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martes, 10 de febrero de 2015

Pulgarcito (Charles Perrault)


martes, 9 de diciembre de 2014

Riquet-el-del-Copete (Charles Perrault)

RIQUET-EL-DEL-COPETE
Charles Perrault 

Había una vez una reina que dio a luz un hijo tan feo y tan contrahecho que mucho se dudó si tendría forma humana. Un hada, que asistió a su nacimiento, aseguró que el niño no dejaría de tener gracia pues sería muy inteligente y; agregó que en virtud del don que acababa de concederle, él podría darle tanta inteligencia como la propia a la persona que más quisiera.

Piel De Asno (Charles Perrault)

PIEL DE ASNO
Charles Perrault
  
Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas. Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De su casto himeneo había nacido una hija dotada de encantos y virtudes tales que no se lamentaban de tan corta descendencia.

viernes, 25 de julio de 2014

La Bella Durmiente Del Bosque (Charles Perrault)

Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.
Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.
Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.

jueves, 24 de julio de 2014

Las Hadas (Charles Perrault)

Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.
Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.
Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.
—Como no, mi buena señora, dijo la hermosa niña.
Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:
—Eres tan bella, tan buena y, tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don (pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta donde llegaría la gentileza de la joven). Te concedo el don, prosiguió el hada, de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.
Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.
—Perdón, madre mía, dijo la pobre muchacha, por haberme demorado; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.
—¡Qué estoy viendo!, dijo su madre, llena de asombro; ¡parece que de la boca le salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?
Era la primera vez que le decía hija.
La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.
—Verdaderamente, dijo la madre, tengo que mandar a mi hija; mirad, Fanchon, mirad lo que sale de la boca de vuestra hermana cuando habla; ¿no os gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayáis a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer os pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.
—¡No faltaba más! respondió groseramente la joven, ¡ir a la fuente!
—Deseo que vayáis, repuso la madre, ¡y de inmediato!
Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.
—¿Habré venido acaso, le dijo esta grosera mal criada, para daros de beber? ¡justamente, he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebed directamente, si queréis.
—No sois nada amable, repuso el hada, sin irritarse; ¡está bien! ya que sois tan poco atenta, os otorgo el don de que a cada palabra que pronunciéis, os salga de la boca una serpiente o un sapo.
La madre no hizo más que divisarla y le gritó:
—¡Y bien, hija mía!
—¡Y bien, madre mía! respondió la malvada echando dos víboras y dos sapos.
—¡Cielos!, exclamó la madre, ¿qué estoy viendo? ¡Su hermana tiene la culpa, me las pagará! y corrió a pegarle.
La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.
—¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.
El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.
El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.
En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.



MORALEJA

Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.


OTRA MORALEJA

La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.

El Gato Con Botas (Charles Perrault)

Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y  lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.
—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.
El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.
—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.
El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.


MORALEJA

En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.


OTRA  MORALEJA

Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento

no son ajenos a la seducción.

Cenicienta (Charles Perrault)


Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer que era la más altanera y soberbia que nunca se hubiera visto. Tenía esta  mujer dos hijas de su mismo carácter y que se le parecían en todo. El marido también tenía una  hija, por su parte, pero de una dulzura y una bondad sin par, heredadas de su madre, que había sido  la persona más buena del mundo.
En cuanto se celebraron las bodas, la madrastra dio libre curso a su mal humor. No pudo soportar
las buenas cualidades de la muchacha, que hacían aún más odiosas a sus hijas. Le encargó las más  viles ocupaciones de la casa: era ella quien limpiaba la vajilla y las escaleras, la habitación de
la señora y las de sus señoritas hijas; dormía en un desván en lo alto de la casa, sobre un  miserable jergón, mientras que sus hermanas vivían en habitaciones de pisos entablados, tenían  lechos muy a la moda y espejos en los que se veían de pies a cabeza. La pobre muchacha sufría todo pacientemente y no se atrevía a quejarse a su padre, pues éste, que se hallaba enteramente sometido  a su esposa, la regañaría.
Cuando terminaba sus trabajos iba a sentarse sobre las cenizas en un rincón de la chimenea. por lo
que en la casa se la llamaba comúnmente Culigrís. La menor de sus hermanas, que no era tan grosera como la mayor, la  llamaba Cenicienta. Sin embargo, a pesar de sus pobres vestidos, no dejaba por eso de ser cien  veces más linda que sus hermanas, aunque éstas vistieran espléndidamente.
Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas de calidad y también a
nuestras dos señoritas, ya que eran grandes figuras del lugar. Helas allí pues muy contentas y
ocupadas, eligiendo los vestidos y peinados que mejor les sientan: un nuevo pesar para Cenicienta,
por- que era ella quien planchaba la lencería de sus hermanas y la que daba forma a sus mangas.
Ellas sólo hablaban de la manera cómo se vestirían.
-Yo -decía la mayor- me pondré mi traje de terciopelo rojo y mis encajes de Inglaterra.
-Yo -decía la menor- me pondré la pollera de siempre, pero en cambio llevaré mi tapado con flores
de oro y mi collar de diamantes, que no es de los menos bonitos.
Enviaron por  una buena  peinadora para  arreglar  sus peinados y compraron lunares de los mejores.
Luego llama- ron a Cenicienta para pedirle su opinión, porque tenía buen gusto. Cenicienta les
aconsejó a la perfección y aun se ofreció para peinarlas, cosa que ellas aceptaron.
Y mientras las peinaba, ellas le decían:
-Cenicienta, ¿te gustarla ir al baile?
-¡Ah, señoritas!, ustedes se ríen de mí; no me corresponde . . .
-Tienes razón; la gente se reiría de ver a una Culigrís ir al baile.
Otra en lugar de Cenicienta las habría peinado mal, pero ella era muy buena y las peinó
perfectamente bien. Se pasa- ron casi dos días sin comer, pues se sentían transportadas de alegría.
Rompieron más de doce cordones a fuerza de apretarse para afinar su cintura y estaban siempre
frente al espejo.
Por fin, llegó el feliz día y ellas salieron para el baile mientras Cenicienta las seguía con la
mirada hasta donde alcanzaba a verlas. Se echó a llorar. Su madrina, al verla bañada en lágrimas,
le preguntó qué tenía.
-Querría . . . querría . . .
Lloraba tan fuerte que no podía continuar. Su madrina, que era hada, le dijo:
-Querrías ir al baile ¿no es cierto?
-¡Ay, sí! -dijo Cenicienta suspirando.
-Y bien, si eres una buena chica -dijo su madrina- haré que vayas.
La llevó a su habitación y le dijo:
-Ve al jardín y tráeme una calabaza.
Cenicienta fue de inmediato a buscar la mejor calabaza que pudo encontrar y se la trajo a su
madrina, sin poder adivinar de qué manera esta calabaza podría hacerla ir al baile. Su madrina la
vació y cuando no quedó más que la cáscara la tocó con su varita y la calabaza se transformó de
inmediato en una hermosa carroza dorada.
Enseguida fue a mirar su ratonera, donde encontró seis ratones vivos; dijo a Cenicienta que
levantara un poco la trampa y a cada ratón que salía lo tocaba con su varita: uno a uno se fueron
transformando en hermosos caballos, de lo
que resultó un magnífico tiro da seis caballos de un lindo color gris arratonado.
Y como su madrina estaba pensando de qué manera ha- ría un cochero, Cenicienta le dijo:
-Voy a ver si hay alguna rata en la trampa para ratas.
Con ella haremos un cochero.
-Tienes razón -le dijo la madrina-, ve a ver.
Cenicienta le trajo la trampa, en la que había tres gran- des ratas. El hada eligió una, por su
señora barba. Y, al to- carla, la transformó en un gran cochero, con los más hermosos bigotes que
jamás se hayan visto.
Y luego le dijo:
-Ve al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera. Tráemelos.
En cuanto se los trajo, la madrina los convirtió en seis lacayos que prestamente subieron a la
parte trasera de la carroza con sus trajes galoneados y allí se mantuvieron firmes, como si no
hubieran hecho otra cosa en toda su vida.
El hada dijo entonces a Cenicienta:
-Bueno, ya tienes con qué ir al baile. ¿Estás contenta?
-Sí, pero no puedo ir con estas ropas miserables . . .
Su madrina no hizo más que tocarla con la varita, y sus ropas se transformaron en vestidos de paño
de oro y plata, recamados de pedrería Luego le dio un par de zapatos de cristal, los más lindos del
mundo.
Así vestida subió a la carroza, pero su madrina le recomendó especialmente que no se quedara en
el baile más allá de medianoche, pues si permanecía un instante más, la carroza volvería a ser calabaza, sus caballos ratones, sus lacayos lagartos y sus viejas ropas  retomarían su forma primitiva.
Cenicienta prometió a su madrina que no olvidaría salir del baile antes de medianoche y partió loca
de alegría. El hijo del rey, a quien habían anunciado la llegada de una gran princesa desconocida,
corrió a recibirla. Le tendió la mano para que descendiera de la carroza y la condujo a la gran
sala, donde estaban todos ¡os invitados: se hizo entonces un gran silencio, la danza cesó o los
violines dejaron de tocar, a tal punto todos prestaron atención a la gran belleza de la desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:
-¡Ah, qué hermosa es!
El propio rey, viejo como era, no dejaba de mirarla, diciéndole a ta reina en voz baja, que hacía
mucho tiempo que no veía a una mujer tan bella y encantadora. Todas las damas observaban
atentamente su peinado y sus ropas, para tratar de imitarlos al día siguiente, siempre que hallaran
artesanos tan hábiles y telas tan hermosas como serían necesarios.
El hijo del rey la ubicó en el lugar más distinguido y luego la tomó de la mano para bailar con  ella, Y ella bailó con tanta gracia que todos la admiraron aún más. Sirvieron entonces una  magnifica cena, de la cual el ¡oven príncipe no probó bocado, tan ocupado estaba contemplando a la  bella.
Cenicienta fue a sentarse junto a sus hermanas y las agasajó de mil maneras, compartiendo con
ellas las naranjas y limones que el príncipe le había dado, todo lo cual les asombró mucho, pues
no la conocían.
Mientras charlaban, Cenicienta oyó tocar las doce me- nos cuarto. Hizo entonces una gran reverencia  y se fue lo más rápido que pudo.
Cuando llegó a su casa fue a vera su madrina y, después de agradecerle, le dijo que tenía muchos
deseos de ir el baile también la noche siguiente, pues el hijo del rey se lo había rogado.
Mientras contaba a su madrina todo lo que había acontecido en el baile, llegaron las dos hermanas
y Cenicienta fue a abrirles.
-¡Cuánto tardaron en volver! -les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirando los brazos,
como si acabara de despertarse, aunque no había sentido ninguna gana de dormir desde que se
habían separado.
-Si hubieras venido al baile -le dijo una de sus hermanas- no te habrías aburrido: vino la princesa
más bonita que pueda verse. Fue amabilísima con nosotras y nos dio naranjas y limones.
Cenicienta no cabía en sí de alegría; les preguntó el nombre de la princesa, pero ellas le dijeron
que no lo sabían, que el hijo del rey estaba muy intrigado y que daría cualquier cosa por saber
quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:
-¿Era tan bonita? ¡Dios mío, qué felices son ustedes!
¿No podría verla? ¡Ay!, señorita Javotte, présteme su vestido amarillo, ese que lleva todos los
días.
-Pero, ¡por favor! -dijo la señorita Javotte-. ¿Cómo voy a prestarle mi vestido a una miserable
Culigrís? ¡Ni que estuviera loca!
Cenicienta esperaba esta negativa y se alegró de ella, porque se habría visto en un buen apuro si
su hermana le hubiera prestado el vestido.
Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y Cenicienta también, pero aún mejor vestida
que la primera vez. El hijo del rey estaba siempre junto a ella y no dejaba de decirle  amabilidades; la joven no se aburría para nada y olvidó lo que su madrina le había recomendado,  de manera que cuando oyó la primera campanada de las doce pensó que eran las once. Pero enseguida  se levantó y desapareció tan rápidamente como lo habría hecho una gacela.
El príncipe la siguió, pero no la alcanzó; sólo pudo re- coger cuidadosamente uno de sus zapatos de  cristal que se le había caldo en la huida. Cenicienta llegó a su casa muy sofo- cada, sin carroza,
sin lacayos y con sus pobres vestidos. nada le habla quedado de toda su magnificencia, salvo uno de  sus zapatos, el que formaba par con el que habla perdido. En el palacio preguntaron a los guardias  de la puerta si no hablan insto salir a una princesa, pero ellos solo habían visto salir a una
joven muy mal vestida, que más parecía una campesina que una señorita.
Cuando sus hermanas volvieron del baile, Cenicienta les preguntó si se habían divertido tanto como  la víspera y si la bella dama habla estado allí. Ellas le dijeron que sí, pero que había huido  cuando sonó la medianoche, y lo había hecho tan velozmente que había dejado caer uno de sus  zapatitos de cristal, el más lindo del mundo; que el hijo del rey lo había recogido, que durante el  resto del baile no había hecho otra cosa que mirarlo y que seguramente estaba muy enamorado de la bella persona a quien pertenecía.
Habían dicho la verdad: pocos días después, el hijo del rey hizo proclamar, al son de las trompas,
que se casaría con aquella que pudiera calzar ese zapato.
Primero se lo probaron las princesas, luego las duquesas y toda la corte, pero inútilmente.
También llevaron el zapato para que se lo probaran las hermanas de Cenicienta, quienes trataron de  meter en él sus pies, pero sin lograrlo. Cenicienta, que las miraba y recono- ció su zapato, dijo
riendo:
-¡Voy a probar, a ver si me va bien!
Sus hermanas se echaron a reír y se burlaron de ella. El gentilhombre encargado de probar el
zapato, que había observado atentamente a Cenicienta encontrándola muy hermosa, dijo que era
justicia que probara ella también, pues tenía orden de que se lo probara a todas las muchachas. Hizo sentar a Cenicienta y acercando el zapato a su pie vio que éste calzaba a la perfección. Grande  fue el asombro de las dos hermanas y más grande aún cuando Cenicienta sacó de un bolsillo el
segundo zapato, que se calzó en el otro pie. Entonces llegó la madrina, quien, con un toque de
varita, hizo que las ropas de Cenicienta recobraran su esplendor.
Entonces las dos hermanas reconocieron en ella a la hermosa joven que habían visto en el baile. Se
echaron a sus pies para pedirle perdón por los malos tratos a que la habían sometido.
Cenicienta hizo que se levantaran y les dijo, besándolas, que las perdonaba de todo corazón y que
les rogaba que la quisieran mucho en el futuro. La llevaron a casa del príncipe, vestida como estaba. El la encontró más bella que nunca y pocos días después se casaron.
Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo que sus dos hermanas fueran a vivir al palacio y  las casó ese mismo día con grandes señores de la corte

Barba Azul (Charles Perrault)

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamas se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la resfregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.


MORALEJA

La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.



OTRA MORALEJA

Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,

cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.