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miércoles, 27 de mayo de 2015

Variación Sobre Un Tema De Beethoven (Sharon Weeb)

VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE BEETHOVEN
Por Sharon Weeb
La conservación y el desarrollo del genio es un prerrequisito para el progreso de la humanidad. Mientras avanzamos en la solución del problema de la longevidad, intentamos progresar en las demás esferas. Pero supongan que ese triunfo niega igualdad deseable en la aspiración humana. Si el costo de la inmortalidad es la aburrición universal o la fijación eterna, como muchos filósofos claman, ¿puede tener esta solución?
Lo trajeron ante el Comité de Vesta cuando tenía 11 años de edad. Su vejiga estaba tensa por la presión y le lastimaba. El sudor cubría sus palmas.
La noche anterior su nombre estaba iluminado sobre el gran tablero del dormitorio: DAVID DEFOUR. Nunca lo había visto antes.
—Tú eres ese —dijo uno de los muchachos con mirada conocedora que lo hizo sentir aniñado e ignorante.
— ¿Yo soy qué? -Sus ojos aletearon la pregunta de un muchacho a otro y a otro—, ¿yo soy qué?
—Tú vas a ser.
—Sí —dijo otro.
—Tú vas a ser castigado.
— ¿Porqué?
—Porque.
— ¿Porqué?
—Castigado no, estúpido —dijo una nueva voz—. Escogido. —El nuevo muchacho, un joven mayor del dormitorio de arriba, puso un brazo protector alrededor del hombro de David. —Te escogieron —dijo—. Debes de ser especial.
— ¿Escogido para qué? El temor crecía dentro de él, empujaba su corazón y lo desviaba hacia arriba hasta golpear y agitar su garganta.
Había oído antes de vez en cuando, algunas murmuraciones, pero las había ignorado en su mayoría. Ahora venían hacia él; sus labios tuvieron que preguntarlo. — ¿Qué?
—Porque, tú serás fa-mo-so —pronunció lentamente el nuevo muchacho, al apretar su hombro—. Tendrás todo lo que quieras. Pero después. . . tendrás que morir —los ojos del muchacho escudriñaron los suyos—, me pregunto cómo será morir.
David escurrió su pequeño cuerpo fuera del brazo del joven y corrió con las piernas encorvadas al baño. Quería vaciar su vejiga. Deseaba llorar. Era como eso, ahora.
Los miembros del Comité, tres, llevaban sus batas con lunares grises porque estaban sentados en cónclave formal. La mujer alta de cara cuadrada, la Presidenta, tocó el sólido cojincillo frente a ella con un mazo de cristal. -David Defour —dijo la mujer—, acércate a la Presidenta.
El miedo llameó a través de su cara delgada. Le temblaban las piernas y las rodillas.
—No tengas miedo —dijo la segunda mujer rompiendo el protocolo, quizá porque era amable o tal vez porque recordaba lo que era tener 11 años y estar asustado.
Se paró ante ellas. Miraba hacia lo que parecía ser una gran altura, hacia los miembros sentados.
La Presidenta habló de nuevo. —David Defour, ¿sabes por qué has sido llamado ante el Comité?
Parpadeó, empujó su barbilla, movió su cabeza casi imperceptiblemente.
— ¿Es tu contestación un no? Emplazó él su voz de soprano vacilante. —Es no.
—Muy bien. Miembros de Conway, lean la Instrucción. Los miembros de Conway miraron a David con ojos grises y acerados. Luego él miró hacia abajo y empezó a leer:
—Desde las primeras sombras del tiempo, la humanidad sabía que era mortal. Para los eones eso significaba alcanzarlo más allá de él mismo. En un sentido había fallado; en otro sentido tuvo éxito. Y la búsqueda siempre se hacía presente. Se dirigió en muchas direcciones, encontró éxitos y fracasos en cada una. Entonces la humanidad encontró éxitos finales y fracasos también. Porque, cuando la humanidad mató a la muerte en sus laboratorios, mató la necesidad de la inmortalidad. Cuando la muerte murió, también murió la poesía de la Tierra y su música. La filosofía fue acallada; el Arte se hizo polvo; la Ciencia fue sofocada. Sólo quedaron los ecos. Y así fue como la humanidad se dio cuenta que grandes ganancias reflejan grandes pérdidas. Y reconoció la necesidad de escoger de entre sus miembros aquellos pocos que, cuando niegan su inmortalidad, deben crearla para ellos mismos, en beneficio de todos. Es por este propósito, David Defour, que has sido emplazado aquí este día. . .
Los miembros de Conway lo taladraron con fijeza. — ¿Aceptas la responsabilidad que la humanidad te impone?
Frías oleadas soplaron a través de su pequeño cuerpo, sintió escalofríos en el vientre, sus huesos hormigueaban. Se paró, temblaba, con largos ojos dilatados, trataba de darle sentido a lo que había escuchado.
La  Presidenta  dijo  —Es costumbre,  David, decir "acepto".
Abrió la boca, la cerró, la abrió de nuevo. Su voz vibró en su garganta, como una abeja capturada que volaba fuera, al fin.
—"Acepto".
-David, estoy aquí para ayudar a facilitar tu transición. ¿Tienes alguna pregunta?
Miró la cara dulce y tranquila a través del escritorio, intentó leer en ella, pero falló. Trató de darle un sentido al aturdido día y falló de nuevo.
Después del cónclave del Comité, fue llevado a Medicina Nivelada, impotente, mientras su cuerpo fue probado íntimamente hasta sentir su cara tornarse caliente con embarazo. Metales puntiagudos removieron muestras de sus tejidos, de su sangre. Luego, el veredicto: Tiempo Decisivo, sesenta meses lunares.
Lo alimentaron, le dieron algo de beber. Lo tomó agradecido; Empujó la comida alrededor de su tazón. Después fue traído aquí, al hombre de cara dulce y tranquila con mejillas sonrosadas y piel tan suave como la crema.
—Tú no vas a seguir en Vesta, David. Hoy saldrás para Renacimiento. Es en la Tierra. Vivirás ahí —consultó el expediente de David—, por sesenta meses, hasta la Decisión Final. El consejero absorbió la mirada que pasó sobre el rostro de David. Sonrió débilmente; había visto esa mirada antes—. Te gustará, David. A todos les ha gustado. Lo preferirás después de un tiempo. En Renacimiento estarás con los de tu misma clase.
¿Dejar Vesta? ¿El dormitorio? ¿Todo lo conocido por él? Empezó a temblar. No había conocido ningún otro lugar. Lo iban a llevar fuera de su hogar, de los muchachos a quienes estimaba como a sus hermanos, lejos de su cama, de la Madre Jacobs y de la Madre Chin. Ardientes lágrimas chocaron contra sus pestañas, detenidas sólo por un pestañeo. Y su música. ¿Iban a llevársela también? ¿Sería arrancado de su flauta? ¿De su cítara?—Por favor. ¡Déjenme aquí! ¡No quiero ir!
—No podemos hace eso David. Mañana, los muchachos con quienes vives comenzarán el tratamiento. La comida que ingieras, el agua que bebas será diferente a la de ellos. Lo siento, pero sales hoy.
Con pequeña voz vacilante dijo con desesperación. — ¿Puedo tomar mis cosas?
—La Madre Chin te las empacó. Todo está a bordo de la nave ya.
—En respuesta a la esperanza reflejada en los ojos del muchacho, el consultor agregó—: Todo está ahí, David. Tus instrumentos musicales también. Especialmente aquellos. Encontrarás más en Renacimiento. Muchos más. —Se levantó bruscamente—. Sube a bordo. Es un largo viaje.
—No puedo irme todavía, debo despedirme.
—No, David. Hemos pensado en una separación limpia y rápida.
Se acurrucó solo en un compartimiento en la nave. Cuando la puerta se cerró, fijó la vista en su soledad por unos minutos y dejó salir las lágrimas.
El piloto, al observar su desconsuelo, tomó nota y prudentemente lo dejó llorar por un tiempo antes de presionar el botón de sonido y activar el mirador del muchacho.
—Hola, David. Yo soy Heintz. Estaré aquí para ayudarte durante el viaje —dijo la voz desde la pantalla—. Si miras a la derecha de tu compartimiento, verás un botón marcado 'agua' y otro marcado 'jugo'. Te recomiendo el jugo, está muy bueno.
Estaba sediento. Presionó el botón y de la pared salió un tubo para beber. Estaba bueno. Apagó su sed.
Heintz esperó hasta que hiciera efecto el ligero sedante, entonces dijo. — ¿Alguna vez estuviste en una nave?
David meneó la cabeza.
—El capitán acaba de abordar, David. Saldremos en unos minutos. Sintonizaré tu pantalla para que puedas ver el despegue, pero primero quiero que te ajustes el cinturón. Presiona la palanca frente a ti.
Una luz verde salió bajo sus narices; debajo de ella, emergió un pequeño manubrio. Lo empujó y un hilo sutil de luz emergió de las paredes del compartimiento y lo envolvió gentil pero firmemente. Sólo sus brazos quedaron libres.
—Bien, cuando estemos en camino, puedes desengancharte de mi señal. Mientras tanto, siéntete libre para explorar tu compartimiento. Si me necesitas, presiona el botón 'asistente' sobre tu cabeza.
La pantalla se puso en blanco.
Justo sobre su testa, un teclado de botones plateados centelleó. Uno decía 'Música'. Lo presionó y se presentó un selector de números. Indeciso, oprimió una cifra al azar, se recostó y cerró los ojos.
La suave melodía de una cítara comenzó, seguida por el abotagamiento de un violonchelo. El arreglo de una vieja pieza de piano, pensó. ¿Qué era eso? Lo había escuchado antes en su clase de historia de la música, pero el nombre, el compositor, no lo recordaba. La música, inexpresivamente triste pareció envolverlo. Se marcó dos manchas cafés con los puños en sus ojos para detener el brote de las lágrimas, pero éstas corrieron a través de sus curvos dedos y trazaron su camino hacia la barbilla mientras la Patética de Beethoven surgía a través de su cinta plateada.
Una voz brillante le sacudió. — ¿Lloras? Así son todos.
—Un suspiro—. ¡Qué aburrido! —Una niña como de su edad lo atisbo desde el mirador. Sus ojos eran francos, azules, con un rocío de pecas como nuez moscada sobre la nariz—. Esperaba que fueras diferente. —No estoy llorando —se restregó vigorosamente los ojos—. Iba a tomar una siesta. —Guiñó deliberadamente hacia la cara de la niña—. ¿Quién eres?
—Liss, ¿Cómo te llamas?
—David. ¿Dónde estás?
—En el compartimiento 17. Tú estás en el 8.
—Pensé que estaba solo.
La niña rió. — ¿Tienes un vacío en medio de tus oídos? La risa lo hizo frenar. — ¿Qué quieres decir?
— ¿Pensaste que la nave efectuaba un viaje sólo por ti?
—Bueno, no —su barbilla sobresalió un poco hacia afuera.
—Lo hiciste —ella rió de nuevo.
¿Quién pensaba que era ella, de cualquier modo? ¿Por qué no te vas de relámpago? —Alcanzó el botón para privacidad.
—Espera, no me desconectes. Espera, por favor. El tono de pánico en su voz lo hizo detener la mano en el botón.
—Por favor —dijo ella—, quiero hablar, estoy muy sola. El la miró por un largo tiempo. — ¿Adonde vas?
—Al mismo lugar que tú.
— ¿Cómo sabes a donde voy?
—Tengo medios. Espera. ¿Oyes eso? Hemos iniciado el despegue. El susurro que subconscientemente escuchó desde que estuvo a bordo, dio lugar a una vibración pesada.
— Las turbinas comienzan a abrirse —dijo ella—, mira.
La cara de la muchacha se apartó en un óvalo de 10 cms. en un rincón. El resto de la pantalla se llenó de una vista masiva de las turbinas de Vesta, las cuales sobresalían en fuerte vacío. Un millón de puntos estrellados taladraba lo negro del espacio.
Se formó un bulto en su garganta y no pudo tragarlo. Realmente partían. Dejaban su hogar. . . Quizás para siempre.
— ¿Vas a llorar de nuevo? Se armó de valor. —No.
—Bien. No creo poder soportarlo. Mira, somos libres.
El último vestigio de chirridos de puertas se esfumó. Tan sólo había oscuridad y luces centelleantes sobre la pantalla y una imagen de 10 cms. de la pecosa cara de una niña.
—Pronto nos desengancharemos del cinturón —dijo ella.
— ¿Cómo sabes tanto? —demandó él. La encontró fastidiosa y al mismo tiempo infinitamente confortante para hablar, pero aún no sabía cómo definir sus sentimientos.
—Experiencia —dijo ella—. He hecho todo esto antes. Escepticismo rosa. — ¿Cuándo?
—Esta mañana. Yo fui la primera a bordo desde Hoffmeir.
— ¡Hoffmeir!
—Sí. No pensaste que ellos sólo escogieron Vesta. —El meneó la cabeza. No había pensado acerca de todo aquello.
—Nos paramos cerca de Hebe. Después vinimos a Vesta. Esta es mi tercera partida —dijo ella con aire de tempestuosa madurez.
— ¡Oh! ¿Cuántos de nosotros estamos aquí?
—Hasta ahora, nueve en los compartimientos. Más adelante se llenará de adultos en viajes de negocios y vacaciones. No estoy interesada en ellos. ¿Cuál es tu talento?
—La música.
—Yo voy a ser una escritora. Leo todo el tiempo. Incluso he leído los archivos. Tengo un enorme vocabulario. —Lo miró especulativamente—. La mayoría de los músicos que he conocido son desmedidamente sensitivos. ¿Lo eres tú? El no supo qué contestar.
—Tal vez lo eres. Espero hayas estado protegido, intentaré llevarte de la mano. En Renacimiento necesitarás de alguien como yo.
—No necesito de nadie.
Ella suspiró. —No quiero ser descortés. No puedo remediarlo. Pareces estar muy desamparado.
El apagó la pantalla durante 5 minutos, y cuando la soledad intentó abrumarlo, la encendió de nuevo en el compartimiento 17.
— ¿Liss? — murmuró —, ¿Liss?
Apareció la cara, pecosa, rosada, con una ligera hinchazón alrededor de los ojos. Sus mejillas mostraban huellas de lágrimas.
— ¿Me vas a hablar, David? —Preguntó humildemente.
—Eso creo. Su barbilla temblaba  ligeramente. —Siento haberte hecho enojar.
—No hay problema.
—Hablo demasiado. Siempre lo hago. No quiero decir nada con eso. La firme pero casi imperceptible aceleración desapareció de pronto. La luz del compartimiento vino tan pronto como la voz de Heintz dijo, —Pasajeros, pueden desabrocharse el cinturón.
David jaló la palanca frente a él. La mayor parte del cinto limitado se retractó y tan sólo quedó una correa suave y elástica en su lugar. Se podía mover libremente alrededor y rebotar con suavidad en las paredes acojinadas del compartimiento. Volvió rápidamente al juego. Uno, dos (techo, pared), tres, cuatro (pared, pared) cinco, seis (asiento, pared).
Se enrolló como una pelota, los brazos alrededor de las rodillas. Se empujaba del asiento con los dedos de los pies, con el riesgo de impactarse contra el techo, por lo cual dirigía su espalda hacia el asiento. Techo, asiento, techo. Un poco fuera del centro hizo carambola hacia la pantalla. Pasó a corta distancia y logró detener la correa, vio a Liss en la pantalla, revoloteaba también, como un balón a la deriva en las alturas. Heintz los observaba desde su tablero, reía entre dientes y meneaba la cabeza. No había encontrado a ningún muchacho capaz de desaprovechar aquel juego. Características de nacimiento, pensó. Además, nunca había fallado respecto a las consecuencias.
En unos pocos minutos, un verdoso y pálido David, así como una sudorosa-Liss, se adhirieron a sus respectivos asientos con manos temblorosas mientras presionaban el botón de 'Servicio'.
—Voy en camino hacia ustedes, chicos Heintz presionó la palanca para las cabinas 8 y 17 y una nube de neutralizador se esparció en los compartimientos—. Despacio, respiren profundamente. —En 30 segundos desaparecieron las náuseas de David, así como su rigidez—. Tomaré una siesta —dijo a la imagen de la pantalla.
—Yo también. Buenas noches, David.
Se estrecharon las manos a través de la pantalla como si se tocaran el uno al otro. Durmieron hasta la hora de ajustar el cinturón para el aterrizaje sobre la Tierra.
Desembarcaron en al terminal Atlantic-Biscayne en la mitad de una calurosa mañana azulada. Los ojos de David se deslumbraron por el reflejo de vidrio cortado sobre el océano. Las olas cercanas rompían sobre los campos burbujeantes de los almacenes y los econdos que habían brotado en el despertar de la terminal de la isla. Hecha por el hombre algunas millas hacia el oeste, el horizonte de la playa de Miami emergió del océano como un oasis de acero.
Aunque era un día caluroso, él se estremeció a la vista del océano. Nada que hubiera visto lo preparó para esto, nada que hubiera olido... El olor del mar se pegó a los poros de su nariz. El aire soleado presionó suavemente sobre su cuerpo y pareció resistir el movimiento dentro y fuera de sus pulmones. Una fina película de sudor aperló su frente.
Una mujer en uniforme azul decía algo... —Te aclimatarás pronto. Procederemos de inmediato al revoloteo. Llegaremos a Renacimiento después del almuerzo.
Vio a Liss y se dirigió hacia ella. Era más alta que él, más grande de lo que él pensó que era. Atacado por repentina timidez se volteó y pretendió mirar al océano. Después de un momento, la mano de ella tocó la de él. La sintió tibia y amistosa.
En Tierra... suaves piernas que chocaron con efusión después de unos cuantos metros caminaron la corta distancia hacia el zontilator marcado "Frontera de Revoloteo".
—Esta comida es desagradable —dijo Liss al arrugar su nariz con disgusto.
El supo el significado. Tan lejos, la comida de la Tierra parecía extravagante y... bueno, terrestre, comparada con su dieta en Vesta, y el agua tenía un sabor a algo como metal.
—Tenemos que acostumbrarnos a ella. —Liss empujó fuera su plato y acomodó su cuerpo a una posición confortable en el asiento del aparato revoloteador, junto a él. Su brazo regordete y suave apretado contra el huesudo de él. David tentativamente decidió que le gustaba. Descubrió que las niñas huelen diferente de los niños y pensó porqué no lo había notado antes. Pero él no había prestado mucha atención a niñas hasta ahora. Siempre las había encontrado exasperantes, incómodas y no valiosas. Liss era exasperante, pero era agradable en cierta forma. Decidió que Liss estaba bien. Probablemente ella no era una niña típica. Pensó si todas las niñas de Hoffmeir serían como ella.
— ¿Fue eso como regresar a casa? —preguntó él.
— ¿Quieres decir comparado con Vesta? Bueno, Hoffmeir es más pequeño, desde luego, y más nuevo, como puedes esperar de una población hecha por el hombre, pero vivimos dentro, justo como tú hiciste en Vesta. Y la gente de Hoffmeir siempre es más inteligente. La miró con sorpresa y empujó su pequeño brazo regordete. — ¿De qué hablas?
—Es verdad. Todos saben que los de Vesta son sólo técnicos. Hay variedad en Hoffmeir. La sola Universidad es la mejor del sistema. Eso dicen los archivos. Además, en una sociedad selecta, pequeña como Hoffmeir, hay un premio en cerebros.
Lo tenía casi como atontado. Era una niña típica, de acuerdo. De hecho, era tan típica que era sobresaliente. Apostó que Hoffmeir contaba con suficientes niñas de cerebro espacial tales como ella. La voz de él vertió desprecio. —Apuesto que cualquiera en mi dormitorio es lo doble de listo que tú.
— ¿Vivías en un dormitorio? —Los ojos de el la se dilataron y serpentearon a las esquinas—. ¡Oh! desde luego.
— ¿Qué quieres decir con 'desde luego'? ¿Dónde viviste?
—Con mis padres.
Sintió él su boca abierta, caída. 'Miente'. 'Ella en realidad debía considerarlo estúpido si creía en una historia semejante. Nadie conoció a sus padres hasta el día que lo aceptaron en la comunidad adulta. Uno de dos años de edad tendría mejor sentido al decir tal relato.
—No es una mentira. Supe que los vestanos no eran tan inteligentes, pero tú eres la prueba que son estúpidos.
— ¿Yo soy estúpido?
—Sí, lo eres maniobró su cinturón y sacó fuera un pequeño 'cubo mirador'-. Mira.
Presionó la luz con el pulgar. Un sonriente hombre y una mujer estaban sentados a una mesa decorada con cubos de luz verdes de Día de renovación. Una niña —Liss—entró, I levaba una fuente de vino ceremonial. Lo bajó delante de ellos y el hombre alto vertió tres bebidas de él. Sus manos se alzaron en un brindis formal.
Un tri-dimensional saludo emergió:
—A nuestra hija en este día de regocijo. Que encuentre su camino y bienestar.
David clavó la vista en el "cubo mirador" incrédulo.
— ¿Ahora me crees?
—Yo no entiendo —empezó él—. ¿Por qué. . .como tú—?—calló no sabiendo como pronunciar todas las preguntas que estaban en su cabeza. Solo los oficiales y un grupo de personas eran permitidos reproducirse a sí mismos para comenzar, pero ellos nunca crearon a los niños por ellos mismos—. Esos nunca se hizo, —dijo él.
—Deben ser muy importantes.
—Lo son. —Estiró ella sus hombros hacia atrás ligeramente— Mi padre pintó el retrato oficial del Primer Ministro Gerstein, y mi madre es una poeta laureada del cinturón, sin dejar de incluir tu preciosa Vesta.
Alzó una ceja y preguntó. —Entonces, si ellos hacen eso, significa. . . significa.
—Si —dijo ella—. Son mortales.
La nave se sumergió de repente bajo una cubierta de nubes — ¡Mira! —la nariz de Liss presionó la ventana curva seguida rápidamente por la de David. Un tapete verde arrugado de montañas se estrechaba bajo ellos.
La nave descendió entre dos montañas, y pasó a través de un paso angosto, se inclinó de nuevo, para continuar una línea curva plateada que se sumergía hacia abajo a un barranco pétreo para finalmente salir hacia un silvestre valle.
David se sintió aturdido con el vuelo y ligeramente borracho. Nada que hubiera alguna vez experimentado, no había caída libre en el skiptor, nada comparado a esto.
La nave se dejó caer de nuevo, libró escasamente las copas de los árboles. La línea plateada se volvió un río unido sobre las rocas en su trayectoria. Adelante, los árboles se adelgazaron dejando un pequeño claro. La embestida de la nave cesó cuando empezó su suave descenso vertical.
Varias personas los esperaban.
El hombre que lo había tomado a su cargo dijo —Queremos que descanses hoy en vez de reunirlos a escuchar discursos aburridos. Les hemos arreglado orientadores privados.
Caminaron a lo largo de un sendero curvo de grava a través de profundos bosques. Un arroyo saltaba de piedra en piedra, gorgoreaba y coqueaba su camino hacia el río. Aquí y allá pequeños edificios de madera brotaban como hongos cafés bajo los árboles.
El esfuerzo de caminar, de jalar aire pesado, fue casi demasiado; sintió doblarse sus rodillas. Una mano firme lo sostuvo y lo auxilió —Aquí estamos —el hombre empujó y abrió la puerta de una de las pequeñas unidades.
La cabaña era un cuarto sencillo con un baño pequeño justo en un rincón. Una cama cilíndrica enrollada contra una pared. El hombre empujó una palanca y se abrió. —Descansa por un rato, David, más tarde —le indicó el tablero de comunicación sobre el muro contrario—, aprenderás más acerca de Renacimiento. Después de que hayas descansado vendrán a llevarte a comer.
Sonrió el hombre y pasó una mano larga a través del cabello del muchacho. —Sé cómo es de confuso, David. Sé cómo te sientes. David miró hacia arriba con sorpresa e incredulidad. Nadie podía realmente saber cómo se sentía.
El hombre lo miró, pero fue como si David no estuviera ahí por el momento. Después dijo. —Esta fue mi cabaña también. Hace 20 años.
Estaba demasiado cansado, demasiado incierto para dormir. Se recostó sobre la pequeña cama y miró estúpidamente a su alrededor. Las ventanas estaban abiertas y el suave aire caliente presionó dentro del cuarto y trajo extraños olores y sonidos. Una vez un pájaro cantó y trató de catalogar su sonido en su mente. Los únicos pájaros en Vesta eran los pollos y patos del Nivel de Sustento y las imágenes vacías de Educación.
El sol a través de la ventana trazó un rectángulo de luz como polvo de gis amarillo en el centro del cuarto. En el rectángulo un gracioso estante de música con manuscritos arreglados sobre él. Su propia cítara y su flauta, colocadas cerca del estante. Se sintió agradecido por ellas, como si ellas representaran una continuidad en su vida. Del otro lado del cuarto, pegado al tablero de comunicación había un teclado triple. Tenía barras amplificadoras. La curiosidad lo impulsó a pararse y cruzar el cuarto. Barras amplificadoras, no lo podía creer. Había un solo medidor de sinfonía en Vesta capaz de compararse a éste. El de él —el que le dejaron ellos usar— era como un juguete comparado con éste.
Se paró frente a él, con los dedos suspendidos, temeroso de tocarlo pero tentado bajo redención. Oprimió el control marcado "soloboe" y tocó un fragmento de melodía que había pasado por su cabeza por un momento. El sinfonizador resonó en una quejumbrosa voz de tono delgado. "Recuerda" dijo al contener el aliento; presionó el control "Depósito". El bajonista estaba en seguida, no... dos bajonistas. . .atravesó jocoso en los registros bajos. "Ahora, juntos" El trío resonó en el pequeño cuarto. David escuchó críticamente, presionó "demora" luego la clave del bajonista I y II "Repetir", se dijo a sí mismo. Mejor, pensó, y los obscuros ojos brillaron al sonido que llenaba la cabaña. Mejor. Hizo acopio de todos y se maravilló de lo intrincado del sinfonizador. Podía contar una docena de pasos mecánicos y no creativos. No más esperas entre la idea y la realización. Activó las voces de los bajonistas de nuevo y tocó una contra la otra en un argumento. Las voces crecieron y trató de ocultar su risa al estridente graznido de pato. Ahora una persecución— un estallido. Una caricatura que terminaba —dos airados bajonistas con pico de pato— se desplomaban encima y encima de cada uno para protestar salvajemente hasta quedar sin aliento, sus graznidos se apaciguaban hasta desaparecer.
Le llegó una idea. Sostuvo el sensor en su garganta y subvocalizó "Comedor de Patos, Comedor de Patos, Comedor de Patos, Comedor de Patos". Presionó una palanca amplificadora, lo veía "C-o-m-e-d-o-r d-e-p-a-t-o-s. Ahora, lo atajó. . . 'C'C'C'C' P-a-t-o-s". Tocó con los controles hasta que tuvo a su monstruo galopante detrás de los patos bajonistas. Empezó con una caminata determinada en los registros bajos: 'C'C'Kuh' Nefasto. Afinó en los patos en un graznido de tono medio. 'C'C'Kuh.C'C'Kuh. Después un suspiro p-a-t-t-t-. Lo giró bajo 17 tonos p-a-t-o-s-s-s-. C'C'Kuh.
Nerviosos graznidos de patos y después la persecución C'C'Kuh P-a-t-o-s-s-s-Kuh —con desprecio Ping.
Terminó con un deliciosamente horrible graznido de pato y el monstruo suspirante C-o-m-m-m-. Visiones de remolinos, plumas de pato flotaban en su cabeza. Halagado con la imagen lograda, se rió fuerte. —Buenas tardes, David —dijo una voz de mujer desde el comunicador. Perplejo la miró.
—Vamos a iniciar tu orientación ahora. Observa la pantalla por favor. —La imagen del mapa de un satélite apareció en ella—. El skiptor aterrizó aquí... —Un agrandamiento del mapa, después la escena del Atlántico Vizcaíno—. Abordaste la nave y llegaste aquí. —Aparecieron las verdes montañas señaladas en el mapa—. Estás en un área conocida como la Montaña Salvaje, parte del Continente Norteamericano una vez conocido como Georgia. La desierta área tiene más de 4,000 kilómetros cuadrados, de la cual Renacimiento tiene permitido usar 180 kilómetros cuadrados. —La imagen afocó una área pequeña.
David reconoció las cabañas cafés cerca del sitio de aterrizaje.
—Estás aquí, en Residencia 6.
Las imágenes dieron salida a un mapa estilizado que mostraba el centro de estudio, comedores y un lago de recreación. A la orilla del mismo, estaban colocados una serie de escenarios para tocar música.
—Pronto aprenderás a desplazarte alrededor, David. Ahora queremos contarte un poco sobre Renacimiento. Fuiste traído aquí, como lo fueron los otros, con muy poca información acerca de esta operación. Así es como fue planeado. Queremos que cada uno de ustedes descubra por sí mismo como es nuestra vida aquí. Aunque tu llegada fue brusca y tu descontento natural, esto fue preparado para que veas tu nueva vida sin prejuicios y actitudes preconcebidas.
—Tenemos una vida simple aquí, simple, pero enriquecida. Encontrarás suficiente complejidad en tu trabajo y en las relaciones con tus maestros y tus iguales. Esto, también, es deliberado. Hemos tratado de formar un ambiente conducido a creatividad, el cual, esperamos simule un temprano tiempo simplista cuando toda la humanidad encare una vida de breve extensión.
—Mientras estés aquí, aprenderás más de la disciplina de tu arte. En Renacimiento aprenderás a reverenciar las ideas y las culturas que la humanidad ha perseguido a través de su historia.
—Cada uno de ustedes ha recibido un tiempo de Decisión Final. En tu caso, David, el tiempo es de 60 meses lunares. En ese lapso, si decides no permanecer con nosotros, puedes hacer tu Decisión Final para el tratamiento de inmortalidad. Después de ese tiempo, tu cuerpo habrá madurado lo suficiente para empezar los tratamientos.
—Nosotros, desde luego, esperamos que durante tu estancia aquí escogerás quedarte. Sin embargo, si decides dejarnos no habrá reproches ni deshonra por lo que decidas. Conocerás a tus maestros pronto, David. Si tienes alguna pregunta, el comunicador te la contestará.
Calló la voz, calló. Se escuchó un toquido en la puerta, y después. . . —tan sólo exploro —dijo Liss al cerrar la puerta tras de sí.
— ¿Cómo supiste donde estaba?
—Fácil. Le pregunté al comunicador. Ven, te voy a mostrar donde habito. —Apuntó fuera de la ventana a la ensenada oculta bajo un grupo de graciosos árboles obscuros—. ¿Ves aquellos árboles? El comunicador los clasifica como abetos. De todos modos, un poco más allá se encuentra un pequeño puente para peatones. Después de que cruzas, hay un sendero que da a mi puerta —ocultó su risa—. Es un poco como la casa de la bruja en Hensel y Gretel, ¿no crees?
La miró con absoluta confianza.
Escudriñó la cara de él y suspiró. -¿No sabes nada acerca de mitología?— Meneó la cabeza—. Técnicos. Bueno, debo tomarte de la mano y —calló—. Lo estoy haciendo de nuevo, ¿no es así? Lo siento. Por favor no frunzas tu cara. Eso me pone nerviosa.
Parecía tan apenada y tan sincera, él relajó su cara y apareció una sonrisa. —Está bien.
—Realmente quisiera contarte acerca de Hensel y Gretel. Eso es —agregó ella rápidamente—, si quieres oírlo.
—Bien, adelante entonces.
—Oh, ahora no. En la noche. Es una historia para ir a la cama. Enséñame tus cosas —dijo ella—. Señaló al sintonizador—. ¿Qué es eso? Le explicó cómo trabajaba.
—Interesante —admitió ella—. Entonces puedes trabajar de dos formas, justo como yo.
— ¿Qué quieres decir?
—Bueno, mi cabaña tiene un procesador sobre el comunicador. Puedo usarlo para escribir, pero a la mitad del cuarto, por donde está tu estante de música, está la cosa más graciosa. Es un mueble alto con un tope en declive, y tiene un banquillo hacia arriba para sentarse.
— ¿Qué se supone que hagas allí? —le preguntó.
—Escribir. —Esperó por su reacción y ocultó su risa cuando vio la perplejidad de su rostro—. Hay un montón de papel y plumas sobre el escritorio. ¿Puedes imaginar algo tan primitivo? Pregunté al comunicador acerca de eso. ¿Sabías que en la antigüedad muchos de los escritores escribieron realmente de esa manera?
Movió él su cabeza.
—Creo que debo intentarlo. Es más bien romántico, ¿no crees? De todos modos. Veo que tienes la misma distribución —caminó hacia el estante de música—. ¿Qué es esto?
David examinó las hojas. Algunas estaban en blanco excepto por el pentagrama impreso sobre ellas. Otras eran composiciones para cítara y flauta.
— ¿Cómo suena esto? —preguntó Liss al levantar una hoja al azar.
El la miró con sorpresa; estaba titulada "Canción de David". El compositor era alguien llamado T. Rolfe. Tomó su flauta y empezó a tocar, despacio al principio, ya que era una pieza difícil, después más fluidamente mientras lo embargaba el sentimiento musical.
—Eso está bello —dijo Liss cuando terminó.
—Estoy de acuerdo —dijo la mujer a la puerta, quien había entrado sin notarse—. No puedo imaginar eso tocado con más sentimiento. David la miró sonrosado de placer pero éste desapareció cuando la vio. Sintió algo frío que serpenteaba como patas de araña en su estómago. La mujer era vieja. Vieja de manera que David nunca había visto. Pequeña y encorvada. Sus sabios ojos negros quemaban en una cara embutida en arrugas, marchitada la carne. Su pelo alborotado en salvajes cabos gris y blanco alrededor de su cabeza. La estirada piel hacía la mandíbula y garganta una mole continua de tejido. Se estremeció.
—Escuché cómo tocabas la canción que te escribí—dijo ella—, y por eso entré. Voy a ser tu maestra, David. Mientras él se quedó callado, Liss dijo. — ¡Oh!, entonces usted es T. Rolfe.
—Tanya.
— ¿Aprenderá David a escribir música como usted? La anciana sonrió, aumentó diez veces las arrugas que coronaban su cara, en las esquinas de su boca y sus ojos. —Veremos. Cuando se hubo ido, David permaneció parado en silencio. Contemplaba todavía aquella vetusta aparición.
—Es agradable —dijo Liss—, ¿no lo crees tú? El la miró agobiado. —Ella es. . . Ella es horrible.
—Es sólo vieja —dijo Liss—. Debe tener cerca de 100. ¡Cerca de 100! La cara suave de la Madre Chin de su dormitorio era de cerca de 200. La Madre Jacobs era todavía más vieja. —Sintió su quijada cerrada. —Cómo pueden hacerlo. Cómo pueden. Ella acarició su hombro. —Lo siento. Me olvidé. Nunca has visto mortales. ¿No es así? Movió su cabeza desdichadamente. Después la miró por largo rato.
—No estás asustada por eso. ¿Lo estás, Liss? La sorpresa flameó su cara. —No. Creo que no. Y ahora —dijo animadamente—, sugiero investiguemos la comida. Sospecho que será desagradable, pero ya no me importa.
Esa noche, más tarde, se acostó en su cabaña, tan solo, desdichado y tímido como un cachorro alejado de la cama de paja de sus hermanos por primera vez. A lo lejos cantó una lechuza. Cerca, otra respondió. Asustado se paró y miró, a través de la ventana, las sombras densas a la luz de la luna. Nada se movía.
Inquieto, se recostó de nuevo. Quería estar en casa, recogido en su cama en medio de Jeremy y Martin, arrullado por suaves ronquidos y sordos ruidos de sueño. No se estaría aquí. No podría. Ni aunque lo torturaran.
Lentamente lo alcanzó el sueño y el agotamiento. Se soñó que caminaba solo entre bosques cobijantes. Después de un tiempo se dio cuenta que estaba perdido. Se espantó y empezó a correr hasta que llegó a un grupo de árboles y un puente de peatones sobre la ensenada. Sus pies rascaban sobre el pequeño sendero, corrió y llamó ¡Liss! ¡Liss!
La puerta de la cabaña —la perversa cara de la bruja—estaba abierta. Tanya Rolfe estaba parada camino a la puerta, le hacía señas con sus manos como garras. Se agitó y refunfuñó en su sueño. Fuera de su ventana, una lechuza descendió sobre alas silenciosas, con sus garras maniataba un pequeño ratón gris.

INTERLUDIO

David fijó la vista en las correcciones que Tanya Rolfe había hecho sobre su composición. No había caso. En los tres años que había estado en la Tierra, nunca había alcanzado un tanto sin aquellas odiadas correcciones. Arrugó las hojas y las tiró al suelo. La anciana movió la cabeza despacio. —David, David. Estás aquí en proceso. Estás aquí para aprender, pero eres como una planta joven que no ha crecido todavía. Es demasiado pronto para esperar el fruto.
Demasiado pronto, siempre demasiado pronto. Esperó su siguiente frase.
—Debes gatear antes de poder caminar, David. Caminar antes de que puedas correr. —La anciana lo miró con agudeza, después sonrió—. Odias mis peroratas tanto como mis correcciones. La barbilla de él sobresalió desafiante.
— ¡Oh!, David. Eres siempre tan impaciente. Nosotros podemos colocar una fundación aquí. Tu música tiene que crecer, que madurar como tú maduras. Esto puede tomar la mitad de una vida antes de que compongas algo de valor permanente. Quizás más. Quizás nunca. —Tocó los controles del comunicador y recibió otro impreso de la pieza de él—. Empecemos de nuevo, David, desde este compás. Este es un buen empiezo pero tú lo conduces hacia la nada. . .
El oyó las observaciones sobre la pieza, pero no les prestó atención. Lo que ella había dicho antes se repetía una y otra vez en su cerebro:
La mitad de una vida. Quizás más largo. Quizás nunca.
II
 Golpeó a la puerta de la casucha de Tanya Rolfe. Hubo un sonido de una silla al arrastrarse contra el suelo, después una voz. —Entre. —La cara arrugada se movió en una sonrisa—. Buenos días, David. He estado esperando que vengas a verme.
— ¿Pero cómo? Hoy no es día de mi lección.
—No. —Los obscuros ojos lo miraron profundamente—, pero la mayoría de mis muchachos y muchachas vienen cuando llegan a este punto. Ven y siéntate. Ven conmigo, David. Bebamos un poco de té. —Tomó entre sus manos la mano firme de él, lo arrastró a una silla y vertió de una tetera china té fuerte.
El aroma de sasafrás y limón flotaba sobre la taza. Le pareció, a medida que lo sorbía, que Tanya Rolfe era como su tetera —grietosa y frágil con la edad, pero llena con buena y fuerte materia prima que le protegían.
—Tu Decisión Final viene pronto, ¿no es así? Asintió con la cabeza —Mañana.
— ¡Tan pronto! —Suspiró ella hondamente. Su aliento salía en delgados tonos—. Pensé en un mes, quizás dos. Tan pronto. —Un velo pareció cubrir sus ojos por un momento, una fugaz visión de vulnerabilidad.
El pensó que la había perdidoantes. ¿Cómo pudo ser al ver cuan frágil se había tornado ella en los últimos años? La mano de Tanya sobre la taza parecía porcelana translúcida adornada con azules, delicadas venas. Acongojado se dio cuenta de que realmente no la había visto antes. No había oído el desfalleciente sonido del aire cuando se movía dentro y fuera de sús pulmones. No había notado la hinchazón del empeine y el tobillo más arriba de sus menudos pies. No había visto el esfuerzo en sus movimientos. Apretó los puños, y sintió las uñas clavarse en las palmas.
Dejó ella la taza y tomó su mano entre las suyas, la abrió y relajó los crispados dedos. — ¿Quieres saber qué pasará con tu música si decides dejarnos?
Asintió.
—Eres un gran músico, David. Tienes técnica que puede mejorar con el tiempo y la madurez. También tienes talento. Eres músico, pero tienes algo más —hizo una pausa y miró a través de la ventana hacia algo que se encontraba a lo lejos al alcance de sus ojos—. Es algo llamado 'El Divino Descontento'. Pienso en ello como un anhelo para moverme fuera de mí —de ser parte de algo más— algo grandioso, y sin embargo, soy únicamente Tanya Rolfe. Es el descontento de una ola sabia al dar vuelta sobre una playa y desvía las arenas, sabe que cuando se vaya, otra borrará toda huella de su senda. Y se siente rabia. —Su voz calló con un toque de pasión "rabia". Rió suavemente—. Algunos lo llaman el síndrome de la comezón en el pulgar.
La miró perplejo.
—Nosotros somos transitorios también como las olas, nuestra ida y venida cambia la faz de laTierra. Pero eso no es suficiente. Sentimos la necesidad de arañar personalmente la cara de la eternidad. . . lo suficientemente profundo para dejar una cicatriz. Prueba, ves, de que hemos estado aquí. Y si yo voy a estar siempre aquí. Entonces, ahí está tu motivación. La Inmortalidad es una cura segura para el síndrome de la comezón en el pulgar.
—Pero si yo no...
—Serás todavía listo, David, y competente. Pero es como si trataras de golpear un hierro enfriado, y después de un tiempo no te importara.
El negó, se paró, caminó a la puerta. Entonces se volvió. — ¿Siempre ha sucedido así? ¿Es por seguridad?
—No puedo decir que la chispa debe salir. Pero siempre ha sido, David. —Su mano, gentil como una polilla tocó su hombro—siempre ha sido así.
Caminó a la cima de la colina y sentía los músculos de sus piernas tirantes, su aliento sal ía en cortos sonidos. La luz del sol se filtraba en las nuevas hojas de mayo, para salpicar el empapado suelo del bosque bajo sus pies.
Alcanzó una alta cumbre, un lugar donde pudiera ver Renacimiento. Quería verlo todo de una vez. Si lo pudiera ver todo, quizás lo pudiera hacer encajar en su mente. Caminó sobre un tronco de árbol podrido en el sendero. Resplandeció la fría muerte por sus pies. Oyó rechinar la señal de peligro con sólo parte de su cerebro. La otra parte observó y orquestaba su terror. . . una maraca cascabeleante; un tom-tom que emergía de su corazón. Aceleraba. Silencio. Un silencio sollozante en su mente a 440 ciclos por segundo —y aumentaba hacia un grito— 10 000 ciclos, 20, más. El pulsóse encontraba más allá del rango audible. Si eso golpeara, si esos colmillos entraran a una vena, una arteria. Estaba muy lejos de ayuda.
Sus músculos se contrajeron. Se encorvó, corrió a través del abierto bosque bajo un metálico acompañamiento en su cerebro, mientras un tom-tom marcaba el ritmo en su pecho y garganta.
¿Había golpeado? ¿Lo sintió? ¿Lo tuvo? La razón le dijo que estaba a salvo, el miedo lo guió adelante. Sus músculos lo impulsaron a seguir. Corrió hasta que su cuerpo se rebeló y separó su fuerza y aliento. Cayó en un claro al pie de un ancho roble y apoyó su espalda contra él para soporte.
"Cobarde" Se dijo fuerte a sí mismo cuando tuvo aliento. "Cobarde". Pero parte de él lo defendió con enojo. ¿Qué podía hacer? No quería morir. No quería morir.
Regresó de la montaña al arroyo por el claro. Un muchacho alto de piel roja presionaba barro mojado en forma de espiral sobre una piedra plana el cual emergía de las cristalinas aguas. Lo miró. —Ah, David, ¿Estuviste arriba en la montaña?
Era más que una frase casual. Más temprano o más tarde cada uno hizo esa jornada, solo —como si fuera una necesidad biológica, como comida o agua, como si la montaña diera respuestas que el valle no podía. David asintió. —Estuve alto en la montaña M'Kumbe.
— ¿Sopla el aire más suave que aqu í? —La tensión en la pregunta lo revelaba en los largos dedos negros mientras amasaba la pulida arcilla. No supo qué contestar.
Los ojos negros miraron dentro de los suyos, los dedos se movieron.
—Construí el mío. . . aquí. —El montón de arcilla se agrandó contra la presión de sus manos y creció acanalado como una espina desnuda contra la roca—. Esto crece, esto cae. Puedo ser un Dios de esta pequeña montaña. Pero al final sólo es arcilla. —Bajó su puño y quebró la espina de tierra. Después la pulió en un pastel plano y lo mezcló con palmas de pálido rosa y largos dedos negros para dividirla con una "S". Arriba y abajo. El Bien y el Mal. Los dedos pararon por un momento—. Liss te está buscando. Te ha buscado toda la mañana.
La encontró en su cabaña sentada sobre el alto y viejo banquillo frente a su escritorio, escribía.
— ¿Un poema? —preguntó.
—Una carta a mí misma.
Escribió por unos momentos más, después descansó la pluma y miró hacia arriba. —Esto es un pensamiento. . . en orden.
—Tres personas me dijeron que querías verme.
—Sí. Pero ahora, caminemos. —Se deslizó del banquillo y cogió una pequeña canasta de roble y se sentó en el rincón del cuarto—. Las zarzamoras están fuera. —Se arrastró fuera de la cabaña y estaba a medio camino sobre el puente para peatones antes que la alcanzara—. ¿Qué está mal?
—Nada. —Miró ella hacia un punto arriba de la cabeza de él, como si lo encontrara de más importancia. Tomó sus hombros y la volteó hacia él. — ¿Qué está mal, Liss?
Torció ella la pequeña canasta de lado a lado en sus manos. —Nada. Acabo de tener deseos de zarzamoras. —Echó su barbilla hacia adelante, desafiante, pero evitaba su mirada—. Me gustan, en efecto, y he decidido comerlas para siempre.
Las manos de David cayeron despacio a sus costados. Se apoyó contra la barandilla del pequeño puente, trataba de pensar. De toda la gente aquí', Liss había sido la más segura.
Los labios de Liss sonrieron, pero no así sus ojos. —Hay un viejo dicho, David: Es prerrogativa de la mujer, el cambiar su pensamiento. ¿Nunca lo habías oído?
Movió la cabeza.
Una ligera arruga creció alrededor de los ojos de Liss, "Técnica" y después el viejo chiste, "voy a tener que tomarte de la mano".
Empezaron a caminar. Caminaron por un rato antes de llegar al sembrado de arbustos de zarzamoras, antes dijo — ¿Por qué, Liss?
Las manos de Liss volaron entre las zarzas para recoger las suaves moras maduras, las cuales manchaban la canasta y sus manos de púrpura. Sin contestar, alcanzó un racimo alto de un arbusto y con un ligero llanto sacó su mano vacía. Un pequeño rasguño se encorvó a través de la piel, aparecieron unas pequeñas gotas de sangre aquí y allá que se mezclaban en una línea roja. Empezó a llorar en proporción al dolor, con los hombros levantados. La pequeña nariz respingada se tornó roja e inhalante.
La observó y se sintió totalmente inútil. La canasta cayó sobre el piso y derramó las zarzamoras en el pasto, todavía ella lloraba y doblaba sus manos. Después, entre respiraciones entrecortadas, dijo —¿No sabes nada? ¿No sabes nada?
Se sintió acusado sin saber el porqué.
—Técnica. —Tomó Liss una inmensa bocanada de aire—. Se supone que me tienes que confortar. Eso dice en todos los libros.
Le dio palmaditas en la cabeza y le acarició ei suave cabello. Inexplicablemente ella empezó a reír. Era risa entre sonidos entrecortados. Después creció en proporciones de locura, hasta que Liss se sentó en el pasto recién nacido. Era contagioso y se encontró sobre el suelo atrás de ella, riendo también. La abrazó, rieron, después la beso entre el montón de zarzamoras, y le pareció que quizás era una locura mutua. Pero no importaba.
Ropas agitadas en una maraña manchada de púrpura; se entrelazaron, rodando sobre el pasto suave y cálido, se presionaban uno contra el otro con carnes frescas y necesidades frenéticas. Más tarde, riéndose de las manchas púrpuras en sus cuerpos, corrieron desnudos por el sendero hacia el lago y se hundieron en las frías y paralizantes aguas.
Luego de vestirse, caminaron bajo el sol, animados. Trataban de calentarse. Tomaron el sendero a lo largo del camino de lomas. Bajo ellos podían ver la claridad.
En el cielo azul, una línea creció hasta formarse un disco. —Mira —dijo Liss—, la nave. Observémosla. —La nave patinó su hélice delantera y se posó gentilmente sobre el valle. Se abrieron las puertas y arrojaron una carga de 7 niños.
— ¿Recuerdas el día que vinimos, David?
Asintió. Observó al pequeño grupo. Un niño se paró separado del resto, con los hombros hacia atrás, las piernas separadas; miraba con bravura que no era posible sintiera. Otro niño con ojos tan grandes como el paisaje que trataba de ver. ¡Parecían tan pequeños! Ella adivinó sus pensamientos. — ¿Eramos así de pequeños?
—Supongo que sí.
—Debió haber sido duro para ti —dijo ella—. Fuiste sacado de un dormitorio y traído aquí. Yo nunca viví de esa manera... eramos mis padres y yo. Estaba acostumbrada a estar sola. Pero, ¿sabes?, creo que lo hiciste mejor que yo. —Se sentó y enlazó sus brazos alrededor de sus rodillas—. Descubrí que necesito gente a mi alrededor. Tu descubriste que no. El sintió levantarse una ceja. Rió ella, respingó su nariz hacia él.
—Bueno —dijo con modestia—, a veces necesitas gente. Pero la mayor de las veces estás enterrado en tu cabaña como una uña enterrada en un dedo del pie.
— ¿Es tu poética opinión?
—Puede no ser poética, pero es decididamen.te mi opinión. No creo que tú sepas la mitad de lo que aquí sucede.
— ¿Como qué?
Los ojos de Líss se nublaron. — ¿No sabes que Tanya Rolfe se está muriendo? Las palabras  lo golpearon como un puñetazo en el estómago.
— ¿Cómo lo sabes? —Pero recordaba cuan frágil se veía esa mañana, recordó el sonido de su respiración al escapar de sus pulmones.
—Tuve que reescribir su obituario.
La palabra lo dejó aturdido.
La noticia de su muerte.- Es una vieja costumbre en periodismo... los escritores aún lo acostumbran aquí. Cuando alguien es importante guardamos un obituario en el comunicador en caso de que muera de repente. El de ella estaba fuera de fecha. Su nueva obra y algunas sonatas tuvieron que ser añadidas.
—Me dijeron que lo hiciera así. De cualquier manera, tú sabes que yo no puedo parecer entrometida. —Lo miró—. Una pregunta parece conducir a otra, por tanto saqué por clave del comunicador su expediente médico.
— ¿Es por eso que decidiste comer zarzamoras por siempre?
Movió ella su cabeza. —No realmente —extendió su mano hacia él—, llévame de regreso a mi cabaña y te enseñaré.
La ayudó a ponerse de pie. Caminaron hacia abajo por el sendero en curva, sin hablar, sin sentir la necesidad de hacerlo, hasta que llegaron al viejo puente para peatones que guiaba a la cabaña de Liss.
—No conseguimos ninguna zarzamora ¿no es así? —dijo ella al fin, al mirar la canasta metálica vacía.
—Tendrás largo tiempo para ello.
— ¿Lo harás?
Abrió la puerta de la cabaña y entró a zancadas delante de ella.
—No sé.
Liss caminó hacia el alto escritorio y exploró a través de un monton de papeles, seleccionó uno. —Lee esto.
— ¿La carta para ti misma? Movió ella su cabeza. —Un poema.
Lo leyó, y marcaba las cadencias con los dedos al golpear su rodilla.
— ¿Qué piensas? —le preguntó cuando terminó—. Sé honesto.
—Siempre lo soy —le respondió.
—Sé que lo eres. Por eso quise que lo leyeras.
—Pero no soy un poeta.
Se sentó en una silla cerca de él y miró fijamente hacia el piso. La miró por un momento, después dijo. —Parece ser bastante bueno. Técnicamente, lo has hecho bien y tu descripción es...
—Pedestre.
—No dije eso.
—No necesitas hacerlo. Puedo verlo en tu cara.
—Te dije que no soy un poeta.
—Ni yo lo soy. —Le quitó el papel y lo dobló a la mitad, presionó los dobleces con la uña—. Soy un poco lenta. Me tomó largo tiempo encpntrarlo. Pero, ahora que lo sé, no tiene caso mencionarlo. ¿O lo hay?
Escogió David sus palabras cuidadosamente, después dijo: —Tienes que darte tiempo, Liss. Todos lo hacemos. No viene todo al mismo tiempo.
—He decidido darme tiempo a mí misma. Todo el tiempo del mundo.
— ¿Estás segura?
—He pensado mucho acerca de eso. Soy desparpajada. Soy lista. Tengo habilidad para las palabras. Eso no me hace una poetisa, David. Ni siquiera una poetisa novata. Simplemente no está ahí. Si yo pudiera vivir por siempre y no perder ninguno de los impulsos creativos que tengo... No sería aún suficiente. Podría escribir hasta que esta cabaña se convirtiera en polvo. —Movió su brazo hacia la ventana—, hasta que estas montañas se desmoronaran. No importaría. —Torció su cara—. No es fácil admitir uno mismo lo que es obvio.
La jaló hacia él torpemente, acunó su cabeza contra su hombro.
— ¿Qué vas a hacer ahora?
Después de algunos minutos Liss se levantó. —Tengo cerca de un mes antes de mi Decisión Final, pero eso no cambiará nada.
—Lo miró fijamente—. Todavía puedo escribir, tú sabes, material derivado, no-ficción. Supongo eso haré. Soy básicamente una recopiladora. Soy buena en eso. No lo es mucha gente.
Se paró, alisó sus ropas, después caminó a la pequeña despensa, presionó una palanca y extrajo dos latas de jugos. —En cierta forma es un alivio, no tengo que probarme nunca más. —Le dio uno y bebió profundamente del otro—. No tengo que hacer nada, excepto ser.
Tomó David el envase del jugo sin saber qué decirle, no dijo nada.
Ella se sentó abajo a su lado. —Es gracioso la forma en que las cosas suceden, ¿no es así? —Una pequeña sonrisa se dibujó en su cara—, nunca pensé que yo sería la técnica.
Comió Liss con buen apetito, mientras David distraídamente amontonaba la suya en pequeñas porciones sin comer nada. Ella lo increpó. —Eres tan delgado como un espárrago. Si te caes afuera de nuevo, las hormigas cargarán contigo. Sonrió él. —Pero no puedo comer.
Después de comer, cuando el sol se convirtió en sombras moradas, caminaron al concierto al aire libre a la orilla del lago.
— ¿Has oído algo de eso? —le preguntó. Movió él su cabeza —Ella no me habría dejado ver el marcador.
—Iba a oír el "Tema de Verano" de Tanya Rolfe por primera vez esa noche, y estaba consciente que era su último trabajo.
Tomaron asiento cerca de la parte posterior. Más allá del escenario, los últimos colores del atardecer llamearon de rosa encima de las montañas en la orilla lejana del lago.
—Eso estaba planeado, tú sabes —dijo Liss al admirar la puesta de sol—. Linder es el escenógrafo. Creo que es un genio. Nadie más puede combinar lo natural y lo artificial como él.
El escenario se quedó silencioso al salir al conductor y la pequeña orquesta. Un murmullo, después empezaron unos coros de cigarras contestados por las parpadeantes luces de cientos de luciérnagas. El coro creció 10 veces, así como las pequeñas luciérnagas se volvieron 10 000 puntos de luz al moverse despacio a través de la oscuridad del cielo en constelaciones de fuego frío.
Suspiró un sinfonizador, después un coro de viento murmuró a través de hojas nuevas para convertirse en un tema expresado por un solo soloboe. David se sintió llevado lejos por la música y los tenues cambios de efectos en el cielo a su alrededor. Por turnos sintió amor, después pesar y una ligera sensación de pérdida, después esperanza.
Una pulsación de cuerdas y colores empezó tan delicadamente que lo sintió como un dolor en lo estrecho de su garganta. Después silencio. Negro. Noche, hasta un solo punto de luz una estrella fugaz creció como una gran pelota de fuego y un coro aumentaba su regocijo.
Sintió salir las lágrimas de sus ojos y parpadeó para detenerlas. Se sintió vagamente avergonzado de ellas, las que hacían eco en los ojos brillantes de cada uno en la audiencia. Se unió con los demás en el aplauso, suave primero, después más fuerte. Creció en rapidez el murmullo de apreciación y después el elogio final espontáneo, la audiencia empezó el rítmico lamento de aliento que simbolizó una inspirada actuación. Una ins…pirada actuación contenía el aliento vital. Una luz enfocó la pequeña figura de Tanya Rolfe. Vino al escenario del brazo de Linder, el coreógrafo. Caminaba despacio con un paso titubeante. Se paró con la cabeza hacia atrás como para tomar más aire.
El aplauso creció en compás, hasta que los dedos de David hormiguearon y se sintió aturdido. Cerca de él, Liss suspiró, trémula, al límite de la conciencia. Aquí y allá se volcó la audiencia sobrecogida por la hiper-ventilación y todavía de nuevo hasta que Tanya Rolfe señaló a Linder y los dos caminaron despacio fuera del escenario.
Dejó a Liss en el sendero cerca de su cabaña.
— ¿Quieres estar solo? Asintió.
—Entiendo. Lo besó ligeramente y se volvió, se detuvo y dijo: —David, hemos sido amigos. Eso es importante, ¿o no? —Lo miró de nuevo—. ¿Le dirás a una amiga cuando te decidas?
La besó. Se unieron como dos cosas perdidas por un minuto o dos y después gentilmente lo empujó y lo separó sin decir adiós y caminó hacia el pequeño puente.
Vagó solitario y pensativo por un tiempo, sin percatarse a donde iba. De repente se encontró cerca de la cabaña de Tanya Rolfe. Todavía brillaba una luz a través de la ventana. Tocó ligeramente a la puerta. No recibió respuesta. Tocó de nuevo. La puerta estaba sin cerrar, la empujó y se abrió.
Todavía vestida, estaba tendida en su cama. Tenía los ojos cerrados. Por un momento pensó que estaba muerta. Una ligera respiración escapó de sus pulmones.
Se paro y la observó, quería despertarla y a la vez no. Parecía como una vela de repente consumida al acabarse el pabilo que desafiaba la noche.
Estuvo parado por un buen rato y observó las huellas del tiempo en su cara y cuerpo. Las lágrimas que había dominado en el concierto se deslizaron. "¿Vale la pena? ¿Vale la pena?"
Dejó la cabaña y cerró la puerta suavemente detrás de él. Tenía hasta la mañana siguiente para tomar la Decisión Final. Final. No podría volverse atrás. Ni cambiar su mente sobre ese punto.
Caminó en la oscuridad por una hora o dos, tratando de reunir sus propias piezas sueltas y falló. La luz de la luna centelleaba sobre el negro lago y los árboles con sombras de matices entintados. Se sintió cansado y un poco desorientado. Había un lugar arriba donde podía descansar. El sendero se curvó hacia el edificio dentro del tierno bosque que ellos llamaban la capilla. Empujó la puerta y entró.
Nunca antes se había molestado en eso, pero sabía que algunos de los otros sí.
Se sentó atrás en el oscuro cuarto y miró hacia abajo sobre el coliseo en tinieblas. La banca en que se sentó estaba hecha de madera con un respaldo duro y curvo. Frente a él descansaba un banco de controles. Presionó uno al azar.
El coliseo tomó un pálido tono azul y se formó un hexagrama tridimensional. Una voz suave, casi sublime dijo: —La Estrella de David. Un hombre con una larga barba blanca asía dos tablas de piedra. David observó un momento, no escuchando en realidad la voz que ronroneaba; —Vos no debéis matar. Vos no debéis matar.
Si se quedaba, ¿acaso no era eso lo que hacía? ¿A él mismo?
Un estremecimiento onduló bajo su espalda. Presionó los controles.
Se movió un círculo —El Bien y El Mal—, tan divididos como su mente. Otro botón. Una cruz con un hombre maniatado a ella. Desamparado como una mariposa sobre un tablero. Con ojos de sufrimiento.
Otro botón. Un girasol de pétalos amarillos se abría.
Otro. Una serpiente enrollada en la figura de un ocho.
Confuso, presionó su mano sobre los controles para apagarlos, pero en vez de eso cambió la velocidad. Bajo él, las escenas cambiaron como trémulos cristales en un caleidoscopio. El girasol se fundió en un cresciente estrellado... la estrella flotaba en ondas en el hexagrama. . . hacia la cruz. . . y la serpiente se fundió deslizante a través de la cara del girasol.
Todo el tiempo suaves voces que murmuraban ". . .Alá. . . ilusión. . .No matará." Se levantó y corrió, corrió hasta que el aire fresco de la noche borró aquellas escenas de su mente.
De regreso a su cabaña, sin deseos de dormir, marcó una clave del comunicador. Empezaron a precipitarse de la máquina tomos, una docena, dos docenas, más. . . Los trabajos completos de Tanya Rolfe.
Afinó su cítara y empezó a tocar su música. Sentado con las piernas cruzadas sobre el suelo, tocó, sus dedos se movían de una composición de cuerdas a otra, y saltaban los 90 grados angulares fácilmente.
Solo cuando tocaba, su mente descansaba. Ningún pensamiento osciló conscientemente, pero la tendencia oculta salió como un canto de las puIzantes cuerdas. Ella no moriría, ella no moría, mientras alguien tocara su música.
Ella no moriría, ella no moriría. Solo cuando se detuvo pensó en su propio cuerpo al caer lejos en debilitantes murmullos de jirones hacia la nada. Sólo cuando dejó de tocar pensó en su propia música y cómo moriría él mientras viviera sobre el vacío de músculos suaves.
Tocó hasta que sus dedos sangraron, y entonces se sentó al lado de su cítara y ajustó su flauta.
Tocó con los dedos a través de las copias de la música de Tanya dejando pequeñas manchas de sangre sobre sus páginas. Después llegó a la pequeña página del título de su última obra.
Leyó:
OBRA DE VERANO por Tanya Rolfe.
Y abajo de eso la dedicatoria:
A David Defour, quien aún vive.
¿Por qué no lo había dicho antes? ¿Por qué no lo hizo? Sintió una masa atorársele en su garganta, demasiado dura y seca para ser lágrimas.
Miro la inscripción, sabía que el significado podía tomar dos caminos, así como que también podría haber tenido un solo significado para Tanya Rolfe. Y supo también, por qué no se lo había dicho.
Ella sabía lo que el había decidido para sí.
Cuando la noche desvaneció las sombras en gris, dejó la cabaña y se llevó consigo un juego completo y delgado de flautas de Pan y una pequeña grabación suspendida sobre su cinturón.
El agotamiento trajo su propia clase de paz. Fatigado, se dejó caer, al pie de un inmenso árbol junto al claro.
El primer resplandor del nuevo sol empezó a colorear los cerros.
Trituró una hoja de pasto con sus doloridos dedos, lo enrolló entre ellos, e inhaló su suave y fresco aroma.
Era bueno estar vivo. ¿Cómo sería el no estarlo? El no encontrar que estaría más allá del siguiente día ¿No ver el jueves? ¿No deslizarse hacia abajo de las colinas en abril?
Un conejo susurró a la orilla del sendero de las zarzamoras, mordisqueó tentativamente una hoja de pasto, empujó las cortas y aterciopeladas orejas en su dirección. Sintió pena por él. ¡Era tan pequeño, tan efímero! Sus momentos se aligeraron cuando lo observó.
Pero tenía que ser lo que era.
Alcanzó la flauta de Pan y tocó una melodía en un tono menor para la pequeña criatura. Era un tema, recordó de Beethoven. No supo porqué el tema le pareció importante, pero de algún modo lo era. De algún modo, eso le aclaró el final de las cosas. . . y de los principios. La melodía se suspendió en el suave aire cálido por un momento, y de alguna manera, ese momento pareció una pequeña pieza más susceptible a él. Después, las ideas y las variaciones vinieron y se desplomaron fuera de su flauta de Pan.
Rió y tocó la diminuta grabadora suspendida de su cadera. Y en su mente pudo escuchar la orquestación —suaves cuerdas—, después. . . el tema susurrado por una flauta, contestado por un kleidelphone, con coros de las obscuras dobles dulzainas.
Mas tarde un refunfuñar de timbales, una variación por el cuerno de Weidner. Todo estaba ahí. Todo estaba ahí, porque era su destino de crear. Y de repente se dio cuenta. ¡Estaba desaforadamente hambriento! Se hacía tarde.

Había llegado la hora de decirles que se iba a quedar en Renacimiento. . . pero sólo si ellos le daban de desayunar.