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sábado, 1 de julio de 2017

Viajes Con Mi Borrica A Través De Las Cevenas (Robert Louis Stevenson)

Viajes Con Mi Borrica A Través De Las Cevenas
Robert Louis Stevenson

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Ediciones elaleph.com
Editado por
elaleph.com
Traducción: Federico Climent Terrer
 2000 – Copyright www.elaleph.com Todos los Derechos Reservados

Mi querido Sidney Colvin:
Los viajes descritos en este libro fueron para mí muy agradables y afortunados, pues aunque rudos en un principio, tuve la mejor suerte al fin. Pero todos viajamos por lo que Juan Bunyan llama el desierto de este mundo; además, todos viajamos en jumento: y lo mejor que podemos encontrar en nuestros viajes es un leal amigo. Afortunado viajero es el que encuentra muchos. Verdaderamente viajamos para encontrarlos. Ellos son el fin y recompensa de la vida. Ellos nos mantienen dignos de nosotros mismas; y cuando nos vemos solos, estamos, sin embargo, más cerca del ausente.
Todo libro es en íntimo sentido una carta circular dirigida a los amigos de quien lo escribe. Sólo ellos comprenden su sentido encuentran, en sus páginas mensajes privados, seguridades de amor y expresiones de gratitud. El público no es más que un generoso patrón que costea el franqueo. Sin embargo, aunque la carta va dirigida a todos, tenemos la vieja y cariñosa costumbre de dedicarla a uno solo. ¿De qué estará un hombre orgulloso si no lo está de sus amigos? Por lo tanto, mi querido Sidney Colvin, me enorgullezco de firmarme tu afectísimo,
R. L. S.

VELAY
Muchas son las cosas potentes, y nada es tan potente como el hombre... Con sus inventos domina el usufructo de los campos.
SÓFOCLES.
¿Quién soltó las ataduras del asno montés?
JOB.

EL ASNO, LA CARGA Y LA ALBARDA
En un lugarejo llamado Le Monastier, sito en un ameno valle montesino, a quince millas de Le Puy, permanecí cerca de un mes de hermosos días. Monastier es notable, por la fabricación de galones,, las borracheras de sus vecinos, la libertad de lenguaje y las sin iguales contiendas políticas. Hay en esta pequeña población montañera secuaces de cada uno de los cuatro partidos franceses: legitimístas, orleanistas, bonapartistas y republicanos; y todos ellos se odian, aborrecen, se vituperan y calumnian mutuamente. Excepto para asuntos de negocio o embusterearse unos a otros, en ociosas conversaciones tabernarias, se niegan hasta el saludo de cortesía. Es como una montaña polaca. En medio de esta Babilonia era yo un punto de coincidencia pues todos anhelaban mostrarse amables y serviciales con el extranjero. No provenía esta actitud tan sólo de la natural hospitalidad de las gentes montañesas, ni tampoco de la sorpresa con que me miraban como a hombre que de su libre voluntad vivía en Le Monastier, cuando pudiera vivir igualmente en cualquier otro lugar del ancho mundo, sino que derivaban en gran parte de mi proyectada excursión hacia el Sur de las Cevenas. Un viajero de mi especie era una cosa no oída hasta entonces en aquella comarca. Me miraban desdeñosamente como a un hombre que proyectase un viaje a la luna; pero, no obstante, con respetuoso interés, como a quien se marcha al inclemente polo. Todos estaban solícitos en ayudarme en mis preparativos; un tropel de simpatizadores con mi proyecto me asistían en el crítico momento de ajustar alguna compra; y no tomaba disposición alguna que no fuese pregonada en torno de las copas y celebrada con una comida o un almuerzo.
Se me echaba encima octubre antes de que pudiese emprender la marcha, y en las alturas por donde había de caminar no me aguardaba seguramente un verano índico, por lo que determiné , si no acampar al raso, tener al menos los medios de acampar en terreno propio, pues nada hostiga tanto al acostumbrado al bienestar como la necesidad de guarecerse por la noche bajo techado, y la hospitalidad de una posada de aldea no es siempre segura para los caminantes. Una tienda de campaña, sobretodo para quien viaja sólo, es enojosa de armar y desarmar, y además una impedimenta del bagaje en la marcha. Por otra parte, un saco de dormir está siempre apunto, pues no hay más que echarse en él, y sirve de doble objeto: de cama por la noche y de capa durante el día, sin que a los transeúntes les de-late la intención que uno tiene de acampar. Este es un punto de capital importancia, porque el campo no es lugar retirado, sino por el contrario muy inquieto para el descanso, pues os convertís en personaje público y los joviales campesinos se os acercan con sus bromas, después de cenar temprano, y habéis de dormir con un ojo abierto y levantaros antes de romper el día. Me resolví por el saco de dormir; y tras repetidas visitas a Le Puy, con muy buenos deseos de prosperidad para mi y para mis consejeros en la materia, quedó trazado y construido el saco de dormir que trajeron triunfalmente a mi casa.
Este hijo de mi inventiva medía seis pies cuadrados, aparte de los lienzos triangulares que servirían de almohada por la noche y de cabeza y fondo del saco durante el día. Lo llamo «saco, de dormir» aunque nunca mereció el nombre de saco sino por cortesía, pues realmente era un largo rollo de figura de salchichón, por fuera de hule verde impermeable, como el toldo de las carretas, y por dentro de piel de oveja. Podía aprovecharse como valija, y como seca y caliente cama. Para uno solo era un lujoso aposento portátil, y en. caso de apuro bien podía servir, para dos. Yo cabía en él hasta el cuello, porque la cabeza me la cubría con una gorra de piel provista de orejeras y de una bufandilla que me pasaba por debajo de la nariz a modo de respiradero.
En caso de copiosa lluvia, imaginé hacerme yo mismo un tenderete con el hule tres piedras y una rama encorvada.
Fácilmente se concibe que no podía yo llevar tan pesado fardo sobre mis hombros puramente humanos, por lo que faltaba escoger una bestia de carga.
Ahora bien, el caballo es como una linda señora entre los animales; ligero, tímido, delicado en la comida y de salud quebradiza. Además, es muy caro y no gusta de quedarse solo, de suerte que habéis de estar atado a vuestra bestia como al compañero de remo en las galeras; un camino peligroso lo saca de quicio; en una palabra, es un inseguro y exigente aliado, que agrava treinta veces las incomodidades del viajero. Yo necesitaba una bestia barata, pequeña, intrépida, paciente, y pacífica; cualidades todas que concuerdan en el asno.
Vivía en Monastier un viejo que, según algunos, no estaba en sus cabales, a quien acosaban los muchachos callejeros y tenía por apodo el tío Adán.
Era este tío Adán dueño de una carreta de la que tiraba una borrica de color ratonado, no mayor que un perro, de mirada cariñosa y robusta quijada. Había en el vagabundo Adán algo de pulcro y bien criado, una especie de modesta elegancia, que en el acto excitó mi fantasía. Nuestra primera entrevista se efectuó en la plaza del mercado de Mónastier.
Para demostrar el buen temperamento de la borrica, la montaron uno tras otro varios chiquillos y a todos los apeó por las orejas, hasta que muerta la confianza. en los pechos infantiles hubieron de interrumpirse las pruebas por falta de jinetes. A la sazón me veía yo apoyado por una comisión de mis amigos; y por si esto no bastase, vinieron a rodearme todos los vendedores y compradores del mercado, con propósito de ayudarme en los tratos del negocio; de suerte que la borrica, yo y el tío Adán fuimos durante cerca de media hora, el centro de una alborotada gritería. Por último, la borrica pasó a mi servicio a cambio de sesenta y cinco francos y un vaso de aguardiente. El saco de dormir me había costado ya ochenta francos y dos vasos de cerveza, de modo que Modestina, como instantáneamente bauticé a la borrica, era en todos respectos el artículo más barato. Así debía ser, pues la borrica no iba más allá de una pieza de mi ajuar, como el semoviente armazón de la cama sobre las cuarto roldanas de sus pies.
Tuve una última entrevista con el tío Adán en una sala de billar, a la hechicera hora del alba, cuando le propiné el aguardiente. Se mostró sumamente conmovido por la separación de su borrica, y me dijo que muchas veces le había comprado pan blanco, contentándose él con pan negro, aunque esto, según los más graves autores, debió ser un vuelo de su fantasía. En la aldea tenía el tío Adán fama de maltratar brutalmente a la borrica; pero lo cierto es que en aquélla ocasión derramó una lágrima que le dejó un claro surco en la mejilla.
Por consejo de un falaz guarnicionero del lugar mandé hacerme una albarda de cuero, con anillas para atar el fardo, y cuidadosamente completé mi bagaje y dispuse mi personal atavío: Por armas y herramientas tomé un revólver, una lamparilla de alcohol, una cacerola, una navaja sevillana, una linterna, unas cuantas velas de medio penique y una ancha bota de cuero. El principal equipo consistía en dos mudas completas de ropa de abrigo, aparte de mi ordinario traje de pana campesina con chaqueta a la marinera, algunos libros y mi manta de viaje que, por tener también forma de saco, podía servirme de doble resguardo en las noches frías. La despensa permanente estaba representada por pastillas de chocolate y latas de mortadela o embutidos de Bolonia. Todo esto, menos lo que yo llevaba encima, lo almacené cómodamente en el saco de piel de oveja, y por fortuna metí también mi vacío zu-rrón, más bien para que no me estorbara que por creer que lo pudiese necesitar durante el viaje. Me proveí, en contingencia de inmediatos menesteres, de una pierna de carnero fiambre, una botella de vino del Beaujolais, otra botella vacía para poner leche, un bate huevos y gran cantidad de pan blanco y moreno, para mi y para la borrica, a imitación del tío Adán, sólo que en mis proyectos estaba invertido su destino.
Monastrianos de todo matiz político habían convenido en pronosticarme cómicas desgracias y aun la muerte violenta en las más extrañas formas. Me llamaban diaria y elocuentemente la atención hacia el frío, los lobos, los salteadores y sobre todo respecto de los guasones nocturnos. Sin embargo, en estos presagios se olvidaban del verdadero y evidente peligro. A fe de cristiano, el equipaje era lo que me haría sufrir por el camino. Pero antes de dar cuenta de mis contratiempos, referiré en dos palabras la lección que cabe sacar de mi experiencia. Si la carga de la vida está bien sujeta por los extremos y cuelgan las alforjas todo a lo largo, sin dobleces ni pliegues, no ha de temer el viajero. Las alforjas, tal vez no sean muy a propósito y sin duda se ladearán con tendencia a volcarse, que tal es la imperfección de nuestra transitoria vida; pero piedras hay en las márgenes de todos los caminos, y el hombre puede aprender fácilmente el arte de corregir cualquier propensión al desequilibrio, colocando certeramente una piedra en las alforjas.
El día de la marcha me levanté poco más tarde de las cinco. A las seis empezamos a cargar la borrica y diez minutos después se habían desvanecido mis esperanzas. La albarda no se acomodaba ni por un momento a los lomos de Modestina. Se la devolví al guarnicionero, con quien tuve tan alborotada contienda, que la calle se llenó de comadres y compadres para mirar y escuchar. La albarda, cambiaba muy rápidamente de manos, aunque tal vez sea más gráfico decir que nos la tirábamos por la cabeza, pues nos había acalorado la enemistad y soltábamos cuantas palabras nos venían a la boca.
Por fin tuvo una albarda ordinaria de asno, a propósito para Modestina, y volví a cargar mi equipaje. El doble saco, la chaqueta a la marinera (porque hacía calor y yo sólo llevaba chaleco), una gran hogaza de pan moreno, una cesta con el pan blanco, la pierna de carnero y las botellas, todo lo até conjuntamente, con un complicado sistema de nudos y lazadas, cuyo resultado contemplé con gozoso engreimiento. Toda esta monstruosa carga gravitaba sobre los lomos de la borrica, sin que nada la contrabalancease por debajo, sobre la flamante albarda a que no estaba acostumbrada la bestia, atada con cinchas también del todo nuevas que arriesgaban distenderse y aflojarse por el camino, de suerte que un viajero poco cuidadoso se hubiera expuesto a un desastre. Además, aquel complicado sistema de nudos y lazadas era obra de demasiados simpatizadores con mi viaje, para que estuviese hábilmente dispuesto. Verdad es que estiraron las cuerdas con toda su buena voluntad, y que tres de ellos a un tiempo las distendieron con un pie apoyado en las ancas de Modestina y apretando los dientes; pero después me convencí de que una mañosa persona sin hacer mucha fuerza, puede llevar a cabo en este punto más cumplida tarea que media docena de mozos entusiastas. Por entonces era yo novato, y como después del contratiempo de la albarda creía que nada podría ya conturbar mi seguridad, salí de la caballeriza como buey que va al matadero.

EL NOVEL ARRIERO
La campana de Monastier vibraba las nueve, cuando libre de aquellas preliminares inquietudes, descendía yo por la cuesta a través del pueblo.
Mientras estuve a la vista de los vecinos, que podían verme por las ventanas, no me entremetí con Modestina, por temor y vergüenza de que me ocurriese algún ridículo percance. La borrica caminaba sobre sus cuatro diminutos cascos a paso melindroso; de cuando en cuándo sacudía las orejas y la cola, y parecía tan chiquita bajo la carga, que me era preciso violentar la imaginación para verla. Atravesamos el vado sin tropiezo, pues indudablemente era Modestina la misma docilidad; y una vez en la orilla opuesta, donde el camino empieza a empinarse a través de los pinares, empuñé en la diestra el impío bastón y lo apliqué con tembloroso ánimo a los lomos del animal. Avivó el paso Modestina durante un muy corto trecho, y después reincidió en su anterior minueto. Otro azote produjo el mismo efecto e igual sucedió con el tercero. Sin embargo, me ufano de merecer el nombre de inglés, y va contra mi conciencia poner groseramente la mano en una hembra.
Desistí de golpearla y la miré de pies a cabeza; al pobre bruto le temblaban las rodillas y su respiración era fatigosa. Evidentemente no podía ir más lejos cuesta arriba. Yo pensé que en modo alguno debía tratar brutalmente a esta inocente criatura, y así la dejé que marchara a su propio paso, siguiéndola yo pacientemente.
No hay palabras bastantes para describir lo que era aquel paso, tan lento en comparación de la andadura, como la andadura respecto al trote. Se mantenía suspensa a cada pisada por largo rato, y a los cinco minutos, agotó los ánimos y se le pusieron febriles los músculos de sus patas. Sin embargo, yo no me apartaba de su lado y medía mi paso por el suyo, porque apenas me quedaba algo atrás o me adelantaba un poco, Modestína se detenía en seco y empezaba a ramonear en los pinos. La idea de que aquello había de durar desde allí hasta Alais, casi me partía el corazón. De todos los viajes imaginables, aquél prometía ser el más fastidioso. Me pregunté si iba a pasar un buen día y traté de aliviar mi preocupado ánimo con el tabaco; pero no me fue posible desechar la visión del largo camino cuesta arriba y valle abajo, con un par de figuras que se movían infinitesimalmente, paso tras paso, a la velocidad de metro por minuto, como encantados seres de una pesadilla que no se acercaban al término de su viaje.
Entretanto llegó tras nosotros un labriego de elevada estatura, como de unos cuarenta años, de aspecto burlón y vestido con la verde casaca faldonera del país. Al vernos se detuvo a observar nuestra lastimosa andadura, y después me dijo:
-¿Es muy viejo el asno?
-Creo que no.
-Entonces parece que venimos de lejos.
-Acabamos de salir de Monastier.
- ¡Y andáis a ese paso!
Al decir esto echó la cabeza atrás, soltando una larga y estrepitosa carcajada. Yo le miré medio dispuesto a darme por ofendido, hasta que hubo satisfecho su regocijo; pero entonces añadió:
-No debe usted tener compasión de estos animales.
Y diciendo esto, arrancó una vara de un matorral y con ella empezó a arrear a Modestina, acompañando los golpes con desaforados gritos. La bribona aguzó las orejas y emprendió un buen trote que mantuvo, sin el menor síntoma de fatiga ni decaimiento, mientras el labriego estuvo a nuestro lado.
Triste es decirlo; pero sus anteriores ahogos y estremecimientos habían sido pura comedia.
Antes de alejarse mi Deus ex machina, me dio un excelente, aunque inhumano consejo. Me regaló la vara, diciéndome que se dejaría sentir más tiernamente que mi bastón. Finalmente me comunicó la sacramental interjección con que los arrieros guiaban a los asnos, la cual en inglés se traduce por
¡Proot! Todo el rato estuvo el labriego mirándome con aire de cómica incredulidad, que me era embarazoso afrontar, sonriéndose de mi manera de guiar a la borrica, como pudiera haberme yo sonreído de su ortografía o de su verde casaca faldonera. Pero por el momento no me había llegado la vez.
Estaba yo ufano de mi nueva ciencia y creía haber aprendido el arte a la perfección. Ciertamente hizo prodigios Modesti na durante el resto de la mañana, y tuve un largo respiro para mirar a mi alrededor. Era domingo. Los montesinos campos holgaban iluminados por el sol, y al bajar por San Martín de Frugires, en la iglesia no se cabía de gente, hasta el punto de que algunos fieles estaban arrodillados en las gradas de la puerta, y de la sombría nave llegaba a mis oídos el canto del sacerdote. Aquello despertó en mí al punto el sentimiento de la patria, pues por decirlo así soy compatriota del descanso dominical, y toda observancia del descanso, como el acento escocés, levanta en mi ánimo entremezclados sentimientos de alegría y tristeza. Tan sólo un viajero apresurado, como un ser de otro planeta, puede gozar plenamente de la paz y belleza de la gran festividad ascética. La vista de la sosegada campiña eleva el ánimo. Es algo mejor que la música resonante en el silencio, y le, dispone a placenteros pensamientos, como el rumor de un riachuelo o el cálido beso del sol.
Con esta gozosa disposición de ánimo bajé por la cuesta hasta llegar a donde se asienta Goudet, en el verdeciente extremo de un valle con el castillo de Beaufort al lado opuesto, sobre una escarpada roca, y entre el pueblo y el castillo, el río, de corriente tan limpia como el cristal, vierte sus aguas en profundo estanque. Arriba y abajo se le oye regurgitar saltarinamente por los peñascales, y por la juvenil estrechez de su cauce en aquel paraje, parece absurdo llamarle el Loira. Por todos lados está Goudet rodeado de montañas. Roquizos caminos de herradura lo enlazan con el resto de Francia. Hombres y mujeres beben y blasfeman en su verde rincón, o contemplan en invierno desde el umbral de sus casas, al parecer aislados como los cíclopes de Homero, los nevados picos de las montañas. Pero no hay tal aislamiento. El cartero llega a Goudet, con su valija.
Los bullangueros jóvenes del pueblo sólo han de andar un día de camino para tomar el tren en la estación de Le Puy; y en la posada se ve un retrato del sobrino del hostelero, Reinaldo Senac, «Profesor de esgrima y campeón de ambas Américas», título este último que, con el premio de quinientos dólares, obtuvo en la Sala Tammany de Nueva York el 10 de abril de 1876.
Me apresuré a comer, y muy luego reanudé la marcha; pero por desgracia, al subir la interminable cuesta del lado opuesto, la interjección ¡Proot! pareció haber perdido toda su virtud. La pronuncié como rugido de león y después como arrullo de paloma; pero Modestina no se intimidó ni se ablandó. Proseguía tercamente en su paso, y tan sólo un golpe logró que lo acelerara durante un segundo.
Hube de ir pisándole los talones y apaleándola sin cesar. Apenas interrumpía yo esta innoble tarea, reincidía Modestina en su peculiar andadura. Creo que nadie se vio jamás en semejante situación. Quería llegar al lago de Bouchet en cuya orilla pensaba acampar antes de ponerse el sol, y para siquiera tener esperanza de conseguirlo, no me quedaba otro recurso que maltratar a la sufrida bestia. El ruido de los varazos que le atizaba, me hacía daño. Una vez, al mirarla, advertí en ella un débil parecido con una señora conocida que en otro tiempo me había abrumado de atenciones, y esta circunstancia acrecentó el horror de mí crueldad.
Para empeorar las cosas encontramos un asno que vagaba a su placer por la margen del camino y se enfrascó de gozo al ver a Modestina, por lo que me fue preciso separarlos y sofocar a repetidos bastonazos el naciente idilio. Si el asno aquel hubiese tenido un corazón varonil bajo su piel, de seguro que se abalanzara contra mí a coces y dentelladas; pero me sirvió de consuelo que fuese completamente indigno del afecto de Modestina. Sin embargo, el incidente me entristeció como todo cuanto se relacionaba con el sexo de mi jumento.
No soplaba viento y el sol ardía en el valle y me abrasaba la espalda. El incesante manejo de la vara me hacia sudar de modo que las gotas me bañaban los ojos. Además, cada cinco minutos, el fardo, la cesta y la chaqueta a la marinera se inclinaban enormemente a uno u otro lado, y me veía obligado a detener a Modestina (precisamente cuando ya había conseguido que anduviese a un razonable paso de dos millas por hora) para reponer debidamente la carga. Por último, en la aldea de Ussel, todo el equipaje, incluso la albarda, cayó rodando por el polvo, bajo la barriga de la bestia. Al sentirse aliviada de la carga, alargó el pescuezo y parecía como si se son-riese. Un tropel compuesto de un hombre, dos mujeres y dos chicos se acercaron entonces rodeándome en semicírculo y estimulando a Modestina con su ejemplo.
Tuve un trabajo de mil demonios para volver a colocar bien la carga; pero no tardó en volcarse de nuevo por el otro lado. ¡Juzgad de mi cólera! Y, sin embargo, ni una mano vino en mi auxilio. El hombre me dijo que debía hacer el fardo del otro modo, y yo le respondí que si no tenía otra cosa mejor que decirme bien podía quedarse con la lengua en la boca, a lo cual asintió sonriendo el astuto zorro. La situación era enojosísima. Me fue preciso cargar la pollina con cuanto le pude poner encima, acomodar y cargarme yo con el resto del equipaje. Creo decir en verdad que no me falta grandeza de alma, pues no repugné tan ignominiosa carga, sino que bien sabe Dios que la dispuse del mejor modo que pudiera llevarla, y en seguida conduje a Modestina a través de la aldea. Como tenía por invariable costumbre, intentaba meterse la borrica por todas las casas y corrales que encontraba al paso; y embarazado como yo estaba con mi carga, sin que nadie viniese a ayudarme, no hay palabras bastantes para dar idea de mi tribulación. Un clérigo con seis o siete vecinos estaban examinando las obras de reparación que se hacían en la iglesia, y él y sus acólitos se echaron a reír estrepitosamente al ver mi angustia. Entonces recordé que también yo me había reído otras veces de los buenos campesinos que luchaban con la adversidad en figura de un asno garañón, y el recuerdo me movió al arrepentimiento, prometiendo a Dios que jamás volvería a reírme de nadie. Pero ¡oh! y qué cosa tan cruel es una pantomima para quienes toman parte en ella.
Algo más allá de la aldea, la endemoniada Modestina tuvo el antojo de meterse por un vericueto y se entercaba en no salir de él. Solté los envoltorios que me embargaban las manos y empecé a palos con ella con tanto enojó, que ¡vergüenza me da el decirlo! la golpeé por dos veces en la cara. Daba lástima verla levantar la cabeza con los ojos cerrados como si aguardara otro golpe. Por poco me echo a llorar; pero hice algo mejor y fue sentarme tranquilamente en el borde del andurrial para, reflexionar sobre mi situación a la consoladora influencia de pipadas de tabaco y sorbos de aguardiente. Entretanto mascullaba Modestina con aire hipócrita de contricción un pedazo de pan moreno. Era evidente que había yo de hacer algún sacrificio a los dioses del naufragio, y así arrojé la vacía botella destinada a proveerme de leche; arrojé también mi pan blanco, y por no dar mayores proporciones a esta resolución, guardé el pan moreno para Modestína. Por último me deshice de la pierna de carnero y del batehuevos, aunque era utensilio muy querido de mi corazón. Con esto tuve sitio para todo lo demás en la esta y pude poner encima la chaqueta de marinero. Con un trozo de cuerda me colgué la cesta del hombro, y aunque me lastimaba el roce y la chaqueta casi arrastraba por el suelo, me puse en marcha con el ánimo ya muy aliviado. Tenía entonces un brazo libre para apalear a Modestina y la castigué cruelmente, pues era preciso que moviese con algún aire las patas a fin de llegar antes de obscurecer a orillas del lago. Ya el sol se había ocultado entre una vaga neblina, y aunque a lo lejos aún se divisaban hacia oriente algunas listas de oro en las colinas y pinares, todo era frío y gris en nuestro camino. Infinidad de senderos se derivaban en todas direcciones por entre los campos, formando intrincadísimo laberinto. Columbraba yo el punto de mi destino, o mejor dicho, el pico montañoso que lo domina; pero fuera cual fuera el sendero que tomara, siempre concluía por alejarme de aquel punto y volverme atrás hacia el valle, o adelantarme por el norte a lo largo del ribazo de las colinas. La moribunda luz, el desvaneciente color, y el desnudo, solitario y pedregoso país que atravesaba desalentaron mi corazón..
Os aseguro que la vara no estaba ociosa, y creo que cada trote decente que Modestina tomaba debió costarle al menos dos azotes. En todo el contorno no se escuchaba otro ruido que el de mi infatigable vapuleo.
De pronto, en medio de mis fatigas, volvió la carga a morder otra vez el polvo. Como por encanto se aflojaron simultáneamente todas las ligaduras, y mis queridas pertenencias rodaron desparramadas por el suelo. Era preciso rehacer en todo y por todo el fardo del equipaje; pero, como quise inventar al efecto un nuevo sistema, tardé por lo menos media hora. Ya empezaba a anochecer del todo cuando llegué a un yermo de césped y piedras, semejante a un camino que condujese a todas partes al mismo tiempo. Estaba yo a punto de caer en algo no distinto de la desesperación cuando vi dos personas, madre e hijo, que hacía mi venían por entre las piedras. Andaban una tras otro como quien vagabundea, aunque su paso era tranquilizador. Iba delante el hijo, alto, mal formado, de aspecto sombrío y tipo escocés; le seguía la madre vestida con su mejor traje domingo de falda de tonelete, y en la cabeza un gorro del que pendía una cinta elegante-mente bordada, y sobre el gorro un sombrero nuevo de fieltro. Acompañaba sus pasos con una sarta de obscenos y blasfemos vocablos.
Saludé yo al hijo y preguntéle la dirección que debía tomar. Él señaló displicentemente hacia oeste y noroeste, musitó un comentario ininteligible y, sin moderar su paso ni por un momento, siguió marchando a través de mi sendero. La madre iba tras él sin ni siquiera levantar la cabeza. Yo les gritaba más y más, pero ellos proseguían escalando la falda de la colina, haciéndose el sordo a mis voces. Por último dejé a Modestina abandonada a si misma y me puse, a correr tras ellos sin cesar de llamarlos. Se detuvieron al acercarme, y entonces pude observar que la madre, de cuya boca aún salían blasfemias, era de hermoso semblante y de respetable aspecto maternal.
El hijo me respondió nuevamente de una manera áspera e incomprensible volviéndome a indicar la dirección. Pero esta vez agarré sencillamente por el cuello a la madre que estaba más cerca de mí y excusándome de la violencia le dije que no podía dejarlos continuar la marcha hasta que me pusieran en camino seguro. Ni una ni otro se dieron por ofendidos, antes al contrario, me hablaron suavemente diciéndome que no tenía más que seguirlos; y después la madre me preguntó que por qué me era preciso estar junto al lago a hora fija. Yo le respondí a estilo escocés preguntándole si iba muy lejos, y ella me dijo, soltando otra blasfemia, que aún le quedaba hora y media de camino. Y entonces, sin más saludo, siguió la pareja nuevamente cuesta arriba envuelta en la creciente obscuridad.
Volví en busca de, Modestina, la arreé vivamente, y, tras penoso ascenso de veinte minutos, llegué al borde de una meseta. Revisando la jornada de aquel día, era el panorama a un tiempo triste y silvestre. El monte Mézene y los picachos de allende San Julián erguían su obscura mole en contraste con el tenue resplandor que aún lucía en oriente. El intermedio campo de colinas estaba cubierto por un vasto lienzo de sombra, y acá y allá quebraban la monotonía un bosquecillo semejante a un pilón de azúcar negro, las motas, blanquecinas de alguna heredad cultivada, y las manchas del Loira., el Gazella y el Lausana que espumarajeaban en una garganta.
Muy luego nos vimos en la calzada, y sorprendíme al contemplar casi a mano un poblado bastante grande, pues me habían dicho que en las inmediaciones del lago no habitaba nadie excepto las truchas. Por la carretera pasaban zagales que del campo conducían los rebaños al redil; y dos mujeres montadas a horcajadas, no tuvieron reparo en adelantárseme a trote largo. Venían de la capital del cantón a donde habían ido a la iglesia y al mercado.
Le pregunté a un zagal que en dónde me hallaba, y respondióme que en San Nicolás de Bouchet. Hasta allí, cerca de una milla al sur del punto de mi destino, y al otro lado de una respetable altura, me habían conducido el traidor labriego y aquellos laberínticos caminos.
Tenía el hombro sajado por el cordel de la cesta, con no poco daño, y el brazo me dolía de tanto vapulear a la pollina, como duelen las muelas. Renuncié al lago y a mi propósito de acampar y pregunté por la posada.

TENGO UN ACICATE
La posada de San Nicolás de Bouchet era de las menos presuntuosas de cuantas había yo visitado; pero vi muchas más por el estilo en el transcurso de mi viaje. Era en verdad una típica posada de aquellas montañas francesas. Imaginaos una masía de dos pisos con un banco junto a la puerta, y la cocina y el establo contiguos, de suerte que Modestina y yo podíamos oírnos comer. Los muebles eran vulgarísimos, el pavimento de tierra y sólo había para los viajeros un dormitorio sin otra comodidad que las camas. La cocina era al propio tiempo, comedor, y allí dormía por la noche la familia del posadero.
Quienquiera que tenga el antojo de lavarse ha de hacerlo públicamente, en la mesa redonda. La comida suele ser escasa. Pescado basto y tortilla fueron más de una vez mi ración. El vino de lo más ruin, el aguardiente abominable, y no es imposible disfrutar durante la comida de la compañía de una gordinflona verraca que gruñe debajo de la mesa y se restriega contra vuestras piernas.
Pero las gentes de la posada se muestran entre si la mayor parte de las veces amigables y consideradas. En cuanto atravesáis la puerta, dejáis de ser forasteros; y aunque estos lugareños son rudos y esquivos en la carretera, denotan un tinte de buena crianza cuando se les gana el corazón. Por ejemplo, en Bouchet destapé mi botella de Beaujolais y le dije al posadero que me acompañara a probarlo.
El me respondió:
-A mi me gusta mucho ese vino, ¿sabe usted? Y
soy capaz de no dejarle el que sobre.
En estos bodegones se supone que el viajero ha de valerse para comer de su propio cuchillo, y a menos que lo pida no le darán otro, pues con un vaso, un mendrugón de pan y un tenedor de hierro queda la mesa del todo puesta. El posadero de Bouchet admiró cordialmente mi cuchillo, y el muelle le colmó de asombro, diciendo:
-Nunca había imaginado cosa como ésta.
Y sospesándolo en la mano, añadió:
-Apostaría a que no cuesta menos de cinco francos.
Al decirle que me costaba veinte, abrió desmesuradamente la boca.
Era un viejo apacible, cariñoso, amable, sensible y supinamente ignorante. Su mujer, de no tan placenteros modales, sabía leer, aunque supongo que jamás leía. Denotaba algo de entendederas y hablaba con incisivo énfasis, como quien vigila y dirige la comprometida operación de un asado. Con enojoso meneo de cabeza exclamó:
-Mi marido no sabe nada. Es un bestia.
.Y el viejo posadero asintió con un gesto a lo dicho por su mujer. No había desprecio en las palabras de ella ni él se sintió avergonzado. Ambos aceptaron lealmente los hechos sin hablar más del asunto.
Se trató detenidamente de mi viaje, y la posadera comprendió al momento e hizo el bosquejo de lo que debía anotar en mi cuaderno cuando volviese a mi país: «Si las gentes cosechaban o no en tal cual lugar; si había bosques.; la observación de las costumbres; lo que, por ejemplo, yo y mi marido lo decimos a usted; las bellezas de la naturaleza, y otras cosas por el estilo.» La posadera me interrogó con la mirada y yo le dije:
-Eso es precisamente.
Y volviéndose hacia su marido, exclamó:
-Ya ves cómo lo he comprendido.
Ambos mostraron mucho interés por el relato de mis desventuras. El posadero dijo:
-Mañana por la mañana le haré a usted algo mejor que su bastón. Bestias como ésta no sienten nada, y así dice el proverbio: duro como un asno.
Aunque le diera usted de garrotazos a su borrica no llegaría a ninguna parte.
¡Algo mejor! Poco me figuraba yo lo que me ofrecía.
El dormitorio estaba provisto de dos camas. Una era para mi; y confieso que me avergoncé algún tanto al ver que un hombre todavía joven, su mujer y un hijo suyo se acostaban en la otra. Era la primera vez que me sucedía semejante cosa, y si he de seguir experimentando tan necias extrañezas quiera Dios que también sea la última. Recaté la mirada y sólo me di cuenta de que la mujer tenía muy hermosos brazos y parecía no conturbarla mi presencia.
En realidad, la situación era más enojosa para mí que para la pareja, pues mutuamente se amparaban los dos, mientras que para mi solo era el sonrojo.
Sin embargo, no pude por menos de manifestar mis sentimientos al marido y traté de aquistarme su simpatía con una copita de aguardiente de mi frasco.
Díjome que era de oficio tonelero e iba de Alais a San Etienne en busca de trabajo; pero que en sus ratos de ocio se dedicaba a la fatal profesión de fabricante de cerillas. En cuanto a mi me supuso sin más ni más un comerciante de aguardientes.
Al otro día, lunes 23 de septiembre, me levanté de mañana, y después de asearme apresuradamente y de cualquier manera para dejar el campo libre a la mujer del tonelero, tomé una taza de leche me salí a explorar los alrededores de Bouchet. Era la mañana gris, fría y ventosa como de invierno; densas y bajas nubes corrían ligeras; el viento silbaba sobre la desnuda meseta; y la única nota de color aparecía, tras el monte Mézene, y las colinas orientales, dónde el cielo estaba aún teñido del anaranjado matiz del alba.
Eran las cinco de la mañana y estaba a 1.200 metros sobre el nivel del mar, por lo que hube de meterme las manos en los bolsillos y andar al trote.
De dos en dos y de tres en tres marchaban los vecinos a las labores del campo y todos se volvían a mirarme. Yo les había visto regresar del campo la noche antes, y ahora les veía ir nuevamente al campo.
Aquélla era la vida de Bouchet, encerrada en un cascarón de nuez.
Al volver a la posada, en querencia de un bocado para el almuerzo, la posadera estaba en la cocina peinando a su hija, cuya belleza elogié, y la madre exclamó:.
-¡Oh! no; no es tan hermosa como debiera ser.
Mire usted; está demasiado flacucha.
Así se consuela una prudente lugareña de las adversas circunstancias físicas; y, por un admirable procedimiento democrático, los defectos de la mayoría deciden el tipo de belleza. Yo pregunté:
-¿En dónde está mi señor el posadero?
La madre respondió:
-El dueño de la casa está en el piso alto, haciendo un acicate para la borrica.
¡Bendito sea el inventor del acicaté! ¡Bendito el posadero de San Nicolás de Bouchet que me inició en su manejo! Verdaderamente, aquella varilla plana con pincho de cinco milímetros en la punta, me pareció un cetro cuando el posadero la puso en mis manos. Desde aquel momento, Mo destina era mi esclava. Un pinchazo, y atravesé la seductora puerta del establo. Otro, pinchazo, y emprendió un ligero trote capaz de tragarse los kilómetros. Con todo; no era muy notable su ligereza, y a más andar tardamos cuatro horas en recorrer diez millas. Pero ¡cuán admirable mudanza desde ayer! Ya no más manejo del horrible bastón; ya no más brazos rendidos del vapuleo; ya no más vociferación de palabras gruesas; bastaba una discreta y caballerosa esgrima. ¿Y qué aunque de cuando en cuando brotase una gota, de sangre de las rucias nalgas de Modestina semejantes a una cuña? Verdaderamente hubiese querido yo proceder de otro modo; pero las hazañas del día anterior habían purgado mi corazón de todo humanitario sentimiento. La perversa diablilla debía obedecer al acicate, ya que no quiso obedecer de grado a la dulzura.
Se dejaba sentir crudamente el frío, y excepto una cabalgata de mujeres a horcajadas y un par de peatones de correo, el camino estuvo en soledad de muerte hasta llegar a Pradelles. Apenas recuerdo sino un incidente. Desde un pasto vecinal abalanzóse hacia nosotros un gallardo pollino con una campanilla colgante del cuello, aspirando marcialmente el aire, como quien va a realizar inauditas proezas; pero de pronto, pensándolo tal vez mejor en su tierno y juvenil corazón, volvió grupas y marchóse al galope tal como había venido, e hiriendo los aires con el tintineo de la esquila. Durante buen rato contemplé la noble actitud con que se erguía para escuchar el son de su campanilla, que cuando tomé por la carretera parecía revibrar en los alambres del telégrafo.
Pradelles se asienta en la falda de una colina, por encima del Allien, rodeada de fértiles praderas, que a la sazón estaban segadas por doquiera y en aquella intempestiva mañana de otoño impregnaban los alrededores de un extemporáneo olor de heno. En la margen opuesta del Allién, el terreno se eleva en cuesta hacia el horizonte por espacio de algunos kilómetros, y entro las colinas serpentean los blancos senderos que se destacan del pálido y cetrino paisaje de otoño con negras manchas de bosques de abetos. Sobre todo este panorama arrojan las nubes una purpúrea sombra uniforme, triste y algún tanto amenazadora, que exagera las distancias y las alturas, y realza el relieve de la tortuosa cinta de la calzada.
Era una melancólica perspectiva, pero estimuladora para un viajero, porque estaba yo a la sazón en la linde de la comarca de Velay, y cuanto contemplaba pertenecía a otro país, al árido, montañoso e inculto Gévaudan, cuyos densos bosques habían sido talados recientemente por miedo a los lobos.
Pero ¡ay! los lobos, como los bandidos, parece que huyan ante los pasos del viajero, y es posible recorrer toda Europa sin topar con una aventura que merezca este nombre. Pero aquí, más que en parte alguna, cabía alimentar la esperanza, pues era el país de la inolvidable BESTIA, el Napoleón Bonaparte de los lobos.
¡Qué vida la suya! Durante diez meses campó por sus respetos en Gévaudan y Vivarais; devoraba a mujeres y niños ya las pastoras de celebrada belleza; perseguía a jinetes armados de punta en blanco; se le había visto en mitad del día acosar a un postillón que con su silla de postas huía escapado. Lo pregonaron por edictos como un reo político y pusieron su cabeza al precio de diez mil francos. Sin embargo, cuando lo cazaron y fue expuesto en Versalles, he aquí que resultó un lobo vulgar y aún no de los mayores. Alejandro Pope cantó: «Aunque yo alcanzara de polo a polo.» El Cabito estremeció a Europa; y si todos los lobos hubiesen sido como éste, seguramente subvirtieran la historia de la humanidad. Elie Berthet lo erigió en héroe de una novela que he leído y no quiero releer.
Merendé apresuradamente, quedando abroquelado contra el deseo de la posadera, de que debía visitar a la Virgen de Pradelles «que obraba muchos milagros aunque era de leño» ; y antes de tres cuartos de hora aguijaba a Modestina por la pendiente que conduce a Langogne del Allier. En los polvorientos campos que se extendían a uno y otro lado del camino, los cortijeros preparaban la tierra para la próxima primavera. A cada trecho de cincuenta metros, una yunta de estúpidos bueyes, anchos de cogote, tiraban cachazudamente, del arado. Uno de estos formidables siervos de la gleba se interesó súbitamente por Modestina y por mí. El surco que abría formaba ángulo con el camino, y la cabeza del buey estaba sólidamente sujeta al yugo, como cariátide de pesada cornisa; pero volvió hacia nosotros sus grandes y leales ojos, siguiéndonos con meditabunda mirada hasta que su amo le mandó que diese vuelta al arado y remontara el campo. De los surcos abiertos por la reja, de las pezuñas de los bueyes, de los labriegos que acá y allá desmenuzaban con la azada los secos terruños, levantaba el viento un polvillo tenue, semejante a humo. Era un hermoso, vívido y activo panorama rústico; y según continuaba yo bajando, los montañeses de Gévaudan proseguían subiendo frente a mí como si fueran a escalar el cielo.
El día anterior había atravesado el Loira y ahora iba a cruzar el Allier; tan cercanos están ambos confluentes en el primer trayecto de su curso. Al llegar al puente de Langogne, en el momento en que empezaba a caer la por tantas horas amenazante lluvia, una rapazuela de siete a ocho años me dirigió la pregunta sacramental: «¿De dónde viene usted?»
Dijo esto con tanta formalidad, que me eché a reír, y mi risa la desconcertó. Pero seguramente la muchacha sabía lo que era respeto y se me quedó mirando con silenciosa ojeriza, mientras atravesaba el puente para entrar en el país de Gévaudan.

EL ALTO GÉVAUDAN
También aquí era el
camino muy fatigoso por
el polvo y la suciedad; no
había en todo aquel país
ni siquiera una posada o
mesón en donde tomar el
más parco refrigerio.
EL VIAJE DEL PEREGRINO.

CAMPAMENTO EN LAS TINIEBLAS
Al otro día, martes 24 de septiembre, sonaron las dos de la tarde antes de que hubiese anotado mi diario y repuesto mi zurrón, pues resolví servirme del zurrón en adelante y librarme de la molestia de los cestos. Media hora después me ponía en marcha hacia Le Cheylard l'Èvêque, lugar situado en los linderos del bosque de Mercoire. Se me había dicho que a paso llano distaba el pueblo hora y media; y yo pensé que no era exagerado suponer que embarazado con la borrica podría tardar cuatro horas en recorrer la misma distancia.
Durante todo el camino, que desde Langogne se empinaba en cuesta, alternó la lluvia con el granizo.
El viento persistía en soplar frío, aunque lentamente; y espesas nubes, que unas dejaban caer aguaceros como tiesas cortinas de gotas, y otras eran compactas y relucientes cual si amenazasen nieve, venían del norte, y me siguieron todo el camino. Estaba ya casi fuera de la cultivada cuenca del Allier y lejos de los aradores bueyes y de otros rústicos espectáculos por el estilo. Ciénagas, lagunas brezálosas, pedregales, pinedas, bosques de abedules engalanados con el amarillo otoñal, y acá y allá solitarios cortijos y desolados campos eran los caracteres del país. Cuestas y valles sucedían a los valles y cuestas. Las apenas verdes y pedregosas veredas de los rebaños se entrecruzaban y divergían una de otra subdividiéndose en tres o cuatro, y desapareciendo en las pantanosas hondonadas para reaparecer esporádicamente en las faldas de las colinas o en los linderos de un bosque.
No había camino directo a Cheylard, y era difícil tarea abrirse paso en aquel quebrado país a través del intermitente laberinto de veredas. Serían las cuatro cuando columbré a Sagnerousse y proseguí la caminata, alegre por tener un seguro punto de partida. Dos horas después, ya entre luces y sosegado el viento, salí de un bosque de abetos por donde había errado largo rato, y no encontré la esperada aldea, sino otra hondonada pantanosa entra ásperas y fragosas colinas. Poco antes, ante mis pasos había oído el son de las esquilas de ganado, y al transponer los linderos del bosque vi a corta distancia una docena de vacas y mayor número acaso todavía de bultos negros que conjeturé fuesen zagales, aunque la niebla impedía distinguir su figura. Iban todos silenciosamente uno tras otro, dando vueltas en circulo, ora agarrándose de las manos, ora soltándose con ademanes de reverencia. Un baile infantil despierta muy inocentes y vívidos pensamientos pero al cerrar la noche y en las lagunas, el espectáculo tenía mucho de mágico y fantástico. Aun yo, que he leído bastante a Heriberto Spencer, sentí por un instante, algo así come un silencio en la mente. En seguida aguijé a Modestina hacia adelante, guiándola como desmantelado buque, por alta mar. En una vereda siguió brutalmente hacia adelante por su propio impulso, como movida de viento favorable; pero una vez en el césped y entre brezales perdió el juicio. La propensión de los viajeros extraviados a dar vueltas a un círculo se había intensificado pasionalmente en Modestina, que captó toda la fuerza directora que yo tenla en mí para ni siquiera emprender una carrera regular en línea recta a través de un campo.
Mientras de esta suerte bordeaba yo desesperadamente el pantano, los zagales y el ganado fueron dispersándose sin quedar más que dos zagalejas a quienes pregunté la dirección del camino. Los aldeanos en general estaban poco dispuestos a guiar aun viajero. Uno de aquellos demonios se encerró en su casa y atrancó la puerta al acercarme; y aunque la golpeé gritando hasta enronquecer, hizo oídos sordos. Otro, que me había dado una dirección, que según noté después no comprendí bien, me advirtió diciendo complacientemente que iba por mal camino, sin añadir mayor explicación. ¡No le importaba un comino que yo vagase toda la noche por las colinas! En cuanto a aquellas dos zagalas, eran un par de descaradas y socarronas picaruelas sin otro pensamiento que hacer daño. Una me enseñó un palmo de lengua y la otra me dijo que siguiera tras las vacas, y ambas se sonreían burlonamente, dándose golpecitos con el codo. La Bestia de Gévaudan había devorado cerca de cien chiquillos de esta comarca. Yo pensaba en ella con simpatía.
Separéme de las muchachas y bordeando el pantano fui a dar en otro bosque donde se abría un bien trazado sendero. Cada vez era la obscuridad más densa. De repente Modestina husmeó algún riesgo y apretando el paso de su propio impulso, ya no me causó desde entonces ningún grave contratiempo.
Era el primer signo de inteligencia, que había podido yo advertir en ella. Al mismo tiempo sopló una ventolera y otro copioso chubasco descargó por el norte. Al lado de allá del bosque percibí entre las tinieblas unas luces. Era la aldea de Fouzilhic: tres casas en una ladera junto a un bosque de abedules.
Encontré allí a un delicioso viejo que me acompañó un trecho bajo la lluvia y me puso en el seguro camino, de Chaylard. No quiso oír hablar de gratificación, sino que agitó las manos sobre la cabeza como en ademán de amenaza y rehusó sincera e ingenuamente en su duro dialecto campesino.
Por último todo parecía marchar a pedir de boca.
Mis pensamientos se convertían al deseo de cenar junto a la lumbre, y mi corazón estaba suavemente tranquilizado en el pecho. Pero ¡ay! que me veía cercano a nuevas y mayores desdichas. De pronto, cerró la noche. Yo había estado al raso más de una noche obscura; pero nunca en noche tenebrosa. La silueta de las rocas, el vislumbre del camino en el trecho más trillado, y una especie de lanosa espesura en los árboles a manera de noche en la noche, he aquí todo cuanto podía distinguir. El cielo era, sencillamente un toldo negro, y aun las voladoras nubes seguían su marcha invisibles a la mirada humana.
Con el brazo extendido me era imposible distinguir la mano de la línea del camino ni a la misma distancia cabía separación visual entre mi acicate, las praderas y el firmamento.
Pronto se dividió el camino que yo seguía en tres o cuatro, según la costumbre del país, en un trozo de pradera roquiza. Puesto que Modestina había demostrado tanto antojo por los caminos trillados, quise dejar a su instinto la elección en aquella coyuntura. Pero el instinto de un asno es lo que cabe esperar de este nombre. En menos de un minuto trepó dando vueltas por entre los guijarros, todo lo atolondrada que cabe y se puede imaginar. Yo hubiera acampado mucho antes, a estar debidamente provisto; pero como la detención no iba a ser larga no había traído vino ni pan para mi y tan sólo poco más de una libra para mi señora amiga. Añádase a esto que yo y Modestina estábamos bonitamente ca-lados por los chaparrones. Sin embargo, de encontrar agua corriente hubiese acampado allí a pesar de todo; pero el agua estaba enteramente ausente, excepto en forma de lluvia, por lo que determiné volver a Fouzilhic en demanda de un guía, además de preguntar por el verdadero camino.
La cosa fue fácil de resolver y difícil de cumplir.
En aquella rugiente negrura yo no estaba seguro más que de la dirección del. viento, y le planté cara.
El camino había desaparecido, y yo iba a campo traviesa, ora en pleno pantano, ora burlado por barreras inaccesibles a Modestina, hasta que volví a ver luces de poblado. Pero esta vez estaban diferente-mente dispuestas, porque no eran las de Fouzilhic sino las de Fouzilhac, una aldea poco distante de la otra en medida de espacio, aunque en lejanía de mundos en el espíritu de sus habitantes. Até a Modestina en la anilla de un cercado y seguí a tientas tropezando en los pedruscos y hundiéndome a media pierna en los pantanos, hasta ganar la entrada de la aldea. En la primera casa con luz había una mujer que no quiso abrirme, diciéndome a gritos por detrás de la puerta que estaba sola e impedida sin ser capaz de nada; pero que si llamaba a la casa del lado, allí vivía un hombre que podía ayudarme con sólo quererlo.
Así lo hice y salieron a abrir un hombre, dos mujeres y una; muchacha provistos de un par de linternas para ver quién llamaba. El hombre no era de mal aspecto, pero sonreía a lo bellaco. Apoyado en el marco de la puerta escuchó mi demanda, que se contrajo a pedir un guía que me acompañara hasta Cheylard.
El hombre respondió:
-Pero ya usted ve que la noche está obscura co-mo boca de lobo.
Le repliqué diciendo que por lo mismo solicitaba ayuda, a lo cual repuso él mostrándose inquieto.
- Lo comprendo, pero es mucha molestia Le dije que estaba dispuesto a pagar al guía, y él meneó la cabeza. Fijé el estipendio en diez francos, y continuó meneando la cabeza, por lo que añadí:
-Entonces señale usted mismo el precio.
-No es eso, sino que no quiero salir ésta noche de casa. No atravesaré la puerta.
Al oír esto me enojé algún tanto y le pregunté que qué le parecía que debía yo hacer; pero en vez de responderme a derechas me preguntó a su vez:
-¿A dónde ha de ir usted más allá de Cheylard?
No me dio la gana de satisfacer su brutal curiosidad y repuse:
-Eso no es cuenta de usted ni tiene nada que ver con lo que le pido.
El hombre asintió riendo a mis palabras Y dijo:
-Es verdad, si, es verdad. ¿Y de dónde viene usted?
Otro de mejor carácter que yo se hubiera irritado al oír la pregunta, y así repliqué:
-¡Oh! No voy a ir respondiendo a todas sus preguntas, por lo que bien puede usted ahorrarse el trabajo de dirigírmelas. Ya hemos hablado bastante.
Necesito ayuda. Si usted no me puede servir por si mismo de guía, hágame al menos el favor de buscarme quien quiera serlo.
De pronto exclamó el hombre:
-Pero, ¡calle! ¿No es usted el que pasaba por la pradera cuando aún era de día!
La muchacha, a quien hasta entonces no había yo reconocido, interrumpió diciendo:
-Sí, sí; era el señor. Yo le dije que siguiera a la vaca.
Yo respondí:
-Usted, señorita, es muy bromista:
El hombre añadió:
¿Y cómo diablos está usted aquí todavía?
Verdaderamente parecía cosa del diablo, pero lo cierto era que allí estaba. Prosiguiendo mi plática con el hombre le dije:
-Lo importante es acabar de una vez con esto, y así le vuelvo a pedir que por favor me ayude a encontrar un guía.
-Es que... es que... está negra la noche.
-Pues tome usted una de esas dos linternas.
-No -exclamó volviendo atrás su pensamiento y atrincherándose en una de sus anteriores frases -, no atravesaré la puerta. .
Le, miré, fijamente y vi reflejado el terror en su semblante con no fingida vergüenza. Se sonreía lastimosamente y se pasaba la lengua por el labio como un escolar sorprendido en travesura. Le describí entonces brevemente mi situación y le pregunté de nuevo qué debía yo hacer.
-No lo sé; pero no atravesaré la puerta.
Indudablemente influía en la actitud de aquel hombre el recuerdo de la bestia de Gévandan, por lo que le dije en tono imperativo:
-Caballero, es usted un cobarde.
Dicho está, volví la espalda a toda aquella familia que se apresuró a guarecerse en su fortaleza, cerrando tras ellos la puerta, aunque no antes de que llegara a mis oídos el rumor de sus risas. Filia bárbara, pateir barbárior: O para decirlo en plural: las bestias de Gévaudan.
La luz de las linternas me había ofuscado algún tanto y fui tropezando con piedras y montones de basura. Todas las demás casas de la aldea estaban en tenebroso silencio, y aunque llamé a varias puertas nadie respondió a las llamadas. La cosa se ponía fea, y dejé a Fouzilhac entregado a mis maldiciones. Ya no llovía; y el viento, que aún soplaba, me iba enjugando las ropas. Yo pensé: «¡Muy bien; con agua o sin ella yo he de acampar!» Pero lo primero que había de hacer era recobrar a Modestina. No estuve menos de veinte minutos palpando en las tinieblas para topar con la muy señora mía, y a no ser por los groseros servicios del pantano en el que volví a meter la pierna, hubiera estado tanteando por ella hasta el alba. Mi tarea inmediata había de ser la de ganar el abrigo de un bosque, pues el viento soplaba tan frío como borrascoso. Otro de los inescrutables misterios de este día de aventuras es que en un país tan copiosamente forestal tardase yo tanto en encontrar un bosque; pero juro que me costó una hora descubrirlo.
Por último apareció a mi izquierda la negrura de los árboles, y atravesando rápidamente el camino vi una caverna tenebrosa a mi frente. Sin exageración la llamo caverna, porque pasar bajo las arcadas de ramaje era como meterse en una mazmorra.
Anduve a tientas hasta topar mi mano con una robusta rama a la que até a la montaraz y desalentada Modestina, todavía goteando agua. Entonces descargué el fardo, lo puse contra el talud en la margen del sendero y desaté las correas. Bien sabía yo en dónde estaba la linterna; pero, ¿y las velas? Buscaba entre los revueltos objetos y de pronto di con la lámpara de alcohol. ¡Me había salvado! Aquel trebejo me iba a servir a maravilla. El viento bramaba infatigablemente entre los árboles. A media milla de distancia se oía el sacudir de las ramas y el agitar de las hojas; pero, no obstante, el paraje en donde yo acampaba, aunque negro como el abismo, estaba admirablemente resguardado, y el segundo fósforo prendió en la torcida cuya lívida y oscilante llama me separaba del universo y hacía doblemente densas en rededor las tinieblas de la noche.
Até a Modstina de suerte que estuviera con toda comodidad, y le di por cena la mitad de la hogaza de pan moreno, reservando la otra mitad para la mañana siguiente. Después junté al alcance de la mano todo cuanto yo podía necesitar; me quité botas y polainas acomodándolas en el impermeable; y dispuse el zurrón a manera de almohada bajo la esclavina del saco de dormir en el que me metí envuelto como niño en mantillas. Abrí una lata de embutido de Bolonia, quebré una pastilla de chocolate, y ésta fue toda mi cena, acompañada, por más que parezca burla decirlo, de carne y pan bocado tras bocado. Para rociar este revoltijo sólo disponía de aguardiente, que ya es de por si brebaje irritante.
Pero, como estaba hambriento y nada remilgado, comí muy a mi sabor y fumé un cigarrillo de los mejores de mi vida. Después sujeté con una piedra el sombrero de paja para que no se lo llevase el viento, me tapé hasta las orejas con la cogotera del gorro de piel, puse el revólver a mano y me arrebujé entre las zamarras.
Al principio estuve en duda de si me podría dormir, porque el corazón latía con mayor viveza que de ordinario, como excitado por un agradable sentimiento al que permaneciese extraña mi mente; pero muy luego se me pegaron los párpados con la sutil goma del sueño y no volví a abrirlos en toda la noche. El rumor del viento entre los árboles fue mi arrullo. A veces soplaba durante algunos minutos constante y unitónico sin ondulaciones; pero otras veces venía en violentas ráfagas como si quisiera romper en estallidos, y los árboles, sacudidos por su furia, desprendían sobre mí gruesas gotas de la lluvia de la tarde. Noche tras noche había escuchado yo desde la cama el perturbador concierto del viento en los bosques; pero ya fuese porque eran otros los árboles o porque estuviera acostado en el suelo en medio de ellos, lo cierto es que el viento silbaba con distinto tono en aquellos bosques de Gévaudan. Yo seguía escuchando, y entretanto se apoderó gradualmente el sueño de mi cuerpo hasta embargar mis pensamientos y sentidos, aunque sin perder del todo la conciencia, cuyo último estado de vigilia fue de admiración para el extraño clamor que resonaba en mis oídos.
Durante la noche me desperté por dos veces: una al notar el roce de una piedra debajo del saco, y otra cuando la impaciente Modestina se puso a patear en el suelo. Al recobrar por breve intervalo la conciencia vi una o dos estrellas sobre mi cabeza y el borde del follaje, que parecía un broche prendido en el firmamento. Cuando desperté por vez tercera, la tierra estaba invadida por una claridad azulada, madre de la aurora. Era el miércoles 25 de septiembre. Vi las hojas agitadas por el viento, y la cinta del camino. Al volver la vista apareció Modestina atada a la rama y en mitad del sendero en actitud de inimitable paciencia. Cerré nuevamente los ojos y me puse a reflexionar sobre los sucesos de la pasada noche, admirándome de ver cuán tranquila y agradable había sido a pesar de lo borrascoso del tiempo. A no verme obligado a acampar a ciegas en la tenebrosa noche, no estaría allí la piedra que me molestaba ni habría sufrido otro inconveniente que cuando mis pies tropezaron con la linterna y el segundo tomo de los Pastores del Desierto de Peyrat, entre el revuelto contenido de mi saco de dormir. Todavía más; no había notado ni pizca de frío y desperté con extraordinaria alegría y despejados sentidos.
Sin tardanza me puse en pie, calcéme botas y polainas, y desmenuzando el resto del pan para Modestina, fuíme a ver en qué parte del mundo había despertado. Ulises, al salir de Itaca con la mente perturbada por la diosa, no estaba tan divertidamente extraviado como yo. Toda mi vida había andado tras una sencilla e inocente aventura, tal como suele acontecer a los noveles y heroicos viajeros; y así, al verme aquella mañana fortuitamente en el rincón de un bosque de Gévaudan, sin distinguir el norte del sur, perdido en aquel país y tan extraño a lo que me rodeaba como el primer hombre sobre la tierra, me pareció realizar una parte de mis cotidianos sueños.
Estaba en el lindero de un bosque de abedules salpicado de unas cuantas hayas. Detrás seguía otro bosque de abetos, y enfrente se quebraba el terreno en una no muy honda cañada. Por todo el contorno se distinguían peladas cimas, unas más cerca, otras más lejos, según se contraía o se dilataba la perspectiva; pero evidentemente ninguna más alta que las demás.
El viento entremezclaba los árboles. Las doradas manchas de otoño centelleaban en los abedules. El cielo estaba lleno de copos y filamentos de nubes que cuando el viento los empujaba volaban, se desvanecían y reaparecían girando en torno de un eje como bandada de palomas. El tiempo era borrascoso y hacía mucho frío. Tome un poco de chocolate, bebí un trago de aguardiente y fumé un cigarrillo antes de que el frío me entumeciera los dedos. Y mientras hacía todo esto y arreglaba el fardo y lo ataba a la albarda, el día asomaba por los dinteles de oriente. No habíamos dado muchos pasos por el vericueto, cuando el sol, hasta entonces invisible a mis ojos, doró las nebulosas cimas de las montañas que se extendían por el horizonte oriental.
El viento nos daba en popa, empujándonos mudamente hacia adelante. Me abroché el gabán y proseguía andando con placentera disposición de ánimo respecto de todos los hombres, cuando de pronto, en una revuelta del camino, veo de nuevo frente por frente la aldea de Fouzilhic. No sólo fue esto, sino que el caballeroso anciano que me había acompañado un buen trecho la noche antes, salió corriendo de su casa al verme, y levantando las manos en actitud de horror exclamó:
-¡Pobre muchacho! ¿Qué significa esto?
Le referí lo que me había sucedido, y se palmoteó las manos como taravillas de motino al pensar cuán ligero habla sido al dejarme ir solo; pero al enterarse de la conducta del vecino de Fouzilhac, se entrefundieron en su ánimo la cólera y el abatimiento, exclamando:
-Al menos por esta vez no habrá engaño.
Y echó a andar cojeando, porque sufría de reuma, por espacio de, media milla, hasta que me dejó a la vista del tan suspirado Cheylard, .

CHEYLARD Y LUC
Ingenuamente hablando, no parecía el pueblo digno de los pasados afanes. Unas cuantas callejuelas que daban al campo sin calle alguna notable, y una sucesión de plazas abiertas con montones de leña y fajinas; un par de cruces cubiertas; una ermita de nuestra señora de las Gracias en la cumbre de una colina; y todo esto a orillas de un bullicioso río montañero en el rincón de un desnudo valle. ¿Qué has venido a ver? me pregunté. Pero el lugar tenía su historia. En la diminuta y bamboleante iglesia vi un cartelón colgante como una bandera, en que constaban las liberalidades de Cheylard. El año 1877 los vecinos se subscribieron por la cantidad de cuarenta y ocho francos con diez céntimos para la «Obra de la Propagación de la Fe.» No puedo por menos de esperar que algo de este dinero se destine a mi país natal. Cheylard colecta en junto medio penique para las entenebrecidas almas de Edimburgo, mientras que Balquhidder y Dunrossness, deploran la ignorancia de Roma. Así, para solaz de los ángeles, nos apedreamos unos a otros con misioneros como los chiquillos con bolas de nieve.
También la posada era singularmente modesta.
Todo el mobiliario de una no mal acomodada familia estaba en la cocina: las camas, la cuna, las ropas, la espetera, el arca de la harina y el retrato del cura.
Había cinco chicos, uno de los cuales se puso a rezar las oraciones de la mañana al pie de la escalera poco después de mi llegada, y aun esperaban a un sexto que no tardaría en venir. Aquella buena gente me recibieron muy amables, y tomaron vivo interés por mi desventura. Propiedad suya era el bosque en donde había pernoctado. El vecino de Fouzilhac les pareció un monstruo de iniquidad y me aconsejaron vehementemente que lo denunciase a la justicia «porque yo podía haber muerto de resultas». La buena posadera se horrorizó al verme beber una pinta de leche sin desnatar y me dijo:
-Le va a hacer daño. Deje usted que se la hierva.
Desayunado con esta deliciosa bebida, como la posadera tenía infinidad de cosas que arreglar, se me permitió o mejor dicho se me rogó que me hiciera un tazón de chocolate por mi propia mano. Pusieron a secar mis botas y polainas, y al ver la hija mayor de la casa que me disponía a escribir él cuaderno de viaje sobre las rodillas, colocó junto a la chimenea una mesa de bisagra para que me sirviera cómodamente de ella. Allí escribí, tomé el chocolate y por último saboreé una tortilla. La mesa estaba cubierta de espesa capa de polvo, pues como me dijeron, sólo la usaban en invierno. A través de obscuras aglomeraciones de hollín y humo veía el cielo por el lucernario; y cada vez que echaban troncos de leña en el hogar me chamuscaba el fuego las piernas.
El posadero había sido en su temprana edad mozo de mulas, y cuando yo me puse a cargar a Modestina demostró completa sabiduría de su arte, diciéndome:
-Habrá usted de cambiar este fardo.
Ha de estar dividido en dos partes y así podrá poner usted doble carga.
Le manifesté que no necesitaba llevar más peso, y que por ningún asno del mundo consentiría yo cortar mi saco de dormir en dos trozos, a lo que repuso el posadero:
-Sin embargo, esto fatiga mucho a la borrica en la marcha. Ya lo ve usted.
Desgraciadamente tenía la bestia ambas patas delanteras no mejor que carne viva por la parte de dentro y le manaba sangre por debajo de la cola. Me dijeron los de la posada al marcharme, y no vacilé en creerlos, que antes de pocos días querría a Mo-
destina como a mi perro. Tres días habían pasado, compartiendo con ella mis desventuras, y mi corazón estaba aún tan frío como una lechuga respecto a mi bestia de carga. Era de linda estampa; pero ha-bía dado pruebas de insulsa estupidez, que si bien atenuaba la paciencia, agravaban en cambio los arrebatos de bellaquería y ligereza de corazón. Confieso que aquel nuevo, descubrimiento revelado por el posadero era otra reconvención contra ella, pues ¿para qué diantre servía una borrica si no era capaz de llevar un saco de dormir y, unas cuantas frioleras? Imaginé el próximo desenlace de la fábula cuando hube de guía Míodestina. ¡Bien conocía Esopo el inudo 1 Os aseguro que al ponerme en camino me asaltaron graves pensamientos sobre mi,, corta etapa, de aquel día.
Pero . mis preocupaciones no gravitaban tan sólo en mi ánimo con respecto a Modestina, sino que el asunto era todo él muy serio. Porque primeramente, el viento soplaba con tal violencia, que desde Cheylard hasta Lue hube de ir sosteniendo el fardo con una mano; y en segundo lugar, atravesaba. uno de los más míseros países del mundo. Parecía una de las peores comarcas montañosas de Escocia, pero era todavía peor, frío, desnudo, vil, sin bosques, sin hierbas, sin vida. Un camino y algunos vallados quebraban el monótono yermo, y la línea del camino estaba señalada por altos pilares que servían de guía en tiempo de nieves.
Que alguien tenga deseos de visitar a Luc o a Cheylard es cosa superior a cuanto yo pudiera discurrir. Por mi parte, no viajaba con propósito de ir a tal o cual sitio, sino por el gusto de viajar. La cuestión era moverme y sentir más de cerca las necesidades y tropiezos de la vida; alejarme del muelle lecho de la civilización y hollar el granítico globo sembrado de pedernales. ¡Ay! que según adelantamos en la vida y nos afanamos más y más en nuestros negocios, aun en los días festivos nos vemos forzados a trabajar. Sostener un fardo sobre una albarda para que no se lo lleve la ventolera venida del helado norte, no es cosa que requiera mucho ingenio, pero sirve para ocupar y disciplinar la mente. Y si lo de hoy es tan apremiante, ¿quién podrá preocuparse del mañana?
Por fin llegué a lo alto del Allier. Difícil fuera imaginar un más árido panorama en. aquella estación del año. Escarpadas colinas lo rodean por todas partes, aquí con salpicaduras de bosques y campos, y allá con picachos alternativamente desnudos o cubiertos de pinos. La tonalidad era por doquiera negra o cenicienta y alcanzaba su máxima intensidad en las ruinas del castillo de Luc, que se alzaban descaradamente bajo mis pies, ostentando en un pináculo una alta imagen blanca de la Virgen que, según me dijeron, pesaba cincuenta quintales y la iban a dedicar el 6 de octubre. A través de este triste panorama espumeaban el Allier y un tributario de casi él mismo caudal, que confluían en un ancho y desnudo valle del Vivarais. El tiempo había mejorado algún tanto y las nubes se apelotonaban en escuadrón; pero todavía las acosaba el furioso viento, arrojando alternativas manchas de sombra y luz sobre el paisaje.
La aldea de Luc es una doble fila de casas sueltas, encuñadas entre la colina y el río. No se distingue por su belleza ni hay en ella nada notable excepto el viejo castillo que la señorea con su flamante Virgen de cincuenta quintales. Pero la posada era grande y limpia. La cocina, con sus dos alacenas cubiertas de pulcras cortinas listadas y con su amplia chimenea de piedra, cuyo tablero, de cuatro metros de largo, estaba adornado con farolillos, imágenes de santos, una serie de arquillas y un par de relojes de sobremesa, era el dechado de lo que debe ser una cocina de melodrama a propósito para bandoleros y nobles enmascarados. No desentonaba en aquel escenario la posadera, mujer bonita, morena, ya entrada en años silenciosa, vestida y tocada de negro como una monja. Aun el mismo comedor público que por la noche servía de dormitorio, tenía peculiar carácter con sus largas mesas y bancos de madera de pino, donde hubieran podido comer cincuenta jornaleros en tiempo de la cosecha, y sus tres camas de cajas sobrepuestas y arrimadas a la pared. En una de éstas, echado sobre paja y cubierto con un par de manteles, hice penitencia toda la noche, dando diente con diente, con carne de gallina y suspirando, cada vez que me despertaba, por mi saco de zamarra y por el suelo de algún vasto bosque.

NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES
Contemplé la casa y la
comunidad austera. ¿Y
qué soy yo, qué soy aquí?
MATEO ARNOLD.

EL PADRE APOLINAR
A la mañana siguiente, jueves 20 de Septiembre, emprendí la marcha en otra disposición. Ya no doblé el saco, sino que lo colgué cuan largo era a través de la albarda, de modo que parecía un salchichón recién embutido de seis pies de largo, con un copete de lana teñida de azul colgante de cada extremo. Así resultaba más pintoresco, aliviaba a la borrica, y según eché de ver, aseguraba la estabilidad, viniese el empujón por arriba o por abajo.
Pero no me resolví sin angustia a la mudanza, pues aunque había comprado un cordel nuevo para sujetarlo todo tan fuerte como pude, andaba inquieto por recelo de que se soltaran los pliegues y desparramasen mis objetos por el camino.
Se extendía éste hacia el pelado valle del río, a lo largo del desfiladero, entre Vivarais y Gévaudan. Las colinas de Gévaudan, a la derecha, eran algo no mucho más áridas que las de Vivarais, a la izquierda, y las primeras tenían el monopolio de unos matorrales que muy espesos medraban en las gargantas y se desvanecían en aislados manchones en las laderas y cumbres. Negros recuadros de abetos resaltaban acá y allá en ambos lados, y allá y acá se veían tierras de labor. Junto al río pasaba una vía férrea, la única del Gevaudan, aunque hay muchos planos y proyectos en pie, y según me dijeron iban a construir pronto una estación en Mende. De aquí a uno o dos años esto podrá ser otro mundo. El desierto está asediado. Entonces podrán los del Langüedoc parafrasear el soneto que dice: «¿No oís silbar a las montañas valles y torrentes?»
En un lugar que llaman La Bastide me dijeron que dejase el río y siguiese por un camino que subía por la izquierda entre las montañas del Vivarais, hoy Ardèche, pues así llegaría dentro de poco al punto de mi destino, el monasterio trapense de Nuestra Señora de las Nieves. Salía el sol cuando dejé el pinar donde me había refugiado, y contemplé de pronto un hermoso y rústico panorama al sur. Altas colinas rocosas; tan azules como el zafiro, cerraban el horizonte, y entre ellas ondulaban las lomas cubiertas de brezales en sus repliegues, al paso que los rayos del sol centelleaban en las vetas de piedra y los matorrales crecían en las hondonadas tan silvestres como si acabaran de salir de manos de Dios. No se advertía labor de hombre en todo aquel panorama, ni se echaba de ver huella de su paso, salvo en las veredas trilladas de generación en generación a un lado y otro entre las hayas y por las acanaladas escotaduras del monte. La nieve que hasta entonces me sitiara, se había quebrado en nubes que huían velozmente iluminadas por los fulgores del sol. Respiré a mis anchas. Grato era después de largas horas, contemplar una escena de algún atractivo para el humano corazón. Confieso que me gustan las contorneadas formas donde descansar la vista; y si los paisajes se vendieran como se vendían las estampas en los días de mi niñez, a penique las sencillas y a dos peniques las de color, escogería los del dos peniques cada día de mi vida.
Pero si el aspecto del país había mejorado hacia el sur, aún era desolado e inclemente en rededor.
Una cruz de celosía, erigida en cada cumbre, señalaba la vecindad de una casa religiosa; y un cuarto de milla más allá, dónde a cada paso se distinguían con mayor amplitud y magnificencia el panorama meridional, una blanca imagen de la Virgen en el ángulo de un reciente plantío dirigía al viajero hacia Nuestra Señora de las Nieves. En aquel paraje torcí a la izquierda y guiando ante mis pasos a mi lega borrica y montando en mis legas botas y polainas, continué marchando en dirección al asilo del silencio.
No había andado mucho trecho cuando me trajo el viento el son de una campana; y no sé cómo explicarlo, el corazón se me sobresaltó al oírlo. Pocas veces he sentido tan sincero pavor como al aproximarme al monasterio de Nuestra Señora de las Nieves. Lo atribuyo a mi educación protestante. De pronto, al volver un recodo, me invadió de pies a cabeza un servil y supersticioso temor; y aunque no detuve el paso, lo moderé tan lentamente como quien sin darse cuenta cruza un lindero y se encuentra extraviado en el país de la muerte. Porque allí, en el angosto y recién abierto sendero, entre los tiernezuelos pinos, estaba un monje medieval bregando con una carretilla llena de césped. Durante mi niñez, acostumbraba a mirar todos los domingos las Ermitas de Marco Sadeler, encantadores grabados llenos de bosques, campos y paisajes medievales, tan grandes como un condado, para pasear por ellos la imaginación y allí, con toda seguridad, estaba uno de los héroes de Marco Sadeler. Vestía de blanco como un espectro, y al caérsele atrás la capucha en su contienda con la carretilla de césped, dejó al descubierto una calva tan monda y amarilla como una calavera. Podía haber sido enterrado allí mil años atrás y todo su cadáver convertido en tierra y desmenuzado por el rastrillo del labriego.
Además, yo estaba conturbado respecto a la etiqueta de presentación. ¿Debía dirigirme a una persona que estaba sujeta al voto de silencio? Desde luego que no. Pero al acercarme me quité la gorra con supersticiosa reverencia. Él me devolvió el saludo y me preguntó que si iba al monasterio y quién era, si inglés o, irlandés.
-No; escocés -dije yo.
-¿Escocés? ¡Ah! El no había visto hasta entonces ningún escocés. Y me miró de pies a cabeza, reflejando en su bondadosa, honrada y obesa apostura el mismo interés con que pudiese contemplar un niño a un león o un cocodrilo. Por él me enteré con disgusto que no podrían recibirme en Nuestra Señora de las Nieves, y que a lo sumo me dejarían tomar una refacción; pero según proseguimos conversando y resultó que yo no era buhonero sino un literato que dibujaba paisajes y quería escribir un libro, mudó el monje de criterio en lo tocante a mi recibimiento (pues me parece que aun en los monasterios trapenses hay acepción de personas) y me dijo que no tuviese reparo en preguntar por el prior y referirle por entero mis cuitas. Después se ofreció a acompañarme, pues así podría abogar en mi favor.
¿Diría que era yo geógrafo? No; creo que en interés de la verdad no podía decirlo. Pues entonces, diría que era escritor.
Según parece, en el seminario había sido condiscípulo de seis jóvenes irlandeses, ya ordenados de sacerdote, quienes por la lectura de los periódicos le mantenían al corriente de los asuntos eclesiásticos de Inglaterra. Me preguntó con vivísimo interés por el doctor Pusey, por cuya conversión no había cesado de rogar día y noche, y me dijo:
-Yo creía que ya estaba muy cerca de abrazar la verdad. Sin embargo, la alcanzará, porque la oración tiene mucha eficacia.
Me preguntó luego el buen padre si yo era cristiano; y al saber que no, o que por lo menos no lo era a su modo, me disculpó con suma benevolencia.
El sendero que recorríamos, trazado en doce meses por las propias manos de aquel robusto monje, nos condujo a un recodo y nos mostró unos cuantos blancos edificios algo más allá del bosque. Al propio tiempo resonó la campana. Estábamos ya muy cerquita del monasterio. El padre Apolinar (pues tal era el nombre de mi acompañante) me detuvo diciendo:
-Desde aquí en adelante ya no debo hablar con usted. Pregunte por el hermano portero y todo irá bien. Pero, procure usted verme en cuanto vuelva usted a salir al bosque, en donde le podré hablar. He tenido muchisímo gusto en conocerle.
Y levantando de pronto los brazos, moviendo los dedos y exclamando por dos veces: «No debo hablar, no debo hablar», echó a correr ante mi y entróse por la puerta del monasterio.
Confieso que esta excentricidad con visos fantásticos fue gran parte a que se reavivaran mis terrores. Pero en donde uno era tan bueno y sencillo, ¿por qué no habían de ser todos lo mismo? Levanté las alitas del corazón y adelantéme hacia la puerta tan presuroso como me lo consintió Modestina, que parecía tener ojeriza a los monasterios. Desde que la conocía, aquélla era la primera puerta por donde no había mostrado indecorosa priesa de entrar. Con el corazón tembloroso llamé a la puerta en debida forma, y el padre Miguel, el padre hospitalario y un par de hermanos con hábito obscuro acudieron a la puerta y hablaron un rato conmigo. Creo que mi saco era para ellos un poderoso atractivo, pues ya había seducido el corazón del pobre padre Apolinar, quien me había encargado por mi vida que se lo enseñase al prior. Pero fuese por mi súplica, por el saco o por la noticia rápidamente divulgada entre los monjes encargados de asistir a los forasteros, de que después de todo no era yo un buhonero, ninguna dificultad tuvieron en recibirme. Un lego se llevó a Modestina al establo y yo y mi equipaje fuimos recibidos en Nuestra Señora de las Nieves.

LOS MONJES
El padre Miguel, hombre de aspecto placentero, rostro risueño, tez fresca, y de unos treinta y cinco años de edad, me acompañó al refectorio y obsequióme con una copa de licor en espera de la comida. Hablamos un poco, o mejor dicho, él escuchó mi charla con sobrada indulgencia, aunque abstraído como si su espíritu estuviera encarnado en arcilla. Y en verdad, cuando recuerdo que el tema principal de mi conversación era mi apetito, y que por entonces debían haber pasado diez y ocho horas desde el último refrigerio del padre Miguel, no me extraña que mi cháchara tuviese para él sabor mundano. Pero sus modales, aunque señoriles, eran exquisitamente graciosos, y sentí secreta curiosidad de conocer el pasado del padre Miguel.
Después de tomar el aperitivo me dejaron un rato solo en el jardín del monasterio, que no era más que el patio principal arreglado con senderos enarenados, arriates de dalias y una fuente con la imagen de la Virgen en el centro. El edificio se extendía en cuadro alrededor del patio con sus paredes descoloridas, en espera de que las patinasen los años y la intemperie, y sin más características notables que el campanario y dos tejadillos de pizarra. Frailes con hábito blanco unos y obscuros otros se paseaban silenciosamente por los enarenados senderos, y al llegar yo había tres que con las capuchas caladas rezaban sus oraciones arrodillados en la terraza. Una pelada colina señorea el monasterio por un lado y el bosque lo domina por el otro. Está expuesto a los vientos, y fuera y dentro nieva desde octubre a mayo y a veces dura la nieve seis semanas; pero aunque estuviera en el Edén bajo un clima semejante al del cielo, la mole del monasterio ofrecería el mismo aspecto brumoso e inclemente. Por mi parte, en aquel intempestivo día de septiembre, ya tiritaba de frío antes de que me llamasen a comer.
Después de la abundante y cordial comida, el hermano Ambrosio, un francés de cariñosa conversación (pues todos cuantos sirven a los forasteros tienen licencia para hablar) me condujo a un pequeño aposento situado en el ala del edificio destinada a los señores retirados. Estaba limpiamente enlucida y provista de los muebles estrictamente indispensables, con un crucifijo, el busto del último papa, la Imitación de Cristo en francés, un libro de meditaciones religiosas y l a Vida de Isabel Seton, misionera, a lo que parecía, de la América del Norte y de Nueva Inglaterra en particular. A mi entender hay todavía campo abonado para más intensa evangelización en estas comarcas; pero ¡acordaos de Cotton Mather!
Me gustaría que leyera este libro en el cielo, donde seguramente mora, aunque tal vez ya conoce todo esto y mucho más; y acaso él y la señora Seton son entrañables amigos y unen gozosamente sus voces en el sempiterno salmo.
Para terminar el inventario del aposento diré que encima de la mesa pendía el cuadro de instrucciones para los señores retirados, señalando las funciones religiosas a que debían asistir, cuándo habían de rezar el rosario o entregarse a la meditación y la llora de acostarse y levantarse. Al pie de las instrucciones había esta curiosa advertencia: «El tiempo libre se dedicará al examen de conciencia, confesión, buenos propósitos, etc.» ¡Buenos propósitos! Lo mismo que si nos propusiéramos apresurar a voluntad el crecimiento del pelo.
Apenas había acabado de explorar mi nicho, cuando volvió el hermano Ambrosio. Un pensionista inglés deseaba hablarme. Accedí gustoso, y el fraile introdujo a un robusto y bajito irlandés, como de cincuenta años, pero de juvenil apostura, vestido de riguroso traje talar de diácono y cubierta la cabeza con el que por desconocimiento de su propio nombre llamaré casquete eclesiástico.
Había vivido retirado durante siete años en un convento de monjes de Bélgica y hacía cinco que estaba en Nuestra Señora de las Nieves. No había visto nunca un periódico inglés, hablaba incorrectamente el francés, y aunque lo hablara como nacido en Francia no hubiese sobresalido gran cosa en el arte de la conversación. Sin embargo, era muy sociable, afanoso de noticias y de tan ingenuo entendimiento como un niño. Si yo ardía en deseos de tener un guía del monasterio, él no estaba menos complacido de ver cara a cara a un inglés y oír hablar en lengua inglesa.
Me enseñó su aposento donde pasaba las horas entre breviarios, biblias hebreas y el Waverley de Scott. Después me llevó a los claustros, a la sala capitular, a la sacristía, donde colgaban los sayales y anchos sombreros de paja de los frailes, cada cual señalado con un tarjetón en que se leía su nombre religioso; nombres de sabor e interés legendario, como Basilio, Hilarión, Rafael y Pacífico. En la biblioteca estaban todas las obras de Veuillot y Chateaubriand, las Odas y Baladas de Víctor Hugo, aunque parezca mentira, y también algo de Moliére, por no decir nada de los innumerables autores eclesiásticos y gran variedad de historiadores tanto locales como generales. Mi buen irlandés me enseñó luego los talleres donde los frailes amasaban y cocían el pan, construían ruedas de carreta, sacaban fotografías, y mientras uno cuida de una colección de curiosidades otro se entretiene en la cría de conejos. Porque en un monasterio trapense cada monje tiene ocupación de su gusto, aparte de sus deberes religiosos y de las tareas generales de la casa.
Todos han de cantar en el coro, si tienen voz y oído, y cooperar a la cosecha del heno si tienen buenos puños; pero en horas de recreo, aunque tienen obligación de estar ocupados, pueden dedicarse a lo que gusten. Así supe que un fraile estaba enfrascado en la literatura, mientras que el padre Apolinar se entretenía en abrir senderos y el abad en encuadernar libros. Diré de paso que no hace mucho que fue consagrado el abad, y en aquella ocasión se le permitió a su madre, por gracia especial, entrar en la capilla y asistir a la ceremonia. Fue para ella muy dichoso día el en que vio a su hijo abad mitrado, y da gozo pensar que la dejasen poner los pies en lugar de clausura.
Durante nuestras idas y venidas por el monasterio, encontramos a muchos padres y hermanos gravemente silenciosos. Por lo general, nuestro paso les tenía tan sin cuidado como el de una nube; pero a veces el buen diácono les pedía permiso para hablarles y ellos se lo daban mediante un peculiar movimiento de manos, parecido al del perro cuando nada, o se lo negaban por el usual signo de negación, aunque en uno y otro caso con los ojos bajos y un cierto aire de contrición como de quien estuviese muy cercano a caer en el mal.
Por gracia privativa del abad seguían tomando los monjes dos comidas diarias; pero ya era época del riguroso ayuno que empieza por septiembre y dura hasta Pascua. En todo este tiempo sólo comen una vez cada veinticuatro horas, a las dos de la tarde, cuando ya hace doce que han empezado los trabajos y vigilias del día. Las raciones son escasas y aun de ellas comen parcamente; y si bien a todos se les da una garrafita de vino, muchos se abstienen de este regalo. Indudablemente, la mayor parte de la humanidad se excede de un modo grosero en la mesa. Nuestras comidas no sólo sirven para el sustento, lino de alborozo y natural diversión de las fatigas de la vida. Pero, aunque el exceso sea dañoso, yo creía que el régimen trapense pecaba por defecto; y sin embargo, todavía me asombro de recordar el lozano semblante y la placidez de carácter de los monjes de las Nieves. Jamás había visto hombres tan sanos y dichosos. Sin embargo, me dijeron que en aquella agreste tierra montañera y con el incesante trabajo de los monjes, la vida no está muy asegurada y la muerte visita con alguna frecuencia el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves. Pero si la muerte los acecha, al menos viven sanos entretanto, porque todos tienen recia la carne y buen color. El único signo enfermizo que pude observar fue un extraño brillo de los ojos que más bien intensificaba la general impresión de vivacidad y energía.
Aquellos con quienes hablé eran de temperamento singularmente apacible, y en su porte y conversación denotaban lo que me atrevo a llamar santa alegría. Conviene advertir que previenen a los visitantes que no se ofendan si quienes les sirven son cortos de palabras, pues deber es de los monjes hablar poco. La prevención podría excusarse, ya que los encargados del hospedaje me deleitaron con su inocente conversación hasta el punto de que fue más fácil iniciarla que interrumpirla. Excepto el padre Miguel, que era hombre de mundo, todos los demás mostraron infantil curiosidad por toda clase de asuntos, tanto de política como de mis viajes, llamándoles mucho la atención mi sacó de dormir, y parecían complacerse en el sonido de su propia voz.
En cuanto a los que están contraídos al silencio, no puedo por menos de admirar cómo soportan su grave y melancólico aislamiento. Aun prescindiendo de todo aspecto de mortificación, echo de ver cierta disciplina, no sólo en la exclusión de las mujeres, sino en el voto de silencio. Tengo alguna experiencia de los falansterios seglares, de un artístico por no decir bacanal carácter, y he visto más de una comunidad fácilmente formada y más fácilmente todavía disuelta. Con la regla del Cister tal vez hubiesen sido más duraderas. En vecindad de mujeres sólo cabe formar una comunidad volandera de hombres débiles. Vence la electricidad de mayor potencial. Los sueños de, la infancia, los proyectos de la juventud se desvanecen y desbaratan después de una entrevista de diez minutos y las artes, las ciencias y el varonil gozo de la profesión se abandonan al instante por los lindos ojos y un cariñoso acento. Y además de esto, la lengua es el gran disolvente.
Casi me avergüenzo de proseguir esta mundana crítica de una regla religiosa; pero aún hay otro punto en que la orden trapense me parece un modelo de sabiduría. A las dos de la madrugada suena la campana y sigue sonando de hora en hora y a veces de cuarto en cuarto, hasta las ocho en que toca a descanso, y así se divide infinitesimalmente el día en diversas ocupaciones. Por ejemplo, el fraile que cría conejos deja sus conejeras para ir a la capilla, a la sala capitular o al refectorio, según la hora del día, porque en cada una de ellas tiene o una misa que celebrar o un deber que cumplir. Desde las dos en que se levanta palpando las tinieblas, hasta las ocho en que vuelve a recibir las caricias del sueño, está de pie y ocupado en múltiples y variadas tareas. Miles de personas hay que no son tan afortunadas en disponer su vida. ¡En cuántas casas daría paz a la mente y saludable actividad al cuerpo la campana monacal que divide el día en manejables porciones!
Hablamos de penalidades y no hay mayor penalidad que ser un loco estúpido que desperdicia: estúpida e incesantemente la vida. Tal vez desde este punto de vista podamos comprender mejor la existencia monacal. Antes de admitir al postulante en la orden, ha de pasar un largo noviciado y poner a prueba la constancia de su mente y fortaleza de su cuerpo; pero no por ello son muchos los que se desalientan.
En el taller de fotografía, dependencia accesoria del monasterio, me llamó la atención el retrato de un joven con uniforme de soldado de infantería. Era uno de los novicios que, por razón de edad, hubo de ir al servicio militar y estuvo de guarnición en Argel. He aquí un hombre que seguramente había experimentado ambos aspectos religioso y mundano de la vida antes de resolverse; y sin embargo, tan pronto como obtuvo la licencia volvióse al convento para terminar el noviciado.
Esta regla hace a un hombre digno del Cielo por derecho propio. Cuando el trapese enferma no se despoja de su hábito, sino que yace en su lecho de muerte tal como oró y trabajó durante su frugal y silente existencia; y en el mismo momento en que llega la libertadora, aun antes de que sus hermanos lleven por última vez su cadáver a reposar por breve rato en la capilla entre continuos cánticos, las campanas repican alegremente como para una boda y pregonan al vecindario que otra alma ha ido a reunirse con Dios.
Por la noche, acompañado de mí amable irlandés me acomodé en la galería para oír completas y la Salve Regina con que los cistercienses concluyen el día. No había allí ninguna de aquellas pompas que los protestantes tildan de infantiles o aparatosas en los oficios públicos de Roma. Una severa sencillez, realzada por el romanticismo del ambiente, hablaba en derechura al corazón. Recuerdo la enlucida capilla, las encapuchadas figuras del coro, las luces que alternativamente se amortiguaban y revivían, el canto robusto y varonil seguido de profundo silencio, las encogulladas cabezas que se inclinaban en oración, y por fin el claro y penetrante golpeteo de la campana que anunciaba el término del último oficio y la hora del reposo. Al recordar todo esto no me asombra que me escapara al patio con la imaginación sobresaltada y permaneciese como un extraviado en la ventosa y estrellada noche.
Pero estaba fatigado; y cuando hube aquietado mi ánimo con las memorias de Isabel Seton (una obra pesada), el frío y la violencia del viento entre los pinos (porque mi aposento estaba en el ala del monasterio contigua al bosque) me predispusieron fácilmente al sueño. El primer toque de campana me despertó a media noche, según a mí me parecía, aunque en realidad eran las dos de la madrugada.
Todos los monjes se apresuraron a ir a la capilla. En aquella desusada hora, los muertos en vida empezaban las penosas labores del día. ¡Los muertos en vida! Era ésta una estremecedora reflexión. Recordé entonces una canción francesa que me representaba lo mejor de nuestra inquieta existencia: Que t’as de belles filles,
Giroflé!
Giroflé!
Que t’as de belles filles,
L' Amour les comptera!
Y bendije a Dios porque yo tenía libertad de viajar, esperar y amar.

LOS PENSIONISTAS
Pero tuvo otro aspecto mi permanencia en Nuestra Señora de las Nieves. En aquella tardía estación otoñal no había muchos pensionistas; y sin embargo, no estaba yo solo en el recinto público del monasterio, comprendido cerca de la puerta con un pequeño refectorio en el entresuelo y un corredor de celdas parecidas a bocas de mina. He olvidado estúpidamente cuánto pagaban de pensión los retirados; pero me parece que eran de tres a cinco francos diarios, y creo más probable que tres. Los visitantes volanderos, como yo podían dar lo que de su libre voluntad ofreciesen, pero nada se les exigía. Diré que al marcharme, el padre Miguel rehusó los veinte francos que le daba por considerarlos excesivo estipendio. Le manifesté las razones de mi largueza; pero ni aun así le permitió su extraño pundonor recibirlos en propia mano, diciéndome:
-No tengo el derecho de rehusarlos para el monasterio; pero preferirla que los entregase usted a un hermano.
Había comido solo aquel día, porque llegué tarde; pero en la cena encontré otros dos huéspedes. Uno era un párroco rural venido de su parroquia, cerca de Mende, para disfrutar cuatro días de soledad y oración. Tenía talla de granadero con el cetrino color y las circulares arrugas de un labriego; y al quejarse amargamente de lo mucho que le había estorbado la sotana por el camino, me lo imaginé dando zancazos, tieso y huesudo, envuelto en su manteo a través de las áridas colinas de Gévaudan.
El otro huésped era un hombre bajito y rechoncho, de cabellos grises, edad como de cuarenta y cinco a cincuenta, vestido con pantalones de lanilla, justillo de malla y la roseta de una condecoración en el ojal.
Era difícil de clasificar este personaje. Según después supe, era un veterano militar que tras largos años de servicio había llegado a comandante y aún conservaba los resueltos y alegres modales del campamento. Tan luego como obtuvo la licencia absoluta entró de pensionista en Nuestra Señora de las Nieves, y después de corta experiencia de aquel nuevo régimen de vida decidió quedarse de novicio.
La disciplina monacal empezaba ya a modificar su aspecto y había adquirido algo del apacible y risueño aire de los hermanos, sin ser ni militar ni trapense, sino partícipe de ambos caracteres. Seguramente estaba en un interesante momento de su vida. Del estampido del cañón y del clamor de las trompetas pasaba a aquel rústico y tranquilo lindero del sepulcro donde los monjes dormían envueltos en sus mortajas y se comunicaban por signos como espectros. En la cena hablamos de política. Cuando estoy en Francia acostumbro a defender la política de moderación y tolerancia, representándoles lo que le sucedió a Polonia, del mismo modo que algunos alarmistas le representan a Inglaterra el ejemplo de Cartago. El párroco y el militar se mostraron de acuerdo con cuanto yo decía y deploraron amargamente los rencorosos sentimientos predominantes en nuestros días. Yo les dije:
-¿Por qué no hemos de poder decir nada a un hombre con quien no estemos de acuerdo sin que se encolerice?
Ambos respondieron que semejante conducta no era cristiana.
Mientras estábamos en tal conformidad, no se cómo tropezó mi lengua con un palabra de elogio de la moderación de Gambetta. Instantáneamente enrojeció el viejo soldado, y palmoteando sobre la mesa como un chiquillo travieso, exclamó:
-¿Cómo se entiende, caballero? ¿Cómo se entiende? ¿Gambetta moderado? ¿Se atrevería usted a justificar esas palabras?
Pero el párroco no había olvidado el tenor de nuestra conversación; y de pronto, cuando más irritado estaba el ex militar, le dirigió en pleno rostro una mirada de amonestación, que lo representó vivamente lo absurdo de su conducta, con lo que se desvaneció la tormenta sin añadir media palabra.
Hasta la mañana siguiente, viernes 27 de septiembre, mientras tomábamos el café, no se enteraron los dos huéspedes de que yo era hereje.
Supongo que les habían hecho creer lo contrario mis admirativas exclamaciones sobre la vida monástica que nos rodeaba; pero una pregunta a quemarropa desvaneció su error. Tanto el ingenuo padre Apolinar como el astuto padre Miguel me habían tratado con tolerancia; y tan sólo el buen diácono irlandés, al enterarse de mi flaqueza religiosa, me dio palmaditas en el hombro, diciéndome:
- Usted debe ser católico para ir al Cielo.
Pero los dos huéspedes que a desayunar me acompañaban eran de distinta ortodoxia, rígidos, rencorosos y de estrecho criterio como el más intolerante escocés y aun peores, según yo imaginaba en mi corazón. El párroco exclamó resollando como un corcel de guerra:
-¿Y pretende usted morir en esa creencia?
No hay caracteres de imprenta lo bastante mayúsculos para expresar el acento con que pronunció estas palabras.
Yo repuse humildemente que no tenia el propósito de mudar de creencia; pero el, sin desistir de su terrible actitud, exclamó:
-No, no; debe, cambiar. Usted ha venido aquí porque Dios le ha conducido y debe usted aprovechar la oportunidad.
Cometí una indiscreción, apelando a los afectos de familia, pues hablaba con un sacerdote y un soldado, dos clases de hombres circunstancialmente desligados de los cariñosos y domésticos lazos de la vida.
El párroco volvió a exclamar:
-¿Su padre? ¿Su madre? ¡Muy bien! Usted los convertirá a su vez cuando regrese a casa.
¡Me figuraba ver la cara que pondría mi padre!
Era preferible atar al león de Guetúlia en su antro, que acometer tal empresa teológica contra la familia.
Pero entonces la caza del hereje estaba en su apogeo. Párroco y militar gritaban a voz en cuello por mi conversión; y la «Obra de la Propagación de la Fe», para la cual se habían subscrito los vecinos de Cheylard por cuarenta y ocho francos y diez céntimos en 1877, se dirigía galantemente contra mi persona. Era un individual pero más eficaz proselitismo. No trataban de convencerme con argumentos que yo hubiese intentado rebatir, sino que daban por supuesto que estaba avergonzado y aterrorizado de mi situación, y únicamente me apremiaban sobre la cuestión de oportunidad, pues según decían, ahora que Dios me había conducido a Nuestra Señora de las Nieves era la más propicia coyuntura para convertirme.
A fin de alentarme, dijo el párroco:
-No le detenga a usted una falsa vergüenza.
Era a la par penosa y desairada la situación en que se veía un hombre como yo, para quien todas las sectas religiosas tenían mucha similitud, y que ni por un momento había sido nunca capaz de ponderar seriamente el mérito de tal o cual credo en el aspecto eterno de las cosas, aunque hubiera oído elogiarlas o vituperarlas en su aspecto temporal y terreno. Incurrí en otra indiscreción o falta de tacto alegando que todas las religiones tenían el mismo fundamento, y que por diferentes caminos convergíamos todos al mismo punto, tanto seglares como monjes. Este había de ser, en concepto de los espíritus laicos, el único evangelio digno de tal nombre, porque las diferencias entre los hombres entrañan diversidad de pensamiento. Pero el párroco, con todos los terrores de la ley religiosa, se opuso a esta revolucionaria aspiración de la mente, valiéndose de la horrible idea del infierno. Bajo la autoridad de un libro que no había leído ocho días antes y que para mayor convencimiento llevaba de propósito consigo en el bolsillo, dijo que los condenados sufrirán por toda la eternidad indecibles tormentos. Y mientras así hablaba, refulgía en su semblante la luz del entusiasmo.
Finalmente resolvieron los dos pensionistas que yo debía ir en busca del prior, pues el abad estaba fuera del monasterio, y exponerle inmediatamente el caso.
-Este es mi consejo como antiguo militar -dijo el comandante-, y el del señor como sacerdote.
-Sí- añadió el párroco moviendo sentenciosamente la cabeza-, como antiguo militar y como sacerdote.
En aquel momento, cuando estaba yo algo perplejo en responder, entró un monje bajito, moreno, más listo que una anguila, con acento italiano, e intervino en la contienda, aunque de modo suave y persuasivo, cual convenía a uno de aquellos apacibles frailes. Díjome así:
-Míreme usted. La regla era muy dura. Yo hubiera preferido quedarme en mí país, en Italia, pues bien sabida es la hermosura de Italia.; pero entonces no había trapenses en Italia, y como tengo un alma que salvar, aquí estoy.
Temí que después de todo fuese yo en el fondo lo que un jocoso crítico indio llamaba«frívolo hedonista», porque aquella descripción de los motivos del fraile, me produjo extraño y conmovedor efecto.
Más bien pensaba yo que hubiese escogido él la vida religiosa por su propia conveniencia, y no con propósito de ganar el cielo; y esta idea denota cuán distante estaba yo de simpatizar con aquellos buenos trapenses, aunque hacía todo lo posible para simpatizar con ellos.
Más al párroco le pareció el argumento decisivo y dijo:
-¡Escuche, usted eso! Yo he visto aquí a un marqués, un marqués, un marqués (repitió tres veces la sagrada palabra), a generales y otras personas de alta significación social. Y aquí, junto a usted, está este caballero, que ha servido muchos años en el ejército, condecorado y veterano guerrero. Y aquí está dispuesto a consagrarse a Dios.
Tan perplejo quedé esta vez, que alegué tener los pies fríos y salíme del monasterio. Soplaba furioso el viento y en el cielo había pocas nubes, que dejaban largos e intensos intervalos de sol. Hasta la hora de comer erré por el agreste paisaje en dirección a oriente, gravemente preocupado, pero con el consuelo de algunas admirables perspectivas campestres.
A la hora de comer se reanudó la Obra de la Propagación de la Fe, y esta vez de un modo mucho más desagradable para mí. El párroco me hizo algunas preguntas respecto a las «despreciables» creencias de mis padres y acogió mis respuestas con una especie de sonrisa clerical, diciendo:
-La secta de usted, pues me parece que convendrá en que sería mucho honor llamarla religión...
-Como usted guste, señor. Emplee usted la palabra que le plazca.
Por último me molesté más de lo que podía sufrir; y aunque él estaba en su casa y por otra parte, era viejo y tenía por ello derecho a mi consideración, no pude reprimir una protesta contra su abusivo proceder. El quedó tristemente desconcertado y me dijo:
-Le aseguro a usted que no es mi intención burlarme. No me mueve otro interés que la salvación de su alma.
Y aquí terminó mi conversión. ¡Honrado hombre! No era un peligroso engañador, sino un cura de aldea lleno de celo y de fe. ¡Que por muchos años pueda recorrer el Gévaudan con su sotana aquel hombre tan robusto para las caminatas como para consolar a sus feligreses moribundos! Me atrevo a afirmar que desafiaría valerosamente una tempestad de nieve para acudir a donde su deber le llamase.
No siempre el más fiel creyente es el más hábil apóstol.

EL ALTO GÉVAUDAN
(SEGUNDA PARTE)
La cama estaba hecha y dispuesto
el aposento. Las estrellas
aparecían puntualmente en el
cielo. Quieto estaba el aire, corría
el agua, y no se echaban de
menos los sirvientes, cuando mi
asno y yo nos acomodamos en
el verde mesón de Dios.
COMEDIA ANTIGUA.

A TRAVÉS DE LA GOULET
Había cesado el viento durante la comida y el cielo estaba sereno, de suerte, que con los mejores auspicios cargué a Modestina ante la puerta del monasterio. Mi amigo irlandés me acompañó buen trecho del camino. Al pasar por el bosque vimos al padre Apolinar arrastrando su carretilla; pero interrumpió su tarea para ir conmigo unos trescientos pasos con mi, mano entre las suyas. Me separé primero de uno y después de otro con sincero pesar, aunque con el gozo del viajero que se sacude el polvo de una etapa antes de emprender la siguiente.
Entonces Modestina y yo remontamos el curso del Allier, que, nos guiaba de nuevo a Gévaudan, hacia sus fuentes, en la selva de Mercoire. Con pena dejamos su gula y desde allí el camino continuó por una colina a través de una árida meseta huta llegar a Chasserades al ponerse el sol.
Aquella noche estaban reunidos en la cocina de la posada todos los operarlos empleados en el replanteo de un. proyectado ferrocarril. Eran inteligentes y de copiosa conversación, y entre todos decidimos del porvenir de Francia al calor del vino, hasta que el reloj nos llevó a descansar. Había cuatro camas en el dormitorio del primer piso y en ellas dormimos seis. Pero yo obtuve una cama para mí solo y los persuadí a que dejaran abierta la ventana.
Al día siguiente muy de mañanita, el sábado 28 de septiembre, me despertó el grito: ¡Eh, ciudadano, son las cinco! El dormitorio estaba en lo que pudiera llamarse transparente obscuridad, que indecisamente me mostraba las otras tres camas y los cinco distintos gorros de dormir sobre las almohadas. Pero al aire libre, la aurora se iba extendiendo en rosado cinturón sobre las cumbres de las colinas y pronto inundaría la meseta. La hora era muy a propósito para la inspiración y prometía buen tiempo, como en efecto lo cumplió cabalmente. El camino seguía un trecho por la meseta y después bajaba por una costanera aldea al valle de Chassezac, cuyas aguas fluyen entre verdes praderas aisladas por escabrosas márgenes. La retama estaba en flor y acá y allá humeaban algunas aldeas.
Al fin, el camino cruzaba el Chassezac por un puente y, abandonando aquella profunda hondonada, se dirigía a través de la montaña de La Goulet; y serpenteando por los altozanos y bosques de abetos y abedules de Lestampes me mostraba a cada recodo nuevas e interesantes perspectivas. En la torrentera había resonado en mi oído el rumor de las aguas del Chassezac como el toque de una grave campana que vibrara a muchos kilómetros de distancia; pero conforme iba subiendo la cuesta y acercándome más al río mudó el rumor de tono y por fin advertí que no venia de las aguas, sino de algún pastor que a son de cuerno guiaba al rebaño por los campos. La angosta calle de Lestampes estaba invadida en toda su amplitud de ovejas blancas y negras, que al compás de la esquila que les pendía del cuello balaban tan acordemente como cantan las aves en primavera. Era un patético concierto en tono mayor.
Algo más adelante, vi dos hombres junto a un árbol, podadera en mano, y uno de ellos entonaba la música de una danza campesina que en Auvernia llaman bourrée. Todavía más adelante, cuando ya casi pisaba los abedules, hirió agradablemente mis oídos el canto del gallo, junto con el son de una flauta que modulaba una lenta y quejumbrosa canción de las montañas. Me representé imaginativamente algún entrecano y mofletudo maestro rural que tocaba la flauta en su trocito de jardín a la luz del claro sol otoñal. Aquellos placenteros y atractivos sones llenaban mi ánimo de insólita expectación, y me parecía que una vez pasada la cuesta por donde renqueaba, iba a descender al jardín del mundo. No me engañaba, porque ya me había familiarizado con la lluvia, los vientos, y paisajes áridos. Allí acababa la primera parte de mi viaje, y aquellos dulces sonidos eran como el preludio de la segunda y más hermosa parte.
Mi buen ánimo me conducía a una aventura que relataré en provecho de futuros arrieros de asnos. El camino ziszaseaba tan angulosamente en la cuesta, que lo atajé a través de unos bosquecillos para volverlo a tomar en superior nivel. Este fue mi único conflicto grave con Modestina, que se negó a tirar por el atajo y se volvía cara a mí, retrocediendo y rezagándose. Hasta entonces la había conceptuado estúpida; pero en aquella ocasión rebuznaba con primorosos ronquidos, tan vibrantes como el quiquiriqueo del gallo al despuntar el alba. Empuñé el acicate con una mano, y por lo muy escarpado de la cuesta hube de sostener la albarda con la otra. Media docena de veces se volvió atrás Modestina y otras tantas estuve tentado, de puro aburrido, de bajar con ella de nuevo para seguir por el camino. Pero tomé la cosa con empeño y porfié con ella, hasta vencer. Al hallarme otra vez en el sendero quedé sorprendido de verme, las manos mojadas como si hubiese lloviznado, y repetidas veces alcé los ojos a las nubes, hasta que por fin eché de ver que era el sudor que me chorrea la frente.
En la cima de La Goulet no había camino trazado, y tan sólo unos mojones de trecho en trecho servían de guía a los rebaños. El césped que la alfombraba era espeso y oloroso. No tuve más compañía que una o dos alondras, ni entre Lestampes y Bleymard encontré más que una carreta arrastrada por terneros. Frente a mí veía un somero valle, y más allá las montañas de Lozera salpicadas de bosque y de pintorescas laderas aunque de tieso y embotado contorno. Apenas había señales de labranza.
Tan sólo cerca de Bleymard, la blanca carretera de Villefort a Mende atravesaba una serie de praderas que cercadas de retorcidos álamos dejaban oír de un lado a otro las esquilas del ganado.

UNA NOCHE ENTRE PINOS
Desde Bleymard, después de comer, aunque ya era tarde, quise escalar parte del Lozera. Un mal trazado y pedregoso camino de pezuña me guió hacia adelante, y encontré cerca de media docena de carretas que bajaban del bosque tiradas por terneros, cargada cada una con un pino para leña de invierno.
A la altura de los bosques, que no es mucha en aquella fría cordillera, tomé hacia la izquierda por una vereda abierta entre los pinos, hasta dar con una hondonada de verde césped en donde un arroyuelo formaba sobre unas cuantas piedras un pequeño remanso que bien podía servirme de aljibe.
«En aquella sagrada y repuesta glorieta... no importunaban ninfas ni faunos.» Los árboles, no muy añosos crecían espesamente alrededor de la cañada.
Salvo por la parte del nordeste, en que la vista columbraba lejanas cimas o erguidos picachos, no se distinguía el horizonte desde aquel paraje tan recluido y apartado como un aposento. Mientras hacía mis aprestos y daba un pienso a Modestina, empezó a declinar la tarde. Me arrebujé hasta las rodillas en mi saco, cené de buena gana, y tan pronto como se puso el sol, me calé la gorra hasta las orejas y me dormí.
La noche es un monótono y mortecino período bajo techado; pero al aire libre pasa suavemente con sus estrellas, rocíos y perfumes, y los cambios del rostro, de la naturaleza señalan las horas. Lo que les parece temporánea muerte a las gentes opresas entre paredes y cortinajes, es tan sólo un ligero y vívido reposo para quien duerme al raso. Durante toda la noche puede oír la libre y profunda respiración de la naturaleza, pues aun en su descanso se mueve y sonríe, y hay una agitada hora, desconocida de quienes moran en sus casas, cuando una despertadora influencia planea sobre el durmiente hemisferio y levanta en pie todas las cosas. Entonces canta el gallo por vez primera, no para anunciar la aurora, sino más bien como solícito vigilante que acelera el curso de la noche. Despiertan los rebaños en las praderas; las ovejas se desayunan en las enrociadas colinas y  buscan nuevo pasto entre los helechos; y los pastores sin hogar abren sus soñolientos ojos y contemplan la hermosura de la noche.
¿Qué inaudibles intimaciones, qué suaves toques de la naturaleza despiertan a todos estos durmientes a la misma hora?
¿Derraman las estrellas su influjo o se estremece la madre tierra bajo nuestros yacentes cuerpos? Ni aun los pastores ni los viejos campesinos, que tan profundamente han leído en este arcano, pueden conjeturar el significado o propósito de esta nocturna resurrección. Declaran que ocurre hacia las dos de la madrugada; pero ninguno sabe ni inquiere más allá. Al menos es un placentero incidente.
Nuestro sueño se perturba tan sólo para que, como dice el voluptuoso Montaigne, «podamos disfrutar mejor y más regaladamente de él.» Tenemos un Momento propicio para contemplar las estrellas. Y
algunas mentes se complacen al reflexionar que participamos de este impulso con todas las criaturas que nos rodean, que nos hemos escapado de la Bastilla de la civilización y somos, interinamente al menos, un placentero animal y una oveja de la grey de la naturaleza.
Cuando entre pinos recibí la influencia de esta hora, desperté sediento. Tenía al lado la cantimplora medio llena de agua. La vacié de un trago, y sintiéndome enteramente despierto después de esta fría aspersión interna, me levanté para fumar un cigarrillo. Las estrellas centelleaban como nítidas y cambiantes joyas; pero no helaba. Un tenue vapor argentino señalaba la Vía Láctea. A mi alrededor se erguían los negros puntos de los inmóviles abetos.
La blancura de la albarda me dio a entender que Modestina daba vueltas y vueltas en cuanto se lo consentía la longitud del ronzal que la sujetaba. La oía mascar el césped y no se escuchaba más ruido que el indescriptible murmullo del arroyuelo sobre las piedras. Yo permanecía fumando perezosamente y observaba el color del firmamento, al que llamamos vacío espacio, que mostraba un tinte gris rojizo detrás de los pinos hasta disfumarse en brillante azul obscuro entre las estrellas. Para más parecerme a un vendedor ambulante, llevaba un anillo de plata que lucía tenuemente al oscilante movimiento de la lumbre de mi cigarrillo, y a cada bocanada de humo se iluminaba la palma de mi mano que durante un segundo era la más refulgente luz de todo aquel paisaje.
Un suave viento, más parecido a frescura movible que a corriente de aire, acariciaba de cuando en cuando la cañada, de modo que aun en mi espacioso aposento fue renovándose el ambiente durante toda la noche. Pensaba con horror en la posada de Chasserades y en los gorros de dormir de los huéspedes; en las nocturnas proezas de horteras y estudiantes; en los caldeados teatros, en las ganzúas y en los dormitorios herméticos. Nunca me había sentido tan serenamente dueño de mí mismo ni tan inde-pendiente de materiales auxilios. El aire libre, el espacio abierto del que nos resguardamos en nuestras moradas, me parecía después de todo un ameno lugar habitable, como si noche tras noche estuviera dispuesta para el hombre una cama en los campos donde tiene Dios casa puesta.
Creía haber descubierto una de aquellas verdades reveladas a los salvajes y ocultas a los políticos y economistas. Por lo menos había descubierto un nueva placer para mí. Y sin embargo, mientras me gozaba en mi soledad eché algo de menos. Apetecía una compañera que a la luz de las estrellas reposara junto a mi silenciosa y quieta, pero sintiendo su contacto. Porque hay una compañera todavía más quieta que la soledad, y que debidamente comprendida es la soledad perfecta. Vivir al aire libre con la mujer amada es la más libre y completa vida de un hombre.
Mientras así estaba, entre contento y ansioso, resonó a mis pies por la parte de los pinos un débil ruido. De pronto creí que era canto de gallo o aullido de perro de algún lejano cortijo; pero lenta y gradualmente tomó aquel son forma articulada en mis oídos, hasta que advertí que un transeúnte pasaba por la carretera del valle acompañando sus pasos con la cadencia de un canto en voz alta. Tenía más buena voluntad que gracia en su canción, pero cantaba a plenos pulmones y el sonido de su voz vibraba en la ladera y estremecía el aire del frondoso valle. Yo había oído a las gentes pasar de noche por las calles de las dormidas ciudades, algunos cantando, y uno de ellos recuerdo que iba tocando sonoramente la gaita. Había oído también desde la cama el estrépito de un carro que después de horas de silencio resonaba repentinamente y durante algunos minutos hería mis oídos el volteo de sus ruedas.
Hay algo de novelesco en todos los que están fuera de casa durante las altas horas de la noche, y nos punza el deseo de conjeturar qué hacen. Pero mi situación era doblemente novelesca: primero el alegre caminante, alumbrado interiormente por el vino, que dejaba oír su canora voz en el silencio de la noche; y por otra parte, yo, arrebujado en mi saco y fumando solitariamente en el pinar entre los 1500 y 2000 metros del camino que conduce a las estrellas.
Cuando volví a despertar era ya domingo 29 de septiembre. Muchas estrellas habían desaparecido, y tan sólo las más radiantes compañeras de la noche brillaban aún visiblemente sobre mi cabeza. A lo lejos, hacia oriente, vi una débil neblina de luz en el horizonte, semejante a la de la Vía Láctea que viera al despertar la última vez. El día estaba cerca. Encendí la linterna y a su mortecina y vacilante luz me calcé botas y polainas. Desmenucé después pan para Modestina, llené mi cantimplora en el remanso y alumbré la lámpara de alcohol para desleír por mis manos el chocolate. La azul obscuridad persistió largo rato en la cañada donde tan dulcemente había yo reposado; pero muy luego se tiñeron las cumbres del Vivarais de una ancha cinta anaranjada con entremezclas de oro. Solemne júbilo invadió mi ánimo al contemplar la lenta y grata llegada del día. Escuchaba deleitosamente el rumor del agua. Miré en mi alrededor, con esperanza de algo insólitamente bello; pero los quietos y negros pinos, la honda cañada y la borrica que seguía mascullando permanecían inmutables en su figura. Tan sólo se había alterado la luz que derramando sobre todas las cosas un espíritu de vida y alentadora paz me movía a extraño regocijo.
Sorbí el aguado chocolate, que si no era sabroso estaba caliente, y me paseé arriba y abajo, hacia atrás y adelante por la cañada.
Mientras así me entretenía sopló del primer cuadrante una violenta ráfaga de viento, prolongada como un pesado gemido. Era fría y me arrancó un estornudo. Los pinos cercanos sacudieron a su paso el negro ramaje, y a lo lejos vi que los árboles lindantes con la rocosa colina parecían mecerse rozando contra el dorado oriente. Diez minutos después, la luz del sol galopaba por la falda de la colina, esparciendo sombras y fulgores. Ya estaba allí el día.
Me apresuré a disponer el fardo y apechugar con la escarpada cuesta que ante mi se empinaba; pero algo me rebullía en la mente. Era una fantasía de las que a veces importunan. Yo había sido hospitalariamente recibido y puntualmente servido, en mi verde mesón. El aposento estaba aireado, él agua era excelente y la aurora me había despertado con astronómica exactitud. Nada digo de los tapices de la inimitable techumbre, ni de la vista que descubría desde mis ventanas; pero comprendí que a alguien le era deudor de todo aquel liberal hospedaje, por lo que me complací jocosamente en arrojar sobre el césped unas cuantas monedas, según caminaba, hasta que las juzgué bastantes para pagar mi nocturno albergue. Espero que no caigan en manos de algún rico y tacaño ganadero.

EL PAÍS DE LOS ENCAMISADOS
Viajábamos sobre las huellas
de pasadas guerras.
Sin embargo, la tierra toda retaba verdeciente,
y hallábamos amor y paz
en donde hubo fuego y guerra.
Los hijos de la espada pasan y
sonríen. Ya no más empuñan el
acero. ¡Y ¡oh! cuán espesa es la
mies en lo que fue campo de
batalla!
W. P. BANNATYNE.

EL PAÍS DE LOS ENCAMISADOS A TRAVÉS DEL LOZERA
El sendero que había seguido la víspera se borró muy luego, y continué marchando por un ralo césped que se empinaba hacia una fila de mojones de piedra, tales como los que me condujeran a través de la montaña de Goulet. Hacía calor. Lié la chaqueta en el fardo y anduve con mi chaleco de malla.
Modestina mostraba levantado ánimo, trotando de su propio impulso por vez primera desde que estaba a mi servicio, con un traqueteo que hacia saltar los granos de avena en el bolsillo de mi chaqueta. La perspectiva se ampliaba a cada paso hacia el norte de Gévaudan. Apenas un árbol, apenas una casa aparecían en los campos de agrestes colinas que se dilataban por el norte, este, y oeste, azules y doradas por la luminosa neblina del sol de la mañana: Multitud de pajarillos rastreaban gorjeando por el sendero. Se posaban en los mojones, picoteaban contoneándose en el césped, y los veía revolotear en bandadas por el azulado aire, y de cuando en cuando interponían entre mi vista y el sol sus traslucientes y fluctuantes alas.
Desde casi el primer instante de ponerme en marcha, llegó a mis oídos un débil, pero amplio rumor, como de lejana resaca. A veces me inclinaba a pensar que acaso fuese el estruendo de algún vecino salto de agua, y otra veces lo creía subjetivo resultado de la augusta calma de la colina por donde caminaba. Pero según proseguía marchando, se acrecentaba aquel ruido hasta resonar como el silbante hervor de una enorme tetera; y al propio tiempo, llegaban desde la cumbre ráfagas de aire frío. Por último, comprendí que era el persistente viento sur que soplaba sobre la opuesta estribación del Lozera, y a cada paso me aproximaba más a su corriente.
Aunque había anhelado llegar a la cumbre, puse los pies en ella y alcé los ojos cuando menos lo esperaba. Parecía aquella etapa no mucho más fructífera que las precedentes; y, sin embargo, como el perseverante Núñez de Balboa, cuando con mirada de águila descubrió el Pacífico, tomé posesión en mi propio nombre de una nueva parte del mundo; porque he aquí que en vez de la cuesta de basto césped por dónde largo rato había subido, contemplé un bello panorama con el vaporoso aire de los cielos sobre mi cabeza y un paisaje de intrincadas colinas azules bajo mis pies.
Huye el Lozera por allí cerca, de oriente a occidente, y divide el Gévaudan en dos sectores desiguales. La mayor altitud, el pico de Finiels, en donde a la sazón yo estaba, se yergue a 1720 metros sobre el nivel del mar, y en días serenos se descubre desde allí todo el bajo Langüedoc hasta el Mediterráneo.
Yo he hablado con quienes presumen o se figuran haber visto desde el pico de Finiels los veleros que navegan entre Montpellier y Cette.
Más allá dilataba el montañoso país preceden que en mi precedente excursión había atravesado, de gentes rudas, sin bosques frondosos y célebre en otro tiempo por sus lobos. Pero frente a mí se extendía, entre oculto en la luminosa neblina, un nuevo Gévaudan, fértil, pintoresco e insigne por los agitados sucesos que en él habían ocurrido. En términos generales, Monastier y el país atravesado durante todo mi viaje, eran las Cevenas; pero en sentido restricto, que es el que le dan los aldeanos, únicamente la reducida comarca que a mis pies veía tiene derecho a llamarse por antonomasia las Cevenas, pues son como si dijéramos las Cevenas de las Cevenas o las Cevenas propiamente dichas. En aquel inextricable laberinto de montañas ardió durante dos años una guerra feroz, coma si se tratara de bandidos o de bestias salvajes, entre las tropas de Luis XIV al mando del mariscal Villiers y unos cuantos miles de protestantes montañeses excitados por la persecución emprendida contra ellos después de la revocación del edicto de Nantes. Hace unos ciento ochenta años, los encamisados tenían su cuartel en el Lozera, en el mismo lugar donde yo recordaba sus luchas. Estaban jerárquicamente organizados en el orden militar y religioso, poseían arsenales de armas y la guerra que sostenían contra los soldados del rey Sol era el cotidiano comentario de los cafés de Londres. El gobierno británico envió una armada en su apoyo, y sus caudillos profetizaban a la par que mataban. Las encamisadas huestes, a banderas desplegadas y tambor batiente, atacaban en pleno día las amuralladas ciudades y ponían en fuga a los generales del rey. Otras veces, por la noche, hábilmente encubiertos, se apoderaban de fuertes castillos, vengándose de la traición cometida por sus aliados y de las crueldades perpetradas por sus enemigos. Allí, en aquel mismo lugar donde yo estaba, acaudilló a los sublevados el caballeroso Roland (a quien Inglaterra confirió el título de «conde y lord Roland, generalísimo de los protestantes de Francia»), grave, silencioso, imperativo, picado de viruela, que había servido en un regimiento de dragones, y le acosaba en todas sus andanzas una mujer loca de amor por él. También había peleado en aquel mismo país Juan Cavalier, aprendiz de panadero, con innatas aptitudes guerreras, que a los diez y siete años fue nombrado brigadier de los encamisados y murió a los cincuenta y cinco desempeñando el cargo de gobernador de Jersey, que le confió Inglaterra. Asimismo estuvo allí Castanet, otro de los jefes de la revuelta, tocado con abultada peluca, y aficionadísimo a las controversias teológicas. Eran unos muy singulares caudillos que se apartaban a lugar retirado para pedirle consejo al Dios de los ejércitos y rehuían o presentaban batalla y ponían centinelas en el campo o dormían sin que nadie les guardase el sueño, según la inspiración con que el Espíritu divino movía sus corazones. Allí también siguieron a uno u otro de los caudillos las cohortes de intrépidos y sufridos profetas, infatigables y recios para correr por las montañas, aliviando su penosa vida con el canto de los salmos, tan dispuestos a la oración como a la pelea, devotamente atentos a los oráculos de niños enfermizos, y cuidando de poner místicamente un grano de trigo entre las balas de estaño con que cargaban sus mosquetes. Hasta entonces había yo viajado por una sombría comarca sin otra cosa notable que la fiera traganiños de Gévaudan, el Napoleón Bonaparte de los lobos. Pero ahora iba a bajar al escenario de un romántico capítulo, o mejor dicho, de una romántica nota de la historia universal. ¿Qué quedaba de todo aquel desvanecido heroísmo? ¿A dónde había ido a parar el polvo de las batallas? Yo estaba enterado de que el protestantismo aún subsistía en aquella sede de la resistencia protestante, y así me lo dijo el mismo párroco en el locutorio del monasterio de las Nieves. Pero me faltaba saber todavía si era una supervivencia estéril o una vivida y fértil tradición. Además, si en las Cevenas del norte las gentes eran de muy estrecho criterio en sus opiniones religiosas y más celosas que caritativas, ¿qué esperaba yo encontrar en este otro país de persecuciones y represalias, en donde la tiranía eclesiástica había provocado la rebelión de los encamisados y el terror que éstos produjeron arrastró a los aldeanos católicos a cubrir las filas realistas, de modo que encamisados y florentinos se exterminaban mutuamente entre las montañas?
En el mismo borde de la cuesta donde me detuve a contemplar el panorama, terminaba súbitamente la serie de mojones; pero algo más abajo aparecía una especie de vereda descendente en ondulada línea de sacacorchos por una precipitosa escotadura, que conducía a un valle situado entre desmayadas colinas, lleno de piedras como un campo de trigo recién segado, y cubierto más abajo de verdes praderas. Me encaminé apriesa por la vereda, pues lo escabroso de la escotadura, el continuo revoloteo de la bajada y la persistente esperanza de hallar algo nuevo en un nuevo país, todo contribuía a prestarme alas. Más abajo aún, nacía un arroyo que acopiando el agua de diversos manantiales murmuraba muy luego alegremente entre las colinas. A veces cruzaba el arroyo la vereda, dando un corto salto de agua que formaba un remanso en donde Modestina se bañaba los pies.
El descenso me pareció un sueño por lo rápido.
Apenas había dejado la cumbre, cuando ya el valle me cerró el sendero, y el sol me daba de lleno al
caminar rodeado de la estancada atmósfera de la tierra baja. La vereda se convirtió en camino, que fluctuaba en suaves ondulaciones. Pasé por varias chozas, pero todas parecían abandonadas. No vi criatura humana ni oí rumor alguno excepto el del arroyo. Sin embargo, estaba en un país distinto del que recorrí el día anterior. La pétrea osamenta del mundo, se explayaba aquí vigorosamente al sol y al aire. Las escotaduras eran escabrosas y cambiantes.
Los robustos robles de frondoso follaje trepaban a lo largo de las colinas, viva y luminosamente coloreados por el pincel otoñal. Acá y allá por la derecha o por la izquierda, se deslizaban otros arroyos por una garganta de turbulentos guijarros, como la nieve blancos, hasta formar un río engrosado por todas las vertientes, ya espumeando durante un rato en rápido descenso, ya detenido en remansos de encantador verdemar con vetas oscuras. Nunca en mis viajes había visto un río de tan cambiante y delicada tonalidad, porque ni el cristal era tan diáfano ni las praderas la mitad tan verdes; y cada vez que veía un remanso me daban ganas de despojarme de mis sofocantes, polvorientas y materiales vestiduras, para bailar mi desnudo cuerpo en el agua y el aire de la montaña. Durante todo el rato que anduve no olvidé ni por un momento que era domingo. La quietud me lo recordaba continuamente, y en espíritu oía los salmos de miles de fieles y el clamor de las campanas parroquiales que resonaban por toda Europa.
Por fin hirió mis oídos un sonido humano: un grito de extraña modulación entre patética o irrisoria; y mirando a través del valle vi un chicuelo sen-tado en la pradera con las manos sobre las rodillas y cómicamente empequeñecido por la distancia. Pero el picaruelo me había visto venir mientras bajaba por el camino, de robledal en robledal, guiando a Modestina, y con aquel trémulo y cortés saludo me dio la bienvenida. Y como todos los sonidos son naturales y agradables a suficiente distancia, también aquél, que me llegaba a través del límpido aire de la colina, cruzando el verdeciente valle, resonaba jubilosamente en mis oídos y me parecía tan rústico como los robles y el río.
Poco después, la corriente de agua que iba yo siguiendo desembocaba en el Tarn, junto a Pont de Montvert, de sangrienta memoria.

PONT DE MONTVERT
Una de las primeras cosas que vi en Pont de Montvert, si no recuerdo mal, fue el templo protestante; pero éste sólo era el tipo de otras novedades.
Un sutilísimo ambiente diferencia una ciudad de Inglaterra de otra de Francia y aun de Escocia. En Carlisle advertís que estáis en una comarca, y en Dumfries, treinta millas más allá, echáis de ver que ya estáis en otra. Me sería difícil señalar en qué particularidades difiere Pont de Montvert de Monastier o de Langogne y de Bleymard; pero la diferencia existe y habla elocuentemente a los ojos. El pueblo con sus casas, sus callejuelas, con el brillante cauce de su río, tiene un indescriptible aire meridional.
Todo era bullicio dominguero en las calles y en la taberna, como todo había sido reposante paz en las montañas. Fuimos cerca de veinte comensales en la comida de las once de la mañana; y después que hube satisfecho el apetito y anotado mi diario, llegaron a la taberna muchos más, uno tras otro o en grupos de dos y tres. Al atravesar el Lozera, no sólo me había encontrado entre nuevas características de la naturaleza, sino en un país poblado por diferente raza.
Estas gentes, mientras engullían presurosas los manjares con un complicado movimiento de cuchillos que esgrimían cual espadas, me preguntaban y respondían con muestras de inteligencia superior a todo lo que en mis viajes había encontrado, excepto los obreros ferroviarios de Chasserades. Eran los vecinos de Pont de Mentvert expresivos de rostro, y de tanta vivacidad de palabra como de modales. No solamente comprendían del todo el espíritu que me animaba a viajar, sino que algunos me dijeron que si fueran ricos harían otro tanto.
Respecto a la apostura física, también era grata la mudanza. Desde que saliera de Monastier no había visto ni una mujer bonita, y aun en Monastier tan sólo una. En la taberna de Pont de Montvert, de las tres mujeres que conmigo se sentaron a la mesa, había una, no ciertamente hermosa como de cuarenta años, cuyo tímido continente denotaba la turbación que sentía en aquella vociferante mesa redonda, sin lograr serenarla, antes al contrario, aún la turbaba más mi galantería en servirle el vino a modo de escudero y alentarla con afectuosas palabras; pero las otras dos, ambas casadas, eran mucho más hermosas que la generalidad de las mujeres dotadas de hermosura. ¿Y Clarisa? ¿Qué diré de Clarisa?
Estaba sentada a la mesa con apacible displicencia.
Sus grandes ojos garzos miraban con amorosa languidez; sus facciones, aunque carnosas; eran de originales y correctos contornos; su boca se plegaba graciosamente; su nariz denotaba elegante altivez; sus mejillas se dibujaban en primorosas y extrañas líneas. Era un rostro capaz de expresar intensas emociones y delicados sentimientos. Era deplorable dejar tan hermoso modelo a la rústica admiración de unos lugareños de rústica modalidad de pensamiento. La hermosura debe ponerse en contacto con la sociedad para arrojar el peso que la oprime y que consciente de si misma aprenda los modales graciosos y elegantes ademanes hasta aparecer con todo el esplendor de una diosa. Antes de separarme de ella le manifesté a Clárisa mi cordial admiración.
Correspondióme suavemente, sin mostrarse confusa ni sorprendida, y tan sólo me miró fijamente con sus rasgados ojos garzos. Confieso que me turbé. Si Clarisa supiese inglés, no me atrevería a añadir que su figura era indigna de su rostro. Necesitaba corpiño, y aún más lo necesitará con los años.
Pont de Montvert es un lugar memorable en la historia de la sublevación de los encamisados. Allí se encendió la guerra; allí aquellos «pactistas meridionales» asesinaron al arzobispo Sharp. La persecución por una parte y el febril entusiasmo por otra son difíciles de comprender en estos tiempos de libertad de conciencia, con nuestras modernas creencias e incredulidades. Los protestantes se sentían tan inflamados de frenético celo como henchidos de profunda tristeza. Todos eran profetas y profetisas.
Los niños de pecho parecía como si exhortaran a sus padres al bien obrar. Cuentan las crónicas que «en Quissac, un niño de quince meses habló en brazos de su madre con clara y alta voz, entrecortada por los sollozos y la agitación de su ánimo». El mariscal Villars vio una ciudad en donde todas las mujeres «parecían poseídas del demonio», y eran presas de ataques nerviosos y profetizaban en público por las calles. En Montpellier ahorcaron a una profetisa porque echaba sangre por los ojos y la nariz, y declaró que lloraba lágrimas de sangre por el infortunio de los protestantes. Pero no tan sólo eran mujeres y niños. Fornidos labriegos, acostumbrados a blandir la hoz o manejar el hacha forestal, se veían presa de extraños paroxismos y enunciaban oráculos entre gemidos y copioso llanto. Una persecución de inaudita violencia había durado cerca de veinte años, y aquél era el fruto que daba en los perseguidos. Horcas, hogueras, tormentos, todo fue en vano. Los dragones habían dejado las huellas de sus corceles en todo el país. Muchos hombres gemían remando en las galeras, y otras tantas mujeres languidecían en las cárceles monásticas; pero los protestantes convencidos no habían quebrantado en lo más mínimo la firmeza de su pensamiento.
El promotor y cabeza de la persecución, (según refiero Lamoignon de Bêvile) fue Francisco de Langlade du Chayla, arcipreste de las Cevenas e inspector de Misiones en el mismo país, quien poseía en Pont de Montvert una casa en donde pasaba algunas temporadas. Era hombre a la sazón de cincuenta y cinco años, edad en que la experiencia debe haber enseñado toda la moderación posible, pero que parecía nacido para pirata. En su juventud marchó de misionero a China, donde sufrió el martirio y le dejaron por muerto, habiendo recobrado vida y libertad por la compasión de un paria. Hemos de suponer que el paria carecía del don de segunda vista y no procedió con malicioso propósito. Tan cruel prueba hubiera desvanecido en cualquier otro hombre el afán de persecución; pero el espíritu humano es muy complejo, y por haber sido un mártir cristiano llegó a ser un cristiano perseguidor. La Obra de la Propagación de la Fe iba viento en popa en sus manos. La casa de Pont de Montvert le servía de cárcel para los protestantes que caían en su poder, y allí les acercaba las manos a las ascuas y los arrancaba los pelos de las barbas para convencerlos de que estaban engañados en sus opiniones religiosas. Sin embargo, ¿no había experimentado él personalmente entre los budistas de China la ineficacia de aquellos coercitivos argumentos?
No solamente era la vida intolerable en el Langüedoc, sino que la expatriación estaba rigurosamente prohibida. Un arriero llamado Massip, muy familiarizado con las veredas montesinas, había ya conducido a varios tropeles de fugitivos hasta ponerlos al abrigo de la persecución en Ginebra; Pero mientras guiaba a otra partida de fugitivos, en su mayor parte mujeres disfrazadas de hombre, cayó Massip en poder de Chayla. Mala hora fue aquélla para el sanguinario perseguidor, porque el domingo siguiente hubo en los bosques de Altefage, del monte de Bongés, un conventículo de protestantes, capitaneados por un tal Séguier (el Espíritu Séguier, como le llamaban sus compañeros), hombre alto, moreno, desdentado, de oficio cardador de lana, pero henchido del espíritu de profecía. En nombre de Dios declaró Séguier que había pasado el tiempo de la sumisión y que debían empuñar las armas para libertar a sus hermanos y destruir a los sacerdotes.
A la noche siguiente; 24 de julio de 1702, sobresaltóse Chayla al oír desde su casa de Pont de Montvert voces de hombres que en tono de salmo-dia se iban acercando a la población. Eran las diez de la noche. Chayla estaba con su corte de sacerdotes, soldados y sirvientes en número de doce a quince; y temeroso de un tumulto bajo sus ventanas, mandó a los soldados que saliesen a ver qué ocurría.
Pero los salmistas, que eran cincuenta, todos ellos fornidos, guiados por el inspirado Séguier y anhelosos de muerte, habían llegado ya junto a la puerta de la casa, intimando la rendición de todos sus moradores. El arcipreste respondió con arrogancias de empedernido perseguidor, y mandó a sus soldados que dispararan contra la turba. Un encamisado1 cayó muerto por la descarga, y entonces los demás arremetieron a hachazos contra la puerta, que hicieron saltar del todo con una viga de madera, a modo de palanca, allanaron el piso bajo, libertaron a los presos, y como hallaron a uno de éstos en el hoyo estercolero, subió de punto su furia contra Chayla y trataron por reiteradas embestidas de entrar en el piso alto. Pero el arcipreste había dado la absolución a su gente que defendía con denuedo la escalera.
El profeta Séguier exclamó de pronto:
¡Hijos de Dios! tened las manos. Quememos la casa con el sacerdote y los satélites de Baal.
El fuego prendió rápidamente. Desde una ventana, Chayla y los suyos se descolgaron al jardín por medio de sábanas lanudadas. Algunos lograron escapar a través del río, bajo las balas de los revoltosos; pero el arcipreste se cayó en la huida, quebrándose una pierna por el muslo, sin poder más que arrastrarse hasta la tapia. ¿Qué pensaría de la proximidad de aquel segundo martirio? Era un pobre1  fatuo, lleno de odio, que según sus creencias había cumplido resueltamente con su deber en las Cevenas y en China. Pero al menos supo decir algo en su defensa; porque al derrumbarse la techumbre envuelta en llama, la luz del incendio delató su refugio, y los encamisados cayeron sobré él y la llevaron ebrios de furor a la plaza de la villa, diciéndole que estaba condenado, a lo que repuso él, exclamando:
Se les conoció en adelante con este nombre, porque aquella noche iban con la camisa puesta encima del traje. Así lo refieren algunos historiadores. (N. del T.)
-Si estoy condenado, ¿por qué queréis condenaros también vosotros?
Era muy buena razón en aquel trance; pero en el ejercicio de su cargo de inspector de Misiones había dado muchas otras en contrario y las iba a escuchar en aquel punto. Uno por uno, Séguier el primero, los encamisados se le fueron acercando para apuñalarle. Según le clavaban el puñal en el cuerpo iban diciendo: «Esta puñalada por mi padre, descoyuntado en la rueda.» «Está por mi hermano en galeras.» «Esta por mi madre presa en tus malditos conventos.» Cada cual daba su puñalada y su razón.
Después se arrodillaron todos alrededor del cadáver entonando salmos hasta el alba; y entonces, sin cesar el canto desfilaron hacia Frugéres, Tarn arriba, para proseguir su vengadora obra, dejando en ruinas la casa cárcel de Chayla y su cadáver tendido con cincuenta y dos puñaladas en medio de la plaza.
«Fue una salvaje hazaña nocturna con acompañamiento de salmos; y aún hoy parece como si un salmo tuviera sonido de amenaza en aquella población del Tarn. Pero respecto a Pont de Montvert, no acaba su historia con la marcha de los encamisados. La carrera de Séguier fue breve y sangrienta.
Dos sacerdotes más y toda una familia de Ladevéze, desde el padre a los criados, cayeron en su poder durante el par de días que campó por sus respetos, y aun siempre perseguido por las tropas. Preso al fin por el capitán Poul, militar afortunado, apareció imperturbable en presencia de sus jueces.
»-¿Vuestro nombre?
»-Pedro Séguier.
»-¿Porqué os llaman el Espíritu?
»-Porque el Espíritu de Dios está en mí.
»-¿Vuestro domicilio?
»-Ultimamente en el desierto, y pronto en el cielo.
»-¿No tenéis remordimiento de vuestros crímenes?
»-No he cometido ninguno. Mi alma es como un jardín lleno de fuentes y glorietas.»
El 12 de agosto, en la plaza de Pont de Montvert, sufrió Séguier el último suplicio. Le cortaron primero la mano derecha y después lo quemaron vivo. ¿Era su alma como un jardín? Tal vez así era el alma de Chayla, el mártir cristiano. Y acaso, si yo pudiera leer en mi alma o en las vuestras, sería algo menos sorprendente su valía.
La casa de Chayla aún subsiste, reedificada junto a uno de los puentes de la población; y quien sea curioso podrá ver el jardín en donde cayera.

EN EL VALLE DEL TARN
Un camino nuevo conduce de Pont de Montvert a Florac por el valle del Tarn. Está finamente enarenado y sigue casi a media distancia entre la cumbre de las rocas y el río, por el fondo del valle.
Durante la marcha atravesaba yo alternativamente bahías de sombra y promontorios de sol. Era una especie de desfiladero semejante al de Killieerankie.
En las montañas, el profundo y tortuoso barranco, con el Tarn que tumultuosamente rugía más abajo, y las rocosas cumbres iluminadas arriba por el sol.
Una sencilla hilera de fresnos bordeaba las cimas de las colinas como hiedra de ruinas; pero en las escotaduras y cañadas desplegaban su follaje los castaños. Algunos estaban plantados en su propio arriate no mayor que una cama; otros, confiados en sus raíces, tenían fuerza para crecer y prosperar, altos, derechos y amplios, en las rápidas pendientes del valle; y los había que se alineaban en la orilla del río, tan robustos como cedros del Líbano. Sin embargo, aun en los parajes donde más espesamente se erguían no formaban bosques, sino un rebaño de vigorosos árboles cuyas copas, por lo amplias y abiertas, parecían colinas enanas entre las copas de sus compañeros. Exhalaban un grato y suave aroma, que embalsamaba el aire vespertino. El otoño había manchado las verdes hojas con dorada marchitez, y al brillar el sol entre ellas, encendiendo el amplío follaje, realzaba, no en sombra, sino en luz, recíprocamente los castaños. Un humilde bosqueja-dor arrojó allí desesperadamente el lápiz.
Hubiera querido tener noción del crecimiento de aquellos nobles árboles; de cómo son sus ramas tan recias cual las del roble y su follaje tan desmayado como el del sauce; de cómo se yerguen en derechura semejantes a las columnas de un templo, y a -imitación del olivo echan tiernos retoños del más estropeado tronco y comienzan una nueva vida sobre las ruinas de la vieja. Así participan de la índole de muy diversos árboles, y aun sus espinosas ramas terminales, miradas de cerca y contra el cielo, tienen sorprendente aspecto de palmera. Mas aunque mundo arbóreo es de todas las más opulenta y original, porque al contemplar un terreno poblado de estos montículos de follaje, al ver una tribu de añosos e invencibles castaños «como manada de elefantes» en el espolón de una montaña, se eleva la mente humana al supremo concepto de las fuerzas de la naturaleza.
Entre el remolón humor de Módestina y la hermosura del paisaje poco adelanté aquella tarde en mi camino; y al notar, por último, que si bien el sol estaba aún distante del ocaso, iba muy luego a despedirse del angosto valle del Tarn, miré en derredor, querencioso de un paraje donde acampar. No era fácil encontrarlo. Los arriates de los castaños pecaban de estrechos, y en donde no los había, las quebraduras del terreno no brindaban al reposo, pues me hubiera ido deslizando durante la noche para amanecer con la cabeza o los pies en el río.
Tras andar cerca de otra milla, vi a cosa de veinte metros, sobre el nivel del camino, un altozano lo bastante ancho para contener mi saco, reciamente parapetado por el tronco de un enorme y secular castaño. A este propósito, y con indecible trabajo, aguijé y di de puntapiés a la reacia Modestina, apresurándome a descargarla. Sólo había sitio para mi en el altozano y me fue preciso subir otro tanto antes de encontrarle paraje a la borrica en un montón de cantos rodados, sobre una terraza artificial que no medía medio metro en cuadro. Allí la até a un castaño, y después de darle grano, pan y un montón de hojas del árbol, de las que la veía codiciosa, bajé a mi campamento. El sitio era desagradablemente expuesto a la curiosidad de los viandantes. Un par de carros venían por el camino, y mientras hubo luz del día me oculté como un perseguido encamisado tras el parapeto del corpulento tronco del castaño, porque tenía un miedo cerval de que alguien, al verme allí, viniera a importunarme por la noche con sus bromas. Además, conjeturaba que me había de levantar temprano, porque aquellos castañares daban manifiestos indicios de haber sido objeto de expurgo el día antes. En la escotadura se veían ramas podadas y en diversos sitios había montones de hojas apoyados contra los troncos, pues aun las hojas del castaño son útiles y los labriegos se sirven de ellas como de forraje para los animales. Pellizqué una merienda, temblando de miedo y medio echado para que no me vieran desde el camino; y me atrevo a decir que estaba como si hubiese sido un explorador de la banda de Cavalier sobre el Lozera o de la de Salomón a través del Tarn en los viejos tiempos de los salmos con sangre. O tal vez más; porque los encamisados tenían profunda confianza en Dios, y a este propósito recuerdo la narración histórica de cómo el conde de Gévandan, cabalgando con escolta de dragones y un notario a la grupa para tomar juramento de fidelidad a todas las aldeas del país, penetró en un valle intermedio de los bosques, encontrando a Cavalier y sus hombres comiendo alegremente sobre la hierba, con los sombreros adornados de guirnaldas de boj, mientras quince mujeres les lavaban la ropa blanca en el arroyo. Tal fue una jira campestre en 1703. Por la misma época estaría pintando Antonio Watteau análogas escenas.
Mi campamento era muy distinto del de la noche anterior en el frío y silencioso pinar. Hacía calor y aun algo de bochorno en el valle. El estridente canto de las ranas, semejante a la trémula nota de un pito entorpecido por un guisante, resonó en la orilla del río antes de ponerse el sol. Según iba creciendo la obscuridad, se escuchaban acá y allá débiles crujidos entre las caídas hojas, y de cuando en cuando hería mi oído algún tenue chirrido, y creía ver algo impreciso que se moviese ágilmente entre los castaños. Multitud de tamañas hormigas rastreaban por el suelo; los murciélagos revoloteaban a mi alrededor y los mosquitos zumbaban sobre mi cabeza. Las largas ramas, con sus penachos de hojas, pendían en el aire como guirnaldas, y las más cercanas a mí parecían un emparrado que el viento borrascoso amenazaba derribar en cuanto soplase.
Durante largo rato huyó el sueño de mis párpados, y cuando ya la pesadez de miembros y la quietud de la mente me iban a consentir conciliarlo, me despertó un ruido que junto a mi cabeza resonaba y que, francamente lo confieso, me oprimió el corazón. Era un ruido semejante al que alguien hubiera podido hacer arañando fuertemente el suelo con las uñas. Venía el ruido de debajo del zurrón que me servía de almohada, y resonó tres veces antes de que yo pudiese levantarme y volverme. Nada vi ni nada oí de nuevo más que unos cuantos de aquellos misteriosos crujidos, ya cercanos, ya distantes, y el incesante acompañamiento del rumor del río y el croar de las ranas. Al día siguiente supe que los castañares están infestados de ratas, y a ellas debían atribuirse sin duda los crujidos, chirridos y arañazos, aunque el enigma fue para mi insoluble de momento y hube de arreglármelas para dormir, como mejor pude, en pasmosa incertidumbre respecto a mis vecinos.
Al apuntar el lunes 30 de septiembre, me despertó ruido de pisadas que resonaban no muy lejos de las piedras, y al abrir los ojos vi a un labriego que caminaba entre los castaños por un sendero que hasta entonces no había yo advertido. Sin volver la cabeza ni a la derecha ni a la izquierda desapareció muy luego a paso largo entre el follaje. ¡He ahí un fugitivo! Pero evidentemente ya era tiempo de sobra para reanudar la marcha. Los campesinos salían ya a sus faenas y eran no mucho menos terribles para mí en aquella indescriptible situación que los soldados del capitán Poul para un intrépido encamisado. Di pienso a Modestina con lo que en mi apresuramiento pude, y al volverme al fardo vi a un hombre y un muchacho que venían por la ladera en dirección cruzada con la mía. Me saludaron con inteligibles voces y yo respondí con inarticulados pero afectuosos sonidos, dándome priesa a calzarme las polainas.
La pareja, que parecían padre e hijo, llegaron despacio al altozano y se detuvieron junto a mi por un rato en silencio. El saco estaba abierto y noté con pesar que mi revólver quedaba a la vista sobre la lana. Por último, después de mirarme de pies a cabeza y cuando ya el silencio era ridículamente embarazoso, el hombre me preguntó en tono que parecía de reconvención:
-¿Ha dormido usted aquí?
-Sí; como usted lo ve.
- ¿Y por qué?
-Pues porque estaba cansado.
Después me preguntó que adónde iba y qué había comido; y sin la más leve transición exclamó:
-¡Está bien! Vámonos.
El y su hijo, sin añadir palabra, se encaminaron hacia el castaño siguiente al inmediato y se pusieron a podarlo. La cosa había pasado más sencillamente de lo que yo esperaba. Era hombre de grave y respetable aspecto, y su áspero tono no denotaba que creyera hablar con un criminal, sino con un inferior.
Pronto estuve en el camino, royendo una pastilla de chocolate y gravemente preocupado por un caso de conciencia. ¿Había de pagar el hospedaje? Había dormido mal; la cama estaba llena, de pulgas en forma de hormigas; faltaba agua en el cuarto; y la aurora se había olvidado de llamarme por la mañana. Podía haber perdido el tren en caso de ser posible tomar alguno por allí cerca. Evidentemente estaba descontento del trato recibido, y decidí que no debía pagar a no ser que encontrase a algún mendigo.
El valle parecía aún más ameno por la mañana; y muy luego el camino llegó al nivel del río. Allí, en un paraje donde se erguían frondosos castaños formando una isla sobre una terraza alfombrada de césped, me acicalé en las aguas del Tarn, que estaban maravillosamente claras y estremecedoramente frías. La espuma del jabón desaparecía como por arte mágica en la rápida corriente y los níveos guijarros eran un dechado de pulcritud. Lavarse en uno de los ríos de Dios, al aire libre, me parece una especie de jubilosa solemnidad o un semipagano acto de adoración. Chapotear en las jofainas en una alcoba podrá tal vez limpiar el cuerpo; pero la imaginación no toma parte en semejante limpieza. Seguí caminando con pacífico y alegre corazón, y al avanzar entonaba salmos, para el oído espiritual.
De pronto encontré a una mujer que a boca de jarro me pidió limosna. Yo pensé: «Bueno; ya está aquí la camarera con la cuenta».
Y al punto pagué mi nocturno albergue. Tomadlo como queráis; pero esta mujer fue el primero y último mendigo con que topé durante toda mi excursión.
Pocos pasos más adelante, me alcanzó en el camino un viejo de rostro curtido, sonriente, de ojos claros y cubierto con un gorro negro de dormir de color obscuro. Le seguía una niña que guiaba dos ovejas y un macho cabrío; pero ella se desvió de mí, al paso que el viejo se me puso al lado hablándome del tiempo y del valle. No eran mucho más de las seis, y para las gentes sanas que han dormido bien es una hora de expansión y de ingenuo y confiado palique. Por fin me dijo el viejo:
-¿Conoce usted al Señor?
Yo le pregunté que a qué Señor se refería; pero él repitió la pregunta con mayor énfasis, denotando en su mirada esperanza y curiosidad. Entonces le respondí señalando al cielo:
- ¡Ah! Ya comprendo. Sí; le conozco y es mi mejor conocido.
El viejo replicó diciendo que le complacía mucho el oírme, y añadió golpeándose el pecho:
- ¡Mirad! El me da aquí la dicha.
Siguióme contando que en aquellos valles había muy pocos que conociesen al Señor, no muchos,  sino muy pocos, porque «Muchos son los llamados y pocos los elegidos.» Después le dije:
-Buen hombre, no es fácil decir quién conoce al Señor, pues no es cuenta nuestra. Protestantes y católicos, y aun quienes adoran a las piedras pueden conocerle y ser conocidos de él, porque hizo todas las cosas
No me tenía por tan buen predicador.
Me aseguró el viejo que era de mi misma opinión y reiteró las frases placenteras que me había dirigido al encontrarme, añadiendo:
- ¡Somos tan pocos! Aquí nos llaman moravianos; pero allá abajo, en el departamento del Gard, en donde también hay unos cuantos, les llaman derbistas según dijo un pastor inglés.
Colegí que el viejo me había tomado, con dudoso gusto, por miembro de alguna secta para mí desconocida; pero estaba yo mucho más complacido de la satisfacción de mi compañero, que embarazado por mi equívoca situación. Verdaderamente, no veía yo deslealtad alguna en no confesar diferencia de criterio, especialmente tratándose de estas delicadas materias en que todos estamos íntimamente convencidos de que aunque los demás puedan equivocarse, no tenemos nosotros toda la razón. Se habla mucho de la verdad; pero aquel viejo del gorro negro se mostraba tan ingenuo, apacible y amistoso, que yo no me sentía mal dispuesto a declararme convertido por él. Vine a saber que era de la secta de los hermanos de Plymouth. De la doctrina que profesaba no tenía yo la menor idea ni tipo para averiguarlo; pero bien sé que todos estamos embarcados en un revuelto mundo, que somos hijos de un mismo Padre y nos esforzamos en obrar y ser iguales en muchos puntos esenciales. Y aunque equivocado respecto a mis creencias, me estrechaba repetidamente la mano y oía gustoso mis palabras, era una equivocación equivalente al acierto. Porque la caridad empieza a ciegas, y únicamente después de una serie de equivocaciones similares se convierte al fin en un firme sentimiento de amor y paciencia y en una sólida confianza en nuestros prójimos. Así es que si por último todos hemos de llegar por nuestros separados y tristes caminos a reunirnos en una común morada, me apoyo cariñosamente en la esperanza de que mi viejo compañero de camino se apresurará de nuevo a estrecharme las manos.
Conversando como Cristián y Field llegamos el viejo y yo a una aldea ribereña del Tarn. Era un humilde lugar llamado La Vernide, con menos de una docena de casas y una capilla protestante en la cima de una colina. Allí vivía el viejo, y en la posada mandé que me arreglaran el almuerzo. Administraba la posada un simpático joven, machacapiedras de la carretera, y su hermana, una linda y atractiva muchacha. El maestro de escuela vino a verme y hablarme al saber que era yo extranjero. Me complació más de lo que yo esperaba el que todos los vecinos fueran protestantes, y mayor placer tuvo todavía al notar que parecían gentes honradas y sencillas. El viejo del camino me asediaba a cortesías y por lo menos vino tres veces para asegurarse de que almorzaba a mi satisfacción. Su proceder me conmovió profundamente y aun hoy me despierta recuerdos. Temía ser importuno y al propio tiempo no hubiera querido separarse ni por un instante de mi lado y no se cansaba de estrecharme la mano.
Cuando todos los demás se hubieron marchado a sus cotidianas tareas, me senté a platicar durante cerca de media hora con la joven posadera, que mientras trabajaba en sus labores de costura me habló placenteramente de la cosecha de castañas, de las bellezas del Tarn, de los viejos afectos de familia, que subsisten aun luego de salir las jóvenes de la casa paterna. Estoy seguro de que tenía aquella muchacha muy plácido temperamento con mucha ingenuidad campesina y no poca delicadeza interna.
Quien se adueñe de su corazón será sin duda afortunado esposo.
El valle que se extendía debajo de La Vernide me agradaba más y más a medida que lo recorría. Las colinas se acercaban por todos lados, áridas y desmoronadas, amurallando al río entre sus peñascales.
El valle se ensanchaba y enverdecía. Dejé atrás el antiguo castillo de Miral; pasé por un almenado monasterio largo tiempo en ruinas y convertido parte de él en iglesia parroquial; vi un grupo de negruzcas techumbres, la aldea de Cocurès, situada entre viñedos, praderas, huertos agobiados de rojas manzanas y nogales alineados en el borde de la carretera, cuyas nueces recogían los aldeanos en sacos y cestas. Sin embargo, por mucha que fuese la amplitud de la cañada, las colinas eran todavía altas y áridas, con almenados peñascales y alguno que otro picacho; y el Tarn seguía borboteando entre las piedras con montesino estrépito.
Por un antojo de la imaginación me había figurado yo encontrar un horroroso país, según el sentir de Byron; pero a mis escoceses ojos aparecía fértil y risueño, porque el ambiente daba una impresión vernal a mí cuerpo acostumbrado a los fríos de Escocia, aunque el otoño había deshojado ya algún tanto los castaños, y los álamos, que allí empezaban a entremezclarse con ellos, se habían vuelto de oro pálido en expectativa del invierno.
Algo notaba yo en aquel paisaje risueño, aunque agreste, que me explicaba el espíritu de los pactistas meridionales. Los que en Escocia resguardaron su conciencia en las fragosidades montaneras tenían sombríos y diabólicos pensamientos, porque una vez recibido el auxilio de Dios eran capaces de luchar redobladamente contra Satanás; pero los encamisados sólo tenían brillantes y confortadoras visiones. Les salpicaba copiosamente la sangre al matar y al morir; y sin embargo, no les obsesionaba el demonio. Con la conciencia tranquila perseveraban en su conducta en aquellos duros tiempos y adversas circunstancias. No olvidemos que el alma de Séguier era como un jardín. Sabían que Dios estaba a su lado, con una seguridad sin igual entre los escoceses, porque si bien éstos pudieran estar seguros de su causa, carecían de confianza en sí mismos.
Decía un viejo encamisado: «Cuando oímos el canto de los salmos, corrimos como si tuviéramos alas.
Sentimos interiormente un vehementísimo ardor, un arrobador anhelo imposible de expresar con palabras. Es un sentimiento que debe experimentarse para comprenderlo. Por fatigados que estemos, ya no pensamos más en la fatiga y recobramos la agilidad en cuanto resuena en nuestros oídos el acento de los salmos».
El valle de Tarn y las gentes con quienes hablé en La Vernéde me explican no sólo el sentido de este pasaje sino los veinte años de sufrimientos que, con mansedumbre de niños, paciencia de labriegos y constancia de santos sobrellevaron los mismos que tan implacables y sanguinarios fueron una vez empeñados en la guerra.

FLORAC
Junto a un brazo del Tarn se asienta Florac, residencia de una subprefectura, con un antiguo castillo, una avenida de plátanos, algunas esquinas callejeras de presuntuoso aspecto y una fuente de agua viva que procede de la montaña. Es notable también por la hermosura de sus mujeres y porque con Alais comparte la capitalidad del país de los encamisados.
El posadero me llevó después de comer a un café contiguo, en donde yo, o mejor dicho, mi viaje fue tema de las conversaciones por la tarde. Todos tenían alguna indicación que darme, sobre el mejor camino que debía tomar, y aun trajeron el mapa de la subprefectura que, entre tazas de café y copas de licor, fueron señalando con sus pulgares. La mayor parte de aquellos amables consejeros eran protestantes, aunque advertí que entre protestantes y católicos había amistosa mezcolanza, y me sorprendió ver que aún perduraba vivo el recuerdo de la guerra religiosa. En las montañas del sudoeste, por Mauchline, Cumnock y Carsphairn, los graves campesinos presbiterianos de cortijos y masías recuerdan hoy los tiempos de la terrible persecución y veneran piadosamente las tumbas de los mártires del país.
Pero en las ciudades, y entre la llamada buena sociedad, me parece que estas antiguas hazañas se han convertido en frívolas consejas. No es fácil que en una tertulia familiar de Wigton recaigan las conversaciones sobre los pactistas; aún más, en Muirkirk de Glenluce encontré yo a la mujer de un alguacil que ni siquiera había oído hablar del profeta Peden; pero los cevenenses estaban muy de otro modo ufanos de sus antepasados y su tema predilecto era la guerra. Consideraban las hazañas de los ascen-dientes como ejecutoria de su propia nobleza. Sin embargo, cuando un hombre o un país sólo han tenido en su vida o en su historia una aventura, y ésta heroica, hemos de esperar y debemos perdonar la prolijidad del relato.
Me dijeron los de Florac que el país andaba; lleno de leyendas aún no recopiladas y de los descendientes de Cavalier (no en línea directa sino colateral) me contaron que todavía se consideraban dichosos al contemplar el escenario de las proezas del imberbe general. Un cortijero había visto en pleno siglo XIX los desenterrados huesos de los viejos combatientes en el mismo campo donde pelearon y que sus tataranietos cavaban apaciblemente.
A la caída de la tarde, uno de los pastores protestantes tuvo la amabilidad de visitarme. Era un joven inteligente y cortés con quien conversé un par de horas. Me dijo que Florac, es mitad protestante y mitad católica, estando la diferencia de religión sujeta a la de opiniones políticas. Cabe juzgar de mi sorpresa cuando después de haber estado en un pueblo tan murmurador y chismoso como Monastier, me enteré de que los vecinos de Florac convivían amistosamente a pesar de sus encontradas creencias y que se prestaban cariñosa hospitalidad en sus respectivas viviendas. Encamisados negros y encamisados blancos, guerrilleros y dragones, profetas protestantes y cadetes católicos de la Cruz Blanca, se habían combatido a hierro y fuego, incendiando, saqueando y asesinando con el corazón inflamado de indignada furia, para que al cabo de ciento setenta años el protestante siguiese siendo protestante y el católico perseverara en su fe con mutua tolerancia y afectuosa comunidad de vida.
Pero la raza humana, como la indómita naturaleza de donde brota, entraña en sí medicinales virtudes.
Las cosechas varían según las estaciones y los años; tras la lluvia refulge el sol; y el género humano se sobrepone a las seculares animosidades como el individuo a las pasiones de un día. Nosotros juzgamos a los antepasados desde una más ventajosa situación, y desvanecido por el tiempo el polvo de las refriegas podemos ver ambos bandos adornados con humanas virtudes y peleando bajo la enseña de la justicia.
Yo nunca creí que fuese fácil ser justo, y cada día lo veo más costoso de lo que me parecía. Confieso que el trato de aquellos protestantes me alegró el ánimo como si me viese en mi patria. Yo estaba acostumbrado a hablar su lenguaje, en distinta más y profunda acepción de esta palabra que la diferencia entre los idiomas francés e inglés, porque la verdadera Babel consiste en la oposición de conducta y pensamiento. De aquí que yo pudiera comunicarme más libremente con los protestantes y juzgarlos con mayor acierto que a los católicos. El padre Apolinar y el viejo de La Verlibde eran igualmente candorosos y devotos. Sin embargo, me pregunto si hubiese estimado tan de pronto las virtudes del trapense; o si caso de ser católico me sintiera tan fervorosamente afecto al derbista de La Vernède. Al primero le traté en términos de tolerancia y paciencia; pero con el segundo me fue posible mantener conversación e intercambio mental sobre puntos esenciales aunque apoyado en un equívoco. En este imperfecto mundo nos alegran aun las intimidades incompletas; pero si encontráramos tan sólo uno a quien poder descubrir nuestro corazón y convivir sinceramente con él sin disimulo, no tendríamos fundamento para quejarnos del mundo de Dios.

EN EL VALLE DEL MIMENTA
El martes primero de octubre salí de Florac a la caída de la tarde. Cansada estaba la borrica y cansado el arriero. Poco más adelante, un cubierto puente de madera llamado el Tarnon nos llevó al valle del Mimenta cuya corriente dominaban escarpadas rojizas y rocosas montañas. Robustos robles y castaños medraban en las escotaduras o en recuadros de piedra, y de trecho en trecho se veía un campo de mijo o unos cuantos manzanos tachonados de rojas manzanas. El camino pasó junto a dos renegridas aldeas, una de ellas coronada por un viejo castillo para encanto de turistas.
También aquí me fue difícil encontrar paraje adecuado a mi campamento, pues aun bajo los robles y castaños no sólo era el terreno muy pendiente sino que esta sembrado de pedruscos, y en donde no había árboles el declive de las colinas era un despeñadero tapizado de brezales. El sol ya no iluminaba el picacho frontero por donde yo iba y en todo el valle retumbaba el grave sonido del cuerno con que los zagales llamaban a las reses al redil, cuando descubrí un lienzo de pradera algo más abajo del camino, en un recodo del río. Bajéme hasta allí, y después de atar interinamente a Modestina a un árbol, me puse a explorar los alrededores. La sombra gris perla del crepúsculo invadía el valle; los objetos se iban confundiendo a poca distancia de la vista; y la obscuridad se extendía rápidamente como una exhalación. Me acerqué a un corpulento roble que en la pradera crecía junto a la margen del río.
Entonces oí con disgusto voces infantiles, y al mirar eché de ver una casa a la vuelta del recodo en la otra orilla. A punto estuvo de rehacer el fardo y marcharme; pero la creciente obscuridad me movió a quedarme, considerando que bastaba con no hacer ruido alguno hasta ya cerrada la noche, y confiar a la aurora el encargo de llamarme por la mañana temprano. Era muy penoso que en aquel hotel de primer orden le molestasen a uno los vecinos.
Un hueco que se abría bajo el roble fue mi, cama.
Antes de que acabara de dar el pienso a Modestina y acomodar el saco, brillaron tres lucientes estrellas y las demás fueron apareciendo lentamente. Para llenar mi cantimplora me adelanté hasta el río que parecía muy negro entre las rocas, y cené con buen apetito, a obscuras, porque tuve escrúpulo de alumbrar la linterna estando tan cerca de una casa. La luna, que durante toda la tarde había yo visto como un pálido creciente, iluminaba débilmente la cumbre de las colinas, sin que ni un rayo llegara al fondo del valle en donde yo reposaba. El roble se erguía, ante mí como una columna de tinieblas, y sobre mi cabeza, las palpitantes estrellas daban en rostro a la noche. Nadie conoce las estrellas si no ha dormido como donosamente dicen los franceses a la belle étoile. Podrá conocer sus nombres, distancias y magnitudes, e ignorar lo que verdaderamente importa al género humano: su serena y gozosa influencia en el ánimo. La mayor parte de las poesías tienen por te-ma las estrellas; y con justicia, porque son de por sí las más clásicas poetisas. Estos lejanísimos mandos que centellean como encendidos cirios o titilean todos a la vez cual diamantino polvo esparcido por el firmamento, no los habían contemplado distintamente de como yo los contemplaba, Rolando y Cavalier, en tiempos en que según decía este último no tenían «otra tienda que el cielo ni otro lecho que la madre tierra».
Toda la noche sopló del valle un fuerte viento que echaba sobre mí las bellotas desprendidas del roble. Sin embargo, en aquella primera noche de octubre estaba el ambiente tan templado como en mayo y no hube de abrigarme con la piel.
Me preocupaban mucho los ladridos de un perro, porque es animal para mi más temible que el lobo. El perro es incomparablemente más valeroso y tiene el sentimiento del deber. Si matáis un lobo, recibís alabanza y premio; pero si matáis un perro, topáis con el sagrado derecho de propiedad y los afectos domésticos que os reclaman indemnización.
Al fin de un fatigoso día, la áspera nota del ladrido de un perro es de por sí una aguda molestia; y a un caminante como yo le recuerda en su más enojosa forma a las gentes sedentarias y bien acomodadas en sus hogares. Este agresivo animal tiene algo del clérigo y del abogado, y si no le ahuyentaran las piedras, el hombre más intrépido recelaría de viajar a pie.
Yo respeto mucho a los perros en los dominios domésticos; pero en las carreteras o cuando duermo en el campo, a la par los temo y detesto.
El mismo perro (pues ya conocía su ladrido) me despertó a la mañana siguiente, miércoles 2 de octubre, arremetiendo hacia la margen del río; pero al verme levantado retrocedió apresuradamente. Las estrellas no habían desaparecido del todo. El cielo estaba teñido del hermoso y suave gris azulado de la mañanita. Iba extendiéndose la claridad del día y los árboles de la ladera se dibujaban en vigoroso contraste del cielo. El viento había virado hacia el norte y ya no alcanzaba al valle; pero mientras estaba haciendo mis preparativos empujó velozmente una blanca nube por encima de la cumbre, y al mirarla quedé sorprendido de verla teñida de oro. En aquellas altas regiones del aire, brillaba ya el sol como en el meridiano. Si las nubes se moviesen a suficiente altura, podríamos admirar el mismo fenómeno durante toda la noche, porque siempre es día en los campos del espacio.
Cuando empecé a remontar el valle, sopló una ráfaga de viento del este, aunque las nubes seguían moviéndose sobre mi cabeza en dirección casi contraria. Poco más adelante vi ya toda una ladera dorada por el sol; y todavía más allá, entre dos picachos, apareció flotando en el cielo un foco de deslumbradora refulgencia. De nuevo me veía frente a frente de la enorme fogata que lumbrea en el corazón de nuestro sistema.
Tan sólo encontré a un ser humano aquella mañana. Un viandante hosco, de militar catadura, que llevaba una escarcela pendiente de su tahalí. Al preguntarle yo si era protestante o católico, me hizo una observación que me parece digna de citar, porque me respondió diciendo:
- ¡Oh! Yo no me avergüenzo de mi religión. Soy católico.
¡No se avergonzaba de su religión! La frase es un documento de estadística natural, porque así hablan los que están en minoría. Me acordé sonriendo de Bavile y sus dragones, y de cómo es posible pisotear bajo las patas de los caballos a una religión durante un siglo sin lograr otra cosa que dejarla más briosa con el roce.
Irlanda es todavía católica. Las Cevenas son aún protestantes. Ni cestos llenos de papel sellado ni los cascos de un regimiento de caballería serán capaces de alterar un ápice las ideas de un campesino, que no serán muchas, pero que tales como son están arraigadísimas y medran florecientemente con la persecución. Quien ha regado el suelo con el sudor de su frente en fatigosos días, quien ha convivido por la noche con las estrellas, el que frecuenta montañas y bosques, el honrado campesino acaba por sentirse en comunicación con las fuerzas del universo y en amistosas relaciones con Dios. Como mi viejo de La Vernède, conoce al Señor. Su religión no se apoya en argumentos de lógica; es la poesía de la experiencia del hombre, la filosofía de la historia de su vida. En el transcurso de los años se le ha aparecido Dios a este sencillo labriego como la suprema potestad, como un sol de insuperable refulgencia, hasta convertirse en el esencial fundamento de sus postreras reflexiones. Podréis, si gustáis, transmutar autoritariamente los credos y los dogmas o proclamar una nueva religión a son de trompetas; pero ahí tenéis a un hombre con ideas propias, y tenazmente se aferrará a ellas en bien o en mal. Es católico, protestante o derbista, tan irrevocablemente como un hombre no es mujer o una mujer no es hombre. Porque no podrá cambiar de fe a no ser que desarraigara toda memoria de lo pasado, y de un modo literal y no metafórico transmutase su mente.

EL RIÑÓN DEL PAÍS
Me acercaba a Cassagnas, puñado de renegridas casas sobre la falda de una colina de aquel valle, circuida de castañares y dominada por rocosos picachos que se destacaban en la diafanidad del ambiente. El camino que se extiende a lo largo del Mimenta es tan nuevo que aún no se han repuesto los lugareños de la sorpresa que les causó la llegada del primer carro a Cassagnas. Pero aunque esté apartada de la vorágine de los negocios mundanos, ha figurado esta aldea en la historia de Francia. Cerca de allí, en las cuevas de la montaña, tenían los encamisados uno de sus cinco arsenales, en donde almacenaban vestuario, cereales y armas en previsión de la necesidad, forjaban sables y bayonetas y fabricaban pólvora con carbón de sauce y salitre hervido en calderas. En las mismas cuevas, entre aquellos diversos artefactos, curaban a los enfermos y heridos los cirujanos Chabrier y Tavan, y los asistían secretamente algunas mujeres de la vecindad.
De las cinco huestes en que estaban divididos los encamisados, era la más veterana y noctámbula la que tenía su cuartel de aprovisionamiento en Cassagnas. Era la hueste del Espíritu Séguier, formada por los hombres que unieron sus voces a la de él para entonar el salmo 68 cuando asaltaron la casa del arcipreste de las Cevenas. Después de la prisión y suplicio de Séguier, sucedióle Salomón Coudere, a quien Cavalier apellida en sus Memorias vicario general castrense del ejército de los encamisados. Era profeta y experto conocedor del corazón humano, hasta el punto de que concedía o negaba los sacramentos a los fieles con sólo «mirar atentamente a los ojos» de quien los solicitaba. Sabia de memoria la mayor parte de las Escrituras, y esto le sirvió de mucho, pues en una sorpresa, en agosto de 1703, perdió su mula, su cartera y su Biblia. Lo extraño es que no los sorprendieran más a menudo y con mayor eficacia, porque la hueste de Cassagnas era verdaderamente patriarcal en su concepto de la guerra y acampaban sin centinelas, dejando la vigilancia a cargo de los ángeles del Dios por quien peleaban.
Esto es prueba no sólo de su fe sino de la fragosidad del país en donde se guarecían. El señor de Caladon, que cierto día fue a pasear por las montañas, se los encontró como hubiera podido encontrar «un rebaño de ovejas en una llanura». Unos estaban dormidos y otros despiertos y entonando salmos.
En otra ocasión, un traidor no necesitó, para introducirse en sus filas, de otro requisito que «su habilidad en cantar salmos», y aun el profeta Salomón «le distinguió con su amistad particular». Así subsistía entre sus fragosas montañas aquella rústica tropa, y la historia no puede atribuirle más hazañas que los sacramentos y los éxtasis.
Gentes de este rudo e ingenuo linaje no era probable, como antes dije, que cambiaran de religión ni que dieran a la apostasía más que una conformidad puramente externa, como la de Naaman en casa de Rimmon. Cuando Luis XVI, «convencido de la ineficacia de un siglo de persecuciones y más bien por necesidad que por simpatía» concedió al fin la tolerancia religiosa, Cassagnas era todavía protestante y lo sigue siendo hoy como un solo hombre. Verdad es que hay una familia no protestante, pero tampoco católica. Es la de un cura católico renegado que se amancebó con una maestra de escuela. Conviene advertir que los mismos aldeanos protestantes desaprueban la conducta de este cura renegado y dicen:
«Mala cosa para un hombre es quebrantar sus juramentos».
Los lugareños a quienes traté parecían inteligentes según la mentalidad campesina, y eran de sencillos y dignos modales. Me tuvieron mucha consideración por ser también protestante, y mi conocimiento de la historia me aquistó en todavía mayor grado su respeto. Durante la comida tuve algo así como una controversia religiosa con un gendarme y un mercader que a mi mesa comían y eran ambos forasteros y católicos. El hijo del posadero, que estaba de pie a mi lado, apoyaba mis razones, y la discusión se deslizó en términos de amigable tolerancia, con no poca sorpresa de quien como yo se había criado entre las infinitesimales y contenciosas discrepancias de Escocia. Cierto es que el mercader se acaloró algún tanto y no le satisfacían mis citas históricas; pero el gendarme lo tomaba todo suavemente, diciendo que «mala cosa era para un hombre cambiar de religión». Todos asintieron a esta frase.
Sin embargo, no habían opinado así el sacerdote y el militar de Nuestra Señora de las Nieves. Pero la de Cassagnas era diferente raza; y acaso la misma grandeza de ánimo que les dio fuerza para resistir, los capacitaba ahora para discrepar de los demás con amable espíritu de tolerancia. Porque el valor respeta al valor; pelo en donde se ha extinguido la fe no cabe esperar más que ruines y mezquinas gentes.
La verdadera obra de Bruce y Wallace se encaminaba a la unión de las naciones para que no estuviesen por más tiempo escaramuceándose en las fronteras, sino que cuando llegase la oportunidad pudieran fraternizar con recíproco respeto.
El mercader mostró mucho interés por mi viaje y creía que era muy peligroso dormir al raso, diciendo:
-Hay lobos; y además se le conoce a usted que es inglés, y los ingleses llevan siempre repleta la bolsa, por lo que bien pudiera ocurrírsele a alguien darle a usted un mal golpe alguna noche.
Yo le dije que no tenía mucho temor de tales accidentes y que de todos modos no creía prudente el alarmarse y pensar en menudos peligros en el transcurso de la vida, que ya es de por si un negocio bastante arriesgado para agravarlo con nuevos recelos de peligro. Por fin añadí:
-Algo pudiera ocurrir el peor día en su casa de usted que acabase con su vida si estuviera encerrado con tres vueltas de llave en la alcoba.
-Sin embargo, ¡dormir al raso!
-Dios está en todas partes.
-Sí; pero ¡dormir al raso!
Y repetía esta frase en tono terrorífico.
Era la única persona que en todo mi viaje había puesto reparos a tan sencillo procedimiento de reposo, aunque muchos lo consideraban innecesario.
Mas, por otra parte, también una sola persona, el viejo de La Vernède se había entusiasmado con la idea, y cuando le dije que a veces prefería dormir bajo el toldo de las estrellas, a meterme en un emparedado y bullicioso mesón, exclamó: «¡Ahora veo que conoce usted al Señor!»
El mercader me pidió al marcharme una tarjeta de visita, porque a su parecer debían hablar de mí en el porvenir y deseaba que yo tomase nota de su petición y razonamientos. Con esto dejo satisfecho su deseo.
Poco después de las dos de la tarde crucé el Mimenta, para tomar un áspero sendero trazado hacia el sur en la falda de la colina, cubierto de cantos rodados y mechones de brezo. Según costumbre del país, desaparecía el sendero en la cima, por lo que dejé a la borrica paciendo el brezo y me fui en busca de un camino. Estaba a la sazón en la cresta divisoria de dos vastas cuencas. Tras mí todas las aguas vertían por conducto del Garona en el Atlántico; ante mi veía la cuenca del Ródano. Desde aquí, cómo desde las cumbres de Lozera, se columbran en días despejados las centelleantes aguas del golfo de Lyón; y tal vez desde allí mismo en donde yo estaba acechaban los soldados de Salomón los mástiles de sir Cloudesley Shovel y el tantas veces prometido auxilio de Inglaterra.
Aquella cordillera puede considerarse como el corazón, la entraña o el riñón del país de los encamisados. Cuatro de las cinco huestes acamparon allí casi a la vista una de otra: Salomón y Cavalier al norte, Castanet y Roland al sur. Cuando Julien terminó su famosa obra, la devastación de las altas Cevenas, que duró los dos meses de octubre y noviembre de 1703, asolando a hierro y fuego cuatrocientas sesenta villas y aldeas, la mirada de un espectador hubiera podido contemplar en su torno el espectáculo de un país silencioso, desolado y desierto. El tiempo y la actividad humana han reparado aquellas ruinas. Cassagnas vuelve a lanzar al aire el humo de sus chimeneas sobre las reconstruidas techumbres, y los cortijeros, terminadas las labores del día, regresan de los frondosos castañares a su cálido hogar, donde los hijos los esperan. Sin embargo, aquél era tal vez el más silvestre panorama de todo mi viaje. Picacho tras picacho y colina tras colina se extendían hacia el sur, acanaladas y esculpidas por las torrenteras invernales, cubiertas de alto abajo de castaños y rematadas acá y allá por una diadema de peñascos. El sol, todavía distante del ocaso, enviaba a través de las cumbres una dorada neblina; pero los valles estaban ya sumidos en profunda y plácida sombra.
Un muy viejo pastor que cojeaba apoyado en un par de bastones a guisa de muletas, y tocado con una gorra negra de difunto, como si denotase su proximidad, al sepulcro, me señaló el camino de San Germán de Calberte. Había algo de solemne en el aislamiento de aquella enferma y decrépita criatura.
No me era posible imaginar en dónde moraba, cómo había llegado a tan altas cumbres ni cómo se las arreglaría para bajar. A poca distancia de mi derecha se dilataba el famoso llano de Font Morte, donde Poul acuchilló con su sable armenio a los encamisados de Séguier. Al pastor me lo imaginaba yo como una especie de Rip van Winkle de la guerra, que extraviado de sus compañeros hubiese huido ante Poul y vagase desde entonces por las montañas. O bien que hubiera recibido la noticia de que Cavalier se había entregado o que Roland había caído en la pelea dando de espaldas contra un olivo. Mientras de esta suerte dejaba yo volar mi fantasía, oí que el viejo pastor me saludaba con entrecortadas voces y vi que con uno de los bastones me hacía señas de que retrocediera. Ya estaba yo algo más adelante; pero dejando a Modestina volví sobre mis pasos.
Pero ¡ay! que era un asunto muy vulgar.
El buen hombre, tomándome por mercader ambulante, se había olvidado de preguntarme qué iba vendiendo, y deseaba enmendar el descuido.
Yo le dije ásperamente:
-No vendo nada.
-¿Nada?
-Nada.
Dicho esto, le volví la espalda. Extraña fue en aquella ocasión mi conducta, pero tal vez de este modo le fui yo tan enigmático al viejo como él lo había sido para mí.
El camino se deslizaba por entre los castaños, y aunque vi una o dos aldeas abajo en el valle y varias casas aisladas de los cortijeros, anduve muy solo toda la tarde, y el crepúsculo se adelantó tempranamente bajo los árboles. Pero oí una voz de mujer que no muy lejos entonaba una antigua, melancólica e interminable balada, cuyo tema parecía versar sobre el amor de un apuesto galán, su hermoso amante. Yo hubiera querido aprender la cadencia para responderle desde mi invisible sendero del que, entretejiendo como Pippa mis pensamientos con los suyos. ¿Qué podía yo haberle dicho? Bastante poco, y sin embargo todo cuanto el corazón demanda. El mundo acerca y aparta alternativamente a las personas y muchas veces une a enamorados para separarlos en distantes y extrañas tierras; pero el amor es el mágico amuleto que convierte al mundo en un edén ; y «la esperanza, que en todos alienta», se sobrepone a las contrariedades de la vida y alcanza con trémula mano más allá de la muerte. Fácil es de decir, no cabe duda; pero también, por la misericordia de Dios, es tan fácil de decir como agradable de creer.
Al fin salí a una ancha y blanca carretera alfombrada de menudo polvo. Ya era noche cerrada. A una revuelta del camino, la borrica y yo dimos cara a la luna que brillaba sobre la frontera montaña. En Florac había vertido por el suelo el aguardiente, harto ya de esta bebida, y la substituí por generoso y perfumado Volnay. Brindé en plena carretera por la sacra majestad de la luna. Eramos un par de bocas llenas. Pero desde entonces ya no sentí fatigados mis miembros y la sangre circulaba tumultuosamente por las arterias. Aun la misma Modestina parecía inspirada por aquel suave resplandor nocturno y avivó insólitamente el paso. La carretera serpenteaba y descendía rápidamente por entre los castaños, y nuestros pies levantaban nubecillas de fugitivo polvo. Nuestras dos sombras, la mía deformada por el zurrón, y la de la borrica grotescamente zanqueada por el fardo, se dibujaban distintamente en el camino, y al revolver de un recodo se alargaron espectralmente, moviéndose por la montaña como nubes. De cuando en cuando soplaba del valle una templada brisa que mecía las ramas de los castaños cargados de hojas y frutos, levantando un sonoro murmullo que halagaba el oí-
do y a cuya cadencia danzaban las sombras de los árboles. Pero en cuanto cesaba la brisa nada se movía en todo el valle sino nuestros pies. En la opuesta estribación, la luz de la luna contorneaba débilmente el enorme costillaje y las profundas hondonadas de la montaña; y allá en lo alto se veía luz en las ventanas de alguna casa aislada cuya encuadrada centella contrastaba con la nocturna coloración del paisaje.
En cierto punto del camino, según yo iba bajando por los diversos recodos que en aquel trecho eran muy agudos, desapareció la luna tras la montaña, y hube de proseguir la marcha en tenebrosa obscuridad, hasta que otra revuelta me puso inesperadamente en San Germán de Calberte. El pueblo estaba en quietud, sueño y silencio, sepultado en las tinieblas de la noche. Tan sólo el resplandor de una lámpara que salía de una casa abierta y llegaba hasta el camino, me indicó que estaba entre viviendas humanas. Las dos últimas comadres de prima noche, que todavía parloteaban junto a la tapia de un huerto, me dieron las señas de la posada. La posadera estaba metiendo a sus chiquillos entre sábanas.
Ya no había lumbre en la cocina y hubo de volverla a encender no sin refunfuñar. Si llego media hora más tarde, me he de ir sin cenar a la cama.

EL ÚLTIMO DÍA
Desperté al día siguiente, jueves 2 de octubre, y como oyera algarabía de quiquiriqueo de gallos y cacareo de gallinas, me asomé a la ventana del claro y cómodo aposento en donde habla pasado la noche, y descubrí a la luz del sol matutino un hondo valle de castañares. Era todavía temprano, y el canto de los gallos, la sesgada luz y la mucha sombra me animaron a salir para dar una vuelta.
San Germán de Calberte, es una vasta parroquia de nueve leguas de contorno. Durante la guerra de los encamisados e inmediatamente antes de la devastación del país, estaba poblada por doscientas sesenta y cinco familias, de las que sólo nuevo eran católicas, y el párroco tardó diez y siete días del mes de septiembre para ir a caballo de en casa y formar el padrón. Pero el lugar de por sí, aunque capital de cantón, es apenas mayor que una aldea. Se asienta aterraplenada en una escabrosa escotadura entre robustos castaños. La capilla protestante está abajo, sobre un espaldar, y en medio del poblado la vieja y bonita iglesia católica.
Allí tenía su biblioteca el infeliz Chayla, el mártir cristiano, y dirigía un plantel de misioneros. Allí se había mandado construir el sepulcro creyendo que terminaría sus días entre el agradecido vecindario que redimiera del error; y allí llevaron, en la misma mañana de su muerte, su cadáver traspasado por cincuenta y dos puñaladas, para enterrarlo en la tumba. Amortajado con los hábitos sacerdotales lo colocaron de cuerpo presente en el túmulo. El párroco empezó a pronunciar una conmovedora oración fúnebre. cuyo tema era el versículo 12 del capítulo 20 del segundo libro de Samuel que dice:
«Y Amasa se había revolcado en la sangre en mitad del camino ... » Exhortaba a los fieles a morir en sus puestos, como su infortunado e ilustre superior, cuando en lo mejor de su elocuencia llegó el aviso de que Espíritu Séguier se acercaba con su gente, y allí los vierais a todos escapando con los talones en la nuca, unos por un lado y otros por otro. El párroco no paró de correr hasta Alais.
Comprometida era la situación de aquella chiquita metrópoli católica, semejante a Roma en un dedal, rodeada de tan selvática y hostil vecindad.
Por una parte, la hueste de Salomón la vigilaba desde Cassagnas; y por otra parte la tenía incomunicada la hueste de Roland desde Mialet. El párroco Lon-vrelenil, aunque cuando los funerales del arcipreste huyó despavorido hasta Alais, fulminó desde allí, como desde un aislado púlpito, tremendas condena-ciones contra los crímenes de los protestantes. Salomón sitió la villa durante una hora y media, pero fue rechazado. Los milicianos que custodiaban la casa rectoral, entonaban himnos protestantes a las altas horas de la noche y sostenían amigables conversaciones con los sublevados. Por la mañana, aunque no habían disparado ni un tiro, no tenían un solo grano de pólvora en sus frascos. ¿Qué hicieron de ella? Toda se la dieron a los encamisados por galantería. ¡Infieles guardianes de un aislado párroco!
Difícilmente concibe la imaginación que un tiempo fueron estas continuas revueltas la única actividad de San Germán de Calberte, pues ahora está todo sosegado, y el pulso de la vida humana late lento y débil en esta aldea de las montañas. Los muchachos me siguieron largo trecho, como tímidos cazadores de leones, y al pasar yo se volvían las gentes para mirarme de nuevo o se asomaban a las puertas de las casas con curiosidad de verme. Cabe suponer que mi estancia en el pueblo fue el primer acontecimiento que presenciaban desde la guerra de los encamisados. Sin embargo, su curiosidad no era ruda ni descarada, sino más bien un escrutinio de placentera admiración como el del buey o el del niño. Con todo, me fatigaba el ánimo, y muy luego me aparté de la calle, refugiándome en los terraplenes que por allí estaban alfombrados de césped, donde traté de copiar con el lápiz las inimitables actitudes que toman los castaños para sostener su do-sel de follaje. Frecuentemente soplaba ligero viento, y las castañas caían a mi alrededor sobre el césped en que resonaban con débil y sordo choque, como si cayeran gruesas, pero muy claras piedras de granizo; y parecía que estuviesen animadas del jubiloso sentimiento de la cercana cosecha, cuya ganancia regocijaría al labrador. Al mirar hacia arriba, vi las morenas castañas que asomaban por la ya agrietada cáscara. A través del ramaje, la vista abarcaba un anfiteatro de colinas, de luz de verdor.
Pocas veces he gozado tan hondamente las bellezas de un paisaje. Me movía en una atmósfera de placer y experimentaba alegría, quietud y contento.
Mas acaso no era tan sólo el lugar lo que de tal suerte disponía mi ánimo. Acaso alguien pensaba en mi en otro país, o tal vez algún pensamiento mío había cruzado inadvertido por mi mente, refrigerándome el alma. Porque algunos pensamientos, que seguramente serían los más hermosos, se desvanecen antes de que podamos vislumbrar su índole, como si un dios se asomara sonriente a la puerta de nuestra casa y desapareciera al punto para siempre
¿Es Apolo? ¿Es Mercurio? ¿Es el Amor con sus plegadas alas? ¡Quién sabe! Pero lo cierto es que vamos más animosamente a nuestros quehaceres y sentimos gozo y paz en nuestros corazones.
Comí con un par de católicos. Ambos convinieron en vituperar a un joven también católico, que se había casado con una muchacha protestante y convertídose a la religión de su esposa. Decían que un protestante nacido y criado en esta fe merecía todo su respeto. Me parecieron de la misma mentalidad de una vieja católica que poco antes me había dicho que para ella no había diferencia entre las dos sectas, salvo que «lo malo era más malo para el católico» y que tenía más luz y mejor guía. Pero la abjuración de aquel joven inspiraba a mis comensales profundo desprecio. Uno de ellos exclamó: «Mala cosa es para un hombre cambiar de religión».
Tal vez fuera incidental; pero esta frase me acosaba los oídos, y tengo para mi que es la filosofía vulgar de aquellas comarcas. No puedo imaginarme otra mejor. A pesar de la falta de confianza en un hombre que muda de creencias y se marcha de su familia en busca del cielo, no cambia en un ápice a los ojos de Dios. Por el contrario es preciso un poderoso estimulo para sobrellevar tan violenta mudanza. Quienes se fijan atentamente en estas veleidades humanas o son capaces de retirar su amistad por un cambio de opiniones, denotan estrechez de criterio y que son o muy fuertes o muy débiles
biles, con algo de profeta o dé loco. En cuanto a mi, creo que no debería dejar la fe de mis padres por otra distinta si se redujera a un cambio de palabras; pero, si alguna lectura me convenciese, la abrazaría en espíritu y en verdad, y hallaría que lo malo es tan malo para mi como para la mejor de las demás comuniones.
La filoxera devastaba los viñedos del contorno y en vez de vino bebimos en la comida un más económico zumo de uva, que llamaban «La Parisiense».
Lo elaboran poniendo a macerar los racimos en una cuba llena de agua, donde fermentan y revientan los granos. La porción que se bebe durante el día, se compensa en la cuba añadiendo igual cantidad de agua por la noche. De esta suerte, poniendo siempre agua del pozo y racimos de uva para que estallen los granos, una cuba de Parisiense puede durarle a una familia hasta la primavera. Como el lector habrá ya supuesto, es un brebaje muy flaco, pero de agradable sabor.
Tres días estuve en San Germán de Calberte. Al salir pasé junto al Gardon de Mialet, reluciente cauce seco, y a través de San Etienne de Vallée Française o Val Francesque, como le llaman los del país.
Por la tarde empecé a subir la cuesta de San Pierre, larga y abrupta. Tras de mí volvía un carruaje de vacío a San Jean du Gard, pisándome los talones, hasta alcanzarme cerca de la cumbre. El cochero, como todas las demás gentes que encontraba, me tomó por un mercader ambulante; pero con la particularidad de que, a diferencia de los otros, creyó que yo iba vendiendo collares de lana azul, como los que adornan el pescuezo de los caballos franceses de tiro, al ver que de uno y otro extremo de mi saco pendían flecos de lana teñida de aquel color. .
Hube de excitar hasta lo sumo las fuerzas de Modestina antes de que acabase el día, porque ansiaba ver el panorama que se extendía al otro lado de la montaña. Pero ya era de noche cuando llegué a la cima. La luna lucía alta y clara, y tan sólo unas cuantas listas de crepúsculo languidecían en occidente. A mis pies se dilataba un soñoliento valle, envuelto en tinieblas, como agujero abierto en plena naturaleza; pero el perfil de las colinas se dibujaba vigorosamente en contraste del cielo. Era el monte Aigoal, baluarte de Castanet, el caudillo de los encamisados, que merece un recuerdo, no sólo por su emprendedora actividad, sino porque tiene entre sus laureles un brinquillo de rosa, y demostró cómo, aun en medio de una pública tragedia, se abre el amor. En lo más enconado de la guerra se casó en su montesina ciudadela con una linda muchacha llamada Marieta. Se celebró la boda, con bullicioso regocijo, y el novio puso en libertad a veinticinco prisioneros en honor del fausto acontecimiento.
Siete meses después, Marieta, la princesa de las Cevenas, como los soldados del rey la llamaban por irrisión, cayó en poder de las autoridades legítimas y le esperaba un desgraciado fin. Pero Castanet, que era hombre resuelto y amaba a su mujer, atacó el pueblo de Vallerange, y se apoderó de una señora principal en rehenes. Por primera y última vez hubo un trueque de prisioneros en aquella guerra. La hija de Castanet y Marieta, prenda de una noche estrellada en el monte Aigoal, ha dejado descendientes hasta el día de hoy.
Modestina y yo merendamos en la cumbre de San Pierre. Yo sobre un montón de piedras, y ella junto a mi, a la luz de la luna, tomando decorosamente el pan de mi mano. Aquélla fue la última vez que comimos juntos. El pobre bruto engullía de mejor gana de aquella manera, porque me profesaba un afecto que muy luego iba yo a traicionar.
Larga fue la bajada hasta San Jean du Gard, y no encontramos a nadie más que un carro que vi a lo lejos por el reflejo de la luna en los vidrios de su apagada linterna. Antes de las diez de la noche cenábamos en el mesón. ¡Veinticuatro kilómetros y una empinada montaña en poco más de seis horas!

¡ADIOS, «MODESTINA»!
En la mañana del 3 de octubre, el mozo de cuadra examinó a Modestina y me dijo que no estaba en disposición de proseguir el viaje. Necesitaba por lo menos dos días de descanso. Pero a la sazón estaba yo anheloso de llegar a Alais, con objeto de echar mis cartas al correo, y como en aquel civilizado país había diligencias, resolví vender mi señora amiga y salir en diligencia aquella misma tarde. Nuestra caminata del día anterior, bajo testimonio del cochero que nos había seguido por la prolongada cuesta de San Pierre, daba favorable concepto de las cualidades andariegas de mi borrica. Los que se proponían comprarla comprendieron que se les deparaba una incomparable ocasión. Antes de las diez ya me ofrecían veinticinco francos, y antes del mediodía, tras desesperado regateo, la vendí con albarda y todo por treinta y cinco. No había ganancia, pero compré mi libertad en el negocio.
San Juan du Gard es un lugar bastante grande y casi todo él protestante. El alcalde, que también lo era, me rogó que le ayudase en un menudo asunto que es característico del país. Las jóvenes de las Cevenas se aprovechan de la comunidad de religión y de la diferencia de idioma para irse en gran número a servir de ayas en Inglaterra; y allí había una natural de Mialet, batallando con circulares de demanda que enviaban dos distintas agencias de Londres, sin saber por cuál decidirse. Le ayudé en cuanto pude y dile de buen grado algunos consejos que me parecieron excelentes.
Otra observación. También aquí había devastado la filoxera los viñedos, y por la mañana temprano, bajo unos castaños, junto al río, encontré un grupo de hombres que manejaban una prensa de fabricar sidra. De pronto no supe qué hacían y le rogué a uno de ellos que me lo explicará.
-Hacemos sidra -me respondió -. Sí; lo mismo que en el norte.
Su voz sonaba a sarcasmo. Seguramente el país estaba dado a los demonios.
No eché de menos a Modestina hasta que el mayoral de la diligencia me acomodó en el asiento y rodamos por un rocoso valle de olivos enanos.
¡Había perdido a Modestina! Hasta aquel momento me pareció que la odiaba; pero ahora que faltaba de mi lado eran muy otros mis sentimientos. Durante doce días habíamos sido inseparables compañeros; habíamos recorrido más de ciento noventa kilómetros, atravesado ingentes cordilleras y trotado con nuestras seis piernas por pedregales y pantanos.
Desde el primer día, aunque a veces era yo algo brusco e impetuoso de modales, no perdí la paciencia; y ella ¡pobrecita! había acabado por mirarme como a un dios. Gustaba de comer de mi mano.
Era sufrida, esbelta, del color de un ratón ideal e incomparablemente chiquitina. No tenía más defectos que los inherentes a su raza y sexo. Sus virtudes eran privativas de ella. ¡Adiós, y tal vez para siempre!
El tío Adán lloró al vendérmela. Cuando yo la vendí a mi vez, estuve tentado de seguir su ejemplo; y ahora, en compañía del mayoral y de cuatro o cinco simpático jóvenes, no vacilé en ceder a mi emoción.

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