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sábado, 10 de octubre de 2015

Misterio Del Concurso De TV (Marc Brandel)

Misterio De La Rubia Tozuda (Marc Brandel)

MISTERIO DE LA RUBIA TOZUDA 
Marc Brandel

Título Original: AN EAR FOR DANGER

Annotation


¿Podrán encontrar un tesoro escondido en las montañas de México… sin otra guía que una «rubia» tozuda? Esto huele a la legua a juego peligroso. ¡A azufre! ¡A huevos podridos!
MISTERIO DE LA RUBIA TOZUDA
MISTERIO DE LA RUBIA TOZUDA
CAPÍTULO 1 Un crucigramista sagaz
CAPÍTULO 2 Camino de México
CAPÍTULO 3 Vivos a la llegada
CAPÍTULO 4 Una rubia para Júpiter
CAPÍTULO 5 Espionaje
CAPÍTULO 6 Súbitamente… colgado
CAPÍTULO 7 Júpiter se traga el anzuelo
CAPÍTULO 8 Dejadlo para Rubia
CAPÍTULO 9 ¿Quién manda?
CAPÍTULO 10 Una desconocida en la noche
CAPÍTULO 11 Falsas palabras
CAPÍTULO 12 Una situación estremecedora
CAPÍTULO 13 Un plan fallido
CAPÍTULO 14 Fuera de la freidora
CAPÍTULO 15 Todo atado y bien atado
CAPÍTULO 16 Ríos de muerte
CAPÍTULO 17 Nacida salvaje
notes



Los Tres Investigadores II Nº5


¿podrán encontrar un tesoro escondido en las montañas de México… sin otra guía que una «rubia» tozuda?
Esto huele a la legua a juego peligroso. ¡A azufre!
¡A huevos podridos!


Los Tres Investigadores en el Misterio de la rubia tozuda
por
Marc Brandel
Basado en los personajes creados por Robert Arthur

EDITORIAL MOLINO

Título original: AN EAR FOR DANGER

CAPÍTULO 1 Un crucigramista sagaz


—¡Esto es ridículo! —exclamó Júpiter Jones—. Un chaval de diez años podría resolver este crucigrama.
Júpiter, con sus diecisiete años, no quiso parecer vanidoso delante de sus dos amigos, diciendo que él lo habría solucionado a los cinco años de edad.
Pete Crenshaw, que estaba ocupado en otro ejemplar del mismo crucigrama, no pensaba que fuese tan fácil. ¿Sabría un chico de diez años cómo se llama una mujer que tiene el pelo claro? Lo mismo podía ser albina que rubia... Pete no acababa de decidirse por una de estas dos alternativas.
Bob Andrews apoyó sus largas piernas sobre el escritorio. Había resuelto la pista del pelo claro. Anotó la respuesta y pasó a la siguiente palabra: «La primera mitad del verbo arrebatar, de cuatro letras.» Naturalmente, arre.
Los Tres Investigadores se hallaban en su cuartel general del Patio Salvaje, la chatarrería de los Jones en Rocky Beach, California, una pequeña localidad a unos pocos kilómetros de la Autopista de la Costa, en Los Ángeles.
Era la segunda semana de sus vacaciones de verano.
Ordinariamente, habrían estado muy atareados al aire libre. Su agencia de detectives no tenía ningún caso entre manos, pero ellos tenían muchas cosas que hacer.
Normalmente, Jupe, como llamaban sus amigos a Júpiter, estaría nadando en el océano. Unas horas de natación cada día ayudan a rebajar peso. O eso esperaba.
Pete estaría haciendo surfing o llevando a su novia, Kelly Madigan, de paseo en su MG descapotable, que había comprado de segunda mano, y con el que pasaba horas y más horas lavándolo.
Bob habría ido a algún concierto de rock al aire libre. Probablemente con una o dos, o tal vez tres, de las chicas que le seguían casi siempre a manadas. Trabajaba a horas para un agente artístico local y a menudo obtenía entradas gratuitas. En realidad, el buen aspecto de Bob resultaba mucho más atractivo para sus admiradoras que sus entradas gratis.
Pero durante los tres últimos días, el hombre del tiempo había anunciado por televisión chubascos intermitentes. Y por lo que sabía Júpiter, esto significaba que sólo lloviznaría mientras uno se quedase en casa. Si en cambio salías, seguro que te pondrías hecho una sopa.
Anotó otras dos palabras más y arrojó el bolígrafo al lado del crucigrama ya completado.
—Lo contrario de despacio —gruñó con desdén—. Vamos, un idiota adivinaría la respuesta...
—Yo ya lo acerté —dijo Pete con cierto orgullo—. Deprisa.
Júpiter miró de nuevo el crucigrama y estudió las instrucciones al dorso del folleto.
«Este concurso solamente está abierto a estudiantes masculinos de la Escuela Superior, entre los catorce y dieciocho años —leyó en voz alta—. La participación es gratuita.»
Levantó la vista.
—¿Dónde conseguiste esos folletos, Pete?
—Los daban en el supermercado —explicó el aludido—. Las respuestas son muy fáciles para ti, Jupe. Naciste con un cerebro privilegiado. Pero, ¿cuál es la antepenúltima preposición? Yo, la verdad, no me acuerdo...
—So —respondió Bob.
Júpiter continuó leyendo las instrucciones.
«El primer premio consiste en una visita de dos semanas, con todos los gastos pagados, a un hermoso rancho del norte de México. Entre sus atractivos se incluye montar a caballo, pescar en el gran lago de agua dulce, acampada, comer deliciosos bistecs asados en la barbacoa...»
—¡Basta ya! —exclamó Pete—. ¡Yo lo conseguiré!
Era el más atlético de los detectives adolescentes y tenía un apetito más que regular.
Levantó la mirada al techo del remolque que a Los Tres Investigadores les servía de cuartel general. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el tejadillo metálico.
—Tal vez el tiempo será mejor en México que aquí —añadió—. Me gusta hacer surfing con lluvia. Pero, ¿cómo puede hacerse cuando no hay olas? El océano está tan liso como un campo de fútbol.
Júpiter no prestaba atención ni a Pete ni a las gotas de lluvia. Todavía se hallaba absorto en las instrucciones del dorso del folleto.
«Primero. No se admitirán las respuestas por escrito —continuó leyendo en voz alta—. Hay que entregarlas en una cinta grabada...»
Se interrumpió. Sus ojos recorrieron rápidamente el resto de la página.
—Esto es muy raro —musitó.
—¿Qué es raro? —quiso saber Bob.
Las instrucciones le parecían tan simples... tan simples como la respuesta a «No está allí».
«Aquí», escribió en su folleto antes de mirar a Júpiter.
—Imprimir folletos cuesta dinero —reflexionó Júpiter—. Y dos semanas en un rancho de México también cuesta dinero. ¿Por qué ha de gastar alguien toda esa pasta en un concurso tan tonto?
—Porque es el reclamo de algo —replicó Bob. El mundo de la música rock, en el que pasaba gran parte de su tiempo libre, le había enseñado a conocer muchos trucos publicitarios. Con ese concurso pretenden que la gente compre una grabadora. Y de paso una cinta virgen.
—Esto tiene sentido —asintió Júpiter—. Lo malo es que en el folleto no se menciona ninguna tienda donde puedan adquirirse esos objetos. Ni tampoco marca alguna.
—Estaban repartiendo esos folletos en el supermercado —les recordó Pete—. Tal vez tienen allí esa clase de artículos en venta.
Júpiter negó con la cabeza.
—Si tuvieras ojos para algo más que para tu Kelly Madigan —le objetó a Pete—, habrías observado que en el supermercado de Rocky Beach no venden ninguna clase de aparatos electrónicos. Ni siquiera calculadoras de bolsillo.
Volvió a concentrarse en el folleto.
Júpiter, que era bajo y bastante grueso, no gustaba de moverse más de lo necesario. Dos semanas en un rancho mexicano, montar a caballo y pescar no era su idea de un primer premio. ¿Quién desperdiciaba el dinero de ese modo? ¿Y por qué?
—Probablemente han estado distribuyendo esos folletos por toda la zona de Los Ángeles —añadió al fin—. Y las respuestas son tan obvias que recibirán centenares de soluciones correctas. Y ellos escogerán una. Bien, al menos nosotros somos tres. Juntos tenemos tres veces la oportunidad de ganar.
Bob le contempló, sorprendido.
—¿Quieres decir que piensas grabar una cinta para esa tontería? —preguntó.
—Seguro. ¿Por qué no? —Júpiter frunció el ceño. La costumbre de Bob de usar términos propios de la música rock le irritaba en grado extremo. Aunque Bob se había separado un poco de Los Tres Investigadores para dedicarse al mundo del espectáculo, Júpiter continuaba tan ligado al equipo como siempre.
Júpiter sacó una grabadora del cajón del escritorio, insertó una cinta virgen y se la entregó a Pete junto con su crucigrama completado.
—Tú primero —le ordenó—. Empieza con las palabras horizontales.
Pete contempló el crucigrama antes de poner en marcha el aparato. Luego, dejó oír una exclamación de disgusto.
—Ésta es la respuesta a «Lo contrario de vete...» «Ven». ¿Por qué no pueden preguntar sencillamente «Acércate a mí»?
Sacudió tristemente la cabeza.
Una hora más tarde, Los Tres Investigadores habían metido tres cintas correctamente grabadas en sendos sobres de papel manila con la dirección de Santa Mónica impresa en los folletos. También habían incluido sus propios nombres y direcciones, siguiendo las instrucciones.
El ruido de las gotas de lluvia en el tejado había cesado.
—Bien, podemos salir y tirar los sobres al buzón —observó Bob—, antes de que vuelva a llover.
Se había quitado sus lentes de contacto y estaba ocupado limpiándolos con su equipo especial.
—O podemos ir en el coche a Santa Mónica —sugirió Júpiter— y entregarlos a mano.
—¿Qué hay en Santa Mónica —preguntó Pete—, aparte de una inmensa playa mojada?
—Podemos dar un buen paseo —intervino Bob—. Y tal vez parar en alguna pizzería. Buscar un poco de acción. Ver qué ocurre...
Volvió a ponerse las lentillas en los ojos.
Pete asintió. Estaba hambriento.
Júpiter no dijo nada. Había desterrado la comida con grasa. Estaba engordando demasiado. Y sabía lo que verían en el paseo: chicas.
Júpiter no tenía nada en contra de las chicas. Estaba tan interesado en ellas como sus dos amigos. Lo malo era que ellas no parecían estar interesadas en él. Especialmente, cuando Bob estaba cerca.
Pero Júpiter deseaba ir a Santa Mónica. Quería comprobar personalmente la dirección que había impresa en el folleto del crucigrama. Una señal en la puerta podría, tal vez, darle alguna pista acerca del porqué del concurso.
—Está bien, vámonos —exclamó.
—¿En qué coche vamos? —inquirió Pete—. El techo de mi MG tiene goteras, y no he tenido tiempo de repararlo.
—Decididamente, no podemos usar el mío —replicó Júpiter, sobriamente.
Su Honda Civic había quedado destrozado mientras Los Tres Investigadores trabajaban en un caso. Y sus economías eran todavía demasiado escasas para adquirir otro coche.
—Hum... —gimió Pete—, otra vez los tres encajonados en ese cacharro...
Bob le pegó en un brazo mientras los tres muchachos se encaminaban hacia el Volkswagen rojo de Bob. Júpiter se sentó delante y Bob al volante. Pete iba sentado atrás con los pies apoyados en el asiento. A sus diecisiete años, Pete medía metro ochenta y sus piernas eran proporcionales a su estatura. No podía ir sentado en el asiento delantero del VW sin que sus rodillas rozaran el salpicadero.
Volvía a lloviznar mientras corrían por la Autopista de la Costa.
—Esto es anormal —se quejó Pete, contemplando el litoral bañado por la lluvia.
—Sí —Bob sabía a qué se refería Pete—. No es como San Francisco. Allí uno espera que llueva.
Su empleo le había llevado allí varias veces. Su jefe, Sax Sendler, se servía de Bob como de una especie de manager para los conjuntos musicales que contrataba en aquella ciudad.
Una vez en Santa Mónica, Los Tres Investigadores pronto hallaron la calle que buscaban en la zona comercial de la ciudad. Júpiter iba inspeccionando los números de las casas.
—¡Allí! —exclamó de pronto, tocando el brazo de Bob—. Justo allí donde hay toda aquella gente...
No necesitó añadir nada más. Frente a una de las tiendas se había reunido una gran muchedumbre. Dos coches de la policía, con sus luces giratorias en marcha, se hallaban parados junto a la acera.
—Vamos —dijo Júpiter abriendo su portezuela, en tanto Bob paraba el motor.
—¡Allí es! —les dijo Júpiter a sus amigos—. La dirección adonde hay que enviar las respuestas. Bien, vamos a ver qué pasa.
Los tres amigos se abrieron paso entre el gentío. Dos policías estaban atisbando por la puerta, que tenía cristales en la parte superior. Evidentemente, se disponían a entrar si veían algo sospechoso.
Júpiter estudió la casa con su estilo metódico de costumbre. Era imposible adivinar qué habían vendido antes en aquella tienda. Porque ahora no vendían nada. Los escaparates estaban blanqueados por el interior. Y en todos ellos se veían cartelitos de EN VENTA.
Ninguna de las personas a las que Júpiter interrogó parecía saber qué ocurría. Pero él sí podía decir una cosa: si alguien había intentado entrar violentamente en la tienda, no había conseguido abrir la puerta. Tal vez había sonado la alarma antes de que pudiera penetrar.
Cruzó la calle hacia un drugstore y extrajo unos sellos de una máquina expendedora. Luego, metió los tres sobres de papel manila, con las cintas dentro, y los correspondientes sellos, en un buzón cercano. Acto seguido, se reunió con la gente agrupada delante de la tienda desierta, buscando a sus dos amigos.
Al momento divisó a Bob. El muchacho alto y rubio hablaba con una bonita chica de cabello oscuro, aproximadamente de su misma edad, junto a uno de los coches de la policía. Júpiter observó que la joven tenía una nariz respingona. No podía pronunciar diez palabras seguidas sin arrugar la nariz. Pero tuvo que admitir que era muy bonita.
Pete reapareció y esperó junto con Júpiter, bastante impaciente, a que terminara Bob. Por fin, el Tercer Investigador tocó el brazo de la chica en un gesto amistoso y se apartó de ella. Luego, los tres amigos subieron de nuevo al VW.
—¿Te ha dado su número de teléfono? —se interesó Júpiter con cierta envidia mientras el auto arrancaba.
Bob negó con la cabeza.
—Colecciona discos de Judy Garland —explicó—. No es mi tipo.
«Quizás esto explica lo de arrugar la nariz —pensó Júpiter—. La chica lo ha copiado de las películas de Judy Garland que pasan últimamente por televisión.»
—¿Cómo tardaste diez minutos en saber que no le gusta el rock? —preguntó Pete cuando se dirigían otra vez hacia la Autopista de la Costa—. Pensé que eras mucho más rápido.
—Esto fue sólo el principio —replicó Bob—. El resto del tiempo estuvo hablando del asalto a la tienda. Bueno, del intento de asalto.
—Continúa —le animó Júpiter. Se suponía que estaban investigando crucigramas y no conquistando chicas.
—Según me explicó —empezó a decir Bob—, ella salía de la cafetería que hay al otro lado de la calle cuando sonó la alarma de la tienda. Luego, vio a una mujer que se alejaba corriendo y saltaba al interior de un coche azul que huyó a toda velocidad.
—¿Vio la cara de la mujer? —quiso saber Júpiter.
—Cabello rubio. Cuerpo esbelto. Unos cuarenta años —resumió Bob—. Color de ojos... desconocido. La mujer llevaba gafas oscuras.
—¡Gafas oscuras! —exclamó Pete—. En un día como éste, haría falta limpiaparabrisas en los lentes...
—Sí —accedió Júpiter—. Nuestra rubia de cuarenta años me suena un poco a misterio.
Calló unos instantes, meditando el problema.
—Intenta asaltar una tienda... ¿para robar qué?
Silencio.
Júpiter no podía dejar el problema en el aire.
—Algo tan valioso que se arriesgó a ser arrestada para conseguirlo. Amigos, ¡en ese concurso hay algo más que bistecs a la brasa!
CAPÍTULO 2 Camino de México


Al día siguiente el tiempo aclaró. Volvió a brillar el usual sol de California. Y durante las tres semanas siguientes Los Tres Investigadores estuvieron ocupados en sus propios asuntos.
Bob dedicaba más tiempo a su trabajo. Su jefe, Sax Sendler, de la agencia artística Rock-Plus, Inc., había contratado a varios de sus grupos para un concierto de rock al aire libre. Por eso, Bob trabajaba doce horas diarias, preparando la publicidad, ultimando detalles y ayudando a instalar todo el equipo.
Pete tenía dificultades con su novia, Kelly. La joven se mostraba un poco distante últimamente, fría. Aunque era ella la primera que había sugerido la idea de hacerse novios formales, su manera de comportarse no era lo que había sido. A veces, cuando concertaban que él la iría a buscara a su casa, la muchacha no estaba allí. Se había ido de compras con una amiga dejándolo plantado. Claro que esto no cambiaba los sentimientos de Pete hacia ella. Y hasta a menudo creía que Kelly estaba tan ligada a él como siempre, aunque a su manera. Sin embargo, Pete acabó por darse cuenta de que perdía parte de sus vacaciones esperándola. Con detrimento de su tiempo dedicado antes al surfing y hasta a su práctica de kárate.
Júpiter estaba haciendo grandes esfuerzos por perder peso. Con sus 1,60 de estatura y 86 kilos de peso, no podía ignorar la triste verdad. No era simplemente un chico grueso. Era... bueno, tal vez no exactamente gordo. Pero su físico podía mejorar mucho. Su problema era que, cuanto más nadaba y practicaba el judo, más hambre tenía. Y más difícil le resultaba atenerse a su nueva dieta.
Esta semana le tocaba seguir el régimen de Modelado Corporal de Keil Halfebrot: sólo proteínas y ensaladas. Como que el musculoso Halfebrot parecía Superman y Júpiter más bien era como una pera grande, pensó que valía la pena probarlo.
Una tarde, Júpiter se hallaba fuera de su taller de aparatos electrónicos, junto al cuartel general. El taller era como el paraíso de un manitas, atestado con todas las herramientas necesarias para construir y reparar los aparatos electrónicos que el trío usaba en sus casos.
Y era esto precisamente lo que estaba haciendo Júpiter: reparar. Probaba un nuevo aparato de seguridad para el taller, una cerradura que sólo podía abrirse cuando se pronunciaba una contraseña especial.
Pete estaba al otro lado del remolque, en su cobertizo de reparación de coches. Acababa de sufrir un plantón por parte de Kelly, y ya era el segundo de aquella semana.
Júpiter ajustó el último chip de silicio.
—¡Cuidado con el perro! —ordenó.
—¿Qué? —exclamó Pete, cortando la lona que sería un nuevo techo de su descapotable.
—¡Cáspita! —exclamó Júpiter—. Esa cerradura debería abrirse al decir yo: Cuidado con el perro —repitió en voz más alta.
Pete se le aproximó.
—Primero eran ratas, y ahora un perro —comentó—. Vamos, decídete de una vez.
Mientras Júpiter hacía rodar sus ojos, sonó el teléfono del taller. Jupe lo ignoró, sabiendo que había una extensión en el remolque. Bob estaba dentro escribiendo el programa del concierto de rock con el procesador de textos. La llamada debía ser de alguna de sus chicas pidiéndole una cita. ¡Bah!, que contestara él al teléfono.
Al cabo de un momento, el aparato dejó de llamar. Pete volvió a su cobertizo.
Bob se asomó por la portezuela del remolque.
—Júpiter, es tu tía Matilda.
Júpiter captó un vislumbre de tres caras juveniles y bonitas antes de que su amigo cerrase la portezuela al salir.
—¿Desea hablar conmigo? —se sorprendió Júpiter.
Su tía Matilda y su tío Titus lo habían prohijado a los cuatro años, cuando los padres de Júpiter murieron en un accidente de automóvil. Júpiter les estaba muy agradecido por eso, y los quería mucho. Pero ahora ya tenía diecisiete años, y ya no desempeñaba una parte tan importante en la vida de sus tíos como antes.
Unos años atrás, las llamadas de tía Matilda habían sido tan frecuentes como las tareas que ella le asignaba al muchacho. Usualmente, sólo significaban una cosa: trabajo. Siempre tenía alguna faena que encargarle en la chatarrería. Pero, últimamente, Júpiter había computerizado el inventario a cambio de libertad para atender a otros trabajos. Por eso, una llamada por parte de tía Matilda en la actualidad era tan raro como que Júpiter se echara novia.
—No, se trata sólo de darte un recado —añadió Bob—. En la casa hay alguien que desea hablar contigo.
—¿Quién? — quiso saber Júpiter.
—Se llama Rice —sonrió Bob—. Se trata de algo que está relacionado con ese concurso del crucigrama que grabamos.
—¿Sí? —exclamó Júpiter.
Su interés subió de pronto. No se había olvidado del concurso del crucigrama. Jamás se olvidaba de nada. Pero había estado tan ocupado con su pérdida de peso que últimamente apenas había pensado en ello.
Tal vez ahora tendría la oportunidad de saber quién ponía la pasta para regalar dos semanas en México.
Los Tres Investigadores decidieron que todos debían conocer al tal señor Rice. Estaban atravesando la calle frente al Patio Salvaje cuando apareció un individuo en el portal de la casa de los Jones.
Era alto y delgado. De unos treinta y pico de años, supuso Júpiter. Y parecía un vaquero petimetre con sus téjanos y sus botas de cowboy hechas a mano. Llevaba un buen sombrero Stetson inclinado hacia un lado. Cuando Los Tres Investigadores se le acercaron, él se quitó el sombrero y lo agitó a guisa de saludo.
—Hola, soy Dustin Rice.
Miró a los muchachos de uno en uno.
—Bien, ¿cuál de vosotros es el afortunado? —preguntó. Y añadió—. No, no me lo digáis. Vamos a ver si lo adivino.
Volvióse hacia Pete, sonriéndole.
—Sólo por curiosidad deja que oiga tu voz, amigo. Di...



—vaciló—. Di: «Al sur de la frontera, camino de México...»
—Al sur de la frontera, camino de México —obedeció Pete a regañadientes.
No le hacía mucha gracia Dustin Rice.
Éste negó con la cabeza. Señaló con el Stetson a Bob.
—Ahora tú.
«Por el camino de México voy» —tarareó Bob. A él nunca le había gustado esa vieja canción, y, menos aún, recibir órdenes de desconocidos.
Dustin Rice, ante aquella salida inesperada, trató de sonreír. Miró a Júpiter y Júpiter le devolvió la mirada.
La primera impresión que Júpiter tuvo de aquel individuo era que parecía irreal. Su sonrisa forzada y sus modales ligeros no resultaban convincentes. Le recordaba a un hombre caminando por la cuerda floja, planeando cuidadosamente el paso siguiente.
—¿Te importaría dejarme oír cómo lo dices? —le preguntó a Jupe.
—Al sur de la frontera, camino de México.
El efecto fue asombroso. Rice abrió mucho los ojos, excitadísimo. Dio un paso al frente y estrechó la mano de Júpiter.
—Mis amigos me llaman Dusty —dijo—. Tú debes ser Júpiter Jones. Tu tía dice que te llaman Jupe. Tengo sumo placer en comunicarte que al haber ganado el primer premio de mi concurso de crucigramas, te has hecho acreedor de una visita gratis a mi rancho —amplió la sonrisa—. «Camino de México». Ahora ya ansío que seas allí mi invitado, Jupe, y que...
Su voz se extinguió. Júpiter tenía la mano levantada como un guardia de la circulación en un cruce de calles.
Dada su estatura y su peso, Júpiter no tenía una figura impresionante, pero poseía la notable habilidad de imponer su autoridad cuando lo juzgaba conveniente. Y ahora lo juzgaba así. No podía permitir que Dustin Rice pensara que su sueño era pasar dos semanas en un rancho mexicano, montando caballos. Primero tenía varias preguntas por hacer que requerían respuesta.
Y las hizo.
—Adelante —concedió Dustin Rice—. Pregúntame lo que quieras.
—¿Cuántos más han ganado el primer premio?
—Nadie más. Sólo tú. Tú eres el único y gran vencedor.
—¿Fui yo el único que envió las respuestas correctas? Dusty vaciló un segundo.
—Sí, por supuesto —dijo al fin.
Júpiter asintió pensativamente. Sabía que era una mentira. Pete y Bob habían enviado exactamente las mismas respuestas que él. ¿Por qué Dusty ocultaba la verdadera razón de haber escogido a Júpiter como único ganador? ¿Y por qué no podía tomar parte en el concurso ninguna chica y ganarlo? El Primer Investigador alejó esas cuestiones de su mente. Cuando obtuviese más información ya quedarían contestadas.
—¿De dónde procede el dinero? —fue su siguiente pregunta— ¿Quién lo paga todo?
—Yo.
—¿Por qué?
—Publicidad. Propaganda para mi rancho —Dustin Rice se encasquetó el Stetson. Puesto, parecía darle más confianza—. Pienso convertir mi rancho en un campamento de verano para chicos como vosotros. Y espero conseguir una buena propaganda acerca del concurso en los semanarios dominicales.
Para Júpiter esto tenía algún sentido. No demasiado.
Iba a continuar con sus preguntas pero, por un momento, su atención se vio distraída. Un coche azul, un Chevrolet, se aproximaba. Aflojó la marcha cuando estuvo más cerca y, al principio, Júpiter pensó que iba a detenerse frente a la casa. Luego, de repente, volvió a acelerar y se perdió de vista. Los reflejos del sol en el parabrisas, no le habían permitido a Júpiter obtener una visión clara del conductor. Pero había intuido que era una mujer. Una mujer de cabellos rubios, con gafas negras.
Júpiter se volvió hacia Dusty.
—Si acepto el primer premio, ¿podrán venir conmigo estos dos amigos?
Dusty frunció el ceño.
—¿Quieres decir que también tendré que correr con sus gastos?
—Sí, eso es exactamente lo que quiero decir.
Dusty volvió a quitarse el Stetson y, pensativamente, empezó a retorcer el ala. Luego, habló del coste del viaje, de la comida en el rancho...
Júpiter le dejó hablar. Ya había decidido no aceptar el premio a menos que Bob y Pete quedaran incluidos en la invitación. El concurso empezaba a convertirse en un caso prometedor para Los Tres Investigadores. Y los tres formaban un equipo.
Dusty todavía hablaba del dinero, sumando todo lo que costaría la presencia de los amigos de Júpiter...
—Entonces temo que tendré que ceder el primer premio a otro —le interrumpió Júpiter de pronto.
Dusty cambió de postura, bajando la mirada hacia sus botas de artesanía.
—Bien, tú ganas, amigo —accedió—. Supongo que no me queda más remedio.
Bob tocó a Júpiter por el brazo.
—Conferenciemos —propuso.
Se apartó del portal, seguido por sus dos amigos.
—¿De veras deseas ir, Júpiter? —le preguntó tan pronto estuvieron fuera del oído de Dusty.
Júpiter lo deseaba. La idea de no continuar con el caso le parecía una agonía.
—Absolutamente —asintió—. Algo verdaderamente espantoso debe suceder para que ese tipo desee pagar tres viajes de vacaciones. ¿No queréis saber por qué?
—Bueno...
Bob había trabajado tan duramente las últimas semanas que no le vendría mal un cambio de ambiente. Sax se marcharía a Hawai tan pronto como terminara el concierto de rock. Y Bob no tendría nada que hacer en California mientras su jefe estuviera de viaje. En realidad, sólo se perdería algunas lecciones de kárate.
—De acuerdo —exclamó—. Cuenta conmigo. Pero después del concierto del jueves por la noche.
Júpiter y Bob miraron a Pete. Ahora era él quien tenía la palabra.
—No lo sé... —dudó Pete—. Tengo miedo de que, si salgo de la ciudad, Kelly me olvide.
—También te echará de menos, créeme —observó Bob.
—Sí, tal vez.
Pete recordaba un verso que había leído en una postal: «La ausencia aumenta las ansias del corazón.» La idea de Kelly con un corazón pletórico de ansiedad por él, una Kelly que nunca más lo dejaría plantado, resultaba muy sugerente.
—Oh, está bien —suspiró—. Le enviaré postales y regalos para que sepa que sigo con vida.
Dustin Rice no pudo ocultar el alivio cuando Los Tres Investigadores regresaron al portal y le dijeron que habían decidido aceptar el premio.
Dusty les entregó un mapa del norte de México, enseñándoles cómo debían llegar a Lareto, la población más cercana a su rancho. Después de un poco de regateo, también les dio seiscientos dólares al contado para sus gastos de viaje. Y añadió su número de teléfono para que pudieran llamarle tan pronto hubieran cruzado la frontera. Él les recogería en Lareto. Los tres amigos vieron como, al fin, subía a su jeep de matrícula mexicana. Y ellos volvieron a sus tareas en el Patio Salvaje.
A la mañana siguiente, muy temprano, Júpiter efectuó su visita diaria al buzón, situado al final de la avenida particular de su casa. Tío Titus siempre recibía lo que él llamaba el correo «de la chatarra»: avisos de ventas de metales y otros restos que podía adquirir para su negocio.
Júpiter ojeó las cartas hasta encontrar un sobre de papel manila. En su interior había algo duro y rectangular. El sobre iba dirigido al señor Júpiter Jones, sin dirección ni sellos. Lo habían entregado a mano.
Se lo llevó a su cuartel general y lo abrió. Dentro del sobre había un cassette. Nada más. Nada en la etiqueta de la cinta que explicase de qué se trataba.
Júpiter lo insertó en el radiocasete y pulsó el botón de funcionamiento. Al principio no oyó nada en absoluto. Luego, habló una voz masculina con claridad y urgencia.
—Por favor, no vayas a México —dijo la voz—. Si vas correrás un gran peligro. Por favor, por favor... no vayas allí. Quédate en California y...
De repente, la voz quedó cortada.
No había nada más. Júpiter pasó la cinta hasta el final de ambas caras. No oyó ya nada más que silencio.
Se echó hacia atrás en su silla giratoria. El mensaje resultaba bastante asombroso.
—Correrás un gran peligro...
Pero a Júpiter había algo más que le intrigaba y preocupaba. Estaba seguro de haber oído antes la misma voz. Le sonaba extrañamente familiar.
Cuando Pete llegó al remolque unos minutos más tarde, Júpiter le pidió que escuchase la cinta. Después de explicarle donde la había hallado, la puso en marcha.
Ante la enorme sorpresa de Júpiter, Pete se echó a reír.
—Se trata de una broma ¿verdad, Jupe? —exclamó.
—¿Una broma?
—Te envías a ti mismo mensajes misteriosos...
—Yo no lo envié, te lo aseguro. Lo hallé en el buzón.
—Entonces, alguien se tomó un gran trabajo para imitar tu voz.
—¿Mi voz?
—Exacto —Pete señaló el aparato—. Me apuesto mi MG a que eres tú el que habla en esa cinta, Jupe.
CAPÍTULO 3 Vivos a la llegada


Júpiter iba sentado al lado de la ventanilla del viejo y destartalado autocar, viendo desfilar el paisaje de México.
Los Tres Investigadores habían planeado, en primer lugar, viajar en el descapotable de Pete, pero cuando éste llamó a la AAA1 se enteró de que en México era muy difícil hallar gasolina sin plomo. La gasolina con plomo arruinaría el conversor catalítico del MG y Pete tendría que adquirir uno nuevo antes de poder volver legalmente a California. Lo cual le costaría unos trescientos dólares al menos.
—Oh, no —decidió el muchacho—. ¡Pero si necesitaré toda mi pasta para sacar de paseo a Kelly! Será la única manera de tenerla contenta a mi vuelta.
También se negó a viajar varios centenares de kilómetros apretujado en el asiento posterior del cacharro de Bob, el pequeño VW.
Al fin, los tres chicos decidieron aceptar la sugerencia de Dustin Rice y aprovecharse de la baratura de los viajes en autocar por México.
Júpiter llevaba una camiseta nueva en la que se leía:
HOLA, SOY UN AMIGO, en español. Esperaba que esto animaría a los desconocidos mexicanos a hablar con él, a fin de poder practicar su español.
Volvió la cabeza para mirar a los otros dos investigadores. Bob estaba leyendo la historia de México en un libro de bolsillo que había traído de California. Una estupenda muchacha mexicana había encontrado un asiento libre a su lado. ¡Naturalmente! No dejaba de mirar a Bob como esperando que abandonase la lectura y le dirigiera la palabra.
Pete había logrado meter sus largas piernas debajo del asiento anterior y estaba profundamente dormido.
Los dos también lucían camisetas nuevas. La de Bob ponía LOS SUPERVIVIENTES, que era el nombre de un grupo rockero promocionado por Sax Sendler.
La camiseta de Pete llevaba impreso el nombre KELLY MADIGAN. La muchacha se la había regalado como un obsequio de despedida, a fin de que no la olvidase. Esto había sorprendido a Pete. Significaba, con toda seguridad, que ella tampoco le olvidaría.
Júpiter echó una ojeada a la mujer que estaba sentada detrás de Bob. No se diferenciaba nada de las demás mexicanas, que iban en el autocar. Tenía la tez oscura y vestía una blusa de algodón y una falda de lana. Dos largas trenzas bailaban bajo el manto púrpura que llevaba en la cabeza. Júpiter ya se había fijado en ella en la terminal de autocares de Santa Mónica. Y aunque habían ya cambiado de vehículo dos veces después de cruzar la frontera, ella seguía viajando con ellos.
Bob había dejado por fin el libro y disfrutaba de una charla con la joven mexicana que estaba a su lado. Se alegró al descubrir que ella hablaba inglés.
—Temo que mi español es fatal —se disculpó el chico—. Sólo sé decir «buenos días» y frases como ésta.
—¿Te gusta México? —le preguntó ella.
—Creo que es magnífico.
—¿Por qué?
—Pues porque... —Bob reflexionó un segundo—... en Estados Unidos pasa lo mismo que en esas orquestinas grandes. Todos conocen su parte y tienen su propia partitura. Es muy fácil saber qué viene a continuación.
—¿Y en México? —se interesó ella, sonriendo.
—Se parece más a una jam session. Todos tocan a su aire, improvisando. Y así es cómo ocurren aquí las cosas. Por ejemplo, este autocar se detiene en mitad de la nada y un grupo de gente baja y desaparece en el desierto.
—Van a sus granjas —explicó ella—. Y a veces tienen que andar siete u ocho kilómetros desde la carretera.
—Pero no parece importarles —replicó Bob—. Se marchan riendo y charlando todos juntos. Como si se dirigieran a una fiesta privada.
—Tal vez tengas razón —asintió la joven pensativamente—. Yo he vivido varios años en Norteamérica. Allí la vida es más fácil. Pero la gente en México parece más feliz.
El autocar paró en una pequeña población. Júpiter consultó su mapa y se lo indicó a Pete y Bob. Tenían que volver a cambiar de autocar.
Bob se despidió de la joven mexicana mientras descolgaba su bolsa de viaje de la baca. La estación terminal era un café mezquino en una calle muy concurrida. Los tres amigos penetraron en el local.
—¡Chicos, estoy muerto de hambre! —exclamó Pete tan pronto estuvieron instalados a una mesa.
Pete y Bob pidieron tacos de ternera con arroz y fríjoles. Júpiter vaciló. En México no podría limitarse a su nueva dieta. Dusty les había advertido que no comiesen ensaladas ni verduras sin cocer durante el viaje. ¡Pero arroz y fríjoles! De este modo empezaría a ganar peso...
Se comió dos muslos de pollo. El pollo engorda menos que la ternera. Y las tortillas tenían menos almidón que el pan... o eso creía. Pero el pollo estaba fuertemente condimentado con guindillas.
—¡Agggg! —se quejó Júpiter cuando los tres amigos salieron del café para ir en busca del nuevo autocar—. Siento la lengua como si estuviese ardiendo.
De repente, un joven que llevaba una chaqueta de piel bastante deteriorada, le impidió el paso. Era un individuo de elevada estatura, de construcción recia y de unos veinte años de edad. Puso una mano en el pecho de Jupe y lo empujó rudamente hacia atrás.
—No hay sitio —dijo en español—, no hay sitio para ti en este autocar.
Los tres muchachos se miraron asombrados. Hasta entonces, los mexicanos se habían mostrado muy amistosos.
Júpiter vio que la mitad de asientos del autocar estaban vacíos. En su español más cortés, se lo dijo al mexicano.
El otro volvió a darle otro empujón. Esta vez, a Júpiter le dolió el golpe.
—No —exclamó el joven mexicano—. Fuera... Fuera de aquí. Tú y tus amigos debéis volver a Estados Unidos. No os queremos aquí.
—No pienso volver a Estados Unidos —afirmó Júpiter en español—. Voy a subir a ese autocar. Por favor, apártate.
En vez de hacerse a un lado, el joven de la chaqueta de piel asió a Júpiter por el hombro y lo atrajo hacia sí.
—¡Piérdete... o te saltaré los sesos!
Júpiter había practicado judo durante las últimas semanas en un esfuerzo por perder peso, y lo hacía bastante bien. Sin embargo, pensó que de nada le serviría contra el fornido joven mexicano. Antes de poder hacerle una buena llave, el otro le habría hecho saltar varios dientes. Por tanto, se liberó de la mano que le oprimía el hombro y retrocedió para evitar el golpe.
Pete y Bob intentaban entender el intercambio de frases en español, y el primero no tuvo mucha dificultad en comprender lo que ocurría. Se colocó junto a Júpiter.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Júpiter le explicó que el mexicano de la chaqueta de piel no quería que subieran al autocar.
—¿Por qué no?
—A mí que me registren. Quizá no le gustan los yanquis.
—Ahora verás —exclamó Pete.
Moviéndose ligeramente sobre las puntas de los pies, se aproximó al joven, y éste giró hacia él. Si su puño hubiese tocado la cara de Pete, seguramente lo habría tumbado en tierra. Pero no pudo ni rozarle. Cuando el otro atacó, Pete lo alcanzó justo por debajo del hombro con un shuto uchi, un golpe dado con el canto de la mano. El brazo quedó en el aire como paralizado. Luego, fue cayendo lentamente hacia el costado. Con la otra mano se agarró el hombro dolorido y miró a Pete.
Éste esperaba con las piernas levemente dobladas y las manos extendidas en postura de ataque.
El mexicano volvió a mirarlo, sobresaltado esta vez. Todavía tenía la mano en el hombro, como tratando de imbuirle un poco de vida.
Pete levantó la mano derecha, dispuesto a golpearlo de nuevo.
El joven mexicano sacudió la cabeza.
—Está bien —murmuró en español—, está bien, ya basta. No voy a dejar que me rompas el cuello. Ni siquiera por 1 un millón de pesos.
Todavía meneaba la cabeza cuando se alejó.
En aquel momento, Júpiter eructó. La tensión quedó rota cuando Bob y Pete se echaron a reír. Jupe tenía el rostro escarlata.
—¿Te repiten las guindillas? —se burló Bob.
—Bueno, vámonos —le urgió Pete—. Nuestro autocar se dispone a salir.
Los Tres Investigadores subieron al vehículo. No habían visto a la mujer del manto en el café, pero ahora estaba en un asiento del fondo del autocar.
Vieron cómo sacaba varios billetes mexicanos de su bolso y los exhibía fuera de la ventanilla. Una mano morena los cogió desde el exterior. Cuando la mano se cerró sobre los billetes, los tres amigos divisaron la manga de una chaqueta de piel.
Luego, los tres se instalaron en sus asientos, al tiempo que arrancaba el autocar.
Iniciaban la última etapa del largo viaje. Los tres amigos cayeron en un amodorramiento que duró toda la noche. Resultaba difícil dormir con aquel traqueteo. Todos los pueblos por los que pasaban tenían resaltes de cemento de un palmo de alto en la calle principal. Las sacudidas le impedían al vehículo ir a gran velocidad por dichas poblaciones... y a ellos dormir durante el trayecto.
Llegaron a Lareto hacia las nueve de la mañana. El autocar se detuvo en una plaza pequeña, con árboles y bancos rodeando un quiosco de música.
Desde la frontera, los muchachos habían telefoneado a Dusty. Éste les estaba aguardando en su jeep, obviamente contento de verlos. Y al parecer muy impaciente. Mientras les ayudó a trasladar su equipaje al jeep, dijo varias veces que no tardarían mucho en llegar al rancho... como si nunca fuese demasiado pronto tal llegada.
Cuando el jeep dio la vuelta a la plaza, Júpiter miró hacia atrás.
La mujer del manto color púrpura estaba de pie en una acera, contemplándoles. Júpiter agitó la mano saludándola en un gesto amistoso. Ella no le contestó.
Júpiter no podía censurarla por estar enfadada con ellos. Según se lo imaginaba, había dado varios miles de pesos al joven mexicano de la chaqueta de piel para que impidiera que Los Tres Investigadores llegasen a Lareto.
Y ellos estaban aquí.
CAPÍTULO 4 Una rubia para Júpiter


Tardaron unas dos horas en llegar al rancho. Casi todo el tiempo recorrieron por un camino de tierra que daba vueltas en torno a montañas arboladas. Al frente, muy lejos, se veía una sucesión de montes muy altos. Dusty les explicó que aquellas estribaciones formaban parte de Sierra Madre.
Eso le recordó a Bob una vieja película que había visto por televisión.
—Es el filme donde Humphrey Bogart y sus compañeros encuentran el tesoro de Sierra Madre, ¿verdad? —añadió sonriendo.
Dusty no pareció comprender que Bob sólo bromeaba. Sacudió la cabeza con gran serenidad.
—El tesoro de Sierra Madre no era más que una película —afirmó—. En esas montañas no hay ningún tesoro.
Bob le hizo una mueca a Pete, que iba sentado detrás.
Poco después llegaron al rancho. La vivienda era un edificio amplio y bajo, de madera, asentado en una ladera que descendía hacia un lago. Las únicas señales de vida eran unos caballos que pastaban en un prado cerrado.
Pete miró hacia el lago. Calculó que medía de cuatro a seis kilómetros de longitud por uno de anchura. Buen sitio para pescar, pensó, contento de haber traído los aparejos de pesca. Al otro lado del lago no se veía ninguna cosa, y sí sólo un grupo de árboles. De todos modos, más allá de los árboles se alzaba lo que parecía el campanario de una vieja iglesia. Por allí debía vivir gente.
Dusty abrió camino a través del porche hasta una habitación bastante amplia y agradable, con una hermosa chimenea y varios sillones muy cómodos.
—Supongo que tendréis hambre, ¿verdad? —preguntó.
—Ha leído en mi mente —asintió Pete.
Dusty batió palmas y casi inmediatamente apareció un mexicano por la arcada de un extremo de la estancia.
—Éste es Ascensión —lo presentó Dusty—. Es el cocinero. —En cambio, no se molestó en presentar a los tres muchachos.
Ascensión era un hombre de unos cincuenta años, corpulento, con una cara muy morena y arrugada, y cabello completamente negro. Llevaba botas de vaquero, téjanos y una camisa a cuadros. Parecía más un mozo del rancho que un cocinero.
Dusty le habló rápidamente en español, y Júpiter captó las palabras «desayuno» y «al momento». Ascensión asintió. Sus ojos pardos eran tan oscuros que parecían negros. Bob observó que nunca miraba directamente a Dusty. La tensión entre ellos le recordó la existencia entre las estrellas del rock.
Ascensión era un buen cocinero. No tardó en traer una bandeja llena de huevos con jamón, empanadillas y panecillos calientes. Pete y Bob empezaron a comer de todo, en tanto que Júpiter sólo se dedicó a los huevos con jamón. Las proteínas eran excelentes, según la dieta de Keil Halfebrot. Los carbohidratos eran unos asesinos.
Dusty se sentó con ellos a la larga mesa pero no comió nada. Sólo fue desmigando un panecillo con aspecto nervioso. Parecía estar esperando que sus tres invitados terminasen lo antes posible de desayunar para poder iniciar algo. Algo que le preocupaba.
—¿Habéis comido bastante? —inquirió tan pronto como Pete hubo tragado el último bocado.
—Oh, sí, ha sido estupendo —asintió Pete.
Hubiera podido devorar otra bandeja entera, pero Dusty ya estaba en la puerta.
—Vamos —gritó—. Os enseñaré el rancho.
Una vez fuera, los condujo rápidamente dando una vuelta a la casa hacia un amplio prado vallado. A un lado del mismo había un cobertizo de madera.
—Os gustará ver mi burra —aseguró Dusty.
No era una pregunta. Llevó rápidamente a los tres muchachos hacia el cobertizo. Antes de llegar al mismo, un pequeño asno, lo que los mexicanos llaman «burro», salió del cobertizo y se apartó de sus visitantes, con cierta timidez.
Excepto por una línea negra en el lomo y otra de paletilla a paletilla, era de piel tan clara que parecía blanco. Tenía unas orejas muy grandes, que movía continua y nerviosamente, y una cola muy poblada. Sus patas delanteras estaban trabadas por una cuerda, de manera que aunque se le veía ansioso por escapar, sólo lograba moverse a pasitos cortos y torpones.
Pete, al que le gustaban todos los animales a primera vista, avanzó rápidamente hacia el burro. Alargó la mano para acariciarle el cuello. Dusty se lo impidió.
—No la toques ni le digas nada —dijo con tono tajante—.
Es una borrica y es muy joven. Apenas tiene dos años. Y todavía no ha sido domada.
La burra había conseguido ya alejarse unos cuantos metros. De repente, coceó con las patas traseras, como advirtiéndoles que no se le acercasen demasiado.
—En esas montañas viven muchos burros salvajes. Esta se extravió por mis tierras hace un par de meses y decidí conservarla a mi lado —explicó Dusty—. La llamo Rubia. Ya podéis adivinar por qué.
Miró a Pete.
—Bueno, ahora puedes intentar llamarla. Di sólo: «Ven aquí, Rubia». Veremos qué hace.
«Otra vez —pensó Pete con resentimiento— vuelve a decirnos lo que tenemos que hacer, como si fuésemos unos niños pequeños.» Pero decidió obedecer, como si de un juego se tratara.
—¡Ven aquí, Rubia! —gritó con tono suave—. ¡Ven aquí!
La borrica abatió tanto sus largas orejas que casi le tocaron el cuello. Pete sabía, por su experiencia con los caballos, que esto significaba que Rubia recelaba algo. O estaba enfadada. Volvió a llamarla, pero el animal se alejó de él unos pasos más, dificultosamente por culpa de la cuerda.
—Ahora prueba tú —le ordenó Dusty a Bob.
—¿Para qué? —el muchacho se encogió de hombros—. No conseguiré nada tampoco...
—Es posible que tengas razón —Dusty dejó ver su mejor sonrisa. Miró a Júpiter—. ¿Quieres llamarla tú, por favor? — le preguntó cortésmente.
A Júpiter podía gustarle o no un animal. No le importaba que la borrica viniera o no hacia él. Pero por la expresión ansiosa de los ojos de Dusty, por la forma cómo de repente el ranchero le cogió del brazo, comprendió que esto le importaba mucho a aquél. Y sintió una gran curiosidad.
Liberó su brazo.
—¡Ven aquí, Rubia! —gritó con tono preocupado.
El efecto fue asombroso. La borrica volvió la cabeza al instante. Miró directamente a Júpiter. Enderezó las orejas, apuntando al firmamento.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Pete.
—¡Otra vez! —exclamó Dusty muy excitado—. ¡Repítelo otra vez!
—¡Ven aquí, Rubia! —la voz de Júpiter sonó un poco más interesada.
La borrica se esforzó por avanzar, a pesar de la cuerda que trababa sus patas y se aproximó a Jupe tan deprisa como pudo. Se detuvo a menos de un palmo del muchacho. Luego, alargando el cuello, le tocó gentilmente el pecho con su hocico.
—¡Se ha enamorado de ti! —gritó Bob, palmeando a su amigo en la espalda—. ¿Cómo lo has hecho, Jupe? Sólo tres palabras y está loca por ti.
Júpiter dio un paso atrás. La respuesta de la burra le había cogido por sorpresa. Y las bromas de Bob le mantenían cohibido.
—Acaríciala —le ordenó Dusty, volviendo a cogerle del brazo—. Veamos qué hace cuando la tocas.
Muerto de curiosidad, Júpiter alargó la mano y acarició el cuello de Rubia. Ésta enderezó aún más las orejas y volvió a frotar su morro contra el pecho de Júpiter.
Dusty soltó el brazo del rollizo investigador. Sonreía como el hombre que acaba de ganar un primer premio en un examen.
—Seguro que incluso permitirá que la montes —comentó el ranchero—. Vamos, pruébalo. Para su edad, es un animal muy resistente. Podrá llevarte. Vamos, prueba.
Júpiter vacilaba. No le gustaba demasiado montar en burro. Pero la excitación de Dusty había alertado su cerebro. Estaba pasando algo que no comprendía. Como investigador, tenía la obligación de seguir todas las pistas posibles.
Pasó una pierna sobre el lomo de la borrica y montó a su grupa. Rubia volvió la cabeza y trató de mirarle con sus enormes ojos llenos de ternura. Sus orejas apuntaban al cielo. Por lo visto, le gustaba la idea de tener a Júpiter como jinete.
—Dile ¡arre! —le urgió Dusty—. ¡Y deprisa! —Estas palabras despertaron un súbito recuerdo en la mente de Júpiter.
—¡Arre! —gritó—. ¡Arre, Rubia! ¡Deprisa!
Tuvo que agarrarse al cuello del animal para mantener el equilibrio, cuando ella avanzó torpemente. El recuerdo le había dado una pista a Júpiter y decidió realizar un pequeño experimento.
—¡Sooo, Rubia! —gritó de pronto—. ¡Sooo!
La burra, obediente, paró casi en seco.
—Bueno, ciertamente se ha encaprichado de ti —le dijo Dusty al muchacho cuando éste descabalgó de la burra.
—Sí, es tu magnetismo animal, Jupe —intervino Pete—. Esto te ayudará siempre con las rubias.
—Muy gracioso —se enojó Júpiter—. Quizá yo le recuerdo a alguien...
Lo dijo mirando suspicazmente a Dusty.
—¿Cómo puede ser eso? —replicó Dusty, meneando la cabeza—. Esa borrica era totalmente salvaje cuando llegó al rancho. Las únicas personas que ha visto en su vida somos Ascensión y yo mismo. Y tú no te pareces a ninguno de nosotros dos.
—No, no me parezco a usted —admitió Júpiter.
Acto seguido, se pellizcó el labio inferior. Era su costumbre cuando intentaba imaginarse algo. Decía que le ayudaba a reflexionar.
Todavía se lo estaba pellizcando media hora más tarde, sentado en su camastro de la confortable habitación que compartía con sus dos amigos. Mirando por la ventana, podía divisar el cobertizo. La borrica blanca se hallaba cerca de la valla exterior. Miraba hacia la vivienda y rebuznaba suavemente, como llamando a Júpiter, deseando que se le aproximase y le acariciara.
—¡Rubia! —exclamó de pronto Pete, que estaba ensamblando sus aparejos de pesca—. «Mujer que tiene el pelo claro». Sí, Rubia era una de las respuestas de aquel crucigrama, ¿recuerdas?
—Exacto —asintió Júpiter—. Pero no solamente Rubia. Hay otras pistas.
—¿Cuáles? —Bob estaba desempacando la bolsa. Luego, dobló cuidadosamente sus téjanos y los guardó en un cajón de una cómoda—. ¿Unas pistas del por qué esa Rubia te encuentra tan irresistible?
Júpiter ignoró la broma.
—Las palabras que Dusty ha pedido que le digamos a la borrica. Son las respuestas del extraño crucigrama.
—¿Sí? —quiso saber Pete—. ¿Cuáles? Júpiter se recostó contra la pared y entrecerró los ojos.
—Ven. Aquí —recitó—. Arre. Deprisa. Sooo. Claro que este vocablo no es la preposición «so», sino que hay que pronunciar la o más alargada. Pero ¡Sooo, Rubial significa ¡alto! Y Rubia obedeció todas mis órdenes.
Bob fue hacia su propio camastro y se sentó. Tenía el ceño fruncido meditativamente.
—Sí, creo que estás en el buen camino, Jupe —murmuró—. Pero cuando Pete la llamó, empleó las mismas palabras y Rubia no le hizo el menor caso.
—Lo sé —reconoció Júpiter, tan intrigado como Bob—. Comprendo que es imposible, pero es como si ese animal me conociese desde tiempo atrás. ¡Parece reconocer mi voz!
CAPÍTULO 5 Espionaje


Aquella noche, después de cenar unos buenos bistecs que Ascensión asó en la barbacoa, Los Tres Investigadores se acostaron muy temprano.
Júpiter fue despertado, unas horas más tarde, por un ruido como de frote contra la ventana que había al lado de su cama. Levantó la cabeza y vio a Rubia fuera. Estaba con el testuz pegado al cristal.
Júpiter gruñó y le amenazó con el puño para que se marchase, pero ella no le hizo caso. Si Pete y Bob se despertaban y veían la escena, se pasarían toda la vida burlándose de él. Sin dejar de gruñir, saltó de la cama y se acercó a la puerta que conducía directamente al patio de atrás. Tan pronto como la abrió, la borrica asomó la cabeza dentro del dormitorio. Júpiter la empujó hacia atrás por el pecho, intentando mantenerla fuera. El pequeño animal era tan sólido y firme como un saco de arena. Júpiter no podía moverlo. Finalmente, salió al patio y la llamó por su nombre.
La borrica se volvió al instante y trotó hacia él. A la luz de la luna, Júpiter vio que ya no tenía las patas trabadas. Estaba libre. Por tanto, si él volvía a la cama, la burra probablemente le seguiría.
—¡Maldito animal! —gruñó de nuevo—. ¿Cómo puedo deshacerme de ti?
La única respuesta parecía ser llevarla a su cercado. Júpiter echó a andar y de pronto se paró en seco.
Había oído el sonido de unas palabras en español pronunciadas en el porche posterior de la casa. Una voz masculina y otra femenina. Aunque Ascensión nunca le dirigía la palabra a Dusty, se había mostrado bastante parlanchín con los tres amigos en la barbacoa. Hablando en español con Júpiter, le había formulado varias preguntas sobre Estados Unidos, había hablado del lago, y les había advertido que no se bañasen en el mismo, añadiendo que el agua de las montañas estaba tan fría como el hielo y que, por tanto, no resistirían dentro del lago más que unos pocos minutos.
Júpiter reconoció al momento la voz de Ascensión, de tono grave, aunque se hallaba demasiado lejos para oír lo que estaba diciendo.
Preguntándose quién sería la mujer, Júpiter se acercó sigilosamente al porche. Rubia caminaba a su lado. El muchacho le acarició el cuello para que no rebuznase.
Ahora hablaba la mujer.
—Debes ayudarme, Ascensión —oyó Júpiter que decía en español—. Ya sabes lo que hará Rice si los encuentra. Tal vez los mate.
Ascensión replicó con varias palabras mexicanas, que describían al ranchero. Y no como buena persona. —Está bien. Haré cuanto pueda para ayudarte —prometió después—. Cuenta conmigo.
La mujer le dio las gracias. Júpiter se retiró velozmente hacia la oscuridad cuando oyó los ligeros pasos de la mujer en el patio. Vislumbró la figura antes de desvanecerse por una esquina de la casa. Como estaba de espaldas, Júpiter no logró verle la cara. Pero la luz de la luna brilló un fugaz instante sobre su cabellera rubia.



La borrica restregaba el hombro contra Júpiter. Desde donde se hallaban, veía que el portón del cercado de Rubia estaba abierto. La hizo entrar, y cerró la valla por dentro. Después, saltó hacia el patio. La borrica mantuvo la cabeza apoyada en la cerca y rebuznó varias veces, como quejándose. Júpiter se alegró al comprobar que el animal no era saltarín. Volvió a meterse en la cama.
A la mañana siguiente, cruzó unas cuantas palabras con los otros dos investigadores antes de salir del cuarto. Les contó lo sucedido durante la noche y explicó que tenía que efectuar una importante llamada telefónica. Necesitaba que alejasen a Dusty de la casa por un par de horas.
Ascensión les dio unos huevos revueltos con pimientos verdes como desayuno. Era uno de los platos favoritos de Júpiter, pues no contenía almidón ni harina, pero cortésmente se negó a comerlos. Alegó que le dolía el estómago.
Esta era la señal para Pete. El muchacho, entonces, le preguntó a Dusty si podía llevarles a pescar al lago. El ranchero accedió a ello. Júpiter anunció que se quedaba en el rancho a causa de su estómago. Media hora más tarde estaba a solas con Ascensión.
Sobre la mesa había quedado un plato con panecillos recientes. Júpiter libró una gran batalla consigo mismo. Olían tan bien... Cogió unos cuantos y se los metió rápidamente en la boca. Al fin y al cabo, tenía que comer algo para conservar las fuerzas hasta la hora de almorzar. Luego, buscó un teléfono con la mirada.
Y por las habitaciones.
Lo encontró en un despachito que tenía Dusty junto al salón. Cerró la puerta a sus espaldas, y se sentó ante el escritorio. Repasó la guía telefónica de los números de llamada directa a California.
Héctor Sebastián respondió al momento. Júpiter le contó dónde estaba y fue directamente al grano.
—¿Podría hacerme el favor de llamar a la Base de Datos por ordenador desde su terminal? —le preguntó a su viejo amigo.
Héctor Sebastián era un famoso escritor de novelas de misterio. Había sido detective privado y le gustaba ayudar a Los Tres Investigadores en sus casos siempre que le necesitaban.
—No hay problema —respondió.
—Estupendo —exclamó Jupe—. Todo lo que necesita es entrar mi clave personal: D—E—T—E—C—T—I—V—E. Luego, pase por los menús hasta llegar a la Enciclopedia.
—De acuerdo —convino Héctor Sebastián—. Y el asunto es...
—Hum... Burros.
—¿Cómo?
—Sí, burros, los pequeños asnos utilizados como animales de carga. —Está bien...
Júpiter explicó lo que deseaba saber acerca de los burros. Sebastián lo anotó todo y prometió llamar a Júpiter tan pronto como tuviese las respuestas.
Mientras esperaba, el muchacho echó una ojeada a la habitación. De ordinario, se lo habría pensado dos veces antes de husmear en las cosas ajenas. Pero se imaginaba que Dustin Rice sólo les había dicho una sarta de mentiras desde su primera aparición en el portal de los Jones. Los Tres Investigadores tenían derecho a indagar cuanto quisieran.
La mente de Júpiter hervía de preguntas. ¿Por qué Dustin había escogido su crucigrama entre todos los correctos? ¿Por qué se había mostrado tan ávido de que llegase al rancho lo antes posible? ¿Por qué había intentado impedirlo la mujer mexicana? ¿Y por qué Rubia parecía conocer a Júpiter, aunque nunca se habían visto?
Júpiter no halló nada interesante en las estanterías de Dusty, excepto unos mapas a gran escala de Sierra Madre. Alguien había marcado unos cuantos interrogantes en ellos. Probablemente Dusty. En el cajón de arriba del escritorio se hallaban las escrituras del rancho. Júpiter les echó una ojeada hasta llegar a la firma del final.
ASCENSIÓN BARBERA
O sea que Ascensión le había vendido el rancho a Dusty, permaneciendo en el mismo como mozo y cocinero. Esto explicaba la hostilidad del mexicano hacia el ranchero.
En el cajón de abajo había una grabadora. Júpiter la sacó, bajó el volumen y presionó el botón de funcionamiento.
Esta vez reconoció su propia voz al instante. Oyó cómo pronunciaba las mismas palabras una y otra vez.
«Ven. Aquí. Rubia. Arre. Deprisa. Sooo. Rubia. Ven. Aquí...»
Poco después, rebobinó cuidadosamente la cinta y dejó el aparato donde lo había encontrado.
Unos minutos más tarde sonó el teléfono.
—Ya tengo la información —dijo la voz de Héctor Sebastián—. ¿Listo?
—Sí.
Júpiter preparó su lista de preguntas y anotó las respuestas al dorso.
—Gracias —dijo cuando el autor de misterios hubo terminado—. Estupendo.
—A tu servicio, Jupe. Llámame cuando regreséis y os invitaré a una buena comida. Siento curiosidad por saber a dónde os llevarán esos burros.
Júpiter prometió llamarle y volvió a darle las gracias a Sebastián antes de colgar. Tenía mucho que contarles a Pete y Bob, y un montón de cuestiones sobre las que meditar. Pero los otros tardarían al menos una hora en regresar. Salió del despacho, cerrando cuidadosamente la puerta tras él.
No había visto a Rubia esta mañana. Ahora que tenía ya las respuestas acerca de los burros, se sentía más interesado por aquel animal. Y decidió hacerle una visita.
Ascensión estaba en el cercado de la borrica, llenando su abrevadero. Tan pronto como la burra divisó a Júpiter trotó ansiosamente hacia él. Júpiter le acarició el cuello.
El mexicano se había quitado la camisa bajo el sol de mediodía. Júpiter observó su pecho y espalda, y vio que eran del mismo color que su cara. Sin embargo, no supo acertar si se trataba del color propio del cocinero o si se debía a trabajar al aire libre, bajo un sol tan abrasador. De todos modos, seguro que su piel era más oscura que la de Júpiter. Incluso con sus baños diarios, Júpiter seguía siendo un anglosajón pálido que pasaba muchas horas bajo techado, delante de la pantalla de su ordenador.
Júpiter señaló a la borrica.
—Rubia ya no... —no conocía la palabra española que significa «trabada», pero Ascensión adivinó su intención cuando el chico señaló las patas de la burra.
—No, ese... —Ascensión usó la palabra que, por lo visto, era natural en él al referirse a Dusty, una palabra muy malsonante— le quitó la cuerda ayer por la tarde.
—¿Por qué?
—Porque ahora que tú estás aquí no teme que la burra se escape.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Te está agradecida.
—¿Agradecida?
—Piensa que le salvaste la vida. Y los animales son muy agradecidos. Muy leales también.
Cogió el balde del agua y se alejó. Júpiter le siguió, con la borrica detrás. Pero el mexicano se negó a responder a más preguntas. Se escudó en que tenía mucho trabajo.
Pete y Bob habían pescado varias truchas. Ascensión las asó para el almuerzo. De pronto, Júpiter se sintió bien del estómago y se comió dos. Al fin y al cabo, aquellos pescados eran proteínas puras.
—Bien, andemos un poco para quemar calorías —les propuso Júpiter a sus amigos—. ¿De acuerdo, chicos?
Pete y Bob sospecharon al momento que su amigo deseaba hablarles a solas. Los tres atravesaron el campo hasta un grupo de árboles, cerca del lago.
Tan pronto como estuvieron instalados en un claro entre la arboleda, Júpiter les contó la llamada a Héctor Sebastián. Luego, extrajo del bolsillo de sus téjanos la hoja donde anotó las respuestas.
—Los burros poseen un oído muy fino —les manifestó—. Extraordinariamente bueno. Y no son como los perros.
Los perros reconocen a las personas por el olfato. Los burros no, sino por la voz, principalmente. Suelen encariñarse con una persona y, en tal caso, responden inmediatamente a la voz de dicho individuo.
—Quieres decir que, una vez encariñados con alguien, siguen fieles a ese alguien para toda la vida... —comentó Bob—. Por lo visto, Rubia te será fiel toda la vida.
—Basta de bromas —se enfadó Júpiter—. Seguro que eso es lo que perseguía Dusty con su crucigrama idiota. Dusty buscaba una voz que fuese idéntica a la de otra persona. Algún norteamericano, suficientemente joven, que haya sido amigo de Rubia.
Luego, contó lo que le había explicado Ascensión.
—Alguien que le salvó la vida en cierto momento. No sé cómo. Ni sé quién era el fulano. Pero cuando Dusty oyó mi voz en la cinta grabada, pensó que era la más parecida a la de esa otra persona. Y entonces colocó la cinta en la grabadora que esta mañana he hallado en su despacho. Sólo conservó las palabras que necesitaba. Ven, aquí, Rubia, sooo... Después, probó esa cinta con la borrica, pero supongo que no surtió el menor efecto. Al menos, las palabras no debían sonar muy bien en los oídos de Rubia. Por lo que Dusty tuvo que hacer que la borrica oyese mi voz natural. Por eso estaba tan nervioso durante el desayuno de ayer por la mañana. Necesitaba averiguarlo. Y cuando la cosa funcionó... ¿os acordáis de lo mucho que se excitó?
Pete y Bob callaron unos segundos, reflexionando sobre lo que acababan de oír.
—Sí, esto tiene sentido —concedió Bob—, pero...
—Sí —corroboró Pete—. Pero, ¿a qué nos conduce todo eso? ¿Por qué gastar tanta pasta y tanto tiempo en encontrar una voz que puede reconocer una burra mexicana? Júpiter sacudió la cabeza.
—A mí que me registren —admitió—. Pero hay otra cosa que me preocupa más que ésa.
—¿Cuál es? —indagó Bob.
—Sabemos que es posible —respondió Júpiter— hallar dos personas que posean una voz muy semejante. Tú, Pete, creíste que era mi voz la que escuchaste en la cinta que hallé en el buzón. Pero, pese a todo, existe menos de una probabilidad entre un millón de que esas dos personas tengan el mismo aspecto.
Consultó sus notas.
—Y los burros tienen una vista excelente —prosiguió—. En muchos aspectos, mejor que la de los seres humanos. No sólo reconocen a las personas por la voz sino también por la vista.
—Sí —asintió Bob—, esto no parece... —se interrumpió de pronto.
Los otros dos chicos también lo habían oído. El ruido de unos pasos que se alejaban, perdiéndose entre los árboles. Moviéndose lo más sigilosamente posible, Los Tres Investigadores trataron de seguir aquel sonido.
Pero el espía conocía el bosque mucho mejor que ellos. Pronto perdieron el rastro. Dejaron de oír las pisadas. Sólo percibieron ya el canto de los pájaros.
Decidieron separarse y registrar toda la zona en abanico.
Júpiter fue el primero en volver al claro. No había encontrado a nadie. Unos minutos más tarde se le reunió Pete. Cuando Júpiter lo miró, negó con la cabeza. Luego, el alto investigador se tumbó sobre la hierba.
Tuvieron que aguardar a Bob durante otros diez minutos. El muchacho llevaba las manos en los bolsillos y sonreía con el estilo frío y casual que le caracterizaba y que a menudo significaba que sabía algo que los otros ignoraban.
—¿Has visto a alguien? —le preguntó Pete—. ¿O tienes una información ya clasificada? —Ni a un alma viviente —replicó Bob. Se apoyó contra un árbol—, pero hallé esto. Sacó la mano derecha del bolsillo del pantalón. Entre los dedos sostenía algo.
Pete y Júpiter vieron que era un pedazo de lana de un palmo de longitud aproximadamente. De la clase de lana tosca con la que los mexicanos fabricaban los chales.
La lana era de color púrpura muy vivo.
CAPÍTULO 6 Súbitamente… colgado


—Estoy preocupado por Rubia —murmuró Dusty a la hora del desayuno de la mañana siguiente.
Pete levantó la vista desde sus huevos con jamón.
—¿Qué pasa con ella? —inquirió—. ¿Medita sobre algo? ¿Está de mal humor? ¿Mira al espacio?
Júpiter le pegó una patada por debajo de la mesa.
Dusty continuó como si no le hubiese oído. El ranchero estaba de nuevo bastante nervioso. Apenas había comido algo.
—Esa borrica no tardará en estar en apuros si continúa en ese cercado.
Aquella mañana, muy temprano, Júpiter había visto a Rubia. Y le pareció que estaba muy tranquila. Masticaba la hierba con fruición. Se la veía muy saludable. Tenía la piel lisa y los ojos muy brillantes. Cuando Júpiter fue a verla, el animal estaba fuera del cobertizo y galopó hacia él. Galopaba sorprendentemente deprisa.
Decidió callar todo esto. Tal vez Dusty revelaría otra pista del crucigrama.
—¿No come bastante? —preguntó en cambio el rollizo muchacho inocentemente.
—Me preocupan sus pezuñas —el ranchero apuró su café—. Los burros son oriundos del norte de África. Y están acostumbrados al terreno duro, pétreo. Sus pezuñas crecen muy deprisa, como uñas muy duras. Las piedras y la grava se las afilan. Si los burros están demasiado tiempo en un lugar herboso, blando, sus pezuñas siguen creciendo hasta que se curvan bajo sus pies —Dusty dejó la taza de café—. Y no tardan mucho en quedar tullidos.
—¿No se les puede cortar las pezuñas? —preguntó Pete. En cierta ocasión había visto cómo un amigo lo hacía con una navaja de afeitar.
—No —negó Dusty, frunciendo el ceño—. No a un burro salvaje como éste. Ni siquiera dejaría que se aproximara. Si me atreviese a tocarle una sola pata, me soltaría una coz.
Júpiter pensó que probablemente a él sí le dejaría cortarle las pezuñas. Pero no dijo nada. Sabía que Dusty deseaba llegar a cierta parte... A cierta parte que no tenía nada que ver con las pezuñas de Rubia.
—Pienso que debería soltarla —prosiguió Dusty—. Dejar que vuelva a las montañas de donde vino —miró a Jupe—. Lo malo es que ahora no querrá marcharse. No, estando tú aquí.
Júpiter recordó lo que le había dicho Ascensión: «Porque ahora que tú estás aquí no teme que la burra se escape.»
Júpiter hubiese podido preguntar por qué no había soltado a Rubia unas semanas atrás. Por entonces, ya debía saber lo de sus pezuñas. Pero estaba seguro de que el ranchero iba a mencionar su verdadero objetivo. El objetivo que llevaría a Los Tres Investigadores a estar más cerca de la solución del caso.
—A menos que tú fueses con ella —murmuró Dusty pensativamente—. Bueno, podríamos ir todos, claro. Realizar una pequeña excursión por esos montes —miró a los tres muchachos—. ¿Qué os parece mi idea?
A Júpiter le sonaba tan falsa como un billete de tres dólares... que no existen. Miró a Bob a hurtadillas y le guiñó el ojo.
Bob entendió al momento aquella señal. Significaba que debían dar largas al asunto hasta que pudieran discutirlo ellos tres.
—Bien, le daremos nuestra contestación... —empezó a decir Bob.
—¿Cuándo? —se impacientó Dusty—. ¿Cuándo?
—Cuando estemos preparados para realizar esa excursión —explicó Pete, encaminándose a la puerta, seguido por sus dos amigos.
Los tres muchachos recorrieron el prado hasta hallarse lejos de todos los oídos.
—Supongo que ha llegado el momento clave de todo el asunto —dijo Bob tan pronto como estuvieron instalados sobre la hierba—. Esa excursión a las montañas es el principal objetivo de toda esa comedia. ¿No lo crees así, Jupe?
—Sí —asintió el aludido—. Por esto me necesita Dusty. Necesita mi voz. Para que Rubia no huya. Para que nos lleve a alguna parte. A alguna parte de esas montañas, de las que ella vino.
—¿Qué habrá allí? —preguntó Pete, contemplando la elevada cordillera que se alzaba mucho más allá del rancho—. ¿Oro?
—Seguro —sonrió Bob—. «El tesoro de Sierra Madre». —Arrancó una brizna de hierba y la masticó—. Bien, ¿qué opináis, chicos? ¿Queréis ir de excursión?
—Yo sí —decidió Pete. Le encantaba acampar al aire libre, cocinar en una buena fogata y dormir en un saco bajo el cielo estrellado—. ¿Y vosotros? Es posible que sea una excursión muy dura...
—No será peor que un viaje por carretera con un conjunto de rock —observó Bob—. Y os seguro que es una cosa muy dura —miró a Júpiter—. ¿Qué opinas tú?
Júpiter nunca se había considerado a sí mismo como un tipo amante de vivir bajo el cielo raso. Prefería actuar con el cerebro que con los pies. Pero, como investigador, había tenido que realizar mucho trabajo de piernas en el pasado. Y era preciso solucionar este caso, fuese como fuese.
—Seguro —asintió—. Sierra Madre, ahí vamos. En fin, le daremos a Dustin Rice la buena noticia.
Júpiter tenía razón. Para Dustin Rice fue una gran noticia. Cuando Pete se la comunicó, sonrió ampliamente.
Los Tres Investigadores acordaron que el día siguiente sería ideal para iniciar la excursión. Sin dejar de sonreír, el ranchero se marchó a Lareto para comprar las provisiones del viaje. Pete le entregó un montón de postales con «Te echo mucho de menos», y «Ojalá estuvieses aquí», dirigidas a Kelly Madigan. Luego, los tres amigos se separaron hasta la hora del almuerzo.
Pete se fue al lago para pescar. Bob se instaló en el porche para limpiar y desinfectar sus lentes de contacto. Era una tarea que tenía que realizar cada semana y tal vez le resultase difícil durante la excursión. Júpiter fue en busca de Ascensión. Deseaba formularle varias preguntas.
Encontró al cocinero en la cocina tratando de reparar un radioteléfono portátil. Lo había desmontado pero no era capaz de volver a montarlo.
—Éste no es mi oficio —se lamentó el mexicano, en español— Radios... ¿qué sé yo de radios? Caballos, ganado... de eso sí entiendo.
—Deje que pruebe —se ofreció Júpiter—. Estoy acostumbrado a esos chismes. ¿No funciona?
—No, claro que no. ¿Crees que lo hubiese desmontado para divertirme? No capta ningún sonido.
—¿Para qué le sirve?
—Para hablar por él.
—¿Hay alguien por esos contornos que tenga uno de esos aparatos?
Júpiter se preguntaba con quién hablaría Ascensión. Excepto por el distante campanario de la iglesia al otro lado del lago, no había visto casas en muchos kilómetros a la redonda.
—No, que yo sepa.
—Entonces, ¿por qué desea repararlo?
—Porque está roto.
Júpiter tuvo que darse por vencido. Pronto descubrió lo que le pasaba al radioteléfono portátil: una conexión rota. Como no tenía la clase de cable necesario para la reparación, tuvo que improvisar uno, quitando la envoltura de un cable eléctrico y usar los finos alambres de cobre del mismo.
—¿Conoce a muchos chicos norteamericanos? —preguntó Jupe en tono casual mientras trabajaba.
—No —el mexicano le contemplaba con grave interés—. ¿Todos son tan buenos como tú en esa clase de reparaciones?
—Sí, algunos —Júpiter volvió a probar—. ¿Ha habido otros muchachos norteamericanos en este rancho?
—¿Cuándo?
—En los últimos tres o cuatro meses. Desde que llegó Rubia.
Ascensión se encogió de hombros.
—A veces, aquí para gente...
—¿Y alguna de sus voces se parecía a la mía?
El arrugado rostro del mexicano conservó su expresión impasible, pero sus ojos negros sonrieron.
—A mí todos los gringos me suenan igual —observó.
—Pues no todos le suenan igual a Rubia.
—Los burros poseen mejores orejas que yo.
Júpiter comprendió que no sacaría nada en claro. Ascensión sabía que él le quería sacar alguna información y no estaba dispuesto a darla.
El joven terminó de montar el aparato y lo puso en marcha. No obtuvo ninguna respuesta a sus señales de llamada, por más que reajustó la antena, pero le satisfizo comprobar que el transmisor-receptor volvía a funcionar. Si había alguien con otro transmisor-receptor dentro del radio de alcance, Ascensión podría comunicarse con él.
—Listo, ya funciona.
—Sois muy hábiles los norteamericanos.
—Gracias.
Tal vez los norteamericanos fuesen hábiles en algunas cosas, pero Júpiter sabía que debía madrugar mucho para ser más listo que ese mexicano.
Ascensión cogió el radioteléfono y le dio las gracias a Júpiter. Luego, le estrechó la mano gravemente.
—Un día sostendremos una larga charla —prometió—. Un día, cuando...
Se interrumpió. Sonaba el teléfono. Fue al despacho para contestar. No tardó mucho en regresar.
—Es para ti.
Debía ser Héctor Sebastián. A Jupe no se le ocurría quien más podía llamarle al rancho.
Pero no fue la voz del autor de misterios la que respondió, sino la de una mujer. Una mujer norteamericana.
—¿Júpiter Jones? —inquirió.
—Sí. ¿Quién habla?
—Mi nombre no importa. Tampoco significaría nada para ti. He de enseñarte una cosa importante. Algo muy importante para ti.
Júpiter sintió aumentar su interés, y también la excitación que siempre experimentaba cuando un caso tomaba un rumbo inesperado.
—¿Por qué no viene al rancho? —sugirió.
—No —la voz dejó oír una nota de terror—. Yo... no puedo ir al rancho de Dustin Rice. Sería muy peligroso para mí.
—Dustin Rice no está —la tranquilizó Júpiter—. Se fue a Lareto.
—No —la voz continuaba asustada—. Alguien podría verme y decírselo. Desearía que nos encontrásemos al otro lado del lago.
Le dio instrucciones detalladas. Encontraría un bote amarrado en la playa, a la altura del rancho. Si cruzaba el lago a remo y luego recorría parte del bosque en dirección al campanario de la iglesia, llegaría a un pequeño poblado. Ella le aguardaría en la playa principal.
—Ven solo —finalizó—. Si te acompaña alguien, me marcharé y jamás podrás averiguar lo que quería enseñarte.
—¿Qué es ello?
Pero en la línea sólo quedaba ya un zumbido. La mujer había colgado súbitamente...
CAPÍTULO 7 Júpiter se traga el anzuelo


Jupe volvió al porche. Bob ya había concluido de limpiar sus lentes de contacto y ahora estaba leyendo la historia de México en el libro de bolsillo que había traído. Júpiter le contó lo de la llamada telefónica.
—Seguramente quiere enseñarte algo —razonó Bob—. Tal vez tiene un retrato de ese chico norteamericano con el que tanto se encariñó Rubia.
Jupe se encogió de hombros. Había pensado lo mismo. Claro que sólo era una suposición.
—¿Deseas que vaya contigo? —se ofreció Bob.
Júpiter replicó que la mujer había insistido en que fuese solo.
—Hum... —gruñó Bob—. Bueno, estarás al aire libre. No creo que ocurra nada, y remar te irá bien.
—Ya veremos —gruñó también Júpiter, encaminándose al lago.
Júpiter no vio señales de Pete cuando llegó a la orilla del lago. No tardó en descubrir el bote, muy pequeño, de madera. Los remos se hallaban debajo del asiento, un banco algo carcomido. Empujó el bote al agua, se metió dentro y fijó los remos en sus respectivos puntos de apoyo en la regala.
Empezó a remar.
Lo encontró mucho más difícil de lo que había supuesto. Por mucho que se esforzase, la barquita se desviaba hacia un costado. Pronto comprendió el motivo. El lago no era una masa de aguas tranquilas. De la montaña descendía un río que desembocaba en un extremo del lago, ensanchándolo, y seguía su curso por el otro. Incluso, muy cerca de la orilla, la corriente era mucho más fuerte que las mareas de Rocky Beach.
Júpiter analizó unos segundos aquel problema; después viró el bote para que formase un ángulo recto con la corriente. Al bogar más duro con el remo de estribor —el del costado de la corriente— que con el de babor, pudo mantener la barca con su proa enfilada a la orilla opuesta sin que apenas derivara. Pero tenía que emplear en ello todas sus energías.
De pronto...
¡CRAC! Se rompió la pala de un remo.
Júpiter vio cómo flotaba lejos de su alcance. En la mano le quedaba sólo un pedazo de madera inútil. Con esto no podía remar. Apresuradamente, arrojó el madero dentro del bote y colocó el remo útil en el lugar que había ocupado el roto.
Ahora resultaba imposible que el bote siguiera el rumbo anteriormente trazado. No hacía más que dar vueltas como el perro que quiere morderse la cola. Júpiter trató de ir cambiando el único remo de un lado al otro, pero esto era demasiado lento y pesado. Finalmente, soltó el remo de la regala y lo usó como se usa el de una canoa. Empujando desesperadamente, primero desde un costado, luego desde el otro, consiguió llevar el bote a duras penas a través del lago.
Se hallaba a menos de la mitad de su anchura cuando se rompió la segunda pala.
Ahora, Júpiter estaba a merced de la corriente. Intentó impulsar el bote con uno de los remos rotos, pero las aguas eran demasiado profundas. No conseguía llegar al fondo.
Pensó gritar pidiendo ayuda. Pero aunque Bob o Ascensión le oyesen, ¿qué podrían hacer sin otra barca?
Estaba perdido, derivando rápidamente hacia el punto por donde el río seguía su curso después de cruzar el lago.
Jupe era buen nadador. Podía tirarse al agua y tratar de llegar a tierra rodando contra corriente. Pero recordó lo que Ascensión les había dicho. Al meter la mano en el agua vio que el mexicano estaba en lo cierto. El agua estaba casi helada. Júpiter no resistiría más de unos minutos nadando.
Al menos estaba aún en el bote. Si se quedaba en él, flotaría río abajo. ¿Pero por cuánto tiempo? El camino hacia el rancho era sumamente empinado. El descenso del río debía de ser casi torrencial. Y probablemente había rápidos.
Pensó en el poblado oculto al otro lado del lago. Tal vez allí alguien tuviera una barca.
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó en español.
Pero el lago estaba desierto al calor del mediodía. Ladró un perro, pero nadie más respondió.
Júpiter intentó mantenerse sereno y pensar un plan. Tal vez en el río hallaría algún bajío. Tal vez podría impulsarse hacia la orilla.
Pronto lo descubrió. No estaba ya lejos de la boca del lago. Veía el sitio por donde desaparecía el agua.
¡Desaparecía!
Júpiter comprendió lo que esto significaba: ¡la parte superior de una cascada! Se agazapó en el bote, agarrándose para amortiguar el choque de la inminente caída..,
—¡Jupe!
El muchacho levantó la cabeza. Pete estaba de pie en la orilla del lago, blandiendo su caña de pescar.
Pete ignoraba lo de los remos rotos. Pero comprendió al instante el peligro en que se hallaba su amigo. Al revés que éste, podía divisar la cascada de diez metros donde se estrechaba el lago y se convertía en un río. Había estado pescando por el fondo de aquella cascada. Conocía el poder que tenía allí aquella masa de agua rugiente y helada. El frágil bote se estrellaría contra las rocas. Y Júpiter...
Pete echó a correr a toda velocidad por la orilla. Luego, paróse en un punto donde la tierra se internaba un poco más en el lago. Juzgó que Jupe tendría que pasar a unos quince metros de este punto antes de llegar a la cascada.
Pete soltó el carrete de su caña de pescar. Tenía una posibilidad. Sólo una. No habría una segunda vez. Aguardó hasta que el bote estuvo casi directamente frente a él.
Entonces, empleando toda la fuerza de su muñeca y antebrazo, lanzó la caña adelante y arrojó el plomo con el sedal lo más lejos que pudo a través del lago.
Era el lanzamiento mejor y más distante que Pete había hecho en su vida. El plomo cayó al agua al otro lado del bote.
Júpiter asió el sedal justo en aquel momento.



—¡No tires! —le advirtió Pete—. Podría romperse. Sujétate al plomo.
Júpiter sacó el plomo del agua y lo sujetó cuidadosamente con su mano derecha.
Pete empezó lenta y cautelosamente a recuperar el sedal centímetro a centímetro, empleando la mínima fuerza imprescindible al tensarlo.
No trató de llevar el bote hacia la orilla, pero, cuando el sedal quedó tirante, observó muy aliviado que el bote empezaba a trazar un arco, acercándose hacia él, como sujeto por una correa. Consiguió soltar unos cuantos palmos más de hilo.
Cuando el bote se acercó al borde del lago, la corriente se tornó más débil. Pete empezó a enrollar el hilo acortando el sedal. El arco se fue haciendo más pequeño. Ahora el bote ya se dirigía a tierra. Estaba casi libre de la corriente. Júpiter casi estaba salvado.
Todavía se hallaba, no obstante, a unos metros de la orilla cuando se rompió el sedal.
El muchacho se arrodilló sobre el banco de la barquichuela y cogió uno de los remos rotos. Inclinándose por un costado, lo hundió lo más hondo que pudo en el agua. Abajo... abajo... De pronto tocó fondo. Entonces, empezó a impulsar el bote con todas sus energías.
Con una terrible lentitud, el bote casi zozobró, pero avanzó unos metros hacia la orilla. Júpiter volvió a empujar con el remo roto. La barca volvió a avanzar un poco más. Ahora se hallaba ya en el lugar donde el agua sólo tenía unos palmos de profundidad. Saltando por la borda, asió la proa del bote y lo arrastró los últimos metros hacia la orilla.
Pete corrió hacia él, ayudándole a tirar del bote.
—Gracias —jadeó Júpiter. ¿Qué otra cosa podía decir?
—El mayor pez que he pescado nunca —sonrió Pete—. Le pediré a Ascensión que te ase en la barbacoa para el almuerzo.
—No quiero que me convierta en filetes de pescado.
Los dos oyeron el ruido de unos pasos rápidos. Era Bob que acudía corriendo por la orilla del lago. Después de marcharse Jupe, había bajado al lago para ver qué tal le iba a su amigo. También había visto cómo el bote derivaba hacia la cascada, pero no había podido hacer nada para ayudarle.
—Buen lanzamiento —le dijo a Pete—. Cualquier productor de Hollywood estaría orgulloso de tener a alguien como tú para sus lanzamientos... publicitarios.
Pete sonrió.
—¡Eh! —exclamó—, pensaba que esto era El tesoro de Sierra Madre y no Tiburón. Además, no me habría gustado ser yo el que tuviera que darle a tía Matilda la mala noticia.
Júpiter unió sus carcajadas a las de sus amigos. —¡Valientes camaradas! —gritó.
Después, tomó asiento y se quitó las zapatillas y los calcetines mojados. Sólo con unos segundos en el agua tenía los pies azulados por el frío. Por suerte, no había intentado nadar.
Mientras Pete enrollaba su sedal, Júpiter explicó lo que había ocurrido. La falsa llamada. Los remos rotos.
—¿Las dos palas se rompieron? —se extrañó Pete—. ¿Por las buenas?
—No, no por las buenas. —Júpiter estaba examinando los extremos rotos de los remos, con los bordes muy lisos. Dedujo que los habían aserrado algo, de forma que las palas se rompieran a los pocos minutos de remar—. Por lo visto, alguien quería que yo sufriera un accidente mortal.
Miró a Bob.
—¿Viste a alguien al otro lado del lago?
Bob asintió, sentado en la popa de la barca.
—Sí, por un segundo. Tuve el vislumbre de una mujer en la otra orilla del lago. Parecía estar vigilándote, Jupe, mientras te precipitaba hacia la cascada. Después, desapareció.
—¿Qué aspecto tenía? —inquirió Pete—. No, no me lo digas. Puedo adivinarlo. Era una mexicana con largas trenzas negras y un manto púrpura en la cabeza.
—No —Bob negó con la cabeza—, a mí me pareció norteamericana. Llevaba téjanos azules, gafas y...
—Y tenía el cabello rubio —le interrumpió Júpiter.
Bob le miró sobresaltado.
—¿Dominas la PES2, acaso?
CAPÍTULO 8 Dejadlo para Rubia


A la mañana siguiente, Los Tres Investigadores emprendieron el camino de las montañas.
Dusty había traído de Lareto una especie de furgón para las caballerías, que enganchó a la parte trasera del jeep. Ascensión había sacado uno de los caballos del cercado. Pete le ayudó a ponerle la brida y la silla. El caballo estaba ya bien domado, por lo que no se opuso a que Pete le condujese por la rampa hacia su nuevo hogar, el furgón.
Se quedó con él, fregándole el cuello, mientras Júpiter y Ascensión iban en busca de la borrica Rubia. Júpiter se alegró de poder estar a solas con Ascensión. Intentaría sonsacar más información del astuto mexicano.
—El bote que hay al borde del lago —preguntó—, ¿siempre está allí?
—¿Dónde se puede tener un bote? ¿En la cocina? —y añadió con sorna—. A no ser que se trate de un bote... de conservas.
—¿A quién pertenece?
—Al rancho.
—¿Lo utiliza alguien?
—A veces.
—¿Para qué? —Para pescar.
Como de costumbre, sus intentos de obtener información de Ascensión no llevaban muy lejos a Júpiter. Pero todavía tenía que enterarse de una cosa.
La mujer rubia que Bob había divisado al otro lado del lago era, con toda seguridad, la norteamericana que había telefoneado a Júpiter. Probablemente, era ella también la que había aserrado los remos. ¿Pero cómo había cruzado el lago, de ida y vuelta? Debía de haberlo hecho la mañana anterior, muy temprano, o tal vez durante la noche.
—Si usted quisiera ir al poblado que hay al otro lado del lago —le preguntó a Ascensión—, ¿cómo lo haría?
—Andando.
—Pero el lago es muy profundo.
—No lo es tanto por allí —el mexicano señaló donde el río penetraba en el lago—. Hay piedras para cruzarlo.
Júpiter asintió. Era una buena respuesta. La norteamericana había cruzado el lago hasta el rancho de Dusty por encima las piedras, había aserrado los remos y había vuelto al pueblo desde donde había llamado a Júpiter.
Y si era la misma mujer rubia que Júpiter había visto aquella primera noche a la luz de la luna, Ascensión la conocía.
—¿Tiene usted amigos en el pueblo? —insistió Júpiter. —Conozco al dueño de la cantina. Es mi primo.
—¿Algún amigo norteamericano? ¿Una mujer de cabello rubio?
Habían llegado a la cancela del cercado de Rubia. Ascensión volvióse para mirar fijamente a Jupe. Directamente a los ojos.
—Fue una estupidez lo que ella hizo —exclamó de repente, aflojando la lengua—. Se lo dije. Pero está muy asustada. Y cuando la gente se asusta, a veces hacen cosas insensatas. Me alegro de que no te ocurriese nada. Pero...
Puso una mano en el hombro de Júpiter.
—Ten cuidado en las montañas, amigo —le avisó—. Hay peligro en ellas.
Rubia galopó excitadamente al encuentro de Júpiter. Éste abrió el portón y la borrica restregó su testuz contra el muchacho. Júpiter le rascó detrás de las orejas. Cada vez le gustaba más la borrica. Pero ésta seguía sin permitir que Ascensión la tocase. El mexicano tenía que permanecer a cierta distancia mientras le explicaba a Júpiter cómo podía embridarla con una correa.
—Tendrás que montarla a pelo —añadió—. Por mucho que te quiera, no permite que la ensillen. Rodaría por tierra hasta romper la cincha.
Júpiter abrió mucho los ojos.
Dusty ya había cargado las provisiones en el asiento trasero del jeep. Sacos de fríjoles y arroz, avena para el caballo, azúcar y café, sacos de dormir y un rifle. Pete y Bob tuvieron que apretarse entre todas las provisiones. Júpiter iba delante con el ranchero, sujetando a Rubia por medio de una correa muy larga. La borrica trotaba al lado del jeep, y el furgón del caballo era arrastrado detrás.
Júpiter miró hacia atrás cuando pasaron por el portón del prado. Ascensión se hallaba de pie en el porche. Levantó la mano derecha poco antes de que Júpiter le perdiese de vista.
No era tanto un gesto de despedida como de advertencia.
Dando vueltas por las colinas, Dusty tenía que conducir muy despacio, manteniendo la velocidad a sólo diez o doce kilómetros por hora, a fin de que Rubia pudiera trotar al lado del jeep sin fatigarse demasiado. Durante la primera hora, rodaron por un sendero de tierra lleno de pedruscos. Después, se convirtió en apenas una senda que se internaba entre unos pinos.
Al cabo de otra hora, Dusty paró el jeep para dejar que se enfriara el motor. Rubia empezó a tirar de la correa.
—Creo que tiene sed —le dijo Júpiter a Dusty—. Y seguramente hambre. Iré con ella para que no escape.
Júpiter condujo a la burra hasta el borde de un riachuelo. El agua parecía clara y apetecible. Júpiter se dio cuenta de que también tenía sed. Ascensión le había dicho que podía beber en los arroyos de Sierra Madre, aunque no en los lagos ni en las balsas. El muchacho se arrodilló y bebió con las manos ahuecadas. Rubia bajó la cabeza y bebió a su lado.
Cuando se hubo saciado de agua, la borrica empezó a pastar. No tenían bastantes provisiones para ella. Al revés que el caballo, Rubia podía cuidarse de sí misma. Ascensión decía que los burros eran grandes forrajeros.
—Tan buenos como las cabras —había agregado el mexicano.
Cuando Rubia hubo pastado unos cuantos minutos, Júpiter oyó que Dusty les llamaba con impaciencia desde el jeep. Júpiter trató de hacer que la burra le siguiese. Pero por más que tiró de la correa, gritando: «Vamos, vamos, animal tozudo», ella no se movía. Júpiter se vio obligado a esperar hasta que hubo acabado con la última brizna de hierba.
Dusty se hallaba intentando poner en marcha el motor del jeep cuando llegaron Júpiter y Rubia. Los otros ya habían devorado el almuerzo que les había preparado Ascensión. Júpiter logró zamparse el bocadillo con una mano, mientras el jeep traqueteaba sobre las rodadas del sendero. Con la otra mano sujetaba la correa de Rubia. Dusty condujo otras tres horas, hasta que el sendero de tierra desapareció.
—Tendremos que dejar el jeep aquí —anunció.
Descargaron los víveres. Pete sacó el caballo del furgón. Dusty llevó ambos vehículos bajo los árboles y los cubrió con ramas de pino. Después, el ranchero cargó al caballo con los bultos más pesados, y Rubia permitió que Júpiter le sujetase los sacos de dormir a la espalda.
—Tú abrirás camino —le ordenó Dusty a Júpiter, cuando estuvieron listos para continuar—. Deja que la burra vaya delante, siguiendo el rastro.
Júpiter intercambió una mirada con sus amigos.
Se pusieron en marcha. Júpiter iba a horcajadas sobre Rubia, montándola a pelo. Pete y Bob, cada uno con su mochila, le seguían a pie. Dusty iba el último, montado sobre el cargado jamelgo, con el rifle en la funda de su silla.
Júpiter descubrió que era una faena muy complicada ir sentado sobre la burra sin caerse. No podía dejar que su pensamiento se distrajera ni un segundo. Pronto llegaron más arriba de la línea de árboles, trepando por barrancos tan profundos y rocosos que Pete y Bob tenían que hacerlo a cuatro patas. Rubia les superaba en ello. Ascensión ya había dicho que una burra trepa tan bien como una cabra. Y era cierto. Júpiter tenía que asirla por el cuello con ambas manos para no deslizarse por un costado del animal.
Al menos, lo pasaba mucho mejor que Dusty. Comparado con la borrica, el caballo era torpe y lento. El ranchero tenía que desmontar a menudo y tirar del poco voluntarioso animal por la brida. Perdía terreno y pronto estuvo a medio kilómetro, detrás de Pete y Bob.
Júpiter decidió parar unos instantes para dar a los demás la oportunidad de atraparlo.
—¡Sooo! —le gritó a Rubia—. ¡Sooo!
Pero la burra no tenía la menor intención de parar. Le encantaba trepar y no pensaba aguardar a nadie. Júpiter empezó a enojarse de su testarudez. Tiraba de la correa para enseñarle quién mandaba. Pero la borrica tampoco prestó atención a los tirones.
De repente, se paró en seco.
Lo hizo tan inesperadamente que Júpiter casi saltó por encima de las enormes orejas. Habían llegado a un reborde nivelado de terreno. Crecían hierbajos por entre las piedras. Ante ellos se elevaba un grupo de cactos.
Júpiter supuso que Rubia deseaba volver a comer. Se relajó y desmontó. Parecía un buen sitio para descansar. Divisó una roca plana al lado de un cacto y fue hacia allí.
Instantáneamente, Rubia alargó el cuello, bloqueándole el paso. Cuando el muchacho intentó deslizarse por un lado, la borrica lo atrapó por la camiseta con los dientes y le obligó a retroceder.
—De acuerdo, ¿qué quieres ahora? —se irritó Jupe—. Si deseas pastar, adelante. Pero no te comas mi camiseta.
Intentó liberarse, pero la borrica no lo soltó.
Júpiter, finalmente, se encogió de hombros y dejó de resistirse. De nada servía discutir con una burra si ésta estaba decidida a hacer su santa voluntad. Y en aquel momento, obviamente, había decidido quedarse exactamente donde estaba. Y que Júpiter se quedara con ella.
Cuando el gordinflón investigador le acarició el flanco, la burra soltó la camiseta, pero no se apartó del paso. Luego, volvió la cabeza para mirar atrás hacia los cactos.

Y entonces, Júpiter observó sus orejas.

Se hallaban aplastadas a lo largo del cuello.

Y los sedosos pelos del cuello ya no estaban aplastados contra su piel. ¡Estaban tiesos por el miedo!

CAPÍTULO 9 ¿Quién manda?


Júpiter estaba completamente inmóvil, contemplando el cacto.
Pete y Bob llegaron a su lado.
—¿Qué te ocurre? —quiso saber Pete.
—No lo sé. Algo ha asustado a Rubia.
Bob dio un paso al frente, pero Pete le contuvo. También había observado los pelos tiesos del cuello de la borrica.
—Veamos qué hace ahora —murmuró.
Rubia no hizo nada, aparte de mirar fijamente el cacto. Por un minuto, todos oyeron los jadeos del caballo de Dusty, que iba subiendo por el sendero, hasta que se detuvo detrás de ellos.
—¿Qué es lo que os detiene, chicos? —se enojó Dusty.
Entonces lo oyeron.
El débil zumbido que los oídos más finos de Rubia habían captado mucho antes. Un sonido que significaba peligro.
El ruido procedía de unas rocas más allá del cacto. No era un zumbido regular como el de las abejas, sino que se interrumpía y volvía a sonar, más alto, más deprisa.
De pie al lado del caballo, Dusty respiraba trabajosamente. Cogió el rifle de la funda.
—Es una cascabel —dijo—. Está acechando desde detrás del cacto. Rubia debe haberla despertado. Tendremos que asustarla para que salga y yo pueda disparar contra ella.
Los Tres Investigadores se agacharon a coger piedras. Las conservaron en sus manos listas para arrojarlas mientras el ranchero apuntaba con el rifle.
—¡Ahora! —gritó Pete.
Los tres arrojaron las piedras al mismo tiempo. El zumbido calló. Pero no fue seguido por el silencio.
Con un ruidito de roce, la serpiente empezó a avanzar por debajo del cacto. Medía más de un metro de longitud. Irguió su ancha cabezota y se movió terriblemente deprisa, enrollándose y desenrollándose al avanzar.
Los tres muchachos dieron un paso apresurado hacia atrás.
Dusty disparó el rifle.
Pete no supo si el ranchero había tocado a la serpiente de cascabel o no. Al menos no la había matado, porque la serpiente se deslizó hacia un lado y continuó avanzando.
Bob la contemplaba con impotente fascinación. Ahora se dirigía directamente hacia él. Pudo ver sus ojos planos, su lengua bífida y el horror que provocaban sus cascabeles al extremo de su erguida cola. Bob trató de moverse pero no pudo. Era como si la serpiente lo hubiese hipnotizado.
Dusty amartilló el rifle y levantó el cañón. Pero no apretó el gatillo. Rubia estaba directamente en la línea de fuego.
La borrica tenía las orejas aplastadas. De pronto, se volvió rápidamente hasta que estuvo de espaldas a la serpiente.
Bob vio cómo la cascabel erguía más la cabeza. Durante un instante estuvo muy quieta, lista para atacar... cuando, de golpe, Rubia coceó salvajemente con sus patas traseras.
Las pezuñas de la burra patearon a la cascabel sobre la parte más gruesa de su cuerpo. La serpiente saltó por el aire y cayó por el repecho rocoso, yendo a estrellarse contra las rocas del fondo, a unos ocho metros más abajo. Se quedó allí unos segundos como atontada y después se escurrió desapareciendo de vista.
Dusty devolvió el rifle a su funda.
Nadie habló. Todos estaban inmóviles, jadeando pesadamente. Después, sin pronunciar una sola palabra reanudaron su camino.
Rubia dejó de trepar. Empezó a trazar círculos en torno a la montaña hasta que Júpiter pudo divisar otra vez los árboles más abajo. La borrica descendió velozmente hacia ellos, si bien a Júpiter le pareció que daba vueltas al mismo sendero, y no intentó detenerla. Cuando Rubia penetró entre los árboles y se detuvo, el muchacho se inclinó para acariciarle el cuello.
—De acuerdo —murmuró—. Ve por donde quieras. A partir de ahora, tú eres quién manda.
Cuando Dusty se emparejó con los tres muchachos, tuvo que reconocer que la borrica había elegido un sitio excelente para acampar por la noche. Había grandes cantidades de leña y hierba y, según le mostró Rubia guiando a Júpiter, un manantial de agua fresca muy cerca de allí.
Cuando el sol se ocultó, empezó a hacer frío. Los Tres Investigadores se pusieron los jerséis encima de las camisetas. Pete no tardó en encender una buena hoguera, y luego ayudó a Dusty a descargar el caballo. El ranchero lo desensilló, le dio el forraje y lo abrevó. Después, cocinó un enorme pote de fríjoles y arroz.
Júpiter estudió la comida de su plato. ¡Carbohidratos! Tragó un bocado. Los fríjoles no eran malos. Al menos, contenían tantas proteínas como almidón. Pero el arroz era veneno puro. Solamente almidón.
Júpiter tomó una decisión. Estaba sobre el rastro de un caso muy apasionante y necesitaba todas sus energías. Keil Halfebrot tendría que esperar y comerse solo las hojas de lechuga por algún tiempo. Júpiter inclinó la cabeza y no tardó en dejar limpio el plato.
No tardó muchos segundos, porque muy pronto su estómago estuvo bien repleto. Júpiter pensó que debía estar demasiado cansado para comer mucho.
Después de cenar, Bob se quitó las zapatillas y se frotó los pies. Los tenía doloridos de tanto trepar.
—¿Tenemos que ir muy lejos? —le preguntó al ranchero.
Dusty le miró fijamente.
—¿No te gusta esta excursión?
Bob le miró todavía con más fijeza.
—Estaba pensando en las pezuñas de Rubia —respondió sarcásticamente—. Por aquí hay muchas piedras y rocas...
Estaba harto de las mentiras de Dusty. Y quería que el impaciente ranchero supiese que ellos no eran unos críos que creían todo lo que él quisiera decirles. No se habían dejado engañar por el cuento de las pezuñas de la borrica.
—Sí —añadió Pete—. Varios de estos senderos son mucho más ásperos que una lima de uñas. ¿Por qué no podemos soltarla por aquí?
Dusty no respondió al momento. Arrojó unos leños al fuego.
—La borrica sabe a dónde va —manifestó al fin—. Se encamina al sitio de donde vino. Y se detendrá al llegar allí.
—Hogar, dulce hogar —murmuró Júpiter pensativamente—. ¿Por qué cree que lo abandonó si el lugar significa tanto para ella?
—Es difícil decirlo —se impacientó de nuevo el ranchero—. A veces, los burros salvajes salen de la manada y se extravían. ¿Quién sabe por qué?
Júpiter comprendió que Dusty estaba mintiendo otra vez. Rubia no se había extraviado durante tantos kilómetros hasta el rancho. Alguien la había llevado hasta allí. Alguien en quien ella confiaba y a quién podía seguir. Tal vez alguien que había salvado la vida de Rubia, según dijera Ascensión. Alguien cuya voz era asombrosamente semejante a la de Júpiter.
La borrica iba pastando cada vez más lejos de la fogata. El ranchero la miró con inquietud.
—Será mejor que la trabes durante la noche —le advirtió a Júpiter. Intentó sonreír falsamente—. No quiero que vuelva al rancho, extraviándose por segunda vez.
Júpiter se puso en pie. Apenas lo había notado yendo montado, pero lo cierto era que tenía las piernas tan entumecidas que apenas podían sostenerle. Se acercó a Rubia como andando sobre unos zancos, y le acarició las ancas.
—¿Todavía me quieres tanto, Rubia? —le preguntó en voz queda.
—Te quiere lo mismo, pero me sentiré más tranquilo si la dejas trabada —gruñó Dusty—. Vamos, átala a un árbol.
Júpiter se volvió hacia él. Luego, negó con la cabeza.
—No. Es posible que durante la noche desee abrevar un poco.
—Ya ha bebido toda el agua necesaria. Era un enfrentamiento. Júpiter lo sabía y no pensó ceder.
—Bien, quiere que quede trabada... hágalo usted —le desafió—. Si Rubia se lo permite.
Sus ojos permanecieron fijos en los del ranchero un largo momento. Rubia podía mandar en el sendero, pero Júpiter mandaba aquí y ahora.
—De acuerdo —se rindió Dusty al fin, metiéndose en su saco de dormir—. Supongo que rondará por aquí mientras tú estés con ella.
—¿Por qué? —exclamó Júpiter—. ¿Por qué piensa que está tan encariñada conmigo?
—Quién sabe, como dicen los mexicanos —el ranchero dio media vuelta y cerró los ojos—. ¿Quién sabe?
Júpiter se aproximó a la fogata. Al pasar, Bob le guiñó el ojo.
Júpiter se metió en su saco de dormir. Y pronto, los cuatro se quedaron dormidos.
Todavía era de noche cuando Júpiter se despertó. El fuego estaba apagado y, por un momento, el Primer Investigador estaba demasiado adormilado para comprender lo que le había despertado. Luego, volvió a oírlo.
Un rebuzno de protesta. ¡Rubia!



Júpiter salió prestamente de su saco y corrió por entre los árboles hacia el manantial.
Al llegar al claro divisó un rayo de luz. Subía y bajaba y trazaba círculos. Al principio, lo único que logró distinguir bajo aquella incierta claridad fue a Rubia. Se había encabritado sobre las patas traseras y pateaba furiosamente.
Después, la luz permaneció un momento quieta y Júpiter divisó una figura femenina. La mujer sostenía una linterna con una mano y con la otra tiraba de la correa de la borrica. Intentaba arrastrarla entre los árboles.
Rubia volvió a rebuznar. Se encabritó más todavía, disponiéndose a cocear a la desconocida que tiraba de la correa que le rodeaba el cuello.
Júpiter ya sabía cómo trataba Rubia a las serpientes de cascabel. Y se sintió más asustado por la mujer que por la borrica.
—¡Suéltela! —gritó el muchacho.
Corrió hasta allí y trató de calmar a la borrica.
—Rubia... quieta, Rubia... —dijo con voz susurrante.
Instantáneamente, la mujer soltó la correa. Ya libre, Rubia bajó las patas traseras. Se volvió hacia Júpiter. Éste le acarició el morro, sin dejar de mirar a la mujer.
La linterna se apagó.
Entre la súbita oscuridad, Júpiter oyó unos pasos que corrían. La mujer acababa de desaparecer en la noche. Más tarde, Bob y Pete se reunieron con Júpiter en el claro.
—¿Qué sucede? —quiso saber Bob—. Rubia me ha despertado.
—Alguien trató de llevársela —explicó Júpiter—. Una mujer.
—Oh... hum... —masculló Pete—. Otra vez esa rubia. La que intentó ahogarte... ¿Va detrás de los burros ahora?
—No —Júpiter sacudió la cabeza—. Sólo la vi un segundo a la luz de su linterna, pero sé quién era. Era la mujer mexicana del autocar. La del manto color púrpura y las largas trenzas negras.
CAPÍTULO 10 Una desconocida en la noche


Los dos días siguientes se desarrollaron igual que el primero. Hora a hora, kilómetro a kilómetro, cada vez fueron internándose más en la Sierra Madre. Las montañas parecían no terminar nunca. Tan pronto como llegaban a la cima de una, divisaban otra enfrente.
Los estrechos valles separaban a los distintos montes. Durante unos cuantos kilómetros, Los Tres Investigadores se vieron rodeados por pinares. Después, al trepar más arriba de la línea de árboles, tuvieron que trepar por cañadas de rocas desnudas hasta que llegaron a otra montaña.
—Suerte que estamos en verano —suspiró Pete mientras él y Bob subían por una roca—. En invierno, estaríamos metidos en nieve hasta el cuello.
—Pues a mí no me parece tan mal —gruñó Bob.
Estaba empapado en sudor.
El día empezaba para ellos tan pronto como apuntaba el sol. Comían fríjoles y arroz como desayuno, fríjoles y arroz para almorzar, y fríjoles y arroz para cenar. A veces en frío, otras en caliente. Resultaba muy monótono y todo con mucho almidón y harina, pero el termómetro de culpabilidad de Júpiter estaba muy bajo. Se hallaba determinado a resolver el caso y averiguar adonde les guiaba Rubia. Todo lo demás, incluso la vigilancia de los carbohidratos, le tenía sin cuidado. Además, jamás aceptaba más de un cucharón de comida de manos de Dusty.
Tres o cuatro veces al día, Rubia se detenía a pastar. Los Tres Investigadores agradecían estas paradas porque les daba la oportunidad de tumbarse de descansar. También daba a Dusty y su caballo la posibilidad de alcanzar a los tres muchachos.
Aunque el ranchero alimentaba a su montura con abundancia de avena, el caballo parecía más fatigado cada día. A veces, se quedaba a más de un kilómetro detrás de Pete y Bob.
En uno de esos descansos, Los Tres Investigadores se sentaron sobre la hierba mientras Rubia pastaba cerca.
—Quiero saber por qué esas mujeres se meten con nosotros —exclamó Bob—. Primero, una rubia intenta ahogar a Júpiter y después otra morena trata de robar nuestra burra.
—Quizás el burro de la mexicana quedó impedido —supuso Pete—, y ella necesitaba uno que llevase su carga. Bob no lo creyó.
—Por mi parte, pienso que una mujer mexicana ha de entender mucho de burros. Por tanto, sabría cómo arrastrar a uno contra su voluntad.
—Me pregunto —terció Júpiter—, si realmente querría el animal para sí. Sospecho que simplemente no quería que se quedase con nosotros.
—¿Cómo? —preguntó Pete.
Pero Júpiter no dijo nada más. Y los tres amigos zanjaron la discusión.
Todas las tardes, antes de la puesta de sol, Rubia encontraba un lugar con agua y leña donde poder acampar para pasar la noche. Nunca veían a ningún ser humano. De cuando en cuando, divisaban unas chozas de adobe con los tejados de paja, a lo lejos. Pero si alguien las habitaba no se dejaba ver.
Después del segundo día, las piernas de Júpiter perdieron su entumecimiento. Y desarrolló unos músculos como jamás los había tenido. En la tercera mañana, hizo un maravilloso descubrimiento. ¡Su cinturón de piel le quedaba flojo! Tenía que abrocharlo en un agujero más.
—Debe ser por todo el ejercicio que hago montando a Rubia —les comunicó orgullosamente a sus amigos.
Esto hizo reír a Pete.
—No me extraña que pierdas peso —le dijo éste—. No puedes comer nada entre comidas.
A Júpiter no le molestó la broma. Fuese cual fuese la causa, estaba más delgado. Y tal vez conseguiría citarse con alguna chica antes de terminar las vacaciones de verano. De pronto, se puso a silbar.
Aquel día, mientras avanzaban a lo largo de un risco, los tres amigos vieron una nube de humo blanco que se elevaba en lo alto de una sierra. Se detuvieron a contemplarla.
—Era lo que nos faltaba —gimió Bob—. Un incendio forestal.
—Está muy lejos —le tranquilizó Pete—. Y si tenemos suerte, el viento soplará hacia el otro lado.
Júpiter estaba muy pensativo mientras avanzaban.
Aquella noche, Dusty llegó al campamento una hora más tarde que Los Tres Investigadores. Mientras cenaba se mostró muy preocupado.
—Le daré al caballo un día de descanso antes de que empiece a cojear —dijo cuando terminó de cenar—. Vosotros podéis seguir sin mí. Ya os atraparé tan pronto como pueda.
—¿Seguro que nos encontrará? —se inquietó Pete.
—Por eso no te preocupes. Será más fácil seguiros el rastro en esta región. Dos muchachos a pie y uno montando una borrica dejan un rastro muy claro.
A la mañana siguiente, después de haber repartido Dusty las provisiones, Los Tres Investigadores se pusieron en marcha. A Rubia no parecía importarle ir cargada con la comida y los utensilios de cocina, así como con los sacos de dormir. Júpiter decidió ir a pie. Todos bromearon y rieron cuando acamparon aquella noche, contentos de verse libres de Dusty.
—Dejad que adivine qué tenemos para cenar —le dijo Bob, mientras Júpiter guisaba la cena—. ¿Arroz y fríjoles?
—En realidad —dijo Júpiter con voz nasal—, los fríjoles al arroz son el plato especial de esta noche. Por favor, preparad vuestros utensilios gastronómicos.
Después de cenar se sentaron en torno a la hoguera. De pronto, Rubia rebuznó excitadamente. Todos se pusieron de pie, escuchando.
Como de costumbre, no oyeron nada hasta mucho después de haberlo oído Rubia. Fue entonces cuando oyeron el rumor de unos pasos que se acercaban en la oscuridad.
Un momento después la hoguera iluminó a un burro que lentamente se acercaba a ellos. Era obviamente mucho más viejo que Rubia. No estaba ensillado, pero llevaba varios bultos a la espalda.
La mujer de las trenzas negras iba detrás del burro.
Rubia dejó de rebuznar. Parecía encantada de ver otro animal de su misma especie. Trotó hacia delante y los dos animales se refregaron el hocico.
La mexicana se aproximó.
—No temáis —dijo en español—. Esta vez no he venido a intentar robaros la burra. Deseo hablar con vosotros. Me llamo Mercedes y sé quiénes sois. Pero ante de que hablemos, por favor, dadme algo de comida. Tengo hambre.
Júpiter le dio un plato de fríjoles con arroz. Mercedes se sentó junto al fuego. Obviamente, tenía hambre. No dijo nada hasta que termino de comer.
Júpiter sólo la había visto en el autocar, a cierta distancia. Ésta era su primera oportunidad de estudiarla de cerca. Y mientras ella comía, la observó atentamente.
Supuso que tenía unos cuarenta años. Era una mujer de buen porte, con un semblante fuerte y decidido. Llevaba una falda de lana, bastante amplia, con bolsillos, botas mexicanas y una blusa de manga corta. Tenía la tez muy morena y los ojos tan negros como los de Ascensión. En conjunto, podría ser una excelente amiga o una enemiga peligrosa.
Mercedes dejó a un lado el plato ya vacío y consultó el reloj de hombre que llevaba en la muñeca. Rápidamente se lo subió un poco, pues con el gesto se le había deslizado casi hasta la mano.
—No tengo mucho tiempo —observó, siempre en español—. He de regresar al lago, por lo que os contaré lo más brevemente posible por qué he venido —tendió su mirada hacia Júpiter—. Siento no poder hablar en inglés, pero, por lo que vi de vosotros en el viaje, entendéis el español muy bien, ¿no es verdad?
Júpiter se acordó del joven mexicano de la chaqueta de piel que había intentado impedir que cogiesen el autocar. Estaba claro que ella había oído su discusión con aquel joven. Y Júpiter había visto cómo ella le daba dinero más tarde.
Asintió.
—Entiendo lo que usted dice —respondió—, si habla despacio. —Bien.
Mercedes levantó un poco los pies, tapándolos con su falda. Después, durante quince minutos habló con voz baja y apremiante. Júpiter sólo tuvo que interrumpirla de vez en cuando para preguntarle el significado de alguna palabra. Cuando ella terminó, Júpiter estuvo seguro de haber entendido toda la historia.
Mercedes se levantó. Los Tres Investigadores la imitaron. La mujer les estrechó la mano a cada uno, y luego, tan de repente y tan misteriosamente como había llegado, desapareció con su burro en la noche.
Pete añadió más leña al fuego.
—Está bien, ¿qué es lo que ha dicho? —preguntó.
—¡Vaya historia! —exclamó Jupe mientras sus amigos se tendían en el suelo—. Os lo contaré dentro de un momento. Pero antes, Bob, cuéntame algo sobre Pancho Villa.
—¿Qué soy yo? —sonrió Bob—. ¿La Biblioteca Pública de México?
—Vamos... Has estado leyendo esa historia de México desde que salimos de Rocky Beach. ¿No la has terminado todavía?
—Sí —admitió Bob—. La terminé el día histórico en que estuviste a punto de ahogarte en el lago.
—Magnífico —sonrió ahora Jupe—. La parte que me interesa es por el año 1916. ¿Qué sabes de Pancho Villa?
—Por aquella época hubo una gran revolución aquí, en México. Pancho Villa fue uno de los cabecillas. Algunos opinan que era un forajido como Jesse James. Pero con siguió tener un ejército privado y ganó muchas batallas.
—¿Pasó algún tiempo aquí, en Sierra Madre?
—Sí, la Sierra fue una de sus bases. Desde aquí bajaba al desierto y asaltaba los trenes. Después, volvía a esconderse por estos breñales.
Júpiter asintió pensativamente.
—Al menos en esto ha dicho Mercedes la verdad —murmuró.
—¿Quieres decir que era de esto de lo que ha estado hablando todo el tiempo? —inquirió Pete—. ¿De un tipo llamado Pancho Villa?
—No, no todo el tiempo —Júpiter miró a Bob y continuó—. Pero es posible que estemos sobre el rastro de ese tesoro de Sierra Madre del que tú, Bob, tanto hablas: el botín de Sancho Villa. Mercedes dijo que un día asaltó un tren y se llevó miles y miles de pesos de plata por valor de muchísimos dólares. Luego, subió hasta aquí y los escondió en una cueva. Por desgracia para él, utilizó la misma cueva para guardar la pólvora que poseía. Uno de sus hombres fue negligente y la pólvora explotó. Parte de la montaña se hundió, y los pesos de plata quedaron enterrados bajo toneladas de roca, junto con algunos soldados de Pancho Villa. Después, empezaron a despejar las rocas caídas, pero poco después Villa fue atacado por los del otro bando y tuvo que huir a toda prisa de estos parajes.
Júpiter calló unos instantes.
—Mercedes asegura que la plata sigue aquí —concluyó. Pete y Bob callaron, mientras reflexionaban sobre lo oído.
—¿Cómo se enteró Mercedes de todo esto? —quiso saber Pete.
—Dijo que su abuelo fue uno de los soldados de Pancho Villa y que transmitió la historia a su familia.
—¿Y qué dijo de Dusty? —preguntó Bob—. Porque capté el nombre. Y también algo acerca de una borrica.
—A eso iba —prosiguió Jupe—. Dijo que hace unos tres meses, un íntimo amigo suyo, un joven norteamericano llamado Brit, bajó de estas montañas. Él y su padre habían estado explorando todo esto, buscando la cueva de Pancho Villa. Y pensaban haberla descubierto. Al menos, eso le dijo Brit a Mercedes.
Júpiter volvió a callar unos momentos, recordando las palabras de Mercedes.
—Adelante, no te pares en medio de un monólogo —se quejó Bob—. Estamos esperando que cuentes lo relativo a Dusty y Rubia.
—Cuando Brit llegó al lago —continuó Júpiter—, llevaba consigo una borrica. La había encontrado correteando cerca de la cueva, en estado salvaje. Le cayó simpática y se la llevó hacia el rancho de Dusty. Después, Brit regresó a estas montañas, solo.
—¿Por qué? —se interesó Pete—. ¿Por qué no dejó a la borrica donde la había hallado?
—Porque Brit temió que Rubia moriría si se quedaba en las montañas. Tenía que llevarla a un veterinario y el más próximo estaba en Lareto. Ascensión fue en busca del veterinario, que curó a Rubia.
—¿Qué tenía la borrica? —preguntó Pete—. Quiero decir que no pudo estar muy enferma si recorrió todo el camino hasta el rancho de Dusty.
—Se trataba de una Infección en los ojos.
Era ésta la parte del relato de Mercedes que más había interesado a Júpiter. Explicaba algo que durante muchos días le había estado intrigando. ¿Por qué Rubia sólo le había reconocido por la voz? ¿Por que ignoraba que él no se parecía en absoluto a Brit, el joven norteamericano?
—Cuando Brit la encontró en la montaña —aclaró Júpiter—, Rubia estaba ciega.
Jupe recordaba las palabras de Ascensión: «Rubia piensa que tú le salvaste la vida
Pete silbó suavemente.
—Ahora todo empieza a cuadrar —dijo—. Si Dusty sabía que Brit y su padre habían descubierto la plata de Pancho Villa...
—Exacto —le interrumpió Júpiter—. Mercedes afirma que Dusty intentó seguir a Brit a la montaña, pero el joven fue muy listo y supo cubrir su rastro. Y Dusty se quedó con la borrica. La única que podía conducirle a donde está el botín. Pero Rubia se negó a llevarle a parte alguna. No sin alguien cuya voz ella reconociera.
—Y Dusty tuvo que buscar una voz idéntica a la de Brit —finalizó Pete—. Y la respuesta al problema fue el concurso del crucigrama.
—Y en esto entras tú, Jupe —agregó Bob—. Pero lo que me extraña es: ¿por qué Mercedes nos ha contado lo de la cueva y los pesos de plata?
—Sí —asintió Pete—. Sin embargo, intentó que no subiéramos al autocar.
La misma cuestión había estado intrigando a Júpiter.
—No me permitió formularle ninguna pregunta —respondió el orondo investigador—. Excepto para que me aclarase alguna palabra española. Sólo puedo contaros lo que ella me dijo. No se fía ni un pelo de Dusty. Tampoco cree que su caballo esté cansado o cojo. Piensa que Dusty sólo está unas horas detrás de nosotros. Y teme que mate a Brit y a su padre si los encuentra. Y si la ve a ella, también la matará. Por eso dijo que regresaba al lago. Y quiere que nosotros nos movamos. Que vayamos a la cueva y avisemos a Brit y a su padre que Dusty está en Sierra Madre y que puede presentarse en cualquier momento.
Se produjo un largo silencio mientras Los Tres Investigadores contemplaban fijamente el fuego. Fue Pete quien habló primero.
—¿La crees?
—No lo sé —admitió Júpiter—. ¿Por qué tiene tantas ganas de que encontremos a Brit y a su padre? O tal vez es la plata lo que desea que encontremos.
—Exacto —concedió Bob—. Puede seguirnos y poner sus manos en toda esa pasta.
CAPÍTULO 11 Falsas palabras


A la mañana siguiente, Los Tres Investigadores estuvieron en pie antes de amanecer, Después de un rápido desayuno, volvieron a hablar de Mercedes.
—Anoche intentó engañarnos al menos una vez —recordó Júpiter.
—¿Cómo? —inquirió Pete.
—Cuando consultó su reloj y dijo que tenía que volver al lago. Quiso que creyésemos que se marchaba de estos andurriales enseguida.
—Tienes razón —asintió Bob—. ¿Cómo podía abrirse paso por entre esos montes de noche?
—No, hay algo en lo del reloj —meditó Júpiter—. Se le deslizó por la muñeca hasta la mano y cuando se lo subió, yo pensé... —se encogió de hombros—, en fin, no sé. Tal vez fue un engaño de la luz... pero me pareció ver una especie de cicatriz en su muñeca.
Los otros no lo habían observado, pero Bob añadió algo más sobre Mercedes.
—Sí, es una mujer misteriosa —observó, con una mueca—. Por un lado, no hay muchas mexicanas que usan lentes de contacto. Por otro...
—¿Lentes de contacto? —le Interrumpió Pete.
—Vi cómo los limpiaba en el autocar. Mantuvo la cabeza gacha de manera que no logré ver lo que hacía, pero sí observé que tenía al lado un equipo como el mío.
—¿Y qué es lo otro? —le exigió Júpiter.
Siempre, cuando Bob daba casualmente alguna información, Júpiter se sentía como fuera de este mundo.
—Lo otro —Bob aún sonreía de manera enloquecedora para Jupe—, es que está rondando por Sierra Madre llevando un radioteléfono portátil.
Terminó de comer sus fríjoles y limpió el plato con un puñado de agujas de pino mientras Júpiter contaba silenciosamente hasta diez.
—Vi que sobresalía una antena de uno de los bultos que lleva su burro en tanto ella hablaba de Pancho Villa. La vi con toda claridad. Y repito que lleva un transmisor—receptor portátil.
—¿Con quién puede hablar en estas soledades? —razonó Pete—. No con Dusty, porque le he ayudado muchas veces a cargar y descargar el caballo y puedo jurar que no lleva ninguno de esos chismes.
—Ascensión tiene uno —recordó Júpiter—. Le ayudé a repararlo. Pero no existe ningún radioteléfono portátil en el mundo capaz de alcanzar desde aquí hasta el rancho.
Se levantaron y pisotearon el fuego para apagarlo. Después, empaquetaron todo el equipo y lo cargaron sobre Rubia.
Y si —meditó Júpiter acariciando el cuello de la borrica—... y si Mercedes no hubiera regresado al lago? ¿Y si estuviera ahora mismo escondida entre esas rocas? —miró a su alrededor, a la luz de la aurora—. ¿Esperando que nos movamos para seguir nuestro rastro? Pero sin atraparnos, porque también ella ansia apoderare de esos pesos.
Pete se encogió de hombros.
—Si eso es lo que quiere, nos tiene en sus manos porque aquí no hay forma de ocultar nuestros pisos.
—Cierto —reconoció Júpiter, empezando a llevar la borrica por el claro—. Pero nosotros tenemos una ventaja.
—¿Cuál?
—Anoche, Rubia se mostró afectuosa con el burro de Mercedes. Y por lo que me dijo Héctor Sebastián, una vez los burros se conocen y simpatizan entre sí, pueden sentirse uno al otro aunque los separen muchos kilómetros. Por tanto, si Mercedes y su huiro se aproximan a nosotros, Rubia nos lo dará a entender.
La jornada de aquel día fue la más penosa de todas. Rubia empezó a trepar el monte más elevado y escabroso de cuantos habían visto. La borrica zigzagueaba por entre profundos abismos, avanzando lentamente hacia el distante picacho.
Ni se paraba ni rebuznaba. Y aunque Los Tres Investigadores miraban frecuentemente atrás, no vieron la menor señal de Mercedes ni de su burro.
De pronto divisaron otro plumón de humo. Parecía surgir de alrededor de la cima aplanada del monte por el que subían.
—Es el incendio forestal más raro que he visto en mi vida —comentó Pete—. ¿Dónde están los árboles? Por allí no hay más que unos cactos...
—Tienes razón —observó Júpiter—. Pero el humo puede proceder del otro lado de la montaña. Y si el fuego nos rodea, nos encontraremos cercados.
—Magnífico —exclamó Bob—. No sólo tenemos que enfrentarnos con un embustero psicopático y con una mujer que nos sigue, sino que ahora hemos de luchar contra un incendio.
Pete estaba observando el cielo.
—También es el humo más raro que he visto jamás —añadió—. Sí, sube... pero no se queda arriba sino que desaparece.
Bob levantó la vista hacia las bandadas de pájaros que volaban muy alto.
Halcones, milanos y buitres. «Unos amigos felices». Se largan antes de terminar asados.
Prosiguieron la «excursión». El afán de Júpiter por solucionar aquel enigma y por adelgazar hicieron que para él fuera más fácil el ascenso detrás de Rubia. A primera hora de la larde, él y la borrica se hallaban bastante distanciados de Pete y Bob.
De repente, los dos muchachos oyeron la voz de Júpiter que resonaba en eco por las montañas.
—¡Alto! —les gritó—. ¡Quedaos donde estáis!
Los dos muchachos se detuvieron al instante. Levantando la vista, vieron cómo Júpiter alzaba las manos por encima de su cabeza.
—Ahora, aproximaos —oyeron que decía—. Seguid lentamente a la borrica.
Bob y Pele se miraron uno a otro. ¿De qué estaba hablando Jupe? ¿No era esto exactamente lo que hacían: seguir a Rubia?
Manteniendo los ojos fijos en Jupe, volvieron a trepar. Jupe iba andando casi pegado a la borrica. Y por algún motivo que no comprendían, llevaba las manos en alto.
De repente, se paró en seco.



—No os acerquéis más —les ordenó el eco de la voz—. ¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué queréis?
Pete y Bob volvieron a mirarse, muy sorprendidos. Toda la situación era cada vez más extraña. Y creyeron volverse locos un momento más tarde, cuando volvieron a oír la voz de Jupe.
—Soy Júpiter Jones. Y tengo un mensaje para ti.
Júpiter no pensaba en el efecto que sus palabras causaban a sus amigos. Para él, la situación no era extraña... sino aterradora. Al doblar un recodo del sendero se había encontrado frente a la boca del cañón de un rifle que salía por entre unas rocas.
—¡Alto! —le gritó una voz—. ¡Quedaos donde estáis!
Lo que más asombró a Júpiter fue que aquellas palabras lograron que Rubia se parase de pronto. Enderezó las orejas y rebuznó con suavidad.
Júpiter obedeció la orden de seguir lentamente a Rubia. Ésta se detuvo a un metro de la boca del rifle, que todavía apuntaba directamente a Júpiter.
Un joven de la edad de aquél surgió de entre las rocas.
Era más alto que Júpiter, con el pelo rubio y enmarañado, y un rostro muy tostado. Llevaba téjanos, botas mexicanas y una chaqueta a cuadros. Aun después de decirle Júpiter su nombre, el desconocido mantuvo el rifle apuntándolo mientras avanzaba. Pero ya no miraba a Júpiter, sino a la pequeña borrica blanca.
—Rubia —murmuró—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
La borrica movió las orejas. Luego, volvió la cabeza para mirar a Júpiter. Y finalmente, miró de nuevo al joven rubio. Estaba realmente confundida.
Júpiter le acarició el cuello.
—Yo la he traído explicó el Primer Investigador—. O más bien, ella me ha t raído a mí. ¿Eres Brit?
El joven rubio no respondió. Apuntando todavía a Júpiter, se aproximo al borde del estrecho sendero y miró hacia abajo. Unos treinta metros hacia el fondo, Pete y Bob iban subiendo por entre las rocas.
—¿Quiénes son esos dos hombres? —preguntó el joven suspicazmente.
Júpiter se apresuró a explicar que eran unos amigos suyos de California.
—Hemos venido a ayudarte, Brit —continuó Júpiter—. Tú eres Brit, ¿verdad?
—Sí —el joven bajó el rifle—. ¿Ayudarme? ¿Cómo?
—Advirtiéndote que Dustin Rice...
—¿Dónde está? —de repente hubo cierto temor en las pupilas de Brit—. ¿Está con tus amigos?
—No. Empezó viniendo con nosotros, pero su caballo se cansó y empezó a cojear... o esto es lo que él dijo. Le dejamos unos kilómetros más abajo. Pero es posible que mañana ya esté aquí.
—Gracias. Gracias por avisarme Brit puso el seguro en el rifle y se lo colocó en bandolera. —¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
—Rubia nos ha guiado. Ha vuelto a su lugar de procedencia.
—¿Cómo consiguió Dusly domarla tan deprisa?
—No la domó. Rubia sigue siendo salvaje. Yo soy la única persona a la que obedece, porque piensa que le salvé la vida. Me toma por ti.
—¿Por mí? ¿Por qué?
—Por nuestras voces. Tal vez no te hayas dado cuenta, pero tu voz y la mía suenan exactamente igual. A Rubia le deben parecer la misma. La primera vez que la oyó, creyó reconocer mi voz. Para ella era la voz que la había guiado a la curación cuando se quedó ciega. Y ha asociado esa voz con mi aspecto. Por esto se ha mostrado tan confundida al verte.
Brit le sonrió a la borrica.
—Ven aquí, Rubia —le ordenó—. Pequeña Rubia, ven aquí.
Rubia seguía con las orejas levantadas. Tímidamente, se acercó a Brit y no se movió cuando el joven le acarició el cuello. Después, mientras Brit le hablaba quedamente, la borrica restregó su hocico contra el pecho del muchacho.
Un momento más tarde, Pete y Bob llegaron al repecho.
Júpiter hizo las presentaciones.
—Pete Crenshaw y Bob Andrews, éste es Brit... Douglas —terminó Brit— Hola, encantado de conoceros.
Pete y Bob sonrieron. Ahora comprendía las llamadas incomprensibles. Habían confundido la voz de Brit con la de Júpiter.
—Supongo que a todos nos vendrá bien un trago de agua —propuso Brit—. Vamos. Os conduciré a mi escondrijo.
Llevando a Rubia por la correa, echó a andar por el repecho hasta una abertura semioculta en la montaña.
—Agachad la cabeza —les advirtió Brit cuando le siguieron por un túnel estrecho—. Bueno, ahora ya podéis erguiros.
A través del túnel sólo se filtraba una luz muy tenue, pese a lo cual Los Tres Investigadores pudieron ver que estaban en una cueva muy amplia, de techo alto.
Brit rascó una cerilla y encendió una vela. Júpiter supuso que el joven llevaba ya algún tiempo viviendo allí. En el suelo había un saco de dormir enrollado. Potes y otros cacharros de cocina, una estufa de petróleo, unos cuantos sacos medio llenos, y varios picos y palas apoyados en las paredes. Por el aspecto del techo, Júpiter vio claramente que allí no había explotado ningún polvorín. No era la cueva de Pancho Villa.
Brit cogió un saco y arrojó un montón de avena al suelo.
—Menos mal que papá guardó todo esto para sus caballos —comentó—, porque por aquí no hay mucha hierba... Ni siquiera para una burra hambrienta.
Bob estaba mirando el único saco de dormir.
—¿Dónde está tu padre? —preguntó.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres saberlo?
De repente, las pupilas de Brit volvieron a mostrar cierta desconfianza.
—Porque también debemos advertirle contra Dusty —replicó el Tercer Investigador.
Brit cogió un jarro de arcilla y vertió un poco de agua en una escudilla para Rubia.
—No. Papá se llevó a los caballos al valle en busca de víveres. .
Le pasó la jarrita a Pete y Los Tres Investigadores tomaron un sorbo refrescante.
—¿Ha bajado hacia el lago? —se interesó Jupe—. Espero que no se tropiece con Dusty.
—Oh, no, no se fue por ahí. Hay un pueblo al otro lado de la montaña. Sólo hay allí un par de tiendas, y papá no podrá comprar todo lo que necesitamos. En ese pueblo ni siquiera hay un veterinario. Pero el autocar que para allí, va hacia...
Brit calló y miró a los tres muchachos como calculando si podía confiar en ellos o no.
—¿Por qué habéis subido hasta aquí? —indagó.
—Fue idea de Dusty...
Había llegado el momento de contarle a Brit toda la historia. Júpiter explicó lo del crucigrama con las respuestas que habían grabado en cinta. Cómo él y sus amigos habían comprendido finalmente cuál era el motivo verdadero... y lo de los pesos de plata de Pancho Villa.
Brit escuchó en silencio, mientras Los Tres Investigadores y él se sentaban en el suelo.
De improviso, Brit se puso de pie.
—¿Os contó Dusty lo de la plata? —preguntó furiosamente—. ¿Qué hizo? ¿Prometeros una parte si lo encontrabais?
—No —le tranquilizó Pete—. Dusty jamás nos contó nada de eso. Su cuento fue que debíamos subir por la montaña para limarle las pezuñas a Rubia.
—¿Qué?
Pete continuó hablando.
—Fue Mercedes la que nos habló de Pancho Villa.
—¿Mercedes? ¿Quién es esa Mercedes? Bob la describió. Sus trenzas negras, sus ojos oscuros...
—¿Es mexicana? —preguntó Brit, con el ceño fruncido.
—Lo parece —asintió Júpiter—. Solamente la he oído hablar en español. Y tiene la piel muy morena.
Ahora, también él se sentía ligeramente extrañado.
—Fue Mercedes la que nos dijo que te avisáramos respecto a Dusty. Dijo que era una gran amiga tuya y de tu padre. La conoces, ¿verdad? —preguntó Pete.
Brit sacudió negativamente la cabeza.
—Nunca he oído ese nombre. Y por lo que sé, no la he vista en mi vida.
CAPÍTULO 12 Una situación estremecedora


—Esas montañas están llenas de cuevas —explicó Brit—. Pancho Villa y sus hombres probablemente las utilizaron, al menos algunas, como escondite. Pero papá está seguro de que hemos encontrado la que Villa utilizó para ocultar los pesos de plata.
Los cuatro muchachos estaban sentados sobre los sacos de dormir enrollados, en la cueva de Brit, aquella tarde. El joven había guisado un gran pote de su plato favorito: fríjoles con arroz en la estufa de petróleo. Ardían tres velas y Bob había colgado una manta a la entrada del túnel para evitar que se viera Luz desde lucra. Rubia se hallaba en un rincón, masticando muy contenta su avena.
—¿Cómo sabéis que habéis descubierto la cueva exacta? —preguntó Pete—. Si estas montañas están tan llenas de ellas...
—Bueno, por un lado —explicó Brit— la entrada estaba bloqueada por un alud de rocas. Y cuando conseguimos apartar algunas, encontramos a Ignacio.
—¿Ignacio?
—Uno de los soldados de Pancho Villa —aclaró Brit—. Naturalmente, no estaba en muy buen estado después de haber quedado enterrado bajo varias toneladas de roca desde 1916. Era sólo un esqueleto con un uniforme pegado al mismo. Y su calavera...
—Oye, ¿quieres callar? —le interrumpió Pete—. Estoy comiendo...
Bob sonrió.
—Los cadáveres le quitan el apetito a Pete.
—Oh, no te preocupes, le hicimos un entierro muy decente —rió Brit—. Papá puso una cruz sobre la tumba y grabo el nombre de Ignacio en memoria de uno de los grandes héroes militares de México: Ignacio Allende, que fue como George Washington y...
—¿Todavía no habéis penetrado en la cueva? —le interrumpió Pete, deseando cambiar de tema.
—Hemos quitado algunas rocas con picos y palas —continuó Brit—, pero no hemos llegado muy lejos. Por esto se marchó papá. Para comprar explosivos.
—¿Cuándo calculas que regresará? —indagó Júpiter.
—No antes de tres o cuatro días. Sólo hay unos cuantos kilómetros de viaje hasta el pueblo. Papá habrá dejado allí los caballos para que se alimenten bien y descansen. Los necesitará para traer todas las provisiones. Pero luego irá en autocar a Chihuahua. Es la ciudad más próxima en la que podrá adquirir la dinamita y otras cosas que necesitamos.
—Lo cual nos da cuatro días para ocuparnos de Dusty. Y quizá de Mercedes —comentó Bob—. Supongo que un cuarteto podrá dominar la situación. Si colaboramos juntos.
Brit contempló a sus nuevos amigos. —Me alegro de no tenerlo que hacer solo —observó—. Quiero agradeceros que hayáis venido y me hayáis advertido respecto a Dusty. Bueno, eso sin conocerme siquiera...
—Es que... —de repente, Júpiter se dio cuenta de que no le habían dicho a Brit quienes eran en realidad—... no ha sido sólo por ti. Ha sido porque seguimos un caso. Un misterio que deseamos resolver.
—¿A qué te refieres? —inquirió Brit, confuso—. Hablas como un detective privado...
—Esto es lo que somos —afirmó Jupe—. Investigadores privados.
Brit estudió la tarjeta largo tiempo. Arrugó el entrecejo y luego, empezó a leer en voz alta, lentamente, con gran torpeza.
—Los Tres... Inves...tigadores... Los Tres...
Le devolvió la tarjeta a Júpiter.
—Tú la leerás mejor que yo.
Júpiter no necesitó mirar la tarjeta y la recitó de memoria en voz alta.
—Oh... —Brit apartó la mirada de Rubia—. No es que no sepa leer —explicó—. Es que sufro de dislexia. ¿Sabéis lo que es?
—Sí, claro —asintió Bob animosamente—. Significa que ves las letras o las palabras en un orden equivocado. Últimamente han estado efectuando diversos experimentos usando lentes coloreadas.
—Sí. Mamá quiere que me vea un especialista cuando vuelva a casa. Pero, por el momento, me resulta muy difícil leer y escribir cartas. Usualmente, grabamos en cinta los mensajes y nos enviamos casetes cuando estamos distanciados.
Júpiter no respondió. El ordenador de su cerebro estaba en marcha... recordando muy deprisa.
Acababa de encajar en su sitio otra pieza del rompecabezas. La cinta encontrada en el buzón de correos.
«Por favor, no vayas a México. Si vas correrás un gran peligro...»
Debió ser la voz de Brit la de aquella cinta. Quizás formaba parte de un mensaje más largo que él le había enviado a su madre. Y ella o alguien más había borrado el mensaje, dejando solamente unas cuantas palabras, y después metió el cassette en el buzón de los Jones. Un aviso para él. Y una pista.
Le sonrió a Brit.
—¿Está tu madre en Los Ángeles ahora? —Sí, o eso creo. Pero es terriblemente testaruda y... Desvió de nuevo la mirada como no queriendo añadir nada más.
Júpiter no quería presionarle, pero tenía que averiguar otra cosa.
—¿Te pareces a tu madre? —inquirió—. ¿Tiene ella el pelo rubio como tú?
—Oh, sí. Y también sus ojos son azules como los míos. ¿Por qué?
—No, por nada...
Jupe bostezó y se tumbó en el suelo.
—¿Qué os parece si nos fuéramos a dormir?
Todos estuvieron de acuerdo. Unos minutos más tarde habían apagado las velas y quitado también la manta de la entrada del túnel. Instantes después, los cuatro muchachos estaban embutidos en sus sacos de dormir.
Cuando Júpiter se despertó a la mañana siguiente, a través del túnel se filtraba una débil luz desde el exterior. Júpiter buscó a Rubia con la mirada. La borrica no estaba en la cueva.
El muchacho salió de su saco de dormir y empezó a buscarla. La vio al instante, a unos veinte metros más allá, al pie del sendero que subía hacia la cueva. De repente, la borrica enderezó la cabeza y rebuznó. No parecía asustada sino amigable. Un momento más tarde, Júpiter oyó un rebuzno como respuesta, montaña abajo.
«El burro de Mercedes», pensó. Rápidamente, se ocultó detrás de una roca. Poco después, Pete, Bob y Brit estaban a su lado. También habían oído los rebuznos.
Las llamadas asnales continuaron entre Rubia y su amigo invisible. Después, apareció el otro burro, trepando una pared bastante empinada. Rubia trotó hacia adelante y los dos animales se restregaron uno al otro.
El burro de Mercedes todavía llevaba la brida, pero ya no iba cargado con bultos. A medida que el sol iba saliendo, el cielo se abrillantaba cada vez más. Los cuatro muchachos miraban atentamente en cada dirección.
Sin embargo, no veían a Mercedes.
—Llevemos a los dos animales a la cueva —propuso Pete—. Si Mercedes ve a Rubia, sabrá que estamos por estos alrededores.
Sacó una tarjeta del bolsillo y se la entregó a Brit. La tarjeta decía:

Brit y Júpiter llevaron los dos burros al interior de la cueva. Pete y Bob les siguieron.
—¿No te fías de Mercedes? —preguntó Brit.
—Es otro enigma —admitió Júpiter—. Nos pidió que os previniésemos contra Dusty, pero también dijo que era amiga vuestra. Y sin embargo, tú no la conoces. Como dice Bob, es una mujer llena de engaños.
Los dos burros estaban hambrientos. Brit les dio de comer y los abrevó tan pronto como los tuvo escondidos en la cueva. Luego, Pete preparó el desayuno habitual de fríjoles y arroz. Jupe volvía a añorar las ensaladas. No desayunaron todos juntos, sino que Júpiter lo hizo mientras montaba guardia al extremo del túnel. Después, se tendió en el suelo, para no s e r visto, recorriendo el paisaje con los ojos en busca de Mercedes. Los otros muchachos se irían turnando cada hora.
Júpiter lo sintió primero en el pecho. Un leve temblor de la rocosa tierra. Lo bastante fuerte como para hacerle caer el tenedor. Había sufrido bastantes terremotos en Los Ángeles como para saber que no eran como este temblor. No había habido ningún choque súbito. Era más bien como estar de pie en una acera mientras pasa estruendosamente un camión de gran tonelaje.
Se lo contó a Bob cuando éste le relevó de su guardia.
—Sí —asintió Bob—. También lo hemos notado en la cueva. Como el contrabajo cuando los vatios de potencia están demasiado altos. Estas montañas son muy peligrosas. ¿Y a qué se debía el incendio que vimos ayer? ¿Se habrá apagado ya?
Dio media vuelta y miró hacia atrás. Pero la cumbre de la montaña estaba oculta por el acantilado que se elevaba por encima de la entrada de la cueva.
—¿Quién sabe? —respondió Júpiter en español.
Bob empezó a ocuparse de la vigilancia, atento a la posible llegada de Mercedes.
Dos horas más tarde, estando Pete de vigilancia, le pareció ver que algo se movía más abajo. Lanzó un silbido, imitando el canto de un pájaro, para advertir a los que estaban en la cueva.
—¿Dónde? —preguntó Júpiter, mientras todos se tendían a la entrada del túnel.
—Allí abajo —señaló Pete a su izquierda.
No tuvo que decir nada más. Todos veían ya a la distante figura.
Era un individuo que lucía un sombrero Stetson y. llevaba un rifle, en tanto iba ascendiendo lentamente hacia ellos.
Dusty.
CAPÍTULO 13 Un plan fallido


—No sirve de nada esconderse en la cueva —susurró Júpiter—. Dusty rastreará hasta el túnel. Y, si nos empieza a disparar...
—Tal vez podamos tenderle una emboscada... —sugirió Bob.
—Sí —asintió Júpiter—. Tengo una idea que quizá funcione.
—Está bien, escúpela —le animó Pete. —Vayamos adentro.
Júpiter se arrastraba ya hacia la cueva. Los otros le siguieron.
Un minuto después, Brit, Júpiter y Bob salieron de la cueva. Brit iba agachado, llevando el rifle cruzado al pecho. Tras esperar a que Dusty desapareciese de vista, Brit descendió por la sinuosa senda y desapareció entre las rocas de más abajo. Bob le siguió rápidamente y también desapareció.
Júpiter se quedó tendido a la entrada del túnel. Con la cabeza gacha, observó que Dusty se movía sin dificultad en aquel terreno tan abrupto. Iba subiendo con paso firme, con el rifle a punto, siguiendo las pisadas de Rubia.
El muchacho esperó a que el ranchero llegase a menos de veinte metros de distancia.
—¡Dusty! —gritó—. ¡Dusty, soy Brit!
—¿Brit? —la mano de Dusty se dirigió al gatillo del rifle—. ¿Dónde estás, Brit?
—Aquí arriba —respondió Júpiter—. Y le apunto con mi rifle.
Dusty se echó a reír.
—Adelante, dispara. Así sabré dónde estás exactamente y podré disparar a mi vez contra ti.
Había llegado al pie del sendero. Continuó subiendo con sus zancadas largas y rápidas.
—¿Qué desea? —Júpiter hizo que su voz pareciese asustada—. ¿Por qué vino?
—Para charlar. Para mantener una charla amistosa contigo y con tu papá respecto a Pancho Villa.
—Deje el rifle.
El verdadero Brit salió por detrás de unas rocas, a espaldas del ranchero y lo empujó con fuerza con el cañón de su arma. Dusty se quedó boquiabierto.
—Vamos, arrójelo al suelo —le ordenó Brit.
El plan de Júpiter contaba con la sorpresa de Dusty. En un momento, el ranchero creía estar hablando con Brit, por delante de él, y al momento siguiente oía la voz de Brit por detrás.
No soltó el rifle. Pero estuvo lo bastante confuso como para bajarlo.
—No vuelva la cabeza —volvió a ordenarle Brit con voz firme.
Tal como Júpiter había esperado... eso fue exactamente lo que Dusty hizo. Al menos, lo que empezó a hacer.
Bob saltó fuera de su escondite.
Dusty tenía la cabeza medio vuelta hacia Brit y no vio llegar a Bob. Antes de que pudiera moverse, Bob le había quitado el rifle de la mano, arrojándolo hacia un grupo de cactos, a unos diez metros de distancia.
Gruñendo, Dusty se volvió hacia Bob.
Éste adoptó al instante una postura de kárate. No era bueno en este arte como Pete, pero sí era bastante fuerte y rápido. Estaba seguro de poder dominar a Dusty si éste le atacaba.
Pero Dusty no le atacó. De repente, giró hacia Brit. Y su brazo giró al mismo tiempo que su cuerpo. Golpeó con el dorso de la mano en la cabeza de Brit, el cual trastabilló hacia atrás. Bob dio un paso al frente, pero el ranchero ya tenía sus manos en el cañón del rifle de Brit. Un tirón poderoso y rápido, y el arma estuvo en su poder. Dando un paso atrás, volvió el rifle contra Bob.
Dusty sonrió burlonamente.
—¡Bravo, chicos! —exclamó—. ¡Andando! ¡Montaña abajo! Y no os paréis hasta estar fuera de mi vista.
Desarmados, los dos muchachos no podían hacer nada. Si Brit intentaba algo, Dusty dispararía contra Bob. Por tanto, muy lentamente, los dos empezaron a descender por el sendero. Dusty aguardó a que ambos estuviesen a unos cien metros, y entonces dio media vuelta y empezó a subir de nuevo en dirección a Júpiter.
—Sal de ahí, gordinflón —gritó—. Sal o empezaré a disparar.
Júpiter se incorporó. El índice de Dusty se afirmó en el gatillo.
—Está bien —gruñó—. Dentro de un minuto podrás reunirte con tus amigos. Pero antes he de hacerte un par de preguntas.
Júpiter habría dado cualquier cosa por poder hacerle una llave de judo al ranchero. Pero con un rifle apuntándole al pecho, no podía aproximarse lo bastante.
—¿Dónde está el padre de Brit?
Júpiter pensó a toda marcha. Dusty tenía que creer que no había nadie en la cueva.
—Él y Pete fueron a buscar agua —mintió. —¿Y cómo no les he visto?
—Porque el manantial está al otro lado de la montaña, a unos tres kilómetros de aquí. Desde este sendero no se ve.
Dusty asintió lentamente. Sonrió.
—O sea que, entre el botín de Pancho Villa y yo, sólo estás tú. Fantástico. Ahora, mueve deprisa tu gordo trasero. Ve a esconderte con tus amigos por esos barrancos de ahí abajo. Y manteneos fuera de mi vista. Si no quieres una bala en tu espalda, muévete deprisa y no te pares.
Júpiter se encogió de hombros. Fingiendo estar muy abatido por la derrota, inició con rapidez el descenso por el sendero.
Dusty le siguió contemplando hasta que Júpiter desapareció detrás de unas rocas. Después, agachó la cabeza y, sosteniendo el rifle con ambas manos, entró en el túnel.
Pete le oyó. Le esperaba justo en el interior de la cueva. Se imaginó que Dusty entraría con la cabeza baja. Un objetivo perfecto para un golpe de kárate.
Levantó el brazo. Con los dedos rígidamente extendidos, su mano era tan mortal como un dos por cuatro. Un golpe en la nuca del ranchero y caería inconsciente al suelo.
Dusty penetró en la cueva. Pete bajó rápidamente el brazo. Pero uno de los burros dejó oír un leve ruido y Dusty levantó la cabeza un instante demasiado pronto. El golpe le dio entre los hombros. Dusty se tambaleó al frente. Pero no soltó el rifle.
Pete estuvo junto a él al momento. Tenía la mano en el aire, listo para volver a golpear. Pero, tal como ya había demostrado antes con Bob y Brit, Dusty poseía unos reflejos muy veloces. Dio un paso atrás. Levantó el rifle y apuntó directamente a Pete. Éste bajó el brazo.
Pensó, no obstante, que tenía una ventaja contra el rifle. Dusty acababa de llegar de la intensa luz exterior. Y los ojos del muchacho ya estaban acostumbrados a la penumbra de la cueva. Si se movía con bastante rapidez, podría sorprender al ranchero antes de que disparase.
Efectuó una finta a un lado, y de pronto giró sobre la punta del pie. Levantó la pierna derecha hacia atrás y su pie alcanzó al ranchero justo más abajo del pecho, dejándole sin respiración. Por un segundo, Dusty se dobló por la mitad, jadeando.
Esta vez, Pete tenía el blanco que necesitaba. Saltó hacia adelante, y abatió fuertemente el codo contra la nuca de Dusty.
El otoshi hiji ate, el golpe con el codo de arriba abajo, nunca le fallaba a Pete. Dusty cayó al suelo. Como dicen en el boxeo, knock out.
Todavía yacía allí inconsciente cuando llegaron los otros tres amigos. Brit era muy hábil con una cuerda y haciendo nudos. No tardó mucho en tener a Dusty atado como una res en un rodeo. Los cuatro muchachos permanecieron contemplando al indefenso ranchero. Los dos burros, que habían observado juntos la pelea, volvieron a su forraje de avena.
—Conferenciemos —propuso Bob al cabo de un instante.
Los cuatro salieron de la cueva.
—Sí, ya lo sé —sonrió Júpiter—. No salió como lo planeé. Pero tus estupendos reflejos nos han dado la victoria.
Pete rió y pegó tajos en el aire.
—Sabed que estas manos son armas patentadas.
—Oh, de acuerdo —convino Bob—. Yo me llamo Bruce Lee. Ahora, ¿qué, Jupe?
—Primero recogeremos el rifle de Dusty —respondió Brit—. Dos armas son mejores que una, como tus manos, Pete.
Se apresuraron por el sendero hacia el grupo de cactos donde Bob había arrojado el rifle de Dusty. Una vez allí, se inclinaron para registrar el rocoso suelo.
Buscaron y buscaron... Registraron cada grieta, cada piedra. Miraron debajo de cada cacto espinoso.
El rifle había desaparecido.
—Mercedes —declaró Bob— debe rondar cerca... Y ahora tiene el rifle de Dusty.
Júpiter empezó a pellizcarse el labio.
—Tengo una idea —anunció al cabo de un momento.
—¿Otra? ¿Más planes fallidos? —se quejó Pete.
—No creo que Mercedes se oculte por ahí —continuó Júpiter pensativamente—. Opino que ha vuelto a su base.
—¿Qué base? —inquirió Pete.
—Sabemos que descargó los bultos de su burro —razonó Júpiter—. O sea que está acampada en alguna parte. Y como me dijo Héctor Sebastián, los burros son animales muy leales y se encariñan mucho con las personas. Por consiguiente, si me llevo a Rubia, el burro nos seguirá y nos conducirá a la burra y a mí al campamento de Mercedes.
—¿Tú solo? —replicó Bob—. ¿Acaso quieres toda la fama para ti sólito? ¿Por qué no vamos todos?
—Porque si Mercedes ve acercarse a cuatro personas se alarmará —repuso Júpiter—. Si voy solo, podré incluso esconderme detrás de los burros. Tenéis que admitir que estoy mucho más delgado, y por tanto, soy más difícil de descubrir.
Todos se echaron a reír. Pero la mente de Júpiter estaba bastante lejos.
Júpiter tenía un presentimiento respecto a Mercedes. Era un presentimiento muy raro. Como pista, sólo tenía las lentes de contacto de la mujer y el atisbo de una cicatriz en su muñeca a la luz de una hoguera. Pero como investigador, sabía que los presentimientos suelen dar muchas veces buenos resultados. Tal vez aquello que vio no fuese una cicatriz. La única manera de saberlo era volver a ver a Mercedes desde muy cerca.
—Está bien, ve —asintió Pete—. Pero esa mujer tiene ahora un rifle. Mantén los ojos bien abiertos.
Brit sacó los dos burros de la cueva.
—Dusty sigue atado de pies y manos —informó—. Pero su boca está suelta y me dijo lo que hará exactamente cuando esté libre.
Júpiter palmeó las ancas del burro y el animal emprendió la marcha. Rubia se le puso al lado. Júpiter se situó de forma que tenía a los dos asnos entre él y la pared rocosa del sendero, y caminó algo agachado para no ser visto de nadie.
Los burros no treparon, sino que se mantuvieron en una senda más o menos nivelada que rodeaba la montaña. Mirando hacia arriba, Júpiter divisó varias entradas a otras tantas cuevas. Pero no había rastros que condujeran a ellas. Y el burro de Mercedes continuaba su marcha.
Sin previo aviso, se paró.
Rubia hizo alto a su lado. Júpiter se aplastó casi contra el suelo. A un centenar de metros más arriba había una enorme grieta en la pared rocosa. Aprovechando todos los camuflajes posibles, Júpiter empezó a avanzar.
El burro no le siguió. Pero tampoco se movió. Rubia acababa de encontrar unas matas de salvia. Y los dos animales empezaron a pastar pausadamente.
«Quizá no he seguido el rastro correcto —pensó Júpiter—. Tal vez la estrecha abertura de esa pared no sea la entrada al campamento de Mercedes. Sin embargo, me acercaré un poco más.»
De improviso, una mano helada pareció asirle por la nuca. Júpiter sintió erizarse sus cabellos.
Allí, a menos de dos metros de su cara, sobresalía algo del suelo. Una tosca cruz de madera. Mirándole finamente, Júpiter distinguió un nombre grabado en la misma.
IGNACIO.
¡La había encontrado! Aquélla era la entrada de la cueva que Brit y su padre habían descubierto. La cueva donde Pancho Villa había escondido los pesos de plata.
¿La habría encontrado también Mercedes? ¿Era ahí donde tenía su campamento?
¿Estaba ahora allí?
En ese caso, probablemente ya habría visto a los dos burros, y desearía averiguar qué hacían.
Júpiter se tendió en tierra. Aguardando.
No tuvo que esperar más de dos minutos. De repente, divisó la figura familiar de la mexicana con su falda amplia, sus largas trenzas negras y el manto púrpura saliendo de la cueva para contemplar al par de burros.
Júpiter observó cómo la mujer amartillaba el rifle que sostenía en la mano.
«Llegó mi hora», se dijo Júpiter.
Había llegado el momento de descubrir la verdad acerca de Mercedes.
Mantuvo la cabeza baja. Por si estaba equivocado. Por si ella respondía a su llamamiento con un disparo.
—¡Mamá! —gritó Júpiter—. ¡Mamá, soy yo! ¡Brit!
CAPÍTULO 14 Fuera de la freidora


Durante los diez segundos más largos de la vida de Júpiter, Mercedes no se movió.
Después, soltó el rifle y corrió por la pendiente hacia él.
—¡Brit! —gritó—. Brit, querido, ¿dónde estás? ¿Te encuentras bien?
Ya no fingía no saber hablar inglés. Júpiter se incorporó.
—¡Hola, Brit está bien! —respondió—. Siento haber tenido que emplear este truco con usted, pero Brit necesitaba su ayuda. Todos la necesitamos.
Mercedes se detuvo a unos metros del Primer Investigador. Durante otros diez segundos permaneció mirándole. Luego, finalmente sonrió.
—Deprisa —exclamó—, vamos a la cueva y me contarás lo ocurrido.
Los dos burros continuaban mordisqueando la hierba. Júpiter siguió a Mercedes hacia la grieta de la pared rocosa.
—¿Dónde está Dusty? —se interesó Mercedes. Recogió el rifle y tendió la vista cuidadosamente montaña abajo.
—No se preocupe por él —respondió Júpiter, contándole acto seguido lo que había sucedido en el escondrijo de Brit—. Su hijo lo dejó bien atado.
Ella asintió aliviada y puso el seguro en el rifle.
—He estado terriblemente inquieta por Brit y Tom, mi marido —explicó—. Encontré esta cueva ayer con algunas cosas dentro. Pero no vi ningún rastro de caballos, o sea que no sabía a dónde se habían ido.
Júpiter le explicó que el padre de Brit se había marchado a comprar la dinamita que necesitaban para abrirse paso hasta el tesoro de Pancho Villa, y que regresaría dentro de tres o cuatro días.
—¿Cómo descubrió el rifle de Dusty? —quiso saber Júpiter a su vez.
—Mi burro se extravió durante la noche, mientras yo dormía —le contó Mercedes—. Esta mañana salí en su busca. No pude encontrar al burro, pero vi el rifle bajo un cacto. Tenía las iniciales de Dusty grabadas en la culata. No vi a Dusty y temí que fuese una trampa. Pensé que podía estar escondido en cualquier parte con otro rifle. O con el cuchillo que suele llevar metido en su bota. De modo que me apresuré a volver aquí. Al menos, así le vería venir.
Júpiter sonrió. Dusty no estaba escondido cuando ella encontró el rifle, sino bien atado gracias a los expertos nudos de Brit. Sólo por unos minutos, Mercedes se había perdido la acción del día. Desde donde Bob había tirado el rifle, ella no podía ver la entrada de la cueva, por lo que tampoco vio eso.
Mercedes volvió a sonreír.
—¿Cómo adivinaste que yo soy la madre de Brit? —preguntó—. Nunca me habías oído hablar en inglés, sino solamente en español. Y disfrazada de este modo no parezco norteamericana.
Se bajó el manto de la cabeza y se quitó la peluca negra con las trenzas. Se la metió en un bolsillo de su falda. Después, pasó los dedos por su cabellera rubia.
—Fue solamente un presentimiento. Un dichoso presentimiento —replicó Júpiter—. Claro que tenía un par de cosas en qué basarme. Cuando aquella noche estuvimos charlando en nuestro campamento, su reloj resbaló por su muñeca, y entonces me fijé en que en su antebrazo había una franja, la dejada por la correa del reloj, mucho más clara que el resto de su piel.
Júpiter extendió el brazo izquierdo. Debido a la exposición al sol durante la excursión, su piel estaba profundamente bronceada. Luego, se desabrochó la correa de su reloj digital y dejó visible la franja de su muñeca que el sol no había tocado.
—Casi todos los mexicanos tienen la piel muy morena —continuó—. Y aunque encima estén tostados por el sol, no tienen esta franja debajo de la correa del reloj. Los anglosajones, sí.
Ella asintió.
—Eres listo... igual que mi Brit.
—No fui yo solo. Mi amigo Bob también observó otra cosa. Sus lentillas. A veces, los actores las usan en las películas para alterar el color de sus ojos. De modo que yo tenía ya dos cosas en qué basarme acerca de usted. Era posible que su piel no fuese morena al fin y al cabo. Y tal vez tampoco tenía los ojos negros.
—No, claro —ella inclinó la cabeza y se quitó las dos lentillas—. Son del mismo color que los ojos de Brit.
Levantó la cabeza, mostrando sus ojos de un tono azul claro. Metió las lentillas en un estuche de plástico que guardó también en el bolsillo.
—Además, yo la había oído hablar en inglés —le recordó Júpiter—. Aunque admito que no reconocí su voz al hablar en español. Usted me llamó al rancho y me pidió que me reuniese con usted al otro lado del lago.
La madre de Brit acarició la mano de Júpiter.
—Lo siento mucho. Ascensión me dijo que yo había cometido una estupidez. Lo cierto es que no sabía que el lago fuese tan peligroso. No trataba de matarte. Sólo deseaba asustarte.
—Para impedir que Rubia me guiase hasta aquí.
Ella asintió.
—Estaba muy asustada. Sabía que Dusty era capaz de matar a Tom y a Brit si los encontraba. Haría cualquier cosa por apoderarse de esos pesos de plata —hizo una pausa—. Estaba tan asustada que cometí otras estupideces. Por ejemplo, pagar a aquel joven mexicano para que os impidiera coger el autocar. Y aquella noche, intentar llevarme a Rubia. Debí adivinar que la borrica no me permitiría acercarme a ella.
Metió una mano detrás de una piedra y sacó un radioteléfono portátil. Se pasó la correa por el hombro, y cogió el rifle.
—Ahora, por favor, llévame a la cueva donde está Brit. Me muero de ganas de verle.
—¿Ha conseguido comunicarse con Ascensión últimamente? —le preguntó Júpiter mientras iba conduciendo los dos burros hacia el escondite de Brit.
—¿También sabes eso, Júpiter?
—Bueno, Mercedes... —sonrió el joven—. Oh, lo siento, ignoro su verdadero nombre.
—Me llamo Grace. En español, Gracia —respondió la mujer—. Grace Douglas. Pero si quieres, puedes seguir llamándome Mercedes.
—De acuerdo, Mercedes —asintió Júpiter—. Sabía que Ascensión posee un radioteléfono portátil. Yo se lo arreglé en el rancho. Y Bob vio el de usted en el burro aquella noche que estuvo hablando con nosotros.
Mercedes sacudió la cabeza preocupadamente.
—Esta mañana he intentado varias veces llamar a Ascensión, pero no ha habido respuesta. Durante el viaje pude hablar con él una noche, y sé que entonces estaba a una jornada de distancia detrás de mí. De modo que ya debería estar aquí, a menos que... —vaciló, ansiosa de repente—. A menos que Dusty lo encontrase y lo haya asesinado.
—¿Sabía Dusty que Ascensión le seguía?
—Puede haberlo sospechado. Por eso fingió que su caballo estaba cansado. Para poder actuar por su cuenta. Para vigilar a Ascensión. A Dusty no le habría preocupado una mujer mexicana montada en un burro, si me hubiera visto. Pero en caso de descubrir a Ascensión por estas montañas, lo habría matado —vaciló nuevamente—. Y tal vez sea eso lo que ha hecho.
—Mercedes —Júpiter la tocó en un hombro, tratando de tranquilizarla—, no se preocupe demasiado por Ascensión. Sé que Dusty es listo, pero Ascensión lo es mucho más.
—Sí —asintió Mercedes esperanzadamente—. Sí, lo es.
Mientras iban andando, Júpiter le preguntó a la madre de Brit cómo había llegado a sospechar que Dusty planeaba utilizarle a él para encontrar la cueva de Pancho Villa.
Mercedes explicó que permanecía en estrecho contacto con Brit, enviándole cintas grabadas al pueblo del otro lado de la montaña y recibiendo, en respuesta, cintas grabadas por Brit, a Los Ángeles. Por eso, ella conocía toda la historia de la ceguera de Rubia y el largo viaje efectuado hasta el rancho de Dusty en busca de un veterinario. Brit también le había advertido que el ranchero tal vez intentaría utilizar a la borrica para descubrir el escondrijo de Brit y su padre entre esas cuevas.
Después, ella recibió una carta de Ascensión, explicándole que Dusty pensaba ir a Los Ángeles. Ascensión le adjuntó un ejemplar del crucigrama que Dusty había hecho imprimir en Lareto. La mexicana no había comprendido el significado del crucigrama. Pero sí se dio cuenta de que Dusty planeaba algo.
—Bueno, al principio no supe de qué se trataba —prosiguió Mercedes—, pero sí comprendí quién era la «rubia»: la borrica. Y empecé a vigilar aquella tienda a la que había que enviar las soluciones para el concurso. No tardó mucho Dusty en ir a recoger el correo. Al día siguiente, intenté penetrar en la tienda, pero la alarma contra ladrones me asustó.
Después, Mercedes había vigilado al ranchero para averiguar dónde paraba, y un día le siguió hasta la chatarrería de los Jones. Conduciendo lentamente por delante de la casa, vio a Dusty hablando con Júpiter en el portal. Mercedes escondió su coche y se dirigió a pie hacia la casa.
—Pude oír vuestra conversación —explicó ella—, y lo que me extrañó al instante fue tu voz. ¡Era igual que la de Brit!
Y empezó a solucionar el misterio. Se disfrazó de mexicana y siguió a Júpiter y sus dos amigos hasta Loreto.
—Vi cómo Dusty os recogía en su jeep. Alquilé una habitación en el pueblo que hay al otro lado del lago y volví a ponerme en contacto con Ascensión. Luego, os espié en los bosques. Y cuando Rubia se encariñó contigo, bueno... no me resultó muy difícil imaginarme el resto.
Anduvieron un rato en silencio.
—¿Le importa que le haga un par de preguntas? —murmuró después Júpiter. —Adelante.
—¿De qué conoce a Ascensión? ¿Y qué ocurrió entre usted y Dusty que la hizo suponer...?
—¿Quieres saber por qué nos odiamos tanto?
—Sí.
—Hace de eso mucho tiempo —recordó Mercedes—. Mi madre murió siendo yo una niña. Mi padre era un ingeniero de minas que trabajaba para una compañía mexicana. Yo me crié en México. Ascensión solía cuidar de mí entonces, cuando mi padre estaba de viaje por las minas. En aquellos días, Ascensión era el dueño del rancho. Le iban bien las cosas, criando ganado y caballos... pero después llegó Dusty...
—Y se quedó con el rancho —concluyó Júpiter, acordándose de las escrituras halladas en el despacho de Dusty.
—Sí. Como la mayoría de rancheros, Ascensión debía dinero al banco. Y Dusty compró los pagarés de los préstamos. Antes de que Ascensión pudiera vender bastante ganado para zanjar sus deudas, Dusty se había quedado con todo. Yo estuve en el juzgado tratando de ayudar a mi viejo amigo, pero Dusty supo pagar varios testigos falsos. Al final, Ascensión tuvo que cederle el rancho.
Júpiter tendió la vista hacia el valle y a la sucesión de montañas que se extendía hasta el horizonte. Esperaba que Mercedes estuviese equivocada y que Ascensión no tardase en llegar.
Pero no se veía la menor señal del antiguo ranchero.
De repente, Júpiter experimentó una oleada de calor. Sin previo aviso, el aire, toda la tierra, había cambiado súbitamente.
Cada vez hacía más calor. Y estaba más oscuro.
Miró hacia arriba y divisó una inmensa nube gris que se extendía por el cielo. Júpiter volvió a sentir el estremecimiento de la tierra. Desde donde estaba divisada la cima de la montaña. De la misma subía un chorro de humo negro. Un chorro más espeso y negruzco que los que ya había visto antes.
Lo comprendió de repente. De buena gana se hubiera dado de bofetadas por haber sido tan tonto. ¿Por qué no se había dado cuenta de lo que realmente era? Pete se había preguntado por qué el humo blancuzco no permanecía más o menos estable en el aire... Porque no era humo... sino vapor.
—¡Es un volcán! —murmuró con voz estrangulada.
Mercedes se asió a su brazo, obligándole a detenerse. Luego, hizo sombra a sus ojos con la otra mano y también miró hacia lo alto de la montaña.
—Sí —susurró—. Jamás había visto un volcán activo en Sierra Madre, pero sí los vi en Hawai. ¡Y éste está a punto de entrar en erupción!
CAPÍTULO 15 Todo atado y bien atado


—Me dedico a la música rock —le contó Bob a Brit—. Sí, estoy metido en ello de todas a todas. Aunque algunas de esas estrellas son peores que un grano en el cuello.
Los tres —Bob, Brit y Pete—, estaban sentados en la cueva, esperando ansiosamente a Júpiter.
La tensión era tan grande que hubiese podido ser cortada por un hacha. Bob y Brit conversaban como si estuvieran muy tranquilos. Pero interiormente se estaban preguntando hasta cuándo podría mantener al desesperado ranchero bajo su control. Dusty luchaba continuamente para librarse de sus ataduras... y chillaba.
—A mí me gusta mucho el rock —asintió Brit—, y apenas puedo creer que conozcas a tipos como Los Supervivientes.
—Oh, sí, continuamente vienen a la oficina.
—La música mexicana también es formidable —manifestó Brit—. ¿No se ocupa tu jefe de los cantantes mexicanos?
Bob negó con el gesto. —La música latina funciona muy diferente. Pete, que ya había escuchado hasta la saciedad las historias que Bob contaba sobre el rock, estaba escribiendo una larga carta a Kelly Madigan.
«Querida Kelly, ponía. Estas montañas son realmente salvajes. Ahora mismo estoy sentado en una cueva con un tipo que hemos atado con cuerdas. No estamos demasiado mal aquí, pero...»
Pete apartó el cuaderno y consultó su reloj.
—Hace más de dos horas que se marchó Jupe —gruñó.
Se arrastró hasta el final del túnel para ver si venía su orondo amigo.
Dusty ya no se retorcía. Estaba arrodillado en el suelo. Pese a estar bien atado, hallaba obviamente más cómodo estar de rodillas que tumbado.
—¡Eh, Brit! —gritó Dusty con voz cascada—. Tráeme un poco de agua, ¿quieres? Tengo la garganta seca y no puedo tragar.
Brit y Bob cambiaron miradas inquisitivas. Bob asintió.
—De acuerdo.
Brit cogió la jarra del agua y se la llevó al ranchero.
Desde donde estaba sentado, Bob no pudo ver lo que sucedió a continuación. En un momento dado, Brit sostenía la jarra junto a los labios de Dusty, y al siguiente, la jarra se hacía añicos con tierra y Brit se hallaba tendido de espaldas. El ranchero sostenía la punta de un cuchillo contra el cuello del muchacho.
Dusty tenía libres las manos y los pies. La cuerda cortada colgaba de sus muñecas.
—¡Idiotas! —rió de forma salvaje—. Debisteis tener la precaución de registrarme. Siempre llevo una navaja en la bota.
Apretó la hoja contra la garganta de Brit, amenazando su yugular si se movía.



—Bien, Bob —gritó el ranchero con la misma voz sarcástica—. Dame el rifle de Brit. Vamos, muévete. Bob sabía que el ranchero no vacilaría en cortarle a Brit la garganta. El rifle estaba apoyado en la pared. Lo cogió y se dirigió hacia Dusty.
—Déjalo aquí, donde pueda cogerlo.
Algo en el tono de Dusty hizo que la sangre se helase en las venas de Bob. Dusty tenía ganas de hundir la navaja en el cuello de Brit. Bob dejó caer el rifle.
Sin dejar de sostener la navaja contra la yugular de Brit, Dusty cogió el rifle y lo amartilló. —Ahora, de cara a la pared, señor del rock. Y pon las manos en alto.
—No se ve a Jupe. Pero he visto algo verdaderamente extraño...
Pete había vuelto a entrar en la cueva. Tardaron unos segundos sus ojos en adaptarse a la oscuridad. Después, vio a Bob cara a la pared con las manos por encima de la cabeza. —¿Qué diablos...? —empezó a gritar.
De repente vio a Dusty. El ranchero se hallaba sentado a horcajadas sobre el pecho de Brit, con la navaja en una mano y el rifle en la otra. Tenía el dedo en el gatillo. Y el cañón del arma apuntaba a Pete. —Nos ha engañado —proclamó Bob—. Tenía un cuchillo en la bota. —¡Tú! ¡También de cara a la pared! —le ordenó Dusty a Pete.
Por un instante, Pete estuvo tentado de abalanzarse contra el ranchero. Disparando el rifle con una sola mano, era posible que el tiro se perdiese en la penumbra de la cueva.
Pero Pete jamás hubiese podido llegar hasta Dusty antes de que éste hundiera el cuchillo en la garganta de Brit. Pete dio media vuelta y se alineó al lado de Bob frente a la pared.
—¿Qué haremos ahora? —susurró Pete.
—Ganar tiempo hasta que vuelva Júpiter —repuso Bob también en susurros.
—¡Las manos bien altas, y a callar! —les ordenó Dusty—. Mereceríais que os enviase una bala a cada uno, por imbéciles.
Rió perversamente.
Pete obedeció. Oyó el crujido de las botas del ranchero cuando éste se puso de pie. Dusty se metió la navaja en el cinto y asió el rifle con las dos manos.
—Ahora tú —miró a Brit y le pegó una patada en las costillas—. Arriba y haz lo que te diga. O perderás a tus dos nuevos amiguetes.
Brit se levantó. Al revés que Bob y Pete, no tenía conocimientos de kárate. Ninguna defensa contra el rifle.
—Retrocede, Brit.
El joven fue hacia la pared donde ya se hallaban los otros dos.
—Quieto. Y ahora, escucha bien esto, Brit. No voy a disparar contra ti... todavía. Pero dime lo que quiero saber o tus amigos recibirán un tiro en la espalda. ¿Comprendes, amigo? Brit asintió en silencio.
—¿Dónde está tu padre?
Brit vaciló. Luego, vio cómo el dedo de Dusty se afianzaba en el gatillo.
—Bajó al pueblo del otro lado de la montaña.
—¿Cuándo regresará?
Por un momento, Brit quiso mentir. Pero si Dusty sospechaba que no le decía la verdad, tal vez uno de sus amigos lo pagaría con la vida.
—No antes de un par de días.
—¿Habéis encontrado la cueva de Pancho Villa?
—Sí.
—¿Cómo sabéis que es la auténtica?
—Porque hallamos el esqueleto de uno de los hombres de Pancho Villa enterrado bajo el aluvión de rocas.
—Por ahí vamos bien. Bueno, coge una cuerda y ata a tus dos amigos como me ataste a mí. Brit fue hacia el final de la cueva y volvió con un rollo de cuerda.
—Tú, Pete —ordenó Dusty—. Arrodíllate y pon las manos a la espalda.
Pete dudó un instante. Dusty avanzó y metió la boca del rifle contra su nuca. Pete sintió el frío acero contra su piel. Tragó saliva con dificultad.
—Vamos... —gritó Dusty.
Gruñendo, Pete se arrodilló. Llevó las manos a la espalda.
Al principio, Brit intentó engañar a Dusty. Pero éste estaba muy cerca, comprobando la fortaleza de cada nudo, primero alrededor de las muñecas y los tobillos de Pete, y después de los de Bob.
—Ahora exijo unas respuestas —dijo Dusty.
—Por el momento, todos estamos atados —bromeó Bob. Pete y Brit no pudieron disimular una sonrisa.
—Basta de payasadas —gritó Dusty, enojado, empujando a Bob con el rifle.
A Bob le relucieron los ojos de cólera pero calló.
—¿Adonde ha ido vuestro compañero? El gordito...
—Ojalá lo supiéramos —respondió Pete—. Tal vez fue a buscar una pizza...
Brit vio cómo a Dusty se le oscurecía el semblante. Uno de ellos recibiría un atroz castigo si Dusty no obtenía algunas buenas respuestas.
—Fue en busca de Mercedes —respondió.
—¿Quién es Mercedes?
—No lo sabemos —replicó Brit sin mentir—. Es una mexicana —la describió tal como Bob se la había descrito a él—. Jupe dijo que lleva unos días siguiéndonos. Y esta mañana vimos ahí fuera su burro. Entonces, Jupe se llevó a Rubia para tratar de encontrar el sitio donde se esconde esa mujer.
—¿Tiene algún arma?
Brit reflexionó rápidamente. No tenía porque admitir que sospechaba de que sí la tenía.
—No, que yo sepa —dijo.
—Está bien. Vigilaré a esa mujer. Cabello negro y trenzas —Dusty cambió de postura el rifle, apuntando ahora a Brit—. Tú vas a llevarme a la cueva de Pancho Villa. Vamos, muévete. Y no olvides que estoy detrás de ti.
Pete oyó las pisadas de Brit al salir del túnel, seguido por el ranchero.
Tan pronto como se extinguió el rumor de los pasos, los dos investigadores empezaron a luchar contra sus ligaduras.
—¿No puedes liberar las manos? —quiso saber Pete.
—No sin la ayuda de un mago —replicó Bob—. ¿Y tú?
—Tampoco.
—¿Dónde demonios estará Jupe?
—No tardará —contestó Bob—. Ya sabes que Jupe siempre tiene un plan en la manga. Verá a Dusty antes de que ese maníaco se le acerque demasiado. Además, Jupe tiene a Rubia. Y la borrica puede galopar más deprisa que Dusty corriendo.
—Oh, Dusty no es nuestra única preocupación —exclamó Pete, luchando contra las cuerdas—. ¿No hueles nada?
Bob husmeó.
—¿Huevos podridos?
—Algo raro ocurre fuera —continuó Pete—. Cuando salí no vi a Jupe... no pude ver nada. Toda la montaña está tan negra como a medianoche. Y el aire huele como... Sí, a huevos podridos. Y esa nube negra se está extendiendo por todas partes...
Bob reflexionó muy deprisa.
—¿Recuerdas que antes ya vimos humo en la montaña? Y no son huevos podridos... —gritó—, sino ¡azufre! Como en un volcán... ¡Humo sagrado! ¡Estamos cerca de un volcán activo!
Pete abrió mucho los ojos.
—Nosotros tenemos esta cueva que nos protege... ¡pero Jupe está fuera...!
CAPÍTULO 16 Ríos de muerte


—¡Agáchese! —ordenó Jupe con urgencia—. ¡Deprisa... agáchese!
Mercedes estaba contemplando el humo negro que surgía de la boca del volcán y cubría la montaña como una niebla. Júpiter la cogió por el brazo y la obligó a agacharse detrás de una roca.
—¿Qué sucede? —quiso saber ella.
—Dusty —murmuró el muchacho—. Baje la voz.
Del cielo iban cayendo unas cenizas, como arenisca, pero el viento hacía derivar el humo. En el aire flotaba una especie de olor químico. Levantando cautelosamente la cabeza, Júpiter espió al ranchero. Se hallaba a medio kilómetro de distancia, bajando por el sendero hacia ellos. No iba solo.
Brit caminaba a unos pasos delante de él. El joven llevaba las manos a la espalda y el rifle de Dusty le apuntaba por detrás.
—Brit... —susurró Mercedes al ver a su hijo.
Júpiter tuvo que agarrarla por el brazo para impedir que corriera en auxilio de su hijo.
—No... —dijo en voz queda—. Si Dusty dispara contra usted, esto no ayudará a Brit.
Júpiter pensó que de un momento a otro Dusty vería los dos burros. Los habría visto ya de no estar vigilando tan estrechamente a Brit.
Mercedes empezó a preparar el rifle.
—Intentaré herir a Dusty en el brazo —susurró.
A continuación apoyó la culata en su hombro. Después, hizo asomar el cañón del arma por el borde de la roca. Por un segundo, tuvo al ranchero en línea con la mira del rifle.
Apuntó cuidadosamente. Su dedo estaba ya en el gatillo. Lo apretó.
Por un segundo, Júpiter aguardó el ruido del disparo. No hubo ninguno. Mercedes empezó a apretar una y otra vez el gatillo. No podía moverlo.
—¡El seguro! —le susurró Júpiter—. ¡Tiene puesto el seguro!
Apresuradamente, Mercedes lo quitó. Volvió a apuntar. Era demasiado tarde. Dusty ya había visto a los dos burros. Saltó adelante y asió a Brit por la espalda, amparándose en su cuerpo.
Mercedes bajó el rifle. Juró en voz baja, en español. Dusty extrajo la navaja de su cinto. La presionó contra la espalda de Brit. Luego, lo empujó hacia delante otra vez.
Júpiter arrancó la correa del radioteléfono del hombro de Mercedes. Lo puso en marcha.
—¡Ascensión! —habló con los labios pegados al aparato—. Ascensión... ¿Me oye? —preguntó en español—. Ascensión. Venga. Cambio.
Puso el aparato en recepción. Silencio. Júpiter continuó probando durante un minuto. Dusty se hallaba ya a menos de doscientos metros. Seguía avanzando y empujando a Brit con el cuchillo.
Júpiter dejó en tierra el transceptor. Rozó la mano de Mercedes.
—Póngase la peluca.
La mujer la sacó del bolsillo y rápidamente se la puso en la cabeza.
Dusty se detuvo a diez metros de ellos.
—¡Salga, Mercedes! —gritó en español—. ¡Salga para que pueda verla!
Ella no se movió.
—No tema —continuó Dusty siempre en español—. Sé que está aquí. Mi amiguito me lo ha contado todo sobre usted. Sé que nos ha seguido hasta aquí. Y sé que tiene mi rifle. Está bien. Sin resentimientos. Creo que podremos hacer un trato.
Mercedes se incorporó con el rifle en la mano.
Júpiter continuó oculto. El ranchero habría conseguido someter a Bob y Pete, probablemente con el cuchillo que tenía en la mano. Pero mientras no supiera que Júpiter estaba tan cerca, éste tendría la ventaja de la sorpresa. Tal vez aún podría dominar al ranchero.
Mercedes tenía el índice apoyado en el gatillo de su rifle.
—También yo sé quién es usted —gritó en español—. El señor Rice. Y sé que quiere apoderarse del tesoro de Pancho Villa.
—Exacto, señora —admitió Dusty—. Lo mismo que usted.
—Sí —reconoció Mercedes—. Pero yo sé dónde está escondido y usted no.
—Claro que lo sé. Ese joven norteamericano y su padre lo descubrieron. Y ahora, él me lleva allí.
—Si cree que sabe dónde está, se halla muy equivocado —replicó Mercedes—. Sólo sabe dónde estaba. Donde yo lo encontré ayer. Pero utilicé a mi burro para trasladarlo a lugar más seguro. Vamos, guárdese el cuchillo. Y luego, tal vez, como usted ha dicho, podamos hacer un trato.
—De acuerdo —se conformó Dusty, deslizando la navaja en el cinto. Añadió—: Ahora estamos iguales. Los dos tenemos un rifle. Pero, si usted quiere llevarse tanta plata de aquí, necesitará mi ayuda —miró hacia la cumbre de la montaña—. Eso va a explotar dentro de unos minutos.
Continuaba avanzando lentamente, manteniendo a Brit como un escudo entre él y Mercedes.
—¡Quieto! —le gritó Mercedes en español.
Pero se dio cuenta del peligro demasiado tarde.
Dusty la estaba mirando, burlonamente.
—¡Usted! —escupió en inglés—. Por un momento me engañó con esa peluca mexicana. Pero he conocido sus ojos azules, Grace.
Mercedes había olvidado ponerse las lentillas.
Y entonces las cosas sucedieron tan deprisa que parecieron una sola.
Mercedes empezó a levantar el rifle. Dusty dio un paso al lado. Y apuntó también a Mercedes.
Júpiter oyó un disparo.
El rifle saltó de la mano de Dusty. Aterrizó entre las piedras, a unos cinco metros de distancia. Dusty se cogió una mano con la otra, con una mueca de dolor.
Júpiter saltó fuera de su escondite y agarró el cuchillo del cinto del ranchero.
De repente oyó el ruido de unos cascos. Era Ascensión que subía al galope. En su mano empuñaba un Colt 45 y lo apuntó contra Dusty.
—La próxima vez no dispararé a su rifle sino a su cabeza —pronunció en español.
Miró a Mercedes. La mujer todavía apuntaba a Dusty con su rifle. Esta vez sin el seguro puesto.
—¡No! —exclamó Ascensión dirigiéndose a Mercedes—. Déjele... Si le mata, no tendremos tiempo de enterrarle. Y matarle sería un pecado. Tendríamos que dejar el cadáver a merced de los buitres.
Se volvió hacia Dusty.
—¡Largo de aquí! —le gritó—. Vaya en busca de la plata...
Dusty todavía se cogía la mano. Vaciló, con el semblante negro por el odio.
—¡Largo! —volvió a ordenarle Ascensión—. Vaya a la cueva de Pancho Villa. No necesita a Brit para que le lleve allí. Encontrará el rastro que llega hasta la cueva.
El ranchero miró fieramente a Ascensión durante un segundo. Júpiter leyó la muerte en aquellos ojos. Pero Dusty estaba indefenso... La recámara de su rifle había quedado destrozada cuando le saltó de las manos. Júpiter tenía el cuchillo. Dusty dio medio vuelta y echó a andar por el sendero que conducía a la cueva de Pancho Villa.
Mercedes y Brit se abrazaron emocionados. Ascensión desmontó.
—Ese estúpido radioteléfono —rezongó—. Se cayó anoche y desde entonces no deja oír ni el menor sonido.
Júpiter miró hacia la cumbre de la montaña. Se estaba elevando otra nube de humo.
—Tenemos que ir en busca de Bob y Pete —dijo—. Todavía deben estar prisioneros en la cueva de Brit. Hemos de sacarlos de allí.
Ascensión se llevó dos dedos a la boca y lanzó un agudo silbido. Un momento después, apareció otro caballo. Júpiter reconoció al animal: era el caballo de Dusty.
—Lo encontré trabado más abajo —explicó el mexicano—. Bien, larguémonos de aquí. Deprisa.
Júpiter montó a Rubia mientras Mercedes lo hacía en su burro y Brit saltaba sobre el caballo de Dusty. Con Júpiter por delante, todos se apresuraron hacia el escondite de Brit.
Se hallaban a unos cien metros de la cueva cuando Júpiter sintió que algo le pinchaba la cara. Y después la mano; Protegiéndose los ojos, levantó la vista.
¡Estaba granizando!
Del cielo caían como piedrecitas del tamaño de la cabeza de una cerilla. Una se proyectó en su hombro. Trató de arrancarla pero no pudo desprenderla de su camiseta. Bizqueando los ojos vio que no era granizo. Era una diminuta bolita de vidrio, tan caliente como una gota de agua hirviente.
¿Qué sucedía en la cima de la montaña? Júpiter no podía verlo, pero estuvo seguro de que no era nada bueno.
Espoleando a Rubia, Júpiter oyó cómo los otros dos animales avanzaban a sus espaldas. Un minuto más tarde habían llegado al amparo de la pared rocosa. Allí se detuvieron.
Ascensión cogió la manta que llevaba doblada debajo de la silla de montar. Luego, sacó su cuchillo y empezó a cortarla a tiras.
—Ve en busca de tus amigos —le gritó a Júpiter.
El muchacho se internó en el túnel. Pete y Bob yacían de espaldas, enroscados en el suelo. Pete había conseguido deshacer uno de los nudos que ataban los tobillos de Bob, y estaba ocupado ya con sus muñecas. Júpiter los liberó rápidamente gracias al cuchillo de Dusty.
—Pensé que habías ido en busca de una pizza —bromeó Pete, estirando las piernas y brazos para desentumecerlos—. ¿Dónde la tienes?
Bob también empezó a estirarse. Luego, miró la cabeza de Júpiter.
—¿Es ésta la nueva moda? ¿Llevar cuentas de cristal en el pelo?
Júpiter se pasó una mano por la cabeza, tratando de quitarse los cristalitos. Ya se habían enfriado, pero no pudo sacarlos con los dedos.
—Ahí fuera caen a cientos de millones —explicó—. Vamos, amigos, hay que moverse.
Los tres muchachos corrieron por el túnel. Por el momento, había cesado la lluvia de cristales. Ascensión les entregó largas tiras de manta.
—Cubríos la cabeza —dijo—. Y protegeos también las manos y los brazos.
Él y Brit ya tenían la cabeza cubierta. Mercedes se había puesto su manto sobre la cara y los hombros.
—De acuerdo, vámonos —gritó Ascensión.
Hasta Pete entendió el «vámonos». Rápidamente montó detrás de Brit. Bob lo hizo detrás de Ascensión.
Esta vez fue el mexicano quien abrió la marcha. Espoleando a su caballo por el sinuoso sendero, se dirigió al valle. Cuando llegaron a los barrancos que cortaban la montaña por entre las rocas, pasaron por ellos tan deprisa como pudieron. Ahora oían ya el sordo rumor a sus espaldas. Era como un trueno lejano. El olor a azufre era tan fuerte que apenas podían respirar.
Y entonces ocurrió. Estaban a menos de un kilómetro de la cueva cuando el volcán entró en erupción estruendamente.
Un inmenso manantial de lava ardiente surgió de la montaña, y luego empezó a descender por la ladera. Y surgieron otros manantiales, elevándose cada vez más altos, como fuegos artificiales. La lava salía despedida del fondo del volcán acompañada de truenos ensordecedores. Se deslizaba por las laderas, esparciendo rocas en fusión por doquier.
Los géiseres rojos se elevaban centenares de metros en el aire, se arqueaban, y diseminaban su lava por toda la montaña. Los ríos de lava se juntaban, se cruzaban... formaban verdaderas corrientes ardientes. Y luego caían en cascada sobre la pared rocosa y hacia los precipicios de más abajo.
Las cenizas hirvientes empezaron a caer sobre los fugitivos, junto con las bolitas de cristal. El granizo de lava asustaba a los desprotegidos caballos y a los burros. De repente, la montura de Ascensión se encabritó sobre sus patas traseras. Pateó y coceó ferozmente de forma que Ascensión apenas podía dominarlo, y Bob tuvo que abrazarse con más fuerza a la cintura del mexicano.
—¡Trae a Rubia! —le gritó Ascensión a Júpiter.
El Primer Investigador espoleó a la borrica.
—¡Entre los dos caballos! —le ordenó Ascensión—. ¡Ella los calmará!
Júpiter respiró hondo y obligó a Rubia a correr hacia el estrecho paso que quedaba entre los dos caballos aterrorizados. Gradualmente se fueron calmando. Y cuando Rubia siguió trotando, la siguieron.
La lluvia de granizo ardiente disminuyó gracias a una ráfaga de viento. Júpiter se ahogaba por el azufre, y tuvo que protegerse la boca y la nariz con el pedazo de manta. Nunca le había gustado la vida al aire libre. Y ahora comprendía el porqué. ¿Cómo era posible que salieran vivos de aquellas montañas?
Bob miró hacia atrás. Los ríos de lava ardiente se iban aproximando cada vez más. Los pájaros y los animales más pequeños huían ante las rocas fundidas. Los matorrales se incendiaban sin que nada los tocase. Bob oyó un ruido extraño como de vidrios rotos cuando los ríos de lava se iban aproximando.
«Éste es el fin», pensó.
—Al menos, moriremos con gran estilo —le dijo a Pete.
—De acuerdo —fue la respuesta del otro—. No todo el mundo muere gracias a un volcán.
Los dos volvieron a tender la mirada hacia la cima de la montaña. El calor procedente de allí casi les quemó los ojos, pero se esforzaron por seguir mirando.
El ruido de vidrios rotos iba en aumento. De pronto, Bob experimentó un hálito de esperanza. Por encima de aquellos ríos se iba formando una costra negruzca. La lava ya no bajaba por la ladera. Lentamente, discurría hacia abajo, pero después se detenía. Volvía a descender unos cuantos metros y finalmente se paraba.
Poco después, también cesó la lluvia de cenizas y cristalitos, dejando de asustar a los caballos y los burros.
¡Al fin se hallaban a salvo del devastador volcán!
Un kilómetro más abajo llegaron al valle. Ascensión los condujo rápidamente hacia la siguiente sierra montañosa. Y allí hicieron alto.
Todos tosían a causa de los vapores ponzoñosos por entre los que habían pasado. Por eso levantaron la cabeza y aspiraron grandes bocanadas de aire fresco. Luego, se volvieron para contemplar el volcán.
Fue Ascensión quien lo vio primero. Levantó el brazo y señaló a lo lejos. Una figura lejana iba saltando desesperadamente de roca en roca. Tropezaba y volvía a incorporarse, alejándose de la cueva de Pancho Villa.
En aquel lado de la montaña, la lava había alcanzado la parte superior de la pared rocosa. Pareció hacer alto allí un instante... y después cayó en cascada... como un río de muerte.
Por algún fenómeno acústico lo oyeron claramente, resonando por la montaña: el grito aterrado de Dusty cuando desapareció bajo un río de lava ardiente.
Los cuatro muchachos cerraron los ojos. Dustin Rice había sido ciertamente un bandido. Y tal vez un asesino. Pero ellos le habían conocido, habían viajado con él, habían comido sus provisiones. Y ninguno de ellos había visto morir jamás a un hombre. Aquella muerte les conmovió profundamente. Todavía temblaban cuando abrieron los ojos.
Ascensión se persignó y murmuró una oración en español.
—Ya os advertí —dijo al fin, mirando especialmente a Júpiter—, ya os advertí del peligro que correríais en las montañas.
Siguieron cabalgando hacia la cresta de la colina. Mercedes se emparejó con Ascensión.
—Lo siento, viejo amigo —murmuró—. Si Tom y Brit hubieran conseguido el tesoro, usted podría ahora recuperar su rancho.
—¿Quién sabe? —Ascensión se encogió de hombros—. Tal vez lo recupere de otra manera.
Sonrió con su cachaza mexicana.
—Cuando mi madre me contó lo de la cueva de Pancho Villa —continuó—, también me dijo que nadie hallaría nunca esos pesos. Había demasiados soldados muertos de Pancho Villa custodiándolos.
Hizo una pausa.
—Y ahora los custodiarán eternamente.
CAPÍTULO 17 Nacida salvaje


Cabalgando, ya fuera del peligro, dieron un rodeo en torno al volcán, muy lejos de su cráter. Luego, se encaminaron al poblado que había más allá de las colinas, protegido del otro lado de la montaña.
No hablaron mucho. Cosa rara. Hasta el cerebro de Júpiter estaba descansando. Las últimas piezas del rompecabezas habían encajado.
Mercedes se había enterado de lo del tesoro de Pancho Villa por Ascensión. Su abuelo había sido soldado a las órdenes del caudillo mexicano en 1916. Mercedes le prometió a su viejo amigo la mitad de los pesos de plata si su esposo y su hijo los encontraban.
El secreto había sido escrupulosamente guardado ante Dusty, hasta que Brit llegó al rancho con la borrica ciega. Entonces, el ranchero sorprendió una conversación durante la cual el muchacho le contaba a Ascensión que él y su padre acababan de descubrir la cueva de Pancho Villa.
Y Dusty planeó lo del crucigrama para que Rubia pudiese encontrar el tesoro.
Júpiter todavía seguía estremecido por la violenta muerte del ranchero. Claro que fue la desmesurada ambición de Dusty la causante de su muerte. De no haber efectuado el desesperado esfuerzo por apoderarse de los pesos, todavía estaría vivo.
Se detuvieron junto a un riachuelo para abrevar a los animales y dejarlos pastar unos minutos.
Unos kilómetros más lejos, Júpiter oyó un ruido extraño: el distante rebuzno de innumerables burros. Rubia rebuznó en respuesta y trotó ávidamente hacia ellos. El ruido fue en aumento a medida que se acercaban por entre el bosque.
Allí, extendiéndose entre las montañas, había varios kilómetros de tierra de pastos. Y correteando, pastando y confundiéndose con las montañas, había más de un centenar de burros salvajes.
Rubia hizo alto. Enderezó las orejas, con excitación evidente. Después lanzó un largo y ruidoso rebuzno. Júpiter saltó a tierra. Le quitó la brida a la borrica y le palmeó el cuello.
Rubia le miró un instante con sus grandes ojos llenos de ternura. Restregó su hocico contra el pecho del muchacho como dándole las gracias por devolverla a su hogar. Y después se acercó a Brit, que estaba montado a caballo, y le frotó el pie. El joven le acarició la cabeza.
Acto seguido, Rubia echó a galopar alegremente para reunirse con la manda salvaje.
Júpiter montó detrás de Mercedes. Y el grupo echó a andar. Si se apresuraban, llegarían al pueblo antes de anochecer. Desde allí, Brit podía telefonear a su padre en Chihuahua. Le comunicaría que él y su madre estaban a salvo y que ellos y Ascensión le aguardarían en el pueblo.
Al día siguiente, Los Tres Investigadores tomarían la serie de autobuses que los llevaría de vuelta a Rocky Beach.
—Te veré en Los Ángeles —le prometió Bob a su nuevo amigo, cabalgando ahora con Brit en el caballo de Dusty—. Iremos a algunos conciertos de rock, y conocerás a los componentes de esos grupos.
—Magnífico —exclamó Brit—. Yo conozco a un par de chicas en Los Ángeles. Tal vez podamos citarnos con ellas.
—Sí, tal vez —asintió Bob, sabiendo que, de todos modos, estaría ya muy ocupado con sus actuales amigas cuando regresara.
Pete, que cabalgaba con Ascensión, iba pensando en Kelly Medigan. Le había dicho que estaría fuera al menos dos semanas. ¿Continuaría su corazón siéndole fiel con sólo diez días de separación? Y le había regalado una camiseta con su propio nombre grabado en el mismo.
«Ya verás, Kelly —pensó—. Aguarda a saber que he escapado de un terrible volcán.»
Júpiter pensaba en los fríjoles y el arroz. Jamás volvería a ver siquiera un solo grano de fríjol o de arroz. Sabía que había perdido más de cinco kilos, pero sus papilas gustativas estaban mortalmente aburridas. Apenas si podía esperar a saborear el primer tomate, la primera lechuga de una ensalada bien aderezada.
Pero primero tenía que invitar a sus amigos y a sí mismo a una jugosa pizza. Se lo merecían.
Pete miró a Bob, cuando éste se paró a su lado. Tal vez tuvieran razón las palabras grabadas en su camiseta:
LOS SUPERVIVIENTES.
Al fin y al cabo, después de todo lo que les había sucedido en las montañas, Los Tres., Investigadores habían demostrado serlo.
Unos Supervivientes.
FIN
notes

Notas a pie de página

1 American Automobile Association (N. del T.)
2 Iniciales de Percepción Extrasensorial.