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sábado, 21 de junio de 2014

Presa De Pájaro (Grimm)


Érase una vez un guardabosques que fue a cazar al bosque y cuando llegó a él oyó un grito como de un niño pequeño. Siguió la dirección que le marcaban los gritos y se encontró, por fin, ante un alto árbol en cuya copa estaba sentado un niño pequeño. La madre se había dormido con el niño bajo el árbol y un ave de rapiña que lo vio en su regazo voló hasta ellos, se lo quitó con el pico y lo colocó en lo alto del árbol.
El guardabosques trepó al árbol, bajó al niño y pensó: «Llévate el niño a casa y lo criarás con tu pequeña Lenchen *.»
Lo llevó a casa y los dos niños crecieron juntos. Pero como había sido encontrado en un árbol y lo había llevado un pájaro, le puso el nombre de Presa de pájaro. Presa de pájaro y Lenchen se querían tanto que cuando uno no veía al otro se ponía triste.
El guardabosques tenía una vieja cocinera, que una tarde cogió dos cubos y comenzó a acarrear agua, y no fue sólo una vez sino muchas a la fuente. Lenchen vio todo esto y dijo:
Oye, vieja Sanne, ¿para qué traes tanta agua?
Si no se lo dices a nadie, te lo contaré.

viernes, 20 de junio de 2014

La Bella Durmiente (Grimm)


Hace mucho tiempo había un rey y una reina que exclamaban todos los días:
—¡Ay, si tuviéramos un hijo! —y no conseguían tener nunca uno.
Entonces sucedió que, estando la reina una vez en el baño, saltó un sapo del agua al suelo y le dijo:
—Tu deseo será cumplido. Antes de que pase un año traerás un hijo al mundo.
Lo que e! sapo había dicho se cumplió y la reina dio a luz una niña tan hermosa, que el rey no cabía en sí de gozo y organizó una gran fiesta. No sólo invitó a sus parientes, amigos y conocidos, sino también a las hadas para que le fueran propicias y le mostraran su afecto. En su reino eran trece, pero como solamente tenían doce platos de oro para que comieran ellas, tuvieron que dejar a una en casa. La fiesta se organizó con todo lujo, y cuando estaba llegando al final, las hadas obsequiaron a la niña con sus dones maravillosos. La una con virtud, la otra con belleza, la tercera con riquezas, y así con todo lo que se pueda desear en este mundo. Cuando once habían expresado ya sus deseos, entró de pronto la decimotercera y, como quería vengarse de no haber sido
invitada, sin saludar ni mirar a nadie, dijo en voz alta:
—¡La hija de! rey se pinchará a los quince años con un huso, y morirá!
Y sin decir ni una palabra más, se dio la vuelta y abandonó la sala.

Los Seis Cisnes (Grimm)


Un rey cazaba una vez en un enorme bosque, y persiguió con tanto ahínco a un jabalí, que ninguno de sus sirvientes pudieron seguirle. Cuando llegó la noche, se detuvo y miró atentamente a su alrededor; entonces se dio cuenta de que se había perdido. Buscó una salida, pero no pudo encontrar ninguna. Vio, entonces, a una anciana que, cabeceando, se dirigía hacia él. Era una bruja.
—Querida señora —le dijo—, ¿podríais enseñarme el camino a través del bosque?
—¡Oh, claro que sí, señor rey! —contestó ella—. ¡Claro que puedo! Pero hay una condición para ello; si no la cumplís, no saldréis jamás del bosque y moriréis de hambre.
—¿Qué condición es ésa? —preguntó el rey.
Tengo una hija —dijo la vieja— que es lo más hermoso que podéis encontrar en el mundo y que merece que la hagáis vuestra esposa. Si queréis convertirla en señora reina, os enseñaré el camino a través del bosque.
El rey, lleno de miedo, aceptó, y la vieja le llevó a una casita donde su hija estaba sentada al fuego. Recibió al rey como si lo hubiera estado esperando y él comprobó que, en verdad, era muy hermosa, pero no le gustó, y no la podía mirar sin sentir un secreto estremecimiento. Después de haber montado a la muchacha en su caballo, la vieja le enseñó el camino y el rey llegó a su palacio real, donde se celebró la boda.

El Viejo «Sultán» (Grimm)


Un campesino tenía un perro fiel, que se llamaba Sultán y que se había hecho viejo, había perdido todos los dientes y no podía morder ya nada con fuerza. Cierto día estaba el campesino con su mujer ante la puerta de su casa y dijo:
Al viejo Sultán lo mataré mañana de un tiro; ya no sirve para nada.
La mujer, que sintió compasión por el fiel animal, añadió:
Ya que nos ha servido durante tantos años y ha sido fiel podíamos darle el pan ahora como caridad.
--¿Qué? —dijo el hombre . Tú no estás en tus cabales; ya no tiene dientes y ningún ladrón siente miedo ante él: debe morir. Es cierto que nos ha servido bien, pero en compensación ha tenido su buena comida.
El pobre perro, que estaba tumbado al sol no lejos de allí, había oído todo esto y estaba triste de que al día siguiente tuviera que ser el último de su vida. Tenía un buen amigo, el lobo, y se lamentó de la triste suerte que le habían asignado.

El Enebro (Grimm)


Hace ya mucho tiempo, hace unos dos mil años, vivía un hombre rico que tenía una mujer bella y piadosa, y ambos se querían muchísimo, pero no tenían hijos y deseaban ardientemente tenerlos; la mujer rezaba día y noche para conseguirlo, más no llegaban y no llegaban.
Delante de su casa había un enebro. Una vez, en invierno, estaba la mujer bajo el árbol y pelaba una manzana, cuando se cortó un dedo y la sangre cayó en la nieve.
—¡Ay, Dios mío! —dijo la mujer suspirando profundamente, y al ver la
sangre ante sí, se puso melancólica—: Ojalá tuviese un hijo, tan rojo como la sangre y tan blanco como la nieve!
Apenas lo hubo dicho, se sintió muy contenta porque le daba la sensación de que aquello iba a suceder. Entonces se fue a su casa. Y pasó un mes, y la nieve se derritió. Y dos meses y todo se puso verde.
Y tres meses y salieron las flores de la tierra. Y cuatro meses y todos los árboles se apretujaban en el bosque y las ramas verdes se entrelazaban entre sí y cantaban los pajarillos y su canto resonaba por todo el bosque y las flores caían de los árboles. Pasado el quinto mes, se puso la mujer debajo del enebro, que olía tan bien que a ella le saltó el corazón de alegría; se dejó entonces caer de rodillas y no cupo en sí de gozo. Y cuando hubo pasado el sexto mes, las bayas del árbol iban creciendo y engrosando y ella se puso muy pensativa. Y en el séptimo mes alargó su mano hasta una baya y se la comió con mucha ansia; entonces se puso muy triste y enfermó. Y cuando
transcurrió el octavo mes, ella llamó a su marido y llorando le dijo:
—Cuando me muera, entiérrame debajo del enebro.

El Pájaro Emplumado (Grimm)


Érase una vez un maestro de brujos que tomó la figura de un pobre hombre e iba ante las puertas de las casas pidiendo, y apresaba a las jóvenes hermosas. Nadie sabía dónde las llevaba, pues ellas no volvían a aparecer más en público. Una vez se presentó ante la puerta de un hombre que tenía tres hermosas hijas. Iba con el aspecto de un pobre y débil pordiosero y llevaba en la espalda un capacho como si lo quisiera para guardar allí las limosnas. Pidió un poco de comida y, al salir la mayor y querer darle un trozo de pan, no hizo más que rozarla cuando ella se vio obligada a saltar dentro del capacho. Después de esto se alejó de allí a grandes pasos y la llevó a su casa. que estaba en medio de un bosque oscuro. En la casa todo era lujoso, le dio todo lo que ella quería y dijo:
—Tesoro mío, estarás a gusto aquí en mi casa, tienes todo lo que tu corazón pueda desear.
Esto duró unos cuantos días, y luego dijo el brujo:
—Tengo que salir de viaje y dejarte por algún tiempo sola; Puedes andar por todos los sitios de la casa y ver todo. excepto la habitación que abre esta pequeña llave: te lo prohíbo a vida o muerte.

jueves, 19 de junio de 2014

El Viaje De Pulgarcito (Grimm)


Un sastre tenía un hijo, que había nacido tan pequeño, que no era mayor que un pulgar. Por eso se llamaba Pulgarcito. El era valiente y dijo a su padre:
Padre, debo y quiero salir por el mundo.
Bien, hijo mío, coge una aguja de zurcir y haz en el ojo un nudo con lacre; así tendrás una espada también para el camino.
Luego quiso el sastrecillo comer todavía una vez más en familia y saltando fue a la cocina para ver qué cosa rica había hecho su señora madre por última vez . La habían acabado de preparar y la fuente estaba en el fogón.
Entonces dijo él:
Señora madre, ¿qué hay hoy de comida?
Míralo tú mismo —dijo la madre.
Pulgarcito saltó al fogón y miró dentro de la fuente, pero como estiró tanto el cuello, le alcanzó el vapor de la comida y le lanzó fuera de la chimenea. Durante un rato cabalgó sobre el vapor por los aires hasta que finalmente cayó en tierra. ¡Por fin estaba el sastrecillo fuera, en el ancho mundo!
Vagabundeó y entró en casa de una maestra a trabajar, pero la comida no le hacía demasiado feliz.

El Ahijado De La Muerte (Grimm)


Un pobre hombre tenía doce hijos y necesitaba trabajar día y noche para poder darles pan. Cuando el decimotercero vino al mundo, no supo encontrar solución a su necesidad, corrió a la carretera y quiso pedirle al primero que encontrase que fuera su compadre. El primero al que encontró fue a Dios. El sabía ya lo que angustiaba al hombre y dijo:
Pobre hombre, me das pena. Yo seré el padrino, cuidaré de él y lo haré feliz en la tierra.
El hombre dijo:
¿Quién eres tú?
Yo soy Dios.
—Pues no te quiero por compadre —dijo el hombre—. Tú das a los ricos y dejas que los pobres pasen hambre.
Esto lo dijo el hombre porque no sabía lo sabiamente que Dios reparte la pobreza y la riqueza. Por tanto, se alejó del Señor y prosiguió su camino. Entonces se le acercó el diablo y dijo:
¿Qué buscas? Si me quieres de padrino de tu hijo, le daré oro en abundancia y todos los placeres del mundo.
El hombre preguntó:
¿Quién eres tú?
Yo soy el demonio.

La Señora Trude (Grimm)


Érase una vez una niña pequeña que era terca e impertinente y, cuando sus padres le decían algo, no obedecía.
¿Cómo le podía ir bien así? Un día les dijo a sus padres:
He oído hablar tanto de la señora Trude, que voy a ir a su casa. La gente dice que su casa es tan maravillosa y cuentan que pasan cosas tan extrañas en ella, que me ha hecho sentir una gran curiosidad.
Los padres se lo prohibieron tajantemente y dijeron:
La señora Trude es una mala mujer, que realiza cosas impías, y si vas a su casa dejarás de ser nuestra hija.
Pero la muchacha no hizo caso de la prohibición de sus padres y se fue a casa de la señora Trude. Y cuando llegó a su casa, preguntó la señora Trude.
¿Por qué estás tan pálida?
¡Ay! —contestó, mientras temblaba por todo el cuerpo—. Me he asustado mucho de lo que he visto.
¿Qué has visto?
He visto en vuestra escalera a un hombre negro.
Era un carbonero.
—Luego vi a un hombre verde.
Era un cazador.
Después vi a un hombre rojo como la sangre.
Era un carnicero.
—Ay, señora Trude, tengo miedo, he mirado por la ventana y no os vi a vos, pero sí al diablo con una cabeza de fuego.
¡Oh! —dijo ella—. Entonces has visto a la bruja en todo su esplendor; te he esperado durante mucho tiempo y he suspirado por ti; ahora tienes que alumbrarme.
A esto, transformó a la muchacha en un tronco de madera y la echó al fuego. Y cuando estaba al rojo vivo, se sentó al lado, calentándose y dijo:
¡Esto alumbra por una vez con claridad!

El Señor Compadre (Grimm)


Un pobre hombre tenía tantos hijos, que ya le había pedido a todo el mundo que fuera su compadre, y cuando todavía tuvo uno más, no quedaba ya nadie más a quien pedírselo. No sabía qué hacer, y se echó, preocupado como estaba, y se durmió. Entonces soñó que tenía que salir por la puerta de la ciudad, y al primero que encontrase pedirle que fuera su compadre. Cuando se despertó, decidió hacer caso del sueño, salió fuera de las puertas de la ciudad y al primero que se encontró se lo pidió. El forastero le regaló un frasquito con agua y dijo:
Esto es un agua maravillosa, con ella puedes curar a los enfermos. Sólo tienes que mirar dónde está la muerte; si está a la cabeza del enfermo, le das a éste el agua y él se sanará, pero si está a los pies, todo es en vano, tiene que morir.
El hombre, desde ese momento, pudo vaticinar siempre si un enfermo podría salvarse o no. Se hizo famoso por su arte y ganó mucho dinero. Una vez fue llamado para que viera al hijo del rey y, cuando entró, vio a la muerte colocada a la cabeza del enfermo y lo curó con el agua, y lo mismo pasó la segunda vez, pero a la tercera vez estaba la muerte a los pies y el niño tuvo que morir.
El hombre quiso visitar a su compadre y contarle lo que había pasado con el agua. Cuando llegó a la casa, había un extraño alboroto. En la primera escalera se estaban peleando el recogedor y la escoba y se zurraban fuertemente. Les preguntó:

El Señor Korbes (Grimm)


Éranse una vez una gallinita y un gallito y quisieron hacer un viaje juntos. El gallito construyó un hermoso carro que tenía cuatro ruedas rojas y lo unció con cuatro ratoncitos. La gallinita se sentó con el gallito y partieron juntos de viaje. No mucho después se encontraron con un gato que dijo:
¿Adónde queréis ir?
El gallito respondió:
A las afueras, a casa del señor Korbes.
Llevadme con vosotros —dijo el gato.
Y el gallito respondió:
Con mucho gusto, siéntate detrás para que no te caigas delante.
--Cuidado con ensuciarme mis cuatro rueditas rojas; vosotras, ruedecitas, chirriad, vosotros, ratoncitos, silbad. A las afueras, al trote a casa del señor Korbes.
Después vino una piedra de molino, luego un huevo, luego un pato, luego un alfiler y finalmente una aguja; se sentaron todos en el coche y viajaron juntos. Cuando llegaron a casa del señor Korbes, éste no estaba. Los ratoncitos llevaron el carro al granero, el gallito y la gallinita volaron a una barra, el gato se sentó en la chimenea, el pato en la barra del pozo, el huevo se envolvió en la toalla, el alfiler se colocó en el cojín de la silla, la aguja saltó a la cama en mitad de la almohada y la piedra de molino se colocó ante la puerta. Entonces llegó el señor Korbes a casa, se dirigió a la chimenea y quiso encender fuego, y el gato le puso la cara llena de ceniza. Fue rápidamente a la cocina y quiso lavarse, y el pato le salpicó toda la cara de agua. Se quiso secar con la toalla, pero el huevo le salió al paso, se rompió y se le pegó en los ojos. Quiso descansar y se sentó en la silla,
entonces se pinchó con el alfiler. Su puso furioso y se echó en la cama, pero cuando apoyó la cabeza en la almohada, le pinchó la aguja de tal manera que gritó y lleno de ira quiso lanzarse al ancho mundo. Pero cuando llegó a la puerta de la casa, la piedra del molino se cayó y lo mató. ¡Pero qué mala persona tiene que haber sido, en verdad, el señor Korbes!

El novio bandido


Érase un molinero que tenía una bella hija, y cuando ésta creció, quiso que estuviera cuidada y bien casada.
Pensó: «Si viene un pretendiente digno y la corteja, se la entregaré.»
No mucho tiempo después llegó un pretendiente que parecía ser muy rico, y como el molinero no tuvo ninguna pega que ponerle, le prometió a su hija. La muchacha, sin embargo, no lo quería como una novia debe querer a su novio y no tenía ninguna confianza con él. Cada vez que le miraba o que pensaba en él sentía un estremecimiento en el corazón. Una vez le dijo él a ella:
Tú eres mi novia y no me haces nunca una visita.
La muchacha contestó:
Yo no sé dónde está tu casa.
Entonces dijo el novio:
Mi casa está afuera, en el bosque oscuro.
Ella buscó excusas y dijo que no sabía encontrar el camino para ir allí. El novio dijo:
El próximo domingo tienes que venir a verme; he invitado ya a los huéspedes y para que encuentres el camino esparciré ceniza por el bosque.

Los Duendes (Grimm)


(Cuento primero)
Érase una vez un zapatero que se había vuelto tan pobre, aunque no por su culpa, que al final no le quedaba más cuero que para un par de zapatos. Por la noche cortó los zapatos que quería terminar a la mañana siguiente, y como tenía la conciencia limpia, se metió tranquilamente en la cama, se encomendó a Dios y se durmió.
A la mañana siguiente, después de haber recitado sus oraciones, se quiso poner de nuevo a su trabajo y se encontró los zapatos totalmente terminados encima de su mesa. Asombrado, no sabía qué decir a esto. Cogió los zapatos en la mano para observarlos de cerca; estaban hechos de una forma tan perfecta que no había ni una mala puntada, como si fueran una obra maestra. Poco después llegó un comprador y le gustaron tanto los zapatos, que pagó más de lo que era normal, y con aquellas monedas el zapatero pudo hacerse con cuero para dos pares de zapatos. Los cortó por la noche y quiso, por la mañana, dedicarse al trabajo con fuerzas renovadas, pero no lo necesitó, pues, al levantarse estaban ya listos, y tampoco esta vez permanecieron ausentes los compradores, que le dieron tanto dinero que ahora pudo comprar cuero para cuatro pares de zapatos. A la
mañana siguiente se encontró los cuatro pares de zapatos listos, y así siguió pasando que lo que cortaba por la noche estaba hecho por la mañana. De tal manera que pronto llegó a tener para vivir decentemente y finalmente llegó a ser un hombre rico.

La Boda De La Señora Zorra (Grimm)


(Cuento primero)
Había una vez un zorro viejo con nueve colas que creía que su mujer no le era fiel, y quiso probarla. Se estiró debajo del banco, no movió ningún miembro e hizo como si estuviera muerto y bien muerto. La señora zorra se fue a su habitación, se encerró, y su muchacha, la doncella gata, se sentó junto al fogón a cocinar.
Cuando se hizo público que el viejo zorro había muerto, los pretendientes solicitaban ser recibidos. La muchacha oyó, entonces, que había alguien ante la puerta de la casa que llamaba; se dirigió allí y abrió la puerta. Era un joven zorro que dijo:
—¿Qué hace usted, gata doncella?
¿Duerme o vela?
Ella contestó:
—Yo no duermo, estoy velando. ¿Sabe lo que hago? Caliento cerveza, echo mantequilla,
¿quiere sentarse un momento?
Se lo agradezco, doncella —dijo el zorro—. ¿Y qué hace la señora zorra?
La muchacha contestó:
Está sentada en su sala, llorando con mucho duelo, llorando por sus ojitos porque el viejo zorro ha muerto.

Pulgarcito (Grimm)


Érase una vez un pobre campesino que se sentaba por las noches al fogón, atizaba el fuego y la mujer le acompañaba e hilaba. En esos momentos decía:
¡Qué triste es que no tengamos ningún hijo! ¡Hay tanto silencio en nuestra casa y en las otras tanto bullicio y alegría!
Sí —contestaba la mujer, y suspiraba—: Aunque fuera uno solo y tan pequeño como un dedo pulgar, estaría contenta, y lo querríamos de todo corazón.
Aconteció que la mujer se puso malucha y a los siete meses dio a luz un niño que, aunque perfecto en todos sus miembros, no era más grande que un pulgar. A esto dijeron ellos:
Es como lo habíamos deseado y tiene que ser nuestro hijo querido.
Y le llamaron, de acuerdo con su estatura, Pulgarcito. No permitieron que le faltara buena alimentación, pero el niño no creció más, sino que permaneció como había sido en sus primeras horas; sin embargo, miraba de forma inteligente y pronto mostró ser tan listo y hábil que le salía bien todo lo que emprendía.
Un buen día el campesino se preparaba para ir al bosque y cortar leña. Entonces se dijo: «Me gustaría que hubiera alguien que me llevara después el carro.»

La Mesita, El Asno Y La Estaca Encantados (Grimm)


Hace tiempo había un sastre que tenía tres hijos y solamente una cabra. Pero la cabra, como todos se alimentaban de su leche, necesitaba su buen forraje y tenía que ser llevada diariamente a la pradera. Los hijos lo hacían turnándose. Un día la llevó el mayor al patio de la iglesia, donde estaban las mejores hierbas, y la dejó comer y saltar. Por la tarde, cuando era hora de regresar a casa, le preguntó:
Cabra. ¿estás harta?
La cabra contestó:
Estoy tan harta, que no quiero más hojas, mee, mee.
Entonces, ven a casa —dijo el muchacho.
La cogió por la cuerda, la llevó al establo y la ató.
Y bien —dijo el viejo sastre—. ¿Ha tenido la cabra su correspondiente pasto?
¡Oh! —dijo el hijo—. Está tan harta, que no quiere más hojas.
El padre prefirió convencerse por sí mismo, fue al establo, acarició al querido animal y preguntó:
Cabra, ¿estás verdaderamente harta?
La cabra respondió:
¿De qué voy a estar harta? Sólo he saltado entre tumbas y no he encontrado ninguna hojita.

martes, 17 de junio de 2014

El Sastre En El Cielo (Grimm)


Sucedió que un hermosísimo día Dios quiso ir a tomar el aire al jardín celestial y se llevó consigo a todos los apóstoles y santos, de tal manera que en el cielo sólo se quedó San Pedro. El Señor le había mandado que en su ausencia no dejara pasar a nadie. Pedro estaba en el portón y vigilaba. No mucho tiempo más tarde llamó alguien. Pedro le preguntó quién era y qué es lo que quería.
—Soy un pobre sastre honrado —contestó una voz aguda—, que pide entrar.
—Sí, honrado —dijo Pedro—, como el ladrón en la horca, y tienes dedos largos y le has hurtado paño a la gente.
Tú no entras en el cielo; el Señor me ha prohibido dejar entrar a nadie, mientras esté fuera.
—¡Sé compasivo! —gritó el sastre—. Pequeños retales que se caen solos de la mesa, eso no es robar y no vale la pena hablar de ello. Mira, estoy cojeando y en el camino me han salido ampollas en los pies; me es imposible dar la vuelta. ¡Déjame entrar, que yo haré el trabajo duro! Cuidaré a los niños, lavaré los pañales, limpiaré y secaré los bancos en los que han jugado y zurciré sus trajes rotos.

Elsa, La Lista


Érase una vez un hombre que tenía una hija a la que llamaban Elsa, la lista. Cuando ya había crecido, dijo el padre:
Vamos a ver si la casamos.
Sí —dijo la madre—. ¡Ojalá viniera uno que la quisiera!
Finalmente llegó uno de muy lejos que se llamaba Juan y la cortejó, pero puso como condición que Elsa, la lista, fuera de verdad muy inteligente.
¡Oh! —dijo el padre—. Ella hila muy fino.
Y la madre dijo:
—Ve cómo corre el viento y oye cómo crece la hierba.
Sí —dijo Juan—, si no es muy inteligente, no la tomaré por esposa.
Cuando estaban sentados a la mesa y habían comido, dijo la madre:
Elsa, ve a la bodega y trae cerveza.
Elsa, la lista, cogió el cántaro de la pared, fue a la bodega y, por el camino, abría y cerraba insistentemente la tapadera para que el tiempo no se le hiciera demasiado largo. Cuando estuvo abajo, cogió una sillita y la colocó ante el barril para no tener que agacharse y no le doliera la espalda y le vinieran después males no esperados.

Los Tres Lenguajes


En Suiza vivía una vez un viejo conde que tenía un solo hijo. Este era, sin embargo, tonto y no podía aprender nada. Una vez le dijo el padre:
Oye, hijo, no logro meterte nada en la cabeza, haga lo que haga. Tienes que irte de aquí. Te entregaré a un conocido maestro para que intente enseñarte algo.
El joven fue enviado a una ciudad desconocida y permaneció junto al maestro durante todo un año. Transcurrido este tiempo, regresó a casa de su padre y el padre preguntó:
Y bien, hijo mío, ¿qué has aprendido?
Padre, he aprendido cómo ladran los perros —contestó.
¡Qué Dios tenga piedad de mí! —gritó el padre—. ¿Eso es todo lo que has aprendido? Te mandaré a otro maestro en otra ciudad.
El joven fue llevado allí y permaneció en casa de este maestro también un año. Cuando regresó, preguntó de nuevo el padre:
Hijo mío, ¿qué has aprendido?
Padre —contestó—, he aprendido lo que hablan los pajaritos. Entonces el padre se llenó de ira y dijo:
¡Oh, desgraciado! Has perdido todo este tiempo tan precioso y no has aprendido nada. ¿No te da vergüenza colocarte ante mi vista? Te mandaré con un tercer maestro, pero si esta vez no aprendes nada, dejaré de ser tu padre.

Hans, El Espabilado (Grimm)


La madre de Hans pregunta: —¿Adónde vas, Hans? Hans contesta:
—A ver a Gretel.
—Pórtate bien, Hans. —Lo haré. Adiós, madre. —Adiós, Hans.
Hans llega a casa de Gretel. —Buenos días, Gretel.
—Buenos días, Hans. ¿Qué traes de bueno?
—Traer nada, tú has de darme.
Gretel le regala a Hans una aguja. Hans dice:
—Adiós, Gretel.
—Adiós, Hans.
Hans coge la aguja, la mete en un carro de heno y va detrás del carro hacia casa.
—Buenas tardes, madre. —Buenas tardes, Hans. —Hans, ¿dónde has estado? —Con Gretel.
—¿Qué le has llevado? —Llevado nada, ella me ha dado.