VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta Horacio Quiroga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Horacio Quiroga. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de agosto de 2014

Miss Dorothy Phillips, Mi Esposa (Horacio Quiroga)

Yo pertenezco al grupo de los pobres diablos que salen noche a noche del cinematógrafo enamorados de una estrella. Me llamo Guillermo Grant, tengo treinta y un años, soy alto, delgado y trigueño, como cuadra, a efec­tos de la exportación, a un americano del sur. Estoy apenas en regular po­sición, y gozo de buena salud.

Polea Loca (Horacio Quiroga)

En una época en que yo tuve veleidades de ser empleado nacional, oí hablar de un hombre que durante dos años que desempeñó un puesto pú­blico no contestó una sola nota.

Dieta De Amor (Horacio Quiroga)

Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de ves­tido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pare­ció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.

El Canto Del Cisne (Horacio Quiroga)

Confieso tener antipatía a los cisnes blancos. Me han parecido siem­pre gansos griegos, pesados, patizambos y bastante malos. He visto así mo­rir el otro día uno en Palermo sin el menor trastorno poético. Estaba echa­do de costado en el ribazo, sin moverse. Cuando me acerqué, trató de le­vantarse y picarme. Sacudió precipitadamente las patas, golpeándose dos o tres veces la cabeza contra el suelo y quedó rendido, abriendo desmesura­damente el pico. Al fin estiró rígidas las uñas, bajó lentamente los párpa­dos duros y murió.

El Divino (Horacio Quiroga)

Jamás en el confín aquel se había tenido idea de un teodolito. Por es­to cuando se vio a Howard asentar el sospechoso aparato en el suelo, mirar por los tubitos y correr tornillos, la gente tuvo por él, sus cintas métricas, niveles y banderitas, un respeto casi diabólico.

Los Cascarudos (Horacio Quiroga)

Hasta el día fatal en que intervino el naturalista, la quinta de mon­sieur Robin era un prodigio de corrección. Había allí plantaciones de yer­ba mate que, si bien de edad temprana aún, admiraban al discreto visitan­te con la promesa de magníficas rentas. Luego, viveros de cafetos -costo­so ensayo en la región-, de chirimoyas y heveas .

La Crema De Chocolate (Horacio Quiroga)

Ser médico y cocinero a un tiempo es, a más de difícil, peligroso. El peligro vuélvese realmente grave si el cliente lo es del médico y de su co­cina. Esta verdad pudo ser comprobada por mí, cierta vez que en el Chaco fui agricultor, médico y cocinero.

La Mancha Hiptalmica (Horacio Quiroga)

-¿Qué tiene esa pared?
Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.
Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.

El Vampiro (Horacio Quiroga)

-Sí -dijo el abogado Rhode. Yo tuve esa causa. Es un caso, bas­tante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta en­tonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El indi­viduo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbi­co de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda foras­tero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

La Lengua (Horacio Quiroga)

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que con­sigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver...! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calum­niando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!

Las Rayas (Horacio Quiroga)

"...En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."

En La Noche (Horacio Quiroga)

Las aguas cargadas y espumosas del Alto Paraná me llevaron un día de creciente desde San Ignacio al ingenio San Juan, sobre una corriente que iba midiendo seis millas en el canal, y nueve al caer del lomo de las restingas.

El Monte Negro (Horacio Quiroga)

Cuando los asuntos se pusieron decididamente mal, Borderán y Cía., capitalistas de la empresa de Quebracho y Tanino del Chaco, quitaron a Braccamonte la gerencia. A los dos meses la empresa, falta de la vivacidad del italiano, que era en todo caso el único capaz de haberla salvado, iba a la liquidación. Borderán acusó furiosamente a Braccamonte por no haber vis­to que el quebracho era pobre; que la distancia a puerto era mucha; que el tanino iba a bajar; que no se hacen contratos de soga al cuello en el Chaco -léase chasco-; que, según informes, los bueyes eran viejos y las alzapri­mas más, etcétera, etcétera. En una palabra, que no entendía de negocios. Braccamonte, por su parte, gritaba que los famosos 100.000 pesos in­vertidos en la empresa, lo fueron con una parsimonia tal, que cuando él pe­día 4.000 pesos, enviábanle 3.500; cuando 2.000, 1.800. Y así todo. Nun­ca consiguió la cantidad exacta. Aun a la semana de un telegrama recibió 800 pesos en vez de 1.000 que había pedido.

Los Fabricantes De Carbón (Horacio Quiroga)

Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron so­bre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta me­tros y el cajón pesaba. Era esa la cuarta detención -y la última-, pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja.

El Yaciyatere (Horacio Quiroga)

Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana co­mo un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ron­da un yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.

Gloria Tropical (Horacio Quiroga)

Un amigo mío se fue a Fernando Poo y volvió a los cinco meses, casi muerto.
Cuando aún titubeaba en emprender la aventura, un viajero comer­cial, encanecido de fiebres y contrabandos coloniales, le dijo:
-¿Piensa usted entonces en ir a Fernando Poo? Si va, no vuelve, se lo aseguro.
-¿Por qué? -objetó mi amigo-. ¿Por el paludismo? Usted ha vuelto, sin embargo. Y yo soy americano.

El Mármol Inútil (Horacio Quiroga)

¿Usted, comerciante? -exclamé con viva sorpresa dirigiéndome a Gómez Alcain  . ¡Sería digno de verse! ¿Y cómo haría usted?
Estábamos detenidos con el escultor ante una figura de mármol, una
tarde de exposición de sus obras. Todas las miradas del grupo expresaron la misma risueña certidumbre de que en efecto debía ser muy curioso el ejer­cicio comercial de un artista tan reconocidamente inútil para ello como Gómez Alcain.

El Simun (Horacio Quiroga)

En vez de lo que deseaba, me dieron un empleo en el Ministerio de Agricultura. Fui nombrado inspector de las estaciones meteorológicas en los países limítrofes.

Anaconda (Horacio Quiroga)

Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo carga­do pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se en­treabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos.