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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Edipo Rey (Arkady Averchenko)

I

El portero entró en mi despacho y me dijo:
—Preguntan por usted, señor.
—¿Quién?
—Edipo Rey.
—No le conozco.
—Él me ha dicho que le conoce usted.
—¿Qué quiere?
—No sé. Me parece que trae un manuscrito.—Torcí el gesto.
—Que espere. Estoy ocupado. Cuando termine llamaré.

Largueza (Arkady Averchenko)

I

Una tarde de verano entré en una cervecería, donde hacía un fresco delicioso. Me senté en un rincón y pedí una botella de cerveza.
Sólo había en el establecimiento otra mesa ocupada. Ocupábanla un veterinario y un modesto funcionario público; profesiones que, gracias a sus respectivas escarapelas, no era difícil averiguar.
Hablaban animadamente.

Un Drama Sensacional (Arkady Averchenko)

I

Samatoja era un hombre resuelto y que casi siempre obraba por inspiración.
Sin saber por qué, se le ocurrió, de pronto, la idea de saltar la tapia del jardín ante el cual le habían llevado de un modo fortuito sus pasos. Y la saltó. Acaso pudiera robar algo; tal vez encontrase algún objeto de valor... Los señores suelen pasar gran parte del día en el jardín, y se dejan, a menudo, en los quioscos, ropas, bandejas, servicios de té... Samatoja tenía hambre y cuando tenía hambre se sentía enemigo encarnizado de la propiedad.
Cuando estuvo dentro del jardín miró en torno suyo.

Los Ladrones (Arkady Averchenko)

Estando yo de visita en casa de Krasavin y entregado a los goces de una amena charla, entró la criada y me dijo:
—Le llaman a usted por teléfono. La miré asombrado.
—¿A mí? ¡No es posible! No le he dicho a nadie que venía aquí...
—Sin embargo, le llaman a usted.
Me encogí de hombros y seguí a la criada al recibidor, donde estaba el teléfono. Descolgué el auricular y, lleno de curiosidad apliqué el oído.

Un Paseo Caro (Arkady Averchenko)

I

Mi amada y yo salimos del bosque y corrimos a una colina próxima, en cuya cima nos detuvimos, encantados ante el hermoso panorama del valle.
Mi emoción era tan grande que así una mano de mi amada y me la llevé a los labios aunque, en verdad, no había relación alguna entre el panorama y la mano.

El Mejicano (Arkady Averchenko)

En un banco del jardín público, una lindísima joven estaba sentada a la sombra de un corpulento tilo secular.
Me sorprendió agradablemente su belleza, y me detuve.
Fingiendo una agobiadora fatiga, me aproximé al banco, arrastrando los pies como si me faltasen las fuerzas, y me senté a su lado.
Estaba dispuesto a hablar con ella de lo primero que se me ocurriera para hacerme amigo suyo
Sus hermosos ojos de largas pestañas parecían absortos en la contemplación de las puntas de sus botitas.

La Fuerza De La Elocuencia (Arkady Averchenko)

El Abogado (Arkady Averchenko)


Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender.
Dickens