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viernes, 19 de diciembre de 2014

Tiernamente Adorables (F. Scott Fitzgerald)

Tiernamente adorables

 ¡Ah, mi Chico Lindo, tan divino lector de Platón! ¡Ah, oscuro, leal, campeón de golf de los negros de Chicago! Siguiendo la vía se adentra en la noche, camarero del vagón restaurante, para, más tarde, entre el humo que enturbian una única lámpara y el olor rancio de las escupideras, escribir a la Costa Oeste, a la Hermandad de los Rosacruz. Siempre a la busca.

Último Beso (F. Scott Fitzgerald)

Último beso

I.

 Era una sensación agradabilísima estar en la cima. Tenías la certeza de que todo era perfecto, de que las luces brillaban sobre bellas damas y hombres valientes, de que los pianos nunca desafinaban y de que los labios jóvenes cantaban para corazones felices. Todos aquellos rostros hermosos, por ejemplo, debían ser absolutamente felices.

Pongan Agua A Hervir, Mucha, Mucha (F. Scott Fitzgerald)

Pongan agua a hervir, mucha, mucha

Pat Hobby estaba sentado en su despacho en el edificio de los escritores y repasaba el trabajo de la mañana, que acababa de devolverle el departamento de guiones. Se dedicaba a corregir el trabajo ajeno, prácticamente lo único que le confiaban por aquel entonces. Tenía que corregir a toda prisa secuencias mal resueltas, pero la palabra prisa ni le daba miedo ni le decía nada en absoluto, pues Hobby llevaba en Hollywood desde que tenía treinta años, y ya tenía cuarenta y nueve. Todo el trabajo que había hecho aquella mañana (excepto algún cambio aquí y allá para poder atribuirse unas cuantas líneas), todo lo que se le había ocurrido era una sola frase imperativa, pronunciada por un médico:
 —Pongan agua a hervir, mucha, mucha.

La Década Perdida (F. Scott Fitzgerald)

La década perdida

Personas de todo tipo entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía toda clase de relaciones con ellas. Cuando acababa el horario de oficina era «uno de los redactores-jefe», pero durante el trabajo sólo era un hombre de pelo rizado que hacía un año había sido director del Jack-O-Lantern de Dartmouth y ahora se contentaba con asumir las tareas menos deseables de la redacción: desde corregir originales ilegibles a desempeñar las funciones de un botones sin serlo.

Financiando a Finnegan (F. Scott Fitzgerald)

Financiando a Finnegan

 I.

 Finnegan y yo tenemos el mismo agente literario para que venda nuestros libros, pero, aunque he estado muchas veces en el despacho del señor Cannon inmediatamente antes e inmediatamente después de las visitas de Finnegan, nunca he coincidido con él. También teníamos el mismo editor y muchas veces, cuando yo llegaba a la editorial, Finnegan acababa de irse. Yo deducía —por los suspiros y la manera meditabunda con que hablaban de él: «Ah, Finnegan...», «Ah, sí, Finnegan ha estado aquí»— que la visita del ilustre escritor no había transcurrido sin incidentes. Ciertos comentarios daban a entender que, al irse, se había llevado algo: manuscritos, pensaba yo, alguna de sus grandes novelas de éxito. Se lo llevaba para someterlo a una revisión final, para la versión definitiva, y se decía que escribía diez versiones para conseguir la fluidez fácil, la agudeza de ingenio que caracterizaba sus obras. Sólo con el tiempo llegué a descubrir que la mayoría de las visitas de Finnegan eran por asuntos de dinero.

La Tarde De Un Escritor (F. Scott Fitzgerald)

La tarde de un escritor

I.

 Cuando despertó se sentía mejor de lo que se había sentido en muchas semanas: simplemente no se sentía enfermo. Se apoyó un momento en el marco de la puerta que separaba su dormitorio y el baño hasta que estuvo seguro de que no se había mareado. Ni siquiera un poco, ni siquiera cuando se puso a buscar una zapatilla debajo de la cama.

Algo Más Que Una Casa (F. Scott Fitzgerald)

Algo más que una casa

 I.

 Era una de las costumbres de Lew... Y ya llevaba corrido lo suyo. Entrabas a un recibidor, a veces estrecho, estilo colonial de Nueva Inglaterra, a veces prudentemente espacioso. Una vez en el recibidor, el anfitrión decía: «Clare» —o «Virginia», o «Querida»—, «te presento al señor Lowrie». La mujer decía: «Cómo esta usted, señor Lowrie», y Lew contestaba: «Cómo esta usted, señora Mujer». Entonces el hombre sugería: «¿Un cóctel?». YLew arqueaba las cejas y decía: «Estupendo», en un tono que insinuaba: «¡Cuánta hospitalidad, consideración, atención!». Aquellos deliciosos canapés. «¡Mmm! Señora, ¿qué son...? ¿Gloria divina? Lo suficiente para saciar un apetito más fuerte que el mío».

Domingo Loco (F. Scott Fitzgerald)

Domingo loco

I.

 Era domingo, no un día, sino más bien un intervalo entre dos días. Y para todos quedaban atrás platos y secuencias, las largas esperas bajo la jirafa de la que pendía el micrófono, los ciento sesenta kilómetros al día en automóvil de acá para allá por carreteras comarcales, los comentarios envenenados e ingeniosos en las salas de juntas, los incesantes compromisos, el enfrentamiento y la tensión de muchas personalidades distintas que luchaban por sus vidas. Y de pronto llegaba el domingo, con la vida individual que volvía a empezar, con un fulgor de rescoldo en los ojos que había vidriado la monotonía de la tarde anterior. Y despacio, a medida que las horas menguaban, todos se despertaban como el soldadito de plomo de la tienda de juguetes: unas palabras apasionadas en un rincón, amantes que desaparecen para besuquearse en un pasillo. Y una sensación de «Vamos, deprisa, no es muy tarde, pero, por amor de Dios, deprisa, antes de que pasen las benditas cuarenta horas de descanso».

¡Qué Hermosa Pareja! (F. Scott Fitzgerald)

¡Qué hermosa pareja!

 I.

 A las cuatro de una tarde de noviembre de 1902, Teddy van Beck se apeó de un cabriolé frente a una casa de piedra caliza en Murray Hill. Era un joven alto, ancho de hombros, con una cara delicada en la que sobresalían la nariz aguileña y los ojos dulces y castaños. En sus venas competían la sangre de gobernadores de la época colonial y la sangre de famosos salteadores de caminos disfrazados de plutócratas; la síntesis había producido, allí y entonces, en Teddy Van Beck, algo nuevo y diferente.

Seis A Uno (F. Scott Fitzgerald)

Seis a uno

 Barnes miraba desde lo alto de las escaleras el amplio vestíbulo, el salón de la casa y aquel grupo de jóvenes. Su amigo Schofield les hacía algún comentario benévolo, y Barnes no quería interrumpirlo; en lo más alto de las escaleras, inmóvil, parecía dejarse llevar de repente por el ritmo de los ocupantes del salón: los miraba como si fueran estatuas, seres de otro mundo, cincelados en la luz crepuscular de Minnesota que poco a poco se apoderaba del gran salón.

El Desprecio (F. Scott Fitzgerald)

El desprecio

 I.

 Aquí y allá, en rincones donde no daba el sol, aún se ocultaban restos de nieve bajo una capa de carbonilla, pero los hombres, que desmontaban los postigos contra la tormenta, trabajaban en mangas de camisa y la hierba empezaba a ser fuerte bajo sus pies.

Vida Nueva (F. Scott Fitzgerald)

Vida nueva

I.

 Fue el primer día en que hizo el calor necesario para comer al aire libre en el Bois de Boulogne, mientras las flores de los castaños llovían oblicuamente sobre las mesas y caían con insolencia en la mantequilla y el vino. Julia Ross se comió algunas con el pan mientras oía cómo los peces se movían en el estanque y los gorriones aleteaban alrededor de una mesa que acababa de quedar vacía.. Volvías a ver a la gente: camareros con cara de camareros; mujeres francesas y perspicaces, sólo tacones y ojos; Phil Hoffman sentado en la silla de enfrente, con el corazón haciendo malabarismos sobre el tenedor, y el hombre extraordinariamente guapo que acababa de salir a la terraza.

Regreso a Babilonia (F. Scott Fitzgerald)

Regreso a Babilonia

 I.

 —¿Y dónde está el señor Campbell? —preguntó Charlie.
 —Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está muy enfermo, señor Wales.
 —Lamento saberlo. ¿Y George Hardt? —preguntó Charlie.
 —Ha vuelto a América, a trabajar.
 —¿Y qué ha sido del Pájaro de las Nieves?
 —Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.
 Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una dirección en su agenda y arrancó la página.

La Niña Del Hotel (F. Scott Fitzgerald)

La niña del hotel

 I.

 Es un lugar en el que instintivamente explicas por qué estás allí—«Ah, sí, estoy aquí porque...»— y, si no surte efecto, resultas ligeramente sospechoso, porque este rincón de Europa no atrae a nadie; suele aceptarte sin demasiadas preguntas inconvenientes: vive y deja vivir. Es un cruce de caminos: gente que busca clínicas privadas o sanatorios antituberculosos en las montañas, gente que dejó de ser hace mucho persona grata en Italia o Francia. Y si eso fuera todo...

Un Viaje Al Extranjero (F. Scott Fitzgerald)

Un viaje al extranjero

 I.

 Por la tarde las langostas ennegrecieron el cielo, y algunas mujeres chillaron, arrojándose al suelo del autobús y cubriéndose el pelo con mantas de viaje. Las langostas venían del norte, y devoraban todo a su paso, aunque no era mucho en aquella región del mundo; volaban en silencio, en línea recta, como copos de nieve negra. Pero ninguna se estrelló contra el parabrisas ni entró en el vehículo, y al poco rato los bromistas empezaron a extender las manos intentando cazar alguna. Y diez minutos después la nube se había aclarado, pasó, y las mujeres emergieron de sus mantas, despeinadas, sintiéndose estúpidas. Y todos empezaron a hablar a la vez.

La Boda (F. Scott Fitzgerald)

La boda

 I.

 Era la acostumbrada nota poco sincera: «Quería que fueras el primero en saberlo». Fue un doble golpe para Michael, pues anunciaba a la vez el compromiso y la boda inminente, una boda que, además, se celebraría, no en Nueva York, lejos y como debe ser, sino allí mismo, en París, en sus mismas narices, si podía decirse que le llegaban hasta la Iglesia Protestante Episcopal, en la Avenue George-Cinq. La boda tendría lugar dentro de dos semanas, en los primeros días de junio.

Bancarrota Emocional (F. Scott Fitzgerald)

Bancarrota emocional

I.

 —Ahí está otra vez ese idiota con el catalejo —señaló Josephine. Lillian Hammel, en el sofá, se liberó del cojín de encaje que tenía en la cintura y se acercó a la ventana—. Se esconde para que no lo veamos. Está mirando hacia el cuarto de arriba.
 El mirón operaba desde una casa de la acera opuesta de la estrecha calle 68, sin darse cuenta en absoluto de que las alumnas del colegio de la señorita Truby conocían perfectamente sus actividades, aunque últimamente las seguían con indiferencia. Incluso lo habían identificado como el joven más bien mediocre pero correcto que salía de la casa con un maletín cada mañana a las ocho, aparentemente ajeno al colegio que había en la otra acera.

La Primera Herida (F. Scott Fitzgerald)

La primera herida

I.

 —¡Me acuerdo de cómo venías a buscarme desesperada cuando Josephine tenía unos tres años! —exclamó la señora Bray—. George estaba de mal humor porque aún no había decidido a qué dedicarse, y solía darle unos azotes a la pequeña Josephine.

Dos Errores (F. Scott Fitzgerald)

Dos errores

 —Mírame los zapatos —dijo Bill—. Veintiocho dólares.
 El señor Brancusi los miró.
 —Chachi —dijo.
 —Hechos a medida.
 —Ya sabía que eras elegantísimo. No me habrás hecho venir sólo para enseñarme los zapatos, ¿verdad?
 —No soy elegantísimo. ¿Quién ha dicho que yo era elegantísimo? —preguntó Bill—. Sólo porque tengo más educación que la mayoría de la gente que se dedica al negocio del espectáculo.

Los Nadadores (F. Scott Fitzgerald)

Los nadadores

 En la Place Benoît se cocía lentamente al sol de junio la nube de gasolina de los tubos de escape. Era algo terrible, pues, a diferencia del calor puro, no prometía ninguna fuga al campo: sólo sugería carreteras sofocadas por el mismo asma sucio. En la sucursal parisina de The Promissory Trust Company, frente a la plaza, un norteamericano de treinta y cinco años inhalaba aquel aire viciado, aquel olor que le dictó lo que debía hacer inmediatamente. Lo invadió de pronto una oleada de pánico y subió al cuarto de baño, donde, casi temblando, se encerró.