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domingo, 13 de diciembre de 2015

La jangada · Huit cents lieues sur l’Amazone (Français) (Jules Verne)

La jangada
Huit cents lieues sur l’Amazone
Jules Verne

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viernes, 11 de diciembre de 2015

The Adventures Of A Special Correspondent (English) (Jules Verne)

THE ADVENTURES OF A SPECIAL CORRESPONDENT
AMONG THE VARIOUS RACES AND COUNTRIES OF CENTRAL ASIA
BEING THE EXPLOITS AND EXPERIENCES OF CLAUDIUS BOMBARNAC OF "THE TWENTIETH CENTURY"
 Jules Verne

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lunes, 22 de diciembre de 2014

Don Lorenzo Tostado (Juan Valera)

Don Lorenzo Tostado
Juan Valera

I
     Dos veces a la semana, jueves y domingos, abría sus salones el señor don Lorenzo Tostado y tenía tertulia en su magnífica casa de cierto lugar de la provincia de Córdoba, cuyo verdadero nombre me conviene encubrir, llamándole Villaverde. Las personas más pudientes y encopetadas acudían allí a solazarse. Había dos y hasta tres mesas de tresillo, billar y periódicos para los hombres más políticos, graves y maduros. Las viejas solían entretenerse jugando a la lotería. Y la gente joven, caballeretes y señoritas, ya hacían juegos de prendas, ya bailaban, y siempre charlaban, reían y se divertían. Ni faltaba, en ocasiones, quien cantase al piano algo serio y difícil de óperas italianas, ni quien, rasgueando y punteando magistralmente la guitarra, entonase la caña, las malagueñas, la jota o cantar es nuevos tomados de las más aplaudidas zarzuelas.

lunes, 7 de julio de 2014

Por No Perder El Respeto (Juan Valera)


La señora Nicolasa, viuda del herrador, recibió una carta en que le participaban la imprevista y repentina muerte de su tío, el más rico tabernero de Córdoba. Convenía ir allí sin tardanza a recoger la herencia, antes que los entrantes y salientes de la casa lo hiciesen todo trizas y capirotes.
Resuelta y activa, la viuda se puso el mantón y sin perder tiempo se fue a ver al tío Blas, el cosario, para que la llevase a la antigua capital de los califas.
-Oiga usté, señá Nicolasa, yo estoy mal de salud, he tenido ciciones y aún no me he repuesto. Hasta dentro de siete u ocho días no pienso salir para Córdoba.
-Mucho me contraría lo que usted me dice -respondió la viuda. -¿Cómo me las compondré? Yo necesito ir a Córdoba inmediatamente.
-Ya usted sabe -replicó el tío Blas- que yo quiero complacerla siempre. Hay un medio de que mañana mismo, antes de rayar el alba, se ponga usted en camino. Puedo dar a usted dos mulos muy mansos y que andan mucho y una persona de toda mi confianza para que la acompañe.
-¿Y quién es esa persona?
-Pues mi nieto Blasillo.
-¡Jesús, María y José! ¿Qué no dirían las malas lenguas del lugar si yo me fuese sola por esos andurriales con un mozuelo de veinte años a lo más, y que, si mal no he reparado, es guapote y atrevido?
-Deje usté que digan lo que quieran, señá Nicolasa. ¿Quién está libre de malas lenguas y de testigos
falsos? Hasta de Dios dijeron. Y por otra parte, créame usté, mi niño es un alma de Dios, mejor que el pan, incapaz de cualquier desacato. Con él irá usted más segura que con un padre capuchino.
La viuda estaba decidida a ir a Córdoba y pasó por todo.

domingo, 6 de julio de 2014

Bondad De La Plegaria (Juan Valera)


El boticario del lugar era un filósofo racionalista y descreído. Apenas había acto piadoso que él no
condenase como superstición o ridícula impertinencia. Contra lo que más declamaba, era contra el rezo en que se pide a Dios o a los santos que hagan alguna cosa para cumplir nuestro deseo. La censura del boticario subía de punto cuando trataba de plegarias que iban acompañadas de promesas.
Según es costumbre en los lugares, en la trastienda de nuestro boticario filósofo había tertulia diaria. Allí se jugaba al tresillo, a la malilla y al tute, se leían los periódicos y se hablaba de religión, de política y de cuanto hay que hablar.
El señor cura asistía también en aquella tertulia, pero esto no refrenaba el prurito de impiedad del
boticario, sino que le excitaba más en sus disertaciones, a fin de que el señor cura se lanzase a la palestra y disputase con él.
El señor cura distaba no poco de ser muy profundo en teología, y cuando no se preparaba
escribiendo de antemano lo que había de decir, como escribía los sermones, era mucho menos elocuente que el boticario, pero le aventajaba en dos excelentes cualidades: tenía fe vivísima y gran dosis de sentido común para resolver cuanto la fe no resuelve.

A Quién Debe Darse Crédito (Juan Valera)


Llamaron a la puerta. El mismo tío Pedro salió a abrir y se encontró cara a cara con su compadre
Vicentico.
Buenos días, compadre. ¿Qué buen viento le trae a usted por aquí? ¿Qué se le ofrece a usted?
-Pues nada... confío en su amistad de usted... y espero...
-Desembuche usted, compadre.
-La verdad, yo he podado los olivos, tengo en mi olivar lo menos cinco cargas de leña que quiero traerme a casa y vengo a que me empreste usted su burro.
-¡Cuánto lo siento, compadre! Parece que el demonio lo hace. ¡Qué maldita casualidad! Esta mañana se fue mi chico a Córdoba, caballero en el burro. Si no fuera por esto podría usted contar con el burro como si fuese suyo propio. Pero, qué diablos, el burro estará ya lo menos a cuatro leguas de aquí.
El pícaro del burro, que estaba en la caballeriza, se puso entonces a rebuznar con grandes bríos.
El que le pedía prestado dijo con enojo:
-No creía yo, tío Pedro, que usted fuese tan cicatero que para no hacerme este pequeño servicio, se valiese de un engaño. El burro está en casa.
-Oiga usted, replicó el tío Pedro. Quien aquí debe enojarse soy yo.
-¿Y por qué el enojo?
-Porque usted me quita el crédito y se lo da al burro.

De Los Escarmentados Nacen Los Avisados (Juan Valera)


Era D. Calixto un caballerete cordobés, gracioso, bien plantado y con algunos bienes de fortuna.
Muchas mocitas solteras de Sevilla, donde él estaba estudiando, se afanaban por ganar su voluntad y conquistarle para marido; pero la empresa era harto difícil.
Don Calixto, y no sin fundamento, pasaba por un desaforado mariposón, seductor y picaruelo. Iba
revoloteando siempre de muchacha en muchacha, como las abejas y las mariposas revolotean de flor en flor, liban la miel y sólo por breves instantes se posan en algunas.
La linda señorita D.ª Eufemia tuvo más maña y arte que otras y logró hacer en el corazón de nuestro héroe la herida amorosa más profunda que hasta entonces había traspasado sus entretelas llegando a lo más vivo.
Él, sin embargo, como travieso que era, si bien ponderaba a la niña su mucho amor y le pedía y aun le suplicaba que de aquel mal le curase, siempre hablaba de la cura, pero no del cura.
Acudía a hablar por la reja con la señorita doña Eufemia; le aseguraba que tenía por culpa de ella, en su lastimado pecho, no uno sino media docena de volcanes en erupción; le rogaba que apagase sus incendios y que mitigase sus estragos, y lo que es de casamiento no decía ni daba jamás palabra.

La Virgen y El Niño Jesús (Juan Valera)


Paquita no era fea ni tonta. Pasaba en el lugar por muy despejada y graciosa; pero, como era pobre, no hallaba hidalgo que con ella quisiera casarse, y como se jactaba de bien nacida no se allanaba a tomar por marido a ningún pelafustán o destripaterrones. Paquita, en suma, llegó a los treinta años todavía soltera.

El Padre Postas (JUan Valera)


El Padre Postas fue un capuchino famoso por sus predicaciones.
Las anécdotas y graciosos dichos que de él se refieren, son innumerables.
Le apellidaban el Padre Postas porque, cuando se entusiasmaba en sus sermones y quería ponderar la violencia y rapidez con que los demonios se llevan al infierno a los pecadores empedernidos, decía, ya que entonces no había aún ferrocarriles, que se los llevan en postas, y para explicarlo mejor, montaba a caballo en la delantera del púlpito, agitaba el cordón que ceñía sus hábitos como si fuese un látigo y le crujía y daba golpes diciendo: «arre, arre.»

sábado, 5 de julio de 2014

La Confesión Reiterada (Juan Valera)


Estaba un día el Padre Jacinto en el confesonario. Había oído ya los pecados de once o doce penitentes, les había dado la absolución, se encontraba fatigadísimo e iba a levantarse, cuando acudió a la rejilla una mujer muy guapa, pulcra y elegantemente vestida y al parecer de poco más de treinta años.
Desde luego el Padre la halló simpática, y, movido su corazón por la simpatía, no quiso negarse a
escucharla.
La dama, hasta entonces no conocida del Padre, le dijo que permanecía soltera y que vivía con su anciana madre viuda, a quien amaba en extremo y se esmeraba en cuidar.
Eran madre e hija señoras principales pero pobres, y vivían con recogimiento y en cierta estrechez
decorosa.
Todos los pegadillas que la dama confesó al Padre eran tan leves y veniales, y le fueron confesados por ellas con tal candor y con gracia tan inocente, que el Padre, en el fondo de su alma, hubo de calificarla no sólo de graciosa y discreta, sino de casi santa. Creyó, pues, inútil el trabajo que ella se había tomado en decir su confesión y el que se tomaba él en oírla. Aprobó, no obstante, y celebró aquel trabajo, hallándole grato y ameno.

Los Emigrantes (Juan Valera)


El barco de vapor había tocado en varios puertos de España citando abandonó definitivamente la
península dirigiéndose a Buenos Aires. El patrón, ya en alta mar, hizo que se presentasen sobre cubierta los numerosos emigrantes de diversas provincias, contratados y enganchados por él para que fuesen a fundar una colonia en la República Argentina.
Al pasar aquella revista, era su intento confirmar los datos que ya tenía y formar uno a modo de
empadronamiento, inscribiendo en él los nombres y apellidos de los colonos que llevaba y los oficios y menesteres a los que cada cual pensaba y podía dedicarse. Fue, pues, preguntando sucesivamente a todos.
Uno decía que iba de carpintero; otro, de herrador; de zapatero, otro; de albañiles, seis o siete; tres o cuatro, de sastre, y muchísimos, de jornaleros para las faenas del campo.
Apoyado contra el quicio de la puerta de la cámara de popa estaba un mozo andaluz, alto, fornido, de grandes y negros ojos, de espesas patillas, negras también, y de muy gallarda presencia. Iba vestido con primor y aseo, con el traje popular de su tierra; pero su porte era tan majestuoso y era tan reposado y digno su aspecto, que, más que trabajador emigrante, parecía príncipe disfrazado.
Con gran curiosidad de saber a qué oficio se dedicaría aquel Gerineldos, el patrón se acercó a él y empezó el interrogatorio:
-¿Cómo se llama usted, amigo?- le preguntó.
Y contestó el mozo andaluz:
-Para servir a Dios y a usted, yo me llamo Narciso Delicado, alias Poca-pena.
-Y ¿de qué va usted a Buenos Aires?
-Pues toma... ¿de qué he de ir? De poblador.
El patrón le miró sonriendo con benevolencia y no pudo menos de reconocer en su traza que el hombre había de ser muy a propósito para tan buen oficio.

Extraña Manutención Militar (Juan Valera)


Durante la primera guerra civil entre isabelinos y carlistas, militaba en favor de los isabelinos una legión portuguesa, al mando de un general valeroso y grave.
Ocurrió que los vecinos de un lugar acudieron al general español, quejándose de que los soldados que estaban a sus órdenes les habían robado y se habían comido muchas docenas de gallinas. Los soldados españoles, a fin de disculparse de aquella falta que su general les echaba en cara, afirmaron que los portugueses eran quienes la habían cometido.
Habló de esto el general español al general portugués, el cual defendió con mucho calor a sus
subordinados y echó la culpa a los españoles del latrocinio y de la glotonería.
El general español persistió, no obstante, en defender a los suyos y en culpar a los portugueses, resultando de aquí una discusión harto vehemente.
Por último, el general portugués lleno de indignación, y furia, afirmó hasta la imposibilidad de que
sus terribles soldados, tan virtuosos como sobrios y sufridos, robasen gallinas y mucho menos se las
comieran:
-Os portuguezes -exclamó para terminar- nao comen gallinas: os portuguezes comen serpentes,
trementina... e merda!

Milagro De La Dialéctica (Juan Valera)


De vuelta a su lugar cierto joven estudiante muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más
aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua que había en un plato escondió uno con ligereza. Luego preguntó a su padre:
-¿Cuántos huevos hay en el plato?
El padre contestó:
-Uno.
El estudiante puso en el plato el otro que tenía en la mano diciendo:
-¿Y ahora cuántos hay?
El padre volvió a contestar:
-Dos.
-Pues entonces -replicó el estudiante,- dos que hay ahora y uno que había antes suman tres. Luego son tres los huevos que hay en el plato.
El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó a desenredarse del
sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba a afirmar que había tres.
La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se le comiera; tomó otro huevo para ella, y dijo a su sabio vástago:
-El tercero cómetele tú.

Charadas (Juan Valera)


En la misma tertulia del ya citado Capitán general, se entretenían una noche las señoritas y caballeros jóvenes en ponerse charadas.
Estaba allí un estudiante de leyes, que iba ya a graduarse de Licenciado, y que era guapo y listo, si bien poco dichoso en amores.
Entre las señoritas presentes, así por lo graciosa como por lo coqueta, sobresalía D.ª Manolita. Nuestro estudiante la había requerido de amores, y ella, durante algún tiempo, le había querido o había fingido quererle. Después le había dejado por otro. De aquí que el estudiante estuviese con ella, y no sin razón, algo fosco y rostrituerto.

viernes, 4 de julio de 2014

Un Refrán Mal Aplicado (Juan Valera)


El Capitán general de Granada era viudo, ya muy viejo y lleno de achaques y dolencias de que solía
lamentarse recordando sus mocedades verdes y lozanas.
Por lo demás era difícil hallar más cumplido caballero, más aficionado al trato de gentes y más ansioso de complacer a todo el mundo y de ganar amigos.
Todas las noches había tertulia en su casa e iban a ellas los oficiales de la guarnición, los señoritos mejor educados de la ciudad y no pocos estudiantes forasteros de buena familia.
La noche se pasaba agradablemente en animada conversación y jugando al tresillo, para lo cual había tres o cuatro mesas.
A veces se convertía la tertulia en concierto o en baile. Una señora anciana de título hacía los honores; acudían muchas señoras y señoritas y se cantaba o se bailaba.
Como el Capitán general era muy estimado en la corte, S. M., sin que él lo pretendiese, quiso [308]
premiar sus altos merecimientos y servicios y le concedió el Collar de Carlos III.
Nadie en Granada dejó de alegrarse con este motivo, por lo muy simpático que era el Capitán general.
La noche que se supo que había sido condecorado acudieron a su tertulia, ansiosas de darle la
enhorabuena, más personas que de costumbre.
Siguiendo el Capitán general la que hemos dicho que tenía, de lamentarse de su ancianidad y de sus
males, dijo en medio de un corro que le estaba felicitando:
-Profunda es mi gratitud al gobierno de Su Majestad por la prueba que acabo de recibir de su
benevolencia para conmigo; pero ¿de qué me sirven tantos honores y distinciones cuando estoy ya con un pie en el sepulcro?
Un candoroso mayorazguito, que amaba en extremo y admiraba al Capitán general y que tenía siempre empeño de apoyar cuanto decía, corroborando sus dichos, sentencias y razones con otras que a él le parecían venir muy a cuento, exclamó entonces, tomando con efusión entre sus manos la noble diestra del ilustre guerrero:
-Sí, mi querido General, al asno muerto, la cebada al rabo.

El Consonante (Juan Valera)


Obsequiaba y pretendía cierto elegante e inspirado poeta a una viuda guapa, alegre y discretísima.
A menudo iba a visitarla. Se entusiasmaba mucho, le echaba mil piropos, le declaraba su atrevido
pensamiento y le rogaba no fuese con él dura de corazón.
La viuda se sentía halagada, pero como no amaba al poeta y no quería ceder, aunque tampoco quería despedirle, le traía entretenido y embelesado, valiéndose para ello de mil retrecheras habilidades.
Un día, el poeta, estando a solas con la viuda, se entusiasmó de tal suerte y habló con tan vehemente y fervorosa elocuencia, que lo más sonoro y florido de lo que tenía en las entrañas se le extravió y se le escapó traidoramente por otras vías y conductos, retumbando como un trueno.
Es indescriptible el sonrojo que tamaño percance causó al vate enamorado. Trató, sin embargo, de
disimular y de hacer creer que el ruido era de otro género y había sido causado por la silla en que se sentaba. Entonces movió la silla de mil suertes y la arrastró contra el suelo, procurando en balde producir un ruido algo semejante al que tanto le avergonzaba.
Viéndole la viuda en aquella inquietud y en aquella brega, tuvo compasión de él y le dijo con amable sonrisa:
-No se canse usted, mi querido poeta: es imposible: no encontrará usted el consonante.

La Col Y La Caldera (Juan Valera)


Un muchacho gallego, que estaba en Sevilla sirviendo en una tienda de comestibles, era íntimo amigo de un gitano calderero, a quien siempre que con él salía a pasear ponderaba la fertilidad de Galicia. Sus frondosos bosques; sus verdes praderas, cubiertas de abundante pasto, donde se crían y ceban hermosos becerros y lucias vacas que dan mantecosa leche; y la rica copia de flores, frutas y hortalizas que hay allí por donde quiera, valían mucho más, según el gallego, que los áridos cortijos, que las estériles llanuras sin árbol que les preste sombra y sin chispa de hierba, y que los sombríos olivares y viñedos de Andalucía.
Entusiasmado cierto día el galleguito, comparando la ruindad y pequeñez de las plantas andaluzas con la lozanía y tamaño colosal de las de su tierra, llegó a hablar de una col que había crecido en un huertecillo cultivado por su padre. La col acabó por tener tales dimensiones que, en el rigor del estío venía una manada de carneros a sestear a su sombra y a guarecerse de los ardientes rayos del sol.
Mucho celebró y admiró el gitano la magnificencia de la col gallega y no pudo menos de confesar que el suelo andaluz era harto menos fértil y generoso en lo tocante a coles.
-Por eso, decía el gitano, si los andaluces siguiesen mi consejo, descuidarían la agricultura y se dedicarían a la industria, que empieza ya a estar muy en auge. Por ejemplo, en Málaga, donde hace poco tiempo que estuve yo para cierto negocio, vi, en la ferrería del Sr. Leria, una caldera que estaban fabricando, y que es verdaderamente un asombro. ¡Jesús! Yo no he visto nada mayor. Figúrese usté que en un lado de la caldera había unos hombres dando martillazos y los que estaban en el lado opuesto no oían nada.
-¿Pero hombre, dijo el gallego, para qué iba a servir esa caldera tan enorme?
-Para qué había de servir, contestó el gitano: para cocer la col que su padre de usté ha criado en el huerto.

Las Castañas (Juan valera)


El día de difuntos salió muy de mañana a misa una linda beata, que la noche anterior, según es costumbre en la noche de Todos los Santos, se había regalado, comiendo puches con miel y muchas castañas cocidas.
Como era muy temprano y apenas clareaba el día, la calle por donde iba la beata estaba muy sola. Así es que ella, sin reprimirse, con el más libre desahogo y hasta con cierta delectación, lanzaba suspiros traidores y retumbantes, y cada vez que lanzaba uno, decía sonriendo:
-¡Toma castañas!
Proseguía caminando, soltaba otros suspiros y exclamaba siempre:
-¡Las castañas! ¡Las castañas!
Un caballero, muy prendado de la beata, solía seguirla, hacerse el encontradizo, oír misa donde y cuando ella la oía, y hasta darle agua bendita al entrar en la iglesia, para tener el gusto de tocar sus dedos.
Iba aquel día el caballero tan silencioso y con pasos tan tácitos detrás de la beata, que ella no le vio ni sospechó que viniese detrás, hasta que volvió la cara, poco antes de entrar en el templo.
-¿Hace mucho tiempo que viene usted detrás de mí? -dijo muy sonrojada la linda beata.
Y contestó el caballero:
-Señora, desde la primera castaña.

El Animal Prodigioso (Juan Valera)


Desde una pequeña aldea de Aragón vino a Madrid un hombre muy observador, aunque rústico, y que por primera vez viajaba.
Cuando volvió a su tierra, le rogaban todos que les contara lo que de más notable había visto.
Contaba él infinitas cosas, muy menudamente y con gran exactitud y despejo; pero lo que más había llamado su atención y lo que más le había sorprendido era un animal, que describía de esta suerte:
-Imaginen ustedes un cochino enorme, doble mayor que un toro, con un rabo muy grueso y con un
gancho en la punta del rabo. Con aquel gancho coge nueces, manzanas, naranjas, racimos de uvas, pedazos de pan y otros comestibles, y luego a escape, se lo mete todo en el trasero.
Nadie en el lugar quiso creer en tan extraño fenómeno, pero el viajero juraba y perjuraba que le habíavisto, y aun se enojaba de que no le diesen crédito sus paisanos.
Resultó de esto una acalorada disputa.
Un anciano muy prudente imaginó, para que resolviese la disputa y los pusiese en paz a todos, ir a
consultar al cura párroco, que era letrado y tenía fama de entendido.
Llegados a la presencia del cura, el viajero hizo nuevamente la descripción del animal prodigioso.
El auditorio, apenas acabó, se puso a gritar:
-¡Es grilla! ¡Es grilla!
-Y el cura dijo entonces:
-Qué ha de ser grilla: es un elefante.

jueves, 3 de julio de 2014

Quien No Te Conozca Que Te Compre (Juan Valera)


No nos atrevemos a asegurarlo, pero nos parece y querernos suponer que el tío Cándido fue natural y vecino de la ciudad de Carmona.
Tal vez el cura que le bautizó no le dio el nombre de Cándido en la pila, sino que después todos cuantos le conocían y trataban le llamaron Cándido porque lo era en extremo. En todos los cuatro reinos de Andalucía no era posible hallar sujeto más inocente y sencillote.
El tío Cándido tenía además muy buena pasta.
Era generoso, caritativo y afable con todo el mundo. Como había heredado de su padre una haza, algunas aranzadas de olivar y una casita en el pueblo, y como no tenía hijos, aunque estaba casado, vivía con cierto desahogo.
Con la buena vida que se daba se había puesto muy lucio y muy gordo.
Solía ir a ver su olivar, caballero en un hermosísimo burro que poseía; pero el tío Cándido era muy
bueno, pesaba mucho, no quería fatigar demasiado al burro y gustaba de hacer ejercicio para no engordar más. Así es que había tomado la costumbre de hacer a pie parte del camino, llevando el burro detrás asido del cabestro.