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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Los Mastines Del Templo De Adrano (Silvana Ocampo)

Los mastines del templo de Adrano

  • Los sagrados mastines, ministros y sirvientes de Adrano, son más hermosos que los perros de Molosia. El templo donde viven, en Adrano, nunca es demasiado claro ni demasiado oscuro: una luz celeste o dorada se filtra por los vidrios de la cúpula. El lujo del templo no consiste en los adornos o en las proporciones del edificio, como algunos creen, sino en sus famosos reflejos. 

La Piedra (Silvana Ocampo)

La piedra

  • Al salir de su casa Valerio tenía que cruzar un terreno baldío. Ahí eran tan habituales la palmera contra el muro como el mendigo en el suelo. El mendigo, casi adolescente, parecía disfrazado: su barba era muy personal y, a pesar de estar enmarañada, muy sedosa. Valerio se detuvo junto al mendigo. No fue el espectáculo de su miseria lo que le llamó la atención, no fue la originalidad de los harapos, sino una piedra opaca y oscura para un observador inexperto que se le antojó traslúcida, verdosa y azul, y que servía, con un ladrillo, de soporte a una cacerola rota, donde el mendigo sin duda cocinaría, pues la tierra en el suelo estaba cubierta de ceniza y de papeles quemados. Valerio, deslumbrado, miró la piedra y pidió permiso al mendigo para tomarla en sus manos. El mendigo se la alcanzó con recelo.

Las Invitadas (Silvana Ocampo)

Las invitadas

  • Para las vacaciones de invierno, los padres de Lucio habían planeado un viaje al Brasil. Querían mostrar a Lucio el Corcovado, el Pan de Azúcar, Tiyuca y admirar de nuevo los paisajes a través de los ojos del niño.

El Diario De Porfiria (Silvana Ocampo)

El diario de Porfiria

3 de enero de 1931.

Tengo ocho años cumplidos. Me llamo Porfiria y Miguel es mi único hermano. Miguel tiene un perro grande como una oveja. Durante muchos años esperé tener un hermano mejor y menor, pero ya he desistido: no quiero a mi familia. Miss Fielding piensa que no soy hermosa, pero que tengo una expresión fugitivamente hermosa. "Es la expresión de la inteligencia" me ha dicho. "Es lo único importante." Me parezco a los ángeles de Botticelli que usan cuellitos bordados y que tienen "las caras viejas de tanto pensar en Dios" como dice Miss Fielding. Yo no pienso en Dios, sino de noche, cuando nadie ve mi cara; entonces le pido muchas cosas y le hago promesas que no cumplo. La noche tiene grandes follajes con flores y pájaros en donde me escondo para ser feliz, a veces para ser muy desdichada, porque si es fácil ser audaz a esas horas, es también fácil morir de susto o de desesperación A esas horas podría escaparme de mi casa, matar a alguien, robar un collar de brillantes, ser una estrella de cine.

El Diario De Porfiria Bernal (Silvana Ocampo)

El diario de Porfiria Bernal

Relato de Miss Antonia Fielding
A Juli


  • Pocas personas creerán este relato. A veces habría que mentir para que la gente admitiera la verdad; esta triste reflexión la hacía en la infancia por razones fútiles, que ya he olvidado; ahora la hago por razones trascendentes. Las personas consideradas honestas, son muchas veces las insensibles, las que no se conmueven ante un destino complejo, o las que saben con sumo sacrificio o habilidad mentir para hacerse respetar. No me encuentro en ninguna de estas categorías. Soy modestamente, torpemente honesta. Si llegué al borde del crimen, no fue por mi culpa: el no haberlo cometido no me vuelve menos desdichada.

La Pluma Mágica (Silvana Ocampo)

La pluma mágica

  • Sabes que no es un sueño ni una invención, sabes que todo lo que yo escribía, todo lo que se me ocurría, ya estaba escrito por alguien en alguna parte del mundo, y que por ese motivo llegó un momento en que no pude publicar nada, pues los lectores menos sagaces me hubieran acusado de plagio.

Carta De Despedida (Silvana Ocampo)

Carta de despedida

Madrina:

  • Una tristeza, que no llego a comprender, se alberga en mi corazón, de noche, cuando se encienden las primeras luces de tu cuarto. Desde que nací, vivimos en esta misma casa: tiempo suficiente para saber que el corredor aísla y no une los cuartos. Te encierras con llave, como en una torre, todas las tardes, desde aquella vez que no quisiera recordar, pero que está en el fondo de mis pensamientos, como esos telones pintados que había antiguamente en las salas de los fotógrafos. 

El Árbol Grabado (Silvana Ocampo)

El árbol grabado

  • Fui vestida de diablo y muy temprano al banquete. Mi disfraz tenía olor a aceite de ricino. Asistí a todos los preparativos de la fiesta.

El Hórreo (Silvana Ocampo)

El hórreo
A Basilisa Vázquez


  • Hace treinta años que salí de España y no sé si volveré. Mi madre quería que me llamara Generosa, como mi abuela, pero me llamaban Pachina. La noche de San Juan me escapé de mi casa. Ya estaba cansada de tanta injusticia. Yo tenía ocho años y hacía todos los trabajos. Mis hermanas, ninguno. 

Rhadamanthos (Silvana Ocampo)

Rhadamanthos

  • La envidiaba por sus pecados con una envidia que la carcomía, una envidia que no la dejaba descansar, y ahora, ahí estaba, muerta. Nada en el mundo podría resucitarla. Ahí estaba, muerta como una piedra preciosa, que no sufre. con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigurada! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven, nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente pureza. Las iniciales, sobre el paño negro del coche fúnebre, brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No había modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un marido de treinta y esa corte ridícula de amigos que la admiraban, aún más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su memoria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicidado, tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamente por su memoria.

El Pecado Mortal (Silvana Ocampo)

El pecado mortal

  • Los símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos que las fotografías o que los cuentos pornográficos, por eso ¡oh sacrílega! los días próximos a tu primera comunión, con la promesa del vestido blanco, lleno de entredoses, de los guantes de hilo y del rosario de perlitas, fueron tal vez los verdaderamente impuros de tu vida. Dios me lo perdone, pues fui en cierto modo tu cómplice y tu esclava.

Amor (Silvana Ocampo)

Amor

  • Durante el principio de la travesía fuimos felices. Era nuestro viaje de bodas, íbamos a Estados Unidos, mi marido para completar sus estudios y yo los míos, pues conseguí una beca.

El Lazo (Silvana Ocampo)

El lazo

  • Era anciana, había que respetarla por su edad; era distinguida, de facciones regulares, había que admirar la belleza que había conservado; comía mucho, había que alabar la lozanía de su salud; se interesaba por la vida de los otros, sabía vida y milagros de todas las personas que apenas conocía, había que creer en su alma caritativa; era rica, había que servirla y aprovechar de las ventajas de su situación económica; era trabajadora, había que reconocer las virtudes de su espíritu, ya que no obligada por la necesidad trabajaba. Se llamaba Valentina Shelder.

El Crimen Perfecto (Silvana Ocampo)

El crimen perfecto

  • Gilberta Pax quería vivir tranquila. Cuando me enamoré de ella, yo creía lo contrario y le ofrecí todo lo que un hombre de mi posición puede ofrecer a una mujer para que se viniera a vivir conmigo, ya que no podíamos casarnos. Durante uno o dos años nos vimos en lugares incómodos y caros. Primero en automóviles, después en cafés, después en cines de mala reputación, después en hoteles un poco sucios. Cuando no le rogué sino exigí que viviera conmigo, me respondió:
  • –¡No puedo!
  • –¿Por qué? –interrogué–. ¿Por tu marido?
  • –Por el cocinero –susurró, y salió corriendo.

Icera (Silvana Ocampo)

Icera

  • Cuando vio Icera en el escaparate de aquella enorme juguetería del Bazar Colón el juego de muebles para muñecas lo codició. No lo quiso para las muñecas (no tenía ninguna) sino para ella misma, pues deseaba dormir en esa exigua cama de madera, con molduras que formaban guirnaldas, cestos de flores, mirarse en el espejo del armario, que tenía diminutos cajoncitos, puerta con cerradura y llave, sentarse en la sillita con el asiento de esterilla y los barrotes torneados, frente a la mesa de vestir, en cuyo mármol había una palangana y una jarra, con un jaboncito de yapa, y un peine, que serviría para peinar las cabelleras más rebeldes.

Celestina (Silvana Ocampo)

Celestina

  • Era la persona más importante de la casa. Manejaba la cocina y las llaves de las alacenas. Era necesario complacerla.
  • Para que fuera feliz, había que darle malas noticias: esas noticias eran tónicos para su cuerpo, deleites para su espíritu.

La Gallina De Membrillo (Silvana Ocampo)

La gallina de membrillo

  • Se llamaba Blanquita Simara, porque no parecía un macho, sino una hembra. Desde que Manuel Grasín se había instalado en la habitación del fondo de la casa, que era como estar en primera fila de platea, Blanquita había engordado mucho. Esto era inevitable porque Manuel Grasín, que trabajaba en la confitería El Obelisco, una vez por semana le traía en una bolsa las sobras: huesos, pasteles rotos, grasa rancia de jamón y pavo, sándwiches viejos. Grasín podía disponer de los alimentos para otros fines, cocinarlos para hacer pasteles, por ejemplo, o regalarlos a la prima Virginia, que preparaba con cualquier basurita albóndigas deliciosas, pero prefería dárselos a Blanquita Simara, porque lo esperaba con los ojos ardiendo de hambre, en el zaguán y, porque, además, Rosaura Pringles con otras atenciones agradecía su generosidad. Si él tenía que comprar camisas, calzoncillos o piyamas, Rosaura se los mandaba hacer en pocos días, a medida y en poplín italiano.

El Fantasma (Silvana Ocampo)

El fantasma

  • Mi alma:
  • Sirvientas distinguidas, señoras ricas, prostitutas de buena familia, adolescentes que estudian, mujeres de todas las edades, ociosas o que trabajan, y algunos hombres, cuando no temen parecer afeminados, tienen por costumbre exhibir en el dormitorio, en un marco bonito como si se tratara de un novio, un retrato de ellos mismos.

La Expiación (Silvana Ocampo)

La expiación
A Helena y Eduardo


  • Antonio nos llamó a Ruperto y a mí al cuarto del fondo de la casa. Con voz imperiosa ordenó que nos sentáramos. La cama estaba tendida. Salió al patio para abrir la puerta de la pajarera, volvió y se echó en la cama.

La Peluca (Silvana Ocampo)

La peluca
A Elva y Sammy


  • Para engañarme me decías siempre la verdad; para decirte la verdad yo siempre te mentía. Éramos novios. Estudiábamos juntos; trabajábamos en la misma oficina. Queríamos aprender alemán. Vimos el nombre de Herminia Langster en el diario: ella quería aprender castellano (con nosotros) y enseñar en cambio alemán. Era rubia, alta y delgada.