VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta Chester Himes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chester Himes. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de octubre de 2015

Por Amor A Imabelle (Chester Himes)

Empieza El Calor (Chester Himes)

El Gran Sueño De Oro (Chester Himes)

El Fin De Un Primitivo (Chester Himes)

Corre, Hombre (Chester Himes)

Chester Himes

lunes, 9 de marzo de 2015

Un Caso De Violación (Chester Himes)

La Banda De Los Musulmanes (Chester Himes)


Algodón En Harlem (Chester Himes)


Relatos (Chester Himes)

 Chester Himes

Relatos




ÍNDICE


La noche está hecha para llorar

Preso de una vaga irritación, Piel de Ébano puso su vaso de whisky sobre la barra del bar con un ruido seco. Se volvió con gesto hosco hacia Giglio, este último de color claro y gordo como un lechón bien alimentado, que contaba con una voz estropajosa por el alcohol.
—Después saca una navaja y me pica la espalda. Yo la miro y nada más. Entonces tira el cuchillo y me golpea en la boca con su cartera; sigo mirándola sin moverme. Pero cuando ella levanta el pie y me machaca los callos, la empujo y la tiro al suelo.
Piel de Ébano le respondió:
—Negro de mierda, si es a mí a quien hablas, ni siquiera te estoy escuchando.
A Piel de Ébano no le gustaban los negros claros. No le apetecía en ese momento que le hablara un negro pálido, ya que estaba esperando a María, su amor, también de piel clara, para llevarla a su trabajo como todos los días.
Giglio bebió un trago de whisky y no dijo nada. Había ruido a su alrededor, una risa estridente por aquí, una obscenidad por allá. Una mujer estaba diciendo con un tono duro y vulgar:
—Cal, me gustaría que impidieras a Fofo beber tanto.
Después el ronroneo monótono y banal de un hombre que contaba:
—Aposté al 632 y es el 642 el que sale...
Había repetido estas palabras más de un centenar de veces...
—¡Oh!, ella no le da nada a ese pollo alocado... —gritaba una voz joven y fuerte queriendo atraer la atención. Una máquina de discos en el fondo del local berreaba una canción ronca, típicamente negra. «¿Hay alguien que quiera comprar...?».
Él espejo, detrás de la barra, devolvía el rostro ceñudo de Piel de Ébano y ese rostro era el más negro de toda la hilera de caras morenas o pálidas que se alineaban a lo largo de la barra.
Los apliques extendían una luz suave sobre la «élite» sentada. Él humo de cigarros subía en volutas azules hacia el techo a través de la luz tamizada, mezclándose a los efluvios del whisky, de perfumes baratos y sudor de negros. Los cuerpos se rozaban, haciendo subir vestidos de color violeta sobre piernas pálidas bien formadas. Uñas pintadas de escarlata relucían como brillantes gotas de sangre sobre los vasos de whisky y los rostros claros de mujeres con los cabellos lacios, parecidas a máscaras empolvadas, agujereadas con bocas rojas como heridas.
Cuatro blancos entraron por la puerta y se abrieron camino con rapidez, pero sin arrogancia, a través de toda aquella gente que había vuelto la espalda con desagrado. Iban hacia el cabaret del fondo de la sala. Un cierto rencor se leía en la mirada de Piel de Ébano.
Un negro cargado de hombros, con aspecto de tuberculoso, se inclinó hacia él y le dijo algo al oído.
Piel de Ébano se atragantó bruscamente y escupió el whisky en el mostrador. Dejó brutalmente el vaso y el resto del whisky resbaló por su mano. Por dos veces pasó su rosada lengua por los labios rojos; bajo el panamá blanco puesto precariamente en su cabeza, el rostro de Piel de Ébano mostraba una sorpresa extraordinaria. Una bola de billar que hubiera tomado de pronto figura humana no habría producido una impresión más extraña. La cicatriz hinchada y azul de su mejilla izquierda, recuerdo de un duelo de navaja cuando estaba en presidio, pareció agrandarse; se hubiera dicho que era la reproducción en relieve de un cráter de un obús, insertado en un manojo de arrugas.
Se bajó del taburete, su codo derecho golpeó una espalda morena, satinada, y sus pies planos tomaron torpemente contacto con el suelo. De pie, él era alto, pero a pesar de su metro ochenta no impresionaba a causa de sus hombros caídos y de sus brazos largos como los de un mono.
Vaciló un momento, indeciso. Piel de Ébano era un espécimen único en su género, de esplendorosa indumentaria: panamá blanco echado hacia atrás en su cráneo rasurado y brillante; camisa de seda, ligeramente marcada en la transparencia por el negro de sus músculos marcados; pantalón muy entallado, de un verde claro brillante que caía sobre zapatos relucientes, número cuarenta y cuatro, de color rojizo.
La mujer que había empujado con el codo se volvió furiosa y sus labios rojos crispados le escupieron un buen manojo de obscenidades. Pero él, haciéndose camino entre la gente, se dirigió hacia la puerta, salió en tromba del Long Cabin Bar y volvió a encontrar fuera la multitud de chulos ociosos.
Los semáforos de la calle cambiaron del verde al rojo. Cuatro autos brillantes y nuevos, llenos de gente de color que reían como locos, como si no pasara nada. Una mujer de piel morena respondió al nombre de Cheris que alguien le llamó; ella se detuvo delante de su «negro», ligeramente inclinada hacia adelante, manos en los costados, su vestido ceñido sobre la curva voluptuosa de sus caderas.
Piel de Ébano, con sus ojos saltones de manchas amarillas, recorrió la fachada parduzca del hotel Majestic, del otro lado de la calle. Su mirada se detenía un momento en cada mujer de piel clara que cruzaba. En las esquinas de la calle, allí en el Central Avenue, divisó una muchacha de tez clara que subía a un coche cerrado, verde, pero un tranvía ruidoso se interpuso. Le pellizcó los labios rojos y los humedeció con la lengua. Echó a correr, a pesar de sus pies planos. Un coche pitó, rechinando 'os frenos, pero él ni siquiera se volvió. Un chófer de taxi lo insultó al pasar; apretó los dientes enseñando ligeramente las encías, pero la expresión irreal de su rostro descompuesto no cambió.
Torció a la derecha, delante del Majestic, se tropezó con un dandy de piel morena que estaba con dos mujeres viejas y muy pintadas, y, jadeando, se detuvo en la esquina de la calle. Él coche verde saltó el semáforo rojo y arrancó con un gemido de caja de velocidades, dejando tras de sí un olor a caucho quemado.
Pero el coche había arrancado demasiado tarde y Piel de Ébano había tenido tiempo de ver la hermosa carita de María y el perfil de un chófer nervioso, encorvado sobre el volante. ¡Era el negro pálido! Por encima del hombro, Piel de Ébano miró las luces de posición del coche que desaparecía a lo lejos, fundiéndose con la oscuridad. Se quedó allí, balanceándose en la oscuridad sobre sus pies planos. Su labio inferior comenzó a colgar, mancha escarlata sobre su rostro negro. Él blanco de sus protuberantes ojos se cubrió de una red de venillas rojas. Él sudor perló su cráneo brillante y sobre su cara fofa, haciendo relucir su negra piel, y rodó por todo su cuerpo.
Se dio la vuelta y sin dudar corrió a tomar un taxi; en este momento sus movimientos eran seguros.
Ya había visto antes a María con esa sucia rata pálida. Paró un taxi y mostrándole la dirección que debía seguir le dijo al chófer:
—¡Pisa a fondo, como un cohete!
El chófer justificó el nombre de «cohete» que le acababa de poner y el automóvil se lanzó hacia adelante, haciendo gemir con fuerza sus ocho cilindros. Piel de Ébano se inclinaba hacia el conductor, nervioso, y esperó a que el velocímetro llegara a ochenta antes de hablar:
—Hay una limusina verde delante, hay que alcanzarla. Si lo consigues, te ganarás una buena propina.
El chófer, un muchacho menudo, moreno, de cuerpo desmadejado, le lanzó una sonrisa abierta y se aferró al volante. El taxi se dirigió hacia el semáforo en rojo de Ceder Avenue a ciento diez por hora, sin frenar siquiera un poco, rebasó los coches detenidos y se abalanzó hacia adelante justo en el momento en que el semáforo se pasaba al verde. En Carnegie estaba en rojo y el auto que iba delante se detuvo, mientras que el taxi se saltaba el semáforo a ciento cuarenta, sin parar.
—A la derecha, al hotel Euclides —ordenó Piel de Ébano, y sus labios le colgaban de tal manera que se podía creer que estaban vueltos al revés. Piel de Ébano hacía una apuesta: esperaba que el mulato buscaría la protección de sus patrones blancos. Era su única oportunidad de encontrarlo porque el automóvil verde los había dejado muy atrás.
El chófer frenó para dar la vuelta, buscando de reojo un policía eventual. No lo había y tomó la curva discretamente a ochenta. No sabía siquiera si el semáforo estaba rojo, verde o amarillo. La aguja del velocímetro parecía seguir la numeración de las calles: 150, en la Avenida 50; 170, en la 70...; ya iba a 180 cuando Piel de Ébano ordenó:
—¡Da la vuelta ahora!
María salía del auto verde delante del Regis, en donde trabajaba como sirvienta. Cuando oyó el rechinar de los neumáticos sobre el asfalto se puso a correr como loca.
Piel de Ébano avanzó rápidamente, a pesar de sus pies planos, y la alcanzó justo en el momento en que estaba a punto de trepar por la escalera que conducía al «hall» del hotel. No dijo una palabra y, tomando impulso, le dio una bofetada con toda la mano derecha. Ella se envaró. Después la golpeó en el pecho con la izquierda y cuando se dio la vuelta le lanzó tres directos en el rostro, golpeándola como loco.
Ella cayó a cuatro patas; él le rompió la boca con la rodilla, ella volvió a caer abatida sobre un costado, y finalmente, él la remató con saña con tres patadas rápidas. Piel de Ébano se babeaba, la saliva se escurría de su hocico y su rostro, iluminado por el neón del alumbrado, era una pelota negra, sus ojos vacíos ya no veían nada. Como por un milagro, el panamá seguía sobre su redonda cabeza, más blanco que nunca, y sus labios rojos eran como una herida sangrante en medio de su cara negra. María gritó pidiendo socorro. Después lloriqueó, luego suplicó:
—¡No me mates, Piel de Ébano, mi amor, mi nido de amor, mi hombre, mi amor! María te quiere, amor mío, ¡¡¡No me mates, te lo suplico, mi hombre, no mates a tu amorcito María...!!!
Él hombre de la piel clara había salido del coche y los seguía lentamente. Se detuvo indeciso sin saber si volver al auto y largarse, pero no podía soportar la visión de Piel de Ébano maltratando a María a patadas. Su enorme confusión se reflejó en su rostro, antes de decidirse a intervenir.
De pronto, recordó que había trabajado como botones y pensó que los blancos tomarían partido por él contra un cochino negro desconocido en el lugar. Avanzó hacia Piel de Ébano, y le dijo con una voz educada y perentoria:
—¡Para ya de dar patadas a esa mujer!, maldito sucio negro.
Piel de Ébano, con el rostro descompuesto, giró hacia él; de una fría mirada juzgó a su adversario, y le previno fríamente:
—No te mezcles en esto, sucio negro mal blanqueado. Esta es mi mujer y a ti no te importa.
El mulato se envalentonó ante la aparición de dos blancos en la entrada del hotel, dio un paso hacia adelante y golpeó a Piel de Ébano en la boca. Este sacó su navaja del bolsillo y acribilló a cuchilladas al mulato, que no tardó en caer. Los dos blancos no habían tenido tiempo siquiera de bajar la escalera. Quisieron reducir a Piel de Ébano, pero él se deshizo de ellos y sin dejar de correr, a pesar de sus malditos pies planos, consiguió llegar hasta la avenida del teatro, justo antes de la llegada del coche de la policía.
Oyó la voz histérica de María que gritaba:
—Amenazó a Piel de Ébano con un revólver, disparó su pistola, yo lo vi.
Soltó una carcajada satisfecho: ella todavía le pertenecía...
Sonaron tres disparos de pistola detrás de él cortando en seco su risa. Los policías empezaron a tirar sin más. Sabía que para ellos el enemigo era él y que lo querían matar. Entonces se puso en medio de la luz, detrás del restaurante Clark, inmóvil, con las manos en alto, sin siquiera darse la vuelta.
Los policías le llevaron a la garita y le sacudieron hasta que su cráneo era sólo una herida ensangrentada, desde la nuca a los ojos saltones.
—Te crees que puedes venir a jugar con tu navaja hasta Euclides Avenue, ¿no es cierto, maldito negro?
Más tarde, los jueces le condenaron a la silla eléctrica.
Si esto le afecta, no lo demuestra durante la larga espera en la pequeña celda de los condenados a muerte. Sabe que esa muchacha de piel clara y hermosos muslos es todavía suya de cuerpo, corazón y alma. A lo largo del día se puede oír su fuerte voz como un graznido, pitorreándose de los otros prisioneros, burlándose de los guardias, contando chistes. También cuenta cosas como éstas:
—¿Sabéis? María y yo estuvimos juntos en Nueva York este invierno. Gané once mil dólares en un juego de dados y le compré un abrigo de foca.
Su risa aparatosa resuena todo el día.
María viene a verlo tan a menudo como se lo permiten. Le lleva pollo frito y sus labios cálidos y rojos. Ella le ofrece su amplia sonrisa y unas pequeñas manchas amarillas aparecen en sus grandes ojos oscuros, llenos de amor. Se pueden oír de lejos las propuestas amorosas de Piel de Ébano, seguro de sí mismo: le llama «su pequeña enamorada» y su risa triunfal resuena en toda la prisión.
Y así todo el día...
Pero por la noche, cuando ella se va, cuando las calles están oscuras y el recinto de los condenados a muerte silencioso, se puede ver a Piel de Ébano acurrucado en el fondo de la celda. Piensa en ella, tal vez en los brazos de otro negro. Llora dulcemente. Y sus lágrimas saladas dejan surcos brillantes en la negrura de su rostro.

El paraíso de las chuletas de cerdo

He aquí la historia de un negro analfabeto a quien los hombres y las mujeres, negros y blancos, llamaban Dios.
Su nombre oficial, el nombre impreso en la placa de madera bajo su número de matrícula, cuando cumplía diez años por violación en una de las más duras prisiones de América, era Smith, pero oficiosamente le llamaban chivato, borrego, negro cabrón, predicador de prisión, degenerado, curandero y muchos otros calificativos que podemos imaginar todavía menos corteses. En verdad era todo eso, pero también era más que eso.
Era un hombre de color, pequeño de estatura, con la boca llena de dientes de oro barato que volvían su aliento intolerablemente fétido, aunque los conservara con un brillo impecable gracias a las cenizas, a la arena, a los abrillantadores o al dentífrico cuando lo podía obtener. Tenía una calva que ganaba cada vez más terreno a su pelo rizado, y la piel de su cráneo se arrugaba tanto como su frente cuando súbitamente arqueaba las cejas o desorbitaba sus ojos blanquecinos. Su cuerpo era duro y musculoso, se presentía que tendría panza si el futuro le permitía comer a su gusto. Los hombros, caídos como los de un mono. Unos brazos enormes con músculos prominentes como cuerdas, manos extrañas, de un tamaño fenomenal y de forma grotesca, con unos dedos muy largos. Manos de estrangulador...
Podía rascarse los tobillos casi sin inclinarse, poseía unos pies planos fantásticos que sólo se encontraban a gusto en una talla 54 y piernas anormalmente cortas y derechas como palillos de tambor.... Bizqueaba, y sus dientes brillaban en su boca negra cuando dibujaba una amplia sonrisa. En prisión, sonreía siempre a los blancos, prisioneros o guardianes, hicieran lo que hicieran. Normalmente le contrariaban por puro placer y le hacían rabiar y encabronarse por todo lo que estuviera a su alcance. Una vez un guardia le molestó y él golpeó a otro hombre que estaba delante de él. Lo dos hombres se arrojaron sobre él como patos sobre un gusano y cubrieron su cuerpo de moretones azules, a pesar de ser ya negro...
Tenía la reputación de ser el hombre más fuerte de la prisión. Los detenidos juraban que le habían visto, apoyado sobre sus pies planos, agarrar las dos ruedas de una carretilla llena de hormigón fresco y levantarla; una carretilla de hormigón fresco pesa fácilmente más de doscientos kilos y ya a cualquier hombre fuerte le cuesta empujarla. Pero su fuerza prodigiosa no impedía, sin embargo, a los reclusos rencorosos ponerle de vez en cuando un capuchón en la cabeza y golpearle por debajo con un tubo de hierro para que aprendiera a no ser soplón. Por otro lado, esta acusación no estaba exenta de fundamento: cada vez que veía a uno de sus compañeros infringir el reglamento, lo denunciaba a la administración.
De este hombre negro y grotesco, medio sapo, medio simio, salía, sin embargo, una voz que trascendía todas las normas humanas, una voz que se contaba tal vez entre las más bellas que uno pueda oír sobre la tierra. Eso sorprendía viniendo de aquel negro: la gente se volvía extrañada, miraba a su alrededor y le miraban de nuevo con aire estúpido y completamente estupefactos.
Si es posible imaginar la voz de Dios bajando desde la zarza ardiente de la leyenda bíblica, entonces uno puede imaginarse la voz de Smith. Después de diez años de encierro, el subdirector de la prisión le concedió el privilegio de abrir una especie de clínica bajo la sala de audiencias, donde podía raspar los callos de los pies que hacían sufrir a reclusos y guardianes. Era más hábil para quitar un callo que un mono para abrir una nuez de coco. Se ha visto a los más rudos y bravucones como Calibre 44, El Asesino Loco y Slim, «Mango de Piqueta», derrumbarse en el dispensario y llorar de gratitud cuando él los hubo curado.
Fue tal vez en esta época cuando él se dio cuenta de que las personas se vuelven increíblemente dóciles cuando les alivian sus dolores. No podía cobrar por sus servicios, pero el director no le impedía mencionar aquello que le hacía falta, y él supo rápidamente adivinar por la expresión de sus clientes si tenía necesidad de un nuevo par de zapatos o de un paquete de cigarrillos Bull Durham. No fumaba y los zapatos nuevos le hacían daño en los pies. Lo que quería era dinero.
Smith era un cristiano fervoroso, aunque no se supo nunca cuál era la secta de la que se decía fiel, ya que la administración de la prisión englobaba el término impreciso de «protestante» a todos aquellos cuya religión no era ni el catolicismo, ni judaísmo, ni cientismo. Por otro lado, su idea del cristianismo no estaba del todo tomada de la Biblia. No sabía leer ni escribir. Pero tenía una imaginación desbordante que, junto con una buena memoria, le había permitido concebir una doctrina concreta, simplona y en la que creía con fervor.
Cuando sus compañeros de prisión le acusaban de haber venido a la cárcel para encontrar a Dios, no sentía la menor vergüenza.
Sentía inclinación por los adornos de todo tipo: brazaletes de cobre brillante, alfileres de corbata en hierro bronceado, anillos de plástico rojo, amarillo o verde..., y cuando asistía a los oficios se cubría de sus más bellas bisuterías, llegando incluso a ponerse dos anillos en cada dedo y media docena de pulseras en las muñecas.
Y cuando el predicador, con buen humor, le pedía que dirigiera la plegaria, su felicidad llegaba al colmo. Sus oraciones eran de lo más singular. Por encima de los abucheos más o menos acallados de sus compañeros, imploraba a Dios que bendijera al director y al subdirector de la prisión, al sacerdote y a los guardias, sin olvidar a los jueces y a los miembros de la Comisión de Libertad Condicional, al gobernador y al mismo Estado soberano. Después suplicaba al señor que tuviera piedad del alma de los condenados y les reservara a todos un lugar en el cielo, en particular a los miembros de la administración penitenciaria y a él mismo; y, en fin, que tuviera en reserva algunos serafines para llevar a algunos de sus compañeros que tal vez un día los necesitaran, aunque demostrara que lo dudaba. Y no dejaba nunca de pedirle a Dios que enviara chuletas de cerdo, pollo frito, enormes pasteles bien cremosos para sostenerlos hasta la llegada del gran día. ¡Tal vez, después de todo, no estaba tan loco como parecía!
Sus plegarias eran largas y elocuentes.
Smith había desarrollado esa elocuencia como una forma de defensa contra el protocolo penitenciario: en prisión, los guardias que buscan una cabeza de turco se pueden ensañar a conciencia con los negros condenados por violación, y las bandas organizadas de presos no pueden tolerar a los confidentes. Una condena por violación parece siempre acercar a los hombres a Dios.
El subdirector de la prisión le permitía a Smith organizar oficios religiosos el domingo por la tarde y los miércoles en los dormitorios destinados a los prisioneros de color, y en esta ocasión Smith estaba aún más elocuente que de costumbre. Su voz tenía una fuerza sorprendente y resonaba de una manera increíble. Cuando su cólera contra los pecadores (que normalmente jugaban a los dados en el otro extremo de la sala mientras él oficiaba) sacudía su cuerpo rechoncho y potente, tronaba con imprecaciones que encontraban un gran eco en la sala y apagaban las oraciones de los fieles, haciendo temblar los cimientos del edificio. Lo que decía no tenía ninguna importancia, ya que habitualmente sus sermones eran mugidos prolongados y sonidos incoherentes, del tipo de:
—Y Dios dice: «¡Adán!, ¡Oh, Adán!, si comes de esa fruta, seguro que morirás». Y entonces ¿qué hizo Adán? ¿Qué hizo?, os pregunto yo.
Su voz bajaba hasta ser casi confidencial, dulce como el murmullo de un arroyo:
—Os pregunto: ¿qué hizo Adán? —Y de golpe estallaba como un cañonazo: ¡La comió!, eso fue lo que hizo, ¡la comió!
De golpe el dormitorio entero saltaba en el aire como un solo hombre, los pecadores olvidaban sus juegos y sus tareas y arrojaban los dados como si les quemaran; los guardianes dejaban caer sus cigarros recién encendidos en la escupidera. Y Smith seguía bramando como un toro:
—El pecador será arrebatado por una nube de humo, pero el rebaño vivirá en la abundancia, nunca le faltarán chuletas de cerdo, nunca más. Sí, hermanos, esto es lo que nos promete nuestro Dios, todo bondad.
Hacía vibrar a su auditorio, aterrorizaba a los fieles, los hacía sobresaltarse —aunque sólo fuera por su colosal ignorancia—, los hacía temblar antes de consolarlos y darles esperanzas. Despertaba deseos de llorar en los prisioneros endurecidos como si el Espíritu Santo los poseyera, conseguía que jugadores empedernidos se arrepintieran y devolvieran sus ganancias mal adquiridas y que permanecieran dos o tres días sin jugar una sola partida. Jugaba con la emoción de la gente. Su voz era como un tantán obsesivo que se insinuaba en el espíritu como una droga insidiosa, que impedía pensar si se era inteligente o si no se era, que llenaba el corazón de visiones de abundancia eterna.
Tenía un registro increíble y saltaba de una octava a otra con la facilidad de los grandes órganos. Era como una montaña rusa: notas claras y agudas como aquellas que Satchmo sacaba de su trompeta de oro, que pasaban de una sonoridad tan repentina y terrible, como la caída de un avión de guerra, a un estruendo sordo y persistente de artillería pesada.
Cuando Smith cumplió sus diez años de prisión y pasó ante la comisión de libertad vigilada, este augusto areópago, sabedor de su amistad con Dios, le pidió que rezara. El cayó de rodillas y su voz se elevó en una oración que duró bien una media hora. El sudor perlaba la parte rapada de su cráneo, se escurría sobre su rostro, mojaba el dorso de sus manos y humedecía su burda camisa de prisionero, mientras fuera la nieve de enero llegaba hasta la rodilla de los transeúntes. Fue elocuente; habló de abundancia, empleó todos los registros de su sorprendente voz. Suplicó a Dios que diera su bendición a todos los miembros de la comisión, así como a sus antepasados y a sus hijos, que les diera fortuna, gloria, felicidad y la salvación eterna, y llenara sus corazones de misericordia. Uno después de otro, citó pasajes enteros de aquello que él creía que eran las Escrituras. Nunca hasta entonces había rezado con tanto fervor.
Fue su voz, sin embargo, lo que le dio la libertad. Hizo vibrar de emoción a todos estos hombres decentes, se hubiera dicho que los recorrían descargas eléctricas. Le dijeron que podía irse sin esperar y firmaron una orden de libertad inmediata. Después de lo cual se retiraron para liberar las pulsiones emocionales que había hecho en ellos: el primero se emborrachó de forma repugnante, el segundo se fue a acostar con una furcia, mientras el tercero saltaba a su potente automóvil y recorría cientos de kilómetros de autopista a una velocidad loca.
La economía era próspera cuando Smith se integró de nuevo en el mundo exterior. Se encontraba trabajo con facilidad; sin embargo, continuó predicando como lo había hecho en prisión:
—Miré al cielo y vi un mensaje en lo alto escrito en letras de fuego, que decía: «Ve a predicar las palabras del Evangelio» —explicaba a su congregación.
Pero era poco probable que Dios le hubiera mandado un mensaje por escrito a él, ¡que no sabía leer...!
Llevaba por todas partes su púlpito de predicador, lo instalaba en las esquinas, y luchaba contra los pecados del mundo con tanto ardor como si él mismo nunca hubiera pecado. Encontró, quién sabe dónde, un abrigo andrajoso de príncipe de Gales, cuyo color había acabado siendo un verde ajado, que le llegaba hasta los zapatos deformados. Si uno añade una camisa remendada y tiesa, increíblemente sucia, con un falso cuello y sin corbata, se tiene un poco la idea de la imagen pintoresca que ofrecía cuando, de pie sobre una caja de jabones, en alguna parte del barrio de los bares de mala nota, cubierto con todas las joyas que habla sacado de prisión, exhortaba a las mujeres horriblemente pintarrajeadas y a los jugadores inveterados a cambiar su modo de vida:
—¡Burlaros!, ¡burlaros! —les gritaba—, ¡burlaros bien! Reíd hasta que vuestras cabezas de idiotas se desencajen de los hombros. Pero cuando llegue el pánico y Dios os quite el alimento y el vestido, cuando haga desaparecer el techo que os cobija, vuestra risa palidecerá. Vosotros, que ahora reís como animales.
Es probable que no supiera su auditorio que esta profecía tenía posibilidad de hacerse realidad, pero no parecía diferir de todo lo que hubiera podido sacar de la Biblia, que siempre parece predecir una catástrofe inmediata, y por eso él hablaba con tanta seguridad.
Cuando algunos paseantes curiosos le preguntaban su nombre, él contestaba que lo llamaran «Padre».
Durante el día hacía pequeños trabajos para ganarse una magra comida, trabajando como criado en los burdeles, limpiando garitos, o contratándose por días. Resumiendo: realizando todas las actividades que se le ofrecían a un negro analfabeto.
Por la noche, rezaba. Todas las noches.
Después de un cierto tiempo, se marchó con un equipo de obreros que ponía vías de tren. Cada vez que tenía ocasión, predicaba. Terminó por quedarle el nombre de «Padre». Y, por otro lado, nunca admitió haber tenido otro.
En esa época, la única inclinación notable que manifestaba hacia el sexo era una marcada preferencia por las chicas de piel un poco clara, a las que pretendía y hacía guiños en cuanto podía. Pero ellas le encontraban terriblemente repugnante y no se aventuraban jamás lo bastante cerca de él como para exacerbar su deseo salvaje; él tampoco se les acercaba porque sus pulsiones eran violentas e incontrolables; además, era susceptible como un inválido y se sentía humillado, en especial cuando sus insinuaciones eran rechazadas, cuando las mujeres tenían un movimiento involuntario de rechazo en su presencia, y entonces se enfurecía de tal manera que los ojos se le teñían de rojo, las arterias de su cuello se hinchaban y sus músculos se tensaban como cuerdas. Necesitaba toda su fuerza sobrehumana para reprimir sus deseos de agarrar a las muchachas con sus poderosas manos y tomarlas en contra de su voluntad. Pero se contenía siempre.  Sus diez años de prisión le ayudaban a ello.
Curiosamente era la vanidad lo que dominaba su carácter y, más que confesarse que las mujeres le encontraban repulsivo, instituyó la castidad en dogma de su religión y se imaginaba que era una especie de sacerdote. Una vez, tomando un atajo alcanzar a su equipo, se encontró por azar con uno de sus compañeros que trataba de violar a una campesina. Con todo el ardor que le daba su abnegación reciente, preso de rabia insensata, mató al hombre con sus propias manos como castigo por un pecado tan horrible.
Tuvo que huir para conservar su libertad, pero tenía la conciencia tranquila. Se decía a sí mismo que Dios había inspirado su gesto y desde ese momento estuvo obsesionado con la idea de que era un instrumento de Dios. Bajo el efecto de esta cualidad que había descubierto en sí mismo, se convenció de que toda vida sexual, fuera la que fuera, incluso en el seno del matrimonio, era un pecado y llevó a cabo una violenta e incesante cruzada contra la carne y sus debilidades.
Felizmente para él, en los estados del sur, donde había cometido el asesinato, la muerte de un obrero negro no era razón suficiente para que la policía hiciera una investigación, sin lo cual, con toda seguridad hubiera sido arrestado antes de cruzar la frontera.
Después de muchos kilómetros por caminos rurales polvorientos y algunos trayectos clandestinos en trenes de carga, consiguió un mes más tarde llegar a una ciudad del nordeste. La catástrofe que había profetizado estaba próxima y, desde entonces, se hacía cola en los centros de caridad.
Había ahorrado algunos miles de dólares del salario que le había pagado la compañía de ferrocarriles y por quinientos dólares alquiló una bodega abandonada en el corazón de un barrio miserable y la transformó en iglesia. Hizo pintar en letras roas sobre la fachada de madera:
os garantizo entrar en trance
aquí seréis poseídos por el espíritu santo
En cuanto a los bancos, eran viejas tablas apiladas sobre cajas.
Un domingo por la tarde abrió las puertas de su iglesia de par en par y comenzó a predicar delante de los bancos vacíos. Se oía su voz pujante desde fuera, llegaba incluso a los dos extremos de la calle, abriendo una manzana entera.
Muy pronto, las prostitutas famélicas, los vagabundos que no lo estaban menos, y aquellos que no eran ni prostitutas ni vagabundos, sino simplemente desempleados, fueron atraídos por su voz, se fueron acercando poco a poco y se instalaban en un lugar de la iglesia.
Predicaba. Les decía lo que querían oír, les ofrecía consuelo. Les presentaba visiones del infierno ardiente, después les pintaba un paraíso donde las calles eran de oro y donde les esperaban platos de pollo frito. Pero el espíritu no sopló sobre ellos ni entraron en trance... Se desgañitó, cantó, saltó sobre sus enormes pies planos, agitando los brazos por encima de su cabeza, de tal manera que su abrigo de pata de gallo se agitó tras de él como un pájaro a punto de emprender el vuelo. El sudor brillaba sobre su cráneo calvo, le escurría por la cara, empapando la camisa sucia y llenando de mugre el cuello duro que cada vez se parecía más a un trapo de cocina. Pero no les hacía efecto, no gritaban, no estaban poseídos por el Espíritu Santo, no estaban en trance.
—¿Por qué no lloráis? —les preguntaba—. ¿Por qué no estáis contentos y le dais gracias a Dios? ¿No sabéis quién soy? —Su voz tronaba como las olas del mar desencadenado—. ¡Soy Dios!, ¡soy el Señor! ¡Gloria a Dios!, ¡loado sea! ¡Aleluya!, ¡aleluya¡ ¡Sed felices, dejad al Espíritu llenar vuestras almas!
Y cuando las palabras ya no le salían, echó la cabeza hacia atrás y se puso a berrear: «¡Aouuuuu... uuuu... aaaaa!». Cuando recobró el aliento, repitió:
—¡Sed felices! ¡Yo soy Dios! ¡He venido a haceros felices! ¡Tengo un mensaje para vosotros!, ¡he venido directo del cielo!
Estaba en tal estado que ya no sabía lo que decía, de tal manera esperaba hacerles gritar de alegría, hacerles conocer el éxtasis. Una furcia medio borracha, que estaba en la primera fila, con el rostro negro, casi violeta de la cantidad de pintura que llevaba, cubierto de un polvo blanco como harina, levantó los ojos y miró al predicador con un aire de desafío y le dijo:
—Si eres Dios, dame algo de comer. No he probado bocado en todo el día y mis tripas suenan vacías como una calabaza.
Y todos la siguieron en coro, toda aquella gente hambrienta por la depresión económica:
—¡Sí, si tú eres Dios, danos de comer!
Se detuvo, el sudor corría por su rostro negro y brillante. Sus dientes de oro barato brillaban entre sus labios colgantes:
—¡Soy Dios! —mascullaba sin cesar, hablándose a sí mismo, como sorprendido de darse cuenta de ello—. ¡Soy Dios y mis hijos tienen hambre!
Los minutos pasaron, uno, dos, la congregación continuaba protestando. Tres minutos; emociones diversas se reflejaban en su rostro como una sucesión de diapositivas. Cuatro minutos; entonces, elevando la voz hasta hacer temblar las tablas de la barraca, dijo:
—¡Soy Dios! ¡Y voy a salir a la calle y convertir los adoquines en chuletas de cerdo!
Descendió del púlpito donde estaba subido y caminó lacia la puerta, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, sus largos brazos colgando como los de un simio, arrastrando su abrigo por el suelo.
Su rostro negro lleno de sudor, levantado hacia las vigas polvorientas de la iglesia y hacia el techo, donde los huecos dejaban ver el centelleo de las estrellas, con expresión de sonámbulo, con un aspecto que uno hubiera calificado de extraterrestre.
Cuando sus fieles quisieron seguirlo fuera para asistir al milagro de ver las piedras convertidas en chuletas de cerdo, les rechazó y cerró la puerta con llave.
Más tarde, regresó con una carretilla de dos ruedas, como las que utilizan los traperos, repleta de costillas fritas y  trozos de pan, de salsa y patatas fritas, pilas de platos y tazas, sin olvidar un enorme bidón con café y una bandeja que contenía cubiertos, justo a tiempo para impedir a su congregación tirar la puerta en su impaciencia.
—¿No tenéis fe? —les dijo con tono áspero, con voz cortante— ¿No tenéis fe en Dios?
Ellos se apartaron de él llenos de temor reverencial. En medio de un silencio de muerte, empujó su carrito hasta el púlpito; todos los negros le seguían con los ojos en blanco.
Los hizo aproximarse y ponerse de rodillas delante de él para recibir su bendición. A cada uno le sirvió un plato lleno y una taza de café humeante. Todos comieron tomándoselo con mucha calma...
Cuando recogió los platos sucios volvió a predicar con su energía inagotable:
—¡Ou... a... aaaaa... aaa! Cuando teníais dinero, teníais amigos en muchos kilómetros a la redonda, ¿no es cierto, hijos míos?
—¡Cierto, cierto! —salmodiaron, comenzando a balancearse, mientras el Espíritu se iba apoderando de ellos.
—Pero cuando ya no teníais dinero y teníais hambre no os quedaba más que un amigo en la ciudad. Y este amigo, ¿quién era, hijos míos?, decidme, ¿quién era?
—¡Era Dios!, ¡era Dios! —respondieron a coro, saltando sin cesar sobre sus asientos.
Entonces, el Padre, echando el resto, hizo resonar su voz como el estampido de un trueno:
—¡Yo soy Dios!, ¡seguidme, hijos míos!, y os guiaré fuera de este país, donde uno revienta de hambre; os llevaré al paraíso eterno de las chuletas de cerdo.
Hizo una pausa y después, apuntándoles con uno de sus grotescos dedos, continuó:
—¿Qué es lo que todos acabáis de comer?
—¡Chuletas de cerdo! —respondieron, saltando de un banco a otro—, ¡chuletas de cerdo!
—¿Y vuestros estómagos están satisfechos? —preguntó con una voz tan dulce que parecía una brisa de primavera en el Paraíso.
—¡Están satisfechos! —Y se abrazaban unos a otros riendo. —¿Estáis contentos?
—¡Lo estamos!
Estaban como borrachos de alegría, como poseídos por el sonido de su voz. Un sentimiento de bienestar los inundaba, su hambre pertenecía ya al pasado. El sudor resbalaba por sus cuerpos brillantes, sobre los rostros negros y relucientes de esos obreros sin trabajo, jornaleros y cocineros, mujeres de servicio y metalúrgicos que no encontraban trabajo..., surcaba los rostros empolvados de las putas que ya no encontraban un solo cliente y de los inútiles que no encontraban quien los mantuviera. Las lágrimas fluían de sus ojos y se mezclaban con el sudor.
Con la habilidad de un actor experimentado, el Padre esperó el momento oportuno y tronó con una voz cuya intención no admitía desmentidos:
—¿Quién soy yo?
—¡Eres Dios, eres Dios!
Se balanceó hacia atrás, apoyándose sobre los talones y su voz rompió en un poderoso e irresistible gemido:
—Habrá platos llenos de pollo y panecillos crujientes recién salidos del horno, bandejas repletas. ¡Habrá comida para mis hijos, habrá cobijo para ellos!, ¡habrá lechos limpios, con sábanas blancas, vestidos para mis hijos y un techo sobre sus cabezas!
Camas decentes con sábanas blancas. Vestidos para cubrir sus espaldas. Habrá muchas cosas para todo el mundo. ¿No es cierto? ¡Eh!, ¿no es cierto? ¿Y mis hijos tendrán fe?
—¡Es Dios! —chillaban—, ¡es Dios!
¿No había transformado las piedras de la calle en chuletas? ¿No habían tocado ellos las chuletas con sus propias manos? ¿No las habían visto con sus propios ojos y comido con sus propios dientes? ¿Cora Mal Ojo no había jurado sobre la cabeza de su madre muerta que había visto un trozo de la calle con el pavimento levantado cuando regresó el día anterior a la miserable barraca que comparte con otras cuatro prostitutas? Y al día siguiente ¡no faltaba ni una! Y, sin embargo, no había habido un solo albañil por el barrio aquel día, ni desde hacía tiempo...
¿Cómo habían podido imaginar que Padre compraba las chuletas en los restaurantes cercanos?, si ellos no tenían dinero para ir a un restaurante...
Padre se dio cuenta de que no era difícil hacer creer a esta gente hambrienta que él era Dios, desde el momento en que los alimentaba. Se habían visto brutalmente privados de la seguridad de la que habían gozado hasta entonces, sus viviendas confiscadas porque no habían pagado los impuestos. Las casas de empeño habían quebrado, no había trabajo, e incluso los bancos, que en otro tiempo habían estado llenos de sacos de dinero, ahora cerraban. Y el pobre Jesús lloraba en su cruz como ellos en la suya y no podía venir a ayudarlos. Tenían hambre, tenían miedo. Claro que deseaban la salvación eterna, claro que querían ir al cielo dónde las calles están pavimentadas de oro, claro que querían sus pequeñas alas blancas y sus arpas doradas. Pero lo que querían aquí, y de inmediato, era algo consistente y comestible que los ayudara a terminar el día. Deseaban creer en algo tangible. Cuando rezaban para tener comida, esperaban alimento para sus estómagos, no para sus almas. Deseaban un Dios que pusiera delante de ellos, sobre la mesa, platos de chuletas de cerdo, chuletas de cerdo que pudieran ver con sus ojos, tocar con sus manos y comer con sus bocas.
Y aquello era precisamente lo que hacía Padre.
Las puertas de su iglesia estaban siempre abiertas y todas las mañanas llegaba con una pila de billetes. Todas las mañanas salía, compraba comida y la distribuía entre los que tenían hambre. No hacía nunca colecta, no pedía jamás ni un centavo a su congregación. Les explicaba que transformaba los periódicos viejos en dinero durante la noche para poder comprar chuleta de cerdo, ya que si hubiera seguido utilizando el empedrado de la calle como materia prima llegaría un momento en que los coches no podrían circular.
Y ellos le creían. Le traían montones de periódicos viejos para que los transformara en dinero. ¿Por qué no habrían de creerle? ¿Cómo explicar si no este maná cotidiano? La crisis afectaba a todo el mundo, incluso Wall Street estaba cerrado —según decían— y ya no se hacían billetes con la figura del Tío Sam. Los blancos habían perdido sus casas y sus coches, se veían obligados a despedir a sus cocineros y a prepararse la comida ellos mismos.
Si no, ¿cómo habría hecho este negro que no trabajaba, pero que venía todos los días con un montón de dinero y que distribuía comida?, ¿cómo podía haber sido tan rico, si no fuera porque transformaba los periódicos en dinero?
Viejos billetes pringosos de un dólar, apilados unos sobre otros, daban la impresión de enormes sumas a los ojos de la gente que no tenía un centavo y que tenía hambre.
Era así como razonaba aquella masa de hambrientos que se apiñaba en su iglesia, que comía gratuitamente pollo frito, panecillos y chuletas de cerdo grasas y suculentas, que olvidaban su miedo oyéndole hablar en tono tranquilizador, y que algunas veces llegaban al éxtasis cuando su voz tronaba.
Todos los días Padre alimentaba a sus fieles hijos, y todos los días sus hijos se abandonaban a su emoción y a su gratitud, cantando tan fuerte que las calles y las casas vecinas se llenaban de sus gritos: «¡El es Dios!». Y todas las noches había nuevos conversos. .
Habría sido necesario un hombre aún más fuerte que Padre para no creérselo él mismo. Se puso a pensar sinceramente que era Dios y a instituir las reglas de su nueva y extraña religión.
Curando los callos de los pies, durante su estancia en la prisión, había aprendido hasta que punto es fácil de manejar la gente cuando depende de uno y se mitiga su dolor. Ahora sabía que un hombre que solicita un servicio está prácticamente dispuesto a todo para obtener satisfacción. Así que creó unos mandamientos y leyes que hicieran a sus fieles lo más parecidos posible a sí mismo; arrojó anatemas sobre el sexo, prohibió el matrimonio, separó a los hombres de sus mujeres y arrancó a los hijos de sus hogares. Los afeó, les prohibió el uso de cualquier producto de belleza. Los volvió anónimos, en lugar de sus nombres los hacía llamar «Ángel», «Hermano», «Arpa de Oro», «Pájaro del Paraíso». En fin, él creó el hombre a su imagen. Poseer bienes terrenales era pecado. Dios había hablado, su rebaño tenía que obedecer. Si no hubiera encontrado esta maravillosa estratagema, su culto no hubiera tardado en declinar lamentablemente, ya que su pequeña cuenta en el banco disminuía de forma considerable a fuerza de usarla para alimentar a tanta gente.
Pero los adeptos que vinieron a él después de la primera oleada de fieles no eran del todo pobres. Algunos eran trabajadores que aún no habían perdido el trabajo, que sacaban entre ochenta y noventa dólares por mes y que incluso tenían para ahorrar. Ellos no habían explotado la lotería clandestina, no habían visto su salario diario convertirse en millones, mientras los hombres del hampa se peleaban como traperos para hacerse con el control. Otros eran gente avispada, que comprendían el mundo, espabilados a quienes nadie se la pegaba, pillos que conocían todos los trucos del oficio. No obstante, en cuanto la voz de Padre atronaba y caía sobre ellos, en cuanto se volvía tranquila y los invadía, ellos olvidaban toda su lucidez y su habilidad. Esta voz sorprendente los devoraba a traición, como las arenas movedizas, atrapándolos con tentáculos, embrujándolos en una sublime sinfonía.
Entonces, ricos y pobres, negros y blancos se arrodillaban delante de él y alzaban los brazos gritando:
—¡Es Dios!, ¡es Dios! —Impresionados y atemorizados por la fe absoluta de todos los hambrientos, salmodiaban—: ¡Es Dios! —Invadidos por el encanto insidioso de su voz, caían de rodillas para cantar sus alabanzas—: ¡Es Dios!
Era natural creer en él, todo estaba en su voz. Entonces ellos le dieron lo que poseían para que hiciera con ello lo que quisiera: sus salarios, sus ahorros, sus propiedades, sus joyas y sus cachivaches; todo aquello que tuviera algún valor: sus trajes y su ropa interior, sus abrigos y sus muebles, monedas de cinco centavos, de diez, de veinticinco; todo lo que tenían. Ellos no querían las riquezas de este mundo, cuya posesión era un pecado. Dios no dejaría que les faltara nunca nada. No tenían preocupaciones.
Y Padre alimentaba a aquellos que tenían hambre, vestía a los que estaban desnudos. Su fama crecía, su Iglesia también. El viejo bodegón, transformado en santuario, fue abandonado y el cuartel general de la congregación se estableció en un gran templo. Se pusieron sistemas de altavoces para llevar aún más lejos su voz poderosa, e incluso se creó una emisora de radio para hacerla resonar en los cuatro rincones del mundo.
El Padre se dejó crecer el bigote, se compró una docena de esmóquines y de fracs, y se obsequió a sí mismo con un Rolls Royce para ir al templo y volver, un avión para sobrevolar el mundo y mirar a sus hijos desde lo alto del cielo, cientos de anillos cargados de piedras preciosas, docenas de pulseras para sus muñecas y sus tobillos, pendientes de oro... Para todas estas compras la factura era expedida a nombre de Dios.
Y la voz de Padre continuaba extendiéndose como una marea irresistible, como el flujo del mar, como la eternidad en marcha, como el ejército de Wellington que avanzara arrastrándose.
—Soy Dios, ¿lo comprendéis, hijos míos? ¿Lo escucháis todos? Voy a dar de comer a mis hijos, los voy a llevar fuera del país de Canaán y los conduciré al paraíso de las chuletas de cerdo.
Y hacía lo que decía. Los hambrientos, los desamparados, los harapientos obtenían de él todo lo que se puede esperar de una divinidad. Sus clamores se elevaban en la lejanía:
—¡Es Dios! —Y sus himnos, «Hermano lirio» y «Hermana nieve de la montaña», resonaban.
Se volvió poderoso en la comunidad de color. Grandes políticos buscaban su apoyo. Gente distinguida, intelectuales, blancos con altos puestos, médicos, abogados y jueces se empezaron a interesar por ese fenómeno sorprendente, por ese hombre que se proclamaba Dios.
Hicieron investigaciones sobre sus negocios, trataron de dar una respuesta al problema que representaba, pero sin resultado. Hicieron encuestas para encontrar la fuente de sus riquezas, pero en vano. Lo único que descubrieron fue lo que decían sus fieles, es decir, que hacía billetes de banco buenos y nuevos con periódicos viejos:
—Padre no posee nada. Todo pertenece a Dios —fue la única información que encontraron.
Los periódicos hicieron lo suyo. Encontraron el medio de llevarlo ante la justicia, intentando contra él una acción declaratoria, tratando de desvelar el misterio que le rodeaba. Pero Padre era astuto. ¿O 'tal vez creía con tanta convicción que era Dios, que esa seguridad le impedía ser desenmascarado?
Su vida era ejemplar. Era el primero en atenerse estrictamente a las reglas de su religión y llevaba una existencia austera y rígida, huyendo del vicio bajo todas sus formas. Se le podía encontrar a cualquier hora del día o de la noche. Era un libro abierto para sus fieles y permanecía tan asexuado como una roca. Inflexible, se daba como ejemplo, y era así como conseguía tener en un puño a sus seguidores.
Pero un día encontró a una muchacha de piel clara, tres cuartas partes blanca. Venía de los bajos fondos de Harlem, y fue ella quien le desenmascaró.
Una tarde de verano en que predicaba a su congregación, ella entró en el templo, maquillada como la reina de un «striptease»: labios escarlata, las cejas subrayadas con pintura negra que le comían la mitad de la frente, las mejillas pintarrajeadas con colorete y muy empolvadas, con las uñas que parecían gotas de sangre, los ojos rodeados de azul, pestañas postizas de dos centímetros y una cabellera rubio platino peinada a lo afro.
Llevaba un jersey con el cuello en pico de lana y seda amarillas que acentuaba sus senos, haciéndolos parecer desmesurados sobre su cuerpo menudo y redondo, y una faldilla escocesa con fondo oscuro que le ceñía las caderas. Con tres anillos de baratija y largos pendientes en las orejas. Sus piernas morenas y torneadas estaban desnudas, y las uñas barnizadas de sus pies brillaban dentro de sus sandalias blancas. Estaba medio borra la y fue abriéndose camino a empujones a través de la multitud que llenaba la nave para ver mejor lo que pasaba. Ofrecía un contraste sorprendente con aquellas mujeres vestidas con ropas austeras, cuyos rostros blancos o negros estaban cuidadosamente limpios, sin más brillo ni adorno que su sudor.
Cuando Padre la divisó, su voz poderosa se alteró, unos instantes más tarde puso fin a su sermón y se retiró a su santuario situado detrás del coro. Después envió la Hermana Fiel a la congregación con la orden de traerle a aquel adefesio pintarrajeado sin perder un minuto. Hermana Fiel tembló al oír la cólera que vibraba en su voz.
Poco después ella hizo pasar a la mujer y se retiró rápidamente, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Para qué me quieres? —le preguntó la muchacha a Padre.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó con tono moderado.
—Cleo.
La apuntó con su dedo grotesco lleno de anillos y tronó:
—¡Quítate esa pintura de la cara!
—¿Por qué? —replicó ella, nada acobardada.
El pareció sorprendido. Después de un momento la interrogó otra vez:
—¿Sabes quién soy?
—No, ¿quién eres?
—¡Soy Dios! —le dijo con una voz imperiosa.
Ella le miró, mascando su chicle.
—¡Ah, bueno! —fue la respuesta—. Para mí no eres más que un negro grande, totalmente negro.
El rostro de Padre se crispó repentinamente en un espasmo de emoción. La respuesta insolente de la chica había hecho nacer en él no la cólera, sino un deseo incontrolable y repentino. Le pidió que le siguiera a su apartamento y ella le rechazó desdeñosamente. Le suplicó, le rogó. Ella se rió en sus narices. El se puso de rodillas. Ella se agachó hacia él y le cubrió su cráneo calvo con sus senos, después le dio bruscamente la espalda y se fue.
Entonces él perdió la cabeza. Perdió la cabeza a causa de un pendón medio borracho. Le saltó encima como una bestia salvaje, farfullando sonidos incoherentes y babeando en abundancia.
Cuando estaba a punto de echarlo todo a perder, ella le amenazó con hacerlo arrestar, entonces él se dio cuenta de lo que había hecho y su rostro se tomó gris. Le ofreció dinero por su silencio, dinero y más dinero. Ella se dio cuenta de que le tenía atrapado y decidió dejarlo sin blanca.
Durante las semanas que siguieron se hizo comprar un coche deportivo color violeta, de un precio exorbitante. Después quiso tener chófer con librea. Y más ropa, joyas, pieles que costaban miles de dólares, el mejor apartamento que pudo encontrar en todo Harlem. El estaba perdidamente enamorado de ella. La seguía como un perro. Abandonó a su rebaño. Ella le obligaba a acompañarla a bares y discotecas, donde se reía abiertamente de él.
Le hizo fumar marihuana, y cuando él estaba en lo mejor y el placer le cegaba ella le echaba a la calle.
Sus «hijos» pronto se dieron cuenta de su perfidia. La noticia se extendió como un reguero de pólvora. Perdieron la fe. Los maridos volvieron con sus mujeres y los niños regresaron a sus hogares.
En fin, aquellos que habían donado sus bienes quisieron recuperarlos. Formaron un comité para ir en delegación a ver a su Padre y exigieron la restitución de los bienes que les pertenecían. Se negó a verlos y ellos le hicieron arrestar por fraude; fue enviado de nuevo a prisión. La muchacha, Cleo, la de la piel clara, empeñó sus joyas, y con frecuencia tenía hambre.
En el paraíso, en este momento, ya no hay chuletas de cerdo...

Sólo le faltan los pies

Ward iba por la acera en Roma, Georgia, cuando se cruzó con una mujer blanca y dos hombres blancos. Se bajó de la acera para dejarlos pasar.
A pesar de ello, el hombre blanco tropezó con él y luego se volvió para decirle:
—¿Qué te pasa, sucio negro?, ¿necesitas toda la calle para ti?
—¡Oh, excusen, señores! —comenzó Ward; pero el hombre blanco le dio un empujón.
—Venga, lárgate, sucio negro, no vayas a meterte en un lío.
—Sí, señor Hitler —farfulló sordamente Ward y siguió su camino. Pero el hombre blanco dio media vuelta, le agarró y le hizo volverse de frente hacia él.
—¿Qué acabas de decir, negro estúpido?
—No he dicho nada —respondió Ward—. Solamente insultaba a Hitler.
—Eres un maldito embustero —contestó el hombre blanco enfurecido—. Me has llamado Hitler y yo no admito eso a nadie.
Entonces, abofeteó a Ward que, a su vez, le devolvió el golpe.
El otro hombre blanco se lanzó en su auxilio y Ward sacó su cuchillo. La mujer gritó y Ward hirió ligeramente al hombre blanco en el brazo. El otro blanco le agarró por detrás; Ward se inclinó hacia adelante y, girando sobre sí mismo, le mandó a paseo. Su primer adversario volvió a la carga y le largó una patada en el vientre. Ward le colocó el cuchillo en el cuello. La mujer continuaba gritando y, finalmente, otros blancos acudieron y redujeron a Ward.
Llegó por fin un agente de policía, pero la muchedumbre era ya demasiado densa para que pudiera dominarla. Hizo lo que le pareció y dijo:
—No lo linchéis aquí, sacarlo de la ciudad.
Pero la gente no tenía ganas de lincharlo. Las heridas de las víctimas eran ligeras y lo único que pretendían era darle una lección. Un hombre que tenía una cartilla de racionamiento trajo gasolina y le regaron con ella los pies; le ataron los brazos a la espalda, le prendieron fuego a las piernas y lo soltaron. Comenzó a correr por las calles, los pies en llamas hasta que sus zapatos ardieron completamente; sus pies se habían hinchado el doble de su tamaño y estaban cubiertos de ampollas negruzcas. Encontró un camión refrigerador, trepó a él trabajosamente, sumergió sus pies en el hielo y se desmayó.
En toda la calle la gente se reía.
Quince días más tarde, vino un médico a la prisión municipal donde Ward cumplía una condena de noventa días por agresión a mano armada —una pena muy leve, según declaró el juez— y le amputó los dos pies.
Ward tenía un hermano en la Marina y otro en el Ejército; tenía también un cuñado que trabajaba en la industria de la Defensa Nacional en Chicago. Reunieron dinero y le enviaron el suficiente para que se fuera a Chicago al salir de la cárcel.
Cuando lo liberaron, gentes caritativas de la Iglesia le dieron unas muletas y cuando aprendió un poco a utilizarlas, tomó el tren para Chicago. Allí su hermana le envió el dinero necesario para comprarse rodilleras de cuero. Encontró un trabajo de limpiabotas. En resumen, todo le iba bien.
Había comprado tres bonos de la Defensa Nacional de veinticinco dólares y estaba ahorrando para comprarse el cuarto.
Aquella semana ponían la película «Bataam» en un cine del centro de la ciudad y, una tarde, Ward dejó temprano su trabajo para ir a verla. Había oído hablar de ese negro, mister Spencer, que hacía el papel de soldado y quería ver por sí mismo que tal era. Se sentó en el primer asiento de la fila para no molestar a nadie y deslizó las muletas bajo el asiento. Era una buena película y le gustó mucho. Mostraba lo que un hombre de color puede hacer si realiza el esfuerzo necesario; pensaba: ahí está Mr. Spencer que hace el papel como un verdadero soldado y se desenvuelve tan bien como los blancos.
Los espectadores se levantaron de un salto y comenzaron a aplaudir. Ward no se levantó.
Un blanco alto y fuerte que estaba detrás de él, se inclinó y le golpeó en la cabeza.
—¡Levántate, tío! —gruñó—, ¿qué te pasa?, ¿no reconoces el himno nacional cuando lo oyes?
—No puedo levantarme —respondió Ward.
—¿Y por qué no puedes?
—No tengo pies —le dijo Ward.
Durante un momento el blanco se quedó allí, de pie, invadido por un furor reconcentrado, luego retrocedió y golpeó a Ward en un lado de la cabeza.
Ward se derrumbó hacia adelante, entre las dos filas de butacas; el hombre blanco se volvió y corrió hacia la salida. Un agente que estaba en el local y había sido testigo del incidente, atrapó al blanco cuando salía a la calle.
—Queda detenido. ¿Qué ha pasado aquí?
—No he podido evitarlo —farfulló el hombre blanco, el rostro inundado de lágrimas—. No os comprendo a vosotros, los de Chicago, yo soy de Arkansas y no podía soportar el ver a ese cochino negro sentado mientras tocaban el himno nacional, ¡da igual si no tiene pies!

Un Ciego Con Una Pistola (Chester Himes)