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miércoles, 17 de diciembre de 2014

El Cambio De Groby Lington (Hector Hugh Munro ''Saki'')

El cambio de Groby Lington

(A un hombre se le conoce por las compañías que frecuenta.)

De pie en el salón de la casa de su cuñada, Groby Lington veía cómo iban pasando lentamente los minutos mientras se esforzaba en vano por disimular el nerviosismo que embargaba su cuerpo de hombre ya entrado en años. Aún faltaba cerca de un cuarto de hora para que llegase el tan deseado momento de despedirse y emprender, acompañado por un auténtico batallón de sobrinos, el camino que atravesaba el pueblo para desembocar en la estación de tren.

Los Ministros Ejemplares (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Los ministros ejemplares

Aunque todavía no había cumplido veinte años, resultaba evidente que el Duque de Scaw acabaría siendo muy distinto del resto de los miembros de su familia. No obstante, tal afirmación no se refería a su aspecto externo, pues, no en vano, éste se ajustaba perfectamente al modelo que imperaba desde hacía años en la estirpe. Le gustaba adornar su cabeza con sombreros que hacían pensar ligeramente en la moda del siglo pasado mientras, en el extremo opuesto de su cuerpo, sus zapatos albergaban dos pies que parecían especialmente diseñados para la equitación, afición ésta que había acompañado a la familia durante generaciones. Además, solía vestir los mismos calcetines llamativos que los demás miembros de la casa y, cuando estaba en reposo, su pose recordaba a la de la madre de Whistler, cuya serenidad suele sentar tan bien a un rostro tan joven.

El Pecado Secreto De Septimus Brope (Hector Hugh Munro ''Saki'')

El pecado secreto de Septimus Brope

—¿Quién y qué es Mr. Brope? —preguntó de repente la tía de Clovis.
Mrs. Riversedge, que había estado podando las rosas marchitas sin pensar en nada en particular, se puso alerta automáticamente. Era una de esas anfitrionas chapadas a la antigua que piensan que uno siempre debe saber algo acerca de sus propios invitados, y que ese algo debe tener la virtud de hacer que uno se sienta orgulloso de tenerlos alojados bajo su techo.

Una Mera Cuestión Sentimental (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Una mera cuestión sentimental

A pesar de que era la víspera de la gran carrera, ninguno de los invitados que gozaban de la hospitalidad de Lady Susan había realizado ni una sola apuesta. Lo cual no era de extrañar, pues, no en vano, aquélla estaba siendo una de esas temporadas extrañas en las que, cuando un caballo predominaba en el mercado de las apuestas, lo hacía no porque se creyese que su superioridad fuese aplastante, sino porque era extremadamente difícil escoger cualquier otro candidato en el que depositar esperanzas. Por ello, si en aquella ocasión Peradventure II era el caballo favorito, no lo era porque el público creyese en sus cualidades, sino por la escasa o nula confianza que inspiraba cada uno de sus mediocres rivales. Con el único fin de decidir dónde invertir su dinero, los mejores cerebros del mundo de las apuestas se afanaban sin descanso en la búsqueda de posibles méritos allí donde las inteligencias más corrientes no veían nada especial. De igual manera, los invitados que se habían dado cita bajo el techo de Lady Susan se hallaban poseídos por esa misma incertidumbre que llevaba meses haciendo mella en círculos más amplios y expertos.

El Poema (Hector Hugh Munro ''Saki'')

El poema

De las dos partes en las que se encontraban divididos los baños turcos, Clovis se hallaba sentado en la que más calor hacía, alternando momentos de una inmovilidad absoluta durante los cuales parecía una estatua con otros de frenética actividad en los que se dedicaba a escribir con una estilográfica en las páginas de un pequeño cuaderno.

Los perros Del Destino (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Los perros del destino

A la escasa luz de una bochornosa y gris tarde de otoño, un hombre llamado Martin Stoner caminaba pesadamente por un embarrado sendero cuya superficie se hallaba surcada por las alargadas huellas de multitud de carretas. Aunque a ciencia cierta ignoraba adonde conducía aquel camino, tenía la firme convicción de que allí delante, en algún lugar, estaba el mar, y que sus pasos le dirigían sin remisión hacia allí. Por qué se esforzaba en continuar avanzando tan penosamente hacia dicha meta era algo que apenas hubiese sabido explicar. A menos, eso sí, que se encontrase poseído por ese mismo instinto suicida que impulsa al ciervo en apuros a dirigirse a la carrera hacia un acantilado y arrojarse por él cuando los perros de caza van pisándole los talones. Claro que, en su caso, los que le acosaban de manera tan insistente no eran precisamente perros de caza, sino los perros del Destino. El hambre, la fatiga y una profunda desesperación mantenían su mente tan nublada y confusa que apenas le quedaban fuerzas para preguntarse qué impulso tan extraño era aquel que le obligaba a seguir avanzando.

El Discurso De Tarrington (Hector Hugh Munro ''Saki'')

El discurso de Tarrington

—¡Cielos! —exclamó la tía de Clovis—. Alguien que conozco viene precisamente hacia nosotros. No recuerdo cómo se llama, pero estoy segura de que en cierta ocasión almorzó con nosotros mientras aún estábamos en la ciudad. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tarrington, eso es. Sin duda se habrá enterado de lo del picnic que voy a celebrar en honor de la Princesa, así que ahora se pegará a mí como si yo fuese un salvavidas y no me soltará hasta que le dé una invitación. Y después, para colmo, me preguntará si puede llevar consigo a todas sus esposas, madres y hermanas. Eso es lo peor de los balnearios pequeños como éste. Uno no puede escaparse de nadie.

La Paz De Mowsle Barton (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La paz de Mowsle Barton

Cómodamente sentado en un pequeño terreno mitad huerto mitad jardín que colindaba con la granja de Mowsle Barton, Crefton Lockyer se dedicaba a gozar de una inmensa paz tanto física como mental. Tras largos años soportando el ruido y las prisas que conlleva vivir en la ciudad, el reposo y la paz reinantes en aquella granja rodeada de silenciosas colinas había acabado cautivando sus sentidos con una intensidad casi dramática. En un lugar como aquél el tiempo y el espacio parecían perder todo su significado habitual: los minutos se arrastraban lentamente hasta convertirse en horas, y los sembrados y praderas se alternaban a lo largo de millas de una manera tan suave que uno apenas podía vislumbrar dónde acababan los unos y dónde comenzaban las otras. Los brotes de maleza crecían de manera desordenada por entre los setos y las flores, a la vez que los macizos de alhelíes y otras plantas de jardín replicaban invadiendo los corrales y los caminos. Las gallinas, con su aspecto soñoliento, y los patos, con su aire solemne y atolondrado, deambulaban con igual libertad por el jardín, por el huerto e incluso por en medio del camino.

La Propuesta De Paz (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La propuesta de paz

—Quiero que me ayudes a organizar algún tipo de representación dramática —le dijo un día la baronesa a Clovis—. ¿Que por qué te pido algo así? Pues verás, querido: como sin duda sabrás, ha habido una propuesta de elecciones anticipadas, un miembro del Parlamento ha sido destituido y un malestar y un resentimiento enormes parecen haberse adueñado de nuestra clase social. Prácticamente todos los aristócratas de la ciudad se hallan divididos en dos bandos por culpa de las diferencias políticas. Por todo ello creo que una obra de teatro sería una buena excusa, además de una excelente oportunidad, para volver a reunirlos a todos y darles algo en que pensar que no sean todas esas estúpidas disputas políticas.
Era evidente que la baronesa aspiraba a reproducir bajo su propio techo los efectos apaciguadores que, más por tradición que por otra cosa, suelen tener todas esas «conferencias de paz» de las que habla la Historia.
—Podríamos hacer algo al estilo de la tragedia griega —dijo Clovis tras reflexionar unos segundos—. «El Regreso de Agamenón», por ejemplo[1].
La baronesa frunció el ceño.
—No sé. ¿No crees que eso suena demasiado parecido a los resultados de unas elecciones?
—No se refiere a ese tipo de regresos —explicó Clovis—. Se trata de un regreso al hogar.
—Creí que habías dicho que se trataba de una tragedia.
—Bueno, en cierta manera lo es. Agamenón acaba siendo asesinado en su propia bañera.
—Ah, claro. Ahora recuerdo la historia. ¿Y quieres que sea yo quien haga el papel de Charlotte Corday?[2]
—Esa es una historia diferente que tuvo lugar en un siglo muy diferente —dijo Clovis—. Por lo general, las obras dramáticas están pensadas para que toda la acción tenga lugar en un mismo siglo. Y en este caso quien comete el asesinato se llama Clitemnestra y vive muchos siglos por delante de Marat y de Charlotte Corday.
—Clitemnestra. Qué nombre tan bonito. Me gustaría hacer ese papel. Y me imagino que tú querrás hacer el de ese Aga–como–se–llame, ¿verdad?
—Pues no, querida. En la fecha en que se desarrolla la acción Agamenón ya era un hombre madurito. Tenía hijos en edad adulta y probablemente luciese una poblada barba que le haría parecer mucho más viejo de lo que en realidad era. Yo prefiero hacer el papel de su auriga, el de su criado o el de algún otro personaje puramente decorativo. Pero eso es lo de menos. Lo más importante es procurar que todo salga a la manera sumeria, ya me entiende.
—No, no te entiendo —dijo la baronesa tras guardar silencio durante unos segundos—. O, al menos, no te entenderé hasta que no me expliques exactamente qué quieres decir con eso de la manera sumeria.
Clovis soltó un suspiro.
—Quiero decir música extraña, bailes exóticos, grandes saltos y ropas extravagantes combinadas sabiamente con partes desnudas. Aunque, a decir verdad, cuantas más partes desnudas haya, mejor. Ya me entiende: todo ese tipo de parafernalia.
La baronesa volvió a guardar silencio durante unos segundos.
—Si no recuerdo mal, creo haberte dicho que vamos a tener público —dijo al fin—. Casi toda la clase aristocrática se acercará a ver la obra. Y estoy segura de que no les gustará mucho que nos dediquemos a pasear medio desnudos por el escenario. Resultaría demasiado… demasiado griego.
—Podría usted responder a cualquier objeción alegando razones de higiene. O, si no, diciendo que es para apreciar mejor la armonía del cuerpo humano sobre el escenario. No sé, cualquier cosa. Después de todo, ya que hoy día todo el mundo parece dispuesto a divulgar sin pudor alguno los secretos que guarda en su interior, ¿por qué no hacer lo mismo con los secretos de su exterior?
—Mi querido muchacho, quiero que entiendas una cosa. Puedo invitar a lo más distinguido de la clase política del país a una obra de teatro clásico griego. Puedo invitar a lo más selecto de la nobleza a una fiesta de disfraces. Pero lo que de ninguna manera puedo hacer es invitarlos a todos a un desfile de disfraces inspirado en la Grecia clásica. Y no hay que dejarse arrastrar por el instinto puramente dramático porque eso sería ir demasiado lejos. Tenemos que tener en cuenta el entorno, es decir, nuestro público. Cuando uno vive rodeado de galgos debe procurar parecerse lo menos posible a una liebre. A menos, claro está, que uno quiera que le partan el cuello. Y lo último que a mí me apetece es que algo así me ocurra en mi propia casa. No olvides que tengo pagados siete años de alquiler de esta casa y tengo que amortizarlos como sea. Así que —añadió la baronesa tras una pequeña pausa—, ve olvidándote de los bailes exóticos y de las acrobacias porque había pensado en pedirle a Emily Dushford que nos eche una mano. Ella es una buena chica y hará todo lo que le digamos. O, al menos, lo intentará. Pero, por favor, nada de saltos. ¿O acaso puedes imaginarte a Emily dando saltos mortales de aquí para allá con ese cuerpo que tiene?
—Ella podría hacer el papel de Casandra. Los únicos saltos que tendrá que dar son saltos en el tiempo. Metafóricamente hablando, claro.
—Casandra. Un nombre muy bonito. ¿Qué clase de personaje es?
—Una especie de adivina. Profetizaba desastres y catástrofes. Conocerla era enterarse de las cosas más espantosas que iban a ocurrir en el futuro. Pero afortunadamente para la felicidad de la época en que vivió, nadie la tomaba muy en serio. De todos modos, debía de resultar verdaderamente insoportable verla aparecer justo después de ocurrir una catástrofe mirando a todo el mundo por encima del hombro y con una expresión en la cara con la que parecía querer decir: «Os lo advertí. A ver si la próxima vez os creéis lo que yo os diga».
—Si yo hubiera estado allí, estoy segura de que me hubieran entrado ganas de matarla.
—Eso mismo debió de sentir Clitemnestra.
—¿Ah, sí? Entonces, a pesar de tratarse de una tragedia, tiene un final feliz, ¿no?
—Bueno, yo no diría eso —respondió Clovis—. La satisfacción que debió de proporcionar acabar de una vez por todas con Casandra debió de verse en buena medida mitigada por el hecho de que seguramente ella ya había adivinado previamente lo que le iba a ocurrir. Lo más probable es que muriese con una sonrisa de lo más irritante en los labios, como queriendo decir: «¿no te lo dije?» A propósito, me imagino que todas las muertes de la obra tendrán lugar a la manera sumeria, ¿no?
—Querido, como no me expliques eso, yo… —dijo la baronesa sacando un lápiz y un pequeño cuaderno.
—Quiero decir que los asesinatos de la obra se cometerán lentamente, con dramatismo, recreándose un poco en ellos, con muchos golpes pequeños en vez de proceder dando una única estocada fulminante. Recuerde que, como está usted en su propia casa, no hay ninguna necesidad de cometer los asesinatos a toda prisa, como si fuesen una desagradable obligación que uno está deseando acabar cuanto antes.
—¿Y cómo acabo yo? Quiero decir, ¿qué es lo que voy a hacer yo justo antes de que caiga el telón?
—Pues, por ejemplo, arrojarse en los brazos de su amante. Incluso podríamos aprovechar para meter ahí uno de los saltos más espectaculares.
El montaje y los ensayos de la obra acabaron convirtiéndose en la causa, al menos en un ámbito limitado, de casi tantas disputas y enemistades como las originadas por la propuesta de elecciones anticipadas antes aludida. Clovis, como adaptador y director de escena, hizo cuanto le fue posible por que el auriga se convirtiese en el personaje más destacado de la representación. La túnica de piel de tigre que pensaba llevar puesta originó al menos tantos problemas y discusiones como la irregular sucesión de amantes de Clitemnestra, quienes, uno detrás de otro y con una alarmante unanimidad, decidían no volver a aparecer por allí después de realizada la primera prueba. Una vez que, tras muchos esfuerzos y audiciones, el reparto quedó definitivamente fijado sin posibilidad de más cambios ni deserciones, no tardaron en surgir nuevos problemas. Mientras Clovis y la baronesa se dedicaban a exagerar hasta lo indecible el estilo sumerio, del resto de los actores apenas podía decirse que ni tan siquiera lo intentasen. Y en cuanto a Casandra, de quien se esperaba que improvisase a la hora de pronunciar sus fatídicas profecías, parecía tan incapaz de dar saltos en el tiempo como de caminar por el escenario sin parecer un oso adormilado.
—¡Oh, pobres troyanos! ¡Oh, pobre Troya! ¡No saben lo que les espera! —fue lo más inspirado que se le ocurrió decir después de pasarse varias horas consultando y estudiando a conciencia varios tratados sobre la época.
—No tiene ningún sentido predecir la caída de Troya —objetó Clovis—, porque Troya ya ha caído antes de que dé comienzo la acción de la obra. Y no se te ocurra decir tampoco nada de lo que esté a punto de ocurrirte a ti en la obra porque si lo haces el público averiguará antes de tiempo lo que va a suceder.
Después de varios minutos de concentración durante los cuales dio la impresión de que a la mujer empezaban a dolerle los sesos de tanto cavilar, Casandra sonrió de manera tranquilizadora.
—Ya lo tengo. Predeciré un largo y feliz reinado para Jorge V.
—Escúchame bien, querida —protestó Clovis—. ¿Es que todavía no te has enterado de que Casandra sólo está especializada en predecir catástrofes?
Hubo una nueva y larga pausa seguida de una nueva y triunfante sonrisa.
—Ya lo tengo. Predeciré una temporada completamente desastrosa para la caza del zorro.
—¡Por nada del mundo se te ocurra decir eso! —rogó Clovis casi poniéndose de rodillas—. Recuerda que todas las predicciones de Casandra acaban siempre cumpliéndose. Y que el presidente de la Asociación Nacional de Cazadores acudirá a ver la representación. Y que es tremendamente supersticioso. ¡Así que ni se te ocurra!
Cuando poco después llegó la hora del té, Casandra, con el rostro anegado en lágrimas, hubo de retirarse corriendo a su habitación para lavarse la cara antes de ir a reunirse con los demás.
Por entonces la baronesa y Clovis apenas se dirigían la palabra. Cada uno de ellos deseaba ardientemente que sus respectivos papeles fuesen el eje alrededor del cual girase toda la obra, y ninguno de los dos perdía la menor oportunidad para avanzar un poco más en sus propósitos. Tan pronto como Clovis introducía algún golpe de efecto para su personaje de auriga (y fueron muchos los que introdujo), la baronesa lo eliminaba sin el menor miramiento o, como sucedía más a menudo, se apropiaba de él y lo adaptaba para su propio personaje. Clovis, por su parte, contraatacaba actuando de la misma manera siempre que podía. No obstante, la gota que hizo rebosar el vaso llegó el día en que Clitemnestra decidió poner en boca de su amante unas cuantas líneas que correspondían a un grupo de admiradas damiselas griegas que debían elogiar al auriga. Y aunque Clovis se mantuvo al margen aparentando indiferencia cuando vio que la frase «Oh, hermoso muchacho, eres tan radiante como el amanecer» acababa convertida en «Oh, hermosa Clitemnestra, eres tan radiante como el amanecer», un brillo mortal restalló en sus ojos, un brillo que debió de haber servido para que la baronesa se pusiese en guardia. Aquel verso lo había compuesto él mismo en un arrebato de inspiración que le había proporcionado su personaje. Por ello el golpe que sufrió le dolió el doble. Por un lado, veía cómo aquella aportación suya al texto de la obra no iba a parar al lugar que él había pensado. Por otro, veía cómo el verso que había compuesto con tanto cariño y esfuerzo era mutilado y tergiversado hasta acabar convertido en una extravagante y ridícula recreación de los encantos personales de la baronesa. Fue entonces cuando decidió que en lo sucesivo se comportaría de manera más amable con Casandra y que sería él quien se encargaría personalmente, y en privado, de llevar a cabo los ensayos correspondientes a dicho personaje.
Así pues, algún tiempo más tarde, tras dejar a un lado todas sus diferencias, la flor y nata de la aristocracia política del país se dio cita en casa de la baronesa para presenciar aquella representación de la que tanto se había oído hablar durante las últimas semanas.
La Providencia, esa especie de hada madrina que se dedica a velar tanto por los niños pequeños como por los actores aficionados, pareció hacer también acto de presencia aquella noche. No en vano, la baronesa y Clovis parecían haberse olvidado de todas sus rencillas. Entre los dos acaparaban casi todo cuanto acontecía en el escenario, eclipsando casi por completo la presencia de los demás personajes, quienes, en su mayor parte, parecían contentos de quedar relegados a un segundo plano. Ni siquiera Agamenón, a pesar de que diez años de esforzada lucha en la guerra de Troya decían mucho en su favor, dejaba de ser un personaje medianamente discreto comparado con su flamante auriga.
Y llegó por fin el momento estelar en el que Casandra (una vez superados todos aquellos accesos de llanto que había tenido durante los ensayos) hubo de meterse en su papel de adivina y predecir una selección de desgracias que al final no había tenido más remedio que aprenderse de memoria. Cuando los músicos comenzaron a tocar una inquietante melodía, particularmente apropiada, que sonaba como una sucesión de gemidos siniestros y estallidos violentos, la baronesa aprovechó para hacer una rápida escapada a su improvisado camerino con el fin de darle unos cuantos retoques a su maquillaje. Mientras tanto, Casandra, con firme resolución a pesar de los nervios, se acercó a las candilejas y, como si repitiese una lección cuidadosamente estudiada, lanzó su monólogo al público presente.
—Preveo horribles catástrofes para este hermoso país. Preveo horribles catástrofes que tendrán lugar por culpa de los políticos, esos seres inmundos, corruptos y egoístas que no tienen ni escrúpulos ni principios. Políticos como… (aquí comenzó a nombrar a los integrantes de uno de los dos partidos más importantes del momento), quienes no dejan de corromper y emponzoñar a los concejales de nuestros ayuntamientos ni cejan en su empeño de privarnos de nuestra representación en el Parlamento. Si continúan robándonos nuestros votos con métodos tan vergonzosos y ruines como los que han estado empleando hasta ahora, muy pronto verán cómo…
Un estruendoso zumbido, similar al de un enorme enjambre de abejas soliviantadas y rabiosas, se elevó en el aire hasta ahogar el resto de sus palabras y hacer callar a los músicos. La baronesa, que al reaparecer en el escenario tendría que haber sido recibida con aquella invocación tan grata a sus oídos que decía: «Oh, hermosa Clitemnestra, eres tan radiante como el amanecer», fue acogida en su lugar por la estentórea voz de Lady Thistledale pidiendo a gritos su coche y por el violento retumbar de una verdadera tormenta de discusiones que estalló de repente al fondo de la sala.

Finalmente, los desacuerdos existentes entre los aristócratas de la clase política acabaron solucionándose por sí mismos. Aunque, de todas formas, sería justo aclarar que a ello contribuyó decisivamente el que ambos bandos estuviesen de acuerdo desde el principio al menos en una cosa: en condenar el mal gusto y la falta de tacto tan indignantes que había demostrado tener la baronesa con su función de teatro.
En cuanto a ella, se vio obligada a poner tierra de por medio. Pero incluso a pesar de eso puede darse por contenta. Bastante suerte tuvo al encontrar a alguien a quien subarrendarle su casa durante el tiempo que le quedaba hasta completar los siete años de alquiler.



[1] Agamenón. Legendario rey de Argos y Micenas que combatió al frente de los griegos en la guerra de Troya. A su regreso al hogar tras dicha guerra, fue asesinado por su esposa, Clitemnestra, y por el amante de ésta, Egisto.
[2] Corday d’Armont, Marie-Anne-Charlotte de. Revolucionaria francesa (1768—1793). Pasó a la historia por asesinar a Marat, uno de los líderes de la Revolución de 1789, mientras éste tomaba un baño en su casa. Acabó siendo guillotinada cuatro días después de cometer dicho asesinato.

El Camino De La Lechería (Hector Hugh Munro ''Saki'')

El camino de la lechería

Sentados en uno de los rincones más concurridos del parque, la baronesa y Clovis pasaban el tiempo intercambiando cotilleos y confidencias acerca de cuantos pasaban a su lado.
—¿Quiénes eran esas tres jóvenes de aspecto tan triste y deprimido que acaban de pasar hace un momento? —preguntó la baronesa—. Parece como si se hubieran resignado a aceptar una mala pasada que el destino les hubiese jugado.

La Historia de San Vespaluus (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La historia de San Vespaluus

—¿Por qué no me cuentas una historia? —dijo la baronesa mientras, con una mirada cargada de desesperación, observaba cómo caía la lluvia.
Clovis miró a su alrededor. A decir verdad, aquello, más que lluvia, parecía ese tipo de llovizna fina que da siempre la impresión de estar a punto de amainar pero que en realidad no deja de caer durante horas y horas.

La Música De La Colina (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La música de la colina

Sylvia Seltoun bajó al comedor de su casa de Yessney para desayunar sintiendo por dentro una agradabilísima sensación de victoria similar a la que debió de permitirse Ironside en la batalla de Worcester. Aunque apenas podía decirse de ella que fuese una mujer de naturaleza belicosa, sí era cierto que pertenecía a esa clase de luchadores, por lo general los más exitosos de todos, que sólo se deciden a pelear cuando se ven obligados por las circunstancias.

Filboid Studge, o Cómo Un Ratón Ayudó A Un León (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Filboid Studge, o cómo un ratón ayudó a un león

—Quiero casarme con su hija —dijo Mark Spayley con una emoción que hizo temblar su voz—, pero como sé que no soy más que un pobre artista que gana tan sólo doscientas libras al año mientras que ella es la hija de un hombre enormemente rico, me imagino que en este momento estará usted pensando que mi deseo es todo un atrevimiento por mi parte.

martes, 16 de diciembre de 2014

Wratislav (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Wratislav

Los matrimonios contraídos por los dos hijos mayores de Mrs. Grafin habían demostrado ser un verdadero desastre, lo cual, tratándose de aquella familia, no parecía sino la práctica de una antigua costumbre. En cuanto al resto de los Grafin, el hijo menor, Wratislav, que tenía fama de ser la oveja negra de una familia ya de por sí bastante gris, era el único que hasta entonces se había salvado de poner en práctica dicha costumbre. Y ello era así por la sencilla razón de que todavía no se había casado.

La Búsqueda (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La búsqueda

La inusual tranquilidad que flotaba sobre la Villa Elsinore se vio de repente interrumpida por unos ruidosos lamentos que parecían indicar que un profundo pesar se había abatido sobre sus inquilinos. La causa de tales lamentos era que los Momeby habían perdido a su bebé, de ahí la tranquilidad que hasta ese momento había reinado en el lugar. Los padres habían emprendido la búsqueda del niño sin orden ni concierto, dando voces continuamente, lo cual explicaba las enérgicas protestas que se extendían por toda la casa cada vez que probaban suerte en el interior. Clovis, que, aunque muy a su pesar, se hospedaba por entonces en aquel lugar, estaba intentando echar una cabezada en la hamaca que había en el extremo más alejado del jardín cuando Mrs. Momeby le dio la noticia.

La Corona De Flores (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La corona de flores

La extraña e inusual tranquilidad que aquella noche reinaba en el restaurante se debía, muy posiblemente, al hecho de que la orquesta no se encontrase tocando ningún vals de los que acostumbraba.

Adrian (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Adrian

Aunque en su partida de nacimiento constaba que su verdadero nombre era John Henry, él había decidido olvidar aquel detalle junto con otros muchos recuerdos de su infancia, por lo que sus amigos le conocían simplemente por el nombre de Adrián. Su madre vivía en Bethnal Green, uno de los peores barrios de la ciudad, de lo cual el muchacho no tenía culpa alguna. Uno puede huir de la historia de su familia y romper con ésta, pero no siempre puede escapar del sitio en el que le toca nacer. Y es que, a decir verdad, eso es lo que solía ocurrir en Bethnal Green: cuando uno nacía y se criaba allí, lo más seguro era que no pudiese escapar nunca.

Las Burlas De Arlington Stringham (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Las burlas de Arlington Stringham

Cierto día, a Arlington Stringham se le ocurrió hacer un chiste en la Cámara de los Comunes. Fue un juego de palabras bastante sutil acerca de los muchos aspectos diferentes que constituían, muy en particular, a la raza anglosajona[1]. Aunque es posible que al decir aquello no tuviese intención de hacer reír a nadie, no pudo evitar que uno de los miembros de la Cámara, que no quería que se pensara que estaba dormido por el simple hecho de que justo en aquel momento tuviese los ojos cerrados, se echara a reír. A la mañana siguiente un par de periódicos hicieron referencia a aquella anécdota hablando de «una risa» (así, entre comillas), mientras un tercero, notorio por la falta de profesionalidad e interés que prodigaba a las noticias políticas que publicaba, habló de «una carcajada». Muchas cosas a menudo comienzan de esta manera.

La Cura De No–Reposo (Hector Hugh Munro ''Saki'')

La cura de no–reposo

Todo empezó durante un viaje en tren.
Clovis llevaba ya un buen rato observando fijamente la maleta de sólida e impecable factura que viajaba en la rejilla portaequipajes situada frente a él, y en la que podía leerse una etiqueta cuidadosamente escrita que rezaba «J. P. Huddle, The Warren, Tilfield, cerca de Slowborough».
El hombre a quien dicha etiqueta hacía referencia iba sentado justamente debajo de la rejilla. Se trataba de un individuo robusto y de aspecto tranquilo, vestido de manera austera, que conversaba lenta y pausadamente. Incluso sin prestar atención a lo que aquel hombre estaba diciendo (lo cual iba dirigido, dicho sea de paso, a un amigo suyo que viajaba a su lado y tocaba principalmente asuntos tan dispares como la escasa altura de los jacintos de su jardín o la creciente oleada de sarampión que estaba afectando a los habitantes de su parroquia), uno podía llegar a adivinar con bastante precisión el temperamento y la forma de ser del propietario de aquella singular maleta. No obstante, éste no parecía muy dispuesto a dejar que ni un solo detalle quedara expuesto a la imaginación de cualquier posible observador, pues su conversación fue derivando poco a poco hacia temas cada vez más personales.

Hermann El Colérico (Hector Hugh Munro ''Saki'')

Hermann el colérico

Fue en la década de los años veinte, una vez terminada la Gran Plaga que devastó toda Inglaterra, cuando Hermann el Colérico, llamado también el Sabio, accedió al trono británico. Como la Gran Enfermedad había acabado con todos los miembros de la familia real, llegando a alcanzar incluso a los miembros de la tercera y cuarta generaciones, Hermann XIV de Saxe–Drachsen–Wachtelstein, que anteriormente había ocupado el trigésimo lugar en el orden de sucesión a la corona, se vio convertido un buen día, contra todo pronóstico, en soberano absoluto del imperio británico. Aquélla fue una más de esas sorpresas que a veces tienen lugar en política cuando las leyes son aplicadas a rajatabla.