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jueves, 28 de mayo de 2015

Antología 1/3 (Dashiell Hammett)

DASHIELL HAMMETT

ANTOLOGÍA





Samuel Dashiell Hammett

Escritor estadounidense de relatos policiacos. También escribió bajo los seudónimos de Peter Collinson, Daghull Hammett, Samuel Dashiell y Mary Jane Hammett.
Nació el 27 de mayo de 1894 en el condado de St. Mary's (Maryland, Estados Unidos). Hammett creció en las calles de Filadelfia y Baltimore. Sin una educación formal (dejó la escuela a los 13 años), trabajó en diversos oficios y en diferentes lugares del país: como mensajero para los ferrocarriles de Baltimore y Ohio, fue dependiente, fue mozo de estación y trabajador en una fábrica de conservas entre otros oficios.
En 1915, entró en la "Pinkerton's National Detective Agency" de Baltimore como detective privado, experiencia que le proporcionaría material para sus novelas. Hammett no solo contaba la historia, sino que también había vivido los hechos. Aprendió el oficio de detective de James Wright, un agente bajo, rechoncho y de lenguaje duro, que se convirtió en un ídolo para Hammett (y que más tarde serviría, supuestamente, como inspiración para El agente de la Continental). En Junio de 1918, abandonó Pinkerton y se alistó en alistó en la Armada, pero la tuberculosis que contrajo provocó su licencia médica en menos de un año. De hecho, Hammett sufriría de mala salud por sus brotes de tuberculosis y alcoholismo durante el resto de su vida.
Hammett fue un tipo enigmático y contradictorio. Mientras fue empleado de la famosa agencia de detectives Pinkerton entre sus tareas estaba la de romper huelgas de vez en cuando, aunque después se decantaría por una postura ideológica claramente de izquierdas. Su carrera literaria se produjo en poco más de una docena de años, en los que consiguió hacer respetable la nueva narrativa norteamericana de detectives.
Consiguió prestigio literario rápidamente con sus novelas entre 1929 y 1931. Las dos primeras, Cosecha roja (1929) y La maldición de los Dain (1929), le llevaron de inmediato a la fama y en El halcón maltés (1930), su novela más famosa, aunque se discute si la mejor, en la que dió vida a su personaje más conocido, Sam Spade, fue la pionera del estilo de novela negra policiaca. Gran parte del éxito de la novela se puede atribuir a la adaptación para el cine de 1941 dirigida por John Houston y protagonizada por Humphrey Bogart.
También fue el responsable de la creación de El agente de la Continental (1924) y El hombre delgado (1934), la novela que presentó el matrimonio de detectives Nick y Nora Charles al mundo, personajes que se convirtieron en la base para una serie de famosas películas. Fue el inventor de la figura del detective cínico y desencantado de todo. El agente de la Continental de Hammett apareció en unas tres docenas de relatos, algunos de los cuales fueron la base de las novelas Cosecha roja (Red harvest, 1929) y La maldición de los Dain (The Dain curse, 1929).
Corrían los tiempos del nacimiento de la novela negra, un movimiento literario en que se adoptaba el enfoque realista y testimonial para tratar los hechos delictivos. Fue el fundador de tal corriente y su más egregio representante y destacó sobre todo por su realismo, por la franqueza con que dibuja a sus personajes y escribe su diálogo, así como por el impacto con que se desarrolla el argumento, que supone la descripción gráfica de actos brutales, y por las actitudes sociales hipócritas y cínicas. Demostró asimismo que también en este género se pueden denunciar las corrupciones políticas y económicas, aunque nada de todo esto está reñido con el humor, y su novela El hombre delgado (The thin man, 1934) es un ejemplo de ello. En el escritor español Manuel Vázquez Montalbán pueden seguirse sus huellas. No sólo gozó del reconocimiento popular, también críticos serios elogiaron su trabajo. Varias de sus novelas fueron más tarde adaptadas a programas populares de radio y al cine, y también escribió guiones en Hollywood y su nombre apareció en los créditos de una serie de shows de radio que utilizaron sus personajes, como el de Alex Raymond, detective privado/espía que apareció en la tira de cómics Secret Agent X-9 (1934).
Pero en 1934, con la publicación de El hombre delgado, su última novela, la carrera de Hammett como escritor estaba casi acabada y se puede afirmar que no escribió nada verdaderamente importante después de esa fecha (no volvió a escribir novelas, sólo relatos cortos). El anterior otoño había conocido a Lillian Hellman, lectora de guiones que tenía la ambición de convertirse en dramaturga, y se embarcaron en una larga y tumultuosa relación, que duraría casi treinta años.
Reconocido como izquierdista, en 1951 pasó seis meses en la cárcel por "actividades antiamericanas" (en realidad por rechazar atestiguar en el Civil Rights Congress contra cuatro comunistas acusados de conspirar en contra del gobierno de los Estados Unidos). En 1953, volvió a rechazar contestar a preguntas del comité del senador José McCarthy's.
Murió el 10 de enero de 1961 en Nueva York.


La décima pista

[The tenth clew, 1924]
Un relato de El Agente de la Continental

—Don Leopold Gantvoort no está en casa dijo el criado que me abrió la puerta—, pero está su hijo, el señorito Charles, si es que desea verle.
—No. El señor Gantvoort me dijo que me recibi­ría hacia las nueve. Son ahora las nueve en punto y estoy seguro de que no tardará. Le esperaré.
—Como quiera el señor.
Se apartó para dejarme pasar, se hizo cargo de mi abrigo y mi sombrero, me condujo a la biblioteca de Gantvoort situada en el segundo piso, y allí me dejó. Tomé una de las revistas que había sobre la mesa, coloqué a mi lado un cenicero, y me puse cómodo.
Pasó una hora. Dejé de leer y comencé a inquietarme. Pasó otra hora... Yo estaba en ascuas.
Comenzaba a dar las once un reloj del piso bajo, cuando entró en la habitación un joven alto y delga­do de unos veinticinco o veintiséis años de edad, piel muy blanca, y ojos y cabellos oscuros.
—Mi padre no ha vuelto todavía —me dijo—. Es una lástima que le haya estado esperando usted tanto tiempo. ¿Puedo ayudarle en algo? Soy Charles Gantvoort.
—No, gracias —me levanté del sillón encajando la cortés despedida—. Llamaré mañana.
—Lo siento —murmuró, y juntos nos dirigimos hacia la puerta.
En el momento en que salíamos al pasillo, un teléfono supletorio situado en un rincón de la habitación que abandonábamos comenzó a sonar con un timbrazo amortiguado. Me detuve en el umbral de la puerta mientras Charles Gantvoort se acercaba a responder.
De espaldas a mí, habló en el aparato.
—Sí. Sí. Sí. —de pronto, bruscamente—. ¿Qué? Sí —y, luego, con desmayo—. Sí.
Muy lentamente se volvió hacia mí con el auricular aún en la mano. Tenía el rostro grisáceo y contraído en un gesto de angustia, los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y la boca entreabierta.
—Mi padre —balbuceó—. Ha muerto. Le han matado.
—¿Dónde? ¿Cómo?
—No lo sé. Era la policía. Quieren que vaya inmediatamente.
Se enderezó con un esfuerzo, recobró su compos­tura y colgó el teléfono. Los músculos de su rostro se relajaron ligeramente.
—Perdone mi...
—Señor Gantvoort —le interrumpí—, trabajo para la Agencia de Detectives Continental. Su padre llamó a nuestras oficinas esta tarde y pidió que le enviaran un detective esta misma noche. Dijo que le habían amenazado de muerte. Pero teniendo en cuenta que aún no me había contratado, a menos que usted quiera...
—Desde luego. Está usted contratado. Si la policía no ha hallado al asesino, quiero que haga usted todo lo posible por encontrarlo.
—Bien. Vamos a la Jefatura.
Ninguno de los dos habló durante el camino. Gantvoort iba inclinado sobre el volante del automó­vil que lanzaba a través de las calles a una increíble velocidad. Ardía en deseos de hacerle infinidad de preguntas, pero me di cuenta de que para mantener aquella velocidad sin estrellarnos era necesario que concentrara toda su atención en la conducción del automóvil. Así pues, opté por no molestarle y guardé silencio.
En la Jefatura de Policía nos esperaban media docena de oficiales. Estaba a cargo del caso el inspec­tor O'Gar, un sargento de cabeza apepinada que viste como un sheriff de película, incluido el sombrero negro de ala ancha, pero que no por eso deja de dis­frutar de toda mi consideración. Habíamos trabajado ya juntos en dos o tres casos, y nos llevábamos de maravilla.
Nos condujo a uno de los despachos situados bajo la Sala de Juntas. Diseminados sobre el escrito­rio había aproximadamente una docena de objetos.
—Quiero que mire estas cosas detenidamente —dijo el sargento a Gantvoort—, y elija las que per­tenecieron a su padre.
—Pero, ¿dónde está?
—Haga esto primero —insistió O'Gar—, y luego le verá.
Miré los objetos que había sobre la mesa, mientras Charles Gantvoort hacía la selección. Un joyero vacío; una agenda; tres cartas en sendos sobres abiertos dirigidos a la víctima; varios documentos; un manojo de llaves; una pluma estilográfica; dos pañuelos de lino blanco; dos casquillos de pistola; una navaja y un lápiz de oro unidos a un reloj también de oro por una cadena de oro y platino; dos monede­ros de piel negra, uno de ellos nuevo y el otro muy usado; cierta cantidad de dinero en billetes y monedas; y una máquina de escribir abollada y retorcida salpicada de amasijos de cabellos y sangre. Parte de los objetos estaban manchados de sangre, y parte es­taban limpios.
Gantvoort seleccionó el reloj con sus aditamentos, las llaves, la agenda, los pañuelos, las cartas, los documentos y el monedero usado.
—Esto era de mi padre —nos dijo—. Las otras cosas no las he visto nunca. Como no sé cuánto llevaba encima esa noche, no puedo decirles si ese dinero le pertenecía o no.
—¿Está seguro de que no eran suyos el resto de estos objetos? —le preguntó O'Gar.
—Creo que no, pero no estoy seguro, Whipple se lo podrá decir —se volvió hacia mí—. Es el criado que le abrió la puerta esta noche. Estaba al servicio de mi padre y él sabrá con seguridad si le pertene­cían o no.
Uno de los policías fue a llamar a Whipple para decirle que viniera inmediatamente.
Yo continué el interrogatorio.
—¿Echa en falta algo que su padre llevara habitualmente? ¿Algo de valor?
—Nada que yo sepa. Todo lo que cabía esperar que llevara está aquí.
—¿A qué hora salió de casa esta noche?
—Antes de las siete y media. Puede que a las siete.
—¿Sabe adónde se dirigía?
—No me lo dijo, pero supuse que iba a visitar a la señorita Dexter.
Las caras de los policías se iluminaron y sus miradas se agudizaron. Supongo que la mía también. Son muchos, muchísimos, los crímenes en que no hay faldas de por medio, pero es raro el asesinato notable en que no hay complicada una mujer.
—¿Quién es la señorita Dexter? —me relevó O'Gar.
—Es... —dijo Charles Gantvoort dudando—. Verá, mi padre tenía una relación muy cordial con ella y con su hermano. Solía visitarles, o mejor dicho visitarla, varias noches por semana. Yo sospe­chaba que quería casarse con ella.
—¿Qué clase de persona es?
—Mi padre les conoció hace seis o siete meses. Yo les he visto varias veces, pero no les conozco muy bien. La señorita Dexter, Creda de nombre, tiene unos veintitrés años y su hermano Madden es cua­tro o cinco años mayor. El debe estar ahora camino de Nueva York donde va a gestionar un asunto en nombre de mi padre.
—¿Le dijo su padre que iba a casarse con ella? —insistió O'Gar negándose a perder de vista la posi­bilidad de una intervención femenina.
—No, pero es evidente que estaba, ¿cómo le diría?, muy entusiasmado con ella. Tuvimos unas palabras sobre eso hace unos días, concretamente la semana pasada… Nada serio, entiéndame... Una discusión sin importancia. Del modo en que me habló, me temí que pensaba casarse con ella.
—¿Por qué ha dicho «me temí»? —saltó O'Gar al oír estas palabras.
Charles Gantvoort se azaró un poco y carraspeó nerviosamente.
—No quiero darle una mala impresión de los Dexter. Creo, más aún, estoy seguro, que no tienen nada que ver en este asunto. Pero no les tengo ningu­na simpatía, no me caen bien. Me parecen unos oportunistas. Mi padre no era fabulosamente rico, pero tenía una considerable fortuna. Y aunque se conservaba bien, tenía ya cincuenta y siete años, lo que me hace pensar que a Creda Dexter le interesa­ba más su dinero que él.
—¿Y el testamento de su padre?
—En el último de que yo tengo noticia, el que redactó hace dos o tres años, deja todo a mi mujer y a mí. Su abogado, Murray Abernathy, podrá decirle si hay un testamento posterior, pero no lo creo.
—Su padre se había retirado de los negocios, ¿verdad?
Sí… Me traspasó su agencia de importación y exportación hace un año aproximadamente. Conservaba bastantes inversiones en diversos sitios, pero no participaba activamente en ninguna empresa.
O'Gar se ladeó el sombrero de sheriff, y durante unos segundos se rascó su cabeza apepinada con expresión meditabunda.
Después me miró.
—¿Tiene usted alguna pregunta más?
—Sí. Señor Gantvoort, ¿conoce usted a un tal Emil Bonfils? ¿Ha oído hablar de él a su padre o a cualquier otra persona?
—No.
—¿En alguna ocasión le dijo su padre que había recibido una carta en la cual se le amenazaba? ¿O que alguien le había disparado en la calle?
—No.
—¿Estuvo su padre en París en 1902?
—Es muy posible. Hasta que se retiró solía ir al extranjero todos los años.
Terminada la entrevista, O'Gar y yo acompaña­mos a Gantvoort al depósito de cadáveres para que identificara el de su padre. El espectáculo que ofre­cía éste no era lo que se dice agradable, ni siquiera para O'Gar ni para mí, que sólo le conocíamos de vista. Yo le recordaba como un hombre bajo y enju­to, siempre elegantemente ataviado y dotado de una viveza que le hacía parecer mucho más joven de lo que era. Ahora yacía con el cráneo convertido en un amasijo de pulpa roja.
Dejamos a Gantvoort en el depósito de cadáve­res y nos dirigimos a pie a la Jefatura.
—¿Qué secretos se trae usted sobre ese Emil Bonfils y París en 1902? —me preguntó O'Gar en el momento en que salimos a la calle.
—La víctima telefoneó a la Agencia esta tarde diciendo que había recibido una carta amenazadora de un tal Emil Bonfils, con el que ya había tenido roces en París en 1902. Afirmó que Bonfils había disparado sobre él en la calle la noche anterior y pidió que le enviaran un detective esta misma noche. Rogó que bajo cir­cunstancia alguna se informara de esto a la policía, añadiendo que prefería que Bonfils le matara a que el asunto se hiciera público. Eso es todo lo que dijo por te­léfono. Por eso estaba yo presente cuando notificaron a Charles Gantvoort la muerte de su padre.
O'Gar se detuvo en medio de la acera y dejó escapar un silbido.
—Esta sí que es buena —exclamó—. Espere us­ted a que volvamos a la Jefatura. Le enseñaré una cosa.
Whipple nos esperaba ya en la Sala de Juntas. A primera vista su rostro tenía la misma expresión de máscara que cuando me había admitido pocas horas antes en la casa de Russian Hill. Pero por debajo de sus modales de sirviente perfecto se le notaba crispado y tembloroso. Le llevamos a la oficina donde habí­amos interrogado a Charles Gantvoort.
Whipple corroboró todo lo que el hijo de la vícti­ma nos había dicho. Estaba seguro de que ni la máquina de escribir, ni el joyero, ni los dos casquillos, ni el monedero nuevo habían pertenecido al muerto. No conseguimos hacerle confesar lo que pensaba de los Dexter, pero era evidente que no les tenía ningu­na simpatía. La señorita Dexter, nos dijo, había lla­mado tres veces aquella noche; hacia las ocho, a las nueve y a las nueve y media. En las tres ocasiones había preguntado por el señor Gantvoort, pero no ha­bía dejado ningún recado. Whipple suponía que la señorita Dexter esperaba a su amo y que al ver que no llegaba se había inquietado por su tardanza.
Dijo no saber nada ni de Emil Bonfils ni de las cartas en que se amenazaba a Gantvoort. La noche anterior a su muerte, éste había salido desde las ocho hasta la medianoche. Whipple no se había fijado en él lo suficiente como para decir si a su vuelta estaba inquieto o no. Cuando salía llevaba encima, generalmente, unos cien dólares.
—¿Echa usted de menos algo de lo que Gant­voort llevaba encima esta noche? —preguntó O'Gar.
—No, señor. Creo que está todo aquí. El reloj y la cadena, el dinero, la agenda, el monedero, las lla­ves, los pañuelos, la pluma... Todo que yo sepa.
—¿Salió Charles Gantvoort esta noche?
—No, señor. El y su esposa estuvieron en casa toda la noche.
—¿Está seguro?
Whipple meditó un momento.
—Sí, señor. Casi seguro. Puedo decirle con absoluta certeza que la señorita Gantvoort no salió. La verdad es que al señorito Charles no le vi desde las ocho aproximadamente, hasta las once, hora en que bajó con este caballero —dijo señalándome—. Pero estoy casi seguro de que no salió. Creo recordar que la señorita Gantvoort me dijo que estaba en casa.
O'Gar le hizo entonces otra pregunta que en aquel momento me sorprendió.
—¿Qué clase de botonadura llevaba el señor Gantvoort?
—¿Se refiere usted a don Leopold?
—Sí.
—Era una botonadura lisa, de oro. Los botones estaban hechos de una pieza y llevaban el contraste de un joyero de Londres.
—¿Los reconocería si los viera?
—Sí, señor.
Acabado el interrogatorio, dejamos a Whipple regresar a casa.
—¿No cree —pregunté a O'Gar una vez que nos quedamos solos frente a aquel escritorio cubierto de pistas que aún no significaban absolutamente nada para mí— que es hora de que empiece a ponerme al día?
—Creo que sí. Escúcheme bien. Un hombre llamado Lagerquist, dueño de una tienda de ultramari­nos, atravesaba en su automóvil esta noche el parque de Golden Gate, cuando pasó junto a un coche estacionado con los faros apagados en una avenida oscura. La postura del hombre que había en el inte­rior le pareció rara, e informó de ello al primer agen­te de policía que encontró.
—El agente halló a Gantvoort sentado al volante con la cabeza aplastada, y este cacharro continuó poniendo la mano sobre la máquina de escribir manchada de sangre— sobre el asiento de al lado. Eran las diez menos cuarto. El forense dice que le mataron machacándole el cráneo con esta máquina de escri­bir. Los bolsillos del traje de la víctima estaban vuel­tos hacia fuera, y sobre el suelo y los asientos del au­tomóvil hallamos diseminados los objetos que ve sobre el escritorio, exceptuando el monedero nuevo. En el coche encontramos también este dinero, cerca de cien dólares. Entre los papeles hallamos éste.
Me alargó una hoja de papel blanco en la que alguien había escrito a máquina lo siguiente:

L. F. G.—
Quiero lo que es mío. Nueve mil kilómetros y veintiún años no te bastarán para ocultarte a la víctima de tu traición. Estoy dispuesto a quitarte lo que me robaste.
E. B.

—L.F.G. puede ser Leopold F. Gantvoort —dije—, y E. B. puede ser Emil Bonfils. Veintiún años serían los transcurridos entre 1902 y 1923, y nueve mil kilómetros es aproximadamente la distancia que hay de París a San Francisco.
Dejé la carta sobre la mesa y tomé el joyero. Era de un material negro que imitaba piel, y estaba forrado de satén blanco. Carecía de marca alguna.
Después examiné los casquillos. Eran del calibre cuarenta y cinco y mostraban en la ojiva una mues­ca en forma de cruz, viejo truco que permite que la bala se aplane como un platillo cuando llega a su destino.
—¿Los encontraron en el automóvil?
—Sí. Y esto también.
O'Gar sacó del bolsillo de su chaleco un mechón de cabellos rubios de unos tres o cuatro centímetros de longitud. No había sido arrancado, sino cortado.
—¿Algo más?
La serie de hallazgos parecía interminable.
Tomó el monedero nuevo que estaba sobre el escritorio, el que tanto Whipple como Charles Gantvoort habían negado que fuera propiedad del muer­to, y me lo alargó.
—Esto lo hallamos en la carretera, a un metro del coche aproximadamente.
Era un monedero de poco precio y no llevaba ni la marca del fabricante ni las iniciales de su propie­tario. En su interior había dos billetes de diez dóla­res, tres recortes de periódico y una lista mecano­grafiada de seis nombres, encabezados por el de Gantvoort, con sus respectivas direcciones.
Al parecer los tres recortes procedían de las columnas de anuncios personales de tres periódicos distintos, pues el tipo de letra era diferente en los tres casos. Decían lo siguiente:

George — Todo está dispuesto. No esperes dema­siado.
D. D. D.

R. H. T. — No contestan. FLO

CAPPY — A las doce en punto, y de punta en blanco. BINGO

Los nombres y direcciones que aparecían bajo el de Gantvoort en la lista mecanografiada, eran:
Quincy Heathcote, calle Jason 1223, Denver; B. D. Thornton, calle Hughes, 96, Dallas; Luther G. Ran­dall, calle Columbia, 615, Portsmouth; J. H. Boyd Willis, calle Harvard, 5444, Boston; Hannah Hindmarsh, calle 79, 218, Cleveland.
—¿Qué más? —pregunté después de examinar la lista.
El sargento no había agotado aún las existencias.
—Cuando hallamos a la víctima, los botones del cuello de la camisa habían desaparecido, aunque tanto éste como la corbata seguían en su lugar. Faltaba también el zapato izquierdo. Hemos buscado por todas partes, pero no hemos podido hallar ni uno ni otros.
—¿Es eso todo?
Ya estaba preparado para oír cualquier cosa.
—¡No sé qué más quiere usted, demonios! —gruñó—. ¿Es que no le parece bastante?
—¿Qué me dice de las huellas?
—Nada. Las únicas que encontramos pertenecían al muerto.
—¿Y el automóvil en que le hallaron?
—Pertenece a un médico, el doctor Wallace Girargo. Llamó esta tarde a las seis para informar de que se lo habían robado en las cercanías del cruce de la calle McAllister y la calle Polk. Estamos investigando sus antecedentes, pero creo que es persona honrada.
Los objetos que Whipple y Charles Gantvoort habían identificado como propiedad de la víctima no nos dijeron nada. Los examinamos cuidadosamente sin resultado. La agenda contenía muchos nombres y direcciones, pero nada que pareciera tener que ver con el caso. Las cartas carecían de importancia.
El número de serie de la máquina de escribir con que se cometió el crimen había sido borrado, probablemente con una lima.
—¿Qué opina usted de todo esto? —me preguntó O'Gar cuando, terminada la inspección, nos arrellanamos en sendos sillones a fumar un cigarro.
—Tenemos que encontrar a Emil Bonfils.
—No es mala idea —gruñó—. Creo que lo mejor será que nos pongamos en contacto con las cinco personas cuyos nombres aparecen en la lista que encabeza el de Gantvoort. ¿Cree que puede tratarse de una lista de futuras víctimas? ¿Estará dispuesto Bonfils a matarlos a todos?
—Quizá. En cualquier caso tenemos que localizarles. Es posible que haya matado ya a alguno, pero muertos o no es evidente que tienen que ver con el asunto. Enviaré un telegrama a las sucursales de la agencia con los nombres que figuran en la lista y veré si pueden averiguar también la procedencia de los recortes de prensa.
O'Gar miró su reloj y bostezó.
—Son más de las cuatro. ¿Qué le parece si dejamos esto y nos vamos a dormir? Dejaré un recado al técnico del departamento para que compare el tipo de la máquina de escribir con la carta firmada E. B. y con la lista de nombres, y me diga si las escribieron con ella. Supongo que sí, pero tenemos que asegurarnos. Tan pronto como amanezca haré que registren el parque en que hallaron a Gantvoort. Quizá puedan encontrar el zapato y los botones desaparecidos.
Mandaré también un par de hombres a recorrer todas las tiendas de máquinas de escribir de la ciudad. Veremos si pueden averiguar de dónde procede ésta.
Me detuve en la oficina de telégrafos más cercana y envié unos cuantos telegramas. Después me dirigí a casa. Aquella noche mis sueños no estuvieron ni remotamente relacionados con crímenes ni con trabajo.
A las once en punto de la mañana siguiente, cuando fresco y animoso y con cinco horas de sueño en mi haber llegué a la Jefatura de Policía, hallé a O'Gar inclinado sobre su escritorio mirando con asombro un zapato negro, media docena de botones de oro, una llave oxidada y un periódico arrugado que se alineaban ante él.
—¿Qué es eso? ¿Recuerdos de su boda?
—Como si lo fueran —respondió con voz cargada de disgusto—. Escuche esto. Uno de los conserjes del Banco Nacional de Hombres del Mar se disponía a limpiar el local esta mañana, cuando halló un paquete en el vestíbulo. Se trataba de este zapato, el que nos faltaba de Gantvoort. Iba envuelto en una hoja del Philadelphia Record con fecha de hace cinco días. Con el zapato iban estos botones y esta llave vieja. Como verá el tacón del zapato ha sido arrancado y no lo hemos hallado todavía. Whipple ha identificado el zapato y dos de los botones sin la menor dificultad, pero dice no haber visto nunca la llave. Los otros cuatro botones son nuevos y de los más corrientes, de oro chapado. La llave parece que no se ha usado en mucho tiempo. ¿Qué deduce usted de todo esto?
Confieso que no pude decir nada.
—¿Cómo se le ocurrió al conserje entregar esto a la policía?
—Los periódicos de la mañana publicaron la noticia del crimen y en ella se hacía referencia al zapato y a los botones.
—¿Qué han averiguado de la máquina de escribir? —pregunté.
—Se ha comprobado que fue con ella con la que escribieron la carta y la lista de nombres, pero no hemos podido descubrir su procedencia. Hemos hecho todas las averiguaciones necesarias con respecto a los movimientos del propietario del automóvil durante la noche de ayer y está al abrigo de toda sospecha. Lo mismo ocurre con Lagerquist, el que encontró a Gantvoort. Y usted, ¿qué hizo?
—Aún no he recibido respuesta a los telegramas que envié anoche. Pasé por la Agencia esta mañana antes de venir aquí y encargué a cuatro detectives que recorrieran todos los hoteles de la ciudad para ver si pueden hallar a algún Bonfils. En el listín de teléfonos figuran dos o tres familias con ese apellido. También envié un telegrama a nuestra agencia en Nueva York para que revisen las listas de pasajeros llegados recientemente al puerto, y mandé un cable a nuestro corresponsal en París para ver qué puede averiguar allí.
—Supongo que antes de nada deberíamos ver a Abernathy, el abogado de Gantvoort, y a esa tal señorita Dexter —dijo el sargento.
—Estoy de acuerdo —asentí—. Vamos a tantear al abogado primero. Tal como están las cosas es lo más importante en este momento.
Murray Abernathy, abogado de profesión, era un caballero alto y delgado que hablaba con lentitud y mostraba una acérrima adhesión a las camisas de pechera almidonada. Por exceso de lo que nosotros consideramos ética profesional, se negó a darnos toda la información que deseábamos. Pero le dejamos divagar a su modo y así conseguimos averiguar algunos datos. Lo que nos dijo fue más o menos lo siguiente:
Leopold Gantvoort y Creda Dexter pensaban casarse el miércoles siguiente. Tanto el hijo de él como el hermano de ella se oponían a la boda, de modo que la pareja había decidido contraer matrimonio secretamente en Oakland y embarcarse para Oriente la misma tarde de la boda pensando que para cuando acabara la larga luna de miel ambas familias se habrían resignado a su unión.
Gantvoort había redactado un nuevo testamento por el que dejaba la mitad de su fortuna a su nueva esposa y la otra mitad a su hijo y a su nuera, pero no había firmado aún el documento y Creda Dexter lo sabía. No ignoraba tampoco, y éste fue uno de los pocos puntos en que Abernathy se mostró explícito, que de acuerdo con el testamento anterior, aún en vigor, toda la fortuna pasaba a Charles Gantvoort y a su esposa.
Basándonos en alusiones y medias palabras de Abernathy, dedujimos que la fortuna de Gantvoort ascendía a millón y medio de dólares, aproximadamente. El abogado afirmó ignorar todo lo referente a Emil Bonfils y a las amenazas dirigidas contra su cliente. No sabía, o no quiso decirnos, nada que viniera a arrojar un rayo de luz acerca de la naturaleza del robo de que se acusaba a Gantvoort en la carta amenazadora.
Desde la oficina de Abernathy nos dirigimos al apartamento de Creda Dexter, situado en un lujoso edificio a pocos minutos de distancia de la casa de la víctima.
Creda Dexter era una mujer menuda, de poco más de veinte años. Lo que más destacaba en ella eran sus ojos, unos ojos grandes y profundos de color del ámbar, con pupilas que se movían incesantemente. Continuamente cambian de tamaño expandiéndose o contrayéndose, unas veces con lentitud y otras con rapidez, pasando súbitamente del tamaño de una cabeza de alfiler a amenazar con invadir el iris ambarino.
Aquellos ojos revelaban que se trataba de una mujer marcadamente felina. Todos sus movimientos eran lentos, suaves, seguros como los de una gata. Las líneas de su bonito rostro, el contorno de su boca, la nariz breve, la forma de los ojos, la hinchazón de las cejas, todo en ella era felino. Y venía a corroborar esa impresión el modo en que peinaba sus cabellos, que eran sedosos y oscuros.
—El señor Gantvoort y yo —dijo una vez hechas las presentaciones— íbamos a casarnos pasado mañana. Su hijo y su nuera se oponían a nuestro matrimonio y lo mismo mi hermano Madden. Los tres creían que había demasiada diferencia de edad entre nosotros. Para evitar roces, habíamos proyectado casarnos secretamente y pasar un año o más en el extranjero. Pensábamos que para nuestro regreso habrían olvidado sus objeciones. Ese fue el motivo por el que el señor Gantvoort convenció a Madden de que fuera a Nueva York. Tenía un negocio pendiente en aquella ciudad, algo relacionado con la liquidación de sus intereses en una fundición de aceros, y lo utilizó como excusa para enviar a mi hermano allí hasta que partiéramos en nuestro viaje de bodas. Madden vive conmigo y me habría sido imposible hacer todos los preparativos sin que hubiera sospechado nada.
—¿Estuvo el señor Gantvoort aquí anoche? —pregunté.
—No. Le estuve esperando porque íbamos a salir. Generalmente venía andando, pues vivía sólo a unas cuantas manzanas de este edificio. Cuando vi que eran las ocho y aún no había llegado, llamé a su casa y Whipple me dijo que había salido hacía ya una hora. Después volví a llamar dos veces. Esta mañana telefoneé de nuevo, antes de leer el periódico, y me dijeron que...
Al llegar a este punto se le quebró la voz. Esta fue la única muestra de emoción que dio durante toda la conversación. La idea que de ella nos había dado dado Charles Gantvoort y Whipple nos había llevado a esperar una exhibición de dolor mucho más teatral. Pero confieso que Creda Dexter me desilusionó. Se mostró comedida, discreta y ni siquiera trató de impresionarnos con sus lágrimas.
—¿Estuvo aquí anteanoche el señor Gantvoort?
    Sí. Llegó un poco después de las ocho y se quedó aquí hasta las doce. No salimos.
—¿Vino y regresó a su casa andando?
—Sí. Creo que sí.
—¿Le dijo algo acerca de que le habían amenazado de muerte?
—No.
Negó rotundamente con la cabeza.
—¿Conoce usted a un tal Emil Bonfils?
—No.
—¿Le habló alguna vez de él el señor Gantvoort? —No.
—¿En qué hotel se aloja su hermano en Nueva York?
Las negras pupilas se dilataron abruptamente amagando con invadir hasta el blanco de sus ojos. Ese fue el primer síntoma de temor que reconocí en ella. Pero excepción hecha de aquella súbita reacción, no perdió un ápice de su compostura.
—No lo sé.
—¿Cuándo salió de San Francisco?
—El jueves. Hace cuatro días.
Salimos del apartamento de Creda Dexter y recorrimos seis o siete manzanas en silencio, sumidos en nuestros pensamientos. Al fin O'Gar habló:
—Esta señora es una gatita. A las caricias responde con un ronroneo. Pero mucho cuidado porque puede sacar las garras.
—¿Qué opina de la forma en que se le dilataron las pupilas cuando le pregunté acerca de su hermano? —dije.
—Debe significar algo, pero no sé qué. Convendría investigar el asunto y ver si realmente se halla en Nueva York. Si hoy se encuentra ya allí es seguro que no pudo estar aquí anoche. Hasta el avión más rápido tarda de veintiséis a veintiocho horas en recorrer la distancia de San Francisco a Nueva York.
—Lo investigaremos —afirmé—. Me parece que Creda Dexter no está muy segura de que su hermano no tenga que ver con el asunto. Es posible que Bonfils no actuara solo. Pero no creo que Creda esté complicada en el crimen. Sabía que Gantvoort no había firmado el testamento en que la dejaba heredera y no tendría sentido que renunciara a tres cuartos de millón de dólares.
Mandamos un largo telegrama a la Agencia Continental en Nueva York y nos dirigimos a mi oficina para ver si había llegado respuesta a los cables que envié la noche anterior.
Efectivamente, había llegado.
Nuestros detectives no habían hallado el menor rastro de ninguna de las personas cuyos nombres figuraban en la lista encabezada por el de Gantvoort.
Un par de las direcciones que aparecían en ella ni siquiera existían. En dos de las calles en cuestión no había casa alguna que correspondiera al número indicado y nunca la había habido.
O'Gar y yo pasamos el resto de la tarde recorriendo la distancia que separaba la casa de Gantvoort, en Russian Hills, del inmueble donde vivían los Dexter, interrogando a todo hombre, mujer y niño que viviera, trabajara o jugara a lo largo de los tres caminos distintos que la víctima podía haber seguido para ir de un edificio al otro. Nadie había oído el disparo que hizo Bonfils la noche anterior al crimen. Nadie había reparado en nada sospechoso la noche del asesinato. Nadie había visto a Gantvoort subir a un automóvil.
Fuimos a la casa de Russian Hills e interrogamos de nuevo al hijo de la víctima, a la esposa de éste y a todos los criados, sin resultado. Ninguno de ellos había echado de menos nada que pudiera pertenecer a la víctima y que fuera tan pequeño como para poder ocultarlo en un tacón. El par de zapatos que llevaba Gantvoort la noche del crimen era uno de los tres pares que le habían hecho en Nueva York dos meses antes. Pudo haber arrancado el tacón del zapato izquierdo, vaciarlo lo suficiente como para introducir en él un objeto de pequeñas dimensiones, y volverlo a clavar otra vez, aunque Whipple insistía en que, a menos que la operación la hubiera llevado a cabo un experto, él habría reparado en ello.
Agotadas las posibilidades del interrogatorio, regresamos a la agencia. En ese momento acababan de recibir un telegrama de la oficina de Nueva York, según el cual durante los seis meses anteriores al crimen no había llegado a ese puerto ningún Emil Bonfils ni desde Inglaterra, ni desde Francia, ni desde Alemania.
Los detectives que habían recorrido la ciudad tratando de localizar a todos los apellidados Bonfils tampoco habían averiguado nada de interés. Habían hallado a once Bonfils en San Francisco, Oakland, Berkeley y Alameda, pero ninguno tenía nada que ver con el crimen ni sabían nada de ningún Emil Bonfils. La búsqueda por los hoteles tampoco había dado resultado.
O'Gar y yo nos fuimos a cenar juntos. Fue aquella una cena hosca y silenciosa, durante la cual ninguno de los dos pronunció más de seis palabras. Después regresamos a la agencia, donde acababa de llegar un nuevo telegrama de Nueva York.

Madden Dexter llegó Hotel McAlpin esta mañana con poder notarial para vender intereses Gantvoort en ALTOS HORNOS B. F. y F. Dice no saber nada ni de Emil Bonfils ni del asesinato. Regresa a San Francisco mañana.

La hoja de papel en que había descifrado el telegrama se deslizó entre mis dedos y O'Gar y yo permanecimos silenciosos, sentados uno frente al otro, mirándonos distraídamente por encima del escritorio. Afuera en el corredor se escuchaba el ruido que hacían con los cubos las mujeres de la limpieza.
—Es un caso extraño —dijo finalmente O'Gar.
Asentí. Lo era.
—Tenemos nueve pistas —continuó—, que no nos han servido absolutamente para nada.
»Número uno: la llamada que hizo la víctima a su agencia para decirles que un tal Bonfils, con quien ya había tenido problemas en París, le había amenazado y disparado después sobre él.
»Número dos: la máquina de escribir con que se cometió el crimen y con la que escribieron la carta y la lista de nombres. Aún no hemos podido averiguar su procedencia. Por otro lado, ¿qué clase de arma es esa? Se diría que a Bonfils se le subió la sangre a la cabeza y golpeó a Gantvoort con la primera cosa que encontró. Pero, ¿qué hacía esa máquina de escribir en un coche robado? Y ¿por qué le habían limado la numeración?»
Negué con la cabeza para dar a entender que ignoraba la respuesta y O'Gar continuó con la enumeración de las pistas.
—Número tres: la carta en que se amenaza a Gantvoort y que responde a lo que éste dijo por teléfono aquella misma tarde.
»Número cuatro: las dos balas con la muesca en forma de cruz en la ojiva.
»Número cinco: el joyero.
»Número seis: el mechón de pelo rubio.
 »Número siete: el hecho de que desaparecieran los botones del cuello de la camisa de la víctima y uno de sus zapatos.
»Número ocho: el monedero que hallamos en la carretera con los dos billetes de diez dólares, los tres recortes de periódico y la lista de nombres.
»Número nueve: el hallazgo al día siguiente del zapato, los botones del cuello con cuatro botones más y la llave oxidada, envuelto todo en una hoja de diario de Filadelfia con fecha de cinco días antes.
»Esta es la lista completa. La única explicación posible es que Gantvoort estafara a ese tal Emil Bonfils, sea quien sea, en París en 1902, y que éste haya vuelto ahora para vengarse. Recogió anoche a Gantvoort en un automóvil robado en que, Dios sabe por qué motivo, llevaba una máquina de escribir. Tuvieron una discusión, Bonfils le golpeó con la máquina y le registró los bolsillos sin que al parecer le robara nada. Decidió que lo que buscaba se hallaba en el zapato izquierdo de Gantvoort y se lo llevó. Lo que no tiene sentido es la desaparición de los botones, ni la lista falsa, ni...»
—Si lo tiene —le interrumpí incorporándome ya completamente despierto—. Esa es la décima pista, la que vamos a seguir de ahora en adelante. La lista era inventada, a excepción del nombre y dirección de Leopold Gantvoort. De haber sido auténtica nuestros detectives habrían hallado al menos una de esas cinco personas, pero no encontraron rastro de ninguna de ellas. Para colmo, en dos casos los números de las calles ni existían siquiera.
»Esa lista es falsa. El asesino la puso en el monedero para despistarnos aún más, añadió los recortes de los periódicos y los veinte dólares y la dejó tirada en la carretera cerca del automóvil. Y si esto es así hay cien posibilidades contra una de que el resto de las pistas sean igualmente falsas.
»Desde este momento concedo a esas nueve pistas la credibilidad de un cuento chino y, por lo tanto, voy a actuar contrariamente a ellas. De ahora en adelante voy a buscar a un hombre que no se llame Emil Bonfils, cuyas iniciales no sean ni E. ni B. y que no se hallara en París en mil novecientos dos. Un hombre que no tenga pelo rubio, que no lleve una pistola del calibre cuarenta y cinco, y a quien no interesen los anuncios personales en la prensa. Un hombre que no matara a Gantvoort con el fm de recuperar un objeto que llevara oculto en un zapato o en un botón del cuello de la camisa. Ese es el hombre que voy a buscar desde ahora.»
El sargento O'Gar guiñó sus ojillos verdes con gesto meditabundo y se rascó la cabeza.
—Quizá no sea una locura —dijo. Puede que tenga usted razón. Supongamos que sea así. ¿Qué hacemos? Esa gatita Dexter seguro que no lo hizo, porque la muerte de Gantvoort le costó tres cuartos de millón. Su hermano tampoco, porque estaba camino de Nueva York y porque además nadie quita a un tipo de en medio sólo porque se le ha ocurrido casarse con su hermana. ¿Charles Gantvoort? El y su mujer son los únicos que salían beneficiados con que el viejo la palmaraCuadro de texto: 35 antes de firmar el segundo testamento. La única prueba que tenemos de que Charles no saliera esa noche es su palabra. Los sirvientes no le vieron entre las ocho y las once. Usted mismo estuvo allí y no le vio hasta esa hora. Pero ambos le creemos cuando afirma que no salió, y ni usted ni yo sospechamos que liquidara al viejo aunque bien pudo hacerlo. ¿Quién fue entonces?
—Esa tal Creda Dexter iba a casarse con Gantvoort por su dinero, ¿no? No creerá usted que estaba enamorada de él, ¿verdad?
—No. Por su modo de ser y por lo que dijo, más bien creo que estaba enamorada del millón y medio.
—En eso estábamos de acuerdo —continué—. Ahora bien, la señorita Dexter no es ni por asomo una mujer fea. ¿Cree usted que Gantvoort fue el único pretendiente que ha tenido en toda su vida?
—¡Ya veo por dónde va! ¡Ya veo por dónde va! —exclamó O'Gar.
—Usted sospecha que puede haber un jovencito que no cuente con millón y medio y a quien no le cayó muy bien el que un hombre con dinero le quitara la novia. Quién sabe...
—Supongamos que dejamos a un lado todas estas pistas y exploramos esta nueva perspectiva.
—De acuerdo —respondió—. Desde mañana nos dedicaremos a buscar a un hombre que se disputaba con Gantvoort la patita de la gata Dexter.

Y para bien o para mal, eso es lo que hicimos. Guardamos todas aquellas preciosas pruebas en un cajón que cerramos con llave y las echamos al olvido. Hecho esto nos lanzamos a la búsqueda de las amistades masculinas de Creda Dexter. Pero el asunto no resultó tan fácil como en un principio parecía.
A pesar de nuestros esfuerzos por escarbar en su pasado no pudimos dar con ningún hombre que pudiéramos catalogar como pretendiente. Creda y su hermano llevaban viviendo en San Francisco tres años. O'Gar y yo fuimos de apartamento en apartamento investigando todo aquel período e interrogando a todos aquellos que pudieron conocerles, incluso de vista solamente. Nadie pudo mencionar a un solo hombre que mostrara especial interés por ella, exceptuando a Gantvoort. Al parecer nadie la había visto con ningún hombre a no ser éste o su hermano.
Aunque esto no representó un progreso en la investigación, al menos nos convenció de que nos hallábamos sobre la pista. Durante aquellos tres años, nos dijimos, tuvo que haber al menos un hombre en la vida de Creda Dexter además de Leopold Gantvoort. O nos equivocábamos de medio a medio, o Creda no era el tipo de mujer capaz de rechazar la atención masculina, que, dado el modo en que la había dotado la naturaleza, naturalmente tenía que atraer. Y si había otro hombre, el hecho de que se ocultara tan concienzudamente venía a aumentar la posibilidad de que estuviera complicado en el asesinato.
No pudimos averiguar dónde habían vivido los Dexter antes de trasladarse a San Francisco, pero su vida anterior no nos interesaba gran cosa. Desde luego, cabía la posibilidad de que hubiera reaparecido algún antiguo pretendiente, pero en ese caso habría sido más fácil descubrir la relación actual que la anterior.
Lo que averiguamos vino a demostrar que Charles Gantvoort no se había equivocado al catalogar a los Dexter como cazadores de fortunas. Todas sus actividades apuntaban a eso, aunque no hubiera habido nada decididamente criminal en su conducta.
Volví a ver a Creda y pasé toda una tarde en su apartamento interrogándola sin descanso acerca de su vida amorosa. ¿A quién había abandonado por Gantvoort y su millón y medio? Su respuesta fue siempre la misma: a nadie, afirmación que decidí no dar por verdadera.
La hicimos observar día y noche sin resultado. Es posible que sospechara que estaba bajo vigilancia, pero el hecho es que no salió de su apartamento, y si lo hizo, fue para los recados más inocuos. Hicimos vigilar su apartamento aun cuando estaba fuera de casa. Nadie lo visitó. Intervinimos su teléfono y lo que oímos no nos descubrió nada. Interceptamos su correo y averiguamos que no recibía una sola carta, ni siquiera de propaganda.
Mientras tanto habíamos descubierto el origen de los tres recortes de prensa hallados en la billetera; procedían de las columnas de anuncios personales de tres periódicos distintos, uno de Nueva York, otro de Chicago y otro de Portland. Los anuncios habían aparecido cinco, cuatro y dos días, respectivamente, antes del asesinato. Los tres periódicos se hallaban a la venta en los quioscos de prensa de San Francisco el mismo día del crimen a disposición de cualquiera dispuesto a adquirirlos y recortar los anuncios con el fin de confundir a unos cuantos detectives.
La corresponsal de la Agencia Continental en París había hallado nada menos que a seis Emil Bonfils, todos totalmente ajenos al caso, y se hallaba rastreando la pista de otros tres más.
Pero a O'Gar y a mí no nos preocupaba ya Emil Bonfils. Esa era una pista que habíamos dado por muerta y enterrada. Nos hallábamos dedicados en cuerpo y alma a nuestra nueva tarea: la de encontrar al rival de Gantvoort.
Así pasó el tiempo y así se hallaban las cosas cuando llegó el día del regreso de Madden Dexter.
La agencia de Nueva York le había estado vigilando hasta que abandonó la ciudad e inmediatamente nos notificó su partida. Así fue como averiguamos en qué tren llegaría a San Francisco. Yo había decidido interrogarle antes de que viera a su hermana. El podía decirme lo que tanto deseaba saber y quizá estuviera dispuesto a hablar si lograba verle antes de que Creda tuviera oportunidad de cerrarle la boca.
De haberle conocido personalmente podría haberle abordado al bajarse del tren en Oakland, pero como no le había visto nunca y no quería que me acompañara nadie, decidí ir a Sacramento y tomar allí el mismo tren en que él viajaba. Introduje una tarjeta de visita en un sobre y se la di a un mozo de estación. Sólo tuve que seguirle mientras recorría el tren voceando:
—¡Señor Dexter! ¡Señor Dexter!
En el último vagón, el del coche restaurante, un hombre esbelto y de cabellos oscuros vestido con un traje de tweed muy bien confeccionado, dejó de contemplar la estación a través de una ventanilla y tendió la mano hacia el mozo.
Le estudié con detenimiento mientras abría el sobre nerviosamente y leía mi tarjeta. La barbilla le tembló ligeramente, temblor que vino a subrayar la debilidad de un rostro que ni en los momentos de mayor serenidad podría expresar entereza. Calculé que tendría entre veinticinco y treinta años de edad. Llevaba el cabello alisado y partido con raya en medio. Tenía ojos grandes, castaños y demasiado expresivos, la nariz pequeña y bien formada, el bigote moreno y cuidado y los labios muy rojos... ya conocen el tipo. Cuando levantó los ojos de la tarjeta me acomodé en un asiento vacío que había junto a él.
—¿Es usted el señor Dexter?
—Si. Supongo que quiere verme en relación con la muerte del señor Gantvoort.
—Sí. Quería hablar con usted y como me hallaba en Sacramento pensé que si hacíamos el viaje de vuelta juntos podría dirigirle unas preguntas sin hacerle perder mucho tiempo.
—Si hay algo en que pueda ayudarles, cuente conmigo —me dijo—. Pero ya les dije a los detectives de Nueva York todo lo que sabía y me parece que no lo consideraron nada interesante.
—La situación ha cambiado desde que salió usted de Nueva York —mientras hablaba estudié su rostro cuidadosamente—. Lo que hasta hace poco podía carecer de importancia, puede sernos ahora de gran utilidad.
Hice una pausa mientras él se humedecía los labios con la lengua rehuyendo mi mirada. Quizá no sepa nada, pensé, pero lo cierto es que está muy nervioso. Le hice esperar unos minutos mientras fingía meditar profundamente. Estaba seguro de que si hacía las cosas bien podría sacarle lo que quisiera.
Para evitar que los otros pasajeros pudieran oír nuestra conversación, estábamos sentados el uno junto al otro con las cabezas muy juntas, posición que resultaba muy ventajosa. No hay detective que ignore que para hacer confesar a un hombre de carácter débil lo mejor es, sencillamente, acercar el rostro al suyo y hablarle en voz muy alta. Es cierto que en esta ocasión no podía alzar mucho la voz, pero la vecindad de nuestros rostros constituía suficiente ventaja.
—De los hombres que conocía su hermana —me decidí a preguntarle al fm—, ¿cuál, aparte del señor Gantvoort, estaba más interesado en ella?
Tragó saliva ruidosamente y miró por la ventanilla. Luego se volvió hacia mí y, finalmente, volvió a mirar por la ventanilla.
—La verdad. No podría decírselo.
Enfoqué el asunto de otro modo.
—Pasemos revista uno por uno a todos los hombres que hayan estado interesados en ella y que ella haya podido corresponder.
Madden Dexter dejó de mirar por la ventanilla.
—¿Cuál es el primero? —insistí.
Su mirada se cruzó con la mía un segundo. En sus ojos se reflejaba una tímida desesperación.
—Le parecerá absurdo, pero yo, a pesar de ser el hermano de Creda, no podría darle el nombre de un solo hombre por el que ella se haya interesado antes de Gantvoort. Que yo sepa jamás ha querido a ningún hombre hasta que le conoció a él. Claro, cabe la posibilidad de que haya tenido algún amorío que yo ignoro, pero...
Desde luego que me pareció absurdo. Aquella mujer con quien yo había hablado y a quien O'Gar había calificado de «gatita» no me parecía que pudiera pasarse mucho tiempo sin tener a un hombre al lado. Ese joven atildado que tenía junto a mí mentía. No podía haber otra explicación.
Le freí implacablemente a preguntas, pero cuando al anochecer llegamos a Oakland, Madden Dexter seguía manteniendo su primera afirmación, es decir, que, a su entender, Gantvoort era el único hombre que había cortejado a su hermana. Me di cuenta de que había errado el tiro. Me había equivocado al juzgar a Madden Dexter un hombre débil al tratar de desarmarle con demasiada rapidez, al ir directo al asunto con demasiada urgencia. O Dexter era más fuerte de lo que le había juzgado, o su interés por encubrir al asesino de Gantvoort era mayor de lo que yo en un principio había imaginado.
Pero al menos la entrevista me llevó a la conclusión de que si Dexter mentía, y de eso estaba casi seguro, era porque sabía que Gantvoort había tenido un rival y sospechaba, o sabía con seguridad, que ese rival era el asesino.
Cuando bajamos del tren en Oakland supe que había sido derrotado. Dexter, al menos por ahora, no iba a decirme lo que yo quería saber. A pesar de su evidente deseo de librarse de mí, permanecí a su lado y subí con él al transbordador que hacía la travesía a San Francisco. Queda siempre la posibilidad de que ocurra lo inesperado, y con esa idea en la cabeza continué acribillándole a preguntas mientras el transbordador zarpaba.
En aquel momento, un hombre fornido vestido con un abrigo ligero y portador de una maleta negra se acercó a donde nos hallábamos sentados.
—Hola, Madden —saludó a mi compañero al tiempo que le alargaba la mano.
—Acabo de llegar y estaba tratando de recordar tu número de teléfono —dijo depositando la maleta en el suelo. Los dos hombres se estrecharon la mano calurosamente.
Madden Dexter se volvió hacia mí.
—Quiero presentarle al señor Smith —me dijo. Luego dio mi nombre al hombretón, y añadió—: trabaja para la Agencia de Detectives Continental aquí en San Francisco.
Esta última frase, dicha evidentemente con la intención de poner a su amigo sobre aviso, constituyó para mí un toque de alerta. Por suerte el transbordador iba abarrotado, y nos rodeaban al menos unas cien personas. Respiré, sonreí amablemente y estreché la mano al recién llegado. Quienquiera que fuese ese Smith y cualquiera que fuese la relación que tuviera con el asesinato (y alguna tenía que tener o Dexter no se habría precipitado a informarle de mi identidad), era evidente que allí no podía hacerme nada. Afortunadamente estábamos rodeados de gente.
Aquel fue mi segundo error del día.
Smith se había metido la mano izquierda en el bolsillo del abrigo, o, mejor dicho, a través de una de esas aberturas verticales por las que se puede llegar a los bolsillos de la chaqueta sin necesidad de desabrocharse. Con aquel movimiento el abrigo, que llevaba desabrochado, se abrió descubriendo el cañón de una pistola que, oculto a la vista de todos excepto a la mía, me apuntaba a la cintura.
—¿Salimos a la cubierta? —más que pregunta era una orden.
Dudé. No me gustaba la idea de alejarme de toda aquella gente que nos rodeaba ajena a lo que sucedía. Pero Smith no tenía aspecto de hombre cauteloso. Más bien parecía hombre capaz de pasar por alto la presencia de un centenar de testigos.
Me volví y comencé a caminar entre la gente. El avanzaba junto a mí con la mano derecha posada familiarmente sobre mi hombro y sosteniendo con la izquierda la pistola que apoyaba contra mi columna vertebral.
La cubierta estaba desierta. Una niebla espesa, tan cargada de humedad como la lluvia misma —la niebla de las noches invernales de San Francisco—, flotaba sobre el barco y el agua y había empujado a todos los viajeros al interior. Ahora nos rodeaba espesa e impenetrable impidiéndonos ver siquiera la proa del barco a pesar de las luces que brillaban sobre nuestras cabezas.
Me detuve.
Smith me empujó con la pistola.
—Un poco más allá, donde podamos hablar —me dijo al oído.
Seguí caminando hasta llegar junto a la borda.
De pronto sentí en la nuca una súbita quemazón. En la oscuridad que se abría frente a mí vi brillar unos puntos de luz que crecían, crecían... avanzaban rápidamente hacia mí...
¡Semi-inconsciencia! Cuando desperté me hallé manteniéndome a flote mecánicamente. Traté de liberarme del abrigo. La nuca me latía salvajemente. Los ojos me ardían. Me sentía pesado y ahíto como si hubiera tragado litros y litros de agua.
La niebla flotaba pesadamente sobre la bahía. No se veía nada. Cuando al fin logré deshacerme del abrigo, la cabeza se me había aclarado un poco, pero cuanto más consciente me hallaba, mayor se hacía el dolor.
A mi izquierda, entre la niebla, brilló una luz un instante y desapareció. De pronto, y procedentes de todas direcciones, comenzaron a sonar en una docena de tonos infinitas sirenas que avisaban de la niebla. Dejé de nadar y me dejé llevar por la corriente tratando de averiguar dónde me hallaba.
Al poco rato distinguí las ráfagas de sonido, uniformemente espaciadas, de la sirena de Alcatraz. Pero aun así no logré orientarme. El sonido emergía de la niebla carente de dirección y parecía golpearme desde lo alto.
Me hallaba en algún lugar de la bahía de San Francisco. Eso era todo lo que sabía, aunque sospechaba que la corriente me empujaba hacia el puente de Golden Gate.
Al cabo de un rato supe que había abandonado la ruta de los transbordadores de Oakland, pues hacía tiempo que no me había cruzado con ningún barco. El descubrimiento me alegró. En medio de esa niebla lo más probable es que un barco me arrollara, no que me recogiera.
Sentí frío y comencé a nadar lentamente de modo que la sangre me circulara, pero reservando energías suficientes para utilizarlas en caso de emergencia.
Una sirena se hizo oír cada vez más cerca y al fin la nave de que procedía apareció a mi vista. Uno de los transbordadores de Sausalito, pensé.
Estaba ya muy cerca. Grité sin descanso hasta quedar sin aliento y destrozarme la garganta. Pero la sirena, con un grito de alarma, ahogó mis alaridos. El transbordador pasó y la niebla se cerró a mis espaldas.
La corriente se había hecho más fuerte y mi intento de atraer la atención del transbordador me había debilitado. Me dejé arrastrar sin ofrecer resistencia.
Súbitamente otra luz apareció frente a mí, se detuvo un instante y se desvaneció en la oscuridad. Comencé a gritar agitando los brazos y las piernas desesperadamente, tratando de desplazarme hacia el lugar donde había aparecido.
Pero la luz no volvió.
Comenzó a invadirme el cansancio y una sensación de futilidad. El agua ya no estaba fría. Me sentí arropado y cómodo en aquella especie de insensibilidad acogedora. Las sienes dejaron de latirme; no sentía absolutamente nada. De pronto comenzaron a sonar sirenas... sirenas... sirenas... delante, detrás, a derecha, a izquierda... sirenas que me torturaban, que me irritaban...
Si no hubiera sido por ellas, habría abandonado todo esfuerzo. Aquellas sirenas constituían el único factor estimulante en la situación. El agua era agradable, el cansancio era agradable... Pero las sirenas me atormentaban. Desde mi impotencia, las maldije. Decidí nadar hasta donde no pudiera oírlas más, y una vez allí, en el silencio de la niebla amiga, entregarme al sueño... De vez en cuando me adormecía, pero el lamento de las sirenas volvía a despertarme implacable.
—¡Esas malditas sirenas! ¡Esas malditas sirenas! —exclamé en voz alta una y otra vez.
En ese momento una de ellas comenzó a sonar a mis espaldas con creciente potencia. Me volví y esperé. Ante mi vista aparecieron unas luces envueltas en el vapor de la niebla.
Con exagerada cautela, evitando hacer el menor ruido, me hice a un lado. Una vez que desapareciera aquella molestia, podría dormir. Me reí tontamente al ver pasar las luces sintiendo una absurda sensación de triunfo ante mi habilidad en eludir al barco. Esas malditas sirenas...
De pronto la vida, el ansia de vivir, volvió a invadir súbitamente mi ser.
Grité al barco que pasaba y aplicando a la tarea hasta la última molécula de mi cuerpo, nadé hacia él. Entre brazada y brazada, levantaba la cabeza y gritaba...

Cuando por segunda vez recuperé el sentido aquella noche, me hallaba tendido boca arriba rodeado de maletas en una camioneta de las utilizadas para el transporte de equipajes que se movía lentamente. Hombres y mujeres se apiñaban alrededor del vehículo caminando junto a él y mirándome con curiosidad. Me incorporé.
—¿Dónde estamos? pregunté.
Un hombre uniformado de rostro arrebolado respondió a mi pregunta.
—Acabamos de llegar a Sausalito. No se mueva. Le llevamos al hospital.
Miré en torno mío.
—¿Cuándo vuelve este barco a San Francisco?
—Ahora mismo.
Me bajé de la camioneta y avancé hacia la pasarela del barco.
—Me voy en él —dije.
Media hora más tarde, helado y tembloroso, y manteniendo a duras penas la boca cerrada para que mis dientes no entrechocaran como dados en un cubilete, subí a un taxi en la terminal del transbordador y me dirigí a casa.
Una vez allí me bebí un vaso de whisky, me froté el cuerpo con una toalla áspera hasta sentir escozor en la piel y, a pesar del enorme cansancio que sentía y de un indescriptible dolor de cabeza, comencé a sentirme persona otra vez.
Telefoneé a O'Gar para decirle que viniera inmediatamente a mi apartamento y después llamé a Charles Gantvoort.
—¿No ha visto aún a Madden Dexter? —le pregunté.
—No, pero he hablado con él por teléfono. Me llamó en cuanto llegó. Quedamos en que mañana por la mañana nos veríamos en casa del señor Abernathy y que allí me informará del asunto que gestionó en nombre de mi padre.
—¿Puede llamarle ahora y decirle que tiene usted que salir de San Francisco mañana temprano y que le gustaría verle en su apartamento esta misma noche?
—Si usted lo desea...
—Hágalo, por favor. Pasaré a buscarle dentro de un rato e iremos a verle juntos.
—¿Qué es lo que...?
—Se lo diré cuando le vea —le interrumpí. O'Gar llegó en el momento en que acababa de vestirme.
—¿Pudo sonsacarle? —me preguntó aludiendo a mi plan de abordar a Dexter en el tren para interrogarle.
—Si —le dije con amargo sarcasmo—, pero por poco me olvidé de lo que me dijo. Le acribillé a preguntas desde Sacramento a Oakland y no pude sacarle ni una palabra. En el transbordador, camino de San Francisco, me presentó a un tal Smith avisándole al mismo tiempo de que era detective. ¡Y esto nada menos que en un barco lleno de gente! El señor Smith me arrimó el cañón de su pistola a la barriga, me hizo subir a cubierta, me atizó un culatazo en la nuca y me tiró a la bahía.
—No dirá que se aburrió, ¿no? —bromeó O'Gar. Luego frunció el entrecejo—. Puede que ese Smith sea el hombre que buscamos, el que se encargó de liquidar a Gantvoort. Pero ¿por qué tuvo que delatarse tirándole a usted por la borda?
—No tengo ni idea —confesé mientras buscaba entre mis sombreros aquel que menos presión ejerciera sobre mi dolorida nuca—. Dexter sabía que yo andaba buscando un antiguo amorío de su hermana. Y por lo que se ve creyó que yo sabía más de la cuenta. De no ser así no habría cometido la torpeza de avisar a su amigo de que se las entendía con un sabueso en mis mismas narices.
—Es posible que cuando Dexter perdió la cabeza y metió la pata de esa manera, Smith se imaginara que antes o después acabaría por emprenderla con él y decidiera lanzarse a eliminarme a la desesperada. Pero de todo eso nos enteraremos dentro de un momento —dije mientras nos dirigíamos hacia el taxi que nos aguardaba y salíamos en dirección a la casa de Gantvoort.
—No creerá que Smith va a estar esperándole, ¿no? —me preguntó el sargento.
—No. Se quedará escondido hasta que vea cómo caen las pesas. Pero Madden Dexter tendrá que dar la cara para protegerse. Tiene una coartada, lo que significa que en lo que respecta al asesinato en sí es inocente. Y si cree que yo estoy muerto, cuanto más dé la cara más seguro se encontrará. Pero estoy seguro de que aunque no haya intervenido directamente en el crimen, sabe perfectamente lo que ha pasado. No pude ver muy bien, pero creo que no salió a cubierta con Smith y conmigo en el transbordador. Ahora estará en su casa y esta vez va a tener que cantar de plano.
Charles Gantvoort nos esperaba en la escalinata de su casa. Subió al taxi y nos dirigimos al apartamento de Dexter. No tuvimos tiempo de responder a las preguntas que Gantvoort nos dirigía sin interrupción.
—¿Está en su casa esperándole? —pregunté.
—Sí.
Bajamos del taxi y entramos en el edificio.
—Deseo ver al señor Dexter. Soy el señor Gantvoort –dijo éste al filipino que se hallaba a cargo de la centralita.
El muchacho habló en el teléfono.
—Suban —nos dijo.
Cuando llegamos a la puerta del apartamento de los Dexter, me adelanté a Gantvoort y pulsé el timbre.
Creda Dexter abrió la puerta. Sus ojos color ámbar se dilataron y su sonrisa se le heló en los labios al verme entrar decididamente en el apartamento. Atravesé rápidamente el pequeño vestíbulo y entré en la primera habitación que vi abierta e iluminada.
Y allí me encontré cara a cara con Smith.
Los dos nos sorprendimos, pero su asombro fue mucho más profundo que el mío. Ninguno de los dos esperaba tropezarse con el otro, pero mientras yo sabía que él estaba vivo, él me suponía en el fondo de la bahía.
Aprovechando su desconcierto, logré dar dos pasos hacia él antes de que entrara en movimiento.
En un abrir y cerrar de ojos echó mano a la pistola.
Con cada gramo de mis ochenta kilos de peso reforzados por el recuerdo de cada segundo que había pasado en el agua y cada latido de mi nuca dolorida, le encajé un derechazo en pleno rostro.
Cuando quiso reaccionar fue demasiado tarde para parar el golpe.
Los nudillos me crujieron con el impacto del puñetazo y mi mano quedó totalmente insensible.
Pero Smith se derrumbó en el suelo y no se movió más.
Saltando por encima de su cuerpo corrí hacia la puerta situada al otro extremo de la habitación mientras que con la mano izquierda desenfundaba la pistola.
—Dexter no puede andar muy lejos —grité por encima de mi hombro a O'Gar, que acompañado de Gantvoort y de Creda traspasaba en ese momento el umbral de la puerta por la que yo había entrado—. ¡Mucho cuidado!
Recorrí precipitadamente el resto del apartamento, registrando todo minuciosamente sin ningún resultado.
Luego volví junto a Creda, que, con ayuda de O'Gar y de Gantvoort, trataba de revivir a Smith.
El sargento me lanzó una mirada por encima del hombro.
—¿Quién cree usted que es ese payaso? —me preguntó.
—Es mi amigo, el señor Smith.
—Gantvoort dice que es Madden Dexter —dijo.
Miré a Charles Gantvoort, que afirmó con la cabeza.
—Es Madden Dexter —dijo.
Durante diez minutos nos aplicamos a la tarea de revivirle. Al fin abrió los ojos.
Tan pronto como se incorporó comenzamos a dirigirle preguntas y acusaciones con la esperanza de obtener una confesión antes de que se recuperara de su asombro. Pero le duró muy poco.
Todo lo que pudimos sacarle fue:
—Llévenme si quieren. Si tengo algo que decir, se lo diré a mi abogado y sólo a él.
Creda Dexter, que se había hecho a un lado al recuperar el sentido su hermano y nos miraba a unos pasos de distancia, se adelantó bruscamente y me cogió del brazo.
—¿Qué tienen contra él? —preguntó imperiosa.
—No quiero entrar en detalles —respondí—, pero sí puedo decirle lo siguiente. Vamos a darle la oportunidad de demostrar en un juzgado bien moderno y ventilado que no mató a Leopold Gantvoort.
—Pero si estaba en Nueva York...
—No es cierto. Un amigo suyo fue a Nueva York en su lugar y gestionó los negocios de Gantvoort bajo el nombre de Madden Dexter. Si éste es el auténtico Dexter lo más cerca que estuvo de Nueva York es cuando se encontró con su amigo para que le entregara los documentos que Leopold Gantvoort le había confiado. Fue entonces cuando se dio cuenta de que yo había descubierto involuntariamente su coartada, aunque en aquel momento yo mismo ni lo sospechaba.
Creda se volvió para enfrentarse con su hermano.
—¿Es eso cierto? —le preguntó.
El le dirigió una mirada de desprecio y continuó palpándose el lugar preciso de la mandíbula donde yo le había encajado el puñetazo.
—Diré lo que tenga que decir a mi abogado —repitió.
—A él se lo dirás, ¿eh? —le respondió ella gritando—. Pues yo voy a decir lo que tengo que decir ahora mismo.
Se encaró conmigo de nuevo.
—Madden no es mi hermano. Mi nombre es Ives. Le conocí en San Luis hace unos cuatro años. Juntos fuimos de una ciudad a otra durante un año aproximadamente y al final vinimos a parar a San Francisco. El era un estafador... y aún lo es. Conoció al señor Gantvoort hace seis o siete meses y estaba tramando venderle un invento falso. Le trajo aquí un par de veces y, como teníamos por costumbre, me presentó diciendo que era su hermana.
»Cuando Gantvoort hubo venido unas cuantas veces, Madden decidió cambiar la táctica y empujarle a una situación comprometida conmigo para poder hacerle después chantaje. Mi tarea consistía en seducir al viejo hasta tenerle atado tan corto que no pudiera escapar y hasta que tuviéramos algo realmente sólido con que amenazarle. Pensábamos sacarle así un montón de dinero.
»Durante algún tiempo todo salió a pedir de boca. Pero Gantvoort se enamoró de mí y al final me pidió que me casara con él. Aquello nos pilló de sorpresa, pues hasta entonces sólo nos proponíamos hacerle chantaje. Ante el nuevo cariz que tomaban las cosas traté de disuadir a Madden de que llevara a cabo su plan. Admito que la fortuna del viejo tuvo algo que ver con eso, pero también es cierto que le había tomado cariño. Era un hombre muy bueno en muchos aspectos, mejor que ninguno de los que hasta entonces había conocido.
»Así pues, le confesé a Madden la verdad y le pedí que me permitiera casarme. A cambio le prometí pasarle una pensión, pues sabía que a Gantvoort podría sacarle todo el dinero que quisiera, y de ese modo me portaba decentemente. Al fin y al cabo él era quien me había presentado al viejo y no quería dejarle en la estacada. Estaba dispuesta a hacer por él todo lo que pudiera.
»Pero Madden no quiso ni oír hablar del asunto. A la larga habría sacado mucho más dinero con mi plan, pero estaba obsesionado con la idea de llenarse los bolsillos lo antes posible. Y para complicar aún más las cosas le dio por los celos. Una noche me pegó y aquello fue lo que me decidió. Desde ese instante me propuse librarme de él. Le dije al señor Gantvoort que mi hermano se oponía a nuestro matrimonio y, como era evidente que Madden había cambiado de actitud con respecto a él, me creyó. Decidió quitarle de en medio hasta que partiéramos en nuestro viaje de bodas, y con este fin arregló todo para enviarle a Nueva York a gestionar una transacción en su nombre. Creí que había logrado engañarle. No sé cómo no me di cuenta de que adivinaría lo que nos proponíamos. Pensábamos permanecer fuera un año y creí que para nuestro regreso o me habría olvidado o yo estaría en situación de acallarle si intentaba organizar un escándalo.
»En el momento en que me enteré de la muerte del señor Gantvoort, tuve la corazonada de que Madden era el asesino. Pero como parecía cierto que se hallaba en Nueva York a la mañana siguiente del crimen, pensé que había sido injusta en pensar mal de él y en el fondo me alegré de que no tuviera nada que ver en el asunto. Pero ahora...»
Bruscamente se volvió hacia el que hasta entonces había sido su compinche.
—¡Ahora espero que te cuelguen, cerdo!
Luego se volvió hacia mí de nuevo. No era ahora la gatita mimosa que conocíamos, sino una gata rabiosa que mostraba amenazadora las garras y los dientes bufando.
—¿Qué aspecto tenía el tipo que fue a Nueva York en lugar de Madden?
Le describí al hombre con el que había hablado en el tren.
—Evan Felter —dijo después de meditar unos momentos—. Solían trabajar juntos. Debe haberse escondido en Los Ángeles. Apriétenle las clavijas y verán cómo canta todo lo que sabe. Es un calzonazos. Lo más probable es que no supiera lo que Madden se traía entre manos hasta que usted descubrió el pastel.
—¿Qué te parece esto? —le escupió las palabras a Dexter—. ¿Qué te parece esto para empezar? Tú me aguaste la fiesta, ¿eh? Pues ahora voy a dedicarme en cuerpo y alma a ayudarles a conseguir que te cuelguen.
Y como lo dijo, lo hizo. Con su ayuda no nos fue difícil reunir las pruebas suficientes para llevarle a la horca. Y dudo mucho que el remordimiento de lo que le hizo a Madden le enturbie ni por un segundo la dicha de disfrutar de tres cuartos de millón de dólares. Creda Dexter es hoy una mujer respetable y está encantada de haberse librado de aquel indeseable.


­La muerte de Main

[The Main death, 1927]
Un relato de El Agente de la Continental

El capitán me dijo que Hacken y Begg eran los que llevaban el caso. Les alcancé en el momento en que salían de la Sala de Juntas de la Jefatura de Policía. Begg era un peso pesado con la cara plagada de pecas, tan afable como un San Bernardo, pero mucho menos inteligente. El sargento-inspector Hacken, alto, delgado y mucho menos comunicativo que su compañero, era el que llevaba el peso intelectual del equipo tras un rostro enjuto y preocupado.
¿Tiene prisa? —pregunté.
—Siempre andamos con prisa cuando se trata de volver a casa —dijo Begg. Las pecas parecieron treparle por el rostro para hacer lugar a una sonrisa.
—¿Qué quería? —preguntó Hacken.
Que me dijeran qué saben del asunto Main, si es que saben algo.
—¿Va a trabajar en el caso?
—Sí —respondí—. En nombre del jefe de Main, Gungen.
—Entonces podrá decirnos una cosa. ¿Por qué llevaba encima veinte mil dólares en efectivo?
—Se lo diré mañana por la mañana —prometí—. No he visto a Gungen todavía. Tengo una cita con él esta noche.
Mientras hablábamos habíamos entrado en la Sala de Juntas, amueblada con pupitres y bancos como una sala de clase de escuela. Aquí y allá quedaban aún algunos policías redactando sus informes. Nos sentamos los tres en torno al pupitre de Hacken, el sargento larguirucho, que en seguida comenzó a hablar.
—Main volvió a su casa el domingo a las ocho de la noche con veinte mil dólares en el bolsillo. Venía de Los Ángeles, donde había ido a vender algo por encargo de Gungen. A usted le toca averiguar por qué llevaba tanto dinero en efectivo encima. Le dijo a su mujer que había hecho el viaje de vuelta en coche con un amigo, no sabemos quién. Su esposa se acostó hacia las diez y media y le dejó leyendo. Tenía el dinero, doscientos billetes de cien dólares, en una cartera de color marrón.
»Hasta aquí todo perfecto. El leía en la sala, ella dormía en el dormitorio. Estaban los dos solos en el apartamento. De pronto un alboroto despertó a la señora Main. Saltó de la cama y corrió a la sala donde halló a su marido luchando a brazo partido con un par de hombres. Uno de ellos era alto y fornido; el otro era de corta estatura y de constitución casi femenina. Ambos llevaban un pañuelo negro sobre la cara y gorras caladas hasta los ojos.
»Cuando la señora Main apareció en la sala, el de menor estatura se volvió hacia ella y, apuntándola con una pistola, la obligó a permanecer inmóvil y a guardar silencio. Su esposo y el otro hombre seguían enzarzados en la pelea. Main empuñaba una pistola, pero su asaltante había logrado aferrarle la muñeca y se la retorció obligándole a soltar el arma. Acto seguido el enmascarado sacó su propia pistola y manteniéndose a cierta distancia se agachó a recoger la que había soltado su víctima. En el momento en que lo hizo, Main se abalanzó sobre él y creyó desarmarle sin darse cuenta de que su atacante había tenido tiempo de coger el arma que él había dejado caer. Durante un par de segundos los cuerpos de los dos hombres se confundieron en la pelea sin que la señora Main pudiera ver exactamente lo que ocurría. De pronto se oyó un disparo y Main se desplomó. Su chaleco ardía en el lugar en que le había alcanzado el disparo. Había recibido un balazo en pleno corazón. Su pistola humeaba en la mano del enmascarado. La señora Main se desmayó.
»Cuando volvió en sí estaba sola en el apartamento con el cadáver de su marido. La cartera de éste había desaparecido y también su pistola. Había estado inconsciente una media hora. Lo sabemos porque nos informaron a la hora exacta en que sonó el disparo varios vecinos que lo oyeron, aunque no pudieron localizar su procedencia.
»El apartamento de los Main está en la sexta planta de un edificio de ocho pisos. El edificio de al lado, el de la esquina de la Avenida 18, es una casa de dos plantas, en la de abajo hay una tienda de comestibles y en la de arriba vive el propietario del establecimiento. La trasera de los dos inmuebles da a un callejón estrecho. Prosigamos.
»Kinney, el vigilante de la zona, pasaba en aquel momento por la Avenida 18 y oyó el disparo. Llegó a sus oídos con toda claridad porque el apartamento de los Main está situado en la fachada del edificio que da a la casa que acabo de describirle, pero no pudo decidir inmediatamente de dónde procedía el sonido. Perdió un tiempo precioso inspeccionando la avenida, y para cuando llegó al callejón su presa había volado. Al menos halló que en su huida habían dejado caer la pistola de Main, la que habían utilizado para cometer el crimen, pero no vio a ningún sospechoso.
»Ahora bien, saltar desde la ventana del pasillo del tercer piso del edificio de apartamentos al tejado de la casa vecina es cosa de niños. Cualquiera que no sea un paralítico puede entrar y salir sin la menor dificultad por esa ventana que además no está nunca cerrada. Y bajar desde el tejado de esa casa al callejón es igualmente sencillo. Una cañería de hierro, el antepecho de una ventana y las bisagras salientes de una puerta forman una escala casi perfecta que permite subir y bajar por esa pared. Begg y yo lo hicimos sin ningún problema. Es muy probable que los asesinos subieran por ella. Al menos sabemos con seguridad que fue por allí por donde escaparon. En el tejado de la casa de la tienda de ultramarinos hallamos la cartera de Main, vacía desde luego, y un pañuelo. La cartera tiene cantoneras de metal y el pañuelo se había enganchado en una de ellas.»
—¿Era de Main el pañuelo?
—Era de mujer. Tenía una E bordada en una esquina.
—¿Pertenecía a la señora Main?
—La señora Main se llama Agnes —dijo Hacken—. Se lo mostraron y no lo reconoció, aunque sí identificó la pistola y la cartera como pertenecientes a su esposo. Reconoció, sin embargo, el aroma que despedía, un perfume llamado Désir du Coeur. Basándose en esto aventuró la conjetura de que el asaltante de menor estatura podía tratarse de una mujer. Anteriormente ya le había descrito como de constitución femenina.
—¿Encontraron huellas o indicios de alguna clase? —pregunté.
No. Phels examinó el apartamento, la ventana, el tejado de la casa vecina, la billetera y la pistola. Nada en absoluto.
—¿Podría reconocer la señora Main a los asaltantes?
—Dice que podría reconocer al más bajo. Quizá sea cierto.
—¿Tiene idea de quién pudo hacerlo?
—Aún no —respondió el sargento larguirucho mientras avanzábamos hacia la puerta.
Ya en la calle me separé de los dos policías y me dirigí a la casa de Bruno Gungen, situada en Westwood Park.
Gungen, comerciante en joyas raras y antiguas, era hombre de corta estatura y bastante pintoresco. Vestía un esmoquin ceñido a la cintura como un corsé y provisto de enormes hombreras. El cabello, el bigote y la barba, que llevaba teñidos de negro y cubiertos de brillantina, le relucían casi tanto como las uñas largas, rosadas y puntiagudas. Hubiera apostado a que el arrebol de aquellas mejillas cincuentonas era colorete. Emergió de las profundidades de un amplio sillón de cuero y me tendió una mano blanda y caliente no mayor que la de un niño al tiempo que se inclinaba sonriendo con la cabeza ligeramente ladeada.
Luego me presentó a su mujer, que me hizo un saludo con la cabeza sin levantarse de la silla que ocupaba junto a la mesa. En apariencia no contaba más que un tercio de la edad de su marido. Debía tener unos diecinueve años, pero parecía que tenía dieciséis. Era aproximadamente de la misma estatura que éste y tenía el rostro cetrino, hoyuelos en las mejillas, ojos castaños y redondos, labios gruesos muy pintados y el aire de una muñeca cara en el escaparate de una juguetería.
Bruno Gungen le explicó con cierto detalle que yo trabajaba para la Agencia de Detectives Continental y que me había contratado para que ayudara a la policía a encontrar a los asesinos de Jeffrey y Main y a recuperar los veinte mil dólares robados.
La muñeca murmuró «¡Ah, sí!» en un tono que no dejaba lugar a dudas respecto a su falta de interés por el asunto, y luego se levantó diciendo: «Entonces les dejo...».
—No, no, cariño —respondió su esposo agitando sus dedos rosados en el aire—. Ya sabes que yo nunca te oculto nada —volvió hacia mí de una sacudida su ridículo rostro y preguntó con una risilla—: ¿No cree usted que entre marido y mujer no debe haber secretos?
Fingí estar de acuerdo con él.
—Ya sé, querida dijo dirigiéndose a su esposa, que había vuelto a tomar asiento—, que estás tan interesada como yo en este asunto porque ambos sentíamos el mismo afecto por el pobre Jeffrey. ¿No es cierto?
Ella repitió «¡Ah, sí!», con la misma falta de interés que en el caso anterior.
Gungen se volvió hacia mí y me dijo: «¿Y bien?», como animándose a hablar.
—Hablé con la policía. ¿Hay algo que pueda añadir usted a lo que me dijeron? ¿Alguna novedad o algo que no les dijera a ellos? —volvió el rostro hacia su mujer—. ¿Hay algo, Enid?
—Nada que yo sepa —replicó ésta.
Gungen rió tontamente y me miró después con deleite.
—Así es —dijo—. No sabemos nada más.
—Main regresó a San Francisco el domingo por la noche a las ocho en punto, tres horas antes de que le mataran, con veinte mil dólares en billetes de cien. ¿Cómo es que llevaba todo ese dinero?
—Era el producto de una venta que efectuó en mi nombre a uno de mis clientes —explicó Gungen—, el señor Nathaniel Ogilvie, de Los Ángeles.
—¿Por qué lo llevaba en efectivo?
La cara pintada del hombrecillo se agudizó en un gesto de astucia maliciosa.
—Un pequeño enjuague —admitió de buen grado—. Un truco del oficio, podríamos decir. ¿Conoce usted el género de los coleccionistas? Ahí tiene buen campo para la investigación. Verá, me vino a las manos una tiara de oro de la antigua Grecia, o mejor, permítame que me corrija, supuestamente trabajada en la antigua Grecia y supuestamente hallada en el sur de Rusia, cerca de Odessa. Si son ciertas o no estas suposiciones no lo sé, pero lo cierto es que la tiara es una maravilla.
Emitió una risilla ahogada.
Tengo un cliente, el señor Nathaniel Ogilvie, de Los Ángeles, que posee un apetito devorador por esa clase de objetos, un tipo que tiene la manía de lo perfecto. El valor de ese tipo de joyas, como usted se puede imaginar, es exactamente la cantidad que el cliente está dispuesto a pagar por ellas, ni más ni menos. Lo mínimo que hubiera pedido por esa tiara, vendiéndola como una joya cualquiera, hubiera sido diez mil dólares, pero ¿cómo puede considerarse una joya cualquiera una corona de oro trabajada hace siglos para un rey escila que yace hoy en el olvido? ¡Imposible! Así pues, Jeffrey se llevó la tiara a Los Ángeles envuelta en algodones y meticulosamente empaquetada para mostrársela al señor Ogilvie.
»Tenía instrucciones de no revelar de qué modo había llegado la joya a nuestras manos. En lugar de ello haría unas referencias veladas a intrigas y contrabandos, salpicadas con unas gotas de violencia y algún crimen que otro, lo suficiente para justificar el secreto. Para un coleccionista de corazón, no hay cebo mejor. Nada le merece su estima a menos que se haya conseguido con dificultad. Jeffrey tenía instrucciones precisas de no mentir. ¡Eso sí que no! ¡Mon Dieu, eso habría sido vergonzoso, despreciable! Pero sí dejaría adivinar todo lo suficiente y se negaría, ¡y cómo!, a aceptar un cheque por la tiara. ¡Nada de cheques, caballero! ¡Nada que pueda dejar rastro! ¡Dinero contante y sonante!
»Un pequeño tejemaneje, como ve, pero inofensivo. El señor Ogilvie iba a comprar la tiara de todos modos y con ese pequeño truco le aumentábamos el placer de poseerla. Además, ¿quién dice que la tiara no sea auténtica? Y si lo es, todas las alusiones de Jeffrey tendrían algo de verdad. El señor Ogilvie pagó por ella veinte mil dólares y por eso el pobre Jeffrey llevaba encima esa cantidad en efectivo —agitó en el aire una mano rosada, afirmó vigorosamente con su cabeza teñida, y acabó con un Voilà! Eso es todo.»
—¿Le llamó Main cuando volvió? —pregunté.
El joyero sonrió como si mis palabras le hubieran hecho gracia y volvió la cabeza para dirigir la sonrisa a su mujer.
—¿Nos llamó, Enid, cariño? —dijo brindándole la pregunta.
Ella frunció los labios de mal talante y se encogió de hombros con indiferencia.
—Nos enteramos de que había vuelto —replicó Gungen interpretando sus gestos— el lunes por la mañana, cuando nos informaron de su muerte. ¿No es cierto, pichona mía?
Su pichona murmuró «Sí», y se levantó de la silla, diciendo:
—Tengo que escribir una carta. ¿Me disculpan? Desde luego, tesoro —respondió Gungen al tiempo que ambos nos poníamos de pie.
Camino de la puerta la mujer pasó junto a su esposo, que frunció la nariz e hizo girar las pupilas en una caricatura de éxtasis.
—¡Qué delicioso perfume, amor mío! —exclamó—. ¡Qué olor tan divino! ¡Qué poema para el olfato! ¿Tiene nombre esa esencia, cariño?
—Si. —replicó ella deteniéndose en el umbral de la puerta.
—¿Cuál es?
Désir du Coeur —contestó sin volver la cabeza mientras salía de la habitación.
Bruno Gungen volvió a reír con su risita tonta.
Me senté de nuevo y le pregunté qué sabía de Jeffrey Main.
—Todo lo que se puede saber de una persona, ni más ni menos —me aseguró—. Durante doce años, desde que Jeffrey tenía dieciocho, fue mi brazo derecho.
—¿Qué clase de hombre era?
Bruno Gungen volvió hacia mí las rosadas palmas de sus manos.
¿Qué clase de hombre es cualquiera de nosotros? —preguntó.
Aquello no me decía nada y permanecí callado, esperando.
—Le diré —comenzó a decir el hombrecillo en aquel momento—, Jeffrey tenía el olfato y la afición necesarios para este tipo de trabajo. No hay un hombre en el mundo entero, excepto yo, que sepa tanto de este oficio como sabía él. Y por añadidura era honrado a carta cabal. Que nada de lo que yo diga le haga pensar lo contrario. Nunca he tenido una cerradura de la que Jeffrey no poseyera la llave y la hubiera tenido siempre de haber vivido más tiempo.
»Sólo tenía un pero. En lo referente a su vida privada si le describiera como sinvergüenza me quedaría corto. Era bebedor, jugador, mujeriego, manirroto... ¡Dios mío, lo que gastaba ese hombre! En lo que respecta a la bebida, al juego, a las mujeres y al gastar era un tipo disoluto sin el menor género de dudas. No tenía ni idea de lo que es la moderación. Del dinero que recibió de una herencia y de los cincuenta mil dólares o más que tenía su esposa cuando se casaron no quedan ni los rastros. Por suerte tenía seguro de vida, de modo que su esposa no ha quedado en la miseria. ¡Era un verdadero Heliogábalo ese hombre!
Cuando me levanté para irme, Bruno Gungen me acompañó hasta la puerta. Le dije «Buenas noches», y caminé por el sendero de grava hasta el lugar donde había estacionado el coche.
La noche era limpia, oscura y sin luna. Los altos arbustos que se alzaban a ambos lados de la casa formaban dos paredes negras. Hacia la izquierda rompía la oscuridad un agujero grisáceo apenas visible, una mancha oval del tamaño de un rostro.
Subí al automóvil, encendí el motor y arranqué. Al llegar al primer cruce doblé a la derecha, estacioné y volví a pie hacia la casa. Aquel óvalo del tamaño de un rostro me había inspirado curiosidad.
Al llegar a la esquina, vi a una mujer, que al parecer procedía de la casa de los Gungen, venir corriendo en dirección a donde yo me hallaba. Las sombras de la tapia me ocultaban a su vista. Cautelosamente retrocedí hasta llegar a un portón con saledizos de ladrillos y me escondí entre ellos pegándome lo más posible a la pared. La mujer cruzó la calle y corrió hacia la línea del tranvía. No conseguí más que corroborarme en la idea de que era mujer. Quizá viniera de la casa de los Gungen, quizá no. Había un cincuenta por ciento de posibilidades. Me incliné por el sí y la seguí.
Se dirigió a la farmacia que había junto a la parada del tranvía. Allí hizo una llamada telefónica y pasó diez minutos hablando. Opté por no entrar en el establecimiento a escuchar lo que decía y me quedé en la acera de enfrente contentándome con estudiarla con la mirada.
Tenía unos veinticinco años y era de altura mediana, más bien llenita, de ojos color gris pálido subrayados de bolsas, nariz ancha y labio superior prominente. No llevaba sombrero e iba envuelta en una larga capa de color azul.
Desde la farmacia la seguí hasta la casa de los Gungen, donde entró por la puerta trasera.
Se trataba probablemente de una criada, pero no era la doncella que me había abierto la puerta.
Volví a mi automóvil y regresé a la oficina.
—¿Tiene trabajo esta noche Dick Foley? —pregunté a Fiske, el encargado nocturno de la Agencia de Detectives Continental.
—No. ¿Sabes el chiste del tipo al que acaban de operarle del cuello? —Fiske aprovecha cualquier oportunidad para largarle a uno doce chistes seguidos. Me precipité a contestar:
—Sí. Busca a Dick y dile que tengo un trabajito para él en Westwood Park mañana por la mañana. Se trata de seguir a una persona.
Le di a Fiske para que se la transmitiera a Dick la dirección de Gungen y la descripción de la muchacha que había hecho la llamada telefónica desde la farmacia, le aseguré que sabía el chiste del negrito llamado Opio y también lo que le dijo el viejo a su mujer el día de sus bodas de oro, y antes de que me amenazara con contarme otro chiste me refugié en mi despacho, donde escribí y puse en clave un telegrama dirigido a la oficina de Los Ángeles en el que pedía que investigaran todo lo referente al viaje de Main a aquella ciudad.
A la mañana siguiente recibí la visita de Hacken y Begg y les puse al tanto de lo que Gungen me había dicho respecto a que los veinte mil dólares fueran en efectivo. Los inspectores me dijeron a su vez que un confidente les había informado de que un tal Bunky Dahl, un delincuente local que actuaba «en solitario» y se hacía con un buen pasar secuestrando camiones cargados especialmente de bebidas alcohólicas, había estado haciendo alarde de dinero desde la muerte de Main.
—Aún no le hemos arrestado —dijo Hacken—. No hemos podido dar con él, pero sabemos dónde encontrar a su novia. Claro, puede haber escondido la pasta en otra parte.
A las diez de aquella mañana tuve que ir a Oakland a prestar testimonio en contra de dos estafadores que habían vendido toneladas de acciones de una supuesta fábrica de productos de goma.
Cuando regresé a la agencia a las seis de la tarde encontré sobre la mesa de mi despacho un telegrama de Los Ángeles, según el cual Jeffrey Main había rematado la transacción con Ogilvie el sábado por la tarde, había pagado inmediatamente después la cuenta del hotel y había tomado el tren nocturno que había de depositarle en San Francisco el domingo por la mañana. Los billetes de cien dólares con que Ogilvie le había pagado la tiara eran nuevos y de numeración consecutiva. El Banco de éste había dado los números al agente de Los Ángeles.
Antes de dar por terminada la jornada llamé a Hacken, le informé del contenido del telegrama y le di la numeración de los billetes.
—Aún no hemos localizado a Dahl —me dijo.
A la mañana siguiente llegó el informe de Dick Foley. La muchacha había salido de la casa de los Gungen la noche anterior para dirigirse a la esquina de la avenida Miramar y la calle Southwood donde la esperaba un hombre en el interior de un Buick. Dick le describió como de unos treinta años de edad, un metro setenta y cinco de estatura, unos sesenta y cinco kilos de peso, tez normal, ojos y cabellos castaños, rostro alargado con mentón prominente, sombrero, traje y zapatos marrones y abrigo gris.
La muchacha subió al coche, que arrancó en dirección a la costa. Recorrieron unos cuantos kilómetros sin dejar la carretera principal y después regresaron a la misma esquina de Miramar y Southwood, donde la chica bajó del automóvil. Como al parecer volvía a casa de los Gungen, Dick decidió seguir al Buick, que se dirigió a los apartamentos Futurity, situados en la calle Mason.
El tipo permaneció en el interior del edificio una media hora, al cabo de la cual salió acompañado de dos mujeres y otro hombre. Este era aproximadamente de la misma edad que él, un metro sesenta y cinco o setenta de estatura, unos setenta y cinco kilos de peso, ojos y cabellos castaños, tez morena, cara ancha y achatada y pómulos salientes. Iba vestido con un traje azul, sombrero gris, abrigo marrón, zapatos negros y un alfiler de corbata con una perla en forma de pera.
Una de las mujeres tenía unos veintidós años de edad y era baja, delgada y rubia. La otra era tres o cuatro años mayor que ella, pelirroja, de altura y peso normal y nariz respingona.
Las dos parejas subieron al coche y se dirigieron al café Argelino, donde permanecieron hasta poco después de la una de la madrugada. Luego regresaron a los apartamentos Futurity. Hacia las tres y media los dos hombres salieron del edificio, encerraron el coche en un garaje de la calle Post y continuaron a pie hasta el hotel Mars. Cuando acabé de leer el informé llamé a Mickey Linehan, un agente de la Continental, le leí el informé y le di instrucciones:
Averigua quiénes son.
En el momento en que Mickey colgó, sonó el teléfono.
Era Bruno Gungen: —Buenos días. ¿Tendrá algo que decirme hoy?
Quizá —le dije—. ¿Está usted en el centro?
—Sí, estoy en mi tienda. Estaré aquí hasta las cuatro.
—Entendido. Iré a verle esta tarde.
A mediodía volvió Mickey Linehan.
—El primer sujeto me dijo—, el que Dick vio con la chica, se llama Benjamin Weel. Es el propietario del Buick y vive en el hotel Mars, habitación 410. Es representante, aunque no se sabe de qué. El otro es un amigo suyo que lleva viviendo con él un par de días. No he podido averiguar nada de él. No figura en el registro del hotel. Las dos tipas del Futurity son un par de prostitutas. Viven en el apartamento 303. La mayor responde al nombre de Effie Roberts y la más joven, la rubia, se llama Violet Evarts.
—Espérame aquí —le dije a Mickey, y me dirigí a la sala de archivos a consultar las fichas.
Busqué bajo la W: Weel, Benjamin, alias «el Tosferina», Ref. 36.312 W.
El contenido del dossier número 36.312 me informó de que Ben Weel, «el Tosferina», había sido detenido por robo en el condado de Amador en 1916 y había cumplido en San Quintín una condena de tres años. En 1922 había sido arrestado de nuevo en Los Ángeles acusado de intento de chantaje a una artista de cine, cargo del que le habían absuelto. Su descripción encajaba con la que Dick me había facilitado del conductor del Buick. La fotografía, copia de la que había tomado la policía de Los Ángeles en 1922, revelaba un rostro de rasgos muy definidos y un mentón prominente en forma de cuña.
Llevé la foto a la oficina y se la mostré a Mickey.
—Este es Weel hace cinco años. No le pierdas de vista.
Cuando se fue el agente, llamé a la Jefatura de Policía. Tanto Hacken como Begg habían salido, pero logré hablar con Lewis, del departamento de identificación.
—¿Puede describirme a Bunky Dahl? —le pregunté.
—Un minuto —respondió. Al poco rato regresó—. Edad: treinta y dos años; estatura: un metro setenta; peso: 78 kilos; constitución: robusta; ojos y cabellos castaños; cara ancha y achatada con pómulos salientes; puente de oro en la dentadura inferior; una verruga bajo la oreja derecha y dedo pequeño del pie derecho deforme.
—¿Podría facilitarme una foto de él?
—Desde luego.
—Gracias. Mandaré a un chico a por ella.
Mandé a Tony Howd a recoger la fotografía y salí a comer algo. Después del almuerzo me acerqué a la tienda de Gungen, situada en la calle Post. El joyero iba más llamativo que nunca aquella tarde. Llevaba una chaqueta negra con más relleno en las hombreras y más ajustada a la cintura que el esmoquin de la tarde anterior, pantalones rayados grises, un chaleco tirando a morado y una enorme corbata de satén bordada con hilos de oro.
Pasamos a la trastienda, y por una estrecha escalerilla subimos a un pequeño cubículo, situado en el entresuelo, que le servía de oficina.
—Dígame, ¿qué ha averiguado? —preguntó una vez que hubo cerrado la puerta y nos instalamos.
—La verdad es que tengo más preguntas que información. Lo primero, ¿quién es una muchacha de nariz ancha, labio superior abultado y ojos de color gris que vive en su casa?
—Es Rose Rubury —una sonrisa de satisfacción surcó su rostro de arrugas—. Es la doncella de mi mujer.
—Anda con un ex presidiario.
—¿De veras? —se acarició la barba de chivo con una mano rosada, complacido hasta el máximo—. Como le digo, es la camarera de mi mujer.
—Main no regresó de Los Ángeles con un amigo como dijo su esposa. Volvió en el tren del sábado por la noche, lo que significa que llegó a San Francisco doce horas antes de aparecer por su casa.
Bruno Gungen soltó una risita y ladeó el rostro con expresión de auténtico deleite.
—¡Ah! —dijo riendo aún entre dientes—. ¡Veo que vamos progresando! ¡Vamos progresando! ¿No es cierto?
—Quizá. ¿Recuerda usted si Rose Rubury estaba en su casa el domingo por la noche, digamos entre las once y las doce?
—Sí, lo recuerdo. Estaba. Lo sé con seguridad. Mi esposa no se sentía bien. Había salido temprano aquella mañana para ir al campo a visitar a unos amigos, no me dijo quiénes. A las ocho de la noche volvió quejándose de un horrible dolor de cabeza. Su aspecto me inquietó y fui a menudo a su habitación a ver cómo se encontraba. Por eso sé que su doncella estuvo en casa aquella noche, hasta la una por lo menos.
—¿Le enseñó la policía el pañuelo que encontraron junto a la cartera de Main?
—Si —se removió en el borde de su asiento con la expresión de un chiquillo contemplando el árbol de Navidad.
La risita no le permitió hablar. Se contentó con afirmar con la cabeza tan enérgicamente que la perilla parecía un cepillo de cerdas negras que limpiara la corbata.
—¿Pudo dejárselo olvidado alguna vez que visitara a la señora Main? —aventuré.
—Imposible —me corrigió ansiosamente—. Mi esposa y la señora Main no se conocen.
—¿Pero su esposa sí conocía al señor Main? Volvió a reír y a cepillarse la corbata con la barba.
—¿Íntimamente?
Se encogió de hombros hasta que las hombreras le tocaron las orejas.
—No lo sé —dijo alegremente—. Por eso he contratado a un detective.
—¡Ah!, ¿sí? —le miré con el ceño fruncido—. A éste que tiene delante le ha contratado para que averigüe quién robó y mató a Main, y pare usted de contar. Si cree que voy a sacarle a la luz los trapos sucios de su familia está tan equivocado como la Ley Seca.
—Pero, ¿por qué no? ¿Por qué no? —respondió aturdido—. ¿Es que no tengo derecho a saber la verdad? Puede estar seguro de que no habrá escándalo ni proceso de divorcio. Por añadidura, Jeffrey ha muerto, o sea, que todo pasó a la historia. Mientras vivió no me di cuenta de nada. Estaba ciego. Después de su muerte me enteré de muchas cosas. Para mi satisfacción personal me gustaría saber con certeza, eso es todo. Le ruego que me crea.
—Pues no seré yo quien se lo diga —le respondí secamente—. Sólo sé del asunto lo que usted acaba de decirme y no puede contratarme para averiguar más. Por otro lado, si no piensa hacer nada acerca de ello, ¿por qué no lo deja y lo echa al olvido?
—No, no, amigo mío —sus ojillos habían recuperado su alegría habitual—. No soy viejo, pero tengo cincuenta y dos años. Mi esposa tiene dieciocho y es una mujer encantadora —rió entre dientes—. Si esto ha ocurrido una vez, ¿no es posible que vuelva a ocurrir de nuevo? Y ¿no es propio de marido precavido estar listo para, cómo le diría, poder aplicar a su esposa... una rienda, un freno? Aun en el caso de que no vuelva a repetirse, ¿no será la esposa más dócil si el marido posee cierta información acerca de ella?
—Eso es cosa suya —dije mientras me ponía en
pie—. Yo no quiero tener nada que ver con el asunto.
—No discutamos por eso —se puso en pie de un salto y tomó una de mis manos entre las suyas—. Si no quiere hacerlo, no lo haga. Pero queda el aspecto criminal del caso, que es para lo que le contraté. Eso no lo dejará de la mano, ¿verdad? Cumplirá lo acordado, ¿no es cierto?
—Supongamos por un segundo que su esposa estuvo complicada en la muerte de Main, ¿qué pasaría entonces?
En tal caso —respondió Gungen, encogiéndose de hombros y extendiendo las manos con las palmas hacia arriba—, el asunto pasaría a manos de la ley.
—De acuerdo. Cumpliré, pero sólo con el entendimiento por su parte de que no tiene derecho a más información de la que concierne al aspecto criminal del caso.
—¡Estupendo! Y si sucede que no puede separar de ello a mi querida mujercita...
Asentí. Me asió la mano de nuevo y me dio en ella unas cuantas palmaditas. La retiré y volví a la agencia.
Sobre mi escritorio encontré una nota: Hacken quería hablar conmigo. Le llamé.
—Munky Dahl no tuvo nada que ver con la muerte de Main —me dijo—. El y un compinche suyo llamado Ben Weel, alias «el Tosferina», estuvieron de juerga en un bar de la carretera cerca de Vallejo aquella noche desde las diez aproximadamente hasta que les echaron a las dos de la madrugada por armar camorra. El informe es de buena ley. El tipo que me lo dijo es de fiar y otros dos me lo han confirmado.
Di las gracias a Hacken y llamé a casa de los Gungen. Hablé con la señora y le pregunté si podía verla.
—¡Ah, sí! —contestó.
Debía ser su expresión favorita, pero por el tono en que la decía no significaba absolutamente nada.
Me metí en el bolsillo las fotos de Dahl y de Weel, tomé un taxi y me dirigí a Westwood Park. En el camino, alimentando mi cerebro con el humo de un Fatima, urdí la serie de mentiras que pensaba contarle a la esposa de mi cliente con la esperanza de que me valieran la información que necesitaba.
A unos ciento cincuenta metros de la casa vi estacionado el coche de Dick Foley.
Una doncella delgada y de tez pálida me abrió la puerta y me condujo a una salita del segundo piso. Al verme entrar, la señora Gungen dejó a un lado el ejemplar de «Fiesta» que había estado leyendo, y con una mano en que sostenía un cigarrillo encendido me señaló una butaca que había junto a ella. Aquella tarde parecía más que nunca una muñeca cara, sentada como estaba en un sillón de brocado con un vestido de color naranja.
Mientras encendía un cigarrillo la miré repasando en la memoria la primera conversación que tuve con ella y con su marido, y decidí olvidarme de todos los cuentos chinos que había tramado durante el camino.
—Usted tiene una camarera llamada Rose Rubury —comencé—. No quiero que oiga lo que voy a decirle.
Sin hacer el menor gesto de sorpresa dijo:
—Muy bien —y añadiendo—: Discúlpeme un momento —se levantó de la silla y salió de la habitación.
A los pocos segundos volvió y se sentó, estilo moruno, sobre los dos pies.
La hice salir y no volverá hasta dentro de media hora —dijo.
—Con eso tenemos tiempo de sobra. Esa tal Rose anda con un ex presidiario llamado Weel.
La cara de muñeca frunció el ceño y apretó sus gruesos labios pintados. Esperé a que dijera algo. No dijo nada. Saqué las fotos de Weel y de Dahl y se las mostré.
—El de la cara afilada es el amigo de Rose. El otro es un compinche suyo, otro tipo de cuidado.
Tomó las fotografías con una mano pequeña tan firme como la mía y las miró cuidadosamente. Su boca se achicó, apretó aún más los labios y sus ojos castaños se oscurecieron.
Luego las nubes se disiparon de su rostro, murmuró «¡Ah, sí!», y me devolvió las fotos.
—Cuando le informé de ello a su marido —le dije con deliberada lentitud—, me contestó: «Es la camarera de mi esposa», se rió.
Enid Gungen no respondió.
—Dígame —continué—, ¿qué quería decir con eso?
—¿Cómo quiere que lo sepa? —dijo con un suspiro.
—Usted sabe que junto a la cartera vacía de Main se halló un pañuelo suyo —dejé caer estas palabras como sin dar importancia al asunto, fingiendo concentrar mi atención en un cenicero de jaspe tallado en forma de ataúd sin tapa.
—¡Ah, sí! —respondió con acento fatigado—. Eso me han dicho.
—¿Cómo cree que ocurrió?
No tengo la menor idea.
—Yo sí —contesté—, pero preferiría saberlo con seguridad. Señora Gungen, ahorraríamos mucho tiempo si pudiéramos hablar francamente.
—¿Por qué no? —preguntó distraídamente sin el menor interés—. Usted es el hombre de confianza de mi marido y tiene permiso suyo para interrogarme. Si da la casualidad de que eso me humilla, qué le vamos a hacer. Después de todo soy sólo su mujer, y no creo que ninguna de las indignidades que cualquiera de ustedes pueda maquinar sean peores que las que ya he sufrido.
Hice caso omiso de aquel discurso teatral y seguí adelante.
—Señora Gungen, sólo me interesa averiguar quién robó y asesinó a Main. Cualquier cosa que pueda decirme con referencia a este asunto representará para mí una gran ayuda, pero sólo si se refiere a ese asunto. ¿Comprende lo que le quiero decir?
—Desde luego —dijo—. Comprendo que está usted a sueldo de mi marido.
Por aquel camino no íbamos a ninguna parte. Lo intenté otra vez.
—¿Qué impresión cree que me llevé de la conversación de la otra noche?
—No tengo la menor idea.
—Por favor, haga un esfuerzo.
—Indudablemente —sonrió débilmente—, usted se llevó la impresión de que mi marido pensaba que yo era amante de Jeffrey.
—¿Y bien?
—¿Está preguntándome —los hoyuelos de sus mejillas se hicieron más evidentes que nunca; parecía divertida— si fui realmente su amante?
—No, aunque desde luego me gustaría saberlo. —Ya sé que le gustaría —respondió de buen talante.
—¿Qué impresión se llevó usted esa noche? —pregunté.
—¿Yo? —arrugó la frente—. Que mi esposo le había contratado a usted para que demostrara que yo había sido amante de Jeffrey —repitió la palabra «amante» como si saboreara la forma que adquiría en su boca.
—Pues se equivocó.
—Conociendo a mi esposo como le conozco, me cuesta trabajo creerle.
—Conociéndome yo a mí como me conozco, estoy seguro de ello —insistí—. No hay ningún malentendido entre su marido y yo, señora Gungen. Está bien claro que mi deber consiste en hallar al asesino y nada más.
—¿De veras? —con esta pregunta ponía un elegante punto final a una discusión que comenzaba a fatigarla.
—Me ata usted de pies y manos —me lamenté mientras me ponía en pie disimulando la fijeza con que la observaba—. No me queda más remedio que detener a Rose Rubury y a los dos hombres y ver qué puedo sacarles. ¿Dijo usted que la chica volvería dentro de una media hora?
Me miró fijamente con sus redondos ojos castaños.
—Ya no puede tardar mucho. ¿Va a interrogarla?
—Pero no aquí —la informé—. La llevaré a la Jefatura de Policía y haré que detengan a los dos sujetos. ¿Puedo utilizar su teléfono?
Desde luego. Está en la habitación contigua —cruzó el cuarto para abrirme la puerta.
Llamé al número 20 de Davenport y pregunté por la Sección de Homicidios.
La señora Gungen, de pie en el gabinete, dijo en voz tan baja que apenas pude oírla:
—Espere.
Con el auricular en la mano me volví para mirarla a través de la puerta abierta. Con el ceño fruncido se pellizcaba los labios rojos con el índice y el pulgar. No colgué el teléfono hasta que apartó la mano de la boca y la tendió hacia mí. Sólo entonces volví al gabinete.
Me había hecho dueño de la situación. Permanecí en silencio. Le correspondía jugar a ella. Me miró fijamente, al menos por un minuto, antes de decidirse a hablar:
—No voy a fingir que confío en usted —dijo vacilando y como para su capote—. Usted trabaja para mi marido y a él ni siquiera el dinero le interesa tanto como lo que yo haya podido hacer. No me queda más que elegir entre dos males; el cierto por un lado, o el más que probable por otro.
Dejó de hablar y empezó a frotarse las manos. En sus ojos redondos comenzó a revelarse una expresión de indecisión. Si no la echaba una mano cuanto antes, se volvería atrás.
—Estamos los dos a solas —la animé—. Después puede negarlo todo. Es mi palabra contra la suya. Si no me lo dice usted, sé que puedo sacárselo a otros. Usted cree que diré a su esposo todo lo que me diga. Piense que si confiesan los otros, probablemente su marido acabará leyéndolo todo en el periódico. Su única posibilidad de salvación está en confiar en mí, y no crea que esa posibilidad es tan remota. Pero usted es la que tiene que decidir.
Medio minuto de silencio.
—Supongamos —murmuró— que le pago para que...
—¿Para qué quiere hacer eso? Si yo fuera a contarle todo a su marido podría quedarme con el dinero y decírselo de todos modos, ¿no?
Sus labios rojos se curvaron, apareciendo los hoyuelos, y sus ojos se iluminaron.
—Eso me anima —dijo—. Se lo diré todo. Jeffrey volvió de Los Ángeles por la mañana temprano para que pudiéramos pasar el día juntos en el apartamento que teníamos para nuestras citas. Por la tarde entraron dos hombres que abrieron la puerta con una llave. Llevaban sendos revólveres y le robaron a Jeffrey los veinte mil dólares. Habían preparado bien el golpe. Al parecer sabían todo lo referente al dinero y a nosotros. Nos llamaron por nuestros nombres y nos amenazaron con la historia que contarían si les denunciábamos.
»Cuando se fueron nos vimos incapaces de hacer nada. Nos habían dejado en una situación ridículamente desesperada. No podíamos actuar en ningún sentido, puesto que para empezar no podíamos reemplazar el dinero. Jeffrey ni siquiera podía fingir que lo había perdido ni que le habían robado estando solo. Había vuelto antes de tiempo y en secreto a San Francisco, y eso haría que automáticamente sospecharan de él. Perdió la cabeza. Primero me propuso que huyera con él y luego quiso que fuéramos a ver a mi marido para decirle toda la verdad. Yo, como es natural, no le permití que hiciera ni lo uno ni lo otro. Las dos cosas habrían sido una locura.
»Salimos del apartamento por separado poco después de las siete. La verdad es que para entonces no estábamos ya en los mejores términos. En el momento en que tropezamos con una dificultad, dejó de ser él... No, no debo decir eso.»
Dejó de hablar y se quedó en pie mirándome con su cara plácida de muñeca. Se había descargado de sus problemas simplemente traspasándomelos a mí.
—¿Las fotos que le he enseñado son las de los dos ladrones? —pregunté.
—Sí.
—¿Sabía su doncella lo que había entre ustedes? ¿Estaba enterada de la existencia del apartamento? ¿Sabía del viaje de Main a Los Ángeles y de su plan de regresar temprano con el dinero en efectivo?
—No puedo decírselo con seguridad, pero lo cierto es que pudo enterarse de todo espiándome, escuchando detrás de las puertas y leyendo mi correspondencia. Jeffrey me escribió una nota para decirme que nos veríamos el domingo por la mañana y en ella mencionaba el viaje a Los Ángeles. Quizá Rose la viera. Soy muy descuidada.
—Ahora tengo que irme —le dije—. Espere tranquila hasta que yo la avise. Y no asuste a su doncella.
Recuerde, no le he dicho nada —me dijo mientras me seguía hasta la puerta del gabinete.
De la casa de los Gungen me fui directamente al Hotel Mars. Mickey Linehan estaba sentado en un rincón del vestíbulo parapetado detrás de un periódico.
—¿Están en su cuarto? —le pregunté.
Si.
—Vamos a verles.
Mickey llamó con los nudillos a la puerta número 410. Una voz metálica preguntó: «¿Quién es?»
—Un paquete —respondió Mickey, fingiendo la voz de un muchacho.
Un hombre flaco de mentón prominente abrió la puerta. Le alargué una tarjeta. No nos invitó a pasar, pero tampoco hizo nada por impedirnos la entrada.
—¿Eres tú Weel? —le pregunté mientras Mickey cerraba la puerta tras él. Luego, sin esperar a que respondiera, me volví hacia el hombre de la cara ancha que estaba sentado sobre la cama—: Y tú eres Dahl, ¿no?
Weel le dijo a su compañero con tono intrascendente:
—Son un par de sabuesos.
El hombre sentado en la cama nos miró con una sonrisa.
Yo tenía prisa.
No podía perder el tiempo.
—Quiero la pasta que le robasteis a Main —anuncié.
Sonrieron despectivamente al unísono, como si lo hubieran estado ensayando. Saqué la pistola. Weel rió groseramente:
—Ve a buscar tu sombrero, Bunky —dijo entre dientes—. Van a detenernos.
—Estáis equivocados —les expliqué—. Esto no es un arresto. Es un atraco a mano armada. ¡Arriba las manos!
Dahl me obedeció sin más averiguaciones.
Weel dudó hasta que Mickey le arrimó a las costillas la boca del cañón de su 38 especial.
—¡Cachéales! —ordené a Mickey.
Registró primero a Weel y le sacó una pistola, unos cuantos documentos, algo de dinero suelto y un cinturón repleto de billetes. Luego hizo lo propio con Dahl.
—¡Cuéntalo! —le dije.
Mickey vació los cinturones, se escupió en los dedos y puso manos a la obra.
—Diecinueve mil ciento veintiséis dólares y sesenta y dos centavos —anunció cuando hubo terminado.
Con la mano que tenía libre busqué en mi bolsillo el papel en que había apuntado la numeración de los billetes de cien dólares con que Ogilvie había pagado a Main. Le entregué la nota a Mickey.
—Mira a ver si los números coinciden con éstos. Tomó la nota, la miró y respondió:
—Coinciden.
—Bien. Guárdate las pistolas y el dinero, y registra la habitación a ver si encuentras más.
Mientras tanto Ben Weel, «el Tosferina», había recuperado el aliento.
—¡Eh, oiga! —protestó—. No pueden hacernos esto. ¿Dónde se cree que está? ¡No piense que va a salirse con la suya!
—Nada me impide intentarlo —le aseguré—. Podéis llamar a gritos a la policía. ¿A que no lo hacéis? Os tenéis bien merecido esto por pensar, como idiotas que sois, que con obligar a la mujer a guardar silencio estaba todo solucionado y no teníais que preocuparos más. Os estoy haciendo a vosotros la misma jugada que le hicisteis a ella y a Main, sólo que la mía es mejor porque luego no vais a poder mover un dedo sin descubrir todo el pastel, así que ¡a callar!
—No hay más guita —dijo Mickey—. Lo único que he encontrado es cuatro sellos de correo.
—Llévatelos —le dije—. Ocho centavos no son de despreciar. Ahora, ¡vámonos!
—¡Oiga! ¡Déjenos al menos un par de dólares! —dijo Weel.
—¿No te dije que te callaras la boca? —le espeté mientras avanzaba hacia la puerta que Mickey abría en aquel momento.
El pasillo estaba desierto. Mickey se paró ya en él apuntando a Weel y Dahl con su pistola, mientras yo salía de espaldas de la habitación y cambiaba la llave del interior al exterior. Hecho esto cerré de un portazo, di vuelta a la llave y me la guardé en el bolsillo. Bajamos las escaleras y salimos del hotel.
Mickey tenía el coche estacionado a la vuelta de la esquina. Una vez en su interior traspasamos el botín, a excepción de las pistolas, de sus bolsillos al mío. Luego él se bajó y volvió a la agencia. Yo me dirigí en el coche al edificio en que se cometió el crimen.
La señora Main era una mujer alta, de menos de veinticinco años de edad. Tenía cabello castaño y rizado, ojos de un azul grisáceo rodeados de espesas pestañas y un rostro amable de rasgos bien definidos. Iba vestida de negro de la cabeza a los pies.
Leyó mi tarjeta, asintió cuando le dije que Gungen me había contratado para investigar la muerte de su marido y me hizo pasar a una sala decorada en gris y blanco.
—¿Es ésta la habitación? —pregunté.
—Si —tenía voz agradable, ligeramente ronca.
Me acerqué a la ventana y miré hacia el tejado del edificio de la tienda de ultramarinos y a lo que desde allí se veía del callejón. Tenía prisa.
—Señora Main —le dije volviéndome hacia ella y bajando el tono de voz para suavizar lo más posible la brusquedad de mis palabras—. Después de la muerte de su marido usted arrojó la pistola por la ventana. Luego enganchó el pañuelo a la cartera y los tiró juntos. Como pesaban menos que la pistola no fueron a parar al callejón sino que aterrizaron en el tejado vecino. ¿Por qué puso el pañuelo...?
Sin decir una palabra se desvaneció.
Conseguí alcanzarla antes de que cayera al suelo, la llevé hasta el sofá, fui a buscar colonia y unas sales y se las hice aspirar.
—¿Sabe a quién pertenecía el pañuelo? —le pregunté una vez que, vuelta en sí, se incorporó en el asiento. Movió la cabeza de derecha a izquierda.
—¿Entonces por qué se tomó tanta molestia?
—Lo encontré en un bolsillo de mi marido y no supe qué hacer. Pensé que la policía repararía en él y quise deshacerme de todo lo que pudiera despertar su curiosidad.
—¿Por qué se inventó la historia del robo?
No contestó.
—¿Para cobrar el seguro? —insinué.
Alzó bruscamente la cabeza y gritó desafiante:
—¡Sí! Acabó con todo su dinero y con el mío. Y para colmo tuvo que hacer... una cosa así.
Interrumpí sus lamentaciones.
—Espero que dejara una nota. Algo que pueda servir de prueba de que ella no le mató.
—Si. —se buscó algo en el seno, bajo el vestido negro.
—Bien —continué ya de pie—. A primera hora de la mañana lleve esa nota a su abogado y dígale toda la verdad.
Murmuré unas palabras de simpatía y salí de allí como pude.
Estaba ya anocheciendo cuando por segunda vez en aquel mismo día llamé a la puerta de la casa de los Gungen. La doncella que me abrió me dijo que el señor Gungen estaba en casa y me condujo al segundo piso. Rose Rubury bajaba en aquel momento las escaleras. En el rellano se detuvo para dejarnos pasar. Me paré frente a ella mientras mi guía continuaba en dirección a la biblioteca.
—Se acabó la función, Rose —le dije a la muchacha que seguía parada en el descansillo—. Te doy diez minutos para que te largues de aquí. Si no te gusta el trato, ya me dirás si te gusta el interior de la cárcel.
—¡Qué valor!
—Os salió mal el negocio —metí una mano en el bolsillo y saqué un fajo de billetes de los que habíamos encontrado en el Hotel Mars—. Acabo de hacer una visita a Ben «el Tosferina» y a Bunky.
Aquello le hizo mella. Se volvió y salió corriendo escaleras arriba. Bruno Gungen, que salía a buscarme a la puerta de la biblioteca, nos miró con curiosidad, primero a la chica, que ahora subía las escaleras en dirección al tercer piso, y luego a mí. Tenía a flor de labios una pregunta, pero antes de que la formulara, corté con una afirmación:
—El asunto está terminado.
—¡Bravo! —exclamó mientras entrábamos en la biblioteca—. ¿Has oído eso, tesoro? El asunto está terminado.
Su tesoro, que estaba sentada a la mesa en el mismo lugar que en la primera entrevista, sonrió sin que su rostro de muñeca reflejara la menor emoción y murmuró:
—Ah, sí —en tono inexpresivo.
Me acerqué a la mesa y vacié mis bolsillos sobre ella.
—Diecinueve mil ciento veintiséis dólares y setenta centavos, incluidos dos sellos —anuncié—. Los ochocientos setenta y tres dólares y treinta centavos restantes han desaparecido.
—¡Ah! —Bruno Gungen se acarició su negra barba de chivo con mano temblorosa y me miró fijamente con ojos duros y brillantes—. ¿Dónde lo encontró? Por favor, siéntese y cuéntenos toda la historia. Estamos deseosos de oírla, ¿no es cierto, amor mío?
Su amor dio un bostezo:
—Ah, sí.
—No hay mucho que contar —le dije. Para recobrar el dinero tuve que acceder a un trato, prometer silencio. Robaron a Main el domingo por la tarde, pero, aunque tuviéramos a los ladrones, no podríamos lograr que los declararan culpables porque la única persona que podría identificarles no quiere hacerlo.
—Pero ¿quién mató a Jeffrey? —dijo el joyero martilleándome el pecho con sus dos manos rosadas—. ¿Quién le mató esa noche?
—Se suicidó. Perdió la cabeza cuando le robaron en circunstancias que no podía explicar.
—¡Absurdo! —a mi cliente no le había gustado lo del suicidio.
—El disparo despertó a la señora Main. Declarar el suicidio suponía la cancelación de la póliza del seguro. Habría quedado en la ruina. Tiró la pistola y la cartera por la ventana, ocultó la nota que dejó su marido, e inventó la historia del robo.
—Pero ¿y el pañuelo? —gritó Gungen al borde del paroxismo.
—El pañuelo no significaba nada —le aseguré solemnemente—, excepto que Main, que según me dijo usted era hombre mujeriego, debió andar tonteando con Rose Rubury, quien, como todas las doncellas, se había apropiado de varias prendas de su esposa.
Gungen, que estaba a punto de estallar, dio unas patadas en el suelo que parecían pasos de baile. Su indignación resultaba tan cómica como la afirmación que la había provocado.
—¡Esto no quedará así! —giró sobre sus talones y salió de la habitación repitiendo—. ¡Esto no quedará así!
Enid Gungen me tendió la mano. Su rostro de muñeca era todo curvas y hoyuelos.
—Gracias —murmuró.
—No hay de qué —gruñí sin tomarle la mano—. He enredado las cosas de modo que nadie pueda probar nada. Pero él lo sabe. ¿No se lo dije todo prácticamente?
—Eso no importa —con un gesto rápido, echó hacia atrás la cabeza como echándose todas las preocupaciones a la espalda—. Mientras no tenga pruebas concretas puedo arreglármelas muy bien sola.
La creí.
Bruno Gungen irrumpió de nuevo en la biblioteca, echando espumarajos por la boca, mesándose la perilla teñida y declarando a gritos que Rose Rubury se había ido de la casa.
A la mañana siguiente, Dick Foley me dijo que la criada se había reunido con sus compinches y se había ido con ellos a Portland.


La casa de la calle Turk

[The house on Turk Street, 1924]
Un relato de El Agente de la Continental

Me habían dicho que el hombre que buscaba vivía en una determinada manzana de la calle Turk, pero no habían podido darme el número exacto de la casa que ocupaba. Así es como ocurrió que a última hora de cierta tarde lluviosa me hallé llamando una por una a todas las puertas de la mencionada manzana y recitando la siguiente historia:
«Trabajo para la firma de abogados Wellington y Berkeley. Uno de nuestros clientes, una señora de edad, cayó la semana pasada de la plataforma posterior de un tranvía y está gravemente herida. Entre los que presenciaron el accidente había un joven cuyo nombre ignoramos, pero nos han dicho que vive en los alrededores.» Después describía al joven en cuestión y preguntaba: «¿Saben ustedes de alguien que responda a la descripción?»
A un lado de la calle, las respuestas fueron todas negativas. Crucé la calzada y comencé con la acera opuesta. La primera casa: «No.» La segunda: «No.» La tercera. La cuarta. La quinta...
Llamé al timbre y no obtuve respuesta. Al rato llamé de nuevo. Había llegado a la conclusión de que estaba vacía cuando el picaporte giró lentamente y una anciana apareció en el umbral. Era una viejecita de aspecto frágil que llevaba su labor de punto en la mano. Sus ojos, de un tono descolorido, brillaban con un amable destello tras unas gafas de montura de oro. Llevaba un delantal blanco almidonado sobre un vestido de color negro.
—Buenas tardes —me dijo amablemente—. Espero no haberle hecho esperar demasiado. Siempre atisbo por la mirilla antes de abrir la puerta. Ya sabe, temores de vieja...
—Siento molestar —me disculpé—, pero...
—¿No quiere pasar?
—No. Sólo quería hacerle unas preguntas. No la retendré mucho tiempo.
—Preferiría que entrara —respondió, y continuó después afectando severidad—. Si no, hará que se me enfríe el té.
Le di mi abrigo y mi sombrero húmedos de lluvia, y la seguí por un estrecho pasillo hasta una habitación débilmente iluminada donde un hombre se levantó de su asiento al vernos entrar.
Era un anciano corpulento cuya barba blanca caía en estrecha línea sobre un chaleco también blanco y tan almidonado como el delantal de su pareja.
—Thomas —le dijo la mujercita de aspecto frágil—, éste es el señor...
—Tracy —apunté yo, echando mano del nombre que había dado a sus vecinos, aunque debo confesar que al hacerlo estuve más cerca de sonrojarme de lo que había estado en quince años. No era gente aquélla a la que se podía mentir fácilmente.
Se apellidaban Quarre, según me dijeron, y se trataban con mucho afecto. Cada vez que ella se dirigía a su marido le llamaba Thomas, arrastrando las letras en la boca como si saboreara el nombre. El la llamaba «cariño» con la misma frecuencia, y dos veces se levantó durante nuestra conversación para mullir los cojines en que la anciana apoyaba su frágil espalda.
Tuve que apurar una taza de té y comer varias galletas antes de conseguir que escucharan mi historia. Mientras les narraba el caso de la anciana que había caído del tranvía, la señora Quarre chasqueó la lengua compasivamente. El anciano murmuró para su barba: «Es una lástima», y me alargó un cigarro puro.
Al fin terminé la historia del accidente y pasé a describir al joven.
—Thomas —dijo la señora Quarre—, ¿no será ese el muchacho que vive en la casa de la barandilla, el que parece siempre tan preocupado?
Thomas se acarició la barba y meditó unos momentos.
—Pero cariño —replicó al fin—, ese que dices, ¿no es moreno?
La anciana dirigió a su esposo una mirada radiante.
—Thomas es tan observador —dijo con orgullo—. M había olvidado, pero es cierto. El joven de que hablaba e moreno, así que no puede ser ése.
El anciano sugirió que podía tratarse de otro que vi vía en la manzana siguiente. Discutieron la posibilidad : al fin decidieron que era demasiado alto y demasiado viejo. La señora Quarre mencionó otro nombre. Estudia ron el caso y votaron en contra. Thomas salió entonces con un nuevo candidato que fue igualmente descartado El tiempo fue pasando y cayó la noche. El anciano encendió una lámpara que proyectó un círculo de luz amarillenta sobre nosotros dejando el resto de la habitación en la penumbra. Era una sala decorada con pesados cortinajes y unos sillones voluminosos rellenos de pelo de caballo de los que habían estado de moda veinticinco años atrás. Sabía que la entrevista era inútil, pero me encontraba a gusto y el puro no podía ser mejor. Ya tendría tiempo de volver a empaparme después, cuando hubiere acabado de fumar.
De pronto sentí algo frío en la nuca.
—¡Levántese!
No me levanté; no pude. Me había quedado paralizado. Permanecí sentado y dirigí la mirada a los Quarre. A] verlos me dije que era imposible que algo frío me tocara la nuca, que era imposible que una voz áspera me ordenara que me levantara. No podía ser.
La señora Quarre continuaba sentada muy derecha con la espalda apoyada en los cojines que su esposo acababa de mullirle; tras los cristales de las gafas sus ojos seguían despidiendo un destello maternal. El anciano continuaba acariciando su barba blanca y exhalando lentamente por la nariz el humo de su habano.
Continuarían pasando revista a los jóvenes del vecindario que coincidieran con la descripción que les había dado. Nada había ocurrido. Había sido un sueño.
—¡Levántese! —el objeto frío ejerció mayor presión sobre mi nuca. Me levanté—. ¡Regístrale! —dijo la voz áspera a mi espalda.
El anciano dejó el puro cuidadosamente sobre un cenicero, se acercó a mí y me pasó las manos por el cuerpo. Después de comprobar que estaba desarmado, me vació los bolsillos y depositó el contenido sobre el sillón que yo había ocupado.
—Esto es todo —dijo al hombre que tenía a mi espalda, y volvió a su asiento.
—¡Vuélvase! —me ordenó el hombre de la voz áspera. Obedecí y me encontré frente a un hombre alto y enjuto. Tendría mi edad aproximadamente, es decir, unos treinta y cinco años. Su rostro, feo y huesudo, estaba salpicado de grandes pecas pálidas. Tenía los ojos de un azul acuoso y una nariz y una barbilla muy pronunciadas que destacaban abruptamente sobre su rostro.
—¿Me conoce? —me preguntó.
—No.
—¡Miente!
No le contradije; en una de sus manos pecosas empuñaba un revólver.
—Pues va a conocerme muy bien antes de que termine con usted —me amenazó aquel esperpento—. Va a...
—¡Hook! —la voz llegó a nosotros desde la habitación vecina, separada de la sala donde nos hallábamos por unos cortinajes que servían a modo de puerta y por don de sin duda había entrado mi asaltante—. ¡Hook, ven aquí! —era una voz femenina joven, clara y musical.
—¿Qué quieres? —respondió el esperpento sin volverse.
—Ya ha llegado.
—Está bien —se volvió a Thomas Quarre—. Encárgate de este idiota.
De algún lugar intermedio entre los bigotes, la chaqueta y el chaleco almidonado, el viejo extrajo un enorme pistolón negro que manejó sin el menor atisbo de timidez. El esperpento recogió lo que me habían sacado de los bolsillos y se lo llevó con él a la habitación contigua.
La señora Quarre me sonrió.
—Siéntese, señor Tracy —me dijo.
Obedecí.
A través de la cortina llegó una nueva voz, una voz serena de barítono con el acento inconfundible del inglés cultivado. «¿Qué pasa, Hook?», preguntó.
La voz áspera del esperpento le respondió: «¡Algo gordo, te lo digo yo! ¡Nos han descubierto! Hace un rato salí de casa. No hago más que llegar a la esquina, y me veo en la acera de enfrente a un tipo conocido. Me lo señalaron en Filadelfia hace cinco o seis años. No recuerdo su nombre, pero sé que es un detective de la Agencia Continental. Volví inmediatamente, llamé a Elvira y juntos le vigilamos por la ventana. Iba de casa en casa, seguramente interrogando a los vecinos. Luego cruzó la calzada y comenzó a hacer lo mismo a este lado de la calle. Al rato llamó al timbre. Dije a los viejos que le recibieran y le dieran conversación para ver por dónde tiraba. Les salió con el cuento de una vieja que se había caído del tranvía. ¡Historias! Viene por nosotros. Al final entré, y le cacheamos. Iba a esperar a que volvieras, pero me dio miedo que se pusiera nervioso y se largara.»
La voz del acento inglés: «No debiste dejar que te viera. Podían haberse encargado de él los otros.»
Hook: «¡Qué más da! Lo más probable es que ya nos conociera a todos. Pero aunque no fuera así, ¿qué importancia tiene?»
La voz británica: «Puede tenerla, y mucha. Fue una estupidez.»
Hook, indignado: «Una estupidez, ¿eh? A ti todos te parecemos estúpidos. ¿Sabes qué te digo? ¡Que te vayas al diablo! ¿Quién es el que trabaja aquí? ¿Quién es quien te saca las castañas del fuego? ¿Dónde...?»
La voz femenina: «Por lo que más quieras, Hook. No nos largues el discursito otra vez. Me lo sé ya de memoria.»
Un crujido de papeles, y de nuevo la voz del acento británico arrastrando las palabras: «Te diré, Hook. No te equivocaste. Es detective. Lleva una tarjeta de identidad.»
La voz femenina: «¿Qué hacemos ahora? ¿Qué salida tenemos?»
Hook: «No puede ser más fácil. Saltarle la tapa de los sesos.»
La voz femenina: «¿Y esperar a que nos cuelguen?»
Hook, resentido: «¡Como si no fueran a colgarnos igual! ¿O es que te crees que este tipo no está al tanto de lo del golpe de Los Ángeles?»
La voz del acento inglés: «¡Eres un idiota, Hook! ¡No tienes remedio! Supongamos que este fulano haya venido por el asunto de Los Ángeles, lo que es muy posible, ¿y qué? Es un agente de la Continental. ¿Te crees que la Agencia no sabe dónde está? ¿Crees que ignoran que venía aquí? ¿No crees que es muy probable que sepan acerca de nosotros tanto como él? Matarle sería absurdo. Sólo empeoraría las cosas. Lo mejor es atarle bien y dejarle aquí. No le echarán de menos hasta mañana por la mañana.»
Interiormente bendije a aquella voz británica. Alguien estaba a mi favor, al menos hasta el punto de dejarme vivir. Durante los últimos minutos no las había tenido todas conmigo. El hecho de no poder ver a las personas que decidían si había de seguir vivo hacía mi situación aún más desesperaba. Ahora, aunque no puedo decir que estuviera loco de alegría, al menos me sentía algo más tranquilo. Confiaba en la voz británica; tenía el tono del hombre habituado a salirse con la suya.
Hook, bufando: «Óyeme lo que te digo, amigo. A ese tío lo liquido yo. ¡Se ha terminado! No pienso correr ningún riesgo. Tú dirás lo que quieras, pero yo quiero salvar el pellejo y sólo lo salvaré quitando a ese tipo de en medio. Eso es todo.»
La voz femenina, con disgusto: «Hook, sé razonable.»
La voz británica, serena, pero fría como el hielo: «Es
inútil razonar contigo,
Hook. Tienes los instintos y el cerebro de un troglodita. Sólo entiendes un lenguaje y es el que voy a usar contigo. En caso de que te dé la tentación de hacer alguna tontería entre este momento y el de nuestra partida, repítete interiormente dos o tres veces: "Si él muere, yo muero". Recítalo como si se tratara del Evangelio, porque es tan cierto como la Biblia.»
Siguió un largo silencio cargado de una tensión tan intensa que llegué a sentir un hormigueo en el cuero cabelludo, parte de mi anatomía que no tengo particularmente sensible.
Cuando al fin una voz rasgó el silencio, salté como si hubiera sonado un disparo; era, sin embargo, una voz tranquila y suave, la del acento británico, que sonaba segura de su victoria. Respiré de nuevo.
—Haremos que se vayan primero los viejos —decía—. Tú puedes ocuparte de nuestro huésped, Hook. Átale bien mientras traigo los bonos. En menos de media hora podemos irnos.
Las cortinas se movieron y entró en la habitación un Hook de expresión ceñuda. Sus pecas resaltaban con un tono verdoso sobre la palidez del rostro. Me apuntó con el revólver y se dirigió a los Quarre con tono cortante:
—Quiere hablarles —la pareja se levantó y desapareció en la habitación vecina.
Hook, mientras tanto, sin dejar de amenazarme con el revólver, se había acercado a las cortinas y desataba los pesados cordones de terciopelo que las sujetaban. Hecho esto se me acercó por la espalda y se dispuso a amarrarme a un sillón de alto respaldo. Me ató los brazos a los brazos del sillón, las piernas a las patas y el cuerpo al respaldo y al asiento, y remató su tarea embutiéndome en la boca la esquina de un cojín demasiado relleno. Cuando hubo terminado y mientras retrocedía para mirarme con el ceño fruncido, oí cerrarse suavemente la puerta de la calle y un ruido de pasos que iban de un lado para otro en el piso superior. Hook dirigió la vista al techo y la mirada de sus ojillos azules y acuosos se agudizó. «Elvira», llamó en voz baja.
Las cortinas se movieron como si alguien las hubiera tocado y llegó a través de ellas el sonido musical de la voz femenina.
—¿Qué?
—Ven aquí.
—No. El no quiere que...
—¡Maldita sea! —saltó Hook—. ¡Te digo que vengas!
La muchacha entró en la habitación y se situó dentro del círculo de luz amarilla que proyectaba la lámpara. Tenía poco más de veinte años y era esbelta y flexible. Estaba lista para salir a la calle, excepción hecha del sombrero que llevaba en la mano. Su tez pálida destacaba bajo una masa de cabellos cortos del color del fuego. Sus ojos, demasiado apartados uno del otro para inspirar confianza, aunque no lo bastante para disminuir un ápice su belleza, me miraban traviesos, y su boca roja reía abiertamente mostrando unos dientes de puntas afiladas como los de un felino. Era tan bella como Lucifer y dos veces más peligrosa.
Soltó una carcajada al ver el espectáculo: un hombre regordete liado como un fardo en cordones de terciopelo rojo y con un cojín de color verde embutido en la boca. Luego se volvió hacia el esperpento. «¿Qué quieres?»
El respondió en voz baja, lanzando furtivas miradas al techo de donde seguía llegando el ruido apagado de pisadas.
—¿Y si se la pegáramos?
Los ojos color humo de la muchacha perdieron su alegría y adquirieron una expresión calculadora.
—Tiene cien mil dólares de los cuales un tercio es mío. No creerás que voy a renunciar a ello, ¿no?
—Claro que no. Supongamos que nos hacemos con los cien mil.
—¿Cómo?
—Eso déjalo en mis manos. Si lo consigo, ¿te vienes conmigo? Sabes que te trataré bien.
La sonrisa de la muchacha estaba llena de desprecio, pero a él pareció gustarle.
—Eso no lo dudo —le contestó—. Pero, escucha Hook, no podremos salirnos con la nuestra a no ser que le liquides. Le conozco y no estoy dispuesta a largarme con nada suyo a menos que esté segura de que no va a poder venir después a buscarlo.
Hook se humedeció los labios y paseó la mirada en torno suyo sin ver nada de lo que le rodeaba. Era evidente que no le atraía la idea de meterse en líos con el del acento británico, pero el deseo que sentía por la muchacha era más poderoso que su miedo.
—Lo haré —estalló—. Le mataré. ¿Lo dices de veras, nena? Si le mato, ¿te vendrás conmigo?
Ella le tendió una mano.
—Te lo prometo —le dijo. Y él la creyó.
Su feo rostro se iluminó de pronto con un destello de suprema felicidad. Respiró a fondo y enderezó los hombros. En su caso yo la habría creído también. Todos hemos caído en trampas semejantes en un momento u otro de nuestras vidas, pero en la situación en que me encontraba, atado a un sillón detrás de las candilejas, vi con claridad que el esperpento habría corrido menos peligro jugando con un bidón de nitroglicerina que con aquella muñeca. Esa mujer era un peligro público. No sabía el pobre Hook lo que se le venía encima.
—Este es el plan... —comenzó a decir y se detuvo con la lengua paralizada. En la habitación vecina se habían oído pasos.
Al momento la voz con deje británico se oyó tras las cortinas. La exasperación hacía más pronunciado su acento.
—¡Esto es demasiado! No puedo dejaros solos un segundo sin que echéis todo a perder. ¿Te has vuelto loca, Elvira? ¿Tenías que salir a que te viera el detective?
Por un segundo, los ojos color humo brillaron de temor. Cuando éste se desvaneció la muchacha habló:
—No te pongas amarillo de miedo. Tu precioso cuello va a sobrevivir igual sin tantas preocupaciones.
Las cortinas se abrieron y yo me volví lo más que pude para mirar por primera vez al hombre gracias al cual yo seguía vivo. Era un tipo bajo y gordinflón vestido para salir a la calle, con el abrigo y el sombrero puestos. En una mano llevaba un maletín de color marrón.
Cuando se adentró en el círculo de luz vi que era chino, un chino vestido de modo inmaculado con ropas tan británicas como su acento.
—No es cuestión de color —respondió y sólo entonces advertí el sarcasmo de las palabras de la muchacha—. Es sencillamente cuestión de prudencia.
Su rostro era una máscara redonda y amarilla y su voz seguía teniendo la frialdad de antes, pero me di cuenta de que la muchacha le tenía cautivado tanto como al esperpento o no hubiera dejado que una simple ironía le atrajera al salón. Aun así dudé que aquel oriental europeizante fuera tan fácil de manejar como Hook.
—No había necesidad —continuó el chino— de que este hombre nos viera —por primera vez me miró con unos ojos pequeños y opacos que parecían dos semillas negras—. Es posible que no nos conociera a ninguno, ni siquiera por descripciones. Mostrarnos a él es una completa estupidez.
—Vete al diablo, Tai —explotó Hook—. Deja ya de dar la lata, ¿quieres? ¿Qué más dará? Le liquido y con eso terminamos la cuestión.
El chino dejó el maletín en el suelo y movió la cabeza de un lado a otro.
—Si te atreves a matarle —dijo con su modo característico de arrastrar las palabras—, no va a parar ahí la cosa. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad Hook?
Hook lo entendió. Tragó saliva con dificultad, como evidenció el movimiento de la nuez de su garganta, mientras yo, tras el cojín que me amordazaba, di gracias otra vez desde el fondo de mi corazón al hombrecillo amarillo.
En aquel momento, la diablesa de cabellos rojos tuvo que meter baza.
—No te preocupes. Hook habla mucho y no hace nada.
Hook se puso como la grana al recordar su promesa de liquidar al chino. Tragó saliva de nuevo y paseó la mirada alrededor como buscando un lugar donde ocultarse. Pero la muchacha le tenía bien amarrado; su influjo era más fuerte que la cobardía del hombre.
Súbitamente Hook se acercó al chino y mirándole desde la posición ventajosa que le proporcionaba su elevada estatura, le dijo:
—Tai, te ha llegado la hora. Estoy hasta las narices de tus humos. Te has creído que eres el rey aquí. Voy a...
Las palabras le fallaron y su voz se diluyó en el silencio.
Tai le miraba con sus ojos negros, tan duros e inhumanos como trozos de carbón. Los labios le temblaron y comenzó a titubear.
Dejé de sudar. El chino había ganado otra vez. Pero me había olvidado de la diablesa, que en aquel momento soltó una carcajada burlona que debió herir como un puñal al esperpento.
Un bramido surgió de lo más hondo de su pecho y un enorme puño cerrado fue a dar en el rostro impávido y amarillo de Tai.
La fuerza del puñetazo arrojó a éste al otro extremo de la habitación, pero mientras atravesaba el cuarto como un proyectil, pudo arreglárselas para volverse hacia Hook con una pistola en la mano. Aún no habían tocado sus pies en el suelo y ya había comenzado a hablar con aquella voz cultivada que le caracterizaba.
—Luego —dijo— ajustaremos cuentas. Ahora suelta esa pistola y no muevas un solo músculo hasta que yo me levante.
Hook, que aún no había terminado de sacar el revólver del bolsillo cuando el chino comenzó a apuntarle, arrojó el arma al suelo y permaneció en pie inmóvil y rígido mientras su rival se levantaba. Respiraba ruidosamente y sus pecas se destacaban nítidas, una por una, sobre la palidez espectral de su rostro.
Miré a la muchacha. En la mirada que dirigía a Hook había desprecio, pero no desilusión.
De pronto hice un descubrimiento: algo había cambiado en torno a aquella mujer.
Cerré los ojos y traté de recordar la habitación tal y como lo había visto antes de que los dos hombres se enzarzaran en la pelea. Al abrir los ojos de nuevo, descubrí la respuesta. Sobre la mesa que había junto a la muchacha había visto un libro y algunas revistas que ahora habían desaparecido. A medio metro poco más o menos de la muchacha se hallaba el maletín que llevaba Tai al entrar en la habitación. Supongamos que en ese maletín llevaba los bonos robados en el golpe que habían mencionado. ¿Qué había ocurrido? Lo más probable es que hubieran sido sustituidos por los libros y las revistas que había visto sobre la mesa. La chica había avivado el conflicto entre sus dos compinches para distraer su atención mientras hacía el cambio. ¿Dónde podía hacer escondido el botín? No lo sabía, pero sospechaba que abultaba demasiado para poder llevarlo encima.
Junto a la mesa había un sofá cubierto con una amplia funda de color rojo que colgaba hasta rozar el suelo. Mis ojos fueron del sofá a la muchacha. Ella interceptó mi mirada y por un segundo sus ojos brillaron con un destello de regocijo. Los había ocultado en el sofá.
Mientras tanto el chino se había metido en el bolsillo el revólver de Hook y decía a éste:
—Si no fuera porque aborrezco la sangre y porque pienso que quizá puedas sernos útil a Elvira y a mí durante nuestra huida, en este momento me liberaría del obstáculo que representa tu estupidez. Te daré otra oportunidad. Pero te recomiendo que lo pienses dos veces antes de entregarte a otro de tus impulsos violentos —se volvió hacia la muchacha—. ¿Has estado metiéndole ideas absurdas en la cabeza?
Ella rió:
—Nadie puede meterle ideas en la cabeza. Ni absurdas ni de ninguna clase.
—Quizá tengas razón —respondió y se acercó a examinar las ligaduras que me inmovilizaban los brazos y el cuerpo.
Las halló satisfactorias, recogió su maletín del suelo y sacó del bolsillo el revólver que le había quitado minutos antes al esperpento.
—Aquí está tu revólver, Hook. Ahora sé razonable. Creo que podemos irnos. Los viejos se fueron y deben andar ya camino de esa ciudad que no vamos a mencionar aquí delante de nuestro amigo. Allí esperarán a que les llevemos la parte que les corresponde. No necesito decir que tienen espera para rato. Pero entre nosotros tres no debe haber traiciones. Si queremos salir de ésta con vida, tenemos que ayudarnos.
Habría sido de gran efecto teatral que antes de abandonar la casa me hubieran largado un discursito sarcástico, pero no lo hicieron. Pasaron ante mí sin dirigirme siquiera una mirada de despedida y desaparecieron en la oscuridad del vestíbulo.
De pronto el chino volvió a la habitación de puntillas con un cuchillo en una mano y una pistola en la otra. ¿Era este el hombre a quien había agradecido interiormente el salvarme la vida? Se inclinó hacía mí. Con la mano en que empuñaba el cuchillo hizo un rápido movimiento a mi derecha, y el cordón que aprisionaba uno de mis brazos aflojó su presión. Respiré y mi corazón comenzó a latir de nuevo.
—Hook volverá —murmuró Tai. Luego desapareció. Sobre la alfombra, a un metro aproximadamente de distancia, había un revólver.
La puerta de la calle se cerró y durante unos momentos permanecí solo en la casa.
Pueden creerme si les digo que aquellos pocos minutos los pasé tratando de liberarme de las ligaduras de terciopelo rojo que me tenían prisionero. Tai había cortado el cordón sólo en un lugar, dejándome una cierta capacidad de movimientos, pero muy lejos de considerarme libre. Las palabras que había murmurado a mi oído, «Hook volverá», eran el aliciente que necesitaba para aplica toda mi fuerza a luchar contra aquellos cordones.
Ahora comprendía por qué el chino había insistido tanto en salvarme la vida. Yo era el arma de que iba a servirse para eliminar a Hook. Imaginaba que tan pronto como pisaran la calle, el esperpento inventaría una excusa para regresar a la casa y acabar conmigo. Si no lo hacía por iniciativa propia, estaba seguro de que el chino se lo sugeriría. Por este motivo había dejado una pistola a mi alcance y aflojado mis ligaduras, aunque lo menos posible con el fin de que no pudiera escapar antes de que Hook regresase. Estas meditaciones no disminuyeron en absoluto mi esfuerzo por desatarme. El porqué de la cuestión no me importaba en este momento tanto como lograr empuñar aquella pistola antes de que el esperpento volviera.
En el momento en que se abrió la puerta de la calle, acababa de liberar mi brazo derecho y sacaba el cojín de la boca. El resto de mi cuerpo seguía atado al sillón, aunque con las ligaduras flojas. Me tire de bruces al suelo, parando la caída con el brazo que tenía libre. La alfombra era gruesa. Caí sobre ella contorsionado y con el sillón a la espalda, pero con la mano derecha logré empuñar la pistola. El débil resplandor que bañaba la habitación me permitió ver al hombre que entró precipitadamente en el salón y arrancó de su mano un destello metálico.
Disparé.
Se llevó las dos manos al vientre, se dobló sobre sí mismo y cayó sobre la alfombra.
Aquel asunto estaba resuelto, pero sabía que era sólo el comienzo. Acabé de desatarme tratando de imaginar lo que pasaría luego. La muchacha había escondido los bonos bajo el sofá, de eso no me cabía la menor duda. Seguramente había planeado volver a por ellos, pero ahora que el esperpento se le había adelantado se vería obligada a alterar sus proyectos. Lo más probable es que le dijera al chino que Hook había sido el autor de la sustitución.
¿Qué pasaría entonces? Sólo cabía una respuesta: Tai volvería a buscar los bonos. Los dos volverían. El chino sabía que yo estaba armado, pero tratándose de como se trataba de cien mil dólares, estaba seguro de que no dudaría en correr el riesgo.
De una patada me liberé de la última de mis ligaduras y me arrastré después hasta el sofá. Allí estaban los bonos: cuatro gruesos fajos sujetos por anchas bandas de goma. Me los puse bajo el brazo y me acerqué al hombre que agonizaba junto a la puerta. Medio oculta bajo una de sus piernas estaba su pistola. La cogí, salté sobre el cuerpo, y salí de la habitación. En la oscuridad del vestíbulo me detuve a considerar la situación.
La muchacha y el chino se separarían para cortarme la salida. Uno entraría por la puerta principal y el otro por la trasera. Ese era el modo más seguro de hacerse conmigo. Mi jugada consistía, evidentemente, en esperarles escondido junto a una de las puertas. Abandonar la casa sería una locura. Eso era probablemente lo que ellos esperaban que hiciera y, en consecuencia, me habrían tendido una emboscada.
Decididamente esperaría oculto sin perder de vista la puerta principal. Uno de los dos tendría que entrar por ella una vez que se cansaran de esperarme fuera.
La luz de la calle se filtraba por el cristal de la puerta que iluminaba débilmente parte del vestíbulo. La escalera que conducía al piso superior proyectaba un triángulo de sombra lo bastante oscuro como para servir de escondite. Me agazapé en aquel pedazo triangular de noche y esperé. Tenía dos armas: el revólver que me había dado el chino y la pistola que le había quitado a Hook. Había gastado sólo una bala, lo que significaba que me quedaban once más —a menos que alguien hubiera disparado desde que las cargaron por última vez. Decidí examinar el cargador del revólver que Tai me había dejado. Pasé los dedos por el cilindro Tai había pensado en todo; me había dejado una sola bala la que había utilizado para liquidar a Hook.
Deje el revólver en el suelo y examiné el cargador de la pistola del esperpento. Estaba vacío. El chino no había dejado nada en manos del destino. Antes de devolverle el arma a Hook, había vaciado el cargador.
Mi situación era desesperada. Me hallaba solo y desarmado en una casa extraña donde pronto dos personas me acosarían. El hecho de que una de ellas fuera mujer no me tranquilizaba en lo más mínimo. Confieso que no era a ella a quien menos temía. Por un momento cruzó por mi mente el pensamiento de escapar de allí. La idea de hallarme de nuevo en la calle me atraía, pero la rechacé. Habría sido una locura y de las buenas. En aquel momento recordé los bonos que llevaba bajo el brazo. Ellos habrían de ser el arma con que podría defenderme, pero sólo si tenía buen cuidado de ocultarlos.
Salí del triángulo de sombra y subí las escaleras. Gracias al resplandor que llegaba de la calle, en las habitaciones superiores se veía lo suficiente como para poder moverme por ellas sin necesidad de dar la luz. Recorrí el piso entero una y otra vez, buscando lugar apropiado para ocultar los bonos. De pronto una ventana vibró bajo el impulso de una corriente creada al abrirse en algún lugar de la casa una de las puertas que daban al exterior. Y yo aún tenía los bonos en la mano.
La solución que me quedaba era arrojarlos por una ventana y tocar madera. Cogí la almohada de una cama, saqué la funda de un tirón y metí en ella los bonos. Después me asomé a una ventana abierta y hundí la mirada en la noche, buscando un lugar apropiado donde arrojar el botín. Tenía que evitar que los bonos armaran un escándalo al caer.
Al fin hallé el lugar ideal. La ventana daba a un patio estrecho. Al extremo opuesto de éste se elevaba una casa igual a aquella en que me encontraba. Era de idéntica altura y el tejado plano de cinc que la remataba terminaba en un ligero declive. Estaba lo bastante próximo como para poder arrojar a él sin dificultad la funda de almohada con los bonos. La lancé. Desapareció por el declive y la oí aterrizar suavemente al borde del tejado.
Hecho esto di todas las luces de la habitación, encendí un cigarrillo (a todos nos gusta hacer un poco de teatro de vez en cuando) y me senté en la cama a esperar mi captura. Podía jugar al ratón y al gato con mis perseguidores por toda la casa y cabía la posibilidad de que les atrapara, pero lo más probable es que me encajaran un balazo. Y no me gusta que me encajen balazos.
La muchacha fue quien me encontró.
Avanzó deslizándose por el pasillo con un revólver en cada mano, dudó por un instante a la puerta de la habitación y entró después súbitamente. Al verme tranquilamente sentado sobre la cama me dirigió una mirada de censura, como si estuviera haciendo algo malo. Mi deber, supongo, consistía en haberle dado motivo para disparar.
—Ya le tengo, Tai —exclamó. El chino entró en la habitación.
—¿Qué hizo Hook con los bonos? —me preguntó a bocajarro.
Miré con expresión burlona su rostro amarillo y jugué mi baza.
—¿Por qué no le pregunta a la chica?
Su cara permaneció impasible, pero su cuerpecillo seboso se tensó bajo el inmaculado traje inglés. Aquello me animó a llevar adelante la mentira que habría de servirme para sembrar la discordia.
—¿Es que no sospechaba —pregunté— que estaban conchabados para liquidarle?
—¡Maldito mentiroso! —gritó la muchacha, dando un paso hacia mí.
Tai la detuvo con gesto imperioso. Le lanzó una larga mirada de sus ojos negros y opacos, y mientras la miraba la sangre desapareció del rostro de la muchacha. Ella le tenía completamente dominado, de eso no cabía la menor duda, pero Tai no era tampoco un juguete inofensivo.
—Así que eso es lo que pasó, ¿eh? —dijo lentamente sin dirigirse a ninguno en particular. Y añadió enfrentándose conmigo—: ¿Dónde pusieron los bonos?
La muchacha se acercó a él y las palabras surgieron a borbotones de su boca:
—Dios es testigo de que lo que voy a decirte es verdad, Tai. Yo fui quien cambió los bonos. Hook no tuvo nada que ver. Yo pensaba engañaros a los dos. Los escondí bajo el sofá de la sala, pero han desaparecido. Te juro que digo la verdad.
Tai estaba deseoso de creerla y por añadidura había en sus palabras un deje de sinceridad.
Sospeché que estando como estaba enamorado de ella, estaría más dispuesto a perdonarle el intento de huir con los bonos que el plan de escapar con Hook, así que me apresuré a atizar el fuego.
—Parte de eso es verdad —continué—. Ella fue quien escondió los bonos bajo el sofá, pero lo hizo de acuerdo con Hook. Lo tramaron todo entre los dos mientras usted estaba arriba. Acordaron que él discutiría con usted y que durante la discusión ella escondería el botín. Y eso es exactamente lo que hizo.
¡Ya era mío! Cuando la muchacha se volvió salvajemente hacia mí, él le hundió el cañón de su revólver entre las costillas, enmudeciendo con ello la sarta de insultos que la boca femenina me dirigía.
—Dame tus pistolas, Elvira —exigió.
—¿Dónde están los bonos ahora? —me preguntó. Esbocé una sonrisa.
—No somos aliados, Tai. Somos enemigos.
—No me gusta la violencia —dijo lentamente—, y además creo que es usted una persona razonable. Lleguemos a un acuerdo, amigo mío.
—Usted tiene la palabra. ¡Hable! —respondí.
—Encantado. Como base de la negociación estipularemos que usted ha ocultado los bonos en un lugar donde nadie podrá encontrarlos y que yo, por mi parte, le tengo a usted completamente en mi poder, como solía decirse en los folletines.
—Hasta ahora de acuerdo —admití—. Continúe.
—Estamos en tablas. Ni usted ni yo jugamos con ventaja. Como detective que es, usted desea capturar nos, pero somos nosotros los que le hemos capturado usted. Como ladrones que somos, queremos los bonos pero los bonos los tiene usted. Le ofrezco a la chica cambio de ellos y creo que es una oferta razonable. Yo tendré los bonos y la oportunidad de escapar. Usted tendrá un éxito parcial como detective. Ha matado a Hook y habrá capturado a la muchacha. Sólo le quedará encontrarme a mí y a los bonos, lo que no constituye, ni mucho menos, una tarea imposible. Si acepta convertirá su derrota en una victoria a medias con la posibilidad de convertirla en una victoria total.
—¿Cómo sé que me dará a la muchacha?
Se encogió de hombros.
—Naturalmente no puedo ofrecerle garantías. Pero ya se imaginará usted que una vez enterado de que pensaba abandonarme por el cerdo que yace ahí abajo, no puedo abrigar hacia ella sentimientos muy favorables Por otra parte, si la llevo conmigo tendré que darle la mitad del botín.
Estudié mentalmente la proposición.
—Yo lo veo de esta manera —respondí al fin—. Usted no es un asesino nato. Ocurra lo que ocurra yo saldré de ésta con vida. ¿Por qué he de ceder entonces? Me será más fácil encontrarles a usted y a la muchacha que a los bonos, que, por otra parte, son los más importantes del caso. Me quedo con ellos y acepto el riesgo de encontrarles a ustedes o no más adelante. Prefiero jugar sobre seguro.
—Tiene razón, no soy un asesino —dijo suavemente esbozando la primera sonrisa que había visto en sus labios, una sonrisa que no era precisamente agradable; había algo en ella que le hacía a uno estremecerse—. Aunque soy otras cosas que quizá no se le hayan ocurrido siquiera. Pero esta conversación carece de propósito. ¡Elvira!
La muchacha se acercó obediente.
—En uno de los cajones de la cómoda encontrarás sábanas —le dijo—. Rompe una de ellas en tiras lo suficientemente fuertes como para atar a nuestro amigo.
La muchacha se dirigió a la cómoda mientras yo me devanaba los sesos tratando de hallar una respuesta no demasiado desagradable a la cuestión que me planteaba mentalmente. La primera posibilidad que me vino a la mente no fue del todo halagüeña: tortura.
De pronto, un ligero susurro nos inmovilizó a todos.
La habitación en que nos hallábamos tenía dos puertas; una que daba al pasillo y otra que se abría al dormitorio vecino. El sonido procedía de la primera. Era un rumor de arrastrar de pies.
Rápidamente, sin hacer el menor ruido, Tai se colocó en un lugar desde el que dominaba la puerta del pasillo sin perdernos de vista ni a la muchacha ni a mí. El revólver se agitó como un ser viviente en su mano regordeta, lo que constituyó aviso suficiente para que ambos guardáramos silencio.
De nuevo se oyó rumor de pasos en el pasillo. El revólver pareció aletear en la mano de Tai con impaciencia. En el umbral de la puerta, la que daba al dormitorio vecino, apareció la señora Quarre con un enorme pistolón en la mano listo para disparar.
—¡Suelta el revólver, pagano del demonio! —gritó.
Tai, de muy buen acuerdo, soltó el arma y levantó las manos lo más alto que pudo antes de volverse hacia ella.
En aquel momento Thomas Quarre entraba por la otra puerta. Empuñaba una pistola tan grande como la de su mujer, aunque en su mano, dada su corpulencia, parecía de menor tamaño que aquélla. Miré a la anciana y me costó trabajo reconocer en ella a la frágil viejecita que horas antes me había servido una taza de té mientras pasaba revista a los vecinos. Esta que tenía ante mí era una bruja de la peor especie. Sus ojos descoloridos brillaban con ferocidad, sus labios marchitos se tensaban en una mueca lupina y su cuerpecillo enjuto temblaba de odio.
—Lo sabía —dijo con voz estridente—. Se lo dije a Tom tan pronto como nos hallamos lo suficientemente lejos como para detenernos a pensar. Sabía que querías jugárnosla. Sabía que este supuesto detective era compinche vuestro. Sabía que era todo un plan para birlamos a Thomas y a mí la parte de los bonos que nos correspondía. Pero voy a darte una lección, macaco amarillo. ¿Dónde están los bonos? ¿Dónde están?
El chino había recuperado su seguridad, si es que alguna vez la había perdido.
—Quizá nuestro robusto amigo quiera decírselo —dijo—. Estaba a punto de extraerle la información cuando hicieron esa entrada tan teatral.
—Thomas, por lo que más quieras, no te quedes ahí parado —espetó la vieja a su marido, que aún conservaba la apariencia del ancianito amable que me había obsequiado con un puro—. Ata bien a ese chino. No me fío un pelo de él y no me quedaré tranquila hasta que le tengamos bien sujeto.
Me levanté de la cama y me escurrí cautelosamente hacia un lugar que quedara fuera de la línea de fuego si lo que esperaba que ocurriera llegara a ocurrir.
Habían obligado a Tai a soltar su revólver, pero no le habían registrado. Los chinos son gente meticulosa; el que lleva revólver, generalmente lleva dos o tres. Si trataban de atarle sin registrarle previamente, lo más seguro es que hubiera fuegos artificiales. Por eso decidí hacerme a un lado.
El gordo de Thomas Quarre se acercó flemáticamente al chino para obedecer la orden de su mujer... y no pudo hacerlo con peor fortuna. Sin darse cuenta, interpuso su corpulenta humanidad entre el chino y la pistola de la anciana.
Las manos de Tai se movieron. Apareció una pistola automática en cada una de ellas
Una vez más, Tai se mostró fiel a su raza. Cuando un chino dispara, lo hace hasta vaciar el cargador. Aun cuando le rodeé la garganta con el brazo y le arrojé contra el suelo, continuó disparando y no paró hasta que al aprisionarle el brazo con mi rodilla disparó la última bala. Decidí no correr ningún riesgo y le oprimí la garganta hasta que sus ojos y su lengua me dijeron que, por el momento, había perdido contacto con la realidad. Luego miré alrededor.
Thomas Quarre yacía junto a la cama, muerto, con tres agujeros perfectamente redondos en la pechera de su blanco chaleco almidonado.
Al otro extremo de la habitación, la señora Quarre estaba tendida en el suelo boca arriba con las ropas perfectamente ordenadas en torno a su cuerpecillo frágil. La muerte la había devuelto el gesto afable que tenía cuando la vi por primera vez.
Elvira la pelirroja había desaparecido.
En aquel momento Tai se revolvió. Le saqué del bolsillo otro revólver más y le ayudé a sentarse en el suelo. Se pasó una mano regordeta sobre la garganta magullada y después miró fríamente en torno suyo.
—¿Dónde está Elvira? —preguntó.
—Escapó, por el momento.
Se encogió de hombros.
—No se quejará del éxito de la operación. Los Quarre y Hook muertos. Los bonos y yo, en sus manos.
—No me quejo —admití—, pero ¿podría hacerme un favor?
—Si puedo...
—¿Quiere decirme a qué viene todo esto?
—¿Cómo que a qué viene?
—Lo que oye. De lo que ustedes han dicho deduzco que robaron en Los Ángeles bonos por valor de cien mil dólares, pero no puedo recordar que se haya llevado a cabo un robo de tal calibre en los últimos días.
—¡Es increíble! —dijo con la mayor expresión de asombro de que él era capaz—. ¡Increíble! ¡Pero usted lo sabía todo!
—No sabía nada. Iba buscando a un muchacho llamado Fischer que se escapó de su casa en un rapto de furia hace una o dos semanas. Su padre me encargó que averiguara dónde vivía para poder ir a verle y tratar de convencerle de que regresara a casa. Alguien me dijo que podría hallar al muchacho en esta manzana de la calle Turk y por eso vine aquí.
No me creyó. Nunca llegó a creerme. Fue a la horca seguro de que le había mentido.
Cuando salí a la calle otra vez (¡y qué hermosa me pareció la calle Turk después de las horas pasadas en aquella casa!), compré un periódico que me informó de lo que quería saber. Un muchacho de veinte años, empleado de una firma de agentes de Bolsa de Los Ángeles, había desaparecido dos días antes cuando se dirigía a un banco llevando un fajo de bonos. Esa misma noche el muchacho y la chica pelirroja se habían inscrito en un hotel de Fresno, dando los hombre de señor y señora Riordan. A la mañana siguiente hallaron al muchacho muerto en la habitación. Le habían asesinado. La chica y los bonos habían desaparecido.
Eso era todo lo que decía el periódico. Durante los días siguientes, después de investigar por aquí y por allá, conseguí reconstruir paso a paso la mayor parte de la historia.
El chino, cuyo nombre completo era Tai Choon Tau, era el cerebro de la banda. Su especialidad consistía en una variación de la técnica raramente fallida de chantajear a un sujeto al que previamente se ha colocado en una situación comprometida.
Tai seleccionaba al mensajero de un banco o una firma de agentes de Bolsa encargado de transportar dinero o papel negociable en grandes cantidades.
Entraba entonces en el juego Elvira, quien se encargaba de seducir al muchacho (cosa que no debía resultarle muy difícil) y convencerle poco a poco de que huyera con ella llevándose la mayor cantidad de dinero o papel negociable que pudiera. La huida tenía lugar, y cuando ambos se disponían a pasar la primera noche juntos, aparecía Hook echando espumarajos por la boca y en son de pelea. La muchacha imploraba piedad llorando y mesándose los cabellos fingiendo impedir que Hook, en su papel de marido ofendido, hiciera picadillo al joven. Al fin ella le convencía y en definitiva el muchacho terminaba sin la chica y sin el fruto de su delito.
Unos se entregaban a la policía. Dos se habían suicidado. Este último había resultado más duro de pelar que los anteriores. Ofreció resistencia y Hook tuvo que matarle. Mucho decía en favor de la habilidad de la chica para representar su papel, el hecho de que ninguna de las víctimas había dicho a la policía una sola palabra que pudiera comprometerla; algunos habían llegado incluso a perjudicarse a sí mismos por encubrirla.
La casa de la calle Turk constituía el refugio de la banda. Por hallarse en San Francisco y no en Los Ángeles, donde había tenido lugar el robo, era doblemente segura. Los vecinos suponían que Hook y la muchacha eran hijos de los Quarre y que Tai era un cocinero chino. La pareja de ancianos, con su apariencia respetable, resultaba de gran utilidad cuando se trataba de convertir el botín en efectivo.
El chino murió en la horca. Tendimos la red más fina que pueda imaginarse en búsqueda de la chica. Todo lo que conseguimos fue reunir un ejército de muchachas pelirrojas. Pero Elvira no se hallaba entre ellas.
Me prometí que algún día...


La herradura dorada

[The Golden Horseshoe, 1924]
Un relato de El Agente de la Continental

No tengo nada emocionante que ofrecerle esta vez —me dijo Vance Richmond mientras nos estrechábamos las manos—. Sólo quiero que encuentre a un hombre, un hombre que ni siquiera es un criminal.
En su voz había un dejo de disculpa. Los dos últimos casos que este abogado de cara enjuta y grisácea me había encargado, habían acabado en auténticos escándalos callejeros acompañados de tiroteo, y supongo que pensaba que cualquier trabajo de menor monta me aburriría a muerte. Confieso que hubo un tiempo, cuando tenía unos veinte años y la Agencia de Detectives Continental acababa de contratarme, en que eso pudo ser cierto. Pero los quince años que habían transcurrido desde entonces me habían aplacado el gusto por los platos fuertes.
—El hombre que quiero que encuentre —continuó el abogado mientras nos sentábamos— es un arquitecto inglés llamado Norman Ashcraft. Es un hombre de unos treinta y siete años, de un metro setenta y cinco de estatura, buena facha, piel clara, pelo rubio y ojos azules. Hace cuatro años era el típico británico de aspecto conservador. Puede que haya cambiado ahora, pues estos últimos años me imagino que deben haberle sido bastante duros.
"El caso es el siguiente. Hace cuatro años los Ashcraft vivían juntos en Inglaterra, concretamente en Bristol. Al parecer la señora Ashcraft era muy celosa y por este motivo no dejaba nunca en paz a su marido. Para colmo, él sólo contaba con el producto de su trabajo, mientras ella había heredado de sus padres una considerable fortuna. Ashcraft era muy sensible al hecho de estar casado con una mujer rica y, en consecuencia, hacía todo lo posible por demostrar que no dependía del dinero de su esposa y que no se dejaba influenciar por él, actitud bastante absurda, pero que cabía esperarse de un hombre de su temperamento. Una noche ella le acusó de haber prestado demasiada atención a cierta mujer. Discutieron; Ashcraft hizo las maletas y se marchó.
"A los pocos días su esposa estaba arrepentida. Había caído en la cuenta de que su enojo carecía de fundamento a no ser el de los celos, y trató de encontrarle, pero Ashcraft había desaparecido. Consiguió rastrearle de Bristol a Nueva York y de allí a Detroit, donde había sido detenido y multado por alteración del orden público en una riña entre borrachos.
"A raíz de aquel incidente desapareció de nuevo y no volvió a aparecer hasta diez meses más tarde, en Seattle."
El abogado revolvió los papeles que tenía sobre el escritorio hasta dar con un informe.
—El 23 de mayo de 1923 mató de un tiro a un ladrón en el cuarto que ocupaba en un hotel de Seattle. Al parecer la policía de aquella ciudad sospechó que había algo de irregular en aquel crimen, pero no pudieron acusarle de nada, pues la víctima era indudablemente un ladrón. Con esto desapareció otra vez y no se volvió a saber de él hasta hace aproximadamente un año cuando la señora Ashcraft puso un anuncio en la columna correspondiente a anuncios personales de todos los periódicos de las principales ciudades de Estados Unidos, y un día recibió respuesta desde San Francisco. En la carta, redactada en términos muy correctos, su esposo le pedía simplemente que dejara de poner anuncios. Aunque ya no utilizaba el nombre de Norman Ashcraft, le molestaba verlo impreso en cada diario que leía'
"Ella le contestó a la lista de correos de aquella ciudad, avisándole de ello previamente por medio de otro anuncio. El respondió con otra carta bastante cáustica. Finalmente la señora Ashcraft volvió a escribirle pidiéndole que regresara a casa, a lo que él se negó, aunque en términos más amistosos. Intercambiaron después una serie de cartas en las que él confesó que se había aficionado a las drogas y que lo poco que le quedaba de orgullo le impedía verla hasta que no volviera a ser el que era. Ella le persuadió de que aceptara el dinero suficiente para rehabilitarse y desde entonces le envía mensualmente cierta cantidad a la lista de correos de esta ciudad.
"Mientras tanto, como no tenía parientes que la retuvieran en Inglaterra, liquidó sus asuntos allí y se vino a San Francisco para estar cerca de su marido cuando éste decidiera regresar a ella. Así ha pasado un año. La señora Ashcraft le sigue mandando una cantidad cada mes y continúa esperando su vuelta. El, por su parte, se ha negado repetidamente a verla y sus cartas están llenas de evasivas y referencias a la lucha que sostiene contra la droga, de la que se libera un mes para volver a caer en ella al siguiente.
"La señora Ashcraft, como es natural, comienza a sospechar que su esposo no tiene la menor intención de regresar a ella ni de renunciar a las drogas, que simplemente la está utilizando como fuente de ingresos regulares. He tratado de convencerla de que interrumpa los envíos durante cierto tiempo, pero se niega a hacerlo porque se considera responsable de todo lo ocurrido. Cree que aquella extemporánea expresión de celos es lo que provocó la desgracia de su marido y tiene miedo de hacer algo que pueda dañarle o inducirle a tomar medidas aún más perjudiciales. En ese aspecto es imposible hacerla cambiar de actitud. Quiere que Ashcraft vuelva a ella y se rehabilite, pero si él se niega a ello, está dispuesta a continuar pasándole una pensión durante el resto de su vida. Lo único que desea saber es qué le cabe esperar: Quiere acabar con esta terrible inseguridad en que vive.
"Lo que queremos es que usted encuentre a Ashcraft. Deseamos saber si hay esperanza de que vuelva a ser el hombre que era o si ha caído tan bajo que no existe recuperación posible. Esa es su tarea. Búsquele, averigüe lo que pueda, y luego, una vez que sepamos algo, decidiremos si es mejor concertar una entrevista entre los dos con la esperanza de que ella pueda convencerle, o no".
—Lo intentaré —respondí—. ¿Qué día hace la señora Ashcraft su envío mensual?
—El primero de cada mes.
—Hoy es el veintiocho. Eso me da tres días para terminar un asunto que tengo entre manos. ¿Tiene una foto de él?
—Desgraciadamente, no. Después de la discusión, la señora Ashcraft destruyó en un rapto de ira todo lo que pudiera recordarle a su esposo.
Me levanté y descolgué mi sombrero del perchero.
—Le veré el día dos —dije mientras salía de la oficina.
La tarde del día uno me fui a la Central de Correos y hablé con Lusk, el encargado en aquellos días de la lista de correos.
—Nos han informado de que un tipo que ando buscando —le dije a Lusk— vendrá a recoger su correspondencia a una de estas ventanillas. ¿Puede dar orden de que cuando venga me lo identifiquen?
Los inspectores de correos están a merced de una serie de regulaciones que les prohíben colaborar con detectives privados excepto en ciertos asuntos de decidido matiz criminal. Pero un inspector complaciente no tiene por qué someter a un detective a ningún martirio chino. Se le miente para que tenga una coartada en caso de que el asunto se complique, y el que él sepa que se le ha mentido o no, carece de importancia.
Así que volví al piso de abajo y me apliqué a la tarea de matar el tiempo sin perder de vista la ventanilla correspondiente a las letras A a D. El empleado a cargo de dicha ventanilla tenía instrucciones de hacerme una sería cuando alguien fuera a reclamar la correspondencia de Ashcraft. La carta de su esposa aún no había llegado, pero no quise correr ningún riesgo y me quedé vigilando hasta la hora del cierre.
A la mañana siguiente, poco después de las diez, empezó la función. Uno e los empleados me dio la señal en el momento en que un hombre de corta estatura vestido con un traje azul y sombrero flexible de color gris, se retiraba de una ventanilla con el sobre en la mano. Contaba unos cuarenta años de edad, aunque estaba muy avejentado. Su rostro tenía una consistencia pastosa, andaba arrastrando los pies y su traje pedía a gritos un buen cepillado y planchado.
Se vino derecho a la mesa frente a la cual me hallaba yo de pie fingiendo revisar unos papeles. Sacó un sobre grande del bolsillo y aunque sólo pude ver el frente por un segundo, me bastó para comprobar que estaba ya escrito y franqueado. Manteniendo la cara del sobre contra su pecho de modo que me era imposible leer la dirección, introdujo en él la carta que acababan de entregarle y humedeció la goma con la lengua. Pegó el sobre cuidadosamente y se dirigió hacia los buzones. Yo le seguí. No me quedaba otro remedio que utilizar el siempre socorrido recurso del tropezón.
Me adelanté un paso, fingí resbalar en el suelo de mármol y me aferré al hombre como tratando de recuperar el equilibrio. Fue un desastre total. En medio de aquel fingido resbalón, di un patinazo y ambos caímos al suelo enzarzados como un par de luchadores.
A duras penas logré ponerme en pie, le ayudé a levantarse, murmuré una disculpa y casi tuve que apartarle de un empujón para impedir que recogiera el sobre que yacía boca abajo en el suelo. Al entregárselo tuve que volverlo para poder leer la dirección:

Sr. D. Edward Bohannon
Café de la Herradura Dorada
Tijuana, Baja California, Méjico

Tenía la dirección, pero me había delatado. No había forma humana de que aquel hombrecillo vestido de azul no hubiera reparado en mi estratagema. Me sacudí el polvo del traje mientras él introducía el sobre en la ranura del buzón y se dirigía después a la puerta que daba a la calle Mission. No podía dejarle escapar con lo que sabía. A toda costa tenía que impedir que avisara a Ashcraft. Decidí utilizar otro truco tan viejo como el del resbalón y seguí al hombrecillo de nuevo.
En el momento en que le alcanzaba se volvió para ver si le seguía.
—Hola Micky —le saludé—. ¿Cómo van las cosas por Chicago?
—Usted se equivoca —respondió sin detenerse entreabriendo apenas la comisura de sus labios grisáceos—. No tengo nada que ver con Chicago.
Tenía ojos de color azul pálido y pupilas diminutas; los ojos del hombre adicto a la morfina o la heroína.
—Déjate de historias —le respondí—. Acabas de bajarte del tren esta misma mañana.
Se paró en la acera y se volvió hacia mí.
—¿Yo? ¿Quién se cree que soy?
—Eres Micky Parker. El "Holandés" nos dio el soplo de que venías a San Francisco.
—¡Está chiflado! —dijo mirándome con sorna—. No sé de qué demonios está hablando.
La verdad es que yo tampoco lo sabía. Levanté la mano derecha sin sacarla del bolsillo del abrigo.
—Como tú quieras —dije con voz amenazadora—.
De un salto, se apartó de mi abultado bolsillo.
—Oiga amigo —suplicó—. Usted se ha equivocado, de verdad se lo digo. No me llamo Micky Parker y hace un año entero que vivo en San Francisco.
— Eso tendrás que demostrármelo.
—Se lo demostraré —dijo ansiosamente—. Venga a mi casa conmigo y verá. Me llamo Ryan y vivo a la vuelta de la esquina, aquí en la calle Sexta.
—¿Ryan? —pregunté.
—Sí, john Ryan.
Aquello le delató. No creo que haya más de tres ladrones de solera en el país que no hayan usado el nombre de John Ryan por lo menos, una vez. Es el "John Smith" del hampa.
Aquel John Ryan en particular me condujo a una casa de la calle Sexta donde la patrona, una mujer de armas tomar de unos cincuenta años de edad con unos brazos tan musculosos y velludos como los de un herrero de aldea, me aseguró que su inquilino había vivido en San Francisco durante varios meses y que recordaba haberle visto al menos una vez al día durante las dos últimas semanas. De haber ido buscando realmente al mítico Micky Parker en Chicago, jamás hubiera creído a aquella mujer, pero dada la situación, fingí darme por satisfecho.
El asunto iba tomando mejor cariz. Había conseguido confundir a Ryan. Le había convencido de que le había tomado por otro hampón y que no era la carta de Ashcraft lo que me interesaba. Tal como estaban las cosas, podía considerarme relativamente a salvo. Pero dejar un solo cabo suelto es cosa que me inspira verdadero horror.
Ese pájaro era un drogadicto y me había dado un nombre falso, así que ...
—¿Cómo te vas defendiendo? —le pregunté.
—Hace un par de meses que no doy golpe —balbuceó—, pero pienso abrir una casa de comidas con un compañero la semana que viene.
—Vamos a tu habitación —sugerí—. Quiero hablar contigo.
La idea no le entusiasmó, pero, aunque a regañadientes, me condujo escaleras arriba. Ocupaba dos cuartos y una cocina en el tercer piso, dos habitaciones sucias y de olor nauseabundo.
—¿Donde está Ashcraft? —le espeté.
—No sé de qué me habla —balbuceó.
—Pues más vale que te vayas enterando —le aconsejé—, si no quieres pasarte una temporadita a la sombra.
—No puede acusarme de nada.
—¿Cómo que no? ¿Te gustaría que te echaran de treinta a sesenta días por vagancia?
—¡Qué vagancia ni qué niño muerto! Llevo quinientos dólares encima.
Le lancé una sonrisa burlona.
—No me vengas con esas Ryan. Tú sabes que un fajo de billetes no te sirve de nada en California. No tienes trabajo. No puedes justificar ese dinero. Eres que ni hecho de encargo para la Sección de Vagancia.
Daba por sentado que aquel individuo se dedicaba al tráfico de drogas. Si corría el riesgo de que aquello pudiera salir a la luz cuando le detuvieran, lo más probable es que estuviera dispuesto a vender a su compinche para salvar su propio pellejo, sobre todo si, tal como yo creía, Ashcraft no había cometido realmente ningún delito serio.
—Yo de ti —proseguí mientras él meditaba con la mirada clavada en el suelo—, sería buen chico y hablaría. Estás ...
Súbitamente se inclinó hacia un lado sin levantarse y echó una mano hacia atrás.
De una patada le saqué de su asiento.
Si no hubiera tropezado con la mesa, le habría tumbado. Aun así, el puñetazo que a renglón seguido le dirigí a la mandíbula, le alcanzó en pleno pecho y le hizo caer con la mecedora encima de él. La aparté de un manotazo y le arrebaté el arma, una pistola barata contrachapado del calibre 32. Luego volví a ocupar mi asiento al otro lado de la mesa.
Con aquel conato de lucha hubo suficiente. Se puso en pie gimiendo.
—Se lo diré todo. No quiero líos. Ese tal Ashcraft me contó que estaba sacándole el jugo a su mujer. Me dio diez dólares para que recogiera cada mes una carta dirigida a él y se la mandara a Tijuana. Le conocí aquí en San Francisco. Hace seis meses se fue a Méjico y ahora anda liado con una mujer allí. Antes de irse le prometí que le haría el encargo. Sabía que se trataba de dinero porque él lo llamaba su "pensión", pero no sabía que fuera nada ilegal.
—¿Qué clase de fulano es ese Ashcraft? ¿Qué es lo suyo?
—No lo sé. Puede que sea un estafador, pero se cuida de las apariencias. Es inglés y generalmente usa el nombre de Ed Bohannon. Le da bien a la droga. Yo no la gasto —esa sí que no me la tragué—, pero ya sabe usted lo que pasa en ciudades como ésta. Uno se roza con gente de todas las calañas. No tengo ni idea qué se trae entre manos.
Eso fue todo lo que pude sacarle. No pudo o no quiso decirme dónde había vivido Ashcraft en San Francisco ni con quién se había tratado.
Puso el grito en el cielo cuando se enteró de que pensaba entregarle a la Sección de Vagos y Maleantes.
—Usted dijo que me dejaría en paz si hablaba —gimoteó.
—No prometí nada. Además, cuando un fulano trata de largarme un balazo, eso para mí cancela cualquier acuerdo que tuviera con él. Así que, ¡andando!
No podía arriesgarme a dejarle en libertad hasta que pudiera localizar a Ashcraft. En cuando me diera la vuelta podía ponerle un telegrama y con eso mi plan se volatilizaba.
Fue una corazonada lo de encerrar a Ryan. Cuando le tomaron las huellas en la Jefatura de Policía, resultó ser un tal Fred Rooney, alias "jamocha", traficante de drogas fugado de la Prisión Federal de Leavenworth con ocho años de condena por delante.
—¿Podrá tenerlo a la sombra por lo menos un par de días? —pregunté al director de la prisión municipal—. Tengo un asunto pendiente y me vendría muy bien que le tuviera incomunicado durante ese tiempo.
—Desde luego —prometió el director—. Las autoridades federales no le reclamarán hasta dentro de dos o tres días. Hasta entonces le tendremos bien guardadito.
De la cárcel me fui a la oficina de Vance Richmond comunicarle el resultado de mis averiguaciones.
—Ashcraft recibe su correspondencia en Tijuana donde vive. Utiliza el nombre de Ed Bohannon y parece que está liado con una mujer allí. Acabo de poner a la sombra a uno de sus amigos, un prófugo que se encargaba de enviarle el correo.
El abogado descolgó el auricular. Marcó un número.
—¿Está la señora Ashcraft? Soy el señor Richmond. No le hemos encontrado aún, pero creemos que sabemos dónde está ... Sí ... Dentro de unos quince minutos...
Colgó el teléfono y se levantó.
—Nos acercaremos a casa de la señora Ashcraft y hablaremos con ella.
Un cuarto de hora después bajábamos del coche de Richmond en la calle jackson casi esquina a la calle Gough, frente a una casa de piedra blanca de tres pisos ante la cual se extendía un pequeño jardín de césped cuidadosamente cortado rodeado por una verja de hierro.
La Sra. Ashcraft nos recibió en una salita del segundo piso. Era una mujer alta de unos treinta años de edad, vestida con un traje gris que subrayaba su esbelta belleza. El adjetivo que mejor la describía era el de "clara"; claro era el azul de sus ojos, el tono rosado de su piel y el castaño de sus cabellos.
Richmond me presentó a ella y le dijo después lo que había averiguado, a excepción de lo referente a la mujer de Tijuana. También yo me callé que muy posiblemente su marido era ahora un delincuente.
—Me han dicho que su esposo está en Tijuana. Se fue de San Francisco hace seis meses y le envían la correspondencia a un café de esa ciudad, a nombre de Edward Bohannon.
Sus ojos se iluminaron, pero se abstuvo de hacer demostraciones de alegría. No era mujer para ello. Se dirigió al abogado.
—¿Quieren que vaya yo a Tijuana? ¿O prefiere ir usted?
Richmond negó con la cabeza.
—Ni usted ni yo. Usted no debe ir, y yo no puedo, al menos por ahora —se volvió hacia mí—. Tendrá que ir usted. Está más capacitado que nosotros para llevar este asunto. Sabe lo que conviene hacer y cómo hacerlo. La señora Ashcraft no quiere forzar a su esposo a nada, pero tampoco quiere dejar de hacer nada que pueda ayudarle.
La Sra. Ashcraft me tendió una mano fuerte y fina.
—Usted hará lo que crea más conveniente.
Aquellas palabras eran a la vez una interrogación y una expresión de confianza.
—Desde luego —prometí.
Me había caído bien aquella Sra. Ashcraft.
Tijuana no había cambiado mucho en los dos años que llevaba yo sin visitar la ciudad. Allí seguían, idénticos, los doscientos metros de calle sucia y polvorienta que se abría entre dos filas casi continuas de bares y cantinas. En las mugrientas calles laterales se refugiaban los tugurios que no habían hallado cabida en la calle principal.
El automóvil que me llevó desde San Diego, me vomitó en el centro de la ciudad a primera hora de la tarde, cuando el ajetreo diario no había hecho más que comenzar. Sólo dos o tres beodos vagabundeaban entre perros callejeros y mejicanos ociosos, pero una muchedumbre de borrachos en potencia había comenzado ya a hacer la ronda habitual de los salones.
En medio de la manzana siguiente vi una gran herradura dorada. Recorrí el corto trecho que me separaba de ella y entré en la cantina. Constituía un ejemplo característico del antro local. A la izquierda de la puerta de entrada, se hallaba la barra que ocupaba más o menos la mitad de la longitud del muro. Al final de ella había tres o cuatro máquinas tragaperras. Frente a la barra, junto a la pared de la derecha, una pista de baile se extendía desde el frente del local hasta una plataforma donde una orquesta de músicos grasientos —se disponía a comenzar su tarea. Tras de la orquesta había una fila de pequeños cubículos con una mesa y dos bancos en cada uno de ellos.
A causa de lo temprano de la hora, el local estaba medio vacío. Mi aparición atrajo la atención del camarero. Era un irlandés fornido de tez arrebolada y pelo rojizo que le caía en dos rizos sobre la cara ocultando la poca frente que tenía.
—Quiero ver a Ed Bohannon —le dije confidencialmente.
Volvió hacia mí unos ojos sin expresión.
—No conozco a ningún Ed Bohannon.
Cogí un lápiz, garrapateé en un papel "Trincaron a jamocha", y se lo alargué.
—Si alguien que dice ser Ed Bohannon pide este papel, ¿se lo dará usted?
—No veo por qué no.
—Muy bien —le dije—. Me quedaré un rato por aquí.
Me dirigí al otro extremo del salón y me senté a la mesa de uno de los apartados. Antes de que pudiera siquiera acomodarme en mi asiento, se instaló junto a mí una chica larguirucha que no sé qué extraña operación se habría hecho en el pelo, pero lo tenía de color púrpura.
—¿Me invitas a una copa? —me preguntó.
La mueca que esbozó probablemente pretendía ser una sonrisa. Fuera lo que fuera, me heló la sangre en las venas y ante la posibilidad de que la repitiera, decidí rendirme.
—Sí —respondí, y pedí una botella de cerveza al camarero que se había apostado, expectante, a mis espaldas.
La mujer del pelo color púrpura había liquidado su vaso de whisky y habría ya la boca para sugerirme que pidiera el siguiente (las prostitutas de Tijuana no se andan por las ramas), cuando sonó una voz a mi espalda.
—Cora, Frank te anda buscando.
Cora frunció el ceño y comenzó a buscar con la mirada por encima de mi hombro. Luego esbozó otra vez aquella mueca siniestra, y dijo:
—Está bien, Kewpie. ¿Quieres ocuparte tú de mi amigo? —y se fue.
Kewpie se sentó junto a mí. Era una chica llenita y de corta estatura, como mucho de dieciocho años de edad. Parecía una niña. El cabello moreno le caía en bucles sobre un rostro redondo de muchacho travieso.
Sus ojos eran risueños y atrevidos.
La invité a una copa y pedí para mí otra cerveza.
—¿En qué piensas? —pregunté.
—En beber,
Me dirigió una sonrisa burlona, una sonrisa tan infantil como la limpia mirada de sus ojos castaños.
—En trincarme todo lo que tengan.
—¿Y aparte de eso?
Sabía que aquel relevo no había sucedido porque sí.
—Me han dicho que andas buscando a un amigo mío.
—¿Quiénes son tus amigos?
—Por ejemplo, Ed Bohannon. ¿Conoces a Ed?
—No. Aún no.
—Pero, ¿le estás buscando?
—Sí.
—¿De qué se trata? Quizá yo pueda avisarle.
—Déjalo —dije echándome un farol—. Ese Ed se da demasiada importancia. El se lo pierde. Te invito a otro trago y me largo.
La muchacha reaccionó.
—Espera un minuto. Veré si puedo encontrarle. ¿Cómo te llamas?
—Digamos que me llamo Parker. Es un nombre tan bueno como otro cualquiera —ese era el que había dado a Ryan y el que primero me vino a la mente.
—Espera aquí —me dijo mientras se dirigía a la puerta trasera del local—. Creo que sé dónde está.
Diez minutos más tarde, un hombre entraba por la puerta delantera del establecimiento y se acercaba a mi mesa. Era un inglés rubio, algo menor de cuarenta años con todo el aspecto del hombre respetable que se ha dado a las drogas. No había llegado aún a lo más bajo, pero se hallaba en camino, como indicaban la opacidad de sus ojos azules, las bolsas bajo sus ojos, los surcos en torno a la boca, los labios entreabiertos y el tono grisáceo de su piel. Su aspecto era aún agradable gracias a lo que quedaba de su antigua prestancia.
Se sentó frente a mí.
—¿Me buscaba?
—¿Es usted Ed Bohannon?
Asintió.
—Pescaron a Jamocha hace un par de días —le dije—, y debe estar ya de vuelta en la prisión de Kansas. Logró enviarme recado desde la cárcel para que le avisara a usted. Sabía que yo pensaba venir a Tijuana.
Frunció el ceño sin levantar la vista de la mesa. Luego me lanzó una mirada penetrante.
—¿Le dijo algo más?
—No me dijo nada. Me mandó recado con un individuo. Yo ni le vi.
—¿Va a quedarse en Tijuana mucho tiempo?
—Dos o tres días —respondí—. Tengo aquí un asunto pendiente.
Sonrió y me tendió la mano.
—Gracias por el aviso, Parker. Si se viene conmigo, le daré algo decente de beber.
A eso sí que no tenía nada que objetar. Salimos de la "Herradura Dorada" y por una de las bocacalles llegamos a una casa de adobe que se levantaba allá donde la ciudad moría en el desierto. Me dejó en un cuarto que daba a la calle no sin antes señalarme una silla, y desapareció en la habitación contigua.
—¿Qué le apetece? —me preguntó desde allí—. ¿Whiskey de centeno, ginebra, whiskey escocés .... ?
—El último gana —le respondí interrumpiendo la enumeración.
Trajo una botella de Black and White, un sifón y unos vasos, y nos sentamos a beber. Bebimos y hablamos, hablamos y bebimos y ambos pretendimos estar mucho más borrachos de lo que estábamos aunque a decir verdad no pasó mucho tiempo antes de que los dos estuviéramos como cubas.
Aquello se convirtió pura y simplemente en un concurso de resistencia al alcohol. El trató de hacerme beber hasta reducirme a pulpa, una pulpa que soltara fácilmente todos sus secretos, y confieso que mi intención era exactamente la misma. Pero ninguno de los dos logró hacer muchos progresos.
—¿Sabes? —me dijo en un determinado momento de la tarde—. He sido un completo idiota. Tengo la mujer más encantadora del mundo y está empeñada en que vuelva a ella. Y sin embargo, aquí me tienes, dándole a la botella y a la droga mientras podría ser alguien. Soy arquitecto, ¿te enteras? Y de los buenos. Pero caí en la rutina, me mezclé con toda esta gentuza y es como si no pudiera salir de todo esto. Pero lo conseguiré, eso te lo digo yo.... Volveré con mi mujercita, la mujer más buena del mundo. Acabaré con la droga y con todo. Mírame bien. ¿Tengo yo pinta de drogado? Claro que no. Como que ya me estoy curando... Vas a verlo. Te lo demostraré. Voy a echar una pitada y luego verás como puedo dejarlo....
A duras penas se levantó de su asiento, fue al cuarto de al lado, y volvió dando tumbos trayendo una pipa de opio de ébano y plata en una bandeja también de plata. La depositó sobre la mesa y me tendió la pipa.
—Echa una a mi salud, Parker.
Le dije que prefería seguir dándole al whiskey.
—Si prefieres cocaína, puedo ponerte una inyección —me invitó.
Rechacé la cocaína. El se tendió cómodamente en el suelo junto a la mesa y así continuamos la fiesta, él fumando su opio y yo castigando a la botella, y ambos hablando para beneficio ajeno y tratando de sonsacarle lo más posible al otro.
Cuando Kewpie apareció a la medianoche, yo ya llevaba encima una buena curda.
—Parece que os divertís, ¿eh? —dijo riendo mientras se inclinaba a besar el pelo del inglés.
Se sentó de un salto sobre la mesa y echó mano a la botella.
—No puede irnos mejor —le respondí aunque quizá no muy claramente.
—Deberías ajumarte más a menudo, pescadilla. Te sienta bien.
No recuerdo si contesté, o no. Lo que sí recuerdo es que poco después me tendí en el suelo junto al inglés y me dormí.
Los dos días siguientes transcurrieron más o menos como el primero. Ashcraft y yo no nos separamos ni por un momento. La muchacha nos acompañó la mayor parte del tiempo y nosotros seguimos bebiendo interrumpiéndonos sólo para dormir la mona de lo que teníamos dentro. Pasamos aquellas horas, parte en la "Herradura Dorada" y parte en la casa de adobe, pero aún nos quedó tiempo para recalar de vez en cuando en alguno de los muchos tugurios de la ciudad. No llegaba a darme una idea clara de lo ocurría en torno mío, pero tampoco creo que nada se me pasara totalmente por alto.
Ashcraft y yo éramos en apariencia uña y carne, pero en el fondo ninguno de los dos llegó a confiar en el otro por muy borracho que estuviera, y puedo asegurar que lo estuvimos mucho. Ni que decir tiene que él seguía dándole a la pipa regularmente. Creo que la muchacha no era aficionada a la droga, pero sí tenía buen saque para el alcohol.
Al cabo de tres días de orgía ininterrumpida me encontré en el tren camino de San Francisco con una resaca monumental encima y haciendo una lista de lo que sabía y lo que sospechaba acerca de Norman Ashcraft.
La lista decía así.
(1) Ashcraft sospechaba o sabía que yo había ido a verle a causa de su mujer, el modo en que me había tratado no dejaba lugar a dudas; (2) al parecer había decidido regresar junto a su esposa, aunque no había garantías de que llegara a hacerlo; (3) su afición a las drogas no era incurable; (4) la posibilidad de que bajo la influencia de su mujer pudiera rehabilitarse, era remota. Físicamente no era caso perdido, pero sí había probado la vida del hampa y no parecía que le hiciera muchos ascos; (5) la muchacha llamada Kewpie estaba loca por él, mientras que a él la chica le gustaba, pero nada más.
Tras una noche de sueño reparador entre Los Angeles y San Francisco, me encontré en la estación de la esquina de las calles Tercera y Townsed. Para entonces la cabeza y el estómago me habían vuelto casi a su estado normal y mis nervios se habían tranquilizado. Desayuné más de lo que había comido en los últimos tres días y me dirigí a la oficina de Vance Richmond.
El señor Richmond está en Eureka —me dijo su secretaria.
— Puede usted llamarle por teléfono?
Podía, y lo hizo.
Sin mencionar nombres, le dije al abogado lo que sabía y lo que sospechaba.
—Entiendo —respondió—. Le sugiero que vaya a ver a la señora Ashcraft y le diga que la escribiré esta misma noche. Probablemente volveré a San Francisco pasado mañana. Creo que podemos esperar hasta entonces a tomar una decisión sin peligro de que ocurra nada.
Tomé un tranvía hasta la Avenida Van Ness, allí hice trasbordo y llegué a la casa de la señora Ashcraft. Llamé al timbre sin obtener respuesta. Después de insistir varias veces, me di cuenta de que en el suelo, ante la puerta, había dos periódicos. Miré las fechas. Eran el del día en curso y el del anterior.
Un hombre vestido con un mono descolorido regaba el jardín vecino.
—¿Sabe usted si se ha ido la gente que vivía en esta casa? —le pregunté.
—No creo. La puerta trasera está abierta. Lo vi esta mañana.
Se detuvo rascándose la barbilla.
—Aunque puede que hayan salido —continuó con lentitud—. Ahora que usted lo dice, ayer no les vi en todo el día.
Bajé la escalinata, di la vuelta a la casa, salté la cerca trasera y subí los peldaños que conducían a la entrada de servicio. La puerta de la cocina estaba entornada. Dentro no se veía a nadie, pero se oía correr el agua.
Llamé con los nudillos lo más fuerte que pude. No hubo respuesta. Empujé la puerta y entré. El sonido procedía de la pila.
Bajo un débil chorro de agua había un cuchillo de carnicero cuya hoja saldría unos treinta centímetros de longitud. Estaba limpio, pero la pared opuesta de la pila, allá donde salpicaba levemente el agua, estaba cuajada de manchas diminutas de un color marrón rojizo. Arañé una de ellas con la uña. Era sangre seca.
A excepción de la sangre, no vi nada que pudiera considerarse anormal. Abrí la puerta de la despensa. Todo estaba en orden. Frente a mí había una puerta que comunicaba con el resto de la casa. La abrí y avancé por un pasillo débilmente iluminado por la poca luz que llegaba de la cocina. Tanteaba en la penumbra el lugar donde suponía que hallaría el interruptor de la luz, cuando tropecé con un bulto blando.
Aparté el pie, busqué en el bolsillo una caja de cerillas, y encendí una. Un muchacho filipino yacía a mis pies a medio vestir con la cabeza y los hombros sobre el suelo del pasillo y el resto del cuerpo contorsionado sobre los primeros peldaños de una escalera.
Estaba muerto. Mostraba una herida en un ojo y una enorme cuchillada justo debajo de la barbilla. Sin necesidad siquiera de cerrar los ojos, pude reconstruir el crimen. El asesino había alcanzado a la víctima en lo alto de las escaleras, le había sujetado por la cara introduciéndole el pulgar en uno de sus ojos y echándole hacia atrás la cabeza para poder asestarle la cuchillada en el cuello. Después le había arrojado por las escaleras.
A la luz de una segunda cerilla, hallé el interruptor de la luz. Lo accioné, me abroché el abrigo y comencé a subir las escaleras. Aquí y allá se veían goterones de sangre oscurecida. En el descansillo del segundo piso, una enorme mancha roja destacaba sobre el dibujo del papel de la pared. En lo alto de las escaleras hallé otro interruptor y encendí la luz.
Avencé por el pasillo, me asomé al interior de dos habitaciones en que no vi nada que me llamara la atención y seguí adelante hasta doblar un ángulo del corredor. Allí me detuve de un salto a punto de tropezar con el cuerpo de una mujer.
Yacía en el suelo boca abajo con las rodillas dobladas bajo el cuerpo y las manos crispadas sobre el estómago. Iba vestida con un camisón y llevaba el largo cabello recogido a la espalda en una trenza.
Le puse un dedo sobre la nuca. Estaba fría como el hielo.
Me arrodillé junto a ella teniendo cuidado de no rozarla, y miré su rostro. Era la doncella que cuatro días antes nos había abierto la puerta a Richmond y a mí.
Me puse en pie y miré a mi alrededor. La cabeza de la sirvienta casi rozaba con una puerta cerrada. Evitando tropezar con el cadáver, la abrí y entré en un dormitorio evidentemente no era el de la doncella. Estaba lujosamente decorado en tonos grises y crema y adornaban las paredes unos grabados franceses. Todo estaba en orden en la habitación excepto la cama. Sábanas, colchas y mantas estaban apiladas sobre ella en confuso montón, un montón que, a decir verdad, abultaba demasiado...
Inclinado sobre el lecho, comencé a retirar una por una las cubiertas. La segunda apareció manchada de sangre. De un tirón aparté el resto.
Frente a mí apareció el cadáver de la Sra. Ashcraft.
Formaba un pequeño ovillo del que sobresalía solamente la cabeza que colgaba contorsionada de un cuello rebanado hasta el hueso. Cuatro profundos arañazos le cruzaban un lado del rostro, de la sien a la barbilla.
Vestía un pijama de seda azul, una de cuyas mangas había sido arrancada. Tanto éste como las sábanas estaban empapadas en sangre que las cubiertas habían mantenido húmeda.
Cubrí el cadáver con una manta, sorteé cuidadosamente el cuerpo de la mujer que yacía en el pasillo, y bajé encendiendo todas las luces que pude en busca de un teléfono. Lo encontré al pie de la escalera. Llamé primero a la policía y después a la oficina de Vance Richmond.
—Dígale al sefíor Richmond que la señora Ashcraft ha sido asesinada —le dije a la secretaria—. Estoy en casa de la víctima. Puede llamarme aquí.
Salí al exterior por la puerta principal y me senté en el escalón superior a fumar un cigarrillo mientras aguardaba a la policía.
Estaba destrozado. No era la primera ocasión en que veía más de tres muertos, pero ésta me había pillado con los nervios aún resentidos de tres días de borrachera.
Antes de que terminara mi primer cigarrillo, un coche de policía dobló la esquina a toda velocidad, paró frente a la casa y comenzó a vomitar hombres. El sargento O'Gar, jefe de la Sección de Homicidios, fue el primero en subir la escalinata.
—¿Qué hay? —me saludó—. ¿Qué ha descubierto esta vez?
—Al tercer cadáver me di por vencido —le dije mientras le conducía al interior de la casa—. Quizá un profesional como usted pueda encontrar alguno más.
—Para ser un aficionado, no se le ha dado mal —respondió.
Mi resaca se había desvanecido y estaba ansioso de poner manos a la obra.
Le mostré primero el cadáver del filipino y luego los de las dos mujeres. No hallamos ninguno más.
Durante las horas siguientes, O'Gar, los ocho hombres que había traído consigo y yo nos dedicamos por entero a las tareas de rutina en esos casos. Había que registrar la casa de arriba abajo, interrogar a los vecinos, llamar a las agencias que habían facilitado el servicio, localizar e interrogar a las familias y amigos del filipino y la doncella y también al chico de los periódicos, al de la tienda de ultramarinos, al de la lavandería, al cartero...
Una vez reunidos la mayor parte de los informes, O'Gar y yo nos escurrimos lo más discretamente que pudimos y nos encerramos en la biblioteca.
—Anteanoche, ¿eh? La noche del miércoles —gruñó O'Gar una vez que nos hallamos confortablemente instalados en sendos sillones de cuero fumando un cigarrillo.
Asentí. El informe del forense que había examinado los cuerpos, la presencia de los dos períodicos en la entrada y el hecho de que ni los vecinos, ni el chico de los recados de la tienda de ultramarinos ni el carnicero hubieran visto a ninguno de los habitantes de la casa desde el miércoles, hacía suponer que el crimen había ocurrido o el miércoles por la noche o durante las primeras horas de la mañana del jueves.
—Yo diría que el asesino forzó la puerta de servicio —continuó O'Gar mirando al techo a través del humo—, cogió un cuchillo en la cocina y subió las escaleras. Puede que se dirigiera directamente al cuarto de la señora Ashcraft o puede que no, pero lo cierto es que antes o después llegó allí. La manga arrancada y los arañazos del rostro de la víctima demuestran que ésta ofreció resistencia. El filipino y la doncella oyeron el ruido de la lucha o quizá los gritos de su señora y corrieron a ver qué pasaba. Lo más probable es que la criada llegara a la puerta del dormitorio en el momento en que salía el asesino y éste la mató allí mismo. Luego debió ver al filipino que salía huyendo, le alcanzó en lo alto de las escaleras y acabó con él también. Luego bajó a la cocina, se lavó las manos, dejó el cuchillo y huyó.
—Hasta aquí estoy de acuerdo —concedí—, pero veo que ha pasado por alto la cuestión de quién es el asesino y por qué hizo lo que hizo.
—No me agobie —gruñó—, ahora llegaba a eso. Al parecer tenemos tres posibilidades a elegir. El asesino tuvo que ser o un maníaco que simplemente mató por darse el gusto, o un ladrón que perdió totalmente la cabeza al verse descubierto, o alguien que tenía un motivo para liquidar a la señora Ashcraft y que se vio obligado a matar a los sirvientes que le sorprendieron.
Mi opinión es que fue alguien que tenía una razón para acabar con la víctima.
—No está mal —aplaudí—. Ahora escuche bien esto: el marido de la señora Ashcraft vive en Tijuana. Es un hombre ligeramente adicto a las drogas y anda mezclado con todo tipo de indeseables. Ella estaba tratando de convencerle de que regresara a casa. Lo que no sabía es que su esposo andaba liado allí con una muchacha que bebe los vientos por él y es una actriz estupenda, lo que se dice una chica de cuidado. El estaba pensando en dejarla y volver al lado de su esposa.
—¿Y bien? —dijo O'Gar lentamente.
—El problema es —continué—, que yo me hallaba con él y con la chica anteanoche, es decir, la noche del crimen.
—¿Y bien?
Alguien llamó con los nudillos a la puerta interrumpiendo nuestra conversación. Era un policía que venía a avisarme de que me llamaban por teléfono. Bajé al primer piso, tomé el auricular y escuché la voz de Vance Richmond.
—¿Qué ha pasado? La señorita Henry me transmitió el recado, pero no pudo darme ningún detalle.
Le puse al corriente de lo sucedido.
—Salgo para San Francisco esta noche —me dijo cuando hube terminado—. Usted continúe la investigación y haga lo que crea más conveniente. Tiene carta blanca.
—De acuerdo —repliqué—. Cuando usted vuelva probablemente estaré fuera de la ciudad. Puede localizarme a través de la Agencia. Ahora voy a telegrafiar a Ashcraft en su nombre para pedirle que venga.
Después de hablar con Richmond llamé a la cárcel municipal y pregunté al director si John Ryan, alias Fred Rooney, alias, jamocha, continuaba allí detenido.
— No. Los agentes de la policía federal se lo llevaron ayer por la mañana.
Volví a la biblioteca y le dije a O'Gar apresuradamente:
—Voy a tomar el tren de la tarde para San Diego. Apuesto lo que quiera a que el crimen se planeó en Tijuana. Voy a enviar un cable a Ashcraft pidiéndole que venga. Quiero sacarle de allí durante un par de días y si le hago venir a San Francisco usted se puede encargar de vigilarle. Le daré una descripción completa de él.
Espérele a la salida de la oficina de Vance Richmond. La media hora siguiente la dediqué a enviar apresuradamente tres telegramas. El primero iba dirigido a Ashcraft:

EDWARD BOHANNON
CAFE DE LA HERRADURA DORADA
TIJUANA, MEJICO

LA SEÑORA ASHCRAFT HA MUERTO. ¿PUEDE VENIR INMEDIATAMENTE?

 VANCE RICHMOND

Los otros dos los redacté en clave. En uno pedía a la sucursal de Kansas City de la Agencia Continental que enviara un agente a Leavenworth para interrogar a jamocha. En el otro rogaba a la oficina de Los Angeles que mandara un agente a San Diego, donde habría de encontrarse conmigo al día siguiente.
Hecho esto, corrí a mi apartamento, metí a escape unas cuantas prendas limpias en una maleta, y poco después me hallaba en el tren que avanzaba en dirección hacia el sur, dispuesto a echarme un buen sueño.
Al descender del tren a primera hora de la tarde del día siguiente, me recibió una ciudad alegre, atestada de visitantes que habían acudido a San Diego atraídos por el comienzo de la temporada hípica de Tijuana.
El acontecimiento había reunido a un público de la más variada condición: artistas de cine de Los Angeles, propietarios de fincas del Imperial Valley, marineros de la flota del Pacífico, jugadores, turistas, tiniadores, y hasta alguna que otra persona normal.
Comí, me registré en un hotel donde dejé la maleta y me dirigí al Hotel Grant donde debía encontrarme con el agente enviado por la oficina de Los Angeles.
Le encontré en el vestíbulo. Era un hombre joven, de cara pecosa y unos veintidós años de edad. Tenía los ojos, de un gris brillante, clavados en un programa de las carreras de caballos que sostenía en la mano derecha, uno de cuyos dedos llevaba con un esparadrapo.
Pasé junto a él, me detuve a comprar un paquete de cigarrillos y, mientras lo hacía, corregí una imaginaria inclinación del ala del sombrero. Luego salí a la calle. El dedo vendado y mi gesto constituían la contraseña. Admito que son trucos inventados antes de la Guerra Civil, pero como aún siguen dando resultado, su antigüedad no constituye razón suficiente para descartarlos.
Avancé por la calle Cuarta en dirección opuesta a Broadway, la arteria principal de San Diego, y al poco rato, el detective me alcanzó. Se llamaba Gorman. En pocos momentos le informé de lo que debía hacer.
—Tiene que ir a Tijuana y montar guardia en el Café de la Herradura Dorada. Allí verá a una chica llenita encargada de hacer beber a los clientes. Es de corta estatura, cabellos rizados, ojos castaños, cara redonda, boca grande de labios rojos y hombros anchos. No puede pasársela por alto. Tiene unos dieciocho años de edad y se llama Kewpie. A ella es a quien tiene que vigilar. No se le acerque ni trate de ganarse su confianza. Cuando lleve usted allí una hora aproximadamente, entraré a hablar con ella. Quiero saber qué hace cuando me vaya y en los días siguientes —le di el nombre de mi hotel y el número de la habitación que ocupaba—. Venga a informarme cada noche, pero en público no dé nunca pruebas de conocerme.
Terminada la conversación, nos separamos.
Yo me dirigí a la plaza y permanecí sentado en un banco durante una hora. Luego me acerqué a la esquina y entablé una lucha a brazo partido por un asiento en la diligencia que partía para Tijuana.
Tras veinticinco kilómetros de camino polvoriento compartiendo con otras cuatro personas un asiento destinado a tres, y de una parada momentánea en el puesto de Policía de la frontera, me hallé frente a la entrada del hipódromo de Tijuana. Las carreras habían empezado hacía rato, pero una hilera ininterrumpida de espectadores continuaba entrando por la barrera giratoria.
Me dirigí a la fila de coches de caballos que esperaba ante el Monte Carlo, el gran casino de madera, me encaramé a uno de ellos, y di orden al cochero de que me llevara al barrio viejo.
El barrio viejo estaba desierto. La población en bloque se hallaba en el hipódromo viendo a los caballos hacer sus monadas. Cuando entré en la Herradura Dorada vi asomar el rostro pecoso de Gorman tras un vaso de mezcal. Ojalá que tuviera una constitución fuerte. La necesitaba si pensaba aguantar la guardia a base de una dieta de cacto destilado.
El recibimiento que me hicieron los habitantes de la Herradura no tuvo que envidiar al que haría una ciudad de provincias a su equipo de fútbol después de un triunfo en campo enemigo. Hasta el barman de los ricitos engomados me dirigió una sonrisa amistosa.
—¿Dondé está Kewpie? —pregunté.
—Cuidándole la familia al hermano Ed, ¿eh? —me espetó una enorme muchacha sueca—. Veré si puedo encontrarla.
Kewpie entró en ese momento por la puerta trasera y se abalanzó sobre mí asfixiándome a besos, abrazos, arrumacos y Dios sabe cuántas otras muestras de cariño.
¿Vienes a por otra curda?
No —respondí conduciéndola hacia la barra—. Esta vez se trata de negocios. ¿Dónde está Ed?
—Se fue al norte. Su mujer la palmó y fue a hacerse cargo de la lana.
—Y eso te destroza el corazón, ¿no?
—¡Cómo te lo diría! No sabes qué triste me tiene que papito se embolse ese montón de pasta.
Le dirigí lo que pretendía ser una mirada cargada de experiencia.
—¿Y crees que Ed va a volver a depositar el tesoro a
tus pies?
Sus ojos despidieron un fulgor oscuro.
—¿Qué diablos te ha dado? —preguntó.
Sonreí como quien se las sabe todas.
—Pasará una de estas dos cosas —predije—. O te dejará como estaba planeado, o va a necesitar hasta el último céntimo para salvar el pellejo.
—¡Cochino mentiroso!
Se hallaba de pie junto a mí, su hombro izquierdo casi rozando mi hombro derecho. Con un rápido movimiento se introdujo la mano izquierda bajo la falda. La empujé por el hombro hacia delante apartando su cuerpo lo más posible del mío. El cuchillo que había sacado quedó clavado en el reverso del tablero de la mesa. Era un puñal de hoja gruesa, equilibrado para facilitar una mayor puntería al arrojarlo. Echó un pie hacia atrás, clavándome uno de sus finos tacones en el tobillo. Rodeé su cuerpo con el brazo izquierdo y mantuve su brazo apretado contra el costado mientras ella liberaba el cuchillo de la mesa.
—¿A qué viene todo esto?
Alcé la mirada.
Frente a mí había un hombre que me miraba de pie con las piernas separadas y los puños apoyados en las caderas. Era un tipo alto y fornido de hombros anchos entre los que emergía un cuello amarillento largo, escuálido que a duras penas lograba sostener una cabeza pequeña y redondeada. Sus ojos parecían dos bolas de azabache pegadas a ambos lados de una nariz pequeña y aplastada.
—¿Qué se propone? —me gritó aquella belleza.
Era inútil tratar de razonar con él.
—Si es usted un camarero tráigame una cerveza y algo para la chica. Si no lo es, largo de aquí.
—Lo que le voy a traer es un ...
La muchacha se escurrió de entre mis manos y le hizo callar.
—Para mí, un whiskey —le ordenó bruscamente.
El desconocido gruñó, nos miró, primero a mí y luego a la chica, volvió a mostrar unos dientes roñosos, y se retiró.
—¿Es amigo tuyo?
—Más te vale no andarte con bromas con él —me advirtió sin responder a mi pregunta.
Luego devolvió el puñal a su escondite y se volvió hacia mí.
—¿Qué es eso de que Ed está metido en un lío?
—¿Leíste lo del asesinato en el periódico?
—Sí.
—Entonces puedes imaginártelo —contesté—. La única salida que le queda es echarte la culpa a ti. Pero dudo que pueda hacerlo. Si no puede, está arreglado.
—¡Estas loco! —exclamó—. Por muy borracho que estuvieras, sabes muy bien que la noche del crimen estábamos los dos aquí contigo.
—Puede que esté loco, pero no lo suficiente como para pensar que eso demuestre nada —corregí—. En lo que sí puede que esté loco es en que espero no irme de aquí sin llevarme el criminal atado a la muñeca.
Se echó a reír en mis narices. Yo reí también y me levanté.
—Nos veremos —le dije mientras avanzaba hacia la puerta.
Volví a San Diego y envié un telegrama a Los Angeles pidiendo que mandaran otro agente. Luego fui a comer algo y regresé al hotel a esperar a Gorman.
Llegó con retraso y oliendo a mezcal a diez leguas a la redonda. Dentro de todo, parecía bastante sereno.
—Por un momento, pensé que iba a tener que ayudarle a salir de allí a balazos —bromeó.
—Déjese de ironías —le ordené—. Su trabajo consiste en ver qué pasa y se acabó. ¿Qué ha descubierto?
—Cuando usted se fue, la muchacha y el hombretón se pusieron a cambiar impresiones. Parecían bastante nerviosos. Al rato, él salió del local, así que dejé a la chica y le seguí. Fue al centro y puso un telegrama. No pude acercarme para ver a quién iba dirigido. Luego regresó al bar.
—¿Quién es ese tipo?
—Por lo que he oído no es ningún angelito. Flinn el "Cuello de ganso", le llaman. Es el encargado de echar a los borrachos del local y de otros trabajitos por el estilo.
Si "Cuello de ganso" era el matón de plantilla de la Herradura Dorada, ¿cómo era posible que no le hubiera visto durante mi primera visita? Por borracho que estuviera, nunca se me habría pasado por alto semejante macaco. Y fue precisamente durante aquellos tres días cuando mataron a la Sra. Ashcraft.
—Telegrafié a su oficina para pedir que mandaran otro agente —dije a Gorman—. Se pondrá en contacto con usted. Encárguele de la chica y usted ocúpese de "Cuello de ganso". Creo que acabaremos encajándo los tres asesinatos, o sea que ándese con ojo.
— Como usted diga, jefe —respondió, y se fue a acostar.
Al día siguiente pasé la tarde en el hipódromo entretenido con los caballos mientras hacía tiempo hasta que llegara la noche.
Al terminar la última carrera, cené en la "Posada de la Puesta de Sol" y me dirigí después al casino principal, situado en el mismo edificio. Había allí reunida una muchedumbre de al menos un millar de personas que, a empujones, pugnaban por abrirse paso hasta las mesas de póker, dados, ruleta y siete y medio, ansiosas de probar fortuna con lo mucho que habían ganado o lo poco que no habían perdido en las carreras. No me acerqué a las mesas; mi hora de jugar había pasado. Entre el gentío traté de seleccionar a los que, por una noche, habían de ser mis ayudantes.
Pronto descubrí al primero, un hombre tostado por el sol que era, indudablemente, un campesino en traje de domingo. Se dirigía hacia la puerta con la expresión vacía del jugador a quien se le ha acabado el dinero antes de terminar la partida. Su congoja no se debe tanto a la pérdida en sí, como a la necesidad dé abandonar la mesa de juego.
Me interpuse entre el jornalero y la puerta.
—¿Le desplomaron? —pregunté compasivamente cuando llegó junto a mí.
Asintió con gesto vacuno.
—¿Le gustaría ganarse cinco dólares por unos minutos de trabajo? —le tenté.
Desde luego que le gustaría, pero ¿de qué se trataba?
—Quiero que venga conmigo al barrio viejo y mire bien a un hombre. Cuando lo haya hecho, le pagaré. No hay truco ni cartón.
La respuesta no le satisfizo completamente, pero, ¡qué caramba!, cinco dólares son cinco dólares y siempre quedaba la posibilidad de retirarse si no le gustaba cariz que toma ban las cosas. Así pues, se decidió probar suerte.
Dejé al bracero junto a una puerta y me fui derecho hacia otro candidato, un hombre bajo y regordete de ojos optimistas y boca de gesto débil que se mostró también dispuesto a ganarse cinco dólares del modo anteriormente descrito. El tercer individuo a quien repetí la oferta se negó a correr un riesgo semejante a ciegas. Al fin acabé convenciendo a un filipino vestido con un traje de glorioso color kaki, y a un griego corpulento que probablemente era o camarero o barbero.
Con cuatro me bastaba. Por otra parte, eran justo los hombres que necesitaba; lo bastante poco inteligentes como para avenirse a mis planes, pero, al mismo tiempo lo suficientemente honrados como para que pudiera fiarme de ellos. Les instalé en un coche de caballos y me los llevé al barrio viejo.
—Se trata de lo siguiente —les informé cuando llegamos—. Voy a entrar al Café de la Herradura Dorada que está a la vuelta de la esquina. A los dos o tres minutos entran ustedes y piden algo de beber —le di al bracero un billete de cinco dólares—. Pague con esto. No se lo descontaré de su paga. Allí veran a un hombre alto y fornido de cuello largo amarillento y una cabeza diminuta en lo alto. Es imposible que les pase desapercibido. Quiero que le echen una buena mirada sin que él se dé cuenta de nada. Cuando estén convencidos de que podrían reconocerle en cualquier parte, háganme una señal discreta con la cabeza. Luego vuelvan aquí y les daré su dinero. Tengan cuidado de que nadie en el bar se dé cuenta de que me conocen.
El asunto les pareció raro, pero teniendo en cuenta que les había prometido cinco dólares por cabeza, y que en las mesas de juego con un poco de suerte... El resto pueden imaginárselo. Hicieron algunas preguntas que yo me negué a contestar, pero al fin accedieron.
Cuando entré en el local, "Cuello de ganso" se hallaba detrás de la barra echando una mano a los camareros. Y la ayuda estaba justificada; el local estaba de bote en bote.
No pude descubrir entre la muchedumbre la cara pecosa de Gorman pero sí descubrí el rostro enjuto de Hooper, el agente que habían mandado de Los Ángeles en respuesta a mi segundo telegrama. Algo más allá distinguí a Kewpie bebiendo en compañía de un hombre cuyo rostro reflejaba la repentina osadía de un marido modelo echando una cana al aire. Me hizo una seña con la cabeza pero no abandonó a su cliente.
"Cuello de ganso" me obsequió con un gruñido y la botella de cerveza que le había pedido. En ese momento entraron mis cuatro ayudantes que representaron sus papeles de maravilla.
Para empezar pasearon la mirada a su alrededor mirando uno tras otro a todos los rostros a través del humo y eludiendo nerviosamente las miradas que se encontraban con la suya. Al poco uno de ellos, el filipino, descubrió detrás de la barra al hombre que les había descrito. La emoción que le produjo el hallazgo le hizo pegar un salto de medio metro. Para acabarlo de arreglar, en el momento en que se dio cuenta de que "Cuello de ganso" le observaba, le volvió la espalda con gesto inquieto. En aquel momento, los otros tres descubrieron su presa y le lanzaron una serie de ojeadas tan conspicuamente furtivas como un bigote postizo. "Cuello de ganso" les respondió con una mirada aplastante.
El filipino se volvió hacia mí, asintió con la cabeza hasta casi romperse la barbilla contra el pecho, y se dirigió hacia la 'puerta. Los tres restantes apuraron sus copas y trataron de interceptar mi mirada. Yo, entretanto, leía un cartel que había colgado en la pared detrás de la barra:

EN ESTE LOCAL SOLO SE SIRVE AUTENTICO
WHISKY AMERICANO E INGLES DEL DE
ANTES DE LA GUERRA

Traté de contar cuántas mentiras encerraban aquellas palabras. Había encontrado ya cuatro, y perspectivas de varias más, cuando uno de mis compinches, el griego, se aclaró discretamente la garganta con el estruendo de un motor de explosión, "Cuello de ganso", con el rostro como la grana, avanzaba al otro lado de la barra con una pistola en la mano.
Miré a mis ayudantes. Sus gestos de asentimiento no habrían resultado tan terribles si no hubieran ocurrido todos a la vez, pero ninguno quiso arriesgarse a que yo apartara la mirada antes de que pudieran informarme de su hallazgo. Las tres cabezas asintieron a un mismo tiempo, señal que no pudo pasar desapercibida a nadie en varios metros a la redonda. Después los tres a una se dirigieron apresuradamente hacia la puerta con el fin de poner la mayor distancia posible entre ellos y el hombre del cuello escuálido con su juguete.
Vacié mi vaso de cerveza, salí a la calle y doblé la esquina. Mis cuatro ayudantes me esperaban apiñados en el lugar indicado.
—¡Le reconocimos! ¡Le reconocimos! —repitieron a coro.
—Buen trabajo —les felicité—. No pudieron hacerlo mejor. Creo que son ustedes detectives natos. Aquí tienen su dinero. Y ahora, muchachos, yo de ustedes no volvería a poner los pies en ese lugar, porque a pesar de lo bien que han disimulado —y conste que lo hicieron a la perfección— puede que ese tipo haya sospechado algo. Más vale pasarse de prudentes.
Se abalanzaron sobre los billetes y antes de que terminara mi discurso habían desaparecido.
A la mañana siguiente, poco antes de las dos, Hooper entraba en mi habitación del hotel de San Diego.
—Poco después de irse usted "Cuello de ganso" desapareció con Gorman pisándole los talones —me informó—. Luego la muchacha se dirigió a una casa de adobe a las afueras de la ciudad y entró en ella. Cuando me vine, aún no había salido. La casa estaba a oscuras.
Gorman no apareció.
A las diez de aquella mañana me despertó un botones que me entregó un telegrama cursado en Mexicali y que decía lo siguiente:

VINO AQUI ANOCHE EN AUTOMOVIL.
SE ALOJA CON UNOS AMIGOS.
PUSO DOS TELEGRAMAS.
GORMAN

Las cosas tomaban buen cariz. El tipo del cuello largo había caído en la trampa. Había tomado a mis cuatro jugadores frustrados por testigos y sus gestos de asentimiento por muestras de reconocimiento. "Cuello de ganso" era el asesino y por eso huía.
Me había despojado del pijama y estaba a punto de embutirme en mi pelele de lana, cuando regresó el botones con otro telegrama. Este lo firmaba O'Gar:

ASHCRAFT DESAPARECIO AYER

Llamé a Hooper por teléfono para sacarle de la cama.
—Vaya a Tijuana —le dije—. Vigile la casa donde dejó anoche a la muchacha a menos que la encuentre antes en la Herradura Dorada. Quédese de guardia hasta que aparezca. Cuando la vea, sígala hasta que se encuentre con un hombre rubio y fornido con aspecto de inglés y entonces sígale a él. Tiene algo menos de cuarenta años, es alto, de ojos azules y pelo rubio. Que no se le escape porque en este momento es el que más nos interesa. Yo voy para allá. Si mientras yo estoy con el inglés la chica nos deja, sígala a ella; si no, vigílele a él.
Me vestí, desayuné a toda prisa y tomé la diligencia de Tijuana.
A la altura de Palm City nos adelantó un automóvil deportivo marrón a tal velocidad que la diligencia, que llevaba una buena marcha, de pronto pareció que estaba parada. Al volante iba Ashcraft.
Cuando volví a ver el deportivo marrón, estaba estacionado ante la casa de adobe. Un poco más allá Hooper se hacía pasar por borracho mientras hablaba con dos indios vestidos con el uniforme del ejército mejicano.
Llamé con los nudillos a la puerta de la casa. La voz de Kewpie respondió: "¿Quién es?"
—Soy yo, Parker. Me han dicho que Ed acaba de volver.
—¡Oh! —exclamó. Y después de una pausa— ¡Entra!
Abrí la puerta y entré. El inglés se hallaba sentado en una silla con el codo derecho apoyado en la mesa y la mano correspondiente metida en el bolsillo de la chaqueta. Si esa mano empuñaba una pistola, era indudable que apuntaba hacia mi.
—¿Qué hay? —me dijo—. Me han dicho que ha andado haciendo conjeturas acerca de mí.
—Llámelo como quiera —acerqué una silla a medio metro aproximadamente de donde se hallaba, y me senté—. Pero no nos engañemos. Usted hizo que "Cuello de ganso" liquidara a su mujer para poder heredarla.
Su error consistió en elegir a semejante estúpido para hacer la faena ¡Salir a escape sólo porque cuatro testigos le identificaron! ¡Y una vez puesto a huir, irse a parar en Mexicali! ¡Vaya sitio que ha ido a elegir!
Supongo que estaba tan aterrado que esas cinco o seis horas por las montañas se le hicieron un viaje al fin del mundo.
Continué hablando.
—Usted no es ningún idiota, Ed, y yo tampoco. Quiero llevármelo al norte con las esposas puestas, pero no tengo prisa. Si no puede ser hoy, estoy dispuesto a esperar a mañana. Antes o después le agarraré a menos que alguien se me adelante, lo que confieso que no me partiría el corazón. Entre el chaleco y el estómago llevo una pistola. Si le dice a Kewpie que me la quite, estoy dispuesto a decirle lo que pienso.
El asintió lentamente con la cabeza sin quitarme la vista de encima. La muchacha se me acercó por la espalda. Deslizó una de sus manos por encima de mi hombro y la introdujo bajo mi chaleco. Sentí cómo mi vieja compañera de fatigas me abandonaba. Antes de apartarse de mí, Kewpie apoyó el filo de su cuchillo en mi nuca durante un instante, por si acaso se me olvidaba....
—Muy bien —continué una vez que el inglés se hubo metido mi pistola en el bolsillo con la mano izquierda—. Voy a hacerle una proposición. Usted y Kewpie cruzan la frontera conmigo para evitar problemas con los documentos de extradición y yo los pongo a la sombra. Lucharemos en los tribunales. No estoy absolutamente seguro de poder convencer al jurado. Si fracaso, serán libres; si lo logro, les colgarán. ¿Qué sentido tiene escapar? ¿Quiere pasarse el resto de su vida huyendo de la policía? Sólo para que al final le cojan o le liquiden tratando de huir. Admito que quizá salve el pellejo, pero ¿qué me dice del dinero que dejó su mujer? Ese dinero es lo que le interesa, lo que le indujo a cometer el crimen. Entréguese y quizá pueda disfrutarlo. Huya, y despídase de él para siempre."
Mi propósito era persuadir a Ed y a la chica de que huyeran. Si les llevaba a la cárcel, la posibilidad de que lograra demostrar su culpabilidad era bastante remota.
Todo dependía del giro que tomaran las cosas, de que pudiera probar que "Cuello de ganso" había estado en San Francisco la noche del crimen, y me temía que saldría con unas cuantas coartadas en su defensa. Lo cierto era que en la casa de la Sra. Ashcraft no habíamos podido hallar una sola huella, y aun en el caso de que yo pudiera demostrar que se hallaba en San Francisco la noche de autos, tendría que probar no sólo que había sido el autor del crimen, sino que lo había cometido en nombre de sus dos amigos, lo cual era aún más difícil.
Lo que quería es que la pareja huyera. No me importaba adónde fueran ni lo que hicieran con tal que pusieran pies en polvoroso. Aprovecharme de su huida era cosa que encomendaba a mi suerte y a mi inteligencia.
El inglés meditaba. Mis palabras le habían hecho mella, especialmente lo que había dicho acerca de "Cuello de ganso".
—Está usted completamente loco, pero...
Nunca llegué a saber cómo pensaba terminar la frase, ni si yo había ganado o perdido la partida.
La puerta se abrió de golpe y "Cuello de ganso" irrumpió en la habitación.
Entró cubierto de polvo y con el cuello amarillento estirado hacia delante. Sus ojos de azabache se posaron en mí. Sin moverse de donde estaba hizo un rápido giro de muñecas. En cada mano apareció un revólver.
—Las manos sobre la mesa, Ed —exclamó.
Si, como yo pensaba, Ed empuñaba una pistola con la mano que se ocultaba bajo la mesa, en este momento no le servía de nada. Una esquina del mueble le bloqueaba el tiro. Sacó la mano del bolsillo y la posó junto a la otra sobre el tablero.
—Y tú no te muevas —gritó "Cuello de ganso" a la muchacha.
Luego me miró durante cerca de un minuto.
Cuando al fin habló, lo hizo dirigiéndose a Ed y a Kewpie.
—Para esto me telegrafiasteis que viniera, ¿eh? ¡Una trampa! ¡El chivo de expiación! ¡Eso es lo que os habéis creído! Primero me vais a oír y luego saldré de aquí aunque tenga que tumbar a tiros al ejército mejicano entero. Yo maté a tu mujer, y a sus criados también...
Y lo hice por mil dólares...
En aquel momento la muchacha dio un paso hacia él gritando:
—¡Cállate, maldita sea!
—¡Tú eres la que tiene que callarse! —aulló "Cuello de ganso" mientras se aprestaba a disparar—. Yo soy el que habla aquí. La maté por...
Kewpie se inclinó hacia delante. Su mano izquierda desapareció como un rayo bajo la falda y un segundo después la levantaba en el aire... vacía... La bala del revólver de "Cuello de ganso" iluminó una hoja de acero que atravesaba el aire. La muchacha retrocedió despedida en giros por el impacto de las balas que le traspasaban el pecho. Al fin dio con la espalda contra la pared y cayó boca abajo en el suelo.
"Cuello de ganso" dejó de disparar y trató de articular un sonido. De su garganta amarillenta sobresalía la empuñadura oscura del cuchillo de Kewpie. Las palabras quedaron trabadas en la hoja. Dejó caer un revólver y trató de extraerse el arma. Apenas iniciado el gesto, la mano cayó inerte. "Cuello de ganso" se desplomó de rodillas, lentamente. Apoyó las palmas contra el suelo, rodó sobre un costado y quedó inmóvil.
Me abalancé sobre el inglés. El revólver de "Cuello de ganso" había caído entre mis pies y me hizo resbalar. Con una mano rocé la chaqueta de Ashcraft que se hizo a un lado con un movimiento rápido al tiempo que sacaba sus pistolas.
Me miraba con expresión dura y fría. Tenía los labios tan fuertemente apretados que apenas se adivinaba la ranura de su boca. Retrocedió lentamente mientras yo permanecía inmóvil en el lugar donde había tropezado. No dijo una sola palabra. Antes de salir tuvo un momento de duda. De pronto la puerta se abrió y se cerró. Ashcraft había desaparecido.
Recogí el arma responsable de mi caída, corrí junto a "Cuello de ganso", le arrebaté el otro revólver y me lancé a la calle. El descapotable marrón levantaba una nube de polvo a través del desierto. A diez metros de distancia vi estacionado un coche de alquiler negro cubierto de polvo. Salté a su interior, lo hice revivir y salí a toda velocidad en persecución de la nube.
El automóvil se hallaba en mucho mejor estado del que permitía adivinar su aspecto, lo que me hizo sospechar que se trataba de uno de los vehículos que se utilizaban para cruzar ilegalmente la frontera.
Lo traté con cariño, sin forzarlo. Durante cierta distancia, la nube de polvo y yo mantuvimos nuestras respectivas posiciones, pero al cabo de media hora comencé a ganar terreno. El piso había empeorado. En algún momento la carretera había dejado de ser asfaltada para convertirse en camino de tierra. Aceleré un poco a pesar de los terribles bandazos que me costaba la nueva velocidad.
Por un pelo evité darme contra una roca un encontronazo que me habría costado la vida, y miré adelante. El automóvil marrón había abandonado la carrera y estaba ante mí, detenido.
El conductor había desaparecido. Continué.
Detrás del deportivo un arma disparó. Tres veces. Sólo un tirador consumado habría podido acertarme por el modo en que me agitaba sobre el asiento, como una bola de mercurio sobre la palma de un poseído.
Ashcraft volvió a disparar desde su escondite y luego salió corriendo en dirección a un barranco de paredes abruptas y unos tres metros de profundidad que se abría a nuestra izquierda. Se detuvo un instante para hacer un nuevo disparo y luego, de un salto, se ocultó a mi vista.
Hice girar el volante, pisé con fuerza el pedal del freno y obligué al automóvil a patinar hacia el lugar donde Ashcraft había desaparecido. El borde del barranco se desmoronaba bajo las ruedas del vehículo. Solté el pedal del freno y salí dando tumbos.
El auto se precipitó al fondo del barranco.
De bruces sobre la arena y empujando, uno en cada mano, los revólveres de "Cuello de ganso", me asomé sobre el reborde del barranco. En aquel momento, el inglés, a gatas sobre el suelo, huía a toda prisa de la trayectoria del automóvil que se despeñaba rugiendo. En su mano aferraba una pistola: la mía.
—¡Suelta esa pistola y ponte de pie, Ed! —grité.
Rápido como una víbora giró sobre sí mismo y quedó sentado en lo más hondo del barranco apuntando con el arma hacia arriba. Mi segundo disparo le acertó en el antebrazo.
Cuando bajé junto a él le hallé sosteniéndose el brazo herido con la mano izquierda. Recogí el revólver que había dejado caer y le registré para ver si llevaba otro. Luego retorcí un pañuelo y se lo até a modo de torniquete algo más arriba de la herida.
—Salgamos de aquí y hablemos —le dije mientras le ayudaba a trepar la empinada ladera.
Subimos a su automóvil.
—Adelante. Hable todo lo que le dé la gana —me invitó—, pero no espere que yo participe en la conversación. No tiene nada contra mí. Usted mismo vio con sus propios ojos cómo Kewpie liquidó a "Cuello de ganso" cuando él la acusó de haber planeado el crimen.
—¿Cuál es tu versión entonces? —pregunté—. ¿Que la chica pagó a "Cuello de ganso" para que matara a tu mujer cuando se enteró de que pensabas volver a ella ?
—Exactamente.
—No está mal, Ed. Todo encaja perfectamente a no ser por un pequeño detalle. Que tú no eres Ashcraft.
Se sobresaltó y luego se echó a reír.
—Creo que su entusiasmo le está ofuscando el cerebro —bromeó—. Si lo que dice fuera cierto, ¿cree que habría podido hacer creer a una mujer que era su esposo sin serlo? ¿Supone que el señor Richmond no me hizo probar mi identidad?
—Te diré, Ed, creo que soy más listo que la señora Ashcraft y que Richmond. Supongamos que tenías un montón de documentos que pertenecieron a Ashcraft; papeles, cartas, notas de su puño y letra... Por poca habilidad que tuvieras con la pluma, no te habría sido difícil engañar a su mujer. En cuanto al abogado, lo de demostrar tu identidad fue un puro formalismo. A Richmond nunca se le pasó por la imaginación que pudieras ser otra persona.
"Al principio te propusiste aprovecharte de la señora Ashcraft poco a poco, sacarle una pensión vitalicia. Pero una vez que ella canceló todos sus asuntos en Inglaterra y se vino aquí, decidiste matarla y hacerte con todo. Sabías que era huérfana y no tenía parientes que la heredaran.
Sabías también que lo más probable era que nadie en América supiera que no eras Ashcraft."
—Y a todo esto, ¿dónde cree que está Ashcraft?
—Está muerto —respondí.
Se sobresaltó 'Aunque no quiso dar muestra alguna de emoción, sus ojos adquirieron detrás de su sonrisa una expresión méditabunda.
—Naturalmente es posible que esté en lo cierto —concedió—, pero aun así no sé cómo va a conseguir llevarme a la horca. ¿Puede probar que Kewpie sabía que yo no soy Ashcraft? ¿Puede probar que sabía por qué la señora Ashcraft me enviaba dinero? ¿Puede probar que sabía lo que me traía entre manos? Creo que no.
—Es probable que te libres —admití—. Nunca se sabe cómo va a reaccionar un jurado y no me importa confesar que preferiría saber más de lo que sé acerca de esos crímenes. ¿Te importaría entrar en detalles de cómo suplantaste a Ashcraft?
Frunció los labios y se encogió de hombros.
—Se lo diré. Al fin y al cabo ya no tiene gran importancia. Si van a meterme en la cárcel por suplantación de personalidad, confesarme autor de un robo no puede empeorar mucho las cosas.
"Comencé como ladrón de hotel —dijo el inglés después de una pausa—. Cuando la cosa comenzó a ponérseme difícil en Europa, decidí venir a los Estados Unidos. Una noche, en un hotel de Seattle forcé la cerradura de una habitación del cuarto piso y entré. Apenas había cerrado la puerta tras de mí, cuando oí el rasguño de la llave en la cerradura. La habitación estaba completamente a oscuras. Encendí la linterna, descubrí la puerta de un armario empotrado y me refugié en su interior.
"Por suerte el armario estaba vacío, lo que significaba que el ocupante de la habitación no tendría necesidad de abrirlo.
"Un hombre entró y prendió las luces. Al rato comenzó a pasear por la habitación. Durante tres largas horas paseó de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, mientras yo permanecía de pie en el interior del armario con un revólver en la mano dispuesto a utilizarlo en el momento en que se le ocurriera abrir la puerta. Tres horas se pateó aquel maldito cuarto. Luego se sentó a una mesa y oí el rasguñar de una pluma sobre el papel. A los diez minutos volvió a sus paseos, pero esta vez por poco rato. Oí el clic de la cerradura de una maleta al abrirse y luego un disparo.
"Salí de mi escondite. El ocupante del cuarto estaba tendido en el suelo con un agujero en la sien. ¡Buena me la había hecho!
"En el pasillo se oían voces excitadas. Saltando sobre el cadáver me acerqué a la mesa y leí la carta que había estado escribiendo. Iba dirigida a una tal señora Ashcraft a un número de la calle Wine de Bristol, en Inglaterra. La abrí. En ella le comunicaba que iba a suicidarse y firmaba, Norman. Se me quitó un gran peso de encima. Al menos ya nadie pensaría que le había asesinado.
"Aun así me hallaba en una habitación ajena cargado de linternas y de llaves maestras... por no mencionar un revólver y un puñado de joyas que me había apropiado en el piso inferior. En aquel momento alguien llamó con los nudillos a la puerta.
"¡Llamen a la policía! —grité sin abrir para ganar tiempo.
"Luego me volví hacia el hombre que me había metido en aquel lío. Habría adivinado que era inglés sin necesidad de leer la dirección de la carta. Hay miles como él y como yo en Inglaterra, rubios, fornidos y relativamente altos. Hice lo único que podía hacer en aquellas circunstancias. Su sombrero y su abrigo seguían sobre la silla donde los había arrojado. Me los puse y deposité mi sombrero junto a su cuerpo. Me arrodillé a su lado y cambié,el contenido de sus bolsillos por lo que llevaba en los míos. Sustituí también su revólver y abrí la puerta.
"Esperaba que los primeros que entraran no le conocieran ni siquiera de vista, y aun en el caso contrario, no pudieran reconocerle inmediatamente. Esto me daría unos cuantos segundos para organizar mi desaparición. Pero cuando abrí la puerta me di cuenta de que las cosas no iban a salir como yo había imaginado. Allí estaban el detective del hotel y un policía. Me vi perdido, pero aun así representé mi papel. Les dije que al entrar en mi habitación había hallado a aquel tipo registrando mis maletas. Habíamos luchado y en medio de, la pelea había disparado un tiro.
"Los minutos pasaron tan lentos que parecían horas y nadie me denunciaba. Todos me llamaban señor Ashcraft. Mi intento de suplantación había resultado un éxito. Al principió el hecho me asombró, pero cuando averigüé más detalles sobre Ashcraft caí en la cuenta de lo que había sucedido. Había llegado al hotel aquella misma tarde y todos le habían visto con el abrigo y el sombrero que yo llevaba puestos. Por otro lado ambos respondíamos al tipo de inglés de cabello rubio.
"Más tarde me llevé una nueva sorpresa. Cuando la policía examinó sus ropas, hallaron que había arrancado todas las etiquetas. La razón la supe más tarde cuando leí su diario. Durante algún tiempo había estado debatiendose en la duda, alterando entre la decisión de suicidarse y la de cambiar su nombre y comenzar una vida totalmente nueva. Mientras contemplaba esta segunda posibilidad había arrancado todas las etiquetas de sus trajes. Pero yo no sabía nada de eso mientras me hallaba allí de pie, en medio de toda aquella gente. Lo único que sabía es que estaba ocurriendo un milagro.
"Al principio tuve que actuar con mucha cautela, pero después, una vez que revisé a fondo sus maletas, llegué a conocer al muerto como si fuera mi hermano. Conservaba una tonelada de papeles y documentos y, para colmo, un diario en que había escrito todo lo que había hecho y todo lo que pensaba hacer en su vida. Pasé la primera noche estudiando todos aquellos papeles, aprendiendo datos de memoria y practicando su firma. Entre las cosas que llevaba en el bolsillo había 1.500 dólares en cheques de viajero y quería cambiarlos lo antes posible.
"Permanecí en Seattle tres días haciéndome pasar por Norman Ashcraft. Había dado con un filón de oro y no iba a tirarlo por la ventana. La carta que escribió a su mujer podía librarme de la horca si algún día se descubría el pastel y, por otra parte, era más seguro quedarse y hacer frente a la situación que tratar de escapar. Cuando las cosas se calmaron, hice las maletas y me vine a San Francisco, donde volví a adoptar mi verdadero nombre, Ed Bohannon. Pero conservé todo lo que había pertenecido a Ashcraft porque había descubierto que su mujer tenía dinero y pensaba que si sabía ingeniármelas parte de él podría pasar a mis manos. La señora Ashcraft no pudo hacérmelo más fácil. Un día vi uno de los anuncios que puso en el Examiner, respondí, y aquí me tiene.
—¿No hiciste matar a la señora Ashcraft?
Negó con la cabeza.
Saqué un paquete de tabaco del bolsillo y coloqué dos cigarrillos sobre el asiento, entre los dos.
—Vamos a jugar a un juego. Quiero darme el gusto de saber una cosa. No comprometerás a nadie ni te acusarás de nada. Si hiciste lo que los dos estamos pensando, coge el cigarrillo que está de mi lado. Si no lo hiciste, coge el que está del tuyo. ¿Quieres jugar?
—No, no quiero —respondió enérgicamente—. No me gusta su juego. Pero sí le acepto el cigarrillo.
Extendió el brazo sano y eligió el cigarrillo que estaba
de mi lado.
—Gracias, Ed —le dije—. Ahora lamento decirte esto, pero voy a hacer que te cuelguen.
—¡Está usted loco!
—No me refiero al crimen de San Francisco, Ed —expliqué—. Me refiero al de Seattle. Un ratero de hotel en el cuarto de un hombre que acaba de morir de un balazo en la cabeza.— ¿Qué crees que va a pensar el jurado, Ed?
Comenzó a reír y poco a poco su risa se fue transformando en una mueca amarga.
—Claro que lo hiciste —le dije—. Cuando empezaste a madurar el plan para hacerte con la fortuna de la señora Ashcraft haciendo que otra persona la matara, lo primero que hiciste fue destruir la nota de despedida de su marido. Por muy cuidadosamente que la guardaras, siempre cabía la posibilidad de que alguien la encontrara y pusiera fin a tu juego. Había cumplido su propósito y ya no la necesitabas más. Conservarla habría sido una locura.
"No puedo hacer que te cuelguen por los crímenes que maquillaste en San Francisco pero sí conseguiré que te juzguen por el que no cometiste en Seattle. De un modo o de otro, se hará justicia. Vas a Seattle, Ed, a que te ahorquen por el suicidio de Ashcraft.
Y así fue.


El gran golpe

[The big Knockover, 1927]
Un relato de El gran golpe

Encontré a Paddy el Mexicano en el garito de Jean Larrouy.
Paddy, un estafador simpático que se parecía al rey de España, me mostró sus grandes dientes blancos en una sonrisa, con un pie me acercó una silla y le dijo a la chica que estaba sentada a la me­sa con él:
—Nellie, te presento al detective con el corazón más grande de todo San Francisco. Este gordito hará lo que sea por quien sea, a nada que crea po­der colgarle una cadena perpetua. —Se volvió ha­cia mí y con un movimiento de su cigarro me seña­ló la chica—: Nellie Wade, a ella no puedes echarle nada encima. No necesita trabajar: su viejo es con­trabandista de alcohol.
Era una muchacha delgada, vestida de azul, piel blanca, grandes ojos verdes y con el pelo corto co­lor de nuez. Su rostro, mustio hasta ese momento, revivió en un resplandor de belleza mientras tendía su mano hacia mí a través de la mesa. Ambos reí­mos por lo que había dicho Paddy.
—¿Cinco años? —me preguntó.
—Seis —la corregí.
—¡Maldita sea! —exclamó Paddy, sonriente, en tanto que hacía una seña al camarero—. Algún día estafaré a algún detective.
Hasta ese momento había estafado a todos: ja­más había dormido en una trena.
Miré otra vez a la muchacha. Seis años antes, esta Ángel Grace Cardigan había timado a media docena de tipos de Filadelfia, aunque no les había sacado demasiado. Dan Morey y yo le habíamos echado el guante, pero ninguna de sus víctimas quiso presentar cargos contra ella, de modo que hubo que soltarla. Por aquel entonces, era una jo­ven de diecinueve años, si bien le sobraban dotes y mañas.
En mitad del salón, una de las chicas de Larrouy empezó a cantar Tell Me What You Want And I'll Tell You What You Get. Paddy el Mexicano echó gine­bra de su propia botella dentro de los vasos con tó­nica que nos había traído el camarero. Bebimos y le entregué a Paddy un trozo de papel que llevaba escrito un nombre y unas señas.
—Itchy Maker me ha pedido que te pase esto —expliqué—. Le vi ayer en la casona de Folsom. Di­ce que es de su madre y que quiere que tú la visites y compruebes si necesita algo. Supongo que ha querido decir que debes entregarle su parte de vuestro último trabajo.
 —Hieres mis tiernos sentimientos —dijo Paddy; guardó el papel y sacó a relucir una vez más la bo­tella.
Bebí mi segunda tónica con ginebra y junté los pies, dispuesto a levantarme de la silla y a marchar­me a mi mesa. En ese instante, cuatro clientes de Larrouy llegaron desde la calle. Al reconocer a uno de ellos, cambié de idea y permanecí sentado. Alto, nada gordo, iba todo lo emperejilado que puede ir un hombre bien vestido. Sus ojos eran penetrantes, la cara aguda con unos labios que parecían cuchi­llos afilados y un bigote pequeño y bien recortado: Bluepoint Vance. Me pregunté qué estaría hacien­do a mil quinientos kilómetros de su coto privado de Nueva York.
Mientras me lo preguntaba, le di la espalda fin­giendo interesarme en la cantante que ofrecía a los clientes, en ese momento, / Want To Be A Bum. Por detrás de ella, lejos, en un rincón, entreví otra cara familiar que también pertenecía a otra ciudad: Happy Jim Hacker, gordo y sonrosado pistolero de Detroit, sentenciado a muerte dos veces y dos veces indultado.
Cuando volví a mirar al frente, Bluepoint Vance, con sus tres compañeros, se había situado a dos mesas de distancia. Se hallaba de espaldas a noso­tros. Estudié a sus compañeros.
Sentado frente a Vance, vi a un joven gigante de anchos hombros, pelo rojizo, ojos azules y una cara rústica que, a su modo brutal, casi salvaje, era bien parecida. A su izquierda estaba una joven de ojos astutos y oscuros, que llevaba un sombrero lamen­table. La chica hablaba con Vance. La atención del gigante pelirrojo se había concentrado en el cuarto miembro del grupo. La joven bien se lo merecía.
Ni alta ni baja, ni delgada ni regordeta. Llevaba una especie de túnica rusa negra, con bordados en verde de los que colgaban dijes de plata. En el res­paldo de su silla había extendido un abrigo de piel negra. Ella debía andar por los veinte: ojos azules, boca roja, rizos castaños asomando bajo el turban­te negro, verde y plata... y qué nariz. Atractiva, sin necesidad de perderse en detalles. Lo dije y Paddy el Mexicano asintió con un «así es» y Ángel Grace me sugirió que fuese a decirle a Red O'Leary que yo pensaba que la chica era atractiva.
—¿Red O'Leary es ese pájaro gigante? —pregun­té mientras me deslizaba hacia abajo en mi silla, para poder estirar mis pies bajo la mesa y por entre las piernas de Paddy y Ángel Grace—. ¿Quién es su hermosa amiguita?
—Nancy Reagan, y la otra es Sylvia Yount.
—¿Y ese soplagaitas que está de espaldas? —pro­bé sus conocimientos.
El pie de Paddy, en busca del de la joven por de­bajo de la mesa, tropezó con el mío.
—No me des de puntapiés, Paddy —le rogué—. Me portaré bien. Además, no pienso quedarme a recibir golpes. Me voy a casa.
Intercambiamos saludos y me dirigí hacia la puerta, dando la espalda a Bluepoint Vance.
Junto a la entrada, tuve que hacerme a un lado para dar paso a dos hombres que venían de la calle. Ambos me conocían, pero ninguno de los dos me dirigió el más breve saludo. Eran Sheeny Holmes (no el viejo que había montado el expolio de Moose Jaw en los tiempos de las carretas) y Denny Burke, el rey de Frog Island en Baltimore. Menuda pareja: incapaces de matar a nadie, a no ser que tuvieran ganancias aseguradas y cobertura política.
Una vez fuera, giré hacia Kearny Street y cami­né sin prisa; iba pensando que esa noche había lleno de ladrones en el garito de Larrouy, algo más que un simple goteo casual de visitantes notables. Desde un portal una sombra interrumpió mis elu­cubraciones. La sombra me dijo:
—¡Psss!
Me detuve y escudriñé hasta comprobar que era Beno, un vendedor de diarios casi tonto que me había pasado algunos datos, unos buenos, otros falsos.
—Tengo sueño —gruñí antes de acercarme a Be­no y a su montón de periódicos en el portal—. Ya me han contado lo del mormón que tartamudeaba, o sea que si es eso lo que quieres decirme, me mar­cho ahora mismo.
—De mormones no sé nada —protestó—. Pero sé otras cosas.
—¿Y?
—A ti te va bien decir «¿y?», pero lo que quiero saber es qué me tocará a mí.
—Échate en este agradable portal y duerme —le aconsejé mientras me encaminaba hacia mi casa—. Cuando despiertes te encontrarás muy bien.
—¡Eh! Oye, tengo algo para ti. ¡Lo juro por Dios!
—¿Y?
—¡Oye! —se acercó, susurrando—. Han montado un golpe contra el Nacional de Marinos. No sé cuál es la pandilla, pero es verdad... ¡Lo juro por Dios! No quiero engañarte. No puedo darte nom­bres. Sabes que te los daría si los supiera. Lo juro por Dios. Dame diez dólares. La noticia bien los va­le, ¿verdad? Es de las mismísimas fuentes..., ¡lo ju­ro por Dios!
—¡Sí, de la fuente de la plaza!
—¡No! Juro por Dios que yo...
—¿Qué golpe es ése, pues?
—No lo sé. Lo que he podido averiguar es que piensan limpiar a los Marinos. Lo juro por...
—¿Dónde lo has averiguado?
Beno sacudió la cabeza. Le puse un dólar de pla­ta en la mano.
—Cómprate otro poco de droga y piénsalo me­jor —le dije—. Si es lo suficientemente divertido, me lo contarás y te daré los otros nueve.
Me encaminé hacia la esquina; me rascaba la frente mientras analizaba el cuento de Beno. Así, tal cual, sonaba a lo que, seguramente, era: un cuento chino inventado para sacarle un dólar a un detective crédulo. Pero había más. El garito de Larrouy —sólo uno de los muchos que había en la ciudad— estaba poblado de bandidos que consti­tuían una amenaza contra vidas y propiedades. Por lo menos, valía la pena tenerlo en cuenta, sobre to­do sabiendo que la aseguradora que cubría al Ban­co Nacional de Marinos era cliente de la Agencia de Detectives Continental.
Al otro lado de la esquina, a menos de cuatro metros de Kearny Street, me detuve.
A mis espaldas, en la calle que acababa de aban­donar, habían sonado dos disparos: provenían de una pistola de grueso calibre. Volví sobre mis pa­sos. Cuando giré en la esquina vi un grupo de hom­bres en la calle. Un joven armenio, un chico guapo de diecinueve o veinte años, pasó a mi lado en di­rección contraria a la que yo llevaba, a paso lento, silbando Broken-hearted Sue.

Me uní al grupo que rodeaba a Beno y que ya era casi una muchedumbre. Estaba muerto; de los dos agujeros que tenía en el pecho, manaba la san­gre hasta el montón de periódicos arrugados sobre la acera.
Me acerqué al garito de Larrouy y eché un vista­zo. Red O'Leary, Bluepoint Vance, Nancy Reagan, Sylvia Yount, Paddy el Mexicano, Ángel Grace, Denny Burke, Sheeny Holmes y Happy Jim Hacker habían desaparecido: todos.
Regresé al lugar en que se hallaba el cadáver de Beno. De espaldas contra la pared, aguardé a que llegara la policía, preguntara cosas sin lograr nada ni encontrar testigos y a que se marchara, llevándo­se consigo los restos del vendedor de periódicos.
Me fui a mi casa y me acosté.

A la mañana siguiente pasé una hora en el archi­vo de la agencia, rebuscando entre fotografías y an­tecedentes. No teníamos nada sobre Red O'Leary, Denny Burke, Nancy Reagan ni Sylvia Yount; y sólo algunas suposiciones acerca de Paddy el Mexicano; ni una letra escrita sobre Ángel Grace, Bluepoint Vance, Sheeny Holmes y Happy Jim Hacker, pero estaban allí sus fotografías. A las diez en punto —hora de apertura de los bancos— salí, rumbo al Nacional de Marinos, con todas esas fotografías y la advertencia de Beno.
La oficina de la Agencia de Detectives Continen­tal en San Francisco está situada en un edificio de oficinas de Market Street. El Banco Nacional de Marinos ocupa la planta baja de un elevado edificio gris en Montgomery Street, en el centro financiero de San Francisco. Jamás me ha gustado caminar innecesariamente, ni siquiera siete manzanas, de modo que lo lógico hubiera sido que subiese a al­gún autobús. Pero había atasco en Market Street, de modo que fui andando, para lo cual giré en Grand Avenue.
Al poco de echar a andar comprendí que algo no iba bien en la zona de la ciudad hacia la cual me di­rigía. En principio, ruidos, estrépitos, traqueteos, explosiones. En Sutter Street, un hombre que pasa­ba a mi lado, entre gruñidos, se sostenía la cara con ambas manos como si quisiera poner en su lugar una mandíbula dislocada. Llevaba una mancha ro­ja en la mejilla.
Bajó por Sutter Street. El embrollo de tráfico llegaba hasta Montgomery Street. Hombres excita­dos, con la cabeza descubierta, corrían de un lado a otro. Las explosiones se oían con más nitidez. Un coche lleno de policías pasó calle abajo, a toda la velocidad que le permitía el tráfico. Una ambulancia venía, calle arriba, haciendo sonar su sirena, su­biéndose en la acera cuando el tráfico le impedía el paso por la calzada.
Crucé Kearny Street al trote. Al otro lado de la calle corrían dos policías. Uno llevaba el arma de­senfundada. Ante nosotros, los ruidos de las explo­siones formaban un coro siniestro.
Cuando giré en Montgomery Street me fui en­contrando cada vez menos mirones: el centro de la calzada estaba lleno de camiones, autocares de excursión y taxis, todos vacíos. Una manzana más arriba, entre Bush Street y Pine Street, el infierno estaba en pleno jubileo.
El jolgorio tenía su climax justo en el centro de la manzana, donde estaban, frente por frente, el Banco Nacional de Marinos y la Compañía Golden Gate.

Las siguientes seis horas las pasé más ocupado que una pulga en el cuerpo de una gorda.
Ya avanzada la tarde, me tomé un descanso en mi faena de sabueso y me fui a la oficina a celebrar junta con el Viejo. Estaba recostado en su silla, mi­rando por la ventana, repiqueteando sobre el escri­torio con su clásico lápiz amarillo.
Mi jefe era un hombre alto, robusto, de unos se­tenta años, bigote blanco, cara de niño-abuelo y plácidos ojos azules por detrás de unas gafas sin montura; un hombre tan acogedor como una soga de ahorcar. Cincuenta años de dar caza a toda cla­se de malhechores para la Agencia Continental le habían vaciado de todo lo que no fuese cerebro y un cortés modo de hablar. Su caparazón de corte­sía sonriente era siempre el mismo, independiente­mente de que las cosas le cayeran mal o bien y, por tanto, poco significaba en uno u otro caso. Quienes trabajábamos a sus órdenes nos enorgullecíamos de su sangre fría. Solíamos asegurar, en broma, que el Viejo era capaz de escupir hielo en pleno julio y, entre nosotros, le llamábamos Poncio Pilato, a cau­sa de su sonrisa amable cuando nos enviaba a que nos crucificaran en un caso suicida.
Apartó su vista de la ventana cuando entré, me señaló una silla con la cabeza y se pasó un extremo del lápiz por el bigote blanco. Sobre su escritorio, los diarios de la tarde vociferaban, a cinco colo­res, los titulares del doble atraco al Banco Nacional de Marinos y a la Compañía Golden Gate.
—¿Cuál es la situación? —me preguntó con el mismo tono con que podría haber preguntado qué tiempo hacía.
—La situación tiene sus bemoles —le expliqué—. Si hubo ladrones metidos en el asunto, han debido ser ciento cincuenta. Yo mismo he visto, o he creído ver, a unos cien, y había muchos más a quienes no he visto y que andarían por allí para entrar a to­do trapo cuando hicieran falta refuerzos frescos. Y han sacado tajada, sin duda. Embrollaron a la poli­cía y la han dejado hecha un asco de tanto ir y ve­nir. Han dado el golpe en los dos sitios a las diez en punto, se han apoderado de toda la manzana, han espantado del lugar a la gente sensata y a la que no, la han tumbado de un tiro. El saqueo era coser y cantar para una pandilla de esa envergadura. Vein­te o treinta por banco, mientras los demás aguanta­ban la cosa en la calle. No han tenido más que hacer el equipaje y llevárselo a casa.
»Ahora se está celebrando una reunión de ejecu­tivos indignadísimos, accionistas de ojos desorbita­dos y demás, que no paran de chillar pidiendo el corazón del jefe de policía. La policía no hace mila­gros, ya se sabe, pero no existe departamento de policía equipado para controlar catástrofe como ésta, se pongan como se pongan. Todo el atraco du­ró menos de veinte minutos. Ha habido, digamos, ciento cincuenta atracadores, bien armados para resistir y con los pasos calculados al centímetro. ¿Cómo se podría llevar a los polis necesarios, ha­cerse cargo de la situación, planear una estrategia y llevarla a la práctica en tan poco tiempo? Es muy fácil decir que la policía tendría que preverlo todo y disponer de un operativo para cada emergen­cia. Pero esos mismos pájaros que ahora gritan «corrupción» serían los primeros en aullar «¡qué robo!» si les subieran los impuestos un par de cén­timos para comprar más equipo y alistar más po­licías.
»Sin embargo, la policía ha fracasado, de eso no hay duda. Y van a rodar no pocas cabezas gordas. Los coches blindados no han valido de nada y las granadas han sido útiles a medias, puesto que los ladrones también conocían ese juego. Pero la ver­dadera desgracia del jaleo han sido las ametralla­doras de la policía. Banqueros e inversores han di­cho que ya estaban emplazadas: que las atascaron deliberadamente o que las manejaban sin saber, eso se lo pregunta todo el mundo. Sólo una de to­das esas ametralladoras llegó a disparar y no dema­siado bien.
»La huida fue por Montgomery hacia Columbus, en dirección al norte, pues. A lo largo de Columbus, el desfile se disolvió, de dos en dos co­ches, por las calles laterales. La policía montó una emboscada entre Washington y Jackson: cuando lograron abrirse camino hasta allí, los coches de los atracadores ya se habían esparcido por toda la ciudad. Ya se han hallado varios... vacíos.
»Aún no hay informes completos, pero hasta es­te momento lo que se sabe es más o menos lo si­guiente: el botín es de sabe Dios cuántos millones y, sin ninguna duda, el más alto que se haya conse­guido con armas convencionales. Dieciséis polis han quedado fuera de combate y hay una cantidad tres veces mayor de heridos. Doce espectadores inocentes, empleados de banco y clientes, han sido asesinados, y otros tantos, por lo menos, heridos de gravedad. Hay dos bandidos muertos, junto a otros cinco cadáveres de los que no se sabe si eran atra­cadores o mirones que se acercaron demasiado. Los asaltantes han perdido, que sepamos, siete hombres; hay treinta y un detenidos, todos con al­guna herida.
»Uno de los muertos es el gordo Boy Clarke. ¿Lo recuerda? Escapó a tiros del juzgado de Des Moines hace tres o cuatro años. Pues bien, le hemos encontrado en el bolsillo un trozo de papel con el plano de Montgomery Street entre Pine y Bush, la manzana del atraco. Por la parte de atrás del plano había instrucciones escritas a máquina, que le de­cían con exactitud qué debía hacer y cuándo. Una X en el plano le indicaba dónde aparcar el coche en el que tenía que llegar con sus siete hombres y ha­bía un círculo en el lugar en que debía apostarse con ellos, con los ojos puestos en las cosas en ge­neral y en las ventanas y los techos de los edificios del otro lado de la calle en particular. Los números 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8 en el plano señalan las puertas de entrada, escalones, una ventana profunda y de­talles similares, como sitios en los cuales parape­tarse, por si fuera necesario disparar contra techos y ventanas. Clarke no debía prestar atención al ex­tremo de la manzana limitado por Bush Street, pe­ro en cambio, si la policía cargaba por el lado de Pine Street, él y sus hombres tendrían que ir hacia allí para distribuirse en los puntos marcados con las letras a, b, c, d, e, f, g y h. Su cadáver estaba en el punto a. Cada cinco minutos, durante el atraco, debía enviar un hombre hasta un coche detenido en la calle, en el lugar señalado con una estrella, para ver si había nuevas instrucciones. Debía ad­vertir a sus hombres que si le mataban, uno de ellos tendría que comunicarlo a las personas del coche para que se les asignara un nuevo jefe. Cuando se diera la señal para la retirada, enviaría uno de sus hombres hacia el coche en que habían llegado al lugar. Si el coche estaba en condiciones de marcha aún, ese hombre debía sentarse al volante y avan­zar sin adelantar al coche que tuviese delante. Si el coche estaba inutilizado, el hombre tenía que acudir al coche marcado con la estrella en busca de instrucciones; allí le dirían cómo conseguir otro ve­hículo. Supongo que contaban con hallar una bue­na cantidad de coches aparcados con los cuales solucionar inconvenientes. Mientras estuviesen aguardando al coche, Clarke y sus hombres debían echar todo el plomo que pudiesen sobre cada uno de los blancos de su zona y nadie debía subir al coche hasta que el vehículo no estuviese justa­mente delante de cada cual; luego debían dirigir­se por Montgomery hacia Columbus, hasta... en blanco.
«¿Comprende usted? —pregunté—. Tenemos ciento cincuenta pistoleros divididos en grupos y con jefes de grupo, con planos y una lista de lo que debe hacer cada cual, con la indicación de la boca de incendio junto a la que debía arrodillarse, el ladrillo sobre el que había de poner los pies, el sitio en que debía escupir... ¡todo, menos el nombre y las señas del policía al que tenía que matar! Daba igual que Beno me contase o no los detalles: ¡los hubiera tomado por palabrería de drogadicto!
—Muy interesante —dijo el Viejo, con una son­risa blanda.
—La del gordo Boy ha sido la única lista de ins­trucciones que se ha encontrado —proseguí con mi informe—. He visto varias caras conocidas entre los muertos y los detenidos, y la policía aún tiene que identificar a otros. Algunos son cerebros loca­les, pero la mayoría parece género importado. De­troit, Chicago, Nueva York, St. Louis, Denver, Portland, Los Ángeles, Filadelfia, Baltimore: parece que de todos lados han enviado representantes. Tan pronto como la policía les identifique, le haré una lista de nombres.
»De los que no han sido detenidos, Bluepoint Vance parece ser el objetivo fundamental. Estaba en el coche que ha dirigido las operaciones. No sé quién más se hallaba junto a él. Shivering Kid esta­ba en los preparativos y creo que también Alphabet Shorty McCoy, aunque no logré verle bien. El sar­gento Bender me ha dicho que creyó ver a Toots Salda y a Darby M'Laughlin, y Morgan ha visto al Dis-and-Dat Kid. Una buena reunión de fueras de la ley: ladrones, pistoleros, estafadores y atracadores desde Rand a McNally.
»La jefatura ha sido una carnicería durante toda la tarde. La policía no ha liquidado a ninguno de sus huéspedes (que yo sepa, por lo menos), pero como hay Dios que les están transformando en creyentes. Los periodistas, que no hacen más que quejarse de lo que llaman tercer grado, andan por allí ahora. Después de unos golpes, algunos de los huéspedes han hablado. Pero la maldición de todo esto es que no saben una palabra. Conocen ciertos nombres: Denny Burke, Toby Lugs, el viejo Pete Best, el gordo Boy Clarke y Paddy el Mexicano. Algo es algo, pero ni los mejores brazos de la policía han podido sacar una sola palabra más a esos tipos.
»El atraco pueden haberlo organizado así: Den­ny Burke, por ejemplo, tiene fama de habilidoso en Baltimore. Pues bien, coge a ocho o diez mucha­chos tan astutos como él, de uno en uno. "¿Te gus­taría conseguir unos céntimos en la Costa?", les pregunta. "¿Cómo?", averigua el candidato. El rey de Frog Island responde: "Haciendo lo que te orde­nen. Tú ya me conoces; te aseguro que es la faena más rápida que jamás se haya pensado: una patada y todo arreglado. Todos los que intervengan volve­rán a casa con más pasta que la que nunca han so­ñado... y volverán si no abren la boca cuando no deben. Eso es lo que te propongo. Si no estás de acuerdo, olvídate".
»Esos tipos conocen a Denny, y si él dice que el trabajo es bueno, les basta con su palabra. Y se comprometen con él. Denny no les ha dicho nada, se ha asegurado de que tengan buenas armas, les ha dado un billete para San Francisco y veinte dó­lares a cada uno, y les ha dicho dónde le verían una vez aquí. Anoche los reúne a todos y les dice que el trabajo es hoy por la mañana. En esos momentos, ya se habían paseado por la ciudad lo suficiente co­mo para advertir que era un hervidero de talentos visitantes, incluyendo a reyezuelos como Toots Sal­da, Bluepoint Vance y Shivering Kid. O sea que esta mañana, tan chulos y arrogantes, con el rey de Frog Island en cabeza, se ponen en marcha, a ejecutar su tarea.
»Los demás heraldos habrán dicho cosas simila­res, aunque haya habido variantes. En medio del revoltillo del calabozo, la policía ha hecho lugar pa­ra meter algunos de sus chivatos. Pocos son los atracadores que se conocen entre sí, o sea que los chi­vatos han tenido una tarea fácil por delante. Sin embargo, lo único que han podido agregar a lo ya sabido es que los detenidos aguardan una liberación en masa para esta noche. Al parecer, piensan que la banda asaltará los calabozos y los pondrá en libertad. Lo más posible es que todo eso sea basura, pero esta vez la policía estará preparada, de todos modos.
»Ésta es la situación hasta el momento. La poli­cía barre las calles y detiene a cualquiera que nece­site un afeitado o que no pueda exhibir un certifi­cado de buena conducta firmado por su párroco; además vigila con especial atención los trenes ex­presos, los barcos y los autocares. He enviado a Jack Counihan y a Dick Foley a North Beach, para que merodeen por los lugares conocidos de reunión y vean qué logran averiguar.
—¿Crees que Bluepoint Vance ha sido el verda­dero cerebro de este asalto? —preguntó el Viejo.
—Eso espero... al menos le conocemos.
El Viejo hizo girar su silla para que sus ojos apa­cibles pudiesen contemplar otra vez el paisaje que se le ofrecía a través de la ventana y, con aire refle­xivo, tamborileó sobre el escritorio con el lápiz.
—Pues me temo que no —dijo con tono que pa­recía pedir perdón—. Vance es una alimaña, un criminal con mil recursos y mucha decisión, pero su debilidad es la más común entre los tipos de su cla­se. Sus aptitudes son buenas para una acción de momento, no para un plan de futuro. Ha llevado a cabo alguna operación de largo alcance, pero siem­pre he pensado que tenía detrás a otro cerebro dán­dole las ideas.
No podía discutir. Si el Viejo decía que algo era así o asá, lo normal era que así fuese, porque era uno de esos tipos que aunque estén viendo un nubarrón por la ventana se limitan a decir «Creo que está llo­viendo» porque piensan que alguien puede estar echando agua desde el tejado.
—¿Y quién será ese súper-cerebro? —pregunté.
—Es casi seguro que tú lo sabrás antes que yo —me dijo mientras me dirigía una de sus benévolas sonrisas.

Regresé a los calabozos para seguir ayudando a cocer a algunos detenidos en su propio jugo; has­ta las ocho, hora en que mi apetito me recordó que no había comido nada desde después de desayu­nar. Solucioné el asunto y luego me encaminé al bar de Larrouy, andando a paso lento, sin prisa, pa­ra que el ejercicio no interrumpiera mi digestión. Estuve en aquel antro durante casi una hora, sin ver a nadie que me interesara en especial. Pocos de los presentes me eran conocidos y ninguno demos­traba entusiasmo por acercarse a mí: en los círcu­los criminales suele ser poco saludable que te vean señalando con el mentón junto a un detective, justo cuando se acaba de llevar a cabo un trabajo.
Al no sacar nada en limpio de allí, me marché en dirección a otro agujero: el de Wop Healy, calle arriba. Me recibieron del mismo modo; me senté a una mesa y permanecí solo. La orquesta de Healy interpretaba Don't You Cheat con todas sus energías mientras los parroquianos que se sentían en buen estado atlético se descoyuntaban sobre la pista de baile. Uno de los bailarines era Jack Counihan, que tenía los brazos ocupados en torno a una chica robusta, de piel olivácea y de cara agradable pero facciones estúpidas.
 Jack era un muchacho alto, delgado, de veinti­trés años —o veinticuatro— que había aparecido como empleado de la Continental unos pocos me­ses antes. Era el primer trabajo que tenía y jamás lo hubiera conseguido de no haber insistido el padre en que si su hijito quería seguir disponiendo del di­nero familiar, debía hacerse a la idea de que ser universitario no era trabajo suficiente para toda una vida. Y así había llegado Jack a la agencia: ha­bía pensado que la faena de detective sería divertida. A pesar de que apresar al ladrón que tocaba en cada caso resultaba más difícil para él que elegir una corbata adecuada, era un prometedor talento detectivesco. Joven, agradable, de buena muscula­tura para su delgadez, de cabellos suaves, con cara y modales de caballero, nervioso y rápido de cabe­za y manos, rebosaba esa alegría juvenil a la que no le importa nada de nada. Tenía la cabeza completa­mente llena de pájaros, por supuesto, y necesitaba de alguien que lo sujetara, pero yo prefería trabajar con él en vez de hacerlo con no pocos hombres de experiencia que conozco.
Pasó media hora sin nada que me interesara.
Luego entró un muchacho; venía de la calle y era un chico delgado, vestido con ropas poco convencionales, pantalones muy ajustados, zapatos muy brillantes y con una impúdica cara cetrina de facciones muy pronunciadas. Era el muchacho que se me ha­bía cruzado silbando, Broadway abajo, un momento después de que Beno hubiese sido despachado.
Me eché hacia atrás en mi silla, de modo que el amplio sombrero de una mujer se interpusiera en­tre nosotros, mientras observaba al joven armenio esquivando mesas hasta llegar a una, en un rincón apartado, en la que estaban sentados tres hombres. El joven habló —tal vez no les dirigió a ellos más de una docena de palabras— y se alejó hacia otra mesa, en la que se hallaba sentado un hombre de nariz roma y pelo negro. El armenio se dejó caer sobre una silla, frente al hombre de la nariz roma, dijo unas pocas palabras, respondió con aire bur­lón a algunas preguntas del otro y pidió un trago. Después de haber bebido su copa, atravesó el salón para ir a hablar con un hombre de cara de halcón y de inmediato se marchó del bar.
Le seguí. Al salir, pasé junto a la mesa en que Jack estaba con su chica, y le eché una mirada fur­tiva. Una vez fuera, vi al armenio que se alejaba, a media manzana de distancia. Jack Counihan me dio alcance y me adelantó. Con un Fátima en la bo­ca le pregunté:
—¿Tienes una cerilla, hermano?
Mientras encendía el cigarrillo con una cerilla de la caja que Jack me había dado, le dije protegido por las manos:
—Ese pájaro de la ropa vistosa... síguelo. Iré de­trás de ti. Yo no le conozco, pero si ha sido él quien ha limpiado a Beno por hablar conmigo anoche, me conoce. ¡Pégate a sus talones!
Jack se guardó las cerillas en el bolsillo y se largó a la caza del muchacho. Le di cierta ventaja y luego le seguí. Y entonces ocurrió algo interesante. La calle estaba bastante llena de transeúntes. La mayoría eran hombres, algunos caminaban, otros holgazaneaban en las esquinas y frente a las paradas de venta de bebidas gaseosas. Cuando el joven armenio llegó a la esquina de un callejón, en el que había luz, dos hombres se le aproximaron y hablaron con él; entonces, se separaron, de modo que el muchacho quedó entre ambos. El armenio intentaba seguir caminando, al parecer sin prestar­les atención, pero uno de los hombres le detuvo ex­tendiendo un brazo frente a él. El otro hombre extra­jo su mano del bolsillo derecho y la alzó hasta la cara del muchacho: sus nudillos emitieron un cen­telleo plateado bajo la luz. Con un movimiento veloz, el muchacho eludió el brazo y el puño amena­zantes y atravesó el callejón a paso tranquilo, sin siquiera volverse a mirar de reojo a los dos hombres que, de inmediato, echaron a andar deprisa tras él.
Antes de que le diesen alcance, otro hombre les dio alcance a ellos. Era un individuo de anchos hombros, brazos largos y aspecto simiesco que yo no conocía. Con cada uno de sus brazos aprisionó a un hombre. Con sus garras en las respectivas nu­cas, los apartó de su trayectoria, los sacudió hasta hacerles caer los sombreros de la cabeza, hizo chocar ambos cráneos, que sonaron como maderas quebradas, y arrastró los cuerpos exánimes para ocultarlos callejón arriba. Mientras esto sucedía, el muchacho armenio seguía caminando, con su por­te airoso de siempre, sin echar ni una sola mirada hacia atrás.
Cuando el rompecráneos salió del callejón, pude verle la cara a la luz: era un rostro de piel oscura y rasgos pronunciados, ancho y plano, con músculos prominentes en unas mandíbulas que parecían convertírsele en abscesos por debajo de los lóbulos de las orejas. El mono aquel escupió, se alzó los pantalones y se escurrió hacia la calle, en pos del muchacho.
El armenio se metió en el bar de Larrouy. El rompecráneos le siguió. Salió el muchacho; por de­trás, a menos de un metro de distancia, le seguía el rompecráneos. Jack les había seguido hasta el interior del bar, pero yo me había quedado fuera.
—¿Sigue con los recados? —pregunté.
—Sí. Ha hablado con cinco hombres en el bar. Tiene un guardaespaldas estupendo, ¿verdad?
—Sí. Y tú tendrás que poner mucha atención para no meterte en medio de los dos —le aconsejé—. Si se separan, yo seguiré al rompecráneos y tú no sueltes al pájaro.
Nos separamos para continuar con nuestro jue­go. Nos hicieron recorrer todos los tugurios de San Francisco: cabarets, salones de billar, hoteluchos de mala muerte, bodegas, garitos y todo lo imagi­nable. En todos esos lugares el chico fue encon­trando hombres a los que transmitir su docena de palabras y, entre uno y otro lugar, fue encontrándo­se con otros hombres en algunas esquinas.
En varias ocasiones me sentí tentado de seguir a alguno de aquellos tipos, pero me resistía a dejar a  Jack solo con el muchacho y con su guardaespaldas: parecían ser muy importantes. Tampoco podía pedirle a Jack que siguiese él a alguno de aquellos hombres, porque no resultaba seguro para mí dejarme ver por el armenio. De modo que seguimos adelante con el juego tal como lo habíamos iniciado, siguiendo a nuestra pareja de agujero en aguje­ro, mientras la noche avanzaba hacia el día.
Unos pocos minutos después de medianoche, nuestros hombres salieron de un pequeño hostal en Kearny Street y, por primera vez desde que les se­guíamos, caminaron a la par, uno junto a otro, has­ta Green Street, donde giraron hacia el este a lo largo de Telegraph Hill. A media manzana de allí subieron los escalones de la fachada de una desven­cijada casa de huéspedes y desaparecieron en el interior del edificio. Me uní a Jack en la esquina en la que se había apostado.
—Ya ha entregado todas las invitaciones —su­puse—. De lo contrario, no habría permitido que su guardaespaldas entrase con él. Si durante la próxima media hora no sucede nada, yo me voy y tú te quedas de plantón aquí hasta mañana por la ma­ñana.
Veinte minutos después, el rompecráneos salió de la casa y se marchó calle abajo.
—Yo le sigo. Tú quédate a ver qué pasa con el crío —ordené a Jack Counihan.
El rompecráneos dio diez o doce pasos y se de­tuvo. Miró hacia atrás, hacia la casa, alzando la cara para observar los pisos superiores. En ese momento, Jack y yo pudimos oír lo que el mono había oído, el sonido que le había hecho detenerse. Arri­ba, en la casa, gemía un hombre. No era un gemido demasiado fuerte. Incluso en el momento en que se había elevado lo suficiente como para que nosotros pudiésemos oírlo, era débil. Pero en esa voz tem­blona, en esa única voz, se barruntaban todos los terrores mortales posibles. A Jack le castañeteaban los dientes; a mí se me erizaban los pelos y se me encogía el alma. Pero aun así no pude evitar que se me frunciera el entrecejo. El gemido era demasia­do débil, maldita sea, para ser como era.
El rompecráneos entró en acción. De cinco ági­les zancadas regresó a la casa. No pisó ni uno solo de los escalones de la fachada. De la acera pasó al interior del vestíbulo con un único salto que ningún mono podía haber superado en velocidad, agilidad y sigilo. Un minuto, dos minutos, tres minutos. El gemido cesó. Tres minutos más y el rom­pecráneos abandonaba la casa una vez más. Se detuvo en la acera para escupir y alzarse los panta­lones. Luego se perdió calle abajo.
—Ve tú tras él, Jack —ordené—. Iré a ver al mu­chacho ahora. No podrá reconocerme.
La puerta de entrada del hostal estaba no sólo sin llave, sino abierta de par en par. Eché a andar por un pasillo, en el que una luz mortecina, que ve­nía del piso superior, dibujaba apenas un tramo de escalera. Subí y giré hacia la parte delantera de la casa. El gemido provenía de esa zona, de ese piso o del siguiente. Era muy posible que el rompecrá­neos hubiese dejado abierta la puerta de la habitación ya que no se había entretenido en cerrar la puerta de la calle.
En el segundo piso no tuve suerte, pero el tercer  picaporte que tanteé con cautela en el tercer piso  giró y permitió que el borde de la puerta se separara de su marco. Ante aquella rendija aguardé un momento; no oí más que un sonoro ronquido pro­cedente del otro extremo del pasillo. Puse una palma contra la puerta y la abrí unos treinta centímetros más. Ningún sonido. El cuarto estaba negro  como los planes de un político honesto. Deslicé mi  mano por encima del marco, palpé unos centíme­tros del empapelado: el interruptor de la luz. En­cendí. Dos bombillas en el centro del cuarto arroja­ron su débil luz amarillenta sobre una habitación sórdida y sobre el muchacho armenio, que yacía  muerto, encima de la cama.
Entré en la habitación, cerré la puerta y me acerqué al cadáver. Los ojos del muchacho estaban abiertos y salidos de sus órbitas. Tenía una sien os­curecida por la marca de un golpe. Su garganta se abría en una línea roja que la atravesaba de oreja a oreja. Junto a esa línea, en los pocos puntos que no se hallaban cubiertos de sangre, el delgado cuello mostraba marcas oscuras. El rompecráneos había golpeado al chico en la sien y luego le había intentado estrangular. Pero el muchacho no estaba muerto y había recuperado la conciencia suficiente como para echarse a gemir: no la suficiente como para no hacerlo. El rompecráneos había regresa­do para rematar su faena con un cuchillo. Tres líneas rojas sobre las mantas de la cama indicaban los lugares en los que la hoja del cuchillo había sido limpiada.
Asomaban todos los forros de los bolsillos del armenio. El rompecráneos les había dado la vuelta. Revisé toda la ropa del cadáver; pero, tal y como es­peraba, no hallé nada: el asesino se lo había llevado todo consigo. El cuarto no me brindó nada más que unas pocas ropas que no ofrecían ninguna in­formación.
Hecho el registro, me quedé en medio del cuar­to, rascándome el mentón y sumido en cavilaciones. En el pasillo se oyó un crujido. Retrocedí tres pasos sobre mis zapatos con suela de goma y me metí dentro de un armario sucio, cuya puerta dejé entreabierta apenas.
Sobre la puerta sonó el repiqueteo de unos nudi­llos, mientras yo desenfundaba mi revólver. Los nudillos repiquetearon otra vez, en tanto que una voz femenina decía:
—¡Kid! ¡Eh, Kid!
Ni el golpe de los nudillos ni la voz eran fuertes. Alguien movió el picaporte. La puerta se abrió para dar paso a la chica de ojos inquietos a quien Ángel Grace había llamado Sylvia Yount.
La sorpresa le paralizó los ojos cuando los posó sobre el cuerpo del armenio.
—¡Santo infierno! —jadeó antes de marcharse.
Ya medio había salido del armario cuando oí que la joven regresaba, de puntillas. Metido nuevamente en mi agujero, aguardé con el ojo puesto en la habitación. Entró en el cuarto deprisa, cerró la puerta sin hacer ruido y se acercó a la cama para inclinarse sobre el cadáver del muchacho. Las manos de Sylvia Yount se movieron sobre el cuerpo, explorando los bolsillos, cuyos forros yo había me­tido en su lugar.
—¡Maldita suerte! —dijo la mujer en voz alta cuando terminó la estéril búsqueda. Luego se marchó, al parecer, de la casa.
Le di tiempo para que llegara a la acera. Se diri­gía hacia Kearny Street cuando abandoné el hospedaje. La seguí por Kearny hasta Broadway y por Broadway hasta el bar de Larrouy. El bar estaba lleno, sobre todo cerca de la puerta; los clientes en­traban y salían. Me encontraba a menos de dos me­tros de la chica cuando ella detuvo a un camarero para preguntarle con un susurro lleno de excita­ción:
—¿Red está aquí?
El camarero sacudió la cabeza.
—No ha venido esta noche.
La muchacha salió del bar y, taconeando a to­da prisa, se encaminó hacia un hotel de Stockton Street.
La observé desde el ventanal que daba a la calle, mientras se acercaba al mostrador y hablaba con el recepcionista. Éste negó con la cabeza. La joven volvió a hablar y el empleado le dio papel y sobre, sobre los cuales garabateó algo con un lápiz que había sobre el escritorio. Antes de abandonar mi posición para ocupar otra más protegida desde la cual me fuese posible cubrir la retirada de Sylvia Yount, me fijé a qué casillero iba a parar el sobre con la nota.
Desde el hotel, en un autobús, la chica se dirigió hacia la esquina de Market y Powell y luego subió por Powell hasta O'Farrell. Allí un joven de cara re­donda, que llevaba abrigo y sombrero grises, le salió al encuentro ofreciéndole el brazo y la condujo hasta un taxi, detenido en O'Farrell Street. Les dejé ir, no sin antes tomar nota del número de la matrí­cula del taxi: el hombre de la cara redonda parecía un cliente más que un compinche.
Eran algo menos de las dos de la mañana cuan­do regresé a Market Street y me dirigí hacia la oficina. Fiske, que está a cargo de la agencia por las noches, me dijo que Jack Counihan no había regre­sado ni se había comunicado con él aún. Nada nue­vo había sucedido. Le pedí que hiciese levantar a algún agente y al cabo de diez o quince minutos tu­vo éxito con Mickey Linchan, que se despertó para atender la llamada.
—Oye, Mickey —le dije—. Te he elegido la más hermosa esquina de la ciudad para que te quedes en ella por el resto de la noche. Así que ponte los pañales y te largas para allá, ¿vale?
Entre sus gruñidos y sus maldiciones, logré in­tercalarle el nombre y el número del hotel de Stockton Street, le describí a Red O'Leary y le ex­pliqué en qué casillero habían dejado la nota.
—Puede que Red no esté viviendo allí, pero es importante cubrir esa posibilidad —finalicé mi explicación—. Si le ves, trata de no perderle hasta que yo logre enviar a alguien que te lo quite de encima. —Colgué en medio de un estallido de maldiciones, provocado por mis palabras.
La central de policía estaba en pleno movimien­to cuando llegué, aunque nadie, todavía, hubiese intentado asaltar los calabozos del piso superior. Con intervalos de pocos minutos, llegaban nuevos lotes de sospechosos. Por todos los rincones había policías, uniformados o vestidos de paisano. La sa­la de detectives era un avispero.
Al intercambiar información con los detectives de la policía, les conté lo ocurrido con el muchacho armenio. Nos hallábamos organizando una excur­sión para visitar los restos mortales del chico cuan­do se abrió la puerta del despacho del capitán y el teniente Duff entró en la sala.
Allez! Oop! —dijo mientras apuntaba con un grueso dedo a O'Gar, Tully, Reecher, Hunt y a mí—. En Fillmore hay algo que vale la pena ver.
Le seguimos hasta su coche.

Nuestro destino era una casa gris de Fillmore Street. Gran cantidad de gente se había reunido en la calle, con la vista fija en la casa. Un camión de policía estaba aparcado frente a la puerta princi­pal; los uniformes policiales poblaban la entrada y la acera.
Un cabo de bigotes rojizos saludó a Duff y nos introdujo en la casa mientras nos explicaba:
—Han sido los vecinos quienes nos han pasado el dato; dijeron que había pelea y cuando llegamos aquí ya no quedaba quien pudiese reñir, de verdad.
Lo único que quedaba en aquella casa eran ca­torce hombres muertos.
Once de ellos habían sido envenenados: dosis excesiva de somníferos en la bebida, dijo el forense. A los otros tres los habían matado a tiros en el pasi­llo, a intervalos regulares. De todo ello se deducía que todos habían bebido un tonel entero —un tonel bien cargado— y que los que no habían bebido, fuese por templanza o porque sospechaban algo, habían sido asesinados de un disparo cuando in­tentaban huir.
La identidad de los cadáveres nos dio una idea de cuál había sido el nudo de la cuestión. Eran to­dos ladrones y se habían bebido el veneno a la sa­lud del botín del día.
No conocíamos a todos los muertos, pero todos nosotros conocíamos a algunos y los archivos nos dirían, más tarde, quiénes eran los otros. La lista completa parecía el Quién es Quién en el Mundo de los Ladrones.
Allí estaban el Dis-and-Dat Kid, que habían huido de Leavenworth dos meses atrás; Sheeny Holmes; Snohomish Shitey, quien se suponía que había muerto como un héroe en Francia, en 1919; L. A. Slim de Denver, sin calcetines ni ropa interior y, como siempre, con un billete de mil cosido a ca­da hombrera de la chaqueta; Spider Girrucci, que llevaba un chaleco a prueba de balas bajo la camisa y que lucía aquella cicatriz desde la coronilla hasta el mentón debida al cuchillo de su propio hermano; Old Pete Best, que en tiempos había sido congresis­ta; Nigger Vojan, que alguna vez había ganado ciento setenta y cinco mil dólares en una partida de póquer en Chicago (sobre su cuerpo, en tres lugares distintos, tenía tatuada la palabra Abracadabra; Alphabet Shorty McCoy; Tom Brooks, cuñado Alphabet Shorty e inventor de aquel tiovivo de Richmond, con cuyas ganancias había construido hoteles; Red Cudahy, que había asaltado un tren de la Union Pacific en 1924; Denny Burke; Bull McGonicke, pálido todavía tras los quince años que había pasado en Joliet, y Toby Pulmones, compinche de Bull, que solía jactarse de haberle limpiado el bolsillo al presidente Wilson en un cabaret dudoso de Washington. El último de la lista era Paddy el  Mexicano.
Duff echó una mirada a los cadáveres y no pudo por menos que dejar escapar un silbido.
—Otro par de golpes como éste —dijo— y nos quedaremos todos sin trabajo. Ya no quedarán ladrones de los que haya que proteger a los ciudadanos honestos.
—Me alegra que esto te siente bien —le aseguré—. A mí... no me gustaría nada ser policía de San Francisco durante los próximos días.
—¿Por qué?
—Mira esto: una obra maestra de traición. Ahora mismo nuestra ciudad está llena de tipos dudosos que esperan a que uno de estos cadáveres les lleve su parte del atraco. ¿Qué te figuras tú que sucederá cuando corra la voz de que no habrá pasta para la pandilla? Habrá cien estranguladores, o más, que correrán en busca del dinero que ha desaparecido. Habrá tres robos por manzana y un atraco en cada esquina; te robarán hasta las monedas para el autobús. ¡Que Dios te ampare, hijo, por lo que vas a sudar para ganarte la paga!
Duff encogió sus robustos hombros y pasó por entre los cadáveres en dirección al teléfono. Cuan­do terminó con sus llamadas, yo hice la mía a la agencia.
—Hace un par de minutos ha llamado Jack Counihan —me dijo Fiske y me repitió la dirección de Army Street que le había dado el muchacho—. Ha dicho que ha puesto a sus hombres allí, con compañía.
Llamé para que me enviaran un taxi y luego me volví hacia Duff para explicarle:
—Voy a salir un momento. Te llamaré aquí si hay algo que tenga relación con esto... y si no lo hay también. ¿Esperarás?
—Si no tardas mucho, sí.
Descendí del taxi a dos manzanas de las señas que Fiske me había dado y bajé por Army Street hasta encontrar a Jack Counihan apostado en un rincón oscuro.
—Tengo una mala noticia —fue su saludo de bienvenida—. Mientras llamaba desde un restau­rante que está un poco más arriba, se me ha escu­rrido alguno de éstos.
—¿Sí? ¿Cómo ha sido la cosa?
—Pues, después de que el mono ese se marchara de Green Street, le seguí hasta una casa de Fillmore Street y...
—¿Qué número?
El número que Jack me dijo era el de la casa con los cadáveres, de donde yo venía.
—Durante los diez o quince minutos siguientes fueron llegando entre diez y doce tipos. La mayo­ría llegó andando, solos o por parejas. Luego aparca­ron dos coches al mismo tiempo. Nueve hombres. Los he contado. Se metieron en la casa y los coches quedaron delante de la entrada. Pasó un taxi y lo lla­mé, por si mi hombre se alejaba en alguno de esos coches.
»No sucedió nada durante los siguientes treinta minutos, contados a partir del momento en que los nueve tipos entraron en la casa. Luego fue co­mo si todos se hubieran calentado... muchos gri­tos, algunos disparos. Duró el tiempo suficiente co­mo para despertar a todo el vecindario. Cuando el griterío cesó, diez hombres (también los he con­tado) salieron a la carrera de la casa, se metieron en los coches y se marcharon. Mi hombre iba con ellos.
»Mi fiel taxista y yo gritamos "¡A la carga!" y sali­mos tras ellos. Hasta aquí hemos llegado; han en­trado a esa casa, al otro lado de la calle, donde todavía está aparcado uno de los coches. Al cabo de una media hora, poco más o menos, pensé que era mejor llamar a la agencia, de modo que dejé el taxi; (que aún está a la vuelta de la esquina, con el contador en marcha) y hablé con Fiske. Cuando volví aquí, uno de los coches se había ido, ¡maldita sea!, y no sé quién se ha marchado en él. ¿Lo he estropeado todo?
—¡Por supuesto! Tendrías que haberte llevado los coches contigo para llamar a Fiske. Vigila al que |ha quedado allí mientras voy en busca de algún refuerzo.
Desde el restaurante que me había señalado Jack llamé a Duff, le dije dónde estaba y agregué: —Si te vienes con tus hombres, tal vez saque­mos algún provecho de la situación. Un par de co­ches llenos de tipos que han pasado por Fillmore Street sin recalar allí, han llegado hasta esta casa. Puede que algunos sigan dentro cuando tú llegues, si vienes de inmediato.
Duff trajo consigo a sus cuatro detectives y a una docena de agentes uniformados. Atacamos la casa por el frente y por la parte trasera. No perdimos tiempo en llamar al timbre; nos limitamos a echar abajo las puertas. En el interior todo fue negrura hasta que encendimos nuestras linternas. No hubo resistencia. En condiciones normales, los seis hom­bres que encontramos allí dentro nos habrían liqui­dado, o poco menos, a pesar de que los triplicába­mos en número. Pero estaban demasiado muertos para eso.
Nos miramos unos a otros boquiabiertos.
—Oh, esto empieza a resultar aburrido —se que­jó Duff mientras se metía en la boca un buen trozo de tabaco—. Lo normal es que el trabajo sea rutina­rio, pero estoy empezando a cansarme de meterme en habitaciones llenas de ladrones asesinados.
En este caso la lista de nombres era mucho me­nos larga que la anterior, pero mucho más impor­tante. Estaban Shivering Kid (nadie cobraría ya el dinero ofrecido como recompensa por entregarle); Darby M'Laughlin, con sus gafas de concha ladea­das sobre la nariz y con sus diez mil dólares de diamantes en dedos y corbata; Happy Jim Hacker; Donkey Marr, el último de los patizambos Marr, to­dos asesinos, padre y cinco hijos; Toots Salda, el hombre más poderoso en el reino de los ladrones, que una vez había sido arrestado y había huido con los dos policías de Savannah a los que se hallaba esposado, y Rumdum Smith, que había asesinado a Lefty Read en Chicago en 1916 y que llevaba un rosario rodeando una de sus muñecas.
Allí no se había tratado de un envenenamiento caballeroso: los habían liquidado con un rifle del 30, provisto de silenciador casero, pero eficaz. El rifle estaba sobre la mesa de la cocina. Una puerta comunicaba la cocina con el comedor. Frente a esa puerta, sobre la pared opuesta, se abría de par en par otra de dos hojas que conducía al salón en el que yacían los cadáveres. Todos estaban junto a la pared de enfrente, como si les hubiesen alineado allí para fusilarles.
El empapelado gris de la pared estaba mancha­do de sangre y mostraba los agujeros de un par de proyectiles que habían atravesado la mampostería. Los jóvenes ojos de Jack Counihan advirtieron unas manchas sobre el papel: no eran accidentales. Estaban cerca del suelo, junto al cuerpo de Shive­ring Kid. Los dedos de la mano derecha de Kid estaban sucios de sangre. Antes de morir, había escrito sobre la pared, con los dedos mojados en su propia sangre y en la de Toots Salda. Las letras de cada palabra se desdibujaban en los lugares en que  el dedo se había quedado sin sangre y la grafía era deforme, temblorosa, porque, casi sin duda, debía haber escrito a oscuras.
Tratamos de completar los trazos que faltaban, de descifrar las letras superpuestas, de adivinar cuando no podíamos hacer otra cosa. El resultado fue un par de palabras: Big Flora.
—Para mí eso no significa nada —dijo Duff—, pero es un nombre y la mayoría de los nombres que tenemos pertenecen a hombres que están muertos ahora, de modo que será bueno que lo agreguemos a nuestra lista.
—¿Qué pensáis de esto? —preguntó O'Gar, el sargento detective de la sección de Homicidios, fa­moso por su cabeza en forma de bala. Se refería a los cadáveres—. Sus amigos les han quitado la pas­ta, los han alineado contra la pared y luego el mejor tirador de todos ellos les ha disparado desde la co­cina, ¡bing, bing, bing, bing, bing, bing!
—Así parece —asentimos todos.
—De Fillmore Street han venido diez —dijo—. Seis se han quedado aquí. Cuatro se han marcha­do a otra casa... donde algunos de ellos no querrán compartir su parte con los demás. Lo único que ha­brá que hacer será seguir el rastro de cadáveres de casa en casa, hasta que no haya quedado más que uno, que es capaz de jugar a suicidarse y per­mitir que se recupere el botín tan íntegro como al principio. Muchachos, os deseo que no tengáis que quedaros en pie toda la noche para llegar has­ta los restos mortales de ese último ladrón. Ven, Jack, lo mejor será que nos vayamos a dormir un rato.
A las cinco en punto de la mañana abrí mi cama me deslicé entre las sábanas. Me dormí antes de que saliera de mis pulmones la última bocanada s de humo de mi Fátima-de-las-buenas-noches. A las cinco y quince minutos en punto me despertó el te­léfono.
Quien hablaba era Fiske:
—Mickey Linchan acaba de llamar para decir­me que tu Red O'Leary se ha metido en la cueva, a dormir, hace una media hora.
—Dile que lo detengan —respondí, y a las cinco y diecisiete minutos estaba dormido otra vez.
Con la ayuda del reloj despertador, salté de la cama a las nueve, desayuné y me dirigí hacia la sala de detectives de la policía para enterarme de cómo les había ido con el pelirrojo. El resultado era la­mentable.
—Nos tiene varados —me dijo el capitán—. Le sobran coartadas para el día del atraco y para todas las horas de anoche. Y ni siquiera podemos acusar de vagabundeo a ese hijo de puta. Tiene medios de vida. Es vendedor del Diccionario Enciclopédico Universal de Conocimiento Útil y Valioso de Humperdickel, o algo parecido. Comenzó a repartir folletos de propaganda el día antes del golpe y a la hora en que se producía el atraco él estaba yendo de puerta en puerta para preguntar a la gente si le compraban o no sus malditos libros. Al menos, tiene tres testigos que así lo confirman. Anoche estuvo en un hotel des­de las once hasta las cuatro y media, jugando a los naipes, y tiene testigos. No le hemos encontrado en­cima nada, ni tampoco en su cuarto.

Le pedí el teléfono al capitán para llamar a casa de Jack Counihan.
—¿Podrías identificar a alguno de los hombres que viste anoche? —le pregunté cuando logró des­prenderse de las sábanas y acudir al teléfono.
—-No. Estaba oscuro y se movían muy deprisa. Apenas si podía verle la cara al taxista.
—De modo que no puede, ¿eh? —dijo el capi­tán—. Pues yo puedo tenerle veinticuatro horas, sin acusarle, y eso voy a hacer, pero tendré que soltarle luego, a menos que tú puedas desenterrar alguna cosa.
Después de pensar durante algunos minutos con el cigarrillo en la boca, sugerí:
—Tal vez será mejor que le sueltes ahora mismo. Se ha provisto de todas las coartadas necesarias, de modo que no tiene motivos para ocultarse. Le deja­remos solo durante todo el día, para que se conven­za de que nadie le sigue y, por la noche, iremos tras él sin abandonarle ni un solo instante. ¿Has sabido algo acerca de Big Flora?
—No. El chico asesinado en Green Street era Bernie Bernheimer, alias Motsa Kid. Creo que era un ratero, al menos se codeaba con rateros, pero no era muy...
El repiqueteo del teléfono le interrumpió.
—Sí —respondió al levantar el auricular, y luego agregó—: Un momento —antes de ofrecerme el aparato.
Una voz femenina me dijo desde el otro ex­tremo:
—Soy Grace Cardigan. He llamado a tu agencia y me han dicho dónde podría encontrarte. Necesito verte. ¿Puedes venir ahora mismo?
—¿Dónde estás?
—En el locutorio telefónico de Powell Street.
—Estaré allí dentro de quince minutos —le dije.
Llamé a la agencia y le pedí a Dick Foley que se encontrara conmigo en la esquina de Ellis Street y Market Street cinco minutos más tarde. Luego de­volví el teléfono al capitán.
—Hasta luego —saludé antes de marcharme pa­ra cumplir con mis citas.
Dick Foley estaba en la esquina cuando yo lle­gué. Era un canadiense trigueño y menudo, que apenas si alcanzaba el metro cincuenta de estatura puesto en pie sobre unos tacones exagerados y que no debía pesar más de cuarenta kilos; hablaba co­mo un telegrama en escocés y era capaz de seguir a una gota de agua salada desde Golden Gate hasta Hong-Kong sin perderla de vista ni siquiera duran­te una mínima fracción de segundo.
—¿Conoces a Ángel Grace Cardigan? —le pre­gunté.
Se ahorró una palabra sacudiendo la cabeza: No.
—Voy a verla al locutorio de Powell Street. Cuan­do nos separemos, la sigues. Es una chica lista y estará buscándote todo el tiempo. O sea que no te será tan sencillo el asunto, pero haz lo que puedas.
La boca de Dick describió una curva hacia abajo antes de abrirse en una de sus largas y rarísimas frases completas:
—Cuanto más difíciles parecen, más fáciles son —dijo.
Foley se mantuvo a cierta distancia de mí cuan­do entré en el locutorio. Ángel Grace estaba de pie cerca de la puerta. Tenía la cara más mustia que nunca y por lo tanto mucho menos hermosa; pero sus ojos verdes seguían siendo bellísimos y bri­llaban con un fuego que nada tenía de mustio. Lle­vaba un periódico enrollado en una mano. No ha­bló, ni sonrió, ni hizo ninguna clase de gesto de saludo.
—Vamos al restaurante de Charley; allí podre­mos hablar —le dije, mientras la guiaba a la vista de Dick Foley.
No logré sacarle ni un murmullo antes de sen­tarnos a una mesa apartada, y aun allí, sólo habló cuando el camarero se marchó con nuestros pedi­dos. Entonces desplegó el diario sobre la mesa con manos temblorosas.
—¿Esto es verdad? —me preguntó.
Eché una mirada a la noticia que su dedo tem­bloroso señalaba: era un relato de lo que se había hallado en las casas de Fillmore Street y de Army Street. Pero era un relato parcial. De un vistazo, comprobé que no había nombres y que la policía había censurado bastante la noticia. Mientras fin­gía leer, me pregunté si sería ventajoso para mí de­cirle a la chica que la historia era falsa. Pero no pu­de deducir cuál sería la utilidad de ello, de modo que le ahorré a mi alma el peso de una mentira.
—Prácticamente sí —le aseguré.
—¿Has estado allí? —Había dejado caer el dia­rio al suelo y estaba inclinada sobre la mesa.
—Con la policía.
—¿Estaba...? —su voz se quebró en una nota ronca. Tenía los dedos blancos clavados en el  mantel y levantaban dos pequeñas ondulaciones en la litad de la mesa.
Se aclaró la garganta.
—¿Quién estaba...? —alcanzó a decir en su se­gundo intento.
Hubo una pausa. Esperé. Sus ojos se abatieron y vi la película acuosa que apagaba el fuego que despedían. Durante la pausa llegó el camarero con nuestra comida, la depositó sobre la mesa y se marchó.
—Tú sabes qué te he querido preguntar —me dijo entonces, en voz baja, entrecortada—. ¿Estaba allí? ¿Estaba allí? ¡Dímelo, por el amor de Dios!
Las pesé a ambas: verdad contra mentira, mentira contra verdad. Y una vez más la verdad triunfó.
—Paddy el Mexicano murió... Fue asesinado... en la casa de Fillmore Street —le dije.
Las pupilas de sus ojos se contrajeron hasta  convertirse en minúsculos puntos y luego se dilataron hasta casi cubrir el verde del iris. La joven no dijo una sola palabra ni emitió ningún sonido. Su cara estaba vacía. Empuñó el tenedor y se llevó un   bocado de ensalada hasta los labios..., luego otro. Me incliné sobre la mesa para quitarle el tenedor de la mano.
—Lo único que haces es echarte la ensalada sobre la ropa —gruñí—. No puedes comer si no abres la boca para meterte la comida.
Tendió las manos sobre la mesa, en busca de las  mías; temblaba, me apretó las manos con unos dedos que se sacudían en movimientos espasmódicos y que me arañaron con sus uñas.
—¿No me estás mintiendo? —sollozó mientras le rechinaban los dientes—. ¡Tú eres honesto! ¡Lo fuiste conmigo aquella vez, en Filadelfia! Paddy me ha dicho siempre que eres el único detective decen­te que existe. ¿No me engañas?
—Te he dicho la verdad —le aseguré—. ¿Paddy significaba mucho para ti?
Asintió con un movimiento rendido y se domi­nó para dejarse caer en un estado parecido al es­tupor.
—Está abierta la puerta para vengarle —sugerí.
—¿Quieres decir...?
—Que hables.
Me observó con una mirada fija y en blanco du­rante un largo rato, como si intentara buscar algún sentido para lo que yo le había dicho. Leí la res­puesta en sus ojos antes de que ella la tradujese en palabras.
—Juro por Dios que quisiera poder hacerlo. Pe­ro yo soy hija de John Cardigan, el Cajacartón. No soy quién para delatar a nadie. Tú estás del otro la­do y yo no puedo pasarme al tuyo. Ojalá pudiese. Pero la sangre de los Cardigan es demasiado pode­rosa. A cada minuto desearé que les eches el guante y que estén bien muertos, pero...
—Tus sentimientos son nobles, o al menos tus palabras lo son —me burlé de ella—. ¿Quién te fi­guras que eres? ¿Juana de Arco? ¿Tu hermano Frank estaría entre rejas ahora si su compinche, Johnny el Fontanero, no le hubiese señalado con el dedo en el rodeo de Great Falls? ¡Despierta, chiqui­lla! Eres una ladrona entre ladrones y quienes no traicionan son traicionados. ¿Quiénes han liquida­do a tu Paddy? ¡Sus compinches! Pero tú no puedes devolver el golpe porque eso sería deshonesto. ¡Dios!
Lo único que conseguí con mi discurso fue que se le acentuara más su aire mustio.
—Yo devolveré el golpe —me dijo—. Pero no puedo, no puedo ser una chivata. No puedo decirte nada. Si fueses un pistolero, te... De todos modos, tendrá la ayuda que necesite para llevar adelante mi juego. Dejémoslo todo así, ¿quieres? Me figuro cómo te sientes tú frente a todo esto, pero... ¿Me di­rás quién más... quién más había... a quién más han encontrado en esas casas?
—¡Sí, por supuesto! —rugí en la cara de Ángel Grace—. Te lo diré todo. Te dejaré que me agotes con una bomba hasta quedar seco. ¡Pero, claro, tú no me darás ni siquiera una pista para mantener intachable la ética de tu muy honorable profesión de ratera!
Por el hecho de ser mujer, la joven ignoró cada una de mis palabras y se limitó a repetir:
—¿Quién más?
—No te lo diré. Pero voy a hacer otra cosa. Te di­ré el nombre de dos que no estaban allí. Big Flora y Red O'Leary.
Su aire letárgico se disipó. Estudió mi expresión con sus ojos verdes, envolviéndome con una mira­da torva, oscurecida y salvaje.
—¿Estaba Bluepoint Vance? —preguntó. —¿Tú qué crees? —repliqué.
Durante otro par de segundos volvió a estudiar mi expresión y luego se puso de pie.
—Gracias por lo que me has dicho —se despi­dió—, y gracias por haber acudido a mi llamada. Espero que logres vencer.
Se marchó, quedando en manos de Dick Foley. Yo me dediqué a saborear la comida.

Esa tarde, a las cuatro en punto, Jack Counihan y yo detuvimos el coche que habíamos alquilado en un lugar desde el que podíamos vigilar la puerta de entrada del hotel Stockton.
—Ya ha aclarado su situación con la policía, de modo que tal vez no tiene motivos para marcharse de aquí —expliqué a Jack—, y prefiero no meterme con la gente del hotel, porque no les conozco. Si no le vemos por aquí dentro de un par de horas, ten­dremos que hablar con ellos.
Nos entretuvimos con nuestros cigarrillos, con minuciosas consideraciones que versaban sobre quién sería el próximo campeón de los pesos pesa­dos, consejos sobre cómo comprar una buena gine­bra y qué hacer luego con ella; hablamos de la in­justicia de las nuevas disposiciones de la agencia que, en cuanto a pago de gastos, consideraban que Oakland estaba dentro de la ciudad, y agotamos al­gunos otros temas igualmente excitantes. Con todo ello, pasó el tiempo y llegamos a las nueve y diez de la noche.
A las nueve y diez, Red O'Leary salió del hotel.
—Dios es bueno —dijo Jack, mientras descendía el coche para seguir a pie a nuestro hombre.
Por mi parte, puse en marcha el motor. v El gigante de la cabeza roja no nos llevó demasiado lejos. La puerta de entrada al bar de Larrouy se lo tragó unos pocos momentos más tarde. Después de aparcar el coche, entré en el bar. Tanto O'Leary como Jack habían encontrado asientos.
La mesa de Jack estaba junto a la pista de baile. O'Leary se hallaba al otro extremo del salón, cerca de un rincón. Una pareja de gordos rubios dejaba la mesa de ese rincón en el momento en que yo en­tré, de modo que persuadí al camarero que ya me guiaba hacia una mesa de que lo hiciera hacia la que estaba próxima a Red O'Leary.
El pelirrojo miraba en otra dirección; Red tenía los ojos puestos en la puerta de entrada; la observa­ba con una ansiedad que se convirtió en alegría cuando vio entrar a una muchacha. Era la chica que Ángel Grace había llamado Nancy Reagan. Ya he dicho que era bonita. Y el pequeño y desafiante sombrero azul que aquella noche le ocultaba por entero el cabello no disminuía su belleza.
El pelirrojo se puso de pie con precipitación y se llevó por delante a un camarero y a un par de clientes mientras se dirigía hacia la muchacha. Como premio a su vehemencia, se ganó alguna expresión provocativa que no pude oír y una sonrisa de ojos azules y dientes muy blancos que... vaya... era muy dulce. Condujo a la joven hasta su mesa y la hizo sentar en una silla que quedaba frente a mí; él, por supuesto, se sentó frente a la muchacha.
La voz de O'Leary era un gruñido de barítono del que mis oídos en estado de alerta no pudieron pillar ni una sola palabra. Al parecer, era mucho lo que tenía que comunicar a la joven y a ella le resultaba agradable lo que oía.
—Pero, Reddy, cariño, no tendrías que haberlo hecho —dijo la muchacha en cierto instante. Su voz (conozco otras palabras, pero será mejor que nos li­mitemos a ésta) era dulce. Además de un aroma sensual, tenía clase. Fuera quien fuese esa muñeca de pistoleros, o bien había tenido un buen inicio en la vida, o bien había aprendido su papel a la perfección. De vez en cuando, en los momentos en que la orquesta dejaba de tocar, me era posible oír unas pocas palabras; pero no significaban mucho para mí y sólo logré saber que ni la chica ni su rústico acompañante estaban el uno en contra del otro.
El bar estaba casi vacío cuando llegó Nancy Reagan. Sobre las diez de la noche, en cambio, estaba lleno, y las diez es una hora muy temprana para los clientes de Larrouy. Comencé a prestar menos aten­ción a la amiga de Red —a pesar de lo bonita que era— y mucha más a mis vecinos. Mientras compro­baba el hecho, advertí que la proporción de mujeres era mínima con respecto a la de los hombres. Hom­bres, con cara de ratas, con cara de cuchillo, man­díbulas cuadradas, mentones agudos, rostros páli­dos, huesudos, hombres de aspecto gracioso, otros rudos, otros vulgares. Se hallaban sentados de dos en dos, de cuatro en cuatro, a una misma mesa. Llegaban más hombres y... maldita sea... muy po­cas mujeres.
Hablaban como si no tuvieran interés en lo que decían. Miraban a su alrededor, recorrían el salón con la mirada y, al llegar a la cara de O'Leary, sus expresiones se vaciaban de todo contenido. Y siempre esas miradas eventuales y aburridas se detenían en el gigante pelirrojo durante uno o dos segundos.
Volví mi atención hacia O'Leary y Nancy Reagan. Red estaba ahora un poco más erguido en su silla que unos minutos antes. Pero su posición era suelta, fácil y, aunque sus hombros se habían encorvado apenas, no revelaba rigidez. La chica le dijo algo. Red se echó a reír mientras volvía su cara hacia el centro del salón. Parecía reír no sólo de lo que ella le había dicho, sino también de aquellos hombres sentados a su alrededor, a la expectativa. Era una risa sincera, joven y descuidada.
La muchacha pareció sorprendida, como si algo en aquella risa la hubiese desconcertado. Luego si­guió hablando de lo mismo con su acompañante. Pensé que Nancy no sabía que se hallaba sentada sobre dinamita. O'Leary, en cambio, sí lo sabía. Ca­da centímetro de su cuerpo, cada gesto suyo pare­cían pregonar: «Soy robusto, fuerte, joven, rudo y pelirrojo. Muchachos, cuando vosotros queráis cumplir con vuestra faena, allí estaré yo.»
Transcurría el tiempo. Unas pocas parejas bailaban. Jean Larrouy iba y venía con una negra sombra de cuidado en su cara redonda. Su bar estaba lleno de clientes pero, sin duda, en ese instante, Larrouy hubiese preferido tenerlo vacío.
Sobre las once me puse de pie e hice una seña a Jack Counihan. Se acercó a mi mesa, nos estrecha­mos la mano, intercambiamos algunos «¿Cómo es­tás?» y «Pues muy bien, ya lo ves», y Jack se sentó a mi mesa.
—¿Qué pasa? —me preguntó bajo la protección de los sonidos de la orquesta—. No puedo ver nada claro, pero hay algo en el aire. ¿O es que me estoy poniendo histérico?
—Lo estarás, en pocos minutos. Los lobos se es­tán reuniendo y Red O'Leary es el cordero. Si tuvieses una mano libre podrías pillar a alguno de los más tiernos, pero estos gorilas han intervenido en el atraco a un banco y, en el momento de la paga, se han encontrado con que los sobres estaban vacíos o con que ni siquiera había sobres. Habrá corrido la voz de que tal vez O'Leary sepa qué ha pasado. Y así es como están las cosas. Ahora esperan... quizá a alguien... quizá a tener suficiente alcohol dentro de su cuerpo.
—¿Y nos hemos sentado aquí porque ésta va a ser la mesa más cercana al blanco de todos estos tipos en cuanto se haya montado el espectáculo? —preguntó Jack—. Vayamos a la mesa de Red. Es­taremos más cerca aún y, además, me gusta mucho la chica que está sentada con el pelirrojo.
—No te pongas ansioso; tendrás tu diversión en el momento correspondiente —le prometí—. Es ab­surdo que O'Leary muera. Si hacen un pacto caba­lleresco con él, nosotros nos mantendremos fuera del asunto. Pero si las cosas se ponen feas para Red, tú y yo los defenderemos; a él y a la chica.
—¡Así se habla, amigo del alma! —sonrió Jack, con una mueca que le marcó una línea blanca en torno a la boca—. ¿Algún detalle especial? ¿O simplemente nos metemos a protegerles, sin más? ¿Ves la puerta que está a mis espaldas, hacia mí derecha? En cuanto se arme el jaleo, iré a abrirla. Entretanto, tú mantendrás despejado el camino ha­cia allá. Cuando yo grite, le prestas a Red la ayuda necesaria para que llegue a esa puerta.
—¡Oh, sí, sí! —miró la galería de tipos tan poco tranquilizadores que le rodeaba, se humedeció los labios y luego clavó los ojos en la mano con que sostenía el cigarrillo: una mano temblorosa—. Es­pero que no pienses que soy un cobarde —dijo—. Pero no soy un asesino con tanta experiencia como tú. Y ésta es una reacción ante la idea de esta inmi­nente matanza.
—¡Y un cuerno de reacción! —le respondí—. Es­tás tieso de miedo. ¡Pero no hagas tonterías, por fa­vor! Si intentas hacer tu propio número, te aseguro que me encargaré que no quede nada de lo que estos gorilas quieran dejar de ti. Haz lo que te he ordenado y nada más. Si se te ocurre alguna idea brillante, guárdatela para comunicármela luego.
—¡Oh, mi conducta será absolutamente ejem­plar! —me aseguró con énfasis.
Era casi medianoche cuando los lobos vieron aparecer lo que habían estado aguardando. La últi­ma ficción de indiferencia desapareció de aquellas caras que, gradualmente, habían ido ganando en tensión. Sillas y pies resonaron sobre el suelo: todos se apartaban unos centímetros de sus mesas. Los músculos se flexionaban para que sus cuerpos estuviesen prontos para la acción. Las lenguas hu­medecieron los labios y los ojos se clavaron al mis­mo tiempo en la puerta de entrada al bar.
Bluepoint Vance llegaba a la reunión. Llegó so­lo, saludando a sus amistades, a derecha e izquier­da; su cuerpo delgado se movía con gracia, con soltura, dentro de un traje de excelente corte. Una sonrisa de total confianza le cubría la cara de fac­ciones definidas. Sin ninguna prisa, y sin pausa, se acercó a la mesa de Red O'Leary. Me era imposible ver la cara de Red, pero tenía rígidos los músculos de la nuca. La muchacha dirigió una sonrisa cor­dial a Vance y le dio la mano. Lo hizo con toda na­turalidad. Era evidente que no sabía nada.
Vance hizo que su sonrisa gravitara desde la ca­ra de Nancy Reagan hasta la cara del gigante peli­rrojo. Parecía la mueca del gato que juega con el ratón.
—¿Cómo van los negocios, Red? —preguntó.
—Pues estupendos —fue la respuesta inmediata.
La orquesta había dejado de tocar. Larrouy, de pie junto a la puerta de entrada, se enjugaba la frente con un pañuelo. Junto a mi mesa, a la dere­cha, un mono de pecho como un tonel, nariz que­brada y traje a rayas anchas, respiraba con pesadez por entre sus dientes de oro; los ojos grises y acuo­sos se le salían de las órbitas para no perder un solo movimiento de O'Leary, Vance y Nancy. Su actitud pasaba casi desapercibida: eran muchos los que hacían lo propio.
Bluepoint Vance giró la cabeza para llamar a un camarero:
—Una silla.
El camarero acercó una silla a la mesa que en­frentaba la pared. Vance se sentó echado hacia atrás, apenas vuelto con aire indolente hacia Red; su brazo izquierdo estaba arqueado sobre el respaldo de la silla y su mano derecha sostenía un cigarrillo casi con desgana.
—Bien, Red —dijo después de haberse acomoda­do en el asiento—. ¿Tienes alguna noticia para mí?
Su voz era suave, pero lo bastante alta como pa­ra ser oída en las mesas cercanas.
—Ni una palabra. —La voz de O'Leary no pre­tendía denotar sentimientos amistosos ni precau­ciones.
—¿Qué? ¿Conque nada del otro jueves? —la sonrisa de Vance entreabrió sus labios delgados y en sus ojos oscuros brilló una chispa de regocijo muy poco agradable—. ¿Nadie te ha dado nada que debas entregarme?
—No —aseguró O'Leary, enfático.
—¡Dios! —exclamó Vance, mientras la sonrisa de su boca y de sus ojos se ahondaba y se volvía menos agradable aún—. ¡Qué ingratitud! ¿Me ayu­darás a cosechar, Red?
—No.
Me sentí disgustado con aquel pelirrojo de poco seso: casi estuve a punto de dejarle librado a su suerte en el momento en que estallara la tormenta. ¿Por qué no trataba de ganar tiempo? ¿Por qué no inventaba un cuento estúpido que Bluepoint se viese obligado a aceptar, siquiera a medias? Pero no... aquel O'Leary tenía un orgullo tan tosco, que se po­nía en el papel de niño y se obligaba a montar un espectáculo en lugar de utilizar el meollo. Si hubie­se arriesgado su propio pellejo en el jaleo que se avecinaba, habría sido justo. Pero no era justo de ningún modo que Jack y yo tuviésemos que sufrir las mismas consecuencias. Aquel gigantesco zoquete era demasiado valioso para permitir que desa­pareciera. Y nosotros íbamos a tener que dejarnos zurrar para librarle de lo que se merecía por su em­pecinamiento de chiquilicuatre. No era justo.
—Tengo que recibir cierta cantidad de dinero, Red. —Vance hablaba con un tono entre perezoso e insultante—. Y necesito ese dinero. —Dio una chu­pada a su cigarrillo y, como por casualidad, arrojó el humo a la cara del pelirrojo. Luego prosiguió—: Mira, ya sabes que en la lavandería te piden veinti­séis céntimos por lavar un pijama. Necesito ese di­nero.
—Duerme con la ropa interior puesta —replicó O'Leary.
Vance se echó a reír. Nancy Reagan sonrió, pero en su cara se dibujaba un gesto de inquietud. Al pa­recer, la muchacha no sabía cuál era el tema de la charla, pero no podía por menos de comprender que había algún tema especial.
O'Leary se inclinó hacia delante y habló con voz clara y alta, de modo que cualquiera pudiese oírle:
—Bluepoint, no tengo nada que darte... ni ahora ni nunca. Y esto vale para cualquiera que esté inte­resado en el asunto. Si tú o tus amigos pensáis que os debo algo... tratad de quitármelo. ¡Al infierno contigo, Bluepoint Vance! Y si no te sienta bien lo que te he dicho... pues aquí están tus amigos. ¡Diles que vengan!
¡Qué flor y nata de idiota! Pensé que lo único que me sentaría bien en ese momento sería una ambu­lancia... sin duda tendrían que llevarme con él.
La sonrisa de Vance estaba cargada de maligni­dad. Sus ojos arrojaban chispas a la cara de O'Leary.
—¿Te apetece que sea así, Red?
O'Leary alzó sus poderosos hombros y luego los dejó caer.
—No me importa que haya pelea —dijo—. Pero será mejor que Nancy quede fuera del asunto. —Se volvió hacia la muchacha—. Será mejor que te marches, cariño, voy a tener mucho trabajo.
La chica fue a decir algo, pero Vance, con sus palabras, no le permitió continuar. Le hablaba con suavidad y no se opuso a que Nancy se marchara. En resumen, vino a decirle que sin duda se sentiría muy sola en adelante, sin Red. Incluso se permitió entrar en detalles acerca de esa futura soledad.
La mano derecha de Red O'Leary descansaba sobre la mesa. De pronto se alzó en dirección a la boca de Vance. Al llegar a su objetivo, la mano se había convertido en puño. Un golpe así suele ser poco eficaz. La fuerza debe provenir de los múscu­los del brazo, precisamente, de los menos adecua­dos. Sin embargo, Bluepoint Vance se vio proyectado desde su asiento hasta la mesa contigua. Las sillas del bar de Larrouy quedaron vacías. La fiesta había comenzado.
—De pie —rugí a Jack Counihan, e hice todo lo posible para mostrarme como el gordito nervioso que era en ese instante. Me precipité hacia la puer­ta trasera, esquivando a los hombres que, sin prisa aún, se dirigían hacia O'Leary. Debo haber tenido el aspecto del tío temeroso que se escabulle cuando hay jaleo, porque a nadie se le ocurrió detenerme y llegué a la puerta antes de que la pandilla estrecha­ra filas alrededor de Red. La puerta estaba cerrada, pero sin llave. Giré hasta quedar de espaldas a ella, con una porra en la mano derecha y el revólver en la izquierda. Ante mí había muchos hombres, pero todos ellos me daban la espalda.
Erguido junto a su mesa, O'Leary dominaba la escena; su cara rústica y rojiza se había puesto ten­sa, en una expresión de desdeñoso desafío, y su cuerpo de gigante se balanceaba sobre las plantas de los pies. Entre el pelirrojo y yo estaba Jack Cou­nihan, con la cara vuelta hacia mí, y la boca cris­pándosele en una sonrisa nerviosa mientras sus ojos bailoteaban, deleitados.
Bluepoint Vance ya se había puesto de pie. Un hilo de sangre le caía desde los finos labios hasta el mentón. Sus ojos eran puro hielo; observaban a Red O'Leary con la mirada calculadora del leñador que mide el árbol que se dispone a echar abajo. La pandilla de Vance tenía los ojos fijos en su jefe.
—¡Red! —vociferé en medio del silencio—. ¡Por aquí, Red!
Las caras se volvieron hacia mí... todas las caras que había en el salón... millones...
—¡Ven, Red! —gritó Jack Counihan, en tanto avanzaba un paso, con su revólver desenfundado.
La mano de Bluepoint Vance relampagueó en dirección al bolsillo interno de su chaqueta. El revólver de Jack disparó hacia él. Bluepoint se echó hacia el suelo antes de que el gatillo del joven se hu­biese movido. El proyectil se perdió en el vacío, pe­ro la suerte de Vance estaba echada.
Red alzó a la chica con su brazo izquierdo. Una descomunal automática había florecido en su puño derecho. Luego ya no pude prestar mucha atención al pelirrojo: estaba muy ocupado.
La cueva de Larrouy rebosaba de armas: revól­veres, cuchillos, porras, chismes para adornar los nudillos, sillas que se balanceaban con mucho gar­bo, botellas y toda la miscelánea posible en materia de elementos destructivos. Muchos de esos hom­bres anhelaban poner sus armas en contacto conmigo. El juego consistía en tratar de alejarme de aquella puerta. Para O'Leary hubiese sido una bue­na tarea. Pero yo no soy un gigante joven de pelo rojo. Ya rondaba los cuarenta años y, por lo menos, tenía ocho kilos de más. Me gustaba el ocio acorde con mi peso y mi edad: y aquella ocasión no me de­paraba el ocio que a mí me gustaba.
Un portugués estrábico me lanzó una cuchillada al cuello y me arruinó la corbata. Le di encima de la oreja, con el costado de mi revólver, antes de que pudiese apartarse de mí; la oreja le quedó colgan­do sobre el cuello. Un chico sonriente, de no más de veinte años, se arrojó contra mis piernas: una de esas triquiñuelas del rugby. Sentí sus dientes en la rodilla, que alcé, y los sentí quebrarse. Un mulato picado de viruelas apoyó el cañón de su revólver so­bre el hombro del tipo que tenía delante. Mi porra golpeó con fuerza el brazo de aquel hombre, que se inclinó hacia un lado en el momento preciso en que el mulato oprimía el gatillo consiguiendo que el disparo le volase la mitad de la cara.
Hice fuego dos veces. Una, cuando vi un arma que me apuntaba al pecho, a menos de treinta centí­metros de distancia; la segunda, cuando descubrí a un hombre, de pie sobre una mesa cercana, hacien­do puntería hacia mi cabeza. Por lo demás, me con­fié a mis brazos y piernas y economicé proyectiles. La noche era joven y yo sólo tenía una docena de pildoritas. Seis en el revólver y seis en mi bolsillo.
Aquello era un costal lleno de gatos rabiosos. Esguince a la derecha, esguince a la izquierda, pa­tada, esguince a la derecha, esguince a la izquierda, patada. Sin descanso, sin un blanco. Dios proveerá siempre algún tipo que reciba los golpes del re­vólver o de la porra, y algún vientre en el que hun­dir el pie.
Una botella llegó por los aires y se encontró con mi frente. El sombrero amortiguó su fuerza, pero el golpe no me sentó nada bien. Me incliné y sólo pude quebrar una nariz, cuando tendría que haber roto un cráneo. El salón olía mal, la ventilación era paupérrima. Alguien tendría que haber advertido a Larrouy de aquella deficiencia. ¿Qué tal te ha sen­tado esa caricia en la sien, rubiales? Esta rata de mi izquierda se me está acercando demasiado. La arrastré hacia mi derecha para que se entienda con el mulato y luego le daré con todas mis fuerzas. ¡No ha estado tan mal! Pero no puedo continuar así to­da la noche. ¿Dónde están Red y Jack? ¿De pie, por allí, observando mi número?
Alguien me tiró algo sobre el hombro, un piano, a juzgar por la sensación que me produjo. No pu­de esquivarlo. Otra botella se llevó mi sombrero y parte de mi pelo. Red O'Leary y Jack Counihan se abrían paso a golpes, con la chica protegida entre los dos.

Mientras Jack sacaba a la joven por la puerta, Red y yo limpiamos un pequeño círculo en torno a nosotros. El pelirrojo era hábil para eso. No quise dejarle solo con aquella carga, pero tampoco me preocupaba por ahorrarle ejercicio.
—¡Vamos! —gritó Jack.
Red y yo atravesamos el umbral y cerrarnos la puerta de golpe. No hubiese aguantado ni siquiera con cerradura. O'Leary disparó tres veces a través de la hoja de la puerta, para que los muchachos, al otro lado, tuviesen en qué pensar. E iniciamos nuestra retirada.
Nos hallábamos en un estrecho pasaje ilumina­do por una luz bastante potente. A un extremo se veía una puerta cerrada. Hacia la derecha se alzaba una escalera.
—¿Recto? —preguntó Jack, que iba al frente.
O'Leary respondió:
—Sí.
Yo ordené:
—No. Vance ya habrá hecho bloquear esa puerta, si es que sus monos no lo han hecho antes. Arri­ba, por la escalera, al tejado.
Llegamos a la escalera. A nuestras espaldas la puerta se abrió con violencia. De inmediato la luz se apagó. Al otro extremo del pasaje la puerta se abrió de par en par, a juzgar por el ruido. Ni un mí­nimo rayo de luz atravesaba ninguna de las dos puertas. Vance hubiese querido un poco de luz. Sin duda Larrouy debía haber accionado el interruptor, con la esperanza de evitar que su almacén quedara convertido en astillas.
En el pasaje a oscuras crecía el tumulto, mien­tras nosotros subíamos por la escalera mediante el antiguo sistema del tanteo. Fueran quienes fuesen los que habían entrado por la puerta trasera, se es­taban uniendo a los que nos seguían desde el bar. Se unían entre topetazos, maldiciones y algún que otro disparo. ¡Sus fuerzas crecían! Subíamos Jack a la cabeza, luego la muchacha, yo por detrás y Red O'Leary que cerraba la marcha.
Galante, Jack iba dando pistas a la joven:
—Cuidado en el descansillo, media vuelta a la izquierda ahora, la mano derecha contra la pared y...
—¡Cállate! —le gruñí—. Es preferible dejar que se caiga y no que se nos echen encima todos esos monos.
Llegamos al segundo piso. Era la negrura mis­ma. Y el edificio tenía tres plantas.
—No encuentro el comienzo del otro tramo —se quejó Jack.
Tanteamos en la oscuridad, en busca del tramo de escaleras que nos podría llevar hasta el tejado. No pudimos hallarlo. Abajo, el alboroto se aquie­taba. La voz de Vance advertía a los suyos que se estaban mezclando y dando de golpes unos con otros; todos se preguntaban por dónde habíamos salido nosotros. Al parecer, nadie lo sabía. Nosotros tampoco.
—Por allí —llamé entre la oscuridad. Me abrí paso por el pasillo hacia la parte posterior del edifi­cio—. A algún lado iremos a parar.
Desde abajo aún nos llegaban ruidos, pero ya no eran de pelea. Los hombres hablaban de conseguir alguna luz. Tropecé contra una puerta, al otro lado del pasillo, y la abrí. Un cuarto con dos ventanas, a través de las cuales el pálido resplandor de las luces de la calle nos pareció el brillo del sol, después de la oscuridad en que nos habíamos movido. Mi peque­ña banda me siguió y cerramos la puerta.
Red O'Leary atravesó el cuarto y se asomó por una de las ventanas.
—La calle trasera —murmuró—. No hay modo de bajar, como no sea saltando.
—¿Alguien a la vista? —pregunté.
—No veo a nadie.
Miré a mi alrededor: una cama, un par de sillas, una cómoda y una mesa.
—Tiraremos la mesa por la ventana —dije—. La arrojaremos tan lejos como nos sea posible y quie­ra Dios que el estrépito les haga salir antes de que se decidan a echar una mirada aquí arriba.
Red y la muchacha se aseguraban mutuamente que cada uno estaba aún entero y de una sola pieza. El pelirrojo se apartó de la joven para echarme una mano con la mesa. La balanceamos un par de veces y la soltamos. La mesa se comportó muy bien, al estrellarse contra la pared del edificio de enfrente para caer dentro de un patio y producir un buen estrépito sobre una pila de hojalata o una co­lección de cubos de basura o algo semejante que generó un simpático estruendo. Pero no se habría oído a más de una manzana y media de distancia.
Nos apartamos de la ventana en el momento en que nuestros perseguidores comenzaron a precipi­tarse hacia la calle por la puerta trasera del bar de Larrouy.
La muchacha, incapaz de hallar heridas en el cuerpo de O'Leary, se había dedicado a Jack Counihan. El chico tenía un corte en la mejilla. Y ella se proponía curárselo con un pañuelo.
—Cuando termines con éste —le decía Jack a su improvisada enfermera—, saldré para que me ha­gan otro en la otra mejilla.
—¡Oh!, ésa es una buena idea —aprobó Nancy.
—San Francisco es la segunda ciudad de Ca­lifornia. Sacramento es la capital del estado. ¿Te interesa la geografía? ¿Quieres que te hable de Ja­va? Nunca he estado allí, pero tomo el café que pro­duce la isla. Si...
—¡Tonto! —dijo Nancy, y se echó a reír—. Si no te quedas quieto, terminaré ya mismo.
—¡Oh!, ésa ya no es una buena idea —replicó mi ayudante—. Me quedaré quieto.
Nancy no hacía más que enjugar la sangre de la mejilla: una sangre que tendría que haberse secado allí, por si sola. Cuando terminó sus primeros auxi­lios perfectamente inútiles, la joven retiró la mano con lentitud, observando los poco visibles resulta­dos con aire de orgullo. Cuando su mano llegó a la altura de los labios de Jack, él inclinó la cabeza ha­cia delante y estampó un beso en la punta de uno de esos dedos.
—¡Tonto! —dijo Nancy otra vez y alejó su mano deprisa.
—Déjate de ésas —masculló Red O'Leary—, o te pongo fuera de combate.
—Métete en lo que te importa —respondió Jack Counihan.
—¡Reddy! —gritó Nancy, demasiado tarde.
La derecha de O'Leary salió a relucir. Jack reci­bió el golpe en mitad del estómago y fue a dar en el suelo, dormido. El gigante pelirrojo giró sobre sus talones para enfrentarse conmigo.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó.
Miré hacia abajo, a Jack, con una sonrisa. Lue­go alcé la cabeza para sonreírle a Red.
—Estoy avergonzado de él —dije—. Dejarse po­ner fuera de combate por un pesado que usa la de­recha.
—¿Quieres probarla?
—¡Reddy! ¡Reddy! —suplicó la muchacha, pero ninguno de los dos le prestábamos atención.
—Si lo haces con la derecha —respondí al peli­rrojo...
—Lo haré —prometió, y así lo hizo.
Yo hice mi parte: esquivé el golpe torciendo la cabeza y le metí el índice en el mentón.
—Ése podría haber sido un puñetazo —le ad­vertí.
—¿Sí? Pues allí va uno.  
Me las apañé para soportar su izquierda, flexionando mi brazo por delante de mi garganta. Pero con eso ya había agotado mis recursos defensivos. Y me pareció mi deber tratar de hacerle algo al gi­gante, si es que me era posible. La muchacha le aprisionó un brazo y se colgó de él.
—Reddy, cariño, ¿no te ha bastado la pelea de esta noche? ¿No puedes ser sensato, aunque seas irlandés?
Tuve que reprimir la tentación de darle un buen golpe, mientras su amiguita le tenía aferrado.
El pelirrojo se echó a reír, bajó la cabeza y besó en los labios a la muchacha. Luego me dedicó una sonrisa.
—Siempre hay una segunda vez —me dijo, de buen talante.

—Será mejor que salgamos de aquí si es posible —dije—. Has organizado demasiado jaleo y no es­tamos a salvo en este lugar.
—No te preocupes tanto, gordito —me respon­dió Red—. Cógete de los bordes de mi chaqueta y yo te sacaré.
El muy idiota. De no haber sido por Jack y por mí en ese momento no le quedarían ni siquiera los bordes de la chaqueta.
Nos acercamos a la puerta poniendo todos nues­tros sentidos. No se oía ningún ruido.
—La escalera hacia el tercer piso debe estar por delante —susurré—: busquémosla.
Abrimos la puerta con cuidado. La luz que llegaba por atrás fue suficiente para dejarnos vislumbrar una promesa de quietud. Nos deslizamos por el pasillo, cada uno con una mano en un brazo de la mucha­cha. Tenía la esperanza de que Jack se las compusie­ra para salir de allí: él mismo se había hecho poner fuera de combate y yo tenía mis propios problemas.
Nunca había pensado que el edificio del bar de Larrouy fuera tan grande como para tener un pasi­llo de un kilómetro de longitud. Y lo tenía. Recorri­mos casi medio kilómetro en la oscuridad antes de llegar a la escalera por la que habíamos subido. No nos detuvimos allí para escuchar las voces del piso inferior. Al cabo de otro medio kilómetro, el pie de O'Leary halló el escalón inicial del tramo que lleva­ba hacia arriba.
En ese preciso instante, un grito brotó del extre­mo inferior del tramo de escalera que habíamos dejado atrás.
—¡Arriba! ¡Están arriba!
Una luz blanca relampagueó sobre el gritón y un inconfundible tono irlandés se dejó oír en las pala­bras que alguien dijo desde abajo:
—Vamos, baja, bola de viento.
—La policía —susurró Nancy Reagan. A empello­nes subimos por la escalera que nos conducía hacia el tercer piso.
Más oscuridad, tal como la que habíamos deja­do atrás. Nos detuvimos en el tope de la escalera. Al parecer no teníamos compañía.
—El tejado —dije—. Corramos el riesgo de en­cender una cerilla.
A nuestras espaldas, en un rincón, la débil luz de la cerilla nos dejó ver una escala adherida a la pared que llevaba hasta una trampilla en el cielo raso. En el mínimo tiempo posible nos hallamos sobre el tejado del bar de Larrouy, con la trampilla cerrada ya.
—Todo de maravilla —dijo O'Leary—, y si las ra­tas de Vance y la poli se entretienen unos minutos más... ¡vía libre!
Dirigí la marcha por los tejados. Bajamos unos tres metros para pasar al edificio contiguo y luego subirnos apenas para llegar al siguiente. Al final de ese tercer tejado, encontramos una escalera de incendios que bajaba hasta un patio estrecho con una puerta que daba a un callejón.
—Por aquí tendría que ser —dije y comencé a bajar.
La chica bajó por detrás de mí y, por último, lo hizo Red. El patio en el que habíamos ido a dar es­taba vacío: una pequeña superficie de cemento entre dos edificios. El extremo de la escalera de in­cendios crujió bajo mi peso, pero el ruido no pro­dujo ninguna alarma a nuestro alrededor. La oscu­ridad del patio era mucha, pero no llegaba a la negrura total.
—Cuando estemos en la calle, nos separaremos —me dijo O'Leary, sin una palabra de gratitud por mi ayuda: una ayuda que, según él, no habría sido necesaria, sin duda—. Tú te irás por tu lado y noso­tros por el nuestro.
—Aja —asentí, mientras me devanaba los sesos para determinar qué podía hacer en esas circuns­tancias—. Investigaré ese callejón antes de salir.
Con sumo cuidado me dirigí hacia el otro lado del patio y arriesgué mi cabeza descubierta para atisbar en el callejón. Estaba en silencio, pero en una de las esquinas, a un cuarto de manzana, dos vagabundos parecían estar muy entregados a su holgazanería. No eran policías. Di un paso hacia la calle y los llamé. No podían reconocerme a esa dis­tancia y con tan poca luz; tampoco había motivos para que pensasen que yo no era de la pandilla de Vance, en el caso de que ellos sí lo fueran.
Cuando se encaminaron hacia donde me halla­ba yo, retrocedí hasta el patio y silbé a Red. No era de los que hay que llamar dos veces cuando hay pe­lea. Llegó a mi lado en el instante en que los otros dos hacían su aparición. Me encargué de uno de ellos. Red del otro.
Lo que yo necesitaba era organizar algún lío. Tuve que sudar como una mula para conseguirlo. Para ser justos, aquellos dos eran un par de cara­melos. El mío no sabía qué hacer frente a mis em­bestidas. Tenía un revólver, pero lo primero que consiguió fue dejarlo caer y, en la refriega, lo patea­mos lejos de todo posible alcance. El vago se dobló en dos, mientras yo sudaba tinta para hacerle recu­perar su posición erguida. La oscuridad me presta­ba su auxilio, pero aun así era ridículo fingir que aquel tipo me estaba dando guerra; mi intención era ponerle a espaldas de O'Leary, que en esos mo­mentos no tenía ninguna dificultad con el suyo.
Por fin lo logré. Estaba detrás de O'Leary, que había arrinconado a su adversario contra la pared con una mano y, con la otra, se disponía a ponerle fuera de combate. Sujeté con la mano izquierda la muñeca de mi contrincante, le hice girar hasta que quedó de rodillas, desenfundé mi revólver y le metí un tiro en la espalda a O'Leary, por debajo del hom­bro derecho.
Red se inclinó, sin dejar de aplastar a su hombre contra la pared. Yo me deshice del mío con un gol­pe del cañón de mi arma.
—¿Te ha dado, Red? —le pregunté, en tanto que le sostenía con un brazo y asestaba un buen golpe en la cabeza de su oponente.
—Sí.
—Nancy—llamé.
La chica corrió hacia nosotros.
—Sosténlo de ese lado —dije a la muchacha—. Trata de tenerte en pie, Red, y nos escurriremos de aquí ya mismo.
La herida era demasiado fresca aún para que afectara a sus movimientos, pero tenía el brazo de­recho fuera de combate. Bajamos por la calle hasta una esquina. Tuvimos perseguidores antes de llegar a ella. Caras curiosas nos observaron en la calle. A una manzana de distancia, un policía comenzó a moverse en dirección a nosotros. Con la muchacha sosteniendo a O'Leary de un lado y yo del otro, co­rrimos durante media manzana para llegar hasta el coche que habíamos utilizado Jack y yo. La calle estaba animada en el momento en que puse en marcha el motor y la chica acomodó al gigante pelirrojo en el asiento trasero. El poli gritó y nos ob­sequió con un tiro al aire. Abandonamos el vecin­dario.
No me había fijado ningún destino todavía, de modo que después de la primera escapada veloz, disminuí la marcha, di la vuelta a no pocas esqui­nas y me detuve en una calle oscura, al otro lado de Van Ness Avenue.
Red estaba casi caído en un rincón del asiento trasero; la chica trataba de mantenerlo erguido cuando me volví a mirarles.
—¿Adónde? —pregunté.
—¡Un hospital, un médico, algo! —sollozó la muchacha—. ¡Está muriéndose!
No me creí semejante cosa. Y si era verdad, la culpa era del propio Red. De haber demostrado la gratitud suficiente como para llevarme consigo en calidad de compañero, no me hubiese visto yo obligado a dispararle, de modo que tuviese que lle­varme consigo en calidad de enfermera.
—¿Adónde quieres ir, Red? —le pregunté, tocán­dole una rodilla con el dedo.
Me respondió con dificultad: las señas del hotel de Stockton Street.
—Eso no me parece bien —me opuse—. Todo el mundo en la ciudad sabe que ésa es tu cueva y si vuelves allá, te limpiarán. Piénsalo. ¿Adónde quie­res ir?
—Hotel —repitió.
Me puse de rodillas sobre el asiento y me incliné hacia él, para seguir con mi trabajo de convenci­miento. Estaba débil. Ya no podría resistir mucho tiempo más. Intimidar a un hombre que, después de todo, tal vez estuviese a punto de morir, no era muy caballeresco. Pero ya había invertido no pocos cui­dados en aquel pollo con la intención de que me condujese hasta sus compinches. Y no estaba dis­puesto a amilanarme por tan poca cosa. Durante al­gunos minutos me dio la impresión de que aún no se encontraba lo bastante débil. Tal vez me vería obligado a dispararle nuevamente. Pero la mucha­cha me secundó de modo admirable y, por último, entre ambos logramos convencerle de que la única alternativa segura era marcharnos a algún lugar donde pudiese permanecer oculto, mientras se le brindara la atención médica que le era imprescin­dible. En rigor no le convencimos de nada... Sólo le fatigamos hasta que cedió, porque se encontraba de­masiado débil para continuar la discusión. Me dio una dirección de las afueras de la ciudad, cerca de Holly Park.
Con la esperanza de que todo fuese para bien, enfilé el coche hacia allá.
Era una casa pequeña en medio de una hilera de otras casas pequeñas. Sacamos a nuestro gigantón del coche y entre ambos le arrastramos hasta la puerta de la calle. Casi podría haberlo hecho por sí mismo, sin ayuda nuestra. La calle estaba a oscu­ras. No se veía ninguna luz dentro de la casa. Hice sonar el timbre.
No sucedió nada. Otro timbrazo. Luego, otro más.
—¿Quién es? —preguntó una voz áspera, desde el interior de la casa.
—Red está herido —respondí.
Hubo silencio durante unos momentos. Luego la puerta se abrió, menos de diez centímetros. A través de la abertura llegaba un hilo de luz: sufi­ciente para reconocer la cara chata y los protube­rantes músculos de las mandíbulas del rompecráneos que había sido guardaespaldas y verdugo de Motsa Kid.
—¿Qué diablos? —preguntó.
—Asaltaron a Red. Casi lo liquidan —expliqué empujando hacia delante al pelirrojo semiinconsciente.
Pero no conseguimos mover la puerta: el rompecráneos la sostuvo tal como estaba.
—Esperaréis —dijo antes de cerrarnos la puerta en las narices. Desde el interior nos llegó su voz—: Flora.
Aquello sí que fue bueno. Red nos había llevado al sitio exacto que yo pretendía descubrir.
Cuando el rompecráneos volvió a abrir la puer­ta, la abrió de par en par y Nancy Reagan y yo nos adelantamos con nuestro fardo. Junto al rompecrá­neos, de pie, vestida con una prenda de mal corte y de seda negra, una mujer nos observaba. Big Flora, supuse.
Mediría, por lo menos, metro setenta y cinco, sobre los tacones finos de sus pantuflas. Eran muy pequeñas aquellas pantuflas y comprobé que tam­bién lo eran sus manos sin anillos. Pero no el resto de su cuerpo. Tenía hombros anchos, un pecho am­plio y una garganta rosada que, a pesar de su piel suave, dejaba ver una musculatura de luchador. Aparentaba, poco más o menos, mis años —cerca de los cuarenta— y tenía el pelo muy rubio, rizado y brillante; la piel sonrosada subrayaba la belleza brutal de su cara. Sus ojos profundos eran grises, sus labios gruesos estaban bien delineados y su nariz era lo bastante ancha y curvada como para darle un aspecto de fuerza; el mentón de Big Flora era digno de esa nariz. Desde la frente hasta la gar­ganta, su piel rosada encubría suaves y poderosos músculos.
Aquella Big Flora no era un juguete. Tenía el as­pecto y la actitud de una mujer que bien podía haber organizado el atraco y la traición posterior. A menos que su rostro y su cuerpo mintiesen, era poseedora de toda la fortaleza física y mental, y de la voluntad necesarias para el caso. Y aún algo más, si fuera preciso. El material de que estaba he­cha, sin duda, era más duro que el del mono rompecráneos que estaba de pie a su lado o que el del gigante pelirrojo que yo sostenía.
—¿Bien? —preguntó una vez que la puerta se hubo cerrado a nuestras espaldas. Su voz era pro­funda pero no masculina... era una voz adecuada a su porte.
—Vance lo ha atacado con toda su pandilla en el bar de Larrouy. Tiene un tiro en la espalda —le res­pondí.
—¿Tú quién eres?
—¡Mételo en la cama! —desvié el tema—. Ten­dremos toda la noche para hablar.
Big Flora se volvió e hizo chasquear sus dedos. Un hombrecito viejo y desarrapado emergió de una puerta cercana a la parte trasera de la habita­ción. Sus ojos marrones transmutaban un miedo cerval.
—Ve arriba, maldición —ordenó Flora—. Prepa­ra la cama, lleva agua caliente y toallas.
El hombrecito trepó por la escalera como si fue­se un conejo atacado de reumatismo.
El rompecráneos ocupó el puesto de la mucha­cha junto a Red y entre ambos lo llevamos, escaleras arriba, hasta un cuarto en el que el viejo se mo­vía deprisa, con las manos cargadas de palanganas. Flora y Nancy Reagan nos siguieron. Echamos al herido boca abajo sobre la cama y le desnudamos. Aún manaba sangre del orificio del proyectil. Red O'Leary estaba inconsciente.
Nancy Reagan perdió todo su aplomo.
—¡Está muriéndose! ¡Llamad a un médico! ¡Oh, Reddy, amor mío...!
—¡Cállate! —ordenó Big Flora—. Este mierda tenía que ir a reventar al bar de Larrouy, justamen­te esta noche. —Aprisionó al hombrecito asustado por un hombro y lo empujó hacia la puerta—. Desinfectante y más agua —le ordenó—. Dame la navaja, Pogy.
El hombre con aspecto de mono extrajo el arma de uno de sus bolsillos. Tenía una larga hoja que había sido afilada hasta convertirse en una lámina de metal estrecha y fina. Ésta es la navaja que ha cortado la garganta del Motsa Kid, pensé. Con aquella misma navaja, Big Flora iba a extraer el proyectil enterrado en la espalda de Red O'Leary.
El mono Pogy arrinconó a Nancy Reagan sobre una silla mientras se realizaba la operación. El hombrecito asustado estaba de rodillas junto a la cama y alcanzaba a Flora lo que ella le pedía, y en­jugaba la sangre a Red a medida que inundaba la herida y corría hacia los lados.
Yo permanecía de pie, junto a Flora, encendien­do cigarrillos del paquete que ella me había entre­gado. Cuando Flora alzaba la cabeza, mi función era pasar el cigarrillo de mi boca a la suya. La mu­jer llenaba sus pulmones con una chupada que consumía la mitad del cigarrillo y hacía un gesto afirmativo. Entonces yo le quitaba el cigarrillo de la boca. Flora exhalaba el humo y volvía a su tarea. A continuación, con la colilla que tenía entre ma­nos, le encendía otro cigarrillo y me preparaba pa­ra entregárselo cuando me lo pidiera.
Big Flora estaba de sangre hasta los codos. Su cara estaba cubierta de sudor. Era una verdadera carnicería y llevaba tiempo. Pero cuando Flora se irguió para exhalar la última bocanada de humo, había extraído el proyectil de la espalda de Red, el flujo de sangre se había detenido y el pelirrojo esta­ba vendado.
—Gracias a Dios que todo ha terminado —dije antes de encender uno de mis propios cigarrillos—. Esas píldoras que fumas tú son insoportables.
El hombrecito asustado fregaba el suelo. Nancy Reagan se había desmayado sobre la silla, al otro lado del cuarto, y nadie le prestaba atención.
—No le quites el ojo a este caballero, Pogy —or­denó Flora al rompecráneos mientras me señalaba con un movimiento de su cabeza—. Voy a la­varme.
Me acerqué a la muchacha, le friccioné las mu­ñecas, le eché unas gotas de agua en la cara. Recu­peró el sentido.
—Le han sacado la bala. Red duerme. Dentro de una semana estará metido en otra nueva pelea —le dije.
Se puso en pie de un brinco y corrió hacia la cama.
Flora reapareció en el cuarto. Se había lavado y se había cambiado el vestido negro, manchado de sangre, por un kimono verde que se entreabría aquí y allá y dejaba ver gran parte de su ropa interior, de color orquídea.
—Habla —ordenó, de pie frente a mí—. ¿Quién, qué y por qué?
—Soy Percy Maguire —le respondí, como si ese nombre, que acababa de inventar, lo explicase todo.
—Eso contesta al quién —me dijo Big Flora, co­mo si mi nombre inventado no explicase nada—. ¿Qué hay del qué y del porqué? El mono Pogy, de pie a un lado, me observó de pies a cabeza. Soy bajo y regordete. Mi cara no asusta ni siquiera a un niño, pero es testigo fidedigno de una vida que no se ha desarrollado en medio del refinamiento y las comodidades. La diversión de aquella noche me lo había decorado con golpes y arañazos y había operado ciertos cambios en mi ropa.
—Con que Percy —repitió el rompecráneos con una sonrisa llena de dientes amarillos y separa­dos—. ¡Dios, tus viejos debían ser daltónicos!*
* Juego de palabras con Maguise, marabú. (N. del T.)
—Eso contesta también al qué y al porqué —in­sistí frente a Big Flora, sin prestar atención al chis­te del representante del zoológico—. Soy Percy Maguire y quiero mis ciento cincuenta mil dólares.
Las cejas de Flora se abatieron sobre sus ojos.
—¿Que quieres ciento cincuenta mil dólares?
Asentí bajo su cara bella y brutal.
—Sí. Por eso he venido.
—¡Oh! No los tienes aún, ¿y los quieres?
—Oye, hermana, quiero mi pasta. —Tenía que mostrarme duro si quería que el juego continua­se—. Eso de tú quieres y de tú no los tiene aún sólo me ha dado sed. Hemos participado en el gran gol­pe, ¿sabes? Y luego, cuando supimos que el pago no llegaría, le he dicho al chico que iba conmigo: «No te preocupes, chico, tendremos nuestra pasta. Tú sigue a Percy.» Y luego ha venido Bluepoint y me ha pedido que me metiera en el asunto con él y le he dicho: «Pues claro que sí.» Y el chico y yo nos hemos ido con él hasta aquel bar, para ver a Red. Entonces le he dicho al chico: «Estos pistole­ros baratos quieren liquidar a Red y eso no nos lle­va a ninguna parte. Lo sacaremos de aquí y lo obli­garemos a que nos lleve hasta el sitio en que Big Flora está sentada sobre el botín. Ahora que han quedado tan pocos en el asunto, bien podemos pedir ciento cincuenta mil por cabeza. Si después de eso se nos ocurre liquidar a Red, pues bueno, eso haremos. Pero los negocios antes que el placer y ciento cincuenta de los grandes es un real nego­cio.» Y eso hemos hecho. Le abrimos una salida al gigantón cuando ya no tenía ninguna. El chico se puso pesado con el pelirrojo y la muchacha, y reci­bió una paliza. A mí eso me da igual. Si esta cría va­le ciento cincuenta mil para él... pues es justo. Yo he venido con Red. Por derecho, tendría que recibir los ciento cincuenta mil del chico... que serían tres­cientos mil en total... pero si me das los ciento cin­cuenta mil que he venido a buscar dejamos todo liquidado ya mismo.
Me figuraba que este discurso podía tener algún efecto. Por supuesto que ni había soñado con que ella me diese un solo céntimo. Pero si los jefes de la banda no conocían a esta gente, ¿por qué había de pensar que esta gente conocía a todos los miem­bros de la pandilla?
Flora dio una orden a Pogy:
—Ve a quitar ese cacharro de delante de la puerta.
Me sentí más a gusto cuando el rompecráneos salió. Big Flora no lo hubiese enviado fuera a cam­biar de sitio el coche de haberme preparado alguna jugarreta.
—¿Habrá algo de comida aquí? —pregunté co­mo si me hallara en mi propia casa.
La mujer se acercó a la escalera y gritó:
—Haznos algo de comer.
Red seguía inconsciente aún. Nancy Reagan, sentada junto a la cama, sostenía una mano del pelirrojo. La cara de la chica estaba totalmente blanca. Big Flora regresó al cuarto, echó una mirada al herido, le aplicó una mano a la frente y le tomó el pulso.
—Baja—me dijo.
—Yo... yo preferiría quedarme aquí, si es posi­ble —balbuceó Nancy Reagan. Tanto su voz como sus ojos traslucían el terror que le inspiraba Big Flora.
La mujer, sin decir palabra, bajó la escalera. La seguí hacia la cocina, donde el hombrecito estaba preparando huevos y jamón en una sartén. Observé que la ventana y la puerta trasera estaban refor­zadas con gruesas maderas sostenidas por fuertes tablones atornillados al suelo. El reloj que estaba sobre el fregadero marcaba las dos y cincuenta de la madrugada.
Flora sacó a relucir una botella de licor y sirvió un par de copas: para ella y para mí. Nos sentamos a la mesa y, mientras esperábamos la comida, Flora maldijo a Red O'Leary y a Nancy Reagan, por encon­trarse y estropearlo todo justo en el momento en que ella, Flora, más necesitaba de la fuerza del gi­gantón. Los maldijo individualmente, como pareja y hasta planteó una cuestión racial al maldecir a to­dos los irlandeses. El hombrecito nos puso en la mesa los huevos y el jamón.
Habíamos ingerido ya los sólidos y estábamos mejorando el sabor de nuestra segunda taza de café con unas gotas de alcohol, cuando regresó Pogy. Traía noticias.
—Al otro lado de la calle, en la esquina, hay un par de tipos que no me caen bien.
—¿Polis o...? —preguntó Flora.
—O —respondió el mono.
Flora volvió a maldecir a Red y a Nancy. Pero ya había agotado el tema. Se dirigió a mí, pues.
—¿Por qué diablos les has traído aquí? —pre­guntó—. ¡Mira que dejar una pista de un kilómetro de ancho! ¿Por qué no has dejado que ese idiota muriera donde le acertaron?
—Le he traído aquí para conseguir mis ciento cincuenta mil. Pásamelos y seguiré mi camino. No me debes nada más que eso. Y yo no te debo nada a ti. Dame la pasta, en lugar de darme palabras, y ahuecaré el ala ahora mismo.
—Diablos, sí que lo harás —dijo Pogy.
La mujer me miró entre sus párpados entorna­dos y siguió bebiendo su café.

Quince minutos más tarde, el hombrecito desarrapado llegó corriendo a la cocina y diciendo que oía pasos sobre el techo. Sus opacos ojos ma­rrones parecían los de un buey aterrorizado, y sus labios blanquecinos se estremecían bajo el bigote ralo y amarillento.
Flora le aplicó diversos calificativos y lo envió escaleras arriba nuevamente. Se puso de pie y se ajustó el kimono verde en torno al robusto cuerpo.
—Tú estás aquí —me dijo—, y tendrás que que­darte con nosotros. No hay otra salida. ¿Tienes un arma?
Admití que tenía un revólver, pero sacudí la ca­beza para negarme a todo lo demás.
—No ha llegado la hora de mi entierro... todavía —respondí—. Harían falta los ciento cincuenta mil, en metálico, en propia mano, para que Percy se metiera en el jaleo.
Yo quería saber si el producto del atraco estaba en la casa.
La voz llena de sollozos de Nancy Reagan llegó hasta nosotros desde la escalera:
—¡No, cariño, no! Por favor, por favor, ¡vuelve a la cama! ¡Te estás matando, Reddy, querido!
Red O'Leary irrumpió en la cocina. Estaba des­nudo, a excepción de unos pantalones grises y del vendaje. Sus ojos parecían afiebrados y felices. Sus labios resecos se estiraban en una sonrisa. Sostenía una pistola en la mano izquierda. El brazo derecho le pendía junto al costado, inútil. Por detrás de él venía al trote Nancy Reagan. La chica dejó de supli­carle y se acurrucó cerca de la espalda del gigante al ver a Big Flora.
—Haz sonar la campana y salgamos —dijo entre risotadas el pelirrojo semidesnudo—. Vance está en la calle.
Flora se acercó a él, le aplicó un par de dedos al pulso y los mantuvo allí durante unos segundos. De inmediato, hizo un gesto de asentimiento.
—Tú, loco, hijo de tal —dijo con un tono que de­notaba orgullo maternal más que cualquier otra cosa—. Ya te encuentras bien para una pelea. Y nos viene al pelo, maldita sea, porque ahora mismo se va a organizar una.
Red se echó a reír. Era una carcajada triunfante que se jactaba de su propia tosquedad. Luego sus ojos se volvieron hacia mí. Se le desvaneció la risa y una mirada inquisitiva los convirtió en una línea oscura.
—Hola —me dijo—. He soñado contigo, pero no puedo recordar qué pasaba en el sueño. Pasaba... espera. Lo recordaré dentro de un minuto. Suce­día... ¡Por Dios! ¡He soñado que eras tú el que me metía el plomo en el cuerpo!
Flora me dedicó una sonrisa: la primera que veía yo en sus labios y habló deprisa: —No lo sueltes, Pogy.
Giré para abandonar mi asiento describiendo una trayectoria oblicua.
El puño de Pogy me alcanzó en la sien. Me tam­baleé a todo lo ancho de la cocina e hice todos los esfuerzos posibles por mantener el equilibrio. Entre­tanto, pensaba en el golpe sobre la sien de Motsa Kid. Pogy ya se me había echado encima cuando una pared me ayudó a recuperar la vertical.
Logré meterle uno de mis puños en su chata na­riz —¡plaf!— y de inmediato comenzó a chorrear sangre. Pero me había aferrado con sus garras pilosas; metí el mentón y le di un cabezazo en la cara; el perfume de Big Flora me inundó la nariz. Sus ropas de seda me rozaron. Agarrándome un buen mechón de pelo con cada mano me levantó la cabe­za, ofreciendo mi cuello a Pogy. El mono lo aferró con sus dos garras. Dejé de resistir. Aquella presión en mi garganta no era mortal, pero no tenía nada de agradable.
Flora me requisó la porra y el revólver.
—Treinta y ocho especial —declaró en voz alta el calibre del arma—. Te he sacado un proyectil del treinta y ocho especial de la espalda, Red. —Las pa­labras me sonaron débiles, entre el zumbido que me llenaba el cráneo.
En la cocina, la voz del viejo balbuceaba algo. No pude comprender lo que estaba diciendo. Las manos de Pogy me soltaron; me apreté la garganta con mis propias manos: era infernal la sensación de no sentir ya esos dedos duros como garfios. La negrura que me cubría los ojos se disipó con lenti­tud, dando paso a innumerables nubecitas purpú­reas que flotaban y flotaban en torno a mí. En ese momento me senté sobre el suelo; entonces supe que había estado de espaldas.
Las nubes purpúreas se disiparon lo bastante como para ver, a través de ellas, que en la cocina habíamos quedado sólo tres personas. En un rin­cón, temblando sobre una silla, se hallaba Nancy Reagan. Sentado en otra, junto a la puerta, con una pistola en la mano, estaba el hombrecito aterrori­zado. Sus ojos reflejaban miedo y desesperación. Su arma y su mano se sacudían en dirección a mí. Traté de pedirle que dejase de temblar o que no me apuntase con el arma, pero aún no podía decir una palabra.
Escaleras arriba resonaron los disparos de va­rias armas, cuyo estrépito parecía más fuerte a cau­sa del reducido espacio de la casa.
El hombrecito dio un respingo.
—Sácame de aquí —susurró en forma sorpresi­va—. Te daré todo, todo. ¡Sí! Te lo daré todo... si me sacas de esta casa.
Ese débil rayo de luz, que se filtraba por donde antes no había ni siquiera un punto luminoso, me devolvió el uso de mis cuerdas vocales:
—Habla deprisa —logré decir.
—Te entregaré a los que están allá arriba. A ese demonio de mujer. Te daré el dinero, te lo daré to­do... si me dejas salir de aquí. Soy viejo. Me en­cuentro enfermo. No puedo vivir en la cárcel. ¿Qué tengo que ver yo con los robos? Nada. ¿Es culpa mía que ella sea un demonio de mujer?... Tú lo has visto ya. Soy un esclavo... yo, que estoy casi al final de mi vida. Abusa de mí, me maldice, me pega... es el cuento de nunca acabar. Y ahora tendré que ir a la cárcel porque esa mujer es un demonio. Soy vie­jo, no podré vivir en la cárcel. Déjame que me mar­che. Hazme ese favor. Te entregaré a ese demonio de mujer... y a los otros demonios que están con ella... y te entregaré el dinero que han robado. ¡De verdad! —y el viejo siguió gimoteando y sollozando, abatido en la silla, presa del pánico.
—¿Como podría sacarte de aquí? —pregunté mientras me levantaba sin apartar los ojos de su ar­ma. Tenía que llegar hasta él mientras estuviese hablándome.
—Tú puedes. Eres amigo de la policía... lo sé. La policía está aquí ahora... Esperan la luz del día pa­ra entrar en la casa. Yo mismo, con mis viejos ojos, les he visto llegar con Bluepoint Vance. Tú puedes sacarme de aquí entre tus amigos, los policías. Haz lo que te pido y te entregaré a esos demonios y el dinero.
—Me parece bien —le dije; avancé un paso hacía él, con sumo cuidado—. ¿Pero podré marchar­me de aquí cuando quiera?
—¡No! ¡No! —exclamó sin prestar atención al segundo paso que yo había dado en dirección a él—. Antes te entregaré a esos tres demonios. Y el dine­ro. Eso haré. Luego tú me sacarás fuera de aquí... y también a esta chica. —Con un movimiento brusco de la cabeza, me señaló a Nancy Reagan, cuya cara blanca, bella aún, a pesar de que el terror la cubría por completo, se había convertido casi por entero en un par de ojos desorbitados—. Ella también. No tiene nada que ver con los crímenes de esos demo­nios. Ha de marcharse conmigo.
Me pregunté qué se propondría hacer aquel an­ciano conejo. Fruncí el ceño con el más profundo de los aires pensativos; al mismo tiempo avancé otro paso hacia mi interlocutor.
—No cometas errores —susurró el viejo con fruición—. Cuando ese demonio de mujer regrese aquí, morirás... te matará, sin duda.
Tres pasos más y hubiese estado lo bastante cer­ca de él como para atacarlo y quitarle el arma.
Ruido de pasos en la sala. Demasiado tarde para saltar.
—¿Sí? —siseó el viejo con desesperación.
Asentí con la cabeza una décima de segundo an­tes de que Big Flora apareciese en el vano de la puerta.

Estaba vestida, presta para la acción, con unos pantalones azules que tal vez serían de Pogy, moca­sines de tacón bajo y una blusa de seda. Un lazo le sujetaba los cabellos rubios y rizados a la altura de la nuca. Llevaba un revólver en la mano y uno en cada bolsillo del pantalón.
El que tenía en la mano se elevó hasta apuntar­me a la altura del pecho.
—Estás liquidado —me dijo, sin ningún rodeo.
Mi nuevo compinche gimoteó:
—¡Un momento! ¡Un momento, Flora! Aquí no, por favor. Déjame llevarlo al sótano.
Flora le echó una mirada despreciativa y enco­gió sus anchos hombros cubiertos de seda.
—Date prisa —ordenó—. Dentro de media hora será de día.
Sentí que podía echarme a llorar hasta las car­cajadas en las narices de ellos. ¿Es que iba a creer­me que aquella mujer permitiría al viejo conejo cambiar sus planes? Supongo que antes debía ha­ber concedido alguna importancia a la ayuda del vejete; de lo contrario no me hubiera sentido tan desilusionado al ver que la comedia era, en reali­dad, una farsa. Pero cualquier situación en la que me metiera no podía ser peor que aquella en la que me hallaba.
De modo que me encaminé hacia la sala, con el viejo a mis espaldas, abrí la puerta que él me indi­có, encendí la luz del sótano y comencé a descen­der por la rústica escalera.
Por detrás el viejo susurraba:
—Primero te mostraré dónde está el dinero y luego te entregaré a esos demonios. ¿No olvidarás tu promesa? ¿Nos harás pasar entre la policía a la muchacha y a mí?
—Sí, claro —aseguré al vejete.
Se acercó a mí y me puso la empuñadura de un arma en la mano:
—Aguanta esto —murmuró.
Cuando metí en mi bolsillo el arma, el viejo me dio otra, que había sacado con su mano libre del bolsillo interior de la chaqueta.
A continuación me mostró el botín. Aún estaba dentro de las cajas y de los sacos en los que había salido de los bancos. El viejo insistió en mostrarme el contenido de algunos sacos y cajas: fajos verdes con las bandas amarillas que les habían puesto en el banco. Cajas y sacos estaban apilados en una pe­queña celda de ladrillos que cerraba con una puer­ta provista de candado. La llave estaba en poder del viejo.
Cerró la puerta cuando terminamos nuestra ins­pección, pero no le puso el candado. Luego me hizo recorrer una parte del camino que habíamos segui­do al llegar.
—Allí está el dinero, ya lo has visto —me dijo—. Ahora vamos a por ésos. Quédate aquí, ocúltate tras esas cajas.
Un tabique dividía el sótano por la mitad. El ta­bique mostraba la abertura de una puerta inexistente. El lugar que señaló el viejo como escondite estaba cerca de esa abertura, junto al tabique y por detrás de cuatro grandes cajas de cartón. Oculto allí, estaría a la derecha y apenas por detrás de cualquie­ra que bajase la escalera y atravesara el sótano en dirección a la celda donde se hallaba guardado el dinero. Es decir, que estaría en esa posición cuando los que llegasen atravesaran la abertura del tabique.
El viejo rebuscaba algo dentro de una de las cajas. Por fin extrajo un tubo de plomo de unos cincuenta centímetros de longitud que parecía un trozo de tubo de riego. Me lo puso en la mano mientras me explicaba su plan.
—Vendrán de uno en uno. Cuando estén a punto de atravesar esta puerta, ya sabrás qué hacer con esto. Entonces serán tuyos y cumplirás tu promesa, ¿verdad?
—Oh, sí —le aseguré, como entre sueños.
Se marchó escaleras arriba. Me acurruqué junto a las cajas y me puse a examinar las armas que me había dado... y maldita sea mi estampa si les en­contré algún defecto. Estaban cargadas y, al pare­cer, listas para entrar en acción. Ese detalle final me dejó por entero desconcertado. Ya no supe si me encontraba en un sótano o en un globo.
Cuando Red O'Leary, aún vestido sólo con aque­llos pantalones grises y las vendas, apareció en el sótano, tuve que sacudir con violencia mi cabe­za para aclararme a tiempo y asestarle un buen golpe en la nuca, tan pronto como su pie desnudo traspuso la abertura del tabique. Cayó al suelo de bruces.
El viejo se escurrió, escaleras abajo, con una ca­ra llena de muecas sonrientes.
—¡Deprisa! ¡Deprisa! —jadeó mientras me ayu­daba a arrastrar al pelirrojo hacia la celda del dinero.
Allí sacó a relucir dos trozos de cordel y ató pies y manos del gigante.
—¡Deprisa! —volvió a jadear antes de abando­narme para precipitarse escaleras arriba.
Regresé a mi escondrijo y sopesé el tubo de plo­mo. Me preguntaba si no sería que Flora me había asesinado y que ahora gozaba de las recompensas a mis virtudes... en un paraíso en el que podría diver­tirme para siempre, donde podría aporrear a todos aquellos tipos que tan mal se habían portado con­migo allá abajo.
El rompecráneos con cara de mono bajaba por la escalera. Llegó hasta la puerta. Le di en la cabeza con intensos deseos de partírsela. El vejete se acer­có a la carrera. Arrastramos a Pogy hasta la celda. Lo maniatamos.
—¡Deprisa! —jadeó el conejo, que brincaba de un lado a otro en su excitación—. La siguiente es ella... ¡pega fuerte!
Subió por la escalera y oí sus pisadas sobre mi cabeza, resonantes y apresuradas.
Parte de mi perplejidad ya me había abandona­do y estaba haciendo sitio a cierta dosis de inteligencia dentro de mi cráneo. Esta locura en que nos habíamos metido no era real. No podía estar suce­diendo. Jamás nada se había resuelto así. No es verdad que puedas estarte en un rincón poniendo fuera de combate a una persona tras otra, como una máquina, mientras un conejo calamitoso, des­de el otro lado, te las va mandando una a una. ¡Qué estupidez! ¡Ya basta!
Me aparté de mi escondite, dejé el tubo de plo­mo a un lado y descubrí otro agujero para ocultarme: bajo unos estantes, junto a la escalera. Acurrucado allí, empuñé un arma en cada mano. Este juego en el que me había metido era —tenía que serlo— peligroso en su parte final. Y no me iba a seguir arriesgando.
Flora descendía por la escalera. A sus espaldas, trotaba el hombrecito.
Con un revólver en cada mano, la mujer hizo girar su ojos por todo el sótano. Llevaba la cabeza gacha, como un animal que se apresta para la lu­cha. Sus fosas nasales se estremecían. Su cuerpo descendía sin prisa, pero sin detenerse, con un mo­vimiento equilibrado, como el de una bailarina. Aunque viviera un millón de años, jamás olvidaría el cuadro de aquella mujer hermosa y brutal bajan­do los escalones desparejos. Era un bello animal de riña que se dirigía a la pelea.
Me vio cuando me incorporé.
—¡Suelta las armas! —le dije, aunque sabía muy bien que ella no me obedecería.
El hombrecito extrajo de su manga una porra de color marrón y golpeó a Flora detrás de una oreja, en el momento en que ella me apuntaba con sus re­vólveres. Salté a tiempo para sujetarla antes de que cayera al suelo.
—¡Pues ya lo ves! —me dijo el hombrecito, jubi­loso—. Tienes el dinero y los tienes a ellos. Ahora nos vas a sacar de aquí a mí y a la chica.
—Antes la meteremos a ella junto con los otros.
Después de haber dispuesto a Flora, le pedí al viejo que cerrase la puerta de la celda. Lo hizo; con una mano me apoderé de la llave y con la otra de su cuello. Se movió como una serpiente mientras yo le revisaba la ropa para quitarle la porra y el revólver. También le encontré un cinturón con dinero.
—Quítatelo —ordené—. No te llevarás nada.
Sus dedos se afanaron por desprender la hebilla, arrastrando el cinturón por debajo de sus ropas y lo dejaron caer al suelo. Estaba bien relleno.
Siempre sujetándole por el cuello, le hice subir la escalera. La muchacha seguía sentada sobre la silla de la cocina, como si la hubiesen congelado en esa posición. Fue necesario que la obligase a tomar un trago de whisky y que le dijera una buena tanda de palabras antes de que lograra hacerle compren­der que saldría de allí junto con el viejo y que no de­bía decir ni una sola palabra a nadie y menos a la policía.
—¿Dónde está Reddy? —me preguntó cuando los colores le volvieron a la cara, que ni aun en los peores momentos había perdido la belleza, y los pensamientos a la mente.
Le dije que estaba bien y le prometí que lo inter­narían en un hospital antes de que finalizara la mañana. La joven no hizo ninguna otra pregunta. La envié escaleras arriba, en busca de su sombrero y de su abrigo, acompañé al viejo que pedía su pro­pio sombrero y luego los metí a ambos en el salón delantero de esa planta.
—Os quedaréis aquí hasta que venga a buscaros —les dije. Cerré la puerta con llave, me guardé la llave en el bolsillo y salí.
La puerta principal y la ventana de la fachada de la casa estaban atrancadas como las de la parte tra­sera. No quise arriesgarme a abrirlas, aunque ya había bastante luz afuera. De modo que subí al piso de arriba, preparé una bandera con la funda de una almohada y el larguero de una cama y la hice aso­mar por una ventana. Luego permanecí a la expec­tativa. Al cabo de unos pocos minutos, una voz pro­funda se dejó oír:
—De acuerdo, di lo que tengas que decir. Me asomé entonces y anuncié a los policías que iba a dejarlos entrar.
Tardé cinco minutos en abrir la puerta a hacha­zos. El jefe de policía, el capitán de detectives y media fuerza policial aguardaban en la acera y en la calzada, cuando por fin logré franquearles la entra­da. Los conduje hasta la celda del sótano y entre­gué a Big Flora, Pogy y Red O'Leary, junto con el dinero. Flora y Pogy estaban conscientes, pero no dijeron ni una palabra.
Mientras los funcionarios se arremolinaban en torno a su presa, subí al piso de arriba. La casa es­taba llena de oficiales de policía. Intercambié salu­dos con ellos mientras me dirigía hacia el cuarto en que había dejado a Nancy Reagan y al vejete. El te­niente Duff tenía puesta su mano sobre el picaporte de la puerta cerrada. O'Gar y Hunt estaban a su es­palda.
Sonreí a Duff y le entregué la llave.
El teniente abrió la puerta, miró al viejo, a la chica —sobre todo a la chica— y luego a mí. El co­nejo y Nancy estaban de pie en el centro de la habitación. Los ojos marchitos del vejete dejaban ver su miserable estado de terror. Los azules de la joven estaban oscurecidos por la ansiedad. Pero aquel aire ansioso no desmerecía en nada su belleza.
—Si te pertenece, no te reprocho que la ha­yas encerrado bajo llave —murmuró O'Gar en mi oído.
—Ya os podéis marchar —les dije a mis presun­tos prisioneros—. Antes de volver al trabajo, dor­mid todo lo que os haga falta.
Ambos asintieron con un movimiento de cabeza y salieron de la casa.
—¿Así es como se equilibran las cosas en tu agencia? —preguntó Duff—. Los agentes femeni­nos compensan la fealdad de los agentes mascu­linos.
Dick Foley entró a la sala.
—¿Qué ha sucedido? —le pregunté.
—Todo ha terminado. La Ángel me llevó hasta Vance. Vance me condujo hasta aquí. Yo traje a la poli. Ellos han arrestado a ambos.
Dos disparos resonaron en la calle.
Fuimos hasta la puerta y advertimos gran movi­miento junto a uno de los coches de la policía, calle abajo. Nos acercamos al lugar. Bluepoint Vance, es­posado, estaba tendido a medias sobre el asiento, a medias sobre el suelo.
—Le estábamos custodiando, en el coche, Houston y yo —explicaba a Duff un hombre de boca y rasgos duros y ropas de paisano—. Intentó huir, te­nía aferrada el arma de Houston con las dos ma­nos. Traté de separarlos... dos veces. ¡El capitán me mandará al infierno! Quería tenerle aquí a toda costa para que mantuviera un careo con los otros. Pero sabe Dios que si he disparado, ha sido porque se trataba de él o de Houston.
Duff insultó al hombre vestido de paisano lla­mándole mico inútil, mientras alzaban a Vance hasta el asiento. Los ojos torturados de Bluepoint se fijaron en mí.
—¿Te conozco? —preguntó con esfuerzo—. ¿Continental... Nueva... York?
—Sí —le dije.
—¿Has... salido... del bar... de Larrouy... con... Red?
—Sí —le confirmé—. Hemos apresado a Red, Pogy y toda la pasta.
—Pero... no... a... Papa...dop...oul...os.
—¿Al papá de quién? —pregunté con impacien­cia.
Vance se irguió en el asiento.
—Papadopoulos —repitió después de haber reunido las últimas fuerzas agónicas que le queda­ban—. He tratado... dispararle... le vi... marchar­se... la chica... el poli... demasiado rápido... hu­biese... querido...
Sus palabras se apagaron. Su cuerpo se estre­meció. La muerte le cubría la mirada casi por ente­ro. Un médico de chaqueta blanca quiso meterle en el coche. Le empujé hacia afuera y me incliné sobre Vance para pasarle un brazo por detrás de los hom­bros. Mi nuca era un témpano y tenía el estómago vacío.
—Oye, Bluepoint —le grité a la cara—. ¿Papadopoulos? ¿El viejecito? ¿El cerebro del atraco?
—Sí —dijo Vance y la última gota de vida que quedaba en él se extinguió junto con el sonido de esa palabra.
Dejé caer el cadáver sobre el asiento y me marché.
¡Por supuesto! ¿Cómo no lo había comprendido antes? El muy bribón. ¿Si, a pesar de su aparente terror, no hubiese sido él el jefe de la operación, có­mo podría haberme enviado a los otros, uno cada vez? Estaban rodeados; era cosa de morir en la pe­lea o rendirse y ser colgados. No había otra salida. La policía tenía a Vance, y éste podía decir, y lo haría, que el pequeño bufón era el jefe... El viejo no tenía posibilidad de engañar a los jurados con el ro­llo de su edad, de su debilidad y con su papel de es­clavo de los otros.
Y yo... sin ninguna posibilidad de elección, esta­ba obligado a aceptar su ofrecimiento. De lo contrario, estaba aniquilado. Había sido un juguete en sus manos; sus cómplices también habían sido un juguete para él. Les había traicionado, de la misma manera que ellos le habían ayudado a traicionar a los demás... y yo le había dejado marcharse con to­da tranquilidad.
Claro que podría poner todo patas arriba por to­da la ciudad, para buscarle: mi promesa se había limitado a sacarle de la casa, pero...
¡Qué vida!




Demasiados han vivido

[Too many have lived, 1932]
Un relato de Un hombre llamado Spade y otras historias

La corbata del hombre eran tan naranja como una puesta de sol. Se trataba de un individuo robusto, alto y puro músculo. El pelo oscuro con raya al medio y pegado al cuero cabelludo, las mejillas firmes y carnosas, la ropa que ceñía su cuerpo con evidente comodidad, e incluso las orejas, pequeñas y rosadas, adheridas a los lados de la cabeza: cada uno de estos elementos parecía formar parte de los distintos colores de una misma superficie uniforme. Tenía entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.
Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo:
—No. Sólo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre —sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade.
Spade se balanceó en el sillón. Su rostro —al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable— mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz.
—¿Por qué?
El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro:
—Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso he acudido a usted.
El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes prosiguió:
—Y estaré de acuerdo con un precio razonable. Spade volvió a asentir, y respondió:
—Y yo, pero tiene que decirme qué servicio quiere pagar. Quiere averiguar qué le pasó a éste..., bueno, a Eli Haven, pero no le importa saber de qué se trata.
Aunque el hombre de ojos verdes bajó la voz, su expresión no cambió.
—En cierto sentido, me interesa. Por ejemplo, si lo encontrara y consiguiera mantenerlo definitivamente alejado, estaría dispuesto a pagar más.
—¿Está diciendo que lo mantenga alejado aunque no quiera?
—Ni más ni menos —replicó el hombre de ojos verdes.
Spade sonrió y negó con la cabeza.
—Probablemente esa cantidad mayor no sea suficiente..., tal como lo ha planteado —apartó de los brazos del sillón sus manos de dedos largos y gruesos y puso las palmas hacia arriba—. Dígame, Colyer, ¿de qué va la cosa?
Aunque Colyer se ruborizó, sostuvo su mirada fría e inexpresiva.
—Ese hombre está casado con una mujer que me cae bien. La semana pasada se pelearon y él se largó. Si logro convencerla de que se ha ido definitivamente, cabe la posibilidad de que ella pida el divorcio.
—Me gustaría hablar con ella —declaró Spade—. ¿Quién es Eli Haven? ¿A qué se dedica?
—Es un mal tipo. No da golpe. Escribe poesía o algo por el estilo.
—¿Puede darme más datos útiles?
—No puedo decirle nada que Julia, su esposa, sea incapaz de transmitirle. Hable con ella. —Colyer se puso en pie—. Estoy bien relacionado. Es posible que más adelante sepa algo más gracias a mis relaciones.

Una mujer menuda, de veinticinco o veintiséis años, abrió la puerta del apartamento. Su vestido azul pálido estaba adornado con botones plateados. Aunque pechugona, era esbelta, de hombros rectos y caderas estrechas, y se movía con un aire orgulloso, que en otra menos agraciada habría sido presuntuoso.
—¿Señora Haven? —preguntó Spade.
—Sí —la mujer vaciló antes de responder.
—Gene Colyer me pidió que hablara con usted. Me llamo Spade, y soy detective privado. Colyer quiere que busque a su marido.
—¿Lo ha encontrado?
—Todavía no. Primero tengo que hablar con usted.
La sonrisa de la mujer se esfumó. Estudió seriamente el rostro de Spade, facción por facción, retrocedió, abrió la puerta y replicó:
—Claro, adelante.
Se sentaron frente a frente en los sillones de una sala modestamente decorada. Tras las ventanas se veía un campo de juego en el que unos chicos bulliciosos se divertían.
—¿Le dijo Gene por qué quiere encontrar a Eli?
—Me dijo que cabe la posibilidad de que usted reflexione, si llega a la conclusión de que se ha ido definitivamente. —La mujer guardó silencio—. ¿Se ha largado así en otras ocasiones?
—¡Uf, la tira!
—¿Cómo es Eli ?
—Cuando está sobrio es fantástico. Y cuando bebe también es agradable, salvo en lo que se refiere a mujeres y dinero —replicó imparcialmente.
—Por lo que parece, es interesante en muchos aspectos. ¿Cómo se gana la vida?
—Es poeta y, como sabe, nadie se gana la vida escribiendo poesías.
—¿Cómo...?
—Bueno, a veces aparece con algo de dinero. Dice que lo ha ganado al póquer o en las apuestas. ¡Yo qué sé!
—¿Hace mucho que están casados?
— Casi cuatro años...
Spade sonrió burlón.
—¿Han vivido siempre en San Francisco?
—No, el primer año vivimos en Seattle, y luego nos trasladamos aquí.
—¿Su marido es de Seattle?
La señora Haven negó con la cabeza.
—Es de un pueblo de Delaware.
—¿De qué pueblo?
—No tengo ni la menor idea.
Spade frunció ligeramente sus pobladas cejas.
—¿De dónde es usted?
—No me está buscando a mí —sonrió ligeramente.
—Se comporta como si así fuera —protestó—. Dígame, ¿quiénes son los amigos de su marido?
—¡A mí no me lo pregunte!
Spade hizo una mueca de impaciencia e insistió:
—Seguro que conoce a algunos.
—Sí. Hay un tal Minera, Louis James y alguien a quien llaman Conny.
—¿Quiénes son?
—Gente corriente —respondió afablemente—. No sé nada de ellos. Telefonean, pasan a recoger a Eli o los veo en la calle con él. No sé nada más.
—¿Cómo se ganan la vida? Supongo que no serán todos poetas. La mujer rió.
—Podrían intentarlo. Uno de ellos, Louis James, es..., creo que forma parte del equipo de Gene. Sinceramente, no sé más que lo que le he dicho.
—¿Cree que saben dónde está su marido? La señora Haven se encogió de hombros.
—Si lo saben, me están mintiendo. Aún llaman de vez en cuando para preguntar si ha dado señales de vida.
—¿Y las mujeres que mencionó?
—No las conozco.
Sam miró pensativo el suelo y preguntó:
—¿Qué hacía su marido antes de que empezara a no ganarse la vida con la poesía?
—De todo un poco: vendió aspiradoras, hizo de temporero, se echó a la mar, repartió naipes en una mesa de blackjack, trabajó para el ferrocarril, en industrias conserveras, en campamentos de leñadores, en ferias, en un periódico..., hizo de todo.
—Cuando se fue, ¿tenía dinero?
—Los tres dólares que me pidió.
—¿Qué le dijo?
La mujer rió.
—Me dijo que si mientras estaba afuera yo utilizaba mis influencias divinas para hacer travesuras, regresaría puntualmente a la hora de la cena y me daría una sorpresa.
Spade frunció el entrecejo.
—¿Estaban peleados?
—Qué va, no. Hacía un par de días que nos habíamos reconciliado de la última pelotera.
—¿Cuándo se fue?
—El jueves por la tarde, alrededor de las tres.
—¿Tiene alguna foto de su marido?
—Sí.
La señora Haven se acercó a la mesa que había junto a una de las ventanas, abrió un cajón y se volvió hacia Spade con una foto en la mano.
Spade observó la imagen de un rostro delgado, de ojos hundidos, boca sensual y frente surcada de arrugas y coronada por una desgreñada pelambrera rubia y gruesa.
Guardó la foto de Haven en un bolsillo y recogió su sombrero. Caminó hacia la puerta y se detuvo.
—¿Qué tal poeta es? ¿Es de los buenos?
La mujer se encogió de hombros.
—Eso depende de a quién se lo pregunte.
—¿Tiene alguno de sus libros?
—No —la señora Haven sonrió—. ¿Cree que se ha escondido entre las páginas?
—Nunca se sabe qué pista conduce a algo interesante. Volveré a visitarla. Piense y compruebe si puede decirme algo más. Adiós.

Spade bajó por Post Street hasta la librería Mulford, y pidió un ejemplar de los poemas de Haven.
—Lo siento, pero ya no quedan —dijo la empleada—. La semana pasada vendí el último —sonrió— al mismísimo señor Haven. Si quiere, puedo pedirlo.
—¿Lo conoce?
—Sólo por haberle vendido libros.
Spade apretó los labios y preguntó:
—¿Cuándo fue? —Entregó su tarjeta a la empleada—. Por favor, es muy importante.
La muchacha se acercó a un escritorio, volvió las hojas de un libro de contabilidad encuadernado en rojo y regresó con éste abierto en las manos.
—Fue el miércoles pasado —respondió— y se lo entregamos al señor Roger Ferris, deI 1981 de Pacific Avenue.
—Muchísimas gracias —dijo Spade.
Salió de la librería, llamó un taxi y dio al chófer las señas del señor Roger Ferris.

La casa de Pacific Avenue era un edificio de piedra gris, de cuatro plantas, que se alzaba detrás de un estrecho jardín. La estancia a la que una criada de cara regordeta hizo pasar a Spade, era amplia y de techo alto.
Aunque Spade tomó asiento, en cuanto la criada se retiró, se levantó y recorrió la sala. Se detuvo ante una mesa en la que había tres libros. Uno tenía en la sobrecubierta de color salmón, impreso en rojo, el bosquejo de un rayo que caía a tierra, entre un hombre y una mujer. En negro figuraba: Luces de colores, de Eli Haven.
Spade cogió el libro y volvió a la silla.
En la guarda había una dedicatoria escrita con tinta azul y con letras de trazos gruesos e irregulares:

Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.
Eli

Spade volvió las páginas al azar y leyó tranquilamente un poema:

Demasiados han vivido tal como vivimos
para que nuestras vidas sean prueba de nuestra vida.
Demasiados han muerto tal como morimos
para que sus muertes sean prueba de nuestra agonía.

Spade apartó la vista del libro cuando en la sala entró un hombre en esmoquin. Aunque no era alto, se mantenía tan erguido que incluso lo pareció cuando quedó frente al metro ochenta y pico de Spade. Sus más de cincuenta años no empañaban aquellos ojos azules y encendidos, su rostro bronceado, en el que no había ni un solo músculo fláccido, la frente ancha y uniforme y unos cabellos gruesos, cortos y casi blancos. Su semblante transmitía dignidad e, incluso, amabilidad.
Señaló el libro que Spade aún tenía en la mano, y preguntó:
—¿Le gusta?
Spade sonrió.
—Parezco muy descarado —dijo, y soltó el libro—. De todos modos, señor Ferris, ése es el motivo por el que he venido a verle. ¿Conoce a Haven?
—Sí. Señor Spade, siéntese, por favor —tomó asiento en un sillón próximo al del detective—. Lo conocí de joven. ¿Se ha metido en líos?
—No lo sé. Estoy tratando de dar con él —dijo Spade.
Ferris preguntó vacilante:
—¿Puedo preguntarle por qué?
—~Conoce a Gene Colyer?
—Sí. —Ferris volvió a titubear. Finalmente agregó—: Que esto quede entre nosotros. Poseo una cadena de cines en el norte de California, y hace un par de años, cuando tuve problemas con el personal, me dijeron que Colyer era el individuo con quien debía ponerme en contacto para resolver la cuestión. Así le conocí.
—Claro —comentó Spade secamente—. Muchas personas conocen así a Gene.
—¿Qué tiene que ver con Eli?
—Me ha pedido que lo busque. ¿Cuándo lo vio por última vez?
—El jueves pasado estuvo en casa.
—¿A qué hora se marchó?
—A medianoche..., quizás algo después. Se presentó por la tarde, alrededor de las tres y media. Hacía años que no nos veíamos. Lo convencí de que se quedara a cenar..., iba bastante desastrado..., y le presté dinero.
—¿Cuánto?
—Ciento cincuenta, todo lo que tenía en casa.
—Antes de irse, ¿dijo adónde pensaba dirigirse?
Ferris negó con ha cabeza.
—Me dijo que me telefonearía al día siguiente.
—¿Y le telefoneó?
—No.
—¿Lo conoce de toda ha vida?
—No exactamente. Trabajó para mí hace quince o dieciséis años, cuando yo era propietario de una empresa de feria, grandes espectáculos combinados del Este y el Oeste, primero con un socio, y luego por mi cuenta. El chico siempre me cayó bien.
—¿Cuándo lo vio por última vez antes del jueves?
—Sólo Dios lo sabe —replicó Ferris—. Le perdí la pista durante años. El miércoles llegó el libro, como llovido del cielo, sin remite ni nada que se le pareciera, salvo la dedicatoria, y Eh me telefoneó a la mañana siguiente. Me encantó saber que seguía vivo y que iba tirando. Aquella tarde vino a yerme y estuvimos cerca de nueve horas hablando de los viejos tiempos.
—¿Le habló de lo que hizo desde entonces?
—Sólo comentó que había rodado de aquí para allá, hecho esto y lo otro, aprovechando los golpes de suerte que se le presentaron. No se quejó, tuve que obligarlo a aceptar ciento cincuenta.
Spade se puso en pie.
—Muchísimas gracias, señor Fems. Me he... Ferris lo interrumpió:
—No se merecen. Si puedo hacer algo por usted, cuente conmigo. Spade miró la hora.
—¿Me permite telefonear a mi oficina para preguntar si hay alguna novedad?
—Naturalmente. Hay un teléfono en la habitación de al lado, a la derecha.
Spade le dio las gracias y salió. Regresó liando un cigarrillo y con expresión imperturbable.
—¿Alguna novedad? —quiso saber Ferris.
—Sí. Colyer me ha retirado el encargo. Dice que han encontrado el cadáver de Haven oculto entre unos arbustos, al otro hado de San José, con tres balas
—sonrió. Luego añadió apaciblemente—: Me dijo que quizás se enterará de algo a través de sus relaciones...
El sol matinal que se colaba por has cortinas que protegían las ventanas de la oficina de Sam Spade dibujaba sobre el suelo dos amplios rectángulos amarillos y daba a todo un tono dorado.
Spade estaba sentado ante el escritorio y contemplaba meditabundo el periódico. No alzó la mirada cuando Effie Perine entró desde la antesala.
—Ha llegado la señora Haven —dijo la secretaria. Spade irguió la cabeza y replicó:
—¡Ajá! Hazla pasar.
La señora Haven entró deprisa. Estaba pálida y temblaba, pese al abrigo de piel y a que el día era cálido. Fue directamente hacia Spade y preguntó:
—¿Lo mató Gene?
—No lo sé —respondió Spade.
—Tengo que saberlo —gritó.
Spade le tomó las manos.
—Venga, siéntese —la acompañó hasta una silla. Luego preguntó—: ¿Le dijo Cohyer que me ha anulado el encargo?
La señora Haven lo miró azorada.
—¿Cómo?
—Anoche me dejó dicho que habían encontrado a su marido, y que ya no necesitaba mis servicios.
La mujer hundió la cabeza y habló con voz apenas audible.
—Entonces fue él.
Spade se encogió de hombros.
—Tal vez sólo un inocente podía permitirse el lujo de llamar para anular eh encargo, aunque quizá sea culpable y tuvo la astucia y el valor suficientes para...
La mujer no lo escuchaba. Se inclinó hacia él y preguntó con toda seriedad:
—Dígame, señor Spade, ¿está dispuesto a darse por vencido sin presentar batalla? ¿Dejará que Gene lo asuste?
Sonó el teléfono mientras la mujer aún estaba hablando. El detective se disculpé y cogió el auricular.
—Diga... Vaya, vaya.... ¿seguro? —frunció los labios—. Te lo diré —apartó lentamente el teléfono y volvió a mirar a la señora Haven—. Colyer está en la antesala.
—¿Sabe que estoy aquí? —le apremié.
—No estoy seguro —Spade se puso en pie y fingió no observarla atentamente—. ¿Le preocupa que sepa que está aquí?
La señora Haven se mordió el labio inferior y replicó vacilante:
—No.
—Me alegro. Diré que lo hagan pasar.
La mujer levantó la mano para protestar pero, finalmente, la dejó caer. La palidez de su rostro había desaparecido cuando dijo:
—Haga lo que quiera.
Spade abrió la puerta y saludó:
—Hola, Colyer. Pase. Da la casualidad de que estábamos hablando, precisamente, de usted.
Colyer asintió y entró en el despacho con el bastón en una mano y el sombrero en la otra.
—Hola, Julia, ¿cómo estás? Tendrías que haberme telefoneado. Te habría llevado en coche al centro.
—Yo..., no sabía lo que hacía.
Colyer la observó unos segundos más, y luego concentré sus ojos verdes e inexpresivos en la cara de Spade.
—Dígame, ¿ha podido convencerla de que no fui yo?
—Aún no habíamos llegado a esa cuestión —respondió Spade—. Intentaba averiguar si existían motivos para sospechar de usted. Siéntese.
Colyer se sentó con cierta cautela y preguntó:
—¿Y?
—Y en ese momento llegó.
Colyer asintió con gravedad.
—De acuerdo, Spade. Queda nuevamente contratado para demostrar a la señora Haven que yo no he tenido nada que ver con este asunto.
—¡Gene! —exclamó ha mujer con voz quebrada y, suplicante, extendió las manos hacia él—. No creo que lo hayas hecho..., quiero creer que no lo has hecho..., pero tengo mucho miedo —se cubrió la cara con las manos y estalló en sollozos.
Colyer se acercó a la mujer y le dijo:
—Cálmate. Lo aclararemos juntos.
Spade fue a la antesala y cerró ha puerta. Effie Perime dejó de mecanografiar una carta. El detective le sonrió y comentó:
—Alguna vez alguien debería escribir un libro sobre ha gente..., es bastante rara —se acercó a la botella de agua—. Supongo que tienes el número de WaIly Kehlogg. Llámaho y pregúntale dónde puedo encontrar a Tom Minera.
Spade regresó a su despacho.
La señora Haven había dejado de llorar y murmuré:
—Lo lamento.
—No se preocupe —ha tranquilizó Spade. Miró de soslayo a Colyer—. ¿Aún tengo el trabajo?
—Sí —Colyer carraspeó—. Si en este momento no me necesita, acompañaré a la señora Haven a su casa.
—De acuerdo, pero me gustaría aclarar algo: según el Chronicle, fue usted quien lo identificó. ¿Cómo es que estaba allí?
—Porque fui en cuanto me enteré de que habían encontrado un cadáver
—repuso Colyer serenamente—. Ya le dije que estoy bien relacionado. Me enteré por mis contactos de la existencia del cadáver.
—Está bien. Nos veremos —dijo Spade, y abrió la puerta.
En cuanto la señora Haven y Colyer salieron, Effie Penne dijo:
—Minera está en el Buxton, de Army Street.
—Gracias —murmuré Spade. Entró en el despacho a buscar el sombrero. Cuando estaba a punto de salir añadió—: Si no he vuelto en un par de meses, diles que busquen mi cadáver en el hotel.

Spade caminó por un sórdido pasillo hasta una gastada puerta pintada de verde, en la que se leía «411». Aunque por la puerta se colaba un murmullo de voces, no entendió una sola palabra. Dejó de escuchar y llamó.
Una voz masculina, toscamente deformada, preguntó:
—¿Qué se le ofrece?
—Soy Sam Spade, y quiero ver a Tom. Tras una pausa, la voz respondió:
—Tom no está aquí.
Spade sujeté el picaporte y sacudió la destartalada puerta.
—Vamos, abra —gruñó.
Al instante, un hombre moreno y delgado, de veinticinco o veintiséis años, que intentó volver inocentes sus ojos oscuros, pequeños y brillantes, abrió la puerta, ah tiempo que decía:
—En un primer momento me pareció que no era su voz.
La flaccidez de su barbilla hacía que pareciera más pequeña de lo que en realidad era. Su camisa de rayas verdes, desabrochada a la altura del cuello, no estaba limpia. Sus pantalones grises estaban primorosamente planchados.
—Actualmente hay que ser cuidadoso —declaró Spade solemnemente, y entró en una habitación en la que dos hombres intentaban disimular el interés que experimentaban por su presencia.
Uno de los individuos estaba apoyado en eh alféizar y se limaba las uñas. El otro estaba repantigado en una silla, con los pies en el borde de la mesa y un periódico abierto entre las manos. Miraron simultáneamente a Spade y siguieron como si tal cosa.
—Siempre me alegra conocer a los amigos de Tom Minera —comentó Spade jovialmente.
Minera terminó de cerrar la puerta y dijo con torpeza:
—Bueno..., sí.... señor Spade, le presento al señor Conrad y al señor James.
Conrad, que estaba en el alféizar, hizo un ademán ligeramente amable con la lima en ristre. Tenía pocos años más que Minera, estatura media, figura robusta, rasgos marcados y ojos tristones.
James bajó unos segundos el periódico para mirar fría y calculadoramente a Spade y preguntar:
—¿Cómo está, hermano?
Retorné a la lectura. James era tan robusto como Conrad, pero más alto, y su rostro poseía una sagacidad de la que carecía el de aquél.
—Ah, y a los amigos del difunto Eli Haven —apostilló Spade.
El hombre situado junto a la ventana se chavó la lima en un dedo y maldijo dolorido. Minera se humedeció los labios y habló deprisa, con un fondo de protesta en la voz.
—Pero en serio, Spade, ninguno de nosotros lo ha visto desde hace una semana.
Spade pareció divertirse ligeramente con la actitud del hombre moreno.
—¿Por qué supone que lo mataron? —preguntó Spade.
—Sólo sé lo que dice el diario: le habían registrado los bolsillos y no tenía encima ni siquiera una cerilla —hundió las comisuras de los labios—. Por lo que yo sé, no tenía pasta. Eh martes por la noche estaba sin blanca.
—Me he enterado de que el jueves por la noche recibió algo de pasta
—comenté Spade en voz baja.
Minera, que se encontraba detrás del detective, contuvo notoriamente el aliento.
—Si lo dice, así será. Yo no estoy enterado —intervino James.
—Muchachos, ¿trabajó alguna vez con ustedes?
James cerró lentamente el periódico y apartó los pies de la mesa. Su interés por la pregunta de Spade parecía grande, aunque casi impersonal.
—¿Y eso qué quiere decir?
Spade simulé sorprenderse.
—Muchachos, supongo que alguna vez trabajan en algo. Minera se acercó a Spade y dijo:
—Venga, Spade, escuche. El tal Haven no era más que un tipo que conocíamos. No tuvimos nada que ver con su viaje al otro mundo. No sabemos nada de esta historia. Verá, nosotros...
En la puerta sonaron tres golpes calculados.
Minera y Conrad miraron a James, que asintió con la cabeza, pero Spade se movió deprisa, caminó hasta la puerta y la abrió.
Allí estaba Roger Ferris.
Spade miró asombrado a Ferris, y éste de igual modo al detective. Luego Ferris he estrechó la mano y dijo:
—Me alegro de verlo.
—Pase —lo invitó Spade.
—Señor Spade, quiero que vea esto —a Ferris le tembló la mano mientras sacaba del bolsillo un sobre algo sucio.
En el sobre estaban mecanografiados el nombre y las señas de Ferris. No llevaba sellos. Spade sacó la carta, un trozo delgado de papel blanco y barato, y ha desplegó. Leyó las palabras escritas a máquina:

Será mejor que acuda a la habitación 411 del hotel Buxton, de Army St., a has 5 de esta tarde, a causa de lo ocurrido el jueves por la noche.

No había firma.
—Aún falta mucho para las cinco —opiné Spade.
—Es verdad —reconoció Ferris con energía—. Vine en cuanto la recibí. El jueves por ha noche Eh estuvo en mi casa.
Minera codeé a Spade y preguntó:
—¿Qué pasa?
Spade alzó la nota para que el hombre moreno la leyera. Minera le echó un vistazo y gritó:
—Spade, le aseguro que no sé nada de esta carta.
—¿Alguien tiene la más remota idea? —preguntó Spade.
—No —se apresuré a replicar Conrad.
—¿De qué carta habla? —inquirió James.
Spade miró a Ferris como si estuviera soñando, y luego comenté como si hablara para sus adentros:
—Ya entiendo. Haven intentaba sacudirle el bolsillo.
Ferris se ruborizó.
—¿Cómo?
—Sacudirle el bolsillo —repitió Spade con paciencia—. Sacarle dinero, chantajearlo.
—Oiga, Spade —dijo Ferris severamente—, ¿está hablando en serio? ¿Por qué motivo querría chantajearine?
—«Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.» —Sam citó ha dedicatoria del poeta muerto. Miró severamente a Ferris y frunció el ceño—. ¿Qué significa luces de colores? En la jerga del circo y de las ferias, ¿cómo se dice cuando se arroja a un tipo de un tren en marcha?
Ni más ni menos que luz roja. Claro, ahí está la madre del cordero: las luces rojas, Fems, ¿a quién tiró de un tren en marcha, y por qué Haven lo sabía?
Minera se acercó a una silla, se sentó, apoyé los codos sobre las rodillas, se cubrió la cabeza con las manos y miró vacuamente hacia el suelo. Conrad respiraba entrecortadamente.
Spade se dirigió a Ferris:
—¿Qué dice?
Ferris se secó el rostro con un pañuelo, lo guardó en el bolsillo y se limité a responder:
—Fue un chantaje.
—Y por eso lo asesinó.
Los ojos azules de Ferris, que miraban los grises amarillentos de Spade, estaban tan límpidos y firmes como su voz.
—Yo no fui —sostuvo—. Juro que no lo maté. Le contaré lo que ocurrió. Tal como le dije, me envió el libro, y en seguida comprendí el significado de la dedicatoria. Cuando al día siguiente telefoneé para decirme que quería hablar conmigo de los viejos tiempos y para tratar de convencerme de que le prestara dinero en recuerdo del pasado, volví a saber a qué se refería, fui al banco y retiré diez mil dólares. Puede comprobarlo, tengo cuenta en el Seamen’s National.
—Lo haré —aseguró Spade.
Tal como ocurrieron las cosas, no hizo falta esa suma. No me exigió demasiado, y lo convencí de que se llevara cinco mil. Al día siguiente ingresé en el banco los otros cinco mil. Puede comprobarlo.
—Lo haré —repitió Spade.
—Le dije que no pensaba aceptar un solo sablazo más, que esos cinco mil eran los primeros y los últimos que le daba. Lo obligué a firmar un documento que decía que había colaborado en el..., en lo que yo había hecho..., y lo rubricó. Se fue a medianoche y nunca más volví a verlo.
Spade golpeó el sobre que Ferris le había entregado.
—¿Y qué puede decirme de esta nota?
—Me la entregó un mensajero a mediodía, y vine en seguida. Eli insistió en que no había hablado con nadie, pero yo no estaba seguro. Tenía que afrontarlo.
Spade se volvió hacia los demás con expresión impasible e inquirió:
—¿Qué opinan ustedes?
Minera y Conrad miraron a James, que hizo un gesto de impaciencia y dijo:
—Claro que sí, nosotros le enviamos la nota. ¿Por qué no? Éramos amigos de Eli y no habíamos podido contactar con él desde que decidió apretarle las clavijas a este tipo. Entonces apareció muerto y decidimos hacer venir al caballero para que nos diera una explicación.
—¿Sabían que pensaba apretarle las clavijas?
—Claro. Estábamos reunidos cuando Eli tuvo la idea.
—¿Cómo se le ocurrió? —preguntó Spade.
James estiró los dedos de la mano izquierda.
—Estuvimos bebiendo y charlando, ya sabe lo que ocurre cuando un grupo de muchachos comenta lo que ha visto y hecho..., y Eli nos contó una historia acerca de que una vez había visto a un individuo arrojar a otro a un cañón desde un tren, y se le escapé el nombre del autor: Buck Ferris. Alguien preguntó: «¿Qué aspecto tiene Ferris?» Eli explicó cómo era entonces, y añadió que hacía quince años que no lo veía. El que hizo la pregunta soltó un silbido y añadió: «Apuesto a que es el mismo Ferris dueño de la mitad de los cines de este estado. «¡Apuesto a que te daría algo con tal de que no levantaras la perdiz!» Así fue como ha idea prendió en Eli. Se notaba. Pensó un rato, y luego se mostró reservado. Preguntó cuál era el nombre de pila del Ferris de los cines, y cuando el otro respondió «Roger», simuló decepcionarse y añadió:
«No, no es él. Se llamaba Martin». Todos nos reímos y, finalmente, reconoció que pensaba visitar al caballero. Cuando el jueves a mediodía me telefoneé para decir que esa noche daría una fiesta en el bar de Pogey Hecker, deduje inmediatamente qué estaba pasando.
—¿Cuál era el nombre del caballero que sufrió la luz roja?
—No quiso decirlo. Se cerró a cal y canto. Es lógico.
—Supongo que sí —coincidió Spade.
—Y después, la nada. Jamás apareció por el bar de Pogey. A las dos de la madrugada intentamos contactarlo por teléfono, pero su esposa dijo que no había aparecido por casa. Nos quedamos hasta las cuatro o las cinco, llegamos a la conclusión de que nos había dado el esquinazo, convencimos a Pogey de
que anotara las consumiciones en la cuenta de Eli y nos dimos el piro. Desde entonces no he vuelto a verlo..., ni vivo ni muerto.
Spade comenté con tono mesurado:
—Es posible. ¿Seguro que no encontró a Eli por la mañana, lo llevó a dar un paseo, le cambió los cinco mil pavos de Ferris por las balas y lo arrojó entre los...?
Una enérgica llamada doble estremeció la puerta.
El rostro de Spade se iluminó, se dirigió hacia la puerta y la abrió.
Entró un joven. Era apuesto y perfectamente proporcionado. Llevaba un abrigo ligero y tenía has manos en los bolsillos. Nada más entrar, giró a ha derecha y se detuvo de espaldas a la pared. En ese momento franqueó la puerta otro joven, que torció a la izquierda. Aunque no se parecían, la apostura compartida, la elegancia de sus cuerpos y sus posiciones casi simétricas —espalda contra la pared, manos en los bolsillos, miradas frías y brillantes que estudiaban a los que ocupaban ha estancia—, les concedían fugazmente ha apariencia de gemelos.
Entonces hizo su entrada Gene Colyer. Saludó a Spade, y no hizo eh menor caso de los demás, pese a que James dijo:
—Hola, Gene.
—¿Alguna novedad? —pregunté Gene Colyer al detective.
Spade asintió.
—Al parecer este caballero fue... —señaló a Fems con el pulgar.
—¿Hay un lugar donde podamos hablar tranquilos?
—En eh fondo está la cocina.
—Dadle a todo lo que se mueva —ordenó Colyer por encima del hombro a los dos jóvenes atildados, y siguió a Spade hasta la cocina.
Colyer ocupó ha única silla, y miró a Spade sin pestañear, mientras éste le contaba todo lo que había averiguado.
Cuando eh detective privado concluyó, el hombre de ojos verdes preguntó:
—¿Cuál es su opinión?
Spade lo miró pensativo.
—Usted ha averiguado algo. Me gustaría saber de qué se trata.
—Encontraron el arma en el río, a cuatrocientos metros del sitio donde apareció el cadáver dijo —Colyer—. Pertenece a James..., tiene la marca de la vez que en Vallejo se la quitaron de la mano de un tiro.
—Muy interesante —comentó Spade.
—Escuche. Un chico apellidado Thurber dice que el miércoles pasado James fue a verlo y le encomendó que siguiera a Haven. El jueves por la tarde, Thurber,lo encontró, comprobó que estaba en casa de Ferris y telefoneó a James. Este le dijo que no se moviera del lugar y que le dijera a dónde se dirigía Haven cuando saliera, pero una vecina nerviosa denunció al merodeador y, alrededor de las diez de ha noche, la policía lo echó.
Spade apreté los labios y, concentrado, miré el techo.
Pese a que los ojos de Colyer no denotaban la menor expresión, el sudor daba brillo a su cara redonda, y su voz sonaba ronca.
—Spade, voy a entregarlo.
Spade desvió la mirada del techo y la fijó en los saltones ojos verdes.
—Nunca había entregado a uno de los míos, pero esto es el no va más —añadió Colyer—. Julia tiene que creer que yo no tuve nada que ver con este asunto si ha sido uno de los míos y lo denuncio, ¿no le parece?
—Supongo que sí —Spade asintió lentamente.
De pronto Colyer aparté la mirada y carraspeé. Cuando volvió a hablar fue lacónico:
—Bueno, ya se puede despedir.
Minera, James y Conrad estaban sentados cuando Spade y Colyer salieron de la cocina. Ferris caminaba de un extremo a otro de la habitación. Los jóvenes apuestos no se habían movido.
Colyer se acercó a James y preguntó:
—Louis, ¿dónde está tu pistola?
James deslizó ha mano derecha hacia el lado izquierdo del pecho, se quedó quieto y dijo:
—No la he traído.
Con la mano enguantada, pero abierta, Colyer golpeó a James en la cara y lo hizo caer de la silla.
James se incorporó y masculló:
—No pasa nada —se llevó la mano a la cara—. Jefe, no tendría que haberlo hecho, pero cuando telefoneé y dijo que no quería plantarle cara a Ferris con las manos vacías y que no tenía armas, le dije que no se preocupara, y le envié ha mía.
—Y también le enviaste a Thurber —apostillé Cohyer.
—Nos interesaba saber si lo había conseguido —murmuré James.
—¿No podías ir personalmente o enviar a cualquier otro?
—¿Después de que Thurber alertara a todo el barrio?
Colyer se dirigió a Spade:
—¿Quiere que le ayudemos a entregarlo, o prefiere llamar a la policía?
—Lo haremos bien —respondió Spade, y se dirigió al teléfono de la pared. Cuando terminó de hablar tenía cara de palo y la mirada perdida. Lió un cigarrillo, lo encendió y se volvió hacia Colyer—. Soy lo bastante tonto como para pensar que Louis ha dado un montón de respuestas acertadas con la historia que ha contado.
James aparté la mano de la mejilla irritada y miró desconcertado a Spade.
—¿Qué le pasa? —protestó Colyer.
—Nada —respondió Spade afablemente—. Salvo que me parece que usted está demasiado deseoso de endilgarle el muerto a Louis —exhaló una bocanada de humo—. Por ejemplo, ¿por qué abandonaría el arma sabiendo que tenía marcas que algunas personas podían reconocer?
—Me parece que usted piensa que Louis tiene cerebro —comentó Colyer.
—Si lo mataron estos muchachos, y si sabían que estaba muerto, ¿por qué esperaron a que apareciera el cadáver y se removiera el avispero para perseguir nuevamente a Ferris? ¿Para qué le habrían vaciado los bolsillos si lo habían secuestrado? Supone tomarse muchas molestias, y sólo lo hacen aquellos que matan por otros motivos y quieren que parezca un robo —Spade meneé la cabeza—. Usted está demasiado deseoso de endilgarles el muerto a los muchachos. ¿Por qué harían...?
—Ahora esto no viene al caso —lo interrumpió Cohyer—. La cuestión consiste en que exphique por qué dice que estoy demasiado deseoso de endilgarhe el muerto a Louis.
Spade se encogió de hombros.
—Quizá para aclarar el asunto con Julia lo más rápida y limpiamente posible, incluso para dejar las cuentas claras con la policía. Además, están sus clientes.
—¿Cómo? —preguntó Colyer.
Distraído, Spade hizo un gesto con eh cigarrillo y respondió:
—Ferris. Lo mató él, eso es obvio.
A Colyer le temblaron los párpados, pero no llegó a abrir y cerrar los ojos. Spade añadió:
—En primer lugar, por lo que sabemos, es la última persona que vio vivo a Eli, y ésta es una apuesta ganadora. En segundo lugar, es la única persona con la que hablé antes de que apareciera el cadáver de Eli y que se interesó por saber si yo pensaba que estaba ocultando datos. Los demás sólo pensaron que estaba buscando a un individuo que se había largado. Como Ferris sabía que yo buscaba al hombre que había matado, necesitaba quedar fuera de toda sospecha. Incluso tuvo miedo de tirar el libro, porque lo enviaron de la librería, podía rastrearse y cabía la posibilidad de que algún empleado hubiese leído la dedicatoria. En tercer lugar, era el único que consideraba a Eli un muchacho encantador, limpio y adorable..., por los mismos motivos. En cuarto lugar, la historia del chantajista que se presenta a las tres de la tarde, solicita amablemente cinco mil y se queda hasta medianoche es absurda, por muy buenas que fueran las bebidas. En quinto lugar, la historia sobre el documento firmado por Eli no tiene asidero, aunque sería bastante fácil falsificar un papel de este tipo. En sexto lugar, tiene un motivo más sólido que el de cualquiera de las personas implicadas para querer ver muerto a Eli.
Colyer asintió lentamente y dijo:
—De todas maneras...
—De todas maneras, nada —lo interrumpió Spade—. Tal vez hizo el truco de los diez mil y los cinco mil dólares con el banco, lo cual no supone ninguna dificultad. Luego metió en su casa a este chantajista imbécil, le hizo perder tiempo hasta que los criados se retiraron, le arrebato la pistola que le habían prestado, lo empujó escaleras abajo, lo metió en el coche y lo llevó a dar un paseo..., es posible que ya estuviera muerto cuando se lo llevó, o que le disparara entre los arbustos..., le vació los bolsillos para obstruir la identificación y hacer que pareciera un robo, arrojó el arma al río y volvió a casa...
Se interrumpió al oír una sirena en la calle. Por primera vez desde que había empezado a hablar, Spade miró a Ferris.
Aunque Ferris estaba mortalmente pálido, mantuvo firme la mirada. Spade agregó:
—Ferris, tengo la corazonada de que también nos enteraremos de aquel trabajo de la luz roja. Me conté que, en la época en que Eli trabajó para usted, tenía un socio en la empresa de feria. Después llevó solo el negocio. No nos será difícil averiguar si su socio desapareció, murió de muerte natural o si está vivo.
Ferris ya no estaba tan erguido. Se humedeció los labios y dijo:
—Quiero ver a mi abogado. No hablaré hasta que haya consultado a mi abogado.
—Me parece bien —opinó Spade—. Tendrá que enfrentarse con todo esto. Le diré que, personalmente, los chantajistas me caen mal. Creo que Eli escribió un buen epitafio para ellos en su libro: «Demasiados han vivido».


El Ayudante del asesino


[The assistant murderer ]
Un relato de Ciudad de pesadilla

La placa dorada de la puerta, bordeada de negro, decía: Alexander Rush, Detective privado. Dentro, un hombre feo estaba repantigado en una silla, con los pies sobre un escritorio amarillo.
La oficina no era acogedora. Los muebles eran escasos y viejos, poseían la lamentable edad de los objetos de segunda mano. Un deshilachado cuadrado de alfombra de color pardo cubría el suelo. De una pared amarilla colgaba un certificado enmarcado que autorizaba a Alexander Rush a ejercer la profesión de detective privado en la ciudad de Baltimore, ateniéndose a ciertas reglas escritas numeradas en rojo. De otra pared colgaba el mapa de la ciudad. Bajo el mapa, una pequeña y frágil estantería abría hueco a su magro contenido: una amarillenta guía de trenes, un listín de hoteles aún más pequeño y callejeros y guías telefónicas de Baltimore, Washington y Filadelfia. Junto al lavabo blanco del rincón se alzaba un tambaleante perchero de roble, que sostenía un sombrero hongo y un abrigo negro. Las cuatro sillas de ha estancia no guardaban la menor relación, salvo su vejez. Además de los pies del propietario, la arañada tapa del escritorio contenía un teléfono, un tintero manchado de negro, un montón de papeles desordenados que hacían referencia a delincuentes escapados de ésta o aquella cárcel, y un cenicero gris que albergaba tanta ceniza y colillas de puros como podía contener un recipiente de esas dimensiones.
Una fea oficina..., cuyo propietario era aún más feo.
Tenía la cabeza cuadrada y en forma de pera. Demasiado pesada, ancha y de mandíbula contundente, se estrechaba al subir hasta el pelo entrecano, corto e hirsuto que brotaba encima de una frente estrecha e inclinada. Su tez era de un marcado rojo oscuro, su piel de textura áspera y cubierta de gruesas capas de grasa. Estas carencias de elegancia elemental no configuraban, en modo alguno, la plenitud de su fealdad. Le habían hecho algo a sus facciones.
Si mirabas su nariz desde cierta perspectiva, te parecía que estaba torcida. Si la observabas desde otro ángulo, te convencías de que no estaba torcida, sino de que carecía de forma. Al margen de lo que opinaras de su nariz, su color era indiscutible. Las venas habían reventado en mil hilillos que cubrían su superficie colorada con brillantes estrellas rojas, espirales y garabatos desconcertantes que parecían albergar un mensaje secreto. Tenía los labios gruesos y de piel dura. Entre el labio superior y el inferior apuntaba el brillo metálico de dos sólidas hileras de dientes de oro, la de abajo se superponíasobre la de arriba, de tan corta que era la abultada mandíbula. Sus ojos —pequeños, hundidos y de color azul claro— estaban tan inyectados en sangre que pensabas que sufría un fuerte resfriado. Las orejas explicaban una faceta de años pretéritos: estaban engrosadas y retorcidas, eran las orejas en forma de coliflor de un pugilista.
Un hombre feo de cuarenta y tantos años, repantigado en la silla y con los pies sobre el escritorio.
La puerta con placa dorada se abrió y otro hombre entró en la oficina. Unos diez años más joven que el del escritorio, era poco más o menos todo lo que no era el primero. Bastante alto, delgado, de piel blanca y ojos pardos, llamaría tan poco la atención en un garito como en una galería de arte. Su vestimenta —traje y sombrero grises— estaba limpia y bien planchada e incluso era elegante, de esa manera poco llamativa que constituye una especie de buen gusto. Su rostro también era discreto, algo sorprendente, si pensamos cuán cerca estaba de la apostura, de no ser por la delgadez de la boca, señal del individuo excesivamente precavido.
Dio dos pasos en la oficina y vaciló, mirando con los ojos pardos los míseros muebles y al propietario de mirada enfermiza. El hombre de gris pareció desconcertarse ante tanta fealdad. Sus labios esbozaron una sonrisa de disculpa, como si estuviera a punto de murmurar: «Disculpe, me he equivocado de oficina». Cuando por fin habló, dijo otra cosa. Avanzó un paso más y preguntó inseguro:
—¿Es usted el señor Rush?
—Servidor —la voz del detective era ronca, con una asfixiada aspereza que parecía confirmar el congestionado testimonio que daban sus ojos. Puso los pies en el suelo y señaló una silla con una mano roja y regordeta—. Tome asiento, señor.
El hombre del traje gris se sentó inseguro y erguido en el borde de la silla.
—¿En qué puedo ayudarle? —cacareó afablemente Alec Rush.
—Quiero..., deseo..., me gustaría... —no hubo modo de que el hombre de gris dijera algo más.
—Tal vez sea mejor que me diga cuál es el problema. En tal caso, sabré qué quiere de mí —sugirió el detective y sonrió.
Había amabilidad en la sonrisa de Alec Rush y era difícil resistirse. Es verdad que su sonrisa era una mueca horrible digna de una pesadilla, pero en eso consistía su encanto. Cuando un hombre de semblante afable sonríe, el beneficio es mínimo: prácticamente su sonrisa sólo expresa un rostro sosegado. Sin embargo, cuando Alec Rush distorsionaba su máscara de ogro de modo que de sus ojos encarnados y feroces y de su boca, brutalmente tachonada de metal, asomara como un disparate una alegre expresión amistosa, se trataba de una muestra alentadora y decisiva.
—Sí, me parece que será lo mejor —el hombre de traje gris se acomodó en la silla como si estuviera dispuesto a quedarse—. Ayer me encontré en Fayette Street con una..., con una joven que conozco. No la había..., hacía meses que no nos veíamos. En realidad, esto no viene al caso. Cuando nos separamos..., luego de hablar unos minutos..., vi a un hombre. Mejor dicho, salió de un portal y caminó en la misma dirección que había tomado mi amiga. Se me ocurrió que la estaba siguiendo. Ella giró por Liberty Street y él hizo lo mismo. Infinidad de personas toman ese camino, y la idea de que la estaba siguiendo me pareció tan delirante que la descarté y me ocupé de mis asuntos.
Pero no logré apartarla de mi mente. Me pareció que había algo sumamente decidido en los andares de ese individuo y, por mucho que me dije que era un disparate, la idea siguió rondándome. Por ll noche, como no tenía nada que hacer, di una vuelta en coche por el barrio donde..., donde vive la joven. Vi nuevamente al mismo individuo. Estaba en una esquina, a dos manzanas de la casa de mi amiga. Estoy seguro de que era el mismo hombre. Intenté vigilarlo, pero desapareció mientras yo buscaba aparcamiento. No volví a verlo. Éstas son las circunstancias. ¿Tendría la amabilidad de investigar este asunto, comprobar si él la está siguiendo, y por qué?
—Por supuesto —aceptó el detective, roncamente—. ¿No le dijo nada a la señora ni a ningún miembro de su familia?
Eh hombre de traje gris se revolvió en ha silla y miró la alfombra parda deshilachada.
—No, no dije nada a nadie. No quise, ni quiero, inquietarla o asustarla. Al fin y al cabo, quizá sólo sea una coincidencia sin importancia y..., y..., bueno..., no me gustaría... ¡Es imposible! Pensé que usted podría averiguar cuál es el problema, si es que existe algún problema, y resolverlo sin que yo tenga nada que ver con la cuestión.
—Tal vez. Recuerde que no he dicho que lo haré. Antes necesito más información.
—¿Más? ¿Quiere decir más...?
—Más información sobre usted y sobre ella.
—¡No hay nada más que saber entre nosotros! —protestó el hombre de traje gris—. Las cosas son exactamente como se has he contado. Podría añadir que la joven está..., que está casada, y que hasta ayer no la había visto desde el día de ha boda.
—Entonces, ¿su interés por ella es...? —el detective no concluyó la frase, dejando la pregunta en suspenso.
—Amistoso..., se trata de una vieja amistad.
—Ah, ya veo. Dígame, ¿quién es esta joven?
El hombre de traje gris volvió a ponerse nervioso, se ruborizó y dijo:
—Aclaremos las cosas, Rush. Estoy realmente dispuesto a decírselo y lo haré, pero no abriré la boca a menos que me diga que llevará este asunto. Lo que quiero decir es que no deseo comunicarle quién es esta joven si..., si no acepta el caso. ¿Lo hará?
Alec Rush se rascó la cabeza entrecana con un índice rechoncho.
—No lo sé —rezongó—. Es lo que estoy tratando de decidir. No puedo aceptar un trabajo que podría ir más lejos de lo previsto. Tengo que saber que cuento con su mejor disposición.
El desconcierto perturbó la claridad de los ojos pardos del hombre más joven.
—Jamás imaginé que usted... —se interrumpió y dejó de mirar al feo.
—Lo sé, no lo imaginó —una risilla escapó de la gruesa garganta del detective, la risilla de alguien a quien tocan en una zona antaño sensible. Alzó una mano enorme para impedir que su probable cliente se levantara de la silla—. Apuesto a que acudió a una de las grandes agencias y les contó su historia. No quisieron meterse, a menos que usted acharara los aspectos confusos. Entonces vio mi nombre por casualidad y recordó que hace un par de años me expulsaron del cuerpo de policía. Y se dijo para sus adentros: «¡Ésta es la mía, este tipo no será tan quisquilloso!»
El hombre de traje gris protestó con la cabeza, el gesto y la voz, pero su mirada denotaba que estaba avergonzado.
Alec Rush volvió a reír roncamente, y añadió:
—No se preocupe. Es una historia que está superada. Puedo hablar de política, de que hice de chivo expiatorio y de lo que quiera, pero mi expediente demuestra que la junta de comisarios de policía me puso de patitas en la calle por una lista de delitos que cubriría de aquí a Canton Hollow. ¡Ya vale, señor, acepto el encargo! Aunque parece falso, podría no serlo. Le costará quince dólares diarios más las dietas.
—Comprendo que suene raro, pero pronto averiguará que todo está bien —aseguró el hombre joven al detective—. Supongo que quiere un anticipo.
—Sí, digamos que cincuenta dólares.
El hombre de traje gris sacó cinco crujientes billetes de diez dólares de un billetero de piel de cerdo, y los dejó sobre el escritorio. Con ayuda de una pluma gruesa, Alec Rush se dedicó a hacer emborronadas manchas de tinta en un recibo.
—Déme su nombre —pidió.
—Preferiría no hacerlo. Recuerde que yo no debo figurar en esta historia. Mi nombre carece de importancia, ¿verdad?
Alec Rush dejó la pluma y miró a su cliente con el ceño fruncido.
—¡Vamos, vamos! —protestó afablemente—. ¿Cómo quiere que llegue a un acuerdo con un hombre como usted?
El hombre de traje gris dijo que lo lamentaba, incluso se disculpó, pero mantuvo su reserva con toda testarudez. No estaba dispuesto a revelar su nombre. Alec Rush protestó, pero se guardó los cinco billetes en eh bolsillo.
—Es posible que su reserva le favorezca, pero supondrá una sangría para su bolsillo —reconoció el detective al tiempo que se daba por vencido—. Supongo que, si no fuera legal, ya se habría inventado un nombre falso. Con respecto a la joven..., ¿quién es?
—La señora de Hubert Landow.
—¡Menos mal, por fin un nombre! A propósito, ¿dónde vive la señora Landow?
—Vive en Charles-Street Avenue —respondió el hombre de traje gris, y dio el número.
—¿Puede describirla?
—Tiene veintidós o veintitrés años, y es bastante alta, deportivamente esbelta, pelo castaño, ojos azules y piel muy blanca.
—¿Y eh marido? ¿Lo conoce?
—Lo he visto. Ronda mi edad, los treinta, pero es más corpulento que yo, se trata de un individuo alto, de hombros anchos, rubio y sano.
—¿Y qué aspecto tiene nuestro hombre misterioso?
—Es muy joven, no supera los veintidós años, y no posee una gran corpulencia, diría que es de talla mediana tirando a esmirriado. Es muy moreno, de pómulos altos y nariz grande. Hombros altos y erguidos en lugar de anchos. Camina con pasos cortos, casi remilgados.
—¿Cómo iba vestido?
—Ayer por la tarde, cuando lo vi en Fayette Street vestía traje marrón y gorra castaña. Supongo que anoche iba de la misma manera, pero no estoy seguro.
—Supongo que pasará por mi oficina a buscar los informes, ya que no sé dónde enviársehos —concluyó el detective.
—Desde luego —el hombre de traje gris se puso de pie y extendió la mano—. Señor Rush, le agradezco enormemente que haya aceptado mi encargo.
Alec Rush añadió que no se preocupara. Se dieron la mano y el hombre de traje gris salió.
El feo aguardó a que su cliente girara en el pasillo que conducía a los ascensores. Luego exclamó: «¡Ahora, señor mío!», se levantó de la silla, cogió el sombrero del perchero del rincón, cerró con llave la puerta del despacho y bajó corriendo la escalera de servicio.
Corrió con la engañosa y pesada agilidad de un oso. También había algo osuno en la soltura con que el traje azul se adhería a su cuerpo robusto y en la caída de sus hombros firmes, hombros en pendiente y de extremidades flexibles, cuya inclinación ocultaba buena parte de su volumen.
Llegó a la planta baja a tiempo de ver salir a la calle la espalda gris de su cliente. Alec Rush se paseó siguiendo su estela. Caminó dos manzanas, giró a la izquierda, recorrió otra manzana y torció a la derecha. El hombre de traje gris entró en las oficinas de un banco que ocupaba la planta baja de un gran edificio de despachos.
Lo demás fue coser y cantar. Dio medio dólar a un conserje y se enteró de que el hombre de traje gris era Ralph Millar, cajero adjunto.
La noche caía en Charles-Street Avenue cuando Alec Rush pasó, al volante de un modesto cupé negro, frente a las señas que Ralph Millar le había proporcionado. La casa era grande y estaba separada de las vecinas y del pavimento por pequeños sectores de jardín vallado.
Alec Rush siguió avanzando, giró a la izquierda en el primer cruce, hizo lo mismo en el siguiente y en el posterior. Durante media hora condujo el coche a lo largo de un camino de múltiples giros y cuando por fin aparcó en el bordillo, a cierta distancia pero a la vista de la residencia Landow, había recorrido hasta el último centímetro de vía pública de las inmediaciones de la casa.
No había visto al joven moreno y de hombros altos descrito por Millar.
Las luces se encendieron alegremente en Charles-Street Avenue y el tráfico nocturno ronroneó hacia el sur, en dirección al centro de la ciudad. El grueso cuerpo de Alec Rush se desplomó contra el volante del cupé mientras impregnaba el interior del coche con el humo acre de un puro y fijaba sus ojos pacientes e inyectados de sangre en lo que divisaba de la residencia Landow.
Transcurridos tres cuartos de hora percibió movimientos en el interior de la casa. Una limusina salió del garaje del fondo rumbo a la puerta principal. Apenas discernibles a esa distancia, un hombre y una mujer abandonaron la casa y se dirigieron a la limusina. El vehículo se internó en la corriente de tráfico que se desplazaba al centro. El tercer coche de la fila era el modesto cupé de Alec Rush.
Con excepción de un momento de peligro en North Avenue, en que el avasallador tráfico transversal estuvo a punto de separarlo de su presa, Alec Rush no tuvo dificultades para seguir la limusina. El vehículo dejó su carga frente a un teatro de Howard Street: un jovencito y una joven, altos los dos, vestidos de etiqueta y sin duda coincidentes con las descripciones que el cliente le había proporcionado.
Los Landow entraron en ha sala a oscuras, mientras Alec Rush compraba la entrada. Volvió a verlos cuando se encendieron las luces del primer intervalo.
Dejó su asiento en dirección al fondo de la sala y encontró un ángulo desde el que pudo observarlos durante los cinco minutos de descanso que aún quedaban.
La cabeza de Hubert Landow era pequeña en relación a su altura, y los cabellos rubios amenazaban a cada instante con escapar de un peinado artificial para formar rizos revueltos. Su cara, saludablemente rubicunda, era apuesta en un sentido musculoso y muy masculino, y no denotaba mucha rapidez mental. Su esposa poseía esa belleza que no es necesario describir. Sin embargo, su pelo era castaño, azules sus ojos y blanca su piel, para no hablar de que parecía uno o dos años mayor que el tope máximo de veintitrés que le había asignado Millar.
Durante el intermedio, Hubert Landow habló impacientemente con su esposa, y su brillante mirada era la propia de un amante. Alec Rush no logró ver los ojos de ha señora Landow. Notó que de vez en cuando respondía a las palabras de su marido. Su perfil no denotaba la menor ansia de responder. Tampoco daba a entender que estuviera aburrida.
En mitad del último acto, Alec Rush salió del teatro para situar su cupé en posición favorable a la partida de los Landow. Pero cuando salieron del teatro, ha limusina no los recogió. Bajaron por Howard Street y entraron en un llamativo restaurante de segunda categoría, donde una pequeña orquesta lograba ocultar, por pura voluntad, sus dudosas aptitudes musicales.
Después de aparcar cómodamente el cupé, Alec Rush buscó una mesa desde la cual vigilar a los sujetos sin llamar la atención. El marido seguía cortejando a la esposa con comentarios incesantes e impacientes. La esposa estaba apática, educada, fría. Apenas probaron los platos que les sirvieron. Bailaron una sola pieza, y el rostro de la mujer siguió tan impertérrito como cuando escuchaba las palabras del marido. Era un rostro muy bello, pero huero.
Los Landow salieron del restaurante cuando el minutero del reloj niquelado de Alec Rush apenas había iniciado el último ascenso del día, del punto en que el VI pasa al XII. La limusina estaba a dos puertas del local, y un joven negro con cazadora fumaba recostado en la portezuela. Los Landow volvieron a casa. Después de verlos entrar y de comprobar que la limusina se quedaba en el garaje, el detective volvió a dar vueltas por las calles del barrio en su cupé. No vio al joven moreno descrito por Millar.
Alec Rush volvió a casa y se acostó.
A las ocho en punto de la mañana siguiente, el feo y su modesto cupé volvían a estar apostados en Charles-Street Avenue. El elemento masculino de Charles-Street Avenue caminaba con el sol a la izquierda, en dirección a sus oficinas. A medida que la mañana envejecía y las sombras se tornaban más cortas y anchas, lo propio ocurría con los individuos que formaban la procesión matinal. La de las ocho en punto estaba formada por jóvenes delgados y de paso rápido; la de has ocho y media, no tanto; la de las nueve, aún menos, y la retaguardia de las diez no era predominantemente joven ni delgada y de paso más lento que vivo.
Aunque físicamente no pertenecía a una hora de las posteriores a las ocho y media, un dos plazas azul se llevó a Hubert Landow con la procesión de la retaguardia. Sus hombros anchos estaban cubiertos por un abrigo azul, su cabellera rubia con una gorra gris, e iba solo en eh coche. Alec Rush echó un rápido vistazo a su alrededor para comprobar que el joven moreno no circulaba por allí, y se dedicó a seguir el coche azul con su cupé.
Se internaron rápidamente en la ciudad y llegaron al centro financiero, donde Hubert Landow aparcó su dos plazas frente a una oficina de agentes de Bolsa de Redwood Street. La mañana se convirtió en mediodía algo antes de que Landow saliera y enfilara hacia el norte en su dos plazas.
Cuando perseguido y perseguidor se detuvieron una vez más, estaban en Mount Royal Avenue. Landow se apeó del coche y entró deprisa en un gran edificio de apartamentos. A una calle de distancia, Alec Rush encendió un puro y se acomodó en el asiento del cupé. Transcurrió media hora. Alee Rush volvió la cabeza y chavó la dorada dentadura en el cigarro.
A menos de seis metros del cupé, en la puerta de un garaje, pasaba el rato un joven moreno, de pómulos marcados y hombros altos y rectos. Tenía la nariz grande. Vestía un traje marrón, del mismo color que los ojos, que no parecían hacer caso de nada en medio de la delgada bocanada de humo azul que escapaba de la colilla de un lánguido cigarrillo.
Alec Rush se quitó el cigarro de la boca, lo estudió, sacó la navaja del bolsillo para recortar el extremo mordido, volvió a ponerse el cigarro en la boca y la navaja en el bolsillo y, a partir de ese momento, fue tan indiferente a lo que pasaba en Mount Royal Avenue como el joven que estaba a sus espaldas. Éste se adormeció en el portal. El otro dormitó dentro del coche. La tarde se arrastró lentamente hacia la una, hacia la una y media.
Hubert Landow salió del edificio de apartamentos y desapareció muy pronto en el dos plazas azul. Su partida no inmutó a ninguno de los dos hombres inmóviles, y menos aún sus miradas. Sólo después de un cuarto de hora, uno de ellos se dignó moverse.
En ese momento, el joven moreno abandonó el portal. Caminó calle arriba, sin prisa, con pasos cortos, casi remilgados. Cubierto con un sombrero negro, Alec Rush dio la espalda al joven, que pasó junto al cupé negro; quizá fue casual, pues nadie podía asegurar que el feo se había dignado mirar al otro desde que lo avistó por primera vez. El joven moreno miró con indiferencia la nuca del detective. Deambuló calle arriba hacia el edificio de apartamentos que Landow había visitado, subió ha escalinata y se perdió en su interior.
En cuanto el joven moreno desapareció, Alec Rush tiró el puro, se desperezó y encendió el motor del cupé. A cuatro manzanas y dos giros de Mount Royal Avenue, se apeó del vehículo y lo dejó cerrado y vacío delante de una iglesia de piedra gris. Regresó a Mount Royal Avenue y se detuvo en una esquina, a dos calles de la posición anterior.
Esperó media hora más hasta que el joven moreno apareció. Alec Rush compraba un puro en un estanco con escaparate de cristal cuando el otro pasó a su lado. El joven subió al tranvía en North Avenue y encontró asiento. El detective subió al mismo tranvía en la parada siguiente y permaneció de pie en la plataforma trasera. Alertado por la significativa inclinación hacia adelante de los hombros y la cabeza del joven, Alec Rush fue el primer pasajero en bajar en Madison Avenue y el primero en subir a otro tranvía que se dirigía hacia el sur. También fue el primero en apearse en Franklin Street.
El joven moreno se dirigió en línea recta a una pensión de esa calle al tiempo que el detective se apoyaba en el escaparate de una tienda de la esquina especializada en maquillaje para actores. Allí estuvo hasta las tres y media. Cuando el joven moreno salió a la calle, echó a andar —mientras Alec Rush le pisaba los talones— hasta Eutaw Street, cogió el tranvía y viajó hasta Camden Station.
En la sala de espera de la estación, el joven moreno encontró a una joven que lo miró torvamente y preguntó
—¿Qué demonios estuviste haciendo?
Al pasar junto a ellos, el detective oyó el enfadado saludo, pero la respuesta del joven fue susurrada, y tampoco volvió a oír una sola de las respuestas de la joven. Hablaron cerca de diez minutos, de pie, en un extremo vacío de la sala de espera, de modo que Alec Rush no pudiera acercarse a ellos sin llamar la atención.
La muchacha se mostraba impaciente, porfiada. El joven parecía darle explicaciones, tranquilizarla. De vez en cuando gesticulaba con las manos castigadas pero hábiles de un buen mecánico. Su acompañante se mostró más afable. Era baja y cuadrada, parecía escuetamente tallada a partir de un cubo. Como era de prever, su nariz era corta y el mentón cuadrado. Superado el enfado inicial, ahora se veía que poseía una cara alegre, un rostro vivaracho, belicoso y bien irrigado que anunciaba a bombo y platillo una vitalidad inagotable. Ese anuncio estaba presente en todos sus rasgos, desde las puntas animadas de su corta cabellera castaña hasta la posición enraizada de sus pies sobre el suelo de cemento. Vestía ropa oscura, poco llamativa y cara, pero no la lucía con donaire pues colgaba desaliñadamente aquí y allá, sobre su cuerpo macizo.
El joven asintió enérgicamente en varias ocasiones, se tocó la visera de la gorra con dos dedos descuidados y salió a la calle.
Alec Rush lo dejó partir sin seguirlo. Fue detrás de la joven cuando ésta se encaminó lentamente hacia las puertas de hierro de la estación, avanzó junto a la taquilla del equipaje y salió a la calle. Aún la seguía cuando la muchacha se unió al grupo de compradores de las cuatro de la tarde en Lexington Street.
La joven fue de compras con la entusiasta actitud de alguien que no tiene preocupaciones. En los segundos grandes almacenes que visitó, Alec Rush la dejó ante un mostrador de encajes mientras él avanzaba, tan rápida y directamente como podía en medio de los animados clientes, en dirección a una mujer alta, de hombros gruesos, canosa y vestida de negro que parecía esperar a alguien junto a la escalera.
—¡Hola, Alec! —saludó la mujer cuando el detective le tocó el brazo y sus ojos vivaces contemplaron con verdadera alegría la tosca cara de Rush—. ¿Qué haces en mi territorio?
—Tengo una mechera para ti —murmuró—. La chica fornida, vestida de azul, junto al mostrador de los encajes. ¿Sabes de quién te hablo?
La detective de la tienda echó un vistazo y asintió.
—Sí, Alec, muchas gracias. ¿Estás seguro de que es una ratera?
—¡Venga ya, Minnie! —se quejó y su voz ronca soltó un gruñido metálico—. ¿Me crees capaz de darte un dato falso? Tomó el camino del sur con un par de prendas de seda y es harto probable que a estas alturas tenga algunos encajes.
—Hmmm, hmmm —masculló Minnie—. Entendido. En cuanto pise la accra estaré a su lado.
Alec Rush volvió a rozar el brazo de la detective.
—Me gustaría seguirla —explicó—. ¿Qué te parece si le pisamos un rato los talones y averiguamos qué trama antes de cazarla?
—De acuerdo si no nos lleva todo el día —aceptó ella.
Cuando la joven fornida y vestida de azul abandonó la sección de encajes y los grandes almacenes, los detectives la siguieron, la acompañaron al interior de otra tienda y aunque quedaron demasiado rezagados para comprobar si estaba robando se dieron por satisfechos con vigilarla. De esa tienda salió la joven, se dirigió a la parte más sórdida de Pratt Street y entró en una misérrima casa de tres plantas dividida en varios pisos amueblados.
A dos manzanas de distancia, un policía giraba en la esquina.
—Vigila el edificio mientras voy a buscar al uniformado —ordenó Alec Rush.
Al regresar con el policía, vio que la detective de la tienda aguardaba en el vestíbulo.
—Primer piso —informó Minnie.
A sus espaldas la puerta permanecía abierta y permitía entrever un oscuro pasillo y el pie de la escalera cubierta por una gastada moqueta.
En el sombrío pasillo apareció una mujer delgada y desaliñada, con un arrugado vestido de algodón gris, que preguntó quejumbrosa al tiempo que avanzaba:
—¿Qué buscan aquí? Tengo una casa decente. Quiero que sepan y que comprendan que yo...
—En el primer piso vive una chica fornida de ojos oscuros —cacareó Alec Rush—. Muéstrenos cuál es su puerta.
La cara delgada de la mujer se convirtió en infinitas líneas de sorpresa y sus ojos mortecinos se ensancharon como si confundiera la aspereza de la voz del detective con la brusquedad de las grandes emociones.
Tartamudeó algo y recordó la primera regla de la administración de una pensión sospechosa: no te interpongas nunca en el camino de la policía.
—Les mostraré la puerta —aceptó, se levantó con una mano la falda arrugada y los guió escaleras arriba.
Sus dedos delgados golpearon la puerta cercana a la escalera.
—l¿~Quién es? —preguntó una voz femenina indiferentemente seca.
—La casera.
La chica fornida y vestida de azul, ahora sin sombrero, abrió la puerta. Alec Rush encajó su enorme pie para impedir que la cerrara al tiempo que la casera decía:
—Aquí la tienen.
—Tendrá que acompañarnos —afirmaba simultáneamente el policía.
—Querida, nos gustaría entrar y hablar contigo —apostillaba Minnie.
—¡Dios mío! —exclamó la joven—. Creo que están cometiendo un lamentable error.
—En absoluto —dijo Alec Rush con voz ronca, dio un paso al frente y mostró su espeluznante sonrisa amistosa—. Vayamos a un sitio donde podamos conversar.
Con un simple movimiento de su desgarbada osamenta, un paso para aquí y medio paso para allá, y girando su fea cara hacia éste y hacia aquélla, Alec Rush guió a su antojo al pequeño grupo, despidió a la avinagrada casera e hizo pasar a todos a las habitaciones de la chica.
—Recuerden que no sé de qué va ha cosa —dijo la chica cuando llegaron a la sala, una estrecha habitación donde el azul luchaba con el rojo sin llegar a ser violeta—. Es fácil llevarse bien conmigo y si le parece que éste es el sitio adecuado para hablar de lo que usted quiere hablar, ¡adelante! Pero si confía en que yo suelte el rollo, tendrá que espabilarse.
—Raterías, querida —dijo Minnie y se inclinó para palmearle el brazo a la chica—. Trabajo en Goodbody’s.
—¿Supone que he birlado algo? ¿Ésa es ha cuestión?
—Sí, exactamente. Claro que sí, eso es —Alec Rush no dejó lugar a dudas.
La muchacha entrecerró los ojos, hizo morritos con los labios pintados de rojo y miró al feo de soslayo.
—Estoy de acuerdo —anuncié—, siempre que Goodbody’s quiera hacerme cargar con las culpas... así podré ponerle un pleito por un millón cuando fracase. No tengo nada que declarar. Lléveme a la comisaría.
—Hermana, ya te llevaremos a la comisaría —aseguró el feo afablemente—. Nadie te sacará del apuro. Dime, ¿te molesta que eche un vistazo a tu casa?
—¿Tiene algún papel firmado por un juez en el que diga que está autorizado?
—No.
¡Entonces no echará ni una ojeada!
Alec Rush rió entre dientes, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y deambulé por las habitaciones, comprobando que había tres. Salió del dormitorio portando en la mano una foto en un marco de plata.
—¿Quién es? —preguntó el detective a la chica.
—Averígüelo si puede.
—Es lo que intento —mintió Alec Rush.
—¿No es más que un incompetente! —se enfureció la chica—. ¡Sería incapaz de encontrar agua en el océano!
Alec Rush rió con ronca alegría. Podía darse ese lujo. La foto que tenía en la mano era de Hubert Landow.
El ocaso rodeaba la iglesia de piedra gris cuando el propietario del cupé abandonado regresó al coche. La chica fornida —dijo llamarse Polly Vanness— fue fichada y encerrada en una celda de la comisaría de Southwestern. En su piso aparecieron cantidades ingentes de mercancías robadas. Aún llevaba encima la cosecha de esa tarde cuando Minnie y una matrona de la comisaría la registraron. Se había negado a hablar.
El detective no mencionó que conocía al sujeto de la foto ni habló del encuentro de la chica con el joven moreno en la estación de tren. Ninguna de las cosas aparecidas en su vivienda esclareció esas cuestiones.
Como había cenado antes de regresar al coche, Alec Rush puso rumbo a Charles-Street Avenue. Al pasar frente a ha residencia Landow, vio encendidas las luces de costumbre. Algo más lejos giró el cupé para que apuntara hacia el centro y aparcó junto al bordillo, en una zona oculta por los árboles, desde la que divisaba la casa.
Se hizo noche cerrada y nadie salió ni entró en casa de los Landow.
Unas uñas golpearon el cristal de la ventanilla del cupé.
Divisé a un hombre. En la oscuridad no se podía decir nada sobre él, salvo que no era corpulento y que debía de haberse acercado sigilosamente desde la parte posterior del coche para que el detective no se apercibiera de su presencia.
Alec Rush extendió la mano y abrió ha portezuela.
—¿Tienes fuego? —preguntó el hombre.
El detective titubeé, le ofreció una caja de cerillas y dijo:
—Sí.
El hombre encendió un fósforo e iluminé su cara morena y joven, de nariz grande y pómulos altos: era la misma persona a la que Alec Rush había seguido esa tarde.
Sólo el joven moreno dio señales de haber reconocido al detective:
—Suponía que eras tú —dijo llanamente mientras acercaba el fósforo encendido al cigarrillo—. Tal vez no sepas quién soy, pero te conocí cuando formabas parte de la policía.
—Sí —el ex sargento de la Brigada de Detectives no dio el menor tono a su ronco monosflabo.
—Aunque no estaba seguro, me pareció verte esta tarde entre el gentío de Mount Royal —prosiguió el joven, que subió al cupé, se sentó junto al detective y cerró ha portezuela—. Soy Scutthe Zeipp. No soy tan famoso como Napoleón, de modo que tampoco pasa nada si jamás has oído mi nombre.
—Sí.
—iÉsa es la cuestión! Si se te ocurre una buena respuesta, cíñete a ella —súbitamente el rostro de Scuttle Zeipp se convirtió en una máscara broncínea bajo el brillo del cigarrillo—. Bastará con que des la misma respuesta a la próxima pregunta. ¿Estás interesado en los Landow? Sí —añadió burlándose roncamente de la voz del detective. Otra calada iluminé su rostro y las palabras salieron envueltas en humo, a medida que se extinguía el brillo de la colilla—. Supongo que querrás saber qué hago merodeando. No es un secreto. Te lo diré. Me han dado quinientos pavos para que me cargue a la chica... dos veces. ¿Qué te parece?
—Ya te he oído —respondió Alec Rush—. Cualquiera que sabe hablar puede soltar una sarta de tonterías.
—¿Una sarta de tonterías? Ya lo creo —reconoció Zeipp alegremente—. También es una tontería cuando el juez dice «Ahorcado hasta que muera y que Dios se apiade de su alma». Muchas cosas son pura cháchara, pero eso no les impide ser reales.
—¿Sí?
—¡Sí, hermano, sí! Escúchame bien: esto va de regalo. Hace un par de días me visitó cierta persona con una oferta de alguien que me conoce. ¿Te das cuenta? Esa cierta persona me preguntó cuánto quería por carganne una zorra. Pensé que mil eran suficientes y lo dije. Le pareció excesivo. Quedamos en quinientos. Recibí doscientos cincuenta y el resto a cobrar cuando se enfriara la historia Landow. No estaba mal por tratarse de una cosa fácil... una bala a través de la portezuela del coche, ¿eh?
—Venga ya, ¿a qué esperas? —preguntó el detective—. ¿Quieres convertirlo en una travesura fantasiosa... matarla el día de su cumpleaños o un festivo?
Scuttle Zeipp chasqueó los labios y, en medio de la oscuridad, hundió un dedo en el pecho del detective.
—¡Ni soñarlo, hermano! ¡Parece que pienso más rápido que tú! Escucha: me guardo los doscientos cincuenta de adelanto y vengo a reconocer a fondo el terreno para no toparme con algún imprevisto. Mientras fisgoneo, encuentro a otra persona que hace lo mismo. Esta segunda persona me tantea, pero yo soy muy listo y la suerte me sonrió. Fue directo al grano. ¿Sabes qué me preguntó? ¡Quería saber cuánto cobro por cargarme una zorra! ¿Sería la misma que la otra quería cargarse? ¡Te aseguro que sí! No soy tonto. Cobro doscientos cincuenta pavos más y recibiré mucho más cuando termine la faena. ¿Me crees capaz de hacerle algo a la bella Landow? Si lo creyeras, serías un imbécil. Ella es mi seguro. Si vive hasta que yo destape la olla, será más vieja que tú o que la bahía. Por ahora me han dado quinientos. ¿Hay algún problema en rondar la zona y esperar a que aparezcan otros clientes que no la quieren? Si dos quieren comprarle eh billete para sacarla de este mundo, ¿por qué no más? La respuesta es afirmativa. Y apareces tú, que también estás fisgoneando. Esta es la historia, hermano, mira, degusta y toca.
En la oscuridad del interior del cupé reina el silencio varios minutos, hasta que la áspera voz del detective pregunté con escepticismo:
—¿Quiénes son los que quieren quitarla de en medio?
—¿Estás loco? —lo reprendió Scuttle Zeipp—. Te estoy contando la historia, pero no pienso dar nombres.
—¿Y para qué me la cuentas?
—¿Para qué? Porque de alguna manera estás en el medio. Si nos estorbamos, ninguno obtiene beneficios. Si no aunamos esfuerzos, el chanchullo se irá al carajo. Ya he ganado quinientos con la Landow. Eso me pertenece, pero un par de hombres que saben lo que se hacen pueden recoger mucho más. Eso digo. Te propongo que compartamos a partes iguales todo lo que podamos obtener. Pero ¡no te daré los nombres de mis personas! No me molestaría delatarlas, pero no soy tan rata como para decirte quiénes son.
Alec Rush farfullé y planteé otra pregunta ambigua.
—Scutthe, ¿por qué confías tanto en mí?
El asesino a sueldo rió sagazmente.
—¿Por qué no? Eres un buen tipo. Sabes aceptar un beneficio si te lo ofrecen. No te echaron de la pohi por ser tan inocente. Además, en el caso de que quisieras traicionarme, ¿qué podrías hacer? Te será imposible demostrar todo lo que te he contado. Ya te dije que no pretendo que la mujer sufra el menor daño. Ni siquiera estoy armado. Pero eso son tonterías. Tienes la cabeza bien puesta y conoces el paño. ¡Alec, tú y yo podemos conseguir un pastén!
Volvió a reinar el silencio hasta que el detective habló lenta y reflexivamente:
—En primer lugar, tendríamos que averiguar los motivos por los que tus personas quieren acabar con la chica. ¿Sabes algo?
—Nada de nada.
—Por lo que has dicho, entiendo que las dos son mujeres.
Scuttle Zeipp se mostró indeciso.
—Sí —admitió—. Pero no me preguntes nada sobre ellas. En primer lugar, no sé nada y, en segundo, no soltaría prenda aunque lo supiera.
—Sí —cacareó el detective como si comprendiera la retorcida idea de lealtad de su compañero—. Si son mujeres, cabe la posibilidad de que este rollo tenga que ver con un hombre. ¿Qué opinas de Landow? Parece un tío guapo.
Scutthe Zeipp se incliné y volvió a hundir un dedo en el pecho del detective.
—¡Alec, has dado en el blanco! ¡Es posible, ya lo creo que podría ser por eso!
—Sí —reconoció Alec Rush mientras manoseaba las palancas del coche—. Saldremos de aquí y nos mantendremos alejados hasta que yo he haya echado un vistazo.
El detective paro el cupé en Franklin Street, a media manzana de la pensión hasta la que, por la tarde, había seguido al joven.
—¿Quieres apearte aquí? —pregunté.
Scutthe Zeipp miró de soslayo y de forma inquisitiva el desagradable rostro del hombre mayor.
—¿Por qué no? —respondió el joven—. De todos modos, eres un adivino de primera —se detuvo con la mano en la portezuela—. Alec, ¿trato hecho? ¿Vamos a medias?
—Yo diría que no —Alec Rush le sonrió con horripilante afabilidad—. Scuttle, eres un buen chico y si surge alguna ganga recibirás tu parte, pero no esperes que haga causa común contigo.
Zeipp entrecerró los ojos y sonrió hasta mostrar una dentadura amarillenta bien emparejada.
—Maldito gorila, serías capaz de venderme y yo te... —se burló de la amenaza y su rostro moreno volvió a adoptar una expresión joven y despreocupada—. no te saldrás con la tuya. No me equivoqué al decidir que compartiría tu suerte. Lo que tú digas irá a misa.
—Sí —confirmé el feo—. Manténte alejado de la residencia hasta que yo te avise. Ven a verme mañana. Busca las señas de mi despacho en el listín. Hasta pronto, chico.
—Hasta pronto, Alec.

Por la mañana Alec Rush se dedicó a investigar a Hubert Landow. En primer lugar fue al Ayuntamiento y echó un vistazo a los libros grises donde se anotan todas las licencias matrimoniales. Averiguó que Hubert Britman Landow y Sara Falsoner se habían casado hacía seis meses.
El apellido de soltera de la chica enturbió los ojos inyectados en sangre del detective. El aire escapó ruidosamente por sus fosas nasales aplastadas. «¡Sí, sí, sí!», dijo casi para sus adentros, con tanto ímpetu que un delgado pasante que estaba a su lado y consultaba otros expedientes lo miró asustado y se apartó.
Al salir del Ayuntamiento, Alec Rush fue con el apellido de soltera de la novia a las redacciones de dos periódicos en las que, tras estudiar los archivos, compró un montón de diarios de hacía seis meses. Los llevó a su oficina, los abrió sobre el escritorio y puso manos a la obra con la tijera. Después de recortar y descartar el último había sobre su escritorio un grueso fajo de recortes.
Alec Rush los ordenó cronológicamente. Encendió un puro, acomodó los codos sobre el escritorio, se sujetó la fea cabeza entre las palmas de las manos y se puso a leer una historia que la gente de Baltimore aficionada a la prensa había conocido medio año atrás.
Depurada de comentaroos impertinentes y digresiones, la historia era básicamente la siguiente:
Jerome Falsoner, de cuarenta y cinco años, era un solterón que vivía solo en un piso de Cathedral Street, y que disfrutaba de una renta más que suficiente para asegurar su bienestar. Era un hombre alto pero de constitución delicada, tal vez a causa de una indulgencia desmedida en los placeres para un fisico que, en principio, no era muy fuerte. Era muy conocido, al menos de vista, por todos los noctámbulos de Baltimore y por aquellos que frecuentaban hipódromos, garitos y reñideros clandestinos que, de vez en cuando, operan fugazmente en los sesenta kilómetros de zona rural que separan Baltimore de Washington.
Una tal Fanny Kidd, que como tenía por costumbre se presentó a las diez en punto de la mañana para limpiar la casa de Jerome Falsoner, lo encontró tendido boca arriba en la sala, mirando con los ojos muertos un punto del techo, un punto brillante que reflejaba la luz del sol... que la reflejaba en el mango metálico de su cortapapeles clavado en el pecho.
La investigación policial demostró cuatro hechos:
En primer lugar, Jerome Falsoner llevaba muerto catorce horas cuando Fanny Kidd lo encontró, lo que situaba su asesinato alrededor de las ocho de la noche anterior.
En segundo lugar, las últimas personas que, por lo que se supo, lo vieron vivo, fueron Madehine Boudin, una mujer de la que había sido íntimo, y tres amigos de ella. Lo vieron vivo entre las siete y media y las ocho, o menos de media hora antes de su muerte. Se dirigían a una casa de campo a orillas del río Severn y Madehine Boudin dijo a los demás que quería ver a Falsoner antes de partir. Los demás se quedaron en el coche mientras ella tocaba el timbre. Jerome Falsoner abrió la puerta y la mujer entró. Salió diez minutos más tarde y se reunió con sus amigos. Jerome Falsoner la acompañó a la puerta y saludó con la mano a uno de los hombres que viajaba en el coche, Frederick Stoner, que apenas conocía a Falsoner y que estaba relacionado con la oficina del fiscal del distrito. Dos mujeres que charlaban en la escalinata de la casa de enfrente también vieron a Falsoner y la partida de Madeline Boudin y sus amigos.
En tercer lugar, la heredera y única pariente directa de Jerome Falsoner era su sobrina Sara Falsoner que, por un capricho del azar, contraía matrimonio con Hubert Landow a la misma hora en que Fanny Kidd descubría el cadáver de su patrón. Sobrina y tío apenas se trataban. Se demostró concluyentemente que la sobrina —durante unos pocos días las sospechas de la policía se centraron en ella— había estado en casa, en su apartamento de Carey Street, desde las seis de la tarde de la fecha del asesinato hasta las ocho y media de la mañana siguiente. Su marido, a la sazón su prometido, había estado con ella desde las seis hasta las once de la noche. Antes de ha boda, la chica había trabajado como taquígrafa en el mismo banco donde prestaba sus servicios Ralph Millar.
En cuarto lugar, dos días antes del asesinato Jerome Falsoner, que no poseía un carácter que pudiera considerarse tranquilo, había discutido con el islandés Einer Jokumsson en una casa de juego. Jokumsson lo había amenazado. El islandés —un individuo fornido y grueso, de pelo y ojos oscuros— desapareció de su hotel, dejando el equipaje, el día que se descubrió el cadáver y desde entonces nadie le había visto el pelo.
Después de leer minuciosamente el último recorte, Alec Rush se meció en la silla y miró el techo con pensativa expresión de monstruo. Luego se enderezó, consultó el listín y decidió marcar el número del banco donde trabajaba Ralph Millar. En cuanto supo el número cambió de idea.
—No importa —dijo por el auricular y llamó a Goodbody’s.
Cuando se puso, Minnie le contó que Polly Vanness fue identificada como Polly Bangs, detenida dos años atrás en Milwaukee por ratería y condenada a dos años de cárcel. Minnie añadió que esa misma mañana habían puesto en libertad bajo fianza a Polly Bangs.
Alec Rush colgó y revisó los recortes hasta encontrar la dirección de Madehine Boudin, la mujer que había visitado a Falsoner poco antes de su muerte. Las señas correspondían a Madison Avenue. Allá lo llevó su cupé.
No, la señorita Boudin no vive aquí. Sí, había vivido aquí, pero se mudé hace cuatro meses. Tal vez ha señora Blender, del segundo piso, conozca sus señas actuales. La señora Blender no las sabía. Estaba enterada de que la señorita Boudin se había mudado a un edificio de apartamentos de Garrison Avenue, pero suponía que esas no eran sus señas actuales. Al llegar a la vivienda de Garrison Avenue, Alec Rush averiguó lo siguiente: la señorita Boudin se había mudado hacía un mes y medio... a un sitio de Mount Royal Avenue. Nadie sabía el número.
El cupé trasladó a su feo propietario a Mount Royal Avenue, hasta el edificio de apartamentos que el día anterior habían visitado Hubert Landow y, a continuación, Scuttle Zeipp. En portería preguntó por Walter Boyden, pues pensaba que vivía allí. El portero no tenía noticias de Walter Boyden. Sin embargo, el 604 estaba ocupado por la señorita Boudin, que se apellidaba B-o-u-d-i-n y vivía sola.
Alec Rush abandonó el edificio y volvió a montar en su coche. Entornó sus ojos enrojecidos y coléricos y asintió satisfecho trazando con el dedo un pequeño círculo en el aire. Después regresó a su oficina.
Volvió a marcar el número del banco, pidió que le pusieran con Ralph Millar y lo hicieron en seguida.
—Soy Rush. ¿Puede venir inmediatamente a mi oficina?
—¿Qué pasa? Por supuesto. ¿Cómo... cómo...? Sí, voy para allá.
La sorpresa que transmitía la voz de Millar a través del teléfono había desaparecido cuando llegó a la oficina del detective. No hizo ninguna pregunta relativa al hecho de que el detective conociera su identidad. Aunque hoy vestía traje marrón, llamaba tan poco la atención como ayer de gris.
—Pase y siéntese —lo recibió eh feo—. Señor Millar, necesito unos datos.
La delgada boca de Millar se tensé y frunció el entrecejo con terca reserva.
—Rush, pensé que habíamos acharado ese punto. Ya he dije...
Alec Rush miró a su cliente con afable aunque aterradora exasperación.
—Ya sé lo que me dijo —lo interrumpió—. Eso fue en el pasado y ahora estamos en el presente. El asunto se está desenredando y apenas veo lo suficiente, de modo que puedo liarme en esta historia si no estoy alerta.
Encontré a su hombre misterioso y hablé con él. Tenía razón, seguía a la señora Landow. Según cuenta, lo contrataron para matarla.
Millar se levanté de un salto y se incliné sobre el escritorio amarillo, aproximando su cara a la del detective.
—¡Dios mío! Rush!, ¿qué ha dicho? ¿La quiere matar?
—Vamos, vamos, tómelo con calma. No la matará. Creo que no tiene la menor intención de matarla, pero asegura que le pagaron para cargársela.
—¿Lo ha detenido? ¿Ha encontrado al hombre que lo contrató?
El detective bizqueó con los ojos inyectados en sangre y estudió la expresión apasionada de su cliente.
—A decir verdad, no he hecho ni lo uno ni lo otro —respondió serenamente cuando acabó de estudiarlo—. En este momento la joven no corre el menor peligro. Puede que el muchacho me engañara o me dijera la verdad, pero sea como fuere no me habría contado nada si hubiese tenido intención de actuar. Yendo al fondo del asunto, señor Millar, ¿quiere que el muchacho sea detenido?
—¡Sí! Mejor dicho... —Millar se apartó del escritorio, se dejó caer flojamente en la silla y se tapó la cara con manos temblorosas—. ¡Dios mío, Rush, no lo sé!
—Exactamente— confirmó Ahec Rush—. Ése es el meollo. La señora Landow es la sobrina y la heredera de Jerome Falsoner. Trabajaba en su banco. Se casó con Landow la misma mañana en que apareció el cadáver de su tío. Ayer Landow visitó el edificio donde vive Madeline Boudin. Fue la última persona conocida que estuvo en casa de Falsoner antes de que lo asesinaran. Y su coartada es tan irrecusable como la de los Landow. El hombre que dice que lo contrataron para matar a la señora Landow también visitó ayer el edificio donde vive Madehine Boudin. Lo vi entrar. Lo vi reunirse con otra mujer. Esta última es una ratera. En su vivienda encontré una foto de Hubert Landow. El moreno sostiene que lo contrataron dos veces para matar a la señora Landow... lo contrataron dos mujeres, ninguna de las cuales sabe que la otra también lo hizo. No quiso decirme quiénes son, pero no era necesario.
La voz ronca cesó y Alec Rush cedió la palabra a Millar. Durante un rato Millar permaneció mudo. Su mirada era desesperadamente desmesurada y perdida. Alec Rush alzó una manaza, la cerró hasta formar un puño casi perfectamente esférico y golpeó el escritorio con suavidad.
—Éstos son los hechos, señor Millar —añadió—. Es un buen embrollo. Pero no se preocupe, si me cuenta lo que sabe, desenredaremos la madeja. Si no habla... ¡no cuente conmigo!
Aunque a duras penas, Millar encontró palabras con las que expresarse:
—¡Rush, no puede abandonar! ¡No puede dejarme a mí... a nosotros.., a ella.., a todos en la estacada! No es... Usted no será capaz de...
Alec Rush meneó su fea cabeza en forma de pera para resaltar lentamente su determinación.
—Aquí tenemos un asesinato y Dios sabe qué más. No me gusta jugar con los ojos vendados. ¿Cómo puedo saber cuáles son sus intenciones? O me dice lo que sabe, absolutamente todo, o más vale que contrate a otro detective. Es mi última palabra.
Ralph Millar entrelazó los dedos, apretó los labios contra los dientes y suplicó al detective con expresión de acoso.
—No lo haga, Rush —imploré—. Ella aún corre peligro. Aunque esté en lo cierto cuando dice que ese hombre no la atacó, tampoco está a salvo. Las mujeres que lo contrataron pueden apelar a otro matón. Rush, tiene que protegerla.
—¿Sí? En ese caso, usted tendrá que ser explícito.
—¿Tendré que ser...? Sí, Rush, hablaré. Le diré todo lo que quiera saber. Pero prácticamente no sé nada o casi nada más que lo que usted ya ha averiguado.
—¿La joven trabajaba en su banco?
—Sí, en mi sección.
—¿Y dejó el puesto para casarse?
—Sí. Mejor dicho... No, Rush, la verdad es que la despidieron. Fue una injusticia pero...
—¿Cuándo ocurrió?
—El día antes de... el día antes de su boda.
—Explíquese.
—Tenía... Rush, antes tendré que explicarle su situación. Sara es huérfana. Ben Falsoner, su padre, tuvo una juventud disipada... tal vez no sólo su juventud tuvo esas características, pues estoy convencido de que todos los Falsoner están cortados con el mismo patrón. Sea como fuere, Ben discutió con su padre, el viejo Howard Falsoner, que lo borró del testamento, pero no del todo. El viejo esperaba que Ben se enmendara y, en tal caso, estaba decidido a dejarle algo. Lamentablemente confió en su otro hijo, Jerome. El viejo Howard Falsoner redactó un testamento por el cual la renta de sus bienes iba a parar a manos de Jerome en vida de éste.
Jerome debía mantener a su hermano Ben según considerara adecuado. O sea que tenía libertad absoluta para disponer de los bienes. Podía dividir la renta a partes iguales, pasarle una miseria o no darle nada, según la conducta de Ben. A la muerte de Jerome, los bienes se dividirían a partes iguales entre los nietos del viejo. En teoría, era un acuerdo sensato, pero en la práctica no lo fue porque estaba en manos de Jerome Falsoner. ¿Lo conoció? Bien, era la última persona a la que se podía confiar un arreglo de esta naturaleza. Ejerció su poder hasta las últimas consecuencias. Jamás pasó un céntimo a Ben Falsoner. Hace tres años murió Ben y la chica, su única hija, ocupó la posición del padre con respecto a los bienes del abuelo. Su madre ya había muerto. Jerome Falsoner jamás le pasó un céntimo. Ésta era su situación cuando hace dos años entró a trabajar en eh banco. No fue agradable. Sara tiene, por lo menos, un toque de la temeridad y la excentricidad de los Falsoner. Y allí estaba: heredera de cerca de dos millones de dólares, ya que Jerome nunca contrajo matrimonio y ella es la única nieta, pero sin ninguna renta salvo su salario, que no era muy alto. Contrajo deudas. Supongo que en ocasiones intentó ahorrar, pero apretarse el cinturón resultaba doblemente desagradable al pensar que dos millones de dólares estaban a la vuelta de la esquina. Al final, los altos cargos del banco supieron que estaba endeudada. De hecho, uno o dos cobradores se presentaron en la oficina. Como trabajaba en mi sección, tuve el desagradable deber de advertirla. Se comprometió a pagar sus deudas y a no contraer nuevas y supongo que lo intentó, pero no tuvo mucho éxito. Nuestros jefes están chapados a la antigua, son ultraconservadores. Hice todo lo que pude por salvarla, pero fue inútil. No querían una empleada que estaba endeudada hasta el cuello.
Millar hizo una pausa, miró tristemente el suelo y prosiguió:
—Tuve la desagradable misión de tener que comunicarle que sus servicios ya no eran necesarios. Intenté... Fue espantosamente desagradable. Ocurrió el día antes de su boda con Landow. Fue... —hizo otra pausa. Como si no se le ocurriera nada más, Millar repitió—: Sí, ocurrió el día antes de su boda con Landow —volvió a mirar tristemente el suelo.
Alec Rush, que durante el relato había permanecido inmóvil como la escultura monstruosa de una antigua iglesia, se inclinó sobre el escritorio y preguntó con voz ronca:
—¿Quién es Hubert Landow? ¿A qué se dedica?
Ralph Millar negó cabizbajo.
—No lo conozco. Lo he visto pero no sé nada de él.
—¿Y la señora Landow nunca lo mencioné? Quiero decir, ¿nunca habló de él mientras fue empleada del banco?
—Es posible, pero no me acuerdo.
—¿Y entonces no supo qué pensar cuando se enteró de que ella se había casado con él?
El hombre más joven lo miró con sus ojos pardos y aterrados.
—Rush, ¿adónde quiere llegar? No pensará que... Sí, como acaba de decir, me sorprendí. ¿Adónde quiere ir a parar?
—La licencia matrimonial fue entregada a Landow cuatro días antes de la boda, cuatro días antes de que apareciera el cadáver de Jerome Falsoner —respondió el detective, haciendo caso omiso de la angustiada y reiterada pregunta de su cliente.
Millar se mordió una uña y, desesperado, meneó la cabeza.
—No sé adónde quiere ir a parar —murmuró con el dedo en la boca—. Este asunto es realmente desconcertante.
—Señor Millar, ¿no es verdad que usted tenía con Sara Falsoner una relación más amistosa que con cualquier otro compañero de trabajo? —la voz del detective retumbé en la oficina con su ronca insistencia.
El joven levantó ha cabeza y miró a Alec Rush..., sostuvo su mirada con ojos pardos obstinadamente firmes.
—La verdad es que pedí a Sara Falsoner que se casara conmigo el día que dejó su puesto —respondió quedamente.
—Sí. Y entonces ella...
—Y entonces ella... Supongo que la culpa fue mía. Fui torpe, tosco, lo que le parezca. Sólo Dios sabe lo que Sara pensó: que le pedía que se casara conmigo por compasión, que intentaba imponerle el matrimonio despidiéndola cuando sabía que estaba hundida hasta el cuello en deudas. Pudo pensar cualquier cosa. De todas maneras, fue.., fue desagradable.
—¿Quiere decir que no sólo lo rechazó sino que... hmmm... que se mostró desagradable?
—Eso es lo que estoy diciendo.
Alec Rush se recosté en la silla e hizo nuevas muecas grotescas alzando sinuosamente un ángulo de su boca de labios llenos. Sus ojos enrojecidos estaban perversa y reflexivamente clavados en el techo.
—Lo único que podemos hacer es visitar a Landow y contarle lo que sabemos —concluyó el detective.
—¿Está seguro de que... ? —objetó Millar indeciso.
—A menos que sea un actor extraordinario, está muy enamorado de su esposa —declaró el detective con absoluta certeza—. Y eso es suficiente para que tenga sentido contarle esta historia.
Millar seguía dubitativo.
—¿Está seguro de que es lo más sensato?
—Sí. Debemos contar esta historia a una de estas tres personas: él, ella o la policía. Creo que él es la opción más atinada, pero la decisión está en sus manos.
El joven asintió contrariado.
—Está bien, Pero no necesita contar conmigo, ¿verdad? —inquirió repentinamente alarmado—. Puede manejar las cosas de modo tal que yo no me vea involucrado. ¿Comprende lo que quiero decir? Ella es su esposa y resultaría muy...
—No se preocupe. Le cubriré las espaldas —prometió Alec Rush.
Sin dejar de doblar la tarjeta del detective con los dedos, Hubert Landow recibió a Alec Rush en la sala lujosamente amueblada del primer piso de la casa de Charles Street Avenue. Estaba de pie —alto, rubio y juvenilmente apuesto— en medio de la estancia, frente a la puerta, cuando entró el detective gordo, canoso, machacado y feo.
—¿Quería venne? Pase y tome asiento.
La actitud de Hubert Landow no era comedida ni campechana. Era exactamente la actitud que cabe esperar en un joven que recibe la visita inesperada de un detective con tan mala traza.
—Sí —declaró Alec Rush mientras se sentaban en sillas enfrentadas—. Tengo algo que comunicarle. No llevará mucho tiempo, pero parece un disparate. Puede o no que sea una sorpresa para usted, pero es muy serio, Espero que no piense que le estoy tomando el pelo.
Hubert Landow se echó hacia adelante con expresión de profundo interés.
—No se preocupe. Lo escucho.
—Hace un par de días seguí a un hombre que podría estar relacionado con un trabajo que me interesa. No es trigo limpio. Mientras lo seguía descubrí que se interesaba por sus asuntos y los de su esposa. Les ha pisado los talones tanto a usted como a ella. Ayer pasó el rato delante del edificio de apartamentos de Mount Royal Avenue que usted visitó, y luego entró personalmente.
—¿Qué demonios pretende? —se enfureció Landow—. ¿Cree que se trata de...?
—Espere —aconsejó el feo—. Espere a oír toda ha historia, luego me dará su opinión. Salió del edificio de apartamentos y se dirigió a Camden Station, donde se encontró con una joven. Hablaron un rato y más tarde ella fue detenida en unos grandes almacenes,., por ratera. Se llama Polly Bangs y ha cumplido condena en Wisconsin por eh mismo delito. Tenía una foto suya en el tocador.
—¿Mi foto?
Alec Rush asintió plácidamente en la cara del joven que se había puesto de pie.
—Su foto. ¿Conoce a Polhy Bangs? Es una chica fornida, gruesa y pesada, de unos veintiséis años, pelo castaño y ojos pardos... de aspecto pícaro...
El rostro de Hubert Landow denotaba un profundo desconcierto.
—¡No! ¿Qué demonios hacía con mi foto? —inquirió—. ¿Está seguro de que era mi foto?
—No estoy absolutamente seguro, sino lo bastante como para no necesitar confirmación. Tal vez usted la ha olvidado o ella vio su foto en alguna parte y se la quedó porque le caía bien.
—¡Qué disparate! —el rubio se rebeló ante este piropo y se ruborizó tan vívidamente que a su lado la tez de Alec Rush era casi incolora—. Tiene que existir algún motivo racional. ¿Ha dicho que la detuvieron?
—Sí, pero ha salido en libertad bajo fianza. Permítamne proseguir el relato. Anoche el matón del que le hablé y yo estuvimos charlando. Afirma que lo contrataron para matar a su esposa.
Hubert Landow, que había vuelto a sentarse, se incorporó de manera tan brusca que la madera crujió ásperamente. Su cara, de color carmesí unos segundos antes, se puso blanca como el papel. En la estancia se percibió otro sonido distinto al del crujir de la silla: debilísimos jadeos amortiguados. Aunque el rubio no pareció oírlos, Alec Rush desviò unos instantes sus ojos inyectados en sangre y miró fugazmente una puerta que se cerraba al otro hado de la estancia.
Landow volvía a estar de pie, se inclinaba junto al detective y hundía los dedos en los hombros sueltos y musculosos del feo.
—¡Esto es horrible! —clamaba—. Tenemos que...
Se abrió la puerta que el detective había observado unos segundos antes. Apareció una joven bella y alta: Sara Landow. Su revuelta cabellera de color castaño enmarcaba un rostro muy blanco. Sus ojos parecían muertos. Avanzó lentamente hacia los hombres con el cuerpo echado hacia adelante, como si se protegiera de un vendaval.
—¡Hubert, es inútil —su voz sonó tan muerta como sus ojos—. Será mejor que lo afrontemos. Se trata de Madehine Boudin. Ha descubierto que asesiné a mi tío.
—¡Calla, cariño, calla! —Landow abrazó a su esposa e intentó serenarla posando una mano en su hombro—. No sabes lo que dices.
—Sí que lo sé —se zafó del abrazo de su marido y ocupó la silla que Alec Rush acababa de dejar—. Se trata de Madehine Boudin y tú lo sabes. Y ella sabe que maté a tío Jerome.
Landow se volvió hacia el detective y estiró ambas manos para sujetar el brazo del feo.
—Rush, no haga caso de lo que dice —suplicó—. Ultimamente no se encuentra bien. No sabe lo que dice.
Sara Landow rió con lánguida amargura.
—¿Así que no me he encontrado bien últimamente? —preguntó—. Es verdad, no me encuentro bien desde que lo maté. ¿Cómo podría estar bien después de lo que hice? Usted es detective —clavó sus ojos vacíos en Alec Rush—. Arrésteme, he matado a Jerome Falsoner.
Con los brazos en jarras y las piernas separadas, Alec Rush la miró severamente pero no dijo nada.
—¡Rush, no puede hacerlo! —Landow volvía a tirar del brazo del detective—. Hombre, ni lo intente. ¡Es absurdo! Usted...
—¿Donde encaja Madeline Boudin? —inquirió la voz ronca de Alec Rush—. Ya sé que era amiga de Jerome pero, ¿por qué quiere acabar con la vida de su esposa?
Landow vaciló, pasó el peso del cuerpo de un pie al otro y respondió muy a su pesar:
—Era la amante de Jerome y había tenido un hijo de él. Cuando se enteró, mi esposa insistió en pasarle una renta. Fue por este asunto por lo que ayer la visité.
—Sí. Volvamos a Jerome. Si no recuerdo mal, usted estaba en el apartamento de su esposa, con ella, cuando lo mataron, ¿no es así?
Sara Landow suspiró con desanimada impaciencia.
—¿Es necesario hablar de todo esto? —preguntó con voz baja y fatigada—. Yo lo maté. Nadie más lo hizo. Nadie más estaba presente cuando lo maté. Lo acuchillé con el cortapapeles después de que me atacara, gritó «¡No lo hagas! ¡No lo hagas!», se puso a llorar y cayó de rodillas. Huí corriendo.
Alec Rush paseó la mirada de la muchacha al hombre. La cara de Landow estaba húmeda de sudor, tenía los puños blancos y su pecho subía y bajaba agitado. Habló con voz tan ronca como la del detective, pero no tan alta.
—Sara, ¿puedes esperar aquí a que regrese? Sólo estaré fuera un rato, no más de una hora. Espera y no hagas nada hasta que vuelva.
—De acuerdo —aceptó la chica, sin mostrar curiosidad ni interés—. Hubert, te repito que no servirá de nada. Debí decirlo desde el principio. No sirve de nada.
—Espérame, Sara —rogó y ladeé la cabeza hacia la oreja deforme del detective—. ¡Rush, por amor de Dios, quédese con ella! —susurró y abandonó deprisa la estancia.
La puerta principal se cerró violentamente. El motor de un coche ronroneó, alejándose de la casa. Alec Rush se dirigió a la chica:
—¿Dónde está el teléfono?
—En la habitación contigua —respondió sin apartar la mirada del pañuelo que retorcía con los dedos.
El detective franqueó la puerta por la que había aparecido la joven y descubrió que daba a la biblioteca, en uno de cuyos ángulos estaba el teléfono. Al otro lado de la estancia, el reloj marcaba las cuatro menos veinticinco. El detective se acercó al teléfono, llamó a la oficina de Ralph Millar, preguntó por él y, cuando se puso, le dijo:
—Soy Rush. Estoy en casa de los Landow. Venga inmediatamente.
—No puedo, Rush. ¿Acaso no comprende mi...?
—¡Y un huevo! —se enfadó Alec Rush—. ¡Venga de inmediato!
La joven de los ojos muertos, que seguía jugueteando con el dobladillo del pañuelo, no alzó la mirada cuando el feo regresó. Ninguno habló. De espaldas a la ventana, Alec Rush consultó dos veces el reloj con mirada furibunda.
De la planta baja llegó el débil tintineo del timbre. El detective cruzó la estancia hasta la puerta del pasillo y bajó la escalera principal con pesada rapidez. Ralph Millar, cuyo rostro parecía un campo de batalla en el que combatían el temor y la turbación, estaba de pie en el vestíbulo y tartamudeaba algo ininteligible ante la criada que le había abierto la puerta.
Alec Rush apartó bruscamente a la sirvienta, hizo pasar a Millar y lo acompañó a la planta alta.
—Dice que mató a Jerome —murmuró al oído de su cliente mientras ascendían por la escalera.
Aunque Ralph Millar se puso temerosamente pálido, no mostró la menor sorpresa.
—¿Estaba enterado de que ella lo mató? —preguntó Alec Rush.
Millar hizo dos intentos por hablar, pero no emitió sonido alguno. Habían alcanzado el rellano del primer piso cuando exclamó:
—¡Aquehla noche la vi por la calle, caminando en dirección al domicilio de su tío!
Alec Rush bufó molesto y dirigió al joven hasta el lugar en el que se encontraba Sara Landow.
—Landow ha salido —explicó apresuradamente—. Tengo que irme. Quédese con ella. Está muy perturbada... es capaz de hacer cualquier cosa si la dejamos sola. Si Landow regresa antes que yo, pídale que me espere.
Antes de que Millar pudiera expresar la confusión que demudó su rostro, ya habían franqueado la puerta y entrado en la sala. Sara Landow levantó la cabeza. Se puso de pie como guiada por una fuerza invisible. Se irguió en toda su altura. Millar se quedó junto a la puerta. Se miraron cara a cara, como si ambos fueran presa de una fuerza que los unía y de otra que los repelía.

Alec Rush bajó torpe y silenciosamente la escalera y salió a la calle.
Al llegar a Mount Royal Avenue, divisó en seguida el dos plazas azul. Estaba vacío frente al edificio de apartamentos donde vivía Madehine Boudin. El detective pasó de largo y aparcó el cupé junto al bordillo, tres manzanas más abajo. Apenas había frenado cuando Landow salió corriendo del edificio, subió a su coche de un salto y se largó. Condujo hasta un hotel de Charles Street. El detective lo siguió.
Una vez en el hotel, Landow se dirigió directamente al salón escritorio. Estuvo media hora inclinado sobre una mesa, llenando hoja tras hoja con palabras escritas deprisa, mientras el detective permanecía en un ángulo apartado del vestíbulo, detrás de un periódico, y vigilaba la salida del salón escritorio. Landow salió con un abultado sobre en el bolsillo, abandonó el hotel, cogió su vehículo y condujo hasta las oficinas de un servicio de mensajería de St. Paul Street.
Estuvo cinco minutos en la mensajería. Al salir ignoró el dos plazas aparcado junto al bordillo y caminó hasta Calvert Street, donde abordó un tranvía en dirección norte. El cupé de Alec Rush se deslizó detrás del tranvía. Landow se apeó en Union Station y se dirigió a la taquilla. Acababa de pedir un billete de ida a Filadelfia cuando Alec Rush le palmeó el hombro.
Hubert Landow se volvió lentamente, con el dinero del billete aún en la mano. El hecho de reconocer al detective no alteró su cara de guapo.
—Sí, ¿qué quiere? —preguntó friamente.
Con su fea cabeza, Alec Rush señaló la taquilla y el dinero que Landow tenía en ha mano.
—No debería hacerlo —opinó— con voz ronca.
—Aquí tiene su billete—dijo el empleado a través de la ventanilla enrejada.
Ninguna de las personas les prestó la menor atención. Una mujer rolliza, que llevaba un vestido rosa, rojo y violeta, empujó a Landow, lo pisó y se adelantó en dirección a la taquilla. Landow retrocedió y el detective lo siguió.
—No debió dejar sola a Sara —declaró Landow—. Está...
—No está sola. He llamado a alguien para que la acompañe.
—¿No será...?
—No es la policía, si eso es lo que supone.
Landow caminó lentamente por el largo vestíbulo de la estación y el detective lo siguió a corta distancia. El rubio se detuvo y miró directamente a la cara del otro.
—¿Por casualidad está con Millar? —inquirió.
—Sí.
—Rush, ¿trabaja para Millar?
—Sí.
Landow se paseé de un lado a otro. Cuando llegaron al extremo del vestíbulo, preguntó:
—¿Y qué pretende ese cabrón?
Alec Rush encogió sus hombros gruesos como ramas y guardó silencio.
—¿Y usted qué quiere? —preguntó el joven con cierto malestar, mirando cara a cara al detective.
—No quiero que deje la ciudad.
Landow encajé esas palabras con eh ceño fruncido.
—Si insisto en partir, ¿qué hará para impedírmeho?
—Puedo acusarlo de complicidad en el asesinato de Jerome.
Volvió a reinar el silencio hasta que Landow se decidió a hablar.
—Escuche, Rush, trabaja para Millar, que en este momento está en mi casa. Acabo de enviar una carta a Sara a través de un mensajero. Deles tiempo para que la lean, telefonee luego a Millar y pregúntele si quiere o no retenerme.
Alec Rush negó decididamente con la cabeza y respondió:
—No es mi estilo. A mi juicio, Millar está demasiado enamorado como para que yo tome en serio lo que diga por teléfono de este asunto. Volveremos a su casa y hablaremos.
En este punto fue Landow quien se plantó:
—¡No, no volveré! —miró con fría deliberación la fea cara del detective—. Rush, ¿puedo comprarlo?
—No, Landow. No se confunda a raíz de mi apariencia y mi historial.
—Me lo imaginaba. —Landow miró al techo y luego sus pies. Expulsó aire bruscamente—. Este no es un sitio adecuado para conversar. Busquemos un lugar tranquilo.
—Podemos charlar en mi coche —sugirió Alec Rush.
Una vez instalados en el cupé del detective, Hubert Landow encendió un cigarrillo y Alec un puro.
—Rush, esa Polly Bangs de la que habló es mi esposa— comenzó el rubio sin preámbulos—. Me llamo Henry Bangs. Le será imposible encontrar mis huellas dactilares. Cuando hace un par de años detuvieron a Polly en Milwaukee y la condenaron, vine al Este e hice buenas migas con Madeline Boudin. Formamos un buen equipo. Ella tiene un cerebro privilegiado y debo reconocer que, si alguien piensa por mí, soy un excelente trabajador.
Sonrió al detective y se señaló la cara con el cigarrillo. Alec Rush vio que una oleada carmesí iluminaba el rostro del rubio hasta quedar sonrosado como el de una tímida colegiala. Bangs rió y el rubor comenzó a esfumarse.
—Éste es uno de mis mejores trucos —explicó—. Es fácil si tienes dotes y te mantienes en forma: te llenas de aire los pulmones e intentas expulsarlo mientras le cortas el paso a la altura de la laringe. ¡Para un tramposo es una mina de oro! Rush, le sorprendería saber la cantidad de gente que confia en mí después de que les dedico uno o dos rubores. Madeline y yo nos consagramos al dinero. Ella tiene sesera, valor y un aspecto atractivo. Salvo cerebro, tengo de todo. Hicimos un par de operaciones, una estafa y un chantaje, y entonces Madeline se topé con Jerome Falsoner. Al principio pensábamos extorsionarlo, pero cuando Madeline descubrió que Sara era su heredera, que tenía muchas deudas y que se llevaba mal con el tío, dejamos de lado el plan inicial y decidimos explotar esa vela. Madeline se las ingenió para que alguien me presenlara a Sara. Me mostré simpático y me hice el pazguato, el joven tímido y enamorado.
»Como le he dicho, Madeline tiene la cabeza bien puesta. Jamás dejó de usarla. Me pegué a Sara, le envié bombones, libros y flores, la llevé al teatro y a cenar. Los libros y las obras de teatro formaban parte del plan de Madehine. En dos de los libros se hacía alusión a que el marido no puede prestar declaración contra la esposa y a que ésta no puede testimoniar en contra del marido. Una de las obras de teatro abordaba el mismo tema. Así sembramos la idea. Pusimos otra semilla con mis sonrojos y mis palabras entrecortadas... convencimos a Sara, mejor dicho, dejamos que descubriera por sí misma que yo era el peor mentiroso del mundo.
»Sentadas las bases, empezamos a desplegar el juego. Madeline sostenía una buena relación con Jerome. Sara estaba cada vez más endeudada y la ayudamos a contraer unas cuantas deudas más. Nos ocupamos de que una noche asaltaran su apartamento... fue un ladrón llamado Ruby Sweeger, quizá lo conozca. Ahora está en chirona por otro golpe. Ruby se llevó todo el dinero que Sara tenía y casi todas las cosas que podría haber empeñado en caso de tener dificultades. Luego tocamos a varios acreedores, les enviamos cartas anónimas en las que les decíamos que no confiaran en que se convirtiera en la heredera de Jerome. Eran cartas absurdas, pero cumplieron su propósito. Un par de acreedores enviaron cobradores al banco.
»Jerome recibía trimestralmente la renta de sus bienes. Tanto Madeline como Sara conocían las fechas. Un día antes del cobro, Madeline azuzó a los acreedores de Sara. No sé qué les dijo, pero surtió efecto. Acudieron en tropel al banco y, en consecuencia, al día siguiente Sara cobró dos semanas y fue despedida. Nos encontramos cuando salía.., por casualidad... Sí, claro, llevaba toda la mañana vigilándola. Dimos un paseo y a las seis de la tarde la dejé en su apartamento. En la puerta encontramos más acreedores frenéticos y dispuestos a abalanzarse sobre ella. Los eché, representé al muchacho magnánimo y le hice todo tipo de tímidas ofertas de ayuda. Como era de prever, las rechazó. Vi que una expresión de determinación demudaba su rostro. Sara sabía que en esa fecha Jerome recibía el cheque trimestral. Decidió ir a verlo y exigirle que, por lo menos, pagara sus deudas. Aunque no me dijo a dónde iba, lo noté claramente pues, como imaginará, era la señal que estaba esperando.
»Me despedí y la esperé frente al edificio donde vivía, en Franklin Square, hasta que la vi salir. Busqué un teléfono, llamé a Madeline y le comuniqué que Sara se dirigía al piso de su tío.
La colilla quemé los dedos de Landow. La soltó, la pisé y encendió otro cigarrillo.
—Rush, es una historia interminable que pronto concluirá —se disculpó.
—Amigo, siga hablando —pidió Alec Rush.
—Al hablar con Madeline supe que en su apartamento había gente, gente que intentaba convencerla de que fuera a una fiesta campestre. En ese momento Madeline decidió acompañar a sus amigos, pues le proporcionarían una coartada aún mejor de la que había pensado. Les explicó que necesitaba ver a Jerome antes de partir, de modo que la llevaron en coche a casa de Jerome y esperaron mientras Madeline lo visitaba.
»Llevaba una botella de coñac con droga. Sirvió un trago a Jerome y le contó que había conocido a un nuevo contrabandista dispuesto a vender unas doce cajas de ese coñac a precio razonable. El coñac era lo bastante bueno y el precio lo bastante tentador como para que Jerome creyera que Madeline se había presentado en su casa para pasarle un buen dato. Pidió que transmitiera su pedido al contrabandista. Luego de cerciorarse de que el cortapapeles de acero estaba perfectamente visible sobre la mesa, Madeline se reunió con sus amigos y arrastró a Jerome hasta la puerta para que ellos vieran que estaba vivo. Después se fueron.
»Ignoro qué metió Madeline en el coñac. Si me lo dijo, lo he olvidado. Se trataba de una sustancia poderosa... entiéndame, no era veneno, sino un estimulante. Sabrá a qué me refiero cuando conozca el resto de la historia. Sara debió llegar al piso de su tío diez o quince minutos después de la partida de Madeline.
Dice que, al abrirle la puerta, su tío tenía la cara roja y encendida. Era un hombre débil y ella una joven fuerte aunque, en este aspecto, hay que admitir que no le temía ni siquiera al mismo diablo. Sara entró y le reclamó el pago de sus deudas aunque no estuviera dispuesto a pasarle una pensión.
»Los dos son Falsoner y la discusión debió de volverse áspera. Además, la droga influía en Jerome y ya no le quedaba voluntad para resistirse a sus efectos. La agredió. El cortapapeles estaba sobre la mesa, como Madeline lo había dejado. Jerome era un fanático. Sara no es de las que se refugian en un rincón y dan grititos. Agarró el cortapapeles y se lo clavé. Al ver que su tío caía, dio media vuelta y huyó.
»Como la seguí inmediatamente después de hablar con Madeline, me encontraba en la entrada de la casa de Jerome cuando Sara salió disparada. La detuve y me confesó que acababa de matar a su tío. Le pedí que esperara en la puerta mientras entraba a comprobar si estaba muerto. La llevé a su piso y expliqué mi presencia en la puerta de la casa de Jerome diciendo, con mi actitud ingenua y torpe, que temía que cometiera una locura y que me había parecido mejor no quitarle ojo de encima.
»Cuando llegamos a su apartamento, Sara estaba totalmente dispuesta a entregarse a la policía. Señalé el peligro que corría y sostuve que, como tenía deudas, como había ido a ver a su tío para pedirle dinero y como era su única heredera, seguramente la declararían culpable de haberlo asesinado con premeditación a fin de hacerse con el dinero. La convencí de que se burlarían de su historia sobre la agresión y la considerarían un camelo sin base alguna. Estaba tan embotada que no fue difícil convencerla. El siguiente paso fue sencillo. Aunque no sospechara concretamente de ella, la policía la investigaría. Por lo que ambos sabíamos, yo era la única persona cuyo testimonio podía condenarla. Aunque yo le era leal, ¿no era también el peor mentiroso del mundo? ¿Acaso la mentira más leve no hacía que me pusiera del color del banderín de las subastas? Dos de los libros que le había regalado y una de las obras de teatro que habíamos visto apuntaban al modo de salvar esa dificultad: si me convertía en su marido, no podría prestar declaración en su contra. Nos casamos a la mañana siguiente, con la licencia que llevaba en el bolsillo desde hacía casi una semana.
»Y ahí estábamos. Me había casado con Sara. En cuanto se resolvieran los asuntos de su tío, recibiría un par de millones. Parecía imposible que se salvara de la detención y la condena. Aunque nadie la hubiera visto entrar o salir del piso de su tío, todos los hechos apuntaban a su culpabilidad, y el absurdo camino que yo le había hecho seguir daría al traste con su posibilidad de sostener que lo hizo en legítima defensa. Si la ahorcaban, los dos millones acabarían en mis manos. Si la condenaban a una larga estancia en la cárcel, al menos me encomendarían el manejo del dinero.
Landow dejó caer la segunda colilla y la pisó. Durante unos segundos permaneció con ha mirada perdida.
—Rush, ¿cree en Dios, la providencia, el destino o cualquiera de estas cosas? Ya sabe. Cada uno cree en algo. Escuche y se sorprenderá: jamás detuvieron a Sara, nunca sospecharon de ella. Al parecer, un finlandés o sueco tuvo una disputa con Jerome y lo amenazó. Supongo que, como no podía explicar su paradero la noche del asesinato, decidió esconderse en cuanto supo de la muerte de Jerome. Las sospechas de la policía se centraron en él. Obviamente, investigaron a Sara, pero muy por encima. Nadie la vio por la calle y sus vecinos, que la observaron entrar conmigo a las seis y no la vieron salir y volver o no lo recordaron, aseguraron a la policía que estuvo toda la tarde en casa. La policía estaba demasiado interesada en eh finlandés desaparecido como para indagar en los asuntos de Sara.
»Volvíamos a estar en una situación imposible. Aunque había dado el braguetazo, no tenía cómo entregar su parte a Madeline. Esta propuso que de momento dejáramos las cosas como estaban hasta que se aclarara la sucesión. Luego daríamos el chivatazo a la policía con respecto a Sara. Cuando se resolvió lo del dinero, surgió otro problema. Fue obra mía. Yo... yo... bueno, quería que todo siguiera como estaba. Entiéndame, no tuvo nada que ver con los remordimientos de conciencia. Simplemente pasó que... que convivir con Sara era lo único que me importaba. Ni siquiera lamentaba lo hecho porque, si no lo hubiese hecho, jamás la habría tenido.
»Rush, ni siquiera sé si hago bien en decírselo, pero incluso ahora no lamento nada. Podría haber sido distinto.., pero no lo fue. Tuvo que ser así. He tenido estos seis meses. Sé que he sido un majadero. Sara nunca fue para mí. La conseguí por un crimen y una trampa y me aferré a la absurda esperanza de que algún día me vería... me vería tal como yo a ella. En el fondo, siempre supe que era inútil. Existía otro hombre, el bendito Millar. Ahora que se sabe que estoy casado con Polly, Sara es libre y espero que... espero... Madeline se desesperé porque no pasaba nada. Le conté a Sara que Madeline había tenido un hijo con Jerome y accedió a pasarle dinero. Para Madeline no fue suficiente. No se trataba de una cuestión sentimental. Quiero decir que no era que sintiera algo hacia mí, sólo le interesaba el dinero. Quería hasta el último céntimo que pudiera conseguir y no le bastaba con el tipo de acuerdo que Sara estaba dispuesta a aceptar.
»Con Polly pasó lo mismo y quizás un poco más. Creo que me quiere. Ignoro cómo dio conmigo cuando salió de la cárcel de Wisconsin, pero imagino cómo se representé la situación. Yo estaba casado con una ricachona. Si la mujer moría, abatida por un bandido en un intento de atraco a mano armada, yo tendría dinero y Polly tendría dinero y a mí. No la he visto, ni siquiera me habría enterado de que está en Baltimore si no fuera por usted, pero sé que su mente sigue discurriendo por esos derroteros. La idea del asesinato también se le pudo ocurrir a Madeline. Le había dicho que no estaba dispuesto a hacerle el viaje a Sara. Madeline sabía que si seguía adelante por su cuenta y le endilgaba a Sara el asesinato de Falsoner, yo echaría a perder el chanchullo. Pero si Sara moría, yo heredaría el dinero y Madeline cobraría su parte. Así estaban las cosas.
»Rush, no me di cuenta hasta que usted me lo dijo. Me importa un bledo lo que opine de mí, pero es la pura verdad que ignoraba que Polly o Madeline querían cargarse a Sara. Bien, esto es todo. ¿Me seguía cuando fui al hotel?
—Sí.
—Lo suponía. La carta que escribí y envié a casa explica lo que acabo de decirle, cuenta toda la historia. Pensaba escapar, dejando limpia de cargo y culpa a Sara. Es inocente, no hay duda, pero ahora yo tendré que asumir la situación. Rush, no quiero volver a verla.
—Me hago cargo. Supongo que no quiere volver a verla después de haberla convertido en asesina.
—No es así —protestó Landow—. No asesinó a nadie. Olvide contárselo, pero lo incluí en la carta. Jerome Falsoner no estaba muerto, ni siquiera agonizante cuando entré en su piso. Tenía el cortapapeles clavado en el pecho, pero a demasiada altura. Yo lo maté, hundí el cortapapeles en la misma herida, pero empujando hacia abajo. ¡Para eso entré, para asegurarme de que estaba en el otro mundo!
Alec Rush alzó sus ojos feroces inyectados en sangre y contempló absorto la cara del asesino confeso.
—Es mentira, pero me parece correcto —comentó finalmente con voz ronca—. ¿Está seguro de que quiere ceñirse a estas palabras? Bastará la verdad para dejar limpia a la chica y tal vez para evitar que lo ahorquen.
—¿Qué importancia tiene? —preguntó el joven—. Estoy acabado. Más vale que demuestre la inocencia de Sara tanto ante sí misma como ante ha ley. No tengo salida y, ¿qué le hace una mancha más al tigre? Ya le he dicho que Madeline tenía la cabeza bien puesta. Su inteligencia me abrumaba. Era capaz de guardarse un as bajo la manga para sorprendemos... para arruinar a Sara. No le costaba nada burlarse de mí. Yo no podía correr más riesgos.
Rió ante la fea cara de Alec Rush y con un ademán algo teatral hizo sobresalir unos centímetros el puño de la camisa por debajo de la manga del abrigo. El puño tenía una mancha marrón húmeda.
—Hace una hora maté a Madeline —dijo Henry Bangs, alias Hubert Landow.