VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Garcia Hortelano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Garcia Hortelano. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de agosto de 2014

El Último Amor (Juan Garcia Hortelano)


Que haya acabado marchándose, ahora que, por fin, se ha ido y quiero confiar, con toda mi alma, que jamás volverá, ¿arregla mucho las cosas? Aunque ya me he encargado yo de que no olvidase ni uno de sus pañuelos, parece al mismo tiempo como si no hubiese desaparecido completamente. Y es que, al recuperar todo su normalidad, nada va a ser igual que antes, la normalidad nos la ha dejado infectada, apestando a terror, la casa plagada de semillas de malos sueños. Ganas me vienen de arrancar los cables del teléfono, del timbre, hasta de abandonar la casa, incluso la ciudad, por si vuelve. Ellos, desde luego, ya conocen mi propósito de salir volando escaleras abajo, en bata, con los rulos en la cabeza, desnuda si regresa estando yo en el baño, dispuesta a no ceder así me hinchen a bofetadas, me amenace con el divorcio o me encierren en un asilo de viejas. No es un capricho, ni siquiera una opinión; es el miedo, que no me permitiría ni echarme un abrigo por los hombros, antes de escapar disparada. Benedetto sabe, además, que sería la definitiva entre él y yo.
Pero se ha marchado. Después de fregar, barrer, restregar, lavar, pulir, hasta purgar diría yo, con tanto ahínco como repugnancia, voy a dejar abierta la ventana de su habitación dos días y dos noches. Benedetto se reía hace un rato, mirando cómo me afanaba, resudada, a la velocidad del vértigo, rabiosa, y luego ha repetido, aliviado él también, que nunca, nunca, que jamás le tendremos otra vez de huésped. Y entonces he pegado el estallido.

Nunca La Tuve Tan Cerca (Juan Garcia Hortelano)


Hay coincidencias que se cuentan y no se creen. Porque estaba yo, desde que había despertado de la siesta, pensando —todo lo que me permitía la acidez de estómago— que mi situación la arreglaba únicamente un terremoto, la guerra, una epidemia o el suicidio, cuando oigo sonar el timbre, me levanto, voy, abro, entra Pascual y en el mismo vestíbulo me anuncia:
—Se acaba de declarar la guerra.
—¿Contra los antiguos revolucionarios?
—Sí, claro.
O sea, que se trataba de un asunto mollar. Por vez primera en los últimos cinco años dirigí la palabra a mi mujer:
—Suzy, trae café y coñac. Que no sea de recuelo el café.
Pascual, colgado del teléfono y enmarañado en sus propios aspavientos, le ordenaba a Hertha se presentase de inmediato, y ya Suzy traía la cafetera, la botella, las copas, las tazas, y olvidaba —como siempre— el azucarero.

Un Crimen (Juan Garcia Hortelano)


A finales de aquel verano (durante el que, como declaró luego —en noviembre, nada más morir Franco—, había visto incendiarse los cielos premonitoriamente) estaba bastante desquiciado. Aunque ninguno de los dos salimos de Madrid, no nos vimos, ya que, cuando le telefoneaba para cenar juntos, Diego siempre tenía comprometida esa noche y las restantes de la semana. Amigos comunes me confirmaron que, además de trabajar mucho, se había enredado en una frenética actividad social. Ultimaba una exposición de obra inédita, andaba rodeado de discípulos y de admiradores, frecuentaba periodistas, mantenía una bulliciosa aventura con una bullanguera hija de banquero, apenas le daba respiro a la ansiedad. Desde siempre, Diego había sido el mejor agente publicitario de sus cuadros y el más hábil escultor de su figura pública, por lo que no era de extrañar, pero sí de temer, que, con el inicio de la cuarentena, se le hubiese exacerbado su obsesa necesidad de notoriedad.

Carne De Chocolate (Juan Garcia Hortelano)


Como tenía todo el día para pensar —y pensar me adormilaba—, luego, por las noches, dormía como un muerto, sin sueños. Pero algunas madrugadas me despertaban las sirenas y el ruido de los aviones, porque aquella parte de la ciudad, a diferencia del barrio de los abuelos, no había sido declarada zona libre de bombardeos. Oyese o no el estallido de las bombas, los cañonazos, el fragor de los derrumbamientos, algún apagado clamor de voces aterrorizadas, tenía que continuar a obscuras, sin poder recurrir a las novelas de Elena Fortún o de Salgari (las de Verne, a causa de su encuadernación, no me habían permitido sacarlas de casa de los abuelos), sin poder jugar una partida de damas contra mí mismo, sin la posibilidad siquiera de aburrirme con la baraja haciendo solitarios o rascacielos de' dólmenes. Cuando no resistía más, me tiraba de la cama y escrutaba las tinieblas del cielo y del patio. Entonces, durante aquellas ocasiones en que me negaba tan eficazmente al miedo que llegaba a olvidarlo, me refugiaba en los recuerdos y pronto, aunque cada vez más despierto, era como si estuviese soñando. Veía a Concha, sus brazos, sus hombros, sus piernas y su rostro, tostados al sol de la terraza desde el principio de aquel verano que ya acababa y que, según repetían los tíos y la tía abuela Dominica, iba a ser el último de la guerra.

Gigantes De La Música (Juan Garcia Hortelano)


A veces salía de la bañera y se sentaba al piano. Había convertido el cuarto de baño pequeño en su refugio privado y sólo las noches en que el bombardeo duraba más de lo habitual se  decidía a bajar al sótano. Con arreglo a cálculos de balística (que inventaba conforme los  explicaba, igual que inventó la mitología ramplona sobre la que asentó su vida), el cuarto de baño  pequeño era la única habitación de la casa a la que no podía alcanzar ningún proyectil. En  consecuencia, hasta que a principios del 39 se pasó por unas alcantarillas de la Moncloa, el tío  Juan Gabriel soportó toda la guerra dentro de la bañera, salvo cuando salía a recorrer los  pasillos, para hacer piernas, y a veces, para hacer dedos, se sentaba al piano.