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lunes, 2 de mayo de 2016

Trampa 22 2/2 (Joseph Heller)

Trampa 22 2/2 (Joseph Heller)

Trampa 22 1/2 (Joseph Heller)

Trampa 22
Joseph Heller

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Annotation

La acción se desarrolla durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y se centra en una escuadrilla de bombarderos estadounidense. El coronel Cathcart, jefe de la escuadrilla, quiere ser ascendido a general. Y no encuentra mejor manera que enviar a sus hombres a realizar las misiones más peligrosas. Con una lógica siniestra, Yossarian, un piloto subordinado a Cathcart que intenta ser eximido del servicio alegando enfermedad mental, recibe por respuesta que sólo los locos aceptan misiones aéreas y que su disgusto demuestra que está sano y, por tanto, que es apto para volar. La evolución psicológica de Yossarian refleja la aguda crítica que hace Joseph Heller de un patriotismo mal entendido, que exige sacrificios inadmisibles. Trampa 22, que se convirtió en el libro de cabecera del movimiento pacifista de los años sesenta, constituye un modelo de humor negro y absurdo en la literatura estadounidense.
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notes

Joseph Heller


TRAMPA 22


Traducción revisada de Flora Casas

Título original: Catch 22

© Joseph Heller, 1955, 1961
© de la traducción: 2005, Flora Casas
© RBA Libros, 2005
ISBN: 84-7079.426-X

Para mi madre,
para Shirley y mis hijos, Erica y Ted
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EL TEXANO

Fue un flechazo.
En cuanto Yossarian vio al capellán se enamoró perdidamente de él.
Yossarian estaba en el hospital porque le dolía el hígado, aunque no tenía ictericia. A los médicos les desconcertaba el hecho de que no manifestara los síntomas propios de la enfermedad. Si la dolencia acababa en ictericia, podrían ponerle un tratamiento. Si no acababa en ictericia y se le pasaba, le darían de alta, pero aquella situación les tenía perplejos.
Iban a verlo todas las mañanas tres hombres serios y enérgicos, de labios que denotaban tanta eficacia como ineficacia sus ojos, acompañados por una de las enfermeras de la sala a las que no le caía bien Yossarian, la enfermera Duckett, igualmente seria y enérgica. Examinaban la gráfica que había a los pies de la cama y se interesaban, inquietos, por el dolor de hígado. Parecían enfadarse cuando Yossarian les respondía que seguía exactamente igual.
—¿No ha movido el vientre todavía? —preguntaba el coronel.
Los médicos intercambiaban miradas cuando Yossarian negaba con la cabeza.
—Dele otra píldora.
La enfermera tomaba nota de que había que darle otra píldora, y los cuatro se trasladaban juntos a la cama siguiente. A ninguna de las enfermeras le caía bien Yossarian. En realidad, se le había pasado el dolor de hígado, pero se guardó muy mucho de decirlo, y los médicos no sospecharon nada. Eso sí, sospecharon que había movido las tripas y que no se lo había contado a nadie.
Yossarian disponía de todo lo que necesitaba en el hospital. La comida no estaba mal, y encima se la llevaban a la cama. Le daban más carne de lo normal, y durante las horas más calurosas de la tarde les servían, a él y a los demás, zumos de fruta o batidos de chocolate bien fríos. Aparte de los médicos y las enfermeras, no le molestaba nadie. Por la mañana dedicaba un rato a la censura de cartas, pero después tenía libre el resto del día, que dedicaba a estar tumbado sin el menor remordimiento de conciencia. Se encontraba cómodo en el hospital, y no le resultaba difícil prolongar la estancia porque nunca le bajaba la fiebre de treinta y ocho. Disfrutaba de una situación más privilegiada que la de Dunbar, que tenía que tirarse al suelo de bruces cada dos por tres para que le llevaran la comida a la cama.
Una vez tomada la decisión de pasar el resto de la guerra en el hospital, Yossarian empezó a escribir cartas a todos sus conocidos para decirles que estaba hospitalizado, pero sin explicar el motivo. Un buen día se le ocurrió una idea mejor. Les contó a todos sus conocidos que iba a emprender una misión muy peligrosa. «Han pedido voluntarios. Es muy peligroso, pero alguien tiene que hacerlo. Te escribiré en cuanto regrese.» Desde entonces no había vuelto a escribir a nadie.
Los oficiales de la sala estaban obligados a censurar las cartas que escribían los soldados enfermos, ingresados en otros pabellones. Era una tarea muy monótona, y a Yossarian le decepcionó descubrir que la vida de los soldados era sólo ligeramente más interesante que la de los oficiales. Al primer día dejó de sentir curiosidad, y para ahuyentar el aburrimiento se inventó juegos. Un día declaró guerra a muerte a los modificadores, y eliminó cuantos adverbios y adjetivos aparecían en las cartas que caían en sus manos. Al día siguiente le declaró la guerra a los artículos. Un día después, su creatividad se elevó a un plano superior, al tachar el contenido completo de las cartas, excepto precisamente los artículos. Con este sistema experimentaba la sensación de establecer mayor dinamismo en las tensiones interlineales, y en casi todos los casos dejaba un mensaje mucho más global. No tardó en anular parte de los encabezamientos y firmas, manteniendo íntegro el texto. En una ocasión tachó una carta completa a excepción del encabezamiento, «Querida Mary» y al final añadió: «Te echo de menos terriblemente. A.T. Tappman, capellán, ejército de Estados Unidos». A.T. Tappman era el capellán del grupo.
Cuando hubo agotado todas las posibilidades de las cartas, atacó los nombres y direcciones de los sobres, suprimiendo calles y números, destruyendo metrópolis enteras con descuidados movimientos de muñeca como si fuera Dios. La trampa 22 ordenaba que todas las cartas censuradas llevaran el nombre del oficial censor. Yossarian no leía la mayoría. En las que no leía firmaba con su nombre. En las que leía firmaba como «Washington Irving». Cuando empezó a aburrirse, adoptó el nombre de «Irving Washington». La censura de los sobres tuvo graves repercusiones y provocó una oleada de inquietud en ciertas esferas militares, muy etéreas, que enviaron a un agente del CID1 al hospital fingiendo que estaba enfermo. Todos sabían que se trataba de un agente del CID porque no paraba de hacer preguntas sobre un oficial llamado Irving o Washington y porque desde el segundo día se negó a censurar cartas.
Le parecían demasiado aburridas.
Era una buena sala, una de las mejores que habían ocupado Yossarian y Dunbar. En aquella ocasión se encontraba con ellos el capitán de cazabombarderos de veinticuatro años y ralo bigote rubio que había sido derribado en el Adriático en lo más crudo del invierno sin coger ni un resfriado. Ahora que estaban en pleno verano y que no lo habían derribado, el capitán aseguraba que tenía gripe. En la cama situada a la derecha de Yossarian, cariñosamente tumbado sobre la tripa, continuaba el asustadizo capitán con malaria en la sangre y una picadura de mosquito en el culo. Al otro lado del pasillo, enfrente de Yossarian y junto a Dunbar, estaba el capitán de artillería con el que aquél había dejado de jugar al ajedrez. El capitán era buen jugador y las partidas siempre resultaban interesantes. Yossarian había dejado de jugar con él porque las partidas tenían tanto interés que resultaban estúpidas. También estaba allí el texano de Texas, muy culto y con aspecto de personaje en tecnicolor, que defendía la patriótica idea de que a las personas con recursos económicos —a la gente como Dios manda— había que concederles más votos que a los vagabundos, las putas, los delincuentes, los ateos, los degenerados y demás personas de mal vivir, es decir, la gente sin recursos.
Yossarian estaba encadenando ritmos en las cartas el día que llevaron al texano, otro día tranquilo, caluroso, sosegado. El calor caía pesadamente sobre el tejado y sofocaba el ruido. Dunbar yacía inmóvil, boca arriba, con los ojos fijos en el techo, como los de una muñeca. Ponía todo su empeño en prolongar su vida, cultivando el aburrimiento. Era tal el empeño que ponía en prolongar su vida que Yossarian creyó que estaba muerto. Colocaron al texano en una cama, en el centro de la sala, y no tardó mucho en obsequiarles con sus opiniones.
Dunbar se incorporó bruscamente.
—¡Exacto! —exclamó atropelladamente—. Siempre he sabido que faltaba algo, y acabo de descubrirlo. Se golpeó la palma de la mano con el puño—. Lo que falta es patriotismo.
—¡Tienes razón! —gritó a su vez Yossarian—. Tienes pero que muchísima razón. Los perritos calientes, los Dodger de Brooklyn, la tarta de manzana casera: por eso luchamos todos. Pero ¿quién lucha por la gente como Dios manda? No hay patriotismo, eso es lo que pasa. Y tampoco matriotismo.
El suboficial situado a la izquierda de Yossarian continuó impávido.
—¿Y a quién demonios le importa todo eso? —dijo con voz cansina, y se puso de costado, con intención de dormir.
El texano resultó ser generoso, bondadoso y amable. Al cabo de tres días nadie lo aguantaba.
Un cosquilleante estremecimiento de hastío recorría la columna vertebral de los demás enfermos cada vez que él abría la boca, y todos lo rehuían, todos menos el soldado de blanco, que no tenía otra posibilidad. El soldado de blanco estaba cubierto de pies a cabeza de yeso y gasa. Tenía dos piernas inútiles y dos brazos igualmente inútiles. Lo habían metido de rondón en la sala una noche, y los enfermos no se enteraron de que estaba entre ellos hasta que se despertaron a la mañana siguiente y vieron las extrañas piernas izadas desde la altura de las caderas, los extraños brazos anclados en perpendicular, las cuatro extremidades extrañamente suspendidas en el aire gracias a los pesos de plomo que pendían, oscuros, sobre aquel ser que jamás se movía. Entre las vendas, en el hueco de ambos codos, se abrían unos labios de cremallera a través de los cuales le introducían un líquido transparente que salía de un recipiente también transparente. Del yeso de la entrepierna partía un silencioso tubo de zinc conectado a un delgado conducto de goma que recogía los residuos de sus riñones y los depositaba hábilmente en un frasco transparente con tapa que había en el suelo. Cuando el frasco del suelo estaba lleno, el que comunicaba con el brazo estaba vacío, y los dos se ponían en funcionamiento rápidamente para que el líquido volviera a entrar gota a gota en su cuerpo. Lo único que se veía del soldado de blanco era un agujero negro de bordes raídos encima de la boca.
Al soldado de blanco lo habían instalado junto al texano, y éste, sentado de costado en su cama, le hablaba durante toda la mañana y toda la tarde, comprensivo, con su acento sureño. Al texano no le importaba el hecho de que nunca obtuviera respuesta.
En la sala les tomaban la temperatura dos veces al día. A primera hora de la mañana y bien entrado el mediodía llegaba la enfermera Cramer con un frasco lleno de termómetros y recorría la sala de uno a otro extremo distribuyéndolos entre los pacientes. Con el soldado de blanco solucionaba el asunto metiéndole el termómetro en el agujero que tenía encima de la boca y apoyándolo sobre el borde inferior. Después volvía con el enfermo de la primera cama, le quitaba el termómetro, anotaba la temperatura, se dirigía a la cama siguiente y continuaba su recorrido. Una tarde, cuando ya había terminado la primera ronda y volvió por segunda vez con el soldado de blanco, miró el termómetro y descubrió que estaba muerto.
—Asesino —dijo Dunbar quedamente.
El texano lo miró con sonrisa de perplejidad.
—Criminal —añadió Yossarian.
—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —preguntó el texano, nervioso.
—Tú lo has asesinado —respondió Dunbar.
—Tú lo has matado —corroboró Yossarian.
El texano se asustó.
—Estáis locos. Ni siquiera le he puesto la mano encima.
—Tú lo has asesinado —insistió Dunbar.
—He oído cómo lo matabas —dijo Yossarian.
—Lo has matado porque era negro —explicó Dunbar.
—¡Estáis locos! —exclamó el texano—. Aquí no permiten la entrada a los negros. Los llevan a una sala especial.
—El sargento lo coló aquí —dijo Dunbar.
—El sargento comunista —añadió Yossarian.
—Y tú lo sabías.
El suboficial que ocupaba la cama situada a la izquierda de la de Yossarian continuó impávido ante el incidente del soldado de blanco. Nada le impresionaba lo más mínimo y jamás hablaba salvo para expresar irritación.
El día antes de que Yossarian conociera al capellán hizo explosión una estufa del comedor y se incendió un extremo de la cocina. Aquella zona quedó invadida por un intenso calor. El fragor de las llamas y el crepitar de la madera incandescente llegaron a oídos de los hombres de la sala de Yossarian, situada a unos cien metros. El humo pasaba velozmente junto a las ventanas de cristales anaranjados. Al cabo de unos quince minutos aparecieron los camiones que estaban en el aeródromo para combatir el incendio. Durante media hora de frenesí nadie sabía a ciencia cierta cómo acabaría aquello, pero después los bomberos empezaron a dominar la situación. De repente se oyó el monótono ronroneo de los bombarderos que regresaban de una misión, y los bomberos tuvieron que enrollar las mangueras y regresar a toda velocidad al aeródromo, por si algún avión se estrellaba y se incendiaba. Los aparatos aterrizaron sin problemas, y en cuanto hubo tomado tierra el último, los bomberos dieron media vuelta y remontaron rápidamente la pendiente para reanudar la lucha contra el incendio del hospital. Cuando llegaron allí, las llamas se habían extinguido. Se habían apagado espontáneamente, expirado por completo sin necesidad de mojar ni una viga, y a los decepcionados bomberos no les quedó otra cosa que hacer más que beber café tibio y tratar de tirarse a las enfermeras.
El capellán llegó al día siguiente del incendio. Yossarian estaba expurgando cartas, en las que sólo conservaba las frases románticas, cuando el capellán se sentó en una silla entre las camas y le preguntó qué tal se encontraba. Se había colocado de lado, y los únicos distintivos que podía ver Yossarian eran los galones de capitán en el cuello de la camisa. Yossarian no tenía ni idea de quién era y pensó que se trataría de un médico o de un loco más.
—Bastante bien —contestó—. Me duele un poco el hígado y al parecer no hago de vientre como es debido, pero tengo que reconocer que me encuentro bastante bien.
—Me alegro —dijo el capellán.
—Sí —replicó Yossarian—. Yo también.
—Tenía intención de haber venido antes —explicó el capellán—, pero la verdad es que no me encontraba bien.
—Lo siento —dijo Yossarian.
—Un simple resfriado —se apresuró a añadir el capellán.
—Yo siempre tengo treinta y ocho de fiebre —añadió Yossarian con igual rapidez.
—Lo siento —dijo el capellán.
—Sí —convino Yossarian—. Yo también.
El capellán se movió, inquieto.
—¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó al cabo de un rato.
—No, no. —Yossarian suspiró—. Supongo que los médicos están haciendo todo lo humanamente posible.
—No, no. —El capellán se sonrojó levemente—. No me refiero a eso, sino si quiere que le traiga cigarrillos... o libros... o chucherías...
—No, no —respondió Yossarian—. Gracias. Supongo que tengo todo lo que necesito, todo menos salud.
—Lo siento.
—Sí —replicó Yossarian—. Yo también.
El capellán volvió a agitarse en la silla. Miró a uno y otro lado varias veces, dirigió la mirada hacia el techo y a continuación la clavó en el suelo. Aspiró una profunda bocanada de aire.
—Recuerdos de parte del teniente Nately —dijo.
Yossarian lamentó que tuvieran un amigo común. Después de todo, parecía que existía una base sobre la que cimentar la conversación.
—¿Conoce al teniente Nately? —preguntó pesaroso.
—Sí, bastante bien.
—Está un poco chiflado, ¿no?
El capellán sonrió, apurado.
—No podría decirlo. Creo que no lo conozco tan bien como todo eso.
—Se lo aseguro. Está como una cabra.
Se hizo un silencio opresivo que el capellán rompió con una pregunta inesperada.
—Usted es el capitán Yossarian, ¿verdad?
—Nately no ha empezado bien en la vida. Es de buena familia.
—Perdone —insistió tímidamente el capellán—, pero a lo mejor estoy cometiendo un grave error. ¿Es usted el capitán Yossarian?
—Sí —admitió el capitán Yossarian—. Soy el capitán Yossarian.
—¿Del escuadrón 256?
—Del escuadrón de combate 256 —contestó Yossarian—. No sabía que hubiera más capitanes con ese apellido. Que yo sepa, yo soy el único capitán Yossarian que conozco. Que yo sepa, claro.
—Ya —dijo el capellán con tristeza.
—Es lo mismo que dos elevado a la octava potencia de combate —añadió Yossarian—. Se lo digo por si acaso está pensando en escribir un poema simbólico sobre nuestro escuadrón.
—No —musitó el capellán—. No estoy pensando en escribir un poema simbólico sobre su escuadrón.
Yossarian se enderezó bruscamente cuando advirtió la minúscula cruz de plata que llevaba el capellán en el otro pico del cuello de la camisa. Se quedó estupefacto, porque nunca había hablado con un capellán.
—¡Es usted capellán! —exclamó extasiado.
—Pues sí —replicó el capellán—. ¿No lo sabía?
—Pues no. No lo sabía. —Yossarian se le quedó mirando fascinado, con una amplia sonrisa—. Es que nunca había visto a un capellán.
El capellán volvió a ponerse colorado y clavó los ojos en sus manos.
Era un hombre delgado de unos treinta y dos años, con el pelo castaño y medrosos ojos pardos. Tenía una cara alargada y bastante pálida. Un inocente racimo de antiguas marcas de espinillas asomaba en la concavidad de ambas mejillas. Yossarian deseaba ayudarlo.
—¿Puedo hacer algo para ayudarlo? —preguntó el capellán.
Yossarian negó con la cabeza, aún sonriendo.
—No, lo siento. Tengo todo cuanto necesito y estoy muy cómodo. Es más, ni siquiera estoy enfermo.
—Me alegro. —En cuanto el capellán hubo pronunciado estas palabras se arrepintió y apretó los nudillos contra la boca con una risita de preocupación, pero como Yossarian guardó silencio, se sintió decepcionado—. Tengo que ver a otros hombres del grupo —se disculpó—. Vendré por aquí otra vez, probablemente mañana.
—Sí, por favor —dijo Yossarian.
—Vendré sólo si usted quiere —dijo el capellán bajando la cabeza avergonzado—. He notado que muchos hombres se sienten incómodos conmigo.
Yossarian desbordaba de cariño.
—Quiero que venga —insistió—. Yo no me sentiré incómodo con usted.
El rostro del capellán resplandecía de gratitud, y miró discretamente un trozo de papel que llevaba oculto en la mano. Contó las camas de la sala, moviendo los labios, y después se fijó, dubitativo, en la de Dunbar.
—¿Podría preguntarle si aquél es el teniente Dunbar? —susurró.
—Sí —contestó Yossarian en voz alta—. Es el teniente Dunbar.
—Gracias —musitó el capellán—. Muchas gracias. Tengo que ir a verlo. Tengo que ver a todos los miembros del grupo que están en el hospital.
—¿Incluso a los de las otras salas? —preguntó Yossarian.
—Sí, incluso a los de las otras salas.
—Pues tenga cuidado, padre —le previno Yossarian—. Ahí es donde están ingresados los enfermos mentales.
—No tiene que llamarme padre —le aclaró el capellán—. Soy anabaptista.
—Se lo digo muy en serio —insistió Yossarian—. La policía militar no va a protegerlo, porque ellos son los que están más locos. Yo lo acompañaría, pero me da un miedo espantoso. La locura es contagiosa. Ésta es la única sala normal del hospital. Todos menos nosotros están chiflados.
El capellán se levantó rápidamente y se alejó de la cama; después asintió con una sonrisa conciliadora y le prometió mantener una actitud cautelosa.
—Ahora tengo que ver al teniente Dunbar —dijo. Pero no acababa de marcharse y añadió, con cierto remordimiento—: ¿Qué tal? ¿Qué me dice de él?
—Es de lo mejorcito que hay por aquí —le aseguró Yossarian—. Un verdadero señor. Es uno de los hombres menos trabajadores que he conocido.
—No me refería a eso —replicó el capellán en un susurro—, sino a si está muy enfermo.
—No, no mucho. Más bien no está enfermo en absoluto.
—Me alegro.
El capellán suspiró aliviado.
—Sí —convino Yossarian—. Yo también.
—Un capellán —dijo Dunbar cuando se marchó el capellán—. ¿Lo habéis visto? Un capellán.
—¿No es un cielo? —preguntó Yossarian—. Quizá deberían concederle tres votos.
—¿Quiénes? —preguntó Dunbar, receloso.
Instalado en una cama de la pequeña sección privada al final de la sala, trabajando sin cesar tras el tabique verde de madera chapada, se encontraba el ampuloso coronel cuarentón a quien iba a ver todos los días una mujer amable, de expresión dulce, con el pelo rizado, rubio ceniza, que no era ni enfermera ni auxiliar femenino del ejército ni una chica de la Cruz Roja, y que, no obstante, se presentaba puntualmente todas las tardes en el hospital de Pianosa vestida con bonitos trajes veraniegos en tonos pastel, muy elegantes, y zapatos de cuero blanco de medio tacón hasta los que bajaban las costuras de las medias de nailon, siempre impecablemente derechas. El coronel estaba en comunicaciones y se pasaba los días y las noches transmitiendo viscosos mensajes del interior de su cuerpo a cuadrados de gasa que cerraba meticulosamente y entregaba a un cubo blanco con tapa que había en la mesilla, junto a la cama. El coronel era una auténtica monada. Tenía la boca cavernosa, mejillas igualmente cavernosas y unos ojos tristes y hundidos, como enmohecidos. Su rostro había adquirido un tinte de plata oscurecida. Tosía queda, cautelosamente, y se daba golpecitos con las gasas en los labios con un gesto de asco que se había convertido en algo automático.
El coronel vivía en medio de un torbellino de especialistas cuya especialidad consistía en averiguar la naturaleza de su dolencia. Le aplicaban rayos de luz en los ojos para comprobar si veía, le clavaban agujas en los nervios para saber si sentía algo. Tenía a su disposición un alergólogo para la alergia, un linfólogo para la linfa, un reumatólogo para el reúma, un psiquiatra para la psique, un dermatólogo para la derma y, por si fuera poco, un neurólogo para sus neuras, un traumatólogo para sus traumas y un cetólogo calvo y pedante del departamento de zoología de la Universidad de Harvard a quien un ánodo defectuoso de una IBM había desterrado cruelmente a los servicios sanitarios y que dedicaba sus visitas a intentar discutir sobre Moby Dick con el coronel moribundo.
Lo cierto es que habían investigado la enfermedad del coronel muy a fondo. No había un solo órgano de su cuerpo que no hubieran medicado y atacado, que no hubieran dragado y limpiado, manipulado y radiografiado, suprimido y sustituido. Pulcra, esbelta y erguida, la mujer lo acariciaba con frecuencia mientras estaba sentada junto a su cama, epítome majestuoso del dolor cada vez que sonreía. El coronel era alto, delgado y cargado de espaldas. Cuando se levantaba y echaba a andar, se encorvaba aún más, formando con el cuerpo una profunda cavidad, y movía los pies con sumo cuidado, avanzando centímetro a centímetro desde las rodillas para abajo. Tenía bolsas de color violeta debajo de los ojos. La mujer hablaba con suavidad, en un tono mucho más suave que las toses del coronel, y ninguno de los pacientes oyó jamás su voz.
En menos de diez días el texano vació la sala. El primero en largarse fue el capitán de artillería, y después comenzó el éxodo. Dunbar, Yossarian y el capitán de cazabombarderos se marcharon la misma mañana. Dunbar dejó de sufrir mareos, y el capitán de cazabombarderos logró sonarse la nariz. Yossarian les dijo a los médicos que se le había quitado el dolor de hígado. Así de sencillo. Huyó incluso el suboficial. En menos de diez días, el texano obligó a todos a volver a sus puestos; a todos menos al agente del CID, a quien
el capitán de cazabombarderos le había contagiado el resfriado, que degeneró en neumonía.

2
CLEVINGER

En cierto modo, el agente del CID tuvo suerte, porque fuera del hospital continuaba la guerra. Los hombres se volvían locos y en recompensa les concedían medallas. En el mundo entero, a uno y otro lado de la línea de fuego, los chicos entregaban sus vidas por algo que, según les habían contado, era su patria. A nadie parecía importarle, y menos que a nadie a los chicos que entregaban sus jóvenes vidas. No se vislumbraba el final. El único final que se vislumbraba era el del propio Yossarian, que se habría quedado en el hospital hasta el día del Juicio de no haber sido por aquel patriótico texano de mandíbula infundibuliforme y sonrisa empalagosa, irritante, que se abría indestructible en su rostro como el borde de un sombrero negro de vaquero. El texano deseaba que todos los ocupantes de la sala estuvieran contentos, salvo Yossarian y Dumbar. Lo cierto es que estaba muy enfermo.
Pero Yossarian no podía estar contento, ni aunque el tejano no lo quisiera, porque fuera del hospital seguía sin suceder nada divertido. Lo único que pasaba era que la guerra continuaba, y nadie parecía darse cuenta a excepción de Yossarian y Dunbar. Y cuando Yossarian trataba de recordárselo a los demás, todos se apartaban de él pensando que estaba loco. Incluso Clevinger, que debería haber sido más sensato, le dijo que estaba loco la última vez que se vieron, antes de que Yossarian se refugiara en el hospital.
Clevinger se le quedó mirando con ira e indignación de apoplético, sujetando la mesa con fuerza, y le gritó:
—¡Estás loco!
—Clevinger, ¿qué esperas tú de la gente? —replicó Dunbar en tono cansino, alzando la voz para hacerse oír entre los ruidos del salón de oficiales.
—No lo digo en broma —insistió Clevinger.
—Están intentando matarme —le explicó Yossarian con tranquilidad.
—¡Nadie está intentando matarte! —vociferó Clevinger.
—Entonces, ¿por qué me disparan? —preguntó Yossarian.
—Disparan contra todo el mundo. Quieren matar a todo el mundo.
—¿Y eso qué tiene que ver?
Clevinger estaba a punto de perder los estribos, emocionado, con medio cuerpo fuera de la silla, los ojos húmedos y los labios pálidos y temblorosos. Como le ocurría siempre que se peleaba por alguna cuestión de principios en la que creía apasionadamente, acabaría jadeante, parpadeando para contener las amargas lágrimas de la convicción. Eran muchos los principios en los que Clevinger creía apasionadamente. Estaba loco.
—Además, ¿a quién te refieres? ¿Quiénes son en concreto los que crees que están intentando matarte?
—Todos ellos —contestó Yossarian.
—¿Quiénes?
—¿Tú quiénes crees?
—No tengo ni idea.
—Entonces, ¿cómo sabes que no es verdad?
—Porque... —balbuceó Clevinger, y se calló, incapaz de continuar, frustrado.
Clevinger estaba convencido de que tenía razón, pero Yossarian podía demostrar su argumento, porque una serie de desconocidos le disparaba con cañones cada vez que volaba en su avión para lanzarles bombas, y no tenía ninguna gracia. Y si aquello no tenía ninguna gracia, había muchas otras cosas que le hacían menos gracia todavía. Por ejemplo, vivir como un gitano en una tienda de campaña, en Pianosa, entre unas montañas enormes por detrás y un plácido mar azul por delante que podía tragarse a cualquiera que sufriera un calambre en un abrir y cerrar de ojos y transportarlo hasta la orilla tres días después, con todos los gastos cubiertos, hinchado, azul y pútrido, con el agua saliendo a chorros por las frías fosas nasales.
La tienda en la que vivía lindaba con la barrera de la arboleda descolorida y apaisada que separaba su escuadrón del de Dunbar. Junto a ella discurría el foso de las vías de ferrocarril abandonadas por el que se deslizaba la tubería que llevaba la gasolina hasta los camiones cisterna del campo de aviación. Gracias a Orr, su compañero, era la tienda más lujosa del escuadrón. Cada vez que Yossarian volvía de unas vacaciones en el hospital o de un permiso en Roma, recibía la sorpresa de una nueva comodidad que Orr había instalado durante su ausencia: agua corriente, una chimenea de leña, suelo de cemento. Yossarian había elegido el emplazamiento, y después Orr y él levantaron la tienda juntos. Orr, un pigmeo sonriente con alas de piloto y abundante pelo castaño y ondulado con raya en medio, proporcionaba los conocimientos teóricos, mientras que Yossarian, más alto, más fuerte y más rápido, se encargaba de llevarlos a la práctica. En la tienda sólo vivían ellos dos, a pesar de que tenía capacidad para seis personas. Cuando llegó el verano, Orr enrolló los laterales para que la inexistente brisa arrastrara el aire viciado del interior.
Al lado de Yossarian vivía Havermeyer, al que le gustaban los cacahuetes tostados y ocupaba una tienda de dos plazas en la que todas las noches disparaba contra los minúsculos ratones de campo con las enormes balas del revólver del 45 que le había robado al muerto de la tienda de Yossarian. Junto a la de Havermeyer se encontraba la tienda que McWatt ya no compartía con Clevinger, que aún no había regresado cuando Yossarian salió del hospital. La compartía con Nately, que había ido a Roma a cortejar a la aletargada puta que estaba harta de su profesión y de él y de la que se había enamorado perdidamente. McWatt estaba loco. Era piloto y siempre que podía volaba sobre la tienda de Yossarian lo más bajo que se atrevía, para comprobar hasta qué punto lo asustaba. Además, le encantaba pasar en vuelo rasante, con un terrible rugido, sobre la balsa de madera que flotaba sobre bidones de gasolina vacíos situada junto al banco de arena de la playa inmaculadamente blanca a la que los soldados iban a nadar desnudos. Compartir tienda con un loco no resultaba fácil, pero a Nately le daba igual.
Él también estaba loco, y todos sus días libres había ido a trabajar en el club de oficiales que Yossarian no había ayudado a construir.
En realidad, existían muchos clubes de oficiales que Yossarian no había ayudado a construir, pero se sentía especialmente orgulloso del de Pianosa. Constituía un sólido y complejo homenaje a su capacidad de decisión. Yossarian no fue allí a echar una mano hasta que estuvo acabado; después acudió con frecuencia, tal era su satisfacción por aquel edificio grande, bonito, irregular, con pavimento de guijarros. Era realmente una construcción magnífica, y a Yossarian le invadía una enorme sensación de plenitud cada vez que lo miraba y pensaba que él no había contribuido en lo más mínimo a su realización.
Había cuatro hombres sentados juntos la última vez que Clevinger y él se llamaron loco mutuamente en el club de oficiales. Estaban al lado de la mesa de los dados en la que Appleby siempre ganaba. Appleby era tan bueno con los dados como jugando al pimpón y a todo lo demás. Todo lo que hacía le salía bien. Era un chico rubio de Iowa que creía en Dios, la Maternidad y el Modo de Vida Americano, sin pararse jamás a pensar en ello, y caía bien a cuantos lo conocían.
—Detesto a ese hijo de puta —gruñó Yossarian.
La discusión con Clevinger había empezado unos minutos antes, porque Yossarian no encontraba una ametralladora. Era una noche muy movida: el bar estaba lleno, y también la mesa de los dados y la de pimpón. Las personas a las que Yossarian quería ametrallar se encontraban en el bar cantando viejas canciones sentimentales que gustaban a todos menos a él. En lugar de ametrallarlos, clavó con fuerza el talón en la pelota de ping-pong que había caído al suelo al golpearla con la pala uno de los oficiales que estaban jugando.
—¡Este Yossarian...! —exclamaron los dos oficiales al unísono, riendo y moviendo la cabeza al tiempo que sacaban otra pelota de la caja que había en la estantería.
—Este Yossarian... —repitió Yossarian.
—Yossarian —susurró Nately, suplicante.
—¿Ves a lo que me refiero? —preguntó Clevinger.
Los oficiales volvieron a reírse al oír a Yossarian imitándolos.
—¡Este Yossarian! —dijeron en voz más alta.
—Este Yossarian —repitió Yossarian como un eco.
—Yossarian, por favor —suplicó Nately.
—¿Ves a lo que me refiero? —insistió Clevinger—. Tiene reacciones agresivas y antisociales.
—¡Cállate de una vez! —le dijo Dunbar a Clevinger.
A Dunbar le caía bien Clevinger porque le aburría y lograba que el tiempo pasara más despacio.
—Appleby ni siquiera está aquí —observó Clevinger en tono triunfal, dirigiéndose a Yossarian.
—¿Y quién ha hablado de Appleby? —preguntó Yossarian.
—Tampoco está el coronel Cathcart.
—¿Y quién ha hablado del coronel Cathcart?
—Entonces, ¿a qué hijo de puta detestas?
—¿Qué hijo de puta está aquí?
—No pienso discutir contigo —concluyó Clevinger—. No sabes ni a quién odias.
—A quienquiera que esté intentando envenenarme —replicó Yossarian.
—Nadie quiere envenenarte.
—Ya han envenenado mi comida dos veces, ¿no? ¿No me pusieron veneno en la comida en Ferrara y durante el Gran Asedio de Bolonia?
—Pusieron veneno en la comida de todo el mundo —le explicó Clevinger.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¡Y ni siquiera era veneno! —exclamó acaloradamente Clevinger, tan vehemente como confundido.
Yossarian le explicó a Clevinger con sonrisa indulgente que, desde que él recordaba, siempre había habido alguien tramando su muerte. Ciertas personas le tenían afecto, y otras no, y éstas lo acosaban. Lo odiaban porque era asirio, pero no podían hacerle nada, añadió, porque tenía la cabeza sobre los hombros y era fuerte como un toro. No podían hacerle nada porque era al mismo tiempo Tarzán, el capitán Mandrágora y Flash Gordon. Era William Shakespeare. Era Caín, Ulises, el Holandés Errante; era Lot en Sodoma, Deirdre de la Aflicción, Sweeney en los ruiseñores entre árboles. Era el mágico elemento Z-247. Era...
—¡Un loco! —lo interrumpió Clevinger, gritando—. Eso es lo que eres. ¡Un loco de remate!
—... inconmensurable. Soy una verdadera maravilla, un portento, un prodigio de bondad. Un suprahombre.
—¡Un superhombre! —exclamó Clevinger—. ¡Un superhombre!
—Un suprahombre —le corrigió Yossarian.
—¡Venga, ya está bien, muchachos! —les rogó Nately, abochornado—. Nos está mirando todo el mundo.
—¡Estás loco! —gritó Clevinger con fuerza, los ojos llenos de lágrimas—. Tienes complejo de Jehová.
—Yo pienso que todos somos Nataniel.
Clevinger se detuvo en mitad de la letanía, suspicaz.
—¿Quién es Nataniel?
—¿Nataniel qué? —preguntó Yossarian con inocencia.
Clevinger soslayó hábilmente la trampa.
—Tú piensas que todos somos Jehová. No eres mejor que Raskolnikov.
—¿Quién?
—... sí, Raskolnikov, el que...
—¡Raskolnikov!
—... el que, y lo digo en serio, el que creía que podía justificar el asesinato de una anciana...
—¿No soy mejor que él?
—... no, sí, justificar... ¡con un hacha! ¡Y puedo demostrártelo!
Jadeando como un poseso, Clevinger enumeró los síntomas de Yossarian: la convicción sin fundamento de que cuantos lo rodeaban estaban locos, una tendencia homicida a ametrallar a los desconocidos, falsificación retrospectiva, la sospecha, sin base alguna, de que la gente lo odiaba y conspiraba para matarlo.
Pero Yossarian sabía que tenía razón, porque, tal y como le explicó a Clevinger, nunca se había equivocado, que él supiera. Dondequiera que mirase encontraba un chiflado, y lo único que podía hacer un caballero joven y sensato como él era defender sus opiniones en medio de tanta locura. Y era una tarea urgente, porque sabía que su vida corría peligro.
Al volver al escuadrón después de su estancia en el hospital, Yossarian observaba a todo el mundo con suma precaución. Milo también estaba fuera, en Esmirna, para la cosecha de higos. El comedor funcionaba perfectamente en ausencia de Milo. Yossarian reaccionaba vorazmente ante el penetrante aroma del cordero condimentado con especias, incluso cuando iba en la ambulancia traqueteando por la carretera llena de baches que se extendía, como una liga rota, entre el hospital y el escuadrón. Servían shish-kebab en el almuerzo, trozos enormes y sabrosos de carne asada que chisporroteaban como demonios sobre la parrilla tras haberse macerado durante setenta y dos horas en una salsa de fórmula secreta que Milo le había robado a un mercader jorobado del Levante, acompañados de arroz iraní y puntas de espárragos parmesanos; después, pastel de cerezas de postre y por último café humeante con Benedictine y coñac. Servían las raciones gigantescas, sobre manteles de damasco, los camareros italianos que el comandante... de Coverley había secuestrado en el continente y le había entregado a Milo.
Yossarian se atiborró en el comedor hasta tal punto que pensó que iba a reventar y echó a andar arrastrando los pies, sumido en un sopor de satisfacción, con la boca recubierta por una capa de suculentos residuos. Ninguno de los oficiales del escuadrón había comido tan bien como en el comedor que dirigía Milo, y Yossarian pensó durante unos segundos si aquello no lo compensaría de todo lo demás. Pero de repente eructó y recordó que estaban intentando matarlo, y traspasó la puerta a toda velocidad para ir en busca del doctor Danika y que le retirase del servicio. Lo encontró sentado al sol en un taburete alto, junto a su tienda.
—Cincuenta misiones —le dijo el doctor Danika, negando con la cabeza—. El coronel quiere cincuenta misiones.
—¡Pero yo sólo tengo cuarenta y cuatro!
El doctor Danika no se inmutó. Era un hombre triste, con aspecto de pájaro, la cara en forma de espátula, muy pálida, y los rasgos afilados de una ratita presumida.
—Cincuenta misiones —repitió, negando aún con la cabeza—. El coronel quiere cincuenta misiones.

3
HAVERMEYER

Cuando Yossarian volvió del hospital no había nadie en su tienda, salvo Orr y el muerto. El muerto de la tienda de Yossarian era un engorro y a Yossarian le caía fatal, a pesar de no haberlo visto nunca. Tenerlo allí todo el día le molestaba tanto que había ido varias veces a la sala de instrucciones a quejarse al sargento Towser, que se negaba a admitir incluso que dicho hombre existiera, cosa que, naturalmente, había dejado de hacer. Le resultó aun más frustrante acudir al comandante Coronel, el larguirucho y huesudo comandante del escuadrón que se parecía un poquito a un Henry Fonda angustiado y que saltaba por la ventana de su despacho cada vez que Yossarian atropellaba al sargento Towser para intentar hablar con él. Sencillamente, no era tarea fácil convivir con el muerto de la tienda de Yossarian. Le irritaba incluso a Orr, con el que tampoco resultaba fácil convivir y que, el día que regresó Yossarian, estaba enredando con la válvula de la gasolina de la estufa que había empezado a construir mientras Yossarian estaba en el hospital.
—¿Qué haces? —le preguntó Yossarian cautelosamente al entrar en la tienda, aunque vio en seguida de qué se trataba.
—Hay un escape —contestó Orr—. Estoy intentando arreglarlo.
—Haz el favor de dejarlo —le dijo Yossarian—. Me pones nervioso.
—Cuando era pequeño —replicó Orr—, siempre llevaba manzanas silvestres dentro de la boca. Una en cada carrillo.
Yossarian dejó la mochila de la que había empezado a sacar sus objetos de aseo y se puso a la defensiva, suspicaz. Transcurrió un minuto.
—¿Por qué? —se vio obligado a preguntar.
Orr rió entre dientes, triunfal.
—Porque son mejores que las castañas de Indias —contestó.
Orr estaba arrodillado en el suelo de la tienda. Trabajaba sin pausa: desmontó la llave, extendió cuidadosamente todas las piezas, las contó y las examinó una a una interminablemente, como si nunca hubiera visto nada parecido, y a continuación volvió a ensamblarlas una y otra vez, sin perder ni la paciencia ni el interés, sin el menor signo de fatiga, sin la mínima indicación de que fuera a acabar jamás. Yossarian observaba sus movimientos y tuvo la certeza de que sentiría la tentación de asesinarlo a sangre fría si no terminaba. Su mirada se posó en el cuchillo de monte del muerto, que habían colgado el día de su llegada en la barra del mosquitero, junto a la pistolera de cuero vacía de la que Havermeyer había robado el revólver, también propiedad del muerto.
—Cuando no encontraba manzanas silvestres —prosiguió Orr—, me ponía castañas de Indias. Tienen más o menos el mismo tamaño y mejor forma, aunque la forma no importa tanto.
—¿Y por qué te metías manzanas silvestres en la boca? —volvió a preguntar Yossarian—. Eso es lo que te he preguntado.
—Porque tienen una forma mejor que las castañas de Indias —contestó Orr—. Acabo de decírtelo.
—Me cago en diez, hijo de puta descastado, mecánico de mierda, ¿por qué te pasabas todo el día con cualquier cosa en la boca? —le gritó Yossarian con expresión indulgente.
—No me metía cualquier cosa en la boca —respondió Orr—. Me metía manzanas silvestres. Cuando no las encontraba, me ponía castañas de Indias, en la boca, a la altura de los carrillos.
Orr soltó una risita. Yossarian decidió cerrar la boca y mantuvo su decisión. Orr se quedó esperando. Yossarian se quedó esperando aun más tiempo.
—Una en cada carrillo —dijo Orr.
—¿Por qué?
Orr dio un respingo.
—¿Por qué qué?
Yossarian movió la cabeza, sonriendo, y se negó a contestar.
—Esta válvula tiene algo raro —reflexionó Orr en voz alta.
—¿Qué le pasa?
—Es que yo quería...
Yossarian lo sabía:
—¡Dios mío! ¿Qué querías?
—...tener carrillos sonrosados como manzanas.
—¿...carrillos sonrosados como manzanas? —repitió Yossarian.
—Quería carrillos sonrosados como manzanas —insistió Orr—. Desde muy pequeño quise tener carrillos sonrosados como manzanas, y decidí hacer todos los esfuerzos necesarios para conseguirlo. Y te juro por Dios que hice todo lo posible para conseguirlo. ¿Sabes cómo? Llevando todo el día manzanas silvestres en la boca, a la altura de los carrillos. —Volvió a sofocar una risita—. Una en cada carrillo.
—¿Por qué querías tener carrillos sonrosados como manzanas?
—No quería tener carrillos sonrosados como manzanas —objetó Orr—. Quería tener carrillos grandes. El color no me importaba demasiado, pero sí el tamaño. Hice todo lo que estaba en mi mano, como esos chiflados que se pasan el día apretando pelotas de goma para fortalecer los brazos. Bueno, en realidad, yo era uno de esos chiflados. Me pasaba el día apretando pelotas de goma.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te pasabas el día apretando pelotas de goma?
—Porque las pelotas de goma... —contestó Orr.
—¿...son mejores que las manzanas silvestres?
Orr se rió por lo bajo, moviendo la cabeza.
—Lo hacía para protegerme de las malas lenguas, por si alguien me veía con las manzanas en la boca. Si llevaba pelotas de goma en la mano, podía negar lo de las manzanas en la boca. Cuando alguien me preguntaba por qué llevaba manzanas en la boca, abría las manos y le demostraba que eran pelotas de goma, no manzanas, y que las llevaba en las manos, no en la boca. Funcionaba. Pero nunca sabía si los convencía o no, porque resulta muy difícil hacerse entender cuando hablas con dos manzanas dentro de la boca.
A Yossarian le resultaba muy difícil comprenderlo en aquel momento, y pensó una vez más si Orr no le estaría hablando con la punta de la lengua apoyada en una manzana.
Yossarian decidió no pronunciar ni una palabra más. Sería inútil. Conocía a Orr, y sabía que no existía la más remota posibilidad de averiguar por qué quería tener los carrillos grandes. Serviría de tanto preguntárselo como cuando le preguntó por qué lo golpeaba aquella puta con el zapato una mañana en el atestado pasillo de un hotel de Roma, ante la puerta abierta de la habitación que ocupaba la hermanita de la puta de Nately. Era una chica alta, robusta, con el pelo largo y venas de un azul incandescente que se agolpaban bajo su piel de color cacao allí donde la carne era más suave, y no paraba de soltar tacos y gritar y pegar saltos, descalza, mientras golpeaba a Orr en la coronilla con el afilado tacón del zapato. Ambos estaban desnudos y armaban tal escándalo que todos los inquilinos salieron al pasillo a mirar, cada pareja apostada en la puerta de una habitación, todos ellos desnudos a excepción de una vieja con delantal y jersey que chasqueaba la lengua con expresión de censura y un viejo libidinoso y decrépito que se reía a carcajadas casi con avidez, con aires de superioridad. La chica gritaba y Orr emitía risitas sofocadas. Cada vez que le acertaba con el tacón del zapato, Orr reía más fuerte, ella se enfurecía aun más y pegaba un salto para darle de lleno en la cocorota. Sus pechos prodigiosamente abultados se empinaban y ondeaban como pendones al viento y sus nalgas y sus fuertes muslos se bamboleaban, superabundantes, zas, zas, zas, de acá para allá. Siguió gritando y Orr carcajeándose como un imbécil hasta el momento en que, con otro chillido, le dejó medio inconsciente de un certero taconazo en una sien a consecuencia del cual tuvieron que trasladarlo al hospital en una camilla, con un agujero no demasiado profundo en la cabeza y una ligera conmoción que lo mantuvieron fuera de combate durante doce días.
Nadie logró averiguar lo que había ocurrido, ni siquiera el viejo que se desternillaba de risa ni la vieja que chasqueaba la lengua, personas que disfrutaban de una posición privilegiada para enterarse de cuanto ocurría en aquel inmenso burdel de múltiples alcobas a ambos lados de los estrechos pasillos que se bifurcaban desde el espacioso salón con ventanas siempre cerradas y una sola lámpara. A partir de aquel día, cada vez que la chica veía a Orr se levantaba las faldas que cubrían sus ceñidas bragas blancas y, entre burlas soeces, adelantaba hacia él su vientre redondo y firme, lo insultaba despectivamente y soltaba una estruendosa carcajada al oír su asustada risita y verlo refugiarse detrás de Yossarian. Lo que Orr hubiera hecho, tratado o dejado de hacer tras la puerta cerrada de la habitación que ocupaba la hermana pequeña de la puta de Nately seguía constituyendo un secreto. La chica no quiso contárselo a la puta de Nately ni a ninguna de las demás putas, y tampoco a Nately ni a Yossarian. Orr podría haberlo contado, pero Yossarian había decidido no insistir.
—¿Quieres saber por qué quería tener carrillos grandes? —le preguntó Orr.
Yossarian mantuvo la boca cerrada.
—¿Te acuerdas de aquel día en Roma, cuando esa chica que no te soporta me pegó en la cabeza con el tacón del zapato? —dijo Orr—. ¿Quieres saber por qué me pegó?
Era imposible imaginar qué podía haber hecho para que la chica se enfadase hasta el extremo de molerle la cabeza a golpes durante quince o veinte minutos, pero no lo suficiente como para agarrarlo por los tobillos y estamparlo contra el suelo. Desde luego, era lo suficientemente alta y Orr, lo suficientemente bajo. Orr tenía dientes de caballo y ojos saltones que le iban bien a sus grandes carrillos, y era aun más pequeñajo que el joven Huple, que vivía al otro lado de las vías del tren, en una tienda situada en la zona administrativa en la que Joe el Hambriento se pasaba las noches gritando en sueños.
La zona administrativa en la que Joe el Hambriento había colocado su tienda por error se encontraba en el centro del escuadrón, entre la zanja, con las vías oxidadas, y la carretera inclinada, de un negro bituminoso. Los soldados podían ligar con chicas en aquella carretera si les prometían llevarlas a donde quisieran ir; chicas jóvenes, entradas en carnes, amables, sonrientes y melladas con las que se apartaban de la carretera para tirárselas entre la hierba, cosa que Yossarian hacía siempre que podía, si bien con mucha menos frecuencia de lo que se lo pedía Joe el Hambriento, que podía encontrar un todoterreno pero no sabía conducir. Las tiendas de los soldados se alzaban al otro lado de la carretera, junto al cine al aire libre en el que, para cotidiana diversión de los moribundos, se enfrentaban ejércitos de ignorantes en una pantalla desmontable, y al que acudió otra compañía de USO2 aquella misma tarde.
Quien enviaba a aquellas compañías era el general P.P. Peckem, que se había trasladado a Roma y no tenía nada mejor que hacer mientras conspiraba contra el general Dreedle. El general Peckem era un militar en el que la pulcritud contaba por encima de todo. Era un hombre vivaz, afable y conciso que conocía la circunferencia del ecuador y siempre escribía «acrecentar» en lugar de «aumentar». Era un cerdo, y nadie lo sabía mejor que el general Dreedle, al que había encolerizado la última orden dictada por el general Peckem, según la cual había que instalar todas las tiendas del teatro de operaciones del Mediterráneo siguiendo líneas paralelas, con la entrada orientada orgullosamente hacia el monumento de Washington. Al general Dreedle, que estaba al frente de una división de combate, le parecía una solemne majadería. Además, no era asunto del maldito general Peckem cómo se instalaran las tiendas del ala del general Dreedle. Aquello desencadenó una delirante polémica jurisdiccional entre los dos jefazos que zanjó en favor del general Dreedle el ex soldado de primera Wintergreen, destinado en la sección de correos del Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea. Wintergreen decidió el resultado del litigio al tirar todos los comunicados del general Peckem a la papelera. Le parecían excesivamente prolijos. Al soldado le gustaban los puntos de vista del general Dreedle, expresados en un estilo literario menos pretencioso, y los despachaba con rapidez, observando celosamente el reglamento. El general Dreedle obtuvo la victoria por rebeldía.
Para recuperar el prestigio que había perdido, el general Peckem empezó a enviar más compañías de USO que nunca, y asignó al coronel Cargill la responsabilidad de despertar entusiasmo ante sus actuaciones.
Pero en el grupo de Yossarian no había el menor entusiasmo. En el grupo de Yossarian había únicamente un número creciente de soldados y oficiales que acudían solemnemente a ver al sargento Towser, varias veces al día, para preguntar si habían llegado las órdenes que les permitirían volver a casa. Eran hombres que habían terminado las cincuenta misiones requeridas. Había más que cuando Yossarian ingresó en el hospital, y seguían esperando. Se mordían las uñas de pura desesperación. Resultaban grotescos, como jóvenes inútiles en una depresión. Iban para atrás, como los cangrejos. Esperaban las órdenes para volver a casa, a la seguridad, que tenían que llegar del Cuartel General de las Fuerzas Aéreas de Italia, y durante la espera no tenían nada que hacer, salvo morderse las uñas de pura desesperación y acudir solemnemente al despacho del sargento Towser varias veces al día para preguntar si había llegado la orden que les permitiría volver a casa, a la seguridad.
Estaban metidos en una carrera contrarreloj y lo sabían, porque sabían por amarga experiencia que el coronel Cathcart podía aumentar otra vez el número de misiones en cualquier momento. No tenían nada mejor que hacer que esperar. Sólo Joe el Hambriento tenía algo mejor que hacer cuando terminaba sus misiones. Tenía pesadillas en las que gritaba, y siempre ganaba los combates de boxeo con el gato de Huple. Se llevaba la cámara fotográfica a la primera fila en todas las actuaciones de USO e intentaba sacar fotografías de lo que ocultaba la falda de la cantante de pelo amarillo con dos buenas peras que llevaba un vestido de lentejuelas que siempre parecía a punto de reventar. Nunca le salían.
El coronel Cargill, mediador del general Peckem, era un hombre enérgico, rubicundo. Antes de la guerra era un ejecutivo astuto, agresivo y dinámico. El coronel Cargill era un ejecutivo malísimo, tanto que sus servicios eran muy estimados por las empresas deseosas de sufrir pérdidas económicas con el fin de evadir al fisco. En todo el mundo civilizado desde Battery Park hasta Fulton Street, disfrutaba de gran fama como hombre en el que se podía confiar para amortizar rápidamente los impuestos. Cobraba muy caro, porque muchas veces el desastre no sobrevenía fácilmente. Tenía que empezar por arriba y continuar laboriosamente hasta abajo, y con sus amigos de Washington perder dinero no era tarea sencilla. Llevaba meses enteros de esfuerzos y de mala organización bien planeada. Una persona lo desarticulaba todo, lo desbarataba, descuidaba hasta el último detalle y, precisamente cuando pensaba que lo había logrado, el gobierno le daba un bosque o un lago o unos pozos de petróleo y le estropeaba todo. A pesar de tantos obstáculos, se sabía que el coronel Cargill era capaz de destrozar el negocio más próspero. Era un hombre que lo había conseguido todo por sí solo y que no le debía a nadie su fracaso.
—¡Atención! —empezó a decir el coronel Cargill ante el escuadrón de Yossarian, midiendo las pausas—. Son ustedes oficiales norteamericanos. No pueden decir lo mismo los oficiales de ningún otro ejército del mundo. Piénsenlo un poco.
El sargento Knight lo pensó un poco y después, con suma corrección, puso en conocimiento del coronel Cargill que se estaba dirigiendo a la tropa y que los oficiales lo esperaban en el otro extremo del escuadrón. El coronel Cargill le dio las gracias secamente y se dirigió hacia allí a grandes zancadas, resplandeciente de satisfacción consigo mismo. Lo enorgullecía comprobar que los veintinueve meses de servicio no habían embotado su talento para la ineptitud.
—¡Atención! —Así inició el discurso dirigido a los oficiales, midiendo las pausas—. Son ustedes oficiales norteamericanos. No pueden decir lo mismo los oficiales de ningún otro ejército del mundo. Piénsenlo un poco. —Dejó pasar unos momentos para que lo pensaran—. ¡Estas personas son sus invitados! —gritó de repente—. Han recorrido más de mil quinientos kilómetros para entretenerlos. ¿Cómo se sentirán si nadie quiere ir a verlos? ¿Cómo quedará su moral? Ojo, no es que quiera meterme donde no me llaman, pero esa chica que va a tocar hoy el acordeón tiene edad suficiente para ser madre. ¿Cómo se sentirían ustedes si su madre recorriera más de mil quinientos kilómetros para tocar el acordeón ante unos hombres que no quieren escucharla? ¿Cómo se sentiría ese niño cuya madre podría ser la acordeonista cuando creciera y se enterara de lo ocurrido? Todos conocemos la respuesta. Pero no me interpreten mal. Se trata de algo voluntario, naturalmente. Yo sería el último coronel en el mundo que les ordenara que asistieran al espectáculo y se divirtieran, pero quiero que todos los que no estén tan enfermos como para ingresar en el hospital vayan a ese espectáculo ahora mismo y se diviertan. ¡Es una orden!
Yossarian se sentía casi lo suficientemente enfermo como para volver al hospital, y aun más enfermo tras realizar otras tres misiones, cuando el doctor Danika volvió a mover la cabeza, melancólico, negándose a retirarle del servicio.
—¿Te crees que eres el único que tiene problemas? —le dijo el doctor Danika en tono de reproche—. ¿Y yo qué? Me pasé ocho años viviendo del aire mientras aprendía el oficio de médico. Después tuve que vivir a base de pienso para pollos hasta reunir suficiente clientela como para cubrir gastos. Y cuando el negocio empezaba a producir beneficios, van y me llaman a filas. No sé de qué te quejas.
El doctor Danika era amigo de Yossarian y no hacía nada que estuviera en su mano para ayudarle. Yossarian escuchó al doctor Danika con atención mientras éste le hablaba del coronel Cathcart, que quería ascender a general, del general Dreedle y de la enfermera del general Dreedle y de todos los demás generales del Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea, que insistían en que se redujera a cuarenta el número de misiones de combate.
—¿Por qué no sonríes e intentas conformarte? —le aconsejó a Yossarian de mal humor—. Haz como Havermeyer.
Yossarian se estremeció ante la idea. Havermeyer era jefe de escuadrilla de bombardeo y jamás iniciaba una acción evasiva cuando se dirigía hacia el objetivo, por lo que aumentaba el peligro que corrían todos los hombres que volaban en la misma formación.
—Oye, Havermeyer, ¿por qué demonios nunca emprendes una acción evasiva? —le preguntaban enfurecidos después de cada misión.
—Vamos, chicos, dejad en paz al capitán Havermeyer —ordenaba el coronel Cathcart—. Es el mejor bombardero que tenemos, maldita sea.
Havermeyer sonreía, asentía y trataba de explicar que todas las noches, en su tienda, hacía dos incisiones cruzadas en el extremo de las balas con un cuchillo de monte antes de disparar contra los ratones de campo. Havermeyer era, efectivamente, el mejor bombardero que tenían, pero volaba en trayectoria horizontal desde el punto de partida hasta el objetivo, e incluso traspasaba éste, hasta que veía caer y estallar las bombas entre chorros de un naranja furioso que centelleaba bajo el palio arremolinado del humo y los escombros pulverizados que ascendían como un géiser formando enormes olas de gris y negro. Havermeyer mantenía a aquellos pobres mortales rígidos en sus seis aviones, inmóviles como patos de un tiro al blanco, mientras seguía el curso de las bombas por el morro de plexiglás con profundo interés y les concedía a los artilleros alemanes que había abajo todo el tiempo que necesitaban para ajustar la mira, apuntar y apretar el gatillo o el botón o lo que demonios tuvieran que apretar cuando querían matar a alguien que no conocían.
Havermeyer era un capitán de escuadrilla que jamás fallaba. Yossarian era un capitán de escuadrilla al que habían degradado porque ya no le importaba errar o no. Había tomado la decisión de vivir para siempre o morir en el intento, y cada vez que subía al avión su única misión era bajar vivo.
Antes, a los hombres les encantaba volar detrás de Yossarian, que tenía por costumbre pasar sobre el objetivo en todas direcciones y a todas las alturas, ascender y bajar en picado, girar y retorcerse tan bruscamente que los pilotos de los otros cinco aviones apenas podían mantener la formación: se situaba en trayectoria horizontal sólo durante los dos o tres segundos que tardaban en caer las bombas para a continuación alejarse con un agonizante alarido de motores y desviarse con tal brusquedad, zigzagueando por entre la repugnante barrera de fuego antiaéreo, que los seis aparatos salían disparados por el cielo como las varillas de un abanico, todos y cada uno de ellos presa fácil para los cazabombarderos alemanes, cosa que a Yossarian le parecía muy bien, porque ya no quedaban cazabombarderos alemanes y cuando estallaba un avión prefería que no lo hiciera cerca del suyo. Únicamente cuando había dejado atrás todo el Sturm und Drang se colocaba el casco protector en la sudorosa coronilla con expresión cansina y dejaba de vociferar órdenes al encargado de los mandos, McWatt, que en tales ocasiones no encontraba nada mejor que hacer que preguntar dónde habían caído las bombas.
—Compartimento de bombas vacío —anunciaba el sargento Knight desde la parte trasera del aparato.
—¿Hemos destruido el puente? —preguntaba McWatt.
—No lo he visto, señor. Me he pasado todo el tiempo dando tumbos, y no he podido ver nada. Ahora está todo lleno de humo y tampoco veo nada.
—Eh, Aarfy, ¿han dado las bombas en el blanco?
—¿Qué blanco? —preguntaba el regordete navegante de Yossarian, el capitán Aardvaark, que fumaba en pipa, entre el revuelo de mapas que había organizado junto a Yossarian en el morro del aparato—. No creo que hayamos llegado al objetivo todavía. ¿O sí?
—¿Han dado las bombas en el blanco, Yossarian?
—¿Qué bombas? —replicaba Yossarian, a quien durante toda la operación sólo le había preocupado la artillería antiaérea.
—¡Pues al diablo con todo! —decía McWatt con voz cantarina.
A Yossarian le importaba tres pitos acertar o no en el blanco con tal de que lo hiciera Havermeyer o cualquiera de los demás jefes de escuadrilla y no tuvieran que regresar al mismo punto. De vez en cuando alguien se enfadaba tanto con Havermeyer que intentaba pegarle un puñetazo.
—Os he dicho que dejéis en paz al capitán Havermeyer, muchachos —les advertía colérico el coronel Cathcart—. He dicho que es el mejor bombardero que tenemos, maldita sea, ¿o no?
Havermeyer sonreía ante la intercesión del coronel y se metía otro cacahuete en la boca.
Havermeyer se había hecho todo un experto en la tarea de matar ratones de campo por las noches con el revólver que le había robado al muerto de la tienda de Yossarian. Ponía como cebo una barra de caramelo y esperaba acechante en la oscuridad con un dedo de la otra mano en el lazo del bramante que había tendido desde el marco del mosquitero hasta la cadena de la bombilla desnuda que colgaba del techo. El bramante estaba tenso como una cuerda de banjo, y el menor tirón lo hacía chasquear y cegar a la trémula presa con un haz de luz. Havermeyer reía entre dientes al ver al diminuto roedor aterrorizado que giraba los ojos buscando frenéticamente al agresor. Havermeyer esperaba hasta que la mirada del animal se encontraba con la suya y se reía más fuerte al tiempo que apretaba el gatillo, desparramando el maloliente cuerpo peludo por toda la tienda con un crujido reverberante y devolviendo su tímida alma a su Creador.
Una noche, ya bastante tarde, Havermeyer hizo fuego contra un ratón y Joe el Hambriento se abalanzó sobre él, descalzo, gritando como un poseso con su voz chillona y vaciando su revólver del 45 sobre la tienda de Havermeyer mientras bajaba por un lado del foso y después subía por el otro embistiendo como un toro. A continuación se perdió de vista en una de las trincheras que habían aparecido como por arte de magia junto a cada tienda la mañana después de que Milo Minderbinder bombardeara el escuadrón. Ocurrió justo antes del alba, un día durante el Gran Asedio de Bolonia, cuando los muertos sin habla poblaban las horas nocturnas como fantasmas vivientes y Joe el Hambriento estaba medio enloquecido porque había cumplido una vez más el número de misiones requeridas y aún no habían fijado la fecha de regreso a su país. Estaba balbuceando incoherencias cuando lo sacaron del húmedo fondo de la trinchera, musitando algo sobre serpientes, ratas y arañas. Los demás comprobaron sus palabras enfocando hacia allí las linternas. Dentro no había nada, salvo unos centímetros de agua de lluvia estancada.
—¿Lo veis? —gritó Havermeyer—. ¿No os lo había dicho? ¿No os había dicho que estaba loco?

4
EL DOCTOR DANIKA

Joe el Hambriento estaba loco y nadie lo sabía mejor que Yossarian, que se esforzó por ayudarlo. Joe el Hambriento no le hacía caso. No le hacía caso porque él también pensaba que Yossarian estaba loco.
—¿Por qué habría de hacerte caso? —le preguntó el doctor Danika a Yossarian sin levantar la mirada.
—Porque tiene problemas.
El doctor Danika resopló con desdén.
—¿El tiene problemas? ¿Y yo? —dijo pausadamente, sonriendo con desprecio—. No es que me queje. Sé que estamos en guerra y que mucha gente tendrá que sufrir para que la ganemos. Pero ¿por qué he de ser yo uno de ellos? ¿Por qué no reclutan a algunos de esos médicos viejos que no hacen más que presumir en público sobre los muchos sacrificios que está dispuesto a realizar la clase médica? Yo no quiero hacer sacrificios, sino dinero.
El doctor Danika era un hombre muy pulcro y limpio para quien pasar un buen rato consistía en ponerse de mal humor. Tenía la piel oscura y una cara pequeña, saturnina, de expresión juiciosa, con lúgubres bolsas debajo de los ojos. Estaba obsesionado por su salud e iba casi a diario a la enfermería a que le tomara la temperatura uno de los dos soldados que llevaban todo el peso del trabajo prácticamente ellos solos, y con tal eficacia que el doctor Danika podía pasarse todo el día sentado al sol con la nariz taponada, preguntándose por qué los demás se preocupaban tanto. Los soldados se llamaban Gus y Wes y habían logrado elevar la medicina a la categoría de ciencia exacta. Todos los hombres que se encontraban de baja con una fiebre superior a los treinta y nueve grados ingresaban rápidamente en el hospital. A quienes se encontraban en las mismas circunstancias pero con una fiebre inferior a los treinta y nueve grados les pintaban los dedos de los pies y las encías con una solución violeta de genciana y les daban un laxante para que lo tiraran entre los arbustos; a todos menos a Yossarian. A los que estaban dados de baja con una fiebre de treinta y ocho grados exactos les pedían que regresaran al cabo de una hora para tomarles la temperatura otra vez. Yossarian, con sus treinta y ocho grados y unas décimas, podía ingresar en el hospital cuando se le antojara porque no les tenía miedo.
El sistema funcionaba a satisfacción de todos, especialmente del doctor Danika, que disponía del tiempo necesario para vigilar al viejo comandante... de Coverley cuando jugaba a la herradura en su campo particular, aún con el parche transparente que el doctor Danika le había confeccionado con el trozo de celuloide que había robado de la ventana del despacho del comandante Coronel unos meses antes, cuando el comandante volvió de Roma con una herida en la córnea tras haber alquilado dos pisos para que los ocuparan los oficiales y soldados de permiso. El doctor Danika sólo iba a la enfermería cuando empezaba a sentirse muy enfermo, todos los días, y entraba para que lo reconocieran Gus y Wes. Nunca le encontraban nada fuera de lo normal. Siempre tenía una temperatura de treinta y seis grados, y a ellos les parecía perfecto siempre que al doctor Danika no le importara. Pero al doctor Danika sí le importaba. Empezaba a perderles la confianza a Gus y Wes y a pensar en que volvieran a destinarlos al taller de mecánica, para sustituirlos por alguien que sí le encontrara algo fuera de lo normal.
El doctor Danika conocía muy de cerca una serie de cosas profundamente desagradables. Además de por su salud, se preocupaba por el océano Pacífico y por las horas de vuelo. Con la salud, uno no podía estar tranquilo durante mucho tiempo. El océano Pacífico era una masa de agua rodeada por todas partes de elefantiasis y otras enfermedades espantosas a la que, si incurría en las iras del coronel Cathcart dando de baja a Yossarian, podían destinarlo sin previo aviso. Y las horas de vuelo eran las horas que tenía que pasar en un avión todos los meses para recibir la paga de aviador. El doctor Danika detestaba volar. En los aviones se sentía encerrado. En un avión no hay absolutamente ningún sitio al que ir salvo a otra parte del aparato. Al doctor Danika le habían dicho que las personas a las que les gusta meterse en un avión en realidad están dando rienda suelta a un deseo inconsciente de volver al seno materno. Se lo había dicho Yossarian, que conseguía que el doctor Danika recogiera su paga de aviador todos los meses sin necesidad de volver al seno materno. Yossarian convencía a McWatt de que apuntara el nombre del doctor Danika en el diario de navegación en misiones de entrenamiento o vuelos a Roma.
—Ya sabes cómo son estas cosas —le dijo el doctor Danika, zalamero, con un pícaro guiño de complicidad—. ¿Para qué voy a arriesgarme si puedo evitarlo?
—Desde luego —convino Yossarian.
—¿A quién le importa que yo vaya o no vaya en el avión?
—A nadie.
—A eso me refiero —replicó el doctor Danika—. El mundo se mueve si lo engrasas bien. Una mano lava a la otra. ¿Entiendes lo que quiero decir? Tú me rascas a mí la espalda y yo te la rasco a ti.
Yossarian entendía lo que quería decir el doctor Danika.
—No, no era eso lo que quería decir —añadió el doctor Danika cuando Yossarian empezó a rascarle la espalda—. Me refiero a colaborar, a los favores. Tú me haces un favor a mí y yo otro a ti. ¿Comprendes?
—Hazme un favor —le pidió Yossarian.
—Es imposible —replicó el doctor Danika.
Un halo de insignificancia y temor envolvía al doctor Danika cuando se sentaba con expresión de desaliento a la entrada de su tienda —y lo hacía siempre que podía—, con pantalones de verano caquis y una camisa de manga corta que había adquirido un antiséptico color gris gracias al lavado diario al que la sometía. Parecía como si se hubiera quedado helado por un susto y no se hubiera derretido aún por completo. Se sentaba encogido, con la cabeza hundida entre los endebles hombros, y las manos bronceadas de uñas de un luminoso plateado acariciaban los brazos desnudos, doblados, suavemente, como si tuviera frío. En realidad, se trataba de un hombre muy cálido y compasivo que nunca dejaba de autocompadecerse.
«¿Por qué yo?», se lamentaba continuamente, y era una buena pregunta.
Yossarian sabía que era buena porque coleccionaba buenas preguntas y las había empleado para interrumpir las sesiones educativas que antes presidía Clevinger dos noches a la semana en la tienda del capitán Black junto con el cabo de las gafas, del que todo el mundo sabía que seguramente era un agente subversivo. El capitán Black sabía que era un agente subversivo porque llevaba gafas y empleaba palabras como «panacea» y «utopía» y porque censuraba a Adolf Hitler, que también había sabido combatir las actividades antinorteamericanas en Alemania. Yossarian asistía a las sesiones educativas para averiguar por qué había tanta gente haciendo grandes esfuerzos para matarlo. El tema también interesaba a un puñado de soldados, y se planteaban muchas y muy buenas preguntas cuando Clevinger y el cabo subversivo terminaban y cometían el error de decir que si alguien quería preguntar algo.
—¿Quién es España?
—¿Por qué es Hitler?
—¿Cuándo está bien?
—¿Dónde está ese viejo encorvado con el pelo como la harina al que yo llamaba papi cuando se rompió el tiovivo?
—¿Cómo andaba el póquer en Múnich?
—¡Jo, jo, beriberi!
Y:
—¡Cojones!
Expresiones que se sucedían con rapidez, y a continuación la pregunta de Yossarian, que no tenía respuesta.
—¿Dónde han ido a parar los Snowden de antaño?
La pregunta les molestó, porque Snowden había muerto al sobrevolar Aviñón cuando Dobbs se volvió loco y le arrebató los mandos a Huple.
El cabo se hizo el tonto.
—¿Qué? —preguntó.
—Que dónde están los Snowden de antaño.
—Lo siento, no le entiendo.
—Ou sont les Neigedens d’antan? —contestó Yossarian para facilitarle las cosas.
—Parlez en anglais, por lo que más quiera —replicó el cabo—. Je ne parle pas français.
—Ni yo —dijo Yossarian, que estaba dispuesto a perseguirlo por todo el mundo con cuantas palabras conocía para extraerle cuantos conocimientos pudiera, pero en ese momento intervino Clevinger, pálido, delgado, jadeante, con una húmeda capa de lágrimas lanzando destellos en sus ojos desnutridos.
En el Cuartel General se alarmaron, porque no había forma de saber lo que la gente averiguaría en cuanto se sintiera libre para formular cuantas preguntas quisiera. El coronel Cathcart encargó al coronel Korn que pusiera punto final a semejante situación, y el coronel Korn lo logró imponiendo una norma que regía las preguntas. Se trataba de un golpe verdaderamente genial, según explicaba en el informe dirigido al coronel Cathcart. Según dicha norma, las únicas personas a las que les estaba permitido formular preguntas eran las que nunca las hacían. Al cabo de poco tiempo, los únicos que asistían a las sesiones eran los que nunca preguntaban nada, y acabaron por suspenderse, porque Clevinger, el cabo y el coronel Korn coincidieron en que no era posible ni necesario educar a unas personas que nunca ponían nada en entredicho.
El coronel Cathcart y el teniente coronel Korn vivían y trabajaban en el edificio del Cuartel General del escuadrón, al igual que todo el personal del Cuartel General, con excepción del capellán. Se trataba de un edificio enorme, lleno de corrientes de aire, anticuado, de piedra roja y polvorienta y cañerías ruidosas. Detrás se encontraban las modernas instalaciones de tiro al plato que había construido el coronel Cathcart para uso exclusivo de los oficiales del grupo y en las que, gracias al general Dreedle, todo oficial y recluta en combate tenía que pasar un mínimo de ocho horas semanales.
Yossarian practicaba el tiro al plato, pero nunca acertaba. Appleby practicaba el tiro al plato y no erraba ni un disparo. Yossarian era tan malo para el tiro al plato como para las apuestas. Jamás ganaba dinero apostando. Ni siquiera cuando hacía trampas, porque las personas a las que les hacía trampas siempre las hacían mejor que él. Eran dos decepciones a las que ya se había resignado: jamás sabría tirar al plato y jamás ganaría dinero.
«Hay que ser muy listo para no ganar dinero», escribió el coronel Cargill en una de las homilías en forma de memorandos que preparaba regularmente para remitírselas al general Peckem, que tenía que firmarías. «Actualmente cualquier imbécil puede ganar dinero, y la mayoría de los imbéciles lo ganan. Pero ¿y las personas con talento e inteligencia? Nombradme, por ejemplo, un poeta que gane dinero.»
—T.S. Eliot —dijo el ex soldado de primera Wintergreen en el cubículo en el que seleccionaba las cartas, y colgó el teléfono bruscamente sin identificarse.
El coronel Cargill, que estaba en Roma, se quedó perplejo.
—¿Quién era? —preguntó el general Peckem.
—No lo sé —respondió el coronel Cargill.
—¿Qué quería?
—No lo sé.
—Pero ¿qué ha dicho?
—T.S. Eliot —le aclaró el coronel Cargill.
—¿Qué?
—T.S. Eliot —repitió el coronel Cargill.
—Sólo T.S...
—Sí, señor. No ha dicho nada más. Sólo «T.S. Eliot».
—¿Qué quería decir? —reflexionó el general Peckem en voz alta.
También reflexionó sobre lo mismo el coronel Cargill.
—T.S. Eliot —musitó el general Peckem.
—T.S. Eliot —repitió como un eco el coronel Cargill, con el mismo tono de fúnebre perplejidad.
El general Peckem se enderezó al cabo de unos momentos con una sonrisa zalamera y benévola. Tenía una expresión astuta y sofisticada. Sus ojos despedían destellos maliciosos.
—Que me pongan con el general Dreedle —le pidió al coronel Cargill—. Y que no se entere de quién lo llama.
El coronel Cargill le tendió el teléfono.
—T.S. Eliot —dijo el general Peckem, y colgó.
—¿Quién era? —preguntó el coronel Moodus.
El general Dreedle, que estaba en Córcega, no contestó. El coronel Moodus era su yerno, y ante la insistencia de su mujer y en contra de su voluntad lo había metido en el negocio militar. El general Dreedle dirigió al coronel Moodus una penetrante mirada de odio. No podía ver ni en pintura a su yerno, que era su ayudante y por consiguiente mantenía contacto permanente con él. Se opuso a que su hija se casara con el coronel Moodus porque detestaba las bodas. Frunciendo un ceño amenazador, con aire preocupado, el general Dreedle se acercó al espejo de cuerpo entero que había en su despacho y contempló su rechoncha imagen. Tenía el pelo cano, la frente ancha y espesas matas gris oscuro sobre los ojos y la mandíbula maciza y beligerante. Se embebió en profundas cavilaciones sobre el críptico mensaje que acababa de recibir. Poco a poco, su rostro fue dulcificándose, animado por una idea, y frunció los labios con maligna satisfacción.
—Ponme con Peckem —le dijo al coronel Moodus—. No le digas a ese hijo de puta quién lo llama.
—¿Quién era? —preguntó el coronel Cargill, que seguía en Roma.
—La misma persona de antes —contestó el general Peckem con auténticos signos de inquietud—. La ha tomado conmigo.
—¿Qué quería?
—No lo sé.
—¿Qué ha dicho?
—Lo mismo.
—¿«T.S. Eliot»?
—Sí, «T.S. Eliot». Nada más. —Al general Peckem se le ocurrió algo muy esperanzador—. Quizá se trate de un código nuevo, como los colores del día. ¿Por qué no ordena que comprueben en Comunicaciones si es un código nuevo o algo, o los colores del día?
En Comunicaciones contestaron que T.S. Eliot no era un código nuevo ni los colores del día.
Al coronel Cargill se le ocurrió otra idea.
—Quizá debería telefonear al Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea para ver si saben algo. Allí trabaja un soldado llamado Wintergreen, con el que me llevo muy bien. Fue él quien me dio a entender que tenemos una prosa demasiado prolija.
Wintergreen le dijo a Cargill que en el Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea no había constancia de la existencia de un tal T.S. Eliot.
—¿Qué tal va nuestra prosa últimamente? —decidió preguntar el coronel Cargill aprovechando que Wintergreen estaba al aparato—. Ha mejorado mucho, ¿no?
—Aún resulta demasiado prolija —respondió el ex soldado de primera Wintergreen.
—No me sorprendería lo más mínimo que el general Dreed estuviera detrás de esto —confesó al fin el general Peckem—. ¿Se acuerda de lo que hizo con las instalaciones de tiro al plato?
El general Dreedle había abierto el campo de tiro privado del coronel Cathcart a todos los oficiales y soldados del escuadrón que realizaran misiones de combate. Quería que sus hombres pasaran en el campo de tiro al plato el mayor número de horas que las instalaciones y su programa les permitieran. Tirar al plato ocho horas al mes constituía una excelente preparación para ellos. Los preparaba para tirar al plato.
A Dunbar le encantaba el tiro al plato porque detestaba cada momento que pasaba en el campo y el tiempo transcurría muy lentamente. Había calculado que cada hora en el campo de tiro con gente como Havermeyer y Appleby equivalía a diecisiete años multiplicados por once.
—Creo que estás loco —fue la respuesta de Clevinger ante el descubrimiento de Dunbar.
—¿A quién le importa? —replicó Dunbar.
—Te lo digo en serio —insistió Clevinger.
—¿A quién le importa? —machacó Dunbar.
—A mí. De verdad. Incluso llegaría a admitir que la vida parece más larga si...
—...es más larga si...
—...es más larga...¿Es más larga? Vale, es más larga si está llena de épocas de aburrimiento y molestias, pe...
—¿A que no sabes con qué rapidez? —preguntó bruscamente Dunbar.
—¿Eh?
—Con qué rapidez se van.
—¿Quiénes?
—Los años.
—Los años.
—Sí, los años —repitió Dunbar—. Los años, los años, los años.
—¿Por qué no dejas en paz a Clevinger, Dunbar? —terció Yossarian—. ¿No sabes los daños que esto está causando?
—No importa —respondió Dunbar, magnánimo—. Aún tengo varias décadas en reserva. ¿No sabes cuánto tarda en pasar un año cuando está a punto de acabar?
—Y tú cierra la bocaza también —le dijo Yossarian a Orr, que había empezado a reírse disimuladamente.
—Estaba pensando en esa chica —dijo Orr—. Esa chica calva de Sicilia.
—Más vale que te calles tú también —le aconsejó Yossarian.
—La culpa es tuya —le dijo Dunbar a Yossarian—. ¿Por qué no le dejas que se ría si eso es lo que le apetece? Es preferible que se ría a que hable.
—De acuerdo. Venga, ríete todo lo que quieras.
—¿Sabes lo que tarda en pasar un año cuando se está acabando? —le repitió Dunbar a Clevinger—. Esto —chasqueó los dedos—. Hace un segundo entrabas en la universidad con los pulmones llenos de aire fresco. Hoy eres un viejo.
—¿Que soy viejo? —preguntó Clevinger sorprendido—. ¿Qué quieres decir?
—Que eres viejo.
—No soy viejo.
—Te encuentras a pocos milímetros de la muerte cada vez que cumples una misión. ¿Cuántos años más puedes cumplir a tu edad? Hace medio minuto entrabas en el instituto, y un sujetador desabrochado era tu sueño más cercano al paraíso. Hace sólo un cuarto de segundo eras un niño con unas vacaciones de diez semanas que duraban cien mil años y sin embargo terminaban demasiado pronto. ¡Pum! Corren como un cohete. ¿Cómo demonios puedes retrasar el tiempo?
Cuando terminó de hablar, Dunbar estaba casi enfadado.
—Bueno, quizá tengas razón —admitió Clevinger de mala gana, en tono apagado—. Quizás haya que llenar una vida larga con situaciones desagradables para que parezca larga. Pero en ese caso, ¿a quién puede interesarle?
—A mí, por ejemplo —le contestó Dunbar.
—¿Por qué? —preguntó Clevinger.
—¿Acaso hay otra posibilidad?

5
EL JEFE AVENA LOCA

El doctor Danika vivía en una tienda de color gris sucio con el jefe Avena Loca, al que temía y detestaba.
—Me imagino cómo tiene el hígado —rezongó el doctor Danika.
—Imagínate cómo lo tengo yo —le aconsejó Yossarian.
—A tu hígado no le pasa nada.
—Eso demuestra lo mucho que no sabes —replicó Yossarian, fanfarrón.
Le contó al doctor Danika lo del preocupante dolor de hígado que tanto había preocupado a la enfermera Cramer y a todos los médicos del hospital porque no llegaba a ser ictericia y no se le pasaba.
Al doctor Danika no le interesaba lo más mínimo.
—¿Y dices que tú tienes problemas? —le espetó—. ¿Y yo qué? Tendrías que haber estado en mi consulta el día que vinieron esos recién casados.
—¿Qué recién casados?
—Los recién casados que vinieron un día a mi consulta. ¿No te lo he contado? La mujer era preciosa.
También lo era la consulta del doctor Danika. Había decorado la sala de espera con peces de colores y unos muebles baratos francamente buenos. Siempre que podía, compraba a plazos, incluso los peces de colores. Para lo demás, les sacaba dinero a familiares codiciosos a cambio de compartir los beneficios. La consulta se encontraba en Staten Island, un edificio de dos viviendas sin salida de incendios a cuatro manzanas de la parada del transbordador y sólo a una del supermercado, de tres salones de belleza y de dos farmacias de propietarios corruptos. Estaba bien situada, circunstancia que no le servía de nada. La afluencia de gente era escasa, y por costumbre todo el mundo seguía yendo a los médicos que conocían desde hacía años. Las facturas se amontonaban deprisa, y al cabo de poco tiempo Danika tuvo que aceptar la pérdida del instrumental clínico que más valoraba: devolvió la calculadora y a continuación la máquina de escribir. Los peces se murieron. Por suerte, cuando el panorama se presentaba más negro, estalló la guerra.
—Fue una auténtica bendición del cielo —confesó solemnemente el doctor Danika—. En seguida llamaron a filas a la mayoría de los médicos y las cosas cambiaron de la noche a la mañana. La buena situación de la consulta empezó a dar fruto y al cabo de poco tiempo me vi con más pacientes de los que podía atender si quería trabajar como es debido. Subí la comisión que les cobraba a los farmacéuticos. Los salones de belleza me proporcionaban dos o tres abortos semanales. Me iba estupendamente y, de pronto, ya ves lo que pasó. Tuvieron que mandar a un tipo de la caja de reclutas para hacerme un reconocimiento. Era apto para el servicio. Yo ya me había reconocido a fondo y había descubierto que no lo era. Lo lógico hubiera sido pensar que bastaba con mi palabra, ¿no?, porque soy médico reconocido por el colegio de médicos del condado y mantenía buenas relaciones con la Asociación de Consumidores. Pues resulta que no, que mandaron a ese tipo para comprobar si de verdad tenía una pierna amputada a la altura de la cadera y tenía que guardar cama irremediablemente a causa de una artrosis reumatoide incurable. Vivimos en una época de desconfianza y de deterioro de los valores espirituales, Yossarian. Es terrible —se lamentó el doctor Danika con voz temblorosa por la profunda emoción—. Es terrible cuando incluso el país que uno ama duda de la palabra de un médico.
Reclutaron al doctor Danika y lo enviaron a Pianosa en calidad de médico de aviación, a pesar de que le horrorizaba volar.
—No tengo por qué meterme en líos subiendo a un avión —observó, guiñando como un miope los ojos redondos, castaños, ofendidos—. Los líos te vienen solos, sin necesidad de buscarlos. Como lo de esa virgen de la que te he hablado, que no podía tener hijos.
—¿Qué virgen? —preguntó Yossarian—. Pensaba que me habías hablado de unos recién casados.
—A esa virgen me refiero. Eran una pareja de críos y llevaban casados... esto... algo más de un año cuando vinieron a mi consulta sin pedir hora. Tendrías que haberla visto. Era tan tierna, tan joven y tan guapa... Incluso se sonrojó cuando le pregunté por sus períodos. Creo que nunca dejaré de querer a esa chica. Tenía un cuerpo de ensueño y llevaba una cadena alrededor del cuello con una medalla de san Antonio que le llegaba hasta el pecho, el más bonito que he visto en mi vida. «Debe de ser una tentación terrible para san Antonio», bromeé, simplemente para tranquilizarla un poco. «¿San Antonio?», dijo su marido. «¿Quién es san Antonio?» «Pregúnteselo a su mujer», le contesté. «Ella tiene que saberlo.» «¿Quién es san Antonio?», le preguntó. «¿San Antonio?», dijo ella. «¿Quién es san Antonio?» Cuando la examiné de arriba abajo descubrí que era virgen. Hablé a solas con su marido mientras ella volvía a ponerse la faja y a engancharse las medias. «Todas las noches», me dijo, muy orgulloso. El típico fantasmón, ya me entiendes. «No dejo pasar ni una sola noche —insistió—. A veces incluso se lo hago por la mañana, antes de que prepare el desayuno para irnos a trabajar», insistió, todo orgulloso. Sólo cabía una explicación. Cuando volvieron a estar juntos les hice una demostración del acto sexual con las maquetas de caucho que tengo en la consulta. Tengo unas maquetas con todos los órganos reproductores de ambos sexos que guardo con llave en un armario aparte para evitar que la gente se escandalice. Bueno, los tenía, porque ahora no tengo nada, ni siquiera clientes. Lo único que tengo son unas décimas todos los días que están empezando a preocuparme seriamente. Esos dos chavales que trabajan conmigo en la enfermería no tienen ni idea de diagnósticos. Lo único que se les da bien es quejarse. ¿Y ellos piensan que tienen problemas? ¿Y yo? Tendrían que haber estado en mi consulta el día del que te hablo, con los recién casados mirándome como si les estuviera contando algo increíble. Nunca había visto a nadie tan interesado. «¿Quiere decir así?», me preguntó el marido, y se pasó un buen rato manipulando las maquetas. Conozco bien al tipo de persona que se pone cachonda simplemente haciendo eso. «Así, muy bien —le dije—. Váyanse a casa e inténtenlo unos cuantos meses de esta forma, a ver qué pasa. ¿De acuerdo?» «De acuerdo», contestaron, y me pagaron en efectivo sin rechistar. «Que lo pasen bien», les dije. Me dieron las gracias y se marcharon juntos. Él le rodeaba la cintura con el brazo, como si estuviera impaciente por llegar a casa y meterse en faena. Al cabo de unos días volvió solo y le dijo a la enfermera que tenía que verme inmediatamente. En cuanto nos quedamos a solas me pegó un puñetazo en la nariz.
—¿Cómo?
—Me dijo que me creía muy listo y me pegó un puñetazo en la nariz. «¿Se cree usted muy listo, verdad?», me dijo y me dio un golpe que me caí de culo. ¡Pum! Así, por las buenas. No lo digo en broma.
—Ya lo sé —replicó Yossarian—. Pero ¿por qué lo hizo?
—¿Y cómo voy a saberlo? —replicó el doctor Danika de mal humor.
—¿No tendría algo que ver con san Antonio?
El doctor Danika le dirigió una mirada de perplejidad.
—¿San Antonio? —preguntó atónito—. ¿Quién es san Antonio?
—¿Y cómo voy a saberlo yo? —contestó el jefe Avena Loca, entrando a trompicones en la tienda justo en ese momento con una botella de whisky entre los brazos y sentándose con aire belicoso entre los dos.
El doctor Danika se levantó sin pronunciar palabra y colocó la silla a la entrada de la tienda, con la espalda inclinada por la ingente mochila de injusticias que constituían su perpetua carga. No soportaba la presencia de su compañero.
El jefe Avena Loca pensaba que estaba loco.
—No sé qué le pasa a ese tipo —comentó en tono de reproche—. Que no tiene cabeza, eso es lo que le pasa. Si la tuviera, cogería una pala y se pondría a cavar ahora mismo. Aquí, en la tienda, debajo de mi catre. Encontraría petróleo en seguida. ¿Es que no sabe que ese soldado encontró petróleo cavando con una pala en Estados Unidos? ¿No se ha enterado de lo que le pasó a ese chaval... cómo se llama ese cerdo hijo de puta, ese chulo de Colorado?
—Wintergreen.
—Pues eso, Wintergreen.
—Tiene miedo —le explicó Yossarian.
—Ni hablar. Wintergreen no tiene miedo. —El jefe Avena Loca movió la cabeza sin disimular su admiración—. Esa rata, ese sabelotodo no le tiene miedo a nadie.
—Pero el doctor Danika sí. Eso es lo que le pasa.
—¿De qué tiene miedo?
—De ti —respondió Yossarian—. Tiene miedo de que te mueras de neumonía.
—Pues más le vale —replicó el jefe Avena Loca. En su gigantesco pecho retumbó una carcajada profunda, resonante—. Y además, me moriré, a la primera oportunidad que se me presente. Ya lo verás.
El jefe Avena Loca era un indio apuesto y atezado de Oklahoma, con un rostro ancho de huesos pronunciados y pelo negro desgreñado, un mestizo creek de Enid que, por misteriosas razones, había decidido morirse de neumonía. Era un indio furibundo, vengativo y desilusionado que detestaba a los extranjeros con apellidos como Cathcart, Korn, Black y Havermeyer y deseaba que todos ellos volvieran a la tierra de sus repugnantes ancestros.
—No lo creerás, Yossarian —reflexionó en voz alta, para que se enterara el doctor Danika—, pero en este país se vivía muy bien antes de que ellos lo dejaran hecho un asco con su maldita beatería.
El jefe Avena Loca estaba empeñado en vengarse del hombre blanco. Apenas sabía leer ni escribir, y le habían adjudicado el puesto de ayudante del capitán Black en las tareas de información.
—¿Cómo iba a aprender a leer y a escribir? —preguntó con fingida agresividad, volviendo a alzar la voz para que lo oyera el doctor Danika—. Siempre que plantábamos la tienda en un sitio, perforaban un pozo de petróleo. Cada vez que perforaban un pozo, encontraban petróleo. Y cada vez que encontraban petróleo, nos obligaban a recoger la tienda y a marcharnos a otro lado. Éramos como varas de zahorí humanas. Toda nuestra familia tenía una afinidad natural con los yacimientos de petróleo, y las compañías petroleras de todo el mundo empezaron a enviar técnicos a perseguirnos. Siempre estábamos de un lado a otro. Así era imposible criar a un niño, te lo aseguro. Creo que nunca llegué a pasar más de una semana en el mismo sitio.
Su primer recuerdo era de un geólogo.
—Cada vez que nacía otro miembro de la familia Avena Loca se disparaban las cotizaciones de Bolsa. Al cabo de poco tiempo nos perseguían centenares de empresas petrolíferas con todos sus aparatos, tratando de adelantarse unas a otras. Empezaron a fusionarse para reducir el número de empleados que tenían que dedicarnos, pero siguió creciendo la multitud que venía detrás de nosotros. No conseguíamos dormir como Dios manda ni una sola noche. Cuando nosotros nos trasladábamos, también se trasladaban ellos, con sus camiones, sus excavadoras, sus grúas y sus generadores. Éramos un negocio andante, y algunos de los mejores hoteles nos enviaban invitaciones por la cantidad de dinero que éramos capaces de llevar a ciertas ciudades. Algunas invitaciones eran realmente generosas, pero no podíamos aceptarlas porque éramos indios y los mejores hoteles no permitían la entrada de indios. El racismo era algo terrible, Yossarian. De verdad. Es terrible que traten a un indio leal y como Dios manda como a un negro, un italiano, un judío o un portorriqueño.
El jefe Avena Loca asintió, muy convencido.
—Un buen día ocurrió: el principio del fin. Empezaron a adelantársenos. Intentaban adivinar dónde íbamos a detenernos y empezaban a perforar antes de que nosotros llegáramos, de modo que no podíamos detenernos. Bastaba con que empezáramos a desenrollar las mantas para que nos echaran a patadas. Tenían confianza en nosotros. Ni siquiera esperaban a encontrar petróleo para echarnos a patadas. Estábamos tan hartos que ya casi ni nos importaba el momento en que teníamos que huir. Una mañana nos vimos completamente rodeados de buscadores de petróleo que nos esperaban para echarnos a patadas. En cada risco había un hombre al acecho, como indios a punto de atacar. Aquello fue el fin. No podíamos quedarnos porque acababan de echarnos, y no quedaba ningún sitio al que ir. El ejército fue mi salvación. Por suerte, estalló la guerra en el momento oportuno, y me sacó de aquel lío un equipo de reclutamiento que me llevó sano y salvo a Lowery Field, en Colorado. Yo fui el único superviviente.
Yossarian sabía que el jefe Avena Loca mentía, pero no lo interrumpió ni siquiera cuando aseguró que no había vuelto a tener noticias de sus padres. No es que al indio le preocupara demasiado, pues sólo sabía que eran sus padres porque ellos se lo habían dicho, y como le habían mentido tantas veces y sobre tantas cosas, también podían haberlo hecho sobre ese tema. Estaba mucho mejor informado sobre la suerte que había corrido una tribu de primos carnales que se había dirigido hacia el norte en una maniobra de despiste y se había internado en Canadá sin que nadie lo advirtiera. Cuando intentaron volver, los detuvieron en la frontera las autoridades de inmigración, que no les dejaron entrar. No podían entrar por su condición de pieles rojas.
Era una broma terrible, pero el doctor Danika no se rió hasta que Yossarian volvió a verlo, tras haber cumplido otra misión, y le rogó una vez más, sin esperar lograrlo, que le diera la baja. El doctor Danika se rió entre dientes y en seguida se sumergió en sus propias preocupaciones, entre las que se contaban el jefe Avena Loca, que llevaba toda la mañana retándole a un combate de lucha india, y Yossarian, que decidió en aquel mismo momento volverse loco.
—Pierdes el tiempo —se vio obligado a decirle el doctor Danika.
—¿No puedes dar de baja a alguien que esté loco?
—Sí, claro. Tengo que hacerlo. Hay una norma según la cual tengo que dar de baja a todos los que estén locos.
—Entonces ¿por qué no me das de baja a mí? Estoy loco. Pregúntaselo si no a Clevinger.
—¿A Clevinger? ¿Dónde está? Si tú lo encuentras, pregúntaselo.
—Pues pregúntaselo a cualquiera de los demás. Te dirá hasta qué punto estoy loco.
—Ellos sí que están locos.
—Entonces ¿por qué no les das de baja?
—¿Por qué no me lo piden?
—Porque están locos.
—Claro que lo están —convino el doctor Danika—. Acabo de decírtelo, ¿no?, y un loco no puede decidir si tú lo estás o no, ¿no te parece?
Yossarian lo miró con calma y atacó por otro lado.
—¿Y Orr? ¿Está loco?
—Claro que sí —respondió el doctor Danika.
—¿Puedes darle de baja?
—Claro. Pero primero tiene que pedírmelo. Así son las normas.
—¿Y por qué no te lo pide?
—Porque está loco —respondió el doctor Danika—. Tiene que estarlo para seguir participando en misiones de combate después de todos los avisos que ha recibido. Claro que puedo darle de baja, pero primero tiene que pedírmelo.
—¿Eso es lo único que tiene que hacer para que le den la baja?
—Sí. Pedírmelo.
—¿Y después podrás darle de baja? —preguntó Yossarian.
—No.
—O sea, es una trampa.
—Claro que es una trampa —corroboró el doctor Danika—. La trampa 22. Cualquiera que quiera abandonar el servicio no está realmente loco.
Sólo había una trampa, y era la 22, que establecía que preocuparse por la propia seguridad ante peligros reales e inmediatos era un proceso propio de mentes racionales. Orr estaba loco y podían retirarlo del servicio; lo único que tenía que hacer era solicitarlo.
Y en cuanto lo hiciera, ya no estaría loco y tendría que cumplir más misiones. Orr estaría loco si cumpliera más misiones y cuerdo si no las cumpliera, pero si estaba cuerdo tenía que realizarlas. Si las realizaba estaba loco y no tendría que hacerlo; pero si no quería estaba cuerdo y tenía que hacerlo. A Yossarian lo conmovió profundamente la absoluta sencillez de aquella cláusula de la trampa 22 y soltó un silbido de admiración.
—Eso son trampas y lo demás tonterías —comentó.
—Es la mejor que existe —admitió el doctor Danika.
Yossarian lo vio con claridad en toda su mareante sensatez. Sus pares de elementos perfectos poseían una precisión elíptica delicada y apabullante, como la buena pintura moderna, y a veces Yossarian no estaba seguro de comprenderla, al igual que nunca lo estaba con la buena pintura moderna o con las moscas que Orr veía en los ojos de Appleby. Sólo contaba con la palabra de Orr para creer en la existencia de dichas moscas.
—Sí, sí, las tiene —le aseguró Orr después de la primera pelea entre Yossarian y Appleby en el club de oficiales—, aunque probablemente ni siquiera lo sabe. Por eso no puede ver las cosas como son en realidad.
—Pero ¿cómo es posible que no lo sepa? —preguntó Yossarian.
—Porque tiene moscas en los ojos —le explicó Orr con exagerada paciencia—. ¿Cómo puede ver que tiene moscas en los ojos si tiene moscas en los ojos?
Tenía tanto sentido como cualquier otra cosa, y Yossarian estaba dispuesto a concederle a Orr un margen de confianza porque había nacido en los bosques de los alrededores de Nueva York y sabía mucho más que él sobre la fauna y porque, a diferencia de la madre de Yossarian y de su padre, hermana, hermano, tía, tío, cuñado, profesor, director espiritual, legislador, vecino y periódico, Orr nunca le había mentido sobre ningún tema crucial hasta entonces. Yossarian reflexionó sobre aquel nuevo dato que acababa de adquirir sobre la persona de Appleby a solas, durante un par de días, y decidió hacer una buena obra y comunicárselo al interesado.
—Appleby, tienes moscas en los ojos —le susurró con la mejor intención del mundo al encontrárselo a la entrada de la tienda de los paracaídas el día del vuelo-chollo semanal a Parma.
—¿Qué? —respondió secamente Appleby, confuso hasta lo indecible por el hecho de que Yossarian le hubiera hablado.
—Que tienes moscas en los ojos —repitió Yossarian—. Seguramente por eso no puedes verlas.
Appleby se alejó de Yossarian con una expresión a medio camino entre el asombro y el odio y guardó un silencio resentido hasta que se encontró en el camión junto a Hevermeyer circulando por la carretera larga y recta que llevaba a la tienda en la que se impartían las instrucciones, donde los esperaba el comandante Danby, el nervioso jefe de operaciones del grupo, para iniciar la sesión preliminar de información con todos los jefes de escuadrilla, bombarderos y navegantes. Appleby habló en voz baja para que no lo oyeran ni el conductor ni el capitán Black, que iba en el asiento delantero con las piernas estiradas y los ojos cerrados.
—Oye, Havermeyer —dijo en tono vacilante—, ¿tengo moscas en los ojos?
Havermeyer parpadeó, desconcertado.
—¿Roscas? —preguntó.
—No, moscas —le repitió Appleby.
Havermeyer volvió a parpadear.
—¿Moscas?
—Sí, en los ojos.
—Debes de estar loco —contestó.
—No, no estoy loco. El que está loco es Yossarian. Sencillamente dime si tengo o no tengo moscas en los ojos. Vamos. No voy a desmayarme del susto.
Havermeyer se metió otro cacahuete en la boca y miró con detenimiento los ojos de Appleby.
—Yo no veo nada —le aseguró.
Appleby soltó un enorme suspiro de alivio. Havermeyer tenía trocitos de cacahuete pegados a los labios, la barbilla y las mejillas.
—Tienes trocitos de cacahuete en la cara —le comentó Appleby.
—Más vale tener trocitos de cacahuete en la cara que moscas en los ojos —replicó Havermeyer.
Llegaron en camiones los oficiales de los otros cinco aviones para asistir a la sesión de información que tendría lugar al cabo de treinta minutos. A los tres soldados de cada tripulación no les daban instrucciones, y los llevaban directamente al aeródromo para que subieran a los aviones que les correspondían aquel día, en los que esperaban con el personal de tierra hasta que los oficiales a los que habían sido asignados saltaban a tierra desde la trasera de los traqueteantes vehículos y llegaba el momento de subir a bordo e iniciar el vuelo. Los motores entraban en funcionamiento de mala gana, resistiéndose al principio, en estacionamientos en forma de pirulí, con girar loco a continuación. Después los aviones empezaban a avanzar por el suelo empedrado pesadamente, a trompicones, como seres ciegos, estúpidos y tullidos. Carreteaban por la pista y despegaban uno detrás de otro, ligeros, entre rugidos y zumbidos, agrupándose lentamente sobre las abigarradas copas de los árboles, sobrevolando el aeródromo en círculo a velocidad constante hasta que todas las escuadrillas integradas por seis aparatos se hallaban en formación e iniciaban sobre el agua cerúlea la primera etapa del viaje, rumbo al objetivo situado en el norte de Italia o en Francia. Los aviones ganaban altura poco a poco, y cuando pasaban a territorio enemigo habían ascendido a casi tres mil metros de altitud. Una de las cosas más sorprendentes era que siempre reinaba una sensación de tranquilidad y silencio absolutos, rotos únicamente por las ráfagas de prueba de las ametralladoras, por algún comentario lacónico y apagado a través del intercomunicador y, finalmente, por la voz reposada del bombardero de cada aparato anunciando que se encontraban en el punto inicial y que pronto llegarían al objetivo. Siempre había sol, siempre una ligera aspereza en la garganta a causa del aire enrarecido.
Los B-25 que utilizaban eran aparatos estables, fiables, verde grisáceo, con timones y motores gemelos y anchas alas. Su único fallo, desde el puesto de bombardero que ocupaba Yossarian, consistía en el estrecho pasadizo que separaba el compartimento del bombardero, situado en el morro de plexiglás, de la escotilla de emergencia más próxima. Era un túnel cuadrado y frío que se abría bajo los mandos de vuelo, y un hombre grande como Yossarian sólo con dificultad lograba deslizarse por él. Un navegante rechoncho, de cara redonda, con ojillos de reptil y pipa como la de Aarfy también encontraba problemas, y Yossarian solía obligarlo a abandonar el morro cuando se dirigían hacia el objetivo. Había entonces momentos de tensión, de espera, sin nada que ver, nada que oír ni nada que hacer salvo aguardar mientras la artillería antiaérea de abajo apuntaba y se disponía a derribarlos y a sumirlos en un sueño eterno a la menor oportunidad.
El pasadizo representaba para Yossarian el cordón umbilical que unía el exterior con un avión a punto de caer, pero Yossarian lo insultaba y soltaba tacos a borbotones, considerándolo un obstáculo que interponía la providencia como parte del plan para destruirlo. Había sitio para otra escotilla de emergencia en el morro de un B-25, pero no existía. En su lugar estaba el pasadizo, y desde el desastre de la misión de Aviñón, todos y cada uno de sus descomunales centímetros, Yossarian detestaba, porque lo dejaban indefenso interminables segundos, lejos de su paracaídas, demasiado voluminoso para llevarlo delante, y unos interminables segundos más alejado de la escotilla de emergencia del suelo, situada entre la parte trasera de la elevada cabina del piloto y los pies del artillero sin rostro de la torreta superior, allá arriba. Yossarian ansiaba ocupar el sitio que podía ocupar Aarfy en cuanto lo echaba del morro; ansiaba sentarse en el suelo, hecho un ovillo, justo encima de la escotilla, al abrigo de un iglú de trajes antimetralla que le hubiera encantado llevar, con el paracaídas ya enganchado al arnés como debía ser, una mano asida al cordón de mango rojo y la otra aferrada a la manilla de la escotilla de emergencia que lo escupiría al aire a la primera señal de destrucción. Ya que tenía que estar allí, era allí precisamente donde quería estar y no delante, flotando como un absurdo pez de colores en una absurda pecera en voladizo mientras las absurdas hileras negras y apestosas del fuego antiaéreo estallaban y se inflaban a su alrededor, y arriba, y debajo, con una furia rampante, tambaleante, restallante, retumbante, fantasmagórica, cosmológica, que zarandeaba y flameaba y sacudía, que borboteaba y traspasaba, y amenazaba con aniquilarlos a todos en una fracción de segundo entre las llamaradas.
Aarfy no le servía de nada a Yossarian, ni como navegante ni como ninguna otra cosa, y siempre lo echaba con vehemencia del morro para que no se entorpecieran mutuamente si de repente tenían que escapar. Una vez concluida la operación de echarlo del morro, Aarfy era libre de acurrucarse en el suelo, junto donde Yossarian ansiaba acurrucarse, pero se quedaba de pie, muy tieso, con los cortos brazos cómodamente apoyados en el respaldo de los asientos del piloto y el copiloto, pipa en mano, hablándole a McWatt y a quienquiera que fuera el copiloto y comentándoles curiosas trivialidades que veía en el cielo a los dos hombres, que estaban demasiado ocupados para prestarle atención. McWatt, a los mandos, tenía más que suficiente con obedecer las estridentes órdenes de Yossarian quien, tras soltar las bombas sobre el objetivo, zarandeaba a toda la tripulación violentamente rodeando las voraces columnas de proyectiles en explosión vociferándole a McWatt órdenes bruscas, tajantes, obscenas, que se parecían mucho a los alaridos angustiados y suplicantes de las pesadillas de Joe el Hambriento en la oscuridad. Aarfy chupaba reflexivamente su pipa en medio de aquel caos, contemplando la guerra con serena curiosidad por la ventanilla de McWatt como si se tratara de una perturbación lejana que no le afectara. Aarfy era un hombre muy amigo de asociaciones y actividades culturales que no tenía cabeza suficiente como para sentir miedo. Yossarian sí la tenía y sentía miedo, y lo único que le impedía abandonar su puesto bajo el fuego enemigo y escurrirse por el pasadizo como una rata para ponerse a salvo era que no estaba dispuesto a confiar a nadie la acción evasiva para salir de la zona del objetivo.
No había nadie en el mundo al que pudiera otorgar el honor de tamaña responsabilidad. No conocía a nadie tan cobarde. Yossarian era el mejor hombre del grupo para las acciones evasivas, pero no tenía ni idea de por qué.
No existía ningún procedimiento concreto para las acciones evasivas. Lo único que se necesitaba era miedo, y Yossarian lo tenía de sobra, más que Orr o que Joe el Hambriento, más que Dunbar, que se había resignado dócilmente a la idea de que algún día moriría. Yossarian no se había resignado a semejante idea, y luchaba con las bombas, bramando: «¡Rápido, rápido, vamos, rápido, hijo de puta!». Con un odio ciego hacia McWatt, como si el piloto fuera el responsable de que estuvieran allí para que los borraran del mapa unos desconocidos, y toda la tripulación se separaba del intercomunicador, salvo en aquella lamentable ocasión de Aviñón, cuando Dobbs se volvió loco de repente y se puso a llorar, pidiendo ayuda histéricamente.
—¡Ayudadlo, ayudadlo! —gimoteaba—. ¡Ayudadlo, ayudadlo!
—¿A quién? ¿A quién hay que ayudar? —gritaba Yossarian tras haber vuelto a conectar sus auriculares al intercomunicador, pues se los había arrancado cuando Dobbs le quitó los mandos a Huple y los lanzó a una caída en vertical ensordecedora, paralizante, espantosa, que aplastó a Yossarian contra el techo del aparato y de la que los rescató Huple por los pelos cuando pudo recuperar los mandos de manos de Dobbs y enderezó el aparato casi con la misma brusquedad, en medio del cacofónico fuego antiaéreo que los vapuleaba y del que habían logrado escapar ilesos un momento antes. «Dios mío, Dios mío, Dios mío», imploraba en silencio Yossarian balanceándose en el techo del morro, incapaz de moverse.
—¡El bombardero, el bombardero! —chilló Dobbs en respuesta a la pregunta de Yossarian—. ¡No contesta, no contesta! ¡Ayudad al bombardero, ayudad al bombardero!
—¡Yo soy el bombardero! —le gritó Yossarian—. Yo soy el bombardero, y estoy bien.
—¡Pues ayudadlo! ¡Ayudadlo! —suplicó Dobbs—. ¡Ayudadlo, ayudadlo!
Y mientras tanto, Snowden agonizaba.

6
JOE EL HAMBRIENTO

Joe el Hambriento había cumplido cincuenta misiones, pero no le servía de nada. Ya había hecho las maletas y esperaba una vez más volver a casa. Por la noche sufría pesadillas prodigiosas, atronadoras, que mantenían en vela a todo el escuadrón salvo a Huple, el piloto de quince años que había mentido sobre su edad para entrar en el ejército y vivía con su gato en la misma tienda que Joe el Hambriento. Huple tenía el sueño ligero, pero aseguraba que no oía gritar a Joe el Hambriento. Joe el Hambriento estaba enfermo.
—¿Y qué? —refunfuñó resentido el doctor Danika—. Yo había conseguido situarme, ya te lo he dicho. Me embolsaba cincuenta de los grandes al año, y casi todo libre de impuestos, porque obligaba a mis clientes a pagarme en efectivo. Me respaldaba la asociación comercial más fuerte del mundo. Y mira lo que pasó. Justo cuando empezaba a tener unos ahorrillos, se les ocurre fabricar el fascismo y provocar una guerra tan horrorosa que me afecta incluso a mí. No puedo evitar reírme cuando oigo a alguien como Joe el Hambriento gritando como un poseso todas las noches. De verdad que no puedo evitarlo. ¿Que él está enfermo? ¿Cómo cree que me siento yo?
Joe el Hambriento estaba demasiado absorto en sus propias calamidades para preocuparse por los sentimientos del doctor Danika. La cuestión de los ruidos, por ejemplo. Los insignificantes lo enfurecían y se desgañitaba gritándole a Aarfy por los chupetones húmedos que le daba a la pipa, a Orr por enredar con todo, a McWatt por el chasquido explosivo que hacía al volver las cartas cuando jugaba al póquer o a la veintiuna, a Dobbs por dejar que le rechinaran los dientes mientras iba dándose baquetazos, chocando contra todo. Joe el Hambriento era una masa de irritabilidad móvil palpitante, rota. El tictac continuo de un reloj en una habitación destrozaba su indefenso cerebro como una tortura espantosa.
—Oye una cosa, chaval —le explicó desabridamente a Huple una noche, ya muy tarde—. Si quieres vivir en esta tienda, tienes que hacer lo mismo que yo. Tienes que envolver tu reloj en un par de calcetines de lana todas las noches y guardarlo en el fondo del armario, en el otro extremo de la habitación.
Huple adelantó la mandíbula, desafiante, para dar a entender a Joe el Hambriento que a él no le mandaba nadie, y después hizo exactamente lo que le habían dicho.
Joe el Hambriento era un pobre diablo demacrado y nervioso, con un rostro descarnado, puro hueso y piel, y unas venas que se retorcían subcutáneamente en los huecos ennegrecidos contiguos a los ojos como trozos de serpiente. Era una cara desolada, llena de cráteres, cubierta de hollín como un pueblo minero abandonado. Joe el Hambriento comía vorazmente, se mordisqueaba sin cesar las yemas de los dedos, tartamudeaba, se ahogaba, se rascaba, sudaba, salivaba e iba a todas partes cargado con una complicada cámara negra con la que trataba de sacar fotografías de chicas desnudas. Nunca le salían. Siempre olvidaba ponerle la película o encender alguna luz o quitar la tapa de la lente. No resultaba fácil convencer a las chicas desnudas para que posaran, pero Joe el Hambriento tenía un truco.
—¡Yo hombre importante! —gritaba—. ¡Yo gran fotógrafo de la revista Life! Gran fotografía en cubierta. ¡Si, si, si! Multi dinero. Multi divorcios. Multi folleteo todo el día.
Pocas mujeres se resistían a tanta labia y persuasión, y las prostitutas se levantaban de buena gana y adoptaban cualquier postura que les pidiera, por extravagante que fuera. Joe el Hambriento se ponía malo con las mujeres. Su reacción ante ellas como seres sexuales adoptaba la forma de una idolatría sin límites, delirante. Las mujeres eran manifestaciones encantadoras, satisfactorias y enloquecedoras de lo milagroso, instrumentos de placer demasiado poderosos para poder definirlos, demasiado intensos para soportarlos, y demasiado exquisitos para que los hombres viles e indignos las utilizaran. Sólo era capaz de interpretar la desnuda presencia femenina entre sus manos como un descuido cósmico destinado a ser rectificado inmediatamente, y se veía obligado a hacer uso carnal de ellas en los fugaces momentos de que creía disponer antes de que alguien se diese cuenta y las espantase. Jamás podía decidir entre tirárselas o fotografiarlas, porque le resultaba imposible ocuparse de ambas cosas al mismo tiempo. Aun más; últimamente le resultaba casi imposible hacer ninguna de las dos cosas, de tan perturbadas como tenía sus funciones por la necesidad compulsiva de apresurarse que invariablemente lo poseía. Las fotografías nunca salían, y Joe el Hambriento nunca entraba. Lo extraño era que en la vida civil Joe el Hambriento trabajaba de verdad como fotógrafo para la revista Life.
Era un héroe, el mayor de las Fuerzas Aéreas, según pensaba Yossarian, porque había participado en más combates que ningún otro héroe de las Fuerzas Aéreas. Había realizado seis series de combates. Joe el Hambriento había completado la primera serie de vuelos de combate cuando sólo se necesitaban veinticinco misiones para hacer las maletas, escribir cartas alegres a su casa y gastarle bromas al sargento Towser sobre la llegada de las órdenes que le permitirían volver a Estados Unidos. Mientras esperaba, se pasaba los días arrastrando los pies rítmicamente ante la entrada de la tienda de operaciones: bromeaba estrepitosamente con cuantos aparecían por allí y llamaba cerdo e hijo de puta en tono jocoso al sargento Towser cada vez que éste salía de la tienda.
Joe el Hambriento terminó sus primeras veinticinco misiones durante la semana en que se libró una batalla en Salerno, cuando Yossarian estaba ingresado en el hospital a causa de la gonorrea que había contraído en una misión de bajo nivel sobre una enfermera llevada a cabo entre los arbustos, en un viaje de aprovisionamiento a Marrakech. Yossarian hizo todo lo posible por llegar a la misma altura que Joe el Hambriento y casi lo consiguió, realizando seis misiones en seis días, pero la vigésima tercera fue a Arezzo. donde mataron al coronel Nevers: fue la ocasión en que más se aproximó al ansiado momento de volver a su país. Al día siguiente se presentó el coronel Cathcart, rebosante de orgullo ante su nueva unidad, y celebró la toma de mando elevando el número de misiones de veinticinco a treinta. Joe el Hambriento deshizo las maletas y volvió a escribir felices cartas a su casa. Dejó de meterse en broma con el sargento Towser. Empezó a detestarlo, a echarle la culpa de todo, malsanamente, aunque sabía que el sargento Towser no tenía nada que ver con la llegada del coronel Cathcart ni con el retraso en la expedición de las órdenes de regreso que podrían haberlo rescatado siete días y cinco veces antes.
Joe el Hambriento ya no soportaba la tensión de la espera y se desmoronaba inmediatamente después de cada misión. Cada vez que le retiraban del servicio ofrecía una gran fiesta a su pequeño círculo de amigos. Liquidaba las botellas de bourbon que había reunido en el transcurso del circuito semanal de cuatro días de duración con el avión del correo y reía, cantaba, bailaba arrastrando los pies y gritaba en éxtasis alcohólico hasta que no podía mantenerse despierto y se sumía en un sueño apacible. En cuanto Yossarian, Nately y Dunbar lo metían en la cama se ponía a gritar. Por la mañana salía de su tienda ojeroso, amedrentado y abrumado por la culpa, un edificio humano carcomido que se balanceaba peligrosamente, a punto de desplomarse.
A Joe el Hambriento le sobrevenían las pesadillas con celeste puntualidad todas y cada una de las noches que pasaba en el escuadrón durante la tremenda prueba que suponía no realizar misiones de combate mientras esperaba una vez más a que llegaran las órdenes para volver a casa, que nunca llegaban. A algunos hombres impresionables del escuadrón como Dobbs y el capitán Flume les afectaban tan profundamente los alaridos y las pesadillas de Joe el Hambriento que también ellos empezaron a sufrirlas, y las desgarradoras obscenidades que lanzaban al aire de la noche desde sus respectivas tiendas entrechocaban entre sí en medio de la oscuridad románticamente, como los cantos de apareamiento de aves canoras de mente perversa. La actuación del coronel Korn resultó decisiva para detener lo que, a su juicio, empezaba a ser una tendencia dañina en el escuadrón del comandante Coronel. La solución que ofreció consistía en que Joe el Hambriento volara en el avión del correo una vez a la semana, con lo que se alejaba del escuadrón durante cuatro noches, y el remedio, como todos los del coronel Korn, resultó eficaz.
Cada vez que el coronel Cathcart aumentaba el número de misiones y Joe el Hambriento volvía al servicio, cesaban sus pesadillas y se sumía en un estado normal de terror, con una sonrisa de alivio. Yossarian podía leer el rostro apergaminado de Joe el Hambriento como un libro abierto. Era estupendo cuando Joe el Hambriento tenía mal aspecto, y terrible cuando lo tenía bueno. Las reacciones invertidas de Joe el Hambriento constituían un extraño fenómeno para todo el mundo excepto para él mismo, que lo negaba porfiadamente.
—¿Quién sueña? —contestó cuando Yossarian le preguntó qué soñaba.
—¿Por qué no vas a ver al doctor Danika, Joe? —le aconsejó Yossarian.
—¿Para qué tendría que ir? No estoy enfermo.
—¿Y las pesadillas?
—Yo no tengo pesadillas —mintió Joe el Hambriento.
—Quizás él pueda hacer algo.
—Las pesadillas no tienen importancia —replicó Joe el Hambriento—. Todo el mundo tiene pesadillas.
Yossarian pensó que lo había pillado.
—¿Todas las noches? —le preguntó.
—¿Por qué no? —replicó Joe el Hambriento.
Y de repente todo adquirió sentido. ¿Por qué no todas las noches, efectivamente? Tenía sentido gritar de dolor todas las noches, más sentido que lo de Appleby, un maniático de las normas que ordenó a Kraft que ordenara a Yossarian que se llevara las pastillas de Atabrine en el vuelo a Europa después de que Yossarian y Appleby dejaron de hablarse. Joe el Hambriento también tenía más razón que Kraft, que estaba muerto, arrojado a la muerte sin ceremonias sobre Ferrara por la explosión de un motor después de que Yossarian llevara la escuadrilla de seis aviones sobre el objetivo por segunda vez. El grupo había vuelto a fallar en el bombardeo del puente de Ferrara por séptimo día consecutivo con el dispositivo capaz de colar bombas en un barril de pepinillos a cuatro mil pies de altitud, y había pasado una semana entera desde que el coronel Cathcart se había ofrecido voluntario para que sus hombres destruyeran el puente en veinticuatro horas. Kraft era un chaval de Pensilvania, delgaducho e inofensivo, que sólo deseaba caer bien a la gente y que estaba destinado a llevarse una decepción incluso con una ambición tan humilde y degradante. En lugar de caer bien a la gente, cayó muerto, escoria sangrienta entre la bárbara pira mortuoria a la que nadie oyó en aquellos últimos momentos tan valiosos en que el avión caía en picado con una sola ala. Había vivido anodinamente durante una temporada y se desplomó envuelto en llamas sobre Ferrara al séptimo día, mientras Dios descansaba, cuando McWatt giró y Yossarian lo dirigió sobre el objetivo por segunda vez porque Aarfy se sentía confuso y Yossarian había sido incapaz de soltar las bombas la primera vez.
—Supongo que tendremos que volver, ¿no? —dijo lúgubremente McWatt por el intercomunicador.
—Supongo que sí —replicó Yossarian.
—¿Sí? —insistió McWatt.
—Sí.
—¡Bueno, pues al diablo con todo! —dijo triunfal McWatt.
Y allá que volvieron, mientras los aparatos de las demás escuadrillas volaban en círculo sanos, y salvos, a lo lejos, y abajo, todos los retumbantes cañones de la división Hermann Goering les dedicaban sus disparos en exclusiva.
El coronel Cathcart era valiente y jamás vacilaba a la hora de ofrecer voluntarios a sus hombres para destruir cualquier objetivo disponible. No había ninguno demasiado peligroso para su grupo, al igual que no había ningún golpe demasiado difícil para Appleby en la mesa de pimpón. Appleby era buen piloto y un jugador de pimpón sobrehumano con moscas en los ojos que jamás perdía un punto. Únicamente necesitaba veintidós servicios para dejar en ridículo a su adversario. Su habilidad en la mesa de pimpón era legendaria, y ganaba cuantas partidas iniciaba hasta la noche en que Orr se achispó un poco con ginebra y zumo y le abrió la frente con la pala después de que Appleby le hubiera cerrado todas las posibilidades de ganar al devolverle los cinco primeros servicios. Orr subió de un salto a la mesa tras tirarle la pala y aterrizó en el otro extremo pegando un enorme brinco y plantándole los dos pies en plena cara. Appleby tardó casi un minuto en desembarazarse de los brazos y las piernas envolventes de Orr y levantarse penosamente, sujetando por la camisa con una mano a Orr, que tenía los pies a varios centímetros del suelo, y con el otro puño cerrado y preparado para aplastarlo. En ese momento se acercó Yossarian y le arrebató a Orr. Fue una noche de sorpresas para Appleby, un hombre tan alto y tan fuerte como Yossarian, a quien asestó un tremendo puñetazo que inundó al jefe Avena Loca de tal júbilo que se dio media vuelta y le plantó un derechazo en la nariz al coronel Moodus que llenó al general Dreedle de tan dulce satisfacción que ordenó al coronel Cathcart que echara al capellán del club de oficiales y que trasladara al jefe Avena Loca a la tienda del doctor Danika, donde podía estar bajo vigilancia médica las veinticuatro horas del día y mantenerse en unas condiciones físicas suficientemente buenas como para volver a aporrearle la nariz al coronel Moodus siempre que al general se le antojara. A veces, el general Dreedle realizaba expediciones especiales desde el Cuartel General con el coronel Moodus y su enfermera con el único objeto de que el jefe Avena Loca le diera un mamporro en la nariz a su yerno.
El jefe Avena Loca hubiera preferido continuar en el remolque que compartía con el capitán Flume, el silencioso y atormentado oficial de relaciones públicas del escuadrón que se pasaba gran parte de las tardes revelando las fotografías que hacía durante el día para enviarlas con los documentos publicitarios. El capitán Flume pasaba el mayor tiempo posible trabajando en el cuarto oscuro todas las tardes y después se acostaba en el catre con los dedos cruzados y una pata de conejo colgada del cuello e intentaba mantenerse despierto con todas sus fuerzas. Vivía con un constante miedo cerval del jefe Avena Loca. Al capitán Flume le obsesionaba la idea de que el jefe Avena Loca iría de puntillas cualquier noche hasta su catre cuando estuviera profundamente dormido y le rebanaría el cuello de oreja a oreja. El capitán Flume había sacado esta idea del propio jefe Avena Loca, que fue hasta su catre de puntillas una noche cuando estaba quedándose dormido y le susurró en tono siniestro que una noche cuando él, el capitán Flume, estuviera profundamente dormido, él, el jefe Avena Loca, iba a rebanarle el cuello de oreja a oreja. El capitán Flume se quedó petrificado, los ojos abiertos de par en par clavados en los del jefe Avena Loca, que despedían destellos de embriaguez a escasos centímetros de distancia.
—¿Por qué? —acertó a balbucear al fin el capitán Flume.
—¿Por qué no? —respondió el jefe Avena Loca.
Después de aquello, el capitán Flume se obligaba todas las noches a mantenerse despierto el mayor tiempo posible. Contaba con la inconmensurable ayuda de las pesadillas de Joe el Hambriento. Tener que escuchar con tanta atención sus alaridos demenciales noche tras noche llevó al capitán Flume a odiarlo y a desear que el jefe Avena Loca fuese hasta su catre de puntillas una noche y le rebanara el cuello de oreja a oreja. En realidad, el capitán Flume dormía como un tronco la mayoría de las veces y simplemente soñaba que estaba despierto. Sus sueños de vigilia resultaban tan convincentes que todas las mañanas se despertaba agotado y volvía a dormirse de inmediato.
El jefe Avena Loca casi había llegado a cogerle cariño al capitán Flume desde que se produjera su asombrosa metamorfosis. El capitán Flume se metió en la cama una noche siendo un extrovertido optimista y a la mañana siguiente se levantó transformado en introvertido taciturno, y orgullosamente el jefe Avena Loca consideraba al nuevo capitán Flume creación suya. Nunca había tenido intención de rebanarle el cuello de oreja a oreja. Amenazarlo con hacerlo era para él una simple broma, como morirse de neumonía, darle un mamporro en la nariz al coronel Moodus o desafiar al doctor Danika a un combate de lucha india. Lo único que deseaba cuando entraba trastabillando y borracho en la tienda todas las noches era irse a dormir inmediatamente, cosa que impedía Joe el Hambriento en muchas ocasiones. Las pesadillas de Joe el Hambriento lo sacaban de quicio y el jefe Avena Loca deseaba muchas veces que alguien entrara de puntillas en la tienda de Joe el Hambriento, le quitara de la cara al gato de Huple y le rebanara el cuello de oreja a oreja, para que todos los hombres del escuadrón salvo el capitán Flume pudieran dormir como es debido.
Aunque el jefe Avena Loca no paraba de darle mamporros en la nariz al coronel Moodus en nombre del general Dreedle, seguía siendo un marginado. Lo mismo le ocurría al comandante Coronel, comandante del escuadrón, que descubrió este detalle al mismo tiempo que era el comandante del escuadrón por boca del coronel Cathcart, quien apareció en su todoterreno como una exhalación el día después de que mataran al comandante Duluth en Perugia. El coronel Cathcart se detuvo con rechinar de ruedas a escasos centímetros del foso de las vías que separaba el morro de su vehículo de la ladeada cancha de baloncesto, de la que finalmente tuvo que huir el comandante Coronel obligado por las patadas, las zancadillas, las pedradas y los puñetazos de los hombres que casi habían llegado a hacerse amigos suyos.
—¡Es usted el nuevo comandante del escuadrón! —vociferó el coronel Cathcart desde el otro lado del foso—. Pero no se vaya a creer que eso significa nada, porque no es así. Simplemente significa que es usted el nuevo comandante del escuadrón.
Y el coronel se alejó tan bruscamente como había llegado, entre rugidos, fustigando el todoterreno con un furioso girar de ruedas que lanzó una cascada de fina gravilla a la cara del comandante Coronel. Éste se quedó inmovilizado al oír la noticia, sin habla, desgarbado y larguirucho como siempre, con un sobado balón entre las largas manos, mientras las semillas del rencor que tan rápidamente había sembrado el coronel Cathcart arraigaban en los soldados que habían estado jugando con él al baloncesto y que le habían permitido aproximarse a ellos más que nadie en el mundo. La córnea de sus soñadores ojos se dilató y humedeció al tiempo que su boca se contraía en una batalla perdida contra la soledad inexpugnable que se extendía a su alrededor como una niebla sofocante, una sensación que conocía muy bien.
Al igual que los demás oficiales del Cuartel General del escuadrón, con la excepción del comandante Danby, el coronel Cathcart estaba imbuido de un espíritu democrático: creía firmemente en la igualdad de todos los hombres, y en consecuencia despreciaba con el mismo ardor a cuantos no pertenecían al Cuartel General del grupo. No obstante, tenía fe en sus hombres. Como les decía con frecuencia en la tienda de instrucciones, pensaba que eran al menos diez misiones mejores que cualquier otra unidad, y que quien no compartiera la confianza que había depositado en ellos podía irse al infierno. La única forma que tenían de irse al infierno, como comprendió Yossarian cuando fue a ver al ex soldado de primera Wintergreen, consistía en cumplir las otras diez misiones.
—Sigo sin comprenderlo —protestó Yossarian—. ¿El doctor Danika tiene o no razón?
—¿Cuántas ha dicho?
—Cuarenta.
—Pues es verdad —admitió el ex soldado de primera Wintergreen—. Según el Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea sólo hay que cumplir cuarenta misiones.
Yossarian desbordaba de alegría.
—Entonces puedo volver a casa, ¿no? Yo ya tengo cuarenta y ocho.
—Claro que no puedes volver —replicó Wintergreen—. ¿Estás loco o qué?
—¿Por qué?
—La trampa 22.
—¿La trampa 22? —Yossarian no daba crédito—. ¿Qué demonios tiene eso que ver?
—La trampa 22 —le explicó pacientemente el doctor Danika cuando Joe el Hambriento llevó a Yossarian a Pianosa— dice que tienes que obedecer al comandante.
—Pero la 27.a Fuerza Aérea dice que puedo regresar a casa con cuarenta misiones.
—Pero no dice que tengas necesariamente que volver. Y las normas dicen que tienes que obedecer todas las órdenes. En eso consiste la trampa. Incluso si el coronel desobedeciera una orden de la 27.a Fuerza Aérea obligándote a cumplir más misiones, tú tendrías que cumplirlas o te acusarían de desobedecer una orden. Y entonces el Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea caería sobre ti.
Yossarian se quedó hundido, decepcionado.
—Entonces tengo que cumplir las cincuenta misiones, ¿no? —preguntó afligido.
—Las cincuenta y cinco —le corrigió el doctor Danika.
—¿Qué cincuenta y cinco?
—Las cincuenta y cinco misiones que el coronel quiere que cumpláis todos vosotros.
Joe el Hambriento soltó un enorme suspiro de alivio al oír las palabras del doctor Danika y su boca se distendió en una amplia sonrisa. Yossarian lo agarró por el cuello y les obligó a ambos a volver con él a ver al ex soldado de primera Wintergreen.
—¿Qué me harían si me negara a cumplir las misiones? —preguntó en tono confidencial.
—Probablemente te fusilaríamos —contestó Wintergreen.
—¡Cómo que me fusilaríais! —exclamó Yossarian sorprendido—. ¿Por qué ese plural? ¿Desde cuándo estás de su parte?
—Si van a fusilarte, ¿de qué lado quieres que me ponga? —replicó Wintergreen.
Yossarian hizo una mueca de dolor. El coronel Cathcart se la había jugado una vez más.

7
MCWATT

Por lo general, el piloto del avión de Yossarian era McWatt, quien, cuando se afeitaba por las mañanas a la entrada de su tienda con un pijama limpio de un color rojo chillón, era una de las cosas irónicas e incomprensibles que rodeaban a Yossarian. McWatt era el oficial más loco de cuantos participaban en combate, porque estaba completamente cuerdo y, sin embargo, no le importaba la guerra. Era una criatura joven y sonriente, paticorto y hombriancho, que no paraba de silbar alegres canciones de revista y que repartía los naipes con sonoros chasquidos cuando jugaba al póquer hasta que Joe el Hambriento acabó por desintegrarse presa de convulsiones bajo su efecto acumulativo y empezó a echar pestes contra él para que dejara de hacer aquellos ruidos.
—¡Eres un hijo de puta, lo haces porque me molesta! —chillaba Joe el Hambriento, furibundo, mientras Yossarian trataba de calmarlo sujetándolo con una mano—. Sólo lo hace por eso, porque le gusta oírme gritar... ¡Maldito hijo de puta!
McWatt fruncía su delicada nariz pecosa, en un gesto de disculpa, y juraba no volver a repartir así los naipes, pero siempre se le olvidaba. Llevaba zapatillas de lana a juego con el pijama rojo y dormía entre sábanas de colores recién planchadas, como la media sábana que había recuperado Milo arrebatándosela al sonriente ladrón goloso a cambio de ninguno de los dátiles deshuesados que le había prestado Yossarian. McWatt estaba profundamente impresionado con Milo que, para regocijo del cabo furriel Snark, ya estaba comprando huevos a siete centavos y vendiéndolos a cinco. Pero a McWatt no le impresionaba tanto Milo como a éste la carta que había obtenido Yossarian del doctor Danika explicando lo de su hígado.
—¡Qué es esto! —exclamó preocupado Milo cuando se topó con el gigantesco cajón de cartón ondulado lleno de paquetes de frutos secos, golosinas y latas de zumo de fruta que estaban a punto de llevar a la tienda de Yossarian dos de los trabajadores italianos que había secuestrado el comandante... de Coverley.
—Para el capitán Yossarian, señor —contestó el cabo furriel Snark con una afectada sonrisilla de superioridad. El cabo furriel Snark era un intelectual y un pedante convencido de ir veinte años por delante de su época y a quien no le gustaba rebajarse cocinando para las masas—. Tiene una carta del doctor Danika que le da derecho a toda la fruta y todos los zumos que quiera.
—¡Qué es esto! —exclamó Yossarian, al tiempo que Milo palidecía, a punto de desmayarse.
—El teniente Milo Minderbinder, señor —respondió el cabo furriel Snark con un guiño burlón—. Uno de los pilotos nuevos. Lo nombraron intendente la última vez que estuvo usted ingresado en el hospital.
—¡Qué es esto! —exclamó McWatt por la tarde, cuando Milo le tendió su media sábana.
—La mitad de la sábana que robaron en tu tienda esta mañana —le explicó Milo con nerviosa satisfacción, retorciéndose el bigote rojizo—. Me apuesto cualquier cosa a que ni siquiera sabías que te la habían robado.
—¿Y para qué puede querer nadie media sábana? —preguntó Yossarian.
Milo parecía inquieto.
—No entiendes nada —se lamentó.
Y Yossarian tampoco entendía por qué tenía tanto interés Milo en la carta del doctor Danika, que no podía ser más clara. «Den a Yossarian todos los frutos secos y zumos que quiera —había escrito el doctor Danika—. Dice que está enfermo del hígado.»
—Una carta así —musitó Milo con desaliento— podría llevar a la ruina a cualquier intendente. —Milo había ido a la tienda de Yossarian únicamente para volver a leer la carta, siguiendo a su cajón de provisiones perdidas por todo el escuadrón como una plañidera—. Tengo que darte todo lo que me pidas. Pero la carta no dice que tengas que comértelo tú solo.
—Y me parece muy bien —replicó Yossarian—, porque ni siquiera lo toco. Estoy enfermo del hígado.
—Ah, ya. Se me había olvidado —dijo Milo, bajando la voz respetuosamente—. ¿Es grave?
—Lo suficiente —respondió Yossarian muy animado.
—Entiendo —dijo Milo—. ¿Qué quieres decir?
—Que no podría ser mejor...
—Creo que no comprendo.
—...sin ser peor. ¿Lo comprendes ahora o no?
—Sí, ahora sí. Pero creo que sigo sin comprender.
—Bueno, no te preocupes. A quien tiene que preocuparle es a mí. Verás, es que en realidad no estoy enfermo del hígado. Sólo tengo los síntomas. El síndrome de Garnett-Fleischaker.
—Entiendo —dijo Milo—. ¿Y qué es el síndrome de Garnett- Fleischaker?
—Una enfermedad del hígado.
—Entiendo —dijo Milo, y se frotó las negras cejas con expresión compungida y dolorida, como si esperara a que desapareciera alguna molestia interna—. En ese caso —añadió al fin—, supongo que debes tener mucho cuidado con lo que comes, ¿no?
—Muchísimo cuidado —contestó Yossarian—. No es fácil contraer un buen síndrome de Garnett-Fleischaker, y no quiero echar a perder el mío. Por eso nunca como fruta.
—Ahora sí que lo entiendo —dijo Milo—. La fruta es mala para el hígado, ¿no?
—No, la fruta es muy buena para el hígado. Por eso nunca la como.
—Entonces ¿qué haces con ella? —preguntó Milo, remontando con tesón su creciente confusión para espetarle la pregunta que le quemaba la boca—. ¿La vendes?
—La regalo.
—¿A quién? —gritó Milo, con voz quebrada.
—¡A quien la quiera! —le gritó Yossarian a su vez.
Milo dejó escapar un prolongado lamento melancólico y se echó hacia atrás, trastabillando, con el rostro ceniciento perlado de sudor. Se tiró del ridículo bigote con aire ausente, temblando de pies a cabeza.
—Le doy una gran parte a Dunbar —prosiguió Yossarian.
—¿A Dunbar? —repitió Milo aturdido.
—Sí. Dunbar puede comer toda la fruta que quiere y no le hace ningún bien. Yo dejo el cajón ahí fuera para que quien quiera coja lo que le apetezca. Aarfy viene aquí a por ciruelas porque dice que en el comedor nunca sirven suficientes. Podrías ocuparte de eso cuando tuvieras un momento libre, porque no me hace ninguna gracia que venga Aarfy. En cuanto empiezan a acabarse las provisiones, el cabo Snark las repone. Nately se lleva un montón de fruta cada vez que va a Roma. Está enamorado de una puta que me odia y que a él no le hace el menor caso. Tiene una hermana pequeña que no les deja en paz cuando están en la cama, y viven en un piso con una vieja, un viejo y varias chicas más con los muslos bien gordos que se pasan el día tonteando. Nately les lleva un cajón entero cada vez que va allí.
—¿Se lo vende?
—No, se lo regala.
Milo frunció el ceño.
—Bueno, supongo que es un gesto muy generoso —comentó sin el menor entusiasmo.
—Sí, mucho —admitió Yossarian.
—Y además, estoy seguro de que es totalmente legal —añadió Milo—, ya que la comida es tuya desde el momento en que yo te la doy. Supongo que, en la situación tan mala en la que se encuentran, esa gente se alegrará.
—Sí, desde luego —le aseguró Yossarian—. Las dos chicas lo venden todo en el mercado negro y se gastan el dinero en bisutería y perfumes baratos.
Milo se animó ante aquellas palabras.
—¡Bisutería! —exclamó—. No sabía yo eso. ¿Cuánto pagan por los perfumes baratos?
—El viejo gasta su parte en whisky de garrafón y en fotografías guarras. Es un libertino.
—¿Un libertino?
—Ni te lo imaginas.
—¿Hay mucho mercado para las fotografías guarras en Roma? —preguntó Milo.
—Ni te lo imaginas. Fíjate en Aarfy, por ejemplo. Conociéndole, no podrías imaginártelo, ¿verdad?
—¿Que es un libertino?
—No, que es navegante. Conoces al capitán Aardvaark, ¿no? Es un tipo tan simpático que se acercó a ti el primer día que estuviste en el escuadrón y te dijo: «Aardvaark es mi apellido y la navegación, mi oficio». Llevaba una pipa en la boca y seguramente te preguntaría que a qué universidad habías ido. ¿Sabes a quién me refiero?
Milo no le prestaba atención.
—Déjame ser tu socio —le soltó, implorante.
Yossarian lo rechazó, a pesar de que no le cabía duda de que podrían disponer a su antojo de los camiones de fruta en cuanto él los retirara del comedor valiéndose de la carta del doctor Danika. Milo se quedó alicaído, pero a partir de aquel momento confió a Yossarian todos sus secretos menos uno, razonando astutamente que alguien que no le robaba al país que amaba no le robaría a nadie. Milo le confió a Yossarian todos sus secretos, excepto dónde se encontraban los agujeros en los que había empezado a enterrar el dinero en cuanto volvió de Esmirna con un avión cargado de higos y se enteró por Yossarian de que había ido un agente del CID al hospital. Para Milo, suficientemente crédulo como para ofrecerse voluntario, el puesto de intendente era algo sagrado.
—No me había dado cuenta de que no servíamos suficientes ciruelas —admitió el primer día—. Supongo que se debe a que aún soy nuevo en el trabajo. Trataré el asunto con el primer cocinero.
Yossarian se le quedó mirando fijamente.
—¿Qué primer cocinero? —preguntó—. No hay primer cocinero.
—El cabo furriel Snark —le explicó Milo, desviando la mirada con expresión culpable—. Es el único cocinero que tengo, así que en realidad es el primer cocinero, aunque me gustaría que lo trasladaran a la sección administrativa. Me da la impresión de que el cabo Snark tiene tendencia a ser demasiado creativo. Cree que su trabajo es una especie de manifestación artística y no para de quejarse de que tiene que prostituir su talento. Nadie le pide semejante cosa. A propósito, ¿sabes por qué lo degradaron a soldado raso y ahora no es más que cabo?
—Sí —respondió Yossarian—. Por envenenar al escuadrón.
Milo volvió a palidecer.
—¿Qué?
—Machacó cientos de pastillas de jabón y las mezcló con los boniatos para demostrar que la gente no tiene paladar y no distingue entre lo bueno y lo malo. El escuadrón entero se puso enfermo y suspendieron las misiones.
—¡En fin! —exclamó Milo frunciendo los labios con expresión de asco—. Descubriría que estaba equivocado, ¿no?
—Al contrario —le corrigió Yossarian—. Descubrió que tenía mucha razón. Todos repetimos. Sabíamos que estábamos enfermos, pero no teníamos ni idea de que nos hubieran envenenado.
Milo resopló dos veces, indignado, como una liebre despeluchada.
—En tal caso, hay que trasladarlo a la sección administrativa. No quiero que ocurra nada parecido mientras yo sea el jefe. Verás, mi deseo es ofrecer a los hombres de este escuadrón la mejor comida del mundo —confesó con aire grave—. Es una ambición importante, ¿no crees? Si un intendente aspira a menos, no tiene derecho a ocupar ese puesto. Eso opino yo. ¿No estás de acuerdo?
Yossarian se volvió lentamente para mirar a Milo, dando muestras de desconfianza. Vio una cara sencilla y sincera incapaz de sutilezas ni engaños, una cara honrada y franca con grandes ojos desparejos, pelo rojizo, cejas negras y un ridículo bigote entre rojizo y castaño. Milo tenía la nariz larga y delgada, con unas aletas móviles y húmedas visiblemente torcidas hacia la derecha, siempre apuntando hacia un lugar distinto al que él miraba. Era el rostro de un hombre de férrea integridad no más capaz de violar conscientemente los principios morales sobre los que se apoyaba su virtud que de transformarse en un sapo repugnante. Uno de dichos principios morales consistía en que no era pecado sacar tanto dinero como lo permitiera la situación. Se sumía en delirantes paroxismos de justificada indignación, que llegaron al culmen cuando se enteró de que un agente del CID andaba por allí buscándolo.
—No te busca a ti —le dijo Yossarian, tratando de apaciguarlo—. Busca a alguien que ha firmado con el nombre de Washington Irving las cartas que ha censurado en el hospital.
—Yo nunca he firmado ninguna carta con el nombre de Washington Irving —proclamó Milo.
—Claro que no.
—Pero es sólo un truco para obligarme a confesar que he ganado dinero en el mercado negro. —Milo tiró con fuerza de una de las despuntadas guías de su descolorido bigote—. No me gusta esa clase de tipos. No hacen más que fisgonear en la vida de la gente como nosotros. ¿Por qué no la toma el gobierno con Wintergreen si quiere hacer algo de provecho? Ése no respeta lo más mínimo las normas y no para de reducirme los precios.
El bigote de Milo era ridículo porque las dos mitades no coincidían. Eran como sus ojos desparejos, que nunca miraban la misma cosa al mismo tiempo. Milo veía más que la mayoría de las personas, pero no veía nada con demasiada claridad. En contraste con su reacción al enterarse de la presencia del agente del CID recibió con tranquilidad y valentía la noticia de que el coronel Cathcart había aumentado el número de misiones a cincuenta y cinco, noticia que le comunicó Yossarian.
—Estamos en guerra —dijo—. Y de nada sirve quejarse del número de misiones que tenemos que cumplir. Si el coronel dice que cincuenta y cinco, tendremos que cumplirlas.
—Yo no tendré que hacerlo —aseguró Yossarian—. Voy a ver al comandante Coronel.
—¿Cómo? El comandante Coronel nunca recibe a nadie.
—Pues entonces volveré al hospital.
—Acabas de salir de allí, hace diez días —le recriminó Milo—. No puedes meterte en el hospital cada vez que te pasa algo que no te gusta. No, lo mejor es cumplir las misiones. Es nuestro deber.
Milo albergaba rígidos escrúpulos que no le permitieron ni tan siquiera llevarse prestado un paquete de dátiles deshuesados del comedor el día que le robaron la sábana a McWatt, porque aquellos alimentos pertenecían al gobierno.
—Pero tú me los puedes prestar —le explicó Yossarian—, porque toda esta fruta es tuya en cuanto yo te la doy gracias a la carta del doctor Danika. Puedes hacer lo que quieras con ella, incluso venderla y ganar mucho dinero en lugar de regalarla. ¿No te gustaría que la vendiéramos juntos?
—No.
Milo se dio por vencido.
—Entonces préstame un paquete de dátiles deshuesados —le pidió—. Te lo devolveré. Te lo juro. Y además te daré algo más.
Milo cumplió su promesa y le entregó a Yossarian un cuarto de la sábana amarilla de McWatt cuando volvió con el paquete de dátiles, aún sin abrir, y con el sonriente ladrón goloso que había sustraído la sábana de la tienda de McWatt. El trozo de sábana pertenecía a Yossarian, que lo había obtenido mientras dormía la siesta, si bien no comprendía cómo. Tampoco McWatt.
—¿Esto qué es? —exclamó McWatt, contemplando atónito la mitad de sábana deshilachada.
—La mitad de la sábana que te han robado en la tienda esta mañana —le explicó Milo—. Me apuesto cualquier cosa a que ni siquiera sabías que te la habían robado.
—¿Y para qué puede querer nadie media sábana? —preguntó Yossarian.
Milo parecía inquieto.
—No entiendes nada —protestó—. Robó la sábana entera y yo la he recuperado con la caja de dátiles que tú has aportado. Por eso el cuarto de sábana es tuyo. Has conseguido una buena recompensa por tu inversión, sobre todo si tienes en cuenta que te devuelvo íntegros los dátiles que me diste. —A continuación, Milo se dirigió a McWatt—: La mitad de la sábana es tuya porque antes era tuya toda entera, y la verdad, no entiendo de qué te quejas, porque no tendrías ninguna parte si el capitán Yossarian y yo no hubiéramos intervenido.
—¿Quién se está quejando? —exclamó McWatt—. Simplemente intento pensar qué puedo hacer con media sábana.
—Se pueden hacer miles de cosas —le aseguró Milo—. Yo me he quedado con el otro cuarto a modo de recompensa por mi industria, mi trabajo y mi iniciativa. A ver si me entiendes, no es para mí, sino para la cooperativa. Esa es una de las cosas que se pueden hacer con media sábana. Puedes dejarla en la cooperativa y verla crecer.
—¿En qué cooperativa?
—En la que me gustaría formar algún día para poderos ofrecer la comida que os merecéis.
—¿Quieres formar una cooperativa?
—Sí. Bueno, no, un economato. ¿Sabes lo que es?
—Un sitio donde se compran cosas, ¿no?
—Y donde se venden —le corrigió Milo.
—Sí, y donde se venden.
—Toda mi vida he querido un economato. Con él se pueden hacer miles de cosas, pero hay que tenerlo, claro.
—¿Quieres un economato?
—Sí, y todo el mundo será accionista.
Yossarian seguía perplejo, porque se trataba de un asunto de negocios, y esos temas siempre lo dejaban perplejo.
—Voy a explicártelo otra vez —le propuso Milo con aburrimiento y exasperación crecientes, señalando con el pulgar al ladrón goloso, que seguía sonriendo a su lado—. Sabía que prefería los dátiles a la sábana. Como no entiende ni una palabra de nuestro idioma, pues hice el negocio en inglés.
—¿Y por qué no le has pegado un puñetazo y le has quitado la sábana? —preguntó Yossarian.
Apretando los labios con dignidad, Milo movió la cabeza.
—Eso hubiera sido injusto —contestó, regañón—. La fuerza es mala, y no sirve para nada. Ha sido mejor así, a mi manera. Cuando le ofrecí los dátiles y cogí la sábana, seguramente pensaba que quería un intercambio.
—¿Y qué hacías?
—En realidad, estaba ofreciéndole un intercambio, pero como no entiende nuestro idioma, puede negarlo.
—¿Y si se enfada y coge los dátiles?
—Bueno, le daremos un puñetazo y se los quitaremos —contestó Milo sin vacilar. Miró a Yossarian, después a McWatt y a continuación otra vez al primero—. De verdad que no entiendo de qué se queja todo el mundo. Estamos mucho mejor que antes. Todos están contentos menos este ladrón, y no tiene sentido preocuparse por él, ya que ni siquiera habla nuestro idioma y se merece todo lo que le pase. ¿No lo comprendéis?
Pero Yossarian seguía sin comprender por qué Milo compraba huevos en Malta a siete centavos y los vendía a cinco en Pianosa obteniendo ganancias.

8
EL TENIENTE SCHEISSKOPF

Ni siquiera Clevinger entendía cómo podía hacer Milo una cosa semejante, y eso que Clevinger lo entendía todo. Clevinger lo sabía todo sobre la guerra excepto por qué Yossarian tenía que morir mientras que se permitía vivir al cabo furriel Snark, o por qué tenía que morir el cabo furriel Snark mientras que se permitía vivir a Yossarian. Era una guerra odiosa e inmunda, y Yossarian podría haber vivido sin ella, quizá eternamente. Sólo un pequeño sector de sus compatriotas habría dado la vida por ganarla, y no aspiraba a contarse entre ellos. Morir o no morir, ésa era la cuestión, y Clevinger se devanaba los sesos tratando de contestarla. La historia no requería el óbito prematuro de Yossarian, podía hacerse plena justicia sin recurrir a él, el progreso no dependía de tal elemento, ni la consecución de la victoria. Que murieran hombres era un asunto de necesidad; pero cuáles habían de morir era pura circunstancia, y Yossarian estaba dispuesto a ser víctima de cualquier cosa menos de la circunstancia. Pero así era la guerra. Prácticamente lo único que había descubierto en su favor consistía en que pagaba bien y libraba a los niños de la perniciosa influencia de sus padres.
Clevinger sabía tanto porque era un genio de corazón ardiente y rostro descolorido. Era todo un cerebro desgarbado, enfebrecido, de ojos famélicos. Cuando estudiaba en Harvard obtenía becas en casi todas las materias, y la única razón por las que no las obtenía en otras era porque estaba demasiado ocupado en firmar cartas de protesta, repartirlas, participar en discusiones de grupo y abandonar discusiones de grupo, asistir a congresos de jóvenes, tratar de impedir otros congresos de jóvenes y organizar comités de estudiantes en defensa de los profesores universitarios despedidos. Todos coincidían en que Clevinger llegaría muy lejos en el mundo académico. En definitiva, Clevinger era una de esas personas muy inteligentes pero nada listas, y todos lo sabían, salvo quienes no tardaron mucho en darse cuenta.
En definitiva, era un imbécil. A Yossarian le recordaba muchas veces uno de esos seres de los museos modernos con los dos ojos juntos en un lado de la cara. Naturalmente, se trataba de una ilusión, creada por la costumbre que tenía Clevinger de contemplar fijamente un solo aspecto de una cuestión sin ver jamás el otro. Políticamente, era un humanista que distinguía entre la derecha y la izquierda y que se hallaba en una incómoda posición, atrapado entre ambas. Se pasaba el tiempo defendiendo a sus amigos comunistas ante sus enemigos derechistas y a sus amigos derechistas ante sus enemigos comunistas, y lo detestaban profundamente los dos grupos, que nunca lo defendían ante nadie porque lo consideraban un imbécil.
Era un imbécil muy serio, muy sincero y muy concienzudo. Era imposible ir con él al cine sin verse envuelto después en una discusión sobre la empatía, Aristóteles, los universales, los mensajes y las obligaciones del cine como manifestación artística en una sociedad materialista. Las chicas a las que llevaba al teatro tenían que esperar al primer descanso para enterarse por mediación de Clevinger si estaban viendo una obra buena o mala, y entonces se enteraban en seguida. Era un idealista militante que luchaba contra los prejuicios raciales desmayándose ante su existencia. Lo sabía todo sobre literatura excepto cómo disfrutar de ella.
Yossarian intentó ayudarlo.
—No seas imbécil —le aconsejó un día cuando ambos se encontraban en la escuela de cadetes de Santa Ana, en California.
—Voy a decírselo —insistió Clevinger, sentado junto a Yossarian en las gradas de la plaza de armas y mirando al teniente Scheisskopf que iba de un lado a otro enfurecido, como un Lear sin barba.
—¿Por qué yo? —gimió el teniente Scheisskopf.
—Cállate, idiota —le recomendó Yossarian a Clevinger en tono paternal.
—No sabes lo que dices —objetó Clevinger.
—Sé lo suficiente como para callarme, idiota.
El teniente Scheisskopf se tiraba de los pelos y rechinaba los dientes. Sus elásticas mejillas se bamboleaban con oleadas de angustia. Su problema radicaba en un escuadrón de cadetes de aviación con la moral muy baja que evolucionaban de una forma atroz en el concurso de desfiles que se celebraba todos los domingos por la tarde. Tenían la moral baja porque no querían marchar en los desfiles todos los domingos por la tarde y porque el teniente Scheisskopf había elegido a los oficiales cadetes en lugar de permitirles que los seleccionaran ellos.
—Quiero que alguien me lo diga —imploró el teniente Scheisskopf piadosamente—. Si tengo la culpa de algo, quiero que se me diga.
—Quiere que alguien se lo diga —repitió Clevinger.
—Quiere que todos se callen, imbécil —replicó Yossarian.
—¿Es que no lo has oído? —argumentó Clevinger.
—Sí lo he oído —repuso Yossarian—. Le he oído decir en voz alta y clara que quiere que mantengamos la boca cerrada si sabemos lo que nos conviene.
—No lo castigaré —juró el teniente Scheisskopf.
—Dice que no me castigará —dijo Clevinger.
—No. Te castrará —replicó Yossarian.
—Juro que no lo castigaré —aseguró el teniente Scheisskopf—. Quedaré muy agradecido a quien me diga la verdad.
—Te odiará —dijo Yossarian—. Te odiará hasta el día de su muerte.
El teniente Scheisskopf había cursado estudios universitarios becado por el gobierno a condición de que ingresara en el ejército, y se alegró mucho de que estallara la guerra, porque le daba la oportunidad de llevar uniforme de oficial y decir: «¡Atención!» en tono cortante y marcial a los montones de chavales que caían en sus garras cada ocho semanas antes de que los llevaran al matadero. Era un teniente ambicioso y sin sentido del humor, que se enfrentaba a sus responsabilidades con gran sensatez y únicamente sonreía cuando un oficial rival de la base de las Fuerzas Aéreas de Santa Ana sufría una indisposición a causa de una enfermedad mal curada. Era miope y padecía sinusitis crónica, circunstancia por la que la guerra revestía especial interés para él, ya que no corría ningún peligro de que lo enviaran al extranjero. Lo mejor que tenía era su mujer, y lo mejor que tenía su mujer era una amiga llamada Dori Duz que se lo hacía siempre que podía y tenía uniforme de enfermera que la mujer del teniente Scheisskopf se ponía y se quitaba todos los fines de semana para cualquier cadete del escuadrón de su marido que quisiera tirársela.
Dori Duz era una putita vivaracha de cobre y oro a la que le encantaba hacerlo en cobertizos, cabinas de teléfonos, casas de campo y paradas de autobús. Había poco que no hubiera puesto en práctica y menos que no estuviera dispuesta a poner. Era desvergonzada, delgada, agresiva y tenía diecinueve años. Destruía orgullos a docenas y hacía que los hombres se despreciaran a sí mismos a la mañana siguiente por la forma que tenía de encontrarlos, usarlos y tirarlos. Yossarian la amaba. Era una tía fantástica que lo consideraba buen chico. Le encantó la sensación de músculo elástico bajo su piel allí donde la acarició la única vez que se lo permitió. Yossarian quería tanto a Dori Duz que no podía contenerse y se arrojaba apasionadamente sobre la mujer del teniente Scheisskopf todas las semanas para vengarse del teniente Scheisskopf por estar vengándose de Clevinger.
La mujer del teniente Scheisskopf se vengaba de su marido por un crimen inolvidable que ella no podía recordar. Era una chica regordeta, sonrosada y perezosa que leía buenos libros y no paraba de aconsejarle a Yossarian que no fuera tan burgués sin la erre. Nunca estaba sin un buen libro a mano, ni siquiera cuando estaba tumbada en la cama con nada encima salvo Yossarian y las placas de identificación de Dori Duz. A Yossarian le aburría, pero también estaba enamorado de ella. Era una delirante especialista en matemáticas que había estudiado en la Escuela de Comercio Wharton incapaz de contar hasta el día veintiocho del mes sin verse en un apuro.
—Vamos a tener un niño otra vez, cielo —le decía a Yossarian un mes tras otro.
—Estás de los nervios —replicaba él.
—Lo digo en serio, amor mío —insistía ella.
—Y yo.
—Vamos a tener un niño otra vez, cielo —le decía a su marido.
—No tengo tiempo —rezongaba con pedantería el teniente Scheisskopf—. ¿Es que no sabes que se está preparando un desfile?
Al teniente Scheisskopf le preocupaba profundamente ganar los desfiles y acusar a Clevinger ante el tribunal de la escuela de conspirar para derrocar a los oficiales cadetes que había elegido Scheisskopf. Clevinger era un elemento perturbador y un sabelotodo. El teniente Scheisskopf sabía que Clevinger podía crear aun más problemas si no se lo vigilaba. Un día era lo de los oficiales cadetes; al día siguiente podía ser el mundo entero. Clevinger tenía cerebro, y el teniente Scheisskopf había observado que la gente con cerebro tenía tendencia a pasarse de lista. Ese tipo de hombres era peligroso, e incluso los nuevos oficiales cadetes a los que Clevinger había ayudado a recibir los despachos estaban deseando declarar contra él. El caso de Clevinger se abrió y de las mismas se cerró. Lo único que faltaba era algo de lo que acusarlo.
No podía ser nada relacionado con los desfiles, porque Clevinger se tomaba este tema casi tan en serio como el teniente Scheisskopf. Los hombres abandonaban las tiendas a primera hora de la tarde de los domingos y formaban penosamente de doce en doce junto a los barracones. Con una resaca monstruosa, marcaban el paso cojeando hasta ocupar su puesto en la plaza de armas central, donde permanecían inmóviles en medio del calor una o dos horas junto a los otros sesenta o setenta hombres de los demás escuadrones de cadetes hasta que se desplomaba un número suficiente para completar el cupo del día. En un extremo de la pista había una hilera de ambulancias y varios grupos de camilleros provistos de radioteléfonos portátiles. Encima de las ambulancias se situaban los vigías con binoculares. Un soldado llevaba la cuenta de las bajas. Quien se encargaba de supervisar aquella fase de la operación era un oficial médico con dotes para la contabilidad que daba el visto bueno al pulso de los cadetes y revisaba los números que escribía el soldado. En cuanto se recogían suficientes hombres inconscientes en las ambulancias, el oficial médico hacía una señal al director de la banda para que silenciara la música y diera por concluido el desfile. Uno detrás de otro, los escuadrones atravesaban la pista, ejecutaban un mortificante giro alrededor del estrado, volvían a cruzar la pista y regresaban a los barracones.
Se calificaba a cada escuadrón cuando pasaba junto al estrado, en el que estaba sentado un coronel hinchado de imponente bigote junto a los demás oficiales. El mejor escuadrón de cada ala recibía como premio un pendón amarillo sujeto a un bordón absolutamente inútil. El mejor escuadrón de la base obtenía un pendón rojo con un bordón más largo y aún más inútil, ya que el bordón pesaba más y costaba más trabajo arrastrarlo de acá para allá durante toda la semana hasta que lo ganaba otro escuadrón al domingo siguiente. Para Yossarian, la idea de recibir pendones a modo de premios era absurda. No iban acompañados de dinero, ni de privilegios de clase. Al igual que las medallas olímpicas y los trofeos de tenis, únicamente significaba que el poseedor había hecho algo que no le reportaba ningún beneficio a nadie con mayor habilidad que nadie.
También los desfiles le parecían absurdos. Yossarian los detestaba. Eran demasiado marciales. Detestaba oírlos, verlos, que lo metieran en ellos. Detestaba que lo obligaran a participar. Ya tenía más que suficiente con ser cadete de aviación para encima actuar como soldado en medio de un calor sofocante todos los domingos por la tarde. Tenía más que suficiente con ser cadete de aviación, porque saltaba a la vista que la guerra no iba a acabar antes de que él terminase el entrenamiento. Esa era la única razón por la que se había presentado voluntario a las Fuerzas Aéreas. Para el entrenamiento en aviación, tenía semanas y semanas por delante hasta que lo asignaran a una clase, semanas y semanas hasta llegar a la categoría de bombardero-navegante, y otras tantas prácticas hasta quedar plenamente preparado para el servicio en ultramar. Entonces parecía inconcebible que la guerra fuera a durar tanto, porque Dios estaba de su parte, según le habían dicho, y Dios, según le habían comentado también, podía hacer lo que quisiera. Pero la guerra no tenía visos de acabar y él casi había terminado el entrenamiento.
El teniente Scheisskopf deseaba ardientemente ganar los desfiles y permanecía despierto la mitad de la noche trabajando en el asunto mientras su mujer lo esperaba en la cama, cariñosa, hojeando Krafft-Ebing hasta llegar a sus párrafos preferidos. El teniente manoseaba soldados de chocolate hasta que se le derretían entre los dedos y después maniobraba las filas de a doce en las que había repartido los vaqueros que había comprado por correo bajo nombre supuesto y que guardaba con llave, fuera del alcance de todos, durante el día. Los ejercicios de anatomía de Leonardo le resultaban indispensables. Una noche sintió la necesidad de emplear un modelo vivo y ordenó a su mujer que desfilara por la habitación.
—¿Desnuda? —preguntó ella, esperanzada.
El teniente Scheisskopf se llevó las manos a los ojos, irritado. Era la cruz del teniente Scheisskopf haberse unido a una mujer incapaz de ver más allá de sus sucios deseos sexuales, de comprender la lucha titánica por lo inalcanzable en la que podía enzarzarse heroicamente un hombre noble.
—¿Por qué no me pegas nunca? —le preguntó una noche su mujer con un mohín coqueto.
—Porque no tengo tiempo —le espetó el teniente, molesto—. No tengo tiempo. ¿Es que no sabes que se está preparando un desfile?
Y de verdad no tenía tiempo. El domingo estaba a la vuelta de la esquina, y sólo quedaban siete días de la semana para ponerlo todo a punto. El teniente no comprendía en qué se le iba el tiempo. Haber acabado el último en tres desfiles seguidos lo había dejado en mal lugar y consideró todas las posibilidades de mejora, incluso clavar a los doce hombres de cada fila a una larga viga de roble para obligarlos a mantener la formación. El plan no resultaba factible, porque hacer un giro de noventa grados hubiera sido imposible sin insertar eslabones de una aleación de níquel en la rabadilla de todos los hombres, y el teniente Scheisskopf no confiaba lo más mínimo en poder obtener del Cuartel General tal cantidad de eslabones de aleación de níquel ni la colaboración de los cirujanos del hospital.
A la semana siguiente de que el teniente Scheisskopf siguiera la recomendación de Clevinger y dejara que los hombres eligieran a los oficiales cadetes, su escuadrón ganó el pendón amarillo. El teniente Scheisskopf experimentó tal júbilo ante el inesperado triunfo que le propinó un fuerte mamporro a su mujer en la cabeza con el bordón cuando ésta intentó arrastrarlo hasta la cama con intención de celebrar el acontecimiento mostrando su desprecio por las costumbres sexuales de las clases media y baja de la civilización occidental. A la semana siguiente el escuadrón ganó el pendón rojo, y el teniente Scheisskopf no cabía en sí de gozo. Y a la semana siguiente el escuadrón marcó un hito en la historia al ganar el pendón rojo dos veces consecutivas. El teniente Scheisskopf se sentía ya lo suficientemente seguro como para llevar a la práctica la gran sorpresa que tenía preparada. En el transcurso de sus amplias investigaciones había descubierto que las manos de los soldados, en lugar de moverse libremente, como era entonces la moda más extendida, no debían separarse más de siete centímetros del centro del muslo, lo que en la práctica equivalía a no moverlas.
Los preparativos del teniente Scheisskopf fueron complicados y clandestinos. Todos los cadetes de su escuadrón juraron mantener el secreto y ensayaban en mitad de la noche en la plaza de armas lateral. Desfilaban en medio de una oscuridad absoluta y chocaban entre sí, pero no tenían miedo, y aprendieron a no mover las manos. Al principio, al teniente Scheisskopf se le ocurrió la idea de pedirle a un amigo que tenía en la ferretería que clavara ganchos de una aleación de cobre en el fémur de todos los soldados y que los uniera a las muñecas con finos hilos de cobre exactamente de siete centímetros de longitud, pero no había tiempo —nunca había suficiente tiempo—, y costaba trabajo encontrar buen hilo de cobre en la guerra. Y además, recordó que con semejantes obstáculos los hombres no podrían desplomarse como es debido durante la impresionante ceremonia de los desvanecimientos que precedía al desfile, y que la incapacidad para desmayarse como Dios manda podía afectar a la clasificación de la unidad.
Durante toda la semana trató de disimular su alegría en el club de oficiales. Entre sus amigos más íntimos se desataron las especulaciones.
—¿Qué se traerá entre manos ese cabeza de chorlito? —preguntó el teniente Engle.
El teniente Scheisskopf respondía con una sonrisa de suficiencia a las preguntas de sus colegas.
—Lo descubriréis el domingo —prometió—. De verdad.
Aquel domingo el teniente Scheisskopf desveló la sorpresa que habría de marcar toda una época con el aplomo de un experto empresario. No dijo nada cuando los demás escuadrones pasaron ante el estrado de mala manera, como siempre. No dejó entrever nada ni siquiera cuando aparecieron las primeras filas de su escuadrón, desfilando sin mover un dedo, y sus asombrados colegas emitieron las primeras exclamaciones de sobresalto. Incluso entonces guardó silencio, hasta que el coronel hinchado de imponente bigote se abalanzó sobre él con el rostro del color de la grana, momento en que ofreció una explicación que lo hizo inmortal.
—Mire, coronel —anunció—. ¡Sin manos!
Y entre aquellos espectadores inmovilizados por el estupor repartió fotocopias de la oscura normativa sobre la que había cimentado su memorable triunfo. Fue el momento más feliz de la vida del teniente Scheisskopf. Ganó el desfile, naturalmente, obtuvo en exclusiva el pendón rojo y con ello se terminaron los desfiles dominicales, ya que resultaba tan difícil encontrar pendones rojos de buena calidad como buen hilo de cobre. Ascendieron a primer teniente al teniente Scheisskopf y él empezó a ascender rápidamente en el escalafón. Pocos fueron los que no lo consagraron como un auténtico genio militar por tan importante hallazgo.
—Ese teniente Scheisskopf... hay que ver... Es un auténtico genio militar —comentaba el teniente Travers.
—Desde luego —admitía el comandante Engle—. Es una lástima que ese bobo no pegue a su mujer.
—No creo que tenga nada que ver —replicó con frialdad el teniente Travers—. El teniente Bemis pega divinamente a la señora de Bemis cada vez que tienen relaciones sexuales y en los desfiles es una mierda.
—Yo me refiero a la flagelación —replicó el teniente Engle—. Los desfiles me importan tres pitos.
En realidad, a nadie más que al teniente Scheisskopf le importaban tres pitos los desfiles, y menos que a nadie al coronel hinchado de imponente bigote que era presidente del tribunal de la base y se puso a vociferarle a Clevinger en cuanto éste entró tímidamente en la sala para declararse inocente de los cargos que había presentado el teniente Scheisskopf contra él. El coronel aporreó la mesa con el puño, se hizo daño, se enfureció aun más con Clevinger, por lo que volvió a aporrear la mesa y se hizo más daño. El teniente Scheisskopf dirigió una mirada furibunda a Clevinger, apretando los labios, mortificado por la mala impresión que estaba causando el cadete.
—¡Dentro de sesenta días estará metido hasta el cuello en la pelea! —rugió el coronel de imponente bigote—. Y a usted le parece una broma graciosísima.
—No me parece ninguna broma —objetó Clevinger.
—No me interrumpa.
—Sí, señor.
—Y diga «señor» cuando lo haga —le ordenó el comandante Metcalf.
—Sí, señor.
—¿No acaban de ordenarle que no interrumpa? —preguntó con frialdad el comandante Metcalf.
—Pero si no he interrumpido, señor —protestó Clevinger.
—No. Ni ha dicho «señor». Añada eso a los cargos contra él —ordenó el comandante Metcalf al cabo que sabía taquigrafía—. «No decir “señor” a sus superiores cuando no los interrumpe.»
—Es usted un cretino, Metcalf—dijo el coronel—. ¿No lo sabía?
El comandante Metcalf tragó saliva.
—Sí, señor.
—Entonces cierre la boca. No dice usted más que tonterías.
Había tres miembros del tribunal, el coronel hinchado de imponente bigote, el teniente Scheisskopf y el comandante Metcalf, que intentaban adoptar una expresión pétrea. Como miembro del tribunal, el teniente Scheisskopf era uno de los jueces que sopesaría las circunstancias del caso contra Clevinger que presentaría el fiscal. El teniente Scheisskopf también era el fiscal. Clevinger contaba con un oficial para que lo defendiera. El oficial que iba a defenderlo era el teniente Scheisskopf.
Todo le resultaba muy confuso a Clevinger, que se echó a temblar de puro terror cuando el coronel se alzó como un eructo gigantesco y lo amenazó con hacer pedazos su repugnante y cobarde persona. Un día había tropezado cuando se dirigía a clase; al día siguiente lo acusaron formalmente de «romper la formación, agresión criminal, conducta indecente, melancolía, alta traición, provocación, ser un sabelotodo, escuchar música clásica, etcétera». La Biblia en pasta, y allí estaba el pobre, muerto de miedo ante el coronel hinchado, quien volvió a rugir que al cabo de sesenta días estaría metido hasta el cuello en la pelea y le preguntó si le gustaría que lo degradasen y lo enviasen a las islas Salomón a enterrar cadáveres. Clevinger contestó cortésmente que no; que era un imbécil que prefería ser un cadáver a tener que enterrarlo. El coronel se sentó, súbitamente tranquilo y hasta cauteloso, zalamero.
—¿A qué se refería al decir que no podíamos castigarlo? —preguntó lentamente.
—¿Cuándo, señor?
—Soy yo quien hace las preguntas. Usted las contesta.
—Sí, señor. Yo...
—¿Acaso cree que lo hemos traído aquí para que usted haga las preguntas y yo las conteste?
—No, señor. Yo...
—¿Para qué lo hemos traído aquí?
—Para contestar a las preguntas que me hagan.
—¡Tiene usted toda la razón! —bramó el coronel—. Entonces, ¿qué le parecería si empezara a contestar algunas antes de que le rompa la crisma? ¿A qué demonios se refería, hijo de puta, cuando dijo que no podíamos castigarlo?
—No creo haber hecho jamás semejante comentario, señor.
—¿Puede hablar más alto, por favor? No le oigo.
—Sí, señor. Yo...
—¿Puede hablar más alto, por favor? No le oye.
—Sí, señor. Yo...
—Metcalf.
—¿Sí, señor?
—¿No le he dicho que cierre la boca?
—Sí, señor.
—Entonces, cierre la boca cuando le digo que la cierre. ¿Entendido? ¿Puede hablar más alto, por favor? No le oigo.
—Sí, señor. Yo...
—Metcalf, ¿tengo el pie encima del suyo?
—No, señor. Debe de ser el pie del teniente Scheisskopf.
—No es mi pie —intervino el teniente Scheisskopf.
—Entonces será el mío —admitió el comandante Metcalf.
—Quítelo.
—Sí, señor. Pero primero tendrá que retirar el suyo, mi coronel. Está encima del mío.
—¿Me está diciendo que quite el pie?
—No, señor. Claro que no.
—Entonces, quite el pie y cierre la boca. ¿Puede hablar más alto, por favor? No le oigo.
—Sí, señor. Decía que yo no he dicho que no pudieran castigarme.
—¿De qué diablos está hablando?
—Estoy contestando a su pregunta, señor.
—¿A qué pregunta?
—«¿A qué demonios se refería, hijo de puta, cuando dijo que no podíamos castigarlo?» —respondió el cabo que sabía taquigrafía, leyendo el cuaderno de notas.
—Muy bien —dijo el coronel—. ¿A qué demonios se refería?
—Yo no dije que no pudieran castigarme, señor.
—¿Cuándo? —preguntó el coronel.
—¿Cuándo qué, señor?
—Otra vez me está haciendo preguntas.
—Lo siento, señor. Me temo que no entiendo su pregunta.
—¿Cuándo no dijo que no podíamos castigarlo? ¿No entiende mi pregunta?
—No, señor. No la entiendo.
—Acaba de decírnoslo. ¿Qué le parece si me contesta?
—Pero ¿cómo puedo contestar?
—Me está haciendo otra pregunta.
—Lo siento, señor, pero no sé cómo contestar. Nunca he dicho que no pudieran castigarme.
—Me está diciendo cuándo lo dijo. Yo le pregunto que cuándo no lo dijo.
Clevinger aspiró una profunda bocanada de aire.
—Siempre no he dicho que no pudieran castigarme.
—Eso está mejor, señor Clevinger, aunque es una mentira descarada. Anoche en las letrinas, ¿no le dijo en voz baja que no podíamos castigarlo a ese otro cerdo hijo de puta que nos cae fatal? ¿Cómo se llama?
—Yossarian, señor —respondió el teniente Scheisskopf.
—Pues Yossarian. Eso es. Yossarian. ¿Yossarian? ¿Se llama así? ¿Yossarian? ¿Qué nombre es ése?
El teniente Scheisskopf tenía todos los datos a mano.
—Se llama Yossarian, señor —explicó.
—Sí, supongo que así será. ¿No le dijo en voz baja a Yossarian que no podíamos castigarlo?
—No, no, señor. Le dije en voz baja que no podían declararme culpable...
—Seré estúpido —le interrumpió el coronel—, pero la diferencia se me escapa. Sí, supongo que soy muy estúpido, porque la diferencia se me escapa.
—Nos...
—Es usted un mamón hijo de puta, ¿verdad? Nadie le ha pedido aclaraciones y usted me las está dando. Yo estaba afirmando un hecho, no pidiendo aclaraciones. Es usted un mamón hijo de puta, ¿verdad?
—No, señor.
—¿No, señor? ¿Me está llamando embustero?
—No, no, señor.
—Entonces es usted un mamón hijo de puta, ¿verdad?
—No, señor.
—¡Maldita sea! ¿Qué quiere, pelearse conmigo? En menos que canta un gallo podría saltar sobre esta mesa y hacer pedazos su repugnante y cobarde persona.
—¡Adelante, hágalo! —gritó el comandante Metcalf.
—Metcalf, es usted un cerdo y un hijo de puta. ¿No le tengo dicho que cierre esa asquerosa boca que Dios le ha dado?
—Sí, señor. Lo siento, señor.
—Pues hágalo.
—Sólo intentaba aprender, señor. La única forma de aprender es intentarlo.
—¿Eso quién lo dice?
—Todo el mundo, señor. Incluso el teniente Scheisskopf.
—¿Usted dice eso?
—Sí, señor —respondió el teniente Scheisskopf—. Pero lo dice todo el mundo.
—Bueno, Metcalf, intente mantener la boca cerrada y quizá así aprenderá a hacerlo. ¿Por dónde íbamos? Vuelva a leerme lo último.
—«Vuelva a leerme lo último» —leyó el cabo que sabía taquigrafía.
—¡No lo último, imbécil! —gritó el coronel—. Lo otro.
—«Vuelva a leerme lo último» —insistió el cabo.
—¡Eso es lo último que he dicho yo! —vociferó el coronel, rojo de ira.
—No, señor —le corrigió el cabo—. Eso es lo último que he dicho yo. Acabo de leérselo hace un momento. ¿No lo recuerda, señor? Hace justo un momento.
—¡Oh, Dios mío! Léame lo último que ha dicho él, imbécil. Dígame, ¿cómo demonios se llama usted?
—Popinjay, señor.
—Muy bien, usted es el siguiente de la lista. En cuanto acabe este juicio, empezará el suyo. ¿Entendido?
—Sí, señor. ¿De qué se me va a acusar?
—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Han oído lo que me ha preguntado? Se va a enterar, Popinjay. En cuanto acabemos con Clevinger, se va a enterar. Cadete Clevinger, ¿qué le...? Usted es el cadete Clevinger, ¿no?, y no Popinjay...
—Sí, señor.
—Bien. ¿Qué le...?
—Popinjay soy yo, señor.
—Popinjay, ¿es su padre millonario o senador?
—No, señor.
—Entonces, Popinjay, va usted de culo y cuesta arriba. Tampoco es general ni alto funcionario, ¿verdad?
—No, señor.
—Me alegro. ¿A qué se dedica su padre?
—Está muerto, señor.
—Me alegro mucho. En serio, va usted de culo y cuesta arriba, Popinjay. ¿De verdad se llama usted Popinjay? ¿Qué clase de apellido es ése? No me gusta.
—Es el apellido de Popinjay, señor —explicó el teniente Scheisskopf.
—Pues no me gusta, Popinjay, y estoy deseando hacer pedazos su repugnante y cobarde persona. Cadete Clevinger, ¿sería usted tan amable de repetir lo que le dijo o no le dijo en voz baja a Yossarian ayer por la noche en las letrinas?
—Sí, señor. Le dije que no podían declararme culpable...
—Continuaremos a partir de ahí. ¿A qué se refería exactamente, cadete Clevinger, cuando dijo que no podíamos declararlo culpable?
—Yo no dije que no pudieran declararme culpable, señor.
—¿Cuándo?
—¿Cuándo qué, señor?
—Maldita sea, ¿es que va a empezar a tomarme el pelo otra vez?
—No, señor. Lo siento, señor.
—Entonces conteste a la pregunta. ¿Cuándo no dijo usted que no podíamos declararlo culpable?
—Anoche, en las letrinas, señor.
—¿Es ésa la única vez que no lo dijo?
—No, señor. Yo siempre no he dicho que no podían declararme culpable, señor. Lo que le dije a Yossarian fue que...
—Nadie le ha preguntado qué le dijo a Yossarian. Le hemos preguntado qué no le dijo. No nos interesa lo más mínimo lo que le dijo a Yossarian. ¿Queda claro?
—Sí, señor.
—Entonces, prosigamos. ¿Qué le dijo a Yossarian?
—Le dije que no podían declararme culpable del delito del que se me acusa sin dejar de ser fiel a la causa de...
—¿De qué? Está balbuceando.
—No balbucee.
—Sí, señor.
—Y balbucee «señor» cuando balbucee.
—¡Metcalf, hijo de puta!
—Sí, señor —balbuceó Clevinger—. De la justicia, señor. Que no podían declararme...
—¿La justicia? —el coronel estaba atónito—. ¿Qué es la justicia?
—La justicia, señor...
—Eso no es justicia —se mofó el coronel y se puso a golpear de nuevo la mesa con su mano gorda y grande—. Eso es Karl Marx. Voy a decirle qué es la justicia. Es una patada en el estómago cuando estás caído en el suelo, una puñalada trapera en medio de la oscuridad, un tiro a traición en el pañol de un buque de guerra. El garrote vil. Eso es la justicia cuando tenemos que prepararnos y endurecernos para la lucha. ¿Entendido?
—No, señor.
—¡Basta de señores!
—Sí, señor.
—Y diga «señor» cuando no lo diga —le ordenó el comandante Metcalf.
Clevinger fue declarado culpable, por supuesto, pues en otro caso no lo habrían acusado, y como la única forma de demostrarlo consistía en declararlo culpable, era su deber patriótico hacerlo. Le condenaron a realizar cincuenta y siete paseos de castigo. A Popinjay lo encerraron para darle una lección, y al comandante Metcalf lo trasladaron a las islas Salomón a enterrar cadáveres. El castigo de Clevinger consistía en pasar cincuenta minutos todos los fines de semana paseando por delante del edificio del capitán preboste con un fusil descargado que pesaba una tonelada.
A Clevinger le resultaba todo muy confuso. Ocurrían muchas cosas extrañas, pero a su juicio, la más extraña de todas era el odio, el odio brutal, implacable, sin disimulos, de los miembros del tribunal, que endurecía su expresión despiadada con una capa de venganza, que destellaba en sus ojos entrecerrados malévolamente, como brasas inextinguibles. Clevinger se quedó asombrado al descubrirlo. Lo habrían linchado si hubieran podido. Ellos tres eran adultos y él un muchacho, y lo odiaban y querían verlo muerto. Lo odiaban antes de que llegara allí, lo odiaron mientras estuvo allí, lo odiaron cuando se marchó, se llevaron el odio consigo como un preciado tesoro cuando se separaron y se reintegraron a sus respectivas soledades.
Yossarian había hecho todo lo posible la noche anterior para advertirlo de que tuviera cuidado.
—No tienes nada que hacer, chaval —le dijo sombrío—. Detestan a los judíos.
—Pero yo no soy judío —replicó Clevinger.
—Da lo mismo —le aseguró Yossarian, y tenía razón—. Van a por todo el mundo.
Clevinger se apartó de su odio como de una luz cegadora. Aquellos tres hombres que lo odiaban hablaban su lengua y llevaban su mismo uniforme, pero al ver sus rostros carentes de bondad disueltos en líneas inmutables de hostilidad comprendió al instante que en ningún rincón del mundo, ni siquiera en los aviones o los tanques o los submarinos fascistas, ni siquiera en los bunkers tras las ametralladoras o los morteros o los lanzallamas, ni siquiera entre los expertos artilleros de la División Antiaérea Hermann Goering, ni entre los temibles partidarios del nazismo de las cervecerías de Múnich, ni de ningún otro lugar, encontraría hombres que lo odiaran más.

9
EL COMANDANTE DIGNO CORONEL CORONEL

El comandante Digno Coronel Coronel lo había pasado mal desde el principio.
Como ocurre con frecuencia, había nacido demasiado tarde: exactamente con treinta y seis horas de retraso para el bienestar de su madre, una mujer dulce y enfermiza que, tras un día y medio de padecer las agonías del parto, perdió por completo las fuerzas para continuar la discusión sobre el nombre que habría de imponerse al recién nacido. Su marido recorrió el pasillo del hospital con la expresión grave y decidida de quien sabe lo que quiere. El padre de Digno Coronel Coronel era un hombre altísimo, demacrado, con gruesos zapatos y traje de lana negra. Rellenó el certificado de nacimiento sin titubear y le entregó el documento a la enfermera de la planta sin demostrar ninguna emoción. La enfermera lo cogió sin el menor comentario y se alejó con pasos silenciosos. El la observó, pensando qué llevaría debajo.
Al volver a la sala, encontró a su mujer hundida entre las mantas como un vegetal disecado: arrugada, seca y blanda, sus debilitados tejidos totalmente inmóviles. Su cama estaba situada en el extremo de la sala, junto a una ventana de cristal resquebrajado y recubierto de mugre. Lo salpicaba la lluvia que caía de un cielo encapotado, y el día era lúgubre y frío. En otras partes del hospital agonizaban personas con la piel del color de la tiza y labios exangües, azulencos. El hombre se quedó mirando largo rato a la mujer, muy erguido.
—He puesto al niño Caleb —anunció al fin en voz baja—. Según tus deseos.
La mujer no replicó, y el hombre esbozó una sonrisa. Lo había planeado todo a la perfección, porque su mujer estaba dormida y no podía saber que le había mentido ante su lecho de dolor en la mísera sala del hospital del condado.
Tales fueron los entecos comienzos del ineficaz comandante de escuadrón que se pasaba la mayor parte de la jornada laboral falsificando la firma de Washington Irving en los documentos oficiales, en su despacho de Pianosa. El comandante Coronel la falsificaba hábilmente con la mano izquierda para evitar que lo identificaran, protegido contra cualquier intrusión por una autoridad que él no deseaba y enmascarado tras el bigote postizo y las gafas oscuras, medida que tomaba para impedir que lo sorprendiera cualquiera que se asomara a la destartalada ventana del celuloide de la que un ladrón había cortado un trozo. Entre los dos puntos que separaban su nacimiento de su ascenso se extendían treinta y un deprimentes años de soledad y frustración.
El comandante Coronel había nacido demasiado tarde y demasiado mediocre. Algunas personas nacen mediocres, otras alcanzan la mediocridad, a otras se la imponen. En el caso del comandante Coronel, eran las tres cosas. Incluso entre las personas que carecían de todo interés él destacaba invariablemente por una carencia de interés aun mayor que la de los demás, y cuantos lo conocían se quedaban impresionados por el poco interés que despertaba.
A Digno Coronel le asestaron tres golpes desde el principio: su madre, su padre y Henry Fonda, con el que guardaba un repugnante parecido casi desde el día de su nacimiento. Mucho antes de que sospechara tan siquiera quién era Henry Fonda, se convirtió en objeto de comparaciones poco halagüeñas allí donde iba. Incluso a los desconocidos les parecía correcto criticarle, y como consecuencia padeció desde el principio un temor culpable hacia la gente y un impulso de adular y pedir perdón a la sociedad por el hecho de no ser Henry Fonda. No le resultaba tarea fácil ir por la vida pareciéndose a Henry Fonda, pero ni una sola vez pensó en darse por vencido, habiendo heredado la perseverancia de su padre, un hombre larguirucho con mucho sentido del humor.
El padre del comandante Coronel era un hombre sobrio y temeroso de Dios para quien un buen chiste consistía en mentir sobre su edad. Era un robusto agricultor de largas piernas, un individualista temeroso de Dios, amante de la libertad y observante de la ley, que sostenía que la ayuda federal a quienes no fueran agricultores era socialismo disimulado. Abogaba por el ahorro y el trabajo y abominaba de las mujeres casquivanas que no le hacían caso. Su especialidad era la alfalfa, y obtenía grandes beneficios no cultivándola. El gobierno le pagaba bien por cada arroba de alfalfa que no cultivaba. Cuanta más alfalfa no cultivaba, más dinero le daba el gobierno, e invertía hasta el último centavo que no ganaba en nuevas tierras para aumentar la cantidad de alfalfa que no producía. El padre de Digno Coronel trabajaba sin descanso para no cultivar alfalfa. En las largas tardes de invierno se quedaba en casa y no arreglaba las herramientas, y saltaba de la cama al rayar del mediodía un día tras otro para asegurarse de que no se realizaran las tareas cotidianas. Adquiría tierras con gran sensatez, al cabo de poco tiempo no cultivaba más alfalfa que ningún otro agricultor del condado. Los vecinos acudían a él en busca de consejo para todos los asuntos, porque había ganado mucho dinero y, por consiguiente, era inteligente. «Lo que sembréis recogeréis», les aconsejaba a todos y cada uno, y ellos decían «Amén».
El padre del comandante Coronel defendía a ultranza las economías en el gobierno, siempre y cuando no interfirieran con el sagrado deber que éste tenía de pagar a los agricultores la mayor cantidad posible por la alfalfa que producían y que nadie quería o por no producir alfalfa. Era un hombre orgulloso e independiente que se oponía al seguro de desempleo y que no dudaba en lloriquear, lamentarse y engatusar con tal de sacarle lo más posible a quien le fuera posible. Era un hombre devoto que instalaba el púlpito en cualquier parte.
«El Señor nos ha dado a los agricultores dos buenas manos para que cojamos cuanto podamos abarcar con ellas», predicaba con ardor en las escaleras del palacio de justicia o delante del supermercado, mientras esperaba a que saliera y le dirigiera una fría mirada la joven y malhumorada cajera que mascaba chicle continuamente, detrás de la que andaba. «Si el Señor no hubiera querido que cogiéramos cuanto pudiéramos —proseguía—, no nos hubiera dado dos buenas manos para cogerlo.» Y los demás murmuraban «Amén».
El padre del comandante Coronel tenía una fe calvinista en la predestinación y comprendía claramente que las desgracias de todo el mundo, salvo las suyas, eran expresiones de la voluntad divina. Fumaba cigarrillos y bebía whisky, y disfrutaba con las conversaciones ingeniosas y estimulantes, sobre todo la suya cuando mentía acerca de su edad o cuando contaba aquel chiste tan bueno sobre Dios y las dificultades de su mujer para dar a luz a Digno Coronel. El chiste tan bueno sobre Dios y las dificultades de su mujer se centraba en el hecho de que Dios había tardado sólo seis días en hacer el mundo, mientras que su mujer había pasado un día y medio dedicada a hacer solamente a Digno Coronel. Un hombre menos entero o más débil podría haber llegado a un compromiso con sustitutos tan excelentes como Segundo, Secundino o Primitivo, pero el padre de Digno Coronel llevaba catorce años esperando semejante oportunidad, y no era de las personas capaces de desperdiciarla. También contaba un chiste muy bueno sobre las oportunidades. «En este mundo, la oportunidad sólo llama a tu puerta una vez en la vida», sentenciaba. El padre de Digno Coronel repetía esta broma tan buena a cada oportunidad que se le presentaba.
Nacer con un parecido enfermizo con Henry Fonda fue la primera de una larga serie de bromas que habría de gastarle el destino durante su desventurada vida a aquella pobre víctima. Venir al mundo llamándose Digno Coronel la segunda. Esta última circunstancia constituía un secreto sólo conocido por su padre. Hasta que empezó a asistir a la guardería no se descubrió su verdadero nombre, y los resultados fueron catastróficos. La noticia destrozó a su madre, que perdió las ganas de vivir y murió consumida, algo que le vino muy bien a su padre, que había decidido casarse con la chica malhumorada del supermercado si no le quedaba más remedio y que no veía con optimismo la posibilidad de librarse de su mujer sin darle dinero o una paliza.
Para Digno Coronel las consecuencias fueron sólo ligeramente menos graves. A tan tierna edad se vio obligado a aceptar un hecho asombroso y terrible: que no era, como siempre le habían hecho creer, Caleb Coronel, sino un completo desconocido llamado Digno Coronel Coronel del que no sabía absolutamente nada y del que nadie había oído hablar. Los pocos compañeros de juegos que tenía se apartaron de él para no volver jamás, predispuestos como estaban a desconfiar de los desconocidos, sobre todo de alguien que ya los había engañado haciéndose pasar por un niño que conocían desde hacía años. Nadie quería tener nada que ver con él. Digno Coronel empezó a dejar caer las cosas al suelo y a caminar dando traspiés. Mostraba una actitud tímida y esperanzada ante cada nuevo contacto humano, y siempre acababa decepcionado. Como necesitaba tan desesperadamente un amigo, jamás lo encontraba. Fue creciendo, y se convirtió en un muchacho torpe, alto, soñador, de ojos frágiles y boca delicada, sonrisa insegura e indecisa que se transformaba en mueca de dolor con cada nuevo rechazo.
Era respetuoso con sus mayores, a quienes desagradaba. Hacía cuanto ellos le decían. Le decían que tuviera cuidado antes de cruzar, y él lo tenía. Le decían que no dejara para mañana lo que pudiera hacer hoy, y él no lo dejaba. Se le decía que honrara a su padre y a su madre, y él los honraba. Se le decía que no matara, y no mató hasta que entró en el ejército. Entonces le dijeron que matara, y mató. Ponía la otra mejilla cada vez que lo exigía la ocasión y siempre se portaba con los demás como hubiera querido que los demás se portaran con él. Cuando daba limosna a los pobres, su mano izquierda no sabía qué hacía la derecha. Jamás tomó el nombre del Señor su Dios en vano, ni cometió adulterio ni deseó a la mujer de su prójimo. Por el contrario, amaba a su prójimo y jamás levantó contra él falso testimonio. A sus mayores les desagradaba por ser un anticonformista tan evidente.
Como no tenía nada mejor en lo que destacar, destacó en el colegio. En la universidad estatal se tomó los estudios tan en serio que los homosexuales sospechaban que era comunista y los comunistas que era homosexual. Se especializó en historia inglesa: grave error.
—¡Historia de Inglaterra! —bramó indignado el senador de cabellera cana de su estado—. ¿Por qué no historia de América? ¡La historia americana es tan buena como la de cualquier otro país del mundo!
Digno Coronel se cambió inmediatamente a la especialidad de literatura norteamericana, pero no sin que antes le hubiera abierto ficha el FBI. En la apartada granja que él llamaba su casa vivían seis personas y un scotch terrier, y cinco de ellas y el perro resultaron ser agentes del FBI. Al cabo de poco tiempo contaban con suficiente información desfavorable sobre Digno Coronel como para hacer lo que quisieran con él. No obstante, lo único que se les ocurrió fue meterlo en el ejército con el grado de soldado raso y ascenderlo a comandante cuatro días después para que los congresistas con nada mejor de lo que ocuparse pudieran corretear por las calles de Washington, D. C., cantando: «¿Quién nombró comandante a Coronel? ¿Quién nombró comandante a Coronel?».
En realidad, quien nombró comandante a Digno Coronel fue una máquina IBM con un sentido del humor casi tan desarrollado como el de su padre. Cuando estalló la guerra aún era dócil y sumiso. Le dijeron que se alistara, y él fue y se alistó. Le dijeron que solicitara el arma de aviación, y él fue y solicitó el arma de aviación, y a la noche siguiente se vio descalzo en el barro helado a las tres de la madrugada ante un beligerante sargento del suroeste que les dijo que podía moler a palos a cualquier hombre de su unidad y que estaba dispuesto a demostrárselo. Los cabos habían despertado bruscamente a todos los soldados de su escuadrón unos minutos antes y les habían ordenado que formaran ante la tienda de la administración. Salieron con la ropa de civil con la que habían llegado hacía tres días antes. A los que se entretuvieron en ponerse calcetines y zapatos los obligaron a volver a las tiendas húmedas, frías, oscuras, a quitárselos, y todos quedaron descalzos en el barro mientras el sargento recorría sus rostros con sus pétreos ojos y les decía que podía moler a palos a cualquier hombre de su unidad. Nadie parecía deseoso de discutírselo.
El inesperado ascenso de Digno Coronel a comandante al día siguiente sumió al beligerante sargento en una melancolía insondable. Se pasó horas y horas cavilando en su tienda, como Saúl, sin recibir ninguna visita, mientras su alicaída guardia de élite vigilaba ante la entrada. A las tres de la mañana encontró la solución, y volvieron a despertar bruscamente a Digno Coronel y a los demás soldados y les ordenaron que formaran descalzos en medio de la llovizna, con una luz deslumbrante, ante la tienda de la administración, donde ya los estaba esperando el sargento, con los puños apretados sobre las caderas en actitud retadora, tan impaciente por hablar que apenas pudo aguardar a que llegaran.
—El comandante Coronel y yo podemos moler a palos a cualquier hombre de mi unidad —vociferó, jactancioso, en el mismo tono rudo y cortante de la noche anterior.
Los oficiales de la base acometieron el problema del comandante Coronel aquel mismo día. ¿Cómo iban a soportar a un comandante como Digno Coronel? Rebajarlo personalmente equivaldría a rebajar a los demás oficiales de igual o menor graduación. Por otra parte, tratarlo con cortesía era algo inconcebible. Por suerte, el comandante Coronel había solicitado el arma de aviación. A última hora de la tarde llegaron las órdenes de traslado, y a las tres de la mañana volvieron a despertarlo bruscamente. El sargento lo despidió a toda velocidad y lo metieron en un avión que se dirigió hacia el oeste.
El teniente Scheisskopf se puso blanco como el papel cuando el comandante Coronel se presentó ante él en California descalzo y con los pies embarrados. Digno Coronel estaba convencido de que volverían a despertarlo bruscamente para formar descalzo en el barro y se dejó los zapatos y los calcetines en la tienda. La ropa de paisano con la que se presentó ante el teniente Scheisskopf estaba arrugada y sucia. El teniente Scheisskopf, que aún no había alcanzado fama como organizador de desfiles, se estremeció violentamente al imaginarse al comandante Coronel desfilando descalzo en su escuadrón el domingo siguiente.
—Vaya al hospital inmediatamente —balbuceó una vez que se hubo recuperado lo suficiente como para hablar—, y dígales que está enfermo. Quédese allí hasta que le entreguen la asignación para los uniformes y pueda comprar ropa. Y calzado. Cómprese calzado.
—Sí, señor.
—No creo que tenga que llamarme «señor», señor —replicó el teniente Scheisskopf—. Tiene usted mayor graduación que yo.
—Sí, señor. Tendré más graduación que usted, señor, pero usted es el oficial al mando.
—Tiene razón, señor —admitió el teniente Scheisskopf—. Tendrá graduación mayor que yo, pero yo soy el oficial al mando. Así que mejor será que haga lo que le digo, o se buscará problemas. Vaya al hospital y dígales que está enfermo, señor. Quédese allí hasta que reciba la asignación para uniformes y pueda comprarse ropa.
—Sí, señor.
—Y calzado, señor. Cómprese calzado lo antes posible.
—Sí, señor. Así lo haré, señor.
—Gracias, señor.
A Digno Coronel, la vida en la escuela de cadetes no le resultó diferente a como había sido la vida hasta entonces. Quienquiera que estuviese con él siempre quería que estuviera con otra persona. Los instructores le daban trato preferente para que adelantara y pudieran librarse de él. En casi nada de tiempo obtuvo las alas de piloto y lo enviaron a ultramar, donde las cosas empezaron a mejorar de repente. Digno Coronel no había ansiado más que una sola cosa durante toda su vida: ser absorbido, y en Pianosa lo logró, durante una temporada. La graduación no significaba mucho para los hombres de servicio, y las relaciones entre soldados y oficiales eran informales y agradables. Hombres cuyos nombres desconocía le decían «Hola» y lo invitaban a ir a nadar o a jugar al baloncesto. Pasó las horas más dichosas en los partidos de baloncesto que duraban todo el día y que nadie ponía el menor empeño por ganar. Jamás llevaban cuenta de los tantos, y el número de jugadores variaba, desde uno hasta treinta y cinco. Digno Coronel nunca había jugado ni al baloncesto ni a nada, pero su buena estatura y su incontenible entusiasmo contribuían a compensar su torpeza innata y la falta de experiencia. Digno Coronel encontró la verdadera felicidad en aquella cancha de baloncesto ladeada con los oficiales y soldados que eran casi sus amigos. Si no había ganadores, tampoco había perdedores, y Digno Coronel disfrutó de todos y cada uno de los momentos hasta el día en que llegó el coronel Cathcart en su rugiente vehículo después de la muerte del comandante Duluth y le impidió seguir disfrutando.
—¡Es usted el nuevo comandante del escuadrón! —le gritó el coronel Cathcart con rudeza desde el otro lado de la zanja del ferrocarril—. Pero no crea que eso significa algo, porque no es así. Simplemente significa que es usted el nuevo comandante del escuadrón.
El coronel Cathcart albergaba un rencor implacable contra el comandante Coronel desde hacía tiempo. Un comandante superfino en nómina equivalía a una organización defectuosa y proporcionaba armas a los hombres del Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea que, según estaba convencido el coronel Cathcart, eran sus rivales y enemigos. El coronel había rezado para que le sobreviniera un golpe de suerte como la muerte del comandante Duluth. Había sufrido el tormento de un comandante de más; ahora el nuevo ocuparía su lugar. Nombró comandante de escuadrón a Digno Coronel y se alejó en su rugiente vehículo tan bruscamente como había llegado.
Para Digno Coronel, aquello supuso el final del juego. Se sonrojó, incómodo, y se quedó clavado en el sitio, incrédulo, mientras las nubes de tormenta volvían a arremolinarse sobre su cabeza. Al volverse hacia sus compañeros de equipo se encontró con un muro de rostros curiosos, reflexivos, de ojos que lo contemplaban con animosidad inescrutable. Tembló de vergüenza. Cuando se reanudó el juego, ya no fue como antes. Cuando regateaba, nadie intentaba detenerlo y cuando fallaba un enceste, nadie echaba a correr para coger el balón. Sólo se oía su voz. Al día siguiente ocurrió lo mismo, y al otro no volvió.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los hombres del escuadrón dejaron de hablarle y empezaron a mirarlo mal. Iba por la vida tímidamente, con los ojos bajos y las mejillas ardientes, objeto de desprecio, envidias, recelos, resentimientos y maliciosas indirectas. Algunas personas que antes apenas se habían fijado en su parecido con Henry Fonda no paraban de discutir sobre el tema, e incluso había algunos que albergaban la siniestra sospecha de que habían ascendido a Digno Coronel a comandante de escuadrón precisamente por parecerse a Henry Fonda. El capitán Black, que aspiraba a aquel puesto, sostenía que el comandante Coronel era en realidad Henry Fonda, pero demasiado cobardica para admitirlo.
Digno Coronel pasaba desconcertado de un desastre a otro. Sin consultarle, el sargento Towser decidió trasladar sus objetos personales al espacioso remolque que antes ocupaba sólo el comandante Duluth, y cuando Digno Coronel se precipitó sin aliento en la tienda de la administración para denunciar el robo de sus cosas, el joven cabo que allí había le pegó un susto mortal al levantarse de un salto y gritar: «¡Firmes!» en el momento en que él apareció. Digno Coronel adoptó la posición de firmes junto a todos los demás que estaban en la tienda, preguntándose qué importante personaje habría entrado detrás de él. Pasaron varios minutos de rígido silencio, y podrían haberse quedado firmes hasta el día del Juicio si no hubiera acertado a pasar por allí el comandante Danby, con intención de felicitar al comandante Coronel, al cabo de veinte minutos.
La situación le resultó aún más lamentable en el comedor, donde lo esperaba Milo, deshaciéndose en resplandecientes sonrisas, para acompañarlo orgulloso hasta la mesita que había preparado y adornado con un mantel bordado y un jarrón de cristal tallado rosa con un ramo de flores. Digno Coronel retrocedió horrorizado, pero no tuvo valor para resistirse, con todo el mundo mirándolo. Incluso Havermeyer levantó los ojos del plato para observarlo con las mandíbulas entreabiertas, pendulares. Digno Coronel se sometió mansamente a los codazos de Milo y se sentó acobardado a su mesa particular. No le entraba la comida, pero prefirió tragarse hasta el último bocado a correr el riesgo de ofender a los hombres que la habían cocinado. Más tarde, a solas con Milo, notó que en su interior ascendía la protesta, por primera vez en su vida, y le dijo que quería seguir comiendo con los demás oficiales. Milo replicó que no funcionaría.
—No entiendo qué es lo que tiene que funcionar —objetó Digno Coronel—. Nunca ha pasado nada.
—Usted nunca había sido el comandante del escuadrón.
—El comandante Duluth era el comandante del escuadrón y comía en la misma mesa que los demás hombres.
—Con el comandante Duluth era distinto, señor.
—¿En qué sentido?
—Preferiría que no me lo preguntara, señor —contestó Milo.
—¿Es porque me parezco a Henry Fonda? —preguntó Digno Coronel tras armarse de valor.
—Algunas personas aseguran que es usted Henry Fonda —contestó Milo.
—¡Bueno, pues no soy Henry Fonda! —exclamó Digno Coronel con la voz quebrada por la desesperación—. Y no me parezco a él lo más mínimo. Además, si me parezco a Henry Fonda, ¿qué tiene que ver con todo esto?
—No tiene nada que ver. Eso es lo que estoy intentando decirle, señor. Con usted no es lo mismo que con el comandante Duluth.
Y desde luego que no era lo mismo, porque en la siguiente comida, cuando Digno Coronel se separó del mostrador para sentarse con los demás a las mesas normales, se quedó paralizado ante la impenetrable barrera de antagonismo que formaban sus rostros, con la bandeja temblándole en las manos, hasta que Milo se deslizó sin pronunciar palabra para rescatarlo y lo llevó a su mesa particular. Tenía la certeza de que estaban resentidos porque parecía demasiado importante para comer con ellos ahora que lo habían nombrado comandante del escuadrón. Cuando Digno Coronel estaba presente no se oía ninguna conversación en el comedor. Se daba cuenta de que otros oficiales evitaban comer a la misma hora que él, y todos experimentaron un gran alivio cuando dejó de ir allí para comer en el remolque.
El comandante Coronel empezó a falsificar la firma de Washington Irving en los documentos oficiales al día siguiente de que apareciera el primer agente del CID para interrogarle sobre alguien que había estado haciendo lo mismo en el hospital, y eso le dio la idea. Estaba aburrido e insatisfecho en su nuevo puesto. Le habían nombrado comandante del escuadrón pero no sabía qué tenía que hacer en calidad de tal, a menos que su única obligación consistiera en falsificar la firma de Washington Irving en los documentos oficiales y escuchar los golpes secos y aislados y el tintineo de las herraduras del comandante... de Coverley al caer al suelo junto a la ventana de su despacho, situado en la parte trasera de la tienda de la administración. Lo abrumaba la incesante sensación de no haber realizado una serie de tareas de importancia vital y esperaba en vano a que se le vinieran encima sus responsabilidades. Raramente salía, a menos que no le quedara más remedio, porque no podía acostumbrarse a que se lo quedaran mirando. De vez en cuando rompían la monotonía un oficial o un soldado que le enviaba el sargento Towser por algún asunto que el comandante Coronel era incapaz de resolver y volvía a enviar al hombre en cuestión al sargento Towser para que él se hiciera cargo. Al parecer, fuere el que fuese su cometido como comandante de escuadrón, lo estaba desempeñando otra persona sin su ayuda. Se sentía deprimido. A veces pensaba seriamente en ir a contarle sus penas al capellán, pero éste parecía tan agobiado por sus propias preocupaciones que el comandante Coronel no se atrevía a echar leña al fuego. Además, no estaba muy seguro de que los capellanes tuvieran que atender a los comandantes de escuadrón.
Tampoco sabía qué actitud adoptar con el comandante... de Coverley, quien, cuando no se dedicaba a alquilar pisos o secuestrar trabajadores extranjeros, no tenía mejor cosa que hacer que lanzar herraduras. Muchas veces, el comandante Coronel escuchaba con suma atención el suave choque de las herraduras contra la tierra o el roce contra los pequeños ganchos de acero. Observaba al comandante... de Coverley durante horas enteras y se maravillaba de que un personaje tan augusto no tuviera nada más importante de que ocuparse. Muchas veces sentía la tentación de jugar con él, pero lanzar herraduras todo el santo día se le antojaba casi tan aburrido como firmar «comandante Coronel» en los documentos oficiales, y el semblante del comandante... de Coverley era tan imponente que al comandante Coronel le daba miedo acercarse a él.
El comandante Coronel pensaba frecuentemente sobre su relación con el comandante... de Coverley y sobre la relación de éste con él. Sabía que el comandante... de Coverley era su oficial ejecutivo, pero no qué significaba tal cosa, y no podía decidir si representaba una bendición, bajo la forma de un superior indulgente, o una maldición bajo la forma de un subordinado negligente. No quería preguntárselo al sargento Towser, al que temía en secreto, y no había nadie más a quien pudiera preguntárselo, menos que nadie al comandante... de Coverley. Pocas personas osaban aproximarse a él, y el único oficial lo suficientemente tonto como para coger una de sus herraduras contrajo sarna al día siguiente de haberlo hecho, el peor caso de sarna pianosana que habían visto Gus, Wes y el doctor Danika. Todo el mundo estaba convencido de que al pobre oficial le había contagiado la enfermedad el comandante... de Coverley a modo de venganza, pero nadie sabía a ciencia cierta cómo.
La mayor parte de los documentos oficiales que llegaban al despacho del comandante Coronel no le interesaban lo más mínimo. La inmensa mayoría consistía en alusiones a comunicados anteriores de los que él no tenía noticia. Nunca había necesidad de revisarlos a fondo, porque, invariablemente, las instrucciones indicaban que no les hiciera caso. Por consiguiente, en el espacio de un solo minuto productivo, podían caer en sus manos veinte documentos distintos, todos los cuales le aconsejaban que no prestara la menor atención a ninguno de ellos. Desde el despacho del general Peckem, en el continente, llegaban a diario prolijos boletines con alentadores encabezamientos como «Los aplazamientos son los ladrones del tiempo» y «La limpieza es lo más cercano a la santidad».
Ante los comunicados del general Peckem sobre la limpieza y los aplazamientos el comandante Coronel se sentía como un sucio aplazador, y siempre se los quitaba de encima lo antes posible. Los únicos documentos oficiales que despertaban su interés eran los relativos al infortunado segundo teniente al que habían matado en la misión de Orvieto al cabo de menos de dos horas de haber llegado a Pianosa y cuyo equipaje, aún casi sin deshacer, seguía en la tienda de Yossarian. Como el infortunado teniente se había presentado en la tienda de operaciones en lugar de en la de ordenanzas, el sargento Towser había decidido que resultaría más conveniente asegurar que no se había presentado en el escuadrón, y los documentos relativos a él destacaban el hecho de que se había desvanecido en el aire, cosa que, en cierto modo, era exactamente lo que había ocurrido. A la larga, el comandante Coronel agradeció que le llegaran documentos oficiales, porque pasarse todo el santo día en la oficina firmándolos era mucho mejor que pasarse todo el santo día en el despacho sin firmarlos. Así tenía algo que hacer.
Inevitablemente, le devolvían todos los documentos que firmaba con otra página que también tenía que firmar, tras intervalos de entre dos y diez días. Siempre eran más voluminosos que los anteriores, porque entre la página en que había estampado la última firma y la que añadían para que estampara otra se intercalaban las páginas con las firmas más recientes de los demás oficiales de diversas localidades que también se dedicaban a firmar los mismos documentos. El comandante Coronel se descorazonaba al ver que unos simples comunicados se hinchaban de una forma prodigiosa hasta adquirir el tamaño de enormes manuscritos. Por muchas veces que firmara uno, siempre se lo devolvían para que volviera a firmar, y empezó a desesperar de librarse de ninguno de ellos. Un día —el siguiente a la primera visita del agente del CID— el comandante Coronel firmó como Washington Irving en lugar de con su apellido simplemente para ver qué sensación le producía. Le gustó. Tanto, que durante el resto de la tarde hizo lo mismo en todos los documentos oficiales. Fue un acto impulsivo de frivolidad y rebelión por el que lo castigarían severamente, y lo sabía. A la mañana siguiente entró en su despacho muy agitado, y esperó a ver qué pasaba. No pasó nada.
Había cometido una falta, y se sentía encantado, porque no le devolvieron ninguno de los documentos en los que había firmado como Washington Irving. Al fin veía algún avance, y el comandante Coronel acometió su nueva carrera con entusiasmo, sin inhibiciones. Quizá firmar como Washington Irving en los documentos no fuera una gran carrera, pero sí menos monótono que firmar como «comandante Coronel». Cuando Washington Irving le resultara monótono podía invertir el orden y firmar como Irving Washington hasta que esto también le resultara monótono. Y estaba consiguiendo algo, porque no le devolvieron ninguno de los documentos que llevaban dichas firmas.
Quien sí volvió fue otro agente del CID, disfrazado de piloto. Los soldados sabían que pertenecía al CID porque se lo confesó y les rogó a todos y cada uno de ellos que no revelaran su verdadera identidad a ninguno de los hombres a los que había confiado que pertenecía al CID.
—Usted es la única persona del escuadrón que sabe que pertenezco al CID —le confesó al comandante Coronel—, y es fundamental que mantenga el secreto para que mi labor no pierda eficacia. ¿Me entiende?
—El sargento Towser lo sabe.
—Sí, ya. He tenido que decírselo para poder verlo a usted. Pero también sé que no se lo dirá a nadie, bajo ninguna circunstancia.
—Me lo ha dicho a mí —replicó el comandante Coronel—. Me ha dicho que había un miembro del CID que quería verme.
—Ese cerdo... Tendré que ordenar que lo sometan a una inspección de seguridad. Yo en su lugar no dejaría ningún documento secreto por ahí. Al menos hasta que yo redacte el informe.
—No recibo documentos secretos —replicó el comandante Coronel.
—A eso me refiero. Ciérrelos con llave en su armario, para que el sargento Towser no pueda encontrarlos.
—El sargento Towser tiene la única llave del armario.
—Me temo que estamos perdiendo el tiempo —dijo el segundo agente del CID secamente. Era un hombre enérgico, rechoncho e inquieto, de movimientos rápidos y seguros. Sacó varias fotocopias de un sobre rojo de grandes dimensiones que hasta entonces había escondido debajo de una cazadora de aviador con chillones dibujos de aviones volando entre explosiones de metralla naranja e hileras ordenadas de bombitas que indicaban cincuenta y cinco misiones de combate cumplidas—. ¿Ha visto esto?
El comandante Coronel miró con expresión de perplejidad diversas copias de cartas personales de pacientes del hospital en las que el censor había escrito «Washington Irving» o «Irving Washington».
—No.
—¿Y esto?
En esta ocasión el comandante Coronel posó la mirada sobre unas copias de documentos oficiales dirigidos a él en los que había estampado las mismas firmas.
—Tampoco.
—¿Está en su escuadrón el hombre que ha firmado con estos nombres?
—¿Cuál? Hay dos.
—Cualquiera de los dos. Suponemos que Washington Irving e Irving Washington son la misma persona y que utiliza los dos nombres para despistarnos. Es algo muy corriente.
—Creo que en mi escuadrón nadie se llama así.
Una expresión de decepción ensombreció el rostro del segundo agente del CID.
—Es mucho más inteligente de lo que creíamos —admitió—. Utiliza un tercer nombre y se hace pasar por otra persona. Y yo creo... sí, creo que sé cuál es el tercer nombre. —Le tendió otra fotocopia al comandante Coronel, inspirado y emocionado. ¿Qué me dice de esto?
El comandante Coronel se agachó ligeramente y vio una copia del correo censurado en el que Yossarian había tachado todo excepto el nombre de Mary y en el que había añadido: «Te echo de menos terriblemente A.T. Tappman, capellán, ejército de Estados Unidos». El comandante Coronel negó con la cabeza.
—No lo había visto.
—¿Sabe quién es A.T. Tappman?
—El capellán del grupo.
—Eso lo explica todo —dijo el segundo agente del CID—. Washington Irving es el capellán del grupo.
El comandante Coronel se sobresaltó.
—El capellán del grupo es A.T. Tappman —le corrigió.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
—¿Y por qué escribiría esto en una carta?
—Quizá lo escribiera otra persona y falsificara su firma.
—¿Y para qué querría nadie falsificar la firma del capellán?
—Para que no lo descubran.
—Quizá tenga usted razón —admitió el segundo agente del CID tras unos instantes de vacilación, y chasqueó la lengua con fuerza—. Es posible que nos encontremos ante un grupo, dos hombres que trabajan juntos y que por casualidad se llaman igual, pero con un orden inverso. Sí, eso tiene que ser. Uno está aquí, en el escuadrón, otro en el hospital y el otro con el capellán. Es decir, tres, ¿no es eso? ¿Está usted completamente seguro de que nunca había visto estos documentos oficiales?
—Los habría firmado.
—¿Con qué nombre? —preguntó astutamente el segundo agente del CID—. ¿Con el suyo o con el de Washington Irving?
—Con el mío —respondió el comandante Coronel—. Ni siquiera conozco el nombre de Washington Irving.
El segundo agente del CID esbozó una sonrisa.
—Me alegro de que haya aclarado las cosas, comandante. Eso significa que podremos trabajar juntos, y voy a necesitar a todos los hombres que encuentre. En algún punto del teatro de operaciones europeo hay un hombre metiendo sus manazas en los comunicados que van dirigidos a usted. ¿Tiene idea de quién pueda ser?
—No.
—Pues yo sí —replicó el segundo agente del CID, y se inclinó hacia delante para susurrarle algo en tono confidencial—. Ese hijo de puta de Towser. ¿Por qué, si no, va por ahí cotilleando sobre mí? Mantenga los ojos bien abiertos y en cuanto oiga a alguien hablar de Washington Irving comuníquemelo. Ordenaré una revisión de seguridad para el capellán y para toda la gente que hay aquí.
En cuanto se hubo marchado, el primer agente del CID entró por la ventana en el despacho del comandante Coronel para preguntar quién era el segundo agente del CID. El comandante Coronel apenas lo reconoció.
—Era un agente del CID —le dijo el comandante Coronel.
—¡Y una mierda! —replicó el primer agente del CID—. El único agente del CID que hay aquí soy yo.
El comandante Coronel apenas lo reconoció porque llevaba una bata de pana de un color marrón descolorido con las costuras abiertas por las axilas, un pijama de franela y unas zapatillas muy gastadas, una de las cuales tenía la suela suelta. Era el atuendo reglamentario del hospital, según recordó. Había engordado unos diez kilos y parecía rebosante de salud.
—Estoy muy enfermo —se lamentó—. Un piloto de combate me contagió un resfriado que ha degenerado en una neumonía muy grave.
—Cuánto lo siento —le dijo el comandante Coronel.
—Sí que me sirve a mí de mucho —gimoteó el agente del CID—. No quiero que me compadezca. Lo único que quiero es que sepa por lo que estoy pasando. He venido a advertirle que todo parece indicar que Washington Irving ha trasladado su base de operaciones del hospital a su escuadrón. No habrá oído a nadie hablar de Washington Irving por aquí, ¿verdad?
—Pues sí —contestó el comandante Coronel—. El hombre que acaba de marcharse. Él me ha hablado de Washington Irving.
—¿En serio? —gritó el primer agente del CID encantado—. Quizá sea esto lo que necesitábamos para sacar el asunto a la luz. Manténgalo bajo vigilancia las veinticuatro horas del día mientras yo vuelvo al hospital y escribo a mis superiores para que me envíen instrucciones.
El agente del CID saltó por la ventana del despacho del comandante Coronel y desapareció.
Al cabo de un minuto se abrió la cortina que separaba el despacho del comandante Coronel de la tienda de ordenanzas y apareció el segundo agente del CID, jadeando frenéticamente. Tras aspirar una bocanada de aire, gritó:
—¡Acabo de ver a un hombre con pijama rojo saltar por la ventana y echar a correr por la carretera! ¿No lo ha visto?
—Ha estado aquí hablando conmigo —contestó el comandante Coronel.
—Me ha parecido muy sospechoso: un hombre con pijama rojo saltando por la ventana. —El agente se puso a recorrer el pequeño despacho con pasos vigorosos, en círculo—. Al principio pensé que era usted, que quería despistar. Pero ahora veo que no era usted. No le habrá dicho nada sobre Washington Irving, ¿verdad?
—Pues sí —contestó el comandante Coronel.
—¡Sí! —exclamó el segundo agente del CID—. ¡Estupendo! Quizá sea lo que necesitábamos para sacar el caso a la luz. ¿Sabe usted dónde podemos encontrarlo?
—En el hospital. Está muy enfermo.
—¡Fantástico! —exclamó el segundo agente del CID—. Iré ahora mismo, pero sería mejor que fuera de incógnito. Explicaré toda la situación en la enfermería para que me ingresen.
«No quieren ingresarme en el hospital a menos que esté enfermo», le explicó al comandante Coronel al cabo de pocos minutos. «La verdad es que estoy bastante enfermo. Desde hace tiempo tenía intención de someterme a un examen médico, y ésta es una buena oportunidad. Voy a volver a la enfermería a decirles que estoy enfermo, y así me ingresarán en el hospital.»
«Mire lo que me han hecho», le dijo después al comandante Coronel, con las encías de color morado. Parecía desolado. Llevaba los zapatos y los calcetines en la mano, y también le habían pintado los dedos de los pies con una solución de genciana. «¿Quién ha visto a un agente del CID con las encías moradas?», dijo en tono lastimero.
Se alejó de la tienda de ordenanzas con la cabeza gacha, se precipitó en una trinchera y se rompió la nariz. Seguía teniendo una temperatura normal, pero Gus y Wes hicieron una excepción y lo enviaron al hospital en ambulancia.
El comandante Coronel había mentido, y la mentira funcionó. No le sorprendió demasiado, porque había observado que, por regla general, las personas que mentían tenían más recursos y lograban más cosas que las que no mentían. Si le hubiera dicho la verdad al segundo agente del CID se habría buscado problemas. Por el contrario, había mentido y era libre de continuar con su trabajo.
Tras la visita del segundo agente del CID tomó más precauciones. Firmaba todos los documentos con la mano izquierda, siempre y cuando llevara las gafas oscuras y el bigote postizo que había utilizado vanamente para empezar a jugar otra vez al baloncesto. Como medida de seguridad complementaria, tomo la feliz decisión de cambiar de nombre, y adoptó el de John Milton. John Milton era conciso y flexible. Al igual que Washington Irving, podía invertirse el orden con buenos resultados en cuanto empezara a ser monótono. Además, le permitía doblar la producción, porque John Milton era mucho más corto que su nombre o el de Washington Irving y tardaba mucho menos en escribirlo. John Milton dio grandes frutos en más de un sentido. Era muy versátil, y al cabo de poco tiempo el comandante Coronel empezó a incorporar la firma a fragmentos de diálogos imaginarios. En los típicos documentos oficiales podía leerse lo siguiente, por ejemplo: «John, Milton es un sádico» o «¿Has visto a Milton, John?». Se sentía especialmente orgulloso de una frase: «En el Hilton te espera Milton, John». John Milton le abría las puertas a una extensa gama de posibilidades y prometía desterrar para siempre la monotonía. El comandante Coronel volvió a utilizar el nombre de Washington Irving cuando empezó a aburrirse de John Milton.
Se había comprado las gafas oscuras y el bigote postizo en Roma, en una vana tentativa de salir de la ciénaga de degradación en la que se iba hundiendo día a día. En primer lugar sufrió la terrible humillación de la Cruzada del Juramento de Lealtad, cuando ninguna de las treinta o cuarenta personas que repartían juramentos de lealtad le permitieron firmarlos. Después, cuando aquello empezaba a caer en el olvido, ocurrió lo de la misteriosa desaparición del avión de Clevinger con toda la tripulación, y la responsabilidad de la extraña desgracia recayó sobre él por no haber firmado ninguno de los juramentos de lealtad.
Las gafas oscuras tenían una ancha montura de color magenta. El bigote postizo era un llamativo molinillo, y un día se los puso para ir a la cancha de baloncesto, incapaz de soportar la soledad. Adoptó un aire de despreocupación mientras cruzaba la cancha, rezando en silencio para que no lo reconocieran. Los demás simularon no reconocerlo y el comandante Coronel empezó a divertirse. Justo en el momento en que se felicitaba por el éxito de su inocente estratagema alguien le dio un fuerte empujón y cayó de rodillas. Inmediatamente volvieron a empujarlo, y comprendió que lo habían reconocido y que estaban aprovechando su disfraz como excusa para darle codazos, ponerle zancadillas y vapulearlo. No querían ni verlo. Y nada más darse cuenta de su situación, los jugadores de su equipo se fusionaron instintivamente con los del otro formando una multitud aullante y sedienta de sangre que se abalanzaba sobre él insultándolo y agitando los puños. Lo derribaron, lo patearon mientras estaba en el suelo, volvieron a atacarlo cuando logró ponerse de pie. Se cubrió la cara con las manos, sin ver nada. Trepaban unos sobre otros, tratando frenéticamente de aplastarlo, patearlo, pisotearlo. Llegó rodando hasta el borde de la zanja y resbaló sobre la cabeza y los hombros. Al tocar el fondo recuperó el equilibrio, gateó hasta el otro lado y se alejó a trompicones bajo la lluvia de alaridos y piedras con que lo obsequiaron hasta que se refugió, tambaleante, junto a la tienda de las ordenanzas. Durante toda la escaramuza su preocupación fundamental había consistido en mantener en su sitio las gafas y el bigote postizo para seguir haciéndose pasar por otra persona y evitarse la temida situación de tener que imponer su autoridad.
Una vez en su despacho, lloró, y cuando dejó de llorar se limpió la sangre de la boca y la nariz y se quitó la suciedad de las heridas de las mejillas y la frente. Después llamó al sargento Towser.
—A partir de ahora no quiero que venga nadie a verme mientras yo esté aquí —dijo—, ¿entendido?
—Sí, señor —contestó el sargento Towser—. ¿Eso me incluye a mí?
—Sí.
—Comprendo. ¿Alguna cosa más?
—No.
—¿Qué he de decir a las personas que vengan a verlo mientras esté usted aquí?
—Dígales que esperen.
—Sí, señor. ¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que yo salga.
—¿Y después qué hago con ellas?
—Me da igual.
—¿Puedo dejarles entrar cuando usted haya salido?
—Sí.
—Pero usted no estará dentro, ¿verdad?
—No.
—Sí, señor. ¿Alguna cosa más?
—No.
—Sí, señor.
—A partir de ahora —le dijo el comandante Coronel al soldado cuarentón que se ocupaba del cuidado de su remolque, no quiero que entre usted mientras yo esté aquí a preguntarme si necesito algo. ¿Entendido?
—Sí, señor —contestó el ordenanza—. ¿Cuándo debo entrar para saber si necesita algo?
—Cuando no esté aquí.
—Sí, señor. ¿Y qué debo hacer?
—Lo que yo le diga.
—Pero no estará usted aquí para decírmelo, ¿verdad?
—No.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Lo que haya que hacer.
—Sí, señor.
—Eso es todo —dijo el comandante Coronel.
—Sí, señor —replicó el ordenanza—. ¿Alguna cosa más?
—No —contestó el comandante Coronel—, Y tampoco entre a limpiar. No entre bajo ninguna circunstancia, a menos que tenga la seguridad de que yo no estoy aquí.
—Sí, señor. Pero ¿cómo puedo saberlo?
—Si no está seguro, dé por supuesto que estoy dentro y márchese hasta que esté seguro. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Siento hablarle así, pero tengo que hacerlo. Adiós.
—Adiós, señor.
—Y gracias por todo.
—Sí, señor.
—A partir de ahora —le dijo el comandante Coronel a Milo Minderbinder—, no voy a venir al comedor. Quiero que me lleven las comidas al remolque.
—Me parece muy buena idea, señor —convino Milo—. Así podré servirle platos especiales que los demás ni probarán. Estoy seguro de que le gustarán. Al coronel Cathcart siempre le gustan.
—No quiero platos especiales. Quiero lo mismo que les sirve a los demás oficiales. Eso sí, quien los traiga, que llame una vez a la puerta y deje la bandeja en la escalera. ¿Entendido?
—Sí, señor —contestó Milo—. Entendido. Tengo unas langostas vivas de Maine escondidas que puedo prepararle esta noche con una excelente ensalada de roquefort y dos éclairs que sacaron ayer por la noche de París junto a un importante miembro de la resistencia francesa. ¿Le parece bien para empezar?
—No.
—Sí, señor. Comprendo.
Aquella noche, Milo le sirvió de cena langosta de Maine asada con una excelente ensalada de roquefort y dos éclairs. El comandante Coronel se sentía muy molesto. Si devolvía la comida a la cocina, iría a parar al cubo de la basura o a otra persona, y él tenía debilidad por la langosta asada. Comió con mala conciencia. Al día siguiente, para almorzar, le presentaron sopa de tortuga y una botella de Dom Pérignon de 1937, y lo devoró sin pensárselo dos veces.
Después de Milo, sólo quedaban los hombres de la tienda de ordenanzas, y el comandante Coronel los evitaba entrando y saliendo por la mugrienta ventana de celuloide de su despacho. La dejaba abierta, y como era baja y grande resultaba fácil saltar desde dentro y desde fuera. Cubría la distancia entre la tienda de las ordenanzas y su remolque doblando a toda velocidad la esquina cuando no había moros en la costa; después bajaba como un rayo por el foso de las vías y corría con la cabeza baja hasta el refugio del bosque. Al llegar frente al remolque, salía del foso y zigzagueaba como una flecha por entre la maleza, en la que únicamente se encontró en una ocasión con el capitán Flume quien, ojeroso y fantasmal, estuvo a punto de matarlo del susto al materializarse de improviso entre unos arbustos quejándose de que el jefe Avena Loca lo había amenazado con rebanarle el cuello de oreja a oreja.
—Si vuelve a asustarme de este modo, seré yo quien le rebane el cuello de oreja a oreja —le dijo el comandante Coronel.
El capitán Flume soltó un grito de asombro y desapareció entre los arbustos. El comandante no volvió a toparse con él.
Cuando el comandante Coronel reflexionaba sobre lo que había logrado, se sentía satisfecho. En el espacio de unos metros cuadrados hostiles con un enjambre de más de doscientas personas, se había convertido en un prisionero. Con un poco de ingenio y visión de futuro, había conseguido que resultara imposible que le hablara ningún hombre del escuadrón, cosa que, según observó, a todo el mundo le parecía bien, ya que nadie quería hablar con él. Nadie excepto el loco de Yossarian, que un día lo tiró al suelo con una llave de lucha libre cuando se dirigía hacia su remolque a la hora de comer arrastrándose por el foso de las vías.
La última persona del escuadrón que el comandante Coronel hubiera querido que lo tirase al suelo con una llave de lucha libre era precisamente Yossarian. Aquel tipo estaba rodeado de un halo intrínsecamente deshonroso: se pasaba la vida dando la tabarra con lo del muerto que había en su tienda, que ni siquiera estaba allí, y a continuación le dio por quitarse la ropa, después de la misión de Aviñón, y pasear sin nada encima hasta el día en que el general Dreedle fue a ponerle una medalla por su heroísmo en la operación de Ferrara y se lo encontró en posición de firmes completamente desnudo. Nadie en el mundo tenía el poder suficiente para sacar el desordenado equipaje del muerto de la tienda de Yossarian. El comandante Coronel había perdido autoridad al permitir al sargento Towser que asegurase que el teniente que había muerto sobre Orvieto al cabo de menos de dos horas de haber llegado al escuadrón no se había presentado en él. A su juicio, el único que tenía derecho a recoger los efectos personales del difunto era el propio Yossarian pero, siempre a juicio del comandante Coronel, Yossarian no tenía derecho a semejante cosa.
El comandante Coronel gimió cuando Yossarian lo tiró al suelo con una llave de lucha libre, y trató de ponerse de pie. Yossarian no lo dejó.
—El capitán Yossarian solicita permiso para hablar inmediatamente con el comandante sobre un asunto de vida o muerte —dijo Yossarian.
—Déjeme levantarme, por favor —le rogó el comandante Coronel, molesto e irritado—. No puedo devolverle el saludo con un brazo apoyado en tierra.
Yossarian lo soltó. Se levantaron lentamente. Yossarian volvió a saludar y repitió su petición.
—Vamos a mi despacho —replicó el comandante Coronel—. No me parece que éste sea el mejor sitio para hablar.
—Sí, señor —convino Yossarian.
Se sacudieron la gravilla de la ropa y se dirigieron en medio de un embarazoso silencio hacia la entrada de la tienda de ordenanzas.
—Espere unos momentos. Voy a ponerme mercurocromo en estos cortes. Después dígale al sargento Towser que lo pase a mi despacho.
—Sí, señor.
El comandante Coronel cruzó con dignidad la tienda de ordenanzas sin dirigir ni una sola mirada a los mecanógrafos y soldados que escribían en sus mesas y consultaban los ficheros. Dejó que se cerrara tras él la cortina de acceso a su despacho. Una vez a solas, se precipitó hacia la ventana y salió de un salto con intención de huir. Yossarian le cerró el paso. Lo esperaba en posición de firmes y volvió a saludar.
—El capitán Yossarian solicita permiso para hablar inmediatamente con el comandante sobre un asunto de vida o muerte —repitió con decisión.
—Permiso denegado —le espetó el comandante Coronel.
—No servirá de nada.
El comandante Coronel se dio por vencido.
—De acuerdo —replicó en tono sombrío—. Hablaré con usted. Por favor, salte a mi despacho.
—Después de usted.
Saltaron al despacho. El comandante Coronel se sentó y Yossarian, sin dejar de moverse delante de la mesa, le explicó que no quería realizar más misiones de combate.
¿Y él qué podía hacer?, se preguntaba el comandante Coronel.
Lo único que podía hacer era seguir las instrucciones del coronel Korn y esperar.
—¿Por qué no quiere volar? —preguntó.
—Tengo miedo.
—No tiene por qué avergonzarse —le aconsejó con dulzura el comandante—. Todos tenemos miedo.
—No me da vergüenza. Me da miedo.
—No sería usted normal si no tuviera miedo. Incluso los más valientes lo experimentan. Una de las tareas más arduas a la que todos nos enfrentamos en combate es superar el miedo.
—Vamos, mi comandante. ¿Son necesarias todas esas estupideces?
El comandante Coronel bajó los ojos tímidamente y se puso a juguetear con las manos.
—¿Qué quiere que le diga?
—Que he cumplido suficientes misiones y puedo volver a casa.
—¿Cuántas ha cumplido?
—Cincuenta y una.
—Sólo le quedan cuatro más.
—Aumentará el número. Siempre que me acerco al límite aumenta el número.
—Quizá no lo haga esta vez.
—Además, nunca envía a casa a nadie. Los tiene holgazaneando mientras esperan la llegada de la orden de repatriación hasta que no dispone de suficientes hombres. Entonces aumenta el número de misiones y los devuelve al servicio. Hace lo mismo desde que llegó aquí.
—No debe responsabilizar al coronel Cathcart por el retraso de las órdenes —le advirtió el comandante Coronel—. La 27.a Fuerza Aérea tiene la obligación de poner en práctica las órdenes en cuanto las recibe.
—Pero podría pedir reemplazos y mandarnos a casa en cuanto volvieran las órdenes. Además, me han dicho que la 27.a Fuerza Aérea sólo exige cuarenta misiones, pero que él se empeña en que cumplamos cincuenta y cinco.
—No sabría decirle —replicó el comandante Coronel—. El coronel Cathcart es el oficial al mando y tenemos que obedecerlo. ¿Por qué no cumple las cuatro que le quedan, a ver qué pasa?
—Porque no quiero.
¿Qué puede uno hacer?, se preguntaba el comandante Coronel una vez más. ¿Qué podía uno hacer con un hombre que te miraba directamente a los ojos mientras te decía que prefería morir a que lo mataran en combate, un hombre tan inteligente y maduro como uno mismo al que había que hacer creer que no lo era? ¿Qué le podía decir?
—¿Qué le parecería realizar vuelos de rutina? —le propuso el comandante Coronel—. Así podría cumplir las cuatro misiones sin correr riesgos.
—No quiero realizar vuelos de rutina. No quiero seguir en la guerra.
—No querrá ver cómo la pierde nuestro país, ¿verdad? —le preguntó el comandante Coronel.
—No vamos a perder. Tenemos más hombres, más dinero y más material. Hay diez millones de soldados que podrían sustituirme. Están muriendo muchas personas y otras están ganando dinero y divirtiéndose. Que maten a otro.
—Pero imagínese que todos nosotros pensáramos lo mismo.
—Entonces yo sería un imbécil si pensara de otra forma, ¿no le parece?
«¿Qué podría decirle?», se preguntó el comandante Coronel, desolado. Una cosa que no podía decir era que él no podía hacer nada. Decir eso equivaldría a sugerir que lo haría si pudiera, e implicaría la existencia de una injusticia en la política del coronel Korn. El coronel Korn se había mostrado sumamente explícito al respecto. Nunca debía decir que no podía hacer nada.
—Lo siento —dijo—, pero yo no puedo hacer nada.

10
WINTERGREEN

Clevinger estaba muerto. En esto radicaba el defecto fundamental de su filosofía. Dieciocho aviones atravesaron una radiante nube blanca frente a la costa al volver del vuelo de rutina semanal a Parma un día por la tarde; de ella salieron diecisiete. No se encontró ni rastro del otro, ni en el aire ni en la lisa superficie de las aguas de jade. No se hallaron restos. Varios helicópteros volaron en círculo alrededor de la nube hasta el crepúsculo. Durante la noche la nube se disolvió, y por la mañana Clevinger había desaparecido de la faz de la tierra.
El suceso causó perplejidad, tanta como la Gran Conspiración de Lowery Field, cuando los sesenta y cuatro hombres que ocupaban un barracón se esfumaron un día de cobro y no se volvió a saber nada de ellos. Hasta que Clevinger fue borrado del mapa tan hábilmente, Yossarian pensaba que aquellos hombres sencillamente habían decidido desertar el mismo día. Tanto le había animado lo que parecía ser un masivo abandono de los sagrados deberes que salió corriendo jubiloso para comunicarle la emocionante noticia al ex soldado de primera Wintergreen.
—¿Qué tiene de emocionante? —le espetó Wintergreen desabridamente, apoyando la sucia bota en la pala y recostándose con gesto huraño sobre la pared de uno de los profundos agujeros cuadrados que constituían su especialidad militar.
El ex soldado de primera Wintergreen era un mocoso al que le divertía perseguir objetivos opuestos. Cada vez que se ausentaba sin permiso lo cogían y lo condenaban a cavar y rellenar agujeros de dos metros de profundidad y otros tantos de longitud y anchura durante un período de tiempo concreto. Cada vez que acababa de cumplir la sentencia volvía a ausentarse sin permiso. Aceptaba su papel de cavar y rellenar agujeros con toda la dedicación y convicción de un auténtico patriota.
—No es mala vida —comentaba filosóficamente—. Y supongo que alguien tiene que hacerlo.
Tenía suficiente sentido común como para comprender que cavar agujeros en Colorado no era un destino demasiado malo en época de guerra. Como no había gran demanda de agujeros, podía cavarlos y rellenarlos con tranquilidad, y raramente se veía agobiado de trabajo. Por otra parte, lo rebajaban a soldado raso cada vez que le formaban consejo de guerra. Lamentaba profundamente la degradación.
—Era agradable ser soldado de primera —rememoraba con nostalgia—. Tenía posición, ¿sabes lo que te quiero decir?, y me movía en los mejores círculos. —Su rostro se oscureció con resignación—. Pero todo eso se acabó —añadió—. La próxima vez que me largue será en calidad de soldado raso, y sé que no será igual. Cavar agujeros no tenía ningún futuro. El trabajo no es ni siquiera estable. Lo pierdo cada vez que termino de cumplir una sentencia. Entonces tengo que volver a ausentarme sin permiso si quiero recuperarlo, y no puedo hacerlo. Hay una trampa. La trampa 22. La próxima vez que me ausente sin permiso será el fin. No sé qué va a ser de mí. A lo mejor acabo en el extranjero si no me ando con cuidado. —No quería pasarse el resto de su vida cavando agujeros, aunque no ponía ninguna objeción mientras hubiera guerra y su trabajo formara parte de la acción bélica—. Es una cuestión de obligación —observó—, y cada cual tiene que cumplir con la suya. La mía consiste en cavar agujeros y lo he hecho tan bien que me han recomendado para la medalla de buena conducta. Tu obligación consiste en tontear en la escuela de cadetes y esperar a que acabe la guerra antes de que salgas. La obligación de los hombres del frente consiste en ganar la guerra, y ojalá la estuvieran cumpliendo tan bien como yo. No sería justo que yo tuviera que ir al extranjero a hacer el trabajo de ellos, ¿verdad?
Un día, el ex soldado de primera Wintergreen chocó contra una cañería de agua mientras cavaba un agujero y casi se ahogó hasta que lo sacaron medio inconsciente. Se corrió la voz de que era petróleo, y echaron a patadas al jefe Avena Loca de la base. Al cabo de poco tiempo, todo soldado que encontraba una pala se ponía a cavar frenéticamente en busca de petróleo. La tierra volaba por todas partes; la escena se parecía a la de aquella mañana en Pianosa, siete meses más tarde, después de la noche en la que Milo bombardeó el escuadrón con los aviones que había acumulado en su cooperativa M y M así como el campo de aviación, el polvorín y los hangares, y todos los supervivientes salieron a fabricarse cavernosos refugios en el suelo y a taparlos con las placas blindadas que habían robado de los talleres de reparación del aeródromo y los maltrechos cuadrados de lona impermeable que habían robado los unos de las tiendas de otros. Se llevaron al jefe Avena Loca de Colorado al primer rumor de la existencia de petróleo y lo enviaron a Pianosa en sustitución del teniente Coombs, que un día salió en calidad de invitado a una misión para ver en qué consistía un combate y murió en el avión junto a Kraft, en el cielo de Ferrara. Yossarian se sentía culpable cada vez que recordaba a Kraft, culpable porque lo habían matado cuando Yossarian soltaba las bombas sobre el objetivo por segunda vez, y también porque Kraft había participado inocentemente en la Gloriosa Insurrección de las Atabrine que se inició en Puerto Rico, en la primera etapa del vuelo, y que acabó en Pianosa diez días más tarde, cuando Appleby entró muy decidido en el mismo momento en que llegaron para dar parte de que Yossarian se había negado a tomar pastillas de Atabrine. El sargento lo invitó a tomar asiento.
—Gracias, sargento. Creo que sí voy a sentarme —contestó Appleby—. ¿Cuánto tiempo tendré que esperar? Aún me queda mucho por hacer para estar listo mañana por la mañana cuando quieran que vaya a cumplir mi misión.
—¿Perdón, señor?
—¿Cómo dice, sargento?
—¿Qué me ha preguntado?
—Que cuánto tiempo tendré que esperar para entrar a ver al comandante.
—Hasta que salga a comer —respondió el sargento Towser—. Entonces podrá entrar.
—Pero él no estará dentro, ¿no?
—No, señor. El comandante Coronel no volverá a su despacho hasta después de comer.
—Entiendo —replicó Appleby, dubitativo—. Entonces será mejor que vuelva después de comer.
Appleby se alejó de la tienda de instrucciones íntimamente perplejo. En el momento en que traspasaba la puerta creyó ver a un oficial alto y moreno que se parecía un poco a Henry Fonda saltando por la ventana de la tienda y perdiéndose de vista al doblar la esquina. Appleby se detuvo y apretó los ojos con fuerza. Lo asaltó una duda angustiosa. Se preguntó si estaría sufriendo malaria o algo peor, una sobredosis de Atabrine. Appleby había tomado cuatro veces más de lo prescrito porque quería ser cuatro veces mejor piloto que nadie. Seguía con los ojos cerrados cuando el sargento Towser le dio un leve golpecito en el hombro y le dijo que podía entrar si quería, ya que el comandante Coronel acababa de salir. Appleby recobró la confianza.
—Gracias, sargento. ¿Volverá pronto?
—Después de comer. Entonces tendrá usted que salir y esperar hasta que se vaya a cenar. El comandante Coronel nunca ve a nadie en su despacho mientras está allí.
—¿Qué acaba de decir, sargento?
—Que el comandante Coronel nunca ve a nadie en su despacho mientras está allí.
Appleby se quedó mirando fijamente al sargento Towser e intentó adoptar un tono de firmeza.
—Sargento, ¿está usted tomándome el pelo porque acabo de llegar al escuadrón y usted lleva mucho tiempo aquí?
—No, no, señor —contestó el sargento con amabilidad—. Esas son las órdenes que tengo. Puede preguntárselo al comandante Coronel cuando lo vea.
—Esa es precisamente mi intención, sargento. ¿Cuándo podré verlo?
—Nunca.
Rojo de humillación, Appleby redactó el informe sobre Yossarian y las pastillas de Atabrine en un cuaderno que le ofreció el sargento y se marchó rápidamente, pensando que quizá Yossarian no fuera el único hombre con el privilegio de llevar uniforme de oficial que estaba loco.
Cuando el coronel Cathcart elevó a cincuenta y cinco el número de misiones, el sargento Towser empezó a sospechar que quizá todos los hombres que llevaban uniforme estuvieran locos. El sargento Towser era delgado y anguloso, con el pelo fino y de un tono de rubio tan claro que parecía incoloro, mejillas hundidas y dientes como grandes malvaviscos blancos. Dirigía el escuadrón y no le gustaba. Algunos hombres, como Joe el Hambriento, lo miraban con auténtico odio, y Appleby lo hacía objeto de vengativas descortesías ahora que había adquirido fama de piloto importante y jugador de pimpón imbatible. El sargento Towser dirigía el escuadrón porque no había nadie más que lo hiciera. No le interesaban ni la guerra ni los ascensos. Le interesaban las cachimbas y los muebles de estilo Hepplewhite.
Casi sin darse cuenta, el sargento Towser había adquirido la costumbre de pensar en el muerto de la tienda de Yossarian en los mismos términos que éste: como un muerto en la tienda de Yossarian. En realidad, no era tal cosa. Era simplemente un piloto de reemplazo muerto en combate antes de haberse presentado oficialmente. Se detuvo en la tienda de operaciones para preguntar por la tienda de instrucciones y lo enviaron a luchar inmediatamente porque había tantos hombres que habían cumplido las treinta y cinco misiones exigidas que el capitán Piltchard y el capitán Wren se veían en dificultades para reunir el número de tripulaciones especificadas por el Cuartel General. Como no había llegado oficialmente al escuadrón, tampoco podía haberlo abandonado oficialmente, y el sargento Towser tenía la sensación de que los múltiples comunicados referentes al pobre hombre seguirían resonando para siempre.
Se llamaba Mudd. Al sargento Towser, que deploraba la violencia y el despilfarro con igual aversión, se le antojaba un funesto capricho obligar a Mudd a atravesar el océano, para que cayera destrozado sobre Orvieto, menos de dos horas después de su llegada. Nadie recordaba quién era ni cómo era, y menos que nadie el capitán Piltchard y el capitán Wren, que sólo se acordaban de que había aparecido un oficial nuevo en la tienda de operaciones justo a tiempo de que lo mataran y que se sonrojaban cada vez que se mencionaba el asunto del muerto de la tienda de Yossarian. Los únicos que habrían podido ver a Mudd, los hombres que iban en el mismo avión, también habían caído al mar hechos pedazos.
Por otra parte, Yossarian sabía perfectamente quién era Mudd. Era el soldado desconocido a quien nunca le habían dado una oportunidad, porque eso era lo único que se sabía de todos los soldados desconocidos: que nunca se les daba una oportunidad. Tenían que estar muertos. Y aquel muerto era realmente desconocido, a pesar de que sus objetos personales seguían amontonados sobre el catre en la tienda de Yossarian casi como los había dejado tres meses antes, el día que no llegó, todo ello contaminado de muerte al cabo de menos de dos horas, del mismo modo que todo se contaminó de muerte a la semana siguiente, durante el Gran Asedio de Bolonia, cuando el olor a moho de la mortalidad se cernía húmedo en el aire entre la niebla sulfurosa y los hombres que tenían que volar ya se habían contagiado.
No hubo forma de rehuir la misión de Bolonia en cuanto el coronel Cathcart ofreció voluntario a su grupo para destruir los polvorines que los bombarderos de la Italia continental no habían logrado arrasar desde mayor altitud. Cada día de retraso profundizaba la conciencia de la situación y el pesimismo. La omnipresente convicción de la muerte se propagaba sin cesar con las continuas lluvias, mordiendo y empapando el rostro enfermizo de todos los hombres como la mancha corrosiva de un mal espeluznante. Todo el mundo olía a formaldehido. No había ningún sitio al que acudir en busca de ayuda, ni siquiera a la enfermería, que se había cerrado por orden del coronel Korn para que nadie pudiera pretextar una enfermedad, como habían hecho los hombres el único día que amaneció despejado, alegando una misteriosa epidemia de diarrea que obligó a retrasar la operación una vez más. Sin enfermos y con la puerta de la enfermería cerrada a cal y canto, el doctor Danika pasaba el tiempo que mediaba entre un chaparrón y otro encaramado en un taburete alto, absorbiendo el desolador estallido del miedo en silencio con una neutralidad penosa, posado como un buitre melancólico bajo el ominoso cartel escrito a mano que el capitán Black había colgado en la puerta de la enfermería a modo de broma y que el doctor Danika dejó allí porque no era ninguna broma. El cartel tenía un reborde de tiza negra y decía lo siguiente: «CERRADO HASTA NUEVO AVISO POR FALLECIMIENTO».
El miedo flotaba por todas partes, se colaba en el escuadrón de Dunbar, que asomó con curiosidad la cabeza por la puerta de la enfermería un día al anochecer y se dirigió respetuosamente a la borrosa silueta del doctor Stubbs, que estaba sentado en las densas sombras del interior ante una botella de whisky y una jarra llena de agua destilada.
—¿Está usted bien? —preguntó solícito Dunbar.
—Estoy fatal —contesto el doctor Stubbs.
—¿Qué hace aquí?
—Estoy sentado.
—Pensaba que no podían presentarse enfermos.
—Y no pueden.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
—¿Dónde quiere que esté? ¿En el club de oficiales, con los coroneles Cathcart y Korn? ¿Sabe qué hago aquí?
—Estar sentado.
—Quiero decir en el escuadrón, no en la tienda. No se haga el listillo. ¿Se imagina qué hace un médico en el escuadrón?
—En los otros escuadrones tienen la puerta de la enfermería cerrada a cal y canto —observó Dunbar.
—Si algún enfermo entra por esa puerta, le daré de baja —aseguró el doctor Stubbs—. Me importa tres pitos lo que digan.
—No puede dar de baja a nadie —le recordó Dunbar—. ¿No conoce las órdenes?
—Le pondré una inyección para que se caiga de culo y así tendrá la baja. —El doctor Stubbs soltó una risita sardónica ante la idea—. Creen que pueden suprimir a los enfermos. Son unos hijos de puta. ¡Vaya, ya estamos otra vez! —Empezó a llover de nuevo; las gotas cayeron primero sobre los árboles, después sobre los charcos; después, débilmente, como un murmullo tranquilizador, sobre el techo de la tienda—. Incluso las letrinas y los urinarios protestan. El mundo entero apesta como un osario.
Se hizo un silencio insondable cuando se calló. Cayó la noche. Se respiraba una atmósfera de inmenso aislamiento.
—Encienda la luz —propuso Dunbar.
—No hay luz. No me apetece poner en funcionamiento el generador. Antes me lo pasaba divinamente salvándole la vida a la gente. Ahora me pregunto qué sentido tiene, puesto que todos van a morir.
—Claro que tiene sentido —dijo Dunbar.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Evitar que mueran durante el mayor tiempo posible.
—Sí, pero ¿qué sentido tiene, si todos van a morir?
—Lo mejor es no pensarlo.
—No se trata de eso. ¿Qué sentido tiene?
Dunbar caviló en silencio unos momentos.
—¿Quién sabe?
Dunbar no lo sabía. La perspectiva de Bolonia tendría que haberle llenado de alegría, porque los minutos transcurrían a paso de tortuga y las horas se arrastraban como siglos. Por el contrario, le atormentaba, porque sabía que iban a matarlo.
—¿De verdad quiere más codeína? —le preguntó el doctor Stubbs.
—Es para mi amigo Yossarian. Está convencido de que van a matarlo.
—¿Yossarian? ¿Quién demonios es Yossarian? ¿Qué apellido es ése? ¿No será ese que se emborrachó y se peleó con el coronel Korn en el club de oficiales la otra noche?
—El mismo. Es asirio.
—Ese loco hijo de puta.
—No está tan loco —objetó Dunbar—. Jura que no piensa ir a la misión de Bolonia.
—A eso me refiero —replicó el doctor Stubbs—. Ese loco hijo de puta quizá sea el único cuerdo que queda.

11
EL CAPITÁN BLACK

El cabo Kolodny se enteró por una llamada del Cuartel General y la noticia lo afectó tanto que cruzó la tienda de información de puntillas hasta donde estaba el capitán Black, que dormitaba con las piernas de pronunciadas espinillas encima de la mesa, y se lo conto en un susurro, atónito.
El capitán Black volvió a la vida de inmediato.
—¡Bolonia! —exclamó encantado y se echó a reír. Con que Bolonia, ¿eh? —Soltó otra carcajada y movió la cabeza, sorprendido—. ¡Vaya, vaya! Estoy impaciente por ver la cara de esos hijos de puta cuando sepan que van a Bolonia. ¡Ja, ja, ja!
Era la primera vez que el capitán se reía realmente a gusto desde el día en que se sintió burlado por el comandante Coronel, a quien acababan de nombrar comandante del escuadrón. Se levantó torpemente pero entusiasmado, y se situó detrás del mostrador con el fin de procurarse la mayor diversión posible cuando llegaran los bombarderos a recoger los mapas.
—Eso es, hijos de puta, a Bolonia —repetía sin cesar a los bombarderos que preguntaban incrédulos si de verdad tenían que ir a Bolonia—. ¡Ja, ja, ja! Jodeos y bailad. Esta vez os vais a enterar.
El capitán Black siguió al último de ellos afuera para observar con deleite el efecto que causaba la noticia en los demás oficiales y soldados que se agolpaban con los cascos, los paracaídas y los trajes protectores alrededor de los cuatro camiones que estaban estacionados en el centro del escuadrón. Era un hombre alto, flaco, con aire de desconsuelo, que se movía con malhumorada apatía. Se afeitaba aquella cara suya pálida y cansada cada tres o cuatro días, y casi siempre parecía que se estaba dejando crecer un bigotillo entre rojizo y dorado sobre el desmedrado labio superior. La escena que se desarrollaba en el exterior no lo decepcionó. La consternación oscurecía todos los semblantes. El capitán Black bostezó encantado y se frotó los ojos para borrar los últimos restos de letargo. Se refocilaba cada vez que le decía a alguien que se jodiera y bailase.
Bolonia representó el acontecimiento más gratificante en la vida del capitán Black desde el día que mataron al comandante Duluth en Perugia y estuvieron a punto de elegirlo para ocupar su puesto. Cuando le comunicaron por radio la muerte del comandante Duluth, el capitán Black reaccionó con auténtico júbilo. Aunque nunca se había parado a pensar en aquella posibilidad, comprendió en seguida que era lógico que lo sustituyera él como comandante de escuadrón. Para empezar, era el oficial de información del escuadrón, es decir, estaba más informado que ningún otro oficial. Eso sí, no realizaba misiones de combate, a diferencia del comandante Duluth y de los demás comandantes de escuadrón; pero este detalle constituía otro poderoso argumento a su favor, pues su vida no corría peligro y podría desempeñar el cargo durante todo el tiempo que lo necesitase su país. Cuanto más lo pensaba, más inevitable le parecía. Todo era cuestión de dejar caer la palabra idónea en el sitio adecuado, y rápidamente. Se apresuró a volver a su despacho para decidir el camino a seguir. Arrellanado en la silla giratoria, con los pies sobre la mesa y los ojos cerrados, se puso a imaginar lo maravilloso que sería todo cuando le nombraran comandante de escuadrón.
Mientras el capitán Black imaginaba, el coronel Cathcart actuaba, y aquél se quedó pasmado ante la velocidad con la que, a su juicio, le había burlado el comandante Coronel. Su gran desaliento ante el anuncio de la designación del comandante Coronel se tiñó de un amargo resentimiento que no trataba de disimular. Cuando los oficiales de la administración expresaban su asombro ante la elección del coronel Cathcart, el capitán Black murmuraba que pasaba algo raro; cuando especulaban sobre las ventajas políticas del parecido del comandante Coronel con Henry Fonda, el capitán Black aseguraba que en realidad era Henry Fonda; y cuando comentaban que el comandante Coronel era un poco extraño, el capitán Black proclamaba que era comunista.
—Se están apoderando de todo —declaró porfiadamente—. En fin, si vosotros queréis cruzaros de brazos y dejarles hacer lo que quieran, yo no. Yo voy a tomar medidas. A partir de ahora voy a obligar a todo hijo de puta que entre en la tienda de información a firmar un juramento de lealtad. Y no voy a consentir que ese hijo de puta de Coronel firme ninguno, aunque quiera.
Casi de un día para otro se desencadenó la Gloriosa Cruzada del Juramento de Lealtad, y el capitán comprobó extasiado que la encabezaba él. Había dado en el clavo. Todos los soldados y oficiales que participaban en misiones de combate tenían que firmar un juramento de lealtad para sacar los mapas de la tienda de información, otro para que les entregaran los trajes protectores y los paracaídas en la tienda de los paracaídas, otro ante el teniente Balkington, el encargado de los vehículos, para que éste les permitiera ir en camión desde el escuadrón hasta el aeródromo. Cada vez que se daban la vuelta tenían que firmar un juramento de fidelidad. También lo firmaban para recibir la paga y para que les cortaran el pelo los barberos italianos. Para el capitán Black, todo oficial que apoyara su Gloriosa Cruzada del Juramento de Lealtad era un competidor, y se pasaba las veinticuatro horas del día maquinando y urdiendo planes destinados a continuar a la cabeza de la campaña. No estaba dispuesto a quedarse atrás en la dedicación a su país. Cuando otros oficiales respondían a sus presiones y presentaban sus propios juramentos de lealtad, él los superaba obligando a todo hijo de puta que entraba en la tienda de información a firmar dos juramentos, tres, cuatro; a continuación introdujo la promesa de fidelidad y después La bandera salpicada de estrellas, con un coro, dos, tres, cuatro coros. Cada vez que el capitán Black se adelantaba a sus competidores, se mofaba de ellos por no haber sabido seguir su ejemplo. Cada vez que seguían su ejemplo, se retiraba al despacho preocupado y se devanaba los sesos para encontrar otra estratagema que le permitiese volver a mofarse de ellos.
Sin darse cuenta de cómo había ocurrido, los hombres del escuadrón se vieron dominados por los oficiales de administración que supuestamente tenían que servirlos. Uno tras otro los empujaban, los acosaban, los hostigaban durante todo el santo día. Cuando expresaban alguna objeción, el capitán Black replicaba que a las personas leales no podía importarles firmar cuantos juramentos de lealtad tuvieran que firmar. A quien ponía en tela de juicio la eficacia de los juramentos de lealtad, le contestaba que las personas que realmente profesaban fidelidad a su país se sentían orgullosas de manifestarla tantas veces como él les obligaba a hacerlo. Y a quien ponía en tela de juicio la moralidad, le contestaba que la bandera salpicada de estrellas era la pieza musical más grandiosa jamás compuesta. Cuantos más juramentos de lealtad firmaba una persona, más leal era; para el capitán Black resultaba así de sencillo, y diariamente firmaba cientos de ellos con su nombre ante el cabo Kolodny para demostrar que era más leal que nadie.
—Lo importante es que sigan prestando juramento —le explicaba a su cohorte—. Da igual que se lo crean o no. Por eso les hacen prestar juramento a los niños aun antes de que sepan el significado de las palabras «juramento» y «fidelidad».
El capitán Piltchard y el capitán Wren consideraban la Gloriosa Cruzada del Juramento de Lealtad una solemne gilipollez, porque les dificultaba la tarea de organizar las tripulaciones para las misiones de combate. Todos tenían que entretenerse en firmar, jurar y cantar, y las misiones se retrasaban horas y horas. Resultaba imposible poner en práctica una auténtica acción de emergencia, pero tanto el capitán Piltchard como el capitán Wren eran demasiado apocados como para protestar contra el capitán Black, quien a diario reforzaba escrupulosamente la doctrina de la Reafirmación Continua que él había creado, una doctrina destinada a desenmascarar a cuantos se hubieran hecho desleales desde la última vez que habían firmado un juramento de lealtad, el día anterior. Fue precisamente el capitán Black quien aconsejó al capitán Piltchard y al capitán Wren, que se debatían en una situación absurda. Fue a verlos acompañado por una delegación y les aconsejó claramente que obligaran a todos los hombres a firmar un juramento de lealtad antes de permitirles llevar a cabo una misión de combate.
—Naturalmente, depende de ustedes —añadió el capitán Black—. No quiero presionarlos. Pero todos los demás los obligan, y al FBI les va a parecer muy raro que ustedes dos sean los únicos a los que no les importa lo suficiente su país como para obligarlos a firmar. Si quieren tener mala fama, es cosa suya. Nosotros sólo pretendemos ayudarlos.
Milo no estaba muy convencido y se negó en redondo a privar de comida al comandante aun en el caso de que fuera comunista, cosa que Milo dudaba. Por carácter, Milo se oponía a cualquier innovación que pusiera en peligro el curso normal de los asuntos cotidianos. Adoptó una firme postura moral y se negó a participar en la Gloriosa Cruzada del Juramento de Lealtad hasta que fuera a verlo el capitán Black con el resto de la delegación y se lo exigiera.
—La defensa nacional es asunto de todos —replicó el capitán Black a la objeción de Milo—. Y este programa es voluntario. No lo olvide, Milo. Los hombres no tienen que firmar los juramentos de lealtad de Piltchard y Wren si no lo desean, pero entonces debemos matarlos de hambre. Es igual que la trampa 22. ¿No lo comprende? Y usted no está en contra de la trampa 22, ¿verdad?
El doctor Danika se mostró inflexible.
—¿Por qué están tan seguros de que el comandante Coronel es comunista?
—No le habrá oído negarlo nunca hasta que empezamos a acusarlo, ¿o sí? Y tampoco lo verá firmando juramentos de lealtad, claro.
—Ustedes no le dejan que firme.
—Por supuesto —replicó el capitán Black—. Eso echaría por tierra el objetivo de nuestra cruzada. Mire, no tiene por qué seguirnos la corriente, pero ¿qué sentido tiene que nosotros nos esforcemos tanto sí usted presta asistencia médica al comandante Coronel en cuanto Milo empiece a matarlo de hambre? Me gustaría saber qué van a pensar en el Cuartel General del hombre que está minando nuestro programa de seguridad. Probablemente lo trasladen al Pacífico.
El doctor Danika se sometió de inmediato.
—Les diré a Gus y a Wes que hagan lo que ustedes les pidan.
En el Cuartel General, el coronel Cathcart ya había empezado a preguntarse qué ocurría.
—Es ese imbécil de Black, que tiene un ataque de patriotismo —le comunicó el coronel Korn con una sonrisa—. Pienso que es mejor que le siga usted la corriente, puesto que fue usted quien ascendió a Digno Coronel a comandante de escuadrón.
—Fue idea suya —replicó el coronel Cathcart, susceptible—. No tendría que haberme dejado convencer.
—Pues fue una idea muy buena —le espetó el coronel Korn—, porque sirvió para eliminar a ese comandante superfluo que tantos dolores de cabeza le estaba dando en la administración. No se preocupe. Seguramente este tipo caerá pronto en desgracia. Lo mejor sería enviarle una carta de apoyo incondicional al capitán Black y confiar en que se muera antes de que haga demasiado daño. —Al coronel Korn se le ocurrió de repente una idea peregrina—. Ese imbécil no intentará echar del remolque al comandante Coronel, ¿verdad?
—El siguiente paso a seguir consiste en echar del remolque a ese hijo de puta del comandante Coronel —decidió el capitán Black—. También me gustaría echar a su mujer y a sus hijos, pero no podemos. No tiene ni mujer ni hijos. Así que habrá que conformarse con echarlo sólo a él. ¿Quién es el encargado de las tiendas?
—Él
—¿Lo ve? —exclamó el capitán Black—. ¡Se están apoderando de todo! Pues yo no pienso consentirlo. Si es necesario, llevaré este asunto ante el comandante... de Coverley. Le diré a Milo que hable con él en cuanto vuelva de Roma.
El capitán Black tenía una fe ilimitada en la inteligencia, el poder y la justicia del comandante... de Coverley, a pesar de que nunca había hablado con él y de que aún se sentía incapaz de hacerlo. Delegó en Milo aquella tarea, y mientras esperaba el regreso del alto mando no paró de echar pestes, inquieto. Como a todos los demás miembros del escuadrón, le impresionaba y asustaba el majestuoso comandante de cabello cano, como una roca rostro y porte de Jehová que regresó de Roma con un ojo enfermo tapado con un parche de celuloide nuevo y se cargó la Gloriosa Cruzada de un plumazo.
Milo se guardó muy mucho de decir nada cuando el comandante... de Coverley entró en el comedor arropado por su austera y furibunda dignidad el mismo día de su regreso y se encontró con que le impedía el paso un muro de oficiales que esperaban en fila para firmar juramentos de lealtad. En un extremo del mostrador, un grupo de hombres que habían llegado antes prometían fidelidad a la bandera, con las bandejas balanceándoseles en las manos, con el fin de que les permitieran sentarse a las mesas. Ya acomodado, otro grupo que había llegado con anterioridad cantaba La bandera salpicada de estrellas con el fin de que les dejaran utilizar la sal, la pimienta y la salsa de tomate. La algarabía fue decreciendo desde el momento en que el comandante... de Coverley se detuvo en la puerta frunciendo el ceño, confuso y enfadado, como si estuviera contemplando algo realmente chocante. Echó a andar con decisión, en línea recta, y el muro de oficiales se dividió en dos como el mar Rojo. Sin mirar ni a derecha ni a izquierda, prosiguió su camino sin vacilar y con voz clara y potente, ronca por la edad y con resonancias de antigua autoridad, dijo:
—Deme de comer.
En lugar de eso, el cabo Snark le dio un juramento de lealtad para que lo firmase. El comandante... de Coverley le pegó un manotazo con profundo desagrado en cuanto cayó en la cuenta de qué se trataba: el ojo sano lanzaba miradas de desprecio y su gigantesco rostro estriado se oscureció con una cólera montañosa.
—Deme de comer —repitió en un tono seco que retumbó amenazadoramente en la tienda silenciada como un tronar lejano.
El cabo Snark palideció y se echó a temblar. Miró suplicante a Milo. Durante varios segundos de espanto no se oyó ni una mosca. Por último, Milo asintió.
—Dale de comer —dijo.
El cabo Snark le sirvió comida al comandante... de Coverley. Éste empezó a alejarse del mostrador con la bandeja llena y de repente se detuvo. Su mirada cayó sobre los grupos de oficiales que lo contemplaban con expresión desesperada, y bramó, desbordante de justa ira:
—¡Dé de comer a todo el mundo!
—¡Da de comer a todo el mundo! —repitió como un eco Milo, aliviado y feliz, y en aquel mismo momento la Gloriosa Cruzada del Juramento de Lealtad tocó a su fin.
El capitán Black quedó profundamente desilusionado por la puñalada trapera que le había asestado un personaje de tal posición en el que, además, había depositado toda su confianza. El comandante... de Coverley lo había decepcionado.
—Bah, no me importa —decía animadamente a cuantos iban a verle para expresarle sus simpatías—. Hemos cumplido nuestra tarea. El objetivo consistía en asustar a todos los que nos caen mal y en prevenir a la gente contra el peligro que representa el comandante Coronel, y no cabe duda de que lo hemos logrado. Como no vamos a dejarle firmar juramentos de lealtad, no importa que los demás los firmen o no.
Al ver a todos los miembros del escuadrón que le caían mal muertos de miedo una vez más durante el interminable Gran Asedio de Bolonia, el capitán Black recordó con nostalgia los viejos tiempos de su Gloriosa Cruzada del Juramento de Lealtad, época en la que era un hombre de auténtica importancia y en la que peces gordos como Milo Minderbinder, el doctor Danika, Piltchard y Wren se echaban a temblar ante su sola presencia y se postraban de rodillas ante él. Para demostrar a los recién llegados que antaño había sido un hombre importante, aún tenía en su poder la elogiosa carta que le había enviado el coronel Cathcart.

12
BOLONIA

En realidad, no fue el capitán Black sino el sargento Knight quien provocó el solemne pánico de Bolonia, al bajar silenciosamente del camión para coger otros dos trajes de protección en cuanto se enteró de cuál era el objetivo y abrir la lúgubre procesión que se dirigía de nuevo a la tienda de los paracaídas y que degeneró en frenética estampida antes de que hubieran desaparecido todos los trajes protectores.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó con nerviosismo Kid Sampson—. Bolonia no puede ser tan terrible, ¿no?
Nately, sentado como en trance en el suelo del camión, apoyó su rostro joven y serio en ambas manos y no le contestó.
Fueron el sargento Knight y la cruel serie de aplazamientos, porque justo en el momento en que subían a los aviones aquella primera mañana apareció un vehículo con la noticia de que estaba lloviendo en Bolonia y había que retrasar la misión. También llovía en Pianosa cuando regresaron al escuadrón, y durante el resto del día se dedicaron a contemplar con mirada inexpresiva la línea de bombardeo del mapa bajo el toldo de la tienda de información y a cavilar hipnóticamente sobre el hecho de que no hubiera escapatoria posible. La prueba estaba allí, en la estrecha cinta de un rojo vivo clavada sobre el continente; las tropas terrestres de Italia se hallaban a sesenta y tres insalvables kilómetros al sur del objetivo y no podían capturar la ciudad a tiempo. Nada libraría a los hombres de Pianosa de la misión de Bolonia. Estaban atrapados.
Su única esperanza radicaba en que nunca dejara de llover, y no podían albergarla porque sabían que no sería así. Cuando dejaba de llover en Pianosa, llovía en Bolonia. Cuando dejaba de llover en Bolonia, empezaba a llover en Pianosa. Si no llovía, se producían fenómenos inexplicables, como la epidemia de diarrea o el desplazamiento de la línea de bombardeo. Cuatro veces se prepararon para iniciar la misión durante los primeros seis días y otras tantas les hicieron regresar. En una ocasión despegaron y ya estaban en formación cuando la torre de control les ordenó que descendieran. Cuanto más llovía, más sufrían. Cuanto más sufrían, más rezaban para que continuara lloviendo. Durante toda la noche, los hombres miraban el cielo, y las estrellas los entristecían. Durante el día, miraban la línea de bombardeo sobre el gran mapa de Italia montado sobre un caballete que el viento zarandeaba y que guardaban bajo el toldo de la tienda de información cuando empezaba a llover. La línea de bombardeo era una estrecha banda escarlata de satén que delimitaba la posición más avanzada de las fuerzas terrestres aliadas en cada sector de la Italia continental.
A la mañana siguiente de la pelea de Joe el Hambriento con el gato de Huple paró de llover en ambos sitios. La pista de aterrizaje empezó a secarse. Tardaría veinticuatro horas en endurecerse pero el cielo seguía despejado. El resentimiento que incubaban todos y cada uno de los hombres se transformó en odio. En primer lugar empezaron a odiar a la infantería del continente por no haber logrado capturar Bolonia. A continuación, empezaron a odiar la línea de bombardeo. Contemplaban incansables la cinta escarlata del mapa, durante horas enteras, y la detestaban por no subir lo suficiente como para abarcar la ciudad. Al caer la noche, se reunían en medio de la oscuridad, con linternas, y continuaban la macabra vigilia ante la línea de bombardeo, suplicantes, como si esperaran subir la cinta gracias al peso colectivo de sus oraciones.
—¡De verdad que no puedo creérmelo! —exclamó Clevinger ante Yossarian con una voz que subía y bajaba de tono por la indignación y la extrañeza—. Es una vuelta a las supersticiones primitivas. Están confundiendo causa con efecto. Tiene tanta lógica como tocar madera o cruzar los dedos. Se creen de verdad que no tendríamos que realizar esa misión mañana si alguien se acercara de puntillas al mapa en mitad de la noche y colocara la línea de bombardeo por encima de Bolonia. ¿Te das cuenta? Tú y yo debemos de ser los únicos seres racionales que quedan aquí.
En mitad de la noche Yossarian tocó madera, cruzó los dedos y abandonó de puntillas su tienda para colocar la línea de bombardeo por encima de Bolonia.
El cabo Kolodny entró sigilosamente en la tienda del capitán Black a primeras horas de la mañana siguiente, metió un brazo en el mosquitero y movió delicadamente el hombro húmedo que allí encontró hasta que el capitán Black abrió los ojos.
—¿Por qué me ha despertado? —gimoteó el capitán Black.
—Han capturado Bolonia, señor —dijo el cabo Kolodny—. He pensado que le gustaría saberlo. ¿Se aplaza la misión?
El capitán Black se incorporó y empezó a rascarse metódicamente los flacos muslos. Al cabo de un rato se vistió y salió de la tienda parpadeando, enfadado y sin afeitar. El cielo estaba claro y cálido. Contempló el mapa sin ninguna emoción. Desde luego, habían capturado Bolonia. Dentro de la tienda de información, el cabo Kolodny ya estaba sacando los mapas de Bolonia de los equipos de navegación. El capitán Black tomó asiento con un ruidoso bostezo, levantó los pies hasta la mesa y telefoneó al coronel Korn.
—¿Por qué me ha despertado? —gimoteó el coronel Korn.
—Han capturado Bolonia la noche pasada, señor. ¿Se aplaza la misión?
—¿De qué está usted hablando, Black? —rezongó el coronel Korn—. ¿Por qué habría de aplazarse?
—Porque han capturado Bolonia, señor. ¿No se aplaza la misión?
—Claro que sí. No pensará que vamos a bombardear a nuestras tropas, ¿verdad?
—¿Por qué me ha despertado? —gimoteó el coronel Cathcart cuando lo llamó el coronel Korn.
—Han capturado Bolonia —le dijo el coronel Korn—. He pensado que le gustaría saberlo.
—¿Quién la ha capturado?
—Nosotros.
El coronel Cathcart desbordaba de alegría, porque se había librado del engorroso compromiso de bombardear Bolonia sin mácula para la fama de valiente que se había ganado al presentar voluntarios a sus hombres para dicha tarea. También el general Dreedle estaba satisfecho con la captura de Bolonia, aunque enfadado con el coronel Moodus por haberlo despertado para comunicárselo. En el Cuartel General estaban asimismo satisfechos y decidieron conceder una medalla al oficial que había capturado la ciudad. Como no había ningún oficial que hubiera capturado la ciudad se la concedieron al general Peckem, porque éste fue el único con iniciativa suficiente como para pedirla.
En cuanto el general Peckem recibió la medalla, empezó a pedir más y más responsabilidades. En su opinión, todas las unidades de combate del teatro de operaciones europeo debían someterse a la jurisdicción del Cuerpo de Servicios Especiales, del que el general Peckem era comandante en jefe. Si soltar bombas sobre el enemigo no era un servicio especial, reflexionaba en voz alta con la martirizada sonrisa de dulce sensatez que lo acompañaba fielmente en toda disputa, no sabía qué podía serlo. Declinó con una amable excusa la oferta de un puesto de combate bajo las órdenes del general Dreedle.
—Realizar misiones de combate para el general Dreedle no es exactamente lo que yo tenía pensado —explicó con indulgencia y una amplia sonrisa—. Yo tenía en mente más bien ocupar el puesto del general Dreedle o uno por encima de él, desde el que podría supervisar la labor de muchos otros generales. Verán, mi talento es fundamentalmente de tipo administrativo. Tengo una extraña facilidad para conseguir que la gente se ponga de acuerdo.
—Tiene una extraña facilidad para conseguir que la gente se ponga de acuerdo sobre lo cerdo que es —le confió con envidia el coronel Cargill al ex soldado de primera Wintergreen con la esperanza de que éste propagara la desfavorable información por el Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea—. Si hay alguien que merezca ese puesto, soy yo. A mí se me ocurrió la idea de pedir la medalla.
—¿De verdad quiere entrar en combate? —preguntó el ex soldado de primera Wintergreen.
—¿Entrar en combate? —El coronel Cargill parecía espantado—. No, no, me ha interpretado mal. Naturalmente, no me importaría entrar en combate, pero mi talento es fundamentalmente de tipo administrativo. Yo también tengo una extraña facilidad para conseguir que la gente se ponga de acuerdo,
—Él también tiene una extraña facilidad para conseguir que la gente se ponga de acuerdo sobre lo cerdo que es —le confió a Yossarian el ex soldado de primera Wintergreen, riendo, cuando fue a Pianosa para enterarse de si era verdad lo de Milo y el algodón egipcio—. Si hay alguien que merezca un ascenso, soy yo. —En realidad, ya había ascendido a la categoría de ex cabo, habiendo subido en el escalafón poco después de que lo destinaran al Cuartel General de la 2.7.a Fuerza Aérea para trabajar en la sección de correos y de que lo degradaran a soldado raso por hacer comparaciones audibles y odiosas entre los oficiales a cuyas órdenes había servido. El éxito se le subió a la cabeza, le infundió moral y se le despertó la ambición por objetivos más elevados—. ¿Quieres comprar unos encendedores Zippo? —le preguntó a Yossarian—. Los han robado en intendencia.
—¿Sabe Milo que vendes encendedores?
—¿Y a él qué le importa? No tendrá él también encendedores, ¿verdad?
—Pues claro —respondió Yossarian—. Y los suyos no son robados.
—Eso es lo que tú te crees —replicó el ex soldado de primera Wintergreen con un lacónico resoplido—. Yo los vendo a dólar. ¿El cuánto pide?
—Un dólar y diez centavos.
El ex soldado de primera Wintergreen rió disimuladamente, con expresión de triunfo.
—Siempre le gano —dijo refocilándose—. Oye, ¿y ese algodón egipcio con el que no sabe qué hacer? ¿Cuánto compró?
—Todo.
—¿Todo el del mundo? ¡Toma ya! —exclamó el ex soldado de primera Wintergreen con malicioso regocijo—. ¡Será idiota! Tú estabas con él en El Cairo. ¿Por qué le dejaste que lo hiciera?
—¿Yo? —replicó Yossarian encogiéndose de hombros—. No tengo ninguna influencia sobre él. Fue por los teletipos esos que tienen en todos los buenos restaurantes de allí. Milo no había visto un chisme así en su vida, y precisamente cuando le pedía al jefe de camareros que le explicase cómo funcionaba apareció la cotización del algodón egipcio. «¿Algodón egipcio?», dijo Milo con esa expresión tan suya. «¿A cuánto se vende?» Después, sólo sé que había comprado toda la cosecha. Y ahora no puede deshacerse de ella.
—No tiene imaginación. Yo podría deshacerme de una buena cantidad en el mercado negro si llegáramos a un acuerdo.
—Milo conoce bien el mercado negro, y no hay demanda de algodón.
—Pero sí hay demanda de material sanitario. Podría enrollar el algodón en mondadientes de madera y distribuirlos como tampones estériles. ¿Me lo vendería a buen precio?
—No te lo venderá a ningún precio —contestó Yossarian—. Está muy molesto contigo por competir con él. En realidad, está muy molesto con todo el mundo por haber tenido diarrea y haberle dado mala fama a su comedor. Oye, tú podrías ayudarnos. —Yossarian lo agarró bruscamente por el brazo—. ¿No puedes falsificar órdenes oficiales en la multicopista esa y librarnos a todos de ir a Bolonia?
El ex soldado de primera Wintergreen se apartó lentamente de él con una expresión despectiva.
—Claro que puedo —contestó orgullosamente—. Pero jamás se me ocurriría hacer semejante cosa.
—¿Por qué?
—Porque es vuestro trabajo. Todos tenemos nuestro trabajo. El mío consiste en deshacerme de los Zippo ganando dinero, a ser posible, y comprarle algodón a Milo. El tuyo consiste en bombardear los polvorines de Bolonia.
—Pero en Bolonia me van a matar —objetó Yossarian—. Nos van a matar a todos.
—Entonces tendréis que morir —replicó el ex soldado de primera Wintergreen—. ¿Por qué no adoptas una actitud fatalista, como yo? Si mi destino es deshacerme de los encendedores ganando dinero y comprarle algodón egipcio a Milo a buen precio, eso es lo que voy a hacer. Y si tu destino es morir en Bolonia, morirás, de modo que más te vale ir y morir como un hombre. Lamento tener que decírtelo, Yossarian, pero te estás convirtiendo en un quejica crónico.
Clevinger coincidía con el ex soldado de primera Wintergreen en que el trabajo de Yossarian consistía en dejarse matar en Bolonia y se puso lívido de indignación cuando Yossarian confesó que había sido él quien había movido la línea de bombardeo y logrado que se aplazara la misión.
—¿Y por qué demonios no? —bramó Yossarian, discutiendo con gran vehemencia precisamente porque sospechaba que no tenía razón—. ¿Voy a dejar que me quiten de en medio simplemente porque el coronel quiere ascender a general?
—¿Y qué pasa con los hombres que están en el continente? —preguntó Clevinger igualmente indignado—. ¿Van a dejar que los quiten de en medio simplemente porque vosotros no queréis ir allí? ¡Esos hombres tienen derecho a que se les preste apoyo aéreo!
—Pero no tengo por qué prestárselo yo. Vamos a ver: a nadie le importa quién se cargue los polvorines. La única razón por la que nosotros vamos a ir es porque ese hijo de puta de Cathcart nos presentó voluntarios.
—Ya sé todo eso —le aseguró Clevinger, con el demacrado rostro y los nerviosos ojos pardos inundados de sinceridad—. Pero lo único cierto es que esos polvorines siguen en pie. Sabes perfectamente que yo tampoco apruebo la actitud del coronel Cathcart. —Clevinger se calló para tomar aliento, con la boca temblorosa, y después descargó un puño con suavidad sobre su saco de dormir—. Pero no somos nosotros quienes hemos de decidir qué objetivos hay que destruir ni quiénes deben destruirlos...
—¿Ni a quiénes matan en el intento? ¿Ni por qué?
—No, ni siquiera eso. No tenemos derecho a poner en tela de juicio...
—¡Eres un demente!
—... ningún derecho a poner en tela de juicio...
—¿Crees en serio que no es asunto mío cómo ni por qué me matan y sí del coronel Cathcart? ¿Lo crees en serio?
—Sí —insistió Clevinger, con expresión de inseguridad—. Hay unos hombres a los que se les ha confiado la tarea de ganar la guerra y que se encuentran en una situación mucho mejor que la nuestra para decidir qué objetivos hay que bombardear.
—Estamos hablando de dos cosas distintas —replicó Yossarian, exagerando la expresión de fatiga—. Tú te refieres a la relación de las fuerzas aéreas con la infantería, y yo a la relación del coronel Cathcart conmigo. Tú estás hablando de ganar la guerra, y yo de ganar la guerra y seguir vivo.
—Efectivamente —le espetó Clevinger con aire de suficiencia—. Y según tú, ¿qué es más importante?
—¿Para quién? —replicó furioso Yossarian—. ¿Quieres abrir los ojos, Clevinger? A un muerto le da exactamente igual quién gane la guerra.
Clevinger se quedó inmóvil unos momentos, como si le hubieran abofeteado.
—¡Enhorabuena! —exclamó con amargura, con una línea sumamente delgada y blanca como la leche encerrando sus apretados 1 labios en un círculo dolorido, exangüe—. No podría haber una actitud mejor para animar al enemigo.
—El enemigo —repitió Yossarian pronunciando ambas palabras meticulosamente— es cualquiera que quiera matarte, esté en el lado que esté, y eso incluye al coronel Cathcart. Y más vale que no se te olvide, porque cuanto más tiempo lo recuerdes, más tiempo vivirás.
Pero Clevinger lo olvidó, y lo mataron. Aquel incidente le disgustó de tal modo en su momento que Yossarian no se atrevió a decirle que también era el responsable de la epidemia de diarrea que había provocado el otro aplazamiento innecesario. A Milo le disgustó aun más la posibilidad de que alguien hubiera vuelto a envenenar a su escuadrón, y acudió a Yossarian en busca de ayuda, acongojado.
—Por favor, pregúntale al cabo Snark si ha vuelto a poner jabón en polvo en los boniatos —le pidió furtivamente—. El cabo Snark confía en ti y te dirá la verdad si le das tu palabra de honor de que no se lo contarás a nadie. En cuanto te lo diga, ven a contármelo.
—Pues claro que puse jabón en los boniatos —admitió el cabo Snark—. Eso es lo que usted me pidió que hiciera, ¿no? El jabón en polvo es lo mejor.
—Jura por Dios que no tuvo nada que ver con el asunto —le comunicó Yossarian a Milo.
Milo hizo una mueca de duda.
—Dunbar dice que Dios no existe.
No quedaba ninguna esperanza. A mediados de la segunda semana, todos los miembros del escuadrón empezaron a presentar el mismo aspecto que Joe el Hambriento, que no estaba de servicio y soltaba unos gritos horribles mientras dormía. Él era el único que podía dormir. Durante toda la noche los hombres deambulaban en medio de la oscuridad como mudos espectros con cigarrillos. Por el día contemplaban la línea de bombardeo en grupos inútiles, alicaídos, o la figura inmóvil del doctor Danika, sentado ante la puerta cerrada de la enfermería bajo el morboso cartel escrito a mano. Empezaron a inventar macabros chistes sin ninguna gracia y a circular rumores catastróficos sobre la destrucción que los aguardaba en Bolonia.
Una noche, Yossarian se acercó con pasos de borracho al coronel Korn en el club de oficiales para bromear con él sobre la nueva ametralladora Lepage que habían instalado los alemanes.
—¿Qué ametralladora? —preguntó el coronel Korn con curiosidad.
—La nueva ametralladora-pegamento Lepage de trescientos cuarenta y cuatro milímetros —respondió Yossarian—. Deja pegada a una escuadrilla entera en el aire.
El coronel Korn dio un tirón para desprender su codo de los engarfiados dedos de Yossarian con expresión de sorpresa y afrenta.
—¡Déjeme en paz, imbécil! —gritó furibundo, dirigiendo una mirada de vengativa aprobación a Nately, que se abalanzó sobre la espalda de Yossarian y lo empujó—. ¿Quién es este loco?
El coronel Cathcart rió entre dientes.
—Es el hombre al que se empeñó usted en que le diera una medalla después de lo de Ferrara. Y también me obligó a ascenderlo a capitán, ¿recuerda? Se lo tiene usted merecido.
Nately era menos corpulento que Yossarian y tuvo grandes dificultades para acarrearlo hasta una mesa vacía.
—Es el coronel Korn. ¿Te has vuelto loco?
Yossarian quería otra copa y le prometió a Nately que se marcharía sin formar alboroto si él se la llevaba. Después lo convenció para que le llevara dos más. Cuando Nately consiguió al fin arrastrarlo hasta la puerta, entró el capitán Black dando fuertes pisotones sobre el suelo de madera y soltando agua por los aleros como un tejado.
—¡Esta vez os vais a enterar, hijos de puta! —anunció exuberante mientras se alejaba salpicando agua del charco que se había formado a sus pies—. Acaba de llamarme el coronel Korn. ¿No sabéis lo que os espera en Bolonia? ¡Ja, ja, ja! Tienen la nueva ametralladora-pegamento Lepage. Es capaz de dejar pegada a una escuadrilla entera en el aire.
—¡Dios mío, es verdad! —chilló Yossarian, y se desplomó sobre Nately, horrorizado.
—Dios no existe —objetó Dunbar tranquilamente, acercándose un tanto vacilante.
—Eh, echadme una mano. Tengo que llevarlo a su tienda.
—¿Eso quién lo dice?
—Lo digo yo. ¡Mirad, está lloviendo!
—Necesitamos un coche.
—Róbaselo al capitán Black —dijo Yossarian—. Eso es lo que hago yo siempre.
—No podemos robarle el coche a nadie. Desde que tú empezaste a robar el primer coche que te venía a mano, nadie deja puesta la llave de contacto.
—Venga, subid —dijo el jefe Avena Loca, que conducía borracho un todoterreno cubierto.
Esperó hasta que se hubieron hacinado dentro y entonces aceleró con tal brusquedad que todos se cayeron hacia atrás. Se rió con estruendo al oír sus tacos. Al salir del aparcamiento condujo en línea recta y se precipitó contra el terraplén que había al otro lado de la carretera. Los demás salieron disparados hacia delante, amontonados, y volvieron a insultarlo.
—Se me ha olvidado girar —explicó.
—Ten cuidado, ¿vale? —le aconsejó Nately—. Y enciende los faros.
El jefe Avena Loca dio marcha atrás, giró y se alejó carretera arriba a toda velocidad. Las ruedas producían un ruido sibilante sobre la chirriante superficie negra.
—No vayas tan deprisa —le rogó Nately.
—Será mejor que vayamos primero a tu escuadrón para ayudarte a acostarlo y después me llevas al mío.
—¿Quién demonios eres?
—Dunbar.
—¡Oye, enciende las luces! —gritó Nately—. ¡Y mira por dónde vas!
—Están encendidas. ¿No ha subido Yossarian al coche? Esa es la única razón por la que os he dejado entrar a los demás, hijos de puta.
El jefe Avena Loca se volvió por completo para mirar el asiento de atrás.
—¡Mira por dónde vas!
—¿Yossarian? ¿Estás ahí, Yossarian?
—Sí, jefe. Vamos a casa. ¿Por qué estás tan seguro? No has contestado a mi pregunta.
—¿Lo ves? Te he dicho que estaba aquí.
—¿Qué pregunta?
—Sobre lo que estábamos hablando.
—¿Era importante?
—No lo sé. Quiera Dios que me acuerde.
—Dios no existe.
—¡De eso estábamos hablando! —exclamó Yossarian—. ¿Por qué estás tan seguro?
—Oye, ¿estás seguro de que llevas los faros encendidos? —gritó Nately.
—Que sí, que sí. ¿Qué quiere éste que haga? Con la lluvia sobre el parabrisas parece muy oscuro desde ahí atrás.
—Que llueva, que llueva...
—Ojalá nunca deje de llover. La virgen de la...
—...cueva. Los pajaritos...
—...cantan. Las nubes...
—...se levantan...
El jefe Avena Loca no reparó en la siguiente curva y el vehículo subió hasta la cima de un elevado terraplén. Al bajar, giró hacia un lado y cayó suavemente sobre el barro. Todos guardaron silencio asustados.
—¿Estáis bien? —preguntó el jefe Avena Loca en voz baja. Nadie había sufrido ni un rasguño, y el indio soltó un prolongado suspiro de alivio—. ¡Siempre me pasa lo mismo! —se lamentó—. Nunca le hago caso a nadie. Alguien me decía continuamente que encendiera las luces, pero yo no le hacía ni caso.
—Era yo quien te lo decía.
—Lo sé, lo sé. Y yo no te hacía caso, ¿verdad? Ojalá hubiera algo de beber. Ah, hay algo de beber. Mirad. No se ha roto.
—La lluvia se cuela en el coche —observó Nately—. Me estoy mojando.
El jefe Avena Loca abrió la botella de whisky de centeno, bebió un trago y se la pasó a otro. Todos bebieron, apilados unos encima de los otros; todos menos Nately, que intentaba vanamente llegar a la manilla de la puerta. La botella chocó contra su cabeza con un ruido sordo y un chorro de whisky le corrió por el cuello. Se retorció convulsivamente.
—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó—. ¡Vamos a ahogarnos!
—¿Hay alguien ahí dentro? —preguntó Clevinger preocupado, enfocando el vehículo con una linterna.
—¡Es Clevinger! —exclamaron, e intentaron meterlo por la ventanilla cuando estiró el brazo para ayudarlos.
—¡Míralos! —le dijo indignado Clevinger a McWatt, que iba al volante de un vehículo del Estado Mayor, muy sonriente—. ¡Tirados como una manada de animales borrachos! ¿Tú también, Nately? ¡Debería darte vergüenza! Vamos, ayúdame a sacarlos de aquí antes de que se mueran de neumonía.
—Pues mira, no me parece mala idea —reflexionó el jefe Avena Loca en voz alta—. Creo que voy a morirme de neumonía.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? —replicó el jefe Avena Loca, y se acomodó de nuevo en el barro con expresión complacida, meciendo la botella de whisky.
—¡Mirad lo que hace! —exclamó Clevinger—. ¿Quieres hacer el favor de levantarte y subir al coche para que podamos volver al escuadrón?
—No podemos volver todos. Alguien tiene que quedarse para ayudar al jefe con este coche que ha sacado del parque móvil.
El jefe Avena Loca se repantigó en el coche riendo bulliciosamente, orgulloso.
—Es del capitán Black —les dijo muy alegre—. Se lo he robado en el club de oficiales hace un momento con el juego de llaves que creía haber perdido esta mañana.
—¡Qué demonios! ¡Eso se merece una copa!
—¿No habéis bebido suficiente? —gruñó Clevinger en cuanto McWatt arrancó el coche—. Tendríais que veros. No os importa mataros de una borrachera ni ahogaros, ¿verdad?
—Con tal de que no nos matemos en un avión...
—¡Oye, ábrelo, ábrelo! —le instó el jefe Avena Loca a McWatt—. Y apaga las luces. Es la única forma de hacerlo.
—El doctor Danika tiene razón —añadió Clevinger—. La gente no sabe ni siquiera cuidar de sí misma. De verdad que me dais asco.
—Muy bien, bocazas, fuera del coche —le ordenó el jefe Avena Loca—. Que se baje todo el mundo menos Yossarian. ¿Dónde está Yossarian?
—Quítate de encima —le dijo Yossarian riendo y empujándolo—. Estás lleno de barro.
Clevinger enfocó a Nately con la linterna.
—Tú eres el que más me sorprende. ¿Sabes a qué hueles? En lugar de evitar que se meta en líos, te emborrachas tanto como él. Imagínate que se peleara otra vez con Appleby. —Clevinger abrió los ojos de par en par, asustado, al oír la risa de Yossarian—. No se ha vuelto a pelear con Appleby, ¿verdad?
—Esta vez no —contestó Dunbar.
—Sí, es verdad. Esta vez me ha salido aun mejor.
—Se ha peleado con el coronel Korn.
—¡No! —exclamó Clevinger, asombrado.
—¿Sí? —preguntó encantado el jefe Avena Loca—. Eso se merece una copa.
—¡Pero es terrible! —gritó abrumado Clevinger—. ¿Por qué diablos has tenido que meterte con el coronel Korn? Oye, ¿qué pasa con las luces? ¿Por qué está todo tan oscuro?
—Las he apagado —contestó McWatt—. Es que el jefe Avena Loca tiene razón. Es mejor con las luces apagadas.
—¿Te has vuelto loco? —chilló Clevinger, abalanzándose hacia el salpicadero para encender las luces. Se arrojó sobre Yossarian, medio histérico—. ¿No ves lo que estás haciendo? Has conseguido que todos actúen igual que tú. Imagínate que dejara de llover y tuviéramos que volar mañana a Bolonia. Estaríais en unas condiciones físicas estupendas.
—No va a dejar de llover. No, señor, una lluvia así podría continuar eternamente.
—¡Ha dejado de llover! —dijo alguien, y en el interior del coche se hizo el silencio.
—Pobres hijos de puta —murmuró compasivo el jefe Avena Loca al cabo de unos momentos.
—¿De verdad ha dejado de llover? —preguntó Yossarian mansamente.
McWatt desconectó el limpiaparabrisas para comprobarlo. La lluvia había cesado. El cielo empezaba a despejarse. La luna se recortaba tras una difusa neblina parduzca.
—¡Pues al diablo con todo! —canturreó McWatt, muy sobrio.
—No os preocupéis, muchachos —dijo el jefe Avena Loca—. La pista de aterrizaje está demasiado blanda para utilizarla mañana. Quizá empiece a llover de nuevo antes de que se seque del todo.
—¡Cerdo, hijo de puta, mamón! —vociferó Joe el Hambriento desde su tienda cuando el coche entró como un rayo en el escuadrón.
—¡Oh, no! ¿Ya ha vuelto? Creía que seguía en Roma con el correo.
—¡Ah! ¡Aaaah! ¡Aaaaaah! —chilló Joe el Hambriento.
El jefe Avena Loca se estremeció.
—Ese tipo me pone los pelos de punta —refunfuñó—. Oye, ¿qué ha sido del capitán Flume?
—Ese tipo sí que me pone los pelos de punta. Lo vi la semana pasada en el bosque, comiendo moras. Tenía un aspecto espeluznante. Ya no duerme en el remolque.
—Joe el Hambriento tiene miedo de que lo obliguen a sustituir a alguien que se ponga enfermo, a pesar de que ya nadie puede ponerse enfermo. ¿Lo viste la otra noche cuando intentó matar a Havermeyer y se cayó en la trinchera que hay junto a la tienda de Yossarian?
—¡Aaaaah! —chilló Joe el Hambriento—. ¡Ah! ¡Aaaah! ¡Aaaaaah!
—No cabe duda de que es una alegría no ver a Flume en el comedor. Se acabó lo de «pásame la sal, chaval».
—Y «pásame la pimienta, parienta».
—Y «pásame ese plato, jabato».
—¡Vete de aquí! —bramó Joe el Hambriento—. ¡He dicho que te vayas de aquí, cerdo, hijo de puta, mamón!
—Al menos hemos descubierto con qué sueña —comentó irónicamente Dunbar—. Con cerdos hijos de puta mamones.
Aquella misma noche Joe el Hambriento soñó que el gato de Huple se le quedaba dormido encima de la cara y lo asfixiaba, y cuando se despertó, el gato de Huple estaba dormido sobre su cara. Su angustia fue aterradora, como el alarido penetrante e infernal con el que taladró la oscuridad teñida de luna, que siguió vibrando durante varios segundos como una descarga devastadora. A continuación se hizo un silencio paralizante, y al poco se organizó una algarabía prodigiosa en el interior de su tienda.
Yossarian fue uno de los primeros en llegar. Cuando logró entrar, vio a Joe el Hambriento pistola en ristre, tratando de desembarazarse de Huple para matar a su gato, que no paraba de bufar y hacer fintas para distraerlo y evitar que matara a su amo. Los dos humanos estaban en ropa interior. La bombilla desnuda del techo se balanceaba como loca, y las negras sombras se arremolinaban caóticamente, de modo que la tienda parecía tambalearse. Yossarian extendió un brazo instintivamente para recuperar el equilibrio y después se tiró en picado sobre los tres adversarios, que se desplomaron bajo su cuerpo. Salió de entre aquella masa con un cogote en cada mano: el de Joe el Hambriento y el del gato. Estos se miraron mutuamente, furibundos. El gato le lanzó un bufido atroz y Joe el Hambriento intentó propinarle un gancho.
—Tiene que ser una pelea limpia —decretó Yossarian, y todos los hombres que habían llegado hasta allí atraídos por el alboroto, horrorizados, le vitorearon con entusiasmo y una desbordante sensación de alivio—. Será una pelea limpia —le explicó con ademán oficial a Joe el Hambriento y al gato tras haberlos llevado afuera, sujetándolos todavía por el cogote—. Valen puños, garras y dientes, pero nada de pistolas —le avisó a Joe el Hambriento—. Y nada de bufidos —le avisó con severidad al gato—. Cuando os suelte, separaos y volved aquí para pelear. ¡Vamos!
Se había congregado una enorme multitud de hombres atolondrados, ávidos de cualquier diversión, pero el gato se acobardó en el momento en que Yossarian lo dejó libre y escapó ignominiosamente. Declararon vencedor a Joe el Hambriento, que se alejó contoneándose muy feliz, con la orgullosa sonrisa de los campeones, alzando la encogida cabeza y sacando el hundido pecho. Se metió en la cama victorioso y volvió a soñar que el gato de Huple se le quedaba dormido encima de la cara y lo asfixiaba.

13
EL COMANDANTE... DE COVERLEY

El hecho de cambiar de sitio la línea de bombardeo no engañó a los alemanes, pero sí al comandante... de Coverley, que preparó su macuto, requisó un avión y, convencido de que los aliados también habían capturado Florencia, se dirigió a dicha ciudad con la intención de alquilar dos pisos para que los utilizaran los oficiales y soldados de su escuadrón durante los permisos. Aún no había regresado el día que Yossarian salió del despacho del comandante Coronel por la ventana preguntándose a quién podía acudir para que lo ayudara.
El comandante... de Coverley era un anciano impresionante, magnífico, severo, con una portentosa cabeza leonina y una arrebatada mata de pelo blanco que tronaba como una ventisca en torno a su grave rostro patriarcal. Su cometido como oficial ejecutivo del escuadrón, tal y como conjeturaban el comandante Coronel y el doctor Danika, consistía exclusivamente en lanzar herraduras, secuestrar trabajadores italianos y alquilar pisos para uso de soldados y oficiales durante los permisos, y destacaba en las tres tareas.
Cada vez que parecía inminente la caída de una ciudad como Nápoles, Roma o Florencia, el comandante... de Coverley preparaba su macuto, requisaba un avión y un piloto y se dirigía hacia la ciudad en cuestión, todo ello sin pronunciar palabra, gracias a la fuerza de su semblante solemne y dominante y a los movimientos perentorios de su arrugado dedo. Uno o dos días después de la caída de la ciudad regresaba con los contratos de dos pisos amplios y lujosos, uno para los oficiales y otro para los soldados, ambos provistos de cocineras y criadas competentes y estupendas. Unos días más tarde, en los periódicos de todo el mundo aparecían fotografías de los primeros soldados norteamericanos sorteando los obstáculos de la maltrecha ciudad humeante. Inevitablemente, el comandante... de Coverley se encontraba entre ellos, sentado más tieso que una vela en un todoterreno que había sacado de alguna parte, sin mirar ni a derecha ni a izquierda mientras el fuego de artillería rodeaba su invencible cabeza y los jóvenes y ágiles soldados de infantería armados con carabinas recorrían las aceras a grandes zancadas y se refugiaban en edificios en llamas o caían muertos a sus puertas. Parecía indestructible sentado allí entre miles de peligros, con sus firmes rasgos y aquella expresión fiera, regia, justa e imponente que los hombres del escuadrón reconocían y respetaban.
Para los servicios de espionaje alemán, el comandante... de Coverley constituía un enigma ultrajante; ni uno solo de los centenares de prisioneros norteamericanos proporcionaba datos concretos sobre el anciano oficial de pelo blanco, nudosa frente amenazadora y ojos penetrantes y llameantes que parecía encabezar cualquier avance de importancia con tanta temeridad como éxito. A las autoridades norteamericanas, su identidad les dejaba igualmente perplejas: habían situado a una legión de agentes del CID en el frente para que averiguaran quién era, mientras que un batallón de oficiales de relaciones públicas endurecidos en combate se mantenían en alerta roja las veinticuatro horas del día con la orden de divulgar información sobre él en cuanto lo localizaban.
En Roma, el comandante... de Coverley se había superado a sí mismo con los pisos. Los oficiales, que llegaban en grupos de cuatro o cinco, disponían cada uno de una inmensa habitación doble en un edificio nuevo de piedra blanca, con tres espaciosos cuartos de baño con paredes de deslumbrantes azulejos color aguamarina y una criada flacucha llamada Michaela que se reía por todo y mantenía el piso impecable y ordenado. En la planta de abajo vivían los obsequiosos propietarios. En la de arriba vivían la condesa rica y guapa de pelo negro con su rica y guapa nuera de pelo negro, que únicamente se ofrecían a Nately, demasiado tímido para aceptarlas, y a Aarfy, demasiado chapado a la antigua para interesarse por ellas y que siempre intentaba disuadirlas de que se ofrecieran a nadie que no fueran sus respectivos maridos, que habían preferido quedarse en el norte al frente de los negocios familiares.
—En realidad son buenas chicas —le confió Aarfy muy serio a Yossarian, que soñaba con tener al mismo tiempo los cuerpos blancos y desnudos de aquellas dos buenas chicas guapas, ricas y de pelo negro tendidos eróticamente en la cama.
Los soldados bajaban a Roma en pandillas de doce o más con un hambre voraz y cajones llenos de comida en conserva que les preparaban y servían las mujeres en el comedor del piso que ocupaban en la sexta planta de un edificio de ladrillo rojo con un ascensor bamboleante. Siempre había más animación en la casa que ocupaban los soldados. Para empezar, éstos siempre llegaban en mayor número, y también había más mujeres que cocinaban, servían, barrían y fregaban. Estaban, además, las jóvenes alegres, tontas y sensuales que había llevado Yossarian y las que habían llevado los soldados, quienes al volver a Pianosa muertos de sueño tras siete agotadores días de desenfreno, las dejaban allí para quien las quisiera. Las chicas recibían comida y techo durante el tiempo que desearan quedarse. Lo único que tenían que hacer a cambio era ponerse a disposición de cualquiera de los hombres que se lo pidiera, circunstancia que al parecer aceptaban sin problemas.
Cada cuatro días, aproximadamente, se presentaba Joe el Hambriento, atormentado, enloquecido y frenético, si había tenido la mala suerte de haber cumplido una vez más el número de misiones exigido y se encontraba con el avión correo. La mayoría de las veces dormía en casa de los soldados. Nadie sabía a ciencia cierta cuántas habitaciones había alquilado el comandante... de Coverley, ni siquiera la corpulenta mujer del corpiño negro de la primera planta a quien se las había alquilado. Ocupaban la planta superior entera, y Yossarian sabía que había otras en la quinta, porque fue en la habitación de Snowden, situada en dicha planta, donde encontró a la criada de las bragas color lima con un trapo del polvo el día después de lo de Bolonia, después de que Joe el Hambriento lo sorprendiera en la cama con Luciana en el piso de los oficiales aquella misma mañana y saliera corriendo como un poseso en busca de su cámara fotográfica.
La criada de las bragas color lima era una mujer simpática, gorda y complaciente, de treinta y tantos años, con muslos blandengues y unos jamones bamboleantes recubiertos con medias de color lima que se quitaba para cualquier hombre que se lo pidiera. Tenía un rostro vulgar y ancho y era la mujer más virtuosa sobre la tierra: se entregaba a todos, cualesquiera fueran su raza, credo, color o lugar de origen, como una muestra de hospitalidad, sin aplazarlo ni siquiera los pocos segundos que pudiera tardar en soltar el trapo o la escoba que estuviera sujetando en el momento en que alguien la agarraba. Su atractivo emanaba de su accesibilidad; al igual que el monte Everest, allí estaba siempre, y los hombres se subían encima de ella cada vez que sentían necesidad. Yossarian estaba enamorado de la criada de las bragas color lima porque era la única mujer con la que podía hacer el amor sin enamorarse de ella. Incluso la chica calva de Sicilia seguía evocándole fuertes sensaciones de lástima, ternura y arrepentimiento.
A pesar de los múltiples peligros a los que se exponía el comandante... de Coverley cada vez que alquilaba un piso, sólo recibió una herida: irónicamente, cuando encabezaba el triunfal desfile de entrada en la ciudad de Roma, donde se le clavó en un ojo una flor disparada desde cerca por un viejo desastrado, ruidoso y beodo que, como el mismísimo Satanás, se abalanzó sobre el coche del comandante... de Coverley con risa maliciosa, le agarró brusca y despectivamente la venerable cabeza blanca y le dio un beso burlón en cada mejilla con una boca que apestaba a vino, queso y ajo, tras lo cual volvió a confundirse entre la jubilosa multitud con una carcajada hueca, seca, hiriente. El comandante... de Coverley, auténtico espartano en la adversidad, no desfalleció ni un solo instante en el transcurso de la terrible ordalía. Y hasta que regresó a Pianosa, tras haber concluido los asuntos que le habían llevado a Roma, no solicitó ayuda médica para su herida.
Decidió continuar binocular y le explicó al doctor Danika su deseo de que el parche del ojo fuera transparente para seguir lanzando herraduras, secuestrando trabajadores italianos y alquilando pisos con la visión intacta. Para los hombres del escuadrón, el comandante... de Coverley era un auténtico coloso, aunque jamás se atrevieran a decírselo. El único que se atrevía a acercársele era Milo Minderbinder, quien en su segunda semana de estancia en el escuadrón se dirigió hacia el campo de lanzamiento de herraduras con un huevo cocido en la mano y lo enarboló delante del comandante... de Coverley. El anciano se puso rígido, atónito ante la osadía de Milo, y le obsequió con toda la fuerza de su tempestuoso semblante, con el accidentado saliente de su frente rugosa y el enorme risco de la nariz corcovada que atacaba colérica desde la cara como un defensa de fútbol. Milo no se arredró, pertrechado tras el huevo duro que sujetaba ante la cara a modo de amuleto protector. Al cabo de un rato, la tormenta empezó a amainar y pasó el peligro.
—¿Qué es eso? —preguntó al fin el comandante... de Coverley.
—Un huevo —contestó Milo.
—¿Qué clase de huevo? —preguntó el comandante... de Coverley.
—Un huevo cocido —contestó Milo.
—¿Qué clase de huevo cocido? —preguntó el comandante... de Coverley.
—Un huevo cocido fresco —contestó Milo.
—¿Dé dónde ha salido ese huevo fresco? —preguntó el comandante... de Coverley.
—De una gallina —contestó Milo.
—¿Dónde está la gallina? —preguntó el comandante... de Coverley.
—La gallina está en Malta —contestó Milo.
—¿Cuántas gallinas hay en Malta?
—Suficientes para poner huevos frescos para todos los oficiales del escuadrón, a cinco centavos la unidad de los fondos del comedor —contestó Milo.
—Tengo debilidad por los huevos frescos —confesó el comandante... de Coverley.
—Si pusieran un avión a mi disposición, podría ir allí una vez a la semana y traer todos los huevos frescos que necesitamos —replicó Milo—. Al fin y al cabo, Malta no está tan lejos.
—Malta no está tan lejos —observó el comandante... de Coverley—. Posiblemente podría ir allí una vez a la semana en un avión del escuadrón y traer los huevos frescos.
—Sí —convino Milo—. Supongo que podría hacerlo, si pusieran un avión a mi disposición.
—A mí, los huevos frescos me gustan fritos —recordó el comandante... de Coverley—. En mantequilla fresca.
—Puedo encontrar toda la mantequilla fresca que necesitamos en Sicilia a veinticinco centavos el medio kilo —contestó Milo—. Veinticinco centavos por medio kilo de mantequilla fresca es una buena compra. También hay suficiente dinero para mantequilla en el fondo del comedor, y a lo mejor podríamos vender un poco a los demás escuadrones y así recuperar la mayor parte de lo que nos costara a nosotros.
—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó el comandante... de Coverley.
—Milo Minderbinder, señor. Tengo veintisiete años.
—Eres un buen oficial de intendencia, Milo.
—No soy oficial de intendencia, señor.
—Eres un buen oficial de intendencia, Milo.
—Gracias, señor. Haré todo lo que esté en mi mano para serlo.
—Que Dios te bendiga, muchacho. Coge una herradura.
—Gracias, señor. ¿Qué hago con ella?
—Tirarla.
—¿Dónde?
—A ese ganchito. Después la recoges y la tiras al otro ganchito. Es un juego, ¿comprendes?
—Sí, señor, lo entiendo. ¿A cuánto se venden estas herraduras?
El olor de un huevo fresco chisporroteando exóticamente en un charquito de mantequilla fresca fue arrastrado a gran distancia por los vientos mercantiles del Mediterráneo y llevó al comedor al general Dreedle con un apetito voraz, acompañado de su enfermera, que lo seguía a todas partes, y de su yerno, el coronel Moodus. Al principio, el general devoraba en el comedor de Milo. Después, los otros tres escuadrones del grupo del coronel Cathcart pusieron sus respectivos comedores en manos de Milo y le dieron un avión y un piloto cada uno para que pudiera comprar huevos y mantequilla frescos también para ellos. Los aviones de Milo iban y venían siete días a la semana, pues todos los oficiales de los cuatro escuadrones empezaron a devorar huevos frescos en una insaciable orgía gastronómica. El general Dreedle los devoraba en el desayuno, el almuerzo y la cena y también entre las comidas, hasta que Milo localizó abundantes suministros de ternera, vaca, pato, chuletas de cordero lechal, champiñones, brécol, colas de langosta surafricana, gambas, jamón, budines, uvas, helado, fresas y alcachofas, todo ello fresco. Había otros tres grupos de bombardeo en el ala de combate del general Dreedle, que competían entre sí para enviar aviones a Malta en busca de huevos frescos, hasta que descubrieron que estos artículos allí se vendían a siete centavos la unidad. Como podían comprárselos a Milo a cinco centavos la unidad, les pareció más sensato pasar los comedores a su cooperativa y ofrecerle los aviones y los pilotos que necesitaba para transportar los demás artículos que les había prometido.
Todo el mundo estaba encantado con este estado de cosas, sobre todo el coronel Cathcart, quien estaba convencido de haberse apuntado un tanto importante. Saludaba jovialmente a Milo cada vez que lo veía y, en un acceso de contrita generosidad, recomendó el ascenso del comandante Coronel, impulsivamente. El ex soldado de primera Wintergreen rechazó de plano la recomendación en el Cuartel General de la 27.a Fuerza Aérea: con letra temblorosa, redactó un informe anónimo en el que recordaba que el ejército sólo contaba con un comandante Digno Coronel Coronel y que no tenía la menor intención de perderlo a causa de un ascenso simplemente para complacer al coronel Cathcart. A éste le escoció la dura negativa y se encerró en su habitación, abandonándose al rencor. Culpaba al comandante Coronel de aquella metedura de pata y decidió rebajarlo a teniente aquel mismo día.
—Seguramente no lo dejarán —comentó el coronel Korn con sonrisa condescendiente, paladeando la situación—. Precisamente por las mismas razones por las que no le dejarían ascenderlo... Además, parecería un poco estúpido querer degradarlo a teniente después de haber intentado ascenderlo.
El coronel Cathcart se sentía acosado por todas partes. Le había resultado mucho más fácil obtener una medalla para Yossarian tras el desastre de Ferrara, cuando el puente que cruzaba el Po continuaba en pie siete días después de que el coronel Cathcart se hubiera ofrecido voluntario para destruirlo. Sus hombres habían realizado nueve misiones con tal fin en el plazo de seis días, y el puente no fue desmantelado hasta la décima misión, el séptimo día, cuando Yossarian mató a Kraft y su tripulación al obligar a los seis aviones a pasar por segunda vez sobre el objetivo. Yossarian bombardeó por segunda vez porque entonces era valiente. Enterró la cara en la mira hasta soltar todas las bombas; cuando levantó los ojos, el interior del avión estaba bañado en un extraño resplandor naranja. Al principio pensó que estaba ardiendo. Después vio el aparato con un motor incendiado encima de su cabeza y le gritó a McWatt por el intercomunicador que girara rápidamente hacia la izquierda. Al cabo de unos segundos, se desprendió el ala del avión de Kraft. El aparato cayó, envuelto en llamas, primero el fuselaje y a continuación la otra ala, entre una lluvia de minúsculos fragmentos de metal que bailaban claqué sobre el techo de la nave de Yossarian y el incesante ¡catacloc!, ¡catacloc! de la artillería antiaérea.
Una vez en tierra, todos lo miraron ceñudos mientras se dirigía abatido hacia la sala de instrucciones para presentar el informe, y allí le comunicaron que el coronel Cathcart y el coronel Korn querían hablar con él. El comandante Danby estaba apostado en la puerta, despidiendo a todos los demás en luctuoso silencio. Yossarian se caía de cansancio y únicamente deseaba quitarse la ropa, que llevaba pegada al cuerpo. Entró en la sala presa de emociones encontradas, sin saber qué debía sentir por Kraft y por los demás, pues habían muerto en la lejanía, aislados en su muda agonía, en un momento en el que se hallaba metido hasta los ojos en el mismo dilema, espantoso y torturante, indeciso entre el deber y la catástrofe.
Por su parte, el coronel Cathcart parecía aturdido.
—¿Dos veces? —preguntó.
—La primera vez no acerté —respondió Yossarian quedamente, bajando la cabeza.
Sus voces resonaban en el edificio alargado y estrecho.
—Pero ¿dos veces? —repitió el coronel Cathcart, incrédulo.
—La primera vez no hubiera podido acertar —repitió a su vez Yossarian.
—Pero Kraft estaría vivo.
—Y el puente aun en pie.
—Un buen bombardero debe soltar las bombas la primera vez —le recordó el coronel Cathcart—. Los otros cinco bombarderos soltaron las bombas la primera vez.
—Sí, y no dieron en el blanco —objetó Yossarian—. Tendríamos que haber vuelto otro día.
—Y quizá lo hubieran conseguido a la primera.
—O quizá no.
—Pero quizá no hubiera habido bajas.
—O quizás hubiera habido más, y el puente habría quedado en pie. Pensaba que querían destruirlo.
—No me contradiga —le ordenó el coronel Cathcart—. Ya tenemos suficientes problemas.
—No le contradigo, señor.
—Sí. Incluso eso es una contradicción.
—Sí, señor. Lo siento.
El coronel Cathcart chasqueó los nudillos con estrépito. El coronel Korn, un hombre robusto, moreno y fláccido de panza informe, estaba sentado completamente relajado en uno de los bancos de la primera fila, con las manos entrelazadas sobre la calva. Sus ojos parecían expresar regocijo tras las brillantes gafas sin montura.
—Estamos intentando ser totalmente objetivos —le apuntó al coronel Cathcart.
—Estamos intentando ser totalmente objetivos —le dijo el coronel Cathcart a Yossarian movido por una repentina inspiración—. No me estoy poniendo sentimental ni nada parecido. Me importan tres pitos los hombres y el avión, pero en el informe va a quedar fatal. ¿Cómo puedo presentar una cosa semejante en el informe?
—¿Por qué no me dan una medalla? —sugirió tímidamente Yossarian.
—¿Por haber bombardeado dos veces?
—A Joe el Hambriento se la dieron por cargarse un avión por error.
El coronel Cathcart rió con pesar.
—Suerte tendrá si no le formamos consejo de guerra.
—Pero la segunda vez acerté —protestó Yossarian—. Pensaba que quería destruir el puente.
—¡Bueno, no sé qué quería! —estalló el coronel Cathcart, exasperado—. Mire, claro que quería destruir el puente. Ese puente ha sido un quebradero de cabeza desde que decidí enviarlos a ustedes a derribarlo, pero ¿por qué no lo hizo a la primera?
—No me dio tiempo. El navegante no estaba seguro de que hubiéramos llegado a la ciudad prevista.
—¿A la ciudad prevista? —El coronel Cathcart parecía desconcertado—. ¿Ahora intenta echarle la culpa a Aarfy?
—No, señor. Fue error mío, por dejar que me distrajera. Lo único que intento decir es que no soy infalible.
—Nadie es infalible —replicó secamente el coronel Cathcart, y después añadió, como pensándoselo mejor—: Ni tampoco indispensable.
Nadie refutó su argumento. El coronel Korn estiró los brazos perezosamente.
—Tenemos que tomar una decisión —comentó, como sin darle importancia, al coronel Cathcart.
—Tenemos que tomar una decisión —le dijo el coronel Cathcart a Yossarian—. Y todo es por culpa suya. ¿Por qué se le ocurrió volver por segunda vez? ¿Por qué no pudo soltar las bombas la primera vez como los demás?
—La primera vez no habría acertado.
—Me da la impresión de que estamos volviendo a lo mismo por segunda vez —intervino el coronel Korn sofocando una risita.
—Pero ¿qué vamos a hacer? —exclamó el coronel Cathcart, angustiado—. Todos nos están esperando ahí fuera.
—¿Por qué no le damos una medalla? —propuso el coronel Korn.
—¿Por pasar sobre el objetivo dos veces? ¿Por qué motivo habríamos de darle una medalla?
—Por pasar sobre el objetivo dos veces —contestó el coronel Korn con una sonrisa reflexiva, satisfecha—. Al fin y al cabo, supongo que se necesita mucho valor para hacer una cosa así sin más aviones alrededor que pudieran despistar a la artillería antiaérea.
Y además, dio en el blanco. Sí, quizá sea ésa la solución: actuar con arrogancia cuando deberíamos avergonzarnos de algo. Ese truco nunca falla.
—¿Usted cree que funcionará?
—Estoy seguro. Pero, por si acaso, vamos a ascenderlo a capitán.
—¿No le parece que sería llegar demasiado lejos?
—No, no lo creo. Más vale tomar medidas. Y un capitán más o menos, no tiene importancia.
—De acuerdo —convino el coronel Cathcart—. Le daremos una medalla por haber tenido valor suficiente como para pasar dos veces por el objetivo. Y además, lo ascenderemos a capitán.
El coronel Korn hizo ademán de coger la gorra.
—Y ahora, mutis y sonrisa —bromeó, y rodeó los hombros de Yossarian con un brazo al tiempo que ambos salían.

14
KID SAMPSON

En la época de la misión de Bolonia, Yossarian era lo suficientemente valiente como para no pasar sobre el objetivo ni una sola vez, y cuando se vio en el morro del avión de Kid Sampson, apretó el botón de su micrófono y preguntó:
—Oye, ¿qué le pasa al avión?
Kid Sampson soltó un alarido.
—¿Le pasa algo al avión?
El grito de Kid Sampson dejó helado a Yossarian.
—¿Pasa algo? —vociferó horrorizado—. ¿Saltamos en paracaídas?
—¡No lo sé! —gimió Kid Sampson angustiado—. Alguien ha dicho que tenemos que saltar. ¿Quién ha sido? ¿Quién lo ha dicho?
—¡Soy Yossarian! ¡Estoy en el morro! Te he oído decir que pasaba algo. ¿No has dicho que pasaba algo?
—Creía que tú habías dicho que pasaba algo. Todo parece ir bien. Todo va bien.
A Yossarian se le cayó el alma a los pies. Algo espantoso ocurría si todo iba bien y no tenían excusa para volver. Vaciló, reflexivo.
—No te oigo —dijo.
—He dicho que todo va bien.
El sol se reflejaba cegadoramente blanco sobre las aguas de porcelana azul y sobre las deslumbrantes aristas de los demás aviones. Yossarian agarró los cables de colores del intercomunicador y los arrancó.
—Sigo sin oírte —dijo.
No oía nada. Recogió lentamente la carpeta de los mapas y los tres trajes protectores y se arrastró hasta el compartimento principal. Nately, sentado muy tieso en el asiento del copiloto, lo observó por el rabillo del ojo mientras se situaba detrás de Kid Sampson en la cabina. Sonrió a Yossarian débilmente; parecía frágil y excepcionalmente joven y tímido, allí encerrado entre los voluminosos auriculares, la gorra, el micrófono, el traje protector y el paracaídas. Yossarian se inclinó para acercarse al oído de Kid Sampson.
—¡No te oigo! —gritó, alzando la voz por encima del ronroneo de los motores.
Kid Sampson miró hacia atrás, sorprendido. Tenía una cara angulosa y cómica, cejas arqueadas y fino bigote rubio.
—¿Qué? —gritó a su vez por encima del hombro.
—Que sigo sin oírte —repitió Yossarian.
—Habla más alto —dijo Kid Sampson—. No te oigo.
—¡Que sigo sin oírte! —vociferó Yossarian.
—¿Qué quieres que haga? —chilló Kid Sampson—. ¡Estoy gritando con todas mis fuerzas!
—¡No te oía por el intercomunicador! —bramó Yossarian, con creciente desesperación—. Tendrás que volver.
—¿Por un intercomunicador? —preguntó Kid Sampson, incrédulo.
—Vuelve si no quieres que te rompa la crisma —le ordenó Yossarian.
Kid Sampson miró a Nately en busca de apoyo moral, pero éste desvió rápidamente los ojos. Yossarian tenía mayor graduación que ambos. Kid Sampson se resistió unos segundos más, dubitativo, y capituló con expresión triunfal.
—A mí me parece muy bien —anunció de buena gana, y emitió una serie de silbidos agudos—. Sí, señooor, a Kid Sampson le parece pero que muy bien. —Volvió a silbar y gritó por el intercomunicador—: ¡Prestad atención, criaturitas mías! Os habla el almirante Kid Sampson. Os grazna el almirante Kid Sampson, orgullo de la marina de su majestad la reina. ¡Sí, chavales, volvemos! ¡Volvemos!
Nately se arrancó la gorra y los auriculares de un tirón y empezó a mecerse alegremente como un niño guapo en su sillita. El sargento Knight bajó en picado desde la torreta superior y se puso a darles golpecitos en la espalda a todos, entusiasmado. Kid Sampson se alejó de la formación describiendo un elegante arco y se dirigió hacia el aeródromo. Cuando Yossarian enchufó sus auriculares a una de las cajas auxiliares, los dos artilleros de la cola cantaban a dúo «La cucaracha».
Una vez en el aeródromo, el grupo se deshizo bruscamente. Un inquietante silencio ocupó su lugar, y Yossarian descendió del avión y se acomodó en el vehículo que los esperaba, sobrio y avergonzado. Nadie habló durante todo el trayecto por la quietud envolvente e hipnotizante de montañas, mar y ríos. Persistía la misma sensación desoladora cuando abandonaron la carretera al llegar al escuadrón. Yossarian bajó del coche el último. Al cabo de unos minutos, él y un suave viento cálido era lo único que se movía en la obsesiva calma que se extendía como una droga sobre las tiendas vacías. El escuadrón se alzaba insensible, desprovisto de seres humanos a excepción del doctor Danika, que estaba encaramado en su taburete como un buitre doliente y tembloroso junto a la puerta cerrada de la enfermería, con la enorme nariz asaeteando inútil y ávidamente la nebulosa luz del sol que caía a chorros a su alrededor. Yossarian sabía que el doctor Danika no iría a nadar con él. El doctor Danika no volvería a ir a nadar; uno podía desmayarse o sufrir una pequeña oclusión coronaria en un par de centímetros de agua y morir ahogado, ser arrastrado hasta alta mar por una corriente o padecer una poliomielitis o una infección de meningococos a consecuencia del frío o de un esfuerzo excesivo. La amenaza que representaba Bolonia para los demás había desatado en el doctor Danika una ansiedad aun más profunda por su bienestar. Por la noche oía ladrones.
A través de la penumbra teñida de lavanda que encapotaba la entrada de la tienda de operaciones, Yossarian vislumbró al jefe Avena Loca, dedicado diligentemente a la tarea de apoderarse de grandes raciones de whisky tras haber falsificado las firmas de los no bebedores. Envasaba a toda velocidad el alcohol con el que se envenenaba en varias botellas, con el fin de robar lo más posible antes de que el capitán Black se despertara y recordara que tenía que ir a robar el resto.
El todoterreno volvió a ponerse en marcha suavemente. Kid Sampson, Nately y los demás se alejaron formando un remolino silencioso que se tragó la empalagosa quietud amarilla. El vehículo desapareció dando sacudidas. Yossarian se quedó solo en medio de una calma pesada, primordial, en la que todo lo verde parecía negro y el resto estaba empapado del color del pus. La brisa agitaba las hojas a lo lejos, diáfana y seca. Yossarian se sentía desasosegado, asustado y somnoliento. Notaba las cuencas de los ojos mugrientas de puro cansancio. Entró penosamente en la tienda de los paracaídas con su alargada mesa de madera, mientras una duda empezaba a corroerlo y a anidar en su conciencia, por otro lado completamente tranquila. Dejó el traje protector y el paracaídas, pasó junto al camión cisterna y entró en la tienda de información para devolver la carpeta de los mapas al capitán Black, que dormitaba en su silla con las piernas largas y flacas apoyadas en la mesa y le preguntó con indiferente curiosidad por qué había regresado su avión. Yossarian no le hizo el menor caso. Dejó los mapas y salió.
Al llegar a su tienda se despojó del arnés del paracaídas y después de la ropa. Orr estaba en Roma, y debía volver aquella misma tarde del permiso que se había ganado por hacer un amaraje forzoso frente a la costa de Génova. Nately ya se estaría preparando para sustituirlo, extasiado al comprobar que seguía vivo y sin duda impaciente por reanudar el inútil y desgarrador noviazgo con su prostituta de Roma. Cuando acabó de desnudarse, Yossarian se sentó sobre el catre a descansar. Siempre se encontraba más a gusto desnudo. No se sentía cómodo cuando estaba vestido. Al cabo de un rato se puso calzoncillos limpios y se dirigió a la playa calzado con unos mocasines y una toalla de color caqui sobre los hombros.
El sendero que salía del escuadrón rodeaba un misterioso emplazamiento de baterías en pleno bosque; dos de los tres soldados allí destinados dormían en el círculo de sacos de arena y el tercero comía una granada púrpura, arrancando grandes mordiscos con mandíbulas triturantes y escupiendo las rugosidades del fruto entre los arbustos. Cada vez que mordía se le escurría un zumo rojo por la boca. Yossarian siguió andando con suaves pisadas, acariciándose cariñosamente la tripa desnuda de vez en cuando como para comprobar que seguía allí. Se sacó una pelusilla del ombligo. A ambos lados del sendero empezó a ver docenas de setas que la lluvia había multiplicado, asomando sus dedos nodulares por entre la tierra húmeda como tallos de carne sin vida, en tan necrótica profusión que parecían proliferar a ojos vista. Crecían a millares, cubriendo la maleza, y daban la impresión de aumentar en número y tamaño mientras las espiaba. Se alejó de allí a toda velocidad, con un escalofrío de miedo, y no dejó de apretar el paso hasta que la arena seca crujió bajo sus pies y aquellos seres quedaron atrás. Miró hacia allí con recelo, casi esperando ver que las formas blancas y blandas se arrastraban hacia él en ciega persecución o que se colaban entre las copas de los árboles formando una masa móvil, hirviente, ingobernable.
La playa estaba desierta. Sólo se oían ruidos sofocados, el borboteo glotón del arroyo, el murmullo respirante de la maleza y los arbustos a su espalda, el apático gemido de las olas monótonas, traslúcidas. Siempre había poca espuma, el agua siempre estaba clara y fresca. Yossarian dejó sus cosas en la arena y avanzó contra las olas hasta la rodilla; por último se sumergió. Frente a él se alzaba una abultada franja de tierra oscura envuelta en niebla, casi invisible. Nadó lánguidamente contra corriente, se detuvo un momento y después regresó con igual languidez a donde podía hacer pie. Se sumergió de cabeza en las aguas verdes varias veces, hasta sentirse limpio y despejado, y a continuación se tendió boca abajo sobre la arena y se quedó dormido hasta que los aviones que volvían de Bolonia se situaron casi por encima de su cabeza y el rugido acumulativo de sus múltiples motores hizo retemblar la tierra y lo arrancó de su sopor.
Se despertó parpadeando, con un ligero dolor de cabeza, y al abrir los ojos se topó con un mundo caótico en el que todo estaba en orden. Se quedó boquiabierto ante el fantástico espectáculo de las doce escuadrillas en perfecta formación. La escena era demasiado inesperada para parecer real. No había ningún avión que se adelantara con los heridos, ni ninguno que se retrasara con averías. Ninguna señal de socorro humeaba en el cielo. No faltaba ningún aparato, salvo el suyo. Durante unos instantes lo dejó paralizado una sensación de locura. Y entonces lo comprendió, y casi se echó a llorar ante la ironía. La explicación era sencilla: unas nubes habían tapado el objetivo antes de que los aviones pudieran bombardearlo, y aún estaba por realizar la misión de Bolonia.
Se equivocaba. No había habido nubes. Habían bombardeado Bolonia. Bolonia era misión fácil. No había habido fuego antiaéreo.

15
PILTCHARD Y WREN

El capitán Piltchard y el capitán Wren, los inofensivos oficiales que dirigían conjuntamente las operaciones del escuadrón, eran dos hombres amables, comedidos, de estatura inferior a la media, que disfrutaban con las misiones de combate y no pedían a la vida ni al coronel Cathcart más que la oportunidad de continuar cumpliéndolas. Habían realizado cientos y deseaban realizar otras tantas. Se presentaban voluntarios a todas. Nunca les había sucedido nada tan maravilloso como la guerra; y temían que no volviera a ocurrirles. Ejecutaban las tareas que tenían asignadas con humildad y a conciencia, con las mínimas molestias posibles para los demás, y hacían cuanto en su mano estaba para no enfrentarse con nadie. Tenían la sonrisa fácil para todos. Siempre hablaban entre dientes. Eran hombres activos, animosos y sumisos que sólo se sentían a gusto en su mutua compañía y que no miraban a los ojos a nadie más, ni siquiera a Yossarian en el transcurso de la reunión al aire libre que convocaron para reñirle públicamente por haber obligado a Kid Sampson a regresar de la misión a Bolonia.
—Mirad, muchachos —dijo el capitán Piltchard, que tenía pelo oscuro y escaso y sonrisa forzada—. Cuando no cumpláis una misión, aseguraos antes de volver de que es por algo importante, ¿de acuerdo? No por algo sin importancia... como un intercomunicador averiado... o algo parecido. El capitán Wren quiere añadir algo al respecto.
—El capitán Piltchard tiene razón, muchachos —dijo el capitán Wren—. Y eso es lo único que voy a añadir al respecto. Bueno, al fin hemos llegado a Bolonia, y hemos descubierto que era una misión fácil. Supongo que todos estábamos un poco nerviosos y no hemos causado demasiados destrozos. En fin, escuchad una cosa. El coronel Cathcart ha obtenido permiso para que volvamos, y mañana sí que vamos a cargarnos esos depósitos de municiones. ¿Qué os parece?
Y para demostrarle a Yossarian que no sentían la menor animadversión hacia él, incluso le asignaron el puesto de bombardero jefe con McWatt en la primera formación cuando fueron a Bolonia al día siguiente. Yossarian sobrevoló el objetivo como un auténtico Havermeyer, confiado y sin emprender acciones evasivas, ¡y de repente se vio envuelto en un infierno de mierda!
¡La artillería antiaérea lo rodeaba por todas partes! Lo habían engañado, lo habían atrapado, y no podía hacer otra cosa más que quedarse allí como un imbécil contemplando las horribles explosiones negras que acabarían por matarlo. Hasta que soltara las bombas no podía hacer otra cosa más que asomarse continuamente a la mira, en cuya lente estaban pegadas magnéticamente sobre el objetivo las finas líneas entrecruzadas, justo donde él las había situado, en el centro del patio del bloque de almacenes camuflados que le correspondía bombardear. Temblaba de pies a cabeza mientras el aparato avanzaba. Oía el ¡bum! ¡bum! ¡bum! ¡bum! hueco del fuego antiaéreo a su alrededor, superponiéndose en series de cuatro, el agudo y penetrante ¡crac! de un proyectil aislado que hizo explosión muy cerca de él. Su cabeza estallaba en mil impulsos disonantes mientras rezaba para que pudiera soltar las bombas. Sentía deseos de llorar. Los motores zumbaban monótonamente como una mosca gorda y perezosa. Al fin se cruzaron los índices de la mira, y arrojó las ocho bombas de doscientos treinta kilos cada una, una detrás de otra. El avión se remontó, aligerado de su carga. Yossarian se separó de la mira, encogido, para observar el indicador de la izquierda. Cuando la aguja llegó al cero, cerró las puertas del compartimento de las bombas y gritó con todas sus fuerzas por el intercomunicador:
—¡Gira a la derecha, rápido!
McWatt respondió al instante. Con rechinar de motores, viró sobre un ala y se retorció despiadadamente para alejarse de las agujas gemelas de fuego antiaéreo que, según había visto Yossarian, iban a asaetearlos. Después Yossarian obligó a McWatt a ascender más y más hasta que penetraron en un cielo tranquilo, azul como un diamante, soleado y puro y adornado a lo lejos con largos velos blancos de tenue pelusa. El viento rasgueaba sosegadamente los cristales cilíndricos de las ventanillas, y Yossarian se relajó hasta que cogieron velocidad. Entonces ordenó a McWatt que girara a la izquierda y que volviera a descender, al observar con un espasmo transitorio de júbilo los enjambres de artillería que saltaban sobre sus cabezas y se desviaban a la derecha, justo donde hubieran estado si no hubieran torcido a la izquierda y descendido en picado. Ordenó a McWatt que adoptara trayectoria horizontal con otro ronco grito, y el piloto zarandeó el aparato, subiendo y girando de nuevo, en un deshilachado espacio azul de aire sin contaminar, precisamente en el momento en que daban en el blanco las bombas que había lanzado. La primera cayó en el patio, exactamente donde había apuntado, y a continuación las demás bombas de su avión y de los demás aviones de la escuadrilla hicieron explosión en rápida sucesión de destellos naranjas sobre el tejado de los edificios, que se desmoronaron al instante en medio de una ola envolvente de humo rosa, gris y negro que se propagó por todas partes y se estremeció convulsivamente en las entrañas como si la produjeran grandes relámpagos rojos, blancos y dorados.
—¡Mira, mira eso! —exclamó ruidosamente Aarfy, maravillado, junto a Yossarian, su cara rechoncha y orbicular destellante de alegría—. Ahí debajo debía de haber un depósito de municiones.
Yossarian se había olvidado de Aarfy.
—¡Sal de ahí! —le chilló—. ¡Sal del morro!
Aarfy sonrió cortésmente y señaló el objetivo con ademán de generosa invitación para que Yossarian mirara. Yossarian agitó las manos delante de él y le indicó por señas que se fuera a la entrada del pasadizo.
—¡Vete! —gritó, frenético—. ¡Vete!
Aarfy se encogió de hombros, con gesto amistoso.
—No te oigo —le explicó.
Yossarian lo agarró por las correas del arnés del paracaídas y lo empujó hacia el pasadizo justo en el momento en que el aparato experimentó una sacudida con la que le crujieron los huesos y se le paró el corazón. Comprendió en seguida que estaban todos muertos.
—¡Sube! —le gritó a McWatt por el intercomunicador cuando vio que seguía vivo—. ¡Sube, hijo de puta! ¡Sube!
El avión se remontó zumbando, rápida pero penosamente, hasta que le ordenó a McWatt que se situara en trayectoria horizontal con otro grito ronco y el piloto viró con un giro rugiente y brutal de cuarenta y cinco grados que dejó a Yossarian sin respiración y flotando ingrávido en el aire hasta que McWatt volvió a situar el aparato en horizontal el tiempo suficiente como para torcer a la derecha y lanzarse en picado con un terrible chirrido. Aceleró atravesando infinitos borrones de fantasmal humo negro, mientras la carbonilla azotaba el suave plexiglás del morro como un vapor de hollín maligno y húmedo. El corazón de Yossarian volvió a latir desbocado de terror mientras se precipitaban hacia abajo y se remontaban de nuevo entre la ciega artillería antiaérea que cargaba contra él asesinamente desde todas partes y después quedaba colgando, inane. Le caía el sudor a chorros por el cuello, y se le estancaba en el pecho y la cintura como limo caliente. Durante unos segundos tuvo una vaga conciencia de que los aviones de su escuadrilla ya no estaban allí, y a continuación sólo tuvo conciencia de sí mismo. Le dolía la garganta como si se le hubiera abierto una herida en carne viva a causa de la asfixiante intensidad con que chillaba las órdenes a McWatt. Cada vez que el piloto cambiaba de dirección, los motores emitían un alarido ensordecedor y angustioso. Y enfrente, las explosiones de la artillería antiaérea seguían poblando el cielo, desencadenadas por las baterías que olfateaban la altitud adecuada mientras esperaban, sádicas, a que el avión se pusiera a tiro.
El aparato sufrió otra violenta sacudida que casi le hizo darse la vuelta, y al instante el morro se llenó de delicadas nubes de humo azul. ¡Algo se estaba quemando! Yossarian se dio la vuelta bruscamente y chocó con Aarfy, que había encendido una cerilla y la aplicaba plácidamente a su pipa. Yossarian miró al sonriente navegante de cara de pan, totalmente confuso. Pensó que uno de los dos estaba loco.
—¡Dios del cielo! —le chilló a Aarfy tan asombrado como asustado—. ¡Lárgate del morro! ¿Es que te has vuelto loco? ¡Lárgate!
—¿Qué? —dijo Aarfy.
—¡Lárgate! —vociferó histéricamente Yossarian, al tiempo que golpeaba a Aarfy con los dos puños para que se fuera—. ¡Lárgate!
—¡No te oigo! —gritó a su vez Aarfy con expresión inocente y un tanto perpleja—. ¡Habla más alto!
—¡Sal del morro! —aulló Yossarian, desesperado—. ¡Están intentando matarnos! ¿Es que no lo entiendes? ¡Están intentando matarnos!
—¿Por dónde voy, maldita sea? —bramó furiosamente McWatt por el intercomunicador con voz aguda y doliente—. ¿Por dónde voy? —¡Gira a la izquierda! ¡A la izquierda, me cago en diez, cerdo, hijo de puta! ¡Gira a la izquierda, rápido!
Aarfy se acercó muy despacio a Yossarian y le clavó el cañón de la pipa en las costillas. Yossarian pegó un salto con un alarido desgarrador, y a continuación se dio la vuelta por completo, blanco como el papel, temblando de rabia. Aarfy le guiñó un ojo y señaló con el pulgar hacia McWatt con expresión de regocijo.
—¿Qué mosca le ha picado? —preguntó riendo.
A Yossarian le invadió una singular sensación de que algo estaba deformado.
—¿Quieres salir de aquí? —gruñó implorante, al tiempo que empujaba a Aarfy con todas sus fuerzas—. ¿Estás sordo o qué? ¡Vete dentro! —y a McWatt le gritó—: ¡En picado! ¡En picado!
Una vez más se sumergieron en la crujiente, voluminosa y ensordecedora barrera de la artillería antiaérea, mientras Aarfy se acercaba silenciosamente a Yossarian de nuevo y le clavaba la pipa en las costillas. Yossarian volvió a dar un brinco con otro alarido desgarrador.
—No te oigo —dijo Aarfy.
—¡He dicho que te largues de aquí! —vociferó Yossarian, y a continuación estalló en llanto. Pegó a Aarfy en el cuerpo con todas sus fuerzas—. ¡Vete de aquí! ¡Vete!
Pegar a Aarfy era como hundir los puños en un saco de caucho inflado. No oponía resistencia; aquella masa blanda e insensible no respondía, y al cabo de un rato Yossarian se desanimó y dejó caer los brazos, agotado. Lo dominaba una humillante sensación de impotencia y habría querido llorar de pura autocompasión.
—¿Qué dices? —preguntó Aarfy.
—Que te vayas —contestó Yossarian, en tono suplicante—. Que te marches.
—Sigo sin oírte.
—No importa —sollozó Yossarian—. No importa. Déjame en paz, por favor.
—¿Que no importa qué?
Yossarian empezó a darse de golpes en la frente. Agarró a Aarfy por la pechera de la camisa y, poniéndose de pie a duras penas, lo arrastró hasta la parte trasera del morro y lo tiró al suelo como una bolsa abultada en la entrada del pasadizo. Un proyectil hizo explosión con un petardazo formidable junto a su oído, y mientras gateaba hacia la zona frontal del aparato, un hueco intacto de su inteligencia se preguntó por qué no los había matado a todos. Estaban ascendiendo de nuevo. Los motores volvían a ulular, como doloridos, y el aire en el interior del aparato tenía el olor acre de la maquinaria y la fetidez de la gasolina. Y de pronto, empezó a nevar.
Millares de minúsculos trocitos de papel blanco como copos de nieve caían dentro del avión, formando remolinos tan densos alrededor de su cabeza que se le quedaban pegados a las pestañas cuando parpadeaba de perplejidad y revoloteaban junto a las aletas de la nariz y los labios cada vez que aspiraba. Cuando se dio una vuelta completa, desconcertado, vio a Aarfy que sonreía orgullosamente de oreja a oreja como un ser inhumano tendiéndole un mapa hecho pedazos. Un enorme trozo de metralla había perforado el suelo, atravesado el prodigioso mare mágnum de mapas de Aarfy y había salido por el techo a escasos centímetros de las cabezas de los tripulantes. Aarfy experimentaba una alegría sublime.
—¿Quieres mirar esto? —murmuró, asomando juguetonamente dos de sus regordetes dedos por el agujero de los mapas—. ¿Quieres mirar esto?
Yossarian estaba boquiabierto ante aquella demostración de júbilo. Aarfy era como un extraño ogro en un sueño, invulnerable e ineludible, y a Yossarian le daba miedo, por una compleja serie de razones que no era capaz de desenmarañar dada su confusión. El viento que se colaba por el irregular boquete del suelo mantenía la miríada de trocitos de papel en continuo movimiento, como las partículas de alabastro en un pisapapeles, y contribuía a crear una sensación de irrealidad lacada, saturada. Todo parecía raro, como de oropel, grotesco. Le latía la cabeza con un agudo clamor que le taladraba sin piedad los oídos. Era McWatt, que solicitaba órdenes presa de un frenesí incoherente. Yossarian siguió contemplando con atormentada fascinación el semblante esférico de Aarfy, que a su vez lo miraba con expresión serena y vacía por entre los remolinos de papelitos blancos, y llegó a la conclusión de que estaba loco de remate en el momento en que estallaron sucesivamente ocho ráfagas de artillería antiaérea a la derecha, a la altura de sus ojos, y a continuación otras ocho, la última dirigida hacia la izquierda, de modo que ellos quedaron justo enfrente.
—¡Gira a la izquierda, rápido! —le gritó a McWatt, mientras Aarfy seguía sonriendo, y McWatt giró a la izquierda, rápidamente, pero la artillería antiaérea también lo hizo, con igual rapidez, y Yossarian vociferó: —¡He dicho que rápido, rápido, hijo de puta!
Y McWatt viró aun más rápido, y de repente, milagrosamente, se hallaron fuera de tiro. Cesó el fuego antiaéreo. Las ametralladoras dejaron de atacarlos. Y estaban vivos.
Detrás de Yossarian, los hombres morían. Extendidas a lo largo de kilómetros, formando una línea tortuosa, retorcida, las demás escuadrillas realizaban el mismo recorrido plagado de peligros sobre el objetivo, enhebrándose entre las masas hinchadas del humo de la metralla reciente y antigua como ratas que libraran una carrera entre sus propios excrementos. Un avión se había incendiado, y se alejaba solo agitándose débilmente, ondeando como una monstruosa estrella rojo sangre. Mientras Yossarian lo observaba, el avión en llamas se ladeó y empezó a caer lentamente formando círculos amplios, trémulos, cada vez más cerrados, su enorme peso llameando en naranja y flameando por atrás como una capa larga y flotante de fuego y humo. Y después los paracaídas, uno, dos, tres... cuatro, y a continuación el avión empezó a girar y cayó a tierra, aleteando insensiblemente en el interior de su pira como una tira de papel de seda de colores. Habían hecho pedazos a una escuadrilla entera de otro escuadrón.
Yossarian suspiró; había cumplido su tarea cotidiana. Se sentía decaído y pegajoso. Los motores canturreaban melifluos mientras McWatt reducía velocidad para que lo alcanzaran los demás aviones. La brusca calma parecía extraña y artificial, un tanto engañosa. Yossarian se desató el traje protector y se quitó el casco. Volvió a suspirar, cerró los ojos e intentó relajarse.
—¿Dónde está Orr? —preguntó alguien por el intercomunicador.
Yossarian dio un brinco y soltó un grito monosilábico restallante de angustia que proporcionaba la única explicación racional del misterioso fenómeno de la artillería antiaérea de Bolonia: ¡Orr! Se abalanzó hacia la ventana de plexiglás para buscar algún indicio de Orr, que atraía la metralla como un imán y que sin duda había encandilado a todas las baterías de la División Hermann Goering para seguirlo a Bolonia desde donde demonios estuvieran estacionadas el día anterior, cuando Orr se encontraba aún en Roma. Aarfy se lanzó hacia delante unos segundos después y golpeó a Yossarian en el puente de la nariz con el afilado borde del casco. Yossarian lo insultó con los ojos llenos de lágrimas.
—Ahí está —proclamó Aarfy en tono lúgubre, señalando con ademán dramático hacia un carro de heno y dos caballos parados ante el granero de una granja de piedra gris—. Destrozado. Como todos.
Yossarian volvió a insultar a Aarfy y siguió buscando con suma atención, atenazado por una especie de temor compasivo por el compañero de tienda, pequeñajo, nervioso y grotesco, de dientes de caballo que le había abierto la frente a Appleby con una paleta de pimpón y que una vez más estaba dando un susto de muerte a Yossarian. Vio al fin el avión de doble motor y timones gemelos abandonando el fondo verde del bosque sobre un sembrado amarillo. Una de las hélices estaba completamente inmóvil, pero el aparato mantenía una altitud constante y seguía una trayectoria normal. Yossarian murmuró sin darse cuenta una oración de gracias y después se desquitó con Orr, en una rimbombante fusión de resentimiento y alivio.
—¡Ese hijo de puta! —chilló—. ¡Esa rata, ese cretino con dientes de caballo! ¡Será gilipollas!
—¿Qué? —dijo Aarfy.
—¡Ese cerdo hijo de puta enano, loco, maricón! —bramó Yossarian.
—¿Qué?
—¡No importa!
—No te oigo —replicó Aarfy.
Yossarian giró metódicamente para situarse frente a Aarfy.
—Cerdo —dijo.
—¿Quién? ¿Yo?
—Cerdo pomposo, rotundo, vacío, acomodaticio...
Aarfy no se inmutó. Encendió muy tranquilo una cerilla de madera y chupó ruidosamente la pipa con un elocuente aire de magnanimidad. Sonrió amistosamente y abrió la boca para decir algo. Yossarian se la tapó con una mano y lo empujó con expresión cansina. Cerró los ojos y simuló dormir durante todo el trayecto de vuelta al aeródromo para no tener que ver ni oír a Aarfy.
En la tienda de instrucciones Yossarian presentó su informe al capitán Black y después esperó con los demás, con el alma en vilo, hasta que al fin apareció el aparato de Orr, cuyo único motor lo mantenía en el aire. Nadie osaba respirar. El tren de aterrizaje no bajaba. Yossarian se quedó allí hasta que Orr hizo un aterrizaje de emergencia, sano y salvo, y a continuación robó el primer todoterreno con llave de contacto que encontró y corrió a su tienda, donde se puso a preparar febrilmente sus cosas para el permiso de emergencia que había decidido pasar en Roma. Aquella misma noche encontró a Luciana y su cicatriz invisible.

16
LUCIANA

Encontró a Luciana sentada a solas a una mesa de la sala de fiestas de los oficiales aliados, donde el comandante borracho que la había llevado allí había cometido la estupidez de abandonarla por la obscena compañía de unos camaradas que cantaban en el bar.
—De acuerdo, bailaré contigo —dijo la chica antes de que a Yossarian le diera tiempo a hablar—. Pero no te voy a dejar que te acuestes conmigo.
—¿Y quién te lo ha pedido? —replicó Yossarian.
—¿No quieres acostarte conmigo? —dijo ella, sorprendida.
—No quiero bailar contigo.
La chica cogió la mano de Yossarian y lo sacó a la pista de baile. Bailaba peor que él, pero se entregaba a las delicias de la música sintética con un placer desinhibido que Yossarian no había visto en su vida. Notó que se le dormían las piernas de aburrimiento y la arrastró hacia la mesa en la que la chica con la que debería haber estado follando seguía sentada, beoda, con una mano en el cuello de Aarfy, la blusa de satén naranja descuidadamente abierta hasta debajo del sujetador blanco de encaje y hablando con descaro sobre guarrerías con Huple, Orr, Kid Sampson y Joe el Hambriento. En el momento en que llegaban a la mesa, Luciana le dio un inesperado empellón y pasaron de largo, solos. La chica era alta, tosca, exuberante, tenía el pelo largo y una cara bonita: una chica rolliza, deliciosa, coqueta.
—De acuerdo —dijo—. Te dejo que me invites a cenar, pero no que te acuestes conmigo.
—¿Y quién te lo ha pedido? —preguntó Yossarian, sorprendido.
—¿No quieres acostarte conmigo?
—No quiero invitarte a cenar.
La sacó de la sala de fiestas y tras bajar un tramo de escaleras llegaron a un restaurante del mercado negro lleno de chicas vivaces y atractivas que al parecer se conocían entre sí y de tímidos oficiales de diferentes países que habían ido allí con ellas. La comida era exquisita y cara, y los pasillos desbordaban de alegres hombretones, robustos y calvos. Las abarrotadas salas del interior irradiaban cálidas oleadas de diversión.
A Yossarian le encantó la grosería con la que Luciana despachó los platos, comiendo a dos carrillos sin prestarle la menor atención. Devoró como un cerdo, sin dejar ni una miga; después colocó los cubiertos sobre la mesa, con aire de satisfacción, y se arrellanó perezosamente en la silla con expresión soñadora y congestionada de gula saciada. Aspiró una bocanada de aire, sonriendo, y le dirigió a Yossarian una mirada cariñosa y muy melosa.
—De acuerdo, Joe —ronroneó, sus brillantes ojos oscuros somnolientos y agradecidos—. Ahora te dejo que te acuestes conmigo.
—Me llamo Yossarian.
—De acuerdo, Yossarian —replicó la chica con una carcajada suave, como de arrepentimiento—. Ahora te dejo que te acuestes conmigo.
—¿Y quién te lo ha pedido? —dijo Yossarian.
Luciana se quedó perpleja.
—¿No quieres acostarte conmigo?
Yossarian asintió con vehemencia, riendo, y metió una mano bajo el vestido de la chica. Ella dio un respingo, horrorizada. Movió las piernas bruscamente, agitando el trasero. Sonrojada de susto y vergüenza, se bajó la falda con una serie de miradas recatadas, de reojo.
—Puedes acostarte conmigo —le explicó con cautela y cierta indulgencia—. Pero no ahora.
—Ya lo sé. Cuando vayamos a mi habitación.
La chica sacudió la cabeza, contemplándolo con desconfianza y las rodillas apretadas.
—No, ahora tengo que ir a casa, con mi madre, porque no le gusta que baile con soldados ni que me inviten a cenar, y se enfadará muchísimo si no vuelvo a casa pronto. Pero puedes apuntarme donde vives, y mañana por la mañana iré a tu habitación para el folleteo antes de ir a mi trabajo en las oficinas francesas. Capisci?
—¡Y una mierda! —exclamó Yossarian, colérico y decepcionado.
—¿Cosa vuol dire y una mierda? —preguntó Luciana perpleja.
Yossarian soltó una carcajada. Después contestó con buen humor:
—Significa que quiero acompañarte hasta dónde demonios tengas que ir para volver rápidamente a la sala de fiestas antes de que Aarfy se marche con ese bombón que ha encontrado sin darme la oportunidad de preguntarle si tiene una tía o una amiga igual que ella, que seguro que la tiene.
—Come?
—Súbito, súbito —la apremió con tierna burla—. Tu madre te está esperando, ¿no lo recuerdas?
—Si, si. Mi madre.
Yossarian se dejó arrastrar por la hermosa noche primaveral de Roma a lo largo de casi dos kilómetros hasta que llegaron a una caótica terminal de autobuses en la que resonaban los bocinazos, deslumbraban las luces rojas y amarillas y restallaban los insultos de los conductores sin afeitar que soltaban tacos capaces de ponerle los pelos de punta a cualquiera, entre ellos a los viajeros y a los despreocupados peatones que circulaban sin hacerles caso hasta que los agredían los autobuses y devolvían los insultos. Luciana desapareció en uno de los minúsculos vehículos verdes, y Yossarian volvió a todo correr al cabaret para ver a la rubia teñida de ojos vidriosos con la blusa de satén naranja desabrochada. Parecía enamorada de Aarfy, pero mientras corría, Yossarian rezó por la existencia de una tía voluptuosa o de una hermana, amiga, prima o madre voluptuosa que fuera igualmente libidinosa y depravada. Habría sido perfecta para Yossarian, una puerca pervertida, vulgar, amoral, apetitosa a quien llevaba meses deseando y adorando. Era una auténtica joya. Pagaba sus copas, y tenía un automóvil, un piso y un camafeo de color salmón que volvía loco a Joe el Hambriento con sus figuras exquisitamente talladas que representaban a un chico y una chica desnudos en una roca. Joe el Hambriento se encabritaba, relinchaba y coceaba soltando espumarajos de lujuria y humillante necesidad, pero la chica no le vendía el camafeo, a pesar de que Joe le ofrecía el dinero que llevaba en los bolsillos y añadía al lote su complicada cámara fotográfica. A ella no le interesaban ni el dinero ni las cámaras fotográficas. Sólo le interesaba fornicar.
Cuando Yossarian llegó allí la chica se había ido. Se habían ido todos, y recorrió las oscuras calles que empezaban a quedarse vacías desencantado y melancólico. Normalmente no se sentía solo cuando no tenía compañía, pero en aquel momento se sintió solo por la envidia hacia Aarfy, que estaría en la cama con la chica adecuada para Yossarian, y que podía además arreglarse en cuanto quisiera, si es que quería, con cualquiera de las dos mujeres aristocráticas, esbeltas y fascinantes que vivían en el piso de arriba y que fructicaban las fantasías sexuales de Yossarian cuando las tenía, la maravillosa condesa de pelo negro y labios rojos, húmedos y nerviosos y su maravillosa nuera de pelo negro. Yossarian se sentía locamente enamorado de todas ellas mientras regresaba al piso de los oficiales, enamorado de Luciana, de la lasciva chica borracha de la blusa de satén desabrochada, y de la maravillosa condesa rica y su maravillosa nuera rica, ninguna de las cuales lo dejaba acercarse a ella, ni siquiera tontear. Coqueteaban con Nately y se sometían pasivamente a Aarfy, pero pensaban que Yossarian estaba chalado y lo rechazaban con desprecio cada vez que les hacía una proposición deshonesta o intentaba acariciarlas cuando subían por la escalera. Ambas eran dos seres soberbios, de lengua pulposa, brillante y afilada y boca como una ciruela redonda y cálida, un poco dulce y pegajosa, un poco podrida. Tenían clase; Yossarian no sabía a ciencia cierta en qué consistía tal cosa, pero sabía que la tenían y él no, y que también ellas lo sabían. Mientras caminaba, iba imaginándose la ropa interior que llevaban pegada a sus esbeltas formas femeninas, prendas transparentes, suaves, ceñidas, de un negro profundo o de un pastel opalescente y radiante con bordes floridos de encaje, fragantes con los aromas hipnotizantes de la carne mimada y las sales de baño perfumadas que ascendían formando una nube germinativa de sus pechos blanquiazules. Volvió a sentir deseos de ocupar el lugar de Aarfy, que estaría haciendo el amor obscena, brutal, alegremente, con una jugosa puta a la que Aarfy le importaba tres pitos y que no volvería a pensar en él ni una sola vez.
Pero Aarfy ya había regresado al piso cuando llegó Yossarian, y éste se lo quedó mirando con la misma sensación de perplejidad atormentada que había experimentado aquella misma mañana sobre Bolonia ante su presencia maligna, cabalística e inamovible en el morro del avión.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—¡Eso es, pregúntaselo! —exclamó Joe el Hambriento, furibundo—. Oblígalo a que diga qué está haciendo aquí.
Con un gemido prolongado y teatral, Kid Sampson formó una pistola con el índice y el pulgar y se voló la tapa de los sesos. Huple, que masticaba un abultado chicle, lo observaba todo con vacía expresión de inmadurez en su rostro de quince años. Aarfy golpeaba distraídamente la cazoleta de la pipa contra la palma de la mano mientras paseaba su corpulenta humanidad muy satisfecho, complacido por la expectación que había despertado.
—¿No te has ido con esa chica? —preguntó Yossarian.
—Claro que he ido con ella —respondió Aarfy—. No pensarías que iba a dejarla ir sola hasta su casa, ¿no?
—¿Y no te ha dejado que te quedaras con ella?
—Sí, quería que me quedara —contestó Aarfy con una risita—. No te preocupes por el bueno de Aarfy. Pero no iba a aprovecharme de una buena chica como ella simplemente porque hubiera bebido un poco de más... ¿Qué clase de persona crees que soy?
—¿Quién habla de aprovecharse de ella? —le espetó Yossarian atónito—. Lo único que ella quería era irse a la cama con alguien. No ha hablado de otra cosa durante toda la noche.
—Eso es porque estaba un poco confusa —le explicó Aarfy—. Pero le he dado una buena charla y ha recobrado el sentido común.
—¡Hija de puta! —exclamó Yossarian, y se desplomó con cansancio en el diván, junto a Kid Sampson—. ¿Por qué demonios no nos la has pasado a alguno de nosotros si tú no querías estar con ella?
—¿Lo ves? —dijo Joe el Hambriento—. Le pasa algo raro.
Yossarian miró a Aarfy con curiosidad.
—Dime una cosa, Aarfy. ¿Nunca te tiras a ninguna?
Aarfy emitió otra risita engreída.
—Claro, claro, algo les hago. No te preocupes por mí. Pero no a las buenas chicas. Sé a qué clase de chicas puedo hacerles algo y a cuáles no. Ésta es una buena chavala. Se nota que su familia tiene dinero. Fíjate, si incluso he conseguido que tirase por la ventanilla del coche el anillo ese.
Joe el Hambriento pegó un brinco y un alarido de dolor insoportable.
—¿Que has hecho qué? —vociferó—. ¿Que has hecho qué? —Se puso a zurrarle a Aarfy en los hombros y los brazos con ambos puños, a punto de estallar en llanto—. Debería matarte por eso, cerdo, hijo de puta. Es escandaloso, sí señor. Tiene una mente repugnante, ¿a que sí? ¿A que tiene una mente asquerosa?
—De lo más asquerosa —convino Yossarian.
—¿De qué estáis hablando, chicos? —preguntó Aarfy verdaderamente desconcertado, agachando la cabeza para protegerse entre el material aislante de sus hombros ovales—. Venga, Joe —suplicó con sonrisa incierta—. Deja de pegarme, ¿vale?
Pero Joe el Hambriento no dejó de pegarle hasta que Yossarian lo cogió y lo empujó hacia su habitación. Yossarian se dirigió inquieto hacia la suya, se desnudó y se acostó. Al cabo de un segundo había amanecido y alguien lo sacudía.
—¿Para qué me despiertas? —gimoteó.
Era Michaela, la flaca criada de carácter alegre y cara feúcha y cetrina, y le despertaba porque tenía una visita esperándolo a la puerta. ¡Luciana! Yossarian no podía creérselo. Y se quedó con él en la habitación, a solas, cuando se marchó Michaela, preciosa, sana y estatuaria, desbordante de una vitalidad y un cariño irrefrenables a pesar de que se quedó mirándolo airadamente, con el ceño fruncido. Parecía un joven coloso femenino con sus magníficas piernas como columnas separadas sobre zapatos blancos de cuña, un bonito vestido verde y un bolso de cuero plano y largo, que no dejó de balancear hasta que se lo plantó con fuerza a Yossarian en la cara cuando éste saltó de la cama para abrazarla. Yossarian retrocedió a trompicones para ponerse fuera del alcance de la chica, tocándose la ardiente mejilla con perplejidad.
—¡Cerdo! —le espetó con odio, las aletas de la nariz hinchadas por un desprecio cruel—. Vive com’ un anímale!
Soltando un taco gutural de asco, cruzó la habitación a grandes zancadas y abrió de par en par las tres altas ventanas de bisagra; entró un refulgente torrente de luz y aire fresco que limpió la cargada habitación como un tónico vigorizante. Dejó el bolso en una silla y se puso a arreglar la habitación: recogió las cosas de Yossarian que había en el suelo y en los muebles, metió los calcetines, el pañuelo y la ropa interior en un cajón vacío de la cómoda y colgó la camisa y los pantalones en el armario.
Yossarian entró a toda prisa en el baño y se cepilló los dientes. Se lavó las manos y la cara y se peinó. Al volver apresuradamente a la habitación, la encontró ordenada, y a Luciana casi desnuda. Tenía una expresión relajada. Dejó los pendientes sobre la cómoda y fue silenciosamente hasta la cama, descalza, sólo con una camisa de rayón rosa que le llegaba hasta las caderas. Recorrió la habitación con la mirada para asegurarse de que no había pasado nada por alto en cuanto a aseo se refería, retiró la colcha y se estiró voluptuosamente con expresión de felina expectación. Le hizo señas a Yossarian para que se acercara con mirada tierna y una carcajada ronca.
—Ahora —anunció en un susurro, tendiéndole los brazos—. Ahora sí voy a dejar que te acuestes conmigo.
Le contó varias mentiras sobre el único fin de semana que había pasado en la cama con su novio del ejército italiano, al que habían matado, y resultaron ser ciertas, porque gritó «finito!» casi en cuanto Yossarian empezó, preguntándose por qué no paraba, hasta que también él hubo finitado y se lo explicó.
Yossarian encendió cigarrillos para los dos. A Luciana le encantaba el profundo bronceado de su cuerpo. Yossarian no entendía por qué no se quitaba la camisa rosa. Tenía la misma hechura de las camisetas masculinas, con estrechos tirantes, y ocultaba la cicatriz invisible de la espalda que se negó a dejarle ver una vez que le hubo confesado su existencia. Se puso tensa como una fina lámina de acero cuando Yossarian siguió los mutilados contornos con la yema de un dedo desde una incisión que había en el hombro hasta casi la base de la columna vertebral. Hizo una mueca, apenado, cuando la chica le habló de las torturantes noches que había pasado en el hospital, drogada o con dolor, entre los olores omnipresentes e irradicables del éter, la materia fecal y el desinfectante, la carne humana mortificada y decadente entre los uniformes blancos, los zapatos con suela de goma y las extrañas luces nocturnas que brillaban débilmente hasta el amanecer en los pasillos. La habían herido en un ataque aéreo.
—Dove?—preguntó Yossarian, conteniendo el aliento.
—Napoli.
—¿Alemanes?
—Americani.
A Yossarian le dio un vuelco el corazón y se enamoró. Pensó si querría casarse con él.
—Tu sei pazzo —le dijo la chica riendo agradablemente.
—¿Por qué? —preguntó Yossarian.
—Perche non posso sposare.
—¿Por qué?
—Porque no soy virgen —contestó ella.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¿Quién se casaría conmigo? Nadie quiere a una chica que no es virgen.
—Yo sí. Yo me casaré contigo.
—Ma non posso sposarti.
—¿Por qué?
—Perché sei pazzo.
—¿Por qué?
—Perché vuoi sposarmi.
Yossarian arrugó la frente, regocijado y confuso.
—No quieres casarte conmigo porque estoy loco, y dices que estoy loco porque quiero casarme contigo, ¿no es eso?
—Si.
—Tu sei pazz'! —le dijo en voz muy alta.
—Perché? —le gritó Luciana indignada; sus inevitables pechos se elevaban y descendían con delicioso coqueteo bajo la camisa rosa al incorporarse en la cama—. ¿Por qué estoy loca?
—Porque no quieres casarte conmigo.
—Stupido! —le gritó, y le pegó en el pecho airadamente con el dorso de la mano—. Non posso sposarti! Non capisci? Non posso sposarti!
—Ya, entiendo. ¿Y por qué no puedes casarte conmigo?
—Perché sei pazzo.
—¿Y por qué estoy loco?
—Perché vuoi sposarmi.
—Porque quiero casarme contigo. Carina, ti amo —le explicó, y la cogió dulcemente para acercarla a la almohada—. Ti amo molto.
—Tu sei pazzo —replicó en un susurro, halagada.
—Perché?
—Porque dices que me quieres. ¿Cómo puedes querer a una chica que no es virgen?
—Porque no puedo casarme contigo.
La chica volvió a incorporarse bruscamente, con gesto amenazador.
—¿Por qué no puedes casarte conmigo? —preguntó, dispuesta a zurrarle de nuevo si no le convencía la respuesta—. ¿Sólo porque no soy virgen?
—No, no, cariño. Porque estás loca.
Ella se lo quedó mirando unos momentos con resentimiento; después echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas. Cuando paró de reírse lo contempló con una expresión distinta, de aprobación; los tejidos sensibles y exuberantes de su oscura cara se oscurecieron aún más y florecieron somnolientos con una infusión vivificante y embellecedora de sangre. Sus ojos se ensombrecieron. Yossarian aplastó los cigarrillos, y se unieron sin palabras en un beso envolvente justo en el momento en que Joe el Hambriento se coló en la habitación para preguntarle a Yossarian si quería ir con él a buscar chicas. Joe el Hambriento se paró en seco al verlos y salió disparado. Yossarian saltó de la cama aun con mayor rapidez y le gritó a Luciana que se vistiera. La chica estaba boquiabierta. Yossarian la sacó bruscamente de la cama agarrándola por un brazo y la empujó hacia su ropa; después corrió hacia la puerta, justo a tiempo de cerrarla antes de que entrara Joe el Hambriento con su cámara fotográfica. Joe había metido una pierna entre la puerta y el marco y no la quitaba.
—¡Déjame entrar! —le rogó, retorciéndose frenéticamente—. ¡Déjame entrar! —Interrumpió los forcejeos un momento para mirar a Yossarian a la cara por la abertura de la puerta con lo que él debía de considerar una sonrisa cautivadora—. Yo no Joe el Hambriento —explicó muy serio—. Yo gran fotógrafo de revista Life. Gran fotografía en portada. Te convertiré en estrella de Hollywood, Yossarian. Multi dinero. Multi divorcios. Mucho folleteo todo el día. Si, si!
Yossarian cerró la puerta de golpe cuando Joe el Hambriento retrocedió para intentar hacerle una fotografía a Luciana mientras se vestía. Joe el Hambriento atacó como un poseso la robusta barrera de madera, se echó hacia atrás para tomar impulso y volvió a abalanzarse sobre ella como un poseso. Yossarian se puso la ropa entre uno y otro ataque. Luciana llevaba el vestido de verano verde y blanco y tenía la falda enrollada en la cintura. Una oleada de tristeza inundó a Yossarian al ver que estaba a punto de desaparecer en el interior de las medias para siempre. Extendió un brazo y la atrajo hacia sí cogiéndola por la pantorrilla, que tenía levantada.
La chica se acercó a la pata coja y se pegó a él. Yossarian la besó en las orejas y los ojos cerrados, románticamente, y le frotó los muslos. Luciana empezó a ronronear sensualmente un momento antes de que el frágil cuerpo de Joe el Hambriento volvió a chocar contra la puerta en una última y desesperada tentativa y estuvo a punto de derribarlos a ambos. Yossarian apartó a Luciana.
—Vite! Vite! —gritó, ceñudo—. ¿Es que hablo en chino? ¡Vístete!
—Stupido! —le espetó Luciana—. Vite es francés, no italiano. Súbito, súbito! Eso es lo que quieres decir. Súbito!
—Si, si. Eso es lo que quiero decir. Súbito, súbito!
—Si, si —repitió Luciana, con ánimo de colaborar, y fue corriendo a recoger los pendientes y los zapatos.
Joe el Hambriento había renunciado a las furiosas acometidas para hacer fotografías desde detrás de la puerta cerrada. Yossarian oyó el chasquido del disparador. Cuando Luciana y él estuvieron listos, esperó hasta la siguiente carga de Joe el Hambriento y abrió la puerta bruscamente. Joe el Hambriento entró dando tumbos como una rana. Yossarian lo esquivó con agilidad y llevando a Luciana de la mano, atravesó la casa y salió al pasillo. Corrieron escaleras abajo con gran estruendo, riendo jadeantes y entrechocando las cabezas cada vez que se paraban a descansar. Casi al pie de las escaleras se encontraron con Nately y se callaron. Nately estaba pálido y sucio y parecía muy desdichado. Llevaba la corbata torcida, la camisa arrugada y las manos en los bolsillos. Tenía una expresión azorada, de desamparo.
—¿Qué te pasa, chaval? —preguntó Yossarian, compasivo.
—He vuelto a quedarme sin un centavo —contestó Nately con una débil sonrisa—. ¿Qué voy a hacer ahora?
Yossarian no lo sabía. Nately había pasado las últimas treinta y dos horas a razón de veinte dólares la hora con la apática puta a la que adoraba, y no le quedaba nada de la paga ni de la lucrativa pensión que le enviaba todos los meses su rico y generoso padre. Eso significaba que ya no podría estar con ella. La puta no le permitía acompañarla mientras paseaba en busca de otros soldados, y se enfadaba cuando lo descubría siguiéndola desde lejos. Nately disfrutaba de plena libertad para quedarse en casa de la chica, pero nunca sabía si ella estaría allí. Y no le daba nada a menos que pudiera pagarlo. No le interesaba el sexo. Nately quería tener la certeza de que no se acostaría con ningún indeseable ni con nadie que él conociera. El capitán Black se empeñaba en alquilar los servicios de la chica cada vez que iba a Roma, simplemente para atormentar a Nately con la noticia de que había vuelto a jorobar a su novia y ver cómo se jodía y bailaba mientras le detallaba las atroces indignidades a las que la había obligado a someterse.
A Luciana le conmovió la expresión desesperada de Nately, pero volvió a estallar en fuertes carcajadas en cuanto salió a la soleada calle con Yossarian y oyó a Joe el Hambriento que los llamaba desde la ventana para que se quitaran la ropa, porque de verdad era fotógrafo de la revista Life. Luciana se deslizó regocijada por la acera con sus blancos zapatos de cuña, tirando de Yossarian con la misma vivacidad de que había hecho gala en la pista de baile la noche anterior y en todo momento a partir de entonces. Yossarian la cogió por la cintura y así caminaron hasta la esquina, donde Luciana se separó de él. Se arregló el pelo y se pintó los labios mirándose en un espejito que sacó del bolso.
—¿Por qué no me pides que te deje apuntar mi nombre y mi dirección en un papel para verme cuando vuelvas a Roma? —le sugirió.
—¿Por qué no me dejas que apunte tu nombre y tu dirección en un papel? —accedió Yossarian.
—¿Por qué? —replicó Luciana en tono beligerante, con la boca curvada en una mueca vehemente y destellos de ira en los ojos—. ¿Para que lo rompas en trocitos pequeños en cuanto yo me marche?
—¿Quién ha dicho que vaya a romperlo? —protestó Yossarian, confundido—. ¿Por qué demonios dices eso?
—Lo romperás —insistió Luciana—. Lo harás pedacitos en cuanto yo me marche y te sentirás muy importante porque una chica alta, guapa y joven como yo, Luciana, te ha dejado acostarte con ella y no te ha pedido dinero.
—¿Cuánto dinero vas a pedirme? —le preguntó Yossarian.
—Stupido! —gritó Luciana, emocionada—. ¡No voy a pedirte dinero! —Dio un fuerte pisotón en el suelo y levantó el brazo con un ademán turbulento que hizo temer a Yossarian un nuevo porrazo en la cara con el bolso, pero se limitó a garabatear su nombre y dirección en un papel y se lo puso bruscamente en la mano—. Aquí tienes —le dijo burlonamente, mordiéndose el labio superior para suprimir un delicado temblor—. No lo olvides. No te olvides de romperlo en trocitos pequeños en cuanto yo me marche.
Después le sonrió con serenidad, le apretó la mano, y susurrando con pesar un «Addio», se pegó a él unos momentos. A continuación se enderezó y se alejó caminando con dignidad y elegancia inconscientes.
En cuanto se hubo marchado, Yossarian rompió el papel y se alejó en la otra dirección, sintiéndose muy importante porque una chica guapa y joven como Luciana se había acostado con él y no le había pedido dinero. Estaba muy satisfecho de sí mismo hasta que, al levantar los ojos en el comedor del edificio de la Cruz Roja, se vio desayunando con docenas y docenas de soldados con uniformes tan distintos como fantásticos, y de pronto se encontró rodeado de imágenes de Luciana quitándose y poniéndose la ropa y acariciándolo y riñéndolo tempestuosamente con la camisa rosa que no quería quitarse en la cama. Se atragantó con la tostada al caer en la cuenta de la enormidad de su error, de haber roto en pedazos de una forma tan despiadada los miembros largos, esbeltos, desnudos, jóvenes y vibrantes y haberlos tirado con aire de suficiencia al arroyo. Ya empezaba a echarla de menos terriblemente. Estaba rodeado de seres uniformados, estridentes y sin rostro. Experimentó un imperioso deseo de estar con ella a solas y se levantó impetuosamente de la mesa; salió corriendo a la calle y se dirigió a todo correr hacia la casa para buscar los pedacitos de papel en el arroyo, pero la manguera de un barrendero los había arrastrado.
No la encontró aquella noche en la sala de fiestas de los oficiales aliados ni entre la sofocante algarabía bruñida y hedonista del restaurante del mercado negro con sus enormes bandejas de madera desbordantes de comida exquisita y sus bandadas de chicas guapas y vivaces. Ni siquiera encontró el restaurante. Cuando se quedó dormido, solo en su cama, volvió a regatear con la artillería antiaérea en el cielo de Bolonia, soñando. Aarfy se erguía sobre su hombro, abominable, con una sórdida mirada de soslayo. Por la mañana fue corriendo a buscar a Luciana en todas las oficinas francesas que se le ocurrieron, pero nadie supo darle razón, y siguió corriendo, aterrorizado, tan nervioso, turbado y desorganizado que lo único que pudo hacer fue seguir corriendo aterrorizado, ir a alguna parte, a la casa de los reclutas en busca de la achaparrada criada de las medias color lima, que estaba quitando el polvo en la habitación que ocupaba Snowden en la quinta planta, con su astroso jersey marrón y su gruesa falda oscura. Snowden aún vivía por entonces, y Yossarian supo que era su habitación por el nombre estarcido en blanco sobre la bolsa azul con la que tropezó al lanzarse de cabeza sobre la mujer en un frenesí de desesperación creativa. La criada lo agarró por las muñecas para sujetarlo cuando se acercó a ella dando traspiés, muy necesitado, y lo derribó sobre su cuerpo al tiempo que se desplomaba en la cama y lo envolvía, hospitalaria, en un abrazo fláccido y consolador, enarbolando el trapo del polvo como una bandera mientras lo contemplaba con rostro brutal, ancho, agradable, y le dedicaba una sonrisa de amistad indestructible. Se oyó un chasquido elástico cuando se bajó las medias de color lima sin interrumpir a Yossarian.
Yossarian le metió dinero en la mano cuando hubieron concluido. Ella lo abrazó, agradecida. El la abrazó. Ella volvió a abrazarlo y lo derribó una vez más sobre su cuerpo al tiempo que se desplomaba en la cama. Él le dio más dinero cuando hubieron concluido y salió a toda prisa de la habitación antes de que la mujer empezara a abrazarlo de nuevo. Una vez en la casa, preparó el equipaje rápidamente, le dejó a Nately el dinero que tenía y volvió a Pianosa en un avión de abastecimiento para pedirle perdón a Joe el Hambriento por haberlo echado de la habitación. No hacía falta pedirle perdón, porque cuando Yossarian lo encontró, Joe el Hambriento estaba de muy buen humor. Sonreía de oreja a oreja y Yossarian se puso malo sólo de verlo, porque comprendió al instante a qué había que atribuir su buen humor.
—Cuarenta misiones —anunció Joe el Hambriento líricamente, aliviado y encantado—. El coronel ha vuelto a aumentar el número. Yossarian se quedó atónito.
—¡Pero yo tengo treinta y dos, maldita sea! Con tres más habría quedado libre.
Joe el Hambriento se encogió de hombros, indiferente.
—El coronel quiere que cumplamos cuarenta —repitió. Yossarian le dio un empellón y se fue corriendo al hospital.

17
EL SOLDADO DE BLANCO

Yossarian entró corriendo en el hospital, decidido a quedarse allí para siempre antes que cumplir una misión más de las treinta y tres que ya contaba en su haber. Al cabo de diez días cambió de opinión y se marchó; el coronel aumentó el número de misiones a cuarenta y cinco, y Yossarian volvió a entrar corriendo en el hospital, decidido a quedarse allí para siempre antes que cumplir una misión más de las seis que acababa de realizar.
Yossarian podía entrar en el hospital siempre que se le antojaba gracias a lo de su hígado y a lo de sus ojos: los médicos no podían solucionar su problema hepático ni conseguir que los mirara a los ojos cada vez que les decía que tenía un problema hepático. Yossarian se lo pasaba bien en el hospital, siempre y cuando no hubiera nadie realmente enfermo en la misma sala. Su organismo era lo suficientemente fuerte como para superar la malaria o la gripe de otra persona sin apenas notarlo. Podía soportar las tonsilectomías de otras personas sin sufrir ninguna molestia postoperatoria, e incluso enfrentarse a sus hernias y hemorroides sin apenas náuseas, pero eso era lo único que podía soportar sin caer enfermo. Después tenía que largarse. Podía relajarse en el hospital, ya que nadie lo obligaba a que hiciera nada allí. Lo único que se esperaba que hiciera era morirse o ponerse mejor, y como estaba perfectamente, ponerse mejor le resultaba tarea fácil.
Estar en el hospital era más agradable que volar sobre Bolonia o sobre Aviñón con Huple y Dobbs a los mandos y Snowden agonizante en la parte de atrás.
Normalmente no había tantos enfermos dentro del hospital como fuera de él, según comprobó Yossarian, y, por lo general, dentro había menos personas gravemente enfermas. La tasa de mortalidad era mucho más baja dentro que fuera del hospital, y además mucho más sana. Pocas personas morían innecesariamente. La gente sabía muchas más cosas sobre la muerte dentro del hospital, y además se morían mejor, con más limpieza. No podían dominar a la Muerte dentro del hospital, pero no cabía duda de que la obligaban a portarse como Dios manda. Le habían enseñado buenos modales. No podían desterrarla, pero mientras estaba allí dentro tenía que actuar como una señora. La gente entregaba su alma con delicadeza y buen gusto dentro del hospital, sin aquella ostentación grosera que presidía la Muerte fuera. Nadie saltaba por los aires hecho pedazos como Kraft o el muerto de la tienda de Yossarian, ni moría congelado en pleno verano bochornoso como le ocurrió a Snowden tras haberle confesado su secreto a Yossarian en el avión.
—Tengo frío —gimoteaba Snowden—. Tengo frío.
—Vamos, vamos —le decía Yossarian para animarlo—. Vamos, vamos.
La gente no se esfumaba misteriosamente en el interior de una nube, como Clevinger. No estallaban convertidos en sangre y coágulos. No se ahogaban ni los fulminaba un rayo, no los atrapaba una máquina ni los aplastaba un corrimiento de tierras. No los mataban a tiros en atracos a mano armada, ni los estrangulaban después de una violación, ni los acuchillaban en bares; no les abrían la cabeza a hachazos sus padres o sus hijos, ni morían sumariamente a consecuencia de cualquier otro acto de Dios. Nadie se asfixiaba. La gente se desangraba con educación en un quirófano o expiraba sin mayores aspavientos en una cámara de oxígeno. Nada de esas tonterías de ahora estoy aquí, ahora ya no estoy tan en boga fuera del hospital. No había ni hambrunas ni inundaciones. Los niños no se asfixiaban en la cuna o la nevera ni caían bajo las ruedas de un camión. Nadie moría apaleado. La gente no metía la cabeza en el horno con el gas encendido, ni se arrojaba bajo un vagón de metro ni caía en picado como un peso muerto desde la ventana de un hotel haciendo ¡suuum! con una aceleración de cinco metros por segundo para aterrizar con un repugnante ¡chof! en la acera y morirse de una forma asquerosa delante de todo el mundo como un saco lleno de helado fibroso de fresa, con los dedos de los pies torcidos y sanguinolentos.
Cuando se paraba a pensarlo, Yossarian prefería muchas veces el hospital, a pesar de sus defectos. El servicio solía ser penoso, las normas, cuando se cumplían, demasiado severas y la dirección se metía en todo. Como resultaba inevitable la presencia de auténticos enfermos, no siempre contaba con una pandilla de jóvenes alegres en la misma sala, y no siempre había diversión. Se veía obligado a reconocer que los hospitales habían ido cambiando para peor a medida que la guerra continuaba y uno se acercaba más y más al frente de batalla, y que el deterioro de la calidad de los huéspedes destacaba aun más en la zona de combate, donde los efectos de la desgarradora contienda eran más visibles. Cuanto más se internaba Yossarian en la línea de fuego, más enferma se ponía la gente, hasta que la última vez que ingresó en el hospital se encontró con el soldado de blanco, que si hubiera estado más enfermo se habría muerto, precisamente lo que le ocurrió al cabo al poco tiempo.
El soldado de blanco estaba hecho enteramente de gasa, escayola y un termómetro, aunque esto último era simplemente un adorno que le colocaban en equilibrio sobre el agujero negro practicado entre las vendas la enfermera Cramer y la enfermera Duckett todas las mañanas y todas las tardes, hasta la tarde en la que la enfermera Cramer vio la temperatura y descubrió que estaba muerto. Al recordarlo, a Yossarian se le antojaba que había sido la enfermera Cramer y no el texano parlanchín quien había asesinado al soldado de blanco; si no hubiera visto el termómetro ni presentado el informe de su hallazgo, el soldado de blanco quizá hubiera seguido allí tumbado y vivo como hasta entonces, enfundado de pies a cabeza en escayola y gasa, con ambas piernas elevadas rígidamente desde la altura de las caderas y ambos brazos colgados perpendicularmente: cuatro voluminosos miembros escayolados, cuatro miembros extraños e inútiles sostenidos en el aire por gruesos cables y unos pesos de plomo prodigiosamente largos. Estar así tumbado quizá no pudiera considerarse exactamente una forma de vida, pero era la única que él tenía, y en opinión de Yossarian, la enfermera Cramer no debería haber tomado la decisión de acabar con ella.
El soldado de blanco era como una venda desenrollada con un agujero o como un bloque de piedra roto y abandonado en un puerto, con un tubo torcido de zinc que sobresalía. Los demás pacientes de la sala, todos menos el texano, lo rehuían con amable aversión desde el mismo momento en que lo vieron, a la mañana siguiente de la noche en que lo colaron allí. Se reunían muy serios en el extremo más alejado de la sala y cotilleaban sobre él maliciosamente, muy ofendidos: se rebelaban contra su presencia por considerarla una odiosa imposición y lo detestaban por la nauseabunda verdad que él representaba. Compartían el temor de que empezara a quejarse.
—No sé qué voy a hacer si empieza a quejarse —se lamentó desolado el impresionante y joven piloto del bigote dorado—. Se quejará también por la noche, porque no sabrá qué hora es.
Durante todo el tiempo que permaneció allí, el soldado de blanco no emitió ni un solo ruido. El agujero de bordes desiguales que se abría sobre su boca era muy profundo y negro como la pez, y no dejaba entrever ni rastro de labios, dientes, paladar o lengua. El único que se acercaba lo suficiente como para verlo era el amigable texano, que se aproximaba varias veces al día para charlar con él sobre la posibilidad de que concedieran más votos a la gente como Dios manda y que invariablemente iniciaba la conversación con el mismo saludo: «¿Qué me cuentas, chaval? ¿Cómo va eso?». Los demás hombres, vestidos con las batas de pana marrón y los desastrados pijamas de franela tal y como estaba prescrito, los eludían preguntándose quién sería el soldado de blanco, por qué estaría allí y cómo sería por dentro.
—Está bien, os lo digo yo —comentaba animadamente el texano después de cada visita—. En el fondo es un buen muchacho. Se siente un poco avergonzado e inseguro porque aquí no conoce a nadie y no puede hablar. ¿Por qué no vais a verlo y os presentáis? No va a comeros.
—¿De qué leches estás hablando? —preguntó Dunbar—. ¿Sabe él de qué le hablas?
—Pues claro que sí. No es imbécil. Es buena persona.
—¿Puede oírte?
—Bueno, no sé si puede oírme o no, pero estoy seguro de que sabe de qué le hablo.
—¿Se mueve alguna vez el agujero que tiene encima de la boca?
—Pero ¿por qué me preguntas eso? —preguntó a su vez el texano, molesto.
—¿Cómo sabes si respira, si nunca se mueve?
—¿Cómo sabes que es un hombre?
—¿Tiene almohadillas sobre los ojos debajo de las vendas de la cara?
—¿Hace algún movimiento con los dedos de los pies o de las manos?
El texano se sentía cada vez más confundido.
—Pero ¿por qué me preguntáis eso? Debéis de estar locos o algo parecido, muchachos. ¿Por qué no vais a verlo y habláis un poco con él? Es un chaval estupendo, os lo digo yo.
El soldado de blanco más parecía una momia rellena y esterilizada que un chaval estupendo. La enfermera Duckett y la enfermera Cramer lo mantenían como los chorros del oro. Le cepillaban con frecuencia las vendas con una escobilla y le frotaban la escayola de brazos, piernas, hombros, pecho y pelvis con agua jabonosa. Provistas de una lata redonda de limpiametales, sacaban un ligero brillo al tubo de zinc mate que salía del yeso de la entrepierna. Con unos paños de cocina húmedos quitaban el polvo varias veces al día desde los delgados tubos de goma de entrada y salida hasta los dos grandes jarros con tapa, por uno de los cuales, que colgaba de una barra situada junto a la cama, circulaba constantemente un líquido que se introducía en el brazo por una rajita que había entre los vendajes, mientras que el otro, casi oculto en el suelo, se llevaba el líquido por el tubo de zinc que le salía de la entrepierna. Las dos jóvenes enfermeras abrillantaban los jarros sin cesar. Se sentían orgullosas de su trabajo. La más solícita era la enfermera Cramer, una chica bien formada, guapa y asexuada de cara sana y sin atractivo. Tenía una nariz mona y una piel radiante salpicada de encantadores remolinos de pecas adorables que Yossarian detestaba. El soldado de blanco la conmovía profundamente. Sus virtuosos ojos azul pálido, como platos, se inundaban de lágrimas leviatánicas en las ocasiones más inesperadas, y a Yossarian le ponía furioso.
—¿Cómo demonios sabe que está ahí dentro? —le preguntó un día.
—¡No se atreva a hablarme así! —replicó indignada la enfermera.
—Bueno, ¿cómo lo sabe? Ni siquiera sabe si realmente es él.
—¿Quién?
—Quienquiera que supuestamente está envuelto en todos esos vendajes. A lo mejor está llorando por otra persona. ¿Cómo sabe siquiera si está vivo?
—¡Cómo puede decir algo tan terrible! —exclamó la enfermera Cramer—. Haga el favor de volverse a la cama y de no hacer más bromas.
—No es ninguna broma. Ahí dentro podría estar cualquiera. Podría ser incluso Mudd.
—¿Qué quiere decir? —replicó la enfermera Cramer con voz trémula.
—Quizás esté ahí el muerto.
—¿Qué muerto?
—Hay un muerto en mi tienda al que nadie puede echar. Se llama Mudd.
El rostro de la enfermera Cramer empalideció, y se volvió hacia Dunbar en busca de apoyo.
—Dígale que se calle —le suplicó.
—Quizás ahí dentro no haya nadie —apuntó Dunbar con ánimo de ayudar—. A lo mejor han enviado sólo los vendajes para gastar una broma.
La enfermera se alejó de Dunbar horrorizada.
—¡Está usted loco! —gritó, mirando implorante a su alrededor—. ¡Están los dos locos!
En aquel preciso momento apareció la enfermera Duckett y los obligó a acostarse mientras la enfermera Cramer cambiaba los jarros del soldado de blanco. Cambiar los jarros del soldado de blanco no suponía ningún problema, ya que el mismo líquido claro entraba en su cuerpo gota a gota una y otra vez sin sufrir pérdidas, ni variaciones. Cuando el jarro que alimentaba el brazo estaba a punto de vaciarse, el del suelo estaba a punto de llenarse, y se limitaban a desenganchar los respectivos tubos y a colocar rápidamente el uno en el lugar del otro para que el líquido volviera a introducirse en su cuerpo. El cambio de los jarros no suponía problema para nadie, salvo para los hombres que observaban la operación aproximadamente cada hora, sin comprenderla.
—¿Por qué no conectan un jarro al otro y se ahorran el intermediario? —preguntó el capitán de artillería con el que Yossarian había dejado de jugar al ajedrez—. ¿Para qué lo necesitan?
—Me gustaría saber qué habrá hecho para merecer esto —comentó el sargento con malaria y una picadura de mosquito en el culo después de que la enfermera Cramer mirase el termómetro del soldado de blanco y descubriese que estaba muerto.
—Ir a la guerra —conjeturó el piloto del bigote dorado.
—Todos hemos ido a la guerra —objetó Dunbar.
—Precisamente a eso me refiero —añadió el sargento—. ¿Por qué ha tenido que ser él? Sospecho que no existe ninguna lógica en el sistema de recompensas y castigos. Fijaos en lo que me pasó a mí. Si hubiera pillado sífilis o gonorrea por los cinco minutos de pasión en la playa en lugar de esta maldita picadura de mosquito, podría hablar de justicia. Pero ¿malaria? ¿Malaria? ¿Quién puede explicar la malaria como consecuencia de la fornicación?
El sargento sacudió la cabeza, perplejo.
—¿Y yo? —intervino Yossarian—. Salí una noche de mi tienda en Marrakesh con intención de coger un caramelo y pillé tu dosis de gonorrea cuando esa enfermera que no había visto en mi vida me llevó bajo las matas. Lo único que yo quería era un caramelo, pero ¿quién habría dejado escapar una ocasión así?
—Sí, tiene toda la pinta de ser mi dosis de gonorrea —admitió el sargento—. Pero yo he cogido la malaria de otra persona. Por una vez, me gustaría que todas estas cosas se aclararan, y que cada persona se llevara lo que se merece. Sólo así podría tener cierta confianza en este universo.
—Yo me he llevado los trescientos mil dólares de otra persona —reconoció el impresionante y joven piloto de bigote dorado—. He estado haciendo el vago desde el día en que nací. Conseguí aprobar en el colegio y en la universidad a trancas y barrancas, y desde entonces me he dedicado a juntarme con chicas guapas que pensaban que sería un buen marido. No tengo ninguna ambición. Lo único que quiero hacer cuando acabe la guerra es casarme con una chica que tenga más dinero que yo, y seguir juntándome con muchas chicas guapas. Los trescientos mil dólares me los dejó antes de que yo naciera un abuelo mío que ganó una fortuna con ventas a escala internacional. Sé que no me los merezco, pero no pienso devolverlos. Eso sí, me gustaría saber a quién le corresponde de verdad ese dinero.
—A lo mejor a mi padre —apuntó Dunbar—. Se pasó la vida trabajando como un esclavo y nunca ganó suficiente dinero ni para mandarnos a mi hermana y a mí a la universidad. Está muerto, o sea que puedes quedártelo.
—Si lográsemos averiguar a quién le corresponde mi malaria, todos nos quedaríamos tranquilos. No es que tenga nada contra la malaria. Lo mismo me da dedicarme a holgazanear con malaria que con cualquier otra cosa, pero pienso que se ha cometido una injusticia. ¿Por qué he de tener yo la malaria de otra persona y tú mi dosis de gonorrea?
—Yo tengo algo más que tu dosis de gonorrea —intervino Yossarian—. Tengo que seguir cumpliendo misiones de combate a causa de esa dosis tuya hasta que me maten.
—Eso es aun peor. No se puede decir que sea justo.
—Yo tenía un amigo llamado Clevinger hasta hace dos semanas, y a él le parecía muy justo.
—Es el colmo de la justicia —dijo Clevinger con auténtico regocijo, palmoteando y riendo—. No puedo evitar acordarme del Hipólito de Eurípides. El libertinaje de Teseo es responsable seguramente del ascetismo del hijo que contribuye a desencadenar la tragedia que los aniquila a todos. Si no otra cosa, el incidente con la enfermera debería servir para demostrarte la perversidad de la inmoralidad sexual.
—Lo que me demuestra es la perversidad de los caramelos.
—¿No comprendes que no estás completamente libre de culpa por la situación en la que te encuentras? —añadió Clevinger sin disimular lo mucho que estaba disfrutando—. Si no hubieran tenido que retenerte diez días en el hospital de África por una enfermedad venérea, quizás habrías terminado las veinticinco misiones a tiempo de que te mandaran a casa, antes de que mataran al coronel Nevers y de que lo sustituyera el coronel Cathcart.
—¿Y tú? Tú no cogiste gonorrea en Marrakesh y estás en la misma situación.
—No lo sé —confesó Clevinger, con una pizca de burlona preocupación—. Supongo que haría algo terrible en mis buenos tiempos.
—¿Lo dices en serio?
Clevinger se echó a reír.
—No, claro que no. Es que me gusta tomarte el pelo.
Había tantos peligros que Yossarian no podía ocuparse de todos. Hitler y Mussolini, por ejemplo, que estaban dispuestos a matarlo; el teniente Scheisskopf con su fanatismo por los desfiles, y el coronel hinchado de enorme bigote y su fanatismo por los castigos, también querían matarlo; Appleby, Havermeyer, Black y Korn, sin olvidar a la enfermera Cramer y a la enfermera Duckett. Yossarian estaba casi seguro de que querían verlo muerto. Y el texano, y el agente del CID, sobre cuyas intenciones no le cabía la menor duda. Y además, los camareros, albañiles y conductores de autobús del mundo entero, que querían verlo muerto; los caseros e inquilinos, traidores y patriotas, linchadores, lacayos y lombrices, todos dispuestos a abalanzarse sobre él. Ese era el secreto que le había soltado Snowden en la misión de Aviñón: iban tras él, y lo soltó por la parte trasera del avión.
Había glándulas linfáticas que podían jugarle una mala pasada. Había riñones, vainas de los nervios y corpúsculos. Había tumores cerebrales. Estaba la enfermedad de Hodgkin, la leucemia, la esclerosis amiotrópica lateral. Había fértiles prados rojos de células epiteliales que mimaban a las células cancerosas. Había enfermedades de la piel, de los huesos, de los pulmones, del estómago, del corazón, de la sangre y las arterias. Había enfermedades de la cabeza, del cuello, del pecho, de los intestinos, de la entrepierna. Incluso había enfermedades de los pies. Había miles de millones de concienzudas células corporales que se oxidaban día y noche como animales estúpidos en la complicada tarea de mantenerlo vivo y sano, y todas y cada una de ellas era una traidora y una enemiga en potencia. Existían tantas enfermedades que hacía falta una mente verdaderamente enferma para pensar en ellas con la frecuencia con que lo hacían Joe el Hambriento y él.
Joe el Hambriento confeccionaba listas de enfermedades mortales y las ordenaba alfabéticamente para poder fijarse en una cualquiera siempre que le apetecía preocuparse. Se disgustaba mucho cada vez que colocaba alguna mal o cuando no podía ampliar la lista, ocasión en la que iba a ver al doctor Danika, bañado en sudor, en busca de ayuda.
—Recomiéndale el tumor de Ewing —le aconsejó Yossarian al doctor Danika, que acudía a Yossarian en busca de ayuda para tratar a Joe el Hambriento—, y a continuación un melanoma. A Joe el Hambriento le gustan las enfermedades crónicas, pero prefiere las fulminantes.
El doctor Danika no había oído hablar de ninguna de las dos.
—¿Cómo te las arreglas para conocer tantas enfermedades? —le preguntó con admiración profesional.
—Me entero en el hospital, leyendo el Reader’s Digest.
Para Yossarian había tantos males que temer que a veces sentía la tentación de ingresar en el hospital y pasarse el resto de su vida tumbado en el interior de una tienda de oxígeno con un regimiento de especialistas y enfermeras sentados junto a su cama las veinticuatro horas del día, esperando a que pasara algo, y al menos un cirujano con un cuchillo en la mano al otro lado de la cama, dispuesto a empezar a cortar en cuanto fuese necesario. Los aneurismas, por ejemplo: ¿cómo si no iban a defenderlo de un aneurisma de aorta? Yossarian se sentía mucho más seguro dentro que fuera del hospital, a pesar de que detestaba al cirujano y su cuchillo más que nada en el mundo. Si se ponía a gritar en un hospital, al menos varias personas acudirían corriendo a socorrerlo; fuera del hospital, lo meterían en la cárcel si se ponía a gritar por las cosas por las que, a su juicio, todo el mundo debería gritar. Una de las cosas por las que sentía deseos de gritar era por el cuchillo del cirujano que casi sin duda lo estaría esperando, a él y a todos cuantos vivieran lo suficiente como para morir. Muchas veces se preguntaba cómo reconocería el escalofrío, sofoco, punzada, regüeldo, estornudo, mancha, letargo, error de dicción, pérdida de equilibrio o lapso de memoria que indicara el inevitable comienzo del fin inevitable.
También temía que el doctor Danika siguiera negándose a ayudarlo cuando fue a verlo tras abandonar el despacho del comandante Coronel saltando por la ventana, y con razón.
—¿Y tú crees que tienes algo que temer? —le preguntó el doctor Danika, levantando del pecho la cabeza oscura, inmaculada y delicada para mirar irascible a Yossarian con ojos lacrimosos—. ¿Y yo? Mis conocimientos médicos se están oxidando en esta isla asquerosa mientras que otros médicos están haciéndose de oro. ¿Crees que me gusta pasarme aquí todo el día sentado negándome a ayudarte? No me importaría si pudiera negarme en Estados Unidos o en Roma o algún sitio parecido, pero decirte que no aquí no me resulta nada fácil.
—Entonces, deja de decir que no y dame la baja.
—No puedo —musitó el doctor Danika—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
—Claro que puedes. El comandante Coronel me ha dicho que tú eres la única persona del escuadrón que puede darme de baja.
El doctor Danika se quedó de piedra.
—¿Eso te ha dicho? ¿Cuándo?
—Cuando lo abordé en la zanja.
—¿Eso te dijo? ¿En una zanja?
—Me lo dijo en su despacho, cuando salimos de la zanja. Me dijo que no le contara a nadie que me lo había dicho, o sea que no te vayas de la lengua.
—¡Será embustero! —exclamó el doctor Danika—. No debía decírselo a nadie. ¿Y te ha explicado cómo puedo darte de baja?
—Rellenando un papelito en el que asegures que estoy a punto de sufrir una crisis nerviosa y enviándolo al Cuartel General. Si el doctor Stubbs da de baja a los hombres de su escuadrón continuamente, ¿por qué no puedes hacer tú lo mismo?
—¿Y qué les pasa a los hombres a los que el doctor Stubbs da de baja? —replicó el doctor Danika con sonrisa burlona—. Que vuelven inmediatamente al servicio, ¿no? Y él se mete en un buen lío. Claro que puedo rellenar un papelito que asegure que no eres apto para volar, pero hay una trampa.
—¿La trampa 22?
—Claro. Si te retiro del servicio, tiene que aprobarlo el Cuartel General, cosa que no va a hacer. Te devolverán al servicio, y ¿qué me pasará a mí? Lo más probable, me mandarán al océano Pacífico. No, muchas gracias. No voy a correr ningún riesgo por ti.
—¿No valdría la pena intentarlo? —objetó Yossarian—. ¿Qué tiene Pianosa de particular?
—Pianosa es horrible, pero mejor que el océano Pacífico. No me importaría que me destinaran a algún sitio civilizado donde pudiera ganarme un par de dólares de vez en cuando practicando abortos, pero lo único que hay en el Pacífico son selvas y monzones. Allí me pudriría.
—Ya te estás pudriendo aquí.
El doctor Danika le dirigió a Yossarian una mirada furibunda.
—¿Ah, sí? Bueno, al menos voy a salir vivo de esta guerra, que es mucho más de lo que tú puedes decir.
—Eso es precisamente lo que te estoy pidiendo, maldita sea, que me salves la vida.
—Salvar vidas no es asunto mío —replicó el doctor Danika obstinadamente.
—¿Y qué es asunto tuyo?
—No lo sé. Lo único que me dijeron fue que respetara la ética de mi profesión y que jamás prestara testimonio contra un colega. Oye, ¿acaso te has creído que eres el único que está en peligro? ¿Y yo? Esos dos estúpidos que tengo trabajando en la enfermería siguen sin averiguar qué me pasa.
—Quizá sea un tumor de Ewing —murmuró Yossarian sarcásticamente.
—¿Tú crees? —dijo el doctor Danika, asustado.
—¡Yo qué sé! —contestó Yossarian, impaciente—. Lo único que sé es que no voy a hacer más misiones. No van a fusilarme por eso, ¿verdad? He cumplido cincuenta y una.
—¿Por qué no terminas al menos las cincuenta y cinco antes de plantarte? —le aconsejó el doctor Danika—. Con tanto quejarte, nunca has terminado una serie completa de misiones.
—¿Y cómo voy a hacerlo? El coronel aumenta el número cada vez que estoy a punto de acabar.
—Nunca las acabas porque te pasas la vida en el hospital o en Roma. Te encontrarías en una situación mucho mejor si cumplieras las cincuenta y cinco misiones y entonces te negaras a continuar. Quizás así estudiaría tu caso.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—¿Qué me prometes?
—Que quizá considere la posibilidad de hacer algo para ayudarte si terminas las cincuenta y cinco misiones y si convences a McWatt de que apunte mi nombre en el diario de vuelo y pueda recibir la paga sin tener que subir a un avión. ¿Has leído lo del accidente de avión en Idaho hace tres semanas? Murieron seis personas. Fue espantoso. No sé por qué se empeñan en que vuele cuatro horas todos los meses para recibir la paga de aviador. Como si no tuviera suficientes preocupaciones, encima tengo que preocuparme por la posibilidad de estrellarme en un avión.
—A mí también me preocupan los accidentes aéreos —le dijo Yossarian—. No eres tú el único.
—Sí, pero yo además estoy muy preocupado por el tumor de Ewing —se jactó el doctor Danika—. ¿Tú crees que por eso tengo siempre la nariz atascada y paso tanto frío? Tómame el pulso.
A Yossarian también le preocupaban el tumor de Ewing y el melanoma. Las catástrofes acechaban por todas partes, demasiado numerosas para llevar la cuenta. Cuando reflexionaba sobre las múltiples enfermedades y los accidentes potenciales que lo amenazaban, se quedaba verdaderamente asombrado de haber logrado sobrevivir con buena salud durante tanto tiempo. Cada nuevo día representaba otra peligrosa misión contra la muerte. Y llevaba sobreviviendo veintiocho años.

18
EL SOLDADO QUE VEÍA DOBLE

Yossarian debía su buena salud al ejercicio, al aire puro, al trabajo en equipo y al espíritu deportivo; precisamente al apartarse de todo aquello descubrió el hospital. Una tarde, cuando el oficial encargado de la educación física en Lowery Field ordenó que salieran a hacer ejercicios de calistenia, el soldado raso Yossarian se presentó en el dispensario alegando que le dolía el costado derecho.
—¡Que se largue! —dijo el médico de servicio, que estaba resolviendo un crucigrama.
—No podemos decirle que se largue —objetó un cabo—. Hay una nueva normativa sobre los problemas abdominales. Tenemos que mantenerlos en observación cinco días porque ya han muerto demasiados hombres después de haberles dicho que se largaran.
—De acuerdo —rezongó el médico—. Que lo mantengan en observación cinco días y después que se largue.
Recogieron la ropa de Yossarian y lo instalaron en una sala, donde se sentía muy feliz cuando no había nadie cerca roncando. Por la mañana fue a verlo un solícito interno inglés, muy joven, que le preguntó por su hígado.
—Creo que lo que me está dando la lata es el apéndice —le dijo Yossarian.
—Lo del apéndice no sirve —declaró el inglés, autoritario y decidido—. Si le pasa algo al apéndice se lo quitamos y tendrá que volver al servicio activo casi de inmediato, pero con un problema hepático puede tomarnos el pelo durante semanas enteras. Verá, el hígado es un enorme misterio para nosotros. Si alguna vez lo ha comido, sabrá a qué me refiero. Hoy en día, estamos bastante seguros de que existe y nos hemos hecho una idea bastante completa de para qué sirve, cuando hace lo que supuestamente tiene que hacer, pero aparte de eso, seguimos a oscuras. Al fin y al cabo, ¿qué es el hígado? Mi padre, por ejemplo, murió de cáncer de hígado y no estuvo enfermo ni un solo día hasta el mismo momento en que se murió. Jamás sintió la mínima punzada de dolor. En cierto modo, es una lástima, porque yo detestaba a mi padre. Deseo sexual por mi madre, ya me entiende.
—¿Qué hace un médico inglés de servicio aquí? —se interesó Yossarian.
El oficial se echó a reír.
—Se lo explicaré mañana por la mañana, cuando venga a verlo. Y tire esa absurda bolsa de hielo si no quiere morirse de neumonía.
Yossarian no volvió a verlo. Esa era una de las mejores cosas de los médicos del hospital: que nunca los veía dos veces. Iban, se marchaban y simplemente desaparecían. Al día siguiente, en lugar del interno inglés llegó un grupo de médicos que Yossarian no conocía para preguntarle por su apéndice.
—A mi apéndice no le pasa nada —contestó Yossarian—. El médico que vino ayer me dijo que era el hígado.
—Quizá sea el hígado —concedió el oficial de pelo blanco que dirigía el grupo—. ¿Qué dice el análisis de sangre?
—No le han hecho análisis de sangre.
—Pues que se lo hagan inmediatamente. No podemos correr riesgos con un paciente en su estado. Tenemos que protegernos, por si acaso muere. —Anotó algo en su cuaderno y, dirigiéndose a Yossarian, dijo—: Mientras tanto, póngase la bolsa de hielo. Es muy importante.
—No tengo bolsa de hielo.
—Pues que le traigan una. Tiene que haber alguna por alguna parte. Y si el dolor le resulta insoportable, dígaselo a alguien.
Al cabo de diez días, otro grupo de médicos le comunicó a Yossarian malas noticias: su salud era perfecta y tenía que marcharse. Lo salvó justo a tiempo un paciente que había al otro lado del pasillo, que empezó a ver doble. De repente, se incorporó en la cama y gritó:
—¡Lo veo todo doble!
Una enfermera chilló y un enfermero se desmayó. Por todos lados aparecieron médicos con jeringas, linternas, tubos, martillos de goma, objetos de metal oscilantes. Llevaron complicados objetos en carritos. Como no había suficiente cantidad de pacientes como para que los especialistas se amontonaran alrededor de su cuerpo, se pusieron en fila, empujando malhumorados a sus colegas para que se dieran prisa y les dejaran sitio. En seguida apareció un coronel de amplia frente y gafas con montura de concha para diagnosticar.
—Es meningitis —dictaminó con vehemencia, obligando a los demás a apartarse del paciente—. Aunque bien sabe Dios que no existe ninguna razón para pensar semejante cosa.
—Entonces, ¿por qué está tan seguro? —preguntó un teniente reprimiendo una risita—. ¿Por qué no nefritis aguda, pongamos por caso?
—Porque yo soy especialista en meningitis, y no en nefritis agudas —replicó el coronel—. Y no voy a entregároslo a los de los riñones así por las buenas. Yo lo he visto primero.
Al final, los médicos llegaron a un acuerdo. Decidieron que no tenían ni idea de lo que le ocurría al soldado que veía doble, se lo llevaron a una habitación del pasillo e impusieron una cuarentena de catorce días a todos los pacientes de la sala.
El día de Acción de Gracias transcurrió sin grandes incidentes mientras Yossarian seguía en el hospital. Lo único malo fue el pavo de la cena, e incluso eso estuvo bastante bien. Fue el día de Acción de Gracias más racional que Yossarian había pasado en su vida, y juró por lo más sagrado pasar todos los días de Acción de Gracias venideros refugiado en el hospital. Rompió el juramento al año siguiente; pasó la festividad en una habitación de hotel, enfrascado en intelectual conversación con la mujer del teniente Scheisskopf, que se había puesto para la ocasión las chapas de identificación de Dori Duz y regañó sentenciosamente a Yossarian por su actitud cínica e insensible ante el día de Acción de Gracias, a pesar de no creer en Dios más que él.
—Seguramente soy tan atea como tú —especuló en tono altanero—. Pero aun así, pienso que todos tenemos mucho que agradecer y que no deberíamos avergonzarnos de demostrarlo.
—Dime una cosa por la que tendría que estar agradecido —la desafió Yossarian sin mucho interés.
—Pues... —musitó la mujer del teniente Scheisskopf y a continuación se calló para cavilar unos segundos—. Yo.
—¡Venga, hombre! —se chanceó Yossarian.
Ella enarcó las cejas, sorprendida.
—¿No agradeces que yo esté aquí? —preguntó. Frunció el ceño, picada. Se sentía herida en su orgullo—. No tengo necesidad de estar contigo, ¿sabes? —le dijo con fría dignidad—. Mi marido manda un escuadrón lleno de cadetes de aviación a los que les encantaría estar con la mujer del comandante simplemente porque les resultaría excitante.
Yossarian decidió cambiar de tema.
—Estás cambiando de tema —observó diplomáticamente—. Te apuesto lo que quieras a que puedo nombrar dos motivos para sentirse desgraciado por cada uno que tú nombres para sentirse agradecido.
—Agradece que me tienes a mí —insistió la mujer del teniente Scheisskopf.
—Y lo agradezco, cielo. Pero no veas si me molesta no volver a ir también con Dori Duz ni con los cientos de chicas y mujeres que veré y desearé en el transcurso de mi corta vida y con las que no podré acostarme ni una sola vez.
—Agradece que estás sano.
—Y deprímete porque no vas a seguir así siempre.
—Alégrate de estar vivo.
—Y ponte furioso porque vas a morir.
—¡Las cosas podrían ser peores! —exclamó ella.
—¡Y muchísimo mejores! —vociferó acaloradamente Yossarian.
—Sólo has nombrado un motivo —protestó la mujer—. Según tú, puedes nombrar dos.
—Y no me vengas con que los caminos del Señor son inescrutables —añadió Yossarian, aplastando la siguiente objeción de la mujer del teniente Scheisskopf—. No tienen nada de inescrutables. Para empezar, no tiene ningún designio, y se limita a jugar. O es que se ha olvidado de nosotros. Ese es el Dios del que habla la gente, un cateto, un zafio torpe, descerebrado y vulgar. ¡Dios del cielo! ¿Cómo se puede reverenciar a un Ser Supremo que considera necesario incluir en Su divina creación fenómenos como las flemas o las caries dentales? ¿Qué coño le pasaba por esa mente malvada, astuta, escatológica, cuando privó a los viejos del control sobre el movimiento de sus intestinos? ¿Por qué demonios tuvo que crear el dolor?
—¿El dolor? —la mujer del teniente Scheisskopf se aferró a aquella palabra con ademán victorioso—. El dolor es un síntoma muy útil. El dolor nos avisa de los peligros corporales.
—¿Y quién ha creado esos peligros? —preguntó Yossarian. Soltó una cáustica carcajada—. Desde luego, hizo un acto de caridad con nosotros al concedernos el dolor. ¿No podía usar un timbre para comunicárnoslo, o uno de sus coros celestiales? O una instalación de tubos de neón azules y rojos en la frente de cada persona. A cualquier fabricante de máquinas de discos se le habría ocurrido. ¿Por qué a Él no?
—Tendríamos un aspecto ridículo yendo por ahí con tubos de neón rojos en mitad de la frente.
—Pues estarán más guapos con los espasmos de la agonía o atontados de morfina, ¿verdad? ¡Es un metepatas colosal, inmortal! ¡Cuando piensas en las oportunidades y el poder de que disponía para haber realizado un buen trabajo y ves la porquería que ha hecho, te quedas boquiabierto ante su torpeza! Salta a la vista que nunca se ha topado con una nómina. ¡Ningún comerciante que se respete lo contrataría ni como chupatintas!
El rostro de la mujer del teniente Scheisskopf se había puesto ceniciento de pura incredulidad, y lo miraba ávidamente, asustada.
—Será mejor que no hables así de Él, cielo —le previno en tono de reproche, en voz baja y hostil—. Podría castigarte.
—¿Acaso no me castiga ya lo suficiente? —le espetó Yossarian con resentimiento—. No podemos dejar que se salga con la suya. No podemos consentir que se vaya de rositas después de todos los sufrimientos que nos ha causado. Algún día me las pagará todas juntas. Y sé cuándo: el día del juicio. Como agarre a ese canalla por el cuello lo...
—¡Ya está bien! ¡Ya está bien! —chilló de repente la mujer del teniente Scheisskopf, y se puso a golpearle vanamente en la cabeza con ambos puños—. ¡Cállate!
Yossarian se protegió con el brazo mientras ella seguía aporreándolo con furia femenina unos segundos más, y a continuación él la sujetó firmemente por las muñecas y la obligó con dulzura a que se tendiera en la cama.
—¿Por qué demonios te has puesto así? —le preguntó asombrado, contrito y burlón—. Pensaba que no creías en Dios.
—Y no creo en él —sollozó la mujer del teniente Scheisskopf, deshecha en lágrimas—. Pero el Dios en el que no creo es un Dios bueno, justo, misericordioso. No es como tú lo presentas, mezquino y estúpido.
Yossarian se echó a reír y le soltó los brazos.
—Tengamos un poco más de libertad religiosa entre nosotros —le propuso con amabilidad—. Tú no crees en el Dios que querrías, y yo tampoco creeré en el Dios que querría. ¿De acuerdo?
Aquél fue el día de Acción de Gracias más lógico que Yossarian recordaba, y sus pensamientos retrocedieron soñadoramente a los catorce felices días que había pasado en el hospital el año anterior pero incluso aquel idilio había concluido con una nota trágica: seguía disfrutando de buena salud cuando acabó el período de cuarentena, y volvieron a decirle que tenía que marcharse y meterse de lleno en la guerra. Yossarian se incorporó en la cama al oír la noticia y gritó:
—¡Veo doble!
En la sala volvió a armarse la de Dios es Cristo. Aparecieron especialistas por todas partes y se pusieron a examinarlo formando un círculo tan cerrado que notó el aliento de las diferentes narices resoplando en las diversas partes de su cuerpo. Hurgaron en sus ojos y oídos con minúsculos rayos de luz, asaetearon sus piernas y pies con martillos de goma y varillas vibrátiles, le sacaron sangre de las venas, le prestaron cuantos objetos tenían a mano para poner a prueba su visión.
El jefe de aquel grupo de médicos era un caballero tan majestuoso como solícito, que le puso un dedo delante a Yossarian y le preguntó:
—¿Cuántos dedos ve?
—Dos —contestó Yossarian.
—¿Y ahora? —preguntó el médico, sin levantar ningún dedo.
—Dos —contestó Yossarian.
El rostro del médico se distendió con una sonrisa.
—¡Cielo santo, tiene razón! —exclamó jubiloso—. ¡Lo ve todo doble!
Llevaron a Yossarian en una camilla a la habitación que ocupaba el soldado que veía doble y pusieron en cuarentena al resto de la sala durante otros catorce días.
—¡Lo veo todo doble! —gritó el soldado que veía doble cuando entró Yossarian.
—¡Lo veo todo doble! —le gritó Yossarian con igual fuerza y un guiño de complicidad.
—¡Las paredes, las paredes! —chilló el otro soldado—. ¡Retirad las paredes!
—¡Las paredes, las paredes! —chilló Yossarian—. ¡Retirad las paredes!
Uno de los médicos hizo como si moviera las paredes.
—¿Está bien así?
El soldado que veía doble asintió débilmente y se desplomó otra vez en la cama. Yossarian también asintió débilmente y contempló a su sagaz compañero de habitación con humildad y admiración. Sabía que se hallaba ante un maestro. Saltaba a la vista que se trataba de una persona digna de ser estudiada y emulada. Por la noche, su compañero de habitación murió, y Yossarian decidió que no debía seguir su ejemplo hasta tan lejos.
—¡Lo veo todo una vez! —se apresuró a gritar.
Otro grupo de especialistas acudió en tropel hasta su cama provisto de diversos instrumentos para comprobar si decía la verdad.
—¿Cuántos dedos ve? —preguntó el jefe, levantando un dedo.
—Uno.
El médico levantó dos dedos.
—¿Cuántos dedos ve?
—Uno.
El médico levantó diez dedos.
—¿Y ahora?
—Uno.
El médico se volvió hacia los otros, asombrado.
—¡Lo ve todo una vez! —exclamó—. Lo hemos curado.
—Y justo a tiempo —añadió el médico que se quedó a solas con Yossarian, un hombre alto y simpático, con el cuerpo en forma de torpedo y enmarañada barba castaña que fumaba sin cesar extrayendo los cigarrillos de un paquete que llevaba en el bolsillo de la camisa mientras se apoyaba en la pared—. Han venido a verlo unos familiares. No, no se preocupe —dijo riendo—. No son familiares suyos. Son la madre, el padre y el hermano de ese chico que ha muerto. Han venido desde Nueva York a ver a un soldado moribundo, y usted es el que tenemos más a mano.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Yossarian receloso—. Yo no estoy moribundo.
—Claro que sí. Todos nos estamos muriendo. ¿Cómo, si no, cree usted que va a acabar?
—No han venido a verme a mí —objetó Yossarian—. Han venido a ver a su hijo.
—Tendrán que conformarse con lo que hay. Que nosotros sepamos, un chico agonizante puede hacer tan buen papel como cualquier otro. Para un científico, todos los chicos moribundos son iguales. Quiero proponerle una cosa. Si usted les deja que entren y lo vean unos minutos, yo no le contaré a nadie que nos ha mentido sobre los síntomas del hígado.
Yossarian se apartó más del médico.
—¿Usted lo sabe?
—Claro que sí. No soy tonto. —El médico se echó a reír cordialmente y encendió otro cigarrillo—. ¿Cómo espera que nadie se crea que tiene una enfermedad del hígado si no para de sobarles las tetas a las enfermeras cada vez que se le presenta la ocasión? Tendrá que renunciar al sexo si quiere convencer a la gente de que le pasa algo en el hígado.
—Es un precio demasiado alto simplemente para seguir vivo. ¿Por qué no me ha echado de aquí si sabía que estaba fingiendo?
—¿Y por qué iba a hacerlo? —preguntó el médico con un destello de sorpresa—. Estamos todos metidos en el mismo engaño, y yo siempre estoy dispuesto a echar una mano a un colega embustero en este asunto de la supervivencia, siempre que él esté dispuesto a hacer otro tanto por mí. Esta gente viene de muy lejos, y no me gustaría que se llevaran una decepción. Soy muy sentimental con los viejos.
—Pero han venido a ver a su hijo.
—Han llegado demasiado tarde. Quizá ni siquiera noten la diferencia.
—¿Y si se ponen a llorar?
—Seguramente se pondrán a llorar. Esa es una de las razones por las que han venido. Me quedaré escuchando detrás de la puerta y los echaré si la cosa se pone fea.
—Parece una locura —reflexionó Yossarian—. De todos modos, ¿para qué quieren ver morir a su hijo?
—Eso es algo que nunca he llegado a entender —admitió el médico—, pero siempre lo hacen. Bueno, ¿qué decide? Lo único que tiene que hacer es quedarse ahí unos minutos tumbado y morirse un poco. ¿Le parece mucho pedir?
—De acuerdo —accedió Yossarian al fin—. Si son sólo unos minutos y me promete que estará esperando afuera...
Empezó a animarse ante la idea y dijo:
—Oiga, ¿por qué no me pone una venda para causar más impresión todavía?
—¡Qué buena idea! —aplaudió el médico.
Le pusieron varias vendas. Un grupo de enfermeros instaló persianas en las dos ventanas y las bajó para sumir la habitación en deprimentes sombras. Yossarian sugirió que le llevaran flores y el médico envió a un enfermero con dos pequeños ramos marchitos con un olor fuerte y mareante. En cuanto todo quedó arreglado obligaron a Yossarian a meterse en la cama y dejaron pasar a las visitas.
Las visitas entraron vacilantes, como si pensaran que molestaban, caminando de puntillas y mirando a todas partes con expresión dócil, primero la madre y el padre, muy apenados, y después el hermano, un marino corpulento de ancho pecho que lanzaba miradas furibundas. El hombre y la mujer iban muy rígidos, uno al lado del otro, como sacados de una daguerrotipo conocido, pero un tanto esotérico. Ambos eran bajos, apergaminados y orgullosos. Parecían hechos de hierro y de tela vieja y oscura. La mujer tenía una cara alargada y oval, lúgubre, de ocre quemado, y llevaba el basto pelo gris con raya en medio y peinado hacia atrás severamente, con moño en la nuca, sin rizos, ondas ni adornos de ninguna clase. Tenía la boca hundida y triste, los delgados labios muy apretados.
El padre, muy erguido, resultaba pintoresco con aquel traje cruzado y las hombreras demasiado estrechas. Era ancho y musculoso, a pequeña escala, tenía un magnífico bigote rizado rodeado de arrugas y los ojos legañosos. Parecía trágicamente incómodo con el borde del negro sombrero entre las curtidas manos de obrero sobre las anchas solapas. La pobreza y el trabajo les habían infligido daños indelebles a ambos. El hermano tenía ganas de pelea. Llevaba la blanca gorra redonda insolentemente ladeada, y miraba todo lo que había en la habitación ceñudamente, con aire ofendido, truculento.
Los tres avanzaron con timidez, muy juntos, formando un grupo fúnebre y sigiloso, casi al mismo tiempo, hasta que llegaron junto a la cama y se quedaron contemplando a Yossarian. Reinaba un silencio espantoso, intolerable, que amenazaba con durar eternamente. Cuando ya no lo pudo soportar, Yossarian se aclaró la garganta, y el viejo se decidió a hablar.
—Tiene un aspecto terrible —dijo.
—Está enfermo, papá.
—Giuseppe —dijo la madre, que se había sentado en una silla con las venosas manos en el regazo.
—Me llamo Yossarian —replicó Yossarian.
—Se llama Yossarian, mamá. Yossarian, ¿no me reconoces? Soy tu hermano John. ¿No sabes quién soy?
—Claro que sí. Mi hermano John.
—¡Me ha reconocido! Papá, sabe quién soy. Yossarian, papá está aquí. Dile hola.
—Hola, papá —dijo Yossarian.
—Hola, Giuseppe.
—Se llama Yossarian, papá.
—No me acostumbro a verlo así —dijo el padre.
—Está muy enfermo, papá. El médico dice que va a morirse.
—No sé si creérmelo —replicó el padre—. Ya sabes cómo es esa gente.
—Giuseppe —repitió la madre, en un tono dulce y desgarrado de angustia contenida.
—Se llama Yossarian, mamá. Ya no se acuerda de las cosas. ¿Cómo te tratan aquí, chaval? ¿Te tratan bien?
—Bastante bien —le dijo Yossarian.
—Me alegro. No dejes que te mangoneen. Eres igual que todos los demás, a pesar de ser italiano. También tú tienes derechos.
Yossarian hizo una mueca de dolor y cerró los ojos para no tener que mirar a su hermano John. Empezó a sentirse enfermo.
—Si es que tiene un aspecto terrible —observó el padre.
—Giuseppe —dijo la madre.
—Mamá, se llama Yossarian —la interrumpió el hermano, impaciente—. ¿Es que no te acuerdas?
—No importa —le interrumpió Yossarian a su vez—. Puede llamarme Giuseppe si quiere.
—Giuseppe —le dijo la madre.
—No te preocupes, Yossarian —dijo el hermano—. Todo irá bien.
—No te preocupes, mamá —dijo Yossarian—. Todo irá bien.
—¿Has visto a un sacerdote? —se interesó el hermano.
—Sí —mintió Yossarian, e hizo otra mueca de dolor.
—Muy bien —dictaminó el hermano—. Lo que importa es que te den todo lo que necesites. Hemos venido desde Nueva York. Teníamos miedo de no llegar a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
—De verte antes de que murieras.
—¿Y qué importancia tiene eso?
—No queríamos que te murieras solo.
—¿Y qué importancia tiene eso?
—Debe de estar delirando —dijo el hermano—. Repite las cosas cien veces.
—Es muy curioso —replicó el padre—. Yo siempre había pensado que se llamaba Giuseppe, y ahora resulta que se llama Yossarian. Muy curioso.
—Anda, mamá, dile algo —le instó el hermano a la madre—. Dile algo para animarlo.
—Giuseppe.
—No se llama Giuseppe, mamá, sino Yossarian.
—¿Y qué importancia tiene eso? —replicó la madre en el mismo tono lúgubre, sin alzar los ojos—. Se está muriendo.
Sus ojos tumefactos se llenaron de lágrimas y se echó a llorar, meciéndose lentamente en la silla con las manos sobre el regazo. como mariposas muertas. Yossarian temía que empezara a gimotear. También el padre y el hermano se pusieron a llorar. Yossarian recordó de pronto por qué lloraban y también él se echó a llorar. Entró en la habitación un médico que Yossarian no había visto nunca y les dijo cortésmente a las visitas que tenían que marcharse. El padre se enderezó muy serio para despedirse.
—Giuseppe —dijo.
—Yossarian —le corrigió su hijo.
—Yossarian —dijo el padre.
—Giuseppe —le corrigió Yossarian.
—Vas a morirte.
Yossarian volvió a echarse a llorar. El médico le lanzó una mirada de odio desde un extremo de la habitación, y se contuvo.
El padre añadió solemnemente con la cabeza gacha:
—Cuando hables con el hombre de ahí arriba, quiero que le digas una cosa de mi parte. Dile que no hay derecho a que la gente se muera cuando es joven. Lo digo en serio. Dile que, si tienen que morirse, que lo hagan cuando sean viejos. Quiero que se lo digas. No creo que Él sepa que no está bien, porque al parecer es muy bueno y lleva ahí muchísimo tiempo. ¿De acuerdo?
—Y no consientas que te mangonee nadie ahí arriba —le aconsejó el hermano—. Tú serás como todos los demás en el cielo, aunque seas italiano.
—Y abrígate bien —le dijo la madre, que parecía hablar con conocimiento de causa.

19
EL CORONEL CATHCART

El coronel Cathcart era un hombre astuto, afortunado, negligente y desgraciado de treinta y seis años y andar pesado que quería ascender a general. Era enérgico y aburrido, sereno, siempre desmoralizado. Era complaciente e inseguro, osado en las estratagemas administrativas que empleaba para llamar la atención de sus superiores y cobarde ante la idea de que fallaran sus maquinaciones. Era guapo y sin atractivo, un hombre bravucón, fornido y engreído que empezaba a engordar y padecía ataques crónicos y prolongados de recelos. El coronel Cathcart era engreído porque lo habían nombrado coronel con mando de combate a los treinta y seis años, y estaba desmoralizado porque a pesar de tener ya treinta y seis años sólo era coronel.
El coronel Cathcart era impermeable a los conceptos absolutos. Sólo podía medir sus propios logros comparándolos con los de los demás, y su idea de la perfección consistía en hacer algo al menos tan bien como todos los hombres de su misma edad que estuvieran haciendo lo mismo incluso mejor. El hecho de que hubiera millares de hombres de su edad, e incluso mayores, que ni siquiera habían alcanzado el grado de comandante lo envanecía por su propia valía; por otra parte, el hecho de que hubiera hombres de su edad, e incluso más jóvenes, que ya ocuparan el puesto de general lo contaminaba de una dolorosa sensación de fracaso que lo llevaba a morderse sin cesar las uñas con una angustia incontrolable, aun más intensa que la de Joe el Hambriento.
El coronel Cathcart era un hombre muy robusto, de pecho henchido, hombros anchos, oscuro pelo rapado y rizoso que empezaba a encanecer en las sienes y una boquilla con profusión de adornos que había adquirido el día antes de llegar a Pianosa para ponerse al mando de su grupo. Lucía majestuosamente la boquilla en cualquier ocasión, y había aprendido a manejarla con destreza. Sin quererlo, había descubierto en lo más profundo de su ser una fértil capacidad para fumar con boquilla. Que él supiera, era la única boquilla existente en el teatro de operaciones del Mediterráneo, circunstancia que se le antojaba tan halagadora como inquietante. No le cabía la menor duda de que a una persona tan jovial e intelectual como el general Peckem le parecía bien que fumara con boquilla, a pesar de que disfrutaban de su mutua compañía muy pocas veces, cosa que en cierto modo era una suerte, como reconocía aliviado el coronel Cathcart, ya que cabía la posibilidad de que al general Peckem no le pareciera bien que fumara con boquilla. Cuando lo asaltaban tales recelos, el coronel Cathcart reprimía un sollozo y sentía deseos de tirar el maldito chisme a la basura, pero lo contenía su inquebrantable convicción de que la boquilla contribuía en gran medida a resaltar su aspecto masculino y marcial, confiriéndole un lustre de heroísmo sofisticado que lo encumbraba por encima de los demás coroneles del ejército norteamericano con los que competía. Aunque ¿cómo podía estar seguro?
El coronel Cathcart era infatigable en ese sentido, un táctico militar industrioso y trabajador que se pasaba día y noche realizando cálculos al servicio de sí mismo. Era su propio sarcófago, diplomático intrépido e infalible que continuamente se reprendía por las oportunidades que perdía y se tiraba de los pelos por los errores que cometía. Era nervioso, irritable, áspero y vanidoso. Era un valeroso oportunista que se lanzaba de cabeza sobre cualquier oportunidad que le encontrara el coronel Korn y que temblaba con sudor frío inmediatamente después ante las posibles consecuencias de sus actos. Recogía rumores con avidez y atesoraba cotilleos. Creía todas las noticias que oía y no tenía fe en ninguna. Se hallaba en continuo estado de alerta, atento a la mínima señal, con una astuta sensibilidad para conexiones y situaciones ficticias. Era un sabelotodo que no paraba de hacer ímprobos y ridículos esfuerzos por averiguar qué ocurría. Era un tirano fanfarrón que cavilaba inconsolablemente sobre las imborrables impresiones que a su juicio producía en las personas importantes que apenas se percataban de su existencia.
Todo el mundo lo perseguía. El coronel Cathcart vivía gracias a su ingenio en un mundo inestablemente aritmético de meteduras de pata y aciertos, de prodigiosos triunfos imaginarios y catastróficas derrotas igualmente imaginarias. Pasaba de una hora a otra de la angustia a la alegría, multiplicando de una forma fantástica la grandeza de sus victorias y exagerando trágicamente la gravedad de sus derrotas. Nadie lo sorprendió jamás sesteando. Si llegaba a sus oídos que el general Dreedle o el general Peckem habían sonreído, fruncido el ceño, o ninguna de las dos cosas, no lograba descansar hasta haber hallado una interpretación aceptable de tales hechos y no paraba de rezongar tercamente hasta que el coronel Korn lo convencía de que se tranquilizara y se lo tomara con calma.
El coronel Korn era un aliado leal e indispensable que sacaba de quicio al coronel Cathcart. El coronel Cathcart le juraba gratitud eterna al coronel Korn por las ingeniosas medidas que ideaba y después se enfurecía con él al comprender que quizá no funcionarían. El coronel Cathcart estaba en deuda con el coronel Korn, que le caía fatal. Eran íntimos. El coronel Cathcart envidiaba la inteligencia del coronel Korn y tenía que recordarse frecuentemente que aún era sólo teniente coronel, a pesar de llevarle casi diez años, y que había estudiado en una universidad estatal. El coronel Cathcart deploraba el triste destino que le había asignado como ayudante inapreciable a alguien tan vulgar como el coronel Korn. Resultaba degradante tener que depender de semejante modo de una persona que había estudiado en una universidad estatal. Si tenía que haber alguien indispensable, razonaba el coronel Cathcart, bien podría haber sido una persona adinerada y culta, alguien de buena familia y más maduro que el coronel Korn, y que además no tratara la aspiración del coronel Cathcart de ascender a general con la frivolidad con la que éste sospechaba que el coronel Korn lo hacía.
El coronel Cathcart deseaba ser general tan desesperadamente que estaba dispuesto a intentarlo todo, incluso la religión, y un día a la semana siguiente de haber aumentado a sesenta el número de misiones, llamó al capellán a su despacho y le señaló bruscamente un ejemplar de The Saturday Evening Post. El coronel llevaba la camisa caqui con el cuello abierto, dejando al descubierto una sombra de cañones negros en el cuello blanco como clara de huevo, y tenía el labio inferior colgante. Era una de esas personas que nunca se ponen morenas, y se protegía lo más posible del sol para no quemarse. Le sacaba más de una cabeza al capellán y tenía el doble de corpulencia, y su intimidante y avasalladora autoridad hacía sentirse al capellán frágil y mareado.
—Eche una ojeada a esto, capellán —le ordenó el coronel Cathcart, atornillando un cigarrillo en la boquilla al tiempo que se sentaba cómodamente en la silla giratoria, detrás de la mesa—. ¿Qué le parece?
El capellán miró obediente la revista abierta y vio un reportaje sobre un grupo de bombardeo norteamericano en Inglaterra cuyo capellán rezaba en la sala de instrucciones antes de cada misión. El capellán estuvo a punto de llorar de alegría al darse cuenta de que el coronel no iba a reñirle. Apenas habían cruzado una palabra desde la tumultuosa noche en la que el coronel Cathcart lo echó del club de oficiales a petición del general Dreedle, después de que el jefe Avena Loca le aporreara la nariz al coronel Moodus. Lo que el capellán temía al principio era que el coronel quisiera echarle una bronca por haber vuelto al club de oficiales sin permiso la noche anterior. Había ido con Yossarian y Dunbar, porque los dos aparecieron inesperadamente en su tienda del claro del bosque y le pidieron que los acompañara. Aunque le asustaba el coronel Cathcart, le resultó más fácil arriesgarse a incurrir en sus iras que declinar la amable invitación de sus dos nuevos amigos, a los que había conocido unas semanas antes en una de las visitas al hospital y que habían contribuido tan eficazmente a aislarle de los múltiples compromisos sociales que conllevaba su tarea de vivir en estrecho contacto, como en familia, con más de novecientos oficiales y soldados desconocidos que lo consideraban un bicho raro.
El capellán clavó la mirada en las páginas de la revista. Examinó cada fotografía dos veces y leyó los pies atentamente mientras organizaba la respuesta a la pregunta del coronel formando una oración gramatical completa que ensayó y volvió a organizar mentalmente numerosas veces hasta reunir el valor suficiente para contestar.
—Pienso que rezar antes de cada misión es una acción sumamente moral y loable, señor —dijo tímidamente, y se quedó esperando.
—Sí —coincidió el coronel—. Pero quisiera saber si usted cree que aquí funcionaría.
—Sí, señor —respondió el capellán al cabo de unos momentos—. Yo diría que sí.
—Entonces, me gustaría intentarlo. —Las abultadas y harináceas mejillas del coronel se tiñeron súbitamente de radiante entusiasmo. Se levantó y se puso a pasear por la habitación, muy animado—. Mire cuánto bien le han hecho a esta gente en Inglaterra. Ésta es la fotografía del coronel cuyo capellán reza antes de cada misión. Si a él le funciona, también debería funcionarnos a nosotros. Quizá si rezamos, sacarán mi fotografía en The Saturday Evening Post.
El coronel volvió a sentarse y esbozó una sonrisa distante, perdido en profundas reflexiones. El capellán no tenía ni idea de lo que debía decir a continuación. Con una expresión pensativa en su cara oblonga y pálida, posó la mirada en varios cestos grandes repletos de rojos tomates apoyados contra la pared, formando hileras. Al cabo de un rato cayó en la cuenta de que estaba mirando hileras y más hileras de cestos repletos de rojos tomates y se quedó tan perplejo ante la presencia de tales objetos en el despacho de un comandante que se olvidó por completo de la conversación sobre las oraciones hasta que el coronel Cathcart, en un acceso de amabilidad, le preguntó:
—¿Quiere comprar unos cuantos, capellán? Son de la granja que tenemos el coronel Korn y yo en las montañas. Se los puedo vender al por mayor.
—No, gracias, señor. Creo que no.
—No se preocupe —le tranquilizó el coronel con generosidad—, No tiene por qué hacerlo. Milo se encarga de comprarnos toda la producción. Éstos los recogieron ayer. Fíjese en lo firmes y maduro; que están, como los pechos de una joven.
El capellán se sonrojó, y el coronel comprendió de inmediato que había cometido un error. Bajó la cabeza abochornado; su voluminosa cara ardía. Sentía los dedos torpes y pesados. Odió a muerte al capellán por ser capellán y por considerar una metedura de pata un comentario que en cualquier otra circunstancia se habría tomado por algo simpático e ingenioso. Hundido, trató de recordar algún medio para sacar a ambos de aquel terrible apuro. Pero lo que recordó fue que el capellán era un simple capitán, y se enderezó inmediatamente con un gesto escandalizado. Se le tensaron las mejillas de pura cólera al pensar que lo había sumido en una situación humillante un hombre que tenía casi su misma edad y que sólo era capitán, y se volvió contra él vengativo, con una expresión tal de antagonismo asesino que el capellán se echó a temblar. El coronel lo castigó con una prolongada mirada malévola, furibunda, silenciosa.
—Estábamos hablando de otra cosa —le dijo secamente al capellán—. No de los pechos firmes y maduros de las chicas guapas, sino de algo totalmente distinto: de celebrar servicios religiosos en la sala de instrucciones antes de cada misión. ¿Alguna razón por la que no podamos hacerlo?
—No, señor —farfulló el capellán.
—Pues empezaremos esta misma tarde, antes de la misión. —La hostilidad del coronel fue aplacándose poco a poco, a medida que iba desgranando los detalles—. Me gustaría que reflexionara seriamente sobre la clase de oraciones que vamos a decir. No quiero que sean pesadas ni tristes. Me gustaría algo ligero y con garra, algo que animara a los muchachos. ¿Comprende a qué me refiero? Nada de cosas como el reino de Dios ni el valle de lágrimas. Es demasiado negativo. ¿Por qué pone esa cara?
—Lo siento, señor —tartamudeó el capellán—. Precisamente estaba pensando en el salmo veintitrés cuando usted ha dicho eso.
—¿De qué va?
—Es al que usted se refería, señor. «El señor es mi pastor; yo...»
—Sí, a ése me refería. ¿Qué otra cosa hay?
—«Sálvame, oh mi Dios; pues las aguas se han desbordado...»
—Nada de aguas —decidió el coronel, soplando enérgicamente en la boquilla tras haber aplastado la colilla en el cenicero de latón—. ¿Por qué no algo más musical? Por ejemplo, lo de las arpas y los sauces.
—Eso incluye los ríos de Babilonia, señor —le explicó el capellán—. «... allí nos sentamos, y lloramos al recordar Sión.»
—¿Sión? Olvidémoslo. Me gustaría saber cómo existe ése tan siquiera. ¿No se le ocurre nada simpático que no hable de aguas ni de valles ni de Dios? Quisiera dejar a un lado el tema de la religión si fuera posible.
El capellán no sabía cómo disculparse.
—Lo siento, señor, pero todas las oraciones que yo conozco tienen un tono un poco sombrío y hacen algún tipo de referencia a Dios.
—Pues habrá que encontrar otras nuevas. Los hombres ya tienen suficientes preocupaciones con las misiones para que encima les endosemos sermones sobre Dios o la muerte o el paraíso. ¿Por qué no adoptamos una actitud más positiva? ¿Por qué no podemos rezar por algo bueno, como reducir el perfil de bombardeo? ¿No podríamos rezar por eso?
—Pues... sí, señor, supongo que sí —contestó dubitativo el capellán—. Pero si eso es lo único que quiere, yo no le hago ninguna falta. Puede hacerlo usted solo.
—Ya sé que puedo —respondió el coronel, cortante—. Pero ¿para qué cree que está usted aquí? También podría comprarme la comida, pero ése es el trabajo de Milo, y por eso lo está realizando para todos los escuadrones de la zona. Su trabajo consiste en dirigir nuestras oraciones, y a partir de ahora va a dirigirnos en una oración para reducir el perfil de bombardeo. ¿Está claro? Creo que es un asunto por el que merece la pena rezar. Nos apuntaremos un tanto con el general Peckem. El opina que salen unas fotografías aéreas mucho más bonitas cuando las bombas hacen explosión más juntas.
—¿El general Peckem, señor?
—Efectivamente, capellán —replicó el coronel, sonriendo paternalmente ante la expresión de perplejidad del capellán—. No quisiera que esto se extendiera, pero todo parece indicar que por fin se va a marchar el general Dreedle y que van a designar al general Peckem como su sucesor. Sinceramente, no lamentaría que ocurriera así. El general Peckem es un buen hombre y creo que estaremos mejor bajo su mando. Por otra parte, podría ser que no sucediera, y que siguiéramos bajo el mando del general Dreedle. Sinceramente, tampoco lo lamentaría, porque el general Dreedle es un buen hombre, y creo que todos estaríamos mucho mejor bajo su mando.
Confío en que guarde el secreto, capellán, porque no quisiera que ninguno de los dos creyera que apoyo al otro.
—Sí, señor.
—¡Muy bien! —exclamó el coronel, y se levantó con gesto alegre—. Pero por todos estos cotilleos no nos van a sacar en The Saturday Evening Post, ¿eh, capellán? Veamos qué plan podemos trazar. A propósito, capellán, no le diga ni media palabra sobre el asunto al coronel Korn. ¿Entendido?
—Sí, señor.
El coronel Cathcart se puso a recorrer a grandes zancadas los estrechos pasillos que se abrían entre los cestos de tomates, la mesa y las sillas de madera en el centro de la habitación.
—Supongo que usted tendrá que esperar fuera hasta que se termine de dar las instrucciones, porque es información secreta. Le dejaremos entrar mientras el comandante Danby sincroniza los relojes. No creo que tenga importancia que conozca la hora exacta. Le concederemos aproximadamente un minuto y medio. ¿Será suficiente?
—Sí, señor, si no incluye el tiempo necesario para que se ausenten los ateos y entre la tropa.
El coronel Cathcart se paró en seco.
—¿Qué ateos? —vociferó a la defensiva, y en cuestión de segundos adoptó una expresión de virtuoso y beligerante rechazo—. ¡En mi unidad no hay ateos! Y además, el ateísmo está prohibido por la Ley, ¿no?
—No, señor.
—¿No? —El coronel parecía sorprendido—. Pero es antinorteamericano, ¿no?
—No estoy seguro, señor —contestó el capellán.
—Pues yo sí —declaró el coronel—. No voy a interrumpir los servicios religiosos simplemente para complacer a un puñado de asquerosos ateos. No van a recibir trato de favor. Que se queden donde están y que recen con los demás. ¿Y qué es eso de la tropa? ¿Qué demonios tienen ellos que ver?
El capellán notó que se ponía colorado.
—Lo siento, señor. He dado por supuesto que quería que la tropa también asistiera, puesto que participa en las mismas misiones.
—Pues no. Tienen su propio Dios y su propio capellán, ¿no?
—No, señor.
—¿Cómo que no? ¿Quiere decir que rezan al mismo Dios que nosotros?
—Sí, señor.
—¿Y Él los escucha?
—Creo que sí, señor.
—¡Pues vaya! —exclamó el coronel, y resopló, confuso y regocijado. Se desanimó en seguida, y se pasó la mano nerviosamente por los cortos rizos canosos—. ¿De verdad piensa que es buena idea que dejemos entrar a los soldados? —preguntó preocupado.
—Creo que es lo justo, señor.
—A mí me gustaría que se quedaran fuera —le confió el coronel, y se puso a pasear, haciendo crujir los nudillos como un poseso—. No me interprete mal, capellán. No es que piense que los soldados son sucios, vulgares e inferiores. Es que no tenemos suficiente sitio. Sinceramente, preferiría que los oficiales y la tropa no confraternizaran en la sala de instrucciones. Ya se ven suficiente rato durante las misiones. A ver si me entiende, algunos de mis mejores amigos son simples soldados, pero no quisiera intimar más con ellos. Honradamente, capellán, ¿a usted le gustaría que su hermana se casara con un soldado?
—Mi hermana es soldado, señor —contestó el capellán.
El coronel volvió a pararse en seco y miró atentamente al capellán para asegurarse de que no le estaba tomando el pelo.
—¿Qué quiere decir exactamente, capellán? ¿Es una broma?
—No, no, señor —se apresuró a explicar el capellán con una expresión de insoportable desazón—. Es sargento mayor de la Marina.
Al coronel nunca le había gustado el capitán y en aquel momento empezó a detestarlo y a desconfiar de él. Experimentó una aguda premonición de peligro y pensó si el capellán también conspiraría contra él, si sus modales cohibidos y tímidos no serían en realidad una máscara siniestra que encubría una ambición sin límites, sin escrúpulos. En el capellán había algo raro, y el coronel descubrió en seguida de qué se trataba. El capellán seguía en posición de firmes pues el coronel había olvidado decirle que descansara. «Pues que se quede así», decidió el coronel, vengativo, para demostrarle quién mandaba allí y para protegerse contra la posible pérdida de dignidad que hubiera supuesto reconocer el olvido.
El coronel Cathcart se sintió hipnóticamente atraído hacia la ventana, a la que se asomó con una opaca mirada de malhumorada introspección. Llegó a la conclusión de que todos los soldados eran traicioneros. Contempló, afligido y pesimista, el campo de tiro al plato que había ordenado construir para los oficiales, y recordó la mortificante tarde en la que el general Dreedle le echó una bronca implacable delante del coronel Korn y del comandante Danby y le obligó a abrir el campo a todos los soldados y oficiales. Tuvo que reconocer que el campo de tiro al plato había sido una gran metedura de pata. Le constaba que el general Dreedle no lo había olvidado, a pesar de que también le constaba que el general Dreedle no se acordaba del asunto, cosa sumamente injusta, se lamentaba el coronel Cathcart, pues la idea del campo de tiro al plato en sí misma era un auténtico tanto a su favor, a pesar de haber resultado una metedura de pata. El coronel Cathcart se sentía incapaz de calibrar hasta qué punto había ganado o perdido terreno con el maldito campo de tiro al plato, y deseó que el coronel Korn se encontrara en su despacho en aquel mismo momento para examinar el episodio una vez más y acallar sus temores.
Todo resultaba desconcertante y descorazonador. El coronel Cathcart se quitó la boquilla de los labios, la guardó en el bolsillo de la camisa y se puso a morderse las uñas de ambas manos, muy apenado. Todos estaban contra él, y le dolía en el alma que el coronel Korn no lo acompañara en aquel momento de crisis para ayudarlo a decidir qué debía hacer con el asunto de las oraciones. Prácticamente no tenía ninguna fe en el capellán, que sólo era capitán.
—¿Cree usted que si dejamos fuera a la tropa disminuirán las posibilidades de obtener buenos resultados? —preguntó.
El capellán vaciló, sintiendo que volvía a pisar terreno desconocido.
—Sí, señor —contestó al fin—. Pienso que es muy probable que semejante proceder disminuya las posibilidades de que se escuchen nuestras oraciones para obtener un perfil de bombardeo más reducido.
—¡No estaba pensando en eso! —gritó el coronel, parpadeando, chapoteando con los ojos como si fueran charcos—. ¿Quiere decir que Dios podría castigarme concediéndonos un perfil de bombardeo más grande?
—Sí, señor —replicó el capellán—. Cabe esa posibilidad.
—Entonces, al diablo —decretó el coronel en un arranque de independencia—. No voy a organizar esas oraciones para que las cosas se pongan peor de lo que están. —Disimulando una risita, se acomodó detrás de la mesa, volvió a colocarse la boquilla en la boca y se sumió en un silencio parturiento—. Ahora que lo pienso —confesó como para sus adentros, dirigiéndose al capellán—, no creo que sea tan buena idea que los hombres recen. Quizá los editores de The Saturday Evening Post no colaborarían.
El coronel abandonó su proyecto con pesar, porque lo había concebido él solo y esperaba esgrimirlo como prueba irrefutable de que en realidad no necesitaba al coronel Korn. Una vez decidido, se alegró de haberse librado de él, porque le preocupaba desde el principio el riesgo de ponerlo en práctica sin haberlo consultado previamente con el coronel Korn. Dejó escapar un enorme suspiro de alivio. Tenía una opinión mucho más favorable de sí mismo desde que rechazara la idea, porque había tomado una decisión muy juiciosa y, lo que era aun más importante, sin la intervención del coronel Korn. —¿Algo más, señor? —preguntó el capellán.
—Nada más —respondió el coronel Cathcart—. A menos que usted tenga alguna sugerencia.
—No, señor. Únicamente...
El coronel levantó los ojos como ofendido y examinó al capellán con reserva y desconfianza.
—¿Únicamente qué, capellán?
—Señor, algunos hombres están muy disgustados desde que usted aumentó el número de misiones a sesenta —dijo el capellán—. Me han pedido que hablara con usted.
El coronel guardó silencio. El capellán se sonrojó hasta las raíces del descolorido cabello. El coronel lo tuvo esperando y sometiéndolo a una mirada fija, desinteresada y desprovista de toda emoción durante largo rato.
—Dígales que estamos en guerra —le aconsejó finalmente en voz baja.
—Gracias, señor, así lo haré —replicó el capellán inundado de gratitud hacia el coronel porque le había dicho algo—. Pensaban si no podría usted solicitar algunas de las tropas de reemplazo que esperan en África para que ocuparan sus puestos y así poder volver a casa.
—Eso es una cuestión administrativa —dijo el coronel—. No les concierne a ellos. —Señaló lánguidamente hacia la pared—. Coja un tomate, capellán. Vamos, yo invito.
—Gracias, señor. Señor...
—De nada. ¿Le gusta vivir en el bosque, capellán? ¿Todo va bien?
—Sí, señor.
—Me alegro. Póngase en contacto con nosotros si necesita algo.
—Sí, señor. Gracias, señor. Señor...
—Gracias por haber venido, capellán. Tengo trabajo. Si se le ocurre algo para que nos saquen en The Saturday Evening Post, comuníquemelo, ¿de acuerdo?
—Sí, señor. —El capellán cobró ánimos con un prodigioso esfuerzo de voluntad y planteó la siguiente cuestión abiertamente—. Estoy especialmente preocupado por la situación de uno de los bombarderos, señor. Se llama Yossarian.
El coronel alzó los ojos rápidamente, con un leve destello que parecía demostrar que sabía de qué hablaba el capellán.
—¿Quién? —preguntó, alarmado.
—Yossarian, señor.
—¿Yossarian?
—Sí, señor, Yossarian. Se encuentra en un estado terrible, señor. Me temo que no pueda seguir sufriendo sin cometer una locura.
El coronel reflexionó unos momentos, en medio de un silencio opresivo.
—Dígale que confíe en Dios —le aconsejó al fin.
—Gracias, señor —dijo el capellán—. Así lo haré.

20
EL CABO WHITCOMB

El sol de aquella mañana de finales de agosto era abrasador, y no corría la más leve brisa en el balcón. El capellán caminaba lentamente. Se sentía abatido y agobiado cuando salió del despacho del coronel, pisando sin ruido con sus zapatos marrones con suelas y tacones de goma. Se detestaba por la cobardía que, a su juicio, había demostrado. Tenía la intención de haber adoptado una actitud mucho más decidida ante el coronel Cathcart con respecto al asunto de las sesenta misiones, de haber hablado con valor, lógica y elocuencia sobre un tema que había empezado a afectarlo profundamente. Y, sin embargo, se había echado atrás, había vuelto a atascarse ante la oposición de una personalidad más fuerte. Era una experiencia conocida, ignominiosa, y tenía una opinión muy pobre de sí mismo.
Se atascó aun más al cabo de unos segundos, cuando distinguió las rechonchas formas monocromas del coronel Korn, que subía hacia él, apático y apresurado por la ancha escalera curva de piedra amarilla que arrancaba del enorme y decrépito vestíbulo de elevadas paredes de oscuro mármol agrietado y suelo circular de baldosas igualmente agrietadas y mugrientas. El capellán le tenía más miedo al coronel Korn incluso que al coronel Cathcart. Al cetrino teniente coronel cuarentón de gélidas gafas sin montura y coronilla calva, tallada en facetas, como una cúpula, que no paraba de tocarse con sus gruesos dedos, le caía mal el capellán y se portaba groseramente con él en repetidas ocasiones. Mantenía al capellán en un continuo estado de terror con su lengua mordaz y burlona y sus ojos escrutadores y cínicos, cuya mirada el capellán era incapaz de mantener durante más de un segundo seguido. Inevitablemente, cuando se vio ante él, encogido y sumiso, al capellán le llamó la atención el vientre del coronel Korn: los faldones de la camisa, que sobresalían abultadamente por encima del flojo cinturón y se abullonaban sobre la cintura, le daban aspecto de gordura y descuido y le hacían parecer varios centímetros más bajo que la talla media. El coronel Korn era un hombre desaliñado y desdeñoso, de piel grasienta y profundos surcos que descendían casi en línea recta desde la nariz, entre las crepusculares mandíbulas y la barbilla cuadrada y hendida. Tenía una expresión severa, y miró al capellán sin dar muestras de reconocerlo cuando se aproximaron en la escalera.
—Hola, padre —le dijo al capellán, sin mirarlo—. ¿Cómo va eso?
—Buenos días, señor —respondió el capellán, comprendiendo juiciosamente que el coronel no esperaba una respuesta más larga.
El coronel Korn siguió subiendo, sin aflojar el paso, y el capellán resistió la tentación de recordarle una vez más que no era católico, sino anabaptista y que, por consiguiente, no era ni necesario ni correcto llamarle padre. Estaba casi seguro de que el coronel Korn lo recordaba y que dirigirse así a él con aquella expresión de absoluta inocencia no era más que otro de los métodos del coronel Korn para mofarse por ser simplemente anabaptista.
El coronel Korn se detuvo bruscamente cuando casi había llegado arriba y se abalanzó sobre el capellán con una mirada furibunda de recelo. El capellán se quedó petrificado.
—¿Qué hace usted con ese tomate, capellán? —le preguntó secamente.
El capellán se miró la mano, sorprendido, y descubrió el tomate que le había regalado el coronel Cathcart.
—Lo he cogido en el despacho del coronel Cathcart, señor —acertó a balbucear.
—¿Lo sabe el coronel?
—Sí, señor. Me lo ha dado él.
—Ah, bueno, en ese caso supongo que no importa —replicó el coronel Korn, ablandado. Sonrió glacialmente mientras se metía los pliegues de la camisa por dentro de los pantalones con los pulgares. Sus ojos destellaron, animados por una idea perversa—. ¿Para qué quería verlo el coronel Cathcart, padre? —le preguntó de repente.
El capellán se quedó mudo de indecisión unos momentos.
—Creo que no debería...
—¿Rezar para los editores de The Saturday Evening Post?
El capellán estuvo a punto de sonreír.
—Sí, señor.
El coronel Korn estaba encantado con su intuición. Se echó a reír despectivamente.
—Ya me temía yo que se le ocurriera algo así de ridículo en cuanto viera The Saturday Evening Post de esta semana. Espero que haya logrado convencerle de que es una idea atroz.
—Ha decidido no llevarla a la práctica, señor.
—Me alegro de que le haya demostrado que lo más probable es que los editores de The Saturday Evening Post no quieran sacar la misma historia dos veces para dar publicidad a un oscuro coronel. ¿Cómo van las cosas por esos bosques, padre? ¿Se las arregla bien por allí?
—Sí, señor. Todo va bien.
—Me alegro mucho de que no tenga usted motivo de queja. Si necesita algo para estar más cómodo, comuníquenoslo. Todos queremos que lo pase usted bien.
—Gracias, señor.
Abajo se oía un creciente ajetreo. Era casi la hora de la comida, y los primeros comensales entraban en los comedores, los soldados y los oficiales a salas separadas, a ambos lados de la arcaica rotonda
El coronel Korn dejó de sonreír.
—Usted comió con nosotros aquí hace un día o dos, ¿no, padre? —le preguntó con toda la intención.
—Sí, señor. Anteayer.
—Eso pensaba yo —replicó el coronel Korn, y se calló para que la observación calara en la mente del capellán—. Bueno, padre, tómaselo con calma. Nos veremos el día que le toque comer aquí otra vez.
—Gracias, señor.
El capellán no estaba seguro del comedor que le correspondía aquel día, de entre los cinco de los oficiales y los cinco de los soldados, porque el sistema rotatorio que había ideado el coronel Korn para él era complicado, y había olvidado en su tienda el cuaderno en el que apuntaba esos detalles. El capellán era el único oficial adscrito al Cuartel General que no residía en el vetusto edificio de piedra roja en el que tenía su sede dicho organismo ni en ninguna de las construcciones satélites, más pequeñas, que se alzaban a su alrededor sin demasiado orden ni concierto. Vivía en un claro del bosque a unos seis kilómetros de distancia, entre el club de oficiales y la primera de las cuatro zonas de los escuadrones que se extendían desde el Cuartel General hasta muy lejos. Ocupaba él solo una espaciosa tienda cuadrada que también le servía de despacho. Por la noche le llegaban ruidos de juerga desde el club de oficiales, y muchas veces le impedían dormir. En tales ocasiones, daba mil vueltas en el catre, aislado en su exilio pasivo, semivoluntario. No era capaz de calibrar el efecto de las suaves pastillas que tomaba de cuando en cuando para dormir, y después se sentía culpable durante días enteros.
El único que vivía con el capellán en el claro del bosque era el cabo Whitcomb, su ayudante. El cabo Whitcomb, ateo convencido, era un subordinado descontento que pensaba que podía desempeñar la tarea del capellán mucho mejor que él y, por consiguiente, se consideraba una desgraciada víctima de la injusticia social. Vivía solo en una tienda tan cuadrada y espaciosa como la del capellán. Empezó a adoptar una actitud abiertamente grosera y despectiva para con su superior en cuanto descubrió que él se lo consentía. Las dos tiendas no estaban separadas por más de un metro y medio.
Fue el coronel Korn quien decidió este modo de vida para el capellán. Una buena razón para obligarlo a vivir fuera del edificio del Cuartel General era una teoría del coronel, según la cual, si ocupaba una tienda como la mayoría de sus feligreses, tendría mayor comunicación con ellos. Otra buena razón consistía en que a los demás oficiales les molestaba ver al capellán todo el santo día. Una cosa era mantener el vínculo con el Señor, algo en lo que todos coincidían, y otra tenerlo encima las veinticuatro horas del día. En definitiva, como le explicó el coronel Korn al comandante Danby, el oficial de operaciones, nervioso y de ojos saltones, el capellán se daba buena vida; tenía poco que hacer aparte de escuchar los problemas de los demás, enterrar a los muertos, visitar a los enfermos y celebrar servicios religiosos. Y como ya no había muchos muertos que enterrar, añadió el coronel Korn, puesto que prácticamente había cesado la oposición de los cazas alemanes y puesto que, según sus cálculos, el noventa por ciento de las víctimas perecían detrás de las líneas enemigas o desaparecían en el interior de las nubes, donde el capellán no podía ocuparse de sus restos. Tampoco los servicios religiosos eran una gran carga, pues sólo se celebraban una vez a la semana en el Cuartel General, y asistían muy pocos hombres.
En realidad, al capellán empezaba a gustarle vivir en el claro del bosque. Al cabo Whitcomb y a él les habían dado todo tipo de facilidades para instalarse, de modo que no pudieran alegar que se sentían incómodos y pedir permiso para regresar al edificio del Cuartel General. El capellán se turnaba para los desayunos, almuerzos y cenas en los ocho comedores; cada cinco comidas tomaba una en el comedor de la tropa y cada diez en el de los oficiales. En su casa de Wisconsin se había aficionado a la jardinería, y se le henchía el corazón con una maravillosa sensación de fertilidad y plenitud cada vez que contemplaba las ramas bajas y espinosas de los achaparrados árboles, la maleza que le llegaba a la altura de la cintura y los matorrales entre los que casi estaba empotrado. En primavera hubiera querido plantar begonias en un estrecho arriate alrededor de su tienda, pero le disuadió el temor al rencor del cabo Whitcomb. El capellán disfrutaba con la intimidad y el aislamiento de su verdeante entorno y con las ensoñaciones y meditaciones que proporcionaba. Iban menos personas que antes a contarle sus problemas, y también agradecía esa circunstancia. El capellán no se relacionaba fácilmente y se sentía incómodo en las conversaciones. Echaba de menos a su mujer y a sus tres hijos pequeños, y ella le echaba de menos a él.
Lo que más desagradaba al cabo Whitcomb del capellán, aparte del hecho de que creyera en Dios, era su falta de iniciativa y agresividad. El cabo Whitcomb consideraba la baja asistencia a los servicios religiosos triste reflejo de la situación del capellán. Su mente bullía con avasalladoras ideas nuevas para desencadenar el gran renacimiento espiritual del que se soñaba artífice: meriendas, actos sociales en la iglesia, modelos de cartas para las familias de los hombres muertos o heridos en combate, censura, bingo. Pero el capellán se oponía. El cabo Whitcomb se sentía vejado bajo las restricciones del capellán, porque veía posibilidades de mejora por todas partes
Había llegado a la conclusión de que eran las personas como el capellán las responsables de la mala fama de la religión y de que a ambos se les considerara unos parias. A diferencia del capellán, él detestaba la reclusión que le imponía el claro del bosque. Una de las cosas que tenía intención de hacer en cuanto derrocara al capellán era mudarse al edificio del Cuartel General, para estar al tanto de cuanto ocurriera.
Cuando el capellán volvió al claro del bosque tras haber dejado al coronel Korn, el cabo Whitcomb estaba fuera, en medio de la neblina bochornosa, hablando con aires de conspiración con un extraño hombre rechoncho que llevaba una bata de pana parda y pijama de franela gris. El capellán reconoció la vestimenta reglamentaria del hospital. Ninguno de los dos hombres dio el menor indicio de saber quién era él. El desconocido tenía las encías teñidas de violeta; por detrás, la bata estaba decorada con un dibujo de un B-25 que atravesaba nubes naranjas de fuego antiaéreo y se dirigía hacia seis hileras de bombas que representaban sesenta misiones cumplidas. El capellán se quedó tan asombrado ante aquella visión que lo miró fijamente. Los dos hombres dejaron de hablar y esperaron a que se marchara, en medio de un silencio sepulcral. El capellán se apresuró a entrar en su tienda. Oyó, o creyó oír, risitas contenidas.
El cabo Whitcomb entró al cabo de unos momentos y le preguntó:
—¿Qué pasa por ahí?
—Nada especial —contestó el capellán desviando la mirada—. ¿Ha venido alguien a verme?
—Sólo ese chiflado de Yossarian. Es un auténtico liante, ¿no?
—No estoy seguro de que esté chiflado —replicó el capellán.
—Eso es, póngase de su parte —dijo el cabo Whitcomb con expresión dolida, y salió de la tienda furioso.
El capellán no podía creer que el cabo Whitcomb se sintiera ofendido una vez más y que se hubiera marchado. No bien había caído en la cuenta de lo ocurrido cuando el cabo Whitcomb volvió a entrar.
—Usted siempre defiende a los otros —dijo en tono acusador—. No apoya a sus hombres. Ese es uno de sus defectos.
—No tenía intención de defenderlo —se excusó el capellán—. Era sólo una opinión.
—¿Qué quería el coronel Cathcart?
—Nada importante. Sólo quería discutir la posibilidad de rezar antes de cada misión en la sala de instrucciones.
—Está bien, no me lo cuente —le soltó el cabo Whitcomb, y volvió a marcharse.
El capellán se sentía fatal. Por amable que intentara mostrarse, al parecer siempre hería los sentimientos del cabo Whitcomb. Bajó los ojos, compungido, y observó que el ordenanza que le había impuesto el coronel Korn para limpiar su tienda y arreglar sus cosas había vuelto a olvidar sacarle brillo a los zapatos.
El cabo Whitcomb entró en la tienda.
—Nunca se fía de mí —gimoteó en tono truculento—. No tiene confianza en sus hombres. Ése es otro de sus defectos.
—No es verdad —protestó el capellán, afligido—. Tengo mucha confianza en usted.
—Entonces, ¿qué pasa con lo de las cartas?
—No, ahora no —imploró el capellán—. Lo de las cartas no. Por favor, no saque ese tema a colación. Si cambio de opinión, ya se lo comunicaré.
El cabo Whitcomb parecía furioso.
—¿Ah, sí? Claro, para usted es muy cómodo quedarse ahí sentado moviendo la cabeza mientras yo hago todo el trabajo. ¿No ha visto al tipo ese con los dibujos en la bata?
—¿Ha venido a verme?
—No —contestó el cabo Whitcomb, y salió de la tienda.
Dentro hacía calor y había humedad, y el capellán notó el cuerpo mojado. Oyó involuntariamente el ronroneo apagado e indistinguible de las voces de fuera. Se sentó, inerte, a la desvencijada mesa plegable que le servía de escritorio, con los labios apretados, los ojos inexpresivos; su rostro, con un tinte ocre pálido y los antiguos racimos aislados de señales de acné, tenía el color y la textura de una cáscara de almendra. Fatigó su memoria buscando una explicación para la inquina del cabo Whitcomb hacia él. De una forma que no acertaba a comprender, estaba convencido de que le había causado algún daño imperdonable. Le parecía increíble que aquella cólera tan prolongada pudiera derivar de su rechazo del bingo o de los modelos de cartas para las familias de los hombres muertos o heridos en combate. Al capellán le dolía tener que aceptar su propia incapacidad. Llevaba varias semanas intentando mantener una conversación sincera con el cabo Whitcomb con el fin de averiguar qué le ocurría, pero ya le avergonzaba lo que pudiera averiguar.
Fuera, el cabo Whitcomb reía entre dientes, y el otro hombre trataba de contener la risa. Durante precarios segundos, el capellán vibró con la extraña sensación de haber vivido una experiencia idéntica en una época o existencia anteriores. Se esforzó por atrapar y nutrir la sensación para poder predecir, e incluso dominar, lo que ocurriría a continuación, pero aquel estímulo se desvaneció, improductivo, cosa que ya sabía desde el principio. Déja vu. La sutil y repetida confusión entre la ilusión y la realidad que caracterizaba a la paramnesia fascinaba al capellán, y sabía bastante sobre el tema. Sabía, por ejemplo, que se llamaba paramnesia, y también le interesaban otros fenómenos ópticos a modo de corolario, como el jamais vu, lo nunca visto, y el presque vu, lo casi visto. Existían momentos aterradores en los que objetos, conceptos e incluso personas con los que el capellán había convivido casi toda su vida adoptaban un aspecto desconocido e irregular que nunca había visto y que los desfiguraban por completo: jamais vu. El episodio del hombre desnudo encaramado a un árbol durante el funeral de Snowden lo tenía perplejo. No era déjá vu, porque hasta entonces nunca había experimentado la sensación de haber visto a un hombre desnudo encaramado a un árbol durante el funeral de Snowden. Tampoco era jamais vu, porque no se trataba de la aparición de alguien o algo conocido bajo una forma desconocida. Y desde luego, tampoco era presque vu, porque el capellán había visto bien al hombre.
Un todoterreno se puso en marcha, petardeando, junto a la tienda y se alejó rugiendo. El hombre desnudo encaramado a un árbol en el funeral de Snowden, ¿habría sido una simple alucinación? ¿O una auténtica revelación? El capellán se echó a temblar sólo de pensarlo. Deseaba ardientemente confiarse a Yossarian, pero cada vez que reflexionaba sobre el incidente decidía no volver a hacerlo, si bien en el momento en que reflexionaba sobre ello no estaba seguro de haber reflexionado en absoluto.
El cabo Whitcomb volvió a irrumpir en la tienda con una resplandeciente y afectada sonrisa y apoyó un codo impertinentemente en el poste central de la tienda del capellán.
—¿Sabe quién era ese tipo de la bata? —preguntó con aires de suficiencia—. Un agente del CID con la nariz rota. Ha venido del hospital por un asunto oficial. Está realizando una investigación.
El capellán alzó los ojos rápidamente, con solicitud y conmiseración.
—Espero que no se encuentre en un apuro. ¿Puedo hacer algo por usted?
—No, yo no estoy en ningún apuro —respondió el cabo Whitcomb con una sonrisa—. Pero usted sí. Van a liarle una buena por haber firmado como Washington Irving todas esas cartas que ha firmado. ¿Qué le parece?
—Yo no he firmado ninguna carta como Washington Irving —objetó el capellán.
—A mí no tiene que mentirme —replicó el cabo—. No es a mí a quien tiene que convencer.
—Pero si no le estoy mintiendo...
—Me da igual. Además van a castigarlo por interceptar la correspondencia del comandante Coronel. Una gran parte es información secreta.
—¿Qué correspondencia? —preguntó el capellán en tono lastimero, con creciente desesperación—. Jamás he visto la correspondencia del comandante Coronel.
—A mí no tiene que mentirme —repitió el cabo Whitcomb—. No es a mí a quien tiene que convencer.
—¡Pero si no estoy mintiendo! —protestó el capellán.
—No entiendo por qué me grita —replicó el cabo Whitcomb con expresión ofendida.
Se separó del palo central y añadió, agitando un dedo con vehemencia: —Acabo de hacerle el mayor favor de su vida y usted ni siquiera se da cuenta. Cada vez que intenta transmitir información sobre usted a sus superiores, alguien censura los detalles en el hospital. Lleva semanas obsesionado con pillarlo a usted. Acabo de estampar el visto bueno de censor en su carta sin haberla leído siquiera. Eso causará una impresión favorable en el CID. Comprenderán que no tenemos ningún miedo a que salga a la luz la verdad sobre usted.
El capitán no daba crédito a sus oídos.
—Pero usted no está autorizado a censurar cartas, ¿verdad?
—Claro que no —contestó el cabo Whitcomb—. Sólo están autorizados los oficiales. La he censurado en su nombre.
—Pero yo tampoco estoy autorizado, ¿no?
—También me he ocupado de eso —lo tranquilizó el cabo Whitcomb—. He firmado con otro nombre.
—¿No es una falsificación?
—¡Bah, no se preocupe tampoco por eso! Quien únicamente puede quejarse en un caso de falsificación es la persona cuya firma se falsifica, y me he cuidado de sus intereses eligiendo a un muerto. He firmado como Washington Irving. —El cabo Whitcomb examinó el rostro del capellán en busca de algún signo de rebeldía y continuó confiadamente, con mal disimulada ironía—: He reaccionado con rapidez, ¿verdad?
—No sé —musitó el capitán con voz trémula, retorciéndose grotescamente, angustiado e indeciso—. Creo que no entiendo lo que me ha explicado. ¿Cómo voy a causar buena impresión si ha firmado usted con el nombre de Washington Irving y no con el mío?
—Porque están convencidos de que usted es Washington Irving. ¿No lo comprende? Sabrán que ha sido usted.
—Pero ¿no es eso precisamente lo que debemos aclarar? ¿No contribuirá a reforzar sus argumentos?
—Si hubiera sabido que iba a ponerse así, no habría intentado ayudarlo —replicó indignado el cabo Whitcomb, y a continuación se marchó. Pasados unos segundos volvió a entrar—. Le he hecho el mayor favor de su vida, y ni siquiera es capaz de reconocerlo. No sabe demostrar su agradecimiento. Ése es otro de sus defectos.
—Lo siento —se excusó el capellán, contrito—. Lo siento de verdad. Es que me he quedado tan perplejo con lo que me ha contado que no sé lo que me digo. Se lo agradezco muchísimo, en serio.
—Entonces, ¿por qué no me deja que envíe esas cartas? —se apresuró a preguntar el cabo—. ¿Puedo empezar a redactar los primeros borradores?
El capellán dejó caer la mandíbula, atónito.
—No, no —farfulló—. Ahora no.
Iracundo, el cabo Whitcomb replicó:
—Soy el mejor amigo que tiene y ni siquiera se da cuenta. —Y a continuación salió de la tienda. Volvió a entrar—. Yo estoy de su parte, pero usted no lo sabe. ¿No comprende que se ha metido en un buen lío? Ese agente del CID ha vuelto al hospital a escribir un informe sobre ese tomate que lleva usted.
—¿Qué tomate? —preguntó el capellán, parpadeando.
—Ese que llevaba escondido en la mano cuando vino. ¡Ese, ése! ¡El que todavía tiene en la mano!
El capitán abrió los dedos con sorpresa y vio que aún tenía el tomate que había cogido en el despacho del coronel Cathcart. Lo dejó rápidamente sobre la mesa.
—Me lo ha dado el coronel Cathcart —dijo, e inmediatamente cayó en la cuenta de lo ridícula que sonaba la explicación—. Se empeñó en que lo cogiera.
—No tiene por qué mentirme —replicó el cabo Whitcomb—. A mí no me importa si lo ha robado o no.
—¡Que lo he robado! —exclamó el capellán, sin salir de su asombro—. ¿Para qué iba a robar un tomate?
—Eso es lo que nos ha parecido absurdo —convino el cabo Whitcomb—. Entonces, el agente del CID se ha imaginado que debe haber escondido algún documento secreto dentro.
El capellán se derrumbó bajo el ingente peso de la desesperación.
—No he escondido ningún documento secreto dentro del tomate —se limitó a decir—. Ni siquiera quería llevármelo. Tome, se lo regalo.
—No lo quiero.
—Por favor, cójalo —le imploró el capellán en voz apenas audible—. Quiero deshacerme de él.
—No lo quiero —insistió el cabo.
Salió a grandes zancadas, enfadado, reprimiendo una sonrisa de satisfacción por haber falsificado otra importante alianza con el agente del CID y haber logrado una vez más convencer al capellán de que estaba realmente indignado.
«Pobre Whitcomb», pensó el capellán con un suspiro, y se culpó a sí mismo por el malestar de su ayudante. Se sentó, sumido en una melancolía embrutecedora, pesada, esperando expectante el regreso del cabo Whitcomb. Le decepcionó oír sus apresurados pasos perdiéndose en el silencio. No tenía deseos de hacer nada. Decidió saltarse el almuerzo y conformarse con unas chocolatinas que sacó de su armario y unos tragos de agua tibia de la cantimplora. Se sentía rodeado por densas brumas de posibilidades en las que no entreveía el menor rayo de luz. Le horrorizaba lo que pudiera pensar el coronel Cathcart cuando le llegara la noticia de que se sospechaba que era Washington Irving, e inmediatamente se obsesionó con la idea de lo que estaría pensando de él el coronel Cathcart por haber abordado el tema de las sesenta misiones. Había tanta infelicidad en el mundo, reflexionó, inclinando la cabeza con pesar, y él no podía hacer nada por nadie, y menos que nadie por sí mismo.

21
EL GENERAL DREEDLE

El coronel Cathcart no pensaba nada sobre el capellán; estaba embebido en un problema nuevo y amenazador que sólo le concernía a él: ¡Yossarian!
¡Yossarian! El mero sonido de aquel nombre feo, execrable, le helaba la sangre en las venas y le cortaba la respiración. La primera vez que el capellán lo pronunció sonó en su memoria como un gong portentoso. En cuanto la puerta se cerró, los humillantes recuerdos del hombre desnudo en posición de firmes cayeron sobre él como una cascada mortificante y asfixiante de detalles dolorosos. Se puso a sudar y a temblar. Se trataba de una coincidencia siniestra e inverosímil, de consecuencias demasiado diabólicas como para constituir un augurio espantoso. El hombre que se presentó desnudo a recibir la cruz del mérito aéreo de manos del general Dreedle aquel día también se llamaba ¡Yossarian! Y era un hombre llamado Yossarian quien amenazaba con armar jaleo con lo de las sesenta misiones que acababa de ordenar que cumplieran a los hombres de su escuadrón. El coronel Cathcart pensó lúgubremente si sería la misma persona.
Se levantó con expresión de abrumadora congoja y se puso a pasear por su despacho. Experimentaba la sensación de encontrarse en presencia de lo misterioso. El hombre desnudo en posición de firmes, reconoció con pesimismo, había supuesto una auténtica metedura de pata, al igual que el cambio de la línea de bombardeo antes de la misión de Bolonia y los siete días de retraso en la destrucción del puente de Ferrara, si bien se había apuntado un tanto al destruirlo finalmente, recordó con alegría, aunque haber perdido un avión al pasar dos veces sobre el objetivo, rememoró alicaído, había supuesto otra metedura de pata. Claro que se había apuntado otro tanto al conseguir que le concedieran una medalla al bombardero responsable de la metedura de pata por haber pasado sobre el objetivo dos veces. Se quedó estupefacto al recordar que el bombardero también se llamaba: ¡Yossarian! De modo que había tres. Sus viscosos ojos parecían querer salírsele de las órbitas, y se dio la vuelta bruscamente, asustado, para ver qué ocurría a sus espaldas. Un momento antes no había ningún Yossarian en su vida; de repente habían empezado a multiplicarse como hongos. Trató de recobrar la calma. Yossarian no era un apellido corriente; quizá no hubiera tres, sino sólo dos, o incluso uno, pero, en realidad, no existía la menor diferencia. El coronel seguía corriendo grave peligro. Su intuición le decía que se aproximaba a un inmenso e inescrutable momento de culminación cósmica, y su ancha, carnosa y voluminosa humanidad tembló de pies a cabeza ante la idea de que Yossarian, quienquiera que fuese, estaba destinado a servir de Némesis.
El coronel Cathcart no era supersticioso, pero sí creía en los presagios. Se sentó muy erguido a la mesa y escribió una críptica anotación en su cuaderno para estudiar de inmediato el sospechoso asunto de Yossarian. La escribió con pulso firme y decidido, ampliándola con una serie de signos de interrogación y admiración en código, y a continuación la subrayó dos veces, de modo que se podía leer los siguiente:

¡¡¡¡Yossarian!!! (¿?)

El coronel se echó hacia atrás una vez que hubo terminado y se sintió sumamente satisfecho de sí mismo por la resolución con que había afrontado tan siniestra crisis. Yossarian... Sólo de ver aquel nombre, se estremecía. Con tantas eses..., tenía que ser subversivo. Era como la misma palabra subversivo, como sedicioso, como insidioso, y también como socialista, sospechoso, fascista y comunista. Era un apellido odioso, extraño, desagradable, que no inspiraba confianza. No era como Cathcart, Peckem, Dreedle, apellidos norteamericanos honrados, limpios, sonoros.
El coronel Cathcart se levantó lentamente y empezó a deambular de nuevo por su despacho. Casi de forma inconsciente, cogió un tomate de uno de los cestos y le dio un voraz mordisco. Puso un gesto avinagrado inmediatamente y tiró lo que quedaba a la papelera. Al coronel no le gustaban los tomates, ni siquiera los suyos, y encima aquéllos ni siquiera eran suyos. Los había adquirido el coronel Korn en diversos mercados de Pianosa bajo diferentes identidades; después los había llevado a su granja en mitad de la noche y a la mañana siguiente se los había vendido en el Cuartel General a Milo, que los había pagado a precio de oro. El coronel Cathcart pensaba frecuentemente si lo que estaban haciendo con los tomates sería legal, pero el coronel Korn decía que sí lo era, y trataba de no preocuparse demasiado por aquello. Tampoco había modo de saber si la granja de las montañas era legal, puesto que el coronel Korn se había encargado de todo. El coronel Cathcart no sabía si era propietario o inquilino de la casa, a quién se la había comprado o alquilado, ni siquiera cuánto costaba. El coronel Korn era abogado, y si él le aseguraba que el fraude, la extorsión, la manipulación de divisas, las especulaciones en el mercado negro y la evasión de impuestos eran legales, el coronel Cathcart no se hallaba en situación de discutírselo.
Lo único que sabía el coronel Cathcart de su casa de las montañas era que la tenía y que la detestaba. Nunca se aburría tanto como cuando pasaba allí los dos o tres días necesarios para mantener la ilusión de que aquel edificio de piedra húmedo y lleno de corrientes de aire era un palacio dorado de placeres carnales. Los clubes de oficiales desbordaban de borrosos pero descriptivos relatos sobre las secretas orgías de sexo y alcohol que allí se celebraban y las noches íntimas de éxtasis con las cortesanas, actrices de cine, modelos y condesas más bellas, fascinantes, lascivas y más fáciles de satisfacer de toda Italia. Jamás se vivían tales orgías secretas de sexo y alcohol ni tales noches íntimas de éxtasis. Podrían haberse vivido si el general Dreedle o el general Peckem hubieran demostrado algún interés por participar en ellas, pero no era así y, desde luego, el coronel Cathcart no estaba dispuesto a perder el tiempo ni las fuerzas en hacer el amor con hermosas mujeres si no iba a sacar ningún provecho.
El coronel aborrecía las noches malsanas y solitarias en su granja y los días insípidos y tediosos. Se divertía mucho más en el escuadrón, avasallando a todos aquellos a los que no temía. Sin embargo, como no paraba de recordarle el coronel Korn, no tenía mucho atractivo mantener una granja en las montañas si nunca se usaba. Conducía el coche hasta allí autocompadeciéndose. Se llevaba una escopeta y se pasaba las monótonas horas disparando contra los pájaros y los tomates que crecían descuidadamente y que nadie recogía por no molestarse.
Entre los oficiales de graduación inferior a los que el coronel Cathcart aún consideraba prudente mostrar respeto se encontraban el comandante... de Coverley, a pesar de que no le apetecía y no estaba seguro de si debía hacerlo. El comandante... de Coverley constituía un gran misterio para él, al igual que para el comandante Coronel y para las demás personas que reparaban en él. El coronel Cathcart no sabía si adoptar una actitud de inferioridad o de superioridad hacia el comandante... de Coverley. Sólo era comandante, a pesar de tener muchos más años que él; pero había tantas personas que lo trataban con una admiración tan profunda y respetuosa que sospechaba que quizá supieran algo que él ignoraba. El comandante... de Coverley era una presencia siniestra e incomprensible que le ponía nervioso y con la que incluso el coronel Korn tomaba precauciones. Todos le tenían miedo, y nadie sabía por qué. Nadie conocía siquiera el nombre del comandante... de Coverley, porque nadie había tenido la temeridad de preguntárselo. El coronel Cathcart sabía que el comandante... de Coverley estaba fuera y disfrutó de su ausencia hasta que se le ocurrió que quizás estuviera en alguna parte conspirando contra él, y entonces deseó que volviera al escuadrón, donde debía estar, para poder vigilarlo.
Al cabo de un rato empezaron a dolerle las plantas de los pies de tanto pasear. Se sentó a la mesa y decidió acometer una valoración madura y sistemática de la situación militar. Con el aire grave del hombre que sabe cómo hacer las cosas, cogió un cuaderno de grandes dimensiones, trazó una línea recta en el centro y la cruzó con otra en la parte superior, dividiendo así la página en dos columnas de igual anchura. Descansó unos momentos, caviloso. Después se inclinó sobre la mesa, y escribió con letra temblona y remilgada en la cabecera de la columna de la izquierda: «¡¡¡Meteduras de pata!!!». En la parte superior de la columna de la derecha escribió: «¡¡¡¡¡Tantos que me he apuntado!!!!!». Se echó hacia atrás para inspeccionar su obra con admiración y objetividad. Al cabo de unos segundos de solemnes deliberaciones, chupó cuidadosamente la punta del lápiz y, tras varias pausas de profunda meditación, escribió lo siguiente debajo de «¡¡¡Meteduras de pata!!!»:

Ferrara

Bolonia (cambio de la línea de bombardeo en el mapa durante)

Campo de tiro al plato.

Hombre desnudo en posición de firmes (después de Aviñón).

A continuación añadió:

Envenenamiento de la comida (durante Bolonia)

y

Gemidos (epidemia de durante la sesión de instrucciones de Aviñón).

A continuación añadió:

Capellán (merodeando por el club de oficiales todas las noches).

Decidió mostrarse caritativo con el capellán, a pesar de que le caía mal, y escribió debajo de «¡¡¡¡¡Tantos que me he apuntado!!!!!»:

Capellán (merodeando por el club de oficiales todas las noches).

Por tanto, las dos entradas referentes al capellán se neutralizaban mutuamente. Junto a «Ferrara» y a «Hombre desnudo en posición de firmes (después de Aviñón)», escribió lo siguiente:

¡Yossarian!

Junto a «Bolonia (cambio de la línea de bombardeo en el mapa durante)», «Envenenamiento de la comida (durante Bolonia)» y «Gemidos (epidemia de durante la sesión de instrucciones de Aviñón)», escribió con resolución:

¿?

Las notas seguidas de signos de interrogación eran las que quería investigar de inmediato para averiguar si Yossarian había tomado parte en ellas.
De repente empezó a temblarle el brazo, y se sintió incapaz de seguir escribiendo. Se levantó aterrorizado, sintiéndose gordo y pegajoso, y se precipitó hacia la ventana abierta para aspirar una bocanada de aire fresco. Su mirada se posó en el campo de tiro al plato, y se dio la vuelta con un agudo grito de angustia, recorriendo febrilmente las paredes con la mirada como si estuvieran pobladas de Yossarian.
Nadie lo quería. El general Dreedle lo odiaba, aunque al general Peckem le caía bien, a pesar de que no podía estar seguro, ya que el coronel Cargill, ayudante del general Peckem, tenía, sin duda, sus propias ambiciones y probablemente trataría de enemistarlo con su superior a la menor oportunidad. Llegó a la conclusión de que el mejor coronel, colgado, excepto él mismo, claro. El único coronel en el que confiaba era Moodus, pero incluso él tenía un inconveniente: su suegro. Naturalmente, su mayor acierto era Milo, aunque quizá hubiera supuesto una gran metedura de pata que los aviones de éste bombardearan su escuadrón, si bien Milo acabó por acallar las protestas al declarar públicamente las gigantescas ganancias que había obtenido la cooperativa gracias a los tratos con el enemigo y convencer a todo el mundo de que, por consiguiente, haber bombardeado los propios aparatos y a los propios hombres significaba un lucrativo beneficio para la empresa privada. El coronel Cathcart se sentía un tanto inseguro con respecto a Milo porque otros coroneles estaban intentando quitarlo de en medio, y en su escuadrón seguía aquel repugnante jefe Avena Loca, quien, según el igualmente repugnante y perezoso capitán Black, era el único responsable del traslado de la línea de bombardeo durante el Gran Asedio de Bolonia. Al coronel Cathcart le caía bien el jefe Avena Loca porque le aporreaba la nariz al repugnante coronel Moodus cada vez que se emborrachaba y el coronel Moodus andaba por allí. Sintió deseos de que el jefe Avena Loca empezara a aporrearle la cara al gordo del coronel Korn. El coronel era un repugnante sabihondo. Alguien del Cuartel General de la 2.7.a Fuerza Aérea la había tomado con él y devolvía todos los informes que redactaba con una buena regañina, y el coronel Korn había sobornado a un inteligente soldado que trabajaba en correos llamado Wintergreen para que intentara averiguar quién era. Tenía que reconocer que haber perdido un avión sobre Ferrara la segunda vez que pasaron sobre el objetivo le había hecho un flaco servicio, al igual que el avión desaparecido en una nube... ¡Eso no lo había anotado! Intentó recordar, anhelante, si Yossarian había desaparecido en aquel avión y comprendió que no era posible, pues estaba organizando el lío por lo de las cinco misiones de mierda más.
Quizá sesenta misiones fueran excesivas, razonó el coronel Cathcart, si Yossarian se negaba a cumplirlas, pero entonces recordó que obligar a sus hombres a realizar más misiones que nadie era el logro más palpable que había obtenido. Como tantas veces comentaba el coronel Korn, en la guerra sobraban los comandantes de escuadrón que se limitaban a cumplir con su deber, y se requerían medidas drásticas, como obligar a sus hombres a realizar más misiones que nadie para poner de relieve sus dotes de mando. Desde luego, ninguno de los generales parecía poner reparos a lo que hacía, pero, que él supiera, tampoco estaban especialmente impresionados, circunstancia que lo inducía a sospechar que quizá sesenta misiones de combate no fueran ni mucho menos suficientes y que debía aumentar el número a setenta, ochenta, cien o incluso doscientas, trescientas o seis mil.
Sin duda se habría encontrado mucho mejor bajo el mando de alguien refinado como el general Peckem que bajo el mando de alguien tan insensible y rudo como el general Dreedle, porque aquél poseía el discernimiento, la inteligencia y la prosapia necesarios para apreciar su valía, si bien el general Peckem nunca había dado el más leve indicio de apreciar su valía. El coronel Cathcart se consideraba lo suficientemente intuitivo como para comprender que no había necesidad de señales visibles de reconocimiento entre personas sofisticadas y seguras de sí mismas, como el general Peckem y él, que podían congeniar desde lejos, con una innata comprensión mutua. Le bastaba con que estuvieran hechos de la misma pasta, y sabía que todo era cuestión de esperar pacientemente hasta el momento adecuado, aunque la autoestima del coronel Cathcart descendía al observar que el general Peckem nunca lo buscaba a propósito y que no hacía más esfuerzos por impresionarlo con sus epigramas y su erudición que a cualquiera que pudiera oírlo, aunque se tratara de simples soldados. O bien el coronel Cathcart no había encontrado el método idóneo, o el general Peckem no era aquella personalidad deslumbrante, razonable, intelectual y atrevida que pretendía ser y en realidad el sensible, encantador, brillante y sofisticado era el general Dreedle, bajo cuyo mando se encontraría mucho mejor. De repente, el coronel Cathcart ya no pudo decidir qué terreno pisaba con cada uno y apretó frenético el timbre para que viniera el coronel Korn y le asegurara que todos lo querían, que Yossarian no era más que un producto de su imaginación y que estaba realizando prodigiosos progresos en la valiente campaña destinada a ascender a general.
En realidad, el coronel Cathcart no tenía ninguna posibilidad de ascender a general. Para empezar, estaba el ex soldado de primera Wintergreen, que también aspiraba al generalato y que siempre desfiguraba, destruía, rechazaba o desviaba cualquier documento dirigido al coronel Cathcart o relacionado con él que pudiera añadirle méritos. Además, ya había otro general, el general Dreedle, quien sabía que el general Peckem andaba detrás de su puesto, pero no cómo pararle los pies.
El general Dreedle, comandante de la base, era un hombre corpulento, embotado, con forma de barril, de cincuenta y pico años. Tenía la nariz cuadrada y roja, y unos párpados blancos e hinchados que rodeaban sus ojillos grises como halos de tocino. Tenía también un yerno y una enfermera, y era muy dado a prolongados y reflexivos silencios cuando no había bebido mucho. Había desperdiciado demasiado tiempo desempeñando bien su trabajo en el ejército, y ya era demasiado tarde. Se habían coaligado nuevas fuerzas sin contar con él y no era capaz de integrarse. En momentos de distracción su semblante duro y hosco adoptaba una expresión de sombría y preocupada derrota y frustración. Bebía como un cosaco y cambiaba de humor arbitraria e imprediciblemente. «La guerra es un infierno», proclamaba en repetidas ocasiones, borracho o sobrio, y lo decía en serio, si bien eso no le impedía ganarse estupendamente la vida con ella ni meter a su yerno en el negocio, a pesar de que no paraban de pelearse.
«¡Ese hijo de puta!», se lamentaba el general Dreedle con un gruñido de desprecio ante cualquiera que se le pusiera al lado en la curva de la barra de oficiales. «Todo lo que es me lo debe a mí. ¡A mí, asqueroso hijo de puta! No tiene cabeza para desenvolverse solo.»
«Cree que lo sabe todo —replicaba el coronel Moodus ante su público desde el otro extremo de la barra—. No acepta las críticas y se niega a escuchar un consejo.»
«Lo único que sabe hacer es dar consejos —rezongaba el general Dreedle con una mueca de desdén—. Si no fuera por mí, todavía sería cabo.»
El general Dreedle siempre iba acompañado por el coronel Moodus y su enfermera, que era una auténtica monada en opinión de cuantos le ponían la vista encima. Era regordeta, baja y rubia. Tenía mofletes con hoyuelos, alegres ojos azules y el pelo rizado y peinado hacia arriba. Sonreía a todo el mundo y no hablaba a menos que se dirigieran a ella. Tenía el busto opulento y la piel clara. Era irresistible, y los hombres ponían buen cuidado en no acercarse a ella. Era deliciosa, dócil, dulce y tonta, y volvía loco a todo el mundo excepto al general Dreedle.
«Tendríais que verla desnuda —decía el general Dreedle entre risas, mientras su enfermera sonreía orgullosamente junto a su hombro—. En mi habitación de la base tiene un uniforme de seda roja tan ceñido que se le marcan los pezones como dos cerezas. Milo me trajo la tela. No le queda sitio ni para medias ni para sostén. La obligo a ponérselo algunas noches cuando anda por allí Moodus para que lo vuelva loco. —El general Dreedle soltaba una grosera carcajada—. Tendríais que ver lo que pasa dentro de esa blusa cada vez que cambia de postura. Lo pone a cien. La primera vez que lo pille con una mano encima de ella o de cualquier otra mujer voy a degradar a ese cerdo salido a cabo y a mandarlo a la cocina durante un año.»
«La obliga a estar por allí sólo para volverme loco —decía el coronel Moodus en tono acusador y afligido en el otro extremo de la barra—. En la base tiene un uniforme de seda roja tan ceñido que se le marcan los pezones como dos cerezas. No le queda sitio ni para medias ni para sostén. Tendríais que oír el rumor que hace cada vez que cambia de postura. La primera vez que le tire los tejos, a ella o a cualquier otra chica, me degradará a cabo y mandará a la cocina durante un año. Me pone a cien.»
«No se ha tirado a nadie desde que llegamos aquí —confesaba el general Dreedle, y balanceaba su cabeza cuadrada y rizosa acometido por una risa sádica—. Esa es una de las razones por las que nunca lo pierdo de vista, para que no pueda encontrar a ninguna mujer. ¿Os imagináis cómo lo está pasando ese imbécil?»
«No me he acostado con una mujer desde que llegamos aquí —se lamentaba lloroso el coronel Moodus—. ¿Os imagináis cómo lo estoy pasando?»
Cuando se enfadaba, el general Dreedle podía ser tan intransigente con todo el mundo como con el coronel Moodus. No tenía el menor tacto ni se molestaba en disimular, y su credo de militar profesional era único y conciso: estaba convencido de que los jóvenes que recibían órdenes debían estar dispuestos a dar su vida por los ideales, las aspiraciones y las idiosincrasias de los viejos que dictaban dichas órdenes. Los oficiales y soldados bajo su mando poseían identidad sólo como cantidades militares. Lo único que les exigía era que cumplieran con su deber; aparte de eso, eran libres de hacer lo que se les antojara. Eran libres, como el coronel Cathcart, de obligar a sus hombres a cumplir sesenta misiones si así lo deseaban, y eran libres, como en el caso de Yossarian, de presentarse desnudos a pasar revista, aunque la granítica mandíbula del general Dreedle se abrió de par en par y avanzó con aire dictatorial hacia la fila para asegurarse de que había un hombre vestido únicamente con mocasines, en posición de firmes, esperando a que él le impusiera una medalla. El general Dreedle se quedó sin habla. El coronel Cathcart estuvo a punto de desmayarse al ver a Yossarian, y el coronel Korn se acercó a él y lo agarró del brazo con fuerza. El silencio resultaba grotesco. Desde la playa soplaba un viento cálido, y de repente apareció una vieja carreta llena de paja sucia traqueteando por la carretera, tirada por un burro negro. Llevaba las riendas un campesino con sombrero ondeante y gastadas ropas de faena que no prestó la menor atención a la solemne ceremonia militar que se desarrollaba en el pequeño terreno que había a su derecha.
Finalmente, el general Dreedle habló.
—Vuelva al coche —le ordenó por encima del hombro a su enfermera, que lo había seguido hasta allí.
La mujer se encaminó sonriente hacia el coche marrón, que estaba estacionado a unos veinte metros, al borde del claro rectangular. El general Dreedle esperó en austero silencio hasta que la puerta del coche se cerró de golpe y entonces preguntó:
—¿Quién es ese hombre?
El coronel Moodus consultó la lista.
—Es Yossarian, papá. Le han concedido la cruz al mérito aéreo.
—¡Pues vaya! —murmuró el general Dreedle, y su rubicunda cara monolítica se suavizó, distendida en una sonrisa—. ¿Por qué no está vestido, Yossarian?
—Porque no quiero.
—¿Cómo que no quiere? ¿Por qué demonios no quiere?
—Porque no, señor.
—¿Por qué no está vestido? —le preguntó el general Dreedle al coronel Cathcart por encima del hombro.
—Le está hablando —le susurró el coronel Korn al coronel Cathcart por encima del hombro de éste desde detrás, clavándole al mismo tiempo un codo en la espalda.
—¿Por qué no está vestido? —le preguntó el coronel Cathcart al coronel Korn con expresión de agudo dolor, acariciándose tiernamente la parte en la que el coronel Korn acababa de darle un codazo.
—¿Por qué no está vestido? —les preguntó el coronel Korn al capitán Pilchard y al capitán Wren.
—La semana pasada mataron a un hombre en su avión mientras sobrevolaban Aviñón y se desangró encima de él —explicó el capitán Wren—. Jura que no piensa volver a ponerse un uniforme.
—La semana pasado mataron a un hombre en su avión mientras sobrevolaban Aviñón y se desangró encima de él —le comunicó el coronel Korn al general Dreedle—. Todavía no le han devuelto el uniforme de la lavandería.
—¿Y dónde tiene los demás uniformes?
—También están en la lavandería.
—¿Y la ropa interior? —preguntó el general Dreedle.
—Toda su ropa interior también está en la lavandería —contestó el coronel Korn.
—Me suena a cuento chino —declaró el general Dreedle.
—Es un cuento chino, señor —convino Yossarian.
—No se preocupe, señor —intervino el coronel Cathcart dirigiendo una mirada amenazadora a Yossarian—. Le doy mi palabra de honor de que este hombre será severamente castigado.
—¿Y a mí qué demonios me importa si se lo castiga o no? —replicó el general Dreedle, tan sorprendido como irritado—. Ha ganado una medalla. Si quiere que se la impongan desnudo, usted no tiene por qué meterse.
—¡Eso es exactamente lo mismo que yo pienso, señor! —exclamó el coronel Cathcart con rotundo entusiasmo, y se enjugó la frente con un pañuelo blanco y húmedo—. Pero ¿diría lo mismo si tuviéramos en cuenta el reciente memorándum del general Peckem sobre el tema de la vestimenta militar adecuada en las zonas de combate?
—¿Peckem?
El rostro del general Dreedle se ensombreció.
—Sí, señor, señor —respondió el coronel Cathcart en tono servicial—. El general Peckem incluso recomienda que enviemos a los hombres a luchar con uniforme de gala para que causen mejor impresión al enemigo cuando los derriben.
—¿Peckem? —repitió el general Dreedle, aún atónito—. ¿Y qué demonios tiene que ver Peckem con esto?
El coronel Korn volvió a propinarle un fuerte codazo al coronel Cathcart en la espalda.
—¡Absolutamente nada, señor! —contestó el coronel Cathcart con mucho miramiento, haciendo una mueca de dolor y frotándose la espalda en el punto en el que el coronel Korn le había propinado otro codazo—. Y por eso yo he decidido no emprender acción alguna al respecto hasta que se me presentara la oportunidad de discutir el tema con usted. Entonces, no debemos hacerle el menor caso, ¿verdad, señor?
El general Dreedle no le hizo el menor caso al coronel Cathcart; le volvió la espalda con evidente desdén y le entregó a Yossarian el estuche con la medalla dentro.
—Mándame a la chica —le ordenó en tono rezongón al coronel Moodus, y se quedó esperando con la cabeza gacha y el ceño fruncido hasta que su enfermera se reunió con él.
—Envíe recado al despacho ahora mismo para que destruyan las instrucciones que he sacado esta mañana ordenando que los hombres lleven corbata en las misiones de combate —le susurró el coronel Cathcart al coronel Korn en tono perentorio y torciendo la boca.
—Ya le dije que no era conveniente —replicó el coronel Korn, riendo entre dientes—, pero nunca me hace caso.
—¡Chist! —le previno el coronel Cathcart—. Maldita sea, Korn, ¿qué me ha hecho en la espalda?
El coronel Korn volvió a reírse entre dientes.
La enfermera del general Dreedle lo seguía a todas partes, incluso a la sala de instrucciones el día de la misión de Aviñón; se situó junto al estrado con su estúpida sonrisa, floreciente como un fértil oasis con su uniforme rosa y verde detrás del general Dreedle. Yossarian la miró y se enamoró de ella perdidamente. Se le cayó el alma a los pies, y se quedó vacío por dentro, petrificado, en muda contemplación de aquellos gruesos labios rojos y aquellas mejillas con hoyuelos mientras escuchaba al comandante Danby, que describía con ronroneo monótono, didáctico y masculino las fuertes concentraciones de artillería antiaérea que los esperaban en Aviñón, y de repente, gimió, desesperado, al pensar que quizá no volviera a ver a la encantadora mujer con la que jamás había cruzado una sola palabra y a la que amaba con tal frenesí. Le dolía y le vibraba el cuerpo de pena, miedo y deseo al mirarla; era tan guapa... Adoraba el suelo que ella pisaba. Se pasó la estropajosa lengua por los labios resecos y sedientos y volvió a gemir, esta vez lo bastante alto como para atraer las miradas de los hombres que estaban sentados a su alrededor en las filas de bancos de madera basta, con sus monos de color chocolate y los blancos arneses de los paracaídas.
Nately se volvió rápidamente hacia él, espantado.
—¿Qué pasa? —susurró—. ¿Qué te ocurre?
Yossarian no lo oyó. La lujuria lo atenazaba y el pesar lo hipnotizaba. La enfermera del general Dreedle era sólo un poquito regordeta, y los sentidos de Yossarian estaban inflamados y congestionados con su radiante cabellera rubia, con la presión redonda, no experimentada, de sus pechos núbiles que abultaban la camisa rosa del ejército desabrochada en el cuello y los pliegues maduros y triangulares que formaban su vientre y sus muslos embutidos en los pantalones verdes de oficial, ceñidos y resbaladizos. La devoró insaciable, desde la cabeza hasta las pintadas uñas de los pies. No quería perderla. «¡Aaaaaay!», volvió a gemir, y en esta ocasión la sala entera se agitó con aquel aullido lastimero y penetrante. Se desencadenó una oleada de sorpresa y malestar entre los oficiales, e incluso el comandante Danby, que había empezado a sincronizar los relojes, se distrajo momentáneamente mientras contaba los segundos y estuvo a punto de tener que empezar de nuevo. Nately siguió con los ojos la extática mirada de Yossarian hasta el otro extremo del auditorio y se topó con la enfermera del general Dreedle. Palideció, horrorizado, al adivinar qué le pasaba por la cabeza.
—Estate quieto, ¿vale? —le conminó con vehemencia.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaay! —gimió Yossarian por cuarta vez, con tal fuerza que todos lo oyeron con claridad.
—¿Te has vuelto loco? —susurró Nately furioso—. Vas a meterte en un buen lío.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaay! —contestó Dunbar desde el otro extremo de la habitación.
Nately reconoció la voz de Dunbar. La situación empezaba a desmandarse, y se volvió emitiendo un leve gemido. «¡Ay!»
—¡Aaaaaaaaaaaaaay! —gimió Dunbar a modo de respuesta.
—¡Aaaaaaaaaaaaaay! —gimió Nately muy fuerte, exasperado al darse cuenta de que acababa de gemir.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaay! —le contestó Dunbar.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaay! —gimió alguien distinto en otra zona de la sala, y a Nately se le pusieron los pelos de punta.
Yossarian y Dunbar contestaron mientras Nately se encogía y buscaba en vano un agujero en el que esconderse con Yossarian. Unos cuantos trataban de contener la risa. Un impulso travieso se apoderó de Nately y gimió a propósito en cuanto hubo una pausa. Le contestó otra voz distinta. La sombra de la desobediencia se extendía por la sala, y Nately volvió a gemir a propósito en la primera ocasión que se le presentó. Otra voz distinta le contestó como un eco. La habitación se convirtió en un manicomio. Se alzó un extraño rumor de voces. Los oficiales restregaban los pies y dejaban caer cosas al suelo: lápices, calculadoras, estuches de mapas, retumbantes cascos de acero. Unos cuantos hombres que no gemían se reían abiertamente, y quién sabe hasta dónde habría llegado aquella improvisada rebelión de gemidos si no la hubiera reprimido el general Dreedle, que se colocó resueltamente en el estrado frente al comandante Danby, quien, porfiadamente, con la cabeza baja, seguía concentrado en su reloj, contando «... veinticinco segundos... veinte... quince...». La cara roja y dominante del general Dreedle estaba contraída por la perplejidad, y una firme decisión tallaba sus rasgos como en madera de roble.
—Eso es todo, muchachos —ordenó secamente, los ojos destellantes de furia y la cuadrada mandíbula apretada. Y, efectivamente, eso fue todo—. Dirijo una unidad de combate —añadió con gravedad, cuando la habitación se quedó en completo silencio y los hombres sentados en los bancos se acobardaron—, y no consentiré más gemidos mientras yo esté al mando. ¿Queda claro?
Quedó claro para todo el mundo salvo para el comandante Danby, concentrado en su reloj contando los segundos en voz alta.
—¡... cuatro... tres... dos... uno... cero! —gritó, y al alzar los ojos con expresión triunfal descubrió que nadie le había prestado atención y que tenía que empezar otra vez—. ¡Ay! gimió, frustrado.
—¿Qué ha sido eso? —bramó el general Dreedle con incredulidad al tiempo que se volvía con rabia asesina hacia el comandante
Danby, que retrocedió trastabillando, confuso y aterrorizado, y se puso a temblar y a sudar—. ¿Quién es ese hombre?
—El... el comandante Danby, señor —tartamudeó el coronel Cathcart—. El oficial de operaciones.
—Sáquenlo de aquí y fusílenlo —ordenó el general Dreedle.
—¿Cómo... cómo dice, señor?
—He dicho que lo saquen de aquí y lo fusilen. ¿No me ha oído?
—Sí, señor —se apresuró a responder el coronel Cathcart, tragando saliva con fuerza; a continuación se volvió hacia su conductor y su meteorólogo—. Saquen de aquí al comandante Danby y fusílenlo.
—¿Co... cómo dice, señor? —tartamudearon el conductor y el meteorólogo.
—He dicho que saquen de aquí al comandante Danby y lo fusilen —les espetó el coronel Cathcart—. ¿No me han oído?
Los dos jóvenes tenientes asintieron bobaliconamente e intercambiaron una fláccida mirada de estupor, resistiéndose y esperando cada uno a que el otro tomara la iniciativa de sacar de allí al comandante Danby y fusilarlo. Ninguno de los dos había sacado de allí al comandante Danby ni lo había fusilado hasta entonces. Se dirigieron lentamente, dubitativos, hacia el comandante, que se había puesto blanco de miedo. De repente se le doblaron las piernas y estuvo a punto de desplomarse, pero los dos jóvenes tenientes se abalanzaron sobre él y lo sujetaron por ambos brazos. En cuanto tuvieron en su poder al comandante Danby, lo demás parecía sencillo, pero no había fusiles. El comandante Danby se echó a llorar. El coronel Cathcart sintió deseos de correr a su lado para consolarlo, pero no quería pasar por mariquita delante del general Dreedle. Recordó que Appleby y Havermeyer siempre llevaban sus automáticas del 45 a las misiones y recorrió con la mirada las filas de hombres en su busca.
Cuando el comandante Danby se echó a llorar, el coronel Moodus, que se había mantenido al margen, agitándose inquieto, no pudo contenerse y se acercó tímidamente al general Dreedle con un enfermizo aire de autosacrificio.
—Creo que deberías esperar un poco, papá —le sugirió vacilante—. Creo que no puedes fusilarlo.
Al general Dreedle lo encolerizó su intervención.
—¿Eso quién demonios lo dice? —vociferó en un tono tan alto que el edificio entero retembló. El coronel Moodus, sonrojado y avergonzado, se inclinó para susurrarle algo al oído—. ¿Y por qué demonios no puedo? —aulló el general Dreedle. El coronel Moodus volvió a susurrarle algo—. ¿Quieres decir que no puedo fusilar a quien me venga en gana? —preguntó el general Dreedle, indignado—. Prestó oídos, muy interesado, y el coronel Moodus siguió susurrando—. ¿Estás seguro? —preguntó, dejando que la curiosidad venciera a la ira.
—Sí, papá. Me temo que sí.
—Supongo que te creerás muy listo, ¿verdad? —le soltó el general Dreedle a su yerno.
El coronel Moodus volvió a ponerse del color de la grana.
—No, papá, no es...
—¡Muy bien, que se marche ese insubordinado hijo de puta! —gritó el general Dreedle, dándole la espalda bruscamente a su yerno y bramando órdenes al conductor y al meteorólogo del coronel Cathcart—. Pero que lo saquen de este edificio y que no vuelva a entrar.
Y vamos a continuar la sesión de instrucciones antes de que acabe la guerra. ¡En mi vida había visto tanta incompetencia!
El coronel Cathcart asintió débilmente e indicó por señas a sus hombres que sacaran de la sala al comandante Danby. En cuanto lo hubieron sacado, descubrieron que no había nadie que pudiera continuar la sesión. Todos se miraron consternados. El general Dreedle se puso rojo de ira al ver que no ocurría nada. El coronel Cathcart no sabía qué hacer. Estaba a punto de emitir un gemido cuando el coronel Korn acudió en su ayuda y se hizo con la situación. El coronel Cathcart soltó un enorme suspiro de alivio, desbordante de gratitud.
—Y ahora, muchachos, vamos a sincronizar los relojes —dijo el coronel Korn con actitud decidida, girando los ojos nerviosamente hacia el general Dreedle—. Vamos a realizar esta operación una sola vez, y si no sale bien desde el principio, el general Dreedle y yo vamos a pedir explicaciones. ¿Está claro? —Volvió a mirar al general Dreedle para comprobar si había logrado el efecto deseado—. Ahora, pongan los relojes a las nueve y dieciocho minutos.
El coronel Korn sincronizó los relojes sin la menor dificultad y continuó muy confiado. Dio a los hombres los colores del día y repasó las condiciones atmosféricas con deslumbrante agilidad, lanzando afectadas miradas de soslayo al general Dreedle para cobrar ánimos ante la excelente impresión que estaba causando. Con creciente ímpetu, recorrió el estrado muy ufano, pavoneándose; volvió a dar los colores del día e inició una vibrante charla sobre la importancia del puente de Aviñón en el plan general de la guerra y la obligación de todos los hombres de anteponer el amor a la patria al amor a la vida. Una vez concluida la inspirada disertación, volvió a dar los colores del día, subrayó el ángulo por el que debían aproximarse al objetivo y revisó de nuevo las condiciones atmosféricas. El coronel Korn se sentía en la gloria. Él sí que había puesto de relieve sus dotes de mando.
El coronel Cathcart empezó a comprenderlo poco a poco, y se quedó estupefacto ante la evidencia. Se le puso la cara larga al contemplar, envidioso, la traición del coronel Korn, y casi tuvo miedo de escuchar cuando el general Dreedle se acercó a él y le susurró con un vozarrón que habría podido oírse en toda la sala:
—¿Quién es ese hombre?
El coronel Cathcart contestó, lívido, presintiendo el desastre, y el general Dreedle se cubrió la boca con la mano y susurró algo, ante lo que el rostro del coronel Cathcart emitió destellos de inmensa alegría. El coronel Korn lo vio y se estremeció, arrobado. ¿Acabaría de ascenderlo a coronel el general Dreedle? No podía soportar la incertidumbre. Con un golpe maestro puso fin a la sesión de instrucciones y se dio la vuelta, expectante, para recibir las ardientes felicitaciones del general Dreedle, que ya iba camino de la puerta sin mirar hacia atrás, con su enfermera y el coronel Moodus a la zaga. El coronel Korn se quedó pasmado ante la decepcionante escena, pero sólo un instante. Sus ojos recayeron sobre el coronel Cathcart, que seguía muy erguido, en trance. Se precipitó hacia él, desbordante de júbilo, y le tiró de la manga.
—¿Qué le ha dicho de mí? —preguntó nervioso, regodeándose orgullosamente por anticipado—. ¿Qué ha dicho el general Dreedle?
—Quería saber quién era.
—Eso ya lo sé, pero ¿qué ha dicho? ¿Qué ha dicho de mí?
—Que le da usted asco.