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sábado, 1 de julio de 2017

Los Juerguistas (Robert Louis Stevenson)

Los Juerguistas
Robert Louis Stevenson

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1
Eilean Aros

Hacía una hermosa mañana de finales de julio cuando emprendí a pie por última vez el camino de Aros. La noche anterior un bote me había dejado en Grisapol. Desayuné lo poco que me pudo ofrecer la pequeña posada donde me hospedaba, dejé allí todo mi equipaje hasta que llegase la ocasión de ir a recogerlo por mar y emprendí la marcha a través del promontorio con el corazón animoso.
No era ni mucho menos nativo de aquel lugar, sino que procedía de una estirpe sin mezcla de las tierras bajas escocesas. Pero un tío mío, Gordon Darnaway, después de pasar una juventud pobre y ruda y varios años en el mar, se había casado con una joven de las islas llamada Mary Maclean, que era la última superviviente de su familia. Cuando murió al dar a luz a una niña, aros, la granja rodeada por el mar, pasó a manos de mi tío. Yo sabía muy bien que apenas le proporcionaba lo justo para vivir, pero era un hombre en quien se había cebado la desdicha y, agobiado como estaba ahora con la carga de la niña, temía emprender una vida nueva, por lo que se había quedado en Aros lamentándose de su destino. Los años fueron pasando en aquellas soledades sin depararle ayuda ni satisfacciones. Entretanto, nuestra familia agonizaba en las tierras bajas: los de esa raza no tenemos mucha suerte, y tal vez se contara mi padre entre los más afortunados, pues no solo fue de los últimos en morir, sino que dejó un hijo que llevase su apellido y un poco de dinero para mantenerlo. Yo estudiaba en la Universidad de Edimburgo y vivía bastante bien a mis expensas, aunque sin parientes ni amigos, cuando mi tío Gordon oyó hablar de mí en el monte Ross, en Grisapol. Y, como para él los lazos de sangre tenían mucha importancia, me escribió el mismo día que supo de mi existencia y me pidió que considerase Aros mi propia casa. Así fue como empecé a pasar las vacaciones en dicha parte del país, lejos de cualquier compañía y comodidad, entre urogallos y bacalaos. Y así fue como, una vez terminadas las clases, volví allí tan animado aquel día de julio.
El monte Ross, como lo llamamos nosotros, es un promontorio ni muy alto ni muy ancho, pero tan escarpado como el día en que Dios lo creó, rodeado por todas partes por un mar repleto de islas peñascosas y una serie de arrecifes muy peligrosos para los marineros, dominados al este por unos acantilados altísimos y por el pico del Ben Kyaw. Dicen que en gaélico significa «montaña de niebla», y sin duda tiene el nombre bien merecido. Pues su cima, que supera los novecientos metros de altura, retiene todas las nubes que llegan desde el mar, y, de hecho, a veces me daba la impresión de que las creaba ella misma, pues incluso cuando el cielo estaba despejado hasta el nivel del mar, había algún jirón prendido en el Ben Kyaw. Eso retenía la lluvia y, en consecuencia, era pantanoso hasta la cima. En ocasiones hemos visto caer sobre la montaña una lluvia negra como el crespón mientras nosotros estábamos a pleno sol en el monte Ross. Sin embargo, esa humedad la hacía aún más hermosa, pues, cuando el sol iluminaba sus laderas, había muchas rocas mojadas y cursos de agua que brillaban como joyas y eran visibles incluso desde Aros, a veinticinco kilómetros de distancia.
El camino que seguía era un sendero de cabras tan sinuoso que casi duplicaba la longitud de mi viaje. Ascendía entre unas peñas tan escarpadas que había que saltar de una a otra y por unos valles donde el musgo te llegaba casi a la rodilla. No había rastro de cultivos y ni una sola casa en los quince kilómetros que separaban Aros de Grisapol. Por supuesto, de vez en cuando se divisaba alguna que otra casa —tres al menos—, pero estaban tan alejadas que ningún forastero habría sabido llegar a ellas desde el sendero. La mayor parte del monte Ross está cubierta de enormes rocas graníticas, algunas mayores que una casa de dos habitaciones, unas junto a las otras y separadas por brezos y helechos donde crían las víboras. De todos modos el viento soplaba siempre del mar y estaba tan cargado de salitre como en un barco, las gaviotas sobrevolaban el monte Ross tan libres como las aves del páramo y, cada vez que el camino ascendía un poco, la vista se iluminaba con el reflejo del océano. Los días de viento y marea alta se oían, como si de una batalla se tratase, el rugido del gran remolino a su paso por Aros, y las voces temibles y estentóreas de las rompientes conocidas en la región por el nombre de «los juerguistas».
Aros —«Aros Jay» he oído que la llaman los lugareños, que afirman que significa «la casa de Dios»— no es exactamente una isla, ni forma en realidad parte del monte Ross. Constituye su extremo sudoeste y está casi unido a él por un estrecho muy angosto cuya anchura no supera en algunos sitios los doce metros. Cuando sube la marea está tan quieto y claro como una poza en un río, con la única diferencia de las algas y los peces y de que el agua es verde en lugar de marrón, pero, en la bajamar, hay uno o dos días al mes en que se puede pasar a pie desde Aros a tierra firme. Había buenos prados donde mi tío llevaba a pastar las ovejas de las que vivía; tal vez fuesen mejores porque el terreno estaba más elevado en la isla que en las laderas del monte Ross, pero no estoy lo bastante seguro para afirmarlo. La casa tenía dos pisos de altura y era la más indicada para la región. Miraba al oeste sobre la bahía, donde había un embarcadero para amarrar un bote, y desde la puerta se veían las nubes agolpándose sobre el Ben Kyaw.
En toda esa parte de la costa, y sobre todo en las proximidades de Aros, las grandes rocas graníticas de las que he hablado antes descienden en tropel hasta el mar como el ganado en un día de verano. Se alzan allí ante el mundo entero como sus vecinas de la orilla, solo que entre ellas solloza el agua salada en lugar de la tierra silenciosa y en su base se entrelazan los congrios y no las víboras venenosas de la región. Los días tranquilos se puede vagar horas entre ellas con un bote y los ecos resuenan en aquel laberinto, pero cuando el mar está encrespado, que el cielo se apiade de quien oiga hervir aquella caldera.
En el extremo sur de Aros los bloques son mucho más grandes y numerosos. De hecho es como si aumentaran de forma monstruosa al adentrarse en el mar, pues a lo largo de más de diez millas se los ve diseminados como las casas de un pueblo, algunos asoman hasta nueve metros por encima del agua y a otros los cubre la marea, pero todos son peligrosos para los barcos, y un día despejado en que soplaba el viento del oeste llegué a contar, desde lo alto de Aros, cuarenta y seis arrecifes ocultos entre las olas y las blancas rompientes. Sin embargo, el peligro aumenta a medida que se acerca uno a la costa, pues allí la marea corre como por el saetín de un molino y forma un largo cinturón de agua turbulenta —un remolino lo llamamos nosotros— en el extremo de la isla. He estado allí muchas veces los días de calma chicha cuando retrocede la marea y es un lugar muy extraño donde el mar hierve y se retuerce como en la poza de una cascada, y de vez en cuando se oye un murmullo danzarín como si el remolino musitara algo para sí. Sin embargo, cuando empieza a subir la marea, y sobre todo con mal tiempo, no hay quien pueda acercarse a media milla de allí en un bote, ni barco capaz de maniobrar o seguir a flote en semejante lugar. Su estruendo se oye a más de seis millas de distancia y el burbujeo es mayor mar adentro: es allí donde las grandes rompientes bailan esa danza —podría decirse que es una danza de la muerte— que les ha merecido el nombre en estos parajes de «los juerguistas». He oído decir que llegan a alcanzar los quince metros de altura, pero debían de referirse al agua solo, pues la espuma se eleva casi el doble. Ignoro si los llaman así por sus movimientos rápidos y grotescos, o por los gritos que se oyen al subir la marea.
Lo cierto es que, con viento del sudoeste, esa parte de nuestro archipiélago es sencillamente una ratonera. Si un barco lograse cruzar los arrecifes y evitar «los juerguistas» sería solo para llegar a la costa meridional de Aros, en la bahía de Sandag, donde tantas cosas terribles le acontecieron a nuestra familia, tal y como me propongo contar. Al pensar en todos esos peligros, en un lugar que conozco desde hace tanto tiempo, me alegran de modo especial las obras que se están llevando a cabo para instalar faros en los cabos y boyas a lo largo de los canales de nuestras inhóspitas y peñascosas islas.
Los lugareños saben muchas historias sobre Aros, que a mí me contaba Rorie, un viejo sirviente de los Maclean, que había cambiado de amo después de casarse. Una de ellas trataba de una desdichada criatura, un duende marino que vivía y se dedicaba a sus temibles quehaceres entre las rompientes del remolino. Otra, de una sirena que en cierta ocasión conoció a un gaitero en la playa de Sandag y le cantó una noche de verano larga y despejada de manera que, cuando lo encontraron por la mañana, el pobre hombre había perdido el juicio, y desde entonces hasta el día de su muerte se limitó a repetir las mismas palabras, no sabría reproducirlas aquí en gaélico, pero se podrían traducir así: «¡Ah, la dulce melodía del mar!». Se sabe que las focas que frecuentan la costa a veces han hablado al hombre en su lengua para presagiar grandes desastres. También fue aquí donde desembarcó cierto santo camino de Irlanda para convertir a los habitantes de las Hébridas. Y, desde luego, creo que tenía bien ganada la santidad, pues hacer un viaje tan peligroso en los barcos de aquella época y desembarcar en una costa tan escarpada, tiene sin duda algo de milagroso. A él, o a alguno de sus acólitos que tuviera allí una celda, debe la isla su hermoso y sagrado nombre de «la casa de Dios».
De todos esos cuentos de viejas había uno al que yo concedía mayor credulidad. Según me contaron, durante la tempestad que dispersó los barcos de la Armada Invencible a lo largo del norte y el oeste de Escocia, un gran bajel fue a parar frente a la costa de Aros y se fue a pique con toda la tripulación a bordo y sus enseñas ondeando al viento mientras se hundía en presencia de un solitario grupo de gente que lo observaba desde lo alto de una colina. La historia tenía cierta verosimilitud, pues otro barco de esa flota se había hundido en la costa norte, a unas veinte millas de Grisapol. Además de que parecían narrarla con mas detalle y solemnidad que las otras, había una última particularidad que sirvió para convencerme de que era cierta: el nombre del barco todavía se recordaba y a mí me sonaba a español. El Espíritu Santo lo llamaban, un barco con varias cubiertas de cañones, cargado de tesoros, grandes de España y valientes soldados, que ahora yacían en las profundidades para toda la eternidad y cuyos viajes y batallas habían concluido en la bahía de Sandag, al oeste de Aros. Se acabaron las salvas de ordenanza para el gran navío, no más vientos propicios ni aventuras felices. Solo le quedaba oxidarse en las profundidades del mar y escuchar los gritos de «los juerguistas» cuando subía la marea. Desde el principio me pareció una historia muy insólita, y aún me lo pareció más cuando averigüé más cosas sobre España, de donde había zarpado con tan distinguida compañía, y sobre el rey Felipe, el poderoso rey que la había enviado a aquel viaje.
Debo decir que ese día, mientras caminaba desde Grisapol, el Espíritu Santo ocupaba en gran parte mis pensamientos. El entonces rector de la Universidad de Edimburgo, el famoso doctor Robertson, había reparado favorablemente en mí y me había encargado revisar unos legajos antiguos para ver si tenían algún valor, y en uno de ellos, para mi sorpresa, encontré una nota de ese mismo barco, el Espíritu Santo, con el nombre de su capitán, donde se contaba que gran parte del tesoro español que transportaba se había perdido frente al monte Ross de Grisapol, y que los salvajes habitantes del lugar se habían negado a proporcionar información al rey sobre el sitio concreto donde había ocurrido la tragedia. Al hacer encajar ambas cosas y considerando la tradición de la isla y la nota acerca de las investigaciones del viejo rey Jamie acerca del tesoro, se me había metido en la cabeza que el lugar que el monarca había buscado en vano no podía ser otro que la pequeña bahía de Sandag en los terrenos de mi tío, y como soy una persona muy metódica, desde entonces no había podido dejar de pensar en cómo reflotar el barco con todos sus lingotes, onzas y doblones, y devolverle a la familia Darnaway su dignidad y prosperidad tan largamente olvidadas.
No me faltaron motivos para arrepentirme de mis proyectos. Me vi obligado a hacer ciertas reflexiones y, a raíz de un extraño juicio divino del que fui testigo, la idea de aprovecharme del tesoro de un muerto repugna ahora a mi conciencia. Aunque debo decir que ni siquiera entonces me impulsaba la sórdida codicia, pues, si ambicionaba la riqueza, no era por la opulencia en sí, sino por una persona que me era muy querida: Mary Ellen, la sobrina de mi tío. Había recibido una buena educación y había asistido a clase un tiempo en tierra firme, aunque la pobre habría sido más feliz de no haberlo hecho, pues Aros no era sitio para ella, con la única compañía de Rorie, el viejo sirviente, y su padre, que era uno de los hombres más desdichados de Escocia, criado en el campo entre cameronianos, muchos años patrón de barco en las islas y ahora dedicado con infinito descontento a la pesca y las ovejas para ganarse el pan. Si a mí, que no pasaba allí más de uno o dos meses, se me hacía a veces insoportable, ¡ya pueden imaginarse cómo sería para ella vivir todo el año en aquel desierto, con las ovejas, las gaviotas y «los juerguistas» cantando y bailando en el remolino!
2
Lo que el naufragio había llevado a Aros

Cuando llegué al extremo de Aros, había empezado a subir la marea y me vi obligado a esperar en la orilla a que Rorie, a una señal mía, viniera a buscarme con el bote. No tuve que repetir la llamada. Nada más oír mi silbido, Mary apareció en la puerta saludándome con un pañuelo a modo de respuesta, y el viejo y zanquilargo criado se apresuró arrastrando los pies por el sendero que lleva al embarcadero. A pesar de toda su precipitación, tardó un buen rato en cruzar la bahía y reparé en que varias veces se detenía a comprobar el timón y contemplaba con curiosidad la estela dejada por el bote. Cuando se acercó, me pareció cansado y envejecido y tuve la impresión de que esquivaba mi mirada. Habían reparado el barco, con dos nuevos bancos y varios parches de una rara y hermosa madera cuyo nombre yo desconocía.
—Caramba, Rorie —le dije nada más emprender el viaje de regreso—, qué madera tan buena. ¿De dónde la has sacado?
—Será difícil de cepillar —opinó Rorie a regañadientes, y justo en ese instante soltó los remos y volvió a mirar por encima del timón tal como le había visto hacer antes, luego apoyó una mano en mi hombro y se quedó mirando de un modo terrible las aguas de la bahía.
—¿Qué ocurre? —le pregunté sobresaltado.
—Será algún pez grande —respondió el anciano volviendo a los remos, y ya no pude sacarle nada más que extrañas miradas y un preocupado movimiento de cabeza.
Muy a mi pesar, me embargó cierto desasosiego y también yo me volví a contemplar la estela del bote. El agua estaba quieta y transparente, y allí, en mitad de la bahía, era muy profunda. Al principio no pude ver nada, pero luego me dio la sensación de que algo oscuro —un gran pez, o tal vez solo una sombra— estuviera siguiendo el curso del bote. Entonces recordé una de las supersticiones de Rorie acerca de un transbordador de Morven al que, durante una encarnizada disputa entre clanes, había seguido varios años un pez desconocido en estas aguas, hasta que por fin nadie osó hacer la travesía.
—Debe de estar esperando a la persona adecuada —dijo Rorie.
Mary salió a esperarme a la playa y me condujo por la ladera hasta la casa de Aros. Tanto fuera como dentro habían hecho muchos cambios. El jardín estaba vallado con la misma madera que había visto en el bote, en la cocina había sillas cubiertas de exóticos brocados, de las ventanas colgaban cortinas llenas de bordados, en el vestidor había un reloj parado y silencioso, una lámpara de bronce colgaba del techo, la mesa estaba dispuesta con manteles de lino y cubiertos de plata, y todas aquellas riquezas se exhibían en la vieja y sencilla cocina que yo conocía tan bien, con el banco de respaldo alto, los taburetes y la cama empotrada de Rorie; con la vieja chimenea iluminada por el sol, donde ardía lentamente la turba, las pipas en la repisa y las escupideras de tres esquinas, llenas de conchas marinas en lugar de arena, en el suelo; con las paredes desnudas de piedra, el austero suelo de madera y las tres alfombras que habían sido hasta entonces su único adorno —alfombras de pobre, tejidas a mano, de las que no se ven en las ciudades—, el traje negro de los domingos y unas lonas embreadas sobre un banco. La habitación, como la casa, era tan pulcra y acogedora que siempre me había parecido una especie de milagro en aquellos parajes, y verla ahora mancillada por unos añadidos tan incongruentes me llenó de indignación y de una especie de rabia. Teniendo en cuenta el propósito que me había llevado a Aros, era un sentimiento injusto y sin fundamento, pero me consumió por dentro desde el principio.
—Mary —le dije—, me había acostumbrado a considerar mi casa este lugar, y ahora apenas lo reconozco.
—Es mi casa por naturaleza y no por costumbre —respondió ella—, el lugar donde nací y donde me gustaría morir, y a mí tampoco me gustan estos cambios, el modo en que se produjeron, ni lo que trajeron consigo. Dios sabe que habría preferido que se hubiesen hundido en el mar y que «los juerguistas» estuvieran bailando sobre ellos.
Mary hablaba siempre en serio, y tal vez fuera ese el único rasgo que compartía con su padre, pero el tono en que pronunció esas palabras me pareció incluso más solemne que de costumbre.
—Sí —repliqué—, ya me temía que procedieran de algún naufragio y por tanto de la muerte. Sin embargo, cuando mi padre murió, acepté su legado sin remordimientos.
—Tu padre tuvo una muerte honrosa y digna, como suele decirse —objetó Mary.
—Cierto —respondí—, y un naufragio es como un juicio. ¿Cómo se llamaba el barco?
—Era el Christ-Anna —dijo una voz a mis espaldas, y al darme la vuelta vi a mi tío de pie en el umbral.
Era un hombre amargado, bajo y atrabiliario, de rostro alargado y ojos negros. Tenía cincuenta y seis años, estaba sano y activo y su aspecto era una mezcla entre pastor de ovejas y hombre de mar. Nunca lo oí reír, pasaba el tiempo leyendo la Biblia, rezaba mucho, como los cameronianos entre quienes se había criado; y, de hecho, en muchos sentidos, me recordaba a uno de esos predicadores de las montañas de la época de las matanzas anteriores a la Revolución. Sin embargo, en contra de lo que yo pensaba, nunca encontró mucho consuelo, ni tan siquiera orientación, en su religiosidad. Sufría ataques de malhumor cuando le asustaba el infierno, pero había llevado una vida muy dura, que recordaba con envidia, y seguía siendo un hombre frío, rudo y sombrío.
Al verlo entrar por la puerta, con el gorro en la cabeza y una pipa colgando del ojal, tuve la impresión de que había envejecido y empalidecido como Rorie, sus arrugas parecían más marcadas que nunca en su rostro, y tenía las órbitas de los ojos amarillentas, como el marfil viejo o los huesos de los muertos.
—Sí —repitió, demorándose en sus palabras—, el Christ-Anna. Un nombre terrible.
Lo saludé y felicité por su aspecto saludable, pues temí que hubiera podido estar enfermo.
—El cuerpo me aguanta todavía —replicó con aspereza—. Sí, todavía me aguanta a mí y a mis pecados, igual que a ti. La cena —le dijo bruscamente a Mary, y luego siguió hablando conmigo—: ¿Qué te parecen estas cosas tan bonitas? Es un reloj precioso, aunque no funcione, y esos manteles son extraordinarios. Muy bonitas e infantiles, es incomprensible que la gente renuncie a la paz de Dios por esa clase de cosas, por cosas así la gente se burla de Dios en su cara y arde en el infierno; y por eso nos lo advierten las Escrituras, tal como entiendo yo el pasaje. Mary —se interrumpió para gritar con aspereza—, ¿por qué no has puesto los dos candelabros?
—¿Para qué los necesitamos en pleno día? —preguntó ella.
Pero mi tío no se dejó convencer.
—Los disfrutaremos mientras podamos —respondió, así que añadieron los dos candelabros de plata labrada a los cubiertos de la mesa, ya de por sí tan inapropiados para aquella tosca granja junto al mar—. Llegó a la costa el diez de febrero, hacia las diez de la noche —continuó—. No soplaba ni pizca de viento, pero había muy mala mar y temí que pudiera quedar atrapado en el remolino. Rorie y yo lo habíamos visto barloventeando un día antes. Tengo para mí que el Christ-Anna no debía de ser un barco muy marinero, pues ni viraba bien ni se dejaba gobernar. Lo pasaron muy mal ese día, no apartaron las manos de las escotas ni un momento, hacía mucho frío, demasiado incluso para que nevara, y cada vez que se levantaba una pizca de viento, volvía a amainar, y se desmoralizaban aún más. Ese último día fue horrible. Si alguien hubiera sobrevivido habría tenido motivos para sentirse orgulloso.
—¿Murieron todos? —exclamé—. ¡Dios los tenga en Su gracia!
—¡Chitón! —respondió con severidad—. Nadie rezará por los muertos bajo mi techo.
Negué cualquier sentido papista en mi exclamación, él pareció darse por satisfecho con una facilidad inusitada y prosiguió con lo que, evidentemente, se había convertido en su tema de conversación favorito.
—Rorie y yo lo encontramos en la bahía de Sandag con todas esas cosas dentro. Sandag es un poco puñetera: cuando la corriente corre con fuerza hacia «los juerguistas» y la marea sube tan deprisa que se oye el remolino batiendo en la otra punta de Aros, se produce un reflujo que lleva directamente a la bahía. Eso fue lo que atrapó al Christ-Anna. Se metió de lleno en ella, con la proa sumergida y la popa en la corriente. ¡Y menudo estruendo hizo cuando se fue a pique! La vida de los marinos está llena de penurias…, una vida fría e incierta. He pasado mucho miedo en el mar y nunca entenderé por qué el Señor hizo aguas tan peligrosas. Él, que creó los valles y los prados, los hermosos pastos, las tierras dichosas y saludables
Y ahora gritan y cantan tus alabanzas,

pues Tú les has complacido,

»como dicen los Salmos en la versión métrica. No es que quiera amoldar mi fe a esa rima, pero es bonita y fácil de recordar. De los que surcan el mar en sus barcos dice también:
Y quienes comercian en el mar

asisten a las obras de Dios

y contemplan sus grandes maravillas.

»Sí, es fácil de decir. Puede que David no conociera muy bien el mar. Aunque lo cierto es que, si no lo dijera la Biblia, me sentiría tentado de pensar que no fue Dios, sino un negro demonio, quien creó el mar. De ahí no sale nada bueno, salvo los peces, y el espectáculo de Dios gobernando la tormenta, claro está, que es a lo que debía de referirse David. Pero ¿acaso fueron grandes maravillas lo que Dios le mostró al Christ-Anna? Juicios más bien, juicios nocturnos entre los dragones de las profundidades. Y sus almas, ¡que tal vez no estuvieran preparadas! El mar…, ¡la gran puerta del infierno!
Mientras mi tío hablaba, reparé en que su voz parecía extrañamente conmovida y sus ademanes eran muy expresivos. Por ejemplo, al pronunciar aquellas últimas palabras se inclinó hacia delante y me rozó la rodilla con los dedos extendidos, mirándome a la cara con el semblante pálido, y noté que sus ojos brillaban con un fuego intenso y que las arrugas de las comisuras de sus labios estaban tensas y trémulas.
Ni siquiera la llegada de Rorie y la comida lograron apartarlo de sus pensamientos un instante. Y, aunque condescendió a preguntar por mis éxitos con los estudios en la universidad, tuve la impresión de que mientras lo hacía estaba pensando en otra cosa, e incluso cuando bendijo la mesa, cosa que hizo demorándose y divagando como siempre, percibí una sombra de preocupación en sus rezos al pedir que «Dios se apiadase de estas cuatro pobres criaturas pecadoras e inconscientes aisladas junto a este mar tan triste e inmenso».
Pronto Rorie y él intercambiaron unas palabras.
—¿Estaba ahí? —preguntó mi tío.
—¡Ay, sí! —respondió Rorie.
Me pareció advertir que ambos hablaban en un aparte, como si estuviesen avergonzados, y que incluso Mary se sonrojaba y no levantaba la vista del plato. Así que, a medias para demostrar que estaba al tanto de lo que hablaban y relajar así aquella extraña tensión, y a medias por curiosidad, seguí con la conversación.
—¿Se refiere usted al pez? —pregunté.
—¿Qué pez? —exclamó mi tío—. ¡Un pez, dice! ¡Un pez! Estás ciego, muchacho, el descubrimiento de la carne te ha embotado la cabeza. ¡Un pez! ¡Es un fantasma!
Habló con gran vehemencia, como si estuviese enfadado, y supongo que yo tampoco debía de estar muy dispuesto a dar mi brazo a torcer, pues los jóvenes son amantes de las discusiones. Al menos recuerdo que le respondí acaloradamente y me burlé de sus supersticiones infantiles.
—¡Y tú vas a la universidad! —se burló el tío Gordon—. Dios sabe lo que os enseñarán allí, pero no parece que os sirva de mucho. ¿Es que crees que en el mar solo crecen algas y se alimentan los animales marinos mientras el sol brilla sobre las aguas día tras día? No. El mar es como la tierra, pero más temible. Igual que hay gente en tierra, hay gente en el mar; tal vez estén muertos, pero no por eso dejan de ser personas; y en cuanto a demonios, no los hay peores que los demonios marinos. Los de tierra no son tan peligrosos. Hace mucho tiempo, cuando era solo un mozalbete y vivía en el sur, recuerdo que había un fantasma viejo y calvo en el pantano de Peewie. Yo mismo lo vi acuclillado sobre un montón de turba, tan gris como una lápida. Era repulsivo como un sapo, pero no le hacía daño a nadie. Claro que no hay duda de que, si un réprobo odiado por Dios hubiera pasado por allí con todos sus pecados sobre su conciencia, aquella criatura se le habría echado encima. ¡Pero hay demonios en las profundidades del mar que atacarían a un comulgante! Si te hubieras hundido con los pobres muchachos del Christ-Anna, a estas alturas ya conocerías la piedad del mar. Y si hubieras pasado embarcado tanto tiempo como yo, odiarías pensar en ello. Si hubieras empleado los ojos que Dios te dio, habrías comprendido la maldad de esa criatura falsa, fría, salada y rugiente y de todo lo que contiene por voluntad del Señor: langostas, cangrejos y otras cosas parecidas que excavan entre los muertos, ballenas enormes que no dejan de resoplar y todas las variedades de peces, esas maravillas ciegas, frías y extrañas. Sí, muchacho —exclamó—, el horror, ¡el horror del mar!
A todos nos sorprendió semejante estallido e incluso mi tío, después de aquel último exabrupto, pareció sumirse de pronto en sus pensamientos. Pero Rorie, que estaba ansioso de oír nuevas supersticiones, volvió sobre el asunto con una pregunta:
—¿No habrá visto un diablo marino?
—No con claridad —replicó el otro—. Dudo que nadie pueda ver uno claramente y seguir con vida. En cierta ocasión navegué con un chico llamado Sandy Gabart que vio uno y eso acabó con él. Llevábamos siete días navegando con esfuerzo hacia el estuario del Clyde con viento del norte y cargados de semillas y mercancías para los Macleod. Estábamos cerca de las montañas Cuillin, acabábamos de pasar el canal de Soay y habíamos dado una bordada muy larga con la que pensábamos llegar a Copnahow. Recuerdo muy bien aquella noche: la luna estaba oculta por la niebla, una brisa suave y agradable soplaba sobre el mar, aunque no de forma constante, y otro viento que ninguno de nosotros quería oír aullaba sobre las viejas y temibles peñas de las Cuillin. Pues bien, Sandy estaba en proa afirmando la escota del foque y no podíamos verlo por culpa de la vela mayor que acababa de hincharse, cuando de pronto soltó un chillido de terror. Yo orcé por mi vida, pues pensé que estábamos cerca de Soay, pero no, no era eso: se trataba del grito mortal del pobre Sandy Gabart, o casi, pues murió al cabo de media hora. Lo único que pudo decir fue que un demonio marino, un fantasma, un espectro o algo similar había trepado por el bauprés y le había echado una mirada fría y amenazadora. Y, cuando la vida escapó del cuerpo de Sandy, todos supimos dónde había ido aquella cosa y por qué aullaba el viento en las cumbres de las Cuillin, pues aquella era la hora del Día del Juicio…, ¡viento lo he llamado!, era el viento de la cólera de Dios… Esa noche luchamos con todas nuestras fuerzas y, cuando quisimos darnos cuenta, habíamos llegado a Loch Uskevagh, y los gallos cantaban en Benbecula.
—Debió de tratarse de un tritón —dijo Rorie.
—¡Un tritón! —exclamó mi tío con enorme desprecio—. ¡Cuentos de viejas! ¡Los tritones no existen!
—Pero ¿qué aspecto tenía esa criatura? —pregunté.
—¿Que qué aspecto tenía? ¡Quiera Dios que no lleguemos a saberlo nunca! Tenía una especie de cabeza…, no pudimos ver más.
Luego Rorie, ofendido por la afrenta, contó varias historias de tritones, sirenas y caballos marinos que habían sido vistos en la isla y habían atacado a las tripulaciones de los barcos en alta mar, y mi tío, a pesar de su incredulidad, le escuchó con interés e incomodidad.
—Está bien, está bien —dijo—, puede que sea así y puede que no, pero no he leído ni una sola palabra en la Biblia sobre sirenas y tritones.
—Y puede que tampoco diga nada sobre el remolino de Aros —objetó Rorie, y su argumento pareció bastante convincente.
Después de comer, mi tío me llevó a un banco que había detrás de la casa. Hacía una tarde muy tranquila y calurosa, apenas se agitaba una ola en el mar, ni se oía otro sonido que la voz familiar de las ovejas y las gaviotas, y, tal vez a consecuencia de aquella paz de la naturaleza, mi pariente se mostró más racional y calmado que antes. Habló pausada y casi alegremente sobre mi carrera, aludiendo de vez en cuando al barco hundido y a los tesoros que había llevado a Aros. Yo, por mi parte, le escuchaba en una especie de trance, mientras observaba el lugar con atención y aspiraba satisfecho el aire marino y el humo de la turba que había encendido Mary.
Habría pasado poco más de una hora cuando mi tío, que había estado todo el rato contemplando de reojo la superficie de la bahía, se incorporó y me animó a seguir su ejemplo. Conviene decir aquí que la marea ejerce, en el extremo sudoeste de Aros, una influencia perturbadora en toda la costa. Al sur, en la bahía de Sandag, se forma una fuerte corriente cuando sube y baja la marea, pero en el norte, en la bahía de Aros, que ahora contemplaba mi tío y donde estaba la casa, la única alteración se produce al final de la bajamar, e incluso entonces es demasiado leve para apreciarla. Cuando hay oleaje, no se distingue nada, pero si el mar está en calma, como ocurre a menudo, aparecen ciertas marcas extrañas e indescifrables —runas marinas, podríamos llamarlas— sobre la superficie cristalina de la bahía. Lo mismo sucede en otros mil sitios de la costa, y más de un muchacho se debe de haber entretenido igual que yo, tratando de interpretarlas con respecto a él o a sus allegados. Fue hacia esas marcas hacia donde mi tío dirigió ahora mi atención, aunque con evidentes reticencias.
—¿Ves ese dibujo sobre el agua? —preguntó—. Allí, junto a esa roca gris, ¿lo ves? No te recordará ninguna letra, ¿verdad?
—Desde luego que sí —repliqué—. Lo he visto muchas veces. Parece una C.
Soltó un profundo suspiro, como si le hubiera decepcionado mi respuesta, y luego musitó:
—Sí, una C de Christ-Anna.
—Yo pensaba que era por mí —objeté—, una C de Charles.
—¿Así que lo habías visto antes? —prosiguió sin prestar atención a mis palabras—. Vaya, vaya, eso sí que es raro. Tal vez lleve ahí esperando desde el principio de los tiempos, como suele decirse. Es terrible, muchacho. ¿Ves algún otro? —añadió.
—Sí —respondí—. Hay otro cerca de la orilla del Ross, donde desciende el sendero: una M.
—Una M —repitió en voz baja, y luego, tras otra pausa, preguntó—: ¿Y qué crees que significa?
—Siempre he creído que quería decir Mary —respondí ruborizándome, pues me dio la impresión de estar en el umbral de una explicación decisiva.
Pero cada uno de nosotros seguía su propia cadena de pensamientos sin reparar en los del otro. Una vez más, mi tío pasó por alto mis palabras y se limitó a inclinar la cabeza abatido y a guardar silencio. De no ser porque sus siguientes palabras sonaron como un eco de las mías, habría pensado que no me había oído.
—No le cuentes esas cosas a Mary —observó mientras echaba a andar.
La bahía de Aros está rodeada por una banda de hierba por donde es fácil andar, y por ella seguí a mi taciturno pariente. Puede que me sintiera un tanto decepcionado por haber perdido tan buena ocasión de declarar mi amor, aunque lo que más me preocupaba era el cambio que había sufrido mi tío. Él nunca había sido un hombre corriente y afable en sentido estricto, pero nada en él parecía preludiar una transformación tan extraña. Era evidente que algo le rondaba por la cabeza, y, mientras repasaba mentalmente las distintas palabras que podía representar la letra M —«miseria», «misericordia», «matrimonio», «mercaderías» y otras cosas parecidas—, me sobresaltó de pronto la palabra «muerte». Todavía estaba dándole vueltas al funesto significado de esa palabra cuando el camino nos llevó a un lugar desde donde se divisaban tanto la bahía de Aros y la casa como el océano tachonado de islas, que se alejaba azul hacia el sur hasta ir a juntarse con el cielo. Allí mi guía se detuvo y contempló un rato su enorme extensión. Luego se volvió y me puso la mano en el hombro.
—¿De verdad crees que ahí no hay nada? —dijo señalándolo con la pipa, y luego gritó exultante en voz alta—: Hazme caso, muchacho: ¡está lleno de muertos…, tan abundantes como ratas!
Enseguida se volvió y regresamos sin decir palabra a la casa de Aros.
Yo estaba ansioso por estar a solas con Mary, pero hasta después de cenar no dispuse de un instante para intercambiar unas palabras con ella. No me anduve con rodeos y le dije claramente lo que me preocupaba.
—Mary —le dije—, no he venido a Aros sin esperanzas. Si resultan fundadas, podremos irnos todos a algún lugar donde tengamos el techo y el sustento garantizados. Y tal vez algunas cosas más que parecería exagerado que te ofreciera ahora. Pero abrigo otra esperanza que me importa mucho más que el dinero. —Hice una pausa—. Creo que puedes adivinar de qué se trata, Mary. —Ella apartó la mirada sin decir nada ni darme muchos ánimos, pero eso no me detuvo—. Pienso en ti todo el día —proseguí—, el tiempo pasa y cada vez te aprecio más. No podría ser feliz sin ti: eres la niña de mis ojos. —Mary siguió apartando la mirada y no dijo una palabra, aunque me dio la impresión de que las manos le temblaban—. Mary —exclamé asustado—, ¿es que no te gusto?
—¡Oh, Charlie! —respondió—. ¿Crees que es momento para hablar de estas cosas? Déjame por un tiempo, déjame ser como soy. ¡No serás tú quien más pierda con la espera!
Comprendí por el tono de su voz que estaba al borde de las lágrimas y eso me impidió hacer otra cosa que no fuese tratar de consolarla.
—Mary Ellen —dije—, no hablemos más, no he venido a incomodarte. Será como tú quieras, ya me has dicho todo lo que quería saber. Permite solo que te haga otra pregunta: ¿qué es lo que te aflige?
Ella admitió que se trataba de su padre, aunque no quiso darme detalles y se limitó a decir que no estaba bien, que no parecía el mismo de siempre y que le daba mucha lástima. No sabía nada del naufragio.
—No me he acercado por allí. ¿Para qué iba a hacerlo, Charlie? Esas pobres almas hace tiempo que se han perdido, ¡ojalá tuviesen algún tipo de consuelo…, pobres desdichados!
No es que eso me inspirara muchos ánimos para hablarle del Espíritu Santo, pero lo hice. Nada más pronunciar la primera palabra exclamó sorprendida:
—En mayo vino un hombre a Grisapol —dijo—, un tipo torvo, bajo y cetrino, según me contaron, con barba y anillos de oro en los dedos, y estuvo haciendo muchas preguntas sobre ese mismo barco.
El doctor Robertson me había entregado aquellos legajos a finales de abril, y de pronto recordé que los estaba preparando para un historiador español, o para alguien que se hacía pasar por tal, que había acudido recomendado al rector, a propósito de ciertas investigaciones sobre la dispersión de la Armada Invencible. Atando cabos, se me ocurrió que el visitante de «los anillos de oro en los dedos» podría ser el mismo historiador de Madrid que había ido a ver al doctor Robertson. De ser así, lo más probable era que hubiera venido en busca del tesoro y no de información para una sociedad erudita. Decidí acometer mi empresa cuanto antes, y que, si el barco estaba hundido en la bahía de Sandag, tal como él y yo parecíamos suponer, no sería para beneficio del aventurero de los anillos, sino para Mary, para mí y para la antigua, buena, honrada y amable familia de los Darnaway.
3
La tierra y el mar en la bahía de Sandag

A la mañana siguiente me levanté temprano, y, después de desayunar un poco, me dispuse a emprender la exploración. Algo en mi interior me decía que iba a encontrar el barco de la Armada, y, aunque no me dejé arrastrar del todo por tan esperanzados sentimientos, estaba tan animado que tenía la impresión de andar entre nubes. Aros es una isla muy escarpada y toda su superficie está cubierta de peñascos, helechos y brezales; mi camino cruzaba de norte a sur la loma más elevada y, aunque la distancia total apenas era superior a tres kilómetros, me costó más tiempo y esfuerzo recorrerla que si hubieran sido seis por terreno llano. Al llegar a la cima me detuve. A pesar de no ser muy alta —poco más de noventa metros, según tengo entendido—, se alza sobre todas las tierras vecinas del monte Ross y desde ella se domina una amplia vista del mar y las islas. El sol, que había salido hacía un buen rato, calentaba ya mi nuca, y el aire era lánguido y tormentoso, aunque también puro y claro. Al noroeste, donde las islas parecen apiñarse más, había media docena de nubes pequeñas y deshilachadas que se apelotonaban formando una especie de bandada, y la cima del Ben Kyaw exhibía no solo unos pocos jirones, sino también una densa capa de vapor. El tiempo tenía un aspecto amenazador. Cierto que el mar estaba liso como un cristal y que incluso el remolino era poco más que una grieta en aquel espejo y «los juerguistas» unas meras manchas de espuma, pero a mí, que conocía tan bien aquellos lugares, me dio la impresión de que estaba inquieto; desde allí arriba se oía el rumor del remolino como si fuese un largo suspiro, y, por muy tranquilo que aparentase estar, era como si meditara sobre algún infortunio. Pues tengo que admitir que todos los habitantes de aquellos parajes atribuíamos, si no presciencia, al menos cierta capacidad de advertir de las desgracias a aquella extraña y peligrosa criatura de las mareas.
Apresuré el paso y no tardé en descender por la ladera de Aros hasta la parte de la isla conocida como bahía de Sandag. Se trata de una porción de agua bastante grande si se compara con el tamaño de la isla. Está bien protegida de casi todos los vientos, salvo de los predominantes: al oeste está limitada por unas dunas bajas y es arenosa y poco profunda, en cambio al este se extiende a lo largo de un arrecife y tiene muchas brazas de profundidad. En ese lado de la bahía es donde, en ciertos momentos del día, se forma la corriente a la que se había referido mi tío. Después, cuando la fuerza del remolino empieza a aumentar, se produce otra corriente aún mayor que discurre en dirección opuesta, y supongo que debe de ser la acción de esta última la que ha excavado esa parte tan profundamente. Desde la bahía de Sandag no se ve más que una pequeña franja de horizonte y, los días de mal tiempo, las olas que rompen sobre el arrecife.
Mientras bajaba por la ladera de la colina había reparado en el naufragio del pasado febrero: un bergantín de gran tonelaje, que yacía encallado con la popa destrozada en el extremo este de la playa. Me dirigí hacia él directamente y, casi había llegado a la franja de hierba, cuando me fijé en un lugar donde no crecían helechos ni brezo, señalado por uno de esos montículos largos y bajos, de aspecto casi humano, que se ven a menudo en los cementerios. Me detuve como si me hubiesen pegado un tiro. Nadie me había dicho que hubiese habido ningún muerto o que hubiesen enterrado a alguien en la isla. Rorie, Mary y mi tío se habían limitado a guardar silencio; de ella, al menos, estaba seguro de que lo ignoraba, y, sin embargo, delante de mis ojos tenía la prueba indudable de lo sucedido. Aquello era una tumba, y me vi obligado a preguntarme qué clase de hombre habría encontrado allí su último reposo y esperaba ahora la señal del Señor en aquel lugar solitario y batido por el mar. Mi imaginación no supo ofrecerme otra respuesta que la que más temía concebir. Por lo menos sabía que debía tratarse de un náufrago, procedente, tal vez, como los marineros de la Armada Invencible, de algún país rico y lejano. O tal vez se tratase de alguien de mi propia raza, fallecido cerca de su hogar. Me quedé un rato a su lado con el gorro en la mano, y deseé que en nuestra religión hubiera alguna oración apropiada para aquel desdichado desconocido, o, como se decía antes, para honrar su infortunio. Sabía que, aunque sus huesos siguieran allí, formando parte de Aros, hasta que sonara la trompeta del Día del Juicio, su alma inmortal estaba ya muy lejos, entre los éxtasis del domingo eterno o los dolores del infierno, y aun así la imaginación me traicionaba haciéndome pensar que tal vez anduviera cerca de allí, vigilando su sepulcro y demorándose en la escena de su trágico final.
Me alejé apesadumbrado de aquella tumba para ir a contemplar el no menos triste espectáculo del naufragio. La roda se alzaba sobre la línea de la marea. Estaba partida en dos, por detrás del trinquete, aunque ambos mástiles se habían partido durante la catástrofe, y, como la playa estaba muy inclinada y la proa se encontraba varios metros por debajo de la popa, la hendidura quedaba abierta y se veía perfectamente el interior del casco. El nombre estaba casi borrado y no pude discernir si se llamaba Christiania, como la ciudad noruega, o Christiana, como la buena mujer y esposa cristiana de aquel viejo libro, El progreso del peregrino. Por el tipo de construcción supe que se trataba de un barco extranjero, pero no logré decidir de qué nacionalidad. Lo habían pintado de verde, pero estaba descolorido por la exposición a la intemperie, y la pintura se estaba pelando a tiras. Los restos del palo mayor estaban allí cerca, semienterrados en la arena. Era, sin duda, un triste espectáculo, y me conmovió ver los restos de los cabos que quedaban colgando, y que tantas veces debían de haber afirmado entre gritos los marineros, y el escotillón por el que habían ido y venido para atender a sus quehaceres, o el desdichado ángel con la nariz rota del mascarón de proa que en tantas ocasiones debía de haberse zambullido entre las olas.
Ignoro si sería por el barco o por la tumba, pero mientras estaba allí apoyado en una de las cuadernas astilladas de la embarcación me embargó una sensación de melancolía. El desamparo de los hombres, e incluso de los barcos inanimados arrojados a costas desconocidas, se apoderó de mi imaginación. Aprovecharse de una desgracia tan penosa me pareció un acto sórdido e indigno, y empecé a considerar mi empresa un acto sacrílego por naturaleza. Sin embargo, al pensar en Mary volví a cobrar fuerzas. Mi tío jamás toleraría un matrimonio imprudente y ella tampoco aceptaría casarse sin su consentimiento. A mí me correspondía prosperar para mi mujer, y pensé con una sonrisa en el tiempo que hacía que aquel gran castillo del mar, el Espíritu Santo, había dado con sus huesos en la bahía de Sandag, y la debilidad que supondría tener ahora en cuenta unos derechos extinguidos tantos años atrás y unas desdichas no menos olvidadas con el correr del tiempo.
Yo tenía mi propia teoría respecto a dónde buscar el pecio. La disposición de la corriente y de la orilla apuntaban ambas al lado este de la playa, junto al arrecife. Si se había hundido en la bahía de Sandag, y, si después de tantos siglos, quedaba todavía algún trozo entero, allí era donde lo encontraría. Como he dicho antes, en ese punto las aguas se vuelven de pronto mucho más hondas y alcanzan incluso junto al arrecife varias brazas de profundidad. Desde el borde de las rocas se distinguía perfectamente el fondo arenoso, el sol iluminaba de firme sus verdes profundidades y toda la bahía parecía un enorme cristal transparente como los que se ven en las joyerías: de hecho, nada indicaba que se tratara de agua, salvo un temblor interno, un estremecimiento de las sombras y los destellos del sol y, de vez en cuando, una leve ola que iba a morir burbujeando a la orilla. Las sombras de las rocas se extendían a cierta distancia desde su base, de modo que mi propia sombra, cuando andaba, me detenía o me asomaba por encima de ellas, llegaba a veces hasta la mitad de la bahía. Entre aquellas sombras era donde tenía que buscar el Espíritu Santo, pues era allí donde la corriente era más fuerte en ambos sentidos. En aquel día tan caluroso el agua daba la impresión de estar muy fresca, pero aún lo parecía más en aquella parte y resultaba extrañamente invitadora para la vista. No obstante, por mucho que me esforzara en escudriñarla no logré ver nada más que unos pocos peces, unas cuantas algas y un trozo de roca que se había desprendido de arriba y ahora yacía en el fondo de arena. Recorrí dos veces las rocas de un lado al otro sin distinguir ni rastro del naufragio y solo se me ocurrió un sitio donde pudiera estar: una enorme terraza a unas cinco brazas de profundidad, elevada hasta una altura considerable sobre la arena y que desde arriba daba la impresión de ser una mera prolongación de las rocas por las que estaba andando. Había una maraña de algas tan densa como un bosque que me impedía juzgar su naturaleza, pero por su forma y tamaño recordaba el casco de un barco. Al menos era mi hipótesis más probable. Si el Espíritu Santo no yacía debajo de aquellas algas era que no se encontraba en la bahía de Sandag, y me dispuse a comprobarlo de una vez por todas y volver a Aros convertido en un hombre rico o curado para siempre de mis sueños de opulencia.
Me quité la ropa y me quedé indeciso en las rocas con las manos entrelazadas. En ese momento la bahía estaba extrañamente silenciosa, lo único que se oía era una manada de marsopas en algún lugar indistinguible desde allí, pero una sensación de temor me contuvo a las puertas de mi aventura. Tristes presentimientos marineros, restos de las supersticiones de mi tío, la imagen de los muertos, de la tumba, de los barcos hundidos, pasaron uno tras otro por mi imaginación. Pero el fuerte sol que me quemaba los hombros acabó por infundirme ánimos y me zambullí en el mar.
Al principio tan solo pude agarrarme a las algas que crecían sobre aquella terraza, luego me aseguré mejor cogiendo una brazada de aquellos tallos gruesos y resbaladizos, planté los pies en el suelo y miré a mi alrededor. La blanca arena se extendía por doquier sin interrupción hasta llegar al pie de las rocas, donde, debido a la acción de la marea, formaba una especie de sendero en un jardín. Delante de mí no se veía más que la arena rizada que cubría el fondo de la bahía iluminado por el sol. Sin embargo, la terraza a la que estaba sujeto se hallaba tan cubierta de algas como un brezal, y el acantilado de donde sobresalía estaba festoneado de lianas marrones. Entre aquella complejidad de formas, que se movían a la par que la corriente, no era fácil estar seguro de nada y seguía sin saber si mis pies se apoyaban sobre la roca o sobre las cuadernas del barco de la Armada. De pronto, las algas se soltaron y en un instante volví a estar en la superficie, donde las orillas de la bahía y el agua deslumbrante brillaron ante mí con un hermoso resplandor carmesí.
Volví a trepar a las rocas y arrojé el manojo de algas a mis pies. En ese instante algo resonó con un sonido metálico, como el de una moneda al caer al suelo. Me agaché y encontré una hebilla de zapato cubierta de óxido rojo. Al ver aquella triste reliquia humana se me estremeció el corazón, pero no de esperanza o temor, sino con una desolada melancolía. La sostuve en la mano y al pensar en su propietario me pareció estar en su presencia. Su rostro curtido por el sol, sus manos de marinero, su voz ronca de tanto cantar en el cabestrante, los pies que habían llevado aquella hebilla y paseado por la cubierta inclinada…, el hecho de que se tratase de una persona como yo, con sangre, pelo y ojos me obsesionaron en aquel lugar solitario y soleado, pero no como si se tratase de un fantasma, sino más bien como un amigo a quien hubiera ofendido gravemente. ¿Estaría de verdad allí el gran barco con sus cañones, cadenas y tesoros, tal como había partido de España, con las cubiertas convertidas en un jardín para las algas y los camarotes en criadero de peces, silenciosos salvo por el rumor del agua e inmóviles a excepción del balanceo de los sargazos que crecían en sus baluartes? ¿Se había trocado aquel viejo y populoso castillo marino en un arrecife en la bahía de Sandag? ¿O bien —como me parecía más probable— la hebilla era un resto del naufragio del bergantín extranjero, comprada hacía poco tiempo y empleada por un hombre de mi misma época, que había oído las mismas noticias que yo, pensado las mismas cosas y tal vez rezado en la misma iglesia? Fuese como fuere, me asaltaron pensamientos melancólicos, las palabras de mi tío «el mar está lleno de muertos» resonaron en mis oídos, y, aunque decidí volver a zambullirme, avancé hacia el borde de las rocas con una enorme repugnancia.
En ese instante el aspecto de la bahía sufrió un cambio muy notable. Dejó de ser un interior visible y despejado, como una casa con un techo de cristal, donde la luz verde y submarina del sol reposaba tranquilamente. Supongo que la brisa había perturbado su superficie, y una especie de desorden y oscuridad llenó su seno, donde se mezclaban confusamente los destellos de luz y las nubes de sombra. Incluso la terraza de abajo temblaba y se agitaba lóbregamente. Ahora parecía más arriesgado aventurarse en aquel lugar lleno de peligros ocultos, y, al saltar al agua por segunda vez, lo hice con el alma encogida.
Me agarré como había hecho la ocasión anterior y busqué a tientas entre la ondulante maraña. Todo lo que tocaba era frío, blando y pegajoso. Los cangrejos y las langostas se movían dando tumbos entre las algas, y tuve que hacer acopio de valor ante el terror que me inspiraba la carroña de que se alimentaban. Por todas partes notaba el grano y las grietas de la piedra dura, nada de planchas de madera o hierro y ni un solo indicio del naufragio: el Espíritu Santo no estaba allí. Recuerdo que la desilusión me produjo una especie de alivio, y estaba a punto de abandonar cuando ocurrió algo que me hizo volver a la superficie con el corazón en un puño. Me había demorado bastante en mis exploraciones, la corriente empezaba a cobrar fuerza con el cambio de la marea y la bahía de Sandag ya no era un lugar seguro para un nadador solitario. Pues bien, justo en ese momento, un golpe de corriente atravesó la maraña de algas como una ola. Perdí uno de mis puntos de sujeción y me arrastró de lado; instintivamente mis dedos buscaron otro lugar donde agarrarse y se cerraron en torno a algo duro y frío. Creo que supe en el acto de qué se trataba. Al menos logré soltarme de las algas, nadé hacia la superficie y un instante después estaba trepando a las rocas con la tibia de un hombre en la mano.
El hombre es una criatura material, lento a la hora de pensar y asociar ideas. La tumba, el naufragio del bergantín y la hebilla oxidada eran avisos muy claros. Un niño habría podido interpretarlos, y, sin embargo, hasta que no toqué aquel trozo de ser humano mi espíritu no comprendió del todo el horror del osario del océano. Dejé el hueso junto a la hebilla, recogí mi ropa y corrí por las rocas hasta la playa. Solo quería alejarme de aquel sitio, no había fortuna lo bastante grande para tentarme a volver. Por mí, los huesos de los ahogados podían rodar eternamente entre algas u oro recién acuñado. Y, en cuanto volví a pisar la arena y cubrí mi desnudez para protegerme del sol, me arrodillé de todo corazón junto a los restos del bergantín y recé larga y apasionadamente por las pobres almas del mar. A mi entender, una oración generosa no se ofrece nunca en vano: puede que la petición sea denegada, pero el que pide siempre es recompensado con algún favor divino. Al menos el terror desapareció de mi imaginación y pude contemplar con espíritu tranquilo aquella gran y brillante criatura que es el océano de Dios. Al emprender el camino a casa por las escarpadas laderas de Aros, no quedaba de mi propósito más que la profunda determinación de no volver a mezclarme con los restos de los naufragios o los tesoros de los muertos.
Casi había llegado a mitad de la ladera cuando me detuve a tomar aliento y a echar un vistazo a mis espaldas. Lo que vieron mis ojos resultó doblemente extraño.
En primer lugar, la tormenta que había anticipado avanzaba ahora con una rapidez casi tropical. La superficie del mar había trocado su llamativa brillantez por un feo tono plomizo. En la distancia, las olas blancas, las «cabrillas» del mar, empezaban a dispersarse huyendo de un viento que aún no era apreciable en Aros, y, a lo largo de la curva de la bahía de Sandag, la corriente corría ya con tanta fuerza que se oía desde allí arriba. El cambio sufrido por el cielo era incluso más notable. Por el sudoeste había empezado a alzarse una nube enorme y ceñuda. Aquí y allá el sol arrojaba aún una gavilla de rayos a través de algún hueco, y alrededor de todo su contorno unos penachos negros se extendían por el cielo todavía sin cubrir. La amenaza era expresa e inminente. Mientras contemplaba todo aquello, el sol se tapó. En cualquier momento la tempestad desataría sobre Aros toda su fuerza.
Aquel cambio de tiempo tan repentino me hizo fijar la vista en el cielo y tardé unos segundos en mirar hacia la bahía, dibujada a mis pies y oscurecida al ocultarse el sol. El montículo al que acababa de subir estaba junto a un pequeño anfiteatro de colinas más bajas que descendían en pendiente hacia el mar, más allá del arco amarillo de la playa y la gran extensión de la bahía de Sandag. Era un paisaje que había contemplado a menudo, pero en el que nunca había visto una figura humana. Apenas hacía un rato que la había dejado vacía, así que cualquiera podrá imaginar mi sorpresa cuando vi un bote y a varios hombres en aquel lugar tan solitario. El bote se aguantaba en facha junto a las rocas. Un par de tipos con la cabeza descubierta, la camisa arremangada, y uno de ellos ayudado con un bichero, se esforzaban en amarrarlo allí, pues la corriente era más fuerte a cada momento. Un poco más lejos, sobre el arrecife, dos hombres vestidos de negro, a quienes juzgué de rango superior, inclinaban la cabeza enfrascados en alguna labor que al principio no acerté a comprender. Un segundo más tarde lo entendí: estaban haciendo mediciones con la brújula; justo después vi que uno de ellos desenrollaba una hoja de papel y señalaba un punto con el dedo como si identificara un lugar en el mapa. Entretanto, un tercero iba y venía de aquí para allá, husmeando entre las rocas y asomándose sobre el agua. Mientras los observaba sorprendido y estupefacto, pues mi imaginación apenas podía interpretar lo que veían mis ojos, aquella tercera persona se agachó de pronto y llamó a sus compañeros con un grito tan estentóreo que lo oí desde la colina. Los demás corrieron a su encuentro tan deprisa que la brújula se les cayó al suelo, y vi cómo la tibia y la hebilla pasaban de mano en mano y daban pie a extraños gestos de sorpresa e interés. Justo entonces oí gritar a los marineros del bote mientras señalaban hacia el oeste, en dirección a la enorme nube que iba ennegreciendo el cielo cada vez más deprisa. Los otros parecieron pararse a deliberar un instante, pero el peligro era demasiado grande para afrontarlo, así que subieron al bote mis reliquias y salieron de la bahía remando con todas sus fuerzas.
No me entretuve un minuto más, me volví y corrí hacia la casa. Quienesquiera que fuesen aquellos hombres era imprescindible informar a mi tío cuanto antes. En aquella época no era tan descabellado pensar que pudiera tratarse de una incursión de los jacobitas, y tal vez el príncipe Charlie, a quien yo sabía que mi tío detestaba tanto, fuese uno de los tres superiores a quienes había visto en el arrecife. Sin embargo, mientras corría saltando de peña en peña, aquella teoría me fue pareciendo cada vez menos creíble. La brújula, el mapa, el interés despertado por la hebilla y el comportamiento de aquel desconocido que no paraba de escudriñar las aguas a sus pies parecían apuntar a una explicación muy diferente de su presencia en aquella isla oscura y lejana del mar occidental. El historiador de Madrid, la búsqueda iniciada por el doctor Robertson, el extranjero de la barba y los anillos, mis propios e infructuosos esfuerzos de esa misma mañana en las profundidades de la bahía de Sandag, empezaron a encajar, pieza a pieza, en mi memoria y pronto me convencí de que aquellos desconocidos debían de ser españoles en busca del antiguo tesoro y el barco hundido de la Armada Invencible. Pero los habitantes de las islas exteriores, como Aros, son responsables de su propia seguridad: no hay nadie cerca capaz de protegerles o siquiera ayudarles, y la presencia en aquel lugar de una tripulación de aventureros extranjeros —pobres, ambiciosos y probablemente forajidos— me llenó de aprensión respecto al dinero de mi tío, e incluso la seguridad de su hija. Todavía estaba preguntándome cómo íbamos a librarnos de ellos cuando llegué, casi sin aliento, a la cima de Aros. El mundo entero estaba en sombras; solo en el extremo este, en una de las montañas de tierra firme, se demoraba un último rayo de sol como si fuese una joya. Había empezado a llover, no con fuerza, pero sí con grandes gotas, el mar estaba cada vez más encrespado y un cinturón de espuma ceñía ya Aros y la cercana costa de Grisapol. El bote seguía alejándose mar adentro, pero entonces reparé en algo que no había visto cuando estaba más abajo: una goleta preciosa, enorme y con grandes mástiles les esperaba junto al extremo sur de Aros. Como no la había visto esa mañana, cuando había escrutado con tanta atención los indicios del cambio de tiempo en aquellas aguas solitarias donde rara vez se veía una vela, era evidente que debía de haber pasado la noche detrás de la isla deshabitada de Eilean Gour, y eso probaba sin ningún género de dudas que estaba tripulada por gente que desconocía nuestras costas, pues dicho fondeadero, aunque parece seguro a primera vista, es una ratonera para los barcos. Con marineros tan ignorantes en una costa tan traicionera, no parecía improbable que la tormenta que se avecinaba llevara la muerte consigo.
4
La tormenta

Encontré a mi tío junto al extremo de la casa, observando el cambio de tiempo con una pipa entre los dedos.
—Tío —le dije—, he visto a unos hombres en la bahía de Sandag…
No tuve tiempo de añadir nada más; el efecto que produjeron mis palabras en mi tío Gordon fue tan extraño que olvidé mi cansancio y lo que tenía que decirle. Soltó la pipa y apoyó la espalda contra la casa con la boca abierta, la mirada fija y el fino semblante tan blanco como la pared. Creo que nos quedamos casi medio minuto mirándonos en silencio, antes de que me respondiera de este modo tan extraño:
—¿Llevaba un gorro de piel?
Supe, tan bien como si hubiera estado allí, que el hombre que yacía enterrado en Sandag había llevado un gorro de piel y que había llegado a la orilla con vida. Por primera y única vez, le falté al respeto al hombre que era mi benefactor y el padre de la mujer a quien deseaba convertir en mi esposa.
—Estos hombres estaban vivos —repliqué—, tal vez sean jacobitas, tal vez franceses, tal vez piratas, tal vez aventureros llegados en busca del tesoro del barco español, pero sean quienes sean suponen un peligro para su hija que es además mi prima. En cuanto a los temores que le inspiran sus pecados, sepa que el muerto descansa donde lo dejó. Esta mañana estuve junto a su tumba y no despertará hasta que suene la trompeta del Día del Juicio. —Mi tío me miró parpadeando mientras le hablaba, luego se quedó mirando fijamente al suelo y empezó a retorcerse los dedos; era evidente que se había quedado sin palabras—. Vamos —le dije—. Tiene usted que pensar en los demás. Debe subir a la montaña conmigo y echarle un vistazo a ese barco.
Me obedeció sin mirarme ni decir nada y siguió despacio mis impacientes pasos. Parecía haberse quedado sin fuerzas y trepaba pesadamente entre las peñas, en lugar de saltar de una a otra como acostumbraba. Tampoco logré, a pesar de todos mis gritos, que se apresurara lo más mínimo. Solo en una ocasión me contestó quejoso, como alguien que sufre un dolor físico: «Sí, sí, hombre, ya voy». Mucho antes de que alcanzásemos la cima ya no abrigaba por él más que lástima. Si el crimen había sido monstruoso, el castigo estaba siendo proporcionado.
Por fin llegamos a la cima y pudimos mirar a nuestro alrededor. Todo estaba muy negro y tormentoso, el último rayo de sol había desaparecido, se había levantado un viento racheado e inconstante, aunque todavía no soplaba muy fuerte, y había dejado de llover. A pesar de que había pasado muy poco tiempo, el mar estaba mucho más crecido que cuando lo había visto antes y había empezado ya a romper sobre los arrecifes exteriores y a aullar en las cavernas marinas de Aros. Al principio no divisé la goleta.
—Ahí está —dije por fin. Pero su nueva situación y el curso que había tomado me sorprendieron mucho—. No pretenderán ir mar adentro —grité.
—Pues eso es lo que están haciendo —respondió mi tío con una especie de alegría, y justo en ese momento la goleta viró por avante y terminó de despejar todas mis dudas.
Los desconocidos, al ver aproximarse la tormenta, habían optado por adentrarse en alta mar en busca de espacio donde maniobrar. Con el viento que amenazaba levantarse, en esas aguas plagadas de arrecifes y con una corriente tan fuerte, iban directos a una muerte segura.
—¡Dios mío! —dije—, están perdidos.
—Sí —respondió mi tío—, lo están. La única forma de salvarse habría sido poner rumbo a Kyle Dona. Pero, si siguen por donde van ahora, no sobrevivirán, es como si el barco lo gobernara el mismo demonio. ¡Eh, muchacho —prosiguió cogiéndome de la manga—, hace una noche estupenda para un naufragio! ¡Será el segundo en dos meses! ¡«Los juerguistas» bailarán sobre ellos!
Lo miré y empecé a pensar que no estaba en sus cabales. Estaba mirándome como si buscara mi complicidad, con un tímido regocijo en la mirada. Todo lo ocurrido quedaba olvidado ante la inminencia de aquel nuevo desastre.
—Si no fuese demasiado tarde —grité indignado—, cogería el bote e iría a advertirles.
—No, no —se quejó—, no debes interferir, no debes entrometerte en una cosa así. Todo esto es obra suya —continuó quitándose la gorra—. Es su voluntad. ¡Y, muchacho, hace una noche estupenda para un naufragio!
Había empezado a sentir una especie de temor, así que le recordé que no habíamos comido y le propuse volver a la casa. Pero, no, nada en el mundo habría podido arrancarlo de aquel lugar.
—Tengo que verlo todo, Charlie —explicó, y luego, al ver virar la goleta por segunda vez, gritó—: ¡Eh, esos tipos saben navegar! ¡Los del Christ-Anna no les llegaban ni a la altura del zapato!
Para entonces los hombres de a bordo debían de haber empezado a comprender parte de los peligros que acechaban a su barco. Cada vez que cesaba caprichosamente el viento debían de notar con qué fuerza los arrastraba la corriente. Las bordadas se iban haciendo más cortas a medida que reparaban en lo poco que avanzaban. A cada momento el mar golpeaba con más fuerza y cubría de espuma otro arrecife sumergido y las olas rompían con estruendo junto a la proa y dejaban al descubierto las rocas marrones y las algas chorreantes. Todas las manos estaban ocupadas y Dios sabe que no había a bordo de aquel barco ningún hombre ocioso. Y aquella era la terrible escena que mi extraviado tío observaba y disfrutaba como un entendido. Cuando me di la vuelta para descender por la ladera, él estaba tumbado en la cima boca abajo, con las manos extendidas y agarradas al brezo. Parecía rejuvenecido en cuerpo y alma.
Cuando llegué a la casa conmovido, todavía me entristeció más ver a Mary. Tenía la camisa arremangada sobre los fuertes brazos y estaba amasando pan en silencio. Cogí una hogaza del armario y me senté a comer sin decir nada.
—¿Estás cansado? —me preguntó al cabo de un rato.
—No es que esté cansado, Mary —respondí incorporándome—, sino harto de tantas esperas y tal vez también de Aros. Tú me conoces lo bastante para juzgar con ecuanimidad mis palabras, y te aseguro que preferiría que estuvieses en cualquier otro sitio.
—De lo único que estoy segura —replicó ella— es de que estaré allí donde me llame mi deber.
—Olvidas que también tienes un deber para contigo misma.
—¿Ah, sí? —se mofó ella mientras golpeaba la masa—. ¿Y eso lo has leído en la Biblia?
—Mary —le dije con solemnidad—, no debes burlarte de mí ahora. Dios sabe que no es momento para bromas. Si pudiésemos llevarnos a tu padre sería aún mejor, pero, con él o sin él, pienso sacarte de aquí, por tu bien y por el mío, sí, y por el de tu padre también. Tengo que llevarte lejos…, muy lejos de aquí. Vine con otras intenciones, como quien vuelve a su hogar, pero ahora todo ha cambiado, y no tengo otro deseo o esperanza que la huida, pues esa y no otra es la palabra, huir, igual que huye un pájaro del lazo del cazador, de esta isla maldita.
Ella dejó lo que estaba haciendo.
—¿Es que crees —dijo— que no tengo ojos ni oídos? ¿Crees que no se me parte el alma al ver estas maravillas (como él las llama, ¡que Dios le perdone!) salidas del mar? ¿Crees que he vivido con él día tras día sin reparar en lo que tú has visto en unas horas? No —prosiguió—, sé que hay algo malo en todo esto, no sé exactamente qué es ni quiero saberlo. Que yo sepa, nunca se ha mejorado algo malo por entrometerse. No me pidas que abandone a mi padre. Mientras le quede aliento, seguiré a su lado. Aunque estoy segura de que ya no le queda mucho tiempo, Charlie… Es un hombre marcado y tal vez sea mejor así. —Guardé silencio un rato, sin saber muy bien qué decir, y, cuando alcé la cabeza para hablar, ella se me adelantó—: Charlie, lo que es bueno para mí no tiene por qué serlo también para ti. El pecado y el infortunio se han abatido sobre esta casa; tú eres forastero, coge tus cosas y ve a buscar sitios y personas mejores, y, si alguna vez decides volver, aunque sea dentro de veinte años, ten por seguro que te estaré esperando.
—Mary Ellen —respondí—, te pedí que te casaras conmigo y tú aceptaste. Eso está decidido. Así que allí donde tú estés, estaré yo, de eso respondo ante Dios.
Acababa de pronunciar esas palabras cuando el viento se puso a aullar de pronto; luego cesó y pareció susurrar alrededor de la casa de Aros. Era la primera ráfaga, o el prólogo, de la tempestad, y, cuando corrimos sobresaltados a echar un vistazo, descubrimos que una oscuridad crepuscular rodeaba la casa.
—¡Que Dios se apiade de esos desdichados marineros! —dijo—. No volveremos a ver a mi padre hasta mañana por la mañana.
Y luego, mientras escuchábamos sentados junto al fuego las crecientes ráfagas de viento, me contó cómo le había sobrevenido aquel cambio a mi tío. El último invierno su humor había sido de lo más mudable y apesadumbrado. Cada vez que crecía el remolino, o, como dijo Mary, cada vez que danzaban «los juerguistas», se pasaba horas tumbado en la cima del promontorio, si era de noche, o en lo alto de Aros, si era de día, observando el mar tumultuoso y escrutando el horizonte en busca de una vela. Después del diez de febrero, cuando el naufragio que les trajo aquellas riquezas fue a parar a la bahía de Sandag, se mostró extrañamente jubiloso y su excitación no tuvo límites, aunque poco a poco se fue volviendo más siniestra. Empezó a descuidar su trabajo y permitió que Rorie haraganeara ocioso. Los dos se pasaban las horas sumidos en confabulaciones al otro extremo de la casa y hablaban en voz baja en tono misterioso y casi de culpa, y, si ella les interrogaba, como hizo alguna vez al principio, evitaban sus preguntas de forma confusa. Desde que Rorie reparó en el pez que merodeaba junto al transbordador, su patrón no había vuelto a pisar la tierra firme del monte Ross más que una sola vez. Y en esa ocasión —en plena primavera— había cruzado a pie aprovechando que la marea estaba baja, pero se entretuvo demasiado y a su regreso se encontró incomunicado por la subida del agua. Atravesó el estrecho entre gritos de agonía y llegó a casa dominado por un miedo febril. El miedo al mar, la obsesión constante del mar, estaba presente en todas sus conversaciones y devociones e incluso en su mirada cuando estaba callado.
Rorie llegó solo a cenar, pero poco después apareció mi tío, se puso una botella bajo el brazo, se metió un poco de pan en el bolsillo y volvió a su puesto de vigilancia, seguido esta vez por Rorie. Oí que la goleta iba perdiendo terreno y que la tripulación seguía luchando con ingenio y coraje por cada centímetro, aunque sin la menor esperanza. La noticia me entristeció.
Poco después de atardecer, estalló la tormenta con toda su furia, una tormenta como jamás había visto en verano, y ni siquiera, teniendo en cuenta la rapidez con que se había formado, en invierno. Mary y yo nos quedamos sentados en silencio, la casa temblaba sobre nuestras cabezas, la tormenta aullaba fuera y el fuego chisporroteaba con las gotas de lluvia. Nuestros pensamientos estaban muy lejos, con los pobres diablos a bordo de la goleta o con mi no menos desdichado tío, que estaba pasando la noche al raso sobre el promontorio, y, sin embargo, a veces nos sobresaltábamos cuando el viento arreciaba y azotaba la casa como si fuera un cuerpo sólido, o cuando cesaba de pronto y el fuego se avivaba haciendo que el corazón se nos saliera del pecho. Ahora la tormenta sacudía con todas sus fuerzas las cuatro esquinas del tejado y rugía como un Leviatán enfurecido. Ahora, en un momento de calma, unos fríos remolinos recorrían estremecidos la habitación y nos agitaban el cabello al pasar entre nosotros. Y de nuevo el viento estallaba en un coro de sonidos melancólicos y aullaba en la chimenea y gemía con una suavidad aflautada alrededor de la casa.
Debían de ser casi las ocho cuando Rorie entró y me arrastró con cierto misterio hasta la puerta. Al parecer, mi tío había asustado incluso a su fiel camarada, y Rorie, inquieto por sus extravagancias, me rogó que compartiera la guardia con él. Me apresuré a hacer lo que me pedía, pues el miedo, el espanto y la electrizante tensión de aquella noche me tenían inquieto y tanto más dispuesto a pasar a la acción. Le dije a Mary que no se preocupara y que yo cuidaría de su padre, me envolví en mi manta escocesa y seguí a Rorie afuera.
La noche, a pesar de que estábamos a principios del verano, era tan oscura como si fuera de enero. Intervalos de tenue crepúsculo se alternaban con momentos de intensa negrura, y era imposible buscar un motivo para dichos cambios en el variable horror del cielo. El viento cortaba el aliento, el cielo entero rugía sobre nuestras cabezas como una nave gigantesca, y en un momento de calma sobre Aros, oímos las ráfagas que soplaban tristemente a lo lejos. El viento debía de estar soplando con tanta ferocidad en los valles del monte Ross como en mar abierto, y Dios sabe el fragor que debía oírse en la cima del Ben Kyaw. Rociones de lluvia mezclada con espuma nos azotaban la cara. Alrededor de la isla de Aros las olas golpeaban las playas y los arrecifes con incesante estruendo. Más ruidosa aquí, más leve allá, como las combinaciones de la música orquestal, la masa constante de sonido apenas variaba un instante. Y por encima de todo aquel bullicio se oían las diversas voces del remolino y el intermitente rugido de «los juerguistas». En ese momento comprendí de dónde les venía aquel nombre. Pues el ruido que hacían parecía casi alegre y daba la impresión de oírse por encima de los demás sonidos nocturnos; y, si no alegre, al menos movido por una jovialidad portentosa. No, incluso parecía humano. Como cuando la gente desenfrenada se emborracha hasta perder la capacidad del habla y se pasan horas gritando a coro, así gritaban aquellas terribles rompientes en la noche de Aros.
Cogidos del brazo y tambaleándonos contra el viento, Rorie y yo recorrimos cada metro con enorme esfuerzo. Nos resbalábamos en el suelo mojado, nos caíamos de bruces entre las rocas. Magullados, empapados hasta los huesos, medio molidos y casi sin aliento, debimos de tardar casi media hora para llegar de la casa a la cima del promontorio, desde donde se divisa el remolino. Aquel, al parecer, era el observatorio favorito de mi tío. Justo delante, donde el acantilado es más alto y escarpado, hay un montículo de tierra como un parapeto que sirve de protección frente al viento y donde uno puede sentarse a contemplar cómo la marea y las olas combaten a sus pies. Igual que uno puede observar una pelea callejera asomándose a la ventana de su casa, asomándose a aquel observatorio se divisaba el ajetreo de «los juerguistas». En una noche así, por supuesto, no se ve más que un pozo de negrura, donde las aguas giran y hierven, donde las olas se mezclan con un estruendo como el de una explosión y la espuma se alza y desaparece en un parpadeo. Nunca antes había visto tan violentos a «los juerguistas». La furia, la altura y la transitoriedad de los surtidores eran más dignas de ser vistas que contadas. Se elevaban por encima de nuestras cabezas en el acantilado como blancas columnas en la oscuridad y un instante después ya no estaban. A veces tres de ellos se alzaban y desaparecían al mismo tiempo, a veces una racha los impulsaba y el roción caía sobre nosotros tan pesado como una ola. Y, no obstante, el espectáculo impresionaba más por su levedad que por su fuerza. Aquel condenado estruendo aniquilaba el pensamiento, una alegre vacuidad dominaba la imaginación y más de una vez me sorprendí siguiendo la danza de «los juerguistas» como si fuese una melodía tañida en un instrumento musical.
Vi por primera vez a mi tío cuando estábamos todavía a varios metros de distancia, en uno de esos breves momentos en que la luz del crepúsculo desafiaba la profunda oscuridad de la noche. Estaba de pie tras el parapeto, con la cabeza hacia atrás y la botella en la boca. Al bajarla nos vio e hizo un gesto burlón con la mano.
—¿Ha estado bebiendo? —le grité a Rorie.
—Siempre se emborracha cuando se desata una tormenta —contestó él en el mismo tono para que pudiera oírle.
—¿De modo que en febrero también estaba borracho? —insistí.
El «Sí» de Rorie me alegró mucho. Eso quería decir que el asesinato no había ocurrido a sangre fría ni había sido producto de un cálculo premeditado. Había sido un acto de locura que debía ser más perdonado que condenado. Mi tío, si se quiere, podía ser un hombre peligroso, pero no cruel y malvado como me había temido al principio. Y, sin embargo, ¡menudo sitio y qué vicio tan increíble había elegido aquel desdichado para correrse una juerga! Siempre he considerado la embriaguez un placer desenfrenado y casi temible, más demoníaco que humano, pero emborracharse allí, en aquella rugiente negrura, al borde de un acantilado y sobre semejante infierno acuático, con la cabeza dándole vueltas como el remolino, los pies tambaleándose al filo de la muerte y los oídos atentos a cualquier indicio del naufragio, parecía, de ser creíble en alguien, moralmente imposible en un hombre como mi tío, cuya imaginación estaba dominada por un credo condenatorio y plagada de negras supersticiones. Y sin embargo así era, y cuando llegamos a la protección del parapeto y recobramos el aliento, reparé en que los ojos le brillaban en plena noche con un fulgor impío.
—¡Charlie, muchacho, es magnífico! —gritó arrastrándome hasta el borde del abismo de donde procedían aquel clamor ensordecedor y aquellas nubes de espuma—. ¡Mira cómo bailan, muchacho! ¿No te parecen perversos? —Lo dijo con tanta delectación que me pareció un modo muy adecuado de describir la escena—. Aúllan así por la goleta —prosiguió con una voz débil y demente que era claramente audible al resguardo de aquel montículo—, está cada vez más cerca, y más, y más, y más, y más… Ellos lo saben, saben muy bien que están muy cerca. En esa goleta están todos borrachos, Charlie, todos están amodorrados por la bebida. Igual que lo estaban al final en el Christ-Anna. Nadie se ahoga en el mar con ganas de brandy. ¡Quita! ¿Qué sabrás tú? —exclamó con un súbito arranque de energía—. Te digo que nadie se ahoga sin beber antes un poco de brandy. Toma —dijo alargándome la botella—, echa un trago.
Estuve a punto de rechazarla, pero Rorie me rozó a modo de advertencia y me lo pensé dos veces. Cogí la botella y no solo bebí un buen trago, sino que me las arreglé para derramar una buena cantidad mientras lo hacía. Era alcohol puro y casi me atraganté al tragarlo. Mi pariente no reparó en la pérdida y volvió a empinar el codo para apurar la botella hasta las heces. Luego, con una carcajada, la lanzó hacia «los juerguistas», que parecieron saltar y gritar para atraparla.
—¡Ahí tenéis, chicos! —gritó—, es vuestro regalo. Ya conseguiréis algo mejor por la mañana.
De pronto, en la oscuridad de la noche, en un instante en que se calmó el viento, oímos el sonido de una voz humana. Enseguida el viento empezó a aullar sobre el promontorio, el remolino rugió, se agitó y bailó con furia renovada. Pero todos habíamos reparado en aquel sonido, y comprendimos angustiados que se trataba de aquel barco maldito que se aproximaba a su perdición, y que lo que habíamos oído era la voz del capitán dando su última orden. Acurrucados junto al abismo, aguzamos los sentidos y esperamos el inminente final. No obstante, pasó mucho tiempo, que a nosotros nos pareció una eternidad, antes de que la goleta surgiera de pronto entre torres de espuma reluciente. Todavía me parece ver el aleteo de la arrizada vela mayor cuando la botavara cayó pesadamente sobre cubierta, aún creo distinguir el negro perfil del casco, y tengo la impresión de discernir la figura de un hombre sobre la caña del timón. Sin embargo, todo ocurrió a la velocidad del rayo: la misma ola que nos la había mostrado la envolvió enterrándola para siempre, el grito de muchas voces al borde de la muerte se alzó y se acalló ante el rugido de «los juerguistas». Y así concluyó la tragedia. El poderoso barco, con todos sus aparejos y la lámpara tal vez encendida todavía en el camarote, las vidas de tantos hombres, preciosas sin duda para muchos, amadas, al menos, por ellos mismos, se habían ido a pique en un instante entre las olas. Habían partido como en un sueño. Y el viento siguió soplando y chillando y las aguas del remolino siguieron girando y saltando tan indiferentes como siempre.
No sabría decir cuánto tiempo pasamos allí los tres inmóviles y sin decir palabra, pero debió de ser un buen rato. Por fin, uno por uno, y casi maquinalmente, nos arrastramos de nuevo al resguardo del montículo. Mientras yacía contra el parapeto, abatido y no del todo dueño de mí mismo, oí que mi pariente musitaba algo para sí en tono alterado y melancólico. Con voz sensiblera repetía una y otra vez «¡Con todo lo que han luchado…, con todo lo que han luchado, pobres muchachos, pobres muchachos!», y luego lloriqueaba: «Y eso que los aparejos eran buenos», porque el barco se había hundido en «los juerguistas» en lugar de encallar en la orilla, y, de vez en cuando, el nombre del Christ-Anna surgía en sus divagaciones, pronunciado con un temor estremecido. La tormenta amainó rápidamente. En menos de media hora el viento se había convertido en una brisa, y el cambio vino acompañado de una lluvia fría y pesada. Debí de quedarme dormido y, cuando me desperté calado hasta los huesos, exhausto y entumecido, había amanecido ya un día gris, húmedo y desapacible, el viento soplaba a rachas, había bajado la marea, el remolino apenas era visible y solo las olas alrededor de la costa de Aros seguían siendo testigos de las furias que se habían desatado aquella noche.
5
Un hombre surgido del mar

Rorie volvió a la casa para desayunar y calentarse un poco, pero mi tío prefirió ir a inspeccionar la costa de Aros, y yo me sentí obligado a acompañarlo. Ahora se mostraba dócil y callado y, aunque trémulo y débil en cuerpo y alma, llevó a cabo su exploración con una impaciencia infantil. Trepaba a las rocas en la playa y corría detrás de las olas. Un simple tablón partido o un jirón de cordaje era como un tesoro que debía recuperar aun a costa de arriesgar la vida. Me aterraba verlo exponerse entre las olas con paso inseguro y vacilante, o arriesgarse entre las trampas y recovecos de las rocas cubiertas de algas. Lo sujetaba por el faldón de la camisa dispuesto a cogerlo en caso necesario, le ayudé a poner fuera del alcance de las olas sus patéticos hallazgos. Una nodriza que acompañara a un niño de siete años habría tenido una vivencia muy parecida a la mía.
A pesar de lo debilitado que estaba por la locura de la noche anterior, las pasiones que ardían en su naturaleza seguían siendo las de un hombre fuerte. El terror que le inspiraba el mar, aunque lograse dominarlo de momento, no había disminuido lo más mínimo: si el mar hubiera sido un lago en llamas, no le habría inspirado un pánico mayor, y una vez que resbaló y se sumergió hasta la rodilla en una poza, soltó un grito mortal desde el fondo de su alma. Luego se sentó un rato jadeando como un perro, pero el ansia de recuperar los restos del naufragio volvió a triunfar sobre sus temores y volvió a tambalearse entre la espuma y a arrastrarse entre las rocas donde burbujeaban las olas. Su corazón parecía un trozo de madera que el mar hubiera arrastrado a la orilla, carente de otra utilidad, en caso de tener alguna, que la de echarlo al fuego. Pese a lo satisfecho que estaba de sus hallazgos, seguía quejándose por su mala suerte:
—Aros —decía— no es buen sitio para naufragios…, no, ni mucho menos. Con todos los años que he pasado aquí y este es el segundo. Un aparejo tan bueno desaparecido…
—Tío —le dije, aprovechando que estábamos en una extensión de arena donde no había nada que pudiera distraerlo—, anoche le vi en un estado en que no había imaginado verle nunca…, estaba usted borracho.
—Vamos, vamos —respondió—, no fue para tanto. Estuve bebiendo un poco. Y, para serte sincero, no puedo evitarlo. Normalmente no hay hombre más sobrio que yo, pero cuando oigo soplar así el viento pierdo un poco la cabeza.
—Es usted un hombre religioso —repliqué—, y eso es un pecado.
—¡Oh! —contestó—, si no fuese pecado, no sé si me atraería tanto. Verás, muchacho, se trata de una especie de rebeldía. El mar acumula muchos de los pecados del mundo, no es que sea precisamente muy cristiano, y, cuando se encrespa y el viento empieza a aullar, ambos parecen hermanos…, luego pienso en «los juerguistas», esos jóvenes que gritan y ríen, y en los pobres diablos que se pasan la noche luchando en sus barcos, y me embarga una especie de maleficio. Ya sé que debo de estar endemoniado, pero los pobres marineros me son indiferentes: me pongo de parte del mar y es como si yo mismo fuera uno de «los juerguistas».
Pensé que debía golpearle en un punto débil. Me volví hacia el mar. La marea corría alegremente, las olas se perseguían unas a otras hasta la playa con la melena al viento, se alzaban, se curvaban, caían una sobre la otra en la arena pisoteada. Fuera estaban el aire salado, las gaviotas asustadas y el numeroso ejército de las rompientes marinas que relinchaban unas junto a otras mientras se preparaban para el asalto de Aros y, a nuestros pies, se extendía la línea de la arena que, pese a su número y su furia, no podrían atravesar nunca.
—Hasta aquí has de llegar —dije yo—, y no más lejos.
Y luego cité con tanta solemnidad como me fue posible un verso que siempre me había parecido apropiado para el coro de las olas:
El Señor en las alturas

es mucho más poderoso

que el fragor de las aguas revueltas,

y más magnífico que las olas turbulentas.

—Sí —dijo mi tío—, al final el Señor triunfará, de eso no me cabe la menor duda. Pero aquí, en la tierra, hasta los más necios osan hacerle frente. No es una postura inteligente, ni digo que lo sea, pero es una cuestión de amor propio y de apego a la vida y constituye el mejor de los placeres.
No quise insistir, pues estábamos empezando a cruzar la lengua de tierra que nos separaba de Sandag y quise reservar mi último intento de hacerle entrar en razón para cuando estuviéramos en el lugar relacionado con su crimen. Él tampoco dijo nada y siguió andando a mi lado con paso más firme. Fue como si lo que le había dicho hubiera actuado como un estimulante, y noté que había abandonado la búsqueda de restos inútiles y se había sumido en pensamientos profundos, siniestros e inquietantes. Tres o cuatro minutos más tarde habíamos llegado a la cima y empezamos a descender hacia Sandag. El mar había maltratado el naufragio: la roda había girado y estaba un poco más baja, y tal vez la popa estuviera un poco más alta, pues ambas partes yacían separadas en la playa. Cuando llegamos junto a la tumba, me detuve, me descubrí bajo la lluvia y mirando a mi tío a los ojos le dije:
—La providencia divina quiso que un hombre escapara a un peligro mortal: era pobre y extranjero y además estaba desnudo, empapado y exhausto. Reunía todos los requisitos para llegarle a usted a las entrañas y despertar su compasión, tal vez fuera la sal de la tierra, sagrado, amable y solícito, o quizá fuese un hombre cargado de iniquidad para quien la muerte no fuese más que el inicio del tormento. Yo le pregunto a la vista del cielo: Gordon Darnaway, ¿dónde está el hombre por quien murió Cristo? —Las últimas palabras le conmovieron de forma visible, aunque siguió sin responder nada y su rostro no expresó otro sentimiento que una vaga alarma—. Es usted el hermano de mi padre —continué—. Me ha enseñado a considerar su casa como si fuese mía y ambos somos pecadores que caminamos ante el Señor entre la maldad y los peligros del mundo. Dios nos conduce al bien mediante el mal. Pecamos, no diré que por su tentación, pero sí con su consentimiento, y, para cualquiera que no esté embrutecido, los pecados son el principio de la redención. Dios le ha advertido a usted con este crimen. Aún hoy sigue advirtiéndole mediante esta tumba ensangrentada que tenemos a nuestros pies, y, si a esto no le sigue ninguna mejora ni arrepentimiento, ni retorno a Él, ¿qué otra cosa podemos esperar salvo que se produzca algún juicio memorable?
Mientras pronunciaba aquellas palabras, mi tío apartó la mirada y sufrió un cambio casi indescriptible: sus rasgos parecieron disminuir de tamaño, el color desapareció de sus mejillas, levantó una mano temblorosa, señaló a lo lejos por encima de mi hombro y de sus labios volvió a salir aquel nombre tantas veces repetido:
—¡El Christ-Anna!
Me volví, y, aunque no me horroricé tanto como él, di gracias al cielo de no tener motivos para hacerlo, pues también a mí me espantó lo que vieron mis ojos: de pie sobre el tambucho del barco había un hombre de espaldas que parecía estar escrutando el horizonte mientras se hacía visera con una mano sobre los ojos. Su silueta se recortaba contra el mar y el cielo y era evidente que se trataba de alguien de elevada estatura. Ya he dicho mil veces que no soy supersticioso, pero en ese momento, con la imaginación ocupada por la muerte y el pecado, la inexplicable aparición de un desconocido en aquella isla solitaria me inspiró una sorpresa que rozaba el pavor. Apenas parecía posible que un ser humano hubiese llegado vivo a la playa con un mar tan embravecido como el que había batido esa noche las costas de Aros, y el único barco en millas a la redonda se había hundido ante nuestros propios ojos junto a «los juerguistas». Las dudas que me asaltaron hicieron que aquella tensión resultara insoportable, y para convertir aquello en algo tangible, me adelanté y saludé a la figura como si fuese un barco.
Él se volvió y tuve la impresión de que se sorprendía al vernos. Eso me ayudó a recobrar el valor y le llamé y le hice señas de que se acercase. Él, por su parte, saltó de inmediato a la arena y empezó a acercarse lentamente, entre muchas pausas y dudas. Su desconfianza me envalentonó aún más y avancé unos pasos dándole ánimos con la cabeza y la mano. Era evidente que el náufrago tenía malos informes acerca la hospitalidad de nuestras islas, pues, sin duda, la gente del norte gozaba de mala reputación por aquella época.
—Vaya —dije—, ¡ese hombre es negro!
Y, justo en ese momento, mi tío empezó a blasfemar y a rezar en un tono de voz tan confuso que apenas lo entendí. Lo miré: se había hincado de rodillas, su semblante tenía una expresión agónica, el tono de su voz aumentaba a cada paso que daba el náufrago, así como su verbosidad y el fervor con que hablaba. Lo llamo oración, pues iba dirigida a Dios, pero dudo que ninguna otra criatura haya dirigido jamás una sarta de incongruencias semejante a nuestro Creador, y desde luego, si una oración puede ser pecaminosa, aquella arenga enloquecida lo era. Me acerqué a él, lo cogí por los hombros y le obligué a ponerse en pie.
—Silencio —grité—, respete a Dios de palabra, ya que no de obra. Aquí, en la escena misma de sus transgresiones, Él le envía una oportunidad de expiación. Adelántese y aprovéchela, acoja como un padre a una criatura que implora temblando su compasión.
Y, diciendo esas palabras, traté de obligarle a avanzar hacia el negro, pero él me tiró al suelo, escapó dejando entre mis dedos un jirón de su chaqueta y huyó como un gamo colina arriba hacia la cumbre de Aros. Yo me incorporé tambaleándome, magullado y algo aturdido. El negro se había parado, sorprendido y tal vez aterrado, a mitad de camino entre el naufragio y donde yo estaba. Mi tío ya estaba lejos, saltando de peña en peña, así que me vi dividido entre dos obligaciones. No obstante me incliné, y ruego al cielo que obrara con justicia, por el pobre desdichado que había sobre la arena: al menos él no era claramente culpable de su desdicha y además estaba seguro de poder ayudarlo, mientras que a mi tío empezaba a tenerlo ya por un loco furioso e incurable. El caso es que avancé hacia el negro, que me esperaba con los brazos cruzados como alguien dispuesto a enfrentarse a su destino. Cuando estuve cerca de él, extendió la mano con un gesto imponente, como solo he visto hacer en el púlpito, y me habló en tono ciertamente declamatorio en un idioma incomprensible. Traté de dirigirme a él en inglés y en gaélico, pero todo fue en vano, y se hizo evidente que tendríamos que entendernos por señas. De modo que le indiqué que me siguiera, cosa que hizo con solemne obediencia como un rey destronado, y en todo ese rato no aprecié el menor cambio en su semblante, ni una sombra de ansiedad mientras me esperaba ni de alivio ahora que le había tranquilizado. Recuerdo que pensé que, de tratarse de un esclavo, como suponía, debía de tener una elevada posición social en su país, y a pesar de su abatimiento, no pude sino admirarme de su porte. Cuando pasamos junto a la tumba, me detuve y alcé las manos y la mirada al cielo en señal de respeto y pesar por los muertos, y él, a modo de respuesta, hizo una profunda reverencia y extendió las manos. Fue un gesto muy extraño, pero lo llevó a cabo con mucha familiaridad, y supuse que debía de ser algún ceremonial del país de donde procedía. Al mismo tiempo señaló a mi tío, a quien vimos subido en una loma, y se tocó la cabeza para indicar que estaba loco.
Dimos un rodeo por la costa, pues temí aumentar la agitación de mi tío si cruzábamos monte a través. De camino tuve tiempo suficiente para perfeccionar la pequeña exhibición dramática con la que esperaba satisfacer mi curiosidad. Me detuve sobre una roca y procedí a imitar delante del negro los gestos del hombre a quien había visto el día anterior haciendo mediciones con la brújula en Sandag. Él me entendió de inmediato y me mostró el lugar donde había estado amarrado el bote, señaló hacia el mar como para indicar la posición de la goleta y luego al borde de la roca mientras pronunciaba las palabras «Espíritu Santo» con un acento extraño, pero lo bastante claro para que resultara reconocible. De modo que mis conjeturas habían sido correctas: la supuesta investigación histórica no había sido más que una tapadera para la búsqueda del tesoro, el hombre que había ido a visitar al doctor Robertson había sido el mismo extranjero que había visitado Grisapol en primavera y que yacía ahora junto a otros muchos bajo el remolino de Aros: hasta allí lo había empujado su codicia, y allí se revolverían sus huesos para siempre. Entretanto, el negro siguió con su pantomima: miró al cielo, como si observara la llegada de la tormenta, luego hizo gestos como un marinero animando a los otros a embarcarse, corrió por las rocas como hizo el oficial para subir al bote, y por fin se inclinó con apresuramiento sobre unos remos imaginarios. Sin embargo, lo hizo todo con tanta solemnidad que en ningún momento tuve la tentación de esbozar siquiera una sonrisa. Por fin me dio a entender, mediante una combinación de gestos casi indescriptible, que se había alejado para inspeccionar los restos del naufragio y había visto, con gran disgusto e indignación, cómo sus camaradas lo abandonaban. Dicho lo cual, volvió a cruzarse de brazos y agachó la cabeza como quien está dispuesto a aceptar su destino.
Una vez resuelto para mí el misterio de su presencia en la playa, le expliqué mediante un dibujo el destino sufrido por el barco y toda su tripulación. Él no demostró la menor sorpresa ni pesar y se limitó a alzar de pronto las manos, como para despedir a sus antiguos amigos o amos (fuesen lo que fuesen). Eso aumentó aún más el respeto que me inspiraba. Cuanto más lo observaba, más inteligente, sobrio y ponderado me parecía, y, antes de que llegásemos a la casa de Aros, casi había olvidado, y le había perdonado, su maligno color.
A Mary le conté todo lo sucedido sin omitir detalle, aunque casi me faltó valor para hacerlo, pero me equivoqué al dudar de su sentido de la justicia.
—Hiciste lo correcto —dijo—. Se hará la voluntad de Dios.
Y acto seguido fue a prepararnos un poco de comida.
En cuanto estuve saciado, le pedí a Rorie que cuidara del náufrago, que todavía no había terminado de comer, y partí en busca de mi tío. No tuve que ir muy lejos para encontrarlo sentado en el mismo lugar, en la misma loma y aparentemente en la misma actitud que la última vez que lo vimos. Como ya he dicho, desde ese lugar se extendían ante él como en un mapa la mayor parte de Aros y del vecino monte del Ross, y era evidente que estaba al acecho, pues nada más asomar mi cabeza por la colina, se puso en pie y se volvió como para enfrentárseme. Lo saludé enseguida, con tanta cordialidad como pude, en el mismo tono y con las mismas palabras que había empleado tantas veces antes al ir a buscarlo para ir a comer. Pero él no movió ni un dedo. Avancé un poco más y traté de razonar con él, pero con el mismo resultado. Sin embargo, cuando volví a hacer ademán de acercarme, volvieron a inflamarse sus dementes temores y, todavía sin decir palabra, pero haciendo gala de una agilidad increíble, emprendió la huida por entre los riscos de la cima. Una hora antes él había estado agotado y yo bastante fresco en comparación. Pero ahora la locura le prestaba fuerzas y habría sido inútil tratar de perseguirle. De hecho, pensé, el mero intento de hacerlo habría reavivado su miedo y habría empeorado la situación. Así que no me quedó otra posibilidad que volver a casa y darle a Mary mi triste informe.
Ella me escuchó con la misma atribulada compostura que la primera vez, me pidió que me tumbara a descansar un poco y partió ella misma en busca de su extraviado padre. En esa época muy pocas cosas podían quitarme el sueño o el apetito; dormí larga y profundamente y hasta pasado mediodía no me desperté y bajé a la cocina. Mary, Rorie y el náufrago negro estaban sentados en silencio junto al fuego, y noté que Mary había estado llorando. Pronto descubrí que no le faltaban motivos. Primero ella y después Rorie habían salido a buscar a mi tío, cada uno de ellos lo había encontrado en lo alto de la cima, y en las dos ocasiones había salido huyendo a toda prisa. Rorie había tratado de perseguirle, pero en vano: la locura prestaba un vigor renovado a sus saltos, había brincado de peña en peña sobre los precipicios más profundos, había corrido como el viento entre las cumbres, se había agazapado como una liebre ante los lebreles y Rorie había terminado por rendirse. Ni siquiera durante los momentos más intensos de la persecución, cuando el ágil sirviente había estado a punto de darle alcance, había emitido el pobre loco el menor sonido. Huía y callaba como un animal, y su silencio había aterrorizado al perseguidor.
La situación era ciertamente descorazonadora. Nos enfrentábamos a tres dificultades: cómo capturar al loco, cómo alimentarlo mientras tanto y qué hacer con él cuando lo atrapásemos.
—El negro —dije— es la causa de este arrebato. Es posible que sea incluso su presencia en la casa lo que retiene a mi tío en las montañas. Hemos hecho lo que era justo: le hemos dado comida y cobijo bajo este techo, ahora sugiero que Rorie lo lleve en el bote al otro lado de la bahía y lo acompañe a través del monte Ross hasta Grisapol.
Mary estuvo de acuerdo conmigo, así que le indicamos al negro que nos acompañara y fuimos los tres al embarcadero. No hay duda de que los cielos se habían confabulado en contra de Gordon Darnaway, pues había sucedido algo sin precedentes en Aros: durante la tormenta el bote se había soltado y, tras golpear contra las puntiagudas rocas del embarcadero, se había hundido a más de metro y medio de profundidad con el costado hecho pedazos. Para ponerlo a flote harían falta al menos tres días de trabajo. No obstante, seguí sin darme por vencido. Conduje al grupo allí donde el paso era más angosto, nadé al otro lado y le pedí al negro que me siguiera. Él me dio a entender por señas, con tanta claridad y laconismo como antes, que no sabía nadar, lo dijo con tanta sinceridad que a ninguno se nos habría ocurrido dudar de sus palabras, de modo que, perdida toda esperanza, tuvimos que volvernos igual que habíamos venido a la casa de Aros, en compañía del negro que daba la impresión de estar tan tranquilo.
Lo único que pudimos hacer ese día fue tratar una vez más de comunicarnos con aquel demente desdichado. Volvimos a verlo sentado en su observatorio y volvió a huir en silencio. Pero al menos le dejamos comida y una manta con la que abrigarse; además la lluvia había cesado y la noche prometía ser cálida. Teníamos que recuperarnos antes de la mañana siguiente. Nuestra mayor prioridad era descansar, fortalecernos y así poder afrontar cualquier esfuerzo inesperado, y, como a ninguno de nosotros nos apetecía hablar, nos fuimos a dormir muy pronto.
Pasé un buen rato despierto trazando un plan para el día siguiente: situaría al negro en la parte de Sandag para empujar a mi tío hacia la casa, Rorie por el oeste y yo por el este completaríamos el cordón lo mejor que pudiéramos. Cuanto más recordaba la topografía de la isla, más factible, aunque difícil, me parecía obligarle a bajar hasta las tierras bajas de la bahía de Aros, y una vez allí, incluso con las fuerzas que le prestaba la locura, era muy improbable que pudiera escapar. Yo confiaba en el terror que le inspiraba el negro, pues estaba seguro de que, por mucho que corriera, no lo haría en dirección a un hombre a quien consideraba regresado de la tumba y así al menos un punto del círculo quedaba asegurado.
Cuando por fin me quedé dormido, me despertó una pesadilla de naufragios, negros y aventuras submarinas; estaba tan febril y agitado que me levanté, bajé las escaleras y salí de la casa. Dentro Rorie y el negro dormían en la cocina. Fuera hacía una noche clara, despejada y llena de estrellas, aquí y allá quedaban nubes rezagadas después de la tormenta. La marea casi había subido y «los juerguistas» rugían en la quietud de la noche. Nunca, ni siquiera en plena tormenta, me había inspirado su canción mayor respeto. Ahora que había amainado el viento, cuando las profundidades volvían a mecerse para volver a su letargo veraniego y las estrellas iluminaban con su luz suave la tierra y el mar, la voz de aquellas rompientes seguía clamando destrucción. Era como si formaran parte del mal del mundo y del lado trágico de la vida. Sin embargo, su insensato griterío no era el único sonido que interrumpía el silencio de la noche, pues me pareció oír también una voz humana, aguda y desgarradora, que acompañaba el rugido del remolino. Supe que era la de mi tío y me embargó un enorme temor por el juicio de Dios y el mal del mundo. Volví a la oscuridad de la casa como quien entra en un refugio y me quedé en la cama meditando sobre aquellos misterios.
Me desperté tarde, me vestí y corrí a la cocina. Allí no había nadie: Rorie y el negro hacía mucho tiempo que se habían ido sin hacer ruido y al descubrirlo se me heló la sangre en las venas. Confiaba en la bondad de Rorie, pero no en su prudencia. Si se había marchado así, sin decir una palabra, estaba claro que era con la intención de prestarle algún servicio a mi tío. Pero ¿qué servicio podría prestarle él solo, o peor aún, en compañía del hombre que encarnaba todos los temores de mi pariente? Era evidente que tenía que darme prisa si quería evitar que ocurriera alguna desgracia. Salí de la casa y corrí por las escarpadas colinas de Aros como no lo había hecho nunca hasta aquella mañana fatídica. Creo que no debí de tardar ni doce minutos en completar el ascenso.
Mi tío había desaparecido de su observatorio. La cesta estaba abierta y la comida esparcida por la hierba, pero, tal como comprobamos después, no había probado bocado y no había ni un alma a la vista. El día llenaba ya el cielo despejado y el sol iluminaba con un tono rosado la cima del Ben Kyaw, pero, por debajo de donde yo estaba, los abruptos cerros de Aros y el espejo del mar seguían empapados en la luz oscura y crepuscular del amanecer.
«¡Rorie!», grité una y otra vez, pero mi voz se extinguió en el silencio sin que nadie respondiera. Si había en marcha algún plan para atrapar a mi tío, era evidente que los cazadores no confiaban tanto en la ligereza de sus pies como en su habilidad para el acecho. Recorrí, mirando a izquierda y derecha, las lomas más altas y no me detuve hasta llegar al monte que domina la bahía de Sandag. Desde allí divisé los restos del naufragio, la franja de arena, las olas que golpeaban ociosas en la orilla, el largo arrecife de rocas y, a ambos lados, los cerros, las peñas y los barrancos de la isla. Pero seguí sin ver rastro de persona alguna.
De repente la luz del sol iluminó Aros, y surgieron las sombras y los colores. Un instante después, hacia el oeste, unas ovejas se dispersaron como presa del pánico. Se oyó un grito. Vi a mi tío que corría. Vi también al negro salir en su persecución, y antes de que tuviera tiempo de entender lo que ocurría, apareció también Rorie dando instrucciones en gaélico como a un perro que está recogiendo el rebaño.
Me apresuré a intervenir, y tal vez hubiera hecho mejor quedándome donde estaba, pues le corté al loco su última vía de escape y no le dejé otra opción que correr hacia la tumba, el naufragio y el mar de la bahía de Sandag. Y, sin embargo, el cielo es testigo de que lo hice con la mejor intención.
Mi tío Gordon comprendió la dirección, terrible para él, que tomaba la persecución. Redobló la velocidad y empezó a correr en zigzag, pero, aunque la fiebre corría por sus venas, el negro seguía siendo más rápido. Fuese donde fuese algo le cortaba siempre el paso y seguía empujándole hacia la escena del crimen. De pronto empezó a chillar y el eco de la costa devolvió sus gritos. Rorie y yo le gritamos al negro que se detuviera. Pero todo fue en vano, pues estaba escrito que las cosas sucedieran de ese modo. El perseguidor siguió corriendo y la presa huyó a toda velocidad delante de él sin dejar de gritar, esquivaron la tumba, pasaron rozando los maderos del naufragio y en un instante llegaron a la arena. No obstante, mi tío no se detuvo, sino que se metió directo en el agua con el negro pisándole los talones. Rorie y yo nos detuvimos, pues comprendimos que todo estaba ya fuera del alcance de los hombres y que aquello a lo que asistíamos no era otra cosa que el designio divino. Nunca se vio final más brusco. La playa era tan profunda que muy pronto ambos dejaron de hacer pie. Ninguno de los dos sabía nadar, el negro surgió un momento del agua y soltó un grito sofocado, pero la corriente los había atrapado y los empujaba mar adentro; y si volvieron a asomar, cosa que solo Dios sabe, debió de ser diez minutos más tarde, en el otro extremo del remolino de Aros, donde las aves marinas revolotean en busca de pesca.

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