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sábado, 23 de agosto de 2014

La Bruja Baba-Yaga (Aleksandr Nikolaevich Afanasiev)

Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la muchacha:
-Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.

El Soldado Y La Muerte (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)

Un soldado, después de haber cumplido su servicio durante veinticinco años, pidió ser licenciado y se fue a correr mundo.
Anduvo algún tiempo, y se encontró a un pobre que le pidió limosna. El soldado tenía sólo tres
galletas y dio una al mendigo, quedándose él con dos. Siguió su camino, y a poco tropezó con otro
pobre que también le pidió limosna saludándolo humildemente. El soldado repartió con él su
provisión, dándole una galleta y quedándose él con la última.

El Niño Prodigioso (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



Érase un acreditado comerciante que vivía con su mujer y poseía grandes riquezas. Sin embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, cosa que deseaban ambos ardientemente, y para ello pedían a Dios todos los días que les concediese la gracia de tener un niño que los hiciese muy dichosos, los sostuviera en la vejez y heredase sus bienes y rezase por sus almas después de muertos.

El Hombre Bueno Y El Hombre Malo (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



Una vez hablaban entre sí dos campesinos pobres; uno de ellos vivía a fuerza de mentiras, y
cuando se le presentaba la ocasión de robar algo no la desperdiciaba nunca; en cambio, el otro,
temeroso de Dios y de estrecha conciencia, se esforzaba por vivir con el modesto fruto de su
honrado trabajo. En su conversación, empezaron a discutir; el prime- ro quería convencer al otro de que se vive mucho mejor atendiendo sólo a la propia conveniencia, sin pararse en delito más o
menos; pero el otro le refutaba, diciendo:
-De ese modo no se puede vivir siempre; tarde o temprano llega el castigo. Es mejor vivir honradamente aunque se padezca miseria.
Discutieron mucho, pues ninguno de los dos quería ceder en su opinión, y al fin decidieron ir por
el camino real y preguntar su parecer a los que pasasen.
Iban andando cuando encontraron a un labrador que estaba labrando el campo; se acercaron a él y
le dijeron:
-Dios te ayude, amigo. Dinos tu opinión acerca de una discusión que tenemos. ¿Cómo crees que hay que vivir, honradamente o inicuamente?
-Es imposible vivir honradamente -les contestó el campesino-; es más fácil vivir inicuamente.
El hombre honrado no tiene camisa que ponerse, mientras que la iniquidad lleva botas de montar. Ya ven: nosotros los campesinos tenemos que trabajar todos los días para nuestro señor, y en cambio no tenemos tiempo para trabajar para nosotros mismos. Algunas veces tenemos que fingirnos enfermos para poder ir al bosque a coger la leña que nos hace falta, y aun esto hay
que hacerlo de noche porque es cosa prohibida.
-Ya ves -dijo el Hombre Malo al Bueno-: mi opinión es la verdadera.
Continuaron el camino, anduvieron un rato y encontraron a un comerciante que iba en su
trineo.
-Párate un momento y permítenos una pregunta: ¿Cómo es mejor vivir,  honradamente o inicuamente?
-¡Oh amigos! Es difícil vivir honradamente; a nosotros los comerciantes nos engañan, y por ello
tenemos que engañar también a los demás.
-¿Has oído? Por segunda vez me dan la razón -dijo el Hombre Malo al Bueno.
Al poco rato encontraron a un señor que iba sentado en su coche.
-Detente un minuto, señor. Danos tu opinión sobre nuestra disputa. ¿Cómo se debe vivir, honradamente o inicuamente?
-¡Vaya una pregunta! Claro está que inicuamente. ¿Dónde está la justicia? Al que pide justicia le dicen que es un picapleitos y lo destierran a Siberia.
-Ya ves -dijo el Hombre Malo al Bueno-: todos me dan la razón.
-No me convencen -contestó el Bueno-; hay que vivir como Dios manda; suceda lo que suceda no cambiaré de conducta.
Se fueron ambos en busca de trabajo, y durante mucho tiempo anduvieron juntos. El Malo sabía
halagar a la gente y se las arreglaba muy bien; en todas partes le daban de comer y de beber sin cobrarle nada y hasta le proveían de pan en tal abundancia que siempre llevaba consigo una buena reserva. El Bueno, no poseyendo la habilidad de su compañero, era muy desgraciado, y sólo a fuerza de  trabajar  mucho  conseguía  un  poco  de agua y un pedazo de pan; pero estaba siempre contento a pesar de que su compañero no dejaba de burlarse de su inocencia.
Un día, mientras caminaban por la carretera, el Bueno sintió gran hambre y dijo a su compañero:
-Dame un pedacito de pan.
-¿Qué me darás por él? -le preguntó el Malo.
-Pídeme lo que quieras.
-Bueno, te quitaré un ojo.
Y  como  el  Bueno  tenía  mucha  hambre, consintió; el Malo le quitó un ojo y le dio un pedacito de pan. Siguieron andando, y al ca- bo de un buen rato el Bueno tuvo otra vez hambre y pidió al Malo que le diese otro poco de pan; pero éste le dijo:
-Déjame sacarte el otro ojo.
-¡Oh amigo, ten compasión de mí! ¿Qué haré si me quedo ciego?
-¿Qué te importa? A ti te basta con ser bueno, mientras que yo vivo inicuamente.
¿Qué  hacer?  Era  imposible  resistir  un hambre tan grande, y al fin el Bueno dijo:
-Quítame el otro ojo si no tomes la ira de Dios.
El Malo le vació el otro ojo, le dio un pedacito de pan y luego lo dejó en medio del camino, diciéndole:
-¿Crees que te voy a llevar siempre conmigo? ¡No era mala carga la que me echaba encima! ¡Adiós!
El ciego comió el pan y empezó a andar a tientas pensando en llegar a un pueblo cual- quiera donde lo socorriesen. Anduvo, anduvo
hasta que perdió el camino, y no sabiendo qué hacer empezó a rezar:
-¡Señor, no me abandones! Ten piedad de mí, que soy alma pecadora!
Rezó con mucho fervor, y de pronto oyó una voz misteriosa que le decía:
-Camina hacia tu derecha y llegarás a un bosque en el que hay una fuente, a la que te guiará el oído porque es muy ruidosa. Lávate los ojos con el agua de esa fuente y Dios te devolverá la vista. Entonces verás allí un roble enorme; súbete a él y aguarda la llegada de la noche.
El ciego torció a su derecha, llegó con gran dificultad al bosque, sus pies encontraron una vereda y siguió por ella, guiado por el rumor del agua, hasta llegar a la fuente. Cogió un poco de agua, y apenas se mojó las cuencas vacías de sus ojos recobró la vista. Miró alrededor suyo y vio un roble enorme, al pie del cual no crecía la hierba y la tierra estaba pisoteada; se subió por el roble hasta llegar a la cima, y escondiéndose entre las ramas se puso a aguardar que fuese de noche.
Cuando ya la noche era obscura vinieron volando los espíritus del mal, y sentándose al pie del
roble empezaron a vanagloriarse de sus hazañas, contando dónde habían estado y en qué habían
empleado el tiempo. Uno de los diablos dijo:
-He estado en el palacio de la hermosa zarevna. Hace ya diez años que estoy atormentándola;  todos  han  intentado  echarme  del palacio, pero no logran realizarlo. Sólo me podrá echar de allí el que consiga una imagen de la Virgen Santísima que posee un rico comerciante.
Al amanecer, cuando los diablos se fueron volando por todas partes, el Hombre Bueno bajó del árbol y se fue a buscar al rico comerciante que tenía la imagen. Después de buscarlo bastante tiempo, lo encontró y le pidió trabajo, diciéndole:
-Trabajaré en tu casa un año entero sin que me des ningún jornal; pero al cabo del año dame la
imagen que posees de la Santísima Virgen.
El comerciante aceptó el trato y el Hombre Bueno empezó a trabajar como jornalero, esforzándose en hacerlo todo lo mejor posible, sin descansar ni de día ni de noche, y al acabar el año pidió al comerciante que le pagase su cuenta; pero éste le dijo:
-Estoy contentísimo con tu trabajo, pero me da lástima darte la imagen; prefiero pagarte en dinero.
-No -contestó el campesino-. No necesito tu dinero; págame según convinimos.
-De ningún modo -exclamó el comercian- te-; trabaja en mi casa un año más y entonces te daré la
imagen.
No había más remedio que aceptar tal decisión, y el Hombre Bueno se quedó en casa del comerciante trabajando otro año. Al fin llegó el día de pagarle la cuenta; pero por segunda vez se negó el comerciante a darle la imagen.
-Prefiero recompensarte con dinero -le dijo-, y si insistes en recibir la imagen, quédate como
jornalero un año más.
Como es difícil tener razón cuando se discute con un hombre rico y poderoso, el campesino tuvo que aceptar las condiciones propuestas; se quedó en casa del comerciante un año más, trabajando como jornalero con más celo aún que los anteriores. Acabado el tercer año, el comerciante tomó la imagen y se la entregó al campesino, diciéndole así:
-Tómala, hombre honrado, tómala, que bien ganada la tienes con tu trabajo. Vete con Dios.
El campesino cogió la imagen de la Santísima Virgen, se despidió del comerciante y se dirigió a la capital del reino, donde el espíritu del mal atormentaba a la hermosa zarevna. Anduvo largo tiempo, y por fin llegó y empezó a decir a los vecinos:
-Yo puedo curar a vuestra zarevna.
Inmediatamente lo llevaron al palacio del zar y le presentaron a la joven y enferma zarevna.
Una vez allí, pidió una fuente llena de agua clara y sumergió en ella por tres veces la imagen de
la Santísima Virgen, entregó el agua a la zarevna y le ordenó que se lavase con ella. Apenas la enferma se puso a lavarse con el agua bendita, expulsó por la boca el espíritu del mal en forma de una burbuja; la enfermedad desapareció y la hermosa joven se puso sana, alegre y contenta.
El zar y la zarina se pusieron contentísimos, y en su júbilo no sabían con qué recompensar al médico: le proponían joyas, rentas y títulos nobiliarios, pero el Hombre Bueno contestó:
-No, no necesito nada.
Entonces la zarevna, entusiasmada, exclamó:
-Me casaré con él.
Consintió el zar y dispuso que se celebrase la boda con gran pompa y en medio de grandes festejos. Desde entonces el campesino Bueno vivió en palacio, llevando magníficos vestidos y comiendo en compañía del zar y de toda la familia real.
Transcurrido algún tiempo, el Hombre Bueno dijo al zar y la zarina:
-Permítanme ir a mi aldea; tengo allí a mi madre, que es una pobre viejecita, y quisiera verla.
El zar y la zarina aprobaron la idea; la zarevna quiso ir con él y se fueron juntos en un coche del zar, tirado por magníficos caballos.
En el camino tropezaron con el Hombre Malo. Al reconocerlo, el yerno del zar le habló así:
-Buenos días, compañero. ¿No me cono- ces? ¿No te acuerdas de cuando discutías conmigo  sosteniendo que  se  obtiene  más provecho viviendo inicuamente que trabajando honradamente?
El Hombre Malo quedó asombrado al ver que el Bueno era yerno del zar y que había recuperado los ojos que él le había quitado. Tuvo miedo, y no sabiendo qué decir, permaneció silencioso.
-No tengas miedo -le dijo el Hombre Bueno-; yo no guardo rencor nunca a nadie.
Y le contó todo: lo de la fuente maravillosa que le había hecho recobrar la vista, lo del enorme
roble, sus trabajos en casa del comerciante, y por fin, su boda con la hermosa zarevna. El Hombre
Malo escuchó todo con gran interés y decidió ir al bosque a buscar la fuente. «Quizá -pensó- pueda también encontrar allí mi suerte.»
Se dirigió al bosque, encontró la fuente maravillosa, se subió al enorme roble y esperó la
llegada de la noche. A media noche vinieron volando los espíritus del mal y se sentaron al pie
del árbol; pero percibiendo al Hombre Malo escondido entre las ramas, se precipitaron sobre él, lo
arrastraron al suelo y lo despedazaron.

El gigante Verlioka (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



En tiempos remotos vivía en una cabaña un anciano con su mujer y sus dos nietas huérfanas. Eran tan preciosas y dóciles que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.
Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros:
«Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes.»

El infortunio (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



En una aldea vivían dos campesinos hermanos; uno pobre y el otro rico.
El rico se trasladó a una gran ciudad, se hizo construir una gran casa, se estableció en ella y se inscribió en el gremio de comercian- tes. Entretanto, al pobre le faltaba muchas veces  hasta pan para sus hijos, que lloraban y le pedían de comer.

El Gato Y La Zorra (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev )



Érase un campesino que tenía un gato tan travieso, que su dueño, perdiendo al fin la paciencia, lo
cogió un día, lo metió en un saco y lo llevó al bosque, dejándolo allí abandonado.
El Gato, viéndose solo, salió del saco y se puso a errar por el bosque hasta que llegó a la cabaña de un guarda. Se subió a la guardilla y se estableció allí. Cuando tenía ganas de comer cazaba pájaros y ratones, y después de haber satisfecho el hambre volvía a su guardilla y se dormía tranquilamente. Estaba contentísimo de su suerte.

El Gato, El Gallo Y La Zorra (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



En otros tiempos hubo un anciano que te- nía un gato y un gallo muy amigos uno de otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó para guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa una zorra, y situándose debajo de la ventana, se puso a
cantar:
-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Si sales a la ventana te daré un guisante.

El Gallito de Cresta de Oro (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



Un viejo matrimonio era tan pobre que con gran frecuencia no tenía ni un mendrugo de pan que
llevarse a la boca.
Un día se fueron al bosque a recoger bellotas y traerlas a casa para tener con qué satisfacer su hambre.

El Corredor Veloz (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)


En un reino muy lejano, lindando con una ciudad había un pantano muy extenso; para entrar y salir de la ciudad había que seguir una carretera tan larga que, yendo de prisa, se empleaba tres años en
bordear el pantano, y yendo despacio se tardaba más de cinco.

El Campesino, El Oso Y La Zorra (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



Un día un campesino estaba labrando su campo, cuando se acercó a él un Oso y le gritó:
-¡Campesino, te voy a matar!
-¡No me mates! -suplicó éste-. Yo sembraré los nabos y luego los repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.
Consintió el Oso y se marchó al bosque. Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.

El Adivino (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



Era un campesino pobre y muy astuto apodado Escarabajo, que quería adquirir fama de adivino.
Un día robó una sábana a una mujer, la escondió en un montón de paja y se empezó a alabar diciendo que estaba en su poder el adivinarlo todo. La mujer lo oyó y vino a él pidiéndole que adivinase dónde estaba su sábana. El campesino le preguntó:

Basilisa la Hermosa (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)



En un reino vivía una vez un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Basilisa la Hermosa.
Al cumplir la niña los ocho años se puso enferma su madre, y presintiendo su próxima muerte llamó a Basilisa, le dio una muñeca y le dijo:
-Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me muero y con mi bendición te dejo esta muñeca; guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desdicha, pídele consejo.

El Pez De Oro (Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev)


En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos.