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domingo, 10 de agosto de 2014

El ojo Invisible o La Hostería De Los Tres Ahorcados (Émile Erckmann & Alexandre Chatrian)


L'oeil invisible ou l'auberge des trois-pendus

I
—En aquel tiempo —dijo Cristian— pobre como una rata de iglesia, me fui a vivir a la buhardilla de una casa vieja de la calle Minnesoenger, en Nuremberg.
Formé mi nido en el mismo ángulo del tejado de manera que las pizarras me servían de pared y la viga maestra de techo.
Para mirar por la ventana tenía que subirme encima de mi jergón, pero aquella ventana abierta en lo alto de la fachada, tenía una magnífica vista, desde donde descubría toda la ciudad y alrededores.

El Burgomaestre Embotellado (Émile Erckmann & Alexandre Chatrina)


Le bourgmestre en bouteille

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el lacrimacristi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.
En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

Messire Tempus (Émile Erckmann & Alexandre Chatrina)


Messire Tempus

El día de san Sébalt, hacia las siete de la tarde, echaba pie a tierra ante el hotel de la Corona, en Primasens. Había hecho un calor infernal a lo largo del día, y mi pobre Schimmel no podía más. Estaba atándolo a la argolla de la puerta cuando una chica bastante bonita, remangada y con el mandil sobre un brazo, salió del vestíbulo y se puso a mirarme sonriendo.
—¿Dónde está el señor Blésius? —le pregunté.
—¡El señor Blésius! —dijo ella con expresión abobada—. Usted regresa sin duda de América... ¡Si se murió hace diez años!
—¡Muerto!... ¿Cómo? ¡el buen hombre está muerto! ¿Y la señorita Charlotte?

La Trenza Negra (Émile Erckmann & Alexandre Chatrian)


La tresse noire

Hacía por lo menos quince años que no pensaba en mi amigo Taifer cuando, un buen día, su recuerdo se me vino a la memoria. Decirles cómo o por qué, sería algo imposible. Con los codos apoyados en mi atril y los ojos completamente abiertos, estaba soñando con los buenos tiempos de nuestra juventud. Me parecía estar recorriendo la gran avenida de los Castaños en Charleville e, inconscientemente tarareaba el famoso estribillo de Georges: «¡Sirvan amigos, sirvan de beber!». Luego, de repente, volviendo en mí, exclamé «¿En qué demonios sueñas? ¡Te crees aún joven! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡pobre loco!».

El Viejo Sastre (Émile Erckmann & Alexandre Chatrian)


Le vieux tailleur

Conocí en mi juventud, en Sainte-Suzanne, a un viejo sastre llamado Mauduy. Vivía en la calleja de los Espigadores, cerca de la muralla, y nosotros, aún chiquillos, cuando íbamos hacia la escuela del señor Berthomé con la mochila a la espalda, nos deteníamos ante su ventana para verlo trabajar en lo suyo.
Era un viejo de sienes despejadas, ojos gris claro, tez algo avinada que, con las piernas cruzadas sobre su trabajadero y tirando del hilo, parecía una rana pues tenía la boca muy hendida y el aire soñador. De vez en cuando, paraba de coser y nos miraba, con la nariz y la barbilla al aire; y como su mesa de trabajo estaba al lado de una pequeña ventana baja, extendía la mano y nos la pasaba por el cabello, sonriendo. Al que más le gustaba acariciar era a mí, sin duda por mi cabello rubio, largo y rizado. Y entonces me decía:
—Tú, tú eres bueno, como un dócil cordero. Trabaja bien Antoine, atiende con interés a lo que explica el señor Berthomé. Tus padres son muy buenas personas.

El Bosquejo Misterioso (Émile Erckmann & Alexandre Chatian)


L’esquisse mystérieuse

I
Frente a la capilla Saint-Sebalt, en Nuremberg, en la esquina de la calle de los Trabans, se eleva una pequeña posada, angosta y alta, con el hastial dentado, los vidrios empolvados y el techo coronado por una virgen de yeso. Fue allí donde pasé los días más tristes de mi vida. Había ido a Nuremberg para estudiar a los viejos maestros alemanes; pero, a falta de dinero contante y sonante, tuve que hacer retratos... ¡y qué retratos! Comadres gordas, con el gato en las rodillas, concejales con peluca, burgomaestres con tricornio, todo coloreado de abundante ocre y bermellón.
De los retratos descendí a los croquis y de los croquis a las siluetas.

La Ladrona De Niños (Émile Erckmann & Alexandre Chatrian)


La voleuse d’enfants

En 1817 podía verse a diario, vagando por las calles del barrio Hesse-Darinstadt, en Maguncia, a una mujer alta, lívida, de chupado rostro y ojos huraños: imagen espantosa de la locura. Esta desgraciada, antigua colchonera de oficio, que se llamaba Cristina Evig, había perdido la razón a causa de un suceso terrible cuando vivía en la callejuela del Petit-Volet, detrás de la catedral.
Al atravesar una tarde la calle tortuosa de los Trois-Bateaux, con su hijita de la mano, se dio cuenta de pronto que acababa de soltar a la niña hacía un segundo y que ya no oía el ruido de sus pasitos; entonces la pobre mujer se volvió gritando:
—¡Deubche, Deubche!... ¿Dónde estás?
Nadie respondió y todo a su alrededor estaba desierto.