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miércoles, 5 de julio de 2017

Triángulo Desnudo (Patrick Dennis)

Triángulo Desnudo
Patrick Dennis

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Atractivos, jóvenes, ricos y sin niños, Constance y Peter Beale forman un matrimonio feliz y sin mayores problemas. Él, un escritor en potencia y ella una prometedora artista del pincel, deciden adoptar como residencia un monasterio abandonado de la ciudad mexicana de Cuernavaca. ¿Qué mejor lugar para invitar a la propia musa, en un ambiente exuberante y con una enorme piscina e incluso a los mejores amigos?Y así se une a la pareja otro matrimonio feliz; Hal, clérigo librepensador y su esposa, Jane, mujer de espíritu comerciante.Días apacibles siguen a las noches tropicales con una tranquila sucesión hasta la inesperada aparición de Davey Jones. Un intruso, una inconsciente serpiente que va sembrando el veneno sin tener la menor idea de ello...Devastadoramente atractivo y muy buen mozo, Davey es asimismo extraordinariamente tonto, pobre del todo y sin nadie conocido en la ciudad. Los dos matrimonios se ven incapaces de quitárselo de encima y, como solución, se les ocurre aceptarlo como ayudante en sus trabajos. Peter intenta convertirlo en mecanógrafo, mientras Connie le hace posar desnudo para un mural que está pintando en la casa de la piscina.A causa de su presencia, las pasiones dormidas de los demás protagonistas despiertan con una virulencia sin par y tanto Peter como Hal descubren, ante su propio estupor, sus anhelos decididamente homosexuales, en tanto que las dos mujeres comprenden que sus maridos respectivos dejan mucho que desear en el aspecto sexual.La moralidad se difumina en una serie de escenas entre eróticas y humorísticas que Patrick Dennis trata con singular maestría, trazando unos personajes de forma extraordinaria e imprimiendo al relato una gracia sin límites, un sutil erotismo y proporcionando una serie de lances de la mejor ley.

EL PRINCIPIO
LA MITAD
EL FINAL
notes

Patrick Dennis
Triángulo desnudo
Título Original: 3 D
Traductor: Saurina, Noemí
Autor: Dennis, Patrick
©1972, Ediciones Picazo
ISBN: 9788422610311
Generado con: QualityEPUB v0.23
Corregido: af, 27/05/2011
EL PRINCIPIO

—Bien, ¿qué os parece? —preguntó Peter.
Instintivamente, rodeó a Connie con un brazo, protegiéndola. Aunque de buena familia, adultos y bien educados, casados desde hacia seis, casi siete años, Peter y Constance Beale se sentían como dos niños traviesos a punto de cometer una de sus trapacerías.
—¿Qué nos parece… el qué? —inquirió Jane a su vez. ¡Como siempre, Jane!
—Esto —señaló Peter—. Mira qué vista…, los montes, los volcanes…
—¡Dios mío! —exclamó Jane—. No nos habrás hecho subir, por este camino de cabras, hasta aquí arriba sólo para contemplar esos volcanes… Dos semanas en México y a todas las horas alguien señalando el Ex-Lax y el Poo Poo.
—El Ixtaccíhualt y el Popocatépelt, cariño —le rectificó su esposo, chupando ruidosamente su pipa.
—¡Oh, cállate, Hal! También fui a la escuela.
—No… no nos referimos sólo a la vista —explicó Connie—. Nos referimos a esto… al monasterio.
—¿El monasterio? —repitió Hal, concentrando su atención—. ¿Qué monasterio?
En círculos de menor intimidad, a Hal le conocían como al Reverendo Doctor Henry Thorndyke. Era el capellán episcopal de una Universidad de artes liberales, famosa por su revista trimestral de contenido esotérico (subvencionada), y su coro mixto (que cobraba). Según la tradición del difunto obispo Pilae, Hal era decididamente un vanguardista y un iconoclastas. Sus sermones, a pesar de que él jamás los llamaba así, sobre temas tan poco pastorales como las revueltas estudiantiles, el pacifismo militante, las relaciones conyugales, la homosexualidad, la liberación de las mujeres y el uso y abuso de las drogas, eran tan populares que tenía que pronunciarlos dos y hasta tres veces ante una congregación extasiada de escolares poco aseados y campesinos deliciosamente asombrados. Incluso el obispo, que desaprobaba sus sermones, tenía que admitir que Thorndyke conseguía hacerles entrar en la capilla. ¡Aunque fuera a costa de la dignidad de la Iglesia! Y hasta los estudiantes más ateos se veían obligados a reconocer que el doctor Thorndyke no estaba del todo mal a pesar de su edad. Hal tenía treinta y un años.
—¿Qué monasterio? —volvió a preguntar, señalando con la pipa a los demás, como si fuese el Dedo de Dios.
«Oh, diablo —pensó Connie—. Ya estamos en ello. Ahora nos largará un sermón respecto a Roma robando a los pobres peones. ¿Puedo decirle que se trata de un monasterio episcopaliano? Creo que no. No en México.»
Connie se aclaró la garganta.
—¿No dijiste que era franciscano, querido?
—Exacto —asintió Peter—. Franciscano. Construido en 1570. Fíjate, se ven las cifras romanas en el…
—A tiempo para un resurgimiento de la Inquisición —le cortó Jane.
«Ahora nos atacarán los dos —volvió a pensar Connie—. Los autos de fe, los encapuchados, las terribles torturas… Judíos y herejes en las hogueras… ¡Jane sabe tanto! Lo que a mí me interesa es el lugar, no una historia religiosa de México.»
Los Beale y los Thorndyke hacía muchos años que eran amigos íntimos. Peter y Hal, desde la infancia, habían vivido en casas vecinas, de las de porte cochére y lechos de columnas. Connie y Jane se conocieron en Vassar, compartiendo un dormitorio estudiantil. Las muchachas se habían compenetrado sentimentalmente. Ellas habían asistido a sus bodas respectivas… dos ceremonias en el caso de Jane; una bajo una chupa de un templo reformista, por imposición de los padres de la joven, y la segunda en una capilla de San Swithin, como tributo a la divinidad de Hal; en tanto que Peter y Hal habían sido cada cual padrino en la boda del otro. Desde entonces, todos los años viajaban juntos, al Extremo Oriente, al archipiélago griego, al Festival de Salzburgo, tres semanas para ver diez ciudades rusas, una gira por los teatros de Londres… Este año les había tocado a México, en coche. Y por primera vez en tanto tiempo, los Beale habían hecho algo sin consultar a los Thorndyke: habían adquirido una propiedad.
Había sido todo tan sencillo, tan fácil, y apenas un día antes. Hal y Jane quisieron visitar Taxco, por algo referente a Santa Frisca y a una procesión religiosa bárbara y extraña. Connie y Peter, en cambio, ya estaban hartos de ver catedrales y procesiones religiosas. ¡Muchas gracias! Prefirieron quedarse en Cuernavaca, donde Connie iría a la peluquería y se compraría varios vestidos. Aunque por breve tiempo, las dos parejas se separaron y después, conduciendo el coche sin rumbo fijo, Connie y Peter encontraron las ruinas del monasterio, no consagrado ya y abandonado desde largo tiempo atrás. Con ayuda del vocabulario español, Peter le preguntó al guarda si el monasterio estaba en venta. Claro que sí, desde hacía más de cincuenta años. Bien, hoy ya era de ellos. Sólo tenían que enfrentarse con la desaprobación de sus mejores amigos.
—Al menos no es jesuíta —gruñó Hal.
—Oh, no —aseguró Connie—. Franciscano. Los franciscanos realizaron grandes obras.
—¡Bah! —se burló Jane.
—De veras —le aseguró Peter—. Los franciscanos hicieron cultivable toda esta tierra. Y establecieron un hospital y una escuela para los indios.
—Aquélla es el ala donde estaba el hospital —indicó Connie—. Claro que está en ruinas…
—¿Acaso no lo está todo? —indagó Jane con sorna.
—Sí, claro —asintió Peter—. Sin embargo, he visto que esa ala tiene exactamente las medidas de una cancha de tenis. La medí a zancadas.
—¡Imaginaos, jugar al tenis entre unas ruinas! —ponderó Connie.
—Yo llevo años jugando con una ruina —rió Jane, dando un codazo a la panza de Hal, cubierta por la negra camisa clerical.
Las incipientes mejillas colgantes temblaron sobre el alzacuellos. Vanguardista o no, el doctor Thorndyke era fiel a las ropas clericales. Usaba camisas negras con alzacuello blanco, con trajes de chaqueta y con suéters, debajo de un abrigo o con impermeable. Sólo en la playa dejaba de lado el atuendo religioso y lucía algo más frivolo. La camisa con alzacuello que llevaba aquel día armonizaba muy poco con la chaqueta color rosa y los téjanos descoloridos.
—Y en la parte de atrás —añadió Peter con orgullo— hay sitio de sobra para una piscina. Todavía quedan doce arcos del acueducto original…
—Y hablando de piscinas —le interrumpió Jane—, larguémonos de aquí y volvamos al hotel para darnos una zambullida antes del almuerzo.
—Buena idea, cariño. Espléndida.
—Pero queríamos que vieseis… —protestó Peter.
—Ya lo hemos visto todo.
—Oh, Jane —intervino Connie—, arquitectónicamente…
De pronto, calló. ¿Qué podía ella, la pobre Constance Beale, decirle a Jane sobre arquitectura? Jane podía, y quería, hablar de todo con todo el mundo. Connie casi había temido la inteligencia de Jane desde los tiempos estudiantiles de Vassar.
Connie nació y se crió en una próspera población de Ohio, donde su padre ejercía la profesión de médico, y su madre era toda tedio. Vivían en una casa de ocho habitaciones con pretensiones coloniales, en el Country Club Drive. Los padres de Connie eran miembros del Club y de todo lo que tenía cierta importancia en la ciudad.
Connie era una muchacha tostada por el sol, dócil, bonita y popular, aunque no estaba enterada de que era ella la principal atracción de Country Club Drive en bastantes leguas a la redonda. Su madre le había explicado a su manera la parte sociológica del mundo, o eso es lo que ella creía. Había personas «como nosotros», y personas «que no poseían sus ventajas, o sea los pobres». Por ejemplo, el jardinero y la mujer de la limpieza eran pobres. «Papá cura a los pobres gratis.» Y las obras de beneficencia de mamita se realizaban en provecho de los necesitados. Cuando Connie le pidió más detalles, mamita, que ya llegaba tarde al almuerzo del club, efectuó un resumen casi genial de su idea:
—Los pobres son las personas que compran en el establecimiento de Rosenberg.
Esto estaba claro. La tienda de Rosenberg era el chiste local, aunque no implicaba antisemitismo sino tacañería.
Oh, sí, ella estaba en esa tenducha… la de Rosenberg.
Oh, ya sabes, esa clase de muebles… todo rosa, como salido de Rosenberg…
¿Atestado? Vaya, como el sótano de Rosenberg.
En el círculo social de Connie, Rosenberg significaba «asqueroso».
Cabe, pues, imaginar el horror de Connie cuando entró en su habitación de Vassar y la encontró ocupada por un piano enorme, algo llamado Bechstein —no Steinway ni Baldwin, ni ninguno de los nombres tan conocidos—, con un montón de bultos y paquetes formando un equipaje, que en nada se parecían a la maleta Samsonite de Connie, y con una serie interminable de cejas de Rosenberg dirigidas a la «señorita Jane Rosenberg». Connie se sentó al borde de la cama y se echó a llorar.
Estaba segura de que sus lágrimas tenían justificación. En primer lugar, no quería estudiar en Vassar. Su meta era la Liga de Estudiantes de Arte. Pero no fue la meta de mamita. Lo mismo que la Escuela de Día del Campo era en el pueblo mucho mejor que el instituto público, Vassar era mucho mejor, y mucho más seguro para las chicas tan bonitas como Connie, que mezclarse con una manada de bohemios en Nueva York. Pintar, según mamita, podía ser «una chifladura divertida», pero como profesión…, «bueno, querida, realmente…» Y Connie se sentó y lloró, sintiéndose como una estúpida provinciana, como una cualquiera, arrojada en medio de aquella habitación atestada, con la hija de un tendero.
Provinciana, sí; estúpida, no. Connie sólo necesitó diez minutos para descubrir que si la tienda de Rosenberg era vulgar, la princesa del local no lo era. Si Jane nunca había oído hablar del Country Club Drive, o incluso de la población a la que pertenecía, Connie sí había oído nombrar las últimas direcciones de Jane: Londres, París, Milán y Viena. Boquiabierta, vio cómo Jane desempaquetaba sus cuadros, que no eran reproducciones como las bailarinas de Degas que flanqueaban el tocador del dormitorio de Connie en su casa, sino cuadros auténticos, incluso con firmas…, ¡como la de Picasso! Fotografías de músicos y cantantes famosos, cuyos rostros Connie reconoció de los álbumes de discos, todas dedicadas a Jane. ¡Y la ropa!
Connie podía afirmar sinceramente que aprendió más de Jane en cuatro días que de Vassar en cuatro años; y de los delgados hermanos de Jane, de la Harvard Business School.; y de los majestuosos padres de Jane, que llegaron a Pough-laeepsie en el primer «Rolls-Royce» que veía Connie, y no digamos que tocaba o conducía; o del fin de semana pasada entre los tesoros del hogar de los Rosenberg, asentado en la población industrial donde éstos habían hecho fortuna a partir de un carro y un caballo, y unos restos de cretona, hasta poseer una cadena de tiendas que se extendía desde el Delaware al Mississippi. «¡Vulgares, claro!»
Sí, Constance aprendió mucho de Jane; cómo comer una alcachofa; cómo reconocer una silla antigua de una imitación (las de mamita eran todas imitaciones); cómo conocer un cuadro, cómo escuchar música. Pero principalmente aprendió que el mundo se extendía ampliamente a ambos lados del Country Club Drive y que su mamita, aunque bien intencionada, era una de las mayores necias del mundo. Mamita censuró mucho el cambio sufrido por Connie en Vassar y a los radicales de su Facultad. «Allí captan toda clase de ideas raras». Connie sabía que se refería a Jane. Y la amistad continuaba firme, más cálida que nunca, aunque también con la inicial sensación de temor. Jane siempre sería la joven cosmopolita; Connie, la provinciana.
—Sí, Jane —estaba diciendo Peter—, os gustará la arquitectura. Techos abovedados, una bodega para barriles de vino en la cocina…
¡La cocina! Connie estaba entusiasmada.
—¡Figuraos que la cocina se halla casi en perfectas condiciones!
Jane no sólo era muy versada en música, arte y arquitectura, sino también una decidida chef amateur, más intrépida que dotada, con un certificado Cordón Bleu para demostrarlo. La vieja cocina, ennegrecida por el humo, con su fregadero, sus losetas, su asador capaz de ensartar a un buey encima del horno.
—Y a Hal le encantará la capilla. Y arriba...
—Sí —se animó Peter—, vamos a verlo todo y…
—¿Y terminar como puré cuando todo se hunda? ¡Jamás!
—Bah, dejad de hablar como turistas —recriminó Peter. Esto haría que a Jane se le atravesara entre ceja y ceja—. El monasterio está en pie desde hace cuatro siglos. Si las construcciones modernas fuesen tan seguras…
—Pete —rió Hal—, parece como si trataras de vender el monasterio.
—¿Tratar de venderlo? ¡Y un rábano! ¡Estamos tratando de adquirirlo!
La pipa se le cayó a Hal de la boca.
—Bromeas, claro —dijo con asombro.
—Nunca hemos hablado con más seriedad —remachó Connie.
—Aquí es donde hemos decidido vivir y trabajar —aseguró Peter, rodeando a Connie con un brazo.
—¿Trabajar en qué? —quiso saber Jane.
—Connie pintará, y yo… escribiré.
—¿Queréis convertiros en guardas estatales o habéis solicitado una beca Guggenheim?
(Una broma sutil. Eran mucho más difíciles de obtener las becas Rosenberg. «Sellos verdes, era el calificativo que los Rosenberg daban a la Sociedad Guggenheim.)
—Bien, ahora que todo está firmado, sellado y entregado, puedo decíroslo. Al principio tuve miedo de un derrumbamiento.
—¿Has ganado la lotería de New Hampshire?
—Calla, amor —Hal hizo callar a su mujer—. Deja que Peter termine.
—Bueno —continuó Peter con tono casual—, he vendido la Gráficas Beale.
—¡Que has vendido la Gráficas Beale! —se horrorizó Hal.
Incluso el inconmovible Reverendo Thorndyke se hallaba excitado. Era como si el fiel y cumplidor Peter hubiese arrojado las llaves de Fort LAnox por encima de la muralla del LAremlin.
—Exacto. Por más dinero del que Connie y yo necesitaremos nunca. Y permite que te diga que aquél fue el día más feliz de nuestra vida.
—¡Vender la Gráficas Beale! Diantre, tu padre debe estar agitándose en su tumba.
—Eso espero —sonrió Connie—. Y sólo para estar seguros de su agitación pusimos en venta su espantosa casa.
Le había llegado a Hal el momento de mostrarse sentimental. Por muy vanguardista y osado que fingiera ser (por la influencia de Jane, decía su familia), Hal también tenía su lado sensiblero (por la influencia de su familia, decía Jane). Los atardeceres, Brahms, el renacer primaveral, todo lo recién nacido le ponía sentimental.
—Caramba, aquella vieja casona tenía muchos recuerdos para mí.
Los únicos recuerdos que Hal podía evocar de la mansión Beale eran los de haberle echado de ella. Hijo de una madre inválida y un padre irascible, Peter no había recibido muchos alientos para recibir a sus amiguitos.
—También para mí tiene muchos recuerdos —asintió Connie—. Todos desagradables.
—No todos, claro —quiso corregirla Hal.
—¡Todos!
Como novia de Peter, Connie había coleccionado ansiosamente ilustraciones de bonitos dormitorios apropiados a los gustos y al presupuesto de unos recién casados. Su primer hogar sería justo lo que Peter podría permitirse con el escaso dinero que le pasaba su padre, mas sería un hogar suyo, de ellos y para ellos. Y por suerte, Peter podría llevarla en brazos al pasar el umbral. Pero Connie no había contado con el padre de Peter, con bastantes años y arrugas como para ser su abuelo. Con una casa de veinte habitaciones vacías, sólo para el señor Beale y su ama de llaves, cualquier otro hogar para la joven pareja sería una extravagancia, tan extravagante como era considerada la propia Connie: una muñeca que distraía la atención de Peter, apartándole de sus deberes con Gráficas Beale.
Sí, Peter cruzó el umbral con Connie en brazos, y por encima del mosaico del vestíbulo, a través de unas puertas de vidrio muy sucias y por el pasillo de un color desagradable, donde su flamante marido la había dejado de pie delante de su suegro-que-la-mantiene. La pareja se alojó en el dormitorio espartano que siempre había sido el cuarto de Peter, y los regalos de boda fueron amontonados en el sótano.
Bronceada y dócil como siempre, y enamorada como nunca en su vida, Connie trató de acomodarse a la nueva situación; y así, trató de llevar luz y aire a los cuartos sombríos y polvorientos (lástima para las alfombras); trató de introducir flores frescas donde tradicionalmente había solamente frutas y flores artificiales sobre la mesa del comedor (muy costosa); de aromar con hierba y especias las chuletas de cordero, excesivamente cocidas, y el filete de ternera, excesivamente crudo, que era la dieta constante del señor Beale (indigestible)… El ama de llaves (Connie aún la llamaba en su interior «señora Danvers»[1] era todavía más difícil que su amo. No era posible introducir el menor cambio en la rutina. Así como era el deber de Peter realizar en Gráficas Beale el trabajo de cinco administrativos, el deber de la esposa del joven era el de representar el papel de anfitriona en la mansión, no para sus amistades particulares, sino en una cena mensual celebrada para los conocidos del señor Beale. Éste no tenía amigos, sólo conocidos. La cena, a base de ternera asada (desmesuradamente cara), estaba precedida de un combinado Manhattan dulce, por persona, y se servía a las siete en lugar de las seis[2].
Una esposa menos amante de su marido habría hecho su equipaje y se hubiese marchado. Connie hizo algo mejor: consiguió un empleo para vender lámparas en unos almacenes. Al menos, tenía luz todo el día. Y en vista de que la pareja aumentaba sus ingresos, el señor Beale empezó a cobrarles el alquiler. Pagarlo era, según explicó, deber de Peter.
El deber de Peter. El-deber-de-Peter, el-deber-de-Peter, se había convertido en una sola palabra, que Peter venía escuchando desde su más tierna infancia. Peter había cumplido con su deber durante más de la mitad de su existencia. Mientras otros niños nadaban y corrían por los campamentos veraniegos, Peter, negro de aceite y tinta, se movía por entre inmensas prensas, llevaba a cuestas grandes rollos de papel, componía catálogos y empaquetaba revistas comerciales. No importaba que aún no tuviese edad para trabajar, porque su trabajo no estaba relacionado con ningún sueldo. Mientras sus compañeros de Yale planeaban sus viajes a Europa, Peter leía pacientemente pruebas para libros de aritmética elemental, ayudaba a encuadernarlos o cortésmente promocionaba los superiores servicios de Gráficas Beale, «Fundada en 1880», a los agentes y clientes en perspectiva. A los veinticinco años, no existía una sola fase del oficio de impresor que Peter no conociera a fondo… y no despreciase. También sentía rencor contra su padre y se despreciaba a sí mismo por ese motivo. Peter intentaba comprender al viejo, que decía había llevado una existencia muy dura. (Lo cual no era cierto: el señor Beale había heredado un negocio floreciente y lo había arruinado bastante con sus torpes economías.) El suicidio de su esposa y el ingreso de su hijo mayor en un manicomio lo habían cambiado bastante. (Otro error: el señor Beale ya había nacido como un hombre falto de alegría. En realidad, era él quien había impulsado a su esposa y a su hijo mayor a sus tristes destinos.)
No había la menor duda: el señor Beale era un hombre imposible. Lo único que hacía la vida un poco más llevadera para Connie y Peter era el aún más difícil hermano del señor Beale, Sterling Beale. Tío Sterling era el cerebro y la belleza de la familia, y la desesperación de su hermano mayor. Acicalado y frivolo, fue tío Sterling quien desertó de Gráficas Beale, y del deber, como un experto en Rhodas[3], y quien había permanecido lejos de su hogar familiar, viviendo en medio de una grandeur frugal, en cualquier parte donde brillara el sol. Su papel de cartas (siempre de Cartier) tenía membrete: «Sterling Llewellyn Beale. En tránsito.» «Peripatético» era el calificativo digno de tío Sterling. Otras personas, especialmente el padre de Peter, usaban otros términos menos halagadores.
Y no obstante, era tío Sterling el que siempre aparecía por la escuela preparatoria de Peter, sin anunciarse, acompañado de una serie cambiante de secretarios, para mostrar su tez tostada por el sol sobre el nevado campus de New England; para dar algunas monedas al chico; para llevarle a restaurantes de lujo; para comprarle chaquetas de lana y el esmoquin que su padre le negaba.
Y fue tío Sterling el que apareció, igualmente sin anunciarse, en la boda de Connie, más delgado, más tostado, más rubio que su secretario temporal, para besar a la novia y regalarle un par de heladeras de vino Paul de Lamerie del siglo xvIII. El Country Club Drive sintióse más impresionado por tío Sterling, su traje de Carding, y su secretario, que por cualquier otra cosa de aquel día. El Country Club Drive se mostró, realmente, estupefacto. Sin embargo, la reacción del Country Club Drive no fue nada en comparación con la entrevista sostenida por el señor Beale con su hermano menor, la primera en varios años. El señor Beale sintióse apabullado.
Completamente consciente del impacto dramático causado, tío Sterling decidió acudir a las reuniones anuales de los accionístas de Gráficas Beale como uno de los mayores inversores.
—Sólo para fastidiar —comentó el señor Beale, con bastante exactitud.
Fastidiar era lo que deseaba tío Sterling. Cuando no, hacía preguntas embarazosas respecto a los dividendos no pagados, delante de los demás accionistas; hablaba en favor de Peter, para que se le concedieran todos sus derechos y dos semanas de vacaciones cada verano; animaba a Connie a buscar empleo. Y en las contadas ocasiones en que fue invitado a casa de su hermano a cenar, llevaba desde el caviar al coñac, y cocinaban él y su secretario, con gran disgusto de la «señora Danvers».
Connie le adoraba.
—Creo que tío Sterling es mi hada madrina —le dijo entusiásticamente en cierta ocasión a su suegro.
—Este adjetivo no es acertado —replicó el señor Beale, sin querer ofender a nadie—, pero me gustaría saber dónde estaría la gente joven como vosotros dos si tuvierais que depender de un dilapidador como mi hermano. Ciertamente, no viviríais aquí, en medio de tanto lujo. Sterling tiene un gran cerebro sin pizca de sentido común. Siempre fue igual. No tiene el sentido del deber. Y Peter es exactamente como él.
Peter, que trabajaba catorce horas al día en la imprenta, estuvo a punto de ahogarse en su taza de Sanlaa.
Con el deber o sin él, Peter estaba dispuesto a marcharse de su hogar cuando él y Connie se vieron milagrosamente liberados. Mientras el señor Beale, equivocado como siempre, luchaba contra el Sindicato por su exigencia en la higiene de los servicios, le sobrevino una embolia fulminante. Su gruñido de oso se trocó en el silbido de una boa y cayó muerto en su sillón. Más como celebración que en señal de duelo, la Imprenta Beale cerró al día siguiente. Las coronas y las esquelas fueron impresionantes, pero nadie vertió una sola lágrima por el difunto. Peter era el único heredero. El fruto de la penuria, al interés compuesto, resultó impresionante.
Con la jubilación del ama de llaves, Connie puso brillantes colores sobre el mostaza exterior e interior de la casa; mientras, Peter introducía el aire acondicionado, el Musala y el Nescafé gratis en la Imprenta Beale. Sus mejoras resultaron un costoso fracaso. El fantasma del difunto sentíase por la casa y la oficina.
De haber sido la Imprenta Beale una empresa editora como la de Scribner, por ejemplo, con sus libros de Hemingway, Wharton y Fitzgerald para exhibir con orgullo, Peter se habría contentado con mantenerla durante otra generación. Habría hallado satisfacción en el descubrimiento de un nuevo Thomas Wolfe, u otro James Jones. Y lo mismo le habría ocurrido a tío Sterling. Pero Gráficas Beale no creaba. Simplemente, editaba en blanco, negro y todo color los productos de otros: libros de texto, folletos, catálogos y revistas comerciales, siendo la más lucrativa de todas una revista mensual destinada a los empresarios de pompas fúnebres, con anuncios de losas, ataúdes, sepulcros y hasta incineradores. Su padre todavía revoloteaba por encima del nuevo escritorio LAnoll Asociados del despacho que Connie le había decorado, lo mismo que los zapatones del suegro-que-te-mantiene todavía parecían pisar sin ruido las alfombras del recién amueblado salón, o bien su sombra aparecía con una mueca de reprobación sobre el matorral del sauce holandés que crecía en el jardín de lilas y hojas verdes de la mesa de comedor. Para huir de la mansión Beale, Connie continuó trabajando en el departamento de lámparas de los almacenes, y para huir de Gráficas Beale, Peter tomaba sus prolongados almuerzos, bien regados, y las prolongadas tardes de ejercicios violentos, en el club de atletismo. Las amigas entrometidas, que por su parte no tenían la menor intención de hacerlo ellas mismas, le decían a Connie cómo podía hacer para tener un niño. Con una madre suicida, un hermano loco y tío Sterling, Peter ya había dicho mucho antes de casarse que procuraría no tener hijos. Connie se mostró de acuerdo, y hasta ofreció un primo epiléptico para embellecer tan trágica herencia. Se habló de adopción, mas no en serio. Peter consideró, aunque sólo consideró, la vasectomía.
—Es esta casa, y es esta población, y es este trabajo —se quejó Peter una vez, tras tomarse tres martinis—. Lo odio todo, y siempre lo odiaré.
—Amén —deseó Connie, levantándose para preparar el cuarto martini.
Y entonces llegó el deus ex machina en forma de un enorme conglomerado de muchos tentáculos que adquiría todas las empresas no relacionadas entre sí, como fundiciones de hierro, refinerías de azúcar, aparcamientos, sederías, fábricas de zapatos y hasta imprentas. Tratando de evitar el orgasmo, Peter consultó a Connie por teléfono, sólo por puro formulismo. Sabía cuál sería la respuesta que, naturalmente, fue: ¡Vende!
Y ahora, al cabo de seis años de retraso, los señores Beale eran libres, solventes y dispuestos a iniciar una vida propia.
—Considéralo así —había dicho Peter—. Pronto cumpliré los treinta años, y hasta ahora no he hecho nada de lo que siempre deseé hacer.
—Vaya, me gusta esto —Connie rió.
—Ya sabéis a qué me refiero. Toda mi vida he sido un esclavo de esa maldita imprenta. Y ahora tengo la oportunidad de liberarme y hacer lo que quiera, y voy a hacerlo.
—Pero Peter —protestó Hal—. ¿Qué es exactamente lo que quieres hacer?
—Ya te lo dije. Escribir.
—Y, claro está, en tu casa no podías llenar ni siquiera la primera cuartilla —se burló Jane.
Jane tenía motivos para mostrarse escéptica. Sabía de centenares de solicitudes para las Dotaciones Rosenberg, que deseaban redactar la gran novela americana, pintar la obra maestra de todos los tiempos o componer la última sinfonía…, pero siempre en otro país. Otro país solía ser París o Roma, como si las máquinas de escribir, las telas y los pianos no existiesen en otras ciudades. Y Jane y sus hermanos sabían por experiencia que una vez en París o Roma, todos encontraban excelentes excusas para no hacer nada y largarse a nuevos países, generalmente Túnez, Estoril o Mylaonos, donde el licor era barato, las playas buenas… y nada más.
—Bien, sí, pero…
—Si realmente deseas escribir, puedes hacerlo en cualquier sitio. Lo único que necesitas es paz y quietud.
—En casa hay tantas interrupciones…, demasiada vida social, nieve todo el invierno, nieve que hay que apalear, y el inmenso granero al que hay que atender.
—Mientras que este sitio es algo mayor que un cubículo —expresó Jane, contemplando la longitud de la sala principal, calculando sus dimensiones en sesenta por treinta por diez metros de alto.
—Sí, pero aquí el clima es perfecto.
—La Tierra de la Primavera Eterna —citó Jane.
—Además, tienes todo lo que quieres.
—Es verdad —terció Connie—. La doncella del hotel dijo que le gustaría trabajar para nosotros. ¡Y tendríais que ver el modo de planchar el plisado!
Jane calló un instante. Pese a su fortuna, se veía obligada a enfrentarse con un fanático cocinero, un poco tonto, que se negaba absolutamente a trabajar más de dos días por semana, cuyos asquerosos almuerzos tenían que ser preparados especialmente (por Jane), que necesitaba que lo llevaran y trajesen en coche (conducido por Jane), y cuyo sueldo, sobre horas de trabajo realizadas, era superior al de un ayudante de profesor. Y había muchas esposas de profesores de la Facultad que aún estarían dispuestas a contratar esa joya.
Hal volvió a encender la pipa y trató de esbozar una comprensiva sonrisa. La técnica de Hal basada en su penetrante mirada gris, la cabeza inclinada al contestar preguntas con otras preguntas más difíciles aún, lograba maravillas entre los estudiantes histéricos que acudían a consultarle. «Pero… ¿largarse a San Francisco… sería una solución permanente o sólo un subterfugio temporal?» «Ciertamente, casarte con un negro, al que ames realmente, significa tener que considerar el problema del color de los hijos, ¿no es cierto?»
—Pete, dices que quieres escribir. ¿Qué clase de literatura?
—Deseo continuar con Cosmo Mulligan.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Jane—. ¿Todavía no has acabado con eso? Ya arruinaste a todo el partido Harvard-Yale…
—Yale-Harvard, cariño.
—…a todo el partido Harvard-Yale, sólo por charlar de Cosmo y el Sultán de Donde Sea. ¡Habla de una colegiala despedazada!
Sir Cosmo Mulligan había sido el antecesor de poca fama de Burton, Lawrence y Halliburton. Mientras otros victorianos se consagraban, Sir Cosmo, acompañado por su fiel criado Achmed, cometía toda clase de travesuras en el Sahara. Siempre estaba frotando jugo de nogal en su piel blanca, exprimiendo jugo de limón sobre sus ojos irlandeses a fin de poder pasar de incógnito en la Meca; siempre esclavizado por los malvados jeques, sufriendo terribles torturas, metido en nidos de víboras, escondido en harenes, dado por muerto. Sus huidas de las tribus de ultrajados beduinos no eran más que milagros, suponiendo que hubiera una sola palabra de verdad en todos sus relatos.
Tanto como a las aventuras, Sir Cosmo también era, al parecer, propenso a accidentes. Pateado en la cabeza por un camello, anduvo sin sentido durante seis meses por el desierto, desnudo y gruñendo como un mono. En otra ocasión, al tratar de circuncidarse con una navaja (Sir Cosmo era un perfeccionista en disfraces árabes), se cortó sin querer el testículo derecho, que más tarde ofreció, y no le fue aceptado, al Museo Británico. Una caída en la rotonda del hotel de Shepheard le dejó paralítico en la última década de su larga vida. Todo el mundo, incluso Connie, consideraba a Mulligan como un loco fastidioso. Pero para Peter era un dios y un descubrimiento casi exclusivo de su propiedad. (Como Sir Cosmo prácticamente nunca hizo nada, excepto causar agudísimos problemas al Ministerio de Asuntos Exteriores británico, a nadie le interesaban demasiado sus hazañas, por muy coloristas que fuesen. La reina Victoria, en cierta ocasión, llegó a enviar un áspero memorándum a su Primer Ministro: «¿Por qué Sir Cosmo no se queda en su casa del Ulster, de donde es, en vez de enemistarnos con nuestros amigos los musulmanes?» Por lo demás, fue ampliamente ignorado, considerado como un excéntrico fastidioso.)
Peter descubrió a Sir Cosmo durante su último año en Yale, y asaltó bibliotecas y tiendas de libros de segunda mano buscando los relatos de sus aventuras, junto con los pocos grabados y fotografías descoloridas que mostraban su innegable agraciado rostro. Escribió un largo y brillante artículo sobre Mulligan, y parte de él fue publicado por la Revista Partisana. A no ser por Gráficas Beale, Peter hubiese sido la única autoridad mundial sobre Sir Cosmo Mulligan. Y ahora, hasta ese obstáculo había desaparecido.
—Apenas he arañado la superficie —explicó Peter—, pero sé que estoy sobre una buena pista. Un comerciante en manuscritos originales de Dublin (se trata de un librero de lance), me ha ofrecido los diarios de Mulligan de 1870 a 1888. ¡Y sólo por cincuenta libras! ¡Imaginaos!
—¡Magnífico! —comentó Jane desmayadamente.
—Un tesoro. Un material inapreciable escrito de puño y letra por Mulligan. Ahora podré escribir su biografía definitiva, algo que dejará maravillado al mundo.
—¿Necesita quedar el mundo maravillado? —inquirió Jane.
—Y Connie podrá volver a sus pinturas —prosiguió Peter, indiferente a la pregunta.
—Sólo como diversión, claro —dijo Connie.
Jane, para variar, no replicó. Desprovista de pretensiones, Connie era una buena pintora aficionada. Tenía algo especial para el retrato. Meticulosamente convencional, muy representativa, su obra desplegaba perspectivas asombrosas, luces vividas con sombras de gran contraste, y colores espléndidos. La labor de Connie era mucho mejor de lo que ella misma suponía. La misma Jane, la snob en arte de todas las épocas, había colgado orgullosamente el retrato del Reverendo Thorndyke pintado por Connie (en atuendo blanco con un resplandor de fondo procedente de una ventana de vidrios de colores), en compañía de su Picasso, un Braque, un pequeño Ticiano (de la escuela, ¿eh?), y dos Canaletto.
—Y ésta es la escalera —anunció Peter, llegando a lo alto de una maciza escalinata.
—¡No me digas! —exclamó Jane.
—Excepto el aposento del abad, aquí están todas las celdas de los monjes, veinte en conjunto. Pero si echamos abajo los muros y formamos una sola sala con tres o cuatro celdas, tendremos…
—Tendremos el techo hundido. Eso es lo que tendremos. Lo siento, chicos, pero creo que es una locura. Todo está demasiado viejo, es demasiado grande, demasiado inaccesible.
Para subrayar sus palabras, Jane pegó con la palma de su mano contra una puerta de roble carcomida por los insectos. La puerta cayó al suelo con un tremendo estrépito, levantando una nube de polvo. Se oyó el despavorido fragor de muchas ratas escapando por todos lados en busca de refugio.
—¡Oh, vamos, Jane! —gritó Connie, cansada de tanta burla—, no pensamos vivir aquí mañana. Ya sabemos que esto necesita muchas reparaciones, una instalación de cañerías nuevas, arreglo de los techos y demás…, igual que cualquier casa vieja.
—En realidad —añadió Peter—, mañana iré a ver a un ingeniero para saber qué tenemos que hacer.
—Todo, supongo —sonrió Hal.
—¿No comprendes lo divertido que será esta restauración? Tanto Peter como yo somos dos arquitectos frustrados y…
—Creí que tú eras una pintora frustrada y él un frustrado escritor —ironizó Jane.
—La familia que adquirió este monasterio en 1830, cuando expulsaron de México a la Iglesia Católica, todavía posee las planos originales de cuando fue construido. Y entran en el contrato.
—Fascinante —ponderó Connie—. Todos los planos en pergamino, con aquella maravillosa caligrafía de araña del siglo xvi.
—¿De araña? Ajjj… —se estremeció Jane, apartando una telaraña de su rostro.
—Y aguardad a ver las bodegas —exclamó Peter.
—No, mientras viva, Peter Beale —rehusó Jane—. Nunca me han gustado las serpientes, los escorpiones, las arañas ni las…
—Si todo está lleno de muebles —explicó Peter,
—Seguro. Potros y camas de hierro y ruedas Catalinas. Una pobre judía como yo, no tendría la menor oportunidad de salvación con vuestros franciscanos o lo que fuesen.
—Oh, vamos, Jane —se quejó Connie—. Algunos muebles poseen un gran valor; son españoles. Y otros de la época victoriana, como una inmensa bañera de hojalata toda pintada de rosas y no-me-olvides, y una cama de bronce que parece un catafalco, y casi un millón de orinales…
—Vende tus derechos de autor, Peter, por todos esos orinales —rió Jane.
Peter y Hal rieron también.
Connie pensó que Jane sentía envidia. «¡Envidia verde!»
—Bien, aguardad al año próximo —dijo en voz alta, un poco picada—. Os entusiasmará, lo mismo que a nosotros.
Peter volvió a rodear la cintura de su esposa y la besó en la cabeza.
—Nos gusta considerar este lugar como el principio de un nuevo estilo de vida.
LA MITAD

—No puedo creerlo —repitió Jane por enésima vez—. Simplemente, no puedo acabar de creerlo. Pensar que esto era aquel edificio vetusto y en ruinas… Y hay que verlo ahora. Querida, es magnífico.
—Todavía no está terminado —explicó Connie con modestia.
—Y aquel enorme pedazo de yeso cayó de la pared —le iba contando Peter a Hal—, y debajo encontramos esos frescos, o lo que queda de ellos al cabo de cuatrocientos años. Connie los retocó un poco, pero lo cierto es que se trata de algo auténtico pintado por los primitivos indios.
—¡Maravilloso! —reconoció Hal.
—Es divino —agregó Jane—. Tan infantil, tan inocente. Me gusta mucho más que el español cartilaginoso, todo ensangrentado, herido y sufriente.
—Bueno, ésta es la capilla original —asintió Peter—. Queríamos instalar aquí el televisor y el tocadiscos, pero cuando encontramos los frescos… bueno, decidimos dejarlo como capilla.
—Todo lo demás es imitación —explicó Connie—, excepto el altar. Estaba escondido en el sótano. Como durante las revoluciones destruyeron o saquearon tantas iglesias… Los candelabros son muy antiguos, pero…
—Oh, me gusta esa pintura —exclamó Jane, bizqueando los ojos en la penumbra.
—Oh, ésa… —señaló Connie con un poco de nerviosismo—. La hallamos en una tienda de antigüedades de Puebla. Realmente sólo la compré por el marco, aunque un experto en arte de aquí opina que es un Zurbarán.
—¿Zurbarán? ¿El pintor español del siglo xvn? —recordó Jane—. Sí, es posible.
Era un encomio muy importante viniendo de Jane. Connie recordaba la escena del año anterior, cuando Jane le explicó pacientemente a un primo de Nueva York porqué un cuadro recién adquirido no era un auténtico Andrew Wyeth, sino una falsificación muy bien hecha, hasta que el propio Wyeth entró en el salón y proclamó que el cuadro era suyo. Aquél no fue uno de los mejores días de Jane.
—Y esa ventana de cristales manchados, tan perfecta y sencilla —exclamó Hal, en tono admirativo.
—Creo que es sólo de plástico —replicó Connie.
—Connie la diseñó —añadió Peter.
—¡Es increíble! —volvió a admirarse Hal.
—¿Continuamos la vuelta? —preguntó Peter—. Veamos, hemos estado en el vestíbulo, la sala, la biblioteca, el comedor, la cocina.
—¡La cocina es para morirse de gusto! —alabó Jane—. Con las losetas y aquellos antiguos calderos de cobre, y el fogón con carbón…
—A veces, Delfina la utiliza —manifestó Connie—. En realidad, estamos asando allí un cabrito para el almuerzo.
—¿Un qué? —inquirió Hal, extrañado.
El Reverendo, pese a sus ideas adelantadas, a veces no entendía algunas cosas.
—Una cabra pequeña —aclaró Peter—. Una cría de cabra. Bien, como veis, allí está la piscina. Y hemos podido conservar los arcos del acueducto. —La piscina era el orgullo de Peter. En las noches calurosas, él y Connie nadaban desnudos a la luz de la luna, sintiéndose tontamente ilegales y pecadores—. Y detrás está… eh… la casita de los vestuarios.
Una sensación de equívoco le impidió a Peter usar la palabra «pabellón».
—Hum… —murmuró Jane.
¿En desaprobación?
—Bueno, era un viejo cobertizo de piedra, con la fachada hundida —explicó Connie.
—Y preferimos dejarla como una especie de ruina —añadió Peter.
—Como la pista de tenis.
Connie esperó que su tono no hubiera sonado demasiado triunfal. La pista En-Tout-Cas de tenis, con sus paredes descascarilladas con seis matices de buganvillas, era una victoria estética, aunque cara. A veces, ella y Peter daban vueltas y jugaban al tenis, sólo por disfrutar de tal victoria.
—La casita de los vestuarios sólo sirve para resguardarse del sol —siguió explicando Peter—. Hay cabinas para damas y para caballeros, las duchas y dos lavabos. Y un bar, claro.
—Naturalmente, tenemos que pintar algo en la pared —expresó Connie—. Por ejemplo, un mural heroico, tal vez en cómico. Sí, como una leyenda pseudo-clásica… como… —la asaltó la idea—. Con Jane como sirena, Peter como Tritón y Hal como… ¡como Neptuno! Hal, ya te he pintado vestido. ¿Te gustaría que te pintara desnudo[4]?
—¿Cómo? —se desconcertó Hal.
—Connie está aprendiendo español —la disculpó Peter—. Quiere decir sin ropas, en cueros.
El Reverendo Thorndyke forzó una sonrisa. Culpable del pecado de vanidad, también lo era de gula. Sabía que hacía ya dos o tres años que no había vigilado su línea. Sin embargo, tenía que mantener su reputación de hombre liberal.
—¿Por qué no? Yo no tengo secretos.
Los tenía. Dos: una cicatriz grande de una reciente operación de hernia; y un fresón como marca de nacimiento en la cadera izquierda. No estaba orgulloso de ninguna de las señales y se sentía penosamente consciente de ambas.
—De Baco quedaría mejor, con su barriga —rió Jane.
—Podemos solucionar eso también. Peter instaló una sauna en el lado de los hombres —sonrió Connie.
Mentalmente, estaba viendo a Hal sentado sobre una enorme concha de tortuga, con una corona en la cabeza, un tridente en la mano y, claro está, el alzacuello. En cierta ocasión Peter le había descrito una imagen de Hal al recibir una llamada telefónica en la salíta-vestuario del club, ataviado sólo con calcetines gruesos, zapatones de golf (con lengüetas), unas rodilleras, la camisa negra y el alzacuellos. Connie se había reído hasta que le salieron las lágrimas.
—Naturalmente, con algún paño sobre la zona más… más comercial —añadió la joven.
—Cuando quieras —se ofreció Hal, un poco más aliviado.
—Bien, ¿y el resto de la casa? —propuso Peter.
—¡Dios santo! ¡Todavía no os hemos enseñado vuestro dormitorio! Vamos arriba otra vez. Después, saldremos a la terraza y tomaremos alguna bebida antes del almuerzo.

El dormitorio de los Thorndyke era el más grande, y en realidad el único terminado —cuatro celdas de monjes transformadas en una enorme habitación—, albergando una chimenea rústica, un sofá, un diván, un escritorio antiguo y la cama mamut rescatada del sótano, con su red para los mosquitos, todo más ambiental que funcional, atado con grandes lazadas a la cama. La legendaria bañera de hojalata se hallaba en el centro del cuarto de baño (dos celdas), rodeada por una chaise percée, un tocador con quinqués eléctricos, un lavabo de latón y acero y, como colofón y sólo por capricho del diablo, una amorosa silla victoriana como asiento del retrete.
—Esta habitación —exclamó Jane, tirándose de la faja—, es un poco recargada para mi gusto, aunque confieso que Connie se ha esmerado mucho.
Observó que habían deshecho su equipaje, colgando los vestidos en un armario que olía a lavanda, como en los viejos tiempos. Recordando a su imposible mujer de la limpieza, Jane empezó a considerar los pros y los contras de raptar un par de sirvientas mexicanas y pasarlas de contrabando por la frontera.
—Precioso, cariño —alabó Hal, rascándose el formidable trasero al tiempo que contemplaba desde la ventana, la piscina, el acueducto y la casita-vestuario—. ¿Crees que me adelgazaré cinco libras aquí?
—Veinticinco, amor.

Connie se hundió en uno de los nuevos (veinticuatro horas viejo) sillones de la terraza. Estaba mortalmente cansada. Pero todo había salido bien. A Jane y a Hal les gustaba la casa. De esto no había la menor duda. De no haberle gustado, Jane lo habría expresado francamente. De eso estaba segura.
Connie esperaba que ella y Peter no hubieran parecido demasiado renovadores. En realidad, la reconstrucción había sido una agonía. Muchas cosas se las habían entregado con varias semanas de retraso sobre lo prometido, o peor aún, semanas antes de que las esperaran. Todavía el día anterior, las bañeras y los lavabos habían carecido de agua caliente, en tanto que en las toilettes salía hirviendo y echando vapor. Durante tres meses, los muebles de los Beale habían estado perdidos por la frontera. ¿Cómo puede alguien perder media docena de sofás, un gran piano, dos camas laing-rized, y un frigorífico por el que se puede caminar en su interior? Al final, lo habían localizado todo a unos cien lailómetros de distancia, empapado por la lluvia. Doscientos metros de tela para sábanas con estampados amarillos para la sala y los dormitorios no habían sido enviados a Cuernavaca, sino a Cuautla, y en rojo. Connie permaneció hasta las tres de la madrugada terminando los uniformes de la servidumbre. Y a las tres, el elaborado sistema eléctrico se había fundido otra vez.
Por fin, todos los azares de la reconstrucción constituirían solamente una serie de anécdotas divertidas para contárselas a Jane y Hal. Pero por ser el primer día, Connie se contentaba con hacerles tragar sus observaciones irónicas de un año atrás. La casa era encantadora, preciosa, o al menos acabaría siéndolo, y ella y Peter serían muy felices viviendo allí.

Jane encontró a Connie en la terraza, con un cuaderno de dibujo en su falda, contemplando la pared posterior del cobertizo de la piscina.
—Listo —anunció Jane—. Seis latas de trufas, un par de latas de foie gras y media libra de caviar fresco.
—¡Oh, Jane, vaya lujo!
—Creo que es mejor comer ahora el caviar. El hielo del paquete se ha fundido y no me gustaría traer ptomaínas a tu nueva casa.
—Maravilloso… Peter estará en el cielo.
Connie hizo sonar una campana. Apareció un mexicano delgado, embutido en una pulida chaqueta blanca y rosa.
—Mande, señora.
Jane escuchó con sincera admiración cómo Connie explicaba en español la manera de colocar en un boll con hielo el caviar y servirlo con tostadas calientes. Tostadas muy calientes. Jane sólo detectó un error gramatical. Apareció una bonita doncella con uniforme blanco y rosa, con tirantes, que llevaba una bandeja de copas de cóctel heladas, ginebra, vermut y hielo. Un jardinero, empujando una carretilla, se quitó el sombrero enorme de paja y saludó:
—Buenas tardes, señora.
—¿Cuánta servidumbre tenéis?
—Sólo cuatro personas.
—¡Pobrecita!… ¡Tendrás mucho trabajo!
—Bueno, tenemos a Delfina, la cocinera; su marido que cuida del jardín y ayuda en las fiestas. Su hijo Julio hace de mayordomo, y su hija María de la Luz es la doncella. Todos en familia. Y nos va muy bien.
—Sí, claro.
—Pero lo que verdaderamente nos gusta son los domingos, cuando todos se marchan y Peter y yo nos quedamos completamente solos. Entonces es cuando gozamos de una buena comida. A propósito, Jane, me gustaría que enseñaras a Delfina alguno de tus trucos, como créme brulée y pasta con vitello tonnato.
—Encantada. ¿En qué trabajas ahora?
—¿Esto? Pensaba en el mural del vestuario. Es una pared enorme… diez por veinte. Pensé que Julio podría pintarla de verde, como el mar, y después tratarlo todo como un cuadro submarino. Ya sabes, mucho rojo, blanco y coral rosa. Tal vez algunas anémonas.
—¿Peces?
De nuevo la desaprobación.
—No opino lo mismo. Son tan de cuarto de baño… Sólo lo necesario para simular vida submarina. Tal vez Peter cabalgando sobre un delfín. Oh, tienen unas caras adorables. Me refiero a los delfines. Han chapoteado sobre algo, en el centro, de tamaño natural. Podría utilizar a Peter dos veces, de frente y de espaldas, cambiando el color de su pelo… y a ti también dos veces, con sartas de perlas y una cascada de cabello hacia arriba y hacia atrás.
—Sólo estaremos aquí un mes —recordó Jane, acariciándose su antiguado peinado estilo Eton—. ¿Crees que tendrá tiempo de crecerme tanto?
—Puedo falsificarlo. Y en lugar de ser una sirena, serás una náyade, una dríada o como se llamen. Ondinas. Las sirenas son tan cursis… Aunque necesitaré más modelos, o el cuadro quedará terriblemente vacío.
—¿Y tío Tom? —preguntó Jane cuando Julio apareció con el caviar—. Tan estilizado como una varilla comparado con esos pesados anglosajones. Tampoco está mal su hermana.
—Gracias, Julio —murmuró Connie cuando el criado se retiraba. Luego bajó la voz—. Oh, se morirían de vergüenza. Los mexicanos pueden dormir doce en una habitación, pero se muestran muy tímidos y recatados con algo tan natural como el cuerpo humano. Yo podría entretenerme pintando en cualquier lugar y luego buscar a alguien de Cuernavaca que tenga casi noventa años, y que quiera posar por unas copas y la diversión. Mientras posan para el mural, esos mexicanos se mantendrían fuera de las calles y de los bares.
—A propósito —la interrumpió Jane—, me estoy muriendo por un trago. ¿Dónde están esos inútiles maridos nuestros?
—¿Pronunciaba alguien mi nombre en vano? —dijo Hal.
El Reverendo llevaba, además de la camisa clerical y el alzacuello, una chaqueta que disimulaba su faja, y pantalones cortos color limón, con el fin de exhibir las piernas de las que estaba muy orgulloso. Servirían para recordarle a Connie, si lo había olvidado, que él podía aún servir como Neptuno. Mientras se vestía, a Hal se le había ocurrido el tema de un nuevo sermón, aún más deliciosamente conflictivo, por inspiración divina: «Desnudo ante Dios en México… Su obra de arte más perfecta… el cuerpo humano… la suave inocencia de la carne contra la vergüenza de las ropas caras… Me sentí orgulloso y humilde de estar de pie (sic) sin adornos, como me hizo mi Creador, bajo el acariciador sol de México.» Si perdía bastante peso, y quedaba bien en el mural, podría incluso retratarlo y proyectar la fotografía en una pantalla detrás del pulpito, al pronunciar tan magnífico sermón. Y esto les enseñaría a aquellos torpes estudiantes culo-inquietos que el doctor Thorndyke medía cuarenta y ocho pulgadas de pecho (aunque, ¡ganas!, casi lo mismo en la cintura), y poseía unos muslos carnosos, unas pantorrillas espléndidas y unos pies griegos.
—Dios mío, ¿de qué te has vestido? —exclamó Jane—. Sé bueno y sirve unos martinis. ¡Aquí viene nuestro anfitrión!
—¡Eh, si hay caviar! —gritó Peter radiante.

—Pero, Peter —decía Hal, mientras con los empeines penosamente arqueados acababa el segundo martini—, todavía no me has contado qué tal vas con Sir Cosmo Mulligan.
—Oh, calla, Hal —le suplicó Connie apresuradamente—. Tengo casi todo el mural esbozado.
Connie sí sabía qué tal iba Peter con Sir Cosmo. No iba en absoluto. Claro que Peter había estado muy ocupado con la reconstrucción de la casa. Pero no tanto. Durante casi un mes había estado dando vueltas por la antigua celda del abad, que ahora era su estudio, solucionándolo…, fuese lo que fuese. Había arreglado, vuelto a arreglar y otra vez arreglado las nuevas estanterías de libros, y había arrancado casi por completo las alacenas construidas debajo de las estanterías para guardar las cajas de papel especial, con cajas de papel carbón, que Peter había comprado para sus escritos. Y aún había colocado los libros de otra manera distinta. Primero colocó el escritorio contra la pared norte (demasiado oscuro), después contra la pared sur, frente a la piscina (demasiada luz), y finalmente contra la pared oeste, con una lámpara de latón que parecía un calentador de cama al revés. Las carpetas tuvieron que ser de color naranja (las coloreó con spray tres veces) para que armonizaran con la alfombra, la tela del sofá y la silla giratoria. (El despacho de Peter era muy moderno, con algunas piezas antiguas elegidas con sumo cuidado que ofrecían el contraste.) Tardó toda una mañana en instalar el nuevo afilador de lápices eléctrico en el sitio más adecuado. El magnetófono había sido todo un calvario. Peter casi se alegró cuando su máquina de escribir eléctrica expiró con una queja triste al primer contacto y hubo que enviarla a la capi tal, donde estuvo una semana para un reajuste y la debida recuperación. Y hubo el problema de colgar los diplomas del Instituto y la Universidad, los grabados de Sir Cosmo como niño en Harrow, como subalterno en los Dragones de Malarlaey, como jeque árabe, como derviche… Connie casi sospechaba que Peter inventaba mil excusas para no iniciarse en su nueva carrera. Y se preguntaba si tenía en realidad miedo de empezar, por cuyo motivo quiso protegerle.
—Ves, ahora tú te sientas aquí en el centro sobre alguna especie de concha de abalón, con un paño a cuatro colores sobre las rodillas. Mucho colorido marino: blanco, azul celeste y dos matices verdes. (Esas telas las venden en el mercado de aquí.) Y suspenderemos un tapiz en algún sitio, para que parezca que flota en la superficie del agua.
—Las dos —recordó Peter—. ¿Tenemos tiempo para tomar otro combinado antes del almuerzo?
—¡Gran idea! —tronó Hal.
Sabía que podía permitirse otro trago. O varios. El paño cubriría muy bien su hernioctomía. Y podría sentarse, ocultando así la marca de nacimiento.
—Pues sí —asintió Connie vacilando. ¿No estaría demasiado asado el cabrito?—. Sí… ¿Sí, Julio?
Julio acababa de salir a la terraza con una bandeja de plata en la que se hallaba depositado un sobre blanco.
—De un joven norteamericano —dijo en español—. Está aquí. No sé el nombre.
—Oh —murmuró Connie—. Sterling Llewellyn Beale. En tránsito. ¡De tío Sterling!
—Oh… —se limitó a susurrar Jane.
Se tocó el peinado para comprobar si todos los mechones estaban erizados. Tal vez sí. A Jane no le gustaba tío Sterling. Sólo se habían visto dos veces; una, en la boda de Connie; la segunda, y menos agradable, en París, cuando tío Sterling había desaprobado el uso que hacía Jane del verbo francés érailler. Jane, que consideraba el idioma francés como una creación propia, érailleaba constantemente, y aún más cuando, al consultar el diccionario, averiguó que Sterling Beale tenía razón. Jane le consideraba frivolo hasta la exageración y habría añadido «cabeza hueca», de no haber sido un Phi Beta LAappa, cum laude, en Yale y un experto en Rodas.
—Pobre hombre —suspiró Jane—. Qué lástima de talento.
Nadie le hizo caso.
—¿Está en México tío Sterling? —preguntó Peter.
—No —negó Connie—. Pero podría venir. Escuchad: «Mes enfants…»
Jane lanzó un gruñido.
—Calla, amor —la recriminó Hal.
—Mes enfants. He regresado de Thailandia y estoy en la horrible California. Tedioso, excepto por algunas personas muy divertidas. La desesperación y el deseo de ver a mis queridos sobrinos en su nueva propiedad, aún podrían empujarme hacia México.» ¡Oh, ojalá venga!
—¿Dice cuándo? —quiso saber Jane.
—¿A ver? ¿Dónde estaba? Ah, sí… «Mientras tanto, me tomo la libertad de enviaros a un joven espléndido llamado David Jones. No conoce a nadie en México. He pensado que vosotros dos podríais ofrecerle unas bebidas o un almuerzo, y dejarle proseguir su viaje. Con unos beaux yeux como los suyos, no tardará en establecerse. Ese joven…»

Aquel joven estaba parado en el umbral abovedado del vestíbulo. Contemplaba la antigua linterna de bronce y el nuevo suelo de mármol. A su derecha y a su izquierda colgaban lo que parecían planos de una casa, sobre un fondo de seda turquesa y enmarcados en oro, trazados sobre viejas bolsas de papel con sangre seca.
Había una especie de ataúd de piedra lleno de lirios amarillos y blancos, una sorprendente mesa vieja con fantásticos candelabros dorados, y dos clases de tronos que parecían los de Isabel y Fernando, pero vacíos. ¿Debía sentarse en uno de ellos? David supuso que no. Eran de adorno.
Más allá del vestíbulo divisió una especie de salón muy lujoso, todo de piedra, en amarillo y blanco. Y todavía más allá, una terraza con varias personas sentadas en torno a una enorme piscina. Le hubiese gustado zambullirse en ella, con los pantalones blancos, la camisa casi blanca y todo lo demás. Había tardado más de dos horas en llegar a la casa desde el centro de la ciudad, primero en autobús y después a pie, colina arriba.
¿Así que ésta es la gente de Cuernavaca, de la que tanto hablaban? Bien, bonito. Lujoso. Ah, no como la casa de huéspedes de Miss Mendoza, en un sucio callejón de barrio. Ahora, Davey estaba contento de haber perdido tanto tiempo escuchando a aquel chiflado viejo llamado Sterling Bale, en su habitación llena de maricas. Y no porque él hubiese entendido una palabra. Pero al menos el viejo se había emborrachado hasta el punto de darle una carta de presentación, que le había traído hasta aquí.
—Pase, señor.
—¿Cómo?
Era el mayordomo mexicano, o lo que se suponía que fuera.
Julio hizo una reverencia e indicó la terraza con un áspero gesto.
—Pase, señor.
Davey pasó. Y al pasar por el salón, sólo por la fuerza de la costumbre, comprobó su imagen en un espejo, enmarcado en oro. No necesitaba hacerlo. El cristal era tan viejo, tan empañado y tan rajado que la imagen que vio podía ser la del monstruo de Franlaenstein. ¿Cómo una gente con tanta pasta podía tener aquel espejo? Claro que tampoco, por otra razón, él tenía que mirarse al espejo. Sabía que era guapo. Bellísimo. Empezando por mamá, la gente no había cesado de decírselo toda su vida…, incluso desconocidos por la calle. De no haberle hablado tanta gente de su hermosura, probablemente no se habría dado cuenta, y habría aceptado el modelado de su cara, su delgada figura, su porte, la cabeza y todo lo demás, como aceptaba el color de sus ojos. Claro que Davey había oído decir tantas veces que era guapo que acabó por aceptarlo como un hecho consumado. Era guapo. ¿Y qué?

De haber iluminado un relámpago la terraza, el impacto de la aparición de Davey no hubiese sido menor. Connie abrió la boca y sintió la fría humedad del martini a medida que caía de la copa sobre su mano.
«Es sólo mi ojo de artista», se dijo, al ponerse de pie.
—¡Jesús! —murmuró Jane. Su mano volvió al peinado. Y exclamó—: ¡Apolo!
Incluso los hombres quedáronse asombrados. Se irguieron más, sacaron el pecho, remetieron el vientre, como simples mortales en presencia de un dios.
Connie avanzó un paso, casi tambaleándose.
—Señor… ejem… Jones. Qué amable de su parte el haber venido a vernos. Yo soy Constance Beale.
Davey abrió la boca para hablar y, en aquel instante se esfumó toda la magia.
«Hi» —dijo—. «Mchogusto.»

La cosa no iba bien. No, ni dejando volar mucho la imaginación, podía decirse que la cosa iba bien. Connie, por supuesto, comprendía a tío Sterling. Había visto ir y venir demasiados secretarios (cada uno como un calco del anterior y del siguiente) para no comprenderlo. Y Connie y Peter eran muy tolerantes con las aficiones de tío Sterling…, lo mismo que eran liberales los Thorndyke. Pero aquel joven no se parecía a ninguno de sus secretarios. Todos eran agudos y vivarachos, banales, charlatanes y llenos de luminosas respuestas agudas. Tal vez un poco afeminados. En cambio, éste apenas sabía hablar y cuando lo hacía, uno sentía lástima por él… y por uno mismo. Ah, sí, beaux yeux. En él todo era beau. Pero, ¿no hubiese podido igualmente tío Sterling meter en una maleta un hermoso maniquí y enviarlo por correo? Al menos, uno no espera que un maniquí hable.
La sorprendente e imposible criatura llevaba allí sentada… ¿minutos u horas?
Sentado como una estatua, y sólo había dicho «Mcho-gusto».
Connie sintió que sus dedos volaban hasta las perlas de su collar, y oyó su propia voz crecer con falsedad, tirante, estúpida, casi estridente.
—¿Cómo está nuestro querido tío Sterling?
—¿Huh?
—Tío Sterling. El señor Beale. El tío de mi marido.
—El que escribió la carta —quiso aclarar Jane.
—Oh, bien, como un burro. Casi no lo conozco.
—Oi, gevalt —exclamó Jane—. No se dice lo sino le.
—¿Cómo? —el joven Davey dejó de prestar atención a las correcciones gramaticales de Jane—. Bueno, quiero decir que no somos compadres —de pronto, mostró un estallido de vivacidad—. Estuve en su casa por la fiesta. Bueno, no una fiesta. Sólo muchos tipos…
—Seguro —murmuró Jane.
—Calma, amor —le aconsejó Hal en voz baja.
—De modo y manera que le dije que venía para México y él me dio la carta y me dijo que les viera a ustedes.
—Sí, entiendo —asintió Connie.
Pero no entendía. Y había algo más que tampoco entendía, pues con las doce veces que había visto al tío de Peter, sabía que éste casi consideraba una profesión conocer gente…, toda hermosa e inteligente. Y cuando el licor se desbordaba, todos se volvían más hermosos y más inteligentes. Se intercambiaban nombres, números telefónicos y luego desaparecían de la existencia de tío Sterling (y éste de la de ellos), con la misma facilidad con que habían aparecido.
—¿Es su primer viaje a México? —inquirió Peter, en su papel de anfitrión.
—Aja —y esto dio fin al tema.
—Y ahora se aloja aquí, en Cuernavaca, señor… señor…
Connie de pronto sintió su cerebro en blanco. Tan en blanco como el de aquel maniquí.
—Jones. David Jones. Pero todo el mundo me llama Davey Jones. Un apelativo despectivo.
Rió largamente como si hubiese dicho un chiste.
En el Instituto, cuando los chicos habían hablado de «Davey Jones» o incluso del «torpe de Davey Jones»[5], siempre se reían. Bien, aquí nadie había reído.
—De buena gana vomitaría —susurró Jane.
—Calma, cariño —contestó Hal.
Hal pensaba a veces que Jane, como esposa, era difícil; y como mujer de un capellán, imposible. Oh, sí, tenía sus cualidades. Era inteligente haciendo críticas mordaces de sus presumidos sermones. Pero se negaba a soportarlos los domingos, lo que creaba una situación embarazosa cuando la gente preguntaba dónde estaba la señora Thorndyke. Hal era consciente de que si ella fuera una pequeña señora de rectoría con el sombrero pasado de moda, toda sonrisas y saludos cálidos a la puerta de la capilla, haciendo obras de caridad y cocinando pasteles para los estudiantes de primer año, le aburriría. Sin embargo, muchas veces deseaba que Jane se mostrara un poco más preocupada y menos distanciada ante los estudiantes que le pedían consejos sobre sus problemas. («Una manada de gatos sarnosos, con acné y granos, que vienen a llorar sobre el hombro del padre. Tú les das té y simpatía; yo les daría una patada en el trasero.») Jane todavía era peor con los estudiantes inteligentes y divertidos. Empezaban por tutearse, tomaban martinis y en el lapso de cinco minutos las picantes e incisivas palabras de Jane hacían mella. Hal la adoraba tal como era, pero sentía que no era consecuente el describir a la esposa de un clérigo como una veleta. Y el presidente estaba de acuerdo. Envidioso de Hal, aterrado ante Jane, habría vendido su alma al diablo para verles lejos de la Universidad. Pero el presiente no era más que un necio; no un imbécil. Sabía que si echaba a Hal, una docena de los estudiantes más distinguidos se irían con él. Hal era la taquilla. En cuanto a Jane, era rica y una Rosenberg. («¡Dios condenó a los puercos judíos!») El presidente de la Universidad todavía albergaba la esperanza de que unas palabras de Jane le aportasen mágicamente una Dotación Rosenberg de un millón… o dos. Si el presidente hubiera oído solamente un par de las palabras con que Jane le describía a él y a su Universidad, la habría asesinado en el último té de la Facultad, caso de que Jane se hubiese molestado en asistir al mismo.
Connie casi gritó con fingida cordialidad:
—¡Davey Jones! ¡Qué coincidencia! Precisamente, estábamos discutiendo un mural submarino para el vestuario de la piscina. Yo pinto. Bueno, un poco.
—¡Sí, vaya charco! —exclamó Davey, refiriéndose a la piscina.
Su fuerte consistía en escuchar, no en llevar adelante una conversación.
—Mi esposo la diseñó. Hizo que el agua circulase de nuevo a través de ese viejo acueducto, formando una cascada en su punta arruinada. Me gusta escuchar el ruido de la cascada. («Aunque ciertamente me odio a mí misma por escucharme ahora —pensó Connie—. ¿No podía callar?») ¿Otro vaso, señor Jones?
Todos tomarían otro vasito.
—¿Es su primer viaje a México? —preguntó Peter.
—Hum… Sí.
—Un país fascinante, ¿verdad? —intervino Hal.
Hal siempre intervenía.
—Sí, es algo súper. Claro que aquí no conozco a nadie. Exceptuando a la señora Mendoza, mi patrona.
—¿Mendoza? —repitió Connie—. Oh, sí —añadió en un tono que indicaba que nunca había oído hablar de ella.
Incluso si alguna vez la hubiese encontrado y alguien se lo preguntase habría exclamado: «¡Oh, no!», con mucho énfasis.
—¿Piensa escuchar al doctor Illich —insistió Hal—, y asistir a las conferencias del CIDOC?
—¿Huh? ¿Cómo dice?
—Me refiero a la Academia del doctor Illich en Cuernavaca. Es muy famosa. En principio, se fundó para los sacerdotes que eran enviados a la América Latina. Seguramente habrá leído algún artículo en el The New Yorker. Algunos de nuestros estudiantes vinieron aquí para iniciar unos cursillos de español y…
—Hal —le interrumpió Jane—, Davey no sabe nada de eso.
No había el menor peligro del tuteo ni de los martinis con aquel joven. Estaba bien claro que Jane le consideraba Uno de los Otros.
—Ah, sí, me gustaría estudiar. Arque…eulogía o pisco-logía.
—¿Arque… qué? —inquirió Jane, devolviéndole a Peter su vaso vacío.
Connie no sólo estaba muerta de hambre, sino bebida. Permanecía como un plomo sobre la almohada. En su prisa por disponer el arreglo de las flores y enderezar los cuadros, por la mañana sólo había tomado una taza de café, y aun corriendo. Eran ya las tres y media, y Peter le estaba llenando otra vez el vaso. El pobre Peter tenía los ojos vidriosos. ¿Acaso pensaba este joven idiota quedarse con ellos para siempre? ¿Estarían sus baúles, maletas y mochilas amontonados en el vestíbulo? Si ella no tomaba más que ginebra y caviar, se desmayaría y caería a la piscina, y probablemente los demás estarían ya demasiado borrachos para salvarla.
—Eh… señor James… oh, no, Jones, nos disponíamos a comer. ¿Quiere acompañarnos?
—Seguro, me muero de gazuza. Y si ya todo está listo…
¿Listo? Habían pedido la comida para las dos. Seguramente estaría todo hecho un asco.
—Entonces, perdonen un segundo —dijo Connie, poniéndose de pie y tambaleándose hacia la cocina.
No era la primera vez que Connie recibía invitados en el monasterio. Casi lo era, más exactamente. Para probar a los sirvientes y el equipo de cocina, Connie había dado alguna pequeña fiesta y una cena a media docena de las parejas más sobresalientes de Cuernavaca, anunciando alegremente que las luces podían fallar, que podían quedarse sin gas o que podía pararse la bomba del agua. Ocurrió todo lo previsto, que sólo sirvió para añadir diversión a los actos. La gente de Cuernavaca se había hecho cargo. Con Jane, no obstante, la cosa era distinta. Los Beale y los Thorndyke habían comido juntos cientos de veces. Mas esta ocasión era diferente. Perfecta. Connie recordaba el comedor estilo Chinpendale de la mansión-museo de los Rosénberg con su procesión interminable de Meissen, Dresde, Lowestoft y Cantón; los platos de postre Capo-di-Monte, que habían pertenecido a Lady Hamilton. «Pero son LAosher Capo-di-Monte», bromeaba el padre de Jane.
Connie nunca había oído hablar de LAosher ni de Capo-di-Monte, pero sentíase impresionada sin saber por qué. Bien, ahora ya sabía el motivo y estaba totalmente decidida a demostrarle a Jane que la provinciana Connie también sabía disponer una linda mesa.
Aquella primera comida tenía que ser un triunfo culinario y artístico, debajo del antiguo laurel indio de la terraza, delante del comedor, en una mesa de hierro y mármol, también antiquísima, en la que sólo cabían cuatro personas, con un mantel y servilletas de organdí rosa, un inmenso jarro con sang de boeuf con una armada de camelias y las copas ventrudas venecianas, tan delicadas que sólo cuatro habían sobrevivido al traslado a México. La comida era regional, más no típica: cuatro centollos perfectamente partidos, el cabrito asado, arroz blanco con frijoles negros, espárragos frescos de la huerta de Connie, cuatro bandejitas de cristal conteniendo un cogollo de lechuga Bibb y la ensalada de mango, secreto de Delfina.
Ahora, la comida completa debería trasladarse al comedor, grande y resonante, con su larga mesa de refectorio y las butacas de alto respaldo, estilo español. Habría que aumentar los cuatro centollos con salsa mayonesa, apio y alcaparras (¿había alcaparras?), sirviéndolos en cinco raciones poco apetitosas en… algo. Asimismo, presentaba problemas el asunto de los cuatro cogollos de lechuga, producto de la temporada.
—Eh, Julio, lleve, por favor, los manteles y la vajilla al comedor.
Un amplio gesto volcó una de las copas venecianas. Y ya no hubo más que tres.
No, el almuerzo tampoco salió bien. Los cuatro amigos estaban demasiado bebidos para disfrutar con la comida, y eran demasiado corteses para hablar de cosas interesantes para ellos, ocupados al mismo tiempo en buscar desesperadamente algún tema, por banal que fuese, que le interesase también a su invitado por obligación, el joven señor Jones. No había ninguno. El señor Jones rechazó el centollo (su ración) explicando que el pescado le descomponía. También rechazó la sangría que Julio había preparado, pidiendo cerveza. Todo lo demás, lo devoró ansiosamente.
Después, en la biblioteca («¡Jor, vaya colección de papelotes!»), declinó una tacita de café colombiano y pidió una taza grande, «con mucho, mucho leche y azúcar». Eran las seis cuando dijo que debía marcharse.
Como los zagueros del equipo de Yale, los cuatro se colocaron hombro a hombro en la puerta principal como para proteger la mansión. Por fin, el joven señor Jones estuvo fuera.
—Supongo que tendré que coger un taxi, y desde aquí… Bueno, lo puedo llamar —insinuó.
—Nada de eso —se ofreció Connie—. A Julio le encantará acompañarle a su casa.
¿A qué sufrir la espera de los quince o veinte minutos que un taxi tardaría en llegar gruñendo desde Cuernavaca?
—¿En este cacharro? —señaló Davey, muy alegre el semblante, indicando el coche deportivo de los Thorndyke, estacionado a pocos pasos de la entrada.
—Hum. Creo que Julio prefiere conducir el jeep —opinó Peter.
—¡Y aquí está ya! —exclamó Connie.
Sabía que había gritado de nuevo y que sus rodillas le temblaban, ahora de alivio. Bueno, sólo quedaban por espetarle un par de frases amables al joven torpón, y desaparecería de sus vidas para siempre.
—Oh, ha sido encantador conocerle… Y si desea utilizar nuestra piscina, será bien recibido a… —sintió el codazo de Peter en las costillas—. Ejem… bueno, adiós.
—Chao! —se despidió el joven.
Luego, desapareció en el jeep.
—¡Dios mío! —gritó Connie, entrando en la casa—. ¿Habéis visto alguna vez un tipo semejante a ese Davey Jones?
—Es muy joven —le disculpó Peter.
—Diecinueve o veinte años, no más —calculó Hal.
—Entonces, ¿por qué no aguardó unos años más, digamos cincuenta, en venir a visitarnos? ¡Abominable tío Sterling!
—Tiene un aspecto formidable —alabó Peter—. Bien, ¿quién desea un trago, una siesta o ambas cosas?
—Yo —proclamó Connie—. Y ambas cosas en grande.
No, la cosa no había salido bien.

—Bueno, ¿qué tal fue? —inquirió la señora Mendoza.
—¿Eh? Oh, pistonudo. Y vaya choza… De clase.
—¿Cómo dijiste que se llaman, cariño?
—Beale.
—Hum… Nuevos. No los conozco.
Era como si a la duquesa de Alba le preguntaran si solía comer con su basurero. Dorcas Mendoza conocía a muy pocas personas actualmente en Cuernavaca, y aún menos la conocían a ella; sólo los miembros muy viejos de la colonia extranjera que, cuando Dorcas aparecía en la plaza de la población, se alejaban tan de prisa como se lo permitían los bastones, muletas y coches de ruedas. Para ellos, la mujer era, y siempre lo había sido, una mala noticia. Decían que Dorcas se había transformado en más mexicana que los mexicanos, cosa que éstos negaban con indignación.
Dorcas llegó a Cuernavaca durante la Segunda Guerra Mundial, con el aspecto de una Dorothy Lamour. De Filadelfia, dijo. Su madre era una Morris, dijo. No resultó convincente. La mera ausencia de Dorcas del hotel donde se hospedaba era suficiente para que las damas norteamericanas de Cuernavaca se llevaran a sus maridos, padres, hermanos, hijos y sobrinos y se refugiasen tras la seguridad de las verjas de hierro o las altas tapias de sus casas. Durante los años cuarenta, Dorcas tuvo fama de pantalonera (en el sentido de buscar los pantalones, no de confeccionarlos). En la actualidad, los llevaba ella, muy largos, de algodón y con un siete detrás que dejaba entrever la ropa interior de rayón rosa.
En su calidad de casi una Morris, Dorcas dominó temerosamente a los mexicanos. Ahora, como una Mendoza, aún dominaba más a los norteamericanos. Cierto, Mendoza era un distinguido apellido español, aunque algunos de los que lo ostentaban no fuesen dignos del mismo. El señor Mendoza (ahora llamado y recordado como «don Sebastián), condujo en su taxi a Dorcas desde Cuernavaca a Tepoztlán, y las oleadas del perfume de la mujer le volvieron loco. Aparcó apresuradamente el «DeSoto» a un lado de la carretera, trepó al asiento posterior y la tumbó rápidamente en tanto el contador iba marcando sin cesar.
Una vez recobrada de la sorpresa y tras haber proclamado que era una Morris y estaba deshonrada, Dorcas consideró la situación. Luego, con un revoltijo de sandalias y medias Queen's Lace, y claro está, la liberación de sus pantalones y su ropa interior, Dorcas pasó al asiento del conductor y le devolvió sus cumplidos lo mejor que pudo, considerando el cambio de marchas, en tanto el taxi iba ascendiendo por la carretera de manera poco segura. Los grandes amores de esta clase son cosa del Destino.
De modo que se casaron. Dorcas, a causa de las hazañas sexuales de Sebastián, y éste a causa del fondo fiduciario de Dorcas. Los dos quedaron amargamente defraudados. Sebastián prefiría repartir sus favores entre muchas. El capital de Dorcas era muy magro, y pagado a pequeños plazos mensuales. Pronto se vio claro que la diosa del norte de Sebastián no poseía ni la mitad de la virtud de cualquier prostituta de la región y que el machote de Dorcas no era, a lo sumo, más que un capado. Fue un matrimonio corto, hecho a base de insultos y vajilla rota, nudillos amoratados y ojos ennegrecidos. Al cabo de un año, identificaron los restos de Sebastián, con una bala en medio, y la viuda Mendoza exhaló un hondo suspiro de alivio. Una vez enterrado, él se convirtió en don Sebastián de Mendoza y Mendoza, y volvió a ostentar su condición original de perfecto esposo y amante.
Económicamente, le resultó mejor a la señora Mendoza ser una heredera norteamericana en Cuernavaca que la aristócrata española en Filadelfia. Con el aumento de los precios, el capital apenas le bastaba para comprar sus cigarrillos Delicados, ron barato, ropa interior y una coyunda semanal con un joven, encargado de un aparcamiento, de proporciones increíbles.
Como estabilización de su escaso poder adquisitivo, inauguró Casa Dorcas —«Estables y transeúntes»—, en una casita que no era nueva ni vieja, sino sólo decaída.
—No acepto a un cualquiera —aseguró Dorcas para explicar sus habitaciones vacías.
Sólo tenía tres. Con un baño. Por el momento, Casa Dorcas se hallaba milagrosamente llena; llena por una respetada pareja de amantes de LAansas, que se llamaban uno al otro «mamá» y «papá», y se consideraban «Ciudadanos»; por una pareja de sucios hippies que estaban aprendiendo español («Y comunismo», añadía Dorcas) en el CIDOC; y por Davey Jones. Las habitaciones eran espantosas y las comidas mucho peor. Pero era la pensión más barata de la población.
—Beale, ¿eh? Es posible que tengan algo que ver con los Bryn Mawr Beale, aunque tal vez no. Por aquí hay muchos nuevos ricos.
Dorcas estaba más vieja, más pobre y mucho más gorda,
pero no más modesta. Sólo había que escoger un nombre, cualquiera, y Dorcas lo denigraba. ¿El Presidente de México? «Limpiaba zapatos hasta que yo le eché una mano.» ¿La reina de Inglaterra? «¡Cariño, si era camarera!»
Algunas personas, muy pocas, faltas de experiencia como Davey, la creían. Este desdén de la grandeza le ocasionaba a Dorcas un poco de compañía colorista en sus desdichadas circunstancias.
—¿Un trago, cariño?
Dorcas levantó sus enormes posaderas del diván cubierto con un sarape del estudio, mezcló dos raciones de ron con cerveza de gengibre y anotó una señal en la mesita de ruedas que estaba junto al teléfono. Davey aún lo ignoraba, pero la generosidad de Dorcas aparecía en la cuenta semanal a diez pesos la convidada.
—No lo sé —replicó Davey—, pero tienen un castillo. Muy viejo. De clase.
Davey se repetía mucho.
—Hum… Algunas personas piensan que sólo necesitan dinero para comprar la herencia, la tradición… y todo eso —hizo un gesto abarcando toda la salita.
«Todo eso» consistía en el diván, un par de sillas Belter tapizadas (por Dorcas) en plástico rameado, una cómoda Chippendale de Filadelfia, dos sillones de serie y una mesita de centro adornada con un chal de rayón español y sus descoloridas flores de papel en un jarro. Sobre el diván colgaba un estudio de un torero pintado sobre terciopelo. (Dorcas había conocido íntimamente al modelo. Era sólo sentimentalismo.) «Todo eso» estaba iluminado por la luz ambigua de una lámpara de ámbar colgada del agrietado techo.
Dorcas se acarició su pelo negro y le sonrió a Davey. Sólo un crío. Un don nadie. Pero muy guapo. ¡Estupendo! Más limpio que los dos hippies, y más joven que el Ciudadano. A Dorcas le gustaban los jóvenes. ¿Por qué no había de apreciar una visita suya a su dormitorio aquella noche, la visita de una dama de mundo, con experiencia?
—Cariño, creo que esta noche cenaremos los dos solos.
Cogiendo su vaso con ambas manos, sonrió y miró seductoramente a Davey, por encima del borde de vidrio, manchado con lápiz de labios.

En el monasterio todo estaba en calma, todo era brillante. La cena chic (sopa de tortuga, ensalada, queso, soufflé de vainilla y champán), que debía servirse en bandejas delante de la chimenea del estudio de Peter, quedó aplazada. En su lugar, los Beale y los Thorndyke, despeinados y medio borrachos aún, despertaron de la siesta a medianoche y se tambalearon hacia la cocina donde tomaron unos huevos revueltos y charlaron hasta las tres de la madrugada.
No hay nada que una tanto a las personas como un aburrimiento ausente. ¡Qué bien lo pasaron hablando y criticando a Davey Jones! Lo imitaron, citaron sus «agudas» frases, y lo describieron una y otra vez. En aquella ocasión, Davey proporcionó más tema de conversación que una visita sorpresa de Platón, Leonardo da Vinci y George Bernard Shaw, subiendo todos por la colina en el mismo taxi. Davey fue su broma privada. Y casi lamentaban no volver a verle nunca más.

Al día siguiente todo volvió a su cauce. Hubo popovers en el desayuno como, en días subsiguientes, habría brioches, croissants y buñuelos ingleses hechos en casa. A las diez, Connie se fue con el coche a la droguería de la calle Dwight Morrow a comprar quince o veinte artículos que necesitaba para su pintura mural. Jane interpretó al piano unas piezas de Chopin para entrar en calor y una obra lenta de Debussy para enfriarse. Desnudo, Hal hizo prácticas de contracción ventral y estomacal delante del gran espejo de su cuarto de baño. Peter estuvo en su estudio y llegó a teclear «Capítulo Primero», en la primera cuartilla de su magna obra.
A mediodía los cuatro amigos se dedicaron a realizar los bocetos preliminares del mural. Hal, con su pipa en la boca, sentóse desnudo en un taburete de cocina (su concha del mural), con el estómago constreñido cuando se acordaba de ello, con los pies arqueados, y la marca de nacimiento y la cicatriz de la hernia escondidas bajo las capas de tul que descendían en forma de cascada de un árbol de goma sobre su cabeza. En una mano sostenía un rastrillo a guisa de tridente. En su cabeza, una corona de cartón sostenía una peluca hecha con virutas de madera. (Connie aseguró que podía pintar la barba. Sólo deseaba conseguir una «sensación Botticelli-Miguel Ángel» para la caída del cabello.) Jane descansaba en una silla de lona, eligiendo ilustraciones de conchas indígenas del mar Egeo, de un volumen titulado Placeres y Tesoros. Peter, cansado de su labor como escritor, estaba sentado en el alféizar de la ventana de su estudio, con las piernas colgando, dejando oír rudos comentarios. Los criados susurraban entre sí, sonriendo maliciosamente.
A la una, Julio anunció la segunda visita de Davey Jones. El joven apareció en la terraza, más guapo que nunca, con un bañador enrollado en la mano. Los cuatro amigos se quedaron mudos, aunque no por mucho tiempo.
—Señor Jones —le espetó Connie con firmeza—, lamento que haya venido sin avisarnos. Por desgracia, estamos invitados a comer con una condiscípula nuestra de Vassar en el Rancho Tétela —lo cual era verdad, pues Connie había aceptado el convite por teléfono la semana anterior. Pero se consideraba una mentirosa—. Si al menos hubiese telefoneado antes…
—Ustedes no me dieron el número y apenas conozco el mexicano… Oh, no sé buscar en la guía.
Connie sentíase como una bestia, como la propia «señora Danvers» empujando a un desconocido por la puerta de servicio.
—Bueno, si no le importa quedarse solo. Mire, nade cuanto guste. María de la Luz o Julio le darán un bocadillo o algo de comer. Y cuando quiera se marcha. Allí están los vestuarios. Y ahora si nos perdona…
—Claro, no se preocupen por mí.
Una vez el vestuario cerrado a espaldas de Davey, los Beale y los Thorndyke huyeron a la seguridad de sus dormitorios, de sus duchas, de sus pantalones y demás prendas de vestir.
—¡Lady Liberalidad! —recriminó Peter a su mujer, mientras se peinaba su mojado cabello con un par de cepillos de carey.
—¿Qué podía hacer, querido? ¿Llamar a Eloísa y preguntarle si podíamos llevar a su casa a ese bobo a almorzar? Oh, déjame que te ayude. Por la nuca te queda el pelo tieso como un…
—¿Cómo un qué? —sonrió Peter, acariciando el trasero de Connie.
—No seas vulgar, querido. Además, ahora no tenemos tiempo. Estáte quieto. Bien, esto le enseñará a no presentarse de improviso. Ya está.
Besó la nuca de Peter.
—¡Oh, Dios mío —exclamó él, asomado a la ventana—, está en lo alto del acueducto! Se romperá el cuello.
—¡Estupendo! —aprobó Connie, mirando también—. Hum… Tiene un cuerpo perfecto, como el verdadero David.
—¿Lista? —preguntóle Peter. Luego, gritó a los Thorndyke—. ¡Vamonos!

Aunque con fama de jardín delicioso y como población deportiva para ricos, Cuernavaca es una ciudad tremendamente fea, con sus malolientes calles llenas de hoyos, de perros vagabundos, de mendigos y de basura. Es una población vieja, sin ser pintoresca. Un turista puede visitar lo más notable en pocos minutos: la catedral, el zócalo, el palacio de Hernán Cortés, medio arruinado, con algunos murales de Ribera; y los Jardines Borda, llenos de cizaña y restos de comida. Todo lo bello, interesante o divertido está escondido detrás de las tapias de los hogares de los mexicanos ricos y los residentes extranjeros. Son éstos quienes han dado, con sus casas, piscinas y jardines su reputación a la ciudad. Si uno no los conoce, nunca conoce a Cuernavaca. Es más prudente pasar el tiempo y gastar el dinero en la ciudad de México, Acapulco o Veracruz, donde la vida es más pública, donde hay mucho que ver y que hacer.
Davey, cuya ignorancia de muchos asuntos era prodigiosa, descubrió todo esto en menos de un día. Podía estar sentado en una atestada terraza de café, tomando cerveza, durante varias horas, pero nadie le dirigía la palabra, excepto el camarero o los inseparables vendedores de collares, cestitos y pinturas en corcho, chicles y billetes de lotería. No captaba ninguna conversación casual en las mesas contiguas. Nadie se interesaba por el guapo desconocido. Todos estaban demasiado ocupados en sí mismos. El boleto de admisión de Davey a Cuernavaca era la carta para los señores Beale, firmada por Sterling Beale, a quien apenas recordaba. Sus únicas relaciones en la población, esto aparte, eran la señora Mendoza y los extraños huéspedes de la tosca Casa Dorca. ¡No, gracias!
Especialmente después de la noche anterior en que la señora Mendoza se había metido en su habitación (no había forma de cerrar la puerta del dormitorio por dentro), y se acostó con él. ¡Dios mío, era mucho más peluda de lo que parecía! (Dorcas, al intentar parecer más mexicana que norteamericana, había abandonado el uso de depilarse; el resultado eran unas extremidades como las de un sabueso afgano y una serie de mechones que surgían de sus sobacos. Esto era sexy, afirmaba ella.)
Su primer acoplamiento salvaje —y el último, si Davey podía evitarlo—, no fue muy grato. Davey quedóse como atontado ante la feroz agresión de Dorcas; revulsionado por sus colgantes pechos, por el abrazo de tijera de sus peludos muslos; escandalizado por su lenguaje cuando cercana al climax nunca logró alcanzarlo. Y además, Dorcas le había enmarañado el cabello. También Dorcas sintióse defraudada. El muchacho se mostró tan pasivo, tan quieto, tan ausente. Dorcas prefería los ejercicios gimnásticos del encargado del aparcamiento, de don Sebastián (antes del matrimonio), y de los miles o más o menos mexicanos, toreros, conductores de autobús y camiones y muchachos que se le habían subido encima en los años transcurridos desde su viudez, con sus gruñidos, sus llantos y sus estranguladas llamadas a la madre, a Dios, a Jesús y a María. Dorcas suponía que volvía locos a los hombres… ¿Y quién podía impedirlo? Bien, no volvería a intentar nada con ese joven. Era demasiado tímido.
Por la mañana, Dorcas se mostró de nuevo como una gran dama. Los hippies habían volado a su clase de español, los Ciudadanos estuvieron discutiendo la adquisición de una casita («LAansas ya es demasiado frío para mamá y para mí»), y cuando Davey regresó a su cuarto halló a la criada limpiándolo todo. Cuando entró en la salita, halló a Dorcas tumbada con ostentación en su diván, leyendo las notas de sociedad de El Heraldo y diciendo que las personas allí citadas no eran nadie, ¡nadie! Davey salió a lo que Dorcas llamaba «mi jardín». Era un patio caldeado lleno de arena donde se encontraban los depósitos del gas, el agua caliente, un cubo de basura, un almendro moribundo y una butaca rota. Las ropas interiores de Dorcas estaban colgando y chorreando desde una cuerda para extender la ropa. Debajo, la perra preñada de la pensión dormitaba, espantándose las moscas y lamiéndose sus hinchadas tetas. Incluso esta dudosa soledad duró poco. Poco después, Dorcas, a la que sólo faltaba una flor entre los dientes, se asomó a la ventana de su dormitorio.
—Cariño, ¿tienes algún plan para hoy?
¿Le había guiñado un ojo?
—Hum… Iré a… casa de los Beale.
—¿Otra vez?
—Dijeron que podía nadar en su piscina.
—¿Y subirás hasta allí? Yo podría llevarte a dos docenas de mansiones más cercanas con bellísimas piscinas.
Dorcas se refería a las casas de la Vieja Guardia, cuyas puertas jamás se le habían abierto.
—Bueno, iré a coger el bañador.
—Oh, a propósito, cariño, encontrarás la cuenta en el tocador, si quieres abonarla antes de irte. Yo siempre presento las cuentas los sábados.
—Pues… yo… hum… antes tengo que cobrar un cheque de viaje.
—Está bien, cariño. Oh, y si esa gente intenta situarse en Cuernavaca gracias a mí, diles que lo olviden.
Si tenía que estar todo el día sentado en la plaza, Davey estaba decidido a huir de aquella mujer y de su casa. Además, ¿no le habían ofrecido los Beale su piscina?

Davey todavía estaba tomando el sol en lo alto del acueducto cuando los Beale y los Thorndyke volvieron del almuerzo. Mudo como siempre, se reunió con ellos para nadar y tomar un trago junto a la piscina. Davey manifestó la completa decisión de quedarse largo tiempo.
Esta vez fue Peter el que se mostró firme.
—Me encantaría invitarle a cenar, pero no puedo. Connie ha invitado a otras dos parejas y…
—Oh, corte el rollo —le interrumpió Davey.
—¿Quiere que llame un taxi mientras se viste?
—Iré a pata.
—¡Hasta la ciudad! —gritó Connie—. Julio podría…
—Julio está ocupado —la cortó Peter—. Lo llevaré yo. Además, he de comprar más coñac —luego añadió en voz alta y firme—. ¡Cuando guste!
—Ahora —se limitó a contestar Davey.
Antes de llegar al vestuario, empezó a quitarse perezosamente el bañador.

—¿Cómo te deshiciste al fin de él? —quiso saber Connie—. Súbeme la cremallera. Es tarde y los Wright siempre son puntuales.
—Bueno, es un chico muy espeso de cerebro, pero creo que me entendió. Le dije que Hal y Jane eran nuestros amigos más antiguos y que teníamos mucho en común y mucho de qué hablar. Cosas de carácter personal. Y él contestó: «¡Oh, fantástico!» Luego añadí que te habían comisionado para pintar ese mural lo antes posible…
—¿Comisionada yo para pintar el mural? ¡Esto sí que es bueno!
—Le expliqué que yo estaba muy ocupado con un libro y que Hal estaba aquí para ayudarme. Me respondió… ah, no te lo creerás. Me respondió: «¿Cómo puede una persona ayudar a otra a leer un libro?»
—Estás bromeando, claro.
—No, de veras. Le expliqué que estaba escribiendo un libro. Le dije que un sitio como Cuernavaca ha de ser muy aburrido para un muchacho de su edad y que se divertiría mucho más en una ciudad tan alegre como Acapulco.
—¿Ese agujero?
—Caramba, no me importa adonde vaya con tal de que no venga aquí. No me gustó nada ese gesto de «bésame-el-tra-sero» durante su gran retirada.
—¿Gesto de qué?
—Tú lo viste.
—No noté nada.
—Tanto mejor. ¡Maldito insolente!
—Querido, ¿no querrás decir indolente? Para ser insolente hay que tener mucho más seso del que Davey llegue a tener en toda su vida.
—De forma que cuando llegamos a la pensión donde vive ese bobo, nos estrechamos las manos, le aseguré que me había encantado vivamente conocerle, le deseé bon voyage y nos despedimos. Supongo que éste es el final. Bueno, que no volveremos a verle.
Connie le besó.
—¡Peter querido, eres un genio!

Lo maravilloso de recibir a los amigos, cuando son tan íntimos como los Thorndyke, es que no hay que divertirles, pensó Connie. Estar juntos ya era divertido, aunque no obligatorio. Si alguien deseaba hacer algo, simplemente lo hacía. Sin preguntas, sin explicaciones. Ésta es la verdadera amistad.
Era domingo. Los sirvientes ya se habían marchado. Los Thorndykes se habían ido a la misa panamericana de la catedral. Hal, porque le gustaban las iglesias activas y dormidas; Jane, porque le seducía la música de los mariachis. Peter les había acompañado en el coche porque tenía que comprar un cartón de cigarrillos. Peter siempre bajaba a la ciudad a buscar algo esencial, como el coñac del día anterior, un tubo de pasta de dientes, una botella de fluido para su encendedor, una bombilla. Con ocho personas haciendo rondas de coñac la noche anterior, a Peter no se le había ocurrido, para ahorrar tiempo y dinero, comprar una caja entera. ¿No son las mujeres las que compran sólo los objetos de uno en uno o de dos en dos, mientras los hombres lo hacen por docenas, cajas o gruesas? Era una suerte que Connie ordenara casi todos los pedidos, de lo contrario no habría habido en la casa ni un rollo extra de papel higiénico. Oh, bien, así era Peter, que perdía una hora en el estanco, en lugar de ocuparse de Sir Cosmo Mulligan. Afortunadamente, ignoraba que en México era posible adquirir los cigarrillos por unidades sueltas, como los huevos o las aspirinas, de lo contrario nunca hubiera comprado un paquete de una sola vez.
Connie estaba contenta de su soledad. Sola, podía ejecutar todas las partes antisociales del mural, como trazar con tiza las figuras mayores, indicando toscamente las rocas, las conchas y los corales sin tener que dar explicaciones de lo que hacía. La taquigrafía privada del pintor. Julio ya había pintado la pared trasera de color verde mar. («No, Jane, no durará ese color actual. La primera capa sólo ahorra unas diez horas de trabajo y diez mil brochazos. De modo que finjo ser el Tiziano y que Julio es uno de mis aprendices, y cállate ya, querida.») Con una cajita de quesos llena de tizas, metida en el cinturón de sus téjanos, Connie trabajó rápidamente y con gran seguridad, indicando los claros y las sombras, las extrañas torsiones y los escorzos de las figuras que nadaban bajo el agua. Las cabelleras y las ropas que rozaban la superficie del agua. De vez en cuando retrocedía para echar una mirada al efecto general, borraba lo que no le gustaba con una esponja mojada, anotaba indicaciones en la pared («irisd.» y «fosfores.»), y planeaba toques cómicos que sólo resultasen evidentes después de contemplar varias veces el mural. Todo salía bien y de prisa sin nadie que interrumpiese su labor. Connie se sorprendió al darse cuenta de que estaba silbando una conocida melodía mexicana: «Guadalajara». El eco de su voz en la piedra hueca y el yeso la sorprendió. Tendría que hacer algo para remediarlo. Tal vez colocar una red de pesca, o teñir las ropas de Neptuno y colgarlas rectas como cortinas para que absorbieran el sonido, y que los insectos no se acercaran al muro. Tal vez. Una alfombra tampoco iría mal. O un tapiz.
Connie volvió a retroceder. ¡Listo! Todo lo importante quedaba indicado. Resultaría algo estupendo. Pero no era bastante alto. El mural sólo llegaba al nivel de los ojos. Una escalera. ¿Dónde diablos guardaría una escalera?
Connie dio media vuelta. Davey Jones estaba justo detrás de ella, con el bañador en la mano.
—¡Oh! —el respingo de Connie fue tan agudo y la contracción de su estómago tan violenta que la cajita con las tizas salió del cinturón y cayó al suelo. Luego, continuó—: ¡Dios mío, me ha asustado usted! ¿Cómo está usted aquí?
—La he estado observando desde hace un buen rato —confesó Davey—. He tocado el timbre dos o tres veces, y nadie ha contestado. De modo que empujé la puerta y…
Connie estaba ahora tan enfadada como antes asustada.
—Hoy es domingo. Los criados están fuera. Todo el mundo se ha ido. Los Thorndyke están en la iglesia y mi marido les acompañó.
—¿Estaba dibujando algo?
—Ya lo ve, ¿no?
—Oh, sí, el morral…
—Mural.
—Sí, bueno. Petey me lo contó.
¿Petey? ¡Vaya cara!
—Mr. Jones. Me gustaría que telefonease usted antes de… bien, de irrumpir aquí de esta forma. De haber llamado, le habría contestado que hoy no recibíamos… —¿Recibir? Diablo, parezco una condesa al menos—. Le habría dicho que los domingos aquí no hay nadie, y usted se habría ahorrado la molestia de subir hasta aquí.
—Oh, ninguna molestia. Tomé un taxi.
—¿Y le está aguardando? Porque si es…
—Pensé que podría ducharme. O nadar un poco. Bueno, en casa de Dorcas… de la señora Mendoza, han cortado el agua. Es una casa muy vieja. Oh, no como esta chabola.
Connie no se sentía responsable de la elección hecha por Davey de su alojamiento. Por otra parte, con seis cuartos de baño relucientes, tampoco quería fomentar otra revolución por cerrarle las puertas de su palacio, dejando que una persona se marchara sin ducharse al menos.
—De acuerdo, dúchese, si gusta. En el vestuario de los caballeros hay toallas y todo lo necesario. Pero después…
—¡Fabuloso! Una ducha, un baño rápido y me esfumaré. No tardaré ni un minuto.
Silbando Guaddajara, Davey desapareció en el vestuario.
Temblando, Connie se arrodilló para recoger las tizas rotas y los fragmentos de la caja. Se asombró al descubrir que estaba llorando.

Cuando regresaron los demás de escuchar a los mariachis, unas dos horas más tarde, irrumpieron como una tromba de incontrolable júbilo y de pronto quedaron estupefactos al encontrar a Davey chapoteando alegremente en la piscina. (Cierto, se habían parado para tomar dos o tres rondas de Bloody Marys.) De repente, el lado cómico de la situación asaltó a Connie. Se asió el estómago y empezó a balancearse, riendo a carcajadas; rió hasta que las lágrimas descendieron por entre los manchones de tiza de sus mejillas; rió hasta que se cayó de la silla; rió hasta que tuvieron que palmearle la espalda; rió hasta que Jane se la llevó a una ducha, le dio luego una copa de coñac y la obligó a cambiarse de ropas. Davey, que no veía la diversión por parte alguna, se limitó a sonreír.
Brusca y mordaz como era Jane, nunca conseguía disimular su buen corazón. A Jane le interesaba la gente que la rodeaba. Connie era una de esas personas. Y reconoció en su amiga los síntomas del pánico. Eran los mismos síntomas que sufría en cada examen de Vassar, como los que padeció en la víspera de su boda con Peter, cuando se enteró de que no vivirían solos sino con el señor Beale.
—Cállate ya, maldita, o te zurraré —exclamó Jane amablemente—. Vamos, tómate esto. Luego, mete el culo en la ducha y no vuelvas a pensar más en ese Huclaleberry Finn[6]. Yo me ocuparé de él.

Naturalmente, Davey se quedó a almorzar. La comida se sirvió donde la habían preparado: en la cocina. Incluso Davey comprendió que la cocina del monasterio era… bueno… de más clase que la mayoría de los comedores de los ricachones. Hal, rellenó su pipa, y preparó más Bloody Marys. Jane condimentó la ensalada «César». Peter dispuso los bistecs a la tártara, mientras Connie guisó la sopa de coles que tenía en la inmensa nevera. Delfina también había dejado allí un pastel LAalua. Davey afirmó que la comida habría sido fabulosa si la sopa no hubiera estado tan caliente y la carne más cocida; pero el postre había sido «fabuloso». Connie empezó a reír de forma tan histérica que Jane tuvo que sacarla de allí.
—Cállate, Con. Cállate o te atizo. Y sabes que hablo en serio. Duerme o haz lo que quieras y déjame con él.
Tendida en la cama de su dormitorio a oscuras, Connie decidió que Jane probablemente era la persona más indicada para lidiar al joven intruso. Ella misma sentíase derrotada. Peter era muy bueno en sus asuntos, como los Sindicatos, los contratos y los formularios del gobierno, pero con la gente era un tipo imposible. Temía herir los sentimientos de los demás. Peter ni siquiera había podido tratar con su padre. En cuanto a Hal, era famoso por su modo de contender con la juventud, mas solía llevar tan lejos el poder de sus palabras, el sonido de su propia voz, que un «¡Largúese!» se convertiría en un sermón de dos horas que, con los ojos vidriosos, resistiría Davey hasta el final. Sí, Jane era la única que podía ocuparse de Davey.
Jane podía ser brusca y mordaz. Pero también analítica. Le gustaba tener ante sí los hechos antes de dar ningún paso decisivo. A pesar de su apariencia, Davey era exactamente esa clase de individuo amorfo que Jane tanto odiaba. Pero también era leal a Connie. Con la sonrisa de una piraña, Jane intentó mostrarse cálida, invitadora. Como una madre judía… hizo entrar a Davey a la biblioteca. Primero había que encontrar lo que hacía sonar a esa basura, se dijo; después le daría cuerda y lo enviaría a Cuernavaca para siempre. Jane era una cazadora, un aguijón, una sonda. Cuando recortaba los sermones de su marido, le gustaba llegar al núcleo de los mismos. Sin necesidad de tomar notas, Jane empleó con el joven toda la táctica investigadora usada en la entrevista final con los candidatos a los Premios Rosenberg. Media hora más tarde, Jane salió tambaleándose (una mujer destrozada) hacia el bar y vertió el resto de una botella de coñac en un vaso. ¿Llegar al núcleo? Era como querer llegar al núcleo de una pelota. El muchacho no tenía núcleo.
Peter volvió a llevar a Davey a la ciudad. —¿Bien, amor? —preguntó Hal, entrando en la cocina. Jane acababa de quemarse la muñeca con la tetera humeante.
—¡Oh, cállate! —Hum… ¿Haces té?
—Sí. Té para dos[7]. Té para Connie y té para Jane. Es el Día de las Damas en el estudio. Sin hombres. Vamos, escribe otro sermón contra la Administración o lo que sea. Pero antes busca una botella de ron.
El estudio era la estancia donde en otros tiempos los monjes se tonsuraban unos a otros y se mortificaban una vez al mes. Un enorme ventanal había sido abierto en la pared norte y daba a la pista de tenis. Una estufa Franlalin llameaba alegremente en un rincón, y el decorado en conjunto resultaba demasiado ecléctico, demasiado digno de La vie de Bohéme para el gusto de Connie, aunque estaba segura de que Jane lo aprobaría Jane lo aprobó.
—¿Bien? —suspiró Connie.
—Ese chico me puede. No he logrado ahondar en él porque no tiene ningún fondo.
—Pero, Jane, ¿qué es lo qué quiere?
Como mucha gente rica, Jane sospechaba una amistad interesada de los menos ricos. Había aprendido en la vida que sus ojos negros y aterciopelados, su cabello negro satinado, por muy encantadores que fuesen, tenían para muchos menos atractivo que la fortuna de su familia.
—Honradamente, no lo sé. Tal vez sólo esto.
—¿Esto… qué?
—Esto. Esta casa perfecta con agua caliente y fría, con criados, con piscina, con comida, con licores… Son cosas que atraen a los jóvenes.
—Pero Jane, él sería mucho más feliz con mantequilla sobre pan negro. Quiero decir que es un ignorante, un obtuso y… y muy vulgar. Mira, me siento muy snob al juzgarle así…
—No, es la verdad. Es vulgar. Y no pretende ser otra cosa. Una cosa diré en su favor. Tiene veinte años. Dos años en el Instituto, donde fue un alumno menos que un estudiante mediocre. Su madre es una «mujercita».
—Tampoco él es exactamente un gigante. Buena constitución, pero…
—No decía esto. Es una mujercita colocada en el rincón. Confecciona pantalones. Costurera, ¿sabes? Divorciada. El padre se volvió a casar. Trabaja en los astilleros de San Diego. Davey conoció a tu tío cuando fue a llevarle unos pantalones que su madre había cosido en una Singer.
—Oh, basta, Jane. Haces que todavía me sienta más mezquina.
—Una pérdida tonta de emociones. Davey no se lamenta de sí mismo. Se acepta tal cual es… o sea, nada.
—Pero, ¿qué ha visto en nosotros? Todos tenemos al menos diez años más que él. Debemos parecerle viejos. No tenemos nada en común. Difícilmente hablamos el mismo lenguaje.
—Creo que ve un mundo que él no ha hecho ni hará nunca. Si tío Sterling le hubiese dado una carta para cualquier otra familia de Cuernavaca, habrían tenido el mismo problema. No creo que lo haga adrede. No tiene talento para esto. Pero no tiene dinero, odia el lugar donde está viviendo, se aburre y está solo. Vosotros, tú en particular, le habéis alargado la mano de la amistad…
—¡No es verdad! Sólo fue a causa de aquella carta tan tonta de tío Sterling y…
—Aja, pero él os toma por sus amigos y cree que esta casa encantadora y caliente es suya, y lo creerá hasta el día que se largue de esta región. Algo así como mi casa es tu casa[8].
—¡Basta, Jane! Me haces sentir horrorosa. ¡El pobre tonto!

Connie estaba en la cama fingiendo releer Los Médicis cuando regresó Peter.
—Dios mío, ¿dónde estuviste?
—Llevé al chico a su casa.
—¿Hasta California? Son más de las once.
—¿Tan tarde? No me di cuenta. Nos detuvimos en el Bar Cuernavaca y le invité a un par de cervezas.
—¿Durante seis horas?
—Intenté averiguar qué le chincha para que nos chinche él a nosotros.
—¿Y lo conseguiste?
—No. Es un chico decente, pero muy corto de mollera. Quiero decir que todo eso, como sus ganas de estudiar arqueología… perdona, arque-eulogía; ni siquiera sabe pronunciarlo, ni sabe qué es. Apenas pasó por el Instituto y no obstante dice que «desea realizar una labor personal, como relaciones públicas». Y siempre añade «o algo así». Ese pobre chico vive en un mundo de ensueños. No sabe qué quiere.
—¿Lo sabías tú a los veinte años?
—Yo sabía lo que tenía que hacer, o sea trabajar para papá en Gráficas Beale.
—No tenías por qué hacerlo, cariño.
—Era mi deber si quería comprarle cosas bonitas a mi hermosa mujercita. Ese chico no posee en su cabeza el suficiente sentido común para pensar de este modo. Es un vagabundo mental. Ha tenido diez empleos en dos años. Ya sabes: apilar latas en un supermercado; servir sodas; botones de oficina; mozo de gasolinera; extra de cine… una sola vez. Cuando no se ocupa en estas cosas, vive del seguro de desempleo o gracias a su madre.
—¿La sastresa de tío Sterling?
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Peter con tono casi agudo.
—Se lo contó a Jane y Jane me lo contó a mí.
—Ni siquiera sé por qué está en México. Ciertamente, no pretende sacar nada de aquí.
—Excepto una carga de comestibles. De aquí.
Peter se aflojó el pañuelo de seda escarlata de su garganta y empezó a desabrocharse la camisa.
—Puede que esté tratando de evitar el servicio militar. Este clima es mejor que el de Canadá. Pero no creo que pertenezca a ese tipo de hombres. Ya sabes: cabellos largos, viajes ácidos[9], quemas de banderas… y abajo con todo.
—Sería más interesante si fuese así. Al menos, indicaría cierto grado de mentalidad… buena o mala. Peter, creo que estás engordando un poco. Pensé que la visión del Neptuno del Reverendo Doctor sería para ti una terrible lección moral.
—Tal vez. Perderé peso en dos días. Pero la comida de este restaurante es demasiado buena.
—Davey Jones no opina lo mismo.
—Oh, él… —Peter recogió la camisa y los pantalones y se dirigió a su vestuario—. No comprendo a esta generación actual.
—¡Pobrecito! Con treinta años y ya está listo para la Seguridad Social, la medicación, el Plan para el Presupuesto de Entierros, y todo el material geriátrico.
—¿Qué decías?
Connie oía el ruido del agua que caía «nel lavabo del vestuario de Peter, y el zumbido del cepillo de dientes eléctrico.
—No era gracioso. Nada divertido.
Otro silencio. Peter salió del vestuario llevando uno de los relucientes laimonos a rayas que Connie había comprado para los dos en Una Medisirue para Todos.
—Bien —prosiguió Peter, quitándose el laimono y metiéndose rápidamente en cama—. Siento lástima por ese chico. Es tan tonto, tan perdido… Creo que me mira como una especie de padre.
—¿Un muchacho de veinte años con un padre de treinta?
—Hace que me sienta como de cien. Mañana volverá.
—Dime algo más nuevo.
—No. Le invité yo.
—¡Oh, Peter! Los Murray vienen a almorzar. Pensé que él y Hal podrían hablar de trabajo.
—Se lo dije muy claro. Que viniese a las nueve y se marchase a la una, antes del almuerzo. Tú no le verás. Estará trabajando.
—¿Trabajando? ¿En qué?
—No tiene dinero y sabe escribir a máquina. Yo necesito que alguien transcriba los Diarios de Sir Cosmo…, al menos los fragmentos más utilizables. Ese lenguaje antiguo me vuelve loco, y es tan difícil encontrar un mecanógrafo que entienda inglés en México.
—¿Y Davey sí? No me había dado cuenta.
—Claro que no estará asegurado, oh no. Le pagaré a tanto la página… estrictamente lo justo. Y si no sirve, siempre podré… —Peter dejó la frase en el aire.
—¿Qué podrás siempre?
—Despedirle.
—Quisiera saber cómo —Connie cerró el libro de golpe—. Bien, firma el cheque para el Foro Unido de la Comunidad. Ya veo —añadió, bostezando, que Davey Jones será nuestra buena obra del año. ¡Y es una causa tan valiosa!
—Con, no estarás enfadada, ¿verdad?
—Oh, no. Es que ese Davey Jones rpe pone… me pone… No lo sé. Es algo muy raro.
—En realidad no es tan… tan espectacular.
—Claro que no. Aunque es bien parecido. Bueno, yo no sé tú, pero yo estoy muerta.
—Moi aussi. Yo también. ¿Apago la luz? —Peter besó brevemente a Connie y aflojó los dos reostatos que controlaban las lámparas que flanqueaban la enorme cama de matrimonio—. Buenas noches.
—Que duermas bien.
Aquella noche, los Beale no hicieron el amor.

Davey se levantó a las siete de la mañana del lunes, se afeitó rápidamente y en silencio ante el sucio lavabo del cuarto de baño de Casa Dorcas, se peinó, dejando un mechón caído sobre la frente, se dio una aplicación de desodorante en las axilas y luego entre las piernas. Picaba bastante, de tal manera que casi llegó bailando hasta su pequeño dormitorio. Davey siempre era muy consciente cuando empezaba un nuevo empleo… al menos, los dos primeros días.
¿Qué debía ponerse? No su traje. Se vestiría al estilo de Petey y ese gatuno cura. Davey era muy adaptable. Con el desodorante casi seco, se puso unos téjanos limpios y las guarachas. Después, metió la cabeza por una camisa de seda de Tailandia con las mangas anchas que mamá le había confeccionado con la tela sobrante de otra que había hecho para Sterling Beale. A Davey le gustaba parecer hippie, pero siempre limpio y atildado. La influencia de mamá. En realidad, le gustaban las ropas (otra vez su mamá), especialmente aquellas que solían llevar los extravagantes Beale.
Estaban bien locos. Y el modo como vivían. Con tanta pasta, la casa reconstruida, ¿y qué hacían? Sentarse para pintarse desnudos; no pornos ni nada de eso, no a sus edades, sino simplemente en cueros. O escribir libros sobre un irlandés difunto del que nadie había oído hablar, y que a lo mejor era un LAennedy. Y las cosas que comían… sopa que sabía a crema helada, carne cruda, cabrito. ¡Y cómo hablaban! Era como oír hablar en mexicano o un idioma desconocido. No se les entendía nada. Aunque con toda seguridad, era posible entender muy bien a aquella putita. Jane, la del pelo corto. Ella sí conocía palabras: «esos tomates hijo de». «El arte de Mote tan Maricón», aunque él no sabía qué era Mote; probablemente, algún pintor. Casi le hacía a uno sentir el efecto del eructo al hablar así.
Davey había visto a muchos ricos; clientes del hotel Bel Air, la semana que estuvo allí de botones; la gente del club de golf, donde estuvo de caddie; incluso estrellas de la televisión, pero, exceptuando al viejo tío Sterling, no había hablado con ninguno hasta llegar a este zoo. Era un espectáculo gratuito, como algo que viese por televisión. Y ahora hasta le pagarían para alternar con ellos. Tal vez conseguiría convertirlos en personas normales. Petey era el que tenía más sentido común. Su esposa casi ninguno. ¡Loca! El corpulento Hal era una especie de cura católico, pero ¿no estaba casado con la putita de Jane? Tal vez. Davey había oído decir que los curas ya se casaban. Y con aquel corte de pelo, quizá Jane había sido monja. Escucharía con atención para averiguarlo.
Casa Dorcas aún estaba en silencio. Bien. Tal vez Davey conseguiría escurrirse fuera. No había pagado la cuenta. No podía. Por el importe de la misma, cualquiera diría que Casa Dorcas era un hotel de clase, como el Bel Air, en vez de un albergue para hippies y viejales de LAansas. Tal vez los Beale tuviesen una habitación sobrante. Pronto lo sabría.
Cuando Davey llegó a lo alto de la escalera, se abrió la puerta de un dormitorio y se asomó la señora Mendoza, con el encargado del aparcamiento. Generalmente, la mujer sólo contrataba sus servicios los sábados por la noche. Pero con la casa llena, Dorcas pensó que podía permitirse ciertos lujos y ampliar el fin de semana, contratando al joven también el domingo. Pronto cesó su estado de euforia. Madame DuBarry se convirtió en Madame de Maintenon.
—¡Eh, tú, la cuenta! ¡Ahora mismo!
—Ya dije que… He de cobrar un viaje de cheques… un cheque de viajero.
—Dámelo. Yo lo cobraré.
—Bueno, es que… es que todavía no lo tengo. Vendrá por correo. De mis viejos.
Dorcas había utilizado tantas veces el mismo truco postal con referencia a su propio cheque mensual, que no aceptaba jamás esta excusa.
—¡Cerdo!
—De veras, Dor… señora Mendoza.
—Bien, cariño, espero que llegue pronto ese correo. Porque te cerraré la habitación hasta entonces. ¿Está claro?
Le volvió la ancha espalda a Davey y se dedicó a despedir efusivamente en español al encargado del aparcamiento.
—¡Coño! —murmuró Davey, saltando por la escalera.
Durante el último curso en el Instituto, la clase de gramática inglesa estuvo destinada a La feria de las vanidades, de William Malaepeace Thaclaeray. Era un libro largo, y él lo había cerrado en la tercera página, incapaz de llegar hasta el final, cuando Beclay y su amiga Emmy (escolares) abandonaron Chiswicla Mall. Esperaba que el profe no le interrogaría sobre los demás acontecimientos. De haber continuado leyendo, Davey habría llegado a un interesante capítulo respecto a cómo era posible vivir «sin nada durante un año». Y de haber sabido Davey traducir los bonetes y los chales de Rebecca Sharpe Craeley, su carruaje, sus pequeñas cenas en su casita de la calle Curzon a sus necesidades mucho más simples, habría descubierto que Thaclaeray era el más útil de los autores. Ahora, en cambio, Davey tenía que aprender en la dura escuela de la vida.
—Tal vez consiga que Petey me adelante algo —murmuró para sí. Y en voz alta gritó—: ¡Eh, taxi!

Durante los días siguientes todo fue suave en el monasterio. Davey llegaba con más o menos puntualidad, hacia las nueve y tomaba café en el despacho de Peter, mientras los Beale y los Thorndyke se desayunaban tras las puertas cerradas de sus respectivos dormitorios.
Connie efectuaba un mínimo de llamadas telefónicas (odiaba hablar por teléfono); componía los menús y la lista de la compra con la ayuda del diccionario español; conferenciaba con Delfina, pagaba las cuentas del mercado y después bajaba para pintar.
Hal se maravillaba de lo que estaba adelgazando (había aumentado un lailo); posaba para Connie cuando ello lo requería (la figura central estaba casi terminada y a Hal casi le encantaba la clásica barba que ella le había puesto, preguntándose cuánto tiempo tardaría si se la dejaba crecer de veras, antes de parecer un hippie y empezar a parecer un patriarca). Después, dejando caer apresuradamente la toalla que ocultaba la vergüenza de su cicatriz de la hernia y la marca de nacimiento, nadaba ruidosamente dos veces la longitud de la piscina, atrevidamente desnudo «para entonar los músculos entumecidos».
—¿Qué músculos? —preguntó Jane.
Más tarde, con la pipa en la boca, ataviado por le sport et l'église, subía a su coche y se marchaba hacia la labor de Dios. La celebridad había precedido a Hal. El doctor Illich le había recibido en el CIDOC, aunque sin invitarle a pronunciar ninguna conferencia; y él estuvo sentado en una emocionante sesión de terapia de grupo con el apóstata benedictino Gregoire Lemercier. Siempre cabía la posibilidad de un almuerzo, o tal vez sólo un té, con el liberal obispo de Cuernavaca. En los círculos protestantes, fue invitado a predicar en San Miguel y Todos los Ángeles, aunque una sola ojeada a los comulgantes de la iglesia episcopaliana de Cuernavaca le convenció de la prudencia de sustituir «Consideremos el punto de vista del prójimo», por «El Señor era un hippie». El clima, la comodidad, su éxito eclesiástico, hicieron que a Hal le gustase Cuernavaca más que antes. Con el dinero de Jane y su fama, tal vez podría obtener una parroquia donde instalarse, siempre que el Reverendo Murray decidiese trasladarse a otro lugar.
Jane estaba muy ocupada. Claro que a Jane siempre le ocurría lo mismo. Después de sus ejercicios isométricos faciales y de yoga, tocaba media hora el piano unos minutos a Czerny, y después un repaso a las obras menos conocidas de los compositores más célebres: un día, rusos; otros, húngaros; y algunos, incluso alemanes o franceses. Tenía consigo, para un estudio intensivo, las obras de Oscar Lewis. que se referían a la pobreza de México; A la recherche du Temps Perdu (en francés, casi una primera edición); y un tapiz de medio por un metro, que hacía a punto de media según un dibujo de Fernand Léger. Además, Jane proyectaba cuatro almohadones para el despacho de Peter. Practicaba el español con los criados, corrigiéndoles sólo en algunas ocasiones. Complacida con el tamaño y la firmeza de los pechos que habían asombrado a Vassar diez años antes, Jane posaba, en dos posturas diferentes, como una vigorosa ninfa acuática para el mural de Connie. (Sin embargo, una de las posiciones, en la que estaba nadando, era tan pesada que se creyó mejor utilizar una fotografía con cualquier chica nadando.) Por lo demás, a Jane le gustaba sentarse y charlar con Connie mientras ésta pintaba.
Sólo Peter lo pasaba menos bien. Bañado, afeitado y vestido, lleno de fruta, café, yogur, dos Unicap, un Retalín, un ácido ascórbido y diez tabletas de levadura de cerveza, se dirigía a su estudio cada mañana a las nueve y media y cerraba la puerta. Y allí estaba Davey. Sí, allí estaba siempre Davey, aseado y mudo, ante la máquina de escribir…, aguardando.
—Hola. ¿Qué haré hoy?
—¿Hacer? Bien, continúe con lo mismo de ayer, por favor. Me refiero a las partes del Diario de Sir Cosmo señaladas en rojo.
—Oh, fabuloso.
¡Aquellos Diarios! Peter estaba seguro de que no los había leído nadie más que él, y menos que nadie los herederos del excéntrico baronet, que los habían cedido por cincuenta libras. De buena gana habrían pagado cincuenta mil para volver a tenerlos en su poder, por el buen nombre de la familia, porque los Diarios contenían una información respecto a Sir Cosmo a la que ni siquiera se había aludido en el Times de Londres.
Mucho antes del sórdido proceso de Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas, que había horrorizado a la Inglaterra victoriana, Sir Cosmo había tenido ciertas aventuras prolijamente descritas, que de haberlas comprendido la Reina Victoria, se habría tambaleado en su trono la Reina-Emperatriz. «Cometiendo travesuras» apenas servía para describir los atareados días y noches de Sir Cosmo en Irlanda, en Inglaterra, en los Reales Dragones de Malarlaey, en Oriente Medio, allí donde lograba encontrar un compañero dispuesto. Entre escandalizado y divertido, Peter había leído los Diarios con la creciente impresión de que ni él ni nadie había escrito una sola palabra sobre el verdadero Mulligan. Sir Cosmo fue uno de los más coloristas, si no dementes, tipos de todos los tiempos. ¡Fantástico! Peter estaba tan impresionado por las aventuras de Sir Cosmo que no se las había contado a nadie, ni siquiera a Connie. Y ahora el problema no consistía en desenterrar sus aventuras olvidadas, sino cómo suprimir algunos de sus fragmentos más obscenos sin estafar a los lectores. Peter no era pudoroso, pero tampoco pornográfico. Sopesando cada palabra, Peter había señalado para incluirlas en su biografía sólo aquellas anotaciones de Sir Cosmo que eran esencialmente útiles, coloristas o graciosas.
Peter no tardó mucho en averiguar que Davey Jones estaba muy lejos de ser como la señora Curtís, que había estado sentada en la antesala de su despacho, en Gráficas Beale, ejecutando transcripciones perfectas de cartas y cálculos. El trabajo de Davey era lento y lleno de errores, de tachaduras, de faltas, aunque esto no importaba pues no eran más que el borrador de un autor. Lo que realmente distraía a Peter eran las preguntas de Davey. Palabras como «merecido», «organización» o «dixoniano», eran no de fácil comprensión para personas poco inteligentes. Davey, en este aspecto, lo era poquísimo. En cambio era bueno en cosas aprendidas de carrerilla, como deletrear o las tablas de multiplicar. Cada vez, Peter tenía que explicar que algunos sucesos se originaban como consecuencia de las costumbres de una nación o porque formaban parte de otra época.
—Por favor, copíelo tal cual, ¿entiende? —exclamaba continuamente Peter—. Ya lograré descifrarlo.
—Sí, pero fíjese en el modo como escribía Sir Cosmo «recibía», con la a delante de la i; excepto con la c delante de la x, o cuando pronunciaba A, como en…
—Si halla pequeños errores, corríjalos. No se preocupe por ellos.
Davey no estaba preocupado. Ni siquiera interesado. Simplemente, quería parecer interesado para que el empleo pudiera continuar. También deseaba que le pagaran por horas y no por páginas, a fin de poder ir un poco más lento, tener tiempo de fumar un poco y hasta de nadar. Al término de cada período de cuatro horas, desenchufaba la máquina de escribir eléctrica, la tapaba, recogía las páginas y las dejaba en un montón perfecto sobre la mesita del café, sin tener la más leve idea de lo que había escrito. Porque Davey escribía como leía, palabra por palabra, sin pensar en el significado de una frase completa.
Su presencia en el estudio hacía que Peter estuviese… no precisamente enojado o nervioso… sino…, ¿cómo había dicho Connie? «Simplemente ridículo.» Cualquier muchachita de la escuela local de secretariado habría realizado aquella tarea mucho mejor que Davey, más de prisa y más barata, sin preguntas ni más conversación entre el buenos días y el hasta mañana. Ni habría presumido de una condición semisocial como hacía Davey.
A la una en punto, cuando todas las mal mecanografiadas cuartillas estaban amontonadas delante de Peter, Davey se desperezaba, encendía un cigarrillo y decía:
—Bueno, me largo a darme un chapuzón.
Se desnudaba, cruzaba la habitación, dejando sus ropas sobre el respaldo de la silla giratoria, se retorcía al ponerse el bañador y salía del estudio. Levantándose del sofá y acercándose a la ventana, Peter le veía detenerse en lo alto del acueducto, dispuesto a zambullirse en la piscina. Peter siempre abandonaba el despacho antes de que Davey volviese a vestirse.
Peter se decía que nunca había odiado a nadie, ni a su padre ni siquiera a su hermano mayor, tanto como odiaba a Davey. Y también se decía que teniendo empleado a Davey, lo apartaba de la vista de Connie.
—Pero, ¿y de mi vista? —gemía Peter a veces.

Usualmente, Connie invitaba a gente para que conocieran a los Thorndyke. No eran grandes fiestas, sólo escogía un par de parejas de entre las Personas Interesantes de Cuernavaca, y siempre a almorzar, de forma que Davey viese que la mesa estaba dispuesta para ocho comensales con tarjetas de colocación en su respectivo sitio, por lo que sabía que no podía quedarse. Connie creía que esta trampa era un mensaje sutil pero inequívoco. En realidad, Davey nunca había reparado en ello. Con el alquiler pagado y dinero de Peter en el bolsillo, prefería comer en el Burger Boy o hasta en Casa Dorcas. Tal vez resultara piojoso, pero al menos sabía qué era lo que estaba comiendo.
Cuando se quedaban solos, los Beale y los Thorndyke pasaban las tardes en agradable y mutua compañía. A veces, jugaban a las cartas. No al bridge. Como Connie era la única que tenía cierta aptitud para él, Jane lo había condenado, hacía tiempo, como excesivamente burgués. A Jane le entusiasmaba el chaquete, con apuestas elevadas. Pero como siempre ganaba, los demás se cansaban muy pronto. Otras veces jugaban a un juego llamado «Grandes Cañones», que consistía en nombrar a personas vivas de las que se había escrito, hablado o escuchado mucho: Jacqueline Bouvier LAennedy Onassis, Mohamed Alí, Gloria Steinem, Truman Capote, Marshall Mac-Luhan, etc. Y como variación, el juego llamado «Los Cañones Inmortales», entre cuyos nombres sólo se contaban los muertos ilustres: Sigmund Freud, Helen LAeller, Mahatma Gandhi, Eleanor Roosevelt, William Shalaespeare, Juana de Arco. Era una diversión agradable y maliciosa. No obstante, les pareció que arañaban los fondos de ambos cañones con Zsa-Zsa Gabor y Abraham Lincoln, y cuando Jane nombró a Jesucristo, Hal estuvo gruñón durante los aperitivos y la sopa. En realidad, charlaron, charlaron y siguieron charlando casi siempre de Davey.
Si el muchacho tenía dificultades en comprender a los Beale y a los Thorndyke, ello no era nada en comparación con la dificultad que éstos tenían para comprenderle a él. Con la ignorancia habitual de los cultos, trataron de solucionar aquel enigma.
De haberla consultado, la majestuosa madre de Connie les habría explicado todo el dilema en una sola frase:
—Hay personas como nosotros y personas que no han tenido nuestras ventajas.
Pero esto habría sido una simplificación excesiva y los cuatro, en su calidad de personas educadas, despreciaban todas las simplificaciones.
Si bien admitían modestamente que pertenecían al uno por ciento de la clase más elevada de Norteamérica, gracias a sus estudios y su ambiente, eran incapaces de comprender a alguien como David Jones, que flotaba en medio del cincuenta por ciento más bajo. Les resultaba inconcebible que no compartiera sus gustos ni sus intereses, que pensara que Bach era una cerveza muy negra, que Stríndberg había realizado el vuelo del Atlántico (en lugar de Lindberg), o que Modigliani fuese servido con queso rallado.
No eran sofisticados, nada de eso. Ni personas que inspirasen temor o desconfianza, a pesar de sus ideas políticas, su pacifismo militante, su apoyo abierto a los grupos minoritarios, a las libertades civiles, a la educación sexual, al control de natalidad, a la relajación de las leyes sobre el aborto y el divorcio… Llevaban a cabo campañas en favor de escuelas mejores y más capaces, con clases mejores y más pequeñas, de la educación de los adultos, de la expansión cultural, de la televisión subvencionada, de los conciertos gratuitos, de los museos y bibliotecas abiertos de noche, como los establecimientos Rosenberg, a fin de que los obreros pudiesen beneficiarse de esos horarios. ¿Era justo que un hombre anduviese cojo toda su vida, como un mutilado mental, sólo porque su padre no pudo mandarlo a la Universidad? Amaban a los pobres, deseaban alimentarlos, abrigarlos, bañarlos y enseñarles…, convertirles en sus animales favoritos. Sólo había un problema: no conocían a ningún pobre. Salvo breves encuentros con dependientes, taxistas, lavanderas y jardineros, muchos de los cuales habían resultado bastante inteligentes, pasaban la vida entre los de su propia clase. Y ahora, cuando un verdadero desheredado del Destino, un verdadero perro de los de abajo, meneaba la cola y arañaba a su puerta, eran incapaces de reconocerlo. Para ellos, Davey era bobo, palurdo, una molestia, aburrido, provinciano y obstinadamente obtuso. Y al unísono, deploraban la perversión de sus costumbres.

El jueves por la mañana, Connie exclamó:
—Querido, odio abandonarte, pero Hal tiene una comida en el palacio del arzobispo, o como se llame, y Jane y yo nos tomamos el día libre. Vamos a una reunión femenina, bueno, un almuerzo entre damas que celebran en Las Mañanitas. Y antes, llevaré a Jane a ver la Casa y el Jardín de la Torre.
Connie estaba completamente segura de que ninguna casa podía compararse a la suya, aunque una mansión de Cuernavaca poseía un jardín famoso y otra un supuesto Murillo, que Connie esperaba que Jane lo identificara como ilegítimo.
—Oh, está bien. Yo tengo mucho trabajo.
—¿Y tu almuerzo?
—Cualquier cosa. Una hamburguesa, un filete, lo que haya.
Como era de rigor, casi en son de disculpa, todos llamaron a la puerta del despacho para despedirse de Peter. Primero Hal, con su alzacuello y el traje gris de penitente en honor del almuerzo con el obispo, y después Connie y Jane, con unos sombreros y unos guantes que les daban un aspecto muy ciudadano y claramente extranjero. Culpables de dejar a Peter solo con Davey, se despidieron casi como de un moribundo.
—Por favor —gritó Peter—, ¿vais a almorzar o huís con la vajilla de plata? ¿No nos veremos de nuevo a la hora de cenar, o esta despedida es para siempre?
Pero cuando oyó el rugido de los motores, primero del arrogante monstruo extranjero de los Thorndyke y luego el de la «rubia» americana de los Beale, sintióse de pronto abandonado, y solo, muy solo.

—Es la una —gruñó Peter mirando a Davey—. Y cinco minutos. Será mejor que lo dejemos por hoy.
—Un segundo. Quiero acabar una hoja. Casi siempre entiendo muy bien lo que pone aquí, pero aquel día debió tomar un «viaje ácido».
—Creo que Mulligan experimentaba con hashish —repuso Peter con pedantería.
Se sentó en el sofá con su bloc de papel amarillo, ansiando que el muchacho concluyese la hoja y se fuera.
—¿Petey?
Peter parpadeó. Salvo Hal que, debido a su larga amistad, abreviaba su nombre a «Pete», nadie, ni siquiera Connie, lo llamaba de otra manera que no fuera Peter. Era un nombre que no se prestaba a diminutivos íntimos.
—¿Hum…?
—Aquí hay un párrafo muy largo que no comprendo.
—¿Dónde está?
—Diablos, no sé pronunciarlo. Ese lugar con ese nombre tan gracioso.
—¿Sidi-Bou-Said? —sonrió Peter.
Cuando Davey estaba presente trataba de mostrarse brusco y ocupado, pero la población costera de Túnez, llamada Sidi-Bou-Said tenía realmente un nombre gracioso. Sonaba como el habla de un bebé.
—Sí, aquí. Dice: «Llegué a Sidi-Bou-Said al anochecer y busqué albergue en el…» Diablos, no lo entiendo. En el tuna no sé qué.
—Palacio Tunecino —recitó Peter de memoria—. Es un hotel. O lo era.
—Ah… «Unos aposentos muy cómodos en el… en el rentré…»
—En el entre-sol. Está en francés. Significa el primer piso, encima del rez-de-chau…
Peter calló. No estaba dando lecciones de francés, y en cambio parecía un maestro de escuela.
—¿Por qué no puso el primer piso?
—Porque el primer piso es el que está encima del entre-sol. Siga.
—¡Está «chalao»! «Un salón muy bonito…» Demonio, ya vuelven las dificultades de pronunciación. ¡Qué tío! (¡Tío Sir Cosmo!) «Un salón muy bonito con di… vanes y ochomanos... de rica tela de damas de asco... con los suelos de moisés arco... Un balcón daba al patio de jaz… mines y (¡ahora viene lo bueno!) y… bu… gan… villas, mientras una fontana rumorea y forma un rocío… ¿No quiere decir salpica?
—Es lo mismo. Continúa.
—Está bien, «…y unos adorables muchachos á… rabes, voluptuosos como huríes… ¿Eh…? Reclinados sobre muelles almohadones acariciaban el… ¿El qué?
—Habla de un instrumento —aclaró Peter—. He olvidado cómo se llaman. Bueno, copie como pueda.
Peter enrojeció. Al señalar aquel pasaje, del Diario cuando lo leyó, le pareció inocente, una leve pincelada colorista. Pero al leerlo Davey, con sus dificultades y tartamudeos, cada palabra sonaba como una obscenidad.
—De acuerdo. «El dormitorio es lujoso, fresco y melancólico, conteniendo tan sólo una… Esto debe ser una caja larga, ¿verdad?», …una chaise-longue…
—Es un canapé —volvió a sonreír Peter.
—¿Para comer?
—¡Para sentarse! Adelante.
—«… un… un prié dieus…
—Prie-dieu. Un reclinatorio para rezar.
—Es lo que dije: un prié-dieus, y un lecho glorioso de cobre, acero y latón, con pomos y acá… acabados de cristal opalino; el dulce, tierno y rosado… ¿Dice culo de un muchacho?
—Creo que sí —asintió Peter.
—Bueno. «Una cama hermosa, una cama estupenda, una cama tentadora, una cama de los Campos El… Elíseos…» ¡Sopla, menuda cama debía ser! «En conjunto, una cama demasiado perfecta para no compartirla…»
—Creo que lo entiende todo bien —le cortó Peter—. Copíelo como está y…
—No, un momento. Lo que ahora viene… «para no compartirla después de dos meses en el desierto sin otro consolador que la espalda hit… hirsuta de Atch-med…»
—Creo que se pronuncia Ocmed —le corrigió Peter.
—Ah… «…con un vuelo al Paraíso en esta noche suave y estrellada de Sidi-Bou-Said…» Este nombre me mata, «…con Atch… Ocmed, esperando me metí en el ham… ham no sé qué.»
—Hammam. Es como un baño turco. En realidad, es un baño turco, pues ellos lo inventaron.
—Creí que era tune-cino.
—Es lo mismo. Siga.
—…«para ser intoxicado por el vapor y…, ¿fornicado? No, formicado…» Escuche, sé de un sitio de Los Angeles donde…
—Davey, es tarde.
—Ah, lo siento. «Me frotaron el cuerpo con esencia de jaz… mín, me afeitaron los órganos geni… genitales…» Vamos, debía bromear ese tipo. ¿Qué iban a hacer, operarle?
—Es una costumbre musulmana. Tiene algo que ver con el calor y los piojos.
—«…siento que se me agita el pirulí a cada restregón del… del ma-se-ur…» A eso me refería. ¿Qué es un ma-se-ur?
—Es un masseur. Un masajista. El que le frotaba el cuerpo en el baño.
—Ah… «¡Qué querubín debió ser hace unos años! ¡Qué ángel es hoy con la carne de un alba… albaricoque, la figura de un Anti… anti… Antinoo y los músculos que me recordaban tiernamente los del Mayor McS… y, los de la propia Reina. Sólo pudo ser deca… decapitado mal… malu…» Bueno, ya estamos. Otra palabrita enrevesada.
:—Malheureusement. Francés. Significa desgraciadamente.
Peter descubrió que estaba tamborileando con los dedos sobre el brazo del sofá. Para ocupar sus manos, encendió un cigarrillo, inhaló, tosió, resolló con dificultad y casi se ahogó.
—Tiene que hacer algo con esa tos. Bueno, «…además, le habían sacado un ojo y le faltaban varios dientes…» Parece muy feo, claro. «¿La dulce consecuencia de una violenta riña entre amantes?» ¡Hum…! «Al volver a mi aposento, cené ligeramente en el balcón. Un plato caliente de cocos…»
—Cuzcuz, Davey. Un plato del Oriente Medio. Pollo o cordero con laaslaa, zanahorias y remolachas. Muy bueno.
—¡Ajjj…! «Mientras bebía té con menta, tan dulce como los labios del joven cabo O'T…e, miré hacia abajo y allí, apenas a cinco metros de distancia, estaba la más fantástica de las visiones, un joven bailarín, ala… ala-bas-tri-no a la luz de la luna. Juzgué que tendría de once a doce años; ni un día más de trece. Bastante delgado, pude vis… vislumbrar cómo se agitaba su ga-la-bar en los gentiles za… zafiros y entonces comprendí…» ¡Ya estamos con las palabrejas difíciles! «…que debajo su tónica estaba tan desnudo como le hizo Dios. ¡Qué per… perfección! Carne del color de un melón… no, de un melocotón, igual de firme, suave y caliente.» Ese tipo sabe mucho de frutas, de melocotones y albaricoques. Vaya, ya vuelve con más frutas. «El chico miró hacia el balcón con unos ojos como ciruelas… Vaya, tampoco entiendo esto que sigue.
—A ver… —pidió Peter, dejando el sofá e inclinándose sobre el hombro de Davey—. «El chico llevaba algo en su pelo que resultaba ligeramente desagradable. Olía a dulzón, casi comestible, como caramelo.»
—No, es aquí… «Junto con el atra… atra… atrayente laohl…» ¿Con qué?
—No, dice: «Juntamente con el tan atrayente laohl», Davey —leyó Peter.
—¡Qué imbécil! Mira que ponerse carbón en los ojos y….[10]
—No, está muy bien. LA-O-H-L. Es un cosmético como maquillaje o delineador de los ojos. Lo usan en Oriente las mujeres y los bailarines.
—Bueno, debía parecer un mariquita. En los Angeles vi a aquel individuo… Vaya individuo. Más alto que usted; y no obstante, iba por el Strip con un vestido rojo muy ceñido y unos pechazos como los de esa Jane. Bien…
—Davey —exclamó Peter, irguiéndose y apartándose del olor que desprendía lo que el muchacho se ponía en el cabello—, es tarde, hace calor y…
—Sí, sí. De modo que ese chico se ponía carbón en los ojos. Bueno, carbón con LA. Veamos… Sí, aquí estoy. «Como impulsado por una fuerza invi… invisible, me levanté y me acó… acodé en la ba-laus-tra-da. Mi largo vestido quedó abierto. En verdad, sus sedosos pliegues se se… se se…
—Se separaban.
—Oh… «Separaban por el fuego violento de mis…»
—Davey, creo que podemos saltarnos esta parte. No sé por qué la marqué. No sucede nada.
—¡Joroba! Pues yo creo que sucede mucho, ¡ja, ja! De… todo. Estaba tan preocupado tratando de descifrar esos viejos escritos de ese viejales y sus palabras idiotas, que no prestaba atención a lo que escribió. Chico, me recuerda aquel tipo vestido de chica que rondaba por Santa Mónica High… con unos labios muy pintados y… bueno, laohl en los ojos. Era muy viejo y…
—Davey, creo que será mejor olvidar ese episodio de Sidi-Bou-Said y…
—Ese nombre me pone nervioso.
—Sí, es gracioso. Tonto. —Peter sonrió conscientemente—. Y mañana…
De pronto, Peter recordó las páginas que seguían a la que estaba copiando Davey: la «cama de los Campos Elíseos», y en la misma una especie de grupo de Laoconte, con inclusión de Sir Cosmo, el bailarín Ocmed, el valet de chambre y el gerente suizo del hotel que subió a la habitación, con la sana intención de quejarse…, aunque se quedó. La cama se partió, y Peter estuvo a punto de partirse el pecho de risa cuando leyó la escena por primera vez. El Satiricen interpretado por los hermanos Marx. Pero ahora, la escena le parecía sórdida.
—Mañana saltaremos a la parte donde Sir Cosmo fue capturado por el emir de…
¡Dios santo! Sir Cosmo no había sido capturado sino violado por el emir (dos veces) y toda la guardia de palacio. El viejo cabrón casi había gorgoteado de placer al describir la orgía. ¿Por qué no habría contratado a una mecanógrafa mexicana que no supiera inglés ni conversase?
—Bueno, por hoy se acabó —decidió Peter, estirándose y bostezando, aunque no con mucha firmeza.
—¿Cansado?
—Hum… Cansado y acalorado.
—Como yo —asintió Davey—. Bien, me apunto a un baño.
Empezó a desabrocharse la camisa. La tela, de algodón brillante con amapolas, le parecía familiar a Peter. Sí. Había visto cómo Connie hacía cortinas para la salita de los criados con la misma tela. Saltó un botón.
—¡Mierda! —exclamó Davey filosóficamente—. La compré ayer. ¡Qué birria!
—Démela —pidió Peter—. Le diré a María de la Luz que cosa el botón.
—Oh, gracias.
Davey colgó los pantalones y los calzoncillos en el respaldo de la silla giratoria y empezó a ponerse el bañador. Era nuevo y al parecer de la talla de un niño de dos años; muy mexicano y barato, con un chillón dibujo en zigzag de colores fluorescentes, hecho de un material elástico. Peter los había visto en los escaparates del supermercado. Por un segundo estuvo a punto de comprarse uno, mas comprendió que ya era demasiado viejo y sufría de demasiadas inhibiciones para llevar algo tan llamativo. Connie se habría echado a reír.
—Probablemente se romperán tan pronto salte a la piscina. Por aquí sólo venden basura.
—Jaime's de la ciudad de México, vende cosas excelentes —replicó Peter, defendiendo su patria adoptiva—. Mire, todavía lleva la etiqueta con el precio.
Al arrancarla, del bañador de Davey, Peter tuvo conciencia de la bronceada espalda del muchacho y del calor que exudaba. Casi como un homo.
—Ya está —anunció.
—Gracias. ¿Viene?
—¿Quién, yo? Hum… no sé. Tal vez.
—Pues hasta ahora.
Peter continuó en el estudio con la camisa entre las manos. Sin darse cuenta de lo que hacía, se la llevó a la nariz y la olió. La camisa todavía estaba caliente y olía a tela nueva y al no desagradable olor de Davey. El ruido del zambullido en la piscina arrancó a Peter de su abstracción. Llevó la camisa a su dormitorio y la dejó sobre la cama. Luego, se desnudó y se puso el traje de baño.

Nadar en el calor de la piscina fue maravillosamente relajante. Peter había sido miembro del equipo de natación de Yale y, si bien halló deplorable el estilo de Davey, reconoció en el muchacho a un atleta por naturaleza. Desparramado en una tumbona, contemplaba a Davey todavía lanzándose como una mariposa. Se dijo a sí mismo que no usaba frecuentemente la piscina. Davey salió del agua y fue chorreando hacia la tumbona contigua a la de Peter. En verdad, el bañador barato apenas había sobrevivido al bautismo. Estaba abolsado por delante, se enroscaba entre sus nalgas y los chillones colores habían comenzado a desteñirse.
—¿Qué dije? Un trapo y nada más. Una verdadera porquería.
Con indolencia, Davey se ajustó el bañador y se hundió en la tumbona.
De pronto apareció Julio.
—¿A qué hora la comida, señor?
—Cuando esté lista, Julio —de improviso oyó como su voz preguntaba—. ¿Quiere quedarse a almorzar?
—Pues…
—Temo que sólo tendremos hamburguesas.
—En ese caso, seguro.
—Antes tomaremos un trago. ¿Qué quiere?
—Cerveza, si hay.
—Julio, una cerveza para el joven y whislay con hielo para mí. Y dos cubiertos en la mesa.
—Sí, señor. Cómo no.

Eran las seis pasadas cuando Connie regresó. Encontró a Peter echado en una tumbona junto a la piscina.
—¿Dormido? —preguntó con suavidad.
Luego, vio un vaso roto en el suelo, unos cubitos de hielo fundiéndose en un charquito, y comprendió que estaba, por primera vez en su vida, borracho como una cuba.

Peter se despertó el viernes con dolor de cabeza, pequeños escalofríos y algunas lagunas en los recuerdos de la noche anterior. Peor aún, tenía que ponerse un traje, la corbata, calcetines y los zapatos buenos, ya que tenía que ir a la capital a ver a su banquero, a su agente de Bolsa y a su abogado. Se estaba anudando con torpeza la corbata, cuando Connie entró en escena.
Connie no estaba enfadada en absoluto. Más bien divertida. Simplemente creyó que su deber de esposa era pronunciar unas cuantas frases bien escogidas.
—No me gustaría sentirme como tú esta mañana.
—Me siento muy bien.
—Me alegro. ¿Sin remordimientos? ¿Sin arrepentimientos? ¿No tienes siquiera curiosidad por saber cómo llegaste hasta la cama? Yo me sentí avergonzada. Y en cuanto a Hal y Jane…
—También he tenido que acostarles alguna vez. Y también a ti.
—Yo pensaba más en el pobre Julio. Ya sabes cómo murmuran los criados. ¿Para qué clase de amo pensará ahora que trabaja?
—Para uno que le paga exactamente el doble de lo que le pagaba su último amo… a Julio y a toda su pandilla. No te preocupes. Si se sienten ultrajados, que se larguen.
—Sí, claro, ¿y nosotros, qué? En fin, tuvimos que subirte aquí y desnudarte.
—Ya estaba desnudo.
—¡Oh, sí! Lo difícil que resulta intentar quitarle a un cadáver el traje de baño. No daba crédito a lo que veía. Pensé que estabas enfermo. Tan pronto como nos marchamos empezaste a beber, ¿no?
Bien, no había bebido solo. Al menos, no toda la tarde. Se había tomado tres whislaíes con hielo antes de almorzar y cerveza durante la comida. Él y Davey se habían comido unas hamburguesas inmensas. ¿Ensalada? Sí, coles picadas, muy frías. ¿Postre? Seguramente. Habían vuelto a la piscina y él había pedido otro whislay con hielo. Y luego otro. Davey le contó una larga historia, medio graciosa, medio triste, de cuando hizo de extra en una película de segunda categoría. Algo de cristianos, romanos y un negro. ¡Eso fue todo! Davey había hablado del «Emperador Negro».
—… nadie aquí a cenar, aparte de Hal y Jane, gracias a Dios. Pero ni así supe qué decir.
—Seguro que dijiste muchas cosas.
Connie se volvió de espaldas. No quería arruinar su escena dramática con una carcajada. No estaba preocupada, ni lo había estado Julio, ni menos aún los Thorndyke. En realidad, ella y Jane estaban un poco mareadas cuando regresaron a casa, después del almuerzo con las damas de la localidad. Hal sirvió tres martinis fríos, sin hielo. Y los tres estuvieron muertos de risa toda la noche. Casi toda la diversión a costa de Peter, tendido como un muerto en su cama. Hal estuvo terriblemente divertido comentando el almuerzo con el arzobispo y una docenas de clérigos católicos de Cuernavaca. El arzobispo era hombre de poca ostentación, su «palacio» contenía pocos muebles, y Hal había contado una anécdota en castellano chapurreado respecto a una Madonna pintada por David Alfaro Siqueiros, que al menos por una temporada fue un comunista convencido. Los sacerdotes incluso silbaron horrorizados, pero el arzobispo halló muy divertida la anécdota. Era muy liberal. Después, Jane contó la historia, absolutamente veraz, de cómo al abrir inocentemente una puerta en la torre que visitaron, se encontró cara a cara con un general mexicano sentado en el water.
No, Connie no estaba enojada. Le gustaba ver a Peter así, como un chiquillo atrapado robando confitura. Deseaba alisarle el remolino de su pelo y besarle. Peter, cuando estaba en ese estado, despertaba su instinto maternal.
—… vidrios rotos por todas partes…
—Un vaso —enumeró él, poniéndose la chaqueta.
—Sí, pero podías haberte cortado y sangrar hasta la muerte tal como estabas.
—¿Como la vez que tú te desmayaste encima de la bandeja de copas de champaña en la boda de los Watchamacallit?
Este recuerdo la enmudecería.
—Pero al menos, no estaba tomando sola.
Con la cabeza muy alta, Connie se dirigió al cuarto de baño, cerrando la puerta con todas sus fuerzas… para que Peter no la oyera reír. Se sentía como Maggie Smith, Zoé Caldwell y Maureen Stapleton, representando las tres brujas de Macbeth. Ahora podría continuar con su mural mientras Peter, pobrecito, conduciría el coche hasta la ciudad de México para visitar a todas sus conexiones financieras. Ella pensaría algo realmente especial para la cena; tal vez abrirían incluso un par de botellas de champaña.

Peter entró en su estudio en busca del pasaporte, la libreta FM-2, los certificados de las acciones, el talonario…, todo lo que podía necesitar para un ajetreado día de negocios.
Davey estaba sentado frente a la máquina de escribir.
—Hola, ¿qué hago hoy?
—Siga con lo de ayer. Lo que no entienda, déjelo en blanco. Ya lo llenaré yo después.
—Pensé que no quería poner ese pedazo de Sidi-Bou-Said.
—Pues copíelo. Tal vez me haga falta.
—Vaya, me costará mucho y…
—Estaré en la ciudad casi todo el día, de modo que le pagaré ahora. ¿Cuántas páginas cree que hará hasta la una?
—Oh, unas doce.
—Seguramente ocho. Aquí tiene el dinero de diez. Si hace más, pídale a mi esposa la diferencia. Nos veremos el lunes.
—¿Mañana no?
—Mañana es sábado. Y los fines de semana hacemos fiesta.
—Oh, sí, seguro.
Peter metió los documentos en su cartera y se dirigió, muy Hombre de Negocios, a la puerta.
—Hasta luego.
—Chao.

A pesar de que a Peter le picaban los ojos por el humo de las fábricas, el día era bueno; estupendo. Dejó el vehículo, con sus complementos de aire acondicionado, radiadores inútiles y desenfriadores, luces para niebla, tocadiscos, teléfono y los cassettes de Pablo Casáis todavía no escuchados, en la gasolinera (el coche sólo necesitaba lubricación y cambio de aceite), y efectuó todas las diligencias a pie. En realidad, todas caían dentro de un radio de dos manzanas.
En el Banco, el gerente se adelantó a recibirle y le invitó a café instantáneo en la cueva con paredes de caoba que era su despacho. Como la mitad de la fortuna de Gráficas Beale estaba depositada en México, consideraban a Peter como un cuentacorrentista de primera categoría. Su agente de Bolsa le contó un chiste realmente divertido telegrafiado desde Wall Street (en México siempre hay escasez de chistes nuevos); le informó de que las acciones de los almacenes que Peter había comprado porque le gustaba el nombre —El Palacio de Hierro—, habían dado un bonito salto; y le ofreció unos bonos gubernamentales (más seguros que la Iglesia), que daban el doce por ciento después de los impuestos y colocado en cualquier lugar durante dos años. Con su letra ancha y legible, Peter firmó un cheque por un millón de pesos y casi le pareció que eran dólares. Luego, el mismo agente de Bolsa llevó a Peter al bar de caballeros El Presidente y le invitó a un Bloody Mary. El agente había estado en Amherst cuando Peter estuvo en Yale. Peter y Hal habían salido con la prima del agente, la joven Tracy, de West Hartford hasta que Connie y Jane se cruzaron en sus caminos. El agente le contó que la Tracy se había casado con un tal Joe, gordo y viejo, y vivía en Tuxedo Parla, que ella decía era Dullsville (¡Joe y «Dulsville»! Dios mío, ¿me estoy volviendo viejo?, se preguntó Peter. ¡A los treinta y tres años!)
El abogado de Peter, un mexicano bilingüe, criado en la miseria, en Parla Avenue, durante la época del terror en las calles, le invitó a almorzar en el Rívoli y le contó el mismo chiste que el agente de Bolsa. Peter se rió de buena gana. Se les juntaron dos chicas norteamericanas en busca de una copa y Peter les entregó mil pesos a cada una para sus caritativas monerías, para Pro Salud Maternal (control de natalidad), y para alguna clase de orfanato.
—Por si acaso las pastillas no dan resultado, ¡ja, ja, ja!
Peter se tomó dos ponches de plantador y, después del almuerzo, dos coñacs. Abrió una cuenta en el Rívoli. Tener una cuenta allí significaba que uno ya pertenecía a México, y a Peter le encantaba tal cosa.
Después de almorzar, Peter cruzó la calle de Hamburgo y entró en el establecimiento Jaime's. Acababa de llegar un nuevo surtido de sombreros Panamá. Se compró uno muy de plantador y otro más serio para Hal. Le sentaría bien con las camisas negras y el alzacuello. ¡Si al menos Jaime's importase botines! Más por satisfacción que por remordimiento, compró dos sombreros anchos de Panamá con largos velos de chiffon, como recién salidos del Ultimo Show, para Connie y Jane. También compró unos calzoncillos, no los usuales azules y blancos, sino escarlata, esmeralda, limón y naranja. Connie se revolcaría de risa.
Una camisa del escaparate atrajo su atención. Confeccionada con una tela metálica extravagante, ni blanca ni plateada, y tan suave como un par de medias de nylon. La compró.
—Necesito algo para llevar debajo de la camisa —murmuró.
Los dependientes de Jaime's hablaban inglés, pero no mucho.
—¿Mande, señor Veal?
—Nada más. Esta cinta adhesiva… y dos pesos.
—¿Dos pesos? Oh, no, señor Veal. Son cuatrocientos pesos. Una exclusiva. Novedad. Llegó ayer.
—Está bien, está bien, me la quedo.
Realmente, aquella camisa parecía cinta adhesiva. Peter pertenecía a la clase de clientes que tanto gustaban en Jaime's. Le ofrecieron café, le presentaron al sastre italiano, y le enseñaron los trajes más modernos.
Mientras le estaban haciendo la cuenta, Peter curioseaba un montón de bañadores. Por la mañana se había portado muy severo con Davey. Y el pobre muchacho apenas si tenía dos pesos para frotarlos juntos. Vamos, gastarse el dinero con aquel bañador tan malo del día anterior, que casi se le rompió cuando se zambulló en la piscina…
—Trajes de baño franceses. Importados. Muy lindos.
Peter se llevó uno al probador, se lo probó y estudió candidamente su imagen en el espejo. Connie tenía razón: estaba aumentando de peso, pero lograría rebajar algo de grasa. ¡Hal nunca! Peter compró dos bañadores: uno blanco para él, y otro negro para Davey. Tenía la esperanza de hacerle olvidar los malos modales de la mañana.

Camino de Cuernavaca, Peter escuchó un cassette de Pablo Casáis. Pese a ser una pieza muy bella, el cantábile del violoncello resultaba demasiado largo. Peter puso en marcha la radio y encontró una emisora que radiaba anuncios cantados, rocla and roll norteamericano, sollozantes canciones mexicanas, todas ellas terminadas en corazón, que rimaba con oración cuando no con canción. Todo muy original. La autopista estaba casi vacía, fácil, y resultaba soberbia. Sobre los montes planeaban unas grandes nubes negras. Al llegar a Los Tres Marías empezó a llover; no una llovizna, sino grandes goterones, tan grandes como platillos. Todavía meaba desde el cielo cuando metió el coche en el garaje del monasterio. En el estudio de Connie, las luces estaban encendidas. Recogiendo todas las compras, Peter pasó por entre el camino aromado de tilos y columnas demolidas. La planta baja estaba en la penumbra. ¿Por qué no había encendido Julio las lámparas?
Liberando una mano, Peter abrió la puerta del estudio de Connie.
—Ya estoy aquí. No he tenido ningún intento de violación ni de…
Calló de repente. En medio de una inundación de luces blanquiazules, divisó a Davey, totalmente desnudo, a horcajadas de un gran almohadón.
—El doctor Livingstone, supongo —murmuró.
Al menos, esto pensó decir.
—Oh, Peter querido, ya de vuelta…
En la penumbra vio a Connie enroscada en un sofá, con la libreta de bocetos en la mano.
—Sí, claro.
Davey parpadeó entre la deslumbrante luz.
—Hola, Petey.
—¿Que, ganando un sueldecito extra?
—¿Cómo?
—Estoy dibujando al chico sobre el delfín —explicó Connie—. Como tú no estabas, cogí prestado a Davey. Ya hizo de modelo en otros tiempos.
—Vamos, eso puedo jurarlo.

Peter aguardó, pálido y en silencio, hasta que Davey se hubo vestido y marchado. Y entonces, los Beale tuvieron la primera gran pelea de su vida.
—Bien —gruñó Peter—, una de las vistas más hermosas que he presenciado en mucho tiempo.
—Tiene una figura estupenda —alabó Connie, sin darse cuenta de que Peter acababa de disparar el primer cañonazo de una batalla real—. Lo he dibujado en toda clase de posturas.
—Oh, seguro.
—Mira —Connie le entregó a su marido una serie de dibujos—. Mañana creo que… ¡Peter! —el aludido acababa de estrujar los bocetos formando una bola que hizo volar a través del estudio, sin llegar a la estufa Franlalin—. ¿Qué te ocurre?
—Oh, nada… nada en absoluto. Regreso a casa después de andar como un burro por México y os encuentro a los dos aquí, como… como…
—¿Con una separación de cuatro metros y todas las luces encendidas? ¿Acaso has vuelto a beber?
—¡No, Dios mío! ¿Era eso lo que esperabas? Que yo empinara el codo para que tú pudieras retozar con Davey… ¡quien está casualmente trabajando para mí!
—Peter, te expresas como un maníaco. ¿Yo con un jovenzuelo con menos sentido común que un ratón?
—Pues cuidas muy bien a los ratones. Música suave, un fuego alentador… Sólo necesitabas champaña e incienso. ¿Cómo lograste deshacerte de Hal y Jane?
—Duermen. Bueno, dormirían, a no ser por tus gritos.
—Tal vez ellos deberían saber más sobre ti, Y mucha gente debería oír…
—¿Oír qué? Hablas como Cotton Maher a tu propio padre, o cualquier mente obtusa, como una vieja solterona. ¿Qué clase de orgía babilónica crees que celebraba con pantalones y suéter? Vamos, escúchame: tengo un marido, tuve un padre, dos hermanos y media docena de sobrinos y primos. De modo que la vista de un hombre sin pantalones no me excita precisamente. Ciertamente, no te pusiste así cuando pinté desnudo a tu amigo Hal.
—Hal es diferente. Esto…
—La única diferencia estriba en veinte lailos más de grasa. Para mí, todos son como trozos de ternera. Davey todavía más, ya que le pago por horas, exactamente como a cualquier modelo de una academia de arte. ¿O esperabas que dejase la puerta entreabierta para que Jane entrara y tomase asiento con su calceta, como una carabina? Porque en tal caso…
—A partir de ahora espero que tú… —no encontró palabras con que seguir expresando su furor—. ¡Oh, mierda!
En un estallido de cólera, Peter aporreó la larga mesa de trabajo de Connie y envió los pasteles, las tizas y los tubos rodando por el suelo.
Con un deleite nuevo, todo fue claro para Connie. ¡Peter estaba celoso! En siete plácidos años de matrimonio, ella no había pensado en ningún otro hombre y estaba segura de que Peter jamás la había engañado. Y de pronto, sobre la base de absolutamente nada, Peter estaba rabiando y gritando como Ótelo. Connie sintióse de nuevo adorada, y amó a su marido por esto.
—Peter Beale, tú… estás celoso. Verde brillante de celos. Sí, tú lo estás, mi querido Peter. ¡Estás celoso, celoso, celoso!
Peter quedóse boquiabierto. Miró a Connie con ojos casi desorbitados.
—¡Cierra tu puerca boca! —gritó.
Dio media vuelta y salió del estudio, cerrando la puerta con tanta fuerza que de la pared cayó un cuadro. Connie oyó sus zapatos pisando el corredor de piedra. Después, oyó cerrarse de golpe la puerta del despacho.
Connie respiró profundamente y soltó el aire con un ventoso «¡Giiiiiuu!» En total no se habría sentido más complacida si Peter le hubiera regalado un collar de diamantes. Con una sonrisa maliciosa, se agachó y recogió los bocetos de Davey, alisándolos sobre el brazo del sofá.
—¡Pero me ama! Siete largos años y aún me ama —dio una vuelta por el estudio, apagando los focos y enderezando las cosas, mientras canturreaba—: ¡Me ama, me ama, me ama!
Sintiéndose como Helena de Troya, Connie se marchó a su dormitorio. Mas era evidente que Helena de Troya llevaría puesto seguramente algo muy distinto al último vestigio tangible de Vassar: un suéter manchado con la cara de Beethoven delante. Helena de Troya vestiría de otro modo. Lo mismo que Connie. Se lavaría, se arreglaría, y le daría tiempo a Peter para calmarse. Estaba dispuesta a ir a verle, a hablar con él, a mostrarse tierna. Un hombre tan inteligente como Peter no podía creer que una mujer tan inteligente como ella sintiese lo más mínimo por aquel imbécil de Davey.
Se duchó, cepilló su cabello hasta hacerlo crujir, se puso perfume en las muñecas, entre los pechos, y hasta en las corvas de las rodillas.
—No estoy mal para mis treinta años —murmuró desapasionadamente ante el espejo.
Luego se puso una bata, muy tenue, y se deslizó silenciosamente por el corredor hacia el estudio de Peter.
Llamó suavemente a la puerta y, sin esperar respuesta, abrió y entró. La habitación estaba casi a oscuras, alumbrada sólo por el oscuro cielo. Connie apenas distinguió el resplandor rojizo del cigarrillo de Peter, con la larga figura yaciendo en el sofá.
—¿Qué quieres? —preguntó él quedamente.
—Varias cosas —Connie se acercó al sofá, se sentó en el borde y cogió una mano de Peter—. No quiero que estés sentado aquí solo y a oscuras. Quiero hablar contigo. Y te quiero. ¡Oh, Dios mío, cómo te quiero!

Eventualmente hicieron el amor en el mismo sofá del estudio. Aquel sofá fue un error. Era demasiado corto, demasiado estrecho y la tela raspaba. Connie prefería los modos más prosaicos, con las posturas y los lugares más convencionales para el arte del amor. Las playas, los prados y los so-fás tapizados parecían mucho más románticos de lo que son en realidad. Cuando todo terminó, Connie experimentó un ligero desencanto. Había estado… sí, muy bien, pero, para un hombre en el cénit de la pasión, Peter se había mostrado excesivamente… rutinario.
—Debo vestirme —explicó Connie, tras besarle—. Y tú también.
Corrió a su dormitorio, casi agradecida a las dos parejas de viejos que aquella noche cenarían con ellos. Con ocho personas charlando a la vez, ella no tendría que hablar con Peter.

Mientras se desnudaban para acostarse, hablaron con todo el ingenio y la artificiosidad de dos desconocidos en una fiesta. Tras un breve beso, apagaron las lámparas y se tendieron, en silencio, sin tocarse, en la enorme cama. Connie ya no se sentía como Helena de Troya, sino como una monja. Decidió que lo más prudente sería fingir que la escena del estudio nunca había tenido lugar. Una hora más tarde, Peter comprendió que iba a ser una de sus noches malas. Saltó de la cama, fue arrastrando los pies calzados con zapatillas al baño y se tomó un somnífero. Decidió que lo más prudente sería fingir que la escena del estudio nunca había tenido lugar.
Si en el monasterio reinaba una paz aparente, había una guerra encendida en Casa Dorcas. Asqueado por las procacidades de la señora Mendoza, Davey fingió cansancio la noche del lunes, y una enfermedad el martes. El miércoles compró e instaló un pasador por dentro de la puerta de su cuarto.
Dorcas, que siempre se había creído una femme fatale, no aceptaba los rechazos con filosofía. Poseía un surtido casi interminable de insultos: acusaciones de impotencia, de homosexualidad, de onanismo, de cobardía, para usar en casos tan difíciles como el de Davey. Pero no pudo escupírselos a la cara en toda la semana. Davey se deslizaba muy temprano fuera de casa, y regresaba muy tarde. Y llegó el sábado, el día tradicionalmente preservado para 1) el cobro de alquileres, 2) el peluquero, y 3) el encargado del aparcamiento, por este orden. Dorcas vería a Davey y a su dinero, y sabría el motivo del porqué.
Y, lo mismo que el sábado anterior, Davey no tenía bastante dinero para pagar la cuenta de la semana. Aunque había ganado más del doble de la modesta cantidad adeudada a Casa Dorcas, copiando para Peter y posando para Connie, apenas le quedaba nada.
Davey nunca tenía mucho dinero, nunca necesitaba mucho. Incapaz de considerar el futuro ni siquiera para una obligación tan inminente como la cuenta semanal, siempre creía que el dinero que llevaba en el bolsillo era para gastar. Y ni torturado habría podido decir en qué se lo había gastado. Bueno sí, hamburguesas y cervezas, autobuses y taxis; la camisa con las amapolas y… sí, otra azul, y el maldito bañador, ya tan estirado y descolorido, que parecía sólo un tatuaje en su liso vientre; y algo para el cabello; unas sandalias como las de Peter; y… ah, sí, el pasador de la puerta. Gastaba sin plan ni necesidad, incluso sin ganas. Aquella semana había adquirido un cesto de paja, media docena de pañuelos de cuello muy chillones (a diez pesos cada uno y no a cuatro), unos collares (tal vez para mamá), una pieza de loza, un anillo de turquesa, una cartera de pecho, y una muñeca plana como las que millones de mexicanos aún menos inteligentes colgaban en las traseras de sus coches. Davey no tenía auto. Una noche se había sentado en la plaza a comer caramelo de algodón rosa, y a escuchar cómo la banda del pueblo interpretaba la obertura de Poeta y Aldeano. Otra noche metió innumerables pesos en un tocadiscos automático para escuchar una y otra vez una frenética melodía mexicana que él llamaba «Número Nueve». La noche pasada, con más dinero que nunca, fue a la feria, subió al tiovivo, a la rueda y a las barcas hasta que cerraron. Y ahora tenía el equivalente de cuatro dólares. La cuenta subía bastante más.
La escena con la señora Mendoza no fue grata ni privada. Se representó al pie de la escalera, en presencia de los Ciudadanos de LAansas, que aguardaban a que Dorcas les diera el recibo y el cambio. Con las bocas abiertas, reluciendo desmayadamente las dentaduras, se apoyaban ya en un pie, ya en el otro, mirando fijamente al vacío, fingiendo no estar allí mientras Dorcas despedazaba a Davey.
—Bueno, bueno… —masculló Davey—, todavía no he cobrado.
—¿Cobrado qué? La semana pasada era un giro postal. Y desde entonces no ha llegado ninguna carta.
—¿No le pagué?
—Yo sé lo que he de hacer con los que tienen deudas de cama como tú. Lo mejor es llamar a la poli y…
La salvación apareció en forma de cartero.
—Una carta para el señor Da-veed Ho-nays.
Dorcas calló sólo un segundo.
—Démela —pidió.
Davey se enfadó de veras, como no era habitual en él.
—¿Se llama usted Jones? —gritó—. ¡Creo que soy yo quien tiene que cobrar el cheque!
Los repetidos bocinazos de un taxi anunciaban que el conductor esperaba con impaciencia para llevar a Dorcas al salón de belleza.
—Está bien, tengo un compromiso. Pero cuando vuelva quiero aquí el dinero, sin síes ni peros ni mañanas.
Dorcas cerró tras de sí de un portazo y el taxi arrancó.
—Oh, jamás… —balbució Mamá de LAansas. Papá chascó la lengua.
—Si así es como habla la alta sociedad de Filadelfia, me alegro de haber nacido en Jethro, LAansas. Ese pobre chico…
—Mamá, creo que hay un motel no muy lejos de aquí…
La carta era de mamá. Encerraba todo su amor pero ningún cheque. En los doce años transcurridos desde el divorcio, el padre de Davey había enviado regularmente a la mujer un giro de cincuenta dólares para la manutención del hijo. Esto debía continuar hasta que Davey cumpliese los veintiún años o el día que se licenciase en la Universidad…, lo que ocurriera antes. Naturalmente, el cumpleaños. Como ahora no vivía con mamá, ¿no era justo que le enviase el dinero a él? Presumiblemente, mamá no miraba las cosas del mismo modo, ya que explicaba que habían aumentado el alquiler de la casita en que vivía y trabajaba, que había una grieta en el fregadero de la cocina, y se quejaba por la súbita muerte de uno de sus mejores clientes.
—¡Mierda! —estalló Davey con un desacostumbrado enojo. Arrojó la carta al suelo de su cuarto. Una cucaracha asustada se ocultó debajo de la cama—. ¡Maldito escarabajo!
Al principio, a Davey le había gustado la señora Mendoza. Luego, la había temido. Ahora la odiaba. Tanto fanfarronear de su familia mientras constantemente se acostaba con algún mexicano y probablemente también con los hippies. ¡Y cobraba diez pesos por un vaso de aquel ron, cuando la botella entera costaba menos! Además, todas las noches intentaba meterse con él en la cama, para gritarle después delante de aquellos fantoches de LAansas. Davey no podía soportar ya más a la señora Mendoza. Y no pensaba soportarla más. Ella estaba fuera. Pues bien, cuando volviese, él ya se habría marchado. ¡Y si quería cobrar, que le buscase! Los Beale eran sus amigos. Poseían una casa muy grande, una casa hermosa. «La gente nueva» era mejor, mucho mejor que la vieja, como la señora Mendoza, y con muchísima más clase. Davey podría mudarse allí y los Beale podrían tenerle más a mano cuando ellos lo necesitaran. Trabajaría y viviría allí, y Connie le cobraría el hospedaje; pagaría lo mismo que en Casa Dorcas; Davey no quería pedir favores. Cogió su maleta y empezó a hacer el equipaje. Por la ventana vio cómo la criada de Dorcas lavaba la ropa interior y, para cambiar, unas sábanas al mismo tiempo. Si salía sin hacer ruido, la mujer no le vería.
Cuando Dorcas regresó del Salón de Belleza Lula, con sus raíces capilares recién ennegrecidas, el cabello peinado y ondulado, formando como un obelisco de ébano, encontró una desdichada colección de cartas apoyadas contra las flores de papel de la mesa del comedor.
La primera carta, de carácter oficial, la acusaba de tener una pensión sin sanción gubernamental, inspección ni licencia; y se le ordenaba que se personase en el despacho 301 del Palacio de Gobierno el día 15 para dar explicaciones y pagar una multa. En caso de incomparencia, etc., etc., etc.
Otra carta, con una caligrafía semianalfabeta en español, informaba a Dorcas, que el encargado del aparcamiento no podría visitarla aquella noche porque el más joven de sus hijos celebraba su santo. Y en el futuro, continuaba la misiva, si a Doña Dorcas le interesaba, la tarifa sería el doble. (El encargado del aparcamiento esperaba fervientemente que a Doña Dorcas no le interesase. Precisamente estaba sirviendo a la vez a una dependienta de Woolworth, a una camarera y a una chica que vendía tortillas en el mercado; y, en menor escala, a un profesor de economía de Cleveland y a un acaudalado caballero norteamericano que tenía en arriendo la Casa sin Esperanza. Y todos le apreciaban más y eran menos exigentes que Dorcas. Además, con tanto trabajo apenas podía ver a su esposa y a sus hijos. Y los niños necesitaban la presencia estabilizadora de su padre.)
La tercera comunicación, escrita con caligrafía perfecta y en un papel azul, era del Ciudadano de LAansas. Explicaba que ellos, los ocupantes de la Suite Presidencial de Casa Dorcas, encontraban más aconsejable trasladarse… «especialmente después del duro lenguaje usado por la mañana. El corazón de Papá no era fuerte y los dos deseaban un lugar donde descansar…»
¡Maldito Davey! Todo era por su culpa, razonó Dorcas con su lógica habitual.
Soplando furiosamente, subió la escalera y golpeó la puerta del cuarto de Davey.
—¡Sal, sé que estás aquí! ¡Abre o…!
Dorcas no necesitó hacer nada. La puerta se abrió de golpe, rechinando mucho, y Dorcas se precipitó al interior del dormitorio. Estaba limpio, aireado y sin nada, absolutamente sin nada.

En el monasterio, todos estaban congregados en torno a la piscina. Connie permanecía dentro del vestuario pintando una ninfa acuática a los pies de Neptuno, mientras Jane, tumbada en un colchón neumático al sol, ofrecía a la pintora una amplia visión de su trasero.
Peter, con el bañador nuevo, estaba aplicando «Lustre Bronceador» a su blanco estómago para impedir que se le quemara al sol aquel fragmento orgánico. Terminado ya el Neptuno, Hal se sentía como desplazado, y leía de prisa las últimas páginas de Bajo el volcán. A pesar de sus críticas mordaces, a Hal no le gustaba. Pensaba cerrar el libro de golpe y anunciar a todo el mundo que era una de las diez novelas más estúpidas y equivocadas de toda la historia de la literatura. Al volver la penúltima página, empezó a pensar cuáles eran las otras nueve. Mansiones Verdes, Doctor Zhivago, todo lo de Theodore Dreiser…
Era sábado y Davey no estaba. Ordinariamente, alguien le habría mencionado. Jane incluso había inventado un pasatiempo rotativo basado en «Yo hice mi baúl para Europa…» A su pasatiempo lo llamaba «Davey se fue a…» («Davey se fue | a París, y allí vio: el Folies-Bergére, la Place Pigalle, el bar New York de Harris…» «Davey estuvo en Macey's y compró: una camisa estilo bolero de satén, un reloj de cuco, un termómetro del Empire State Building…» La maliciosa sustitución hecha por Peter con referencia a los Establecimientos Rosenberg no les sentó muy bien a los Thorndyke.)
Era un juego difícil en el que cada jugador tenía que repetir todo lo dicho y añadir otro artículo. Pues bien, aquel sábado nadie mencionó siquiera a Davey. Connie se pregunaba si sus amigos habrían oído la explosión de Peter en el estudio. Suponía que sí, aunque esperaba que no.
Hal se entretuvo demasiado en la página final de Bajo el volcán. Deseaba proclamar las diez peores novelas por orden alfabético, empezando con Una tragedia americana. Pero empezó a vacilar entre El viejo del mar y Tierna es la noche.
—¡Eh, Davey! —oyó que gritaba Peter—. Es sábado. ¿Qué hace aquí?
—¡Davey! —exclamó Connie—. Parece como si hubiese visto a…
—Petey, ¿podría hablarle un momento a solas?
—Sí, claro. Vamos a…
—No importa —le interrumpió Connie—. Jane y yo nos vamos. Se está poniendo como un cangrejo y ambas necesitamos un trago.
Jane se levantó, desperezando su opulencia. Estaba orgullosa de su cuerpo y no le importaba enseñarlo. Sólo la amenaza de suicidio de Hal le había impedido unirse a los estudiantes del desnudismo de la Fundación en memoria de Henrietta Huddleston, delante del Ayuntamiento.
—¿Me marcho también? —gruñó Hal, enojado por haber quedado desactivada su bomba literaria.
—No, quédese. Al decir solo… me refería a las señoras.
Tomando un ponche de leche en la biblioteca, Jane y Connie reían como colegialas.
—Nunca me he sentido más decente y bonne filie... —exclamó Jane—. ¿Qué puede querer contarles ese cerebro de mosquito?
—Charlas de hombres. Seguramente, por alguna chica en apuros.
—¿O habrá contraído algo venéreo?
—Bien, sea cual sea el secreto, ha demostrado un anticuado sentido de honor caballeresco.
—No te preocupes —sonrió Jane—. Lo sabré todo por Hal.

—Sólo sería por un par de días —terminó Davey—. Sólo hasta que encuentre otro sitio.
—Ya —murmuró, Peter, lentamente.
—Esta señora Méndez… hum… señora Mendoza —preguntó Hal, chupando su pipa—, ¿qué edad tiene?
—No lo sé. Es muy vieja. Treinta o treinta y cinco.
Inconscientemente, Hal y Peter enderezaron la espalda.
—Y no quiere que la rechacen, claro —continuó Hal.
Desde junio no había aconsejado a ningún estudiante, pero la mirada gris, la cabeza inclinada y la técnica de responder a una pregunta con otra volvían a su personalidad con suma facilidad.
—No, por lo que dice Davey —asintió Peter.
El joven había contado toda la verdad sobre las malas condiciones de Casa Dorcas y el acoso nocturno de su propietaria, omitiendo sólo la innecesaria complicación de la deuda de la cuenta semanal. Davey no poseía suficiente imaginación para mentir o exagerar.
—Y, claro está —añadió—, yo pagaría.
—Bueno, por un par de días… —suspiró Peter—. Lo consultaré con Connie… con mi esposa. ¿Quiere tomar algo?
—Cerveza, si hay.

—Sólo sería por un par de días —repitió Peter—. Sólo hasta que encuentre otro sitio.
—O sea, hasta el lunes —calculó Conni. Aunque tenga que ir yo en busca de posada.
¡Los hombres! Nunca los comprendería. Peter hacía menos de veinticuatro horas que gritaba y aporreaba mesas y puertas, tronando contra Davey, y ahora en cambio, abogaba por él, sugiriendo que le diesen hospedaje.
—Es gracioso —prosiguió—. Nunca habría pensado que fuese un símbolo del sexo internacional.
¡Ya estaba dicho! De este modo, Peter no volvería a estar celoso.
—Esa Mendoza es norteamericana, de Filadelfia.
—Bueno, esto lo explica todo. Una ninfomaníaca. ¡Babilonia!
Peter sonrió. Buena señal. Connie sólo tenía que pronunciar otra frase, afirmando sus derechos.
—Dile que sí. Pero sólo por unos días. Al fin y al cabo, le necesito. Si posa para mí se ganará la pensión. Y podrá seguir trabajando para ti.
—Lo pondremos en el pequeño dormitorio que hay al lado del estudio.
¿Acaso Peter la había oído? ¡Ah, los hombres!

A la hora de almorzar, el equipaje de Davey estaba ya bien dispuesto en el dormitorio contiguo al estudio, y su avergonzante secreto, sólo para hombres, estaba provocando diversión en cada rincón de la casa. Peter se lo había contado a Connie. Hal a Jane. Julio no sabía inglés, pero lo sabía todo sobre la señora Mendoza. Doña Dorcas había sido el chisme local (un chiste verde, claro) desde su juventud, treinta años atrás, cuando era angulosa y esquelética y la llamaban «la gringa flaca»[11], hasta que¹había llegado a su peso actual, y entonces fue llamada «la gringa gorda».
La cocina, pues, zumbaba y reía con la historia. Cada chisme creció mucho más y mejor. La gringa gorda había atacado al joven David sobre un banco de hierro del zócalo, a pleno día, ante cientos de espectadores. No, el joven David había saltado desnudo por la ventana de su dormitorio para huir de las proposiciones de la gringa gorda. No, la gringa gorda había…
Julio, un joven de mejor gusto que virtud, que a menudo había resistido a las lascivas miradas de Dorcas, estaba seguro de que estas historias eran veraces. Su padre, el jardinero, desde un encuentro personal con Dorcas en 1950, según explicó Delfina, sabía que eran ciertas. Delfina, que conocía a la criada de Casa Dorcas, se persignó simplemente al oír el cuento. Y María de la Luz, cuya amiga, la manicura del Salón de Belleza Lula, le había contado que la gringa gorda incluso se teñía el… ¡Oh, no! Como una amapola ante esta sola idea, María de la Luz se dispuso a poner la mesa.
Un postre de bananas a la llama (una de las especialidades Cordón Bleu de Jane, que tenía mucha mejor vista que gusto) estaba siendo incinerado en la mesa del almuerzo cuando sonó un trueno llamando desde la enorme campana de bronce de la entrada, que envió corriendo a Julio al vestíbulo.
—¿Quién demonios…? —exclamó Connie.
Julio regresó muy excitado.
—La señora Mendoza pregunta por el joven David.
Davey se tornó gris.
—Está bien, Davey —asintió Peter—. Diremos que no está aquí. Eh… Julio, por favor, dígale a la señora Mendoza que…
—¡Diga a la señora Mendoza narices! —gritó Dorcas.
Estaba en el umbral del comedor como una furia. Para calmar su cólera, se había tomado una generosa ración de ron; y para aclarar su cerebro, otra. De estar Davey en Cuernavaca, sólo podía hallarse en casa de los Beale. No conocía a nadie más. Como casi la mitad de la población había tomado parte en la reconstrucción, el ajardinamiento y el tapizado del monasterio, Dorcas no tardó mucho en conocer su dirección. En compañía de una botella de ron, se vistió esmeradamente. A pesar del calor, eligió un vestido azul, bastante chillón, que databa de la época en que las faldas se llevaban sumamente mini. Ahora, muy ceñida por las nalgas, era una auténtica minifalda. No llegaba bastante abajo. Ni lograba solucionar el asunto la franja de zorro artificial, tan negra como el cabello de Dorcas, que había pespunteado en torno al dobladillo y le golpeaba las rodillas, puesto que no conseguía llenar aquel salto dado por la moda. Démodé era no hacerle justicia a Dorcas. Pero a cada trago, había ido en aumento su sentido de grandeur.
Connie abrió la boca ante aquella inesperada aparición. Como era mujer, agradeció que todos estuviesen debidamente vestidos, sentados decorosamente a la mesa, y rodeados por lo que podía llamarse «el personal». Delfina, María de la Luz y Julio, con sus rayas color rosa, avivando las llamas del plato del postre, le daban cierta nota de seguridad. Una mirada a los ardientes ojos de Dorcas bajo aquella terrible peluca (tenía que serlo a la fuerza) hizo que Connie desease la presencia del fornido jardinero, armado a ser posible, con la podadera y la guadaña.
—Perdón —balbució Peter—, pero estábamos…
—¿Desea algo señora… ah… Mendoza? —preguntó Connie.
—Ya deben saberlo —gruñó la aludida, tambaleándose peligrosamente y recobrando el equilibrio gracias al marco de la puerta.
—¿Debemos saber… qué? —insistió Peter.
—Ese cerebro de chorlito está aquí tratando de comprar su escalada en la Sociedad, ¿verdad?
—¿Qué sociedad? —intervino Jane—. ¿La Humana?
—¿Qué es exactamente lo que desea, señora Mendoza? —puntualizó Peter.
—Sólo la semana que me debe ese mocoso.
—Davey, ¿es verdad?
—Creo… creo que lo olvidé.
—Aquí traigo la cuenta.
Con sus gruesos dedos, Dorcas rebuscó en su bolso de piel patentada. Avanzó con dificultad y dejó caer la cuenta junto al plato de Peter. Tenía el bolso abierto y de su interior cayeron al suelo un lápiz de labios y un paquete de cigarrillos arrugado. Hal y Julio chocaron de cabeza al inclinarse ambos para recogerlo todo.
Peter estudió la cuenta.
—No es mucho. ¿Puede pagarla, Davey?
—Hum… no del todo. Mi cartera está…
—Si me acompaña, señora Mendoza, yo mismo…
—¡No, Peter! Déjame a mí —Connie se puso de pie—. Julio, mi bolso rojo, por favor.
—¡Vaya español distinguido! —se burló, Dorcas.
Connie se mostró asombrada. No necesitaba estarlo. Julio podría haberle contado que, a pesar de toda su fluidez en la lengua de Cervantes, Dorcas hablaba el español de un taxista, de quien en realidad lo había aprendido.
Julio regresó rápidamente con el bolso de piel de cocodrilo de Connie, deseoso de no perderse ni una sílaba.
—Gracias, Julio.
Por su condición femenina, Connie se alegró de que fuese el bolso de cocodrilo auténtico y no el de imitación que solía llevar siempre.
—Yo pagaré la cuenta, Peter —añadió Connie.
Una mirada a la señora Mendoza, y Connie tuvo la sensación de que estaba dispuesta a chillar «¡Me violan!» tan pronto como pudiera quedarse a solas con Peter. Cualquier cosa para crear líos.
—¿Acepta un cheque? —preguntó Connie, ya sentándose al escritorio de la biblioteca.
—¿Cómo puedo saber que no es un …?
Ni Dorcas podía ir tan lejos. Ya estaba serena…, al menos un poco. Una ojeada a la mansión, a la biblioteca, a la bronceada joven, a su bolso de cocodrilo, a su anillo de compromiso, y Dorcas comprendió que no podía compararse con ella. La pluma que Connie sostenía en la mano valía cuatro o cinco veces la renta de Davey. Dorcas había realmente conocido mejores tiempos, como demostraban la pensión mensual y los escasos muebles y objetos heredados que tenía en su casa.
—¿Cómo puede saber que es bueno? Claro, no lo sabe. Veré si tengo dinero… Sí. ¿Tiene usted el recibo?
Los mexicanos son muy amigos de recibos, copias al carbón, sellos, tampones, firmas y contrafirmas… Cualquier cosa que sirva para complicar más la vida.
—Aquí —se apresuró a enseñar Dorcas. Inclinándose sobre el escritorio, lo firmó—. Tome.
—Eh… mí pluma, por favor.
—Oh, lo… lo siento —balbució Dorcas, devolviendo la pluma.
—¿Está ya todo en regla, señora Mendoza?
La frialdad de Connie estaba muy lejos de ser real. Deseaba librarse de aquella borracha lo antes posible.
Sí, todo estaba ya en regla. Pero esto no le gustaba a Dorcas. Necesitaba y le gustaba mucho el dinero, pero ahora que tenía los billetes en su bolso (y era una cantidad muy limitada), quería algo más. Quería armar camorra, causar dolor. Toda su vida había ansiado ambas cosas.
—Sólo una cosa más. No sé qué hay entre ese chico Davey y usted, cariño. Pero de mujer a mujer, permítame advertirle que es un liante.
Sus ojillos inyectados en sangre brillaron con esperanza.
—Gracias —respondió Connie con sequedad—. Como nuestra relación es completamente impersonal, no preveo problemas como… como los de usted. Y ahora, si me disculpa…
—Claro que no es asunto mío, cariño…
—Esto es correcto, señora Mendoza.
—¿Qué es correcto? —preguntó Dorcas confusa.
—Que no es asunto suyo. ¡Julio!
Connie quedó sola en la biblioteca viendo a la grotesca mujer cruzar la alfombra sobre sus altos tacones. Oyó la puerta principal al cerrarse, en tanto Dorcas se tambaleaba hacia la botella que la aguardaba dentro del taxi.
Connie empezó a temblar. ¿De miedo? ¡Claro que no! ¿De rabia? Tampoco. ¿De irritación, enojo, disgusto? Probablemente.
—¿Por qué? —preguntó en voz alta—. ¿Por qué, en nombre del cielo, por qué he de trastornarme por una pequeña… estúpida mujer como ésa?
Al oír a los demás que acudían para tomar el café, la joven se dejó caer sobre el sofá y cruzó las piernas en un gesto casual.
—¿Ya no hay moros en la costa? —indagó Peter—. Me pareció oír cerrarse la puerta y…
—Ding-dong —rió Connie—. ¡La malvada bruja se murió!

—¿Todavía despierto? —preguntó Connie con suavidad. Estaban descansando en el inmenso lecho del fresco dormitorio, con las cortinas tiradas contra el sol de la tarde.
—Apenas. ¿Por qué?
—No sé. Estaba pensando en esa maldita borracha que hoy ha venido. ¿Crees que hacemos bien al permitir que Davey viva aquí? Sería diferente si fuese algún amigo o alguien que nos gustara. Y dejó de pagar la cuenta a la señora Mendoza. Bueno, quiero decir que aquí todo es perfecto. ¿Por qué hemos de arriesgar nuestro cuello y meternos en líos ajenos por… por nada?
—¿Te hizo pasar un mal rato esa Mendoza?
—Oh, no. Una mujer perversa. Dio a entender que yo tenía un pequeño asuntillo amoroso con Davey. Pero con su sucio cerebro…
—¿De veras? —Peter se incorporó en la cama—. ¿Por qué no me avisaste?
Connie acababa de ganar otro tanto.
—Querido, pensé que ya lo sabías. Al menos, esto fue lo que me gritaste ayer con toda la fuerza de tus pulmones ayer por la…
—¡Oh, Con, por favor! Estaba cansado, tenía resaca y aquello fue una sorpresa. Nada más.
—Lo sé, Peter. Bueno, será mejor que empiece a hacerle sudar el dinero que he pagado a la señora Mendoza ahora mismo —decidió ella, saltando de la cama y alisándose el cabello.
—¿No haces la siesta?
—No. Esta visita inesperada me ha trastornado. Casanova está despierto. Le oigo chapotear en la piscina. Lo pintaré ahora, delante de Dios, de los Thorndyke, de ti, de los sirvientes, de todo el mundo. ¿Estará bien así, amo y señor?
—Oh, cállate —rió Peter.
—Y te diré una cosa, Peter: Davey no tiene que acogerse a la idea de que éste es el viejo Club de la Madre Beale para Delincuentes Juveniles. No es un huésped de la casa. Es un empleado…, y por el menor tiempo posible. Llevaré la cuenta exacta de sus horas de modelo y no le daré un centavo hasta que haya abonado lo que le he dado a la señora Mendoza.
—Simón Legree vuelve a cabalgar.
—No, lo digo en serio, querido. Lo justo es justo y los derechos son los derechos. Davey no es un caso de caridad. Y eso ha de aprenderlo desde ahora mismo.
—Si es capaz de aprender algo.
—Incluso durante mi entrevista con la señora Mendoza —rió Connie—, estuve pensando una cosa.
—¿Qué?
—Que era ella la que debía pagarle a Davey. ¡Hay que ver qué peinado! —se inclinó y besó a Peter—. Duerme, cariño. Y no te preocupes. Estaré muy cómoda en brazos de mi amante.

Pintando en la casita de la piscina, Connie pensó que el silencio era opresivo. De sus más recientes modelos, Hal tendía a rascarse en los lugares más inverosímiles, de forma subrepticia, y a restregarse con sus ropas; Jane hablaba sin parar, callando sólo cuando Connie le dijo que estaba pintando la boca; Peter jugueteaba con todo. Davey Jones, sentado a horcajadas de un delfín de piedra, apenas parpadeaba. Era un excelente modelo de pintor. Ninguna postura era demasiado cansada. Podía mantener posiciones difíciles (brazos en alto, torsiones penosas, proyecciones largas) durante más de un cuarto de hora sin estremecerse. Era como si él… bueno, estuviese disecado. Pero aquel silencio molestaba a Connie; era algo muy raro.
—Es usted un buen modelo, Davey —murmuró para decir algo.
Sin respuesta.
En un determinado tono social que a Connie le recordó a su madre, añadió:
—Creo que usted explicó que ya había hecho antes de modelo, ¿verdad?
Silencio.
—¿Verdad? —insistió Connie.
—Sí.
Otra vez silencio.
Sí, Davey ya había sido modelo. La primera vez, cuando formaba parte de los extras de una película bíblica. Vio un anuncio pegado a la pared del vestuario de los extras masculinos.
Se buscan… modelos… jóvenes… buen cuerpo.
MYLTONNE
Fotógrafo del Físico (sic).
Enviar foto reciente de playa al apartado 7793.

Hubo muchas bromas con respecto a Myltonne. «El salaz Milty», le llamaban los extras. Decían que Myltonne pagaba cincuenta pavos. «Y mucho más.» Aquellos comentarios, como de costumbre, eran demasiado intelectuales para Davey. Cincuenta por dejarse retratar no estaban mal. David envió la foto y fue llamado a vuelta de correo al estudio Myltonne.
El estudio ocupaba el piso superior de un edificio de apartamentos de una zona baja de Los Angeles. Fue el propio Myltonne quien abrió la puerta. Era como el personaje de miedo de una película de horror: jorobado, con un pie zambo, ojos estilo Marty Feldman tras los lentes, y un aliento a basura que tumbaba de espaldas.
Myltonne sonrió, dejando ver unos dientes Gorgonzola, empujó a Davey hacia el salón que servía de estudio y de oficina de una revista llamada El picaro varón. Allí había varios miles de ejemplares de la revista en un rincón. Era una publicación irregular llena de fotografías de jóvenes. Myltonne era el fotógrafo, el editor, el impresor y el distribuidor.
—Desnúdate, amor —le ordenó Myltonne.
—¿Me lo quito todo?
—Todo.
Fue una sesión borrascosa. «Supongamos que mamá viera esta revista», fue lo único que se le ocurrió pensar a Davey.
Era improbable. Por motivos profesionales, la señora Jones limitaba sus lecturas a las revistas de modas y al McCatt's Pattern Boola. Sin embargo, cabía aquella posibilidad. Aún fue peor lo que vino después de la foto. Por fin, Davey cogió su cheque, se vistió y se marchó. En la escalera sintióse mareado.
El cheque carecía de fondos.
Cuando Davey regresó con intención de cobrar, el apartamento estaba vacío, exceptuando los ejemplares de El picaro varón. Los focos, la cámara, la cama sin hacer, los platos sucios en la cocina, todo había desaparecido. Como el Conde Drácula desapareciendo entre la bruma de Transilvania, Myltonne se había desvanecido en la niebla de Los Ángeles.
Sí, Davey ya había hecho de modelo.
Después de aquella primera experiencia, Davey limitó sus apariciones profesionales a las páginas de ropas para caballero de un catálogo servido por correo y a los ocasionales anuncios de un camisero de California. Con un par de excepciones, los fotógrafos estaban demasiado atareados para exigirle a Davey algo más que una Amplia Sonrisa. Sin embargo, a pesar de su tipo, Davey no tuvo las suficientes demandas para elevar sus honorarios por encima del nivel mínimo. «Demasiado guapo para una foto», «Cara de palo» y «Guapo pero idiota», fue la opinión profesional en general.
Sí, claro, Davey ya había hecho de modelo.
Aquel silencio atacaba los nervios de Connie. Añoraba los picores de Hal, la charla de Jane, los jugueteos de Peter. Le temblaba ya tanto la mano que dejó el pincel.
—Bien, descansemos un momento. Yo necesito un cigarrillo y estoy segura de que usted también.
—Bah, no importa.
Davey se zambulló en la piscina, la cruzó bajo el agua, salió por el extremo opuesto, se anudó una toalla en torno a la cintura, encendió un cigarrillo y se sentó peinándose el cabello.
Otra vez aquel atormentador silencio.
—Hum…, ¿qué clase de modelo era usted? ¿En alguna clase de arte o…?
—Fotos. Ropa de caballeros. Trajes y demás.
—¡Qué pena esconder un cuerpo tan magnífico bajo un montón de ropas! —Connie se ruborizó y tosió al tragar el humo—. Bueno, no es que esté usted mal vestido, pero quise decir…
Dejó morir la frase. Silencio. ¿No despertaría nunca Peter, Hal o Jane, y bajarían a decir algo?
La cosa empezaba a resultar ridicula. Burlesca. Aquí estaba la gregaria Constance, la bella de tantos bailes y fines de semana universitarios, sin saber qué decir. Con su reserva de naderías, Connie animaba a la gente, a los viejos, a los tímidos, a los taciturnos, a los desconocidos, haciéndoles sentirse como en su casa. Todo el mundo afirmaba que era maravillosa en este arte. Y no obstante, ahí estaba sentado aquel magnífico muchacho, como un vegetal (sí, un vegetal), peinando sus cabellos como Lorelei[12], impermeable al fácil encanto que jamás había fracasado ante las personas más exigentes y difíciles. ¡Era enloquecedor! Un insulto para Connie como anfitriona y como mujer.
Y otra cosa: Davey no demostraba el menor interés por su pintura. Nunca había comentado nada. Incluso los modelos artísticos más hartos de la profesión, que llevaban años posando en la plataforma de la escuela de arte, solían colocarse detrás del caballete en los momentos de descanso para ver qué tal iba el cuadro. Era simplemente la naturaleza humana, la curiosidad, la vanidad, lo que sea. Connie sabía pintar como si fuese una cámara: labios que prácticamente hablaban, carne casi caliente al tacto, lágrimas que parecían mojadas. Era un hábil truco de salón, o de estudio, que mucha gente encontraba asombroso, aunque no fuese de mucho arte. Pero en cuanto a Davey, Connie habría podido pintarle de color azul, con dos cabezas y una cola prensil, y ni se habría enterado, ni le habría importado. ¡Enloquecedor! ¡Dios santo, le encantaría rascar una cerilla en aquel hermoso pelo, o no era…!
—Siempre me he preguntado —exclamó de pronto con una vivacidad que esperó no sonase como la de su madre en plena batalla social— en qué piensan los modelos.
Silencio.
—Quiero decir, mientras están posando. ¿Qué pasa por su cerebro? —¿Cerebro? Una corriente fría, como una ventolera en un túnel de ferrocarril—. Por ejemplo, ¿en qué piensa usted, Davey?
—¿Eh?
—Digo (tal vez el chico fuese sordo además de tonto) que en qué piensa usted mientras posa.
—En Baby Ruth —musitó él.
—¿Ruth? ¿Es su chica?
Vaya, ya estaban llegando a algún sitio. A los hombres les gusta hablar de sus amiguitas.
—No. Es una barra de caramelo. Aquí no venden. O yo no las encuentro.
Derrotada, Connie aplastó su cigarillo.
—Miraré en el mercado el lunes —se levantó, suspirando—. Bien, volvamos al trabajo.
Sinceramente, no deseaba trabajar más. Por algún motivo ignorado, la labor no estaba saliendo muy bien aquella tarde.
Davey la imitó, se guardó el peine y se quitó la toalla. Permaneció parado, sin pestañear bajo la luz del sol, tan hermoso como una estatua de Praxíteles, y casi tan inteligente como ella.
—¿Otra vez sobre el pez?
Indicó el delfín de piedra con la cabeza.
El muchacho sobre el delfín aún no estaba concluido. Pero hoy, al menos, Connie no quería acabarlo. Lo puliría más tarde, a solas, cuando tuviese al muchacho fuera de la casa y de su vista.
—No, Davey, haremos otra cosa. Además, ¿no le duele el… bueno, la parte baja de la espalda sentado sobre esa piedra?
—¿El culo? Nada de eso.
¿Era imbécil del todo aquel chico?
—Bien, aquí hay un sitio vacío —Connie palmeó la pared.
Tal vez si lograba hacerle sentir cierto interés por el mural… Se sentía como una maestra de párvulos tratando de hacer sentir entusiasmo a los niños por fabricar cadenitas de papel. Davey se paró cerca de ella, tan inconsciente de su desnudez como si llevara una armadura. Connie casi sentía el calor del cuerpo.
—He pensado poner aquí una figura pequeña, como vista desde lejos; la figura de un «sireno», o sea el macho de la sirena, mitad hombre, mitad pez —sin respuesta. Claro que no se merecía ninguna, pensó Connie—. Nadando hacia…
—Ah, ¿sabe una cosa?
¡Santo Dios! ¡Davey empezaba a cobrar vida!
—¿Qué?
—Oh, quitando la barba, ese tipo del centro se parece ese cura… A Hal.
Connie se hundió.
—Es Hal, Davey. ¿No vio cómo posaba? —Oh, claro.
Connie hubiera querido chillar; chillar como en un asesinato; chillar hasta que el vestuario se derrumbase sobre su cabeza. Se limitó a respirar hondo y habló con todo el dominio que pudo reunir.
—Y aquí, Davey —tap, tap, tap contra la pared—, aquí está usted. A un palmo de altura. Nadando hacia arriba y soplando por caparazón de concha.
—¿Qué es esto?
Debió prever la pregunta.
—No se preocupe. Yo lo he imaginado. Aunque es una pose difícil. Una pierna levantada. Podríamos trabajar teniendo como modelo una foto Polaroid. En realidad, sería más fácil para todos.
—¡Fabuloso! Diga cómo he de ponerme.
¡Decirle cómo debía ponerse! Igual podía ordenarle que recitase los primeros doscientos versos de la llíada. Los modelos jamás solían ser muy agudos o inteligentes, pero al menos se colocaban con naturalidad en la pose requerida. Éste, no. Connie tenía que posar antes para Davey, o colocarle, extremidad por extremidad, como si fuese muñeco articulado, hasta conseguir la postura adecuada. Y así se quedaba, como una marioneta inmóvil.
Formando con la sección deportiva del Excelsior del día anterior una especie de megáfono, Connie acercóse a su mo-délo.
—Está bien, Davey. No puedo enseñárselo porque esta falda es demasiado ceñida, pero…
—Usted suele llevar téjanos.
—¡Oh, qué observador es usted! Quiero una vista de la espalda, de unos tres cuartos. Usted está bajo el agua, nadando hacia la superficie y soplando por el cuerno.
—¿Qué cuerno?
—Éste, el periódico. Fingiremos que es una concha de caracol. Ha de tener la pierna derecha doblada por la rodilla. Así. Puede apoyar su peso, apoyándolo en una silla. De esta forma —sosteniéndole el tobillo, colocó el pie de Davey sobre el asiento de la silla. La pierna izquierda estaba tibia, caliente mejor, y de manera sorprendente parecía no pesar—. Como si estuviese nadando. El brazo izquierdo extendido hacia arriba. Así —levantando aquella columna de brazo, Connie reparó en los ricitos de pelo y el olor ligeramente salino del sobaco—. Ahora, eche la cabeza hacia atrás. Exacto. Y en la mano derecha, la concha. Bueno, el periódico. No, no lo sostenga como un saxofón. Levántelo como una trompeta. Sí, esto no será fácil. Tal vez con una foto…
—Oh, estoy muy a gusto.
—Ahora, de puntillas sobre el pie izquierdo. Si lo consigue.
—Lo intentaré —por una fracción de segundo, Davey consiguió sostenerse, pero de pronto, como un árbol recién talado, se desplomó hacia delante—. ¡O… oh!
—¡Davey!
Connie lo cogió justo a tiempo. Sosteniendo todavía el periódico en alto, Davey se quedó inmóvil, rodeado por los brazos de la joven.
—Creo que hará falta una cámara. Yo… ¡Eh! Oiga, ¿qué le pasa?
Connie experimentó una súbita contracción, sintió cómo se le doblaban las rodillas, cómo le daba vueltas la cabeza, y la envolvió una sensación desconocida. Tambaleándose, se libró del abrazo y retrocedió hacia la piscina.
—¡Eh, cuidado, se va a caer!
Davey corrió hacia ella, con los brazos extendidos.
—¡No! —gritó Connie—. ¡No me toque!
—¿Se encuentra bien? ¿Quiere que pida ayuda?
—Estoy… bien. Sólo ha sido… —Connie sintió que las lágrimas se asomaban a sus ojos. Volviéndose de espaldas al muchacho, habló rápida, metálicamente, atrepellándose las palabras en su garganta—. Da… Davey, aquí hace mucho calor y estoy cansada. Cre… creo que por hoy… ya está bien y… y…
—Seguro. Por mí, listo. Me daré un baño, luego cerraré los ojos y quizás…
Los planes de Davey no llegaron a oídos de Connie, Con un terrible dolor de rabeza, echó a correr, tambaleándose, hacia la casa.

Los muros de piedra y el abovedado techo del monasterio resonaron con los taconazos de Connie al subir la escalinata, pero ella sólo podía oír los latidos de su corazón.
—¿Con? —llamó Peter con voz adormilada cuando pasó camino de su dormitorio. (Al menos ella pensó que Peter la había llamado.) Sin responder, corrió a su estudio, cerró la puerta, la aseguró con la llave y se hundió temblando en el sofá. Buscó en su bolso un cigarrillo, y tuvo que usar las dos manos para encenderlo, a causa de su temblor.
—Tienes que dominarte —susurró débilmente.
Estaba hablando la Connie del Country Club Drive.
—¡No podrás hacerlo! —replicó una voz más firme y autoritaria. Era la Connie de Vassar.
Constance dividía su existencia, o lo que hasta entonces había vivido, en dos segmentos bien definidos. Los primeros dieciocho años constituían el período del Country Club Drive, cuando Connie fue la chica dócil y bronceada de Ohio, convencida de que su madre era inteligente y elegante, que su padre era un gran cirujano, que sus hermanos eran dos libertinos, que todos los republicanos de Norteamérica eran grandes estadistas mientras que los demócratas eran politicastros, y que El pozo de la soledad era la obra más atrevida de la humanidad. La Connie del Country Club Drive era una joven que sólo exclamaba «¡Qué dolor!» y describía todo lo aburrido como divertido.
Vassar y Jane lo habían cambiado todo. La Connie de Vassar, liberada por primera vez de mamá y el club, era una joven fría, sofisticada, perceptiva y analítica. «No-reconocer-la-China-Roja-es-pretender-que-no existe.» Para desesperación y horror de mamá, la Connie de Vassar había realizado cosas sediciosas en favor del trabajo organizado, en favor del derecho de huelga, de pacifismo y de la igualdad racial. Incluso su indulgente padre creía que la cosa había ido demasiado lejos cuando Connie abogó en favor de la medicina socializada. Sí, Vassar era Estupendo, pero tal vez Swetbriar o Stephens…
Y, claro está, dominaba la Connie de Vassar. Lo había querido así. ¿Por qué su padre había gastado miles y miles de dólares para darle una educación sin provecho alguno? Sin embargo, la pequeña voz de la Connie del Country Club Drive nunca callaba por completo. Las dos Connie estuvieron enzarzadas en una pelea auténtica respecto a acostarse con Peter durante los seis meses de su noviazgo, hablando la Connie de Vassar fríamente de la madurez en el amor, del matrimonio ya inminente y, cosa muy rara, de comprarse un par de zapatos que jamás había soñado, mientras que la chica del Country Club Drive habíase quejado de la falta de respeto consigo misma. Naturalmente, la chica de Vassar, con gran ayuda de Peter y Jane, venció. Todo había ido bien la primera vez, en un motel de las afueras de Poughlaeepsie. La Connie de Vassar, sintiéndose querida, adorada, ya había comprendido que todo iría bien. Pero hasta el instante en que Peter deslizó la alianza, de oro en su dedo anular, la Connie del Country Club Drive se estuvo quejando y empleando palabras como «deshonesto», «de tapadillo», «ilícito» y (casi, aunque nunca del todo), «sucio».
Ahora, las dos Connies se enfrentaron de nuevo en la frescura del estudio.
—Yo… no lo entiendo —murmuró Connie del Country Club Drive.
—¿No? —se burló la Connie de Vassar—. Yo sí.
—¿Qué es, pues? —preguntó la Connie del Country Club Drive casi con truculencia.
—¿De veras no lo sabes, querida? Creo que es una palabra de cuatro letras que se deletrea s-e-x-o.
—¿Con Davey Jones? —gritó, ultrajada, la Connie del Country Club Drive.
—No será con Hal Thorndyke, querida.
—Escúchame —exclamó la Connie del Country Club Drive, levantando la voz—. Resulta que yo soy la señora de Peter Beale. Y aún más: amo a Peter Beale… siempre lo he amado y siempre lo amaré. No ha habido ningún otro hombre en mi vida y espero que nunca lo haya.
—No hablo de amor, preciosa, sino de sexo.
—¿Sexo con un estúpido como Davey?
—Eso he dicho.
—Estás loca —replicó la Connie del Country Club Drive—. Davey es sólo un muchacho, casi diez años más joven que yo, y apenas sabe vestirse solo.
—¿Estás segura de que lo quieres vestido? —gruñó la chica de Vassar—. Es un estupendo tipo de hombre. Me he dado cuenta. ¿Tú no?
—Oh, esto es terriblemente ingenioso, sofisticado y muy de mujer de mundo —se irritó la Connie del Country Club Drive—, pero no sirve. Davey es bien parecido. Guapo. Bello. Sí, lo concedo. Es un buen modelo y yo necesito un buen modelo. Pero es todo lo que yo odio en los hombres: inexperto, vulgar, tonto, carente de interés y estúpido, ¡estúpido, estúpido! Yo necesito un hombre con cerebro y personalidad, que me estimule. Como Peter.
—Pues Davey te estimuló no hace más de un minuto, ¿verdad, querida?
—No sé qué sentí, pero…
—Algo peligrosamente semejante a un orgasmo, sólo con tocarle. ¿No fue así?
—¡No! —proclamó, colérica la Connie del Country Club Drive—. Esto es vil, insultante y…
—Y correcto —concluyó la Connie de Vassar—. Fíjate, llorosa y temblando, y actuando como una heroína de Thomas Hardy.
—Hoy no soy yo misma —se disculpó la Connie del Country Club Drive—. Estoy trastornada. Primero, la sorpresa de venir Davey a vivir con nosotros. Luego, esa terrible mujer, esa Mendoza.
—Que sabe apreciar lo bueno cuando lo alberga bajo su techo.
—Después, el calor y yo… yo.
—Y tú con más calor todavía.
—¡No es cierto! Es que es la primera vez desde que me casé que otro hombre…, cualquiera otro hombre, vive con nosotros y…
—Puedes añadir y dormirá aquí —destacó la Connie de Vasar con toda lógica.
—Yo no le pedí que se quedase. Fue Peter —se defendió virtuosamente la Connie del Country Club Drive—. Lo sabes, ¿no?
—También sé que si Peter tuviera el menor atisbo de lo que sientes, Davey Jones estaría fuera de aquí antes de que pudieras pronunciar Fra Lippo Lippi. Acuérdate de la escena verdiana de ayer, representada aquí mismo.
—Peter estaba loco —exclamó la Connie del Country Club Drive.
—¿Y tú no? ¿Sólo caliente?
—Parece como si estuviese teniendo con Davey un ardiente romance, cuando yo… yo…
—Cuando sólo lo estás deseando.
—¡No! —gritó aterrada la Connie del Country Club Drive.
—Entonces, en tu lugar, querida, despide ahora mismo a ese imbécil.
—Eso no es fácil —sollozó la Connie del Country Club Drive—. Peter le dijo.
—Oh, vamos —la interrumpió la Connie de Vassar—. Si tú le dijeras adiós en serio, y apoyaras el despido con cien dólares, se habría marchado antes del anochecer. Ya conoces el tipo.
—No conozco su tipo. Por esto resulta tan…
—¿Tan fascinante?
—No he dicho esto —objetó la Connie del Country Club Drive.
—Pero lo pensabas.
—No lo sé. He de consultar con Jane.
—¿Con Jane? —estalló la Connie de Vassar—. ¿Con Jane Rosenberg Thorndyke? ¿Y qué dirá la querida Jane?
—Supongo que lo mismo que tú —asintió la Connie del Country Club Drive.
—Y mucho más. Una palabra de esto a Jane, y chocará tan fuerte contra el techo que se oirá en Poughlaeepsie.
—Sí, tienes razón.
—Claro que sí.
—Pero yo he de consultar con alguien.
—No, aún no. Manten la boca cerrada, la nariz limpia, su utis seco. Esto tal vez pasará…, como los calambres o un ataque agudo de hipo.
—Lo que necesito es un trago…, un buen trago —declaró la Connie del Country Club Drive.
—¿Lo crees prudente, amiguíta? —inquirió la Connie de Vassar—. Nunca has aguantado mucho la bebida. Y ahora, tan trastornada y debiendo asistir a una cena de gala…, con tres clases de vino y los licores.
—Sí, lo sé, lo sé, lo sé. Vigilaré mis fuerzas. Pero en este instante necesito beber algo fuerte.
—Sí, querida —se resignó la Connie de Vassar— Creo que sí. Lo mismo que yo.
Una vez bajo control, dominándose, Cotinie se dirigió al vestíbulo. Al pasar por delante del dormitorio, oyó a Peter, más despierto que antes, que le llamaba. Tampoco contestó. Descendió hasta la biblioteca y descorchó una botella de coñac.

—Hasta el lunes, joven —díjole Julio a Davey, quitando la bandeja de la cena del escritorio de la biblioteca.
—¿Cómo?
Julio meditó un momento y añadió:
—Hasta el lunes. Mamá, papá, Marta de la Luz y yo.
—Oh, seguro. Adi…adióse.
El español de Davey estaba a la altura de su inteligencia. Bien, era sábado por la noche. Y aquí estaba Davey, sólo en una mansión de tanta clase. Los demás nevaban más de una hora fuera. Habían ido a una fiesta. Los fulanos con esmoqúines…, incluso el cura, aunque resultaba muy gracioso con la camisa negra y sin corbata de lazo, y las tiparracas con vestidos largos y guantes hasta los sobacos; y ceñidas hasta el ahogo. Connie, la que pintaba, le dijo:
—Davey, estamos invitados a una cena. Y les hemos comunicado a los criados que después de cenar y hasta el lunes están libres de servicio; creo que se marchan a un bautizo en Chilpancingo o un nombre mexicano que suena así, y hay más de dos horas en autobús y…
La pintora no parecía muy equilibrada sobre sus zapatos. No abatida, pero sí nerviosa. Hablaba como si no existiese el mañana.
—Si no le molesta que le sirvan una bandeja en la biblioteca. ..
—Seguro. Muy bien.
—Los criados se marcharán después de cenar, porque mañana es su día libre y celebran una fiesta familiar y…
—Connie —intervino Peter, mirándola divertido—, acabas de contárselo a Davey por segunda vez. Vamos o llegaremos tarde. Hasta mañana, Dave.
—Chao.
La cena de Davey había sido buena. No superior, sólo buena. Un pastel que sabía a bocadillo de jamón y queso… Connie, durante su largo discurso, lo había llamado un Lorena Rápido, o algo por el estilo; una ensalada de endivias, amarga como una medicina, fresas y nata. El postre fue lo mejor. Para ayudar al conjunto, vino blanco. La etiqueta ponía algo así como Polly Fuse. ¡Diantre, vaya nombrecitos gastaban en aquellos andurriales! Davey ni siquiera recordaba cómo se pedía una cerveza en mexicano .
Estaba inmensamente contento de haber salido de aquel cuchitril y vivir en una mansión como ésta, aunque la gente estuviera medio chalada. ¡Joroba, vaya chabola! ¡Inmensa! Sin nadie alrededor se sentía sobrecogido como dentro de una tumba. Puso en marcha el televisor y buscó varios canales. Había un buen espectáculo musical, pero hablaban en mexicano; una película antigua…, lo mismo. Apagó el televisor y probó la radio. Alguien aporreaba un piano como esa Jane. ¿A eso se le llamaba música? Giró el sintonizador, esperando escuchar su pieza favorita, el «Número Nueve», o como se llamara, pero no la daban en ninguna emisora. Davey se olvidó de la radio.
Volvióse hacia los estantes de la biblioteca. Si tenía que vivir con esa gente, tal vez sería conveniente que se interesase por los temas que ellos hablaban todo el tiempo. Empezó a hojear los volúmenes más grandes, que al menos contenían muchos dibujos y grabados de colores. Diantre, todos estaban escritos en mexicano: La maison du XVIII Siécle en Trance. Nouvelles Réussites de la Décoration Frangaise, Raumlaunst in Kupfer-stichen. No podía leerlos, aunque lo deseara. En cuanto a las ilustraciones, sólo eran montones de mesas y sillas, y habitaciones llenas de mobiliario de fantasía.
De pronto, atrajo su atención otro gran libro de ilustraciones. Su título era simplemente William Blake, e inmediatamente le recordó a Willy Blake, que vivía enfrente de Davey, en la misma calle. Habían sido grandes amigos desde el tercer curso, hasta que Willy, un año atrás, se emborrachó, y firmó su ingreso en la Marina. Davey abrió el libro con interés. Las escasas líneas impresas que contenía estaban escritas en un lenguaje que comprendía, aunque casi todo eran ilustraciones. ¡Pero, mierda, vaya grabados! Casi todos de gente religiosa, desnudos, incluso enseñando el trasero, y no era posible saber quiénes eran hombres y quiénes mujeres. A la mitad del libro se le ocurió a Davey que el nombre de su amigo no era William Blake, sino Wilfred Blake. De modo que aquella obra no debía tener nada que ver con el verdadero Willy Blake. Cerró el volumen de golpe.
—Ya me hago viejo. No me acuerdo ni del nombre de mi mejor amigo.
Esto no fue una gran sorpresa para Davey. A menos que viese constantemente a las personas, solía olvidar los nombres, a pesar de que se hubiese tomado la molestia de aprenderlos. Por ejemplo, aquella puta que era aquí su patrona y le había hecho sufrir tanto. ¿Cómo se llamaba? Dorothy… ¿Doris? Ah, sí, Doris.
Colocando cuidadosamente el William Blake en su sitio, ya que Davey era muy escrupulosamente ordenado en todo, como herencia de su madre, sentóse en el sofá y contempló el montón de revistas esparcidas por la mesita del café. Apollo, Connoiseur, Connaissance des Arts (¡Otra vez el maldito mexicano!). Pero había tres New Yorker recientes. Al menos, eso podía leerse… o intentarlo. Durante una hora, Davey estuvo hojeando los New Yorker. Había chistes, aunque apenas comprendió los dibujos. Sin embargo, a David le gustaban los anuncios, con toda clase de prendas para caballero y coches de lujo; y toda esa clase de fulanos ricos que vivían como los Beale, como estaba, él viviendo ahora.
—Chico, esto es vida —le dijo a la vacía biblioteca. Sin embargo, no estaba muy convencido de su propia afirmación.
Davey no tenía nada contra la soledad. Más bien le complacía. Pero la soledad en una casa tan grande… Una soledad que incluso resonaba… ¡algo pavoroso! A Davey le habría gustado bajar a la ciudad, entrar en un bar, tomar un par de cervezas o dar una vuelta por la plaza. Todavía le quedaba algún dinero. Mas el problema de llamar a un taxi por teléfono y dar la dirección del monasterio en español era demasiado difícil. ¡Mierda!
Calor. Hasta en esa habitación tan grande, con todas las ventanas abiertas, hacía calor. Davey se levantó y se dirigió a una de las ventanas francesas. No pasaba ni un soplo de aire. Miró hacia arriba y vio las estrellas y hasta una raja de melón que era la luna. Si estaban en la estación de las lluvias, ¿por qué no llovía?
—Un poco de lluvia enfriaría todas las cosas —pronunció Davey en voz alta esta peregrina declaración meteorológica.
Luego se arrojó sobre el sofá, se quitó las sandalias para no ensuciar la tapicería y se dispuso a contemplar el techo abovedado.
—¿Por qué diablo vine a México? —le preguntó al techo. Tenía que meditar un poco para encontrar la razón… o las razones. Oh, sí. El primer motivo fue Charlene, la camarera puta; el segundo, una carta de reclutamiento.
El Ejército no le asustaba a Davey y, una vez dentro, seguramente hallaría un refugio perfecto. Problemas tales como la hora de levantarse, de acostarse, qué traje ponerse y qué había para comer se los solucionarían en el cuartel. Con sólo mirarle, verían que no estaba hecho para la Infantería ni para ningún servicio de armas. Las Relaciones Públicas del Ejército le vestiría de caqui y le haría sonreír en los carteles de reclutamiento y en las pantallas de televisión, como prueba exquisita de lo bien que lo pasaban todos los que ingresaban en el Ejército. Davey pertenecía exactamente a la clase de belleza americana más apreciada por Relaciones Públicas. Mamá se había asustado. Llorando a pleno pulmón, habló de carne de cañón, malas compañías, y añadió que ella no había criado a un hijo para que fuera soldado. En su histerismo, fue mamá la que corrió al Banco, incluso con rizadores en el pelo, y retiró el dinero preciso para que Davey pudiera marcharse a México.
Y muy a punto. Puesto que si el Ejército no asustaba a Daver, Charlene sí. Charlene era una perra, más perra que ninguna. Y vieja. Veintiséis, veintisiete años. Era camarera de un local al que Davey y Willy Blake solían ir a tomar cerveza y pizzas, y la chica se había encaprichado de Davey (como se encaprichaba de cualquiera que llevase pantalones), invitándoles siempre a cerveza por cuenta de la casa y cosas así. Willy había estado barrenando a Charlene con regularidad desde los dieciséis años, lo mismo que otra docena de muchachos del barrio. Según ellos, se tardaba muy poco en convencer a la muy zorra. Pero en realidad, la chica estaba chiflada por el guapo Davey. Esto lo decía todo el mundo…, incluso ella. Pero Davey sentía muy poco interés por el sexo y todavía menos por Charlene.
Aunque empezó con indiferencia, Davey acabó por ceder a los requerimientos de Charlene. ¡Qué desastre!
Como compañeros sexuales, los muy guapos suelen resultar bastante malos. Tienen conciencia de su aspecto; se muestran reticentes a relajar el disciplinado porte de su cuerpo; no desean distorsionar las perfectas facciones; quieren conservar eternamente la maravillosa suavidad de su piel; temen mostrarse torpes, vulnerables, insulsos. En el caso de Davey, el problema era el cabello. Nadie debía alborotárselo, tocárselo, despeinárselo. Desde su infancia, sólo los peluqueros más competentes y paternales, y aún en raras ocasiones, habían podido meter mano a la lustrosa cabellera de Davey. ¡Mierda!, Charlene había estado a punto de arrancarle la cabellera. Gimiendo y chillando, había asido mechones de aquel cabello para arrastrarle hacia ella. Davey ni siquiera había podido terminar el acto amoroso. Tras recoger sus ropas, se encerró en el cuarto de baño, se peinó primero, se vistió después y se marchó sin decir palabra, mientras Charlene sollozaba de frustración y profería insultos desde su puerca cama.
Luego, aún no hacía dos semanas, su hermano, aquel tan grandote y duro, le había telefoneado a casa de mamá para comunicarle que Charlene iba a tener un hijo… y que el niño era suyo. ¿Era acaso posible? Davey no estaba seguro, pero creía que no. A la mañana siguiente llegó la carta de la oficina de reclutamiento y aquella tarde, con la bendición de su madre, Davey subió al autobús en dirección a la capital de México.
Sí, por eso estaba ahora en el territorio de los morenos.
Sin dinero, sin trabajo y sin forma legal de conseguirlo. A no ser por Petey Beale, que le había aceptado en su chabola, o por Connie, que había pagado la cuenta de la semana a Doris, o como se llamara, lo mismo estaría ahora pasando la noche en chirona. Doris… ah, no, era Dorcas, no se paraba en ba-barras. Davey se aburría como un demonio, suponiendo que los demonios se aburran, pero aquel monasterio era mucho mejor que pasar una noche en la cárcel de Cuernavaca y ser deportado a los brazos de Charlene.
—Bueno, me iré a dormir —exclamó el joven en voz alta, levantándose del sofá.
Como le había ordenado Petey, apagó todas las luces excepto la del vestíbulo y subió hasta el dormitorio contiguo al estudio.
Salvo en algunas revistas que compraba su madre, Davey nunca había visto un dormitorio igual, a pesar de ser el más pequeño, el más humilde de la casa… y era suyo, totalmente suyo. Estaba amueblado como un museo…, todo viejo como Dios, pero muy cómodo. Aparte de la cama, con las ropas limpiamente preparadas, el escritorio, los sillones, las mesas, las lámparas, había una cómoda tan antigua que debía ser aquélla en donde Cristóbal Colón guardó sus ropas de marino cuando descubrió México. ¡Y encima de la cómoda! Un espejo con marco de plata, un calzador de plata, un peine de plata, unos frascos con el tapón de plata y un par de cepillos para el cabello también de plata. Davey los cogió y se los pasó por el cabello más de cien veces. Este rito le hizo sentirse mejor. Después, se desnudó, apagó todas las lámparas menos una y se tumbó encima de la cama. Era una cama tremendamente cómoda. ¡Pero, mierda, la habitación estaba demasiado caldeada!
En la mesita de noche había lo de costumbre: una lamparita, un reloj, el timbre para llamar a los criados, cigarrillos, cerillas, una jarra con agua, un vaso, un ramillete colocado artísticamente en un jarrón de ópalo, y una pila de lecturas. Entre los libros se hallaban Los pre-Rafaelistas (seguramente, alguna enfermedad, si bien resultó ser una colección de grabados en los que era imposible distinguir a los tipos de las tipas). Luego encontró El álbum New Yorker del Arte y los artistas (una serie de dibujos que Davey no entendió, y ni siquiera había anuncios de coches y prendas de vestir). Después, Todo lo que siempre quisiste saber sobre el sexo. Pero temías preguntarlo. Davey no quería ampliar sus conocimientos sobre el sexo. Había hecho el amor diez o doce veces con diez o doce personas diferentes, principalmente por ser demasiado cortés, y demasiado cohibido, para negarse. Pero física o intelectualmente, el sexo tenía muy poco interés para Davey. Además, alborotaba demasiado el cabello.
—Demonio —le dijo a la estancia vacía—, me gustaría que Willy Blake estuviese aquí conmigo. Al menos, charlaríamos.
Willy poseía una charla muy limitada, pero esto a Davey le tenía sin cuidado. Por lo menos, significaría una compañía, alguien con quien hablar, alguien que usaría su mismo lenguaje. Y de no estar ahora Davey en Cuernavaca, y Willy en la Marina de Estados Unidos, ambos se hallarían en el bar de las pizzas, bromeando con Charlene o tal vez viendo el programa de Jackie Gleason por televisión. O quizás…
Davey descendió hacia el sueño.

—No puedo imaginarme qué le ha pasado a Connie —decía Peter.
—Que tiene en el cuerpo cinco litros de licor —repuso Jane—. Coñac, media docena de martinis en casa de los Stanton, y tres clases de vino en la cena. Métela en cama y trataré de desnudarla.
—No lo entiendo. Connie nunca…
—Todo el mundo cae una vez. Si haces el favor de darle la vuelta, podré bajarle la cremallera.
Connie gruñó y volvió a quedar en silencio.
—¡Arriba…! Bueno, no ha sido difícil. Y menos mal que no lleva medias, de lo contrario…
—No es propio de Connie perder el sentido delante de gente extraña.
—Esto ocurre en las mejores familias. ¿Qué me dices de ti la otra noche?
—Aquello fue diferente.
—No sé por qué.
—Al menos, yo no me emborraché en una cena de gala y delante de veinte desconocidos.
—Tampoco lo ha hecho Connie. Ha vomitado como una dama en el tocador de señoras y después se ha tumbado entre las pieles de la cama del cuarto de los invitados.
—Gracias a Dios que no vomitó allí también.
De muy adentro de Connie surgió un gorgoteo ominoso.
—Pero probablemente no tardará en volver a hacerlo —observó Jane—. Opino que será mejor que duermas en otra parte. A menos que te guste ensuciarte…
—Tienes razón —asintió Peter—. Tengo el estudio. Allí oiré a Connie si me necesita.
—Bueno, se acabó por hoy —exclamó Jane, cubriendo a Connie con la colcha—. Y ahora, si me disculpas, me marcho a la cama.
—Claro, Jane. Y gracias por todo.
—De nada, chico. Llámame si me necesitas. Buenas noches.
En el centro de la inmensa cama, Connie se agitó y musitó:
—Davey…
—¿Qué ha sido eso?—preguntó Peter.
—¿Qué?
—¿Ha dicho algo Connie?
—Si lo ha dicho no lo he oído, ni habrá tenido sentido. Vamos, Peter, vete a dormir. Mañana tendremos un caso difícil entre manos, pobre Connie. Buenas noches.
Despeinada, aunque luciendo todavía su vestido de noche, Jane cruzó el dormitorio de los Beale, en tanto el moño de falsos rizos le golpeaba la nuca.
Peter comprendía que debía sentirse cansado, agotado. Y no lo estaba. Contempló a la inconsciente esposa y se enfadó con ella. Después se enfadó consigo mismo por enfadarse con Connie. Como había dicho Jane, esto podía ocurrirle a cualquiera.
Con sumo cuidado, se quitó el esmoquin y lo dejó sobre la percha de pie del vestuario para que lo limpiaran y planchasen, a fin de tenerlo a punto para lucirlo en las próximas veladas. Deseaba que no fuera pronto.
—Hum… —gruñó—, después de lo de esta noche, probablemente no volverán a invitarnos.
La perspectiva de pasar una noche en el sofá del estudio no era alentadora. Había el pequeño dormitorio al lado, pero, ¡maldita sea! Peter recordó demasiado tarde, lo ocupaba temporalmente Davey Jones. En el mismo piso había dos dormitorios más desocupados, pero no estaban preparados. En uno había un lecho sin colchón; y el otro tenía colchones, pero sin cama. Ni tenían lámparas ¡qué remedio! Bueno, el despacho o nada.
Peter se desnudó, se puso un batín y se limpió los dientes. Cogió dos paquetes de cigarillos de un cajón del tocador de su dormitorio y los abrió. Dejó uno, con una caja de cerillas, sobre la mesita de noche, al lado de Connie, rebajó la luz de las lámparas hasta convertirlas en luciérnagas y se dirigió de puntillas al pasillo.
Connie volvió a estremecerse y a murmurar algo. ¿Podía haber susurrado «Davey»? ¡Imposible!

No había dos caminos. El estudio de Peter, que daba a la piscina, poseía la vista; pero el estudio de Connie, que daba a la pista de tenis, poseía la ventilación. Connie había deseado la luz del norte para pintar. Había olvidado por completo, pensó Peter con resentimiento, que él había tenido su corazón puesto en esa habitación para que fuese suya. Se hundió en el sofá tapizado de color naranja y lo lamentó. Debido al color, el sofá parecía tan caluroso como una estufa eléctrica. Y a causa de su tapizado de paño escocés, ciertamente producía calor. El color naranja fue un error, lo mismo que el tapizado. Los filamentos de la tela pinchaban el cuerpo de Peter a través de los pliegues de su batín, martirizándole sin compasión. Unas sábanas hubieran sido un envío del Señor, pero no tenía idea de dónde las guardaban. Recordaba que Connie había dicho en una ocasión que estaban en una de las celdas, que ella había tapizado con cedro, y la llamaba «el cuarto de la lencería». Los criados sabían qué celda era, pero todos estaban ausentes, celebrando algo en familia. De todos modos, era demasiado tarde para haberles llamado.
Peter consultó su reloj. Lo malo consistía en que no era muy tarde. Apenas las once y media. Por la tarde había dormido unas dos horas. Ahora no tenía sueño, ni era probable que lo tuviera pronto. A pesar de los combinados, del vino, de los coñacs y de la cena, no estaba bebido…, ni siquiera mareado. Casi envidiaba a Connie, tumbada en su cama y muerta para el mundo.
—Lo mejor será tratar de dormir —murmuró en voz alta.
Apagó la lámpara y se tendió en el sofá. El intento no tuvo éxito. Podía dormir con los pies apoyados en un brazo del sofá y la cabeza plana, o con la cabeza sobre un brazo y los pies bajos. O podía adoptar una postura fetal que dejaría su trasero o sus rodillas colgando fuera del sofá. Lo probó todo. Y no le convenció nada. Idealmente, Peter dormía boca abajo, desparramado como un águila en algo más de la mitad de su cama monumental. Vamos, pese a lo que se dice, ser alto tiene muchas desventajas.
El sofá nunca había sido diseñado para dormir. De haberlo sido, Peter habría debido medirlo para que encajase… como un ataúd. Lo cierto era que sólo fue pensado como adorno, lo mismo que el sofá del estudio de Connie; como un asiento donde dos personas pudieran estar tomando unas copas, mientras Peter leía en voz alta las desventuras de Sir Cosmo Mulligan. En el estudio de Connie, podían sentarse tomando unas copas mientras Connie enseñaba los bocetos de los retratos, los bodegones y los trompe l'oeil, que pintaba, como preparación para una exposición en una galería de arte indeterminada en alguna época no especificada. No obstante, ninguno de ambos sofás habían cumplido aún con tales requisitos.
—¿Por qué no podía tener éste diez centímetros más de largo y diez más de ancho? —se quejó Peter, probando una postura revolucionaria: boca abajo, pies encorvados encima del extremo opuesto. Todavía era peor; como dormir sobre una estera. El tapizado pinchaba la cara y el pecho de Peter, las rodillas y, en el extremo opuesto, sus empeines. Sintió cómo el sudor resbalaba por todo su cuerpo.
—¡Vaya, éste es el fin, el maldito fin! —exclamó, volviéndose penosamente de espaldas.
La luna, helada y azulínea, entraba por la abierta ventana, dándole en los ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba dando vueltas y más vueltas en aquel caliente y martirizador sofá? Oía el tictac de su reloj (casi como una campana), sobre la mesita de café que tenía al lado. Eran las doce menos cuarto. ¡Quince minutos! Le habían parecido quince horas.
Se incorporó y apartó el kimono-manta de su empapado cuerpo. Si al menos tuviese un par de almohadas (o cojines incluso) para proteger la cara contra los pinchazos del tapizado. Ah, sí, Jane le había prometido, no dos, sino cuatro. Sería del mismo tono naranja de la habitación, uno al estilo de Fernand Leger, otro al de Piet Mondrian, un tercero casi un Matisse, y finalmente un Picasso (una copia, claro, aunque con los colores exactos). Considerando las preocupaciones de Jane por la política, la música, la cocina, el francés y su alfombra de punto de media, los cuatro cojines tardarían varios años en estar terminados. Y estarían hechos de estambre, y arañarían como si fuesen de acero.
Peter volvió a sentarse, consciente del paño que le pinchaba los omóplatos, la parte baja de la espalda y la parte interior de los muslos. A la luz de la luna, buscó el paquete de cigarrillos, se puso uno entre los labios y lo encendió. Tosió despiadadamente. Sabía a malvavisco quemado. Había aplicado la llama al extremo del filtro. Lo apagó en el cenicero Eugéne Barmen (regalo de boda) de la mesita de café, y se indinó hacia atrás precavidamente. Encendió otro cigarrillo y por primera vez observó la luz que se filtraba por debajo de la puerta de Davey.
—¿Estará leyendo? —se preguntó.
Rió ante lo estúpido de la pregunta.
Fue la desesperación lo que obligó a Peter a levantarse. Esto, al menos, se dijo para justificar su acción. La desesperación, la incomodidad, el insomnio o simplemente el calor. En realidad, tenía muy sólidas razones para buscar la compañía de Davey Jones. Un segundo más tarde, Peter atravesó el despacho y golpeó ligeramente a aquella puerta.
No hubo respuesta. Claro que podía haber salido. Pero, ¿dejando la luz encendida? Una de las pocas manías de economía que Peter había heredado de su difunto padre era un horror a las cuentas de electricidad. Hasta que Connie al día siguiente de la muerte del señor Beale destruyó todas las pequeñas notas impresas donde se leía: «Cuando falta no haga, la luz apaga», que habían adornado todos los interruptores de la casa. No importaba que las velas que Connie encendía normalmente (ochenta a la vez: treinta en el comedor, diez en el salón, diez en la biblioteca, diez en el vestíbulo, veinte en el jardín) costaran más de un dólar cada una. Que el cheque mensual para la Compañía Hidroeléctrica ascendiese exactamente a dos dólares con siete centavos, tanto si se encendían las luces como si no, aún importaba menos. La manía de Peter respecto a la electricidad desperdiciada era una fobia, como el asco a las serpientes, a las arañas o a las ratas. Si Davey no utilizaba la lámpara de su habitación, debía apagarla. Para Peter, esto era cuestión de honor.
Quedamente, giró el pestillo de la maciza puerta y abrió. El dormitorio estaba tan caldeado como el despacho. Ante él, sobre la cama, divisó a Davey. El chico estaba muy enroscado, durmiendo como un leño.
Descalzo, en silencio, Peter se dirigió hacia la lámpara. Al acercarse a la cama notó, como la otra vez, el leve olor animal, aquella loción dulzona que Davey usaba en su cabello. Al aproximarse más, Peter tuvo consciencia también del tremendo calor. ¿Procedía todo de Davey? ¿Podía exudar tanto calor un ser humano? Tal vez fuese la lámpara; o el ambiente.
Peter alargó la mano hacia el interruptor y observó que le temblaba la mano, con violencia. Al fin, su mano entró en contacto con la lámpara. Y de pronto, un espasmo envió la lámpara al suelo.
Peter se dispuso a salir rápidamente del dormitorio. Estaba asustado y deseaba esconderse. Demasiado tarde, Davey abrió los ojos y levantó la cabeza.
—Hola —murmuró.
Agachándose para recoger la lámpara del suelo, Peter sintióse de pronto con la cabeza muy ligera, como a pique de desmayarse. Empleando todas sus energías, colocó la lámpara sobre la mesilla y hundióse débilmente en la cama de Davey.
El muchacho sentóse a su vez.
—¿Qué pasa, Petey?
—Pues… nada. Vi su luz encendida y, y… pensé que podía estar enfermo, de modo que yo… yo…
—¿Yo enfermo? No, diablo. Sólo medio ahogado de calor. ¿Y usted?
—Sí, hace calor.
Peter se puso le pie.
—¿Tiene algún pito, Petey?
—Hay un paquete en la mesilla de noche.
—Sí, pero son mentolados. Saben a jarabe para la tos.
—Le… traeré unos.
—No se moleste, no estoy tullido —Davey saltó de la cama y siguió a Peter hasta el despacho iluminado por la luna—. ¡Eh, creo que sufre usted el mal de San Vito! —exclamó al ver cómo temblaba la mano de Peter al sostener la cerilla para encender el cigarillo.
Peter se mostró tan asombrado que dejó caer la cerilla. Chocó con el cenicero y se extinguió con una llamita azulada.
—Es… el calor.
Aún muy débil, se sentó en el sofá. Davey le imitó. Luego parpadeó.
—Joroba, esta tela parece un cacto con el trasero al aire.
—Y también sin él —asintió Peter—. ¿Por qué no se pone una bata?
Davey sopló una nube de humo hacia la luz de la luna.
—Porque no tengo.
—Aquí hay varias. ¿Voy a buscar una?
—No se moleste. ¿Para qué? Chico, esta casa está llena de cosas raras. Hombres y mujeres posan para las pinturas, completamente desnudos con el culo al aire, y a la luz del sol para que todos los vean. Y ahora, cuando dos fulanos están fumando juntos en la oscuridad, han de estar tapados. ¡Y con este calor!
—Bueno… pensé que estaría más cómodo —replicó Peter, apartándose ligeramente de Davey.
Sabía que era él, quien estaría más cómodo y tranquilo.
—¿Con este calor? —exclamó Davey—. No, diablo.
—Como quiera.
Fumaron en silencio durante un rato.
—¿Sabe qué me gustaría? —prorrumpió de pronto el muchacho.
—¿Qué?
—Nadar un poco. Para enfriarme —se levantó y estiró voluptuosamente—. ¿Y usted?
—No… no sé. Tengo todos los bañadores en el armario y no me gustaría despertar a Connie.
¡Como si esto fuese posible!
—¿Y por qué necesita un bañador?
¡Vaya pandilla! Casi nunca llevan prendas encima cuando hace sol y todos los criados están presentes. Pero a medianoche, no pueden dos tipos zambullirse desnudos en la piscina.
—Cogeré un par de toallas —se ofreció el joven.
—De acuerdo. Pero no debemos hacer ruido.
—¿Ruido?
—Nada de zambullidas. Ni de chapoteos. No quiero que se enteren los demás.
—¿Que se enteren de qué?
—Bueno, es que no quiero molestar a los que duermen.
—Oh, claro.

Media hora antes, cuando dejaron caer las toallas y se metieron en la piscina sin hacer ruido, la luna brillaba casi como el sol. Nadaron en silencio y sin hablar. Excepto la fuerte respiración de Davey (Peter pensó que podía ser un buen nadador si llegaba algún día a controlar su respiración), y un ocasional chapoteo, la quietud fue completa. Por razones de las que Peter no estaba totalmente seguro, mantuvo siempre una buena distancia entre él y Davey. Cansados ya y refrescados, ambos salieron de la piscina y se secaron con las toallas. Por fin se agitaba una débil brisa y una acumulación de nubes empezaba a deslizarse por el cielo, ocultando a la luna.
Juguetonamente, Davey pellizcó a Peter en un hombro.
—¡No! —exclamó Peter con severidad. Experimentó un escalofrío y se apartó al momento. ¡Qué ridículo! Davey no había pretendido nada. Sólo una exuberancia juvenil…, camaradería entre chicos.
—Lo siento, Petey —susurró el muchacho.
—¿Quiere un trago?
—¿Eh?
—¿Quiere un trago? —preguntó de nuevo Peter, levantando un poco más la voz. —¿Tomará algo usted?
—Sí.
—Pues sí. Cerveza, si hay.
—¿Y si no hay?
—Lo mismo que usted.
Peter dejó la húmeda toalla sobre una silla y entre tinieblas se dirigió al bar situado junto a los vestuarios. Se sentía refrescado, casi helado. Se arrodilló delante del pequeño refrigerador y abrió la portezuela. La súbita corriente de aire helado le hizo estremecer. Junto con soda, agua de quinina, coca cola, jugo de tomate y ginebra, había seis botellitas de cerveza. Siempre tenían cerveza. Julio se cuidaba de ello. La mano de Peter estuvo a punto de coger una. Luego, rápidamente, subió la mano al estante superior y cogió dos vasos grandes, casi cuadrados. A la luz del refrigerador abierto, los llenó con hielo y whislay… casi hasta el borde. Tiritando de frío, se puso de pie y cerró el refrigerador con una rodilla. La portezuela se cerró con un ligero y discreto golpe. Peter quedóse solo en la oscuridad del cobertizo, con los dos vasos helados en la mano.
Pero no por mucho tiempo. Davey venía hacia él. Llevaba dos cigarrillos encendidos. Por un instante, Peter pensó que eran los ojos enrojecidos de algún animal nocturno. Se iban acercando más y más.
—Estoy aquí —murmuró Peter roncamente.
Demasiado tarde. Los dos cuerpos chocaron un segundo. Peter volvió a tener conciencia del enorme calor generado por Davey.
—Perdone —susurró el joven—. No le vi a oscuras. Tome, le encendí un pi… pitillo.
—Gra… gracias. Tome su bebida. No había cerveza.
Guiado por el resplandor del cigarrillo, el tintineo del hielo y el calor del cuerpo de Davey, Peter le siguió hasta el centro del vestuario a medio terminar. Olía a trementina, a jazmín florecido de noche y, muy débilmente, a Davey. Aquel día habían traído algunos nuevos muebles de lona. Peter tanteó con la mano por entre aquellas piezas desconocidas y sentóse en una silla frente a Davey. Más nubes cruzaban ahora el cielo. Estaba tan oscuro que Peter apenas lograba delimitar la piscina, la casa y sus propias rodillas. Sólo el resplandor del cigarrillo, el tintineo del hielo, la presencia del calor animal (¿real o imaginario?), le dijeron dónde estaba Davey.
—¡Uff! —exclamó éste—. ¡Esto es fuego!
Peter tomó un sorbo de su vaso. Era whislay puro, demasiada cantidad, demasiado fuerte. Bebió con ansia. Los dos hombres continuaron sentados uno frente a otro en la oscuridad. Sin hablar. Peter no tardó en ponerse de pie con el vaso vacío en la mano.
—¿Otro? —preguntó.
—¿Otro? No, gracias.
Para el segundo vaso, Peter no se molestó en poner hielo, pues aprovechó el que aún quedaba. En la oscuridad encontró el pequeño bar, buscó la botella de whislay y se sirvió… hasta que el líquido se desbordó. Al regresar, su muslo tropezó dolorosamente con algo. Luego volvió a encontrar su silla y sentóse en la oscuridad, tratando de discernir la forma de Davey, delante de él.
Peter nunca estuvo seguro, pero creyó que fue en busca de un tercer vaso lleno de whislay. No obstante, esto era algo que nunca supo.

A Peter le despertó un tremendo trueno. Estaba desnudo, enfriado y sin saber dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Resplandeció un relámpago, largo y vivido, seguido de un formidable trueno. A la momentánea luminosidad logró distinguir una ventana, con las cortinas agitándose violentamente al viento. Pero, ¿qué cortinas? ¿Dónde estaba?
Peter alargó una mano. Tocó algo cálido y vivo.
—¿Co… Connie? —murmuró.
Tenía la garganta parcheada, le dolía la cabeza. Se sentía muy mal.
El cielo se encendió una y otra vez, lo mismo que la habitación. Ante su intenso horror, Peter vio que se encontraba en el dormitorio de Davey, que estaba durmiendo en la cama de Davey, y que éste se hallaba dormido a su lado. Peter sentóse de un salto, sin atreverse a respirar apenas. Distinguió la esfera luminosa del reloj de la mesita de noche. Las cuatro y media. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquella cama y qué había hecho?
—¡Oh, Dios mío, oh, Dios mío, oh, Dios mío! —repitió varias veces.
Otro relámpago intensísimo y otro trueno. Davey murmuró, se agitó en su sueño y estiró las piernas.
—He de irme —se dijo Peter.
Aguardó un instante y luego, quedamente, puso un pie en el suelo y después el otro. Poco a poco, para no mover la cama, logró ponerse de pie. Pisó algo frío y húmedo. Era una toalla mojada. Destelló otro relámpago y rugió otro trueno. Davey dio una vuelta en la cama y musitó algo. Peter huyó a su estudio.
A la luz casi azulada de un relámpago, distinguió su batín sobre el sofá, como un guiñapo. Lo cogió cuando el trueno hacía resonar los cimientos de la casa. Las cortinas del estudio, que colgaban perezosamente todo el día, ahora se abultaban y bailaban con la fuerte brisa. Empezó a llover con fuerza. Temblando de manera convulsiva, Peter se embutió en el batín y tomó asiento en el sofá, sin importarle la tela.
Aquella noche no pudo ya conciliar el sueño.
De repente, tuvo conciencia de la luz del día… o casi del día. Aunque había dejado de llover, el cielo mostraba un color grisáceo. El reloj marcaba las seis y media. La habitación apestaba. El cenicero estaba repleto de colillas. Sin darse cuenta, había dado fin al paquete de cigarrillos. Se puso penosamente de pie, miró hacia la puerta cerrada que daba al dormitorio de Davey y se estremeció. Después, salió en puntillas al pasillo.
Connie seguía dormida en la cama. A Peter le habría gustado tenderse a su lado. Pero no podía. Cogió otro paquete de cigarrillos y bajó a la biblioteca. El día era gris, aunque no hacía frío. En realidad, la lluvia había recalentado aún más la atmósfera. Determinado a no pensar, se tumbó en el sofá, y cerró los ojos. Cuando los abrió, Jane estaba inclinada sobre él, con sus enormes pechos casi escapándose de su bata.
—¡Peter! ¡Peter, despierta!
Peter despertó.
—No puede sentarte bien dormir con esos gruñidos y gemidos. Nunca había oído tantos lamentos.
Peter se sentó erecto en el sofá.
—¿Dije… dije algo? Bueno, mientras soñaba.
—Nada que tuviera sentido. La gente nunca dice nada con sentido cuando habla en sueños. Leí un artículo muy interesante respecto al sonambulismo y al hablar en sueños en la Revista de la conducta anormal. Decía…
Sin mencionar las notas marginales, Jane describió el artículo con todo detalle.
Peter no la escuchaba. Trataba de recordar su sueño. Estaban implicados Peter, Davey, el tío Sterling Beale y uno de sus rubios secretarios. Estaban todos danzando a la luz de la luna en un templo griego, en una de aquellas islas de nombre casi impronunciable que tío Sterling visitaba constantemente, y luego… y luego… Peter no recordaba nada más. Pero sabía que el sueño había sido erótico, insano y amedrentador.
—…y en lugar de purgar al inconsciente —continuaba Jane—, hablar en sueños sólo significa…
—¿Dónde está Hal?
—…una profunda y una… ¿Qué?
—Pregunto dónde está Hal.
—Oh, lleva horas fuera. Está dando un sermón en San No Sé Qué.
—He de verle.
Peter se puso de pie.
—¿Para qué? Connie aún duerme. Pensé que debía guisar algo nutritivo como unos huevos a la Benedict. Mientras tanto hay un poco de Quice Lorraine frío y…
—¡He de ver a Hal! —repitió Peter.
—Oh, tonterías. Ya has oído otras veces su verborrea y… Bueno, si ésta es tu idea de un modo divertido de pasar un domingo por la mañana…

San Miguel y Todos los Angeles era una iglesia episcopaliana asentada en una de las calles más feas y frecuentadas de Cuernavaca. El día continuaba gris y húmedo, y la iglesia parecía una tetera caliente. No tan sólo el Reverendo Henry Thorndyke gozaba de gran prestigio social en Cuernavaca, sino que su fotografía y una breve biografía habían aparecido en el ejemplar de la Semana Sacra del Time, entre un selecto grupo de Jóvenes Clérigos muy Prometedores. En la iglesia, el público se hallaba congregado como en Pascua o en el funeral de un ciudadano prominente. Todos de pie. El templo estaba repleto de fanáticos. Los pañuelos secaban unos ojos llorosos. En el pulpito, Hal, reluciente de sudor y ardor, hablaba a los comulgantes de San Miguel y Todos los Ángeles. Espoleado por espasmos nerviosos, por jadeos deliciosos de fe, Hal estaba pronunciando uno de sus sermones más iconoclastas. Indudablemente, Jane lo había pulido, como hacía con todos, pero aún quedaba algo… y mucho más.
Peter se quedó con el pequeño grupo de los rezagados al fondo de la iglesia, aguardando a que terminase Hal. Si había alguien con quien debiera hablar era con Hal. Y Peter necesitaba hablar con alguien. El aire era opresivo. La procesión de candeleros de bronce que colgaba en el centro de la iglesia parecía elevarse y caer, girar y balancearse. Y Hal seguía tronando el templo.
«Tengo alucinaciones», se dijo Peter. «He de salir de aquí. Necesito aire.»
Ya en la calle, se apoyó en la rosada fachada de la iglesia. Dos muchachos mexicanos iban por la calle Guerero, con su reluciente cabello peinado a estilo pompadour, luciendo unas camisas chillonas, desabrochadas hasta el ombligo. Alegremente, reían por alguna broma privada. Al pasar frente a Peter, uno le guiñó un ojo. Peter sintió cómo le temblaban las rodillas. ¿Tan obvio resultaba, que los chicos ya le trataban como una conquista vulgar?
Oyó cómo cantaban en la iglesia, algún himno casi olvidado, después hubo un silencio, roto sólo por alguna palabra suelta, y por fin el órgano prorrumpió en una música triunfal. ¡Vaya, todo había terminado! La gente, ansiosa de respirar aire puro, salía en tropel de la pequeña iglesia, todavía deliciosamente estremecida por el fuego pastoral de Hal, aunque aliviada de que hubiese terminado.
Peter corrió hacia la sacristía donde Hal, ya libre de sus ropas sacerdotales, recibía a un grupo de admiradores. Por fin, Peter logró llevarle a un lado.
—Hal, quiero hablar contigo.
—Claro, Pete. Hablaremos después de los Westmacotts.
—¿Después de qué? —se extrañó Peter.
Cada vez menos atento a sus devociones, Peter pensó que los Westmacotts podía ser un servicio religioso, como los maitines o las vísperas.
—¿No te habrás olvidado de los Westmacotts, eh? Estuvieron en la cena de anoche y desean dar una… una especie de recepción en mi honor.
—Oh, sí, claro. ¿Y de veras tienes que ir?
—Naturalmente. Han sido tan buenos como para…
—Hal, esto es muy importante. He de hablar contigo. Mira, dejaremos aquí mi coche, subiremos al tuyo y…
—Esto es ridículo, ir dejando coches por toda la ciudad. Abre tú la marcha y te seguiré.
—Pero Hal…
—Oh, y ve lo más de prisa que puedas. No me gusta llegar tarde a una fiesta en mi honor.
—Pero Hal…
—Vamos, muchacho. Hemos de apresurarnos ya.

Los Westmacotts vivían en una mansión grande, italianizada, que la Señora Westmacotts describía como «palladium». Los señores Westmacotts, eran una juvenil pareja, muy decidida, de unos sesenta años, que trataban, con algún éxito, de introducirse en la sociedad de Cuernavaca. Nadie sabía por qué. Había personas que recordaban a la señora Westmacotts de cuando era la señora Larause y la señora Salomón y, un poco antes, la amante de un contrabandista de Detroit. En California, a las dos señoras Westmacotts anteriores las llamaban «Pobre Elsie» y «Pobre Marie». Industrialmente átona respecto a un pasado poco amable, la actual señora Westmacotts, se dedicaba a la iglesia episcopaliana, las Obras de Caridad y el Elemento Conservador. Aunque prefería Palm Spring y Las Vegas, el señor Westmacotts le seguía el juego a su esposa. Peter despreciaba a la pareja.
Los Westmacotts estaban ahora, uno junto al otro, frente a la puerta abierta, para recibir a su león. Por encima del alzacuello de Hal, la señora Westmacotts besó el aire en dirección a Peter y murmuró con una sonrisa tonta:
—Hola, querido.
—Hola —rezongó sólo el señor Westmacotts.
Luego, le volvieron la espalda (la de ella, muy encorsetada dentro de un vestido de seda rosa mexicana; la de él, en una chaqueta deportiva a cuadros) para preceder a su presa. Peter no tuvo más remedio que seguirlos.
Por tratarse de una pareja que sólo podía ofrecer dinero, o eso se murmuraba, los Westmacotts había atraído a un grupo de la Mejor Gente. La haute Cuernavaca había acudido casi en masa a ver la costosa nueva mansión de los Westmacotts y su nuevo y expansivo invitado. La reputación del Reverendo doctor Thorndyke le había precedido y se estaba ampliando poderosamente bajo la influencia de la adulación, las setas rellenas y los filetes de toro. Peter trataba de estar pegado a Hal, esperando llevarle aparte, pero la camisa negra, el alzacuello y la chaqueta lavanda eran rápidamente absorbidas por la legión de admiradoras de media edad.
Peter las conocía ya casi a todas y no deseaba ahondar aquellas amistades. Por lo visto, el sentimiento no era mutuo. Considerado Joven, Atractivo, Rico e Interesante, Peter no tardó en ser el centro de un círculo de voces femeninas, muy preguntonas. Era una Muchedumbre Dominical formada por personas que no jugaban al croquet o, más cansado aún, al golf. Una fanática científica cristiana le explicó, sin preguntárselo, que su moribundo esposo parecía diez años más joven. Una ardiente vegetariana le riñó por el pedazo de carne que Peter sostenía empalado en un espiche. Una pareja de artríticos le describió las maravillas del yoga. Un hombre que bebía tanto que a menudo olvidaba dónde tenía aparcado el coche, le alabó a Peter las maravillas del Control Mental de Siva, en beneficio de su memoria, aunque no recordaba cuándo, dónde ni quién le había dado el cursillo. Finalmente, una activa reencarnacionista posó un índice sobre la frente de Peter y le espetó que era un alma muy antigua y que había sido en vidas anteriores Adriano, Leonardo da Vinci y posiblemente Oscar Wilde.
Tras esto, Peter se disculpó, atravesó el patio de mármol de los Westmacotts, pasó por el vestíbulo de mármol de los Westmacotts y entró en el tocador de mármol de los Westmacotts, donde se sintió muy mareado. Pasó algún tiempo antes de que fuera capaz de reunirse con los de la fiesta. Y entonces, la gente empezaba a marcharse.
De pronto, Hal apremió a Peter a salir de la casa. Muy astuto en el pulpito y fuera de él, Hal dominaba algunas máximas tales como «Dejémosles mientras tienes buen aspecto… Déjales siempre riendo… Déjales mientras aguardan algo más.»
La crema de la devota Cuernavaca estaba subiendo a sus Galaxias, Chevelles y Datsuns. Sólo quedaban en la mansión de los Westmacotts, los tontos y los aburridos. Lo mismo que Hal había hecho una entrada triunfal, podía realizar una salida igual.
—Bien, chico —exclamó Hal, empujando a Peter por los mármoles importados de los Westmacotts—, creo que tienes algo que decirme, ¿eh?
Unas palabras de agradecimiento y despedida a los triunfantes Westmacotts, y Hal y Peter se hallaron junto a sus respectivos coches.
—Te noto un poco verde en torno a las patas de gallo, chico —observó Hal—. No te censuro. Una gente horrible. Una casa terrible. Aunque un vodka excelente. —Hal, he de hablar contigo.
—Es lo más sencillo del mundo, Pete. Volvamos a la civilización, unámonos a las chicas y disfrutemos de un buen día. Me lo he ganado.
—¡No! —casi chilló Peter—. En casa, no. Aún no. He de hablarte a solas.
—Charla de hombres, ¿eh?
—Bueno… tal vez pueda llamarse así.
—De acuerdo. Vamos al bar de Harry. Es divertido.
—No, al bar de Harry no. A un lugar más tranquilo.
—Oh… —Hal estaba desalentado. Más de una vez, sus ropas eclesiásticas habían promovido algo de alboroto en aquel local—. ¿Dónde? ¿Al bar de Pancho?
—No… no lo sé. Ya encontraremos un sitio.
—De acuerdo. Tú guías, Macduf, aunque la frase es incorrecta. Lo que hay que decir es…
Antes de que Hal se enfrascara en una disquisición de las Obras Completas de William Shalaespeare, Peter cerró la portezuela del coche y puso en marcha el motor.
Seguido por Hal en su monstruoso auto extranjero, Peter se preguntó adonde podían ir. El Universal y el Bar de Cuernavaca estarían llenos de gente conocida, gente que se uniría a ellos, que les invitaría a distintas rondas. Sitios como Las Mañanitas y la Hostería de las Quintas estarían atestados por los grupos domingueros. No, debía ser un lugar desconocido, donde pudieran hablar en privado. Finalmente, divisó un sitio perfecto a un lado de la calle. Había pasado por allí docenas de veces y siempre le había maravillado el nombre: El desempeño de mi sueño[13].
Era una choza de adobe, de una sola estancia, que daba ligeramente al sur, y se hallaba apoyada en un árbol vetusto y unas cuantas parras. El local estaba vacío, como siempre, aparte del dueño y un perro sarnoso, los cuales dormitaban en la entrada. Peter detuvo el coche y, con un rechinar de frenos, Hal estuvo a punto de chocar con él. Aquél saltó atléticamente por encima de la portezuela y preguntó:
—¿Le pasa algo a tu motor, Peter?
—No —respondió éste, apeándose a su vez—. Hemos llegado.
—¿Es aquí?

Sentados a una mesa tambaleante situada debajo del emparrado, Hal volvió a mostrarse expansivo.
—Bien, esto parece diferente. Extraño. Muy diferente de los locales turísticos. Ah, me gusta.
—Hal —empezó Peter—, el motivo de querer hablarte…
De pronto, el propietario, sin afeitar y con ojos adormilados, estuvo a su lado, y Hal aún se mostró más expansivo en español.
—Para mí, por favor, un martini muy seco, con ginebra Tanqueray.
—¿Cómo? —gruño el otro.
—He pedido un martini muy seco, con ginebra Tanqueray… o Beefeater si no tiene de la otra.
Pasó algún tiempo antes de que Hal se convenciese de que El desempeño de mi sueño sólo tenía entre sus existencias pulque, tequila y cerveza. Nada más. Hal se decidió por tequila con soda. Peter le imitó. Sobre la mesa fueron colocados dos vasos de tequila y naranjada. No había soda. Las bebidas estaban calientes, casi quemaban. No había hielo.
—Pues señor... —exclamó Hal.
—Hal —le interrumpió Peter con desesperación—, no te preocupes por las bebidas. Más tarde beberás lo que quieras. Esto es muy importante.
Hal estaba secando el borde del vaso con un gran pañuelo con iniciales. Levantó la mano pidiendo silencio, se llevó el vaso a los labios, sorbió, cerró los ojos y consideró el sabor. —Hum… Poco corriente. Aunque no está mal. Cuesta trabajo conocer las costumbres de esos nativos. No está mal. Sacó la pipa, la bolsa del tabaco y un encendedor de oro y se dedicó al elaborado trabajo de disponerse a fumar. —De modo que es esto lo que los mexicanos típicos…
—Hal, esto no es típico, ni es una costumbre nativa. Es naranjada y un mal tequila y te pondrás enfermo si lo bebes. Hemos venido aquí para poder charlar… a solas. He de sacarme una cosa del pecho, y sólo a ti puedo decírtelo.
—Bueno, con lo bien que nos conocemos desde… Veamos… de qué se trata —de pronto, cambió de idea—. Sí, creo que fue en…
—Hal, no me interrumpas.
Hal se retrepó en su asiento y compuso una expresión de honda preocupación cristiana. No era justo, pensó, después de una hora en aquel horno de pulpito, dos horas de verse abrumado por tanta gente y los vulgares Westmacotts… ¿No tenía ya bastante para un domingo? ¡Y estaba de vacaciones! ¿Quién habría pensado que el sano, el bueno de Peter, le traería a una pocilga como ésta, le invitaría a un vaso de orines de caballo (sí, perdóname, Dios mío, orines de caballo), acortando de este modo la hora de los combinados y una zambullida en la piscina?
—Hal, apenas sé cómo confesarlo, pero estoy enamorado. «¡Dios mío, ayúdame!» se dijo Hal. Si se tratara de un crío histérico, todo se solucionaría en unos minutos, y dentro de poco chapotearía por la piscina. Pero no. Aquí estaba Peter, un hombre hecho y derecho, su mejor amigo, confesándose frenéticamente. Esta idea le embarazaba. «Calma», se dijo. Inclinó la cabeza, entrecerró los penetrantes ojos, y apretó la pipa con fuerza entre los dientes.
—Naturalmente, no tienes por qué contármelo, Peter. En realidad, prefiero no conocer nombres. Pero, eh… ¿conozco a la dama en cuestión?
—No hay dama en cuestión —replicó Peter—. Me he enamorado de Davey. De Davey Jo…
El ruido de la pipa al caer sobre la mesa ahogó el apellido Jones.
Sobre las rodillas de Hal se esparcieron briznas de tabaco relucientes, y él se apresuró a quitárselas de encima. Se quemó las palmas de las manos, observó unos agujeritos en el pantalón y sintió la mordedura de la ceniza caliente en el muslo derecho. El traje era un Bill Blass y a Jane le había costado una fortuna. Aun así, Hal casi se alegró de aquel incidente. Le daba ocasión para meditar, para recogerse. ¿Había oído bien? Sí, había oído bien. Peter Beale, entre todos los hombres del mundo, se había enamorado de Davey Jones, entre todos los chicos del mundo.
«Oh, Dios mío, por favor, ayúdame», le suplicó Hal telepáticamente a su Creador. «No dejes que me aturda.»
Hal emergió de su turbación y terminó de limpiarse el pantalón.
—Perdóname, Pete, pero permitirás que me parezca muy difícil aceptar este hecho.
—Me ocurre lo mismo.
—Si fuese una persona atractiva… Oh, no me refiero a su aspecto solamente, sino a alguien que tuviera algo que ofrecer. Alguien con inteligencia y gusto. Alguien que tuviese algo en común contigo. Alguien de tu propia…
El Reverendo Thorndyke no terminó la frase. Lo que decía sonaba a… a sofisticación. Y si había algo que él no fuese, era sofisticado.
—No es mal chico —murmuró Peter.
¡Hal podía ser un sofisticado! ¿Quién diablos era Hal, más que el hijo de un comerciante próspero; un chico de clase media que había asistido a buenos colegios y se había casado muy bien?
Hasta que Hal lograse sobreponerse, la interrogación sería la mejor política.
—¿Cuánto hace que dura esto?
—¿El qué?
—Este… hura… este asunto amoroso.
—¿Qué asunto amoroso? ¿Por quién me tomas?
¿Realmente estaba loco Peter? Ten calma, Hal.
—Bien, Pete, muchacho, presumo que si esta… esta infatuación está perturbándote, es porque debe haber alguna implicación física en ello.
Ciertamente, no podía tratarse de algo de carácter intelectual, con referencia a Davey.
—Oh —masculló Peter—. Esto… Nunca. Bueno, no creo. No estoy seguro. Tal vez anoche… No lo sé. Estaba demasiado borracho para acordarme.
—¿También tú borracho? —exclamó Hal enarcando las cejas.
Y contemplando el vaso que tenía frente a él, meditó.
¿Acaso todo el mundo se volvía dipsomaníaco en Cuernavaca con sólo tomar dos copas? La altura, tal vez. Una gota cayó dentro del vaso. Otra en el hombro de la chaqueta. Y otra chocó con su cabeza. Estaba lloviendo. ¡Dios venía en su rescate!
—Pete, muchacho, empieza a llover. Vamonos de aquí. Y déjame meditar. Sí, déjame meditar. Ya hablaremos más tarde.

—… tonta escolar o una especie de vieja trucha enloquecida en medio de la menopausia, podría entenderlo —estaba diciendo Jane. La joven se hallaba estupefacta, aunque no lo habría admitido por nada del mundo—. Pero, Connie, tú no eres nada de eso. Eres una mujer inteligente, educada, muy personal, atractiva, joven, casada. Casada felizmente, o al menos siempre he creído eso.
—También yo.
—No quiero ser chismosa, querida, pero, ¿es adecuado Peter en la cama?
Jane no quería ser entrometida. Siempre había tenido la sensación de que Peter era más que adecuado, y esperaba por el bien de su amiga que lo fuese oiucho más que Hal. Éste siempre estaba leyendo manuales de cómo hacerlo, pero había una gran diferencia entre la teoría y la práctica. —Oh, sí, en esto no hay pegas. ¡Pobre Peter!
—Bueno, entonces es otra cosa. ¿Le cuelga a ese Davey como a un caballo, o tiene una verruga en la punta o algo que los demás hombres no tienen?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—¿Cómo quieres que lo sepa? ¿Cómo no quieres saberlo? ¿No estás teniendo un grande affaire?
Jane rastreaba la R, con una exagerada pronunciación francesa.
—¡Claro que no!
Connie se enfadó ante tal sugerencia.
—¿Y por qué no?
Jane lo preguntó sin mucha convicción. Esto la hacía sentirse mundana. Más mundana, en realidad, de lo que era. Como una perfecta joven judía, la habían conducido virgen a la suite nupcial del Bellevue-Strasford y, aunque ocasionalmente ansiaba cierta actividad extraconveniente, continuaba monógama y razonablemente contenta bajo las caricias aprendidas por Hal en los libros de texto.
—De este modo, lograrías arrancar de tu sistema sexual a ese retrasado mental.
Jane aplastó el cigarrillo en el cenicero, se puso de pie y se dirigió a la botella de vodka. Al principio de tan sorprendente y perturbadora entrevista, Jane había mezclado el vodka con jugo de tomate (Bloody Mary). Jane siempre mezclaba los Bloody Mary con la concentración de un alquimista, llevando al crisol refinamientos tales como pimienta negra recién molida, sal, Worcesteshire, Tabasco y dos, sólo dos, gotas de vinagre (el jugo del limón era demasiado obvio). Ahora no tenía tiempo para tales lujos. Sobre el hielo y el jugo de tomate de su vaso, vertió el vodka.
—¿Otro? Desmayadamente, Connie negó con la cabeza. Lamentaba haber bebido tanto la noche anterior, porque en caso contrario, ahora no padecería de resaca, y en este caso no habría tenido que aconsejarse con Jane, llevándola a su estudio para esta desastrosa entrevista. Y ciertamente, se arrepentía de esta conversación.
—No… no sé por qué te he metido en esto, Jane. Pero me sentía tan desdichada y mezquina que tenía que confiarme a alguien.
—¿Confiarle a alguien… qué? Aquí estás emperrada por un chico que ni siquiera sabe contar con los dedos, bueno, que es retrasado mental. Tú lo dices; Peter lo dice; Hal lo dice; yo lo digo. Por lo que sabemos, es una conquista del tío afeminado de Peter. No puede conversar cinco minutos seguidos. Nadie lo aguanta. Lo hemos probado todo, excepto la dinamita, para librarnos de él. Y lo primero que sé es que tú lloras por él como un personaje de Tennyson. Y no te has acostado con él. Por lo que sé, ni siquiera le has besado.
Connie sacudió lentamente la cabeza y arrugó el pañuelo hasta convertirlo en una bola.
—Entonces…, ¿qué has de confiarme?
—Que le amo.
—¡Oh, Connie! —Jane dejóse caer sobre el sofá, con exasperación. Connie podía ser muy difícil. Incluso imposible—. ¿Qué puedes amar en él? En primer lugar, desde el momento en que pisó esta casa nos pusimos de acuerdo en que no tiene cerebro bastante para sacar vino de una bota. ¿No es así?
—No tuvo nuestros estudios. ¿Hablaba ahora la madre de Connie?
—Y de haberlos tenido, no los habría podido aprovechar. Es un joven estúpido. Todos estamos de acuerdo en esto. Incluso lo dijo esa ramera de Mendoza que estuvo aquí la otra noche.
—También ella lo desea —replicó Connie.
—¡Tonterías! Quería el alquiler. Y si a eso vamos, el niño huyó de su casa, sin pagarle la cuenta, ¿eh? En realidad, no sabemos nada bueno de él, salvo que vino aquí con una carta de aquel viejo marica, Sterling Beale. Y por algunos de los numeritos que he visto de tío Sterling, la suya no es buena recomendación. Incluso podría estar aquí como fugitivo de la ley.
—¿Davey? Oh, jamás.
—Pero tanto si es el Estrangulador de Boston o tan honrado como la luz del día, no tenéis nada, absolutamente nada, en común.
—Es tremendamente dulce.
—Y la sacarina, mira ésta. Oye, Con, supongamos que ese Davey fuese un portento sexual, cosa que dudo. Bien, te acuestas con él y tienes cincuenta orgasmos seguidos y…
—¡Oh, Jane, no hables así!
—¿Por qué no? Todo acaba en esto. Así estás en órbita. Dices: «Ponemos un poco de música, ¿eh, Davey? ¿Qué te gusta? ¿Beethoven? ¿Hindemith? Ay, ni siquiera el Bolero de Ravel.» Y acabas poniendo la Familia Crap. No me interrumpas. Yo misma le he oído. Luego, tú lees algo fascinante. Y deseas discutirlo con él. ¿Qué lee Davey? ¡Libros de niños! Llévale a un museo. ¿Qué estudiará Davey? Ni siquiera sabe cocinar. Ocho horas en cama con un semental puede ser estupendo. Pero, ¿qué haces con él las otras dieciséis?
—Jane, no lo entiendes.
—Tú sí. Y yo no. Y sería tonta si tratara de pasar el resto de mi vida explicándotelo. De modo que ni lo intento. Lo único que sugiero es que te largues hoy de aquí. Ahora mismo. Antes de que hagas algo de lo que tengas que arrepentirte el resto de tu vida. Yo te ayudaré a hacer el equipaje y…
—Pero, Jane, no quiero dejarle.
—De acuerdo. Entonces, haz otra cosa sensible. Llévatelo a la cama y líbrate de tu complejo. Peter no tiene por qué saberlo. Y de esta manera, acabarás por comprender que… ¿Qué te ocurre ahora?
—¡Pobre y querido Peter! —gimió Connie, con lágrimas saltándoles de los ojos—. Oh, Jane, todo lo que has dicho es verdad y yo… yo, al amar a Davey, soy…, ¡soy una miserable!
Connie estalló en un llanto incontenible.
—Con, querida… —murmuró Jane, casi aliviada.
La mundana Jane ya no estaba extrañada, sino sólo embarazada.

La lluviosa tarde transcurrió entre labores personales. Los Beale y los Thorndyke, afirmando que tenían que redactar varias cartas, se separaron y se dirigieron a sitios apartados; Connie a su estudio; Peter al suyo; Jane a su dormitorio; Hal al reclinatorio de la capilla. Todos se hallaban profundamente trastornados. Sólo Davey, ignorante de las tensiones del monasterio, pasó el día agradablemente. Vio la televisión en la biblioteca. El espectáculo era Siempre en domingo, y duró siete horas. Claro está, hablaban en mexicano, mas por lo demás fue estupendo. Como el antiguo programa de Ed Sullivan. Cantantes, bailarines, acróbatas, y una tiparraca con los pechos al aire que cantó «Número Nueve», la canción favorita de Davey.
A falta de criados, la cena se sirvió en la mesa de refectorio de la enorme y abovedada cocina. Ésta resultaba, tal vez, un poco recargada de fuerza, combinando la eficiencia electrónica del siglo xx con la penumbra monacal del siglo xvi. Las velas tembleantes, que chorreaban cera desde los candelabros y palmatorias, contrastaban de manera extravagante con la disimulada luz catódica, como la alabanza destacada del aparato intrauterino, formulada por Jane, contrastaba con la misa de Bach que surgía de un altavoz escondido. Salvo por la misa y por Jane, la estancia estaba ominosamente callada. Aquella noche, Jane parecía frenética y hablaba por cinco, mientras Hal se concentraba en preparar gin-fizz hasta el borde de una fuente española. Connie y Peter rechazaron un segundo vaso, pensando cada cual que ya había bebido bastante. En cambio, tres por barba apenas les bastaron a los Thorndyke.
—Cerveza, si hay —pidió Davey, que por fin había dejado la contemplación de un número fascinante de patinaje en Siempre en domingo. Peter precipitadamente alcanzó una botella, chocando con Connie ante el refrigerador.
Sentada a la mesa, Jane miró con aprobación la pizarra que colgaba de la pared de losetas, debajo de una pintura primitiva de San Francisco (Jane habría jurado que era una falsificación de Connie). El menú escrito en la pizarra anunciaba Senegalesa fría, Ratatuoille (Jane habría apostado que Connie no tocaría la suya), ensalada Gadslai, Vainilla a la Bá-vara, y un vino mexicano que Jane no conocía. Una comida muy adecuada para un domingo. De pronto, Jane dirigió la vista a su plato: dos hamburguesas, ensalada de patatas y un poco de escabeche. Una jarra de cerveza se hallaba colocada junto a la punta de su cuchillo. ¡De modo que la minuta era ésta! ¡Connie era capaz de envenenar a su marido y a sus dos mejores amigos sólo por culpa de su sórdida sexualidad!
El silencio se hizo opresivo, abominable, y Jane y Hal empezaron a charlar como monos, interrumpiéndose, contradiciéndose, pisándose las palabras. Connie y Peter sólo contribuyeron con monosílabos y comentarios distraídos. Davey, como de costumbre, no abrió la boca, más que para comer. ¡Terrible!
Después de un postre de helado de chocolate (comprado en la tienda, opinó Jane), y salsa de malvavisco (o algo parecido), Davey afirmó que la cena había sido «buena». El único comentario de Hal fue un suave eructo dentro de la servilleta azul. Los demás callaron; también Jane.
Mientras Connie y su amiga amontonaban los platos en la inmensa fregadera norteamericana, los hombres salieron de la cocina. Davey se dirigió a la biblioteca donde, para deleite suyo, Siempre en domingo ofrecía una actuación de juegos de manos.
—¿Quieres charlar un poco, Pete? —preguntó Hal, volviendo a tapar la botella del coñac con un discreto tintineo.
—¿Aquí? —inquirió a su vez Peter.
Desesperado, indicó la nuca de Davey. Siempre en domingo, presentaba con orgullo una pareja con ropajes rosas que bailaban claque sobre unos xilófonos. Davey estaba entusiasmado.
—Mejor en la capilla —murmuró Hal. Abrió la marcha con gravedad.
—¿Bien? —preguntó Jane, por encima del ruido de los platos.
—Bien, ¿qué?
Connie estaba conscientemente de espaldas a su amiga, apagando las velas con un soplavelas de iglesia.
—Ya sabes a qué me refiero. ¿Has reflexionado?
—¡No pienso en otra cosa! —gritó Connie, girando sobre sí misma.
-¿Y…?
—¿Y qué?
—¿Has llegado a alguna conclusión?
—A ninguna, Jane. Todo está peor, si cabe. Cuando le he visto esta noche con la ensalada de patatas…
—¡Dios mío! Bueno, si me necesitas estaré en mi cuarto.
Bruscamente, como siempre, Jane se retiró a su petit-point, a su Proust, a su Pepto-bismol.
Connie apagó las luces de la cocina y se deslizó, como un duende, por el corredor de piedra del monasterio. Salía luz de la biblioteca. Apoyada silenciosamente contra el marco de la puerta, Connie contempló a Davey. ¡Su cabeza! ¡Su hermosa, bellísima cabeza! Extasiado, Davey contemplaba un grupo de focas que actuaban en Siempre en domingo.
Estaba solo, Connie deseaba entrar en la habitación, tocar su cabello, besar aquella nuca bronceada.
—No puedo. No debo. No lo haré —suspiró.
Estremecida de amor, volvió a suspirar y se dirigió silenciosa y lentamente a la escalinata. Davey bostezó, se rascó el trasero y se instaló con más comodidad en el sofá de la biblioteca para admirar a un grupo de Monterrey que interpretaban danzas típicas mexicanas.

La capilla era circular y pequeña. Hal, con los sobacos oliendo aún a desodorante, se preguntó con asco cómo debía de haber olido aquel recinto cuando estaba lleno de veinte franciscanos sin lavar. Cuatro siglos atrás, habría habido allí… no un olor, sino más bien… Oh, bueno.
Peter encendió la lámpara eléctrica: veinticuatro brazos equipados con bombillitas en forma de llama que, desde gran distancia, parecían exactamente velas. Un segundo interruptor al girar dejó ver los primitivos frescos retocados.
Hal pensó encender los cirios del altar, pero al fin se decidió en contra. Sería ir demasiado lejos. En realidad, para una charla sincera como iba a ser aquélla, el Reverendo Doctor Thorndyke prefería la Naturaleza, como el parque de la Universidad, el Jardín de Shakespeare o el Anna May Wilkinson Memorial Mall. Nubes en el cielo, la puesta del sol, estrellas parpadeantes que a veces obraban curas milagrosas; además, claro, el propio doctor Thorndyke. Las estrellas brillaban fuera esta noche, y pronto saldría la luna, pero la lluvia de aquella tarde haría que luciesen charcos sobre un prado muy poco propicio, cuando no peligroso. La gripe. Los mosquitos. ¡Los escorpiones!
Sí, la capilla no era mala elección. Al menos, él pisaba terreno conocido, no como el despacho de Peter, todo en tonos anaranjados y tan ecléctico, con grabados de aquel… sí, de aquel anormal de Sir Cosmo Mulligan.
A parte del reclinatorio, la capilla ostentaba dos tronos comidos por la polilla, sacados de las celdas de abajo. De pie, Hal los había admirado muchas veces, aunque Jane estaba segura de que eran imitaciones del siglo xix.
—Siéntate, Pete, muchacho —dijo Hal.
Dando ejemplo, él se sentó primero y parpadeó. Jane estaba equivocada. Los silleros del siglo xix hubieran incluido muelles. Aquellos tronos estaban fabricados por los inquisidores, a buen seguro. Hal le sonrió socarronamente a su amigo, sin saber dónde dejar su ventruda copa de coñac. No había otro sitio más que el altar, lo cual no sólo era irreverente, sino que estaba a tres metros de distancia.
—Bien, Pete, ¿has reflexionado… sobre nuestra charla de esta tarde?
—No he pensado en nada más. Es la cosa más imbécil de la tierra. Sé que está mal hecho. Sé que no es normal. Nunca había experimentado tal cosa, jamás había tenido el menor deseo… Bueno, al menos no hacia ningún hombre vivo.
—¿Y el señor Despard, el jefe de los boy-scouts?
A Hal le gustaba llevar siempre la voz cantante, formulando, y no respondiendo, preguntas. Además, siempre le habían extrañado las relaciones entre Peter y el señor Despard.
—¿Morrie Despard? ¡Estás loco! Diantre, ya sabía que era tan sospechoso como un billete de tres dólares. Todos sabíamos que era marica. Pero jamás obtuvo nada de mí…, a pesar de que no dejó de intentarlo.
Incluso en su amargura, Peter no estaba desprovisto de vanidad.
—Ya —asintió Hal con cierto desaliento. Durante la pubertad, Hal había sufrido de eczemas, pero ni siquiera esto había disuadido al señor Despard de algunos roces bien certeros en la última fila del Teatro Orfeum durante la proyección de El puente sobre el río Kwai. Hal todavía recordaba vividamente aquella tarde, aunque no la película. De haber sido Peter también una de las víctimas del señor Despard, Hal se habría confiado a su amigo. Le habría otorgado a esta charla de hombre a hombre, un vínculo en común. Jamás le había contado a nadie lo suyo con el señor Despard en el Orfeum, y ahora suponía, con cierta tristeza, que su secreto bajaría con él a la tumba.
—¿Nada en el colegio?
—Tú debes saberlo. Compartimos el mismo dormitorio. Aunque se hablaba mucho de ti y el profesor de francés. ¿Qué había de cierto?
Hal se retrepó en su trono, chocando con la nuca contra el rostro de un ángel tallado en la madera. A los dieciséis años había descubierto, de primera mano, que las irregularidades del francés se extendían más allá de los verbos. Hal había escapado a la violación saltando desde una ventana de la habitación del señor Le Clerq, durante una sesión de gramática. El señor Le Clerq era muy poco atractivo. Y si Hal había conseguido un aprobado en la asignatura del francés en aquel curso, se debía en parte a un tobillo torcido. Bien, todo va bien si acaba bien. Pero, ¿cómo podían ser los demás compañeros tan obtusos de cerebro como para chismorrear sobre tal cosa?
Hal prefirió no dignificar la pregunta de Peter con una respuesta. Y continuó con sus propias preguntas. Era más seguro.
—¿Y qué hay de tu hermano, Bolton?
Los dos recordaban haberse escondido detrás de un seto, veinte años antes, para ver, con los ojos muy abiertos, cómo se llevaban a Bolton Beale a una costosa institución mental, en donde todavía se albergaba. Por tácito acuerdo, desde aquel día nunca habían mencionado el nombre de Bolton Beale.
—¿Con Bo? Bo me odiaba. Nunca me puso una mano encima, salvo para retorcerme el brazo o zurrarme.
—Muchas personas encuentran satisfacción sexual en el sadismo.
—Bueno, pues yo no, ni creo que Bo fuese sádico. Por lo que recuerdo, a Bo le gustaban las chicas jóvenes, las mayores, las viejas, las bajas, las altas, las negras, las blancas, las escolares y las criadas. Por eso está donde está y por eso estará allí seguramente el resto de su vida.
—Hum… sí, satiriasis creo que le llaman. ¿Has vuelto a verle.
—Nunca. Envían un informe mensual. Y una cuenta. Yo odiaba a Bo. Y sigo odiándolo. Al fin y al cabo, mató a mi madre.
—Pete, muchacho —murmuró gentilmente Hal—, tu madre se suicidó.
—Sí, pero por culpa de Bo. Si él le hubiera administrado las pildoras para dormir de una a una, no la habría matado mejor.
—Bien, Bo era un… defectuoso mental. No se le puede censurar.
—Lo cual no hace que le quiera. Bien, tranquilízate, no hubo juegos de manos entre mi hermano y yo. Nos despreciamos mutuamente mientras vivimos bajo el mismo techo. Y me alegré cuando se lo llevaron.
Silenciosa, tristemente, Hal reflexionó sobre la falta de caridad de su viejo amigo. Luego probó otro ángulo.
—¿Y tu… hum… desdichado tío?
—¿Tío Sterling? ¿No habría sido un incesto o algo así? No, Hal, lamento desilusionarte, pero sólo le he visto dos docenas de veces en mi vida. Ningún interés por ambas partes. Además, ese caballero los prefiere rubios.
La ingeniosidad flotó en el aire y cayó al suelo de golpe.
—En otras palabras. Tú eres… eh… virgen.
—Respecto a este asunto, sí.
—Entiendo.
Hal estaba francamente desencantado. En realidad, no lo entendía. Más de una vez, antes de conocer a Jane, Hal había sufrido las tentaciones de San Antonio. Durante dos veranos en el campamento, mientras Peter trabajaba en Gráficas Beale, Hal, un adolescente corpulento, había mirado ansiosamente al profesor de declamación, un norteamericano del Oeste que sólo tenía ojos para el entrenador de natación (y a veces, por el maestro de mecánica). Y durante la gira estudiantil por Europa, mientras Peter, lápiz azul en mano, repasaba las galeradas, se produjo aquel Incidente (no podía llamarse de otra manera. Bien, sí, podía llamarse de otra manera, pero Hal prefería no hacerlo), en los Jardines Borghese, con un hermano lego empleado en la Biblioteca Vaticana. Cierto, Hal y el hermano lego habían comido fettucini y bebido tres botellas de Valpolicella y, hasta ahora, Hal siempre había achacado todas las culpas al Valpolicella. Y fue aquel Incidente el que llevó a Hal a Jane y a la Divinidad Escolar de Yale. Desde aquella decisión, a la que había llegado a través de las agonías de la contrición en una habitación del hotel Fior de Roma, mientras el hermano lego caminaba en sandalias, con impaciencia por el vestíbulo, no hubo allí más Incidentes ni más ansias por los mismos. ¡Gracias al Señor! Siempre sabedor de que Peter era más alto, más delgado, más guapo y… sí, más sexy que él, Hal empezaba a lamentar que su amigo no hubiese sucumbido, ni siquiera considerado, a la perversión.
¡Le estaba bien empleado! ¡Peter podía haberlo probado todo durante la juventud o la adolescencia, cuando se supone que los muchachos lo prueban todo! En cambio, ahora… con treinta años, casado… Hal borró de su mente estos pensamientos por poco caritativos y bajos. De forma expurgativa, edificante, Hal puso en palabras su preocupación pastoral.
—Pete… Pete, muchacho, perdona por favor una sugerencia dilatoria, pero tal vez hubiera sido mejor que tú… hum… hubieras experimentado con miembros de tu propio sexo durante los años formativos… cuando otros lo hacen. Según los informes de Kinsey…
—¡Kinsey puede coger sus informes y metérselos en el…!
—¡Por favor, Pete! Estás insultando a un gran científico, que ya no está entre nosotros.
—Lo siento, perdona. No tengo nada contra el doctor Kinsey, sus diagramas y sus hallazgos. Tienes razón. Debí someterme a las prácticas de Morrie Despard; decirle que sí al profesor de tenis y al de francés…
De modo, pensó Hal casi defraudado, que yo no fui el único. La perfidia del señor Despard y del señor Le Clerq le irritaban… levemente.
—O a aquel rico señor como se llame —continuó Peter—, ya sabes a cuál me refiero, que poseía aquella mansión en la esquina de la avenida Hawthorne y la plaza Briarcliffe.
Hal llenó el nombre en blanco «Señor Throckmorton» Había oído rumores, y siempre se había preguntado qué pasaba detrás de los muros de piedra del gran castillo Victoriano, sólo a un bloque de casas de donde él y Peter habían nacido.
—Ah —suspiró Hal—, volver a ser joven.
—¿Cómo?
—Nada, Pete, muchacho. Continúa.
—Y en Yale, debí ceder ante aquel marica de Nueva York, Clayton o Clairbone. Me olvidé. Y aquel fantasmón de North Haven que siempre rondaba por la piscina. Diablo, todos corrían detrás del que podían atrapar.
Hal volvió a recordar los nombres y las caras. Ah, de haberlo sabido diez años atrás, cuando era tiempo aún.
—Pero, Pete, muchacho, en la juventud, estas relaciones son normales. Todo el mundo espera que ocurran.
Estas palabras eran una gran ayuda para el propio Hal.
—¡Claro, dímelo ahora! ¡Ya ves, a la mitad de mi vida! Enganchado a una esposa y este caserón, ¡y con una capilla, por Dios santo!
—Tranquilo, Pete, muchacho. ¿En la mitad de tu vida? ¿Tú? ¿A los treinta años? ¿Y enganchado a una esposa? ¿Enganchado a una esposa amable, buena y joven como Constance? —ordinariamente, Hal habría dicho «Connie», por amistad y costumbre. Pero ahora Hal llevaba las ropas eclesiásticas figuradamente hablando, y los apodos y diminutivos no encajaban. —Por favor, recuerda, Pete, que Constance es la parte inocente en este, este… hum… desafortunado.
Hal se alegró de que Peter le interrumpiera, porque en realidad no sabía qué más decir.
—¿Piensas que no lo sé? ¿Crees que lo que siento por Davey me molestaría ni la mitad si no fuese por Connie, nuestro matrimonio, esta casa y todo lo demás? Diablo, si fuese libre, el chico y yo nos marcharíamos esta noche… a Sudamérica, a Europa, a un safari en África, tal vez; incluso daríamos la vuelta al mundo en nuestro yate.
Hal permitió que un suspiro pasara por entre los pelitos de su nariz. No era malo el sueño de Peter. Sólo unos meses, incluso unas semanas, lejos de la cerebral y elegante Jane, lejos de su piano, de su petit-point, de su Proust, de su lenguaje altisonante, de su mala cocina y de sus parientes Rosenberg; especialmente de sus aterradores hermanos que exigían la cuenta de cada penique que compartía la joven de la fortuna Rosenberg. ¡No, nunca! ¡Imposible! Peter le estaba seduciendo, lo atraía a un mundo de fantasías, ajeno incluso al máás liberal Hombre de Dios.
Con un sonido semejante al del viejo armónium de la iglesia de San Mateo en el distrito de nacimiento (en los días anteriores al donativo del señor Throckmorton que proporcionó al templo un glorioso Wurlitzer electrónico), Hal aspiró el aire. Muy hondo. ¡Bien, tenía que intentarlo! Había efectuado una cuidadosa preparación para aquella entrevista, había tomado muchas notas por si tenía que referirse a ellas. Y ahora se maldijo por llevar solamente una camisa negra de mangas cortas (clericales para la comodidad veraniega, a 12,95 dólares), de forma que tales notas no podían esconderse debajo del reloj de pulsera. Una cosa era mostrarse majestuoso y episcopal con estudiantes atormentados, y otra era hacer lo mismo con un amigo de la infancia. La sesión no se
desarrollaba como había previsto Hal. ¡Maldito Peter! Hal sintióse ridículo de repente. Bien, ahora tenía que enseñar un as oculto.
—Peter, muchacho, permíteme una pregunta. ¿Quieres caer de rodillas y rezar conmigo?
(Esto casi siempre les convencía.)
—No.
—¿Cómo?
—He dicho que no, Hal. Comprendo que ésta es tu vida y no querría ofenderte por nada. Pero simplemente no puedo hacerlo. Y por favor, no me sueltes el sermón respecto a que ningún gorrión caído…
Hal se enderezó. Era exactamente la plática que pensaba pronunciar. Y estaba avergonzado. Él, que había conducido a tantos jóvenes por la senda del arrepentimiento, tenía que recordar que era un clérigo sofisticado que trataba con un pecador más sofisticado aún. Probaría algo más racional.
—Pete, muchacho, trata de recordar que Dios no es un grabado de Gustavo Doré. No es el Señor Músculos con una larga barba, asentado entre nubes. Dios está en nuestros corazones.
—Lamento decirlo, Hal, pero no está en el mío. No creo en Dios como no creo en Santa Claus, ni en las hadas —un gruñido burlón—. Bien, supongo que tendría que decir que sí creo en las hadas —otro chiste murió antes de nacer—. Siento ser tan ofensivo. No me refería a ti como clérigo, sino como mi amigo más viejo.
Hal, con toda su experiencia, ya estaba preparado para este problema. Y de la nada, extrajo un segundo as: la psiquiatría. Era un buen camino cuando fallaban los demás. Si fallaba Dios del cielo, siempre quedaba el Dios de Viena. Como equipo, Dios y Freud eran invencibles.
Sí, sospechando que su gran amigo se había descarriado del rebaño, Hal había pasado la tarde efectuando discretas, sotto voce, llamadas telefónicas a una escasa lista de sus amistades más inteligentes de Cuernavaca. ¿Podía alguno recomendarle un buen psiquiatra? Casi todos dijeron que no. Uno, bastante duro de oído, sugirió la casa del doctor Scholl. Sólo con visitas anticipadas. Otro alabó mucho a un osteópata que había obrado maravillas con algunas de las solteronas más distinguidas de la ciudad, incluyendo a Helen Hayes. Alguien, más enterado, le habló a Hal de Erich Fromm, nada menos, que vivía en Cuernavaca, aunque no visitaba a nadie, en ningún sitio ni en ninguna ocasión. Por entonces, Hal simpatizaba ya con el doctor Fromm. A la décima llamada obtuvo un nombre que ya había olvidado (el ilegible libro del personaje, no leído por Hal ni por el resto de la clase, había sido de texto en Yale): el doctor Geza Gumbiner. ¡Era famoso, practicaba y estaba en Cuernavaca!
—Hum… Pete —preguntó Hal—, ¿estarías dispuesto a aceptar ayuda?
—¿Ayuda? ¿Qué diablos crees que pido ahora?
—Ayuda profesional. Ayuda psiquiátrica.
—¿Ayuda psiquiátrica? ¿Por quién me tomas, por un chiflado?
—No soy yo quién para juzgarte. Sólo puedo destacar que tus antecedentes: tu hermano, tu madre, tu tío y hasta cierto punto tu padre, aparte de la situación angustiante en que ahora te encuentras…
Hal permitió que el resto de la frase flotase en el aire. ¡Era preferible que la idea se grabase en el cerebro de Peter!
—Está bien, Hal —suspiró su amigo, derrotado—. Tú ganas. Pero ¿quién? ¿Dónde?
Hal exhibió su tercer as, fresco y crujiente, del bolsillo de su pantalón.
—Me tomé la libertad de pedir hora para ti. Mañana. A las diez en punto. Aquí está el nombre, las señas y el número de teléfono.
—Trabajas de prisa, ¿eh? ¿Geza Gumbiner? ¿No es el que escribió aquel libro tan aburrido que nos vimos obligados a…?
—Yo lo hallé fascinante —mintió Hal—. Aquella tribu africana; aquellos ritos de la fertilidad…
—Lo mejor desde Secondal. Está bien, iré. Probaré cualquier cosa. Además, ¿qué puedo perder?
—¡Buen chico! —le alabó Hal, palmeándole la espalda.
Gracias a Dios todo había terminado… ¡al menos por el momento!
—Y ahora, si me perdonas —prosiguió Peter—, me marcho a la cama. Y como te imaginarás, más muerto que vivo.
—Será lo mejor para ti —exclamó Hal, con un inmenso alivio en todo su cuerpo—. Y perdóname tú a mí, si me quedo aquí unos minutos para rezar… por ti.
Demasiado avergonzado para contestar, Peter abandonó la capilla, cerrando la puerta.
Hal se arrodilló en el reclinatorio con la resignación de quien tiene que hacer una larga penitencia. Lo peor había pasado. Rezaría por Peter… cinco minutos, y luego seguramente la costa estaría libre y podría marcharse a la biblioteca, a beber una copa de coñac. ¡Se la había ganado! En el silencio de la capilla, el Reverendo Thorndyke inclinó la cabeza.

Davey aplastado sobre el sofá, contemplaba todavía la pantalla de televisión, ya en blanco. Siempre en domingo había terminado con un estallido apoteósico, lleno de chicas con plumas y bragas que descendían por una escalinata, más o menos al ritmo de la música, en tanto dos tipos sobre uniciclos se arrojaban palos indios uno al otro, y el maestro de ceremonias salía vestido de gorila. ¡Fabuloso! ¡Y luego, vaya lata! Un tipo dando las noticias en mexicano. Bah, oír aquello era gastar electricidad en balde. Aún era temprano; las diez y pico, y sin nada más que hacer. Davey incluso habría querido escuchar a Jane aporreando aquel piano y hablando con su incomprensible jerga. Pero todo el mundo había desaparecido. De pronto, oyó unos pasos en el corredor. No eran tacones altos, de modo que debía ser Petey o el cura.
—¿Petey? —llamó en voz alta.
—¿Sí, Davey?
—¿Crees que podría bajar a la ciudad?
—¿A la ciudad?
—Sí, a ver una del Oeste que dan en el Olimpia. Con John Wayne.
157 —¿No es ya un poco tarde para el cine, Davey? —preguntó Peter, consultando su reloj.
—Ah, ya sabes que los mexicanos están levantados hasta la una o las dos.
—Bueno…
De repente, Peter ansió irse con él; volver a ser un chiquillo; estar sentado al lado de Davey en un cine a oscuras, compartiendo un cucurucho de maíz mientras los buenos y los malos se tiroteaban en la pantalla. Claro que esta idea estaba fuera de toda cuestión. ¿Qué pensarían Connie y Hal?
—Pensé que… que podría llevarme el jeep.
—¿Tienes permiso de conducir, Davey?
—Seguro, seguro que tengo permiso.
No era verdad. Había llevado muchas veces el viejo «Chevrolet» de Willy Blake, mas carecía de permiso. Si no tenía coche, ¿para qué necesitaba un permiso?
—De acuerdo, Davey. Aquí tienes las llaves. Pero conduce con prudencia y no estés fuera toda la noche. Mañana hay que trabajar.
De repente, Peter recordó que al día siguiente no trabajarían; que en vez de estar a solas con Davey en el estudio, estaría en el consultorio de un médico respondiendo a preguntas personales e insultantes, y espetándole unas verdades terribles a un completo desconocido.
—Claro, Petey. Gracias. Bien, chao.
—Buenas noches, Davey.
Peter empezó a apagar las luces y se paró. Si debía iniciar una nueva vida, debía al menos abandonar unas viejas e insensatas costumbres. ¡Al diablo con las luces! ¡Que ardieran toda la noche!
Pesadamente, subió la escalinata.

Connie ya estaba en cama, fingiendo leer, cuando Peter entró en la habitación. Connie sentíase embarazada al mirarle. ¡Pobre Peter!
—¿He oído un coche? —preguntó.
—Sí.
—¿De quién?
—Davey, Dave. Se ha ido a la ciudad.
Peter se acercó a la ventana, separó las cortinas y miró hacia los faros del jeep. Sentíase embarazado al mirar a Connie. ¡Pobre Connie!
—Pero, Peter, ¿no habrá problemas? —dándose cuenta del tono de aprensión de su voz, Connie respiró profundamente y continuó más serena—. Quiero decir: ¿sabe conducir Davey?
—Naturalmente. ¿No sabe todo el mundo?
—Sí, pero me refiero a que si tú y Davey…
—¿Davey y yo… qué'?
—Que si estuvieses con él, no estaría preocupada.
—¿Inquieta por qué?
—Oh, no sé. Por el coche…
—No puede estropear el jeep.
—Pero sí puede lastimarse él. Quiero decir que… Oh, no sé. Estoy demasiado cansada para pensar.
—Yo también. Procura dormir.
Peter entró en el vestuario y cerró la puerta. Connie no debía sospechar nada. Oh, nunca. A partir de ahora debía tener sumo cuidado en todo.
Connie tembló y se arropó mejor con la chaqueta del pijama. El tono de Peter. Algo en el mismo no le gustaba. Agudo. Suspicaz. Ya se había mostrado muy celoso de Davey. Connie lo sabía. Aunque no era posible que pensase que… A partir de ahora debía tener sumo cuidado en todo.

Cuando el reloj del vestíbulo daba las dos, el matrimonio Beale seguía despierto, fingiendo leer. ¿Se trataba de un concurso de resistencia? «Si Connie estaba tan cansada», pensó Peter, «¿por qué no trataba de dormla?»
«¿Por qué no soltará ese libróte y se dormirá?», se preguntó Connie en aquel instante.
De pronto, los dos se incorporaron sobresaltados: el ruido de un coche, el destello de los faros a través de las cortinas y el sonido del motor al pararse.
—Gracias a Dios —suspiró Connie.
—¿Qué?
—No he dicho nada.
—Oh, perdona. Creí que…
Los dos oyeron cómo se abría y cerraba la puerta de entrada. Los pasos de Davey por el vestíbulo, por la escalera, por el corredor y el ruido de la puerta de su dormitorio al cerrarse.
—¿Supones que está bien? —preguntó Connie.
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Bueno… tal vez debería ir a verle y…
—Si tan inquieta estás, iré yo. A lo mejor se está desnudando…
Cuidado, Constance, cuidado; no te muestres demasiado ansiosa.
—Sí, querido, será mejor que vayas tú. Dos hombres juntos… y todo eso.
—¿Y todo eso? Diablo, tú le has visto desnudo muchas más veces que yo. Y de más cerca.
—En el estudio o en la piscina —replicó dignamente Connie—. Pero en su dormitorio es algo muy distinto.
—No sé por qué —objetó Peter.
Todavía no hacía veinticuatro horas que él mismo había sentido pánico en el dormitorio de Davey. Y ahora sólo deseaba entrar en él.
—Vamos, ve tú. Llama a la puerta y pregúntale cómo se encuentra.
—Creo que sería mejor que… hum… sería de mejor gusto que otro hombre.
—Tonterías Connie.
—Sí, tonterías. Todo son tonterías. El regreso de Davey y el regreso del jeep. Si le ocurriera algo, ¿no acudiría a nosotros para contárnoslo?
Connie esperaba que Peter contestase que no. Una respuesta negativa era corriente en una casa donde todo el mundo creía que Davey era un retrasado mental.
—Claro —repuso en cambio Peter.
—Entonces, ¿por qué preocuparnos?
—Yo no estoy preocupado. Probablemente se marchó a la ciudad para acostarse con alguna chica.
Peter esperaba que esta cínica observación acallaría todas las posibles sospechas. Pero encontró que sólo sirvió para aumentar sus celos.
—Los chicos siempre son chicos —sonrió Connie con alegría fingida.
¿Davey? ¿Su Davey acostado con una ramera mexicana? ¡Oh, por favor, Dios mío, nunca!
—Bien, buenas noches —murmuró Peter.
—Buenas noches, querido.
La pareja intercambió un casto beso y apagaron sus respectivas lámparas.

El lunes por la mañana amaneció gris, igual que el ánimo de Peter. Nunca había acudido a un psiquiatra ni a un psicoanalista, y a pesar de ser tan avanzado de ideas como afirmaba, aquella visita le resultaba tan repulsiva como una cita con un sifilólogo. Bien para los demás, para librarse de las enfermedades mentales y venéreas, pero para un Peter Beale…
—Esta mañana puedes quedarte con Davey —le manifestó a su esposa—. No lo necesito.
—¿Qué dijiste? —inquirió Connie, llevándose una mano ni pecho.
—Que esta mañana no necesito a Davey, de modo que puede posar para ti.
—¿Adonde vas, vestido así?
—Al médico… —de pronto calló. Por poco se descubre.
—¿Al médico? ¿A cuál?
—Al dentista.
—¿Te ocurre algo?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué vas? No me habías dicho nada.
—No lo juzgué importante, Connie. Sólo es para un reconocimiento.
—Bueno, que no sea nada. ¿Vendrás a almorzar?
—Vendré lo antes posible.
Peter entró en su coche como si fuese un furgón de artillería. Miró hacia el monasterio, esperando captar un atisbo de Davey. Sólo divisó a Hal, espléndido con su balín escarlata, el cual le hizo la señal de la victoria con el índice y el dedo corazón.

Connie se estaba atusando el cabello y perfumando, cuando oyó arrancar el coche. Nada de suéter y téjanos hoy. Connie escogió un jersey blanco, muy largo; no muy práctico para trabajar pero sumamente femenino y seductor.
—¡Davey! ¿Davey? —llamó.
La puerta del despacho estaba abierta y le vio sentado ante la máquina de escribir, contemplando una cuartilla en blanco, aguardando la orden de empezar.
—¿Eh? ¿Sí?
Connie enganchó sus manos para dominar su temblor.
—El señor Beale ha tenido que ir al dentista esta mañana, de manera que si no le importa, hará de modelo ahora en vez de esta tarde. O las dos veces.
—No me importa. ¿Dónde? ¿En la piscina?
—No, la piscina es tan… Bueno, está a punto de llover. Será mejor trabajar en mi estudio. Podemos encender un buen fuego y… Oh, le he traído este batín.
Era de Peter y Connie sintióse muy culpable.
—¿Para qué?
—Para que se lo ponga.
—¿Quiere que me ponga algo? Yo pensaba que…
—Me refiero a cuando no pose… hum… querido.
Connie sintió que se le doblaban las rodillas porque Davey ya se había quitado los pantalones y estaba desabrochándose la camisa.
—Claro, querida.
Connie casi flotó por el corredor hacia su estudio. No sabía exactamente qué deseaba hacer, pero al menos ella y Davey estarían a solas. Davey iba detrás de ella con los pies descalzos y el batín entreabierto a cada paso.
Al abrir la puerta del estudio, Connie se detuvo en seco, como paralizada. Jane estaba sentada en el sofá, con la alfombra de punto en la falda, varios ovillos sobresaliendo de su bolsa de costura, y las gafas cabalgando con firmeza sobre la punta de su nariz.
—Buenos días, queriditos. Hace un día tan tonto que pensé preferible venir a trabajar aquí, para haceros compañía —luego, con una astuta sonrisa dirigida a Connie, añadió—: Ya sabes, como la carabina victoriana de los cuadros. Y si además necesitas sacarme un boceto… bien, aquí estoy a tu disposición.

El doctor Geza Gumbiner parecía un enano. Debía serlo, porque vivía en una cueva, un agujero excavado al lado de una cantera abandonada, más o menos protegida de los elementos por unas puertas vidrieras y unas ventanas colocadas al azar a través de la boca bostezante de la cueva. Era el lugar más barato que había podido hallar el doctor Gumbiner, el cual creía mucho en los honorarios altos y los alquileres bajos. Era un avaro.
La cueva enervaba a Peter, pero penetró en ella de una sola zancada.
Al fin y al cabo, él mismo vivía en un monasterio. Y conocía parejas muy originales que habitaban en molinos transformados, graneros, establos y hasta un faro. Además, había personajes importantes que habían vivido en cuevas. Por ejemplo, Juan O'Gorman, el famoso arquitecto. La cueva de O' Gorman era una cueva alegre, brillante, retozona y cómoda, situada en una calle concurrida de la capital de México. La cueva de Gumbiner, en cambio, era una cueva oscura, húmeda, sin ventilación y tan inaccesible que Peter se vio obligado a preguntar cinco veces las señas para encontrarla. Y ahora que la había encontrado, todavía no lo creía.
Una desaliñada india, encinta y en estado avanzado, lo introdujo en la única estancia de la cueva, sacudió su cabeza hacia una butaca tapizada en cuero, bastante vieja, y se marchó a una especie de cocina, semioculta detrás de un biombo que llegaba a la altura del pecho, donde vertió un agua muy sucia encima de un montón de platos más sucios aún.
Peter examinó aquel lugar con invencible asco. Era muy puerco, lleno de montones de libros y periódicos. Pegadas con celo a las paredes había varias fotografías amarillentas de unos salvajes muy salvajes. Ah, sí, la labor del doctor Gumbiner en África. Una nota incongruente era un encaje. Una estatuilla de Dresde, que representaba un muchacho tocando un laúd, cosa difícil porque le faltaban casi todos los dedos.
Al otro lado de otro biombo, Peter divisó un camastro sin hacer y, colgado de un clavo, había algo que Peter habría jurado era un viejo camisón de noche. La cueva del doctor Gumbiner se hallaba muy lejos del concepto que Peter tenía del consultorio de un psicoanalista, concepto debido a una película que viera en cierta ocasión: muebles lujosos, de color beige muy tranquilizante, con algunas pinturas abstractas en las paredes… Bueno, tal vez el doctor Gumbiner sería animado y lleno de colorido, de acuerdo con las directrices de Gregory Zilboorg.
Se oyó tirar de una cadena de water, el golpe de una puerta de madera y apareció el doctor Gumbiner por detrás del biombo, ajustándose el pantalón. Una mancha de orina reciente brillaba como la Estrella Vespertina en medio de otras constelaciones menores, como restos de sopa, ensalada y grasa, en la tela de sus pantalones.
Peter se puso de pie, sonriendo.
—¿El doctor Gumbiner? Me llamo Peter Beale.
—Ha venido muy pronto. Dije a las diez.
Peter consultó su reloj. Faltaban dos minutos para las diez.
—Lo siento.
—No lo sienta. Si usted fuese perfecto, no habría venido ¿verdad? De modo que usted es el homo.
Peter estaba estupefacto. ¿Cómo podía Hal…? Oh, bien, esa era la razón por la que estaba aquí. Volvió a sentarse en la incómoda butaca.
—No trago checozs.
—¿Checos?
Al recordar que el doctor Gumbiner era de origen húngaro y que los húngaros albergaban muy malos sentimientos hacia los bohemios, los moravios y los silesios que habían formado Checoslovaquia unos veinte años antes del nacimiento de Peter, éste creyó que el doctor se había referido a los checos y se apresuró a tranquilizarle.
—Yo no soy checo, sino americano.
—No acepto checozs amerícanozs tampoco. Todo en billetos. Por anticipado.
—Ahí, bien. El doctor Thorndyke no me indicó cuáles eran sus… sus honorarios.
—Quíntenlos pesozs. En dinero contantezs.
¡Quinientos pesos! Cuarenta dólares, o sea lo que los más granujas caseros cobraban por el alquiler en los distritos de lujo norteamericanos. Por suerte, Peter había estado en el banco antes, de modo que llevaba bastante dinero encima. Contó cinco billetes nuevos de cien pesos y los colocó sobre la mano extendida del doctor Gumbiner.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Una compulzsíón por el dinero limpiozs.
—Nada de eso. Me lo acaban de dar en el Banco.
—No importa —el doctor Gumbiner olvidó el tema, sin aclararlo. El doctor Gumbiner no siempre tenía razón, mas nunca se equivocaba—. Y una compulzsíón por la ropa. Trajo camizsa blanca, corbata.
—¿Tan distinto soy de usted? —preguntó Peter, enfadado.
Se había puesto aquellas prendas más respetables sólo como signo de respeto hacia tan eminente doctor. En realidad, los dos hombres parecían muy diferentes. Ambos vestían traje y corbata, pero desde sus zapatos negros de cordones y sus calcetines blancos hasta lo que sólo podía ser un cuello de celuloide, el doctor Gumbiner parecía ataviado para echar un voto en favor de Calvin Coolidge[14]. Claro que no existía ninguna razón para creer que hubiesen lavado o planchado sus ropas desde aquellas elecciones presidenciales.

El doctor Gumbiner chascó los dedos produciendo el sonido de la leche al ser vertida sobre Crema de Trigo.
—¿Qué ptenzsa ahora? ¿En este mismo instante?
Sinceramente, Peter pensaba que el doctor Gumbiner era el bobo más rudo, más obtuso y más imbécil que había conocido en toda su vida. Pero no serviría de nada bueno declalo.
—Pensaba que estamos perdiendo el tiempo charlando de cosas intrascendentes…
—Nada ezs intrazscendento.
—Hablando de cosas intranscendentes como el dinero o la ropa limpia. A partir de ahora me vestiré como un patán y le pagaré en billetes viejos, si esto ha de hacerle feliz. Pero…
—Mi felicidad es intrazscendento.
—Usted ha dicho que no hay nada intrascendente. Bien, si no le importa, yo tengo un problema grave que desearía tratar con usted.
—Entonces, prozseda.
El doctor Gumbiner estallaba de ira. Le gustaba aturdir a sus pacientes, pero éste parecía muy duro. ¡Hostilidades! Tal vez habría tenido que pedirle seiscientos pesos por hora.
Unos sesenta años antes, durante el reinado de Francisco José, Geza Gumbiner nació en Budapest, hijo de un ropavejero y de su enfermiza esposa. La señora Gumbiner sólo había tenido tiempo para echar un vistazo a su hijo y expiró a las cuarenta y ocho horas; pero antes, sus últimas palabras (pensó que en aquellas circunstancias debía decla algo), fueron un susurrado deseo de que su hijo Geza fuese doctor. El pequeño Geza tenía poca vocación para la medicina. Sus dedos eran gruesos y torpes; la vista de la sangre le mareaba, y se desmayaba cuando tenía que asistir a una operación desde el mirador del qulaófano. Sin embargo, ser estudiante de medicina, por muy indiferente que fuese a ello, tenía sus ventajas, entre otras, no ingresar en el Ejército austrohungaro en la primera guerra mundial. Debido a una apremiante necesidad de médicos después de la derrota, Geza obtuvo el título. Pero su interés no estribaba en la curación, sino en el comunismo. Corría el año 1919, y Geza, bajo y grueso, lleno de pecas rojizas y con un cabello del mismo color, constituía una figura ridicula entre los revoltosos de Béla Kun, rompiendo los cristales de los palacios de la calle Andrassy. Un año desterrado, y la única vez que Geza Gumbiner mostró pasión por algo.
Sin embargo, la pasión duró poco. En 1920, el Terror Blanco reemplazó al Rojo. En tiempos del regente, almirante Horthy, el antisemitismo y el antiizquierdismo llegaron a su culminación. Budapest no era buen lugar para un médico comunista, judío además. Llevándose de la caja de seguridad de su padre los escasos pengos que contenía (razonó que de todos modos, las Fuerzas de la Reacción también le habrían despojado a su padre de todo), el joven doctor Gumbiner viajó hasta el Danubio, llegó a Viena, y se postró a los pies de Sigmund Freud. El psicoanálisis empezaba a estar en boga. Requería pocos lavados, menos destreza manual y había mucho dinero en perspectiva. Además, el doctor Freud no era antisemita. En verdad, el doctor Freud no era antisemita, sólo anti-Gumbi-ner. Su asociación, aunque corta y fría (a la gente simplemente no le gustaba el doctor Gumbiner) duró lo bastante para que Geza recibiera, condicionalmente, un certificado en psiquiatría.
—No puede dejar de ser húngaro —oyeron cómo suspiraba el doctor Freud.
Próxima parada en Zurich, y el doctor Cari Jung, los arquetipos, la persona, la antipersona y lo demás. Arquetipo o no, Jung no soportó a Geza Gumbiner más que Freud. Pero haber estudiado con Freud y Jung, aunque brevemente, era un triunfo para la ficha del doctor Gumbiner. Muchos grupos se habían separado de la matriz, de la misma manera que Jung se había separado de Freud. El momento era oportuno. El doctor Gumbiner tenía los documentos necesarios y el chutzpa para continuar con sus propios medios. París en los años veinte estaba lleno de ricos neuróticos y la cocina era mejor.
Por un golpe de valor, a Gumbiner le había ido bien en París. Nadie tan bruto o tan feo, entre los trastornados, podía dejar de ser un genio. Y fue en París donde se casó el doctor Gumbiner. Escogió la perfecta esposa en el mejor de los momentos. Su esposa era una mujer sudafricana, paciente e inmensamente rica, medio palmo más baja que Geza, cohibida por la sangre negra que corría como melaza por sus venas. Era la época en que la gente esperaba que la paciente se enamorase de su médico. Durante casi un año vivieron en la avenida Foch, junto a millonarios sudafricanos, hasta el día en que la señora Gumbiner fue encontrada en su cuarto de baño de mármol, con las venas cortadas. Geza era su único heredero.
París, en distritos más baratos que los abonados por la herencia de su difunta esposa, duró hasta los años treinta. Jean Cocteau, Bebé Berard, Colette, Mistinguette, Alice B. Tolalas, Scott y Zela Fitzgerald y la serie de amantes de Maurice Chevalier hablaban con respeto de l'hongrois, o sea el doctor Gumbiner, tanto si lo conocían como si no. Pero París empezó a decaer, y la mesa parlante del doctor Gumbiner le dijo que los nazis estaban a las puertas de la nación.
Harley Street, de Londres, en aposentos compartidos con un proxeneta quiropráctico, fue la siguiente parada. Otro matrimonio en el momento conveniente; la novia, una heredera australiana obesa y obsesionada por la idea de que tenía sangre de canguro. (Un atisbo a su espejo era una prueba más que suficiente, pero, por supuesto, tal fantasía, era imposible.) Aquel matrimonio, el segundo del doctor Gumbiner, duró unos dos años, hasta que su esposa fue hallaba colgada de las vigas del ático de su casa en Hill Street, con una irascible carta de despedida, sobresaliendo de su bolsa marsupial. Nuevamente, salvo unas miles de libras dejadas a la Cruz Roja (impugnadas, claro está), el doctor Gumbiner fue el único heredero.
Y llegó 1939. El doctor Gumbiner todavía estaba en edad de ser llamado a filas para la Segunda Guerra Mundial. Los médicos eminentes eran sumamente buscados. Y fue entonces, precisamente, cuando el doctor Gumbiner se interesó de manera absorbente por la tribu Mbgumbubu del África Central. Zarpó, en efecto, en el último buque de pasajeros que salía de Inglaterra.
La comida era abominable. Durante cinco años de soportar una guerra, el doctor Gumbiner había olvidado el sabor de los vegetales, el paté de Strasbourg y el caviar blanco. Pero un erizo hervido era mejor que la metralla. Asimismo, pudo ser padre de unos niños con mujeres más feas que él, y consiguió escribir un libro de texto ilegible. No obstante, el libro aún producía derechos de autor. En cuanto a los hijos, en la actualidad debían ser unos pigmeos desnudos, de unos cuarenta años ya. Aunque tal vez no serían muy populares entre sus compañeros de tribu. Bien, según el doctor Gumbiner, éste era su problema.
El cese de las hostilidades y 1945 llevaron al doctor Gumbiner a Nueva York, a un apartamento situado casi en un sótano (tres peldaños de bajada), de la calle Cincuenta y Cinco Oeste.
Su fama le precedió, por lo que en la gran ciudad obtuvo un gran éxito, y comprobó muy satisfecho que sus cuentas bancarías y sus inversiones en Suiza, Monaco, Luxemburgo y México crecían sin cesar. Mas al cabo de veinte años, el doctor Gumbiner se detuvo a meditar. Tenía setenta años. El edificio empezaba a derrumbarse. ¿Dónde encontraría en Nueva York otra casa tan estupenda por cien dólares al mes?
Era hora de trasladarse a un lugar donde el clima fuese perfecto; donde los chanclos y los impermeables fuesen desconocidos; donde hubiera incluso más ricas neuróticas; y donde el interés de una cuenta corriente simple fuese del diez por ciento… sin impuestos. Y el doctor Gumbiner empaquetó sus dos trajes y sus dos mudas, sus tres camisas, la otra corbata, los libros y los periódicos y papeles diversos, y se marchó a Cuernavaca, México.
En su covacha volvió a ganar una fortuna gracias a la gente que se moría de aburrimiento; personas que bebían hasta morir; ancianos que habían perdido su potencia; viejas que habían perdido su buen aspecto y sus esposos, aunque no necesariamente por este orden; y también algunos como aquel joven idiota, que se hallaba al borde del colapso total sólo porque un chico rubio se había cruzado en su camino. Porque, el doctor Gumbiner podía contarle cosas sobre los solterones Mbgumbubu, que, o le harían vomitar en la misma cueva, o coger el primer avión para África. Pero no. Este paciente debía, al menos, durarle un año, a cinco sesiones por semana, hasta que descubriera, como otros habían hecho, que el doctor Gumbiner no le ayudaba a despojarse de nada, excepto del dinero.
El doctor Gumbiner no había escuchado con mucha atención. Casi nunca lo hacía. La gente que habla de sí misma suele ser muy aburrida. Sin embargo, había escuchado lo suficiente para obtener un cuadro general: el hermano loco, la madre suicida, el padre áspero, el tío marica. Y ahora, una existencia fácil, para contemplarlos a todos y temer poder ser como alguno de ellos. Ah, sí, al menos tendría que pagar doscientos dólares semanales… Hummmmm…

—… y así, doctor Gumbiner —decía Peter—, cuando me encontré en la piscina a solas con Davey, descubrí de repente que… que le deseaba. No estoy seguro de qué modo. Tal vez como a un hermano, que nunca tuve; tal vez como al hijo que jamás tendré.
—O tal vez como, su... amiguito, ¿eh?
Ésta es la manera de tratar a estos fantasiosos goyisher kop; cantárselas claras,
Peter enrojeció. Iba a protestar, mas se contuvo.
—Pues no lo sé. Por eso estoy aquí.
—Veamos, continúe.
—No sé por qué quise emborracharme… emborracharme por completo. Y quería que Davey también se emborrachara. No sé exactamente por qué.
—¿Para librarse de sus injibizsionest
Como Hal, el doctor Gumbiner prefería preguntar y no contestar las preguntas. Que fuesen los demás quienes le informasen a él.
—Tal vez. Sólo sé que deseaba estar junto a él.
—Y así…, ¿lo abrazó?
—¡Claro que no! —se horrorizó éter—. ¿Por quién me toma usted?
—Por un homo.
Otra vez esa odiosa abreviatura.
—No… no sé lo que hice… si es que hice algo. Perdí el sentido.
El doctor Gumbiner añadió «alcohólico» a una lista de adjetivos muy poco halagadores que en su mente describían ya a su paciente.
—Yo… eh… me examiné buscando señales de… de…
—¿Actividad zsexual?
—Sí.
—¿Y…?
—No hallé ninguna. Pero ahora…
—Ahora zse ha terminado zsu tiempo —le atajó el doctor Gumbiner, mirando con sus ojillos de ictérico un gran despertador que tictaqueaba ruidosamente sobre la mesita de café que hacía las veces de escritorio en aquel antro.
Los ojos del doctor eran como los de una iguana vieja, y a Peter le daba asco mirarlos.
—Jazsfa mañana —le despidió el doctor Gumbiner—. A las diez en punto, ja? No mázs tarde.
Antes de que pudiera protestar, Peter estuvo fuera de la cueva, junto a su coche. Una rubia de doble papada, a la que Peter recordaba haber visto las últimas semanas como pelirroja y morena, se apresuraba con la cabeza gacha a penetrar en la cueva del doctor Gumbiner… llevando unos billetes en la mano.
Regresar al monasterio después de haber estado en la covacha del médico fue como entrar en Juguetelandia después de salir del infierno. A pesar de que el cielo seguía gris, por las ventanas del estudio de Conníe surgían unos brillantes rayos de luz y los alegres sones de una música. No se trataba de los usuales conciertos de Scarlatti-Vivaldi, sino el ruido a alto volumen de un grupo electrónico, que ostentaba un nombre excesivamente vulgar. (Tras varios años de despreciarlos, Jane había descubierto finalmente, cuando ya era tarde, que los Beattle eran buenos músicos.)
Al principio, Peter quedóse resentido. ¿Cómo se atrevían a divertirse con lo que a él le estaba ocurriendo? Luego recordó que sólo Hal sabía que no había estado en el consultorio del dentista. Silbando una cancioncilla, subió al estudio. Se paró en seco en el umbral. Lo primero que vio fue a Davey, espléndidamente desnudo, reluciente como el cobre de la encendida estufa Franklin. Diantre, ¿cómo se atrevían…? A Peter le habría gustado poderse enfadar y hacer otra Gran Escena. Pero, ¿cómo podía enfadarse? A lo sumo, el estudio se hallaba demasiado poblado. Allí estaba Connie, ataviada de manera muy poco apropiada con un vestido estampado, trazando unos bocetos con un lápiz color sangre. Allí estaba Jane, con las gafas casi en la punta de la nariz, trabajando con su sempiterna alfombra. Y allí estaba Hal, todavía con su batín colorado, leyendo en voz alta La cartuja de Parma, mientras Jane le recriminaba su acento y las inflexiones de su voz. Peter volvió a sentirse iracundo. ¿Cómo se atrevían a molestar a un chico como Davey, leyéndole en francés? De repente, se le ocurrió pensar que al joven le pagaban para que posara como modelo y que no entendía a Stendhal en ningún lenguaje. Peter forzó una sonrisa y exclamó: —¡Hola!
Todas las cabezas se volvieron hacia él.
—Hola, Petey —le saludó Davey.
—¿Qué tal el dentista, querido? —se interesó Connie.
—¿El dentista? Ah, sí, muy mal. Bueno, no el dentista, sino mis muelas. Tendré que volver a menudo. Algo en las raíces…
—¡Qué lástima! —se compadeció Jane dejando a un lado su labor.
Jane no quería que su voz sonase triunfal, pero estaba muy contenta al ver que Peter estaba ya en casa. ¡En su hogar! Ahora, ya podía abandonar aquella terrible alfombra (en realidad, con alfombras de pared a pared, de treinta y seis colores entremezclados, asequibles por seis dólares noventa y cinco centavos el metro cuadrado —al por menor— en Rosenberg, ¿por qué debía una mujer educada perder el tiempo con aquella labor?), dejar sus deberes de vigilante y volver a su yoga, a sus ejercicios faciales isométricos y hasta un pequeño calentamiento en el piano. Toda la mañana había mantenido un ojo de águila vigilando a Connie y a aquel idiota, sin saber qué haría su amiga si ella, Jane, los dejaba solos un instante para ir al lavabo. Y Jane necesitaba urgentemente ir al lavabo. Por suerte, Hal había entrado con la intención de leer la obra maestra de Stendhal con su atroz francés, y ella pudo aliviar su necesidad. Al menos sabía que al volver no encontraría a la pareja en una situación comprometida.
—¿Viene alguien a nadar? —inquirió Peter, mirando fijamente a Davey.
—¿A nadar? —se asombró Jane, recogiendo los ovillos—. ¡Fíjate en el cielo! ¡Te mojarás!
—¿Acaso no es ésa la idea, amor? —intervino Hal.
—Oh, cállate. Gracias, pero yo tengo otras cosas que hacer.
«¿Entonces, por qué diablos no las ha hecho durante toda la mañana —se preguntó Connie muy enojada—, en lugar de pegarse a mí como una lapa?»
En cambio, por lo menos, al llegar y encontrar tan lleno el estudio, Peter no podía sospechar nada malo.
—Yo tampoco, gracias —dijo Connie—. Prefiero tumbarme un poco antes de almorzar. Tengo jaqueca —era verdad. ¡Una jaqueca tremenda!— Davey, creo que será mejor suspender la sesión.
Con la falda blanca casi pegada a los tobillos, Connie salió del estudio.
—Yo sí nadaré un poco —asintió Davey, bostezando y desperezándose—. Con este trasto he sudado como un cerdo.
—Es una estufa Franklin, no un trasto —le corrigió Hal con pedantería.
Incurría en el error de creer que si destacaba las barbaridades de Davey delante de Peter, éste acabaría por desilusionarse de los otros encantos del muchacho. ¡Sudar como un cerdo!
—¿Voy a buscar el bañador? —preguntó el chico.
—¿Por qué? —replicó Peter.
Hal se estremeció. ¡Esto era demasiado! ¡Davey no se bañaría desnudo con Peter mientras a Henry Thorndyke le quedase un átomo vivo en el cuerpo!

El ambiente era frío, pero el agua estaba templada, más bien caliente. Peter apoyó los codos sobre el borde de la piscina y extendió las piernas. Nadar sin bañador era mejor que con él. Davey estaba chapoteando hacia él. Peter deseaba que no se acercase. Nada de contactos físicos. Estar a solas con él ya era bastante.
Un relámpago iluminó el cielo.
—¡Eh! —gritó Davey, abriendo mucho los ojos.
—¿Qué pasa, Davey?
—¿Ha visto el relámpago?
—Claro. ¿Qué ocurre?
—Si toca a una persona la mata.
—Hay una probabilidad entre diez millones.
—No, de veras. Un fulano que conocí en el pueblo, tenía un primo. Y el primo tenía un compañero que estaba bañándose en el océano… era el Pacífico, sí, con el reloj de pulsera, y de pronto lo tocó un rayo y…
Davey estaba pálido de miedo. Peter nadó hacia Davey y le tocó en un hombro.
—Davey, no creerás que…
—Bueno, aquí estoy —gritó una magnífica voz a sus espaldas—. La hora de los machotes en el agua. Tal vez las gallinas tengan miedo de mojarse, pero no este viejo gallo.
A paseo la cicatriz de la hernia y la marca de nacimiento. El batín escarlata se cayó de los carnosos hombros de Hal al suelo. Hubo una feroz zambullida. Emergió una cabeza mojada, resoplando y espumeando a menos de un metro de donde estaban Davey y Peter. El formidable trasero de Hal surgió y se sumergió tres veces, en tanto su dueño ejecutaba una serie de piruetas bajo el agua. ¡Tiempos del club Athlétic! Peter y Davey ya no estaban solos.
Y, a partir de aquel día, nadie volvió a estar solo, excepto en algunas raras ocasiones para utilizar el cuarto de baño, o cuando Davey estaba lejos del monasterio. Los Thorndyke, siempre los huéspedes menos pegajosos del mundo, ahora planeaban por toda la casa como sombras. Si Connie pintaba a Davey en los vestuarios, Jane estaba presente, leyendo los pasajes más deprimentes de Los hijos de Sánchez. Si hacía mal tiempo y Connie trabajaba en su estudio, Jane, con su labor de punto, no andaba lejos. Si el día era perfecto y Connie decidía trabajar con Davey al borde de la piscina, Jane se atrevía a situarse tan lejos como sentarse al piano, desde donde captaba a la perfección toda la terraza. De este modo mataba, no dos, sino tres pájaros de un tiro, combinando la isometría facial con Chopin y vigilando como un águila a la pareja formada por su amiga íntima y aquel idiota. Julio, que la vio un día en una de sus actuaciones, manifestó en la cocina que la señora Thorndyke sufría de epilepsia. A partir de entonces, la servidumbre tendió a apartarse un poco de ella.
Jane lanzó un suspiro de alivio cuando por fin quedó terminado el mural de la casita de la piscina. Jane tuvo que admitir que, según el estilo camp, era perfecto. No hacía falta ni una burbuja más. Al fin podría abandonar, o al menos relajar un poco, sus deberes de perro guardián. Pero Jane no había tenido en cuenta la ingenuidad de su amiga. Durante el bautizo privado del mural (los Beale, los Thorndyke, Davey, champaña y Julio sirviendo), Constance anunció que la pared de la escalinata estaba en muy mal estado, bastante descolorida y que una especie de tapiz del siglo xvII la avaloraría en grado sumo.
—¡Muy vulgar! —exclamó Jane, pensando amargamente en los tapices Beauvais que adornaban la escalinata del apartamento de su hermano Josh en la Quinta Avenida, y en las colgaduras Lurgat colocadas encima del sarcófago en el ecléctico apartamento de la planta baja de la Plaza UN donde vivía su hermano Seth. Hubo miradas, palabras gruesas, acusaciones de influencia indebida, en la lectura del testamento del difunto Rosenberg, antes de que Jane, a regañadientes, se contentara con el biombo Coramandel, el Picasso, el Braque, el Ticiano (de la escuela, claro), los Canalleto, un busto Houdon, el comedor Chippendale y toda la vajilla, la cubertería y la cristalería. Desde aquel día, Jane encontró los tapices muy cursis.
—Pero como no poseemos ningún tapiz del siglo xvII… —reanudó Connie.
—Y no vamos a comprar ninguno —añadió Peter.
—Bien, entonces pensé que tal vez una serie de… digamos tres figuras clásicas verticales al estilo de Jacques Louis David… Algo sutil, quizá grisaille…
—¡Cielos! —exclamó Jane.
El color pardo no armonizaba ciertamente con el colorido de Jane (tenía que hablar de esto con Connie), pero la joven se veía a sí misma como un Hera, Reina del Firmamento, de prepotente busto. En cuanto a Hal… bueno, debidamente ataviado, sería un buen Zeus junto al descansillo. Y Peter podría ser… podría ser…
—Grisaille o tal vez escarlata —proseguía Connie—. Sí, pensé que Davey me serviría de modelo para las tres figuras.
Jane se quedó boquiabierta. Vaya, tendría que terminar la alfombra. Y tenía los dedos desgastados hasta el hueso. ¿Tendría también que hacer los almohadones para el estudio de Peter?
—Pensé —estaba explicando Connie— que debía poner figuras adecuadas para Davey. Como Apolo, Pan y… y…
—¿Y Ganimedes[15]? —intervino Jane.

Peter se incorporó en su silla, derramando parte del champaña.
—Pues sí —confesó Connie—, algo por el estilo. Después…, ¿sabéis que en el descansillo de arriba hay un cofre viejo, donde guardamos la leña?
—Claro —asintió Jane.
Se había roto tres medias contra la esquina oxidada del cofre al salir corriendo de su dormitorio para vigilar a Connie.
—He pensado que allí, en lugar del falso espejo peruano, pondré a Davey como San Sebastián. Quizás al estilo de Caravaggio o tal vez de Prud'hon o incluso Dalí.
Jane exhaló un suspiro, haciendo un inventario mental de la tarea que se le avecinaba, y preguntándose cuántos metros de punto debía hacer hasta que a Connie se le pasara esa insana infatuación.
Jane sería Madame Defarge de día, haciendo calceta y vigilando. Y en caso necesario, sería Penélope de noche, deshaciendo lo hecho para prolongar su labor. Jane estaba profundamente preocupada por su amiga Connie, y su obligación era no perderla de vista.
Jane encontraba muy pesada la carga de las confidencias de Connie. Le habría gustado compartir tales confidencias con Hal, aunque sólo fuese por soporte moral. Pero Hal, pese a su tremenda liberalidad, era en realidad casi un mojigato, y ante la fatal verdad se habría mostrado desasosegado e irritado. No, era mejor no contarle nada.
A Hal le habría gustado poder compartir con su esposa el problema de Peter. Más de una vez durante su matrimonio, Hal se había dado cuenta de que Jane era más inteligente que él, por cuyo motivo le dejaba «recortar» sus sermones, de modo que la joven habría podido resumir todo el asunto de Peter y Davey en un par de frases sucintas, aunque profanas. Pero confiar en Jane, o en cualquier otra persona, habría significado violar el secreto de confesión. ¡Inimaginable! ¡Fuera de toda cuestión!
Hal prefirió vigilar, estar siempre al acecho como un perro guardián. Por las mañanas, cuando Peter se hallaba a salvo en la cueva del doctor Gumbiner, Hal pasaba más de una hora en la capilla rezando por la salvación de su amigo. Por las tardes, cuando Peter y Davey estaban supuestamente trabajando, Hal buscaba una serie de excusas para entrar en el estudio. Antes de entrar, empero, siempre se aclaraba ruidosamente la garganta y llamaba a la puerta estilo Gestapo. (En caso de que Peter y el chico Estuviesen Haciendo Algo Indecoroso, así tendrían amplia oportunidad de separarse.) Resultaba casi desalentador encontrarlos siempre sentados aparte, Davey ante la máquina de escribir, y Peter en el sofá anaranjado, hojeando distraídamente el Diario de Sir Cosmo Mulligan. La entrada de Hal siempre era seguida por varias bromas inocuas y una excusa.
—Oh, quiero consultar algo en tu Britannica... Las citas de Barlett… Pete, muchacho, perdona esta intrusión, pero, ¿te acuerdas del nombre de aquel Osborne de Chicago? ¿El que estuvo con nosotros en la escuela?
Los dos Thorndyke estaban más inquietos de lo que querían confesarse a sí mismos. Los Beale eran sus mejores y más viejos amigos. Para Jane y Hal, aunque nunca habían hablado de ello, el matrimonio Beale era perfecto, o al menos mucho más perfecto que el matrimonio Thorndyke. Los Beale eran una pareja digna de imitación. Mientras los Beale estuvieran felizmente casados, lo estarían los Thorndyke. Y ahora, ver desmoronarse aquel mortal Peñón de Gibraltar, tornaba aprensivos a Hal y Jane. Sí, tenían otros amigos. Pero ningunos tan sólidos y verdaderos como Connie y Peter. ¿Qué sería de los Thorndyke sin los Beale? ¿Dónde y cómo? Pues sí: ¿Cómo pasarían el verano? ¿Con quién efectuarían sus excursiones culturales a Nueva York, Aspen, Winterthur, Bayreuth? ¿Resultaría ya divertida la broma relativa a poseer alguna-vez-en-un-futuro-no-muy-distante una casa flotante en el valle de Cachemira? ¿Qué harían Hal y Jane si Connie y Peter se separasen? Por su parte, los Beale empezaban a arrepentirse de sus respectivas confesiones, así como de su amplia invitación a los Thorndyke «para todo el verano». Sus anteriores vacaciones con los Thorndyke se habían acortado invariablemente por las exigencias de los seminarios episcopalianos, la apostasía de un sobrino de Hal, un descubrimiento dramático de la Fundación Rosenberg, o una reunión de accionistas, con carácter de emergencia, de los Establecimientos Rosenberg. Cables urgentes o llamadas transoceánicas siempre habían provocado rápidas maletas, compras de última hora, sorprendentes demandas por teléfono a los ferrocarriles, a las líneas aéreas y a las oficinas de la Wagons Lits Cook, ladradas por Jane en un pupurrí de lenguas extranjeras, con gruñidos en contra de los fatales sistemas telefónicos. ¿Dónde estaban el concierge, el valet de chambre, la ropa lavada de Hal, la chaqueta de chinchilla de Jane, los pasaportes, el nettoyage a sec? Zut alors, ¿no llegaría nunca el chasseur con los nuevos billetes? ¡Gracias a Dios, justo el tiempo de tomar una copa de despedida en el bar! Querido, ¿tienes algunos francos (dracmas, liras, yens) para las propinas? Y los Thorndyke se marchaban, dejando a los Beale agotados, y felizmente solos.
Pero este verano no se había presentado ninguna crisis. Los Thorndyke estaban bien enraizados, sirviendo cada uno de dueña a un Beale. Ordinariamente, a Connie y Peter esto les habría encantado. Mas en aquel verano, no.
Por otra parte, los Beale no lamentaban por completo tener a los Thorndyke tan a mano. Al menos, su eterna presencia ahorraba a Peter y a Connie la angustia de estar juntos y a solas.
Durante los siete años de matrimonio, y hasta un poco antes, los Beale habían gozado, completamente, de una vida sexual activa. Ni siquiera un disuasor natural tan inmenso como el viejo señor Beale, recorriendo insomne los pasillos de la antigua mansión, había templado su ardor. Se hacían el amor en cualquier momento, en cualquier lugar; y cuanto más extraño el momento y el lugar, tanto mejor. Habían conseguido consumar sus deseos con un éxito asombroso en la piscina, en el suelo de piedra de la capilla, en los asientos de un reactor rugiendo en su camino el cruzar el oscuro Atlántico, y en una serie de sitios todavía más extraños.
Ahora, su vida sexual había sufrido una parálisis; o casi. Por obligación, una noche se amaron imaginándose cada cual que el compañero era Davey. Técnicamente, la experiencia resultó muy adecuada. Emocionalmente, sólo provocó sentimientos de culpa. Por silencioso acuerdo mutuo, no repetieron la experiencia.
¿Y qué pensaba Davey, el centro de aquel huracán? Como de costumbre, Davey no pensaba nada…, o casi nada. Pensaba, ante todo, en la suerte que tenía de vivir en una mansión de tanta clase; con su propio dormitorio y baño privado; con la piscina; con el jeep; con tres comidas al día (cuando podía tragar aquellos guisos tan raros); con tanta cerveza. ¡Y cobrando encima!
Esto hizo que Davey meditase sobre su trabajo. Bueno, era mucho mejor que hacer de caddy, de botones o de mozo de un supermercado. ¿Trabajo? Ja… ja… No podía llamársele trabajo a estar de pie o sentado, desnudo, mientras Connie embadurnaba más allá. Era estupendo poder broncearse tanto. Con el mismo color en todas partes. Sin señales de bañador ni nada. Davey también observó con aprobación que su cabello estaba un poco más rubio gracias a posar tanto al sol. Esto era excelente. Aunque se le resecaba por eso mismo. Lo cual era malo. La próxima vez que bajara a la ciudad tendría que comprarse alguna crema. Deseaba un tratamiento perfecto para su cabellera.
Trabajar para Peter por las tardes era más pesado. Algo intelectual. Pero a Davey no le importaba. Escribía ya muy bien a máquina y apenas cometía errores. ¿No le había, aquel mismo día, palmeado Petey la espalda, igual que casi todos los días, a veces incluso era un abrazo, expresando su júbilo al verle escribir tan bien? Davey podía hacer ya tres cuartillas por hora. Todo un récord. Una sola cosa preocupaba a Davey: Sir Cosmo Mulligan. Al corregir su labor diaria, Davey había comprendido varias cosas… terribles. Como aquel párrafo en que Sir Cosmo contaba que con los dos árabes… Bueno, incluso pensar en ello le ruborizaba. Davey estaba seguro de que el tal Sir Cosmo era más marica que los maricas. Davey se preguntaba a veces si debía decírselo a Petey. Bueno, sólo espetarle que estaba escribiendo un libro muy indecente. Al fin y al cabo, ¿qué sabía un buenazo como Petey sobre tipos tan malos como Sir Cosmo? Claro que si Petey se daba cuenta, quizá Petey dejaría de interesarse por aquel libro y en tal caso, ¿qué haría Davey? Otra vez en la calle y sin blanca. Sin habitación propia, sin piscina, sin televisión en color, sin billetes de cien pesos muy crujientes todos los viernes para gastar en lo que más le gustase…
Davey aún sentíase adquisitivo, aún acumulaba cosas por razones que jamás comprendería. Su nueva prosperidad le había apartado del mercado, llevándole a tiendas más lujosas y caras: El Hombre, el Bazar Marta, o sitios como Broke Cadwallader, donde cobraban veinticinco pavos por una camisa; pero de clase. No, era mejor no decirle nada a Petey. Ya había dado algo a cuenta de unos pantalones floreados, un batín que parecía de seda natural, y un cocodrilo disecado. Sí, necesitaba hasta el último centavo, y más aún, para llevarse tantas cosas el próximo viernes.
Davey descendió por la escalinata, pasó al corredor y entró en la cocina para coger una cerveza del refrigerador. (Todavía ignoraba cómo se llamaba «cerveza» en castellano, y no podía pedirlas). La cena olía muy bien. No como la basura que habían tenido para almorzar. ¡Ríñones! ¡Ah, qué asco! Luego entró en la biblioteca, que estaba vacía. Los demás estaban arriba, vistiéndose. Perfecto. Por la noche, en la tele daban una película americana, en color. Davey puso en marcha el televisor y se hundió en el sofá. Era ésta la existencia que llevaban Petey y Connie. Sin problemas.
Treinta minutos más tarde, los Thorndyke, cogidos del brazo, bajaron por la escalinata. La bolsa de trabajo de Jane le golpeaba el muslo. Entre la siesta y la ducha, los Thorndyke habían ensayado una innovación en el arte del amor, en la gran cama de bronce endoselada. Era una postura nueva y complicada que Hal había leído últimamente. Sin embargo, sus mentes estaban fijas en los Beale y sus problemas, pese a lo cual el experimento fue un éxito; mucho más satisfactorio que de costumbre. Hal estaba listo y necesitaba un trago, pero aguardó reverentemente a que Jane estacionara sus enormes pechos dentro de un sostén sin cintas, que se peinara al estilo francés, y que se arropase (sí, se arropase) en un sari color azafrán, modelando así su cuerpo de diosa Juno. Resplandeciente con la sensación de la saciedad y el triunfo, Hal creía que apareciendo en la biblioteca del brazo de Jane haría que Peter volviera a las delicias del lecho conyugal. Había leído, en alguna parte, que un orgasmo reciente se nota en el brillo de los ojos de los amantes. Sus ojos sí resplandecían, lo mismo que los de Jane (en parte, debido a dos gotas de Lágrimas azules vertidas en ellos). Jane deseaba que Hal saliera de su dormitorio y dejase de silbar la tonada de Offenbach, pero refrenó su lengua. En cierto modo, le gustaba aquel viejo idiota y creía que tenía el deber de demostrarle a Connie la fuerza y la gloria de la unión conyugal.
«Lo único que necesitamos —pensó Jane—, es un podenco español y una gata preñada remolcándonos.»
Pero al entrar en la biblioteca, Jane abandonó toda esperanza. Peter y Connie estaban en el sofá, uno a cada lado de Davey. Y los tres contemplaban la proyección de Los diez mandamientos.

No fueron Los diez mandamientos los que cambiaron drásticamente la mansión de los Beale. Fueron los crecientes sentimientos de culpa que apenas podían reprimir Connie y Peter.
Para empezar, Peter tenía al doctor Gumbiner. Pero éste no era el sólido profesional que esperaba Peter. Lejos de ello. Para empezar, al doctor Gumbiner no le gustaban los pacientes masculinos, a menos que estuviesen abatidos y se mostrasen tan inseguros, que pudieran ser fácilmente asustados. Peter Beale era un ejemplo particularmente enojoso de todo lo que el doctor Gumbiner no era, nunca había sido y nunca sería. Y esto le ocasionaba al médico el placer de arponear sobre unas fragilidades que no eran las de Peter pero que podía ser, o no ser, inherentes a su familia.
—¿Y su hermano, Bowman? —preguntó el doctor Gumbiner en una de las sesiones, equivocándose de nombre.
—¿Se refiere a Bolton?
—Ezsato. Su hermano mochalez.
Al doctor Gumbiner le gustaba mucho la palabra «mochalez».
—Ya se lo conté. No teníamos ninguna intimidad. Era cinco años mayor que yo. Y de niño, ésta es una gran diferencia.
—¿No hubo avancezs sezsuales'?
—También se lo dije. No. Él me odiaba por haber nacido. Era un imbécil. Cuando nadie nos veía, me zurraba. Yo le temía. Le odiaba.
—A vecezs hay sezso en la crueldad.
—Pues, si acaso, estaba de su parte. Lo único que yo deseaba era estar lo más lejos posible de Bo. Y este sentimiento era mutuo.
—Hura… —el doctor gruñó, disgustado—. Pero uzsted todavía se acuerda de su hermano, ¿verdad?
—Natural, ¿no? Al fin y al cabo, giré a su alrededor los diez primeros años de mi vida. Y todavía recibo un informe mensual. Y una cuenta.
Temporalmente derrotado, el doctor Gumbiner intentó otra táctica.
—¿Y su madre?
—Murió cuando yo tenía trece años. Ya le conté…
—Suizsida, ¿eh?
Había que hurgar la herida con el cuchillo.
—S… sí. También se lo expliqué. Tomó unas pildoras con crema de jerez de Hayvey y Bristol. El suicidio nunca quedó demostrado. No dejó ninguna nota.
—Alcohólica.
—No alcohólica. Apenas bebía hasta que se llevaron a mi hermano.
—¿Está zseguro? Era usted muy hoven.
—A los diez años ya se descubre a un borracho. Se le ve. Se le huele. Y aunque ella hubiese empezado a beber antes, no se lo reprocharía. Bo empezó a fastidiar desde que nació. Y vivir con mi padre no debió serle muy grato. Ah, no. Mi madre no empezó a beber hasta que encerraron a Bo. La primera vez que lo observé fue aquella noche.
—Continúe.
—Bien, no hay mucho que decir. Mamá no bajó a cenar. Dijo que no tenía apetito. De modo que cené a solas con mi padre. Él apenas hablaba en las comidas, salvo para reñirnos. Y aquella noche debía de estar muy trastornado.
—Ah, de modo que amaba más a su hermano que a usted. ¿Lo prezsentía usted?
—Presentía que mi padre estaba malhumorado. Seguramente por lo que costaba la estancia de Bo en el manicomio. Mi padre no amaba a nadie, y menos aún a Bo. Lo único que yo presentía era que sería muy hábil no hacer preguntas. Al menos, aquella noche. De modo que al terminar de cenar subí a la habitación de mi madre (mis padres dormían en cuartos separados), para darle el beso y las buenas noches. Ella estaba tendida sobre la cama en la penumbra y la botella del jerez estaba abierta encima de la mesita de noche. Sin vaso. Sólo la botella. Mi madre había llorado y parecía muy agitada. Olía a jerez.
—¿Le rezsultó repulzsivaí
—No. Me gusta el olor del jerez.
—¿Ezstaba horrorizsado?
—Pues no. Sólo tenía diez años, pero no era idiota. Sabía que ella había pasado un día muy malo. A ninguna madre le gusta ver cómo se llevan a un hijo al manicomio… Creo que lo entendí.
—¿Y qué mázsf
—La besé y le deseé buenas noches.
—¿Qué dijo ella?
—«Buenas noches, cariño», o «Buenas noches, Peter», o algo por el estilo.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Y uzsted qué hizo?
—Me fui a casa de Hal, que estaba muy cerca, a ver el programa de Milton Berle por televisión. La casa de los Thorndyke era mucho más divertida que la nuestra. Prácticamente, yo vivía allí.
—¿No volvió a penzsar en su hermano?
—Sí. Hal y yo nos alegramos mucho de que se lo hubiesen llevado, y esperamos que no volviese jamás. Hal también le odiaba. Y a las hermanas de Hal nunca les permitían hablar con Bo.
—¿Por qué?
—Ya se lo expliqué. Bo era un maníaco sexual y todos lo sabían. Todos nos alegramos mucho cuando le perdimos de vista.
El doctor Gumbiner estaba furioso. Aquel joven era muy frío, muy lógico. Era un paciente raro del que el doctor no lograba extraer la menor emoción de un recuerdo infantil al cabo de más de doce sesiones. Y dejar las cosas tan en el aire Ie costaba al doctor mucho dinero.
—Pero uzsted amaba mucho a su madre.
—Naturalmente.
—¿Y odiaba a su hermano porque ella le amaba más que a uzsted?
—¿Por qué piensa tal cosa?
—Uzsted no debe haser preguntáis sino yo.
—Oh, lo siento. Bueno, si mi madre le amaba más a él que a mí, supo guardar muy bien el secreto. Al menos, yo nunca observé ninguna preferencia.
—¿Puede uzsted afirmar honezstamente que no existía entre uzstedes ninguna rivalidad?
—Sí, puedo declararlo honestamente. Tal vez Bo no recibió muy bien mi nacimiento, pero yo siempre consideré su presencia por irremediable. Él nació antes. Nada más. Así de sencillo.
—No hay nada zsensillo.
—Pues esto sí lo fue, en lo que a mí respecta. Apenas teníamos contactos, excepto cuando quería pegarme y hacerme la vida imposible. Aunque una vez, Hal y yo decidimos darle su merecido. Después, Bo me dejó más o menos tranquilo. Como dije, era mucho mayor que yo y por consiguiente…
—Pero uzsted deseaba zsuperar a su hermano.
—Oh, no, jamás. Lo único que sabía hacer él era buscar querellas.
—De todos modos, uzsted, el menor, dezseaba demostrar que era mejor que él. Mejor en el colegio, mejor en los deportez, más cortéz, Boy Scout…
—Sí. Yo fui todo eso, pero no para ser mejor que mi hermano. Fui buen estudiante porque el colegio era excelente, y los profesores eran grandes pedagogos.
—¿Profezsores o profezsoras?
—Ambas cosas.
El doctor Gumbiner rechinó furiosamente los dientes y pasó a otro tema.
—¿Y su madre se suizsidó?
—Fue muy triste.
—¿Sí?
—En realidad, nadie supo si se trató de un suicidio o de un accidente. El alcohol y los somníferos forman una combinación fatal. El veredicto del coroner fue de «muerte accidental a causa de una dosis excesiva de somníferos». Y…
—¿Y uzsted se lo creyó?
—Sí. Claro que la Policía tal vez quiso suavizar la cosa. La población era bastante sofisticada y las familias antiguas que poseían mansiones viejas y mucho dinero, y pertenecían al club universitario siempre obtenían, en tales casos, el beneficio de la duda. Sí, no era justo, pero así estaban las cosas.
El doctor Gumbiner gruñó. ¡Ah, la haute bourgoissie del centro de Norteamérica! Estaba enojado ante la seguridad y el aplomo de Peter. De lo contrario, se habrían enzarzado en una discusión política durante el resto de la hora.
—Y uzsted experimentó la zsenzsación de que su madre le había abandonado.
No era una pregunta, sino una afirmación. La afirmación se vio impugnada.
—No. Ya me había abandonado, y también a todo lo demás, mucho antes, pobre mamá. Era muy guapa y rubia, y muy débil. Por lo que he logrado averiguar, se vio obligada a un matrimonio sin amor con un hombre duro como mi padre. Ella era joven y alegre, era incluso frivola, y él era como una piedra. Hubo siempre un par de excéntricos en la familia de mamá, y cuando Bo vino a ser el más loco de todos, mi padre, naturalmente, le echó la culpa a ella. Supongo que mamá pensó que efectivamente toda la culpa era suya, y que había fracasado tanto en su matrimonio como en su vida. Por esto empezó a beber y a tomar pildoras.
—¿Y también fracazó con uzsted?
—No. Al menos, no lo creo. Cuando se llevaron a mi hermano, mi madre apenas volvió a salir de su dormitorio. Se quedaba allí con su botella y algunos libros de la biblioteca. Pero siempre tenía la puerta abierta y siempre me recibía cariñosamente. Yo iba a verla todos los días cuando volvía de colegio. A veces, ella apenas lograba mantener la cabeza erguida, pero siempre me besaba y se interesaba por mis cosas. Lo cual es más de lo que puedo decir de mi padre. Jamás le importó nada, aparte de Gráficas Beale. Y el dinero, claro.
—De modo que su madre vivió como una recluzsa hazsta tu suizsidio.
¡Qué bien se reveló el doctor Gumbiner en esta palabra!
—Pues sí. Oh, los días de Navidad y de Acción de Gracias se ponía un salto de cama y bajaba (mi padre apenas se enteraba de estas fiestas). Y cada año, en el último día de escuela, se ponía elegante y venía a verme recibir cualquier premio que yo iba a obtener.
—Y, naturalmente, uzsted ezstaba preocupado.
—¿Por qué? ¿Por no tener premios?
—Por el alcoholismo de su madre. Por miedo a que le hizsiera un desgrazsiado.
—No, en absoluto. Sabía que ella estaba bien. Siempre fue igual. Incluso bebiendo, era una mujer guapa y bondadosa. Siempre se portaba amable con los señores Thorndyke.
—¿Zserena?
—No del todo. Pero tampoco se caía. Estaba… insensible. Pocas personas sabían que bebía, excepto los Thorndyke. Y éstos siempre venían a verla.
—¿Y su padre?
—Mi padre jamás habría dejado sus libros de contabilidad, aunque a mí me hubieran dado el Premio Nobel.
—Y cuando finalmente su madre se suizsidó…
—Cuando falleció, yo tenía trece años. Por supuesto que lo sentí. Hasta lloré un poco. Pero comprendí porqué se… había matado, posiblemente. No fue su muerte lo que me preocupó, sino la perspectiva de tener que vivir solo con mi padre.
—¿Y qué mázs?
—Bien, fue entonces cuando intervinieron tío Sterling y el señor Thorndyke, saltando encima de mi padre con sus cuatro garras, de manera que yo pudiera ir al mismo pensionado que Hal. Prácticamente, le pusieron a mi padre una pistola al pecho para conseguir su permiso.
—¿Por qué no quería acceder?
—Dinero. Enseñanza, libros, ropas, el billete… Todo esto debía costarle dinero, mientras que la escuela pública era gratuita. Por aquel tiempo ya poseía más de un millón de dólares. Pero a él sólo le importaba el dinero. Afortunadamente, yo era buen estudiante y gané una beca. Aunque no la necesitaba. De lo contrario, no me habría permitido ir a la Universidad. Fue tío Sterling quien me compró la ropa necesaria, y los Thorndyke nos llevaron a Hal y a mí a la estación. Mi padre estaba tan atareado amasando su fortuna que ni siquiera se despidió de mí.
—¿Y cómo se zsentía uzsted... a los catorzse años?
—Normal. Me sentía muy feliz al alejarme de aquella casa siempre en penumbra y de aquel hombre tan gruñón.
El doctor Gumbiner trató de relajar sus nalgas cambiando de postura en su silla. Jamás había tratado a ningún homosexual cuyas relaciones paternales no hubiesen sido buenas al menos durante las veinte primeras sesiones, y algunos durante más de un año. Y ahora, aquí estaba ese hombre joven aún, con dinero para quemar, afirmando que odiaba a su padre.
—¿Y dezspuést
—¿Después?
—¿Nunca le vizsitó en la ezscuelaí
—No, gracias a Dios.
—¿Y se escribían?
—Yo, todas las semanas.
—Ah, con que todavía quedaba algún zsentimiento.
—Ninguno. En la Universidad nos obligaban a escribir a casa al menos una vez por semana.
—Oh… ¿Y él contezstaba?
—Por medio de la señora Curtís.
—¿La señora Curtizz? ¿Su amante?
—No, su secretaria. Él ni siquiera le dictaba las cartas, limitándose a ordenarle que me escribiera. En cierto modo, esto era mejor porque las cartas de aquella buena mujer eran más divertidas. Me contaba que mi padre estaba muy complacido con mis notas, lo que significaba que ella sí estaba contenta, porque a mi padre le importaban un pito. En realidad, de haberle yo fallado, mi padre habría contado con un empleado gratis todo el año, en lugar de sólo el verano. A veces, la señora Curtís me enviaba unos dólares. Dólares que seguramente le hacían más falta que a mí, puesto que tenía hijos y todavía trabajaba por el mismo sueldo que durante el período de la Depresión, cuando se fundó Gráficas Beale. Cuando finalmente el viejo murió, yo le tripliqué el sueldo y aun así creo que no le alcanzaría.
—¿Estaba uzsted acazso enamorado de esa Curtizz?
—¿Está usted loco? Tenía la edad de mi madre y…
—Una madre reemplaszante tal vez.
—Nada de reemplazante. Sólo me gustaba. La apreciaba. Y sigo apreciándola. Aprecio a mucha gente.
—¿Y odia?
—A muy pocos (como a tí, imbécil).
—¿Por qué?
—Oh, por favor, no perdamos tiempo. ¿Por qué a una persona le gusta una y le disgusta otra? ¿Por qué no nos atenemos solamente a mi problema?
El doctor Gumbiner se estremeció de ira. ¿Quién era el analista? Todos los gambitos que introducía para ganar tiempo eran desechados al instante. ¡Qué arrogancia!
—¡Usted intenta ezsconder algo! —gritó el doctor, íntentando contrarrestar una acusación con otra.
—Se debe a mi irritación. Bien, ¿podemos continuar con me análisis?
—Hozstilidades —gruñó el doctor Gumbiner, aún enfadado.
En este punto del tratamiento, ¿no se suponía que el paciente debía enamorarse de su médico? ¿No era así como el doctor Gumbiner había tratado a dos viudas millonarias? ¿No dcbfa el paciene sentirse desvalido, dependiente tan sólo del médico y llamarle desesperadamente por teléfono a medianoche. En cambio, ese Peter Beale… Ah, claro, era esto, pensó el médico tratando de consolarse. Estaba enamorado de él. Pero intentaba ocultarlo.
«Me ama, me ama, me ama», se repitió el doctor muy contento.
Y el doctor, en medio de su alegría, se tiró un pedo. «Si ese viejo charlatán vuelve a hacer esto, lo estrangularé», se prometió Peter.
—¿Un poco de indigestión? —preguntó en voz alta.
—Es una función orgánica perfectamente natural.
—Hay muchas funciones orgánicas perfectamente naturales que todos aprendemos a controlar.
—Su hozstilidad es tal que quizsáz será mejor que se marche —le despidió el doctor.
—;SÍ, será mejor —asintió Peter, levantándose. Mirando su reloj, añadió—: Aún faltan doce minutos para completar la hora. De modo que le pagaré cien pesos menos y…
—¡Siéntese! —gritó indignado el doctor Gumbiner. No era un individuo intuitivo, pero sí presentía cuando podían volar doscientos dólares a la semana fuera de su cueva. Todavía tenía una hora libre cada tarde, y la rubia de la doble papada cuya hora seguía a la de Peter planeaba realizar un crucero de tres meses alrededor del mundo. ¡Este desdichado goyim quería llevar al pobre doctor Gumbiner a un asilo! Era preciso cambiar de táctica. Ésta era la única respuesta. Blandiendo un índice acusador, el doctor giró sobre su silla, golpeándose la caja pectoral contra uno de los brazos del mueble.
—¡Su tío Sterling! —exclamó el doctor.
—Por favor, aparte el dedo de mi nariz —le rogó Peter—. ¿Qué le pasa a tío Sterling? —¿Era homozsexual?
—Todavía lo es, según creo.
—Uzsted lo sabía.
—Lo mismo que todo el mundo. Sólo un repaso a su sucesión de secretarios y…
—Y usted le comprende.
—Pienso que no es asunto mío.
—Pero uzsted le quería.
—Yo apreciaba mucho a mi tío. Y aún le aprecio. Era divertido, amable y generoso.
—E intentó comprar su amor. Y a lo mejor lo conzsiguió.
—No intentó nada de eso. Me hacía regalos de cuando en cuando, principalmente ropa, seguramente porque mi padre era tan tacaño por un solo dólar, que tío Sterling se apiadaba de mí. Como dije, era generoso. Muchos tíos lo son. Pero jamás me tocó ni con un dedo. Estaba demasiado ocupado comprando el amor de todos esos jóvenes rubios a los que llamaba sus secretarios.
—Usted le admiraba.
—Sí, mucho.
—¿Y usted supo siempre que era homosexual?
—No siempre. Desde que tuve quince años.
—Lo sabía, pero le admiraba. No es ezstraño que también uzsted haya caído en ezstravío.
—No entiendo su razonamiento. Yo admiro a Leonardo da Vinci, a Miguel Ángel, a Oscar Wilde, a Proust, a…
—Todos han muerto. Además, no les conoció personalmente. Si nos atenemos a la razsón…
—¿A qué razón?
El doctor Gumbiner no estaba del todo seguro de la exactitud de lo que iba a decir, mas estaba desesperado. Existía un cincuenta por ciento de probabilidades de que tuviese razón, o de que Peter Beale pensara que la tenía. En cuyo caso, esto le obligaría a acudir a la consulta varias semanas…, tal vez meses. Si el doctor Gumbiner estaba equivocado, como sucedía a menudo, la cosa no tendría importancia.
—Si es usted tan ezstúpido o insensible que no puede o no quiere ver, yo se lo aclararé: uzsted odiaba a su hermano; no amaba a su padre; no tenía madre. En la adolescencia, al único al que admiraba y rezspetaba era a su tío homozsexual. Y ahora, subconscientemente, intenta emularle.
—Eh, un momento.
—Incluso con el joven rubio que también es (perdone si me equivoco) su zsecretario.
—¡Dios mío! —suspiró Peter, estupefacto.
El doctor Gumbiner también suspiró, pero de alivio. ¡Estaba enganchado!
—Y ahora… —continuó orgullosamente.
—Sí —gruñó Peter—. Y ahora…
—Y ahora… se ha acabado su hora. Mañana, a las diez, por favor, y sea puntual.
El doctor Gumbiner sonrió al observar los hombros caídos de Peter al salir de la cueva. Sin duda, su dramática acusación había sido un toque genial, un golpe teatral de la mejor solera. El doctor Gumbiner volvió a soltar otra ventosidad y decidió que Peter Beale era un corderito al que continuaría trasquilando. Ahora entraría la rubia de la doble papada, con el pelo ligeramente más rosado que el que tenía ayer. Hoy le daría algo en qué pensar a la muy zorra. Le espetaría que el nuevo color de su cabello la hacía parecer más vieja, más dura; le insinuaría que su amante sólo estaba interesado en su dinero, cosa que indudablemente era cierto; sugeriría una cirugía plástica, lo que le proporcionaría una comisión, y cuando ya estuviese convencida, le acusaría de vanidosa; y finalmente, le asustaría tanto que abandonaría la idea de realizar una gira de tres meses por el mundo y para rematar la jugada, cuando la mujer sollozase de miedo y frustración, le anunciaría que iba a aumentar la minuta. Sí, después de todo, el día se anunciaba tremendamente bueno.

Sin apenas saludar a la rubia de la doble papada, Peter subió a su coche y condujo, con el mayor aplomo que logró reunir, fuera de la cantera abandonada donde el doctor Gumbiner tenía su paraíso terrenal. Peter temblaba violentamente y al llegar a la carretera comprendió que no podía seguir conduciendo. Llevó el coche a la cuneta, apagó el contacto del motor y estalló en un ruidoso llanto.
Media hora más tarde, con los ojos secos pero temblando aún, al volver al monasterio, Peter estaba totalmente convencido de su desvalidez y del genio del doctor Gumbiner.

Connie, por su parte, casi había abandonado a su fiel amiga Jane como confidente y confesora, y ahora lamentaba haberle contado cuáles eran sus sentimientos respecto a Davey. Jane no concordaba con aquel papel. Desde que Connie había realizado el perturbador descubrimiento de sus sentimientos hacia el muchacho, Jane no la había dejado ni un momento a solas con él. Incluso allá en su casa, en su pueblo, existía Ia suficiente relajación moral para permitir que una joven gozase de unos minutos de besuqueo en el asiento posterior de un coche. ¡Ah, no, pero esto era demasiado!
La conducta equívoca de Jane mantenía confusa y trastornada a Connie. Pero la carta recibida aquella mañana desde el Country Club Drive le había aclarado a la joven su posición.
La madre de Connie escribía una vez por semana a cada uno de sus hijos. Sus cartas, en papel azul y escritas con tinta del mismo color, por debajo de un elaborado monograma que resultaba indescifrable, eran a menudo convencionales. El comunicado de esta semana, no obstante, iba dentro de un sobre que ostentaba tres sellos de aviación, y tenía las dimensiones de un manuscrito. Noticias del tiempo, la salud, papá, los hermanos, sus esposas y sus hijos, indicaban que todo y todos rutaban muy bien. El resto de la carta de la madre de Connie se refería exclusivamente a las escandalosas hazañas de la Jezabel del Country Club Drive, una tal señora Garbisch, una dama gallinácea (si se la podía llamar así), de edad incierta, que vivía pecaminosamente en una casita de estilo mediterráneo, frente a la mansión de los padres de Connie. Como podía decir cualquier miembro del club, la señora Garbisch no era mejor de lo que debía.
Recordarás, escribía la mamá de Connie, el escándalo de Adelaida Garbisch y el profesor de golf antes de que tú te matriculases en Vassar (Connie lo recordaba). Para no hablar de los asuntos amorosos mantenidos con Walter McDonald y aquel Arthur Murray, que todos conocían, y con aquel horrible pedicuro que al fin tuvo que irse de la población.
Efectivamente, la bella Garbisch había proporcionado al Country Club Drive muchos temas de conversación, bastante de la jardinería, las dietas, el bridge y la decoración.
«Pero esta vez», proseguía la carta, con una ominosa frase azul subrayada, «¡se había pasado de raya!»
Connie ahogó un bostezo. Hacía años que no pensaba en la señora Garbisch y las pocas veces que no fue así, la había considerado vulgar, vocinglera, más vieja y ligeramente patética.
¡Esta vez se trata del chico que cuida de su huerta! (Y no es que allí no crezcan hierbas malas y babosas). Es un chico guapo, supongo, aunque no era más que un tipo duro de la Avenida del Ferrocarril, ¡y aún estudia en el instituto! ¿Se puede aguantar esto?
«Sí», pensó Connie, prestando de pronto atención a los chismorreos de su madre, «yo puedo… casi».
Sólo Dios sabe, continuaba la misiva, en mi calidad de esposa de un médico con tres hijos casados y nietos, que soy tan liberal como la que más. ¡Pero esto es realmente el límite! El muchacho está siempre en la casa, no en el huerto, todos los días, y mientras Bill Garbisch está en viajes de negocios, ella hace simplemente que su amante viva en la casa, con las maletas y todo. Todos podemos ver su estropeado coche en el jardín, ¡aunque nadie les vea a ellos el pellejo en varios días!
Mamá proseguía en un estilo más mundano.
O Bill Garbisch es un santo, o es un sordo, mudo y ciego. Yo entendería y disculparía a Adelaida si tuviese la honestidad y la decencia de llevarse sus cosas y abandonar a su marido. No sería la primera vez que tales cosas suceden en un matrimonio. Pero seguir viviendo con Bill, mientras ella se divierte por su cuenta con un chico que tiene la mitad de su edad… ¡Vamos, esto es ya el límite!
Connie parpadeó con desasosiego y volvió la hoja.
Incluso se gasta todo el dinero de Bill en vestir al chico, y no en los Almacenes Rosenberg, que es donde debiera, ¡sino en la Tienda Londres, de Fallowfield y Fisher! Y te aseguro que esto no son comadreas. Yo estaba en esa tienda comprando un pijama para papá y vi a Adelaida gastándose una fortuna (de Bill) para prendas del número de ese chico, o al menos unas prendas que Bill jamás llevaría ni en un millón de años. Suéters de casimir, chaquetas deportivas muy chillonas, camisas transparentes…
Mordiéndose el labio inferior, Connie dejó la carta de su madre y se acordó de las dos camisas con encajes, una blanca y otra negra, que le había comprado a Davey la tarde anterior en El Centro de la Plaza, mientras Jane se hallaba curioseando en la Librería de Cristal. Como la caída señora Garbisch, el dinero de Peíer servía para comprarle regalos a Davey, no para comprar cosas que Peter, como el sordo, mudo y ciego señor Garbisch, no llevaría ni en un millón de años. Las dos camisas aún permanecían escondidas en un cajón, debajo de Ia ropa interior de Connie, aguardando el momento oportuno en que pudiera dárselas a Davey, sin la vigilancia eterna de Jane.
Graba bien mis palabras, continuaba mamá, en esa casa se producirá una catástrofe que sacudirá a toda la ciudad. Si Adelaida fuese medianamente decente, dejaría a Bill ahora mismo. Pero está viviendo como una entretenida, mientras mantiene a un joven que…»
Las lágrimas velaron los ojos de Connie, por cuyo motivo no pudo seguir leyendo. Metió la carta en su bolso, se levantó y trastabilló en dirección a la casa.
—¿Adonde vas? — inquirió Jane.
—Al cuarto de baño. ¿Te importa?
—¿Podría descansar un poco? — preguntó a su vez Davey.
—A menos que prefiera estar toda la vida con un brazo aire… — se burló Jane.
—¿Eh?
—Quiero decir que me importa un bledo lo que usted haga.
—Oh, bien. Iré a darme un baño.
Mientras Jane le contemplaba con odio mal disimulado,Davey dejó caer su túnica y se zambulló en la piscina.

Connie subió a su habitación, cerró la puerta y sentóse malhumorada al borde de la enorme cama. Sacó de nuevo la carta de su madre y trató de concluir su lectura.
Yo entendería y disculparla a Adelaida si tuviese la honestidad y la decencia de llevarse sus cosas y abandonar a su marido. Bla, bla, bla… Pero seguir viviendo con Bill... La Connie de Vassar estaba ya a la defensiva: «—Yo no vivo a cuenta de Peter… ni de ningún hombre. Y si quisiera podría vivir por mí misma. Ya lo hice antes.»
«—Sí —replicó la Connie del Country Club Drive—, en el departamento de lámparas. ¡Muévete, Golda Meir! ¡Vigila tus pasos, Margaret Mead! ¡Búscalo, reina Isabel! ¡Aquí llega la amenaza de Poughlaeepsie para la Mujer Trabajadora! Vamos, deja eso. Sólo aceptaste aquel empleo para largarte de la espantosa mansión del viejo Beale, y con el sueldo apenas podías comprarte cigarrillos y medias.»
«—Quiero decir que puedo mantenerme sola.» «—¿Podrías también mantener a Davey? Porque, señora Todopoderosa, él no podría jamás mantenerte a ti… ni a sí mismo.»
La Connie del Country Club Drive sabía que se parecía a su madre, pero en algunas ocasiones la Connie de Vassar necesitaba un buen vapuleo.
«—Bueno, podría acudir a la pintura —contestó la Connie de Vassar con dignidad—. Sólo por no haber cobrado nunca, esto no significa que no pueda hacerlo. ¿No se subastó en cinco mil pesos, en la Cruz Roja, aquel bodegón que luego rompí? Logró más que ningún otro cuadro de los subastados. La Galería Víctor y la Galería Trini desean presentarme, y si quisiera podría exhibir en La palomita blanca.»
«—¡Oh, esto es realmente estupendo, querida! ¡La Elizabeth Vigée-Lebrun de Cuernavaca! Hoy La palomita blanca, mañana el mundo entero… Knoedler, la Galería Grosvenor, París, Roma, Munich…»
«—Ah, no seas tan perversa. Yo sé pintar. Y sé pintar comercialmente. ¡Y tú lo sabes!»
«—Lo concedo —asintió la Connie del Country Club Drive. Mas para no ceder demasiado, añadió maliciosamente—: Además cuentas con un buen modelo desnudo.»
«—De este modo, no viviría a cuenta de Peter, ¿verdad? Podríamos irnos a algún pequeño lugar como Zihuatanejo o San Blas, donde la vida es barata. Viviríamos en la playa. Yo no me llevaría más que mis vestidos, y no muchos, mis pinturas, mis libros…»
«—¿Viviríamos?»
«—Davey y yo —asintió la Connie de Vassar a regañadientes.»
«—Para ser una chica con educación hablas como una niña de diez años, y encima torpe.»
«—Lo siento por Peter.»
Se abrió la puerta del dormitorio y apareció Peter. Estaba muy demudado.
—Peter… querido —exclamó Connie—. Estás horrible. ¿Te hizo daño el dentista?
—¿Qué… qué dentista?
—El dentisa, cariño. ¿Te hizo daño?
—Ah, sí —asintió Peter, dirigiéndose al cuarto de baño—. Mucho.
—Pobrecito… —se apiadó Connie, cerrando la puerta.
«—¿Qué te recuerda esa pequeña farsa? —inquirió la Connie del Country Club Drive, triunfante al poder decir la ultima palabra.
«—¿Qué farsa?»
«—Me refiero a ese "pobrecito".»
«No sé de qué hablas —se irritó la Connie de Vassar. Pero lo sabía.»
«—Sólo hablo de la Circe del Country Club Drive, la señora Garbisch, que se abraza fuertemente a su marido tan pronto deja los brazos de su joven amante. ¿No existen semejanzas?»
«—Ninguna. Yo aprecio mucho a Peter.»
«—¿Lo bastante como para abandonar todo esto, al probre Peter, a todo este bienestar… sólo para huir con Davey?»
«—Yo… he de reflexionar» —concedió la Connie de Vassar.
La semilla ya estaba plantada.

Peter, pálido y torvo, con los ojos hundidos por una noche sin dormir, le procuró un gran placer al doctor Gumbiner. Éste había plantado más de una semilla. ¡Había plantado un huerto entero! Aunque el doctor se decía que él no era el responsable de las revelaciones del día anterior. ¡Oh, no! Nunca. La función del analista consistía simplemente en escuchar; a veces, tal vez, en inyectar una o dos palabras si el paciente parecía atascado. De lo contrario, los descubrimientos sórdidos siempre corrían a cargo del analizado. Y Peter Beale había realizado un buen trabajo. Uno de los mejores…, con muy poca ayuda por parte de su analista.
¡Sólo había que ver al Señor Sabelotodo hoy! Medio palmo más bajo y veinte años más viejo.
—No parece encontrarse muy bien —le espetó el doctor Gumbiner sádicamente.
—Después de lo que me dijo usted ayer, es natural.
—¿Que yo le dije? Yo no le dije nada. Es su vida. ¿Qué podía decirle yo? Sólo sé lo que uzsted me dijo. No era posible contestar. Y no hubo réplica. Perfecto, Peter Beale estaba tan derrotado que se lo creería todo.
—¿Ha vuelto a reflexionar en la semejanza existente entre sus relazsiones con ese Davey y las relazsiones entre su tío Sterling y sus muchos zsecretarios?
—Sí, constantemente.
—¿Y bien?
A partir de entonces todo fue sencillo. El doctor Gumbiner estaba sentado en su butaca y dejaba que su estómago gruñera un compás de Bartóla. Aquel tiburón estaba firmemente atrapado. Veía símbolos fálicos en los cigarrillos que fumaba, en los lápices del escritorio del doctor, en los postes de teléfono de la carretera, encima de la cantera. Se sumergía en fantasías sacadas directamente de la ciencia-ficción. Si alguna noche no soñaba con serpientes entrelazadas, el doctor Gumbiner estaba dispuesto a comerse su propio braguero. Una palabra de aliento, y habría adquirido cosmético en Woolworth. Pero el doctor Gumbiner pensaba en algo más provechoso.
—De este modo —le espetó a Peter, tumbado en su siIIa—, al menos se ha roto el dique y uzsted ve y dice cozsas que uzsted mismo que no había comprendido antes.
—Sí —suspiró Peter, vencido.
—Interezsante, muy interezsante.
—¿Qué me sugiere?
¿Por qué no correr el riesgo?
—Le sugiero que venga todos los días dos horas… a partir de mañana.

Mientras Cuernavaca atrae a la gente adinerada, nunca ha atraido a los comerciantes que sirven a dicha gente. Durante más de cuatro siglos, la ciudad ha sufrido la falta del portal rojo de Elizabeth Arden, no ha tenido ninguna sucursal de Salas, ni de Cartier, ni menos aún de Peck y Peck. Ni siquiera Ias tiendas de lujo de la capital de México han inaugurado sucursales en Cuernavaca, comprendiendo, justamente, que la gente de Cuernavaca, aburrida y desesperada, acudiría a México City.
Pero en la calle Matamoros, casi delante de la funeraria Quo Vadis, existe una tienda llamada «Tifany», con una sola F'. Lo único que tiene en común con la elegante Tiffany de la Quinta Avenida de Nueva York es el nombre, o casi el nombre, y que allí también venden toda clase de joyas.
La presunción de la tienda divertía mucho a Peter, y al cabo de dos horas de sesión con el doctor Gumbiner, necesitaba algún entretenimiento. Resultaba muy divertido, por tanto, el escaparate de Tifany, en donde exhibían un acuario en forima de globo, lleno de agua y algas; flotando en la superficie se veía una carpa dorada muerta, y encajada en la arena del fondo, lo peor que Peter había visto en México, en cuestión de joyería o bisutería. Se trataba de un reloj de pulsera del tamaño de uno de viaje, lleno de ruedecitas, agujas y toda clase de artilugios. Daba, en español, el mes, la fecha y el nombre del día, y si la hora era de la mañana o de la noche. A través de las sucias aguas del acuario, Peter distinguía la segundera colorada que seguía su curso circular en torno a la esfera. A pesar de la contaminación del depósito con agua y del peso de su extraña quincallería, aquel reloj continuaba funcionando.
De haber podido oír el tic-tac a través del agua, Peter estaba seguro de que habría dicho: «Davey, Davey, Davey». Aunque otro asunto sería saber por cuánto tiempo. Davey experimentaba una enorme pasión, ya que no una gran aptitud, por toda clase de aparatos raros. Le fascinaba todo lo que tenía esferas, botones y mandos. Ya había estropeado dos veces el televisor, el sistema de calefacción y filtro de la piscina una vez, y le habían impedido físicamente que arruinase el «alta fidelidad» en el último instante. No existía la menor esperanza de que el muchacho entendiese el funcionamiento del reloj (apenas lo entendía el propio Peter), o que el aparato continuase funcionando un minuto más allá del período de garantía, o sea treinta días, aunque Davey no lo hubiese aún destruido entonces. El precio, algo menos de veinticinco dólares, le hacía pensar también a Peter que el joven rubio no llevaría ciertamente el reloj en su ataúd.
Experimentando exactamente lo mismo que el día en que penetró en el verdadero Tiffany para adquirir el anillo de compromiso para Connie, Peter entró en Tifany.

Presentar el reloj, que funcionaba ruidosamente en su estuche de terciopelo, sin embargo, no tuvo ninguna semejanza con el momento en que ofreció el anillo de compromiso. Peter aguardó pacientemente a que todos estuvieran haciendo la siesta u ocupados en cualquier parte. El mismo Davey estaba atareado, o lo fingía, descifrando la escritura de Sir Cosmo Mulligan.
—Davey… —empezó Peter.
—¿Qué?
—Tengo algo para usted.
—Sí, pero no ahora. Ahora tengo a ese tipo en una especie de casa de fulanos en El Cairo —pronunciaba el nombre de la ciudad como si fuese una marca de jarabe de maíz—. ¿No puede esperar un poco?
No, Peter no podía esperar. Deseaba gozar del placer de ofrecerle un placer a Davey y lo deseaba ahora mismo. Y por razones puramente prácticas temía que el reloj expirase pronto, si lo dejaba haraganear durante otro ruidoso minuto.
—No se trata de trabajo, Davey. Es un obsequio. Algo que yo…
Sonó un discreto golpe a la puerta del estudio y se abrió. Era Hal, que había concluido su siesta y parecía ataviado de pontifical con su batín de seda escarlata.
—¿Sí, Hal? —preguntó Peter.
—No quiero molestarte. He de consultar la Britannica. Buenas tardes, Davey.
La jovialidad que Hal le había mostrado al joven al principio, había experimentado un profundo cambio desde que estaba enterado de los sentimientos de Peter hacia aquél. Sus diálogos con Davey podían calificarse de breves y corteses, nada más.
—¿Te acuerdas, Pete, muchacho, que la otra noche hablamos de los monasterios franciscanos en general? Bien, he pensado que éste podía ser un buen tema para una prédica. De qué forma ha sido restaurado, no para su propósito primitivo, sino para transformarlo en un lugar donde vivir, muy bello y dónde… Ah, sí, debe de estar aquí: Extracti a Gamb... —añadió, leyendo el encabezamiento de un tomo de la Enciclopedia—. Veamos… francisca… francisca… francisca…
En conjunto, Hal separó tres volúmenes, tomó varias notas y leyó en voz alta tres aburridísimos artículos.
Finalmente, con un crujido de la seda de su batín, les dejó solos. Su visita había durado casi una hora.
—Bueno, volvamos a trabajar —propuso Davey.
—¿No se olvida de algo?
—Creo que no. Estoy casi al final de la página y…
—No me refería a esto, Davey, sino al obsequio.
—¿A qué obsequio?
—Al que iba a entregarle cuando se ha presentado Hal.
—Oh, sí, claro.
Nada más. Ni la menor señal de curiosidad o avidez.
—Es de Tifany —añadió Peter.
—¿Eh?
—He dicho que es de Tifany.
—¿De dónde?
Desmayadamente, Peter comprendió que su pequeña broma había muerto al nacer. Como nunca había oído hablar del Tiffany de Nueva York, Davey no encontraba nada gracioso en la tienda llamada Tifany de Cuernavaca. Peter no insistió.
—Se trata de una especie de enorme reloj mexicano. A prueba de golpes, a prueba de inmersiones, antimagnético; dice los meses, los días, el año, prácticamente incluso guisa el desayuno. Creo que lo dice todo…, menos la hora exacta. Hoy lo vi y pensé que a usted le…
Dejó el reloj encima del escritorio, dentro del estuche, y al cabo de tres inútiles tentativas, logró abrir la cajita. También se abrió la puerta del despacho. Hal la había dejado entornada.
—Perdón, señor.
Era Eulalio, el jardinero, marido de Delfina, la cocinera, padre de Julio y María de la Luz.
Eulalio llevaba su enorme sombrero de paja en la mano. Dentro del mismo había un nido que contenía cuatro huevos moteados. En un español rápido y poco culto, Eulalio aseguró que había encontrado el nido al pie de un árbol, con los huevos intactos. Se trataba de los huevos de alguna clase de señor. Peter supuso que no se trataba de los huevos puestos por un varón humano sino que pertenecían, o habían pertenecido, a un pájaro raro, cuyo nombre él ignoraba en español. Con gestos apropiados, Eulalio describió el feliz futuro y la bella música que cabía esperar si alguien se sentaba sobre los huevos hasta que los polluelos hubieran salido del cascarón. También hubo algo referente a una jaula, y al fin, dejando los huevos aún calientes, dentro del nido, encima del escritorio, Eulalio exhibió una jaula de hierro, suficiente para un cóndor, que Peter recordó haber visto en el sótano.
Lo único que Peter entendió de toda la larga explicación fue que pronto habría cuatro bocas más que alimentar. Más tarde consultó la palabra, o lo que creía era la palabra, y comprendió que la oscuridad pronto quedaría sonorizada con la alegría de unos ruiseñores; sin embargo, Peter, durante la conversación con Eulalio, se había limitado a murmurar sí, sí, verdad… perfecto… no me diga… y gracias.
Eulalio se acercó al escritorio para dejar allí el nido con los cuatro huevos, y entonces vio el inmenso reloj de pulsera, también en su nido. Lo que dijo respecto al reloj fue voluble y definitivo. Davey no entendió una sola palabra, pero Peter sí. La palabra podía traducirse al inglés como «basura». Además, el jardinero disfrutó describiendo prolijamente el caso del pobre libanes que, habiendo entrado en México ilegalmente, era ahora multimillonario gracias a haber estafado a los honrados obreros y peones mexicanos con sus relojes falsos. Aunque el del escritorio continuaba funcionando. Por fin, Eulalio cogió la jaula y el nido de huevos, y se marchó.
—¿Qué ha dicho? —quiso saber Davey.
—Que se trata de un reloj del Líbano.
—¿Qué marca es ésa?
A Peter se le ocurrió que Davey acababa precisamente de mecanografiar dos docenas de páginas relativas al Líbano y Siria, con Sidón y Tiro, Beyrut, Baalbela, Damasco, Alepo y todo lo demás. A pesar de que no tenía el menor motivo para relacionar el reloj de pulsera con su tarea. Además, Peter todavía quería disfrutar presentándole el regalo a Davey. Junto con la garantía de un mes había un folleto de instrucciones en español, describiendo detalladamente lo que había que hacer para que el reloj cumpliese con sus supuestas obligaciones.
—Mire, Davey, es para usted.
—¡Diantre, vaya trasto!
Davey se colocó el reloj en la muñeca e inmediatamente empezó a hurgar todos sus mandos.
—Mire —continuó Peter, sintiendo el calor del cuerpo del joven al acercársele —aquí dice los meses.
—Pero no están bien escritos. Aquí pone a-gooos-to…
—En español, Davey. Agosto, es en español.
—Sí, pero, ¿cómo sabré yo de qué mes se trata?
Era una buena pregunta.
—Podrías aprender, Davey. Los nombres son prácticamente casi iguales en ambos idiomas.
—¿Y qué significa esto de mier…co…les?
—Miércoles. Vamos, también podrías aprender los días de la semana: lunes, martes, miércoles, jueves…
—¿Qué es esto, un curso elemental Berlitz de español? —era Jane—. Bueno, ya veo que no interrumpo nada importante, de modo que seguiré con mis medidas. Siempre he querido saber qué hacíais los dos aquí dentro toda la tarde. Y ahora ya lo sé —Peter sentíase sumamente acalorado—. No hacéis nada. De modo que perdonadme; pero he de medir los cojines del sofá, a fin de imaginar los dibujos y pedir los ovillos.
Desenrollando la cinta métrica, con pulgadas en una cara y centímetros en la otra, Jane empezó a medir, murmurando en francés: Trente centimetres. A Peter le molestó que una chica nacida en Pennsylvania, y educada en el Colegio Shipley y en la Universidad de Vassar, no pudiera contar por pies o pulgadas. Sin embargo, Jane toujours era Jane.
Todavía estaba anotando las medidas en francés, cuando Davey exclamó:
—Perdonen. Tengo que ver a un hombre con un perro.
Era una de las pocas ingeniosidades de Davey. Peter ignoraba cuándo y dónde la habría oído, puesto que la expresión era sumamente antigua. Davey salió del despacho.
—Querido, ¿te has fijado?
—¿En qué?
—En el despertador que lleva en la muñeca. Tiene un sonido como una bomba de relojería.
—No lo había observado —mintió Peter.
—Bueno, ya sé que esto suena como algo que mi abuelo solía decir, pero es la verdad: por eso el pobre e ignorante siempre es pobre e ignorante. Si tienen un centavo que gastar, lo desperdician en esta clase de basura. A lo mejor no tienen para comer, pero siempre tienen dinero para cosas de bisutería, para relojes de fantasía o para adquirir el mayor televisor que pueden adquirir a plazos cómodos.
—¿En Rosenberg? —preguntó Peter de malhumor. No importaba. Jane no lo había oído. Se había lanzado a un larguísimo monólogo sobre los patéticos hábitos de los peones y la necesidad de educarles para que al menos la generación que seguía a la de Davey se gastase el dinero sobrante, si lo tenía, en algo tan útil como un diccionario francés, o en libros de cocina francesa y discos clásicos (también asequibles en Rosenberg).
—Bueno, no quiero impedir que sigáis trabajando —dijo de pronto Jane—, si se le puede llamar trabajo a esto.
Y Jane desapareció.
Davey regresó al estudio justo en el momento en que Peter se hundía desmayadamente en el sofá. La broma sobre Tifany y la presentación del reloj no habían dado resultado. Toda la ceremonia había sido un desfile de personajes, y ni la mitad de divertida como el banquete que el viejo Beale se había visto obligado a celebrar cuando él le había entregado otro reloj (de oro) a un contable paralítico, que no había dejado de acudir puntualmente a trabajar a Gráficas Beale todos los días durante cincuenta años, sin faltas ni retrasos.
—¿Y ahora, qué hacemos? —quiso saber Davey.
—Hum… Pues nada. Daremos la jornada por terminada.
—¡Fabuloso! Me voy a nadar un poco. ¿Y usted?
—No, no, gracias.
—Bien, hasta luego.
Davey entró en su dormitorio y cerró la puerta. Volvió a abrirla al momento y se asomó.
—Oh, gracias por ese cacharro.

A la tarde siguiente, el estudio permaneció en silencio salvo por el tecleo de la máquina de escribir eléctrica. Peter levantó la vista de la última página del libro ¿Quién dice que eres anormal? y contempló cariñosamente la cabeza de Davey. Después, volvió al desenlace, al fondo del libro que leía. En conjunto, el mensaje aseguraba: «Sólo se vive una vez, de modo que hay que vivirla con la persona amada, siendo uno tal cual es y bla, bla, bla…»
Era el sexto e inspirador libro que Peter leía durante la última semana. ¡Y resultaban tan consoladores! Según este autor, un doctor en filosofía que había realizado estudios personales en el asunto, prácticamente todos los personajes destacados de la Historia habían sido homosexuales: Alejandro el Magno, Julio César, el rey Arturo, Napoleón, Lord Nelson, si bien Peter se preguntaba cómo podía el autor estar al corriente de las intimidades de unos hombres que habían muerto varios siglos atrás… y ninguno fuese machote. Peter más bien dudaba de la tesis del buen doctor, aunque resultaba consoladora.
Peter consideraba estas lecturas como los deberes escolares después del análisis. El doctor Gumbiner no se lo había sugerido, mas tampoco le había prevenido en contra. Peter conocía a muchas personas impresionables que se interesaban por cualquier enfermedad que se mencionara. Si Peter necesitaba convencerse más, era cosa suya, no del doctor Gumbiner.
Peter estaba tumbado en el sofá anaranjado. Encendió de pronto un cigarrillo y consideró una vez más las palabras alentadoras de ¿Quién dice que eres anormal?: «Hay que Vivir la Vida; hay que Enfrentarse a los Hechos; hay que Ser Uno Mismo; hay que disfrutar». Todo sonaba bien y fácil, y tal vez lo sería si uno perteneciese al tipo de los que se ríen de todo y que atrepellan a cuantos les rodean. Connie, por ejemplo. El autor no hacía el menor caso del exceso de equipaje tal como esposas, hijos, padres, amigos, empleados. Tan sólo en un párrafo en el que aseguraba, más o menos, que a la larga les haría mucho más bien conocer la verdad, aunque les escociese. Si realmente querían al individuo, lo comprenderían. Peter reflexionó. Connie era la única persona a la que había amado en su vida. Y la idea de herirle le hacía daño. Si por lo menos ella se enamorase de una chica guapa… por ejemplo, de Jane… prescindiendo por el momento de su amigo íntimo, Hal. Lo cierto era que la idea de que Connie pudiera enamorarse de otro hombre le fastidiaba.
Peter sopló tres anillos de humo perfectos y volvió a mirar a Davey. El muchacho estaba repasando lo que acababa de escribir. ¡Qué guapo era! ¡Qué serio! ¡Qué diligente! Peter sentía cómo su corazón saltaba de amor y admiración, ignorando la verdad: que Davey era incapaz de entender la primera palabra de todo lo que copiaba o escribía.
Bueno, no tanto. A medida que Sir Cosmo Mulligan envejecía, a medida que iba avanzando por el camino de las drogas y las orgías, sus Diarios se tornaban tan explícitos que nadie, ni siquiera Davey, podía dejar de comprender su exacto significado. Tras un lento y penoso proceso que Davey llamaba «pensar», decidió hablar de nuevo, y un poco más extensamente, respecto a la empresa literaria de Peter. Al fin y al cabo, qué sabía Petey, un tipo que había estado en buenos institutos y estupendas universidades, de la vida de los extras de cine, de Myltonne e incluso de los maricas que rondaban a su tío Sterling.
—Eh… Petey —le llamó Davey, dejando un montón de cuartillas regularmente mecanografiadas sobre la mesita del café, frente al cofa.
—Sí, Davey —sonrió Peter.
—Quiero preguntarle algo.
—Ciertamente. Siéntese —Peter palmeó el asiento anaranjado del sofá. Davey se cambió de asiento—. ¿Cuál es el problema, Davey?
—Oh, no es ningún problema. Sólo que… Bueno, ¿ha leído usted estos Diarios de Sir Cosmo Mulligan?
—Claro, Davey.
—¿Todos?
—Sí, Davey. Hay mucho material que no utilizaré en mi libro. En parte porque es demasiado aburrido, y en parte porque es demasiado atrevido para que pueda imprimirse.
—¡Exacto! Oh, mire qué pone aquí, Petey: «Una vez hubo callado el lahamsin…», que no sé lo que es…
—El lahamsin es una especie de tormenta con viento muy cálido que sopla en el Sahara. ¿Esto le preocupaba, Davey?
—No, una tormenta no me importa en absoluto. Pero escuche el resto: «Atch-med…»
—Se pronuncia Ocmed.
—«Atchmed trajo a mi tienda un camellero…» ¿Uno que vende caramelos?
—No, se trata de un conductor de camellos o de un soldado montado en un camello. Es como un…
—Ya, pero oiga: «… cuyo magnífico aparato decían que le colgaba hasta las rodillas.» O sea que…
—Se trata de un eufemismo Victoriano —le interrumpió Peter, ruborizándose—. Es una forma elegante de decir que el joven camellero poseía una cosa tremendamente larga y que… bueno, que le colgaba mucho…
—Sí, ya lo entendí al llegar a… oh, sí, aquí: «… metiendo una temblorosa mano dentro de su voluminoso pantalón, así aquel espíen… dido… centro…»
—Cetro —le corrigió Peter.
Observó que le temblaban las manos y las apretó con fuerza.
—Sí, gracias. «… aquel pulsante batote…»
—Batuta. Lo que utiliza el director de una orquesta.
—¿Cómo…? Oh, claro. «… aquel estupendo equipo de la masculinidad musulmana».
—Sí, Davey —le interrumpió Peter—, lo recuerdo bien. Aunque dicho sea entre nosotros, tengo la sensación de que Sir Cosmo sufría de varias alucinaciones respecto a…
—Debía estar majareta si es verdad la mitad de lo que dice.
—Creo que estaba enfermo. Gonorrea y sífilis. Aunque él lo llamaba «viruela». Sospecho que gran parte del tiempo se dedicaba a fantasear.
—Y aún hay más. Fantaseaba prácticamente todos los días y todas las noches. A mí no me preocupa eso de coger la cosa de ese árabe. Vamos, en el Instituto teníamos a aquel negro con una cosa que le colgaba hasta… —ahora fue Davey quien enrojeció—. No, eso no me inquieta en absoluto.
—Entonces, ¿qué, Davey?
—Es lo que ocurre después.
—¿Quieres decir cuando están… hum… haciendo el amor y se le vuela la tienda de campaña?
Peter sonrió de pronto.
—Sí.
—¿No comprendes que precisamente por esto escogí a Sir Cosmo como tema de mi obra? Se trata de un individuo formidable, y siempre muy desdichado: un camello le cocea
en la cabeza, se derrumban sus camastros, las tiendas de campaña vuelan por los aires… Es pura diversión. Considero que fue una especie de Don Quijote marica, o un Don Juan inepto. Siempre que estaba a punto de conseguir algún objetivo, amoroso o no, algo le impedía realizar el afán de sus sueños y de sus…
Peter calló. Comprendió que Davey no entendía una sola de sus palabras.
—Bueno, quiero decir que todo es cómico, sólo como una farsa.
—Sí, quizá sí. Pero lo que me preocupa es… usted.
—¿Yo? —una docena de ideas se atrepellaron en el cerebro de Peter, casi todas perturbadoras—. ¿Por qué? —inquirió nerviosamente.
—Bueno, un tipo como usted no debería escribir tales porquerías. Piense en la reputa que adquirirá.
—¿En la qué?
—Reputa. Reputación. Escribiendo sobre un fulano así. ¿Y si algún crío lee este libro y…?
—No intento crearme una reputa, como dice usted —respondió Peter medio indignado, medio divertido—, como autor para jóvenes. Considero a Sir Cosmo como un verdadero número de music-hall, como uno de esos típicos dilettanti victorianos, que se vio mordido por el desierto y por los jeques de Arabia mucho antes de nacer Rodolfo Valentino[16] —Peter volvió a comprender que Davey no le entendía en absoluto—. No se inquiete por mí, Davey. Tal vez usted no lo halle divertido, pero mucha gente sí lo encontrará. Al menos, eso espero.
—Sí, pero Petey…
—¿Qué?
—Bueno… yo…
—¿Qué?
—Bien, al diablo. No me gusta verle a usted en algún apuro por culpa de ese sujeto. Bueno, es que yo le quiero mucho, Peter.
Peter sintióse conmovido. Verdaderamente conmovido. ¿Tal vez demasiado conmovido?
—¿De veras, Davey?
—Sí, seguro. Y no me gustaría verle en malos pasos por haber escrito algo sobre un marica.
Peter respiró profundamente. Si el momento tenía que llegar algún día, era ahora.
—Davey, me gustaría que no usara la palabra «marica» de esta forma. ¿No cree posible que dos hombres se gusten el uno al otro? ¿Incluso que se amen?
—Oh, seguro. En Los Ángeles hay muchos buscones y chaperos. Y bares para hombres solos y…
—No me refiero a los que venden el amor o hacen conquistas fáciles en los bares, Davey. Me refiero a un afecto auténtico, al cariño, al… sí, también al amor físico entre dos hombres sanos. Salir siempre juntos sólo por el placer de estar juntos. ¿No entiende lo que digo?
—Oh, seguro. Yo ya lo hice una vez.
—¿Una vez? —Peter experimentó una feroz punzada de celos.
—Sí, con Willy.
—¿Quién es Willy? —preguntó Peter, fingiendo desinterés.
—Willy Blake. Un gran amigo mío.
—¿Y qué hicieron?
—Pues lo que usted ha dicho. Nos llevamos todas las cosas al monte para acampar allí.
—¿Y…?
—¡Valiente desgracia! Bueno, hubo más de una.
—¿Qué… qué hicieron?
—¡Qué no hicimos! En primer lugar, nos quedamos sin cerillas. Luego, el tonto de Willy olvidó los abridores, y por fin se echó a llover. Diantre, nunca he visto llover tanto. ¡Apenas era posible ver la mano delante de la cara! De forma que al fin nos fuimos al coche y… y se acabó la excursión. Luego, Willy…
—¿Willy? Oh, es un gran amigo suyo, ¿eh?
—Lo era. Se enganchó en la Marina. Ni siquiera escribe a los suyos, de modo que hace mucho tiempo que no sé nada de él.
—Ya. Bien, creo que por hoy ya está bien. Yo…, pensaré en su consejo, Davey. Y…
—¿Sí?
—Me gustaría que usted también pensase en lo que yo he dicho.
—¿En qué?
—Pues… en la posibilidad de que dos hombres se gusten mucho uno al otro.
—Oh, seguro —¿por qué Peter querría que pensara en una excursión? Aunque Peter era mucho más inteligente que Willy Blake. No olvidaría los abridores—. ¿Viene a nadar?
—Sí. Oh, no, creo que no. He de seguir leyendo.
—Como quiera.
Davey entró en su dormitorio, contiguo al despacho. Por la puerta entreabierta, Peter le vio desnudarse con despreocupada indolencia, y andar desnudo por el cuarto. Salió poco después, envolviéndose en un batín de shantung amarillo. Ahora ya poseía tres batines: el de seda, o casi de seda, que él se había comprado; uno de tela verde que le había comprado Peter; y el de shantung amarillo, como las camisas, regalo subrepticio de Connie.
—Hasta luego —repitió Davey.
Peter se hundió más en el sofá y abrió el libro titulado Dos encima del Mundo. Trataba de un par de antiguos administrativos de la televisión neoyorquina que se habían conocido y amado en el Bar Plaza, para hombres solos, y habían abandonado unos empleos lucrativos, unos matrimonios felices, los amigos, los familiares y su posición social, así como unas interesantes cuentas bancarias para vivir con el sudor de sus frentes en los montes del Perú, donde los incas y las llamas les comprendían. Todo parecía muy drástico, pero Peter podía identificarse con los protagonistas, cuando no con los incas y las llamas. ¿Y no había dicho Davey que lo haría con gusto?

Al sonido del chapoteo de Davey en la piscina, Connie se asomó anhelantemente a la ventana de su dormitorio. ¡Allí estaba él! ¡Qué hermoso!
Cuanto más pensaba Connie en su nueva situación, menos le gustaba. Mirándolo de cualquier manera, «vivía a cuenta de un hombre, mientras amaba a otro». No mantenía exactamente a Davey, pero tampoco era al revés. El alojamiento, las comidas, el sueldo que le pagaba como modelo, los obsequios que le compraba, todo salía de la cuenta bancaria de Peter.

El día en que Connie compró las dos camisas para Davey, le pareció más bien que estaba robando o planeando atracar en Acuario que gastarse allí el dinero. Arrastrada, como siempre, dos pasos detrás de Jane, pasó por delante de las tiendas que se abrían bajo los arcos de la Plaza del Centro, mientras Jane penetraba en la librería donde vendían obras en tres idiomas. Connie divisó las camisas en el escaparate de Acuario y se detuvo en seco. Prácticamente, llevaban el nombre de «Davey» bordado en el pecho.
—Jane, continúa. He visto algo que…
—¿Qué?
—Nada. Una… una blusa. Ya te alcanzaré.
—¿Qué clase de blusa?
¡Qué pesada era Jane!
—Nada, Jane. Tardaré sólo un instante.
—Comprueba bien los ojales.
—Sí, Jane. Nos encontraremos en la librería.
Una vez dentro de las profundidades casi heladas de la tienda, Connie comprendió que para ser una mujer casada desde hacía siete años, una mujer con un padre, hermanos y sobrinos, apenas sabía nada de los hombres. ¿Cuál sería la talla de Davey? En realidad, ¿cuál era la de Peter? Durante años le había regalado artículos a su marido, pero siempre se trataba de cosas de carácter general: gemelos, corbatas, bufandas, pañuelos…
—Pues… no lo sé —le contestó a la dependienta—. Es bastante alto y…
—¡Oh, no!
Era la voz de clarín de la señora Westmacotts que surgía de un probador con una falda de algodón. A pesar de su pánico, Connie pensó que aquella señora parecía una enorme cama con un colchón de plumas.
—Oh, no, querida —continuó la señora Westmacotts—. Su marido no es tan alto. Más alto que el mío, sí, pero no tan grueso.
Connie se preguntó qué ocurriría si decía: «No son para mi marido sino para mi amante.»
No fue necesario. La señora Westmacotts se había enfrentado con la dependienta.
—Oiga, jovencita, si esto pudiera estirarse un poco de aquí, y alisarlo un poco más por las caderas…
Desesperada, Connie hurgó entre el montón de camisas. Había tallas Pequeña, Media, Grande y Extra Grande. Connie se decidió por la Media. Y para que la compra tuviese alguna consistencia, adquirió dos camisas, una blanca y otra negra.
—Me quedaré con éstas —le manifestó a la empleada.
Fue entonces cuando descubrió que no llevaba dinero bastante para abonar la factura y se vio obligada a cargarla en su (en realidad, de Peter) cuenta.
—¿Has comprobado los ojales? —insistió Jane, al salir de la Librería Cristal.
—No tiene ojales. Se meten por la cabeza.
—¿Meten?
—Sí, las ca… las blusas.
—¿Ni siquiera en los puños?
—Ni siquiera en los puños.
—Déjame ver.
—Jane, ahora… Bueno, están empaquetadas y bien atadas, y estoy cansada. Es mejor que volvamos a casa y tomemos un trago. Ya las verás. Podrás examinarlas más tarde.
—Oh, está bien —asintió Jane—. Un pésimo surtido de libros de arte. Cuando les pedí el Knoll au Louvre no tenían la menor idea de lo que era.
—Yo tampoco —confesó Connie.
Fue una suerte que Jane se lanzara a una larga disquisición del catálogo exquisitamente ilustrado de una exposición de muebles Knoll en el Musée des Arts Décoratifs. Las camisas para Davey ya estaban olvidadas.
Las camisas de Davey podían quedar bien olvidadas, puesto que estuvieron mucho tiempo dentro del cajón de la cómoda de Connie. A ella le parecía que habían pasado años y no días hasta que logró burlar la vigilancia de Jane y dárselas al chico. ¿Serían de su agrado?
Connie adoraba a Jane. Ésta era su mejor amiga y lo era desde hacía más de diez años. Pero algunas veces Connie deseaba que Jane fuese más semejante a las demás mujeres, que fuese, al menos una vez por semana, al peluquero para hacerse arreglar el cabello, las uñas de las manos, las de los pies, blanquear, teñir, rizar, alisar… ¡No! Jane iba sólo una vez al mes a una barbería de caballeros (ni siquiera tan a menudo como Hal), para que le cortasen el cabello al estilo Eton, y contarle al barbero, en cualquier idioma, cómo cortaban exactamente el pelo en Casa Trumper, de la calle Curzón.
Finalmente, amaneció el día en que Jane, ignorando la siesta, exclamó:
—¡He de cortarme el cabello!
Connie saltó al momento.
—Oh, sí, querida, claro. Lo noté hace días.
—¿Ocurre algo?
—Ño, Jane. Sólo que lo llevas un poco… descuidado.
¡Fue suficiente! ¡Había triunfado! Lo supo por la expresión de Jane.
—Bueno, no te lo has cortado desde que llegaste, y los barberos mexicanos son estupendos. Peter va a uno maravilloso que hay delante del Banco. No parece una gran cosa, pero…
—Hum… ¿Crees que estarás segura?
Jane le dirigió a Connie una mirada escrutadora.
—Muy bien. Pintaré a Davey como Ganimedes, y a Hal como Zeus, recostado al fondo. Bueno, si Hal quiere.
—Querrá —aseguró Jane—. Yo se lo diré.
—Oh, aún no. Que aguarde hasta que le necesite —replicó Connie desesperada.
El viaje a la ciudad y el regreso, media hora en la silla de la barbería, o al menos esto era lo que tardaba Peter, le concedería tiempo suficiente para estar a solas con Davey. Para estar más segura, Connie repasó una lista de accesorios artísticos que necesitaba de Sherwin-Williams, más película polaroid y varias exquisiteces que no necesitaba de La Espiga.
—Jane, ¿serás tan amable de traerme todo esto? Tu español es mucho mejor que el mío.
Con esto, Jane tardaría media hora más.
—De acuerdo. Le diré a Hal que se prepare.
—No, Jane. No le molestes hasta que le necesite. Yo le llamaré. ¿Listo, Davey?

Finalmente, la costa estaba libre. Jane estaba en la ciudad, Peter en el dentista. Connie oyó a Hal chapoteando y resoplando en la piscina. Julio pasaba el aspirador por las habitaciones de abajo y María de la Luz desentonaba muy alto al hacer el dormitorio de los Thorndyke. Ella y Davey estaban solos en el estudio. ¿Cómo debía hacerlo? ¿Casualmente? ¿Con ternura? Demasiado nerviosa para decidirlo, Connie se aprovechó simplemente de la soledad.
—Muy bien, Davey. Descanse un poco, Además, tengo algo para usted.
—¿Cómo?
—He dicho —repitió Connie con tono innecesariamente alto—, que tengo algo para usted. Un momento.
Casi corriendo, fue al dormitorio, cogió el paquete de las camisas y volvió al estudio. Jadeando un poco, sentóse en el sofá. Davey sentado en el lado opuesto peinándose. Todavía estaba desnudo. Esto perturbaba a Connie. Hacía poco que, esa misma habitación, había declarado que la vista de un hombre desnudo no significaba nada (menos que nada) para ella. Y ahora sí significaba.
—¿Por qué no se pone los pantalones…, querido?
—¿No quiere ya que pose desnudo?
Vaya, se estaba educando. Una semana atrás habría dicho «con el culo al aire». Esto era preferible.
—Sí, pero ahora no posa, Davey.
—Está bien. Iré a buscar el batín.
—El batín no. Los pantalones. Quiero que se pruebe esto.
—Está bien.
Rezongando, Davey se puso los pantalones. Eran estampados, nuevos y de un aspecto horrible.
—¡Ay! —exclamó de pronto.
—¿Qué le pasa?
—Que me he cogido un pelo con la cremallera.
Connie suspiró. El principio no resultaba muy romántico.
—Eh… Davey, el otro día estuve en la Plaza del Centro y…
—¿Dónde?
—En la Plaza del Centro. En el centro de la ciudad.
—Oh, es muy bonito aquello.
—Sí. Vi estas camisas en Acuario, y pensé en usted.
—¿Cómo?
—Bueno, cuando las vi en el escaparate pensé que le gustarían, que le sentarían bien. De modo que yo… Aquí están —le entregó el paquete—. Pruébeselas.
—Hum…, ¿no había otros colores?
—Sí, Davey. Varios. Pero pensé que el negro y el blanco armonizan con todo. Por ejemplo, con los pantalones que ahora lleva.
Connie sabía que nada del mundo podía armonizar con los pantalones floreados del joven, pero estaba demasiado nerviosa para darle importancia a este detalle.
—No tienen botones.
—Exacto… querido. Con ese torso tan magnífico que tiene, le sentarán muy bien —era un intento de mostrarse tierna, y resultó un desastre—. Tiene que metérselas por la cabeza.
—Oh, esto me despeinará.
—Sí, claro. Pero, ¿no puede volver a peinarse después de ponerse la camisa?
—Seguro. Apuesto a que sí.
—Pues, póngase una, querido.
Sabía que se parecía a su madre cuando urgía a la Connie de Vassar a comprarse una blusa de organdí azul, cuando ella deseaba otra de lame dorado.
Davey luchó con la camisa. Tal vez la Grande habría sido una elección más sabia que la Mediana.
—¿Qué dije? Me ha alborotado todo el pelo.
Davey fue hacia el espejo con el peine, concentrado sólo en su cabellera. Tal vez fuese mejor así. La camisa tenía pecho, espalda y dos mangas. Nada más que causara admiración. Fuera del cuerpo humano, en el escaparate de la tienda, parecía sensacional. Puesta… bueno, era una camisa más.
—Oh, una cosa, Davey.
—¿Sí?
—Por favor, no se lo diga a nadie.
—¿Decir qué?
—Que compré estas camisas para usted.
—¿Por qué?
—Porque… —gritó Connie al fin—. ¡Yo se lo ruego!
—Oh, claro. ¿Quiere que vuelva a posar?
—No.
—¿Eh?
-Digo que no. No tengo humor para trabajar. Vaya a hacer lo que quiera.
—¡Fabuloso! Iré a roncar un poco.
—Como guste.
Connie cerró la puerta del estudio y gozó de un llanto particular, largo y hermoso.
Davey ni siquiera le había dado las gracias.

Hubo casi un incidente unos días atrás cuando Peter pagaba las facturas mensuales y descubrió las dos camisas.
—¿Me compraste unas camisas? —inquirió.
—No, querido. ¿Por qué?
—Porque están en esta cuenta… dos camisas de encaje. ¿De encaje?
—Oh, sí —tartamudeó Connie—. Quieren decir blusas.
—Entonces, ¿por qué no pone blusas?
—No lo sé, Peter —de pronto, decidió mentir—. En realidad, ésta es una de ellas. La blanca.
La blusa que llevaba la había comprado en Salas dos años atrás, pero Peter casi nunca se fijaba en estos detalles.
—Oh, está bien. No tiene importancia.
Excepto por el rasgueo de la pluma de Peter cuando firmó el cheque, el cuarto estuvo en silencio. Connie se apartó de puntillas para arrancar la etiqueta americana de la blusa. Y fue entonces cuando le saltaron las lágrimas. La blusa era antigua y vieja; casi tanto como ella, o al menos como se sentía.
Ahora tenía que considerar los asuntos prácticos, no los emotivos. ¿Dónde y cómo vivirían ella y Davey? Naturalmente, la existencia en el monasterio, con la piscina de agua caliente, los aparatos electrónicos y los cuatro sirvientes, serían cosa del pasado.
—Se acabó de ser un pájaro en jaula de oro —exclamó en voz alta.
De pronto, se corrigió. Ella nunca había sido un pájaro en una jaula de oro. Peter respetaba su talento, su independencia, su intelecto, su feminidad. Si buscase durante un siglo, no hallaría un marido que le gustara tanto como Peter. Suponía que le amaba, pero a Davey… Oh, Davey era lo real. Peter nunca lo comprendería… y a ella le dolía herirle. Pero así era la vida.
Mordisqueando el lápiz, Connie empezó a calcular el costo de su nueva existencia. Empezarían con los dos mil y pico de dólares que tenía en un Banco de Ohio. A partir de esta cifra, Connie se abismó en sus matemáticas.
Nunca había formulado un presupuesto. En su hogar de Contry Club Drive, todo se lo habían dado. En Vassar gozaba de una adecuada pensión mensual que solía agotarse el veinticinco de cada mes, y Jane le prestaba lo que necesitaba hasta el siguiente cheque.
Viviendo como recién casada en casa del viejo Beale no había dispuesto de dinero que presupuestar, y el cordero y la ternera aparecían regularmente en la mesa sin que Connie tuviera que pensar en el precio. Y una vez desaparecidos el viejo Beale y su Imprenta, hacer presupuestos habría sido una pérdida de tiempo y papel. Ahora tenía que calcular. ¿Cuánto de alquiler? ¿Un «Volkswagen» viejo? ¿Un refrigerador? Por enésima vez, Connie sentóse ante una hoja de papel en blanco y escribió la cantidad de su nido de huevos de Ohio: «2.000 dólares…»

Peter también permanecía sentado ante otra hoja de papel en blanco, haciendo cálculos. Al revés que los problemas de Larry y Terry en Dos encima del Mundo, las complicaciones financieras eran aquí inexistentes. No había empleo que perder. Ni hijos a quienes explicárselo. Sólo estaba Connie. Y Peter prefería enfrentarse a una horda de tártaros. ¡Aquellos ojos! La expresión de asombro. ¿Cómo lograría hacerle eomprender a Connie unos sentimientos que ni él mismo comprendía? Podía regalarle muchas cosas. Sí, pensaba darle la i ierra, la casa y cuanto contenía, para que la alquilara, la vendiese, o viviese en ella, a su elección. Le daría la «rubia» y él se llevaría el jeep. Y claro está, le cedería a ella la mitad «le su dinero. La casa, solamente, ya había triplicado su valor. Connie sería una mujer rica, sin preocupaciones monetarias durante el resto de su vida. Le daría todo esto y más, si se l<> exigía. Mas lo que no podría darle era…
Peter levantó la cabeza. Connie estaba en el umbral.
—Hola —murmuró con cierto desmayo.
—Hola, Peter.
—Entra.
—Gracias. Deseo hablarte.
Hablar con Peter era la última cosa de la tierra que ella quería hacer, pero tanto la Connie del Country Club Drive como la Connie de Vassar estaban de acuerdo en que era absolutamente necesario.
—Igual que yo. Siéntate.
—Prefiero estar de pie, si no te importa.
—Creo que sería mejor que te sentaras. Pero haz como gustes.
Hubo una pausa, y de pronto los dos empezaron simultáneamente.
—Connie…
—Peter…
—Oh, perdona. Tú primero.
—No, tú empezaste antes.
—No, por favor.
—Hola.
Era Davey. Connie se dejó caer en una butaca, agradecida por la interrupción. Jamás se había alegrado tanto de ver a un ser humano. Peter, por su parte, suspiró aliviado. Jamás se había alegrado tanto de ver a una persona.
—Hola, Davey —contestó Connie.
Intentó decirlo casualmente, como si se tratase de algo natural, así como «Oh, es usted…» Sin embargo, no le dio muy buen resultado. ¡Davey llevaba el batín regalado por ella! ¡Qué fantástico estaba!
—Hola, Davey —respondió Peter—. Ah, un batín muy elegante. De veras.
En realidad, Peter detestaba aquel batín. ¿Qué había hecho del verde que él le había comprado? ¿No le gustaba?
—Oh, sí, esto… —dijo Davey.
«Con que esto... ¡Sólo estol», pensó Connie con indignación. ¿Pensaba acaso el muchacho que lo había comprado en unas rebajas? Comparado con aquel de rayón tan feo, o aquel verde tan horrible, que le colgaba como un sudario… De pronto, Connie tuvo miedo de que el joven dijese quién se lo había regalado. En consecuencia, le miró fijamente, casi en muda súplica. Davey captó la mirada, sin entenderla. Con toda honestidad, ya había olvidado quién le había entregado el batín; incluso había olvidado cómo había llegado a sus manos.
Davey miró su reloj de pulsera. Ahora le tocó a Peter ponerse nervioso.
—Iré al cine —declaró el muchacho—. Dan una muy buena. La maldición del conde Drácula. ¿Viene alguien?
—Pues… a mí sí me gustaría —murmuró Connie con una sonrisa forzada.
—Seguro —asintió Peter—. Parece una excelente idea.
Aunque La maldición del conde Drácula hubiese sido la mejor película del mundo (decorados que se bamboleaban cuando se abrían y cerraban las puertas secretas; vampiros suspendidos de cuerdas visibles que aleteaban torpemente), ni Connie ni Peter hubieran podido concentrarse en ella ni un instante. Sólo estaban enterados de la proximidad de uno a otro, y de cada cual a Davey, sentado entre ambos y gozando de cada plano del filme. Cuando el conde Drácula, enseñando los larguísimos colmillos, se acercaba a la cama de la virgen rubia, que gemía a intervalos en su sueño, Connie decidió que no podía enfrentarse ya con Peter. Se fugaría (incluso en Cuernavaca se habían producido fugas), y dejaría una nota. Y cuando el siniestro conde, horrorizado ante el crucifijo, el acónito y los ajos, desplegó su capa y voló por encima de los montes de Transylvania, Peter comprendió que su temida entrevista con Connie nunca tendría lugar. No podía hacer más que el acto del cobarde: la huida, con la contrita carta de despedida, y dejar que los abogados se ocupasen de todo lo demás.
No. Nada de confesiones; nada de despedidas honorables. Connie y Peter lo comprendían y se sentían más culpables que nunca. Se odiaban ya a sí mismos, y para impedirlo, Connie y Peter preferían una acción positiva a una introspección negativa. Había llegado el momento de la huida. Pero, ¿adonde? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Para Connie, más limitada en dinero y osadía, los planes eran muy simples: míentras Peter estuviese en el dentista una mañana, ella y Davey cogerían un taxi hacia la capital de México. Esto engañaría a Peter, si acaso intentaba buscarlos. Luego, un avión hasta Acapulco. Claro que Acapulco era una ciudad cara, turística, muy poco apropiada para el ambiente bohemio. Desde allí, ella y Davey se irían a… a… bueno, a Puerto Marqués o a Zihuatanejo o… bien, a cualquier sitio; allí donde nadie los buscara, donde pudieran hallar una casita al borde del mar y donde ella y Davey estuvieran absolutamente solos. Connie ya había dado instrucciones al Banco de su pueblo natal para que le enviasen el dinero. Una vez lo tuviese a su disposición, podrían escabullirse. Naturalmente, había mucho dinero en la cuenta conjunta de Cuernavaca, pero ni para salvar su vida lo tocaría. Incluso había dividido su guardaropa en dos partes desiguales. En la primera se hallaban los pantalones, los téjanos, los bañadores y los vestidos de algodón, dispuesto todo para la huida, en el armario. Hacían mucho más bulto los trajes de gala, los pijamas y las batas, los vestidos de lana, los conjuntos caros y los abrigos, todo lo cual llevaba adornos de piel. Esto último lo dejaría: a) como símbolo de una existencia ya finiquitada, y b) como algo completamente innecesario para una artista que debía vivir en pecado al borde del mar. Había recibido ya una carta de la Galería Víctor ofreciéndole adquirir telas de treinta por treinta centímetros (el tamaño de veinte dólares), para ver qué tal se vendían. «Naturalmente, enmarcados». ¿Veinte dólares? Connie jamás había encargado un marco que costase sólo veinte dólares. Consideraba los marcos como obras de arte secundarias, como un círculo en torno a la obra de arte real. ¿Sólo veinte dólares? ¿Enmarcados? Bueno, todo era empezar. Y tal vez, con madera apropiada, una sierra y una caja de clavos, Davey sería capaz de construir los marcos elegantes y sencillos con que Connie soñaba. Esto haría salir a la superficie el, ardor creativo que ella sabía forcejeaba oculta dentro dé Davey. ¿Veinte dólares? Bien, cruzaría el puente cuando ella (ellos) llegaran a él. Abrió al azar su agenda de citas, llena de recordatorios para almuerzos, cenas, fiestas, y escogió un día de la semana siguiente. La página estaba en blanco. Para despistar completamente a Peter, por si acaso miraba en la agenda, cosa que haría cuando ella no llegara a la hora de la cena, escribió ostentosamente:
«México, peluquero 11,30… pruebas… almuerzo con Alicia.»
Connie no conocía a ninguna Alicia, pero Peter no lo sabía. Y ahora, ya sólo faltaba que transcurriesen los próximos siete días.
Los planes de Peter, aunque menos definidos, eran más elaborados. Cuando hojeó la agenda de Connie para ver si ésta tenía que asistir a alguna de las desdichadas fiestas dadas por las familias más encumbradas de Cuernavaca, encontró una serie de compromisos para una semana exacta más tarde: «México… peluquero 11,30… pruebas… almuerzo con Alicia», alguna amiga a la que no conocía. ¡Perfecto! Iría al «dentista» un poco antes de las nueve; cogería el jeep y lo llevaría a la gasolinera Lemex para que le pusieran gasolina, agua y aceite al completo; después, iría al Banco y retiraría la mitad del dinero de la cuenta conjunta. A fin de llegar a México con puntualidad, y Connie siempre era puntual, ella seguramente se marcharía en taxi hacia las diez. Podía concederle media hora de ventaja, y luego él y Davey se irían en el jeep. Aunque no seguirían la misma ruta de Connie, sino que los dos irían, desde Cuernavaca, a Cuautla, Puebla y por luí a Veracruz.
Connie nunca había estado en Veracruz, y no se le ocurriría pensar en esa ciudad. Peter tampoco había estado nunca en Veracruz, pero había pensado mucho en aquel puerto que era la salida anhelada hacia Europa, África, la India. Uno de los grandes puertos del mundo y una conocida Ciudad del Perú, todo lo cual la convertía en el refugio ideal para los dos fugitivos. Con los ojos de la mente, Peter vio a Davey y a sí mismo confundiéndose en una especie de Marsella mexicana, sin ser jamás descubiertos debajo de los famosos arcos de la ciudad, entre las tripulaciones políglotas de los buques mercantes y las barcazas de cabotaje. Era muy romántico. Y por razones prácticas, Veracruz tenía asimismo muchas ventajas. No solamente podrían adquirir pasaje en algún bario anónimo, pero cómodo, con rumbo a Venezuela, Brasil, Uruguay o Argentina, sino que también había- allí un cónsul norteamericano que solucionaría todo lo referente a los pasaportes y visados. Podría terminar el libro sobre Sir Cosmo Mulligan a bordo y después… después… Bien. Peter no sabía exactamente qué harían él y Davey en Venezuela, Brasil, Uruguay o Argentina. Posiblemente, se limitarían a viajar, yendo adonde más les gustase, antes de instalarse definitivamente y hacer lo que decidieran hacer. Sí, dentro de una semana justa todo sería perfecto. Peter, de esta forma, tenía tiempo de redactar y firmar todos los documentos necesarios para cederle a Connie el monasterio y la mitad de todo cuanto poseía, de solucionar todo lo relativo al alojamiento y manuntención de su hermano, y a ordenar al Banco que trasladasen a la sucursal de Cuernavaca dinero, mucho dinero, para que a Connie no le faltase de nada. Después, todo quedaría en manos del buen abogado bilingüe cuyo bufete estaba convenientemente situado en el edificio de Correos de la Plaza. Ahora sólo había que esperar a que transcurriesen los siete días.

Pero los siete días transcurrieron más de prisa de lo que el matrimonio Beale esperaba. Connie, socialmente aislada desde que había descubierto su amor por Davey, reanudó su serie de invitaciones para almuerzos y cenas poco ostentosas. La víspera de su prevista fuga, planeó un buffet realmente grande. Se dijo que aquello sería su canto del cisne, su adiós a las personas de Cuernavaca a las que apreciaba. Claro que en realidad no lo creía. También se dijo que aquellas fiestas eran una forma de alejamiento de los Thorndyke, que, por otra parte, no tardarían en marcharse. Tampoco se creyó esto. Jane, más de una vez, habló abiertamente del lugar como de un suburbio del Sur. Una discusión acalorada entre la Connie de Vassar y la Connie del Country Club Drive la convenció finalmente de que se estaba rodeando de gente para evitar estar a solas con las personas (Peter, Davey, Jane y Hal) que ya la rodeaban.
Peter quedóse muy sorprendido ante aquel súbito renacer de la vida social y se dijo que estaba disgustado. En realidad, no lo estaba. Era un alivio poseer la terraza, el comedor, el salón, la biblioteca, llenos de individuos casi desconocidos que hablaban de vanalidades como el tiempo, el nuevo club de golf, el hospital de la Cruz Roja, el Centro de Rehabilitación. La presencia de esas personas mantenía a todos los ojos de la casa apartados de Peter. Y éste cada vez tenía más conciencia de esos ojos: la mirada azul y confiada de Connie, la gris e inquisitiva de Hal, la negra y sondeadora de Jane. ¿Por qué le miraban tanto todos? ¿Sabían, adivinaban, lo que proyectaba?
Y como los padres de una debutante sumamente popular, Connie y Peter mostraban un orgullo casi patético en las inesperadas gracias sociales de Davey, como si pronunciar «¿Qué tal?» y «Adiós», fuesen las maestrías de un chef du protocole.
«Mi cariñito…», pensaba Connie.
«Mi dulce muchacho», se decía Peter.
¿Había acaso algo que Davey no supiera hacer?
Sí, aquel flujo de actividad social era un don de Dios. ¿Quién sabía lo que dirían dentro de una semana aquellos invitados? Pero hasta entonces, sus charlas inocuas mantenían a Connie y Peter lejos de la obligación de tener que hablarse el uno al otro, y la tardanza de la partida de todo el mundo lucía posible que los dos cayesen en cama en completo silencio, sin nada más que un beso asexual y un escueto «¡Buenas noches!»
Pero al amanecer del sexto día, ambos fueron atrapados por un verdadero terror. Sólo un día más, sólo una fiesta más antes de la gran fuga.
«No puedo hacerlo», pensaba Connie. «Oh, sí, puedo irme con Davey. Me iré con Davey. Pero desaparecer simplemente de la faz de la tierra sin que nadie sepa dónde buscarme… Porque… si Peter se lo tomase por la tremenda y quisiera matarse…»
«Tengo que contárselo a alguien», pensó Peter. «Alguien tiene que saber dónde estoy… por si acaso.»
Connie escogió a Jane. No quería hacerlo, pues sabía toda la parrafada que seguiría a la bomba que ella estaba a punto de soltar. Pero podía confiar en Jane. De todos modos, no había nadie más. Sí, Jane se enfadaría, usaría palabras fuertes, y la llamaría muchas cosas desagradables. Mas a la larga, Connie sabía que podía contar con Jane.
Aquella mañana, Connie efectuó un anuncio general. Como la servidumbre estaba muy atareada preparando la gran fiesta de la noche, no se serviría almuerzo en el monasterio. —De esta manera, cada cual gozará de completa libertad. Jane y yo —continuó la joven—, podemos almorzar en la ciudad, y así podremos luego ir al modisto para las pruebas.
—¿Qué pruebas? —inquirió Jane. En la fiesta, pensaba lucir su viejo vestido azul. Al fin y al cabo, era un Givenchy, más que bueno para la gente de Cuernavaca—. Yo no he pedido…
—Mis pruebas —aclaró Connie—. Necesito tu consejo.
Connie pensó que se estaba convirtiendo en una embustera formidable. Tampoco ella había ordenado ningún vestido. Después de aquella noche, ¿cuándo y dónde tendría ocasión de llevarlos? Sin embargo, sí había pedido horario para arreglarse el cabello y las uñas, a pesar de la anotación hecha en su agenda para el día siguiente. Cuernavaca, de este modo, la recordaría en todo su esplendor, y además, no estaba dispuesta a fugarse con un hombre que tenía diez años menos que ella con el aspecto de una bruja. Por otra parte, la cita con el peluquero la ayudaría a deshacerse de Jane.
—Buena idea —aprobó Hal—. En realidad, me han hablado de un pequeño restaurante del Plano de Ayala donde sirven comida yucateca absolutamente auténtica. Los hombres podríamos ir allí y…
—Creo que yo iré al Burger-Boy —le interrumpió Davey—. Después, tal vez iré a dar una vuelta.
Con tantas fiestas y tanta gente sofisticada, Davey llevaba muchos días sin probar verdadera comida. Su estómago reclamaba platos caseros, como perros calientes, hamburguesas, y cornetes dobles de helado de maíz.
—De acuerdo, todo está solucionado —exclamó Connie.

El restaurante que Connie escogió para sostener su gran conversación con Jane estaba cerca del Panteón Moderno. Los únicos clientes del local, aparte de ellas, eran unos mexicanos enlutados, muy alegres, reunidos en torno a una gran mesa, que acababan de asistir a un entierro cristiano. Ni siquiera las bebidas eran buenas, aunque eran fuertes. Connie se tomó el primer vaso y la mitad del segundo antes de respirar profundamente y tratar del asunto en cuestión.
—Jane, quiero contarte una cosa. Quiero también que me escuches y no quiero que discutas. Sólo tienes que escuchar.
—Estoy… estoy escuchando —afirmó Jane, un poco desconcertada. Jane estaba acostumbrada a llevar ella la voz cantante.
—Abandono a Peter.
—¡Oh, Connie, vamos…! ¿Lo has pensado bien?
—Te dije que estaba enamorada de Davey y es verdad.
—¿Todavía?
—Más que nunca. ¿Crees que se trata de un capricho? ¿Qué soy una necia…?
—Con franqueza, sí. Y deseo saber cómo conseguiste burlar mi vigilancia y acostarte con Lochinvar y…
—No me he acostado con él.
—Oh, bueno, en ese caso… —suspiró Jane, aliviada—. Ahora, escúchame tú a mí, Con. Admito que te he acechado como un halcón. Pero antes de abandonar a Peter, deberías probar al menos qué tal se porta ese Davey en la cama. Ya imaginaré algo para que Peter y Hal se quiten de en medio, pora que tú puedas quedarte a solas con Davey, y estoy segura que después de un rápido revuelco en los brazos del joven Cabeza Hueca, Peter Beale te parecerá el más…
—Esto no hace falta —repuso Connie con dignidad—. Davey y yo nos marchamos mañana.
—¿Mañana? ¿Adonde?
—No puedo decírtelo. Nos vamos. Es lo único que puedo decirte.
—Escucha, ¿eres tan imbécil que permitirás que ese idiota le convenza de escapar…?
—Claro que no. Davey todavía no sabe que nos vamos.
—Pues si no lo sabe, ¿cómo sabes que os vais? Quizás él tenga otros planes. Tal vez desee ver una comedia cómica en el Morelos; quizás…
—Oh, deja de hacerte la graciosa. Hablo en serio.
—También yo. Ya te lo dije el otro día; permite que ahora te lo repita. Llevas casada con Peter mucho tiempo, feliz y fielmente. Al menos, esto es lo que siempre he creído. Tal vez ahora te sientas un poco aburrida. Claro, no tienes problemas cotidianos ni acuciantes. Todo es demasiado perfecto. Pero sólo porque se cruza en el camino un chico bien parecido, no ha de ir todo cabeza abajo. Es joven. Es un ignorante. Es…
—Ya hemos discutido todo eso, Jane. No sirve de nada repetirlo. Estoy decidida.
—¿Y Davey?
—Oh, lo estará. Me quiere. Yo lo sé. Mañana nos marcharemos. Pero… pero lo que no soporto es la idea de herir a Peter.
—Eres muy leal y decente, querida.
—Lo digo de veras. Yo… no sé qué es capaz de hacer.
—Bueno, no creo que le haga mucha gracia. Peter te quiere, Connie.
—Lo sé, y no quisiera herirle por nada del mundo.
—¿Qué crees que hará?
—No... no lo sé. Por esto quiero que me ayudes.
—¿Ayudarte yo a ti? ¿Qué deseas, que conduzca el coche? Mira, Peter también es amigo mío. Y en cuanto a Hal…
—No te pido que me ayudes de este modo.
—Haces bien, porque me negaría. Si al menos pudiera meterte en esa cabeza de chorlito el suficiente sentido común para…
—No puedes, de modo que no lo intentes. Sin embargo, puedes ayudar a Peter.
—¿Cómo?
—Mañana a las ocho de la noche, cuando yo no esté en casa, ni Davey tampoco, dale esto, por favor —sacó del bolso un abultado sobre—. He tardado varias horas en escribirlo. Aquí se lo explico todo…, o eso espero.
—Connie, bromeas, ¿eh?
Sin embargo, Jane sabía que su amiga no bromeaba.
—Y… y si sucediera algo terrible —continuó Connie, entregándole una tarjeta a Jane—, podrías avisarme a través de esas personas. Es una galería de arte de Acapulco. Ellos promocionarán mis cuadros —intentó añadir con orgullo.
No le salió bien. Connie estalló en un ruidoso llanto en el mismo instante en que los del funeral soltaban la carcajada en la mesa contigua.
—¡Connie!
—¡Salgamos de aquí, por favor!

Peter contempló con disgusto el mejunge lleno de aceitunas arrugadas, alcaparras, tomates y chiles güeros que flotaban en grasa ante él, en tanto que Hal, que nunca había colocado un pie en el estado de Yucatán, efectuaba un sermón prolijo y bien aprendido sobre la cocina yucateca. Peter se preguntó qué broma sádica había hecho ir a aquel restaurante a Hal, y casi envidió la dieta preferida de Davey a base de huesos triturados y grasa puestos en medio de dos rebanadas de pan de máquina, conjunto alimenticio de dudosa calidad que se llama hamburguesa. Aquel restaurante le recordaba la cantina donde le confesó a Hal su pasión por Davey. El sol, en vez de la lluvia, caía a raudales sobre ellos a través de un entramado de parras anémicas. Por lo demás, todo era igual. Al menos, no había oídos ajenos y curiosos. Y si la comida siempre era semejante a aquélla, jamás los habría. De todos modos, Peter no tenía apetito. Apartó un par de moscas posadas en el borde de su vaso y bebió ansiosamente la cerveza tibia que contenía. Sabía que no debía sacar a relucir inmediatamente el tema de Davey. Con Hal era cuestión de etiqueta charlar de algo completamente ajeno al muchacho mucho antes de ir al grano. Como los conocimientos de Hal sobre la cocina yucateca eran aún más limitados de los que tenía sobre la cocina en general, Peter comprendió que no tendría que esperar mucho.
—Y ahora, Pete, muchacho, cuéntame algo de tus problemas. Me refiero al problema que nosotros… eh… discutimos.
—Este problema se solucionará mañana —respondió Peter—. Y el motivo de que me alegre de estar a solas contigo, incluso en esta trampa de ptomaínas, es que…
En las pupilas de Hal apareció una luz beatífica. ¡La Iglesia y el psicoanálisis marchaban del brazo!
—Oh, es maravilloso. Es casi un milagro. De modo que el doctor Gumbiner lo ha conseguido.
—El doctor Gumbiner no vale el polvo de que está hecho. No es más que un imbécil avaricioso… en el verdadero sentido de la palabra, y el mayor fraude desde Cagliostro.
—Bueno, pues esto no concuerda con su reputación. Dicen que…
—Es tan inútil como unos pezones en un jabalí macho. Aunque sí diré una cosa en su favor: el doctor Gumbiner me ha ayudado a que yo viera lo que soy realmente.
—Oh, bravo —se alegró Hal—. ¿Y qué?
—No tan «bravo». Soy tan invertido como un triángulo boca abajo. Por lo visto, es una herencia de tío Sterling.
—Humm… —gruñó Hal. Como a Jane, no le gustaba tío Sterling Beale—. Esto es muy… desdichado.
—Al menos, ahora sé a qué atenerme al cabo de tantos años. De modo que mañana, Davey y yo nos largaremos.
El tenedor de Hal cayó sobre la grasa congelada del plato con un fuerte ruido. Intentó mostrarse sereno.
—Un pequeño viaje, ¿eh, Pete, muchacho?
—Un gran viaje. A Sudamérica. Al menos, creo que iremos a Sudamérica. Y por esto quería hablar contigo.
—¿Conmigo? Yo nunca he estado en Suda…
—Lo sé. Pero estarás aquí. Esto no será fácil para Connie, y tú y Jane podréis ayudarla.
—¿Ayudarla? ¿Cómo?
—Quedándoos aquí. Para que tenga un hombro sobre el que llorar. Un puesto de escucha. Para impedir que haga algo… desesperado.
—Pe… pero, Pete…
—Esto no será fácil ni para ella, ni para ti, ni para mí, ni para nadie. Bien, al menos, le quedará mucho dinero…
—¡Dinero! —exclamó Hal, que siempre había tenido más del que necesitaba y se había casado con una heredera—. El dinero no da la felicidad.
—Lo sé, pero ayuda. Le cedo la casa, el coche grande y la mitad de cuanto tengo. Con lo cual podrá vivir lujosamente durante el resto de su vida. Esto aparte y de disculparme de corazón por el mal que voy a causarle, no sé qué más puedo hacer.
—Pe… Pete…
—Bueno, ahora ya sé lo que soy y lo que he de hacer.
—¿Y ese Davey… consintió en ser tu… tu amante?
Hal suponía que a pesar de su vigilancia en la piscina, y sus investigaciones en la Enciclopedia Británica, el asunto ya estaba consumado.
—Todavía no le he dicho nada.
—¿Piensas llevártelo mañana a América del Sur y aún no se lo has dicho?
—No es necesario hasta que estemos lejos de aquí. Vendrá. Yo sé qué vendrá.
—Peter, por mucho que lo intente, jamás comprenderé…
—Pues no lo intentes, Hal. Tampoco lo entiendo yo. Sólo te pido que ayudes a Connie en este trance, y nunca más volveréis a verme ni a saber de mí.
—Pete, muchacho, detrás nuestro queda toda una vida de amistad, y espero que también quede por delante. Recuerda, sin hacer caso de las manifestaciones, que todos somos hijos de Dios y que…
—Entonces, permite que me aproveche de nuestra amistad y te suplique que ayudes a Connie. Te daré mis señas por sí acaso me necesitaras. Por si Connie intentase algo —le entregó a Hal una tarjeta—. Es del cónsul norteamericano en Veracruz. Prométeme que no dirás nada, pero ahí será la primera parada. Después, ya te comunicaré dónde nos quedaremos.
Hal empezó a tomar súbitamente aquella cuestión como una afrenta personal. Ahí estaba su mejor amigo huyendo con… con absolutamente nada. Huyendo y dejándole a él, a Hal Thorndyke, tal vez con una mujer enloquecida en sus manos.
—Pete, ¿lo has meditado en serio? ¿Crees que tu resolución es prudente?
—He meditado mucho. Y no. No, no creo que sea una resolución prudente. Pero, por el momento, es lo único que puedo hacer.
—¿Y Connie no sospecha nada?
—Ni por asomo. Por esto necesitará tanto vuestra ayuda —Peter deseaba que Hal no hiciese más preguntas y aceptase el encargo sin más discusiones. Claro que sabía que había mucho que preguntar. Y Hal haría las preguntas. Peter consultó su reloj—. Hal ¿te molestaría dejarme en la plaza? He de visitar a mi abogado para… bueno, para firmar los documentos relativos a la casa, al dinero y a todas las triquiñuelas legales. Luego, cogeré un taxi hasta el monasterio. Y Hal, por favor, ni una palabra a nadie.

Cuando Peter salió del gran monstruo extranjero que era el coche de los Thorndyke, cerró con fuerza la portezuela y penetró en el edificio de Correos, Hal sintió todo el impacto de lo que su amigo le había contado. Al ver a Peter entrar en el portal de Correos, Hal comprendió por primera vez que su viejo amigo estaba a punto de salir de su existencia para siempre. La oración y la guía pastoral estaban muy bien, mas ahora había que pasar a la acción. ¿No echó Jesucristo a los mercaderes del templo a latigazos? Hal puso el coche en primera y el vehículo dio un salto al frente con gran rechinamiento de neumáticos y ruido del motor.
El monstruo extranjero y el taxi que conducía a Jane casi chocaron a la entrada del sendero. Después de un intercambio de cortesías, muy comprensibles, ambos autos remontaron la vereda hasta el monasterio, Jane saltó del taxi, abonando por la carrera un precio excesivo sin discutir siquiera.
Ni ella ni Hal comprendían por qué tenían tanta prisa por estar en el monasterio. Una vez allí, no podían hacer más que sentarse desdichadamente a esperar y a ser testigos del terrible despliegue de acontecimientos. Pero el estar juntos les animó de forma irrazonable.
«Se lo contaría todo por diez centavos», pensó Jane.
La lealtad hacia una antigua amiga era una cosa, pero ahora se trataba de una auténtica emergencia. Y no obstante, Jane no se atrevía a explicárselo todo a Hal. Por lo que ella sabía, esa lealtad espartana era una virtud de familia, o un fallo, que compartían todos los Rosenbergs, grandes y pequeños. Jane consideraba que el asunto de Connie era lo mismo que la vez en que hallaron un jarrón K'ang Hsi azul, practícamente un tesoro, estrellado contra el suelo de la biblioteca de los Rosenberg. Aunque lo había roto su hermano Seth, la evidencia circunstancial apuntaba a Jane. Y si bien ella negaba toda culpa, no quiso acusar a Seth, el cual confesó su crimen tan pronto como volvió del cine. Al final, los dos dieron castigados: Seth por romper el valioso jarrón y Jane por no denunciarlo. Jane despreciaba este rasgo de su carácter, como buena girl-scout y chica bondadosa, pero ni siquiera su estancia en los mejores colegios y sus magníficas y sempiternas vacaciones de lujo habían logrado destruirlo.
Sin embargo, cuando la ponían a prueba, Jane era una embustera redomada con un gran sentido de la creatividad imaginaria. Cuando Hal le preguntó dónde estaba Connie, la joven no pensó que estaba siendo puesta a prueba.
—Oh, ha ido a… —de pronto, recordó que se suponía que Connie tenía que ir al día siguiente al peluquero de la ciudad de México. Para que una mentira tenga consistencia ha de concordar con todo—. A probarse un vestido. Estará en el modisto casi toda la tarde. ¿Y Peter?
—Visitando al abogado.
—¿Al abogado? —repitió Jane al instante.
—Por los impuestos sobre la propiedad, o algo por el estilo, cariño —mintió Hal de mala gana. No poseía el talento de su esposa para la duplicidad—. Mira, así estamos solos.
Jane deseó que Hal no le propusiera hacer el amor. Si algo no podía soportar, después de su almuerzo con Connie, era esto, Hal, por su parte, esperaba que Jane no propusiera subir a echar la siesta. Porque en tales ocasiones, una cosa conducía a otra, y él no estaba de humor para los escarceos amorosos. Lo más apropiado sería una oración en la capilla, a solas, pero comprendía que la salvación de su mejor amigo ya no estaba en sus manos y…
El traqueteo del jeep conducido por las inexpertas manos de Davey, remontando la colina, les sobresaltó de repente. Davey era un chófer abominable. Y los dos esposos le miraron con odio mal disfrazado.
—Hola —exclamó Davey, saltando del jeep.
—Hola —respondió Jane con voz neutra.
—¿Le ha gustado el almuerzo? —inquirió Hal. Era poco cristiano, mas casi deseaba que Davey se hubiera atragantado.
—Oh, sí. Dos hamburguesas y una papaya malteada. Aunque las películas… un asco.
—¿Cómo? —fingió interesarse Jane—. ¿No daban el Festival Walt Disney?
Sabía que su ingenio era algo perdido con Davey.
—Oh, no. Una cinta franchute o italiana. No entendí nada, de modo que me birlaron la pasta. Adivinen, me ire a echar una sí-está… o como se llame.
—Ya. Una siesta —le corrigió Jane. De pronto, se iluminaron las pupilas de Jane con una luz nueva. Como una madre expectante que siente el primer latido de vida en sus entrañas. Jane sentía algo. No sabían bien qué era, pero había algo palpitando. Algo que zumbaba. Algo que se agitaba. Algo que crecía.
—Un chico de su edad debe aburrirse mortalmente en este Valle de la Muerte, ¿eh? —Hum…
—Digo que un muchacho tan guapo como usted debe aburirse mucho en Cuernavaca. No hace más que posar para Connie y mecanografiar ese libro para Peter…
—¡El libro! ¡Una basura! —proclamó Davey. Sentíase halagado. Jane no solía dirigirle más de una docena de palabras a la vez, y aún todas poco amistosas.
—Sí. A veces pienso que el tema es un poco inconveniente.
—¡Jane! —gritó Hal.
¿Tenía acaso idea de lo que estaba pasando entre Peter y aquel… aquel destroza hogares?
—Quiero decir, Davey, si no echa a faltar, en algunas ocasiones, la excitación de Nueva York.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no he estado nunca en Nueva York.
—¿Nunca ha estado en Nueva York? —la luminosidad de las pupilas de Jane era peligrosa—. ¿Con veinte años ya, nunca ha estado en Nueva York?
Hal na comprendía adonde quería ir a parar su esposa, por lo que también se sentía intrigado. Siempre sabía cuándo Jane perseguía algún fin. Y ahora lo perseguía, sin duda alguna.
—Hum… Yo soy de Los Angeles.
—Claro, qué estúpida soy. Pero pensar que un chico con su aspecto y su talento tan refinado no ha estado nunca en Nueva York… Oh, Nueva York siempre espera a hombres como usted. Modelos…
—Seguro. Yo hice de modelo. Pero no es fácil conseguir contratos.
Davey intentaba hablar como un verdadero profesional.
—Podría hacer de modelo con nosotros.
—¿Nosotros?
—Los almacenes Rosenberg. Precisamente, ahora están confeccionando el catálogo de Navidad. Una gran campaña publicitaria. Mi hermano me decía hoy…
—¿Tu hermano? —la interrumpió Hal—. ¿Desde Cerdeña?
—No, Josh, querido —Jane rió de manera cascabelera—. Seth. Desde Pound Ridge.
—¿Cuándo te llamó?
—Después de marcharte con Peter.
Jane deseaba que Hal desapareciese. O que no hiciese más preguntas. Estaba actuando sin guión, a la desesperada.
Si Hal meditaba un poco, recordaría que ella y Connie se habían marchado antes que él y Peter. Sin embargo, el Reverendo Thorndyke no se fijó en este detalle. Se limitó a contemplarla, fascinado.
—¿Todo va bien, amor?
—Temo que no, querido. El pobre Seth ha sufrido una operación. Su apéndice —(el apéndice de Seth Rosenberg lo habían extirpado cuatro años antes y Hal lo sabía. Incluso recordaba el número de la sala del hospital. Pero se hallaba demasiado aturdido para interrumpir a su mujer)—. Esto y una reunión de la Fundación. Por esto he de volver a casa lo antes posible. En realidad, creo que no podremos asistir a la fiesta de esta noche.
—¿No podremos? —se admiró Hal. ¿Cómo podía defraudar a su mejor amigo? ¿Cómo podía abandonar a la pobre Connie?
—Pero el trayecto es tan largo… Si alguien pudiera ayudarnos… Bueno, alguien como Davey, por ejemplo.
—¿Yo? —gritó el muchacho—. ¿Llevar yo ese… cacharro?
Esta sola idea le emocionaba. Y Jane ya contaba con ello. «Por encima de mi cadáver», se dijo Jane. De pronto se le ocurrió que esto le sucedería exactamente si guiaba Davey, pero estaba demasiado metida en su papel para reparar en tales minucias. De pronto se escurrió entre Hal y Davey, enlazándolos por el brazo. Le hacía el efecto de estar representando el papel de una femme fátale del pasado, escrito por F. Scott Fitzgerald, Noel Coward o Margaret Mitchell…, posiblemente por los tres.
—Sí —continuó, empujándolos hacia el vestíbulo y a la escalinata—. Conducir me aterra (Jane conducía como un veterano de Le Mans). Y con la hernia del pobre Hal…
—¡Mi hernia…! —exclamó el Reverendo con indignación. Las uñas de Jane se clavaron en su brazo y calló. Hal había esperado una señal de las alturas. ¿Sería esto? El Señor se mueve por caminos tan misteriosos…
—Bien, Davey, si crees que podrías ayudarnos, nosotros te recompensaríamos esta molestia. —Continuó Jane exponiendo sus intenciones y tuteándole abiertamente con el fin de darle más confianza a Davey.
—¿Eh?
—Si vinieras con nosotros a Estados Unidos —explicó Jane con impaciencia—, esta misma tarde, claro, te pagaríamos bien y podrías empezar una nueva vida en Nueva York. Allí tenemos las oficinas de la empresa. Yo te buscaría un lindo apartamento. Te presentaría a muchas chicas guapas…
—Y a chicos también —añadió Hal al azar.
—Y procuraría que progresaras en todo.
—Sí, suena estupendo. Al menos, allí entendería la lengua… —reflexionó Davey—. Pero tengo el problema del servicio militar…
—No es ningún problema —le atajó Jane—. Mi hermano Josh tiene mucha influencia con la Junta Seleccionadora.
Era verdad. Y Joshua Rosenberg era tan recto que habría permitido que sus hijos fuesen enviados al frente de combate antes que mover un dedo en busca de un favor. Sin embargo, esto…
—Estoy seguro de que no tendrás la menor dificultad para librarte del servicio —agregó Hal, tuteándole también y ruborizándose al mismo tiempo.
Se hallaban ya en lo alto de la escalinata.
—Si estás decidido, ahora mismo podemos hacer las maletas y salir dentro de media hora. De modo que de prisa, Davey, de prisa.
—Oh, no estoy seguro de si yo…
—¡Davey! ¿Piensas renunciar a una carrera por quedarte en un país extranjero cuyo idioma no entiendes, y donde trabajas ilegalmente… Vamos, date prisa, querido —Jane le empujó cariñosamente hacia el final del pasillo—. ¡Vamos, Hal!

—¿A qué viene todo esto? —exclamó Hal, gruñendo, detrás de las cerradas puertas de su dormitorio.
Jane comprendió que no serviría de nada seguir fingiendo y mintiéndole a Hal. No le diría la verdad, ¡eso nunca!, pero continuaría de acuerdo con su plan. Y así, probó otra de sus tretas favoritas.
—Hal, ¿te he pedido alguna vez un favor?
Sólo unas diez mil veces, pensó Hal. Y cada vez había ido precedida por la misma pregunta.
—¿Qué te ocurre ahora?
—Hal, tenemos que irnos de aquí, ahora mismo, antes de que vuelvan nuestros amigos. Y hemos de llevarnos a ese retrasado mental con nosotros. Llámalo premonición, ESP o instinto femenino o cualquier cosa que se te ocurra. Dime que soy antisocial, mala amiga, todo lo que quieras. Tendrás razón. Pero… (ahora el toque genial, perfeccionado después de diez mil veces), si me quieres de veras…
¡Sí, era la mano de Dios! ¿Por qué morderla? Jane tomaba la decisión y ella cargaría con las culpas. Su amigo Peter se salvaría de un destino peor que… sí, peor que la muerte.
—Jane —masculló Hal con el tono que solía preludiar sus sermones—, si realmente lo crees indispensable, me tienes a tu lado. ¿Quién soy yo, un simple mortal, para desoír la voz que…?
—¡Basta, Hal! Vamos a preparar el equipaje.
Jane se sentía casi defraudada al ver que su marido no había discutido apenas con ella.
—Pero primero recemos para que…
—¡Hal, abre el armario y empieza a sacar las cosas!
Sí, era un pomposo asno, pero colaboraba. Al menos, colaboraba en esta ocasión, que era lo que importaba.
—Mientras tanto, iré a darle prisa a Davey. Quiero irme de aquí lo antes posible.

Las últimas adquisiciones de Davey en prendas, lozas, muñecas y artículos de piel, y… sí, ¿lo creería nadie?, el cocodrilo disecado, tornaban a su modesto conjunto de maletas, completamente inadecuado. Jane, que se enorgullecía de poder hacer el equipaje del circo de los Hermanos Ringling en diez minutos, se las vio y las deseó para meter toda aquella cantidad de inutilidades en una serie de cajones en los que se anunciaba: Tome Coca-cola, Agua mineral Peñafiel: Pureza, Calidad, y Pétalo, papel higiénico. Super suave. Jane se rompió una uña al atar con cordel la caja del papel higiénico y maldijo con gran elocuencia. Al fin, todo quedó listo.
—¡Vamos, Davey, vamos! Baja todo esto al coche. Pídele a Julio que te ayude.
—¿Cómo se lo pido?
—No le pidas nada —replicó Jane rápidamente. Estaba viendo a los sirvientes colocando diversas mesitas para seis personas cada una, en torno a la piscina.
—Están muy atareados preparando la fiesta de esta noche. Mejor.
Si nadie veía marcharse a Davey, Connie no podría echarle la culpa a Jane.
—¿No debería dejar una nota de despedida? —preguntó Davey, recordando algo de la mal aprendida urbanidad.
—¿Una nota? Ciertamente, no… Oh, claro que sí, querido. Deja que Hal baje las maletas. Siéntate aquí y escríbele una nota muy dulce a Connie. Luego, dámela y la adjuntaré con la mía.
¡Si crees que lo haré, idiota!
—¿También a Petey?
—Claro. Dirije la nota a Ios dos.
«¡Diablo!, con lo que me cuesta sacar a esos dos tontos de aquí, aún tendré que redactar una nota de despedida.»
Mientras Hal y Davey bajaban el equipaje y lo metían en el coche, Jane se ocupó de su propia correspondencia. Queridísimos Connie y Peter… Seth está gravemente enfermo en Pound Ridge... Rompió el papel. Demasiado simple. Una llamada telefónica a Estados Unidos, y Connie descubriría que Seth Rosenberg nunca había estado tan sano. Una nueva hoja. Queridísimos Connie y Peter: Josh seriamente enfermo en Cerdeña... ¡Perfecto! Si quería problemas, que Connie probase de poner una conferencia desde México a Cerdeña.
No he podido llamarte porque no sé el nombre y el número telefónico de tu peluquero.
Al menos, esto era verdad.
Hal conducirá hasta Estados Unidos y, si es necesario, saldremos de allí en avión.
¿Hal, necesario? ¡Sería la primera vez!
Odio tener que abandonarte de este modo.
Punto.
Davey…
La pluma de Jane se detuvo. Davey estaba en el umbral, con un sobre en la mano.
—Tome mi nota.
—Oh, Dios mío… Bien, gracias, querido. La adjuntaré con la mía.
—Siento mucho lo del apéndice de su hermano. Le dolerá mucho, ¿verdad?
—No le duele… Oh, Davey, querido, vete a ayudar a Hal. Yo dejaré las propinas para el servicio y luego nos marcharemos.
Ahora el toque genial:
No he visto a Davey por ninguna parte. Su habitación está vacía. Quería explicárselo, pero… Es demasiado complicado para que los criados me entiendan.
Gracias por todo. Llamaremos o escribiremos muy pronto.
Te quiere,
Jane.
Jane puso los nombres de los sirvientes en cuatro sobres, uno para cada uno, con generosas propinas. Los dejaría junto con su nota…, ¿en dónde? ¿En el dormitorio de Connie? No. Los vería demasiado pronto. En el estudio. De todos modos, necesitaba la estufa Franklin… y no por su calor.
Jane dejó su carta de despedida y los sobres para la servidumbre sobre la mesa de trabajo del estudio de Connie. Después arrojó a la estufa los restos de su primera nota y la de Davey. ¿Debía leer el pobre intento literario del muchacho? No. Sería… bueno, poco correcto. Cuando el fuego se hizo más vivo, Jane añadió a la estufa el grueso sobre que Connie le había confiado. Se moría de curiosidad por saber qué decía la carta. Mientras contemplaba las crecientes llamas, Jane empezó a planear sus futuras acciones. Eran las cuatro y media. Una hora y media hasta la capital de México. Es decir, a las seis. Dos horas hasta Querétaro, tal vez hasta… No, no más lejos. Pararían en La Mansión. Allí, al menos, la comida era aceptable. Y al día siguiente, Laredo, Texas; posiblemente hasta San Antonio. Bah, no importaba. Davey habría salido de México, y Connie se habría… Bien, Connie estaría mejor, mucho mejor. Silbando «Que pasten en seguridad las ovejas», la joven descendió por la escalinata por última vez.
Hal estaba al volante del coche, maravillándose ante la grandeza de Dios. Consultó su reloj. Las cuatro y media. ¿No terminaría nunca Jane? ¿Por qué eran tan remolonas las mujeres? ¡Jane y sus tontas premoniciones! Ah, bendita fuese por ellas. La salvación de Peter ya estaba asegurada.
—No toques nada —le riñó a Davey, que jugaba con los mandos y las palancas (muchas de ellas, misterios para Hal), del cuadro.
—¿Quiere que conduzca yo? —se ofreció el joven.
—Más tarde —replicó Hal sobriamente.
Más tarde, mucho más tarde. Digamos nunca.
Hal recordó de repente que dejaba un traje en la Tintorería Victoria, mas, ¿qué era el precio de un traje en comparación con el alma de un amigo íntimo?
Jane taconeó por el sendero empedrado, poniéndose los guantes y colocando cada cabello en su lugar. Las cuatro y treinta y dos. Doblando a la izquierda al final del sendero, saldrían directamente a la autopista, sin el peligro de cruzarse con los Beale. La huida era perfecta. Los criados no les habían visto.
—¡Vamonos ya! —gritó Jane en español.
—¿Qué? —se extrañó Davey, haciendo sitio en el asiento delantero.
—He dicho que nos larguemos.
Los tres se acomodaron en el asiento delantero. Con los cajones de Davey amontonados en el trasero, Jane y Hal empezaron a darse cuenta del tremendo calor que exudaba el cuerpo del muchacho.

Ya se había puesto el sol y estaba terminando el crepúsculo cuando Connie entró en su dormitorio. Se asomó a la ventana y presintió, más que vio, que todo estaba dispuesto para la fiesta. Divisó apenas las mesas para seis en torno a la piscina circular, las velas tembleteando en sus palmatorias, la pintura mural en el vestuario de la piscina, donde habían instalado el buffet. No había señales de lluvia.
La tarde en la peluquería había sido larga, debido en parte a la petición de un buen tinte en sus cejas y pestañas, un pedicuro, un masaje facial (el llanto a la hora del almuerzo, le había dejado el rostro en muy mal estado). Tampoco había contribuido a que el tiempo pareciese más corto la presencia de la señora Westmacotts, teñida de rubia ceniza y con una doble hilera de pestañas postizas como para tropezar en ellas. Los Westmacotts estaban invitados a la fiesta, y la mujer no quería dejar nada al azar. Los Beale pertenecían a la categoría social idónea para ella.
Connie supuso que todo estaba bien. Y asimismo que ella estaba mejor que todo lo demás. También se dijo que había perdido toda la tarde y gastado un montón de dinero porque aquella noche sería su despedida de Cuernavaca. Sin embargo, sabía que si deseaba ofrecer un aspecto inmejorable, muy juvenil, era por Davey. Incluso a los precios de México, pasaría algún tiempo antes de que pudiera volver a despilfarrar dinero en embellecerse.
Se dirigió a su vestuario y de su armario sacó el vestido que pensaba lucir por la noche.
—Por primera vez —murmuró dramáticamente—, y última.
Era un vestido hermoso; casi una extravagancia innecesaria que Jane le había urgido a adquirir. Con gran cuidado, lo pasó por su cabeza y luego efectuó las contorsiones habituales en la mujer que intenta subirse la cremallera ella misma. Oía a Peter ajetreado en su propio vestuario. Nadie era tan diestro con una cremallera. Pero le parecía casi indecente pedirle ayuda.
¿Ajetreado en su propio vestuario? Peter estaba virtualmente de puntillas. Llevaba ya más de once horas preguntándose qué trajes debía llevarse y cuáles dejar. Un par de ellos, para impresionar en las embajadas, consulados y Bancos. ¿Algo para el calor? ¿Algo más para el frío? Si hubiera tenido una idea clara de adonde irían él y Davey, esto le habría ayudado en su elección. Pero, ¿cómo era posible que un hombre acumulara tanta ropa? Tendría que dejar al menos las tres cuartas partes. ¡Pobre Connie, a la que quedaría una tonelada de prendas de su ex marido para disponer!
Y Connie ya había llegado. La estaba oyendo en su dormitorio. Bien, creía que podría enfrentarse con ella. O eso esperaba. Excepto por el hecho de hacer las maletas, todo estaba listo. El gran sobre cerrado para el abogado se hallaba encerrado en el escritorio del despacho. Silbando con valentía, abrió la puerta y entró en el dormitorio.
—¿Cómo has tardado tanto? —preguntó, a pesar de estar encantado con que ella hubiese estado fuera toda la tarde.
—Oh… fue por el vestido.
—Vaya, valia la pena. Estás maravillosa.
Y era verdad. Bellísima. Casi demasiado para su gusto, pensó Peter.
—Gracias.
—¿A qué hora llegará esa pandilla? —quiso saber Peter.
Deseaba entablar una conversación intrascendente.
—Prácticamente, ahora. Salí muy tarde de la pelu… del modisto. Quise estar bien para la casi despedida de los Thorndyke.
«Y para la despedida del amable anfitrión», se dijo Peter. ¡Pobre Connie! Mañana se desatarían muchas lenguas.
—Bueno, al menos la fiesta será estupenda.
—Con cincuenta personas. Vendrá mucha gente a la que apenas conozco. Como los Westmacotts. ¿Están ya a punto Hal y Jane? Deberíamos bajar ya.
—No lo sé. Supongo que estaban dormidos cuando regresé.
—Iré a llamar a su puerta.
Connie tenía que salir del cuarto. No podía soportar ni un solo instante más la presencia de Peter, sus ojos leales, su inmenso interés por la fiesta que ella tendría que soportar.
Peter suspiró aliviado cuando Connie salió de la habitación. Oyó sus tacones al recorrer de prisa el pasillo.
—¡Jane! ¡Hal! ¡Jane!
De pronto, Connie le llamó a él.
Peter se precipitó por el pasillo hasta la puerta abierta del dormitorio de los Thorndyke.
—¿Qué ocurre?
—Peter… ¡Se han ido!
—Tal vez hayan bajado a…
—No. Se han marchado. Mira. El armario está vacío. Sin los libros de Jane. Sin su calceta. Sus cosméticos… Ella… Oh, Peter, pegúntale a Davey. Él debe sábelo.
—Creo que duerme.
—Pues ya es hora de que se levante. ¡De prisa, Peter, por favor!
—Dave —llamó Peter, tambaleando en la puerta del cuarto del muchacho—. ¿Davey? ¡Dave! ¡Vamos, despierta!
Peter probó la puerta. Estaba entornada. El cuarto permanecía vacío. Lo mismo que el armario. Peter sentóse al borde de la cama, sin poder comprender la situación. «¡Dios mío, parece como si nunca hubiera estado aquí! Es como si…»
—¡Peter!
Connie le llamaba desde el estudio. Corrió a su lado. La joven estaba de pie, con una hoja de papel azul en las manos.
—¿Qué pasa?
—Se han marchado. Jane y Hal. Por lo visto, su hermano Josh está muy enfermo en Cerdeña. ¿Qué dice Davey?
—También se ha ido —exclamó Peter, leyendo la nota por encima del hombo de su esposa—. Sí, como dice Jane: «la habitación está vacía».
Julio apareció a la puerta del estudio.
—Perdón, con permiso. Los señores Westmacotts.
Para no perderse nada, la señora Westmacotts ascendió por la escalinata entre un susurro de sedas y tules. —¡Oh, qué hogar tan lindo!

Eran más de las dos cuando los últimos invitados, o sea los Westmacotts, dieron las prolongadas y retrasadas buenas noches y cruzaron el jardín en dirección a su coche. Peter y Connie permanecieron en el umbral, como la perfecta imagen de la joven y apropiada pareja de anfitriones. Y luego, por fin, pudieron dejar que las sonrisas desaparecieran de sus rostros, pudieron cerrar la puerta y pudieron relajarse. Estaban solos ya. Realmente solos. Sin los acerbos comentarios de Jane. Sin el pseudo-cristianismo de Hal. Y sin Davey.
—Todo ha salido muy bien, ¿no crees? —preguntó Connie.
—Muy bien. ¿De veras guisaron toda la comida en nuestra cocina?
—Hasta el último bocado. Mañana felicitaré a Delfina. Y seguramente les daré una gratificación a todos.
—Sí, tienes que hacerlo. Esa vieja Westmacotts puso en ellos sus ojos. Incluso me preguntó cuánto les pagábamos.
—¡La vieja bruja! —exclamó Connie—. No me extrañaría que se dedicara a robarnos las cucharillas además de los criados. Bien, mañana…
¡Mañana! Mañana, pensó Connie, estaría aún en eí monasterio. Nada de fugas románticas porque no tenía con quién tugarse. Y acabó preguntándose: ¿Acaso había existido realmente Davey Jones? ¿Había vivido en la casa con ellos, había compartido sus comidas, había posado para los cuadros? ¿O sólo era un fantasma?
Mañana, consideró Peter. Mañana habría sido el Gran Día; el comienzo de un Nuevo Estilo de Vida; dos hombres compartiendo una perfecta comprensión… ¡y toda esa mierda! Peter preguntóse de pronto si habría algo que asustara a Davey. Era difícil. En primer lugar, jamás se le había insinuado siquiera. En segundo, Davey no era intuitivo. Había entrado en su existencia, la había trastornado y se había marchado sin dejar rastro. ¿Adonde habría ido y por qué? Y de pronto, Peter descubrió que no le importaba. En realidad, le aliviaba la desaparición del muchacho.
—He bebido mucho esta noche —murmuró—, y sin embargo, creo que aún necesito un último trago.
—¿Quieres que prepare unos vasos y los tomemos arriba? —se ofreció Connie—. Sólo para nosotros.
Sólo para nosotros. Connie, repentinamente, se dio cuenta de lo bien que sonaba esta frase, y cuánto tiempo hacía que ella y Peter no estaban solos en tan alegre condición.
—Julio y María de la Luz querrán limpiar esto —continuó—. Es ya muy tarde.
Con el hielo tintineando en los vasos, se dedicaron a apagar las luces del piso. Primero del estudio, donde la breve nota de Jane todavía se hallaba encima de la mesa de trabajo.
—¡Pobre Jane! —se apiadó Connie—. ¡A Cerdeña! Oh, ya sé que actualmente es un sitio de recreo, pero…
—¡Pobre Josh! —añadió Peter—. Ponerse enfermo en Cerdeña.
Connie cogió la carta y la releyó.
—Es gracioso lo de Davey. «No he visto a Davey por ninguna parte». ¡Qué raro que no se despidiese o al menos dejase una nota!
—No es raro —replicó Peter—. Si apenas tenía inteligencia para escribir su nombre.
Esta declaración asombró a Peter y luego le hizo sonreír, al comprender que era la verdad. ¡Las noches en la América Latina! Ya habría sido malo estar en cama, sin saber qué hacer con Davey, pero, ¿cómo habría podido resistirlo todo el día?
—«Quería explicárselo, pero… —continuó Connie leyendo en voz alta—. Es demasiado complicado para que los criados me entiendan.» ¡Ja, ja! Antes le explicaría la teoría de la relatividad a Julio que la hora que es a Davey.
Apagaron las lámparas del estudio y por el pasillo se dirigieron al cuartito con baño que había sido el dormitorio de Davey.
—Sólo un enorme y bellísimo cero —adjetivóle Connie.
—¿Cómo?
—Davey. No era más que una cifra. Bueno, quiero decir que… ¡Oh, es extraño!
—Sí, los peines, el cepillo; con el marco de plata. Han desaparecido.
—Probablemente se los llevó por equivocación. No creo que Davey sea ladrón. No tiene suficiente inteligencia.
—Y siempre peinándose su maravilloso cabello.
—Lorelei Lunlahead.
Apagaron las luces y pasaron al estudio.
—Claro que esto significa que tendrás que buscar un nuevo mecanógrafo —observó Connie—. ¿Te será fácil?
—No será tan difícil y probablemente no lo encontraré peor. ¿Y un modelo para ti?
—No hay problema. Ya había terminado todos los cuadros.
El dormitorio que últimamente habían ocupado los Thorndyke era todavía un ascua de luz. Todos los invitados habían admirado aquella estancia.
—¡Pobre Jane, pobre Hal! Figúrate, en Cerdeña.
—Se han perdido una buena fiesta. Y larga.
—¡Cielo, casi son las tres! Pobre Peter… Mañana tendrás que levantarte muy temprano para ir al dentista…
—Oh, no, ya no.
—¡Qué maravilla! ¿Ya terminaste?
—Ya terminé. He de ir solamente a pagar la cuenta.
—¿Sabes una cosa, Peter?
—¿Qué?
—Me gustaría irme de aquí algún tiempo. Sólo nosotros dos.
—¿Por ejemplo, a Acapulco?
—¡No! Nada de Acapulco. A un lugar sosegado.
—Parece estupendo.
—Bueno ya es hora de acostarse.
—Sí, ya es hora de acostarse.
Connie descubrió que estaba tarareando mientras se desnudaba, se quitaba el maquillaje y después, sin saber por qué, se ponía un poco más. El peso que había estado colgando alrededor de su cuello como una rueda de molino había desaparecido. ¿Aquel alivio indicaba que se estaba haciendo vieja? ¿O era que sus sentimientos, o lo que había tomado por tales, hacia Davey no habían sido más que un sueño perturbador? Davey se había marchado y ella se alegraba. Peter estaba con ella, lo cual aún la alegraba más. Echó unas gotas de colonia por su cuerpo, todavía un buen cuerpo, se puso una bata y pasó al dormitorio.
Peter yacía en cama terminando las últimas gotas del coñac con soda. Davey se había marchado y Peter se alegraba de no tener que pasar por lo que indudablemente habría sido una agonía de mortal embarazo, si hubiese seguido adelante con su maldito plan. Se acordó del doctor Gumbiner y de cómo el viejo bandido le había engañado… o dejado que Peter se engañase a sí mismo. ¿Existía un solo incidente en toda su vida que indicase cierta desviación de lo normal? Ninguno. De esto Peter estaba seguro. A su debido tiempo se ocuparía del doctor Gumbiner. Ah, aquí estaba Connie. ¡Dios, qué hermosa era!
Tras quitarse la bata, Connie gateó dentro de su lado de la cama.
—Buenas noches, Peter.
Sabiendo deliciosamente a pasta de dientes y coñac, ambos se besaron… se besaron de veras. Y después, por primera vez en varias semanas, hicieron el amor.
Al terminar, continuaron tendidos a oscuras, fumando. Tanto Connie como Peter trataban de recordar exactamente qué aspecto tenía Davey. No lo consiguieron.
EL FINAL

Jane se estremeció bajo el aire acondicionado de la Lone Star Motor Inn, y ciñó más su frivola negligée en torno a su generoso pecho. ¿Por qué había elegido vestirse con esta diminuta tela de frufrú en el centro de Texas? No podía calentarla, lo mismo que el baño caliente tampoco la había ayudado a olvidar las ráfagas árticas del aire acondicionado de la Lone Star. Fuera, la tempertura era de treinta grados. Dentro, apenas señalaba más arriba del cero. Contempló con disgusto el falso mobiliario de caoba de la provinciana Texas, con sus asas de cuerno de ciervo y los tiradores de los cajones del mismo material y tomó asiento en la chaise-longue tapizada de plástico imitación de cuero de vaca.
—Bien, de vuelta a la vieja Estados Unidos —exclamó Hal, quitándose el bañador.
—No me digas.
—Aquí es muy buena la piscina. Davey y yo lo hemos pasado en grande.
—Hal, realmente eres una facha. ¿Cuánto has aumentado de peso desde que hablas tanto de la dieta? Si no vas a un gimnasio y…
Hubo una llamada en la puerta de comunicación.
—Será Davey —murmuró Jane—. Abre, ¿quieres?
—Sí, amor. —Embutiendo su mole en el batín escarlata, Hal cruzó la habitación del motel y abrió la puerta—. ¡Davey, muchacho! —gritó, como si la separación hubiera sido de quince años y no de quince minutos—. ¡Adelante!
—Hola —saludó el muchacho.
También llevaba un batín. De shantung amarillo.
«Qué shmatte», pensó Jane. «Con su bronceado parece como si fuese una hepatitis andando. Con algo de crepé blanco…» Inconscientemente, se atusó sus encajes y fruncidos, con el fin de mostrar un poco más de pecho.
—¿Has disfrutado nadando, Davey? —le preguntó con una sonrisa maternal.
—Sí, ha sido fabuloso.
—Pues tendrás que ver la piscina de la Universidad —recordó Hal—. Algo magnífico. Reservada a los miembros de la facultad, y supongo que a sus invitados, todos los días a las cinco.
—¿Bebemos algo y cenamos? —propuso Jane. Se dirigió a la combinación de tocador-escritorio-mesa, con sus lámparas de largos cuernos insertadas en la superficie de fórmica, y buscó en el montón de literatura que había allí. En una cartulina que mostraba un gallo cacareando al sol de levante, había una lista de «Despertadores Especiales. Por favor, pídanlos por el número de orden».
Una cartulina recortada en la misma forma que el Estado de Texas anunciaba las ubicaciones de los demás Lone Star Motor Inn: veintidós en conjunto. Una cartulina que presentaba a un hermoso peón dormitando debajo de un cacto, decía: «Do not Disturb», y debajo: «No molesten», en beneficio de los mexicanos que parasen en la Lone Star. Nunca había ninguno. Una hoja enorme embellecida con un vaso de martini que contenía un jerez de color rojo brillante, pregonaba: «¡Estupendos Licores del tamaño de Texas!». Otra anunciaba que la «Chuck Wagón Coffee House… siempre estaba abierta.» Y aún otro proclamaba las magnificencias del Blue Bonnet Room: «Especialidades para gourmets. Grandes bailes».
—¡Mierda! ¿No hay en esta pocilga un servicio para servir la comida en la habitación?
—Aquí, amor —indicóle Hal, entregándole otra cartulina.
Tenía dibujado un cómico hombrecito con barba y bigote encerrado, que lucía un gorro de cocinero, en tanto que con el índice y el pulgar formaba una o perfecta.
«El Chef —decía la cartulina—, recomienda…»
—El Chef —leyó Jane—, recomienda: Uno: La cena con Ternera Buckeroo de la Lone Star. Selección de suculentos mariscos del Golfo de Texas o el Soupé du jour. Un bistec de Venado Tierno de Texas, estilo Nueva York, deliciosas patatas de Idaho a estilo de Texas, con envoltura de hojas, o Patatas Fritas Especiales de Texas. Chiffonade de Ensalada estilo tejano, y selección de quesos franceses, roquefort, Mil Islas, con guarnición de ajos o verduras. Dos: Cena Shore al estilo antiguo de Texas. Tentador combinado de cangrejos y gambas del Golfo de Texas. Almejas Littleneck o Bluepoits en medias conchas… (de la temporada)…»
—¿Hay alguna R en este mes, amor? —inquirió Hal.
—Usualmente, la hay en septiembre —respondió Jane. Luego continuó leyendo—: Langosta hervida de una libra Maine, Especial de Texas, Tentador Pastel de Cangrejos al estilo Maryland de Texas, Ostras Cotuit fritas al estilo de Texas (seis), Chuck-Wagon gritted Boston scrod, Salsa Tártara, selección de Ensalada Verde o Coles picadas. Tres: Plato Mexicano del Sur de la Frontera de Texas…»
—Yo no quiero más basura mexicana —masculló Davey—. Prefiero el bistec.
—Ese plato Shore parece bueno —paladeó Hal.
—Sí, querido. Nos hallamos ya prácticamente en Bangor. ¡Ya huelo a sal! —Oh, Hal era un asno. Mira que pedir una cena playera en el centro de Texas… A veces, Davey parecía más inteligente—. Yo también pediré el bistec. Es raro. Y un doble Dewar con hielo. O mejor será pedir dos.
—Sí, amor. ¿Una bebida, Davey?
—Cerveza, si hay.
—Ah, yo también me inclino por la cerveza —decidió Hal—. ¡Una bebida de hombres!
Le dio un juguetón codazo a Davey y se dedicó a telefonear al servicio.
—¿Con tu facha, querido? —se burló Jane—. Si tuvieras el tipo de Davey…
Sí, Jane había visto muchas veces el cuerpo de Davey y todavía permanecía asombrada. Y parecía tan sensacional vestido como desnudo, claro que hacía falta que alguien de gusto supervisase su guardarropa. Por ejemplo, había que prescindir de ese batín amarillo, tan espantoso. Tal vez ir de compras por Nueva York con Davey no haría ningún daño. Al menos, era preciso que vistiese con elegancia si quería impresionar a sus hermanos Josh y Seth Rosenberg… con tal de que mantuviese la boca cerrada. Y, al revés que Hal, generalmente callaba.
En realidad, al llegar la noche anterior a Querétaro, y una vez adormecidas sus aprensiones, Jane disfrutó con la compañía de Davey. No era tan mal conductor… al menos, no en aquellas carreteras anchas, lisas y desiertas de Texas. Sí, la noche anterior resultó divertida. Todos cenaron en un pequeño restaurante de Querétaro. Tocó una orquestina combo, y Davey sacó a Jane a bailar. ¡Ah, un talento escondido! Davey bailaba realmente bien, y a Jane le encantaba el baile. Hal no bailaba, por cuyo motivo Jane le estaba agradecida, aunque exteriormente se quejase de ello. A menos que contase aquellos danzones tan malos ejecutados con los petimetres de Cuernavaca, cosa imposible de tener en cuenta, Jane no había tenido semejantes exteriorizaciones en más de dos meses. En años.
No, aquella huida con Davey no daba tan mal resultado como Jane había temido. A su estilo tontorrón y hermoso, Davey era buen chico. Al menos no tenía las pretensiones intelectuales de Hal. Jane reflexionó que había conocido a todos los académicos que quiso… y aún más. Todos eran iguales, muriéndose por demostrar cuánta era su brillante inteligencia, cuando normalmente no poseían el sentido común de eclipsarse a tiempo. Evidentemente, Davey no era ningún sabio. Y no había que despreciar por completo los asuntos terrenales. No es necesario estar en posesión de un Phi Beta Kappa para progresar. Jane pensó en sus hermanos, su padre, su abuelo. Mientras los profesores y sus ayudantes besaban el culo de las esposas de la Facultad sólo para conseguir sus puesto, los Rosenberg habían amasado millones coleccionado grandes cuadros y poseyendo muebles valiosos, instalando alas de hospital y salas de museo, e incluso inaugurando la Fundación Rosenberg, aunque con el propósito de evasión de impuestos, para asegurar un nuevo suministro futuro de instructores y ayudantes de profesor para las Universidades de todo el país. Sí, Jane podía ser lo bastante intelectual para los dos. ¿No lo había demostrado ya con Hal?
En la población donde ella y Hal residían había un almacén Rosenberg, aunque Jane nunca había comprado allí. Davey podía empezar su aprendizaje en la escuadra volante. Así, ella podría vigilarle. Si todo iba bien, pronto sería ayudante del jefe de planta y después… Hummm… sí. Valía la pena pensar en ello.

Hal soltó el teléfono y sentóse junto a Davey, al borde de la Vibra-Cama Texelectrónica. Volvió a sentir el calor del muchacho, cosa que agradeció en aquella estancia tan helada. A pesar de que se mantenía reprimido, Hal se hallaba un poco alborotado. Si Jane era buen juez, él no había hecho nada a derechas en todo el día, empezando por las ropas que escogió por la mañana en Querétaro.
—De prisa… no tardes todo el día… No tan de prisa… ¿No viste aquel burro?… ¿Quién ha de querer almorzar en un basurero como Saltillo?… Déjame conducir. Me pones nerviosa… ¡Oh, Hal, tú y tu español!… Yo se lo diré… Tú tienes las tarjetas de turismo, estúpido… Sí, ya sé que hemos vuelto a la bendición de Estados Unidos. ¿Dónde creías estar, en la Unión Soviética?
Fue un alivio alejarse de Jane y estar a solas con el silencioso Davey, aunque esto sólo significase entrar a menudo en los lavabos para caballeros, y nadar media hora en la piscina del motel. Davey era incansable. Hal comprendía ahora los sentimientos de Peter. Aunque estuviesen equivocados. Y, en realidad, Hal estaba un poco avergonzado de sí mismo. Sin proclamarlo en voz alta, siempre había sospechado que Davey era un prostituido sexual, un chico experimentado del otro lado de la frontera que había intentado seducir a Peter Beale. Esto parecía sofisticado, concedió Hal, pero era lo corriente. En cambio, ahora, se daba cuenta de que no había nada más lejos de la verdad. Si alguien había inocente, era Davey. Peter podía negarlo tanto como quisiera, y en realidad, Peter no sólo no había negado nada, sino que lo había admitido todo el día anterior, pero nadie podía criarse al lado de un hermano como Bolton Beale y de un tío como Sterling Beale y seguir siendo tan inmaculado como pretendía Peter. Tampoco pretendía Hal poseer tantas virtudes. Y esto era mucho más saludable. Si había sucumbido en el pasado a ciertas flaquezas, al menos lo sabía y se hallaba en guardia ante futuras recaídas. Claro que ni por un millón de dólares le contaría a nadie la debilidad de Peter. Sí, Davey poseía una cualidad dulce, impoluta. Y no era tan tonto como afirmaba Jane. Claro que Jane pensaba que todo el mundo era estúpido, empezando por el propio Hal. No había más que ver de qué modo eficiente había cargado Davey el equipaje en el maletero del coche, cuando Jane aseguró que no cabía. Y Davey era muy considerado y encantador. ¿No había sacado a bailar a Jane la noche anterior, para hacerla callar cuando estaba riñendo a Hal por haber pedido cordero en México? Ahora le estaba riñendo por haber pedido langosta en Texas.
—Los instintos de un caballero —murmuró Hal, sin hacer caso de los comentarios quejosos de Jane respecto al aire acondicionado.
Si tenía frío, ¿por qué iba por ahí casi desnuda, con el pecho al aire, un pecho que casi le llegaba a la falda? Sí, Davey poseía el instinto de un caballero. En cambio, le faltaban las ventajas. Hal contempló los pies descalzos y bronceados del joven, extendidos sobre la alfombra. Los pies de un aristócrata, pensó Hal, comparándolos casi favorablemente con los suyos. Esto siempre puede decirse.
Tal vez Davey no tuvo nunca una oportunidad. Pero ¿acaso ya era demasiado tarde? Sólo tenía veinte años. Había estudiado en un Instituto. ¿Por qué no ahora en la Universidad? Este año era fácil matricularse. Tal vez con alientos y buena guía, con la ayuda de un buen tutor… Un ambiente donde estuviera rodeado de buenos libros, buenos cuadros, buena música, buena conversación… Hal se preguntó si a Davey le interesaría una buena educación universitaria. Sería como tener un hijo, un joven receptivo, con tan buen aspecto, al que guiar, al que moldear, al que…
—Hal, despierta. Te estoy hablando.
—¿Qué ocurre, amor?
—Decía —repitió ella en voz alta y lenta, como si Hal estuviese sordo—, que este jodido palacio del hielo es tan frío que me moriré. Vamos, vístete y vamonos al Blue Boíl Room, o como se llame, para cenar allí. Será una noche de baile. Al menos, me circulará un poco la sangre. Llama al Servicio y diles que se olviden de nuestra cena y…
¡Vaya Jane! ¡Vaya con Jane! Pide esto… No pidas esto… Diles que corran… Cancélalo todo…
—Está bien, querida —asintió Hal, volviendo a coger el teléfono. Hizo una pausa y le sonrió a Davey—. Tal vez nosotros podríamos zambullirnos un poco antes de acostarnos, ¿verdad?

Connie estaba sentada en la terraza proyectando un retrato de Peter. Nunca le había pintado. Iría bien con el marco peruano de arriba, que antes había destinado para el San Sebastián de Davey. El San Sebastián, sin acabar, ya no se terminaría. Ahora se daba cuenta de que todo había ido mal. Amanerado. Desfasado. Derivativo. Y, a decir verdad, sólo valía algo más que un sombrero apolillado. Con el mural de la piscina y los estudios clásicos de la escalinata, ya había bastantes recuerdos de Davey en el monasterio, y Connie no necesitaba recordar cuan idiota había sido y lo afortunada que era con el resultado.
Oyó el jeep traqueteando por el sendero. Peter, que regresaba de la ciudad. Rápidamente, sacó el espejito de su bolso y contempló su cara y su cabello. Con indolencia, cogió su cuaderno de bocetos y con maestría abocetó la semisonrisa de Peter cuando éste apareció en la terraza para besarla.
—Hola querido —le saludó ella—. ¿Tuviste la suerte de hallar una mecanógrafa?
—No. La Academia tiene una nueva selección de chicas, pero todavía están aprendiendo a teclear el abecedario, y tardarán bastante en aprender algo más.
—Pobre Peter…
—No te preocupes. Alguien vendrá. Siempre ocurre así. Ah, aquí está el correo, con el Time, el Vogue, el Apollo... abiertos, y una carta de Jane.
—¿De Jane? ¿Qué dice?
—No sé. Va dirigida a ti.
—Bien, pide algo de beber y veremos qué les pasa a los Thorndyke.
Excepto un telegrama una semana atrás: EN CASA. JOSH BIEN. ESCRIBIREMOS, no habían sabido nada de Hal y Jane.
—¿Qué quieres? —preguntó Peter, sentándose cerca del sofá donde estaba ella.
—Oh, un martini. Esta tarde no tengo ganas de trabajar, y así, de este modo, no podré hacerlo.
—Yo tampoco. ¿Qué hay para almorzar?
—Lo que desees.
—¿Y tú?
—Pues Boeuf en Daube. Grandes cantidades.
—¿Cuándo aprendió Delfina a guisar este plato?
—Oh, no, lo hice yo misma. Y ahora calla y sepamos qué escribe Jane.
Acurrucándose contra Peter, Connie abrió el gran sobre, y extrajo la carta cubierta con la escritura grande y cuadrada de su amiga.
«¡Mi querida Connie!» —leyó ésta—. «Por fin en casa, y más o menos de una pieza. Al final no tuvimos que ir a Cerdeña. Llamamos a Seth desde el aeropuerto de México y averiguamos que Josh estaba convaleciente. Pero como ya habíamos hecho el equipaje y recorrido tanto trecho, decidimos seguir adelante y no estropear vuestra fiesta regresando a medianoche.» Oh, me alegro de que su hermano esté mejor.
Connie había quedado aturdida ante el éxodo en masa en el día de la gran fiesta. Según los sirvientes, no había llegado aquella tarde ningún telegrama ni se había recibido ninguna llamada telefónica.
—Continúa —le animó Peter—. Gracias, Julio.
Los martinis eran servidos en copas de champán heladas, señal segura de que la matines sexual era inminente. Peter rodeó con un brazo a Constance, chocando su copa con la de ella. Luego, guiñó el ojo.
—¡Viejo verde! ¿Dónde estaba? Ah, sí: «Mi vida de placer está terminando. Regreso a la Universidad evitando las funciones de la Facultad como las de aplaudir y estoy ajetreada en espera de mi femme de journée débil de mente. El Leger descent de lit parece divino, o sea que al menos podré demostrar a la gente que no he estado ociosa todo el verano. Y ahora, me ocuparé de los cojines de Peter.» Qué bien, ¿verdad, cariño?
—Oh, ya quisiera tenerlos aquí. ¿Qué más?
—¡Dios mío!
—¿Qué?
—Jane dice: «Ni en un millón de años adivinarías quién estudia en el primer curso de la Universidad: ¡Davey!... Sí, Davey Jones. ¿Puedes creerlo?» Francamente, no puedo.
—¿Davey yendo a la Universidad?
—Esto dice Jane. Y añade: «Hal ha tomado a Davey bajo su protección. Y para mantenerse a flote, trabaja a horas sueltas en los almacenes Rosenberg. Hasta que encuentre un alojamiento barato, vive con nosotros. Como tú sabes, es muy limpio y aseado, y no crea ningún problema.» ¿Vive en el apartamento de Jane? No puedo…
—Ha perdido el cerebro. Bueno, lo han perdido los dos.
—A ver qué más dice. Ah… «No hay más noticias interesantes…»
—¿Acaso puede haber alguna que lo sea más?
—Ninguna, absolutamente ninguna. Y prosigue: «ça va sans diré, hemos pasado un verano magnífico con vosotros. Hal está tan gordo como un cerdo, aunque espero que sus ejercicios diarios con Davey…» ¿Sí, Julio?
Julio sostenía una bandeja de plata con un sobre blanco encima.
—De parte de una señorita norteamericana. Está aquí. No sé su nombre.
—¡Oh! —exclamó Connie radiante—. Sterling Lewellyn Beale. De paso. ¡De tío Sterling!
—Oh… oh —rezongó Peter—. ¿Dónde está y qué quiere? Vaya oportunidad la suya ahora…
—Está en Atenas y dice: «Mes enfants, ya estoy de vuelta a las islas griegas. Deliciosas como siempre. ¿Puedo tomarme la libertad de enviaros a una celestial criatura (cosa que comprenderéis al verla) llamada Judith Payne? Como no conoce a nadie en México, pensé que podrían invitarla a tomar algo o a almorzar, hasta que continúe su viaje. Con una sonrisa como la suya, no tardará en establecerse. Esa jovencita ha encantado a Grecia entera, y…»

De haber caído un rayo en la terraza, no habría sido mayor el impacto que la aparición de la señorita Payne. Connie quedóse boquiabierta, y sintió la frialdad de su martini al derramarse el líquido por su mano. «Es sólo mi ojo de artista», se dijo, poniéndose de pie.
—¡Jesús! —murmuró Peter.
Se llevó una mano al cabello y trastabilló ligeramente al levantarse.
La chica que avanzó con pasos largos por la terraza no era bonita, sino radiante. Pequeña y delgada, iba tan erguida como un cadete. Cada centímetro de su cuerpo parecía brillar. Irradiaba un aura de limpieza inmaculada, con su tez bronceada, su cabellera negra, corta y algo áspera, los téjanos blancos, la camisa masculina plena de frescura. Sólo su sonrisa era más blanca que sus ropas. Y llevaba… llevaba… Connie olió de nuevo. La muchacha no olía a perfume… ¡olía a menta!
—Hola —saludó la muchacha, alargando una mano bronceada y casi cuadrada—. Me llamo Judd Payne. Encantada de conocerles. Han sido muy amables en recibirme.
—¿Judith? —preguntó Connie, como si no hubiera oído el nombre correctamente. No lo había oído.
—Judd. Judith y Judy no suenan tan agradables.
—¿Un mar… martini, señorita Payne? —inquirió Peter.
—Judd, por favor, Peter. Sterling me aseguró que nos tutearíamos sólo al vernos y no me gustaría defraudarle. Sí, adoro el martini, gracias.
—Siéntate, por favor… Judd —la invitó Connie.
—Gracias, Con. Sois muy amables y simpáticos.
La joven se instaló en un asiento y cruzó las piernas con desenvoltura, balanceando un pie cuadrado, pequeño y bronceado, metido en una sandalia de tiras blancas. Aquellos pies fascinaban a Connie. Tan jóvenes, tan fuertes, tan sanos y tan extraordiariamente limpios y perfectos.
—¿Cómo conociste… Judd, a tío Sterling? —quiso saber Peter.
—Por Raúl.
—¿Raúl?
—Su secretario.
—Oh…
—Yo viajaba con Dama Lesley Stacton, la cual estaba componiendo este libro sobre la leyenda de Ariadna, Teseo y el Minotauro…, algo fabuloso, y necesitaba una secretaria-acompañante. ..
—¿Eh? —exclamó Peter—. O sea, que tú escribes a máquina. ..
—Claro. Aprendí estando en Bryn Mawr.
—¿Bryn Mawr? —repitió Connie—. Es fantástico.
—Me encanta escribir a máquina. Oh, no me gustaría nada estar metida dentro de una oficina, con mucho papeleo. Pero en un lugar tan seductor como Italia, Grecia o esto…
—Mi… mi marido está haciendo un libro —explicó Connie—, y yo… pinto.
—Lo sé, y de forma magnífica según Sterling.
—Oh… —Connie trató de no tartamudear—. Peter, llama a Julio, ¿quieres?
Connie miró con más atención a la muchacha: el cabello rizado, corto; el perfil correcto; la total ausencia de maquillaje y de joyas; la masculinidad que irradiaba. Sería una ninfa perfecta Judd. ¡Claro, era esto lo que necesitaba para el marco peruano de arriba! No un retrato de Peter. Era un marco excesivamente lujoso. Ah, sí, con una cosa tan inmaculada, que ahora estaba encendiendo un cigarrillo con una simple cerilla de madera. Connie se preguntó si a Judd le interesaría…

—¿Tu primer viaje a México, Judd? —se interesó Peter.
—Sí, y lo adoro. Quería matricularme en el CIDOC para aprender bien el español. (Sé francés e italiano y un poco de griego y latín, de modo que no resultaría difícil.) Pero cuando estuve allí ya había empezado el curso. De modo que me metí en una casa de huéspedes espantosa, dirigida por una vieja lechuza que se llama Dorcas Mendoza. Supongo que no la conoceréis.
—Sí —afirmó Peter.
—No —respondió Connie—. Bueno, la hemos visto.
—La pobre… Me contó lo bien que vivía en Filadelfia. Y parece cruel decirle que yo también soy de allí.
—¿De veras?
—Sí. Oh, es un buen lugar de nacimiento.
Peter rió de corazón. Había oído la frase aplicada a muchas ciudades, pero por la forma de decirlo aquella chica resultaba una novedad.
—Lo cierto es que no puedo quedarme en Cuernavaca aguardando a que el CIDOC inaugure un nuevo curso, mientras se me agota el dinero. Ni puedo vivir a costa de la grandeza de la señora Mendoza. De modo que tendré que encontrar algún trabajo o marcharme a otro sitio.
Julio apareció en el umbral, elevando las cejas en un signo de interrogación. Connie asintió. El criado no tardó en poner otro cubierto en la mesa.
—Judd… has llegado en el momento oportuno —expresó Peter—. Resulta que estoy a la mitad de un libro y necesito una…
—¡Oh, no! —gritó la muchacha, saltando de la silla.
—Oh, no, ¿qué?
—¡El mural! ¡Es demasiado perfecto! Con, ¿lo hiciste tú?
—Pues… sí. Es como una broma de familia.
—¡Es el colmo de la creación! Y esa sirena con ese pecho…
—¿Jane?
—Quien sea… ¡la adoro! —Judd, de pie, adoptó la misma postura. Connie lo vislumbró de repente. Jane se parecía a Lillian Russell, en tanto que esa fantástica chica… ¿cuánto mediría de cintura? Era perfecta. La ninfa de todos los tiempos.
Peter se humedeció los labios y suspendió al momento tal operación. Sí, poder contar con una chica tan estupenda para el despacho era formidable. Una chica con inteligencia, educación, experiencia… y muy encantadora. Terminaría con Sir Cosmo Mulligan y no tardaría en proyectar otra cosa. Y Judd era… bien, era algo maravilloso.
—Hum… Señorita Pay… Judd, íbamos a almorzar. ¿Nos acompañas?
—¡Con, la adoro! Pero no antes de que me enseñes cada centímetro de esta magnífica casa.
—Oh, yo… yo.
Enlazando a Connie por la cintura, Judd continuó:
—Estupendo. Vamonos.
notes
Notas a pie de página
1 La «señora Danvers» es la célebre ama de llaves de la novela Rebeca de Daphne du Maurier. (N. del T.)
2 Es sabido que las cenas, en Norteamérica, suelen celebrarse a las seis de la tarde. (N. del T.)
3 Probable alusión del autor a la supuesta homosexualidad en la isla de Rodas. (N. del T.)
4 En castellano, en el original. (N. del T.)
5 Davy Jones' loker significa fondo del océano. (N. del T.)
6 Protagonista de la novela del mismo título, del escritor humorista norteamericano Mark Twain. Se trata de un chiquillo rebelde y sumamente travieso. (N. del T.)
7 El autor se refiere, humorísticamente, a la composición del mismo título Té para dos de la opereta norteamericana, No, no, Nannette. (N. del T.)
8 En español en el original.
9 Se llama viaje (trip, en inglés), especialmente a las tomas de LSD, aunque también de otras drogas. El LSD es precisamente un ácido. (N. del T.)
10 Juego de palabras intraducibie; carbón en inglés se escribe: coal. (N. del T.)
11 Los mexicanos llaman gringos a los norteamericanos. (N. del T.)
12 Roca a orillas del Rin que la leyenda relaciona con una sirena misteriosa que hechizaba a los navegantes y hacía naufragar los barcos. (N. del T.)
13 Respetamos el nombre español puesto que en el original, a pesar de que no lo consideramos correcto, dado que el propio autor lo traduce al inglés como El cumplimiento de mi sueño. (N. del T.)
14 Calvin Coolidge, político norteamericano (1872-1933), Presidente de los Estados Unidos desde 1923 a 1929. (N. del T.)
15 Ganimedes: Joven príncipe, hijo de Tros, rey troyano. Según Hornero, como era el más bello de los mortales, los dioses lo arrebataron por medio de un águila, para que sirviera de copero a Zeus. Según otra leyenda, fue el propio Zeus, transformado en águila, quien ejecutó el rapto de Ganimedes. (N. del T.)
16 Rodolfo Valentino, famoso galán cinematográfico de los años Veinte, consiguió su fama gracias a dos películas: Los cuatro jinetes del Apocalipsis y El jeque. (N. del T.
Table of Contents
EL PRINCIPIO
LA MITAD
EL FINAL
Notas a pie de página

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