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lunes, 29 de septiembre de 2014

Los Arqueros (Arthur Machen)


Pasó durante la Retirada de los 80 mil, y la autoridad de la censura es suficiente excusa para no ser más explícito. Pero pasó durante el más terrible día de aquella terrible época, el día en que la ruina y el desastre llegó tan cerca que su sombra cayó sobre Londres; y, sin ninguna noticia certera, los corazones de los hombres se angustiaron; como si la agonía de los ejércitos en el campo de batalla hubiera ingresado en sus almas.

Los Niños Felices (Arthur Machen)


Un día después de la Navidad de 1915, mis deberes profesionales me llevaron al Norte; o, para ser más preciso, como nuestros convencionalismos, al "Distrito Nordeste". Había habido ciertas charlas singulares; varios chismorreos respecto a que los alemanes tenían un «escondrijo» por parte de Malton Head. Nadie parecía saber exactamente qué hacían allí o que esperaban lograr. Mas la información corría como un incendio de una boca a otra, y se creyó conveniente que tal habladuría fuese seguida hasta sus orígenes, y expuesta al público o negada de una vez por todas.

Un Nuevo Cuento de Navidad (Arthur Machen)


Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido.
Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruín y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Los Niños De La Charca (Arthur Machen)

hace un par de veranos, en compañía de viejos amigos, me detuve en mi condado natal, en la frontera galesa.
era un año seco y caluroso, y penetré en aquellos valles verdes y bien regados con una sensación muy reconfortante. fue un alivio del ardor de las calles londinenses, de las noches sofocantes y cargadas, en las que los innumerables muros de ladrillo, piedra y hormigón y los interminables pavimentos arrojan a la cerrada oscuridad el fuego que a lo largo de todo el día han extraído del sol. después de aquellas calzadas, que se han convertido en vías de ferrocarril con sus luces cambiantes, sus globos amarillos y sus barras y pernos de acero, y que amenazan de muerte instantánea si los pies no están al tanto, ¡qué descanso poder caminar en silencio bajo el verde follaje y escuchar el discurrir del arroyo desde el corazón de la colina!
mis amigos eran viejos conocidos y me urgieron a que obrara a mi antojo.

Un Chico Listo (Arthur Machen)

Habiendo abandonado definitivamente la universidad de Oxford, el joven Joseph Last se preguntaba insistentemente por lo que haría próximamente y en los años venideros. Era huérfano desde su temprana infancia, pues sus padres habían muerto de fiebres tifoideas con muy pocos días de diferencia cuando Joseph tenía diez años, y recordaba muy poco de Dunham, donde su padre fue el último de un vasto linaje de procuradores que ejercieron en el lugar desde 1797. Hace tiempo los Last habían vivido con holgura. De cuando en cuando se habían casado con la alta burguesía de los alrededores y dirigieron la mayoría de los negocios del condado, desempeñando las funciones de mayordomo en varias casas solariegas, viviendo generalmente en un mundo de discreta pero confortable prosperidad y alcanzando sus cotas más altas, tal vez, durante las guerras napoleónicas y después. Luego empezaron a declinar, nada violentamente, sino muy despacio, de manera que pasaron muchos años antes de que se dieran cuenta del lento pero firme proceso en marcha. Los economistas entienden muy bien, sin duda, por qué el campo y sus poblaciones perdieron gradualmente importancia poco después de la batalla de Waterloo; y las causas de la decadencia y el cambio que, según él imaginaba, o creía imaginar, maltrataron tan lamentablemente a Cobbett, absorbiendo la vida y la resistencia de la tierra para nutrir la monstruosa excrescencia de Londres. De cualquier modo, incluso antes de la llegada del ferrocarril, las salas de reunión de las poblaciones rurales se volvieron polvorientas y desiertas, las familias del condado dejaron de ir a sus ‘casas de la ciudad’ en la estación veraniega, los pequeños teatros, donde la señora Siddons y Grimaldi habían actuado en sus diversos papeles, raramente abrían sus puertas, y los diestros artesanos, relojeros, ebanistas y otros por el estilo, empezaron a encaminarse a las grandes ciudades y a la capital. Eso ocurría en Dunham.

De Las Profundidades De La Tierra (Arthur Machen)

durante el pasado agosto hubo una especie de confusa queja acerca de la mala conducta de los niños en ciertos balnearios de gales. semejantes informes y vagos rumores son sumamente difíciles de rastrear hasta sus orígenes; nadie tiene mejor razón que yo para saberlo. no necesito recorrer el ancestral suelo galés; pero me temo que por estas fechas mucha gente desearía no haber oído nunca mi nombre.

El Libro Verde (Arthur Machen)

la encuadernación de tafilete estaba estropeada y descolorida, pero no tenía manchas, rozaduras ni señales de uso. el libro tenía el aspecto de haber sido comprado ‘en una visita a londres’, hacía unos setenta u ochenta años y, por alguna razón, olvidado y obligado a permanecer fuera del alcance de la vista. de él emanaba un olor añejo, delicado, persistente, como el que, a veces, se apodera de los muebles antiguos durante un siglo o más. las guardas, en el interior de la encuadernación, estaban extrañamente adornadas con formas coloreadas y oro desteñido. parecía insignificante, pero como el papel era muy fino, tenía muchas hojas, densamente cubiertas de una escritura menuda, penosamente trazada.

El Pueblo Blanco (Arthur Machen)

prólogo


la brujería y la santidad -dijo ambrose- son las únicas realidades.
ambas son un éxtasis, una renuncia a la vida corriente.
cotgrave escuchaba con interés. un amigo le había llevado a esta casa medio en ruinas situada en un suburbio al norte de la ciudad y, a través de un viejo jardín, le había conducido hasta la habitación donde ambrose el solitario dormitaba y soñaba junto a sus libros.
sí -prosiguió-, la magia justifica a sus partidarios. muchos de ellos, creo, sólo comen mendrugos secos y no beben más que agua, y, no obstante, sienten un gozo infinitamente más intenso que el que puedan experimentar los epicúreos ‘prácticos’.

La Luz Interior (Arthur Machen)

una tarde de otoño, cuando las fealdades de londres estaban veladas por una leve neblina azulada, y sus vistas y sus largas calles parecían espléndidas, el señor charles salisbury paseaba por rupert street, aproximándose poco a poco a su restaurante favorito. miraba hacia abajo estudiando el pavimento, y así fue como chocó, al pasar por la angosta puerta, con un hombre que subía del fondo de la calle.