VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta John Varley. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Varley. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de mayo de 2015

Beatnik Bayou (John Varley)

BEATNIK BAYOU

Por John Varley
El autor de "Opciones", cuento muy loada sobre la opción del cambio de sexo, continúa en su exploración de opciones en el mismo ambiente: una sociedad sub-lunar con adelantos extraordinarios en la manipulación humana. Algunos prefieren una vida estable, sedentaria y cómoda. Otros no. Hay quienes prefieren las cosas salvajes, desordenadas, bohemias. . . y beatnik. ¿Por qué ha de negarle una sociedad avanzada a nadie lo que el corazón desea? Sin embargo, deben de existir reglas que no pueden traspasarse.

Una mujer embarazada nos había estado siguiendo por más de una hora cuando Cathay hizo algo inaudito.
Al principio fue divertido. Ni yo ni Denver sabíamos de qué se trataba, sólo que algo había entre ambos, cuando se alejaron y platicaron. La mujer comenzó a gritar, y al poco tiempo Cathay hizo lo mismo. Finalmente Cathay dijo algo que no escuché. Luego regresó y se unió a la clase. Están conmigo, Denver, Gatillo y Cathay, las últimas dos, maestras, Denver y yo, alumnos. Sí, es difícil para cualquiera saber cuál es cuál, pero generalmente se sabe.
Fue entonces cuando empezó la persecución. Era una mujer decidida y no aceptaría una negativa. Nos seguía por doquier. Era tan torpe como un animal, y yo no la compadecía en lo más mínimo después de cómo le habló a Cathay, quien era mi amiga. Cada vez que resbalaba y caía sobre su trasero, todos nos carcajeábamos.
Por un momento. Después de una hora, empezó a darnos un poco de miedo. Jamás había visto a alguien con tanta determinación.
La razón por la cual se resbalaba a cada momento era porque nos perseguía por Beatnik Bayou, el hogar de Gatillo. La misma Gatillo lo describe como "12 acres de lodo, mosquitos, y luz de luna". Algunos de sus visitantes habían sido menos poéticos pero más chispeantes. No sé que será un acre, pero el bayou es bastante extenso. Gatillo fabrica la luz lunar en un alambique de bronce y aluminio en medio de un cañaveral. Los mosquitos no pican, pero zumban como locos. El lodo es común y corriente, lodo del Misisipí, adecuado para acabar con tus pies. La mayoría odia el lugar con solo verlo, pero a mí me encanta.
Al poco tiempo la mujer estaba cubierta de lodo. Tenía tres cosas en contra. Una era su anguloso vestido de maternidad, el cual le cubría todo menos rostro, pies, su prominente barriga y sus senos. Se pisaba la larga falda y caía. Después de un rato, yo respingaba cada vez que esto pasaba.
Otra desventaja era su estómago, el cual la hacía caminar con todo su peso sobre sus talones. Esa no es la mejor forma de caminar por el lodo, y para probarlo, a cada rato se daba un buen sentón.
Su tercer problema era su hueso pélvico adaptado a una faja prenatal, posiblemente recién instalada. Era uno de esos aditamentos que separan bien las piernas con una bisagra en el centro y que al llegar el bebé se abre para tener más espacio en el alumbramiento. Ella lo necesitaba, pues era alta y estrecha, el tipo de constitución que la exponía a morir en el parto allá en los tiempos en que esto representaba un problema. Pero la hacía caminar como pato.
—Quack, quack —dijo Denver, esbozando una sonrisa. Ambas miramos a la mujer, aún en persecución, aún andando. Volvió a caer, y con dificultad volvió a ponerse de pie. Denver no sonreía cuando me miró. Masculló algo.
— ¿Qué es eso? —pregunté.
—Es enervante —repitió Denver —me pregunto qué diablos quiere.
—Algo bastante poderoso.
Cathay y Gatillo iban unos pasos adelante, y vi a Gatillo mirar hacia atrás. Le habló a Cathay. Creo que no había intención de escuchar, pero lo hice. Tengo buenas orejas.
—Esto empieza a molestar a los chicos.
— Lo sé —dijo él, al limpiarse la frente con la mano. Los cuatro veíamos en la orilla opuesta cómo trepaba penosamente la última subida. Solo su cabeza y su hombre estaban visibles.
—Maldición. Pensé que se daría por vencida. —Gruñó él, pero luego se borró toda expresión de su rostro—. No hay salida. Tendremos que afrontarla.
—Pensé que ya lo habías hecho —dijo Gatillo, levantando una ceja.
—Sí. Bueno, por lo visto no fue suficiente. Vengan, todos. Esto concierne a sus vidas también. Se refería a mí y a Denver, y cuando dijo que esto sería una "experiencia de aprendizaje" Cathay puede transformar las cosas más extrañas en experiencias de aprendizaje. Empezó a caminar hacía el arroyuelo que acabábamos de cruzar. Las tres lo seguimos.
Sí, di la impresión de haber sido dura con Cathay aunque en realidad no debí haberlo sido. En verdad, él era magnífico maestro. Capaz de convencerte que el aprendizaje a base de "hacer" y de "ver" era creer, tener fe, la instrucción sólida, la integración de las experiencias de la vida —toda la sabiduría convencional de la educación establecida— y lo hacía funcionar como ningún otro maestro que he visto en mi vida. Sabía que fue una criatura espuriada. Lo supe desde que lo conocí, a los siete años, pero no me había importado hasta últimamente. Ahí estribaba el cinismo de mi grupo, como Gatillo lo recalcaba con su peculiar modito presuntuoso.
Bueno, ¿y qué si en realidad tenía 48 años de edad? Físicamente tenía la mía, o sea casi 13: un chamaco bajito, ligeramente rechoncho de cabello rizado y rubio y una cara androgenosa, con una pelusa incipiente alrededor de sus testículos. Cuando se volvió para encarar a esa enorme amenazadora mujer y le sostuvo calmadamente la mirada, me enternecí.
También me sentí fascinada. Mentalmente, me puse de cuclillas para mirar, esperar y observar. Estaba segura que aprendería algo sobre la "vida" de un momento a otro. La clase estaba en sesión.
Cuando ella nos vio regresar, vaciló. Pisaba con cuidado al bajar y pararse a la orilla del agua, luego esperó un momento para ver si Cathay se reunía con ella. No lo hizo. Hizo un gesto horrible, se levantó la falda en torno de su cintura, y se metió al agua.
El agua se estrellaba contra sus muslos. Casi cayó de bruces cuando trató de evitar un musgo español colgante. Su vestido de encaje estaba adornado con varas y hojas y embarrado de lodo.
— ¿Por qué no se da la vuelta? —le gritó Gatillo, de pie junto a mí y a Denver. Agitaba un puño cerrado—. De nada le va a servir.
—Eso lo decido yo —le gritó la mujer a su vez. Su voz era dura y fea y lo que pudo ser un rostro dulce se tornó en odioso. Un caimán se acercaba como para darle el visto bueno. Ella lo amagó con su puño cerrado, casi se vuelve a caer—. ¡Fuera de aquí reptil asqueroso! —gritó. El acuario recordó algo urgente al otro extremo del pantano y se alejó con rapidez.
Volvió a la orilla y se detuvo con el cieno a la altura de sus tobillos, jadeaba. Estaba hecha una porquería y bajo su ira adiviné el temor. Sus labios temblaron por un momento. Deseaba que se sentara; sólo de verla me sentía exhausta.
—Tienes que ayudarme —dijo, simplemente.
—Créame, lo haría si pudiese —dijo Cathay.
—Entonces dime quién podría hacerlo.
—Ya se lo dije, si el Intercambio Educacional no puede, mucho menos yo. Los pocos que yo conozco están en la nómina de intercambio.
—Pero ninguno está dispuesto antes de tres años.
— Lo sé. Están escasos.
—Entonces ayúdame —imploró— ayúdame.
Cathay se frotó los ojos lentamente con el índice y el pulgar, luego se irguió y puso sus manos sobre las caderas.
—Se lo repetiré de nuevo. Alguien le dio mi nombre y le informó de mi disponibilidad para un contrato educacional de una fase primaria. Yo. . .
—Sí ¡El lo hizo! Me dijo que tú. . .
—Yo no conozco a esta persona —dijo Cathay, al levantar la voz—. Por lo que me está usted haciendo pasar, deduzco que le dio mi nombre de la lista de la Asociación de Maestras para desembarazarse de usted. Podría hacer yo lo mismo, pero francamente, no creo tener el derecho de comprometer a otro maestro con sus abusos —hizo una pausa, y por primera vez ella no replicó.
—Bien —dijo finalmente—. En verdad siento que el hombre que usted había contratado para la educación de su hijo se haya ido a Pluton. Por lo que usted me comunicó, lo que él hizo fue legal, aunque no ético. —Hizo un gesto de desaprobación al pensar en un maestro capaz en evadir una obligación de ética—. Lo único que puedo decirle es que debió de analizar el contrato adherente hace tres años. . . oh, diablos. Es por demás. Eso de nada sirve. Siento lo que le pasa, espero que lo crea.
—Entonces ayúdame —le susurró, y la última palabra se tornó en sollozo. Empezó a llorar calladamente. Sus hombros se estremecían y las lágrimas rodaron de sus ojos, pero sin desviarlos de Cathay.
—Nada puedo hacer.
—Tiene que hacerlo.
—Una vez más. Tengo mis propias obligaciones. En un mes más cuando haya cumplido el contrato con la madre de Argus —se volvió hacia mí—, tendré una regresión hasta los 7 años otra vez ¿No lo comprende? Ya tengo un contrato intermedio. La criatura cumplirá los 7 años dentro de unos meses. Me contraté para su educación desde hace 4 años. No hay forma de evadir ese compromiso, ni legal ni moralmente.
El rostro de la mujer comenzó a distorcionarse de nuevo, lleno de odio.
— ¿Y por qué no? —carraspeó—. ¿Por qué diablos no? El no cumplió con mi contrato. ¿Por qué he de ser yo la única en sufrir?
Por qué yo ¿eh? Escúchame, pequeño chupamierda hijo de engendro. Tu eres mi última esperanza. Después de ti sólo queda el educador público. O tratar de criarlo yo sola, sin guía alguna. ¿Quieres ser responsable de eso? ¿Qué comienzo del diablo a la vida es ése?
Siguió así por otros diez minutos, y cada frase más ilógica y abusiva. Yo me encontraba presa entre la compasión —en realidad estaba en un problema del diablo, aunque no podía culpar a nadie más que a sí misma y su abierta hostilidad. Entonces me dio miedo. No podía ver sus atormentados ojos sin que se me pusiera la carne de gallina. Mis ojos descendieron hasta su abultada barriga, y al ojo de cristal del uteroscopio colocado en su ombligo. No tuve que ver a través del ojo para percatarme de la proximidad del parto. Se lo había estado reprimiendo mientras encontraba un maestro. No tenía mucho sentido; la educación del chamaco no empezaría hasta los 6 meses. Pero era su desesperación, y su ilógico pensar bajo la tensión.
Cathay se quedó inmóvil soportándolo todo hasta que la mujer volvió a romper en llanto. Esta vez la vi diferente, quizás un poco más como Cathay la veía. Sentí compasión por ella, pero sus lágrimas no me conmovieron. Sabía que nos devoraría a todos de no ser duros y firmes. Pero analizando la situación, sólo el la tendría que pagar su descuido. Hacía lo imposible por que alguien compartiera su culpa, pero Cathay no iba a ser el pagano.
—Yo no quería hacer esto —dijo Cathay. Nol volteó a ver. -¿Gatillo?
Gatillo se adelantó y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Muy bien —dijo—, escuche, ignoro su nombre, en realidad no quiero saberlo. Pero quienquiera que sea usted está en mi propiedad, en mi casa. Le ordeno que se marche, y que no vuelva nunca más.
—No me iré —dijo la mujer, tercamente. Bajó la mirada hacia sus pies—. No me iré mientras él no me prometa ayudarme.
—Tendré que llamar a la policía —le recordó Gatillo.
—No me iré.
Gatillo miró a Cathay y se encogió de hombros, indefensa. Creo que ambas se daban cuenta de que esta experiencia de la vida se tornaba demasiado cruda.
Cathay analizó la situación por un momento, mirando de frente a la mujer embarazada. Luego se agachó para tomar con la mano una porción de lodo. Miró el lodo en su mano por un momento, lo sopesó y le arrojó a la mujer. Se estrelló contra su hombro izquierdo con un acuoso "plop", y empezó a escurrir.
—Vayase —le dijo él—, largúese de aquí.
—No me iré —contestó ella.
Le arrojó más lodo. Ahora contra el rostro, y ella boqueó y escupió.
—Vayase —volvió a decir él, al tomar más cieno, esta vez dio en la pierna, pero ahora se le había unido Gatillo y la mujer fue bombardeada.
Antes de darme cabal cuenta de lo que pasaba, también recogía lodo y lo arrojé. También Denver. Yo jadeaba, y no estaba segura del porqué.
Cuando finalmente se alejó, los músculos de mi quijada estaban duros como el acero. Me tomó mucho tiempo relajarlos, y cuando lo hice, me dol ían los dientes de enfrente.

Existen dos estructuras en Beatnik Bayou. Una es una vieja y decayente tienda de carnada y a la vez lonchería llamada La Choza de Azúcar, con una oxidada bomba de gas al frente, una destartalada máquina de Grapette en el porche y un cartelón que anunciaba Pan de Arco Iris en la tela de alambre de la puerta. Hay una camioneta gris marca Dodge posada sobre bloques de concreto a un lado del edificio, cerca de una fila de oxidados carros fragmentados cubiertos de yerbajos. La camioneta no tiene llantas. Junto a ésta se encuentra un Toyota sin ventanillas ni motor. Un camino de tierra corre frente a la barraca y baja hasta el muelle. En la otra dirección el camino curvea alrededor de un ciprés cubierto de musgo y llega hasta el muro. Esto sacude un poco. Pero aunque 12 acres es suficientemente extenso para poseer un disneylandia privado, no lo es como para mantener la ilusión de realmente estar ahí. "Ahí", en este caso, se supone ser la vieja Louisiana en 1951, Gatillo está fascinada con el Siglo XX, al cual define de 1903 hasta 1987.
Pero casi siempre surte efecto. Rara vez se ven los muros porque los árboles los tapan. De todos modos, yo me saturo del ambiente del lugar no tanto con mis, ojos sino más bien con mi nariz, mis oídos y mi piel, como el olor de madera podrida, el chasquido del agua por el salto de una rana o el susurro de la compresora de la máquina de refrescos, el culebreo de las docenas de plateadas carpas cuando meto la mano en los tanques metálicos que se encuentran detrás de la choza, la sensación de la madera caliente de sol al sentarme en el.malecón cuando voy a pescar.
Se necesita mucha energía para operar el "Sol", por lo cual tenemos muchos días nublados y noches largas. Eso ayuda también a la ilusión. Retaría a cualquiera a tomar un paseo en noches de bayou con el canto de los grillos y el salto de los sapos sin que se hagan la ilusión de encontrarse de nuevo en la Vieja Tierra. Con la excepción, desde luego de la gravedad lunar.
Gatillo heredó dinero. Pero ni con eso y su sueldo de maestra. Bayou es un lugar caro. Anteriormente su medio era más convencional, pero ella descubrió hace tiempo que el pantano no requiere de tanto cuidado, y además le gusta el ambiente baladí. Fue ella quien puso la tienda de carnada, compró los artefactos motorizados a artistas y la registró en la Secretaría Lunar de Turismo, como una reconstrucción auténtica.
Se morirían si supieran la verdad del Toyota, pero desde luego me la callaré.
La otra única estructura definitivamente no pertenece a ninguna época de Louisiana. Es de tipo indio sobre una pequeña lona, apenas fuera de vista de la Choza de Azúcar. Es Cheyenne, creo, Ahí pasamos la mayoría del tiempo cuando estamos en el bayou y a donde nos dirigimos después del incidente con la mujer embarazada. El piso es de arcilla dura y en el centro siempre hay fuego. Hay muchos cojines esparcidos y dos grandes camas de agua.
Tratamos de hablar sobre el incidente. Creo que Denverera la más disgustada de todos, pero por la forma tensa de sentarse Cathay mientras Gatillo le sobaba la espalda, me di cuenta que también estaba preocupado. Su voz lo delataba.
Yo admití haberme asustado, pero eso no era todo, y aún no me sentía preparada para comentarlo. Gatillo y Cathay lo presintieron, y nada se dijo por el momento. Gatillo fue por la pipa y la retacó con hojas de una especie de planta.
Es una pipa de larga boquilla. La prendió, luego se recostó con la boquilla entre sus dientes y el tazón sostenido entre los dedos de sus pies. Exhaló el humo dulce y de color de miel. Mientras afuera declinaba el día, pasó la pipa a los demás. Sabía bien y me calmó en forma maravillosa. Me facilitó conciliar el sueño.

Pero no dormí. No del todo. Tal vez estaba ya demasiado entrada en la pubertad para que la droga en las hojas me hiciera un efecto tranquilizante. De pronto sentí a Cathay a mi espalda. Ahora ambos éramos hombres, y también eso tenía su encanto. Una parte de mí pensaba que no tenía importancia a que sexo perteneciéramos, pero la otra parte se prenguntaba cómo sería el ser mujer y conocer a Cathay como hombre. Eso aún no lohabíamos experimentado.
El solo pensarlo me hizo temblar con anticipación. Hacía ya demasiado tiempo que yo carecía de vagina. Deseaba a Cathay entre mis piernas, como Gatillo lo tuvo hace rato.
—Te amo, —susurré.
El me besó la oreja. —Yo también te amo, tonto. ¿Pero cuánto me amas tú?
— ¿Qué quieres decir?
Lo sentí moverse para mirarme con su cara sostenida sobre una mano. Sus dedos aflojaron un cerrado rizo de mi cabello.
—A lo que me refiero es a si aún me amarás cuando mi estatura llegue a tu rodilla.
Agité la cabeza, al sentir frío repentinamente. —Me'niego a hablar sobre eso.
—Eso lo sé muy bien —dijo él—. Pero no puedo permitir que lo olvides. Es algo que siempre estará ahí.
Me puse boca arriba y lo miré. Se esbozaba una leve sonrisa en su rostro mientras sus yemas jugaban con mis labios y mi cabello tiernamente, pero había preocupación en sus ojos. Cathay no puede ocultarme nada.
—Tiene que suceder —subrayó las palabras despiadadamente—. Por las razones que me oíste exponerle a la mujer. Estoy obligado a retroceder a los 7 años. Hay otra criatura esperándome. Se parece mucho a ti.
—No lo hagas —le dije, pesarosamente. Sentí las lágrimas en los rincones de mis ojos, y Cathay me las enjugó.
Le agradecí el no echarme en cara mi egoísmo. Ambos comprendíamos esa verdad; el lo había aceptado y hacía lo posible por cumplir su misión.
— ¿Recuerdas nuestra plática sobre el sexo? Hace como dos años, creo. Poco después de tu declaración de amor.
—Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo todo.
El me besó. —Aún así, tengo que volverlo a mencionar. Tal vez ayude. Sabes que estuvimos de acuerdo en no darle importada al sexo al cual perteneciéramos. Luego hice hincapié en el hecho de que mientras tu crecerías, yo volvería a convertirme en una criatura. Que nos distanciaríamos sexualmente.
Yo asentí. Sabía que si hablaba empezaría a sollozar.
—Y quedamos en que nuestro amor era más profundo que todo eso. Que no necesitamos el factor sexo para lograrlo. Y lo lograremos.
Esto era verdad. Cathay se llevaba muy bien con sus antiguos alumnos. Ahora eran adultos, y venían a verlo con frecuencia. Lo hacía solo por estar cerca, para platicar y abrazarse. Últimamente el sexo empezó a hacer de las suyas de nuevo, pero todos sabían que eso no iba a durar mucho.
—No creo tener esa perspectiva —dije cautelosamente—. Ellos saben que en algunos años más volverás a madurar. Yo también lo sé, pero no dejo de sentir como que. . .
— ¿Como qué?
—Como que me abandonas. Lo siento, pero así es. El exhaló un suspiro, y me atrajo hacia sí. Me estrechó con fiereza por un rato, y me sentí de maravilla.
—Escucha —dijo finalmente—. Esto no se puede evitar. Pordría decirte que se te pasará —y así será— pero de nada va a servir. Yo he tenido este mismo problema con cada criatura a quien he enseñado.
— ¿En serio? —Yo ignoraba esto, y me hizo sentirme un poco mejor.
—Así es. No te culpo por ello. Yo también lo siento así. Siento la tentación de quedarme a tu lado. Pero no resultaría, Argus. Amo mi trabajo, de no ser así no lo haría. Hay situaciones difíciles, como ésta. Pero después de unos meses te sentirás mejor.
—Tal vez de ningún modo lo podía asegurar, pero creí conveniente aparentar estar de acuerdo y terminar con esta conversación.
—Mientras tanto —dijo él— aún tenemos algunas semanas para estar juntos. Pienso que deberíamos aprovecharlas. —Y así lo hizo, sus manos recorrieron mi cuerpo. El tomó toda la acción, mientras yo me relajaba y trataba de ordenar mis confusiones.
Así que doblé mis brazos bajo mi cabeza y me recargué, sin pensar en nada que no fuera el círculo de su boca.
Más eventualmente empecé a sentir la necesidad de yo también hacer algo por él, y supe lo que andaba mal. El pensaba que me daba lo que yo quería al haceme el amor como lo habíamos hecho desde que crecimos juntos. Pero había otra salida, y me di cuenta que no era tanto el querer que se estancara en los 13 años. Lo que realmente deseaba era retroceder con él, el volver a tener 7 años otra vez.
Le toqué la cabeza y él alzó la mirada, después nos volvimos a abrazar frente a frente. Comenzamos a movernos uno contra el otro como cuando nos conocimos, la fricción insensata e inocente de aquellos días cuando más que sexo era una sensación de bienestar.
Pero el cuerpo es insistente, y no se le puede engañar. Al poco tiempo nuestros movimientos se tornaron frenéticos y una sensación de humedad entre ambos me hizo ver lo imposible de una recesión.

Rumbo a mi casa las huellas del cambio me rodeaban.
Creces un poco, los brazos y las piernas ya salen de tu traje de presión hasta que necesitas uno nuevo. Ya no piensas en ti como una monada de criatura y empiezas a hablar como persona joven y apreciable. Siempre con esa sonrisa, como si fuera un chiste que no debes escuchar.
Las personas te tratan diferente mientras creces. Al principio apenas tienes roce con los adultos, a excepción de tu propia madre y las de tus amigos. Vives en un mundo de chamacos, y los adultos casi no representan obstáculo alguno porque te dejan la vía libre cuando corres por los pasillos. Vas a todos lados gratis; a la gente le gusta vernos a su alrededor porque los hace felices por la escasez de chamacos. Apenas notamos las sonrisas constantes que nos prodigan.
Pero todo eso cambia al llegar a los 13 años. Aquí llegaba el titubeo, justo una fracción de segundo antes concederme los privilegios de niñez. No que culpara a nadie. Casi tenía la estatura de la mayoría de los adultos que había conocido.
Pero ahora yo empezaba a percatarme de los adultos, a observarlos. Sobre todo cuando no se daban cuenta que se les observaba. Vi que muchos de ellos se la pasaban con expresión de enojo. De vez en cuando, veía verdadero dolor en algún rostro. Luego él o ella me vía y sonreía. Sabía que eso no iba a ser así para siempre. Tarde o temprano habría de cruzar alguna línea invisible, y el dolor se habría de quedar en esos rostros, y yo tendría que comprenderlo. Yo sería un adulto, y no estaba tan segura de llegar a serlo.
Era por esta nueva preocupación en los rostros por lo cual noté a la mujer sentada frente a mí en el tren de Arquímedes. Yo quería ser escritor, y por ello todo lo veía enfocado hacia las historias y los personajes. La miré y traté de hacer una historia sobre ella.
Era atractiva; físicamente en sus 20s, cabello negro y lacio, piel cobriza, cara redonda sin cirugía elaborada ni facciones despampanantes a excepción de sus ojos café obscuro. Llevaba puesto un batón hasta los muslos de material delgado que fluía como el agua con cada movimiento. Uno de sus codos reposaba sobre el respaldo de su asiento, y se mordía abstraídamente un nudillo mientras miraba por la ventanilla.
Su rostro parecía carecer de historia. Estaba en un momento sin guardia, pero no percibía ningún dolor, ni grandes preocupaciones ni temores. Es posible que se me escaparan. Yo era un novato en esto e ignoraba mucho de lo que era importante para los adultos. Pero no me di por vencido.
Bueno, sí se sonrió, pero sin quererme decir que "mono" estás. Era una sonrisa que me hizo desear haber llevado algo de ropa. Desde mi conocimiento respecto a la erección, ya no quería tenerla en lugares públicos.
Crucé una pierna. Se sentó junto a mí. Levantó la palma de su mano y la toqué. Me miraba de frente con una pierna doblada bajo ella y con su brazo sobre el respaldo de mi asiento.
—Soy Trilby —dijo.
—Hola. Yo soy Argus. —trataba de bajar la voz.
—Estaba sentada allá viendo cómo me mirabas.
— ¿En serio?—
—Por el reflejo del cristal —replicó ella.
— ¡Oh! —Miré, y efectivamente, desde donde ella iba sentada daba la impresión de ir contemplando la campiña cuando en realidad me estudiaba en el reflejo—. No era mi intención ser descortés.
Ella rió y pasó su mano sobre mi hombro, luego la retiró — ¿Y yo qué? —dijo ella—. Te miraba furtivamente; tú no. En cualquier caso, no te atormentes. A mí no me importa. —Volví a cambiar de posición, y ella bajó la vista—. Y tampoco te preocupes por eso. Suele suceder.
Aún me sentía nervioso pero ella logró calmarme. Platicamos por el resto del trayecto, y no recuerdo sobre qué. La fluctuación de nuestros temas debió haber sido muy limitada, pues tengo la seguridad de su omisión en cuanto a mi edad, mi educación, su propia profesión o simplemente de la razón por la cual quiso iniciar una conversación con alguien de trece anos en un tren público.
Nada de eso tenía importancia. Yo estaba dispuesto a hablar de cualquier cosa. Al pensar sobre sus razones, asumí que tendría unos 20 años, y no tan lejos de su propia infancia.
— ¿Tienes mucha prisa? —preguntó en un momento dado, con un leve movimiento de cabeza.
— ¿Yo? No. Voy a ver a. . . No, no a tu mamá. . . una amiga, pero puede esperar. No quedamos a una hora fija. —Eso se oía mejor.
— ¿Puedo invitarte una copa? —levantó una ceja e hizo un pequeño movimiento con la mano. Sus actitudes eran parcas, pero parecían decir más que sus palabras. Mentalmente le agregué algunos años. Tal vez bastantes más.
Esto se programó con la parada en Arquímedes; nos pusimos de pie y yo al momento acepté la invitación.
—Magnífico. Conozco un buen lugar.

El cantinero me dirigió una sonrisa y estaba a punto de concederme la copa extra de costumbre dentro de mi límite legal (dos copas). Pero Trilby cambió la situación.
—Dos whiskys irlandeses, por favor. Sobre las rocas. —Lo dijo con firmeza, al levantar un poco la voz algo se suscitó entre ella y el cantinero. Ella le dirigió una mirada, las cejas de él temblaron al voltear a verme, parecía haber recibido algún mensaje. Toda su actitud hacia mí cambió.

Tuve la sensación de que algo se me escapó, pero no tenía tiempo de preocuparme por ello. Nunca lo tenía cuando Trilby estaba cerca. Llegaron las copas y las bebimos lentamente.
—Me pregunto porqué aún se llaman  Irlandeses —dijo ella.
Nos enfrascamos en una discusión sobre los Invasores, o sobre Irlanda, o sobre la Tierra Ocupada. No estoy seguro. No tuvo consecuencias, y la conversación consistente y real iba en proceso ojo con ojo. No importaba lo que ella decía. Yo asentía a todo con la lengua de fuera.
Terminamos en los baños públicos del pasillo. Sus pezones tenían la forma de corazoncitos rosados. Fuera de eso su cuerpo no tenía nada de extraordinario aunque era hermosamente sólido bajo su suavidad. ¡Era tan distinta a Gatillo, Denver y Cathay! Tan distinta a mí. Catalogué las diferencias mientras me senté atrás de ella en la alberca para masajearle los enjabonados hombros.
Rumbo a los cuartos de curtiduría se detuvo frente a una alcoba privada, esperaba y me veía. Mis piernas me llevaron hacía el aposento y ella me siguió. Mis manos oprimieron su espalda y mi boca se abrió al besarme. Me acostó sobre el blanco suelo y me poseyó.

¿Qué era lo que hacía esto distinto?
Cavilé sobre ello durante la larga caminata desde la terminal hasta mi casa. Trilby y yo hicimos el amor casi una hora. No fue nada del otro mundo, nada que no hubiera hecho ya con Gatillo y con Denver. Había pensado en la posibilidad de aprender nuevos y fantásticos trucos, pero no fue así.
Sin embargo, no había sido como con Gatillo ni como con Denver. Su cuerpo respondió en forma distinta, se movió en direcciones a las cuales yo no estaba acostumbrado. Cuando la dejé, sabía que era feliz, pero también que aún esperaba más.
Descubrí mi propio interés en dárselo. Estaba enamorado de nuevo.
Con mi mano sobre la placa de la puerta, supe de pronto que ya me había olvidado. Era absurdo asumir lo contrario. Fui para ella sólo una agradable diversión, una novedad interesante.
No había preguntado su nombre, ni dirección o número telefónico. ¿Por qué? Quizás ya sabía su desinterés en volverme a ver. Le pegué a la placa con el talón de mi mano y seguí intranquilo mientras el ascensor subía a la superficie.
Mi casa es fuera de lo común. Desde luego pertenece a Darcy, mi madre. Ella se encontraba ahí, ocupada en poner los últimos toques a un diorama. Me miró, sonrió, y me ofreció su mejilla para un beso.
—Terminaré en un minuto —dijo—. Quiero terminar esto antes de que se obscurezca.
Vivimos en una gran burbuja en la superficie. Parte estaba seccionada en cuartos sin techos, pero lo demás lo constituye su estudio. La burbuja es transparente. Aisla la luz ultravioleta para no quemarnos. Es una forma extraña de vivir, pero nos agrada. Desde nuestra posición ventajosa al lado sur de un pequeño valle solo pueden verse tres burbujas similares. Sería imposible que un forastero adivinase la ebullición de una ciudad apenas bajo la superficie.
Durante mi crecimiento, jamás pensé en la agorafobia, pero es algo común entre los lunarios. Me compadecía por los que carecían de la fortuna de crecer con el mismo panorama.
A Darcy le gusta por la luz. Ella es artista y por tanto exigente, en cuanto a la luz. Trabajaba cada dos semanas consecutivamente y descansaba por las noches. Yo crecí con su horario. La dejaba sola mientras corría maratones con sus pinceles de aire, y venía a quedarme con ella dos semanas cuando el sol no brillaba.
Eso había cambiado un poco al cumplir los 10 años. Antes de esto habíamos vivido solos. Darcy recortó su horario de trabajo drásticamente hasta mis cuatro años, y lo fue normalizando gradualmente mientras yo me independizaba. Lo hizo para dedicarme todo su tiempo. Luego un día me sentó para informarme sobre la llegada de dos hombres. Fue hasta después cuando comprendí cómo Darcy había alterado su vida para criarme debidamente. Era una poliándrica en serie, atraída especialemente por hombres artistas de rostros fieros, irresponsables y sin intención de compromisos, cuyas obras no se venden y por lo general, hambrientos. A ella le gusta eso, y la determinación que tienen en no conformarse con gustos públicos. Siempre tiene 3 o 4 a su lado. Los alimenta y les proporciona un lugar para trabajar. Les exige poco. Sólo que ellos mismos se atiendan.
Tuve que rodear al último de estas mascotas para llegar a la cocina. Dormía profundamente con fuertes ronquidos, sus manos estaban manchadas de amarillo, rojo y verde. No lo había visto antes.
Darcy llegó a mis espaldas mientras me preparaba un bocado, me abrazó y luego jaló una silla para sentarse. Aún quedaba como una hora de sol, pero ya no había suficiente tiempo para empezar otra pintura.
— ¿Cómo has estado? No has llamado en tres días.
— ¿Ah no? Lo siento. Nos hemos quedado en el bayou.
Ella arrugó la nariz. Darcy había visto el bayou una sola vez.
—Ese lugar. Quisiera saber porqué. . .
—Darcy.  No volvamos a lo mismo de nuevo. ¿De acuerdo?
— ¡Hecho! —Extendió sus pintarrajeadas manos y las giró en círculo como para borrar algo, y a otra cosa. Darcy es comprensiva en ese aspecto—. Tengo un nuevo compañero de cuarto.
—Casi me tropecé con él.
Ella se pasó una mano por el cabello y me dirigió una especie de sonrisa sarcástica. —Ya se repondrá. Se llamaThogra.
—Thogra —repetí con una mueca—. Escucha, si carece de hogar y no se mete conmigo, bueno. . . —Pero ya no puede continuar. Ambas reímos y por poco me ahogo con un bocado mal dirigido. Darcy sabe lo que pienso de sus gustos sobre sus compañeros de cama.
—Y qué se. . . ¿cómo se llama? El hombre del sobaco. El tipo que arrestaban constantemente por su cuerpo maloliente. Ella me sacó la lengua.
—Sabes que hace meses se volvió aseado.
— ¡Ah! Son los meses antes de descubrir el agua los que yo recuerdo. Todos mis amigos se preguntaban dónde guardábamos a los borregos, y por qué las flores se quedaban sin pétalos al pasar junto a ellos, la. . .
—Abil ya no volvió —dijo Darcy en voz baja. Dejé de reír. Sabía que se había ido desde hacía algunas semanas, pero eso no era de extrañar. Levanté una ceja.
—Así es. Bueno, sabes que vendió algunas cosas. Y tenía algunas ofertas. Pero yo sigo con la esperanza de que cuando menos pase a recoger su rollo de cama.
Guardé silencio. Los amores de Darcy siguen un patrón del cual ella está consciente, pero aún le duele cuando alguno lo rompe. Sus hombres hablaban con frecuencia y despectivamente sobre la clase de arte comercial que nos permitía a Darcy y a mí comer y pagar la cuenta del oxígeno. Entonces sucedían una de tres cosas. No cambiaban en nada, se iban tan paupérrimos como habían llegado y con el mismo desprecio. Algunos otros se las arreglaban como podían, trataban de forzar al mundo del arte a aceptar sus peculiares visiones. Con éstos son con los que Darcy frecuentemente se llevaba bien; vivía bajo el lema de date-una vueltecita-y-hazme-el-amor con la mitad de los artistas de Luna.
Pero la despedida más común se llevaba a cabo cuando el artista decidía estar cansado de la pobreza. Con un mínimo de esfuerzo todos eran capaces de ganarse la vida. Entonces se les hacía insoportable vivir con la mujer ridiculizada por ellos. Por lo general Darcy luego les daba la patada, con un mínimo de sufrimiento. Ya no sufrían hambre, ni eran tan fieros como para que le agradaran. Pero aun así le dolía el hecho.
Darcy cambió la plática.
—Saqué una cita con el médico para tu cambio —dijo ella—. Debes ir allá el próximo lunes en la mañana.
Una serie de impresiones rápidas y vividas pasaron por mi mente. Trilby. Unos senos punteados con corazones. La sensación cuando mi pene se introdujo en ella y el tibio agotamiento al salirse el semen de mi cuerpo.
—Cambié de opinión sobre eso —le dije al cruzar la pierna—. No estoy listo para otro cambio. Tal vez dentro de unos meses.
Ella se quedó sentada e inmóvil con la boca abierta.
— ¿Cambiaste de opinión? La última vez que hablamos estabas absolutamente dispuesto para cambiar de sexo. Es más, te costó trabajo convencerme para dar mi consentimiento.
—Lo recuerdo —le dije, con una sensación de inquietud al respecto—. Cambié de opinión, eso es todo.
—Pero Argus. No es justo. Llevo dos noches en vela pensando en lo lindo que sería volver a tener a mi hija. Hace ya tanto tiempo. ¿No crees?
—En realidad no es decisión tuya, mamá.
Dio la impresión de un incipiente enojo, luego entrecerró los ojos. —Debe de haber alguna razón. Has conocido a alguien. ¿Me equivoco?
Pero yo no deseaba hablar sobre ello. Le había contado mi primera experiencia sexual y de todas con quienes me había acostado después. Pero me negaba a compartir esto con ella.
Así que le conté lo del incidente en el bayou con la mujer embarazada y lo que Cathay había hecho.
Darcy fruncía el ceño cada vez más. Cuando llegué a lo del lodo, tenía la frente llena de surcos.
—No me gusta eso —dijo.
—A mí tampoco, en realidad. Pero, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
—Simplemente pienso que no supieron manejar correctamente la situación. Creo llamaré a Cathay para hablarle sobre esto.
—Preferiría que no lo hicieras —no dije nada más, y ella estudió mi cara por un largo e incómodo lapso. Ella y Cathay habían diferido en cuanto a cómo debería de efectuarse mi crianza.
—Esto no debe ser ignorado.
—Por favor, Darcy. El sólo será mi maestro un mes más. Olvídalo ¿sí?
Al poco rato asintió con un movimiento de cabeza y desvió su mirada.
—Tú creces más día con día —dijo con tristeza—. No sé porqué dijo eso, pero me alegró su desvío sobre le tema. A decir verdad, yo ya no quería pensar en la mujer. Pero tendría que pensar en ella, y bien pronto.
Tenía la intención de pasarme la semana en casa, pero Gatillo me llamó para decirme que Mardi Gras '56 se presentaba de nuevo dentro de unas horas. Había conseguido reservaciones para los cuatro.
Gatillo había visto la presentación anteriormente, más no así Denver y yo. Hacepté la invitación. Fui a avisarle a Darcy quien aún dormía. Con frecuencia lo hacía por dos días después de un Día Lunar de trabajo. Le dejé una nota y me apuré para alcanzar el tren.
Se llama el Museo de la Heredad Cultural (M. H. C.), y aunque lo sostienen con sus impuestos, la mayoría de los lunarios jamás lo visitan. Se inquietan con lo ahí exhibido. Últimamente entiendo el porqué. Sin embargo, con la ebullición del Partido de la Tierra Libre, se ha puesto más de moda entre las personas en pos de sus raíces.
Una vez, presentaron el Pueblo de Londres 1903, y llegué a ver cómo eran los museos de la Tierra, al hacer el recorrido por la réplica de Museo Británico. El M. H. C. es totalmente diferente. Sólo unos cuantos tesoros artísticos, artefactos y curiosidades históricas fueron traídos a la Luna en los días anteriores a la Invasión. Consecuentemente, todas las reliquias tangibles del pasado de la Tierra fueron destruidas.
Por otro lado, el sistema de computación lunar tenía una capacidad virtualmente ilimitada aún entonces; todo fue grabado y almacenado. Cada libro, pintura, recibo de impuestos, registro de corporación, película y cinta existían en los bancos de memoria. Así como los disneylandias están poblados por animales engendrados por células almacenadas en la Biblioteca Genética, el M. H. C. está atestado de copias sacadas de viejos archivos de cómo eran antes las cosas.
Me encontré con los demás en la Choza de Azúcar, donde Denver trataba de convencer a Gatillo para que Martes fuera con nosotros. Martes es la hipopótama que vive en el bayou, en jocoso reto a cualquier sentido de autenticidad. Denver la traía con una cadena y plácidamente sobre sus patas nos miraba entre parpadeos de sus pequeños ojos porcinos.
Denver se moría de risa de pensar que iría al Mardi Gras con una hipopótamo llamada Martes, pero Gatillo recalcó que los oficiales del museo nunca nos dejarían entrar a Nueva Orleáns con la bestia. Al fin cedió Denver y la azuzó de nuevo hacia el pantano. Los cuatro nos alejamos del bayou camino abajo, abordamos el deslizador, y pronto, llegamos al centro de la ciudad.

Hay 25 teatros en el M. H. C. Por lo general la mitad de ellos operan mientras otros se preparan para presentaciones. El Mardi Gras '56 es un show iniciado hace 10 años, y se presenta una o dos veces al año por dos semanas. Es uno de los eventos ambientales más populares.
Nos dirigimos a la sala de orientación y escuchamos la conferencia sobre nuestro comportamiento, después nos dieron nuestros respectivos trajes carnavalescos. Esa es la parte que menos me agrada, a principio del Siglo XXI, el vestuario era diseñado con dos principales propósitos en mente: la modestia y la tortura. Si el traje no producía dolor, debía ser rediseñado. Con razón se mataban unos a los otros. Cualquiera lo haría con el ascenso de gravedad y zapatos acerados mutilando los pies.
—Seremos beatniks—dijo Gatillo mientras ojeaba los estantes del vestuario de época—. Eran más informales, por lo tanto serán más fáciles de representar. Los beatniks surgieron en el Barrio Francés.
Nos encantaba la informalidad. Las chicas no necesitaban sostenes y podíamos escoger sandalias de cuero o tenis de lona para nuestros pies. Aunque la verdad no me gustaban mucho eso que llamaban pantalones de mezclilla. Raspaban, me pellizcaban los testículos. Pero después de visitar la Inglaterra victoriana —en ese entonces yo era hembra, y el vestuario de esas chicas asustaba la mayoría de los lunarios— cualquier cosa era mejor.
La entrada al Holotorium era por los sanitarios, en la parte posterior de un centro nocturno en la Calle Bourbon-Chicos hacia la izquierda, chicas hacia la derecha. Creo era para impresionar con la recesión al pasado. Había un tercer sanitario, pero era sólo una puerta falsa con la palabra "negros". Eso era algo imposible de descifrar.
A mí me gusta la música de Nueva Orleáns 1956. Hay mucha variedad en ella, toda similar para oídos modernos con sus ritmos simples, mezclas de instrumentos de viento, decuerdasy percusión. El término genérico es jaz, y el estilo particular de jaz esa tarde escuchado en el diminuto sótano lleno de humo se llamó Dixieland. Dominan dos instrumentos llamados clarinete y trompeta, cada uno improvisa una sencilla melodía mientras el resto de la banda hace el mayor barullo posible.
Tuvimos una breve diferencia de opinión. Cathay y Gatillo querían que yo y Denver nos quedáramos con ellos, con seguridad para aprovechar cualquier oportunidad de demostrar sus conocimientos superiores —Traducción: "educarnos". Eran maestros, después de todo. Denver pareció estar de acuerdo, pero yo quería estar solo.
Resolví el problema al salirme a la calle, con el razonamiento de que si querían seguirme. No lo hicieron, y así quedé en libertad de explorar por mi cuenta.
Ir a una representación en el holotorium no es en nada igual a un show de sensaciones en el cual te sientas y la acción viene a ti. Tampoco es como una disneylandia donde todo es real y tú solo curioseas. Aquí debes tener cuidado de no destruir tu ilusión.
La mayor parte del decorado, casi todos los accesorios y los artistas son hológramos. La gente real que te encuentras son visitantes con disfraz, como tú mismo. Lo que hicieron en el caso de Nueva Orleáns fue montar un enrejado de calles subidas a la superficie como eran realmente. Y erigieron muros de 2 metros donde estarían los edificios, y los ocultaron tras halos de construcciones viejas. Algunas puertas de estos edificios eran verdaderas, y si entraras encontrarías un interior auténtico hasta el último detalle. Pero la mayoría eran de utilería.
No se va ahí a jugar trucos infantiles con los holos, eso sería ir en contra de todo el espíritu del hogar. Te encuentras cauteloso de no hacer añicos la ilusión. No hablas con nadie hasta no asegurarte que son reales, y no tocas nada a la ligera. Ningún holo resiste una inspección a conciencia, así puedes diferenciar lo real de la ilusión si te lo propones.
El escenario era grande. Habían reproducido el Barrio Francés —o el Vieux Garre— desde el Río Misisipi hasta la calle Rampart, y desde la Calle del Canal hasta un punto de seis cuadras al este. Sobre Canal y con vista hasta el extremo opuesto, la ciudad parecía bullir con vida por muchos kilómetros a la distancia, aunque yo sabía que había una pared sobre la línea amarilla en el centro.
Nueva Orleáns '56 comienza el mediodía en Shrove Tuesday y continúa hasta entrada la noche. A esa hora llegamos con las primicias de las sombras esparcidas por un sol decayente sobre los desfiles sin límite. Quería ver ese lugar antes de que obscureciera.
Bajé algunas cuadras por Canal, asomándome a las "ventanas". Había un viejo cine el cual anunciaba en su marquesina "De aquí a la Eternidad", ganadora de algo llamado el Oscar. Vi que el lugar era real y pensé en entrar, pero me temo que esas viejas películas de 2a. Dimensión me desinflan, por más que Gatillo me asegure su buena calidad.
Así que opté por recorrer las calles, como observador, con la idea de escribir una historia sobre la vieja Nueva Orleáns.
Por eso no quise quedarme con los demás a escuchar música. La música no es algo que puedes incluir en una historia, más allá de una rala descripción de su sonido, de quien la interpreta y del lugar donde se escuchaba. Igualmente improductivo hubiera resultado haber ido a la sala de cine.
Pero las calles. . . ¡las calles! Ahí había algo para estudiar.
El patrón era igual a la de la vieja Londres, pero todos los detalles habían cambiado. Los caminos estaban llenos de carruajes sin caballos, grandes y cuadradas cajas metálicas, seguramente el más ineficiente medio de transporte jamás ideado. Nada era realmente recto, ni limpio. Caminar por las calles era arriesgar una fractura de algún dedo del pie o cortadas en las plantas. Con razón usaban zapatos gruesos.
Sabía para lo que servían esas luces verdes y rojas, así como la raya pintada en el camino. Pero ¿y esos artefactos marcadores de tiempo a cada lado de la calle? ¿Y ese objeto rojo de metal sobre el cual se orinaba un perro? ¿Qué significaban los ruidosos estrépidos de las bocinas de los carros? ¿Por qué había alambres suspendidos en lo alto en estacas de madera? Ignoré las festividades del Mardi Gras y pasé una hora agradable en pos de las respuestas a todas estas incógnitas.
Qué gran desafío el escribir sobre esta época, convertir la historia en una tajada de vida, donde todas estas cosas absurdas parecían normales y razonables. Visualicé a una habitante de Nueva Orleáns trasplantada a Arquímedes, y traté de imaginarme su confusión.
Fue cuando vi a Trilby, y olvidé a Nueva Orleáns.
Estaba tras el volante de una camioneta Ford 1955. Sé esto porque cuando me hizo señas para ir donde ella, se sentó en el asiento y me dejó conducir, había una placa dorada en el mamparo justo bajo el parabrisas delantero.
— ¿Cómo se hace funcionar esta cosa? —pregunté confundido mientras trataba de ocultarlo. Algo andaba mal. Tal vez siempre lo había sabido y hasta ahora lo admitía.
—Oprimes ese pedal para avanzar, y ese otro para detenerte. Pero generalmente se controla solo. —El carro le concedió la razón al acelerarse por entre el atestado tráfico holográfico. Puse mis manos sobre el volante, descubrí que podía guiar el carro dentro de ciertos límites. Mientras no chocara con algo me permitía ser el amo.
— ¿Qué te trae por acá? —pregunté tratando de dar tranquilidad a mi voz.
—Fui a tu casa, tu mamá me dijo donde estabas.
—No recuerdo haberte dicho donde vivo.
—No es difícil informarse —dijo al encogerse de hombros. No parecía muy contenta.
—Quiero...quiero decir, tú no... —No estaba seguro de querer decir esto, pero al fin me decidí—. No fue accidental nuestro encuentro ¿no es así?
—Así es.
—Y tú eres mi nueva maestra.
Ella suspiró. —Esa es una sobresimplificación. Quiero ser una de tus nuevas maestras. Cathay me recomendó con tu mamá, y cuando hablé con ella se interesó. Mi intención era sólo verte, en el tren, pero cuando noté que me mirabas. . . bueno pensé darte algo para recodarme.
—Gracias.
Desvió la mirada. —Darcy me dijo hoy que pudo haber sido un error. Creo te juzgué mal.
—Es bueno oír que puedes equivocarte.
—No comprendo.
No me gusta sentirme predictable. Me desagrada servir de juguete. Quizás lastime mi dignidad. Tal vez ya tengo suficiente con las clases de Gatillo y Cathay al respecto. Todas las lecciones.
Ahora lo comprendo suspiró ella, es una reacción bastante común, en niños listos, ellos. . .
No digas eso.
Lo siento, tengo que hacerlo. No tiene caso ocultarte que la función de mi trabajo es conocer a la gente, y especialmente a los niños. Esto se concreta a las fases por las cuales atraviesan, incluyendo la fase de imaginar que no atraviesan por ninguna. No lo reconocí en ti, cometí un error.
Exhalé un suspiro. — ¿Qué importancia tiene todo esto? Le agradas a Darcy. Eso quiere decir que serás mi nueva maestra, ¿verdad?
De ninguna manera. Yo soy una de las primeras opciones importantes que deben tomarse sin la intervención de los adultos.
No comprendo.
Porque nunca has tenido suficiente interés en el futuro de tu educación. Con riesgo de volverte a ofender, repito lo común de tu reacción en gentes de tu edad. Sólo te falta un mes para graduarte de Cathay, preparado para iniciar más metas de orientación en aspectos educativos y no te has preocupado por indagar algo al respecto. ¿Has pensado alguna vez la diferencia que existe entre tú y el hecho de convertirte en escritor?
Ya soy escritor le dije, por primera vez enojado. Antes de esto solo me sentía herido. Sé usar el idioma y observo a las personas. Tal vez aún me falte experiencia, pero la adquiriré con o sin ti. Ya ni siquiera necesito maestros para nada. Cuando menos de eso si estoy seguro.
Tienes razón, desde luego. Pero no has ignorado la intención de tu madre de pagarte una educación avanzada. ¿Nunca te interesó cómo sería?
— ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Piensas que no me intereso solo por no parecerme importante? Quiero decir, ¿quién me ha preguntado mi sentir sobre esto antes de ahora? ¿Cuál es el riesgo que corro? ¿Qué premio me espera después de todo? Todos parecen saber lo que me conviene, ¿Quién se interesa por consultarme?Porque ahora ya eres casi un adulto. Mi misión, si me contratas será hacerte más fácil la transición. Cuando la hayas alcanzado lo sabrás y no me necesitarás más. Esta no es una fase primaria. La labor de tus antiguos maestros en aquel entonces consistía en enseñarle a tu madre las formas básicas de llevarse bien con la gente y con la sociedad, en atestar tu cabecita con todas las habilidades propias de un niño de 7 años. Te enseñaron el idioma, el razonamiento, responsabilidades, higiene y el no entrar en una cerradura de aire sin tu traje. Tomaron a un infante egocéntrico y lo convirtieron en un ser moral. Es un trabajo difícil, tantito así, y pudiste haber sido un sociopatológico.
Después te pusieron en manos de Cathay. Estuviste de acuerdo. Un día se presentó, era otro compañero de juego de tu propia edad. Te sentías feliz y confiado. Te guió con mucha ternura. Permitía que tu curiosidad natural se desarrollara por sí sola. Descubrió tus habilidades creativas antes de sentirlas tú mismo, y se propuso interesarte en pensar sobre las cosas, a reaccionar a tener experiencias.
Pero últimamente has sido un problema para él. No es culpa de ninguno de los dos, pero ya te niegas a recibir un guía. Quieres independizarte. Tienes vagas sospechas de ser manipulado.
Lo cual no es de sorprenderse interrumpí—Soy manipulado.
Es verdad hasta cierto punto. ¿Pero cuál hubiera sido la actitud de Cathay? ¿Dejarlo todo a la suerte?
Eso es aparte. Se trata de mis sentimientos, ahora, y mi sentir es que me fuiste desleal. Me hiciste sentir como un tonto. Yo creí que lo sucedido entre nosotros fue. . . fue espontáneo, ¿sabes? Como un cuento de hadas.
Ella me sonrió divertida. Que extraña forma de expresarlo. Mi intención era convertir en ti un sueño acuoso en una vivencia.
Creo que su forma sencilla de aceptar esto me bajó la guardia. Debí haberle dicho que en realidad nada importaba. Tanto los cuentos de hadas como los sueños acuosos eran visiones de mundos imposiblemente convenientes, mundos en donde las cosas resultan a la medida de tus deseos. Pero guardé silencio.
Comprendo ahora la forma errónea de acercarme a ti.- Francamente pensé que lo habías disfrutado. Espera, permiteme aclarar esto. Pensé que lo disfrutarías aun después de saber la verdad. Me supongo que sí gozaste mientras sucedía.
Continué callado, porque era la pura verdad. Pero no era el caso.
Ella esperó, me miraba mientras yo manejaba el viejo carro entre el tráfico. Luego suspiró y de nuevo miró por la ventanilla.
—Bueno depende de ti. Como dije antes, ya no se te planearán las cosas. Si me aceptas como tu maestra tendrás que decidirlo tú mismo.
— ¿Qué es en realidad lo que enseñas? —le pregunté.
—Sexo es parte de ello.
Empecé a decir algo, pero me detuvo la idea de que alguien pudiese suponer que ella podría —o necesitaría— enseñarme sobre el sexo. Quiero decir, ¿había más aún?
Casi no me di cuenta cuando el carro se detuvo por sí solo. Se desvanecieron las musarañas sólo hasta que un hombre de traje azul se asomó por mi ventanilla. Había una mujer detrás de él, vestida igual. Comprendí que eran uniformes policiacos de 1956.
— ¿Es usted Argus —Darcy— Meric? —me preguntó el hombre.
—Así es. ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Jordán. Lo siento pero tendrá que acompañarme. Se ha hecho una queja en su contra. Está arrestado.
Un arresto. Llevar a alguien bajo custodia por autorización legal. O, detenerse repentinamente.
Ser arrestado significa ambas cosas, según parece. Estás bajo custodia, y tu vida temporalmente se detiene. Lo que estuvieses haciendo queda interrumpido, y de pronto solo una cosa tiene importancia.
Yo no estaba preocupado hasta que me puso a pensar qué sería esa cosa. Después de todo ¿quién no es arrestado? No puedes evitarlo en una sociedad con leyes. El poner una queja contra alguien es la mejor forma de evitar la violencia en una discusión. Yo había sido arrestado tres veces, declarado culpable dos. Una vez yo mismo puse la queja. Y la sostuve.
Pero esta vez parecía ser diferente. Dudaba haber sido encerrado por alguna leve violación legal de la cual no me hubiera percatado. No, en esto estaba la mujer embarazada, y lo del lodo. Tuve tiempo de pensar en ello mientras me encontraba sentado en mi desnuda celda provisional, hora de empezarse a preocupar. La habíamos atacado físicamente, en eso no cabía duda.
Al fin fui llamado a la cámara del examinador. Era más grande que las otras. Esta tenía cinco cabinas de cristal, cada una con una silla dentro, puestas en círculo con la intención de podernos ver frente a frente. Me señalaron la única silla vacía y vi a Denver, Cathay, Gatillo... y a la mujer.
Las cabinas son silenciosas. Te sientes muy solo.
Vi entrar a la mamá de Denver. Se sentó detrás de su hija, fuera de la cabina. Al volverme, vi a Darcy. Para mi sorpresa, Trilby la acompañaba.
—Hola Argus —la voz de la Computadora Central llenó la pequeña cabina, la voz era suave como siempre pero sin resonancia reafirmante.
—Hola C. C. —traté de demostrar tranquilidad, pero claro está que a la C. C. no se le engaña.
—Siento mucho verte en tanto problema.
— ¿Es muy serio?
—El cargo desde luego sí, eso no se puede negar. No puedo hacer ningún comentario sobre testimonio, ni sobre tus oportunidades. Pero sabes que te enfrentas a una posible demanda a pena de muerte, con suspensión automática.
Estaba consciente de ello. También sabía que rara vez se forzaba a alguien de mi edad. Pero ¿qué pasará con Cathay y Gatillo? Nunca me agradó el término "suspensión". En cierta forma da la impresión de querer decir que no te matarán, pero al final lo hacen. Quedas bien, bien muerto. El anzuelo está en que después toman una partícula de una de tus células, la ponen en rápido proceso de madurez, y la atiborran con grabaciones de tu memoria. Así que alguien igual a ti seguirá adelante, pero estarás muerto. Sea como sea, en mi caso la última grabación se había hecho hace tres años. Me encontraba frente a frente con la posibilidad de perder casi una cuarta parte de mi existencia. Si deciden matarme, el nuevo Argus —no yo, sino alguien con mi memoria y mi nombre— empezaría a la edad de 10 años. Sería vigilado constantemente, se le guiaría en forma muy especial para asegurarse que no resulte un sociópata como yo.
La C.C. se arrojó de lleno a la explicación legal requerida para aclarar la situación global: mis derechos, los procedimientos, los cargos, las posibles condenas, lo que sucedería en caso de que el C.C., por alguna determinación, llegara a considerar la ofensa como capital.
— ¡Whew! —Sopló la C. C., al volver al discurso informal por mí proferido—. Aclarado lo anterior, puedo informarte. Por los reportes preliminares, creo todo va a resultar satisfactorio.
— ¿No son sólo palabras? —me sentía sinceramente atemorizado. La enormidad de la situación se irguió al fin ante mí.
—Me conoces mejor que eso.
Comenzó el testimonio. Primero vino la queja, y supe que su nombre era Tiona. La primera ronda fue de libre expresión; podíamos hablar sin restricciones, y ella tenía bastantes calificativos majaderos para los cuatro.
La C. C. recorrió el círculo con preguntas a cada uno relacionadas con los hechos. Pensé que Cathay fue el más veraz, a excepción de mí mismo. Durante el curso de las declaraciones Cathay y Gatillo archivaron contra-quejas. La C. C. las anotó.
Se hizo una corta pausa, luego el C.C. habló en su voz "oficial".
—En los casos de Argus y Denver: el testimonio no establece premeditación, pero tampoco niega la descripción física del incidente, el cargo de Asalto está vigente. Los factores mitigantes de edad y consecuentemente inhabilidad en asonadas combativas en el aspecto de la situación, fueron aceptados, con el siguiente resultado: Los cargos se reducen a la Privación Voluntaria de la Dignidad.
—En el caso Tiona versus Argus: Culpable.
—En el caso Tiona versus Denver: Culpable.
— ¿Alguno de ustedes tiene algo que decir antes de la declaración de sentencia?
Yo pensé en ello. —Lo siento. Me molesta mucho lo que sucedió. No lo volveré a hacer.
—Yo no lo siento —dijo Denver—. Ella se lo buscó. Lo siento por ella, pero no me arrepiento de mi acción.
—Los comentarios son anotados —dijo la C. C.— A cada uno de ustedes se les multa con la suma de 300 Marcos, se recolectará al llegar a la edad laborable por un sueldo, se les descontará el 10°/o de sus ingresos hasta cubrir el requisito, la mitad irá a Tiona y la otra mitad al Estado. La anotación final de la sentencia será retenida hasta determinaciones posteriores sobre el caso.
—Te zafaste fácil —dijo la C. C., al dirigirse directamentea mí—. Pero date tus vueltas. Aún pueden cambiar las cosas, y tal vez hasta la multa se te perdone.
Era como el apretar y aflojar de una llave, haber sido sentenciado y después consolado por la misma máquina. Tenía que evitar el presentimiento que la C. C. estuviese de mi parte. En realidad no lo estaba. Es absolutamente imparcial hasta donde yo sé. Sin embargo, es tan vasta en inteligencia pues modifica la personalidad de cada ciudadano con quien trata. La parte que me acababa de hablar sí estuvo de mi lado, pero se halla impotente ante la decisión jurídica de su otra parte.
—No lo entiendo —dije—. ¿Y ahora qué?
—Bueno, otro caso de Rashomon. Quiero decir que todos dieron su propia versión desde sus propios puntos de vista. No hemos llegado al meollo de la verdad absoluta. Ahora volveré a conectar los alambres para empezar otra ronda.
Mientras hablaba, vi las probetas surgir por detrás de las sillas; pequeñas culebrillas doradas con enchufes en la punta. Sentí a una reptar por mi cabello hasta encontrar la terminal. Quedó enchufada.
Existen dos niveles para el testimonio alámbrico. Madres de Darcy, Trilby y Denver salieron del recinto durante la primera parte, cuando todos referimos la historia sin la presencia de nuestros censores. El transcriptor me absolvió cuando dijo que no mentía en el primer registro, no así a Tiona, quien sí mintió muchas veces. Pero no suena como la misma historia. Dije una serie de cosas las cuales hubiera omitido de no haber sido conectado: temores, egoísmos, deseos absurdos, motivaciones infantiles. Esembarazoso, y me alegro de no recordar nada. Y más me alegra el hecho de que solo Tiona y yo, como las partes interesadas, podemos ver mi testimonio. Ojalá y hubiera podido ser el único.
La segunda fase es la desconexión del subconsciente. Relaté la historia por tercera vez, en términos tan apáticos como la dirección escénica de un guión de holovisión.
Después, las terminales se nos salieron y yo sufrí un momento de desorientación. Sabía donde me encontraba, donde había estado y sin embargo sentía como si todo me lo hubiesen contado y no haberlo vivido. Pero duró solo un momento. Me estiré.
— ¿Están todos listos para continuar? —preguntó la C. C., cortésmente. Todos asentimos.
—Muy bien. En el caso de Tiona versus Argus y Denver: los juicios de culpabilidad se mantienen con fuerza en ambos casos, pero las dos multas están rescindidas en vista de la provocación habilidad aminorada por inmadurez, y carencia en cuanto a señales de una conducta ciopática continua. En lugar de las multas Denver y Argus han de reportarse semanalmente para la evalucación y educación sobre principios morales hasta una posterior determinación establecida. La duración de tales sesiones será de cuatro semanas mínimo.
—En el caso de Tiona versus Gatillo: Gatillo es culpable de un Asalto. El rebatir tal juicio constituye su motivo, el cual fue reconocer la estrategia de Cathay al tratar con Tiona, y en creer sinceramente que él hacía lo correcto. Esta corte le concede una intención piadosa; correcta es otra cosa. No hay duda sobre la presencia de un asalto físico. Esto no puede perdonarse fuese cual fuese el motivo. Perjuicio erróneo, pues, esta corte impone a Gatillo una multa de 10 % de sus ingresos por un período de diez años, la cual se le entregará íntegramente a la parte afectada, Tiona.
Tiona no se veía muy satisfecha. Ha de haber comprendido para entonces que las cosas no iban como ella hubiese querido. También yo empecé a verlo así.
—En el caso de Tiona versus Cathay —prosiguió la C. C. — Cathay es culpable de Asalto. Su motivo ha sido determinado bajo la base de no haber evitado precisamente una situación igual a la ahora enfrentada por él mismo, así como el haber estado consciente del sufrimiento de Tiona al tener que presentarse en la corte. El intentó terminar la confrontación con un mínimo de sufrimiento para Tiona, sin imaginarse que ella, en su juicio erróneo llevaría el caso hasta la corte. Así fue, y ahora él se encuentra convicto de Asalto. En vista de sus motivos, el factor compasión templará la decisión de esta corte. Se le ordena pagar la misma multa de su colega, Gatillo.
—Ahora al caso central, el de Gatillo y Cathay versus Tiona —la vi sumirse un poco en su silla.
—Se le ha declarado culpable por razones de demencia de los siguientes cargos: abuso, traspaso, asalto verbal, y cuatro cuentas de infringimiento.
—Su ofensa estriba en haber intentado pasara otros la responsabilidad de culpa de sus propios juicios erróneos e infortunios. La corte se siente condolida por su embarazo, y comprende que la culpa por su situación no recae sobre usted únicamente. Sin embargo, ello no puede disculpar su proceder.
—La intención de Cathay fue hacerle un favor, en la suposición de que su aberrante estado mental no llegaría al grado de levantar una demanda, asimismo supuso que después, al encontrarse sola y al cavilar sobre lo ocurrido, comprendería su error en mal juzgarlo y que una corte lo absolvería.
—El estado la hace única responsable de su propio estado mental, no le interesan sus opiniones ni sus evaluaciones sobre la realidad mientras no infrinjan los derechos de otros ciudadanos. Es libre de pensar en Cathay como el responsable de sus problemas, aunque este pensamiento sea irracional, más si alguna vez lo llega a asaltar con esta opinión, el Estado tendrá que tomar cartas en el asunto y juzgar tal opinión como merotoria.
—Esta corte se adjudica ese derecho, y no encuentra bases reales para sus contenciones.
—Esta corte la declara víctima de demencia.
—El fallo es el siguiente:
—Sujetos a la aprobación de las partes afectadas, se le es permitido escoger entre muerte con suspensión temporal o sumisión a un tratamiento para remover sus actitudes sociopáticas.
—Argus, ¿exiges su muerte?
— ¿Eh? —Eso me cayó de sorpresa, y no agradable. Pero mi decisión no fue espontánea.
—No, yo no exijo nada. Creí haber terminado ya y me siento muy mal con todo este asunto. ¿En verdad la hubieran matado si lo hubiera pedido?
—No puedo contestarte porque no lo hiciste. Lo más probable es no haberlo hecho, por tu edad luego se les preguntó a los otros y todos coincidimos en la decisión final.
—Muy bien. ¿Cuál es tu elección, Tiona?
Respondió con una voz muy pequeña que estaría muy agradecida se le diera la oportunidad de seguir con vida. Luego nos dio las gracias a cada uno de nosotros. Esto fue terriblemente doloroso para mí; mi empatía estaba acelerada y trataba de imaginar la sensación de ser declarado loco por el máximo representante de la sociedad.
Lo demás fue aclaración de detalles. Tiona fue multada fuertemente, tanto en costos de la corte como en impuestos, así como en fondos pagables a Cathay y Gatillo. Las multas de estos se absorbieron en los de ella, con el resultado de que Tiona tendría que pagarles por muchos años. Su criatura estaba en almacenamiento frío; la C. C. ordenó se quedara ahí hasta no ser declarada cuerda la madre. Se me ocurrió que si ella hubiera suspendido su animación mientras le encontraba un maestro, nos hubiéramos evitado el juicio.
Tiona se alejó rápidamente al abrirse las puertas a nuestras espaldas. Darcy me abrazó mientras Trilby esperaba al fondo. Después me reuní con los demás en espera de una celebración.
Pero Gatillo y Cathay no estaban eufóricos. Más bien daban la impresión de haber perdido el caso. Nos felicitaron a mí y a Denver y se alejaron. Miré a Darcy y tampoco sonreía.
—No lo entiendo —confesé—. ¿Por qué están todos tan desanimados?
—Aún tienen que enfrentarse con la Sociedad de Maestros, —dijo Darcy.
—Todavía no comprendo. Ganaron.
—No se trata sólo de ganar o perder con la Sociedad de Maestros —dijo Trilby—. No olvides, fueron declarados culpables de asalto. Y peor aún, lo peor que puede ser, tú y Denver, estaban presentes cuando pasó. Son los culpables de la presencia de ustedes en el asalto. Me temo que la Sociedad de Maestros va a fruncir el ceño ante esto.
—Pero si la C. C. los exoneró, ¿por qué ha de condenarlos la Sociedad de Maestros? ¿Acaso no es más inteligente la C. C. que las personas?
Trilby hizo una mueca. —Ojalá pudiera contestarte. Ojalá pudiera estar segura de mi sentir al respecto.
Nos vimos al día siguiente, poco después de la decisión tomada por la Sociedad de Maestros. En realidad yo no deseaba ser encontrado, pero el bayou no es tan grande como para esconderse allí, así que ni la lucha le hice. Estaba sentado sobre el pasto en la colina más alta de Beatnik Bayou. Era también el sitio más árido.
Dejó la canoa y subió lentamente la loma, como con intención de darme suficiente tiempo de evadirme en caso de querer estar solo. Qué diablos. Tendría que hablar con ella tarde o temprano.
Se quedó sentada ahí por un largo rato. Sus codos sobre sus rodillas mientras miraba fijamente las tranquilas aguas, como lo había hecho yo toda la tarde.
— ¿Cómo lo ha tomado? — dije al fin.
—No lo sé. Está de vuelta allá, si quieres hablar con él— Es probable que quiera hablar contigo.
—Por lo menos Gatillo salió bien parada —tan pronto como lo dije, me sonó inconsistente.
—Tres años de probación no es para reírse. Tendrá que cerrar este lugar por algún tiempo. Echarle naftalina.
—Naftalina. —Vi a Martes, la hipopótama, mientras chacoteaba sumida en el lodo—. ¿Será Martes animación suspendida? Pensé en el pequeño bebé de Tiona, metido en una botella en espera de que su mamá se curara. Recordé los años felices cuando chapoteaba en el lodo del bayou, y las aguas congeladas, saetas de hielo revueltas con musgo español en las ramas. —Me imagino lo que ha de costar volver a abrirlo después de tres años—. Mis ideas sobre el dinero eran nebulosas. Hasta ahora, carecía de importancia para mí.
Trilby me miró con ojos entrecerrados. Se encogió de hombros.
—Lo más probable es que tenga que vender. Hay un cliente comprador. Su idea es ampliarlo para hacer un campo de golf.
Un campo de golf —repetí, como insensible. Prados manicurados, bonitos estanques de dificultad, trampas de arena, pendones ondeantes al viento. Estéril. De pronto me dieron ganas de llorar. Pero por alguna razón no lo hice.
—No puedes volver aquí, Argus. Nada permanece igual. El cambio es algo inevitable y debes aceptarlo.
—También lo hará Cathay y, ¿cuánto cambio se espera debamos aceptar? Azorado, me di cuenta de que Cathay ahora estaría como siempre desee. Crecería conmigo, envejecería en lugar de ser regresado para empezar a crecer con otra criatura. Y de pronto fue demasiado para mí. No había sido culpa mía, pero el haberlo deseado y ahora verlo realizado, me hacía sentir culpable. Brotaron las lágrimas, y siguieron así por mucho tiempo.
Trilby me dejó solo, y se lo agradecí.
Aún estaba ahí cuando me pude controlar. Me daba lo mismo estuviera o no. Me sentí vacío, con un ardor en la garganta. Nadie me había explicado estos aspectos de la vida.
— ¿Qué. . . que pasará con la criatura contratada para ser guiada por Cathay? —pregunté finalmente. Necesitaba decir algo—. ¿Qué será de ella?
—La Sociedad de Maestros asumirá la responsabilidad —dijo Trilby—. Encontrarán a alguien. También para la de Gatillo.
La miré. Estaba tendida, con ambos codos bajo ella para levantarla un poco. Sus pezones de San Valentín se encrespaban mientras los miraba.
Me dirigió una mirada, con una sonrisa en la comisura de su boca. Me sentí un poco mejor. Estaba preciosa.
—Tal vez podría. . . bueno, ¿no podría enseñar a muchachos mayores?
—Me supongo que sí —dijo Trilby con un movimiento de hombros—. Pero no sé si quiera. Lo conozco. Esto le va a afectar.
— ¿Podría hacer algo por él?
—No lo creo. Habla con él. Muéstrale conmiseración, pero no demasiada. Encontrarás la forma. Cerciórate si quiere estar contigo.
—Era demasiado confuso. ¿Cómo iba yo a saber sus preferencias? El no había venido a verme pero Trilby sí.
Solo existía, en ese momento, una cosa sin complicaciones en mi vida, algo en lo cual no requería el pensar para lograrlo, Rolé, me subí sobre ella y la empecé a besar. Ella respondió con un lánguido erotismo el cual me resultó irresistible. Sí, sabía algunos trucos desconocidos para mí.
— ¿Cómo estuvo eso? —le dije, mucho después.
De nuevo esa sonrisa. Me daba la sensación de divertirla, y sin embargo no me molestaba. Quizás era por el hecho de no hacer aspavientos de ser ella la adulta y yo el niño. Siempre sería así entre nosotros. Yo tendría que crecer hasta su nivel. Ella nunca retrocedería hasta el mío.
— ¿Vas en pos de algún grado? —preguntó ella—. ¿Cómo el siglo XX? —Se puso de pie y se estiró.
—Muy bien, seré sincera. Supongamos un A en esfuerzo, pero cualquiera con trece años lo obtendría. Es inevitable. En técnica, tal vez un C bajo. No esperaría más, por la misma razón.
— ¿Y tú me enseñarás a mejorar? ¿Es esa tu misión?
—Sólo si me contratas. Y el sexo es una parte tan pequeña. Escucha Argus. No voy a ser tu mamá. Darcy cumple con eso muy bien. Tampoco seré tu compañero de juegos, como lo fue Cathay. No te daré lecciones de moral. Al fin y al cabo ya estás cansado de todo eso.
Era verdad. Cathay nunca había sido mi contemporáneo, aunque siempre trató de parecerlo y de actuarlo. Pero la ilusión empezó a declinar, y creo así tenía que ser. —Me era difícil ignorar las contradicciones, yo era demasiado sofisticado y cínico.
Eso me preocupaba como me preocupó la C. C. La C. C. podía ser mi amiga un minuto y condenarme a muerte al siguiente. Deseaba más que eso y Trilby me lo ofrecía.
—Tampoco te enseñaré ciencias ni destrezas manuales. Para todo eso tendrás tutores, cuando decidas tus actividades —continuó ella.
— ¿Cuál es entonces, concretamente, tu misión?
—  ¿Sabes? Nunca he podido encontrar la forma exacta de definir esa pregunta. No estaré presente todo el tiempo como Cathay. Tú vendrás a mí cuando quieras hacerlo, cuando tengas un problema tal vez. Te consolaré y haré todo por ayudarte, pero mi misión consistirá sobre todo en hacerte ver la importancia de llegar a tus propias conclusiones, sobre todo las difíciles. Si cometes una estupidez, te lo diré, pero no me causará sorpresa ni desilución si continúas cometiendo las mismas estupideces. Pero te prometo ser sincera contigo siempre en todo, te diré las cosas como las veo. No trataré de evitarte sufrimientos. Llegó el tiempo de sufrir. Piensa en Cathay como un niño profesional. No pienso descartarlo. Te convirtió en un ser civilizado, cuando él te recibió eras todo menos eso. Gracias a él ahora tienes la capacidad de preocuparte por su propia situación, de sentir la lealtad. Y es lo suficientemente bueno en su trabajo para saber cómo vas a elegir.
— ¿Elegir? ¿Qué quieres decir con eso?
—No te lo puede decir —extendió sus manos y sonrió—. ¿Ves cuan útil puedo ser?
Me confundía de nuevo. ¿Por qué no pueden ser más simples las cosas?
—Entonces, si Cathay es un infante profesional, tú eres un adulto profesional.
—Puedes pensarlo así. No es en realidad tan análogo.
—Aún no entiendo la índole del servicio por el cual te pagará Darcy.
—Nos haremos mucho el amor. ¿Qué te parece? ¿Eso si lo comprendes claramente? —Se sacudió la tierra de su espalda y frunció el ceño—. Pero ya no sobre tierra. Me desagrada.
Voltee a mi alrededor. El sitio estaba desaseado. No tenía nada de bonito. Me pregunté porqué me había gustado tanto. De pronto me entraron deseos de alejarme de allí, de ir a un lugar limpio y seco.
—Ven —le dije al ponerme de pie—. Quiero volver a probar más de esas cosas.
— ¿Quieres decir que ya tengo empleo?
—Sí, creo que sí.

Cathay estaba sentado en el porche de la Choza de Azúcar, una hilera de botellas ambarinas de cerveza lo bordeaban. Nos sonrió al acercarnos. Estaba borracho como una cuba.
Es extraño. Nos habíamos emborrachado juntos muchas veces, los cuatro. Es muy divertido. Pero cuando una persona se emborracha sola, no es muy agradable. Aunque no le negaba razón. Cuando se bebe en compañía todos los chistes son buenos, pero cuando se bebe solo, te denigras.
Trilby y yo nos sentamos a su lado. Quería cantar. Nos insistió tomar con él. Yo bebía de la mía y trataba de seguirle la corriente. Pero pronto empezó a llorar y me sentí terriblemente mal. Y admito que no fue sólo por compasión. Me sentía impotente de hacer algo por él y un poco resentido por alguna de las promesas a las cuales me obligó. Lo hubiera venido a ver de todos modos. No ten ía porqué lloriquear sobre mi hombro al pedirme que no lo abandonara.
Así que lloró sobre mí y sobre Trilby, para luego sentarse entre los dos, triste y sombrío. Traté de consolarlo.
—Cathay, no es el fin del mundo. Dice Trilby que aún podrás enseñar a chicos mayores. De mi edad para arriba. La Sociedad de Maestros sólo se refirió a los más pequeños.
Masculló algo.
—No puede haber tanta diferencia.
—Quizás tengas razón —dijo él.
—Claro que la tengo —caía inconscientemente hacia esa falsedad usada para animar a un ebrio. El lo captó de inmediato.
— ¿Qué diablos sabes tú? Te crees. . . maldición, ¿qué sabes tú? ¿Sabes qué clase de persona se necesita ser para un trabajo como el mío? Se necesita ser un desadaptado. Alguien que se niega acrecer, igual que tú. Ambos somos cobardes, Argus. Tú no lo sabes, pero yo sí. ¿Entonces qué diablos voy a hacer? ¿Por qué no te largas? Tú te saliste con la tuya, ¿no es así?
—Cálmate, Cathay —lo apaciguaba Trilby mientras lo estrechaba junto a ella—, cálmate.
Al momento se arrepintió y comenzó a llorar calladamente. Repitió su arrepentimiento muchas veces con sinceridad. Dijo no haberlo dicho en serio, que fue sin pensarlo y en forma cruel.
Etcétera, etcétera.
Yo estaba helado.
Lo acostamos en la choza, y nos alejamos camino abajo.
—Tendremos que vigilarlo por algunos días, se le pasará, pero será muy duro —dijo Trilby.
—Correcto —le contesté.
Me volví para ver la choza antes de tomar por el recodo del camino. Por un instante vi el Beatnik Bayou como una ilusión perfecta, una ventana a través del tiempo. Luego rodeamos el árbol y todo se derrumbó. Antes, todo carecía de importancia para mí.
Pero era un sitio tan desaliñado y sucio. Nunca me había dado cuenta de la fealdad de la Choza de Azúcar.
Jamás la volví a ver. Cathay vivió con nosotros por algunos meses, trataba de hacerse la prueba en el arte. Darcy me dijo en privado que era un caso perdido. Se mudó y después nos veíamos frecuentemente, siempre con un saludo.
Pero me deprimía su presencia. Y él lo sabía. Además confesó que yo representaba todo lo que él trataba de olvidar. Por eso hablábamos poco.
A veces juego golf en el viejo bayou. Solo tiene dos hoyos, pero hablan de ampliarlo.

Hicieron un buen trabajo de renovación.