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lunes, 25 de abril de 2016

La Santidad de Azedarac (Clark Ashton Smith)

Clark Ashton Smith

La Raiz De Ampoi (Clark Ashton Smith)

Clark Ashton Smith

La Hechicera De Syllaire (Clark Ashton Smith)

La Hechicera De Syllaire
(The Enchantress of Sylaire)
Clark Ashton Smith

La Bestia de Averoigne (Clark Ashton Smith)

La Bestia de Averoigne

(The Beast of Averoigne)

Clark Ashton Smith

Hyperborea (Clark Ashton Smith)

Hyperborea
Clark Ashton Smith

Estirpe De La Cripta (Clark Ashton Smith)

Estirpe De La Cripta
Clark Ashton Smith

El Testamento de Athammaus (Clark Ashton Smith)

Clark Ashton Smith

El Sátiro (Clark Ashton Smith)

(The Satyr)
 Clark Ashton Smith

El Planeta de los Muertos (Clark Ashton Smith)


El Planeta de los Muertos
Clark Ashton Smith

El Ídolo Oscuro (Clark Ashton Smith)

Clark Ashton Smith

sábado, 8 de noviembre de 2014

Las Estatuas De La Noche (Clark Ashton Smith)


L
imitadas por un horizonte lejano, que desde cierto punto se encuentra muy remoto y parece fundido con la brillantez azul de un cielo metálico, contrastan el negro esplendor de sus formas marmóreas con el insuperable resplandor del sol. Construidas en el amanecer de los tiempos, por una raza cuyas tumbas en forma de torre y ciudades de altas cúpulas constituyen ahora un solo polvo con el de sus constructores en las lentas evoluciones del desierto, permanecen en pie para contemplar los terribles amaneceres postreros, que surgen en otros países, consumiendo los velos de la noche en las desolaciones infinitas. Al mismo nivel de la luz, sus ceños temibles conservan el orgullo de los reyes Titánicos. En sus ojos de mirada pétrea, implacables y sin párpados, se refleja la desesperación de quienes han contemplado el infinito durante demasiado tiempo.

Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Unicamente al atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados —únicamente al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola—, entonces, y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad, como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo infinito.

La Marcha De Afrodita (Clark Ashton Smith)


P
or todas las tierras de Illarión, desde los valles y montañas coronadas con nieves perpetuas, hasta las poderosas colinas cuyo reflejo oscurece un mar tranquilo y tibio, estaban encendidos los antiguos fuegos verdes y amatistas del verano. Se aspiraban especias en el viento que azotaba el rostro de los montañeros al escalar los altos glaciares, y el más antiguo bosque de cipreses, que se deslizaba ceñudamente sobre una bahía de límpido cielo, estaba iluminado por las orquídeas de color escarlata... Pero el corazón del poeta Phaniol era una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas. Deseoso de olvidar por algún tiempo la socarronería de las zarzamoras, Phaniol caminaba solitario por el desierto que rodeaba a Illarión; era un lugar ennegrecido tiempo atrás por grandes hogueras, y que nunca había conocido los pinos, las violetas, los cipreses o las zarzamoras. Al caer la tarde llegó a un océano virgen, de aguas oscuras y estáticas bajo el sol poniente, exento del murmullo inmemorial propio de otros mares. Phaniol se paró y anduvo distraído por la costa cenicienta, soñando de cuando en cuando con ese mar llamado Oblivion[1].

La Desolacion De Soom (Clark Ashton Smith)


S
e dice que el desierto de Soom se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis, y además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles. En este sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio infinito y vacío... En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.

Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados.

Las Abominaciones De Yondo (Clark Ashton Smith)


L
a arena del desierto de Yondo no es como la de los demás desiertos; entre otras cosas, Yondo se encuentra justo en el borde del mundo, y vientos extraños que soplan desde un golfo cuya profundidad no ha podido determinar ningún astrónomo han sembrado sus campos devastados con el polvo gris de planetas corroídos, y las cenizas negras de soles extinguidos. Las montañas oscuras y con forma esférica que se elevan sobre una planicie arrugada y erosionada no son tan sólo montañas, ya que algunas son asteroides caídos que se han hundido en esa arena abismal. Cosas extrañas han surgido de espacios remotos, cuya exploración está prohibida por los dioses de todas las tierras decentes y bien gobernadas. Pero no existen dioses semejantes en Yondo, donde habitan los genios de las estrellas desaparecidas, y los demonios decrépitos cuyas casas fueron destruidas en infiernos ya anticuados.

El Robo De Los Treinta Y Nueve Cinturones (Clark Ashton Smith)



Q
uede dicho, a título de introducción para este relato, que nunca he robado a ningún hombre que no fuera a su vez un ladrón a costa de otros hombres. A lo largo de mi carrera, un tanto larga y penosa, yo, Satampra Zeiros, de Uzuldaroum, conocido en ocasiones como el maestro de los ladrones, he servido en más de una ocasión de mero agente en la redistribución de riquezas. La aventura que estoy a punto de relatar no constituye una excepción, si bien el resultado fue que mis beneficios pecuniarios fueron verdaderamente escasos, por no decir ridículos.

El Relato De Satampra Zeiros (Clark Ashton Smith)


Y
o, Satampra Zeiros de Uzuldaroum, escribiré con mi mano izquierda, ya que no me queda otra, cl relato de todo lo ocurrido a Tirouv Ompallios y a mí mismo en el santuario del dios Tsathoggua, lugar abandonado por la devoción humana a los suburbios invadidos por la selva, en las afueras de Commorión, esa capital desierta desde hace años, y que en su día estuviera habitada por los gobernantes de Hyperbórea. Lo escribiré con el jugo violáceo de la palmera suvana, jugo que con los años adquiere un fuerte tono rojizo, sobre una piel resistente confeccionada con cuero de mastodonte, y como aviso para todos los ladrones y aventureros buenos que puedan haber oído acerca de una antigua leyenda sobre los tesoros perdidos de Commorión, y por ello sentirse tentados.

La Puerta De Saturno (Clark Ashton Smith)



C
uando Morghi, el supremo sacerdote de la diosa Yhoundeh, junto con  doce de sus  más feroces y eficientes subordinados, llegaron con el amanecer a prender a Eibon, el hereje infame, en su casa de roca negra que estaba enclavada sobre un promontorio, se sorprendieron y desilusionaron al encontrarla vacía.

Ubbo—Sathla (Clark Ashton Smith)



 “Ya que Ubbo—Sathla es el principio y el fin. Antes de la llegada de Zhothaqquah o Yok—Zothoth o Kthulhut procedentes de las estrellas, Ubbo—Sathla habitaba en las bocas humeantes de la Tierra recién creada: era una masa sin cabeza ni miembros, que generaba las deformes salamandras grises que serían los primeros prototipos de vida terrenal... Y toda la vida de la Tierra volverá, de acuerdo con la tradición, a través del gran círculo del tiempo, a Ubbo—Sathla.”

Libro de Eibon.

La Llegada Del Gusano Blanco (Clark Ashton Smith)



E
vagh el mago, que vivía al borde del mar boreal, conocía muchos de los portentos extraños y anacrónicos que tenían lugar hacia mediados del verano. Gélido era el sol que ardía sobre Mhu Thulan desde un cielo límpido y pálido como el hielo. Al atardecer, la aurora descendía del cenit hasta la tierra como un velo en la cámara sagrada de los dioses. Pocas y raras eran las amapolas y pequeñas las anémonas que crecían en los valles ocultos por los precipicios, detrás de la casa de Evagh, y las frutas de su jardín vallado tenían la piel pálida y el corazón verde. De día contemplaba la huida, impropia para la época, de grandes bandadas de faisanes que se dirigían hacia el sur procedentes de las islas que se encuentran más allá de Mhu Thulan y de noche escuchaba el clamor de otras bandadas.

El Testamento De Athammaus (Clark Ashton Smith)



S
e ha hecho necesario que yo, ajeno al punzón de bronce o a la pluma de estaño, y cuya única herramienta adecuada es la espada larga y de doble mango, dé a conocer el relato de acontecimientos tan curiosos como lamentables que tuvieron lugar antes de que Commorión fuese abandonada por el rey y su pueblo. En este sentido creo estar bien preparado, ya que salí de la ciudad cuando ya no quedaba nadie, después de desempeñar un importante papel.