto nunca, todas pintadas de un delicado color verde. Una boquilla de bambú casi interminable colgaba lánguidamente de su boca brillante y roja. En cierto sentido, tenía un aire extrañamente familiar.
Nos miró a Norah y a mí con una expresión de sorpresa y perplejidad.
—¡Oh!—dijo—, el hombre de la Agencia no comentó que fuese a traer usted también un niño. No importa. Parece un buen chico. Y, si se porta mal, siempre podemos echarlo al río. —Se rió, pero nosotros no lo hicimos—. Imagino que ya sabrá lo que se espera de usted: un poco de esclavitud en la casa, y, por supuesto, los jueves para hacer lo que quiera. —Norah la miró con los ojos como platos y la boca abierta—. Lo cierto es que llega usted un poco tarde —prosiguió la señora oriental—. En realidad contaba con que viniese usted un poco antes para atender a esta muchedumbre. —Hizo un gesto hacia el lugar de donde procedía todo aquel barullo—. Pero no tiene mayor importancia. Si no ha traído su ropa, creo que podremos conseguirle algo apropiado. —Se dirigió al lugar de donde procedía el ruido—. Espere aquí, le diré a Ito que la lleve a su cuarto. ¡Ito! ¡Ito!—llamó y salió a toda prisa del recibidor.
—Madre de Dios, ¿has oído lo que ha dicho? ¡Todas esas palabras tan raras! Es una de esas chinas recién salidas de Sing Sing. ¿Qué vamos a hacer, Paddy? ¿Qué vamos a hacer?
Una pareja de aspecto siniestro avanzó hacia el recibidor. El hombre parecía una mujer, y la mujer, de no ser por su falda de tweed, era casi idéntica a Ramón Novarro. El hombre dijo:
—Imagino que sabrá que van a enviar a la pobre Miriam a la costa.
La mujer añadió:
—En fin, Dios sabe que, si lo que pretenden es matarla profesionalmente, han enviado a esa pobre desgraciada al sitio adecuado.
Soltó una risa desagradable y ambos desaparecieron detrás del otro biombo.
A Norah se le salieron los ojos de las órbitas y a mí también. El ruido se volvió más escandaloso. De pronto, rasgó el aire un grito desgarrador. Ambos nos sobresaltamos. Una voz de mujer se alzó histéricamente sobre el estruendo.
—¡Oh, Aleck! ¡Basta ya! ¡Me matas!
Se oyó una estruendosa oleada de carcajadas y luego otro chillido. Norah me cogió del brazo y apretó. Dos hombres aparecieron de detrás de un biombo. Uno de ellos tenía barba pelirroja. Entre los dos llevaban a una mujer vestida de negro, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y el pelo arrastrando por el suelo. Norah tragó saliva.
—Pobre Edna —dijo uno de los dos hombres.
—A mí no me da tanta lástima —respondió el de la barba—. Se lo dije esta misma tarde. Le advertí: «Edna, estás firmando tu propia sentencia de muerte al beber ese veneno a la hora del almuerzo. A las siete estarás frita». Y ahí la tienes.
Norah se santiguó.
Se oyó otro grito y otra serie de enloquecidas carcajadas. El japonés diminuto apareció de pronto de detrás del biombo y cruzó corriendo el vestíbulo. Llevaba un enorme cuchillo. Norah gimió.
—Santa María, madre de Dios, protégenos —rezó—, sálvanos a este huerfanito y a mí de la muerte o algo peor a manos de estos degolladores chinos.
Empezó a musitar una larga y fervorosa oración de un modo tan incoherente que sólo entendí algunas palabras sueltas como «trata de blancas», «Shanghái» y «asesinato sanguinario».
La mujer-hombre y el hombre-mujer volvieron a pasar por el recibidor.
—Y, por supuesto, La muerte llama al arzobispo —iba diciendo—. ¿Alguna vez has tenido una sensación tan emocionante?
—¡Dios bendito! —exclamó Norah—, ¿es que no hay nada ni nadie que esté a salvo en este antro de perdición?
Se oyó otro grito, y la voz histérica gritó:
—¡Aleck, no! ¡Me vas a matar!
—Basta —gritó Norah, cogiéndome de la mano y tirando de mí—. Tenemos que salir de este nido de ladrones y asesinos mientras nos quede aliento en el cuerpo. Mejor morir luchando por proteger mi virtud que dejar que los chinos nos vendan como esclavos. Vamos, Paddy, nos enfrentaremos a ellos, y que Dios nos ampare.
Y con notable agilidad saltó hacia la puerta arrastrándome tras ella.
—Alto, por favor. —Nos quedamos de piedra. Era el japonés diminuto que sonreía de manera absurda y sostenía el cuchillo en la mano—. ¿La señora no encontrar?
—Mire, señor —dijo Norah con la valentía que da la desesperación—, no soy más que una pobre anciana, pero estoy dispuesta a pagar nuestro rescate. Aunque no lo parezca, tengo dinero. Mucho dinero. Cinco mil dólares y todos los ahorros de una vida. Seguro que nos puede dejar huir al niño y a mí. No hemos hecho nada malo.
—¡Oh, no! —respondió con una sonrisa inescrutable—. No bien. Yo traer señora. Ella tener muchas ganas de tener niño en la casa.
—¡Qué malvada! —gimió Norah.
La muñeca japonesa reapareció.
—Ito —dijo—. Te he estado buscando por todas partes. Ésta es la nueva cocinera y quiero que...
—No, señorita Dennos —dijo moviendo el dedo—. No nueva cocinera. Nueva cocinera en la cocina. Éste su niño.
—¡Pero no...! —chilló ella—. ¡Entonces usted debe de ser Norah Muldoon!
—Sí, señora —suspiró Norah, demasiado exhausta para hablar más que con un hilillo de voz.
—Pero ¿por qué no me avisó de que venía hoy? No habría celebrado esta fiesta.
—Señora, le envié un telegrama...
—Sí, pero decía usted el primero de julio. Mañana. Hoy es 31 de junio.
Norah movió aviesamente la cabeza.
—No, señora, hoy es día uno. Y maldita sea esa fecha.
La voz argentina tronó.
—¡Pero eso es ridículo! Todo el mundo sabe lo de «Treinta días tienen septiembre, abril, junio y...», ¡Dios mío! —Se hizo un momento de silencio—. Pero, cariño —dijo con histrionismo—, ¡soy tu tía Mame!
Me rodeó con sus brazos, me besó y supe que estaba a salvo.
Una vez en el cavernoso salón de la tía Mame, que recordaba mucho al decorado del club nocturno de Vírgenes modernas, nos alivió ver que estaba lleno de gente con pinta de hombres y mujeres normales. Bueno, tal vez no exactamente de hombres y mujeres normales, pero al menos no había malvados orientales, a excepción de mi tía Mame, que había dejado de ser española y había empezado a ser japonesa.
Había gente sentada en unos divanes japoneses, otros estaban en la terraza, y unos cuantos miraban por la enorme ventana en dirección al sucio río. Todos estaban hablando y bebiendo. Mi tía Mame me besó varias veces y me presentó a un montón de desconocidos, a un tal señor Benchley, que era muy simpático; a un tal señor Woollcott, que no lo era; a una tal señorita Charles, y a muchos más.
No hacía más que decir:
—Es el hijo de mi hermano, y ahora va a ser mi niño pequeño.
La tía Mame me dijo que pululara un poco por ahí y luego me fuese a la cama. Aseguró que lamentaba muchísimo haber cometido aquel error tan estúpido con la fecha y tener que ir a cenar en el Aquarium con un montón de gente. Me pareció un sitio muy raro para comer, pero para ser educado le pregunté si iban a cenar pescado y todo el mundo se desternilló de risa.
Me explicó que era sólo un garito clandestino que había en la Cincuenta y yo fingí entenderla.
Norah me cogió de la mano y estuvimos pululando un poco por ahí, aunque no entablé conversación con nadie. Todos empleaban palabras muy raras como batik, Freud, complejo de inferioridad y abstracción. Una señora pelirroja aseguró que pasaba una hora al día en el sofá con su médico, que le cobraba veinticinco dólares por visita. Norah me llevó a otra parte de la sala.
El diminuto japonés le ofreció a Norah una copa y le dijo que acababan de desembarcarlo. Norah respondió que no estaba acostumbrada a los espirituosos, aunque a mí siempre me contaba que veía fantasmas y espectros, pero que, en esta ocasión, tomaría una gotita. De pronto, pareció mucho más alegre. Y, al poco tiempo, le pidió a Ito que le sirviera otro sorbito.
Enseguida la gente empezó a marcharse. Un grupo de personas dijeron que iban a ver la vieja Texas esa noche y que tenían que llegar pronto, si querían que los dejasen entrar. Yo siempre había pensado que Texas estaba muy lejos de Nueva York.
Varias personas se entretuvieron en el vestíbulo hablando de cosas que yo no entendía, como «Lisístrata», «netsuke» y «lapislázuli» y de un tal Karl Marx, que yo pensé que debía de tener algo que ver con Groucho, Harpo, Chico y Zeppo. Luego la tía Mame llegó con un vestido de fiesta amarillo como el que llevaba Bessie Love en Melodías de Broadway. Era muy corto por delante y muy largo por detrás y ella ya no parecía japonesa.
—Buenas noches, cariño —dijo dándome un beso—. Mañana hablaremos largo y tendido..., pero que no sea demasiado temprano.
La puerta se cerró a sus espaldas y el apartamento quedó sumido en el silencio.
El mayordomo japonés me cogió de la mano.
—Tú hambre. Tú cenar ahora —dijo amablemente—. ¿Querer ir al baño antes, niño pequeño?
Me recorrió un escalofrío al percatarme de la cruda realidad.
—Ya..., ya he ido —gimoteé mirando consternado la mancha oscura que se extendía por mi nuevo traje fino de luto.



II. LA TÍA MAME Y LA HORA DE LOS NIÑOS
El artículo del Reader's Digest prosigue contando cómo la solterona de Nueva Inglaterra, nada acostumbrada a los niños, acaba queriendo mucho al expósito que han abandonado ante su puerta. Y, más que quererlo, se obsesiona por el cuidado de los niños, la psicología infantil y esas cosas.
Cuando llega el momento de enviarlo a la escuela, la señorita inolvidable tiene serias diferencias con la junta educativa del pueblo y sus métodos. Los maestros presionan al chico por no asistir a clase, pero la encantadora solterona resiste y ella sola consigue que se realicen profundas reformas en el sistema escolar.
En fin, no me impresiona mucho. Mi tía Mame también tenía ideas muy originales sobre psicología y educación.
Al pensar en lo alocada y deslumbrante que era mi tía Mame en 1929, veo que debió de asustarse de tener que criar a un niño de diez años totalmente desconocido tanto como yo al entrar por primera vez, temeroso y boquiabierto, en el esplendor oriental de su apartamento de Beekman Place. Pero mi tía Mame no era de las que se rinden fácilmente. Mi tía tenía el espíritu animoso de una exploradora de garitos clandestinos. Y, aunque sus ideas sobre la educación infantil tal vez pudieran considerarse un poco heterodoxas —igual, todo sea dicho, que sus ideas sobre cualquier otra cosa—, el sistema exclusivo de mi tía Mame funcionó bastante bien a su despreocupada manera.
Nuestra primera conversación tuvo lugar en el gigantesco dormitorio de la tía Mame, a la una de la tarde de mi segundo día en Nueva York. Me sentía ignorado, no querido, no deseado y terriblemente solo mientras deambulaba abatido por el enorme dúplex con Norah como única compañía. Ito, el pequeño mayordomo japonés, me sirvió un buen almuerzo y se rió mucho, pero no dijo nada. A la una en punto, yo estaba deseando leer Héroes de la Biblia que todo niño debería conocer: el Antiguo Testamento cuando Ito entró en mi habitación y dijo:
—Ver señora ahora.
La tía Mame me recibió en su dormitorio del segundo piso. Era una habitación enorme con las paredes pintadas de negro, una alfombra blanca y el techo dorado. Los únicos muebles eran una gigantesca cama dorada sobre una tarima y una mesilla de noche. Una habitación así habría deprimido a cualquiera, pero no a mi tía Mame. Era tan alegre como un pájaro. De hecho lo parecía con su batín de plumas rosas de avestruz. La encontré leyendo Les Faux Monnayeurs y fumando cigarrillos Melachrino* con una larga boquilla de ámbar.
—Buenos días, amor —canturreó—. Acércate y dale un beso a tu tía Mame, pero con dulzura, cariño, que la tita está de malas pulgas. —La besé con toda la delicadeza que pude—. Muy tierno, cariño, algún día harás muy feliz a alguna mujer afortunada. Ahora siéntate en la cama de la tía Mame, pero hazlo despacio, cariño, y tendremos una pequeña charla matutina. Así empezaremos a conocernos. —Pronto descubrí que para mi tía Mame «por la mañana» significaba la una de la tarde. «Por la mañana temprano» eran las once, y «en plena noche» las nueve—. ¿No te encanta este momento del día? —preguntó con un gesto grandilocuente que cubrió de cenizas las sábanas de satén negro—. Y ahora, cariño —dijo—, tenemos que descubrir un montón de cosas el uno del otro. Nunca antes había tenido a un niño pequeño por casa y, vaya, aquí está el desayuno. Bueno, veamos —prosiguió muy animada. Rebuscó entre el caos de papeles que tenía sobre la mesilla y sacó una copia del testamento de mi padre, que había adornado con un montón de números de teléfono y una lista de la compra o dos. También sacó un cuaderno de hojas amarillas y un enorme lápiz de color negro—. Soy tu tutora legal. Ambos lo sabemos, así que no vale la pena hablar más del asunto. Tu padre dice que debes recibir una educación protestante y yo no tengo nada que objetar, aunque me parece una lástima privarte de los exquisitos misterios de algunas religiones orientales. Pero tu padre siempre fue un poco chapado a la antigua. Y no es que quiera hablar mal de mi propio hermano. ¿A qué iglesia ibas, cariño?
—A la Cuarta Iglesia Presbiteriana —dije sintiéndome un poco incómodo.
—Dios mío, ¡no irás a decirme que hay cuatro iglesias presbiterianas en un sitio como Chicago! Bueno, no importa. Supongo que podremos encontrar alguna iglesia por aquí cerca. —Con gran dramatismo, elevó la mirada al techo dorado—. De todos modos, no creo que a tu padre le molestase mucho que te presentase a monseñor Malarky, es un hombre tan culto y encantador, ¡y tiene unos ojos como zafiros! Vendrá un día de la semana próxima a tomar una copa, pero haré que me prometa no hablar de negocios contigo. —La tía Mame volvió al testamento—. Bueno, con eso queda resuelto lo de tu formación religiosa. Ahora el colegio. ¿En qué curso estás, cariño?
—En la quinta clase de la escuela latina para chicos de Chicago.
—¡En la quinta clase! Dios mío, ¿cómo es que no vas a la primera? ¡A mí me pareces bastante despierto!
Con la paciencia de un niño de diez años le expliqué que la quinta clase equivalía a quinto curso.
—¡Ah!, y ¿en qué curso se supone que tienes que estar a los diez años?
—En quinto, pero cuando entré tenía sólo nueve.
—¿Quieres decir que eres precoz?
—¿Qué? —dije.
—Precoz, cariño. Inteligente para tu edad. Que si vas adelantado en la escuela.
—Sí—respondí—. Fui pre..., eso que has dicho, todo el trimestre.
—¡Cariño, qué alegría me das! —gorjeó la tía Mame mientras escribía algo en su cuaderno—. Siempre hemos sido una familia muy intelectual, aunque tu padre hiciera todo lo posible por disimularlo. —Volvió al testamento—. Tu padre dice que debes asistir a colegios tradicionales..., ¡nada menos! Dime, esa escuela latina ¿era muy tradicional?
—No entiendo lo que quieres decir —respondí sonrojándome.
—¿Era sosa? ¿Monótona? ¿Tediosa? ¿Aburrida?
—Sí, muy aburrida.
—Típico de tu padre —suspiró—. A propósito, sé de un colegio nuevo divino que ha puesto un amigo mío. Mixto y totalmente revolucionario. Las clases se imparten con todo el mundo desnudo y bajo rayos ultravioleta. No queda ni una sola represión después del primer trimestre. Ese hombre que te digo está absolutamente au courant de lo que se hace en Viena, no quiere ni oír hablar de ese aburrido y viejo sistema Montessori. Y en las clases hay mucho arte no figurativo, gimnasia rítmica y grupos de discusión..., nada de libros ni cosas así. Me encantaría enviarte allí. Sería una buena sacudida para tu libido. —Yo no tenía ni idea de lo que me hablaba, pero me pareció como mínimo un colegio un tanto atípico. Adoptó una mirada tierna y ausente y dijo—: Estoy pensando si no sería buena idea enviarte al colegio de Ralph. ¿Te parece que tienes muchas represiones, cariño?
Me sonrojé.
—Es que no entiendo muchas de las palabras que utilizas, tía Mame.
—¡Ay, criatura, criatura! —exclamó, y sus mangas emplumadas revolotearon por encima de la cama—. ¿Qué podemos hacer con tu vocabulario? ¿Es que tu padre no te hablaba nunca?
—Casi nunca —reconocí.
—Cariño, un vocabulario rico es el auténtico sello de un intelectual. Verás lo que haremos —hurgó en el caos de la mesilla y sacó otro cuaderno y un lápiz—, cada vez que yo diga una palabra, o que tú oigas una palabra que no entiendas, escríbela y te diré lo que significa. Luego la memorizarás y muy pronto tendrás un vocabulario bastante decente. ¡Oh, qué aventura —exclamó extasiada—, moldear una nueva vida! —Hizo otro gesto grandilocuente que le salió mal, pues derribó la cafetera y yo inmediatamente escribí seis palabras nuevas que la tía Mame me pidió que tachara y olvidara. Luego la tía Mame estudió con más detalle el testamento—. En cuanto a lo de que me reembolse la compañía fiduciaria...
—¿Cómo se escribe reem...?
—¡No me interrumpas! En cuanto a lo de que me reembolse la compañía fiduciaria, soy perfectamente capaz de mantenerte yo misma y quiero hacerlo. —Entornó los ojos y me echó una mirada inquisitiva—. Supongo que tendrás alguna calculadora humana para cuidar de tu dinero y decirme cómo tengo que educarte.
—¿Te refieres a mi fideicomisario?
—Eso es, guapo, ¿cómo es?
—Lleva gafas y un sombrero de paja, vive en un sitio llamado Scarsdale, tiene un hijo de mi edad y se llama señor Babcock.
—Scarsdale, ¡cómo no!—La tía Mame escribió «Knickerbocker Trust» y «Babcock»—. En fin, ya veo que va a ser mi béte noire particular los próximos ocho años. ¡Para mí la responsabilidad y para él la autoridad!
—Eso significa “bestia negra”, ¿no? —Me pareció una descripción demasiado fascinante para tratarse del señor Babcock.
—¡Cariño! —exclamó radiante y me besó—. Tu vocabulario va a las mil maravillas. Tal vez deberíamos hablar sólo en francés cuando estuviésemos en casa. —No obstante, prosiguió en inglés—: Bueno, ya me las veré con Babcock a su debido tiempo. Dios sabe que puedes aprender más en diez minutos en mi salón que en los diez años que pasaste con ese padre tuyo. ¡Qué manera más criminal de educar a un hijo! —Consultó su reloj y agitó las plumas—. ¡Cielos, he quedado para ir de compras con Vera! A lo mejor te apetece venir. Además, ya sabemos bastante el uno del otro para empezar. —Miró mi traje fino de luto—. Por el amor de Dios, cariño, ¿no tienes otra ropa que no te haga parecer un cuervo enfermo? —Respondí que sí—. Pues póntela si quieres venir conmigo, y no olvides tu cuaderno de vocabulario. —Obediente, me dirigí hacia la puerta—. A propósito, guapo —dijo. De nuevo, me miró con ojos inquisitivos.
—Sí, tía Mame.
—¿Alguna vez tu padre dijo algo..., es decir..., alguna vez te habló de mí antes de morir?
Norah me había contado que los mentirosos iban derechos al infierno, así que tragué saliva y le solté:
—Sólo que eras una mujer muy peculiar, que quedar en tus manos era un destino que no le desearía ni a un perro, pero que no siempre se puede elegir y que tú eras mi único pariente vivo.
Soltó un grito ahogado.
—El muy cabrón —dijo sin inmutarse.
Yo cogí mi cuaderno de vocabulario.
—Esa palabra, cariño, era cabrón —me explicó con mucha dulzura—. ¡Se escribe c-a-b-r-ó-n, y significa “tu difunto padre”! Y ahora sal de aquí y corre a vestirte.

* * *

Pasé aquel primer verano en Nueva York trotando detrás de la tía Mame con mi cuaderno de vocabulario, teniendo breves «conversaciones matutinas» todas las tardes, y siendo visto pero no oído en sus tés literarios, tertulias de salón y cócteles.
Ellos también empleaban un montón de palabras nuevas y, al final del verano, había adquirido mucho vocabulario. Todavía conservo algunas de las hojas llenas de extrañas informaciones espigadas en las soirées de la tía Mame. Una, fechada el 14 de julio de 1929, incluye términos tan diversos como: día de la Bastilla, lesbiana, Club Hotsy-Totsy, guerra de bandas, el Ello, daiquiri —aunque ésta no la escribí bien—, relatividad, amor libre, complejo de Edipo —ésta también la escribí mal—, móvil, curda..., a partir de ahí, mi ortografía se vuelve delirante: narcisista, Biarritz, psiconeurótico, Schoenberg y ninfómana. La tía Mame me explicó todas las palabras que pensó que debía conocer y luego me hizo incluirlas en frases que yo practicaba con Ito, mientras él hacía sus arreglos florales japoneses y se reía.
Mis progresos ese verano de 1929, aunque no fuesen exactamente los que recomendaría la Every Parent's Magazine, fueron notables. A finales de julio, ya sabía preparar lo que el señor Woollcott llamó un «martini luculiano en miniatura» y había aprendido a no asustarme de los amigos más sorprendentes de la tía Mame.
La tía Mame pasaba el tiempo en un perpetuo torbellino de compras, recepciones, fiestas en casas ajenas, arreglos de la extravagante ropa del día —y la suya parecía más extravagante que ninguna—, salidas al teatro y a obras experimentales que se abrían y cerraban como almejas en todo Nueva York, cenas en casa de diversos caballeros intelectuales y exposiciones de cuadros y esculturas incomprensibles. Pero, a pesar de su vida frenética y vacía, todavía le quedaba mucho tiempo que dedicarme. Me llevaba consigo a la mayoría de las exposiciones, expediciones de compras con su amiga Vera y cualquier función teatral que la tía Mame considerara adecuada, estimulante o iluminadora para un niño de diez años. Lo que incluía un espectro francamente amplio.
En realidad, la tía Mame y yo tardamos muy poco tiempo en aprender a querernos. Era de esperar que me atrajera su sorprendente personalidad, que antes había seducido a otros miles. Al fin y al cabo, tenía un encanto caótico pero innegable y era mi única familia. Pero que quisiera ocuparse de un niño de diez años totalmente insignificante y carente de interés no dejaba de sorprenderme, complacerme y extrañarme. Sin embargo, así era, y siempre he pensado que, a pesar de toda su popularidad, sus intereses, sus constantes idas y venidas, es probable que también se sintiera un poco sola. Sus detractores han dicho que yo fui simplemente un nuevo pedazo de arcilla al que dio forma, estiró, moldeó y aporreó a su antojo, y es cierto que la tía Mame nunca resistía la tentación de meterse en la vida de los demás. Aun así, tenía un acendrado e inquebrantable sentido de la confianza. Ambos lo vivimos como una forma de amor, y fue una experiencia única.
No obstante, no tardó en cernerse sobre nuestro idilio una nube tormentosa, en la forma de mi fideicomisario. La tía Mame y yo estábamos teniendo una de nuestras pequeñas conversaciones matutinas. Ese día se sentía muy maternal y me estaba leyendo unos pasajes de Adiós a las armas, cuando una carta certificada de la Knickerbocker Trust Company perturbó nuestra plácida hora con Hemingway.
En la carta, el señor Babcock explicaba que llevaba tiempo queriendo vernos, pero los negocios etcétera, etcétera; además, su familia y él siempre pasaban en Maine la parte más calurosa de etcétera, etcétera; y, nada más volver, su hijo había sufrido un grave ataque de amigdalitis por lo que el médico etcétera, etcétera; pero ahora las cosas estaban otra vez etcétera, etcétera; y había mucho que discutir sobre Patrick etcétera, etcétera; y sería buena idea que la señorita Dennis llevase al joven señor Dennis a Scarsdale para disfrutar de una auténtica y tradicional etcétera, etcétera; que acabara temprano para que los chicos pudieran acostarse pronto etcétera, etcétera; los trenes que salían de la estación de Grand Central, aunque no fuesen los más cómodos, etcétera, etcétera. Y pedía a la tía Mame que le confirmase la fecha.
La tía Mame gimió, me entregó la carta y pidió que le sirvieran un whisky sour.
—¡Oh, cariño! —exclamó—, he aquí la llamada del destino. ¡Ese fideicomisario! Lo veo con tanta claridad como te veo a ti: un abominable plan para controlar y frustrar todos los proyectos que tengo para ti.
Yo escribí «controlar» y «frustrar» en mi cuaderno y luego le aseguré que el señor Babcock era, en realidad, un hombrecillo muy amable y tranquilo.
—¡Ay, criatura! —aulló—, ésos son los peores, son como ratas. Igual de falsos que el Uriah Heep de Dickens.
Según su costumbre de toda una vida, la tía Mame nos obsequió con un recital de histrionismo que duró casi media hora y luego se serenó y decidió afrontar la situación. Empleando su voz más cultivada, telefoneó al señor Babcock y le dijo que ambos estaríamos encantados de comer con su familia en Scarsdale al día siguiente, y que no se tomase la molestia de ir a esperarnos a la estación, pues iríamos en coche. Estuvo refinadísima. Luego llamó a su mejor amiga, Vera, y le pidió que dejase lo que estuviera haciendo y viniera cuanto antes.
Vera, la amiga de la tía Mame, era una famosa actriz de Pittsburgh que hablaba con tanta elegancia de Mayfair que apenas se entendía una palabra de lo que decía. No le gustaban los niños, y lo mismo podía decirse a la inversa, pero, como la tía Mame había invertido en su nueva obra de teatro, Vera era muy educada conmigo.
Llegó envuelta en una nube de pieles de zorro blanco y luego ella y la tía Mame interpretaron otra farsa desesperada. Por fin Vera, que era la más tranquila de las dos, decidió abordar la cuestión. Pidió a Ito que le llevara una botella de brandy y más o menos tomó las riendas del asunto.
—Querida —dijo Vera—, no debes sacar las cosas de quicio. Te estás poniendo histérica. Vamos, bebe un sorbo de esto y cálmate mientras te explico unas cuantas cosas. En primer lugar, no tienes nada que temer. Tienes buena apariencia, educación, inteligencia, cultura, dinero, buena posición..., todo. Lo único que ocurre es que tal vez seas un poco extravagante para Scarsdale. Pero, querida, basta con que te moderes un poco..., temporalmente. Cuando interpreté a lady Esme en Locura de verano...
—Locura de verano —chilló la tía Mame—, ¡ésta es mi locura de verano y lo único que se te ocurre es hablar de tus éxitos! ¿Qué voy a hacer? —Se mordisqueó las uñas doradas.
—Lo único que digo, querida —replicó, altiva, Vera—, es que cuando interpreté a lady Esme, Chanel hizo todo mi vestuario y me dijo: «Chérie (siempre me llamaba chérie), la ropa refleja el estado de ánimo, la personalidad..., todo». Y tenía razón. ¿Recuerdas el último acto, cuando bajo por las escaleras justo después de que Cedric se pegue un tiro? Pues bien, yo quería ir de negro, pero Chanel dijo: «Chérie, para algo así hay que vestir de gris. Un día gris, un estado de ánimo gris y un vestido gris con tal vez un poco de marta cebellina». Querida, jamás olvidaré lo que dijo Brooks Atkinson de ese vestido. Afirmó que elevaba la obra hasta las mismas alturas que Shakespeare.
Cualquier discusión sobre ropa siempre atraía la atención de mi tía Mame, que se animó en el acto.
—Sí, Vera —dijo lentamente—, tienes razón. Ya te entiendo: me pondré el kimono gris con los bordados escarlatas y tal vez una camelia roja encima de cada...
—Mame, querida —repuso Vera con mucho tacto—. No estaba pensando en un vestido japonés para esta... ordalía. Tendrás que ser diferente en Scarsdale..., algo parecido a Jane Cowl. Pensaba más bien en un vestido sencillo. Algo simple y bonito que no sea negro. Ya sabes a lo que me refiero, querida, triste, pero no exactamente de luto, y muy recatado. Eso inspirará confianza al fideicomisario.
La tía Mame se quedó dubitativa, pero empezó a interesarse y, a medida que el nivel de la botella de brandy —supuestamente introducida de contrabando de la Île de France— fue disminuyendo, las conmovedoras imágenes de la respetable tía soltera pintadas por Vera alcanzaron alturas aún más celestiales. La tía Mame sentía debilidad por el teatro, y pronto las dos mujeres empezaron a explorar su vasto armario ropero tan felices como un par de chiquillas.
Mientras yo leía en voz alta un libro de poemas de Elinor Wylie llamado Ángeles y criaturas terrenales y me ocupaba de llenarle el vaso a Vera, un viejo negligé de seda se transformó en un vestido sombrío y apropiado, que, junto con el gran sombrero de Vera, un velo y un collar de azabache, proporcionó a la tía Mame el aire de pesadumbre adecuado. Vera también desenterró un viejo postizo que la tía Mame había llevado un día en el baile de Bellas Artes. Una vez trenzado, se convirtió en una tensa, pero vacilante diadema sobre el peinado de la tía Mame. A eso de las seis en punto, el disfraz estaba completo, luego Vera me fabricó un pequeño brazalete de luto, bebió una última gotita de brandy, y cayó redonda.

* * *

A las nueve de la mañana siguiente —en plena noche, como decía ella—, la tía Mame estaba ya levantada, pálida y con muy mala cara. El apartamento estaba silencioso, excepto por algún gemido ocasional procedente del dormitorio que ocupaba Vera. En la cocina, Ito estaba preparando una enorme cesta para el almuerzo, con sándwiches de pepino, champán y pastel de almendras. Fuera, en Beekman Place, el Mercedes-Benz de la tía Mame relucía amenazadoramente. La tía Mame tardó casi dos horas en vestirse de luto, pero afirmó que quería dar buena impresión, y, aunque ese día estábamos a más de treinta grados, se puso la estola de marta cebellina al recordar el éxito de Vera como lady Esme.
En 1929 se tardaba poco más de media hora en llegar a Scarsdale en tren, pero la tía Mame no lograba acostumbrarse a las precisas exigencias de los ferrocarriles. Así que el enorme Mercedes salió de Beekman Place ocho horas justas antes de la hora de la cita, lo que probablemente fuese una suerte, pues Ito era como mínimo un conductor un tanto peripatético, y ninguno teníamos ni la menor idea de dónde o qué era Scarsdale. La tía Mame, muy tensa, iba sentada detrás toqueteándose la mal anclada diadema y pellizcando la estola de marta cebellina. De vez en cuando, me cogía de la mano y murmuraba:
—¡Oh, cariño!, ¿qué vamos a hacer?
Aunque el coche era bastante grande, el habitáculo estaba abarrotado con nosotros dos, la cesta de picnic, los cubos de hielo para el champán, una variada colección de mapas de carreteras —la mayoría de otras partes del país—, una manta de viaje de piel, un volumen de versos afectuosamente dedicado a la tía Mame por Sara Teasdale y mi cuaderno de vocabulario.
Ito, que tenía aún menos sentido de la orientación que la tía Mame, condujo en primer lugar hacia Long Island, luego hacia Nueva Jersey y por fin siguió la pista correcta. Tras un largo almuerzo en Larchmont y una pequeña confusión en Rye, Ito volvió a encaminar el coche hacia nuestro objetivo y llegamos a Scarsdale a las tres y media.
—¡Oh, Dios —gimió la tía Mame—, hemos llegado tres horas antes de la cuenta!
Pasamos el resto de la tarde viendo una película de Tom Mix* que a Ito y a mí nos gustó mucho, aunque la tía Mame afirmó que era repugnante la de cosas que hacen tragar a la gente y que el gobierno debería subvencionar películas culturales.
A las seis y media en punto llegamos a casa de los Babcock. Era un edificio en parte de madera, construido en lo que la tía Mame llamó un estilo «pseudo-Tudor». No obstante, me pareció muy contenida.
Los Babcock no eran una familia demasiado interesante. Su hijo, Dwight junior, llevaba gafas y era exactamente como un señor Babcock al que hubieran encogido en la lavandería. La señora Babcock también empleaba gafas y habló con la tía Mame sobre jardinería, conservas caseras y psicología infantil.
La tía Mame aludió una vez a Freud y luego se lo pensó mejor. El resto de su conversación con la señora Babcock se redujo a una serie de sosos síes y noes y de veras.
Dwight junior me enseñó su colección de mariposas disecadas, me contó lo de sus amígdalas y lo bien que lo iba a pasar en el internado de San Bonifacio.
El señor Babcock decía mucho «¡ejem!». Sirvieron limonada, y por fin la criada anunció que la cena estaba servida.
Hacía un calor sofocante en el comedor estilo inglés de los Babcock, y la cena, a base de cordero demasiado hecho, puré de patatas, calabaza, remolacha y judías, comparada con la delicada cocina oriental de Ito, me cayó como un trozo de cemento en el estómago. Durante uno de los muchos silencios, la tía Mame se sintió inspirada y disertó con mucha erudición sobre la arquitectura en el período Tudor, un discurso fascinante de no ser porque sirvió para demostrar que hasta el último detalle del comedor de los Babcock era falso. No obstante, la tía Mame estuvo encantadora y se comportó como la típica mujer a la que se le podría confiar un niño.
Mientras nos comíamos la ensalada de gelatina, la señora Babcock se puso a hablar de teatro y afirmó que simplemente adoraba a Vera Charles. Sin prestar atención a la mirada de advertencia, respondí que Vera era la mejor amiga de la tía Mame y que probablemente estuviese durmiendo en el apartamento en ese preciso momento. La señora Babcock se quedó arrobada:
—¡Qué mujer tan digna y majestuosa debe de ser! —dijo—. ¡Me encantaría conocerla!
Después de la cena, la señora Babcock y Dwight júnior, a quienes sin duda habían instruido previamente, anunciaron que se marchaban corriendo al cine, pues ponían una película de Tom Mix. La tía Mame se atragantó, pero se levantó con mucha elegancia y agradeció a su anfitriona aquella cena tan deliciosa con un entusiasmo un poco exagerado. El hijo me dio un húmedo apretón de manos y dijo que ya nos veríamos. Deseé para mis adentros que no fuese así.
En cuanto nos quedamos solos, el señor Babcock se aclaró la garganta y dijo que creía que ahora podríamos tener nuestra pequeña charla, y que pasáramos a su madriguera para que la criada no pudiera fisgonear. Lo de la madriguera sonaba muy interesante, pero resultó ser sólo un pequeño despacho lleno de libros sobre banca aún más sofocante que las otras habitaciones.
El señor Babcock sacó un montón de papeles y dijo que la tía Mame era muy afortunada de tener a un niño tan bueno para consolarla tras la, ¡ejem!, pérdida de su hermano. La tía Mame bajó la mirada con modestia. Luego el señor Babcock afirmó que había estado comprobando mis notas y que eran muy buenas, aunque ya hablaríamos de los colegios más tarde. La tía Mame se contuvo.
Luego sacó hojas y más hojas de papel cubiertas de números. Dijo que era un chico adinerado, no rico, entiéndame, pero sí adinerado.
—No tendrá que preocuparse por ganarse el pan, a menos que, ¡ejem!, esos bolcheviques lleguen al gobierno. —Afirmó que hasta el último centavo estaba cuidadosamente invertido en acciones y bonos seguros, fiables y conservadores, y que no era buen momento para tontear con el mercado. Le mostró a la tía Mame los papeles, pero ella no pareció interesarse mucho—. En cuanto a lo del colegio de este jovencito —dijo, rebuscando entre un montón de papeles—. Por supuesto, ya sabrá que el difunto padre del chico dejó dicho que sería, ¡ejem!, más apropiado que yo, en representación de la Trust Company, gozase de total autoridad al respecto. —La tía Mame se puso rígida—. Pero, je, je, je, no creo que tenga por qué haber la menor fricción en eso —afirmó—, parece usted una mujer sensata y agradable, señorita Dennis, y estoy seguro de que estaremos de acuerdo en todo.
Sacó un grueso volumen de tapas rojas titulado Manual de colegios privados. A partir de ese momento, comenzó oficialmente el combate.
El señor Babcock empezó con unas observaciones preliminares. Dijo que sería ideal que pudiera asistir a un colegio en Manhattan, para que la tía Mame y yo pudiéramos pasar juntos el mayor tiempo posible.
—Estupendo —respondió calurosamente la tía Mame—. Yo misma había pensado algo por el estilo.
—Veamos —dijo el señor Babcock—, me he tomado la, ¡ejem!, molestia de recopilar información sobre los mejores colegios masculinos de la ciudad.
La tía Mame se llevó la mano a la garganta y dijo:
—Yo prefiero los colegios mixtos. Mezclar a los niños y a las niñas a una edad temprana reduce mucho las tensiones psicosexuales, ¿no le parece? —El señor Babcock torció el gesto como si le hubiesen golpeado, y la tía Mame, volviendo a su papel de doncella inocente, enmendó su observación diciendo—: En fin, ya sabe a lo que me refiero. Después de todo, los hombres y las mujeres viven juntos en la vida real..., cuando se casan.
—Sí, ya veo —balbució el señor Babcock—, es una teoría muy interesante, señorita Dennis, probablemente tenga usted razón. Pero no había considerado ninguna de las, ¡ejem!, instituciones mixtas, aunque Buckley es famoso por ser un espléndido...
—Eso está muy bien, pero antes de hablar de Buckley, espero que no le moleste que sugiera una escuela nueva que acaba de inaugurar Ralph Devine, un amigo mío. Ralph es un tipo estupe..., un hombre muy erudito. Se sabe a Freud de pe a pa, de hecho, lo conoce en persona, y tiene una idea de la educación que está a años luz de Froebel y Montessori. Es una escuela totalmente revolucionaria. El...
El señor Babcock levantó la mano como si estuviese dirigiendo el tráfico en hora punta.
—Estoy seguro, señorita Dennis, de que ése es justo el tipo de colegio donde su difunto hermano no desearía que enviáramos a su hijo. En su testamento dejó bien claro que debía tratarse de un colegio tradicional. Veamos, si no le gusta Buckley, ¿qué le parece la escuela Allen-Stevenson?
—¡Oh, no!, conozco a un niño horrible que va a ese colegio. Pero tengo una idea, a la que estoy segura de que no pondrá usted ninguna objeción. Es un colegio muy prestigioso, pero mixto y moderno. Se trata del City and Country School en...
—También lo he considerado, señorita Dennis, y temo que sea demasiado experimental. Aunque también está el colegio Browning, que es muy conveniente para...
La tía Mame estaba alcanzando un estado de exagerada desesperación que desde entonces he aprendido a temer.
—¡Oh, señor Babcock, no olvide el colegio Dalton! Es estupendo. Conozco a la señorita Dickerman y a la señora Roosevelt y están haciendo maravillas con...
—Conozco el colegio Dalton —respondió gélidamente el señor Babcock—. Tienen ideas muy radicales. Peligrosamente radicales.
—Y ¿qué le parece Ethical Culture?—dijo la tía Mame en un arrebato.
—Mi querida señorita Dennis, no me estará diciendo que está dispuesta a enviar al niño con esa panda de judíos...—La falsa diadema de la tía Mame se estremeció de manera francamente alarmante—. De hecho —prosiguió con calma el señor Babcock—, me propongo alejar al muchacho de esos elementos del West Side todo lo posible. No obstante, allí está la Collegiate School y he oído decir que es espléndida.
Pasé la siguiente hora y media sentado en el pequeño y agobiante despacho mientras la tía Mame y el señor Babcock discutían sobre todos los colegios de Nueva York: St. Bernard's, Friends, Horace Mann, Buckley, la Hoffman School para el desarrollo individual, la escuela preparatoria Poly, sin que ninguno de los dos cediera ni un centímetro. La tía Mame temblaba como un galgo y el señor Babcock se mostraba cada vez más cortante. La discusión tomó un cariz que me hizo temer que la elegante farsa de la tía Mame fracasara por completo, cuando de pronto una mirada astuta y furtiva cruzó su rostro. Se oyó un sollozo repentino y la tía Mame se cubrió la cara con las manos y se estremeció convulsivamente. El señor Babcock quedó tan estupefacto que interrumpió el elogio del departamento de matemáticas del colegio Browning. Yo también estaba atónito. La habitación quedó en silencio, excepto por los sollozos de la tía Mame. El señor Babcock adquirió una lividez casi humana y se pasó un dedo por el cuello cada vez más mustio de la camisa.
—Señorita Dennis —balbució—, por favor, ¡ejem!, realmente, ¡ejem!, esto es..., no pretendía...
La tía Mame alzó un rostro beatífico que noté que estaba sorprendentemente seco.
—¡Oh, señor Babcock! —dijo con voz entrecortada—, ¿cómo puedo disculparme por ser tan obstinada y testaruda? Qué estúpida y caprichosa debo de haberle parecido. —Se secó los ojos con un pañuelo de un modo que me recordó a Pola Negri en una película muda que había visto hacía poco. Se sorbió delicadamente la nariz—. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo..., una pobre y desdichada mujer, que no sabe nada de educar a un chiquillo, para discutir con usted, que es padre y el fideicomisario del pobre Patrick? Qué odiosa debo de parecerle.
Inclinó la cabeza y juntó las puntas de los pies.
—Vamos, vamos, señorita Dennis —dijo cordialmente el señor Babcock—, si cree usted que el niño estaría mejor en Dalton...
La tía Mame levantó una mano blanca y sin fuerzas.
—No, señor Babcock, estaba equivocada. Ya lo he dicho y me alegro. Estaba equivocada y he sido una tonta. Patrick irá al colegio que usted sugiera. No debe hacerme caso, aunque sé que no podrá perdonar mi imperdonable comportamiento de esta noche...
El señor Babcock se volvió de pronto muy expansivo.
—Bueno, con las mujeres ya se sabe. Después de todo, Eunice, es decir la señora Babcock, y yo, también tenemos nuestras, ¡ejem!, diferencias. Es natural..., la batalla de los, ¡ejem!, sexos, ya sabe a lo que me refiero, ¡je, je, je! —La tía Mame esbozó una apropiada sonrisa que mostró sus hoyuelos—. En fin —prosiguió el señor Babcock—, hay muchos buenos colegios en Nueva York, y en realidad no es que uno sea mejor que otro, pero yo sugeriría Buckley.
—Señor Babcock, ni una palabra más. Es la elección acertada. Estoy convencida. De acuerdo. ¡Irá a Buckley y vestirá su uniforme con orgullo!
—Es sólo una gorra, no un uniforme —respondió con desaprobación el señor Babcock—. Pero es, ¡ejem!, un colegio espléndido. Espléndido. Sólo asisten chicos de las mejores familias...
—Sí —suspiró la tía Mame—, la clase social es muy importante. Y ahora —dijo con una tonta sonrisa—, debemos irnos.
—Entonces, ¿extiendo un cheque a nombre del colegio Buckley y usted se encargará de llevar al chico y matricularlo cuando se lo notifiquemos?
—Divino —respondió la tía Mame con una sonrisa irresistible—. Vamos, cariño, no debes acostarte tarde. —Se dirigió hacia la puerta y se encasquetó el sombrero negro de Vera hasta el postizo—. Buenas noches, señor Babbitt..., ha sido una velada encantadora..., ¡muy instructiva! Vamos, Patrick.
La puerta del coche se cerró e Ito arrancó el motor con un rugido.
—¿De verdad vas a enviarme a ese... colegio del que hablaba, tía Mame?
—No te preocupes, cariño, no te preocupes, la tía Mame tiene un plan.
Con un extático suspiro encendió un Melachrino mientras Ito ponía rumbo a Connecticut.

* * *

Justo después del Día del Trabajo la tía Mame me llevó a Buckley y me matriculó. El señor Babcock se había ocupado de trasladar mi expediente y dijeron que todo estaba en orden. La tía Mame me compró una gorrita azul, que acabó llevando ella, y me envió a un sitio cerca de Washington Square para que me hicieran un test de inteligencia. Al volver a casa la encontré enfrascada en una conversación con un hombre rubio y apuesto.
—Pasa, cariño —gorjeó—, quiero que conozcas a Ralph Devine. La semana que viene empezarás a ir a su escuela.
—Pero... ¿qué hay de Buckley? —balbucí.
—Discúlpame un segundo, Ralph —dijo. Me llevó a su lado y me miró solemnemente a los ojos—. Cariño, lo que ha hecho la tía Mame puede parecer un poco, no sé, fullero, pero con el tiempo aprenderás que a veces es mejor no ser demasiado honrado. Tú y yo vamos a gastarle una pequeña broma a tu señor Babbitt, cariño. Ya verás, mientras él cree que estás asistiendo al otro colegio, estarás haciendo cosas divinas y muy avanzadas con Ralph. Será nuestro secreto, cariño, sólo tenemos que saberlo nosotros tres, y el señor Hitchcock, o como se llame, no se enterará de nada, ¿no crees? —Respondí que seguro que no se enteraría—. Ahora corre arriba a leer alguna cosa mientras hablo con Ralph, dame un besito.
Ralph estaba diciendo: «Mame, ¿es que dejas que el niño lea?», cuando salí de la habitación.

* * *

La semana siguiente, la tía Mame se levantó «en plena noche» y me llevó a dos manzanas de allí a la escuela de Ralph. Ocupaba el último piso de un viejo edificio en la Segunda Avenida. Llegamos un poco tarde —la tía Mame siempre llegaba tarde—, y, a nuestra llegada, la enorme habitación estaba llena de niños desnudos de todas las edades corriendo y gritando por doquier. Ralph salió a recibirnos tal y como vino al mundo y nos dio un cordial apretón de manos.
—¿No te parece encantador? —dijo entusiasmada la tía Mame—. Igual que un Praxíteles. ¡Oh, cariño, estoy segura de que esto te va a encantar!
Una mujer bajita, gruesa y rubia, que también iba desnuda, salió corriendo a recibirnos y besó a la tía Mame. Se llamaba Natalie. Ella y Ralph dirigían la escuela.
—Ahora ve con Ralph y diviértete, cariño, te veré cuando vuelvas a la hora del té.
La tía Mame se marchó dedicándome un alegre saludo y me quedé solo, convertido en la única persona que llevaba ropa.
—Ven aquí y desvístete, ¿quieres? —dijo Natalie—, luego ve con los demás.
Siempre me sentí como un pollo desplumado en la escuela de Ralph, aunque resultaba agradable no tener que hacer nada. Era una enorme y austera habitación pintada de blanco, con suelo térmico de linóleo, claraboyas de cristal de roca y tubos de rayos ultravioleta a lo largo del techo. No había sillas ni pupitres, sólo algunas esteras donde podíamos tumbarnos a dormir siempre que quisiéramos, y, en el centro de la habitación, una gran estructura de color blanco que parecía una pelvis de vaca. Se suponía que debíamos arrastrarnos dentro, alrededor y por encima de ella si nos apetecía, y cada vez que alguno de los niños más pequeños lo hacía, Ralph propinaba una sonora palmada al enorme trasero de Natalie y soltaba una risita:
—De vuelta al útero, ¿eh, Nat?
Había aseos comunales —lo que corta de raíz las inhibiciones— y toda clase de pasatiempos avanzados. Podíamos dibujar o pintar con los dedos o hacer cosas con plastilina. Había círculos de conversación guiada, en los que discutíamos nuestros sueños y contábamos por turnos lo que estábamos pensando en ese momento. Si te apetecía ser antisocial, podías serlo. A la hora del almuerzo comíamos zanahorias y coliflor crudas —que siempre me producían gases—, manzanas crudas y leche de cabra. Si dos niños se peleaban, Ralph les hacía sentarse con todos aquellos que estuviesen interesados y discutían el asunto. A mí todo me parecía bastante tonto, pero conseguí un bronceado perfecto.
Sin embargo, no pasé el tiempo suficiente en la escuela de Ralph para averiguar si me hacía bien o mal. Mi carrera allí —y la de Ralph, dicho sea de paso— terminó justo seis semanas después de que empezara.
Ralph y Natalie, erróneamente convencidos de que sus jóvenes discípulos trabajaban en la escuela, organizaron por las tardes un período de Juego Constructivo, a fin de que volviésemos a casa alegres y contentos. La idea era que los niños, todos excepto los verdaderamente antisociales, participasen en un gran juego que nos enseñase algo sobre la vida y lo que nos aguardaba más allá de las puertas de la escuela. En ocasiones, jugábamos a granjeros y cuidábamos las enmarañadas plantas de aguacates que cultivaba Natalie. Otras veces, jugábamos a la lavandería y lavábamos la ropa interior de Ralph, aunque uno de los juegos preferidos de los niños más pequeños se llamaba «Familias de Peces», y nos proporcionaba cierto conocimiento sobre la reproducción en los órdenes inferiores de la escala animal.
Era un juego muy sencillo y hacíamos mucho ejercicio. Natalie y todas las niñas se acurrucaban en el suelo y fingían poner huevos de pez, y luego Ralph, seguido de todos los niños, saltaba por encima con los brazos pegados al cuerpo y moviendo los dedos —«como si nadarais, como si nadarais»— para fertilizar los huevos. Siempre se organizaba un gran revuelo.
En mi último día en la escuela de Ralph, habíamos estado jugando a Familias de Peces casi media hora. Natalie y las niñas estaban en el linóleo y Ralph empezaba a dirigir a los chicos entre el banco de peces hembra.
—¡Como si nadarais, como si nadarais! ¡Vamos! ¡Esparcid el esperma, esparcid el esperma! No olvidéis a esa mamá pez de ahí, ahí, Patrick, esparce el esperma, esparce el...
Se oyó un sonido atragantado.
—¡Dios mío! —balbució una voz familiar.
Todos nos volvimos y allí, vestido de pies a cabeza y con el aspecto de un tiburón enfadado estaba el señor Babcock, mi fideicomisario. Con un hábil movimiento me sacó del grupo.
—¡Maldita sea! ¡Ve ahora mismo a vestirte! ¡Voy a hablar con esa tía chiflada que tienes, y quiero que estés presente! —Me arrastró hasta los vestuarios—. ¡En cuanto a usted, pervertido —le gritó a Ralph—, le aseguro que volverá a tener noticias mías!
Antes de que pudiera abrocharme los botones, me arrastró escaleras abajo y me llevó a casa de la tía Mame.
La suerte quiso que la tía Mame, vestida con uno de sus atuendos más exóticos, estuviese tomando stingers con un distinguido rabino lituano y dos bailarines de reparto de Blackbirds cuando el señor Babcock y yo irrumpimos en el salón.
—¡Por Dios —chilló—, tendría que haberlo sabido! ¡Es usted tan apta para criar a un hijo como Jezabel! ¿Qué clase de loca es usted?
Con cierto esfuerzo, la tía Mame se puso en pie.
—Señor Babbitt, ¿se puede saber a qué viene esto? —dijo con fingida altivez.
—Sabe usted muy bien a qué viene. Hace dos semanas llamé a Buckley para preguntar si este mocoso quería acompañarnos al rodeo a mi hijo y a mí, y llevo buscándolo desde entonces en todas las puñeteras escuelas de medio pelo para débiles mentales de Nueva York. Pero hoy, hoy, lo he encontrado en la peor de todas; desnudo como su madre lo trajo al mundo y con ese tipejo pervertido esparciendo el... ¡Oh, Dios, no puedo repetirlo! —La tía Mame avanzó hacia él con dignidad y tomó aliento profundamente como hacía siempre antes de iniciar sus mejores discursos, pero no tendría que haberse tomado la molestia—. Mañana —chilló el señor Babcock—, de hecho, esta noche, ahora mismo, yo, personalmente, llevaré a este niño a un internado. Tendría que haber imaginado que trataría usted de engañarme así, pero nunca más... Lo matricularé en la Academia de San Bonifacio y ahí se quedará. El único momento en que podrá ponerle sus depravadas manos encima será en Navidades y en verano, y ojalá tuviera modo de impedirlo. Vamos, muchacho.
—Tía Mame —grité y traté de correr hacia ella, pero él me sujetó con fuerza.
—Vuelve aquí, pequeño demonio, te voy a llevar a la San Bonifacio y te convertiré en un cristiano temeroso de Dios, aunque tenga que romperte hasta el último hueso del cuerpo. Vamos, salgamos de este... fumadero de opio.
Otro tirón y me encontré camino de la Academia de San Bonifacio.
Al día siguiente, la policía llevó a cabo una redada en la escuela de Ralph, y los periódicos sensacionalistas, sorprendidos en un momento en que escaseaban los asesinatos a hachazos, no se mostraron demasiado piadosos con la educación progresista. Imprimieron titulares como «REDADA EN ESCUELA SEXUAL», sobre fotos delicadamente retocadas de Ralph, Natalie y sus alumnos, con artículos de munícipes y clérigos escandalizados que parecían empezar todos con la misma pregunta: «Madres, ¿qué les están enseñando a vuestros hijos?».
El día siguiente fue el 29 de octubre de 1929. Los mercados se hundieron y los periódicos encontraron asuntos más interesantes sobre los cuales escribir. Pero para entonces yo ya estaba encarcelado en la Academia de San Bonifacio y desde allí la voz estridente de mi tía Mame no era más que un susurro en mitad de aquella jungla académica.



III. LA TÍA MAME EN EL TEMPLO DE MAMMÓN
Una nube sombría se cierne sobre la encantadora solterona del Digest. Acostumbrada a vivir desahogadamente y a disfrutar de cierta comodidad con el niño y su gato, de pronto quiebra el banco local y los ahorros de la pobre señora desaparecen. Sólo cuenta con una mísera pensión para vivir y las cosas pintan muy mal. Pero, en lugar de acobardarse, descubre que tiene un auténtico don para los negocios.
En primer lugar, empieza a cocer pan y bollos y pasteles lady Baltimore, y, cuando quiere darse cuenta, ya posee una próspera panadería y tiene más pedidos de los que puede atender. Luego, recupera su afición infantil de pintar porcelana y sus diseños de nomeolvides causan furor —el artículo del Digest no especifica entre quiénes—. Por fin, aquella enérgica señora se pone a hacer tapetes de ganchillo, salvamanteles y colchas de patchwork, y el dinero le llega a espuertas.
No me impresiona lo más mínimo. La tía Mame siempre dijo que ella también tenía un don para los negocios. Cuando la Depresión se ensañó particularmente con ella, inició muchas más carreras que el personaje inolvidable, y, de un modo u otro, nos salvó también a nosotros.
Septiembre de 1930 fue un mes particularmente caluroso, y el día que escogió mi tía Mame para su penosa entrevista en el banco hacía un calor abrasador. Llegó a casa, dejó sus pieles de zorro en el centro del salón, pidió que le sirvieran una bebida fuerte y se tumbó mustia y trágica en su nuevo sofá «modernista».
—Patrick —dijo con voz hueca—, tu tía Mame es pobre. ¡Estoy arruinada, arruinada, arruinada! —Miró conmovida a la calle y trató de hacer brotar unas lágrimas—. Soy —añadió con dramatismo—, poco menos que una indigente.
La tía Mame tuvo que dejar su costoso dúplex y se instaló en una antigua cochera muy limpia y bonita en Murray Hill. Amuebló el lugar, compró ropa nueva y más larga y ofreció un par de fiestas para inaugurar la casa y reunir a lo que quedaba de su antiguo grupo de amigos. Luego empezó a darse cuenta de que vivir cuesta dinero..., incluso en 1930, cuando todo estaba más barato. Pero, en general, el dinero escaseaba, y en el caso particular de la tía Mame, escaseaba todavía más.
Entonces quedó meridianamente claro que, después de su violento coqueteo con la Bolsa y sus gastos babilónicos, disponía exactamente de cuatro mil dólares en metálico y de la nada exigua cantidad de doscientos dólares al mes.
—¡Oh, y pensar que tengo que cargar con el yugo de la pobreza, después de ahorrar y economizar todos estos años!
—Qué fechoría, tía —dije conteniendo una risita porque rimaba.
Me miró con frialdad.
—Eso, ríete, no eres más que un mocoso de apenas once años y ya posees una enorme herencia tan bien invertida que nadie puede privarte de ella, en cambio tu tía Mame está con un pie en el Albergue Peabody. Pero ¿cómo vamos a vivir sólo con doscientos malditos dólares al mes? —En 1930, doscientos dólares eran una fortuna para, literalmente, millones de personas. Y lo cierto es que, economizando un poco, habría podido vivir muy bien—. En fin —prosiguió con un doloroso suspiro—. Supongo que ya sabrás lo que esto significa. Tendré que ponerme a trabajar sólo para que puedas seguir asistiendo a esa dichosa escuela de San Bonifacio. —Yo sabía que la Trust Company pagaba mi matrícula, pero me pareció más inteligente no decírselo—. En fin, Dios sabe que llevo toda la vida trabajando como una esclava, así que debería estar acostumbrada. —Eso tampoco era del todo exacto. Mi tía Mame había bailado casi seis semanas como corista en una compañía ambulante que interpretaba Chu Chin Chow hasta que mi padre se enteró y las presiones familiares se lo impidieron. Desde entonces no había vuelto a mover un dedo más que para preparar sus famosos gin-tonics caseros—. Sí, ésa es la respuesta. Tu pobre tía Mame tendrá que volver a trabajar, trataré de encontrar un empleo, ahora que hay millones de personas sin trabajo, para poder seguir pagándonos la ropa y que no tengamos que pasar penurias. Pero no te preocupes, cariño, la tía Mame sabrá salir de ésta, aunque tenga que ponerse a fregar suelos.
Esa tarde se acostó temprano con la sección de anuncios clasificados del New York Times.
Al día siguiente, la tía Mame mantuvo conmigo su habitual charla matutina de la una en punto. Estaba rodeada de cuadernos de papel amarillo en los que había escrito listas de nombres.
—¿Vas a dar una fiesta? —pregunté.
—¡Desde luego que no! —me espetó la tía Mame—. Bueno, tal vez cuando empiece a ir bien el negocio, tengamos una pequeña celebración, esta gente son contactos valiosos..., amigos míos bien situados. —Tamborileó los dedos con desprecio sobre el New York Times—. Esos trabajos de la sección de demandas no son nada interesantes: camareras, vendedoras, obreras, taquígrafas, nada a lo que me apetezca hincarle el diente. No, cariño, en esta ciudad lo importante no es lo que sabes hacer, sino a quién conoces. Y Dios sabe que yo tengo buenos contactos. Caramba —prosiguió—, probablemente haya cientos de organizaciones en Nueva York que estarían encantadas de contar con mis servicios, si supiesen que estoy buscando trabajo. Así que he hecho una lista de amigos influyentes y les haré saber que estoy interesada.
Ese día la tía Mame hizo un montón de largas y animadas llamadas telefónicas. Primero a su antiguo corredor de bolsa, Florian McDermott. Le explicó toda la historia de su ruina financiera, pese a que pareciese innecesario proporcionar tantos detalles al hombre que era en gran parte responsable de la misma. Preguntó a Florian si en su agencia podrían estar interesados en una mujer de negocios acostumbrada a manejar grandes sumas de dinero. Sin embargo, él respondió a toda prisa que estaban recortando gastos y se las arregló para venderle un par de cientos de acciones de un valor «a prueba de bomba». Dos meses después, Florian compartía celda con un ilustre corredor de bolsa a quien jamás había pensado que llegaría a conocer.
Todos sus amigos financieros también estaban recortando gastos y la tía Mame decidió que su futuro estaba en el mundo del arte.
Al día siguiente, almorzó con Frank Crowninshield y volvió a casa exultante con un trabajo de redactora publicitaria en Vanity Fair. El salario era de cuarenta dólares a la semana —exactamente lo mismo que pagaba a Norah y a Ito—, pero ella estaba convencida de que no tardaría en ascender. Encargó un montón de elegantes trajes de chaqueta de aspecto formal y unos cuantos sombreros nuevos para lucirlos en las oficinas de la revista. Me envió a la Academia de San Bonifacio y la tía Mame inició su carrera en el mundo de los negocios.
Durante el otoño de 1930, dispuse sólo de las cartas de la tía Mame para hacerme una idea vívida, aunque un tanto tendenciosa, de sus diversos proyectos profesionales. El empleo en Vanity Fair le duró un mes. Luego el señor Crowninshield y el señor Nast volvieron a invitarla a almorzar y le dijeron que sus textos eran inexactos, aunque inspirados, y que estaban reduciendo personal. Como premio de consolación, publicaron una fotografía de ella a toda página con un vestido de fiesta Jeanne Lanvin de trescientos dólares, comprado con lo que le dieron por el finiquito y un dinero que había ganado apostando por un caballo en las carreras. El señor Crowninshield afirmó que era una mujer demasiado atractiva para estar soltera y que debía casarse y sentar la cabeza.
Su siguiente empleo también fue literario, aunque no le duró tanto. Se convirtió en lectora de la editorial de Horace Liveright. El señor Liveright era un viejo conocido, y aunque él y la tía Mame habían tenido pequeñas diferencias, ambos se respetaban mutuamente. No obstante, la tía Mame salió una noche a divertirse llevando el único ejemplar de un emocionante manuscrito que apestaba a grasa de ballena y que había escrito un explorador danés. En algún sitio entre el bar de Jack Delaney y el Cotton Club el manuscrito se perdió. El señor Liveright interpuso un pleito y él y la tía Mame intercambiaron palabras muy duras. Un año después, una editorial muy próspera publicó el libro reescrito, que vendió más de cien mil ejemplares y llegó a convertirse en un serio y exitoso documental. Después de eso, la tía Mame siempre dijo que tenía olfato para los best sellers.
Sin desanimarse lo más mínimo, la tía Mame probó suerte en otra rama de las artes: la decoración de interiores. Nadie podía negar que tenía buen gusto, aunque a veces fuese un poco excéntrica. No obstante, la tía Mame poseía ciertas cualidades que son importantes en la decoración comercial: era encantadora, tenía estilo y originalidad, y conocía a un montón de gente influyente. Así que era lógico que la tía Mame acabara recalando en el taller rococó de Elsie de Wolfe y sus simpáticos colaboradores.
Gracias a lo que ella denominó «sus admiradores» y a un montón de cháchara sobre el estilo Regencia y el estilo Directorio, consiguió un empleo con el que no sólo ganaba un buen salario, sino también generosas comisiones. Pero, por mucho que hablase de las artes decorativas francesas, el corazón de la tía Mame se inclinaba más por la Bauhaus de Múnich que por la rocaille y coquaille versallescas.
No obstante, durante un tiempo se las arregló para contener sus impulsos modernos y bailar al son del personal de Elsie de Wolfe y parlotear con mucha gracia sobre los apliques de pan de oro de las paredes y los imprecisos relojes con angelotes. Bajo la atenta mirada de un supervisor, la tía Mame decoró un vestíbulo de la Quinta Avenida, un comedor en Oyster Bay y un tocador en Gracie Square, todos al estilo Luis XV. Luego, por su cuenta, decoró la suite de su amiga Vera en el Algonquin* al estilo de Prud'hon, con un montón de cachivaches estilo Imperio que encontró en la Avenida A. Las habitaciones y su ocupante aparecieron convenientemente fotografiadas en Home Beautiful, la señorita de Wolfe escribió a la tía Mame una carta deslumbrante, y sus habitaciones estilo Imperio empezaron a estar muy solicitadas entre los contrabandistas de licor, que eran los únicos que podían permitirse pagar muebles caros y antiguos. Al principio, aquel éxito tan vertiginoso pareció aturdirla un poco, pero, después de decorar tres o cuatro apartamentos napoleónicos, en Central Park West, la tía Mame se aburrió de tantas columnas y cariátides y volvió a dejarse llevar por el prurito moderno. Estéticamente fue un avance, pero económicamente un desastre.
La gran oportunidad de la tía Mame llegó en otoño, cuando llamó la atención de una tal señora Riemenschneider de Milwaukee, cuyo difunto marido se había forrado con el negocio de la cerveza sin alcohol. Milwaukee se le había quedado pequeño a la señora Riemenschneider, que había decidido instalarse en Nueva York para disfrutar de una posición social que sólo el dinero y todo lo que lo acompaña durante tres o cuatro generaciones puede conseguir. No obstante, la señora Riemenschneider no estaba dispuesta a esperar tres o cuatro generaciones. En 1930 el mercado favorecía a los compradores y ella tenía dinero de sobra para abrirse camino. Apenas se quedó en Nueva York unas pocas horas para comprar una elegante casita en la Calle 60 Este y darle a la tía Mame un cheque contante y sonante por valor de cien mil dólares para que la decorase estilo «Fontenebló». Luego se marchó a París a comprar ropa, tras arrancarle a la tía Mame la promesa de que la casa estaría lista en Navidad.
La casa estuvo lista en Navidad, y también la tía Mame. El tirón de la modernidad muniquesa había sido demasiado fuerte..., casi tanto como el lenguaje de la señora Riemenschneider cuando volvió para descubrir que habían arrancado la fachada de su coqueta mansión y echado abajo casi todas las paredes para llenarla de los más avanzados muebles de acero inoxidable, esculturas de alambre y el arte cubista que el dinero y la imaginación podían crear. Justo antes de regresar a Milwaukee, la señora Riemenschneider consiguió un mandamiento judicial que no sólo obligaba a la empresa decoradora a devolverle sus cien mil dólares, sino también a restaurarle la casa.
Los periódicos se enteraron de la historia y lo pasaron en grande. Aliteraciones como «arte ateo», «barbarie bolchevique» y «maníaca moderna» circularon varios días en la prensa amarilla. Un inspirado redactor de titulares bautizó a la tía Mame «Mame la Chiflada», y dos columnistas escribieron artículos que empezaban: «¿Qué pinta Picasso que no sepa pintar mejor mi hijo de cuarto curso?». Echaron a la tía Mame de la empresa de Elsie de Wolfe.
Aunque ofendida y humillada por lo que llamó la ignorancia de las masas, la tía Mame no estaba dispuesta a renunciar a su cruzada en pro de la ultramodernidad. A raíz de la escaramuza había hecho algunos aliados: uno de ellos era un joven y huraño escultor llamado Orville, que tenía su propio torno de alfarero y fabricaba unas «cerámicas fascinantes». Así que la tía Mame decidió invertir todo su capital y asociarse con él. Iban a abrir una tienda de regalos «consagrada a lo rompedor, lo experimental, lo apasionante, lo nuevo y lo moderno», decía su carta. «¡Oh!, Patrick, cariño —escribió—, no habrá otra tienda parecida en todo Nueva York. Espera y verás. ¡Causaremos furor!».
La Maison Moderne, como se llamó el establecimiento, no se parecía a ninguna otra tienda de Nueva York..., o al menos a ninguna que yo hubiera visto. Estaba en una hilera de antiguas casas de ladrillo en la Calle 54 Este. Tenía un enorme escaparate en forma de ameba y una puerta circular de color verde chartreuse. Las paredes eran de un rojo violáceo sin concesiones iluminadas por una tortuosa maraña de tubos de neón, y la tienda estaba repleta de ceniceros, bandejas y broches de cerámica de aspecto extrañísimo que la tía Mame llamaba objets d'art.
La Maison Moderne se inauguró el mismo día que volví a casa a pasar las vacaciones de Navidad, y atrajo multitudes. Pero la mayoría, una vez pasada la primera impresión, dijeron que sólo estaban mirando. La tía Mame se encontraba en su elemento, pululaba por ahí con un alegre blusón y un cigarrillo colgando de la comisura de los labios. El primer día hicieron casi catorce dólares de caja y tuvieron un gran seguimiento por parte de la prensa.
Pero a la tía Mame no pareció importarle ninguna de las mezquindades que escribieron.
—Así funciona la publicidad, cariño. No habría podido comprar todo el espacio que nos han dedicado ni con cincuenta mil dólares. ¿Has visto la maravillosa fotografía de la bandeja de sándwiches en forma de feto, de Orville, que ha publicado el American? Nos hacen publicidad gratis, cariño. Lo preocupante no es que hablen de ti, sino que no hablen.
Tal vez tuviese razón, pues al día siguiente la muchedumbre fue aún más numerosa. La tía Mame se abría paso entre los clientes gorjeando como un canario desaforado, y me envió un par de veces a llevarle un café y tres a comprarle cigarrillos Melachrino. A eso de la una, la multitud era tan numerosa y las ventas iban a tal ritmo que tuvo que llamar a Norah para que se ocupase de la caja registradora, mientras yo estaba en la trastienda, metido hasta la cintura en serrín y envolviendo las llamativas cerámicas de la tía Mame. Se diga lo que se diga de la Maison Moderne, lo cierto es que atrajo la atención del público.
Pasadas las seis, la tía Mame ahuyentó al último cliente y se desplomó sobre la pila de serrín de la trastienda.
—¡Qué éxito, qué éxito! —canturreó—. ¡Dame un cigarrillo, cariño, tu tía está que no puede con su alma! —Se desperezó y exhaló una nube de humo—. ¿Cuánto crees que habremos ganado hoy, Norah? ¿Cien?
—¡Oh, mucho más! —respondió resplandeciente Norah—. Quinientos, seiscientos o setecientos, diría yo.
—¡Qué divino! —gritó la tía Mame. Dio otra extática calada a su cigarrillo y luego se puso de pronto en pie—. ¡Dios mío, prometí a Neysa McMein que tomaría unos cócteles con ella y llego ya horas tarde! Prometió hacernos unos diseños y yo lo había olvidado por completo. Vamos, cariño, coge mi abrigo y ve a llamar un taxi. ¡Tengo que salir volando!
—¿Qué hago con el dinero? —preguntó Norah.
—Déjalo en la caja. Yo cerraré con llave. Por el amor de Dios, llama un taxi, Patrick, os dejaré en casa al pasar.
Cerró la puerta y salimos corriendo.
Esa noche lo que los periódicos sensacionalistas describieron como «un holocausto de origen desconocido» destruyó casi media manzana de la Calle 54 Este. Hicieron falta tres coches de bomberos para apagar el fuego y de la Maison Moderne no quedó ni siquiera lo suficiente para llenar uno de sus fascinantes ceniceros.
—¡Ay, Patrick, esto sí que es una jugada del destino! —sollozó la tía Mame—. Mi arriesgado proyecto convertido en una nube de humo. En fin, gracias a Dios la semana pasada eché al correo la prima del seguro de incendios. —Se sonó delicadamente la nariz—. Maldita sea —soltó de repente, al ver que la pitillera de cristal estaba vacía—, ¿es que no hay un cigarrillo en toda la casa? Alcánzame el bolso, cariño. —Charlando todavía animadamente, hurgó en su bolso de piel de lagarto. De pronto se quedó paralizada, se puso muy pálida y susurró—: ¡Oh, no!
Acto seguido sacó de su bolso un sobre blanco y alargado dirigido a la Compañía de Seguros de Hartford, Connecticut.

* * *

Tras la onerosa desaparición de la Maison Moderne, la tía Mame decidió que, después de todo, era mejor trabajar para otros. En esos días, su pasión por los tejidos exóticos hizo que adquiriese casi todo su vestuario en la boutique de Jessie Franklin Turner. Era una tienda no demasiado grande consagrada a una clientela de ingresos más que abultados. «Tan agradable e intime —decía la tía Mame en una de sus cartas—, que es casi como si los clientes fuesen antiguos amigos e invitados, cosa que, por supuesto, son». Al ver que la tía Mame compraba tantas cosas, la señora Turner la contrató como vendedora, «una auténtica vendense, cariño», escribió.
A la tía Mame le encantaba trabajar entre aquella ropa tan cara y hermosa y casi cada noche volvía con alguna nueva creación de Jessie Franklin Turner. En el invierno de 1931 las ventas no pudieron ir peor, pero la tía Mame tenía mucha confianza en sí misma.
Asimismo, tenía también una especie de candor inoportuno que encantaba a muchos pero que ofendía a otros tantos. La incontrovertible franqueza de la tía Mame le jugó una mala pasada cuando la señora Turner la oyó diciéndole a una voluble matrona de formidables proporciones:
—Pero, querida, no tenemos nada que le quepa. Nuestros modelos no le sentarían bien, son demasiado estrechos. Hágame caso y vaya a la sección de Tallas Especiales de Lane Bryant.
Se oyeron palabras un tanto acaloradas y la clienta salió de la tienda para no volver más. Quince minutos después lo hizo también la tía Mame, tras una discusión con la señora Turner, que la advirtió de que más le valía encontrar un marido rico, y deprisa, si quería pagar la cuenta que había dejado.
La última parada de la tía Mame en la industria de la ropa fue en la boutique de Henri Bendel, donde, gracias a su hermosa figura y a una larga amistad con el señor Bendel, durante casi una semana trabajó de modelo pasando trajes de tarde. Pero el día que un viejo verde con un enorme poder adquisitivo pellizcó su elegante trasero, se produjo un desagradable contratiempo y prescindieron de sus servicios. El señor Bendel escribió a la tía Mame una carta muy conmovedora en la que le decía que lamentaba mucho el incidente, pero que, al fin y al cabo, era un señora y una mujer demasiado elegante para ser un simple maniquí. También añadió que la mejor carrera a la que podía dedicarse era el matrimonio.

* * *

Aun así, la tía Mame siguió dispuesta a demostrar que podía arreglárselas por su cuenta en un mundo de hombres. Una noche, en el Veintiuno, conoció a un entusiasta joven de una antigua familia de Baltimore, que tenía capital para invertir en un pequeño, pero selecto, garito clandestino. Como no conocía a casi nadie en Nueva York, y dado que la tía Mame conocía a todo el mundo, la convenció para que fuese la anfitriona de aquel nuevo proyecto. La tía Mame dudó un poco al principio, pero necesitaba dinero y después de todo, escribió, aquel sitio no sería «un sórdido barucho, sino un club muy exclusivo, con una clientela bien escogida, y donde las damas y los caballeros podrían beber como gente civilizada, cenar con elegancia y tal vez jugar unas manos de bridge. Vamos, un sitio con un servicio esmerado».
Juntos encontraron una antigua mansión en la Calle 40, que estaba equipada para ese tipo de empresa. En los dos últimos años se había llamado Tony's, El Bar Siniestro de Belle, La Vieja Plantación, Tony's, Alt Wien, Paris Soir —también apodado la Cloaca—, Victor's, Vesuvius, Chez Cocotte, York House, el Alegre Madrid y Tony's. Sin embargo, la tía Mame y el joven mandaron volver a pintar el local, lo bautizaron Club Continentale y se dispusieron a empezar el negocio.
Todos los que tuvieron ocasión de visitar el local coincidieron en que la tía Mame y el joven caballero de Baltimore se habían empleado a fondo. Enviaron invitaciones grabadas y tarjetas de socio a lo mejorcito de la buena sociedad y el mundo del arte. Contrataron a uno de los más famosos bármanes de Nueva York, a un cocinero francés, una orquesta húngara, un portero irlandés, un maître italiano y una bailarina española que se llamaba algo así como Eutanasia Gómez. Para colmo de la diversión, la tía Mame pensaba sentarse ante el piano blanco y cantar unas cancioncillas francesas. Pero no tuvo ocasión de hacerlo. Pese al cuidado que pusieron en no descuidar detalle, la tía Mame y el joven olvidaron sobornar a la policía. La noche de la gran inauguración, cuando todo discurría con suma brillantez y elegancia, hubo una redada en el Club Continentale: los agentes rompieron los adornos y las botellas a hachazos y la tía Mame y su selecta clientela acabaron en un furgón policial.
Después, gracias a la amabilidad de Frank Case, la tía Mame puso en marcha un servicio de compra personalizada ofrecido como gentileza para los clientes del Hotel Algonquin. Pero en 1931 el Algonquin no tenía muchos clientes, y los pocos que tenía encontraban el gusto de la tía Mame un poco exagerado y demasiado caro. Así que pasó casi toda la primavera charlando con antiguos amigos en el vestíbulo. Tuvo que vender sus perlas y un zafiro en forma de estrella para saldar sus deudas, y, cuando volví a casa para pasar las vacaciones de verano, la tía Mame estaba demasiado impaciente para seguir matando el tiempo entre las macetas con palmeras del Algonquin.
Después trató de vender de puerta en puerta artículos de cocina de aluminio en Riverside Drive, pero nadie le compró nada, y, cuando el jefe de ventas trató de seducirla, le soltó un bofetón y la despidieron.
En julio, se convirtió en la secretaria de un productor de serie B, no tenía ni idea de taquigrafía pero escribía bastante rápido y redactaba a máquina cartas informales con dos dedos. Sin embargo, al cabo de tres semanas, el hombre no había producido nada, ni siquiera una nómina.
En agosto, la tía Mame escribió un drama griego en treinta escenas con un coro de doscientas voces. Se lo llevó a Annie Laurie Williams, la agente, que dijo que era muy bueno, pero por uno u otro motivo nunca llegó a ponerse en escena.
Una mañana de septiembre, la tía Mame, después de mucho mentir, consiguió que la contrataran como operadora de teléfonos en una compañía de seguros. Estuvo a punto de electrocutarse y llegó a casa a tiempo para el almuerzo.
Luego vino un breve coqueteo con el negocio inmobiliario. En 1931 todo el mundo se estaba mudando de pisos grandes y caros a pisos más baratos y pequeños, pero la tía Mame engatusó a un amigo y logró que comprara un enorme apartamento, para luego descubrir que el edificio estaba vacío y el inocente inquilino tenía que correr él solo con todos los gastos. Renunció a su comisión para ayudarlo a salir de la quiebra. Luego varias complicaciones con su propia hipoteca hicieron que se hartase de las inmobiliarias.
Cuando llegó el momento de volver al colegio, la tía Mame estaba verdaderamente acorralada por los acreedores. Incluso tuvo que sufrir la humillación de permitir que la Trust Company le reembolsara los gastos de mi mantenimiento.
Sus cartas parecían notas de suicidio. Pero, a principios de octubre, recibí una con el mismo espíritu combativo de siempre:

Cariño:
¡Adivina lo que ha pasado! ¡Tu tía Mame va a volver a las tablas! Vera me telefoneó y comimos juntas. Le conté la mala racha que hemos tenido y recordamos los viejos tiempos, cuando ambas éramos coristas en Chu Chin Chow. ¡Lo que nos reímos en Indianápolis del detective del hotel, cuando se produjo aquella confusión con las habitaciones!
Bueno, para abreviar, Vera estrena una nueva obra y me ha ofrecido interpretar a un personaje secundario. Interpretaré a lady Iris, una aristócrata inglesa. Somos otra vez como niñas, ¡de gira después de tantos años!
Pero, cariño, aún no te he contado lo mejor: estrenamos en Boston el mes que viene, así que podrás presenciar el regreso de tu tía Mame a los escenarios la noche misma del estreno. ¿No te mueres de impaciencia? ¡Me voy corriendo a ensayar!

Vera Charles era, casi siempre, la mejor amiga de mi tía. Nunca fue una gran actriz, ni siquiera una muy buena, pero aun así era toda una estrella. Vera era lo que se llama «una actriz para mujeres». El público de las sesiones matinales la adoraba.
El señor Woollcott escribió una vez: «Vera Charles es la única actriz viva que cambia más de vestido que de expresión». Después de aquello no volvió a dirigirle la palabra, pero no por eso dejaba de ser cierto. Siempre interpretaba a una encantadora aristócrata de un reino balcánico sin identificar, siempre tenía un marido que no la comprendía y siempre acababa conociendo a «otro». Eran obras espantosas, pero muy teatrales y las hausfraus [amas de casa] volvían a Montclair en autobuses abarrotados, con las últimas lágrimas de amor y envidia todavía húmedas en sus mejillas.
El gran día del estreno de la tía Mame, el director me permitió saltarme el entrenamiento de hockey y fui a toda prisa a Boston, donde la tía Mame había instalado sus cuarteles en el Ritz. Cuando el botones me condujo a su suite, la oí cantar desde la bañera: «Soy Chu Chin Chow de la-China, Shanghai, en la-Chi-na».
Salió del baño sonrosada y muy dicharachera.
—¡Cariño! Cuánto me alegra que hayas venido. Cuidado, no me despeines. Ahora, guapo, ve a traerle a tu tía Mame unas pastillas de menta. Voy a tumbarme un momento en un cuarto a oscuras con una crema astringente, para estirarme la piel un poco, ya sabes, necesito relajar la garganta y repasar mi papel. Luego podemos tomar un poco de caldo y unas tostadas aquí mismo, antes de ir al teatro. ¡Qué emoción me produce volver a pisar las tablas! Vera me ha dado una escena preciosa en el último acto. ¡Ah!, recuérdame que no olvide mi joyero. Tenía una pinta muy descuidada con ese vestido de baile en las pruebas de vestuario.
Cenamos a las seis y luego la tía Mame telefoneó a su amiga Vera para desearle suerte. Llegamos al Teatro Colonial a las siete, ocupé mi asiento en la primera fila y esperé hasta que la platea se llenó de entusiasmadas matronas de Boston, sus poco convencidos maridos y un montón de chicos de Harvard de aspecto insolente.
Por fin se alzó el telón. Era la típica obra de Vera. Doce minutos después del comienzo del primer acto, Vera hizo su entrada triunfal con un precioso traje beige con pieles de marta y se detuvo para recibir una grandiosa ovación. El primer acto transcurrió como siempre, pero a la tía Mame no se la vio por ningún lado.
En el segundo acto, Vera estaba soberbia con un vestido de terciopelo verde almendra y las damas gimieron orgásmicamente cuando lo cambió por un vaporoso negligé de color azul. La tía Mame siguió sin aparecer.
Cuando el telón se alzó, al principio del tercer acto, Vera y el «otro» estaban solos en el escenario. El aplauso por su vestido de fiesta fue estruendoso. Se suponía que fuera de escena se celebraba una fiesta de gala. Se oía una musiquilla de vals y el alegre rumor de varias conversaciones muy animadas, y de pronto reconocí una voz familiar que decía: «¡Oooh, un poco más de champán, lord Dudley». También me pareció oír el leve y lejano tintineo de unas campanillas.
Vera pareció un poco incómoda, pero siguió con su parlamento:
—Pero, Reginald —dijo con su incomprensible acento de Mayfair—, hacer algo así..., fugarnos juntos..., sería una locura, una locura deliciosa.
—¡Oooooh!, lord Dudley —gritó entre bastidores mi tía Mame, con su inconfundible voz—, ¡podría pasarme la noche bailando!
De nuevo el misterioso tintineo de las campanillas arrojó una nota discordante entre el ruido que hacían fuera de escena los supuestos aristócratas. Alguien soltó una risita desde el anfiteatro.
Vera se atusó el rígido peinado y volvió a empezar.
—Compréndelo, Reginald, sería una locura. Yo pertenezco a un mundo muy distinto del tuyo. Podríamos ser felices un tiempo, pero acabaríamos odiándonos a nosotros mismos..., sí, y también nos odiaríamos el uno al otro por lo que habríamos hecho. No, es mejor que nos despidamos ahora, cuando todavía disfrutamos de este éxtasis que hemos conocido. ¡Ven! Abrázame, bésame..., una última vez y despidámonos. Deprisa, Reginald, oigo llegar a los otros.
Volvió a sonar la música y varias alegres parejas aparecieron a través de la puerta. El tintineo se volvió mucho más fuerte y un torbellino rojo entró en el escenario.
—¡Oooh, lord Dudley —exclamó la tía Mame—, baila usted divinamente!
Vera vaciló. Las campanillas se volvieron, si cabe, más insistentes. Con una voz más apropiada para llamar a los cerdos, Vera gritó:
—¡Oh, venid todos! Tengo algo que contaros.
Los supuestos aristócratas se adelantaron y formaron artísticos grupos delante de Vera. Para entonces el tintineo se había convertido ya en un redoblar de campanas. Se oían risas en el anfiteatro. Yo miré fijamente a la tía Mame. Estaba guapísima con un precioso vestido rojo y se había puesto unos brazaletes con unas grandes campanillas de plata tailandesas, regalo de algún admirador olvidado.
Se produjo una oleada de risas en la platea y Vera se quedó tan sorprendida que se saltó la siguiente entrada. Aunque no es que tuviera mayor importancia, porque las campanadas y las risas habrían sofocado el sonido de una bocina de niebla. Vera se adelantó hasta las candilejas y repitió mirando a las vigas del techo:
—He decidido no casarme con Reginald. Mi sitio está aquí con el príncipe Alexis. Debo volver a mi mundo. —Luego se volvió hacia la tía Mame y le lanzó una mirada que habría paralizado a un tigre de Bengala de tamaño medio—. Lady Iris —dijo—, ¿tendría la bondad de llamar al timbre y pedir que traigan mi abrigo?
—Desde luego, princesa —dijo la tía Mame con una profunda cortesía. Las campanillas de sus brazaletes tañeron de forma ensordecedora.
La alusión de Vera a un timbre fue muy poco afortunada, pero al anfiteatro le encantó. La gente reía a carcajadas y pateaba el suelo.
Luego volvieron a empezar las campanadas y la tía Mame, muy agitada, se acercó a Vera llevando una capa de chinchilla; la piel amortiguó por un instante, aunque no del todo, el tañido de los brazaletes de la tía Mame.
—Permitid que os ayude, princesa —dijo la tía Mame con voz engolada. Tendió la capa, que se desplegó como una persiana veneciana, y dejó que las campanillas repicaran a pleno volumen. Vi con horror que la tía Mame sostenía la capa de Vera del revés.
—Gracias, lady Iris —rugió Vera envolviéndose en la capa. No obstante, una mirada terrible cruzó su rostro en cuanto rodeó sus hombros con el dobladillo de la capa y vio que arrastraba el cuello por el suelo.
Yo mismo sufrí un ataque de risa histérica hasta que reparé en que la tía Mame parecía estar enganchada a la capa de chinchilla. Vera se adelantó para pronunciar su parlamento final y la tía Mame la siguió, con el brazo extendido y misteriosamente unido a la espalda de Vera. Luego lo comprendí. Uno de sus brazaletes tailandeses se había enganchado entre las pieles.
Vera volvió a adelantarse. La tía Mame la siguió, acompañada por el coro de campanillas.
Por fin Vera se quedó inmóvil.
—¡Suéltame! —gruñó.
—Vera —chilló la tía Mame—, ¡no puedo!
El teatro se tambaleaba presa de una hilaridad desenfrenada entre silbidos y pateos. Vera aulló sus últimas líneas mientras la tía Mame trataba todavía de desengancharse y el telón cayó envolviéndolas a ambas —mientras se arañaban y pateaban— en varios metros de terciopelo polvoriento.
No olvidaré esa noche mientras viva. Vera, con el áspero acento de su Pittsburgh natal, dedicó a la tía Mame los peores epítetos que yo había oído, y otros muchos que no había oído. La tía Mame estaba hundida. Apoyaba la cabeza en la mesa del camerino y se estremecía entre sollozos.
—Pero, Vera —gemía—, son los únicos brazaletes que me quedan.
Vera le chilló como una verdulera:
—¡Zorra barata de la alta sociedad! ¡Has tratado de sabotearme el estreno! ¡Te odio! A ti y a todos los de tu clase.
Vera continuó chillando y gritando hasta que el empresario la sacó a la fuerza del camerino después de poner la notificación de despido sobre la mesa.
La tía Mame siguió llorando hasta mucho después de que cerraran el teatro. No hacía más que repetir: «Pero, Vera, son los únicos brazaletes que me quedan. Los únicos que me quedan». Eran casi las dos cuando le eché por encima su viejo abrigo de visón, la llevé casi a cuestas hasta un taxi y la devolví al Ritz. Sin dejar de llorar, permitió que la ayudara a meterse en la cama. Jamás imaginé que el cuerpo humano pudiera contener tantas lágrimas, y cuando la cogí de la mano estaba ardiendo. Me asusté y llamé al médico del hotel.
Al día siguiente llevé a la tía Mame de vuelta a Nueva York en una ambulancia. Seguía llorando y ardiendo de fiebre. Me apretó la mano hasta tal punto que pensé que me había roto todos los huesos, luego siguió llorando y llorando. «Pero, Vera, son los únicos brazaletes que me quedan. He vendido todos los demás. Son los únicos que tengo, Vera. Los únicos».
De vuelta en Nueva York, Norah la metió en la cama, inconsciente y delirante de fiebre. Norah e Ito, como muchos criados domésticos durante la Depresión, trabajaban sólo a cambio de la comida y el alojamiento. Pero ambos adoraban a la tía Mame. Norah incluso pagó la ambulancia y mi billete de regreso al colegio. Me quedé en el dormitorio de la tía Mame retorciendo mi gorra de la San Bonifacio entre las manos. Cuando me marché, ella seguía delirando y gimiendo lo de los brazaletes. Norah estaba a su lado y le acariciaba la mano febril.
—Calma, querida, calma. Lo que necesita una mujer tan guapa como usted es un buen marido. Calma, querida, y descanse para poder encontrar un hombre bueno y fiable.

* * *

Estaba tan preocupado por la tía Mame que apenas podía estudiar. Pero el Día de Acción de Gracias me envió una breve nota formal que decía: «He aceptado un empleo en la R. H. Macy Company. Venderé patines al menos hasta Navidad, y hay excelentes oportunidades de ascenso. El jefe de personal me ha asegurado que en Macy's están deseando contratar a los mejores universitarios».
A partir de entonces, sus cartas se volvieron más alegres. Relataban anécdotas divertidas y conmovedoras sobre la vida en el departamento de juguetes durante la temporada de Navidad, acerca de una baronesa austríaca en decadencia que ahora vendía muñecas y de un antiguo profesor del MIT que hacía demostraciones de juegos de química. La tía Mame confesaba con ingenuidad que el programa de formación había sido un poco confuso y que tener que llevar los libros de cuentas al día la volvía loca. «Sin embargo —escribía—, he ideado el sistema perfecto. Envío todos los patines contra reembolso. Es lo más fácil para mí y para los clientes. Así se ahorran tener que gastar allí mismo un dinero que les ha costado mucho ganar. Compran ahora y pagan después..., ciertamente económico». Aseguraba que le dolían los pies y que odiaba tener que vestir de negro todo el tiempo, pero era divertido y estaba deseando pasar conmigo las vacaciones de Navidad.
Me sentía un poco solo con la tía Mame fuera todo el día, y cuando volvía del trabajo la pobre estaba pálida y ojerosa. No obstante, seguía muy contenta con la tienda y sus ventas contra reembolso.
La tía Mame tenía todavía muchas facturas sin pagar, y el domingo antes de Navidad la oí hablar por teléfono. Estaba llorando y decía:
—Pero es imposible que reúna tanto dinero antes de enero. Perderemos la casa.
Después oí que Norah le decía que en Shaffer insistían en cobrar antes del 1 de enero o nos denunciarían. La tía Mame volvió a echarse a llorar y dijo:
—Dieciocho dólares a la semana y ese mísero adelanto..., pero si ni siquiera puedo comprarle a Patrick un regalo de Navidad...
A mí no me importaba. Ahorré toda mi paga y vendí mi microscopio para comprarle un regalo a la tía Mame. En recuerdo de las desafortunadas campanillas, le compré la mayor pulsera de diamantes falsos que pude encontrar por doce dólares. Pensé que, con un abrigo de visón auténtico, aunque estuviese un poco raído, la pulsera parecería auténtica y la tía Mame volvería a ser feliz.
Pero el peor golpe llegó el día de Nochebuena. Estaba envolviendo el regalo de la tía Mame cuando oí cerrar la puerta principal. Luego oí los zapatos de tacón de la tía Mame arrastrarse hasta el salón. Pero no se oyó ningún efusivo ¡yuuujuuu!
Fui de puntillas al salón y encontré a la tía Mame sentada sobre un cojín, envuelta en su abrigo de visón. Se tapaba la cara con las manos y lloraba en silencio.
—Tía Mame —dije—, ¿por qué has vuelto tan pronto?
—¡Oh, Patrick! —lloró—. Me han..., me han des... despedido. ¡Me han echado de Macy's!
Se quedó llorando desamparada en el salón mientras yo aguardaba compungido a su lado sin saber qué hacer.
—Patrick, Patrick —dijo con voz entrecortada—. No ha sido culpa mía. No quiso comprar los patines contra reembolso.
—¿Quién? —pregunté.
—Aquel sureño —respondió atragantándose—. Parecía tan amable, educado y apuesto. Encargó veinte pa... pares de patines. Y luego... —Volvió a interrumpirse—. Luego quise enviárselos contra reembolso y él no quiso. Quería pagarlos y llevárselos en el acto. Y..., y yo le dije que sólo sabía enviarlos contra reembolso. Entonces él... ¡oh!, Patrick, debía de ser muy rico..., vestía un precioso abrigo de piel de camello y un sombrero Cavanaugh..., y se alojaba en el St. Regis, sin duda ellos habrían pagado el envío contra reembolso: sólo eran cincuenta dólares...
—Pero, tía Mame, ¿qué sucedió? ¿Qué hizo?
—¡Oh!, Patrick, era un sureño tan amable, compró todos esos patines y parecía tan amable, le dije que se los enviaría contra reembolso y él respondió que eran para un orfa... orfanato y que quería llevárselos en persona; la señorita Kaufmann estaba en el tocador y no podía ayudarme con mi... libro de ventas, y el hombre dijo que tal vez él podría ayudarme y... —se puso a llorar otra vez—, pasó detrás del mostrador y empezó a ayudarme con el recibo, y... ¡Oh, Patrick!, aprendí por primera vez cómo hacer una venta al contado..., y era tan ama... amable; estábamos riendo y anotando la venta, cuando llegó el jefe de sección y dijo: «¿Qué está pasando aquí, señorita Dennis?», y el sureño se echó a reír y le explicó lo que pasaba, y el jefe de sección respondió que era increíble que un empleado de Macy's no supiera hacer un recibo, y me cogió del brazo y me llevó a la sección de personal y les dijo que era la vendedora más inútil de to... toda la sec... sección de ju... juguetes... —Se vino abajo y se echó a llorar desconsoladamente.
—Sigue, tía Mame. ¿Qué más hizo el sureño?
—No estaba allí, el jefe de sección me sacó de allí tan rápido... Yo era la que más patines vendía de todas.
—Pero ¿qué es lo que hicieron, tía Mame?
—Dijeron que tenían que dar ejemplo conmigo y me des... despidieron allí mismo.
El salón se fue oscureciendo bajo el temprano crepúsculo de diciembre. Pero la tía Mame siguió allí apesadumbrada, sollozando y meciéndose hacia delante y hacia atrás. A las seis en punto, Ito entró para encender las lámparas y un minuto más tarde apareció Norah y trató de consolar a la tía Mame, pero ella no se movió ni volvió a decir palabra. Se limitó a quedarse allí llorando.
No me pareció conveniente dejar sola a la tía Mame, por miedo a que pudiera hacer «alguna tontería», así que me senté tristemente en un rincón. El abrigo de visón se le había caído de los hombros y ella se quedó allí con su sencillo vestido de dependienta, la cara muy pálida y las lágrimas corriéndole por las mejillas.
Entonces sonó el timbre de la puerta. Al momento entró Ito muy correcto con su chaqueta blanca.
—Señor Burnside venir ver señora.
—Di... dile que no estoy en casa —dijo la tía Mame con un hilo de voz.
—Yo digo señora no recibir, pero él dice esencial. Venir de la tienda.
La tía Mame alzó la mirada.
—¡Oh! —dijo con preocupación—, en ese caso tendré que verle. Tal vez quieran readmitirme.
Ito hizo pasar a un corpulento desconocido —muy alto y muy apuesto—. Vestía un abrigo de pelo de camello y un sombrero marrón.
La tía Mame lo miró sorprendida, con aire inexpresivo.
—¡Es usted! ¿No le basta con haber hecho que me despidan? ¿Es que piensa seguir importunándome? ¿Acaso quiere echarme también de mi casa?
—Por favor, señora —dijo el desconocido—, he recorrido toda la tienda tratando de averiguar quién era usted y dónde podía encontrarla. Cuando ese tipo de la planta llegó, le pregunté adónde había ido usted y me respondió que la habían despedido; les dije que se equivocaban. Luego les expliqué que todo había sido culpa mía y les pregunté su nombre, pero repuso que la política de Macy's era no proporcionar los nombres de sus empleados. Insistí en que no tenía sentido despedir a una mujer tan agradable como usted. Le dije: «Oiga, nunca lo había pasado tan bien comprando algo». En la oficina de contratación tampoco quisieron darme su nombre, pero por fin pregunté a esa señora alemana que vende muñecas y me dijo que era usted la señorita Dennis. No sabía su nombre de pila ni dónde vivía, de lo contrario no habría tardado tanto, señora; he tenido que visitar a todos los Dennis de la guía telefónica de Nueva York. Señorita Dennis, he recorrido en taxi toda la ciudad. Pero, ya que la he encontrado, ¿le importa si pago al chófer y le dejo volver con su familia?
—Vaya usted —respondió la tía Mame, como Jean Valjean atrapado en las alcantarillas de París—. Por hoy ya ha causado bastantes dificultades. —No obstante, noté que se empolvaba apresuradamente la nariz y se pasaba un peine por el pelo.
El señor Burnside volvió y se quitó el abrigo.
—Señora —dijo arrodillándose ante la tía Mame—, no quiero que se enfade conmigo por culpa de ese trabajo. Me sentía tan mal por haber hecho que la despidieran de Macy's que pensaba ofrecerle un empleo en Dixie Belle Enterprises. Pero, señorita Dennis —dijo contemplando apreciativamente la habitación—, no sabía que tuviese usted tanto dinero. Una señora con una bandeja como ésta no necesita trabajar en Macy's.
Luego la tía Mame movió la cabeza y rompió a reír. Rió hasta que las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas. El señor Burnside se puso rojo de ira y sus ojos centellearon.
—Señorita Dennis, si me ha gastado usted una especie de broma, no me parece graciosa. Llevo toda la tarde buscándola por orden alfabético y no...
La tía Mame rebuscó en su monedero.
—Sí, señor Burnside —rió a carcajadas—. Tengo mucho dinero. Aquí está todo: un dólar treinta y cinco, treinta y seis..., treinta y siete..., treinta y ocho centavos.
Oí a Norah, que me llamaba con un siseo desde el umbral. Me hizo un gesto y salí de puntillas de la habitación.
—Ven, cielo —susurró—, a la señorita Mame ha venido a verla un caballero. ¡Un caballero sureño!
Yo estaba arriba leyendo Traedlos vivos cuando la tía Mame subió con ojos sonrientes.
—¡Oh, cariño, estamos salvados! —susurró—. Me va a dar un empleo en Dixie Belle Enterprises, es una gran compañía petrolífera. Seré la recepcionista ¡y tendré un sueldo de treinta dólares a la semana! Es muy educado. Me ha invitado a cenar con él en Armando's. Estoy segura de que todo irá bien. Es muy amable y, además —se encogió de hombros—, es una comida gratis.
Mientras se ponía uno de sus vestidos Turner todavía pendientes de pago, le puse la pulsera de diamantes falsos en la muñeca.
—Feliz Navidad, tía Mame —dije. Luego añadí—: No son de verdad.
—¡Patrick, cariño! —gritó—, es la pulsera más bonita que he visto en mi vida.
Con el abrigo de visón auténtico y la sonrisa real de felicidad, parecían los diamantes más genuinos del mundo.
Al día siguiente era Navidad y la tía Mame estaba radiante, aunque un poco resacosa, cuando me dio una enorme caja de Brooks Brothers. Contenía mi primer traje de pantalón largo.
—¡Feliz Navidad, cariño mío! —gritó.
—¡Guau! ¡Gracias, tía Mame! —dije. Más tarde reparé en que el dibujo de Tiépolo de unos religiosos desnudos había desaparecido de su habitación. Era el cuadro favorito de la tía Mame, pero ella parecía muy feliz.
—Patrick, cariño —dijo—, no me has preguntado por mi caballero sureño. —Entonces me lo contó todo—. Es un hombre encantador. Fuimos a Armando's y comimos un bistec y hablamos largo y tendido. Su nombre completo es Beauregard Jackson Pickett Burnside y desciende —de un modo u otro— ¡de cuatro generales confederados! ¡Oh, el viejo y galante Sur! Es muy amable, posee una gran compañía petrolífera y tiene unas pestañas preciosas. A propósito, va a venir a comer con nosotros.
El señor Burnside me dio veinte dólares de aguinaldo, pagó una jugosa propina a Norah y a Ito después de nuestra última comida a crédito y llevó a la tía Mame a ver a Marilyn Miller*.
La tía Mame pasó fuera casi todo el resto de la semana. El señor Burnside la llevó todos los días a almorzar, a tomar el té, a cenar y al teatro. En Nochevieja reservó una mesa en el casino de Central Park, pero no llegaron a ir. En lugar de eso, cogieron un taxi y se marcharon a Maryland, o a «Maridolandia», como lo llamó ella después.
El día de Año Nuevo, telefoneó desde el St. Regis.
—Patrick, cariño —dijo—, te habla la señora Beauregard Jackson Pickett Burnside. ¡Ven a comer conmigo y con tu tío Beau!



IV. LA TÍA MAME Y LA BELLEZA SUREÑA
Para completar la descripción de su personaje inolvidable, el artículo prosigue contando que la encantadora solterona tenía auténticas dotes atléticas, o al menos las desarrolló a toda prisa.
Por lo visto estaba un poco preocupada con lo de que a su expósito le fuese tan bien en el colegio y fuera un consuelo para ella y su gato, pero careciese de un padre que le instruyera en las artes masculinas. Temió que pudiera acabar siendo un ratón de biblioteca debilucho si ella no tomaba cartas en el asunto. Fue a Spalding's a comprar un equipo completo de deporte y se dispuso a enseñarle todo lo que necesitaría saber. La cosa fue bien y, mientras entrenaba al muchacho, la buena mujer se convirtió ella misma en una especie de atleta..., tan buena, de hecho, que acaparó la mitad de los premios de la feria de Danbury y batió el récord femenino de lanzamiento de peso de todos los tiempos.
Bueno, no seré yo quien diga que la tía Mame hizo nunca nada parecido, aunque sí llegó a tener cierta reputación en ese campo. De hecho todavía se habla de ella con reverencia en ciertas partes del país por sus éxitos como deportista, después de casarse con el señor Burnside.
Algunas personas poco caritativas han llegado a decir que la tía Mame se casó con el señor Burnside por su dinero. Admito que el hecho de que el señor Burnside fuese el hombre de menos de cuarenta años más rico al sur de Washington D. C. pudo influir en su decisión. Pero lo quería de verdad. Y él se convirtió en su padre, su hermano, su hijo, su Santa Claus y su amante.
Su nuevo marido, Beau, era uno de esos sureños encantadores, desenfadados, grandes y joviales. Descendía de una rancia familia de Georgia venida a menos, pero se distinguía de los demás descendientes de los generales en que no se dedicaba a quedarse en casa hablando de los buenos tiempos antes de que los malditos yanquis arrasaran el país y violasen a sus mujeres. En lugar de eso, Beau se había dedicado a cultivar soja y cacahuetes, cuando los demás terratenientes seguían lamentándose de la escasez de la cosecha de algodón. Cuando cumplió los diecinueve, las tierras de los Burnside estaban libres de deudas y erosión y empezaban a dar beneficios. En su último año en la Escuela Técnica de Georgia fue a Texas a tomar posesión de unas tierras yermas que le había dejado un primo viajero, encontró petróleo y se hizo millonario antes de cumplir los veintiuno. Todo lo que tocaba el tío Beau parecía convertirse en oro, y siempre daba la impresión de sorprenderse y alegrarse de su buena fortuna. «Cuestión de suerte, cariño», le decía siempre a la tía Mame. Concedía muy poca importancia al dinero, que consideraba sólo un medio de complacer a los demás. Colaboraba con incontables instituciones benéficas, era el único sustento de una anciana madre y una caterva de parientes indolentes y también una presa fácil para cualquiera que tuviese una historia triste y mínimamente creíble que contarle.
El tío Beau saldó todas las deudas de la tía Mame, vendió la antigua cochera donde vivíamos —afirmó que las mujeres guapas no vivían en Murray Hill—, devolvió a Norah sus ahorros de toda una vida y la envió al condado de Meath con una generosa pensión. Luego, trasladó a la tía Mame a unas diez habitaciones del hotel St. Regis y la animó a retomar su antiguo estilo de vida. Ella estuvo encantada de obedecerle.
Aunque Mame volvió a ser más o menos como antes, noté ciertos cambios muy sutiles. En 1932 estaba de moda ser romántico, pero la tía Mame fue un paso más allá. Su cabello estaba más suave y sedoso, había siempre un montón de camelias en sus habitaciones, sus vestidos parecían de organdí y encaje, y se oía el estruendoso frufrú de la crinolina debajo de sus faldas. Cuando el tío Beau insistió en que le pintaran un retrato, la tía Mame contrató a un retratista de sociedad en lugar de recurrir a uno de los modernos que frecuentaban su salón. El resultado final daba la impresión de haber sido ejecutado no con un pincel, sino con una manga pastelera, y la tía Mame no paraba de repetir que era una pena que Winterhalter no estuviera vivo.
Su manera de hablar se volvió menos clara, más suave y menos staccato. Me llamaba «encanto» con frecuencia y empleaba amaneramientos sureños, como el de referirse siempre «a todos».
Cuando cumplí trece años me envió un paquete lleno de regalos, entre los que destacaban una preciosa y elaborada colección de soldados confederados antiguos, que todavía conservo, tres tomos dedicados al general Lee y, sobre todo, una primera edición de hojas amarillentas de El pequeño coronel. Enseguida supe lo que se avecinaba.
En junio de ese año terminé la escuela primaria y pasé a la secundaria. Me las habría arreglado muy bien solo, pero la tía Mame me escribió una carta muy prolija para anunciar que el tío Beau y ella pensaban ir en coche a la San Bonifacio a fin de participar en la gran celebración. «Luego, encanto —escribía—, tengo una gran sorpresa. Tú, tu tío Beauregard y yo iremos en coche a pasar el verano en nuestra enorme y antigua plantación de Georgia y a conocer a mi anciana y encantadora suegra. Disculpa la precipitación de esta carta, pero es que las Hijas de la Confederación se reúnen hoy en casa. ¡Estoy deseando veros a todos!».
Durante la ceremonia de graduación estuvo exultante en su papel de mujer sureña. Vistió un vaporoso vestido de cóctel de color blanco —que parecía hecho de algodón dulce—, guantes de encaje, un sombrero de encaje, un parasol de encaje al que daba vueltas con coquetería, y un chal de encaje que se le caía constantemente y que recogían los granujientos galanes de la San Bonifacio. Gané el premio de redacción de la escuela primaria y ella le dijo al profesor de inglés:
—¡Oh!, la verdad es que estoy orgullosísima de ese chico. Aunque, claro, su padre también era todo un literato.
Viajamos a Georgia en el enorme Duesenberg Phaeton del tío Beau, deteniéndonos aquí y allá para admirar un gran y antiguo monumento o un noble y viejo campo de batalla donde los muchachos del Sur combatieron y murieron valientemente en defensa de sus ideales. El campo me pareció bastante desolado, pero la tía Mame, que lo había recorrido antes en el tren nocturno de Palm Beach, disertó largamente sobre su antiguo patrimonio y sus numerosos recuerdos.
Cuando el coche se detuvo delante de la columnata del pórtico de Peckerwood, la plantación de los Burnside, un jovial mayordomo se acercó dando brincos para bajar el equipaje y una inmensa mujer de color, que se parecía a las de los anuncios de harina para panqueques, se aturulló mucho y dijo «Dios mío» unas treinta veces. La tía Mame estaba en su salsa.
El dinero del petróleo tejano de Beau, el dinero de sus plantaciones de caña en Cuba, el dinero que tenía invertido en la Bolsa neoyorquina y el dinero de sus minas canadienses había contribuido a devolver a las elegantes habitaciones de Peckerwood la magnificencia que tenían antes de la guerra. Había tapices de damasco, sillones de palisandro, mesas Sheraton, arañas de cristal y quinqués. La tía Mame decía que era «encantador». Me condujeron a mi habitación, una enorme estancia con una cama con dosel, un aparador Chippendale y grandes ventanales que daban a la galería del segundo piso. Tenía también un cuarto de baño yanqui con auténticas tuberías Crane de posguerra.
La tía Mame pareció disgustarse un poco de que no la instalaran en la casa principal, pero la tradición ordenaba que el heredero y su mujer vivieran en la Casa de la Novia, al otro lado del laberinto de boj del jardín. Sin embargo, creo que luego se alegró.
—Pero Beau, encanto —decía mientras deshacía las maletas—, ¿cuándo voy a conocer a tu anciana, dulce y encantadora madre?
Ni con el mayor esfuerzo de la imaginación podía considerarse dulce y encantadora a la señora Burnside, aunque desde luego era anciana, y supongo que Dios, en su infinita sabiduría, pensó que era adecuado hacerla madre, aunque a menudo he rozado la blasfemia al preguntarme el porqué. Por su físico parecía una nevera General Electric y era como un cruce entre Calígula y una cacatúa. La señora Burnside tenía unos ojillos como cuentas de cristal y una imperiosa nariz aguileña, la piel cetrina y mal aliento. Usaba una severa peluca negra y un almidonado vestido del mismo color y pasaba el día a oscuras en un salón, con las manos rechonchas —en las que se incrustaban sucios anillos de diamantes— entrelazadas sobre su rechoncho regazo. Era una mujer sombría y taciturna, pero cuando quería sabía conversar sobre varios asuntos: a) sus gloriosos antepasados, b) lo desagradecidos que se estaban volviendo los negros, c) los yanquis, d) lo indigno que era todo el mundo excepto la propia señora Burnside, y e) la lamentable condición de sus intestinos. Aunque por lo general se limitaba a expresar su desaprobación con los labios apretados y a lanzar miradas con sus pérfidos ojos negros, como si fuese un loro malvado.
Había otro ocupante en la casa solariega de Peckerwood. Se trataba de la prima Fan, una pariente pobre. Una solterona tímida, apagada, que pasaba casi desapercibida, cuyo castigo por ser pobre era estar siempre a disposición de la señora Burnside. La señorita Fan era muy dulce y conmovedora en un sentido un tanto masoquista. Tenía un cociente intelectual de alrededor de treinta y cinco y el tiempo que no pasaba complaciendo los absurdos caprichos de la señora Burnside lo dedicaba a hacer obras de caridad para los negros y a rezarle a un Dios cursi y episcopal más sordo que una tapia.
La señorita Fan arañó la puerta de mi dormitorio, después de que yo hubiera ido al baño, y deshizo mi maleta.
—Hola —susurró—, soy la señorita Fanny Burnside, la prima de Beau. Siento no haber salido a la puerta a recibiros a todos a vuestra llegada, pero estaba arriba administrándole el purgante a la prima Euphemia, es decir, a la señora Burnside. Tú eres el sobrino de Beau, ¿no? —Respondí que sí y la saludé—. ¿Te apetece bajar a la veranda y sentarte un rato conmigo? La señora Burnside nunca se levanta de la siesta antes de las cuatro.
La señorita Fan y yo estuvimos sentados en unas mecedoras hasta que la tía Mame y el tío Beau llegaron andando desde la Casa de la Novia. La tía Mame estaba peligrosamente animada, besó varias veces a la señorita Fan y la llamó «prima Fanny». El anciano de color sacó una enorme licorera de bourbon y un poco de Coca-Cola, y la tía Mame se sintió aún más cómoda y familiar en aquella veranda.
—¡Palabra, prima Fanny —chilló—, eres una monada!
La señorita Fan soltó una risita nerviosa.
Era fácil darse cuenta de que el tío Beau estaba orgullosísimo de la tía Mame, que lo llamaba su «viejo y grandullón corderito» y le rizaba con los dedos el pelo rubio y rojizo formando pequeños tirabuzones. La señorita Fan se rió incómoda y dijo que se alegraba mucho de que su primo Beau hubiese encontrado una mujer tan simpática.
En ese momento se oyeron unos golpes temibles procedentes de algún lugar de la casa y el rostro vulgar de la señorita Fan se puso gris.
—Dios mío —dijo—, espero que nuestra conversación no haya molestado a la prima Euphemia. Casi nunca se levanta tan pronto.
Volvieron a oírse los golpes y la señorita Fan corrió al interior de la casa.
El encuentro de la tía Mame con su suegra fue épico. La señorita Fan llegó corriendo a la veranda justo cuando el tío Beau estaba sirviendo otra ronda de bourbon.
—Está lista para recibiros a todos.
—¿No te parece magnífico, Beau, encanto? —soltó la tía Mame—. ¡Me muero de impaciencia!
Yo, en cambio, podría haber esperado toda una eternidad.
La señorita Fan nos guió temerosa hasta el salón donde esperaba la señora Burnside.
—Mamá, encanto —chilló la tía Mame, y corrió a besarla.
Por si su aliento acre no bastara para disuadirla de mayores efusividades, lo primero que dijo la señora Burnside fue:
—Pareces mayor de lo que esperaba. —La tía Mame vaciló. Jamás revelaba a nadie su edad exacta y en los documentos legales se limitaba a escribir «mayor de edad», cosa que nadie parecía sentirse inclinado a cuestionar. Yo calculaba que tenía entre treinta y cinco y cuarenta, aunque parecía mucho más joven. La señora Burnside obsequió al tío Beau con una mirada siniestra y aviesa—. Sí, Beauregard, me diste a entender que tu mujer era mucho más joven. Pareces cansado, hijo, muy cansado.
Beauregard le besó la frente con reverencia y luego me presentó.
Tomé la mano rolliza e hice mi mejor reverencia de escuela de baile.
—Pareces bastante educado —dijo—, para ser un niño yanqui.
Para entonces la tía Mame se había recuperado de la andanada inicial y volvió a echarle valor.
—Esta casa a imitación del estilo griego antiguo es sencillamente preciosa, mamá..., es decir, señora Burnside. —Reparé en que había desaparecido de su voz hasta el último indicio de acento sureño.
—A nosotros nos gusta —dijo con laconismo la señora Burnside, y luego se volvió hacia Beau y se extendió en una larga anécdota sobre sus intestinos.
Esa noche la cena fue peor que un funeral. Nos sirvieron una sopa espesa, asado de cerdo, patatas asadas, boniatos escarchados, sémola de maíz, pan de centeno y un pastel de piña vuelto del revés. Tuve terribles pesadillas, e incluso la tía Mame admitió haber sufrido una leve indigestión y un poco de acidez. La conversación fue irregular. La tía Mame se explayó valientemente sobre el encanto de las casas de estilo griego antiguo y la influencia de Vitruvio transmitida a través de Palladio, Castle, Jones, Adam y, por último, Thomas Jefferson. Beau repitió más de seis veces lo agradable que era volver a casa, aunque sin demasiada convicción. La señorita Fan se rió mucho, hasta que la señora Burnside la pinchó cruelmente con un tenedor y le ordenó que se callara. Eso, aparte de algunos eructos, fue su única contribución a la alegría general. Justo después de cenar se fue a la cama y la señorita Fan corrió tras ella para ayudarla a desvestirse y leerle un capítulo de la Biblia en voz alta. La visita de la tía Mame no había empezado con buen pie.

* * *

Fue Beau quien planeó la gran reunión familiar. De haber sido por ella, la señora Burnside no habría prestado la menor atención a su nueva nuera, pero, al fin y al cabo, si ella y sus aristocráticos parientes no vivían en el hospicio del condado, era sólo gracias a Beau, y aceptó con reticencias que quisiera gastar su propio dinero en su propia casa y en su propia mujer, y se concertó la reunión del clan.
Presentaron oficialmente a la flamante esposa a sus nuevos parientes, que acudieron en masa para disfrutar de una gigantesca barbacoa el domingo siguiente. A mediodía, nos reunimos todos en la veranda. La tía Mame tenía un aspecto frágil y encantador con su vestido de topos amarillos y un gran sombrero de paja, y el tío Beau se plantó a su lado con un traje color crema, orgulloso como un pavo real. La señora Burnside iba vestida para la próxima glaciación. Se sentó en una mecedora, ataviada con un voluminoso vestido de seda negra, un par de botas negras, un chal negro, gafas oscuras, una sombrilla negra, un par de guantes negros y un sombrero negro. Me saludó con un triste eructo y envió a la señorita Fan a buscar su medicina.
Luego empezaron a llegar los parientes. Uno tras otro, los coches fueron recorriendo el camino de entrada y aparcaron en el amplio jardín.
—Estropearán el césped —gruñó la señora Burnside, y su estómago rugió de una manera alarmante.
Nunca, antes o después, vi tantos sureños juntos. Parecía imposible que todos fuesen familia, o incluso que viviesen en el mismo condado, pero así era. Primero llegaron las hermanas de Beau, Willie Mae, Sally Randolph y Georgia Lee, acompañadas de sus maridos. Todas las hermanas se las habían arreglado para tener seis hijos de menos de cinco años y hubo muchas presentaciones, besos y alusiones «a todos». Aunque no eran gente muy interesante, la tía Mame empezó a exudar encanto personal, al contrario que la señora Burnside, cuyo tracto digestivo emitía una elocuente protesta cada vez que veía una cara nueva.
Los parientes siguieron llegando. Todos tenían dos nombres de pila y algunos incluso dos apellidos. Había unos seis hombres llamados Moultrie, cuatro que respondían al nombre de Calhoun, ocho Randolph, y casi todos tenían algún Lee incrustado entre sus nombres. Para que todo fuese aún más confuso, la mitad de las mujeres tenían nombres de hombre. Había señoras llamadas Sarah John, Liza William, Susie Carter, Lizzie Beaufort —pronunciado «bofort»—, Mary Arnold, Annie Bryan y Lois Dwight.
A eso de la una había más de ciento veinte parientes deambulando por Peckerwood y hablando en voz alta. La señora Burnside indicó su desaprobación con una fanfarria de flatulencias.
Siguieron llegando parientes. Beau era de esos hombres que serían populares en cualquier sitio, y, como casi todos los invitados dependían directa o indirectamente de él, no era de extrañar que hubiese tanta concurrencia. La tía Mame estaba en su salsa y se la oía charlar muy animada por encima de las continuas andanadas de gas de la señora Burnside.
A la una y cuarto, empezaron a llegar los Clay-Pickett, la rama hípica de la familia. Todos vestían ropa de montar e iban acompañados de un sabueso moteado que inmediatamente saltó sobre el regazo de la señora Burnside y causó una explosión de ventosidades que ella debía de estar reservando para el momento culminante de la fiesta. No pude contener la risa.
—¡Abajo! ¡Vamos, abajo! —rugió Van Buren Clay-Pickett, y golpeó al sabueso en las ancas, causándole un leve y húmedo ataque de hipo a la señora Burnside.
—Siento que lleguemos todos tan tarde, tía Euphemia, pero a Sally Cato McDougall la derribó el caballo al saltar un obstáculo y creemos que se ha roto la clavícula. ¡Demonio de perro! —le aulló al animal, que se las había arreglado para tirar a tres niños al suelo y ahora estaba levantando la pata en la base de una de las seis columnas jónicas de Peckerwood—. Tuvimos que sacrificar su yegua. La prima Clytie y Alice-Richard pensaron que era mejor llevar a Sally Cato al médico, pero vendrán enseguida. Cuando Sally Cato recobró el conocimiento me pidió que te dijera que sentía mucho no poder venir a la fiesta. ¡Al suelo, maldita sea!, perdona, tía Euphemia, dichoso perro, te he dicho que al suelo. —El animal había vuelto a saltar sobre el regazo de la señora Burnside e introducido diligentemente el hocico entre los pliegues de su vestido de seda negra. Una vez más, la manaza del jinete golpeó al animal y la señora Burnside soltó un piadoso eructo de virtud ultrajada, que se oyó claramente. Tuve que entrar en la casa un minuto para serenarme—. ¡Al suelo, demonios!
Cuando volví a salir, el resto de los Clay-Pickett había llegado ya..., nueve de ellos, todos con ropa de montar y atléticos hasta el último detalle. El bourbon con agua corría cada vez más y la tía Mame había reunido en torno a ella un arrobado círculo de nuevos parientes admirados. La señora Burnside movió la cabeza dispépticamente y se echó al coleto otro vaso de bicarbonato.
De pronto, el aullido de una bocina rasgó el aire y un Packard verde oscuro llegó por el camino. La capota estaba quitada y al volante iba un chico de color con una librea de color verde. Sentada en la capota plegada estaba la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Vestía ropa de montar y llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, sujeto improvisadamente con una bufanda de seda.
—Hola, hola a todos—gritó con voz gutural—. Siento llegar tarde, pero mi caballo rehusó saltar un obstáculo.
Se hizo el silencio y luego se oyeron muchos susurros entre los parientes.
—¡Madre de Dios! —cacareó un anciano tío con una trompetilla—, ¿no es ésa Sally Cato McDougall, la chica que estaba prometida con el joven Beau?
—Calla, tío Moultrie —gritó Willie Mae—. Sí que lo es, pero lo que me gustaría saber es quién demonios la ha invitado.
No tardó en averiguarlo. A pesar de tener el ala rota, la hermosa joven saltó ágilmente del coche y corrió a saludar a la señora Burnside.
—Señora Burnside —dijo con su deliciosa voz—, siento mucho llegar tarde, después de todas las molestias que se tomó por invitarme. El médico quería que me fuese directamente a la cama, pero le respondí que no me perdería su fiesta ni por un millón de dólares.
La anciana señora esbozó una enorme sonrisa.
—Bienvenida a Peckerwood, Sally Cato, la fiesta no sería lo mismo sin ti.
El tío Beau pareció quedarse perplejo.
—¡Enhorabuena, Beau Burnside! —dijo la hermosa joven—. ¿Es que no vas a presentarme a tu mujercita neoyorquina? —Dedicó una sonrisa encantadora a la tía Mame y extendió su elegante mano derecha—. ¿Cómo está usted, señora Beau? Soy Sally Cato McDougall. Se ha casado con un semental salvaje, pero estoy segura de que una mujer tan guapa como usted sabrá cómo domarlo.
El rostro de la tía Mame brilló de placer.
—Caramba, Beau, ¿por qué no me habías hablado de la señorita McDougall? ¡Es arrebatadora!
Ambas sonrieron beatíficamente, y luego el resto del grupo empezó a charlar con el ruidoso alivio que experimentan las multitudes cuando se evita por muy poco un accidente peligroso.
Tras el anuncio de que la comida estaba servida, que subrayó un amenazador eructo de la señora Burnside, empezó de verdad la barbacoa.
La tía Mame había logrado una victoria social entre los parientes. Todos estaban de acuerdo en que era la yanqui más encantadora que habían conocido y la alabaron de tal modo que la señora Burnside pasó en cama los tres días siguientes. A la tía Mame le encantó haber tenido tanto éxito y estuvo muy ocupada aceptando todas las invitaciones que había recibido de sus primos. Pero, de los habitantes del condado de Richmond, la que le pareció más atractiva fue con diferencia Sally Cato McDougall. Y, por supuesto, lo era. El hecho de que Sally Cato hubiese sido la prometida de Beau, y de que se hubiera quedado con el ramo en la mano y un diamante de cinco quilates cuando Mame y Beau se casaron, no le importaba demasiado. La tía Mame también había estado prometida muchas veces y opinaba que son cosas que pasan. No había sabido de la existencia de Sally Cato hasta el día de la gran barbacoa, por lo que no se sentía culpable de haberle robado el novio.
Sally Cato también había sido muy amable con la tía Mame, y, al cabo de una semana, las dos se habían hecho inseparables. Sally Cato había estudiado en el Norte y sabía hablar inglés como Dios manda, había viajado a Europa varias veces, y era la joven de veinticinco años más cultivada que la tía Mame había conocido jamás. También tenía una honradez sincera que cautivaba a todo el mundo. Era una experta en todo lo que hacía: natación, danza, automovilismo, golf, tenis y bridge..., pero sus verdaderas pasiones eran la caza y la hípica.
La mañana siguiente a la barbacoa, el Packard verde se detuvo con un chirrido a la puerta de la Casa de la Novia y Sally Cato, fresca y encantadora, subió a la terraza, donde la tía Mame y yo estábamos teniendo nuestra pequeña charla matutina.
—Buenos días a todos —gritó—. Perdonad que irrumpa de este modo, pero con el brazo dislocado no puedo montar, ni nadar, sólo lamentarme de mi suerte. ¡Me aburro tanto que me entran ganas de gritar!
La tía Mame, que también se aburría un poco en Peckerwood cuando no estaba el tío Beau, la saludó calurosamente. Las dos damas charlaron amistosamente y pronto fue evidente que tenían muchas más cosas en común que el afecto que ambas sentían por el tío Beau.
—En fin, querida, está claro que se lo ha llevado la mejor —concedió generosamente Sally Cato. Luego añadió—: Oye, a este jovencito y a ti os debe de parecer aburrido estar todo el día con Beau, y en casa me siento tan sola que me muero. ¿Por qué no venís todos a comer a Foxglove? Tengo un hermano pequeño de tu edad, Patrick. Es un auténtico demonio, pero al menos te resultará más divertido que la señora Burnside y esa bobalicona de Fanny.
La tía Mame se abrazó a aquella oportunidad de disfrutar de un poco de compañía intelectual, y veinte minutos más tarde las dos mujeres estaban bebiendo bourbon en la veranda de Foxglove.
La plantación McDougall era tan majestuosa como Peckerwood y la comida, mucho más digerible. A la hora de comer, uno de los niños de aspecto más raro que he visto nunca se acercó furtivamente por detrás del seto de boj y me miró fríamente.
—¡Oh! —se sobresaltó Sally Cato—, eres tú. Te tengo dicho que no te pasees a hurtadillas por ahí. Siempre me asustas. Patrick, éste es mi hermano, Emory Oglethorpe. Espero que no os metáis en líos este verano.
Si uno no supiera que la sangre que corría por sus venas era tan azul como la bandera confederada, habría jurado que Emory Oglethorpe McDougall era el hijo cambiado en la cuna de alguna joven desdichada de una familia de blancos pobres de Georgia. Era pequeño y nervudo, con una cabeza increíble cubierta de cabello rojizo y los ojos más grandes y verdes que jamás he visto. Aunque sólo era seis meses mayor que yo, Emory Oglethorpe me sacaba un siglo en lo que se refiere a conocimiento de primera mano del mal.
Sally Cato no permitió que Emory Oglethorpe tomara brandy después de comer y nos pidió que fuésemos a jugar por ahí.
—Me cae bien tu hermana —le dije en tono informal.
—Pues sí que estás chiflado. ¡Es una zorra de primera!—Luego añadió—: ¿Quieres venir a mi cabaña? Si me pagas algo, tal vez te enseñe mis fotos.
Emory Oglethorpe se había construido un escondrijo de una habitación, oculto entre los emparrados del río Savannah. El lugar contenía unas cuantas velas de sebo, un par de cajas de naranjas a modo de sillas y un desvencijado jergón militar —creo que del ejército confederado—, en el que supuestamente había seducido a muchas jóvenes de color.
—Si me pagas cincuenta centavos —graznó maléficamente—, te consigo una negrita. De lo mejorcito. Me gusta la carne negra.
Previo pago de diez centavos me mostró una colección completa de fotografías pornográficas, cosecha de 1900. Las damas y caballeros de las fotografías parecían un poco pasados de moda, aunque se dedicaban a quehaceres muy modernos. Puesto que la biología limita el sexo —y sus variantes— a menos de una docena de pasatiempos, las fotografías me aburrieron un poco, hasta que topé de pronto con una del tío Beau y Sally Cato McDougall en una postura de lo más íntima y di un respingo de sorpresa—. Te lo has tragado, ¿eh? Pegué fotos de sus caras en esa foto. Pero, aun así, apuesto lo que quieras a que lo hicieron, así que tanto da. ¡Dios!, tendrías que haber visto a Sally Cato cuando se enteró de que Beau se había casado en el Norte. Casi revienta. Estuvo jurando y perjurando por toda la casa y dijo que le arrancaría el pellejo a la sucia zorra yanqui que le había robado a Beau. No la había visto así en toda mi vida. ¡Me alegré! ¡La odio! Toma un cigarrillo.
Aquello me horrorizó, pero era una información gratuita interesante y la guardé en mi colección de «hechos poco conocidos sobre gente muy conocida».
Cuando Emory Oglethorpe y yo volvimos a la casa, la tía Mame, animada por el alcohol y los estímulos intelectuales, se había puesto muy expansiva con Sally Cato.
—Pero, querida —estaba diciendo—. Si yo adoro montar. Prácticamente nací a caballo. En Nueva York apenas pasa un día sin que vaya a ejercitarme un poco. ¡Cada mañana me levanto con los pájaros para dar un enérgico paseito por Central Park!
Me quedé boquiabierto. Supongo que la tía Mame habría tomado lecciones de hípica en alguna oscura escuela de equitación cuando vivía en el Norte, pero, desde que la conocía, jamás la había visto acercarse a un caballo.
—¡Eso es espléndido! —dijo Sally Cato—. Y muy interesante. Tengo que hablar con tu primo, Van Buren Clay-Pickett, que es el montero mayor, y organizar una cacería en tu honor.
—¡Oh, qué lástima! —replicó en el acto la tía Mame—. He dejado mi ropa de montar en Nueva York.
—No te preocupes. Tengo cientos de cosas que podrías ponerte. ¿Qué número calzas?
—¡Un... treinta y cinco! —dijo la tía Mame ocultando los pies.
—Estupendo —respondió Sally Cato—. El mismo que yo. Incluso puedo prestarte unas botas. —La tía Mame empalideció por debajo de su bronceado—. ¿Montas a horcajadas, Mame?
Un brillo de esperanza acudió a los ojos de la tía Mame.
—¡Oh, nunca! Siempre al estilo amazona. Mi padre, el coronel, insistió en que aprendiera. Dijo que era el único modo apropiado para una señora..., tan elegante. Fue una tontería por su parte, claro, porque hoy nadie monta así, pero no sé montar de otro modo —concluyó con un suspiro de alivio.
No obstante, su alegría duró poco.
—¡Qué maravilla! —dijo Sally Cato—. Fíjate que tengo una vieja silla de amazona Champion and Wilton que te irá de perlas, y un traje de paño precioso. Tienes suerte. Yo antes montaba al estilo amazona, pero ahora siempre monto a horcajadas; es mucho más seguro. Voy a llamar a Van Buren Clay-Pickett ahora mismo a la taberna de El Semental. Nunca organizamos cacerías con este calor, pero estoy segura de que a todos les encantará hacer una excepción por ti.
La tía Mame cayó en la trampa que había tendido ella misma. Los rumores sobre sus habilidades ecuestres se extendieron como la pólvora por toda la región, y en casi todas las reuniones familiares se habló de lomos, cuartos traseros, cascos y esparavanes como deferencia a la tía Mame.
La comarca entera bullía con conversaciones sobre la cacería de iniciación de la tía Mame y el tío Beau se paseaba por ahí con el pecho hinchado como un palomo. Van Buren Clay-Pickett consiguió enseguida un zorro viejo y pulgoso y fijaron la gran ocasión para el domingo siguiente. Yo no sabía lo que haría la tía Mame, pero no había contado con su enorme inventiva. Dos días antes de la cacería, se empolvó la cara de blanco como un muerto, se puso una nada favorecedora sombra de ojos verdosa y susurró modestamente a Sally Cato McDougall a propósito de una delicada e imaginaria dolencia femenina. La caza se pospuso una semana.
Aquel aplazamiento dio tiempo a la tía Mame de buscar a la desesperada una nueva e interesante enfermedad, pero siguió disfrutando de una salud de hierro. Por fortuna, sufrió un auténtico accidente delante de toda la familia y de Sally Cato el día anterior a la funesta cacería. La tía Mame resbaló en el parqué encerado del comedor de Peckerwood y se torció el tobillo. El tío Beau y Sally Cato la llevaron corriendo al médico local, que le puso una venda y dio órdenes de que no se la quitara hasta pasados uno o dos días.
—¿Quiere decir que no podré montar el domingo? —preguntó.
—Totalmente descartado, señora Beau —respondió el médico—. Aunque, por supuesto, puede usted seguir la cacería en coche.
La tía Mame soltó un profundo suspiro de alivio y cerró los ojos.
Al día siguiente, Sally Cato se reunió con la tía Mame, con Beau y conmigo para almorzar en la Casa de la Novia. Demostró mucha preocupación por el tobillo torcido de la tía Mame. Yo había sorprendido a la tía Mame ensayando un complicado paso de tango y sabía que se sentía mucho mejor, pero ella realizó una convincente actuación para exhibir su dolor. Después del postre, Sally Cato desenrolló un enorme mapa de la región dibujado a mano.
—Mame, encanto, no sabes lo que me disgusta que no puedas montar el domingo. Todos se mueren de ganas de verte a caballo, querida, sobre todo yo. —No me gustó su tono—. Pero, en cualquier caso, Mame, sabía que querrías seguir la cacería y el médico dice que puedes conducir, así que me quedé hasta las tantas preparando este mapa. Mira, aquí es donde empieza la cacería, y normalmente el zorro escapa por aquí...
Sally Cato había dibujado un magnífico y detallado mapa a escala de los territorios de caza del condado de Richmond y le explicó todo a las mil maravillas.
Los ojos del tío Beau estaban húmedos de admiración.
—Caramba, Sally Cato, ¿hay algo que no sepas hacer? Es uno de los mejores ejemplos cartográficos que he visto en mi vida. Aunque, claro —le explicó a la tía Mame—, Sally Cato conoce tan bien el terreno que podría cabalgar a ciegas. Sally Cato, eres un hacha. Jamás habría pensado que nadie se tomaría tantas molestias para hacer que una recién casada se sintiera como en casa.

* * *

A la mañana siguiente hubo muchas pisadas, gritos y saludos «a todos» en el camino de acceso a Peckerwood. El tío Beau iba muy guapo montado a horcajadas con su traje rosa en un enorme caballo, y seis de los jinetes dijeron:
«¿Qué se siente al volver a montar después de tanto cortejo, Beauregard?».
Los joviales cazadores parecían sacados de un espectáculo de marionetas, aunque iban todos muy elegantes con sus chaquetas de caza.
Se produjo un murmullo de decepción cuando la tía Mame apareció con un elegante traje de cuadros, cojeando delicadamente y apoyada en un bastón de marfil, pero Sally Cato se subió a un poyete y dijo:
—Miembros de la cacería, temo que tengo malas noticias para todos. La señora Beau se torció el tobillo en Peckerwood la otra noche y el médico no la deja montar. Pero es una amazona tan entusiasta y una cazadora tan ardiente que va a seguir la cacería en su coche, así que estará allí cuando matemos al zorro.
Se oyó una salva de aplausos.
Emory Oglethorpe McDougall, que parecía un jockey jorobado con su ropa de montar, se me acercó discretamente.
—Preferiría un mapa del infierno al que ha dibujado Sally Cato. Si eres listo, aconseja a tu tía Mame que se pierda.
—Estás loco —respondí.
—Muy bien —replicó—, como quieras, en el infierno queda sitio de sobra.
La tía Beau subió con sorprendente agilidad al Duesenberg descapotable de Beau. Yo la acompañé para encargarme de abrir y cerrar las miles de puertas que bloqueaban los cientos de caminos embarrados y polvorientos que serpenteaban por la comarca. La tía Mame no controlaba del todo aquel coche, pero, después de asustar a varios caballos, salimos dando tirones entre una nube azulada de monóxido. Mientras rodábamos por el campo detrás de la jauría, la tía Mame me apretó la rodilla con afecto y dijo:
—¡Ay, cariño, no sabes lo agradecida que estoy de haberme torcido el pie! Tal vez ahora se les pase esta manía de los caballos. Aunque ha sido muy amable por parte de Sally Cato dibujarnos este mapa tan precioso. Sólo espero no tener náuseas cuando maten a ese pobre zorrito.
Con mucho esfuerzo, la tía Mame dio con la dirección correcta y empezó la cacería. Recorrimos los caminos de tierra rojiza casi una hora, tomando por este o aquel desvío. De vez en cuando, perdíamos de vista la jauría y luego volvíamos a verla. Debí de apearme un millón de veces para abrir puertas desvencijadas y astilladas y luego volver a cerrarlas después de que el coche las atravesara. Era un mapa notable, porque siempre íbamos un poco por delante de la cacería. Sally Cato casi había demostrado clarividencia al prever dónde estaría el zorro en cada momento. Los caminos se encontraban en un estado terrible, cubiertos de polvo rojizo y con profundas roderas. La tía Mame conducía como una liebre asustada y mi hígado se llevó más de una buena sacudida. Parecía un poco asustada, pero una o dos veces gritó: «Vaya, ahí están». En otra ocasión exclamó: «¡Caramba!», aunque no supe por qué.
Tras una eternidad de baches y curvas llegamos al peor camino de todos. Discurría por un prado en pendiente y tenía profundas roderas en el barro. No se veían ni perros ni caballos. La tía Mame detuvo el coche y sacó su polvera.
—Gracias a Dios —dijo—, los hemos perdido.
Entonces se oyó un tronar de cascos de caballos y ladridos de perro. Un zorrito negro bajó por la pendiente seguido de cerca por la jauría.
—Ahí vienen, tía Mame —grité.
Venían directos hacia nosotros. La tía Mame soltó el lápiz de labios. Ahora los caballos aparecieron detrás de la colina. Frenéticamente, la tía Mame trató de arrancar el coche, que renqueó y ronroneó, pero no ocurrió nada. Volvió a intentarlo. La jauría estaba cada vez más cerca y los caballos bajaban al galope por la pendiente.
—¡La llave, tía Mame! —grité.
—¡Ah, sí! —chilló con cara de espanto.
El zorro estaba muy cerca. La tía Mame le dio al contacto y el coche salió disparado justo cuando una pequeña bala de cañón de pelo negro cruzó el camino. Se oyó el terrible chirrido de unos frenos y salí despedido contra el parabrisas. Luego fue el caos. Perros, caballos y jinetes cayeron sobre nosotros como una avalancha. Casi tres docenas de jinetes acabaron en el suelo, y dos grandes yeguas bayas chocaron con tanta fuerza contra el Duesenberg que hubo que cambiar la capota y el parachoques. Una tercera montura quedó enganchada en el asiento de atrás y relinchó de forma horrible. El caso es que aquel día se sacrificaron allí más caballos que en la batalla de Gettysburg, y, cuando se publicó la lista de bajas definitiva, hubo seis tobillos rotos, cuatro brazos rotos, una pierna fracturada —con fractura múltiple—, tres casos de contusiones, una pelvis dislocada e incontables moraduras y abrasiones. Los jinetes que podían hablar o andar corrieron furiosos al coche y la tía Mame se desmayó. Yo estaba casi histérico, pero aun así oí a Emory Oglethorpe McDougall gruñir: «¿Qué te dije?» y reparé en la amarga sonrisa de triunfo en el rostro de Sally Cato. Desde luego, la tía Mame estuvo presente cuando mataron al zorro: yacía muerto debajo del coche.
Si antes de la fatídica caza del zorro la tía Mame había sido objeto de conversación en todo el condado, ahora se convirtió en la obsesión de los aficionados a la hípica. Emory Oglethorpe me dejó meridianamente claro que se referían a ella como «esa maldita yanqui loca que mató a todos nuestros caballos». La gente no hablaba de otra cosa en varios kilómetros a la redonda, y el teléfono zumbaba con voces dubitativas que decían lo mucho que lamentaban no poder ir a comer a la Casa de la Novia o tener que posponer indefinidamente la cena que iban a ofrecer en honor de la tía Mame. Tras haber sido dos semanas la indiscutible favorita de todo el condado, la tía Mame era ahora tan popular como el general Sheridan.
La señora Burnside pareció sentirse mucho mejor después de recibir la noticia de la caída en desgracia de su nuera, y pudo bajar a cenar casi cada noche. Entre vasos de bicarbonato y ventosidades nos obsequió a todos con recuerdos como: «¡Ah, cuando era una joven recién casada, nada me gustaba más que ir de caza! Era una auténtica Diana». Beau callaba y parecía lúgubre y avergonzado. Y una tarde en que los recuerdos ecuestres y las flatulencias de la señora Burnside fueron particularmente insoportables, la señorita Fan prestó a la tía Mame su pañuelo y susurró: «¡No le haga caso, señora Beau, odiaba cazar y montaba aún peor que yo!». Pero la nerviosa solicitud de la señorita Fan era un parco consuelo para la tía Mame. Se había convertido en persona non grata en la comunidad, y lo sabía. La única que seguía brindándole su amistad era Sally Cato McDougall.
—Pero, Mame, encanto —decía—, no llores más. No fue culpa tuya..., todo el mundo sabe que los accidentes ocurren. Si la gente es demasiado estrecha de miras para perdonarte, que se vayan todos al demonio. Sigo siendo tu amiga. Ya lo sabes.
La tía Mame estuvo muy agradecida a Sally Cato. Se veían a diario y Sally Cato era la única persona que era amable con ella. Incluso el tío Beau parecía un poco más estirado.
Vi mucho a Emory Oglethorpe en el tiempo que la tía Mame estuvo excluida socialmente. Me enseñó a fumar, a mascar tabaco y a beber una especie de repugnante licor de diente de león que preparaba él mismo.
—No me creíste cuando te avisé de que Sally Cato quería el pellejo de tu tía. Sabía perfectamente que estaríais atravesando ese prado cuando llegase la jauría. Se conoce el coto como la palma de su mano. Tendrías que haberla oído reír y gritar cuando los caballos se estrellaron contra el coche de tu tía. A mí también me pareció divertido. Puedes estar seguro de que Sally Cato recuperará a Beau, aunque para eso tenga que llevarse a tu tía por delante. —Soltó una risita maliciosa—. No ha perdido una apuesta, una carrera o un marido en toda su vida, y no piensa empezar a hacerlo ahora. Ten, llévate lo que queda de ese paquete de Lucky.
Yo estaba casi convencido de que Emory Oglethorpe tenía razón, aunque me parecía imposible que Sally Cato se rebajase a cometer semejante bajeza.
Pero esa misma tarde empecé a valorar los juicios de Emory sobre el carácter de su hermana. Sally Cato, que era la favorita de la señora Burnside, cenó con nosotros en Peckerwood. Parecía muy sureña, muy romántica, muy hermosa vestida de encaje blanco, y era el encanto personificado. La tía Mame, a quien ese mediodía habían tratado abiertamente mal en el departamento de sombreros de J. B. White, parecía cansada y, lo que es peor, vieja.
La señora Burnside estuvo especialmente parlanchina esa noche y no dejó de lanzarle indirectas a la tía Mame. No habló más que de Sally Cato. De la belleza de Sally Cato, de su juventud, de su riqueza, de lo antiguo de su estirpe, de su forma de montar, de lo guapa que estaba en el último baile de cazadores, de lo vitalista y saludable que parecía y de lo típica, deliciosa y radiantemente sureña que era. «Una hija genuina de nuestro hermoso condado. Una aristocrática flor del viejo Sur y de nuestra gloriosa comunidad, donde cada familia tiene un rico pasado de grandes tradiciones y ningún extranjero se ha entrometido jamás desde la guerra de Secesión».
La tía Mame alegó tener un terrible dolor de cabeza y se marchó justo después de la cena. Últimamente había sufrido mucho de jaqueca, y Beau dijo:
—¿Cómo, otra vez?
Subí temprano a mi habitación. Hacía una noche tan cálida y húmeda que no podía dormir, así que me puse en la boca uno de los cigarrillos de Emory Oglethorpe y salí a la galería de arriba. Pero no llegué a encenderlo porque justo debajo vi las brasas de otros dos cigarrillos y oí la voz de Sally Cato, que hablaba en tono grave y apremiante.
—¡Oh, Beau! —decía—, ya sé que Mame es buena. Créeme, la quiero tanto como tú, pero ¿estás seguro de que es la chica adecuada para ti? De verdad, Beau, lo único que quiero es que seas feliz. Al principio me dolió que te casaras con ella y no conmigo, pero eso ya es agua pasada. Mame es una mujer magnífica, Beau, pero ¿tú crees que encaja bien aquí?
—Mame es yanqui —repuso rígidamente Beau—, ellos tienen costumbres diferentes.
—¡Oh, Beau!, ya lo sé. Después de todo, soy su única amiga. Pero, Beau, no dejo de preguntarme si podrá ofrecerte la familia, el hogar y los hijos que son parte de nuestra tradición sureña. ¿Tú crees que podrá, Beau?
—No veo por qué no iba a poder —respondió Beau con un leve tono de duda.
—En fin, Beau, recuerda que lo único que deseo es tu felicidad. Mañana tengo que madrugar, para ir a las pruebas de caza, así que me voy. ¿No me das un beso en recuerdo de los viejos tiempos?
Los cigarrillos cayeron al suelo y la conversación terminó. Se quedaron entre las sombras, abrazados y no se movieron en mucho, mucho tiempo.
Me volví acongojado y, en ese momento, algo me rozó la cara. Me asusté demasiado para gritar. Luego, una mano huesuda se aferró a mi brazo y una voz susurró:
—Ven, muchacho. —Era la señorita Fan. Me condujo a su pequeño y sofocante cuartito—. Dame un cigarrillo —suspiró—. Sé que tienes, los he visto en tu armario. —Ambos fumamos en silencio. A ella se le daba mucho mejor que a mí—. Supongo que habrás oído a... Beau y a esa horrible Sally Cato. —Asentí—. ¿Entiendes ahora? ¿Comprendes por qué tienes que llevarte de aquí a tu tía... y a Beau? —Moví la cabeza sin decir nada—. Dios sabe que no soy más que una pobre solterona y, en esta casa, poco más que una criada a las órdenes de esa vieja veinticuatro horas al día. No es asunto mío, pero la señora Beau es la única persona en este condado dejado de la mano de Dios que me ha tratado como a un ser humano. Beau también es buen chico. Por eso tienes que llevártelos, antes de que sea demasiado tarde. Antes de que esa furcia y esa vieja malvada lo echen todo a perder. Las oigo a diario en su dormitorio, conspirando, conspirando, conspirando. ¿Lo entiendes, muchacho? ¿Lo ves? Saca a tu tía de aquí. Y rapidito, antes de que esas dos puedan hacerle daño. Ahora vete a la cama, muchacho. ¡Ah, sí, y deja aquí los cigarrillos!
Al día siguiente, traté de advertir a la tía Mame acerca de Sally Cato de un modo confuso e infantil, pero lo hice tan mal que se enfadó conmigo.
—¿Qué? —gritó dando un respingo.
—Te preguntaba, tía Mame, si alguna vez te has parado a pensar que tal vez Sally Cato no sea verdaderamente tu amiga. Al fin y al cabo estaba prometida con Beau, y fue ella quien dibujó el mapa e hizo que mataras esos caballos, y Emory Oglethorpe dice que...
—Emory Oglethorpe dice... —me imitó con voz chillona—, Emory Oglethorpe dice... Qué más da lo que diga ese demonio con ojos de cordero degollado. En cuanto a ti, me avergüenzo..., sí, me avergüenzo de que un sobrino mío sea tan rastrero y mezquino para pensar, aunque sea por un momento, algo así. ¡Menuda idea! —En ese momento el enorme Packard de Sally Cato llegó por el camino—. Ahí llega Sally Cato. Te ahorraré la vergüenza de tener que verla. Vete y no vuelvas hasta que aprendas a hablar y pensar como un caballero. Sally Cato es la única amiga que tengo aquí, y no quiero oír otra palabra. Y ahora, ¡largo!
Alicaído, me marché a toda prisa. No le conté lo de la noche anterior porque no quería herir sus sentimientos. Ella quería mucho al tío Beau..., debía de hacerlo, o de lo contrario no habría soportado la vida en Peckerwood.
Pero, cuando Sally Cato se marchó, la tía Mame me pareció muy nerviosa y disgustada y me pidió que fuese a la Casa de la Novia.
—¡Oh, Patrick, Patrick! —gimió—, ¿qué voy a hacer ahora?
—¿Acerca de qué?
—Ha venido Sally Cato y está preparando otra de sus espantosas cacerías. Dice que el único modo de redimirme con la gente del condado es demostrarles lo estupenda amazona que soy. Ahora tendré que montar, y, Patrick, lo de que me gustan los caballos era falso. Los odio.
—¿Por qué no les dices que todo ha sido una broma, tía Mame? —dije con cierta inocencia infantil—. Así no tendrás que montar.
—¡Qué! ¿Para que se rían más todavía? ¡Antes prefiero la muerte!
—Pero eso es exactamente lo que conseguirás si vas a cazar con ellos.
—Mejor morir con las botas puestas —dijo noblemente y se estremeció.
—Bueno, anímate, tía Mame, siempre puedes recurrir a un resfriado o volver a doblarte el tobillo antes de la cacería.
—Pero ¡si es mañana a las seis de la madrugada!
El tío Beau había ido a verse con otros terratenientes esa noche y la tía Mame y yo cenamos en silencio en la Casa de la Novia. La tía Mame estaba tratando de leer Les Fleurs du mal cuando llegó a la puerta el coche de Foxglove. Emory Oglethorpe se apeó cargando una caja, un par de botas, un sombrero de seda y una silla de amazona de cuero.
—Buenas —gruñó con su voz, parecida a un rallador de nuez moscada—, Sally Cato me ha pedido que trajera estas cosas para tu tía Mame. De hombre a hombre, tendrías que ver a Sally Cato, está dando gritos de alegría por los establos. Dice que tu tía Mame no ha subido en su vida ni a los caballitos de un tiovivo. No hace más que apostar cien contra uno. Mañana traerán en el remolque el caballo que ha escogido para tu tía Mame. Más vale que le adviertas a tu tía que se rompa una pierna antes de romperse el cuello. Bueno, hasta luego. Tengo una negrita estupenda esperándome en el cobertizo.
Tuve la sensación de que el traje de montar de paño que le llevé a la tía Mame era en realidad un sudario. Parecía muy asustada y empezó a temblar.
—Oh, Dios, Sally Cato ha enviado el equipo completo. —Luego miró la silla de montar—. ¿Se supone que tengo que sentarme en ese suspensorio? —Rompió a llorar y todavía seguía sollozando sobre la almohada cuando volví a la casa.
A la mañana siguiente, en cuanto terminé de vestirme, oí el ruido de unos cascos en el camino. Todo el condado —excepto los que seguían convalecientes de la última actuación cinegética de la tía Mame— se congregó a las puertas de Peckerwood. Incluso había algunos llegados de Carolina. Parecían menos alegres que la última vez y se palpaba cierta perversidad y un ambiente conspiratorio en el aire.
La tía Mame y yo no dábamos precisamente impresión de haute couture. Yo vestía un viejo traje de caza de Emory Oglethorpe McDougall, a quien le sacaba la cabeza; la tía Mame estaba arrebatadora, desde ciertos ángulos, con el traje de montar de paño que le había prestado Sally Cato, y su rostro parecía engañosamente sereno bajo su sombrero de seda. No obstante, la chaqueta le quedaba un poco más ceñida de la cuenta aquí, un poco más suelta de lo conveniente allá, y la falda arrastraba un poco. Además, le apretaban las botas. La tía Mame empalmaba un cigarrillo con otro y daba sorbitos de una petaca de plata. Se esforzaba por parecer alegre y despreocupada, pero aun así parecía incómoda y todos los jinetes la miraban con suspicacia.
Sally Cato trotaba sobre una hermosa yegua, seguida de Emory Oglethorpe y un remolque de Foxglove. Se oyeron muchas coces y relinchos, procedentes del interior del remolque, y, con muchos esfuerzos, dos mozos de cuadra lograron sacar al caballo más grande y de aspecto más avieso que yo había visto nunca.
Sally Cato besó cariñosamente a la tía Mame.
—¡Qué rara estás esta mañana, Mame, encanto! —dijo—. Disculpa un momento, querida, quiero subir a saludar a la señora Burnside.
Volvió al cabo de un minuto. Miré hacia la galería del primer piso y vi a la vieja señora Burnside con una extraña y desagradable expresión pintada en el semblante. Sally Cato se acercó a la tía Mame.
—Este es el caballo que he escogido especialmente para ti —dijo con una sonrisa astuta—. Se llama Pararrayos, y es manso como un corderito. —Pararrayos era un enorme caballo de caza irlandés, un castrado que no se había resignado a una vida de celibato. Miró a la tía Mame con ojos sanguinarios y pateó el suelo salvajemente. Sally Cato le acarició el hocico—. Es un animal precioso, sí señor.
Emory Oglethorpe reptó hasta donde yo estaba.
—Es el bicho más puñetero y retorcido de todo el condado de Richmond, sí señor, eso es lo que es. A ese hijo de puta deberían haberlo sacrificado hace dos años, cuando coceó al tío Grady y estuvo a punto de matarlo. Al menos eso dijo el veterinario. El muy condenado ha vivido suelto en el campo desde entonces. Ayer hicieron falta seis negros para atraparlo.
Sally Cato dio unas palmadas con sus manos elegantemente enguantadas y dijo:
—Atención todos, vamos a tener el exclusivo privilegio de cazar con una de las más famosas amazonas de la ciudad de Nueva York, la señora de Beau Burnside.
Guiñó el ojo con perversidad, pero no lo bastante deprisa para que pasase desapercibido para la tía Mame, que abrió los ojos como platos. Se produjo una oleada de risas contenidas entre los jinetes. Sólo Beau conservaba su aire de inocencia.
Yo ya estaba montado a horcajadas sobre un jamelgo paralítico cuando tres mozos de cuadra condujeron a Pararrayos hasta el poyete y la tía Mame montó cuidadosamente. Pronuncié una inaudible plegaria y reparé en que la tía Mame también movía los labios.
Marchando en dirección al coto, traté de ponerme lo más cerca posible de la tía Mame, pero Pararrayos había adquirido la perniciosa costumbre de cocear tanto que tenía el camino para él solo. Esperé que la tía Mame no se hiciese mucho daño al caer. Anduvimos con bastante placidez, aunque saqué la clara impresión de que los perros, casi todas las personas y algunos caballos hacían que Pararrayos se pusiese aún más nervioso e irritable. Por fin llegamos a la línea de salida. Pararrayos relinchó de un modo escalofriante y se encabritó, pero, sorprendentemente, la tía Mame no cayó al suelo. Un par de personas parecieron impresionarse. Sally Cato se limitó a hacer un gesto desdeñoso.
Cuando estábamos a punto de empezar, el coche de Peckerwood llegó corriendo, con un negro de aspecto asustado al volante. La señorita Fan se apeó y gritó:
—¡Alto! ¡Ese caballo está loco!
Pero fue demasiado tarde. Habían soltado al zorro, que había echado a correr como una bala por el prado, seguido de cerca por los perros; simultáneamente, el primo Van Buren Clay-Pickett y la tía Mame iniciaron la persecución y la caza empezó. Ya no había forma de pararla.
Yo había calculado que la tía Mame tendría el sentido común de buscar un arbusto lo bastante mullido y saltar sobre él, pero no lo hizo. En lugar de eso, ella y Pararrayos salieron al galope detrás del primo Van Buren.
—¡Dios mío, qué estilo tiene la señora Beau! —gritó alguien.
Me volví para ver quién podía haber hecho una observación semejante y capté una expresión en el rostro de Sally Cato que era terrible contemplar.
Galopamos dejando a la pobre y anciana señorita Fan gritando cosas incomprensibles. El jamelgo que yo montaba estaba casi para el arrastre pero al menos siguió lo bastante de cerca a la jauría para permitirme ver a la tía Mame y a Pararrayos saltar una pared de piedra donde cayeron otros dos jinetes. La tía Mame perdió su sombrero de seda y el cabello le quedó suelto al viento, pero siguió adelante.
—¿La habéis visto saltar esa pared? —gritó alguien—. Esa condenada chica yanqui tiene clase. Es una amazona soberbia. ¡Realmente soberbia!
Cabalgamos cerca de una hora atronando la hierba mullida, arañándonos con las ramas bajas, y salpicándonos al atravesar los fangosos riachuelos. La tía Mame fue por delante casi todo el tiempo y ni siquiera el tío Beau y Sally Cato pudieron seguirla. En cierto momento ella y Pararrayos tomaron una especie de desvío por un campo de maíz, pero aun así no tuvieron dificultades para volver a alcanzar al montero mayor. En otra ocasión, el caballo cargó contra un viejo cobertizo y salió por el otro lado con la tía Mame todavía en sus lomos. Se oyeron muchos cloqueos y graznidos, y los pollos salieron revoloteando en todas las direcciones. Incluso me pareció vislumbrar a una gallina vieja, más aguerrida que las demás, subida al hombro de la tía Mame, pero la inercia acabó por enviarla aleteando al suelo.
Una vez más, volví a perderla de vista cuando Pararrayos se internó en un bosquecillo, pero la tía Mame apareció de nuevo, llevando algo que parecía una corona de laurel y sin sujetar siquiera las riendas.
—¡Caramba! —gritó uno de los primos más cultivados—, ¡si parece una auténtica diosa griega!
—¡Demonios! —rugió otro—, ni siquiera utiliza las riendas. ¡Eso no hay quien lo supere!
Luego volvió a galopar tan deprisa que la perdimos de vista.
Por fin fuimos a parar a una enorme meseta y a una vasta extensión de prados verdes que terminaban bruscamente en un dique que corría a lo largo de la orilla del río Savannah. Ahí era donde debía terminar la caza, a menos que el pobre zorro se las arreglase para escalar el muro de dos metros de altura.
Para entonces, el zorro, los sabuesos, Van Buren Clay-Pickett y la tía Mame estaban tan lejos que no había esperanza de alcanzarlos, aunque Beau y Sally Cato McDougall los perseguían a eso de medio kilómetro. De pronto, Pararrayos empezó a galopar más deprisa, como si quisiera adelantar al primo Van Buren.
—No entiendo el estilo de caza yanqui —gritó uno de los hombres—. A santo de qué adelanta ahora al montero.
—No es culpa suya —chilló otro jinete—. Es ese caballo loco de los McDougall, que se ha desbocado.
—Dios todopoderoso, tienes razón.
Quise cerrar los ojos, pero la terrible fascinación de la escena que tenía ante mí era demasiado fuerte. Cuando volví a abrirlos, Pararrayos no sólo había adelantado al montero, sino a los sabuesos y también al zorro. Se encontraba a pocos metros del dique y aun así seguía galopando.
—¡Dios! Va a estrellar a esa condenada yanqui contra el dique, ¡se matarán!
—¡Moultrie, no puedo verlo! —gritó la mujer que cabalgaba a mi lado, y se desmayó en la silla.
Con la tía Mame todavía a cuestas, Pararrayos cargó contra el dique. De pronto sus cascos se despegaron del suelo y trató de saltarlo, pero era demasiado alto. Su pecho colosal chocó contra la parte superior y cayó de espaldas con un golpe que debió de oírse en todo el condado de Richmond. La tía Mame, no obstante, siguió adelante. Salvó limpiamente la pared y desapareció detrás de ella. Se oyó un terrible chapoteo y luego reinó el silencio. Otra mujer se desmayó, pero nadie le prestó la menor atención. Los demás galopamos sin orden ni concierto hacia el prado, justo a tiempo de ver a la tía Mame emerger de las aguas del río Savannah.
En ese preciso momento, un desvencijado Chevrolet llegó traqueteando por el prado y se detuvo. Un indignado hombrecillo se apeó de él y corrió al encuentro del grupo de jadeantes caballos. Era el veterinario del condado.
—Buenos días —gritó—, llevo siguiendo a esta pobre joven más de media hora. Esta es la mayor proeza ecuestre que he visto jamás. Nunca entenderé por qué no se ha matado. Me pareció reconocer al caballo, pero ahora estoy seguro. Es ese desquiciado Pararrayos, propiedad de Sally Cato McDougall. —Sus airados ojillos azules buscaron a Sally Cato—. Sally Cato —gritó el veterinario—, hace dos años te dije que ese caballo estaba loco. ¡Y te aconsejé que le pegaras un tiro! —Miró a Pararrayos, que yacía agonizante en el suelo—. Supongo que ahora tendré que hacerlo yo mismo. —Sacó una automática del cuarenta y cinco de su cartuchera—. Sally Cato, debería dispararte a ti. Permitir que cualquiera, aunque sea una amazona tan soberbia como esta joven, montara ese caballo es un intento de asesinato. Sí, asesinato con premeditación. Deberían expulsarte de todos los clubes de caza del condado.
De un disparo, acabó con el sufrimiento del patológico Pararrayos y la tía Mame rompió a llorar.
El tío Beau subió a la tía Mame a su silla y, a pesar de lo sucia, embarrada y arañada que estaba, la abrazó, la besó y la llamó su «pequeña valquiria yanqui».
El resto del grupo quedó embargado por el triunfo de la tía Mame, y noté que parecían no querer ponerse al lado de Sally Cato mientras trotábamos hacia el campo donde habían instalado el pabellón para el almuerzo de caza. En una ocasión, Sally Cato espoleó su caballo para acercarse al tío Beau.
—Beau —dijo apresuradamente—, deja que te explique...
Pero él le echó una mirada terrible y se alejó trotando y abrazando con ternura a la tía Mame.
El almuerzo fue sensacional. Nadie habló de otra cosa que de las magníficas dotes ecuestres de la tía Mame. La bautizaron «Mame cazadora», y le dedicaron un brindis tras otro como la mejor amazona que jamás honrara el condado de Richmond. La tía Mame tomó demasiado bourbon, pero cuando por fin tuve oportunidad de acercarme a ella, me cogió del brazo y susurró:
—Patrick, cariño, dime, ¿sigo con vida? Apreté los muslos con tanta fuerza a la silla que pensé que no me caería nunca.
El primo Van Buren Clay-Pickett acababa de subirse a la mesa para proponer que celebrasen otra cacería el domingo siguiente, cuando entró arrastrando los pies un joven de la Western Union, que traía un telegrama para la tía Mame. El telegrama decía:

FERVIENTE ADMIRADOR INSISTE STOP INAPLAZABLE REGRESO A NUEVA YORK PARA PRESIDIR EXHIBICIÓN ECUESTRE INTERNACIONAL
EL COMITÉ ORGANIZADOR

—¡Vaya, hombre! —gritó con petulancia la tía Mame, apurando a grandes tragos un vaso lleno de bourbon—. Qué contratiempo. Pero me temo que habrá que volver al Norte. ¡Siempre de la Ceca a la Meca en pos de nuevos triunfos hípicos!




V. LA TÍA MAME, DAMA DE LAS LETRAS
El personaje inolvidable tampoco carecía de talento literario. El artículo indica que, para entretenerse, escribía piezas breves sobre sí misma y su vida cotidiana. Luego se las leía a sus amigas y, de vez en cuando, permitía que el semanario local publicara alguna. Al parecer, dichos artículos eran auténticas obras maestras. De hecho, eran tan buenos que los editores neoyorquinos acudían a visitarla en masa suplicando una oportunidad para publicar alguna de las obras de la anciana señorita.
Personalmente, no me parece para tanto, sobre todo si pienso que la tía Mame tuvo un editor, un agente literario y una secretaria antes de haber escrito una palabra.
La carrera literaria de la tía Mame se inició a modo de terapia para salir de la terrible depresión en que se sumió al enviudar. Su felicidad nupcial, como señora de Beauregard Burnside, habría podido durar eternamente, si lo hubiera hecho también el tío Beau.
Beau era encantador, viril, rico y apuesto. Y también extremadamente generoso. En su primer aniversario, el tío Beau compró a la tía Mame varios recuerdos para celebrar la ocasión: un enorme Rolls-Royce, un abrigo de piel de marta, un anillo de esmeraldas sin tallar y una antigua mansión en Washington Square para guardar todos los muebles que había comprado últimamente. Pero el día de la inauguración de su nueva casa —trece meses después de casarse—, el tío Beau tuvo un final poético: un caballo le dio una coz en la cabeza en Central Park. Al cabo de una hora estaba muerto.
La tía Mame enloqueció de dolor. Se pasó el funeral, y todo el invierno siguiente, llorando y desmayándose. Luego dejó de desmayarse y se limitó a llorar. No le interesaba nada —ni siquiera el hecho de haberse convertido en la novena viuda más rica de Nueva York— aparte de su enorme tristeza. Por fin, su vieja amiga, Vera Charles, se apiadó de ella.
Vera había tenido un golpe de suerte matrimonial en Inglaterra al casarse con el honorable Basil Fitz-Hugh. El honorable Basil no sólo era rico, sino hombre de letras. Incluso conocía a Virginia Woolf. Además, Vera decidió que lo que necesitaba la tía Mame era un cambio de aires. La envió a Europa y la tuvo allí más de dos años, mientras el señor Babcock me arrastraba de la San Bonifacio a un sórdido campamento de verano.
Pero nadie puede lamentarse eternamente, y menos que nadie la tía Mame. Por fin regresó a casa con varios trajes de luto elegantes, un montón de fotografías dedicadas por autores europeos —que la habían ayudado a consolarse— y unas ganas terribles de renovar el vestuario.
Yo había cumplido dieciséis años y descubrí que había dado un estirón y medía casi un metro ochenta. No me valía ninguno de mis uniformes de la San Bonifacio y pasé los últimos días de libertad estival subido al taburete del sastre mientras me alargaban los pantalones y las chaquetas para, en lo posible, ahorrarle a mi público la visión de mis pantorrillas y antebrazos. Cuando concluyeron los arreglos, faltaba menos de una semana para que las campanas de la San Bonifacio me llamaran a pasar otro año de macarrones y malas notas y tuve la esperanza de que la tía Mame aprovechara la ocasión para llevarme al teatro y hacer cosas divertidas. Me equivoqué.
En cuanto entré en su enorme casa de Washington Square, oí una voz decidida que decía: «El Ladies' Home Journal* no publicaría un episodio así ni en un millón de años, señora Burnside».
Pasé de puntillas al salón y vi a la tía Mame sentada con un sobrio traje negro, un martini en una mano y unas enormes gafas de concha en la otra. Tenía muchos papeles en el regazo y estaba hablando con dos mujeres a quienes yo no había visto nunca.
—Por supuesto, es ideal para Hollywood —decía—. Me pareció apropiado para Claudette o Irene, pero ahora he decidido interpretarlo yo. Después de todo, ¿quién mejor para interpretarme a mí misma?
—No sé, señora Burnside, si fuese usted, creo que no haría planes tan a largo plazo —dijo con nerviosismo la pelirroja bajita.
—No, Mame —coincidió la otra—, Elizabeth tiene razón. Antes de nada deberías escribir algo para enseñárselo a los editores. La venta de los derechos cinematográficos, los seriales radiofónicos y demás tendrán que esperar.
—¡Oh, no os preocupéis por eso! —canturreó la tía Mame—. Mi secretaria está arriba mecanografiando el...
Salí de puntillas del salón.
Subí al que había sido mi cuarto. La habitación, que nunca había estado demasiado ordenada mientras la ocupé, era digna de ver: había un montón de archivadores de acero, dos enormes escritorios, tres teléfonos, varias pilas de libros de consulta y papeles por todas partes. Un dictáfono chirriaba y una mujer aporreaba con aire agobiado una máquina de escribir. Me escabullí hasta la habitación de la tía Mame. El panorama no era mucho más alentador. Había antiguos programas de baile, pilas de fotos y números atrasados del Evening News de Buffalo amontonados por doquier. Cuartillas con anotaciones que decían cosas como «Hablar de la redada del club nocturno» y «aludir al doctor Cornell y la gota de papá». Encendí uno de los cigarrillos de la tía Mame y me senté totalmente perplejo. Luego oí abrir la puerta principal. La tía Mame decía:
—Adiós, queridas. Vuelvo a mi écritoire, ¡estaré trabajando hasta las tantas! Te llamaré por la mañana, Mary. Las chicas de Buffalo debemos apoyarnos unas a otras, ¿no? A bientót!
La puerta se cerró y vi a las dos mujeres meterse en un taxi.
Al cabo de un momento, se produjo cierta conmoción en lo que había sido mi dormitorio.
—Bueno, Agnes —preguntó la tía Mame—, ¿cómo te ha ido?
—¡Oh, muy bien, señora Burnside! Nunca había trabajado en un ambiente tan agradable y lo que hago es interesantísimo. Dios mío, cuando nos contrataron en la compañía de seguros Prudential no mecanografiábamos más que largos formularios legales, y la señorita Montgomery, la supervisora, se pasaba el día espiándonos por encima del hombro, y además nadie te ayudaba, y...
—Eso está muy bien, Agnes —la interrumpió la tía Mame—. ¿Te ha ofrecido la cocinera un almuerzo decente?
—Dios mío, sí, señora Burnside. Un consomé, pierna de cordero asada, guisantes y...
—¡Qué divino, querida! Ahora pediré a Ito que te lleve a casa.
—¡Oh, pero señora...!
—Ni una palabra más, Agnes. Ponle la funda a la máquina, Ito te llevará a Kew Gardens en un santiamén. ¡Vamos, ponte un poco de carmín y vete!
—Dios mío, señora Burnside, si me maquillo, a mi madre le da un ataque.
—Bueno, como quieras. Hoy has trabajado mucho. Ahora corre a casa.
La tía Mame irrumpió en la habitación y me abrazó.
—¡Aquí está mi niño! ¡Oh, no imaginas lo emocionante que es dedicarse a una carrera creativa! Me exijo demasiado, claro, pero me encanta.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—Pues a mi libro, cariño, ¿a qué iba a ser si no?
—¿Qué libro? ¿Quiénes son esas señoras tan raras?
En ese momento la joven a quien había visto escribiendo a máquina apareció tímidamente detrás de la puerta.
—Bueno, yo me marcho.
—¡Oh, Agnes, querida, pasa y conocerás a mi sobrino. Aunque supongo que ya sabrás de él, puesto que esta tarde has estado trabajando en ese capítulo.
—¡Dios mío! ¿Es el que encontró en una cesta a la puerta de su casa, señora Burnside?
Me quedé boquiabierto.
—El mismo, querida. Patrick, quiero que conozcas a mi secretaria, mi mano derecha, mi crítico más severo..., mi Alice B. Toklas. Señorita Gooch, querida Agnes, éste es mi sobrino Patrick.
—Encantada de conocerte —dijo la señorita Gooch haciendo una pequeña reverencia.
Yo estaba demasiado perplejo por lo que acababa de oír para prestar mucha atención a la señorita Gooch, y de hecho tampoco había mucho a lo que prestar atención. La señorita Gooch era una de esas mujeres que parecen estar entre los quince y los cincuenta años y en las que nunca repara nadie. Tenía el pelo, la piel y los ojos descoloridos. Usaba gafas sin montura y una boina de angora más grande de la cuenta. El resto de su vestido consistía en un jersey de punto azul, una blusa de rayón de color salmón con las mangas abombadas, medias de rayón y zapatos ortopédicos.
—¿Cómo está usted? —respondí.
—Estoy segura de que los dos vais a llevaros de maravilla —dijo la tía Mame—. Bueno, adiós, Agnes. À demain!
—Adiós —respondió la señorita Gooch, y desapareció.
—¿Sabes, cariño?, esa pobre chica tiene apenas diecinueve años y no sólo escribe a máquina como un ángel, sino que también sabe taquigrafía y escribe no sé cuántos miles de palabras por minuto, y además mantiene a una madre artrítica y a una hermana tullida.
—No me digas —respondí. Luego me volví para enfrentarme a ella—. ¿Qué es eso de que me encontraste en una cesta?
—¡Oh, cariño! Ya sabes que, de vez en cuando, los escritores debemos exagerar un poco para aumentar la tensión dramática. Así que dije que te dejaron en una cesta a la puerta de mi casa.
—Yo tenía diez años y tú vivías en una casita en Beekman Place. ¿Qué es eso que estás escribiendo? ¿Quiénes eran esas mujeres? ¿Para qué necesitas una Alice B. Toklas?
—¡Oh, cielo! —respondió la tía Mame desperezándose en el sofá—. Quería guardar el secreto hasta que vieses mi nombre en lo alto de la lista de los best sellers, pero ahora puedo decírtelo: estoy escribiendo mis memorias.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Bueno, he tenido una vida muy interesante, y como Lindsay..., es decir, mi editor, dijo el otro día, mientras Mary Lord Bishop y yo estábamos firmando el contrato...
—Lindsay ¿qué?
—Lindsay Woolsey. Quiere publicar mi obra. ¡Oh!, cariño, no sé cómo contarte lo que ha hecho el destino por mí.
—¿Qué ha hecho?
—La semana pasada iba por Madison Avenue cuando vi una cara que me pareció familiar, y, justo cuando estaba pensando «esa mujer es clavadita a Bella Shuttleworth, de Delaware Avenue, en Buffalo», la mujer me preguntó: «¿No es usted Mame Dennis, de Delaware Avenue, en Buffalo?». Pues bien, nos abrazamos como viejas amigas, que es lo que éramos, y entramos en el Plaza a tomar una copa. Empezamos a hablar de los tiempos de los irregulares de Delaware Avenue y de las juergas que nos corríamos en la escuela de la señorita Rushaway, cerca de Soldier's Place... Una cosa llevó a la otra, ¡qué tiempos aquéllos de Buffalo!, y Bella propuso celebrar una fiesta e invitar a todas las amigas de Buffalo que viven en Nueva York. ¡No imaginas lo que ha engordado Bella!
—Continúa —dije.
—En fin, nos dio una cena muy agradable. Pierna de cordero. Un poco dura. E invitó a Mary Lord Bishop, la has visto hoy, que es una importante agente literaria; a Lindsay Woolsay y a su mujer, una señora muy nerviosa del Círculo Colonial; y a unos cuantos más. Bella quiso invitar también a Kit Cornell, pero estaba muy resfriada y no pudo ir, malheureusement. Bueno, fue una tarde divertidísima, y creo que bebí demasiado, pero el caso es que le conté a Lindsay lo que había estado haciendo desde que me fui de Buffalo y se rió muchísimo, y de pronto dijo: «Mame, ¿por qué no escribes un libro?». Luego, Mary Lord Bishop añadió: «Sí, ¿por qué no?». Así que pensé: «¿Y por qué no?». Luego nos pusimos a hablar del asunto, y sobre lo bien que lo pasamos en los viejos tiempos con los chicos en el Club Saturno, y Lindsay Woolsey exclamó: «Mame, ¡tú podrías hacer que Buffalo volviese a aparecer en los mapas!». Y Mary Lord Bishop afirmó que, aunque ya estuviera en los mapas, cualquier libro que yo escribiese sería terriblemente original, por lo que estaría encantada de representarme como agente. Los tres nos pusimos a darle vueltas y decidimos titularlo Una chica de Buffalo. ¿No te parece una monada?
—Es un título muy inteligente.
—Bueno, he empezado hace poco, pero ya viste lo entusiasmadas que estaban Mary y Elizabeth esta tarde. Mi vida en las revistas, en los periódicos, convertida en película y traducida a Dios sabe cuántos idiomas.
—Sin duda será apasionante —observé.
—¡Apasionante! ¡Oh, cariño! Estoy tan emocionada que me falta el aliento. Ahora tengo que vestirme.
Oí la voz de la tía Mame, que canturreaba «Chica de Buffalo, ¿no sales esta noche? ¿No sales esta noche? ¿No sales esta noche?». Y supe que se había embarcado en una nueva aventura.
Los últimos días que pasé en casa trabajé tanto en pro de la carrera literaria de la tía Mame que la perspectiva de regresar a la San Bonifacio —con oraciones incluidas— empezó a parecerme más halagüeña. Nos tuvo a la señorita Gooch y a mí yendo constantemente de aquí para allá. Me hizo ir a la Biblioteca Pública a hacer investigación histórica y, cuando le pregunté si recordaba el asesinato del presidente McKinley durante la Exposición Panamericana de Buffalo, me echó de la habitación. Casi me alegré de volver un año más a la San Bonifacio.
El primer trimestre la tía Mame me escribió casi a diario, excepto que ahora dictaba casi todas sus cartas a Agnes Gooch. Todas y cada una de ellas eran panegíricos alabando sus propios talentos literarios. Cuando la tía Mame estaba demasiado ocupada para escribir ella misma, Agnes Gooch la relevaba y redactaba horribles cartas sobre la carrera literaria de la tía Mame. También tejió una bufanda de color crudo para mi habitación en el colegio y me envió una caja de caramelos muy pegajosos que había hecho su hermana Edna.
A pesar de toda la cháchara de la tía Mame sobre su libro, ni yo ni nadie habíamos leído una palabra de Una chica de Buffalo, subtitulada Historia personal de una moderna George Sand. Pero en noviembre me llegó un grueso manuscrito. Era una de las muchas copias que había mecanografiado la incansable Agnes Gooch. Era innegable que el libro de la tía Mame era un gran libro. Sumaba más de novecientas páginas, pero, por mucho que la quisiera, no se podía decir que fuese bueno. Aunque la tía Mame fuera una conversadora fascinante, conociese a un montón de gente interesante y tuviera un gusto excelente para escoger sus propias lecturas, su estilo era el de una aficionada: un poco más florido e irresponsable de la cuenta y a menudo divertido sin querer serlo. Además, había sido una reportera demasiado escrupulosa y contaba bastante más de lo estrictamente necesario acerca de varios de sus mejores amigos, por lo que no había que ser ningún lince para darse cuenta de que, por muy rica que fuese, acabaría en la miseria en cuanto empezasen a lloverle las demandas. Lo cierto es que Una chica de Buffalo, aunque interesante, era un libro muy malo. Me había sentado a escribir una educada pero nada sincera carta de felicitación cuando llegó un telegrama a la San Bonifacio. Decía:

VEN A CASA STOP ME MUERO
TÍA MAME

Cuando llegué a toda prisa a la casa de Washington Square, Agnes Gooch, con los labios lívidos y más pálida que nunca, salió a recibirme a la puerta.
—Gracias a Dios, Patrick, me alegro tanto de que hayas venido. La pobre señora Burnside lleva tres días preguntando por ti. —Me miró ominosamente a través de las gafas y respiró por la nariz—. No he vuelto a casa desde el miércoles, mi hermana Edna ha tenido que ocuparse de las tareas domésticas y mi madre...
—¿Qué le ocurre a la tía Mame? —pregunté.
—¡Oh, Patrick! ¡Es el libro..., su editor lo ha rechazado!
—Y ¿eso es todo?
—¡Oh!, la situación es gravísima. Están todos arriba. El señor Woolsey, su editor, y su agente, la señora Bishop. Me han contado..., confidencialmente, que quieren ponerle un negro. ¡Oh!, no imaginas lo dolida que está; a mamá, a Edna y a mí el libro nos pareció delicioso. Tan glamuroso. El... el negro debe de estar al llegar. Le alegrará tener a su lado a alguien como tú en esta crisis.
Mientras corría escaleras arriba, oí voces en el dormitorio de la tía Mame. Todos hablaban al mismo tiempo, pero la tía Mame gritaba más que nadie.
—... y tú, Mary Lord, ¿cómo puedes decir que mi manuscrito no suena creíble?
—Tía Mame —dije—, ya estoy aquí.
—¡Cariño! —gritó desde la cama, tendiéndome dramáticamente los brazos entre un revuelo de mangas de gasa festoneada—. Por fin has venido en mi auxilio, estos buitres literarios están picoteando los pobres huesos de toda una vida de trabajo. Siéntate conmigo en la cama y permite que recurra a tus jóvenes fuerzas.
—Vamos, Mame, ¿no crees que estás exagerando? —dijo Mary Lord Bishop con aire razonable. La señora Bishop estaba tratando de conservar su impresionante calma, pero era una batalla perdida.
—Mame —añadió el señor Woolsey—, maldecirnos a Mary y a mí no hará que Una chica de Buffalo esté mejor escrita, o se venda mejor. —El señor Woolsey, que por lo general era un hombre ecuánime y elegante, empezaba a dar muestras de tensión—. Estoy seguro de que podemos hablarlo como personas adultas.
—¡Oh, sí! —rugió la tía Mame—, podemos hablar. Hablar, hablar, hablar..., es lo único que tú y Mary sabéis hacer. Me convencisteis para que escribiera este libro, ahora queréis convencerme de que lo deje porque os parece una obra de «seria consideración literaria». Pues bien, no conseguirás hacerme abdicar de mis convicciones, Lindsay Woolsey, ¡ni tú ni nadie nacido en Linwood Avenue, como el resto de los nuevos ricos de Buffalo!
—Pero, Mame —la lisonjeó el señor Woolsey—, no hemos rechazado Una chica de Buffalo. Sólo decimos que te vendría bien un poco de ayuda. Seguimos pensando que es una idea espléndida.
—Claro, Lindsay —coincidió nerviosa la señora Bishop—, es un libro brillante, pero, como muchos aficiona..., es decir, escritores noveles, Mame necesita un poco de ayuda de la editorial para pulir algunas cosas. Y creo que si recurriésemos a algún escritor experimentado para que añadiera una palabra aquí y otra allí, o eliminara algún fragmento...
—Sí —dijo el señor Woolsey—, eso es esencial.
—Aunque, por supuesto, quedaría en el anonimato, sólo prestaría un...
—¡Ah! —aulló la tía Mame—, ahora tendré que sufrir la mayor de las humillaciones. Me vais a poner un negro..., algún escritorzuelo insoportable que retuerza y distorsione el sentido y el sentimiento de mi vida.
—Mame —dijo la señora Bishop con paciencia—, no sería un negro. Sino más bien un corrector...
—Una especie de consejero literario, ¿no, Mary?
—¿Quién? —preguntó, agresiva, Mame.
—Bueno, Elizabeth y yo conocemos a un joven muy capaz, que ha hecho muchas veces ese tipo de trabajo y podría hacer una labor magnífica reestructurando tu libro. El otro día lo vi y le enseñé tu manuscrito, y el señor O'Bannion dijo que se trataba de un material fascinante.
—¿Ah, sí? —dijo la tía Mame abandonando su hosquedad.
—Sí, desde luego. Dijo que tenías una capacidad de inventiva realmente inaudita.
—¿De verdad? —preguntó la tía Mame—. Y ¿cómo dices que se llama?
—Brian O'Bannion. Es un...
—¡Dios me proteja! —gimió la tía Mame—, me parece estar viéndolo..., seguro que es uno de esos tenores irlandeses soeces y aficionados a la cerveza con todo un repertorio de respuestas ingeniosas.
—Estás siendo injusta, Mame —respondió imperturbable la señora Bishop—. De hecho, se trata de un excelente poeta. Escribió ese libro titulado El tulipán herido para...
—Y encima marica —musitó la tía Mame.
—Y además ha hecho esta clase de trabajo muchas veces, conoce el mercado, y tiene instinto para...
—Bueno, si creéis que voy a permitir que un poetastro melancólico y afeminado estropee mis memorias con un montón de penosas ingeniosidades irlandesas, es que os habéis vuelto locos. Prefiero tirar el libro por el retrete antes que sufrir el ennui y la mortificación de...
La forma informe de la señorita Gooch apareció en la puerta del dormitorio.
—Ha llegado el señor O'Bannion, señora Burnside.
Todos alzamos la mirada y ahí estaba Brian O'Bannion.
La tía Mame soltó un breve y ahogado jadeo. Por lo que había dicho, yo imaginaba ver a un irlandés bajito de comedia barata, una especie de Jiggs de cartón piedra sacado de lady Gregory. En lugar de eso, Brian O'Bannion era lo que se conoce por un «Irlandés Blanco». Contaría unos treinta años y era alto y muy delgado. Tenía la piel muy pálida y el pelo negro como el carbón, corto y muy rizado. Sus ojos eran de color azul turquesa y estaban enmarcados por unas espesas pestañas negras; nada más verlo, me recordó a un gato siamés. Iba vestido con una horrible chaqueta de tweed tejida a mano, con grandes coderas de ante, y una sucia trenca echada por encima de un hombro. Balanceó con gracia su peso en el umbral y dedicó a la tía Mame una lenta y triste sonrisa que mostró unos bonitos dientes, mientras sus intensos ojos azules salían —por así decirlo— a acariciarla.
La tía Mame tragó saliva, sus manos toquetearon el corpiño de su batín. Esbozó una encantadora sonrisa y dijo:
—Pase, señor O'Bannion. Precisamente estábamos hablando de usted.
El señor O'Bannion entró —aunque tal vez sería mejor decir que se coló— en la habitación y a mí me recordó a un gato acechando a su presa. Mientras Mary Lord Bishop presentaba a su representada, la tía Mame buscó febrilmente su espejo de bolsillo, se miró confiada y luego dijo con elegancia:
—Siéntese aquí donde pueda verle, señor O'Bannion. Es tan amable por su parte, un poeta reconocido, avenirse a echarme una mano con mis garabatos infantiles.
Él volvió a echarle una mirada tórrida y ella se aclaró, nerviosa, la garganta.
—Dígame —preguntó con una sonrisa que hacía juego con la de él—, ¿cree que usted y yo podremos llegar a alguna parte? Con el libro quiero decir.
El señor O'Bannion recurrió una vez más a su triste y suave sonrisa y dijo con voz profunda y meliflua:
—Estoy convencido de que usted y yo vamos a crear algo maravilloso.
Esa tarde me enviaron de vuelta a la San Bonifacio con la noticia de que la tía Mame se estaba recuperando a ojos vista.

* * *

El mes siguiente apenas tuve noticias de la tía Mame y, cuando las tuve, la palabra «Brian» aparecía por todas partes. «... Brian y yo acabamos de volver de dar un paseo por los páramos de Oyster Bay. Como Brian, pienso mejor al aire libre y respirando aire puro...», o «... es más de medianoche y Brian y yo hemos estado al lado del fuego leyendo a Yeats y contemplando las volutas de humo de su pipa...», o«... hoy he trabajado como una mula. Estar con Brian me ha servido para reinterpretar mi infancia por completo. No te imaginas la diferencia que supone tener a un hombre en la casa después de todos estos meses con esa aburrida de Agnes». Incluso a distancia empecé a hacerme una idea de lo que ocurría.
La señorita Gooch empezó a escribirme por su cuenta. No hacía más que decir que las memorias de la tía Mame en colaboración con Brian avanzaban muy despacio, pero que lo poco que llevaban escrito era sencillamente apasionante. Era un poco menos efusiva respecto a la tía Mame, pero se deshacía en elogios hacia el señor O'Bannion. Dios mío, la señorita Gooch estaba deseando que llegasen mis vacaciones de Navidad, para que ella, la tía Mame, el adorable señor O'Bannion y yo pudiéramos estar juntos y formar un alegre cuarteto. No dijo de qué. Tuve la sensación de que había motivos para no desearlo, pero aun así llegaron finalmente las Navidades.
—Señora Burnside fuera de casa con irlandés, pero señora Cuatro ojos arriba —dijo Ito al abrirme la puerta.
Efectivamente, la señorita Gooch estaba arriba, y la encontré llorando mientras leía un ejemplar del libro de poemas de Brian, El tulipán herido.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Madre de Dios —respondió ella mientras dejaba El tulipán herido y se levantaba a trompicones de la silla—. No pensé que fueses a llegar tan pronto. —Se sorbió horriblemente la nariz—. Tienes que disculparme, creo que he perdido mi pañuelo.
Le ofrecí el mío.
—Toma —dije—. Suénate.
—Muchas gracias. Espero que me perdones por demostrar así mis emociones, pero los poemas de Bri..., del señor O'Bannion son tan bonitos que...
Oí abrir la puerta principal en el piso de abajo y la voz de la tía Mame, que gritaba:
—Cariño, ¿estás en casa?
Noté, en cuanto bajé corriendo las escaleras, que la tía Mame había sufrido un cambio. Había convertido su segundo mejor abrigo de visón en una chaqueta reversible: lana irlandesa por fuera, visón por dentro. Vestía un traje de tweed. Unos sólidos zapatones irlandeses y una bufanda de Eton de dos metros de largo. Olía a turba.
—¿De qué vas disfrazada? —pregunté perplejo.
—¡Oh!, Brian y yo hemos estado paseando y meditando por los páramos.
Brian me obsequió con una mirada alegre y una sonrisa triste. Iba vestido de tweed gris, llevaba el primer chaleco de cuadros escoceses que yo había visto fuera de un escenario y una corbata del Trinity College (de Dublín).
—Encantado de volver a verte, Paddy.
—Bueno, es la hora del té —canturreó la tía Mame.
Brian se escabulló para ir al baño. Mame se volvió hacia mí y me besó.
—¡Oh, cielo, me alegro mucho de tenerte en casa en Navidad, y de que estés aquí, ahora que tu tía Mame está tan ocupada, tan creativa, tan productiva y es tan, tan feliz!
Me sentí un poco incómodo y dije:
—¿Qué tal va el libro?
—¡Oh, cariño! —dijo la tía Mame—, he aprendido tanto en estas pocas semanas con Brian... Antes no era más que una simple aficionada que creía que se podía meter prisa a las musas. Pero ahora sé que escribir es una experiencia verdaderamente profunda y exquisita.
—¿Cuánto llevas escrito?
—Casi veinte páginas.
—¿Sólo veinte páginas? —exclamé.
—Desde luego, Patrick —replicó la tía Mame—, se nota que desconoces por completo el auténtico proceso creativo. El noventa y nueve por ciento del trabajo consiste en pensar, ¡y ese encanto de Brian ha dado alas a mi cerebro!
—¡Ah!
—Sí, cariño —bajó la voz—. Patrick, quiero que conozcas a Brian. Que lo conozcas tanto como yo..., o casi. Te cae simpático, ¿no? Y, cariño —añadió besándome en la frente—, si alguna vez saca a relucir la cuestión de la edad..., es decir, si te pregunta cuántos años..., en fin, ya sabes, dile que tengo treinta y cinco y que tú tienes doce. ¿No te parece viril? —musitó la tía Mame apretándome el brazo cuando lo vio entrar en la habitación.
Mi impresión se estaba confirmando.
El té de ese día y la cena del siguiente fueron peculiares, por decirlo suavemente. Resultó interesante, y un poco horrible, ver a la tía Mame y a Agnes Gooch ponerse en ridículo de aquel modo a causa de Brian. Agnes, con su piel cetrina, su pelo lacio y sin lustre, sus gafas sin montura, su vestido azul de punto dado de sí y su vulgar forma de hablar, estaba patética en su papel de sencilla mecanógrafa fascinada por un hombre apuesto diez años mayor que ella. Mientras que la tía Mame, con su piel perfecta, su pelo tan bien peinado, su magnífica figura, sus ojos brillantes, su ropa inmaculada, las joyas adecuadas, su encanto frívolo y desenfadado estaba ridícula como mujer rica y hermosa de edad mediana fascinada por un hombre apuesto y diez años más joven.
Esa temporada vi poco a la tía Mame, aunque ella se empeñó en que viese mucho a Brian. Prácticamente nos obligó a pasar juntos todo el tiempo: contra mi voluntad, y, desde luego, contra la suya. Un día le pidió que me llevase a dar un enérgico paseo por Central Park mientras ella iba a la peluquería. Fue un día memorable, pero sólo por lo desapacible del tiempo, el traje de tweed en espiguilla de Brian y el hecho de que se relamiera al ver a una guapa niñera que empujaba un cochecito de niño cerca de la Calle 70. En otra ocasión la tía Mame decidió que Brian y yo disfrutáramos de nuestra mutua compañía entre el esplendor medieval de Los Claustros. Hacía una tarde tormentosa. Me dolían los pies, Los Claustros olían como las taquillas de la Academia de San Bonifacio, y Brian, en lugar de admirar las vírgenes delicadamente pintadas de oscuros conventos italianos, estuvo babeando detrás de dos vírgenes demasiado maquilladas de Hunter College, que lo esquivaban —aunque con risitas apreciativas— entre los sarcófagos del siglo XII. Intuí el extraordinario atractivo de Brian, pero igual que las mujeres no aciertan a entender qué es lo que ven los hombres en otras mujeres más solicitadas, yo tampoco pude explicar qué era lo que tenía Brian. No era sólo que pesara menos de setenta y cinco kilos, sino que era un libertino, un estafador, un mentiroso, y, lo que es aún peor, un auténtico pesado.
El resto de mis vacaciones transcurrió en la nada inspiradora compañía de la señorita Gooch, que decía tres veces al día: «¡Dios mío, es increíble lo deprisa que pasa un año! Pero si parece que fue ayer cuando mamá, Edna y yo desempaquetamos los adornos de Navidad... Fíjate que siempre guardamos las cintas y las planchamos para el año siguiente..., y ¡ya estamos otra vez!».
El día de Navidad fue muy divertido y la tía Mame se superó a sí misma para parecer irlandesa, o al menos irlandesa del norte. En todas las chimeneas ardieron troncos de Navidad hasta que hizo tanto calor que tuvimos que abrir las ventanas. Brian apareció con un traje de Glenurquhart y Agnes cogió el metro desde Kew Gardens, tras pasar una agradable mañana de Navidad con su madre y Edna. Estaba radiante con un vestido de lana de un peculiar tono mostaza con cuentas en el regazo que se había hecho ella misma y trajo regalos de confección propia para todos nosotros. A mí me obsequió con una bufanda que había tejido con los colores de la Academia de San Bonifacio, y a la tía Mame le regaló un batín de angora eau de Nil. A Brian le había hecho unas zapatillas con tréboles irlandeses y sus iniciales bordadas en petit point, y él se lo agradeció con una sonrisa tan devastadora que a la pobre le temblaron las rodillas.
La tía Mame le dio un beso a Agnes, un sobre blanco y un trozo de tela verde a cuadros escoceses, lo que, teniendo en cuenta lo que ella acababa de regalarnos, era un error temible.
La tía Mame le dio un beso a Brian, un sobre blanco —bastante más abultado que el de Agnes— y un precioso Bentley biplaza que esperaba fuera, aparcado casi a ras de suelo al lado de la acera. Él se quedó demasiado impresionado para sonreír.
A mí me dio un beso, un sobre blanco, dos de las chaquetas del tweed más tweed jamás confeccionado, un par de zapatones irlandeses tan pesados que apenas podía levantarlos del suelo, un chaleco de cuadros escoceses y una caja con siete pipas marcadas: «lunes», «martes», «miércoles», «jueves», «viernes», «sábado» y «domingo». En suma, todo lo necesario, a excepción del Bentley, para convertirme en un Brian O'Bannion en miniatura.
Brian nos regaló a cada uno un ejemplar autografiado de El tulipán herido. Luego dimos cuenta de una opípara comida y la tía Mame afirmó que, en su opinión, sería divino que yo llevase a Agnes al Radio City Music Hall a ver una buena película y el precioso belén que habían instalado allí.
Aunque yo prefería con mucho a Agnes que a Brian, su sana verborrea me parecía tan fatigosa como el malsano silencio del otro. No obstante, sus intenciones eran buenas, y eso era mucho más de lo que podía decirse de él. En el taxi, camino del centro, Agnes no hizo más que parlotear acerca de lo buena persona que era Brian, de su bondad, de su dulzura y de lo mucho que le gustaría presentárselo a su madre y a Edna y hacerle engordar un poco; y, Dios, qué día de Navidad tan maravilloso había pasado; y de si no opinaba yo que una Navidad blanca era mucho más saludable, pues la nieve mataba todos los gérmenes.
Para celebrar que estábamos en Navidad, llevé a Agnes a tomar una copa al Algonquin después del espectáculo. Le impresionó mucho la majestuosidad un poco pasada de moda del salón del Algonquin y también le gustó ver que los clientes se sentaban a beber en butacas y sofás.
—Dios mío —dijo—, qué refinado. Parece un hogar acogedor en lugar de una taberna.
Me contó tres veces lo estricta que era su madre con el licor y me hizo prometer que le compraría unas pastillas mentoladas Sen-Sen para masticarlas cuando volviera a Kew Gardens. Luego pidió algo llamado «Patillas Rosadas», cuyo mero nombre hizo palidecer al camarero.
Su bebida parecía un poco desagradable, pero ella la sorbió con gran delectación, sin quitarse los guantes y doblando mucho el meñique, y declaró que era muy refrescante. Eructó con suavidad y dijo algo casi incomprensible sobre el gran Broadway y la alta sociedad.
Mi imaginación estaba a varios miles de kilómetros de allí, pero tuve que volver a la realidad cuando Agnes puso con un golpe la copa vacía sobre la mesa y chilló:
—¡Ay, chico, esto me pone a mil! ¡Vamos a tomar otra! —Luego, por alguna razón inexplicable, añadió—: ¡Yuuju!
El camarero preguntó:
—¿Sabe tu tía que has salido?
—Desde luego —respondí—, la señorita Gooch es la Alice B. Toklas de mi tía.
—Pues claro, buen hombre, no sea usted ridículo —dijo Agnes con una risita. Luego arrugó la nariz y añadió—: Es usted monísimo. —Apenas me quedaron fuerzas para pedirle otra copa a Agnes—. En realidad, no entiendo nada de licores, si seré tonta que todos me saben a medicina, pero esa chica, Phyllis, que estaba conmigo en la Prudential, me habló de los cócteles «Patillas Rosadas» que le pedía su novio. Trabajaba en una ferretería. El caso es que me gustó tanto el nombre que se me ocurrió probar uno.
Llegó el segundo Patillas Rosadas y Agnes lo apuró antes de que el camarero lo dejara sobre la mesa. Recuerdo que pensé que su amiga Phyllis debería haberle dicho también que, a la hora de beber, el aguante es mucho más importante que la velocidad.
—¡Dios mío, me siento tan alegre, ligera, joven y feliz que me han entrado ganas de bailar! —Y volvió a exclamar—: ¡Yuuju!
—Agnes —respondí a toda prisa—, no creo que en el Algonquin haya orquesta.
—Voy un momento a empolvarme la nariz —chilló Agnes. Luego se agachó y me mordió la oreja—. Sé un buen chico y pídeme otro Patillas Rosadas.
Tanto me impresionó aquella transformación de doctor Jekyll en señor Hyde que no pude sino llamar al timbre y pedir otro Patillas Rosadas. El camarero me miró muy serio y dijo:
—Si no fuese por tu tía, no le serviría más a esa señorita. Estas maestrillas son las peores...
Agnes volvió antes de lo que yo habría querido, con la nariz de un color blanco azulado por la decidida aplicación de polvos.
—Eres un encanto —dijo al sentarse en el diván.
Intenté frenéticamente cambiar de asunto:
—Dime, Agnes —dije—, ¿cómo va el libro? ¿Cuándo crees que habrán terminado Brian y la tía Mame?
Ella se quitó las gafas y las puso sobre la mesa con un golpe tan fuerte que miré disimuladamente para ver si las había roto.
—Escucha —gruñó—, si estuvieses encerrado en una habitación con Brian, ¿acaso tendrías prisa por salir?
Reprimí el impulso de decir: «¡Dios mío, sí!».
Resopló, se quitó la gorra escocesa de color naranja y me echó una larga mirada. Sus ojos, en lugar de parecer descoloridos, eran enormes y tenían un precioso color gris oscuro. Su cabello se había despeinado un poco, e, incluso con la nariz azulada plantada en mitad del rostro cetrino, pareció, por un instante, casi guapa.
—Óyeme bien, la señora Burnside no le quita los ojos de encima a Brian, es repugnante. Horrible. Pero si podría ser su madre...
—Bueno, yo no diría tanto... —empecé a defenderla lealmente.
—Y..., y, ¡oh!, ¡yo le quiero tanto! —Agnes estalló en ruidosos sollozos y se interrumpió sólo para decir—: Pídeme otro Putillas Osadas.
Luego volvió tambaleándose al tocador de señoras.

* * *

El viaje de vuelta a casa fue una pesadilla. Agnes no hacía más que echárseme encima gimiendo:
—Brian, Brian, Brian, te quiero, te deseo...
—¿Quieres que te lleve a un hotel, chico? —preguntó el taxista al llegar a la Quinta Avenida.
—¡Sí, sí, por Dios, sí! —gimió la señorita Gooch.
—¡Llévenos adonde le he dicho! —rugí yo.
Luego Agnes me aplicó una llave de lucha libre y me arrastró hasta el asiento con ella. Hacía poco que yo había recibido un beso bastante difícil de superar de una apasionada morenita de la escuela de la señorita Walker, pero al parecer la universidad de Agnes —el Instituto Lillian Rose Dowdey de Técnicas Empresariales Aplicadas— incluía asignaturas en su programa que dejaban en mantillas a las alumnas de la señorita Walker. Ignoro dónde —o siquiera si— la señorita Gooch había aprendido esas técnicas amatorias, pero desde luego tenía ideas muy avanzadas.
Llevé a Agnes a casa de la tía Mame y la subí a la habitación de invitados, donde se alojaba siempre que se quedaba a dormir en el centro.
A fuerza de tirones, y de dar de sí varias de sus costuras, le quité el vestido de lana color mostaza y la tumbé sobre la cama, le desabroché los zapatos ortopédicos y le quité las gafas. El pelo le quedaba muy atractivo desparramado sobre la almohada. De hecho, aunque no me hubiera dado cuenta hasta entonces, Agnes tenía muy buena figura. Se quedó allí totalmente traspuesta pero muy guapa. De pronto, abrió los ojos y parpadeó:
—Tómame —gimió mientras la tapaba con la colcha—, tómame, Brian, por el amor de Dios, tómame...

* * *

A la mañana siguiente, estaba desayunando cuando Agnes entró a hurtadillas en la habitación. No necesité preguntarle cómo se encontraba.
—Dios —dijo—, tengo que disculparme por mi comportamiento de anoche. Creo que debí de comer algo que no me sentó muy bien. Dime, ¿hice o dije algo anoche que no fuese... propio de una señorita?
A fin de demostrarle que la caballerosidad no se había perdido del todo, respondí:
—Créeme, Agnes, estuviste de lo más correcta.
—¡Oh!, cuánto me alegro. —Luego se excusó y se marchó a toda prisa.
Brian llegó a eso de las once, y la tía Mame bajó dando saltitos por las escaleras vestida más o menos como Sherlock Holmes, con un traje de pata de gallo y una enorme capa escocesa.
—¡Alehop! —canturreó—, vamos a estrenar el coche nuevo. ¡Va a ser muy divertido! Patrick, cariño, sé bueno y ve a preguntar a Ito si la cesta está lista.
El día estaba húmedo y hacía mucho frío.
—¿Vas a ir a dar una vuelta en descapotable con el día que hace? —pregunté.
—¡Pues claro, cariño! Un enérgico paseo por los páramos hace que la sangre corra por las venas. Los celtas somos gente resistente.
Con un leve escalofrío, observé alejarse a Brian y a la tía Mame. Luego subí a ofrecerle una bolsa de hielo a la señorita Gooch.
Me estaba vistiendo para asistir a un baile cuando volvieron Brian y la tía Mame. La tía Mame parecía muy acalorada. El paseo por los páramos no parecía haberle sentado demasiado bien y se acurrucó al lado del fuego bebiendo whisky caliente irlandés. Sus ojos brillaban de forma muy poco natural y, cuando me agaché a darle un beso de despedida, el rostro le ardía.
Al día siguiente, la tía Mame tuvo que quedarse en cama con lo que el médico describió como un catarro tan fuerte que rozaba la neumonía.
Daba pena ver a la pobre tía Mame. Su rostro se había hinchado al doble de su tamaño habitual. Los ojos le lagrimeaban lastimosamente. La nariz se le había puesto de color escarlata, y cada frase quedaba entrecortada por violentos espasmos de tos y estornudos. Pasó dos días gimiendo en la cama, mientras la señorita Gooch pululaba a su alrededor colmándola de atenciones.
Brian pasó por casa todas las mañanas, pero la tía Mame no permitió que la viera.
—No puedo dejarle subir, Agnes —gemía contemplando tristemente su nariz enrojecida y estornudando. Luego volvía a estornudar, echaba otra mirada incrédula a su imagen en el espejo y se daba la vuelta en su gran cama dorada.
Agnes trotaba por la casa haciendo recados, llamadas telefónicas y asegurándose de que hubiese siempre una tetera de agua hirviendo en el dormitorio de la tía Mame. Abajo, en la biblioteca, Brian hizo un débil intento de escribir un fragmento de Una chica de Buffalo, pero se pasó la mayor parte del tiempo yendo y viniendo por la habitación. Me recordaba a un semental que llevara encerrado en las caballerizas todo el invierno. Las comidas con Brian y la señorita Gooch eran una prueba terrible. Ella estaba cada día un poco más cetrina, un poco más coqueta y elegante; y él parecía tan inquieto que estuve tentado de echarle bromuro en la sopa, como hacía el cocinero en la San Bonifacio.
La tía Mame se fue poniendo mejor, pero el médico insistió en que guardase cama al menos una semana más. Eso la puso furiosa, porque estaba deseando asistir a la gran fiesta de fin de año que iba a ofrecer su editor.
—¡Oh! Patrick, cariño —rabiaba—, ¿qué habré hecho yo para merecer un destino tan cruel? Llevo meses planeando ir a la fiesta de Lindsay y ahora no puedo. Estoy tan indignada que me entran ganas de llorar. Tengo derecho a ir a esa fiesta. Al fin y al cabo, soy una de sus autoras. Habrá gente famosa del mundillo de las letras que irá para verme y hablar sobre mi libro..., y ¿dónde estaré yo? Aquí, en cama, con mis kleenex y una tetera de agua hirviendo. Brian tenía tantas ganas de ir...
—Y ¿por qué no va él solo?
—El pobre es tan tímido que no se divertiría si no fuese conmigo.
Yo no estaba tan seguro.
—Vaya, tía Mame, sí que es una faena —dije y fui al piso de abajo, donde Brian, casi trazando un surco en la alfombra del salón, ignoraba a la señorita Gooch, que, sentada en una pose muy seductora en el sofá, agitaba las pestañas detrás de las gafas.
Llegó el día de la fiesta de fin de año de Lindsay Woolsey y la tía Mame seguía en cama.
Para acabar de empeorar las cosas, su agente telefoneó a la hora de comer y dijo que esperaba que la tía Mame y Brian estuvieran en la fiesta esa noche pues un famoso productor de la Metro Goldwyn Mayer había expresado su interés por Una chica de Buffalo y ella estaba convencida de que la tía Mame sabría emplear todo su encanto para hacerle comprar los derechos..., preferiblemente a ciegas.
La tía Mame sollozó:
—¡Ay, Mary, es terrible! No puedo ir. ¡Qué situación tan horrible! —Tras otra serie de hipidos, la tía Mame dijo—: Pero, Mary, no puedo enviar a Brian solo. En primer lugar, es muy tímido, y, además, ¡el pobre corderito es tan inocente! No tiene mi visión para los negocios. No sabría ni por dónde empezar.
Siguieron parloteando y la tía Mame insistió:
—No, Mary, eso está descartado. Ya te digo que no conozco a ninguna mujer sin compromiso, al menos a ninguna en la que pueda confiar.
La señora Bishop continuó hablando y la tía Mame respondió:
—Mary, no hay solución posible. No conozco a ninguna mujer soltera a quien pueda llamar a última hora. Tendrás que...
Aún hoy sigo sin saber qué mosca me picó entonces, pero, al ver a la pobre Agnes sentada en el sofá tejiendo un antimacasar de ganchillo con aire triste y virtuoso, tuve una inspiración repentina.
—Y ¿por qué no mandas a la señorita Gooch, tía Mame? —pregunté.
—No seas absurdo —dijo la tía Mame. Luego echó a Agnes una mirada como la que dedicaría una madre nerviosa a una niñera recién contratada para ocuparse de un niño problemático: una mirada de alivio y aprobación—. Espera un momento, Mary —dijo la tía Mame en el auricular. Luego se volvió hacia Agnes—: Agnes, querida, ¿qué planes tienes para esta noche?
—Dios mío, señora Burnside, supongo que no muchos. En Nochevieja, mamá, Edna y yo siempre tomamos cerveza de jengibre y el bizcocho de chocolate que hace Edna, luego ponemos la radio y oímos cómo celebran el Año Nuevo en uno de los grandes hoteles de Nueva York, y una hora más tarde en Chicago, y luego en Denver y por fin en el Cocoanut Grove, en California. Recuerdo que el año pasado Gary Cooper...
—Este año tengo otros planes para ti, querida. Hola, Mary, no te preocupes, mi secretaria irá en mi lugar.
—¡Oh, Dios mío, no puedo! —exclamó Agnes—. Lo único que tengo es mi viejo vestido de organdí color melocotón y ya no hay tiempo de hacer nada y...
—Ya nos arreglaremos, Agnes —repuso la tía Mame—, tengo toneladas de cosas en las que podrías embutirte. Mary, ¡la victoria es nuestra! Agnes puede cuidar de Brian. Con algunos retoques estoy segura de que quedará aceptable. Primero los enviaré al teatro, pero estarán allí a eso de las once... ¡Feliz año a ti también! Adiós.
Colgó el teléfono.
—Agnes —dijo la tía Mame mirándola con ojos acerados—, deja ahora la calceta y ven aquí. No podemos perder un segundo.
—¡Oh, señora Burnside, yo no podría...!
—Agnes, quítate la ropa.
—Pero, señora Burnside, Patrick está...
—¿Prefieren las damas que me vaya? —pregunté.
—Desde luego que no. En un asunto como éste, necesito toda la ayuda posible. Además, necesito la mirada crítica de un hombre para guiarme a la hora de crear una nueva Agnes. No seas gansa, Agnes, quítate el vestido de sarga y date prisa. —La señorita Gooch se despojó tímidamente de su vestido azul oscuro—. Tal vez un poco ancha de caderas —dijo la tía Mame con el ojo crítico de un tratante de caballos—, pero no es nada que no pueda remediarse con una buena faja. Cielos, Agnes, tienes mucho pecho. ¿Dónde demonios lo has guardado todos estos meses? Ve al vestidor, abre la tercera puerta y veremos qué traje de noche te sienta mejor. —La señorita Gooch atravesó despacio la habitación con su combinación blanca y sus zapatos ortopédicos y volvió con un auténtico cargamento de rutilantes vestidos de noche—. ¡Deja el rojo ahora mismo, Agnes! —dijo la tía Mame desde las profundidades de su kleenex—. Eres tú la que tienes que llevar el vestido, y no él a ti. No, querida, con el de color lima parece que tengas ictericia. Creo que será mejor que vayas de negro, con eso nunca te equivocas. Ése de ahí, el de terciopelo de Patou entallado que realza la figura. Agnes, con un par de retoques aquí y allá, tienes muy buen tipo, no hay por qué avergonzarse. Vamos, pruébatelo. Patrick, por el amor de Dios, cielo, súbele la cremallera. ¿Dónde está tu galantería? —Incluso con su sencilla ropa interior blanca asomando por el escote del vestido de fiesta de terciopelo, Agnes estaba muy guapa, si no se fijaba uno en su cara y su pelo. Desde luego tenía muy buen tipo—. Sí —dijo en tono autoritario la tía Mame al tiempo que encendía un Kool—. Decidido. Este vestido. Ahora quítatelo y ve a darte un baño. Dios mío, chica, ojalá podamos hacer algo con tu piel. Un buen masaje haría maravillas, pero es demasiado tarde para probar algo tan drástico. En el baño encontrarás un frasco de Piel Radiante de Lydia van Rensselaer. Úntatelo por todo el cuerpo. Te picará un poco, pero vale la pena el sufrimiento. Patrick, ve a prepararle a Agnes un buen baño caliente y echa un buen chorro de aceite de orquídea Van Rensselaer en la bañera. Y Agnes, por el amor de Dios, depílate las axilas. Pareces King Kong.
Oí a Agnes que gimoteaba en el baño por el dolor de Piel Radiante, pero la tía Mame no le prestó atención, excepto para chillarle: «Agnes, calla de una vez».
Por fin, Agnes surgió reluciente como un clavo al rojo vivo. Se había dejado las gafas.
—Caramba, Agnes —gritó encantada la tía Mame—, ¡tienes unos ojos preciosos! Olvídate para siempre de las gafas.
—Pero si no veo nada con el ojo derecho, señora Burnside, y...
—Pues mira con el izquierdo. ¡Oh, lo que daría porque me dejaras cortarte el pelo!
—¡Oh, señora Burnside, si me llega por la cintura!
—¡Qué cosa tan ridícula! En fin, si no quieres que te lo corte, al menos trataremos de que parezca interesante. Ven querida. ¡Y estáte quieta!
El proyecto tardó más de seis horas, y Agnes no paró de quejarse y lloriquear con cada toquecito de la borla de la polvera, con cada pellizco de las pinzas de depilar las cejas y cada pincelada de rímel.
Eran casi las ocho cuando se completó la transformación. Agnes se plantó alta y elegante, aunque un poco inestable, sobre los zapatos de tacón de la tía Mame. No hacía más que mirar con los ojos entornados su imagen en el espejo, y aunque no podía verse muy bien, la tía Mame y yo le dijimos varias veces que estaba guapísima.
—Mira, Agnes —dijo la tía Mame—, estás divina. Realmente esbelta. Así que, cuando llegues allí, no quiero que te comportes como una ingenua. Trata de esforzarte. No les digas que vives en Kew Gardens, no les hables de tu madre y de Edna, por mucho que sean dos mujeres excelentes. De hecho, será mejor que hables lo menos posible. Deja que Mary Lord Bishop lleve el peso de la conversación, al fin y al cabo para eso cobra comisión. Tú trata de parecer inteligente y elegante, y cada vez que el hombre de la Metro Goldwyn Mayer te pregunte por mí, por nuestro, libro dile que es maravilloso y que está destinado a convertirse en un clásico, cosa que por otra parte es cierta. Lo único que tienes que hacer es cuidar de Brian.
Al oír el nombre de Brian se me encogió el estómago.
—Tía Mame —balbucí—, tal vez sería mejor que dejases que la señora Bishop se ocupara del hombre del cine. Después de todo, la noche de fin de año significa mucho para la señora Gooch y para Edna; y tú, Brian y yo podríamos quedarnos aquí oyendo unos discos...
—¿Acaso has perdido el juicio, chico? —preguntó con indulgencia la tía Mame—. Es vital para la carrera literaria de Brian y la mía que se relacione con literatos famosos. Para eso está Agnes: para ocuparse de Brian cuando yo no puedo hacerlo. Además, al fin y al cabo ha sido idea tuya.
—¡Oh, señora Burnside! —gimoteó Agnes—. No puedo hacerlo, estoy tan nerviosa que siento cómo me llegan los sudores...
—No será con mi vestido de noche, Agnes Gooch. Lo que tú necesitas es algo que te calme los nervios. Patrick, trae un poco de champán. Nos sentará bien a todos.
Se me heló la sangre en las venas.
—Tía Mame, ¿de verdad crees que debemos beber algo? Agnes...
—¡Caramba, qué ahorrativo te has vuelto con mi champán! Haz lo que te digo y déjate de impertinencias.
—¡Oh!, señora Burnside, no creo que deba be...
—Tía Mame —grité—, si Agnes no quiere beber...
—Tú imagina que es una medicina, Agnes. Te relajará.
Aunque la tía Mame rara vez pasaba por alto una indirecta, en esta ocasión se lució de verdad.
Para hacer justicia a la pobre señorita Gooch, hay que decir que se bebió la primera copa de champán como si tomara cicuta e hizo no sé qué comentario aburrido sobre las burbujas que le hacían cosquillas en la nariz. Pero, cuando la tía Mame insistió en que se tomara otra, se me cayó el alma a los pies.
Justo en ese momento oí llamar al timbre y, al asomarme a la ventana, vi el flamante Bentley nuevo de Brian.
—¡Oh, Agnes! —gritó la tía Mame con voz infantil—, démosle una sorpresa al señor O'Bannion. Aún cree que voy a ir con él a la fiesta, pero Patrick te anunciará y tú harás una entrada triunfal. Corre, escóndete en mi vestidor. Y toma, llévate una copa de champán.
Tuve la sensación de estar presenciando el hundimiento de la civilización occidental.
Todo el mundo tiene mejor pinta con un traje de fiesta, pero en el caso de Brian la diferencia era más que notable. En cuanto vio a la tía Mame sentada decorosamente en su cama dorada, sus ojos de gato siamés brillaron con un ansia que me hizo sentir náuseas.
—Pero..., pero el teatro..., la fiesta —dijo—. ¿Todavía no estás lista?
—Brian, encanto —respondió la tía Mame con un mohín—, el médico me ha prohibido ir, así que voy a enviar a una sustituta.
—¿Una sustituta? —preguntó—. ¿Quién?
—¡Oh! —respondió la tía Mame con coquetería—, alguien a quien conoces..., una chica muy agradable. ¡Agnes!
—¿No será... la Agnes en la que estoy pensando? —Los ojos de gato dejaron de brillar y adoptó una expresión como si acabaran de apuñalarlo.
—Bueno —ronroneó la tía Mame—, no es exactamente la misma Agnes. Patrick, ¡haz pasar a la nueva señorita Gooch!
Con rigidez, abrí la puerta del vestidor y Agnes salió de él. Estaba guapísima, aunque tenía los ojos un poco vidriosos. No obstante, todavía no había visto los de Brian: su mirada azulada resultaba verdaderamente escalofriante.
—A que está preciosa, Brian —gorjeó la tía Mame. Él se limitó a tragar saliva y a relamerse con la lengua rosada y puntiaguda.
—Bueno, vosotros marchaos. Pasadlo bien. Adiós, queridos. ¡Que os divirtáis!
Agnes fue hacia la puerta, dio media vuelta y contempló, sin verla, la habitación. Luego esbozó una sonrisa enigmática y exclamó: «¡Yuuju!».
En cuanto se cerró la puerta principal, la tía Mame dijo:
—Bueno, otro contratiempo resuelto. ¡Qué guapa estaba Agnes! Nunca pensé que tuviese tantas posibilidades. Pobre ratita. No me negarás que he hecho un gran trabajo con ella. Aunque, ¿sabes, cariño?, tratándose de una chica como Agnes, es un esfuerzo desperdiciado.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—No sé, es muy dulce, pero le falta pasión. Esa chica carece de impulso sexual. En fin —dijo—, henos aquí, solitos los dos, la noche de fin de año. Podemos tener un agradable tête à tête. De todos modos quería preguntarte algo. Aviva un poco el fuego, ve a por un poco más de champán y estaremos más cómodos que... —Estornudó e hizo un gesto indiferente con el kleenex—. Fin de año —empezó con expresión soñolienta—, ¡cuántos recuerdos! Sabrás que tu tío Beau y yo nos casamos una Nochevieja, ahora hace justo tres años. —Se sonó, ya fuese por emoción o por la congestión nasal—. ¡Qué bien lo pasamos en vida de tu tío Beau!, ¿verdad, cariño?
—Sí, desde luego —respondí con sinceridad.
—Estos dos últimos años han sido horribles para mí: viuda, sola y desamparada.
—Lo sé.
—Claro que te tengo a ti, y esta casa y más dinero del que necesitaré jamás, pero no es lo mismo, ¿no crees, cariño?
—No —respondí—. Yo también quería mucho al tío Beau.
—Todos lo querían. Era un hombre estupendo. Con esos ojazos marrones y esa mata de pelo pelirrojo en el pecho. En fin —suspiró—, seguir hablando de él no nos lo devolverá, ¡qué lástima! No obstante, sigo sintiendo un doloroso vacío..., aquí —dijo, señalando un pecho muy bien formado—, y no he perdido la esperanza de encontrar a alguien como mi querido Beau.
Supe lo que se avecinaba y me repugnó.
—¿A ti te gustaría ir a Irlanda, cielo?
—No particularmente.
—¿De verdad, cariño? Con todo ese verde, la turba fresca y mullida, la musicalidad de su habla, las ferias de caballos, el Abbey Theatre*, las conversaciones ingeniosas con A. E. y Synge...
—Ambos están muertos.
—Bueno, pues con otros irlandeses ingeniosos. ¿No te gustaría volver a ver a tu vieja niñera Flora?
—Norah.
—Claro, cariño. Brian y yo hemos estado hablando de pasar el verano en Irlanda. Y ambos queremos que vengas..., una especie de viaje en familia.
—¿En familia?
—Sí, una especie de luna de miel à trois.
—¿Insinúas que estás pensando en casarte con Brian?
—Pues sí, cariño. He llorado casi dos años la muerte de Beau, y ahora creo que ha llegado un momento en la vida en que necesito otro Beau.
—Brian no se parece a Beau lo más mínimo, y lo sabes.
—En fin, cariño —prosiguió incómoda—. Necesito alguien que me cuide, y por supuesto Brian también necesita que lo cuiden. Es tan tímido.
—Sí, más o menos tan tímido como Jack el Destripador.
—¿Qué quieres decir, querido? —preguntó, tensa.
—Sólo lo que has oído.
—Patrick, cariño, no irás a decirme que Brian te resulta antipático, ¿verdad?
—No, no me resulta antipático; le odio.
—¡Uf!, menos mal, por un momento temí que... ¿Qué es lo que has dicho?
—Sencillamente que le odio. Es un impostor de tres al cuarto, con los valores morales de una cabra y no creo que haya un individuo más lujurioso en todo Nueva York...
—Pero ¿cómo te...?
—Se ha pasado por la piedra todo lo que se le ha puesto por delante y puedes estar segura de que continuará haciéndolo. Lleva meses chuleándote y ni siquiera te das cuenta de que no ha escrito una sola palabra de tu estúpido libro.
—Escucha, jovencito...
—Nada más típico de ti que liarte con un chulo mujeriego, al que le sacas al menos diez años y a quien sólo le interesas por dos motivos, uno de los cuales es el dinero.
—¡Serás... diabólico y retorcido! ¿Cómo te atreves a hablar de ese modo de un intelecto tan agudo como el de Brian? Serás...
—Y, lo que es peor, es el tipo más aburrido que he conocido en toda mi vida.
—Sal de mi habitación, ¡Judas! ¡Fuera, fuera, fuera!
—No te preocupes, ya me iba.
—Y no vuelvas a pisarla jamás. De hecho, no quiero volver a verte, ni a oírte ni a dirigirte nunca la palabra.
Una copa de champán se estrelló contra la pared justo cuando yo cerraba la puerta de un portazo.
Me molestó tanto que me arrojara la copa que abrí la puerta de par en par y le grité:
—Sólo por eso, espero que te cases con él. ¡Sois tal para cual!
—¡Fuera de aquí, calumniador! ¡Brian me ama! ¡Y pienso casarme con él en cuanto pueda levantarme de la cama!
Fui corriendo a mi cuarto y me metí en la cama de un salto.

* * *

—Patrick, cariño. Despierta. Despierta, querido, necesito tu ayuda. —Abrí un ojo y vi a la tía Mame de pie a mi lado.
—Vete —murmuré—, dijiste que no querías volver a hablarme.
—Querido, esto es muy grave. Agnes..., Brian..., no han vuelto.
—¿Qué hora es? —pregunté cerrando los ojos por la luz de la lámpara.
—Son casi las seis de la mañana.
—Por el amor de Dios, estamos en Nochevieja. Claro que no han vuelto todavía.
—Pero, Patrick, querido. Tampoco han ido a la fiesta de Lindsay. Estaba tan preocupada que telefoneé a Mary Lord Bishop..., de hecho, la saqué de la cama, y ella dice que no los vio por ninguna parte. ¡Oh, cariño, estoy tan preocupada! Es ese coche. Sabía que era un error regalárselo. Conduce como un poseso. —De pronto, comprendí lo que había ocurrido—. Gracias a Dios Agnes está con él. Brian es tan quijotesco, pero Agnes es buena y sensata. ¡Espero que no hayan sufrido algún horrible accidente! Levántate y ayúdame.
La tía Mame empezó a telefonear a todos los hospitales de Nueva York y se fue poniendo más nerviosa a cada llamada que hacía, mientras, enfurruñado, yo trataba de mantenerme despierto a su lado. Luego, volvió a llamar a Lindsay Woolsey y a Mary Lord Bishop y a casi todos sus amigos. Hacia las ocho de la mañana, la tía Mame había despertado a todos los médicos y literatos de Nueva York. A las nueve, estaba al borde de la desesperación, cuando llamaron al timbre.
Envolviéndose en su batín, voló escaleras abajo y abrió la puerta. Hubo un momento de silencio, y luego la oí gritar: «¡Oh, Dios mío!».
Bajé corriendo las escaleras hasta llegar al vestíbulo, donde la encontré de pie con un telegrama amarillo en la mano. Lo cogí y leí:

EL FUEGO QUE ME CONSUMÍA ERA DEMASIADO FUERTE STOP BRIAN Y YO NOS HEMOS FUGADO STOP ESPERO COMPRENDA, PERDONE Y OTORGUE SU BENDICIÓN A SU QUERIDA
AGNES GOOCH

La tía Mame subió en silencio las escaleras y yo la seguí. Fue a su escritorio y cogió el manuscrito de Una chica de Buffalo. Lo llevó a la chimenea y lo echó al fuego. Luego se quitó el batín que le había tejido Agnes y lo echó también al fuego. La llamarada fue digna de ver. Estremeciéndose levemente se metió en la cama y con un gesto me indicó que me sentara en la butaca que había al lado. Descorchó la última botella de champán, sirvió dos copas y me dio una.
—Feliz año nuevo, cariño—dijo.



VI. LA TÍA MAME EN MISIÓN DE AUXILIO
La encantadora soltera del Reader's Digest también gozaba de cierta reputación como comadrona. Bueno, exactamente como comadrona no, pero había hecho una labor tan espléndida criando a aquel expósito que otras mujeres acudían a ella —que nunca había estado casada— en busca de consejos sobre cómo tener hijos y cuidarlos. Y, según cuenta el artículo, nunca le faltaba tiempo para ir a echar una mano.
A mí no me parece del todo justo. En primer lugar, yo tenía diez años y, cuando quedé a cargo de la tía Mame, hacía mucho que había dejado atrás la etapa de los pañales y los biberones. Si hubiese sido más joven, quién sabe lo que habría ocurrido.
Sin embargo, la tía Mame estaba más que dispuesta a interrumpir sus quehaceres y sumergirse en los de los demás, y, aunque nunca había tenido ningún bebé, ni había estado con bebés y ni siquiera le gustaban los bebés, se consideraba perfectamente capaz de ayudar a una joven durante su maternidad.
Pensé que no volveríamos a oír hablar del desdichado Brian O'Bannion ni de la aún más desdichada Agnes Gooch, pero no fue así. Un año y medio después, mi vida y mi carrera académica se vieron invadidas por Agnes en persona y, al menos de forma indirecta, también por Brian. Era mi último trimestre en la Academia de San Bonifacio, en Apathy, Massachusetts, y estaba contando los días para que la ceremonia de graduación me liberase de aquella sombría institución. Pero una fría tarde de primavera, mientras desfilábamos —en la San Bonifacio nunca andábamos: desfilábamos— después de misa camino del patio, oí un silbido procedente de unos arbustos. Me volví y me quedé observando fijamente aquellos matorrales. Todos lo hicieron. Era Ito. Asomó una mano, puso uno de los grandes sobres azules de la tía Mame entre las mías y luego desapareció tras el camuflaje protector de la forsitia.
Cuando llegamos a los vestuarios, fui directo al baño, cerré la puerta de un portazo y rasgué el sobre.
Cielo, cariño:
¡Ven enseguida! Te necesito. Te esperaré disfrazada de pies a cabeza en la Vieja Confitería de las Persianas Verdes.
¡Date prisa!
TU TÍA MAME

Esperé hasta que oí a los demás salir estrepitosamente hacia la pista de atletismo, luego me escabullí a toda prisa del edificio, salté la tapia y corrí al salón de té por los callejones traseros del pueblo.
La Vieja Confitería de las Persianas Verdes era el único lugar de reunión que tenían las señoronas de Apathy, quienes se veían allí todas las tardes para ingerir cantidades ingentes de té y caramelos de café con leche. El local estaba abarrotado cuando llegué, pero no tuve ninguna dificultad para reconocer a la tía Mame. Ocupaba el rincón más oscuro, y llevaba puesto un ajustado vestido negro, un enorme sombrero negro con un velo muy tupido, gafas oscuras y una capa negra de astracán. Si hubiese ido desnuda, no habría llamado tanto la atención entre los rancios estampados de seda y los abalorios de ámbar que la rodeaban. Fui directo a su mesa.
—Tía Mame...
—Ay, cielo —susurró con voz áspera—, tu devoción por mí es tal que no hay disfraz capaz de ocultarme ante tus ojos. ¿No has podido venir antes?
—¿Qué pasa, tía Mame? —pregunté—. ¿Qué haces tú en Apathy, y por qué vas disfrazada?
—He venido en misión de auxilio, cariño, y necesito tus jóvenes y fuertes brazos y la agilidad de tu cerebro para ayudarme.
—Deberías estar en la academia, chico —nos interrumpió la camarera—, pero en fin, ¿qué vas a tomar?
—Una hamburguesa con queso y un batido de chocolate —respondí.
—No tomará nada —dijo la tía Mame—. Tráiganos la cuenta. Nos vamos.
Me disgusté un poco tras la dieta constante de estofados aguados y sopas con bromuro de la San Bonifacio, pero me picaba demasiado la curiosidad para discutir.
—¿Qué ocurre, tía Mame? —pregunté—. ¿Qué ha sucedido?
Se quitó las gafas oscuras y me miró con ojos centelleantes.
—Es Agnes Gooch. ¿Cómo habéis podido hacerle eso a una pobre virgen inocente?
—¿Qué es lo que he hecho? No he visto a la buena de Cuatro ojos desde...
—No hablaba de ti en particular —respondió irritada la tía Mame—, sino de los hombres en sentido colectivo... Y, en concreto, de Brian O'Bannion, ese poetastro vulgar y pretencioso de quinta fila. ¡El muy animal! ¡Abusar así de la pobre Agnes y luego abandonarla a su suerte ante los ojos crueles y censores del mundo!
—No tan deprisa —dije—. ¿Qué ha sucedido?
—¡Sólo lo inevitable! El muy cerdo se llevó a la pobre Agnes a California en el coche que le compré, la sedujo y luego la abandonó, dejándola sola, sin un centavo..., y embarazada.
Varias mujeres se volvieron y nos miraron con los ojos abiertos como platos.
—No hablas en serio —dije. Luego añadí—: Baja un poco la voz, por favor.
—¡Pues claro que hablo en serio! ¿Crees que vendría en plena temporada de Nueva York a instalarme con armas y bagajes en este páramo cultural si no estuviera hablando en serio? La pobre Agnes vino a verme como un animal herido. Fui su único puerto en la tormenta. Como es lógico, no podía volver con esa familia suya tan puritana.
Se me encogió el corazón.
—¿Có... cómo que con ar... armas y bagajes? —Luego comprendí la terrible verdad—. ¿Dónde está ahora Agnes?
—En el Old Coolidge House.
—¿El... el Old Coolidge House de Apathy?
La pregunta era del todo innecesaria. Como es natural, la tía Mame había escogido, en pro de la discreción, el único hotel del pueblo, que era el santuario de la Sociedad Histórica de Nueva Inglaterra y la sede de las Hijas de la Revolución Americana, los Descendientes del Mayflower, la Cámara de Comercio, el Rotary Club, la Watch and Ward Society y la junta directiva de la Academia de San Bonifacio.
—Sí, claro, en Apathy. He alquilado una suite bastante cómoda. Tenía que ayudar a la pobre Agnes a tener su bebé y necesitaba un sitio donde nadie nos conociera.
—¿Quieres decir —pregunté con calma— que de los cuarenta y ocho estados y el distrito de Columbia tuviste que elegir Massachusetts? ¿Y que de las mil ciudades de Massachusetts tuviste que escoger ésta?
—Naturalmente, cielo —repuso con una lógica verdaderamente desquiciante—. Sabía que considerarías tu obligación ayudar a la pobre Agnes.
—Pero has traído a la buena de Agnes justo al lado del colegio. Ese hotel es donde todo el mundo...
—Por supuesto, cariño. Necesitaba un lugar céntrico. Por eso lo escogí..., para tenerte más a mano y que pudieras ayudarme a traer una nueva vida al mundo y a que esa pobre flor marchita recupere su lozanía...
—Pero, tía Mame, me meteré en un lío terrible. Faltan sólo unas semanas para que salga de este sitio dejado de la mano de Dios. Pero seguro que lo descubren y...
—¡Bobadas! ¿Cómo van a descubrirlo? Llegamos amparadas por la oscuridad de la noche e incluso me tomé la molestia de registrarme con un nombre falso. He contratado a un médico de Boston que es la discreción personificada. En pocas semanas habrá nacido el bebé, le asignaré algún dinero a Agnes, la instalaré en alguna parte y luego... —hizo una pausa—, había pensado que tú y yo podríamos hacer un viajecito, por Europa diría yo, el resto del verano. ¿Te gustaría?
—¿Europa? —suspiré.
—Sí, cielo, Europa —dijo insinuante—, pero sólo a condición de que me ayudes a sacar a Agnes del aprieto. ¿Trato hecho?
Supe que estaba dando un paso fatal, pero Europa y sus grandes capitales fueron una tentación demasiado grande comparadas con la San Bonifacio y sus orinales.
—De acuerdo —respondí lúgubremente.
—¡De acuerdo! Ahora vayamos a reunimos con la pobre Agnes. —La tía Mame pagó la cuenta con un billete de cincuenta. Luego se cubrió la cara con el velo y salió con tanto misterio del local que noté cómo se clavaban en nosotros todas las miradas.
Su Rolls-Royce estaba aparcado en la calle con las cortinas echadas e Ito al volante. Una multitud de curiosos se había arremolinado para admirarlo y todos nos observaron y se quedaron murmurando y rascándose la cabeza cuando nos fuimos. Por suerte, la tía Mame, arrellanada en su asiento y fumando tras las cortinas del coche, no reparó en la expectación que estaba despertando. En primer lugar, nunca antes había habido un Rolls o un japonés en Apathy. En segundo, la San Bonifacio tenía un sistema de espionaje en el pueblo que habría dejado en ridículo a la mismísima GPU. Cuando los maestros no se dedicaban a patrullar personalmente el colegio, era porque estaban ocupados en labores de inteligencia en el pueblo. A unas tres manzanas de allí, vi al profesor de inglés, el entrenador de tenis y el cura. Este último incluso se quitó el sombrero e inclinó la cabeza cuando el enorme coche negro pasó con las cortinas echadas.
Estaba tan asustado de que me vieran fuera del recinto escolar que no presté mucha atención a lo que decía la tía Mame. Aunque habló sobre todo de la espiritualidad de la maternidad, la misteriosa belleza de la gestación y la serenidad del período de espera. Cuando le pregunté cómo lo sabía ella, me respondió que no fuese impertinente y afirmó que Agnes era una mujer distinta.
Como es lógico, me resistí a entrar en el Old Coolidge House, pero la tía Mame empezaba a impacientarse y me empujó hasta la puerta principal, donde me encontré cara a cara con el recepcionista: un informante a sueldo de la San Bonifacio. Lo primero que hizo, tras identificar la chaqueta de mi uniforme, fue preguntar si tenía autorización para estar fuera de la escuela. Así era mi colegio.
—¡Pues claro que la tiene! —le espetó la tía Mame, y me empujó tan deprisa escaleras arriba que el otro no tuvo ocasión de pedirme que se la enseñara.
Agnes nos abrió ella misma la puerta y luego cerró con llave. Estaba cambiada, aunque no logré apreciar la misteriosa belleza de su estado. En primer lugar, estaba enorme. Además, no había superado el breve coqueteo con la elegancia del que había disfrutado aquella fatídica noche de fin de año en que se fugó con Brian. Ahora mezclaba las tiendas de París con las agujas de ganchillo de Kew Gardens, por lo que parecía una mezcla entre una fulana y una bolsa de la ropa sucia. Se había fabricado su propio vestuario de futura mamá. También se había acostumbrado a utilizar mucho maquillaje, y lo hacía con un gusto horrible. Al verla andar a tientas, sin sus gafas de mojigata, vestida de forma tan vulgar y pintarrajeada como una prostituta, pensé menos en la belleza misteriosa de la que me había hablado la tía Mame y más en una perdida que estaba pagando el precio acostumbrado por la lujuria o la imprudencia.
Tampoco percibí ni rastro de espiritualidad ni serenidad. Siempre había sido de las que se compadecen de sí mismas, incluso sin motivos, y ahora que tenía razones sobradas para hacerlo no dejaba de verter lágrimas de auto-compasión. Me rodeó con sus brazos y lloró amargamente mientras el exceso de rímel corría formando fangosos riachuelos por sus mejillas pintadas con colorete. Todo su vocabulario parecía consistir en términos como «chica inocente», «estúpida», «libertina» o «mujer deshonrada». En fin, no pondría la mano en el fuego, pero Agnes estaba hecha un desastre.
Mientras Agnes se escarnecía de ese modo, la tía Mame se quitó parte del disfraz, se ahuecó el cabello, se sentó en el sofá estilo Imperio del salón y llamó a recepción para que nos enviaran algo de comer: ponche de huevo para Agnes, té para mí y un coñac para ella.
—Vamos, Agnes, suénate la nariz —ordenó la tía Mame—, y deja de sorberte los mocos. Sabes que no hay cosa que me moleste más. Bueno, cielo, ya ves lo fácil que va a ser. Henos aquí, una familia respetable para todo el mundo. —Al oírla, Agnes prorrumpió en un respetabilísimo torrente de lágrimas—. ¡Para de una vez, Agnes! —dijo la tía Mame—. Eso no puede ser bueno ni para ti ni para el bebé. Corres riesgo de deshidratarte, o algo por el estilo. Como iba diciendo —prosiguió—, henos aquí, una viuda misteriosa, su cuñada y un criado registrados en el Old Coolidge House hasta el momento del, ¡ejem!, parto. Incluso si los lugareños llegasen a reparar en nosotras, cosa muy improbable, no tendría nada de raro. Nos quedaremos recluidas aquí. Haremos que nos suban la comida. El médico vendrá de Boston una vez por semana. Haré que Ito te lleve recados y nos saque a dar alguna vuelta en el coche. Agnes puede dar un paseíto, seis kilómetros diarios, por las noches, cuando oscurezca. No tenemos más que esperar hasta que..., ¡ejem!, llegue el momento. Ya verás como, con un poco de dinero y una planificación cuidadosa, todo saldrá a pedir de boca.
—Vaya, qué bien pensado —respondí—. Pero ¿no podrías haber elegido la suite de un hotel de, digamos, Cleveland, Milwaukee, o Dallas, que son ciudades mucho más interesantes y en las que además da la casualidad de que no vivo yo?
—Cielo, ya ves que necesito tu ayuda.
—Pero ¿por qué, si vais a quedaros recluidas? ¿Qué puedo hacer, salvo meterme en un lío terrible en el colegio?
—Puedes hacer cuatro cosas —respondió lúgubremente la tía Mame.
—¿Qué... cosas? —pregunté. No me había gustado nada aquel tono.
—En primer lugar, te necesitaré para hacer recados. Hay tantas cosas que voy a necesitar, y supongo que una madre embarazada también tendrá sus necesidades. Tú conoces esta ciudad. Yo no. Además, sería peligroso que me viesen...
—¿Peligroso? —repliqué—. Si estuvieses matriculada en la Academia de San Bonifacio y te castigaran cada vez que te rascases el culo, sabrías lo que es peligroso...
—¡Patrick! ¡Cuida tu lenguaje! ¡Piensa en la influencia prenatal! Bueno, eso es lo primero. Lo segundo es ir de compras a Boston en mi lugar. La comida de aquí es deplorable..., buena para Agnes, claro, pero horrible para mí. No puedo enviar a Ito a una ciudad desconocida, así que mañana cogerás el coche e irás a S. S. Pierce a traerme una lata de...
—No puedo conducir tu coche. Ni siquiera tengo carné.
—Pues claro que puedes conducir. Si te enseñé yo misma. Y, si vas con cuidado, como espero que hagas, nadie se molestará en pedirte el carné. Yo tampoco tengo y mírame.
—¡Tía Mame! Quiero sacarme el título de bachillerato. Me expulsarán tan rápido que no...
—Por supuesto que te sacarás el bachillerato. La educación es algo maravilloso. Sigamos. En tercer lugar, necesito que juegues con nosotros al bridge. Estoy enseñando a Agnes el sistema Culbertson. Le sienta bien. Así tiene algo en lo que pensar.
—¿Algo en lo que pensar? —gimió Agnes.
—Cállate, Agnes. Sí. Y es muy buena alumna. Ito juega al Sims, y no lo haría mal si no se riese tanto y se concentrase un poco más. Te necesito para completar una mesa. —Insertó un cigarrillo en la boquilla y bebió delicadamente su coñac—. Pero el favor más importante que puedes hacerme...
Hizo una pausa.
—¿Cu... cuál es? —pregunté con suspicacia.
—El favor más importante que tengo pensado es que saques a pasear a Agnes.
—¿Qué?
—Que la saques a pasear. Seis kilómetros diarios después de que oscurezca. El médico insiste en que lo haga. Está engordando demasiado. La muy boba dice que le duelen los pies, pero yo opino...
—A usted también le dolerían, si hubiese venido andando desde Carmel, en el estado de California, hasta... —Agnes estalló en lágrimas y huyó torpemente a su habitación.
—¡Ya ves lo que habéis hecho! —me espetó la tía Mame—. ¡Todos sois iguales! ¡Pobrecilla Agnes! Tuvo que venir sola desde California, y ahora tú te niegas a sacarla a pasear por las noches.
Le respondí:
—¿No ves que es lo más absurdo que me has pedido jamás? Tienes todo el dinero del mundo. Podrías llevar a Agnes a cualquier clínica y esperar allí, atendida por médicos y enfermeras para asegurarte de que todo sale bien. Pero ¿se te ocurre hacer algo sensato? ¡No! La arrastras hasta este agujero dejado de la mano de Dios, delante mismo del colegio y de Dwight Babcock hijo. No tienes ni idea de bebés, y yo sé todavía menos, pero aun así esperas que escape de esa prisión y me ponga enteramente a tu servicio: viajecitos a Boston a comprar pâté y trufas; completar una mesa de bridge; hacer recados y sacar a pasear a la pobre Agnes como un perrito cada...
—París —dijo la tía Mame—. París, Roma, Londres, Viena, Cannes, Niza, Montecarlo, Venecia...
Interrumpí mi invectiva.
—Pe..., pero tía Mame, ¿cómo voy a escapar de la escuela? Me vigilan como a...
—Tonterías, cielo —dijo frívolamente apurando su copa—. Cualquiera puede escapar, si se lo propone. Yo misma no pasé una sola noche en la residencia de la señorita Rushaway, y cuando estuve en casa de la señora Smith nunca volví hasta las tantas. Sacaba el maniquí del armario, lo metía en la cama y me deslizaba por el...
—Resulta que no tengo ningún maniquí en el armario. Ni siquiera tengo armario. Sólo al bueno de Babcock hijo espiándome todo el tiempo y...
—Nápoles, Capri, Milán, Firenze, es decir, Florencia, querido, Deauville...
—Escucha, tía Mame, ni siquiera puedo entrar en el hotel sin un pase. Ya viste cómo el recepcionista...
—También he pensado en eso, Patrick. ¿Ves esa cuerda con nudos? No, ésa de ahí, al lado de la ventana. Pues bien, he descubierto que es la escalerilla de incendios de este hostal provinciano. No tienes más que silbar y te la echaré para que puedas trepar por ella. Cuando tengas que marcharte...
—Pero ¡si son tres pisos!
—Es un ejercicio estupendo para los brazos y los hombros, cariño.
—Acumulo ya tantas sanciones que el jefe de pasillo está...
—Amberes, Bruselas, Ostende, Atenas...
—Tía Mame, yo...
—¿Quedamos mañana, cariño? A las tres, y no te retrases. Espera que te echo la cuerda.
Dio unos pasitos hacia la ventana.
Me subí ágilmente al alféizar y miré hacia abajo.
—A propósito —dije—, ¿qué nombre estás utilizando, en caso de que tenga que ponerme en contacto contigo?
—¡Ah! —respondió—. Me alegro de que lo preguntes. Para mí, escogí uno muy astuto. Acorté mi apellido de Burnside a Burns y de nombre empleé mi apellido de soltera. Así que ahora soy doña Dennis Burns.
—¿Y Agnes?
—¿Agnes? ¡Ah, claro, cielo! Bueno, al registrarnos no se me ocurrió ningún nombre, así que escribí lo primero que me vino a la cabeza.
—Y ¿qué fue?
—Señora de Patrick Dennis.
Tardé un tiempo sorprendentemente corto en llegar al suelo.

* * *

Las tres semanas siguientes fueron un auténtico infierno. En el colegio vivía como un conspirador y fuera de él como un fugitivo. Además, escapar de la San Bonifacio no era tarea fácil. No sólo pasaban lista todo el día y comprobaban las camas cada noche, sino que había una compleja red de espías entre los profesores y también algo llamado «Patrulla Estudiantil», un cuerpo casi oficial compuesto por los chicos más impopulares del colegio, siempre dispuestos a denunciar la menor infracción. Un año en la San Bonifacio era una preparación excelente para cualquiera que tuviese que vivir en un estado policial.
Por si fuera poco, Babcock hijo estaba siempre rondándome. Habíamos compartido habitación desde mi primer día en San B., no porque nos cayésemos especialmente simpáticos, sino porque su padre, mi fideicomisario, quería tenerme vigilado. No habría podido escoger mejor informador que su propio hijo: un pelota, abusón y santurrón, amén de cobarde, chivato y nada de fiar. Sufría ataques periódicos de conjuntivitis y tenía un acné perpetuo. Olía a toallas rancias y roncaba. No obstante, tengo que decir que el bueno de Babcock hijo dormía como un tronco, y eso facilitaba las cosas a la hora de escapar.
Mis servicios se convirtieron en una especie de rutina. Me escabullía cada tarde a las tres, después de pedirle a alguien que respondiera por mí cuando pasaran lista en el patio. Luego iba al hotel, trepaba por la cuerda hasta la suite de la tía Mame y hacía los recados que me pedía. Dos veces por semana conducía hasta Boston para hacerle la compra. El coche llamaba tanto la atención como un órgano a vapor, pero yo había tomado la precaución de procurarme un disfraz: una chaqueta de tweed, un sombrero blando y una pajarita a lo músico de jazz comprada en Filene's, por lo que al menos la gente no reconocía a un kilómetro la gorra, la chaqueta y la corbata de la San Bonifacio. Añadí también un par de gafas oscuras. La tía Mame opinó que parecía un auténtico pordiosero y preguntó por qué no había ido a comprarme algo más elegante a J. Press. Pero el disfraz me sirvió para pasar delante de las narices de la mujer del director sin que me reconociese.
La tía Mame tenía razón respecto a lo fácil que era escaparse de noche. Había un árbol junto a mi ventana y lo único que tenía que hacer era esperar a oír el ronquido asmático de Babcock hijo, sacar mi ropa de civil de su escondrijo, colocar una almohada para que pareciese mi cuerpo entre las sábanas y largarme a toda prisa.
Lo único que me causaba un poco de mala conciencia era el señor Pugh. Era el jefe de nuestro pasillo y el único profesor de San B. que daba mínimamente la impresión de que le gustaran los niños o la enseñanza. Era un hombre alto, delgado y quisquilloso, de unos cuarenta años, con una nuez tan grande como un huevo de pato, y sentía pasión por la poesía, la música, el arte, la naturaleza y sus alumnos. En fin, creo que no lo he hecho aparecer muy atractivo, pero era un tipo encantador a su remilgada manera. Era amable, comprensivo, gentil y discreto, y sólo te castigaba cuando era estrictamente necesario. Sabía que si me sorprendían, el bueno de Pugh también se vería metido en un buen aprieto. Aun así, la lealtad familiar —y un viaje a Europa— me parecieron prioritarios.
El caso es que por la noche llegaba al Old Coolidge House hacia las diez y silbaba bajo la ventana. Era la señal convenida para que Agnes se calzara las botas y saliera a pasear. Agnes nunca había sido la mejor compañía del mundo, ni siquiera cuando sólo hablaba de la artritis de su madre, de su hermana Edna, de Kew Gardens y de la compañía de seguros. Pero ahora no tenía otro tema de conversación que el modo en que la habían engañado, cómo estaba marcada por la deshonra, que el alma inocente que llevaba en su seno —según sus propias palabras— tendría que soportar la vergüenza de un nacimiento ilegítimo, que Brian O'Bannion no era un caballero —aunque, en mi opinión, en eso se quedaba muy corta—, y lo mucho que le dolían los pies. Una o dos veces tuve que arrastrar a la buena de Agnes hasta los arbustos al ver a profesores de la escuela camino del burdel del pueblo o el bar del hotel, pero, en su mayor parte, lo más destacado de nuestros paseos era lo aburridos que resultaban.
De vuelta al hotel, trepaba por la cuerda y jugábamos al bridge, o más bien tratábamos de hacerlo, mientras Agnes lloriqueaba e Ito soltaba sus risitas y confiaba más de la cuenta en sus dotes adivinatorias. La tía Mame tenía siempre bien provisto el mueble bar al alcance de la mesa de bridge —tan divertida, según ella— aunque era la única que bebía.
A eso de las dos, me permitían marchar, descendía por la cuerda, volvía agotado al colegio, saltaba la tapia, trepaba al árbol y me metía en la cama. Dado que toda la Academia de San Bonifacio se levantaba a las seis para empezar con las duchas frías y la calistenia, vivía con un máximo de tres horas de sueño al día. Más de una vez me quedé dormido en clase y me costó diez puntos de sanción y un sermón sobre cómo hay que cumplir con las reglas del juego. Pero uno llega a acostumbrarse a cualquier cosa, y la esperanza de dejar para siempre la San Bonifacio y pasar el verano en Europa era tan eficaz como la bencedrina.
Al cabo de un par de semanas de pasar menos tiempo en la escuela que fuera de ella y sin que me ocurriera nada peor que quedarme dormido con Virgilio, empecé a darme cuenta de lo fácil que era todo y a lamentar no haber llevado una vida más plena y animada durante mis años en San B. Tuve tanta suerte que incluso empecé a confiarme demasiado. La noche en que aposté e hice un gran slam, doble redoble y vulnerable eran más de las cuatro cuando llegué a la escuela. Estaba tan agotado que ni siquiera me molesté en ocultar mi disfraz debajo del colchón, y, cuando desperté, al dar las seis, lo primero que vi fue a Babcock hijo con su viejo y sucio pijama de franela mirando con aire incrédulo mi chaqueta de tweed y mi pajarita de aficionado al jazz.
—¿De..., de dónde has sacado eso? —preguntó.
—De dónde he sacado ¿qué? —respondí.
—Esa ropa. Vestir de forma inapropiada son cincuenta puntos de sanción. Deberías saberlo...
De un manotazo, tiré al suelo las gafas de Babcock hijo, que estaban sobre la mesilla de noche, y las empujé debajo de la cama con el pie.
—A ver si te pones las gafas, chico —dije—. Estás empezando a ver cosas raras. —Cuando recuperó sus gafas, mi disfraz estaba de vuelta bajo el colchón y mi chaqueta de la San Bonifacio volvía a estar en su sitio—. Caramba, Babcock —exclamé, una vez que sus ojos pálidos volvieron a enfocar detrás de los gruesos cristales—, me habías preocupado. Habría jurado que estabas viendo visiones. Tal vez deberías pasar por la enfermería y que el médico te eche un vistazo.
Babcock hijo no era muy inteligente, pero tampoco era ningún idiota. Me miró muy escamado y salió a darse su ducha fría. Entonces comprendí que tendría que ser más precavido.
De hecho, debería haberlo dejado esa misma noche. Hacía una preciosa noche de primavera, las estrellas y la luna relucían tanto que parecía que estuviésemos en pleno día y los grillos cantaban en los prados. Era una noche demasiado bonita para malgastarla con una chica como Agnes, que andaba ya por su noveno mes de embarazo, pero el deber era el deber. Iba malhumorado y con esfuerzo por el camino, con Agnes cogida del brazo y andando como un pato con su vestido de embarazada color cereza, festoneado con un polvoriento ramillete de falsos lirios, cuando oí el inconfundible rugido del coche del director.
Todos los habitantes de Apathy habrían reconocido aquella cafetera a dos kilómetros de distancia. El doctor Cheevey, el director de San B., había comprado el Nash en 1926, y era demasiado avaro para cambiar de coche o acudir siquiera al taller mecánico. En vez de eso nos quitaba puntos de sanción si le lavábamos el coche o le hacíamos una puesta a punto, por lo que, tras diez años de cuidados estudiantiles, el Nash sonaba más como una cosechadora que como un coche.
Agnes y yo estábamos alcanzando un recodo en el camino cuando oí llegar aquel cacharro, y, por el ruido que hacía, debía de ir bastante deprisa.
—Lo siento, Agnes —dije—, pero tengo que esconderme. —Mientras Agnes gimoteaba acerca de su estado, la ayudé galantemente a ocultarse en una zanja en la cuneta. Luego me dispuse a saltar yo mismo, justo cuando el coche del director estaba entrando en la curva. Pero tropecé y caí de cabeza. Aterricé sobre algo blando y oí un terrible «¡Aaayyy!», precisamente cuando aquella cafetera pasaba de largo con un rugido—. ¡Agnes! —dije aterrorizado—. ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?
—No me has hecho ningún daño, Patrick —lloriqueó—. Estoy aquí en el túnel de desagüe. Dios sabe que, con lo que he sufrido en esta vida, tanto me da vivir o morir. Ese Brian que me sedujo y luego...
—¡Patrick!—jadeó una voz—. ¡Patrick Dennis!
Miré hacia el suelo, y encontré al señor Pugh.
—¡Señor Pugh! —balbucí. Luego añadí de manera un tanto estúpida—: ¿Qué hace usted aquí?
El pobre estaba tan sorprendido que incluso trató de hilvanar una explicación.
—Caramba, Patrick, muchacho, cerca de aquí hay una ciénaga donde puede observarse la floración nocturna de... —Luego se interrumpió—. Pero, a propósito, ¿qué estás haciendo tú aquí?
Casi llegué a albergar la esperanza de salir bien librado. Lo había dejado sin aliento, le había tirado por el suelo sus prismáticos, el cuaderno de aves, su Guía de las flores silvestres de Nueva Inglaterra, su linterna y su termo lleno de chocolate caliente, y además lo había sorprendido en un lugar donde no debía estar. Calculé que tenía un cincuenta por ciento de posibilidades.
—Bueno, señor Pugh —empecé—, hace una noche tan bonita, y me gustan tanto los pájaros, que pensé que tal vez podría ver una oropéndola de Baltimore o...
—¡Oh, Patrick, ven a ayudarme! Estoy tan asustada —gimoteó Agnes.
El señor Pugh echó un vistazo a Agnes, que esperaba de pie con un tamaño doble de lo normal, luego me miró con frialdad.
—Y ella, ¿quién es?
—¡Oh!, ¿ella? Es, ejem, Agnes. Sí, ¡ejem!, es la Alice B. Toldas de mi tía y yo estaba...
—Soy —dijo Agnes con voz clara— la señora de Patrick Dennis.
En fin, no querría revivir aquella noche ni aunque me regalasen Europa entera. El señor Pugh salió de la zanja y nos acompañó a Agnes y a mí hasta el hotel a toda prisa. Agnes siguió quejándose, porque se suponía que tenía que andar seis kilómetros y no habíamos andado más de dos. Yo continué diciendo que las cosas no eran lo que parecían e implorándole a Agnes que admitiera quién era en realidad. Pero Agnes estaba bien aleccionada por la tía Mame y no habría revelado su verdadero nombre por nada en el mundo. «Soy la señora de Patrick Dennis», siguió repitiendo obstinadamente.
—No lo es, señor Pugh —insistía yo—. No se llama así. No estoy casado con ella. Y nunca lo estaré. No estoy casado con nadie. Es sólo que...
Me echó una mirada terrible mientras Agnes entraba en el hotel, luego me cogió del brazo y me condujo al colegio. Pasé el resto de la noche en su habitación, tratando de que me creyera. Admito que la verdadera historia, contada palabra por palabra, no resultaba muy creíble, pero, a las cinco de la mañana, aunque el señor Pugh no se hubiese convencido del todo de que yo no era un seductor de vírgenes inocentes, al menos había dejado de tratar de contradecir mi testimonio. Me dio un poco de chocolate de su termo, afirmó que no diría nada de momento, y me acompañó a mi habitación.
Al día siguiente me sentí como un zombi en el colegio, pero a las tres estaba deseando ir al pueblo y celebrar un pequeño consejo de guerra con la tía Mame. La última clase del día era «poesía inglesa del siglo XIX», que impartía precisamente el señor Pugh. Nada más sonar el timbre del recreo, me pidió que me quedara después de la clase.
—Y ahora, jovencito —dijo—, tú y yo vamos a ir al pueblo a visitar a esa misteriosa pariente tuya y a esa desdichada joven que puede o no ser tu mujer y la madre de tu hijo.
—Pero, señor Pugh... —empecé desesperado.
—Vamos —respondió con firmeza.

* * *

La tía Mame era una mujer muy dinámica. Todo el mundo lo decía. Podía ser el encanto personificado, y sabía sobreponerse a casi cualquier situación. Pero le gustaba disponer de un poco de tiempo para prepararse y para meterse sinceramente en el papel que tuviera que interpretar. Sabedor de ello, quise advertirle de lo que se avecinaba. De camino al hotel incluso dije:
—¿Por qué no paramos un momento en el puesto de comida ambulante y llamamos a mi tía, señor Pugh? Así podrá pedir que preparen un poco de té o algo de comer.
—No será necesario, Patrick. Nuestra entrevista será muy breve. Tengo exámenes que corregir y tú no debes tomar nada entre comidas.
Deseé con todo mi corazón que Agnes y la tía Mame hubieran salido a dar un paseo, pero el coche estaba aparcado enfrente del Old Coolidge House. Las ventanas de la habitación de la tía Mame estaban abiertas y oí cómo en su gramófono portátil sonaba la música avanzada de Paul Hindemith.
—No se me permite entrar en el hotel sin un pase, señor Pugh —dije a la desesperada—. Las habitaciones de mi tía son las A, B, C y D en el tercer piso. Treparé por la cuerda y...
—Tonterías, Patrick, puedes ir adonde quieras, si vas acompañado por un profesor. Vamos.
Cuando llegamos al piso de arriba, la tía Mame se había cansado de las Metamorfosis sinfónicas de Hindemith y había puesto el Empty Bed Blues de Bessie Smith. Llamé tímidamente a la puerta.
—¡Sí! —gritó.
Abrí y entré.
—Cariño... —dijo. Luego, al ver al señor Pugh, se quedó sin palabras.
La tía Mame no estaba exactamente preparada para interpretar el papel de tutora respetable. Vestía unos pantalones cortos, una camiseta muy escotada y litros de Esencia de Juventud de Lydia van Rensselaer. Llevaba el pelo recogido con una cinta roja y yacía en el suelo haciendo algo que parecía obsceno, aunque en realidad era sólo un ejercicio para reafirmar nalgas y muslos. A su lado había una botella de champán a medio terminar y la habitación estaba cubierta de noveluchas francesas de tapas amarillas, un montón de revistas de moda y seis volúmenes de Gibbon. Pero incluso una tía con pinta «avanzada» era mejor que nada en ese momento.
—Tía Mame —balbucí—, éste es...
—¿Cómo se atreve a entrar así en mi habitación, caballero? —dijo gélidamente la tía Mame, atravesándome con la mirada—. Debo pedirle que se marche de inmediato o me veré obligada a llamar a recepción.
El señor Pugh preguntó:
—¿Quiere decir, ¡ejem!, señora, que este joven no es su sobrino?
—No lo he visto en mi vida —respondió.
—Tía Mame —exclamé desesperado—, tienes que explicarle al señor Pugh lo de Agnes. Me expulsarán del colegio. Está al corriente de todo. Él...
—Haga el favor de marcharse ahora mismo, joven. Obviamente, comete usted el error de pensar que nos hemos visto antes. Au contraire, soy una viuda sola en el mundo y vivo aquí sin otra compañía que mi cuñada y un criado.
Una vez que la tía Mame se metía en un papel, lo interpretaba hasta el final.
—Señor Pugh —dije—, es mi tía Mame. Es la señora de Beauregard Burnside, se lo aseguro.
—Es evidente que este pobre muchacho necesita ayuda psiquiátrica urgente —dijo la tía Mame levantándose del suelo y mostrándose tan digna como lo permitían las circunstancias—. Soy la señora de Dennis Burns y mi nombre de pila es Arabella...
En ese momento, Agnes, que había estado escuchando detrás de la puerta, irrumpió, anegada en lágrimas, en la habitación.
—Es cierto, señora Burnside. Han descubierto a Patrick. Ahora el mundo entero sabrá lo de mi deshonra.
La tía Mame se vio más o menos obligada a ceder. Pidió al señor Pugh que se sentara, le sirvió una copa de champán y se retiró para ponerse un fino y recatado vestido negro. Al cabo de una hora, con sólo unos pocos adornos, la tía Mame le contó toda la historia, mientras Agnes sollozaba horriblemente con un pañuelo arrugado en la mano y gimoteaba por su deshonra.
Casi contra su voluntad y desde luego contra su buen juicio, el pobre señor Pugh se vio obligado a involucrarse en nuestra conspiración para evitar que me metiera en un lío si llegaban a descubrirme. Entraba de puntillas en mi cuarto después de la comprobación de las habitaciones y escapaba conmigo por la ventana mientras Babcock hijo roncaba. Luego me acompañaba a sacar a pasear a Agnes, volvía al hotel, tomaba una copa —o dos a lo sumo— y jugaba unas manos de bridge. Por fin volvíamos a hurtadillas al colegio, pues, en teoría, él tampoco podía salir de noche de la escuela. Incluso llegó a ser divertido. Recitaba poesías a Agnes, que era como un imán para los poetas, y la animaba contándole que Leonardo da Vinci, Alexander Hamilton, Lucrecia Borgia y otros personajes famosos habían sido hijos ilegítimos.
Mi rendimiento escolar empezaba a empeorar por la falta de sueño y de estudio, y una noche el señor Pugh incluso insistió en sacar él solo a Agnes y en que me quedara en el salón de la tía Mame estudiando un examen de historia. No trabajé mucho. La tía Mame me había enviado a Boston a comprar unos discos nuevos de Bartok e insistió en escucharlos a pleno volumen.
—¡Ay, cariño! —dijo sirviéndose una copa—, una noche tranquila en casa, à deux, y una oportunidad para tener una pequeña conversación y escuchar a maestros modernos verdaderamente emocionantes. Ya sé que la terapia musical es importantísima para una futura madre, aunque sólo sea por sus notables influencias prenatales, pero, por bonita que sea su música, Glazunov y Meyerbeer me cansan un poco.
—Sí, tía Mame —dije. Bostecé y volví a empezar con el primer ministro Disraeli y la reina Victoria.
—Y hablando de cosas bonitas, cariño, ¿no te has dado cuenta de lo guapa que estaba Agnes esta noche?
—¡Mmm! —respondí. No me había fijado, aunque sí había reparado en que vestía una especie de sencillo vestido de embarazada azul marino en lugar de uno de sus vestidos de chica descarriada. Tampoco me había parecido tan maquillada como de costumbre. Volví a Disraeli.
—Esta noche la he maquillado yo —gorjeó la tía Mame, mientras encendía el fonógrafo y me pasaba los dedos por el pelo—. Le dije: «Agnes, los cosméticos son para mejorar, no para empeorar». ¿Te gustaría escuchar a Bloch, cariño?
—No, gracias. —Disraeli, Victoria, Gladstoney Beaconsfield nadaban en el canal de Suez con Napoleón, Wellington, Marco Antonio y Cleopatra.
—¿Sabes?, creo que a nuestra Agnes le gusta el señor Pugh, y que ella también le gusta bastante a él.
—¡Mmm! —dije, tratando en vano de concentrarme.
La conversación terminó cuando oímos a Agnes subiendo pesadamente las escaleras. Estaba riéndose por primera vez desde que llegó a Apathy.
—¡Oh!, señor Pugh —decía—, nadie ha recitado la Allergy de Gray de un modo tan bello.
La San Bonifacio era anticuada comparada con los demás colegios norteamericanos, y eso que la mayor parte eran muy tradicionales. Empleaban términos británicos como antiguo alumno, novato, supervisor, residencia, tienda de chucherías, patio de recreo, director, refectorio, césped y sala de profesores. También tenían ritos tradicionales como la guerra de almohadas de noveno curso, el adoctrinamiento de los novatos, el tribunal de confesión y el día de las sanciones —todos ellos, erróneamente etiquetados como festividades, eran en realidad reflejo del considerable sadismo del doctor Cheevey—. Uno de los más aburridos era el día del Padre y el Hijo, una tradición relativamente nueva que se celebraba a principios de mayo. Era una ocasión para que los padres que habían sido antiguos alumnos cubrieran sus barrigas con sus chaquetas de la San Bonifacio y trataran con condescendencia a los padres que no habían asistido a San B., y que por tanto iban mejor vestidos y estaban mejor educados, por mucho que se sintieran un poco fuera de lugar. ¡Menuda juerga era el día del Padre y el Hijo! Había un mayo, exhibiciones gimnásticas, carreras de relevos, bailes folclóricos a cargo de seis desdichados alumnos de primaria y un popurrí de canciones de San B. entonadas por los padres que habían sido antiguos alumnos, mientras los padres que no lo eran pululaban tímidamente por ahí como dispuestos a vender su alma por un trago.
En fin, el día del Padre y el Hijo casi hacía que me alegrase de ser huérfano, aunque me habría resultado imposible convencer a nadie de ello. No muchos chicos de mi clase habían tenido siempre a los mismos progenitores, y había uno que había tenido cinco diferentes y estaba esperando a conocer al sexto en la ceremonia de graduación. Pero yo era el único que no tenía ninguno. No obstante, siempre podía contar con que el señor Babcock, a fin de conservar mi cuenta en la Trust Company, me llevase con su retoño al día del Padre y el Hijo. El propio Babcock hijo me entregó una semana antes la temida invitación.
—He recibido carta de mi padre —dijo una mañana temprano.
—¿Ah, sí? —respondí con un bostezo.
—Dice que, como no tienes padre, volverás a ser su invitado el día del Padre y el Hijo.
No podía expresar lo que sentía verdaderamente, así que respondí:
—Genial.
—Mi madre también vendrá —añadió.
—¿Vestida de hombre? —pregunté.
—No, quiere verme.
No acerté a comprender por qué.
—Papá dice que les reserves habitaciones en el Old Coolidge House.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿En el Old Coolidge House? —balbucí. Luego empecé a pensar a toda prisa—. Caramba, chico, ¿para qué van a gastar tanto dinero? ¿Por qué no vienen a pasar el día y se vuelven? Sabes que tu padre es un hombre ahorrativo.
—No —replicó él, refiriéndose de nuevo a la carta—. Papá dice que esa noche hay una reunión del Consejo Escolar y que se les hará demasiado tarde para volver a Scarsdale. Dice que le reservemos dos habitaciones y que lo hagamos antes de que no queden habitaciones, así que...
—Pero, hombre, ¿cómo van a querer quedarse en un hotelucho de tres al cuarto como el Coolidge House? ¿Por qué no se alojan en The Longfellow Inn, o en casa de la señora Abbot, o en Marblehead, o tal vez en Boston en el...?
—No —insistió obcecado—, papá quiere alojarse en el Old Coolidge House. Le gusta el Old Coolidge House.
—¿Por qué? —me burlé con desdén—. ¿Acaso se dio allí un revolcón con alguna rubia?
—Creo —respondió Babcock hijo— que, ya que mi padre se compadece de ti el día del Padre y el Hijo, lo menos que puedes hacer es... Además, ¿qué demonios te pasa últimamente? Siempre estás cansado, nunca te veo en el gimnasio y tienes unas ojeras horribles. No estarás haciendo nada por las noches, ¿verdad?
Tragué saliva.
—Caramba, chico... —Luego comprendí a lo que se refería—. Pues sí, la verdad. Seis o siete veces cada noche. Acabaré volviéndome loco, ninguna chica decente querrá casarse conmigo y todos mis hijos nacerán idiotas. Asegúrate de decírselo a tu padre la próxima vez que le escribas.
Cogí mi toalla y me marché muy enfadado a las duchas.
Cuando se enteró de que los Babcock iban a alojarse en el mismo hotel el día del Padre y el Hijo, la tía Mame no podría haberse mostrado más dispuesta a que tanto ella como Agnes pasaran desapercibidas. Dado que ninguno de sus encuentros con el señor Babcock podía describirse siquiera como remotamente agradable, la tía Mame ansiaba evitar otro a cualquier coste, sobre todo dadas las circunstancias. Enseguida se puso a planear una complicada excursión que empezaría a las seis de la mañana del día del Padre y el Hijo y duraría hasta después del anochecer. Me envió a Boston a comprar varios metros de velo muy tupido, sillas plegables y una sombrilla. Rogó al señor Pugh que las acompañara, pero, como también él tenía que asistir al día del Padre y el Hijo, se negó.
—Y, si llueve —dijo con dramatismo la tía Mame—, nos quedaremos en el coche. No hay sacrificio que no esté dispuesta a hacer por ti, cariño.
La pobre Agnes estuvo más quejumbrosa que nunca. Se mareaba cuando viajaba en coche, tenía el tamaño de un barril y el ginecólogo de Boston había dicho que podía dar a luz en cualquier momento... Pero la tía Mame estaba decidida a apartar cualquier indicio de su persona, su coche y su entorno de la mirada de los Babcock.
La noche antes del día del Padre y el Hijo la suite de la tía Mame bullía de agitación mientras empaquetaban las cosas para la excursión. Llamó seis veces a la cocina para asegurarse de que tendrían listas las cestas al amanecer y tres veces al recepcionista, primero para pedir que la despertasen a las seis, luego a las cinco y por fin a las cuatro y media. La tía Mame se mostró incluso reacia a permitir que Agnes saliera a dar su paseíto de seis kilómetros, pero Agnes y el señor Pugh estaban tan deseosos de ir que yo me quedé en casa para asegurarme de que los libros, los discos, el bronceador, las gafas oscuras y los demás efectos necesarios para una de las excursiones de mi tía estuviesen a punto. A medianoche, la tía Mame se puso un camisón y un batín y nos echó al señor Pugh y a mí sin jugar siquiera una partida de bridge.
Bajé como siempre por la cuerda y tuve que esperar un buen rato entre los arbustos a que el señor Pugh saliera del Old Coolidge House.
El día del Padre y el Hijo hizo muy buen tiempo —demasiado bueno, en mi opinión—. Estuve hecho un manojo de nervios desde el momento en que sonó el timbre por la mañana, pero, durante los ejercicios calisténicos en el césped, vi pasar el Rolls por la carretera con dos figuras veladas en el asiento de atrás y empecé a relajarme.
Los padres llegaron a eso de las diez. El señor Babcock tenía una pinta particularmente ridícula con su chaqueta y sus pantalones de franela blancos. Me alegré cuando se dio de bruces contra el suelo en la carrera de sacos, y a él le molestó que yo ganara con facilidad el concurso de escalada de cuerda. Su hijo no ganó nada, como de costumbre.
De un modo u otro, el día transcurrió entre canciones, discursos, sermones y proezas gimnásticas. Eran casi las ocho cuando cantamos:

Salve,
San Bonifacio siempre te seremos fieles honraremos y veneraremos tus colores, rojo y azul.

El señor Pugh me había dicho en confianza que era una letra horrible, pero el señor Babcock se atragantó de emoción. Por fin se serenó lo bastante para meternos en su LaSalle y llevarnos al pueblo.
—¡Qué ocasión tan hermosa! —repitió varias veces el señor Babcock. Luego, en tono más mundano, añadió—: En fin, vayamos a cenar al Old Coolidge House.
Contuve el aliento y respondí:
—Oiga, señor Babcock, ¿por qué no vamos a tomar una hamburguesa? Sería mucho más económico.
—Nada de eso, Patrick. Déjate de economías en una ocasión tan hermosa. Además, Eunice, es decir, la señora Babcock nos espera en el hotel.
En efecto, Eunice nos esperaba un tanto impaciente en el vestíbulo. El lugar estaba abarrotado de padres e hijos de San B. y un cordón de terciopelo en la puerta indicaba que el comedor estaba lleno. Yo estaba frenético, pues ya había anochecido y la tía Mame podía volver en cualquier momento.
—Caramba, señor Babcock, esto está lleno y la señora Babcock debe de tener hambre. ¿No quiere que vayamos a probar suerte en la Vieja Confitería de las Persianas Verdes?
La señora Babcock me obsequió con una vaga sonrisa, pero su marido fue firme:
—No Patrick. Esperaremos aquí. Además, tengo que asistir a la reunión del Consejo Escolar en el salón Miles Standish justo después de la cena.
De modo que esperamos.
Por fin, tras ponerse desagradable sin venir a cuento con la camarera, el señor Babcock consiguió una mesa justo enfrente de la puerta. Reparé en que muchos padres más generosos invitaban a sus hijos a filetes e incluso vino. No así el señor Babcock, que pidió cuatro platos de verduras con un huevo escalfado y café descafeinado instantáneo Sanka para todos. Luego procedió a regañarme por acumular tantas sanciones y porque mis notas hubiesen bajado tanto las últimas semanas. Me contuve para no decir que su hijo no había pasado del aprobado en ninguna asignatura, a excepción de Buena Conducta y Espionaje, y soporté como un hombre la diatriba de aquel individuo.
Mientras comíamos la tapioca, la señora Babcock preguntó qué tal estaba la tía Mame. El señor Babcock se estremeció. Para él, la tía Mame era siempre un asunto delicado.
—Pues la verdad es que no la veo desde Navidad, señora Babcock —empecé con voz meliflua—, pero...
Se oyó un golpe seguido de una voz chillona que decía:
—¡Ito, has chocado contra ese Cadillac nuevo!
—No Cadillac, señorita, coche LaSalle.
—Pero me siento rara —gritó la voz de Agnes—. Me da igual lo que usted diga, señora Burnside...
El color abandonó mis mejillas, luego hice acopio de ánimo justo cuando oí los lentos pasos de Agnes en las escaleras.
—Sí, señora Babcock —grité—, no veo a mi tía Mame desde Navidad. Está fuera. Muy lejos. ¡En Europa!
—No es necesario que grites, Patrick —dijo el señor Babcock.
—No seas ridícula, Agnes —gritó la tía Mame desde la oscuridad—. Son imaginaciones tuyas. Según mis cálculos, no saldrás de cuentas hasta el martes.
Oí cerrarse la puerta y vislumbré a la tía Mame ataviada como una espía del Imperio austrohúngaro, vestida de negro de pies a cabeza y con un larguísimo velo ondeando tras ella.
—Pero, señora Bur...
El señor Babcock palideció e hizo ademán de levantarse, apretando la servilleta con tanta fuerza que se le pusieron lívidos los nudillos.
—Juraría que he oído esa...
En un abrir y cerrar de ojos, vertí la cafetera sobre su regazo. Un aullido de rabia y dolor rasgó el aire justo en el momento en que la tía Mame se asomaba al comedor y emprendía la huida por las escaleras subiendo los peldaños de tres en tres y arrastrando tras de sí a la pobre Agnes.
El señor Babcock se puso hecho una furia. Aseguró que yo era un jovenzuelo maleducado, insolente, insensato, estúpido e inconsiderado, aunque no era de extrañar si se tenía presente la educación que me habían dado. Luego añadió que descontaría de mi cuenta el precio de unos pantalones nuevos. Por mí, podría haber renovado su guardarropa por completo, con tal de que se hubiese ido de Apathy sin descubrir quién más se alojaba en el hotel. Aún se enfadó más cuando descubrió que alguien le había abollado el guardabarros de su flamante coche nuevo y di gracias a Dios de que no hubiese ni rastro de Ito ni del Rolls-Royce de la tía Mame. El señor Babcock nos llevó a mí y a su hijo de vuelta al colegio, sumido en un mutismo rebosante de rabia. Hizo un gesto desdeñoso cuando le di las gracias por aquel día tan maravilloso y volvió al hotel a su reunión del Consejo Escolar. Nada más marcharse, oímos el terrible rugido del coche del doctor Cheevey.
—Ahí va ese cacharro —observé alegremente—. Supongo que el viejo Cheevey va al pueblo a desmelenarse un poco después de tantas buenas intenciones.
—Va al Consejo Escolar en el hotel, igual que mi padre —replicó muy envarado Babcock hijo—. ¿Es que sólo piensas en el sexo?
—Últimamente sí —respondí.
Tras la vertiginosa alegría del día del Padre y el Hijo la residencia bullía de chicos que iban y venían y el bueno del señor Pugh trataba a su modo sereno y tranquilo de que volvieran a sus habitaciones y se metieran en la cama. Me echó una mirada preocupada y yo se la devolví indicándole que no todo estaba perdido. Luego sonó el teléfono de su habitación y fue corriendo a responder.
Convencido de que Agnes había tenido aire fresco de sobra por ese día, estaba desvistiéndome cuando el señor Pugh irrumpió en la habitación.
—Babcock —dijo sin aliento—, ve a lavarte los dientes.
—Pero si ya me los he lavado, señor Pugh —respondió, petulante, el otro.
—Pues vuelve a lavártelos. Todavía están sucios. ¡Andando! —En cuanto se marchó, el señor Pugh me cogió por los brazos—. Deprisa —gritó—, vístete. Tenemos que ir al hotel.
—¿Al hotel? No puedo ir al hotel esta noche. El señor Babcock está allí. Y el viejo Cheevey. Y el puñetero Consejo Escolar. ¿Es que quiere que me expulsen el último mes de...?
—Date prisa y haz lo que te digo. Es esa pobrecilla de Agnes..., de la señorita Gooch, quiero decir. Tu tía acaba de llamar. Algo va mal y no consigue encontrar al médico. ¡Apresúrate, por Dios, date prisa! —Me cogió de la mano y corrimos a toda prisa por el pasillo. Al pasar al lado de la caja de luces, el señor Pugh apagó el interruptor y sumió el lugar en la oscuridad—. ¡Fuera luces! —gritó. Apretó mi mano aún más y bajamos a oscuras al vestíbulo. Oí el chirrido de la puerta del baño justo delante de mí y, a la tenue luz que salía de los lavabos, vislumbré a Babcock hijo que volvía a tientas a la habitación. Pero era demasiado tarde para hacer nada. Chocamos en la oscuridad y lo oí aterrizar en el suelo de linóleo—. ¿Por qué no miras por dónde vas, Babcock? —chilló, enfadado, el señor Pugh. Pero, si el otro le respondió, yo no llegué a oírlo. Para entonces ya estábamos fuera del colegio y corriendo hacia el pueblo.
El señor Pugh parecía un avestruz y corría como tal. En menos que canta un gallo, llegamos al Old Coolidge House y me detuve en seco.
—Vamos —gritó dirigiéndose a la puerta principal.
—No —respondí—. Por nada en el mundo. Ahí dentro está el Consejo Escolar en pleno. Lo mejor será que suba conmigo por la cuerda. Usted tampoco debería estar aquí.
—No digas bobadas. No nos verán. Esto es importante.
—También lo es sacarme el título. Usted vaya por la escalera, yo subiré por la cuerda.
Corrió hacia la puerta y desapareció de mi vista. Di la vuelta al hotel y empecé a silbar. No habría sido necesario. La cuerda colgaba ya de la habitación de la tía Mame. Jadeante, empecé a trepar por ella. Supongo que estaba más cansado de lo normal, pues, cuando estaba a mitad de camino, tuve que detenerme a cobrar aliento. Oí un penetrante chillido justo enfrente. Luego se encendieron las luces y me vi colgando cara a cara delante de la señora Babcock, que iba vestida sólo con un camisón de algodón y unos rulos.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaah! —chilló—. ¡Auxilio! ¡Dwight! ¡Dwight! ¡Un ladrón!
Solté la cuerda y caí con un golpetazo sobre los arbustos que había debajo. Empezaron a encenderse luces en todo el Old Coolidge House. Corrí hacia la puerta principal justo cuando salía el recepcionista. Al verlo, di media vuelta, huí hacia la parte de atrás del hotel y entré por una puerta posterior. Atravesé la cocina entre un estrépito de platos rotos y llegué a las escaleras traseras. Ahora oía todo tipo de voces, pero ninguna superaba a la de la señora Babcock. Cuando llegué al vestíbulo del segundo piso, se abrió una puerta y vi salir a una veintena de hombres con chaquetas de la San Bonifacio.
—¡Ahí está! —gritó alguien.
Reconocí la voz del señor Babcock, pero no me quedé a charlar con él. En lugar de eso, subí el último tramo de escaleras y entré como un rayo en la habitación de la tía Mame.
—¡Cariño! ¡Por fin has venido! —gritó la tía Mame echando el pestillo nada más entrar yo.
—¿Cómo está la buena de Agnes? —jadeé.
—No muy bien, cariño, pero al menos he logrado dar con el médico. Está de camino.
En el vestíbulo se produjo una terrible conmoción.
—Ha entrado ahí —gritó una voz—. ¡Echemos la puerta abajo!
Se oyeron golpes y empujones. Fascinado, contemplé cómo cedía la puerta. Su antiguo marco no pudo resistir mucho tiempo y con un crujido ensordecedor la puerta se abrió e irrumpieron en la habitación los veinte hombres con chaquetas de la San Bonifacio, el recepcionista y la señora Babcock. Al ceder la puerta, el impulso hizo que chocaran con la mesa de bridge y el minibar de la tía Mame. La señora Babcock, que no había ayudado a derribar la puerta, fue la única que se las arregló para seguir en pie, aunque tropezó con el gramófono y empezó a sonar Empty Bed Blues.
—¡Dios mío! —exclamó la tía Mame con voz entrecortada—, ¡un grupo de coristas masculinos!
Admito que los miembros del Consejo Escolar, despatarrados entre las cartas y las botellas de licor, con sus chaquetas rojas y azules y sus pantalones de franela blancos, recordaban un poco a una anticuada compañía de cómicos de la legua en plena representación de Floradora*. Muy a mi pesar, no pude contener la risa. Pero no era cosa de broma.
—¡Ahí está! —chilló la señora Babcock—. ¡Es él! ¡Reconocería esa pajarita y sus gafas oscuras en cualquier parte!
—Pero, señora Babcock —dije—, sólo estaba...
—Dios mío —gritó una voz—, es el mocoso de Dennis. Él y esa desvergonzada tía suya. —El señor Babcock salió de una maraña de brazos y piernas y avanzó amenazadoramente hacia mí—. ¡Vaya! Así que no habías visto a esa bruja desde Navidad, ¿eh? En Europa, ¿verdad? Deja que te diga dónde me gustaría que estuvieseis...
—¡Dennis! ¿Qué significa esto? —Era el doctor Cheevey, cuyos ojillos negros parecían más pequeños y malvados que nunca—. ¿Qué haces fuera del colegio a estas horas? ¿Dónde está tu pase?
—No lo tengo, señor —susurré.
—¿Para qué necesita el pobre chico un pase si está aquí su tutora legal para velar por su bienestar? —preguntó la tía Mame con tanta inocencia como fue capaz de fingir—. Al fin y al cabo, ¿no es hoy el día de la madre o algo por el estilo?
—Calla, por favor —susurré.
—Eres una vergüenza para el uniforme, Dennis —me espetó el doctor Cheevey.
—¡Tonterías! Si ni siquiera lo lleva puesto —dijo siempre literal la tía Mame.
—¡Esto son cincuenta puntos de sanción! —dijo el doctor Cheevey.
—Y además trató de robarme —gritó la señora Babcock—. Tenía mi broche de ópalo justo encima de...
—¡Serás canalla!—dijo acercándose el señor Babcock.
—Como le ponga la mano encima a este niño inocente le arañaré esa calva —le advirtió la tía Mame interponiéndose. Luego matizó su amenaza—. Esa cabeza alba.
Se le daba bien hacer de madre tigresa.
Luego volvió a intervenir el doctor Cheevey.
—Fuera del colegio a deshoras y sin un pase. Ropa inadecuada. Intento de robo. Todos esos motivos justificarían una expulsión inmediata. Caramba, si...
Le interrumpió un agudo grito de dolor proveniente de la habitación contigua.
—Señora Burnside, yo... —Era Agnes. Por aquel entonces yo sabía muy poco de ginecología, pero lo que estaba a punto de ocurrir era obvio incluso para mí.
—Dios mío —gimió el doctor Cheevey—, ¿quién es usted?
—Soy la señora de Patrick Dennis —respondió, majestuosa, Agnes.
—¡Dios! —musitó el señor Babcock.
—¿Un alumno de la San Bonifacio casado..., y a punto de ser padre? —dijo con voz entrecortada un miembro del Consejo Escolar—. Eso es terrible. ¿Es que no hay alguna norma contra...?
—Creo que no —respondió estúpidamente el doctor Cheevey—. Este caso carece de precedentes.
—Escuchen —grité—, no estoy casado con Agnes. Ni siquiera somos novios. Ella se lo cuenta a todo el mundo...
—¡Oh, Dios mío! —dijo el señor Babcock—, ahora se ha buscado una amante...
—¡Piensa —empezó, amenazador, el doctor Cheevey— en la reputación del colegio!
—¡Piensa en la mía! —lloriqueó Agnes.
—Paren de una vez —gritó una voz. El señor Pugh se plantó al lado de Agnes como un ángel vengador—. Patrick es inocente. Yo le obligué a venir aquí. Y esta joven, este parangón de virtud ofendida, no es su mujer, sino la mía..., o pronto lo será.
—¡Ernest! —exclamó Agnes y le echó los brazos al cuello. Luego se dobló con otra contracción.
—Pugh, ¡esto es el fin de su carrera en la San Bonifacio! —rugió el doctor Cheevey—. Usted...
—Bueno, ya estoy aquí. A mí no hay cigüeña que se me adelante —exclamó desde la puerta una voz muy alegre—. Más vale que nos demos prisa. No sé si tendremos tiempo de llegar al hospital, señora Dennis.
—Señorita Gooch, por favor, doctor —dije yo.
—Señora Pugh, si no le importa —replicó el señor Pugh.
—Lo siento, caballeros —continuó el médico—, pero me temo que tendrán que despejar el paso. Tengo que sacar de aquí a esta jovencita. Mi coche espera en la puerta.
—Espere, le acompaño —dijo el señor Pugh cogiendo el bolso de Agnes. Los tres salieron a toda prisa, y lo único que oí de Agnes fue un grito de dolor.
—Bueno, jovencito —empezó el doctor Cheevey.
—¡Patrick! —exclamó de pronto la tía Mame—. ¡Pobrecilla Agnes! No puedo permitir que tenga sola el bebé después de todo lo que hemos pasado juntas. ¡Sigámoslos! —Cogió su monedero con una mano y a mí con la otra y me arrastró hasta el vestíbulo, escaleras abajo.
—¡Detengan a ese mocoso! —aulló el señor Babcock.
—¡Dennis!, te ordeno que... —No oí el resto de la admonición del doctor Cheevey.
—¿Dón... dónde tienes el coche? —jadeé al llegar a la calle.
—Ito lo ha escondido en Boston. No tiene importancia. Vamos, cogeremos prestado este cacharro.
Antes de que pudiera saber lo que ocurría, me vi sentado en el asiento delantero de un coche totalmente desconocido, con la tía Mame inclinada sobre el volante. Se oyó un rugido portentoso y aquella cafetera salió disparada.
—¡Eso es! ¡Allá vamos! —gritó la tía Mame.
—¡Dios! ¡De todos los coches de Apathy, tenías que robar el viejo cacharro del doctor Cheevey!

* * *

En fin, para abreviar una larga historia, Agnes dio a luz a una preciosa niña, a quien bautizó con el nombre de Mame Patrick Dennis Burnside Pugh. El señor Pugh se casó con ella en el hospital, en cuanto pudo conseguir la licencia. Por supuesto, lo despidieron, pero la tía Mame le consiguió un trabajo mucho mejor en un colegio mucho mejor. Ahora es el director y por lo visto es muy feliz.
Con un historial que incluía el robo con escalo y una huida en un coche robado, no vi probable mi regreso a la San Bonifacio. Y tampoco mi tía. Desde su camarote del Normandie escribió una carta inocente al doctor Cheevey diciéndole dónde estaba el coche e incluyó un abultado cheque para una nueva biblioteca, con tal de que prometieran no ponerle su nombre, condición que debió de hacer las delicias del Consejo Escolar de San B.
No sé si llegué a obtener o no el título. Ya había hecho los exámenes de acceso a la facultad, así que tampoco tenía mucha importancia. Pero, como siguen pidiéndome que contribuya al fondo de antiguos alumnos de la San Bonifacio, supongo que tal vez sí lo hiciera.



VII. LA TÍA MAME EN LA UNIVERSIDAD
Según el Reader's Digest, el personaje inolvidable era toda una experta en educación. No había recibido una formación muy esmerada —cosa que resulta un poco rara— y se empeñó en que el huerfanito fuese a la universidad. De hecho, doña Inolvidable era tan entusiasta de la educación superior que se sumergió en la vida del campus, para compartir con él sus intereses académicos y asegurarse de que avanzaba en sus estudios.
Tampoco me parece para tanto. La tía Mame hizo mucho, muchísimo más que eso, y ella sí tenía educación universitaria.
En el verano de 1937, cumplí dieciocho años. A partir de ese momento, lo que hiciera con mi tiempo, mi dinero y mi formación pasó a ser cosa mía.
El señor Babcock y yo discutimos un sinfín de formalidades en su despachito de la Knickerbocker Trust Company. Se portó de forma muy eficaz e impersonal. No fui capaz de seguir todos sus tecnicismos financieros, pero sí comprendí que, a mis dieciocho años, era relativamente rico. La Knickerbocker Trust Company había invertido hasta el último centavo de mi herencia en acciones y bonos muy conservadores totalmente ajenos a las fluctuaciones del mercado, y, a lo largo de la Depresión, mis ahorrillos habían ido creciendo hasta convertirse en lo que el señor Babcock llamó «casi una fortuna».
—Muy bien —dijo con frialdad el señor Babcock—, doy por descontado que habrás entendido todos los detalles. ¿Hay algo que quieras que vuelva a explicarte?
—No, gracias, señor Babcock.
—A partir del momento en que firmes estos documentos, serás tu propio jefe. No tendré jurisdicción alguna sobre tu dinero. Es una idea escalofriante. Confío, igual que todo el mundo en la Knickerbocker Trust, en que lo dejarás aquí. Supongo que reconocerás que hemos hecho un buen trabajo cuidando de tus bienes, a pesar de ese hombre que ocupa ahora la Casa Blanca. Yo, personalmente, he tratado, hasta donde me ha permitido tu tía Mame, de guiarte por los difíciles años de la adolescencia. Aunque no estoy del todo seguro de que mi labor haya dado sus frutos. Ahora podrás actuar con total libertad. Tal como está el mercado —prosiguió—, los intereses de este dinero, invertido como está ahora, deberían sumar poco más de ocho mil dólares anuales. Es una cantidad muy considerable.
—Desde luego —respondí sin tratar siquiera de disimular el brillo de mis ojos.
—Y, por supuesto, puedes disponer de esas rentas cuando quieras.
—¿Quiere decir que sólo tengo que pedirlo?
—Efectivamente. Basta con que lo solicites por escrito.
Cogí el cuaderno de notas de su escritorio y escribí: «Por favor, déme cinco mil dólares ahora mismo. Atentamente, Patrick Dennis».
—Tome, señor Babcock —dije dándole el papel.
Sus hombros se curvaron y su rostro se convirtió en el vivo retrato del fracaso más absoluto.
—¡Ay, Dios! —gimió—, es inútil. Acabarás exactamente como esa tía tuya, loca y despilfarradora. En fin, ahora ya es demasiado tarde. Todos mis esfuerzos han sido en balde. Me rindo. Tú y tu tía Mame acabaréis en la cárcel por deudas o algo peor y, sinceramente, no puedo decir que vaya a lamentarlo. El cajero te entregará el dinero. Ve y que Dios te proteja..., pues nadie más lo hará.
Tenía dieciocho años, mi propio dinero, mi libertad y mi juventud. Compré un pequeño Packard descapotable de seis cilindros —en esa época costaban menos de mil dólares—, un fonógrafo nuevo, una pila de discos y un montón de ropa, y, cada tres meses, la Trust Company siguió enviándome un cheque por valor de dos mil dólares, que, a pesar de las lúgubres profecías del señor Babcock, nunca pude llegar a gastar. El otoño siguiente empecé a ir a la universidad.
El típico alumno de la San Bonifacio, cuando iba a la facultad, sentía pasión por el remo, tenía preferencia por las chicas de Bryn Mawr y una devoción perruna por los demás acontecimientos deportivos universitarios. Era el sello de San B., pero como yo había ido a la Academia de San Bonifacio totalmente en contra de mi voluntad, me propuse ser tan atípico como fuese posible. Por otro lado, eché un vistazo a los estudiantes de primero —los chicos que enviaban poemillas inconexos en verso libre a la pretenciosa revista literaria, que difundían un nuevo tipo de cristianismo, y que discutían acaloradamente sobre cómo debía interpretar a Sófocles la compañía teatral universitaria— y me parecieron tan inmaduros, pomposos y afectados como me lo parecen hoy. Ya que no encajaba en ningún molde, decidí ir por libre.
No obstante, pronto encontré a otros cuatro que eran como yo. Carecíamos de espíritu académico y no teníamos banderines ni trofeos, ni reproducciones de Cézanne y de Rouault en nuestras habitaciones. Sólo muebles, botellas de ginebra, latas de cerveza, discos de fonógrafo y ejemplares del New Yorker. Por nosotros, el equipo de rugby podía ganar, perder o morir en el intento —de hecho, no hizo más que perder a lo largo de tres de aquellos cuatro años—. La sociedad de debates podía llegar a la conclusión que quisiera sobre Rusia: amiga o enemiga, nos traía sin cuidado. El taller teatral podía representar Electra con vestuario moderno o Las mujeres sin ningún tipo de vestuario, pero no para nosotros. Los que tenían conciencia social podían convocar reuniones en torno a una hoguera y agitar todas las huelgas estudiantiles que les viniera en gana sin que nos diéramos por enterados. Y los teólogos podían salvar cualquier alma menos la nuestra. Seguíamos el curso, porque nos parecía lo más inteligente. Pero, aparte de eso, nuestros intereses estaban fuera del campus.
Nuestro único dios era Fred Astaire. Era todo lo que nosotros queríamos ser: amable, refinado, cortés, apuesto, inteligente, adulto, ingenioso y sagaz. Veíamos sus películas una y otra vez, oíamos sus discos hasta que estaban grises y rayados e imitábamos en lo posible su forma de vestir. Cuando se producía alguna crisis en nuestras jóvenes vidas, nos preguntábamos qué haría Fred Astaire en nuestro caso y actuábamos en consecuencia. Éramos muy jóvenes y nos creíamos muy sofisticados.
Cada fin de semana conducía hasta Nueva York con el coche abarrotado de aprendices de Fred Astaire, que se instalaban cómodamente en los dormitorios de la enorme casa de la tía Mame en Washington Square y exhibían su cortesía y su refinamiento con la anfitriona. A la tía Mame le encantaba. Le gustaba tener compañía, y, cuanto más joven y alegre, tanto mejor. Nos enseñaba a preparar combinados tal como pensaba que lo haría Fred Astaire, invitaba a un montón de chicas y nos colaba en las fiestas más divertidas, nos obsequiaba con su cháchara sofisticada y con un incesante torrente de amigos famosos. Los chicos la adoraban, y, gracias a los fastuosos fines de semana en casa de la tía Mame, en la facultad no tardamos en adquirir reputación de misteriosos, maduros, mundanos y un poco disolutos.
Tiempo después, todos ingresamos en el mismo club. No porque nos gustase, ni porque nosotros le gustáramos al club, sino porque nuestras familias, nuestra ropa, nuestros contactos, nuestro dinero y nuestro prestigio académico nos hacía deseables como miembros. Además, el club tenía el mejor restaurante del campus y línea directa con las chicas más guapas. La atracción era mutua. He ahí la pureza de las amistades juveniles.
No obstante, cuando el primer año estaba a punto de acabar, la tía Mame sufrió un cambio muy sutil. Un fin de semana fui a Boston a visitar a una chica a la que había conocido y cuando volví a la facultad encontré a la tía Mame yendo y viniendo muy enfadada por mi habitación.
—¡Cómo te atreves! —gritó.
—Cómo me atrevo ¿a qué?
—A escaparte a Boston sin decirme ni una palabra. ¡Ya podía esperaros sentada en casa a ti y a tus amigos! ¡Ni siquiera se te ocurre tener el detalle de enviarme una nota advirtiéndome de que no ibais!
—Pero si nunca te aviso cuando no voy a ir. Sólo cuando voy a ir.
—Bueno, al fin y al cabo, la casa está abierta para ti y tus amigotes todos los fines de semana. ¿Qué querías que pensara? Imagíname sola y medio muerta de aburrimiento, con un montón de invitados interesantes y vosotros ni siquiera os dignáis aparecer.
—Pero, tía Mame...
—No me interrumpas. No regento un hotel para un joven ingrato como tú. Y tampoco acostumbro a renunciar a mi vida personal para que un sobrino a quien no le importa si estoy viva o muerta me ignore por completo. Mira, el próximo fin de semana pienso dar una fiesta encantadora y te quiero allí con todos tus amigos. No acepto ningún pero. Y no creas que voy a olvidar esto tan fácilmente, porque no voy a hacerlo.
Salió dando grandes zancadas de mi habitación y cerró de un portazo.
Era un comportamiento muy extraño para alguien que vivía de forma tan despreocupada como mi tía Mame, pero poco a poco empecé a comprender lo que sucedía en realidad. Había tomado a mis amigos por sus amigos. Disfrutaba de su compañía, la halagaban, la divertían y le infundían confianza en su eterna juventud. Poco a poco, había llegado a depender de ellos como de un público ante el que podía exhibir su ingenio, su encanto, su riqueza y su buena figura. Ellos necesitaban a la tía Mame para que les proporcionase alojamiento, comida, fiestas y bebidas. Pero ella los necesitaba para algo más: para que le confirmasen que seguía siendo joven, hermosa y deseable.
Después de eso, pasamos cada fin de semana con la tía Mame. Si nosotros no íbamos a Nueva York, era ella quien venía a vernos. Conocía a todos los intelectuales jóvenes y brillantes entre el profesorado y estaba muy solicitada. Si no me apetecía ir a casa, ella invitaba a los demás sin mí, y Biff, Jack o Alex pasaban hilarantes fines de semana en Washington Square, conocían a los amigos famosos de la tía Mame, actuaban con elegancia en sus fiestas o la llevaban al Stork Club*. Y la tía Mame, su abrigo de piel de marta, el Rolls-Royce y la ropa exótica se convirtieron en una imagen tan familiar y esplendorosa en el campus como el nuevo estadio.
No obstante, durante mi segundo año en la universidad, la tía Mame se moderó de forma admirable. Siempre que iba a pasar allí el fin de semana, dejaba claro a todo el mundo que iba a visitar a este profesor y a su mujer, o al doctor tal y a la señora cual, y aunque mis amigos y yo seguimos viéndola mucho, era sólo para comer o tomar alguna copa los domingos.
Continuamos viéndola en nuestro tercer curso y, aunque cada vez pasaba menos fines de semana en la facultad con los profesores y sus mujeres, empezó a invitar a mis amigos con más frecuencia a su casa de Nueva York.
En esa época, yo estaba viviendo un intenso amorío con una camarera llamada Bubbles, que me había parecido de lo más seductora detrás de los trozos de pastel de piña de la barra de un bar de Newark, por lo que pasaba casi todo mi tiempo libre en el Robert Treat Hotel esperando a que llegase Bubbles. El caso es que ese año vi poco a la tía Mame, y, como mis amigos la veían constantemente, me pareció más prudente no hablarles de Bubbles.
—Cariño —dijo la tía Mame a finales de febrero—, últimamente apenas te veo. ¿Dónde demonios te metes los fines de semana? He preguntado a tus amigos y ninguno lo sabe.
—¡Oh, aquí y allá! —respondí entre evasivas—. Ya sabes cómo son estas cosas.
—No, no lo sé, de lo contrario no te lo habría preguntado. Pero apuesto a que podría adivinarlo. Estás saliendo con una chica, ¿verdad? —Me sonrojé—. Pero, cariño, ¿por qué no la traes a casa? Me encantaría conocerla. ¿Cómo se llama? ¿A qué universidad va? ¿Tienes una foto?
Sí la tenía, pero no era la típica foto que uno enseña a sus familiares. De hecho, Bubbles tampoco era la típica chica que uno lleva a su casa.
Pero en ese momento la tía Mame decidió enseñar a Alex a bailar la samba y, por suerte, cambió de conversación.
Mis encuentros amorosos con Bubbles me tuvieron muy ocupado el tercer año de facultad, pero no tanto como para no reparar en que estaban produciéndose más cambios en la tía Mame y mis compañeros de clase. Invité a tres de ellos a pasar en casa las vacaciones de primavera con la esperanza de que entretendrían lo suficiente a la tía Mame para que yo pudiera escapar a Newark y a los voluptuosos encantos de Bubbles. Y así fue. Aunque me sorprendió oír que la llamaban Mame, sin más, en lugar de señora Burnside. De hecho, Alex, que era un par de años mayor que yo, la llamaba «Mame, encanto». Y además habría estado dispuesto a jurar que ella había cambiado de color de pelo.
Y la cosa no acababa ahí. Mientras Biff y Bill perseguían a todas las jovencitas de Nueva York, Alex rondaba la casa de Washington Square. De hecho, él y la tía Mame se volvieron uña y carne. Iban juntos a bailar, jugaban al backgammon, salían a comer. Un par de veces, los sorprendí susurrándose en la biblioteca y me miraron casi con resentimiento. Por las noches desaparecían: salían los dos solos a cenar, o al teatro, o a algún cabaré de decoración un poco más barroca de la cuenta, y nos dejaban en la enorme casa vacía.
Alex era el más Astaire de todos. Era el más alto, el mayor, el más rico y el más sofisticado. Pero tampoco era tan fascinante, y yo no acertaba a comprender por qué la tía Mame le dedicaba tanto tiempo. Era de las que sólo se sienten a gusto entre la gente.
Sin embargo, Bubbles me proporcionaba sobradas preocupaciones, como para ocuparme también de los problemas de la tía Mame. Llevábamos saliendo desde la fría noche de enero en que caí en su red «abierta toda la noche» en busca de una taza de café. En ese momento Bubbles había sido toda encanto y ternura. Me había amado única y exclusivamente por ser como era. Los ojos se le habían llenado de lágrimas por pequeños regalos como un frasco de perfume, un camisón negro, un par de medias, un bolso de cocodrilo con zapatos a juego. Pero, a medida que fuimos conociéndonos mejor, Bubbles comprendió el poder que ejercía sobre mí y se volvió más importuna con sus exigencias. Tuve que empeñar mis alfileres de corbata y mis gemelos para pagar la gruesa chaqueta de piel de zorro que insistió en comprarse.
—¡Pero, cariño, quiero una bien calentita! —afirmó con su marcado acento de Nueva Jersey.
En otra ocasión, aseguró que le habían robado el monedero y tuve que pagarle el alquiler. Y, al llegar la Semana Santa, ya casi no hablaba de las ofertas de Lerner y sí, en cambio, de las creaciones de Hattie Carnegie*.
—De verdad, cariño, que a veces creo que te avergüenzas de llevarme con tus amigos ricos de la universidad. Vamos, admítelo. Te avergüenzas de mí. Vamos, dilo.
—Bubbles, por el amor de Dios, para de una vez. Sabes que no me avergüenzo de ti, pero esa pandilla de idiotas te aburrirían. No son más que unos críos.
—¿Y tú te crees muy mayor?
Sólo tenía veinte años, pero con una chica como Bubbles se envejece deprisa.
—Anda, guapa, olvídalo. Venga, te invito a tomar una copa en el Treat.
—Claro, claro. Qué diversión, primero vamos al Robert Treat a echar un par de tragos y luego subimos a una habitación a echar otro par de lo otro. Newark, Newark, ¡siempre Newark! Dios, nací en Newark, trabajo en Newark y me veo con mi novio en Newark. Lo más probable es que muera también en Newark. Y seguro que a ti te traería sin cuidado, ¡don Gran Corazón! Todavía estoy esperando que me invites a ir a Nueva York. El billete del ferry son sólo cincuenta centavos, ya te pagaré el mío si eres tan agarrado. ¡Oh, no! En Newark sí soy digna de ti, pero cuando se trata de llevarme al Stork Club o de presentarme a tu tía, la señora Burnside, en su preciosa mansión..., no creas que no he visto las fotos en el Harper's Baazar, está en Washington Square. ¡Pero, no, Bubbles no es más que una pobre palurda de Jersey! ¡Vamos, admítelo! ¡Te avergüenzas de mí!
Lo terrible del caso era que tenía razón. Me avergonzaba de ella. Me avergonzaba de mí mismo por haberme enredado con ella. Era una buscona ambiciosa que se hacía pasar por camarera porque era demasiado hipócrita para reconocer que no era más que una vulgar prostituta; igual que yo era un parásito esnob y vulgar que me hacía pasar por estudiante porque era demasiado hipócrita para admitir que no era más que un parásito, y tenía demasiados remilgos para aceptar que mi amante era una prostituta. Pero eso es lo que era, y además estaba empezando a ser aburrida, despótica y muy cara.
—Vale con que no me invites a las fiestas de tu tía, pero ¿por qué no me llevas al baile de la facultad? —Me quedé boquiabierto de horror—. Ya me has oído. El baile de fin de curso. Lo he leído en los periódicos. Tú estás en tercero. Si estás tan orgulloso de mí, ¿por qué no me llevas a una de tus fiestas pijas? Vamos, cariño, por favor.
—Pero, nena, si jamás voy a esas fiestas universitarias. Son para críos.
—Pues tendrás que llevarme, nunca he ido a ningún baile de ésos. No he tenido ocasión. Cuando murió papá y perdimos la empresa de importación y exportación, tuve que dejar los estudios y renunciar a tener una carrera. —Bubbles me había descrito a su difunto padre como un banquero prominente, un abogado, un cirujano, un corredor de bolsa y un empresario, pero me sentía demasiado desanimado para reprochárselo.
Bubbles siguió con sus ruegos, sus enfados, sus halagos y sus intimidaciones. Al cabo de una hora de lágrimas y amenazas, cedí:
—Está bien, pero, por el amor de Dios, ¡deja ya de llorar! No lo aguanto más. De acuerdo, te llevaré a ese dichoso baile.
—¡Cariño! —dijo radiante, emergiendo de un mar de lágrimas.
El baile de los de tercero era el gran acontecimiento del año, incluso para gente como nosotros que no teníamos el menor espíritu académico. Se celebraba la última semana de mayo y toda la facultad asistía vestida de punta en blanco. Si tenías novia la invitabas al fin de semana del baile, y, si no la tenías, invitabas a la mejor chica que pudieras encontrar. Era una auténtica tradición y la universidad abría sus puertas a todo el mundo. El viernes, los clubes universitarios ofrecían una espectacular cena con baile para sus miembros y sus acompañantes, en todas las habitaciones de las residencias universitarias se celebraban cócteles y reuniones. El sábado, se organizaban extravagantes picnics y se bebía tanta cerveza como fuese posible. Por la tarde había una disputada carrera de remo para todos aquellos que siguieran lo bastante sobrios para asistir y el sábado por la noche tenía lugar el baile de gala.
Con la elegante voz de Fred Astaire cantando They Can't Take That Away From Me como música de fondo, mis amigos hablaban del gran baile, de la fiesta que daríamos en nuestras habitaciones y de quién era lo bastante Astaire para que lo invitáramos y quién no.
—¿Cómo que Bugsy es un patán? Lo único que hizo fue salir con Brenda Frazier —dijo Biff.
—Tanto peor para ella —respondió Jack acaloradamente—. Te digo que si él viene, yo no lo haré.
—Dejad eso ahora —gruñó Bill—. Lo que tenemos que decidir ahora es si servimos martinis o whisky escocés, y, en caso de hacerlo, para cuánta gente y cuánto nos costará. ¿Qué dices tú, Pat?
—¿Quién, yo? —empecé a ruborizarme—. Bueno, en realidad no estoy muy seguro de que vaya a poder asistir al baile, chicos. Haced lo que os parezca mejor.
—¡Que no podrás venir al baile! —aulló Biff—. Dios, ¿no estarás siendo un poco más Astaire de la cuenta?
—¡Que no asistirás al baile! —dijo Bill en tono incrédulo—. ¿Desde cuándo? Escucha, si no puedes encontrar una chica, puedo hablar con Gloria Upson, la prima de Mollie. Todavía está en la residencia de la señorita Chapin, pero, chico, ¡menuda delantera!
—Créeme —le respondí con frialdad—, no tengo la menor dificultad para encontrar una chica. Lo que pasa es que no estaré aquí.
Al salir muy airado de la habitación, noté un extraño brillo en la mirada de Alex.

* * *

Al estilo cobarde de todos los hombres cuando tratan de librarse de las mujeres, probé toda clase de trucos imaginables a fin de no tener que llevar a Bubbles al baile, excepto decirle «no». Traté de aplicar el tratamiento silencioso y no pasé por el restaurante de Newark en diez días. A Bubbles no pareció importarle lo más mínimo. En un momento de debilidad, le había dado el número de teléfono de mi habitación y al décimo día me llamó. Yo estuve impreciso y respondí con evasivas hasta que dijo:
—¿Qué te pasa, cariño? ¿Es que estás enfermo? Mira, cielo, estoy preocupada por ti. ¿Prefieres venir tú o que vaya yo a cuidarte?
Con eso bastó. Esa misma noche, cogí el coche y fui a verla a Newark.
Luego intenté causar una discusión. Me mostré hosco, malhumorado, poco comunicativo y caprichoso, pero Bubbles, cuya irascibilidad era casi legendaria, siguió tan serena como la Mona Lisa. Sólo habló del baile de fin de curso, de lo que iba a ponerse, de a quién iba a conocer, de cómo iba a codearse con las debutantes más famosas de la temporada. Me estremecí. No tenía ni idea de cómo salir del aprieto, pero una cosa era segura: Bubbles no asistiría conmigo al baile de fin de curso.
Cuando llegó la semana del baile, supe lo que iba a hacer. Me limitaría a enviarle un telegrama a Bubbles diciéndole que estaba en la enfermería con alguna enfermedad muy contagiosa, y me escondería en Filadelfia hasta que la juerga llegase a su fin. Era un truco muy sucio, pero al fin y al cabo ella se las había arreglado para sacarme quinientos dólares sólo para la ropa de su debut entre los muros recubiertos de hiedra del templo del saber.
La noche del jueves previo al inicio de los festejos, estaba en mi habitación escuchando el disco Bojangles de Fred Astaire y haciendo a toda prisa el equipaje para escapar. Alex estaba tumbado en el sofá bebiendo una lata de Budweiser cuando sonó el teléfono. Era la tía Mame.
—Cariño —dijo—, ¿vas a venir a casa este fin de semana?
—No, tía Mame —respondí—, sabes que cuando voy siempre te envío una nota.
—¡Ah, sí!, qué tonta soy, pero ¿adónde vas a ir?
—Pues a Filadelfia —respondí con voz clara.
—¿Todo el fin de semana? —preguntó.
—Sí. ¿Por qué?
—¡Oh!, por nada, cariño. Sólo preguntaba. Entonces ¿no vas a estar en la facultad?
—Desde luego que no.
—Y ¿no volverás hasta el domingo por la noche?
—No, tía Mame —dije irritado ante la posibilidad de que hubiese descubierto mi humillante retirada—. ¿A qué viene todo esto?
—No es por nada, cariño —respondió con esa falsa inocencia que siempre me hacía sospechar de ella—. Sólo me preguntaba lo que iba a hacer mi tesorito el fin de semana. Probablemente yo me quede en casa con Marcel Proust.
—Pues dale recuerdos de mi parte —respondí—. A propósito, Alex está aquí. ¿Quieres hablar con él?
—¡Oh, no!, ¿por qué iba a querer? Dale recuerdos y dile que ya lo veré. Que te diviertas en Filadelfia, cariño.
Me pareció raro que llamase la tía Mame, pero, al fin y al cabo, era una mujer imprevisible. Alex me dedicó una larga y torva mirada y anunció su intención de acostarse.
—¿A quién vas a llevar al baile, Alex? —pregunté sin verdadero interés.
—¡Oh, a una chica cualquiera!—respondió escuetamente cerrando la puerta.
A la mañana siguiente, me levanté a las ocho. El telegrama que redacté:

HOSPITALIZADO CON DIFTERIA Y DESOLADO POR LO DEL BAILE STOP NO VENGAS, NO PUEDO RECIBIR VISITAS

me pareció una buena excusa para no asistir a clase de redacción ese día, y, en cualquier caso, todo el mundo se saltaba la clase de Escultura italiana de los siglos XIV, XV y XVI. Decidí marcharme pronto, con objeto de que nadie pudiera preguntar dónde estaba, y huir de la universidad antes de que empezara el gran fin de semana.
El enorme reloj cuadrado de las oficinas de la Western Union marcaba justo las nueve y media cuando terminé de escribir el telegrama con el que informaba a Bubbles de mi baja por enfermedad. Eso significaba que podía partir tranquilamente hacia Filadelfia y llegar allí a la hora de comer. Silbando The Piccolino, recorrí tranquilamente la acera y abrí la puerta del coche. La melodía murió en mis labios. Sentada en el asiento delantero estaba Bubbles.
—¡Sorpresa! —gritó—. ¡Aquí me tienes, cariño! Apuesto a que no me esperabas tan temprano, ¿a que no?
—Caramba, Bubbles —susurré.
—Chico, cualquiera diría que has visto un fantasma. Vamos, dame un besito. —Subí al coche en una especie de trance—. Pues sí, cariño, es que ayer el cocinero me dijo: «Qué demonios, sólo se vive una vez, cógete todo el fin de semana libre». Me levanté con los pájaros, cogí el tren de la mañana, una auténtica cafetera, por cierto, y se me ocurrió darte una sorpresa.
—Pues desde luego lo has conseguido —respondí, aturdido.
—No encontré taxi en la parada, así que decidí venir a pata, vi tu coche aparcado aquí, reconocí la matrícula de Nueva York y me senté a esperarte. Oye, cariño, espero que no hayas reservado una suite muy cara en el hotel, porque voy a alojarme con mi amiga Mavis.
—¿Mavis Hooper?
Mavis Hooper era la chica más golfa de la ciudad, hija ilegítima de la puta del pueblo y casi por completo carente de inteligencia, aunque se rumoreaba que su verdadero padre era Woodrow Wilson.
Con un enorme peso en el estómago llevé a Bubbles a la famosa casa de madera en las afueras del pueblo, donde vivía Mavis, y subí sus maletas nuevas de color azul pastel por las escaleras desgastadas por el paso de muchas generaciones de estudiantes de las artes liberales.
—Pasa y ponte cómodo, cariño —dijo Bubbles.
—No..., no puedo —balbucí—. Tengo clase de escultura.
—Vale, vale, profesor. Me lavaré un poco y luego paso por el campus a recogerte.
—¡Oh, no! ¡No hagas eso, Bubbles! Queda un poco lejos de aquí. Ya vendré yo a por ti. A las doce en punto.
—¡Estupendo! Así tendré ocasión de echar un vistazo. ¡Hasta luego, cariño!
La cabeza me daba vueltas cuando me puse al volante. Si alguna vez me las había dado de maquiavélico, lo cierto es que Bubbles me había superado con creces. Mientras conducía despacio hacia la residencia de estudiantes le fui dando vueltas al asunto. Si volvía a mi cuarto y me resignaba a lo peor, jamás podría explicar lo de Bubbles. Si desaparecía de la ciudad por una temporada, Bubbles, que era inquisitiva por naturaleza, se las arreglaría para localizar la residencia y organizaría una escena que se recordaría mucho tiempo en la vieja y querida Morgan House. Si me pegaba un tiro... No, decidí. Lo que haría sería volver a la residencia, coger algo de ropa y luego mudarme a una cabaña para turistas y tratar de alejar a Bubbles de la facultad todo lo posible.
Ese día condujimos treinta kilómetros para comer en un restaurante de la cadena Howard Johnson y luego di un largo rodeo para enseñarle el paisaje a Bubbles.
—¡Pero, cariño, mira qué hora es! Tengo que volver a cambiarme para el cóctel. Y ¿qué hay de la cena con baile en el club?
—¿Club?, ¿club? ¿Qué club? Pero si no pertenezco a ninguno.
—¿Que no perteneces a ninguno? Juraría que me habías dicho que eras miembro de...
—¡Ah, eso! —dije—. Dimití. Dimití hará cosa de dos meses. Eran todos un hatajo de esnobs. No era nada democrático. Escucha, Bubbles, ¿qué te parecería salir a cenar..., solos tú y yo?
—Bueno, de acuerdo —dijo con petulancia—, pero no he visto a un solo universitario desde que llegué a esta ciudad.
—Ya habrá tiempo para eso —respondí—. Sólo estamos a viernes.
Esa noche me las arreglé para mantener a raya a Bubbles hasta las tantas.
—Y ¿qué hay del desfile de antorchas y las debutantes neoyorquinas? —preguntaba sin cesar.
—El desfile de antorchas es como un montón de cerillas en la oscuridad y casi ninguna de las chicas de Nueva York viene hasta mañana. Esto está muy lejos.
—Sí, casi una hora y media en tren —admitió muy seria—. Bueno, pues llévame a ver tu cuarto. Apuesto a que es una auténtica leonera de soltero.
—No está permitido que entren chicas en las habitaciones —repuse enseguida.
—Mavis dice...
—Pues ahora está prohibido. No imaginas lo estrictos que se han puesto.
Me las arreglé para escapar a eso de la una y media y pasé una noche penosa en las Kabañas Roquetas y Konfortables, maldiciendo el día en que oí hablar de Newark.
A la mañana siguiente, recogí a Bubbles antes de que tuviese tiempo de salir a pasear por la ciudad y toparse con alguno de mis conocidos. Bajó las escaleras de casa de Mavis vistiendo un llamativo vestido de organdí de color verde intenso con un enorme sombrero de paja.
—¿Te gusta? —preguntó presumida, dándose la vuelta—. Espero que sí, cariño, porque con el dinero que me diste no me llegaba y tuve que apuntarlo en tu cuenta.
—Precioso —dije sin hacer aspavientos y pensando en el señor Babcock y la Knickerbocker Trust Company.
—En fin, ¿listos para el gran picnic de la cerveza? —Yo había previsto esa pregunta y llegaba provisto de la respuesta adecuada: un paquete de bocadillos de mortadela y una caja de cervezas frías que había comprado en una charcutería—. Pero bueno, cariño —lloriqueó Bubbles—, ¿cuándo vamos a ver a los universitarios?
Nuestro picnic no fue precisamente lo que podría llamarse un succès fou. Bubbles se sentó encima de un hormiguero y yo, que había olvidado llevar un abridor, me hice un gran corte en la boca al tratar de beber del gollete roto de una botella de cerveza. Sin embargo, cuando llegó la hora de la regata, fue imposible contener por más tiempo a Bubbles.
—Pero yo quiero ver la carrera de botes —decía una y otra vez.
No supe qué hacer. No daba la impresión de que fuese a ponerse a llover. Pasé a propósito por encima de una botella rota, pero los neumáticos siguieron como si tal cosa. Llegamos a la orilla del río justo cuando había más gente. Las pistolas de agua eran una novedad ese año, y durante la primera media hora Bubbles no se recató lo más mínimo en expresar de forma muy chillona y categórica la opinión que le merecían ciertos mocosos de Wellesley y Vassar que echaron a perder su vestido —o más bien el mío.
Con su organdí verde chorreando, Bubbles miraba desdeñosa a las chicas a las que ansiaba emular —iban vestidas con suéteres, faldas, blusas, faldas acampanadas, pantalones vaqueros y camisetas.
—No van demasiado elegantes, ¿no? —dijo con desprecio—. Mira, vayamos allí. Aquella gente parece muy agradable.
Miré hacia donde señalaba su dedo y vi a Biff, a Bill y a Jack, que tomaban cerveza muy alegres con un grupo de chicas guapas de Bennington.
—¡Oh!, seguro que no te caerán bien —dije atropelladamente—. Son un hatajo de niñatos. Además, conozco un sitio desde donde se ve mucho mejor la carrera.
—¿El principio o el final?
—El principio..., es mucho más interesante.
—¿Quién quiere ver empezar una carrera?
—Bueno, desde allí también se ve el final. Vamos.
La cogí del brazo y me aparté de la multitud. En ese momento, el Lincoln-Zephyr azul que era el orgullo de Alex llegó a toda velocidad. Se produjo una escaramuza de pistolas de agua que nos sorprendió a Bubbles y a mí en medio. Luego, el coche arrancó y se perdió de vista, pero no sin que yo oyese una voz argentina exclamar: «Pero esto es magnífico, querido. ¡Me siento como una niña pequeña!».
Me quedé clavado donde estaba. «No. Es imposible», me decía la voz de la razón.
—¿Has visto a esa zorra estirada de Park Avenue vaciarme todo ese trasto encima? Maldita sea, estoy tentada de...
—Vamos —dije sacándola de allí—, nos perderemos la carrera.
El claro de luna lo iluminaba todo cuando pasé a recoger a Bubbles la noche del gran baile. Todavía no había acabado de vestirse y tuve que esperarla en el salón de la maison Hooper, agarrotado e incómodo en mi traje de gala. Un par de estudiantes de primero llamaron al timbre y preguntaron por Mavis.
—Esta noche no, chicos —replicó con jovialidad la señora Hooper.
Uno de ellos me vio a través de la mosquitera de la puerta.
—¿Te han contratado para tocar el piano? —gritó.
Yo hice una mueca.
—Pues vaya con los mocosos —se rió la señora Hooper—. Cosas de críos, como suele decirse. Caray, si todavía recuerdo cuando tú mismo venías a menudo por aquí.
Al cabo de un larguísimo rato, apareció Bubbles. Si esa tarde había llamado la atención entre las sonrosadas universitarias, ahora brillaba como un faro en la oscuridad. Llevaba un vestido de lamé dorado, muy ajustado, con tiras de terciopelo rojo, y tenía los brazos cubiertos de vulgares brazaletes de bisutería. Una gargantilla de perlas falsas oprimía su cuello, y se había hecho un peinado a lo Pompadour que desafiaba la ley de la gravedad. También había sido generosa hasta el exceso en el uso de los cosméticos.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Toma, Bubbles —dijo la señora Hooper entrando en la habitación en zapatillas y arrastrando los pies—. Te había guardado el ramillete en la nevera.
Con suma delicadeza, Bubbles se prendió en la pechera de su ya de por sí llamativo vestido una larga cadena de orquídeas purpúreas. A finales de mes descubrí que habían costado cincuenta y seis dólares y que las había cargado en mi cuenta la floristería más cara de la ciudad. Bubbles se echó la chaqueta de zorro blanco por encima de los hombros y cogió un deslustrado bolso de lentejuelas.
—Lista, cariño, lo vamos a pasar en grande. ¿Dónde cenamos? ¿En la Taberna?
Esa noche no me habría acercado a un kilómetro de la Taberna ni por un millón de dólares en metálico.
—¡Oh, no, Bubbles, eso no es más que un tugurio! ¡La comida mataría a un elefante!
—¡Eres un amor! —gritó.
—Había pensado llevarte a un pequeño restaurante francés que conozco. Es muy íntimo y la carta es sencillamente exquisita.
El pequeño restaurante francés era un decrépito bar de carretera a veintitantos kilómetros de la ciudad, una distancia de seguridad aceptable. La cocina era horrible, aunque empleaban algunos términos franceses en el menú como patatas a la lyonnaise, soupe du jour y filet mignon aux champignons. Además, el sitio se llamaba Louie's. Por fortuna estaba vacío cuando llegamos.
Pedí seis sidecars nada más entrar, escogí todos los platos elaborados con vino que encontré en la carta y me aseguré de que corriera el champán durante toda la cena. Tenía la vaga esperanza de que Bubbles, cuyo aguante con el alcohol nunca había sido muy grande, se encontrase pronto en tal estado que el baile de tercero le resultase totalmente indiferente —si es que no lo había olvidado por completo—. Pero Bubbles resistió la bebida con lúgubre determinación, e incluso pidió una tercera botella de champán.
—Caramba, cariño —dijo—, esto sí que es vida, aunque, entre tú y yo, haría falta un hacha para cortar este filete. Vamos, cielo, se está haciendo tardísimo. Tenemos que llegar a tiempo para el baile.
—¡Oh, no tengas prisa! Nadie va antes de las doce.
—Pero, cariño, si son más de las diez y media y tocan Glen Gray y su Casa Loma Band. Lo he visto en el periódico.
—¡La noche es joven! —repliqué sin demasiado entusiasmo—. Cómete los tortoni. Es un famoso plato francés.
—¡Francés y un carajo! Da la casualidad de que conozco a dos griegos que lo preparan en Newark, y, si hubieses visto como yo lo que le meten, no se lo darías ni a un perro.
—Bueno, tómate al menos una buena copa de coñac.
Por mucho que lo intentaba, no conseguía emborracharla. El baile la tenía obnubilada.
—Vamos, cariño —repetía una y otra vez.
Eran casi las doce cuando llegamos al baile. Entré un poco por detrás de Bubbles con la esperanza de que nadie reparase en que íbamos juntos.
—Disculpa un segundo, cariño, tengo que ponerme un poco más de laca en el peinado.
Corrí al servicio de caballeros y eché un buen trago de mi petaca, luego otro, y otro, y otro. Bubbles, esplendorosa en su vulgaridad, me esperaba dando impacientes pataditas en el suelo.
—Caray, chico, pensaba que te habías colado por el váter. ¿Por qué llevas esas gafas oscuras?
—Vista cansada —murmuré.
Nada más llegar a la sala de baile, Bubbles causó una sensación inmediata. Traté de bailar lo más lejos posible de los que habían acudido sin pareja, pero daban la impresión de seguirnos todo el tiempo. Se oían algunos silbidos rijosos por lo bajini, aunque parecían más burlones que apreciativos.
—Te apuesto cinco dólares a que es Pat Dennis —oí decir a alguien, y empujé a Bubbles hacia el centro de la multitud. En comparación con los vaporosos vestidos de verano blancos y pasteles de las chicas del baile, el de Bubbles parecía un traje que alguien hubiese dejado olvidado en el guardarropa de un musical de los hermanos Minsky*.
—Menudos vestidos tan sosos —dijo con desprecio Bubbles—. Si quieres mi opinión, no hay nada como un vestido de noche verdaderamente elegante.
La sala estaba sumida en una agradable penumbra gracias a mis gafas de sol y la cabeza me daba vueltas ligeramente.
Después de un par de giros por la pista, noté que una mano me daba unos golpecitos en el hombro. Me volví y me topé con Remington el Repulsivo, el chico más rico de la facultad.
—¿Me permites? —dijo con voz meliflua.
—Es un placer —respondí.
—¡Hasta luego, cariño! —chilló Bubbles y ambos se alejaron bailando.
Nada más librarme de Bubbles, me quité las gafas de sol y eché un vistazo a la sala. Estaba abarrotada. Desde la seguridad del rincón de los que estaban sin pareja, me dediqué a observar meticulosamente el lugar. Bubbles podía parecer la puta de Babilonia, pero se estaba entendiendo a las mil maravillas con los elementos menos recomendables del estudiantado. Salvo por alguna que otra expresión lamentable y algún desagradable chillido de vez en cuando, se las estaba arreglando muy bien y, como digo, atraía la curiosidad de muchos.
Una mano me cogió por el codo. Era un mocoso de primero que llevaba un tiempo intentando por todos los medios ingresar en el grupo Fred Astaire.
—Hola —dije en tono aburrido.
—Hola —respondió—, menuda juerga, ¿eh?
—No está mal —asentí con frialdad.
—Oye —prosiguió—, tú que conoces a todo el mundo. Dime, ¿quién es esa hechicera que acapara todas las miradas?
Noté que me estaba ruborizando.
—¿Te refieres a la del vestido rojo y dorado?
—No, hombre, no, ¿qué me importa a mí esa buscona? Me refiero a esa otra mujer tan misteriosa que hay ahí, la que lleva un vestido negro y vaporoso.
Miré en dirección a un grupo de jóvenes que se arremolinaba en torno a una belleza que flirteaba con todos, sin cesar de dedicarles coquetas sonrisas.
—Dios mío —musité.
Era la tía Mame, con un vestido de fiesta palabra de honor, un abanico y todos los diamantes que tenía.
—¿Quién es? —insistió el otro—. Ha venido con ese amigo tuyo, Alex. Desde que llegó ayer ha recorrido todo el campus, y los polis dicen que, si no deja de jugar con esa pistola de agua que lleva, terminará en la comisaría. ¡Menudo bombón! ¿Cómo se llama?
—Te juro por Dios —dije sin levantar la voz— que no la había visto en toda mi vida.
La situación era cada vez más desesperada. Tenía que encontrar a Bubbles y sacarla de allí cuanto antes. Me puse las gafas de sol y atravesé la sala a trompicones. Para entonces, Bubbles se había hecho muy popular entre la pandilla del Suspensorio Viejo y el grupo de los Calcetines Sudados. La mitad de los cuerpos sin duchar del equipo universitario se habían restregado ya contra su fachada roja y dorada, y ahora querían repetir. Remington el Repulsivo estaba bailando con ella otra vez. Los interrumpí sin más miramientos.
—Vamos, Bubbles —dije—, tenemos que irnos.
—Dios, ¿por qué? —chilló.
—No hagas tantas preguntas. Vamos.
—Y un carajo. Llevo todo el fin de semana muerta de asco en este pueblo dejado de la mano de Dios y, ahora que empiezo a divertirme, quieres que me vaya. Pues, mira, no me iré. ¡No me iré y no me iré!
Estaba borracha como una cuba y gritaba con todas sus fuerzas. Un grupito de jovenzuelos empezó a arremolinarse a nuestro alrededor.
—Bubbles, o vienes ahora mismo conmigo o...
—¿O qué? Me invitas a esta gran fiesta universitaria y ¿qué pasa? En todo este tiempo no hemos hecho nada interesante. No hemos visto a ningún famoso, ni el desfile de antorchas, tampoco asistimos a la cena con baile, ni hemos estado en ningún cóctel. No he tenido ocasión de ponerme ni la mitad de los conjuntos que he traído. Pues mira, ahora empiezo a divertirme y no me vas a sacar de aquí ni a rastras. Si quieres irte, por mí estupendo. Yo me quedo. El señor Remington cuidará de mí como un auténtico caballero, ¿a que sí, guapo?
—Puedes apostar lo que quieras, encanto —respondió abrazándola por la cadera.
—¿Lo dices en serio, Bubbles? ¿Esto es definitivo? —insistí mientras trataba de reprimir una mirada de alivio.
—¡Desde luego que sí!
—Entonces ¿esto es un adiós?
—Adiós para siempre, aguafiestas.
Se alejó dando vueltas por la pista de baile con Remington el Repulsivo.
Me fui del baile con la sensación de alguien a quien acaban de indultar de la silla eléctrica.
Era un hombre libre. Bubbles me había dicho adiós para siempre. Nadie me había visto con ella y mi reputación de joven Astaire, refinado y cortés, seguía a salvo. Con el corazón desbordado de felicidad, decidí volver a mi habitación y pasar un buen rato en mi cama. La ropa que tenía en la cabaña para turistas podía esperar. Por supuesto, quedaba la cuestión de por qué la tía Mame había asistido al baile, pero me dije que sin duda la explicación debía de ser muy sencilla. Probablemente, hubiera asistido invitada por algún profesor y su mujer. Lo principal era que no nos hubiese visto a mí y a Bubbles.
Todavía un poco achispado, volví a mi habitación, cerré la puerta con llave y me desvestí. Morgan House estaba muy silenciosa. Apagué la luz y, con la voz de nuestro ídolo cantando The Way You Look Tonight, y pensando en mi recién recobrada libertad ahora que Bubbles tenía a Remington el Repulsivo para que le pagara las facturas, me sumergí en el sueño de los justos.
A las cuatro y media me despertó de mis sueños un apremiante golpeteo en la puerta.
—¿Quién es? —balbucí.
—¡Déjame entrar! ¡Deprisa, déjame entrar! —susurró desesperada una voz de mujer a través del fino panel.
—Tú y yo hemos terminado, Bubbles —dije con una voz espesa y dominada por el sueño.
—¡Por Dios, abre la puerta! ¡Soy tu tía Mame! ¡Déjame entrar! —Me levanté de un salto, derribando una silla, encendí la luz y corrí a trompicones hacia la puerta, pestañeando como un búho. Abrí la puerta y la tía Mame entró como un torbellino; llevaba todavía el vestido de noche y una capa de armiño echada de cualquier manera sobre los hombros—. ¡Gracias a Dios! —suspiró, y se apoyó contra la puerta cerrada—. Echa la llave, por favor —jadeó—. ¿No tendrás nada de beber?
—Pero, tía Mame —respondí con la lengua pastosa—, ¿qué demonios haces aquí?
—No me pidas que te explique nada hasta que haya tomado un trago. Deprisa. Cualquier cosa me vale. —Le serví un gran vaso de whisky escocés mientras ella se desplomaba en el sofá—. Gracias, cariño, qué consuelo haberte encontrado. No pensé que hubieses vuelto de Filadelfia tan pronto, era Filadelfia, ¿no? Pensé que la puerta no estaría cerrada y que podría esconderme aquí un rato.
—¿Esconderte? —repetí apartándome el pelo de los ojos—, ¿esconderte de qué? —Estaba empezando a recobrar la conciencia. La observé largo y tendido y me pareció notar que evitaba mi mirada—. Dime, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Has venido a leer a Marcel Proust?
Por primera vez en todos los años que hacía que la conocía, la tía Mame parecía sentirse avergonzada.
—Qué habitación tan bonita para un universitario, cariño. Parece muy tranquila.
—Has estado aquí más de cien veces. Supongo que no habrás venido hasta aquí vestida así por las virtudes terapéuticas del color de las paredes. Te he preguntado qué demonios haces aquí, ahora, y así vestida.
La tía Mame se encogió incómoda y evitó mi mirada, aunque todavía conservaba una chispa de carácter.
—Bueno, pues ya que estamos con las preguntitas, yo podría decir que esta sórdida habitación de residencia estudiantil no parece precisamente Filadelfia. ¿O es que esa planta mustia de ahí es Rittenhouse Square?
—He vuelto antes de lo que suponía —respondí con total sinceridad—. Y ahora, aun a riesgo de ser reiterativo, ¿puedo preguntar, una vez más, qué estás haciendo aquí?
—Bueno, si éste es el recibimiento que me ofrece mi único pariente, quizá sea mejor que me vaya.
—Muy bien —dije avanzando hacia la puerta—, buenas noches.
—¡Ay, no, por favor! —gimoteó, acurrucándose en el sofá.
En el pasillo se produjo una terrible confusión y me pareció oír unas pisadas que subían y bajaban las escaleras y el sonido de una llave maestra que abría las puertas de las habitaciones más alejadas.
La miré con frialdad. Me había despertado del todo y estaba casi totalmente sobrio. Empecé a reconstruir los pequeños fragmentos del mosaico de los tres últimos días: la misteriosa llamada telefónica de la tía Mame, la voz que oí entre chorros de pistolas de agua en el coche de Alex, la «mujer misteriosa del vestido negro y vaporoso, que acaparaba todas las miradas».
—Ahora —dije en voz baja—, tal vez tengas la bondad de responder, cuando te pregunte, por cuarta vez, qué haces vestida con traje de campaña, en una residencia estudiantil masculina, a las cuatro de la mañana, el día del baile de fin de curso de tercero, en el año de nuestro señor de mil novecientos cuarenta.
—Yo..., yo..., sírveme otra copa, cariño.
—En cuanto te hayas explicado —respondí—. Vamos, suéltalo ya. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Bueno, si de verdad quieres saberlo —balbució—, estaba en el cuarto de Alex oyendo unos discos, cuando se produjo ese terrible bullicio y la patrulla de vigilantes nocturnos en pleno empezó a registrar la residencia...
—Pero ¿qué es lo que están buscando? ¿El eslabón perdido?
—Si dejas que te explique, estoy segura de que podré hacerlo a tu entera satisfacción.
—No me cabe la menor duda. Continúa.
—Por lo visto, esa horrible buscona, no imaginas qué mujer tan vulgar, con un vestido dorado y rojo que parecía comprado en Woolsworth's, se ha colado en la residencia con un chico repugnante. —El corazón me dio un vuelco—. En fin, sólo Dios sabe lo que estarían haciendo, pero ya puedes imaginártelo. Así que empezaron a oírse esos gritos tan terribles y un montón de palabrotas y luego oí a todos los vigilantes nocturnos registrando el lugar.
—¿Y?
—Y, claro, no quería que me sorprendieran en el cuarto de Alex a esta hora de...
—Pues claro que no —respondí gélido.
—De modo que me escabullí aquí hasta que pasara todo. Sabía, o al menos pensaba, que la habitación estaría vacía. Y, ahora, sé buen chico y sírveme una copa.
—Todavía no te has explicado a mi entera satisfacción. ¿Qué estás haciendo aquí, con ese vestido, en esta facultad, en esta ciudad, en este estado? Tú, que ibas a pasar sola el fin de semana con un buen libro.
—Pero..., pero, cariño, en el último momento el profesor Townsend y su mujer me invitaron a venir y...
—Acabaste en el baile de tercero con un chico que podría ser tu hijo.
—Eso no es cierto, a menos que te refieras a alguna desdichada jugarreta de la Naturaleza, como el caso de aquella pobre niña en el Perú. ¡Al fin y al cabo, tú y yo tampoco nos llevamos tantos años!
—¡Apenas veinte o treinta! —chillé—. Pero ¿a qué demonios crees que estás jugando, doña Matusalén?
—¡Basta!
—No. No pararé hasta saberlo todo, viuda universitaria. Vamos, empieza por el principio. La única razón por la que me telefoneaste el jueves fue para averiguar si estaría aquí para descubrir tus escarceos con un grupo de chicos a los que doblas en edad. ¿No es cierto?
—No. Lo hice para interesarme por tu...
—Limítate a responder sí o no. Querías venir sólo si estabas segura de que yo no lo descubriría, ¿es cierto o no?
—Sí, pequeño demonio, ¡sí, sí, sí!
—Fue Alex quien te animó a hacerlo, ¿no es cierto?
—Sí —susurró, encantada de tener alguien con quien compartir las culpas.
—De hecho, Alex y tú lleváis coqueteando todo el año, ¿no?
—Si insistes en humillarme de este modo, tendré que irme de tu habitación, Patrick.
—Hazlo. Por mí no te quedes. —Por el ruido y las conversaciones de fuera, supe que los guardias habían llegado a mi piso. La tía Mame no hizo el menor intento de marcharse, así que proseguí—. Alex y tú lleváis toda la primavera haciendo manitas.
—Eso es vulgar e insultante. Lo único que me interesa de él es su inteligencia.
—¡Y un cuerno! Alex carece de inteligencia, y él es el primero en reconocerlo.
—¡Está bien! —gritó—. Tal vez estuviese teniendo un tonto amorío con él. Me parece divertido.
—Así que pensaste que también sería divertido colarte aquí y tontear como las jovencitas universitarias.
—Da la casualidad de que yo también soy universitaria.
—Sin duda lo fuiste: Smith College, Northampton, Massachusetts, summa cum laude, curso de 1917.
—¿Y qué? Iba varios años adelantada en el colegio. Casi era una niña cuando me licencié.
—Seguro —me burlé—, una niña de teta. Y, puesto que el año en que te licenciaste coincide con el año en que nació Alex, pensaste que teníais algo en común..., la excusa ideal para venir a dar gritos y mojar a todo el mundo con tu pistolita de agua.
—¿De qué demonios hablas? —dijo sin demasiado entusiasmo.
—De ti, una Fanny Ward de pacotilla, una niña de cuarenta y cinco años...
—¡Cuarenta y cuatro!
—¡Aja!, una niña de cuarenta y cuatro años, detenida por la poli por empapar a medio campus con una pistola de agua.
—Ojalá la tuviera ahora —dijo apretando los dientes—, llena de ácido sulfúrico.
Llamaron solemnemente a la puerta.
—Abran, abran la puerta. ¡Esto es un registro!
—¡Oh, Dios! —suspiró la tía Mame.
—Tranquila, Lillian Russell* —dije en tono desagradable—. Al fin y al cabo, no eres más que mi anciana tía, aunque sean las tantas de la noche. —Abrí la puerta de par en par—. ¿Sí? —pregunté.
El viejo Casey, un vigilante nocturno de edad incalculable, estaba plantado tímidamente en el umbral.
—Siento molestarle, señor Dennis, pero tenemos que hacer una inspección general. Ordenes del decano.
—Pase —dije—. Como verá, tengo a una mujer en la habitación, pero no es más que mi tía Mame. Esta tarde me sentía un poco indispuesto y vino de casa del profesor Townsend para cuidarme. Ahora ya me encuentro mucho mejor, por lo que, si quiere usted registrar la habitación, no deje de hacerlo.
El viejo Casey observó bizqueando la habitación y arqueó las cejas canosas y pobladas. El rostro se le iluminó al ver a la tía Mame.
—¡Madre del amor hermoso, pero si es la señorita Dennis! Estos años la he visto a usted mucho por el campus. Y antes también. —Soltó una risita rememorándolo—. Dios, la recuerdo cuando era joven y asistía a todas las fiestas. Debía de ser en el año quince o dieciséis. Era guapísima, y muy alocada. —La tía Mame hizo entre dientes un comentario desagradable—. Dios mío, señorita Mame, qué tiempos aquellos, ¿eh? En fin, el tiempo no perdona. Supongo que habrá venido a acompañar a sus hijas al baile.
La tía Mame se quedó boquiabierta.
—¡Oh, no, Casey! —respondí enseguida—. Las dos hijas de la señora Burnside están casadas y viven en Akron, Ohio; ambas tienen dos niñas. Ahora es abuela. ¿Verdad, tía Mame?
Asintió humillada.
—¡No me diga! —El anciano bedel soltó una risita—. Bueno, eso es lo que hace que el mundo siga girando. En algún momento hay que envejecer. En fin, estoy seguro de que la juerguista que estoy buscando no estará en la misma habitación que una digna dama perteneciente a la sociedad neoyorquina y que ya tiene nietos. Pero, si ven a una pájara de cuenta que responde al nombre de Bubbles, llámenme. Todos los años pasa lo mismo, siempre hay algún chico idiota y desdichado que se deja enredar por una de esas fulanas, disculpe mi lenguaje, señora, y luego tiene que pagar un precio muy alto. Cualquiera pensaría que, con una educación universitaria y demás, tendrían que ser más espabilados. En fin, espero que se encuentre usted mejor. Buenas noches, señora, ha sido un placer verla después de todos estos años. Casi ha hecho usted que vuelva a sentirme joven.
Se marchó tembloroso.
No tuve valor de mirar a la tía Mame. Se quedó en el sofá sin decir nada, sujetando el vaso vacío. Me vestí a toda prisa y dije:
—Vamos, te llevo a casa.
—¿Al hotel?
—¡Ah!, entonces ¿no te alojas en casa de los Townsend?
—No —respondió en voz baja.
—Bueno, de hecho, había pensado llevarte a tu casa de Nueva York.
—Pero mi ropa... —respondió con desánimo.
—Pasaré a recogerla el lunes. Tengo un montón de recados que hacer por el pueblo.
Le eché la capa sobre los hombros y abrí la puerta. Descendimos las escaleras sin hacer ruido.
Bubbles, con su elaborado peinado un tanto enmarañado a pesar de la laca, y su llamativo vestido rojo y dorado desgarrado y muy arrugado, se encontraba en mitad del iluminado vestíbulo con Remington el Repulsivo, vestido sólo con una camiseta y unos calzoncillos. Ambos estaban rodeados por todo un regimiento de vigilantes nocturnos.
—... les juro que este desconocido prácticamente me secuestró. No sabía dónde me encontraba, debió de echarme alguna droga en el ponche. Cuando quise darme cuenta, me metió en su habitación y trató de propasarse. Tienen que creerme, no soy una de ésas.
—Silencio, jovencita —estaba diciendo el viejo Casey—, he visto muchas como usted en los cincuenta años que llevo trabajando aquí. En cuanto a usted, señor Remington, el decano...
—Será mejor que salgamos por la puerta de atrás —dije lacónico, cogiendo del brazo a la tía Mame y acelerando el paso—. Es más rápido.
—¡Ahí está! —chilló Bubbles—. Ése es el caballero que me trajo aquí. ¡Es él! Se llama Dennis, Patrick Dennis. Pat, cariño, diles que tú me invitaste. Cariño, te quiero, siento haber sido tan desagradable en el baile. Cariño, ¿es que no me oyes?
—Cierre el pico, señorita —dijo Casey—, está despertando a todo el edificio. ¿Qué iba a hacer un muchacho como el señor Dennis, que está aquí con su anciana tía, con una pájara como usted?
—¡Cariño! —chilló Bubbles. La puerta se cerró a nuestras espaldas.
—¡Vaya! —dijo la tía Mame con mirada malévola—. ¡Vaya!
—No digas nada y yo tampoco lo haré —respondí en voz baja.
En silencio, volvimos a Nueva York.



VIII. LA TÍA MAME Y MI AMOR FRUSTRADO
Inevitablemente llega un momento en la vida del personaje inolvidable en que el expósito concluye sus estudios en la universidad, se enamora y se casa. ¿Y qué hizo la desdichada solterona? Como es natural, fue un golpe doloroso tener que separarse de la persona que para ella lo era todo en la vida, pero siempre había sido una mujer animosa. Como de costumbre, pensó antes en los demás, se tragó su orgullo, sonrió —aunque se le estuviese partiendo el corazón— y fue a conocer a los padres de la chica y a asegurarse de que todo iba como Dios manda. Típico de ella, ¿no?
La tía Mame también sabía ser típica. De hecho, demasiado. Hizo todo lo que hay que hacer cuando se anuncia un compromiso, y lo hizo con tanto estilo que se las arregló para ser inolvidable, no sólo para mí. Me refiero a que esas cosas o se hacen bien, o más vale no hacerlas. A la tía Mame no le iban las medias tintas.
Al final de mi último año en la facultad, había madurado un poco. Fred Astaire dejó de ser mi ídolo. Incluso me las arreglé para caerle en gracia al decano. Y me enamoré.
El amor, la juventud y la belleza se aunaban en Gloria Upson. Era muy joven —tan sólo tenía diecinueve años— y también muy hermosa, una rubia delgada y escultural con un precioso labio inferior que siempre estaba haciendo mohines. Le escribía a todas horas, la telefoneaba cada noche y pasaba con ella todos los fines de semana. La semana de la ceremonia de graduación le pedí que se casara conmigo.
—Oh, sí, mi amor —susurró recostándose con suavidad contra la tapicería de mi coche—. Sabes que quiero decir sí. Pero ¿cómo vamos a hacerlo? ¿De qué viviremos? Ni siquiera tienes trabajo, y cuando te licencies...
—Pero tengo dinero. No es una gran fortuna, pero tendremos más que suficiente para vivir hasta que encuentre alguna cosa.
—Cariño —suspiró—, eso es maravilloso. En tal caso, claro que podemos. Mi padre seguro que estará de acuerdo y tal vez incluso pueda ayudarnos un poco.
—No necesitamos ayuda de nadie —respondí.
—Ya lo sé, tonto, pero, si se ofrece, tampoco digas que no. Ya sé que el dinero no lo es todo, cariño, pero no quiero ser una carga para ti, al menos hasta que encuentres trabajo.
Todo quedó acordado. No tenía más que recoger mi diploma, entrevistarme con Upson père, comprar una licencia y un anillo.
Mi entrevista con Upson padre se concertó para una cálida noche de junio. Cené con Gloria y su familia en su apartamento de ese feo desfiladero de césped marchito, monóxido de carbono y mala arquitectura conocido como Park Avenue. Los Upson vivían como le gustaría hacerlo a cualquier familia americana: sin nadar en la abundancia, pero con desahogo. Tenían dos cosas de todo: dos casas, el piso en Park y una casa en Connecticut; dos coches, un sedán Buick y una ranchera Ford; dos hijos, un niño y una niña; dos criados, un mayordomo y una doncella; dos clubs, uno en el campo y otro en la ciudad; y dos intereses, el dinero y la posición social.
La señora Upson tenía papada y dos abrigos de pieles. El señor Upson también tenía papada y dos pasiones —el golf y los negocios— y dos aversiones: Roosevelt y los judíos.
Hacía una noche un tanto sofocante, cenamos en una mesa casi Chippendale y la señora Upson dijo tres veces:
—En esta época solemos estar ya en el campo, pero este año ha sido tan húmedo que no he querido mudarme tan pronto. —Tras un postre muy contundente y apenas digerible a base de fruta, brandy, mazapán, frutos secos, helado y salsa de caramelo caliente, la señora Upson se excusó en su nombre y en el de Gloria y dijo—: Sé que tenéis cosas de que hablar.
—¿Pasamos a mi despacho, Dennis? —dijo el señor Upson.
Con un escalofrío, me aclaré la garganta y le seguí como un hombre. Cruzamos el salón, donde Gloria y su madre fingían interesarse por las contraportadas de la revista Town and Country, entramos en la guarida del señor Upson y él cerró la puerta.
—¿Y bien, muchacho? —preguntó, después de que rechazase el cigarro que me ofrecía.
—Verá, señor, hace ya seis meses que conozco a Gloria, estamos enamorados y queremos casarnos. Siempre, claro, que a usted no le importe.
—Bueno, lo cierto es que sé muy poco sobre usted, Dennis. Por lo que me ha dicho Gloria, parece que es un muchacho recto y honrado, con muchos proyectos, que destacó en sus estudios y tiene buenos modales. Pero el matrimonio cuesta dinero, y Doris y yo hemos acostumbrado a Gloria a tener sólo lo mejor. Y mi niñita no se conformará con otra cosa. Ha vestido siempre la mejor ropa, ha estudiado en los mejores colegios y sólo se ha relacionado con la flor y nata. No la hemos educado para que viva en un apartamento de una sola habitación y tenga que lavar y cocinar, y, lo que es más, no queremos verla llevar ese tipo de vida. A Doris se le partiría el corazón. ¿A qué se dedica usted?
La conversación versó sobre el dinero, los aspectos más espirituales del amor juvenil, el dinero, mis antecedentes familiares, mi tía Mame, los colegios a los que había asistido, el dinero, mis opiniones políticas y religiosas, los seguros, y el dinero.
—En fin, muchacho —dijo tras una hora de interrogatorio—, puedo decir honradamente algo que muy pocos padres pueden: me alegra y enorgullece que te conviertas en el marido de mi niña. Eres un joven con la cabeza en su sitio, de buena familia, con una buena educación, una renta propia..., todo lo que mi pequeña Gloria merece y podría desear.
Con mano firme me empujó hacia el salón, donde Gloria se echó extasiada entre mis brazos y la señora Upson vertió unas lágrimas inapropiadas y me besó humedeciéndome la mejilla. Así nos comprometimos.
Embargado de amor y felicidad, fui a pie desde el piso de los Upson hasta la casa de mi tía en Washington Square. Subí casi levitando por las escaleras y la encontré en su enorme cama dorada clavando chinchetas en un mapa de la Europa en guerra.
—¿Eres tú, cariño? —preguntó.
—Sí, tía Mame —respondí asomándome—. ¿Estás despierta?
—Pues claro que no, cariño —respondió—, siempre acostumbro a dormir sentada con un mapa en el regazo y las luces encendidas. Resulta tan napoleónico...
Entré de puntillas en la habitación y me senté en el borde de la cama.
—Tía Mame, estoy comprometido. Voy a casarme.
Soltó los Balcanes, y las gafas de concha se deslizaron por su nariz untada de crema.
—¡Casarte! —gritó—. ¿Tú? Pero ¡si no eres más que un niño!
—Tengo veintidós años —respondí—. He terminado la universidad, tengo mi propio dinero y estoy enamorado.
—Pero, cariño, esto es tan repentino, como suele decirse. ¿Quién es esa chica? No será la señorita Bubbles, ¿verdad? —preguntó, maliciosa.
—Es una chica a la que conocí las navidades pasadas. Se llama Gloria Upson.
—Caramba, Patrick. Lo dices en serio, ¿verdad, cariño?
—No he hablado tan en serio en toda mi vida. Queremos casarnos cuanto antes. Antes de que me llamen a filas.
—Pero, cariño, ¿de quién se trata? ¿Por qué no me has hablado de ella? ¿Es guapa? ¿No tienes una foto? —Fui a mi habitación y cogí la nada imaginativa foto de los Bachrach Studios que me había dado Gloria—. ¡Vaya, menudo bombón! —dijo la tía Mame—. ¡Hum! La boca parece un poco perversa...
—¡Tía Mame!
—Cariño, sin duda es cosa de la fotografía. Créeme, si de verdad vas en serio con ella y la quieres, te aseguro que seré la mujer más feliz del mundo..., te lo prometo. Sólo espero que estés seguro de lo que haces.
—Tan seguro como de que me llamo Patrick Dennis —dije—. Todo está arreglado. Anoche hablé con su padre.
—Cariño, deberías habérmelo dicho. Tendré que ir a visitarles.
—¿Por qué?
—¿Que por qué? Pues porque es lo que se hace en estos casos. La familia del joven siempre va a visitar a la de la chica. Al fin y al cabo, soy toda tu familia.
—Tonterías —respondí.
—Pues claro que es una tontería, cariño. ¡Oh!, nunca olvidaré la riada de padres de pretendientes que fueron a visitar al pobre papá los años que me dio por comprometerme.
—No es lo mismo —repuse enfadado.
—Claro que no, tesoro, pero aun así tendré que hacerles una visita. No querrás que tus suegros piensen que tu tía es una ermitaña ignorante que desconoce las sutilezas más elementales que conlleva un compromiso matrimonial. Alcánzame esos papeles de ahí y les escribiré ahora mismo. ¿Cómo dijiste que se llaman?

* * *

No tenía por qué sentirme avergonzado de la tía Mame. Sin embargo, estaba un poco preocupado por su primer encuentro con los Upson. La tarde antes de la visita estuvo probándose un vestido tras otro.
—Vamos, cariño —decía—, quiero que seas totalmente sincero conmigo. Esto de ser la madrina del novio me pilla por completo de nuevas, pero quiero que te sientas orgulloso de mí. No deseo parecer trasnochada, pero por otro lado cometería un error igual de grave si diese la impresión de ser demasiado sofisticada. ¿Cómo es esa señora Upjohn?
—Upson —le corregí.
—Sí, Upson. ¿Qué cosas lleva?
—No sé, ropa —respondí.
—Ya imaginaba que no se presentaría con una faldita de plátanos. Cariño, ya sabes a qué me refiero. ¿Es chic?
—Sí, no esta mal —contesté—. Un poco ajada. No tiene tan buena figura como tú.
—¡Caramba, cariño! —gorjeó encantada la tía Mame—. Había pensado ponerme este vestido estampado de Schiaparelli*, pero es del año pasado, así que no servirá. También tengo el vestido de gasa azul lavanda, aunque es demasiado juvenil para mi posición matriarcal. O el de crepé blanco, lo malo es que es más caliente que la entrepierna de...
—¡Ni se te ocurra hablar así esta noche! —rugí.
—Pero, Patrick, ¿acaso se te ha ocurrido pensar por un momento que, después de pasar por tres audiencias papales y una presentación en la corte de St. James, no voy a saber comportarme?
—Lo siento, pero los Upson no son como nosotros.
—Pues el negro transparente. El negro es un valor seguro. Aunque ése es precisamente su mayor inconveniente. O el de seda azul marino...
A las nueve en punto, la tía Mame, vestida en tonos tostados, con sombrero favorecedor y atrevido y un magnífico collar de perlas, subió con delicadeza a mi coche y condujimos hasta casa de los Upson.
—Me siento como si fuese a inaugurar un rastrillo benéfico —repetía una y otra vez.
La velada fue breve y exitosa. La tía Mame ocupó elegantemente un sofá estilo Luis XIV y habló del calor, la humedad y el cambio de tiempo en Nueva York, de lo guapa que era Gloria, lo buen chico que era yo, y las probabilidades de que América entrase en guerra.
Le eché una mirada que ella interpretó correctamente como «no hables de política», y ella observó que era una pena que, con toda Europa en guerra, no pudiéramos viajar allí de luna de miel.
Noté que la señora Upson echaba de reojo una mirada de aprobación al sombrero, el vestido, las pieles y las joyas de la tía Mame, y, cuando la señora Upson salió de la habitación para ir a buscar unas fotos de Gloria cuando era un bebé, vi cómo los ojos de mi tía recorrían el convencional salón del apartamento de Park Avenue. Sonrió al demorarse en el recargado marco de un paisaje decimonónico, movió imperceptiblemente la cabeza al reparar en un retrato al óleo de la señora Upson pintado alrededor de 1927, toqueteó los flecos de la pantalla de una lámpara y soltó una nada disimulada risita al ver el reloj de Tiffany que había sobre la repisa de la chimenea. Carraspeé bruscamente. Ella se sobresaltó y concentró con elegancia toda su atención en el señor Upson, que estaba diciendo:
—... no está mal para ir de visita, pero no me gustaría vivir allí. En cuanto esos franceses ven a un americano, le roban hasta la camisa. Y en cuanto a los ingleses, no movería un dedo por esos estirados ni por...
No obstante, la tía Mame, que era una franco-anglofila furibunda, se comportó con una contención admirable. Empleó su voz de dama elegante toda la noche y se soltó un poco —pero no demasiado— con su tercer combinado. Contuvo la lengua, se relajó lo bastante para contar unas cuantas anécdotas ingeniosas y cuidadosamente seleccionadas, e invitó con mucha cordialidad a los Upson a cenar con ella en Washington Square a final de semana.
—¡Oh!, pero esos días estaremos haciendo el equipaje —se quejó la señora Upson, dividida entre su deber y la ocasión de visitar la que era en realidad una de las casas más famosas de Nueva York.
—Razón de más para venir. Así será más fácil para sus criados —dijo con un gesto que parecía aludir a docenas de sirvientes invisibles—, que no tendrán que cocinar para los tres. Venga, por favor —añadió con la cabeza ladeada y una sonrisa cautivadora—. No será nada excesivo, se lo prometo. Sólo una cena familiar. ¿Quedamos el jueves?
Se puso en pie y se dirigió con delicadeza hacia la puerta.
—Patrick, cariño, no te preocupes por llevarme a casa. Tendría que haberlo pensado y traer el Royce, pero puedo coger un taxi.
—¡Oh no! —rió la señora Upson, extasiada de ser uña y carne con la lady Vere de Vere de Greenwich Village—. Voy a tener que ordenarle a su sobrino que se vaya. Mañana Gloria tiene que sacarse fotografías, para los periódicos, ya sabe, y no quiero que parezca que pasó la noche anterior en vela.
—Tu tía me parece un sueño —me susurró Gloria cuando íbamos hacia la puerta—. Por supuesto, había leído acerca de ella en las revistas, pero ¡conocerla y hablar con ella! ¡Y esa esmeralda!
La Sociedad para la Admiración Mutua se despidió calurosamente.
—¿Y bien? —pregunté mientras la tía Mame se quitaba el sombrero y se aflojaba el cinturón en el coche.
—Dios, ¡qué calor hace! —dijo—. Bueno, son un poco estilo los grandes almacenes B. Altman, pero, eso sí, las plantas más caras, ¿eh? Muy agradables. Y Gloria es preciosa.
De vuelta a casa estuvo extrañamente silenciosa.
El día de la cena en casa de la tía Mame, Gloria y yo fuimos a almorzar juntos y pasamos por Cartier. En menos de quince minutos aprendí un montón sobre diamantes. Con los ojos ciegos y los oídos sordos por el amor, observé a Gloria rechazar tres bandejas de terciopelo con solitarios y sonreír extasiada al contemplar su mano extendida y el enorme diamante redondo que destellaba en su dedo anular.
—Sí —dijo decidida—, me quedo con éste.
Apenas consciente de lo que hacía, firmé un cheque por el valor de mis ingresos de los próximos años. Gloria me dio un beso de despedida y se alejó por la Quinta Avenida con el diamante centelleándole en el dedo.
Al volver a Washington Square encontré la casa en pleno bullicio. Se hallaba repleta de orquídeas blancas, e Ito estaba colocando una última vela en el candelabro del salón. En la larga mesa veneciana del comedor había cubiertos para ocho personas, y había dos hombres de pinta extraña deambulando por ahí con librea azul.
Corrí al dormitorio de la tía Mame, donde la encontré tumbada y leyendo una pila de viejas novelas de Edith Wharton.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunté.
—¿A qué te refieres, cariño? —dijo sonriendo.
—Ya me has oído. ¿Quién más viene a cenar y quiénes son esos tipos vestidos de lacayos?
—Pero, cariño, hoy es la noche en que vienen los Upson. ¡No puedes haberlo olvidado!
—Pues claro que no lo he olvidado, pero ¿qué hay de los sitios de más, de las coronas funerarias y de esos dos estirados con librea?
—Pero, Patrick, cariño, sólo quería planear una velada agradable. Después de todo, si esos Upson son tan importantes, tu pobre tía tendrá que esforzarse todo lo posible, ¿no crees?
—No me vengas con pamplinas. ¿Quién más va a venir?
—Con groserías no irás a ninguna parte, jovencito. Puedo ser el doble de desagradable que tú, y lo sabes muy bien.
—Lo que quería saber, majestad, es a quién habéis invitado a compartir la cena con nosotros esta noche.
—Gracias por la cortesía, aunque llega un poco tarde —respondió sacándome de quicio—. He invitado a mi mejor amiga, Vera Charles, y al honorable Basil Fitz-Hugh. No he podido encontrar a los Guggenheim.
—¿Los Guggenheim?
—Sí. Una familia muy conocida. Estoy segura de que oirás su nombre alguna vez antes de morir. Y en cuanto a mí, si no tienes objeciones en que una pobre viuda tenga un compañero en la cena, he invitado al príncipe Henri-René de la Tour. Siempre que no te importe, claro.
—¿Y los lacayos?
—Son dos excelentes actores que participaron en la obra de teatro que acaba de representar Vera. Pensó que sería divertido traerlos.
—Escucha, para Vera y para ti puede que esto sea divertido, pero para mí se trata de algo muy serio. Si estáis planeando entrometeros en mi...
—Pero, Patrick, cariño —replicó la tía Mame con una sonrisa arrebatadora—. Sólo quiero hacer las cosas bien. Y, por supuesto, trato de ayudar a esos dos jóvenes. Es muy difícil para los actores encontrar trabajo en verano y les voy a pagar mucho más de lo que les daría el sindicato por un trabajo de una noche. Incluso he pagado la lavandería y el planchado de sus disfraces.
—Como se te ocurra gastarme alguna jugarreta... —murmuré.
—¿Es que has perdido la razón, cariño? ¿Por qué iba a querer arruinar tu felicidad? Sólo quiero aumentarla. Es evidente que a los Upson les impresiona la riqueza y simplemente quiero demostrarles que a nosotros también nos van bien las cosas.
Temeroso y derrotado, me retiré al cuarto de baño.
Fue una velada memorable. Todo el mundo, excepto los Upson, llegó un poquito pronto, casi como si lo hubieran hecho a propósito. La tía Mame estaba arrebatadora de azul pálido y con casi todos sus diamantes, y Vera estaba muy majestuosa vestida de blanco y dijo toda clase de cosas desagradables sobre Ina Claire, Gertrude Lawrence y los Schubert antes de que llegaran los Upson. El honorable Basil vestía su uniforme de gala de los Coldstream Guards, y el príncipe De la Tour iba muy francés con su traje de verano. Sólo más tarde recordé que el señor Upson odiaba a los franceses y los británicos. Los dos lacayos del sindicato estaban igual de impresionantes, y la señora Upson se sintió en el séptimo cielo al descubrir que su actriz favorita, Vera —«He visto todas sus obras dos veces, señorita Charles»—, era íntima de la tía Mame.
—¡Menuda casa tiene usted! —repetía sin parar el señor Upson.
La tía Mame sirvió sólo champán y se sonrojó cuando la alabaron por el pichón trufado.
—No sea tonta, querida, en realidad es sólo una cena de picnic. La mitad de los criados tienen el día libre.
Me acaloré, avergonzado, pero fui el único en hacerlo.
Una o dos veces sorprendí a la señora Upson observando la casa con ojos relucientes y estaba a punto de ofrecerme a enseñársela cuando la fiesta concluyó. Gloria, con el diamante brillándole en el dedo, me dio un beso de buenas noches aún más afectuoso de lo normal, y ya en la puerta, mientras los actores del sindicato se ponían en posición de firmes, la señora Upson susurró al oído de la tía Mame que fuésemos a visitarlos a Connecticut.
—Bueno —suspiró la tía Mame cuando nos quedamos solos—. ¿Qué tal se ha portado tu vieja tía?
—Muy bien, tía Mame —respondí con absoluta sinceridad—. Has estado muy bien.
Ahora que habíamos observado las costumbres tribales, todo discurría en términos amistosos.
Pocos días más tarde, partimos a pasar el fin de semana con los Upson. La tía Mame, que por lo general convertía una excursión en coche en un crucero alrededor del mundo, mostró un notable aletargamiento a la hora de hacer las maletas para el fin de semana en Connecticut.
—He pensado que una sombrerera con unas cuantas prendas a cuadros y una falda larga de campesina para las noches será lo más apropiado —dijo alzando la mirada de su mapa bélico Rand-McNally del desierto occidental—. ¿Sabes, cariño?, hay que admitir que ese desgraciado de Rommel sabe lo que hace.
Le quité el mapa de entre las manos.
—Oye, Molly Pitcher de pacotilla —rugí—, no sé lo que estás pensando, pero te aseguro que no vas a ir a casa de los Upson con una bolsa de papel llena de disfraces de lechera.
—De acuerdo, cariño, si crees que esa mujer me considera una celebridad, echaremos la casa por la ventana y llevaré el Rolls-Royce, a Ito, a mi doncella y un baúl lleno de ropa.
—No he dicho que los Upson vayan a aprovechar para lucirte. No son de ésos.
—¿Ah, no?
—Escucha —siseé—, si estás tramando una de tus simpáticas encerronas, cancelaré todo ahora mismo.
—Pero, Patrick, cariño —respondió con inocencia—, sabes que tu felicidad es de vital importancia para mí. Es mi única prioridad. Si no fuese por este fin de semana con los Upson, al que voy sólo por ti, podría haber ido a Fire Island con algunos de los chicos más simpáticos de...
—Si fuese tú, tampoco sacaría a relucir lo de Fire Island.
—¿Prefieres que no actúe como soy en realidad?
—En una palabra, ¡sí!
—Bueno, iré a buscar mis boas de plumas, pediré que preparen el Rolls, sacaré mi joyero, es una pena que el abrigo de piel de marta esté en el almacén...
—Maldita sea, ¿es que no puedes actuar por una vez como una persona normal?
—¿Me querrías si lo hiciera?
—¿Por qué tienes que interpretar siempre un personaje? ¿Acaso sólo puedes ir vestida como una campesina con una cofia o como la reina de Saba con un furgón blindado repleto de diamantes? ¿No comprendes que sólo quiero causar buena impresión a la familia de Gloria?
—Supongo que ni por un momento te habrás parado a pensar que la familia de Gloria también debería esforzarse por causarme buena impresión a mí.
—Desde luego, quieren que pienses que son gente agradable.
—Y un cuerno.
—Dejemos las cosas claras —respondí—. Esto es importante para mí. Quiero casarme con Gloria y es lo que pienso hacer...
—¿Aun cuando no te convenga? —preguntó la tía Mame sin alzar la voz.
—Eso debo decidirlo yo. Tan sólo quiero que vayas allí y te comportes como una persona normal. A Gloria y a su familia les caes muy bien por las dos veces que te han visto...
—¡Menuda alegría me das!
—... y, si te limitas a actuar como hiciste entonces, todo irá bien. Pero no tienen por qué enterarse de que fuiste corista en Chu Chin Chow, ni es necesario que les hables de tus amigos maricas de Fire Island...
—No soy responsable de las preferencias sexuales de mis amigos.
—... y ¡tampoco es preciso que se enteren de un montón de detalles de los que el común de los mortales no tiene por qué saber nada!
—¿Y deberían saber que opino que te has convertido en uno de los esnobs más vulgares, aburguesados y conformistas de la costa Este, o te las arreglarás para dejárselo claro sin mi ayuda?
Recogió su mapa bélico y se marchó dando un portazo.

* * *

Condujimos hasta Connecticut en relativo silencio. La tía Mame iba muy elegante con un traje de lino y así se lo hice saber.
—Gracias, cariño —respondió, mordaz—. Había pensado comprarme un modelito azul marino con toques de blanco y unas cerezas en la solapa, ¡pero Best and Company está siempre abarrotado!
—Tía Mame —dije sin alterarme—, ¿es que no quieres que me case con Gloria?
—No lo sé —respondió mirando a lo lejos—. No lo sé. Y ahora calla y deja que averigüe qué se trae entre manos el general Montgomery.
Agitó teatralmente su ejemplar del Time. Fue todo lo que dijimos hasta llegar a Mountebank, en el estado de Connecticut.
Después de media hora de desvíos equivocados que conducían a caminos con nombres pintorescos, finalmente dimos con Larkspur Lane.
—Es bonito, ¿no? —observé por decir algo.
—Adorable —respondió, y cerró el Time.
Seguimos conduciendo y llegamos a una puerta hecha con ruedas de carreta blanca, con un farol colonial en un poste y un letrero que decía:

UPSON DOWNS

—¡Qué ingenioso! —dijo la tía Mame.
—Oye, si...
—No hace falta que me saltes al cuello, Patrick —respondió con los ojos muy abiertos y cierto aire de inocencia herida—. Sólo me refería a que me parece terriblemente divertido1.¹De verdad. Quisiera saber a cuál de los tres se le ocurrió un nombre tan inteligente.
Le eché una mirada escrutadora, pero no pude descubrir nada en su semblante. Seguimos por el camino de grava.
La casa era una construcción baja de piedra con un poste delante, unas campanillas al lado de la puerta principal y un par de faroles de carruaje a los lados.
—¡Qué dulzura! —canturreó la tía Mame—. Parece sacada de Better Homes and Gardens.
Una vez más su rostro estaba totalmente inexpresivo.
—¡Yuuujuuu! —gritó la señora Upson, y salió corriendo por la puerta principal como un atleta rompiendo la cinta al llegar a la meta.
—¡Hooo-la! —respondió la tía Mame—. Acabo de enamorarme de su casa. ¡Es lo más mono que he visto en mi vida!
—Sí, a nosotros nos encanta —sonrió la señora Upson—. La mayor parte del edificio es de antes de la Revolución. Claro que no era lo bastante grande y tuvimos que añadirle dos alas para poder ocuparnos de los niños, aunque, ahora que Boyd está casado y Gloria está a punto de abandonarnos, sólo quedaremos nosotros dos para hacer ruido por la casa.
—Diga usted lo que diga, querida, es preciosa —dijo la tía Mame con una enorme y nada sincera sonrisa.
—Y, por supuesto, Mountebank es una zona exclusiva.
—¿En qué sentido?
—Usted ya me entiende —respondió azorada la señora Upson.
El criado de color cogió nuestro equipaje y seguimos a la señora Upson hasta el recibidor. Estaba pintado de color verde Williamsburg y decorado con un reloj de pared, un montón de grabados de Currier and Ivés y una alfombra bordada a mano sobre el suelo de tablas.
—¡Ooooh! —gritó la tía Mame cuando la alfombra se escurrió bajo sus pies. Se agarró a la barandilla de la escalera.
—¡Cuidado! —canturreó la señora Upson—. Por suerte, Claude tiene un seguro de responsabilidad a terceros, pero no queremos que se rompa usted una pierna.
—Qué considerado por su parte —respondió la tía Mame con una mueca, moviendo el dedo como una actriz de opereta.
—Voy a esconderlos en el ala de los huéspedes —dijo la señora Upson mientras subía, jadeante, por la estrecha escalera.
—¡Qué cosa tan divina! —repuso la tía Mame—. ¡Ayy! —gritó cuando le clavé sin la menor consideración el codo en la espalda.
—¿Ocurre algo, querida? —preguntó la señora Upson.
—¡Oh, no, querida!, sólo estaba pensando en las botas de los valientes generales coloniales que debieron de subir y bajar por estos benditos escalones.
—Bueno, ésta será su habitación—dijo la señora Upson—, y a ti, Patrick, voy a meterte aquí. Hay un pequeño saloncito en medio, por si os sentís solos.
Soltó una risita.
—Dios mío —gritó la tía Mame—, la mía es tan femenina, y la de Patrick tan masculina. ¡Apuesto a que fue idea suya!
—Pues sí. Le pedí al decorador de los almacenes Altman...
—¿Altman? Habría jurado que era Sloane. Puro Sloane.
—¡Qué lista eres, Mame! ¿Puedo llamarte Mame? Y tú llámame Doris. El piso de abajo es Sloane y el de arriba Altman.
—Llámame como quieras, Doris, con tal de que no me llames tarde a comer. ¡Ja, ja, ja...!
Las dos mujeres estuvieron a punto de abrazarse con alegría femenina. Yo estaba horrorizado.
—Ahora daos prisa y poneos cómodos. Claude y yo estaremos en la terraza con un buen daiquiri en cuanto estéis preparados. Gloria está en el club con los jóvenes..., todo chicas, por supuesto..., pero no tardará en volver. Apresuraos. No es necesario que os cambiéis para cenar, vida sencilla de campo.
Se marchó dando pasitos apresurados.
—¡Oh, cariño! —dijo la tía Mame—, este sitio es una monada. Mira mi habitación: estilo rústico francés, hasta el último detalle. E incluso me han dejado material de lectura: el Reader's Digest, La canción de Bernadette, siempre he querido leerlo..., y el ejemplar de marzo de Vogue.
—Como se te ocurra...
—Cariño, ¿se puede saber qué te pasa? Todo esto me encanta, y Doris es simpatiquísima. Ya ves que le caigo bien, incluso me ha pedido que la tutee. Y voy a ser una invitada tan perfecta que te apuesto lo que quieras a que Claude acabará pidiéndomelo también. Me encanta que las familias se tuteen, ¿a ti no?
Yo había enmudecido de rabia, pero al mismo tiempo tenía que reconocer que la tía Mame había causado sensación. Se estaba portando muy bien y hacía todo lo que le decía, incluso demasiado bien.
Me estaba afeitando cuando la tía Mame llamó a la puerta y entró sin más preámbulos.
—Dios mío —susurró—, qué baño tan masculino tienes, cielo. No como el mío. Fíjate en todas esas toallas ásperas y marrones, qué lástima que no tengan un «él» bordado, y esos grabados de patos en pleno vuelo. Mi cuarto de baño es de color rosa con un grabado de un galgo de Tony Icart y...
—¡Ay! — rugí.
—Cariño, ¿te has cortado por mi culpa?
—¿De qué demonios te has disfrazado? —grité—. ¡Quítate esa cinta del pelo ahora mismo!
—Pero, Patrick —gimoteó—, me la regalaron con la botella de protector solar y Doris lleva una. Pensé que quedaría monísima con esa muselina floreada.
Se había puesto un vaporoso vestido rosa con muchas joyas de adularia que le daban el aspecto de alguien que no acaba de creerse lo que hacía, aunque no estaba tan mal para merecer mayor comentario.
—Voy de lo más apropiada para Mountebank, ¿verdad, cariño?
—Estás bien —dije acuchillándome la mandíbula.
—Cariño —dijo, besándome la nuca—, date prisa en afeitarte. Me encontrarás en el salón leyendo Oliver Wiswell en uno de esos sillones tan cómodos estilo gobernador Winthrop. Me siento como si fuese un pedacito de historia en esta joya de casa.

* * *

El piso de abajo, la sección Sloane de Upson Downs, se parecía mucho a la de arriba: todo muy pintoresco, rústico y colonial. Había faroles de carro, lámparas de trinquete, lámparas esmaltadas y lámparas hechas con mantequeras, molinillos de café y tarros de botica. En las paredes colgaban calientacamas, fuelles antiguos, trébedes de latón y alegres dechados, con viñetas de Spy, escenas de caza, mapas amarillentos y respetables daguerrotipos. La señora Upson ocupaba, nerviosa, una silla de hierro en la terraza y, por encima de los suspiros de la tía Mame, «Qué preciosidad..., qué pintoresco..., qué inteligente...», oí al señor Upson mezclando bebidas y ejerciendo de anfitrión.
Con su delantal verde y sus llamativas sandalias, el señor Upson parecía más un oso de feria que una persona. Hizo una profunda reverencia para besar la mano a la tía Mame y me puso una enorme garra paternal en el hombro.
—Bueno —rugió—, ya estamos todos. ¡Y a esta hora del día no hay nada como un buen daiquiri Upson!
—¡Qué rico! —dijo la tía Mame.
—Sí —prosiguió—, no los preparo como todo el mundo. Cuando Doris y yo estuvimos en Cuba este invierno había un barman en un sitio al que íbamos mucho..., ¿cómo se llamaba, Doris? ¿Casa Huan? Sí, Casa Huan..., bueno, pues el barman, Huan, nos dijo que no utilizáramos azúcar. Un buen daiquiri no lleva azúcar.
—¡No me diga! —comentó la tía Mame.
—No, ni pizca. ¿Quiere saber el secreto que me contó Huan?
—¡Oh!, me muero por saberlo..., siempre que no sea un secreto de Estado.
—Pues bien, Huan utiliza siempre miel filtrada.
—¡Quién lo iba a decir, miel filtrada!
—¡Sí! Miel filtrada y un ron muy, muy suave y luego...
—No sé por qué se habrá entretenido tanto Gloria —dijo la señora Upson, poniendo su mano rolliza sobre mi rodilla—. Pero no te preocupes. Tomaremos un buen...
—... hay que rallar literalmente el hielo...
—Parece muy complicado, señor Upson.
—¡Oh, Bertha! —llamó la señora Upson—, ¿le importaría meter los canapés en el horno? Los de chutney.
—... y agitarlos. Nada de esas batidoras modernas. Eso es para mariquitas. Si se quiere un buen daiquiri, hay que agitarlo con ganas. Oiga, señora..., ya que somos casi familia, ¿por qué no la llamo Mame y me llama usted Buster?
—Buster —respondió la tía Mame con un gritito—. Creía que se llamaba usted Claude.
—¡Oh! Doris me llama Claude, pero todo el mundo me llama Buster, y usted también puede hacerlo.
—Desde luego que lo haré, Buster —respondió con coquetería la tía Mame—, siempre que tú emplees también mi apodo.
—¿Y cuál es? —preguntó sirviendo las bebidas.
—Arrumacos.
Me atraganté al probar la bebida y tuve que excusarme.
Gloria llegó muy bronceada y seductora, y contó una rebuscada excusa por haberse entretenido tanto en el club. A las siete en punto, se reunió con nosotros otra pareja, llamada Abbot, o Cabot, o Mabbit, no llegué a tenerlo claro. Él trabajaba en la banca y ella en planificación familiar, los dos adoraban París y hablaban sin cesar de un hotel en el que se habían alojado, llamado, por lo visto, el Crayon. Dimos cuenta de una comida pesada y sabrosa y la tía Mame deleitó a todo el mundo con varias anécdotas sobre el año en que llevó a su tropa de girl scouts al parque de Yosemite. Yo no las conocía —de hecho, tampoco sabía que ella supiera lo que eran las girl scouts— y me reí tanto como los demás invitados. Fue, con mucho, la sensación de la velada, y, hasta que me metí en la cama, no recordé que, en la época en que aseguraba haber estado en Yosemite con las girl scouts, en realidad había sido corista de Chu Chin Chow.
El sábado, la tía Mame insistió en levantarse a las siete y pasó la mayor parte de la mañana cortando con delicadeza rosas en el jardín —tantas que los Upson no tuvieron bastantes jarrones para colocarlas—. No creí que estuviese siendo sincera, pero, aunque exageraba un poco el lado bucólico de su naturaleza, le funcionaba muy bien. Tenía al señor y a la señora Upson prácticamente a sus pies. A la hora del almuerzo habló de sus alegres días de debutante en Buffalo, que también coincidían con Chu Chin Chow y las girl scouts, y luego ella y la señora Upson se embarcaron en una complicada discusión sobre genealogía, durante la cual me sorprendió oír que yo descendía de Carlomagno por línea directa.
Por la tarde, nos separamos; el señor Upson fue a jugar una partida de golf, la señora Upson y la tía Mame —para entonces, Doris y Arrumacos— asistieron a una subasta en el pueblo, y Gloria me llevó al bosque a pelar la pava.
—Amor mío —murmuró Gloria con sus preciosos ojos más verdes y profundos que nunca—, ¿no te gusta estar aquí, lejos de toda esa gentuza de Nueva York?
La rodeé entre mis brazos y le di un beso muy largo.
—Cariño —dijo incorporándose—, ¿ves todas las tierras que hay detrás de esa pared de piedra?
—¡Hmmm!
—¿Sabías que están en venta? Hasta el último centímetro. Veinticinco hectáreas.
—¿Ah, sí? ¡Bésame otra vez!
—¡No! ¡Que me pinchas! Seguro que tienes que afeitarte dos veces más a menudo que la mayoría de los hombres. Estaba pensando en que sería como un sueño que pudiésemos comprar esas tierras y vivir aquí. Justo al lado de papá y mamá.
—¿Quieres decir ir y venir a la ciudad a diario?
—¡Oh, no! Podríamos tener otra casa en la ciudad. Un pequeño pied à terre. Pero pasaríamos la mayor parte del tiempo aquí, en Mountebank. Además, a papá le preocupa mucho que alguien raro pueda comprar las tierras vecinas.
—¿Raro?
—Ya me entiendes, cariño. Desagradable.
—Caramba, Gloria, aquí las tierras deben de costar un ojo de la cara.
—Hombre, no son baratas, pero el aire es tan puro y tan fresco, y la gente que vive aquí es muy agradable. Ya has visto lo mucho que le ha gustado a tu tía. Apuesto a que, si se lo pidieras con dulzura, o si lo hiciera yo, nos regalaría esa ladera de la colina y tal vez una casita, toda de cristal y muy moderna..., una especie de regalo de boda.
—Espera un momento, preciosa —dije sentándome—. No quiero pedirle un montón de pasta. Ha sido demasiado generosa conmigo toda su vida. Y, además, tengo mi propio dinero y no quiero ir por ahí mendigando favores.
—Pero, amor mío —replicó con un precioso mohín—. ¿Para qué quiere todo ese dinero? Está sola en el mundo, y, al fin y al cabo, tú eres más o menos su heredero.
Cambié de tema apresuradamente.
—Deberíamos empezar a buscar un piso en la ciudad y fijar una fecha. ¿Qué te parece, digamos, a mediados del mes que viene?
—¿Quieres decir que nos casemos el mes que viene?
—Pues claro. ¿Qué iba a ser si no?
—Pero es imposible.
—¿Por qué?
—Pues porque no tengo nada de ropa.
—¿Y cómo llamas a ese vestido que llevas puesto?
—Ya sabes a lo que me refiero, tonto. Yo digo ropa de verdad. Lencería, vestidos, trajes, abrigos, y sombreros..., todas las cosas que tiene que tener una novia.
—Es la primera vez que oigo que necesite algo más que un marido y una prueba de Wassermann negativa.
—¡Ay, para de una vez! No podemos casarnos todavía. Jane está en Maine, Pammy está en Nantucket y B. J. y Frannie están los dos en...
—Pero yo no quiero casarme con Jane, ni con Pammy, ni con B. J. y Frannie. Quiero casarme contigo, y me traería sin cuidado que estuviesen en la sección de negocios del mismísimo infierno. ¿Por qué no nos escapamos a algún sitio y acabamos con esto de una vez?
—¿Y romperle el corazón a mi pobre padre? Papi no me lo perdonaría si hiciese algo parecido. Y mami..., desde que yo no era más que un bebé, ha soñado siempre con una preciosa boda en la iglesia del Descanso Celestial, con damas de honor, padrinos y la niñita de Boyd..., espera a que conozcas a la pequeña Deborah, parece un querubín..., para llevar las flores, y luego ofreceríamos una gran recepción en el club, y luego...
—¿Quieres decir que tengo que perseguir a seis tipos y meterlos en chaqués alquilados que no sean de su talla sólo para...?
—Pero, amor mío, ahí está la gracia de casarse.
—¡Ah! Yo siempre pensé que eso venía después.
—Ya sabes a lo que me refiero. ¿Quién quiere casarse, si no puedes ofrecer una fiesta y un baile, si no tienes regalos y no sale tu foto en los periódicos? Es lo que hace todo el mundo.
—¿Todo el mundo?
—Bueno, todos mis conocidos. Gente agradable. Desde luego, lo que no quiero es ir al Ayuntamiento con un montón de extranjeros y...
—¿Cuánto tiempo crees que te costará organizar esta producción teatral, ahora que Ziegfield ha muerto?
—¡Oh!, había pensado anunciar nuestro compromiso justo después del Día del Trabajo, cuando todo el mundo haya vuelto a la ciudad. En verano siempre se dan las mejores fiestas, así que había pensado que podríamos casarnos justo después de Año Nuevo, y tal vez ir a Palm Beach o algún sitio parecido de luna de miel.
—Comprendo —respondí sin entusiasmo.
—Vamos, no te lo tomes así, amor mío. Tampoco es tanto tiempo. Además, ¡tú vas a estar muy ocupado! Tenemos que encontrar un apartamento, y no me refiero a cualquier cuchitril, sino a un sitio bonito con mucho estilo..., muebles, alfombras, y una especie de doncella o algo así. Estas cosas se tienen que hacer con calma. O se hacen bien o no se hacen.
—Sí —respondí, y encendí un cigarrillo.
—No te enfurruñes, cariño. Ya verás como tengo razón. ¡Vaya, son casi las cuatro y prometí a Mary Elizabeth que iríamos a jugar al tenis! Apresúrate. Todavía tienes que cambiarte.
Esa noche, los Upson invitaron al baile del club a un alegre grupo de jóvenes, personas de mediana edad, ancianos y a los más viejos de todos: un par de recién casados. Mucho antes de que cayera el sol, coches llenos de gente de clase media vestida de fiesta recorrieron el camino de grava y el señor Upson volvió a estar en su elemento explicando cómo preparar un auténtico daiquiri sin azúcar. Pareció un poco dolido cuando la tía Mame pidió un whisky solo. Al parecer, incluso en los sectores más exclusivos de Mountebank había corrido la voz sobre lo encantadora que era, y tuve la sensación de que todos estaban pendientes de lo que decía. Estaba inspirada y habló con ternura del enorme orinal pintado a mano que había comprado en la subasta esa tarde.
—Doris me va a enseñar cómo transformarlo en una lámpara —anunció a su fascinado público.
La tía Mame estaba especialmente arrebatadora esa noche con un vestido blanco con una cola de varios metros y un montón de zafiros. Tuve la sensación de que muchos de los hombres que llevaban años sin bailar iban a recobrar de pronto la agilidad esa noche. La tía Mame se encontraba en plena forma y pasaba con elegancia de un tema al otro, desde el escarabajo japonés, hasta un golpe difícil con el hierro cinco, la enfermedad de los olmos, las escuelas avanzadas, el problema del servicio doméstico y —hasta que crucé una mirada con ella— la necesidad de legalizar la prostitución.
Había unas dos docenas de personas saboreando los daiquiris del señor Upson, y yo iba incómodo de un lado al otro captando fragmentos de conversación.
—Ciertamente arrebatadora y no creo que tantos años...
—Y Huan me dijo: «Mire, señor», así es como hablaba, «no use usted azúcar, sino miel». Y os aseguro que son los daiquiris más suaves y...
—Mousseline de soie, eso es, ¿sabes cuánto piden por un metro en McCutcheon's?
—Aunque siempre supe que Gloria...
—Y entonces ese cadi negro me dijo: «Caramba, señor, nunca había visto una bola de golf de ese color...».
—¡Gloria, es un anillo precioso! Es lo que le he dicho antes a tu madre: «¡Doris, recuerda que no estás perdiendo una hija, sino ganando un hijo!». Y parece un joven muy apuesto...
—La mujer más guapa que hemos tenido en Mountebank desde que la reina María dio una conferencia en...
—Siempre me pongo morado en los bufes...
—Ése es el secreto, agitarlo con ganas. Nada de esas...
—Medio pomelo y pan de centeno. Y para cenar...
—Pues claro que son auténticos. He leído lo de sus joyas en Town and Country. Además conoce a todo el mundo...
—Se apellidaban Harris, y eso puede significar tanto un sí como un no. Bueno, él parecía muy normal, pero en cuanto Alice la vio a ella, dijo «¡Oh, oh!», y nos vendió la parcela a nosotros por la mitad de lo que iban a pagarle esos judíos...
—Luego F. D. R. dice: «Pero, Eleanor, ¿cómo voy a saber si tú...?».
—Él no habla mucho, pero su tía es ciertamente...
Justo cuando la fiesta estaba más animada, la tía Mame se subió con gracia a una silla y gritó:
—¡Silencio! ¡Silencio todos! ¡Silencio, por favor! —Todo el mundo calló y yo noté que me acaloraba y luego sentía un escalofrío—. Por supuesto, todos sabéis lo de estos dos jóvenes, así que no tiene sentido que os dé una noticia tan antigua. Pero he estado estrujándome el cerebro pensando en un pequeño regalo de compromiso que pudiera ser apropiado para una chica tan guapa como Gloria, y ahora ya sé cuál es. —Se desabrochó el barroco collar de zafiros del cuello, bajó de la silla y lo abrochó en torno al cuello de Gloria—. Toma, cariño. Quiero que lo tengas tú. Sólo los jóvenes pueden llevarlos.
Se produjo un cuchicheo volcánico. Gloria estaba muda de contento.
—¡Oh..., oh...! —era todo lo que acertaba a decir.
—¡Mame! —gritó la señora Upson—. ¡No puedes! ¡No deberías! ¡Oh, Mame, es precioso! Ven, Gloria, deja que mami lo refuerce con seda dental hasta que papá suscriba una póliza nueva. Sería terrible que lo perdieses.
Me quedé atónito de gratitud y sorpresa. Sin embargo, con la luz anaranjada del crepúsculo iluminando el vestido y los ojos verdes de Gloria, los zafiros no parecían, no sé, del todo apropiados.

* * *

Fue una velada normal, con una cena normal y una orquesta normal en un club de campo normal. Bailé toda la noche con Gloria, tras declinar hacerlo con las demás damas de la mesa, y ella se aferró a mí como no lo había hecho nunca.
—Es la noche más feliz de mi vida —susurraba.
La tía Mame fue la sensación de la noche. De hecho, no paró de bailar desde las nueve y media hasta que la salvé de otra atlética polca con mi futuro suegro.
—¿Me permites? —dije.
—Estos jovenzuelos siempre se llevan lo mejor de todo, ¿eh, Arrumacos? —rió antes de darle un pellizco de despedida en la espalda desnuda.
—¡Ay, Buster! ¡Me matas!
—¿Te molesta que te haya interrumpido de este modo, tía Mame? —pregunté.
—¿Molestarme? Si no lo hubieras hecho, habría acabado inválida. Nunca había estado en un sitio donde jugasen al rugby al son de la música. ¿Quieres que te explique cómo preparar un daiquiri al estilo de Juan? Se coge miel y...
—No, por favor, ya lo sé —reí—. En serio, lo estás pasando bien, ¿no?
—¡En grande! ¿No te he contado lo de cuando el señor Abbot hizo el hoyo catorce de un solo golpe? Ya sabrás que el par de ese hoyo son tres golpes. Pues bien, estaba con aquel cadi negro...
—Escucha, tía Mame, hablo en serio. Tanto si te estás divirtiendo como si no, estás siendo la persona más maravillosa de todo el estado de Connecticut.
—Si no sabes decir algo agradable, mejor no digas nada.
—Lo digo de verdad. Estás genial y te quiero. No me he sentido tan orgulloso de nadie en toda mi vida.
—Pero si no es nada, cariño. Se añade miel y se agita con ganas. Oh, Dios, aquí llega el Ángel Sueco para el cuarto asalto.
—¿Puedo? —preguntó el señor Abbot-Habit-Cabot-Rabbit-Mabbit.
—Espero que no os aburráis —dijo la señora Upson a la mañana siguiente, alcanzándole a la tía Mame la sección de jardinería del Herald Tribune—, pero para nosotros el domingo es un día familiar. Claude se mete en el cuerpo sus dieciocho hoyos por la mañana..., siempre le insisto en que vaya a la iglesia los domingos, pero ¡él dice que bastante se acuerda de Dios en el campo! ¿No te parece terrible?
—¿Terrible? —respondió la tía Mame—, querida, es...
—Pero, como te estaba diciendo, Mame, el domingo es siempre un día tranquilo y hogareño en Upson Downs. Nos quedamos en casa y, por lo general, Boyd, nuestro hijo, viene con Emily y charlamos tranquilamente. A ti no te gustará el gin, ¿verdad?
—¿Gustarme? ¡Me encanta!
—¡Estupendo! En ese caso, sacaré la baraja y el cuaderno para apuntar y jugaremos una partidita de gin rummy mientras...
—¡Ah! —dijo, alicaída, la tía Mame.
—Por supuesto, hay a quien no le gusta que se juegue a las cartas en domingo. Les parece sacrílego, ya me entiendes.
—Tal vez sea mejor que me contente con las páginas de jardinería. No quiero estar demasiado estimulada cuando llegue Floyd.
—Boyd.
—Lo siento. Sí, Boyd y Emily.
El domingo transcurrió lentamente. Gloria durmió hasta la hora del almuerzo y pasó la tarde en su habitación escribiendo a unos amigos para contarles lo de su reciente felicidad. La señora Upson llevó a la tía Mame a visitar a una mujer que tenía la mayor colección de vidrio opalino de todo Mountebank, y yo me quedé en la terraza, acalorado y muy aburrido.
A las cinco en punto, todos nos reunimos en la terraza, donde el señor Upson, fortalecido y rubicundo tras su partida de golf, preparó una ronda de daiquiris y volvió a explicarnos cómo se hacía. Esta vez la tía Mame insistió en tomar whisky y yo pedí una cerveza. Nada más ponernos cómodos, nos incomodó la llegada de un Ford descapotable en el que viajaban Boyd Upson, su mujer Emily y su hija Deborah.
—¡Yuujuu! —gritó la señora Upson—. ¡Yuujuu! ¡Boydie y Emily!
Se oyó un trepidar de piececitos y Deborah, una preciosa niña de unos tres años de edad, llegó corriendo a la terraza.
—¡Oh, cariño! Ven con la abuela, Debbie. ¡Dale un beso muy grande a tu abuela! ¿No te parece absurdo —dijo sonriendo con coquetería a la tía Mame— ser abuela a mis años?
—¿Absurdo? —respondió la tía Mame—, me parece...
Por fortuna, la llegada de Boyd Upson y su mujer acalló sus palabras. Boyd era un arquetípico joven republicano de Connecticut: alto, rubio y apuesto, y con todos sus músculos transformándose rápidamente en grasa. Su mujer, Emily, era el epítome de cualquier chica de cualquier veranda de cualquier club de campo entre Bar Harbor y Santa Barbara: una joven alta y de aspecto desagradable, a quien le habían enderezado los dientes, que había tomado clases de baile y recibido una mediocre educación en el circuito Spence-Chapin-Nightingale-Bamford-Hewitt. Era el modelo de lujo, pero con un neumático de más, pues volvía a estar embarazada.
—Bueno, hijo, ¿qué tal te va? —preguntó, afectuoso, el patriarca de los Upson—. Emily, cariño, ¿cómo está la mamá?
—Córcholis, papá, muy bien —gritó Boyd. Por la tarde, descubrí que su educación acerca del habla coloquial americana parecía haber empezado y concluido en los años veinte. Iniciaba todas sus frases con un córcholis, caracoles, estupendo, repanocha, chico o chica.
—Debbie, ¡deja en paz el collar de la abuela! ¿No es un angelito?
—Celestial —respondió la tía Mame, tirándose de la falda.
—¿Cómo está usted? —preguntó Emily, cogiéndome de la mano—. Deborah, si vas a actuar como una india salvaje, nos volvemos a casa. Boyd —gimoteó—, ocúpate de ella. No ha dormido su s-i-e-s-t-a esta tarde y está un poco C-A-N-S-A-D-A.
—Caracoles, cariño —gritó Boyd—, ¿qué quieres que haga con ella?
—Pues yo no puedo estar detrás de ella todo el día.
—No habrás vuelto a vomitar, ¿verdad, Emily, querida?
—No, pero esa c-o-n-d-e-n-a-d-a doncella ha vuelto a darme un disgusto. La verdad, hoy en día, parece que estés trabajando para ellas, en lugar de ellas para ti. ¿Sabías —dijo mirando fijamente a la tía Mame— que esos negros no sólo piden el oro y el moro, sino que insisten en tener una jornada de diez horas al día y librar los domingos, y D-I-O-S sabe qué más...?
Su concurso de deletreo se vio interrumpido.
—¡Shhhh! —le advirtió en voz baja la señora Upson—, a ver si te oyen. ¿Quieres cogerla tú, Mame, querida?
—No especialm... —gimió la tía Mame, mientras le ponían a Deborah en el regazo—. ¡Ay! —gritó cuando Deborah le agarró uno de los pendientes—. Suelta, maldita... ¡Oh! Eso no se toca —añadió mirando sombría a la niña.
—Vamos, Deborah —gimió Emily—, si te portas tan mal, podemos... Boyd, ¡haz algo!
—¡Rojo, rojo! —gritó la pequeña Deborah cogiendo el broche de rubíes que llevaba la tía Mame en la solapa—. ¡Mío!
—Suelta, pequeño..., encanto —dijo la tía Mame.
—Le has caído bien, Mame, querida —dijo la señora Upson—, se nota enseguida.
El perro llegó brincando y pusieron a Deborah a jugar con él, dejando una gran mancha de humedad en el regazo de la tía Mame.
—¡Boyd, no dejes que ese p-u-ñ-e-t-e-r-o setter lama la cara de Deborah! Dios sabe dónde habrá estado —gimoteó Emily.
El sol abrasador y la cerveza estaban colaborando mutuamente para levantarme dolor de cabeza y no recuerdo exactamente lo que dijeron. Había mucho ruido y todos hablaban al mismo tiempo acerca de banalidades. Reparé en que la tía Mame estaba bebiendo un montón de whisky y no la culpé.
A las siete, el mayordomo sacó una barbacoa de hierro fundido y llamaron a voces a la pequeña Deborah para echar una siestecita en la cama de la abuela. No obstante, la pequeña Deborah no quiso saber nada del asunto y hubo muchas órdenes, amenazas y discusiones que concluyeron con una persecución y con la pequeña Deborah gimiendo y chillando, y el perro soltando ladridos histéricos. Pero cuando Deborah pasó al lado de la silla de la tía Mame, tropezó y aterrizó limpiamente sobre la hierba. Habría jurado que el pie de la tía Mame se había cruzado en el camino de la niña, pero mi tía fingió mucha preocupación y pusieron a la pequeña Deborah a buen recaudo, por decirlo de algún modo, el resto de la tarde.
Una vez restablecida la calma, apareció el señor Upson con un gorro de cocinero y un delantal de tela con inteligentes frases estampadas en él, como «Cocinero y friegaplatos», «Cordon Bleu», «Soy tu cocinero», «Cuchara grasienta», y «Como en casa, en ninguna parte».
—¿No te parece un espectáculo digno de ver? —rió la señora Upson.
—Y tanto —asintió la tía Mame.
—Los domingos por la noche, Claude insiste en encargarse de la cena. Le compré esa barbacoa en Hammacher-Schlemmer y disfruta con ella como un niño.
—No me cabe la menor duda.
—Córcholis, papá —dijo Boyd—, me encantaría sacarte una foto con esa pinta. Sería la repanocha para una postal de Navidad.
—Bueno, Boyd, podrás sacar una foto de Arrumacos y yo manos a la obra, porque ayudarás un poco a Buster, ¿no, Arrumacos?
—¿Ah, sí? —preguntó inexpresiva la tía Mame.
—Puedes apostar las botas, Arrumacos. Sin ti, no podría preparar toda esa carne. Tráete la copa y dame un poco de apoyo inmoral. ¡Ja, ja, ja!
—Espero que la comida sea tan buena como tu daiquiri —dijo con coquetería la tía Mame, sirviéndose un trago largo de whisky.
—¿Quieres un poco de soda, Mame, querida? —preguntó solícita la señora Upson.
—No, gracias, Doris —respondió la tía Mame, y atravesó el césped para ir donde estaba el señor Upson con la barbacoa. Había tanto humo que no se les veía a ninguno de los dos, aunque la oí toser y atragantarse. Salió con los ojos llorosos a por más bebida y volvió a internarse valientemente entre las llamas con los vasos llenos de whisky hasta el borde.
Tardaron una eternidad en preparar los filetes «en su punto», como repetía sin cesar el señor Upson. «En su punto» significaba negro con carbón y cenizas por fuera y frío y crudo por dentro. Nos sirvieron uno por cabeza y me pareció el desperdicio más criminal de unos veinte dólares de ternera de buena calidad. También me dio la impresión de que el humo y el whisky habían afectado más de la cuenta al señor Upson.
Nos sentamos en torno a una mesa de hierro y cristal, royendo decididos los filetes del señor Upson y murmurando guturales gruñidos de apreciación nada sincera. El señor Upson bebió mucho más whisky durante la comida y una o dos veces la señora Upson dijo:
—Claude, ¿crees que debes?
Por lo demás, cenamos en aplicado silencio. Emily sufrió varias molestias gástricas sin mayor importancia durante la comida —y no la culpo— hasta que la paz y el sosiego se vieron definitivamente quebrantados por Boyd, quien tenía la lamentable costumbre de hablar con la boca llena.
—Córcholis, papá —dijo—, ¿te acuerdas de la parcela de ahí detrás? Pues el viernes vine con Charlie Haddock en el tren de las cinco y siete y dice que están pensando vendérsela a unos de Summit, Nueva Jersey, llamados Bernstein, A-bra-ham Bernstein.
—¡Oh, no! —gimoteó la señora Upson.
El tenedor del señor Upson repiqueteó contra la mesa.
—¡Bernstein!
—¿No serán los Bernstein de Summit? —preguntó la tía Mame—. Los conozco muy bien. Él es editor, y ella una autoridad en Rimbaud. Son una pareja encantadora con dos hijos llamados...
—¡Basta! —la interrumpió el señor Upson—. Esto no es cosa de broma.
—No estoy bromeando. Los Bernstein son amigos del Co...
—Es imposible, Boyd. Esta zona es exclusiva.
—No más allá de tus lindes. Eso ya no es Mountebank.
—¡Oh, papá —gritó Gloria—, es terrible!
—No lo permitiré —rugió el señor Upson—. Me plantaré aquí con un fusil, si es necesario, y los mantendré a distancia...
—Buster —dijo la tía Mame—, ¿se puede saber qué te pasa? Son encantadores. Ella es morena y muy animada y una de las mejores cocineras de...
—No me cabe ninguna duda de que será morena y animada. Una grasienta e indecorosa canija de labios gruesos...
—Estás muy equivocado. Sylvia es verdaderamente divina, y Abe estudió en Harvard en la misma clase que Samuel...
—¿Insinúas que de verdad conoces a esa gente? —preguntó el señor Upson.
—Desde luego que sí. Él tiene un trabajo maravilloso en...
—Pero si son judíos.
—Bueno, claro que lo son. Él está emparentado de algún modo con el rabino Wise y...
—¿Es que no te entra en la mollera que son judíos? ¿Y que quieren instalarse casi en mi propia casa? —replicó el señor Upson.
—Claude, por favor —dijo la señora Upson.
—Sí, Buster, Floyd, Boyd, dice que van a comprar la parcela de al lado. Te encantarán. Una de las parejas más estimulantes que conozco.
—Oye, ya está bien —replicó en voz baja el señor Upson—, una broma es una broma, pero si crees que quiero que un montón de judíos arrojen su sucia basura en mi jardín...
—Buster, ¿de qué estás hablando? Te digo que son amigos míos. No conozco a nadie tan limpio.
—¡Cierra el pico de una vez!
—¡Claude! —gritó la señora Upson.
—¡Eh!, oiga... —dije incorporándome.
—Por favor —susurró Gloria—, papá está de mal humor.
—Me trae sin cuidado cómo esté, nadie le habla así a mi tía...
—Boyd —rugió el señor Upson—, aunque tú y yo tengamos que organizar un piquete, una patrulla de vigilantes, mantendremos a esos sucios judíos y toda su apestosa raza fuera de...
—No irás a decirme que eres tan ingenuo como para creer que los judíos son una raza —dijo la tía Mame—. Pero si cualquier antropólogo...
—¡No me vengas con tu antropología! Lo único que sé es que mientras me quede aliento en el cuerpo lucharé contra cualquiera de esos Izzys y Beckys que tratan de entrometerse en el territorio del hombre blanco. Y por Dios que...
—¿Pretendes plantarte ahí y decirme —dijo la tía Mame— que crees ser el dueño de Connecticut? ¿Que te has erigido en una deidad con poder supremo para decidir quién puede comprar qué propiedad, y dónde y cuándo?
—Mame, el hogar de un hombre es su castillo. Puede que suene anticuado, pero no por eso deja de ser cierto, y no he trabajado como una mula todos estos años para construir esta preciosa casa y ver cómo se echa a perder por culpa de un hatajo de judíos que deciden mudarse justo delante de mi...
—Claude —repuso la tía Mame con ojos entornados y voz acerada—. Te he dicho tres veces que esos sucios judíos de los que hablas son amigos míos desde hace años. Gente atractiva, inteligente y bien educada. Resérvate tus opiniones hasta que los conozcas.
—¿Ah, sí? Es fácil hablar así desde tu preciosa mansión de Washington Square, pero ¿qué dirías si se mudaran al piso de al lado?
—Diría: «Bienvenida a Washington Square, Sylvia, y si tú y Abe queréis comer en casa mientras dure la mudanza...».
—¡Y una mierda!
—¡Claude! —exclamó la señora Upson.
—Maldita sea, Doris —chilló su marido—, ¡hablo en serio! —Se volvió hacia la tía Mame—. Te sientas ahí hablando como el New Republic o una roja de salón mientras otro cristiano se enfrenta a un grave...
—Te agradecería que no empleases la palabra cristiano de un modo tan obviamente equivocado —respondió con firmeza la tía Mame.
—Oye, Mame... —empezó la señora Upson.
—Por favor —les interrumpió Gloria—, ¿no podríamos cambiar de tema?
—Para hablar de qué, Gloria, ¿de los negros? —preguntó la tía Mame.
—Tú no te metas, cariño —dijo el señor Upson—. Mira he estado en tu casa y he visto todos tus refinamientos europeos; tal vez yo sea un obtuso agente de seguros sin el gran estilo de ese judío de Roosevelt, pero no te vi alternando con una panda de tipos de nariz ganchuda cuando fui a cenar allí. ¡Oh, no, tenías a un aristócrata inglés, a un príncipe francés y a una actriz famosa! ¡No a un hatajo de judíos!
—Supongo que sería cruel informarte de que el verdadero nombre de Vera Charles, a quien Doris y tú admiráis tanto, es Rachel Kollinsky, la hija de un comediante judío de segunda fila.
—¡Imposible! —exclamó sin aliento la señora Upson.
—¡Bueno, eso es cosa tuya! —rugió—. Con la gente del teatro es diferente, todo el mundo sabe que a ésos hay que echarles de comer aparte. Ahora hablamos de tener judíos como vecinos..., prácticamente en tu familia...
—Claude —dijo con mucha calma la tía Mame—, ¿te das cuenta de que en este preciso momento hay un maníaco en Alemania llamado Adolf Hitler que habla exactamente igual que tú?
—No mezcles la política con esto. Apuesto a que estás encantada con el New Deal.
—Siempre he admirado al presidente Roosevelt.
—Ahora hablábamos de los judíos, y, en lo que a ellos respecta, creo que Hitler tiene ideas muy sensatas.
—No puedes decirlo en serio. Los está masacrando.
—No he dicho que quisiera masacrarlos...
—Pues cualquiera diría que es lo que pretendías con tus patrullas de vigilantes —replicó con frialdad la tía Mame.
—¡Sí, por Dios, eso es lo que haría!
—¿A cuántos judíos conoces personalmente, Claude?
—Conozco a más de los que necesito conocer —gritó—, son prepotentes, autoritarios y chillones.
—¿Tanto como tú ahora?
—¡Maldita sea! Estamos hablando de que una panda de judíos se muden aquí y empiecen a tratarse con gente buena y respetable.
—¿Y esto es un ejemplo de tu bondad y tu respetabilidad? —La tía Mame tomó aliento como hacía siempre que se disponía a entrar hasta el fondo del asunto, e, incluso a pesar de mi desdicha, comprobé que estaba fascinado—. Claude —dijo—, he conocido a docenas de judíos a lo largo de mi vida y también he tenido la triste experiencia de oír a algunos gentiles hablar como tú lo haces. Conozco todos los adjetivos. Decís que los judíos son tacaños, prepotentes, avariciosos, posesivos, ruidosos, vulgares, chabacanos y autoritarios. Sin embargo, no he conocido a ninguno, desde el más mísero vendedor ambulante de la Primera Avenida, hasta el más rico filántropo de la Quinta, que os llegue a la altura del zapato si se trata de demostrar esas cualidades.
—¡Mame! —exclamó boquiabierta la señora Upson.
—Dios, no voy a permitir ni un minuto más que me insulten en mi propia casa. Ya puedes largarte de aquí, regresar a tu gueto neoyorquino y acostarte con todos los sucios judíos que quieras...
—¡Cierre esa sucia boca! —grité levantándome de un brinco de la silla.
El señor Upson se sentó con los ojos abiertos como platos, y al otro lado de la mesa Boyd se incorporó y me miró con ojos furiosos. Gloria soltó un grito.
—¡Coge tu anillo y vete de aquí! Cásate con alguna judía tacaña, si tanto te gustan. Así serás mucho más feliz. No eres de nuestra misma clase, y, lo que es más, nunca lo serás.
—Gloria...
—Patrick todavía no lo sabe, Gloria —dijo la tía Mame levantándose de la mesa—, pero acabas de hacerle el mayor cumplido que le harán jamás. Te doy las gracias en su nombre. Y ahora, espero que me disculpen. Patrick, ¿vienes conmigo o llamo a un agradable taxista cristiano..., tal vez un ario de Darien?
—Espera —respondí—, voy contigo.
Conduje deprisa, con el viento refrescándonos las caras. Al cabo de un rato, la tía Mame dijo:
—Patrick, ya sabes que siempre me ha gustado dedicar parte de mi fortuna a las obras benéficas. Tengo tanto dinero...
—Mmmm —murmuré.
—¿Qué dirías si ofreciese más dinero que Sylvia y Abe por la parcela contigua a la de los Upson y construyese un hogar para los refugiados de guerra judíos?
—Me parece una idea maravillosa.
—Estupendo —comentó—, esperaba que respondieras eso.
El enorme anillo de compromiso brilló fríamente en mi mano mientras nos alejábamos a toda velocidad de los suburbios de Connecticut.



IX. LA TÍA MAME Y EL LLAMAMIENTO A LAS ARMAS
Al llegar al crepúsculo de la vida, el personaje inolvidable se queda sola en casa con su jardín y su gato. El expósito ha crecido y se ha independizado, y todos coinciden en que ha hecho una labor estupenda al criarlo. Tiene amigos, aficiones y negocios que atender, y cualquiera diría que la buena mujer tendría que sentirse satisfecha. Pero no, echa de menos el ruido de pisadas por la casa, y lo que hace es adoptar a otros dos expósitos y volver a empezar desde el principio.
Semejante desenlace ha de sorprender por fuerza a todo el mundo. No a mí. La tía Mame no habría hecho nada tan trivial. Ella se hizo cargo de media docena de niños y vivió para contarlo.
Después de que Gloria Upson me devolviese el anillo, mi corazón quedó oficialmente destrozado, aunque ahora dudo de que estuviese siquiera lastimado. Pero cuando se hace algo tan drástico como romper un compromiso, hay que hacer algo no menos drástico para equilibrar las cosas. Yo me fui a la guerra. Europa ya estaba inmersa en ella, y parecía cuestión de minutos que América hiciera lo propio. El mismo día que devolví el anillo a Cartier me hice voluntario del American Field Service. Dos semanas después me embarqué para el norte de África, mientras la tía Mame lloraba en Washington Square.
Probablemente parezca provocador decir que disfruté de la guerra, pero lo hice. La vida en el Field Service consistía a partes iguales en aburrimiento y emociones. Conocí muchos lugares y caras nuevas. No teníamos que ponernos firmes ni saludar a nadie, y nunca pasé verdadero miedo. Cuando trabajábamos, lo hacíamos de firme, corríamos el riesgo de recibir un disparo y comíamos gachas y ternera seca. Pero cuando nos divertíamos, también era a lo grande: nos alojábamos en el hotel Shepheard y coqueteábamos con la reina Farida en el club de hípica.
La tía Mame me escribió casi a diario. Al principio sus cartas eran largos lamentos sobre lo abatida y sola que se encontraba. Me entristecían, y, por algún motivo, también hacían que me sintiera un poco culpable. Pero en el mes de diciembre se produjo el ataque de Pearl Harbor y su correspondencia empezó a tener un tono muy distinto. Sus cartas estaban llenas de descripciones de sus nuevas actividades y empecé a olisquear el humo de un nuevo fuego, pues, de hecho, la tía Mame se estaba volviendo más belicosa que Alejandro el Macedonio.
«¡He vendido más bonos de guerra que ninguna mujer que haya trabajado jamás en El Morocco! —escribía—. La semana que viene me prestan la sala Iridium como nuevo desafío. Esos capitostes son unos tacaños a la hora de comprar bonos, ¡pero los chantajeo con el patriotismo!». O «Anoche recorrí Washington Square en mi primer apagón. Cariño, ¡no sabes cuántas estrellas hay sobre Nueva York, cuando apagan las luces!». O «Ahora que he superado el récord de enrollado de vendas de la isla de Manhattan, voy a dejarlo. Hay cosas más importantes que hacer y el Servicio de Voluntarias Americanas quiere que presida un nuevo comité». O «¡Estoy tan triste que tengo ganas de echarme a llorar! ¡Me han rechazado en el Cuerpo de Ejército Femenino! ¡La sargento de la oficina de reclutamiento dijo que era demasiado vieja! En fin, no quise insistir, porque esa marimacho tenía dieciocho».
Tenía más uniformes que un general de cuatro estrellas.
Su casa se convirtió en una sede extraoficial de la United Service Organization. Participaba en todos los comités de amazonas de alto nivel de Nueva York. Aun así, encontraba tiempo para hacerme la compra. Toneladas de exquisiteces me siguieron por África e Italia: galletitas y caviar, pralinés y paté, latas de pollo, langosta, carne de cangrejo y galápago. Y, para demostrar que la tía Mame no se había vuelto demasiado realista, un paquete que contenía unas fresas empaquetadas especialmente llevaba estas instrucciones: «Marinar en la nevera con champán y rodajas de lima muy finas. Deliciosas con el faisán». En una caja sólo había frascos de medicina con etiquetas como «Una cucharadita antes de las comidas» y «Aplicar en el área irritada antes de retirarlo». Me extrañó mucho hasta que las olisqueé y descubrí que todas las botellas contenían bourbon de barrica, que la tía Mame había introducido en frascos de farmacéutico como astuta forma de burlar las regulaciones postales de los Estados Unidos. Pero, a medida que avanzaba la guerra, noté que empezaba a inquietarse. En 1944, recibí una carta en la rambla seca que hay al pie de Monte Cassino. Empezaba:

Querido Patrick:
No sé por qué me siento tan triste últimamente, pero así es. Esta casa vacía, la terrible soledad de la multitud. Por supuesto, estoy muy atareada con mi trabajo, pero ¡es tan impersonal! Sé que la primera función de la mujer es la maternidad y...

Fue todo lo que leí. Se oyó un terrible silbido y una explosión. Cuando desperté, estaba en un hospital británico en Caserta con un ordenanza inglés que no hacía más que decir:
—Hemos tenido suerte de poder salvarte la pierna, amigo. ¿Qué tal una taza de chocolate calentito Ovaltine?
En mayo, el barco hospital atracó en Nueva York. Di las gracias a todos los médicos y enfermeras, rechacé los servicios de una ambulancia de la Cruz Roja y me alejé renqueando por el muelle. Fingí estar más cojo de lo que estaba en realidad, y me las arreglé para parar un taxi desvencijado que me llevó a Washington Square. Llegué a la enorme puerta principal justo cuando la tía Mame salía con su vestido de dama gris, que le daba una pinta convenientemente etérea.
—¡Cariño! —gritó—. ¡Cariño, cariño! —Me tomó entre sus brazos y rompió a llorar. Luego me arrastró hasta el salón vacío y preparó dos cubalibres muy cargados—. ¡Aleluya! —gritó, blandiendo un ejemplar de Stendhal por la habitación—. Iba camino del hospital a leerles La Chartreuse de Parme a los chicos. Pero, ahora que has vuelto, tesoro mío, ahora que has vuelto, siento que me darás fuerzas para aprovechar la oportunidad más maravillosa que jamás se ha cruzado en mi camino. ¡Oh, cariño, es una jugada del destino! Contigo a mi lado, aunque estés cojo, siento que puedo apartarme de la periferia de la guerre y meterme de lleno en plena contienda.
—¿Qué estás diciendo? ¿Estás pensando en alistarte?
—¡Oh, Patrick, cariño, ha ocurrido algo maravilloso! Bueno, en realidad es terrible, pero para mí es maravilloso. En fin, no hay mal que por bien no venga y demás. Después de todo es el destino de toda mujer y ahora, contigo a mi lado, puedo enfrentarme a él.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Verás, cariño, esta mañana lo oí en las noticias. Se trata de una tal señora Armbruster de Southampton..., viuda, como yo, aunque mucho mayor..., que acogió a seis adorables refugiados de guerra ingleses mientras durase la guerra. Hoy, mi oficial al mando en el Servicio de Voluntarias Americanas ha llamado para contarme que la pobre señora Armbruster ha fallecido de repente. ¿No es maravilloso?
—¡Genial! —respondí—. ¿Qué tenías contra ella?
—¡Oh, nada, cariño! Era una auténtica santa. Pero, Patrick, mi comandante quería saber si yo podría acoger a uno..., o tal vez a dos..., de ellos y me apetece muchísimo. Sin embargo, algo me lo impedía. No obstante, contigo aquí —me miró con los ojos brillantes—, sé que puedo ofrecerles un padre y una madre a los seis.
—¡Eh, oye...! —empecé. Era demasiado tarde. Ya estaba al teléfono.
La tía Mame sabía actuar deprisa cuando quería, y, al cabo de unos diez días, había alquilado una enorme casa en Long Island, colocado a todos sus criados, a excepción de Ito —que era japonés y por tanto sospechoso—, en la fábrica de material de guerra Sperry Gyroscope para que aportasen su granito de arena, cerrado la casa de la ciudad y comprado un montón de ropa para el campo y una ranchera de segunda mano por el doble de precio de lo que le habría costado nueva. Luego dimitió de su puesto en todas las organizaciones bélicas para poder dedicar todo su tiempo a ejercer de madre devota. Antes de tener ocasión de decirle que no me apetecía lo más mínimo criar a seis niños me vi en la ranchera con Ito al volante por el camino de entrada al que iba a ser nuestro hogar mientras durase la guerra.
La tía Mame nunca hacía nada a medias, y tengo que reconocer que me impresionó mucho la casa que había alquilado. Se llamaba La Posada Peabody, el edificio databa de antes de la Revolución y tenía unas veinte habitaciones. Desprendía un auténtico aroma de época. Había cinco placas en la puerta principal proclamando los tratados que se habían firmado en su interior, la antigüedad y el estado de conservación de la estructura y otras notas de interés para los historiadores. Los jardines eran preciosos, y el césped parecía el green gigantesco de un campo de golf.
La señorita Peabody en persona, después de repetir cuatro veces que representaba a la décima generación que vivía allí, nos saludó al lado de la puerta de doble hoja. Era una mujer huesuda y una esnob de tomo y lomo. Apenas tardó un minuto en contarnos que era Hija de la Revolución Americana, Dama Colonial, Hija de Cincinnati, Descendiente del Mayflower y otra serie de cosas no menos deprimentes. Repasó los principales acontecimientos históricos ocurridos en la Posada en los últimos doscientos o trescientos años, describió el peregrinaje anual que hacían allí muchos historiadores cada primavera y sacó un grueso libro de recortes con las fotografías de las habitaciones que habían aparecido en Antiques, House and Garden y Country Life, y otras muchas revistas de moda.
La señorita Peabody nos sirvió un almuerzo muy malo y frugal en vajilla de Lowestoft y nos llevó a dar una vuelta por la casa: nos mostró el empapelado Revere auténtico, las no menos auténticas sillas Windsor, los genuinos retratos pintados por Copley de difuntos Peabody, las vigas de madera tallada originales y los entarimados con clavos. Tocó cada calentador de cama, cada jarra de peltre y cada tapete de ganchillo con la misma veneración que si fuesen trozos de la Vera Cruz. La tía Mame, con pinta de aristócrata rural, vestida de tweed y bastón taburete en mano, reprimió varios bostezos y expresó una fingida admiración por aquel lugar.
Tras impresionarnos durante más de dos horas, la señorita Peabody nos entregó un ejemplar del inventario que establecía el valor de los muebles en un poco menos de ciento setenta mil dólares y repitió por cuarta vez que nunca se le había ocurrido pensar en alquilar la casa, pero, ya que la tía Mame era toda una señora, y con aquellos impuestos tan altos por culpa de la guerra, había decidido hacer una excepción sin que sirviera de precedente. Olvidó mencionar que le sacaba a la tía Mame quinientos dólares al mes en concepto de alquiler.
—¿No es un sitio un poco frágil para traer aquí un montón de críos?—empecé.
La tía Mame me echó una mirada siniestra que significaba: «cierra el pico». Pero la señorita Peabody estaba tan ocupada mostrándonos el vidrio soplado del montante de las puertas que ni siquiera me oyó.
—Bueno, más vale que me vaya, señora Burnside —dijo la señorita Peabody poniéndose los guantes—. No sé cómo decirle lo feliz que me hace dar la oportunidad de vivir aquí a dos auténticos entendidos. ¡Adiós!
Se metió en el coche y se marchó.
La tía Mame se quitó la chaqueta de tweed, se secó la frente, se sirvió un par de copas y luego revoloteó por las enormes habitaciones de la Posada.
—¡Oh, cariño! ¿No te encanta este antiguo y pintoresco lugar? ¡No como el de los Upson, sino verdaderamente viejo, antiguo y hogareño! Estoy deseando ir a la droguería y comprar botes y botes de pintura en tonos pastel..., hay que remozar este sitio por completo. Ya sabes lo interesados que están hoy en día los psicólogos por la terapia del color. Y piensa en el bálsamo que será para los nervios destrozados por la guerra de esos niños refugiados el corretear por estas antiguas y sosegadas habitaciones.
—¿Qué opina la señorita Peabody de que vayas a pintar su museo?
—No tengo ni la menor idea —dijo la tía Mame echando la ceniza en un cuenco Worcester—. Todavía no se lo he dicho.
—¿No crees que sería mejor preguntárselo?
—Pensé que sería más divertido darle una sorpresa, cariño.
—¿Y estás segura de saber qué es lo que le parece divertido? —pregunté.
—¡Oh!, no seas tan envarado, Patrick. Ya veo que la guerra no te ha suavizado nada.
—Raramente causa ese efecto.
—En fin, si tú..., cielos —dijo consultando el reloj—, tendremos que darnos prisa si queremos llegar a Southampton a tiempo de recoger a los niños. Le dije a la señorita Pringle que estaríamos allí a las tres en punto. Estará preparada y los niños también. Así tendremos tiempo de llegar aquí a la hora del té. Tendremos que acostumbrarnos a tomar el té a diario. Es muy importante que esos pequeños británicos aprendan las costumbres de su país, pobres criaturas arrancadas de raíz. Psicológicamente es muy perjudicial interrumpir los patrones de comportamiento durante los años formativos.

* * *

Cuando llegamos al triste hogar de la difunta señora Armbruster eran casi las cuatro. Parecía una de esas casas elegantes, pero, vista de cerca, me dio la impresión de estar un tanto desvencijada y abandonada. Me sorprendió que aquella santa y ejemplo social de nuestros días hubiese permitido que su casa se fuese a pique de ese modo, pero lo atribuí a las penurias de la guerra. Había muchos niños persiguiéndose unos a otros por el césped, y una mujer con ojos alucinados que paseaba arriba y abajo por el camino de delante de la casa y tenía una expresión de agobio pintada en el semblante.
—¡Hola, hola! —llamó alegremente la tía Mame—. ¿Es usted la señorita Pringle? He venido a recoger a los niños.
—¡Gracias a Dios! —respondió la señorita Pringle—. Será un placer irme de aquí.
—Ya lo supongo, querida. ¡Qué terrible para esos pequeños tener que vivir en la casa después del... fallecimiento de la pobre señora Armbruster!
—No sabe usted la suerte que tuvo —respondió la señorita Pringle, aunque la tía Mame no la oyó—. En fin, será mejor que vaya a buscarlos. ¡Niños! —gritó—, ¡venid aquí ahora mismo! —Los niños no le hicieron ningún caso—. Dios —gruñó—, no sé lo que daría por llamar una vez a esos mocosos y que me obedecieran. ¡Eh, Edmund! Deja de trotar por ahí. Llama a los demás y venid aquí. Albert, cuida de Margaret Rose. No, no te he dicho que la empujes, te he dicho que... ¡Gladys! ¡Maldita sea!
—Ahí tienes —susurró la tía Mame— a una mujer que no quiere ni entiende a los niños. Qué espectáculo tan lamentable. Tendré que tratar de inculcarle algunos principios básicos de psicología infantil.
—Puede que sea recomendable esperar a que los meta en el coche antes de tratar de inculcárselos.
—¡Oh, qué delicia de niños! —murmuró la tía Mame—. ¡Con ese tono rosa y dorado de la tez británica! ¡Tan de Yardley!
La tía Mame era miope y demasiado presumida para llevar gafas, pero mi vista era lo bastante aguda para ver que Yardley se habría arruinado hace muchas generaciones si hubiese causado esos efectos en la piel: eran los típicos niños cockney bajitos, de rodillas huesudas y costillas prominentes que uno ve en los suburbios londinenses. Y los cinco años pasados con la santa señora Armbruster no habían contribuido a mejorarlos.
Por fin, la señorita Pringle se las arregló para que los seis se colocasen en fila delante del coche. La tía Mame les dedicó una sonrisa beatífica y les habló como una auténtica hada madrina:
—Buenas tardes, mis primitos ingleses. Soy la señora Burnside, pero podéis llamarme tía Mame.
—¡Claro, hombre! —dijo el mayor. Los demás prorrumpieron en ruidosas carcajadas.
La tía Mame pareció un poco sorprendida, pero rió también.
—Después de todo, un poco de diversión es la mejor medicina —me dijo en un breve aparte—. Y éste —prosiguió volviéndose hacia mí con un gesto teatral—, es mi sobrino, que acaba de regresar después de que lo hiriesen combatiendo con las fuerzas británicas. —Alguien emitió un ruido grosero—. Bueno —continuó la tía Mame—, ya que vamos a vivir juntos hasta que vuelva a prevalecer la cordura en el mundo...
—¡Uf, ya estamos con la misma monserga de siempre! —chilló la niña de mayor edad.
—Como iba diciendo —repitió la tía Mame en voz un poco más alta—, puesto que vamos a vivir juntos una temporada, necesito saber cómo os llamáis. Empieza tú —dijo con cordialidad al mayor de ellos.
—Llámame Jack el Destripador, monada —gritó mostrando una dentadura muy descuidada. Los demás se partieron de risa.
—Encantada, Jack —dijo la tía Mame.
—No le haga caso —soltó la señorita Pringle—. Se llama Edmund Jenkins y es de la mismísima piel del diablo.
—Jack o Edmund, me caes igual de simpático —repuso la tía Mame con una radiante sonrisa—. Y ¿tú como te llamas? —preguntó señalando con la cabeza a una niña más desarrollada de la cuenta.
—Soy lady Iris Mountbatten, su Alteza —respondió desdeñosa, con un marcado acento cockney.
La señorita Pringle perdió la paciencia. Se adelantó y le propinó un bofetón a la niña.
—Gladys Martin, cuida tus modales, ¡mujerzuela descarada!
—Por favor, señorita Pringle —se interpuso la tía Mame—. Si quiere que la llamemos Iris, será un placer complacerla. Y ¿tú? —preguntó a la siguiente.
—Dile cómo te llamas y nada de bromas —gruñó la señorita Pringle.
—Enid Little, señora —dijo la chica.
—Muchas gracias, Enid. Eres una señorita muy educada.
Gladys/Iris soltó un resoplido muy desagradable.
—Yo me llamo Albert, señora —anunció una vocecilla afectada—. Albert Andrews, y ésta es mi hermanita pequeña, Margaret Rose. —Albert era un niño encorvado aquejado de vegetaciones, y su hermana, la más joven del grupo, era una guapa jovencita de unos seis años.
—Encantada de conoceros —respondió con elegancia la tía Mame—. Estoy segura de que Margaret Rose será nuestra princesita.
—Furcia barata...—dijo una voz.
La tía Mame se volvió hacia el que había hablado.
—Vaya, hombre, un pelirrojo tan guapo como tú..., ¿y no te cae bien nuestra princesita Margaret Rose?
—No.
—Bueno, ¿y no vas a decirme cómo te llamas?
—No.
—Se llama Ginger —respondió Albert con una aduladora sonrisa.
—Encantada de conocerte, Ginger. Choca esos cinco —dijo la tía Mame extendiendo la mano.
—No.
—De acuerdo, si no te apetece... Bueno, ¿queréis que vayamos a tomar el té a nuestra nueva casa?
Se produjo un clamor general. Por fin, los niños apilaron su equipaje en la ranchera y se metieron en ella. La señorita Pringle se sentó delante con la tía Mame, y yo me senté detrás, al lado de Gladys/Iris, con los demás niños apiñados a nuestro alrededor. Habría jurado que Gladys me rozaba a propósito con los pies todo el viaje de regreso.
Mientras atravesábamos Quogue estalló una pelea, pero la tía Mame evitó una guerra abierta gritando:
—¡A cantar, a cantar! ¿Qué os apetece cantar?
—Cantemos la canción de «La cabra, la cabra, la puta de la cabra» —chilló Edmund. La señorita Pringle se volvió con el puño en alto, pero la tía Mame suavizó las cosas diciendo:
—Me temo que no conozco esa canción, Edmund.
—Yo sí —respondí.
Al final, cantamos Begin the Beguine, por sugerencia de Gladys, que me susurró: «Esta canción hace que me ponga de lo más apasionada».
Llegamos a la Posada Peabody a las seis. Ito había colocado arreglos florales japoneses en todos los jarrones, pero al cabo de quince minutos de la llegada de los niños fue evidente que sus esfuerzos habían sido en vano.
—Bueno, niños —dijo la tía Mame con un temblor nervioso en la voz—, lo primero que debemos hacer es escoger los dormitorios. Hay un montón de ellos en esta casa tan antigua. ¿No os parece preciosa?
—No —respondió Ginger.
—Bueno, Ginger —prosiguió diplomática la tía Mame—, seguro que acabará gustándote. En otra época fue una famosa posada, cuando nuestro país estaba en guerra con los ingl... Bueno, el caso es que fue una posada muy famosa. Será mejor que escojamos los dormitorios. —Subió con elegancia por las escaleras, con los niños dando pisotones tras ella—. Las damas primero. Gladys, ¿dónde te gustaría dormir?
—Con él —dijo señalándome con una sonrisa picarona.
—¡Oh! —respondió la tía Mame—. Bueno, me temo que en la habitación de Patrick sólo hay una cama.
—No me importa —repuso Gladys, mirándome con ojos golosos.
Por fin repartimos las habitaciones del segundo y del tercer piso.
—Y ahora —gritó la tía Mame—, deshaced vuestras maletas, haced el favor de lavaros y tomaremos el té en la biblioteca. Vamos, Patrick. Vamos, señorita Pringle, dejemos que se pongan cómodos. —La seguimos escaleras abajo—. Mire, señorita Pringle, le he reservado un dormitorio con saloncito en la planta baja, para que pueda escapar de los niños de vez en cuando. ¡Oh!, ¿no ha traído usted equipaje, señorita Pringle?
—Desde luego que no.
—Pero, señorita Pringle, no entiendo...
—Escuche, señora Burnside, me dijeron que iba a hacerse cargo usted. Yo me vuelvo a Nueva York.
—Pero, señorita Pringle —dijo la tía Mame—. Tenía entendido que venía usted con los niños como una especie de supervisora, igual que hizo con la señora Armbruster. Su salario es...
—Mire, querida, no pasaría una noche más bajo el mismo techo que esos niños sin futuro ni por un millón de dólares.
—Pero, señorita Pringle —dijo muy confundida la tía Mame—, ¿quién se ocupará de los baños, la ropa y todos esos detalles? Yo había dado por hecho que...
—Pues lo único que yo doy por hecho es que no seré yo quien lo haga. Mire, señora Burnside. Comprendo su punto de vista. Es muy patriótico y desinteresado, como en Un mundo y demás libros parecidos. Yo misma era así hace apenas doce meses. Acababa de licenciarme en Hunter y era una psicóloga de sólo veintiún años. Míreme ahora: ¡tengo canas! Soy la decimoséptima mujer que desempeña este empleo en tan sólo un lustro. La chica que me precedió sufrió un colapso nervioso. ¡Debería usted verla! Ocho meses con esos demonios son suficientes para mí. No se moleste en llevarme a la estación. He cobrado mi sueldo y se lo agradezco. Usted no sabía en qué lío se estaba metiendo y lo lamento de verdad..., se lo aseguro. Pero me vuelvo hoy mismo a Nueva York, aunque tenga que ir andando. Dios, iría a pie hasta San Francisco, con tal de librarme de ellos. —Señaló con el pulgar hacia las escaleras—. Adiós y buena suerte, espero que no acabe usted debajo de una lápida como la señora Armbruster.
Salió por la puerta.
Nos quedamos solos, nosotros dos e Ito, con seis pequeños salvajes gritando a pleno pulmón. Los niños ingleses odiaban el té.
—Yo no quiero esa mierda —dijo Edmund e insistió en tomarse una Coca-Cola.
La cocina de carbón, también una antigüedad, demostró tener una aversión inmediata por Ito y la tía Mame, y la pobre se hizo una quemadura. También quemó la sopa y se cortó al hacer los bocadillos. Las naranjas que dio a los niños fueron un terrible error y las vigas de madera auténtica del comedor de la señorita Peabody estuvieron varios días goteando zumo y pepitas. A Ito le aterrorizaron aquellos niños y se refugió en la cocina, demasiado asustado para ser de utilidad aquella noche, por lo que la tía Mame y yo tuvimos que lavar los platos.
—Ahora id a jugar a la otra habitación, niños —dijo la tía Mame con fingida alegría—, y dentro de una hora todos a dormir.
—¿Estás segura de poder manejarlos? —pregunté, lúgubre, mientras secaba la valiosa vajilla Lowestoft de la señorita Peabody.
—Por supuesto que sí, cariño, y más ahora que puedo contar con tu ayuda. La verdad, casi me alegro de que se haya ido la tal Pringle. No tenía ni la menor idea de cómo tratar a los niños. Es necesario guiarlos, no conducirlos. Al fin y al cabo, estos niños han vivido una experiencia muy traumática. Las bombas, el temor, la inseguridad, el ver cómo los arrancaban de sus hogares y los enviaban al extranjero. Y luego que les llevasen de aquí para allá un montón de empleadas como la señorita Pringle, interesadas sólo por su sueldo. Ya verás como, a base de consejos amables y una cariñosa comprensión, haremos maravillas. Por supuesto, necesitaré que haya un hombre en la casa —añadió a toda prisa—. Sobre todo uno que ha combatido con el ejército británico y a quien pueden idealizar como a un héroe. A propósito, tengo un libro espléndido sobre educación infantil. Quiero que lo leas esta noche. No tenemos un momento que perder.
Tenía razón. Los niños estaban jugando en el salón. Al cabo de un par de días aprendí que cuando un juego es silencioso suele ser peligroso. Entramos de puntillas y vimos a las chicas apoyadas en la pared, con las manos en las caderas, contoneándose de manera obscena mientras los chicos pasaban por delante observándolas con detenimiento.
—¿A qué estáis jugando, Albert, querido? —preguntó la tía Mame.
—Al puente de Waterloo, señora —respondió Albert en tono remilgado.
—¿Y cómo se juega, cariño?
—Las chicas son prostitutas y nosotros las estamos escogiendo.
La tía Mame se quedó boquiabierta.
—¿Qué tal un revolcón por dos peniques, Mame, encanto? —dijo Edmund con una sonrisa rijosa.
—¡Cuida tus modales, mocoso! —grité.
—Patrick, por favor. No debes olvidar el estado neurótico de estos pequeños —dijo la tía Mame—. Bueno, niños, creo que será mejor dejar este juego. Es hora de acostarse y debemos descansar para prepararnos para las alegrías de mañana. Patrick y yo os ayudaremos a desvestiros.
—Estos niños son mayorcitos para desvestirse solos —murmuré.
—Es muy importante la primera noche —susurró la tía Mame—. Eso establecerá la intimidad de la relación materna y paterna.
Una vez arriba se produjo cierta confusión respecto a quién iba a desvestir a quién. Edmund, que tenía quince años y era más precoz de lo deseable, quería que lo hiciese la tía Mame, y Gladys insistía en que fuese yo. Rechazamos su propuesta. Empecé por Albert. Creo que, en realidad, era el más odioso, aunque es difícil saberlo. Sin embargo, también era el más fácil de manejar. Era tan mojigato, pelota, chivato y cobarde que siempre estaba deseando caer en gracia. Después de meter a Albert en la bañera, lo intenté con Ginger, un crío de ocho años, que era el niño más hosco, taciturno y negativo que he visto en mi vida. Luego me volví hacia Edmund.
—Tócame un pelo y gritaré tanto que echaré la casa abajo —gruñó.
—Estupendo—respondí—, métete sólito en la cama.
—Puede que lo haga y puede que no.
—Te apuesto algo a que sí —dije cogiéndole del hombro.
—Quítame las sucias manos de encima y bésame el culo —dijo agachándose.
—De acuerdo, Edmund —respondí—. Mira, sin manos. —Me aparté y le propiné una patada que lo envió al otro extremo de la habitación. Empleé la pierna mala y el dolor fue terrible, pero valió la pena. Edmund se metió debajo de las sábanas.
Me acosté a eso de la medianoche y traté de leer El niño del siglo XX. Había llegado a un capítulo muy interesante: «La masturbación: ¿un pecado o un aviso?», cuando oí llamar suavemente a la puerta.
—¿Quién es? —pregunté.
—Soy yo. Gladys.
—¿Qué quieres?
—Tengo frío.
—Hay otra manta en el armario.
—Vamos, guapo, déjame meterme contigo en la cama y muérdeme un poco —murmuró de forma nada insinuante a través de la puerta.
—Vuelve a tu habitación —rugí—, o te atizaré en el culo de tal modo que no podrás volverte a sentar en un año.
—Sádico —respondió con una risita, y se alejó de puntillas.

* * *

No he pasado un verano peor en toda mi vida. Aquellos inglesitos eran suficientes para convertir a Winston Churchill en acérrimo partidario de Hitler. Gladys, a sus trece años, era una ninfómana promiscua. Edmund, a sus quince, era un completo rufián con halitosis y un caso avanzado de satiriasis. Nunca entendí por qué no buscaron consuelo el uno en el otro, pero eso habría sido demasiado amable por su parte. Edmund tenía los ojos puestos en la tía Mame y Gladys se había propuesto conquistarme a mí.
Enid tenía once años y era cleptómana. Siempre que faltaba algo, bastaba con registrar el cuarto de Enid para encontrarlo. Ginger era un hijo ilegítimo que echaba por tierra la teoría de que los hijos del amor son los más encantadores. Jamás le oí responder sí a nada. Albert tenía diez años y era sencillamente despreciable, y su hermanita Margaret Rose, aunque fuese con mucho la mejor del grupo, mojaba constantemente la cama y tampoco era ninguna ganga.
Pero la tía Mame siguió en sus trece y se mantuvo fiel a su psicología. No hacía más que insistir en que los niños estaban mejorando, aunque yo no notaba el menor progreso. Los tesoros de la casa de la señorita Peabody fueron desapareciendo tan deprisa que apenas podíamos llevar la cuenta. El retrato del coronel Peabody pintado por Sully se convirtió en una diana para jugar a los dardos. A un primitivo de valor incalculable de una tal señorita Chastity Peabody le crecieron barba y largos bigotes. Cada día añadíamos una nueva rotura al inventario. En su mejor día, los niños se las arreglaron para destruir objetos por valor de cuarenta mil dólares; el día más flojo sólo por unos míseros trescientos. A pesar de lo rica que era la tía Mame, a mí se me helaba la sangre en las venas. Los intentos con la terapia cromática no fueron demasiado eficaces. Ese verano pintaron una docena de veces el empapelado auténtico. Al principio, la tía Mame trató de interesar a los niños por la belleza y les permitió escoger el color en que querían que pintaran las paredes. Pero, al final, eso acabó por carecer de importancia. Cuando las paredes eran de colores claros, los niños garabateaban obscenidades a lápiz. Cuando se trataba de colores oscuros, empleaban tiza. Rajaron los neumáticos de la ranchera y la tía Mame, que se resistía patrióticamente a comprar nada en el mercado negro, no tuvo más remedio que gastar una pequeña fortuna en adquirir un juego de ruedas nuevo. El precioso jardín de la señorita Peabody acabó levantado. Uno por uno, desaparecieron los montantes de vidrio soplado. Las sillas Chippendale, el banco de madera de olmo y las camas con dosel se desintegraron como por arte de magia. En un esfuerzo por apartar a Gladys de la revista de cine Silver Screen y aficionarla a «algo con un valor más duradero», la tía Mame le hizo tomar clases de piano, pero la noche que Gladys nos ofreció un recital improvisado, tocó el primer acorde de That Old Black Magic con tanta fuerza en el clavecín de la señorita Peabody, que reventó el instrumento por completo. Gladys volvió a Silver Screen.
Pero nuestra peor pérdida fue Ito. Aunque aquellos niños sentían cierta admiración por los nazis, convirtieron al amable e inofensivo Ito en su archienemigo. Lo llamaban Tojo, como el primer ministro japonés, y convirtieron su vida en un infierno en la Tierra. Una vez lo encontré encadenado en las dependencias para los esclavos que había encima de la cocina. Otra vez los críos descubrieron un poco de cemento en el cobertizo del jardín y lo vertieron sobre el sukiyaki del pobre Ito. Pero lo que remató a nuestro único criado fue la ocasión en que engrasaron las escaleras con margarina. Ito se fracturó la pierna por tres sitios. Conduje a toda velocidad la ranchera hasta el hospital de Port Jefferson, mientras Ito y la tía Mame gemían en el asiento trasero. Tardó seis meses en regresar. Después de aquello, hubo una interminable sucesión de sirvientas. Recuerdo una Ophelia, una Delia y una Celia; Jessie, Bessie y Tessie llegaron y se marcharon por donde habían venido; Mary, Margaret, Maude, Madeleine y Maureen se dieron la vuelta nada más cruzar el umbral de la señorita Peabody. La última, Anna, duró una semana. Al despedirse, dio un sencillo y prosaico consejo a la tía Mame: «Encierre a los niños, abra la llave del gas y márchese». Luego la llevé a la estación.
Nada más lógico que la colonia veraniega de Long Island diera la bienvenida a la tía Mame. Y, a lo largo del mes de junio, a los dos nos invitaron a menudo a cenar fuera. Una amable grande dame incluso consiguió que tuviésemos trato preferencial en el club náutico, pero, después del primer día de playa con los niños, la tía Mame recibió una carta de la junta directiva: «Usted y su sobrino —empezaba— siempre serán bienvenidos, pero los niños...». No volvimos a aparecer por el club náutico. Algunas mamás jóvenes incluso enviaron a sus hijos a jugar con nuestros niños..., una vez. En julio la tía Mame y yo nos habíamos convertido en parias, conocidos en todo el condado.
La biblioteca local nos retiró los carnés al cabo de una semana. Después de eso, los niños se contentaron con arrancar los registros históricos, encuadernados en piel, de la biblioteca de la señorita Peabody. Nunca les gustó la lectura. La tía Mame probó también a su coste con lo que ella llamaba «el hechizo de Talía». Una noche envió a toda la tropa a ver What a Life en el teatro veraniego local, pero volvieron al terminar el primer acto y se les prohibió para siempre la entrada en la sala. La cafetería local estableció el veto para nuestros seis niños, igual que la heladería, el restaurante Howard Johnson's, el parque infantil, la pizzería y el burdel del pueblo. A los críos les encantaba el cine, pero en el cine tampoco los quisieron. Mientras el dueño me reembolsaba el dinero de las butacas, dijo:
—Sé lo que usted y su tía tratan de hacer, y no crea que no admiro sus sentimientos, pero, qué demonios, tengo que ganarme la vida. Mire lo que han hecho esos granujas en los asientos: rajados de arriba abajo. Y no puedo comprar otros de repuesto por culpa de la guerra.
Aparte de la alimentación, el alojamiento, la ropa y los constantes destrozos, la tía Mame gastó una auténtica fortuna en pagar sus gastos médicos. Insistía en que volvieran a Inglaterra en plena forma, y contrató a sus expensas al médico local para que acudiese a casa cada domingo desde Stony Brook a fin de hacerles una revisión. Se llamaba Potter y era mucho más realista que la tía Mame con respecto a los niños.
—Demonios —decía una y otra vez—, no tienen nada que no se cure con una buena cámara de gas.
La tía Mame también invirtió un par de miles de dólares en arreglar sus descuidadas boquitas, y para mí era casi un placer cumplir con mi deber de llevarlos al dentista y escuchar cómo chillaban angustiados. Al final les arreglaron los dientes, pero el dentista se jubiló a los cuarenta y un años, vencido y cubierto de mordeduras.

* * *

Yo esperaba el primer día de colegio como si se tratara del Segundo Advenimiento. Por fin amaneció tan alegre mañana. Teníamos garantizadas siete horas al día, cinco días a la semana, de paz y tranquilidad..., es decir, siempre que alguno de los niños no tuviese que guardar cama por un resfriado o estuviese expulsado de clase por hacer alguna atrocidad. Esos días de libertad tan sólo teníamos que despertar a los niños, prepararles el desayuno, hacerles el bocadillo, llevarlos al colegio, fregar los platos, borrar las últimas blasfemias de las paredes, quitar el polvo, pasar el aspirador, encargar la comida, lidiar con el carnicero, dejar la ropa sucia en la lavandería y holgazanear. Cuando empezó el mal tiempo, también tuve que ocuparme de encender el horno, que era una auténtica antigualla, vaciar las cenizas, encender las doce chimeneas, quitar la nieve con una pala, hacer todas las reparaciones posibles en los muebles de la señorita Peabody y holgazanear. No dejaba de repetirme que la vida nunca me había ido tan bien, pero no lo creía.
Así fue pasando el invierno. A Ginger lo expulsaron tres veces del colegio. Un policía trajo un día a Enid después de que la pillaran robando en Woolworth's. Margaret Rose sufrió una grave dolencia renal. Albert contrajo amigdalitis en una especie de ataque de solidaridad, y tuvimos el placer de ingresarlos en el hospital, donde a Albert le extirparon las amígdalas y las vegetaciones: una leve mejora. Luego Enid robó a la tía Mame unas tijeras de manicura y apuñaló a Ginger, aunque no de muerte. Un comité ciudadano elevó una queja contra Gladys por ejercer la prostitución en plena vía pública, según dijeron. La tía Mame lo negó muy ofendida, aunque yo lo creí al pie de la letra. En marzo, Edmund dejó embarazada a una chica del pueblo y su padre amenazó con matarlo. Yo me mostré partidario de permitir que el padre desahogase su ira, pero la tía Mame pagaba, pagaba y pagaba.
Ahora sé que los niños traen un montón de dificultades, y la verdad es que no creo que a la tía Mame y a mí nos hubiera importado tanto si al menos uno de ellos hubiese sido mínimamente adorable. No lo eran. La tía Mame se preocupó y desvivió por ellos y se esforzó todo lo que pudo en fingir que los quería. Yo no. Los odiaba a muerte y me importaba un bledo que se me notara. Nos convertimos en auténticos prisioneros en aquella casa, y, al cabo de seis meses de soportar aquello, la tía Mame y yo nos enfadábamos y respondíamos con brusquedad sin el menor motivo.
Al llegar el domingo de Pascua, la primavera se husmeaba ya en el aire, y la casa exhalaba un nauseabundo aroma de lirios, mocosos y gominolas. Los críos se lo habían pasado en grande bombardeándose unos a otros con huevos de Pascua y Albert había roto la última pieza de la vajilla Lowestoft de la señorita Peabody. El doctor Potter llegó a hacer la consabida revisión médica dominical y se quedó a comer. La tía Mame se había convertido en una excelente cocinera y nos ofreció una comida maravillosa, o al menos lo habría sido si Margaret Rose no hubiese vomitado durante el postre.
El doctor Potter volvió a examinarla y la metió en cama.
—Probablemente no sea nada —dijo—, pero será mejor que guarde cama un día o dos. No me gusta el aspecto de su garganta. Aunque en realidad no me gusta su aspecto en general. Si empeora, llámeme y le daré una buena dosis de cianuro. —Luego se quedó mirando a la tía Mame con expresión preocupada—. La verdad es que a quien debería examinar es a usted, señora Burnside, no a ellos. Tiene un aspecto terrible: delgada, irritable, cansada, ha perdido varios kilos. Tenga cuidado de que esos chicos no acaben con usted.
Pusimos a Margaret Rose en dique seco, lavamos los platos, enviamos a los niños arriba a divertirse del modo lo más silencioso posible, y la tía Mame, el médico y yo pasamos al salón a tomar un whisky de centeno con total felicidad.
—¿Cree usted que Hitler se rendirá algún día, doctor Potter? —suspiró la tía Mame—. Quiero decir que, si viese alguna salida a esta... situación maternal, no creo que me importara tanto. Sé que es antinatural y horrible por mi parte, pero, por mucho que me he esforzado por querer a esos niños, he fracasado. Si hubiese algo...
Se oyó una explosión que estremeció la posada. Salí despedido de la silla y los tres aterrizamos en el suelo del salón.
—¡Dios mío! —gritó la tía Mame—. ¡Los niños! —Se puso en pie de un salto y corrió escaleras arriba, seguida del doctor y de mí.
El enorme cuarto de juegos estaba patas arriba. Todos los cristales de las ventanas se habían roto, el techo colgaba formando grotescas estalactitas y una pared había desaparecido.
—¡Oh, no! —susurró la tía Mame—. ¡Los niños! ¡Deprisa! Ayudadme. Deben de estar enterrados bajo los escombros.
Se sumergió en aquel desastre y empezó a abrirse camino entre la montaña de cascotes que había en el suelo. Al apartar una placa de escayola caída, oí una elocuente risita. Me volví y vi a los seis niños, sanos y salvos, desternillándose de risa con las manos en los costados.
Me abalancé sobre Edmund, pero el médico se me adelantó.
—¿Qué demonios ha pasado? —gritó sin que nadie respondiera—. ¿Qué es lo que habéis hecho, niños? Responde, maldita sea, antes de que te rompa hasta el último hueso del cuerpo. —Siguió sin conseguir respuesta alguna.
—Se lo diré si promete no tomarla conmigo. —Naturalmente, era Albert. Lo cogí por el hombro y le di una buena sacudida.
—Vas a decírnoslo ahora mismo o te lo saco a golpes.
—¡Ay! Me haces daño —lloriqueó Albert.
—Te haré mucho más si no me dices lo que ha pasado —aullé.
—Sólo estábamos haciendo una bomba volante —confesó Albert.
—¿Una bomba volante? ¿Con qué?
—¡Bah!, con unas cosas que encontramos en el cobertizo.
—¿Quieres decir dinamita? ¿Explosivos? ¿Cosas así?
—No fue idea mía —gimoteó Albert—. Empezaron los demás y yo les dije..., les advertí de que...
La tía Mame se plantó en medio de los escombros. Estaba cubierta de polvo, suciedad y trozos de yeso. De pronto, rompió a reír. Rió y rió hasta que se le saltaron las lágrimas.
—No aguanto más..., es demasiado gracioso para..., y ni siquiera ha sido en mi habitación, sino en la de la señorita Peabody y sus antepasados, es lo más gracioso que he... —Se retorció de risa—. Y, por supuesto, lo más desternillante es... es que podríamos haber... volado todos por los aires. —Se dio una palmada en la rodilla.
Los niños rieron, nerviosos.
—Silencio —gruñí—. Volved a vuestras habitaciones. Luego hablaré con vosotros. —Estaban demasiado asustados para discutir.
—Pero, querido, ¿es que no ves lo que...? —El rostro de la tía Mame estaba contraído por una horrible mueca de diversión—. ¿No ves que es para morirse de risa? ¡Para morirse..., ésa sí que es buena! —Se balanceó adelante y atrás, con las manos en los costados.
La miré horrorizado.
—¡Basta! —gritó el médico—. ¡Basta ya! —Avanzó hacia ella y la abofeteó en la mejilla. Ella se quedó muda un instante, y luego rompió a llorar como si le hubiesen partido el corazón.
El médico la llevó a su habitación y la metió en la cama. Mientras él esterilizaba su aguja hipodérmica, la obligué a beber un coñac doble.
—Lo siento —murmuró—. Lo siento, pero ya no lo soporto más. Ojalá esa bomba me hubiese matado.
—¡Tía Mame!
—Oiga, Eleanora Duse, relájese y no le eche tanto dramatismo. En realidad no quiere usted morir. Ni yo tampoco que muera. Es usted una paciente demasiado rentable —dijo acariciándole la mano—. Ha pasado por más de lo que nadie podría soportar.
—Pero yo pensaba que sería como una madre para ellos..., como la señora Wiggs en la película de W. C. Fields. ¡Y he fracasado, fracasado, fracasado!
—Tiene que librarse usted de esos niños —respondió el médico—. Lo digo muy en serio. Está usted enferma.
—Pero es imposible. ¿Adónde irían?
—¿Puedo sugerir un buen reformatorio? —pregunté.
—Y siempre queda el orfanato de Bellevue —añadió el médico.
—No. Eso está descartado —suspiró la tía Mame—. No puedo. Prometí cuidar de ellos y...
—¿Y morir en el intento? No le pregunto si quiere o no librarse de ellos. Es que tiene que hacerlo. Ordenes del médico —dijo muy serio el doctor—. Ha hecho por esos monstruos más de lo que habría hecho nadie. Ha pasado un maldito año de su vida con ellos. Ha gastado en ellos miles y miles de dólares. Esta casa, la comida, la ropa, la escolarización. Sólo mi cuenta asciende a más de dos mil dólares. Bueno está lo bueno, pero no puede usted seguir así. Tiene que librarse de ellos, antes de que sean ellos los que se libren de usted.
—Pero ¿quién va a ser tan loco para querer acogerlos? —preguntó la tía Mame—. Aquí ya los conoce todo el mundo.
—Pues algo habrá que hacer —dijo con firmeza el médico.
—Tal vez pudiéramos mentir sobre la edad de Edmund y alistarlo en el ejército —sugirió la tía Mame.
—Y, de paso, enviar a Gladys a que entretenga a las tropas —propuso el médico.
—Escucha, tía Mame —dije—, podemos librarnos de ellos. Mañana iré al pueblo a ver a los de la agencia. Pero no tenemos por qué ofrecer a los seis niños en un único paquete. Será mejor dividir al grupo. Edmund podría ir a alguna granja y desahogar su terquedad en el campo...
—Sólo habrá que asegurarse de que no haya ninguna oveja cerca —apuntó el médico.
—... y a Gladys podríamos enviarla a una especie de convento...
—A ser posible, de clausura —dijo el médico.
—En cuanto a Albert y a Margaret Rose —proseguí—, tendrán que seguir juntos, ya que son hermanos. Aunque, al fin y al cabo, son los que se portan mejor.
—Albert es un pelota, cobarde y llorón —dijo la tía Mame.
—Pero aun así él y Margaret Rose se portan mejor que los demás.
—Yo daré encantado una sábana impermeable a quien se quede con la princesita —apostilló el médico.
—En cuanto a Enid y a Ginger, seguro que encontramos a dos pardillos que los acojan.
—Sí —respondió dubitativa la tía Mame—, supongo que podríamos.
—¿Que podrían? Deben hacerlo —insistió el médico—. Vamos, procure descansar. Pat y yo nos ocuparemos de los críos.
Abajo, una pequeña multitud se había congregado en el césped y estaba contemplando boquiabierta el agujero en la Posada de la señorita Peabody.
—No se preocupen, amigos —gritó el médico por una de las ventanas cuyo cristal se había roto—. Ya saben lo traicioneras que son estas condenadas ollas a presión modernas.
Luego bajó la persiana y nos quedamos solos.
Esa noche los niños cenaron un vaso de leche, una galleta y una buena reprimenda. No parecían muy afectados por lo que habían hecho. El médico tuvo que arrastrar a Margaret Rose a la cama tres veces.
—Quédate ahí —gritó—. No queremos tener que cuidar de una niña enferma. Y menos ahora.
—Ya se lo dije, señor —dijo con gazmoñería Albert—. Le dije: «Margaret Rose, el doctor Potter se enfadará mucho contigo si...».
—¡Tú calla, marisabidillo! —le espetó el médico. Subió a su coche y se marchó.

* * *

A la mañana siguiente me levanté a primera hora y me puse el uniforme inglés, con la trenca y las medallas a fin de disponer de alguna ventaja con los ingleses de la agencia de adopción. La tía Mame había sufrido una notable recuperación y cuando bajé estaba maldiciendo la vieja cocina de carbón.
—Buenos días, cariño —canturreó—. ¿Hoy es der Tag?
—Hoy es el día —respondí—. ¡El día de la Independencia, el día de la Bastilla, el día de Guy Fawkes, el Día del Trabajo!
—Cariño —suspiró—, no puedo esperar más.
Gladys entró en el salón con su cárdigan y su falda plisada, que contrastaban de manera horrible con su maquillaje pancromático, las pestañas embadurnadas, el pelo teñido de rubio (estaba en su etapa rubia, estilo Lana Turner, y acababa de abandonar la etapa morena, estilo Hedy Lamarr).
—¡Vaya! —dijo al verme—. El equipo completo. Nunca te había visto de uniforme. ¡Eres clavadito a David Niven!
La ignoramos por completo.
—¿Te preparo un par de huevos, cariño? —preguntó la tía Mame.
—No gracias, sólo café con tostadas. Tendré que ir de agencia en agencia y quiero llegar pronto.
—¿Agencia? —preguntó Gladys arqueando las perfiladas cejas—. Espero que no estéis pensando en contratar a otra criada. Ya deberíais saber que no aguantan. Al menos aquí.
—Tómate el desayuno, Gladys —dijo con altivez la tía Mame—. Esta mañana a Patrick y a mí no nos apetece hablar con vosotros. Creo que ya sabéis por qué.
Gladys se encogió impúdicamente de hombros y se marchó. Apuré lo que me quedaba de café, me puse la gorra de visera y me dirigí hacia la puerta.
—Estaré de vuelta con los papeles de tu emancipación a las cinco. Prometido.
—¡Eres un cielo! —dijo encantada la tía Mame. Luego empezó a preparar una bandeja para Margaret Rose.

* * *

Pasé un día terrible en Nueva York yendo de agencia en agencia, de oficina en oficina y de departamento en departamento. Todo el mundo parecía conocer —al menos de oídas— a la prole de la tía Mame. «Malos solicitantes», dijo una mujer en tono lúgubre. «Sucios mocosos», observó una solterona de la Calle 57. «Un hatajo de sinvergüenzas», me espetó un hombre, de manera totalmente innecesaria. Hasta las cuatro de la tarde no di con la persona adecuada, una anciana curtida, con el pelo cortado al estilo militar y la corbata de su regimiento.
—¡Ah, ellos! —dijo torciendo el gesto—. Sí, habíamos apostado a ver cuánto aguantaría su tía. Estaba al tanto de lo que ocurría por una mujer de la limpieza a la que conozco. Así que, al final, han podido con ella, ¿eh? No me extraña.
—Mi tía ha aguantado mucho —respondí leal.
—Desde luego, hijo, desde luego. En fin, alégrese. Tengo una lista entera de pardillos..., gente a quien no han explotado todavía. Y todos están deseando oír el ruido de las pisadas en sus casas. ¿Se imagina? Tome asiento, mientras hago un par de llamadas. He ganado tanta pasta apostando cinco contra uno lo que resistiría su tía que casi le debo una comisión.
Me senté muy erguido mientras ella hacía una serie de llamadas telefónicas. Al cabo de media hora había colocado al último de los seis niños.
—Bueno —dijo—, eso es todo. ¿Cuánto tardarán en hacer las maletas y estar listos para partir?
—Si me permite usar el teléfono —respondí—, estarán esperando en la puerta dentro de una hora.
—¡Oh, no se moleste! Hay tiempo de sobra.
—No crea —repliqué.
—En fin, ¿qué tal si le envío a una de esas chicas del cuerpo motorizado mañana por la mañana?
—Eso sería maravilloso —dije con lágrimas en los ojos.
Superé el límite de velocidad hasta en el último centímetro del recorrido hasta Long Island. ¡Libres! Libres para siempre de Edmund, Gladys, Enid, Albert, Ginger y Margaret Rose. Se acabaron las tareas domésticas, los gritos, las peleas, los destrozos y el caos.
El coche derrapó en el camino de la Posada lanzando una lluvia de grava. Me apeé de él como si lo único que hubiera rozado mi pierna fuese una bolita de papel y corrí hacia la puerta. Se oían martillazos. «¡Ah! —me dije—, deben de ser obreros reparando los daños».
Un lugareño llegó, todavía martillo en mano, por el camino.
—¡Buenas tardes! —le saludé con cordialidad.
—Buenas tardes, soldado —respondió.
—¿Arreglándolo todo? —pregunté por entablar conversación.
—Ya está herméticamente cerrado —dijo.
—¿Tan pronto? Qué bien.
—No sé, amigo, tal vez a usted le parezca muy bien, pero no creo que la pobre señora que va a tener que quedarse seis semanas encerrada en la casa con esos demonios opine lo mismo.
—Pero ¿qué está diciendo? —pregunté.
—¿Es que no ha visto el cartel que acabo de clavar en la puerta principal?
—¿Cartel? ¿En la puerta principal?
—Será mejor que vaya a echar un vistazo, soldado, y yo que usted no entraría ahí a menos que quiera pasar una larga temporada encerrado en la casa.
Corrí a la puerta principal. Clavado en ella, había un cartel blanco y rojo.

EN CUARENTENA
PROHIBIDO EL PASO
ESCARLATINA
CUALQUIER PERSONA
QUE ENTRE EN LA CASA...

Fue todo lo que leí. Me desmayé en el lecho de lirios del jardín.



X. EL VERANO DORADO DE TÍA MAME
Los últimos días del personaje inolvidable son tan hermosos como siempre. Sigue en su pulcra casita, rodeada de amigos que la adoran y continúa proporcionando dulzura, luz y la especiosa sabiduría típica de Nueva Inglaterra a cualquiera que desee escucharla. El autor lo llama el dorado verano de su vida, un término muy apropiado. Me recuerda al verano dorado de la tía Mame porque ése es exactamente el modo en que ella lo describió. Y dos semanas de dorado verano con la tía Mame, en su casa y en compañía de sus amigos, fue una experiencia tan rica que cambió el curso de mi vida por completo.
Justo después del Día de la Victoria sobre el Japón, la tía Mame fue a Elizabeth Arden y se hizo un tratamiento completo. Cuando volvió parecía diez años más joven, de no ser por el mechón de pelo blanco auténtico entre sus rizos. Bueno, como mínimo era auténtico el mechón blanco, porque no me habría atrevido a jurar que también lo fuese el cabello moreno que lo rodeaba. Decía que había pasado los cuarenta, aunque tenía más de cincuenta, y no paraba de hablar de la época más fructífera de la femineidad.
—Soy una mujer madura, cariño —dijo, admirando por milésima vez el mechón blanco—. Éstos son mis años más plenos y tengo intención de disfrutarlos. Pienso llevar una vida más tranquila y más recogida en un plano espiritual e intelectual más elevado, para poder ser una buena abuela de los preciosos bebés de cabello rizado que tendréis tú y tu mujer.
Dejé mi cerveza en la mesa.
—¿Los preciosos qué que mi qué y yo vamos a tener?
—Bebés, cariño. Has alcanzado una edad en la que deberías estar pensando en casarte. No irás a decirme que te gustan los chicos, ¿verdad?
—Sólo para echar alguna que otra partidita a los dados —respondí—. Pero tampoco me gustan las chicas..., al menos ninguna en particular. No lo bastante para casarme.
—No te preocupes, cariño. Yo me ocuparé de eso.
—Muy considerado por tu parte.
—Deja que organice mi nuevo estilo de vida y luego empezaré contigo.
La tía Mame tardó muy poco en organizarse. Compró un montón de ropa New Look —«tiene mucha más gracia y dignidad que esas falditas cortas que llevábamos durante la guerra»— y se inscribió en una abrumadora serie de cursos en la Nueva Escuela para el Pensamiento Social, «para poder ofrecer algún estímulo intelectual a los niños». Yo hice una mueca.
Ese otoño conseguí un empleo en una pequeña agencia de publicidad escribiendo anuncios para la estufa eléctrica Itsa-Daisy por ochenta dólares a la semana. La tía Mame opinó que era un salario insuficiente para mantener a mi mujer y los críos, pero al menos era un principio. También me mudé a mi propio apartamento —una habitación con lavabo en University Place— y la tía Mame opinó que era terriblemente insuficiente para mi mujer y los críos, aunque también era un principio. No obstante, a pesar de no vivir ya bajo su techo, la veía más a menudo que si estuviéramos compartiendo la misma cama. Me invitaba a cenar con ella una media de cinco noches por semana, y cada noche la comida consistía en un montón de platos vagamente afrodisíacos, con la palabra Amour escrita encima con una manga pastelera, y en la presencia de una guapa chica soltera escogida por la tía Mame. Mi tía no hablaba más que de bebés y bodas, me servía un montón de champán y brandy y luego se escabullía a atender no sé qué misterioso compromiso, dejándome a solas en el sofá con la última candidata al lecho nupcial. Era tan impúdica como la madama de una casa de citas, pero, por un motivo o por otro, ninguna de las chicas acababa de gustarme.
Aquel otoño asistí a una impresionante sucesión de preciosas huríes. Primero fue Vivían, que, según la tía Mame, era un auténtico bombón y había nacido para ser madre —«¡Mira esa pelvis!»—. No obstante, Vivían no sabía hablar más que de tenis, montar a caballo e ir de pesca, y, en nuestra última cita, se entusiasmó tanto con el jujitsu que me tumbó de espaldas y pasé las dos semanas siguientes metido en un corsé y yendo al osteópata.
Luego vino Elaine. Una morena de aspecto oriental que no pensaba más que en la política; la tarde que la cogí de la mano y le pregunté si no quería quedarse a pasar la noche conmigo me miró a los ojos y dijo: «¿Por qué no te presentas por el partido liberal en las próximas elecciones como protesta contra el comité demócrata de Nueva York?». Ese fue el fin de nuestra relación.
Después llegó Carolyn, que no fumaba ni bebía y que trató de convertirme a la Ciencia Cristi ana. Helena era inteligente y atractiva, pero tan decidida y eficaz que era como besar a una máquina. Mary y yo nos pusimos muy acaramelados mientras resolvíamos el crucigrama del Saturday Review, pero nuestra relación terminó cuando la besé en un taxi y dijo: «Filósofo hindú de alrededor del 800, ocho letras». Dotty era demasiado enérgica. Fran, demasiado sureña. Isabelle, demasiado mística. En otras palabras, no llegamos a ninguna parte.
La tía Mame estaba indignada.
—La verdad, deberías inyectarte hormonas o ir al psicoanalista, qué sé yo. ¿Qué es lo que te pasa? Te traigo a todas esas chicas tan monas, ¿y qué ocurre? Que las olisqueas como un gato castrado y luego te marchas. ¡Es repugnante!
—Por el amor de Dios, ¿por qué no me dejas en paz? Ya me casaré cuando llegue el momento.
Alrededor de Año Nuevo la tía Mame se cansó de ejercer de casamentera y se fue a tomar el sol a México, donde pasó una larguísima temporada y aprovechó para poner en práctica parte de la psicología que había aprendido en la Nueva Escuela. Me escribió con regularidad y en cada carta incluyó una instantánea o dos de ella con tres de las chicas más exquisitas que había visto en mi vida. Eran unas morenas preciosas, de una belleza y elegancia absolutamente fuera de toda duda. Despertaron mi interés en el acto y empecé a preguntarle a la tía Mame quiénes eran sus amigas. Pero ella evitó responder a mis preguntas y siguió enviándome cartas más o menos vagas llenas de cotilleos y más fotografías de ella y las tres bellezas. Pese a todas mis indagaciones, no conseguí averiguar nada. Ignoró por completo mis preguntas y siguió escribiendo acerca de sí misma.
En abril, cuando ya casi rabiaba de curiosidad, empezó a mencionar otros nombres aparte del suyo: «Margot dice...», «Melissa me contó...», «Miranda y yo...», pero continuó sin desvelar la identidad de las tres bellezas y siguió ignorando mis nada disimuladas y directas preguntas. A esas alturas, sólo me enviaba fotos de las tres bellezas (y su propia sombra) con el epígrafe: «Mis amigas».
En junio, la curiosidad me consumía de tal modo que hice una larga, carísima y casi inaudible llamada a larga distancia a Cuernavaca sólo para averiguar quiénes eran las fieles amigas de la tía Mame. No me sirvió de mucho. Había mucha estática y las operadoras no paraban de interrumpirnos en dialecto de Brooklyn, sureño y español. Acerté a comprender que las tres bellezas eran hermanas y respondían al nombre de Murdock o Medoc, y que la tía Mame no tenía pensado volver a Nueva York. Por fin se cortó la comunicación. A continuación, llegó un largo período de silencio en el que me devolvieron todas las cartas con el equivalente a «Se fue sin dejar dirección» garrapateado en español.
En plena canícula neoyorquina, recibí otra carta de la tía Mame repleta de tópicos como «dormimos con manta todas las noches». El matasellos era de la isla de Maddox, en Maine, y la misiva incluía también una instantánea de las tres bellezas en traje de baño. La tía Mame añadió también, en una vaga posdata, que había alquilado la vieja mansión Maddox a tres encantadoras hermanas, «unas amigas a las que conocí en México el invierno pasado, de las que no sé si te he hablado», y aseguraba que pensaban quedarse allí a pasar «todo el dorado verano». También incluía una especie de displicente invitación a pasar allí las vacaciones.
El caso es que mordí el anzuelo. Pura psicología, no hay duda.

* * *

Llegar a la isla de Maddox no fue tarea fácil. Tuve que coger un avión hasta Bangor; un autobús hasta Eastport; un ferry hasta otra isla mayor; un minibús hasta el extremo de dicha isla y luego un bote hasta la isla de Maddox. Cuando la isla apareció en el horizonte me encontraba exhausto, pero el ver a la tía Mame esperándome en el embarcadero me hizo recobrar fuerzas.
Me dio un beso apresurado y formal, metimos mis maletas en una carretilla —en la isla no había coches— y me llevó por un camino polvoriento hasta el pueblo. Habló sin parar, pero siguió mostrándose irritantemente evasiva acerca de las hermanas Maddox.
Por suerte, yo había hecho averiguaciones por mi cuenta: eran tan hermosas que sus fotos aparecían en todas las revistas de papel cuché de América. Descendían de una de esas antiguas familias de sangre azul de Nueva Inglaterra. No sólo eran impecables desde el punto de vista social, sino también desde el intelectual, artístico, creativo, y, como ya he dicho, eran de una belleza deslumbrante. Pero ¿dijo la tía Mame algo acerca de ellas? No. Despachó todas mis preguntas con un «Mmmm» o un «¡Ah, sí!», o bien sin responder nada en absoluto.
El pueblo de Maddox parecía el decorado de una película de vaqueros. Había un almacén, una farmacia, una iglesia, un ayuntamiento donde proyectaban películas los fines de semana y el hotel restaurante de Mickey el Irlandés. Ahí fue donde se detuvo la tía Mame.
—¡Ya estamos aquí! —dijo.
—¿No te habrán alquilado esos bellezones un barucho de mala muerte? —pregunté atónito.
—¡Oh, no, cariño! Nosotras nos alojamos en la vieja mansión Maddox. Tú te hospedarás aquí.
—¿Cómo que me hospedaré aquí? ¿Es que no hay sitio donde tú estás?
—Cariño, la mansión Maddox tiene más de dos docenas de dormitorios, pero no pensarías que te iba a alojar allí con tres chicas solteras. Al fin y al cabo, son, por así decirlo, mis invitadas este verano y mi deber es hacer de carabina —dijo con mojigatería.
—¿Quién demonios has creído que eres? —pregunté enfadado—. ¿La encarnación del puritanismo?
—¡Oh, Patrick, cariño! —dijo elevando la mirada al cielo de Maine—. ¡Cómo te ha endurecido la vida en esa implacable agencia de publicidad! ¿Qué ha sido de tu sensibilidad? He tratado de inculcarte un mínimo de gentileza y un cierto respeto por las cosas importantes para las damas y los caballeros de buena familia y...
—¡No me vengas con monsergas! —gruñí—. Me educaste con la peor chusma que...
—¡Oh, cariño! —dijo consultando con elegancia su reloj de pulsera—. ¡Tengo que irme volando! Esta noche cenamos con los Saltonstall. No sabes lo mucho que lamento no haber podido conseguir una invitación para ti, pero, bueno, pásate mañana. La vieja mansión Maddox no tiene pérdida. Dobla a la izquierda cuando salgas de Mickey el Irlandés y echa a andar hasta el otro extremo de la isla. Ahí es donde vivimos. ¿Qué tal a eso de la una? —Se marchó antes de que pudiera vilipendiarla a gusto.
Mickey el Irlandés era idéntico a cualquier otro hotel restaurante, un local frío y desolado, iluminado con fluorescentes y decorado con una espantosa máquina de discos, fotografías de las candidatas a Miss Rheingold del año 1947 y anuncios de licor, sibilantes tubos de neón y tubos de cristal con burbujas. Lo único que valía la pena era la hija de Mickey, Pegeen, una pelirroja escultural con una silueta que hacía subir la temperatura y un carácter que hacía que volviese a descender bajo cero. Si de frialdad se trata, esa chica era un auténtico glaciar.
—Me... me llamo Dennis —dije cuando me recuperé de la impresión de verla.
—¡Ah, sí! —dijo cortante—, el nuevo candidato para las Maddox. Pase por aquí. —Antes de que pudiera entender lo que acababa de decir, estábamos en el piso de encima del restaurante, en una habitación que daba a la única calle de la isla de Maddox—. Esta es —dijo—. Si no le gusta la habitación, dígamelo, porque es la única que tenemos y así mi padre podrá alquilársela a otro. Puede cenar cuando quiera y lo que quiera, pero preferiría saberlo ahora.
Para entonces yo estaba fuera de mis casillas y pensé: «Muy bien, pelirroja, ahora me toca a mí».
—Gracias —dije—. Cenaré en mi habitación, y tomaré un entrecôte à la Bordelaise, pommes soufflées, ensalada verde, créme brûlée y caffè espresso. A las ocho en punto —añadí con una pizca de maldad. Para mi sorpresa, ella lo anotó todo—. Tome —dije ofreciéndole una moneda de cincuenta centavos.
—No, gracias —respondió—. Si quiere dar propina, déjela en el tarro que hay abajo, en la barra. Mi padre y yo recaudamos fondos para las viudas de los pescadores. —Y, con esas palabras, se marchó.
Estaba furioso. Bastante era haber viajado hasta la isla de Maddox, pero que me dejasen tirado en el hotel restaurante de Mickey el Irlandés, verme obligado a pasar la noche solo en un pueblo fantasma, que la tía Mame me tratase con paternalismo, que no me dejasen ver a las hermanas Maddox y encima tener que soportar el desdén de Pegeen pasaba de la raya. Traté de encontrarle defectos a la habitación, pero no pude. Era sencilla pero pulcra, con auténticas sábanas irlandesas en la cama. El baño de al lado también estaba inmaculadamente limpio. Enfadado, me acosté en la cama y me quedé dormido.
A las ocho en punto llegó mi comida.
—Aquí está su cena —dijo Pegeen despertándome—. Cómasela ahora, que aún está caliente. Y, por favor, no se tumbe en la cama con los zapatos puestos. Esto no es el Hotel Mills.
Con esas palabras se marchó y me dejó con la cena más deliciosa que he comido nunca..., y que era además exactamente lo que había pedido. Nunca había estado tan avergonzado, ni tan furioso.
Más tarde, esa misma noche, bajé desesperado al bar a tomar una copa, en parte porque me encontraba solo, y en parte para tratar de reparar mi comportamiento. Pegeen y su padre estaban allí con un par de parroquianos habituales, pero, cada vez que traté de iniciar una conversación, me respondieron con total indiferencia. Fuera de mí, subí a la habitación a eso de las diez; descubrí que la siesta me había quitado el sueño, y no pude pegar ojo en toda la noche.
Al día siguiente, me levanté, tardé un buen rato en bañarme y afeitarme y me puse de punta en blanco para ir a comer con las hermanas Maddox. Consulté el reloj: eran las once en punto. Me senté a leer de arriba abajo un ejemplar de la revista Life, anuncios incluidos. Luego volví a leerla. A la una menos cuarto, me puse en camino.
La isla de Maddox estaba habitada por unos cincuenta lugareños, que vivían allí todo el año, y unas cien familias con grandes casas de madera que sólo ocupaban en verano. Al otro extremo de la isla había un enorme e impresionante edificio, con la palabra «Maddox» pulcramente tallada en el poste de la entrada. Era una de esas monstruosidades estilo general Grant, cubierta de torres y torreones, cúpulas, pararrayos, porches y balcones. Aunque un poco venida a menos, se notaba que, en su época, había sido una mansión imponente.
Subí fatigado por el camino que conducía hasta la casa. Al llegar a la puerta, apareció la tía Mame:
—¡Cariño! ¡Por fin has llegado! —Iba vestida con una camisa fina de algodón y un pantalón sujeto por un único tirante, como si fuese una especie de Huckleberry Finn disfrazado.
—Te estaba observando desde el mirador con mis prismáticos.
—¿Es que no vas a ofrecerme algo de beber? —pregunté con amargura.
—¡Ah, sí, las bebidas! Llamaré a Ito. —Desapareció y no volvió hasta al cabo de media hora, que pasé irritado esperando en una tumbona y tratando de entender un ejemplar de Botteghe Oscure. Cuando llegó vestida para una recepción real y con una bandeja de plata en la que transportaba una licorera llena de jerez y dos copas, yo estaba que echaba chispas.
Tomamos un jerez, luego otro, y un tercero, mientras la tía Mame parloteaba con mucha labia sobre los Cabot, los Lodge, los Saltonstall y los Faneuil y yo me consumía silenciosamente de rabia. Por fin, Ito anunció que la comida estaba servida. Cuando vi que la mesa en el enorme y antiguo comedor estaba puesta para sólo dos personas se me acabó la paciencia.
—¿Dónde demonios están las Maddox? —exclamé.
—¡Oh! —dijo la tía Mame sin inmutarse—, han ido a comer con los Lowell. Tuve que excusarme ya que tú...
—Pero ¿cuándo voy a verlas? —grité desde el otro extremo de la larga mesa.
—¿Qué prisa tienes, cariño? De todos modos, no creo que se interesen por ti.
Miró recatadamente la mousse que tenía en el plato y zanjó así la conversación.
Si alguna vez se concibió plan alguno para hacer enloquecer a alguien, ése fue el de la tía Mame en su papel de aristócrata de Nueva Inglaterra. Me dejó en la mesa con una copa de oporto, un cigarro rancio y una mosca y se «retiró» al salón. Cuando me reuní con ella —unos tres minutos más tarde— me dio un ejemplar de Walden para que se lo leyera en voz alta ¡mientras ella hacía labores! No hablamos de nada hasta que se pinchó en el dedo y soltó una interjección breve y nada propia de una señora. Dejé el libro y estaba a punto de enviarla a paseo cuando oí un trío de voces melifluas en el porche.
En cuanto las tres hermanas Maddox entraron en la habitación, olvidé lo que iba a decirle a la tía Mame. Se quedaron en el umbral con sus vestidos blancos como si estuvieran esperando que las pintara Sargent. De hecho, de ese verano no guardo ningún recuerdo de las tres hermanas como individuos, sino siempre agrupadas artísticamente, como en sus fotografías, que, aunque espléndidas, no captaban su belleza. El cabello negro azulado, los ojos negros y profundos, la perfección estilo noli me tangere de la carne y sus miembros estaban fuera del alcance del objetivo de la cámara.
—¡Oh, queridas, estáis ahí! —dijo despreocupadamente la tía Mame mientras yo me esforzaba por ponerme en pie—. Margot, Miranda, Melissa, mi sobrino Patrick.
Quise de decir algo, pero justo en ese momento las tres hicieron una profunda reverencia como si yo fuese Carlos II. La rapidez y la elegancia de aquel gesto tan anacrónico me dejaron tan perplejo que volví a desplomarme en la silla.
—¡Borrachín! —murmuró la tía Mame, y absorbió a las tres bellezas en una conversación al estilo de Nueva Inglaterra.
Por suerte, esa noche no las habían invitado a cenar con el gobernador Winthrop, ni con John Alden o Boss Curley, así que la tía Mame me rogó que cenara con ellas, aunque no antes de que fuese a cambiarme y me pusiera una corbata. Pegeen me dedicó una mirada de lástima al verme bajar por las escaleras de Mickey el Irlandés con mi traje de fiesta, y los lugareños silbaron al verme andar penosamente por el camino polvoriento a plena luz del día con zapatos de charol, pero no me importó. La idea de volver con la tía Mame y su cohorte de diosas era suficiente.
Esa noche volvieron a dejarme con el oporto, mientras la tía Mame se llevaba a aquellos cisnes al salón. A las diez me despidieron de forma sumaria, pero no antes de que descubriese que las tres hermanas Maddox no sólo eran guapísimas, sino muy inteligentes. Margot tenía gustos literarios y hablaba de Kafka con elegancia y elocuencia. Miranda pintaba y tomaba fotografías. Melissa sabía mucho de música. No estaba borracho —era imposible estarlo con las bebidas que servía la tía Mame ese verano—, pero me sentía como si me hubiera acabado las reservas de Mickey el Irlandés. Margot, Miranda y Melissa, pensaba; Melissa, Miranda y Margot. Me dormí con la imagen de aquellas tres sirenas girando en mi cabeza.

* * *

Una vez roto el hielo, se me permitió volver a la mansión Maddox con cierta regularidad, aunque la tía Mame se comportaba como una severa carabina, y, al parecer, las tres hermanas estaban muy solicitadas entre los herederos de las grandes familias de Boston que veraneaban en la isla de Maddox. E, incluso cuando me invitaban, era siempre bajo la constante vigilancia de la tía Mame, que animaba a las chicas —aunque tampoco es que hiciera mucha falta— a seguir sus propios intereses cada mañana. La vida en la mansión Maddox era bastante rutinaria, aunque se tratase de una rutina muy poco habitual. Pasaban los días en la playa discutiendo cuestiones intelectuales como el teatro japonés, los madrigales ingleses, la escultura de Henry Moore, la importancia del hilo metálico en los tejidos contemporáneos, las obras inéditas de Joe Gould, los interesantes diseños creados por el tintado batik, la extraña belleza de las voces tísicas mexicanas, el modo en que Katina Paxinou leía Electra, los diseños textiles de una niña de diez años de un reformatorio de Rhode Island, aparte de alabar mutuamente su talento. Miranda pintaba al estilo de Eugene Berman —Mame en el mausoleo, Margot de luto— y tomaba fotografías a la manera de Cecil Beaton —Mame entre las velas, Melissa morte y Mame y Margot como náyades (a la tía Mame el pelo le apestó a algas varios días después de que hiciera aquella fotografía, que salió bastante mal)—. Miranda me pidió que posara como fauno durmiente, paje florentino, corredor espartano y otras cosas parecidas con algunas pelucas y telas que encontraba en el desván y me hacían sentir avergonzado.
Una mañana, cuando estábamos solos en la playa, Miranda echó una mirada alentadora a mi torso (que incluso hoy no está del todo mal) y dijo:
—¿Te parecería demasiado descarada si te pidiera que posaras desnudo para mí? Verás, nunca he podido pagar un modelo y...
Me quedé tan perplejo y el pulso en mi diafragma latía con tanta fuerza mientras miraba embelesado el adorable rostro de Miranda que apenas pude decir palabra. Pero cuando estaba a punto de desatar el cordón de mi bañador, la cara de la tía Mame asomó detrás de las dunas acompañada de las de Margot y Melissa.
—¡Pues claro que lo hará, querida! —gritó la tía Mame—. Vamos, cielo, ¡fuera los pantalones! Eres guapo y esbelto y posar para Miranda será totalmente apropiado, mientras nosotras tres estemos presentes para vigilaros.
No me habría sorprendido más si me hubiese caído encima un rayo. Ahogado de rabia y vergüenza, me apresuré a ponerme toda la ropa mientras la tía Mame, al estilo de una señora Gardiner bostoniana, gritaba cosas acerca de la belleza del cuerpo humano.

* * *

Melissa componía música, muy moderna y atonal, creo, aunque el viejo piano Beckstein de la sala de música estaba tan desafinado que nunca pude saberlo con certeza. Una noche, cuando llevaba más tiempo de lo que nadie habría podido soportar a solas con mi copa de oporto, oí golpear y repiquetear el piano en la sala de música y me dirigí allí en lugar de pasar al saloncito. Melissa estaba sola al teclado, angelicalmente iluminada por las velas. Estaba tan hermosa que solté un jadeo audible. Alzó la mirada y me dedicó una sonrisa deslumbrante.
—Es una pieza que he compuesto hoy —dijo con su voz profunda y celestial—. ¿Te importaría pasarme las páginas, por favor?
Atravesé la habitación como un zombi. La música parecía compuesta para el teatro kabuki, aunque, concentrado como estaba en los magníficos hombros de Melissa, en sus brazos y su poitrine, lo mismo podía haber tocado Jingle Bells.
—Ahora, por favor —susurró.
Tembloroso, me incliné para poner sitio a su delicioso cuello cuando la puerta se abrió de repente.
—¡Aquí estáis! —exclamó la tía Mame. Iba flanqueada por Margot y Miranda—. ¡Espléndido! Justo a tiempo para un conciertito. ¡Toca, Melissa!
Se encendieron las luces y estuve al lado del piano pasando páginas hasta avanzada la medianoche.
Margot sabía leer y escribir. Estaba informadísima sobre el existencialismo, Sartre y Kafka. Incendiado de deseo, la observaba flotar hasta el emparrado con un vaporoso vestido blanco (aquellas chicas siempre vestían de blanco) con una pila de libros franceses de tapas amarillas, papeles amarillos y lápices del mismo color. Mi corazón brincaba de admiración. ¡Pero no había manera de estar con ella a solas!
Una noche lo conseguí. La tía Mame estaba en la cocina expresando su opinión sobre una salsa. Melissa y Miranda todavía se estaban vistiendo. Casi babeando, seguí a Margot hasta el emparrado.
—¡Oh! —dijo con su maravillosa voz—. ¡Me has asustado!
No parecía nada asustada, así que me envalentoné.
—¿Estás escribiendo? —pregunté como un idiota.
—Oh, en realidad no —respondió Margot echándome una mirada que estuvo a punto de noquearme—. Es sólo un pequeño estudio sobre Kafka, pero encierra cierta dificultad porque lo estoy escribiendo en francés y en verso. —«Madre mía», pensé yo—. Aunque nunca encontraré editor —añadió tristemente.
—Vaya—dije—, da la casualidad de que un compañero mío de la universidad trabaja en la editorial Harbinger Press, una editorial muy exigente —seguí alardeando—. Deja que le eche un vistazo. Mi francés no es muy bueno, pero tal vez tú y yo..., y mi amigo, claro, podríamos comer un día juntos.
Me acerqué a su lado y le pasé un brazo por encima del hombro. Estaba tan desesperado después de una semana a distancia de aquellas hermosas seductoras que había decidido atacarla tan descaradamente como a Sal, que había llegado a nuestra agencia de publicidad de Raymond College y ahora se acostaba con el jefe de redacción, dos clientes, un escultor de Jane Street, su prometido, conmigo y con el ejército regular.
Haciendo un esfuerzo, me contuve.
—Oye, Margot... ¡Ay! —Aplasté un mosquito de un manotazo.
—¡Ya estamos aquí! ¡Justo a tiempo!
La tía Mame llegó al emparrado, armada con un bote de insecticida y flanqueada por Miranda y Melissa. Me roció tanto de insecticida que casi me mata. Luego se sentó y me pidió que leyera en voz alta el manuscrito de Margot en mi francés de la San Bonifacio hasta que echó a perder la tarde.
Por frustrantes que parecieran aquellas ocasiones con las hermosas hermanas Maddox, la verdad es que nunca pude pasar mucho tiempo en la casa que les había alquilado la tía Mame. Había muchos mediodías, muchas tardes y muchas noches en las que la tía Mame me informaba de que a las hermanas las habían invitado hombres mucho más ilustres que yo, por lo que podía pasar el tiempo como quisiera. Eso me enfurecía, porque significaba que tenía que quedarme en mi habitación del hotel restaurante Mickey el Irlandés y comer la espléndida comida que preparaba y servía Pegeen.
A las horas de las comidas trataba de discutir con ella, pero siempre respondía con alguna palabra desconcertante y se marchaba dejándome boquiabierto en busca de algo que decir. Por la noche, cuando recobraba el dominio de mí mismo, bajaba al bar e intentaba entablar conversación con Pegeen o su padre. Imposible. El señor y la señorita Ryan eran muy reservados. Todavía más tarde, consumiéndome de pasión por alguna de las tres hermanas Maddox, bajaba a la playa y trataba de calmarme en las aguas de Maine, que estaban bajo cero. Lo único que conseguí fue que me salieran sabañones y una seria advertencia del policía del pueblo por exhibicionismo.
Al décimo día estaba fuera de mí. Me levanté a las seis de la mañana y estuve mordiéndome las uñas hasta que calculé que la tía Mame estaría despierta. A las once entré en su habitación, le quité el antifaz y la zarandeé hasta hacerle recobrar la conciencia.
—Patrick, cariño —dijo guiñando los ojos—, no deberías estar aquí. Las chicas...
—Las chicas han salido en su puñetero barco de vela —respondí—. ¿Crees que habría venido a tu habitación, si alguna de ellas estuviera en la casa?
—¡Adulador!
—Escucha, tía Mame. Me estoy volviendo loco. ¿Es que tenéis que ir siempre juntas como los defensas de un equipo de fútbol? ¿Es que ninguna puede apartarse lo bastante del grupo para que uno...?
—Cariño, ¿de qué estás hablando?
—Sabes perfectamente de qué estoy hablando. Has estado ocultando entre tus faldas a Margot, Miranda y Melissa como una gallina clueca desde que te fuiste a México. Fuiste tú quien me metió en la cabeza lo del matrimonio, y ahora cada vez que estoy a solas con una de ellas más de cinco segundos apareces como los Cuatro Jinetes y...
—¿Matrimonio? —dijo muy alborotada la tía Mame mientras fingía abrir los ojos con espanto—. No sé quién te habrá metido esa idea en...
—¡No me vengas ahora con ésas, lianta! Vamos, ¿cuándo me vas a dar la oportunidad de ver a una de esas chicas a solas?
—Vaya, qué lástima, cariño. De haber sabido que estabas tan interesado, habríamos pedido que te invitasen a comer a ti también. Por desgracia las tres van al picnic playero de los Sears. ¡Es una pena! Pensé que conocías a los Sears. Ellos...
—¡Sabes de sobra que no conozco a nadie en esta condenada isla!
—Caramba, tesoro, todo esto me coge muy de sorpresa. No tenía ni idea de que pudieras albergar sentimientos..., no digamos emociones, tan profundos como para...
—¡Oh, calla de una vez!
Entonces me echó una mirada encendida.
—¿Quién es la afortunada?
Me quedé tan pasmado, que por un momento no pude distinguir a una Maddox de la otra.
—Margot —balbucí.
—De acuerdo, cariño —dijo en tono decidido—. Organizaré una pequeña reunión privada entre tú y Margot esta misma tarde. ¿A qué hora?
—Justo después del picnic de los Lodge.
—De los Cabot, cariño. ¿Te va bien a las dos y media?
Me quedé tan desconcertado que no pude sino asentir con la cabeza.

* * *

Llegué a la mansión Maddox a las dos en punto. Sin dejar de hablar de langosteras y tesoros enterrados, la tía Mame, Melissa y Miranda se pusieron sus grandes sombreros de paja mexicanos y salieron de excursión. Cuando se fueron reinó un silencio imponente. Lancé unas piedrecitas a la ventana de Margot, en uno de los torreones de la casa, y no tardó en asomarse muy sonriente.
—¿Eres tú, Patrick? Estaba leyendo un artículo muy interesante sobre Sartre. Parece que...
—¿Por qué no dejas a Sartre ahí arriba y bajas conmigo?
—De acuerdo —respondió, y desapareció. Al cabo de un par de minutos estaba abajo, con los labios recién pintados y un vestido blanco que realzaba aún más su belleza—. ¿Dónde están Mame y las chicas?
—¡Oh, han salido! —respondí.
—¿Sin avisarnos? —comentó Margot—. ¡Menuda cara tienen!
—Podríamos hacer una excursión por nuestra cuenta —sugerí—. ¿Te apetece dar un paseo en velero?
—Pues sí, pero no entiendo por qué se han ido sin decirme nada. Siempre vamos juntas a todas partes...
—Por el amor de Dios, acabáis de volver de ese dichoso picnic playero. ¿Es que no podéis...?
—Hace años que no voy a ningún picnic playero —respondió—. Esperábamos que vinieras y...
No necesité más. La abracé y la besé con tanta fuerza que tuvo que dejar de hablar. Luego, le dije:
—¿Te das cuenta de que es la primera vez que estamos a solas desde que llegué?
—Sí, supongo que sí... —empezó. Luego oí a Ito, que se reía en la despensa. Cogí a Margot del brazo y la arrastré hacia la playa. Una vez lejos de todos, el resto fue pan comido. Media hora después, todo estaba acordado.
Me sorprendió tanto que Margot aceptara mi propuesta de matrimonio que me costaba caminar erguido. Que una chica tan guapa, tan inteligente y tan solicitada bebiera los vientos por mí igual que yo por ella parecía totalmente increíble. Aunque también lo habían sido aquellas vacaciones.
—¿Vas a decírselo ahora? —pregunté mientras cruzábamos el césped cogidos de la mano.
Margot respondió con su preciosa voz.
—Estoy segura de que Miranda y Melissa ya se habrán dado cuenta, pero se lo comunicaré oficialmente a la hora de cenar. Seguro que se alegrarán mucho, y tu tía también.
No me gustó el tono de sus palabras.
Y, sin embargo, así fue. Miranda me besó, Melissa me besó, la tía Mame me besó. Y luego todo el mundo besó a todo el mundo. La tía Mame pidió a Ito que descorchara media docena de botellas de champán y brindamos motivos imaginables.
Acabé borracho como una cuba y me fui con el corazón desbordado de sentimientos familiares.
—Mañana por la noche —dije—, seré yo quien dé una fiesta. Una cena. En el restaurante de Mickey el Irlandés hay una especie de terraza, o porche trasero, y Pegeen es una cocinera maravillosa.
—¡Qué idea tan divina! —dijo la tía Mame.
Las chicas parecieron un poco sorprendidas.
—¿De verdad quieres que nos relacionemos con los lugareños, cariño? —preguntó Margot.
—¡Oh, será como estar en el cielo! —insistió la tía Mame.
—E invitaré también a vuestros amigos —dije locuaz—. Podéis traer a los Sears o a los Lodge o a quien queráis hasta un total de ocho.
Las hermanas me miraron atónitas.
—¡Oh!, creo que sería mucho más divertido —intervino enseguida la tía Mame— si fuese una fiesta familiar. Sólo nosotros cinco.
No iba a ponerme a discutir.
—¿Me acompañas a la puerta? —pregunté a Margot, apretándole la mano.
—Claro, cariño.
Le pasé el brazo por encima mientras íbamos por el camino, pero reparé en que no estábamos solos. Miranda, Melissa y la tía Mame nos acompañaron.

* * *

A la mañana siguiente, era tal mi impaciencia que no veía el momento de levantarme y bajar al bar a encargarle a Pegeen una suntuosa cena. La encontré sola, delante de los barriles de cerveza, lavando los vasos.
—Ya puedes felicitarme, Pegeen —dije—. Voy a casarme.
—¡No me digas! —respondió de forma exasperante—. ¿Cuál de las tres te ha pescado? ¿Miranda?
—No —respondí molesto—. Margot.
—Qué raro. Normalmente, la reservan para caballeros de más edad.
—¿Qué estás diciendo?
—Veamos —respondió pasando por alto mi pregunta—. Querrás una cena agradable, en el porche de atrás, claro, esta noche. Y habrás pensado en filet mignon con brécol y salsa holandesa y...
Me quedé boquiabierto.
—¿Cómo lo sabes?
—Es lo que pide siempre el afortunado, excepto cuando había racionamiento, que no teníamos más que pollo. Veamos, seréis las hermanas Maddox, tu tía y tú. Cinco en total. Al menos es un cambio. Normalmente es el novio y las tres hermanas Maddox.
—Había pensado en invitar a más gente, los Sears, los Cabot y...
—Pues más vale que te des prisa en desenterrarlos. En esta isla no vive nadie con ese nombre desde que yo era pequeña. Bueno, la costumbre es empezar con una vichyssoise fría, luego el filet, y después...
—¡Esta noche no cenaremos nada de eso! —exclamé airado—. Tomaremos una cena típica de Maine: almejas al vapor, langosta y...
—Como quieras —respondió Pegeen—. Tal vez así cambie la suerte de Margot.
Y con esas palabras desapareció en la cocina.

* * *

El sábado por la noche, Mickey el Irlandés siempre estaba muy concurrido. Mi pequeña celebración hizo que todavía lo estuviese más. El bar se encontraba abarrotado de lugareños, veraneantes y unos cuantos grandullones de un guardacostas cuando llegó el grupo de la mansión Maddox. Como de costumbre, las hermanas lucían vestidos de fiesta de color blanco y la tía Mame vestía muy apropiadamente de negro. Se oyeron muchos silbidos de admiración cuando pasaron por delante de la barra, pero las cuatro se comportaron como señoras en todo momento..., aunque habría estado dispuesto a jurar que la tía Mame miraba con buenos ojos a un guardacostas rubio y fuerte.
Cuando bajaba la marea, el porche trasero de Mickey el Irlandés apestaba a cangrejo rancio. La marea estaba baja. Las hermanas Maddox olisquearon el aire con desagrado, pero no hicieron el menor comentario. La tía Mame, muy en su papel de matrona de Beacon Hill, agitó inútilmente ante su nariz un pañuelo de encaje perfumado.
—¡Será posible! —dijo Melissa—. ¡Todos esos pueblerinos silbándonos!
—Noblesse oblige, querida —respondió Miranda.
Se oyó una risita y Pegeen apareció en el umbral dispuesta a tomar nota de las bebidas.
—Buenas noches, Pegeen —dijo Margot con mucho encanto.
—Buenas noches, señorita Maddox —repondió Pegeen moviendo de forma casi imperceptible la cabeza. Se produjo un desagradable silencio.
—Bueno, ¿qué vais a tomar?—exclamé en tono jovial.
Se hizo un notable revuelo con el pedido. Miranda se mostró particularmente indecisa, y finalmente pidió lo que quería en francés. Pegeen respondió también en francés.
—¿Es francocanadiense? —pregunté cuando salió Pegeen.
—Dios mío, no —repuso Margot—. No es más que una lugareña.
—Igual que los demás —añadió Melissa.
—Sin embargo, posee cierta belleza prerrafaelita muy seductora... —objetó Miranda.
—Si te gusta algo tan obvio... —la interrumpió Melissa.
—Hace años que le pido que pose para mí, pero...
—Es natural que no quiera —dijo Margot—. Los lugareños tienen mucha conciencia de clase y...
—Y, claro, el hecho de que seamos Maddox —continuó Melissa— hace que Pegeen se sienta muy...
—Silencio, por favor —las reconvino la tía Mame—. Os va a oír.
Pegeen volvió con las bebidas, y me aseguré de que todo el mundo tomara dos rondas antes de empezar a cenar.
Nunca había visto a las tres bellezas Maddox fuera de su terreno, y tuve la sutilísima impresión de haber escogido la noche, el lugar, la comida y la bebida equivocadas. Esperé que la noche se animara con el vino, pero no fue así. Mientras tomábamos la deliciosa sopa de cangrejo de Pegeen, Melissa se cubrió la cara con las manos y dijo:
—¡Oh, oh, oh! Ya estamos con ese vulgar aparato, ¿cómo lo llamáis vosotros?
—Máquina de discos —respondió Pegeen mientras entraba con los panecillos recién hechos.
—Eso es. Llevo todo el día tratando de pensar en una música atonal e inquietante adecuada para un ballet basado en El proceso de Kafka, pero con esos dichosos maullidos..., ¿quién es el cantante, Pegeen?
—Jo Stafford.
—Pobre hombre, qué voz tan chillona —se quejó Melissa.
—Será por las hormonas —dijo Pegeen. La tía Mame soltó una risita y luego volvió a asumir su papel de señorona de Back Bay.
—¿No podrías pedirles que lo pararan, Pegeen? Está echando a perder mi idea de la composición y...
—Me temo que no hay ningún botón con la etiqueta «silencio», señorita Maddox —respondió Pegeen, y se marchó muy atareada.
—En fin, querida... —empezó Margot.
—¿Alguien quiere más vino? —pregunté.
—No sé, es un vino muy malo —observó Miranda apartando su copa—. El año pasado, cuando visitamos a los Chalfonte en Chantilly...
—Tonterías, niña —repuso la tía Mame dándole unos golpecitos con el abanico—, es un vinillo muy bueno y atrevido.
—Por favor, Miranda —dijo Margot un poco nerviosa.
—Es que odio este lugar, todo es tan frío, pobre y austero —replicó Miranda vaciando la copa. Para no gustarle el vino, no paraba de beber—. A mí dadme Mon belle Trance.
—Ma belle —la corrigió una voz casi inaudible. Era Pegeen, que entraba con una enorme bandeja llena de langostas y mantequilla.
—Eso..., Ma belle —respondió Miranda sin saber quién la había corregido—. ¡Francia, Francia, Francia, donde puedo pintar, pintar y pintar!
Extendió los brazos en un gesto que pretendía abarcar toda Francia. En lugar de eso, golpeó a Pegeen justo debajo del codo. Se oyó un estruendo ensordecedor y me quedé petrificado al ver a Miranda y Melissa cubiertas de langostas, almejas al vapor, patatas fritas, ensalada y kilos de mantequilla. La imagen era tan sobrecogedora que sólo acerté a mirarlas totalmente atónito.
No así Melissa y Miranda.
Miranda se puso en pie de un salto y se enfrentó a Pegeen con ojos iracundos.
—Estúpida, patosa, palurda de los suburbios irlandeses. ¡Mira lo que me has hecho!
—¿A ti? —chilló Melissa—. Mira lo que me ha hecho a mí. Y ha sido a propósito. Estos pueblerinos son...
—Eh, un momento —intervine—. Ha sido un accidente. La has golpeado en...
—Miranda —le espetó Margot—. ¡Recuerda quiénes somos!
—Sé muy bien quiénes somos y ella también. Por eso lo ha hecho, porque somos unas Maddox y ella no es más que...
—Señorita Miranda —repuso Pegeen encendida de rabia—, lo siento mucho, pero me golpeó usted el brazo cuando iba a...
—¡Mujerzuela vulgar! —gritó Melissa agitando sus rizos. Lo más fascinante era que llevaba una langosta enganchada a cada lado de la cabeza como si fuesen unos de los tantos pendientes exóticos de la tía Mame—. Tú...
—¡Melissa! —dijo Margot—. Ya está bien. No hay motivo para que te rebajes a su...
—¡Niñas! —gritó la tía Mame levantándose—. Por favor. No ha sido culpa de nadie. Sólo un...
—¡No te metas en esto! —aulló Miranda—. Tú no conoces a estos pueblerinos y sus trucos. Lo ha hecho a propósito para humillarnos y pagará por...
—Deje que le quite esas patatas del hombro, señorita Miranda —dijo Pegeen apretando los dientes y limpiándola con una servilleta.
—¡Quítame las sucias manos de encima! —rugió Miranda. Luego la abofeteó.
—Yo, en su lugar, no volvería a hacer eso, señorita Miranda —dijo Pegeen sin perder la calma. Luego dio un paso atrás y le soltó un bofetón que la hizo trastabillar.
No hizo falta más. Melissa se unió de un salto a la pelea y lo único que pude ver durante unos segundos fue las langostas rojas volando por doquier y el cabello pelirrojo de Pegeen.
—¡Alto, alto, por favor! —gritaba Margot—. ¿Es que no veis que lo estáis echando todo a perder? Yo...
—¡Chicas! —gritó la tía Mame enfadada y asustada, pero todavía en su papel de carabina—, si no paráis ahora mismo tendré que...
La llegada de Mickey el Irlandés le ahorró hacer lo que tuviera pensado hacer. Apareció resollando en el porche y, sin ponerles la mano encima, se las arregló para sacar a la tía Mame y a Margot, Miranda y Melissa del bar y echarlas a la calle. Luego regresó y me sacó a mí, con mucha menos amabilidad, por la misma ruta delante de todos los lugareños, los veraneantes y los guardacostas y me echó también a la calle.
Las acompañé a la vieja mansión Maddox sumido en un profundo silencio. No me quedó más remedio, pues entre la disputa de las hermanas Maddox y los sollozos de la tía Mame, no habría podido decir nada aunque hubiera querido hacerlo. Las dejé en la puerta. Cuando regresé a Mickey el Irlandés, el local estaba cerrado y a oscuras. Mis maletas, muy bien hechas, esperaban delante de la puerta principal con una nota que decía: «Considere desocupada su habitación».
Pasé la noche debajo de un embarcadero, tiritando con mi esmoquin de verano.

* * *

A la mañana siguiente desperté entumecido y sintiéndome muy desdichado. Lo ocurrido la noche anterior parecía una pesadilla, pero al ver el muelle, las maletas y las lapas que se me habían pegado a la piel, supe que era verdad. Aterido y tembloroso, me puse ropa un poco más apropiada y emprendí el penoso regreso al hotel restaurante de Mickey el Irlandés. Estaba oficialmente cerrado, pero la puerta se encontraba abierta. El lugar estaba sumido en la penumbra, hacía fresco y no había nadie a excepción de Pegeen, que lavaba unos vasos detrás de la barra.
—Buenos días —dije.
—Los domingos está cerrado —respondió Pegeen—. Además, mi padre volverá en cualquier momento y, si te encuentra aquí, me temo que acabaremos en los tribunales.
—He venido a pagar la cuenta de anoche.
—¡Oh!, no te preocupes por eso, mi padre es muy generoso con los mendigos.
—Y también para disculparme por el modo en que...
—¿Un Maddox disculparse con un Ryan...? ¡Esta sí que es buena!
—Yo no soy ningún Maddox —dije en tono un tanto forzado.
—Como si lo fueras.
—¡Oh!, déjalo ya y sírveme una cerveza, ¿quieres?
—¡Sí, señor Maddox! ¡Será un placer, señor Maddox! ¡Siempre a su servicio, señor Maddox! Cárguelo a la cuenta, señor Maddox. Sólo somos un hatajo de pueblerinos. Y no abrimos los domingos.
—Pegeen, ¿quieres parar de una vez, por favor? Ya te he dicho que quiero disculparme. No soy responsable de lo que hagan Miranda y Melissa.
—Claro, disculpa —dijo—. Es difícil saber qué caballero corresponde a cada una de las Maddox.
—Eso es un golpe bajo innecesario. ¿Qué tienes contra Margot? ¿No ha sido siempre buena contigo?
—¡Oh, es un encanto! No hay nada que me haga cogerle aprecio a alguien tanto como el que me trate con condescendencia todos los veranos de mi vida. Sí, señorita Maddox. No, señorita Maddox. Me alegra verla de vuelta en la isla, señorita Maddox. Tanto como si hubiese una epidemia de cólera, señorita Maddox.
—¿A qué viene todo eso de Maddox? ¿No la llamas Margot?
—Nunca, los lugareños jamás nos mezclamos con los veraneantes..., y menos aún con los Maddox, que son los propietarios de la isla, o lo eran antes de arruinarse. Después de todo, mi abuelo era el jardinero de su abuelo. Ya te lo habrá dicho.
—No me lo ha dicho —respondí enfadado—. En todo caso, eso fue hace tres generaciones. Los tiempos cambian.
—Los Maddox no. Sólo se han vuelto más pobres, mientras los Ryan se hacían ricos. Pero siguen siendo las aristócratas y nosotros los lugareños. Mi madre me obligaba a hacer una reverencia cada vez que las veía. Para eso sirven los pueblerinos.
—¡Hablas como una comunista! —exclamé—. ¿A qué vienen todas esas tonterías sobre los pueblerinos? ¿Acaso te consideras una pueblerina?
—Uno es de donde nace —respondió—. Yo nací aquí, ergo soy una pueblerina.
—¿Así que ergo, eh? Pues hablas de forma muy cultivada para descender de una familia de simples pescadores.
—¡Oh!, aquí también llegan los aires del continente. He ido a la universidad, con becas, ropa remendada y esas cosas. Pero al menos conseguí licenciarme.
—Se supone que para eso va uno a la universidad —respondí con mojigatería.
—Pues Margot no lo hizo. La catearon en segundo en Bennington, una universidad mucho mejor que la mía, aunque, por otro lado, Margot era tan culta y aristocrática que no había mucho que esos vulgares profesores pudieran enseñarle.
—Ya veo que no te cae muy bien Margot —respondí.
—¡Y yo que eres rápido captando una idea! —se burló—. Hablando en serio. Será mejor que te vayas. Mi padre se enfadará mucho si te encuentra aquí. Hay un código muy estricto sobre las pueblerinas y los caballeros veraneantes.
—Pero no lo entiendo... —empecé.
—Por lo visto, hay muchas cosas que no entiendes.
—Quiero decir que, si te molestaste en adquirir toda esa educación, ¿por qué eres...?
—¿Una simple camarera?
—¡Deja de poner palabras en mi boca! Me refiero a si pasas el año entero en la isla trabajando para tu padre.
—No, paso fuera todo el invierno. Enseño francés en una escuela de Nueva York. Y, si no te importa que lo diga, a Miranda no le vendrían mal algunas clases. Pero vuelvo todos los veranos. Soy la única pariente de mi padre, y, además, así no pierdo el contacto con mis raíces.
—Creí haberle dejado bien claro a usted y a sus amigas que no volvieran por mi restaurante y... —Era Mickey el Irlandés, que gritaba desde la puerta.
—Tranquilo, papá —dijo Pegeen—. Ya se marchaba.
—Toma —repuse avergonzado—, ¿cuánto te debo...?
—Invita la casa —respondió Pegeen.
Salí al caluroso callejón. No me apetecía demasiado volver a la mansión Maddox, así que me quedé delante de la droguería contemplando unas polvorientas bolsas de agua caliente y sintiéndome muy desdichado. No sé cuánto tiempo pasaría delante del escaparate, pero me interrumpió Pegeen Ryan. Llevaba puestos el sombrero y los guantes, y avanzaba deprisa calle abajo.
—Nada que ver con el escaparate de Bonwit, ¿verdad, urbanita? —dijo sin detenerse.
—¡Eh!, ¿adónde vas?
—Al cine.
—¿Sola?
—Sola. Echan Los mejores años de nuestra vida.
—¿Puedo ir yo también?
—Es un edificio público. No puedo impedirlo.
—¿Te importa si me siento a tu lado?
—No hay sitios reservados..., ni siquiera para los Maddox y sus amigos. Pero no hables durante la proyección. Y no entres conmigo. No quiero que los demás lugareños piensen que he perdido mi virtud con un caballero veraneante.
—¿Permites que te pague la entrada?
—Desde luego que no. Y no vayas a creer que esto es una cita. No lo es. Jamás se me ocurriría dedicarme al furtivismo en territorio de las Maddox.
Puso su dinero sobre el mostrador y entró en la sala. La seguí a una distancia respetuosa.
Al terminar la película, salimos juntos.
—Bueno, adiós —dijo.
—Oye, ¿no vas a dejar que te invite a tomar algo?
—No. El único sitio donde se puede tomar alguna cosa en la isla es el bar de mi padre y ya te he dicho que los domingos está cerrado. Vuelve con las Maddox.
—Bueno —respondí—. Ya nos veremos.
—Pues tendrás que darte prisa. Me voy en la lancha de esta noche, con mi Petit Larousse, Candide, Le Malade imaginaire y el vocabulario ilustrado de Heath. Empieza el colegio.
—Bueno —respondí—, tal vez podamos quedar un día en Nueva York.
—¿Te refieres a una cita? ¿Tú, Margot, Miranda, Melissa y yo, con tu tía de carabina? Creo que no me apetece. Gracias de todos modos..., y buena suerte.
Y, diciendo esas palabras, se marchó.
Volví despacio a la mansión Maddox. Por alguna razón no tenía prisa por llegar. Margot estaba tumbada en la hamaca de la tía Mame leyendo un ejemplar de Circle 6. Dejó la revista y me miró preocupada, con los ojos muy abiertos.
—Cariño, ¿dónde has estado? Estábamos muy preocupadas. Miranda iba a enseñarnos los figurines que ha diseñado para una posible representación de Amerika por un grupo muy experimental. Ahora se los está enseñando a la pobre Mame.
—¿Por qué la llamas así? ¿Qué le ocurre, aparte de estar viendo los diseños de Miranda?
—Ha cogido un buen resfriado. ¿Dónde has estado todo el día?
—En el cine.
—¿En el cine? ¡Estás de broma! —soltó una exquisita carcajada—. Aquí nunca ponen nada que valga la pena, salvo para esos pueblerinos.
—Pues ésta era fascinante. Un grupo experimental de Minnehaha Falls ha rodado una nueva y arriesgada versión de la leyenda de Leda y el cisne, con letra de Gertrude Stein y música de Virgil Thomson y Bix Beiderbecke.
—¡No! ¿Por qué no me lo dijiste? Podríamos haber ido todos...
—A Leda la interpreta una niña jorobada de trece años y los secundarios son Laurel y Hardy, los hermanos Ritz, Bela Lugosi y Buster Keaton. Los decorados son de Salvador Dalí y el vestuario de Christian Bérard.
—¿Ah, sí? Yo no habría escogido a Bérard, pero... ¡Oh, me tomas el pelo!
—Escucha, Margot —dije—. Quiero hablar contigo muy en serio..., a solas y ahora.
—De acuerdo. Yo también quiero hablar contigo. He estado hablando de nuestros proyectos con Melissa y Miranda.
—Ésa es una de las cosas de las que quiero hablar —respondí.
—... en el velero. Y se nos ha ocurrido una idea magnífica...
—¿No crees que deberías hacer planes conmigo? —pregunté.
—... que cuidará de ti, de mí, de Melissa y de Miranda y nos garantizará una vida valiosa, interesante y cultivada para todos...
—Mi vida ya es bastante valiosa, interesante y cultivada —respondí. Pero Margot no parecía estar oyendo una sola palabra de lo que decía. Prosiguió:
—Creo que lo mejor será que nos casemos a finales de septiembre, tal como habíamos planeado. Luego iremos de viaje a Europa.
—No estoy seguro de poder ausentarme del despacho.
—... y cuando los cuatro volvamos de Europa, nos estableceremos...
—¡Margot! ¿Estás oyendo lo que te digo?
—Pues claro, cariño. Verás, Melissa ha sugerido Capri, pero allí hay tanta chusma que no podríamos hacer nada creativo, así que se me ha ocurrido que Mame podría alquilar una casa en Ischia o...
—¿De qué estás hablando?
—Pues de nosotros —dijo con languidez.
—¿De ti y de mí?
—Naturalmente..., de ti, de mí, de Melissa y de Miranda.
—No creo que mi agencia tenga sucursal en Ischia ni en Capri —repliqué—. De hecho, sólo tienen oficinas en Nueva York. Es una agencia pequeña.
—Eso no importa, cariño.
—Es mi medio de vida —respondí—. Mi trabajo.
—¡Trabajo! ¿Llamas trabajo a escribir banalidades para ganarte un plato de sopa?
—Me tiene ocupado la mayor parte del día —repliqué con frialdad.
—En cuanto a ganarte la vida, no lo necesitas. Tienes dinero de sobra. Y, por supuesto, Mame también.
—¿Y?
—No, sé, Patrick, cariño, ¿por qué quitarle el empleo a quien lo necesita de verdad? —Parecía muy tranquila—. Tal como te he dicho, no es un trabajo para una persona inteligente.
—¿Y qué trabajo tienes tú, Margot?
—¿Yo? Pero si estoy ocupada todo el día.
—¿Haciendo qué?
—Bueno, leo mucho. Estudio idiomas, arte, música, nuevas ideas. Tengo una insaciable sed de conocimiento...
—¿Y por eso te suspendieron en Bennington?
—... y disfruto observando la comedia de la vida... ¿Quién te ha dicho eso?
Era la primera vez que veía alterada a Margot, y no fue agradable.
—Pegeen Ryan.
—¿Pegeen Ryan? ¿Vas a decirme que crees a esa ignorante camarera irlandesa? ¡Pero si no es más que una pueblerina!
—Pero una pueblerina que acabó sus estudios en la facultad —respondí.
—¡En la facultad! ¿Llamas universidad a la Universidad de Maine?
—Sí —repuse.
—Se concede demasiada importancia a los títulos universitarios. La vida es una escuela mejor... Menudo descaro el de esa irlandesa. ¡Si su abuelo fue jardinero del mío!
—Eso me contó.
—¿Cómo has podido verte con esa mujerzuela a mis espaldas y...?
—Fui a disculparme por la escena que organizaron tus hermanas anoche. Y también a pagar la cuenta.
—¡Disculparse una Maddox con una Ryan! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Lo nunca visto!
—Desde luego, Margot. Sobre todo teniendo en cuenta que no había disculpa posible por los malos modales de las hermanas Maddox. Pero, tranquila, no aceptaron la disculpa..., ni el dinero.
—¿Qué has dicho de nuestros modales?
—Ya me has oído, Margot. Por una vez, seré yo quien hable y tú escucharás. Te quiero, Margot. Te quiero a pesar de tus pretensiones intelectuales y de que te comportes como una duquesa en público y como una novicia en el seno de tu familia.
De pronto, me enfrenté al triste hecho de que en realidad no la quería..., ni siquiera me gustaba.
—¿Cómo te atreves...?
—Deja que hable..., sólo por esta vez. A pesar de la semana infantil, teatral y decadente que hemos pasado, cuyo colofón fue vuestra sublime actuación de anoche, sigo dispuesto a casarme contigo. Pero quiero casarme contigo, no con Melissa, ni con Miranda, ni con Kafka. De hecho, con nada de lo que he tenido que soportar estos días. Ha de ser nuestro matrimonio; nada de vida comunitaria o trabajo creativo en ninguna isla que no sea Manhattan. Viviremos juntos..., solos..., como cualquier otra pareja. Yo iré a la oficina a las nueve y volveré a casa a las seis. Puedes dedicarte a todas las actividades intelectuales que quieras entre tanto...
—¡Como un insignificante contable aburguesado con manguitos de celuloide! —escupió Margot.
—Exactamente igual que un insignificante contable aburguesado, excepto que no sé llevar la contabilidad. Un contable insignificante, con niños y una vida normal..., la vida que nunca he podido llevar. La tía Mame puede cuidar de sí misma. Siempre lo ha hecho. Igual que Miranda y Melissa.
—¡Cuidar de sí mismas! —explotó—. ¿Cómo crees que voy a poder casarlas con maridos adecuados si tenemos una vida tan mediocre? Tengo que llevarlas a sitios donde puedan conocer a hombres que sean... —Se estaba poniendo bastante histérica, balbucía y le faltaban las palabras— inteligentes, sofisticados, de buena familia...
—¿Quieres decir ricos? —pregunté.
—Pues sí. Una Maddox no puede casarse con cualquiera. Para ti es diferente. Tienes tu propio dinero. Eres el único heredero de una mujer acaudalada. No sabes lo que significa haberlo tenido todo y ver arruinarse a tu padre. No somos como los demás. No podemos amoldarnos a...
—¿Cuándo desapareció esa fortuna, Margot?
—En el 29. Teníamos tres institutrices, lacayos y...
—Tenías ocho años. Tus hermanas eran aún más jóvenes. Creo que ya deberíais haberos acostumbrado a la vida real después de quince años. De hecho, cuanto antes superéis vuestros delirios de grandeza y la idea de que habéis nacido para estar al frente de las artes y la sociedad, y aprendáis a cocinar y a tratar a los demás como si fueran personas y no siervos del desaparecido imperio Maddox, tanto mejor...
—¡Cierra esa boca! —chilló—. ¡Durante diez generaciones la familia Maddox ha sido una referencia social, artística e intelectual para todo el mundo en Salem y a veces también en Boston! Todo el mundo en nuestro círculo dice que...
—¿Y quién pertenece a ese famoso círculo, Margot?
—¡Nadie a quien tú conozcas!
—¡No me cabe la menor duda! Pero, si vuestro círculo consiste en tres hombres ricos, más vale que te des prisa. He pasado toda mi vida entre gente de talento y buena familia, y no sé por qué, pero ni tú ni tus hermanas estáis a la altura de ninguna de las dos cosas. Y si crees que voy a casarme contigo y pasar el resto de mi vida haciendo de casamentero para las maleducadas de tus hermanas, estás muy...
—¡Casarte conmigo! ¡Un palurdo de Madison Avenue con una tía rica cabeza hueca que cree que basta con tener dinero para emparentar con una familia verdaderamente aristocrática y de talento!
—¡Eh!, espera un momento...
—¡No me casaría contigo por nada del mundo! ¡Mis hermanas y yo llegaremos a la cumbre intelectual aunque sea lo último que haga en mi vida!
—Desde luego que lo será.
—¡Vete de aquí, maldita sea! ¡Sal ahora mismo de mi casa!
—De acuerdo, Margot, me voy. Pero permite que te haga una puntualización: ésta casa no es tuya, sino de mi tía Mame, hasta el Día del Trabajo.
—¡La casa es mía, igual que lo es la isla entera! Soy una Maddox y una Maddox es...
—Adiós, Margot. Recuerdos a tus amigos de Ischia.
Atravesé a toda prisa el césped para alejarme de la mansión Maddox. Pero al pasar delante de la casa, la ventana de la tía Mame se abrió de par en par.
—¡Patrick! ¡Espera! —gritó con voz ronca.
Al cabo de un momento, llegó corriendo al césped, envuelta en chales y mantas.
—¿Lady Macbeth? —pregunté.
—¡Ay, cariño, tu tía Mame es tan desdichada...! Después de la terrible escena de anoche, tengo los nervios destrozados. Y encima me he resfriado y..., a propósito, ¿dónde has estado? ¿Adónde vas con esa...?
—Como siempre me ocurre contigo, he estado en el País de las Maravillas. Ahora me vuelvo a Nueva York en el próximo barco.
—Pero ¿y Margot, cariño? ¿Y vuestros planes de boda? Pero si se ha pasado la tarde hablando de la preciosa villa que pensaba daros como regalo de boda..., lo bastante grande para dos tortolitos, sus dos hermanas pequeñas y una tía que chochea. Nos pareció tan buena idea que habló también de un pied à terre en París y un...
Había en ella una especie de sorpresa fingida que no me gustó nada.
—Lo de Margot y yo se ha ido al garete.
—¿Adónde?
—Es una palabra marinera que equivale a decir que todo se ha ido a pique. Significa que hemos roto.
—¿Que habéis roto? Pero, Patrick, ¿qué hay de los planes que tenía para ti? ¿De mi verano dorado? ¿De mis nietos? He pasado medio año acorralando a estas chicas guapas, inteligentes y de buena familia. Te las ofrezco en bandeja. Te doy la ocasión de volver a representar el juicio de Paris y...
—Paris habría tenido mucho mejor juicio.
—Pero mi profesor de psicología dijo que...
—Tu profesor de psicología no contaba con que fueses a meterte en un nido de víboras. Aunque yo podría haberle dicho que, de todas las locas, chifladas y estúpidas del mundo, tú serías la única en dejarse engañar por esas falsas patricias, codiciosas e insoportables, que carecen de modales y de decencia para...
—Bueno, admito que la discusión de anoche con aquella preciosa pelirroja fue horrible, pero la gente de rancio abolengo...
—Tienes toda la razón al decir que fue horrible. Fue la trifulca más vulgar y ruidosa de la historia. Y más propia de un puñado de prostitutas en un burdel de Barcelona que...
—No podría estar más de acuerdo, cariño —afirmó con una calma exasperante.
—Podrías admitir también que las hermanas Maddox te han estado sangrando desde que las conociste.
—La verdad es que no son de las que en los restaurantes discuten a la hora de pagar la cuenta.
—Y te habrás dado cuenta, o al menos deberías haberlo hecho, de que no tienen más talento del que pueda tener yo. Margot no distinguiría a Kafka de Elinor Glyn, y en cuanto a las imitaciones de Miranda...
—¿También tú te has dado cuenta de que la Fuga en re de Melissa es en realidad Ramona tocada al revés y además está en clave de do, que es la única que conoce?
Tanto comedimiento empezaba a sacarme de quicio.
—Y todos esos supuestos pretendientes en realidad no existen. De hecho te inventaste toda...
—No todos los hombres son tan chiflados, locos y estúpidos como pareces ser tú. Cualidades que, supongo, debes de haber heredado de nuestra familia, igual que la vanidad, la codicia, el esnobismo y las pretensiones son características de las Maddox.
—¿Y querías que me casara con una de esas vampiresas? —aullé.
—No te pedí que te casases con Margot. Ni con ninguna de ellas. Me parecen un hatajo de cazadotes aburridísimas, y además sin la menor generosidad para ofrecer las recompensas físicas que se esperan de...
—Dios mío —balbucí—, ¿sabías todo eso y te sentaste a esperar que esas arpías me atraparan? ¿Te habrías puesto una boa de plumas y habrías llorado en la boda? ¿Habrías...?
—Cariño, mi profesor de psicología dijo que...
—Puedes decirle de mi parte que la próxima vez que me enamore pienso fiarme de la biología y no de la psicología..., y desde luego no de ti.
—¡Estupendo! —dijo secamente la tía Mame—. Eso mismo quería oír.
—¿Se puede saber de qué estás hablando? —suspiré—. Pero si eres tú quien...
—Quien siempre tiene que sacarte de los líos en que te metes, como aquella horrible Upson o la famosa Bubbles, aunque admitiré que una o dos veces me has ayudado a salir de, ejem, pequeñas dificultades en las que me ha metido el destino. Pero ahora eres un hombre adulto. Estás a punto de cumplir los treinta. Ha llegado el momento de que abandones esa letargía de crustáceo y te internes en el mar abierto de la virilidad, por citar a un brillante editor de edad mediana al que conozco.
—Tía Mame, ¿de verdad planeaste todo esto? Tú...
—¡Vuela libre, pajarillo! ¡Ojalá los años que has pasado en mi jaula dorada te hayan vuelto más sabio! —dijo con un elegante y leve movimiento de las alas.
—No sabes cuánta razón tienes. Me voy. Me voy ahora mismo.
—Excelente, cariño, deja que meta un par de cosas en la maleta. No tardo ni un segundo en estar contigo. Este depósito de cadáveres me da escalofríos. Sólo serán diez o quince...
Oí la sirena de la lancha, que sonaba al otro extremo de la isla de Maddox.
—Perdona, tía Mame —dije—. El barco no esperará diez o quince minutos. Adiós. No pierdas de vista la cartera mientras sigas por aquí. Y gracias.
Me incliné y le di un abrazo y un beso.
—¡Eh!, no tan deprisa, jovencito —dijo indignada—. Después de todo lo que he hecho por ti no irás a dejarme con esas tres arpías.
—Para citar a tu brillante editor de edad mediana, abandono mi letargía de crustáceo para internarme en el mar abierto de la virilidad. Y voy a hacerlo ahora mismo, antes de tener que pasar otra noche en el muelle.
—¡Patrick! ¡No me dejes sola en esta horrible casa! —gritó.
—Tú te metiste en esto —respondí—, así que tendrás que arreglártelas para salir..., con ayuda de la psicología, claro. Adiós, y gracias de nuevo.
Con esas palabras me marché.
Justo al llegar a la puerta, Melissa salió de entre las sombras. Estaba pálida y parecía muy decidida. Llevaba un vestido largo de color rojo. Era digna de ver.
—Espera, Patrick —dijo con voz siniestra—. He oído lo que le has dicho a Margot. Y tenías razón, Margot es horrible. Es muy interesada. No tiene ni idea de Kafka. Pero yo no soy como Miranda y ella. Llévame contigo y te prometo que no volveremos a verlas. Podríamos ir juntos a Roma y yo seguiría contigo y con mi música. —Volví a oír el melancólico silbido de la sirena de la lancha—. Yo podría hacerte muy feliz. Me encantan la publicidad y la gente normal y...
Me perdí el resto de su proposición. Arranqué a correr y recorrí a toda prisa el polvoriento camino que dividía en dos la isla de Maddox.
Llegué al muelle justo cuando zarpaba la lancha. Tuve que dar un buen salto, pero lo hice. Me abrí paso acarreando mi maleta entre los domingueros hasta que tropecé con una chica muy guapa que vestía un sencillo traje de chaqueta. Tenía una preciosa melena pelirroja que ondeaba al viento. Era Pegeen Ryan.
—Sorpresa —dije.
—¡Ah!, eres tú —respondió.
—Sí, yo urbanita. Tú lugareña.
—Es para partirse de risa. Apuesto a que te contratarían en la televisión.
—Vamos, para de una vez, irlandesa.
—¿Vas a Bangor a comprarle un anillo de boda a Margot?
—No, voy a Bangor a comprar un billete de regreso..., para volver a mi casa.
—¿Ah? —dijo arqueando las cejas.
—¡Ah! —respondí.
Guardamos silencio un rato.
—¿Te importa si me siento a tu lado, Pegeen?
—Es una lancha pública —respondió.
—¿Te importa si me siento a tu lado en el minibús, cuando lleguemos a la otra isla? —pregunté.
—Es un autobús público.
—¿Y en el ferry a Eastport?
—Es un ferry público.
—Y luego hay otro autobús público a Bangor, Pegeen, y luego un avión público a Nueva York, y una jardinera pública que lleva a la terminal y...
—Todo muy público, ¿verdad? —dijo con una sonrisa.
—Tal vez podríamos cenar juntos..., ¿qué tal esta noche? Pero, claro, en un restaurante público.
—Es posible —respondió.
Le pasé el brazo por encima del hombro y contemplé cómo la isla de Maddox desaparecía en el crepúsculo.

XI. LA TÍA MAME VUELVE A LAS ANDADAS
La lectura sobre el personaje inolvidable era una experiencia tan fascinante que me quedé adormilado. A las cuatro en punto, me despertó el timbre del teléfono. Me levanté para responder, pero Pegeen se me había adelantado.
—Para ti —dijo tapando el auricular—. Es la chiflada de tu tía.
—Imposible —susurré—. Está en la India.
—Pues la conexión es muy buena, porque se oye como si estuviese aquí mismo. Toma.
—¿Diga? —dije en tono cauto.
—¡Cariño, ya estoy aquí! —canturreó la tía Mame.
—Pero ¿dónde?
—En el St. Regis. He llegado esta mañana y voy a quedarme sólo un día o dos. ¿No te escribí para advertirte de que venía?
—No —respondí.
—Se ve que se me olvidó.
—¿Qué tal en la India? —pregunté como un bobo.
—Divino, cariño. ¡Absolutamente divino! Estoy deseando contarte lo de mi labor en ese hermoso país. Nehru llegó a decir que yo había hecho más por apartar a la India del comunismo que cualquier...
—Apuesto a que incluso Pakistán les pareció un buen sitio durante tu estancia —dije.
—¿Cómo dices, cariño?
—Nada.
—Bueno, cariño, quiero verte. A ti, a Pegeen y a vuestro precioso bebé. Tienes un niño precioso y resulta que estos años he estado tan ocupada en arreglar Europa y Asia que aún no lo he visto. ¿No podrías meterlo en una canastilla y traerlo aquí?
—Tía Mame —repuse—, tiene siete años. Es tan grande que podría meterme a mí en una cesta y...
—¡Cielos! Cómo pasa el tiempo cuando una está ocupada. ¡Pero venid de todos modos! Voy a ofrecer una pequeña fiesta de bienvenida.
—¿Cuándo?
—Pues lo antes posible. He invitado a gente muy interesante..., ¡será de lo más internacional! Daos prisa, cariño. Me muero de ganas de veros a los tres.
—De acuerdo, lo intentaremos. Estaremos ahí dentro de una hora.
—¡À bientôt, cariño! —se despidió.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó Pegeen.
—Era mi tía Mame.
—Eso me pareció.
—Se aloja en el St. Regis. Acaba de llegar. Quiere que vayamos ahora mismo.
—Sabía que era demasiado bueno para durar —se lamentó Pegeen—. Los últimos siete u ocho años han sido tan tranquilos.
—Bueno, vamos. Ponte el sombrero. Démonos prisa. También quiere ver al niño.
—¿Piensas ir al St. Regis con un albornoz viejo? —preguntó Pegeen.
—¡Dios, me había olvidado! Bueno, prepara al niño mientras yo me visto.
—Pero ten presente una cosa —dijo Pegeen con un aire especialmente serio—. Es posible que sea todo un personaje, muy divertida, seductora y todo lo que tú quieras, pero no permitiré que mangonee a mi hijo. Puede verle y decir cuchicuchi, cuánto ha crecido y lo mucho que se parece a ti y todas esas cosas que se supone que dicen las tías, pero no va a...
—¡Oh, Pegeen!, ni siquiera querrá hacerlo. Está demasiado ocupada como para encima enredarse con niños.
Cuando llegamos a la puerta de la suite de la tía Mame, Pegeen me recordó:
—No lo olvides.
Llamé al timbre y la puerta se abrió. Ito, con la cabeza envuelta en un turbante, nos hizo una zalema.
—Ito —dije estrechándole la mano. El cabello que asomaba por debajo del turbante empezaba a tener algunas canas, pero Ito soltó una risita y comprendí que sólo había cambiado su disfraz.
—Entrar. Señora ocupada. Señora muerta de ganas de ver niño pequeño.
A nuestro hijo los ojos casi se le salían de las órbitas. Tiró de mi mano.
—¿Es como Punjab en el cómic Little Orphan Annie?
—No, Mike —respondí—, es un empleado de tu tía.
Para tratarse de una breve estancia en la ciudad, la tía Mame había alquilado un enorme número de habitaciones que estaban abarrotadas con una especie de delegación de la ONU. Había un montón de indios con traje y turbante e indias con vaporosos saris. Mike no había visto nada parecido en toda su vida.
La primera persona con quien me topé fue Vera, que llevaba el cabello teñido de un agresivo color dorado. Después de cumplir los sesenta había tenido que admitir que no podía seguir interpretando a jóvenes ingenuas y ya sólo aceptaba papeles de matrona de treinta y cinco años, aunque seguía llenando el teatro en las sesiones matinales. La muerte se había cobrado su tributo en la familia Fitz-Hugh y el honorable Basil era ahora todo un conde, y Vera era toda una señora. A fin de parecer aún más auténticamente británica, su pronunciación del idioma inglés se había elevado a las alturas de una nueva forma artística.
—Patrick, cariño —dijo tendiéndome la mano—, imagínate vernos después de tantos años. Cómo has envejecido, cariño.
—Hola, Vera —respondí—. ¿Has visto a la tía Mame?
—Claro, cariño. Y está preciosa. Hay que ver qué bien se conserva.
—Pero dónde...
Vi llegar hacia mí una visión y supe que sólo podía ser la tía Mame. Vestía un elaborado sari, extravagantemente plegado para resaltar su todavía esbelta figura. Su cabello, que había encanecido por completo, estaba teñido de un delicado azul vincapervinca. Llevaba mucho rímel en torno a los ojos y una casta marca en la frente.
—Hola, Fatima —dije.
—¡Patrick, cariño, mi niño querido! —Se echó en mis brazos y me cubrió de besos—. ¡Y Pegeen! —Ella y Pegeen, cuya relación había sido breve y poco más que educadamente cordial, intercambiaron un casto beso—. ¿Y dónde está el bebé?
—Está aquí —dije poniendo la mano en la pelirroja cabeza de Mike.
—¡Cariño! —exclamó teatralmente—. ¡Soy tu tía Mame!
Lo abrazó y besó.
—Tu tía abuela Mame —corrigió Pegeen.
—¡Y se llama Michael por el arcángel! —canturreó la tía Mame.
—No —respondió lacónica Pegeen—, por mi padre, Mickey el Irlandés.
—¡Oh!, pero Patrick, es divino. Es exactamente igual que tú de pequeño, salvo que tiene el preciosísimo cabello de Pegeen. O incluso más bonito, diría yo. —Apretó su nariz contra la de Mike y lo miró a los ojos—. Nunca he visto un pelo de este color, cariño. ¡Es tan rojo!
—Yo tampoco he visto un pelo como el tuyo —respondió Mike—. ¡Es... tan azul!
La tía Mame soltó una risa argentina.
—Eres un jovencito muy observador, ¿eh?
—¿Cómo? —preguntó Mike con los ojos abiertos como platos.
—Digo que eres muy observador.
—No sé lo que significa eso.
—Cielos, niño. ¿Es que tu padre no te ha enseñado nada de vocabulario?
—¿Nada de qué?
—De vocabulario. Son palabras que la gente usa cuando habla. Y, cariño, un vocabulario amplio y flexible es el sello de cualquier persona verdaderamente culta.
—No entiendo casi ninguna de esas palabras tan largas.
—Pues claro que no, cariño. ¿Cómo vas a entenderlas, si nunca tienes ocasión de utilizarlas? Voy a conseguirte un cuaderno de vocabulario, igual que hice con tu padre, y, cada vez que oigas una palabra que no entiendas, la escribes y yo te explicaré lo que significa y cómo emplearla. Será divertidísimo, ya verás.
—Sí... —respondió Mike.
—Escucha, tía Mame —dije, nervioso—, si vas a marcharte corriendo de la ciudad, no creo que te quede mucho tiempo para ampliar el vocabulario de Mike o...
—¿Quién sabe? Me necesitan en la India, pero la sangre tira mucho y... ¡Ay, Michael! ¿Conoces la India? ¿Sabes dónde está?
—Más o menos —dijo Mike.
—¡Ay, cariño, ojalá pudiera enseñártela..., su color, su esplendor, su misterio!
—A mí me gustan los misterios.
—Y a mí también, cielo. Y verla a través de tus jóvenes ojos azules. ¿Sabías que hay junglas con leopardos y leones y que se pueden ver elefantes en mitad de la calle?
—¿Como en el circo, tía Mame? —preguntó emocionado Mike.
—Sí, cariño, como en el circo. Sólo que mucho mejor, porque puedes tocarlos y montar en ellos.
—¿Montar? ¿En un elefante? —exclamó Mike.
—Pues claro, cariño. Cuando estuve con el marajá de Ghitagodpur íbamos en elefante a todas partes. Dispuse de mi propio elefante todo el tiempo que duró mi visita.
—¿Tenías tu propio elefante?
—Pues claro, cariño. Seguro que te gustaría, ¿a que sí?
—¡Caray, tía! A lo mejor la próxima vez que vayas a la India podría coger el tren e ir a visitarte. Ya sé ir en tren yo sólito. Fui desde Verdant Greens a la estación de Grand Central para comer con papá e ir al teatro.
—Desde luego, podrías venir a visitarme, tesoro. Aunque a la India siempre voy volando.
—¿En un avión?
—En una escoba —murmuró Pegeen.
—¡Guau! Tal vez pueda ir muy pronto a verte. El colegio está a punto de terminar y...
—Mike —le interrumpí—, no seas pesado.
—Lo siento, tía Mame —dijo. Luego añadió—: Llevas un vestido muy bonito.
—¡Gracias, cariño! Veo que eres muy galante. Sí, el sari es la prenda más favorecedora para una mujer. Tengo docenas en mi baúl y, ¡oh!, también tengo otra cosa. Algo que podría gustarle a un niño pequeño como tú.
—¿Qué es, tía Mame? —preguntó Mike.
—Una cimitarra, cariño.
—¿Qué es eso?
—Bueno, una especie de espada curva. La encontré un día que estuve rebuscando en los bazares. En realidad, es más un arma musulmana que hindú, pero la tracería del mango me intrigó tanto que... —Mike apenas entendía una palabra de lo que le decía la tía Mame, pero, en cuanto oyó la palabra «espada», apenas pudo contenerse—. ¿Te gustaría tenerla?
—¡Caray, tía! ¡Claro que me gustaría!
—¿No te parece un poco peligrosa para un niño de...? —empezó Pegeen.
—¡Qué va, querida!, está tan embotada que no podrías cortar ni un poco de queso con ella. ¡Pero no veas qué glamour tiene! ¿Por qué no dais una vuelta por ahí, mientras yo llevo a este niño tan guapo a mi habitación y...?
La tía Mame y Mike desaparecieron antes de que yo pudiera articular palabra.
—Escucha —dijo Pegeen—, recuerda que te he dicho que una cosa es una reunión familiar y otra que esa loca empiece a mangonear a Mike. Es un niño totalmente normal sin nada de excepcional, aunque su cociente intelectual sea alto, y quiero que siga así. No va a echarlo a perder con un montón de...
—Bueno, no sé a qué te refieres con eso de «echar a perder» —dije un poco indignado—. Al fin y al cabo, es quien me educó a mí. ¿Acaso mi comportamiento te parece excéntrico? Creo que hemos llevado una vida totalmente feliz y normal...
—Exacto. Y así es como quiero que sigamos.
Dimos una vuelta entre los antiguos amigos de los días neoyorquinos de la tía Mame y los nuevos de sus noches de Bombay. Era una fiesta a lo grande, que recordaba las reuniones de la tía Mame a finales de los años veinte. Estaba abarrotada de gente famosa, y debo reconocer que, comparada con los cócteles y las cenas de Verdant Greens, era brillante. Incluso sentí una punzada de nostalgia por los viejos días en que servíamos ginebra de contrabando en Beekman Place y los elegantes salones de la casa de Washington Square..., demolida tiempo atrás. Incluso Pegeen se impresionó, a pesar de sus negras sospechas sobre la tía Mame.
—Bueno, Pegeen —observé—, dirás lo que quieras, pero tendrás que reconocer que sigue teniendo gancho.
—Podría encandilar a los pajarillos y hacer que cayeran de los árboles —admitió Pegeen—. Eso es lo malo. Me gusta, me cae muy simpática, pero... ¡Dios mío!
Seguí la mirada horrorizada de Pegeen para ver a Mike y a la tía Mame saliendo de su dormitorio. El niño llevaba la cabeza envuelta en un turbante blanco y arrastraba tras de sí una enorme cimitarra.
—¡Mirad, queridos! ¡Mirad a mi pequeño indio! Hazles una zalema, Michael, como te ha enseñado tu tía Mame.
Mike hizo una zalema. Todos los caballeros indios le correspondieron y las señoras indias se rieron e hicieron revolotear sus saris.
—Por supuesto, somos parsis —me explicó una de ellas—, y hace cinco generaciones que abrazamos el cristianismo, pero el niñito americano con nuestra querida señorita Mame están...
—¡Bueno, ya está todo acordado! —exclamó como si tal cosa la tía Mame mientras acudía a nuestro encuentro.
—¿Qué es lo que está acordado? —pregunté.
—Nuestro viaje a la India. Lo único que necesita es ponerse un par de vacunas y podremos partir a finales de semana. Debo decir que es un niño adorable. Has hecho una espléndida labor con él, Pegeen. Totalmente esplénd...
—¿Qué viaje a la India? —rugí.
—Sí, papá. La tía Mame y yo vamos a ir en un avión muy grande a visitar a un rey que tiene elefantes, caza tigres y juega al polo; y voy a conocer a un señor muy religioso que enseña a la tía Mame cómo respirar y concentrarse..., es una palabra nueva, papá..., y me va a enseñar a... ¿Cómo se llama ese señor, tía Mame?
—Yogui, cariño, pero no hay por qué molestar a tu padre con...
—Eso es, un yogui, y vamos a...
—No vas a hacer nada de eso... —respondí sin inmutarme.
Si le hubiese abofeteado no le habría dolido más.
—Pero... pero, papá...
—Mike, cariño, es imposible —dijo Pegeen—. Me refiero a la distancia, el peligro. Me pondría muy triste si te marcharas.
—No te pusiste nada triste cuando me marché el verano pasado —respondió Mike—. Dijiste que estabas deseando que me apartase de tus faldas y me fuese a ese campamento de mala muerte. Dijiste que...
—Cuida tus modales, Mike —dije.
—Pero... pero, papá.
—Patrick, cariño, ¿cómo vas a privar al niño de esta aventura? —argumentó la tía Mame—. Es como cerrarle en las narices la puerta del conocimiento. Es una espléndida oportunidad de conocer uno de los países más interesantes del mundo, lleno de color, historia, misterio y agitación política, y de conocerlo desde dentro, no como los turistas, y tú...
—Tía Mame —empecé—, aún es muy pequeño y...
—Es todo un detalle por tu parte —dijo Pegeen—. Una de las ofertas más generosas que he oído, pero...
—Mamá —la interrumpió Mike. Le temblaba el labio inferior y sus ojos parecían más azules que el pelo de la tía Mame—. Por favor, ¿puedo ir? Nunca he ido a ningún sitio, excepto a las Bermudas, la isla de Maddox y ese campamento de verano. Por favor, ¿puedo ir?
En fin, Mike sabe cómo hacer que se le encoja a uno el corazón con una sola mirada.
—Mike, yo... yo... De acuerdo, deja que lo discuta con tu padre.
—Es una idea espléndida —dijo enérgica la tía Mame—. Las parejas deberían discutir siempre sus problemas. Sacarlos a relucir y enfrentarse a ellos con sinceridad. Si todo el mundo lo hiciera no habría tantas disputas y divorcios. Id a mi dormitorio y arreglad esto ahora mismo.
Nos empujó hasta su dormitorio y cerró la puerta.
—Bueno —dije.
—Bueno —respondió Pegeen—. No sé qué decir. Por un lado se me ocurren más de diez mil objeciones a este absurdo proyecto. Tu tía es frívola, atolondrada, posesiva y dominante, y Mike es un niño muy impresionable...
—Además la India es muy peligrosa —añadí—. Tengo entendido que hay insectos y reptiles venenosos. Aunque nunca he estado allí y debo reconocer que suena muy...
—Por supuesto es una magnífica oportunidad para Mike. No seré yo quien lo niegue. Sería una vivencia que lo acompañaría el resto de su vida. Pero aun así...
—En fin, no creo que pueda meterse en muchos líos. La tía Mame es de fiar a su manera. Pero está tan lejos que...
—Eso no me preocupa tanto, Pat, es sólo que... Bueno, si me niego y sigo en mis trece, me sentiré fatal y él podrá reprochármelo el resto de su vida...
—Pues, si alguien va a negarse, tendrás que ser tú. Creo que se le partirá el corazón. Le cae bien la tía Mame y por supuesto...
—¡Oh, está bien! —suspiró Pegeen—. Nos tiene cogidos por donde más duele. En fin, digámoslo así: puede ir, pero sólo con una condición, que esté aquí de vuelta el Día del Trabajo. No voy a permitir que pierda un montón de clases mientras...
—Y tampoco quiero que aprenda yoga —la interrumpí—. Eso debe quedar muy claro.
—Nada de yoga —coincidió Pegeen—. Sé que parece una locura, pero...
Abrí la puerta y ahí estaban los dos: Mike con su turbante y la tía Mame con su sari. Mike nos administró el tratamiento de los ojazos azules.
—¿Puedo ir? —preguntó. Yo sabía que habían estado escuchando, pero no quise darle a la tía Mame la satisfacción de echárselo en cara.
—Sí, puedes ir.
—¡Yujuu! —Mike saltó sobre nosotros y nos cubrió de besos a los dos.
—Pero hay un par de cosas que quiero dejar muy claras, tía Mame.
—¿Sí, cariño? —preguntó con ojos inocentes.
—Estará aquí de vuelta el Día del Trabajo para volver al colegio...
—¡Oh, pues claro, Patrick! El Día del Trabajo en los barrios de las afueras es tan divertido...
—... y no quiero que vea a ninguno de esos swamis chiflados.
—Hay una preciosa iglesia episcopaliana donde lo enviaré todos los domingos por la mañana. Aunque privarle de la oportunidad de entrar en contacto con un intelecto como el de mi gurú y no permitirle adquirir la fuerza y sabiduría de...
—Y, por último, tendrás que comportarte debidamente con Mike.
—¿Comportarme? ¿Yo? ¿Una mujer que ya ha cumplido los cuarenta? ¿A qué te...?
—Sabes perfectamente a lo que me refiero. Nada de tonterías. Llévalo a la India, tráelo de vuelta y nada de viajecitos a ver los paisajes del Tíbet, o a fumaderos de opio, o...
—Patrick, eres igualito a tu padre. A veces, creo que no he conseguido nada contigo.
—Eso es justo lo que quiero que hagas con Mike. Nada. Él lleva una vida tranquila y tradicional en un ambiente tranquilo y tradicional. Asiste a un colegio tradicional y...
—Apuesto a que sí. ¿Podrás arreglarlo todo para que nos vayamos el viernes? —preguntó a Pegeen la tía Mame.
—¿El viernes? Bueno, yo...
—¡Genial! Cogeremos el avión de mediodía.
—¿Quieres decir que de verdad puedo ir?
—Sí, pero sólo a pasar el verano. Tu tía Mame sabe que tienes que volver a tiempo para empezar el colegio, caiga quien caiga.
La tía Mame cogió a Mike de la mano y lo miró con cariño a los ojos.
—Dime, cariño, ¿te gusta el colegio al que vas ahora?
—No —respondió Mike.
—Conozco a un hombre muy interesante de Madrás. Tiene un concepto totalmente novedoso de la educación, Michael. Es una escuela interracial para niños y niñas de todas las naciones y razas. Las clases son al aire libre y en lugar de libros...
—¡He dicho que lo quiero aquí antes del Día del Trabajo! —le espeté.
—Ese hombre está aquí, en la fiesta, cariño —continuó diciéndole a Mike—, y estoy segura de que le encantará conocerte. Ven conmigo e iremos a buscarle. Que os divirtáis, queridos —dijo volviendo la cabeza.
—Dios mío —balbució Pegeen—, es la flautista de Hamelín.
Llevando a Mike de la mano, la tía Mame se perdió entre la multitud, con el sari flotando a sus espaldas.
Fin



Glosario
Abbey Theatre o Teatro Nacional de Irlanda Principal teatro irlandés, situado en Dublín e inaugurado en 1904.
Algonquin, Hotel Histórico hotel de Nueva York, situado en el Midtown, entre la Quinta y la Sexta Avenidas. Inaugurado en 1902 y frecuentado por la flor y nata neoyorquina, durante la década de los 20 acogió las reuniones literarias de la llamada Mesa Redonda del Algonquin (Algonquin Round Table), integrada por escritores, guionistas o críticos teatrales y literarios como Dorothy Parker, George F. Kaufman y Robert Benchley.
Carnegie, Hattie (1889-1956) Modista estadounidense de origen austríaco, cuyo nombre se convirtió en sinónimo de exquisitez en el vestir en su país de adopción, EE UU. Bajo la divisa «ropa sencilla, pero elegante», supo adaptar el gusto por la elegancia francés al estilo norteamericano.
Floradora Musical de enorme éxito, en clave de comedia, escrito por Jimmy Davis, bajo el pseudónimo de Owen Hall, y con música de Leslie Stuart y Paul Rubens. Se entrenó en Londres en 1899 y un año más tarde en Estados Unidos, y sumó más de mil representaciones a una y otra orilla del Atlántico.
Melachrino Sofisticados cigarrillos egipcios manufacturados a principios de los años 30 por Militades Melachrino Cigarrette Co., de El Cairo.
Miller, Marilyn (1898-1936) Actriz de teatro estadounidense, de verdadero nombre Mary Ellen Reynolds. Fue una de las estrellas más populares de los musicales de Broadway de principios del siglo XX, sobre todo a partir de su actuación en Ziegfeld Follies (1918).
Minsky, hermanos Se refiere a los cuatro hermanos estadounidenses —Abe, Billy, Herbert y Morton— fundadores de la compañía neoyorquina Minsky's Burlesque (1912-1937).
Mix, Tom (1880-1940) Actor cinematográfico estadounidense, famoso principalmente por sus interpretaciones en los primeros westerns.
Russell, Lillian (1861-1922) Famosa actriz y cantante estadounidense de music-hall de finales del siglo XIX.
Schiaparelli, Elsa (1890-1973) Diseñadora de moda italiana. A principios del siglo XX se trasladó a París, donde trabó contacto con algunos artistas surrealistas y alcanzó reconocimiento por sus diseños de ropa y complementos artísticos y provocativos.
Stork Club Bar nocturno neoyorquino que se convirtió en café society, sitio de moda frecuentado por artistas y demás celebridades. Fue clausurado durante un tiempo en la época de la Prohibición.
The Ladies'Home Journal Conocida revista estadounidense orientada al público femenino y publicada por vez primera en 1883.
notes
Notas a pie de página
* Los asteriscos que acompañan algunas palabras remiten al glosario del final del libro.
1La tía Mame alude a un juego de palabras intraducible, ups and downs, que en inglés significa 'vicisitudes' y se pronuncia casi igual que el nombre de la casa de los Upson. (N. del T.).
Table of Contents
I. LA TÍA MAME Y EL HUERFANITO
II. LA TÍA MAME Y LA HORA DE LOS NIÑOS
III. LA TÍA MAME EN EL TEMPLO DE MAMMÓN
IV. LA TÍA MAME Y LA BELLEZA SUREÑA
V. LA TÍA MAME, DAMA DE LAS LETRAS
VI. LA TÍA MAME EN MISIÓN DE AUXILIO
VII. LA TÍA MAME EN LA UNIVERSIDAD
VIII. LA TÍA MAME Y MI AMOR FRUSTRADO
IX. LA TÍA MAME Y EL LLAMAMIENTO A LAS ARMAS
X. EL VERANO DORADO DE TÍA MAME
XI. LA TÍA MAME VUELVE A LAS ANDADAS
Glosario
Notas a pie de página

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